Es posible describir a la literatura como un medio de comunicación que permite vincular las expresiones personales con el medio y la sociedad. Hablando particularmente de la migración, proponemos el tópico referido a los movimientos forzosos como consecuencia del conflicto interno armado en Colombia.
María Isabel Villegas y Laura Rendón Aguirre / periodico.contexto@upb.edu.co
Un abuelo y su nieto trazan el escenario para intercambiar historias que hablan de la historia de violencia den nuestro país y de los caminos y distancias que ha trazado entre el campo y la ciudad. Este proyecto narrativo propone cuentos, podcast, crónicas, documentales cortos.
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Trabajo realizado en el curso Núcleo II (Narrativas) y sus laboratorios. Orientado por los profesores Ana María López, Daniel Santiago Cortés y Joaquín Gómez Meneses.
“Siempre me pregunto qué pasa, por qué este animal está acá y es importante que todo el mundo lo entienda… a ninguno de nosotros nos gustaba ver la fauna cautiva. Ahora, eso no significa que esta no cumpla una función”. Hace poco más de un año Jorge Aubad Echeverri se reunió con la Sociedad de Mejoras Públicas de Medellín para discutir el rumbo que le darían al antiguo Zoológico de Santa Fe; el resultado fue un cambio profundo y estructural que involucraría más que el nombre del lugar y era una necesidad para la ciudad, los animales y el equipo del establecimiento.
Darwin Ruiz Murcia lleva 9 años trabajando en el antiguo zoológico. Es zootecnista y se desempeña en el área nutricional del Parque: sabe qué deben comer los animales, cómo y cuándo; además, lidera el área de Investigación y Proyectos, nueva unidad encaminada con la reciente filosofía del lugar.
Hace 2 años había decidido irse del Zoológico Santa Fe; no veía venir el cambio que él creía necesario, pero antes de tomar una decisión definitiva, se reunió con el nuevo director. “Yo había optado por dar un paso al costado, después conocí el proyecto y me motivó mucho…yo dije: ‘sí, quiero ser parte de eso’, tomé la decisión de volver y estoy feliz porque va con la necesidad que yo tengo para mi vida”, recuerda Darwin.
“Somos muy ambiciosos, tenemos muchos sueños, estamos convencidos de que llegaremos a ello. El parque sabe para dónde va”. Jorge Aubad Echeverri.
Una parte fundamental del cambio en el Parque de la Conservación, se relaciona con la modificación de los hábitats de los animales en cautiverio; no solo se busca ampliarlos, sino que los recintos estén hechos bajo estándares clave de bienestar animal.
Las decisiones se toman teniendo en cuenta la voz y voto de todos los miembros. Darwin Ruiz ve un cambio de una estructura piramidal a una circular, donde se decide conjuntamente en los comités en los que participan representantes de las diferentes áreas.
Hábitat del oso de anteojos. Se encuentra en proceso de ampliación. Según el Parque, se han logrado 6 nacimientos de esta especie en el recinto. Foto por Valeria Trujillo Arenas.
El nacimiento de un zoológico
El Concejo de Medellín guarda la historia del Zoológico de Santa Fe, fundado el 11 de marzo de 1960, después de que Mercedes Sierra de Pérez donara en 1951 su hacienda a la Sociedad de Mejoras Públicas, si esta se comprometía a conservar la casa principal como un museo y a que el resto del terreno fuera un parque recreativo.
Darwin Ruiz recuerda que, en el antiguo zoológico, se hacía un trabajo de conservación, pero no en la magnitud actual, que involucra directamente a los ciudadanos en las dinámicas de la naturaleza y lleva a la gente a comprender que sus acciones afectan directamente la fauna y flora.
En vallas por todo el parque los visitantes encuentran información valiosa para comprender la función del espacio, el animal que están contemplando, la biohistoria (por qué el animal está allí), la problemática que amenaza la especie, su distribución y lo más importante: qué podemos hacer para conservarla.
Conservar las especies depende de todos
Jorge Aubad hace un énfasis en lo riesgoso que es traer especies invasoras que desequilibran todo un ecosistema, como actualmente se vive en el Magdalena con los hipopótamos. Una situación como esta puede traer consecuencias fatales para el ser humano u otras especies, pues cada una tiene sus propias enfermedades y el contacto indiscriminado puede conducir a situaciones como la transmisión del SARS-CoV-2 u otras enfermedades zoonóticas.
<< Gracias a la información de las vallas del Parque, sabemos que estas guacamayas fueron remitidas por la autoridad ambiental, víctimas del tráfico de fauna. También conocemos el nombre de las 5 variaciones de la especie. Foto por Valeria Trujillo Arenas.
Otra situación es el tráfico de fauna. La mayoría de los animales que se encuentran en el Parque de la Conservación han sido víctimas de este delito.
Silvia Pezzetta, del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas, escribe en su artículo, La disputa sobre los derechos de los demás animales: El caso del zoológico de la ciudad de Buenos Aires (Argentina) que: “Para los animales salvajes, la vida en un zoológico nunca podrá satisfacer sus necesidades porque su característica fundamental es que viven sus vidas sin necesidad de la asistencia humana”.
Por ello, el Parque de la Conservación proyecta un trabajo también fuera de sus muros: “Nuestra filosofía es hacer investigación para poder salvar animales que están en peligro de extinción, hacer conservación y no solamente a nivel de fauna sino también ecosistémico y, por encima de eso, tener un muy buen bienestar animal de los individuos que están aquí y que seguramente van a continuar con nuestro programa de conservación”, explica Darwin Ruiz.
El zootecnista Darwin Ruiz resalta que en el país se han hecho varios proyectos de conservación ex situ como el Plan Nacional para la Conservación del Cóndor Andino. Al respecto, Ruiz aclara: “No vale de nada que yo esté reproduciendo cóndores si finalmente los voy a liberar y no sé si van a sobrevivir, de qué se van a alimentar… es súper importante desarrollar estrategias in situ, allá donde el animal pertenece para saber cómo es la ecología, las dinámicas poblacionales, las amenazas que tienen, si tienen espacio para vivir, animales para reproducirse”, afirma el zootecnista del Parque.
El director Jorge Aubad también señala su compromiso con esta propuesta de trabajar por fuera del Parque; decidió que todo el conocimiento que se ha generado puertas adentro gracias a muchos años de manejo de fauna silvestre se debía poner al servicio de la conservación más allá de las hectáreas que pertenecen al Parque.
A mediano plazo, otra de las metas es la creación de otras sedes que fortalezcan los programas de conservación, como cuando se presenta la necesidad de llevar a ciertos individuos a un lugar más tranquilo, fuera de la vista del público para su monitoreo.
La biohistoria que permite ver la valla en el recinto del león y la leona, deja saber que este ejemplar fue incautado en 2010 por las autoridades en el Bajo Cauca antioqueño. Foto por Valeria Trujillo Arenas.
¿Y la liberación de los animales en cautiverio?
“Las normas no deben decir qué tanto dolor podemos administrar a un animal, ni las dimensiones del lugar de encierro, el material del que estará hecho su infierno o cuán largas habrán de ser las cadenas. Por el contrario, el derecho debe ser la herramienta concreta que finalice esa situación de subyugación, pues el reconocimiento de una dignidad que está presente también en los animales debería llevarnos a una autolimitación de la libertad en favor de su integridad y de su vida”, afirma Juan Camilo Rúa Serna, abogado de la Universidad de Antioquia en su artículo Liberar un ruiseñor: una teoría de los derechos para los animales desde el enfoque abolicionista.
Frente a lo anterior y los demás interrogantes sobre la liberación de los animales que están en cautiverio, el zootecnista del Parque de la Conservación considera que esto tiene muchísimos limitantes por el mismo estado de los animales.
El dragón barbudo se comercia como animal de compañía. El problema tiende a aumentar, estimulado por el cine, la televisión y las redes sociales. Foto por Valeria Trujillo Arenas. >>
Darwin Ruiz explica que todos los animales que han estado en zoológicos o bioparques han generado una impronta, es decir, se han acostumbrado a sus cuidadores, a las personas, al público.
“Es crear como un vínculo donde el animal ya no ve al humano como una amenaza y va a huir, sino que lo buscará porque es quien lo alimenta y lo cuida, es difícil liberar un animal en estas condiciones porque pueden ocurrir accidentes”, indica el zootecnista.
Según Ruiz, el acondicionamiento que se hace con los animales busca su bienestar; en los procedimientos médicos, anteriormente se tenía que capturar al animal a la fuerza, anestesiarlo. Hoy, el acondicionamiento en que se premia al animal, se pueden tomar muestras o hacer una curación o revisión en algunos casos
En su artículo El futuro de los zoológicos del siglo XXI. Una propuesta para tiempos de extinción, José Miguel Esteban y Armando Martell, citan el plantemiento del filósofo ambiental a Jozef Keulartz, según la cual el fin de toda cautividad animal “equivale a resignarse a la extinción antropogénica de especies”.
“Seguramente ningún animal del Parque se va a poder liberar porque es muy complicado por la serie de comportamientos que ya han adquirido, hay animales que llevan 30 40 años acá. No sería responsable por parte de nosotros ni de la autoridad ambiental hacer ese tipo de liberaciones”, Darwin Ruiz.
La autoridad ambiental es quien gestiona las liberaciones de los animales en cautiverio, no el Parque pues los animales están encargados de su tenencia y cuidado; no son propiedad y, en algunos casos, sirven como reproductores para que sus hijos puedan ser posteriormente liberados y ayuden a aumentar la población de sus especies.
“Nosotros nos encargamos del bienestar, le decimos a la comunidad por qué ese animal está ahí, cómo llegó y eso es lo importante, porque hay animales que no pueden ser devueltos a su medio natural y no es culpa nuestra ni de las autoridades sino de una cultura que no ha sabido convivir con su entorno natural y ha retenido estos animales y después estos tienen una serie de traumas y enfermedades que no les permite ser liberados, no podrían sobrevivir, no saben convivir con miembros de la propia especie”, afirma Jorge Aubad Echeverri.
La tarea de educar
La sensación de que el zoológico necesitaba una transformación drástica la sentían los miembros del Parque. Estos cambios implicaban un público con la misma disposición. Aunque el director del Parque de la Conservación esperaba un poco más de resistencia, considera que la acogida de las novedades ha sido buena entre los visitantes e incluso algunas organizaciones animalistas.
<< Ejemplar de iguanidae o iguana, se encuentra en casi todo el Parque deambulando. Foto por Valeria Trujillo Arenas.
Darwin Ruiz apunta que todavía hay personas que intentan tocar a los animales; hablan de un zoológico, no de un Parque, creen que los animales deben hacer un show, les tiran comida, golpean los vidrios, a pesar de lo letreros que prohíben hacerlo; hay quienes pasan de largo y solo se deslumbran con la presencia del animal. Según Ruiz, son cada vez más las personas que leen con detenimiento e incluso preguntan por detalles.
“El Parque no es para todo el mundo sino para aquellos que quieran disfrutar realmente de la naturaleza, la biodiversidad y entiendan que hay una problemática en la que estamos todos trabajando. No es un circo y es importante definir ese público el cual queremos que sea cada vez más amplio”, considera Jorge Aubad.
El Parque tiene convenios con universidades para las pasantías en diferentes áreas como veterinaria, biología, nutrición e incluso comunicación; sin embargo, espacios como los voluntariados aún no serán posibles ya que hay muchas restricciones a nivel legal por la existencia de riesgos, las condiciones y conocimientos del voluntario para el manejo de fauna, entre otras circunstancias.
No obstante, la gran meta es consolidar este espacio como símbolo del compromiso que debe tener la comunidad en contra de la comercialización de la fauna silvestre. Por ello, la prioridad es la mejora de las instalaciones, para lo cual la Sociedad de Mejoras Públicas de Medellín y el Área Metropolitana del Valle de Aburrá, como autoridad ambiental en la ciudad, han hecho aportes significativos.
Una inmersión a vivir los esfuerzos del día a día campesino
María Antonia Echeverri Garzón / mariaa.echeverri@upb.edu.co
En las jornadas del campo es usual adelantársele hasta al sol. Foto: María Antonia Echeverry.
La neblina cubría las montañas y el sol aún no salía. Eran las 5:30 a.m. una hora que para mí era extraña, pero para los campesinos de la zona ya era tarde. A lo lejos se escuchaba la maquina de abono de la floristería y abajo, en los nacimientos, don Rafael arriando los terneros. Aquel día me esperaba una muestra de lo que un campesino vive día a día, para poder comer y mantener a su familia.
La noche anterior había acordado con Verónica, una de las campesinas de la vereda, en acompañarla a coger la última cosecha de frijol seco hasta medio día. Las botas pantaneras, la camiseta de manga larga, unos buenos guantes, mi sombrero y los jeans más cómodos y desgastados que tenía habían sido mi elección para trabajar. A los campesinos se les suele apreciar con sus ropas desgastadas, y esto es porque trabajar la tierra implica quizás ensuciar, manchar o, en el peor de los casos, rasgar la ropa. Escuchar decir “Ombe, cómo va a utilizar la ropita buena pa’ eso”, se convierte en el sustento para decidir qué vestir para un día de trabajo.
La llegada
El cultivo donde íbamos a trabajar quedaba unas fincas más allá de la mía. Eran las 5:40 a.m. íbamos por la carretera destapada, evitando los huecos en la moto y tratando que el viento no nos levantara el sombrero. Desde el portillo, doña Marta, la madre de Verónica, nos vio llegar y, con solo bajarnos de la moto, ya nos estaba entregando dos pocillos a rebosar con milo caliente y unos buñuelos en forma de rosca. Yo ya había desayunado, pero por esa alegría de darnos algo para comenzar un día largo y poder tener alientos, lo recibí. Aún no eran las seis y a la vaquita que tenía montaña abajo, don Guillermo, el papá de Verónica, ya la había ordeñado.
Los pocillos fríos y vacíos nos indicaban que ya era de comenzar. Para llegar al entablado que sostiene las enredaderas donde crece el frijol, había que bajar por un camino en zigzag lleno de barro amarillo que parecía una pista jabonosa ya que había llovido durante toda la media noche. Verónica bajaba como si no existiera posibilidad alguna de resbalar y salir rodando. Las botas le daban agarre y la confianza que me la demostraba con su sonrisa simpática y tranquila. Yo no me podía dar esos lujos, baje con cuidado. “Hay caminos peores”, me decía mientras se reía por mi forma de lograr equilibrio cada que medio pisaba en falso.
El cultivo
El cultivo pertenecía a su familia y esta era la última cogida, el frijol ya seco. El frijol, la papa y el maíz son los tres productos principales del municipio, San Vicente Ferrer. Esto debido al clima frío dado por su altura. A partir del atardecer, la temperatura de esos días descendía hasta 12°C.
El lote estaba cubierto de muchas hileras, con espacios entre cada una. La tierra tenía surcos y al estar inclinadas, se veía a cada hilera como una escalera. Las enredaderas que un tiempo antes tenían un verde vivo, aquel día el café era protagonista. Al caminar entre ellas se podía escuchar el crujir de las hojas que ya secas y marchitas habían caído.
<< Se afina también el ojo para reconocer la calidad del grano incluso sin abrir la vaina. Foto: María Antonia Echeverry.
La cogida
Era frijol cargamanto rojo, tenía una vaina larga y esta vez la semilla que habían sembrado daba un grano menos redondo; pero tal cual se conoce, color café claro con manchitas rojas.
Para empezar, Verónica me dio mi costal, era azul, con una capacidad de entre 50 y 60 kilos y me indicó la hilera, empezamos de abajo hacia arriba. Ella y su papá me enseñaron que el truco para coger las vainas es tratar de arrancarlas de un halón y recoger la mayor cantidad posible en la mano. Al iniciar, la mañana estaba fresca, con el cielo nublado y eso facilitaba todo. Recuerdo que no alcanzaba las enredaderas más altas y don Guillermo me sonreía y me las bajaba. La concentración era fundamental para observar bien que cada rama había quedado totalmente limpia.
Las conversaciones
Las primeras hileras eran a buen ritmo, hablamos de amor y de las simplezas de este mientras de fondo se escuchaba rancheras de un radio que surcos más arriba habíamos dejado. Ella me contaba que el amor con su esposo había cambiado: “Creen que porque uno ya está casado no le gustan los detallitos”, me decía con el ceño fruncido. Su esposo, Pachito, cuando eran novios la llenaba de regalos y ahora eso escaseaba, todo se había vuelto más complicado. A pesar de todo, ella no había dejado de ver el amor como algo bonito. Yo hacía mis esfuerzos por llevar el hilo de la conversación, pero debía estar atenta a no dejar caer o no arrancar alguna vaina, si hablaba mucho me perdía de la enredadera en la que iba y ya las piernas me estaban empezado a arder.
Al ser la ultima cogida antes de tumbar el entablado, la cosecha era menos, pero sin importar eso, el costal se llenaba y se sentía en mi hombro cada que necesitaba moverlo. 10 kilos, 20 kilos, 30 kilos… eso era mínimo, la velocidad con la que recogía era despaciosa y mi cansancio de estar todo el tiempo de pie era absurdo a comparación con el trabajo que habían hecho los demás.
El paisaje campesino es como una colcha de retazos tejida a golpes de azadón.
Foto: María Antonia Echeverry.
Huevitos en mantequilla
Eran casi las 9:30 a.m. y estábamos rellenando los costales, un trabajo que requiere fuerza para tratar de presionar todos los granos en sus vainas y hacer más espacio. El sol se asomaba y con él, el calor de la mañana nos empezaba a debilitar. Verónica había llevado desayuno en su moral. Recostamos un tronco, y ahí nos sentamos. La primera coca era de las arepas, la segunda de un quesito campesino miniatura, la tercera de la mantequilla. Por último, la de los huevos, que eran especiales. Alguna vez escuchó de mi familia que no me gusta el tomate y al entregármela me dijo: “Yo estaba muy animada haciéndole huevitos con tomate y cebolla cuando me acordé que eso a usted no le gusta. Entonces se los hice en mantequilla”. Un gran detalle, yo iba a trabajar, la comida no estaba en mis planes y sin importar, me complacían. La botella del chocolate se le había quedado así que desayunamos con jugo que ella había preparado para estar tomando mientras trabajábamos.
Mientras comía veía como sus manos se habían agrandado y cómo, sin usar guantes, no tenia ni una sola herida. La costumbre, pensé.
Los bultos
Habíamos terminado y apenas era medio día. Entre los tres se había logrado recoger casi 200 kilos, pero el camino del lote a la casa con ese peso en las espaldas era una odisea con muchas pausas. Después de un rato se logró subir todo lo recogido y como ellos decían: “Estuvimos de buenas”, habíamos tenido bueno clima, aunque el sol, después del desayuno nos había golpeado un poco fuerte. Porque, aunque el cultivo estuviera un poco lejos de la casa, hay otros más difíciles de acceder. Porque al final lo habíamos logrado y recogimos la última cosecha del cultivo.
La tormenta tropical ETA pasó justo cuando el archipiélago se la juega por la implementación responsable y efectiva de los protocolos de bioseguridad para recuperar su vida turística y su economía.
Por: Luisa Sepúlveda.
San Andrés se ha catalogado como uno de los destinos turísticos más apetecibles para viajar, conocer y disfrutar de la experiencia que brinda este paraíso en medio del mar. Desde el 25 de marzo se decretó en toda Colombia el aislamiento preventivo obligatorio, las islas del archipiélago se atuvieron a este mandato y durante los meses de confinamiento si industria turística no tuvo ingresos. Cuando, según datos de la Cámara de Comercio de San Andrés, cerca de 2.500 visitantes nacionales habían regresado desde la apertura, la tormenta ETA llegó para imponer retos mayores a la recuperación.
“Se ha trabajado duro de la mano de la Secretaría de Turismo, para que los establecimientos y los prestadores de servicios turísticos conozcan y puedan aplicar las medidas de bioseguridad. La Secretaría de Turismo lleva varios meses haciendo sensibilizaciones de bioseguridad para que esto pueda llevarse a cabo”, expresó Hans Burtscher, coordinador del área de capacitaciones de la Secretaría de Turismo en San Andrés.
El transporte para actividades recreativas asumió protocolos basados en el control de capacidad.
Foto: Cortesía.
La Isla ha sido uno de los lugares más afectados por la pandemia, puesto que debe sus ingresos en un 90% a las personas que la visitan. Desde el 1 de septiembre el aeropuerto de San Andrés abrió sus puertas con los debidos protocolos de bioseguridad, como el lavado de manos y el distanciamiento social y, si bien se ordenó la prueba de antígeno para descartar posibles contagios del virus que pusieran en riesgo a los habitantes de la Isla, el pasado 24 de septiembre el Ministerio de Salud indicó que la prueba no será requerida a los viajeros para entrar.
La ingeniera ambiental, Zaira Abrahams, está capacitada para hacer seguimiento a los hoteles con el fin de garantizar un paseo bioseguro a los turistas. Afirmó que alrededor de un 30% de los hoteles de la Isla están en funcionamiento, debido a que, el 70% restante no ha contado con la posibilidad de implementar todas las medidas necesarias y requeridas para brindar un servicio de calidad y seguridad a los turistas o están en espera del aval por parte de la Secretaría de Salud para reactivarse y reanudar sus actividades.
Los hoteles pertenecientes a ese 30% mencionado por la ingeniera ambiental, ya cumplen con los requerimientos exigidos para su funcionamiento, como la implementación de los puntos de desinfección en los espacios estratégicos, tapete desinfectante para el calzado, dispensadores de gel antibacterial y alcohol, distanciamiento, además del uso de colchones y almohadas antifluido o con su respectivo forro, también la caneca roja para el deshecho de los tapabocas es un aspecto que han efectuado estos hoteles, entre otras medidas preventivas.
Yasmin Sepúlveda, gerente del Hostal El Vecino, afirma que constantemente se les hace seguimiento a los turistas que se hospedan en el hostal, para que cumplan los protocolos exigidos de cuidado individual; diariamente deben llenar los visitantes una encuesta relacionada con los síntomas que puedan presentar.
También afirmó que desde que reanudaron su actividad en el hostal, exactamente el 5 de octubre, hasta la fecha, han recibido cerca del 10% de huéspedes de lo que era habitual antes de la pandemia. Aun así, desde el primer momento que llegan los turistas, se ponen en práctica las medidas pertinentes, como la toma de temperatura, deben poner su calzado en el tapete desinfectante, las maletas se rocían con solución de hipoclorito de sodio, el debido lavado de manos y luego deben proceder a echarse gel antibacterial y solo una persona puede quedarse en os trámites de recepción.
La Secretaría de Turismo en San Andrés, desde el área de capacitaciones, puso en marcha un curso de servicio al cliente para los prestadores de servicios turísticos en la Isla, con el fin de garantizar un servicio de calidad con los protocolos necesarios, explicó el coordinador del área de Capacitaciones de la Secretaría de Turismo, Hans Burtscher.
Además, la Gobernación del Archipiélago de San Andrés, Providencia y Santa Catalina, mediante un comunicado, informó que desde el pasado 15 de octubre se dio la apertura oficial de las playas de Spratt Bight como prueba piloto, con todos los protocolos de bioseguridad para el disfrute de residentes y turistas.
El gobernador Alen Jay Stephens, junto con varios miembros de su gabinete, hicieron la debida inspección a la playa Spratt Bight; en donde se tomaron algunas medidas y restricciones para ingresar, entre las que se destacan la toma de temperatura, el uso constante de tapabocas excepto al momento de entrar a la playa, y se le exigirá tanto a turistas como a residentes contar con la aplicación CoronaApp para su registro.
<< Desinfección y toma de temperatura. Rutinas en los establecimientos públicos de San Andres.
Julio Iglesias, más conocido como “Tolú” es operador turístico en la Isla, conduce una lancha para transportar a los visitantes a los cayos cercanos a San Andrés. La capacidad máxima de su lancha es de 50 personas, pero en este tiempo debe reducirla a 25 para cumplir con las medidas de cuidado; además, en cada viaje tiene en cuenta la medición de temperatura y el uso de tapabocas antes del abordaje al único cayo abierto al público, Johnny Cay. “Tolú” habla del sacrificio que ello implica, pero defiende su compromiso y el de los demás operadores turísticos de la Isla con un buen servicio a los visitantes que ahora incluye evitar los contagios .
En el único hospital de la Isla, siempre y cuando no sea una emergencia, los pacientes son atendidos de acuerdo con el pico y cédula, deben cumplir con el distanciamiento establecido de un metro y cumplir con la hora acordada de la cita para evitar aglomeraciones en la sala de espera.
Rafael Castaño es comerciante de la isla, afirmó que, aunque para su gremio no hubo capacitaciones sobre los cuidados que deben tener, la Secretaría de Salud visita los establecimientos para asegurar el cumplimiento de las medidas y los protocolos de bioseguridad, exigidos y avalados por el Ministerio de Salud, para poder operar y abrir las puertas de sus negocios: tapete de desinfección con hipoclorito de sodio, distanciamiento de un metro, límite de personas en el recinto, uso de tapabocas obligatorio para personal y clientes, toma de temperatura a cada persona que ingresa y uso obligatorio de antibacterial al entra al establecimiento.
Hace pocos minutos -CDGDR- declara la calamidad Pública en el Archipiélago de San Andrés, Providencia y Santa Catalina tras paso del Huracán #ETA, luego de hacer un recorrido por las principales zonas afectadas y evaluar los daños. pic.twitter.com/Fuld9gNirl
Aunque la cantidad de visitantes sea menor, los prestadores de servicios turísticos continúan adaptándose a una nueva forma de operar. Justo cuando se decía que un nuevo cierre conllevaría una crisis económica más acentuada, la reactivación del turismo en San Andrés y las demás islas del archipiélago fue puesta a prueba por el paso de la tormenta tropical ETA, cuyos vientos, lluvias y marejadas dejaron cerca de 21 familias damnificadas y arrasaron restaurantes, talleres y afectaron carreteras, según informó el Consejo Departamental para la Gestión del Riesgo de Desastres del Archipiélago, en el que se esperan nuevos coletazos, no solo del fenómeno climático, sino de la pandemia por COVID-19.
A Witotto le tomó una corazonada y un impulso tirarse de la esquina del bowl. Solo podía confiar en sus habilidades y en que su tabla, la que lo acompaña en el último año, no fallara en ese momento en que las miradas inquietas de los espectadores seguían cada movimiento. De su frente chorreaba sudor hasta su nuca, hacía que su pelo se adhiriera a esta y el viento le ondeaba la ancha camiseta que usaba. Para él, esto significa “abrazar la libertad”. Así empieza su jornada en el Parque de Ruedas de la 4 Sur.
Cuando se hacen las cuatro de la tarde, este adolescente de 17 años, con rostro de quien la infancia no lo abandona, recoge su chaza surtida con golosinas y cigarrillos para venderlos en todo el complejo deportivo de mil 800 metros cuadrados para la recreación y práctica de skate, BMX y roller.
Fue desde los 12 años que Witotto conoció la vida sobre ruedas, después de salir de la Fundación Hogares Claret, la misma que lo ayudó a enfrentar la soledad de las noches en la calle. Hoy afirma con sinceridad que el skate le “salvó la vida”. Pues luego de estar internado 11 meses en esa fundación, terminó viviendo a su suerte en skateparks durante tres años y el de la 4 Sur se convirtió en su hogar principal.
En este parque encontró la manera de vivir, en una carpa guardaba su ropa, juguetes y su tabla. El gran techo de concreto de 560 metros de longitud fue su gran refugio de la lluvia o los incandescentes rayos de sol fue, el puente Gilberto Echeverri Mejía que conecta a Guayabal con el Poblado.
La relación de los skaters, adolescentes que practican este deporte urbano, se ha configurado en su totalidad como una tribu urbana. Esto es el resultado de la lucha que han emprendido para abrirse espacio frente a los deportes tradicionales. “Algunos jóvenes toman la decisión de practicar el skate como estilo de vida y otros como evasión de su entorno familiar y social. Entonces, el acto heroico de la tabla, de la pirueta y su celebración es una forma de sublimar ese sentimiento que tienen hacia la sociedad”, explicó Gregorio Enrique Gómez, antropólogo y escritor.
Con la chaza al frente y el entusiasmo recargado, el chacero sigue su recorrido, pero una voz blanca lo detiene: “Witotto, detálleme unas papas”, el pedido sale de un niño de 12 años apodado Pepito, que frecuenta el lugar con su hermano, mayor por un año. Cada uno tenía su respectiva tabla y en los bolsillos nada más que el ánimo de alejarse de San Javier, el barrio que los ha tratado como “gamines”. Por eso, es que desde los ocho años para este niño el skate se convirtió en “la oportunidad de olvidar las “Convivir” y los que manejan el barrio”.
El dueño de la chaza le da a escoger entre sus comestibles, conmovido por la mirada cándida que Pepito y porque conoce muy bien la situación de su amigo. El niño, que hasta ahora había logrado evadir el hambre, escoge una Nucita y no le importa que sus manos estén sucias; al contrario, se relame hasta los nudillos recién tatuados de su mano derecha.
Witotto, quien se había ido por unos instantes, regresa con una sonrisa y en la pretina de su pantalón tres bolsas de cierre hermético, cada una con por lo menos cinco baretos. Se trataba de un pedido que un par de hombres extranjeros le habían hecho al muchacho que conoce bastante bien el parque y sus plazas de vicio.
Por ese favor recibió uno de los cigarrillos de marihuana y un par de pesos como recompensa. Los “conspiros” son otra manera de sobrevivir y llevar dinero a su casa en Campo Amor, donde vive con su madre que también es vendedora informal.
Raspando lo último que queda de su chocolate y para no desperdiciar ni un poco del dulce, como si se tratara de pintar un dibujo, Pepito decide embadurnar la superficie del bareto que su amigo le acaba de pasar porque “así va a coger sabor el plon”. Da una, dos, tres caladas y luego expulsa una bocanada de humo que estuvo conteniendo. El sonido de su tos seca lo lleva al recuerdo del día en que, a los ocho años, probó la marihuana por primera vez.
Al cabo de un rato se pone en pie y toma su tabla para deslizarse por todas las rampas. Su flacucho cuerpo sale disparado en cada una de las pendientes y en su rostro se instala una sonrisa cuando consigue hacer un truco, uno de esos que parecen que van a terminar en una caída estrepitosa. Sin embargo, logra mantener sus pies firmes junto con la estabilidad y sigue rodando hasta llegar a un grupo de adolescentes envueltos en una nube de humo. Se queda allí.
Pepito conoció el skate de la mano de la marihuana. Los skateparks se convirtieron en su lugar favorito y el miedo a vivir en la calle se evaporó con el humo de cada bareto. Cuando su madre se enteró del consumo de esta droga, le dijo que “no quería tener gamines en la casa y que se fuera”, así recuerda las dos semanas que vivió en el Skatepark Estadio, cuando tenía 10 años.
Mientras tanto, Chinga, el hermano de Pepito, llega en una bicicleta y tuerce la boca, en gesto de desagrado, cuando percibe el olor a marihuana. La probó por primera vez junto con Pepito, pero la sensación de que la vida se le iba y el no poder controlar su cuerpo lo llevaron a decidir que solo lo haría ocasionalmente o en las noches, cuando los pensamientos le robaran el sueño. Por eso, aunque siempre está pendiente de su hermano, prefiere no mantenerse con él. Ese ambiente no es lo que le gusta.
Con la frente chorreando sudor, esta vez por haber recorrido todo el parque, y con la chaza vacía poco más de la mitad, Witotto se sienta en un muro mientras queda embelesado por los movimientos en el bowl. Esta vez él es el espectador y no quiere perderse ni un traspié.
Con la mirada desbordada por la ilusión, comenta que su sueño es poder graduarse del colegio para ser profesor de skate. Pero ese sueño se ve frustrado porque hace tiempo, tras una seguidilla de infortunios, sus papeles escolares se perdieron. Aun así, su mamá lo apoya y lo anima para que no desista del sueño que lo salvó y mantuvo con vida.
La noche cae sobre sus hombros y los días le traen la mayoría de edad, Witotto no puede esperar para cumplir su sueño. “No soy el mejor con la tabla, pero tengo algo para dar y toda la humildad para hacerlo”, dice mientras saca una chupeta de su chaza y mira, sin espabilar, los muchachos que siguen sobre las ruedas.
En un espacio pensado para el deporte confluyen también numerosas historias de vida. La imagen corresponde al evento Barbeque Contest en 2018. Foto: Telemedellín
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Trabajo realizado para el curso Periodismo IV, orientado por el profesor Juan Carlos Ceballos Sepúlveda.
Impactos locales de la crisis global. Una mirada desde dos puntos diversos de la geografía nacional que deja en evidencia los rasgos de cada región y los problemas del centralismo predominante en el país.
Las crisis por la pandemia han marcado con huella imborrable la vida de todas las personas a lo largo y ancho del globo. En medio de la aflicción y la alerta por lo que sigue siendo una amenaza incógnita sobre la salud integral, sino también sobre los hábitos y costumbres de una sociedad que ha visto de frente muchos de sus peores problemas en estas semanas, como ha sucedido en nuestro país con el hambre, la falta de servicios públicos y la escasez de hospitales e insumos médicos.
Colombia es uno de los países latinoamericanos menos afectados, a juzgar por las cifras de personas enfermas y fallecidas, respecto de lo que pasa con vecinos como Brasil o socios comerciales como México y Chile. Desde el 18 de marzo, el presidente Iván Duque anunció un conjunto de medidas que el Gobierno Nacional ha precisado, para contrarrestar el virus en medio de la declaratoria de Estado de Emergencia.
Algunas de las medidas consisten en la provisión de recursos para el sistema de salud para los requerimientos en materia hospitalaria; giros adicionales para más de 10 millones de colombianos beneficiarios de Familias en Acción, Jóvenes en Acción, Colombia Mayor y otros que ahora necesitan ayuda al quedarse sin fuentes de ingresos; servicio gratuito de agua para un millón de familias que carecían de ello por falta de pago; devolución del IVA para la población más vulnerable del país y créditos mediante el Fondo Nacional de Garantías para el acceso financiero de las pequeñas y medianas empresas.
Aún cuando se anunció para el 31 de mayo el fin de la cuarentena obligatoria, todavía es incierto el comportamiento del virus; más en contextos en los que el riesgo se mezcla con otros problemas. Riohacha, Buenaventura, Montería, Valledupar, Sincelejo, Ciénaga, para mencionar solo ciudades capitales e intermedias son ejemplos de localidades donde la pandemia y las medidas de prevención llegó mientras persisten situaciones de hambre, falta de aguas limpias e instalaciones de salud adecuadas. Realidades que como la de Leticia, principal foco del virus por estos días debido a la debilidad de su sistema sanitario, contrastan con las de grandes capitales que incluso se proyectan como modelos o respaldo para otras regiones como Medellín o Bogotá.
Cisneros, con la “rienda cortica”
Por su historia con el ferrocarril, Cisneros es uno de los principales puntos de referencia del Nordeste antioqueño.
Foto: Juan Guillermo Arenas.
Este municipio ubicado al nordeste del departamento de Antioquia limita al norte con el municipio de Yolombó y al sur con Santo Domingo, con una superficie de 46 kilómetros y una altitud de 1050 metros sobre el nivel del mar.
El 3 de febrero de 1910, fue fundado por Francisco Javier Cisneros, el ingeniero cubano gestor del Ferrocarril de Antioquia, cuya obra dio paso al mercado de las industrias y comercios de Medellín, transformando el territorio habitado años atrás por indígenas Tahamíes, en una ruta para las actividades económicas.
Su categoría como municipio fue tomada en 1923 y desde entonces sus actividades financieras han crecido en sectores como el turismo, la agricultura de caña de azúcar y café, la ganadería de leche y carne, la minería de oro y plata y, por supuesto, el comercio que beneficia a sus 9.775 habitantes, según cifras del censo de 2018.
Ante la pandemia por coronavirus, el alcalde del municipio ha impuesto medidas de aislamiento para toda la población, apoyado en la vigilancia y gestión de la Policía Nacional. Los controles estrictos no impidieron que el virus se presentara. Álvaro Helvert Isaza Cadavid, conductor de la ambulancia del municipio, fue testigo de excepción en la llegada del virus en esta pequeña localidad del nordeste antioqueño.
Un paciente procedente de la vereda La Manuela del vecino municipio de Santo Domingo, fue trasladado en una de las ambulancias de la compañía minera Antioquia Gold, el pasado siete de abril al hospital E.S.E. San Antonio Cisneros; su ingreso se dio en las horas de la mañana con un registro de síntomas de dolor abdominal.
Al momento del ingreso se realizó la respectiva valoración por parte del equipo médico en servicio. Después de diversos análisis se llegó al diagnóstico de una hernia inguinal, razón por la cual debía ser trasladado a la ciudad de Medellín, donde se cuenta con mayor capacidad para un diagnóstico preciso y los procedimientos quirúrgicos adecuados para el caso que se había identificado al momento. El paciente en cuestión fue trasladado en las horas de la tarde y recibido en el hospital La María, con todas las precauciones necesarias.
Un día después de la operación de hernia, el paciente comenzó a presentar dificultad respiratoria y reveló que días antes había fiebre y gripe. Los médicos encargados procedieron a realizar una prueba de rayos x que mostró que los pulmones estaban congestionados. La prueba para COVID-19 que se realizó de inmediato dio positivo, lo que obligó a envíar la información al hospital remitente, a 86 kilómetros de camino.
Las cinco personas que tuvieron contacto con el paciente fueron puestas en cuarentena, la empresa VINUS (vías del Nus) se dio a la tarea de realizar la desinfección tanto del hospital como de las calles del municipio.
La noticia también tuvo efectos indeseados, como actos de acoso al personal médico, originados en el temor de la comunidad. Ane la situación, la gerente del hospital, Claudia Lucía Barrera, hizo un llamado al respeto, con el apoyo de medios locales de comunicación como Mi Cisneros. “Algunos establecimientos se negaron a atender al equipo médico. Esto me causó mucho dolor y por dicha razón me ofrecí públicamente con un amigo a gestionar las necesidades de compras de estas personas; al fin de cuentas, somos la prensa al servicio de la comunidad, tenemos la ventaja de estar libres las 24 horas para informar, con la característica de reciprocidad que apoya a todo el personal de comercio, autoridades y Alcaldía”, relató Juan Guillermo Arenas Marín, director del medio informativo.
Los rumores hablaban de confinamiento del hospital y azuzaban los ánimos a partir de algunas inconformidades que surgieron por las medidas de cuarentena. Los chismes hicieron más difícil el trabajo de las autoridades.
Juan Camilo Ortiz Pérez, coordinador médico del hospital de Cisneros explica:
“Cuando se tuvo la información de que el paciente atendido dio para positivo, de inmediato les informamos a todas las personas que tuvieron contacto con él por más de 15 minutos; en este caso fueron cinco funcionarios y la persona que lo acompañaba. Se les dice que deben estar en cuarentena, que vamos a realizar el seguimiento”. El equipo constató la información sobre el paciente para verificar si era el mismo diagnóstico de la persona que había dado positivo para el virus y evitar un error del momento.
“Durante los días de aislamiento preventivo obligatorio se hizo un seguimiento forzoso, yo fui el encargado de hacerlo vía telefónica y se les preguntó si tenían tos, fiebre, dificultad para respirar, fatiga o incluso síntomas menos comunes como diarrea; nadie presentó síntomas. Con esta información se diligenció una ficha que es tipo encuesta y se enviaba todos los días a la Dirección Departamental de Salud Pública, donde están los encargados de hacer los seguimientos de los casos”, reveló Ortiz.
En aquellos siete días se realizaron las pruebas de COVID-19, la espera fue corta y al cabo de tres días los resultados esperados dieron negativo. Sin embargo, el proceso de prueba no terminó ahí, puesto que la cuarentena debía durar 14 días , ya que muchas veces suelen salir “falsos negativos”. Ese fenómeno suele ocurrir cuando el paciente tiene una carga viral muy baja, por lo tanto, los 14 días son lo más recomendable para estudiar los síntomas del paciente y descartar de un vez los posibles microorganismos.
Un martes llegó el paciente al hospital en Medellín, el miércoles se efectuó la prueba y en cuatro días se conocieron los resultados positivos del virus. “No es muy común que un paciente manifieste el virus tan rápido; es posible, pero creemos que el paciente ya traía el virus con antelación y no contagió a nadie porque no presentó secreciones respiratorias”, señaló Juan Camilo Ortiz.
“Nosotros como colombianos somos muy olímpicos y creemos que el virus no puede llegar a nosotros, pero el virus ya no es algo que esté tan lejos. Ya he tenido la oportunidad de salir a varios sectores del municipio para atender pacientes y puedo notar como muchas personas no se cuidan de manera adecuada. Sin embargo, creo que el 90% de la población se cuida bien, pero no nos podemos relajar porque ese 10% nos puede contagiar”, añadió el coordinador médico de la localidad que reportó ya un nuevo caso, esta vez en un poblador local.
La cosa se puso seria en San Juan del Cesar
Las calles vacías son una novedad tardía en la localidad, que tomó de otra forma las restricciones tras el primer caso confirmado de Covid-19. Foto: Yusselys Daza.
Ubicado en el departamento de La Guajira, el municipio San Juan del Cesar se sitúa en el valle del río Cesar, entre la sierra nevada de Santa Marta y la serranía del Perijá.
El territorio, a 56 kilómetros de distancia de Valledupar, capital del vecino departamento del Cesar, y a 87 de su propia capital departamental, Riohacha, está conformado por 35 barrios, 10 corregimientos y 24 veredas, en una superficie de 1.415 kilómetros cuadrados y una altitud de 250 metros sobre el nivel del mar.
Alguna vez la zona fue habitada por los indígenas Tupes, Coyaimas, Conopans y Marocazos, no fue reconocida como San Juan del Cesar hasta 1701, a la llegada del sargento español Félix Arias. Históricamente, la región formó entre los españoles y criollos un nuevo sistema cultural, social y económico, basado en la agricultura y ganadería que actualmente sigue destacándose en las actividades de sus pobladores.
Además, cuenta con un desarrollo industrial para productos lácteos; la creación de artesanías como mochilas, alpargatas, güaireñas y la actividad comercial, con más de 285 establecimientos y 536 empleos directos con establecimientos de calzado, muebles, electrodomésticos, medicamentos, materiales de construcción, insumos de ganadería y agricultura, etc.
Las medidas para el cuidado ante el coronavirus han dejado sin movimiento económico al territorio y ha reducido el sustento de la población que habita allí. Los casos reportados en zonas vecinas y los rumores sobre episodios locales contrastan con el incumplimiento que ocasionalmente se nota entre algunos pobladores. Entre el temor y la resistencia a la norma han vivido los 38.751 habitantes esta cuarentena.
“La Guajira no está preparada para los efectos graves de esta pandemia, las instituciones de salud no cuentan con lo necesario para poder afrontar las complicaciones de estas infecciones”, expresó el Doctor Moisés Daza Mendoza, Ginecólogo y propietario de la clínica Someda (Sociedad Médica Humanizada), en San Juan del Cesar.
Son varios los médicos de la localidad que tratan de llamar la atención de los habitantes, para que sean conscientes del cuidado que se debe tener mediante las precauciones e indicaciones que informa el Gobierno. A pesar de esto, muchos salen a la calle porque necesitan conseguir el diario y otros, no pocos, porque aún no toman con seriedad la situación.
El pasado 27 de abril ingresó al Hospital San Rafael una bebé indígena de la etnia Wiwa, de ocho meses de nacida, con un cuadro respiratorio agudo, por lo que, a raíz de su diagnóstico, el caso fue atendido como sospechoso de coronavirus y se le realizó la prueba de Covid – 19 para confirmar o descartar el contagio, teniendo en cuenta los lineamientos del Ministerio de Salud.
La niña estuvo hospitalizada en la UCI alrededor de cinco horas, donde falleció. Se realizaron todas las indicaciones para sepultar su cuerpo, manteniendo los protocolos de bioseguridad. No obstante la comunidad cercana al cementerio no permitió el sepelio y otros habitantes comenzaron a exigir que cerraran las entradas del pueblo, protestando además por la falta de agua potable, pues aunque la cobertura es del 82,09%, el líquido llega cada 4 días, situación que se suma al hecho de que, según el DANE, el 56,2% vive del sustento diario.
El primer caso positivo que pudo confirmarse fue el 23 de abril, cuando ingresó al Hospital San Rafael una señora de 81 años, con artritis degenerativa y secuelas de Enfermedad Cerebrovascular, que se agravaron por síntomas de problemas respiratorios de dos semanas de evolución. Las pruebas para SARS COVID – 19 confirmaron la sospecha previo al fallecimiento de la paciente.
El 29 de abril, el gobernador de la Guajira Nemesio Roys Garzón, anunció en su cuenta de Twitter la segunda muerte por coronavirus en el departamento: “Lamentamos el fallecimiento de la persona de 81 años con Covid -19 reportada el 28 de abril. El deceso ocurrió en una clínica de Valledupar, a la cual fue remitida en días pasados. Extiendo mi solidaridad con sus familiares en este difícil momento”.
Sin rumores de por medio, la noticia hizo que los sanjuaneros asumierna con más seriedad la situación. La Policía Nacional se desplegó con patrullajes por todo el pueblo para que se cumplieran los decretos y se adelantaron labores de desinfección y fumigación en todas las áreas del municipio, que hoy sigue confinado con sus problemas pendientes.
Así como los sanjuaneros y los cisnereños, el país entero también está en el reto de sobrellevar la situación con los recursos disponibles. La decisión de una apertura constituye una solución, pero también un riesgo, especialmente en las poblaciones más vulnerables.
La violencia y el olvido han hecho más daño que el mismo Diablo. Ahora, apoyado en su historia y riqueza natural, un territorio con notable tradición indígena y cultural busca alternativas para reponerse de un nuevo abandono: el de la gestión de la paz territorial.
Riosucio, en el departamento de Caldas, es un municipio que limita al norte con el departamento de Antioquia y al suroeste con Risaralda. Está ubicado en la zona del Eje Cafetero, con un área rural de unas 39.036 hectáreas y otras 16.090 h en la zona urbana.
Es uno de los municipios más emblemáticos en la historia de varios pueblos indígenas del país, que tienen en él un santuario de lo que son y de lo que seguirán siendo en comunidad. La etapa precolombina construye y define lo que hoy es la región, que fue habitada por pueblos indígenas como los Chamíes, Pirza y Turzagas, descendientes de tribus que procedían de zonas como Cañamomo, La Montaña y Quiebralomo.
Años más tarde, en la época de la independencia, dos sacerdotes de procedencia española pisaron aquel punto de un modo simultáneo, casi perfecto. Sus nombres eran José Ramón Bueno (Popayán) y José Bonifacio Bonafont (Santander); ellos serían los responsables de fundar oficialmente este pueblo en el año 1819.
La decisión de quién sería el fundador oficial motivó grandes debates entre las partes ansiosas de ejercer algún dominio en el territorio. La construcción de dos parroquias haría la disputa mucho más llamativa; dos templos fueron levantados uno no muy lejos del otro, como señal de una erección rápida del pueblo, pero la insignificante distancia entre los dos símbolos de poder fue un ejercicio en vano, pues los habitantes no tuvieron interés en ninguno, en el mejor de los casos no tuvieron inconveniente en visitar al mismo tiempo los distintos altares y a un grupo más resistente a la labor de los párrocos y a la división que ella generaba en la comunidad, colocó una estatua del diablo como aviso de insatisfacción con la división existente en la comunidad.
Hasta el año 1847, las disputas y divisiones que durante años habían existido llegaron a su fin, los dos grupos de la comunidad decidieron arreglar sus conflictos e implantar nuevos acuerdos. El pacto de unificación permitió instaurar el nombre de Riosucio y, en conmemoración a este encuentro, cada año se celebra el Carnaval del Diablo, patrimonio inmaterial de Colombia desde 2006.
Del cabildo de San Lorenzo
El rostro de un nuevo San Lorenzo, con su imponente cerro Ingrumá. Foto: Karen Bueno
Las mañanas levantan y embellecen a esta aldea, dadora de frutos y bellos paisajes, hija pequeña y desamparada de la hermosa Colombia, con carácter fuerte y persistente como el de quienes habitan allí. “Riosucio es el núcleo de las mejores agriculturas, de un prodigioso café, de su pura y alucinante cascada Canyoning Ingruma, con sus aguas blancas y protegidas, sin olvidar el Quiebralomo, del resguardo Cañamomo Lopaprieta, dador de riquezas en la producción de minería artesanal para sus habitantes que cuidan de su tesoro más preciado: la naturaleza”, resume Luz Nelly Quiceno.
Ella se crió con mi padre en San Lorenzo, resguardo indígena cercano a Riosucio y tomó la decisión de vivir en Medellín junto a su familia desde 2005, acosada por la violencia que entonces se vivía e la región. A Luz Nelly la conocí en el Cabildo Chibcariwak, una institución dedicada a la protección y auxilio de los indígenas que vienen de cualquier parte a su sede en Prado Centro, comuna 10 de la ciudad de Medellín.
San Lorenzo ha vivido procesos de desarrollo significativos, la estructura de sus viviendas, parroquias e instituciones han evolucionado en todos estos años y la pujanza de sus pobladores es se siente al instante de pisar su tierra.
Se podría afirmar que la vida de la comunidad indígena transcurre con tranquilidad, lo cual no siempre ha sido así. En un barro que atrapa y ensucia, está una parte oscura de la historias, esa que se evade y se niega, una historia de violencias que también ha definido en parte el rumbo e este territorio.
Torbellino de violencia
El conflicto armado en Colombia tiene sus inicios en el siglo XIX, producto de desacuerdos y desmanes violentos que hicieron nacer las primeras rivalidades desde la Guerra de los Mil Días y que no se ha detenido por el combustible del poder político y la acumulación de territorios. Como en otras partes del país, en Riosucio hubo emboscadas, sabotajes. En tiempos de la más degradante violencia, se sumaron la extorsión, secuestro y los conflictos vinculados a la producción y comercialización de cultivos de coca, además de homicidios selectivos y ofertas de justicia guerrillera que muchos pueblos y ciudades tuvieron que asumir, entre ellos el municipio Riosucio.
Según el Observatorio del Programa Presidencial de Derechos Humanos, la violencia en Caldas aumentó de manera importante con la ruptura del Convenio Internacional del Café, a finales de la década de los 80. Los primeros síntomas comenzaron en 1985, con las primeras acciones del Ejército Popular de Liberación – EPL, enfocadas en el reclutamiento forzoso y la extorsión. La espiral de violencia no tuvo pausa pero sí más protagonistas hasta el año 2003, cuando se registraron más de nueve ataques de diferentes grupos armados solo en San Lorenzo.
Luz Nelly sufrió uno de esos atentados el 24 de febrero de 2002, cuando el cabildo de San Lorenzo soportó la toma del Frente 47 de las Farc al mando de “Karina”, hecho que generó el desplazamiento de más de 175 personas. ‘’Me acuerdo que ese domingo en el entierro de mi amigo Albeiro Zamora, había una gran cantidad de gente, lo cual era poco común y algo aterrador, es por eso que decidí dirigirme donde mis niñas para recogerlas a eso de las 5:30, atravesando toda la iglesia para bajar y coger el carro. Al no ver nada bien, me atreví a mirar unos bultos en la mitad de la iglesia y me encuentro la sorpresa de muchas armas; esto me llenó de pánico y corrí hacia mis hijas para tomar un transporte y poder escapar.”
El camino para Nelly fue extenso, un minuto pensó en la vida y en un segundo percibió la muerte al observar a dos sujetos montados en el vehículo, con costales de armas como las que vio en el pueblo. “Ya estaba muerta”, pensó. Pero la fatalidad de ese ambiente tuvo pausa en el sonido del carro en que huían los guerrilleros en la madrugada. A eso de las 5, las bombas y los disparos ya no se sentían y las miradas melancólicas de los habitantes se aproximaban a sus viviendas y estructuras dañadas. Muchos de los familiares pudieron escapar, pero otros se quedaron. Entre ellos, las tres tías, sobrinos y dos hermanos muertos de Luz Nelly, que tuvo la suerte de huir y la tarea de hacer futuro en otra parte mientras sanaban las heridas con su tierra. ‘’Después de todo eso, me demoré mucho para volver, tanto así que pasaron cuatro años”, expresa ella.
Hasta el día de hoy, y pese a todas las circunstancias históricas y actuales de San Lorenzo, la posibilidad de recibir recursos del posconflicto es lejana. Ningún territorio de Caldas figura en los Planes de Desarrollo con enfoque Territorial, establecidos en el Decreto 893 de 2017, tras el acuerdo de paz con las mismas FARC que precipitaron la huida de Luz Nelly y la muerte de sus familiares. En vista de ello, el pequeño San Lorenzo ha tenido la tarea de hallar alternativas al buscar sustento económico incursionar durante todos estos años en su artesanía folclórica, con obras talladas en palo naranjo de Tumbabarreto y, por supuesto, su actividad agrícola en la que se destaca el café, de ese que uno toma a las 9 de la mañana y le devuelve la dicha.
El corregimiento silletero se está transformando. El atractivo que constituyen el clima y el paisaje supone riesgos para la conservación de sus recursos naturales, sus tradiciones culturales y la vida en comunidad.
En el altiplano oriental de Antioquia, superando la ladera oriental de Medellín, existe un corregimiento que es parte esencial de la historia de Medellín y el Valle de Aburrá. Santa Elena. Hoy, cuenta con aproximadamente 21 081 habitantes, cifra que se fue incrementando desde el año 2005, cuando la cifra de pobladores era la mitad. Desde 2016, en promedio, cada año han llegado mil nuevos habitantes. ¿Por qué ocurrió este aumento en los últimos cuatro años?
Las familias tradicionales lotearon sus tierras para sus descendientes, que hoy prefieren arrendar o vender como una mejor fuente de ingresos que la floricultura y otras labores del campo. Casas cada vez más próximas en el sector El Rosario de la vereda Barro Blanco. Foto: Contexto.
Por muchos años, la principal actividad en el sector giraba en torno al agro, específicamente con cultivos de papa, fresas, moras y flores; estas últimas son el eje de otra dinámica importante en la zona: el turismo ligado a la tradición silletera, aquella que ha sido protagonista de la fiesta más importante de la ciudad: la Feria de las Flores, que justamente exalta la labor y la tradición de los campesinos.
“Aun así, es importante resaltar que la gran mayoría de la población habita viviendas ubicadas en estratos bajos, mostrando la situación de precariedad en que se encuentran los habitantes de esta zona rural del municipio”, señala el Plan de Desarrollo Local vigente en 2019. Según el documento, el 72% de los habitantes de Santa Elena pertenecen a los estratos 1, 2 y 3.
Eso incide en el precio de la tierra, que poco a poco ha cambiado su destinación hacia usos residenciales. Adriana Díaz vive hace más de cinco años de la vereda El Placer, cansada del estrés que le producía su rutina en la ciudad, decidió invertir sus ahorros para construir en una parcela: “Si tú alquilas una casa en la ciudad y pagas millón cien, aquí con eso alquilas una finca con zona verde y chimenea. Es vivir en estrato 2 y 3, pero con la calidad de un estrato 4 o hasta más por la tranquilidad y el silencio”, explica.
La de Díaz es una historia similar a la de miles de personas que en los últimos años han decidido alejarse del Valle de Aburrá: “si te acostumbras y sabes organizar tus compras y tu tiempo, no es tan traumático”, dice.
Esta es una de las principales razones por las cuales la dinámica poblacional de Santa Elena ha cambiado. Del agro como rutina, se ha pasado a una vida rural atravesada por la idea de lo que pasa en la ciudad, ya sea porque se esperan comodidades similares o porque el modo de vida urbano representa lo que justamente se pretende evitar para que la vida sea sostenible: por ejemplo, el bullicio y la contaminación de la urbe.
La paradoja es que este auge ha elevado el costo de vida en la zona. Wbeimar Cano Urrego, quien fue corregidor de Santa Elena explica que “el valor de la tierra está en alza e incluso el costo de vida es más caro, porque la mayoría de personas que están llegando son jubilados, y hay que sumarle que muchos de los productos vienen desde el Centro”. Cano Urrego afirmó que el corregimiento no es ajeno a la ola de migración venezolana presente en el país, y que cada vez aumenta más el número de ellos en las veredas, lo que en efecto se confirma con los vendedores de frutas y verduras puerta a puerta o las personas dedicadas a la albañilería, que encuentran trabajo gracias al auge constructor, que en algunos sectores de veredas famosas como Barro Blanco, no tiene formalidad y planeación.
La encuesta de Calidad de Vida estableció en 2013 que un 12,64% de la población de Santa Elena procede de otros, pero resalta la notoria tendencia migratoria, en busca de una segunda residencia o residencia campestre. Otra expresión de desplazamiento intraurbano, según el documento.
Los campesinos, acostumbrados a obtener sus ganancias a partir de las actividades agrícolas, están atraídos por las rentas del arriendo o la venta de predios que generalmente se fragmentan en varias partes que por un lado les aseguran un capital, pero por otro densifican la población de la zona y sobrecargan la demanda de servicios públicos y vías, por ejemplo. “Yo siento que se está afectando realmente porque se va a volver igual que una ciudad, cada vez hay casas más cercanas. La gente que está más protegida es la que tiene lotes grandes, parcelaciones grandes, que no tienen para venderlas, sino para su disfrute”, contrasta la señora Adriana Díaz.
Precisamente, Santa Elena ocupa el segundo lugar de los corregimientos con mayor número de predios sin registro de propiedad 2.60% (2 211 predios), superado solo por San Cristóbal con 5.04% (4.283). Las cifras pueden ser mayores, considerando lo que se aprecia en veredas como Barro Blanco, en donde se observan numerosas construcciones nuevas y explanaciones donde antes había potreros y cultivos de flores, que también han dejado de ser rentables porque el clima en Santa elena está cambiando. Gustavo Londoño, miembro de una de las familias distinguidas en la zona por su tradición silletera, explica que dejar el cultivo y arrendar los predios se va volviendo una opción pues se han vuelto más frecuentes las granizadas que dos o tres veces al año afectan con gravedad las cosechas y dejan al labrador sin cuota para sus ingresos.
Londoño cita cifras del DAGRD, dependencia a cargo de la gestión del riesgo en Medellín, que hace parte del despliegue administrativo que también se ha visto retao ante el crecimiento anual del corregimiento, hecho que demanda mayores inversiones en seguridad, salud, transporte, vivienda y otros temas de gobierno:
“Tenemos campañas que ayudan al campesino con programas de presupuesto participativo; ubicados en casi todas las líneas; educación, transporte, vías, deporte, personas en situación de discapacidad, salud y vivienda. Hay un presupuesto que se invierte de acuerdo con estas líneas de trabajo, pero pienso que hay cosas en seguridad por mejorar”, cuenta Londoño.
La Secretaría de Gestión y Control Territorial de la Alcaldía de Medellín implementó durante la pasada administración el programa Construye Bien, desde el cual se ejerce una supervisión a nuevas construcciones: “Sí se necesita un permiso para poder construir, este permiso lo emite la curaduría, cualquiera de las cuatro que hay en Medellín, previo el lleno de algunos requisitos exigidos por el POT (Plan de Ordenamiento Territorial)”, concluyó el excorregidor Cano.
Adriana Díaz y Gustavo Londoño advierten que hay veredas en las que ya no se puede construir. En efecto, Contexto pudo constatar que en el sector El Rosario de la vereda Barro Blanco hay nuevas construcciones a las que no se les ha concedido autorización para nuevas conexiones al acueducto veredal.
Díaz sugiere que “más que frenar el crecimiento es saber organizarlo haciendo cumplir las normas de construcción. Por ejemplo, que (una edificación) tiene que estar a diez metros de las cercas y que no puede haber una casa en menos de dos mil o tres mil metros; y repito están vendiendo pedacitos aquí, pedacitos allá”. Las grandes tierras que antes de repartían entre los descendientes de familias tradicionales hoy se están repartiendo además entre arrendatarios y compradores.
Las nuevas construcciones aumentan la demanda de recursos naturales y ejercen presión sobre el ecosistema circundante: bosques y corrientes que, además de un bello paisaje, son despensa de agua y aire para Medellín, donde ya son habituales las alertas por la calidad del aire. Foto: Contexto.
Una nueva oportunidad
El Plan, Mazo, Piedra Gorda y Barro Blanco, son las veredas con un mayor número de habitantes. Pero el crecimiento también representa oportunidades.
Con los nuevos pobladores, también han llegado a Santa Elena nuevas costumbres y nuevas formas de vivir. Nuevos restaurantes, ferreterías, peluquerías, minimercados, fincas turísticas, entre otros emprendimientos están fortaleciendo la economía local, que incluye nuevas actividades como el eco turismo que aprovecha el paisaje de la zona en que se asientan no solo las fincas silleteras que reciben visitas todo el año, sino reservas naturales, espacios para deportes extremos y spas.
Existen entonces transformaciones que son compatibles con la protección del medio ambiente, pero se necesita atención constante para que no se salgan de control. A propósito, el concejal Jaime Cuartas Ochoa hizo un llamado de alerta ante la desfinanciación actual del Jardín Circunvalar, proyecto municipal concebido para fomentar actividades de aprovechamiento y conservación de los recursos naturales que ayuden a conservar la zona verde al oriente de la ciudad y contener la urbanización. Una prueba concreta de lo sensibles que son los recursos naturales en la zona, es la escasez de agua en sectores de las comunas 8 y 9 de Medellín, atribuida por EPM a la baja del caudal de la quebrada Santa Elena, que ahora también surte a los nuevos pobladores aguas arriba, donde aumentan los vecinos puerta con puerta.
Una notable actividad cafetera, las vidas y obras de sus hijos ilustres, tan diversos como la Madre Laura Montoya o el escritor Manuel Mejía Vallejo, han hecho célebre a Jericó, la llamada Atenas del Suroeste, Reino del Carriel, Mesa de Dios, Tierra Prometida y Ciudad Culta de Antioquia.
Un recorrido por sus calles nos muestra facetas de sus tradiciones, su actividad cultural y su riqueza ambiental, vea los testimonios y las postales recogidas durante el más reciente Hay Festival, que por segunda vez se realizó en esa localidad encumbrada en los Andes antioqueños.
Es lunes. 9:26 de la mañana en una de las estaciones del metro de Medellín. Para la hora, hay demasiada gente y los pasajeros logran salir de los vagones con mucho esfuerzo. El barrendero de la estación Universidad levanta el polvo sin descuidar su plática e intercambio de risas con el vigilante.
El ruido del fondo te informa que están cortando el césped y una mujer de unos 23 años con acento rolo habla por celular acerca una fiesta a la que asistirá. Sales del lugar y entras a la comuna 4 de Medellín. Aranjuez. En la calle Gutiérrez Lara con 71 te recibe el Parque de los Deseos. Es amarillo mostaza y su baldosa es tan dura como seca.
Alrededor se logra divisar dos edificios que están en busca del desarrollo científico y tecnológico de la ciudad: Parque Explora y el Planetario. En la parte derecha se puede observar el centro comercial Aventura y oficinas gubernamentales.
Al caminar por el lugar puedes percibir los olores que abren el apetito de los visitantes. Desde el fondo sale un aroma a empanadas de carne, morcilla recién hecha, huevos revueltos, café y tortas de chocolate; todos al mismo tiempo, pero el olfato logra distinguirlos.
En el centro del espacio cultural están cortando el césped. De nuevo ese olor a campo, pero ahora desaparece rápidamente por el humo de los buses de Aranjuez.
Los árboles están como si el verano estuviese en pleno apogeo. Con flores de colores vivos, uno de ellos captó la atención de una niña de 3 años que miraba asombrada cómo los pétalos caían sobre sus cabellos. Los tomaba en sus manos y los observaba como si nunca hubiese visto algo similar. Tocó con suavidad uno de ellos y sonriendo le entregó uno a su hermana mayor. Ella la tomó en sus brazos y caminaba dándole besos en las mejillas.
Pero este parque realmente no evoca al campo. Tiene una baldosa tan seca que cuando te sientas puedes sentir la arena en las manos. Todo parece un desierto hasta que te topas con las dos fuentes que fueron puestas justo en el centro. Están allí para el entretenimiento de cientos de familias que acuden los fines de semana para divertirse con los más pequeños.
¿Qué pasa allí un lunes a las 9:40 de la mañana?
Son la ducha perfecta para un transeúnte del lugar.
Es un joven trigueño de unos 24 años. Su cara tiene una barba café, al igual que su cabello y ambos son abundantes. Tiene unos pantalones que le llegan hasta la rodilla, unos tenis marca Nike de color gris, del mismo color de su camisa.
Camina por el sendero que da justo al frente del Planetario. Se pone de rodillas a la fuente y saca de su bolso un recipiente de detergente vacío para extraer agua. Toma el agua en sus manos. Comienza a echársela en todo el cuerpo, aún con la ropa puesta.
Inicia con los brazos, las piernas, su cara y presta total atención a su cabello y a sus partes íntimas. Se detiene un instante, voltea y comienza a hacerle una oración al cielo. Vuelve al recipiente para beber un poco. Su bolso se queda en el lugar y él comienza a caminar hasta la acera que da a la calle que divide el parque del centro comercial Aventura.
Mira su reflejo delante del paradero. Todo a su alrededor está tranquilo y pocas personas se percatan de su presencia.
Analiza que cada parte de su vestuario esté bien acomodada. Coge una camisa blanca y se la pone como turbante. Sonríe como si aquella tela le hubiese cambiado la vida.
Camina hacia el lugar donde había estado por primera vez. Se echa el último poco de agua que queda, reza, coge su maleta y se va caminando hasta el lugar donde paran los buses de color verde aguacate. Justo debajo de la estación del metro.
Se dirige hacia el primer bus de la fila y comienza una conversación con una mujer que esta al lado de la ventanilla. Todo parece ir muy bien porque no dejan de salir risas por parte de ambos. Llega un momento en el que ella le estira su mano. Las monedas comienzan a caer al piso, pero no todas son visibles, lo que hace complejo recogerlas a cada una. Pero esto no es impedimento para él, que deja su maleta en el suelo, se quita la camisa blanca que cubre su cabeza y se mete debajo del bus para lograr encontrar cada centavo que pudo haber ido a parar allí. Sale, recoge su maleta y la mira de nuevo a ella.
-Muchas gracias.
Ella solo alza el brazo y hace un movimiento para despedirse de él.
Cuando el bus se pone en movimiento, él se sienta justo al lado de la fuente donde había tomado su “baño “unos minutos antes. Comienza a contar cada moneda. De su maleta saca una bolsa negra donde vierte cada peso que tenía en las manos. Comienza a caminar por el lugar para seguir pidiendo algunas monedas. Solo dos personas le dan.
Hace un gesto al cielo y se sube a un bus color verde aguacate y se pierde en medio del tráfico de la ciudad.
Él se fue a seguir buscando el sustento, pero la vida en el parque continúa como si aquel hombre nunca hubiese pasado por las fuentes. Los operarios que construyen una tarima para un evento masivo siguen en su tarea y el barrendero ha abandonado su plática con el celador para sacar la basura de la estación, depositarla en las canecas que están al lado del que corta el césped y seguir en lo suyo. Solo quien escribe se pregunta qué será del individuo que se acaba de subir al bus.
La niña que se impresionó por la flor ni si quiera notó al hombre que se bañó en el parque. Hay paz en el parque de los Deseos un lunes en la mañana. Cada uno esta en su vida, cada quien se preocupa por lograr el sustento para el diario vivir. En cada local hay una persona trabajando para poder llevar el dinero a su hogar.
El parque de los Deseos nació como un espacio cultural y de encuentro sin distingos con los progresos de la ciudad representados en las formas del lugar como una de las excusas. En la Medellín se parques nuevos y remodelados hay más de un lugar así. ¿Qué significa realmente un espacio para el encuentro en que la gente misma pasa desapercibida?