Categoría: Rostros

  • Una decisión llamada Arte 13

     

    Sara Rodríguez Lopera / sara.rodriguezlo@upb.edu.co

    En algún tiempo se pensó que los grupos al margen de la ley eran la única figura de poder y admiración para los jóvenes de la comuna 13. Ahora, son numerosas las iniciativas comunitarias que surgen como oportunidades para romper con este estereotipo. Una de ellas es el circo Arte 13, un espacio donde se despliegan, para la juventud, experiencias físicas, cognitivas y laborales que antes no existían, mediante la tarea de despertar la pasión por el arte circense.

     

    Estos artistas han logrado expresarse y despertar el interés de los más pequeños en un nuevo proyecto de vida.

    Foto: María Camila Acevedo Tangarife.

     

    La comuna San Javier, mejor conocida como la comuna 13, está ubicada en el occidente de la ciudad de Medellín; limita con las comunas Robledo y La América, y con los corregimientos de Alta Vista y San Cristóbal. Además, cuenta con 19 barrios, entre ellos, El Salado. Este limita con algunos otros barrios como 20 de Julio, Las Independencias y Nuevo Conquistadores.

     

    Esta zona del occidente de Medellín se hizo tristemente reconocida por su pasado violento tras la las operaciones militares del año 2002, pero hoy se le conoce más como un territorio que ha tomado el arte como herramienta de memoria y resiliencia, que convirtió el lugar en uno de los sitios turísticos más reconocidos en la ciudad, gracias a ofertas culturales como sus recorridos temáticos por la zona, entre los que se destaca el llamado Graffitour.

    La vida en El Salado, uno de estos barrios se hace en la calle, la casa solo es para dormir: los vendedores de “raspao” y platanitos fritos esperan a que los niños terminen su jornada escolar, en las panaderías se cierran negocios y las escaleras de la cancha de fútbol se vuelven el lugar donde los enamorados se encuentran para conversar. Mientras más se sube por las calles de este barrio, se ven más casitas que, por sus materiales, parecen recién llegadas, más mototaxis pitan y más estrecha se vuelve la acera, que llega incluso a desaparecer.

     

    A unas tres cuadras de El Salado comienza el Graffitour, un paseo entre lo turístico y la vida que llevan los habitantes de la comuna 13, pues se podría decir que algunas de sus paradas como la que se hace en la Unidad de Vida Articulada (UVA) Huellas de Vida de San Javier, la Casa de la Justicia 20 de Julio, la cancha San Javier Salado Arenilla, la Biblioteca Pública Comfenalco Centro Occidental y la Institución Educativa La Independencia – Sede amor al niño, no son especialmente atractivos para los turistas con ánimos de tomar fotos, beber cerveza y gastar en artesanías locales.

     

    Aun así, esto no significa que El Salado sea ajeno a la vida que cuenta el Graffitour, pues allí, de hecho, habitan personas que trabajan en el turismo y dependen de la sed, hambre y necesidad de distraerse de los visitantes. Una de las maneras más recurrentes que usan los habitantes de la comuna 13 para entretener y dar a conocer su historia es mediante el baile, junto al canto, el muralismo y, más recientemente, el circo. Ahí es donde Arte 13 ocupa un importante lugar.

    Vendedores de “raspao”, “mecato” y BonIce ubicados a la salida de la I. E. Educativa – Sede amor al niño, esperando a que los niños terminen su jornada escolar. Foto: Sara Rodríguez Lopera

     

    La UVA Huellas de Vida de San Javier y la Casa de la Justicia 20 de Julio son de los lugares más significativos e importantes dentro de la comuna de San Javier. Foto: Sara Rodríguez Lopera.

     

    Arte 13

    Autodefinida como “una organización artística dedicada a la formación de niños, niñas y juventudes en situación de vulnerabilidad”, Arte 13 es una organización juvenil que “se enfoca en las artes circenses como estrategia pedagógica para la transformación social (…) en donde se sostienen semilleros de circo social, que reflexionan en torno a diferentes problemáticas sociales”, según uno de sus líderes, Julián Salazar.

     

    Todo comenzó en lo que ahora es la UVA Huellas de Vida de San Javier, cuando la corporación Combos se encontraba realizando talleres para un proyecto de pedagogía vivencial. Entre estos talleres había uno para aprender a montar zancos. Para ese entonces, Julián Salazar, Sebastián Salazar y Alexis Cano cursaban noveno grado en la Institución Educativa La Independencia sede bachillerato y cuando vieron los zancos, se interesaron por cursar el taller.

     

    Una vez dominados los zancos y terminado el curso, un profesor les regaló seis pares de estos artefactos para que continuaran practicando y de esta manera se convirtieron en los fundadores de lo que después sería toda una organización promotora del arte. A ellos se sumó su amigo Harold Arbeláez, quien recuerda que: “Cuando apenas estaba empezando Arte 13, bajábamos a practicar zancos en la sede de una corporación llamada ACJ (Asociación Cristiana de Jóvenes)”. Fue allí donde se regó la voz de que se estaba iniciando un circo. Poco a poco las personas se motivaron y el grupo comenzó a crecer, la comuna los reconocía como artistas y de allí salió su nombre. Más tarde, se gestionó con la I.E. La Independencia el préstamo de sus instalaciones para la práctica, pues además de que su ubicación era cerca y central, ya había colaborado para guardar materiales en iniciativas anteriores de sus egresados que participaban en el nuevo circo, por lo que mantenían intacto su vínculo con la institución.

    Chicos y chicas desde los 14 hasta 28 años llegaron a Arte 13 por dos razones: gracias a su descubrimiento en las múltiples presentaciones en el Graffitour y por medio de la invitación de un amigo o integrante del grupo. Hoy en día el grupo cuenta con alrededor de 33 integrantes; sin embargo, a los entrenamientos asisten unas 15 personas. Según los artistas, esta asistencia está alimentada por tres intereses: porque quieren aprender circo, porque el entrenamiento les permite entretenerse y divertirse, y porque los chicos pueden despejar su mente. Dicen que cuando se entrena no importa nada más que lo que se está haciendo; cada uno es libre de elegir qué quiere aprender, practicar o mejorar. A veces entrenan individualmente, otras veces se unen en pareja y cuando se van a hacer trucos en el aire, casi todo el grupo está presente para atajar a quien esté en la cima.

     

    De izquierda a derecha:

    Institución Educativa La Independencia – Sede amor al niño; donde se realizan los entrenamientos de Arte 13. Foto: Sara Rodríguez Lopera

    Harold Arbeláez en el papel de Clown y Sebastián Salazar como zanquista en la celebración del día del niño en la I. E. La Independencia – Sede amor al niño, primaria. Foto: Maria Camila Acevedo Tangarife.

    Julián Salazar durante una actividad en el Parque de El Poblado. Foto: Cortesía.

     

    Su hogar

    Antes de la pandemia, Arte 13 tenía una pequeña casa al lado de una de las famosas escaleras eléctricas; allí los turistas e interesados iban a aprender y apoyar el arte circense. De ese modo había una forma de sustento económico y de entretención para los chicos, esa era además la sede para planear los futuros proyectos. Sin embargo, durante el confinamiento no había quién riera con los clowns, se asombrara con los zanqueros, ni se entretuviera con los malabares; no había manera de pagar el arriendo y tuvieron que abandonar aquella casa que se había convertido en su segundo hogar. El lugar, que era el segundo piso de una construcción de tres, ahora pertenece al Museo de Café, que ocupa los tres niveles de la construcción.

     

    La I. E. La Independencia – Sede amor al niño, nunca dejó de ser el lugar de entrenamiento, pero ahora, los zancos, los disfraces y los monociclos debían guardarse en una pequeña bodega al lado del salón de música. La bodega, divida en tres secciones (una donde alojan los zancos, otra el vestuario y la última para las clavas, diábolos, cintas y demás), se convirtió entonces el reemplazo de la anterior casa.

     

    Antes de comenzar el entrenamiento, todo el grupo se reúne en un círculo para calentar y activar el cuerpo mediante juegos. Luego, cada quién decide qué hacer y con quién hacerlo. Foto: Sara Rodríguez Lopera.
    El Museo de café, antigua sede de Arte 13, es un espacio en el que los turistas conocen el proceso de esta bebida. Foto: Sara Rodríguez Lopera

    Aunque aparente ser pequeña, la bodega que sirve como nueva sede posee el suficiente espacio para alojar zancos de hasta tres metros de altura, más de 25 vestuarios y alrededor de 40 clavas. Foto: Sara Rodríguez Lopera.

     

    El día a día

    Cada miércoles y viernes a las seis y diez de la tarde, los chicos suben las escaleras que finalizan en la entrada del colegio. Dentro de él, un portero sentado en el lado derecho los espera y les da un apretón de manos después de abrir una corroída y ruidosa puerta metálica que deja ver el interior de la institución. Lo primero que se ve adelante es la cancha donde generalmente entrenan (cuando llueve lo hacen en el auditorio), a la derecha continúa un corredor que da a unas escaleras las cuales llevan, después de otro corredor, a la bodega donde almacenan sus pertenencias. A medida que van llegando los integrantes, se bajan los elementos con los que se desea practicar ese día y cuando el reloj comienza a pasar de las 6:15 de la tarde, el calentamiento inicia. Poco a poco van llegando los demás practicantes, provenientes del trabajo, estudio o de algún compromiso. Se quitan los jeans, se ponen pantaloneta o leggins, algunos se recogen el cabello y se unen al calentamiento. A las 7:40, 8:00 u 8:10 de la noche se termina el entrenamiento, a veces con más, otras veces con menos personas de las que llegaron al inicio.

     

    No es una fortaleza la puntualidad en Arte 13, ni a la llegada ni a la salida, pues la gran mayoría de los artistas trabaja, estudia o ayuda en la casa. Harold cuenta que cuando terminó bachillerato tuvo que retirarse por unos seis meses porque comenzó a trabajar para poder suplir sus necesidades. Hay integrantes del grupo que se van por días, meses, e incluso años y luego regresan. Harold cuenta que, al unirse de nuevo a Arte 13, reconoció sus habilidades y entendió que se le puede ayudar a las personas sin tener un título: “Comencé a desarrollarme como persona y a buscar mejores empleos”, asegura. “Hable con Tumix que él es un teso en el diábolo”, “Dígale a Ema que le explique cómo hacer una vuelta estrella”, “Juli te enseña malabares, aprendés de una con él”, mejor dicho, pregunte por lo que no vea, que en Arte 13 sobra talento y ganas de enseñar.

     

     

     

    << A “Tumix” el apodo le viene del colegio; sabe hacer malabares, trucos con el diábolo, maquillar y hacer equilibrio en la rola bola. ¿No sabe hacer ninguno de ellos? No se preocupe porque entre sus actividades favoritas está enseñar.

    Foto: María Camila Acevedo Tangarife

     

    Más allá del arte

    Además del talento y las ganas de enseñar, la salud mental en Arte 13 se trabaja a la par de lo físico. De hecho, durante el calentamiento se hacen ejercicios de respiración, control de las emociones y concientización de la práctica. En ellos se cierran los ojos, se grita y llora; también, al final, se discute sobre cómo se sintieron los artistas durante el entrenamiento. Emanuel, líder y Clown encargado de abrir los espectáculos, afirma que Arte 13 “también enseña a convivir en comunidad con valores como la confianza y la solidaridad. Se les enseña disciplina, que todo es trabajo y constancia”. En la misma línea, Julián, complementa que: “Los malabares, los zancos, las acrobacias y la práctica circense en general permite no solo tolerar la diferencia, sino ponerse en el lugar de los otros”. Incluso la mayoría de chicos del grupo están de acuerdo en que con el circo se han convertido en personas más empáticas, comprensivas y serviciales.

     

    De la misma manera, la salud mental en Arte 13 ha tenido repercusiones por fuera del grupo. Los chicos afirman que han experimentado un cambio y una transformación no solo en sí mismos, sino también en la relación con sus familiares y amigos, en la percepción de su realidad y en su manera de hablar. Desde que se pasa por la puerta de la institución, todos los problemas quedan afuera y las palabras de aliento inundan el lugar: “Téngase confianza”, es la más recurrente. Se saludan como si no se hubiesen visto en mucho tiempo y se abrazan como si no se fueran a volver a ver. Los líderes se encargan de recordarles a los chicos que lo más importante es el corazón y las ganas que se le pongan a este arte, que a pesar de que no tengan clavas para hacer malabares, las bombas llenas de arroz o arena sirven para comenzar, como les tocó hacer al principio.

     

    Harold cuenta que alguna vez trabajó en un laboratorio con jornadas de hasta 12 horas para poder suplir sus necesidades, pero ahora porta con orgullo una camisa con el logo del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (ICBF), trabajo en el que ya lleva seis meses y que consiguió gracias a la experiencia que le aportó Arte 13. Porque sí, el arte circense surge como una alternativa, pues gracias a los compromisos que adquieren en el entrenamiento y los talleres, diplomados y cursos que propicia Arte 13, es que los chicos tienen la oportunidad de obtener y aplicar a trabajos con ingresos económicos estables. Los integrantes del grupo están de acuerdo en que, con lo que han aprendido en Arte 13, podrían trabajar y generar ingresos económicos.

     

    El show

    Los espectáculos del grupo se cobran de acuerdo con el tipo de cliente que requiera de sus servicios. Por ejemplo, en el caso de una entidad constituida, se le cobra el transporte, maquillaje y vestuario; mientras que a la I. E. La Independencia – Sede amor al niño, no se les cobra, pues además de que la institución les brinda el lugar para entrenar, lo que les interesa es contribuir al cambio y trasformación de los chicos, no solo no solo en lo personal sino también social, pues los espectadores, en su gran mayoría niños de primaria, ven en ellos una figura de poder y admiración que pueden alcanzar; los respetan por lo que hacen y no por lo que tienen.

     

    Llegado el día de alguna demostración, los jóvenes artistas se visten con sus coloridos y brillantes trajes, luego Harold saca una cosmetiquera negra a la que ya no le funciona el cierre y se enfoca en ponerles la cara blanca y los ojos coloridos a sus compañeros; otros pocos, como Emanuel, se maquillan por su cuenta. Este último es Clown y encargado de abrir los espectáculos; antes de salir, mientras suena la canción Alegría del Circo del Sol, realiza un pequeño ritual para conectar con su personaje. El Clown sale y anima al público, hace trucos con el diábolo y algo de mímica; luego, salen los zanquistas, altos e imponentes, la chica de gimnasia rítmica también entra en escena con sus cintas, aparece además un segundo Clown, y así cada integrante interviene en el espectáculo haciendo lo que mejor sabe hacer. Al final de la presentación se toman de la mano y hacen la venia; los espectadores se emocionan y rompen las filas para ir a saludarlos, abrazarlos y tomarse fotos con ellos. Sus ojos brillan, desean tocarlos, que los vean: quieren ser ellos. Después de cinco minutos las profesoras intervienen para volver a las filas y al orden.

     

    En celebraciones como el día del niño, aquí con los estudiantes de la I. E. La Independencia – Sede amor al niño, los artistas proyectan todo su talento y reciben la admiración de los espectadores. Foto: María Camila Acevedo Tangarife.

     

     

     

    << Harold suele maquillar a todos los artistas en tiempo récord. Solo necesita un par de sombras de colores, un pincel y un pinta caritas blanco. Emanuel, en cambio, se aparta del grupo y pronuncia sus cejas con un lápiz negro. Foto: Sara Rodríguez Lopera

     

    Una elección

    Arte 13, más allá de los espectáculos y los entrenamientos, ha generado un espacio en el cual se ha posibilitado el surgimiento de oportunidades a nivel físico (manejo de zancos, habilidad en los malabares), cognitivo (nuevos lenguajes y percepción de la realidad) y laboral (talleres, cursos y diplomados). Líderes como Julián Salazar, Sebastián Salazar, Harold Arbeláez, Deisy Flórez y Emanuel Rivera se han convertido en nuevas figuras de admiración que incentivan, además de la autosuperación y sentido de pertenencia hacia el grupo, la reflexión en torno a su contexto y la posibilidad de un cambio, de una elección, tal y como dice Harold: “Arte 13 me dio la autonomía de decidir lo que quiero hacer”, pues ahora sus alternativas no se limitan a ser parte de lo que dejó el conflicto armado sino que converge en un mundo de posibilidades que tienen como alternativa la transformación tanto de sí mismos como de la comunidad. Gregorio Enríquez, antropólogo y profesor de la Universidad Pontificia Bolivariana, asegura que: “Cada joven que decida irse por el arte deja a un lado la violencia”, y los chicos de Arte 13 ya tomaron su decisión.

     

  • El invierno deja huellas cada vez más profundas en Antioquia

    Duvian Arleison Castrillón, quien murió sepultado por un alud cuando transitaba por la vía que comunica los municipios de remedios y Segovia, en el Nordeste Antioqueño, es el caso número 61 de personas fallecidas en situaciones asociadas al incremento de las lluvias durante el año 2022 en este departamento.

     

    Crecientes súbitas, avenidas torrenciales, vendavales y caída de estructuras, son el tipo de situaciones en las que se han presentado la mayoría de estas muertes, la parte más sensible de una situación que también incluye daños en viviendas y vías; estos últimos, que afectan especialmente zonas como el Suroeste, donde se prepara la cosecha cafetera, en medio de la incertidumbre sobre cómo sacar millones de sacos a los pueblos y a los puertos.

     

    En Medellín, la transformación del paisaje por el aumento desmedido de la construcción en zonas de laderas es el rasgo más visible del contexto en el que impactan los fenómenos climáticos que llevaron al aumento de las lluvias durante el presente año. Los habitantes de la capital de la montaña se han acostumbrado a los fuertes aguaceros a media tarde y a los trancones que les siguen, en los cuales son parte del paisaje los vehículos de emergencia que corren a atender caídas de árboles, inundaciones, deslizamientos y daños en viviendas de todo tipo y estrato, porque los efectos se han sentido desde la comuna 2, Santa Cruz, hasta la 14, El Poblado.

     

    Pérdidas humanas y daños materiales están entre los efectos inmediatos, pero las lluvias están dejando huellas más profundas en las vidas de los antioqueños, al punto que están incidiendo en movimientos migratorios al interior de la ciudad.

     

    Video

     

    Ante los acontecimientos de los últimos días, queremos compartir con ustedes el relato detallado de la situación, recogido en ese reportaje realizado con el apoyo de Mutante.org. Haga clic en la imagen para leerlo.

     

     

    En la siguientes imágenes, acérquese a los lugares y los rostros que tienen estas vidas que se viven entre la zozobra y los escombros, en medio de las lluvias.

     

    1. Tarcisio Agudelo señalando la quebrada La Iguaná desde el segundo piso de su casa la cual quedó destrozada desde el pasado 17 de mayo.

    2. Las grietas, al interior de la casa de Tarcisio Agudelo, cubrían la mayoría de la vivienda que permanecía con orden de desalojo desde 2018 por parte del Dagrd.

    3. Fachadas de las casas, en estado de evacuación, al costado sur de la quebrada La Iguaná, comuna 13 (San Javier).

    4. Muchas de las casas del sector (El Pesebre) quedan al costado de la quebrada, permitiendo que al subir el caudal haga estragos en las casas.

    5. Al interior de la vivienda de Luz Daza, en medio de escombros y barro, la única esperanza y signo de fe es la virgen.

    6. Varias de las viviendas del sector El Pesebre colindando con la quebrada La Iguaná que arrastra escombros y piedras generando tensión en los habitantes cuando llueve.

    7. Vista del río Aburrá desde la casa de Martín Berrío, ubicada en el sector de La Primavera, municipio de Barbosa.

    8. Martín Emilio Berrío mira a la cámara frente a una de las casas que está al borde del río entre tierra y arena.

    9. Una de las viviendas abandonadas al costado del río Aburrá en el sector de La Primavera, Barbosa.

    10. Varias casas de cuatro pisos con los cimientos en una de las piedras que ayuda a contener el caudal de la quebrada La Iguaná, sector Los Búcaros, barrio El Pesebre.

    11. Bienvenida de la casa de Luz Daza tras una de las constantes inundaciones de su casa, barrio El Pesebre.

    12. Vivienda de Luz Daza con marcas de humedad. Al costado los escombros que usa para subir el nivel del piso de su casa.

    Fotografías: Alejandro Zapata Peña.

     

     

     

     

  • Lazo rosa

     

    Valeria Villamil Cock / valeria.villamil@upb.edu.co

     

    El cabello café ondulado que llegaba hasta los hombros se fue desvaneciendo. Corrían los mechones por el suelo de la habitación. La máquina de afeitar sonaba incesantemente retumbando entre las paredes. Mechones en el suelo, cabeza rapada y una peluca color café eran la nueva realidad. “Crecerá”, repetía Gladys frente al espejo, un tanto viejo y desgastado, que estaba colgado justo al lado de la ventana.

     

    Como un visitante foráneo y sin previo aviso, el cáncer de mama llegó a su vida como una masa irregular en el seno derecho. Segunda semana de enero del 2020, la máquina de rayos X exploraba su cuerpo. 15 de enero, la biopsia. 7:00 am marcaba el reloj, las manecillas se movían coordinadas causando un ligero ruido en el hospital. Sentadas en la sala de espera, 12 mujeres se encontraban en la misma situación, la angustia se reflejaba en su mirada. Llegaron las 11:30 am, 10 nombres fueron llamados a lista, Gladys, fue el sexto. La oncóloga entró y anunció, aquellas mujeres nombradas tenían cáncer.

     

    —¿Cuánto me queda de vida? — preguntó Gladys.

    —El cáncer no es la muerte — respondió la oncóloga.

     

    Entre abrazos y miradas de empatía, la médica explicó con lujo de detalle el camino al cual se iba a embarcar Gladys. Su primera parada, la quimioterapia. Un olor a manzanilla recorrió el lugar, la psicóloga llegó con una aromática. Desconsoladas y con lágrimas recorriendo sus rostros, fueron llamadas de una en una. Con una cálida y compasiva sonrisa, la psicóloga le ofreció un espacio seguro para desahogar lo que sentía.

     

    “No he llorado con la noticia, no pienso hacerlo. Lo afrontaré con calma”, dijo Gladys y siguió: “¿Qué debo hacer primero?”.

     

     

    << El autoexamen de seno es una herramienta preventiva que es necesario conocer y promover.

    Foto: Valeria Villamil Cock.

     

     

    13 de marzo, primera quimioterapia. La sala de espera del Bloque 5 de la Clínica Las Américas no estaba vacía. Los rostros no eran familiares, pero el apoyo se sentía cercano. Tatiana, una enfermera oncóloga, reconoció su rostro en la habitación. La esposa de uno de los cinco hermanos de Gladys, era su prima. Se conocían por relaciones entre familiares, pero no en persona. Al cabo de una corta conversación, con un apretón de manos, Tatiana ofreció su completo apoyo hacia ella.

     

    Sola y sin acompañante, se sentó en una de las sillas vacías que se encontraban en el gran salón frío y silencioso, lleno de máquinas, cables con líquido, enfermeras con su equipo médico, una almohada y cobija en cada sillón, un televisor de unas 24 pulgadas y un baño cerca, por los mareos.

     

    — ¿No tienes acompañante? — preguntó una de las enfermeras presentes en la habitación.

    — Todavía no le he dicho a nadie — respondió Gladys.

    — ¿Entonces vas a estar sola en la sesión? — insistía la enfermera.

    — Tatiana estará conmigo — concluyó Gladys.

     

    A medida que le suministraban la medicación, Gladys, tranquila y optimista le realizaba preguntas a Tatiana sobre el procedimiento, buscaba en qué entretenerse y observaba a su alrededor mujeres y niñas de diversas edades siendo parte de la misma batalla. Por su parte, para Tatiana era complicado realizar dichos procesos y dejar de lado el sentimiento familiar. Anécdotas personales invadían su mente, el hecho de tratar a alguien allegado era un tanto más difícil.

     

    La enfermedad se había manifestado en su familia cercana tiempo atrás. Seis años tenía el primo de Tatiana, diagnosticado con Leucemia. Dulce e inocente, debía combatir una batalla contra la enfermedad, la quimioterapia fue su arma de guerra, luchó con cada una de sus fuerzas y al cabo de un tiempo, venció a la temida enfermedad. Seis meses transcurrieron, las bajas defensas apoderaron su cuerpo. Esa vez sus fuerzas no fueron suficientes para vencerla y en cuestión de un mes se apagó su vida.

     

    “Dios les prestó seis años a sus padres, un anhelado y esperado hijo”, dijo Tatiana. “Fue un proceso muy duro, siempre hubo acompañamiento, pero trabajar con la familia es mucho más complejo”, concluyó.

     

    Desde entonces, aquella vivencia impactó su labor. Día tras día, entre 80 a 120 historias son compartidas con ella. Sueños, planes y “lo que quiero ser cuando grande” son las conversaciones que sostiene con sus “mini pacientes”, como los llama Tatiana. Niños y jóvenes, a los que la enfermedad les ha quitado una pierna o un brazo, una parte que, cuando ganen la batalla, deberán encontrar la forma de vivir como antes y aceptar la pérdida que dejó una marca en sus vidas. Cada que Tatiana finaliza el proceso con un mini paciente, su corazón se arruga un poco más.

     

    Para Tatiana, cada paciente es un mundo. Hay quienes encuentran en la familia su fuerza, quienes necesitan del apoyo de sobrevivientes de la misma batalla. Y hay quienes recurren a Dios. Ver todos los días a pacientes con cáncer es un reto para ella. Pero ser parte de la mejora de sus vidas, es la recompensa para su corazón.

     

    Viernes. Llega a las 7:00 de la mañana y se pone el uniforme de trabajo y camina entre los pasillos del primer y segundo piso, Radio y quimioterapia.

     

    — Buenos días — dice Tatiana.

     

    Organiza las carpetas de los pacientes, comprueba cada uno de los procesos que requieren y comienza su recorrido. Primera estación, pacientes con quimioterapia. Segunda, radio. Aunque solo puede ver los ojos tras las máscaras, Tatiana percibe el ánimo de los pacientes: agotados, pálidos, con calambres y un tanto mareados. Transcurre el tiempo en las sesiones; tres horas y media después, el acompañante, quien estuvo casi todo el tiempo, se acerca a su persona y con palabras de aliento, da por terminada la sesión, algunos aplauden :“lo hiciste muy bien” repiten unos otros.

    Tatiana, antes de marcharse, les brinda toda la libertad para hacer preguntas y les responde cada una, con la misma confianza y seguridad como si fuera la primera. Se despide de cada paciente con el mismo carisma, les hace cumplidos, los aconseja, los escucha y se los encomienda a Dios.

     

    — Nos vemos en 8 días, si Dios quiere — dice Tatiana.

     

    6:00 pm marca el reloj, su turno se acaba. Realiza una ronda por última vez en el primer y segundo piso. Escribe notas de enfermería, completa los registros en la historia clínica, agrega la evolución del paciente, su aplicación de medicamentos y estado y programa su próxima cita. Cuando el día es muy agotador, asiste a uno de los servicios que ofrece la clínica, el psicólogo. Se tocan todos los puntos tratados en el día, la sensibilidad con los pacientes y el sentimiento de fatiga o sinsabor que dejan las historias de sus pacientes. Su día en la clínica termina.

     

    Después de un día de quimioterapia, Tatiana, va a descansar, prepararse para el día siguiente y recobrar la energía que dejó en el lugar. Gladys llega a su casa con múltiples calambres en los dedos de las manos y los pies; las uñas las siente débiles y quebradizas, el dolor en las articulaciones no desaparece, y el sueño y desaliento se apoderan de ella. 8 días después, la sensación y la rutina son las mismas.

     

    Segunda quimio, 20 de marzo. El peso era todavía mayor. Algo solitaria se encontraba batallando Gladys. Nadie era conocedor de su nueva realidad, salvo ella. La enfermedad la estaba desgastando poco a poco, no podía superarlo sola, como pensaba. Después de unos días, el 27 de marzo, mientras toda su familia se encontraba reunida en la casa de su madre, a lo lejos de la habitación se escuchó decir, de boca de Gladys: tengo cáncer de mama.

     

    Por un instante, el tiempo se detuvo, las conversaciones quedaron entrecortadas, las miradas hacia ella fueron sincronizadas. El silencio se apoderó de la habitación y con cara de desconcierto, como una polifonía de voces, los presentes dijeron:

     

    — ¿Cáncer? —

     

    Cada familiar dispuso de un momento a solas, de uno en uno se fueron acercando a ella. A algunos, les resaltaba en sus ojos compasión. Otros, con pálpitos acelerados, hablaban entre ellos. La mayoría, con brazos de acogida rodearon su cuerpo. Las lágrimas brotaron de los ojos, las miradas de tristeza se hicieron notar.

     

    Entre palabras de aliento y compañía, un suspiro le permitió a Gladys tomar un nuevo aire. La carga que llevaba sobre sus hombros se hizo más ligera. Con una esperanza puesta en su rostro en forma sonrisa, Gladys batalló cada día contra el cáncer. En cuestión de nueve meses, su cabello café ondulado brilló nuevamente.

     

  • El francés, un idioma que deja huella en Medellín

    El francés es un idioma que ha tocado la vida de muchos colombianos que alguna vez lo estudiaron en el colegio o para viajar al exterior, también de algunos que nacieron con él. En Medellín, sus promotores lo han hecho una herramienta que contribuye a la construcción de ciudadanía a través del arte, el cine y la música en diferentes barrios, pero también con la inclusión de la comunidad francesa. Es la tarea que ha emprendido la Alianza Francesa en la capital de Antioquia.

     

    Thomas Arango López / thomas.arango@upb.edu.co

     

    “Bonjour, comment ça va ?, Qu’est que vous avez faitez le weekend?”, es lo que se oye cuando empieza la clase al entrar a uno de los salones que tienen el mapa de Francia y fotografías de alguna de sus ciudades. Se enciende el monitor que proyecta en la pared el libro de texto con el cual se trabaja y, luego de haber escuchado la canción algún artista francófono, visualizado el tráiler de una película que tuvo eco en el cine francés o leído el fragmento de un texto que puede ser icono en la voz de Víctor Hugo, se empiezan a socializar los ejercicios pendientes y se abre con la nueva temática que bien puede ser una base gramatical o un sujeto que nos puede hablar de la gastronomía en Lyon.

    Fachada exterior de la alianza francesa sede San Antonio. Por: Alianza Francesa

     

    El francés no solo es uno de los idiomas más populares globalmente, de los más hablados, de los oficiales de la ONU o el que necesitas para trabajar, estudiar o vivir en un país francófono. Es también aquel que tiene. un particular un impacto cultural, desde la literatura, la música, la pintura, la gastronomía y más. Bajo estos principios se orienta la Alianza Francesa, un instituto que impulsa la lengua y la cultura de ese país en el extranjero desde su fundación en París en 1883. En la actualidad tiene más de 1072 sedes, en al menos 135 países, las cuales funcionan bajo un enfoque cultural y lingüístico para los interesados en el idioma francés, involucrando un contexto histórico y académico. En Colombia está presente en al menos 13 ciudades diferentes: Armenia, Bogotá, Barranquilla, Bucaramanga, Cali, Cartagena, Cúcuta, Santa Marta, Manizales, Pereira, Popayán y Medellín. En la capital antioqueña hace vínculo con centros culturales y realiza proyectos en conjunto con otras organizaciones e instituciones para llevar dicho idioma a muchos más curiosos.

     

    La Institución propone continuamente múltiples eventos de interés social ligados al ámbito cultural y aunque no son la única red extranjera en la ciudad, su objetivo es el trabajo en equipo con las otras alianzas francesas del país, la Embajada de Francia en Colombia, institutos de lengua francesa, colegios y universidades que ofrecen el francés o empresas de origen francés cuyos empleados requieren conocimiento de este idioma.

     

    El toque francés

    Invitaciones de la programación cultural. Por: Alianza Francesa

     

    La pandemia que llegó a Colombia en 2020 fue un evento que afectó gravemente los planes de trabajo a nivel cultural y educativo de la Alianza, pero desde los últimos meses de 2021 y el inicio de 2022, los eventos y actividades al interior y exterior de la institución han vuelto para abrir el pensamiento a una nueva cultura.

     

    En Medellín han trabajado con la participación de las personas locales desde el arte y sus diferentes expresiones como muestras de danza y teatro, la proyección de películas de cine francés, mercados gastronómicos para experimentar desde el gusto y otras actividades para promover el idioma como conferencias y clubes de conversación. En especial, dos actividades anuales hacen reconocida a la institución, La Fête de la musique, como celebración internacional que la Alianza acoge con enfoque en la lengua francesa y promueve con diferentes concursos y presentaciones. Y el festival de cine francés, como un evento que promueve las producciones que han tenido eco en escenarios como Cannes o expresan la cultura europea o de la ciudad canadiense de Quebec.

     

    La gestión cultural y artística impacta de manera positiva las zonas y barrios donde la Alianza tiene sus sedes. Un caso puntual, es la de San Antonio, al centro de la ciudad, un entorno marcado por la inseguridad, la violencia, la soledad y demás situaciones negativas. Allí han intervenido con la belleza y los colores de murales artísticos. La institución realiza una programación que estimula la sensibilidad al arte y la cultura, con presencia en eventos como la Fiesta del Libro y la Cultura, festivales escolares y universitarios, en colaboración con espacios como la Cámara de Comercio de Medellín, diferentes sedes de Comfama, el Teatro Metropolitano y parque cultural Otraparte,.

     

    Además, la Alianza cuenta con dos galerías, una de ellas es Oliver Debre, dedicada al arte contemporáneo que existe hace más de 20 años; la segunda es La Otra, con exposiciones más alternativas que desde 2022 han estado dirigidas por Diego Cano, pintor colombiano, y Duván Valderrama, encargado de la parte de difusión. Las fachadas externas del edificio sede de la Alianza han sido intervenidas por artistas extranjeros, francófonos y colombianos, como otra manera de permear el espacio con nuevas ideas. En su última propuesta, tres mujeres son las autoras de la obra sobre las fachadas de la sede en San Antonio.

     

    El francés como lengua deja un impacto, pero la cultura de Francia, su historia y hábitos lo hacen de forma más visible. Entre los estudiantes, un interés importante es la emigración a Francia y Canadá con motivos académicos, laborales o de vivienda. Los libros de texto para enseñanza suelen abrir el espectro a la cultura francófona con sus roles en Europa y el mundo, del mismo modo que su participación en el campo de la investigación y la innovación. Pero es la experiencia de los docentes lo que suma al aprendizaje; los testimonios de profesores locales que vivieron, estudiaron o viajaron a Francia, en compañía de la realidad autentica de los franceses nativos y su vida en los países francófonos, son puntos que animan a perseverar en la lengua.

     

    “Je pense que savoir parler français est un atout dans le monde professionnel. Il y a des millions de personnes francophones dans le monde dans des dizaines de pays. Si votre profession vous amène à voyager ou travailler à l’international, vous serez probablement amené à discuter avec des personnes francophones”.

    “Yo creo que saber hablar francés es una ventaja en el mundo profesional. Hay millones de francófonos en el mundo, en decenas de países. Si su profesión lo lleva a viajar o trabajar internacionalmente, probablemente tendrá que hablar con personas de habla francesa”.

     

    Así lo destaca uno de los docentes, nativo de la ciudad de Toulouse. El aprendizaje de una nueva lengua, sea el francés o alguna otra, permite conocer una nueva cultura, una nueva manera de pensar y promover el sentido crítico.

     

    La comunidad francesa

    Para sorpresa de muchos, la francesa es una comunidad que poco a poco ha crecido y aunque no se ubica en un barrio específico, ni se conocen entre todos ellos, tras la salida de muchos por la pandemia del 2020, han vuelto a ser numerosos y su presencia en entornos turísticos, recreativos y culturales es evidente. Muchos de los nativos franceses han creado sus propios emprendimientos, otros se han empleado en empresas locales y los demás hacen parte de industrias internacionales o trabajan de manera remota. Los franceses se consideran a sí mismos fuertes trabajadores y complementan las dinámicas de trabajo en la ciudad y en el país en general. Ellos mismos destacan cómo cuando un extranjero llega a un nuevo territorio, aporta desde su cultura, su lengua, sus costumbres económicas y tradiciones habituales, mejorando el movimiento local; después de todo, como afirma Margaux Cannamela, gestora cultural de la Alianza Francesa y nativa de la ciudad de París, “No debo imponer algo en el país que no es el mío, el objetivo es trabajar juntos y cooperar para aportar a los valores locales”.

     

    El orgullo de la Alianza Francesa

    Sesión de lectura sinfónica. Por: Alianza francesa

     

    A criterio de los docentes, la Alianza Francesa en Medellín es una de las sedes con mejor calidad académica en el país. La motivación de los aspirantes por el aprendizaje de la lengua francesa es un gran apoyo y la relación previa entre el español y francés al ser ambas lenguas romances, da una mayor facilidad que ayuda a que el instituto no deje de crecer.

     

    Estos testimonios muestran cómo el francés sigue en pie, pero evidentemente hay un cuadro comparativo con la lengua inglesa. El inglés tiene un mayor número de hablantes y, desde una mirada pedagógica, presenta más facilidad en el aprendizaje, hablando de sus condiciones sintácticas y gramaticales, los francoparlantes no lo ven como un verdadero reto. Desde que el francés dejó de ser una lengua enseñada en el sistema educativo colombiano de manera obligatoria, bajó su cantidad de hablantes y adicionalmente, en el contexto global, al inglés ser prioridad, el francés se volvió menos útil. En la actualidad, el inglés tiene un público más general y vale como conocimiento necesario a nivel laboral y académico. Pero, para sorpresa de muchos y orgullo de la Alianza Francesa, en Colombia y Medellín ya se ha convertido en una lengua para un público específico, que no la aprende por obligación; se trata de personas con motivaciones de emigrar, trabajar o hacer estudios superiores en el exterior, ser asistentes de lengua o ser del grupo de apasionados por la cultura francesa a quienes esta les parece interesante, cuentan con tiempo libre para divertirse aprendiéndola y son quienes mantienen vivo el idioma.

     

    “Cette anné l’Alliance Française c’est une alliance vivant”. / “Este año la Alianza Francesa es una alianza viva”, así lo define Margaux Cannamela, al decir que la institución trabajará en temas científicos, culturales e históricos, abriendo puertas en el exterior. Adicionalmente, se ha vinculado al distrito San Ignacio, una alianza de espacios culturales en el Centro de la ciudad y desde febrero de 2022 abrió a más personas la mirada intelectual del francés.

    Se cierran los libros de texto, pregunta el profe de nuevo si hay dudas, se dejan los deberes para las siguientes clases y se muestra la programación cultural de la Alianza y otros eventos próximos. Algunos se paran a hablar con el profe, otros toman sus bolsos y se van. El monitor se apaga. Las luces se hacen tenues. Todo lo que se habla dentro de los cuartos es en francés y al salir de los edificios, los estudiantes no saben si seguir aparentando que son francófonos o volver al español. “A demain” o “Bonne soirée”, terminan diciendo al partir.

  • En la Villa, el freestyle proclama su rey cada semana

    Sara Rodríguez Lopera / sara.rodriguezlo@upb.edu.co

     

    Al occidente de Medellín, los raperos se reúnen para probar su habilidad y miden su fuerza verso a verso.

     

    El hip hop nació el 11 de agosto de 1973, durante una fiesta ubicada en el Bronx de Nueva York. Una crónica de Alberto López en el diario El País relata que a partir de la creación del sonido break (romper, en español) iniciado por el DJ jamaiquino Kool Herc y las rimas de su amigo y maestro de ceremonia Coke La Rock, fue que el rap comenzó a nacer. La llegada del freestyle sería tiempo después. El hip hop es una cultura urbana, una parte de la cual es el rap, el arte de rimar mientras se improvisa.

     

    El freestyle es un tipo de rap de modo libre, en el que no hay una composición previa y las letras son improvisadas. Para Elepz, creador del evento El Rey de la Villa, el freestyle “es liberarse, es soltar lo que sientes sin filtros”, es la puerta que le dio vida, su lugar favorito.

     

    Las batallas de freestyle son “un debate de ideas, una guerra de argumentos”, afirma Elepz, en las que dos o más MC´s (maestros de ceremonia) se enfrentan a base de rimas con un tiempo estipulado, atacando a su contrincante hasta que su tiempo termina. Cabe aclarar que los MC´s hacen rap e improvisan, mientras que los freestylers solo improvisan. La Redbull Batalla de los Gallos, fue el primer evento en hacer una batalla con formato profesional y tuvo lugar en el 2005, en Puerto Rico. El año pasado este evento se celebró el 11 de diciembre en Viña del Mar, Chile.

     

    Medellín tiene un encuentro similar, aunque pocos son los freestylers que realmente saben cómo fue que comenzó el evento conocido como El Rey de la Villa. Algunas suposiciones hablan de “una iniciativa de fomentar el freestyle en la comuna 16” o que “Elepz fue alguien que impulsó a que creciera más el parche de rapear hasta que se volviera una plaza”. Sin embargo, y aunque la segunda hipótesis se acerca a la realidad, la verdad es que fue Bryan Alexander Córdoba López, aka (also known as, que en español significa: mejor conocido como) Elepz, quien le dio vida a la mejor liga callejera de

    Medellín.

     

    Elepz, el gestor de este enuentro de hip – hopers. Foto: Sara Rodríguez

     

    Córdoba tiene 25 años y nació en Medellín, en el sector de Alta Vista. Se dedica a ser freestyler, a componer y a organizar eventos. Actualmente quiere hacer profesionales sus trabajos musicales, intentar avanzar el freestyle en el ámbito regional y continuar estudiando actuación y dirección para cine. Su logro más reciente es haber sido el papel protagónico de la película La ciudad de las Fieras; filme dirigido por Henry Rincón, coproducido por RTVC y premiado en el Miami Film Festival, que se dará a conocer en marzo de este año.

    Elepz comenzó a competir en batallas de freestyle en agosto de 2018 y a finales de 2019 dio comienzo a lo que hoy es El Rey de la Villa. Todo comenzó con La Villa freestyler, un pequeño evento donde varios participantes improvisaban y rapeaban, entre ellos, el mismo Elepz. Sin embargo, este evento se terminó porque “dejaron morir todo, pues, se fueron y ya no había nada ahí”, narra Córdoba, quien a partir de entonces comenzó su propia liga.

     

    El grupo de entusiastas hace todo por sus medios y las redes sociales son claves en ello. Foto Sara Rodríguez.

     

    Freestylers como Emmanuel David Doncel Narro, aka Duhbai, y Luis Miguel Osorio, Aka Osorio, llegaron a El Rey de la Villa gracias a Cuatro Barras, la mejor liga de eventos nacionales en Medellín. En su momento, Cuatro Barras quedaba en el Parque del Amor, al lado de la estación Floresta y un día, cuenta Duhbai, “todos empezaron como ‘ve, que el Rey de la Villa, que el Rey de la Villa’ y me dio mucha curiosidad” y al notar que le quedaba a 20 minutos de su casa, no dejó de ir cada viernes. Osorio, por su parte, asistió a Cuatro Barras en el 2019 y “mucha gente se animó a venir y me dieron moral para venir también y vine”, cuenta.

     

    Las batallas

    Cada viernes, antes de ir al Rey de la Villa, los freestylers se reúnen en torno a un bafle a practicar y entrenar para las batallas ya sea en la Nueva Villa de Aburrá, en el caso de Duhbai, o en Barbosa, en el caso de Osorio.

     

    El encuentro comienza entre las 8:00 y 8:30 de la noche en predios de la Nueva Villa de Aburrá, cerca de la escultura “Los Obreros”, en la cima de una colina llena de árboles. Más o menos una hora antes, los participantes se acercan al Fosfa para inscribirse y pagar 5 mil pesos que cuesta la inscripción, salvo cuando se acerca una fecha importante, como una competencia regional, que el derecho cuesta 6 mil pesos o para una batalla en duplas, en la que el valor es de 14 mil. Muchos freestylers van a las batallas con el dinero justo para los pasajes y mientras van llegando más participantes y el público, piden colaboraciones para recolectar el dinero justo de la inscripción.

     

    “El Fosfa” en sus tareas de registro de participantes y documentación de los encuentros, animados por un “host”. Fotos: Sara Rodríguez.

     

    Con el dinero que se recauda se pagan los premios que, generalmente, son de 100 mil pesos al primer lugar y 50 mil pesos al segundo; además, se paga a los jueces, al host o presentador de las batallas, a los de logística y a los de cámaras. La que recoge el dinero o contadora, se llama Daniela; ni ella ni Elepz se quedan con el dinero de la inscripción. Elepz, por su parte, vende “Merch” con el logo del Rey de la Villa: gorras, hoodies, camisetas, stickers.

     

    Los freestylers se inscriben al evento con su aka, no con su nombre real. El significado de este apodo varía mucho. Por ejemplo, en el caso de Córdoba, su akaElepz, lo creó a partir de las letras L, P y Z que viene del apellido de su madre: López y le colocó las dos “e” para que se viera bonito y sonara mejor. Por su parte, Doncel cree en la ley de la atracción y desea irse a vivir a Dubái en la vejez, por eso su aka es Duhbai. Finalmente, Luis Miguel Osorio, decidió que su sobrenombre sería Osorio porque desde pequeño lo conocen así por

    su padre, en Barbosa.

     

    Hay tres jurados que califican a los participantes para luego elegir al ganador, estos se encuentran sentados en la única banca de cemento que hay en el lugar. Mr. Monkey es el único juez fijo, y se encarga de que los otros dos jurados sigan el cronograma y respeten el método en que se califica. Los otros dos jueces los elige Elepz, con el criterio de que tengan antecedentes de buenos resultados y si se desenvuelven en otras ligas.

     

    Para la calificación hay un sistema de puntaje que va del 1 al 4: 1 punto es una rima estándar, 2 puntos es una rima buena, 3 puntos es una rima demasiado buena y 4 puntos es una rima “brutal”, como lo describe Duhbai. Los puntos, además, tienen en cuenta si se habla de la temática, por cómo se ataque y la respuesta que se dé.

     

    Elepz vs Ney en octavos. Batalla 4×4 con cuatro entradas (temática: libre)

    Video

    Las batallas inician mínimo con 8 personas. Algunas veces, en fases de octavos y cuartos de final el tema es libre, mientras que en semifinales y finales puede que pongan alguna temática como personajes contrapuestos, objetos o elementos. Para rapear, generalmente se usa el formato 4×4, es decir, cada freestyler tiene 4 líneas para atacar o defender (10 segundos por las 4 líneas) y, algunas veces, se usa el formato 2×2, que además de que es más rápido, cada freestyler tiene dos líneas para atacar o defender (5 segundos por las 2 líneas). Otros formatos que existen son:

    8X8: cada freestyler tiene 8 líneas para atacar o defender.

    Kick Back: es cuando el oponente tiene una línea para preguntar y el otro tiene tres líneas para responder.

    Boom Bap: configurado a 90 rpm (revoluciones por minuto) en cada uno de los 10 segundos.

    Double Tempo: configurado a 120 rpm (revoluciones por minuto) en cada uno de los 10 segundos, parecido al trap.

    A capela: rapean sin música.

    Duplas: rapean en pareja.

    Easy Mode: rapean sobre una palabra por 10 segundos.

    Hard Mode: rapean sobre una palabra por 5 segundos.

    Los beats, el instrumental o la pista son sinónimos de lo mismo: un ritmo sobre el cual un freestyler se adapta para improvisar. En el freestyle se trabaja la musicalidad, es decir que no solo se trata de atacar y rapear, sino de que auditivamente sea agradable escucharlo.

     

    Batalla 8×8 con tres entradas. Temática: personajes contrapuestos, luz y oscuridad). Chang mc vs Gafas en octavos

    Video

    Las reglas dentro de las batallas de freestyle son rapear en el tiempo estipulado y no tener contacto físico. “Si se tocan o hablan de manera violenta al punto de que se van a pelear, ambos quedan descalificados”, cuenta Duhbai. Una manera de demostrar que las cosas están bien entre ambos competidores después de una batalla es darse la mano o abrazarse. A pesar de que se toquen temas sensibles durante las batallas, el ambiente de estas es respetuoso y acogedor, pues es abierto tanto a los freestylers novatos, como a los que ya tienen un reconocimiento amplio; además, el respeto a la diferencia y admiración por la misma es algo que se evidencia con Aka Urko, un chico reconocido por su silla de ruedas y por su constante participación en El Rey de la Villa.

     

    El año pasado, el evento fue tan masivo que la Policía lo canceló por no tener los debidos permisos, así que Elepz hizo los trámites ante la Alcaldía para evitar que esto volviera a suceder y además pidió permiso para el uso de micrófonos, pues los freestylers debían forzar bastante su voz para que el público de los alrededores lograra escucharlos.

    El consumo de sustancias psicoactivas ha hecho que la Policía cancele el evento, pues el olor de la marihuana se percibe a metros de distancia y es común que tanto el público como los freestylers tengan un bareto en una mano y una lata de cerveza en la otra; y, aunque el bullicio que emana el evento ha generado malestar en los vecinos, esto nunca ha sido un impedimento para que continúen reuniéndose de nuevo cada viernes.

     

    Entre batalla y batalla, el host grita varias veces: “Este es el rey de la…” y el público responde “¡Villa!”. Cada viernes se proclama un nuevo Rey. Para los novatos hay un evento llamado Herederos al Trono y cada quince días, en el mismo lugar, pero más temprano, se proclama un nuevo heredero.

     

    Pocas son las mujeres que participan rapeando, pues por alguna razón prefieren ser espectadoras. Sin embargo, mujeres freestylers como Pandora, Enigma y Melissa mc han llegado a participar en El Rey de la Villa. Cuenta Elepz que cuando esto ocurre se les agradece mucho y es por ello que le gustaría que el “freestyle se haga más masivo, y así, más gente pueda conocer esto, [ya que] esto lo hacemos con mucho amor, y por el amor que le tenemos, esperamos compartirlo”.

    Los detalles de logísticos, la camaradería, el simple hecho de encontrarse en un gusto común hacen que El Rey de la Villa sea, especialmente, una comunidad. Fotos: Sara Rodríguez.

     

    – *** populismo ya deja de gritar

    Que porque grites el voto no va a cambiar igual

    Yo te vengo a enseñar lo que es rap de verdad

    Pa´que la gente así lo pueda escuchar

     

    -Esto se trata de un buen sonido

    Se trata de dar a la gente un buen contenido

    Sacar a los pollos del nido

    Y mostrar que este medicamento hace rato se pasó y está vencido

     

    – ¡Tieeempo!

     

    Batalla 8×8. Temática: dar o recibir. Melissa mc vs Crackize en octavos

    Video

     

     

  • Bocados de Corea en Medellín

    El viajero y chef Brandon Lee es un joven coreano que sueña con expandir la comida coreana en Colombia gracias a su restaurante Oppa Asado Coreano.

    Miguel Arango Rúa / miguelarangor@upb.edu.co

     

    Corea del Sur y Colombia son dos países separados por 15 mil kilómetros de distancia, pero unidos por la historia. En 1951, en el conflicto que derivó en los dos coreas que hoy existen, el Batallón Colombia hizo presencia para contener el avance de las tropas del norte.

     

    Hoy, más de 50 años después de este acontecimiento, Colombia y Corea del Sur se vuelven a unir, pero esta vez bajo las banderas de la gastronomía y la cultura que lleva consigo Sangmin Lee, más conocido en Medellín como Brandon, un viajero que encontró en la capital antioqueña un lugar para echar raíces y fundar su restaurante coreano: Oppa Asado.

     

    Foto: Miguel Arango Rúa. Brandon Lee decidió fundar su restaurante luego de recorrer más de 60 países.

     

    De mochilero a cocinero

    Brandon Lee nació y creció en la ciudad surcoreana de Chuncheon, en una familia con una difícil situación económica, que llevó a sus miembros a separarse. Por eso, Lee describe su infancia como un periodo de independencia, de explorar y pasar tiempo fuera de casa.

     

    Sin embargo, su adolescencia fue muy diferente. “La mayoría fue estudio. Mi último año de colegio iba a clase casi 360 días. Había ‘vacaciones’, pero también clases opcionales que se volvían obligatorias”, comentó Lee, en referencia a la alta exigencia del sistema escolar de Corea del Sur.

     

    El profesor Hyunsu Hwang, comenta en un artículo sus 20 años de experiencia docente y afirma que los estudiantes del país asiático pueden pasar entre 13 y 15 horas diarias en el colegio y llegan a sus hogares pasadas las 10 de la noche. Los índices de suicidio también reflejan esta situación: en 2019 el índice fue de 28,6 por cada 100.000 habitantes, según informes de la OCDE, una de las tasas más altas del mundo.

     

    Una vez graduado de secundaria, Brandon viajó a Seúl para estudiar Negocios Internacionales en la Universidad Kyung Hee. La decisión de inscribirse en esa carrera estuvo influenciada por su deseo de tener estabilidad financiera, además de la posibilidad de intercambio con otras culturas, a la medida de la afinidad de Lee con la cultura de Estados Unidos y la música, su otra gran pasión, aparte de la gastronomía.

     

    Luego de terminar la universidad y trabajar por un tiempo, Brandon Lee decidió salir a explorar el mundo. En casi dos años de mochilero recorrió Europa, Asia, Estados Unidos y Sudamérica. Conoció a Colombia y, al llegar a Medellín, sintió la mordedura del agotamiento: “Todo llegó al mismo tiempo. Estaba cansado, pero no quería regresar a mi país. En ese momento estaba en Colombia. Me gusta el país y la ciudad, me llamó la atención el ambiente y la gente, sobre todo comparado con la cultura de Corea”, relató.

     

    Durante su estancia en Medellín, el surcoreano fue acogido por una pareja de abogados para los cuales cocinaba y que le dieron la idea de abrir un restaurante. Interesado en comenzar una vida en la capital antioqueña y en expandir la cultura coreana en Colombia, Brandon reunió sus ahorros y comenzó las gestiones para abrir su negocio. Además, consciente de que su nombre de Sangmin era difícil de pronunciar para los paisas, Lee adoptó el apodo de Brandon a manera de broma, para que hiciera juego con su apellido al recordar al famoso actor, hijo de la leyenda de las artes marciales y el cine, Bruce Lee.

     

    Una embajada gastronómica en Medellín

    El primer paso para fundar Oppa fue entrenar durante más de un año y perfeccionar la preparación de los platillos coreanos tradicionales que había heredado de su madre, una chef profesional. Luego vinieron los trámites legales. Al ser extranjero, Lee se chocó en varias oportunidades con las barreras de la burocracia colombiana. Le tomó trabajo encontrar un local, no tenía fiador que lo respaldara y el contratista con el que había pactado adecuar el local lo estafó.

     

    Y es que montar un negocio en Colombia no es fácil. De acuerdo con el reporte de 2019 del Global Entrepeneurship Monitor (GEM), el país cuenta con bajos índices en infraestructura legal y comercial (4,3 puntos de un promedio global de 4,9), dinámica del mercado interno (4,2 de un promedio mundial de 5,2) y transferencia de investigación y desarrollo (3,3 puntos, comparado con un promedio global de 4).

     

    Los obstáculos, sin embargo, no desanimaron a Lee. Por el contrario, lo motivaron. Fue así como el 23 de octubre de 2017, Oppa Asado Coreano, ubicado cerca al Primer Parque de Laureles, le abrió sus puertas al público. “Estaba muy nervioso porque nunca había cocinado para intercambiar dinero. Debía cocinar con la misma calidad y velocidad. Si lo pienso, fue exitosa la inauguración. Cuando abrimos a las siete de la noche ya había fila para entrar”, recordó Lee.

    Foto: cortesía de Brandon Lee. El restaurante tomó el nombre de la palabra coreana Oppa, que se utiliza en aquel país para referirse a un hombre mayor.

     

    Inicialmente, el menú del restaurante solo contaba con un plato: el bulgogi, hecho con ternera y salsa de soya, y que guarda una relación especial con Brandon, pues este es el platillo usado en Corea para festejar algún acontecimiento. Con el tiempo, y a medida que los clientes pedían más variedad, Lee añadió opciones como rollos coreanos, ramen y costillas.

     

    Pero todo cambió con la llegada de la pandemia. La cuarentena hizo que Oppa Rollo Coreano, una extensión del restaurante que Brandon había fundado en el barrio Provenza, se fuera a la quiebra. Además, en marzo de 2020, Oppa Asado fue víctima de un atraco. En aquel momento, Brandon pensó en decirle adiós a su sueño de traer la gastronomía coreana a Medellín. “Ahí me rendí. La razón por la que seguí fue por mis trabajadores, ellos me motivaron a continuar”, comentó el coreano, quien decidió seguir adelante a pesar del robo y de una larga cuarentena, a la cual logró sobrevivir gracias a los domicilios y al apoyo de los fieles clientes de Oppa, quienes llegaron a crear una página en Facebook para recaudar fondos.

     

    Además, durante los momentos más agudos de la pandemia, Oppa repartió almuerzos en hospitales. Después, con el final de las cuarentenas, llegó un nuevo periodo de crecimiento para el joven asiático, quien, en agosto de 2021, fundó Oppa Helado Coreano, un nuevo local donde se prepara el bingsu, el helado tradicional coreano de textura fina como la nieve.

     

    Un futuro lleno de comida y música

    En los cinco años que lleva en Medellín, Brandon no ha parado de soñar. “Quiero ser la primera franquicia de comida coreana en Colombia. Quiero que la gente, cuando vea Oppa, lo reconozca inmediatamente y que cada sede tenga su especialidad. Mi sueño es que la gente confíe en la marca, que piensen en comida coreana y piensen en Oppa”, declaró.

     

    Foto: cortesía de Brandon Lee. “La gente usa marcas coreanas, pero no lo saben. Me incentiva que más gente conozca más de mi país”, declaró Brandon.

     

    Aunque no hay muchas cifras al respecto, La Barra, revista colombiana de cocina, estimó hace más de diez años que el segmento de comida asiática contaba con uno de los porcentajes de consumidores más altos del mercado, con 64 %. En 2018, la publicación confirmaría esta tendencia de crecimiento, gracias a más de 100 locales orientales en Colombia, nacionales y extranjeros. Y el número crece constantemente, por lo que puede verse al recorrer focos de la gastronomía en Medellín como Provenza o Laureles.

     

    Los planes del joven emprendedor, sin embargo, no solo están reducidos a la gastronomía. En su futuro, la música también es un ingrediente principal. A finales de 2021 Brandon lanzó su proyecto musical, donde canta al son de ritmos colombianos.

     

    A pesar de todas las barreras que tuvo que superar, Lee persiste en ser el puente entre dos culturas, mediante lazos forjados a través de la comida. “Generé amistad con los clientes, a los cuales llamo amigos de Oppa. Son muy buena gente, apoyan mucho el local. Si pienso desde el primer día, el restaurante ha mejorado en cantidad y calidad de platos. Cada año lo que quiero es avanzar”, resumió Lee, cuyo emprendimiento le dejó a Medellín un pedacito de Corea.

     

    ¿Qué fue precisamente lo que a Lee le gustó de Colombia? ¿Qué opina de la gastronomía colombiana? Escúchelo en sus palabras en el siguiente podcast:

     

  • Contar una comuna, narrar una ciudad. Vivir en El Poblado

     

    Si se define en una palabra el primer periódico barrial y gratuito de Colombia, sin duda sería: ‘Comunidad’. En sus 30 años Vivir en El Poblado sigue divulgando cultura, arte y sociedad.

    Su archivo histórico reposa hoy en la biblioteca de la Universidad Pontificia Bolivariana.

     

    Por Alejandro Zapata Peña / alejandro.zapatap@upb.edu.co

     

    Después de dejar listos a los niños para ir al colegio, Verónica Arbeláez levanta junto al borde de su puerta un periódico que en su portada lleva el óleo en marfil de Don Juan del Corral. Por más de 30 años Vivir en El Poblado ha pasado por debajo de las puertas de condominios, unidades residenciales, edificios y casas de la comuna 14 de Medellín.

     

    Verónica es ama de casa, pero antes de hacer los oficios del hogar no puede soltar las páginas de la última edición del periódico. Lo lleva leyendo desde que salió a circular por las calles del barrio. Conocer la vida de otras personas de su comuna, que quizá pueden ser vecinos, es lo que más le place ver de las páginas. Recuerda con una apacible sonrisa el emprendimiento de Matías Londoño, un joven discapacitado que con la invención de un triciclo para personas con movilidad reducida aboga por la calidad de vida de esta población.

     

    Para ella, el hecho de que un medio de comunicación se enfoque en los personajes y actores que no son reconocidos en su barrio pero que impactan considerablemente con su emprendimiento, arte y vocación, es darse un respiro frente al sinfín de contenidos noticiosos del día a día.

    Vivir en El Poblado: el relato de un barrio que se proyecta sobre la ciudad. Foto: Alejandro Zapata.

     

    Siempre hay un principio

    Vivir en El Poblado, desde su surgimiento en noviembre 8 de 1990, ahonda en el sentido barrial y los compromisos que circundan sobre la idea de apropiarse del territorio. Secciones como protagonistas del barrio, nuevas obras públicas, recetarios, perfiles, opinión, eventos culturales que abarcan desde bazares en un parque hasta eventos de piano y rock son las piezas que unen el sentido de comunidad y comunicación en una de las 16 comunas de la ciudad.

     

    Nace como el revés de la moneda, como el articulador de contenidos que no tiene enfoque regional o nacional pero que muestran las dinámicas de un sector como lo es El Poblado. Surgió como el primer periódico barrial que se edita en Colombia y desde sus inicios procura y sigue consolidando su principal objetivo: el enriquecimiento cultural de la comunidad.

     

    Todos estos pensamientos empezaron a florecer en la familia Posada Aristizábal, en especial con Julio César (Fundador del periódico), el quinto hermano entre cuatro hombres y dos mujeres de los cuales muchos fueron ingenieros menos él. Julio empezó a preguntarse por sus cercanías y el lugar donde habitaba, incógnitas como: ¿por qué estamos más enterados de lo que pasa en otros países y no de lo que ocurre afuera de mi casa o de mi edificio?, ¿qué pasa en la cuadra del lado? Empezaron a meterse en la cabeza de Julio César. Culminó su carrera de Comunicación Social-Periodismo en la Universidad Pontificia Bolivariana y junto a su hermano Manuel José que terminaba Administración emprendieron un camino que hasta el momento ha demarcado la agenda informativa de toda una comuna.

     

    Entre sacrificios y carcajadas, su hermana, María Eugenia Posada, lo recuerda: “Julio al principio hacía de todo en la primera sede, en una casa de un amigo. Hacía los papeles, ilustraba, hacía pautas, redactaba, diagramaba. Junto con mi hermano menor (Manuel José) se decía ‘Soyla’… soy la que barre, soy la que trapea… que quién trabaja allá: pues ‘Soyla’”.

     

    Frente al miedo, reposemos con poesía

    Entre los años 80 y 90 El Poblado inicia su etapa de expansión urbanística. Edificios, conjuntos residenciales, carreteras y transversales se empiezan a apropiar de las mil cuatrocientas hectáreas equivalentes al 38 % de la ciudad. “De golpe esto se empezó a poblar y no había elementos de comunidad de fondo. No había la posibilidad de conversar y dialogar lo que se percibía dentro del barrio”, recalca María Eugenia.

     

    Para Julio César esos interrogantes se volvieron señales que atisbaban el principio de un nuevo medio de comunicación. Claro está, sin esquivar las inclemencias que respiraba Medellín por aquellos tiempos: violencia en su estado más auténtico.

     

    Mientas que en el aroma de la ciudad y del barrio se respiraba miedo y se preguntaba por quién es el otro y que no me haga daño, Julio pensaba en traer las ideas norteamericanas de periódicos sectoriales que desviaran, aunque fuera por un momento del día la concepción del narcotráfico y sicariato en la ciudad.

     

    ¿Cómo? A través de la cultura, como lo ha defendido María Eugenia, que estuvo de la mano con Julio. “¿Con qué elemento ser aglutinantes para una comunidad? El arte se convirtió en esa pieza clave. El acceso a la cultura no como un lujo sino como una representación clara de lo que vemos. No era simplemente un periódico cultural; era una construcción, buscar puntos de unión, de encuentro”.

     

    Julio César después del almuerzo reposaba con poesía. Junto a su mamá y su hermano proclamaban versos de autores colombianos de finales del siglo XIX y principios del siglo XX. Entre literatura, poesía y comics Julio aprendió a verle el costado amable a una ciudad que lo necesitaba.

     

    Empezó el auge de Vivir en El Poblado, con gran a cogida y momentos en los que más de 43.000 ejemplares circulaban por las calles de la comuna 14. Sus grandes aliados como el Museo de Arte Moderno de Medellín, Museo de Antioquia distribuían el periódico con una amplia variedad de temáticas: Cultura, gastronomía, tráfico, opinión, personajes del barrio, obras de arte y un poquito más…

     

    El periódico ha rotado sus periodistas y maquinaria por más de 4 sedes dentro de El Poblado: entre Vizcaya, la 37, el antiguo edificio Niágara (por el parque Lleras) y actualmente al costado de Ciudad del Río. Merecedor de múltiples premios, el periódico fue tomando renombre no solo en la comuna sino en la ciudad y el país.

     

    Hablemos de otras cosas, volteemos la moneda

     

    << Las primeras portadas de Vivir en El Poblado, con rasgos gráficos de la tradición de publicaciones periódicas que tiene Medellín. Foto: Alejandro Zapata

     

    Seleccionando algunas ediciones históricas del periódico estaba Berta Lucía Gutiérrez, directora de Vivir en El Poblado, junto a ella, periodistas, diseñadores y fotógrafos compartían la mesa en la que preparan la edición 818 y el especial Portadas 30 años de Vivir en El Poblado. No perdía tiempo. Las miradas se quedaban en los computadores; unos buscando información sobre los principales artistas antioqueños y otros, las fotografías de las portadas. Desde hace 15 años los museos, obras y exposiciones aparecen como el moño de regalo de las portadas del periódico. Artistas como Débora Arango, Fernando Botero y Pedro Nel Gómez abrazan el estilo artístico y cultural del medio.

     

    Hoy la sede del periódico se encuentra a unos pasos de Ciudad del Río. No trabajan más de 10 personas, tienen que manejar la diagramación, las notas periodísticas, redes sociales y página web, aunque pareciera que detrás de Vivir en El Poblado hubiera un centenar de personas. El espacio es corto, pero para captar la atención de una comuna a veces solo se necesita una mesa redonda, varios computadores y el empeño de escribir sobre la cultura, las necesidades y las soluciones de un territorio.

     

    “Estar con la gente. Eso es lo que más he explorado de mi carrera, es el origen del periodismo”. Con una voz exaltada y sus ojos abiertos de punta en punta, Tatiana Rojas, periodista de Vivir en El Poblado desde hace un año cree en los contenidos que rescatan y revitalizan el día a día de un barrio.

     

    Rojas apuesta por el otro lado de la moneda, cree que los temas de un país o de un departamento deben nutrirse de la colectividad. “Empezar a identificar otras necesidades que tienen las personas y que uno las va olvidando del radar. No solo se trata de informar de economía, salud sino de cómo vive la salud un territorio en específico. Las necesidades que viven en Ciudad del Río no son las mismas de las que viven en la Loma del Tesoro”.

     

    La misma comunidad le suscitó a Tatiana interesarse por una de las ramas más distintivas del medio: lo ambiental. Se encuentra estudiando un diplomado en Periodismo Ambiental y recuerda con una sonrisa lo controversial que le parece haberse interesado por narrativas medioambientales. A Tatiana le llegó una fotografía de un avistamiento de una guagua cerca de la Universidad Eafit, quedó atónita a pesar de que sabía que el roedor había sido previamente registrado por el Área Metropolitana (Entidad reguladora ambiental), pero la imagen le despertó dudas y después de hablar con expertos de fauna constató que era falsa. “Con la comunidad uno también aprende a forjar su carácter para enfrentarse a las noticias del día a día”, cuenta.

     

    A lo ambiental se le suma la multiplicidad de contenido gastronómico que nació como una idea de motivar el encuentro. “En los 90, en medio de una ciudad que estaba encerrada, la gente no salía de las casas. El objetivo con el periódico fue y siempre ha sido decirle a la gente que en El Poblado hay restaurantes, obras de teatro, galerías a las cuales hay que volver y motivar el diálogo”, anota Berta Gutiérrez, quien resalta la creación de la revista Vivir con sazón que empezó a principios de 2021 de la mano con la reactivación económica. Lleva tres ediciones en las que abordan tópicos como los restaurantes con huerta, carne sostenible y cocina de campo.

     

    ¿Mejor, por qué no solucionamos?

    Lo que no mata engorda y la pandemia sirvió para que la página web de Vivir en El Poblado recibiera más de 4 millones de visitas. El encierro por la Covid-19 se asemeja a los toques de queda de finales del siglo pasado, pero la pandemia y los toques de queda no comparan con un bajón del periódico en 2017.

     

    Después de luchar por varios años contra el cáncer, Julio César Posada muere en marzo de 2010. Sus hermanos quedaron a cargo, sin embargo, para el 2016 Manuel y Marta desisten del proyecto y María Eugenia tomó las riendas del periódico. Sin embargo, el trabajo se hace difícil y en 2017 María Eugenia piensa cerrar el periódico, pero Fernando Ojalvo, exdirectivo de Sura, propone nuevos miembros y el medio vuelve a alzar sus ideas.

     

    Entre dificultades y el periodismo de soluciones han estado bandeándose las opciones de Vivir en El Poblado. “También hacemos un periodismo que no solo se queda en la denuncia, sino que es un periodismo que, cuando hay que hacer las denuncias las hace, pero no se queda solamente ahí, sino que investiga todo el contexto y además propone soluciones”, recalca Berta Gutiérrez que profundiza en la igualdad de importancia de contenidos.

     

    Como si fuera la capitana de un velero que navega por mareas difusas, Berta destaca la diversidad de temas como pilar del medio: “Todos los temas son válidos y hay que saberlos abordar. Algunos periodistas piensan que hay temas duros y temas blandos… para nosotros ni la cultura, ni la gastronomía, ni las comunidades, ni las fundaciones, que hacen su trabajo calladito, son temas blandos o menos importantes. Eso enmarca a Vivir en El Poblado”.

     

    Y esa misma filosofía ha llevado a que el periódico mantenga su gratuidad por más de 30 años. En la actualidad Nicolás Muñoz, gerente general del periódico, puntualiza en que el medio impacta alrededor de 180 000 personas en la comuna y siete es la cantidad de lectores que alcanza a tener un ejemplar del medio impreso.

     

    El fondo documental de Vivir en El Poblado fue donado para custodia a la biblioteca central de la UPB en Medellín. Foto: Alejandro Zapata.

     

    Cultivo y recuerdos en la biblioteca

    Desde la idea de Alberto Posada (padre de Julio César) de conservar cada edición del periódico se pensó en guardar la memoria del primer periódico barrial en un lugar significativo para la familia. Por eso la Universidad Pontificia Bolivariana, que es el alma máter de la familia Posada Aristizábal, fue la institución a la que María Eugenia donó el 22 de septiembre el archivo que contiene las primeras ediciones y varias de los tomos más recientes del medio de comunicación.

     

    Nueve cajas con las primeras ediciones del periódico, que circularon a partir de noviembre de 1990 con 11 000 ejemplares, y otros 38 tomos componen el archivo histórico que donó la familia entre las que se hallan varios ‘hijitos’ del medio como Vivir en Medellín, Vivir en Envigado y Centrópolis.

     

    Este material estará dispuesto para toda la comunidad educativa y también para consultas externas ya sea de manera física o presencial. A Cristina Ocampo, mediadora social de la comuna le han sido vitales varias de estas ediciones del periódico porque “la mejor forma de ejercer mi rol es comenzando por el reconocimiento del territorio y encontrar un periódico en el que puedo conocer los barrios de la comuna, sus historias y un poco más, me permite aterrizar, empaparme y poder hacer un mejor relacionamiento con la memoria”.

     

    “Desde la Universidad es muy importante y estamos muy contentos de hacer parte de la conservación de Vivir en El Poblado, un periódico que sabemos que le va a servir, va a ser útil y necesario a alguien dentro del campus, sobre todo porque viene de la familia”, resaltó Paola Vélez, Coordinadora de Colecciones Patrimoniales de la Biblioteca Central de la UPB.

     

    Así es como Vivir en El Poblado contagia su público; a partir de recetas, de aceras, de vías e infraestructura, de las historias y aromas de sus personajes, esas que los medios tradicionales olvidan. El valor de apropiarse de la palabra y levantar aquellas voces borradas por la cotidianidad son el reto y el día a día de un periódico que no solo habita y respira la ciudad, sino que nació para quedarse y Vivir en El Poblado.

     

     

     

     

     

  • Medellín, la gran fábrica de hits decembrinos

    Simmon David Ayala Mosquera y Valentina Giraldo Restrepo

     

    No es ninguna mentira cuando en Olímpica Stereo dicen que desde septiembre se siente que viene diciembre, pues parece que en los últimos tres meses del año, al menos en esta ciudad, no suena nada diferente a los grandes hits de Discos Fuentes.

     

    Por estos días bailamos Limoncito con ron de Rodolfo y Los Hispanos, mientras sacamos del polvo las lucecitas

    navideñas. Recorremos El Hueco en búsqueda del aguinaldo, mientras en todas las esquinas suena Pastor López y El Ausente. Pedimos el raspao’ de la olla natillera, mientras al fondo el bafle retumba al ritmo de La Yerbita de Los Corraleros.

     

    Y lo que, tal vez, usted y yo no imaginamos es que Medellín fue la responsable de ponernos a bailar en diciembre. Para mediados del siglo pasado, esta ciudad ya estaba montada como el centro industrial de Colombia; las textileras marcaban la parada y, junto con ellas, abrieron su camino las grandes disqueras. De Sonolux a Codiscos, pasando por Discos Victoria, la capital antioqueña y su auge económico empezaron a alojar a la industria musical y sus grandes intérpretes.

     

    Medellín fue un imán de grandes personalidades, pero también recibió década tras década, a la gente del campo que huía de la violencia o que empezaba a buscar una vida más allá de las cosechas. Ese tránsito cultural de la montaña a la ciudad, encontró en la industria fonográfica un espacio para transformar exitosamente la música y la parranda.

     

    Toño y sus Discos Fuentes

    Antonio Fuentes dejó su natal Cartagena para traerse su estudio a Medellín, casi que por amor, pues fue en esta tierra que conoció a Margarita Estrada, la mujer antioqueña con que se casó y que después de 20 años de matrimonio se lo trajo a él y su Discos Fuentes en la maleta, bajo el argumento de que el clima y la electricidad de acá funcionaban mejor.

     

    Dicen que a Toño le gustaba más fumar que comer, que su debilidad eran las mujeres y que podía pasar horas y horas encerrado en una cabina, en la cual podía faltar todo, menos el whisky. El barrio Colón, en el centro de Medellín, fue el destino elegido por Margarita y su esposo para abrir la disquera en 1954. En los sesenta se instalaron en Guayabal y por las puertas de esa gran edificación, vendida a Leonisa hace seis años, desfilaron las grandes estrellas de la música tropical de este país.

     

    Entonces, uno no se esperaría que Los Sabanales, La Burrita o Hace un mes de los Corraleros de Majagual, canciones de un sonido así, tal cual, muy sabanero, fueron grabadas en un valle rodeado de montañas. Y ese solo fue un caso entre decenas, pues desde la Costa Caribe llegaban Álvaro José Arroyo y Anibal Velásquez con su acordeón, de Venezuela aterrizaba Pastor López y de Cali venía a grabar Wilson Saoko con Fruko y sus Tesos.

     

    Artistas y agrupaciones de todos los rincones de Colombia encontraron en Medellín una fábrica de puros éxitos.

    En 1961 Toño y sus hijos sacaron un acetato que revolucionó las navidades para siempre. Los 14 Cañonazos Bailables no fueron más que el fruto del ingenio del cartagenero para acomodar en un elepé 14 canciones: siete por un lado, siete por el otro. Cuando, normalmente, solo cabían seis y seis. Pero la novedad no llegó hasta ahí, ese disco no contenía música de un solo artista o agrupación, sino de varias. Fue a partir de ese momento que la colección de los 14 grandes éxitos tropicales se situó en la lista de los elementos imprescindibles de cada diciembre junto a la natilla, el arbolito, el olor a leña y el traído.

    Video

    Recorrido por la planta de Discos Fuentes en Medellín, 1966. Archivo Señal Memoria – RTVC, sistema de medios públicos.

     

    Los Éxitos de Pedro

    A Pedro Muriel hay que llamarlo después de las diez de la mañana porque no le gusta madrugar. Con las 34 navidades que trasnochó y se levantó con la cobija pegada a la espalda a grabar la nómina de artistas de Discos Fuentes, fue más que suficiente.

     

    Si usted vive en Colombia, es más que seguro que alguna vez ha escuchado ese nombre, que lo recuerde o sepa quién es, ya es otra cosa. El sujeto que Los Chiches Vallenatos tanto mencionaban en sus canciones de la mano de un inconfundible efecto de eco es nada más y nada menos que el hombre que estuvo en una cabina cocinando hits como Rebelión, El santo cachón, Cariñito sin mí y Tabaco y ron, la lista sigue y sigue, al punto de que si usted sintoniza una emisora tropical como Olímpica o Estrella Estéreo, bajita la mano, programan diez temas con el sello del ingeniero de sonido, Pedro Muriel.

     

    La carrera en la música de Pedro empezó con una orquesta llamada Los Éxitos, tal vez, como un augurio de lo que le esperaría años después. Era el percusionista y el tema más recordado de la agrupación es Navidad de los pobres. Mientras frecuentaba los estudios de Fuentes como corista, se hizo amigo de Mario “Pachanga” Rincón el grabador de esa época y, debido a su interés por la ingeniería electrónica, termino reemplazándolo cuando este renunció.

    “En esos años se dormía poquito”, recuerda Pedro entre risas, pues el agite de los diciembres y el anhelo de los artistas por sacar sus producciones en temporada caliente, los obligaba a trasnochar hasta que el sonido fuera perfecto, porque eso sí, Muriel se tomaba su tiempo para cumplir con las exigencias de su prodigioso oído y, no en vano, los músicos lo esperaban hasta que tuviera agenda libre, porque todos querían grabar con él.

    El trabajo siempre era agotador, pero algo tiene la música tropical que, por más cansado que estuviera, uno ahí mismo se levantaba.

    Y si bien un gran porcentaje del reconocimiento es para los cantantes y sus orquestas, nada sería posible sin esos personajes que solo aparecen en los créditos de los álbumes o en uno que otro saludo, pero que siempre están a la sombra de las grandes obras musicales.

     

    Probablemente, ese fue el escenario perfecto para que hace unos años David Cuadros y su acordeonero, dos tipos del norte del país, se aprovecharan de que pocos sabían quién era Pedro Muriel y que bastante sonaba su nombre en las canciones vallenatas y, así pues, se fueron de gira al sur del continente con el cuento de que el vocalista era el mismísimo Pedro Muriel y forjaron una exitosa carrera en Paraguay donde al día de hoy siguen interpretando, exclusivamente, las canciones donde es saludado el ingeniero de sonido: el antioqueño, el que ni por error ha sido cantante, ni ha dado su primer concierto.

     

    Si lo anterior es sorprendente, aun más increíble es que Muriel responda ante la pregunta de cómo tomó la noticia de este par de estafadores que lo suplantan hasta en entrevistas:

    Ah, ellos son muy amigos míos, hasta les he grabado. Yo qué me iba a poner a pelear ahí, al menos hicieron famoso mi nombre en Paraguay.

    El revolucionario Mono Buitrago

     

    Desde allá en Ciénaga, Magdalena, bien lejos del interior del país, Guillermo Buitrago, un tumbalocas rubio, flaco y de ojos azules, que vendía pólvora, tocaba guitarra y vivió unos escasos veintinueve años, sin saberlo, determinó la forma en que paisas y boyacenses comenzarían a hacer, respectivamente, música de parranda y carranga.

     

    Las letras de Escalona, Emilianito Zuleta y otros grandes compositores del Magdalena Grande, fueron sacadas del anonimato gracias a Buitrago. Él y el samario Julio Bovea, fundador de Bovea y sus vallenatos, cambiaron los acordeones por las cuerdas y popularizaron en el resto del país la historia de cuando Lorenzo Morales no quiso parar en Urumita o cuando Rafael Escalona se fue a estudiar al Liceo Celedón.

     

    Guillermo Buitrago. Una colorzación de una imagen original de diebo Montoya. Lic. Creative Commons. >>

     

     

    Jaime Monsalve, jefe musical de la Radio Nacional de Colombia, cuenta que el sonido parrandero paisa existe en gran parte a las aportaciones de Bovea y Buitrago. En el interior adaptamos los sonidos de la guitarra a nuestro estilo, le pusimos un sello picante y así como en el Caribe, también decidimos contar historias, de temáticas bastante diferentes, pero historias al fin y al cabo.

     

    No fue Diomedes Diaz nuestro primer gran rockstar colombiano, fue Guillermo Buitrago. El tipo era en sí un verdadero mito, sus días estuvieron marcados por cuentos fantásticos, tan propios del realismo mágico característico de su tierra. Unos dicen que lo envenenaron, otros que “murió de amor” — producto de una sífilis — y desde tuberculosis hasta cirrosis, le fueron achacadas al joven Buitrago, que así como cinco de sus siete hermanos, murió antes de los treinta años.

     

    Hay quienes aseguran que si el Mono hubiese vivido unos años más, la música vallenata, se llamaría música cienaguera, pues en los cuarenta le dio vida al género, fue su gran difusor y quien la bautizó, ya que para esos días era conocida como música del Magdalena Grande.

     

    Muchas de sus interpretaciones, trascendieron al repertorio parrandero antioqueño de la mano de agrupaciones como Los 50 de Joselito. Guillermo también fue compositor, pero la historia ha sido confusa respecto a qué compuso en realidad. El caso más particular es, tal vez, El Grito vagabundo. Son dos las versiones conocidas del origen de esta canción; la primera y más difundida, es que él mismo la compuso como una expresión de rebeldía y manifestación de su afinidad política hacia el liberalismo. Historiadores y periodistas aseguran que el grito que Buitrago quería pegar era: ¡Qué viva el Partido Liberal!

     

    En contraposición está la versión reconocida por Discos Fuentes que indica que el tema es de autoría de Buenaventura Díaz y es el clamor de una penosa enfermedad que terminó por desfigurar gran parte de su rostro, generando en él una profunda pena por no poder encontrar el amor debido a su terrorífico aspecto. Todo apunta a que ese fue el verdadero grito vagabundo.

     

    No es lo mismo una pelota negra, que una negra empelota

    Gildardo Montoya. Radio Nacional de Colombia. Señal Memoria – RTVC. Sistema de Medios Públicos.

     

    Desde los cafetales de Támesis hasta Medellín llegó Gildardo Montoya, pregonando en la antigua Plaza de Guayaquil y alcanzando el éxito con sus atrevidas letras musicales. Muerto a sus 37 años en un accidente mientras iba en una motocicleta, su corta vida dejó un legado de letras que hasta hoy sonrojan y sacan risas traviesas.

     

    Él, como muchos de los cantantes y compositores parranderos, se dedicó a escribir letras que no dejaban nada a la imaginación o, por el contrario, lo dejaban todo. La parrandera para los años 60 y 70 ya era parte del ambiente cultural de Medellín, se escuchaba en la radio de cada esquina, se bailaba en cada salón de eventos y se exportaba a cada tienda de discos de la región.

     

    No es de extrañarse que, así como se hablaba de amor, desamor, fiesta y tradición, la música de los campesinos que llegaban a la ciudad tuviera la picardía propia de su cultura. El humor, el absurdo y la exageración eran propios del paisa y de sus letras, que buscaban hablar de lo cercano y lo cotidiano, pues los ritmos eran ante todo un punto de encuentro.

     

    El contenido sexual explícito estaba fuera de los límites, no porque no se grabara, sino que se hacía de forma extraoficial: no se escuchaba en la radio y se vendía sin información del sello, pero se vendía. León Felipe Duque, periodista e investigador musical, cuenta que los músicos estaban frente a una sociedad conservadora y altamente religiosa, que prohibía cualquier vicio fuera de los lineamientos de la Iglesia (como el sexo y la promiscuidad). Entonces, ante la hipocresía de quienes querían bailar pegadito los sábados pero rezar ante el sagrario los domingos, los artistas — algo rebeldes — aprovecharon su ingenio para añadirle el picante necesario a sus canciones sin pasar los límites de lo que a la luz del día se consideraba bueno; con frases sin terminar, rimas y chistes, el doble sentido se volvió poco a poco insignia de la música parrandera.

     

    Claro, la persecución no se hizo esperar. La Curia empezó a vetar canciones a diestra y siniestra, con fuerza censuraba a los oídos de todo fiel creyente con valores las letras de Se me paró el Reloj, La Gota o El ratón. Aún así, Duque en su trabajo El mes de la parranda cuenta que artistas como Joaquín Bedoya, hablaban de que ese intento por censurarlos terminaba siendo un beneficio porque “…los discos prohibidos se vendían más”. Entre otras cosas, la defensa de estos artistas contaba con más picardía todavía, pues Agustín o Joaquín Bedoya le hacían frente a los comentarios diciendo con propiedad y malicia paisa que la canción no era lo fuerte, lo que pasa es que los demás somos muy malpensados. Un argumento, entre otras cosas, irrefutable.

     

    Los parranderos olvidados

    Entre tantas curiosidades, queda entonces una pregunta. Si hasta el día de hoy la parranda se arma con los mismos éxitos grabados hace décadas y, todavía mejor, si todos tarareamos cada una de las melodías tropicales como si del himno nacional se trataran, ¿por qué desconocemos a los artistas detrás de ellas? ¿Por qué muchos mueren en el olvido?

     

    Para la muestra, un botón. Canciones como El Jardinero, Maria Teresa o La Negra Josefina, todas reflejo del ingenio y la malicia paisa, tienen como intérprete y compositor a Leonel Ospina, hijo de un matrimonio campesino de Amagá, que sin ningún lazo con la música, decidió irse de su pueblo y buscar suerte en la Medellín de los años 50.

    El golpe de suerte le llegó, como a muchos otros campesinos, cuando se encontró con unas disqueras que, por el éxito del momento, recibían a todos los intérpretes y compositores, listos para ponerlos a sonar en la radio y presentarlos en el salón de bailes del Hotel Nutibara.

     

    En pleno boom de la industria fonográfica, Leonel sonó junto a Guillermo Buitrago en la Costa y conquistó otros países hasta radicarse en México. Entre presentaciones, trago y parranda, alcanzó la cima de su carrera antes de caer en la locura, literalmente, pues un golpe en la cabeza, en medio de una borrachera, le hizo perder la cordura y acabó con su vida musical.

    Hoy algunos pocos lo recuerdan como el gran exponente que fue, otros más lo reconocen andando por el centro de la ciudad — mendigando y sobreviviendo de los escasos 250.000 pesos mensuales que le dan por regalías en Sayco Acinpro — pero la mayoría canta sus canciones sin recordar siquiera su nombre. Cómo él, muchos otros campesinos que alcanzaron el éxito, ahora mueren en el olvido.

     

    Sin querer dejar la duda al aire, hice la pregunta hasta encontrar una respuesta y León Felipe Duque, esbozó lo que sería la razón para el olvido de aquellos compositores de rumba parrandera.

     

    Los campesinos encontraron una ciudad industrial con una economía prometedora, con disqueras de renombre que grababan con artistas de la talla del Joe Arroyo y que les abrían sus puertas; pero, así mismo, se encontraron con una ciudad arribista, de familias elitistas y fiestas que querían bailar al ritmo de sus canciones, pero no querían tener nada que ver con esas “guascas” campesinas.

     

    Duque habla incluso de que las grandes disqueras tenían subsellos para meter ahí esa música, que miraban por encima del hombro pero igual producían porque daba plata. Así, ponían a sonar la apuesta musical de los paisas sin importarles que fueran conocidos o siquiera darles un nombre.

     

    Algo de esto se ve en el libro La música parrandera paisa de Alberto Burgos, que cuenta el desprecio que se le tenía a esta música por ser montañera, pero como bien sabemos hacer en Medellín, aplicamos la doble moral porque se compraba y escuchaba sin parar.

     

    Precisamente ahí, en ese ir y venir, en el provecho que se le sacaba a los artistas campesinos, fue que sonaron las canciones pero no los músicos. Desde los cincuenta hasta ahora, se prende la fiesta con cualquier tema de Luis Carlos Jaramillo o Alejandro Sarrazola, que dieron vida a la parranda y murieron en el anonimato y la necesidad.

     

    Haga clic en la imagen para ver el documental Leonel Ospina, de la fama al olvido.

    De la serie Infrarrojo, de Teleantioquia.

     

    Parranda, siempre

    Aquí en Antioquia es casi que un pecado escuchar a un Pastor López a mitad de año, “Eso es pura música de diciembre”, es lo mínimo que a uno le dirían si tiene el atrevimiento de poner Golpe con Golpe en pleno agosto.

    Pasa que no hay fiesta sin música, ni navidad sin parrandera. “Así como volvemos a la fiesta, volvemos a la música” dice León Duque, hablando de la manera en que la dinámica del género se construyó en un imaginario en el que la fiesta decembrina, tan importante para los colombianos, es inconcebible sin la música de la época.

     

    Todavía más importante, Duque dice que esa música no solo llegó para acompañar la fiesta, sino que tuvo un componente transformador y creador, que esas parrandas tradicionales de buñuelos y guaro hasta al amanecer, se crearon a partir de la llegada de ese auge musical.

     

    Con el olor a chicharrón y la melodía de Los Graduados, naturalmente entran las ganas de bailar, así sea con la tía y el abuelo borrachos. Y es que tan inherente como el Niño Dios al pesebre, es el baile y el ambiente tropical a las celebraciones de fin de año. Juan Sebastián Ochoa, investigador musical, dice que hay una mística en estos géneros, que animan cualquier velorio, pero que a su vez se reservan inmaculadamente para los diciembres.

     

    Por más que Rodolfo Aicardi le haya cantado a una colegiala, al amor de Daniela y al de Mariana; o así Buitrago se quejara de ser un pobre huerfanito, sus letras aun alejadas de las temáticas navideñas, como las de muchos de sus pares, quedaron condenadas a despertar junto con las primeras luces del fin de año.

     

    La tradición, para Duque y Ochoa, es clave para entender esta condena. Las festividades decembrinas se han ligado al género parrandero de tal manera, que parecieran más importantes que la misma novena navideña. La música nos ha marcado tanto, que para Jaime Monsalve se trata de algo más que la fiesta, pues en ella está el encuentro con los nuestros y el recuerdo de otras épocas. En diciembre la nostalgia llega de la mano de Sabor Navideño de Afrosound y nosotros la abrazamos.

     

    Es en esta larga historia y por eso que, indudablemente, en cada radio, el próximo septiembre estaremos sintiendo que viene diciembre. En diez o veinte años, al menos mientras estemos vivos, no habrá navidad sin música decembrina, no habiendo otra forma de llamarla porque diciembre es y será la voz de aquella Medellín del pasado tan prolifera en disqueras, títulos y artistas.

  • La Fundación Óyeme cumple 55 años de ser un eco de esperanza

     

    · 2.700 niños con hipoacusia han sido acompañados a lo largo de su historia.

    · La institución ofrece apoyo integral, con atención médica y psicosocial.

     

    Por Miguel Arango Rúa / miguel.arangor@upb.edu.co

     

    En las clases, los niños adquieren habilidades para la inclusión. Foto: cortesía Fundación Óyeme.

     

    Según el Ministerio de Salud, a nivel global cinco de cada 1000 niños nacen con discapacidad auditiva. En 2014, Colombia contaba con 455.718 personas con pérdida de la audición, según el Instituto Nacional para Sordos (INSOR), lo que equivalía al 1.1% de la población total del país.

     

    Lamentablemente, en Colombia las estadísticas en torno a este tema son escasas, puesto que, de acuerdo con el Ministerio de Salud, los registros se enfocan en enfermedades no transmisibles; un vacío de información clave ante la necesidad de políticas gubernamentales eficaces, como sostiene el académico Carlos Ruiz Sánchez en su texto Manual para la elaboración de políticas públicas, en el que afirma que la deuda histórica del Estado con la población en condición de discapacidad se hace más patente que nunca.

     

    Por otro lado, la detección temprana de las afecciones auditivas es vital para la calidad de vida de las personas, lo que demanda un sistema de salud bien preparado. En consideración a este reto y a los que enfrentan las personas con hipoacusia o pérdida de la audición, hace 55 años nació en Medellín la Fundación Óyeme, que trabaja cada día para guiar y ofrecer tratamientos médicos a las personas con problemas auditivos, con lo cual se favorece su empoderamiento.

     

    Un recorrido por su historia

    El 16 de julio de 1966 abría sus puertas la Fundación Pro-Débiles Auditivos, el nombre inicial de una institución que hizo historia en Antioquia por ser la primera escuela oralista de la región. Aquí, las personas en condición de discapacidad auditiva aprenderían a comunicarse verbalmente, a leer y a escribir, para sumar posibilidades de inclusión en las comunidades oyentes sin necesidad de recurrir a la lengua de señas.

     

    Beatriz Londoño, directora de la Fundación, narró los diversos momentos que ha atravesado la institución y que la han llevado a fortalecer su labor. En 1994, con la entrada en vigor de la Ley General de Educación, que propendía por la inclusión de las personas no necesidades auditivas especiales en los colegios para oyentes, la Fundación comenzó a trabajar para adaptarse a esta nueva situación. Es así como, en 2003, la organización abrió un centro educativo donde alumnos, en su mayoría con hipoacusia, pudieran compartir con estudiantes con audición normal.

    Esta “escuela a la inversa”, como fue presentada entonces, continuó hasta el 2012, momento en el que tuvo que cerrarse debido a la deserción relacionada con el desplazamiento de los estudiantes a sus clases. Dos años más tarde, en 2014, la institución cambiaría su nombre a Fundación Óyeme.

     

    Los números también cuentan una historia de inclusión. Según cifras reveladas por la directora Londoño, durante los últimos seis años, 125 personas han recibido orientación laboral por parte de la Fundación, 120 han sido acompañadas en su proceso de educación superior y 8 000 usuarios han sido atendidos por la IPS de la institución.

     

    Una niña durante un examen de Potenciales Evocados Auditivos (BERA, por sus siglas en inglés), usado para medir la función auditiva. Foto: cortesía Fundación Óyeme.

     

    Un centro que transforma vidas

     

    De acuerdo con la directora Beatriz Londoño, a lo largo de estos 55 años la Fundación Óyeme ha ayudado a 2 700 niños con hipoacusia, cientos de testimonios cuyo eco suma a un concierto de humanidad: triunfos, obstáculos y esperanza en el futuro como pieza principal.

     

    Santiago Durango, estudiante de Medicina de la Escuela de Ingeniería de Antioquia, llegó a la Fundación a los seis años, luego de que se le diagnosticara pérdida auditiva. A lo largo de su vida, Durango mencionó que ha tenido que “aprender a pronunciar correctamente ciertas palabras, el análisis de textos, las normas ortográficas, y, en la parte social, encontrar la manera de comunicarme en espacios íntimos”.

     

    Pero nada de lo anterior le ha impedido a Santiago sacar adelante su proyecto vital. Detrás de él, dándole el empujón necesario para avanzar, siempre ha estado la Fundación, ya sea con orientación psicológica o en contacto con la universidad para facilitar su proceso de aprendizaje.

     

    Los programas de inclusión escolar y laboral, la enseñanza de la lectura y escritura, y el perfilamiento al momento de pasar a la educación superior, son las apuestas de la institución para mejorar la calidad de vida de los individuos con deficiencia auditiva, según la directora Londoño. Sin embargo, el trabajo que la Fundación hace con sus miembros no serviría de nada sin un pilar fundamental: la familia. El apoyo de los padres es el motor que hace posible el proceso de sus hijos.

     

    Otra historia que también fue posible gracias a la Fundación Óyeme fue la de Jhonatan Durango, hermano de Santiago y estudiante de Contaduría Pública de la Universidad EAFIT. Al igual que Santiago, Jhonatan entró a temprana edad a la institución. Allí, se convirtió en un referente para las demás personas con limitaciones auditivas por su gran manejo del lenguaje oral, de acuerdo con la docente Piedad Cano.

     

    Gracias al apoyo de la Fundación, suma metas superadas en el mundo académico, fue el mejor bachiller de su municipio y obtuvo una beca; ya en la universidad logró convertirse en un mentor para varios de sus compañeros debido a su talento para las matemáticas, según relata el propio Durango.

     

    Y la Fundación siempre ha estado para brindar una mano. Jhonatan relató que, al entrar a la universidad, la institución hizo un proceso pedagógico con los profesores de la carrera para ayudarlos a adaptarse a su circunstancia de limitación auditiva.

     

    Tampoco se puede olvidar el papel de los padres en el proceso de los niños. Miguel Sanguino, cuyo hijo Daniel se encuentra en la institución, enfatizó lo importante que ha sido “asistir a las clases en la Fundación para estar pendiente del desarrollo de mi hijo”. Asimismo, Sanguino aseguró que ha sido gratificante “ver los avances del niño en su tiempo con la institución, y el apoyo que esta le ha dado para conseguir aparatos auditivos”.

     

    Otra pieza esencial de la Fundación son los profesionales de apoyo, cuyo trabajo posibilita la transformación de vidas, las de los usuarios y las del equipo de la Fundación. Haciendo clic en el siguiente botón puede escuchar sus testimonios:

    Una mirada hacia el futuro

     

    A pesar de los logros alcanzados y de las vidas transformadas, la Fundación todavía tiene varios retos por responder. La directora Beatriz Londoño apuntó que desde Óyeme seguirán aumentando la cobertura de la institución y la permanencia de los usuarios en ella, lo cual, según explica, es parte de un propósito mayor: demostrarles a los empresarios de la región que la inclusión laboral de las personas con hipoacusia es posible. Londoño explicó que la idea es que la inserción en los espacios de trabajo se dé por convicción y no por cumplir una ley.

     

    La directora especificó que la Fundación está buscando la sostenibilidad financiera por medio de proyectos de cooperación y prestación de servicios. En este sentido, las alianzas con la Alcaldía de Medellín y las cajas de compensación familiar han ayudado al propósito de que la situación económica no interfiera con la labor social.

    Además, la pandemia puso la tarea de acelerar transformación digital de la Fundación, que actualmente trabaja en la modernización de sus contenidos digitales, la conectividad, equipos y plataformas virtuales. La directora se refirió además a los planes para crear una línea de gestión del conocimiento para organizar el saber acumulado a lo largo de los años y poder compartirlo.

     

    La Fundación Óyeme les ha permitido escuchar el mundo a miles de personas con hipoacusia, llevar vidas independientes y ser parte de la vida en comunidad. Para algunas de ellas, lo más importante es que la institución les ayudada a oírse a sí mismos. El universitario Santiago Durango señaló que, sin la ayuda recibida de Óyeme, “no habría desarrollado el lenguaje oral que hoy tengo, y tal vez me sentiría inferior con respecto a otros”.

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

  • La niñez entre la calle y la resocialización

    Valeria Ríos Flórez / periodico.contexto@upb.edu.co

     

    El martes en la tarde era la reunión con Brayan Urrego en la casa de Andrés, la persona que nos presentó y que, además, lo apadrinó por varios años. Yo ya sabía de su existencia mucho antes de ese encuentro y debo advertir que desde el primer momento quise conocer detalles de su historia.

     

    Cuando llegué me estaba esperando sentado en una silla del balcón. Al verlo, lo primero que pensé fue que me había equivocado en todas las imágenes que días atrás había construido en mi cabeza sobre él: que era un muchacho que conocía de cerca los quehaceres de la calle, se acostaba una o varias noches con el estómago vacío y no tenía muy buena relación con su mamá, aunque ella misma haya sido quien lo llevó a que se resocializara en una fundación. Lo imaginaba como la típica nea de barrio, pero en muchas ocasiones la portada del libro poco o nada tiene que ver con su contenido.

     

    Tiene tez blanca, es alto, bastante flaco, de ojos claros, lleva un jean ajustado, una camiseta que le sobrepasa la cintura y tenis que podrían ser talla 40. Portaba un reloj muy llamativo en su mano derecha y lleva las uñas limpias y organizadas, una cuestión poco común en un alguien que tiene 20 años. El cabello perfectamente peinado y asentado con gomina o con alguno de los tantos geles que usan los hombres para arreglarse. Su mirada denotaba una combinación entre nobleza, fuerza y fragilidad.

     

    No podía ocultar que estaba nervioso, el movimiento constante de sus manos lo delataban. Sin embargo, no nos costó romper el hielo. Empezó por decirme que desde pequeño ha sido receptivo, le gusta escuchar a los demás y aunque puede ser tímido al inicio después de un rato logra ser tan abierto como si de un amigo se tratara.

     

    Aunque con el tiempo ha aprendido a ser selectivo con sus amistades, mientras cursaba la básica primaria en la Institución Educativa Fe y Alegría de Manrique, fue una ardua tarea aprender a negarse a hacer lo que él era consciente de que estaba mal hecho. Nunca fue el primero del grupo porque entre muchas cosas, como bien me dijo: “salía y hacía lo que yo quería, muchas veces ni hacía tareas; me iba a hacer cosas con amigos, a jugar en la calle, a gaminear, por así decirlo.”

     

    Los juegos de Brayan no eran precisamente jugar con carros, asistir a un partido de futbol o ir a un parque de diversiones, sino subirse a los buses por la parte de atrás e irse pegado de la puerta con sus amigos hasta pasar cerca de su casa, o, en ocasiones, cuando corrían con suerte, entraban y jugaban en el corredor del bus. “A esa edad uno solo piensa en divertirse y no en que, si uno se cae de ahí, se va a aporrear”, dice entre risas.

     

    En la zona nororiental de Medellín, en la Comuna 3, barrio donde creció, era normal ver cómo robaban, saber dónde y quién distribuía la droga y tener conocimiento de que el vecino podía ser un asesino, el campanero de la zona o una víctima más de las llamadas vacunas. Las bandas criminales no perdían oportunidad para reclutar niños y entrarlos al negocio. Brayan no fue la excepción. Por permanecer tanto tiempo en la calle, en repetidas ocasiones recibió diferentes propuestas para hacer dinero fácil y rápido. Así como también besos, abrazos y sexo a cambio de probar la droga.

     

    De acuerdo con lo dicho por diferentes organismos de la Alcaldía en el Plan Docenal: Medellín, ciudad y ruralidad de niños, niñas y adolescentes: “El reclutamiento forzado de niños, niñas y adolescentes en la ciudad de Medellín se sigue presentando a partir de la presión que ejercen los grupos armados para inducirles a pertenecer a sus organizaciones, mediante la tenencia de armas de fuego, conducción de carros y motos y entrega de dinero. Aún en contra de su voluntad son forzados a ingresar a estas estructuras criminales a través de amenazas a ellos/as y sus familias, despojo de propiedades, hechos de violencia física y sexual, entre otros.”

     

    A pesar de que él asegura nunca haber accedido, sí reconoce que las necesidades económicas y el constante “no” de su mamá cada vez que le pedía algo de plata, lo llevaron a robarle en dos ocasiones. “Uno en ese momento siente mucha adrenalina de que lo vayan a pillar, a castigar, a pegar. Y claro, mi mamá se daba cuenta de que le faltaba plata. La primera normal, pero a la segunda no me salvé. Fue a buscar debajo de mi colchón y ahí estaba la plata porque yo la guardaba para gastármela en el colegio. Ese día me pegó tan duro que me sacó sangre en las piernas.” me dijo.

     

    Hay diversas opiniones y explicaciones para remitirse a la idea de “delincuencia”. Desde la mirada de Émile Durkheim, el sociólogo francés que junto a Karl Marx y Max Weber estableció formalmente la sociología como una disciplina académica, propone: “aunque la delincuencia parece ser un fenómeno inherente a cualquier sociedad humana, el valor que se le atribuye depende de la naturaleza y de la forma de organización de la sociedad en cuestión.”

     

    A su vez, afirma Michel Focault: “El hombre al delinquir, no se encontraría fuera de la ley, sino “fuera de la naturaleza” ya que ha roto el pacto social, volviendo a un estado de barbarie. Debido a ello, es considerado un enemigo dentro de la sociedad: “el infractor se convierte en el enemigo común. Peor que un enemigo, incluso, puesto que sus golpes los asesta desde el interior de la sociedad y contra esta misma: un traidor. Un “monstruo”.

     

    En el contexto colombiano, específicamente la “delincuencia infantil”, según la Defensoría del Pueblo, se entiende como aquellos delitos, contravenciones o comportamientos que socialmente son juzgados y que cometen las personas que son consideradas como jóvenes por la ley, en este caso, quienes tienen entre 12 y 18 años, como está expresado en el artículo 34 del código civil colombiano.

    Los procesos de resocialización se fundamentan en afianzar las capacidades de los niños en su autonomía, responsabilidad y sentido crítico. Foto: Cortesía.

     

    En la búsqueda de los motivos por los cuales estos jóvenes deciden cometer actos ilícitos y para entender su reincidencia, la Procuraduría General de la Nación y la Fundación Antonio Restrepo Barco realizaron un estudio en el 2007 que arrojó un alto porcentaje de adolescentes que consumen sustancias psicoactivas y delinquen para poder conseguirlas. Sin embargo, otra parte de la población lo hace por necesidades económicas y, por lo tanto, entre los delitos más frecuentes se encuentran: el hurto, venta de estupefacientes y prostitución.

     

    Andrea Tillares Cifuentes en su tesis de grado El arte como herramienta de mediación. Experiencia artística para la resocialización de menores infractores de la ley en Colombia, explica que esto se debe a la falta de oportunidades educativas, el difícil acceso a ellas y el fracaso escolar. También, se tienen en cuenta factores en términos sociales como el trabajo infantil, “ya que existen registros de niños entre los 6 y 14 años que se encuentran vinculados a trabajos informales y otros casos de niños y jóvenes que han optado por la prostitución y el tráfico de drogas”, asegura.

     

    En respuesta a la escasez y las necesidades económicas, sociales y afectivas, Patrizia Benvenuti, en su texto Violencia juvenil y Delincuencia en la región de Latinoamérica, afirma que: “la asociación de bandas y pandillas, como arma de rebelión contra la falta de oportunidades y como alternativa de ingresos, es otro detonante de este fenómeno, claro ejemplo de ello está en la ciudad de Medellín, en donde hay pandillas juveniles con afiliados de tan sólo 8 o 10 años de edad.”

     

    Asimismo, en el Plan Docenal se menciona que el ICBF, uno de los mayores entes reguladores del bienestar y el cumplimiento de derechos de niños y jóvenes: “ha informado que en los últimos años se registra un aumento de adolescentes infractores —según lo define la Ley 1098— asociados a casos de homicidios, hurtos y expendio de estupefacientes. Es conocido que inician como informantes y con actividades de menor impacto, pero van ascendiendo hasta convertirse en perpetradores de asesinatos, secuestros y violaciones sexuales”.

     

    Un día cualquiera después de muchas discusiones y problemas con su familia, Kelly, la mamá de Brayan, llegó llorando a su trabajo, una casa donde se encarga de hacer el aseo. Sus patrones, que tienen como profesión la docencia, le preguntaron qué le pasaba, que por qué estaba tan preocupada. Ella les contó que tenía muchos problemas en su casa y que su hijo mayor, Brayan, era indisciplinado, mentiroso, irrespetuoso, que siempre que llegaba de trabajar lo encontraba en la calle y que además estaba empezando a robar. Siguieron haciéndole preguntas sobre el trato que le daba a sus hijos, a lo que ella admitió que les pegaba, les gritaba y no les daba confianza; pero que no sabía cómo podía mejorar esta situación si no tenía plata para pagarle a alguien o la colaboración de su mamá para que estuviera al pendiente de ellos.

     

    Ante este panorama, le sugirieron buscar una fundación que no solo ayudara sus hijos sino también a ella, porque no estaba siendo realmente una buena mamá, según ellos “por falta de sabiduría y el desconocimiento sobre cómo afrontar las dificultades.”

     

    Decidió pensarlo esa noche. Entre lágrimas me confesó que se sintió como una basura y que creyó que iba a cometer el peor error de su vida. “Llegué a la casa llorando, no sabía qué hacer”, dice Kelly. Le comentó a quien en ese momento era su pareja y estuvo de acuerdo en que ingresaran a Brayan a la fundación. “Eso es preferible a que se nos pierda y el día de mañana encontrarlo por ahí, muerto” le dijo él. Sin embargo, cuando se lo comentó a su mamá, no estuvo de acuerdo. Su única respuesta fue: “Eso no lo hace uno, eso es una mala madre”. Aun así, se hizo consciente de que no podía ser egoísta y de que iba a ser lo mejor para su hijo.

     

    Los dueños de la casa de familia la ayudaron a buscar la fundación y entre varias opciones, decidieron hacer el proceso con la Fundación niños, niñas y adolescentes de la Divina Misericordia de Envigado. Entidad que se fundó en 1996 por Liliana Suárez, su actual directora, y un joven que se encontró alguna vez en una iglesia. Ella estaba ayudando a un niño, habitante de calle, y él, al ver este gesto, le propuso que formaran una sociedad.

     

    Iniciaron unas salidas los sábados donde hacían recorridos para acudir esta problemática. Empezaron la labor con 3 niños y con ellos trabajaron unos meses. Luego, vieron la necesidad de brindarles un hogar, por lo que alquilaron una casa en La Estrella y la adecuaron con cosas de cada uno: colchones, ollas, platos, cobijas, almohadas, cortinas y productos de segunda necesidad que les sobraban y eran necesarios para brindar el servicio, comentó ella.

     

    Según el Plan Docenal el Censo de habitantes de calle realizado en 2009 en Medellín se identificaron 3.381 habitantes de calle, definidos como las personas de cualquier edad que generalmente han roto sus vínculos familiares y hacen de la calle el lugar único para su supervivencia. Y 20.971 habitantes en calle, es decir, personas de cualquier edad que realizan en calle actividades que le permiten un sustento económico y se alterna con la casa y la escuela y del total de censados, fueron identificados 1.080 niños, niñas y adolescentes, 153 de calle y 927 en calle. Lo que fue aún más alarmante en esa época es que “solo 55 niños, niñas y adolescentes que se encuentran en situación de calle, tienen garantizado la apertura de proceso administrativo de restablecimiento de derechos y, por lo tanto, 16 niños, niñas y adolescentes continúan con sus derechos vulnerados.”

     

    Tiempo después ambos se dieron cuenta que esta era una población que necesitaba una atención especializada por ser niños habitantes de calle. “Ellos respondían con mucha agresividad, violencia y en los colegios no los aceptaban. Nosotros no teníamos capacidad para profesionales entonces fuimos estudiando la idea de mejor prevenir el niño en situación de calle, y esa es la población que atendemos ahora: niños de escasos recursos, que tienen a sus padres en la cárcel, viven con los abuelos, ellos ya son mayores y no pueden hacerse cargo, madres que son internas y manejan horarios muy extensos, por violencia intrafamiliar y desplazamiento forzoso” expresa Liliana.

     

    Según lo dicho por la Personería de Medellín en el Plan Docenal, entre el 1 de enero y el 30 de diciembre de 2014 recibieron “1.774 declaraciones en el Formato Único de Declaración –FUD– por desplazamiento forzado intraurbano; así mismo reporta para el año 2013 las comunas 13 (San Javier), 8 (Villa Hermosa), 1 (Popular), 3 (Manrique) y 7 (Robledo) como las que marcaron la pauta negativa como principales comunas expulsoras, grandes generadoras de desplazamiento forzado intraurbano.”

     

    El proceso para el ingreso tuvo varias condiciones. En primera instancia hicieron una entrevista con los padres, en este caso Kelly y su pareja con el psicólogo, el pedagogo y otros profesionales de la fundación y después, la tuvo Brayan con estas mismas personas. Llenaron un formulario y tras varios papeles, fue aceptado. “Desde ese momento empezaría un reconocimiento del espacio por parte del niño, en el que se identificaría su adaptación y se determinaría bajo qué condiciones se iba a quedar”, dijo la directora. Ya todo estaba listo para empezar este proceso donde él podría formarse y, en especial, resocializarse como persona. “Yo creo que es el paso más duro que he tomado”, comenta la mamá.

     

    El término “resocialización” ha sido definido y estudiado desde la criminología, el derecho penal y la sociología por diferentes autores. En el caso de Focault, en el texto Pensamiento Penal de Michel Foucault, escrito por Edison Carrasco Jiménez, se menciona que el filósofo considera que “la pena resocializadora nace con la prisión moderna, a fines del siglo XVIII. No obstante, sólo alcanzará un desarrollo y dimensión especial en la última parte del siglo XIX, cuando el proyecto de transformación de los individuos se promueva plenamente por las disciplinas vinculadas a la cuestión criminal y se acompañe por creaciones institucionales y reformas legislativas del sistema penal.”

     

    En el mismo texto y similar a las consideraciones anteriores, es citado Rousseau, quien aporta su significado: “Cualquier malhechor, atacando el derecho social, se hace por sus maldades rebelde y traidor a la patria; violando sus leyes deja de ser uno de sus miembros; y aun se puede decir que le hace la guerra. El proceso y la sentencia son las pruebas y la declaración de que ha roto el pacto social y de que por consiguiente ya no es un miembro del estado.”

     

    En sus orígenes, también se tiene en cuenta que Rotman reconoce que la resocialización puede tener cuatro modelos respectivamente: “el modelo penitenciario (que tendría por elementos básicos el trabajo, la disciplina y la educación moral), el terapéutico o médico (sobre el que gira la mayor parte del debate actual sobre la resocialización), el modelo de aprendizaje social, y una concepción de la resocialización orientado por los derechos de los presos.”

     

    Para llegar a la fundación, surgieron varios impases, porque, aunque estaban en la misma ciudad, las calles de Manrique no son iguales a las de Envigado, un lugar que ellos reconocían como el sector donde vive “la gente de plata”, dice Brayan. Se perdieron, no conocían direcciones, pero preguntaron en una tienda cerca a la cancha La Paloma y así fue como pudieron llegar.

     

    Le pregunté a Brayan cómo se había sentido cuando su mamá lo dejó allá. Particularmente reconoció este como uno de los momentos más difíciles desde que inició el proceso. “En el momento fui muy fuerte, no solté ni una sola lagrima, le dije: ‘Hágale ma, te amo, chao’, pero después de que ella pasó esa puerta yo me eche a llorar y pensaba ‘Dios mío, ¿yo qué hago acá?’ Ella siempre me habló de lo bonito, pero nunca de lo malo, de la cantidad de personas que había que tolerar ahí, de los esfuerzos que había que hacer y el montón de pensamientos diferentes que había a los tuyos”, respondió.

     

    A pesar de que él siempre había sido independiente y teniendo tan solo 10 años intentaba salir adelante, estar ahí le produjo una sensación de abandono. Aunque no estaba todo el tiempo con su mamá, pasar de verla en las noches a poder hacerlo sólo cada ocho días, fue un cambio radical.

     

    Ese primer día en la fundación fue determinante. Al entrar, todos los niños lo miraban extrañados y curiosos, pero el primero en acercársele fue Adrián, el que se convirtió en uno de sus mejores amigos. Cuenta que muchas veces trasnocharon y Adrián le contaba sobre su vida, “era de esos niños que tenían a la mamá en la cárcel y había vendido dulces los fines de semana antes de llegar allá” me dijo.

     

    Ese día se la pasó conversando y conociendo, pero cuando llegó la noche admitió que se sintió solo y vacío. “No dormí. Me sentía diferente en la cama y ajeno a todo lo que estaba sucediendo, pero sentí que en parte eso me iba a ayudar” aclara Brayan.

     

    Me inquietó conocer cuáles son las dinámicas que se llevan a cabo en este tipo de lugares porque, como en cualquier institución, deben ser bastante rigurosos, y, en efecto, después de escucharlo, confirmé que así son: “Levantarse a las 5:30 a.m. Tender la cama, lavar la ropa interior. Luego entrabamos al comedor a desayunar y ahí no se hablaba. Yo siempre he sido de hablar mucho y esa era mi mayor debilidad, entonces los llamados de atención eran para mí. Después de terminar de comer, nos cepillábamos los dientes, íbamos a estudiar y luego volvía a la fundación, ya me estaba acostumbrando mentalmente a estar ahí”.

     

    Para él no es complejo adaptarse a nuevos espacios y saber que ya tenía algunos conocidos hizo la situación más llevadera. Además, agrega: “Llegábamos, almorzábamos, nos cambiábamos al uniforme de la fundación, hacíamos las tareas, llegaban las alfabetizadoras, pero como cosa rara, nunca había una para mí. Desde que recuerdo yo era el niño que le tocaba quedarse con la cuidadora; nuevo y encima eso. A las 4:30 p.m. tomábamos el algo y después nos íbamos a hacer cualquier actividad, jugar futbol, por ejemplo. Si estábamos haciendo algo por fuera, llegábamos tipo 6:00 p.m., comíamos, nos cepillábamos y a las 8:30 o 9:00 p.m. nos acostábamos a dormir”, narra con entusiasmo Brayan, como si me estuviera contando un cuento donde él es el protagonista.

     

    El primer viernes que Kelly podía pasar a recogerlo, lo vio e imaginó que su hijo estaba bien, pero la realidad era otra, confesó él. Sin embargo, como era el primer fin de semana y la estaba esperando con tantas ansías, quiso hacerle creer a su mamá que estaba muy feliz, que era un lugar maravilloso. Lo que nunca le contó fue que lo regañaban constantemente, que era el último en dormirse y como sería normal, los castigos no se hicieron esperar: barrer, trapear toda la casa, lavar la ropa de los demás o lavar los platos. Brayan poco a poco pasó por todos, pero asegura que prefería asumirlos que dejarse consumir por la monotonía. “Hubo un momento donde me di cuenta que la rutina no era lo mío. Me agobia, no la soporto”, dice.

     

    El domingo en la tarde cuando volvió de su casa ya sentía más propio el lugar. Se estaba acostumbrando a que ahora ese era su nuevo hogar. “Aprendí a verle cosas diferentes al día a día. Es chévere porque eso te enseña a llevar la vida viviendo el día, lo cotidiano. No ver los días como uno más sino como una oportunidad de que cosas nuevas pueden suceder. Ahí fue donde aprendí a estar conmigo mismo, a construirme y me di cuenta que el mejor proyecto soy yo mismo”, agrega.

     

    Para hablar del término resocialización en Colombia hay que remitirse al Código Penal de 1980, donde se incorporó legalmente este vocablo. Fue de conocimiento público gracias a varios tratados internacionales aprobados por Colombia que se convertirían posteriormente en leyes, como lo son la Ley 74 de 1968 y la Ley 16 de 1972. Antes de este concepto, se usaban las palabras “reforma” y “readaptación social” según Kenny Dave en su texto Resocialización del individuo como función de la pena.

     

    Posteriormente, en 1993, el Código Penitenciario y Carcelario encontraría definida la resocialización como “función, finalidad y tratamiento de la pena, dándole un desarrollo más amplio que el del código penal de 1980” en los artículos 9 y 10 que establecen la finalidad de la pena y el tratamiento penitenciario, respectivamente. En conjunto, de acuerdo con la Corte Suprema de Justicia, “Por resocialización se entiende la acomodación y adaptación de una personalidad al medio del cual se desprendió en razón de la conducta y del delito cometido. Buscase con ella que el hombre vuelva al seno social desprovisto de aquellos motivos, factores, estímulos, condiciones o circunstancias que, contextualmente, lo han podido llevar a la criminalidad, con el propósito de evitar que reincida, es decir, que caiga de nuevo en el comportamiento delictivo”, afirma Dave.

     

    Susana Pineda, trabajadora social de la Universidad Pontificia Bolivariana, señala que el proceso de resocialización tiene varias fases. En la primera de ellas, cuando se trata de un menor de edad, es necesario hacer un diagnóstico donde se determina cuáles son los factores de vulnerabilidad y generatividad y se hace un enlace con el ICBF. Después, se inicia el proceso de intervenciones o ayudas con alta seguridad, paulatinamente, según su progreso, se pasa a media seguridad y finalmente, se determina cuándo puede salir el menor y reintegrarse nuevamente a la vida en sociedad. Además, afirma que “debe hacerse un plan trimestral de acompañamiento psicosocial donde se plantean unos objetivos de trabajo para que el menor pueda cumplir con su resocialización.”

     

    Conforme fue transcurriendo el tiempo, psicólogos, cuidadores y voluntarios conocieron el caso de Brayan y en la escuela de padres, a su mamá, quien, además, me contó que este tipo de espacios le ayudaron para entender que es importante el diálogo, la confianza y el ejemplo que se da en casa para el crecimiento y la buena educación de los niños. “Fue mucho el apoyo en la fundación. Fue una situación muy dura para él y para mí, pero nos educaron como familia”, dice Kelly.

     

    No puede desconocerse que fueron años difíciles y que tanto Brayan como su núcleo más cercano experimentaron cambios como consecuencia de esta nueva vida que empezaba a construir. Para su mamá, recogerlo cada ocho días, pero tenerlo que volver a dejar allá, significaba “un enorme vacío llegar a la casa y saber que no lo iba a encontrar”, dice ella al mismo tiempo que reconoce que es una cuestión que hoy todavía le duele. Y para él era un mundo inexplorado que, aunque quería creer que era una buena oportunidad, le tomó tiempo, esfuerzos y sacrificios recoger los frutos.

     

    Mientras conversábamos, Brayan recordó que justo cuando estaba atravesando esos momentos difíciles, un día se le acercó Jorge Iván Salazar, benefactor de la fundación, y le dijo: “todo lo que usted quiera lograr, está en y depende de usted”. No está seguro si aún vive o si ya habrá muerto, pero de lo que sí tiene certeza es que esas palabras marcaron su vida en ese momento y se convirtieron en aliento para esos días en lo que solo veía el lado negativo de las cosas. “Eso me hizo entender que uno como persona, aunque puede ayudar a los demás, nunca debe olvidarse de sí mismo ni ponerse en segundo plano porque nadie va a ser eso. Las personas vienen y van como la vida misma”, me dijo.

     

    Después de todo, empezó a ser un joven reconocido por ayudar a los demás. Se convirtió en un líder dentro de la fundación y un referente de caballerosidad, respeto, compromiso, solidaridad, compañerismo y, en especial, de superación personal. No solo su mamá dice que es un hombre muy diferente al que entró; sincero, atento, humilde, comprensivo sino también sus amigos, los profesionales que acompañaron su proceso y quienes conocen de cerca su historia de vida.

     

    Desde antes de ingresar a la fundación “soñaba con ser cantante, estudiar Administración de Empresas o Negocios Internacionales”, dice. Pero sus aspiraciones y su forma de ver la vida no son las mismas después de salir de ese proceso. Durante los 6 años que permaneció en la fundación, se reeduco, cambió su forma de actuar, pensar y aprendió a controlar sus emociones. Allí pudo confirmar que hay una gran diferencia entre oír y escuchar, y él ha podido desarrollar las habilidades suficientes para saber muy bien cómo hacer la segunda, así que después de terminar el colegio, se propuso estudiar piscología en la Universidad de Envigado y dice: “no solo lo hago por ayudar a la gente sino por conocerme y ayudarme a mí mismo”, y así lo está haciendo, lo está logrando. Hoy tiene la oportunidad de trabajar, estudiar el pregrado que quería y ser un hombre independiente como siempre lo ha sido.

     

    No omitió añadir que su motivación para elegir esta carrera fue su propio proceso y el conocer personas en la fundación con las cuales logró identificarse. Una de ellas fue Andrés, quien trabajaba allí, conoció de cerca su caso y decidió ayudarlo económicamente. Pero lo que fue aún más valioso es que le permitió conocer detalles importantes de su vida, e incluso, lo llevo a su casa y le presentó a su familia. Dejó de ser un miembro más de este lugar y pasó a ser, con los años, un amigo, confidente y, ahora, es como un hermano mayor.

     

    Al igual que el caso de Brayan, continúan llegando cientos iguales o similares a la fundación. Liliana asegura que atienden actualmente a 1.300 niños y que hay temporadas en que los ingresos aumentan como resultado de las dificultades económicas, cuando los padres se quedan sin trabajo o porque la violencia intrafamiliar crece considerablemente.

     

    A propósito de esta última causa, de acuerdo con lo dicho por el Consejo de niños, niñas y adolescentes del corregimiento de Altavista en el Plan Doctrinal “Hay violencia porque falta dinero, porque la gente no tiene empleo, por el vicio y las mentiras, porque la gente no sabe resolver los problemas”. Conjunto a esto, se analizan otros factores como el alza en los productos de la canasta familiar, la calidad de los empleos y el pago por ellos, pues este es el sustento de muchas familias y, por ende, de niños que terminan en instituciones como el ICBF o fundaciones sin ánimo de lucro.

     

    “La Fundación World Vision reporta en el informe de diagnóstico de la Comuna 1-Popular en 2013, que los niveles de desempleo, especialmente con el grupo poblacional de jóvenes, continúan siendo muy altos en la ciudad, lo que genera decisiones de vida en esta población que condicionan la misma de acuerdo al flujo económico existente, como lo es la vinculación al conflicto, las adicciones, el tráfico y la delincuencia, los embarazos en adolescentes, interrupciones de embarazos y problemas de salud mental”, se informó en el documento realizado por la Alcaldía de Medellín.

     

    Entre estos casos, se encuentra el de Miguel Ángel, un niño que tiene 10 años y ahora, permanece en la fundación de lunes a viernes. Algunos fines de semana va a su casa donde está su mamá, su tío y su hermano.

     

    Aunque por la situación de salubridad que vive la ciudad no fue posible ingresar, conocerlo y tener una charla de forma presencial, con los audios que me hicieron llegar de él por medio de Susana, una de las cuidadoras de la fundación, pude hacerme una imagen de su rostro. Su voz tranquila, segura, inocente y fuerte me hacen pensar que es hábil, despierto y que a pesar de que su mamá no tiene tiempo para cuidarlo, se siente cómodo donde está.

     

    Al fondo de su voz se escucha el bullicio de niños que hablan, corren, juegan y gritan. Tal vez para ellos es un mundo y una realidad más colorida que la que viven afuera. De hecho, de forma implícita él lo reconoció, dice que lo han llevado a varios paseos y que antes casi no salía. También me manifestó que puede conectarse perfectamente a sus clases virtuales, hacer sus tareas, gracias a la ayuda de sus profesoras en la fundación, y genuinamente, al final del audio y casi entre risas, agregó “y aquí hay mucha comida”.

     

    El acompañamiento en la fundación no solo está a cargo de personas que reciben un salario mensual sino también por profesionales que ofrecen su conocimiento de manera voluntaria. Entre abogados, psicólogos, sociólogos, antropólogos y cuidadores velan por el avance de los distintos casos. Estefanía Arango, psicóloga que ha hecho parte de este grupo de voluntarios, resalta: “las principales actividades que se desarrollan radican básicamente desde un acompañamiento psicosocial, desde lo pedagógico o desde lo psicológico. Allí estarían todas esas impresiones diagnosticas, remisiones, ICBF, comisaria de familia y demás. Talleres, habilidades para la vida, conciencia emocional y exploración” A su vez, dice que uno de los puntos más importantes es que a través de todas estas actividades se busca garantizar los derechos de los niños, niñas y adolescentes, bien sea desde el ámbito académico, médico o nutricional.

     

    Parece que la rutina no es muy diferente a la que momentos atrás me narró Brayan. Este pequeño se levanta, tiende la cama, se baña, se viste y espera a que el resto de sus compañeros estén listos para bajar a desayunar. Luego se conectan todos a sus clases. En el primer descanso deben hacer las tareas que les hayan asignado en ese momento y luego volver nuevamente a conectarse. Después almuerzan, tienen diferentes actividades, comen algo en la tarde, continúan en juegos o dinámicas y, finalmente, en la noche comen algo y se van a la cama. El único distintivo es que Miguel lo ha dicho más lento y con unos cuantos “Aaahh sí, y entonces luego…”, como expresiones propias de su edad.

     

    Más adelante, empezamos a hablar de qué era lo más difícil de estar en la fundación y con un tono más bajito, me dice: “separarme de mi papá porque después de que dejé de vivir con él yo me puse muy triste” pero seguidamente lo escucho decir algo que confirma que los niños bajo ninguna situación dejan de ser eso, niños. Y es que dice que su momento más feliz fue cuando llegó a la fundación. Sintió que además de que lo recibieron muy bien, la compañía de su hermano y algunos amigos que hizo después, le hicieron todo más sencillo.

     

    “Extraño a mi papá, a mi abuela, a mi tía, a mi mamá y a mi familia de Gómez Plata”, expresó. Y es que, en definitiva, son personas que no se reemplazan ni con toda la atención, la educación, los juguetes y la comida del mundo.

    De hecho, el psicólogo de la Universidad de Envigado Andrés Felipe Ramírez, afirma que ingresar a este tipo de espacios genera que la vida del menor cambie radicalmente. “El mayor pilar emocional que tiene un ser humano a lo largo de su vida, especialmente en la niñez, es la familia. Al alejarse de ellos debe asumir otros retos, exige que el niño empiece a ser resiliente en su cotidianidad, exige que el niño comprenda su realidad de forma diferente, exige que él dialogue con su entorno de forma diferente y exige, además, que el niño desde temprana edad aprenda el significado de la palabra ‘desapego’. Esto sin mencionar que puede no comprender lo que está pasando y puede detonar en él comportamientos desadaptativos, lo que sería muy comprensible; comportamientos que son generados por la impotencia, el sentirse abandonado y por la frustración”.

     

    Así lo reconoce también la Alcaldía de Medellín en el Plan Docenal cuando explica que es importante tener en cuenta que las necesidades de los menores no solo son económicas sino también afectivas. Es imprescindible elaborar un duelo, reconstruir los proyectos de vida, comprender el desarraigo y esa separación inevitable que se produce con la familia; esto con el fin de cuidar su salud mental y brindar garantías después de la etapa de violencia, maltrato o postconflicto que haya vivido el menor.

     

    Miguel Ángel desea continuar en la fundación porque en su casa no tiene internet para hacer las tareas y, además, así evita pasar tanto tiempo solo. Ahora puede compartir con muchos amigos y personas que lo quieren, según me contó en nuestra conversación virtual pero inolvidable.

     

    Para despedirse de mí, aunque no sepa quién soy yo, quiso dejarle un mensaje a todos los niños que están pasando por una situación igual o similar a la suya: “No se angustien cuando lleguen acá, no tengan miedo porque acá de todas maneras siempre lo van a querer a uno y estén felices por la vida que tienen”.

     

    Reportaje realizado para el curso Periodismo IV, orientado por el profesor Ramón Pineda.