Categoría: Uncategorized

  • El primer cuarto de siglo de la plaza que le dio forma a Ciudad Botero

    La Plaza Botero nació como símbolo de una transformación urbana y logró el propósito de atraer visitantes del país y del mundo, pero se convirtió en el espacio que habitan quienes trabajan y viven de ella, lo que la vuelve en una fuente de historias de la ciudad desde hace 25 años.

     

    Juan José Yath / juan.granadosg@upb.edu.co

     

    Entrar a la Plaza Botero desde el viaducto del metro es ser recibido por algunas de las 23 esculturas que hay del artista que da nombre al lugar. Junto a ellas, hay puestos de comerciantes extendidos en diferentes zonas de la plaza. Los productos van desde souvenirs, imágenes de las pinturas de Botero, surtidos de comida, fotografías y hasta personas de restaurantes cercanos para mostrar la carta de los almuerzos.

     

    La explanada quedó donde años atrás había negocios tradicionales del centro, principalmente litografías y algunos billares reconocidos, una manzana completa que desapareció como parte de un proceso de transformación que buscaba una nueva ciudad, una tocada por el arte y específicamente la obra del de uno de los nombres más reconocidos en la materia: Fernando Botero.

     

    Al Museo de Antioquia ya le había hecho varias donaciones, hasta que a finales del siglo XX se decidió a entregar parte importante de su obra para que fuera expuesta en su país. Su propuesto tuvo más eco en Bogotá que en su región natal y fue cuando ya se hablaba de las obras que iban para la capital, cuando gestores culturales y empresarios de la región, liderados por Pilar Velilla, pusieron el entonces llamado Museo de Zea a disposición de la idea del artista pictórico colombiano con más proyección internacional.

     

    Que la obra de Botero tuviera un espacio adecuado, derivó en el cambio de sede y de nombre de la institución, llamada desde entonces Museo de Antioquia. En la antigua sede del gobierno municipal se transformaron oficinas y salas de reuniones en galerías de arte. Los negocios y paseos comerciales de la manzana en frente dieron paso al museo a cielo abierto que es hoy la plaza.

     

    La plaza de la que nació Ciudad Botero hace un cuarto de siglo

     

    Un lugar de trabajo

    Lo que se concibió primero como un atractivo turístico se pensó también como un espacio que daría oportunidades de sostenimiento económico. Ninguna proyección seguramente contemplaría el modo en que hoy decenas de personas trabajan al tiempo que disfrutan en primera fila la forma en que la plaza y sus esculturas cautivan a los visitantes.

     

    Marco Antonio Londoño es Guía turístico de Ciudad Botero, quien en sus descansos se sienta cerca a los comerciantes para hablar, en medio de la costumbre de ver personas de distintos orígenes, no solo fuera de Medellín y Antioquia, sino del país. “Es un museo abierto al mundo”, como la describe.

     

    “Hay personas con las que yo he tenido la oportunidad de compartir, que son personas que vienen desde países que yo nunca he escuchado y vienen solamente con un propósito, interactuar con las esculturas”, resalta Londoño.

     

    Muchos de los trabajadores de la plaza están organizados y amparados por una organización llamada Asobotero. Alberto Ávila es su representante legal, la persona que habla en nombre de sus compañeros con los que a menudo conversa. Enfatiza que uno de los compromisos que tiene el colectivo es mantener la plaza limpia, ya que no solo es un campo de baldosas y esculturas, sino que cuenta con zonas verdes a su alrededor con diferentes tipos de plantas, además de fuentes que le dan variedad al paisaje.

     

    En su posición de representante y también de líder social, Ávila reconoce el impacto económico en sus compañeros agremiados: “La plaza de Botero ha sido una rentabilidad muy, muy buena para nosotros los vendedores e independientes, con la cual nosotros salimos de un día a día a trabajar y la plaza de Botero ha sido una bendición y es un legado muy hermoso que nos dejó el maestro Fernando Botero”.

     

    Su rutina transcurre a veces en uno de los puestos comerciales con bancas del sector. Trata de gestionar las necesidades de sus compañeros con quienes comparte el día a día. Una de ellas es que “en vez de pronto de desestimar al ventero, ubicarlos, organizarlos y ponerles un módulo a los venteros que tienen el manejo dentro de la plazoleta. Darles un trato digno y algo bonito para ellos, como son los módulos que siempre estamos pidiendo”, dice Ávila.

     

    Unos metros más allá, en uno de los bancos públicos junto a un árbol, se sienta con frecuencia Claudia Ocampo, al lado de sus termos con tinto que vende a quienes circulan. Ella antes se dedicaba a vender café y periódicos junto a un semáforo, un trabajo agotador que le obligaba a estar todo el día parada bajo el sol. Es una época que ahora ella cuenta con el árbol dándole sombra.

     

    Además de los tintos, Ocampo ejerce como trabajadora sexual. Los ingresos que ella recibe en total varían con el día. “Pues hay veces bien, otras veces mal. No sé, que a veces viene mucha gente, otra vez no viene casi. El tiempo, a veces la lluvia no deja trabajar”, menciona Ocampo.

     

    Sin embargo, reconoce que gana más que cuando trabajaba al lado del semáforo. Desde el banco donde se sienta se puede ver las esculturas de un hombre y una mujer que se miran de frente, llamadas “Adán y Eva”. Cuando su hijo era pequeño, los dos pasaban a veces por la plaza luego de recogerlo de una guardería cercana y, al pasar por la escultura de la pareja, el niño decía que eran papá y mamá, un recuerdo con su hijo que ella atesora. De eso hace 15 años.

     

    Caminando en dirección a los bordes del Museo se sienta Marisol Rueda junto a otros compañeros con los que pasa el rato. Ella también es trabajadora sexual y desde su ubicación tiene la vista de casi todo el parque, incluyendo una fuente y la ahora peatonal Carrera Carabobo, por la que no dejan de circular en ida y vuelta una mezcla entre turistas, ciclistas y peatones que hacen diligencias o trabajan en los alrededores. A Rueda le gustan las esculturas y cómo los turistas llegan y disfrutan de ellas, junto a lo organizado que es el parque, comparado con otras zonas del Centro.

     

    “Este parque me parece que es como un parque muy organizado, porque, si van al parque de Berrío, eso allá es como si fueran cantinas, ese desorden, eso allá con esas chazas, todo el mundo bebiendo, eso no parece como un parque allá, me parece horrible. Entonces, el parque más organizado es el Botero”, menciona Rueda.

    “Bueno, y no me gusta que estén sacando a las mujeres que están trabajando acá, porque igual no nos están dando nada y esto es un parque normal […] Entonces, si no quieren que uno no esté acá, pues que le den algo a uno”, menciona. Entre las personas que se dedican al trabajo sexual se han producido roces, especialmente entre personas nacionales y migrantes, como uno de los principales problemas de convivencia en el sector.

     

    Escenas y detalles de la vida en Plaza Botero, el eje de Ciudad botero. Fotos: Juan José Yath

     

    Otros trabajadores del sector

    Aun así, trabajar en Ciudad Botero le ha brindado a Rueda y a sus compañeros diferentes beneficios, desde la entrada gratuita al Museo, hasta participar en varios proyectos que maneja esta entidad. Uno de ellos es La Banca Azul, una iniciativa de mediación de lectura, escritura y oralidad, con apoyo de la Fundación para educación y la cultura MUV. Se encuentra al lado de las escaleras hacia el museo. La figura que la simboliza es de una bancacicleta para representar los vehículos de venta ambulante. La persona que lo coordina es Juan David Lopera, quien también es coordinador de gestión del conocimiento del área de educación del museo. Su compromiso por el contacto con las personas de la plaza le ha vuelto muy cercano a varios de quienes trabajan allá, por lo que no se puede pasar por la plaza sin al menos hacer varios saludos cordiales en el proceso: es uno de los puentes entre quienes habitan el espacio y el Museo.

     

    “[En La Banca Azul] se median procesos de lectura, escritura de oralidad en diálogo con las colecciones y obras del museo, tanto las obras de arte de la colección como las obras y materiales que están disponibles en la biblioteca. Entonces por eso me parece importante que vengamos acá, porque acá es donde tú vas a tejer el diálogo con algunas de las personas que constantemente habitan, viven y también sobreviven en la plaza Botero”, explica Lopera.

     

    Rueda es una de las que participan seguido en las actividades, que le da la bienvenida a quienes se mantienen en la plaza, así como a turistas o visitantes que se interesen al ver una carpa con un vehículo parecido a una bicicleta llevando una vitrina de libros. Es un pequeño espacio que integra a las comunidades una o dos veces por semana por medio del arte para leer, conversar e incluso realizar escritos. En una de las jornadas tocaron el tema de la fantasmagoría y colgaron textos e ilustraciones hechas a mano por los participantes.

     

    Erika Petro también es mediadora en el equipo de la Banca. Parte del trabajo es estar en la plaza y recibir a quienes vengan para las actividades, a la vez que observa sus alrededores y ve el flujo de personas de diferentes lugares, clases sociales, profesiones, etc. Es entonces un espacio de convergencia, “para leer lo que sucede con toda la diversidad, porque como confluye tanta gente, confluyen historias de diferentes clases sociales, de diferentes lugares del valle, como que es un lugar de encuentro […] El hecho de que el proyecto se dé en la plaza Botero nos da la perspectiva y la posibilidad de hacer lectura, escritura y oralidad con gente de una diversidad, pues, muy plural.

     

    El Museo de Antioquia también organiza el evento Vive la Plaza, que durante varios días ofrece eventos para integrar a la población alrededor de la plaza, lo cual también genera roces por el uso del espacio que usualmente ocupan los venteros. Desde talleres, música y películas, hasta conversatorios abiertos al público hacen parte de la agenda.

     

    En su labor de coordinador con el equipo de educación, Lopera también frecuenta la Casa del Encuentro, antigua sede del Museo, separada solo por un corredor. Allí se encuentra una biblioteca abierta al público y un centro de documentación sobre diferentes temas. El equipo realiza diferentes talleres en los que también participan quienes habitan de alguna forma la plaza.

     

    Vilma Beatriz Saraque, conocida también como “La Pinky”, es partícipe de los talleres, especialmente el de derechos humanos. Ella es trabajadora sexual y a veces pasa por la plaza, porque frecuenta más la cercana Iglesia de la Veracruz. Considera que estas actividades han sido un espacio de aprendizaje y ayuda para ella, quien ha sido víctima de violencia y discriminación en diferentes momentos. Cuenta que, con la formación que recibe, ella aboga por un mayor respeto entre todos, así como mejor escucha.

     

    Para la Pinky estas habilidades son un reto en su condición. “Porque por la noche no se ve aquí nadie, muy pocos [policías] y siempre lo miran a uno como el ave rapiña”. No obstante, sus gestos dan cuenta de su buen humor, así como el toque de estilo que le dan sus gafas sin lentes.

     

    Dentro del equipo de educación también se encuentra como mediador Juan Carlos Gómez, quien denomina este trabajo como el ser un “puente”. Ese nexo para hacer que personas que transitan de forma permanente o pasajera por la plaza se conecten con las obras del museo. Él también es conocedor de lo que significó la plaza para el sector.

     

    “Cuando llega Ciudad botero, no solamente transforma el espacio público, sino que también transforma las dinámicas de comunicación que tiene el museo con sus alrededores. A partir de ese momento se empieza a ejecutar el programa Museo 360 que se pregunta quiénes son los vecinos, cómo los podemos impactar”.

     

    En sus 3 años trabajando en el museo, Juan Carlos aprendió de los puntos de vista de personas con distintos trasfondos con las que tiene contacto dentro de la plaza. “Habitar y persistir en la plaza con los programas del Museo me ha permitido personalmente ser mucho más empático y tener una dosis de humanidad en estos discursos, los planes académicos que tienen que ver con las artes”, cuenta. Gómez ha sido testigo de los contrastes entre lo que era la plaza ahora de cómo era años atrás. Conserva el recuerdo de pequeño de pasar por la carrera Carabobo en bus cuando todavía circulaban vehículos.

     

    En cuanto al futuro, el Museo tiene pensado expandir Ciudad Botero hasta el espacio del parqueadero de la entidad y con ello tener mayor conexión con otras plazuelas del sector. “Crear entonces un espacio público continuo que trate comunicarse con la plaza Zea [Francisco Antonio Zea] y posteriormente sobre otras plazas que miran hacia la Plaza Minorista […] Es pensar una extensión de la Plaza Botero hacia ese costado occidental”, señala la directora María del Rosario Escobar.

     

    Ciudad Botero es entonces un espacio de convergencia de diferentes orígenes, de diversas polémicas en torno a cuestiones que a todos interesan. Esa notoriedad quedó en evidencia durante el encerramiento de 2023, un mal llamado “abrazo” que rodeó la plaza con vallas para disminuir la inseguridad. Para entrar tocaba pasar por un control de la Policía y el aspecto o las supuestas intenciones podían generar prejuicios y, tal vez, la negación de la entrada.

     

    En su visión de futuro, la directora Escobar ratifica la condición actual de la plaza, de ser “abierta, libre y democrática “. Y aunque reconoce que pueden controlar todas estas situaciones sin el apoyo de los organismos públicos, el Museo actúa para mantener el carácter de referente turístico y cultural, que incluiría proporcionar un espacio cómodo para estar. En ese propósito han logrado sumar a la comunidad alrededor.

     

    Razón le da el hecho de que las tensiones no han frenado a la plaza de ser uno de los puntos de visita más populares en la capital antioqueña. Un lugar que, como dice Érica sirve “para leer a Medellín, al Valle de Aburra”, e incluso, “leer a Colombia”.

     

     

     

     

     

  • Movilidad social en Medellín, entre brechas y esperanzas

    Ana Sofía Araque Panesso / ana.araque@upb.edu.co

     

    Hablar de movilidad social es hablar de oportunidades. ¿Qué tan posible es que un joven nacido en un barrio popular de Medellín logre ascender en la escala social? ¿Y qué tan probable es que retroceda? En una ciudad atravesada por la desigualdad, las respuestas no siempre son alentadoras.

     

     

    Del concepto a la realidad en Medellín

    La movilidad social, según el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, se refiere al aumento equitativo de las oportunidades de las personas en salud, educación e ingreso a lo largo de su vida y entre generaciones. Medellín, a pesar de sus avances en infraestructura y reputación de “ciudad innovadora”, sigue enfrentando profundas brechas que ponen en duda la promesa de que aquí cualquiera pueda “salir adelante”.

     

    Desde 2014, el Índice de Progreso Social (IPS) mide la calidad de vida en la ciudad. Y lo que muestra no es homogéneo: mientras algunas comunas disfrutan de altos niveles de bienestar, otras siguen rezagadas. Por ejemplo, en 2019, menos del 35% de los jóvenes entre 18 y 24 años de Villa Hermosa o la zona nororiental asistían a la universidad, frente al 69% en comunas como El Poblado y Laureles. En otras palabras: el simple hecho de nacer en un barrio u otro puede marcar de entrada las posibilidades de movilidad social.

     

     

    Retrocesos en calidad de vida

    El Informe de Calidad de Vida 2020-2023 refuerza esta preocupación. Aunque la ciudad no registró un deterioro general en ingresos, la gestión pública mostró grietas: alta rotación en el personal, pérdida de cooperación público-privada y decisiones poco sustentadas en evidencia. Esto, en últimas, se traduce en algo concreto: pérdida de confianza. De hecho, la credibilidad en la Alcaldía y en la mayoría de las instituciones públicas cayó a niveles históricos, con un 23% de la población expresando descontento frente al manejo de los recursos.

     

    Esa desconfianza no es un asunto menor. Cuando las instituciones no generan credibilidad, los ciudadanos perciben que la movilidad social está bloqueada. ¿De qué sirve esforzarse en estudiar o emprender, si el sistema que debería garantizar equidad no logra sostenerlo?

     

    La perspectiva sociopolítica también ofrece claves para entender la movilidad social en el Valle de Aburrá. Carlos Nelson Durango Durango, juez tercero civil municipal de Envigado, explica que, aunque su ejercicio está en un municipio vecino, las dinámicas de Medellín no pueden separarse de las del área metropolitana. Desde su visión, fenómenos como el desempleo, la falta de educación y la violencia inciden de manera directa en el estancamiento de la movilidad social.

     

    Abrir audio

     

    A esto se suma un dato doloroso: entre 2020 y 2023, el 28% de los hogares en Medellín reportó no poder acceder a tres comidas diarias, el porcentaje más alto en 18 años. Aunque la pandemia explica parte de esta crisis, el hecho de que la cifra se mantuviera pese a la reactivación económica demuestra que el problema es estructural. La movilidad social, en estos casos, no solo se detiene, retrocede.

     

     

    Educación y salud: las puertas que no siempre se abren

    Si hay dos pilares fundamentales para ascender socialmente, son la educación y la salud. Pero ambos muestran señales de deterioro en Medellín.

     

    La Encuesta de Percepción Ciudadana 2024 reveló que la satisfacción con la educación cayó a su mínimo histórico (64%). No es solo un asunto de calidad académica, sino de condiciones físicas de las sedes: techos que gotean, aulas hacinadas, falta de recursos. En salud, la percepción de los ciudadanos también es negativa. No solo disminuyó la proporción de personas que consideran buena su salud física y mental, sino que persiste la inconformidad con la calidad del servicio.

     

    Para profundizar en este panorama, la mirada de los expertos resulta clave. John Jairo Bohórquez Carrillo, médico egresado de la Universidad de Antioquia, magíster en Administración en Salud y actual presidente de la Academia de Medicina de Medellín, ha dedicado más de dos décadas al estudio de la humanización en medicina. Desde su experiencia, subraya cómo la desigualdad en el acceso a la educación, la precarización laboral en el sector salud y las brechas estructurales del país impactan directamente en la movilidad social.

     

    Abrir audio

     

    Sin embargo, no todo es pesimismo. En la misma Encuesta de Percepción Ciudadana 2024 hay datos que muestran un leve aumento en la percepción positiva sobre la facilidad para emprender y conseguir empleo, aunque los niveles siguen siendo bajos. Tal vez ahí hay una chispa de optimismo: el reconocimiento de que, a pesar de las dificultades, existe un deseo de buscar oportunidades. Además, el médico Bohórquez resalta que no todo depende de la riqueza económica: cuidar la salud también puede empezar desde hábitos sencillos y accesibles, lo que él llama las “A” de la salud: aire, agua, alimentación, actividad física, amor, autoestima, autoeducación. Estos factores, aunque parezcan básicos, demuestran que la movilidad social puede apoyarse no solo en los ingresos, sino también en la capacidad de las personas para construir bienestar desde lo cotidiano.

     

     

    ¿Es posible la movilidad social en Colombia?

    Según el Índice de Progreso Social global de 2019, Colombia ocupó el puesto 56 entre 149 países. No es el peor escenario, pero tampoco uno para enorgullecerse.

     

     

    La desigualdad sigue siendo el gran obstáculo. Mientras unos pocos concentran la riqueza, la mayoría de la población enfrenta dificultades para acceder a derechos básicos: los mayores rezagos están en sostenibilidad ambiental, acceso a la información y a la educación, seguridad personal, agua y saneamiento básico, según el Índice de Progreso Social para Medellín. La ciudad refleja esta paradoja: tiene sectores con altos niveles de bienestar y modernidad, pero convive con barrios en donde las brechas parecen insuperables.

     

    La movilidad social en la ciudad no es imposible, pero sí profundamente desigual. Depende del barrio en el que se nace, de las redes familiares y de la capacidad de las instituciones para trabajar de manera articulada. La gran pregunta que queda en el aire es si Medellín está dispuesta a cerrar esas brechas para que el “progreso” no sea un privilegio de unos pocos, sino una oportunidad real para todos.

     

    En últimas, la movilidad social no puede entenderse solo como un asunto de ingresos o patrimonio. Está atravesada por la educación, la salud, la vivienda, la seguridad y hasta la confianza en las instituciones. Cada una de estas aristas define las posibilidades de ascenso o estancamiento, y juntas demuestran que hablar de movilidad social es hablar, en realidad, de la calidad misma de la vida en sociedad.

     

     

  • Los surcos que giran en Medellín

    Andrés Camilo Hincapié / andres.hincapiee@upb.edu.co

     

    “Cada persona que conoces, en el momento que compra un disco, que va detrás de un disco, que quiere un disco, siempre va detrás de una historia.” 

    —Jorge Iván de la Hoz, Granada Chapter 

     

     

    Todo vinilo nace de un disco maestro: una pieza grande y delicada que debe tratarse con el cuidado de un vidrio fino, pues de sus líneas en espiral o más precisamente, de sus surcos, dependerán todas las copias. El trabajo para fabricar uno de estos discos pasa por muchas manos; a partir de él se crean moldes metálicos, mediante prensas y calor, se prensan los discos que luego se recortan y revisan. Tras su paso por la fabrica, el viaje continúa hasta las ciudades donde cobran sentido. 

     

    En Medellín el relato del vinilo se escucha gracias a las personas que mantienen vivos sus sonidos: coleccionistas, vendedores, músicos, DJs y amantes de la música. Aunque parece que su moda regresó, la realidad es que nunca se fue. El auge de estos discos viene de una mezcla entre nostalgia, influencias familiares e historias escondidas tras cada tornamesa y cada caratula cuidadosamente preservada. 

     

    Entre esos sonidos se escucha la historia de Jaime Franco, un nombre que resuena para quienes han caminado por las torres de Bomboná, visitado la Corporación Ateneo Porfirio Barba Jacob o han buscado un disco difícil de conseguir en el centro.

     

    De 46 años, Jaime es uno de los dueños de Dyler Music. Es un hombre alto, delgado, de mirada profunda y amable, su trayectoria como DJ, coleccionista de vinilos, casetes y CDs comenzó en la infancia; es una persona curiosa y con un oído afinado para los detalles, pero, sobre todo, es un apasionado por la música. 

     

    Su historia con el vinilo comienza de manera simple, entre los años 1986 y 1987, cuando tenía cerca de ocho años, su casa era un refugio musical, pues no era raro escuchar las voces de Michael Jackson, Camilo Sesto o Lucho Bermúdez resonando entre sus paredes. El origen de estos sonidos viene de su primo, Jaime Ruiz, un melómano empedernido que una vez al mes organizaba lo que el Dyler llama “las fiestas de garaje”: una fiesta con amigos donde se reunían a escuchar vinilos, algunos casetes y bailar toda la noche al ritmo de diferentes bandas de la época, bajo las luces del patio de su casa en el barrio Buenos Aires.  

     

    Sin embargo, la influencia de su familia no terminaba con estas fiestas. Sus padres acostumbraban disfrutar de tiempo juntos alrededor de unos cuantos vinilos y un par de cervezas. Jaime, aun siendo niño, se integraba con naturalidad a esos encuentros: limpiaba los discos y ponía los vinilos en el tornamesa mientras conversaba con ellos sobre la música. Hoy en día, él mismo reconoce ese ritual como su posible inicio como DJ. 

     

    El mundo del vinilo gira a distintas revoluciones por minuto (RPM), velocidades a las que deben girar para sonar correctamente, y por sus manos pasaban discos de todas ellas: los 78, de 40 centímetros, considerados los padres de una era musical y producidos hasta los años 50; los 45, más pequeños, de unos 17 centímetros y pensados para una sola canción por lado, populares para sencillos o EPs (Extended plays), discos que reúnen entre tres y cinco temas; y los 33 o LPs (Long plays), de tamaño similar a los 78 pero capaces de ofrecer un álbum completo.  

     

    Para Jaime Franco, esas revoluciones no solo marcan el ritmo de la música sino también el de su vida. Su amor por ellas se volvió más personal cuando tenía diez años. Fue entonces cuando sus padres le regalaron su primer vinilo: un disco de la banda chilena, Los Prisioneros. En ese momento, solo conocía algunos temas del grupo, pero había conectado con “El Baile De los Que Sobran” una canción que estaba de moda en las emisoras del país. Ese disco se volvió suyo; lo escucho tantas veces que el sonido fue perdiendo nitidez, desgastado por la aguja y la costumbre. A partir de ese momento desarrollo el hábito de dejar que cada canción del disco le hablara una por una hasta que la música se integró a su ADN. 

     

     

    La caza de un tesoro, que hizo de ciudad

    Décadas atrás, conseguir un vinilo como ese en Medellín requería algo de suerte y mucho entusiasmo. Durante los años 70 y 80, la ciudad llegó a tener varias fábricas de discos que producían tanto copias internacionales como grabaciones locales. Sellos como Codiscos, Discos Victoria o Discos Fuentes no solo distribuían grabaciones extranjeras, sino que impulsaban el talento local. 

     

    Tener un vinilo de alguno de estos sellos en la casa era tener un pedazo de la historia sonora colombiana. Pongamos por caso Discos fuentes, considerada pionera en la industria fonográfica y una de las empresas más antiguas de América Latina. Fue fundada por Antonio Fuentes en 1934 en Cartagena y trasladó sus operaciones a Medellín en 1954, entre otras razones, por influencia de su esposa Margarita Estrada.  

    Esta compañía prensaba vinilos y construía memoria. En sus micrófonos se registraron las voces de artistas como el Joe Arroyo y Fruko y sus Tesos. 

     

    Sin embargo, el tiempo no se detuvo para la ciudad, y la tecnología tampoco. Hoy, los sonidos de Discos Fuentes vienen a través de bits. La empresa discográfica se convirtió en Edimúsica, una editora musical que se encarga de promocionar y publicar canciones a través de una plataforma digital.  

     

    De la misma manera, a comienzos de los noventa, con la llegada del walkman y el auge de los casetes, la experiencia musical se volvió portátil: ya no estaba atada a la sala de la casa; ahora cabía en el bolsillo. Para Jaime, ese pequeño reproductor de audífonos naranjados significó un inicio oficial en su camino como coleccionista.  

     

    Así lo recuerda el Dyler Music, esa fue la oportunidad para tener entre sus manos cada vez más música. Pasó de un disco de vinilo a cinco o diez casetes. Empezó a grabar cintas, a intercambiarlas, a armar compilaciones como quien escribe cartas con canciones. Y, sin saberlo, se convirtió en coleccionista.  

     

    Aunque Jaime ya era un enamorado del vinilo, no les temía a los nuevos formatos. En 1993 se compró su primer CD, buscando ampliar su colección con aquello que le permitiera descubrir más música. Su curiosidad lo llevó a recorrer la ciudad en busca de nuevos sonidos, y daba la casualidad de que Medellín vibraba con tiendas que eran templos para melómanos: La Feria del Disco, Discos La Rumbita y Compactos y Videos son solo algunas de las que había en la ciudad. Cuando Jaime visitaba una ellas, salía con un disco bajo el brazo, y muchas veces con un casete en mente. 

     

    Porque, además de comprar, grababa. Hacía compilaciones caseras para sus amigos, les ponía nombre, las decoraba y, poco a poco, empezó a venderlas. Su trabajo como Dyler había comenzado. Para entonces, el vinilo ya no tenía la misma fuerza. El casete y el CD dominaban el mercado: eran más prácticos y baratos; pero los tres formatos seguían conviviendo. Cada uno gozaba de su propia experiencia de escuchar música y Jaime navegaba entre esos mundos. 

     

    Fue así como, el 21 de junio de 1994, encontró un trabajo en La X, una emisora que marcaba tendencia. La radio fue su escuela; allí empezó su camino como Dj, pero de radio, como lo llama él. Aprendió de música, a empatar canciones y a mezclar géneros bajo la tutela de locutores como Julián Bustamante.  

     

    Desde ahí, salto a los bares. Llevaba sus maletas llenas de CDs y casetes. El vinilo, aunque más escaso, nunca desapareció de su maleta, y así continuó trabajando hasta que, en los años 2000, la llegada de internet a Colombia significó un duro golpe para los formatos físicos en la ciudad. Si bien las primeras conexiones a internet en el país se rastrean al año 1994, no fue sino hasta el siglo XXI cuando se empezó a convertir en algo común en los hogares. 

     

    Con el internet, aumentó la piratería y consumir música era más fácil que nunca. Atrás habían quedado los días de pasear por tiendas de la ciudad en busca del vinilo perfecto. Ahora bastaban unos cuantos clics para encontrar todo el mundo musical al alcance de la mano. No era fuera de lo común encontrarse con la venta de “tripletas” en semáforos de la ciudad: CDs que podían contener toda la discografía de diferentes artistas a precios económicos.  

     

    A pesar de esto, Jaime Franco nunca paró de trabajar. Como Dj, puso el vinilo en pausa, los CDs y los casetes, y dio el salto al formato MP3. No obstante, este clásico del audio nunca desapareció. El vinilo permaneció bajo el radar del consumidor promedio y continuó vivo para quienes sabían dónde buscarlo: coleccionistas y melómanos. También, para las manos inquietas de los Crate diggers; personas que buscaban vinilos durante horas o incluso días, hasta encontrar esas joyas perdidas en el tiempo. 

     

    Jaime Franco – el Dyler Music ha sido un apasionado y promotor del disco en Medellín. Comparte incluso con colegas como Jorge Iván de la Hoz – Granada Chapter. Fotos: cortesía y Andrés Camilo Hincapié.

     

    Cambios en el negocio y una pasión intacta

     

    En medio de esta transición se alzó Tower Records, en el Parque Comercial El Tesoro, un refugio temporal para el formato físico. Venía directo de California, Estados Unidos, y era conocida como una tienda de cultura musical. Fue clave para la supervivencia del CD y demás medios físicos en una época en que el mundo comenzaba a digitalizarse. En ese mismo lugar, trabajó Jaime Franco, testigo de una industria que empezaba a olvidarse del sonido de los surcos, pero que se resistía a dejar morir lo material. 

     

    Entonces se escuchó un grito de lo análogo, el 19 de abril del año 2008 se celebró el primer Record Store Day, el Día de las Tiendas de Discos, protagonizado por la Banda Metalica desde Rasputin Music, en California. Fue un gesto de resistencia frente a lo digital, un homenaje a ese ritual de buscar con intención y descubrir nuevos sonidos. 

     

    Aunque nació lejos de Medellín, este gesto encontró eco en Colombia. Desde el año 2023, el país se sumó a la tradición a través de La Roma Records, que asumió el rol de embajadora en Bogotá. Medellín se unió con la participación de Surco Records, en La Pascasia, además, este año 2025, como parte de la última edición, el grupo bogotano Frente Cumbiero lanzó un álbum especial titulado Inconcreto & Asociados, pensado exclusivamente para la ocasión.  

     

    Señas de un regreso

    Pero no nos adelantemos tanto, ¿cómo volvió el vinilo al frente en la ciudad? 

    La respuesta no está solo en la nostalgia ni en las colecciones privadas que sobrevivieron al paso del tiempo, está en la escena cultural que empezó a recuperarlo como símbolo. En febrero de 2016, de la mano del melómano Óscar David Sevenina, nació La vinilada, como primera actividad pública de La Licuadora. Inspirado por sus visitas a ferias de discos en París, Sevenina busco replicar en Medellín esos sonidos culturales.  

     

    Según cuenta la historia, la primera edición de La vinilada fue un espacio único en Medellín para conversar, intercambiar y celebrar la cultura del disco, algo poco común por aquel entonces. 

     

    Con el paso de los Volúmenes, el evento transitó por varios escenarios y se consolidó como un espacio para celebrar la música y el formato físico. Hoy, La vinilada se celebra cada tres meses en el Exploratorio del Parque Explora, habiendo alcanzado su Volumen 31 el sábado 14 de junio de este año. Su impacto ha sido tal que ha inspirado otros encuentros alrededor del vinilo, incluso a eventos que han adoptado su nombre.  

     

    Sin embargo, falta algo más por contar. Volviendo a Jaime Franco, ¿cómo nació Dyler Music?  

    Empezó con sus días en el colegio cuando grababa casetes; empezó cuando Jaime compró su primer lote de CDs y vinilos y vendió a sus amigos aquello que les podía gustar; empezó cuando su pareja, Paola Ramírez, mejor conocida como Wonder Pao, le propuso llevar esa idea a otro nivel y crear una página en redes sociales.   

     

    Dyler Music es una expansión de su colección personal, una que dice más de él que cualquier palabra. Es un retrato íntimo de su propio mapa sonoro que va de los clásicos a rarezas que solo el oído atento sabe captar. Jaime es un guardián de la memoria que encierran esos surcos. Sabe que algún día no estará para girar los discos, y desea que su colección termine en manos que la valoren. En cada vinilo que guarda hay un pedazo de historia, tanto de la música como de la vida que ha vivido. 

     

    Conozca las voces e historias que hacen parte de la vida del vinilo en Medellín haciendo clic en el botón:

     

     

     

     

     

     

  • Cosas de familia y otras señales del conservadurismo joven en Medellín

    Por Rune Osorio, Mirlo Callejas / periodico.contextoupb.edu.co

     

    En las más recientes elecciones al Consejo Distrital de Juventudes de Medellín, órgano consultivo sobre política de juventud en los municipios de Colombia, las postulaciones de jóvenes respaldado por partidos de pensamiento conservador tuvieron las más altas votaciones y obtuvieron una notoria representación. Estos y otros signos como los hábitos y decisiones de muchos jóvenes sobre sus proyectos de vida, dan cuenta de un resurgir de concepciones tradicionales. ¿A qué se debe? ¿Qué implicaciones tiene? ¿Cuáles son los factores de tensión? ¿Cuáles son los consensos?

     

    En esta serie audiovisual consultamos jóvenes, expertos y recogemos contrastes y acuerdos sobre el tema. Clic para ver los videos:

     

    ¿Hay un conservadurismo renovado? Parte.1. La familia ahora… ¿es cómo antes?

    ¿Eres joven en Medellín? 🤔 ¿Sientes que las ideas tradicionales sobre familia y tradición toman nuevo impulso? En esta serie lo revisamos. 📊 En las más recientes elecciones al Consejo Distrital de Juventud, los partidos de tendencia conservadora obtuvieron notorias mayorías. Analizamos el auge del pensamiento conservador entre la juventud de Medellín.

     

    Video

    Parte 2: Cosas de familia y otras señales de un nuevo conservadurismo en Medellín

     

    ¿De dónde viene la visión conservadora de la familia en Medellín? 🕰️La historiadora Alejandra Isaza nos lleva al pasado para entender la tradición antioqueña. Descubre cómo la historia y la tecnología marcan las ideas de la juventud de hoy. Lo dijo Isaza: “El presente llama al pasado que necesita”.

     

    Video

     

     

    Cosas de familia y otras señales de un nuevo conservadurismo. Parte. 3

    ¡Giro a la derecha! 📈 ¿Está la política impulsando el conservadurismo en los jóvenes paisas? El politólogo Nicolás Molina analiza el viraje ideológico, el papel de las redes sociales y cómo la política se presenta como solución para una juventud curiosamente nostálgica.

     

    Cosas de familia y otras señales de un nuevo conservadurismo Pt.3 #periodismouniversitario

     

    Cosas de familia y otras señales de un nuevo conservadurismo. ¿Y ahora? Parte. 4

     

    Después de explorar la historia, la política y las voces jóvenes, por fin podemos responder. ¿se ha recobrado el conservadurismo social en la juventud de Medellín? 🤔 Una mirada a la familia, los valores y lo que todos buscamos: conexión humana, más allá de la forma. ❤

     

    Video

     

  • Sobresaltos y variantes en el camino a la educación superior

    Samuel Osorio, María Antonia Londoño, Camila Giraldo / periodico.contexto@upb.edu.co

     

    En Medellín, hablar de educación superior es abrir la puerta a un universo de contrastes. Por un lado, la ciudad avanza con programas públicos, alianzas entre instituciones y estrategias de inclusión para maximizar, por ejemplo, lo índices de cobertura. Por otro, persisten desigualdades sociales, económicas y territoriales que limitan las oportunidades de miles de jóvenes para educarse luego de la educación secundaria. Para ello, la referencia mayoritaria son las carreras universitarias y, aunque existen alternativas diversas, muchos estudiantes aún se enfrentan a un dilema: ¿seguir estudiando o buscar trabajo? ¿Ir a la universidad o apostarle a una carrera técnica? 

     

    En esta materia, Medellín sigue enfrentando desafíos profundos. En el último cuatrienio, la ciudad experimentó un aumento en la deserción escolar: según la Alcaldía de Medellín, en 2022, la tasa fue del 4,9 %, el porcentaje más alto en los últimos diez años, exceptuando el periodo de pandemia. La deserción se concentró especialmente en la educación básica secundaria (5,95 %) y en la transición (5,01 %), mientras que la media registró un 3,77 %. De acuerdo con la información oficial, entre las principales causas del abandono escolar se encuentran la formación temprana de pareja, el embarazo adolescente, la falta de documentación, el cambio de residencia y el desinterés por el sistema educativo tradicional.

     

    Aunque entre 2022 y 2023 se entregaron más de 90 mil computadores a estudiantes de colegios públicos, las condiciones de infraestructura y la calidad educativa siguen siendo dispares. Un 45,2 % de los colegios públicos de Medellín se ubicaron en las categorías más bajas (C y D) en la Prueba Saber 11 del año 2023, reflejando las desigualdades entre lo público y lo privado. 

     

    La deserción, la prueba de que el reto no es solo llegar

    En el caso de la educación superior, la deserción también representa un obstáculo importante. El sociólogo estadounidense Vincent Tinto, experto en temas de educación superior, clasificó la deserción según el momento en que ocurre: deserción precoz (cuando el estudiante no se matricula tras ser admitido), deserción temprana (abandono en los primeros semestres) y deserción tardía (abandono en los últimos semestres). En su trabajjo ha explicado también que las razones van desde dificultades económicas hasta falta de acompañamiento, choque cultural o desmotivación. Esta situación no solo afecta a las instituciones y a las familias, sino que también tiene implicaciones en la productividad y en la acumulación de capital humano a largo plazo.

     

    Las cifras más recientes del Observatorio de Educación Superior de Medellín (ODES) indican que el 32,1 % de los estudiantes de grados 10 y 11 no planea continuar sus estudios inmediatamente después de terminar el colegio. Esto quiere decir que la situación se presenta en 3 de cada diez jóvenes y el 90 % de ellos cita razones económicas como principal impedimento. 

     

    En este contexto, ¿es cierto que los jóvenes ya no quieren ir a la universidad? Esta afirmación, repetida con cada vez más frecuencia, es solo parcialmente cierta. Aunque muchos jóvenes siguen viendo la universidad como una meta deseable, las estadísticas muestran un cambio en sus prioridades: más allá de una falta de interés, se trata de una mirada crítica y comprensiblemente prevenida frente a las dificultades económicas, el acceso inequitativo y la percepción de baja empleabilidad en algunas carreras. Además, según el Ministerio de Educación Nacional, se observa una transformación en las preferencias: las carreras universitarias tradicionales están cediendo espacio a programas técnicos y tecnológicos más cortos y mejor orientados al mercado laboral. Recientemente y en el contexto de Medellín, por ejemplo, la oferta de instituciones como el SENA, el ITM y Pascual Bravo han ganado terreno gracias a sus propuestas prácticas y a políticas públicas como “Matrícula Cero”, que ha facilitado el ingreso de jóvenes de bajos recursos a programas de calidad. 

     

    Video

    Una sicóloga educativa repasa el proceso de orientación vocacional y las motivaciones de las decisiones con que los jóvenes orientan su formación tras el bachillerato. Estudiantes de grado 11 comparten sus preferencias, que desconocen las posibilidades que les da su bachillerato técnico industrial.

     

    El cambio de chip, cuestión de fondo

    La psicóloga educativa Paulina Montes opina que, aunque muchos jóvenes mantienen sus sueños universitarios, la presión económica y la falta de orientación vocacional son factores claves que modifican sus decisiones. Según Montes, “la falta de recursos y de claridad sobre el futuro laboral hace que muchos jóvenes no se vean reflejados en los programas universitarios tradicionales, prefiriendo rutas más cortas pero directamente orientadas al trabajo”. Esta tendencia refleja un cambio en las expectativas educativas y laborales de los jóvenes, que están más enfocados en obtener habilidades prácticas y empleo rápido. 

     

    El exprofesor y educador Carlos Pérez, quien ha trabajado por más de 30 años en la educación pública en Medellín, considera que la situación de los jóvenes no se puede reducir únicamente a las cifras. Para él, el problema central radica en la falta de estrategias personalizadas para el acompañamiento de los estudiantes, especialmente aquellos de sectores vulnerables. “La educación superior debería ofrecer un acompañamiento más cercano desde los primeros años de colegio, porque muchas veces los jóvenes simplemente no saben qué estudiar y se sienten desbordados por las decisiones que deben tomar a tan temprana edad. Es ahí donde la educación pública debe hacer un esfuerzo por orientarlos y motivarlos a no abandonar el camino”, señala Pérez. 

     

    Los estudiantes de grados 10 y 11 en Medellín tienen claro lo que buscan. Según el Observatorio de la Educación Superior –ODES-, las instituciones más solicitadas son la Universidad de Antioquia y el SENA, que concentran el 48 % de las aspiraciones. Las carreras más demandadas siguen siendo Medicina, Derecho y Psicología, pero las áreas STEM (Ciencia, Tecnología, Ingeniería y Matemáticas) están ganando terreno gracias a su vínculo con la Cuarta Revolución Industrial y su promesa de empleabilidad.

     

    En cuanto a cobertura, de acuerdo con SAPIENCIA (Agencia de Educación Postsecundaria de Medellín) en 2020 el 66,2 % de los jóvenes entre 17 y 21 años estaban matriculados en algún programa de educación superior. Sin embargo, esta cifra varía enormemente según la comuna. Mientras que en sectores como El Poblado la tasa supera el 60 %, en comunas como Santa Cruz no alcanza el 20 %. Esta desigualdad territorial refleja las brechas persistentes en oportunidades educativas y sociales. 

     

    Aunque el panorama es complejo, Medellín también muestra señales de esperanza. Diversos indicadores apuntan a un cambio en la forma en que los jóvenes se relacionan con la educación superior. La preferencia por carreras técnicas y tecnológicas ha crecido notablemente, impulsada por la necesidad de acceder rápidamente al mercado laboral. De acuerdo al ODES, las disciplinas STEM están siendo cada vez más valoradas por su impacto económico y su potencial de innovación. Se espera que esta preferencia siga creciendo. Aunque la cobertura general mejora, las brechas entre comunas del norte y del sur de la ciudad siguen siendo un reto. La equidad territorial debe ser un eje central de la política educativa. Además, programas como las becas municipales, estrategias vocacionales y los centros de orientación educativa han tenido un impacto positivo, especialmente en jóvenes de estratos bajos. Estas iniciativas deben fortalecerse y mantenerse a largo plazo. 

     

    Diversos caminos, cuestión de justicia

    Un sistema educativo justo ofrece diversas rutas de formación con igual valor social. Medellín avanza hacia ese modelo equilibrado, en el que tanto las carreras universitarias como las técnicas y tecnológicas son vistas como opciones válidas y deseables. La diversidad de opciones educativas permite responder a distintos intereses, habilidades y contextos. El reconocimiento social de todas las formas de formación, la eliminación de estigmas, los costos razonables y la relevancia laboral son claves. Asimismo, la flexibilidad y la incorporación de nuevas tecnologías deben marcar la pauta en la formación del futuro. 

     

    La educación superior en Medellín está en un punto de inflexión. Si bien se han dado pasos importantes para mejorar el acceso a la educación, persisten desafíos estructurales que afectan a miles de jóvenes, especialmente en términos de desigualdad social, económica y territorial. La deserción escolar y universitaria sigue siendo una problemática de gran magnitud, marcada por la falta de recursos, la presión económica y la falta de orientación vocacional, entre otros factores. 

     

    Video

    Estudiantes de grado 11 comparten sus percepciones en el camino a la educación superior y la rectora del Instituto Técnico Industrial Pascual Bravo explica el reto de dar mayor reconocimiento a una modalidad educativa que ofrece fortalezas importantes en el contexto del desarrollo laboral del país.

     

    Sin embargo, también se vislumbran oportunidades para cambiar este panorama. Las políticas públicas como “Matrícula Cero” y las iniciativas de becas municipales están abriendo puertas a estudiantes de sectores vulnerables, permitiéndoles acceder a programas de calidad que, a su vez, mejoran sus perspectivas laborales y sociales. Además, las tendencias actuales, como el auge de las carreras técnicas y tecnológicas y el crecimiento de las áreas STEM, reflejan una transformación en las prioridades de los jóvenes, que buscan opciones educativas más orientadas al mercado laboral y a las nuevas demandas de la economía global. 

     

    Los análisis de política pública educativa desde lo nacional e incluso las directrices de la OCDE señalan que la clave para avanzar hacia un modelo educativo más inclusivo y equitativo será la implementación de estrategias que no solo amplíen la cobertura, sino que también garanticen una calidad educativa homogénea en toda la ciudad. A este respecto, en la ciudad hay realidades contrastantes: la crisis estructural de las principales universidades públicas de la región (Universidad de Antioquia, Politécnico Jaime Isaza Cadavid), los progresos y relativa estabilidad de las instituciones universitarias públicas de carácter distrital (Pascual Bravo, Colegio Mayor, ITM) y el avance de instituciones privadas en la oferta de programas técnicos y tecnológicos (UPB, por ejemplo), además de la amplia oferta de instituciones de educación para el trabajo y el desarrollo humano, muchas de las cuales tienen ya más de 30 años de historia.

     

    Es por esa gama creciente de opciones que los expertos consideran que la colaboración entre el Gobierno, especialmente en lo nacional, las instituciones educativas y la sociedad civil será fundamental para cerrar las brechas y ofrecer a todos los jóvenes opciones que comprendan sus necesidades y se adapten a las realidades del contexto actual, no solo en lo referente a la proyección laboral, sino al contexto en el que los nuevos trabajadores y se forman, inmerso en dinámicas de alta complejidad que cambian sin que se haya terminado de comprenderlas.  

  • La delgada línea que se tensa con las identidades sexuales en público

     

    Por Rune Osorio / laura.osoriov@upb.edu.co

     

    En Colombia, la falta de claridad en las normas legales que se relacionan con expresiones de la identidad sexual en espacios públicos ha generado controversia, especialmente en casos referidos a expresiones de afecto entre parejas del mismo sexo. Mientras activistas denuncian un posible uso discriminatorio de estas disposiciones, las autoridades defienden su aplicación para garantizar el orden público. ¿Qué mínimos y qué limites tiene la libre expresión?

     

     

    El exhibicionismo se define como la exposición deliberada del cuerpo o la realización de actos de connotación sexual en espacios públicos. Desde la psicología, el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM-5) lo clasifica como una parafilia cuando implica una necesidad compulsiva de exhibirse ante personas desprevenidas. Pero de exhibicionismo se habló, por ejemplo, cuando en 2019 el personal de seguridad de un centro comercial en Bogotá le pidió a una pareja homosexual que e retirara del lugar por las manifestaciones de afecto que hacían mientras departían en una de las zonas comunes de la copropiedad.

     

    En Colombia, la legislación en torno a lo que desprevenidamente muchos llaman exhibicionismo ha pasado por distintas interpretaciones y reformas a lo largo del tiempo. Aunque existen normas que regulan los comportamientos en el espacio público, su alcance ha sido objeto de debate, especialmente cuando su aplicación parece responder más a criterios morales que jurídicos. Desde los primeros códigos penales hasta las regulaciones más recientes en el Código Nacional de Policía, la definición y sanción de comportamientos asociados a la expresión de la identidad sexual o el afecto han evolucionado, adaptándose a cambios sociales y legales. Para comprender cómo estas disposiciones han impactado a la ciudadanía y qué tensiones han surgido en su aplicación, es necesario hacer un recorrido por su evolución normativa.

     

    Abrir contenido interactivo

     

     

    ¿Cuáles son exactamente las conductas restringidas? ¿Cómo es que la norma se usa para controlar las actitudes? Teniendo en cuenta el marco legal actual, vale recordar que en septiembre de 2024 a dos jóvenes se le restringió la entrada al barrio Provenza por miembros de la seguridad privada contratados por comerciantes del lugar que señalaban que su vestimenta era muy reveladora y que estaban infringiendo el código que en lugar había para ello.

     

    En otro episodio, varias mujeres reconocidas como modelos de contenidos eróticos se desnudaron mientras hacían un recorrido en una de las conocidas “chivas rumberas”. La Personería de Medellín reportó varias denuncias ciudadanas sobre ruido excesivo y comportamientos inapropiados en la vía pública, que referían bailes con las modelos semidesnudas y exposición de los senos ante los carros que circulaban. En el debate en redes sociales que ya es habitual en estos casos se discutía que, aunque no hubo exposición de genitales ni coito, lo ocurrido era exhibicionismo punible, agravado por la intención de hacer contenido para publicar, sin el consentimiento de los transeúntes.

     

    En parejas del mismo sexo

     

    Antes de lo ocurrido en 2019, en 2011 otra pareja homosexual fue expulsada de un centro comercial tras darse un beso. La administración del lugar justificó la decisión argumentando que estaban incurriendo en actos “inapropiados”. La pareja interpuso una acción de tutela y la Corte Constitucional falló a su favor con la Sentencia T-909/11. El fallo dejó claro que besar o abrazar a una pareja del mismo sexo no constituye exhibicionismo y que sancionar estas expresiones vulnera el derecho a la igualdad, declarando que “…  besarse de modo romántico con la pareja, sea o no homosexual, hace parte de los espacios de libertad individual que toda persona natural posee a la luz de su dignidad para vivir como se quiere, para su libre desarrollo personal y para el derecho a no ser molestado en esa elección específica que sólo a él o ella interesa”.

     

    Otro caso emblemático ocurrió en Barranquilla en 2013, cuando un hombre denunció que desde el 2010 oficiales de la policía lo increpaban en el parque afirmando que, por órdenes de su comandante, no podía haber personas homosexuales en el parque. El denunciante afirma que la situación se dio en repetidas ocasiones, llegando incluso a ser amenazado de muerte si denunciaba lo ocurrido. La Corte Constitucional entonces reiteró que las autoridades no pueden usar argumentos subjetivos para censurar muestras de afecto y que las normas de orden público no pueden ser utilizadas de manera selectiva para discriminar a la comunidad LGBTIQ+. Sin embargo, este caso resalta nuevamente el acoso selectivo que puede existir.

     

    Es el caso de David Cuadra, un ciudadano usuario del metro que considera que se le señaló injustamente de comportamientos inapropiados al despedirse de su pareja en una estación del metro. Aquí cuenta su historia:

     

     

     

    Aunque este acontecimiento no pasó a mayores, puede ser síntoma de cómo la homofobia se sirve de los vacíos normativos para imponerse y que, curiosamente, puede terminar por generar un efecto rebote en cuanto a lo público de las demostraciones de afecto se refiere.

     

    Sexo en público en la comunidad LGBTQ+

     

    Como cruising se conoce la práctica de tener sexo en lugares públicos pero poco visibles. Juan Pablo Osorio, activista LGBT, reflexiona sobre el fenómeno y su origen al explicar que el fenómeno nace porque “no había lugares donde se permitiera la homosexualidad, lugares en los que se permitiera conocer gente y vivir la sexualidad libremente, entonces la solución era buscar lo clandestino. Si no puedo ir a un motel, si no vivo solo, voy al espacio público”.

     

    Frente a la pregunta sobre si esta práctica desaparecería si desaparece la homofobia, Osorio reponde que probablemente no del todo, al tratarse finalmente del criterio de cada individuo. Mas aclara que “mientras a uno lo miren feo en el motel va a haber cruising, mientras haya prejuicio se van a buscar alternativas así”.

     

    La legislación colombiana sobre exhibicionismo tiene un propósito claro: proteger la convivencia y otros adicionales como prevenir situaciones de violencia sexual. Sin embargo, a pesar de que las normas tiene parámetros cada vez más explícitos o específicos, su aplicación ha demostrado ser inconsistente y, en muchos casos, discriminatoria. Los fallos de la Corte Constitucional han sido fundamentales para reconocer los derechos de quienes han vivido la censura de la expresión de su identidad sexual y hasta sus sentimientos de afecto, principalmente la comunidad LGBTIQ+, pero la diferencia con que se sigue percibiendo a parejas heterosexuales y homosexuales deja en evidencia un doble rasero que contradice los principios de igualdad y no discriminación, hecho que a la larga tiene efectos que no distinguen, pues abre la puerta a otras discriminaciones y arbitrariedades.  

     

     

     

     

     

     

  • Corredores verdes… con matices

    Por María Isabel Cardona López / maria.cardonal@upb.edu.co 

     

    Siguiendo la referencia de transformaciones urbanísticas como las de Nueva York o Barcelona, Medellín aprendió que el verde no era incompatible con su crecimiento como ciudad. Los corredores verdes aparecieron como una apuesta audaz para contener el concreto, darle un respiro a la ciudad y demostrar que la sostenibilidad podía ser algo más que una palabra de moda. Árboles recién plantados, senderos peatonales y ciclorrutas comenzaron a bordear las estaciones de la Línea B del metro, como si la naturaleza estuviera recuperando, centímetro a centímetro, un territorio perdido. La prensa internacional celebraba la transformación, pero el día a día en las calles mostraba exactamente cómo se producía.

     

     

    Los corredores verdes son una propuesta urbanística que evoluciona de acuerdo con el contexto de espacios que tienen una historia natural y una apropiación social particulares. Este es el corredor verde en los bajos de la Línea B del Metro de Medellín, entre las estaciones Estadio y Floresta, punto de encuentro del desarrollo urbano y el paisaje natural y social. Fotos: María Isabel Cardona.

     

    Otra forma de la metrópoli

    Los corredores verdes nacieron con la intención de transformar el paisaje urbano y mejorar la calidad de vida de los ciudadanos. En más de 30 espacios distribuidos por la ciudad, su implementación buscaba conectar los parques y quebradas con un sistema de arborización y jardines que, según la propuesta, reducirían la temperatura, mejorarían la calidad del aire y ofrecerían espacios más habitables para los peatones y ciclistas. 

     

    Según la Alcaldía de Medellín, la Avenida Oriental, una de las vías más congestionadas de la ciudad, experimentó una reducción de temperatura de hasta 2°C tras la siembra de más de 90.000 plantas. Los estudios también mostraban una mejora en la captación de CO₂ y una reducción del material particulado en el aire, lo que representaba un alivio en una ciudad que aún lucha contra altos niveles de contaminación. 

     

    Sin embargo, detrás de los datos y los discursos de sostenibilidad, en la vida cotidiana de quienes habitan y transitan estos espacios, la percepción era mucho más compleja. 

     

    La nueva zona verde: espacio de trabajo y también hogar

     

    En la estación Estadio, donde los días transcurren entre el bullicio de vendedores y el eco metálico de los vagones del metro, María Clarivel Hurtado Palacio ha visto cómo los corredores verdes crecían a la par de otras presencias. “Lo que más veo por aquí son indigentes y muchos travestis, sobre todo en la noche”, dice con la certeza de quien ha aprendido a leer la calle mejor que cualquier planificador urbano. La maleza, que en teoría debía traer frescura y calma, también ocultaba secretos incómodos. “Ese monte lo deberían limpiar porque ahí pasan muchas cosas que uno no sabe”, agrega. 

     

    Desde su punto de vista, el corredor verde no ha logrado mejorar significativamente su entorno laboral. Aunque disfruta del fresco que brindan los árboles y reconoce que más personas caminan por la zona, señala que la seguridad sigue siendo un problema sin resolver. En su caso, la presencia de trabajadores sexuales y habitantes de calle no representa un problema personal, pero advierte que puede generar incomodidad en quienes no están acostumbrados a la dinámica del sector. 

     

    En el Velódromo, Santiago López, residente del sector, observa el corredor verde con escepticismo. “La estética mejoró, pero el manejo de basuras sigue siendo un problema. Además, la iluminación en la noche no es suficiente y eso hace que caminar por la zona no siempre se sienta seguro.” López señala que, aunque los corredores verdes han embellecido la ciudad, su funcionalidad está comprometida si no se implementan estrategias de mantenimiento más rigurosas y se refuerza la presencia de seguridad en horarios críticos. 

    Una propuesta con fondo social

    Corredores verdes… con matices

    Para entender los corredores verdes, es necesario comprender el proceso de transformación de Medellín en las últimas décadas. A finales del siglo XX, la ciudad era conocida por su alta criminalidad y la falta de espacios públicos adecuados. Con el paso de los años y la implementación de proyectos como el Metrocable y el Parque Biblioteca, Medellín fue construyendo un modelo de desarrollo urbano enfocado en la recuperación del espacio público. 

     

    La apuesta por los corredores verdes es parte de esa misma visión: convertir a Medellín en una ciudad más sostenible y habitable. La meta inicial era crear una red de infraestructura verde que integrara el transporte público con áreas recreativas, ofreciendo a los ciudadanos una alternativa para desplazarse y disfrutar del espacio urbano sin depender de los vehículos motorizados. 

     

    Sin embargo, la implementación no ha sido uniforme. Algunos corredores han logrado consolidarse como espacios seguros y funcionales, mientras que otros han quedado atrapados en problemas de mantenimiento, inseguridad y falta de apropiación por parte de la comunidad. 

     

    Otras Ciudades 

    Bogotá, Buenos Aires y Barcelona han implementado corredores verdes similares con distintos niveles de éxito. En Buenos Aires, por ejemplo, la Avenida 9 de Julio incorporó vegetación y ciclorrutas como parte de su plan de movilidad sostenible, pero la falta de mantenimiento y el incremento de la inseguridad generaron críticas.

     

    Barcelona, en cambio, ha logrado consolidar sus supermanzanas como modelos de urbanismo sostenible, donde la reducción del tráfico ha permitido que los corredores verdes sean espacios funcionales y seguros. La gran diferencia radica en la gestión y en la apropiación ciudadana, dos elementos que Medellín aún necesita fortalecer para garantizar el éxito a largo plazo de su proyecto verde. 

     

    Medellín, ciudad de contrastes, sigue debatiéndose entre el sueño y la realidad. Los corredores verdes, con su promesa de frescura y vida, aún tienen un largo camino por recorrer antes de convertirse en ese Edén urbano que alguna vez imaginaron sus creadores. Las decisiones que se tomen en los próximos años definirán si estos espacios serán recordados como un triunfo del urbanismo o como un espejismo más en la historia de una ciudad que siempre ha vivido entre la esperanza y la incertidumbre. 

     

    El reto no es solo de la Alcaldía o de los urbanistas, sino de todos los ciudadanos. La pregunta sigue abierta: ¿qué hace falta para que Medellín transforme estos corredores verdes en verdaderos espacios de convivencia y seguridad? El tiempo, y la participación de todos, tendrá la última palabra.  Expertos en urbanismo sostenible destacan la importancia de implementar estrategias que fomenten la apropiación ciudadana de los espacios públicos. Según Juan Camilo Restrepo, el desafío no radica únicamente en el diseño físico de estos espacios, sino en la creación de actividades culturales, deportivas y comunitarias que incentiven a las personas a utilizarlos y cuidarlos. 

     

     

  • De la puerta hacia afuera: ellos también habitan la calle

    Ana Sofía Araque, Estefanía Hernández, Sara Bastidas / periodico.contexto@upb.edu.co

     

    Pasar por la autopista. Comer en un restaurante. Caminar para la universidad. En general, salir de la casa: de la puerta hacia afuera se ha vuelto difícil no toparse con un habitante en situación de calle en Medellín. El aumento de esta población ya apuntada en las cifras del 2023 que brindó el Concejo de Medellín, es cada vez más evidente en la cotidianidad. A diario, recorrer la ciudad es sinónimo de confirmar y verificar con los propios ojos que esto se salió de las manos ¿culpa de quién? 

     

    La Alcaldía de Medellín ha señalado 16 puntos críticos de esta población, entre los cuales están presentes Laureles, Guayabal, La Aguacatala y el Centro. Diversas ubicaciones y diferentes estratos, todos testigos de que en Medellín también la calle está siendo un hogar. Por diferentes motivos, condiciones, vivencias o abusos, algunas personas no han visto otra opción que residir en ella. En “Habitar la calle: voces del pavimento” se exploró la perspectiva de quienes lo viven, los habitantes en situación de calle. Ahora, es el turno de quienes lo atestiguan día a día: los residentes y comerciantes de Medellín. ¿Qué implicaciones tiene este fenómeno para ellos?

    Se entiende por residente a quien normalmente habita en una vivienda específica, sea una casa, un apartamento o, en general, una residencia. Por comerciante, quien ofrece bienes o servicios.

     

    Es común pasar por la Avenida Regional y notar la presencia de habitantes en situación de calle a las orillas del río. Foto: Estefanía Hernández

     

    Una de las principales afectaciones para los transeúntes, es el tema de la sanidad. Las necesidades fisiológicas aquejan a todas las personas, sin excepción. Los habitantes en situación de calle, tienen pocas alternativas para atenderlas: algunos baños públicos ubicados en la ciudad, la calle o las zonas verdes. Los desechos fecales y urinarios esparcidos a lo largo de la ciudad por la falta de acceso a servicios básicos, representan una serie de olores desagradables que impregnan a la ya sulfurada tacita de plata.

     

    Adicionalmente, dichos desechos pueden ser transmisores de enfermedades. Por ejemplo, la comida callejera presenta riesgo de adquirir restos de materia sólida que haya en la calle (las heces, luego de un tiempo se deshidratan y se hacen polvo), por ende, los alimentos expuestos se pueden contaminar. Con el ánimo de fortalecer la salud y el espacio público brindando manejo a los residuos fisiológicos, la alcaldía instaló baños públicos dirigidos, sobre todo, a esta población. En diciembre de 2024, ubicó 13 baños públicos nuevos en los puntos de la ciudad donde hay alto tráfico de personas, como la avenida de Greiff, el parque de San Antonio y el Parque de las Luces. No obstante, solo están disponibles de 9 am a 6 pm.

     

    La secretaria de Inclusión Social, Familia y DDHH, Sandra Sánchez expuso durante una intervención en el Concejo de Medellín que un 53,9% de la población en condición de calle se dedica al reciclaje y el 16,4% a la mendicidad. Esta última actividad aqueja a algunos comerciantes de la ciudad, quienes notan que sus clientes, mayormente de restaurantes o locales de alimentos, se incomodan cuando se acerca una persona buscando recolectar monedas o comida.

     

    Es que, en ocasiones, no es solo una persona. Pueden ser hasta tres o cuatro habitantes en situación de calle que, en un periodo de aproximadamente una hora (desde que el cliente se sienta en la mesa hasta que paga su comida y se marcha) se acercan vendiendo dulces. A veces se acercan con niños o bebés. Las opciones para sobrevivir son reducidas. Este es uno de los panoramas en el que se hace más notorio el aumento de personas en condición de calle y en el que, una vez más, se hace más urgente que las entidades públicas tomen acciones de manera integral.

    Otra de las necesidades básicas del ser humano es el descanso. Algunos habitantes en situación de calle buscan lugares fijos para dormir, donde puedan instalar un cambuche. Otros, prefieren los corredores de los locales comerciales o alguna calle que tenga techo para no mojarse en caso de lluvia, pues el clima de la ciudad es impredecible.

    Para poder abrir el local al público, los comerciantes deben despertar a las personas que estén dormidas afuera y no siempre es un trabajo fácil: cuando se logran dormir después de una noche fría y una acera dura, es entendible el mal humor. Sin embargo, varios habitantes en situación de calle son conscientes que se deben ir temprano y están acostumbrados a que su alarma sea espacio público, quien hace presencia desde el amanecer en los sectores comerciales. A veces, los trabajadores de cada local deben asearlo antes de abrir debido al olor. Esto puede representar un esfuerzo adicional para ellos, quienes ya se cansan lo suficiente con sus labores.

     

    Dentro de estas implicaciones diarias que afrontan los comerciantes y residentes de Medellín, también hay otra situación visible: la falta de pedagogía ciudadana sobre los habitantes de y en calle. Desde palabras inadecuadas y despectivas para referirse a la población hasta actos violentos se han presentado en la ciudad. Una de las causas de este rechazo es la necesidad de mostrar a Medellín como un destino perfecto para turistas, por lo cual se recurre a cerrar los ojos e ignorar este tipo de problemas de salud pública.  El aumento y la presencia de personas en condición de calle exige una pedagogía aún más responsable y amplia porque ellos, como usted, son humanos.

     

    Como se mencionó, la falta de concientización y pedagogía puede desencadenar actos violentos. Este año, se han registrado casos de intolerancia frente a esta población. La intolerancia, que es sinónimo de odio, ha causado homicidio. Frente a estas situaciones, el secretario de seguridad Manuel Mejía reconoció en el diario Q´hubo que, efectivamente, “este año (2025) se han presentado casos de intolerancia que rechazamos de plano y es injustificable”. Lo cierto es que se deben tomar medidas urgentes, por un lado, de este tipo de hechos violentos y la falta de pedagogía frente a esta población y, por otro lado, de la situación de habitantes de calle que sigue en aumento.

     

    Tomar acciones por su cuenta no es justificable bajo ningún motivo. A pesar de que este artículo está centrado en Medellín, cabe apuntar que también que en otras ciudades, como Bogotá y Cúcuta se han presentado hasta marzo, 15 asesinatos en 60 días según el Observatorio de Poblaciones Vulnerables del Movimiento Visibles citado en Temblores. Esto indica que, no solo en Medellín es necesario establecer acciones pedagógicas en la comunidad sino a nivel Colombia.

     

    Los comerciantes y los residentes tienen puntos de vista diversos. El periódico Contexto conversó con algunos de ellos en las comunas 10 (La Candelaria) y 15 (Guayabal), dos de los puntos críticos de habitantes en situación de calle según la Alcaldía de Medellín.  Hubo opiniones divididas. Unos, recordaban una anécdota, otros hacían evidente su cansancio por la situación y para otros, acostumbrados a habitar con ellos, ya se volvió paisaje. Pero, en definitiva, todos tenían algo por decir porque la situación está ahí, entre las palabras, la ciudad y la calle. Está ante los ojos. Escuche por usted mismo, lector, lo que nos dijeron:

     

    Reconocer que hay más de 7 mil personas en condición de calle en la ciudad y que esto conlleva implicaciones para los residentes y comerciantes es el primer paso para buscar soluciones integrales e incluyentes, porque es una situación que requiere de todos. También, para emprender acciones de pedagogía, que fortalezcan la concientización y la sensibilidad frente a esta población que se encuentra en condiciones de vulnerabilidad, porque todos son seres humanos. Y, por último, para afirmar que la calle es un derecho. Porque los comerciantes y los residentes, todos, también habitan la calle: la viven, la trabajan y la gozan.

     

    Continúe explorando el tema:

     << Habitar la calle: voces del pavimento

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     La calle: frontera de una crisis que Medellín aplaza >>

     

  • Habitar la calle: voces del pavimento

    Ana Sofía Araque, Estefanía Hernández, Sara Bastidas / periodico.contexto@upb.edu.co

     

    Cuando en internet (o en IA, que es la herramienta de moda) se busca la definición de la palabra “calle”, los resultados son diversos. Se describe su material “es de cemento”; su forma “es lineal, curveada”; su función “espacio público para caminantes o vehículos”; sus sinónimos “vía, pasaje, avenida, callejón”; y hasta aparecen otros usos “es un apellido”. Pero nunca, en ningún diccionario o lugar de la web, la calle es descrita como un hogar. Entonces ¿por qué hay más de siete mil personas viviendo en condiciones de calle en Medellín?

     

    Es esencial, en primer lugar, hacer una distinción, porque de acuerdo con el Ministerio de Salud y Protección Social, hay una connotación distinta entre habitante EN calle y habitante DE calle. Las personas que pasan la mayor parte del tiempo en la calle y ejercen en ella algunas labores para sustentarse, pero cuentan con un espacio privado como la casa o una habitación arrendada, son habitantes EN calle. En cambio, las personas que viven permanentemente en ella o de forma transitoria, es decir, que “desarrollan todas las dimensiones de su vida en el espacio público”, son habitantes DE calle. Para referirse a ambos grupos poblacionales se usa el término habitante en situación de calle.

     

    Esta población se considera vulnerable y en riesgo, por lo que se formuló la Política Pública Social para Habitantes de la Calle (PPSHC), establecida en la ley 1641 de 2013, con el fin de promover y garantizar sus derechos y poder llevar a cabo su inclusión social de manera integral. Los departamentos, distritos o municipios que registren la presencia de habitantes en situación de calle deben implementar la PPSHC y ofrecer servicios de atención integral para ellos y ellas.

     

    Por su parte, la Alcaldía de Medellín cuenta con el Programa de Atención e Inclusión Social para el Habitante de Calle, que atiende a las personas de 18 a 59 años. La estrategia más destacada o, al menos la más conocida entre la población, es Centro Día, un espacio donde la alcaldía brinda atención básica, psicosocial y en salud. Allí, los habitantes en situación de calle pueden ir cada día para comer, asearse y, en algunas sedes, también se pueden quedar a dormir. Para esto deben llegar a hacer fila desde temprano, pues los cupos son limitados.

     

    Dado el aumento de esta población en los últimos años, el cual se ha propiciado por diferentes condiciones como desempleo, crisis económicas, pandemia y consumo de sustancias psicoactivas, Medellín necesita más estrategias frente a la situación, no solo para mitigarla sino también prevenirla. Sin duda, para encontrar una posible alternativa, resulta indispensable considerar la perspectiva de quienes viven, en carne y hueso, esta situación. Por esto, el periódico Contexto UPB quiso conversar y, sobre todo, escuchar a los habitantes en situación de calle ubicados en dos de los puntos críticos expuestos por la Alcaldía de Medellín: La Comuna 15 (Guayabal) y la Comuna 10 (El Centro).

     

    En Guayabal se realizó un recorrido el 3 de abril de 2025, dirigido por la Fundación La Nave de los Sueños, que sale el primer jueves de cada mes a repartir pan con aguapanela a los habitantes en situación de calle de la zona. La fundación argumenta que las “aguapaneladas” son un acto de encuentro con los habitantes en situación de calle, que se puede convertir en el primer paso para que ellos tomen la iniciativa de iniciar un proceso de rehabilitación. Es decir que, mediante estas visitas, ellos se pueden sentir acompañados por la sociedad.

     

     

    Siete días después, el jueves 10 de abril de 2025, la Fundación Visibles lideró el recorrido por El Centro de Medellín, desde la estación Cisneros hasta la estación San Antonio del Metro. Como su nombre lo indica, el mayor propósito de la fundación es visibilizar a la población de habitantes en situación de calle para que, al contrario de ser ignorados, sean reconocidos y valorados por la sociedad como seres humanos. Es por eso que, cada jueves, salen a repartir chocolate con pan para hacerles saber que son incluidos en la sociedad y, así, construir un mundo “donde nadie pase desapercibido”.

     

    En ambos recorridos, un número significativo de habitantes en situación de calle, la mayoría de género masculino (según el Concejo de Medellín, el 86% de habitantes en situación de calle son hombres y el 14% son mujeres), se acercaron y recibieron con gratitud el alimento y la bebida. Algunos accedieron a responder un par de preguntas y permitieron que su punto de vista frente al asunto fuera escuchado.

     

    A modo de abrebocas, se destaca que la mayoría de ellos reciclan (de acuerdo con una intervención en el Consejo de Medellín de la secretaria de Inclusión Social, Familia y DDHH, Sandra Sánchez, un 53,9% de esta población se dedica al reciclaje y el 16,4% a la mendicidad) y coinciden, sobre todo los que habitan la comuna 15, en que sienten desprecio por parte de las demás personas hacia ellos. Además, allí se está presentando una situación especial con espacio público y acciones que ha emprendido la alcaldía junto al Metro de Medellín debido a las recientes obras del futuro Metro de la 80, pues en la glorieta donde la Avenida 80 y la Avenida Guayabal se cruzan, se han ubicado los cambuches de algunas personas durante unos años. Por lo tanto, para iniciar dichas obras los han desplazado y, según los habitantes en situación de calle entrevistados, también les han brindado la opción de iniciar un proceso de rehabilitación.

     

    En el Centro, la noche estaba fría y la lluvia, aunque débil, constante. Por eso, al preguntar sobre el principal desafío que se enfrenta en la calle, la respuesta fue repetitiva: el clima. De ahí la sugerencia de Gabriel Flórez, habitante en situación de calle, de que en Centro Día deberían poner más camas, para poder alcanzar un cupo. A propósito, llama la atención que Centro Día sea la única estrategia de la Alcaldía con la que han tenido contacto, y eso que no todos han hecho uso de ella.

     

    Los que sigue es una invitación para que se tome el tiempo de escuchar las voces que surgen del frío y la dureza del pavimento. Tal vez son ellos los únicos que pueden tener las respuestas a algunas preguntas en este debate:

     

    De manera que, en esta ciudad, no solo es imposible ignorar la situación, sino que es más que necesario hacerla visible. Reconocer a los habitantes que se encuentran en situación de calle es indispensable para que, desde las comunidades, las fundaciones y la institucionalidad, se les comience a dar un lugar en la sociedad y sean tratados con respeto y dignidad: porque existen, están y habitan con usted.

     

    Continúe explorando el tema:

     

     << La calle: frontera de una crisis que Medellín aplaza

     

     

     

     

     

     

     

     

     De la puerta hacia afuera: ellos también habitan la calle >>

     

  • ¡Punto!

    Por: María Alejandra sierra Lara / maria.sierral@upb.edu.co

     

    Llegar de repente, quedarse, gustar, ganar, dudar, irse y regresar. Son muchos los vaivenes que puede tener la vida de una joven voleibolista.

     

    Leer la historia de Natalia Turizo es vivir a fondo la emoción de un match point. Su carrera como voleibolista en la posición de central del equipo de la Universidad de Antioquia es un relato sobre los regalos inesperados, los deseos y la dicha de estar donde se quiere estar.

     

    Natalia nos contó su historia y aquí la presentamos para que la disfrute como si la misma Natalia la hubiera escrito para usted.

     

    Haga clic en la imagen y lea el e-book en la plataforma ISSUU: