Categoría: Rostros

  • Cuando comprar también es sanar

    Manuela Rendón Uribe / manuela.rendonu@upb.edu.co

     

    En los últimos años el movimiento del ‘body positive’ ha traído consigo cambios en la manera en que en Medellín se asume la necesidad de vestir cuerpos gordos. ¿Cuál es el espacio que tiene la moda plus size en una ciudad donde, según ACI Medellín, en 2019 había 4 726 empresas dedicadas a la confección de prendas de vestir?

     

    La declaratoria que hizo en 2022 la Organización Mundial de la Salud (OMS) para que anualmente se conmemore el Día Mundial de la Obesidad se ha convertido en una reivindicación de la lucha contra un sistema de creencias que discrimina, violenta, excluye y niega derechos o servicios básicos a cuerpos de mayor tamaño, de allí que se haya renombrado como Día Mundial contra la Gordofobia, en un trabajo colectivo para resignificar el discurso detrás de la celebración, razón por la cual diferentes grupos y activistas se han tomado las redes con testimonios y reflexiones sobre los cuerpos gordos. “El problema nunca ha sido el tamaño de nuestros cuerpos, sino la discriminación y violencia que se naturalizó y que se justifica señalando que es por nuestro bien”, expresa Manuela Ruiz Florez, activista plus size de la ciudad de Medellín, ciudad donde a pesar de un historia textil, aún se deben hacer grandes búsquedas para encontrar ropa en tallas grandes.

     

    Hablamos de la misma Medellín que en una de sus ferias de moda más importantes como Colombiatex de las Américas 2023, según Inexmoda, logró superar las cifras prepandémicas del evento con una asistencia de más de 27 mil personas y que, según Procolombia, solo entre enero y noviembre de 2021 creció en un 50% sus exportaciones de moda por más de US$900 millones, y que aún así, solo hasta ahora puede visualizar los primeros despuntes de moda para tallas grandes en una ciudad donde este nicho está liderado por pequeñas empresas y emprendimientos.

     

    Son pocos los maniquíes disponibles de tallas grandes en la ciudad.

    Los que se pueden encontrar son comprados o separados con rapidez debido a la dificultad para encontrarlos.

    Foto: Manuela Rendón U.

     

    Dando con la talla

    Los maniquíes gordos no se venden igual. Hay que averiguarlos, preguntar por ellos entre vendedores, buscarlos en internet para importarlos o mandarlos a hacer. Cuando se pregunta el porqué dicen que no se venden igual, que preguntan más por tallas regulares, que son muy escasos en el mercado o que solo se maneja la famosa talla única. Los que se encuentran, en menor cantidad que los de talla regular, no abarcan todo el espectro de cuerpos grandes que existen y sus materiales no siempre tienen la misma calidad.

     

    Pocas veces se ve un maniquí gordo en una vitrina. A los maniquíes delgados se les ve haciendo poses, con la mano en la cintura, con la cadera ladeada o las piernas cruzadas; a los gordos no, son estatuas rígidas sin horma que pocas veces son estéticas y no se prestan para otros ambientes como la alta costura, la exhibición o la fotografía.

     

    Frente a esta necesidad del mercado se han presentado proyectos éticos y sostenibles como el de Ester Gómez donde todos los cuerpos entran a discusión. Su emprendimiento llamado Maniquí Verde, un espacio donde se crean figurines a partir de materiales reciclables pero duraderos, ha sido el aliado de varias marcas de la ciudad para exhibir y fotografiar prendas en figurines gordos. “Quería hacer la diferencia. Investigué el mercado y faltaba la variación de tallas así que hice la diferencia también con la función práctica y estética de estos maniquíes para la alta costura, la decoración, la fotografía y la exhibición de prendas” manifestó la creadora, demostrando así que la sostenibilidad y la inclusión pueden ir de la mano en medio de la industria manufacturera.

     

    La primera tienda donde encontré un maniquí gordo fue en Cedemoda, el centro comercial a cielo abierto de Medellín, donde empresas textiles de la ciudad tienen sus puntos de venta de prendas, insumos y textiles. En medio de sus calles encontré el primer maniquí gordo vestido con ropa de la temporada; sin embargo, la tienda estaba separada en dos secciones: las prendas de talla regular y las prendas de talla grande, las cuales llegaban solo hasta la 3XL.

     

    —Es para separar los públicos —dijo la vendedora. Y procedió a mostrarme la página web de las tallas grandes y todas las opciones que allí se encontraban.

     

    Algunos comerciantes de la ciudad han encontrado la forma de ingresar al nicho de mercado sin perder la segmentación original de su público. Con los mismos diseñadores y los mismos insumos han creado marcas hermanas pensadas para diferentes tallas y cuerpos; ambas marcadas por las tendencias del momento y los colores de moda. Los mismos tonos pasteles de las tallas S y M se utilizan para las camisas y vestidos 2XL y 3XL.

     

    El segundo maniquí se encontraba a tres cuadras del Parque Berrío, en la tienda Santa Fresa, una tienda que funciona principalmente por medios virtuales pero que posee un pequeño showroom en Medellín. La tienda maneja desde la talla 14 hasta la 20 y su especialidad son las camisas y los vestidos.

     

    Natalia, la asesora, me pasa un vestido talla 16 que me resulta muy ajustado en el área del pecho, pero a diferencia de una tienda de tallas regulares, hay más opciones y estilos que pueden servirme y no debo conformarme con la talla más grande que tengan disponible. Me acomodo en un vestido talla 18, del que Natalia me enseña más referencias, colores y diseños; no debo adaptarme, eso me ha quedado claro y la rubia me lo hace saber:

    —No te preocupes, dale hasta que te acomodes.

     

    Natalia me pide mi número para avisarme de los nuevos vestidos y anota mi talla para tenerlo en cuenta, me muestra cómo le queda la camisa que me gustó a la modelo de la marca y me explica desde cuántas prendas consigo un precio al por mayor. Su maniquí viste un deportivo verde con beige y lo han vestido con la talla idónea de ropa; es más gordo que el figurín anterior, tiene los brazos rellenos y el estómago ancho, puedo verme por primera vez en un maniquí que no me resulta grotesco o exagerado.

     

    Como Santa Fresa hay muchas marcas que se distribuyen y dan a conocer a través de plataformas digitales, lo que las ha ayudado a llegar a públicos específicos y a zonas del país donde nunca antes habían llegado, para consumidoras como Leidy Johana Colorado, la búsqueda de tiendas y ropa por Instagram le han facilitado la compra porque “me metía a buscar cualquier cosita y me aparecían muchas sugerencias. Entonces ya con la publicidad uno busca una cosa y le aparecen muchas más. Así conocí muchas, muchas páginas, con ropa muy bonita, con una gama mucho más amplia de tallas y mucho más fácil para adquirir las prendas”.

     

    El tercer maniquí lo encontré al frente a la antigua Beneficencia de Antioquia, hoy el edificio de la Lotería de Medellín. Un almacén de Gorditas y Gorditos Sexy da a la calle, en su vitrina hay un ejército de figurines gordos, todas con pelucas baratas pero vestidas con diferentes prendas. Al lado de la entrada hay un cartel donde se recuerdan a sí mismos las tallas. Para ellas una talla 14 equivale a una XL y una talla 18 equivale a una talla 3XL; para ellos los números cambian: una talla 42 se entiende como una XL mientras una talla 56 se considera 8XL.

    La asesora me ofrece agua fría mientras busca entre los estantes jeans de mi talla.

     

    —¿Hay para mí? —pregunto. Pues como muchas otras he adquirido la mala costumbre de preguntar si hay ropa de mi talla antes de entrar.

     

    —Sí, claro que sí, ¿en qué estilito lo buscas? —me pregunta. Me muestra jeans tiro alto, bota campana, con estampados y descosidos. Con el pasar de los años la marca ha evolucionado y ha ingresado a su inventario ropa más juvenil y a la moda. Sin embargo gran parte de sus estanterías aún están dedicadas a los diseños más conservadores y sencillos que comunmente conocemos como señoreros, los cuales están dirigidos a lo que aún es su público principal; camisas holgadas, con mangas largas y boleros en los bordes se mezclan con jeans con mariposas y manchas de pintura.

     

    —¿El vestido lo tendrás en otro color? —pregunto pues solo lo he visto en naranja y rosa.

    —Solo en colores de temporada —responde la asesora. Y acierta, pues en el centro de la ciudad se observan camisas y camisetas azul rey, rosa, naranja o verde, los colores que marcarán, por un par de semanas, la tendencia de moda en la zona, inclusive en las tiendas donde todo puede valer entre $10.000 y $20.000.

     

    A la entrada de la tienda hay dos jóvenes. Uno está parado sobre una escalera vigilando a todos los compradores mientras el segundo anima a todo aquel que pase por la acera para entrar al negocio. Es una tienda de ropa de todo a $10.000 y $20.000, las vendedoras organizan mercancía y caminan entre cajas mientras asesoran clientes. No hay nada por talla, solo por diseño o color.

     

    —¿Manejas solamente tallas únicas?

    —¿Qué tallita estarías buscando?

    —Como para mí —respondo.

    —Solo esas de allá arriba —y me señala una hilera de camisas anchas, de licra, llenas de brillantes y estampados que chillan contra los vestidos colores pastel y los buzos tipo crop top que cuelgan en las demás hileras.

     

    Inclusive en espacios donde la ropa es mas asequible, no es fácil encontrar la misma oferta y variedad para tallas grandes puesto que no entran en los estándares de la conveniente talla única que tanto habita el centro de la ciudad.

     

    Elena plus clothing, Áttika Closet y Nation Plus Denim son algunas de las marcas que le apuestan al diseño exclusivo para tallas grandes buscando responder a las necesidades específicas de la gente gorda.

    Foto: Manuela Rendón Uribe.

     

    Un trabajo delicado

    Entre los factores que pueden afectar una experiencia de compra para mujeres gordas no solo se encuentra que los cuerpos se sientan representados en los diseños y los maniquíes. También está el trato de los vendedores, la experiencia con el espacio y la poca estandarización de tallas en la industria hasta el punto que las marcas consideran que abastecen la demanda plus size de la ciudad ofreciendo ropa que llega hasta la talla 14 o 16.

     

    Para Eliana Hérnandez, creadora de Gorditas Modernas Boutique, la venta a una mujer gorda debe ser una venta que debe hacerse de manera muy precavida. “Son personas muy delicadas. Es una venta que hay que hacer con muchísimo tacto, encontrar como la terminología adecuada para saber llegar a ese corazón que está aporreado por una industria que nos ha aporreado de una manera demasiado evidente, entonces es empezar también como a hacer un trabajo de amor, de sanación y de irlas como enrutando a ellas en lo que realmente deben usar y sobre todo en qué talla deben usar”.

     

    En el espacio de Eliana todo es grande. Los vestieres, las habitaciones, los sofás, la oferta de ropa y las ganas de ver a sus clientes más allá de una transacción. Es un espacio pensado para mujeres gordas que buscar una experiencia segura y cómoda de compra: “antes de ver las personas como clientes, vemos la necesidad de un ser humano, un ser humano que ha sido flagelado, que ha sido estigmatizado. Entonces queremos que cada una de las niñas, chicas, mujeres que vengan a nuestro espacio se sientan demasiado cómodas, confortables, que sientan que el espacio que están pisando, que están ocupando, realmente es un espacio que merecen y que no están ocupando un espacio que le está haciendo falta a otra mujer, porque si tú te das cuenta normalmente cuando uno llega a un local comercial, uno siente que eso tiene como un espacio el cual ya tú no cabes, como que no es apto para muchas personas”.

     

    Eliana remarca algo importantísimo para las experiencias de compra: el trato del vendedor. Debe ser empático, que escuche activamente al cliente y que entienda sus necesidades, sus miedos, sus inseguridades y lo ayude a sentirse cómodo en una experiencia que puede generar ansiedad o para clientas como Jessica Mileydy, inclusive resultar negativa. “No compraba, o sea, no salía. Odiaba, literal, salir a comprar ropa, porque pues siempre era como una negativa. ‘No, para ti no hay talla’, o me mostraban la ropa de señoras pues de 80 años y obviamente uno no la desmerita, pero yo en ese momento no tenía 80, ahora tampoco. Entonces no veo por qué tendría que vestirme así, horrible. Siempre fue muy maluco para la ropa interior, para los jeans, para las blusas, para todo en general”.

     

    Lo más importante para consumidoras como Mileydy y vendedoras como Eliana es que el vendedor sea conocedor del producto que vende, las hormas, los estilos, los tipos de cuerpo y lo más importante es que entienda que no buscamos ocultar el cuerpo sino favorecerlo.

     

    Aunque el panorama reafirma la idea de que la moda para mujeres gordas aún es un nicho bastante pequeño en comparación a las grandes industrias de la moda en la ciudad, las marcas emergentes y el cambio de discurso y perspectiva ha permitido que las usuarias finalmente desarrollen un estilo propio, aunque no tengan a la mano la misma oferta que pueden tener otros tipos de cuerpo. Para Mileydy, aceptarse como es la ha llenado de tranquilidad y amor propio: “cuando encontré la ropa también decidí aceptar mi cabello, que yo me lo alisaba siempre y ya dije: ‘No más’ esta soy yo: soy gorda, soy crespa; así voy a ser y ya es mi estilo. Ya no me pongo nada ancho, me pongo crop tops que pensé que jamás en la vida yo me voy a poner algo así. Entonces ya no me tengo que ocultar y ya no me tengo que acomodar a la ropa, sino la ropa a mí, si no me sirve una talla, pues pido otra y ya, ya no es el problema porque ya no me pego a la talla, ya no estoy como traumatizada de que ‘ay no, es que tengo que ponerme un 20 entonces subí 80 kilos’. No. Eso ni siquiera tiene que ver con el peso, tiene más que ver con la tela, con la horma de la prenda entonces ya entendí que no soy una talla”, afirme la crespa con seguridad.

     

     

  • Los rebeldes. Relato de dos alfares

     

    Dos historias que nacen y crecen en el barro,

    dos formas de convertir la vida en un acto de resistencia.

     

    Por: Federico Hoyos Gutiérrez y Maria José Ánjel Cantero

     

    En un edificio de apartamentos en el sector de El Poblado hay una habitación que dejó de serlo; ahora es un taller de cerámica. Tarde fresca. La ventana está abierta. El viento balancea las cortinas de lino, cuya delgadez permite adivinar el paisaje urbano y el declinar de los colores que llevan el día hacia la noche. El piso es de madera, embellecido por las vetas.

     

    Hay dos máquinas de torno y dos estanterías; una repleta de utensilios de barro, otra con esmaltes, pinceles, paletas de colores, moldes, rodillos, espátulas, estecas, desvastadores, hilos de nailon y hasta una pistola de calor.

     

    También hay una tabla de yeso, la misma donde Mariana Carreño Uribe amasa un pedazo de arcilla como si fuera un pan. Lo rueda hacia adelante y hacia atrás. Lo comprime y lo alarga con la palma de las manos, lo golpea, lo estruja, lo aplasta y vuelve a empezar. El proceso ha de repetirse una y otra vez hasta asegurarse de que no hayan burbujas de aire que podrían hacer estallar en pedazos a la futura pieza durante la cocción en el horno.

     

    Mariana se sienta frente a la máquina de torno, coloca la masa de arcilla en el centro, pisa el pedal y el torno comienza a girar. “El torno se mueve en espiral. Las hojas nacen en forma de espiral, los huracanes y las galaxias son en forma de espiral… Entonces tú estás creando con el movimiento del universo”, dice la ceramista.

     

    Es una mujer de veinticinco años. Viste de overol y anda descalza. Su piel es de un blanco rosáceo. Su rostro pálido se colorea apenas le preguntan sobre su oficio como ceramista. Sus brazos están tatuados con figuras de volutas florales. El iris de sus ojos es gris como la arcilla que acarician sus manos. Un piercing cuelga de su nariz. Los rizos de su cabello castaño son tan movedizos como su espíritu.

     

    El primer paso para dar forma a cualquier pieza de barro es el centrado. Mariana utiliza la base de la palma de las manos haciendo presión uniforme hacia abajo hasta generar una forma completamente simétrica. Su cerebro pregunta y ordena, sus manos responden y hacen.

     

    “Cualquier cosa que uses en la vida tiene profundidad, diámetro y altura. Eso es lo que vamos a hacer en este momento”, dice Mariana con la paciencia de un maestro.

     

    Primero, la profundidad. Usa los dedos pulgares para ahuecar la arcilla. Luego, el diámetro. Toma una esponja, la remoja y esparce un poco de agua por la pieza que gira incesantemente en el torno. Al humedecerla, la hace más maleable, el barro se vuelve más obediente. “El barro es como las personas, necesita que lo traten bien”, escribió Saramago en La caverna.

     

    Coloca la palma de la mano por fuera de la pieza y el dedo pulgar dentro del hueco de la misma. Empuja lenta y consistentemente el pulgar, como si quisiera juntarlo con la palma de las manos. Y así, con movimientos y caricias tan ligeros como una seda, el hueco que hace segundos era diminuto, se ha hecho grande. Hecho el diámetro, Mariana procede a pulir el fondo de la pieza con la espuma.

     

    Finalmente viene la altura. Con el movimiento delicado de los nudillos hacia arriba, comenzando por la base, va levantando las paredes de la pieza, estirándola hasta alcanzar la altura deseada.

     

    Con las puntas de los dedos índice y corazón ejerce una presión firme pero suave hasta modelar y definir los bordes de lo que será un jarrón. “No es solo una pieza, es un contenedor de emociones”, insiste Carreño.

     

    Es momento del arte, llega la impronta del artista. Aquí es cuando las manos de Mariana juegan con el jarrón, haciéndole una especie de cinturas y barrigas a la pieza.

     

    “Cuando estoy ahí (en el torno) estoy siendo mi yo más auténtica. No tengo nada que esconder, soy completamente sincera conmigo. Es como entrar en una meditación. Es una comunicación, un baile”.

     

    Mariana suelta el pedal, el huracanado torno deja de girar. El jarrón queda tan perfecto que dan ganas de ponerle flores. Pero el barro aún está crudo. Hay que rociar la pieza con una pistola de calor, esperar un tiempo prudente a que se seque para luego cocerla en un horno eléctrico a 1200 ºC.

     

    Ama Estudio Cerámico, así se llama el taller de Mariana Carreño, en donde esta ceramista “hace el amor” con el barro, según explica.

    Fotos: Federico Hoyos – María José Ánjel.

     

    Punto de inflexión

     

    Para Mariana, el barro significa el antes y el después de su existencia. De chiquita le encantaba jugar con plastilina, sin embargo sus padres trataron de alejarla de su lado artístico y llevarla por las sendas de una profesión más intelectual.

     

    Mariana era una chica sin norte claro. Cargada de miedos e inseguridades, cursó estudios de Negocios Internacionales, Psicología y Comunicación Social, dejándolos inconclusos todos. “Yo no sabía qué hacer con mi vida, era una persona muy oscurita, un poco deprimida… Yo no daba ni un peso por mí”, confiesa.

     

    Decidió cambiar de aires. Se fue de intercambio para Canadá, hizo cursos de maquillaje y se metió a clases de escultura, arte del que se enamoró perdidamente. Cuando regresó a Colombia, se inscribió a un taller de cerámica. La primera vez “Me fue pésimo. No di pie con bola en el el torno, pero yo dije: ‘este es mi lugar’ ”.

     

    En tiempos pandémicos compró una máquina de torno, luego otra y se pasó los meses del confinamiento practicando, dialogando con la arcilla. Con la complicidad silenciosa del tiempo y la paciencia, sus destrezas mejoraron hasta que se independizó de su maestra y fundó su propio taller de cerámica.

     

    Las vivencias moldean los pensamientos como las manos al barro. Mariana nunca se imaginó que se convertiría en profesora. Actualmente cuenta con 13 alumnos. Da clases de lunes a sábado. Su interés no es formar ceramistas, sino ayudar a sus pupilos a canalizar sentimientos y emociones mediante la elaboración de piezas que les sobrevivan a ellos. El taller se llama Ama Estudio Cerámico. ¿La razón? “Uno viene acá a hacer el amor con el barro”, dice Mariana.

     

    Frente a la pregunta inevitable de cómo se siente al ejercer un oficio que cada vez es menos popular, la ceramista contesta: “Nosotros, los rebeldes, no dejamos que la cerámica muera”.

     

    Rebeldía rima con maestría

     

    En medio de la reserva natural La Providencia, ubicada en el municipio de Guatapé, vive otro rebelde de la cerámica: José Ignacio Vélez Puerta. Tiene rostro de barba plateada que dibuja una sonrisa de hombre feliz. “Lo que yo hago siempre está muy ligado a lo que yo amo”, afirma. Viste suéter de rayas horizontales, bluyines, tenis de cuero y un delantal gris. Lleva puesto un sombrero de paja, parecido al de Tom Sawyer.

     

    Su casa y su taller, de paredes de tapia y arquitectura campesina, están rodeados por árboles que él y su esposa han sembrado durante veinticinco años: saucos, guamos, chaparros, guayacanes, chagualos, guacamayos, aguacateros, ojos de pava y árboles siete cueros.

     

    Antes de abrir las puertas del taller, José Ignacio se quita el sombrero, con el respeto de un feligrés que entra en el templo. Se pone las gafas. Conversa mientras restaura el asa de un jarrón, actividad que realiza con la precisión de un cirujano. A los 63 años cada una de las falanges de sus dedos está cargada de enseñanzas y recuerdos.

     

    “En cerámica no hay basura”. José explica que una pieza de cerámica puede triturarse, convertirse en arena, mezclarse y reciclarse con la arcilla cruda, lo cual da como resultado el chamote, un compuesto que permite construir piezas con mayor resistencia y durabilidad.

     

    Desde los doce años tomó la decisión irrevocable de ser artista. Primero incursionó en el dibujo, luego en la pintura, después en el grabado, en la escultura y, finalmente, en la cerámica. A los diecisiete se enamoró del torno gracias a Pablo Jaramillo, profesor suyo en la Universidad Pontificia Bolivariana.

     

    Fueron tres experiencias que orientaron su trayectoria como artista de la cerámica: su formación en la escuela de Porta Romana en Florencia (Italia) y en la Escuela de Artes de Segovia (España). En Sargadelos, Galicia, conoció a Arcadio Blasco, quién se convertiría en su maestro. Bajo la guía de Blasco comprendió que la cerámica podía sacarse de los espacios cotidianos del hogar y trasladarlos a espacios urbanos.

     

    Coherente con su rebeldía, se graduó como diseñador industrial con una tesis en contra de esa profesión: Utensilios inmuebles de zonas rurales colombianas. El trabajo, realizado con su esposa, consistió en rescatar los objetos que los campesinos colombianos hacían en su casa por la necesidad que obliga, en muchos casos, las condiciones de pobreza y olvido estatal.

     

    Un artista amante del oficio

     

    José Ignacio se autodefine como un artista cerámico. Para él no hay distinción entre el artesano, el artista y el diseñador; son tres actividades que se funden en una sola. Según Vélez “el oficio es necesario para realizar cualquier trabajo artístico”. Él mismo saca la tierra, la mezcla con agua, la bate, amasa la pasta, tornea las piezas, las seca y las pone a cocer en el horno. Al entrar en contacto con el calor, las moléculas de barro se vitrifican e impermeabilizan, y algunas se inmortalizan.

     

    Su obra es tan amplia que podría hacerse un museo con ella. Los cortes de tierra, las montañas, las texturas, las raíces y las nubes han sido la fuente de inspiración de sus creaciones, entre las que se encuentran desde tazones diminutos hasta esculturas de mastodónticas proporciones. Todas las ideas tienen el mismo punto de partida: una libreta y un lápiz para dibujar bocetos cuyos trazos reciben inspiración de las Musas.

     

    A finales de los 80 llegó a El Carmen de Viboral, lugar que lo transformó a él y que él también transformó. Contrario a lo que se ha pensado, este municipio no tenía una vocación alfarera, sino industrial. Fue José Ignacio quién le enseñó a los carmelitanos los secretos del barro: a tornearlo, a modelarlo, a decorarlo y, sobre todo, a diseñarlo. Una de las satisfacciones más grandes de Vélez es el hecho de haber contribuido a conceptualizar el arte cerámico en este municipio del oriente antioqueño.

     

    En El Carmen está la impronta de José Ignacio. Fue él quien diseñó la Calle de las Arcillas, la de la Cerámica y el parque principal. Sin embargo, un gobernante miope, carente de cultura (y quizá también de inteligencia) no permitió que apareciera el nombre de José Ignacio en esos lugares. Pese a ello, la posteridad no es una prioridad para este artista cerámico. Vélez deja claro que: “Mi proyecto fundamental no es El Carmen, es mi vida”.

     

    Un recorrido por los espacios y herramientas del arte de José Ignacio Vélez, quien no solo es artista cerámico, sino también pintor. La maestría se hala en los detalles del proceso de sus obras, desde el horno de leña, pasando por las herramientas y esmaltes, hasta los primeros acabados de cada pieza y los distintos resultados finales. Fotos: María José Ánjel – Federico Hoyos.

     

    El camino se hace al andar

     

    Vive tranquilo porque se levanta todos los días a trabajar. No es religioso, pero sí espiritual. “Amo a Buda, adoro a Lao Tsé y adoro a Jesús”. No le tiene miedo a la muerte. Se refiere a ella con la serenidad de un estoico.

     

    Maria Patricia se llama su esposa, compañera de sus días. José le llama por su apodo: Tati. Ella tiene la piel bronceada. Algunas canas se le asoman sobre el cabello, negro como el azabache. También es diseñadora industrial, también es manual y también es artista. A diferencia de José, no se dedica a la cerámica, sino al tejido. Quizá ella misma haya bordado las figuras florales que adornan su camisa azul celeste que lleva puesta. Maria Patricia también tiene su taller en medio de la reserva natural. Allí hay un telar. Lo quiere tanto como su marido al horno.

     

    José sale del taller y se dirige al lugar sagrado de todo alfarero: el horno. A diferencia del de Mariana, este no es eléctrico, sino de leña. Está vacío pero, al cerrar los ojos, es posible imaginarlo con las puertas cerradas y las piezas arcillosas adentro recibiendo la primera llama de leña, las primeras vaharadas de calor rodeándolas como una caricia, el aire arremolinándose, el centelleo titilante de la brasa, el deslumbramiento y las llamaradas del fuego, el humo saliendo a borbotones por la chimenea. Para un alfarero en general, y para un artista cerámico en particular, alejarse del horno es como alejarse de la vida. Lo más bello de este oficio no es solamente sopesar lo acontecido, sino también lo que ha de acontecer.

     

    Frente a la pregunta de por qué prefiere el fuego al momento de cocer las piezas, responde: “Las cosas salen más lindas. Es como si uno tuviera un diálogo con la pieza”. Cuenta José que este horno fue construido con materiales de otro horno: el de Samuel Pareja, ceramista carmelitano. Por eso Vélez lo cuida con un cariño casi humano. Un homenaje a esos hornos que estuvieron y dejaron de estar, porque los derribaron sin piedad. Hay que volver a Saramago: el Nobel portugués decía que destruir una creación ajena sería borrar de la faz de la tierra a su creador.

     

    El material plástico de la naturaleza

     

    La arcilla es el resultado de la descomposición de ciertas rocas que se encuentran en las montañas. Las lluvias provocan la erosión de éstas y las partículas arcillosas son arrastradas por los ríos. Este material, crudo y maleable, capaz de adoptar una infinidad de formas que sólo la imaginación puede limitar, está compuesto de alúmina, sílice potasio, sodio, hierro, calcio, feldespato, y muchos otros componentes que no alcanzaría el espacio para nombrarlos todos.

     

    “La cerámica es el término empleado para referirse a toda pieza de arcilla que ha pasado por un proceso de cocción y que, al perder el agua, se transforma químicamente en un material pétreo, incapaz de volver al estado arcilloso original”, afirma Claudia Lam Onuma en el libro Cerámica a mano.

     

    Existen innumerables tipos de cerámica, pero hay tres muy comunes: la terracota: opaca y porosa, su estructura química se compone de óxido ferroso, que le proporciona el color rojizo. La temperatura de cocción está entre los 700 y 900 ºC. El gres: de color grisáceo, opaco y pétreo. Su temperatura de cochura llega hasta los 1250 ºC. Y la porcelana, cerámica translúcida que se cuece hasta los 1300 ºC.

     

    José Saramago escribió que las palabras no son cosas pero las designan lo mejor que pueden. El término cerámica proviene del griego keramikos, que significa ‘alfarería’. Sin embargo, “la práctica de elaborar figuras, vasijas y otros objetos de arcilla es mucho más antigua que la palabra”, cuentan Liz Wilhide y Susie Hodge en el libro Cerámica, un recorrido por la historia, las técnicas y los ceramistas más destacados.

     

    El nexo entre el hombre y el pasado

     

    La cerámica ha sido fiel compañera de la humanidad durante siglos en la vida doméstica: platos, tazas, vasijas, cuencos, jarrones, teteras, botijos, cántaros, macetas… Muchas de estas piezas no las vimos nacer y tampoco las veremos morir.

     

    “Donde hay humanos, hay cerámica”, explica la historiadora Maria Alejandra González. Todas las civilizaciones han tenido contacto con la arcilla debido a que se trata de la exploración de un material procedente de la tierra, de la cual proviene la vida.

     

    Se ha dicho que en tiempos antiquísimos, de los que no queda ni registro ni memoria, Dios modeló al hombre con el barro de la tierra que él mismo había creado. Y después, con un soplo en la nariz, le otorgó la respiración y la vida. “Nada sale de la nada”, afirma el filósofo y escritor Memo Ánjel, citando a Aristóteles.

     

    No hay certeza sobre cuál fue la primera civilización en descubrir el arte cerámico. Cada hallazgo ofrece nuevas pistas y reescribe la historia. Las objetos más antiguos encontrados hasta el momento son las llamadas Venus, unas estatuillas oscuras, hechas de barro y polvo de huesos que datan entre los años 29000 y 25000 A.C., cuyo hallazgo aconteció en la República Checa en 1925. Hasta hoy, su significado ritual continúa siendo un enigma. Aproximadamente entre los años 6000 – 2400 antes de nuestra era, se produjo la invención del torno en Mesopotamia.

     

    González explica que la cerámica comenzó a tener un uso cotidiano en el Neolítico, especialmente para la cocción de alimentos y la fermentación de los licores, acontecimientos que favorecieron el sedentarismo, las congregaciones sociales y los ritos religiosos en las comunidades humanas.

     

    Los chinos jugaron un papel preponderante en la evolución del arte cerámico. Durante la Dinastía Tang (618 – 907 d. C.) se popularizó el té, y en consecuencia, aumentó la demanda de juegos de porcelana para servir esta bebida. La Ruta de la Seda fomentó el comercio con Occidente. Así fue como la porcelana llegó al Viejo Continente y conquistó la mirada de los europeos, quienes inicialmente no sabían cómo fabricar este material.

     

    Pasaron muchos años hasta que en 1709, un alquimista alemán de nombre Johann Friedrich Bötger, en medio de alambiques inciertos y con el propósito de hacer oro, descubrió por accidente la fórmula de la porcelana auténtica.

     

    Hace 15 siglos muchas civilizaciones precolombinas cocían el barro en hornos abiertos, hechos de piedra. Un ejemplo de ello son los mochicas, pueblos indígenas que habitaron en la costa septentrional del Perú. Ellos construyeron con barro fascinantes inventarios de la flora y la fauna, pero también de su mundo real e imaginario.

     

    “El alfarero mochica moldeaba en su materia plástica todo lo que veían sus ojos de artista creador: los hombres y los animales, los pájaros y las frutas, las legumbres y los objetos más comunes de la vida diaria”, escribió el periodista ecuatoriano Jorge Carrera Andrade en un reportaje para la revista El correo de la UNESCO, en 1955. La civilización mochica supo vivir en paz con sus vecinos y dedicar tiempo a la agricultura, la construcción de acueductos y el cultivo de las artes plásticas.

     

    A su manera, los mochicas eran cronistas de la cerámica. “Cada objeto de arcilla es un documento fidedigno”, apuntó Jorge Carrera. Arqueólogos han descubierto vasijas antropomórficas donde se reflejan los conocimientos de anatomía que poseían los artistas mochicas, además de la gran “penetración psicológica” y diversidad humana: figuras de magnates ataviados con cetro y corona, agricultores negroides con labios prominentes y nariz aguileña, hasta la figura de un mendigo tatuado y tuerto atacado en el cuello por un puma. También elaboraban cálices y sonajeros para las festividades religiosas.

     

    El regreso de los rebeldes

     

    El escritor Memo Ánjel ha dicho que las cosas existen cuando se tocan porque el tacto es el más honesto de los sentidos. La dirección e intensidad de la luz afectan la percepción visual de los objetos, la ira y el enamoramiento distorsionan las palabras que se escuchan, el hambre confunde el olfato y exalta el gusto. En otras palabras, el tacto no sucumbe ante los caprichos del espíritu.

     

    Para los rebeldes de la cerámica, como José Ignacio Vélez y Mariana Carreño, el ser humano siempre tendrá que volver a sus principios para recordar de dónde viene, reconectarse con su ser interior, y así, renacer.

     

    Según Vélez, “En el mundo cerámico están los otros tres elementos que conocemos en el mundo occidental: el agua, es quien hace fluir esa tierra; el aire, es quien la hace permanecer y el fuego, que convierte esos cuatro elementos en algo eterno dispuesto a habitar el planeta por siempre. Eso que es la materia, convierte los sueños en realidad”.

     

    Dicen por ahí que del trabajo del hombre dan razón sus manos.

     

     

     

     

  • La voz de la flauta

    Sobre la mesa de bitácoras de viaje hay un café que ya está frío. Es el de Carlos Mario Palacio. Ingeniero mecánico, empresario, sobreviviente de cáncer oral recurrente, senderista, practicante de rafting y flautista los lunes y viernes. 

     

    Por Juan José Ríos Arbeláez / juan.riosa@upb.edu.co

    Foto: Cortesía

     

    “Si me lo bogo como ustedes, me ahogo”, explica mientras señala la tacita blanca con bordes azules. Pero igual se goza el tinto, frío y oscuro, con paciencia, sin sorber, ayudándose de la gravedad.

     

    Hoy llegó temprano, cargando una pila de libros documentales tan pesados que hasta la flauta dulce se le cayó por el pasillo. Se adivina una sonrisa detrás del tapabocas, que cubre casi todo, pero a la luz están los ojos invictos.

     

    Saludó de puño al músico y maestro Carlos Andrés Mira, se susurraron unas risas al oído unos segundos y después se fue a depositar los libros de sus viajes sobre una mesa en el patio de la casa cultural.

     

    Una mañana de 1985, mientras se cepillaba los dientes se raspó un “chichón” debajo de la lengua. Fue al dentista, que le dijo que no tenía ningún chichón y lo remitió a la estomatóloga para realizar estudios. Dice que una semana después le extrajeron una masa del tamaño de una pelota de ping-pong. Y dimensiona la medida con los dedos de la mano derecha. Ya sin tapabocas, sentado en la mesa, todavía sorprendido por el tamaño del tumor. Cuando le diagnosticaron por primera vez el cilindroma de piso de boca (un cáncer de boca inusual, diferente al circoma, que causa más del 90% de diagnósticos del cáncer oral en el mundo) tenía treinta años.

     

    Al año siguiente le reincidió el tumor en la glándula sublingual izquierda. Se sometió a una nueva extracción, a un estudio de piso bucal, a un estudio en la lengua; que lo dejó con parálisis parcial en la misma. Y comenzó el proceso de radioterapia. “Me quemaron vivo”, dice. “Me quemaron todito en 16 sesiones de radioterapia”, que como consecuencia le dilataron en un 40% las cuerdas vocales y lo dejaron sin volumen de voz.

     

    La tasa de supervivencia general a 5 años para las personas con cáncer oral es del 66%. Un estudio de la Revista Colombiana de Cancerología proyectó que entre 2015 y 2050, de mantenerse la tendencia actual de exposición al alcohol, tabaco e infección del Virus de Papiloma Humano, se presentarán 107 882 casos nuevos de cáncer oral en Colombia. Las cifras contrastan con el hecho de que apenas el 29% de casos son diagnosticados en etapas tempranas.

     

    Con la lengua parcialmente paralizada, las cuerdas vocales dilatadas y el esófago rígido como un tubo, Carlos Mario dejó de hablar. Acudió a muchos especialistas, se sometió a diferentes procesos, pero sin importar si se trataba de audiólogos, fonólogos u otorrinolaringólogos; el veredicto solía ser el mismo: que ya no iba a poder hablar. Que no podía soltar la lengua, que no iba a salir del engarrotamiento, que el daño en las cuerdas era irreparable. Que no había nada por hacer. “Logré susurrar un poco, con el tiempo. No se me entendía nada. Aun así, seguí con la vida, diseñando metales, haciendo deporte, trabajando…”, concluye tranquilamente Palacio.

     

    Después de los dos cánceres, la amenaza de enfermedad no menguó y desde 2010 tuvo problemas en la próstata. No era cáncer, pero el sometimiento prolongado a los antibióticos le quitó la capacidad auditiva. En 2014 le realizaron un implante coclear para escuchar y en medio del procedimiento dañaron uno de los 25 nervios involucrados con la deglución (tragar alimentos), lo que le causó repetidas neumonías en los años que siguieron, hasta que en 2017 suspendió totalmente la alimentación oral y la remplazó con ENSURE a través de una sonda PEG.

     

    Ahora la está usando. Es el almuerzo, son las dos de la tarde. El patio de la escuela está fresco a la sombra. “Véalo, egoísta. Come solo, al lado de uno”, dice jocosamente el maestro Mira. Carlos lo ve y se ríe. Enseña la dentadura perfecta. Tiene la camisa levantada, abre la válvula y pasa la sonda, le pone un poco de agua y vierte el ENSURE, naranja y viscoso. Dos tarros por cada comida, cinco comidas diarias. Así desde hace cinco años.

     

    Flauta dulce

    Hace veinte minutos debió haber empezado la lección. “La conversada también es parte de la clase”, dice el Maestro Mira. “Tal vez la más importante”, remata Carlos Palacio, desde la mesa de libros. Hay una camaradería latente en el ambiente, inherente a Texturas y Armonías, la casa creativa y escuela musical donde se enfría el café del flautista.

     

    Durante 34 años fue mudo, sujeto al lenguaje de señas. Estuvo más cerca de dejar de escuchar que de volver a hablar y lo que escuchaba una y otra vez eran pronósticos pesimistas, de rigor fatalista, mientras seguía con su vida, con un chirrido fatigante que le asfixiaba a cada intento de hablar. En 2019 conoció a Alejandra Buriticá, una directora de orquesta que le propuso trabajar con técnica vocal. Lo hicieron hasta el inicio de la pandemia, sin presentar evolución, hasta que Carlos Mario se mudó a La Ceja y le recomendaron al musico y director de orquesta Carlos Andrés Mira, que ya había tenido procesos con alumnos con alguna discapacidad.

     

    Dice el maestro Mira que tuvo que salirse de la escuela para escucharlo la primera vez que hablaron. “Es una escuela de música, al fin y al cabo, y el hombre se esforzaba por hablar y yo no le escuchaba nada”.

     

    Empezaron el proceso de técnica vocal a finales de 2020, con un aliciente: la flauta dulce. “Solo por hacerlo más didáctico. No por nada más, porque se trabaja más allá de cualquier proceso musical”, afirma enfáticamente Mira. “No es que haya vuelto a hablar por la flauta; esa es una excusa para los trabajos de respiración, de abdomen al diafragma, de hacer sonidos que permitan ejercicios técnicos, para la repetición y que se haga todo de una forma más lúdica que en la Técnica Vocal tradicional”.

     

    Ya decía antes Palacio que no estaba allí para dominar el círculo de quintas o comprender los préstamos modales. Poco le importa si las notas sostenidas no se mezclan con las bemoles, cuando es su calidad de vida la que se nutre del sonido.

     

    ¿Cuáles son las técnicas milagrosas que ningún especialista atinaba a pensar?, ¿Cómo hizo para poder hablar con alguien a una distancia de 10 metros, cuando hace dos años la distancia mínima era de 30 centímetros? Unos minutos después, en el aula de pianos junto a Mira, se le escuchaba maullando repetidamente como un gato: “Miau, miau, miau…”, al ritmo de los bajos tonos del piano. Y después soplaba la flauta. Emitiendo notas flojas, largas, estallidos de viento desmesurados y luego débiles. Se exigía. Entonaba el canto de la alegría. Volvía a soltar la flauta y hacía ejercicios de pronunciación para la R. 

     

    Termina la clase. Le rindió poco porque la ocupó toda en chachara y una entrevista. Ya volverá el viernes. Estaba feliz mostrando los libros de sus viajes, las fotos en Guaviare, cruzando el río Guayabero, en las cascadas de La Macarena; contando que su otorrino no daba crédito a sus oídos en la última visita, que había pasado de entender un 40% hasta un 80% en el año y medio que llevaba de proceso. Fue mudo y volvió a hablar. Está más vivo que todos. El rojo pasión de la camisa le hace justicia. Se fue de afán, tenía una cita. Dicen que la semana pasada, con 69 años, encontró de nuevo al amor.

     

  • Fuera de cuadro: la salud mental en el modelaje webcam

    Cabe mucha imaginación en lo que puede hacer y decir un modelo webcam para conectar con el usuario al otro lado de la pantalla, más que ofrecer un acto sexual y lograr la excitación, la clave está en entregar algo distinto, en generar conexiones que trasciendan el entretenimiento y la excitación, en conseguir ser recordado y fidelizar a una audiencia impredecible, con necesidades que van más mucho más allá del placer físico. Es por esto que es un trabajo en el que no solo se trabaja con el cuerpo, es determinante lo que se logre desde la mente.

     

    Helena Botero Mejía / helena.botero@upb.edu.co

     

    “Son usuarios que en su mayoría buscan distraerse, tienen todo el dinero del mundo, pero no son felices”, explica Jack Taylor, como lo conocen los tippers y quien prefiere no compartir su nombre real. Tippers es el nombre que tienen los usuarios fidelizados, la palabra viene del extranjerismo proveniente de la palabra “tip” (propina) y se refiere a aquellos cuyos niveles de consumo representan un ingreso notorio. Taylor cuenta que uno de sus tippers es un abogado exitoso, viaja recurrentemente y aunque “lo tiene todo, no es feliz” y encuentra en Jack un oyente, una persona dispuesta a escucharlo en días difíciles.

     

    Colombia es el segundo país con más modelos webcam en el mundo, la industria representa alrededor de 150 mil empleos entre modelos, monitores, personal de aseo, administrativos, propietarios y otros, según informó Juan Carlos Rivera, director general de Lalexpo (Latin America Adult Business Exposition) a Forbes Colombia. Es importante agregar que ya existe una estructura tributaria definida, y que el oficio tiene una participación en impuestos importante para el país.

    Collage: Elena Botero Mejía.

    Alto contraste

     

    Aunque el objetivo principal sea ofrecer un contenido para adultos y cumplir fantasías provenientes de parafilias (los mal llamados “fetiches”), las relaciones que se construyen entre modelos y usuarios en muchas ocasiones van más allá de eso. Es común encontrar que shows privados se conviertan en largas sesiones de conversación en donde los modelos juegan un papel de oyentes y se entregan como humanos; también hay casos en los que a modelos les pagan por pasar largos ratos solo sonriendo, parpadeando, entre otras cosas.

     

    Este relacionamiento entre quien ofrece el show y los usuarios, sumándole la incertidumbre de un trabajo que en una hora puede librar un mes y en un día entero no producir un solo dólar, son solo dos de los factores que pueden afectar la salud mental de quien está entregando un show. Ofrecer un servicio que implica la mercantilización del cuerpo puede despertar una serie de pensamientos nocivos, eso sin contar que en algunos casos pueda ser sometido al juicio y al rechazo. Si bien es una labor en la que se involucra principalmente el cuerpo, también está directamente relacionado con muchas cosas que pueden pasarle a la mente.

     

    Esteban Klavier es psicólogo y gerente de la academia Estrellas Webcam, una organización dedicada a preparar a los estudios en temas que van desde lo administrativo, el desempeño y actuación de los modelos, mejorar el inglés dentro de las plataformas, hasta en temas de maquillaje y uso de los juguetes sexuales. Esteban resalta la importancia de contar con un psicólogo en los estudios, pues es vital a la hora de cuidar de la salud mental de quienes hacen parte de este servicio.

     

    Hablando específicamente de los modelos, en algunos casos puede ser muy difícil enfrentar el desnudo y la corporalidad, pues debido a la cultura y a cómo esta nos formaliza, no se ve el desnudo como algo normal, explica Esteban Klavier y agrega la importancia de la relación con el cuerpo y la sexualidad. Si una persona ha vivido, por ejemplo, situaciones de abuso o abandono previamente, esto podría despertarse en las transmisiones.

     

    Dentro de las problemáticas más comunes que encuentra Klavier, manifiesta: “Puede ser la generación de estrés, la depresión, la tristeza completa y todo el tiempo. Se pueden generar siempre y cuando las personas no puedan entender lo que está sucediendo frente a la cámara y ya el desarrollo de diferentes traumas si no se sabe que está sucediendo con los clientes”. Por lo que es muy importante tener desde el principio un acompañamiento y conversación para que el modelo se eduque más en el tema y cuente con las herramientas necesarias para afrontar los momentos difíciles.

     

    Otro aspecto que menciona es el de tramitar las emociones que quedan después de un momento complicado en la trasmisión “Se generan unas cuestiones (frente a lo desconocido, poco normalizado) que, si no se llevan a través de la palabra a otro lugar, eso a través del cuerpo se refleja. Desde el psicoanálisis lo que no se tramita a través de la palabra se vuelve enfermedad”. Nunca se sabe con qué se pueda encontrar el modelo al otro lado de la pantalla, y así como existirán usuarios que logren subirle la autoestima y entiendan que están frente a un ser humano; también existen personas malintencionadas que con sus comentarios y peticiones podrían afectar notoriamente a la persona que ofrece el show.

     

    Mecanismos de control

     

    La relación con quien cumpla la función de monitor en el estudio es fundamental, pues en los casos en los que no se cuente con el apoyo de un psicólogo, son estas personas quienes deberán cumplir la función de escuchar y apoyar a los modelos. Un monitor está encargado de supervisar las transmisiones, revisar que los recursos técnicos funcionen correctamente, estar pendiente de las conversaciones entre modelos y usuarios para manejar cualquier complicación, ofrecer un acompañamiento;,entre otras cosas.

     

    Lisette Noreña es monitora de un estudio webcam en Medellín y simultáneamente está realizando sus prácticas como comunicadora social en el sector público, asegura que, para cumplir con su trabajo, una persona debe tener “una mente demasiado abierta, con la disposición de ver el mundo y la realidad de otra manera”, y agrega que “deben ser personas que generen confianza y comodidad (…) y lo más importante, ser muy empáticos con las modelos y usuarios”. Lo demás son aspectos un poco más técnicos como dominar el inglés y saber manejar varias funciones en un computador al mismo tiempo.

     

    Lisette explica que, aunque suele tener una relación cercana y de confianza con la mayoría de las modelos (en el estudio que trabaja únicamente hay mujeres), con algunas de ellas la relación se reduce a temas laborales, por lo que el acompañamiento se ciñe estrictamente a asuntos de la transmisión. “Hay niñas muy influenciables que siempre buscan la aprobación y aceptación de su circulo familiar y social y, cuando no la reciben, se sienten mal y decepcionadas. De la misma forma, hay niñas que son empoderadas y decididas, que por más comentarios negativos o cosas que reciban no les importa, tienen sus metas claras y saben lo que quieren”.

     

    Diferentes registros

     

    Si bien el modelaje webcam hoy no despierta el tabú de hace algunos años, todavía hay personas que no se sienten cómodas expresando que se dedican a ello, o que siguen recibiendo comentarios negativos de parte de su circulo social más cercano. Daniel Betancourt es modelo hace dos años y aunque no suele ocultarlo, sí ha notado que dentro de su círculo cercano “muchos son muy doble cara con ese tema”, pues en sus gestos y comentarios sugiriéndole que busque otras oportunidades, nota la inconformidad y un falso apoyo.

     

    Daniel, como muchas personas, llegó a la profesión después de probar varios trabajos en los que el pago no correspondía al esfuerzo y tiempo que les dedicaba, varios amigos le sugirieron en tono de burla que probara el modelaje hasta que al fin “le fue sonando la idea cada vez más”, buscó estudios cercanos a su casa y “lo demás es historia”. Admite que le gustaría estudiar una carrera, que ahora no lo hace porque no tiene los recursos, pero que de todos modos no planea dedicarse a esto para siempre.

     

    Aunque él esté seguro de que recibiría apoyo del estudio en temas personales si así lo pidiera, afirma que siempre ha sido una persona que prefiere guardarse sus problemas y manejarlos por su cuenta. “Al principio fue muy difícil porque yo siempre he tenido problemas de autoestima y ansiedad, y ese trabajo los aumentó aún más porque te hace dudar de ti mismo. Cosas como preguntarte si sí eres suficiente o así. La ansiedad me comía y de verdad me sentía muy nervioso y presionado. Con el tiempo como que aprendí a manejar ese tipo de pensamientos y ya trato de evitarlos, me acostumbré a la presión de trabajar haciendo eso”, cuenta Daniel.

     

    Ponerse frente a la cámara de una forma tan íntima y sin saber quién ve al otro lado, puede despertar conflictos. Sin embargo, es una oportunidad para que las personas exploren su sexualidad, según el sicólogo Esteban Klavier, quien se refiere especialmente a las mujeres, que en algunos casos se empoderan y se responsabilizan de su sexualidad. El modelaje webcam tiene espacio para todos, no hay que tener un físico específico, una belleza establecida ni una edad determinada; para cada persona hay un usuario y cuando se conecta con el correcto, se ven casos en los que los elogios y el buen trato consiguen elevar la autoestima de la persona frente a la cámara.

     

    El peso de la billetera

     

    El tema del dinero es otro asunto notable en el que los modelos necesitan cierto acompañamiento, Lisette cuenta que en el estudio suelen pedirle ayuda a la hora de tomar alguna decisión, “Más cuando son niñas que no han tenido nada y pasar a tenerlo todo”. Esteban Klavier dice que al principio el derroche es un asunto muy común, pues por lo general no tienen con educación financiera, entonces: “…Van y se lo gastan en fiesta. Y la drogadicción puede empeorar lo que pueda pasar mentalmente”, por lo que es necesario evaluar las decisiones y hábitos que toma un modelo por fuera de su trabajo, pues estarán conectados con su bienestar mental.

     

    Aun cuando es difícil establecer lo que podría ganarse un webcammer, pues el éxito que tengade penderá de las horas trabajadas, si cuenta con usuarios fijos, la porción que tomará el estudio, entre muchas otras cosas. Es un hecho que esta es una profesión en la que puede hacerse mucho más dinero que en otras, y que, en países de pocas oportunidades y altas tasas de desempleo como Colombia, se acude a ella por cuestión de necesidad más que otra cosa. Frente a ello, Esteban Klavier piensa que es necesario tener un plan a futuro, buscar formas de invertir el dinero y pensar en estudiar.

     

    En abril de 2021 se reconocieron los derechos laborales de modelos webcam en Colombia a raíz de un caso de una mujer que fue desvinculada en estado de embarazo y quien presentó una tutela. El 26 de julio de 2022 se propuso un proyecto de ley con la intención de regular los contratos de los modelos, precisamente buscando que estas personas que llegan al oficio en un estado de vulnerabilidad y desconocimiento no acepten acuerdos que violen sus derechos.

     

    Según el sicólogo Esteban Klavier, es imprescindible que las personas entiendan que desempeñan una labor profesional, que deben adoptar un papel que no es el suyo para evitar el sentimiento de que son cosas y para que el desgaste del relacionamiento con el usuario sea el mínimo. Esto lo sostiene Jack, quien asegura que: “Hay que meterse en el papel. Por fuera, mi nombre real es X, pero dentro del estudio soy Jack. A él le gustan los hombres y las mujeres, él coquetea con hombres”.

     

    Sin embargo, Jack agrega que hay una presión que recae sobre los hombres al no poder fingir como podría hacerlo una mujer: “Yo he tenido esa presión de que en ese momento tengo que ponerme erecto y no puedo. Y el usuario está ahí esperando, o ha pagado porque eso suceda, pero no sucede entonces el usuario se va, se pone de mal genio. Hay unos que son muy lindos, muy buenas personas, le ayudan a uno, pero hay unos que no, que paila”, admite que le preocupa bastante el tema de las calificaciones, por lo que se esfuerza al máximo para que el cliente se vaya contento, prometiéndole mejorar.

     

    Salud ocupacional

     

    El acompañamiento del estudio se vuelve clave a la hora de manejar las emociones, Jack trabajó unos meses en Bogotá antes de llegar a establecerse en Medellín, y es ahora que nota la diferencia entre un estudio que se preocupa por las personas y otro al que solo le importaban los ingresos. Además, en el momento se encuentra viviendo con la administradora del estudio y otros encargados, lo que le ha permitido construir una buena relación y estar rodeado de otros modelos con quienes comparte su tiempo.

     

    Desde que llegó, en el estudio le sugirieron que hiciera público que se dedicaba al modelaje, tomó la decisión de ser honesto con su familia y amigos y se sintió aliviado: “Al no saber ellos en lo que yo trabajaba realmente como que me hacía sentir que tenía dos vidas; la que ellos creían que era y la verdadera. Cuando yo me solté y dije la verdad, sentí que solté una carga pesada”. Esteban Klavier confirma que lo mejor es que los estudios se encarguen de educar a los familiares, de permitirles incluso visitarlos en lugar de esconderles la realidad. Esto con el fin de que los webcammers tengan una mejor relación con su trabajo y encuentren ese apoyo necesario de sus seres queridos.

     

    Igualmente, los espacios que promuevan el relacionamiento entre modelos resultan beneficiosos, y estos van desde un sitio donde puedan tomar el descanso juntos hasta salidas y reuniones en las que puedan crear vínculos y fortalecer sus relaciones. En algunos casos, los modelos pueden ser personas muy solas, y crear ese círculo cercano puede ser un apoyo muy positivo; sin embargo, habrá quienes no se sientan del todo cómodos en esta clase de espacios, como es el caso de Daniel, quien prefiere asistir únicamente a lo laboral: “La verdad no me gusta relacionarme con ellos. Yo solo voy a lo mío y pues con los jefes y dueños de la casa me llevo bien, porque con ellos sí he interactuado mucho más”.

     

    Lisette piensa que la salud mental es un trabajo “50/50”, el estudio debe buscar siempre la tranquilidad del modelo y estar ahí para ayudar en caso de problemas, a pesar de ello, no todos se sentirán igual de cómodos compartiendo situaciones personales y en muchos casos, no estará al alcance del estudio ayudarles. En donde ella labora cuentan con una psicóloga que asiste a hacer conversatorios con las modelos y a quien se le pide una cita que va por cuenta del estudio en el momento en el que alguna lo requiera, todo esto con el fin de que ellas vean un lugar seguro en el cual sentirse escuchadas.

     

    Por lo general, los estudios cuentan con una serie de filtros a la hora de reclutar nuevas personas, Esteban Klavier, quien además tiene su propio estudio, asegura que es necesario incluir en estos, pruebas psicotécnicas que determinen si un futuro modelo podría manejar correctamente diversas situaciones y si no carga con asuntos pasados que corran el riesgo de empeorar a través de la profesión. Todas las empresas, sin importar a qué se dediquen, deberían buscar el bienestar laboral.

     

    Entre los riesgos para la salud mental en el trabajo que la Organización Mundial de la Salud enuncia, se encuentran: cargas o ritmo de trabajo excesivos; horarios excesivamente prolongados, antisociales o inflexibles; apoyo limitado por parte de colegas o supervisión autoritaria; violencia, acoso u hostigamiento y demandas conflictivas para la conciliación de la vida familiar y laboral. Estas son situaciones comunes que se pueden encontrar al dedicarse a esto, sin embargo, varían entre estudios y que en un sitio donde se le dé un manejo serio y profesional al tema, no tendrían por qué suceder.

     

    Daniel y Jack se enfrentaron a diferentes dificultades en el momento que decidieron ser modelos, y confirman que no es un oficio que le recomendarían a todo el mundo. Para Jack, debe ser “una persona de mente abierta y muy segura de sí misma”, para él no fue difícil enseñar su cuerpo y conectar con su desnudez, “No se lo recomendaría a una persona que tuviera baja autoestima, que no se quiera lo suficiente. De pronto le dé muy duro, como puede que suceda lo contrario…”. Daniel, por su lado, ratifica que debe ser una persona segura de sí misma, que no se ofenda con facilidad puesto que puede recibir todo tipo de comentarios, además de ser alguien paciente, persistente y valiente. No se lo recomendaría a alguien que sufriera de problemas mentales severos, porque siente que el trabajo podría empeorarlos.

     

    De igual forma, hábitos como hacer ejercicio, alimentarse sanamente, dormir bien y contar con un círculo de apoyo, tener un plan a futuro, alejarse de las drogas, ir a terapia y fomentar la conciencia sobre uno mismo pueden ayudar internamente a cualquier persona, no solo a los modelos, para tener salud mental. Así lo sugiere Esteban Klavier, que con años de experiencia y su inclinación por el psicoanálisis, tiene experiencia en la industria, sobre todo cuando del manejo de las emociones se trata.

     

    Es necesario ampliar la conversación, acabar con mitos que se han construido en torno a la industria y seguir promoviendo su regulación y profesionalización. Todo esto con el fin de que los modelos habiten entornos seguros y de apoyo, donde se les acompañe en la toma de diferentes decisiones y puedan tramitar las emociones que despierte una profesión que un día puede subir el ánimo y la autoestima, y al otro despertar un trauma difícil de combatir.

     

    Contrario a lo que muchos puedan pensar, un modelo webcam no trabaja solo con el cuerpo, también debe usar su mente para enganchar a un usuario con altas expectativas. Es una labor en la que existe una competencia altísima, a nivel internacional, y que, así como puede cambiarle el estilo de vida a una persona en un día, asimismo puede tenerla trabajando 8 horas sin que reciba ninguna remuneración. Toda esa presión, a la que en algunos casos se le suma la desesperación de la necesidad y la soledad, tiene efectos muy profundos en las personas y será una responsabilidad de los estudios entregar los espacios y herramientas para acompañar esos momentos. Además, una mala actitud en muchos casos puede llevar al fracaso del show y, nuevamente, a la frustración económica.

     

    Abrir la mente y entender que este oficio es cada vez más común, para desprenderse de estigmas, es ayudar a que quienes deciden trabajar en él no se sientan solos, no encuentren la necesidad de aislarse y enfrenten sus retos laborales de la mano de personas que ofrezcan un acompañamiento sincero y humano para todo lo que se puedan encontrar al otro lado de la pantalla y en las luchas internas que la cámara no puede captar.

  • A la sombra del cuidador

    Desde la perspectiva de quienes más apoyan y suelen recibir menos respaldo, este es un relato enmarcado en cifras y los análisis de una realidad creciente, que pasa de soslayo en pleno debate por las reformas del sistema sanitario: la salud mental.

     

    Salomé Conde, Samuel Portela / periodico.contexto@upb.edu.co *

     

    Antonia giró la llave del agua caliente y entró a la ducha. Mientras su piel se ponía rojiza por el agua hirviendo, lanzó el primer llanto. El cansancio, que en un inicio era mental, ahora también lo sentía físico, le dolía el cuerpo y estaba fatigada casi todo el tiempo. Los momentos del baño, que hacía un tiempo habían dejado de ser diarios, eran los únicos en los que podía expresar lo agotada que estaba, el único momento en el que se permitía llorar solo si ponía música alta.  

     

    Mientras se bañaba tocaron a la puerta, era Federico, su hermano mayor.  

    — Antonia, no te enojes —dijo en voz baja.  

    Cerró la llave, salió de la ducha y pausó la música en su celular para escucharlo mejor.  

    —¿Qué hiciste? —dijo irritada.  

    —Me tomé muchas pastillas del tarro que tengo de Valcote. Llévame a urgencias.  

     

    Antonia inmediatamente se dirigió al cuarto para ponerse algo de ropa y le avisó por mensaje de texto a su hermana Lucía lo que había ocurrido. Fue a la cocina donde se encontraba su madre haciendo el almuerzo para informarle que se iría con Federico porque había intentado suicidarse y debía ser atendido lo más rápido posible, así que pidió un carro y se dirigió a la urgencia de su EPS.

     

    Durante el camino, Federico empezó a sentirse mareado, por lo que cuando llegaron al centro de salud ya se le hacía difícil estar de pie. Al acercarse a la puerta fueron atendidos por un vigilante que pedía explicar el motivo de la consulta.  

     

    —Se tomó muchas pastillas psiquiátricas como intento de suicidio —expresó Antonia entre lágrimas y ansiosa.  

    —Número de documento —dijo secamente.  

    Ingresó los datos en una pantalla que tenía a su lado y le entregó el ficho del turno.  

    —Cuando sea su turno, lo revisa un médico general para que le indique que tipo de urgencia es y sea atendido. Como él es mayor de edad, debes esperar afuera.  

    —Es paciente psiquiátrico, no puede estar solo —explicó Antonia para que el vigilante le pusiera la manilla que lo identificaba como tal y así le permitieran estar junto a él en la sala de espera.  

     

    Pasaba el tiempo y Federico cada vez estaba más mareado. Cinco…diez…quince minutos… y no era atendido.  

    —Toni, yo solo quiero sentirme bien. Lo siento por hacerles esto. ¿Ya me van a atender?, me siento muy mal —decía llorando.  

     

    Ella se acercó nuevamente al vigilante y le dijo desesperada que por favor lo atendieran rápido porque debían limpiarle el estómago lo más pronto posible.  

     

    —Tienes que esperar como todos —respondió.   

    Al poco tiempo sonó su nombre por un parlante e ingresaron a uno de los consultorios. Había dos enfermeras, una de ellas, se notaba, era nueva en el puesto.   

    —Paciente de 22 años diagnosticado con trastorno obsesivo compulsivo, trastorno afectivo bipolar, trastorno límite de la personalidad y tabaquismo —comenzó diciendo la enfermera jefa después de ingresar su número de identificación al sistema.  

     

    Durante la consulta, ella formuló preguntas concretas de lo que había sucedido, qué medicamento ingirió, a qué horas lo hizo y por qué. Cada respuesta de Federico la utilizaba para indicarle a su compañera cómo era el funcionamiento del sistema en el computador, qué debía poner en cada casilla y cuál era el procedimiento a seguir en esos casos. Pocas veces lo miró a los ojos.  

     

    —Debes esperar a que te llamen nuevamente y te asignen una camilla —mencionó finalmente la enfermera y les indicó que ya podían retirarse.  

    Nuevamente tomaron asiento. Mientras tanto, Lucía iba en camino para acompañarlos en la espera.  

    —Me sentía muy triste Toni, sin saber qué hacer. Me siento inservible, no aporto en nada, ya no soportaba más sentirme así — dijo Federico mientras movía sus piernas ansiosas de lado a lado.  

    —Estamos contigo, pero debes tomarte la medicina, no vas a mejorar nunca si no llevas de forma responsable tu tratamiento. Debes poner de tu parte también —le expresó Antonia mientras le rodeaba la espalda con su brazo y le daba pequeñas caricias.  

     

    Lucía llamó a Antonia que ya estaba en la puerta para que saliera y ella pudiera entrar a la sala de espera. Cuando salió se abrazaron y decidieron que Lucía se quedaría esa noche con él. A los dos días Federico fue internado durante dos semanas en un centro psiquiátrico.  

     

    “Antonia llevaba semanas sin descansar bien, normalmente en las noches Federico no dormía, solía escuchar música y caminar por toda la casa. En algunas ocasiones conversaba solo y gritaba enojado, como si aquellas voces que decía oír lo molestaran todo el tiempo”. Foto: Salomé Conde. 

     

    El diagnóstico de los números   

     

    Durante el Foro Salud Mental en Colombia: retos y desafíos del 2021, la procuraduría entregó el balance del país en el tema, para 2020 hubo 26.132 intentos de suicidios, informó el Instituto Nacional de Salud. Y solo en el primer trimestre de 2021 se reportaron 1482 suicidios, un incremento del 24% en comparación con el mismo periodo del año 2020. Además, para 2017 una de cada diez personas padeció un trastorno mental en el país, esboza el documento Conpes 3992 del Departamento Nacional de Planeación.   

     

    En 1998 se formula la primera política de salud mental en el país. Luego, en 2005, se reformula y es en 2013 cuando se expide la ley 1616 de Salud Mental. Finalmente, el 7 de noviembre del 2018 el Ministerio de Salud y Protección adopta la política de Salud Mental por medio de la Resolución 4886, efectuando así la primera meta del Plan de Acción sobre Salud Mental 2013-2020 radicado por la OMS, “quien recomienda la orientación de los programas de promoción y prevención, el fortalecimiento de los servicios de salud, la optimización de los sistemas de información y promover la rehabilitación, con el objetivo de disminuir la estigmatización, la exclusión social y la discriminación”, según recoge un artículo de la Universidad CES del 2021.  

     

    El teléfono sonó, por el número que aparecía en pantalla, Antonia intuyó que era Federico el que llamaba desde el centro psiquiátrico.  

     

    —Hola, ¿cómo va todo?  

    —Hola, ya pueden recogerme, me van a dar de alta —dijo Federico.  

    —¿Cómo así? Solo ha pasado como una semana, debes quedarte un tiempo más para que te niveles con la medicación —expresó Antonia exaltada.  

    —Me dijeron que podía solicitar el egreso voluntario, entonces debes venir por mí para que firmes, pero no le digas a Lucía, necesito que me ayudes con esto o me mato acá —dijo con un tono amenazante.  

    —No te puedo ayudar con eso, no está bien, y por favor no digas que te vas a matar —mencionaba Lucía apunto de tener una crisis de ansiedad.  

    —Si no vienes por mí, soy capaz de matarme. Ya no quiero estar acá, me estoy volviendo loco. Tú ni te imaginas que es estar en este lugar —continuaba Federico con un tono agresivo.  

    —Entiende que es por tu bien, voy a ver qué puedo hacer, después te llamo —dijo atemorizada y con el dolor que solía sentir en el pecho cada vez que su hermano la confrontaba y amenazaba cuando requería algo de ella. Colgó inmediatamente y llamó a Lucía para contarle lo que había sucedido.  

     

    Al día siguiente llegaron al centro a llevarle ropa limpia a Federico. Mientras esperaban en la recepción, uno de los doctores se acercó con el papel del consentimiento informado para el egreso voluntario y les dijo que debían firmarlo para que le pudieran dar de alta. Antonia y Lucía se negaron a hacerlo porque solo llevaba una semana hospitalizado y por situaciones vividas antes, consideraban que era una persona peligrosa que ponía en riesgo su propia vida y la de ellas.  Estuvieron discutiendo alrededor de vente minutos hasta que finalmente el doctor aceptó su decisión y se retiró con el papel.  

     

    Alrededor de media hora después, Antonia recibió una llamada de la psiquiatra del centro en la que le manifestó que estaba contemplando la idea de pronto darle de alta a Federico.  

     

    —Doctora, hace poco expresó ideas suicidas, solo ha pasado una semana de hospitalización, es imposible que ya esté estable. Estos meses ha tenido comportamientos muy violentos hacia nosotras y mi mamá, es peligroso para nosotras, necesitamos que se estabilice bien con la medicación.   

    —Háblame un poco de esos comportamientos —dijo tranquilamente la psiquiatra.  

    —Lleva varios meses sin querer tomarse la medicación, hemos intentado hablar con el haciéndole entender que es por su bien, pero no le importa, suele enojarse cuando le hablamos de ese tema. Con el tiempo empezó a tratarnos mal, invalida nuestros sentimientos, nos grita y tiene comportamientos que ponen en peligro su vida y la de nosotras. Hace unas semanas, mientras preparaba el almuerzo, él me estaba acompañando en la cocina, en un momento corrió hacia mí para quitarme el cuchillo con el que estaba cortando unas verduras y mientras me miraba fijamente empezó a cortarse el costado de las costillas, a lo que yo grité, entonces lo soltó inmediatamente y lanzó una carcajada. Sabemos que requiere atención urgente en donde lo obliguen a medicarse, nosotras no podemos hacerlo, no nos escucha y finalmente no estamos capacitadas para eso —expresó Antonia desesperada.  

     

    —Me parece curioso que te escucho hablar a ti y no encuentro relación entre lo que dices y su comportamiento, él ha estado tranquilo y muy juicioso, entonces encuentro una inconsistencia entre los testimonios de tu hermana y tú y su comportamiento —respondió la doctora.   

    —¿Qué me está insinuando? —dijo Antonia indignada. 

    —No estoy insinuando nada, pero me parece curioso que no coincide lo que me estás contando con lo que yo veo. Él está tranquilo así que voy a darle de alta. 

    —No me parece correcto, usted me pidió que le contara acerca de sus comportamientos, le cuento y me está dando a entender que no es cierto lo que digo, ¿Usted cree que a nosotras no nos duele que él esté así? Por eso estamos buscando ayuda —reclamó Lucía enojada. 

    —Le voy a dar de alta —dijo secamente la doctora. 

    —¿Es en serio? ¿Para qué me hizo sentir que podía contarle esto si no me iba a creer? ¿Le va a dar de alta, en serio? expresó Antonia casi llorando. 

    —Sí, le voy a dar de alta, Antonia —dijo la psiquiatra con tono retador. 

    —Ok, entonces procederé de forma legal- le respondió y colgó inmediatamente. 

    A los minutos ella la llamó nuevamente, pero en medio de la crisis de ansiedad que estaba atravesando, le pidió a Lucía que contestara. 

     

    Después de varios minutos al teléfono, llegaron al acuerdo de que lo dejarían más tiempo mientras las hermanas acomodaban a su madre en otro lugar ya que la convivencia entre Federico y ella se había vuelto muy conflictiva y eso les hacía daño a ambos.  

     

    A la semana el centro psiquiátrico les avisó que ya podían pasar por Federico. 

     

    El frente legal de la lucha

     

    Gladys Ariza Sosa, doctora en salud pública y profesora de la Facultad de Medicina de la Universidad de Antioquia (U de A), explica que existe varios mecanismos para exigir la debida atención en salud cuando se está vulnerando el derecho a esta, y que aplica tanto en casos de salud física como mental. En primera instancia, se puede presentar una PQRS en la IPS o EPS. De no ser suficiente, radicar una queja ante la Superintendencia Nacional de Salud, o en caso de que se requiera mayor prontitud, poner una acción de tutela. Si existió negligencia en la atención del servicio de salud y esto dejó secuelas en el paciente, se puede instaurar una demanda por responsabilidad civil, concluye Ariza Sosa.

     

    Ariza expone además que hay bastantes tutelas por el hecho de que no se brindan los tratamientos adecuados y apropiados a las personas que lo requieren. Esto indica que “las normas existentes no se cumplen a cabalidad” y es que “cuando se hizo un análisis del cumplimiento de las metas de resultados de la dimensión de convivencia y salud mental del Plan Nacional de Salud Pública que recién terminó, se encontró que solo se ha cumplido el 27% en metas de resultados”, enfatiza Gladys.   

     

    Respecto a esta problemática, un estudio realizado por Dora Hernández y Cristian Sanmartín-Rueda de la Universidad de Antioquia en 2018, analiza, por medio de entrevistas a expertos en el tema, la paradoja que suscita la atención pública en salud mental, debido a que se fundamenta en el cumplimiento de los derechos humanos, pero en la práctica se encontró una primacía de lo administrativo, otorgando mayor relevancia a la rentabilidad financiera del sistema, que al cumplimiento efectivo de la atención a la salud mental de los pacientes.

     

    “El mayor desarrollo se ha orientado hacia la calidad de los procesos administrativos y financieros, cuya implementación en muchas ocasiones no tiene en cuenta a la persona que solicita el servicio”, sentencia el estudio. Además, los 23 profesionales entrevistados por los autores del artículo concluyeron “los derechos humanos, enunciados en la Constitución Política y en la normatividad en general, en la práctica quedan supeditados al cumplimiento de requisitos administrativos que en su intención defienden intereses económicos particulares”.

     

    Esto explicaría cifras como las presentadas por la Procuraduría en el Foro de Salud Mental en Colombia, en las que manifiesta que más del 50 por ciento de las EPS no atienden de forma integral a los usuarios como lo estipula la ley 1616 de 2013, representando los tratamientos integrales solo el 5 por ciento de la atención en salud mental. Asimismo, “la modalidad de contratación de manera integral en salud mental es una de las menos utilizadas, correspondiendo solo al 4 %, siendo otras las más utilizadas, por ejemplo, por evento, lo cual encarece los servicios y no garantiza la atención integral de los usuarios”, afirmó Diana Margarita Ojeda, procuradora delegada para la salud, la protección social y el trabajo decente.   

     

    De acuerdo con la doctora Ariza, en lo concerniente a las personas que conviven con un paciente psiquiátrico “tanto en la ley de Salud Mental como la Política de Salud Mental de nuestra red de salud pública se tiene en cuenta la dimensión colectiva de la salud mental, y se menciona por lo menos a los familiares y cuidadores. En el hecho de que tienen que garantizárseles el derecho a la participación social”, sin embargo, “esto no se ve reflejado en la práctica”, termina por sentenciar Ariza.   

     

    Antonia llevaba semanas sin descansar bien, normalmente en las noches Federico no dormía, solía escuchar música y caminar por toda la casa. En algunas ocasiones conversaba solo y gritaba enojado, como si aquellas voces que decía oír lo molestaran todo el tiempo. 

     

    Una vez Antonia escuchó a Federico maldecir e insultar a alguien mientras se desplazaba por toda la casa pisando fuerte. Antonia asustada cerró la puerta de su habitación y se quedó sentada en la cama en compañía de sus perros. 

     

    Federico continuaba maldiciendo mientras tiraba al piso lo que estaba a su alcance. En un momento, Antonia temerosa se asomó al pasillo sin salir completamente de su habitación y le preguntó qué le sucedía. 

     

    —Nada, no te importa —respondió mientras miraba qué podía golpear. 

    Antonia se encerró nuevamente y llamó a Lucía para que la acompañara porque se sentía desprotegida estando sola con él. 

     

    A medida que pasaba el tiempo a Antonia le pesaba más la situación con su hermano, había desarrollado un miedo a estar en su casa sola con él, así que cuando volvía de la universidad se encerraba en su habitación y no salía hasta el día siguiente cuando nuevamente debía ir a clases, dejó de alimentarse bien y con el tiempo empezó a enfermar y desarrollar ideas suicidas. 

     

    Las personas que padecen una enfermedad mental son muy variadas, existen muchas patologías y síntomas en el espectro de la salud mental.  

     

    La cocina, un lugar importante en la rutina de cuidados de Federico, se había convertido en un lugar de riesgo para Antonia. Foto: Salomé Conde.

     

    Historias particulares

     

    Según apunta Juan Londoño, psiquiatra y docente de la Facultad de Medicina de la U de A, existen múltiples trastornos mentales y eso hace que cada condición tenga un patrón distinto. Hablando de los trastornos más graves y comunes, está la depresión, que se presenta como una dificultad para hacer las cosas, una frecuente baja motivación para realizar actividades, lo que genera dificultad para responder adecuadamente a las actividades laborales, familiares y sociales. Esta problemática se ahínca por el hecho que desde afuera puede percibirse como si la persona tuviera una actitud perezosa.   

     

    Están también los trastornos psicóticos, explica Londoño, que son aquellos en los que se afecta la relación con la realidad, como por ejemplo la esquizofrenia. Los síntomas principales de este trastorno son tener percepciones sobre estímulos que no están, sentir que le hablan cuando no hay ninguna voz o ver cosas cuando no hay ningún estímulo visual que las genere. También se presentan los delirios, ideas delirantes, que no son ciertas, pero que por alguna razón el cerebro las da por sentadas. Esto afecta al familiar, porque el paciente psiquiátrico puede creer que el familiar quiere hacerle daño, y es muy difícil, afirma el psiquiatra Londoño, porque, aunque el familiar o cuidador ve que no hay ninguna voz o nada, la persona tiene una incapacidad para reconocer que estos síntomas son simplemente productos de procesos mentales propios.

     

    Se encuentra además el trastorno bipolar que se caracteriza por episodios depresivos, que son semanas enteras de estar triste, aburrido y con ganas de hacer nada, entre otros síntomas. O episodios de manía, que es cuando una persona tiene en vez de estar a bajo, es un aumento muy marcado del estado de ánimo.  

     

    Según Valentina Cardona, psicóloga con maestría clínica, las características principales en casi todas las condiciones mentales es la ausencia de sueño, sobrepasar las normas que le pone la familia, el componente delirante, la agresividad, que es lo que hace que las familias tomen una decisión diferente en el manejo del paciente y también el exceso de sueño en el caso de los trastornos del estado de ánimo. Menciona a su vez que en algunos casos no quieren salir de la casa ni de la habitación, se quedan encerrados y el autocuidado es deficiente. 

     

    Las familias no están preparadas para ver sufrir a un familiar, asevera Cardona, “es muy triste porque esta enfermedad no mata como un cáncer, sino que va consumiendo las relaciones familiares, se va convirtiendo en esa dinámica que pierde los lazos, porque el paciente usualmente se desconecta de la realidad familiar para vivir su propia realidad”.   

     

    En consecuencia, la convivencia con un paciente psiquiátrico puede ser causar el síndrome del cuidador cansado, afirma Valentina Cardona, el cuidador empieza a reflejar un agotamiento supremamente fuerte, la persona se enferma orgánicamente, no únicamente en el aspecto mental. “La familia con esa carga emocional al ver el cambio en la conducta del paciente, necesita indiscutiblemente una terapia individual o familiar, para identificar qué herramientas tienen que adquirir para el manejo de la mejor manera del paciente”, enfatiza.   

     

    Lamentablemente las EPS no brindan la orientación necesaria a los cuidadores permanentes, que requieren para comprender el diagnóstico del paciente psiquiátrico. “Desde las EPS se hace muy poco, si pides una cita con psicología te la dan a los tres meses y la otra tres meses después con otro terapeuta diferente, entonces no va a haber una continuad en ese proceso que es fundamental”, concluye la psicóloga.   

     

    Por esto mismo es importante que el familiar que está a cargo del paciente pueda contar con espacios a solas, que realice ejercicios y busque relaciones diferentes. Si se queda todo el tiempo con el paciente es dañino y perjudicial.   

     

    El psiquiatra Londoño, señala además que el cuidador puede tener afectaciones a su propia salud mental, dependiendo el caso, puede desarrollar trastornos depresivos, de ansiedad y empezar consumir sustancias como forma de escapar de la realidad que implica cuidar a este tipo de pacientes.

     

    También sufren afectaciones desde el estigma que hay hacia las personas con trastornos mentales. Son prejuicios creados por los medios de comunicación o la forma en cómo fuimos criados, lo que crea una carga psicológica por el hecho de cuidar a alguien con estas circunstancias. Adicionalmente, el hecho de tener familiares con estas condiciones abre la posibilidad de una susceptibilidad heredada a los trastornos mentales. Que también pueden surgir si, además de lo anterior, hay un aumento de estrés físico o emocional, según afirma Londoño. 

     

    Hacía más de un año Antonia y sus hermanos habían perdido a su padre. Después de su muerte, Federico cayó en una depresión silenciosa que con los meses fue más evidente, dejó su tratamiento psiquiátrico y al tiempo presentó un brote psicótico que lo dejó con secuelas, desde ese momento nunca volvió a ser Fede, el que tanto Antonia amaba. 

     

    Desde pequeños lograron una conexión que, aunque no lo exteriorizaban en palabras, ambos sabían que no la tenían ni la iban a tener con alguien más. Fede la hacía sentir protegida y ella lo apoyaba en cada decisión que tomaba. 

     

    Durante la cuarentena obligatoria por la pandemia del COVID 19, Fede pasó por un episodio depresivo fuerte. En el lugar donde estaban pasando con su familia el aislamiento, él encontró una gatica huérfana, pero no tenía cómo costear los gastos que requería para que sobreviviera y su papá no estaba de acuerdo en se la quedara.

     

    —Anto, tengo que contarte algo. La noche que encontré a Olivia había decidido suicidarme, pensaba hacerlo con una sobredosis de mi medicina psiquiátrica, pero luego escuché unos maullidos y la encontré sola y desprotegida y sentí que debía cuidarla, ella me devolvió las ganas de vivir —expresó Federico conmovido. 

     

    Antonia experimentó por primera vez uno de sus mayores miedos, sentir que podía perder a la persona que más amaba, porque, aunque llevaba tiempo diagnosticado psiquiátricamente, nunca había manifestado ideas suicidas. 

    —Tengo un dinero ahorrado, así que no importa si mi papá no quiere que la tengas, yo te daré todo el dinero que necesites para que la salves, ambos necesitan cuidarse —le manifestó Antonia mientras intentaba no quebrarse en llanto. 

     

    Fueron semanas en las que Fede se esforzó mucho para atender a Olivia, finalmente después de pasar los momentos más cruciales, la gata sobrevivió y se convirtió en uno de sus mayores apoyos emocionales, lo mismo él para ella. 

     

    Durante los primeros meses del duelo por la muerte de su padre, a Antonia principalmente la cuidó Fede, para ese momento no vivían con Lucía ni su madre. Él se encargaba de pagar las deudas, preguntarle cómo le había ido en la universidad todas las noches y acompañarla cuando debía trasnochar haciendo una entrega. También la acompañó en sus episodios depresivos mientras se acostumbraba a la ausencia del papá y veía, aunque no le gustaba mucho, una novela argentina junto a ella solo por compartir a su lado. 

     

    Un día sentado en un andén en el parque de El Poblado y con trago encima, Fede lloró a su padre, algo que no hacía en meses porque no sabía cómo afrontar el duelo. 

     

    —Tú para mí eres un diamante que debo cuidar —le dijo a Antonia. 

    Ella solo sonrió un poco sonrojada. 

    —Me conmovió algo que me dijiste hace días, dijiste que yo era como tu papá y mamá ahora que ellos ya no están —lo dijo con la voz quebrada a punto de llorar. 

    —Lo eres, Fede. Eres quien me protege —expresó Antonia tímidamente.  Lo abrazó para sostener su llanto y Fede le dijo cuánto la amaba y que por ella hacía lo que fuera con tal de que estuviera bien.  Esa noche fue la última vez que Antonia logró tener una conversación de ese tipo con su hermano estando completamente consciente. 

     

    Meses después de que Federico fue dado de alta del centro psiquiátrico, la relación con Antonia se había convertido en algo imposible y muy peligroso para ambos. No podían contar con la ayuda del servicio público y la opción privada era demasiado costosa. Luego de revisar varias alternativas con la ayuda de su tía, Antonia y Lucía encontraron la Fundación Hogar la Villa, un lugar de reposo para pacientes psiquiátricos, que ofrecía un tratamiento más humano y a menor costo. Decidieron organizar una rifa de beneficencia para recaudar fondos y poder internarlo el tiempo que se requiriera.

     

    Llevaban dos semanas sin verlo, Lucía y Antonia fueron a visitarlo en compañía de su tía paterna. Cuando entraron a la fundación, Federico las alcanzó a ver desde una mesa en la que se encontraba sentado, así que bajó una pequeña loma y se dirigió a abrazarlas. 

     

    La tía sacó del carro un pequeño guacal donde estaba Olivia. 

    —Mira hijo, te trajimos a tu gatita para que te acompañe el tiempo que estés acá —dijo sonriendo. 

    —¡Olivia! Gracias, en serio —expresaba mientras abrazaba el guacal. 

     

    Se dirigieron a su habitación y le ayudaron a ubicar a la gata y a guardar una ropa que les había faltado empacar cuando lo internaron en el lugar de reposo. Estuvieron compartiendo junto a él alrededor de una hora y media hasta que la enfermera les avisó que ya era la hora del almuerzo, por lo que el tiempo de la visita había terminado. 

     

    Cuando ya estaban en el portón de la finca, Federico se despidió con un abrazo. 

     

    —¿Cuánto tiempo estaré acá? —mencionó mirando a la tía.  

    —No sé hijo, eso depende de lo que digan las doctoras y cómo evoluciones, te quiero ver sano y fuerte —le dijo de forma animada mientras le daba un abrazo. 

    —Fede, el próximo sábado que volvamos te voy a traer un lienzo y tus óleos para que pintes estos paisajes tan lindos que hay acá —dijo Antonia mientras le daba el abrazo de despedida. 

     

    Mientras el carro avanzaba, desde la ventana Antonia podía ver a Federico subiendo la loma para volver a aquella mesa donde lo vio al llegar. Volteó la mirada y lanzó una pequeña sonrisa dentro de sí, porque después de tantos meses de angustia, la vida le había devuelto algo que creía haber perdido, esperanza. 

     

    El Hogar La Villa alberga no solo a Federico, sino las esperanzas de sus cuidadoras en torno a una mejor calidad de vida. Foto: Salomé Conde.

     

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    ¿Cómo se manifiestan los problemas de salud mental? ¿Qué es el síndrome del cuidador cansado? Escuche respuestas en detalle en el siguiente podcast:

     

     

     

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    *Reportaje ganador en la muestra Visión 2023.

  • Un aniversario al murmullo del río

     

    Por Camilo Pérez Montoya / camilo.perezm@upb.edu.co

     

    En el marco de la celebración de sus 40 años, la Filarmónica de Medellín inició una serie de Serenatas por los lugares más emblemáticos de la ciudad en búsqueda de compartir con la ciudadanía la alegría por su trayectoria. La segunda de sus serenatas fue una carta de amor al río.

     

    El día empezó con los trompetazos de la 20th Century Fox. El quinteto de metales y la batería de la Filarmónica de Medellín anunciaba a la ciudad su cuadragésimo aniversario y se disponía a cantarle a su villa y a la espina dorsal que le dio vida a esta: era una Serenata al Río porque “al río también hay que agradecerle”, diría más tarde Gonzalo Ospina, concertino de la agrupación. Desde el puente peatonal de la estación Ayurá, inició la serie de tres conciertos con las bandas sonoras más reconocidas del cine con las que la Filarmónica quiso celebrar su cumpleaños.

     

    Frente a la planta de tratamiento de aguas de Ayurá, la Filarmónica inició su recorrido por el río. Foto: Camilo Pérez.

     

    Mientras la trompeta de Frank Londoño marcaba las primeras notas del tema de La pantera rosa, la gente se empezaba a reunir curiosa y con sonrisas entre la nostalgia y el asombro alrededor de los seis músicos que tocaban bajo la imagen de La niña María, del artista Humberto Pérez, que se pintó en los años 90 buscando proteger al metro de los atentados con bombas que acechaban la ciudad.

     

    En esa sonata para balas y esquirlas que fue Medellín desde principios de los 80, en un garaje del barrio Belén, nació la Filarmónica con 42 músicos bajo la batuta de Alberto Correa, médico de la Universidad de Antioquia y fundador de la orquesta. Desde entonces, entre Beethoven y Wagner, John Williams y Ennio Morricone; los metales, maderas y cuerdas han resonado entre los recovecos de las montañas de la ciudad. “Es muy importante mantener estas orquestas y estos eventos culturales porque son los que le dan conciencia a la sociedad. Lo vivimos en los confinamientos cuando estuvimos encerrados y la gente se aferró al arte. Son espacios vitales para las sociedades”, diría Londoño luego de que las dos trompetas, el corno, el trombón, la tuba y la batería terminaran el primer concierto con las notas de la Star Wars de George Lucas.

     

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    Serenatas es un espacio que la Filarmónica pensó para celebrar en puntos específicos de la ciudad el acontecer de sus 40 años en los que los ha acompañado la ciudadanía. Sacar los conciertos de los teatros y acercarlos a la gente es uno de los propósitos principales de la orquesta con estos espacios. “Uno de los espacios esenciales para ser transformación en nuestra ciudad, es llegar al Centro, a las iglesias, al Museo de Antioquia, a cada una de las calles que son puntos de partida de Medellín, este año cumplimos 40 años y le llevaremos serenatas a los lugares que nos han abrazado y han sido hogar”, reza su página web.

     

    El puente de Guayaquil fue el segundo en ser construido en la ciudad, fue uno de los espacios de celebración de la Sinfónica. Foto Camilo Pérez.

     

    El puente de Guayaquil fue el segundo en ser construido en la ciudad. Siguiendo la búsqueda del río hacia el Norte, la siguiente parada fue el puente de Guayaquil. En 1876, cuando solo había dos puentes en la ciudad, Guayaquil se erigió símbolo del esfuerzo de la población por llegar al oriente del Valle, la Otrabanda, y hacer prosperar la que sería la capital industrial del país. Sobre esas mismas piedras, el ensamble de cuerdas de la Filarmónica preparaba otras tres piezas para convocar a los deportistas que pasaban por la ciclorruta, fanáticos de la música clásica y curiosos que se acercaban al lugar.

     

    Rodolfo Ríos, guía turístico profesional y miembro de Asoguían, fue el encargado del preámbulo del concierto. En su discurso como en el de Ospina, el concertino que interpretaría el solo de la primera pieza, se denota la nostalgia por lo que fue el río, por la vida que le robaron las dos avenidas que lo flanquean y la contaminación que le imprime el brillo café sobre el que se reflejaba el sol del Valle de Aburrá. La lista de Schindler de Williams, Il Postino de Bacalov y Cinema Paradiso de Morricone fueron las bandas sonoras escogidas que sonaban por encima del suave murmullo del río, la fluidez eléctrica del metro y el estruendo metálico de los carros en la avenida Regional.

     

    “Qué más importante en Medellín que el río. Es la conexión y la desconexión de la ciudad”, decía Vania Abello, subdirectora de Programación de la Filarmónica. Resalta que, en estos 40 años, la Filarmónica le ha dejado a la ciudad “mucha cultura, música y transformación. La orquesta no solo toca música, sino que tiene otros proyectos que le apuntan a lo social y eso ha ayudado a construir una ciudad donde podamos todos ser un poquito mejores desde nuestro compartir en el arte”. Y en sentido contrario, Abello afirma que la Filarmónica le debe todo a la ciudad, y concluye que: “Es increíble que, en una ciudad como Medellín, con las problemáticas que tuvo en el momento en que la orquesta se fundó, haya permitido que esta siga viva y construyendo a través de la cultura”.

     

    Como el pequeño teatro de la película Cinema Paradiso, que sobrevivió a los vaivenes de la Segunda Guerra Mundial en Italia, la orquesta se siente a sí misma como un obelisco vivo a la resistencia de la ciudad y a los procesos artísticos transformadores que hicieron de esta una Medellín más en paz.

     

    Escucha una experiencia inmersiva de la Serenata al Río de la Filarmónica de Medellín

     

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    En Parques del Río se reunió toda la orquesta para el acto final de su conmemoración al río Medellín. Todos los instrumentos afinaron al son de las primeras notas de El preso de Fruko y sus Tesos y Ospina se plantó en el atrio a dirigir. El ensamble, que desde 2022 es dirigido por el israelí David Greilsammer, rápidamente se rodeó de gente de todas las edades. Entre el público, la gente exclamaba la emoción por escuchar la música de las películas de su infancia y el entusiasmo porque la ciudad siguiera proponiendo espacios de ese tipo. “Tenemos la ventaja de la fortuna de ser una orquesta que puede adaptarse a muchos y diferentes tipos de repertorios”, anotaba Ospina mientras preparaba al público para el concierto. La versatilidad de la orquesta, que en su último concierto de temporada interpretó obras de Tchaikovsky y Wagner, quedaría demostrada en la amplitud de las piezas que empezaron con la apertura de 2001: Odisea en el espacio, pasando por los instrumentales de Tom y Jerry, Bugs Bunny, Jurassic Park y King Kong hasta Avengers y James Bond.

     

    Ospina levanta las manos mientras dirige un medley de bandas sonoras de caricaturas. Foto: Camilo Pérez.

     

    Sebastián Gutiérrez, quien seguía los conciertos fielmente desde Ayurá, filmaba con emoción los movimientos finales de la orquesta. “Son espacios para conectarse con lo espiritual, porque la música para mí viene del alma”, dijo al final del concierto cuando entre aplausos ovacionaban a los músicos de la Filarmónica. El 15 de abril, durante su concierto oficial de aniversario, el maestro Alberto Correa dirigió el conjunto como lo hizo por primera vez hace 40 años. La Filarmónica se siente viva y se siente de la gente. Desde los arcos que hacen sonar las cuerdas y los pulmones detrás de los metales le dice a la ciudad que aún quedan nuevas melodías por escuchar.

  • Abandono infantil: ¿un juego sucio en aumento?

    Por: Natalia Higuita y Valeria Ríos / periodico.contexto@upb.edu.co

     

    “Nosotros somos culpables de muchos errores y muchas faltas, pero nuestro peor crimen es el abandono de los niños negándoles la fuente de la vida”(Gabriela Mistral, 1948).

     

    El abandono de niños, niñas y adolescentes no dio tregua en pandemia. La protección integral de sus derechos también fue atacada por el Covid-19 y las crecientes desigualdades sociales que generó. Hoy el amparo de la niñez y la juventud sigue siendo un reto para el país, pues en 2021 se afirmó que Colombia era el quinto país con mayor número de huérfanos a causa del fallecimiento de padres, cuidadores y adultos significativos a raíz del coronavirus, según un estudio publicado por la revista médica británica, The Lancet, que comparó más de 20 países entre inicios de marzo de 2020 y finales de abril del 2021, temporada en la que se registraron los picos más altos de contagios y muertes por el virus.

     

    El abandono deja huellas que suponen retos mayores para el cuidado de la salud mental de los niños, niñas y adolescentes. Foto: Natalia Higuita.

     

    Se estima que fueron 33.293 menores los que perdieron durante este tiempo a su tutor legal, ya fuese madre, padre, abuela y/o abuelo, de acuerdo a cifras de The Lancet. Estos se vieron entonces obligados a cargar con el título de “huérfano” y, por ende, a correr el riesgo de estar bajo un cuidado alternativo inadecuado (sin entrar todavía en las repercusiones físicas, psicológicas, emocionales y sociales) o, en el mejor de los casos, llevados por el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar –ICBF–.

     

    Así ocurrió entre marzo y noviembre de 2020 con los 372 niños, niñas y adolescentes acogidos por dicha institución, según informó el diario El Espectador. Antioquia fue el departamento que más abandonos infantiles presentó, seguido de Bogotá, Valle del Cauca, Cundinamarca y Caldas. Algunos menores fueron dejados en estas circunstancias por los motivos ya mencionados; la mayoría, por el contrario, hacen parte del incremento del maltrato infantil que contempla actos como el abuso sexual, daño físico, verbal o psicológico, realizados, con alta frecuencia, dentro de los propios hogares, de acuerdo a informes de Medicina Legal.

     

    Sin embargo, no hay que encapsularlo a la sola situación de orfandad. Existen otras opciones: no se sabe cómo mantenerlos, no hay recursos para hacerlo o simplemente, no se quieren sostener. En palabras de Adrián Echeverry, miembro de la Corporación PAN, el abandono “es una conducta que históricamente está bastante registrada, ya que permanece, de alguna forma, en los imaginarios y representaciones socialesque los adultos hoy guardan en su quehacercotidiano de crianza”.No hay que ir muy lejos, simplemente recordar comentarios o chistes como el del padre o madre que fueron a la tienda por cigarrillos o leche y nunca volvieron.

     

    Bajo estas historias populares están las situaciones que conducen al desamparo de un menor de edad y son diversas, más aún con la pandemia: escasez de recursos económicos, incapacidad o falta de apoyo para la crianza del niño, niña o adolescente –NNA– y la pérdida por muerte de sus cuidadores primarios son solo algunos ejemplos.

     

    ¿El Estado como madre? El cambio y continuación de la desventura

    *(Todos los nombres que serán mencionados en este capítulo fueron modificados para proteger la identidad de las fuentes y, en el caso de los menores de edad, no perjudicar su sano desarrollo).

     

    Hijos del Estado: así son llamados los niños, niñas y adolescentes que se encuentran en manos de Bienestar Familiar. Podría afirmarse que incluso contratan niñeras: para estancias cortas, las madres de paso, encargadas de ser el primer contacto con los menores, mientras se resuelve un hogar sustituto que les reciba; después, como ya se infiere, están las madres sustitutas, encargadas de cuidarles durante meses o años, según sea el caso: hasta que se dé su adopción, se cambie a otro hogar sustituto por nula adaptabilidad o supremo apego –lo cual afecta las adopciones– o, en su defecto, se resuelva su situación legal por cumplimiento de la mayoría de edad. Y, por último, como afirma Gloria Botero, madre sustituta desde hace 20 años, están los internados: “Ahí es donde caigan, donde haya cupo. O sea, si hubo en Hogares Claret, allá lo metieron; si hubo en esos de Niquitao, allá lo metieron; si hay por Puentes, allá fue”.

     

    Así sucedió con Daniel Bedoya, de 8 años. Ya iba para uno de esos internados porque era un “inadaptado”, ya había pasado por varios hogares sin éxito y ninguna madre sustituta lo quería recibir.“Desde que tenía 5 años era uno de los carritos de San Javier, el que llevaba la marihuana, el que cargaba armas… En una de esas lo cogió la Policía y lo tramitaron al ICBF. Cuando yo lo recibí me tocaba esconder todos los cuchillos de la casa. A veces hasta me daba cuenta de que me robaba”, cuentaGloria recordando aquellos días. Inclusive, en una ocasión casi la echan del barrio porque en el colegio Daniel le quitaba la lonchera todos los días a la hija de uno de los duros de Manrique. Por esa razón la amenazaron.

     

     

    De ahí vino la habladera constante con él y los consejos hasta los 16 años, porque ni lo adoptaron ni salió por mayoría de edad. Odiaba ser hijo del Estado. Le aburría la sobreprotección y, como buen adolescente, anhelaba la libertad: salir a fiestas de 15 u otras rumbas sin la compañía de Gloria; acostarse, si se le antojaba, a medianoche, y no a las 10, como ordena Bienestar; amanecer donde un amigo o en la casa de la hija de Gloria, a quien tomaba como otra hermana y vivía, además, justo al frente; salir de paseo cuando la idea surgiera, pero tampoco se podía –como mínimo se debe redactar el permiso con ocho días de antelación–; tener celular, redes sociales, publicar lo que vio o dejó de ver en el día; empezar a trabajar como mesero a una cuadra de la casa, en el negocio familiar de comidas rápidas, pero como ya se intuye, tampoco era debido, porque en menores de edad no es querer emprender sino “mendigar”, como asegura Gloria que le respondieron. Por algo le pasaban la manutención mensual, pero ese era otro complique.

     

    $250 000 recibe un niño recién ingresado al programa de hogares sustitutos –lo cual resulta complejo porque hay algunos que llegan con casi nada: unos calzoncillos rotos y una chaqueta, como fue el caso de Emiliano, quien llegó hace un mes al hogar de Gloria por Código Fucsia–; al cumplir el mes le empiezan a girar los $500 000, que es la cuota mensual normal para cada menor. Por semestre llegan los bonos para comprarles ropa. “Eso es muy poquito. Por A o por B me toca sacar muchas veces de mi bolsillo o del millón mensual que me consignan por el cuidado de los niños”, dice Gloria para señala que ahí también hay fallas.

     

    Se refiere a la manera en que les pagan a las madres sustitutas. El salario mínimo mensual legal vigente que se paga por tener la cantidad normal de niños en sus casas, es decir, tres. Sin embargo, si solo se está a cargo de dos, el monto empieza a bajar y se ubica en un aproximado de $600 000, pero si por algún motivo llega a tener cinco, como ya le ha ocurrido antes –muy común durante pandemia y cuando se trata de hermanos y hermanas–, la cifra no sube, permanece intacta en el mismo millón.

     

    Desde la institución siempre se dice que los niños son hijos del Estado. En palabras de Gloria, tienen la etiqueta de “mírame y no me toqués”. La directriz es que nunca les puede faltar nada. “Pero uno se pregunta, ¿no es lógico que, si los prefieren, mandaran al menos un mercado cuando estuvimos todos en cuarentena?”. Gloria alega que de parte del GobiernoNacional el costal cargado de alimentos nunca llegó y que ni a los niños ni a las madres sustitutas se les incrementó el ingreso: “Yo creo que ni sabían qué era una madre sustituta”. Lo cierto es que desde Buen Comienzo sí le llegaron pequeños mercados, pero se debió a que los niños que tenía en el momento estaban aún en la guardería. Y si bien, estos mercados fueron distribuidos desde el Gobierno para menores inscritos en varias instituciones públicas de educación primaria, no se trataba de ofrendas especiales para los hijos del Estado: “Pero vea el atrevimiento, sí hacían las videollamadas de las visitas mensuales y me decían: ‘¿Me abres la nevera, por favor?’ y me tocaba mostrar toda la comida que tenía”. Debía haber carne, legumbres, frutas y lácteos.

     

    Pero como toda madre, el Estado también tiene sus matices. Si desde el colegio son buenos estudiantes, se les paga la carrera y universidad que prefieran. Ha habido casos de estudios en aviación –la excepción– y, se pueden encontrar en el ICBF fisioterapeutas, abogados y médicos que crecieron bajo sus lineamientos. Cuando son muy pocas las posibilidades de adopción, porque ya están muy grandes, entran a un programa que se llama Sueños de Vida, donde les dan la oportunidad de salir del país y residir en vacaciones con alguna familia interesada en adoptar. Si hay conexión, se quedan; si no, la rutina en Colombia les espera.

     

    —¿Y Daniel porque no quiso?

     

    —Cualquier adolescente puede entrar en ese programa, ¿pero uno qué tanto le puede pedir a un niño que ya viene aporreado por la vida? Eso tampoco es tan fácil.

     

    Dos décadas lleva cuidando Gloria a los hijos del Estado; unos más rebeldes, ensimismados, dolidos o furiosos que otros, pero todos con algún problema, como lo confiesa ella misma, añadiendo que ha visto y escuchado de todo. Hoy vive con su esposo y cuida a Emiliano, de seis años y a un par de hermanos que llegaron a inicios de año: Alejandro, de 10 y Martín, de ocho.

     

    Sea que los adopten o cambien de hogar, Gloria, como cualquier otra madre sustituta o de paso, nunca ni jamás puede volver a preguntar o saber de ellos.

    Infografía: Natalia Higuita, Valeria Rios.

    Entornos inseguros: el pan de cada día

     

    Si bien es cierto que los hogares comúnmente representan un lugar “seguro”, también se han convertido en el escenario donde los NNA son más vulnerados y esto aumentó en pandemia debido al confinamiento. Por supuesto, el acceso restringido a lugares de recreación, la omisión de visitas a familiares, el cierre de colegios, la imposibilidad de ir a las clases de baile los sábados o de natación los domingos, y la prohibición general para salir a lugares públicos fueron algunas de las principales causales para que no pudiesen buscar ayuda.

     

    De hecho, es de conocimiento que, durante esa época, la convivencia fue un factor decisivo y complejo, no solo por el desconocimiento que quizá se tenía de quién era realmente el otro, qué le gustaba o qué lo enojaba, sino por el estrés, mal humor y frustración que pudieron experimentar algunos padres y madres al no tener las herramientas suficientes para guiar, enseñar y ayudarles a sus hijos e hijas con las labores escolares; pues, en definitiva, descubrieron que nunca se habían dado a la tarea, ya que todo estaba delegado a los maestros y cuidadores. Esto fue, como lo menciona Adrián, “un terreno perfecto y fértil para que apareciera el maltrato, el golpe, el grito, la indiferencia, el abuso sexual y la negligencia”.

     

    Como consecuencia, según el Centro Nacional de Consultoría, en 2020, fueron39 982 niñas, niños y adolescentes los que ingresaron a un Proceso Administrativo de Restablecimiento de Derechos en el ICBF –0,5 % más que durante el año 2019–. Dicho trámite parte de la verificación por parte de una autoridad competente que analiza si los derechos de los NNA están siendo respetados o si, por el contrario, se están viendo amenazados. Posterior a esto, es el ICBF quien determina la modalidad a la que ingresa, según las circunstancias que se hayan encontrado.

     

    Así pues, por fortuna o infortunio, los menores saben cuándo entran, pero no cuándo ni bajo qué circunstancias salen. Mientras los asuntos legales avanzan, es el Instituto quien debe brindar acompañamiento psicosocial para guiarles en la construcción de sus proyectos de vida, así como verificar que constantemente reciban alimentación, salud y educación. Por ello, las visitas mensuales que reciben, sin previo aviso, las madres sustitutas, para ver cómo marchan todos y todo en casa.

     

    Infografía: Natalia Higuita, Valeria Rios.

    Las secuelas imborrables del abandono

     

    Ahora bien, si a las secuelas del abandono se refiere, debe advertirse que gran parte de los niños que son abandonados a temprana edad “indudablemente pueden sufrir problemas de adaptación, porque cuando alguien es abandonado o abandonada siente que no hace parte de algo y le cuesta a veces admitir que está acompañado. Tienen problemas de tipo emocional-afectivo, porque, en ocasiones, al recibir amor y tener compañía permanente, los invade el sentimiento de que no son merecedores de esto; incluso, son personas más propensas y vulnerables a todo tipo de adicciones. Les cuesta terminarlas cosas, dejan procesos, trabajos y relaciones iniciadas, porque no son capaces de realizar cierres adecuados en sus ciclos de vida”, comenta AndrésRamírez.

     

    Asimismo, esta situación incide en otros ámbitos como el incremento de la desnutrición en aquellos que vagan en las calles o sin paradero fijo, pues son niños, niñas y adolescentes que pasan de comer dos o tres veces al día, a la incertidumbre de si habrá un plato de comida después del desayuno, bien sea porque quienes se hacen cargo de manera improvisada no tienen posibilidades económicas de sostenimiento o porque cada día y noche aparece la necesidad de pedir para poder sobrevivir.

     

    Además de la deserción a partir de la contingencia, después de ser abandonados no hay quién garantice que los NNA continúen sus estudios. Aún más, si a ello se suman las posturas individualizadas de los mayores que terminan por afectarlos, tal y como lo comentaAdrián en posición de los padres: “Desde mi perspectiva adultocéntrica no es importante que mi niño esté estudiando, sea atendido en salud, que coma o se quede solo todo el día porque yo tengo que trabajar, entonces estos elementos, que también hacen parte de la historia personal de cada adulto, tienen que ver con las decisiones que se toman”.

     

    Así pues, toda decisión trasciende y en estos casos, ya sea que los menores queden en las callosas manos de las calles o en las del Estado, repercuten en su desarrollo físico, emocional y psicológico, no solo a temprana edad, sino también y muy especialmente a futuro. Todos, aunque con pasados distintos, comparten la misma realidad y se enfrentan cada mañana con sus demonios internos, insertados por otros.

     

    “Es muy duro. Hace poquito estaban los niños jugando aquí enseguida donde mi vecino que es un exmilitar que tiene una voz y un mando fuerte. Otro amiguito chiquitito le estaba pegando a la niña de él y me imagino que le dijo: ‘A las mujeres se les respeta y no se les pega’. Ese niño, Alejo, se quedó como pensando y al rato respondió: ‘Es verdad, porque así fue como mi papá mató a mi mamá’”,narró Gloria, con algo de dolor, pues no es la única historia que ha oído así.

     

    Hoy Alejandro se mantiene de pelea en pelea con Martín, porque es el hermano grande y, al fin y cabo, son los mayores quien en su mente detentan el poder.

     

    Hace una semana el antiguo carrito de San Javier, Daniel, que va todos los sábados a “darle vuelta” a Gloria, le aseguró: “Cucha, no se quede con ese niño usted que se descuida y él que le pega.”

  • La medicina del espíritu

    Una ronda con dosis de esperanza para pacientes que aprenden a ser su propia medicina gracias a una experiencia curativa con la música.

     

    Federico Hoyos Gutiérrez / federico.hoyos@upb.edu.co

     

    Dentro de la Unidad de Cuidados Intensivos pediátrica –UCI–, el aire acondicionado era gélido en comparación con el calor tropical de afuera. En la cama de la habitación yacía recostado un niño de dos años. Sus ojos negros miraban con toda curiosidad el mar de aparatos a su alrededor. Electrodos, cánulas y catéteres estaban conectados a su cuerpo. Su única ropa era un pañal. Su piel era tan blanca como las bolas de naftalina. A simple vista, sus músculos se veían flácidos. Al frente de la cama un televisor proyectaba imágenes de caricaturas.

     

    El pequeño no podía moverse. Su cuerpo estaba totalmente paralizado. Ni siquiera podía respirar por sí mismo. Una máquina lo hacía por él. El monitor marcaba un pulso cardíaco de 100 y una saturación de oxígeno del 95%. Padecía de una rara enfermedad llamada distrofia muscular. Lo único que movía eran sus ojos y sus labios, que descubrían su sonrisa. Una sonrisa que le producían las melodías cantadas por Elkin Franco, musicoterapeuta del Hospital Infantil Concejo de Medellín.

     

    A Elkin lo acompañaba Ivonne Mayorga, musicoterapeuta bumanguesa que estaba de visita por esos días en el hospital. Ella tocaba un xilófono de madera mientras Elkin entonaba unos versos improvisados:

     

    Suena muy bonita en el hospital,

    suena, suena, suena muy genial.

    Y una melodía hecha para ti.

    Yo vengo a cantarte aquí en Medellín.

    Suena, suena, suena muy genial.

    Y una melodía desde el corazón.

    Suena que suena con mucha emoción.

     

    Suena que suena, te quiero contar.

    Aquí estamos todos para saludar.

     

    Suena que suena en esta canción,

    con una sonrisa desde el corazón.

     

    De repente, Ivonne dejó de tocar el xilófono y sacó a relucir su delicada voz lírica, que burlaba el tapabocas, para susurrar melodías al oído del pequeño. En otras ocasiones, Elkin le daba golpecitos en la mano al niño y le levantaba levemente el brazo siguiendo el ritmo de la melodía. El pequeño no decía nada, pero su sonrisa mueca lo decía todo. Su cuerpo no emitía sonido alguno, pero adentro, su cerebro estaba de fiesta. El monitor ahora marcaba un pulso cardíaco de 85 y una saturación de oxígeno del 99%.

     

    Finalizando la terapia, el niño, solito, comenzó a mover su mano izquierda al compás de la canción. A Ivonne y a Elkin se les iluminaron sus ojos como bombillas y, pese al tapabocas N-95 que llevaban puesto, fue evidente que se sonrojaron. Ellos apenas conocían al niño, pero en escasos quince minutos el hada de la música los había unido en cuerpo y alma.

     

    —Muy bien. ¡Un aplauso, campeón! Chao, mi amor. Ángel de luz, cachetón — despidió Elkin al chico.

    —Te vamos a venir a cantar todos los días — dijo Ivonne.

     

     

    El primero con la música

     

    En diciembre de 2020, la Alcaldía de Medellín inauguró el Programa Integral de Musicoterapia –PIM– en el Hospital Infantil Concejo de Medellín. Se trata del primer centro de salud pediátrico de la ciudad en implementar un programa de esta índole. La iniciativa está dirigida a niños y adolescentes entre un mes y quince años de vida. Según cifras oficiales, se estima que el PIM beneficia a cerca de 7 900 niños.

     

    Más de 70 instrumentos fueron donados por una empresa, Felipe & Chagai Stern. Además, Elkin cuenta que posteriormente recibieron la donación de diez ukeleles por parte de la fundación estadounidense Ukelele Kids Club.

     

    El equipo de musicoterapia está conformado por dos personas. Elkin Franco: antioqueño, carismático y locuaz. Tiene el cabello cogido en cola y su aspecto físico se asemeja al del escritor tolimense William Ospina. Y Elizabeth, una nariñense de tez mulata con timbre de voz dulce y musical como su apellido: Coral. Ambos se desempeñan como docentes de música y tienen título de maestría en Musicoterapia.

     

    Elizabeth y Elkin relatan que el contexto social de muchos de los niños que visitan el hospital es complejo. A este centro de salud llegan niños abandonados, maltratados, desnutridos y abusados sexualmente. “Es posible que (los niños) estén mejor aquí que en la casa”, afirma Elkin. Tanto en los pasillos como en las habitaciones del hospital, es frecuente escuchar el acento caribe de los migrantes venezolanos que llegan a la ciudad buscando un mejor porvenir. “Cada habitación es un mundo”, dice Elkin.

     

    Inicialmente, muchos veían con reticencia la llegada de los musicoterapeutas al hospital. “Antes ni siquiera nos saludaban”, confiesa Elizabeth. Sin embargo, ahora las cosas han cambiado. Cuando los ven pasar por los pasillos son objeto de simpatía, no solo por parte del personal médico y administrativo, sino también de los trabajadores de servicios generales.

     

    Elkin y Elizabeth visten pijama quirúrgica azul oscura. Algunos niños pequeños los confunden con los médicos y sienten temor al verlos porque piensan que les van a aplicar una inyección.

     

    —¿Usted es el doctor? — le pregunta un niño a Elkin.

    —Yo soy el doctor de la música — bromea el musicoterapeuta.

     

     

    Cuando no hay mucho “boleo”, Elkin y Elizabeth les hacen terapia a los médicos, enfermeras y otros empleados del hospital. Eso les permite a estos desahogarse, reducir la carga de estrés y amenizar el ambiente laboral.

     

    Pie de foto: Elizabeth Coral Salas, musicoterapeuta del Hospital Infantil Concejo de Medellín.

     

    Una disciplina humanista

     

    Según la World Federation of Music Therapy, la musicoterapia se define como “el uso profesional de la música y sus elementos como una intervención en entornos médicos, educacionales y cotidianos con individuos, grupos, familias o comunidades que buscan optimizar su calidad de vida y mejorar su salud y bienestar físico, social, comunicativo, emocional, intelectual y espiritual”.

     

    Sin embargo, Elkin explica que la musicoterapia trasciende el ámbito musical hacia el sonoro: “El término música se queda cortico. A veces (en las terapias) no se utiliza ni una estructura o una canción, sino un elemento sonoro. Hay procesos terapéuticos que se generan solo desde el ritmo, y no existe el texto, no existen las alturas, ni las melodías…”.

     

    Las sesiones de musicoterapia se realizan de dos maneras: de forma activa, cuando los pacientes crean música (ya sea mediante la voz o algún instrumento). También existe la musicoterapia pasiva, que se utiliza cuando el paciente no tiene la posibilidad de tocar el instrumento y se dedica solamente a escuchar la pieza musical interpretada por el terapeuta (como es el caso de los neonatos y los pacientes en estado crítico).

     

    Las piezas musicales, por lo general, se interpretan en vivo y de manera improvisada. Esto le permite al terapeuta modificar los parámetros musicales (ritmo, tono, armonía y melodía) de acuerdo con la reacción y observación del paciente. “El musicoterapeuta tiene que ser creativo por excelencia, porque estás trabajando con el paciente en el aquí y en el ahora”, expresa la doctora Clara María Solórzano, especialista en Medicina Psicosomática y musicoterapeuta de la Guildhall School of Music and Drama, de Londres.

     

    Solórzano plantea que entre las cualidades necesarias para un musicoterapeuta también se encuentran la empatía, la recursividad, la paciencia, la tolerancia a la frustración y la sensibilidad. “El músicoterapeuta tiene que poner el corazón”, dice la médica.

     

    Por su parte, Elizabeth explica que al comienzo, por lo general, hay una entrevista con el paciente y sus familiares para definir los objetivos terapéuticos y el formato a utilizar, que puede ser individual o grupal. “Los dos son importantes y los dos son valiosos, dependiendo de lo que el paciente necesite”. Es por eso que debe existir una relación de confianza lo suficientemente fuerte entre el músicoterapeuta y el enfermo, con el fin de establecer una adecuada comunicación, en este caso, a través de la música.

     

    Asimismo, Elkin manifiesta que la efectividad de la musicoterapia radica en la utilización de los componentes de la música y del sonido, que generan el proceso terapéutico, independientemente de las cuestiones estilísticas e incluso culturales. “No es el instrumento, sino la manera en que se utilice ese instrumento. No es el tipo de música, sino la manera como se utiliza esa música”, explica.

     

    Solórzano plantea que si la pieza musical elegida tiene una velocidad inferior o igual a la frecuencia cardíaca basal, además de una armonía simple y repetitiva, genera un efecto relajante en el cuerpo. En cambio, aquellas piezas musicales rápidas y con estructuras complejas (como el jazz) producen un efecto estimulante. El criterio de selección de los sonidos a utilizar depende de los propósitos terapéuticos y del diagnóstico individualizado para cada paciente.

     

    A su vez, Elizabeth hace una precisión importante: la musicoterapia es apta para todo público y no se requiere de saberes previos. “Si tú quieres participar, no necesitas tener conocimientos musicales. Se trabaja con tu música y tu sonido interno”.

     

    Sin embargo, como toda disciplina, la musicoterapia tiene límites. “Nosotros no generamos diagnósticos. Un musicoterapeuta no te va a decir: ‘Este niño es autista, este niño tiene síndrome de Rett… no te va a dar un diagnóstico psiquiátrico, ni emocional, ni psicológico. Si un musicoterapeuta te dice eso, te está mintiendo. Está ejerciendo la profesión de una manera inadecuada”, comenta Elkin Franco.

     

    El musicoterapeuta hace parte de un engranaje que trabaja de manera articulada con el personal médico del hospital. “A partir de un diagnóstico que ha realizado otro profesional de la salud (médicos, psiquiatras, etc.) yo entro a apoyar, a complementar, a sumarme a algunos objetivos para la recuperación o rehabilitación de esa persona desde la musicoterapia”, puntualiza Elkin.

     

    —¿Qué le dirías tú a las personas que miran con desconfianza a la musicoterapia? — le pregunto a Ivonne Mayorga.

     

     

    —Persona a la que tú le preguntes tiene inmerso el sonido y la música, desde que nacemos. Si hay algo que tiene un impacto, un poder inmenso en el bienestar colectivo y además es no farmacológico, ¿por qué no? Nosotros no sanamos pero, en materia de investigación, la música llega a las células y hay una modificación considerable. La música abraza a todos sin distinción. Es inherente a cualquier situación y estado del ser.

     

    “La música es el alma que vibra en todos los seres”. Esta es la frase que se lee en una de las puertas de la ludoteca del hospital, lugar donde se guardan los instrumentos musicales utilizados en las terapias.

     

    Suena el antídoto

     

    En el quinto piso del hospital, Elizabeth caminaba por el pasillo con un ukelele colgado al hombro. Elkin hacía lo propio con una guitarra acústica. También llevaban un carrito de madera cargado de tambores, ukeleles, xilófonos de madera, maracas, huevos sonajeros, panderetas y un tambor oceánico (llamado así porque produce un sonido parecido al de las olas de mar).

     

    Ingresaron con el carrito a una habitación amplia, fresca e iluminada. En el recinto había seis camas y cuatro pacientes. Entre ellos se destacaba un niño moreno, flaco y simpático que, a juzgar por su rostro, no sobrepasaba los diez años. Tenía una fractura en el brazo izquierdo. Sus dientes brillantes contrastaban con su tez café y cabello crespo color azabache. Su sonrisa quedó al descubierto cuando llegaron los musicoterapeutas. Elkin y Elizabeth lo reconocieron de inmediato. El paciente llevaba varios días hospitalizado.

     

    Este chico fracturado fue el primero en acercarse al carrito para tomar un instrumento. Cogió un tamborcito que llevaba pintados los colores de la bandera colombiana. Elkin se le acercó y le acarició la cabeza, a modo de saludo.

     

    —De uno a diez, ¿cuánto te duele? — le preguntó Elkin al muchacho.

    —Cinco — dijo el niño

     

    Uno de los métodos que utilizan los profesionales en musicoterapia en el momento de medir la efectividad del tratamiento, es una escala de dolor de diez puntos (siendo uno, la ausencia de dolor, y diez, un grado de dolor insoportable). Durante cada uno de los cinco minutos que duró la terapia, el chico tocó el tambor con su brazo derecho, demostrando una alegría irrefrenable en cada golpe.

     

    —Queda contratado pa’ la orquesta de Navidad. — charló Elkin con el chico al terminar la terapia. Acto seguido, le volvió a preguntar:

    —De uno a diez, ¿cuánto te duele?

    —Dos

     

    Al salir de la habitación, Elkin comentó que cuando había visitado al niño a primera hora, este había reportado una escala de dolor de 8 puntos.

     

     

    La música en nuestro cerebro

     

    En fracciones de segundo, nuestros oídos perciben las señales acústicas (es decir, el sonido) que inmediatamente son transportadas hacia el cerebro, encargado de decodificarlas y darles un significado.

     

    El psicólogo cognitivo y músico estadounidense, Daniel Levitin, afirma que “lo increíble de la música es que no existe fuera del cerebro. Una nota empieza cuando las vibraciones viajan por el aire, lo que hace que el tímpano vibre. Dentro del oído, las vibraciones se convierten en impulsos nerviosos que viajan al cerebro donde se perciben como varios elementos de la música, por ejemplo, tono y melodía. Cuando esos elementos se recombinan, forman un patrón que reconocemos como música”.

     

    “La música afecta al cerebro a tal punto que puede afectar su funcionamiento emocional y cognitivo”, sostiene el neurocientífico argentino, Facundo Manes, en su podcast Pensar de Nuevo. El investigador hace esa afirmación a partir del resultado de un estudio publicado en la revista Nature Neuroscience, el cual plantea que “escuchar música libera la misma sustancia química en el cerebro que cuando comemos una comida rica, que el sexo, y que incluso las drogas: la dopamina”.

     

    Investigadores del Instituto Neurológico de Montreal y la Universidad McGill hicieron uso de neuroimágenes funcionales y registraron los cambios en la temperatura corporal, en la conductividad de la piel, la frecuencia cardíaca y la respiración de los participantes mientras escuchaban sus canciones favoritas. El hallazgo es concluyente: la dopamina se libera en dos áreas cerebrales. “En primer lugar, en anticipación a un pico musical, en el núcleo caudado (sitio clave para el aprendizaje y la memoria). A continuación, durante la experiencia máxima, en el núcleo accumbens (sitio clave de las vías de recompensa y el placer)”.

     

    En un estudio realizado entre el Hospital Mutua de Terrassa y la Universidad Autónoma de Barcelona, se descubrió que “la música es tan efectiva como los sedantes para reducir la ansiedad prequirúrgica”. La investigación se hizo entre junio de 1998 y noviembre de 2001 y contó con la participación de 207 pacientes que fueron sometidos a diferentes tipos de cirugías.

     

    Con este estudio, que tuvo el objetivo de comparar la efectividad de la música frente al uso de un ansiolítico llamado Diazepam en la reducción de la ansiedad prequirúrgica, se llegó a la conclusión de que “no se encontraron diferencias significativas entre ambos grupos (música y sedantes) en cuanto a las variables estudiadas (ansiedad, cortisol, frecuencia cardíaca y presión sanguínea)”.

     

    El entrenamiento musical frecuente implica la interacción de diversas estructuras cerebrales que favorecen el desarrollo cognitivo. Anita Collins, experta en educación neuromusical y profesora de la Universidad de Canberra, asegura que “tocar un instrumento involucra prácticamente todas las áreas del cerebro a la vez, en especial las cortezas visuales, auditivas y motoras”.

     

    Collins también asevera que interpretar y crear música incrementa el volumen y la actividad del cuerpo calloso, elemento situado entre el hemisferio izquierdo y derecho del cerebro. Mientras mayor sea el tamaño de esa estructura, mayor será el intercambio de información interhemisférica y, en efecto, existirán más posibilidades de desarrollar un pensamiento creativo.

     

    Un puente de comunicación

     

    “En mi experiencia, en una de las situaciones que veo que la musicoterapia es muy efectiva, es donde hay un trastorno de la comunicación: donde hay afasia, autismo… donde hay dificultades del lenguaje (que pueden ser adquiridas o congénitas)”, dice Solórzano. Según ella, el arte de la musa Euterpe “es una herramienta muy útil para acelerar el proceso del lenguaje. La música permite expresar las emociones, porque la melodía toca directamente el corazón, el ritmo toca el cuerpo, la melodía va directamente a la emoción y la armonía va directamente a la parte intelectual”.

     

    Carlos Andrés Mesa, licenciado en Dirección Musical de la Universidad de Antioquia, concuerda con Solórzano. “El instrumento musical, además de que estás desarrollando unas habilidades auditivas, motoras, visuales y cognitivas, te está dando la oportunidad de expresar muchas situaciones emocionales en las cuales el ser humano siempre las va a necesitar para desahogar sus inquietudes”.

     

    Cuando la curiosidad despierta

     

    Elizabeth Coral comenzó a interesarse por la musicoterapia cuando se dio cuenta de que había aliviado el corazón de una niña mediante la música. A la academia donde trabajaba, llegó una chica con síndrome de Down. “Nadie la quería recibir. A los otros profesores les daba miedo trabajar con esos niños. Yo le dije (a la niña): ‘Venga, que yo la recibo’”, rememora Elizabeth.

     

    Ella fue franca con los padres de la menor y les advirtió que en ese momento no contaba con las suficientes herramientas profesionales para trabajar con personas que tenían esa discapacidad, pero que estaba dispuesta a transmitirle a la niña la pasión por el arte. “Pasó una cosa muy curiosa que yo no sabía: la mamá, como a los seis meses de estar (la niña) conmigo, estaba súper agradecida. Un día llegó y me dijo: ‘Eli, es que nos quieren hacer una entrevista”.

     

    Antes de que la niña empezara las clases de música con Elizabeth, sus padres debían llevarla mensualmente al hospital a causa de sus complicaciones cardíacas. Pero desde que la menor inició las clases, las dolencias desaparecieron. “No sé qué pasó, no sé tú qué haces en las clases”, le decía la mamá de la niña a Elizabeth. Ahí fue cuando ella descubrió el potencial que tiene la música de modificar comportamientos y encontró en la musicoterapia su camino de vida. Es máster en Musicoterapia de la Universidad Central de Cataluña.

     

     

     

    << Pie de foto: Elizabeth Coral Salas utiliza el ukelele al momento de realizar terapias con los niños enfermos del hospital.

     

    Por su parte, Elkin, trabajaba con comunidades vulnerables y en ese proceso descubrió que el sonido es una herramienta útil para cohesionar grupos. Primero realizó cursos formativos y luego decidió cursar la maestría de Musicoterapia en la Universidad Internacional de la Rioja, España. Sueña con doctorarse en la materia.

     

    A Ivonne Mayorga le sucedió lo más paradójico que le puede pasar a un músico: durante la universidad empezó a presentar amusia, un aborrecimiento total a la música. Comenzó a presentar alteraciones nerviosas fluctuantes, ansiedad y, en ocasiones, perdía la noción espacio-temporal.

     

    Entonces Ivonne tomó la decisión de ingresar a un laboratorio de Musicoterapia en Bucaramanga que recién había fundado la esposa de uno de sus maestros de la universidad. Empezó a meterse en el cuento de la musicoterapia y poco a poco recuperó el ritmo, la afinación y la tranquilidad que hacía rato no encontraba.

     

    Posterior a eso estudió Musicoterapia en la Universidad Internacional de la Rioja y se especializó en Musicoterapia para cuidados intensivos. “Fui paciente inconsciente… Cuando empiezo la formación en musicoterapia me doy cuenta de una serie de cosas en materia celular, en materia nerviosa, en materia psiquiátrica, en la modificación del PH sanguíneo…”. Ivonne se autodefine como una divulgadora de la musicoterapia, desde que se levanta hasta que se acuesta.

     

    Música, ropaje de la humanidad

     

    Los humanos somos seres musicales por naturaleza. Según Memo Ánjel, filósofo y docente de la Universidad Pontificia Bolivariana, el hombre es el más curioso de los animales. Desde el surgimiento de nuestra especie, el hombre ha utilizado las manos para elaborar e interpretar instrumentos, el oído para descifrar los sonidos de la naturaleza y la voz para emularlos.

     

    “Los hombres trataban, de una u otra manera, de imitar los cantos de los pájaros, el ruido de ciertos insectos, el movimiento de las pezuñas de algunos animales sobre las praderas”, cuenta la historiadora Claudia Avendaño en el programa radial Relatos frente al espejo.

     

    En la Biblia se encuentran los primeros vestigios del uso de la música con fines terapéuticos. Las Sagradas Escrituras relatan que David interpretaba el arpa para tranquilizar al iracundo rey Saúl, quien estaba completamente obnubilado por el poder. Saúl era “prepotente y peligroso, y David trataba de calmarlo a punta de música”, cuenta Ánjel en el programa radial de La otra historia.

     

    Por su parte, los griegos “descubrieron que la música podía por un lado reducir la ansiedad y disminuir los pesares del espíritu, pero, por otro lado, podía normalizar el sueño de las personas con insomnio y mejorar la digestión” dice Guadalupe Bence, psicóloga de la Pontificia Universidad Católica, de Buenos Aires. De ahí surge la célebre frase de Platón: “La música es para el alma lo que la gimnasia es para el cuerpo”.

     

    Según la mitología helénica, Zeus y Mnemósine se unieron para dar luz a las nueve musas: las patrocinadoras del arte. Ellas nacieron en noches consecutivas y vivían en el Monte Parnaso, lugar consagrado al dios Apolo. Entre las musas se destaca Euterpe, “señora de la canción, protectora de los intérpretes y musa de la música”, como la describe el periodista Reinaldo Spitaletta.

     

    En América, las culturas aborígenes precolombinas utilizaban la música como herramienta para expulsar enfermedades. Estas eran concebidas como la ausencia de salud a causa de fuerzas mágico-religiosas que se apoderaban de la persona. La música para ellos era una forma de sanación, una especie de conjuro contra los demonios.

     

    En la India, la medicina tradicional ayurveda plantea que el sonido tiene una resonancia en el cuerpo humano y es capaz de producir la curación de diferentes dolencias. Mediante diversos ejercicios en los que predominaba la voz humana, se entonaban consonantes y vocales para estimular el cerebro.

     

    Hace poco más de quinientos años, el sultán Bayecid II (líder del Imperio Otomano entre 1481 y 1512) tuvo un sueño en el que le encargaron construir un hospital en la ciudad de Edirne (actual Turquía). El sultán, habiendo cumplido el sueño, estableció en ese hospital el primer centro de musicoterapia en el Medio Oriente. El lugar contaba con un recinto exclusivo para los músicos y estaba diseñado con una acústica especial que permitía que los sonidos llegaran a todas las habitaciones de los pacientes y, de esa manera, se cumpliera el efecto terapéutico. En el centro del hospital había una fuente de agua, cuyo sonido también servía como elemento relajante y tranquilizador para la buena salud de los enfermos.

     

    Siglos más tarde, durante el esplendor del barroquismo europeo, se comenzó a tejer la leyenda de que un tal Johann Sebastian Bach (1685-1750) le componía canciones al conde von Keyserlingk para arrullarlo en sus noches de insomnio. A esa serie de canciones se le conoce como Variaciones Goldberg.

     

    La musicoterapia se profesionalizó en Estados Unidos durante los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial. En aquella época se abrió un espacio para que los músicos entraran a los hospitales con el fin de mejorar el estado anímico de los veteranos soldados que habían llegado con traumas físicos y emocionales a causa de la guerra. A partir de la visita de los músicos, el tiempo de permanencia de los pacientes se redujo sustancialmente. En 1950 se fundó la American Music Therapy Association y tres décadas más tarde, en 1985, se creó la World Federation of Music Therapy.

     

    En Latinoamérica, Argentina y Brasil son líderes en investigación musicoterapéutica. En ambos países hay pregrados y postgrados en la materia. En Colombia, por el momento, solo existe una Maestría en Musicoterapia en la Universidad Nacional (sede Bogotá). El programa tiene una duración de dos años y pueden acceder a él personas con diferentes profesiones, con la salvedad de que posean amplios conocimientos musicales. En Medellín existen diplomados en la Universidad EAFIT, en la San Buenaventura y en la Universidad de Antioquia.

     

    Intubación con serenata

     

    En la UCI pediátrica del Hospital se escuchaba el llanto desconsolado de una pequeña de nueve años. Elkin e Ivonne se asomaron a la puerta de la habitación. Las lágrimas rodaban abundantes por las mejillas de la niña. Era incapaz de comprender por qué tenía dos cables conectados al pecho. Estaba a punto de ser intubada y su nerviosismo ante lo desconocido la invadía. Y no es para menos. En una UCI el temor de los niños es dormir sin la certeza de volver a despertar.

    —¿Qué me van a hacer? — preguntaba constantemente la niña.

    —Te vamos a poner anestesia — le decía la enfermera en tono apacible a la niña.

     

    Al lado de la camilla donde reposaba la pequeña había una mesa con instrumentos quirúrgicos (pinzas, agujas, porta agujas, jeringas, etc.) La madre de la niña estaba muda. Sus ojos, achocolatados. Se aferraba a una cobija.

     

    Elkin se acercó a la niña sigilosamente e hizo sonar su guitarra acústica de madera maciza y cuerdas de nailon. Interpretaba un círculo armónico de tres acordes e inventaba melodías que salían de su boca, en un intento por sosegar a la chiquilla. Como por arte de magia, el llanto cesó. El intensivista, que estaba encantado con la guitarreada inesperada, le pidió el favor a Elkin de que continuara con la serenata desde afuera, mientras intubaba a la niña.

     

    Finalizado el procedimiento, el galeno se acercó a la madre de la menor y le dijo, con sus ojos puestos en la niña:

     

    —¿Sí ves como relaja la música? Y a ti también.

     

    Pie de foto: Ivonne Mayorga y Elkin Franco, en la entrada de la UCI del Hospital Infantil Concejo de Medellín.

     

    Nota: el texto se publicó originalmente en el blog del autor: https://fedehoyosg.wixsite.com/website/post/la-medicina-del-esp%C3%ADritu

     

     

  • Lo que no se nombra, no existe

    Un recuento que supera el silencio y el tiempo, por recuerdos que revelan con qué trata una familia cuando una persona se debate en medio de las adicciones.

     

    Laura Restrepo Rodríguez / laura.restreporo@upb.edu.co

     

     

    Oriente

    Oriente

    Oriente

    Oriente

    Oriente

    Yo me voy a morir (Oriente)

    Caramba

    Me voy a matar (Oriente).

     

    En los pocos momentos en que Jorge se encontraba en su casa, escuchaba salsa, en especial Oriente, de Henry Fiol. No perdía oportunidad de poner a sonar la canción en su grabadora.

     

    Fruco, así lo llamaban sus amigos, no por el grupo de salsa sino por su gran parecido al mono de las salsas Fruco que salía en los comerciales de televisión de la época. Era 1980 cuando Jorge comenzó su adicción, tenía 16 años y estudiaba en el colegio Salazar y Herrera. “Era muy extrovertido, muy ágil e inteligente para que va a hablar uno. Era muy hábil para decir mentiras, para coger las cositas ajenas”, cuenta Mauricio, uno de los 13 hermanos Rodríguez Agudelo, quienes llegaron a Medellín en 1964 desde el Nordeste antioqueño, en busca de mejores oportunidades.

     

    Luz María Agudelo y Dagoberto Rodríguez se casaron el 12 de abril de 1953 en el municipio de Segovia. Ese mismo año nació la primera de los 14 hijos que tuvieron. De los ocho mujeres y seis hombres, diez nacieron en el municipio minero de Antioquia y los cuatro restantes en Medellín. Jorge fue el último en nacer en aquel contexto rural, quien luego tendría que adaptarse a la transición de una vida en la urbe y a ello agregarle una madre que tuvo que encargarse de las actividades de crianza y cuidado sin ningún apoyo.

     

    Llegaron a la calle 82, luego a la calle El Palo y finalmente se instalaron en el barrio Cristóbal, ubicado en la zona centro occidente de la ciudad. Los hijos mayores se encontraban trabajando para ese momento, era 1980 y Jorge comenzó a relacionarse con gente vinculada al expendido y consumo de drogas. “Empezó con los amigos allá en La América, una galladita de amigos muy viciosos y él se empezó a amañar ahí y en el colegio”, cuenta su hermano, con quien por edad compartía amigos, en especial los Córdoba, a quienes muchos conocían como los jíbaros del lugar y con quienes Fruco comenzó a estrechar sus vínculos.

     

    A sus 16 años comenzó a consumir marihuana, sus hermanos comenzaron a notarlo porque llegaba con los ojos rojos. Se dejó crecer el pelo por un tiempo y empezó a usar camisas leñadoras, “ya uno sabia cuando estaba trabado”, dice Mauricio. Luego vino el vicio del bazuco que combinaba con marihuana y, a partir de ahí, Jorge empezó a amanecer en la calle y su familia el sufrimiento de convivir con un adicto. Su hermano cuenta que “después le empezó a gustar la cocaína y en las facciones de la cara se notaba, la bazuca adelgaza, empezó a coger físico de drogadicto”. Ya no era uno sino tres tipos de sustancias las que consumía.

     

    Transformaciones profundas

    Según el psiquiatra Álvaro Cárdenas, “los pacientes que utilizan estimulantes como la cocaína tienen mucho riesgo compulsivo, de arritmias cardiacas, hay un empobrecimiento tisular generalizado, se enflaquecen, la piel pierde brillo, lozanía. El aspecto del cocainómano con el tiempo se va notando, una persona deteriorada físicamente”, lo anterior habla de los daños aparentes, en la parte mental hay un deterioro más profundo. Al consumir este tipo de sustancias el área tegmental ventral del hipocampo se ve alterada, esta zona es donde el cerebro regula la recompensa y el placer. “Cuando un muchacho empieza a usar sustancias que generan placer, se corre el riesgo de que en la estimulación de ese placer se genere aprendizaje, eso es un complique, esos muchachos cuando quieren dejar de consumir les resulta muy difícil porque hay un área muy primitiva que está sobre estimulada, que está pidiendo el estímulo y donde la voluntad está muy nueva”, explica Cárdenas.

     

    La capacidad de decisión para esas personas se queda corta, el cerebro relaciona el consumo con mayor producción de dopamina, lo que genera un efecto placentero y, al no recibir esas dosis, la ansiedad con la que responde el cuerpo es muy fuerte. Así lo menciona el doctor Cárdenas “Estos muchachos se vuelven muy ansiosos entonces acuden a benzodiacepinas, alcohol. Ellos descubren que la ansiedad se baja con depresores, entonces acaban con poli adicciones”.

     

    Cuando el consumo de sustancias como el bazuco se hizo más habitual, Jorge ya no era tan bienvenido en su casa, las normas cambiaron y los horarios para ingresar se volvieron más restrictivos. Debian ir a buscarlo a un sitio llamado El Avión, una tienda en la calle 40 del barrio Cristóbal. “Ahí empezó a relacionarse con todos los amigos que en esa época eran de marihuana y de bazuca, esa era la droga de moda en ese tiempo”, dice Mauricio sobre lo que pasaba entre los años 80 y 90.

     

    Según el proyecto sobre sustancias psicoactivas Échele cabeza, el bazuco está compuesto de alcaloides de la hoja de coca, procesados en la pasta base de la cocaína y es adulterado con sustancias como la cafeína, anfetaminas, la acetona, la gasolina roja, insecticidas o el Levamisol, que es usado en el mercado como desparasitante de animales. Julián Quintero, codirector de la Corporación Acción Técnica Social, dedicada a la investigación y regulación de mercados de sustancias ilegales habla en el podcast Dosis de los tipos de consumo que pueden clasificarse en problemático, recreativo o adictivo y hace énfasis en el tipo de cocaína que se consume en Colombia, la cual en un 90% es pura y en un 10% es contaminada. Esto, aparte de ser una problemática social que parece lejana, se convirtió en la realidad cercana de los Rodríguez Agudelo.

     

    Fruco para los amigos y Jorge para la familia, nunca pudo tener una larga temporada sin consumo, pero cuando llegaban esos momentos de lucidez era trabajador y de muy buen gusto, disfrutaba de la buena comida y siempre quería verse bien. Su hermana Marina lo recuerda en los pocos momentos que interactuaban: “Hay veces que hacía de comer, hacía lo que le provocaba, el a mí me pedía mucho que le hiciera la torta casera y yo le decía: ‘Jorge ya venden la torta casera’ y él me decía: ‘No, no, no eso no es lo mismo, yo le traigo los ingredientes’. Llegaba a veces y me decía: ‘Mona, aquí le traje o hice esto y le traje’. Él era de muy buen comer y le gustaban las comidas buenas, de muy buen paladar.”

     

    A veces Jorge también llegaba apurado. Cuenta Marina que decía: “ ‘Bueno mamá, despáchame rápido que me están esperando’, pero era pura manipulación, era para que le sirvieran de primero y apenas veía uno, estaba haciendo la siesta para después irse a trabajar.” Dice la hermana que siempre había sido hábil y evasivo, en las ocasiones que se le preguntaba por qué consumía la respuesta era un “porque se me da la gana” cada vez más violento.

     

    Los cambios en el semblante de Jorge ya se aprecian en esta imagen de una celebración con la familia que persistía en su intento de mantenerlo cerca y sobrio. Foto: Cortesía.

     

    Complicaciones

    Los primeros cinco años de los veinte que duró la adicción de Jorge no habían sido muy problemáticos, cuando cumplió los 21 ya había una poli adicción, el bazuco y la cocaína se agregaron a las sustancias que consumía diariamente, sin dejar de lado la marihuana que funcionaba como un depresor. Los 15 años restantes se vieron rodeados de violencia, no se podían dejar cosas en la casa porque su destino final sería una prendería.

     

    “El sufrimiento de mi mamá de estar pendiente de él, de que llegaba tarde o no llegaba o se subía por los techos, eso es lo que dañó el ambiente familiar”, Marina lo cuenta mientras le cuesta recordar. Como una de las mayores, cuidaba de los más pequeños y debía trabajar para sustentar sus propias necesidades. “Él se perdía hasta sus ocho días, no ha llegado, era esa zozobra en la casa. Cuando aparecía, tocaba el timbre y uno se asomaba al balcón, yo le decía: ‘Ay, Jorge no te puedo dejar entrar’ y él me decía: ‘Ay, déjeme que yo me manejo bien’ y uno se entraba destrozado sabiendo que no lo podía recibir, porque ya había orden, mi mamá decía no hay que abrirle la puerta a ver si de pronto cambia o alguna cosa”.

     

    Muchas de las otras medidas que la madre tuvo que tomar consistieron en sacarle la comida a la puerta, lo que también representó muchas discusiones. Algunos en la familia apoyaban que entrara para que no pasara la noche en la calle o siguiera consumiendo, otros decían que había que ponerle mano dura y no era justo que entrara en esas condiciones; la comida no rendía con el apetito que a Jorge le abrían las drogas y había que esconderla para hacerla rendir. Las discusiones llegaron hasta las agresiones físicas entre los hermanos.

     

    Según la psicóloga de familia Gloria Pérez, “tener un miembro adicto generalmente genera resquebrajamiento de las familias, decisiones, inculpaciones y evasión de esa problemática por la frustración que genera, aunque en muchos casos es una realidad dura que une a los miembros”. En este caso fue todo lo contrario, se empezaron a hacer más evidentes las divisiones, no había respeto por la autoridad y Jorge había desarrollado una adicción severa. La doctora Pérez añade que incluso las familias pueden convertirse en codependientes, pues los adictos muchas veces son chivos expiatorios de patologías relacionales del grupo.

     

    Marta, otra de las hermanas, coincide: “Yo creo que es más que todo la intolerancia familiar, lo más enfermo son las mismas familias. Él a veces quería quedarse aquí. Yo una vez le regalé un televisor para que se quedara más en la casa y la mamá decía que no, que él no se iba a quedar todo el día ahí, que se fuera y se lo quitaron” y explica: “Creo que como fuimos una familia numerosa, era más difícil que todos estuvieran de acuerdo. Incluso muchos le atribuyen su mayor recaída a una ruptura amorosa con una novia, que al ver que estaba metido en ese mundo decidió alejarlo de su vida y el final de esa relación representó posiblemente una necesidad de huir por parte de él.

    Para Margarita Moreno, trabajadora social y docente del grupo investigativo de Familia en la Universidad Pontificia Bolivariana, ese tipo de dinámicas familiares representan el modelo tradicional de crianza donde hay una desvinculación del hombre en las tareas de cuidado: “Uno encuentra distintos tipos de crianza que varían de acuerdo con esa participación del hombre. En las familias tradicionales sí hay un ejercicio del poder del hombre hacia la mujer. Muchas veces ella es ama de casa, ejerce ese trabajo de cuidado, pero no lo nombran cuidado. Eso es un trabajo y económicamente aporta mucho.”

     

    Los Rodríguez Agudelo, hacen parte las familias numerosas de las décadas del 60 o 70, época en la que la transición demográfica estaba en un 5.6%, es decir que en promedio se tenían cinco hijos por familia, a pesar de que para su caso hubo un excedente de nueve personas. Los 14 hijos estaban a cargo de una sola persona, su madre, lo que implicaba una sobrecarga en las tareas domésticas y del cuidado. Luz María asumía esto además del rol de autoridad mientras su esposo trabajaba distribuyendo refrescos por las carreteras del nordeste de Antioquia.

     

    Según la profesora Margarita Moreno, también está la sacralización de la maternidad, que tiene que ver con el mito mariano o el de la Sagrada Familia, en el que se entroniza el papel de la madre, pero en la práctica hay subordinación. En este contexto, sumar la variable demográfica de una familia extensa genera más condicionamientos, por las circunstancias económicas, la accesibilidad a la educación, la necesidad de conseguir un trabajo para mejorar las oportunidades y los factores que establecieron la decisión de migrar de un pueblo a una ciudad, con las complicaciones del contexto urbano que fue el que tocó a Jorge.

     

    Margarita Moreno menciona que “la adicción lleva a un punto límite donde detrás va la persona y detrás va la familia, entonces se deteriora la salud mental, con la paz, con el ambiente”. El éxito en las dinámicas de una familia depende más de la manera en que se afrontan retos como las ausencias.

     

    Tocar fondo y luego…

    Hubo varias ocasiones en las que Jorge tocó fondo, aunque para él realmente nunca hubo un límite, pues parecía llegar más lejos. Marta cuenta que: “Una vez robó un arma y lo metieron a la cárcel. Llegó todo juicioso pero ya había un prejuicio, él llegó con ganas de mejorar, pero no encontró ese apoyo”. Durante la adicción hubo muchos periodos donde permaneció internado, estuvo en tres centros de rehabilitación y más veces de las que pueden contarse con los dedos de una mano, estuvo recluido.

     

    Lina, otra de las hermanas, trata de recordar la ocasión en que tuvo que ayudarlo a salir de la cárcel Bellavista por el robo del arma. Para la época se encontraba cursando el cuarto año de derecho: “Era la primera vez que iba a una cárcel de esa magnitud, ya después llegar al patio de él y verlo tras las rejas con todas esas personas para mí no fue fácil, darle la mano, saludarlo. Sin embargo, yo a él lo vi relativamente tranquilo. Él me dijo que quería salir ligero, entonces hablamos de la audiencia que íbamos a tener en la Fiscalía”.

     

    El prontuario criminal no reuslta la huella más difícil de borrar, según cuenta Lina: “Yo hice parte y me siento víctima de esa adicción, en el sentido de la violencia que se vivió, de esos miedos que se despertaron en mi tan tenaces y con los cuales todavía batallo”. Para Lina, su hermano marcó un antes y un después en la historia de su familia, algunas medidas que se implementaron hace 35 años siguen vigentes: las puertas de la casa se mantienen cerradas porque la familia no olvida la angustia que les producía la llegada de Jorge a tocar la puerta y el timbre en la madrugada, luego de sus noches de excesos. Se cansaron y la confianza se acabó.

     

    “Mi mamá le sacaba la comida tipo seis de la tarde porque no se dejaba entrar por días”, recuerda Lina y explica: “Para una mujer que viene de un pueblo, adaptarse a la ciudad le quedó muy difícil con todas esas necesidades que teníamos los hijos a nivel afectivo y emocional, porque era una carga demasiado alta para ella”. En 2001 murió Dagoberto Rodríguez, el padre. Le dijo a Jorge en su última conversación que, si no cambiaba y se comportaba bien con la mamá, él se lo llevaba. 18 meses después esa última palabra tuvo efectos.

     

    El último contacto con Jorge solo lo tuvieron algunos de sus hermanos, cerca a un almacén de cadena en la plaza de La América. Envió un angelito de regalo para una de sus sobrinas y por eso para sus hermanos Jorge fue un ser noble que no encontró un mejor reemplazo para la ausencia que las drogas.

     

    Ese dos de agosto Jorge estuvo en un concierto de salsa en Envigado y luego se encontró en La América con Mauricio: “Yo hasta estuve con él por ahí hasta las cuatro o tres de la mañana, ya en un tiro yo le dije: ‘Vámonos’ y él me dijo: ‘No, yo quiero ver amanecer’”.

     

    Al levantarse al mediodía siguiente, Mauricio supo por su mamá que Jorge no había ido a la casa. “Cuando me dio por subir a La América y me dicen: ‘¿Cómo siguió Fruco?’ Y yo: ‘¿De qué?’ Y me dijeron: ‘A Fruco lo apuñalaron anoche’ ”. La búsqueda llegó hasta la Unidad Intermedia de San Javier donde le dijeron que ese muchacho ya había fallecido y de ahí fue remitido al anfiteatro. “Cuando llegué me mostraron la foto y lo reconocí, también me mostraron el cuerpo”, cuenta Mauricio que tuvo que acompañar la reacción de dolor de su madre.

     

    Paradójicamente, fue con la madre de unos jóvenes del mundo de las drogas que Fruco había tenido un altercado durante su última mañana. El asesinato con el que se quiso ajustar cuentas fue el inicio de una nueva etapa para que la familia procesara todo lo vivido al hacer un voto que bien retrata Rubén Blades en Amor y control: “y por más drogas que uses, y por más que nos abuses, la familia y yo tenemos que atenderte”.

     

    Que por error fuera otro el cuerpo que llegó a la sala de velación cuando toda la familia esperaba los restos de Jorge, fue para algunos de sus hermanos el retrato póstumo de un ser que nunca se sintió identificado. Dicen que por eso amaba escuchar Oriente, porque se sentía como un pájaro perdido en el mundo.

     

    Yo me voy a morir (Oriente)

    Caramba

    Me voy a matar (Oriente)

    Mira baby

    Me voy a morir (Oriente).

    Un pajarito herido

    Abandonado en el mundo

    Con desespero profundo

    Vuela buscando su nido.

    Totalmente perdido

    Como un ciego sin bastón

    Se le tiembla el corazón

    Y adivina hacia el monte

    Y busca el horizonte

    Con esperanza y resignación.

     

  • Una tarde con la muerte

    Federico Hoyos Gutiérrez / federico.hoyos@upb.edu.co

     

     

    En el laboratorio de Mateo están estrictamente prohibidas las fotografías, uno de los detalles con los que se expresa respeto a la memoria del difunto. Esta es una imagen de referencia del tipo de procedimientos que se hacen. Fuente aquí.

     

    Mateo Posada lleva hora y media preparando con esmero el cadáver en la mesa de disección del laboratorio. Ya es la una de la tarde. Una vez más, la muerte retrasa su almuerzo. Diógenes Cano, compañero de turno, se asoma por la puerta de vidrio opalizada.

     

    –¡Este hijueputa es muy lento!

     

    –Mijo, las cosas bien hechecitas, responde Mateo.

     

    El segundo cadáver de la jornada pertenece a un hombre de unos 45 años, piel mestiza, nariz aguileña y cabello castaño. Encontró la muerte en un accidente de tránsito. Su rostro es sereno. Tiene los ojos y la boca cerrados, como si durmiera plácidamente. Su alma reposa en el más allá, mientras que en el más acá su cuerpo desnudo yace abierto, con las vísceras a la vista. Está tendido en una mesa hidráulica de acero inoxidable.

     

    El olor no es tan penetrante gracias a que el líquido preservante empieza a cobrar efecto y los cuatro infatigables extractores cumplen su tarea. No hace calor pese a que los tres ventiladores del laboratorio están apagados.

     

    Por tratarse de una muerte violenta, el cadáver fue sometido a una necropsia en Medicina Legal. Los médicos forenses destrozaron el sistema circulatorio, lo que hace más dispendiosa la preparación del cuerpo sin vida.

     

    Después de bañar el cadáver con una manguera, Posada extrae las vísceras. Lo que antes era un hígado, un intestino, unos riñones, un corazón y unos pulmones, ahora es un conjunto de masas amorfas y flácidas que se lava en otra mesa de disección, aparte del cuerpo. Las vísceras (o, más bien, lo que queda de ellas) son introducidas en una bolsa roja con químicos preservantes que Mateo deposita en una caneca para que la sustancia actúe.

     

    Mientras las vísceras se desinfectan, el muchacho introduce en las arterias del cadáver una cánula unida a una manguera conectada con una bomba electro inyectora. Aquel aparato introduce a presión un líquido rojizo, que se llama Tanatil. Sirve para retrasar la descomposición del cuerpo. Es un compuesto de alcohol, glicerina, ácido fénico y colorantes. El formol ya es cuento del pasado. Muchas funerarias desistieron de su uso debido a su potencial carcinogénico para los seres humanos.

     

    Para que el Tanatil fluya con normalidad, debe inyectarse a una presión de cinco libras por pulgada cuadrada, dice Mateo. Si se aumenta la presión, el cuerpo se hincha y se corre el riesgo de romper las pocas arterias que quedan.

     

    Como el sistema circulatorio del fallecido está dañado, Mateo debe hacer una inyección sectorizada, es decir, introducir el líquido preservante en cada una de las extremidades y reparar las arterias averiadas. Comienza desde arriba en las axilares, después en la carótida (en la parte lateral del cuello), y finaliza en las femorales. La idea de este proceso es intercambiar la sangre por el químico conservante.

     

    Después de inyectar el Tanatil, Mateo introduce las vísceras en el cuerpo. Están envueltas en la bolsa roja. Es el momento del “apanado”. Así se le llama en el argot funerario al procedimiento que consiste en esparcir aserrín por la cavidad torácica para secar del cuerpo y evitar el derrame de fluidos durante la velación y el entierro. El olor que emana el aserrín penetra el tapabocas.

     

    El cadáver, “apanado”, ya está listo para la sutura. Mateo, armado con nailon y una aguja en forma de S, cose lentamente la cavidad torácica. Desde el ombligo hasta el esternón. Su concentración se asemeja a la de una abuelita que borda manteles.

     

    El procedimiento es amenizado con rock ochentero. Desde el celular de Mateo suenan las canciones que tiene guardadas en una lista de reproducción: Hotel California, Hold the Line, Sweet Home Alabama, Beds are Burning… “Escucho musiquita pa’ no aburrirme”, dice.

     

    Mateo tiene el cabello engominado al estilo de Elvis Presley. Es flaco, alto, de tez blanca y raudo caminar. Viste una pijama quirúrgica azul oscuro, botas pantaneras, tapabocas y guantes de látex. De sus 22 años ha dedicado cinco y medio a ganarse la vida con la muerte.

     

    Recuerda el 24 de diciembre de 2016 como si fuera ayer. Ese día acompañó a un amigo a recoger un cuerpo. Era una señora de mediana edad. “Me dio mucha impresión”, rememora. Durante aquella Nochebuena también ingresó por vez primera al tanatorio de la Funeraria San Juan Bautista, de Medellín. “Solo he trabajado acá. Esta, literalmente, se vuelve la segunda casa de uno”, cuenta.

     

    Ha preparado unos mil cuerpos. Pese a su corta edad, le ha tocado de todo: niños, personas de talla baja, quemados, decapitados, ahogados y hasta una familia entera asesinada a machetazos. Ya se enfrenta a la muerte sin temor. “Todos nos vamos a ir”, afirma con serenidad de estoico. Eso sí, reconoce con franqueza que prefiere ser cremado. Por su trabajo recibe un millón doscientos mil pesos al mes, más veinte mil adicionales por cada cadáver que prepara. En promedio arregla entre dos y tres al día.

     

    Comenzó empíricamente y después se certificó en el SENA como técnico en Tanatopraxia, nombre que tiene la disciplina de conservar y embellecer los cadáveres con el objetivo de presentar a los parientes y amigos del difunto una imagen lo más natural posible de este. Los tanatólogos, como Mateo, preparan al cadáver tal cual como la familia quiere recordarlo para que los seres queridos puedan afrontar el duelo de una forma más llevadera. “Todos estos cuerpos tienen una biografía”, afirma el joven con aire meditabundo.

     

    Un poco de historia

     

    La tanatopraxia se realiza desde épocas ancestrales, cuando los sacerdotes de Anubis en el antiguo Egipto embalsamaban a los fallecidos y celebraban ceremonias fúnebres en su honor. Siglos más tarde (de acuerdo con el libro Manual de tanatopraxia) Jean-Nicolas Gannal (1791-1852), un oficial del ejército francés que participó en la invasión napoleónica de Rusia en 1812 empezó a experimentar métodos para preservar los cadáveres de soldados galos caídos en el campo de batalla, con el fin de facilitar su repatriación. Gannal se convirtió en el padre de la tanatopraxia moderna.

     

    “El proceso inventado por Gannal consistía en hacer una pequeña incisión en el lado del cuello donde se encuentra la arteria carótida en la que, con la ayuda de una bomba, se inyectaba el líquido conservador (una solución de acetato y de sulfato de aluminio); en dos horas, la operación había terminado y el cuerpo yacía encerrado en un ataúd de plomo. Una operación rápida, limpia y segura”, dice el libro.

     

    La Tanatopraxia en Colombia apenas comenzó a profesionalizarse en los albores del siglo XXI. Anteriormente se realizaba de manera empírica y muchos tanatólogos hacían los procedimientos en los hogares de los difuntos. En 2001 el Tecnológico de Antioquia se convirtió en la primera institución del país en crear el programa de técnico profesional en Tanatopraxia y Disección.

     

    Seis años más tarde (en 2007) el SENA instituyó el programa de técnico en Tanatopraxia, el cual tiene una duración de cuatro semestres. Los aspirantes a este programa deben tener título de bachiller académico, 16 años cumplidos (como mínimo) y pasar un examen “de aptitud y conocimiento”. No se necesita experiencia laboral previa.

     

     

    Jean-Nicolas Gannal, padre de la tanatopraxia moderna. Fuente de la imagen aquí.

     

    Ana María Chavarría Álvarez, en su texto titulado Términos básicos de tanatología, expone algunos elementos que caracterizan el perfil de los profesionales de la muerte: “El Tanatólogo debe tener, entre otras cualidades, sensibilidad, competencia profesional, paciencia, honestidad, flexibilidad y madurez, pero sobre todo el Tanatólogo tiene que haber explorado su propia espiritualidad”.

     

    Carlos Arturo Murillo, jefe de servicios de la Funeraria San Juan Bautista, dice que en Medellín puede haber entre 80 y 100 tanatólogos en ejercicio, aproximadamente. Según Fenalco, el sector funerario emplea cerca de 13 000 personas en 2 260 establecimientos dedicados a esa actividad en el país. La Cámara de Comercio de Medellín para Antioquia estima que en la ciudad existen 49 establecimientos que se dedican a los servicios funerarios. “Sin embargo, teniendo en cuenta las subregiones antioqueñas, son 177 empresas en total, la mayoría de ellas microempresas”, dice la entidad.

     

    De vuelta en el laboratorio

     

    Mateo termina de coser el tórax del difunto. Ahora se dispone a suturar el cuero cabelludo. Pero antes hay que botar el cerebro. El chico advierte que, si se deja la masa encefálica en el cráneo, el cuerpo se descompone más rápido y se echaría a perder todo el procedimiento. Entonces utiliza su creatividad para construir una figura similar al cerebro, mezclando algodón con el aserrín sobrante.

     

    El embellecedor de muertos debe bañar nuevamente el cadáver para quitar los restos de aserrín que quedan en la piel. Después de la segunda ducha, procede a limpiar el cuerpo con jabón de cocina. Pues dice que se les acabó el shampoo especial para desinfectar el cadáver. Luego, se dedica a taponar las fosas nasales y la boca del fallecido con algodón. Acto seguido, lo afeita y lo viste. La familia eligió ver al difunto por última vez con bluyín y una camiseta playera con estampado de palmeras y flores. “Está bonita la camiseta”, dice el tanatólogo.

     

    El hombre se dirige hacia uno de los gabinetes del laboratorio y saca una cajita de plástico que contiene labiales, delineadores de ojos, brochas para el rubor, pinceles, cremas hidratantes y paletas de colores. “Aquí llega la vanidad de las personas”, dice. Hora del maquillaje: hora de disimular los vestigios de la muerte. Poco a poco, Mateo hace desaparecer los moretones del rostro. “Esto es de mucha creatividad. Todo va en los detalles”, reflexiona mientras une los labios del difunto con pegamento.

     

     

    La tanatoestética es uno de los procedimientos que hacen parte de la tanatopraxia. Imagen de referencia. Fuente aquí.

     

    Son las 2:23 de la tarde. Mateo se retira del laboratorio para traer el cofre. El cadáver y la música acompañan al cronista. Los dos minutos que tarda en volver parecen dos horas. Regresa acompañado por cuatro colegas de la funeraria, quienes lo ayudan a introducir el rígido cuerpo en un ataúd marrón. A las 2:30 se llevan el cadáver en la pijama de madera, listo para el sueño eterno.

     

    Sin embargo, al escuchar el motor del carro fúnebre al encenderse, Mateo sale corriendo desesperado y grita:

     

    – ¡Ey, no lo monten todavía!

     

    Se acordó a tiempo de que no le había colocado el escapulario al difunto. En aquel momento se me viene a la mente la frase que me había dicho minutos antes: “Todo va en los detalles”. Ahora sí, el fallecido puede partir tranquilo.

     

    Son las 2:45. La muerte, por fin, le permite almorzar a Mateo. Los tanatólogos de la funeraria San Juan Bautista suelen matar el tiempo en Delicias El Corral, una panadería donde este chico se devora en cinco minutos un pastel ranchero de queso y salchicha. “Yo como mucho, güevón”. Habla con la satisfacción de un niño con juguetes nuevos. En cambio, a mí, el recuerdo del difunto a duras penas me permite tomar una Coca-Cola.

     

    “Todos saben lo que van a hacer el día de su cumpleaños, pero nadie sabe lo que va a hacer el último día de su vida”, reflexiona Guillermo Jaramillo, un hombre calvo y bonachón que lleva más de 15 años en el oficio de la tanatopraxia. Mateo y sus colegas quizá ya no se acuerden del difunto. Yo, por más que intente, jamás lo podré olvidar.

     

    Nota: una primera versión de este texto se publicó en el weblog del autor.

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    Reseña

    Esta crónica es el relato vivo y espontáneo de una inmersión en un laboratorio de tanatopraxia en una reconocida funeraria del barrio Prado, de Medellín. Es el enfrentamiento directo y sin escrúpulos del cronista con la muerte: el acto de poner en palabras el proceso al que es sometido un cuerpo sin vida antes de ser sepultado.  La Tanatopraxia es mucho más que preparar cadáveres: es el oficio encargado de embellecer y dignificar la muerte humana.