Categoría: Rastros

  • El cuidador de la Corona de Córdova

     

    En una bolsa de manila llegó al custodio de Álvaro Arteaga una guirnalda elaborada en 18 quilates de oro. Era la corona de José María Córdova. Empoderado por el alcalde Hugo Castaño, Arteaga depositó la pieza en la caja fuerte del Museo de Arte Religioso, donde la exhibió durante más de veinte años.

     

    Juan José Ríos Arbeláez / juan.riosa@upb.edu.co

     

    Se dice que la suntuosidad de la corona movió a que Bolívar a regalarla a Sucre, quien a su vez declinó recibirla y la entregó a Córdova como verdadero merecedor del reconocimiento. Foto: Wikimedia Commons.

     

    En la nave central de la Concatedral de San Nicolás el Magno de Rionegro se siente fresco, casi frío cuando penetran unas ráfagas de viento desde la plazoleta. Las ventanas son altas y dejan que se cuele una diáfana luz teñida de azul gaseoso. Afuera, el parque arde, lo delata Córdova requemado sobre su caballo de lanceros, inmortalizado por Rodrigo Arenas Betancourt desde mediados de los sesenta.

     

    Por la nave derecha del recinto reverbera el eco de las pisadas, aminoradas por las contadas plegarías de nueve o diez creyentes que se tomaron las bancas. Bajo los nichos de santos, cerca de la tumba del dictador Juan del Corral, se abre una puerta que adivina a un hombre menudo, de escasos cabellos plateados recogidos en coleta. Es Álvaro Arteaga, historiador del municipio desde hace más de cincuenta años, encargado del Museo de Arte Religioso de Rionegro.

     

    Tras el arco del retablo espera otro aire, de historia condensada en el olvido, polvoriento a la luz, olor a guardado. Al costado derecho, en el primer rincón de la sala, contra la pared y sobre una mesa coja de madera las primeras alhajas de metal, dispuestas en oxidación. En esta sala, el suelo abandonó el semblante de baldosa curtida de gris para convertirse en baldosín granate, casi impecable si se compara con el de la catedral.

     

    -¿Espera más personas?, le pregunté, pensando en posibles interrupciones.

    -Casi nadie viene – respondió, negando con la cabeza, como restándole importancia a la cosa. – Si mucho, tres o cuatro personas por día, la semana pasada vinieron tres.

     

    El Museo de Arte Religioso de Rionegro es uno de los más ricos en su género en Colombia. La colección comprende pinturas y esculturas, en mayor cantidad de la escuela Quiteña; orfebrería, ornamentos, retratos, libros, instrumentos, un solideo usado por un papa, los báculos de los cinco obispos nacidos en Rionegro, ofrendas del siglo XVIII, capas tejidas con hilos de oro y cuantas coronas de vírgenes pudo comprar la opulencia cristiana hace más de dos siglos.

     

    Entran tres mujeres. Álvaro sale a atenderlas al instante. Las invita a la primera sala, les indica el recorrido por el segundo piso y vuelve sonrojado y con una risa de lado a lado. “Ya se libró la semana”, dice con una carcajada. Al principio parecía que se le ahogaba la voz, pero luego entonaba fuerte, con un seseo inconfundible de paisa de pueblo. Luego lanzaba una sarta de palabras y se emocionaba hablando de historia, condenando bandidos y bajando a Bolívar de su “pedestal”.

     

    Llegan cinco jóvenes con el uniforme del Colegio Las Cuchillas de San José, lo saludan eufóricos, se ríen y charlan, luego se sientan en el piso mientras él los instruye. Cuando Álvaro regresa le pregunto:

    -¿Quiénes son los muchachos?

    -Los estudiantes de Las Cuchillas que vienen a prestar el servicio social. La alfabetización que llamaban.

    -¿Y qué los pones a hacer?, le pregunté.

    Me hizo una mueca en el aire, de desconcierto.

    -Pues ahí los ponemos a limpiar, a que organicen, a que cuiden mientras entran las personas porque uno nunca sabe. A que escuchen también, a ver si de pronto se les queda algo de tanto escuchar lo mismo.

    -También aprenden, ¿no?, le dije. Afirmando más que preguntando y se burló con una carcajada sorda.

    -Eso no aprenden nada, a los jóvenes como ustedes no les interesa eso.

     

    Antes que nada, Álvaro no se considera historiador porque como tal no lo es, nunca estuvo en la academia ni se acogió a metodologías ni generó constantes productos académicos o dirigió investigaciones. En Colombia, la profesionalización de la disciplina histórica se dio en la década del sesenta y los limitados programas académicos hasta 1990 hicieron que la mayoría de aspirantes a la profesión migraran a diferentes países donde se establecieron.

     

    Arteaga se acercó a la historia por un motivo muy simple: “En los sesentas un niño no tenía nada que hacer en Rionegro, terminé de acólito”, cuenta Álvaro, con las manos en los bolsillos de una chaqueta caqui, luego va a resolver dudas a las tres visitantes, que se contoneaban viendo las joyas artesanas y la explicación bañada de sátira que les daba el guía.

     

    “En esa época el cura era Samuel Álvarez y era el putas. Se metía al consejo, mandaba todo lo que usted quiera, la máxima autoridad. Entonces metido acá, de acólito, atrás me fueron gustando todos esos monumentos, esos muñecos, todo lo que había, aunque esto era muy diferente pues… Yo me mantenía aquí y un día, cuando comenzó Coltejer, unos sacristanes que acá se ganaba una miseria se fueron para allá. Entonces, no había quien trabajara aquí en el museo y como a mí me gustaba todo lo religioso yo quería quedarme”, cuenta Álvaro, y sigue: “Entonces acá arriba, en una de las que hoy son salas de exhibición, dormía uno de esos sacristanes y yo le dije que yo me quedaba acá y que dormía ahí, pero él me dijo: es que su papá es muy bravo, su papá no lo deja. Mi papá era liberal de esos de extremo, anticlericales… pero me dejó venir al fin y al cabo, y ahí cogí el museo. Hace cincuenta y tres años”.

     

    Casi todos estudiantes de Las Cuchillas de San José siguen tirados en el piso con los bolsos puestos. Están vestidos de sudadera impermeable color verde y una camiseta blanca. Dos de ellos pasan los trapos con acidia sobre los marcos de exhibición, como si estuvieran sacudiendo mugre. El custodio Arteaga se dispone a mostrarnos las únicas dos piezas del museo que se podrían considerar obras de arte, en palabras del guía. Un cuadro del pintor ecuatoriano Víctor Mideros, elaborado utilizando únicamente las yemas de sus dedos. Y un cristo tallado en marfil, hecho por un autor anónimo.

     

    Imagen de los actos de traslado de las joyas a su actual sitio de exhibición.

    Foto: Pa’ que vea Oriente. Vea la galería completa AQUÍ.

     

    La Corona de Córdova

    El nueve de septiembre de 1799 nació en una vereda de Rionegro José María Córdova; en el mismo lugar donde está establecido el municipio de Concepción en la actualidad. Está transformación ha generado diferentes disputas a lo largo de los años entre los historiadores de los municipios por el lugar natal del libertador. A los siete años, la familia de Córdova migra a San Vicente y posteriormente se asientan en Santiago de Arma Rionegro, donde El héroe de Ayacucho pasa el resto de su niñez y juventud antes de partir a la campaña libertadora.

     

    Desde los dieciséis años Córdova participó en las batallas más decisivas de la independencia: la de rio Palo en 1815, la de Cuchilla de Tambo en 1816, la de Apure en 1819, la de Chorros Blancos en 1820 (vital para imponerse en Boyacá). Posteriormente, el 9 de diciembre de 1924 se proclama como el héroe de Ayacucho en una de las más grandes batallas de la historia, acorralando al Virreinato español en Perú.

     

    Arteaga se emociona hablando de Córdova, la explicación es casi dramatúrgica, “el verdadero libertador de Antioquia”, enorgullecido, levantando los brazos. Se presume que la de Ayacucho, era una batalla perdida desde el planteamiento: los españoles estaban en la parte alta de la cordillera y los independentistas miraban desde abajo, en la planicie. Pero Córdova se anuncia diciendo: “armas a discreción, paso de vencedores”, el Custodio afirma con toda certeza que se trata de la primera vez que se dice esta frase en una batalla y espera que le crea, y embiste con éxito a las tropas del Virrey obligando a los realistas a capitular.

     

    Sucre confesó como consecuencia de la batalla 370 muertos y 609 heridos. Mientras que el Ejército Realista estimó 1800 muertes y 700 heridos. Dice Arteaga que al finalizar la batalla, el Comandante Sucre se quita las charreteras (que son los bordados que llevan los militares en los hombros de sus chaquetas), se las pone a Córdova y lo nombra General de División.

     

    Un año más tarde, cuando Bolívar entra a La Paz, es proclamado como libertador y lo coronan con una guirnalda elaborada en 18 quilates de oro y más de doscientos diamantes. Está compuesta por dos hojas entrelazadas, una de laurel y la otra de palma. Símbolos de la cultura griega y de la cultura judía, debido al fanatismo religioso que abundaba en Bolivia.

     

    La coronación concluyó con largas fiestas. En medio de la noche, Bolívar quiso reconocer la labor de Sucre y le otorgó la corona. Este la rechazó y respondió diciendo que quien la merecía realmente era Córdova, pues había sido el héroe de la batalla clave. Cuenta la leyenda, porque ninguno se anima a asegurar, que entre Sucre y Bolívar coronaron a Córdova en medio de esa noche de fiesta. Un mes después, en Septiembre de 1825, José María le regala la corona a la Ciudad de Santiago de Arma Rionegro, por medio de una carta en la que nombra al municipio como su tierra natal.

     

    Durante 58 años la diadema se pasó entre las manos de las familias prestantes y celebres del municipio, hasta la fundación del Banco Oriente en 1883. El banco se comprometió al cuidado y exposición del tesoro histórico dedicado a la ciudad. A partir de 1964, el Banco de Oriente pasó a tener numerosas transformaciones que terminaron derivando en su compra por parte del Banco Santander, quien seguía cuidando la corona en 1999.

     

    Un día, Arteaga entraba y salía de la catedral del parque cuando se encontró con una fila de camiones que estaban siendo cargados de cajas por trabajadores del banco. Cuando fue a preguntar si habían cerrado el banco, le respondieron que iban a terminar con el museo. En ese entonces, Álvaro ya llevaba más de veinticinco años metido en el museo, no había muchas más personas interesadas por la historia en el pueblo. Se metió a lo oficina del gerente del banco.

     

    -Señor, disculpe, ¿por qué se acabó del museo?

    -¿Y quién es usted?

    -Yo soy Álvaro Arteaga, el que maneja allí el Museo de Arte Religioso.

    -Vea, muy fácil. Yo tengo orden desde gerencia nacional de enviar todas estas cosas a Bogotá. No sé qué harán con eso. Tenga la bondad y retírese.

     

    Álvaro, que toda la vida había sido gomoso con la historia, salió corriendo para la Alcaldía donde Hugo Castaño. Entró rápido, sin cita, como a la oficina de un amigo. Porque era un amigo.

     

    -Hugo, se están llevando el museo del Banco de Oriente.

    -¿CÓMO ASÍ?, saltó el ex alcalde y se paró de la silla.

     

    Después, Arteaga pasó a notificar en la Personería y luego en Procuraduría – Explica dónde quedaban las dos en esa época. – Hicieron un reclamo para identificar cuáles de las piezas eran propiedad del pueblo de Rionegro, entre las que figuraba la corona, un retrato de José María pintado sobre marfil, un relicario que tenía Fanny Henderson; novia de Córdova, y otras piezas. Se realizó un acta de entrega, firmada por los funcionarios públicos. Desde ese momento, Álvaro Arteaga pasó a ser el custodio de la corona, pensando el Museo de Arte Religioso como lugar propicio para su cuidado.

     

    Los estudiantes de Las Cuchillas de San José siguen impertérritos, aunque a veces sueltan lentas carcajadas. “Ya, vea la hora, acabamos”, dice uno, señalando la muñeca sin reloj. Álvaro se ríe, los ignora. Las tres visitantes terminan el recorrido y se despiden. El guía les ofrece cartoncitos con fotos de la Corona de Córdova y las invita a ir al MAR, donde ahora se exhibe la corona, bajo la plazoleta principal. Les explica que tenía tantos cartoncitos desde que la tenía como custodio que todavía no se le han terminado, entonces que no ve de otra que seguir entregándolos.

     

    En noviembre de 2017, la alcaldía de Andrés Julián Rendón presentó al nuevo parque de Rionegro, bautizado como la Plaza de la Libertad. Tras dos años de remodelación, se entregó un espacio público con zona verde, comercial y de descanso; rodeado por más de 60 árboles. La inversión fue cercana a los 22.000 millones de pesos y en el 2018 se estrenó el Museo de Arte de Rionegro (MAR), donde la administración pretendía exhibir los objetos históricos del municipio.

     

    La última carta que envió la alcaldía, en ese entonces, era una amenaza al Obispo y al encargado del Museo de Arte Religioso con demandarlos penalmente si no entregaban la corona junto con otras 32 piezas. “El obispo llamó, hubo reunión del sanedrín a nivel diocesano y finalmente me dijeron que tenía que entregar la corona, porque ellos no se planteaban entrar en una disputa legal”, explica calmado Arteaga, y luego se altera como si estuviera en la sala donde discutió hace tres años: “¿Pero es que quién de ustedes recibió algo?, ¿cuál de ustedes firmó algún acta?, fui yo quien recibió todo eso”.

     

    A finales de diciembre de 2019, el destino de la corona fue devuelto al municipio, mismo al que Córdova había regalado siglos atrás. Arteaga batalló hasta el final, reunió 6 300 firmas para evitar que trasladaran el tesoro histórico, pero la carta escrita por José María era irrefutable, la corona era del pueblo (más bien del alcalde de turno). El custodio argumentaba que el Museo de Arte Religioso había hecho de buena manera la tarea de exhibir y cuidar las piezas, además del evidente abandono que tuvo el municipio con la corona durante más de veinte años.

     

    -¿Por qué les dio el despertar por la corona después de tanto tiempo?

    -El ego de ese tipo, ¿qué más va a ser?, responde moviendo las manos, mostrándome la obviedad de la pregunta y luego complementa:

    -Pero él quería… él quería llevar a Álvaro Uribe allá, para que visitara su museo y ahí lo tiene. ¿Ya lo vio?

    -Sí, ya estuve. Está la corona. ¿Y las otras 32 piezas?

    -Ahí tiene papito, -responde con ironía.- Están guardadas. Que para la casa de la convención, que le están escribiendo el guion desde hace cuatro años y vea que nada.

     

    Los estudiantes de Las Cuchillas de San José comienzan a marcharse lentamente, Álvaro les dice que salgan de a dos y que no interrumpan la eucaristía que acaba de comenzar. Antes les había dicho que mañana les firmaba las horas de trabajo de hoy. No hicieron nada en toda la tarde. Tal vez, el cuidador tenía razón cuando dijo que a los jóvenes no nos interesaba nada de eso. Aunque no podría culparlos, la cátedra de Historia dejó de ser una materia autónoma en 1984 y en 1994 desapareció del plan de estudios de formación básica educativa en el estado social de Colombia.

     

    No fue sino hasta el 20 de enero de 2020 que se implementó la ley 1874 de 2017, en la que se establece que Historia de Colombia debe ser obligatoria en todos los colegios del país. ¡La historia de la nación!, veinticinco años fuera del aula de clases. Me volteo y le pregunto a Álvaro por el pasado. Cierra los ojos y responde, sereno, pero con pasión: “Si no sabemos la historia perdemos nuestra identidad, y si perdemos la identidad… es tierra de nadie”.

     

     

  • PERÍMETRO

    Miradas cercanas a las voces y las perspectivas que tiene el cierre de la llamada Plaza Botero, célebre espacio del Centro de Medellín que es objeto de una intervención gubernamental basada en un vallado perimetral, ante las quejas por problemas de seguridad, aseo y convivencia, entre otros.

     

    Por Juan Manuel Cano Londoño / juan.canol@upb.edu.co

     

    Mientras transcurrían los primeros años de este siglo, tres edificios de oficinas y unas cuantas construcciones pequeñas, fueron demolidos en el centro de Medellín para dar paso a lo que sería uno de los proyectos más ambiciosos que ha tenido la ciudad. La idea de crear un nuevo museo departamental y la cuantiosa donación del artista colombiano vivo más importante de todos los tiempos, derivaron en el que es, quizás, el lugar más icónico de la capital antioqueña.

     

    20 años después, iniciando febrero de 2023, la Alcaldía de Medellín –erigiendo de nuevo los muros destruidos– cercó la icónica Plaza Botero y enmarcó, con el metal de vallas policiales, las veintitrés esculturas donadas por el artista. Para Mariana Oliver, escritora mexicana, “un muro es una venda colectiva que nos protege de la vergüenza, la confección de una fantasía humana recurrente: existir donde nadie pueda vernos”. En su libro Aves migratorias (2016) escribe sobre las barreras, que son los muros, cuya única función es “crear una frontera visual, coartar la mirada”. El verde oliva de la Policía sirve entonces para demarcar el horizonte y vislumbrar aquellos espacios que, con el permiso de la autoridad, pueden ser habitados y aquellos cuyo acceso no es permitido.

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    Los criterios según los cuales la Policía determina quién ingresa a la plaza no son muy claros y el tránsito de peatones locales se ha disminuido en las últimas semanas. Las vallas, que actúan como la venda colectiva de la que habla Oliver, intenta contener las realidades sociales que circundan el espacio y han permitido que miles de turistas nacionales y extranjeros se fotografíen con uno de los cuerpos voluminosos del maestro Botero. Trabajadoras sexuales, comerciantes, venteros, habitantes de calle, líderes religiosos, transeúntes del centro: la comunidad que interactúa en el territorio hoy se debate entre la percepción de seguridad o el encuentro de la diversidad. Una encrucijada que pone en peligro la posibilidad de que la ciudadanía continúe reunida (y no cohibida) en el espacio público.

    *Pareja de turistas admira el Palacio de la Cultura. *Vendedores informales exponen sus productos.

    El perímetro marca una clara línea divisora que reconfigura el uso de la plaza. Por un lado se encuentra el turismo apacible, por el otro, el rebusque y la aglomeración de transeúntes.

    *Horizonte
    El sector del centro en el cual se realizó el cierre reúne varios fenómenos sociales como delincuencia común, riñas, tráfico de drogas, prostitución, migración e informalidad laboral.

     

    * Mujer transita por la plaza (2018). *Turistas extranjeros transitan por la plaza (2023).
    A pesar de que se desconocen los criterios que tiene la Policía para permitir el ingreso a la plaza, las personas consultadas coinciden en que el aspecto físico y el tiempo de permanencia en la misma son los principales factores que tienen en cuenta para negar el acceso.

     

    *Hombre mira a través de las vallas
    “Quiero expresar que desde siempre mi voluntad fue que este espacio fuera para toda la ciudadanía”, escribió Fernando Botero en una carta que rechazaba la medida. “Que la ciudad transite libremente, así debe estar”, culmina la misiva.

     

    * Trabajadoras sexuales esperan. *Mujer de pie, escultura de Fernando Botero.
    “El trabajo se ha mermado, no nos dejan cruzan por cómo nos vemos. Además, nada ha cambiado en cuanto a la seguridad para nosotras. Ayer nos robaron y a la Policía no le importó”, dice Alejandra, trabajadora sexual del sector.

     

    *Ocasionales
    En el cruce de la calle Boyacá y la carrera Carabobo se aprecia la vocación del sector. Un templo católico y otro hinduista, moteles, tiendas y farmacias, lugares que colindan y comparten fachadas.

     

    *La mano, escultura de Fernando Botero. *Las manos de ellas.

    Prisionera sigues, del vicio idolatrada.
    Doblemente explotada y por la sociedad,
    doblemente olvidada.

    Fragmento del poema Prostitución: esclavitud – explotación de Luz Mery Giraldo, líder de Las Guerreras del Centro, colectivo de trabajadoras sexuales.

     

    *ACAB.
    La movilización del 8M dejó varios grafitis en la plaza. La sigla ACAB –que significa “All Cops Are Bastards” o, en español, “todos los policías son bastardos”– puede leerse mientras se realiza el patrullaje.

     

     

    *Cundinamarca y Calibío separadas. *Carpa de ingreso.
    En total son tres los puntos de ingreso: por la carrera Carabobo con Boyacá, por Bolívar debajo del soterrado del metro y por Carabobo con la avenida León de Greiff. Los transeúntes deben pasar por un espacio menor a dos metros dispuesto por los agentes y las vallas metálicas.

     

    *Big Brother.
    La estrategia de seguridad, además del perímetro y la presencia policial, incluye un sistema con 57 cámaras de vigilancia que fueron instaladas días antes del cierre de la plaza.

     

    *Alberto Ávila, fotógrafo y líder de la “zona segura”. * Venteros carnetizados.
    “Fue lo mejor que nos pasó, por fin se acordaron de nosotros”, dicen Hector Moreno y Reinaldo Zambrano, venteros que cuentan con permiso. “El cierre en sí le da mucha más seguridad a la comunidad y a los turistas”. Ávila, por su parte, afirma que “la plaza no está cerrada, todos pueden pasar, solo se revisa la presentación de algunos que no permitían la convivencia”.

     

    *En liquidación.
    “Pasamos de vender tres millones de pesos diarios a vender solo trescientos mil. De veinte empleados que teníamos, ahora solo hay siete. El cierre nos ha impactado”, afirma Jaime Alberto Taborda, administrador de un negocio en el sector.

     

    *Se arrienda. *Nos quebramos.
    Aunque las dificultades de los comerciantes habían surgido desde hace varios meses, el cierre se convirtió en el detonante para que muchos de ellos tuvieran que liquidar sus negocios. “Al parecer eran las putas y los ladrones los que nos compraban, pues a los turistas no les interesan nuestros productos”, apuntó uno de los vendedores.

     

    *Esos son pañitos de agua tibia.
    “¿A la Alcaldía de Medellín qué le importa la opinión de los líderes del sector?”, se pregunta el párroco de la iglesia La Veracruz, Rafael Gómez. “Lo digo porque el cierre lo hicieron sin avisarle a nadie. Ahora, los problemas no se los llevaron, los problemas siguen después de la valla”.

     

    *Olla comunitaria (2018). *Bus policial (2023).
    “La ciudad supone la construcción del ágora, para que todos los ciudadanos tengan derecho a la palabra. El ágora es la legitimación implícita de la diversidad y por eso es sinónimo de tolerancia. Ser ciudadano es contar con el derecho de la palabra y en caso de no contar con este derecho ni hay ciudadanos ni puede hablarse de espacio público”, escribe Darío Ruiz Gómez, uno de los artífices de la Plaza Botero.

     

    *Testigos del ostracismo.
    Para Juli Zapata, a cargo de la curaduría del Museo de Antioquia, el lugar “debe ser un espacio abierto. Hoy no podemos hablar de una plaza pública”. Considera que “ese tipo de valla y ese tipo de cierre es muy paternalista y funciona desde la exclusión, el racismo, la segregación y el clasismo. Solo después un proceso de concertación, han flexibilizado el ingreso”.

     

    *Vista desde el interior del perímetro (2018). *Vista desde el exterior del perímetro (2023).
    “A Botero lo maravilló el edificio y la intención de resignificar el Centro con una serie de obras complementarias. Pero todos los involucrados en el proyecto se hacían las mismas preguntas y encontraban diferentes respuestas: cómo llevar la gente hasta el nuevo museo y cómo hacerlo visible”, recuerda Álvaro Morales sobre la planificación de la plaza.

     

    *El muro.
    “Como el miedo, el tamaño del muro es cuestión de distancia”. -Mariana Oliver.

     

     

     

     

     

     

     

  • Jamás, un comedor como el de una plaza

    Simmon David Ayala Mosquera y Valentina Giraldo Restrepo*.

     

    No era yo el único sorprendido cuando, a clase de seis de la mañana, Valentina llegaba contando que había desayunado caldo de pescado, patacones y tilapia frita en la madrugada. Ahora, después de recorrer junto a ella los comedores donde se sirve lengua, oreja, sancocho y sudado de careta antes de que amanezca, me doy cuenta que las particularidades son propias de las plazas de mercado.

     

     

    Plaza Minorista José María Villa. Foto: Simmon David Ayala Mosquera.

     

    Una mujer tomando Pilsen en una cantina de La Minorista, riendo junto a un cura de sotana negra y tinto en mano, bajo el calor infernal del mediodía. Una vitrina de seis niveles repleta de Cristos Caídos y Guadalupanas entre pandequesos, plátanos y lociones amarra hombres en la Plaza de La América. Un Frisby en medio de gallinas despecuesadas en plena Mayorista.

     

    Y es que la creación de las plazas, al menos en Medellín, tampoco está exenta de particularidades. Tuvo que ocurrir un incendio en el mercado de Cisneros en Guayaquil — una zona que llevaba tiempo buscando ser modernizada — para dar paso a la creación de La Minorista y las plazas satélites, una inversión de 25 millones de pesos en 1969 que intentó solucionar el problema del abastecimiento y los vendedores ambulantes.

     

    Los comerciantes, según un estudio de la firma Ingenieros Arquitectos Consultores (AEI), pasaban turnos de 12 a 15 horas los siete días de la semana en Guayaquil y dejaron su cotidianidad para moverse en su mayoría a la ya conocida Plaza de Flórez y a esos cinco puntos satélite: Castilla, Belén, Guayabal, Campo Valdés y La América.

     

    Los problemas no se solucionaron, pues las ventas callejeras solo se movieron del centro a las periferias. Las inconformidades no se hicieron esperar y los vendedores formaron grupos sociales reaccionando a la falta de atención a sus necesidades. El proyecto liderado por Empresas Varias no dio los resultados esperados y en un informe de 1983 ya se empezaba a hablar de negociar la salida de las plazas, que costaban más de lo que producían. Hoy sobreviven la plaza de La América y Campo Valdés.

     

    Resulta difícil hablar de las plazas en general, cada una es un mundo en sí misma con unas dinámicas muy propias y, a pesar de ser tan diferentes, tienen un elemento común: son un gran centro de encuentros e intercambios. Ramiro Delgado Salazar, profesor del Departamento de Antropología de la Universidad de Antioquia, cuenta que las plazas de mercado son un espacio más que necesario para las ciudades, existe una relación obligatoria con ellas pues allí se intercambian insumos, se crean vínculos con el otro y, al final, todos de alguna forma u otra tenemos que algo que ver con ellas.

     

    En 1993 Benjamín Quiñonez, ex-gerente de Carulla, afirmó con plena seguridad que las plazas de mercado se iban a acabar. El tipo decía que los autoservicios y supermercados estaban desplazando, gracias a su funcionalidad, la cantidad de problemas sin solución que según él había en los mercados populares.

     

    Ya han pasado casi treinta años y como dicen en la calle, ahí siguen dando guerra. Las amenazas a su existencia podrían parecer cada vez mayores: las tiendas tipo hard discount como D1, los supermercados de toda la vida y sus formatos vecinos y las plataformas digitales que le llevan a uno a la casa todo lo que necesite. Sin embargo, guiados por un pensamiento similar al del señor Quiñonez, le preguntamos a Álvaro Molina cómo veía el futuro de la plaza y él respondió que mientras las ciudades existan, las plazas de mercado también.

     

    Decidimos creer en esa premisa, por un asunto que más allá de la lógica parte del deseo. Cómo imaginar una Medellín en el centro sin carretilleros descolgando por las rampas de la Minorista y dejando en el camino uno que otro limón, o sin el calor de los fogones del sector Quincalla y sus pregoneros indicando que se ha llegado al lugar perfecto para almorzar. Seguramente la ruta de bus de San Antonio de Prado no sería la misma sin pasar por la Mayorista. Dónde encontrar muestras de lo que es el regateo puro y duro, la negociación en su máxima expresión y la labia casi hipnotizante de quienes se dedican a vender desde cacharros hasta gallinas vivas. Jamás, un comedor como el de una plaza.

     

    La muerte del mercado popular sería en sí la muerte de la parte más abrasadora de la ciudad y, a su vez, el olvido de una lucha ciudadana: la de los comerciantes y rebuscadores que vivieron las duras y las maduras en la antigua plaza El Pedrero en Guayaquil, entre incendios y abusos de la fuerza pública y que hoy, después de años de requerimientos, amenazas y trabajo incansable se hicieron con un lugar en una de las plazas que existen en Medellín. Las plazas de la tradición, el recuerdo, la esencia y el encuentro.

     

    Este comedor interactivo contiene las historias, platos y personajes encontrados en un recorrido por seis plazas de Medellín y sus alrededores. Toca cada plato para conocer una plaza diferente:

     

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    *Este trabajo se publicó originalmente en el blog de los autores, en desarrollo del curso Laboratorio de producción periodística.

  • La cerámica: el eje de la vida de los carmelitanos

     

    El municipio de Carmen de Viboral es reconocido por su cerámica, las vajillas y la pintas a mano en esmalte; creaciones reconocidas como un patrimonio cultural inmaterial, pero ¿Qué es lo que lo hace tan especial? Y ¿por qué es un patrimonio cultural?

     

    Manuela Betancur Arenas / manuela.betancurare@upb.edu.co

     

     

    No se trata solo de una artesanía, la cerámica de el Carmen de Viboral es motor del crecimiento local.

    Foto: alcaldía de El Carmen de Viboral.

     

    Hay mucha cerámica en el Carmen de Viboral. Las variedades son muchas: está la cerámica roja y sobre esmalte; sin embargo, la cerámica decorada a mano bajo esmalte es la más representativa. Es una tradición que lleva más de 123 años, ha pasado por altos y bajos, momentos de transformación y puntos de inflexión. No obstante, más allá de lo económico, esta ha transformado al Carmen en temas de educación, urbanismo, servicios públicos, tecnologías, conformación o composición familiar. Es gran parte de la identidad local y tiene un lugar dentro del imaginario social carmelitano, para que se le dé el valor que se merece.

     

    En su procedimiento reluce lo valioso y llamativo de este patrimonio cuyo esplendor no es repentino. Desde un principio y más o menos hasta la mitad del siglo XX, la cerámica era vista como algo industrial, más que artesanal. Las personas encargadas de hacerlo no eran artistas, sino obreros que tenían unos conceptos como moldear y el barro líquido. Es ahí donde en 1987 llega un personaje muy importante para la sociedad carmelitana: José Ignacio Vélez, un diseñador de la Universidad Pontificia Bolivariana, que siempre tuvo una inclinación por lo rural, el campo, las artes y la alfarería.

     

    En este año lo llamaron a trabajar en las artesanías de Carmen de Viboral, pero cuando llega se encuentra con la realidad, como lo menciona él: “Cuando llegué, me di cuenta de que los artesanos no eran muy artesanos, sino que eran más obreros, no sabían el torno alfarero, no dibujaban bien, no eran ni artistas ni artesanos, pero habían aprendido unos procesos industriales”.

     

    Es ahí donde empieza a trabajar en educar a los obreros en temas artísticos y nuevas técnicas. En 1994, lo llaman de Continental, la empresa de cerámica más reconocida y grande del momento, con 350 trabajadores y más de 2000 personas involucradas en el proceso de la empresa. Tres años después, la empresa cerró y se desencadenó una crisis social y cultural.

     

    Según Yeison Castro, director del Instituto de Cultura de Carmen de Viboral, hay muchas causas por las que se dio la crisis, algunas son hipótesis y otras son realidades conocidas. Entre las principales está, la inconformidad con los ejercicios industriales que eran rudimentarios y la necesidad de condiciones laborales más dignas para un grupo de obreros, lo cual género protestas por injusticias como que los niños trabajaran y que las mujeres, que eran las encargadas de decorar, fueran vistas como unos recursos y ganaran menos que los hombres.

     

    Además, hubo muchas empresas que no fueron capaces de adecuarse a las demandas del mercado y el territorio, como el cambio de hornos de leña a carbón, la consecución de los materiales, puesto que con la tecnología se transformó todo el ejercicio, entre otras. También está la hipótesis de que la cerámica del Carmen no era homogénea, ya que las personas que salían de los grandes talleres montaban sus propios espacios, cada uno con sus métodos, que muchas veces no eran los mejores, puesto que algunos eran craquelados, otros amarillos y tenían unas inconsistencias que cuestionaban la procedencia del Carmen de Viboral.

     

    Así mismo, se empezó a hablar de que sus piezas tenían residuos de mercurio en su creación, lo cual era nocivo para el consumidor. Finalmente, la llegada del plástico y la porcelana china transformaron el tema del consumo alrededor de quién compra la loza carmelitana.

     

    Algunos exempleados de la empresa Continental como José Ignacio Vélez y Olga Ligia Betancur, se pusieron en la función de reinventar y replantear no solo la cerámica en cuanto a las vajillas y la producción, sino también la estética urbana del municipio. Querían que este elemento tan emblemático resurgiera desde todos los aspectos posibles y se cambiara la visión con la que se venía.

     

    Empezaron una búsqueda de soluciones para sacar adelante al Carmen de Viboral y lo encontraron en la estética urbana, con proyectos como la Calle de la Cerámica en el 2006, 2007 y 2008, la Calle de las Arcillas en 2013-2014 y el Parque Principal Simón Bolívar, con la Torre Bicentenaria en el 2015-2016, que hace alusión a las chimeneas y los 200 años del municipio.

     

    En cuanto a los talleres de cerámica, se empezaron a replantear nuevos diseños a partir de unos códigos establecidos, siempre respetando la tradición y así como en 1999 llega el taller Cerámicas Renacer, gracias a José Ignacio y Nelson, un compañero que había trabajado con él en Continental. En un principio, arrancan con un equipo de siete personas a hacer un taller de decoración, en el que se desarrollaron todos los diseños tradicionales y otros que expandieron la manera de generar la pincelada en lo visual.

     

    En la actualidad, Renacer tiene más de 100 personas trabajando y su nombre le recuerda a los carmelitanos la posibilidad de volver a empezar y cambiar. Este taller y Viboral Cerámicas son los talleres más grandes del momento, este último con estilos más innovadores y modernos, pero ambos trabajan de la mano.

     

    El cierre de una gran fábrica de cerámica condujo a los carmelitanos a a abrir camino con su propio talento, que superó la calidad de la vieja factoría. foto: Alcaldía de El Carmen de Viboral.

     

    Lo valioso del proceso

    Actualmente, hay entre 30 y 35 talleres, en su mayoría artesanales, laborales y domésticos. La empresa Corona provee la pasta cerámica y las materias primas, ya no se hace como antes que la materia prima se sacaba en el lugar como parte del proceso productivo, ahora lo que se hace es el proceso artesanal para decorar, esmaltar y vender.

     

    Una vez se tienen los materiales, se hace lo que los carmelitanos llaman como “colado”, el cual tiene dos técnicas, una para pasta sólida y otra para pasta liquida con las que se hacen piezas diferentes y se utilizan herramientas distintas.

     

    En cuanto a la pasta sólida, esta se utiliza para formas más regulares y su proceso comienza con un molde de yeso para darle forma a las piezas. Este proceso puede durar minutos y ya después se dejan secando una hora y media, aunque muchas veces puede variar la duración según el clima.

     

    Una vez las piezas se secan, pasan a ser pulidas y lavadas. Para este procedimiento, según la pasta, se varían las herramientas con las que se hace. Las orejitas que acompañan las tazas son hechas y moldeadas aparte, pero cuando una pieza termina de ser pulida y secada, se le añaden las orejas.

     

    Cuando hablamos de pasta líquida, esta se utiliza para piezas y formas más irregulares, sus moldes son diferentes, tienen dos lados y varían según lo que se vaya a hacer, pero primero se rellena con la pasta líquida, una vez esté más firme y seca, se hace la profundidad o el hueco que tenga la parte de la vajilla por uno de los lados del molde y después se saca de este una vez esté seco. Luego se pulen y se limpian para darles un acabado diferente. Una vez las piezas estén pulidas, pasan a su primera parada dentro del horno. Este se pone a 1200 grados por 10 horas, una vez salen listos para pintar se les llama bizcochos.

     

    Por solo una pieza pueden pasar entre seis a ocho manos y es que tanto el detalle, como el acabado son muy importantes y emblemáticos para los carmelitanos. Finalmente, se llega a la etapa donde sucede la magia y es cuando se hace la decoración a mano bajo esmalte. Todas las decoraciones del Carmen de Viboral están inspiradas en flores, sin embargo, cada taller utiliza estilos diferentes para representarlas, no solo con figuras, sino también con colores; algunos son más tradicionales como las que se encuentran en Renacer que utilizan el color azul y el blanco y otros talleres más diversos con colores pasteles y diferentes tipos de flora.

     

    Las pinturas que utilizan son pigmentos minerales en polvo que resisten al calor y sus colores varían según la colección. Dependiendo de las figuras que toque hacer y la pieza de la vajilla, varia el tiempo. En un solo piso, sobre 14 mesas largas, hombres y mujeres se dedican a darle vida a la cerámica y formar lo que hoy en día es reconocido como patrimonio cultural inmaterial.

     

    Después de ser pintadas, las piezas pasan a ser esmaltadas y la pinta queda completamente blanca, lista para volver al horno otras 10 a 15 horas y salir con los pigmentos de color mucho más potentes, listos para ser empacados y expuestos al público.

     

    Entonces, vuelve la pregunta de por qué es valioso este proceso y es que la cerámica y su pinta han hecho que la sociedad carmelitana se identifique y crezca alrededor de estas. Es una tradición que ha pasado por generaciones, cambió las dinámicas de las familias, puesto que permitió que las mujeres fueran incluidas en los trabajos, muchos caminos, edificios públicos, escuelas, la llegada de la energía y temas de acueducto se dieron gracias a la cerámica que terminó siendo un motor de desarrollo, un actor principal de la transformación.

     

    El ejercicio de habilitar un patrimonio cultural abrió paso para generar espacios alrededor de la cerámica como procesos de investigación, creación, formación, promoción, circulación y apropiación no solo con los artesanos, sino también con la ciudadanía para que se entienda el proceso y su valor.

     

    Así mismo, como lo dijo Yeison Castro: “Carmen de Viboral siempre ha sido un lugar de llegada, no de paso. Abrió la posibilidad de que muchos pobladores no tuvieran que migrar hacia otros territorios para encontrar condiciones laborales”.

     

    La pinta como patrimonio cultural inmaterial

    La técnica y el uso de pigmentos minerales hacen único el color de la cerámica carmelitana. Foto: Alcaldía de el Carmen de Viboral.

     

    Para llegar a ser un patrimonio cultural hay que hacer un proceso para sustentarle a la nación la razón de serlo. Primero, hay que hacer una solicitud con el Consejo Nacional de la Cultura y Patrimonio, estos autorizan, sobre una argumentación valida, la posibilidad de formular un plan especial de salvaguarda. Cuando ese plan esté aprobado y tenga todas las condiciones para ser reconocida a nivel nacional, ya puede estar en el Ministerio de Cultura de Colombia.

     

    Sin embargo, los carmelitanos ya reconocen que la cerámica hace parte de su identidad dentro del territorio y más allá de una declaratoria, en términos sociales ya lo reconocen, son capaces y están de acuerdo que es una herencia en común que todos comparten.

     

    En el 2019, se logró el reconocimiento como patrimonio cultural inmaterial por iniciativa de Aproloza, investigadores independientes y el apoyo de la Universidad Católica de Oriente. Sin embargo, se está buscando con el Plan Especial de Salvaguardia (PES) para que quede en la Lista Representativa de la Nación para ser reconocido tanto nacional como internacionalmente y ser llevado finalmente a la UNESCO.

     

    Según Olimpia Pabón Cardona, representante legal de Aproloza, la asociación se fundó en el 2013, en un principio eran un grupo de artesanos que no tenían un enfoque como tal, sino que estaban mezclados ente diferentes artesanías de madera, loza, bisutería, yeso, dulces y tejidos en donde cada uno buscaba su objetivo y no lograban algo en concreto. Por lo que en el 2013 se separan y se funda Aproloza, enfocada, como lo dice su nombre, en la loza.

     

    Con el mismo detalle de sus creaciones, los ceramistas carmelitanos se empeñan en planes de salvaguardia para este patrimonio.

    Foto: Alcaldía de El Carmen de Viboral.

     

    Dentro de las actividades que se tiene en la asociación está impulsar la producción de loza, participar en la integración de comunidades en el respeto y cuidado del patrimonio cultural, desarrollar actividades culturales y de promoción social que permitan elevar el nivel cultural de los asociados.

     

    La cerámica carmelitana no solo demuestra, sino que cuenta la historia del municipio, sus tradiciones, la familia, la gente y su cultura. Gracias a ella, el Carmen de Viboral ha podido progresar, aprender, caer y volver a empezar para posicionar con fuerza el valor de de la pinta a mano bajo esmalte. Como menciona Olimpia Pabón, esta ha llegado a exposiciones mundiales como la de Dubái y es una inspiración en la película Encanto de Disney. Representa nuestra cultura, es única en el país y es un referente mundial, en unas piezas se pueden encontrar la historia del municipio y sus carmelitanos.

     

  • Un viaje en silencio, del “chirrinchi” al cajón

     

    Un recorrido que revela el presente de un histórico sector de Medellín, donde se callan dramas rodeados de ánimo de lucro.

     

    Valeria Acosta Velásquez / valeria.acosta@upb.edu.co

    Foto de portada: Esneyder Gutiérrez

     

    El lunes 14 de febrero de 2022 en Tejelo, calle 52ª de Medellín, fue un día de aguacero. Un lapo de agua se asomó a eso de las 3:50 de la tarde. Bajo el preámbulo de lo que sería una tarde gris, se escuchaba a las personas comprar cigarrillos menudeados, frutas, morcilla, limones, plátanos, manzanas, papaya, lulo, mazorca, ají, papas, borojó, aguacates, chocolatinas y una que otra “pola” que manoseaban de un lado al otro lado del mostrador. Allí, en la plazoleta comercial a cielo abierto, vendían de todo en los toldos amarillos y las cantinas con luz roja. Las personas se hacían cortes en la peluquería que estaba tapizada con pelo, mientras divisaban a los viejos mercar en la carnicería del frente.

     

    Pero en Tejelo, esa pequeña calle que tiene más historias que un pueblo, Marcela Morales, una mujer con cabello morado, eufórica, extrovertida y trabajadora, vería en ese sitio, un lugar de su recorrido que le generaría ingresos.

    No había estudiado finanzas, ni emprendimiento, ni una carrera profesional que se le aproximara -como la mayoría de los vendedores de antaño que habitaban el lugar-. A diferencia de los otros negocios que se repetían como muletilla, ella no contaba con un local, pero sí con un puesto rodante que no tenía nada que envidiarle a los estacionarios.

     

    A las 5:30 de la mañana, con ansias de vender, Marcela se levantó a preparar 10 litros de café, lo que equivale a 100 tintos. Arribó la plaza a eso de las 8:00, y media hora después empezó su jornada laboral. Contaba en su menú con café instantáneo o el que trae preparado. Se le escapaba uno que otro bostezo, mientras decía “a la orden el tinto”.

     

    Las ventas son el alma del sector, las personas son el cuerpo, el ambiente está decorado por motos que usan las paredes de parqueadero y platos enteros de arroz añejo que emanaba olor a vinagre, la música de los bares transporta al Caribe, mientras la multitud grita a todo pulmón la canción de Armonia 10, Tu castigo será verme feliz: “Vayas donde vayas, tú nunca serás feliz, tu castigo será verme feliz, muy feliz. Vayas donde vayas, tú nunca serás feliz, tu castigo será verme feliz, muy feliz”.

     

    Cada muro tiene memoria; locales llenos de recuerdos que se volvieron el cimiento de una tradición que hoy perdura.

     

    Así, de a poco, con trabajadores, el campo se volvió muro y edificación, cambió la grama por pavimento y los trueques por tiendas. Tejelo empezó a ser terreno de gente emprendedora que echó raíces y otros que intentaron probar suerte pero no les funcionó. Se multiplicaron los negocios familiares y las inversiones. Las empresas ya no solo tenían que pagar arriendo, sino extras por su seguridad.

     

    Aquí se gestaron diversas tiendas ubicadas al lado izquierdo de la calle: la primera es La Fortunita, con cuatro años, fundada por Ángela María Gallego de 43 años, cabello negro, bajita, con buen humor, y su hija. Su negocio es de confites, cigarrillos y cervezas, pese a que no le gusta vender licor.

     

    —No me gustan los borrachos, solo cerveza para la sed—, dice Ángela mientras entrega un cigarrillo Boston a uno de sus clientes.

     

    Este negocio de charcutería es uno de los más recientes, el resto lleva entre 20 y 25 años. Locales como Celularmix le dieron un toque moderno al sector desde hace un año cuando Jormedy Arias, de 36 años, lo fundó. Este sitio no solo ha vendido celulares, sino que también ha brindado cargadores a toda aquella alma apresurada que pasa por ahí.

     

    —¿Tenés cargador pa´ teléfono? —, dice un habitante de calle bastante agitado.

    —¿Pa´ qué celular mi amigo? —, expresa Jormedy.

    El hombre pasó el celular como quién está estrenando juguete nuevo y sin decir nada esperó el cargador. Al pasar de unos minutos Jormedy prendió el teléfono e identificó que este estaba siendo reseteado, pero sin reclamar nada, entregó el cargador.

     

    Flashback

    Tejelo es una calle que entraña historias repletas de colores negros, blancos y matizados. Se encuentra entre la avenida de Greiff y Juanambú, ha funcionado desde hace más de 35 años como un espacio destinado a la comercialización de frutas y verduras.

     

    El nombre del lugar se debe a Jerónimo Luis Tejelo, quien vino durante una expedición el 24 de agosto de 1541, enviado por Jorge Robledo. Al llegar, bautizó al Valle de Aburrá, como se le conoce hoy. El nombre de esta rúa ha transmutado con el tiempo; se llamó Hueco, Fernando Restrepo, Los Fundidores y Alhambra.

     

    << El comercio de frutas y legumbres es parte de la historia de Tejelo, en el Centro de Medellín. Foto: David Cano.

     

    Se dice que desde el siglo XlX este sector era morada de personas que servían a la clase alta y era el lugar de los desdichados. De ese “pueblito colonial” con un tapete de piedras y casetas de madera, ubicado en una calle de la ciudad, aún se conserva el olor a fruta, pero este se pierde en la basura, el cambio del material de los locales por metal, las vacunas de las Convivir, la contaminación auditiva y la delincuencia propia del sector.

     

    Desde el lente policial

    Llegué a Tejelo a principios de un invierno que se sentía en la atmósfera. Algunas tiendas cerraban temprano por miedo a la avalancha de hurtos, llovían malas noticias y el viento empañaba más de una muerte, mientras yo me dirigía a comprar una “pola” igual de fría.

     

    Era policía, del cuadrante 29; no dio su nombre porque necesitaba la autorización de un superior, un hombre con anillos de oro y traje de oficial, que en este sector gobernaba como autoridad cada que podía dar ronda, se había vuelto el amigo de las mujeres que se denominaban acompañantes y de los emprendedores.

     

    El oficial me pintó el panorama de la zona acusándola de ser yacimiento de “riñas, abuso de sustancias psicoactivas que terminaban en puñaladas y hurtos frecuentes”, que la han hecho ser denominada la más robada del sector. Todo esto pareciese que forma parte de una investigación continua de la Policía la cual no ha salido a la luz, y creería yo que no saldrá.

     

    —Hace un mes hubo un muerto por los lados del Gana—, dijo el policía y contó que, por intolerancia, un sicario le tocó las nalgas a una mujer y asesinó con arma de fuego a quien salió a defenderla.

     

    El levantamiento fue a las 4:00 de la tarde. Aquí se matan los habitantes de calle por cien pesos, han ocurrido enfrentamientos entre plazas y pugnas de borrachos por no pagar la cuenta en los bares. El número de muertos, heridos y violaciones ha sido alto en los últimos años.

     

    —El trabajo sexual es algo empañado, aquí no son prostitutas, sino acompañantes por cerveza—, declara el funcionario.

     

    En Tejelo se rumoreaba mucho que el que entraba no salía, de que solo atracaban a los que no trabajaban ahí, de que si no traías nada y te asaltaban, te apuñalaban por estar “mani vacío”, que no sabían cómo yo me había atrevido a entrar. “Me esperaba un destino idéntico”, pensé.

     

    Pero en ese sinsabor encontré un sentido que iba más allá de lo citado por el patrullero. Yo no estaba allí por los hurtos, ni la prostitución, ni la delincuencia, medité; yo quería ir más allá de lo visible, quería desempolvar algo que el policía me había expresado: “La mayoría de los que se mueren son borrachos”. Ese fue el inicio de lo que sería esta investigación.

     

    Hurtos y riñas son las principales situaciones que ocupan a la policía en Tejelo. Bajo esta dinámica, la relación entre la comunidad puede ser tensa.

    Foto: David Cano >>

     

     

    Una copita y ya

    Amanecen muertos.

    Los habitantes de calle alcoholizados amanecen muertos.

    El chirrinchi provoca pérdida de consciencia, memoria temporal, somnolencia, consecuencias que hacen del más vital un costal que se vuelve uno con el pavimento. Este trago está hecho de panela y siete hierbas: manzanilla, mejorana, cidrón, yerbabuena, hinojo, limonaria y albahaca, a estos componentes naturales los acompaña el alcohol etílico. La mezcla se debe fermentar por 15 días mínimo, luego se lleva a un aparato de destilación mediante un proceso de evaporación por calentamiento. Se destila hasta obtener una bebida fuerte, hasta alcanzar el grado de alcohol necesario. Es una sustancia que nace en La Guajira.

     

    Uno… dos… tres borrachos que se hacían en círculo a contar monedas. Pero ¿Qué estaban mirando? ¿Por qué estaban reunidos? ¿Qué los unía? ¿Por qué uno de ellos tenía un montón de cadenas que parecían de oro y plata? ¿Qué hacían reunidos alrededor de una virgen? ¿Por qué sobresalía del trasero de ese hombre una cuchara de metal?

     

    Pusieron dos alcoholes etílicos sobre el suelo. Uno de los hombres los recogió, mientras otro esperaba a que lo abriera. El sujeto que dejó la sustancia se fue inadvertido, fue en cuestión de segundos y nadie puso un peso. Aquí se envicia sin dar plata, es que cuando se está cerca de una plaza de vicio los excesos son cosa de todos los días.

     

    Hasta que el chirrinchi nos separe

    La muerte del ‘Enfermo’, delgado, bajito, pedía monedas, por las tardes se ponía agresivo cuando tenía varias copas encima. El ‘Enfermo’, así le decían, porque decía: “¿Me regala 500 pesos que estoy muy enfermo?”. Ninguno de los trabajadores se sabía el nombre, pero todos lo humanizaban cada día con un saludo y una moneda. Hacía favores, no le pagaban, pero le daban el desayuno.

     

    —Él venía en grupo a tomar chirrinchi, se mantenía todo raspado, pobrecito, le pegaban mucho—, recuerda Rosa Elvira Marín de 66 años, quien lleva veintiún años vendiendo limones, de ocho a ocho. Solo descansa los Viernes Santos y el veinticinco de diciembre. Es el águila del lugar, la que todos saludan, a la que le llegan las primicias.

     

    Dice Marín que tuvo una esposa. Ella era fanática de las causas perdidas y él era adicto al licor. Las personas de Tejelo cuentan que esa mujer luchó mucho por él, que le surtió una carreta con bananos y aguacates. Al principio parecía que el ‘Enfermo’ se había ajuiciado, vendía desde las 8:00 de la mañana hasta las 2:00 de la tarde, salía temprano, no porque vendiera todo, sino porque se iba a beber la plata que había ganado. Hasta que se quebró.

    Su mujer nunca se rindió. Se le veía entrar a Tejelo con ropa y comida, iba a buscarlo a las esquinas cuando se tornó habitante de calle. Se volvió su sombra, su ángel guardián.

     

    Eran ya las 5:00 de la tarde y yo había perdido la cuenta de las personas a las que les pregunté por el nombre del ‘Enfermo’, pese a que todos lo recordaban como patrimonio de la calle, nadie sabía más allá de un apodo, o dos, porque también le decían ‘Rata mona’. Aquí el tiempo se devora cosas tan simples como un nombre.

     

    —Claro que me acuerdo del ‘Enfermo’, de la vieja guardia de Tejelo, el que vendía bananos en la esquina. A lo último se volvió alcohólico—, dice Jairo Tavera, vendedor de legumbres.

     

    Me topé con un borracho dormido, en un garaje que tenía los números 53-58, al lado de la Plaza de Mercado Tejelo. Tenía las medias afuera del zapato, se le veía el pie, cargaba un bolso, o ¿el bolso lo estaba sosteniendo a él? Era muy temprano, pensé, para estar en ese estado, para no ser consciente de cómo cae el sol, ni del montón de personas que lo observaban al pasar pero ni siquiera se atrevían a tocarlo; para pararlo, o para saber si seguía vivo.

     

    Rememoré lo que me habían contado del ‘Enfermo’. Lo imaginé así, inconsciente, desatendido, solo.

    Un rato después, me encontré a don Carlos Suárez tomando un sancocho. Él fue uno de los que le pedían al ‘Enfermo’ favores a cambio de un desayuno. Carlos lo ponía a pelar cebolla, mientras el ‘Enfermo’ se quedaba dormido con cada cortada.

     

    El 13 de febrero, a las 10:00 de la mañana, Carlos le pidió al ‘Enfermo’ que le pelara unas cebollas. Después de varios desmayos continuos -a los que ya estaban acostumbrados todos- no se volvió a levantar. “Le dio un fulminante”, dijo Carlos. El ‘Enfermo’, de tanto irse y volver, un día se fue y no regresó. Estuvo siete horas tirado en la silla de cemento que estaba al frente de La Sazón del Gordo. A las 5:00 de la tarde le hicieron el levantamiento. Ese día llovió y una grieta se abrió en los ojos de aquellos que lo denominaban hermano.

     

    Edwin Fabián Jaramillo había nacido en Caucasia Antioquia, era uno de los amigos del ‘Enfermo’. Hacía parte del grupo de borrachos que se reunía a contar monedas. Era el más consciente de todos los ebrios que conformaban la virgen María Auxiliadora y era, quizá el único, que se sabía el nombre del ‘Enfermo’, el que nos regaló un poquito de humanidad para Gustavo.

     

    —Gustavo y Carlos Alberto, uno de los del grupo, estaban pelando cebolla ese domingo. Yo lo motilé antes de morir y ese día él me quitó una gorra—, expresa Edwin, intentando pronunciar bien las palabras.

     

    A la hora de hacer el levantamiento, el cuadrante de policía amenazó a Edwin y a sus cercanos, porque querían preservar a Gustavo por más tiempo y no deseaban que se mojara, por lo que le habían puesto unas bolsas de basura que les regaló Carlos García, el dueño del local de enfrente.

     

    Dice Edwin que todavía se le sentía el pulso cuando se lo llevaron, que los jalaron para separarlos de él y lo trasladaron para medicina legal.

     

    —Es que Gustavo no bebía porque fuera alcohólico, él se envició con el chirrinchi porque la mujer lo maltrataba—, plantea Edwin.

     

    Hubo muchas teorías sobre la muerte de Gustavo, unos dicen que se murió porque sufría de convulsiones, otros que le dio un infarto, unos que cayó y no despertó, y algunos que porque estaba muy intoxicado con el alcohol.

     

    Nada se decía entonces en Tejelo de aquellos a los que se les expendía vicio, ni de quiénes lo vendían. Aquí se vive la ley del silencio.

    —Reina, yo no le puedo decir dónde venden chirrinchi, yo le puedo decir cuánto vale, porque los de la plaza nos están mirando y yo no soy ningún sapo—, manifestó Edwin.

    —Una botella de alcohol etílico cuesta tres mil quinientos pesos, una de chirrinchi cinco mil, pero ambos son el mismo “chorro” —, como decía Yeny Patricia Barbosa, habitante de calle del sector.

     

    Unos minutos después varios hombres de la plaza me rodearon, uno de ellos, vestido con una camisa que decía Nike y una gorra azul, me hizo un gesto con la cabeza, como quién dice váyase, mientras llevaba su mano a un arma de fuego que tenía en el pantalón.

     

    En Tejelo seguirán entonces cosiendo bocas, alimentando vicios y lloviendo muertes de eternos NN.

  • Leyendo a La Bastilla

     

    A lo largo de su historia, el Pasaje La Bastilla se ha configurado como un importante espacio dentro de la vida comercial y cultural del Área Metropolitana. Muchas cosas se han leído en La Bastilla, empezando por los libros que allí habitan; sin embargo, como si de un texto se tratase, aún no se ha intentado leer a la misma. A través de un recorrido por alguno de sus personajes y escenarios más icónicos, intentamos encontrar lo que La Bastilla es.

    Cristian David Gutiérrez Martínez e Iván Enrique Vega Díaz / Cristian.gutierrez@upb.edu.co , ivan.vegad@upb.edu.co

     

    El Metro, el tranvía, La Oriental

    Para llegar a La Bastilla, son dos los medios de transporte más convencionales. Por un lado, algún colectivo tomado desde cualquiera de los rincones de la ciudad o del Área Metropolitana; en este caso, los buses suelen detenerse en algún lugar de la larga Avenida Oriental, lugar por excelencia de vendedores ambulantes, habitantes de calle y borrachos. Así, caminar por la Oriental, pedir un buñuelo de quinientos pesos, tomarse un perico o dejarse tentar por los calentados mañaneros que ofrecen las panaderías cercanas, es parte fundamental de la experiencia de La Bastilla.

     

    La otra forma es bajarse en el Metro y caminar hasta la calle en cuestión. El tranvía y el metro son, específicamente, los medios que se pueden utilizar en este caso. La estación San Antonio, lugar donde es necesario bajarse, es la más concurrida de todo el sistema Metro; por ello, bajarse o subirse allí significa dar empujones, codazos y palmadas para lograr escabullirse entre los demás pasajeros aprisionados. Una vez fuera del vehículo, el aire del Centro es totalmente perceptible: señoras con bolsas de confites, carritos de frutas y vendedores de ropa de dudosa calidad dominan el paisaje. La estación San Antonio posee algo de belleza por sí sola; la arquitectura es imponente, las personas filan (a veces) como hormiguitas atemorizadas. Una vez fuera del Metro, La Bastilla está a un par de cuadras. Es solo necesario seguir la línea del tranvía que antes habíamos montado para llegar a ella. En este caso, el trayecto es un poco más de lo mismo; calor, bullicio y el gentío caminando hombro a hombro. En este sentido, vivir La Bastilla es también caminar por el centro, sentir el sofoco del Metro, percibir el aroma de los mangos con sal expuestos al sol. Sí, para leer La Bastilla hay que, primero, leer un poco de la ciudad que esta habita.

     

    Adentrarse

    Al ser una calle sin fin, como los libros que acá albergan, La Bastilla tiene dos entradas: por la calle 50, y la avenida Ayacucho. Por la 50, y así la llamaremos, sólo hay un teléfono público. Por Ayacucho es un pasaje entre dos tiempos: las mencionadas baldosas lisas, y el suelo cementado y rugoso. Una calle y otra; la que ha aceptado nacer, y la que se niega a morir.

     

    Transeúntes

    Por su ubicación y su cercanía con otros importantes lugares de la ciudad, en ella los transeúntes son sobre todo personas de paso; señores del común que se adentran en la calle, reciben un par de invitaciones, echan un vistazo al entorno poblado de libros y terminan saliendo por el otro extremo. En eso se resume la experiencia de La Bastilla para muchos: una calle bonita que, una vez atravesada, te deja frente al tranvía.

     

    También están, claro, los visitantes casuales. Esos que vienen por primera vez, o los que ya se conocen todo el centro y se arriman con una cara disgustada a buscar el librito para sus hijos, el texto que tal profesor exigió o el diccionario que dejaran tirado en un rincón de su cuarto. Porque sí, La Bastilla hace parte del imaginario colectivo del Valle de Aburrá y quizás de todo Antioquia. ¿Busca libritos baratos? Vaya al centro y pregunte por La Bastilla. ¿Tiene que comprar una Constitución? En el Centro Comercial del Libro lo consigue fino. ¿El niño se graduó y dejo algunas guías para vender? Vaya a ese rinconcito, allá le dan un buen botín. Todos han estado en La Bastilla, han oído hablar de ella o lo harán, más pronto que tarde.

     

    Entre cafetines

    El paisaje en La Bastilla es, en su mayoría, de cafeterías y quioscos; algunos hay echados a su suerte, restaurantes como El sazón de la bastilla luchan consigo mismos, pues en La Bastilla poco se llena el estómago. El cerebro, y en algunos su corazón, son frascos que se colman con letras, cafés y cigarrillo.

     

    Primero, el olor a libro

    La Bastilla es un escenario de ensueño para cualquier escritor latinoamericano. El realismo mágico y el aroma a libro brotan en sus paredes. Aquí, el libro no es un objeto sagrado, por mucho que sea protagonista y desde el comienzo se perciba: libros regados por todo el camino dominan el paisaje. Rotos, descosidos, manchados, salpicados de barro. Los vendedores toman los libros sin ninguna delicadeza y los descargan en cualquier lado, generando sonidos fortísimos, conmoviendo a todo aquel que ve en este objeto más que hojas con rayones. Es, en definitiva, como caminar por un mar de letras.

     

    Entre esta marea destacan un grupo de robustos libros apenas contenidos en cajas desfondadas. A simple vista, se observan algunos libros académicos, didácticos, literatura clásica, algo de filosofía; algunos, buenos títulos.

     

    Libros tirados a lo largo de la calle del Pasaje La Bastilla. Foto: Iván Vega.

     

    Por allá llama un joven. Con los brazos cruzados y la mirada relajada, invita a mirar sin compromiso. A este improbable vendedor se le entabla charla fácilmente. Cuenta que todos esos libritos aparentemente abandonados los vende él. No tiene una librería, ni siquiera un espacio en el andén para tirar sus libros sobre una alfombra. Cuando puede, riega su material a lo largo de la calle; cuando no, hace lo mismo, pero en uno de los lugares aledaños. Todos esos títulos los recolecta en los barrios, muchas veces regalados; dice que, a veces, hay libros en muy buen estado y la gente piensa en botarlos, pero él los rescata. Debe haber algo de poético en eso, una calle llena de libros que impiden el paso, libros que pudieron ser basura, pero, ahora, siguen siendo libros a la espera de un próximo dueño. Un libro, más que decoración, debe ser conocimiento vivo y rotativo.

     

    Qué representativa situación. En La Bastilla no se le rinde culto al libro, pero, literalmente, está invadida por la presencia de él. Se respira, se siente, se huele. De esta calle mana olor a libro.

     

    La librería París

    La librería Paris es la principal fuente de publicaciones literarias, económicas, pornográficas y matemáticas. Entrar es dificultoso. Dos mesas repletas; una con ochenta (80) ediciones de Malpensante y cientos de revistas de diversos intereses; otra con libros, en su mayoría de crecimiento personal, ciencias exactas y alguna que otra novela de calidad cuestionable. Al pasar por dichos impedimentos, el espectador se sitúa ante lo que se presenta: cuatro pasillos formados por largos anaqueles, donde se encuentra una sucesión cuasi infinita de libros perdidos de casi todos los autores posibles. Su orden es azaroso. No tiene la minuciosidad de un bibliotecario, pero es cercano, claro, porque tienen algo parecido.

     

    El olvido y la memoria han sido tema de grandes obras literarias. El infortunio del primero, y la grandeza del segundo, se ven reflejados en la librería. La capacidad, acaso un don, de recordar todos los títulos solo la tiene una señora, cuyo nombre prefiere no dar. Dicha mujer se ha acoplado en el espacio con la perfección todas las cosas matemáticas. Conoce los libros, casi como si le pertenecieran, o incluso como si ella fuese uno.

     

    El Centro Comercial del Libro y la Cultura

    Del otro lado de la calle, un cartel de la alcaldía de Medellín anuncia el Centro Comercial del Libro y la Cultura. Las puertas metálicas, verdes y semi recogidas, hacen saber que ese lugar no es para todo el mundo. Los libros son los protagonistas, cuya grandeza puede ser meritoria de una etnografía: la condición humana, su grandeza individual y en sociedad, todo ello se encuentras en ese objeto. Pero ese es tema para otro día. El ambiente dentro del comercio es especial. Las personas allá actúan diferentes, y piensan que quienes entran a La Bastilla son iguales: queremos libros, y ellos los tienen. Dicha razón, fundamentada en una realidad inalterable, es motivo suficiente para preguntar a todo quien entra: “¿qué libro necesita y yo se lo consigo?”.

     

    El tema de los comerciantes ya tendrá su respectivo espacio, por el momento hablemos del espacio en dónde se dan a ser. Y claro, es fundamental. La filosofía, por ejemplo, se dice que empezó en una plaza de mercado. Los comerciantes de todas partes traían sus productos e intercambiaban sus saberes. Esto, en La Bastilla, se nota. Hay libros que no son pensados e impresos en Medellín, y otros que solo pueden ser de acá. La variedad de títulos; a veces en cubículos organizados, o en bodegas desamparadas, nos plantea una infinitud de saberes.

     

    Una serie de pasillos largos y poco anchos nos hacen pensar que el primer piso es un laberinto, donde dejados a nuestra suerte, tendremos que salir de alguna manera. Leopoldo Marechal dijo alguna vez que “De todo laberinto se sale por arriba”, por lo que nos plantea una solución que nos conduce a un segundo piso más vacío, obra de un Dios que olvidó su cielo. Los barandales verdes nos retienen de una posible caída, sin embargo, el verdadero problema es el armazón de madera. Los comejenes, ya cansados de los libros, se devoran, a la vista de todos, la estructura del piso.

     

    Comerciantes de libros y libreros

    Hay una librería en este piso que destaca del resto y es la de Don Dario. Los libros, colgados en la pared cual guirnalda navideña; otros, acomodados dentro de un espacio matemáticamente destinado a contenerlos, pero natural en la estructura del edificio. Don Dario, conversador y siempre escuchando la radio, está siempre dispuesto a atender las necesidades de los esperanzados muchachos que buscan un libro, y también, de los periodistas. Es una costumbre, dice. Por lo general habla de una cultura del mal, donde el vicio se ha apoderado de la gente. Se proyecta en un futuro incierto, donde el único remedio es vivir el diario, pero con la esperanza que cambie. Claro, sin saberlo él ayuda a que sea así.

    Una de las librerías ubicadas en el segundo piso del Centro Comercial del Libro y la Cultura. Foto: Cristian Gutiérrez.

     

    Don Dario es un librero. Dicho grupo reducido se caracteriza por prometer una lectura. Tanto así, que él puede vender el mismo libro cincuenta veces, pero lo vende porque su contenido es el que proyecta a sus lectores. A diferencia del comerciante, el cual se encuentra en todas partes, consciente de la dificultad de un buen libro, el librero acerca al lector a su posibilidad.

     

    A la misma casta pertenece Barbara Lins. En su librería, La Hojarasca, bautizada así porque un libro no es más que eso (un montón de hojas), cada cosita está puesta en su lugar, tanto que no parece dedicada a la venta de libros, sino a la colección de ellos. Para ella, ser librera no es una obligación, pero agradece la presencia de personas que, además de vender libros, puedan recomendar y mantener ávidas charlas acerca de literatura con sus visitantes. La Bastilla es en ella una posibilidad de abrir la imaginación, de soñar con poesía y devolver a los libros la magia que esconden. Una conversación con ella, o con cualquier librero de La Bastilla, es salir con una nutrida colección de títulos cuya existencia antes no alcanzabas a sopesar.

     

    Un poco de historia: bastión de poetas y borrachos

    El encanto de La Bastilla radica en su esencia: la tertulia en torno al libro. Este reconocido lugar es la combinación de los libreros de la plaza Rafael Uribe Uribe y el Café La Bastilla. Don Alberto Aguirre fue el creador de las tertulias. En un pasillo largo del Café, al fondo, una mesa grande con seis sillas era el sitio de culto. María, la del tinto, era la que les recordaba que estaban en un café y les traía dicho combustible. La lista de personalidades es amplia. Don Darío, por ejemplo, nos cuenta que el profesor Memo Ánjel llegaba allá; imita su postura encorvada, paso lento y cara arrugada, decía que salía con dos bolsas llenas de libros y su cigarrillo. Se ríe a carcajadas, casi con la añoranza de esos viejos tiempos.

     

    Y la cultura, ¿dónde queda?

    La Bastilla es un lugar emblemático, de eso no cabe duda, pero es posible que a lo largo de su historia no se le haya dado el carácter que merece; eso es al menos lo que sucede en opinión de Barbara Lins. Es cierto que la cultura no se construye conscientemente, aun así, para que la misma sobreviva, es necesario la creación de espacios que permitan su existencia. El comercio y el encuentro casual, aunque en cierto modo son también creadores de esta, se han tomado esta calle hasta impedir el desarrollo de las actividades culturales que son tan necesarias para la perpetuación de estos lugares.

     

    La remodelación permitió en cierta forma la posibilidad de abrir este tipo de espacios. Que lectores, escritores y artistas puedan caminar con relativa tranquilidad por La Bastilla, es ya una posibilidad de que estos acontecimientos florezcan. Así como los andenes fueron remodelados, qué bueno sería hacer del Centro Comercial del Libro y la Cultura un espacio más abierto, permitir que la literatura se escurra por los pasillos, que la música se escuche fuerte, que los poetas puedan recitar sus poemas y los libreros presten atención. Las lecturas silenciosas, los equipos de sonido despidiendo tímida música clásica y la estrecha anchura de los pasillos son muestras de que la cultura en este lugar está amainada.

     

    Si La Bastilla va año tras año a la Fiesta del Libro, ¿por qué no habría de ir la Fiesta del Libro a La Bastilla? ¿Por qué no permitirse espacios en que escritores y libreros conversen? ¿Por qué no otorgarle algo de majestuosidad al libro? Son algunas de las preguntas que Barbara Lins, de forma elocuente, se hace. Una importante lucha espera a estos libreros de La Bastilla, que esperan hacer de su lugar de trabajo un rincón para el disfrute del arte y la cultura. Así como la calle se ganó su espacio, que se lo gane el primer piso del Centro Comercial, que se lo gane el segundo. Que los libros no se queden escondidos, empolvados, tras los hombros de un viejo librero. “Dime qué lees y te diré quién eres” decía García Lorca. Pues bien, leyendo a La Bastilla, sé que ella es un lugar que guarda esperanza.

     

     

  • Subiendas que angustian a Bolombolo

    Desde 2010, los habitantes de Bolombolo, corregimiento de Venecia en el Suoreste de Antioquia, han visto cómo las crecientes de su vecino, el río Cauca, se han hecho más frecuentes. El “reloj biológico” se ha descompuesto y las personas que viven en las riberas de una de las corrientes de agua más importantes de Colombia ya no saben a qué atenerse.

     

    Las lluvias de las primera semana de abril en zonas aguas arriba, ocasionaron inundaciones que obligaron a 12 familias a buscar refugio donde amigos y parientes, en este corregimiento de clima cálido; mientras muchas otras personas de se han acostumbrado a vivir con sus enseres al hombro.

     

    La suerte de los habitantes de Bolombolo es también la de otras poblaciones por donde pasa el Cauca hacia el gran Magdalena: Caucasia, una de las ciudades más importantes de Antioquia o algunas zonas rurales de Fredonia, por ejemplo.

     

    Bolombolo – cuando el cambio climático de obliga a emigrar, es un documental que relata en la voz de los habitantes del corregimiento, cómo ha cambiado la vida con los comportamientos inesperados del río Cauca; historias que parecen hacerse cada vez más recurrentes. Una realización de Marlon Gutiérrez Arévalo, Ana Daniela Villalba Acosta y Miguel Chavarriaga Vanegas.

     

     

    Video

     

  • Las transformaciones de la Medellín rural: URBANIZACIÓN SIN CIUDAD

    Todos alguna vez hemos visto un mapa de Medellín, ese croquis que parece sin forma, pero que en las dinámicas cotidianas cobra sentido. La cabecera urbana de la ciudad se encuentra entre cinco corregimientos: Santa Elena al oriente y San Cristóbal, Altavista, San Sebastián de Palmitas y San Antonio de Prado al occidente, como una protección verde —del doble de su tamaño— a sus costados, mientras lo urbano continúa en Bello, Itagüí y Envigado. Sin embargo, la urbanización de Medellín no solo se ha limitado a la centralidad o a sus fronteras con otros municipios.

     

    Daniela Morales Medina, egresada de la Facultad de Comunicación Social – Periodismo; Estefanía Cardona Espejo, Juliana Duque Cardona, Liceth Torres y Daniela Uribe Naranjo, estudiantes de la Facultad de Comunicación Social – Periodismo.

     

    Desde hace más de 50 años la forma de habitar el campo ha cambiado y, sobre todo, en Medellín. La idiosincrasia de la ruralidad en los centros poblados corregimentales y sus veredas se ha transformado en función de las nuevas posibilidades económicas que ofrece el desarrollo urbanístico. Para la coordinadora de la maestría en Urbanismo de la Facultad de Arquitectura de la Universidad Pontificia Bolivariana, Diana Álvarez, “quizá el cambio más estructural en estos territorios sea la interpretación del suelo con valor de uso, propio de las economías agrícolas/solidarias, a un suelo con valor de cambio, propio de las economías de la sociedad industrial/capitalista”.

     

    La canalización de la quebrada de Santa Elena, la construcción del Metro de Medellín con sus intervenciones en el Tranvía de Ayacucho, el Túnel de Occidente y los metrocables de Santo Domingo, además del proyecto de Parques Bibliotecas en los corregimientos, han sido solo algunos de los tantos hitos en los que la ciudad ha conversado con la ruralidad de sus periferias, convirtiéndolas en receptoras de grandes poblaciones. Sin embargo, según Nelson Agudelo, magíster en Urbanismo, el actual Plan de Ordenamiento Territorial (POT) de la ciudad no tuvo previsto este fenómeno.

     

    Por el contrario, el modelo de ciudad propuesto en el POT del 2014 de Medellín se basó en la premisa de “crecer hacia adentro”, planteamiento que consiste en renovar todas las zonas y suelos subdesarrollados que no están generando grandes garantías para la ciudad, buscando convertirlos en espacios de vivienda. Incluso, de acuerdo con el arquitecto, la Administración municipal escasamente ha cumplido con el 30 % o 40 % del POT del 2014.

     

    Para Gloria Patricia Zuluaga, docente de Desarrollo Rural de la Universidad Nacional, una de las principales causas de esta problemática es la especulación urbana que genera el aumento acelerado de la población. Explica que, en parte, sí existe un fenómeno natural de migración de ciudadanos de diferentes partes de Antioquia, Colombia y otros países a Medellín, pero según la magíster, las parcelaciones y venta de lotes en los corregimientos han comenzado un incremento en el costo de vida y el comercio de los lugares. Lo anterior, no solo ha cambiado radicalmente las condiciones de vida de los habitantes rurales, sino también de los citadinos. Por ejemplo, históricamente, todos los corregimientos de Medellín han sido despensas agrícolas, cárnicas y lácteas del Valle de Aburrá, pero esta actividad se ha reducido y reemplazado por priorizar el aumento de los comercios, zonas de descanso y entretenimiento, lo que implica un riesgo en la seguridad alimentaria de toda la ciudad.

     

    No obstante, el ciclo no finaliza ahí. Según la docente, cuando los residentes urbanos de Medellín, “saturados y cansados de las denominadas disfunciones urbanas como el tráfico, la contaminación y la inseguridad”, deciden irse a vivir al campo, se mudan de residencia, pero no de actividad económica. No hacen el cambio porque quieran ejercer la agricultura, sino porque quieren ambientes de naturaleza para descansar. Aquí es cuando comienza, en palabras de Zuluaga, una “urbanización sin ciudad”.

     

    Nuevas obras de infraestructura, valorización de predios, tributos más costosos y servicios públicos más altos son algunos de los cambios que ha generado la subdivisión predial. Es decir, una autorización previa para dividir materialmente uno o varios predios ubicados en suelo rural, en los territorios, y que se ha manifestado en el desplazamiento de familias campesinas, disfunciones en la seguridad alimentaria y aumento en la huella ambiental de la ciudad. Sin embargo, es importante conocer cómo han vivido estas transformaciones los habitantes de cada zona.

     

    En la siguiente infografía, haga un recorrido por el panorama de las transformaciones en cada uno de los corregimientos de Medellín:

     

    Retratos de una ciudad viva… y que hay que cuidar

     

    Desde Santa Elena (foto: Manuel Theo Dover Polanía) se ve la ciudad creciendo por las laderas del Oriente y Occidente. En Altavista, las huertas escolares son una apuesta por la preservación de las tradiciones y la seguridad alimentaria (foto: Marisol Garcés). En San Antonio de Prado (foto: Álex Betancur), las viejas edificaciones contrastan con las construcciones para más personas en el mismo espacio. En San Cristóbal (foto: Daniela Uribe), desde hace años el tráfico vehicular es parte de la vida cotidiana, llena de contrastes con la historia campesina.

     

     

    Las ciudades son territorios vivos. Para la muestra, vemos a una Medellín que sigue creciendo y cambiando. El proceso de transformación urbanística que atraviesa la capital antioqueña nos impacta a todos los que la habitamos, incluidos aquellos que por décadas han ocupado las tierras que cultivaron y cuidaron, como nuestros antepasados. Las raíces campesinas y arrieras de los habitantes de los corregimientos de Medellín peligran ante el acelerado crecimiento de las construcciones.

     

    Como explica Nelson Agudelo, Medellín tiene el espacio, un Plan de Ordenamiento Territorial (POT) y estudios de capacidad de soporte poblacional, pero no hay regulación por parte de la administración municipal. Según el experto, la ciudad tiene la capacidad de abrir espacios adecuados en el interior del valle para recibir a las personas, pero no está pasando.

     

    La situación actual de la población de los corregimientos es un reto, una invitación para que Medellín, como manifestó Gloria Patricia Zuluaga, se vea y se proyecte en toda su municipalidad. Además, que piense más allá de su núcleo urbano, articulando cada uno de los corregimientos como parte fundamental de un desarrollo sostenible Una ciudad que pueda seguir creciendo, pero cuidando su ruralidad y a sus campesinos.

  • Guacharacas: la escuela que en un garaje se refugió del abandono

     

    En zona rural de Yolombó, a 3 horas de Medellín, está la Escuela Guacharacas, que funcionó sin agua y sin sede por dos años. Las clases se dictaron en el garaje de la casa de la profesora porque el río se llevó el puente que era la única vía de acceso para los estudiantes.

     

    El centro educativo estuvo durante años en medio del conflicto armado, el abandono estatal, la indiferencia y disputas jurídicas entre dos municipios. A eso se le suma el apego de la comunidad por la profesora y su papel para que las clases continuaran aun con dificultades. Hoy la escuela espera su cierre.

     

    Por: Sebastián Carvajal Bolívar / periodico.contexto@upb.edu.co

    En este estrecho garaje funcionó por dos años la Escuela Rural Guacharacas. Foto: Sebastián Carvajal Bolívar

     

    En el reportaje La realidad de las escuelas sin agua en Antioquia, Contexto detalló la situación de 539 sedes educativas que no cuentan con este servicio en el departamento. Entre los informes revisados se destacó uno en particular: el de la Escuela Rural Guacharacas, en el municipio de Yolombó, al nordeste de Antioquia. Según el documento: “En la visita de campo se evidenció que el C.E.R Guacharacas no cuenta con infraestructura asociada y que las clases se imparten en un garaje adaptado por el docente para tal fin”.

     

    Más adelante especifica la situación: “No se tiene una infraestructura asociada a la sede educativa, los estudiantes reciben las clases en un garaje ubicado en la vivienda de la docente, el cual no cuenta con conexiones hidrosanitarias ni elementos necesarios para la actividad de enseñanza”.

    En una pequeña construcción rectangular de paredes de adobe y tejas de zinc, que no pasa de los 20 metros cuadrados, Mariela Olarte Álvarez, profesora de Guacharacas, improvisó un salón de clases para recibir a sus 18 estudiantes, luego de que el rio Nus se llevara el puente colgante que los conectaba con la escuela.

     

    El garaje solía ser utilizado por su familia como bodega para guardar los utensilios de trabajo. Queda justo al lado de su casa, sobre la carretera que conecta a Medellín con Puerto Berrío y Santander.

     

    << Así luce el interior del garaje que funcionó como escuela para Guacharacas.

    Foto: Sebastián Carvajal Bolívar.

     

    A pesar del poco espacio, el calor del mediodía y los riesgos de estudiar a solo 5 metros de una carretera nacional, esta fue la única opción que le quedó a Olarte para que las clases siguieran. Desde el 9 de mayo de 2019, cuando el puente se vino abajo, ninguna entidad respondió para hacerse a cargo de la situación, hasta hace unos meses.

     

    Pero no era la primera vez que Olarte y sus estudiantes estaban a la deriva.

     

    Estudiar en medio del conflicto

     

    Originalmente, la escuela quedaba en una vieja estación del Ferrocarril de Antioquia, ubicada en predios de la Hacienda Guacharacas en Yolombó, justo en el límite con el municipio vecino de San Roque. El paso del rio Nus sirve para demarcar la frontera entre los dos municipios y al otro lado viven Olarte y sus estudiantes.

     

    Desde la casa de la profesora se ve la vieja edificación, entre las palmeras y los árboles. Además del río, los separa un camino plano de 400 metros donde pasta el ganado y que se suele inundar con las crecientes.

     

    Durante la época dorada del tren, la estación funcionó como centro de acopio para las personas que provenían del Nordeste antioqueño. Tras la desaparición del Ferrocarril y con el crecimiento de las actividades económicas en la hacienda, se estableció allí la escuela para atender a los hijos de los trabajadores y de la comunidad cercana.

     

    Vale la pena recordar que Alberto Uribe Sierra, padre el expresidente Álvaro Uribe Vélez, fue su propietario del predio desde 1976. Allí fue asesinado en 1983, al parecer, por el Frente 36 de las FARC, tras un intento de secuestro.

    En 1996, llegaría lo que el expresidente denominó “la tragedia final a Guacharacas”: en la noche del 25 de febrero integrantes del ELN incendiaron la casa principal, robaron cerca de 600 reses y media docena de caballos y mulas.

    Olarte tan solo llevaba dos días de haber llegado a la zona, procedente de la zona rural de San Roque. “Esa noche nos hicieron desalojar a todos. Los obreros y sus familias tuvieron que buscar para dónde ir. Algunos se fueron para Medellín y otros cogieron para Cisneros. Mi familia y yo nos fuimos para Medellín y volvimos como a los tres días”, recuerda.

    Los guerrilleros dijeron que solo ella podía permanecer en los predios. Meses después asesinaron a un trabajador que quedó a cargo del lugar.

     

    “De ahí en adelante se vivía siempre mucha tensión. Eso fue militarizado mucho tiempo. Entonces yo vivía rodeada del Ejército. Hasta que una señora que vivía en una de las casas de la hacienda, pero que quedaba sobre la carretera, me dijo ‘profe, yo me voy para Medellín, si quieres te vienes para acá para que no te quedes sola’. Me fui a vivir al otro lado para mayor tranquilidad. Realmente solo iba a trabajar, había que cruzar el puente y lo hacíamos los estudiantes y yo”, relata la profesora Olarte.

     

    La maestra cuenta que por esos días la escuela quedaba en una bodega de la Estación Guacharacas y la familia Uribe Vélez se encargaba de hacerle mantenimiento.

     

    El último puente colgante que hubo en la zona antes de que el río Nus se lo llevara.

    Foto: Mariela Olarte Álvarez. >>

     

     

    El rumbo sinuoso de Guacharacas

     

     

    En julio de 1996 la propiedad pasa a manos de Ganados del Norte S.A., una sociedad de los hermanos Gallón Henao, representada legalmente por Pedro David Gallón Henao, involucrado junto con su hermano Santiago en el asesinato del futbolista antioqueño Andrés Escobar, ocurrido en 1994.

     

    “Los hermanos fueron condenados a 15 meses de cárcel por el delito de ‘determinadores de falsa denuncia agravada’, pero un par de meses más tarde un juez los dejó en libertad tras pagar una irrisoria multa”, indica un informe del CTI publicado por El Espectador sobre el caso de manipulación de testigos contra Uribe Vélez acerca de los hermanos Gallón Henao.

     

    Según los exparamilitares Juan Guillermo Monsalve y Pablo Hernán Sierra, a través de declaraciones dadas al entonces representante Iván Cepeda, en la Hacienda Guacharacas se habría conformado el Bloque Metro de las Autodefensas: “El exparamilitar (Sierra) asegura en la grabación, que los fundadores de aquel grupo paramilitar fueron, además de los hermanos Álvaro y Santiago Uribe Vélez, el empresario ganadero Luis Alberto Villegas Uribe, su hermano Juan Guillermo Villegas Uribe, diputado a la Asamblea de Antioquia, y Santiago Gallón Henao, ganadero y caballista condenado por paramilitarismo”, dice El Espectador en una publicación de 2011.

     

    Las autoridades no han probado la participación de los hermanos Uribe Vélez en la conformación de este grupo paramilitar, mientras que sí se ha relacionado a los hermanos Villegas Uribe y a Santiago Gallón, como lo señala el portal Verdad Abierta.

    A lo lejos se ve la vieja Estación Guacharacas del Ferrocarril de Antioquia, donde funcionaba la escuela.

    Foto: Sebastián Carvajal Bolívar.

    Abandono estatal

     

    A pesar de la presencia de grupos al margen de la ley en la zona, Olarte destaca: “Nunca tuve ningún obstáculo ni con los unos ni con los otros”.

     

    A finales de los años 90 la escuela tenía 45 estudiantes. Entonces hubo un proyecto para la construcción de una sede educativa en la Vereda La Trinidad, en San Roque, al otro lado del río Nus, para que los estudiantes no tuvieran que cruzar el puente que “siempre representó un peligro para la comunidad, por las crecientes, porque se desescolarizaba. Incluso hubo accidentes, no de irse al río, pero sí de quedarse engarzado en la estructura”.

     

    Pero la nueva sede educativa quedaba en San Roque y cuando la docente y la comunidad se reunieron con el jefe de núcleo de Yolombó, pensando en afinar detalles para trabajar en el nuevo predio, el funcionario dictó que la profesora no podía trabajar fuera de su jurisdicción.

     

    La solución fue dividir el grupo de estudiantes: “A los que les quedaba más cerquita la escuela de arriba, entonces se los llevaron para allá y a los que estaban más cerquita para Guacharacas los dejaron en Guacharacas”, explicó la profesora Olarte. El centro educativo, bautizado como La Trinidad, queda a un poco más de kilómetro y medio de la casa de la maestra, sobre la misma carretera principal.

     

    Y así, con casi la mitad de los niños, Mariela Olarte continúo dando sus clases en Guacharacas.

     

    “En el momento en que ellos (los Uribe Vélez) venden la Hacienda, la escuela quedó desamparada. Yo les solicitaba a las administraciones anteriores mantenimiento. Ellos decían que no podían invertir recursos en algo que no fuera del Municipio. Entonces de ahí la escuela se fue cayendo, se fue deteriorando hasta que se cayó del todo”.

    Entonces fue necesario trasladarla para el edificio principal de la estación, que “se utilizaba para los mayordomos que llegaban a la Hacienda. En ese momento estaba desocupada. Los trabajadores me ayudaron pasando el mobiliario. Nos pasamos para allá. Eso fue en el 2006”, explica.

     

    Así continuó operando la escuela durante la primera década del siglo XXI. Los niños y la docente compartían el edificio con los trabajadores del lugar. Al lado del salón donde se dictaban las clases había una habitación y un baño que era compartido por todos.

     

    En ese mismo año, la señora Marta Lucía Ocampo adquiere la Hacienda Guacharacas y en 2013 pasa a Alianza Fiduciaria como vocera del Fideicomiso Lote Gramalote de Yolombó, para que finalmente en 2015 quedara en manos del proyecto minero del que se esperan extraer 350 y 450 mil onzas de oro por año en una mina a cielo abierto en San Roque.

    En el mapa se puede ver la ubicación del río Nus, que separa a Yolombó y San Roque, además se ve la autopista que comunica a Medellín con Puerto Berrío. Mapa: Bing Satellite QGIS

    Una escuela, ¿dos predios?

     

    Aunque la Hacienda Guacharacas siempre fungió como “protectora” de la escuela y rodeaba los terrenos donde se desarrollaba la actividad educativa, no es la propietaria de la estación. Aquí surgen dos elementos que hacen complejo el panorama.

     

    Como se ha mencionado anteriormente, la escuela tenía sede en la Estación Guacharacas. Dicha estructura, al igual que el resto de las estaciones ferroviarias fueron declaradas Monumento Nacional a través del Decreto 746 del 24 de abril de 1996. Hoy en día se les llama “Bien de Interés Cultural de la Nación”.

     

    Al preguntar al Ministerio de Cultura sobre la información disponible acerca de la estructura, remitieron un conjunto de documentos que hacen parte del Plan Nacional de Recuperación de Estaciones del Ferrocarril.

    En el inventario de la Estación Guacharacas se expone que fue inaugurada el 7 de agosto de 1907, su número de matrícula inmobiliaria es 038-7356, cuenta con un edificio de 438 metros cuadrados que es de uso educativo y tiene una bodega aledaña.

     

     

    Niños de la Escuela Rural Guacharacas en la Estación del Ferrocarril. Foto: Mariela Olarte.>>

     

     

    Los registros indican que el predio corresponde a la zona y terrenos de la Estación Guacharacas. Desde 1935 ha pertenecido a las diferentes empresas que han administrado los ferrocarriles nacionales, hasta 2007 cuando pasó a manos del Invías, tras la liquidación de Ferrovías.

     

    Sin embargo, al consultar la base de datos de las escuelas en predios sin legalizar de la Gobernación de Antioquia, aparece que la sede Guacharacas se encuentra bajo la modalidad de comodato en un terreno con matrícula inmobiliaria 038-15481, diferente al de la estación Guacharacas.

     

    Según reza en su certificado de libertad y tradición, esa matrícula corresponde a: “Un lote de terreno con todas sus mejoras y anexidades, área rural del municipio de Yolombo, con un área aproximadamente de tres mil setecientos setenta y ocho metros cuadrados (3.778 mts2) y que presenta en general los siguientes linderos: ‘por todos sus costados con la hacienda guacharacas, propiedad del señor Pedro Gallón’. Lote destinado para Centro Educativo Rural”.

     

    Se evidencia en el documento que el terreno pasó a ser propiedad del Municipio de Yolombó tras un proceso de prescripción adquisitiva de dominio contra personas indeterminadas que se desarrolló en 2011, cuando el Juzgado Promiscuo del Circuito de Yolombó dictaminó que la administración municipal adquiría 25 predios rurales donde funcionaban distintas sedes educativas, entre las que se encontraba, supuestamente, la Escuela Rural Guacharacas.

     

    Según la sentencia el Municipio argumentó en cuanto a la adquisición que: “Yolombó es poseedor material de este inmueble, ya que dicha entidad territorial no posee título alguno registrado, dicha posición la ejerce el Municipio desde hace aproximadamente 25 años”. Además, dice que cuenta con una edificación de aproximadamente 142 metros cuadrados construida por el Municipio para la prestación del servicio educativo.

     

    Lo que se ha podido constatar a partir de los certificados de libertad y códigos catastrales es que este predio es diferente al lugar donde funcionaba la escuela hasta antes de que se cayera el puente. Consultamos en la Secretaría de Educación de Yolombó sobre este tema, pero aún no hay respuesta. Lo que es claro es que Yolombó tiene un predio en el paraje Guacharacas para uso educativo, pero allí nunca ha funcionado la escuela.

    En esta galería:

    -Captura de pantalla del inventario que realizó el Ministerio de Cultura a la Estación Guacharacas del Ferrocarril donde funcionó la escuela hasta 2019.

    -Apartes del fallo del Juzgado Promiscuo del Circuito de Yolombó sobre la pertenencia de 25 predios rurales.

     

    En busca de alguna solución

     

    A pesar de los enredos alrededor del predio, Mariela Olarte Álvarez continuó con sus clases. “Con la comunidad nos tocaba recoger entre todos. Hacer eventos para recolectar dinero y cubrir las necesidades de la escuela”.

     

    Esto se daba porque la administración municipal de Yolombó “no hacía nada”, como ella dice, argumentando que no era un predio de su propiedad. Aunque como lo ha expuesto esta investigación, el Municipio sí tenía una propiedad en el lugar, pero no era en la estación donde funcionaba la escuela.

     

    “Yo iba a Yolombó y ellos me decían que no podían construir en lo ajeno, que no tenían niños de Yolombó. En San Roque me decían que había escuela ahí cerca y decían que nosotros no nos queríamos ir para allá y la comunidad quería quedarse conmigo y si yo me iba para allá, aceptaban”, cuenta la profesora y sobre el puente que conectaba la escuela dice: “Se lo llevó infinidad de veces el río, pero cuantas veces se lo llevó, cuantas veces la hacienda lo reconstruía”.

     

    Pero luego de que fuera arrasado no se volvió a levantar. Olarte explica que como la hacienda ya es propiedad de Gramalote ellos no quisieron reconstruir el puente y tampoco han atendido sus solicitudes para solucionar el problema, a pesar de estar en su área de influencia.

     

    Además, su casa y las de sus vecinos están en un proceso de reasentamiento porque en el futuro se espera que la vía sea doble calzada y Gramalote, dueña de los predios, debe entregarlos desocupados a la ANI. Esto obligó el traslado al garaje y la búsqueda de ayuda de las autoridades locales. Ya son dos años de un llamado sin respuesta.

     

    Para Yolombó, reconstruir el puente no era una opción. “La construcción del puente puede costar entre 300 – 400 millones de pesos. El año pasado había 12 estudiantes —18 según la profesora y el informe de EPM—. Todos pertenecen a San Roque. La población que se está beneficiando es de San Roque”, argumenta Fernando Muñoz, secretario de Educación yolombino.

     

    Una solución era facilitar el transporte de los niños a una sede cercana de Yolombó, pero esto abría la posibilidad de que se perdiera la plaza de Olarte porque a ella no se le daría traslado. Por otro lado, a la estación del ferrocarril, según cuenta el funcionario, habría que hacerle muchas adecuaciones en caso de que los estudiantes pudieran retornar.

     

    “A raíz de eso, solicitamos una visita a la Gobernación y, a partir del tema de las escuelas sin agua, enviaron un comunicado para ver si era viable o no mejorar esa escuela. Yo hablé de que el Municipio no tenía los recursos suficientes para construirla o construir el puente para estudiantes que no son del municipio”, dice Muñoz.

    Los niños de La Trinidad entrenan futbol en una cancha improvisada. Foto: Sebastián Carvajal Bolívar.

     

    La determinación de la Gobernación de Antioquia, a través de una carta firmada el 23 de abril de este año, fue solicitar el trámite a Yolombó para que se cierre la Escuela Rural Guacharacas y se traslade a los estudiantes y la profesora a la Escuela Trinidad de San Roque, “establecimiento educativo que, debido a su cercanía y a las condiciones de infraestructura que se requieren, garantizaría la adecuada prestación del servicio educativo”, expone la misiva. Esa es la misma escuela que fue construida hace más de 20 años y dividió a la comunidad estudiantil.

     

    Según Juliana Diaz, directora de Permanencia Escolar de la Secretaría de Educación departamental y quien firma la carta, la solicitud se hizo el 8 de junio por parte de Yolombó. Ahora se espera que la dirección de Talento Humano haga efectivo el traslado de la profesora.

     

    Rodolfo Franco, secretario de Educación de San Roque, explica que la sede no tiene la capacidad suficiente para recibir a los niños. Lo que se tiene previsto es acomodarlos en el restaurante escolar —que está bajo techo, pero al aire libre— para que no queden confinados en el aula de clases. El funcionario solicitó al ente departamental que se pueda construir una nueva aula en el futuro.

     

    Por ahora, los padres de familia prevén organizarse entre ellos para buscar estrategias de transporte desde Guacharacas hasta la nueva escuela, porque desde la Gobernación aclaran que no hay recursos para ello.

    Aunque los separan menos de 2 kilómetros del lugar de estudio, los estudiantes tienen que caminar por la berma de una vía nacional, a centímetros de vehículos que con frecuencia pasan a más de 80 kilómetros por hora.

     

    << Autopista Medellín-Puerto Berrío a la altura de la entrada a la Escuela La Trinidad.

    Foto: Sebastián Carvajal Bolívar.

     

    A la fecha de esta publicación, no es oficial el traslado de la profesora Olarte. Según indican los funcionarios, el decreto ya está listo, pero falta la firma. Esa es la misma respuesta desde hace un mes, dice ella.

     

    Pero los estudiantes sí están matriculados en La Trinidad desde hace varias semanas, aunque no todos asisten. Es el caso de Juan. Su madre, Luz Álvarez Ruiz prefiere esperar a la profesora. Ella tiene una hija de 12 años que hizo toda la primaria con Olarte y ahora el niño de ojos azules cursa segundo, pero va muy atrasado por las condiciones en las que han estudiado en medio de la pandemia.

    “Como ella no vamos a volver a tener una profesora, eso es lo que me amarra a mí a la vereda. Me he ido a vivir a otras partes y me ha hecho regresar el estudio de los niños”, asegura. Álvarez muestra poco optimismo por el traslado, pero agradece que sea con la maestra de toda la vida.

     

    Durante la pandemia, Olarte trabajó con guías porque en la vereda no hay señal de internet. Hubo que desistir de la alternancia por falta de condiciones sanitarias. Foto: Mariela Olarte. >>

     

    Olarte explica que las familias de la comunidad son muy apegadas a ella. La mayoría de sus estudiantes son hijos de exalumnos que tuvo en el pasado y todos resaltan su labor como docente. Además, señala que ella es la única representación del Estado para aquellos niños que carecen de acompañamiento psicológico y social por parte de otras entidades.

     

    Aún falta por ver cómo se van a acomodar en La Trinidad, pero hay esperanza de que finalmente tengan una sede fija y con la garantía de no quedar a la deriva.

     

    “A mí la intuición me dice que la escuela ha sido un estorbo para todo el mundo. Para la finca, para Gramalote. Porque nadie nos ayudaba, nadie nos daba la mano, a nadie le dolía. Toda la vida hubo un atropello con la escuela”, lamenta Olarte, que sigue a la espera de su traslado.

    Restaurante escolar de la Escuela La Trinidad, de San Roque, donde serán reubicados Olarte y sus estudiantes. Foto: Sebastián Carvajal Bolívar.

     

     

     

  • Lenta libertad

    Esta es la historia de un viaje a la cuna de la especie de tortuga ribereña única en Colombia y cómo es el camino hacia su hábitat natural.

     

    Valentina Marín / periodico.contexto@upb.edu.co

     

    En ese “rinconcito de Colombia”, golpeado años atrás por el narcotráfico y el paramilitarismo, el plan que nos esperaba no se trataba del turismo morboso en una hacienda o en una cárcel secreta. Esta vez, seríamos testigos de cómo quince tortugas recién nacidas, de manchas amarillas diminutas en su nariz y patas del tamaño del dedo más pequeño del pie emprendieron su recorrido hacia el encuentro con su nuevo hogar entre el río y la selva.

     

    La sensación térmica de 40° centígrados, la ropa pegada por el sudor y la piel grasosa por el bloqueador no fueron impedimento para ver el resurgimiento de una comunidad a través del turismo sostenible, conocer a la guardiana de estas especies salvadas de ser mascotas o una cena familiar y vivir de cerca las lecciones de la naturaleza.

     

    ***

    La cita era muy temprano en la mañana, pero la lluvia, que no había mostrado rastro los días anteriores, decidió estar en todo su esplendor. La reunión de zancudos en nuestra piel como banquete había cesado, pero un árbol caído estaba bloqueando la única vía por la que se llega a la “Estación de la Alegría” o Estación Cocorná, nuestro destino.

     

    —¡Chicos, ya! ¡Nos vamos! —dijo Nicolás, el guía del grupo, haciéndole honor a la emoción que teníamos guardada desde Medellín y que se notó cuando en menos de un minuto yo ya estaba montada en el bus, aunque los viajes en carretera ya no sean mi plan favorito.

     

    Muchos árboles de poca altura y raíces grandes en medio de la sabana, ganado alrededor y campesinos a caballo intentando controlarlo, restaurantes y paraderos para los camioneros, plantas de fábricas gigantes, casitas de una sola pieza, el Hotel Dubái, el Santorini colombiano y hasta la posibilidad de estar en un Safari fueron el as bajo la manga del camino antes de llegar a Santiago Berrio.

     

    ***

    Santiago Berrio es un corregimiento del municipio de Puerto Triunfo. Allí en 1935 encontraron petróleo, instalaron una máquina de extracción y ni una gota le tocó al pueblo. Pero como la naturaleza es generosa, sí les dio el Río Claro Cocorná Sur, fuente de ingresos y principal sustento.

     

    El parque principal no era muy grande. El negocio donde antes se jugaba billar estaba abandonado, casi con el techo destruido, con olor a madera húmeda, rejas oxidadas y las paredes agrietadas. Había pocas casas alrededor, casi todas de madera, con las sábanas extendidas en el balcón y con algunos palos gruesos haciendo las veces de columna; niños de bermuda y sin camisa jugando en el campo de arena que servía de cancha y la única tienda ya tenía tres clientes tomando cerveza.

     

    Leonardo y Darío, dos habitantes de la vereda; vestidos de jean oscuro y camiseta de cuello; uno con sombrero y el otro pelinegro; pero ambos cincuentones y con los cachetes colorados por el sol, eran los conductores. Nos estaban esperando en dos motos Suzuki en los rieles de la estación del ferrocarril y ruta del único y más ágil vehículo en el corregimiento, el cual no tiene forma de tren, pero anda mejor que uno: el motorriel.

     

    Nicolás ya nos había mencionado cómo sería la llegada al tortugario. Sin embargo, ni las fotos ni las palabras lograron pintar en lo que consistía. Si en Cartagena hay carrozas y en Santa Fe de Antioquia mototaxis, en este lugar había dos tablones unidos por una soga desgastada, dos llantas de riel a lado y lado, sillas plásticas para los pasajeros y una soga más para unir la moto y llanta delantera a todo el montaje.

     

    No había de dónde sostenerse, tampoco había techo para protegerse, pero sí una vista panorámica de gallinas descuidadas atravesando la vía, perros con la cola metida entre las patas asustados por el ruido y gatos sentados en las ventanas. Casas de madera sin divisiones ni cortinas, techos de latas, solares enormes y fogones de leña. Niños jugando, madres amamantando a sus hijos y abuelos trabajando la tierra. Carteles con fotografías de políticos cubriendo las tejas y unas cuantas propagandas prometiendo el cuento de “pagar menos impuestos” en los postes de luz. Fueron casi 20 minutos a 40 kilómetros por hora aproximadamente, con el sol penetrando la piel y el viento enredando el cabello.

    La protección de especies de fauna local está vinculada a la oferta turística de Puerto Berrío.

    Cortesía: Santiago Upegui.

     

    ***

    —Ey, Chavita —saludaron enérgicamente desde la esquina a una señora de poca estatura, camisa manga larga gris, leggins cafés y aretas plateadas en forma de tortuga. Tez morena, cabello negro mezclado con algunas canas y uñas cortas decoradas con el “francés”.

    —¡Qué hubo, mi muchachito! —respondió con una sonrisa literalmente de oreja a oreja.

     

    Todos volteamos a verla y cuando con los brazos abiertos nos dijo “mi corazón salta de alegría de tenerlos aquí”, supimos que era la famosa Isabel, a quien solo había que escucharla o mirarla a los ojos para saber que alma, vida y corazón le pertenecen a sus “niñas”, como llama a los huéspedes del tortugario rescatados de ollas calientes, apartamentos, niños antojados y carreteras del país.

     

    Isabel Romero, guardiana de los recursos naturales, es casi el ángel de las tortugas. Creció sin mamá y toda la vida fue criada por su papá, un hombre dedicado a sus hijos y a las tantas mujeres que tuvo. Su última madrastra, como en un cuento infantil, no la quería y la educaron creyendo que su única labor era tener hijos y decirle al esposo cuando llegara de trabajar “venga mijo le limpio los zapatos y le llevo limonada”.

     

    Parte de eso lo cumplió. Tuvo cuatro hijos y hasta en los trabajos de parto le tuvo que pedir permiso a su esposo para ir al hospital porque él creía que lo que ella quería era “mostrar la cola por allá”. Aun así, siempre supo que su destino era diferente, que no pasaría toda la vida detrás de un hombre y se lanzó a crear lo que siempre quiso.

     

    Tiempo después empezó a estudiar, luego de hacerse una promesa y como condición para ser parte de la junta en el Comité de Conservación. El obstáculo ya no era el cuidado de sus hijos y mucho menos las esposas del papá, sino otra vez su esposo que no le daba permiso de ir porque, según él, “ella se iba a conseguir otro macho”. En contra de eso, se matriculó a una técnica en el SENA, presentó su proyecto de grado y consiguió su título. El Centro de Conservación de Tortugas de Río era la materialización de su sueño, lucha incansable, amor a sus “chiquitas” y un toque de desobediencia.

     

    ***

    El Tortugario estaba a unos pasos después del “Túnel del Amor”, un sendero romántico y refrescante en medio del calor. Una tortuga grande hecha en concreto, que cumplía la función de espantar a cualquier tipo de depredador, era la bienvenida a la casa de las “niñas”. Un sendero en piedra, muchos mosquitos y tortugas de diferentes especies caminando a paso lento o nadando eran los anfitriones del Centro. Estábamos junto a una especie que no se encontraba de forma natural en ninguna otra parte del mundo: la Ponodecmis Lewyana.

     

    —Les cuento que esta es la historia de un papá alcahueta, un niño antojado y una mordedura —nos dijo Chava mientras con dificultad se agachaba a buscar dentro del agua una tortuga asustada.

    —¡Ay mírela, ahí va! —le avisábamos emocionados cada vez que la veíamos pasar por sus pies.

    —¿Será que se fue a callejear? Es que no la he podido encontrar y está cieguita ¡Qué tal que viera! —respondió entre risas tocando el agua hasta que la pudo agarrar.

     

    Ziggy era el nombre de esa pequeñita con machas amarillas y verdes en su cabeza. Las patas traseras estaban tiesas, síntoma de que estaba enferma. Sus ojitos estaban cerrados, o más bien pegados, y cada vez que alguien le pasaba el dedo cerca de su boca intentaba agarrarlo, pero no le atinaba.

     

    Ella era “mordelona” y esa fue la razón por la que ese niño le cogió tanto miedo a su “mascota”. Cualquier día, el papá decidió encerrarla en un cuarto sin saber que al menos tres horas del día debía estar sumergida en agua. Le causó una conjuntivitis incurable y, por su condición, estaba obligada a morir en el tortugario o quedaría indefensa en el medio natural.

    Machi y Pancha también tenían su pasado. Ambas eran discapacitadas: Machi por un machetazo que le quitó parte de sus dedos y Pancha porque sus dueños pensaron que era muy divertido ponerla a nadar en una piscina, a pesar de que estaba hecha para todo menos para eso.

     

    Sin embargo, la consentida de la casa era Lupita, la más bebé. Los rostros de ternura y una que otra mano intentando tocarla no se hicieron esperar ante ese caparazón en miniatura. A su corta edad tampoco había corrido con la mejor de la suerte, pero tuvo un final feliz cuando fue rescatada.

    Una de las “egresadas” de La Estación de la Alegría. Foto: Santiago Upegui.

     

    ***

    Al compás de “síganme los buenos” y en fila india detrás de Isabel llegamos al auditorio. Un salón grande, casi al aire libre, con las paredes llenas de fotografías de distintas tortugas en diferentes poses y paisajes, una vitrina llena de porcelanas, artesanías y alcancías en todos los tamaños, motivos y colores, y algunos recortes de periódico enmarcados. Ahí me di cuenta de que este lugar tenía su historia por contar y que merecía tener más de esas cinco palabras frías como titular

     

    Entre su “saludo tortugólogo” y algunos secretos, nos contó que la temperatura define el sexo de las tortugas, que el plastrón de los machos es cóncavo y el de las hembras plano, que les encantan las proteínas y los vegetales, que vive enamorada de las más chiquitas y que cuando alguna de ellas la muerde, la perdona. Aunque lo que más llamó mi atención fueron esas dos ventanas, una con cortina rosado bebé y la otra azul oscuro, diferenciadas por dos pedazos de papel impresos en letra Arial mayúscula que decían “machos” y “hembras”.

     

    —Les vamos a mostrar lo más lindo que tenemos aquí —nos invitó emocionada a la ventana de cortina azul cuando su esposo le dio la señal.

     

    La sorpresa era un señor moreno, de manos grandes, bigote abundante y gorra del Junior de Barranquilla destapando con cuidado dos cubetas cuadradas y transparentes, llenas de arena y con seis huevos blancos separados entre sí.

     

    —Cada uno de ellos tiene su partida de nacimiento y fueron salvados de ser pisados por una vaca buscando comida o de la agresiva corriente del río —nos explicó.

     

    La premisa del Centro es no tener fauna en cautiverio, por eso el futuro de esos “niños” y “niñas” sería nacer, coger defensas debajo de la arena, pasar a la piscina de bebés, sanar su ombliguito y esperar a que alguien como nosotros la acompañe hasta el lugar donde debe estar.

     

    ***

    Ese territorio llamado Magdalena Medio ha ocupado los titulares más sangrientos de la prensa. Puerto Triunfo fue casa de uno de los narcotraficantes más peligrosos del mundo, autor de atentados y años violentos en el país, y en una de las orillas del Río Magdalena existió un sitio conocido como “Saca Mujeres” en donde “a los muertos los sacaban amontonados”.

     

    Según el Centro Nacional de Memoria Histórica, hay un registro de más de 320 cadáveres encontrados en el afluente desde 1982. Sin embargo, las cifras son inciertas porque es difícil encontrar a los muertos en el río y por esa razón “han sido el lugar preferido por los grupos armados”. Incluso, se ha dicho que si esas aguas hablaran, dirían los nombres de todas las víctimas que flotaron, a veces enteras y otras veces no, por sus aguas. El Río Claro Cocorná Sur terminaba su recorrido en el Río Magdalena y ese día sería testigo de la libertad. Era como si la naturaleza tuviera un mensaje.

     

    —Hoy cada uno de ustedes va a ser padrino y madrina de una tortuga que se encuentra a un paso de estar extinta del planeta —nos dijo Yamith, el hijo de Isabel, marcando el inicio de un momento muy importante para todos.

     

    Estábamos bajo un cielo azul clarito y despejado, y al frente del río que en un día sin lluvia es verde azul cristalino. Nos dieron la orden de organizarnos detrás de una línea marcada en la arena a unos cuantos pasos de la orilla. Ese era el punto de inicio de la carrera que estaba a punto de empezar y cada paso que ellas se quedaría guardado en su memoria con el propósito de poder regresar a ese mismo lugar a dejar los huevos de futuras nuevas especies.

     

    En mi cabeza estaban sonando los versos de la canción La Naturaleza, de Los Cafres que dice “la naturaleza te habla y enseña. Su mensaje es claro. No hay por qué entender implícitamente todo…” y estaba segura de que la naturaleza nos estaba hablando cuando ellas, a pesar de tener miedo, confiaron en nosotros sacando su cabeza del caparazón.

     

    Al fin ya la tenía en mis manos, empujando con sus patas traseras y viendo frente a sus ojos la inmensidad que se merecía. Me agaché para que no corriera peligro de caerse mientras Yamith nos decía “repitan después de mí: yo adopto esta tortuga y me comprometo a su cuidado y conservación”. Todos lo hicimos al unísono y luego pasamos al momento más esperado: “pueden soltarla cuando quieran”.

     

    La mayoría se fueron rápido, sin pensarlo y dispuestas a ser las ganadoras. Otras dieron pasos cortos, lentos y devolvieron al sentir que el agua las tocó. Sin embargo, algunas se despidieron. Se quedaron cerca de la orilla, nos hicieron creer que se iban, pero de la nada sacaron su nariz del agua y después se dejaron llevar por la corriente. Ahí fue cuando ocurrió la magia.

     

    A la que me eligió le deseé larga existencia, no caer en el pico de una garza o en las manos de otro papá alcahueta y bajo el atardecer dorado navegando el Río Magdalena me la imaginé nadando libre en ese río sin fin que estaba dejando atrás su historia del pasado para ser ese día un gran anfitrión de la vida.

     

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    Trabajo realizado en el curso Periodismo IV, orientado por la profesora Carolina Calle.