Durante marzo de 2022, en Medellín se implementó un cobro a los propietarios de los vehículos que necesitaran usarse durante los días de restricción por pico y placa. Poco menos de un mes duró lo que el gobierno local llamó una “prueba piloto”, pero, en opinión de la audio columnista, quedan muchas preguntas para que la ciudad logre establecer la solución más adecuada a los problemas de tráfico urbano.
Por: Tomás Correa Restrepo* / especial para Contexto
No soy un hombre de religiones, pero si el cielo de los manatíes existe espero que Julieta esté en él. La ya conocida historia de Julieta, una manatí de 450 kilos y más de 3 metros de la especie Trichechus manatus, comenzó el 5 de junio (paradójicamente el día del Medio Ambiente). Ese día Julieta cayó en las redes de unos pescadores en el sector de Bonito Gordo cuando nadaba libremente en las bellas aguas del Parque Natural Tayrona. Fueron los mismos pescadores los que avisaron al personal del Centro de Atención, Valoración y Rehabilitación de Fauna Marina (CAV-R) que Julieta había quedado enredada en una de sus redes. A pesar de la asfixia que sintió al tratar de respirar a través de la red, logró mantenerse viva hasta que llegaron los salvadores del CAV-R. Una vez rescatada fue trasladada al Acuario del Rodadero, donde pasaría un mes mientras se rehabilitaba para su liberación.
De acuerdo con información de la organización Save The Manatee, los manatíes «…se dedican a comer, descansar y viajar…» (¡qué envidia!) y habitan principalmente ciénagas y aguas costeras someras. Su alimentación está basada en plantas y algunos pequeños peces, respiran el mismo aire que nosotros (aunque pueden contenerlo hasta por 20 minutos) y su expectativa de vida puede llegar a más de 60 años. Su dentadura no sobrepasa los 6 dientes en cada mandíbula, de los cuales ninguno se cataloga como colmillo. En Colombia, los manatíes están protegidos desde 1969 por la resolución nro. 574 que prohíbe la caza, transporte, comercialización y utilización de los manatíes y de sus productos.
Julieta fue liberada en El Rodadero el pasado 7 de julio gracias a los cuidados del personal del CAV-R, quienes antes de liberarla le instalaron un rastreador para monitorear su feliz regreso a la libertad. Sin embargo, el júbilo creado por el éxito de la rehabilitación y liberación de Julieta fue reemplazado por tristeza, rabia, vergüenza e indignación el pasado 15 de julio, tan solo 9 días después, cuando se conoció que, en su viaje hacia el sur a lo largo de la costa entre Santa Marta y Barranquilla, fue interceptada por pescadores que la persiguieron desde el puente de La Barra en Pueblo Viejo (Magdalena), hasta jurisdicción del corregimiento de Tasajera, en donde además de ahogarla, amarrándola por el hocico, la atacaron con machetes y arpones ocasionándole la muerte… Y sí, estimado lector, Tasajera es el mismo corregimiento de Pueblo Viejo que hace poco más de un año sufrió la tragedia del camión cisterna que transportaba gasolina y explotó mientras los pobladores lo saqueaban, dejando como saldo 45 muertos y decenas de heridos.
La de Julieta es una verdadera pérdida para el patrimonio biológico del planeta, pero más allá de buscar venganzas y culpables, su triste final debe generar preguntas cuyas respuestas conlleven a tomar acciones urgentes para evitar que esta apacible mártir, miembro de una especie en grave peligro de extinción, haya muerto en vano. El hecho debe generar conciencia en todos los eslabones de nuestra sociedad, desde los niños más pequeños hasta los encargados de la toma de decisiones, pasando, por supuesto, por los pescadores.
Preguntar por qué un hecho como estos ocurre en Tasajera es desconocer la situación de miseria y abandono que el corregimiento ha sufrido por décadas. Si sus habitantes son capaces de arriesgar la vida por robar gasolina de un camión accidentado, ¿qué esperanzas de sobrevivir tenía Julieta, que virtualmente representaba un pedazo de carne de 450 kilos nadando lentamente frente a ellos? Como dice Wade Davis en su último libro sobre Colombia, Magdalena River of Dreams, las personas matan manatíes porque tienen hambre y necesitan alimentar a sus familias, así que para salvar a los manatíes es necesario salvar primero a las personas.
¿Por qué un manatí cae en redes de pescadores en las aguas protegidas de un parque natural como el Tayrona? ¿Fue acertado liberar un manatí en pleno Rodadero teniendo en cuenta la actividad turística y pesquera de la zona? ¿Qué acciones están tomando los gobiernos municipal, departamental y nacional para que Tasajera deje de ser fuente de noticias tristes como estas? Esta nueva tragedia exige que las autoridades se pronuncien y den respuestas. No se nos puede olvidar que seres como Julieta, que ojalá nos esté observando hoy desde el cielo de los manatíes, habitan este territorio desde mucho antes que nosotros y, en ese sentido, somos nosotros los invasores.
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* Tomás Correa Restrepo es geólogo, magíster en Recursos Minerales, con especializaciones en Gestión Ambiental y Gerencia de Proyectos. Es amante del buceo y la natación. Trabaja como investigador en el Servicio Geológico Colombiano.
Es poderoso este asunto del temor latente, lo saben quienes lo usan para violar toda norma social y de convivencia: para meterse en contravía, evadir una fila, asaltar a otro, acosar sexual o laboralmente… saben que quien los padece, seguramente, preferirá callar porque teme una reacción violenta, porque teme que se le acuse de quisquilloso, porque teme perder su trabajo.
Resulta insoportable vivir atemorizado. Agobia, agota. El miedo es paralizante y catastrófico.
Quienes usan las armas contra personas inermes quieren generar miedo y, con éste, propiciar silencio. Acallar unas voces que, curiosamente, les causan pavor. Un pánico terrible a que les muestren que no pueden simplemente meterse en contravía, saltarse la fila, quedarse con lo ajeno, arrebatar dignidades.
Por eso, resulta particularmente trágico que el temor se meta en los espacios educativos, porque lo contrario al miedo es la confianza y las aulas deben ser el escenario donde, a partir de esa confianza en que son un espacio de respeto y tolerancia, se encuentren y debatan las distintas ideas, soportadas en quienes antes, también desde diversos puntos, se han dedicado a interpretar a nuestra humanidad.
La confianza y el respeto, antítesis del miedo, son los cimientos sobre los cuáles le apostamos al fortalecimiento del pensamiento crítico como una de las herramientas esenciales para la consecución del cambio social: la posibilidad de leer el entorno, poner esa lectura en contexto y actuar en consecuencia con aquello que suponemos, como individuos o como colectivo, debe cambiar para tomar el rumbo de lo que como sociedad definimos como deseable. Un encuentro que posibilita reconocer a los otros y reconocerse en ellos, no por nuestras similitudes, sino por nuestras diferencias. Cada encuentro nos cambia, cada diálogo nos toca y alimenta.
La educación está signada como un llamado constante a subvertirse, a transformarse y transformar (el espacio, la sociedad, el entorno…) dinámica y constantemente; estas características hacen que la educación sea una de las voces que la inamovilidad social se esfuerza por acallar. No es gratuito que nuestros maestros en los barrios y en las escuelas rurales sean constantemente amenazados por agentes fuera de la ley.
<< “… lo contrario al miedo es la confianza y las aulas deben ser el escenario donde, a partir de esa confianza en el respeto y la tolerancia, se encuentren y debatan las distintas ideas…”.
Foto: José Luis Vahos.
No obstante, hay formas más sutiles y cotidianas de instauración del miedo, algunas de ellas acentuadas gracias a la permanente conectividad de estos días, otras delatadas gracias a éstas, todas lamentables por ir en contravía de lo que se espera de un encuentro entre estudiantes y docentes: la discusión de ideas de manera libre.
El desprecio por el pensamiento que dista del propio, la construcción del otro como enemigo, ha resultado un contagioso mal que ha traído formas más o menos solapadas de censura. Así, un ejercicio en clase es concebido como un ataque político; un docente es enfrentado a un cacique político de cuenta de un trino de un estudiante, que privilegia señalarlo de activista antes que defender y debatir sus ideas dentro del aula; o un padre de familia ofende en medios sociales a una docente que considera indeseable por suponerla en otra orilla ideológica. De igual manera, el uso de estos medios sociales también ha permitido identificar cómo hay docentes que censuran, irrespetan, descalifican y agreden a los estudiantes de cuenta de sus posturas y símbolos políticos, traicionando su rol y el espacio del diálogo diverso que supone la educación.
No es factible justificar un espacio de educación en el que los estudiantes sientan miedo de expresar sus ideas, que omitan el esfuerzo de fortalecer sus argumentos y escuchar los contrarios, por miedo al escarnio, la nota o el menosprecio; pero tampoco es posible pensar en un docente que llegue al encuentro con sus estudiantes con temor de abordar temas espinosos, de exponer contrargumentos (que no necesariamente serán los de su convicción), ante la posibilidad de verse inmerso en un conflicto mediático de proporciones nacionales en el que, una vez más, los argumentos se pierden bajo una lluvia de manifiestos viscerales en cuyo ruido es imposible la construcción, nuevamente, del diálogo.
Inocular el miedo en ese escenario que debiera ser el de confianza y respeto por excelencia, el de la enseñanza, es la estrategia más efectiva para garantizar la inamovilidad de la sociedad, con el miedo atando el debate, el diálogo, la presentación de ideas, la construcción conjunta del conocimiento, lo único que se garantiza es que se pierda el pensamiento en favor de la repetición acrítica de fórmulas, es la receta para evitar la transformación, es la condena de no conocernos, reconocernos y permearnos. Es el fin de la esperanza.
“No es factible justificar un espacio de educación en el que los estudiantes sientan miedo de expresar sus ideas, que omitan el esfuerzo de fortalecer sus argumentos y escuchar los contrarios…”. Foto^: Diario del Paro
La facultad de Comunicación Social-Periodismo de la Universidad Pontificia Bolivariana de Medellín quiere compartir con la comunidad en general la siguiente reflexión a raíz de la forma cómo, en los últimos días, los medios de comunicación nacionales han procesado, para la Sociedad, los acontecimientos que está viviendo Colombia:
El vértigo de los acontecimientos, la coyuntura y la zozobra que deviene de la incertidumbre, quizá hace que las cosas básicas y simples se pierdan en la memoria, y que se desdibujen, en medio de un panorama atiborrado, las funciones que nuestras vocaciones nos han llamado a asumir dentro de la sociedad.
Incursos en los días turbulentos que enfrenta el país, en medio del agotamiento tras más de un año de lejanía social por causa de la pandemia y las movilizaciones surgidas de las problemáticas socioeconómicas agudizadas durante ésta, nos enfrentamos a nuevas acciones violentas que se suman a esas otras, regadas, inmersas y obstinadas que afectan día a día a esas regiones colombianas que no siempre parecen asumirse como parte constitutiva de quienes somos.
En este marco del miedo, la desconfianza y el desconocimiento del otro (mujer, afro, indígena, migrante, joven, institucionalidad, policía, soldado, ese otro que termina siendo parte de uno, de nosotros); el llamado que se hace a los periodistas, a los medios de comunicación y comunicadores, debiera ser sencillo: volver a lo básico de nuestro quehacer.
Pero, ¿qué entender por lo básico? Lo primero sería la sinceridad con quien nos escucha. Determinar claramente lo que obedece a una opinión, a la que se tiene derecho y que por supuesto nutre el debate, diferenciada de los hechos narrados en clave de la información periodística, una información que se brinda a partir de la vinculación de múltiples fuentes, con diversos puntos de vista, que se contrasta con los hechos presentados a partir de la recolección de datos. La mezcla indistinta de supuestos y opiniones con hechos noticiosos termina favoreciendo el apasionamiento irreflexivo, la asunción de una sola opinión, como la verdad, anula la voz del otro y favorece que éste, en efecto, sea anulado.
Comunicadores sociales, periodistas y, en general, la academia, debemos estar también en función de facilitar el acceso a la información, estudiar y entender cómo los fenómenos que se viven en la actualidad son una forma de expresión de los actores sociales ¿qué nos están queriendo decir?, ¿dónde está el mensaje que no entendemos para que la resolución de los conflictos a los que se debe se dé de manera pacífica?, ¿cuáles son las expresiones y canales adecuados que fortalecerán los diálogos para la consolidación de una ciudadanía que asuma su convivencia en paz y democracia?
Mucho queda por preguntarnos y por entender, por ejemplo: el rol de los medios y plataformas sociales en estos días signados por la ausencia del cara a cara, sus potencialidades para la democratización de la información y los riesgos que presentan por mensajes simplistas y homogeneizantes; las reacciones suscitadas por esta falta del abrazo y la caricia como formas esenciales de la comunicación del amor, la solidaridad y la amistad; los mecanismos que permitan el reconocimiento de tantos otros, diferentes, pero constituyentes de este espacio llamado Colombia.
Las facultades de comunicación somos las primeras llamadas a atender estas preguntas y sin duda alguna es nuestra responsabilidad recordarles a nuestros estudiantes, docentes y egresados el compromiso que asumimos con nuestra sociedad en el fortalecimiento de sus relaciones, de las decisiones que tomarán a futuro, en la consolidación de la democracia. Por eso mismo, también, debemos decirlo en voz alta de tanto en tanto para recordárnoslo también a nosotros, porque sí, porque debemos volver a lo básico.
Los docentes internos de la facultad de Comunicación Social – Periodismo de la Universidad Pontificia Bolivariana de Medellín.
Aspecto de las protestas del 4 de diciembre de 2019 en Medellín. Foto: Martín Villaneda.
Un medio universitario como Contexto no es solo una escuela de periodistas. Por años, este proyecto académico y periodístico también ha sido tribuna para observar el lugar que tiene la juventud en la vida de la ciudad, en la dinámica del mundo.
En los últimos años hemos visto su protagonismo en las manifestaciones que reclaman cambios en los destinos del país: desde el simbolismo y las nuevas formas de elevar voces de protesta, hasta el núcleo de expresiones violentas desde todas las orillas, las cuales nos llenan de dolor y no cesaremos en deplorar.
En 2019, participamos en el proyecto #DiarioDelParo, una experiencia que acercó a nuestros periodistas universitarios a las causas de la movilización, al relato de las marchas y los excesos que en ellas ocurrieron, a la agenda de conversaciones sin epílogo hasta la irrupción de la pandemia por Covid-19. Todo bajo una premisa de nuestras labores de formación e información: el deseo de entender.
Como académicos, como formadores de personas facultadas para comunicar, nos corresponde la esperanza, como empeño, como causa. Por ello creemos en el deseo que, a pesar de los riesgos de una pandemia, convocó a cientos de miles a manifestar su descontento en las calles. Muchos de los estudiantes y profesores que conformamos este equipo vivimos esas circunstancias, además las conocemos y las contamos en nuestra labor periodística.
Gracias a las sesiones de clase, a los consejos de redacción, sabemos que son incesantes las preguntas jóvenes sobre los problemas que persisten y frente a los que parece no haber más que resignación. Gracias a esa escucha entendemos que el fenómeno de protestas de nuestro país es un rechazo a la indiferencia, a la indolencia; un mensaje con el que la juventud de hoy es particularmente contundente.
El objetivo de expresarlo se logró con creces. Ya se abrieron los espacios en que son decisivos los argumentos y, fieles al espíritu de la academia, queremos subrayar la importancia del diálogo para construirlos. Ahora más que nunca, se necesita que este sea edificante, que nos muestre caminos más efectivos que los de la fuerza que nos horroriza durante estos días y con la que nos hemos encargado de aplazar por décadas las soluciones necesarias, porque las agresiones a periodistas, el abuso de autoridad, el daño a bienes materiales, las golpizas y mucho menos los asesinatos, no han resuelto los problemas por los que alzamos nuestra voz.
La conmoción de estos días nos llama a entender que, si tenemos un país de conflictos, es porque es diverso y, bajo esa condición, es insostenible proceder por la fuerza. Las nuevas generaciones del país tienen más que nuestra atención. En lo que a este proyecto académico toca, tienen nuestra fe en lo que sus acciones nos puedan enseñar en adelante. Desde nuestra experiencia, reiteramos el llamado al diálogo, el que implica escuchar, expresarse para el otro, preguntarse, construir. A nuestro alcance está disponer este espacio, al que son bienvenidos todos los aportes.
Imagen de las movilizaciones por la paz en octubre de 2016. Foto: Enrique Mena.
El ser humano se construye a sí mismo a partir de los otros, sus enseñanzas y ejemplos. Este fotomontaje explora la premisa: “Sin el otro yo no sería yo y tú no serías tú”.
El ser humano necesita del otro. Es una verdad ineludible. Sin embargo, a muchos les cuesta asumirla, puesto que están sumergidos en una realidad protagonizada por la masificación de las pantallas, el narcisismo y el egocentrismo.
La humanidad es sociable por naturaleza y es precisamente en la sociabilidad donde se produce la comunicación, que no es más que el bello arte de poner cosas en común para nutrirse de los demás. En otras palabras: todo proceso comunicativo implica reconocer y dignificar la alteridad.
Todas las personas con las que nos topamos durante nuestro trasegar por la vida influyen de alguna manera en nosotros. El homo sapiens es un proceso de construcción colectiva. Somos el reflejo de los demás.
Toda acción y creación humana requieren de un referente. Como muestra de un botón, hubiera sido imposible realizar la imagen post-fotográfica que les presento a continuación sin conocer el legado de los googlegramas del catalán, Joan Fontcuberta.
Sin el otro yo no sería yo y tú no serías tú.
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Trabajo para el curso Imagen II, orientado por el profesor Hebert Rodríguez .
¿Qué está pasando con esta empresa pública? Esta videocolumna expresa puntos de vista para le análisis sobre la situación de EPM, las decisiones de la junta directiva, el alcalde y los exalcaldes, especialmente en lo relacionado con Hidroituango.
Por: Isabel Uribe, Valentina Blandón y Sebastián Carvajal
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Trabajo para el curso Periodismo VI, orientado por la profesora Ana Cristina Aristizábal Uribe.
La infancia. Los días que se cuentan desde la memoria con los matices, los olores y la música de esos años. Una casa con patio, con macetas. Tomar el sol desde ese patio… “Y después de una larga sesión de bronceo, un jugo de guayaba dulce, muy dulce”.
Por: Laura Giraldo Peláez / laura.giraldop@upb.edu.co
Diecisiete escalones para llegar a la puerta de madera pintada de verde. Mi abuela siempre en la cocina. Es lo primero que se ve al entrar. ¿El menú? Carne con arroz, huevo frito y papas, por favor. Todos los días.
Siempre al segundo escalón para disfrutar del manjar junto a mis primos. Todo en su respectivo orden: primero el arroz con el huevo, luego las papas y por último la carne. Así me enseñó Juan Antonio: lo mejor para el final.
Cuando subíamos, cada uno lavaba su plato con la esponja gastada.
Al lado de la cocina, la sala. Dos ventanales grandes por los que entraba mucha luz. Un televisor que normalmente estaba en el canal 9, sin importar qué estuvieran dando. Yo llegaba a la hora de “Muy buenos días”, y me lo veía todo mientras comía galletas Ducales repletas de mantequilla La fina, que era la más suave.
Un computador de mesa frente a la sala: “abuela, media hora por favor, solo media”. Así nos pasábamos 2 o 3 horas pegados de juegos Friv. ¿Dolor de cabeza? Claro. Al rato entonces nos íbamos para el patio que quedaba en la parte de atrás a tomar el sol.
Tres largas horas echados en el patio de baldosas rojas con piedritas pequeñas. Nos quedábamos dormidos y despertábamos con la camiseta emparamada de sudor y con las marcas de las piedras en los brazos y las piernas.
Matas, muchas matas en ese patio: rosas, margaritas, orquídeas… Macetas por aquí, macetas por allá. ¿Jugar con un balón? Ni riesgos. Si dañábamos una matera no volveríamos a ver la luz del sol. Después de una larga sesión de bronceo, un jugo de guayaba dulce, muy dulce. Quedábamos tan deshidratados que no nos quedaba otra que acostarnos de nuevo.
En la habitación de la abuela estaba el baño. El sanitario verde oscuro al que siempre caía porque me quedaba grande, un lavamanos altísimo. Me empinaba para prender la pila y coger el jabón que estaba dentro de una cajita plástica que era de lo menos higiénico, pues se inundaba de agua y todo se convertía en una juagadura de burbujas con mugre.
Había una puerta plástica, pero de las corrugadas; imposible abrirla sin hacer un gran bullicio.
Al salir del baño, la cama, arriba dos cuadros: el sagrado corazón y la cara de mi tío Camilo; de los pocos recuerdos que nos quedan de él.
Otro televisor, también en el 9. Nos dedicábamos a ver la película que estuvieran pasando hasta que llegara la abuela a regañarnos por subir los pies con zapatos a la cama.
La vida en la casa de la abuela era simple: comer, asolearse, dormir, repetir.
Juan Antonio y Laura en 2011. En los días de sol e infancia. Foto: Cortesía.
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Trabajo para el curso Periodismo y Literatura, orientado por la profesora Marcela Gómez Toro.
Conocemos la historia de los hitos más relevantes, gracias a los relatos e imágenes que han quedado de ellos. Pocas veces se explora la posibilidad de pensar cómo hubiese sido estar en esa época, en ese lugar. Este montaje fotográfico es una aproximación a esa posibilidad, que camufla el presente en el pasado.
“Después de todo esto, te confieso que buena parte de esta carta un poco loca es algo así como un tierno camuflaje para disimular una sola verdad: te extraño”.
Mario Benedetti.
La vida de Karen Bueno y los campesinos antes de la masacre de las bananeras en 1928. Fotomontaje.
Escuchando a Jorge Eliécer Gaitán en uno de sus discursos en 1946. Fotomontaje.
En El Bogotazo, 9 de abril de 1948. Fotomontaje.
En uno de los recorridos del dictador Kim Il Sung por Corea del Norte en 1948. Fotomontaje.
Huyendo de la toma del Palacio de justicia en noviembre de 1985. Fotomontaje.
En uno de los actos de campaña de Luis Carlos Galán en 1989. Días antes de su asesinato. Fotomontaje.
En la celebración de la caída del Muro de Berlín. Fotomontaje.
En uno de los actos de campaña política del narcotraficante Pablo Escobar Gaviria. Medellín, 1989. Fotomontaje.
En el Día del Sol, homenaje al líder Kim Il Sung, el 15 de abril de 2019. Fotomontaje.
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Trabajo del curso Imagen II, orientado por el profesor Hebert Rodríguez.
El ejercicio posfotográfico busca resignificar el material visual ya dispuesto a través de la edición y conjugación con otros elementos. En este caso, el objeto encontrado son monedas provenientes de naciones diferentes y acuñadas en diferentes momentos históricos. Mediante el entrecruzamiento con imágenes de dichos momentos históricos, se busca resignificar el hecho y contar la historia desde el poder económico y político. La ilusión del dinero respaldada por la ilusión del oro. Una historia consensuada construida sobre un poder mayor. Monedas. De mano en mano, de vida en vida. Marcadas, holladas, abolladas, cuidadas. Testigos silentes del poder y supervisoras del correcto cauce de las cosas. Patronas de la polis y la vida de los seres modernos.
5 centavos de dólar de Hong Kong, acuñados en 1977.