Categoría: Rastros

  • Calidad de vida metro a metro

    Desde que se inició su construcción, el Metro de Medellín se convirtió en un referente de la ciudad. Con el mensaje”Metro, calidad de vida”, como slogan, ha hecho de esta causa un propósito permanente en el que busca vincular a toda la población del Valle de Aburrá.

     

    Este reportaje multimedia comparte los pilares de la propuesta de la empresa Metro a la ciudad y recoge facetas cotidianas de la misma en las estaciones y trenes. Navegue el reportaje AQUÍ.

     

     

     

     

  • Caño Cristales: LAS AGUAS DEL REALISMO MÁGICO

    El arcoíris se mudó al río. Se aburrió de la quietud de las nubes y se fue a nadar con los peces, a danzar entre las estrechas cascadas y acariciar las rocas que fluyen con el agua. Decidió atravesar como un lienzo todo un pedazo de Colombia, ese país que tiene cara de realismo mágico y que, desde entonces, en su corazón brota un río de cinco colores. Reportaje gráfico que usted puede complementar con el reportaje incluido en la edición 57 de Contexto y que puede leer AQUÍ.

     

     

     

  • Tu casa es también mi casa

    La siguiente serie fotográfica busca hacer visibles los modos en los que los habitantes de calle amoldan los espacios de la ciudad a la medida de sus necesidades de refugio. Los hogares que existen en rincones impensados de la ciudad tienen historias de seres sin nombre que aún así logran cambiar el imaginario sobre la vida en la calle, donde también existen bienvenidas a casa, invitaciones a pasar a las casas a las vidas. Imágenes de este reportaje gráfico se incluyen en la edición 56 del periódico Contexto, junto a la crónica La rutina de un hombre que dejó las calles, escrita por María Camila Tamayo Tamayo.

     

     

     

  • Una parada para la memoria y la nostalgia eterna

    Hace más de un siglo, para ser precisos en 1874, entre las montañas verdes del departamento de Antioquia, se comenzó a construir toda una obra sobre rieles que, a punta de vapor, pretendió conectar un río, el Magdalena, atravesando el oriente, hasta llegar al centro de una tierra soñada, Medellín. Este hecho no solo fue histórico, fue el símbolo que en esa época le dio vía libre al desarrollo de una tierra pujante, a un mercado del campo lleno de olores exquisitos como el café y a un sin número de historias que en cada estación quedaron guardadas en los carrieles, las locomotoras y los pasillos que tuvieron que cruzar más de un viajero para montar con mucho orgullo en el Ferrocarril de Antioquia.

     

    “Medellín en esa época era una aldea con nombre de ciudad que fue puesto por Juan del Corral, por eso la llegada del tren que le trae materias primas como el carbón, algodón, azúcar, entre otros, le va permitir un desarrollo muy grande de industrialización gracias a las locomotoras”, cuenta Memo Ánjel, comunicador social y doctor en filosofía de la UPB, que esa fue la cura contra la geografía que un hombre como Pedro Justo Berrio, político antioqueño, diagnosticó para la enfermedad de aislamiento que tenía el departamento y Francisco Javier Cisneros, ingeniero cubano, desarrolló para ser de este territorio lo que es hoy en día, pura innovación.

     

    La estación Medellín se conserva como patrimonio arquitectónico de la ciudad. Foto: María Alejandra Querubín

    La estación Medellín se conserva como patrimonio arquitectónico de la ciudad. Foto: María Alejandra Querubín

     

    Las historias que encontraron un punto de encuentro

    Ver la Estación Medellín ahora es ver mitad de un pasado, es inevitable pensar que en los locales y restaurantes que hay hoy en día en su interior, antes lo ocupaban miles de personas que ansiosos esperaban el sonido de un tren sobre rieles, anunciando su llegada y su partida. Entrar y verla por dentro es toparse cara a cara con un diseño al estilo de renacimiento francés que fue traído hasta Colombia por Enrique Olarte, un ingeniero y arquitecto colombiano que se especializó en Inglaterra, que le tomó siete años terminar la construcción de esta edificación la cual inició desde 1907; de un punto de encuentro de culturas y de un rumbeadero en los bares y cafés que la rodearon, siendo el rincón perfecto para cerrar muchos negocios a punta de aguardiente.

     

    Con el paso de los años, fueron llegando cada vez más personas y en la década de los 30 ya se necesitaban nuevas salas de tiquetes de segunda y tercera categoría para atender la demanda y ser, en 1937, la estación que se ve hoy si va y se pasea por el sector de la Alpujarra. Por eso, ese conjunto de paredes que resguardaban todas las bodegas y oficinas en aquella época “se constituyó como el conjunto ferroviario más emblemático y significativo de la empresa Ferrocarril de Antioquia, no solo por su envergadura monumental sino por su condición de estación terminal, base de operaciones ferroviarias en el departamento, y su efecto de implantación como nueva centralidad comercial y de negocios en la ciudad de Medellín”, afirma el arquitecto colombiano con Maestría en Restauración Arquitectónica de la Universidad Politécnica de Madrid, Germán Jaramillo Uribe.

     

    En los andenes de la estación restaurada se conserva una locomotora Baldwin, con el número 25. Foto: Kamilokardona Wikimedia Commons.

    En los andenes de la estación restaurada se conserva una locomotora Baldwin, con el número 25.

    Foto: Kamilokardona Wikimedia Commons.

     

    Edilberto Rúa Herrera, pensionado del Ferrocarril de Antioquia, evoca sus días de trabajo con gran honor como coordinador de salidas de los trenes, comparando la estación con un puerto de marineros, “La que tuviera de esposo o novio un trabajador del Ferrocarril estaba montada, o sea que yo en esa época era un buen partido, pero eso sí, ellos tenían un amor en cada pueblo no puerto y la estación Medellín no era la excepción. Era una estación de mucho movimiento, llegaban las mercancías de todo el país y de aquí ya salían convertidas en productos. La gente esperaba paciente para viajar con sus perros, sus gatos y sus bultos de mercados felices. Era un lugar de encuentro para los novios, los abuelos, lo comerciantes y hasta las familias que los domingos se iban de paseo a bañarse a los ríos de los pueblos y todo esto lo hicieron posible los trenes”, recuerda con nostalgia.

     

    El efecto de esta obra en el sector Guayaquil fue tan grande que apareció la Plaza de Cisneros, pequeños negocios que ofrecían todo tipo de mercancías, y su alrededor se adornó de bares, cafés, y burdeles, siendo la estación un testigo silencioso de las protestas estudiantiles; los encuentros de amores fugaces; las reuniones de políticos y personajes públicos, como el ex presidente Carlos Lleras Restrepo que viajó en tren de lujo diseñado para él; y de las despedidas y bienvenidas que vivió una ciudad como Medellín durante más de 40 años.

     

     

     

    La estación nunca descansaba, sus locomotoras operaban 24/7 para hacer varios tipos de viajes. Uno era el tren mixto, que llevaba tanto carga y mercancía como pasajeros, otro era el ferro una máquina férrea costosa y exclusiva que llevaba a 30 pasajeros en las horas de la tarde, también estaban los trenes comerciales que eran para transportar solo carga o los dos de lujo que iban a Santa Marta y Bogotá, el de Cisneros, que los domingos llevaba pasajeros a tirar río y el tren del borracho que, según cuenta Rúa, viajaba de Medellín hasta la estación Botero y entregaba a las cantinas hombres que después de cuatro horas regresaban en el mismo tren con muchos tragos encima.

     

    Luis Eduardo Ortega, un comerciante de 63 años que montó desde muy joven en el ferrocarril, recuerda que “el tren mixto viajaba de Medellín a Barranca y contaba con dos vagones para llevar la carga y equipaje pesado, cuatro para gente de tercera clase, otro vagón que era un restaurante delicioso, vendían de todo, y ya para atrás había tres vagones especiales de lujo que era donde viajaba la gente de plata”. A esta estación iba gente de todos los estratos, de todas partes de Colombia, comerciantes, trabajadores y turistas que ayudaron a construir la cultura paisa trabajadora y negociante como se conoce hoy en día.

     

    Las industrias que dejó el paso del tren por las montañas

    La Estación permitió que a Medellín llegara todo tipo de mercancía e insumos. “Uno se bajaba, salía de la estación y se encontraba buses de todos los barrios a una cuadra y había un parqueadero para cada bus. Yo buscaba eran los negocios pequeños en la plaza para vender y comprar y luego revender en Cisneros mi pueblo”, recuerda Ortega, por esto Memo dice que “se desarrolla la zona comercial más poderosa que tuvo o tiene la ciudad precisamente por el ferrocarril y donde no hubiera llegado este medio de transporte, eso hubiera sido quién sabe qué barrio”.

     

    Estas vías fueron las que abrieron un camino a las industrias como la del café; la del textil con la gran cantidad de algodón y máquinas de tejer que se traían de otras partes, para que entrara materia prima y salieran telas; otra fue la industria de las gaseosas con el azúcar que venía en los vagones y la panela del nordeste del departamento para crear una empresa como Postobón; y también, los trenes que cargaban piedras sílices para la industria que hoy es llamada Peldar.

     

    La secuela que dejó esta máquina férrea, que a su paso llevaba progreso, fue inundar la ciudad de familias en las que hay muchos abuelos o bisabuelos de otros pueblos y que alimentaron la cultura paisa, ya que de esos pequeños pueblos viajaron trabajadores a las grandes fábricas que se empezaban a crear. Y así, lleno de frutos dejó el ferrocarril a su paso al departamento, desde su creación hasta los años 60 se gozó de la fortuna de un tren que deambulaba de día y de noche por estas tierras.

     

    El fin de los años de gloria

    “Hoy por hoy no queda nada de nuestra hermosa empresa, solo recuerdos”, menciona Rúa. Tras un gran problema financiero, el ferrocarril cede su manejo a la nación en 1961, una situación que poco a poco dejó desaparecer las vías férreas entre los paisajes de las montañas. “El ferrocarril se acabó por malas políticas de administración. La politiquería fue la que daño esto, el ferrocarril tuvo mucho enemigo y los mismos gobiernos de turno nunca se preocuparon por recuperar estas vías”, reafirma Rúa, pues la empresa como tal debía pagar la nómina de trabajadores, sostener la infraestructura, la vía férrea y el mantenimiento de los equipos, mientras que a su lado pasaban por la carretera coches y camiones que pagan peajes y estos se invertían en la ruta.

     

    Memo Ánjel cuenta que después de ser vendido el Ferrocarril de Antioquia a la nación, en la década de los 80 se empezó a caer el tren por corrupción, ya que se aprueban unas ordenanzas de ley de caminos que fueron como veneno para las locomotoras que poco a poco se iban agotando. Por eso, al aparecer los caminos a su lado se asoma el camión y este es el que va a consumir la superproducción de caucho que quedó después del fin de la segunda guerra mundial, siendo las llantas la única solución para invertir todo ese material y desestimular el tren dándole todas las garantías a los camiones.

    Las entradas tapiadas son huellas de todas las épocas de las que este edificio ha sido testigo.

    Las entradas tapiadas son huellas de todas las épocas de las que este edificio ha sido testigo.

    Foto: María Alejandra Querubín.

     

    Patrimonio del progreso antioqueño

    Con su venta se crearon dos empresas el 7 de agosto de 1962, el IDEA, Instituto para el Desarrollo de Antioquia, para tener un banco financiero para el desarrollo del departamento; y las EDA, Empresas Departamentales de Antioquia, que se encuentran en la Estación Medellín y trabajan junto a la gobernación de Luis Pérez, la Fundación de Ferrocarril de Antioquia y la Sociedad Antioqueña de Ingenieros y Arquitectos para restaurar el ferrocarril que tantas alegrías le dio al departamento y se vuelva a unir el trayecto que recorrieron miles de paisas.

     

    La Estación Medellín es la terminal que, así pase el tiempo, nunca dejará que el Ferrocarril de Antioquia quede en el olvido. Gracias a que esta continúa de pie en la cotidianidad de la ciudad hace que quien visite sus alrededores y vea a la edificación con escala de grises, dos puntas cuadradas, una arquitectura única y sus letras bordeadas alrededor escribiendo un pasado que la cargan de simbolismo, recuerde una época en la que el departamento brillo más fuerte que nunca y que tuvo la oportunidad de volverlo a hacer desde la restauración que hizo la Fundación Ferrocarril de Antioquia de esta edificación, en el año 1985, como su primer proyecto de recuperación integral y material de este tipo de bienes.

     

    “El ferrocarril fue el 100% de la cultura paisa, todas las industrias tenían que ver con el tren y todo lo que tiene Antioquia se lo debe al ferrocarril por el sentido de pertenencia que les dio a todos los antioqueños”, comenta Rúa. Que se haga otra vez el tren es fundamental porque “un tren de 10 vagones son por vagón 70 toneladas, y esto es un equivalente a 20 tractomulas de una vez, eso saca producción por montones y trae materias primas e insumos. Si se llega a poner en marcha el ferrocarril otra vez si tendríamos futuro porque el proceso de industrialización se llama el barco o el tren y el barco no puede entrar a las ciudades, el tren sí”, expresa Memo Ánjel.

     

    Así que solo es dimensionar la carga de valor patrimonial y cultural que trae una locomotora tan pequeña comparada al pasado tan grande que representa, por eso, mientras haya memoria en quienes pagaron lo tiquetes del ferrocarril y esperaron pacientes en la estación para montarse en sus vagones, la nostalgia será eterna porque vivieron una época de oro que rápidamente dejó de brillar.

     

     

  • “¿Y qué tal si me voy a vivir a la calle?”

    Muchos jóvenes sueñan con ir a otros países, conocer sus culturas, aprender sus idiomas e integrarse a sus ciudades. Entre otras razones, esto ocurre cuando se pasa de una ciudad no tan desarrollada a otra que sí lo está como Nueva York, París, o incluso Berlín. Cuando Carlos Arroyabe, tenía diecisiete años, decidió conocer la capital alemana para practicar el idioma, pero descubrió allí un mundo tan distinto, tan completo e increíble que solo pudo despedirse de sus padres, decirles que no volvería a Medellín e instalarse allí por más de cinco años. Última entrega la serie denominada Rumbos de esta generación, periodismo sobre viajes que habla de los jóvenes de este mundo y esta época.

     

    Darle la espalda a su familia pudo ser una decisión bastante difícil, pero lo fue aún más librarse de todas sus posesiones e irse a vivir a las calles de esa ciudad que amaba.

     

    Hoy, cuatro años después de haber vivido como indigente en el centro de Berlín, Carlos cuenta cómo eran sus días, las diferencias que tienen estas personas en Europa con respecto al caso colombiano y cómo un extranjero en estado de logra salir de las calles para reintegrarse a la sociedad.

     

    ¿De dónde nació el interés de quedarse en Berlín?

    Fue porque me enamoré de la ciudad, Berlín es una ciudad increíble. Hasta ese momento yo solo había vivido en Medellín. Pues yo he visitado muchas otras ciudades, pero solo aquí dentro de América. Entonces cuando llegue a Europa dije “Pucha, qué es todo esto, esto es genial” y me quise quedar. Me he preguntado muchas veces de dónde nace ese deseo pero simplemente fue el momento que uno dice lo voy a hacer y ya uno no se echa para atrás.

     

    Lo que más me impactó fue cuando por primera vez en mi vida conocí a una persona por internet, yo nunca había conocido a nadie por internet, pero como yo allá no tenía amigos…

     

    Conocí a una polaca, Marta con la que recorrí Berlín y nos enamoramos de la ciudad y fue como la experiencia de encontrar por primera vez una compañía que no es la de los papás, porque los papás siempre están ahí, de cierta forma. Eso es lo que más recuerdo.

     

    Berlín es reconocida por sus graffitis y otras expresiones de arte callejero. Foto: Ingeborgkraka (Dominio público).

    Berlín es reconocida por sus graffitis y otras expresiones de arte callejero.

    Foto: Ingeborgkraka (Dominio público). https://pixabay.com/es/berlin-colores-calle-callej%C3%B3n-1123869/

     

     

    ¿Cómo era vivir en una ciudad que es reconocida mundialmente por haber sido dos ciudades diferentes?

    Me tocó celebrar los veinte años de la caída del muro como un alemán corriente. Eso así festejen y celebren las mentalidades siguen siendo muy diferentes. Están absolutamente marcadas. Uno distingue quién es de cuál Berlín así Berlín oriental ya haya dejado de existir. Uno todavía se da cuenta, cómo hablan, cómo se visten.

     

    Berlín tiene dos centros, dos zonas rosas, dos de todo. Usualmente alguien que viva en Berlín oriental no va a atravesar la ciudad hasta el otro extremo para hacer su vida. Aunque hay muchas personas que les gusta cambiar de extremo.

     

    Yo empecé en la parte suroriental, un sector de árabes y turcos, de puros inmigrantes, por decirlo así, estrato 4 de aquí. Es una parte oriental donde lo tumbaron todo y lo volvieron a hacer, no es como el centro oriental con los edificios grises igualitos, tipo rusos, es un sector reestructurado.

     

    ¿Cómo fue esa primera familia que lo recibió?

    La familia con la que yo viví al principio fueron completamente permisivos y alcahuetas conmigo. Ellos me dijeron: ‘una persona de tu edad (17 años) tiene la capacidad por sí misma para decidir lo que quiere hacer con su vida’, y yo me comí ese cuento, no estaba preparado y por eso fue que terminé en la calle.

     

    ¿Cómo fue el proceso para quedarse luego de los seis meses?

    A vos te dan el papel por dos años (la residencia estudiantil). Podés dejar la carrera en dos meses, pero te podes quedar por los dos años. Así de fácil es. Porque si dejás de estudiar nadie se entera. Todos los organismos de control confían mucho en las personas entonces no hay una supervisión ni están mirando nada.

     

    A los seis meses, la familia que me recibió me ayudó a conseguir un apartamento, en un sector aún más maluco porque tenía mucho menos presupuesto. En ese momento trabajaba para una tienda de deportes de balance, surfing y esas carretas; y tenía la posibilidad de hacerme plata y pagarme un lugar donde vivir.

     

    Estando ya establecido, ¿por qué hacerse indigente?

    Muy al comienzo yo conocí la calle y a personas de la calle y ellos me adoptaron. Me relacioné mucho con ellos, me embriagaba con ellos, en los días estaba con ellos. Yo tenía amigos que eran estrato normal, pero no me satisfacían tanto, me gustaba más la gente de la calle. Y en ese punto, un año y medio después, yo dije “¿y qué tal si me voy a vivir a la calle?” No estaba estudiando.

     

    Primero, boté todo. Igual, solo tenía ropa, unos lapiceros y unos muñequitos de lego. Lo boté todo, agarré un morral normal, guardé lo que ahí cupo, cancelé la renta y me fui para donde mis amigos. No fue tan a la deriva. Ya me mantenía con ellos.

     

    ¿Cuál fue su primera mala experiencia viviendo en la calle?

    La primera mala experiencia fue que pasaron 3, 4 días y yo no me había duchado y yo me pregunté ¿qué estoy haciendo?, pero no pasó nada. Pasaron otros dos días sin bañarme hasta que encontré una ducha pública. Berlín tiene muchos baños públicos con ducha a lo largo de la ciudad, das como un euro, se abre una puerta eléctrica y se sella. En algunas estaciones de trenes hay baños gratis.

     

    Lo otro difícil fue dormir en la calle, porque uno está acostumbrado a un colchón y si salís a la calle tenés que establecer dónde acostarte porque no podés hacerte en cualquier parte porque llega la Policía y te corre. Entonces yo fui para la catedral. Ahí, al lado hay un puente, súper disimulado y con tres amigos dormíamos ahí. Nunca fue problema hasta que llegó el otoño, porque hace muchísimo frío. Uno termina vestido como con 3 o 4 prendas al mismo tiempo.

     

    La alimentación era súper sencilla, porque el estado social en Alemania está muy desarrollado, entonces para las personas que viven en la calle tienen un camión de comida que es un carrito que todos los días entre las 7 y las 9 de la mañana se parquea en un punto específico de la ciudad y la gente va a comprar comida y te cobran 50 centavos por un pedazo de pan, un huevo duro y jugo (gas de jugo, pero algo) y con eso te mantenías parado.

     

    Si me iba muy bien comía Mc Donalds. Las hamburguesas chiquitas costaban un euro. Si te hacías más de un euro te daba para comparar tabaco y Mc Donalds. O me iba para una panadería y me compraba unos panes que valen 20 centavos. Básicamente te alimentabas de pan y agua.

     

    ¿Cuánta plata podía conseguirse en un día?

    No era difícil hacer un euro. De cinco hasta diez se podían hacer en un día. Declamas poesía con un trapo en el piso. Está el que te tira un centavo y el que te tira dos euros y es muy relativo, pero uno se hace la plata. Aunque uno sabía que de esa plata uno tenía que sacar para comer, ir al baño, bañarse, fumar, embriagarse y esas cosas.

     

    ¿Cómo eran sus días?

    Me levantaba a las 8 o 9 de la mañana y nos íbamos del puente a caminar a mirar gente, a sonreír, a conversar con cualquier persona que nunca falta: turistas, niñas puppys que te dicen que sonrisa tan linda para ser gamín y cuando empieza a hacer hambre y no tienes nada para comer te vas para una estación del tren a declamar poesía. Son sitios turísticos donde la gente te tira monedas. Había músicos, bandas de bajo presupuesto.

     

    Entonces me buscaba un lugar donde no se me distrajera la gente, cerca de una entrada o de una salida, porque obviamente el que tira una vez moneda es difícil que le tire al segundo o al tercero.

     

    Aquí la indigencia está asociada con la drogadicción, ¿cómo es el consumo entre indigentes en Berlín?

    Allá el consumo de psicoactivos es muy caro. Un gramo de marihuana, que no es nada, vale 15 euros, eso es algo a lo que un gamín no tiene acceso, entonces así que drogas súper artesanales que polvo de ladrillo y esas cosas se ve muy esporádicamente. Allá los que estamos en la calle bebemos cerveza o licor de manzana que es como el maracuyoso de acá. Si no bebes ni fumas, te mata el frío.

     

    ¿Y el amor?

    Durante el tiempo que estuve en la calle, nada de eso, pero uno mantiene sus enreditos. Nosotros nos íbamos para una plaza donde iban las niñas ricas que se creían punkeras, uno les echaba el verbo y ellas te daban trago, plata, y si estabas muy de buenas una de ellas te decía: ‘hey vamos para algún lado’. Lo logré solo una vez, pero con una pelada que estaba completamente loca y desquiciada que vivía por decir algo en El Retiro. El papá era un diplomático, la mamá una diseñadora loca. Tenían varios carros, que eso allá es todo un lujo. Ella incluso llegó a pasar una noche conmigo debajo del puente. Decía que se sentía diferente, que ese era un mundo de magia.

     

    ¿Cómo era la seguridad?, ¿también se considera que el indigente es el malo, el atracador?

    Yo tenía un amigo, Pauel, y él tenía una perrita que se llamaba Nely que era una chanda. Ellos anduvieron un tiempo conmigo y él un día agredió a una persona a puño y lo encarcelaron por 15 días, 15 días que me encarté con esa chanda, porque a mí no me gustan casi los perros. Si un gamín se pasa de la raya lo encierran.

     

    ¿Cuándo y por qué decidiste salir de esa vida?

    Unos siete meses después dije: ‘¿sabe qué? Me debo poner a estudiar’. Fue como un llamado moral. Yo vivía muy feliz, tenía un círculo social, muy bonito y todo eso, pero en un momento fue el llamado moral. Ya iba a cumplir 20 y no había hecho nada con mi vida, yo sentía que yo era un extranjero y no me podía quedar allá todo el tiempo. Me estaba arriesgando a que me sacaran y si me sacaban como un gamín yo volvía a Colombia completamente derrotado, sin nada que contar.

     

    Me puse a estudiar viviendo en la calle. Volví a trabajar, mi antiguo jefe me dijo que pa’ las que sea, me devolvió mi trabajo, entonces yo ya era un gamín con plata. Me recontrató y me volvió a pagar lo mismo de antes. Empecé a ganar plata y a estudiar y en esas conocí a mi novia con la que viví 2 años. Yo salí de la calle para vivir con ella. Ella se enteró mucho tiempo después de mi historia.

     

    Nunca cambió la relación con mis amigos de la calle. Nunca dejaron de ser mis amigos y así consiguiera amigos con plata me seguía relacionando con ellos.

     

     

     

    Lea las otras entregas de la serie Rumbos de esta generación:

     

    “Hacer siempre lo que te hace feliz”

     

    Un retrato en China

    En la edición 54 de contexto, página 7.

     

     

  • Los librepensadores se entierran mirando al cielo

    Este espacio es un retrato de época, aquella en que las luchas intestinas y los radicalismos políticos llevaban las distinciones etiquetas más allá de la vida. Así como los rezagos de exclusión persisten, este cementerio, ubicado en un pequeño y tranquilo municipio del departamento del Quindío, pervive como un monumento a la libre expresión, al respeto por el otro y sus diferencias. Lejos de cualquier rimbombancia que podría pensarse por su distancia con cualquier confesión religiosa, aquí hay algunas facetas del Cementerio Libre de Circasia. Ampliamos aquí el reportaje gráfico publicado en la edición 55 de Contexto.

     

    Según Diego Bernal, , secretario permanente de la Red Iberoamericana de Valoración y Gestión de Cementerios Patrimoniales, “el 22 de agosto de 1932 don Braulio Botero Londoño, fundador del cementerio, tomó la vocería del grupo promotor del Cementerio Libre y le escribió al reconocido abogado e ideólogo liberal Antonio José Restrepo, más conocido como ‘Ñito’Restrepo, solicitándole componer un himno que exaltara la obra recién inaugurada y que tantos sacrificios les había significado” y es así como nace el himno de los muertos, el cual quedó inmortalizado en una placa ubicada en la actualidad en la puerta de acceso principal.

     

    Himno de los muertos

     

    A ti vengo a buscar el reposo

    Que a los libres ¡oh tumba! Les das,

    Cual esposa que abraza al esposo,

    Tú me abrazas por siempre jamás.

     

    Campos verdes, risueño paisaje,

    Blancas piedras, do yazga mi sien;

    Y ¡a dormir¡ al rumor del oleaje

    Que alza el tiempo en su eterno vaivén

     

    No me espantan mentidos terrores;

    Sin doblar la rodilla viví;

    Del hermano calmé los dolores;

    De la patria el honor defendí.

     

    Quedé inerte en el surco el arado,

    Que del agro en la entraña rompió.

    ¡Alto y frente!… este viejo soldado,

    ¡Solo muerto las armas rindió!

     

    ¡Cómo asoma el opuesto horizonte,

    Una tenue, suavísima luz,

    Que colorea la cumbre del monte!

    ¿Será el sol o el nocturno capuz?

     

     

     

     

  • UNA TRADICIÓN CON MUCHAS VIDAS DE HISTORIA

    La tradición silletera se preserva gracias a la unión en que conviven y trabajan familias campesinas del corregimiento de Santa Elena, al oriente de Medellín, que con curiosidad e ingenio inagotables llevan con orgullo la responsabilidad de ser el centro de la principal expresión cultural en las fiestas tradicionales de la capital de Antioquia. Manuela Gómez Walteros recoge en estas imágenes el testimonio gráfico de una familia que lleva consigo una historia que ha durado muchas vidas.

     

    Video

     

     

  • LA PASCASIA: UN NUEVO ESPACIO, UN VIEJO AIRE

    Causa nostalgia ver una retroexcavadora sepultando casas antiguas, esas de paredes con bahareque, que dieron calor a numerosas familias antioqueñas, aquellas que hoy son reducidas a edificios con pequeños apartamentos que lucran a pocos y hacen de la memoria de muchos el olvido. Entonces caminas por los barrios más antiguos de Medellín, por las calles tradicionales de los pueblos antioqueños, especialmente los más cercanos a la ciudad, y encuentras, sino es el edificio con letreros “SE VENDE” o “SE ARREINDA”, el olor a tierra que dejan los escombros de la casa ya derruida.

     

    Pero La Pascasia se resiste, sigue en lo que fue el barrio “Guanteros, leyenda de arrabal” –como Alejandra Montes titula la historia de esta zona en la edición número 74 de Universo Centro-, en la carrera 42, también llamada Pascasio Uribe, entre Bomboná y Maturín. Caminando hacia el sur, a mano izquierda encuentras cuatro casas de estilo colonial, la segunda de ellas, la de dos ventanas y una puerta de dos alas color madera, la de zócalo y garaje azul aguamarina, es La Pascasia.

     

    Como en toda casa debes tocar el timbre, luego piensas que no hay nadie casa por sus ventanas abiertas carentes de movimiento y la ausencia de sonidos al interior. En poco tiempo, un par de ojos se asoman por una ventanita de la puerta -te sientes en otra época-, en esta ocasión es David Robledo, quien con sus manos da vida a la percusión de diferentes grupos musicales.

     

    Música Corriente, que al igual que Grupo Hangar y Universo Centro, se unieron a este proyecto. Es por eso que durante el tiempo que permaneces en la casa te encuentras con personajes brillantes, que seguro escogieron una casa de techos altos para que pudiesen caber sus ideas.

     

    Al fondo, la cocina, una cocina más reciente que el resto de la casa. Dice María Cecilia Mantilla, la Mona, productora ejecutiva de Música Corriente, que este espacio les quedó pequeño, pero no deja de ser especial, en Facebook se lee que allí se “podrá ver una cortina de chorizos variados, picantes los unos, curados los otros, recién embutidos los demás”. Es real. Además, por casualidad puedes ser atendido por José Villa, integrante de bandas locales como Parlantes, Gordos Project, Metropolizón y Goli, o por el músico Camilo Orozco, que camina de aquí para allá con hielos, calienta arepitas redondas para los chorizos, destapa cervezas… Bueno, en realidad todos actúan al unísono, como una familia, eso es lo que se siente en La Pascasia, como dice José Villa “es que estamos es en la casa”.

     

    Y aunque abrió sus puertas al público desde el jueves 14 de abril, a la fecha, ha sido visitada por más personas que durante sus 150 años de existencia. ¿Quiénes llegan? Las dos ventanas siempre están abiertas, dejan entrever una parte de la exposición de turno, la primera fue “El Camellón de Guanteros”, una exposición que carga de significado histórico a la casa y al barrio, revindica al artista y rememora personajes importantes de la ciudad que vivieron en los alrededores e hicieron parte del primer barrio popular de Medellín. Curiosos entran y dan una miradita, quedando antojados, horas o días después llegan con el resto de su familia.

     

    Para niños y jóvenes es un espacio agradable; para madres y abuelas es un lugar nostálgico, para amantes de las letras, la música, el teatro y las artes es todo un manjar con un espectro amplio de posibilidades para recordar, estar, dejar de estar, ser con el otro, escuchar, encontrarse con una mirada amiga, crear y habitar.

     

    En La Pascasia has de recorrer la galería como en un museo. Has de comer un choripán o tomar una cerveza como en casa de un amigo. Has de ir a un concierto como en un bar. Has de ir a conversar como en una tertulia en casa de abuela, junto al árbol de totumo que con luces de navidad, brilla en la noche en medio del patio central. Escuchar un tango, un son, un bambuco, un bolero…Al volumen familiar, que anima pero no aturde. Habrás de encontrarte con socios, colegas y amigos si te mueves en el mundo cultural. Te sentirás donde quieres estar. La Pascasia es un suspiro. Es un respiro en la ciudad.

  • Recuerdos olvidados. Ruta de museos por descubrir en Medellín

     

    En congregaciones religiosas, en universidades, en edificios patrimoniales de la ciudad o del país, en calles alejadas de las avenidas principales y hasta en internet se pueden encontrar museos dedicados a diferentes temas. El recorrido que propone la siguiente infografía es otra manera de conocer Medellín.

  • “Hacer siempre lo que te hace feliz”

    Santiago Cardona es un joven músico y estudiante de Mercadeo que cumplió el sueño de muchos jóvenes: parar sus estudios y viajar por toda Europa, parte de América, Asia y Medio oriente. Esta entrevista recoge algunas experiencias y las lecciones que se derivan de ellas. Esta es la primera entrega de una serie que hemos denominado Rumbos de esta generación, periodismo sobre viajes que habla de los jóvenes de este mundo y esta época.

     

    A pesar del cielo nuboso y grisáceo, me encontré un sábado en la mañana montando en bicicleta con Santiago Cardona en la Universidad Eafit, donde él cursa su sexto semestre de mercadeo. Lo primero que me sugiere entre risas: “monte tranquilo que aquí es como en Dinamarca, no dicen nada”. La seguridad de su comentario nace de su confianza natural, su extraordinaria habilidad empática y el año que pasó viajando.

     

    Su historia fue famosa entre sus amigos y conocidos que se fascinaban y envidiaban con las fotografías que subía a sus redes sociales y los relatos que llegó contando. Además, el resto de la ciudad también conoció su historia, pero por otro motivo.

     

    El viaje lo habían iniciado juntos tres amigos, teniendo en cuenta que estando en Europa cada uno tomaría su propio rumbo. Uno de estos, Daniel Uribe, se extravió mientras pasaba por Israel. La noticia transitó tanto por los medios de comunicación locales y nacionales que no hubo joven en Medellín que no se enterara de la noticia. Las teorías conspirativas, los chismes y las suposiciones erróneas no se hicieron esperar y finalmente todo logró resolverse.

     

    Sin embargo, nada de eso hace parte de la conversación que tuve con Santiago durante las dos horas que me resumió entre sonrisas sus anécdotas, las herramientas que usó, los desafíos y los aprendizajes que él mismo tuvo en su envidiable experiencia personal.

     

    Antes del viaje

    La idea de irse por Europa empezó seis meses antes, cuando Santiago representó a su universidad en un congreso internacional efectuado en Argentina. El desafío de superar las cuatro etapas, conseguir el apoyo e imponerse a contrincantes de todo el mundo le dio una satisfacción que hasta el momento no había encontrado en Medellín. Desde allí viajó a Uruguay y durante toda esa experiencia se dio cuenta que la juventud conllevaba una energía, unas ganas de conocer y una capacidad de asombro que nunca se repetirían. Se dio cuenta que debía viajar y debía hacerlo en el menor tiempo posible.

     

    Su primera idea fue viajar a México, luego pensó en conseguir un intercambio pasajero en Egipto. Finalmente, por facilidad y economía se decidió por Europa con todo lo que implicaba.

    Junto con sus amigos María del Mar y Daniel Uribe se dio a la tarea de planear un viaje de mochileros por toda Europa con la intención final de que cada uno fuera por su propia cuenta. Era más fácil que cada quien utilizara sus habilidades para su beneficio además, las dormidas, los empleos, así como los intereses podían crear discusiones y discordias que prefirieron ahorrarse.

    Algunas de las páginas que utilizaron para planear su viaje y que Santiago recomienda para cualquier viajero novato son las que ofrecen voluntariados Workaway, o la propia plataforma de AIESEC que es conocida por ser una de las organizaciones juveniles internacionales más grandes del mundo. También recomienda plaftaformas como las de couchsurfing, pero advierte que la fama de esta página a veces es un poco exagerada y que se debe tener en cuenta más en las ciudades pequeñas, o en los pueblos, pues en ciudades como París o Roma es casi imposible encontrar quien te reciba.

     

    Mientras Santiago y sus amigos estaban planeando, cada uno hizo tuvo la conversación con los padres para informarles del viaje y pedir recursos. En el caso de Santiago fue muy fácil pues sus padres siempre le han dicho que haga lo que le haga feliz, aunque no le dieron el dinero del semestre para su viaje y él tuvo que “partirse el lomo trabajando” para ahorrar en seis meses los quince millones que necesitaba. Dobló voces, hizo locución, consultoría en mercadeo, vendió dulces, su propia moto y el pedal de su guitarra; dio clases de lo que fuera, trabajó en logística y naturalmente evitó salir los fines de semana. Según Santiago, esto último fue lo que más lo ayudó.

    Su primera inversión, además de los pasajes, fueron un Macbook, un celular y una cámara Nikon, ropa especial, un buen morral que lo dejaron con once millones. Sin embargo, Santiago se puso como meta con volver con dos millones de pesos como mínimo para poder recuperar la moto que necesitaría para moverse por la ciudad a su regreso.

     

    Primera parada España

    — En los primeros quince días se me fueron millón y medio y empezó el juego—dice Santiago riendo. —Llegamos a Madrid y me gustó muchísimo. Fuimos a Toledo, Barcelona…

    Lo interrumpo para hacerle una pregunta crucial que ha causado tantos debates como el fútbol, la religión, o los diálogos de paz en la Habana:

    — ¿Madrid o Barcelona?

    — Madrid, Madrid, Madrid siempre.

    — Yo también prefiero Madrid —le digo entre risas de victoria— pero la gente siempre dice Barcelona.

    — No, ¿qué es eso?, nada que ver. Es como en Rusia. A mí Moscú me pareció la tapa y todo el mundo dice San Petersburgo. No sé, usted sabe que a todo el mundo le gusta mucho el relajo o el turismo de lujo y a mí me interesa más una ciudad con más contenido. Eso es algo que aprendí en el viaje, las ciudades tienen mucho más que el disfrute.

     

    Durante la estancia en España Santiago, María del Mar y Daniel seguían juntos, no trabajaban y eran muy desorganizados, “muy primíparos”: pasaban días enteros durmiendo, o días sin dormir, gastaban mucho. Pero también fueron dos semanas que aprovecharon para visitar amigos de Medellín que estaban estudiando allá.

     

    Hungría

    Después de España, cada uno tomó su propio rumbo y Santiago se fue en avión hasta Budapest, donde permaneció nueve semanas. Allí empezó a trabajar dando clases de inglés en el colegio Szént István Gimnazium mientras recibía aprendía húngaro. En este punto empieza a explicar que el húngaro es una lengua muy difícil, “las letras de pronto las aprende, pero la fonética es muy difícil. Llevo estudiando música toda mi vida y me demoré quince días en coger el alfabeto, o sea quince días cogiendo un sonido. Eso es muy difícil”.

     

     

     

    El contacto con el colegio lo hizo por medio de AIESEC y ya ellos le consiguieron la estadía. Se quedaba con alumnos y pudo recorrer la ciudad con ellos usando el que para él es el mejor sistema de transportes del mundo: bus, metro, tranvía, funicular, bote, trolebús, todo, todo.

     

    Aunque Santiago quedó completamente enamorado de Budapest y viviría allí sin pensarlo, hay varias cosas que no le gustaron como la esperanza de vida que es muy bajita: setenta y cinco años, o la alimentación que es muy mala: a base de agua, pan y grasas exageradas en carnes y quesos. Pero también me aclara que esa dieta la conoció por la familia que lo adoptó al principio; porque después en el colegio conoció una novia, hija de alguien al quien Santiago describió como el “Rafael Novoa húngaro”, y se dio cuenta que no todas las dietas eran tan precarias.

     

    En Hungría, Santiago hizo lo que en su opinión es el mejor método para viajar: establecerse en un lugar, trabajar y de ahí ir saliendo cada fin de semana a conocer, teniendo siempre un sitio a dónde volver y pudiendo planear bien las cosas y evitarse así el encarte de las maletas, solo llevar lo indispensable.

     

    De esa forma conoció Republica Checa, Alemania, Eslovaquia, Eslovenia, Austria y todos los países que quedaban por ese sector. De esos, solo en Polonia se sintió inseguro: “mucho turismo sexual, drogas, plazas de vicio y peligro. No es tanto como Medellín, pero igual me dio miedo”.

     

    Se iba en bus, en avión o utilizando páginas donde los usuarios utilizan sus vehículos como colectivos para viajar de un sitio a otro tipo: “voy para tal ciudad, tengo tanto espacio en mi coche y cobro tanto”. Así pudo practicar muchos idiomas hablando con la gente del carro por largas jornadas, esta forma de viajar sobretodo le sirvió para entender el italiano.

     

     

    Las relaciones

    — ¿Por qué no te fuiste para Suiza?

    — Ya lo tenía todo, tenía quién me recibiera: una caleña hermosa que estaba de embajadora de la ONU allá con 23 años y que me daba todas las garantías, pero cuando ella me dijo yo iba para Florencia y después para Roma, Venecia y entonces no hubo forma. Después ella me dijo que la recibiera en Budapest, pero yo allá estaba con Fruzsi Scherer (nombre inentendible con acento húngaro). No la podía recibir.

    — ¿Cómo era la relación con las europeas?, ¿es verdad el mito de que son más relajadas?

    — Uf, qué diferencia: cada quien paga lo suyo, no hay que llevarla, a mí me encantó eso.

    — ¿Y para estar con ellas?

    — Más difíciles.

    — ¿Sí?

    — Más difíciles y más fáciles. Ser novios es muy difícil. O sea, si te presentan a los papás, estás hecho. A ellas les impresiona mucho la inteligencia; en cambio la plata no hace la diferencia.

     

    San Petersburgo, “ la ventana de Rusia hacia el mundo occidental”

    De Hungría, Santiago voló a San Petersburgo donde se estableció casi doce semanas. Dice que ama la ciudad, aunque prefiere a Moscú. Para él, la capital rusa es la meca económica, el colmo de la excentricidad, según dice haciendo la salvedad de que no conoce a Nueva York. Dice que los rusos petroleros son el colmo: “todos los carros del mundo, todas las tiendas, el lujo, el billete, en Moscú hay mucho billete”. Santiago no logró conocer tanto en Rusia, se concentró más que nada en las dos ciudades principales porque es un país y las distancias son enormes.

    La fotografía fue uno de los principales pasatiempos de Santiago Cardona durante sus correrías.

     

    El ruso es el idioma que más le gustó. Mientras lo aprendía, daba clases de inglés e introducción al mercadeo. Logró machacar el idioma, pues no hablaba tanto en inglés como uno pudiera pensar. Según Santiago, la clave para aprender una lengua es desarrollar el oído y la gramática, lo otro se puede conocer por Internet.

     

    Después de Rusia se dedicó a viajar por el norte de Europa: Finlandia, Lituania, Estonia y los exsoviéticos. No visitó Ucrania, aunque tenía dónde llegar y es un país barato, porque estaba en furor la guerra. A respecto de eso le pregunté sobre la imagen de Putin y me dijo que se parecía a la de Uribe, había quienes lo querían y quienes lo odiaban, pero que se diferenciaban en que todos sin excepción admitían que el tipo es un teso.

     

    Israel y los judíos

    — Fui a Israel y me quedé en un hotel cocinando. Llegué en avión desde Polonia y me quedé veintitrés días.

    — ¿No fuiste a un kibutz?

    — No, no, Israel no me gustó.

    — ¿No?, ¿por qué?

    — No me la llevé con los judíos. No sé si sea por la religión, pero ellos son muy avaros y yo no me la llevo con la gente que se va a pelear por un peso. Eso ya es peye. Ni los rusos que son los más fríos del mundo.

     

    Para Santiago Israel es muy caro. No visitó los países fronterizos por las situaciones de conflicto en que estaban, o porque eran muy costosos. E incluso así, Jerusalén le pareció igual de caro que París.

     

    Sin embargo, reconoce que los judíos no ortodoxos, que eran minoría, le cayeron muy bien y que esos eran los que mejor acogían a los extranjeros. Había mucho latino en Israel, dice. Ese fue el punto del viaje donde vio más colombianos. Su teoría es que se parecía más a Colombia: basuras en las calles, ruido, codicia con el dinero…, explicó.

     

    Abandonó Israel para hacer un eurotrip por la parte central del continente: Francia, Bélgica, Holanda, entre otros. Se lo pudo costear con unos ahorros que le quedaron de Rusia y Hungría, porque en los dos países no gastó casi nada. Su peor experiencia en Europa occidental fue en Ámsterdam, donde le robaron la maleta con la cámara, le quedaron mal con el hotel y por ello estuvo tres días sin poder dormir. Pero con ayuda de Maria del Mar y Daniel pudo organizarse y seguir con su viaje, aun sin su maleta.

     

    Turquía

    Finalmente se despidió de Europa y llegó a Turquía, se quedó tres meses: un mes en Estambul y otros dos en una granja en Hendek, cuidando a unos niños y enseñándoles inglés por seiscientos dólares al mes. Encontró el trabajo por Internet, fue y aplicó. No tuvo que hablar casi inglés y aprendió a defenderse en turco y conoció de primera mano a los musulmanes.

     

    “Turquía es la tapa del frasco. Espectacular, la estructura, la gente, las mezquitas, la comida, los bazares, todo tan único… Estambul es la única ciudad, en turismo, que yo repetiría toda la vida”. Las mezquitas fue lo que más le impresionó, sintió que era una religión más personal con Dios. Le gustó mucho y al momento de la entrevista llevaba el rosario musulmán, se sintió muy identificado y de momento se considera más inmerso en esa religión que en la cristiana.Durante los dos meses en la granja pudo pasar una experiencia muy familiar, de mucha tranquilidad y reflexión espiritual. Hacía trabajos en el campo lo que le ayudó a tonificar su cuerpo. Pero, a pesar de sentir eso, para ese momento Santiago ya estaba extenuado física y mentalmente. La capacidad de asombro se estaba perdiendo igual que la energía y el gusto a lo que estaba haciendo.

     

    Suramérica

    En un vuelo de veinte horas llegó a Brasil. No le gustó mucho por la comida. Trabajó dos meses en un asilo y terminó de perfeccionar su portugués, al que ya considera su tercer idioma. Le pareció que era un país con muchas culturas, muy fuertes todas “es un continente allí dentro”.

     

    Después voló a Bolivia donde estuvo cuatro días y quedó fascinado por la belleza, por la gente, por lo económico y por la buena logística turística. Lo mismo Perú, que fue su siguiente destino. Allí conoció Arequipa e hizo algunos tures, pero no conoció Machupichu. Llegó hasta Lima y de ahí tomó un vuelo a Colombia.

     

    — ¿Y al llegar cómo lo sentiste todo?

    — Una mierda. Todo lo de la familia, la comida y eso me gustaba mucho. Pero con la gente fue muy duro. Los paisas tienen una mentalidad muy ventajosa y la gente dice cosas como “qué miedo los musulmanes con las bombas” y yo a ellos los defiendo ante el que sea, porque viví con ellos y sé cómo son y me parece que son mejores que todas las culturas. El corazón más limpio es el de ellos. Además, muchos de los que me preguntaban por el viaje solo piensan en rumba y en viejas y eso me la volaba. Conocí 10 000 culturas y religiones y lo único que me preguntaban era por las mujeres.

     

    ¿Qué se aprendió?

    De todo su viaje, Santiago dice que sacó tres grandes enseñanzas:

    1. “Hacer siempre lo que te hace feliz. Si uno hace lo que lo hace feliz lo va a hacer mucho y de hacerlo tanto se va a volver indispensable. Por perseguir tus sueños no vas a ser pobre, esa es una percepción colombiana”.
    2. “Dios existe. Definitivamente, y te lo dice la persona que era más atea del mundo. Es que me tocaron unas coincidencias o unas cosas que de lo raras o imposibles no podían pasar. Con todo me pasaba así y lo espiritual me fue saliendo solito. No soy de ninguna religión, pero estoy más seguro que nunca, más seguro que mi mamá, que Dios existe”.
    3. “Querer es poder. La plata está hecha y cuando uno quiere con todas sus fuerzas el universo conspira a tu favor”.

    Santiago concluye que imposible escoger un país como favorito pero que, siguiendo las etapas de la vida como turista, estudiante y residente, diría que en el primer tipo están Turquía y Rusia, en el segundo Francia, Italia y Holanda y en el tercero Dinamarca y Hungría.

     

    Después de esto, me confesó que tenía pensado volver a Hungría este año, conocer los países balcánicos. También más adelante regresar a Rusia y también conocer China. De repente, se despidió apurado y salió a toda velocidad en su bicicleta porque corría el riesgo de llegar tarde a una reunión.