Categoría: Rastros

  • Un monasterio llamado tienda

    No se sabe qué sea primero, si los tenderos que inician reglamentariamente el amanecer con su trabajo o si es el amanecer el que le quita la tranca a las rejas de las tiendas. Parece que fuera el hábito el que hace que el tiempo corra y no al revés, como si la mañana fuera mañana porque se toma tinto y la tarde fuera tarde porque se bebe cerveza y se come mecato. Son como señales para recordar cómo vivir, instrucciones de un quehacer normativo que se pega a los espacios y a sus mandatos.

     

    Fotografías: Daniela Gómez Isaza

    -How are you, mister Jumber? –

    Saluda don César al señor que acaba de llegar a la tienda, un hombre de unos ochenta años, blanco, con esas pieles seductoras para las quemaduras solares siempre a medio camino entre un rojo acentuado y un rosa pálido; tiene gafas oscuras y una gorra negra que le da cierto aire de seriedad acentuado por la ropa impecable, de camisa de cuadros entre el pantalón de tela café, aunque use chanclas de plástico negro que riñen con el aire digno del resto del vestuario.

     

    -How daw your how daw your, ¿a cómo vende el Celebrit?

    – A Five, mister Jumber.

    -Deme cuatro.

     

    Don César busca las papeletas del polvo que ayuda a la memoria, se revuelve en leche o en agua y se toma después del almuerzo, porque a esa hora es mejor, según sus usuarios.

     

    -Two tousand. Tank you very much, mister Jumber-

     

    Con eso despide al señor, que no se ofende que le hablen en ese inglés arrastrado y de que en broma lo tengan por gringo.

     

    Don César Blandón tiene 63 años, lleva año y medio como tendero desde que se vino de Venezuela; es colombiano de nacimiento, pero había llevado su vida y su trabajo en el país que dejó para llegar hasta el barrio Belén-Las Playas, a un cubil de unos seis metros cuadrados donde se acomoda su tienda con dos estanterías, la nevera, una mesa con tres sillas y un televisor de cuarenta pulgadas en la esquina más cercana a la entrada. Aunque el espacio adentro sea poco, afuera los tomadores de tinto se apoltronan en el andén como dueños de una soberanía implícita de su condición de clientes.

     

    El tinto, como el cigarrillo, requiere de un tiempo, prudente para los apurados y largo para los desocupados, hay quienes se sientan con frescura en las sillas, midiendo los sorbos, tanteando las caladas. Hay otros, como algunos taxistas, que se bogan el líquido temerariamente como si tuvieran la boca y la garganta teñida en bronce.

     

    Los más regulares en la tienda son los pacientes, los que parece que la silla se volviera extensión de su cuerpo. Arman conversaciones sobre cualquier tema, anodino o trascendental, sin que sea imposible el cambio entre uno y otro, donde las opiniones no tienen jerarquías claras de quién las profiere o con qué justificaciones las respalda. Es como una democracia amarrada a la opinión en la que basta participar mínimamente para considerarse integrado, ya sea con hijueputazo al político de turno, una risa, una alabanza al partido de ayer o un comentario sobre la raro que está el clima.

     

    Esos que se vuelven regulares, figuras más allá del tránsito constante de la calle, acaban por convertirse en nombres para don César, un perfil, un rostro, una biografía simple para que un comprador pase a ser un camarada, un compañero de silla, de tiempo: “Aquí siempre llegan los problemas”, dice don César, mientras en el televisor se estrena la nueva novela matutina de Caracol, Abismo de pasión, “vienen y comentan que el marido bebe mucho, que se murió tal familiar, que les hace falta plata. Se da uno cuenta de la forma de ser de la persona rápidamente: los que se las dan de bonachones, los que siempre piden fiado, el borracho empedernido al que la gente le tiene espina porque no hace nada. Esto se vuelve una relación familiar, como si todos fueran de la casa de uno”.

     

    Para don César, “La música más bonita que se escucha al oído es el nombre de una persona”, y por eso se los aprende, les da a los asistentes a su tienda un reconocimiento pequeño, de un vínculo en que apropiarse de su nombre o de su apodo, si es el caso, le concede una licencia para una intromisión en sus vidas como algo más que un tendero.

     

    Y es algo claro de este oficio que se cumplen muchas otras labores alternas, ya sea como psicólogo temporal, consejero de finanzas, consejero jurídico, cómplice de pecados pequeños a grandes, como tomarse un aguardiente fuera de la casa para que la mujer no regañe al marido o alguna infidelidad creciente que se guarda en encuentros que se fingen como causales. Esos trabajos subalternos no se cobran, ni el de escuchar a algún despechado solitario que se ahoga entre una cajita de cuarto de aguardiente o el que por problemas en la casa se despliega en quejas y dolores sin que nadie se lo haya pedido.

     

    Maitines

     

    A don Jesús Luis Berto Velásquez lo que más le cuesta explicar es cómo pasó de llamarse Wilberto Cosme, como el jugador del Cali, a tener empacados tres nombres y una foto en la tarjeta de identidad que no es la suya, sino la de su hermano. Fue tendero hasta hace en un año y lo tuvo como oficio intermitente desde los 70 en diferentes sectores de la ciudad. Para él la clave del negocio es una responsabilidad monacal, que afiance unos hábitos rigurosos para tener un capital bien ganado y una estabilidad: “El sacrificio va en tiempo, porque son jornadas de 14, 15, 16 horas; al otro día tiene que surtir en la mayorista, en el hueco y por la noche lidiar borrachos. Pero lo más difícil es ser organizado con la plática porque el tendero tiene un flujo de caja muy extraordinario, un día venden un millón y medio y se endeudan, tienen moza, la botan; ese es su talón de Aquiles y lo que aprovechan los gota gota para endeudarlos, a mí me ha tocado ver mucha gente correr porque estaban ahorcados por préstamos de esa gente”.

     

    Don Luis es pródigo con las palabras, tiene 59 años y una calva impecable, es culto y en su casa guarda pilares de libros bien organizados de lo que ha podido reunir con lecturas ganadas en el tiempo libre de trabajos muy demandantes. Cuando habla puede asociar el trabajo que tuvo en los casinos con lo que narra El jugador, de Fiodor Dostoievski, o citar la vida de grandes escritores para ejemplificar sus argumentos. Él mismo cree que fue especie rara entre los tenderos, porque tener ocio es difícil cuando se abre a las cinco y media de la mañana para llegar a cerrar a las diez de la noche.

     

    Su relato es similar al de don César cuando habla de medir la catadura de los seres que transitan por una tienda. Está el borracho infaltable, el loquito del barrio, la muchacha deseada que se deja gastar y la señora que fía por maña, aunque tenga la plata en la mano. Tiene sus propias cifras para describir lo que es el mercado de las tiendas de barrio y asegura que de diez tenderos debe haber uno responsable, que usualmente lleva más de 20 años en el gremio, y en su opinión las tiendas nunca se van acabar.

     

    Esta visión optimista no es solo de los tenderos, según Tienda Registrada en Colombia se estima que hay 266 mil establecimientos de este tipo y representan el 52% del mercado de consumo masivo, donde el 42% de sus visitas son diarias, aquellos descritos como los habituales en el espacio de una tienda. Esto contradice la idea generalizada de que los almacenes de cadena le restan poder a las tiendas de barrio, aunque en una investigación realizada por la Fenaltiendas, un programa de la Federación Nacional de Consumidores, en 2017, con la incursión de innovaciones en los domicilios, los métodos de pago y la tecnificación de los productos, las ganancias habían bajado un 5% respecto al año anterior; por lo que pedía que los tenderos innovaran en la práctica para competir con los adelantos en el sistema de compra y venta.

     

    Para don Luis y don César, aunque reconozcan que el tendero es tradicionalista y muy poco innovador, siempre va a haber una necesidad básica que está inmersa en la identidad colombiana: el desvare. Esa posibilidad de que una tienda cercana esté abierta cuando no hay leche ni queso para el desayuno a las nueve de la noche o que alguien iba pasando sin plata y se antojó de algo que por ser cliente acostumbrado se lo fiaron hasta mañana.

     

    Está condición de cercanía y familiaridad, que permite la confianza para comprar fiado, es una de las virtudes que un estudio de la Universidad del Norte reconoció en las tiendas. Según lo dicho por el Grupo de Investigación en Marketing: “las tiendas son visualizadas como algo cercano a sus propios mundos, es una suerte de medio-cómplice, un espacio en el que los consumidores se sienten en su propio hogar, inclusive con cierta intimidad. Esto se traduce en cercanía social de un gran significado en lo cotidiano”.

     

    Es eso y que distingue la asociación de proximidad humana y de espacio, del local al lado como sacador de apuros, mitigador de angustias, del mandado del niño y la ñapa; son los elementos que fidelizan una relación que puede crear preferencia sobre los almacenes que tienen otro tipo de acercamiento, mucho más frío, impostado y distante.

     

    Don Luis cree que para ser tendero hay que buscar lo popular, donde la gente no le dé pereza caminar como en los barrios ricos y le toque levantarse a buscar la tienda en que le vendan más barato. Fenaltiendas lo confirma porque el 96% de estos locales se ubica en los estratos 1, 2 y 3, y en pequeñas poblaciones, donde los almacenes de cadena no llegan, puede representar el 62% del comercio existente. Según la consultora Kantor, entre las grandes ciudades Medellín es en la que más se compra en pequeños negocios, con un promedio de 15 mil pesos mensuales, por encima de la media nacional que es de 10 660 pesos.

     

    Vísperas

    Erwin Rueda empezó su vida como tendero a los 23 años, muy por debajo de la medida nacional que dan los analistas, que es de 42. Su paso por el oficio lo hizo desde una tienda de pueblo, por diez años. Tiene una voz mansa y pulcra, como de sacerdote retirado, la misma que usa para leer en la iglesia o dirigirse a la gente en las reuniones comunales de su barrio. Es alto pero un poco encorvado, usa gorra para retener a la vista una calvicie que progresa y no lo enorgullece y tiene una barba perfecta, de galán turco.

     

    Su experiencia y recomendaciones para el tendero pasan desde lo normal de ser amable y constante en el trabajo, hasta saber cuidar a los borrachos y los buenos clientes. Su compromiso y esa empatía paternal por quienes caen rendidos por la borrachera o la tristeza de un despecho, lo han hecho cargarse a un hombre en medio de un aguacero para llevarlo sano y salvo hasta el sofá de su casa, o escuchar lamentaciones interminables de amigos que no saben lidiar con el dolor de una pérdida.

     

    Esa comprensión religiosa quizá sea común a la mayoría de los buenos tenderos, saber escuchar como no la haría un cura viejo en un confesionario, evaluando silencios y gestos, midiendo la calidad de un dolor o de un deseo o de una necesidad, con esa paciencia que a veces está formada del tedio de horas de poco flujo de trabajo y el recuerdo de que se es más persona que tendero, aunque esa labor parece llevarse toda la vida y condiciona el trato entre conocidos, deudores, proveedores, familia; como si fuera de esas profesiones de rigurosidad castrense, cercana a los militares en los duros horarios y a lo religioso por esa vocación de empaparse con lo humano inevitablemente.

     

    Erwin tiene ojeras ocasionales, quizá heredadas de las limitaciones de sueño que todo tendero carga, como decoración de un rostro que parece más desgastado que el del resto, pero con el deber de una amabilidad que a veces se socava por la falta de descanso y una que otra angustia.

     

    El tendero tiene muchas reglas, pero ningún manual: tiene que cuidar a sus borrachos, al menos a los que se emborrachan en su tienda, como aclara don Luis; hay que lidiar con los proveedores, que hacen peregrinaciones incansables por la ciudad y eso a veces resiente su ánimo; mantener a raya a los fiadores, que amañan al tendero primero y después, si no son apretados, caminan como perros por su casa, piden y agarran al gusto; toca tener cuentas claras, para que la plata en los bolsillos no de la apariencia de una riqueza que suele esfumarse en cada paga de mercancía; hay que involucrar a la gente con una costumbre que los lleve allá, llamarlos y distinguirlos, hacerlos ver cómo menos anónimos, para que esa carga del nadie se alivie por preguntas circunstanciales que alegren el ánimo e inciten una conversación y así el cliente se vuelve personaje, se hace al espacio como quién busca en repeticiones una aceptación en el mundo que haga olvidar los atascos en el tráfico, los problemas en la casa, todo lo que recuerda un deber con la vida que es más miserable que ese sosiego de los espacios rituales, como si la tienda fuera una iglesia laica sumergida en los barrios, con devotos voluntarios, reglas consabidas, celebraciones al capricho de su bolsillo y oraciones que se saben pero no se enseñan.

     

     

     

     

  • En Mutatá está la paz del viejo frente 58

    En Antioquia existen oficialmente cuatro Espacios Territoriales de Capacitación y Reincorporación (ETCR), ubicados en los municipios de Dabeiba, Remedios, Ituango y Anorí. Allí, miles de exguerrilleros de las Farc, igual millones de compatriotas, conservan la esperanza de vivir en paz. Al tiempo, muchos antioqueños ignoramos que algunos excombatientes no están en esos espacios, no porque se hayan integrado a las llamadas disidencias o sean desertores del proceso, sino porque el posconflicto los ha puesto en otros rumbos.

     

    Este es el caserío que se ha construido en Mutatá con los aportes y el trabajo de los antiguos miembros e las Farc que se sobrepusieron a los incumplimientos del Gobierno para hacer la paz. Foto Bladimir Gutiérrez.

     

    Arranca el viaje, se quedan los rencores, una y otra vez

    Urrao y Mutatá son dos de los municipios que informalmente albergan a quienes decidieron dejar las armas tras los acuerdos en La Habana y buscan alguna seguridad en estas áreas, porque no han sentido que se hagan efectivas las garantías acordadas con el Gobierno.

     

    En la Vereda San José de León de Mutatá, hay un caserío que alberga a más de treinta familias conformadas por antiguos integrantes del frente 58 de las Farc. Antes, estas personas se encontraban en el ETCR del sector de Gallo, en Tierralta, Córdoba. Allí se mantuvieron con la promesa de que les adjudicarían terrenos para la producción agrícola. Luego, recibieron la noticia de que esa entrega no sería posible por problemas legales de los predios pretendidos en la zona. Como respuesta, propusieron comenzar un proyecto de producción piscícola, lo que tampoco se concretó.

     

    Ante esta serie de incumplimientos, Rubén Cano o “Manteco”, como era conocido quien hasta el proceso de paz era el comandante del frente 58, le propuso a su grupo desplazarse hasta el municipio de Mutatá y buscar allí un nuevo proyecto de vida. “Me quedó fácil decirle a la gente, aquí no hay nada qué hacer, el Gobierno no nos va a dar ni nos va a dejar trabajar. Si queremos seguir con el proceso de paz y queremos sacar algunos proyectos, vámonos de acá”, recuerda Cano que con esas palabras se dirigió al grupo de exguerrilleros que lo habían acompañado durante muchos años.

     

    Así lo hicieron. Desde Córdoba llegaron al Urabá antioqueño con las pocas cosas y animales que tenían. La llegada no fue fácil. Se tuvieron que instalar en los potreros de una finca, en la que el dueño del lugar les permitió quedarse mientras se solucionaba su situación y la estadía se prolongó por tres meses.

     

    Antes llegar a la zona, el comandante Cano había conversado el alquiler de una tierra para producir y el Gobierno, al ver que este gran número de guerrilleros se había desplazado hasta esa zona, les ofreció una compra de tierras, lo que de nuevo se quedó en procesos y palabras. Ante la situación, un campesino de la zona ofreció venderles una tierra, negocio que pudo cerrarse gracias a un dinero que aportó cada combatiente de la mesada que recibía del Gobierno.

     

    Según los mismos exguerrilleros, era un terreno que no estaba en las mejores condiciones de habitabilidad, pero se hizo un loteo equitativo y cada familia se apropió del lugar que desde ese momento sería su casa. Con el tiempo, han construido sus viviendas, emprendido diferentes procesos productivos y formado una comunidad que quiere vivir en paz, como explican algunos de los nuevos habitantes.

     

    Hogar es…

     

    El nuevo caserío es un espacio tranquilo, rodeado de bosques verdes que aromatizan el aire y cruzado por una carretera construida por la comunidad que se percibe contenta de ejercer la hospitalidad con sus visitantes a quienes muestran cómo se han organizado para criar peces y gallinas ponedoras, para obtener recursos en colectivo.

     

    Siembran, construyen, como el grupo que no han dejado de ser, pero que se adapta a nuevas formas de vida: juega fútbol en una cancha adecuada para ello, tiene un parque infantil donde los niños juegan y se ve gente conversando, compartiendo, jugando billar y trabajando hasta bien entrada la noche. Van de compras hasta la zona urbana a buscar lo necesario, acuden al hospital y, en cosas como la salud, por ejemplo, les ha tocado adaptarse a la forma en que se hacen las cosas en la vida civil.

     

     

    La carretera principal del caserío es producto de un convite y la financiación comunitaria.

    Foto:Bladimir Gutiérrez.

     

    Adriana, una mujer que fue guerrillera por más de 25 años, comenta cómo le sorprendió el sistema de salud en Colombia, pues ella pensaba que al ir a un centro asistencial recibiría atención inmediata, pero se dio cuenta que esto no era así, que es largo el proceso, que hay que hacer fila y sacar copias. Que casi siempre es con cita previa y mucho tiempo después de lo que un paciente necesita.

     

    En el caserío del antiguo frente 58 hay un pequeño espacio en el que concurren adultos a estudiar Matemáticas, Español, Inglés y Ciencias Naturales, en clases para las que tienen el apoyo de una universidad. Los cerca de veinte niños reciben sus clases en una carpa acondicionada como salón, con una profesora provista por la Diócesis de Apartadó.

     

    Perros, gatos, gallinas y guaguas hacen parte de la vida doméstica. Casi todas las viviendas tienen pequeños estanques en su patio trasero y de allí se saca pescado para la venta.

     

    De comandante a líder comunitario

    El liderazgo permanece. Es fácil ver a Rubén Cano involucrado en sus tareas agrícolas y, al tiempo, en cada tarea comunitaria que surge, con las botas puestas, arreglando aquí y solucionando allá. Todos cuentan con él y lo buscan cuando hay un problema, un enfermo, un herido en un accidente o algo parecido. Cano afirma que su tarea es tener unido a su grupo y no dejarlos desertar o tomar otros caminos. Reconoce que la vía de las armas no fue tan efectiva ni para ellos ni para el Estado y afirma que en esta guerra los que murieron, de ambos lados, fueron los hijos de los más pobres de este país.

     

    Las diligencias asociadas a los procesos judiciales por los que deben responder, hacne parte de la rutina. Una mañana, siete personas, incluido el excomandante, se dirigían a una audiencia ante la Jurisdicción Especial de Paz. Según Cano, no desconocen sus responsabilidades en el conflicto y afirman estar dispuestos a responder y a seguir apostándole a la paz. El excomandante afirma que haber entregado las armas fue el paso más significativo para que Colombia creyera en su voluntad, esa misma que los hizo trasladarse, permanecer en el proceso y empezar de cero sin muchas garantías.

     

    Al que todavía algunos llaman Manteco, le llega el recuerdo del momento en que con su grupo quiso llegar al Urabá: se dijo que no sabían de su paradero y hasta que se habían incorporado a las disidencias. Mientras tanto ellos llegaban a Mutatá incluso en compañía de agentes del Estado. Cano explica: “Si yo hubiera sido más irresponsable con el proceso de paz, no le hubiera dicho nada a la gente. Yo me abro, no le digo nada a la gente, ‘sálvese quien pueda’, pero una forma de mantener a la gente unida, es esta, con el líder diciéndole ‘hay que hacer’, por el bien de nosotros, del país”.

     

     

     

     

  • El arte que rodea al Museo de Antioquia

    La actual sede del Museo de Antioquia se encuentra sobre la Plaza Botero, entre las carreras Carabobo y Cundinamarca, un espacio que ha acogido pinturas, esculturas y demás piezas artísticas de distintos creadores locales y extranjeros desde el 15 de octubre del 2000, cuando la edificación patrimonial, antiguo Palacio Municipal, pasó a ser baluarte del arte en Antioquia.

     

    Hoy, 18 años después, el museo está quizá en su mejor momento, no solo goza de afluencia, variación en programación y calidad en las colecciones, sino que se ha integrado al entorno; se olvidó de las cerraduras y es ahora una casa de puertas abierta, tal como reza el eslogan de Museo 360, macroproyecto que desde 2016 busca generar acciones de impacto en el centro de Medellín.

     

    En la página web del museo se puede encontrar el mapa: con viñetas de colores y acotaciones revelan cada una de las salas que hay en los tres pisos de la edificación; baños, escaleras, cafés, tienda, centro de atención de primeros auxilios, rutas de evacuación y patios, están demarcados por íconos y figuras que orientan al visitante.

     

    Lo imprimo y saco de mi maleta un marcador rojo, le quito la tapa y amenazo al Bond aún caliente. Con un pulso casi quirúrgico, delineo la planta baja del museo, lo hago dejando un espacio de aproximadamente cinco milímetros entre la ilustración y la línea roja: parto de la entrada principal hacia la derecha, cruzo la esquina que da sobre la avenida León de Greiff hasta el siguiente giro, en línea recta atravieso la parte trasera del edificio hasta voltear en la calle Calibío, donde delineo hasta la esquina próxima que me lleva al lugar en el que partió el marcador; uno los trazos y obtengo un contorneado del Museo de Antioquia. Lo hago como preparación a la visita que haré, una en la que por primera vez no será en las salas de adentro –como lo suelo conocer– sino afuera, en su fachada: una experiencia de 360 grados.

     

    “Somos un museo que está en pleno corazón del centro de la ciudad de Medellín”, comenta Julián Zapata, curador asistente de Museo 360. Y es a partir de esto que el “Museo de Antioquia se empezó a entender como un espacio que no puede ser ajeno a todos los fenómenos sociales que ocurren al rededor del edificio.”

    Cuando por fin hicieron acto de consciencia, empezaron a abrir las puertas y ventanas del museo, todo aquello que estaba antes cerrado al público y que ni siquiera podía ser usado por las personas que trabajan al interior. Teniendo los espacios disponibles, comenzaron a generar propuestas que conectaran al museo “con la calle, el exterior, la gente de afuera”.

     

    Carolina Chacón, curadora jefe del macroproyecto, cuenta que este contenido se comenzó a pensar con distintos tipos de formatos, “a través de prácticas artísticas contemporáneas que no están basadas en objetos, pinturas, esculturas, sino que su materialidad pasan a ser los cuerpos, las acciones, el tiempo, el espacio específico”. De esta premisa nacieron distintos proyectos que se fueron sumando a la gran propuesta del museo que tiene como finalidad agruparlos.

     

    La consentida, por ejemplo, es la selección de una obra expuesta en el museo que se escoge para ser exhibida en la Sala Cundinamarca, un espacio en el que sus amplios ventanales permiten que sea vista desde afuera, desde la carrera que lleva su mismo nombre. Lo que se busca es crear una conexión entre los distintos públicos del mismo, que tanto el transeúnte afanado o tranquilo, como el visitante local o extranjero, puedan apreciar las obras en una sala que cuenta con todos los parámetros de conservación y seguridad necesarias. Obras como Horizontes de Francisco Antonio Cano, Monalisa niña de Fernando Botero, El pueblo y el guayacán de Ethel Gilmour, entre muchas otras, han pasado por esta sala y han podido ser vistas por personas que tal vez nunca hayan entrado al museo.

     

    Otro proyecto que nace sobre la misma carrera, es decir, sobre la parte trasera de la edificación, es Residencias Cundinamarca. En este espacio, artistas o colectivos podrán realizar una residencia en el Museo de Antioquia y crear así una propuesta de integración y visibilización con alguna de las comunidades o grupos sociales que habitan el entorno. Su esencia es tanto artística como educativa.

     

    La esquina también es otro de los espacios que se creó como un lugar de socialización. A través de performances e intervenciones artísticas, el Museo de Antioquia le da vida a su esquina entre Cundinamarca y Calibío cada quince días. Allí se reta y hace frente a los problemas –que luchan entre ser estigmas o realidades– de seguridad en el sector, lo que dificulta el encuentro nocturno de quienes habitan el centro de la ciudad.

     

    A estos proyectos se le suman Vive la Plaza, en el que colectivos podrán hacer una intervención artística en la Plaza Botero; Diálogos con sentido, un espacio pedagógico en el que niños del centro de la ciudad potenciarán sus habilidades y aprenderán a autorreconocerce como sujetos activos dentro de la sociedad; Vitrinas Cundinamarca, exposiciones inspiradas en la célebre Zona Roja de Ámsterdam; y Biblioteca de Saberes vivos, una gran huerta en la que se establece una relación entre comer, leer y escribir: sembrar se convierte en el mejor pretexto para contar historias.

     

    Recorrer caminando la fachada del edificio, o dar un giro de 360 grados en su eje, demora alrededor de tres minutos con treinta segundos; solo si se hace a un ritmo tranquilo, pero no lento, con pasos firmes y sin detallar. Pero si se quiere apreciar toda la oferta cultural y artística que el Museo de Antioquia tiene para ofrecer con su macroproyecto, el tiempo invertido sería de mañanas, tardes o noches enteras, semanas o meses. La finalidad es que quienes habitan y frecuentan este sector del centro de Medellín puedan tener a su disposición eventos, presentaciones o exhibiciones en cualquier momento de su jornada; que puedan ser integrados y que se sientan parte fundamental de uno de los símbolos más importantes de la cultura antioqueña. Una oferta tan variada que los 4.504 m2 de la edificación no alcanza a abarcar, por lo que se extiende a otros escenarios de la ciudad.

     

    El cabaret de ‘las guerreras’

    Son las 7:50 p.m. y el Teatro Pablo Tobón Uribe se va llenando poco a poco. Las personas ingresan y se acomodan en las sillas dispuestas a apreciar la función que está a punto de comenzar. Caen las luces y una mujer, que se encontraba tendida en una esquina del escenario –inmóvil– desde que abrieron las puertas, comienza a arrastrarse, a moverse al ritmo de los sonidos virtuales que se escuchan de fondo. Inicia la primera escena de Nadie sabe quién soy yo, y de ella le siguen siete escenas más: son en total ocho mujeres, es decir, ocho historias.

     

    Este performance en formato de cabaret es uno de los proyectos que nació en Residencias Cundinamarca. El Museo de Antioquia invitó a la artista bogotana Nadia Granados para que realizara una residencia en el nuevo espacio dispuesto por el museo, por lo que integró a varias prostitutas del sector de la Veracruz, vecinas de la zona, a participar en su proyecto artístico que “busca tumbar todos los estereotipos que existen alrededor de las mujeres que ejercen el trabajo sexual”, esos prejuicios que “todos tenemos por más mente abierta” que presumamos, según Carolina Chacón.

     

    Se pasean en el escenario contando sus historias: cómo vender mechones de cabello puede ser la solución para ganar algo de dinero y así apaciguar el hambre, la manera en la que la sociedad establece estereotipos de cuerpos femeninos y excluye los “desmoldados”, la explotación laboral, el abuso doméstico con sus maridos y el impacto que ha tenido sobre ellas la violencia en el país.

     

    “Es muy fácil llegar a la prostitución, pero es difícil salir de allí”, dice Luz Mery Giraldo, líder de Las guerreras del centro, nombre que adoptaron en su proceso de convertirse en una corporación. “El nombre nace de una compañera que yo tuve. Cuando iba a trabajar de madrugada, ella me decía: ‘hoy toca guerreármela’… y así nos toca a nosotras, es la guerra por el peso”.

     

    Días antes de la presentación, Luz Mery, quien ha dedicado más de 17 años a trabajar por la comunidad de mujeres que ejercen el trabajo sexual, anunciaba enérgicamente la realización del performance: “Mi sueño es conquistar al mundo con mis obras, siendo vocera de muchas mujeres que están en situación de vulnerabilidad, porque… Nadie sabe quién soy yo.” El video, publicado por la cuenta oficial de Instagram de la corporación (lasguerreras.del.centro), suma hoy casi cuatrocientas visualizaciones.

     

    En la misma cuenta de la red social, en la tarde de la presentación en el Pablo Tobón, iniciaron una transmisión en vivo de su llegada al Teatro. Mientras ingresaban, me incorporé a las tres personas que veían a través de la pantalla la entrada de ‘las guerreras’ a su campo de batalla o, sin el innecesario lenguaje bélico, a los camerinos. Aunque ya se habían presentado en otros teatros de la ciudad como La Hora 25, El Trueque y El Matacandelas, la emoción por estar en el Pablo Tobón era notoria. “Qué es esto tan bello”, “mirá, mirá esos espejos”, “yo creo que me voy a quedar a vivir acá…”, son algunos de los comentarios que entre risas, gritos y euforia se escucharon en la transmisión de Instagram cuando Melissa Toro, directora de la corporación, creyó necesario grabar el momento.

     

    Luz Mery se me acerca al finalizar la entrevista y al oído me dice que tiene un poema que quiere compartirme. “Yo también escribo”, comenta orgullosa. Lo tituló Prostitución: esclavitud – explotación, y en él plasma lo que para ella significa el ejercicio del trabajo sexual, del cual también cree que ni siquiera debe recibir ese tecnicismo, pues “ni prestaciones sociales se reciben, no hay un salario fijo.”

     

    Mujer pobre, enmudecida y opacada.

    ¿Dónde está tu juventud?

    Brindando estás en copa rota

    por esa piel que ya no es.

     

    Hoy recuerdas esa noche

    en donde fuiste presa frágil

    de aquel lobo feroz,

    y desde entonces tu sonrisa…

    la tornaste en llanto.

     

    Prisionera sigues,

    del vicio idolatrada.

    Doblemente explotada

    y por la sociedad,

    doblemente olvidada.

     

    Y es en el final del poema en donde es más notorio el impacto que el proyecto ha tenido. Desde que iniciaron su proceso con el Museo de Antioquia, la prostitución en el centro de Medellín –un fenómeno social con el que se convivía a diario pero era ignorado– se ha visibilizado. A través de la intervención se le ha mostrado a gran cantidad de personas en teatros con aforo completo, en prensa y redes sociales, lo que de verdad significa ser prostituta.

     

    El año pasado el performance ganó el premio Obra 2017 del periódico de arte y cultura, Arteria, con el 45, 9% de los votos. Distinción que se suma al éxito que han tenido en todos los teatros en los que se han presentado y la buena acogida por parte del público. Este proyecto fue posible gracias a “un proceso de intercambio entre las ideas escénicas, visuales y la estética de la artista, con las historias de las mujeres. Todo se fue dando a medida que fueron encontrando espacios de conversación muy personales e íntimos”, como lo cuenta Chacón antes de la función.

     

    Estas mujeres le han dado un nuevo significado a su vida, se han demostrado a sí mismas que es posible pasar de trabajar en el catre oxidado, a brillar en el escenario. Que los sueños se pueden cumplir, tal como María Flórez lo hizo: “Yo nunca me imaginé que podía montarme en un teatro a hablar y que a la gente le gustara, ahora soy famosa, una artista.”

     

    En la esquina también se llora

    María Natalia Ávila, artista bogotana, convirtió el espacio del museo entre Cundinamarca y Calibío en una cantina, con su proyecto Las divas también lloramos: amor, humor y desamor, en el que a partir de una “banda sonora interpretada por divas de la música de despecho” establece lazos con las historias de amor de quienes participan, como lo dice el pasacalles que anuncia la intervención.

     

    La propuesta que esta vez reunió al público en La esquina, fue la de un proceso de intercambio. No me concede la entrevista hasta que yo me tome un “aguardientico”, me dice la artista; luego de haberlo hecho, me pide que la espere pues hay una larga fila de personas detrás de la mesa principal deseando hablar con ella. Una señora, de edad avanzada, tiene en su mano un perrito desgastado de peluche, lo mira y zarandea. “Este chandosito me lo dio el primer novio”, dice la señora mientras María la escucha atenta; “tome”, culmina y se lo entrega. La artista lo recibe con una sonrisa, lo deposita en una caja que tiene al lado y le enseña distintas piezas gráficas que hay en la mesa: serigrafías, pegatinas, botones y fanzines.

     

    “La gente puede venir y traer cartas, credenciales, fotos… objetos que tienen que ver con el desamor de los que la gente quiere salir”, comenta la artista. Y como “a veces quemarlos o botarlos es una acción violenta a la que uno no se atreve”, ella los recibe y a cambio, el despechado, podrá quedarse con alguna de las piezas gráficas de su creación; objetos que, en este caso, sí “tienen afecto”.

     

    De fondo suena La cuchilla de Las Hermanas Calle y un grupo de mujeres –de pie– corean juntas la canción. En el lugar hay por lo menos más de veinte personas y son las 9:30 p.m., una hora en la que estar en el centro de Medellín puede significar, para muchas personas, un acto arriesgado. El sitio está decorado con afiches de distintas cantantes latinoamericanas que han dedicado su vida a cantarle al amor y desamor. Al lado de la mesa principal hay una Paquita la del Barrio a escala que parece vigilar la fila hacia María, mientras las personas esperan por el encuentro, van a la figura de cartón y se toman una foto con la cantante mexicana.

     

    Estar en el Museo de Antioquia, para la artista, significa “la posibilidad de acceder a más personas, que el proyecto pueda hacerse efectivo, y eso es increíble”, así como también lo es la convocatoria de público en ese horario.

     

    Museo 360 es también un museo de jornada continua en el que el momento del día no es un impedimento para la formación y encuentro entre públicos; es la prueba fehaciente de que con el arte se puede hacer frente a la inseguridad y violencia.

     

    Aunque el intercambio de objetos solo fue por una noche, su propuesta artística se extiende a Vitrinas Cundinamarca, en donde láminas cubren cinco vidrieras de la parte trasera del museo con imágenes de artistas como Chavela Vargas, Liz Freitez, Lolita Flores, entre otras, acompañadas de frases de sus canciones.

     

    Noventa años de historia

    Desde finales de la década de los años veinte del siglo pasado, se hacía notoria la necesidad de tener una sede de gran albergadura para la administración local, pero solo fue hasta el 7 de diciembre de 1931 cuando el Concejo de Medellín propuso la iniciativa de creación de un edificio que acogiera la Alcaldía y Concejo de la ciudad. Al año siguiente se abrió un concurso en el que arquitectos y empresas constructoras podían enviar sus propuestas. La firma H.M Rodríguez e hijos fue la ganadora.

     

    La construcción de la edificación se terminaría en 1937 y serviría como Palacio Municipal hasta 1988, año en que el edificio pasó a manos de Empresas Públicas de Medellín, compañía que se ubicaría allí solo hasta el año 2000 cuando el inmueble pasó a ser la sede principal del Museo de Antioquia.

     

    El edificio patrimonial, declarado Monumento Nacional por medio del Decreto 1802 de 1995, conserva entre sus paredes noventa años de historia, y su vigencia es evidente. Ha sobrevivido a esa “falsa idea de progreso” como el escritor y periodista Darío Ruiz Gómez le llama al construir y reconstruir permanente en el que vive el centro de la ciudad.

     

    Esa vitalidad tan solo es posible si se ejecuta una renovación, y no necesariamente a partir de una obra de desplome. Museo 360 ha significado para el Museo de Antioquia, y su edificación principal, un nuevo aire. Para Luis Felipe Saldarriaga, arquitecto de Patrimonio Cultural de la Gobernación de Antioquia, la mejor manera de otorgarle a estas edificaciones patrimoniales vigencia es articulándolas “con la cultura y la educación, e incrementando programas de formación y difusión de ese patrimonio cultural en todos los ámbitos.”

     

    Premisa que el Museo de Antioquia ha entendido y que gracias a eso hoy es posible no solo conocer los espacios que tiene a su disposición en el interior, sino también en su fachada: vidrieras, columnas, rejas y cercas que cuentan una parte importante de nuestra historia como sociedad, y que sirven –a través del macroproyecto– como el mejor escenario para que la misma se visibilice y resalte: pasar del contorneado en el papel, a caminar por las calles del centro de Medellín.

     

     

  • 40 años del pueblito de nuestras cuitas

     

     

    “Tenemos contemplado hacer una exposición en el marco de los 40 años para que los visitantes entiendan el contexto de un pueblito paisa, que si bien muchos tenemos la posibilidad de ir a otros pueblos de Antioquia, de pronto un turista que solo tiene unas horas o unos momentos para recorrer la ciudad pueda conocer y tener este referente’’, señaló Juliana Cardona Quirós, Subsecretaria de Turismo de Medellín.

     

    En el suroccidente de Medellín, en medio de todo el cemento, hay un pequeño pulmón verde que además de naturaleza tiene cultura e historia paisa, lo que lo hace sitio obligado de visita en la ciudad.

     

    En la cima del Cerro Nutibara se encuentra el Pueblito Paisa, un espacio que por tradición es referente de la ciudad de Medellín y que ha funcionado desde 1978 como un abrebocas de lo que es un pueblo tradicional antioqueño. Lleno de colores, artesanías, comida típica, exposiciones antiguas y una vista panorámica de la ciudad ha impulsado año tras año a que extranjeros y nacionales quieran conocer más de esta región colombiana.

     

    ¿Cómo surgió?

    Todo comenzó en 1976 con un restaurante mirador que tuvo tanta acogida, que se decidió construir un pueblo antioqueño para atraer más turistas. Julián Sierra Mejía, arquitecto, se encargó de todo el diseño y tuvo las obras a su cargo.

     

    Con la ayuda de empresas antioqueñas como Coltejer, Compañía Colombiana de Tabaco, Noel, Compañía Nacional de Chocolates y Suramericana se inició toda la construcción del lugar. Queriendo darle más realismo, Sierra rescató muchos de los restos del viejo Peñol, que estaba siendo demolido para construir la represa, y de la antigua Casa de Ejercicios Espirituales San Vicente para empezar con la obra. Puertas, marcos, ventanas y hasta la que hoy es la puerta de la iglesia del Pueblito Paisa fueron utilizadas para darle más similitud a un pueblo de verdad. Años después Empresas Públicas de Medellín iluminó los senderos y se instaló la señalización del lugar.

     

    Espacios

    Al llegar a lo más alto del Cerro Nutibara, lo primero que se aprecia es una plaza en piedra con una fuente en todo el centro, una característica capilla blanca con sus sillas antiguas de madera, rodeada por casitas de colores naranjas, rojas, azules y amarillas. Algunas de estas casas con dos pisos y desde abajo se pueden ver los restaurantes repletos de turistas disfrutando de la comida típica antioqueña y de la hermosa vista de la ciudad, al igual que las flores que durante todo el año adornan los balcones. Varios puestos y tiendas de artesanías ofrecen la imagen del silletero en llaveros y muñecos. Bancas de madera rodean el parque y son el espacio en el que muchos visitantes se sientan a a conversar o disfrutar de una oblea.

     

    La capilla, la botica, la escuela, la casa cural, la alcaldía y la barbería fueron los sitios que dan fidelidad al pueblito y despiertan comentarios nostálgicos de los visitantes, algunos de los cuales desde 2012 se empezaron a llevar de a poco pedazos del lugar que hoy ya no tiene los pupitres de madera del siglo XIX, sin la silla roja de la barbería, sin muebles antiguos, y sin botica.

     

    El principal objetivo de la Alcaldía de Medellín desde la Subsecretaría de Turismo es que la gente entienda cómo es un pueblo paisa y que conozca nuestra historia y cultura. En contraste, Jenny Sandoval, turista de Bucaramanga, lamentó en medio de su visita lo limitada que es la zona de comidas y la falta de señalización.

     

    Transformaciones

    Dentro del plan de desarrollo ‘’Medellín cuenta con vos’’, la Alcaldía de Medellín tiene un proyecto para convertir a los cerros Nutibara y El Volador en atractivos turísticos. La Empresa de Desarrollo Urbano (EDU) está a cargo del proceso de diseño.

     

    El manejo del Cerro Nutibara está a cargo de la Secretaría de Medio Ambiente, pero también de la Secretaría de Desarrollo Económico, específicamente la Subsecretaría de Turismo y la Secretaría de Cultura.

     

    De acuerdo con Juliana Cardona Quirós, subsecretaria de Turismo de Medellín, se espera que en noviembre de 2018 se puedan comenzar a ver algunas de las intervenciones, principalmente en senderos y caminos para los visitantes, con soluciones para personas con movilidad reducida y coches de niños, ciclo rutas y seguridad. ‘’Queremos que sea un cerro para todos’’, expresó la subsecretaria de Turismo. En concordancia con la función ambiental del cerro, entre los planes está la restricción de vehículos.

     

    Por su parte, la Secretaría de Desarrollo Económico realiza capacitaciones a los comerciantes del Pueblito Paisa, manteniéndolos actualizados en el mejoramiento de sus artesanías y en el servicio al cliente, pensando en la cantidad de visitantes que está recibiendo Medellín y particularmente este lugar.

     

    Promoción del lugar

    En las dos terminales de transporte de Medellín, en los aeropuertos Enrique Olaya Herrera y José María Córdova, Plaza Mayor, Parque Arví, Parque de las Luces y en el Pueblito Paisa hay Puntos de Información Turística (PITS), que orientan a los visitantes dándoles recomendaciones de los principales sitios para visitar. De acuerdo con Juan David Giraldo, encargado del PIT del Pueblito Paisa, los turistas llegan al lugar con gran expectativa por ser un sitio tan recomendado por los recorridos que ofrecen las agencias turísticas de la ciudad.

     

    Los Puntos de Información Turística facilitan mapas, horarios de actividades, rutas de transporte y recomiendan museos, parques y bibliotecas, como parte del reto de mejorar constantemente la calidad de los espacios, entre otros aspectos, la seguridad y el acompañamiento.

     

    Feria de Flores

    Durante la Feria de las Flores, el Pueblito Paisa es uno de los lugares más visitados. Incluso en medio de remodelaciones y otras obras, los visitantes tienen la oportunidad de apreciar la elaboración de silletas y una exposición a propósito de las cuatro décadas de historia de este lugar que protagoniza numerosas postales de Medellín.

     

     

     

     

     

     

     

  • Prado descubre a qué saben 90 años de historia

    La receta para que un barrio dure 90 años es: que haya vivido el pintor más reconocido de Colombia, que en épocas secas se adorne de flores amarillas caídas de los guayacanes, que haya sido declarado patrimonio arquitectónico, que su fundador se llame Ricardo Olano y haya venido de Yolombó, que esté en el centro de su ciudad y por último, sazonarlo a 25 grados, la temperatura promedio de Medellín.

     

    Para descubrir estos ingredientes, fue necesario nacer en 1927 y estar repleto de familias gigantes, empresarios adinerados, personas de otras regiones del país o que viajaran al exterior. Que aún viva gente que llegó en los años 30 o 40 y, lo más importante, que haya allí curiosos por descubrir la historia, no solo arquitectónica sino gastronómica de este lugar.

     

    ¿A qué sabe prado en 90 años?, se preguntó la Fundación patrimonio para el desarrollo que ganó con su propuesta el estímulo “celebrando el mes del patrimonio” para el arte y la cultura 2017 de la secretaría ciudadana de Medellín. Mónica Pabón, arquitecta y directora de la fundación junto con su esposo Hernán Tobón, cocinero experto en cocina colombiana y coordinador del proyecto se preguntaron con tanta intriga a qué sabe este barrio, que después de dos meses de exploración el 29 de septiembre Medellín se enteró y probó a qué sabe Prado en 90 años.

     

    Talleristas de a qué sabe prado en 90 años, después de finalizar con las actividades propuestas por el proyecto.

    Foto: Fundación Patrimonio y Desarrollo.

     

    Fueron 20 personas, residentes de este barrio junto con el cocinero experto, quienes se dieron a la tarea de investigar a qué sabe Prado, para esto realizaron 100 encuestas sobre qué se comía, cuatro talleres teóricos y cuatro prácticos, cada uno en una casa diferente, con el fin también de conocer cómo eran las cocinas anteriormente y la relación que tenía la arquitectura con el tiempo y el tipo de familia. “Para decidir el plato, a parte de las encuestas entre nosotros hablábamos de los ingredientes que usábamos en la casa y los que más se repetían esos usamos,” cuenta María Eugenia Ramírez, que lleva 35 años en el barrio.

     

    Los ingredientes para descubrir el sabor fueron aportados los habitantes del barrio, cada uno decía qué comida, sabor u olor le recordaba los tiempos pasados que donde vivió con su madre, abuela, hermanos y primos. Sin embargo para armar su plato y reconocer en realidad cuál era el sabor necesitaban un cocinero, por eso Hernán Tobón experto en cocina colombiana los acompañó en este trabajo para aportar sus saberes y al respecto comenta que “el objetivo de este proyecto es recuperar la memoria gastronómica y estandarizar una receta a partir de la restauración gastronómica y tradicional de las cocinas de Prado”. Y por esto preguntó entre la comunidad por varios meses ¿a qué sabe Prado?

     

    ¿A qué sabe Prado en 90 años?, a infancia, dice Inés. A mi abuela cometa Maria Eugenia. A finca dice en voz baja Rocio y a mi mamá grita Socorro, con la espontaneidad que la caracteriza. Todo esto se escuchaba en el salón de la Acción comunal mientras entre talleristas y coordinadores del proyecto a modo de conversación mostraban el resultado del trabajo realizado. Después de escuchar varios puntos de vista se evidencia que para ellos lo más importante de descubrir la receta era poder viajar en el tiempo mientras disfrutaban el plato, tener sensaciones y emociones, que aunque no fueras de este barrio te recordara algo o a alguien.

     

    Rocio Correa y Alba García, talleristas, que vestidas de los años 30´s 40´s celebraron la entrega oficial de la receta que les inspiró su barrio. Foto: Fundación Patrimonio y Desarrollo.

     

    Para probar el sabor de Prado el salón estuvo acorde con la época en que nació el barrio, estaba acompañado de mujeres, hombres y niños vestidos de los años 30´s y 40´s para evocar la época en que sus antepasados llegaron al barrio para llenarlo de vida, familias elegantes, historias por contar y patrimonio arquitectónico que cuidar. Mientras servían el plato, habían personas preparándolo y el olor de esta comida acompañó a los asistentes durante toda la recepción, por último y para antojarlos más de probar dicha receta, dijeron sus ingredientes.

     

    Mario Pabón, Luz Marina Carvajal y su nieto, vestidos de fiesta para probar en la entrega de este proyecto a qué sabe este barrio del que solo han conocido historias. Foto: Fundación Patrimonio y Desarrollo.

     

    Crema de frijoles con zanahoria, plátano pintón, arroz blanco, chicharrón frito con harina -para que sea más crocante,- hogao y nada de sustancia animal, es a lo que sabe Prado. Pero y qué tomaban, quiénes y cómo lo comían fueron preguntas que surgieron después de descubrir el plato, por eso Hernán empezó a indagar más a fondo con los participantes del taller sobre historias en la mesa. “De sobremesa, el guandolo, o aguapanela fría con limón, era lo que se tomaba en las mesas de 12 o más puestos que a las 7 pm hora de la comida siempre estaba llena, decían mientras cocinaban los talleristas”, añade además que para terminar la cena y de paso las conversaciones con todos los integrantes de la familia, sobre sus trabajos, tareas, novios o problemas, estaba como acompañante la torta de pan viejo, receta hecha también en casa, por la servidumbre en unos casos o por las abuelas.

     

    Después de escuchar las anécdotas y el resumen de la metodología que utilizaron los talleristas para elegir los ingredientes, decidieron retar a dos chefs profesionales, Juan Diego Gómez Mesa y Juan Esteban Herrera para que cocinaran en frente de todos la receta que identifica su barrio, para luego evaluarlos. Durante 40 minutos los cocineros dialogaron con la gente, y explicaron cómo se preparaban los alimentos que componían el plato elegido.

     

    El objetivo del reto no era solo hacer la receta, sino que tuviera la sazón del barrio, que su sabor les recordara las historias y emociones, por eso esto, los dos profesionales de la cocina escucharon durante la toda la noche los relatos del barrio y aportaron a este plato su conocimiento y las técnicas explicadas por los talleristas.

     

    Juan Esteban Herrera y Juan Diego Gómez, chefs retados hacer la receta que identifica el barrio Prado de Medellín.

    Foto: Fundación Patrimonio y Desarrollo.

     

    Al final todos los invitados a la reunión disfrutaron de la crema de frijoles, con hogao, chicharrón, arroz blanco, tajada de plátano, guandolo y torta de pan viejo. En el cual después de cada cucharada o degustación del plato había que calificar, no solo el sabor si no las sensaciones y recuerdos que había traído ese plato cuando tuvo contacto con sus papilas gustativas.

    Para Maria Victoria Echavarría, quien vive hace más de 20 años en el barrio fue invitada por sus amigas, dice que fue espectacular la experiencia, que lo que más le gustó fue la integración debido a que antes todos eran en sus casas y gracias a estas actividades hay más comunicación y conocimiento entre la comunidad.

     

    Socorro Londoño, 30 años viviendo en el barrio, y Alba García, 40 años viviendo en Prado, prueban de nuevo la receta que trajo a sus memorias su historia en este lugar. Foto: Fundación Patrimonio y Desarrollo.

     

    Los talleristas, invitados y expertos en concina en esta noche del 29 de septiembre descubrieron el sabor del barrio que vio crecer a Fernando Botero, aquel declarado único sitio de conservación patrimonial en esta ciudad, ese que por darle vida a la avenida oriental perdió la suya, pero que hoy 90 años después de que se fundó quiere renacer para Medellín y demostrar que su importancia no solo está en los muros sino también en sus gentes.

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

  • La avalancha se llevó mi casa, mi sueño

    Uno de los más recientes desastres naturales en Colombia es el de Mocoa-Putumayo, ocurrido el 31 de marzo de 2017, que dejó 332 muertos y centenares de damnificados. Entre las versiones e historias que hacen memoria de los acontecimientos, está el testimonio de Carlos Alfonso Jácome, un hombre de 38 años que sobrevivió con su familia y que relató así los acontecimientos:

     

    Yo llegué a Mocoa hace 15 años, salí de Buenaventura sin nada, solo con mi esposa y mi hijo mayor, que en ese entonces tenía pocos meses de nacido. Me puse a trabajar en construcción, pero pagaban muy poquito, entonces me conseguí una carreta y me puse a vender verduras ahí en el barrio. Yo siempre viví en San Miguel, eso al principio era una invasión, poco a poco fue mejorando, aunque seguíamos con las calles destapadas, las casas de madera y zinc, matorrales entre una y otra, lámparas que no servían y ríos por todos lados. Pero al menos teníamos eso y estábamos contentos, dígame ahora…

     

    Con el tiempo, comencé a vender en otros barrios, hasta que me recorrí casi todo el pueblo con mi mercancía, así fue como levanté a mis hijos. La gente me distinguía, ya sabían que, Mi So, era el negro de la carreta que vendía las verduras frescas y baratas. Quién sabe dónde habrá quedado mi carretica.

     

    Vea le cuento: yo ese día estaba jugando fútbol con mis so (amigos) en la cancha del barrio y se largó un lapo de agua durísimo, entonces dejamos el partido así y nos fuimos para la tienda. Eran como las 10:30 de la noche y yo pegué (se fue) pa’ mi casa, cuando iba llegando vi el río muy crecido y sucio, eso lo sabe uno que ha vivido siempre al lado de él, si está sucio y baja ramas, es porque arriba se desbordó. Entonces entré a la casa y le dije a mi mujer que nos fuéramos porque ese río se iba a salir y nos inundaba la casita, ella levantó a los niños, yo empaqué lo importante y salimos. Cuando abrimos la puerta, ya el agua estaba en la calle, el puente ya no se veía, entonces pegamos pa’l puente de Villa Rosa, pero tampoco había paso, La Taruca también estaba crecida y no dejaba cruzar.

     

    En ese momento me empezó a entrar miedo, más porque la gente era llorando y gritando que venía una avalancha. Lo primero que hice fue subirme con mi familia a una casa de 3 pisos. De un momento a otro, se fue la luz, eso indicaba que alguna cosa le había pasado a la subestación, que quedaba mucho más arriba del barrio. En esa casa había muchas personas, todas desesperadas porque afuera nos esperaba lo peor. Yo entré al cuarto donde estaban mis hijos y mi esposa, los abracé fuerte y les dije que los amaba mucho, porque sentía que iba a perder a alguno. Mis hijos se aferraban a mi persona, como si yo fuera su salvación, y me gritaban que no los dejara morir, entonces le dije a mi esposa que si ella quedaba viva enterrara a mis hijos, y le prometí que, si el vivo era yo, los enterraría a ellos. La besé y salí al corredor.

     

     

    “Así quedó parte del vecindario de Mi So después de la avalancha”, Carlos Alfonso Jácome. Foto: Maria Camila Tamayo

     

    [endif]–

    Vi cómo bajaban árboles enteros, piedras gigantes, carros con ocupantes, motos, bebés, niños y adultos. También vi cómo las casas de enfrente se derrumbaron con todas las personas adentro, ellos gritaban y pedían auxilio. Por un momento pensé en tirarme a rescatar a esos vecinos de toda la vida, a los bebés que apenas llegaban al mundo, a los niños que jugaban con mis hijos, a los que me compraban mis verduras a diario. Pero no podía, tenía que cuidar a mis 3 pelaos y a mi esposa. Vi las estructuras derrumbándose como si fueran fichas de dominó. Aunque a pedazos, solo quedaron dos viviendas en pie; la de la tienda del barrio y en la que estábamos nosotros.

     

    La avalancha fue disminuyendo y pudimos rescatar a 5 personas que quedaron atrapadas contra la casa; 2 niñas, un niño, un hombre y una mujer. A la señora la conocía, me compraba verduras en el barrio Los Pinos. Los 5 estaban demasiado aporreados, llenos de lodo y de sangre.

     

    Cuando creíamos estar a salvo, ¡taque!, llegó otra avalancha que, aunque menos fuerte, arrasó con lo poquito que quedaba, ustedes no se alcanzan a imaginar el tamaño de las piedras que bajaban, yo no sé de dónde salió tanta piedra, mis so. Cuando yo llegue al cielo, porque allá quiero llegar, lo primero que voy a hacer es agradecerle a mi Dios y a María Santísima por habernos salvado ese día. Lo segundo, va a ser preguntarle de dónde salió tanta piedra, porque se los juro que no me explico eso. Tuvimos pánico toda la noche, llorábamos como unos niños, mucho más, al ver el terror en los ojos de nuestros hijos.

     

    A eso de las 4:00 de la mañana, que estaba medio aclarando, empezó a llegar la Cruz Roja, el Ejército, los Bomberos y la Policía. Ahí fue que pudimos sacar a los heridos y a nuestras familias. Con la luz del día llegó el dolor; yo vi todo mi barrio arrasado, vi muertos por donde caminaba y gente que salía milagrosamente del lodo. Esas imágenes se quedarán el resto de vida conmigo, lo grabé todo en mi memoria, aunque también grabé que Dios me dio otra oportunidad y la tengo que aprovechar.

     

    Después de unos días llegamos a un albergue del gobierno y permanecimos allá un tiempo, me tuve que ir porque por esos días llovía mucho y mis hijos pensaban que se iba a venir otra avalancha. Un amigo nos prestó una pieza para los 5 y allá sobrevivimos hasta que decidí regresar a Buenaventura. Llevaba 13 años sin ver a mi mamá y sentía la necesidad de abrazarla, porque estuve a punto de no poderlo hacer más nunca. Mi So no es el mismo de antes, ahora entiendo que como tengo a mi familia, así mismo los puedo perder en un abrir y cerrar de ojos, en una ida a jugar fútbol.

     

    Esa avalancha se nos vino con fuerza, con rabia, no hizo caso a ninguna condición; allí murieron niños y grandes, negros y blancos, pobres y ricos, buenos y malos. A Mocoa llegué por un sueño –tener casa propia–, yo me vine de allá sin él, porque un año después de cumplirlo, la naturaleza me lo arrebató. Perdí amigos, conocidos y clientes, perdí mi casa, ahora no sé ni siquiera dónde está mi carreta… Y como llegué hace 15 años, así me devuelvo, sin nada, solo con mi familia.

     

     

     

    ![endif]–

  • Talento con 15 años de resistencia

    La Comuna 13 se hizo célebre por la operación militar más grande que se haya visto

    en un territorio urbano, en la historia del país. Con el tiempo, los líderes, organizaciones comunitarias y grupos culturales de la zona aprovecharon las notables transformaciones urbanísticas del territorio, para proyectar una nueva vocación, en la que el arte y la cultura transmiten al mundo, el espíritu de estos barrios; la verdadera vocación, podría decirse, porque tres lustros después de la peor violencia armada, permanece vigente y activa, a pesar de que hay amenazas y dolores latentes.

     

    Este reportaje gráfico hace parte del cubrimiento especial de los medios universitarios de Medellín, a propósito de los 15 años de la Operación Orión, ofrecemos un recorrido por las facetas de la cultura, que mueve la vida y la memoria de estos barrios.

     

    Lea más del cubrimiento especial

    15 años después de la Operación Orión

     

     

    – “El talento de la gente en la Comuna 13. 15 AÑOS RESISTIENDO A LA VIOLENCIA”.

    Reportaje en la edición 62 de Contexto (UPB)

    – “Dar clase. El arma de los profesores en la batalla por la 13”.

    Crónica en la edición 88 de De la Urbe (U de A)

     

    -“El encuentro por la verdad”

    Crónica en Sextante digital (U. Católica Luis Amigó)

    -“El renacer de la 13, una historia de contrastes”.

    Reportaje sonoro en Bitácora (EAFIT)

     

  • El conflicto de una plaza para el arte en El Prado

    La lucha jurídica que reta el desarrollo cultural del barrio El Prado.

     

    La Corporación Centro Plazarte se encuentra ubicado en la Carrera 50 59-32; ante la notificación de aplazamiento, Plazarte ha mantenido en pie sus programaciones culturales. Foto: Manuela Rendón Uribe.

     

    Una noche antes del desalojo, y ansiosos por recibir justicia, los defensores de Plazarte decoraron sus paredes con afiches y carteles; la venta de la casa que ocupan los ha acorralado contra la posibilidad de ser desalojados.

     

    La Corporación Centro Plazarte se defiende con lo mejor que tiene: arte y cultura; ante la noticia de que su desalojo se llevaría a cabo, los colectivos dentro de la casa han afrontado la situación con obras de teatro, conciertos y otras actividades como medio de protesta. Sin embargo, nada detuvo la decisión de la Fundación Obra de Jesús Pobre -los demandantes- de convertir la casa en un albergue para personas en situación de calle. Según Daniel Alejandro Miranda, miembro del Colectivo TallerSitio, “cuando la Corporación se creó legalmente, los socios aportaron a su constitución: TallerSitio aportó la labor hecha durante esos cuatro años y los dueños de la casa, aportaron la casa; lo que pasó después es que uno de los socios vendió la casa sin consentimiento del resto de socios de la Corporación, lo que lo hace una venta ilegal. El que la compró (la casa) demandó a la dueña y nunca tuvo en cuenta a Plazarte como persona jurídica”.

     

    Al considerarse a la Corporación Centro Plazarte como habitantes indeterminados y no como poseedores de buena fe, no solo se están vulnerando sus derechos de la persona jurídica, también se atropellan sus derechos colectivos y a continuar en la casa, ubicada en el barrio patrimonial El Prado. Ante la situación, el grupo de artistas ha emitido varios comunicados, uno de los cuales explica: “Actualmente estamos en espera de la respuesta de la Tutela en la que pedimos, como poseedores de buena fe, el derecho a oponernos, que no se nos violen nuestros derechos fundamentales al debido proceso y a la propiedad, puesto que hasta la fecha se nos ha negado el acceso a la justicia y la igualdad de las partes, al no habernos admitido como litisconsorte o como opositores en procesos donde la entidad no ha estado nunca demandada”.

     

    Y aunque ellos se declaren como poseedores de buena fe, para abogados expertos en el tema como Felipe Vélez, es difícil saber si la Corporación es poseedora de buena fe sin algunos documentos y facturas que lo corroboren, “para esto se sigue un método científico que puede arrojar un resultado según algunos documentos que pide la ley para nombrarlos como poseedores de buena fe”.

     

    La obra de la Fundación Obra de Jesús Pobre

    A solo unas casas de diferencia, se encuentra la sede de la Fundación Obra de Jesús Pobre, según Hugo Sánchez, defensor de Plazarte, “es una entidad que se dedica a la atención de indigentes de una manera, para nosotros, y creo que para el Gobierno Municipal de Medellín, indebida, porque a ellos no los escuchan sino que los mantienen; les dan una comida, creo que también pueden entrar a bañarse, pero no les dan una pauta de vida como la que hoy, la alcaldía de Federico Gutiérrez está ejecutando”.

     

    Miranda asegura que la llegada de los habitantes en situación de calle cada tarde en busca de su alimento no solo no permite que la zona se desarrolle en seguridad y medio ambiente, también incomoda a los vecinos que se ven directamente afectados por su presencia. Es el caso de César Augusto Valderrama Gómez, residente de la cuadra que afirma que: “la Fundación Jesús Pobre tiene una casa justo en la carrera 50 con 70, en la esquina, y cualquier persona puede ver el descuido que tiene esa casa. Sus actividades sociales son para darle alimento a habitantes de la calle, esto genera que todos los días al mediodía esta calle está llena de habitantes de la calle. Especialmente, la casa donde habito, tengo que limpiarla una vez a la semana de heces y vómito de personas que se hacen ahí esperando el alimento. Ellos no se encargan de realizar la limpieza de todo esta gente que se moviliza a esta casa en particular, y quieren volver Plazarte una extensión de este lugar”.

     

    Como compradora del inmueble, la Fundación Obra de Jesús Pobre considera que los múltiples aplazamientos por parte de Plazarte no permiten que la decisión del juez se lleve a cabo, lo que los pone, en su opinión, en desacato de la orden judicial. La abogada de la parte demandante, Mónica López Arango, comenta que “el objeto social de la Fundación se ha visto perjudicado. No hemos querido demandar por el principio de la buena fe y por darles tiempo”, afirma que la institución se ha mostrado abierta a concederle opciones a la Corporación frente a la movilización de los bienes muebles dentro de la casa, pues han propuesto dejar en secuestre las obras de arte y bienes hasta darse a conocer el fallo del Tribunal Superior.

     

    Un posible final

    Son numerosos los episodios de esta historia, en uno de los más recientes, a finales del mes de noviembre de 2017, artistas, amigos y vecinos fueron convocados para que entre las paredes dibujadas, las antiguas puertas y los afiches que decoraban con protesta los muros, expresaran sus inconformidades en la sala donde se planeaba llevar a cabo la diligencia de desalojo. Entonces, la Policía llegó bajo órdenes de la inspectora, mientras un grupo de personas prepara sus instrumentos para un concierto – protesta.

     

    Bernardo Ángel Saldarriaga, actor del grupo de teatro “La barca de los locos” presenta una obra de teatro en medio de la diligencia en Plazarte como medio de protesta. Foto: Manuela Rendón Uribe.

     

    Mientras en una sala se discutía el futuro de la diligencia para Plazarte, Miranda observaba desde lo alto de las escaleras, “lo que nosotros hemos estado alegando todo este tiempo es que nos han vulnerado el derecho al reconocimiento de nuestra persona jurídica, que es un derecho fundamental. En este momento, un juez está diciendo que por una orden tenemos que desalojar la casa porque Obra de Jesús Pobre la compró, pero otro juez dice que nosotros somos poseedores de buena fe. Entre los jueces se están contradiciendo y se tendrá que pasar a una instancia superior”, comenta.

     

    Defensores de la Corporación como Hugo Sánchez afirmaban ante las cámaras de medios presentes que “no pueden vender la casa, una entidad sin ánimo de lucro no puede vender sus bienes y no puede sacar utilidades, no hay accionistas ni dueños, solo se componen por miembros…”, para él, ese hecho demostraría vez más la ilegalidad en la venta del inmueble y la inconformidad del colectivo.

     

    Aquella diligencia se aplazó hasta que se conocieran los resultados del fallo. Según María Clara Fonnegra, Representante Legal de la Corporación, “la diligencia se aplazó gracias a la oposición de la ciudadanía, en defensa del interés colectivo y de los espacios de la ciudad. La Policía se retiró y esto ayudó a que la inspectora se retirara aplazando la diligencia”.

     

    Y aunque existen más entidades culturales en la zona, muchos reconocen la labor que durante nueve años ha hecho Plazarte en pro de Medellín y que miembros de la comunidad como César Valderrama reconocen, para él, “Plazarte es una actividad cultural abierta a todos los ciudadanos, y se va a volver un lugar para un grupo especial de personas, privando a la ciudadanía de estos espacios culturales… si tuviera que poner en balance el aporte social de las dos instituciones, Plazarte está más en armonía con la idea del barrio El Prado como un barrio patrimonial, porque aporta actividades culturales; otro tipo de actividades como las que propone Jesús Pobre, acabarían con el barrio”.

     

    Una nueva diligencia de desalojo programada para el 11 de diciembre también se aplazó. De nuevo, los artistas de Plazarte convocaron colegas y vecinos a oponerse al desalojo con una programación artística que continuará mientras el conflicto judicial se resuelve y se define lo que puede considerarse un precedente para el rumbo del tradicional barrio El Prado.

     

     

  • Un viaje al pasado

     

    Marta García es una archivista que trabaja y a la vez se devuelve en el tiempo. Ella lo cuenta con entusiasmo: “Uno se encuentra unas cartas y unas comunicaciones que uno dice ¡oh por Dios!, ¿cómo pasaba esto?, y uno imaginariamente se devuelve en el tiempo… Trabajar en el Archivo Histórico es poder transportarse en el tiempo, ¡claro! Poder entender cómo era esta ciudad hace mucho tiempo”.

     

    El Archivo Histórico de Medellín (AHM) es un lugar donde se guardan valiosos documentos del Concejo, la Personería y la Alcaldía. Se creó en 1993 y desde el año 2000 está en una hermosa casa del siglo XIX que perteneció a la adinerada familia Villa Gaviria. La casa está construida en tapia y teja, las maderas de sus puertas y la baldosa de su piso son originales, al igual que las ventanas que dan a la calle Colombia entre las carreras Girardot y el Palo. También, tiene cielorrasos en latón reconstruidos de los originales.

     

    Es un lugar solitario, especialmente los viernes, en un día normal pueden ir de 0 a 5 personas y al año el promedio de visitantes está entre 2000 y 3000 personas. La casa tiene 120 años y su entrada es como las de aquellas tradicionales del campo. Los visitantes, por lo general investigadores o estudiantes que hacen tesis, llegan a una cerca de madera donde los recibe Claudia, una vigilante extrañada de que venga alguien. Ella les dice: “Buenas, qué necesitan”, mientras revisa las cámaras de seguridad que se ven en su computador.

     

    Aparte de las formas de la casa, lo único que queda como una posible huella del campo el ambiente de orden y tranquilidad. Lo único que interrumpe la quietud es el sonido constante del aire acondicionado que suena como una nevera en la noche de cualquier casa silenciosa. A la izquierda de la entrada, al ladito de la silla de la vigilante, hay 40 casilleros para guardar los objetos personales.

     

    Lo primero que se ve al entrar es una gran pila que no tiene agua porque está mala, rodeada de macetas con plantas como: Aloe vera, helecho, palmas, corazón de María y miami. Encima de los casilleros hay 40 ejemplares del periódico Universo Centro que nadie todavía se ha llevado. La casa tiene tres patios, todos ellos al aire libre, no tienen techo y conservan sus pisos en piedra original.

     

    Fotografías: Manuel José Sierra Mejía.

     

     

    Casual mente

     

    Al lado izquierdo de la pila de agua sin agua está Marta García en su escritorio. Tiene una sonrisa en su rostro y las mejillas coloradas,tiene el pelo rubio casi tinturado de rojo, usa unas gafas de marco azul cielo y una blusa azul oscura sin mangas con flores rojas y azules, un jean azul oscuro y unos zapatos rojo vivo. Todo muy artesanal.

     

    — Yo siempre he dicho que soy archivista por accidente… por la casualidad de la vida me encontré con esto— afirma Marta.

     

    Detrás de ella hay tres fotos panorámicas de Medellín tomadas desde el Cerro Nutibara en los años 1928,1955 y 1968. El AHM tiene una página web donde se encuentran 380 mil registros de documentos. Mientras Marta mueve con agilidad sus manos robustas y busca en la web un archivo sobre religión, dice que los términos han cambiado con el tiempo y que en 1700 no se buscaría religión, sino fiestas religiosas. Cuando abre el documento, la letra del mismo es enredada y poco entendible, pero Marta estudió Paleografía y eso la hace descifrar los círculos y garabatos con destreza.

     

    Marta conoce este lugar como la palma de su mano, se desliza por sus pasillos y llega hasta una gran puerta de madera, detrás de ella están los documentos. Cuando entra, cierra la puerta, se pone los guantes de nitrilo para poder tocar los documentos, y siente ese olor tan particular de este lugar: una combinación de aserrín y vejez; como ella lo define, “olor a archivo”.

     

    Comienza a moverse entre todos los estantes de papel y toma el libro de actas del Concejo de Medellín 368-1936 y comienza a leer con emoción. Señala algunos empastados elegantes de color verdoso, pero también muestra “lo no tan bonito”, como dice ella. Unos dos metros a la derecha hay documentos con letras un poco borrosas, hojas rotas y pastas vinotinto rasgadas.

     

    “La restauración es una tarea dispendiosa. Por ejemplo, a aquellos documentos restaurados, folio por folio se les hizo una historia clínica, es como cuando uno va al doctor”, cuenta Marta con seguridad en sus palabras.

     

    El poder de las historias

     

    — Huy esto pesa, esto pesa— dice Marta mientras coge un guion del radioperiódico Clarín.

    — ¿Mucho? —

    — Bastante. Es que está muy gordo — replica Marta, mientras forcejea con el libro, va en busca de una escalera para apoyar el guion del noticiero.

     

    Marta ha llegado a una de las partes que más le gusta de ser archivistas, leer historias: “Se avisa en Dabeiba a Enrique Luis que viaje hoy a Turbo…”, lee Marta en voz alta. En ese tiempo no había celulares tocaba así.

     

    Luego, leyó los servicios sociales del Clarín Matinal: “Se avisa en Salgar a Óscar Herrera que se recibió la encomienda. ¿Qué sería la encomienda?, todos nos quedamos con las ganas del chisme, porque no sabemos cuál era”.

     

    Ella vive por las Torres de Bombona 30, su trato con todos es cariñoso, con su voz dulce y amable no dice Jaime, dice Jaimito, y a ella le dicen Martica. Lee a Saramago, en especial el libro Todos los nombres. Trabajar en el AHM la mantiene sensible y consiente del pasado.

     

    “La mayoría de la gente cree que los archivistas somos las personas que estamos como aburridas cuidando estas montañas de papeles. Es el imaginario que tiene la gente, pero a mí me ha resultado muy divertido”, explica Marta.

     

    — ¡Que no me la coja la tarde mi Martica!— expresa cariñosamente Claudia.

    —¡Ah no! Porque salgo volada, ¿cuánto falta? — Pregunta Marta.

    — 15 minutos, pero ya en 10 cierro la puerta— afirma Claudia.

     

    Esto marcaba el fin de un recorrido por el AHM. Cuando se llega al frente de esa casa es como si se detuviera el tiempo, su acera de piedra sigue siendo la misma, pero la soledad la acompaña. Pero Martica lo explica mejor: “lo realmente importante de un sitio como este es que la gente venga y lo use”.

     

     

  • #80años80datos : Nuestro homenaje a la UPB

    Recorridos por el campus, búsqueda de archivos, consulta de publicaciones académicas e institucionales permitieron encontrar datos notables y curiosos en los 80 años de historia que cumple la Universidad Pontificia Bolivariana, conmemorados en 2016. Compartimos el registro de la investigación divulgada especialmente a través de la plataforma Twitter para reconocer la vida institucional de la UPB.




    500 – Internal Server Error

    500 – Internal Server Error