Autor: c0ms0ci@l_UPB

  • Resistencia, agua y luces: un fotorreportaje de Altavoz 2025

     

    Por: Samuel Alejandro Osorio Parra / samuel.parra@upb.edu.co

     

    Bañados por la resistencia que dan las letras en los días pasados por agua y por la estridencia de los acordes, así nos recibió el primer día de Altavoz; lleno de reggae, hip hop y rap.

     

    El Festival se sintió como un bautizo para quienes llegábamos por primera vez. Eran los ojos de quienes habían estado en ediciones anteriores los que estaban preparados para lo que pasara. Mientras tanto, para aquellos que apenas entrábamos en el rito, nadar en la situación se hacía difícil, hacer nuestro trabajo bajo la lluvia se volvió odisea indescifrable, llena de preguntas sobre cómo retratar las bandas sin poner en riesgo el equipo.

     

    Fue entonces cuando las bolsas de basura se volvieron capas contra el agua, dejando una batalla campal: el agua contra la cámara y los altavoces que resistían a las nubes. Al ver que no cesaba la tormenta, los charcos se volvieron parte de la danza.

     

    Las fotos estuvieron llenas de color, contrastaban las ropas negras y los impermeables rojos y azules. La luz del escenario se convirtió en una sinfonía con las gotas. A su vez, estos se volvieron, para el ojo del fotógrafo, herramientas para narrar y compartir una historia.

     

    Fue el segundo día del Festival cuando el Metal llegó con voces guturales, baterías de doble pedal y la distorsión exagerada de las guitarras eléctricas. Aquellos sonidos alejaron las nubes e invadieron el recinto con su fuerza pesada.

     

    Entonces el clima cambió. Bajo el sol abrasador que calentó los ánimos de las primeras bandas —y también los del público—, las agrupaciones salieron con toda la energía y el poder dignos del género, aturdiendo con sus gritos a quienes estábamos en primera fila.

     

    Algunos grupos, con propuestas más tranquilas y melódicas, ofrecieron un respiro antes de seguir disfrutando de las multitudes y los pogos. Las 28 presentaciones dejaron como precedente un ambiente cargado de energía y un listón muy alto para lo que sería el cierre del último día, cuando el punk y la música alternativa se encontrarían.

    Para el tercer y último día, el clima ya no era una preocupación.

     

    La sátira y el llamado a la pausa parecían haber hecho un pacto para sonar de forma melódica y perfecta. Los taches que decoraban las chaquetas de cuero, correas, pantalones y botas se mezclaban con los magentas de las crestas puntiagudas y las platinas metálicas, haciendo de contrapunto a las camisas holgadas, las faldas largas y los tenis deportivos. Esa mezcla insólita fue la cuota colorida del festival, acompañando a propuestas tranquilas e íntimas, llenas de abrazos entre el público y los cantautores.

     

    Algunos dejaron a un lado la distorsión y los sonidos secos, que escoltaban letras políticas o satíricas cargadas de denuncia, para dar paso a un ambiente más cercano y sereno, donde las diferencias se volvían imperceptibles y la comunión cobraba sentido.

     

    Fue entonces, entre fotos, multitudes y música, cuando se capturó un espacio lleno de esencia y emociones a flor de piel. Una postal que refleja un espacio diverso donde el arte y la expresión del ser siguen llenando las arenas, compartiendo la sensibilidad que solo la música puede despertar.

     

     

  • El mercado gris: la cara oculta del negocio con los diplomas

    Escándalos recientes y visibles en el sector público han puesto en evidencia una práctica que se origina en esguinces a la norma y cuyos efectos no se dimensiones por completo. Los atajos para cumplir los requisitos de titulación abren la puerta a casos de mala práctica profesional, corrupción en lo público y lo privado y, según se ya se conoce, reservas o dificultades para la convalidación o reconocimiento de los títulos que sí se obtienen debidamente.

     

    Por: Susana Arcila Jiménez y Camila Rojas Hernández / periodico.contexto@upb.edu.co

     

     

    Del fraude académico al problema nacional 

    En Colombia, las primeras alertas sobre la falsificación de diplomas surgieron mucho antes de convertirse en noticia recurrente. Desde los años noventa, las autoridades educativas comenzaron a notar un patrón inquietante: títulos de bachillerato y certificados universitarios presentados por aspirantes a cargos públicos que no coincidían con los registros oficiales. Según publicaciones de prensa y reportes institucionales de la época, el ICFES y el Ministerio de Educación empezaron a detectar irregularidades en documentos académicos utilizados en concursos de mérito y procesos de ascenso en la función pública. 

     

    Aquellas alertas iniciales marcaron el comienzo de un problema que, con el paso del tiempo, se transformó en un fenómeno estructural. Lo que en principio parecía un caso aislado de falsificación terminó revelando una práctica extendida que combina corrupción, negligencia institucional y vacíos legales. Las universidades y entidades estatales, apoyadas en el principio de buena fe sobre los documentos que recibían, dejaron pasar irregularidades que hoy ponen en entredicho la legitimidad del sistema educativo y la transparencia del Estado. 

     

    Panorama a nivel nacional 

    Se habla de un mercado negro de documentos fraudulentos que se compran y venden como cualquier mercancía. Pero existe otro fenómeno que se basa en la corrupción de los sistemas administrativos o la vulneración de los protocolos de titulación: esguinces a la norma para hacer una carrera con atajos. De eso se trata el denominado mercado gris, detrás del cual se afecta la transparencia del Estado y su solidez. Esta situación ha facilitado, por ejemplo, que individuos sin la formación requerida accedan a cargos que implican la gestión de recursos públicos bajo engaños. 

     

    De acuerdo con un informe publicado en 2022 por la Fiscalía General de la Nación, la entidad logró la judicialización de cuatro presuntos integrantes de una red señalada de obtener ilegalmente diplomas entre otros documentos. El material de prueba, reveló que, al parecer, cobraban entre 8 y 26 millones de pesos por un “paquete” que incluía diploma de bachiller o títulos universitarias y técnicos, con las respectivas actas de grado, certificaciones e incluso informes de calificaciones con promedios entre 3.5 y 4.0. 

     

    El reporte también señaló que en algunos casos los investigados habrían intervenido dentro de entidades públicas para que ciertos proyectos y contratos se asignaran a personas específicas. Por esta actividad presuntamente exigían recibir el 10% del contrato asignado. 

     

    Asimismo, se han reportado múltiples denuncias contra funcionarios públicos en diferentes entidades públicas y gubernamentales. En 2023, la Procuraduría General de la Nación destituyó e inhabilitó por seis años a Daniela Jaramillo Arbeláez, funcionaria de Migración Colombia por posesionarse con un título falso. La ex-funcionaria aseguraba haber obtenido su título como profesional en Derecho de la Pontificia Universidad Javeriana; sin embargo, la institución confirmó que no habría culminado sus estudios.  

     

    Caso similar ocurrió a mediados del 2024, la Procuraduría destituyó e inhabilitó por 12 años a María Constanza Zuleta Obando, presuntamente profesional especializada de la oficina de asesora jurídica del Ministerio de Justicia y del Derecho, por posesionarse y permanecer en el cargo con documentación falsa.  

     

    En lo que va corrido del año se han sumado nuevos casos que evidencian las fallas en los mecanismos de verificación académica. El más reciente fue la denuncia pública realizada por la representante a la Cámara Jennifer Pedraza, quien señaló presuntas irregularidades en el proceso de nombramiento de Juliana Guerrero como viceministra de la Juventud. Durante su intervención en la plenaria, Pedraza enfatizó que al realizar la búsqueda del certificado del Saber Pro de Guerrero en la página oficial del ICFES, no aparecen resultados. Ante las declaraciones, Guerrero argumentó que: “la Universidad me dio la posibilidad de graduarme”. 

     

    Posteriormente, el abogado de la Fundación Universitaria San José, Juan David Bazzani, corroboró a Noticias Caracol que no pudo comprobar si la implicada presentó el examen ICFES Saber Pro, requisito clave para la obtención del título universitario. Además, la institución educativa decidió destituir al secretario general, Luis Carlos Gutiérrez junto a su equipo de trabajo y abrió una investigación interna tras el debate público generado por la denuncia de Pedraza.  

     

    Debido a las acusaciones, el 8 de octubre el Instituto Colombiano para la Evaluación de la Educación (ICFES), emitió un certificado confirmando que Juliana Guerrero no presentó las pruebas Saber Pro, ni Saber TyT, lo que pone en evidencia las fallas de verificación que aún persisten en el sistema educativo colombiano e inconsistencias y rupturas en los procesos de selección del sector público. 

     

    ¿Por qué se le conoce como mercado gris y no mercado negro? 

    Posiblemente has escuchado acerca del mercado negro, pero muy pocas veces sobre el mercado gris. No son los mismo, pero ambos conceptos hacen referencia a fenómenos vinculados con la ilegalidad. 

     

     

    En cuanto al mercado gris en Antioquia, dos historias han marcado el debate público sobre la validez de los títulos académicos y la confianza institucional: el caso de César Suárez Mira y el de Julián Bedoya. Ambos procesos judiciales mostraron cómo la falsificación o la manipulación de documentos puede escalar desde un trámite aparentemente menor hasta un escándalo de legitimidad política y académica. 

     

    El caso Suárez Mira: un diploma de bachiller en entredicho 

    En diciembre de 2016, el exalcalde de Bello César Suárez Mir, fue capturado por el CTI de la Fiscalía, acusado de presentar un diploma de bachiller falsificado para aspirar a cargos públicos. La investigación determinó que el documento carecía de registro en el ICFES, lo que alimentó las sospechas sobre su autenticidad. 

     

    En 2019, el Juzgado 20 Penal del Circuito de Medellín lo condenó a seis años y diez meses de prisión domiciliaria por falsedad en documento público. Sin embargo, el Tribunal Superior de Medellín revocó el fallo en 2020 y lo absolvió, al considerar que no había evidencia concluyente sobre su participación directa en la falsificación. 

     

    La sentencia dejó al descubierto una falla estructural: el sistema judicial colombiano no siempre dispone de mecanismos técnicos suficientes para probar la falsedad documental. En este punto, el abogado y docente penalista Nicolás Ortega Tamayo explica la raíz jurídica del problema: “El diploma se expide en virtud de una función pública; por tanto, habrá falsedad en documento público cuando se altere su contenido o su origen”. 

     

    En el caso Suárez Mira, la dificultad no radica solo en demostrar que el diploma era falso, sino en establecer la intencionalidad penal. Como señala Ortega, anteriormente esa confianza institucional, sumada a la escasa verificación técnica, terminó favoreciendo la absolución. 

     

    El episodio marcó un antes y un después en el Valle de Aburrá. En Bello, la población interpretó la decisión judicial como una muestra de la distancia entre la justicia formal y la percepción ciudadana de corrupción. Aún con el caso cerrado, la duda sobre la legitimidad de los títulos en la política local persistió. El estado procesal actual es: cerrado; absuelto en 2020 por el Tribunal Superior de Medellín.  

     

    El caso Bedoya: la tormenta en la Universidad de Medellín 

    Ahora bien, para el caso del entonces senador Julián Bedoya Pulgarín, hay que remontarse al 2019, cuando obtuvo su título de abogado en una de las universidades más reconocidas de la ciudad. Poco después, comenzaron a conocerse denuncias de docentes y administrativos que alertaban sobre irregularidades en el proceso académico: exámenes de suficiencia aprobados en periodos atípicamente cortos, reingresos acelerados al programa y requisitos omitidos. 

     

    En 2022, la propia Universidad —ya bajo una nueva rectoría— presentó una demanda de nulidad del título ante el Consejo de Estado, reconociendo la existencia de anomalías. En 2024, el exrector Néstor Hincapié Vargas fue condenado por falsedad ideológica en documento público, al comprobarse su aval sobre procedimientos irregulares. Finalmente, en 2025, el Consejo de Estado suspendió provisionalmente los efectos del diploma de Bedoya, decisión que sigue vigente mientras avanza el proceso judicial. 

     

    La controversia convirtió a la Universidad de Medellín en el epicentro de una crisis reputacional sin precedentes, y a Bedoya en caso emblemático del mercado gris académico: un espacio en el que las instituciones legítimas terminan siendo instrumentalizadas por intereses políticos. Sobre este caso, el periodista judicial Nelson Matta, quien cubrió parte de la investigación, afirmó: “Lo que vemos es que hay un entramado grande entre partidos políticos e instituciones educativas para lograr gestionar de manera expresa unos títulos y de forma fraudulenta para poder posesionarse en distintos cargos del servicio público”. 

     

    La frase resume una de las dimensiones más sensibles del fenómeno: la falsificación como herramienta de poder. Matta agrega que, detrás de estos procesos, “el caso Bedoya muestra que mientras haya utilidad política, habrá protección y silencio”, una advertencia que conecta la esfera académica con la lógica clientelista. El caso Bedoya se evidenció, además de fallas de control académico, una ausencia de protocolos nacionales de verificación para las universidades privadas.  

     

    Desde la perspectiva jurídica, Ortega plantea que las instituciones deben responder con mayor firmeza: 

    “Las universidades deben reportar a la Fiscalía y crear mecanismos de detección, prevención y control de irregularidades.” Ese deber de denuncia, aunque obligatorio, rara vez se ejerce de manera preventiva, lo que explica el porqué casos como este se descubren cuando ya han estallado públicamente. El estado procesal del caso Bedoya es: en curso; título suspendido provisionalmente desde 2025 por el Consejo de Estado. 

     

    Vacíos legales y contradicciones normativas  

    A pesar de que la falsificación de documentos es un delito tipificado en el código penal colombiano, aún existen vacíos legales y contradicciones normativas que dificultan la prevención, el control y la sanción de estas prácticas. 

     

    Nicolás Ortega Tamayo, desde su experiencia como penalista, explica que en lo judicial, lo primero que debe establecerse es la naturaleza del documento.  Si el caso está relacionado con diplomas universitarios, los cuales son emitidos en virtud de una función pública como lo es la educación, y el documento fue suplantado o carece de causa legítima de existir, se denomina falsedad material de documento público.  Por otro lado, si el documento no fue expedido, pero se utiliza a sabiendas de falsedad, se incurre en el delito de uso de documento público falso

     

    Pero ¿cómo logran escalar estos casos sin ser previamente revisados y/o verificados? Ortega señala que las instituciones públicas y privadas actúan bajo el principio de buena fe, confiando en que la información suministrada por el aspirante al cargo es veraz. Añade que, aunque deberían existir controles más rigurosos, en muchos casos resulta difícil para las entidades prever este tipo de irregularidades, lo que posibilita el fraude. 

     

    Asimismo, los mecanismos actuales que posee el Sistema Nacional de Información para la Educación Superior en Colombia (SNIES) y el Ministerio de Educación, también se quedan cortos. Ortega menciona que el aparato estatal y gubernamental no es suficiente, “cada empresa debería iniciar mecanismos robustos de detección de estas posibles irregularidades”.  Esto evidencia la necesidad de fortalecer los procesos de verificación para garantizar la transparencia en el acceso a cargos públicos y privados. 

     

    Los hechos demuestran que aún existen ambigüedades en las normativas y en los procesos de convalidación de títulos, así como la falta de  implementación de mecanismos estructurales que permitan prevenir este tipo de irregularidades.  

     

    Ciudadanía en riesgo: efectos de los títulos falsos 

    La ciudadanía es la principal afectada. Cada diploma falso o irregular no solo abre la puerta a que una persona ocupe un cargo sin preparación, sino que debilita la credibilidad del sistema educativo entero. Para la gente común, la consecuencia es clara: funcionarios públicos sin formación real pueden tomar decisiones o ejercer prácticas que afectan la dignidad y el bienestar de los ciudadanos. El ejemplo más recurrente gira en torno a las responsabilidades de profeisonales del sector salud, pero un administrador mal preparado puede llevar una empresa a la quiebra o dar mal uso a recursos públicos, un comunicador mal preparado ahonda fenomenos de desinformación, ni qué decir de los efectos en ámbitos como el de la Ingeniería, la Química, el desarrollo de software o el diseño .

     

    “Por ejemplo, si hay una persona que llega por rosca a un hospital, no es idóneo y le acomodaron los títulos educativos para que pueda estar ahí, esta persona puede tomar decisiones que podrían afectar las vidas de los pacientes de ese hospital”, agrega Nelson Matta. 

     

     El escándalo también genera desconfianza hacia quienes sí cumplieron con todos los requisitos, pues la sospecha se generaliza. O octubre de 2025, el Ministerio de Educación reportó 500 casos de fraude en procesos de convalidación de títulos, estadística que levanta sospechas en organismos homólogos en el exterior que lo pensarán dos veces antes de reconocer un título expedido en Colombia, lo cual afecta a las instituciones de educación, especialmente en sus planes de programas a distancia o abiertos a intercambios.

     

    Esto no solo afecta la legitimidad de las instituciones educativas, sino también de los entes gubernamentales encargados de monitorear y verificar dicha información. A largo plazo, esta pérdida de confianza provoca que la ciudadanía deje de creer en la transparencia y veracidad de quienes lideran las instituciones públicas: “Hay personas que están ocupando unos cargos demasiado importantes a nivel municipal, regional o nacional. Y es importante que estemos todo el tiempo auscultando la idoneidad de esos funcionarios porque sus malas decisiones pueden terminar afectando la economía, el empleo y la salud”, concluye el periodista. 

     

    De otra parte, analistas jurídicos consulados por Contexto coincidieron en señalar que la situación puede abrir una línea de jurisprudencia en que no solo se sancione a quienes tramitan fraudulentamente un diploma, sino que convierte a las instituciones en víctimas que buscarán trasladar los perjuicios a las personas implicadas. Es decir, se multiplican las causas penales.

     

    En Colombia, el acceso a la información sobre la validez de los títulos aún es limitado y poco difundido. Muchos ciudadanos desconocen que existen entidades que se encargan de registrar y monitorear estos documentos. El Ministerio de Educación Nacional cuenta con el Sistema Nacional de Información de la Educación Superior (SNIES), una base pública donde se pueden consultar las instituciones y programas acreditados. Sin embargo, este sistema no siempre refleja los casos de falsificación o irregularidades internas, pues su función principal es registrar información académica, no sancionatoria. 

     

    Un fenómeno opaco, pero visible

    El seguimiento periodístico ha sido decisivo para visibilizar lo que muchos denominaron un “mercado gris” del conocimiento. El periodista judicial Nelson Matta, explicó que el problema no se limita a falsificaciones burdas, hechas en impresoras de barrio. Hay una zona gris o como él lo llama, más bien un agujero profundo y oscuro en la que intervienen universidades, funcionarios y abogados que legitiman títulos con procesos irregulares. Esa es la parte más peligrosa, porque opera dentro de la legalidad aparente. 

     

    Matta también señaló que los periodistas enfrentan dificultades para acceder a documentos oficiales que confirmen o desmientan irregularidades: “Las universidades tienden a blindarse bajo el argumento de la confidencialidad académica, lo que termina protegiendo a los responsables. En muchos casos, solo tras una orden judicial se puede acceder a actas de grado o expedientes”. 

     

    A partir de testimonios como estos, se hace evidente que la prensa ha funcionado como mediadora entre la justicia y la ciudadanía, convirtiendo los archivos y sentencias en relatos comprensibles. Mientras la burocracia se demora en actuar, los medios abren espacio a la discusión pública. Más allá del escándalo, el cubrimiento periodístico permite revelar patrones comunes: redes de intermediarios, negligencia institucional y ausencia de control sobre títulos con valor oficial. En ese sentido, la investigación periodística no solo denuncia y advierte a las instituciones que el silencio no exime de responsabilidad. 

     

    La Fiscalía General de la Nación y la Procuraduría General son las entidades competentes para recibir denuncias sobre falsedad documental o ejercicio fraudulento de una profesión. En el ámbito universitario, las propias instituciones tienen la obligación legal de certificar la autenticidad de sus títulos y de remitir a las autoridades competentes cualquier hallazgo de falsificación o irregularidad. Sin embargo, en muchos casos el temor a los efectos reputacionales ralentiza los procesos.

     

     

  • El primer cuarto de siglo de la plaza que le dio forma a Ciudad Botero

    La Plaza Botero nació como símbolo de una transformación urbana y logró el propósito de atraer visitantes del país y del mundo, pero se convirtió en el espacio que habitan quienes trabajan y viven de ella, lo que la vuelve en una fuente de historias de la ciudad desde hace 25 años.

     

    Juan José Yath / juan.granadosg@upb.edu.co

     

    Entrar a la Plaza Botero desde el viaducto del metro es ser recibido por algunas de las 23 esculturas que hay del artista que da nombre al lugar. Junto a ellas, hay puestos de comerciantes extendidos en diferentes zonas de la plaza. Los productos van desde souvenirs, imágenes de las pinturas de Botero, surtidos de comida, fotografías y hasta personas de restaurantes cercanos para mostrar la carta de los almuerzos.

     

    La explanada quedó donde años atrás había negocios tradicionales del centro, principalmente litografías y algunos billares reconocidos, una manzana completa que desapareció como parte de un proceso de transformación que buscaba una nueva ciudad, una tocada por el arte y específicamente la obra del de uno de los nombres más reconocidos en la materia: Fernando Botero.

     

    Al Museo de Antioquia ya le había hecho varias donaciones, hasta que a finales del siglo XX se decidió a entregar parte importante de su obra para que fuera expuesta en su país. Su propuesto tuvo más eco en Bogotá que en su región natal y fue cuando ya se hablaba de las obras que iban para la capital, cuando gestores culturales y empresarios de la región, liderados por Pilar Velilla, pusieron el entonces llamado Museo de Zea a disposición de la idea del artista pictórico colombiano con más proyección internacional.

     

    Que la obra de Botero tuviera un espacio adecuado, derivó en el cambio de sede y de nombre de la institución, llamada desde entonces Museo de Antioquia. En la antigua sede del gobierno municipal se transformaron oficinas y salas de reuniones en galerías de arte. Los negocios y paseos comerciales de la manzana en frente dieron paso al museo a cielo abierto que es hoy la plaza.

     

    La plaza de la que nació Ciudad Botero hace un cuarto de siglo

     

    Un lugar de trabajo

    Lo que se concibió primero como un atractivo turístico se pensó también como un espacio que daría oportunidades de sostenimiento económico. Ninguna proyección seguramente contemplaría el modo en que hoy decenas de personas trabajan al tiempo que disfrutan en primera fila la forma en que la plaza y sus esculturas cautivan a los visitantes.

     

    Marco Antonio Londoño es Guía turístico de Ciudad Botero, quien en sus descansos se sienta cerca a los comerciantes para hablar, en medio de la costumbre de ver personas de distintos orígenes, no solo fuera de Medellín y Antioquia, sino del país. “Es un museo abierto al mundo”, como la describe.

     

    “Hay personas con las que yo he tenido la oportunidad de compartir, que son personas que vienen desde países que yo nunca he escuchado y vienen solamente con un propósito, interactuar con las esculturas”, resalta Londoño.

     

    Muchos de los trabajadores de la plaza están organizados y amparados por una organización llamada Asobotero. Alberto Ávila es su representante legal, la persona que habla en nombre de sus compañeros con los que a menudo conversa. Enfatiza que uno de los compromisos que tiene el colectivo es mantener la plaza limpia, ya que no solo es un campo de baldosas y esculturas, sino que cuenta con zonas verdes a su alrededor con diferentes tipos de plantas, además de fuentes que le dan variedad al paisaje.

     

    En su posición de representante y también de líder social, Ávila reconoce el impacto económico en sus compañeros agremiados: “La plaza de Botero ha sido una rentabilidad muy, muy buena para nosotros los vendedores e independientes, con la cual nosotros salimos de un día a día a trabajar y la plaza de Botero ha sido una bendición y es un legado muy hermoso que nos dejó el maestro Fernando Botero”.

     

    Su rutina transcurre a veces en uno de los puestos comerciales con bancas del sector. Trata de gestionar las necesidades de sus compañeros con quienes comparte el día a día. Una de ellas es que “en vez de pronto de desestimar al ventero, ubicarlos, organizarlos y ponerles un módulo a los venteros que tienen el manejo dentro de la plazoleta. Darles un trato digno y algo bonito para ellos, como son los módulos que siempre estamos pidiendo”, dice Ávila.

     

    Unos metros más allá, en uno de los bancos públicos junto a un árbol, se sienta con frecuencia Claudia Ocampo, al lado de sus termos con tinto que vende a quienes circulan. Ella antes se dedicaba a vender café y periódicos junto a un semáforo, un trabajo agotador que le obligaba a estar todo el día parada bajo el sol. Es una época que ahora ella cuenta con el árbol dándole sombra.

     

    Además de los tintos, Ocampo ejerce como trabajadora sexual. Los ingresos que ella recibe en total varían con el día. “Pues hay veces bien, otras veces mal. No sé, que a veces viene mucha gente, otra vez no viene casi. El tiempo, a veces la lluvia no deja trabajar”, menciona Ocampo.

     

    Sin embargo, reconoce que gana más que cuando trabajaba al lado del semáforo. Desde el banco donde se sienta se puede ver las esculturas de un hombre y una mujer que se miran de frente, llamadas “Adán y Eva”. Cuando su hijo era pequeño, los dos pasaban a veces por la plaza luego de recogerlo de una guardería cercana y, al pasar por la escultura de la pareja, el niño decía que eran papá y mamá, un recuerdo con su hijo que ella atesora. De eso hace 15 años.

     

    Caminando en dirección a los bordes del Museo se sienta Marisol Rueda junto a otros compañeros con los que pasa el rato. Ella también es trabajadora sexual y desde su ubicación tiene la vista de casi todo el parque, incluyendo una fuente y la ahora peatonal Carrera Carabobo, por la que no dejan de circular en ida y vuelta una mezcla entre turistas, ciclistas y peatones que hacen diligencias o trabajan en los alrededores. A Rueda le gustan las esculturas y cómo los turistas llegan y disfrutan de ellas, junto a lo organizado que es el parque, comparado con otras zonas del Centro.

     

    “Este parque me parece que es como un parque muy organizado, porque, si van al parque de Berrío, eso allá es como si fueran cantinas, ese desorden, eso allá con esas chazas, todo el mundo bebiendo, eso no parece como un parque allá, me parece horrible. Entonces, el parque más organizado es el Botero”, menciona Rueda.

    “Bueno, y no me gusta que estén sacando a las mujeres que están trabajando acá, porque igual no nos están dando nada y esto es un parque normal […] Entonces, si no quieren que uno no esté acá, pues que le den algo a uno”, menciona. Entre las personas que se dedican al trabajo sexual se han producido roces, especialmente entre personas nacionales y migrantes, como uno de los principales problemas de convivencia en el sector.

     

    Escenas y detalles de la vida en Plaza Botero, el eje de Ciudad botero. Fotos: Juan José Yath

     

    Otros trabajadores del sector

    Aun así, trabajar en Ciudad Botero le ha brindado a Rueda y a sus compañeros diferentes beneficios, desde la entrada gratuita al Museo, hasta participar en varios proyectos que maneja esta entidad. Uno de ellos es La Banca Azul, una iniciativa de mediación de lectura, escritura y oralidad, con apoyo de la Fundación para educación y la cultura MUV. Se encuentra al lado de las escaleras hacia el museo. La figura que la simboliza es de una bancacicleta para representar los vehículos de venta ambulante. La persona que lo coordina es Juan David Lopera, quien también es coordinador de gestión del conocimiento del área de educación del museo. Su compromiso por el contacto con las personas de la plaza le ha vuelto muy cercano a varios de quienes trabajan allá, por lo que no se puede pasar por la plaza sin al menos hacer varios saludos cordiales en el proceso: es uno de los puentes entre quienes habitan el espacio y el Museo.

     

    “[En La Banca Azul] se median procesos de lectura, escritura de oralidad en diálogo con las colecciones y obras del museo, tanto las obras de arte de la colección como las obras y materiales que están disponibles en la biblioteca. Entonces por eso me parece importante que vengamos acá, porque acá es donde tú vas a tejer el diálogo con algunas de las personas que constantemente habitan, viven y también sobreviven en la plaza Botero”, explica Lopera.

     

    Rueda es una de las que participan seguido en las actividades, que le da la bienvenida a quienes se mantienen en la plaza, así como a turistas o visitantes que se interesen al ver una carpa con un vehículo parecido a una bicicleta llevando una vitrina de libros. Es un pequeño espacio que integra a las comunidades una o dos veces por semana por medio del arte para leer, conversar e incluso realizar escritos. En una de las jornadas tocaron el tema de la fantasmagoría y colgaron textos e ilustraciones hechas a mano por los participantes.

     

    Erika Petro también es mediadora en el equipo de la Banca. Parte del trabajo es estar en la plaza y recibir a quienes vengan para las actividades, a la vez que observa sus alrededores y ve el flujo de personas de diferentes lugares, clases sociales, profesiones, etc. Es entonces un espacio de convergencia, “para leer lo que sucede con toda la diversidad, porque como confluye tanta gente, confluyen historias de diferentes clases sociales, de diferentes lugares del valle, como que es un lugar de encuentro […] El hecho de que el proyecto se dé en la plaza Botero nos da la perspectiva y la posibilidad de hacer lectura, escritura y oralidad con gente de una diversidad, pues, muy plural.

     

    El Museo de Antioquia también organiza el evento Vive la Plaza, que durante varios días ofrece eventos para integrar a la población alrededor de la plaza, lo cual también genera roces por el uso del espacio que usualmente ocupan los venteros. Desde talleres, música y películas, hasta conversatorios abiertos al público hacen parte de la agenda.

     

    En su labor de coordinador con el equipo de educación, Lopera también frecuenta la Casa del Encuentro, antigua sede del Museo, separada solo por un corredor. Allí se encuentra una biblioteca abierta al público y un centro de documentación sobre diferentes temas. El equipo realiza diferentes talleres en los que también participan quienes habitan de alguna forma la plaza.

     

    Vilma Beatriz Saraque, conocida también como “La Pinky”, es partícipe de los talleres, especialmente el de derechos humanos. Ella es trabajadora sexual y a veces pasa por la plaza, porque frecuenta más la cercana Iglesia de la Veracruz. Considera que estas actividades han sido un espacio de aprendizaje y ayuda para ella, quien ha sido víctima de violencia y discriminación en diferentes momentos. Cuenta que, con la formación que recibe, ella aboga por un mayor respeto entre todos, así como mejor escucha.

     

    Para la Pinky estas habilidades son un reto en su condición. “Porque por la noche no se ve aquí nadie, muy pocos [policías] y siempre lo miran a uno como el ave rapiña”. No obstante, sus gestos dan cuenta de su buen humor, así como el toque de estilo que le dan sus gafas sin lentes.

     

    Dentro del equipo de educación también se encuentra como mediador Juan Carlos Gómez, quien denomina este trabajo como el ser un “puente”. Ese nexo para hacer que personas que transitan de forma permanente o pasajera por la plaza se conecten con las obras del museo. Él también es conocedor de lo que significó la plaza para el sector.

     

    “Cuando llega Ciudad botero, no solamente transforma el espacio público, sino que también transforma las dinámicas de comunicación que tiene el museo con sus alrededores. A partir de ese momento se empieza a ejecutar el programa Museo 360 que se pregunta quiénes son los vecinos, cómo los podemos impactar”.

     

    En sus 3 años trabajando en el museo, Juan Carlos aprendió de los puntos de vista de personas con distintos trasfondos con las que tiene contacto dentro de la plaza. “Habitar y persistir en la plaza con los programas del Museo me ha permitido personalmente ser mucho más empático y tener una dosis de humanidad en estos discursos, los planes académicos que tienen que ver con las artes”, cuenta. Gómez ha sido testigo de los contrastes entre lo que era la plaza ahora de cómo era años atrás. Conserva el recuerdo de pequeño de pasar por la carrera Carabobo en bus cuando todavía circulaban vehículos.

     

    En cuanto al futuro, el Museo tiene pensado expandir Ciudad Botero hasta el espacio del parqueadero de la entidad y con ello tener mayor conexión con otras plazuelas del sector. “Crear entonces un espacio público continuo que trate comunicarse con la plaza Zea [Francisco Antonio Zea] y posteriormente sobre otras plazas que miran hacia la Plaza Minorista […] Es pensar una extensión de la Plaza Botero hacia ese costado occidental”, señala la directora María del Rosario Escobar.

     

    Ciudad Botero es entonces un espacio de convergencia de diferentes orígenes, de diversas polémicas en torno a cuestiones que a todos interesan. Esa notoriedad quedó en evidencia durante el encerramiento de 2023, un mal llamado “abrazo” que rodeó la plaza con vallas para disminuir la inseguridad. Para entrar tocaba pasar por un control de la Policía y el aspecto o las supuestas intenciones podían generar prejuicios y, tal vez, la negación de la entrada.

     

    En su visión de futuro, la directora Escobar ratifica la condición actual de la plaza, de ser “abierta, libre y democrática “. Y aunque reconoce que pueden controlar todas estas situaciones sin el apoyo de los organismos públicos, el Museo actúa para mantener el carácter de referente turístico y cultural, que incluiría proporcionar un espacio cómodo para estar. En ese propósito han logrado sumar a la comunidad alrededor.

     

    Razón le da el hecho de que las tensiones no han frenado a la plaza de ser uno de los puntos de visita más populares en la capital antioqueña. Un lugar que, como dice Érica sirve “para leer a Medellín, al Valle de Aburra”, e incluso, “leer a Colombia”.

     

     

     

     

     

  • Movilidad social en Medellín, entre brechas y esperanzas

    Ana Sofía Araque Panesso / ana.araque@upb.edu.co

     

    Hablar de movilidad social es hablar de oportunidades. ¿Qué tan posible es que un joven nacido en un barrio popular de Medellín logre ascender en la escala social? ¿Y qué tan probable es que retroceda? En una ciudad atravesada por la desigualdad, las respuestas no siempre son alentadoras.

     

     

    Del concepto a la realidad en Medellín

    La movilidad social, según el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, se refiere al aumento equitativo de las oportunidades de las personas en salud, educación e ingreso a lo largo de su vida y entre generaciones. Medellín, a pesar de sus avances en infraestructura y reputación de “ciudad innovadora”, sigue enfrentando profundas brechas que ponen en duda la promesa de que aquí cualquiera pueda “salir adelante”.

     

    Desde 2014, el Índice de Progreso Social (IPS) mide la calidad de vida en la ciudad. Y lo que muestra no es homogéneo: mientras algunas comunas disfrutan de altos niveles de bienestar, otras siguen rezagadas. Por ejemplo, en 2019, menos del 35% de los jóvenes entre 18 y 24 años de Villa Hermosa o la zona nororiental asistían a la universidad, frente al 69% en comunas como El Poblado y Laureles. En otras palabras: el simple hecho de nacer en un barrio u otro puede marcar de entrada las posibilidades de movilidad social.

     

     

    Retrocesos en calidad de vida

    El Informe de Calidad de Vida 2020-2023 refuerza esta preocupación. Aunque la ciudad no registró un deterioro general en ingresos, la gestión pública mostró grietas: alta rotación en el personal, pérdida de cooperación público-privada y decisiones poco sustentadas en evidencia. Esto, en últimas, se traduce en algo concreto: pérdida de confianza. De hecho, la credibilidad en la Alcaldía y en la mayoría de las instituciones públicas cayó a niveles históricos, con un 23% de la población expresando descontento frente al manejo de los recursos.

     

    Esa desconfianza no es un asunto menor. Cuando las instituciones no generan credibilidad, los ciudadanos perciben que la movilidad social está bloqueada. ¿De qué sirve esforzarse en estudiar o emprender, si el sistema que debería garantizar equidad no logra sostenerlo?

     

    La perspectiva sociopolítica también ofrece claves para entender la movilidad social en el Valle de Aburrá. Carlos Nelson Durango Durango, juez tercero civil municipal de Envigado, explica que, aunque su ejercicio está en un municipio vecino, las dinámicas de Medellín no pueden separarse de las del área metropolitana. Desde su visión, fenómenos como el desempleo, la falta de educación y la violencia inciden de manera directa en el estancamiento de la movilidad social.

     

    Abrir audio

     

    A esto se suma un dato doloroso: entre 2020 y 2023, el 28% de los hogares en Medellín reportó no poder acceder a tres comidas diarias, el porcentaje más alto en 18 años. Aunque la pandemia explica parte de esta crisis, el hecho de que la cifra se mantuviera pese a la reactivación económica demuestra que el problema es estructural. La movilidad social, en estos casos, no solo se detiene, retrocede.

     

     

    Educación y salud: las puertas que no siempre se abren

    Si hay dos pilares fundamentales para ascender socialmente, son la educación y la salud. Pero ambos muestran señales de deterioro en Medellín.

     

    La Encuesta de Percepción Ciudadana 2024 reveló que la satisfacción con la educación cayó a su mínimo histórico (64%). No es solo un asunto de calidad académica, sino de condiciones físicas de las sedes: techos que gotean, aulas hacinadas, falta de recursos. En salud, la percepción de los ciudadanos también es negativa. No solo disminuyó la proporción de personas que consideran buena su salud física y mental, sino que persiste la inconformidad con la calidad del servicio.

     

    Para profundizar en este panorama, la mirada de los expertos resulta clave. John Jairo Bohórquez Carrillo, médico egresado de la Universidad de Antioquia, magíster en Administración en Salud y actual presidente de la Academia de Medicina de Medellín, ha dedicado más de dos décadas al estudio de la humanización en medicina. Desde su experiencia, subraya cómo la desigualdad en el acceso a la educación, la precarización laboral en el sector salud y las brechas estructurales del país impactan directamente en la movilidad social.

     

    Abrir audio

     

    Sin embargo, no todo es pesimismo. En la misma Encuesta de Percepción Ciudadana 2024 hay datos que muestran un leve aumento en la percepción positiva sobre la facilidad para emprender y conseguir empleo, aunque los niveles siguen siendo bajos. Tal vez ahí hay una chispa de optimismo: el reconocimiento de que, a pesar de las dificultades, existe un deseo de buscar oportunidades. Además, el médico Bohórquez resalta que no todo depende de la riqueza económica: cuidar la salud también puede empezar desde hábitos sencillos y accesibles, lo que él llama las “A” de la salud: aire, agua, alimentación, actividad física, amor, autoestima, autoeducación. Estos factores, aunque parezcan básicos, demuestran que la movilidad social puede apoyarse no solo en los ingresos, sino también en la capacidad de las personas para construir bienestar desde lo cotidiano.

     

     

    ¿Es posible la movilidad social en Colombia?

    Según el Índice de Progreso Social global de 2019, Colombia ocupó el puesto 56 entre 149 países. No es el peor escenario, pero tampoco uno para enorgullecerse.

     

     

    La desigualdad sigue siendo el gran obstáculo. Mientras unos pocos concentran la riqueza, la mayoría de la población enfrenta dificultades para acceder a derechos básicos: los mayores rezagos están en sostenibilidad ambiental, acceso a la información y a la educación, seguridad personal, agua y saneamiento básico, según el Índice de Progreso Social para Medellín. La ciudad refleja esta paradoja: tiene sectores con altos niveles de bienestar y modernidad, pero convive con barrios en donde las brechas parecen insuperables.

     

    La movilidad social en la ciudad no es imposible, pero sí profundamente desigual. Depende del barrio en el que se nace, de las redes familiares y de la capacidad de las instituciones para trabajar de manera articulada. La gran pregunta que queda en el aire es si Medellín está dispuesta a cerrar esas brechas para que el “progreso” no sea un privilegio de unos pocos, sino una oportunidad real para todos.

     

    En últimas, la movilidad social no puede entenderse solo como un asunto de ingresos o patrimonio. Está atravesada por la educación, la salud, la vivienda, la seguridad y hasta la confianza en las instituciones. Cada una de estas aristas define las posibilidades de ascenso o estancamiento, y juntas demuestran que hablar de movilidad social es hablar, en realidad, de la calidad misma de la vida en sociedad.

     

     

  • Los surcos que giran en Medellín

    Andrés Camilo Hincapié / andres.hincapiee@upb.edu.co

     

    “Cada persona que conoces, en el momento que compra un disco, que va detrás de un disco, que quiere un disco, siempre va detrás de una historia.” 

    —Jorge Iván de la Hoz, Granada Chapter 

     

     

    Todo vinilo nace de un disco maestro: una pieza grande y delicada que debe tratarse con el cuidado de un vidrio fino, pues de sus líneas en espiral o más precisamente, de sus surcos, dependerán todas las copias. El trabajo para fabricar uno de estos discos pasa por muchas manos; a partir de él se crean moldes metálicos, mediante prensas y calor, se prensan los discos que luego se recortan y revisan. Tras su paso por la fabrica, el viaje continúa hasta las ciudades donde cobran sentido. 

     

    En Medellín el relato del vinilo se escucha gracias a las personas que mantienen vivos sus sonidos: coleccionistas, vendedores, músicos, DJs y amantes de la música. Aunque parece que su moda regresó, la realidad es que nunca se fue. El auge de estos discos viene de una mezcla entre nostalgia, influencias familiares e historias escondidas tras cada tornamesa y cada caratula cuidadosamente preservada. 

     

    Entre esos sonidos se escucha la historia de Jaime Franco, un nombre que resuena para quienes han caminado por las torres de Bomboná, visitado la Corporación Ateneo Porfirio Barba Jacob o han buscado un disco difícil de conseguir en el centro.

     

    De 46 años, Jaime es uno de los dueños de Dyler Music. Es un hombre alto, delgado, de mirada profunda y amable, su trayectoria como DJ, coleccionista de vinilos, casetes y CDs comenzó en la infancia; es una persona curiosa y con un oído afinado para los detalles, pero, sobre todo, es un apasionado por la música. 

     

    Su historia con el vinilo comienza de manera simple, entre los años 1986 y 1987, cuando tenía cerca de ocho años, su casa era un refugio musical, pues no era raro escuchar las voces de Michael Jackson, Camilo Sesto o Lucho Bermúdez resonando entre sus paredes. El origen de estos sonidos viene de su primo, Jaime Ruiz, un melómano empedernido que una vez al mes organizaba lo que el Dyler llama “las fiestas de garaje”: una fiesta con amigos donde se reunían a escuchar vinilos, algunos casetes y bailar toda la noche al ritmo de diferentes bandas de la época, bajo las luces del patio de su casa en el barrio Buenos Aires.  

     

    Sin embargo, la influencia de su familia no terminaba con estas fiestas. Sus padres acostumbraban disfrutar de tiempo juntos alrededor de unos cuantos vinilos y un par de cervezas. Jaime, aun siendo niño, se integraba con naturalidad a esos encuentros: limpiaba los discos y ponía los vinilos en el tornamesa mientras conversaba con ellos sobre la música. Hoy en día, él mismo reconoce ese ritual como su posible inicio como DJ. 

     

    El mundo del vinilo gira a distintas revoluciones por minuto (RPM), velocidades a las que deben girar para sonar correctamente, y por sus manos pasaban discos de todas ellas: los 78, de 40 centímetros, considerados los padres de una era musical y producidos hasta los años 50; los 45, más pequeños, de unos 17 centímetros y pensados para una sola canción por lado, populares para sencillos o EPs (Extended plays), discos que reúnen entre tres y cinco temas; y los 33 o LPs (Long plays), de tamaño similar a los 78 pero capaces de ofrecer un álbum completo.  

     

    Para Jaime Franco, esas revoluciones no solo marcan el ritmo de la música sino también el de su vida. Su amor por ellas se volvió más personal cuando tenía diez años. Fue entonces cuando sus padres le regalaron su primer vinilo: un disco de la banda chilena, Los Prisioneros. En ese momento, solo conocía algunos temas del grupo, pero había conectado con “El Baile De los Que Sobran” una canción que estaba de moda en las emisoras del país. Ese disco se volvió suyo; lo escucho tantas veces que el sonido fue perdiendo nitidez, desgastado por la aguja y la costumbre. A partir de ese momento desarrollo el hábito de dejar que cada canción del disco le hablara una por una hasta que la música se integró a su ADN. 

     

     

    La caza de un tesoro, que hizo de ciudad

    Décadas atrás, conseguir un vinilo como ese en Medellín requería algo de suerte y mucho entusiasmo. Durante los años 70 y 80, la ciudad llegó a tener varias fábricas de discos que producían tanto copias internacionales como grabaciones locales. Sellos como Codiscos, Discos Victoria o Discos Fuentes no solo distribuían grabaciones extranjeras, sino que impulsaban el talento local. 

     

    Tener un vinilo de alguno de estos sellos en la casa era tener un pedazo de la historia sonora colombiana. Pongamos por caso Discos fuentes, considerada pionera en la industria fonográfica y una de las empresas más antiguas de América Latina. Fue fundada por Antonio Fuentes en 1934 en Cartagena y trasladó sus operaciones a Medellín en 1954, entre otras razones, por influencia de su esposa Margarita Estrada.  

    Esta compañía prensaba vinilos y construía memoria. En sus micrófonos se registraron las voces de artistas como el Joe Arroyo y Fruko y sus Tesos. 

     

    Sin embargo, el tiempo no se detuvo para la ciudad, y la tecnología tampoco. Hoy, los sonidos de Discos Fuentes vienen a través de bits. La empresa discográfica se convirtió en Edimúsica, una editora musical que se encarga de promocionar y publicar canciones a través de una plataforma digital.  

     

    De la misma manera, a comienzos de los noventa, con la llegada del walkman y el auge de los casetes, la experiencia musical se volvió portátil: ya no estaba atada a la sala de la casa; ahora cabía en el bolsillo. Para Jaime, ese pequeño reproductor de audífonos naranjados significó un inicio oficial en su camino como coleccionista.  

     

    Así lo recuerda el Dyler Music, esa fue la oportunidad para tener entre sus manos cada vez más música. Pasó de un disco de vinilo a cinco o diez casetes. Empezó a grabar cintas, a intercambiarlas, a armar compilaciones como quien escribe cartas con canciones. Y, sin saberlo, se convirtió en coleccionista.  

     

    Aunque Jaime ya era un enamorado del vinilo, no les temía a los nuevos formatos. En 1993 se compró su primer CD, buscando ampliar su colección con aquello que le permitiera descubrir más música. Su curiosidad lo llevó a recorrer la ciudad en busca de nuevos sonidos, y daba la casualidad de que Medellín vibraba con tiendas que eran templos para melómanos: La Feria del Disco, Discos La Rumbita y Compactos y Videos son solo algunas de las que había en la ciudad. Cuando Jaime visitaba una ellas, salía con un disco bajo el brazo, y muchas veces con un casete en mente. 

     

    Porque, además de comprar, grababa. Hacía compilaciones caseras para sus amigos, les ponía nombre, las decoraba y, poco a poco, empezó a venderlas. Su trabajo como Dyler había comenzado. Para entonces, el vinilo ya no tenía la misma fuerza. El casete y el CD dominaban el mercado: eran más prácticos y baratos; pero los tres formatos seguían conviviendo. Cada uno gozaba de su propia experiencia de escuchar música y Jaime navegaba entre esos mundos. 

     

    Fue así como, el 21 de junio de 1994, encontró un trabajo en La X, una emisora que marcaba tendencia. La radio fue su escuela; allí empezó su camino como Dj, pero de radio, como lo llama él. Aprendió de música, a empatar canciones y a mezclar géneros bajo la tutela de locutores como Julián Bustamante.  

     

    Desde ahí, salto a los bares. Llevaba sus maletas llenas de CDs y casetes. El vinilo, aunque más escaso, nunca desapareció de su maleta, y así continuó trabajando hasta que, en los años 2000, la llegada de internet a Colombia significó un duro golpe para los formatos físicos en la ciudad. Si bien las primeras conexiones a internet en el país se rastrean al año 1994, no fue sino hasta el siglo XXI cuando se empezó a convertir en algo común en los hogares. 

     

    Con el internet, aumentó la piratería y consumir música era más fácil que nunca. Atrás habían quedado los días de pasear por tiendas de la ciudad en busca del vinilo perfecto. Ahora bastaban unos cuantos clics para encontrar todo el mundo musical al alcance de la mano. No era fuera de lo común encontrarse con la venta de “tripletas” en semáforos de la ciudad: CDs que podían contener toda la discografía de diferentes artistas a precios económicos.  

     

    A pesar de esto, Jaime Franco nunca paró de trabajar. Como Dj, puso el vinilo en pausa, los CDs y los casetes, y dio el salto al formato MP3. No obstante, este clásico del audio nunca desapareció. El vinilo permaneció bajo el radar del consumidor promedio y continuó vivo para quienes sabían dónde buscarlo: coleccionistas y melómanos. También, para las manos inquietas de los Crate diggers; personas que buscaban vinilos durante horas o incluso días, hasta encontrar esas joyas perdidas en el tiempo. 

     

    Jaime Franco – el Dyler Music ha sido un apasionado y promotor del disco en Medellín. Comparte incluso con colegas como Jorge Iván de la Hoz – Granada Chapter. Fotos: cortesía y Andrés Camilo Hincapié.

     

    Cambios en el negocio y una pasión intacta

     

    En medio de esta transición se alzó Tower Records, en el Parque Comercial El Tesoro, un refugio temporal para el formato físico. Venía directo de California, Estados Unidos, y era conocida como una tienda de cultura musical. Fue clave para la supervivencia del CD y demás medios físicos en una época en que el mundo comenzaba a digitalizarse. En ese mismo lugar, trabajó Jaime Franco, testigo de una industria que empezaba a olvidarse del sonido de los surcos, pero que se resistía a dejar morir lo material. 

     

    Entonces se escuchó un grito de lo análogo, el 19 de abril del año 2008 se celebró el primer Record Store Day, el Día de las Tiendas de Discos, protagonizado por la Banda Metalica desde Rasputin Music, en California. Fue un gesto de resistencia frente a lo digital, un homenaje a ese ritual de buscar con intención y descubrir nuevos sonidos. 

     

    Aunque nació lejos de Medellín, este gesto encontró eco en Colombia. Desde el año 2023, el país se sumó a la tradición a través de La Roma Records, que asumió el rol de embajadora en Bogotá. Medellín se unió con la participación de Surco Records, en La Pascasia, además, este año 2025, como parte de la última edición, el grupo bogotano Frente Cumbiero lanzó un álbum especial titulado Inconcreto & Asociados, pensado exclusivamente para la ocasión.  

     

    Señas de un regreso

    Pero no nos adelantemos tanto, ¿cómo volvió el vinilo al frente en la ciudad? 

    La respuesta no está solo en la nostalgia ni en las colecciones privadas que sobrevivieron al paso del tiempo, está en la escena cultural que empezó a recuperarlo como símbolo. En febrero de 2016, de la mano del melómano Óscar David Sevenina, nació La vinilada, como primera actividad pública de La Licuadora. Inspirado por sus visitas a ferias de discos en París, Sevenina busco replicar en Medellín esos sonidos culturales.  

     

    Según cuenta la historia, la primera edición de La vinilada fue un espacio único en Medellín para conversar, intercambiar y celebrar la cultura del disco, algo poco común por aquel entonces. 

     

    Con el paso de los Volúmenes, el evento transitó por varios escenarios y se consolidó como un espacio para celebrar la música y el formato físico. Hoy, La vinilada se celebra cada tres meses en el Exploratorio del Parque Explora, habiendo alcanzado su Volumen 31 el sábado 14 de junio de este año. Su impacto ha sido tal que ha inspirado otros encuentros alrededor del vinilo, incluso a eventos que han adoptado su nombre.  

     

    Sin embargo, falta algo más por contar. Volviendo a Jaime Franco, ¿cómo nació Dyler Music?  

    Empezó con sus días en el colegio cuando grababa casetes; empezó cuando Jaime compró su primer lote de CDs y vinilos y vendió a sus amigos aquello que les podía gustar; empezó cuando su pareja, Paola Ramírez, mejor conocida como Wonder Pao, le propuso llevar esa idea a otro nivel y crear una página en redes sociales.   

     

    Dyler Music es una expansión de su colección personal, una que dice más de él que cualquier palabra. Es un retrato íntimo de su propio mapa sonoro que va de los clásicos a rarezas que solo el oído atento sabe captar. Jaime es un guardián de la memoria que encierran esos surcos. Sabe que algún día no estará para girar los discos, y desea que su colección termine en manos que la valoren. En cada vinilo que guarda hay un pedazo de historia, tanto de la música como de la vida que ha vivido. 

     

    Conozca las voces e historias que hacen parte de la vida del vinilo en Medellín haciendo clic en el botón:

     

     

     

     

     

     

  • Cosas de familia y otras señales del conservadurismo joven en Medellín

    Por Rune Osorio, Mirlo Callejas / periodico.contextoupb.edu.co

     

    En las más recientes elecciones al Consejo Distrital de Juventudes de Medellín, órgano consultivo sobre política de juventud en los municipios de Colombia, las postulaciones de jóvenes respaldado por partidos de pensamiento conservador tuvieron las más altas votaciones y obtuvieron una notoria representación. Estos y otros signos como los hábitos y decisiones de muchos jóvenes sobre sus proyectos de vida, dan cuenta de un resurgir de concepciones tradicionales. ¿A qué se debe? ¿Qué implicaciones tiene? ¿Cuáles son los factores de tensión? ¿Cuáles son los consensos?

     

    En esta serie audiovisual consultamos jóvenes, expertos y recogemos contrastes y acuerdos sobre el tema. Clic para ver los videos:

     

    ¿Hay un conservadurismo renovado? Parte.1. La familia ahora… ¿es cómo antes?

    ¿Eres joven en Medellín? 🤔 ¿Sientes que las ideas tradicionales sobre familia y tradición toman nuevo impulso? En esta serie lo revisamos. 📊 En las más recientes elecciones al Consejo Distrital de Juventud, los partidos de tendencia conservadora obtuvieron notorias mayorías. Analizamos el auge del pensamiento conservador entre la juventud de Medellín.

     

    Video

    Parte 2: Cosas de familia y otras señales de un nuevo conservadurismo en Medellín

     

    ¿De dónde viene la visión conservadora de la familia en Medellín? 🕰️La historiadora Alejandra Isaza nos lleva al pasado para entender la tradición antioqueña. Descubre cómo la historia y la tecnología marcan las ideas de la juventud de hoy. Lo dijo Isaza: “El presente llama al pasado que necesita”.

     

    Video

     

     

    Cosas de familia y otras señales de un nuevo conservadurismo. Parte. 3

    ¡Giro a la derecha! 📈 ¿Está la política impulsando el conservadurismo en los jóvenes paisas? El politólogo Nicolás Molina analiza el viraje ideológico, el papel de las redes sociales y cómo la política se presenta como solución para una juventud curiosamente nostálgica.

     

    Cosas de familia y otras señales de un nuevo conservadurismo Pt.3 #periodismouniversitario

     

    Cosas de familia y otras señales de un nuevo conservadurismo. ¿Y ahora? Parte. 4

     

    Después de explorar la historia, la política y las voces jóvenes, por fin podemos responder. ¿se ha recobrado el conservadurismo social en la juventud de Medellín? 🤔 Una mirada a la familia, los valores y lo que todos buscamos: conexión humana, más allá de la forma. ❤

     

    Video

     

  • El radioteatro tiene un secreto: Ailatan, un bosque en La Floresta

    Por Susana Arcila Jiménez / susana.arcila@upb.edu.co

     

    Son las 6:55 p.m. de un martes fresco pero pesado en La Floresta, Medellín y pienso en lo lejos que estoy generacionalmente de conocer voces como las de Bernardo Romero Lozano, uno de los primeros directores de cine, teatro y televisión colombiano, o Roberto Uguetti, una de las voces protagónicas de Radio Nutibara, en el radioteatro de los años 40, 50 y 60. De repente noté el alumbrado público y los ruidos del estudiantado de la Institución Educativa Concejo de Medellín tras la jornada escolar y me di cuenta del paso del tiempo, de lo mucho que se ha transformado la urbe. ¿Por qué hoy es ajeno hablar de radioteatro en Colombia? De hecho, resulta ajeno hablar de radioteatro en Medellín.

     

    En la época dorada del radioteatro y la radio tradicional, hace más de 50 años, las emisoras armonizaban el oído de la gente que se sentaba a escuchar “La ley contra el Hampa” (años 50–60) o las aventuras de “Kalimán, el hombre increíble” (1963–1995 en radio) para entretenerse e incluso informarse un poco. Cuando la ausencia de la televisión era colectiva y la radio vivía su época dorada, las radionovelas y el radioteatro acompañaban las horas y los días del pueblo colombiano. 

     

    La radio, desde su masificación entre finales de los años 20 y las décadas de 1930–50, consolidó el radioteatro como un formato popular y accesible en toda América Latina: dramatizados, radionovelas y series en vivo llenaron las parrillas e incluso funcionaron como dispositivos de alfabetización cultural y entretenimiento masivo.

     

    Hacer radioteatro en esa época se basa en la ambientación y recreación de historias, con una atmósfera capaz de crear imágenes sin necesidad de verlas en público; sin embargo, el radioteatro clásico y tradicional se transmitían en vivo, a modo de cápsulas dentro de las emisoras de las cadenas grandes de comunicación como Caracol o la Radio Nacional de Colombia. 

     

    El cubrimiento y deseo de visibilización del arte en la ciudad y los medios, liderados por la radio, abren espacio a quienes cuentan las mejores historias, a quienes tienen nuevas ideas o quienes logran adaptar las narraciones europeas del teatro clásico. Además, el radioteatro articula lecturas de la literatura, adaptaciones dramáticas y ficciones locales que acompañan procesos de modernización cultural en varios países de la región.

     

    En Colombia, para los años 50, la generación de contenido radiofónico era masiva. La cantidad de propaganda y publicidad radial invitó a las voces de la radio tradicional a realizar locuciones comerciales, narraciones promocionales. La industria comercial fue el primer acercamiento de muchas actrices y actores de teatro contemporáneo; la simultaneidad de la generación de este contenido y la creación del entretenimiento radial permitieron el encuentro tras los micrófonos de profesionales procedentes de diversos ámbitos. 

     

    A raíz del crecimiento exponencial de las radionovelas y el radioteatro en cápsulas de entretenimiento, comenzaron a darse espacios de profesionalización como el famoso “radioteatro a escala”. Un recuento histórico hecho por Señal Colombia explica que se trataba de la apertura de espacios dominicales para adaptaciones dramáticas infantiles, hechas por guionistas de un modo tal que se elevaba la calidad técnica y dramática del medio. Ya entre las décadas de 1960–70 la televisión y la radio comercial comenzaron a remodelar sus parrillas de programación con formatos musicales y noticiosos, mientras que las producciones dramáticas migraron a la televisión o se transformaron con estructuras más seriales y comerciales. En Medellín, como en otras capitales, parte del radioteatro tradicional se redujo, aunque siguen existiendo dramatizados y programas locales con tradición. 

     

     

    Del esplendor al olvido 

    En el siglo XXI han surgido proyectos de revitalización, fusión con prácticas sonoras contemporáneas y estrategias digitales. Colectivos y compañías locales reinterpretan el formato: Radio Escénica de Colombia apuesta por conectar el radioteatro con la escena contemporánea y con festivales nacionales. El Teatro Popular de Medellín, por su parte, saca cápsulas de radioteatro infantil en colaboración con programas educativos de lectoescritura. 

    Sobrevive además Revelaciones del Bajo Mundo, nacido en 2008 bajo la fiebre de los blogs digitales. Este formato escrito fue creado por el periodista y dramaturgo Nelson Matta, en esa época vinculado a El Colombiano. “Era un blog especializado en la cobertura de hechos noticiosos ligados al crimen organizado en el Valle de Aburrá”, recuerda Nelson sobre Revelaciones del Bajo Mundo. Con el crecimiento que tuvo, fue el único que logró sobrevivir en la actualidad y mutó al podcast.

     

    “La transformación del radioteatro en Medellín es absolutamente triste. Porque es lo que le pasa a la vejez, ¿no?”, me dice Felipe Álvarez, director y dramaturgo del colectivo Radio Escénica de Colombia (REC), el único grupo que hoy sigue haciendo radioteatro en vivo. La vez, dice, “es olvidada. Que es muy querida, es añorada, pero es olvidada. Y eso le pasó al radioteatro en esta ciudad. Esta ciudad fue la que con Tolima y Barranquilla pusieron el radioteatro de moda en el país”. Y, mientras lo oigo conversar, pienso que parece que Medellín lo revivió.  

     

    Una casa mágica en La Floresta 

    Ahora se hace más oscuro. El grupo de estudiantes que me acompaña en el antejardín de una tienda vecina se ha ido. Tras leer un mensaje que me permite ubicarme, veo una silueta en un balcón de lo que parece una casa residencial. Supongo que es para mí. Es Julián Ospina, uno de los participantes de REC, a quien Felipe le ha indicado que me espere en el balcón para abrirme la puerta. 

     

    Le sonrío cuando logro identificarlo y comienza a bajar las escaleras en caracol hacia la reja. Cuando se ingresa a la Sala REC te recibe un balcón con una pequeña mesa redonda y sillas con el sticker del grupo. No hay puerta en la entrada: solo un marco de acero negro y un pasillo oscuro que da a un patio cerrado; más tarde se convertirá en el segundo escenario, en Ailatan. 

     

    A la derecha, unas telas amarillas juegan a las cortinas. Una tarima improvisada con cojines anaranjados sirve de base. Frente al recibidor, escucho una conversación fantástica de una obra ficticia antioqueña. Por primera vez oigo los cánticos de Plumoncha en vivo, una de las criaturas de Ailatan. Aquella voz que se pausa entre chismes fuera de personaje me conecta con los sonidos que llegan desde el pasillo. 

     

    La hora pico de las 7:00 comienza a perderse entre las paredes de la casa del radioteatro. Medellín está sorda y ciega frente a lo que esa casa resguarda. Comienzo a detallar algunos elementos: un piano amarilloso junto a cojines coloridos, instrumentos pequeños, un olor a casa vacía, a café y a juventud. Hay un teatro escondido en La Floresta. 

     

    El ensayo comienza. La música inicial está acompañada por un tono infantil y femenino que dice: “Y tú, ¿cómo te llamas?” marca el paso de los demás personajes. La Floresta desaparece y ahora estoy en Ailatan. Julián introduce sonidos que entran en discusión: “Esta escena ya no irá”, “cambiamos el sonido”, “esta es otra opción”. Estoy en La Floresta, me acuerdo cuando se dice “Esperen”, pero luego vuelvo a Ailatan y me imagino a todos los personajes. 

    Mientras me termino la última cucharada de granola, las cortinas amarillas se llenan de chistes y tablazos. El baile y los diálogos se atropellan entre sí. Más allá de las 8:00 aparece la voz del narrador; figura que más adelante, Felipe me dirá que se agrega al teatro europeo cuando se quiere transformar al radioteatro. 

     

    Hacer teatro involucra intervenir constantemente el guion y el montaje. “Esta es una obra prioritariamente escénica, a pesar de que tiene pequeños elementos de radioteatro”, comenta Felipe. Los elementos sonoros se hacen presentes: un cimbronazo metálico se busca entre lo que hay en la casa o en un banco de sonidos. 

    Dentro de la obra convergen elementos de voz en off, donde los personajes pasan a un plano invisible, detrás del telón, para narrar al público. Los reconocidos follies —sonidos creados en escena por las mismas voces— aparecen aquí. En el radioteatro tradicional había una figura encargada de sincronizar efectos con el guion y los tiempos de las voces. 

     

    Hablando de sonidos, la música del ensayo acaba. En un abrir y cerrar de ojos a la Sala REC la invaden las onomatopeyas. Se escucha fuerte y claro un: “ayustubilacatafi” proveniente de la mariposa Yuyú. Me impresiona. Tengo miedo de reírme, pues el elenco está en silencio, concentrado. Yo estoy impactada, ¿con que así hablan las onomatopeyas?, pienso. A partir de ese desconcierto, la normalidad se adhiere a mí. Escuchar a Yuyú me lleva otra vez a pensar que estoy en Ailatan. 

     

    Lo que sueñan las voces 

    Cuando visualizo los ensayos de La niña que aprendió a volar en Ailatan, me remonto a la infancia. Me habría encantado ver luces de colores, escuchar pájaros o reírme junto con La Agustina mientras la actriz saca un cartel que invita al público a reír o sentir miedo de la voz vigorosa del Sr. Nacirema. “[…] hicimos esta obra para tocarle el corazón a niños, niñas y personas más de mayor edad”, agrega Felipe. 

     

    La pandemia fue un punto de quiebre. “Cuando nos encerraron y no podíamos hacer nada, como teatro nos esforzamos muchísimo en buscar qué podíamos seguir haciendo. Y pensamos: si los niños no podían ir al teatro nosotros íbamos a llevar el teatro a sus casas. Ahí revivimos la idea de radioteatro que algunos ya habían trabajado”, comenta Teresita Estrada, directora del TPM. 

     

    “Las obras que hemos llevado al Radioteatro han sido escritas por dramaturgos del Centro de Creación e Investigación Dramatúrgica, textos pensados para ser vistos y escuchados que transformamos en guiones para ser solo escuchados”, complementa Iván Zapata. 

     

    El nacimiento de Radio Escénica ocurrió también en la pandemia. “Bueno, tenemos dos opciones, o paramos acá y hacemos un parche lindo de pandemia o seguimos investigando este lenguaje. Entonces seis de ellos me dijeron: ‘No, Pipe, hágale, pero si tú diriges’. Esa fue la condición. De ahí sale Radio Escénica de Colombia. La pandemia fue nuestro inicio”. 

     

    En otra visita a Ailatan, el escenario ha cambiado. Es domingo en la mañana, hay más luz. El pasillo se ve más corto y ancho. Las cortinas amarillas hoy están apagadas. Al fondo cuelgan vestuarios y hojas falsas. Los zapatos en el suelo y el gorro de Galathea dibujan una silueta extraña. 

     

    “Y tú, ¿cómo te llamas?”. Comienza el ensayo. Ahora veo más elementos. Visitar los ensayos de esta obra es como armar un rompecabezas de un solo color pero que al final tiene forma. Mis ojos presencian el momento en que el Sr. Nacirema le roba el color amarillo al corazón de Plumoncha. 

     

    Escucho aves y criaturas, veo cómo hacen los sonidos que acompañan la atmósfera. Los árboles humanoides se desplazan en el espacio. Y como si estuviera escrito, veo la reacción de una niña al escuchar el idioma de las onomatopeyas; sorpresa, confusión y curiosidad. El tiempo se va volando con las alas de Plumoncha, las de Yuyú y todas las criaturas voladoras de este territorio. 

     

    ¿Qué depara para el futuro del radioteatro en Medellín? “Yo, por ejemplo, podría con un software de inteligencia artificial revivir la voz de algún muerto que quisiera entrevistar, digamos, Luis Carlos Galán o Jorge Eliécer Gaitán”, responde Nelson Matta. “Yo lo imagino llevando el radioteatro a la ruralidad. […] La radio debería volver a la ruralidad. Porque al final, creo que el teatro debe servir para disminuir brechas culturales. […] La poesía no puede ser un asunto del cual solo algunas personas se beneficien”, agrega Felipe Álvarez. 

     

    ¿El color amarillo en la ruralidad? Por ahora, solo espero que regrese a Ailatan. Son las 3:00 de la tarde. “¿Cómo así que ya son las 3:00?”, escucho. Pienso igual. El radioteatro escénico exige bastante. 

     

    “Bueno, ¿cómo se sintieron hoy? Si seguimos así… nos va a ir muy bien”. Comienza Felipe.  “¿Dónde?”, dicen.  “Así, ensayando”. Agrega irónico.  “¡Ah! Yo pensé que en la vida”. Remata alguien. 

     

    “Bueno, ¿qué piensa Susana?”. Se dirige a mí.  Solo puedo decir:  “¡Esto está increíble! Yo quiero venir a ver esto”. 

     

    Se ríen y sonríen agradecid@s. Agradezco la oportunidad. Al pasar la reja, estoy de nuevo en La Floresta. Sala REC, en ese momento, no es más que una casa residencial que curiosamente no tiene puerta. Pero lo tiene todo, porque detrás de esa fortaleza de acero negro está desempolvado el cajón del radioteatro en Medellín. 

     

     

     

    Vea y escuche un recorrido por el radio teatro de hoy

     

     

  • Lilith: el eco indeleble del poder femenino

    María de los ángeles Bustamante González, Mariana Escobar Quintero / periodico.contexto@upb.edu.co

     

    La agrupación de rock Lilith llega al festival Altavoz 2025 celebrando 25 años de actividad y un rastro imborrable de empoderamiento femenino. Repasamos esta historia con Tatiana González, líder y una de las fundadoras.

     

    “Aquí en Medellín no hay casi bandas de mujeres ¿por qué no creamos una banda de mujeres?”. Así es como Tatiana González recuenta los inicios de Lilith, que desde el 31 de marzo del año 2000 tiene un espacio propio y cada vez más reconocido en una escena históricamente protagonizada por hombres, con letras cargadas de empoderamiento femenino y denuncias sociales.

     

    En la descripción de su Spotify se encuentra consignada la frase que mejor podría definir a la banda: “Lilith es rock. Es convicción. Es poder femenino en escena”.  ¿Por qué estas mujeres eligieron el rock? ¿Convicción de qué? ¿Cómo se hace visible ese poder femenino?

     

     

    “El rock me permite expresar sin fronteras, sin radicalismos, desde lo fuerte, desde lo suave, desde los riffs, desde los beats potentes de batería, desde los teclados suaves y las voces melodiosas. Y hacer catarsis de lo que llevo adentro”, explica la guitarrista Tatiana González.

     

    Tatiana lo expresa con una claridad acorde con una historia de tres álbumes en estudio y múltiples logros y reconocimiento a lo largo de la vida de una agrupación que usa el rock como una herramienta de expresión con los rasgos que convocaron a estas mujeres en un mismo proyecto: “Para nosotras, el rock siempre ha sido de denuncia y de visibilizar, de decir las cosas. A medida que hemos adquirido experiencia (…) sentimos esa responsabilidad social de visibilizar todas esas situaciones que vemos y que queremos expresar como lo son la violencia contra la mujer, el acoso, y la violencia en general, y creemos que el rock es una herramienta muy poderosa para decirlo.”

     

    Según la mitología hebrea, Lilith fue primera esposa de Adán, a quien abandonó por voluntad propia. Acorde con ese deseo de resistirse a cualquier relato hegemónico, desde su fundación, Lilith ha estado cerca de los sonidos fuertes, inspirados en el hard rock y rock alternativo con tintes de metal. Al principio componían en inglés. Tatiana explica que en los inicios estaban convencidas de llegar al mercado anglo. Sin embargo, conforme el tiempo maduró su proyecto, se convencieron de que su espacio estaba primero en la conexión con el público más importante: el local. “Entendimos que nuestro público era Colombia y empezamos a darnos cuenta de que, si componemos en español, conectamos más con la gente y empezamos a ver los resultados”.

     

    Lilith, también es convicción que, según la RAE, es una “idea profundamente arraigada que rige el pensamiento o la conducta”. A juzgar por lo que plantean composiciones como Scream!, Sin Miedo, Palabras o Colombiana: erradicar temores impuestos, cantar sobre emociones, mundos profundamente íntimos con los que muchas personas –no solo mujeres– pueden identificarse. Letras de estas y otras canciones como Stalker, Requiem, Amor/Dolor, demuestran el interés por un profundo mensaje en contra de las violencias contra las mujeres y a favor de la expresión femenina en todos sus espectros.

     

    Lilith: “Más que rock femenino, es rock hecho por mujeres”

     

    Pero su música no es exclusivamente para un público femenino: eso de “rock femenino” a veces se malinterpreta, explica Tatiana. No es rock femenino. Es rock hecho por mujeres, aclara. Aunque sus letras buscan inspirar, hoy su público es mayoritariamente masculino y por esta razón el reto de Lilith es incorporar a ese panorama nuevas voces femeninas para que se atrevan a tomar el escenario. Su estrategia es simple: la voz potente de Laura Azul, los riffs de Tatiana, el bajo de María Clara y el teclado de Marcela alteran la química del cerebro para que despierten las ganas de explorar más sonidos con esa impronta.

     

    La participación del productor y baterista Andrés Giraldo en el grupo es la prueba de los retos de un proyecto de este tipo: los cambios de integrantes. De entrada, los músicos dedicados a este instrumento son escasos y Lilith no ha encontrado la mujer que asuma de forma permanente la percusión. Justamente, en 2020, la vocalista Camila Botero dejó la banda, ad portas de la grabación de Sin Miedo, que se convirtió en el álbum más desafiante y significativo, que terminó con las voces de varias cantantes invitadas para interpretar cada canción. Tatiana lo describió como un proceso “bonito y sororo”, una obra en la que cada voz se adueñó de los temas y disfrutó plenamente del proceso.

     

    Bajo la misma línea de pensamiento que orienta la carrera de Lilith, desde la banda se promovió el MMM Fest  –”Más mujeres músicas fest”–, que impulsa la presencia femenina tanto en el escenario como detrás de él. “No faltan mujeres, faltan escenarios”, afirma Tatiana y detalla: “Nuestra meta es llevarlo por Colombia y Latinoamérica para abrir oportunidades y visibilizar el talento femenino”.

     

     

    Reconocimiento histórico

    Por su aporte a la actividad cultural y social de Medellín, por su postura a favor de los derechos de las mujeres, el pasado 11 de junio del presente año, Lilith recibió la Orden al Mérito Débora Arango en la categoría Justicia, un reconocimiento otorgado por el Concejo Distrital. Fiel a la idea de que han consolidado un camino que une el arte y el activismo, Tatiana considera que: “Fue un honor gigantesco (…) sobre todo con la orden al mérito Débora Arango, porque ella también fue una artista disruptiva (…) es una responsabilidad de continuar con nuestro trabajo, no es solo seguir con nuestra música y con nuestro trabajo artístico, sino seguir luchando por los derechos de las mujeres (…) así como también seguir trabajando por la equidad en este medio”, dijo en conversación con el equipo de Contexto.

     

    El poder femenino de Lilith llega al festival Altavoz 2025, donde con el público celebrarán cada proyecto: desde el primer concierto, hasta sus 25 años de labores, que incluyen giras de promoción y circulación fuera del país, videoclips de alta calidad en producción, discos que muestran los giros de su propuesta musical, entre muchas otras cosas, además de una larga lista de mujeres tocadas por su música, cuya participación ha demostrado la validez del poder femenino en el rock, de una voz que ha logrado romper barreras porque se debe gritar el doble, porque la satisfacción al ser escuchadas es mucho mayor; porque se toca y se canta con fuerza, pero sobre todo con amor, como dice Tatiana: “Lo que uno hace con amor sale bien siempre”.

     

     

  • Las pequeñas exigencias que hacen grandes atletas

     

     

     

    Una nueva edición de la Maratón Medellín convocó a más de 27.000 corredores de 45 países y consolidó a este certamen en el calendario atlético mundial, como uno de los eventos deportivos más importantes de Colombia y Latinoamérica.

     

    Desde hace 31 versiones el impacto de este certamen y otros similares. Durante el lanzamiento oficial de la Maratón Medellín, los organizadores estimaron aportes de más de $57.000 millones a la economía local, gracias a la llegada de atletas, acompañantes y aficionados. Hoteles, restaurantes, transporte, comercio, cultura y entretenimiento están entre las actividades económicas que figuran como principales beneficiados con esta dinámica.

     

    De acuerdo con el calendario de MCM Operadora de Eventos Deportivos, en los últimos tres meses del año en la capital antioqueño se proyectaron al menos 4 carreras adicionales, lo que confirma la fuerza del atletismo recreativo y competitivo en el país.

     

    Estos impactos económicos y sociales indudablemente plantean un escenario de alta dinámica, pero es necesario considerar también las exigencias que estas actividades plantean para todos los atletas que se preparan para completar distancias de 10, 21 ó 42 kilómetros: disciplina, constancia y conocimiento del propio cuerpo.

     

    Susana Torres, corredora y embajadora de marcas reconocidas de implementos deportivos, comparte su experiencia:

    “Una buena alimentación es clave. Además, es fundamental mantener una rutina de entrenamiento al menos tres veces por semana para llegar en condiciones óptimas a la carrera”.

     

     

     

    Según Torres, un corredor principiante puede participar entre un total de 6 y 9 carreras al año, mientras que para los maratonistas, lo recomendable es correr solo una o dos debido a las largas jornadas de preparación y recuperación que requieren.

     

    Según Torres, esta autorregulación contempla todos los aspectos de una carrera y refiere que comienza desde el propio proceso de inscripción: “Cuando te registras, debes diligenciar una encuesta médica. Si la respuesta indica que no puedes correr o que es necesario realizarte exámenes adicionales, hazlo. La prevención es fundamental para cuidar tu salud”.

     

    Prevención médica y seguridad en la ruta

    Juan Camilo Arboleda en 2018, Jorge Andrei Valencia en 2022 y Carlos Enrique Restrepo el pasado mes de septiembre del presente año, conforman la lista de personas que fallecieron durante certámenes atléticos en la ciudad de Medellín. El rasgo común en los episodios son los malestares cardiorrespiratorios. Más allá de las circunstancias y particularidades de cada uno de estos casos. Sobre este tipo de afecciones, una de las principales causs de morbilidad en el país, el Colegio Estadounidense de Cardiología acaba de publicar una investigación que expone que el 99% de los incidentes de este tipo pueden prevenirse mediante controles de rutina.

     

    El reto para los corredores está también en observar atentamente su salud. La doctora Sandra Díaz, directora médica de Maratón Medellín y especialista en salud deportiva, explicó que es fundamental atender señales como dolor en el pecho, sensación de desvanecimiento o mareo. “Si un corredor percibe alguno de estos síntomas, debe detenerse de inmediato y solicitar ayuda al personal de salud presente en la ruta”, enfatiza Díaz.

     

    Actualmente son de uso cada vez más común herramientas como relojes inteligentes que monitorean las condiciones de los corredores. Al respecto la experta señala que es importante convertirlos en una herramienta de control permanente en carrera y no pretender que con ellos se pueden descartar todos los riesgos. Asegura que estas actitudes conducen a otras aparentemente inofensivas como el uso indebido de inscripciones que ponen en riesgo la seguridad de los participantes. El registro representado en el dorsal que lleva cada atleta, se incluye información personal clave como nombre, cédula y, en algunos casos, datos médicos relevantes.

     

    “Hemos visto una gran cantidad de personas que, al llegar a los puntos de revisión médica durante la carrera, llevan el número de otro corredor”, advierte la doctora.

     

     

    Los atletas aficionados establecen rutinas y calendarios de actividades y competencias de preparación, los impactos sociales y económicos de la actividad atlética no es solo el día de carrera, sino todo lo que se mueve antes y después, en la puesta a punto de los deportistas.

     

     

     

     

  • Sobresaltos y variantes en el camino a la educación superior

    Samuel Osorio, María Antonia Londoño, Camila Giraldo / periodico.contexto@upb.edu.co

     

    En Medellín, hablar de educación superior es abrir la puerta a un universo de contrastes. Por un lado, la ciudad avanza con programas públicos, alianzas entre instituciones y estrategias de inclusión para maximizar, por ejemplo, lo índices de cobertura. Por otro, persisten desigualdades sociales, económicas y territoriales que limitan las oportunidades de miles de jóvenes para educarse luego de la educación secundaria. Para ello, la referencia mayoritaria son las carreras universitarias y, aunque existen alternativas diversas, muchos estudiantes aún se enfrentan a un dilema: ¿seguir estudiando o buscar trabajo? ¿Ir a la universidad o apostarle a una carrera técnica? 

     

    En esta materia, Medellín sigue enfrentando desafíos profundos. En el último cuatrienio, la ciudad experimentó un aumento en la deserción escolar: según la Alcaldía de Medellín, en 2022, la tasa fue del 4,9 %, el porcentaje más alto en los últimos diez años, exceptuando el periodo de pandemia. La deserción se concentró especialmente en la educación básica secundaria (5,95 %) y en la transición (5,01 %), mientras que la media registró un 3,77 %. De acuerdo con la información oficial, entre las principales causas del abandono escolar se encuentran la formación temprana de pareja, el embarazo adolescente, la falta de documentación, el cambio de residencia y el desinterés por el sistema educativo tradicional.

     

    Aunque entre 2022 y 2023 se entregaron más de 90 mil computadores a estudiantes de colegios públicos, las condiciones de infraestructura y la calidad educativa siguen siendo dispares. Un 45,2 % de los colegios públicos de Medellín se ubicaron en las categorías más bajas (C y D) en la Prueba Saber 11 del año 2023, reflejando las desigualdades entre lo público y lo privado. 

     

    La deserción, la prueba de que el reto no es solo llegar

    En el caso de la educación superior, la deserción también representa un obstáculo importante. El sociólogo estadounidense Vincent Tinto, experto en temas de educación superior, clasificó la deserción según el momento en que ocurre: deserción precoz (cuando el estudiante no se matricula tras ser admitido), deserción temprana (abandono en los primeros semestres) y deserción tardía (abandono en los últimos semestres). En su trabajjo ha explicado también que las razones van desde dificultades económicas hasta falta de acompañamiento, choque cultural o desmotivación. Esta situación no solo afecta a las instituciones y a las familias, sino que también tiene implicaciones en la productividad y en la acumulación de capital humano a largo plazo.

     

    Las cifras más recientes del Observatorio de Educación Superior de Medellín (ODES) indican que el 32,1 % de los estudiantes de grados 10 y 11 no planea continuar sus estudios inmediatamente después de terminar el colegio. Esto quiere decir que la situación se presenta en 3 de cada diez jóvenes y el 90 % de ellos cita razones económicas como principal impedimento. 

     

    En este contexto, ¿es cierto que los jóvenes ya no quieren ir a la universidad? Esta afirmación, repetida con cada vez más frecuencia, es solo parcialmente cierta. Aunque muchos jóvenes siguen viendo la universidad como una meta deseable, las estadísticas muestran un cambio en sus prioridades: más allá de una falta de interés, se trata de una mirada crítica y comprensiblemente prevenida frente a las dificultades económicas, el acceso inequitativo y la percepción de baja empleabilidad en algunas carreras. Además, según el Ministerio de Educación Nacional, se observa una transformación en las preferencias: las carreras universitarias tradicionales están cediendo espacio a programas técnicos y tecnológicos más cortos y mejor orientados al mercado laboral. Recientemente y en el contexto de Medellín, por ejemplo, la oferta de instituciones como el SENA, el ITM y Pascual Bravo han ganado terreno gracias a sus propuestas prácticas y a políticas públicas como “Matrícula Cero”, que ha facilitado el ingreso de jóvenes de bajos recursos a programas de calidad. 

     

    Video

    Una sicóloga educativa repasa el proceso de orientación vocacional y las motivaciones de las decisiones con que los jóvenes orientan su formación tras el bachillerato. Estudiantes de grado 11 comparten sus preferencias, que desconocen las posibilidades que les da su bachillerato técnico industrial.

     

    El cambio de chip, cuestión de fondo

    La psicóloga educativa Paulina Montes opina que, aunque muchos jóvenes mantienen sus sueños universitarios, la presión económica y la falta de orientación vocacional son factores claves que modifican sus decisiones. Según Montes, “la falta de recursos y de claridad sobre el futuro laboral hace que muchos jóvenes no se vean reflejados en los programas universitarios tradicionales, prefiriendo rutas más cortas pero directamente orientadas al trabajo”. Esta tendencia refleja un cambio en las expectativas educativas y laborales de los jóvenes, que están más enfocados en obtener habilidades prácticas y empleo rápido. 

     

    El exprofesor y educador Carlos Pérez, quien ha trabajado por más de 30 años en la educación pública en Medellín, considera que la situación de los jóvenes no se puede reducir únicamente a las cifras. Para él, el problema central radica en la falta de estrategias personalizadas para el acompañamiento de los estudiantes, especialmente aquellos de sectores vulnerables. “La educación superior debería ofrecer un acompañamiento más cercano desde los primeros años de colegio, porque muchas veces los jóvenes simplemente no saben qué estudiar y se sienten desbordados por las decisiones que deben tomar a tan temprana edad. Es ahí donde la educación pública debe hacer un esfuerzo por orientarlos y motivarlos a no abandonar el camino”, señala Pérez. 

     

    Los estudiantes de grados 10 y 11 en Medellín tienen claro lo que buscan. Según el Observatorio de la Educación Superior –ODES-, las instituciones más solicitadas son la Universidad de Antioquia y el SENA, que concentran el 48 % de las aspiraciones. Las carreras más demandadas siguen siendo Medicina, Derecho y Psicología, pero las áreas STEM (Ciencia, Tecnología, Ingeniería y Matemáticas) están ganando terreno gracias a su vínculo con la Cuarta Revolución Industrial y su promesa de empleabilidad.

     

    En cuanto a cobertura, de acuerdo con SAPIENCIA (Agencia de Educación Postsecundaria de Medellín) en 2020 el 66,2 % de los jóvenes entre 17 y 21 años estaban matriculados en algún programa de educación superior. Sin embargo, esta cifra varía enormemente según la comuna. Mientras que en sectores como El Poblado la tasa supera el 60 %, en comunas como Santa Cruz no alcanza el 20 %. Esta desigualdad territorial refleja las brechas persistentes en oportunidades educativas y sociales. 

     

    Aunque el panorama es complejo, Medellín también muestra señales de esperanza. Diversos indicadores apuntan a un cambio en la forma en que los jóvenes se relacionan con la educación superior. La preferencia por carreras técnicas y tecnológicas ha crecido notablemente, impulsada por la necesidad de acceder rápidamente al mercado laboral. De acuerdo al ODES, las disciplinas STEM están siendo cada vez más valoradas por su impacto económico y su potencial de innovación. Se espera que esta preferencia siga creciendo. Aunque la cobertura general mejora, las brechas entre comunas del norte y del sur de la ciudad siguen siendo un reto. La equidad territorial debe ser un eje central de la política educativa. Además, programas como las becas municipales, estrategias vocacionales y los centros de orientación educativa han tenido un impacto positivo, especialmente en jóvenes de estratos bajos. Estas iniciativas deben fortalecerse y mantenerse a largo plazo. 

     

    Diversos caminos, cuestión de justicia

    Un sistema educativo justo ofrece diversas rutas de formación con igual valor social. Medellín avanza hacia ese modelo equilibrado, en el que tanto las carreras universitarias como las técnicas y tecnológicas son vistas como opciones válidas y deseables. La diversidad de opciones educativas permite responder a distintos intereses, habilidades y contextos. El reconocimiento social de todas las formas de formación, la eliminación de estigmas, los costos razonables y la relevancia laboral son claves. Asimismo, la flexibilidad y la incorporación de nuevas tecnologías deben marcar la pauta en la formación del futuro. 

     

    La educación superior en Medellín está en un punto de inflexión. Si bien se han dado pasos importantes para mejorar el acceso a la educación, persisten desafíos estructurales que afectan a miles de jóvenes, especialmente en términos de desigualdad social, económica y territorial. La deserción escolar y universitaria sigue siendo una problemática de gran magnitud, marcada por la falta de recursos, la presión económica y la falta de orientación vocacional, entre otros factores. 

     

    Video

    Estudiantes de grado 11 comparten sus percepciones en el camino a la educación superior y la rectora del Instituto Técnico Industrial Pascual Bravo explica el reto de dar mayor reconocimiento a una modalidad educativa que ofrece fortalezas importantes en el contexto del desarrollo laboral del país.

     

    Sin embargo, también se vislumbran oportunidades para cambiar este panorama. Las políticas públicas como “Matrícula Cero” y las iniciativas de becas municipales están abriendo puertas a estudiantes de sectores vulnerables, permitiéndoles acceder a programas de calidad que, a su vez, mejoran sus perspectivas laborales y sociales. Además, las tendencias actuales, como el auge de las carreras técnicas y tecnológicas y el crecimiento de las áreas STEM, reflejan una transformación en las prioridades de los jóvenes, que buscan opciones educativas más orientadas al mercado laboral y a las nuevas demandas de la economía global. 

     

    Los análisis de política pública educativa desde lo nacional e incluso las directrices de la OCDE señalan que la clave para avanzar hacia un modelo educativo más inclusivo y equitativo será la implementación de estrategias que no solo amplíen la cobertura, sino que también garanticen una calidad educativa homogénea en toda la ciudad. A este respecto, en la ciudad hay realidades contrastantes: la crisis estructural de las principales universidades públicas de la región (Universidad de Antioquia, Politécnico Jaime Isaza Cadavid), los progresos y relativa estabilidad de las instituciones universitarias públicas de carácter distrital (Pascual Bravo, Colegio Mayor, ITM) y el avance de instituciones privadas en la oferta de programas técnicos y tecnológicos (UPB, por ejemplo), además de la amplia oferta de instituciones de educación para el trabajo y el desarrollo humano, muchas de las cuales tienen ya más de 30 años de historia.

     

    Es por esa gama creciente de opciones que los expertos consideran que la colaboración entre el Gobierno, especialmente en lo nacional, las instituciones educativas y la sociedad civil será fundamental para cerrar las brechas y ofrecer a todos los jóvenes opciones que comprendan sus necesidades y se adapten a las realidades del contexto actual, no solo en lo referente a la proyección laboral, sino al contexto en el que los nuevos trabajadores y se forman, inmerso en dinámicas de alta complejidad que cambian sin que se haya terminado de comprenderlas.