Categoría: Rostros

  • Detrás de una lágrima

    Llorar tiene su ciencia y ese no sé qué, que salva en momentos cuando, por ejemplo, descubres que el amor de tu vida te engañó.

     

    Valentina Marín / periodico.contexto@upb.edu.co

     

    Sobre una mesa pequeña en la sala, Lucía tenía una Virgen, la Biblia y el teléfono. Cada vez que esta persona llamaba a intimidarla, ella leía el primer salmo que sus ojos vidriosos lograban encontrar. Un día, luego de escuchar ese choque cuando del otro lado cuelgan y sintiendo ese vacío desgarrador que ya reconocía, su hija mayor llegó a sentarse en sus piernas y le dijo:

     

    —¿Por qué estás llorando, mami?

    Lucía la miró y no le respondió.

    —No llores, no llores ¿Acaso no crees que la Virgen nos está acompañando? —continuó mientras Lucía rompía en llanto y la abrazaba.

     

    Nadie podría explicar con facilidad qué es llorar. Más bien darían instrucciones de cómo hacerlo, como Cortázar, o seguramente les sería más fácil decir la razón. As Vingerhoets, uno de los principales expertos en llanto, estableció que el sentimiento de pérdida o ruptura es el principal motivo. Pero, uno de los diccionarios más completos de la lengua española lo define como sentir vivamente algo, derramar lágrimas por los ojos o, de manera más fría, “manar de los ojos un líquido”.

     

    Llorar es algo que los seres humanos han aprendido a lo largo de los siglos para comunicar con más fuerza los sentimientos y Elena Jarrín, oftalmóloga española, dice que “se trata de una manifestación de lo bien hecho que está el ser humano y lo evolucionado que es”. Sin embargo, Charles Darwin, mayor exponente de las teorías evolutivas, sostuvo que las lágrimas emocionales no tenían ningún propósito, solo servían para proteger el ojo.

    Lucía nunca notó que al llorar su cuerpo estaba haciendo una de las actividades motoras más complejas y cotidianas, porque lo complejo era la situación que ella estaba viviendo.

     

    ***

    Lucía y Luis Fernando se enamoraron en la universidad. Sostuvieron un noviazgo de cinco años y un 9 de julio de 1994 juraron ante el altar amarse y respetarse hasta que la muerte los separara. Al año llegó el embarazo de su primera hija, Laura, y para darle la noticia, como en típica escena de película romántica, le dejó en el espejo donde él se afeitaba unos escarpines junto a una nota que decía “vamos a tener un bebé”. Después de abrir su espuma afeitadora y antes de terminar de leer la frase ya tenía lágrimas en los ojos que resumían la inmensa felicidad que ambos estaban viviendo.

     

    Era contradictorio que en un momento de alegría el llanto apareciera. Es por esa razón que se considera uno de los más grandes misterios, porque con solo pensar que cuando gana el equipo de fútbol favorito, en una pedida de matrimonio, en el abrazo eterno de una pareja en un aeropuerto, en un orgasmo o, como en este caso, enterándose de la noticia de un embarazo la gente también llora, definitivamente no se trata de una simple actividad.

     

    Los psicólogos afirman que llorar de alegría es una forma de equilibrarse o liberarse en medio de emociones que no se pueden controlar. Incluso, la Universidad de Yale definió en una investigación que esta actividad paradójica tiene una función vital. Entonces, el cerebro de Luis Fernando se encontraba en un momento tan complejo e incontrolable que buscó la mejor manera de regularse: llorar.

     

    Fueron momentos especiales, pero tal “cuento de hadas”, como lo describe Lucía, empezó a tener altibajos. Cada que salía hacia su trabajo, comenzaba a sentir una opresión en el pecho. Era como una voz que le hablaba y que no lograba escuchar. Era algo que le decía que se devolviera, como si se le hubiera olvidado apagar un fogón o echarle una llave más a la puerta. Cuando lo hacía, encontraba a Luis conversando por teléfono. Ese mismo de la mesita de la sala, con la Virgen y la Biblia al lado. Inmediatamente colgaba asustado y sorprendido, así que las sospechas comenzaron a aflorar en la cabeza de Lucía.

     

    Transcurrió un mes, un tiempo en el que pueden suceder muchas cosas para unos y pocas para otros. Por ejemplo, con los 10 ml de producción lagrimal diarios, una persona adulta podría llenar un poco más de la mitad de un vaso. Un bebé humano normal lloraría 60 horas en total, según los psicólogos, y cualquier persona podría escuchar una canción diaria de la “Lista definitiva de las 40 canciones tristes que no deberías escuchar si estás deprimido” que escribió La Vanguardia y le sobrarían para el siguiente mes. Ese fue el tiempo que ella esperó para reunir las pruebas y confrontarlo.

     

    Dicen que llorar trae beneficios. Stephen Sideroff, autor de The Path: mastering the nine pillars of resilience and success, dijo que los sentimientos guardados contienen mucha energía y retenerlos podría interferir en procesos naturales e instintivos. Tanto así, que lo compara con la necesidad de tener hambre: “si alguien busca comida para calmarla, alguien que esté triste debe encontrar algo para equilibrarse y resolverlo”.

     

    El bioquímico William H. Frey propuso que la gente se siente mejor después de llorar y, aunque poco lo tengamos en cuenta, la liberación de mocos que también resulta, en conjunto con el llanto, es un mecanismo para deshacerse de las hormonas que producen estrés, pero Lucía venía guardando esas emociones día tras día.

     

    Ella grabó las conversaciones, notó los comportamientos extraños de su esposo, lo esperó despierta una noche que tuvo que salir de “urgencia” y comenzó a preguntarle qué le pasaba. Se inventaba canciones, escritos, versos y cartas para comunicarse con él que resultaban siendo intentos fallidos. Buscó psicólogos, asesores de familia y hasta sacerdotes. No estaba dispuesta a rendirse. Pero un encuentro y un café la hicieron cambiar de decisión.

     

    —Lucía, yo tengo que contarte algo que está pasando y me está haciendo sentir muy mal —le advirtió Carlos, un amigo cercano de la pareja, en esa cafetería a dos cuadras de la oficina de Luis.

    —Decime, Carlos ¿qué es lo que pasa? —le respondió exaltada soltando de inmediato el café que estaba a punto de tomar.

    —Luis está teniendo últimamente comportamientos muy extraños, se ha alejado de los amigos y tiene una relación más que cercana con la auxiliar de arquitectura, Claudia.

    —Carlos, confírmame si esta es la voz de ella —le dijo mientras buscaba con rapidez la grabadora de periodista en su bolso.

    —Sí, es ella.

     

    Esta era la prueba final. La que cerraba el caso, la cereza del pastel y la que desataba el caos. Luis se había enamorado de una compañera de su trabajo y a Lucía se le había atravesado un nudo en su garganta y en su camino. Ella no sabía qué sentir, pero era el momento perfecto para enfrentarlos.

     

    Las emociones estaban a flor de piel. Ese lugar del cerebro llamado sistema límbico estaba llegando al máximo de su función y en conexión con el sistema nervioso vegetativo estaban provocando reacciones que luego activarían la producción del llanto. Sin embargo, ese todavía no era el caso de Lucía. No había soltado ni una lágrima, más bien su cabeza estaba llena de rabia, confusión y necesidad de una respuesta.

     

    Los expertos dicen que cada persona tiene su forma de llorar. Unos pueden sollozar, tener espasmos cortos y otros lo pueden hacer de forma silenciosa y tranquila. Cada uno con expresiones y motivos diferentes. Charles Darwin descubrió y clasificó más de cien gestos característicos, y afirma que es una de las “expresiones específicas del hombre”, porque ninguna otra especie ha dado pruebas de poseer este mecanismo. Entonces, quizá Lucía sí lo estaba haciendo, pero a su manera.

    Ilustración: Valentina Marín.

     

    ***

    Tomó un taxi y se demoró más en montarse al carro que en llegar. Preguntó dónde estaba la oficina de Claudia. La auxiliar de arquitectura. La de las llamadas. Se dirigió por el pasillo cruzando los demás cubículos en medio de miradas aterradas y expectantes.

     

    —¿Claudia Helena? —preguntó para confirmar que fuera la oficina correcta.

    Ella estaba de espaldas, sacando unas copias y cuando volteó Lucía confirmó que era ella.

    —Vengo para que conversemos —le dijo mirándola a los ojos.

    —No, hablemos afuera, aquí adentro no —le suplicó temblando y con un papel en sus manos.

    —Adentro sí — interrumpió Lucía corriendo una silla Rimax y ubicándola en la entrada—. Yo no tengo nada que esconder. Te pido que sigas con tu camino y no te cruces en el mío.

    —Nosotros ya llevamos un año de relación. Vamos a formar una familia porque él es mío.

     

    Lucía no estaba dispuesta a pelear por sentimientos y mucho menos por un hombre. Su papá siempre le había dicho que su dignidad era lo más importante y ese era el momento de poner en práctica el consejo. Por eso, se retiró y se dirigió a la oficina de él a quien sin pensarlo dos veces le dijo mirándolo fijamente: “los cimientos que alguna vez construí con usted desde que me casé acaban de ser demolidos porque hasta aquí llegamos”. Guardó en su bolso la grabadora y antes de irse él le respondió: “yo necesito organizar mi vida, dame un tiempo para irme de la casa”.

     

    Lucía aceptó la decisión y en el momento preciso que salió de esa oficina sintió que, literalmente, su corazón se había partido en mil pedazos. Según ella, es verdad cuando en las poesías afirman que el alma duele porque recuerda, con la voz entrecortada, que eso fue lo que sintió al ver que el amor de su vida y los sueños juntos se habían desvanecido. Esta vez, las lágrimas de Lucía sí empezaron a correr por sus mejillas sin contenerse.

     

    En su trabajo Topography of tears, Rose Lynn Fisherhat tomó fotos de lágrimas bajo un microscopio de luz y pudo comprobar que todas son diferentes. Si lloramos de risa, de angustia, de dolor, de tristeza o por amor, absolutamente ninguna es igual. Entonces, ¿cómo serían las lágrimas de Lucía bajo el lente de Rose?

     

    Su composición parece simple: 9% sal, proteínas, enzimas y sustancias que contienen nitrógeno. Pero el neurólogo Michael Trimble explica que las lágrimas emocionales tienen mayor contenido proteínico y también detectó que poseen sustancias que ayudan a regular el ánimo y el estrés, como la prolactina, serotonina y adrenalina.

     

    Además, los investigadores definen que existen tres tipos de lágrimas: las basales, que mantienen nuestros ojos limpios; las reflejas, que surgen como reacción a algún componente externo; y las emocionales, que son aquellas vinculadas a los sentimientos, como lo que produce darse cuenta de un engaño.

     

    Las lágrimas son como una película que se extiende sobre el ojo. Si contiene demasiado líquido, se desborda y puede llegar hasta la barbilla. Pero, a veces la vida es tan extraña que existen personas que no pueden hacerlo por más que se rebosen de emoción.

     

    Normalmente, dependiendo del ambiente, se puede evaporar más de un 25% de la lágrima, pero todo vuelve a la normalidad cuando se parpadea de forma continua y completa. En cambio, alguien con síndrome de Sjögren le costaría mucho más producir lágrimas, incluso saliva, y su principal solución es usar lágrimas artificiales de por vida. Ni siquiera con las playlist de Spotify “Rolitas para llorar a las 3 a. m.” o “Música para llorar porque Henry Cavil tiene novia” alguien con esta enfermedad autoinmune podría lograrlo.

     

    Llorar es un acto de bienestar. Diomedes Díaz dijo en una de sus canciones “a mí el llanto no me hace daño”, la diferencia con Lucía es que él sí le rogó a una mujer. Aunque también está Fanny Lu quien dice que “llorar es una locura”, a pesar de que un verso de su canción confiese que se levanta a las seis de la mañana, que un largo día de trabajo la espera y que no tiene ni cinco en la cartera.

     

    ***

    Casi una semana después, Luis llegó de su trabajo. Laura estaba tomando una siesta y Lucía estaba en la habitación. Entró, saludó, descargó sus papeles encima de la mesa y empezó a buscar en el closet una maleta de viaje. No, esto no era el inicio de unas vacaciones familiares. Lucía comenzó a pasarle camisetas, pantalones, corbatas, medias, sueños y decepciones. Él, mientras tanto, organizaba de forma minuciosa el equipaje de un nuevo camino que ya habían decidido.

     

    —¿Qué pasó? —preguntó Laura entredormida, con una muñeca en sus brazos y viendo todo lo que estaba pasando.

    Ambos se miraron y Lucía estaba esperando que él le diera una explicación.

    —Mami, es que yo me voy porque yo no sirvo para estar casado. Yo aquí vivo aburrido.

     

    No necesitó decir ni una palabra más para que Lucía sintiera que le habían dado una punzada en el corazón a su hija de cinco años y también a ella. Ese momento lo describe como el segundo dolor más grande que ella pudo sentir en medio de todo. Lo que aún no sabía es que dentro de ella estaba dándole vida a su segunda hija.

     

    La niña se hizo a un lado de la puerta para evitar detenerlo. Él la abrió, cogió su maleta y le susurró algo al oído. Lucía tragaba en seco para que su hija no la viera llorar. Laura se dejó caer en la puerta luego de que él cerró y sus ojos estaban más brillantes de lo que eran. Su mamá la cogió cargada y ninguna de las dos pudo contenerse.

    Algunas personas lloran “abriendo un paquete de papitas”, como dice Lucía, mientras que a otros les cuesta tanto que deben recurrir a manuales de instrucciones, como el de Julio Cortázar quien deja de lado los motivos, pero recomienda no ingresar en escándalo y hacerlo en tres minutos.

     

    Quizás Julio era uno de esos y tuvo que escribir su propia checklist que incluye pensar en un pato cubierto de hormigas, tener contracciones del rostro y emitir un sonido enérgico para cuando fuera necesario estar en modo llanto. La psicología y él coinciden en que se debe dirigir la imaginación hacia uno mismo, dejar sentir esa opresión en el pecho y fluir. También, S Moda de El País dice que ayuda “ver una película que sabemos nos va a llevar al llanto o escribir sobre nuestras emociones”, aunque Lucía podía sentarse con palomitas a ver su propia historia.

     

    Si existiera un kit del llanto, incluiría lágrimas, mocos y muchos pañuelos de diferentes texturas y patrones. Por ejemplo, uno de ellos tendría grabado el dibujo que hizo Leonardo da Vinci mostrando cómo los ojos se conectaban supuestamente con el cerebro, cuando se creía en la época de los hipocráticos que las lágrimas eran segregadas allí cuando esta parte del cuerpo de entristecía. Otros podrían tener lágrimas negras, que para los presidiarios simbolizan cada uno de los asesinatos cometidos y algunos cuantos un gato de colores en honor a los niños que producen al llorar un sonido parecido al animal solo por la falta de una parte del cromosoma cinco.

     

    Incluso, cualquier emprendedor podría convertir el llanto en una idea más de negocio vendiendo párpados para peces, quienes no hicieron parte del grupo de animales convocado hace 360 millones de años para migrar, convertirse en anfibios y desarrollar un aparato productor de lágrimas basales que les permitiera humedecer sus ojos; o construir un imperio de venta de lágrimas para crear humanos, como creían en el antiguo Egipto y Grecia quienes asociaban el líquido con vida, fertilidad y sinceridad.

     

    Cortázar dijo que un rincón era un buen lugar para llorar. La Basílica de Guadalupe y las escaleras del Metro Auditorio también son unos de los mejores lugares para llorar en México, según sus habitantes. Así como también lo es el Parque de El Retiro y el Huerto de las Monjas en Madrid. Entonces, Waze podría aprovechar e incluir en sus mapas los mejores lugares para llorar en todos los países y facilitarles un poco la vida a las personas, porque llorar no es tarea fácil. Ni siquiera escuchando en la madrugada la música de Sin Bandera.

     

    ***

    Lucía confiesa que nunca ha sido de llorar, prefiere hacerse la fuerte. Ella se crío con una mamá que decía que “los hombres no lloran”, un papá que la consideró la luz de sus ojos por ser la única mujer en la familia y en medio de seis hermanos hombres, que nunca le preguntaron qué le pasaba cuando ella “se quebraba” en esa mesa de la cocina.

     

    Luis también era reservado con sus sentimientos. Él se crío junto a su hermano menor, una mamá muy sensible y un papá amoroso, pero serio. Alguna vez, en esos días cuando apenas se estaban conquistando, le contó a Lucía que muchas veces prefería quedarse en su casa escuchando con audífonos los partidos, en vez de salir a hacer vueltas con sus papás, lo cual lo llevó a ser introvertido y poco comunicativo. Sin embargo, cuando don Enrique, el papá de Lucía, lo aconsejaba sí dejaba caer con facilidad alguna que otra lágrima.

     

    La madre de Boabdil, un sultán de Granada, le dijo “llora como mujer lo que no supiste defender como hombre” porque, según los historiadores, el llanto de los niños varones ha sido más castigado que el de las niñas. Los hombres se han criado para aceptar un rol de cazadores y defensores de la tribu, y los que lloran son estigmatizados y muchas veces se vuelven objeto de burlas y regaños. Tanto así que, un proverbio indio dice “no se debe confiar ni en una mujer que ríe, ni en un hombre que llora”.

     

    Las investigaciones de diferentes oftalmólogos coinciden en que las mujeres lloran 5,3 veces en promedio por mes y los hombres 1,3 veces. De igual manera, Elena Jarrín afirma que la duración del llanto es cuatro veces más corta en los hombres. Lo curioso es que la sociedad y su idea de que llorar es sinónimo de “debilidad” se está negando posibilidades inimaginables, como perder un par de calorías. Así lo confirmó un estudio del St. Paul Ramsey Medical Center que dice que “las hormonas que liberan las lágrimas al llorar por una emoción intensa, como es la ruptura amorosa, reducen los niveles de cortisol, sustancia que favorece la retención de grasa en el cuerpo”.

     

    ***

    El mismo Jesús dijo alguna vez “bendito tú que lloras, porque reirás” y casi como una promesa, así se le cumplió a Lucía. En su cita con el ginecólogo se dio cuenta de que iba a tener otra niña. “Vas a tener que guardar los chulitos de tu otra hija para que se los des a la que viene”, le dijo el doctor para confirmarle la noticia.

     

    Dicen que el llanto de los bebés es crucial para su supervivencia. En un artículo de La Vanguardia dicen que es casi como un “cordón umbilical acústico” y lo que en ese momento se creía en la familia de Lucía era que Valentina sería muy “llorona” por todo lo que tuvo que pasar estando en la barriga de su mamá, pero sucedió todo lo contrario.

     

    Hidemi Yoshida, el hombre que “le enseña a llorar a Japón”, dice que las lágrimas tienen un “increíble poder curativo porque reducen el estrés y hasta alivian el dolor”. Sin embargo, las personas todavía no se creen dueños del as bajo la manga que tienen. De hecho, hasta ahora la ciencia no ha confirmado que un animal pueda hacerlo de la forma en que las personas pueden lograrlo, aunque a veces se hable de las “lágrimas de cocodrilo”.

     

    Por eso, llorar es un arte, tanto así que las verduras, como la cebolla, quieren provocarlo con su mecanismo de defensa llamado factor lacrimógeno. Llorar es resistir, tanto que los gobiernos despliegan armas químicas, como los gases lacrimógenos, y los pueblos siguen al pie de la lucha a pesar del dolor.

     

    Llorar también es celebrar, tanto que en Japón se inventaron el “Ruikatsu”, una “fiesta de sollozos catárticos” que les ayuda a liberarse de estigmas culturales y emociones. Llorar es poder, tanto que las lágrimas de las mujeres que eran contratadas para derramarlas en los velorios de desconocidos, llamadas plañideras, preparaban el paso del difunto al otro mundo, según las creencias romanas y egipcias. Llorar es un don que, aunque la religión cristiana diga que se les concede a unos pocos, todos tenemos la capacidad de “renovar el corazón sin cesar”.

     

    Llorar fue lo que poco a poco le unió de nuevo el corazón a Lucía. Fueron meses de hacerlo en silencio yendo en bus hacia su trabajo, tomando jugo de guayaba del que le hacia su mamá en la comida y antes de dormirse en la noche. Dice que para ella todo lo que pasó no fue nada fácil y con esa idea de que “tenía que ser fuerte” o que “ella era una berraca” mucho menos, porque sentía que no podía dejarse caer. Pero recuerda entre risas cómo hoy es la que hace reír a sus amigas y reconoce que en nuestros ojos se alberga una gran medicina.

     

    Trabajo realizado para el curso Periodismo VI, orientado por la profesora Carolina Calle.

     

     

  • Instinto de supervivencia

    “Yo pensé que no iba a volver a ver a mis hijos, pero uno quiere salir para que lo ayuden o algo, uno no se quiere tampoco dejar morir”. Del fraude en el servicoo de energía se hablan con cifras generalmente, este relato muestra la faceta humana del problema, que incluye notas muy negativas. Testimonio de Juan Daniel Germán Hernández, exinspector de fraudes en Electricaribe.

     

    María Andrea Gil Serna / periodico.contexto@upb.edu.co

     

    ¿Le soy sincero? Cuando me dijeron para hacer esto… A mí alguien me pregunta ¿cómo te pasó eso? Y yo evado, ¿sí me entiende? No me gusta recordar porque fue algo muy traumático.

     

    Eso fue en junio del 2015, yo era inspector de Electricaribe y me movía en todo lo que era Córdoba Sur. A eso de la una de la tarde llegué yo a una finca como a dos o tres kilómetros antes de Buena Vista, entré y encontré una irregularidad, le tomé foto porque el procedimiento mío era tomarle evidencia fotográfica y pasarla a la empresa.

     

    Actualmente son pocos los rastros que se ven del episodio que a Juan Daniel casi le cuesta la vida. Foto: Cortesía. >>

     

    Al momento de salir, yo prendí mi moto y vi que el señor de la casa, un señor alto y moreno de 65 años aproximadamente, salió y se fue adelante, como era puro potrero yo tenía que pasar por una puerta y cuando lo vi ahí parado en esa puerta, yo le dije: “Que calor, ¿cierto jefe?” y él me respondió: “Mjm”, pero nunca pensé que fuera a hacerme cualquier cosa, entonces me dijo: “bueno, entrégueme el celular” con un machete en la mano y yo le contesté: “no te lo puedo entregar porque este es el trabajo mío”. Sin decir más palabras me tiró un machetazo a la cabeza y yo levanté las manos, con las manos me protegí y me cortó en el antebrazo, de ahí yo me tiré de la moto y me fui por la orilla a agarrar un palo para defenderme y ¡qué va! Ya la mano no me funcionaba, ya la tenía echada para atrás.

     

    Yo salí corriendo para la casa de él, comencé a pedir auxilio y el señor detrás de mí. Yo le decía: “yo tengo hijos pequeños, yo no hago este trabajo porque quiera, sino porque es el trabajo que tengo, ¿qué culpa tengo yo de que este sea el trabajo mío? Vea, si quiere le entrego el celular, déjeme ir” y él: “¡Te voy a matar malparido, te voy a matar!”

     

    Cuando llegué a la casa de él, que era cercada con una malla, me la cerraron. Después salió el hijo, un hombre alto y grueso que dijo: “no le dé porque ya hizo bulla, vamos a sacarlo de aquí de la finca que él se va a morir de todas maneras”. Me comenzaron a empujar y me llevaron hasta la moto, el hijo me dijo: “vea que le estoy ayudando”, en el trayecto el señor decía: “¡No! Vamos a picarlo, vamos a desaparecerlo aquí en la finca”, pero el hijo insistía que no porque ya los vecinos sabían que yo estaba ahí.

     

    Pensé que iba a morir ese día, en lo único que pensaba era en mis hijos porque estaban muy pequeñitos y no los quería dejar así, me acordé de mi mamá que está muerta, comencé a pedirle a Dios que me diera otra oportunidad, que me permitiera ver criar a mis hijos.

     

    Así me monté en la moto, el hijo me la prendió y me fui. A 500 metros de llegar a la carretera se me puso la vista oscura y me desplomé, cuando ya reaccioné, yo dije: “si me quedo aquí, me desangro, me muero, como sea tengo que salir hasta la carretera” y salí gateando, me atravesé en la carretera nacional y venía un carro, pero cuando me vio me sacó el zigzag y siguió derecho, después venía una moto, ese fue el que paró como con miedo, me montaron en un taxi y me llevaron al Hospital San Nicolás. Cuando llegué a Planeta Rica, llegué sin conocimiento, yo oía por allá lejos cuando la enfermera gritaba: “se nos fue, se nos fue” y el médico decía: “líquido, líquido”.

     

    De ahí me mandaron a Montería, la primera noticia que me dieron cuando llegué a la Clínica Central fue que me iban a amputar la mano, pero la Salud Ocupacional de la empresa y otros amigos dijeron: “no, no, no, vamos a hacer las vueltas para mandarlo a Medellín”.

     

    Esa noche me operaron la vena arteria porque el señor me la cortó, me cortó los tendones y también los nervios. Cuando desperté de la cirugía, mi esposa estaba al lado mío y me sentía tranquilo, ese día nos dimos cuenta de que ella estaba en embarazo, yo pensaba: “casi me muero sin saber que iba a tener otro hijo”.

     

    Al día siguiente me mandaron para Medellín, mi esposa iba en la ambulancia conmigo, ella estuvo ahí todo el tiempo. En el trayecto de Montería a Medellín tenía la hemoglobina en 6 y los médicos de Montería cometieron el error de mandarme así, cuando llegué a la Clínica Medellín de Occidente, llegué sin conocimiento y me entraron a reanimación, me cambiaron las vendas de las heridas, me pusieron tres litros de sangre y al día siguiente estaba mucho mejor.

     

    Estuve 18 días internado en la clínica, me hicieron como cinco o seis cirugías de reconstrucción de tendones, de nervios y en los dedos de la mano derecha, hoy en día tengo unos dedos como torcidos y no tengo sensibilidad en la mano, pero por lo menos la muevo. Cuando recuerdo todo esto me da ira con ese señor. Yo le pido a Dios todos los días que me ayude a perdonarlo para no tener ningún rencor con él, que lo perdone a él y que me ayude a borrar esas secuelas. Yo trato más bien de olvidar eso.

     

    Trabajo realizado para el curso Periodismo III, orientado por la profesora Claudia Sánchez Aguiar.

     

     

  • Batalla rosa

    Ahí estaba ella. Impaciente y nerviosa. A punto de romper en llanto. Incapaz de atravesar la puerta del consultorio. Veía a las mujeres de su alrededor desfilar por los pasillos, sin un solo pelo en sus cuerpos, con caras largas y cabizbajas. Todas ellas, seguidas por una enfermera que caminaba con afán, quien indicaba la sala asignada donde pasarían cuatro horas de su día, tumbadas en una silla, mientras un líquido espeso de color naranja neón pasaba por sus venas, arrasando con todo. No quería ser una de ellas. Creía que después de su cirugía todo estaría resuelto.

     

    Verónica Peñaranda Isaza / periodico.contexto@upb.edu.co

     

    Lucía*, de 51 años, es esposa de Francisco* y madre de Natalia*. Se dedica a la arquitectura, más específicamente a las reformas. Es de corta estatura y tez clara. Lleva su cabello liso y negro en un estilo corto y a capas. Sus labios siempre están pintados con colores vibrantes, en su mayoría, los rojos y magentas. Es muy conversadora y extrovertida.

     

    Fue diagnosticada con senos fibroquísticos en su juventud y su madre es sobreviviente del cáncer mamario, por lo que, de manera periódica, se realizaba chequeos.

     

    Comenzó con un dolor en el seno derecho durante dos meses, por lo que decidió ir a realizarse una ecografía para descartar alguna anomalía. Fue sola, pues no esperaba nada nuevo en su diagnóstico. El especialista no tuvo que tardar mucho en decirle que había encontrado un carcinoma mamario ductal infiltrante en su seno izquierdo, irónicamente, el seno contrario al de su dolor.

     

    Según la American Cancer Society, este tipo de cáncer es diagnosticado al 80% de las mujeres que padecen esta patología. “Comienza en las células que revisten un conducto de leche en el seno. A partir de ahí, el cáncer invade la pared del conducto, y crece en los tejidos mamarios cercanos. En este punto puede tener la capacidad de propagarse (hacer metástasis) hacia otras partes del cuerpo a través del sistema linfático y el torrente sanguíneo”.

     

    “Al escuchar esas palabras, a mí se me derrumbó el mundo. En ese momento yo estaba en la etapa más importante de mi profesión. Tenía muchos proyectos, entre ellos, montar una oficina gigante de publicidad. El doctor me dijo que llamara a mi esposo, y habló con él. Salí de la cita y no entendía nada. Francisco me decía que hablara con mi jefe, porque tendría que parar mi trabajo para hacerme todos esos exámenes. Eso fue horrible”.

    Cayó en una grave depresión, hasta llegar al punto de recibir medicación. Su hija, Natalia, tenía 13 años, y lo que más la atormentaba era el pensamiento de no verla crecer.

     

    La psicóloga Estefanía Arango, resalta que, al diagnosticar un cáncer, de cualquier tipo, se disminuye la esperanza de vida, debido que se genera un componente derrotista, lo que acarrea una decadencia física y emocional. “A través de la historia hemos sabido que esta patología disminuye mucho la expectativa de vida y no en vano conocemos la rigurosidad del tratamiento y las consecuencias que pueden traer estos procedimientos, los cuales asustan mucho. Sin duda alguna siempre van a presentarse altibajos emocionales, y tanto la ansiedad como la depresión estarán ahí presentes constantemente”.

     

    ***

    Mientras Lucía vio su mundo caer al ser diagnosticada con un cáncer mamario, Cristina*, lo tomó como un reto más en su vida.

     

    Cristina, de 61 años, es soltera. De mediana estatura y contextura delgada. Su pelo es teñido de un color rojizo con iluminaciones, que contrastan con su piel blanca. Le apasiona la cocina, por lo que, después de ser despedida de su trabajo anterior, decidió empezar su propio negocio de comida internacional desde su casa. Vive sola y entrega toda su fe a la religión católica.

     

    A sus 59 años, se realizó una mamografía de control, donde se halló una calcificación extraña, que posteriormente sería un cáncer. “Cuando me entregaron los exámenes y leí que tenía un cáncer mamario, pensé ¿quién soy yo para que no me dé cáncer? Además, yo miraba a las personas de alrededor que iban recibiendo sus resultados y me cuestionaba, ¿qué tendrán los otros? Pues si tengo cáncer lo tendré muy incipiente, así que no me preocupé mucho”.

    Había sido diagnosticada con un carcinoma mamario ductal infiltrante en el seno izquierdo. “Yo en ningún momento tuve miedo. Siempre estuve tranquila. Yo pensaba que si esa era la manera en la que me iba a morir, pues me iba a morir, y si no era mi momento, pues iba a salir de esa. A mí el cáncer no me generó nada. Lo que sí me tumbó fue cuando me dijeron que debía ser tratada con quimioterapia”.

     

    El tamaño del carcinoma había comenzado en pocos milímetros, pero al cabo de un mes ya había incrementado a 2.5 cm. Era imprescindible que le practicaran una cirugía. La mastectomía radical. “El doctor me dijo que me iba a quitar todo el seno izquierdo, pero yo le dije que me quitara los dos de una vez. No quería volver a entrar a un quirófano en quince días o un mes para que me dijeran que ya se había esparcido a la otra mama, entonces me hice quitar las dos”.

     

    ***

    El artículo escrito por Ruiz de Aguirre y Villanueva Edo, titulado Evolución del Cáncer de Mama a Través de la Historia, expone que la mención de esta patología se remonta a los años 1600, citada por primera vez en el papiro de Edwin Smith, quien describe el tratamiento de los primeros tumores mamarios mediante cauterización (quemaduras) o exéresis (extirpación).

     

    En cuanto a las primeras cirugías de mama, se menciona a Heródoto, historiador griego y escritor, quién relata el mito de las amazonas, mujeres guerreras que se hacían amputar el seno derecho para agudizar su puntería en el manejo de las flechas y el arco. Además, se describe el martirio de la siciliana Santa Agueda, la cual recibió la orden del gobernador romano de Siracusa, de amputar sus senos salvajemente.

     

    Este documento también describe a la medicina grecolatina en relación a la cirugía de mama, desde los Tratados Hipocráticos (escritos médicos atribuidos al padre la medicina contemporánea, Hipócrates, en los siglos V y IV a.c), hasta el siglo I d.c., cuando el filósofo Celso lo menciona en su obra y Leónidas explica la mastectomía relacionada con la cauterización. Posteriormente, surgieron diferentes opiniones acerca del tratamiento para el carcinoma mamario ya que, en primera instancia, Galeano, aseguraba que la amputación del seno era inútil, debido a que el rápido incremento del tumor hacía de la intervención operatoria un método poco efectivo.

     

    La medicina medieval mejora después de los estudios de disección anatómica, plasmados en las pinturas de Leonardo Da Vinci y Jon Stephan de Calcar. Los cirujanos de los siglos XVI y XVII, tales como Vesalio, Ambrose Paré, Cabral, y Miguel de Servet, amplían los conocimientos sobre los tumores en los senos femeninos e identifican que esta enfermedad conlleva una mayor dificultad quirúrgica.

     

    Se conciben nuevos instrumentos como los descritos por Van Hilden y Gerard Taber, a modo de guillotinas que seccionan las mamas tumorales, con el objetivo de reducir el dolor y el tiempo de la operación. Más adelante se identifica que la extirpación del tumor debe ser total, además de la extracción del pectoral o tejidos de alrededor. Petit, es el primer cirujano en plantear la mastectomía radical y la conservación del pezón.

     

    En el último tercio del siglo VXIII se descubre el microscopio por Anton Leeuwenhoek, el cual despliega un mayor conocimiento sobre los tumores cancerígenos en los senos femeninos reconociendo que el diagnóstico temprano garantiza un mejor progreso.

     

    Charles Moore, fue uno de los cirujanos más destacados en tumores mamarios, quien concluyó que el cáncer de seno requería una extirpación completa del órgano, además de la limpieza de los bordes y los tejidos cercanos afectados.

     

    Además, Ruiz de Aguirre y Villanueva Edo, explican que, Joseph Lister, apoyado en los descubrimientos de Pasteur, sobre las infecciones quirúrgicas, ayudarán a nuevas prácticas antisépticas y asépticas, lo que dará como resultado una disminución de las muertes postoperatorias inmediatas y la implementación de nuevas maneras de exéresis.

    Los nuevos cirujanos comienzan a experimentan nuevas técnicas y variaciones relacionados con sus experiencias personales, técnicas que se resumen en: “Mastectomía radical de Halsted, Mastectomía modificada de Patey, Mastectomía suprarradical de Dahl-Ivern, Mastectomía simple y Mastectomía subcutánea”.

     

    A finales del siglo XIX, con el hallazgo de las hormonas, se pensó que el cáncer de mama podría ser causado por un desequilibrio hormonal, por lo cual, se podría evitar con una adecuada terapia. Algunos de los tratamientos que se implementaron fueron la testosterona, la ooforectomía (remoción de los ovarios) o la cortisona, los cuales dieron resultados poco alentadores.

     

    En 1895 con el descubrimiento de los rayos X realizado por Wihelm Röntgen, Marie y Pierre Curie, se inicia la terapia radioactiva contra los tumores mamarios cancerosos. “Así se usaron la introducción de agujas radioactivas en el tejido canceroso, la irradiación intersticial, las técnicas de alto voltaje y otras, que han llegado hasta nuestros días”.

     

    Por último, se menciona a los compuestos de arsénico que se usaron como quimioterapia a finales del siglo XIX, y en la actualidad, tratamientos con mostazas nitrogenadas.

     

    Los autores finalizan exponiendo que “en el inicio del siglo XXI el tratamiento del cáncer del seno femenino, conocido mediante un diagnóstico precoz y fruto de un estudio preventivo, se basa en un trípode equilibrado: Cirugía, radioterapia y quimioterapia, que un equipo de cirujanos, radioterapeutas y oncólogos deberá determinar, según el estudio protocolizado de cada paciente”.

    Cortesía: Mariarosa Velásquez.

     

    ***

    Quince días después del diagnóstico de Lucía, le practicarían una cirugía para la extirpación del cáncer. Su médico le sugirió realizarse una cuadrantectomía, es decir, únicamente someterse a la extracción del tumor mamario, pero Lucía insistía en que quería una mastectomía radical, lo que significa, la extracción completa de sus senos.

     

    “El especialista me decía que no me quitara todo el seno, que perdería toda la sensibilidad y que podría ver afectada mi relación de pareja. Sin embargo, yo estaba muy convencida de que me quitaran los senos completamente. Él insistía. Finalmente, Francisco me dijo que él prefería una mamá para Natalia que un seno en la cama. Esta enfermedad o une a las parejas o las separa definitivamente, pero en mi caso, mejoró mi matrimonio. Es que este cáncer no solo me dio a mí, sino que nos dio a los tres. Francisco sacrificó una parte muy importante de mí, y a mi hija la molestaban en el colegio porque le decían que la enfermedad de su mamá era contagiosa”.

     

    ***

    El Dr. Jaime Alberto Restrepo Pérez, egresado de la Universidad Nacional de Colombia, es un reconocido especialista en cirugía plástica, estética y reconstructiva en la ciudad de Medellín, que labora en la Clínica Medellín de El Poblado. Así como lo expone, es fundamental el acompañamiento a las pacientes por parte de sus parejas.

    “La mayoría de las veces, las parejas acompañan en este proceso a las pacientes lo cual es muy importante, ya que los procedimientos reconstructivos son grandes y algunas veces dolorosos. Por eso es importante la participación de ellos. Y aunque no son en últimas los que definen el tipo de cirugía o el tamaño del implante, cuando la paciente intervenida sabe que cuenta con ellos, es un paso significativo que ayuda en su proceso de recuperación”.

     

    Además, el Dr. Jaime Alberto Restrepo opina que las perspectivas de las pacientes que van a ser intervenidas con una mastectomía, en su mayoría, son positivas. Sin embargo, puede generar ansiedad por el resultado final.

     

    ***

    A diferencia de Lucía, el testimonio de Georgina Argüelles, presentado por la W Radio en el 2020, titulado El testimonio de Georgina: ella superó el cáncer de mama y un divorcio, demuestra lo que viven muchas mujeres al ser diagnosticadas con un cáncer de seno y someterse a una mastectomía radical.

     

    “Joven, alta, delgada, ojos color miel. Su paso por los pasillos del hospital no es indiferente. Georgina Argüelles es sin duda, una mujer atractiva. Pero le falta un seno”.

     

    La primera reacción que tuvo al saber que tenía cáncer de seno fue pensar en la muerte, puesto que había tenido dos familiares que habían fallecido por la misma causa. Ella decía “yo no me quiero morir, no me quiero morir”.

    Llevaba casada con su pareja sentimental 18 años. “Cuando él supo, me decía, ´yo voy a estar contigo, no te preocupes´… pero se fueron dando situaciones y sentí que más que apoyo de él, era un estorbo, porque me decía: ‘así como estás nadie te va a querer’”.

     

    Los primeros tres meses continuó a su lado, pero Georgina notaba fastidio por parte de él. Para su tercera quimioterapia, le pidió que no la acompañara más, porque en lugar de subirle sus ánimos, la hacía sentir mal.

    Georgina explica que su esposo pensaba que ella se iba a morir, pues no pudo superar la impresión del diagnóstico.

     

    Ella misma decidió separar los caminos, pues sentía que, si se quedaba con ese hombre, ella moriría. Además, puntualiza que se sentía herida, abandonada y lastimada. “Cómo es posible que cualquier pretexto fue fácil para decir ahí nos vemos, en lugar de que luchara conmigo”.

     

    Las cosas que él le dijo en esos momentos la afectaron mucho, “aunque él me diga que no lo decía con esa intención, para mí, en el momento en que yo estaba más vulnerable en mi vida, hasta el día de hoy, las sigue trayendo en mi cabeza”. Finalmente concluye diciendo que su separación ha sido complicada, pero no ha dejado que esta situación la domine.

     

    ***

    Si bien Lucía no vio sacrificado su matrimonio, ella describe que sus amistades han tenido un cambio radical después de su cáncer en cuanto a la ausencia y el poco apoyo. “Las relaciones amistosas se afectaron totalmente. Los amigos se cuentan dos veces: en las buenas se saben cuántos son, y en las malas se saben cuántos quedan. Yo era la más amiguera, y después de todo esto, mis amigos se cuentan con los dedos de una sola mano”.

     

    Bibiana Vergara, asistente administrativa de la fundación Fundayama, ubicada en Medellín, puntualiza que la ayuda psicológica relacionada en temas de familia, relaciones sociales y de pareja son indispensables, por lo cual, son programas importantes en la fundación. “Uno de los factores más relevantes de la baja autoestima en las mujeres, y por la que buscan ayuda, es la caída del cabello y la mastectomía radical. Los esposos las rechazan porque se ven calvas, además de que la mama, después de la reconstrucción, no queda estética, pues queda con una apariencia diferente, por lo que afecta las relaciones de pareja”.

     

    Para la psicóloga Estefanía Arango, el acompañamiento psicológico asertivo es indispensable para las parejas, pues es el cáncer un gran detonante para la separación de compañeros sentimentales. “Si no se contribuye a generar esas buenas expectativas con su pareja, puede acarrear esa inconsistencia, pues la mujer que padece el cáncer se sentirá insegura, vacía y ausente, y creerá que no le podrá suplir al otro con lo que a ella le falta”.

     

    ***

    La cirugía de Lucía fue exitosa. Estaba totalmente convencida de que su intervención quirúrgica sería suficiente para extirpar el cáncer, pues ya le habían quitado su seno completo.

     

    “Después de recuperarme de la operación, me dijeron que fuera donde el oncólogo. Uy no, ese día sí tuve un choque. A mí me dio una cosa, lo más horrible. Yo no era capaz de pasar esa puerta del consultorio. No era capaz de entrar. Yo lloraba y empecé a ver toda la gente sin pelo, y yo decía, ¡pero yo qué estoy haciendo acá dónde un oncólogo que me va a hacer una quimioterapia! Me dio un ataque de pánico tenaz. Y uno siempre conserva la esperanza de que no se le va a caer el pelo”.

     

    Le formularon la quimioterapia adyuvante, -más conocida como la quimioterapia roja, que se destaca por su agresividad en el cuerpo-, durante 6 meses, con dosis cada 28 días.

     

    “¿Lo más duro de la quimioterapia? Uy no, lo síntomas. Fueron mortales. Me derrumbaban. La pastilla que me daban me mataba. Yo prácticamente duraba 21 días muerta, tirada en un sofá. El día 21 me aliviaba, esos siete días comía bien, hasta el día 28, y volvía y me moría. Yo me perdí a Natalia seis meses. Enflaquecí mucho, porque solo me tomaba tres cucharadas de sopa en todo el día. Siempre tenía náuseas y esa sensación era muy maluca”.

     

    Para Lucía, lo más difícil de tener cáncer de seno es el miedo a morir. “Yo le decía a mi mamá que no quería otra quimio más. Que no iba a aguantar. Ella me decía, Lucía, piense en algo, para que puedas resistir”. Ella solo quería ver a su hija cumplir 15 años y lo describe como su mayor motivación, que la ayudó a sobrellevar el tratamiento.

     

    ***

    La Organización Panamericana de la Salud (OPS) expone que el descubrimiento de la quimioterapia fue una casualidad, puesto que fue un hallazgo del gas mostaza utilizado durante la primera guerra mundial. Antes de este descubrimiento los tratamientos para el cáncer de mama no habían tenido buenos resultados.

     

    “El gas mostaza, también conocido como mostaza azufrada, es un agente de guerra química con efecto vesicante, sintetizado por Frederick Guthrie en 1860”. Fue muy usada durante la época, teniendo efectos mortales. “Fue responsable de 1.205.655 víctimas no fatales y 91.198 muertes. La toxicidad de este agente varía en función de la dosis”.

     

    Los efectos pueden variar, desde irritación en la piel y conjuntivitis, hasta síntomas graves pulmonares. Las secuelas que puede generar este gas pueden ser alopecia, vómitos y vulnerabilidad a infecciones.

     

    “Estas manifestaciones resultan del efecto alquilante del veneno que daña el ADN (un componente vital de las células en el cuerpo), se reduce la formación de los glóbulos sanguíneos (aplasia medular) y se presenta disminución anormal de los eritrocitos, leucocitos y trombocitos (pancitopenia). La médula ósea y el tubo digestivo eran las partes más afectadas por la exposición crónica a este gas. No obstante, el aterrador uso del gas mostaza durante la Primera Guerra Mundial tuvo un aspecto positivo: el descubrimiento del primer agente quimioterapéutico moderno que se fundamentó en el seguimiento de los sobrevivientes expuestos al gas mostaza”.

     

    En 1919, el doctor Edward Krumbhaar, describió los efectos del gas mostaza en la médula ósea y los glóbulos sanguíneos, posterior a haber tratado pacientes expuestos a este químico en Francia. “Se dio cuenta de que incluso si el curso clínico inicial de estos pacientes estaba acompañado por un aumento en el número total de leucocitos, aquellos individuos que sobrevivían durante varios días desarrollaban una disminución profunda de los glóbulos sanguíneos”.

     

    La oficina de investigación científica y desarrollo en los Estados Unidos (OSRD) pagó una investigación secreta acerca de los químicos utilizados durante la Segunda Guerra mundial que se realizó en la Universidad de Yale.

    Lo que realmente inició la era de la quimioterapia anticancerígena fue un accidente que sucedió en la Segunda Guerra mundial debido a que “cientos de habitantes fueron expuestos accidentalmente al gas mostaza durante el bombardeo de la ciudad italiana de Bari el 2 de diciembre de 1943. El primer estudio clínico con uso de gas mostaza fue llevado a cabo por Louis Goodman y Alfred Gilman en 1942”.

     

    Los resultados se publicaron en 1946 y se comenzaron nuevos estudios sobre las mostazas nitrogenadas, que dieron paso a los primeros agentes alquilantes como la mecloretamina.

     

    “Esto motivó otras investigaciones relativas al cáncer, como el estudio sobre el ácido fólico que dio origen al metotrexato. Estos acontecimientos cambiaron la percepción del tratamiento contra el cáncer. A finales de la década de 1960, con la introducción de la quimioterapia combinada como el protocolo MOMP (mecloretamina, vincristina, metotrexato y prednisona) más y más pacientes con cáncer lograron la remisión, lo que permitió concebir esta enfermedad como una enfermedad curable, en particular para los linfomas y las leucemias”.

     

    ***

    La autoestima y la feminidad se ven afectadas con el tratamiento del cáncer de mama. En el caso de Lucía, con la quimioterapia se le cayeron las cejas, las pestañas y todo el pelo. “A mí lo que más me dolió no fue la caída del cabello sino perder las cejas, porque yo tenía una peluca hermosa que me regalaron mi esposo y mi mamá. Cuando uno se ve sin cejas no se reconoce porque pierde toda la fisionomía. Al no tener cejas, ni pestañas, ni pelo, me daba mucho trabajo mirarme al espejo”.

     

    Cuenta que cuando ella era joven lo que más le gustaba era su escote “porque yo era pecosita y mis senos eran hermosos, me fascinaban. Ya con el cáncer quedé sin escote”. Dice que se hizo la reconstrucción de sus senos asegurando de que es una parte fundamental de ser mujer. “Las prótesis lo hacen olvidar a uno de que está mutilado”.

     

    El Dr. Jaime Alberto Restrepo describe que la primera impresión de una mujer cuando se le diagnostica que tiene cáncer de mama, además de su condición de salud, es que va a quedar mutilada. “Por eso, en cuanto se entera de que existen posibilidades de reconstrucción, se logra amortiguar el impacto, además de que la ayuda en su proceso de recuperación, pues facilita a recobrar su feminidad y su autoconfianza. Es por eso que los procedimientos reconstructivos se hacen en el momento de la mastectomía: para que la sensación de pérdida anatómica no sea tan impactante”.

     

    Además, la psicóloga Estefanía Restrepo recalca que la relación de las mujeres con su feminidad es bastante importante “porque cuando hablamos de mutilación, estamos hablando de una ausencia de algo, de lo que los senos representan para una mujer”. Expone que las mujeres relacionan sus mamas con la seguridad en sí mismas, las relaciones con su pareja y la maternidad, y al sentir esa ausencia, se sienten incompletas, que no sirven para concebir y no son lo suficientemente buenas para una relación de pareja, lo cual causa disminuciones en la autoestima y la concepción de feminidad propia.

     

    ***

    Si bien la quimioterapia disminuye la autoestima en gran medida por la pérdida del cabello y demás efectos secundarios, está claro que el simple hecho de ser diagnosticada con cáncer de seno y ser intervenida quirúrgicamente también puede afectar, como es el caso de Patricia, quien no fue tratada con quimioterapia, pero que también sufrió con su amor propio.

     

    Patricia*, de 57 años, es bacterióloga y docente de la Universidad de Antioquia. Está casada con Rodrigo*, salubrista y también docente de la misma universidad y es madre de Tomás* y Sara*. Es de contextura delgada y mediana estatura. Su pelo liso llega hasta sus hombros, de un color café oscuro. Es una mujer bastante natural, por lo que utiliza muy poco maquillaje. Es bastante conversadora y amigable.

     

    En el 2014 optó por cambiar de ginecóloga, quien decidió hacerle un chequeo general, entre ellos una mamografía. Ante la sospecha de una lesión maligna, le prescribió una biopsia que reportó un carcinoma intraductal in situ retroareolar en el seno derecho.

     

    “Al enterarme quedé en shock, no sabía qué me podía pasar. La doctora fue muy dura conmigo al contarme que tenía cáncer, entonces lloré todo el camino del consultorio a la casa”. Debían practicarle una mastectomía radical para la extirpación total del su seno. “Estaba muy preocupada porque como mi cáncer era en la areola, era demasiado probable que quedara sin pezón”.

     

    Después de su cirugía, comenzó a experimentar inseguridades debido a que se sentía asimétrica, pues un seno era un implante y el otro era natural. Además, sufrió una desviación del mismo, por lo que tuvieron que practicarle una segunda operación para su reacomodación. “En ese momento que tenía el implante desviado, yo solo me ponía camisas anchas y nunca me ponía un escote porque eso se veía muy raro”.

     

    Después de su segunda operación, y con el miedo de un segundo desviamiento, decidió dejar de mover su brazo derecho durante su recuperación, lo que causó una adhesión del manguito rotador.

     

    Esto también le preocupaba, pues le era imposible alzar su brazo derecho, lo cual le imposibilitaba la realización de múltiples acciones, incluso ponerse un brasier. Con la ayuda de fisioterapia tres veces al día logró ir recuperando su brazo derecho. “Cuando me recuperé, tardé mucho en comenzar a utilizar escotes otra vez, porque sí sentía que era bastante notorio la diferencia de las mamas”.

     

    ***

    Así como lo expresa Bibiana Vergara, la fundación Fundayama tiene un enfoque en problemas de autoestima, para lo cual se realizan tanto talleres como consultas personalizadas con profesionales. Además, hacen diversas campañas para la donación del cabello, con el fin de confeccionar pelucas que puedan brindarles a las mujeres de la fundación con dificultades económicas para comprarlas.

     

    “La pérdida del cabello es un tema demasiado complejo para las pacientes, pues al perderlo de un momento a otro, mediante un proceso que ellas no eligieron, sino que les toca aceptar, es bastante complejo. Estas mujeres tienen que afrontar su vida en su círculo social, familiar y laboral, y su autoestima se baja demasiado, por lo que buscamos que recuperen la confianza y cambien el chip que tienen sobre el cáncer”.

     

    Bibiana expresa que cuando las mujeres recién llegan a la fundación, tienen en la cabeza que se van a morir. Es por esto que realizan terapias ocupacionales con las pacientes de cáncer de mama, para que entre ellas se ayuden a recuperar su esperanza de vida y su amor propio. Además, se hacen diversos tipos de talleres como cursos de automaquillaje, arteterapia, yoga, costura, entre otros, con el fin de distraer a las mujeres de su enfermedad y que poco a poco recuperen su autoestima.

     

    Estefanía Arango puntualiza que las consecuencias psicológicas del cáncer de seno comienzan desde la afectación de lo físico y lo social. Todo lo que concierne a impedir mostrarse y sentir que le falta feminidad, acarrea problemas de autoestima, lo cual puede causar problemas psicológicos como depresión severa, ansiedad generalizada, incertidumbre y trastornos de pánico. Todo esto, debido a que se desdibuja esa percepción de la feminidad socialmente aceptada.

     

    Además, explica que es muy importante la apariencia externa porque “nos hemos criado en un contexto muy patriarcal y ese ideal de la mujer femenina debe tener ciertas características físicas para que sea totalmente aceptada”.

     

    ***

    La medicación después del cáncer de seno con inhibidores hormonales como el Tamoxifeno, es un procedimiento bastante fuerte para las mujeres debido a que tiene diversos efectos secundarios como la menopausia temprana, fatigas, entre otros.

     

    “Me dan unas cosas tan horribles. Calambres, mialgias y perdí mucho la visión. Además, me da mucha resequedad, no lubrico bien y perdí toda la sensibilidad en los senos”, expone Lucía.

     

    Asimismo, los hábitos posteriores al tratamiento del cáncer de seno también cambian, pues como explica Lucía, su alimentación es totalmente diferente, enfocándose en alimentos limpios y naturales. También, dice que el aspecto mental es fundamental, por lo que empezó a meditar, “y también hablo con mi cuerpo y mis células para no atraer la enfermedad”.

     

    En la actualidad describe su cuerpo como “después de la guerra”. Dice que tiene cicatrices que le recuerdan todos los días lo que vivió, por ejemplo, su cicatriz al lado de la clavícula del catéter de la quimioterapia y sus cicatrices en los senos.

     

    Del mismo modo, recalca que después de superar el cáncer su autoestima mejoró. “Uno ya se valora más, y trato de enseñarle eso a las personas de mi alrededor. Les enseño a que se cuiden y se hagan el autoexamen y la mamografía.

     

    “En definitiva, esta enfermedad o te vuelve una familia unida, o te la acaba por completo”, concluye Lucía.

     

    *Los nombres de las personas participantes en este reportaje fueron cambiados para proteger su privacidad.

     

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    Trabajo realizado para el curso Periodismo IV, orientado por el profesor Ramón Pineda.

     

     

  • Medellín con sazón extranjera

    Cinco personas, cinco restaurantes, cinco historias de migración diferentes reunidas en Medellín para narrar a través de sus platos y pasión por la cocina el testimonio de una experiencia de tradición de un país.

     

    Medellín es una ciudad de migraciones y, cada vez más, de migrantes. Este especial multimedia recoge historias, lugares y sabores que hablan de esos viajes, del intercambio de culturas que se puede saborear en muchos lugares Del Valle de Aburrá.

     

    Manuela Echeverri Jaramillo, Catalina Tello Guarín y Juanita Zapata Zuluaga / periodico.contexto@upb.edu.co

     

    Clic en la imagen para navegar el especial multimedia:

    Trabajo realizado en el curso Núcleo II (Narrativas) y sus laboratorios, orientados por los profesores Ana María López, Daniel Santiago Cortés y Joaquín Gómez Meneses.

     

     

  • Corriente de segundas oportunidades

    Esta es la historia de un viaje que comenzó bien y casi termina mal.

     

    Carolina Meneses Botero / periodico.contexto@gmail.com

     

    Cuando llegaron al nevado, Yorlady se quedó esperando en la casita que había abajo de la montaña mientras el resto escalaba. Luis la acompañó, él no había dicho palabra alguna desde el día anterior. Se sentaron uno al frente del otro, él solo la miraba y movía su cabeza de lado a lado mientras silenciosas lágrimas rodaban por su rostro. Entre suspiros soltó “Yolita, ¿usted también vio la muerte?”. Pensando en todo lo que iba a ser de ellos después de eso, dijo “sí”.

     

    Desde hacía tiempo, Yorlady había querido ir a mochilear con su esposo Felipe y hacer la Ruta del Sol en Ecuador. A finales de enero de 2017 subieron a un avión que los llevó hasta Pasto, Nariño, donde harían la primera parada. De ahí bajaron a Ipiales, el lado colombiano de la frontera con Ecuador.

     

    En Ipiales notaron que en todas las esquinas había asaderos con animales cocinados como pollos, pero no eran pollos. Eran cortos, bajitos y con cabeza redonda; parecían ratas gordas, pero tampoco eran ratas. Ninguno quiso probar, pero Yaneth dijo que “al lugar donde fueres haz lo que vieres” y algunos mordiscos le pegó a un cuy asado. Le pareció espantoso, pero no se arrepintió de la experiencia, porque todo era parte del paseo.

     

    Yaneth, la hermana de Yorlady, se unió al plan con su esposo Luis y su hijo Julián. También se unieron Valentina la hija de Yorlady, una amiga y la hija de Felipe. Las maletas, que eran casi más grandes que sus cuerpos, estaban totalmente llenas; en el plan solo faltaba Sofía, la bebé de dos años que Yorlady dejó en Medellín por los días que duraría el paseo. Después de Ipiales siguieron hacia Quito y poco a poco se fueron adentrando en los paisajes del territorio ecuatoriano.

    Un viaje en balsa estaba en el inicio del itinerario de los viajeros. La experiencia dejó huellas de por vida.

    Foto: Cortesía.

     

    Llegada al “paraíso”

    Lo soñado era llegar a Baños, un pueblo en el amazonas, rodeado de montañas, cascadas y ríos; en donde el calor y la humedad se sienten día y noche, y donde reinan los juegos extremos. Llegaron en la noche, se registraron en el hotel, se ubicaron en sus habitaciones e inmediatamente salieron a caminar. Fueron hasta un mirador arriba en la montaña, donde había payasos y vendedores de comida. Se divisaba todo el pueblo y las luces de las lámparas que desde lejos parecían linternas parpadeando.

     

    Pronto llegó el día de los deportes extremos. Aunque estaba lluvioso encontraron diferentes personas ofreciendo rafting, que usa una balsa para descender por los rápidos de los ríos, así que pagaron el tour y se montaron a una van que los llevó hasta el río. La corriente era de tercer grado, fuerte, y estaba aún más fuerte porque el día había estado lluvioso, pero los guías les aseguraron que no había motivos para preocuparse y les ofrecieron una capacitación y les explicaron que el remo podía salvarles la vida, este tenía un gancho en la punta con el que se podrían agarrar de otros para arrastrar a alguien si se caía.

     

    Les presentaron a un chico, quien iba a ir en un kayak delante de todos para asegurarse de que fueran por buen camino y ayudar en caso de emergencia. Cada uno se puso un casco, un chaleco inflable y agarró un remo.

     

    Dividieron el grupo en dos balsas: la hija de Yorlady, la hija de Felipe y la amiga en una; y los demás en otra junto a una pareja de chilenos que conocieron en Quito. Luego las balsas comenzaron a descender una tras otra. Sintieron la mejor sensación, la balsa iba rápido y se alzaba de vez en cuando hasta que remaban en el aire para luego volver a caer y recibir el golpe estruendoso de agua.

     

    Así se la pasaron, riendo, jugando y remando; pero en un momento las balsas de adelante advirtieron que había un remolino fuerte cerca. Todas entraban y tiraban los remos hacia la derecha para pasar, pero el guía les dijo a ellos que remaran los del lado izquierdo.

     

    Remaron fuertemente y cuando entraron en el hueco hicieron lo que el guía dijo, pero la balsa se levantó, todos gritaron y volaron fuera. En segundos Yaneth logró salir a flote, vio que la balsa estaba volteada y recordó que en la capacitación les dijeron que, si se caían, cuando salieran tenían que buscar la balsa. Nadó y se pegó de uno de los lados cuando salió la chilena y se pegó del otro. Luego salió el guía, en ese momento ninguno pensó en nadie, solo pensaban en que tenían que salir de ahí y salvarse como fuera.

     

    Entre los tres giraron la balsa y se montaron. Tenían que remar suave mientras encontraban al resto, pero la espuma blanca producida por la velocidad del agua y las corrientes dificultaban que vieran algo. Yaneth fijó su vista en lo que parecía ser una persona en el agua. Luis parecía muerto: verde, con los ojos cerrados y la boca fruncida. Tenía el remo agarrado contra su pecho.

     

    “¡Luis! ¡Abra los ojos! ¡Tíreme el remo yo lo arrastro!” gritaba Yaneth, pero él no movía ni un dedo. Yaneth pensó que estaba asustado y desmayado, salvándose a su manera. Le pedía al guía que lo salvara, pero el señor no hacía nada. Como Luis no sabía nadar, había cerrado la boca para dejarse llevar. Yaneth solo pensaba en que, si se tiraba, ni siquiera sabía si sería capaz de volver.

     

    En un instante vieron al chileno saliendo del agua cerca de Luis, entonces le gritaron que lo salvara. Él entendió el mensaje y nadó, con todos sus esfuerzos, hasta donde estaba él, lo agarró y luego nadó hasta llegar a la balsa. Luis cayó desmayado y el chileno comenzó a vomitar agua, no podía parar, había tragado demasiada cargando todo ese peso; estaba agotado, ahogado.

     

    Todos los remos se habían caído, tan solo quedaba el que Luis tenía. Como el guía se cayó de nuevo, luego de subirse quedó desmayado; Yaneth dudó que el señor tuviera experiencia y hasta pensó que al pobre le había tocado lo peor en su primer viaje. Todo era un caos y la chilena perdió el control. Comenzó a gritar como una mujer condenada.

     

    —¡Diosito! ¿Por qué nos dejaste en esto? ¡Nos vamos a morir! Me quiero ir para mi casa.

     

    Intentaron calmarla, pero no funcionó. Llegó un momento en que el chileno, en medio de la maluquera, se enderezó con las últimas fuerzas que le quedaban, se giró y ¡pum!, le pegó una cachetada a su esposa y le gritó que se callara. Yaneth casi se va de para atrás de la impresión, pero la chilena lo miró, se calló y se sentó.

     

    Yaneth solo esperaba que su hijo se hubiera encontrado con las otras balsas y sin pensarlo agarró el remo de Luis, le pidió fuerzas a Dios y remó, despacio, rezando mientras sentía que se le reventaban los brazos hasta que vio a Julián a lo lejos en una de las otras balsas.

     

    —¡Ma! ¿Estás bien? —todos se sintieron aliviados de verlos.

    —¡Sí! ¿Y Yorlady? —preguntó al ser la única que faltaba.

    Yorlady no había aparecido, no se veía por ningún lado, pero ya Felipe se encontraba en una balsa. Se veía desesperado, estaba pidiendo ayuda.

     

    El ahogo

    Cuando dijeron que remaran a la izquierda y la balsa se volteó en medio del remolino, como Yorlady y Felipe iban al frente volaron más lejos. La corriente los volteó, los tragó, los revolcó por debajo del agua. El impacto, sin aire, sin fuerzas contra el peso del agua, casi no los deja salir.

     

    Llegó un punto donde ambos lograron asomarse a la superficie. Tomaron una bocanada de aire y vieron que Julián se soltó del bote para dejarse llevar por la corriente hasta las otras balsas que estaban más adelante al lado derecho del río. “¡A la derecha!” gritaban todos, más cerca de Felipe, a Yorlady la había cogido la corriente que iba más rápido.

     

    Cuando Felipe cayó en la cuenta, intentó estirar su brazo para alcanzarla con el remo, ninguno de los dos lo había soltado, pero los cuatro metros que los separaban hacían imposible que lograran tan siquiera tocar las puntas de los remos. Jamás se iban a alcanzar. Ella trató de nadar, pero a pesar de todos sus esfuerzos no lograba avanzar ni un centímetro, solo perdía energía.

     

    Felipe gritaba con ira “¡que a la derecha!”, pero no era que Yorlady no lo intentara, era que no podía. Felipe terminó nadando cerca de las otras balsas, que lograron subirlo, y Yorlady comenzó a tragar más y más agua, entonces, se estiró hacia atrás siguiendo los consejos de la capacitación para flotar, pero la posición solo hizo que el agua entrara directamente a su boca. El peso de la corriente la halaba hacia abajo con fuerza, con agresividad.

     

    Se alejó cada vez más y la angustia la invadió, perdía de vista a la gente. “¡Mami!”, la voz de su hija Valentina fue lo último que escuchó antes de que el agua se la tragara de nuevo. La revolcó y la tiró más hondo. Daba vueltas y la corriente atraía su cuerpo entero como si fuera de goma. Revolcada sentía el golpe de las olas y como no soltaba el remo se pegaba con él en la cabeza.

     

    Tragó agua y por más que intentó no logró salir. Se perdió la luz del sol, era tan hondo y ella estaba tan abajo que no veía nada; la profundidad era tanta, que a pesar de ser empujada cada vez más, no sentía piedra alguna debajo. Oscuridad, nada más, y un sonido de cascabel a lo lejos producido por el choque de la espuma blanca.

     

    Sin darse cuenta, la corriente la empujó de nuevo hacia arriba y logró inspirar por tres segundos antes de ser devorada de nuevo. Todo estaba en su contra, ya se sentía más muerta que viva, sin aire y adolorida. Llevaba un rato en lo profundo del río, pegándose contra el remo y arrastrada sin ningún tipo de voluntad propia. Comenzó a tragar más agua de a poco y llegó un momento en el que en medio de la penumbra ya ni el cascabel escuchaba, solo sentía el inicio de la asfixia, que casi siempre termina llevándose a la gente entre uno y dos minutos.

     

    Su cuerpo ya estaba casi sin oxígeno. Comenzó a convulsionar y pensó: “Vale ya está bien, pero ¿quién va a aguantar a mi niña?”. Buscó en su mente cuánto tiempo tardaba alguien en morir ahogado, pero no encontró nada, entonces solo le pidió a Dios que fuera rápido. La asfixia y la agonía llegaron a tal punto que ya solo quería morirse para no sufrir más. Su pecho se contraía y el resto de su cuerpo dolía, pensaba en la niña de dos años que había dejado y que ella creyó que iba a ver crecer. No solo ella estaba muriendo, su esperanza también. Sintió que eso era todo, cerró los ojos y se apagó.

     

    La incertidumbre

     

    Todos vieron a Yorlady desaparecer en el rápido más furioso. Yaneth tuvo que remar sola y cuando llegaron a la orilla del final del recorrido, todos notaron un ambiente muy movido y tenso.

     

    —¿Qué pasa? —preguntaron los viajeros desesperados frente a semejante alboroto.

    —Tranquilos, es gente de la región. No pasa nada.

     

    << Canopy también estuvo entre las actividades del viaje. Foto: Cortesía.

     

    Recordaron que en la inducción dijeron que en la zona había una red de trabajo que ayudaba cuando había un episodio de peligro. Por el lado del río aparecían y aparecían más botes y gente, estaban buscando a Yorlady. Los guías no les decían nada a los viajeros, pero ellos no eran ingenuos, sabían que estaban buscando algo, o más bien, a alguien. Solo les quedó esperar.

     

    Mientras tanto, a kilómetros de allí, Yorlady sintió algo compacto que lastimaba su pie. Poco a poco su mente se fue encendiendo, la corriente la había dejado en esa zona plana, podía sentir arena y rocas bajo su cuerpo. Después de unos cuantos intentos logró girarse lentamente. Un hilo de aire entró por su nariz e intentó mover sus manos, la derecha sintió una piedra a su lado, pero no logró agarrarla porque se le resbalaba de los dedos; estaba frágil, como una pluma.

     

    Trató de moverse otra vez, pero su cuerpo estaba paralizado. Su mano izquierda aún tenía el remo, había sido tanto el esfuerzo por no soltarlo que la mano se le quedó entumida. Pensó “Dios mío, gracias, me salvé” y sintió el alivio de sentirse con vida. Sus ojos recorrieron el panorama, no reconocía nada, solo veía montañas que encerraban el río.

     

    En las rocas el caudal era sigiloso, tranquilo, pero cuando su vista encontró la corriente bruta al otro lado de las rocas, los latidos de su corazón la invadieron y comenzó a temblar. Empezaba a morir de nuevo con la agonía de pensar en volver a estar en el agua, no lo soportaría una segunda vez. La ansiedad hizo que su cuerpo contestara un poco más y pudo mover un pie.

     

    Pensó en arrastrarse hasta la orilla, pero estaba a metros de distancia. Optó por empujar su pie hasta una gran roca que vio y así poder frenar en caso de que la corriente creciera. Empujón por empujón se movió y quedó detrás de la piedra. Ahí su cuerpo se destensó más y logró relajar las manos, cambió el remo a su mano derecha y estiró el brazo para recostar el remo sobre la piedra, luego recostó su cabeza en el brazo. Pensó “Yaneth y Luis no se salvaron” y se durmió.

     

    Pasaron casi 30 minutos, Yorlady escuchó gritos y pitos. Trató de abrir los ojos, pero no pudo. Cuando los de la red de ayuda pasaron por la zona, uno de ellos vio el remo detrás de la roca y bajó la montaña para revisar. Yorlady no veía nada, pero sintió que alguien la agarró de los brazos y le preguntó si estaba bien mientras le desabrochaba el chaleco y le quitaba el casco. Ella abría la boca para hablar, y aunque su respiración era más profunda sin el chaleco, no era suficiente para que salieran palabras. Otra persona bajó para ayudarla, tuvieron que agarrarla de los brazos para subir hasta la van que estaba esperando en la selva.

     

    Cuando llegaron, Yorlady se separó bruscamente de sus ayudantes, agachó su torso y comenzó a vomitar; sentía como si todo el cuerpo se fuera a salir por su boca, su cabeza se iba a explotar de dolor. Cuando logró incorporarse la montaron a la van y la recostaron en el suelo, ella no era capaz de sostenerse, pero ya no sabía si era por el ahogo o la vomitada.

     

    El resto se montó al carro y comenzaron el recorrido entre los árboles y el barranco que llevaba al río que ella nunca iba a querer volver a ver en su vida. La gente del camino preguntaba si ya la habían encontrado.

     

    —¿La recuperaron?

    —Sí, acá la llevamos.

    —Pero que sea verdad —dijo una señora que se asomó por la ventana de la van y no la vio.

     

    Uno de los hombres abrió la puerta para mostrar ese cuerpo vivo pero inmóvil. Al final siguieron su camino y los pitos cesaron. Los viajeros estaban esperando en donde los dejaron las balsas y cuando escucharon que la habían encontrado, corrieron a ver si era verdad. La vieron sentada en el piso de la van en un mar de llanto. “Me quiero ir para mi casa”, decía Yorlady con una voz delgada y silenciosa entre sollozos. Todos lloraron de felicidad, pero ella no pudo calmarse ni un poco sino hasta que vio a su hija Valentina.

     

    La hora de la verdad

    Después de descansar en el hotel, todos escucharon la historia de Yorlady. Cada palabra era un tiro al corazón, las lágrimas caían por sus mejillas, sus cejas se elevaban, arrugaba la frente y sus ojos reflejaban la angustia de su memoria. Todos lloraban, a ninguno le había hecho gracia la celebración que hicieron los guías en el almuerzo diciéndole a ella que “no, si usted no se murió hoy entonces no se muere nunca”.

     

    Ella quería irse para su casa y estar con su niña. Intentaron animarla y al otro día salieron para un nevado llevándosela casi obligada, pero ella se quedó sentada a esperar con Luis mientras los otros subían. El resto del viaje siguió en playas, lo cual no disfrutó.

     

    Pasó mucho tiempo en el que las burbujas le aceleraban el corazón, y aunque hoy en día puede meterse al mar, el miedo a que el agua la trague y a los botes sigue latente. Del viaje solo quedaron las fotos y un video del rafting que vieron dos meses después del hecho. No fue sino hasta ese momento que supieron que el río se llamaba Río Pastaza, y los datos que encontraron en internet los llenaron tanto de miedo como de gratitud: Gente desaparecida o encontrada días después muerta. Yorlady decidió darle gracias a Dios, porque, en el agua se le generó un trauma, pero en la vida, una oportunidad.

     

    Trabajo realizado para el curso Periodismo IV, orientado por la profesora Carolina Calle.

     

     

  • Mi otro yo: la cultura Drag en Medellín

    “Somos seres humanos y hacemos arte para sobrevivir en una ciudad como Medellín y en un país como Colombia”.

    Juan Camilo Hoyos, activista de los derechos LGTBIQ+

     

    Sara López (sara.lopezs@upb.edu.co), Isabella García (isabella.garciap@upb.edu.co) y Estefanía Restrepo (estefania.restrepoa@upb.edu.co)

     

    Rojo, naranja, amarillo, verde, azul, rosado, son las luces que se alzan sobre la Vía Primavera cerca al Parque Lleras de Medellín, iluminando la entrada a un lugar que promete fantasía y en donde las personas pueden expresarse libremente sin sentirse juzgadas.

     

    Tras subir las coloridas escaleras, da la bienvenida una pintura en la que, sobre un fondo de animal print rosado con morado, se dibuja un arcoíris saliendo de unas piernas con tacones rojos y medias de malla, sobre estas el nombre “Chiquita” un café bar inigualable, icono de la cultura Drag en Medellín.

    Terraza Bar Chiquita, 27 de enero de 2021, foto tomada de: https://www.instagram.com/p/CKkS3ycDmWN/

     

    Llama la atención desde la entrada, el techo en mirella dorada, las paredes cubiertas en estampados de leopardo y decoradas con estatuas poco convencionales de perras, cebras, zorras y cisnes en ropa interior dentro de corazones gigantes y brillantes. Peluche, más brillo y animal print recubriendo cada centímetro del bar. Al fondo, la tarima dispuesta para las mágicas drag queens, encargadas de hacer realidad la fantasía con sus shows, talentos, vestuarios y maquillajes.

     

    Siendo las seis de la tarde de un jueves se comienzan a preparar para darle inicio al show en Bar Chiquita; empezando por cubrirse las cejas para dibujar unas nuevas, seguir con el maquillaje del rostro y luego volver a los ojos para agregarles color y drama. Escoger el vestuario, que muchas veces es diseñado y confeccionado por ellas mismas, añadir accesorios y ponerse los tacones, unos stilettos de entre unos 10 y 12 centímetros, es parte de su proceso en el que todo cambia: el rostro, la voz y la expresión corporal. El resultado: más poder y confianza en sí mismas.

     

    El presentador de la noche sube al escenario y comienza el show.

     

    —Buenas noches para todos, todas y todes, bienvenidos a una noche más de fantasía en Bar Chiquita, el día de hoy contaremos con la presencia de tres maravillosas Drag Queens. Para empezar, con ustedes Gretha White interpretando “Welcome to Burlesque”, de Cher.

     

    Baja Gretha por la escalera en espiral, los reflectores la siguen, comienza a dramatizar la canción. Sus movimientos reflejan poder, drama, seguridad. Sus labios, al son perfecto de la letra, crean la ilusión de que Gretha es ahora Cher.

     

    Show a little more

    Show a little less

    Add a little smoke

    Welcome to Burlesque…

     

    Para Walter, comenzar a ser Gretha surgió como un accidente hace tres años y cuatro meses atrás, pues iba a una fiesta de Halloween en Chiquita, para la que se quería hacer drag, pero la forma en que la gente la recibió fue tan exitosa que no pudo dejar de hacerlo y así este pequeño accidente le permitió descubrir su esencia, se convirtió en el marica que siempre quiso ser, rompió esos estereotipos que tenía en la cabeza y logró ver el mundo mucho más grande de lo que es.

     

    En este punto de su carrera, ver a Gretha es una gran inversión, su tarifa está entre 350 mil a un millón de pesos. Ser drag se ha convertido en su principal fuente de ingreso, pero no todo es fantasía de colores y diversión. Para ser reconocida como lo es hoy ha tenido que destinar esfuerzo, tiempo y dinero. Sobre todo, este último. Ser drag es algo costoso: una peluca vale cerca de cien mil pesos o unos zapatos valen como mínimo cincuenta mil. En la vestimenta se puede gastar más de ciento cincuenta mil pesos en los materiales, aunque como es diseñador de modas, él mismo los crea por completo, y en maquillaje ha gastado cerca de seiscientos mil pesos. Además, estar trepada no solo cuesta en plata, sino también esfuerzo físico.

     

    ***

     

    La palabra DRAG viene del acrónimo Dressed  As  Girl y  Queen  viene de reina, en inglés. Es un acto artístico performático, donde los personajes son creados y  representados de manera exagerada.

     

    Históricamente, ha existido  el drag queen, el origen de este arte está vinculado con espectáculos satíricos de la época victoriana,  burlesque, en la que drag  (arrastrar en inglés) hacía referencia a las faldas y vestidos largos que usaban los actores masculinos, en épocas en que las mujeres no podían desarrollar diversos roles en la sociedad debido a la cultura patriarcal, por lo que hombres hacían los papeles masculinos y femeninos en las obras de teatro.

     

    Juan Camilo Hoyos Muñoz ha sido activista de los derechos LGTBIQ+ por más de nueve años, es artista drag queen, locutor, estudiante de comunicación social y periodismo en la Universidad Uniminuto y trabajador del proyecto de salud en atención para pacientes con VIH, tuberculosis y COVID para la ciudad de Medellín y el Área Metropolitana. Él cuenta y aclara no solo términos, sino también la transición histórica de la cultura drag.

     

    “Los drag queen son una movilización social y política en una expresión un poco más extravagantes, existe desde 1850, cuando los hombres personificaban a las mujeres, ya que las mujeres no podían entrar al teatro, ni pisar las tablas del teatro, por ello entre los hombres las personificaban. El drag permite no hacer una burla por la mujer, si no permite que se llegue al lado social de cualquier comunidad, a cualquier territorio y sobre todo, siempre que se respete esa lucha por toda nuestra sigla poblacional (sic)”.

    Juan Camilo Hoyos en el paro contra la reforma tributaria de Colombia 2021, foto tomada de https://www.instagram.com/p/CO4TLwOF8ND/

     

    Poco o nada tiene que ver con la identidad de género o sexualidad  de una persona, puede ser un hombre heterosexual, homosexual, bisexual. Su objetivo va más allá, busca generar un impacto social, cultural, educativo y enviar un mensaje de diversidad.

     

    En la personificación femenina, el maquillaje no lo es todo, la actitud y los gestos faciales y corporales no se logran de la noche a la mañana, nadie más que ellos saben lo que significa subirse a un escenario, dar un espectáculo transformados completamente y la gloria momentánea de ser visto o admirado. Pero al final de estas transformaciones ¿un drag se siente hombre o mujer? La psicóloga Diana María Osorio, experta en psicología de género asegura: “La sexualidad de un drag queen sobre el escenario es icónica, casi igual que un travesti puede presentarse una expresión de transexualidad que se manifiesta a través del disfraz. Un drag queen puede ser un hombre homosexual, bisexual o heterosexual, que simplemente crea y se expresa a través de un personaje que presenta ante la sociedad.”

     

    Además, Hoyos Muñoz hace un preciso énfasis en que “Un drag se trasviste, sí, porque se transforma para llegar a ese personaje, más no quiere decir que soy gay, lesbiana o travesti…Desde el lado propositivo, es superimportante porque los niños, las niñas, se sorprenden; los jóvenes, los adolescentes, los papás, las mamás, el adulto mayor, gente y personas que reconocen que realmente nosotros estamos haciendo un sinfín de cambios sociales a la transformación desde la educación, esa misma pedagogía del amor y esa misma pedagogía con la empatía social (sic)”.

    La respuesta comunitaria lo positivo del VIH, Juan Camilo Hoyos, foto tomada de https://www.instagram.com/p/CIRoF2dlNRg/

     

    La preparación para  treparse a  su personaje es todo un ritual basado en un proceso creativo  que implica inspiración.  Myth  la encuentra en la comida, en un buen tinto, en un espacio agradable rodeado por sus brochas, música y buena iluminación. Una vez consagra su tiempo a sentirse cómodo,  descarga su imaginación en un papel y crea su próximo  look de drag.  Myth  empezó siendo un personaj e que exageraba sus facetas y sus atributos corporales, pero con el tiempo y la experiencia ha empezado a pulirse. Sus trajes son mandados a hacer para cada ocasión, comprados o intervenidos por él mismo; e  indica que todo su mundo drag  queen  está basado en la recursividad y creatividad.

     

    El 5 de abril del 2018, Mitchael Steven Velásquez despertó en la madrugada  queriendo convertirse en una persona diferente   y transformar su aspecto en alguien totalmente nuevo. Sacó sus brochas de maquillaje y algunos productos para empezar a hacer de su piel un lienzo que lo llevarían a dejar huella en muchos escenarios; y guardó la fecha en lo más profundo de su corazón. Noches después de treparse  por primera vez, decidió crear su personaje  Myth, que es  la simplificación de su nombre, y que en inglés significa mito; encantado con esa definición entendió que estaba en este mundo para impactar vidas. 

     

    —Empecé a hacer parte de la cultura Drag una noche del 2018, le tengo mucho aprecio porque fue una fecha en la que decidí personificar a Myth en mi habitación y poco a poco me fui adentrando en eventualidades de ciudad de las mesas diversas. La primera que me abrió las puertas fue la mesa diversa de la Comuna 4 que me invitó a hacer parte de un show/certamen; lo que me dio ánimo para participar de proyectos hasta ahorita que me he estado manteniendo vigente.

     

    Como él existen muchos otros que transformaron sus vidas al empezar a hacer parte de este mundo. Agattha, burda, exagerada y extravagante, como ella se describe, se caracteriza por desorbitar con su belleza, sus uñas largas, sus voluptuosas partes que sobre salen, enmarcadas por los brillantes y largos trajes que usa al momento de treparse.   Desde muy pequeña vio la luz de la felicidad, gracias al programa RuPaul’s Drag Race, un programa con un formato dinámico en el que sus participantes Drags se enfrentan una serie de desafíos, guiados y aconsejados por RuPaul. Agattha  encontró en este programa un escape para sus momentos de ansiedad y depresión, y cuenta que cambió los antidepresivos por pelucas, tacones y maquillaje. Valora mucho su proceso que  inició  hace más de dos años y que cade vez a nivel estético y artístico perfecciona su personaje.

     

    “Pelucas, tacones, maquillaje, escarcha, colores, es un mundo fantástico, pero también es un mundo en el que se necesita el apoyo de los y las mamás y papás, hermanos, hermanas, familias, colegios, el mundo, para que realmente reconozca el arte en el que existen. Que seamos valorados y valoradas, es importante que se reconozca el arte y aquellos artistas que están detrás de todo este sin fin de cosas importantes porque tenemos una vida, somos seres humanos y hacemos arte para sobrevivir en una ciudad como Medellín y en un país como Colombia”, añadió Juan Camilo.

     

    Cada uno de estos personajes creados ha tenido que pasar por un proceso de aceptación familiar, social e incluso personal. Como lo describe  Myth, nacer como drag en la habitación es fácil, lo difícil es salir y crecer en el mundo real. Para él fue un proceso lleno de amor y aceptación por parte de su familia, porque sus padres ya conocían su orientación sexual y su trabajo artístico en el mundo del teatro.

     

    Sin embargo, no todos cuentan con la fortuna de surgir de manera tan sencilla . Daniel Múnera, quien encarna a  Kholette Sky drag, tuvo que manejar el  shock de su  familia,  e l de su círculo social y el propio,  al verse tan maquillado  frente a l espejo . Daniel hizo un trabajo cauteloso que constó de explicarles a sus papás que no iba a empezar a hacer una transición para convertirse en una chica trans, sino que iba a incursionar en grupos de performances  creadores de  personajes, y afortunadamente, los padres de Daniel adoptaron a  Kholette como otro miembro de su familia, y según explica, se llena de alegría al saber que se puede trepar y destrepar  cómodamente en su casa. 

     

    Ahora, Myth no solo se ha tomado escenarios y ha destacado con sus espectáculos, sino que gracias a la transformación a sus personajes drag que les permite la liberación y el empoderamiento de sus capacidades, lograron que varios performances drags se tomaran las protestas en apoyo al paro nacional.

     

    —En esta fotografía, quise representar una pureza… la marcha pacífica por medio del trepe. Mi performance este día fue caminar y hacer parte de la marcha con todo el respeto del caso, y ver lo bonito del acompañamiento de los demás… Ni siquiera tuvimos que gritar porque para todas las personas que estaban marchando como nosotras, nuestra presencia decía más que mil palabras.

    Myth Drag y sus hermanas drags en el paro contra la reforma tirbutaria de Colombia 2021, foto tomada de https://www.facebook.com/photo?fbid=287437936222151&set=a.127362552229691

     

    ***

     

    La necesidad de crear un espacio para Drag Queens hizo que, en 2016, Juan Jiménez y su grupo de fundadores crearan Oh My drag, un lugar para que la gente pueda ir a expresarse libremente, disfrutar de este entretenimiento y romper los paradigmas que se tienen de los drags. Estos eventos han tenido una gran acogida por parte del público local, estos buscan reunir a los amantes del Drag y mostrar un espectáculo con artistas locales e internacionales. Sus inicios se remontan al año 2016 en pequeños eventos realizados en Bogotá, que permitieron ganar terreno a nivel local y trasladar el espectáculo a diferentes partes del país. Sus promotores preparan con anticipación los eventos mediante un proceso organizado y priorizan la difusión del evento por medio de las redes sociales.

     

    Antes era extraño ver a un Drag queen de fiesta, las calles de Medellín estaban llenas de susurros sobre los transformistas, quienes individualmente eran más vulnerables a las miradas reprobatorias, de asco, homofobia y confusión.

     

    El 18 de febrero del 2017, la discoteca Alta Gama, ubicada junto al Parque Lleras, estuvo con su aforo al máximo, unas 400 personas permanecieron en la fiesta hasta las cuatro de la mañana. Esa noche hubo una docena de performances que buscaban una cultura drag en la ciudad, fue allí cuando afloró el primer colectivo de cultura drag queen en la capital antioqueña. Una imagen positiva para la ciudad, en donde se vivificaba el ambiente drag.

    Dalphi D’Bones, Bárbara Queen, Jano Von Skorpio, Juli Santa Putricia, Megan Way, Dalila Velvet, Ciara Queen, foto tomada de https://www.instagram.com/culturadragmed/?hl=es-la

     

    “Somos doce discípulos, pero maricas y trepados, brincando de pronombre y género”, así lo define Jano Von Skorpio o Juan Esteban Velásquez, el líder de este colectivo.

     

    ***

     

    Cada drag tiene un discurso diferente y lo expresa a través de su personaje con un toque de humor y sarcasmo, pero ante la sociedad todos los discursos son los mismos: la libre expresión y ser fuente de inspiración.

     

    Este  movimiento  tiene muchos aspectos desde los cuales se promueven  unos  valores  en específico, en el caso de Juan Camilo  por una situación en particular:

     

    —Yo promuevo la cultura drag desde el respeto, desde la pedagogía del amor, desde el impacto de la resiliencia, y hago esto es porque cuando tenía catorce años me dieron un disparo por ser homosexual y por hoy llevar el color o los colores de mi bandera. El orgullo del arte por mi población permite que se genere un movimiento de conciencia social y política en revolución, pero una revolución pacífica.

     

    Y a lo anterior se suma que palabra empoderamiento es el lazo que une esta cultura diversa  y llena de  conocimiento, incluso se asocia la palabra puta como una de las más significativas valiosas e importantes,  tanto como para saber que para ser drag  queen no se necesita más que un por qué y un para qué que te catapulte a la cima. 

     

    —La palabra empoderamiento es tener la valentía, como digo yo en muchas de mis presentaciones, que vivo en las putas porque es que puta no es una palabra que tendría que ser peyorativa, la palabra puta es valiente que se enfrenta, que se empodera a ese mismo rechazo. Nadie tiene que tener unas características como tal para ser drag, todos y todas pueden ser drag queen desde el arte de la expresión social, sólo que para llegar a ser un drag queen tenemos que tener ese por qué y el para qué de estar en el mundo desde esa misma extravagancia, de esa misma personificación para poder impactar al mundo y dar sí o sí una lucha de más de cincuenta años por el movimiento histórico mundial de lo que somos como lesbianas, gays, bisexuales, trans, inter y queen.

     

    Las personas pertenecientes al arte drag queen han roto estereotipos impuestos por las sociedades alrededor del mundo. Este nuevo lenguaje empleado por ellos busca lograr el reconocimiento artístico de las personas que los observan e impulsar a todas, incluso las que no pertenecen a su comunidad, a no temer del qué dirán y tener libertad de pensamiento.

     

    Diana María Osorio ha trabajado con hombres que practican el arte drag queen desde hace cinco años y asegura que no solo ella los ha ayudado a sanar, mejorar su autoestima y personalidad, sino que ellos también se han convertido para ella en un apoyo, han llenado su vida de aprendizajes y de nuevas maneras de ver el mundo.

     

    “Estos personajes no solo luchan en contra de su vida cotidiana, los pensamientos conservadores de las personas, la falta de libertad de expresión, etc., sino que luchan también por los de las demás personas, inspiran y ayudan a amarse y amar los pensamientos propios. El drag te da resistencia y empoderamiento para afrontar las situaciones, son un apoyo, hasta para mí. He aprendido mucho de mis pacientes y es triste saber que este movimiento surge por situaciones de marginalidad social, discriminación.”, añadió la psicóloga Diana María Osorio.

     

    En pleno siglo XXI, con evoluciones tecnológicas, sociales y humanas es óptimo generar mayor inclusión a aquellos géneros que han sido rechazados y poco escuchados, humanos talentosos y temerarios a perseguir su esencia, por ello se debe visibilizar un mundo que todos deberíamos conocer antes que negar.

     

    Y así, siendo las dos de la mañana, el bar Chiquita comienza a bajar su intensidad, el arcoíris disminuye y la gente comienza a salir de la fantasía que les atrapó la noche, se apaga la música y el hogar de muchos drags cierra sus puertas, para volver con más al día siguiente. Estos drags forman parte de una familia que tiene su hogar en Bar Chiquita, en cada rincón mágico de Medellín y como ellos, muchos drags que quieren luchar por un mundo más colorido y con menos barreras, así, sin dejar de soñar y sin tener que aparentar para encajar.

     

    Trabajo realizado para el curso Periodismo IV, orientado por la profesora Jazmin Santa Álvarez.

     

     

     

     

  • Migraciones solidarias

    El proyecto Migraciones Solidarias es una propuesta basada en las manifestaciones de solidaridad que han vivido algunos migrantes, que cuentan cómo ellas sirvieron para lograr su adaptación en el lugar de destino.

     

    Manuela Mesa, Mateo Urrego y Alejandro Ramírez / periodico.contexto@upb.edu.co

     

    Este especial multimedia, apoyado por diversos testimonios e historias, tiene como contenido principal un álbum musical de cinco canciones originales, compuestas por jóvenes músicos de la ciudad, a partir de las historias relatadas.

     

    Clic en la imagen para navegar el especial multimedia:

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    Trabajo realizado para el curso de Núcleo II (Narrativas) y sus laboratorios, orientados por los profesores Ana Maria López Carmona, Daniel Santiago Cortés, Joaquín Gómez Meneses.

     

  • Los protocolos de la muerte

    Antes de atender esa llamada, sabía que la muerte de mi papá me esperaba al otro lado de la línea. Habían pasado 29 días desde el accidente en carretera y 26 desde que se le indujo al coma del que creíamos que iba a salir, que eran los mismos que yo llevaba viviendo en Montería bajo la incertidumbre de si sobreviviese o no.

     

    Helena Botero / periodico.contexto@upb.edu.co

     

    La tarde anterior el doctor nos comunicó el desesperanzador resultado de los exámenes que anunciaban a una peligrosa infección adquirida en esa camilla de cuidados intensivos debido a la debilidad de su sistema; que sobreviviera habría sido un milagro en muchos sentidos. Después de varias batallas conectado a varios aparatos e intervenciones en distintas zonas de su cuerpo, mi papá “abrazó la muerte”, en palabras que él hubiese usado.

     

    No podía desmoronarme, tenía que darle la noticia a mi hermana menor, quien vive en Boston (Estados Unidos) hace más de un año. Se lo dije yo, por teléfono, mientras ella tomaba un tren a Nueva York. La esperarían aproximadamente 5 horas de asimilar la noticia sola, pero hubiera sido peor que la sorprendiera un pésame de otra persona. Mi mamá, quien llevaba una buena relación con mi papá a pesar de haberse divorciado hacía 20 años, estaba deshecha y me pasó el teléfono cuando la llamó con esa intención.

     

    Cuando digo que mi papá era mi mejor amigo no lo digo porque sea bonito hablar bien de los muertos, sino porque cuando estábamos juntos podíamos ser nosotros mismos, había una complicidad especial que quien nos haya visto juntos, notaría. Siempre se mostró genuino conmigo: me habló de su debilidad por el alcohol, a veces por las mujeres y en el pasado por el juego. Hablábamos del peso de la culpa y del miedo. Me enseñó a respetar el mar y el fuego. Fue honesto conmigo sobre su pavor a los payasos, y no dudó en derramarme sus recuerdos tristes bajo los efectos del aguardiente en más de una ocasión.

     

    Era comerciante y comediante por naturaleza, lo reflejaba cuando en el pago de las matrículas pedía “rebaja” y cuando negociábamos mesadas o citas con mi psicólogo. También era soñador y arriesgado; la mejor prueba de ello son los asuntos pendientes que sus decisiones nos dejaron a mi hermana y a mí.

     

    Vivía su vida al límite. De hecho, tiene sentido que me hubiera recomendado con insistencia el documental Mi maestro el pulpo, de Netflix, curiosamente ganador al Oscar tres días antes de su deceso y al que solo le di una oportunidad cuando su muerte me hizo buscar respuestas.

     

    En este filme, Craig Foster, realizador audiovisual y conservacionista sudafricano, establece una relación muy peculiar con un pulpo al que visita a diario y que le devela sus misterios a través de su comportamiento. Camuflaje, adaptabilidad, peligro y estrategia hubiesen descrito a ese animal y a Alejandro Botero, mi papá, en la misma medida.

     

    El pulpo es un animal solitario, vive en la mira de varios depredadores peligrosos. Es instintivo y sobrevive porque se ve obligado a desarrollar una inteligencia superior a la de sus depredadores y sus víctimas. Su capacidad de camuflaje también lo hace una especie inquietante, y todo lo anterior me lo transmitía, en su medida, la vida llena de experiencias de mi papá. Y su partida repentina.

     

    Sobre todo, la frase: “vive rápido, muere joven”, que aparece casi al final del filme.

     

    ***

     

    Cuando llegué a la sala, para despedirme de su cuerpo, recordé que poco más de un mes antes del accidente hablábamos del suicidio de su hermano mayor, del cual escribí una crónica que nos permitió una última conversación acerca de la muerte, de tantas que tuvimos. Le pregunté cómo sintió la pierna de mi tío cuando la agarró, y la describió “sin vida, como una masa inerte sin vibración, como un pedazo de carne del mercado”, y así sentí yo su brazo cuando lo toqué por encima de la sábana, y su pecho cuando descansé mi cabeza en él por última vez.

     

    Mirando su expresión recordé la serenidad con la que describió la muerte de mi tío, y la comprendí. Le pasé la mano por la cabeza con ternura para aminorar el dolor y supe que así fuera la última vez que tocara su cuerpo, lo iba percibir a él en cada árbol del que me enseñó el nombre y no aprendí, y en cada chiste interno que la cotidianidad me recordaría y que tendría que guardarme.

     

    En la puerta de la habitación nos vigilaba a mi mamá y a mí la psicóloga de la clínica, encargada de darle ánimo a los pacientes de la UCI y, en los casos desafortunados, a los parientes de los fallecidos. Nos repetía que él era un luchador, que había aguantado mucho hasta el final, que ella venía todos los días a darle ánimo.

     

    Después de pedirle a ambas que me dejaran a solas un momento, le recordé a mi papá que estaría bien, porque creo que a las almas hay que soltarlas y porque así se lo prometí en un viaje que hicimos con mi hermanita, curiosamente a la costa y en carretera, dos años antes.

     

    ***

    Aunque él quería que sus cenizas fueran “echadas al aire”, si una muerte lleva algún tipo de responsabilidad penal, el cuerpo no puede incinerarse sin autorización del fiscal. Esto se debe a la posibilidad de que dentro del proceso de investigación sea requerido para aclarar dudas. Y es, por lo general, una autorización muy compleja cuando hay una investigación de por medio. “Debe ser muy clara la causa de la muerte”, indica Gloria Ledy Arboleda, fiscal 108 de Medellín.

     

    “…siempre encontrábamos de qué reírnos, de qué conversar, con qué entretenernos. Tomábamos tinto recalentado y fumábamos juntos mientras conversábamos con algún extraño…”.

    Foto: Cortesía >>

     

    Cuando un accidente de tránsito deja heridos, el proceso fiscal que se abre es el de lesiones personales culposas. Luego, deben ser evaluadas las circunstancias, pues si bien se responsabiliza al conductor, es importante tener en cuenta que hay agravantes cuando, por ejemplo, este conduce bajo los efectos de bebidas alcohólicas, cuando no respeta los límites de velocidad. O si, por el contrario, existiese un agente externo (como un animal que se atravesó en el camino, aceite regado en el suelo, entre otras) el nivel de responsabilidad podría reducirse, como lo explica la fiscal.

     

    El accidente ocurrió en carretera, llegando al municipio de Necoclí, un poco antes de las 5 de la mañana. De allí fueron trasladados a la Clínica de Traumas y Fracturas en Montería, mi papá en un carro particular y el conductor, quien era incapaz de moverse, en ambulancia.

     

    Al principio no parecía ser más que un brazo roto y un dolor en el pecho, luego encontraron las cuatro costillas fracturadas y el pulmón colapsado; a los tres días descubrieron que las anteriores eran todas nimiedades en comparación con el verdadero impacto, que fue el que recibieron sus vísceras que por el trauma mostrarían indicios de necrosis y que demandaría una serie de cirugías delicadas.

     

    El conductor, amigo de mi papá hace muchos años y con quien prestó servicio militar en el pasado, sobrevivió al siniestro y a la cirugía de más de 12 horas que tuvo que soportar debido a múltiples fracturas y una reconstrucción de párpado. Su recuperación viene cargada de duras terapias y mucha paciencia.

     

    ***

    Un día antes del deceso, el socio más cercano de mi papá viajó a Montería. Fue entonces de gran ayuda a la hora de firmar papeles, pedir permisos y llamar a distintas funerarias para averiguar cuáles serían los trámites, pues de repente un cadáver se convierte en una responsabilidad que no da espera. Recordé la muerte de mi tío nuevamente, y como mi papá me decía “Ese era mi muerto. No de la esposa, los hijos o la mamá”, porque así se sentía haciendo lo que a mí me tocaba esta vez.

     

    En Colombia, el SOAT asegura la muerte y gastos funerarios por 750 salarios mínimos diarios legales vigentes (S.M.D.L.V), que hoy serían 22.713.150 pesos. Puede haber variaciones en los documentos para hacer esta reclamación, pero, por lo general, los requeridos son: Formulario específico de reclamación (FURPEN); epicrisis o historia clínica; Registro Civil de Defunción; certificación de inspección de cadáver de parte de la Fiscalía; Registro Civil de Matrimonio (si estaba casado); registros de nacimiento que demuestren el parentesco de quien reclama y una manifestación de que estas personas son las únicas beneficiarias.

     

    Es un proceso largo y tedioso, sobre todo por los documentos que deben ser solicitados a entidades oficiales y que en ocasiones pueden tomar mucho tiempo. En especial cuando es un proceso que está en la fiscalía de otro municipio y requiere de solicitudes y documentos, me explicó Luis Eduardo Barón, de Medicina Legal de Montería, quien hizo la necropsia y se puso a mi disposición para los trámites con los que pudiera ayudarme.

     

    Decidimos no hacer el pago de los gastos funerarios mediante el SOAT porque este requería documentos que solo podían ser solicitados en Necoclí y que toman varios días. Visitamos dos funerarias antes de tomar como opción a otra distinta que tenía convenio con una en Medellín y en la que haríamos uso de una póliza de mi tía que cubría todos los servicios menos el traslado terrestre. El alma descansa en paz, pero al cuerpo, después de la muerte, le esperan una serie de procesos que para los vivos es exhaustiva.

     

    Luego seguiría “reclamar” el cuerpo en Medicina Legal de Montería con una orden de la Fiscalía para que pudiera llevárselo la funeraria que lo prepararía para el viaje a Medellín. Todo lo anterior con el afán de que volaríamos en la noche y que debíamos salir antes de las cinco para el aeropuerto.

     

    También había que registrar la defunción en notaría, que se hace en la ciudad del deceso; de repente, de alguna manera, le pertenecía esa muerte a una ciudad ajena, para nosotros conocida como un lugar de paso para ir al mar. Parecía irreal estar firmando y solicitando papeles que llevaban el nombre y cédula de mi papá en todas partes, reafirmándome una muerte que yo no había tenido tiempo de sentir y de llorar.

     

    Morir lejos de casa significó acelerar una serie de trámites y diligencias para los que las personas suelen esperar varios días, por el dolor y por el luto. Nosotros, que no queríamos permanecer más tiempo en esa ciudad extraña en la que no teníamos recuerdos felices, corríamos de un lado a otro con una firmeza inexplicable que nos daba el afán, y que nos ayudaba a omitir el verdadero peso de las circunstancias.

     

    Solo en el avión, en el que iba sola, pude llorar con tranquilidad mientras veía por la ventana las luces de una ciudad que había esperado abandonar junto a mi papá, en otras condiciones.

     

    El cadáver llegó a Medellín en coche fúnebre en la madrugada del día siguiente, vestido con una bata blanca que “escogí”, aunque realmente no había opción, pues la ropa con la que viajaba ya había sido enviada a Medellín. Luego supimos que sus fluidos estropearían la prenda en el camino y sería reemplazada por ropa informal puesto que no era un hombre de trajes elegantes y costosos.

     

    Cuando se murió mi tío me habló de los guantes que le pusieron y que nunca hubiera usado en vida, pensé en que quizá él no hubiese querido ser enterrado con ese “vestido”, casi oí su risa cuando me enteré de que le llevarían su ropa informal.

     

    ***

    Los rituales de las funerarias, a raíz del COVID-19 han cambiado notoriamente, también para aquellos que no mueren por esta causa, pues es un peligro real que se manifiesta en el tiempo y la asistencia de estos eventos. Así lo sostiene Isabel Cristina Arango, directora general de la Unidad de Duelo de la Funeraria San Vicente en un video en la página web de la institución.

     

    La situación es aún más compleja para los familiares de quienes mueren debido al coronavirus o de quienes se tenga sospecha que lo padecieron en vida, pues por asuntos de salubridad no es permitido ningún tipo de ritual, que es tan necesario para cerrar ese ciclo adecuadamente.

     

    El toque de queda, como consecuencia del pico del virus, aplazaría la velación de mi papá al lunes y ese día en la mañana se cancelaría porque el cuerpo “no aguantó a tanto” a pesar de hacer todo lo posible, como informó la funeraria Plenitud, que fue la contratada.

     

    En una misa con aforo limitado, en Campos de Paz, poco menos de las 50 personas permitidas honraron su vida y presenciaron el entierro bajo las medidas de bioseguridad entorpecidas por los abrazos y las lágrimas. Otros tantos, desde sus casas, pudieron asistir al evento de forma virtual, en la emisión continua de la página web de Campos de Paz.

     

    Se acompaña con mensajes y llamadas, se abraza con emoticones y se asiste únicamente con invitación y dependiendo de la cercanía con el fallecido.

     

    En medio del duelo hay quien se resiste al consuelo físico por precaución, además, los espacios deben abandonarse con el tiempo medido porque el templo atiende muchas misas seguidas. En la página web hay una trasmisión fija de la iglesia, con un horario y un nombre distinto cada media hora. En especial en ese mes, abril del 2021, que fue el más letal en Antioquia por COVID-19 (2.697 muertes).

     

    También se recortan las conversaciones del final, las que prometen encuentros que no llegan y un apoyo cortés al que nunca se acude. Luego vienen las llamadas de “Disculpa que te moleste”, pero lo hacen; “Sé por lo que estás pasando”, pero lo ignoran y “Es que tu papá me debía…” o “Es que se había comprometido conmigo…”. Y a las responsabilidades de uno se le suman las del difunto y de nuevo hay que dejar lo de estar triste para después.

     

    También aparecen en buena cantidad un montón de promesas, y responsabilidades que quedaron a medio hacer y el “Es que él me prometió”, “Es que él decía que si un día se iba…”. Y de repente la palabra del muerto va por encima de la paz de los vivos. Y aparecen firmas, cartas, mensajes de WhatsApp y deudas con intereses que no dan espera.

     

    ***

    A los bancos a los que se les debe hay que avisarles rápido, algunos solo piden el registro de defunción y la fotocopia de la cédula; otros requieren también el historial clínico y el registro de nacimiento de quien notifica (o un documento que demuestre algún parentesco). La mayoría de las deudas obligan al deudor a adquirir un seguro de vida que cubra el monto en caso de muerte, algunas cuentan con un saldo un poco mayor a favor y unas pocas se valen de los seguros adquiridos.

     

    La sucesión es el proceso por el cual los herederos pueden adquirir lo que por ley les corresponde. Si se hace pronto y sin inconvenientes podría estar lista antes de los seis meses. Pero entre los factores comunes que podrían complicarla está, por ejemplo, el desacuerdo entre las partes herederas. Otro es que los documentos legalmente idóneos (como el registro civil de nacimiento o partidas de bautismo) presenten inconsistencias en los nombres, documentos de identidad, fechas, entre otros. Y, en algunos casos, la aparición de herederos que no se hubieran reconocido. Explica Adriana Jiménez abogada que nos solucionó algunas dudas del proceso de sucesión.

     

    Si el fallecido tenía deudas con el Estado, como por ejemplo multas o impuestos, estas deben estar al día para iniciar los trámites.

     

    Las demás deudas se enlistan y se incluyen en el proceso de la sucesión, así como los muebles e inmuebles. “Es importante que estén debidamente acreditados y las obligaciones deben estar claras, expresas y exigibles”, sostiene la abogada.

     

    Mi papá, en el 2019, decidió tomar un seguro que cubriera todas sus deudas; sin embargo, con la pandemia, dejó de pagar la póliza y este fue cancelado por la compañía. Pienso en él diciéndome “Los hubiera no existen en la historia de la humanidad”, frase que repetía frecuentemente y que aún sirve para darme aliento, en especial en estos momentos.

     

    Hacer vueltas con él nunca era aburrido o tedioso, siempre encontrábamos de qué reírnos, de qué conversar, con qué entretenernos. Tomábamos tinto recalentado y fumábamos juntos mientras conversábamos con algún extraño, almorzábamos frijoles con chicharrón en un taller mecánico al que le gustaba ir. No había monotonía en su cotidianidad, tenía una buena actitud casi todo el tiempo y era una tarea difícil la de hacerlo enojar.

     

    Me recordaba que nunca tendremos la certeza de lo que pasa por la cabeza de los otros cuando en un mal día, quizá, desquiten su rabia con nosotros, por eso escasamente se dejaba provocar. Quizá también porque en su infancia y adolescencia se metió en muchos problemas por hacerlo.

     

    Recuerdo sus enseñanzas cuando debo tratar con todas las personas con las que nos dejó asuntos por resolver, con todos los funcionarios que me han atendido y con mi familia, pues todos tienen opiniones y una forma distinta de sugerir cómo hacerlo todo.

    “De alguna manera, le pertenecía esa muerte a una ciudad ajena,

    para nosotros conocida como un lugar de paso para ir al mar”. Foto: Cortesía.

     

    ***

    Hoy, todavía tenemos asuntos pendientes. Mi hermana hizo un poder en el Consulado de Colombia en Nueva York y mi mamá me ayuda a seguir dándole la noticia a los bancos, a los acreedores, a buscar seguros para pagar la universidad. El socio de mi papá que hizo vueltas con nosotras, mi tía y mi primo también están ahí con nosotras, ayudándonos a llegar a acuerdos, a cumplir lo que mi papá prometió, a cerrar las historias que dejó inconclusas, a buscar la mejor manera de cerrar sus negocios y que podamos volver a dormir con tranquilidad.

     

    “Fui al otro lado y volví”, me dijo la última vez que hablamos por teléfono, un día después del accidente y un día antes de la primera operación que lo induciría al coma del que no saldría, que lo llevaría, efectivamente, al otro lado, y para no volver. Recuerdo que me angustiaba el saber que algo le dolía, no dimensionaba la magnitud real de la situación y aún así me preocupaba. Esa fue la última vez que hablé con él, la última vez que le dije que lo amaba y la última que escuché su voz.

     

    Después de su muerte encontré una carta que me hizo desde Necoclí meses antes, con la atemporalidad de su voz me dio la despedida que necesitaba, y me recordó que iba a estar siempre en mí, y conmigo:

     

    “He” picaresca

    Desde el litoral atlántico te pienso, te escribo, te siento,

    Vuelo contigo con cada pelícano que cruza el cielo,

    Lleno el espacio de la remembranza

    Con tu risa, tu humor, tu amor.

    El mar me trae tu presencia irrevocablemente y es como si nunca nos separamos y como una danza de dos almas que danzan fantasmagóricamente, como si fuésemos padre e hija

    Me alegra evocarte, pensarte como te pienso y saberte tan cerca de mi corazón, es mañé, pero lindo, alguna vez lo vi o escuché en una película: El lado oscuro del corazón › que la muerte decía que el amor es cursi…

    Desde aquí y desde siempre tuyo.

    Trabajo realizado en el curso Periodismo IV, orientado por el profesor Ramón Pineda.

     

  • El cantor que echa su alma a volar

    John Jairo Torres de la Pava necesita a su guitarra como el cielo a las estrellas y el invierno al frío.

     

    Federico Hoyos Gutiérrez / federico.hoyos@upb.edu.co

     

    Fueron precisamente los sonidos armónicos de sus cuerdas, combinados con el de su melodiosa voz, los protagonistas de aquella noche del miércoles 15 de julio de 1998, fecha del concierto de lanzamiento de su álbum Lo que amo, en el Teatro Metropolitano José Gutiérrez Gómez, de Medellín.

     

    Entre los espectadores estaba Lina María González, una joven simpática, esbelta y sonriente. Lo que ni ella ni John sabían era que el destino quería unirlos desde esa noche para siempre. “Mi mamá fue literalmente obligada. Una amiga le dijo: ‘Tenés que ir. Si querés, comprá la boleta más barata’”, cuenta Gabriela Torres, hija de John Jairo y Lina. “Eso hizo mi mamá, compró la más barata y se hizo bien atrás, en el ‘gallinero’. Al principio estaba muy aburrida”. Pese a que el recinto estaba a reventar, había algunos puestos libres más adelante y, en el intermedio del concierto, su amiga le dijo: ‘Váyase pa’delante, allá en esos puestos que sobraron’.

     

    << La tradición como elemento de contrastes está en las bases de la obra de John Jairo Torres. Foto: Cortesía.

     

    De repente, el aburrimiento de Lina se transformó en un mar de lágrimas al escuchar Tu llegada, una canción que John Jairo compuso cuando nació Catalina, su primera hija. “Mi mamá se puso a llorar, le llegó muchísimo la música de mi papá. Al final, la amiga de mi mamá le dijo: ‘¿Quieres conocer a John Jairo?’”. Lina accedió y se fue con ella y otra amiga a saludarlo… “La amiga de mi mamá quería presentarle a mi papá la otra amiga, no a mi mamá”. Sin embargo, John se enamoró perdidamente de Lina desde el primer instante que la vio, “tanto así, que ni siquiera se acuerda de la otra amiga.”, dice Gabriela. “Al mes de conocidos, mi papá le hizo la primera canción a mi mamá (Mi alma gemela)”.

     

     

    Para entonces, John Jairo ya se había divorciado de Maria Eugenia Bayona, la fuente de inspiración de obras como No es tan fácil y Fantasmas. “Las canciones tristes de John Jairo vienen de esa época, y las alegres vienen de su segundo matrimonio con Lina”, recuerda Jaime Betancur, amigo de John desde hace más de dos décadas. “Él ha pasado por muchas etapas de la vida, por eso es tan buen compositor. El noventa porciento de lo que produce es muy bueno y, lo demás, muy aproximadamente bueno”, agrega.

     

    De aspecto bonachón, tez blanca, cabello negro entremezclado con canas, nariz gruesa y redondeada. Sus ojos cafés reflejan una mirada sincera y penetrante. Sus 188 centímetros de estatura le permitieron ser un habilidoso basquetbolista en la adolescencia.

     

    Nacido un Día de Brujas de 1958 en el Seguro Social de Itagüí, es tecnólogo en Sistemas de Cedesistemas y gestor cultural de la Universidad EAN. No obstante, “la música es la que ensancha su espíritu y la que purifica las aguas cristalinas de su inspiración”, como escribió alguna vez Rubén Darío Barrientos. Desde la cuna, su corazón palpita al ritmo de bambucos, pasillos, guabinas, danzas y valses.

     

    Es hijo de doña Gabriela de la Pava, mujer sabia y serena; y de don Heroel Torres, hombre de carácter fuerte, con quien mantuvo una relación difícil durante algún tiempo. Paradójicamente era don Heroel quien le regalaba instrumentos, pero no quería que fuese músico. Las diferencias entre ambos se subsanaron con una composición conciliatoria: una danza titulada Para decirte te quiero. Dice Betancur que “llegó el momento de la vida en que él (Heroel) estaba enfermo y John Jairo le quiso escribir una canción diciéndole que no quisiera perderte sin decirte te quiero’.

     

    Su abuelo tiplista, Antonio ‘el Negro’ Torres, fue quien le legó la vena artística. A los ocho años incursionó en la guitarra. En ese entonces le decía a su profe, Rodolfo Marín, que había escuchado por radio los que en verdad eran sus primeros poemas musicalizados.

    Aquí, Joh Jairo Torres celebra su reconocimiento a Canción Inédita. Foto: Cortesía. >>

     

    Prolífico compositor, su repertorio supera las 200 obras escritas, muchas de ellas interpretadas y grabadas por reconocidos artistas. Ha triunfado en diversos eventos tales como el Festival Mono Núñez, el Festival Nacional del Pasillo Colombiano, el Concurso Nacional de Duetos de Ibagué y el Concurso Nacional del Bambuco Luis Carlos González, por tan solo nombrar algunos. “No me quiero perder ningún festival, ni concierto”, afirma John Jairo.

     

    “Es un defensor incansable de nuestra música”, dice Carlos Andrés Mesa, licenciado en Dirección Musical. En marzo de 1998, la Cámara de Representantes le condecoró con la Orden de la Democracia en grado de Caballero “por su labor en la creación y difusión de la música colombiana”. El municipio antioqueño de San Pedro de los Milagros “instituyó el Concurso Nacional del Bambuco John Jairo Torres de la Pava”.

     

    Jairo Moreno, excuñado de John, resalta que él “tuvo muy claro siempre que si queríamos rescatar y manejar una música colombiana folclórica que perdurara, teníamos que hacer que los jóvenes se involucraran con esas músicas”. Una de las condiciones que puso Torres cuando asumió la dirección ejecutiva de Antioquia le Canta a Colombia en 2007, era que los niños también pudieran participar en el festival. Cuando fue director artístico y presentador del programa televisivo Serenata, les exigía a los artistas que la mitad de su repertorio fuera de músicas andinas colombianas.

     

    Pese a que su rostro ya no aparece en las pantallas, todavía hay muchos que le demuestran simpatía en la calle y le piden que les cante un pedacito de alguna de sus canciones. “Mis fans son, en este momento, mayores de setenta”, bromea John Jairo.

     

    Está en contra de los estereotipos, de que haya que ponerse sombrero, salir de ruana, de carriel y alpargatas para pararse a cantar en un escenario. Esa fue la idea que lo sedujo a escribir Quién dijo, el icónico bambuco que despertó amores y odios, pero que, al fin y al cabo, lo catapultó como cantautor. John Jairo es un convencido de lo que hace. En la fiesta de premiación del Mono Núñez de 1987, “aposté 30 mil pesos con el que ganó ese año la obra inédita a que yo ganaba el año siguiente”; y así ocurrió: fue precisamente Quién dijo la canción que le dio el triunfo en ese festival.

    Video

    John Jairo Torres de la Pava interpreta “Quién dijo”. Video: Teatro Metropolitano.

     

    Dice la verdad sin tapujos. Un reconocido artista de antaño le dijo alguna vez: ‘Tus canciones son muy bonitas, pero eso no es comercial. Eso no le gusta al pueblo’. Y John Jairo le contestó: ‘Mis canciones no las van a olvidar los que las han oído. En cambio, de las tuyas, mañana no se va a acordar nadie’.

     

    Torres de la Pava tiene muchos conocidos, pero pocos amigos. Eso sí, los que tiene son entrañables. “A mí me han tocado muchas tertulias que casi siempre son en la casa de Lina y John. Ellos tienen un grupito de amigos que son Jaime Betancur, Gustavo Díez y Alfonso Grosso (acompañados de sus esposas Esperanza, Davinia y María Elena, respectivamente). John es el líder del equipo. Es el que pone el tema de conversación.”, cuenta Pedro Pablo Zuluaga, novio de Gabriela. Se reúnen a reírse y a contar historias, al sabor de unas copas de aguardiente. “En cualquier momento llega alguno y dice: ‘¡Vamos a tocar!’. Y John saca su guitarra”, una Yamaha traída desde Japón. “La cuida como un tesoro… solamente la saca cuando ellos van y, de vez en cuando, me la presta por ahí a mí”, dice Zuluaga. “A él le han ofrecido plata por ella, la que quiera… le han ofrecido cambiarle la guitarra, pero él no la cambia por nada del mundo”, agrega.

     

    Gustavo Díez, hombre carismático y locuaz, es el guitarrista de cabecera de John Jairo. Dice que las anécdotas con él dan para escribir un libro. ‘Tavo’ describe a su amigo como “una teta auténtica”. Mamagallista y dicharachero, “siempre está echándole vainas a todo el mundo… Es insoportable en el estudio de grabación (risas)” y “Termina por imponer su criterio frente a lo que él quiere que se haga”. Díez destaca que las diferencias de pensamiento nunca han sido un obstáculo para ser amigos. “Yo le digo a John: ‘Una de las razones por las que más te quiero a ti es que cuando esté verraco contigo te lo puedo decir en la cara y no me da miedo’. No nos guardamos nada”.

     

    Como auténtico perfeccionista, le sacan de quicio las cosas mal hechas. “No admite el fracaso”, recalca Díez. “Él es muy nerd. No descansa hasta hacer las cosas bien. Me acuerdo muchísimo cuando hizo la segunda carrera (Gestión Cultural), que se despertaba como a las tres de la mañana a estudiar… Se acostaba muy tarde por hacer trabajos”, recuerda Gabriela.

     

    No está satisfecho con lo que ha logrado; aún tiene varios pendientes. “Me falta componer mi mejor canción, me falta escribir mi mejor libro, me falta conocer a mis nietos…” Está finalizando su tercer libro y planea montar un podcast y un canal de YouTube. “Me apasiona mucho la comunicación”, enfatiza John Jairo.

     

    No tiene peros ni reparos a la hora de darle gusto al paladar. “Come mucho, como yo”, dice Gaby, jocosamente. “Le encanta la carne. Intentó ser vegetariano, pero no le dio”. No puede vivir sin Coca-Cola y sin comer leche en polvo.

     

    Dicen que es reticente a dar consejos, pues considera que la vida la vive cada uno. Que lo entristece la injusticia y la indiferencia… y, según Díez, que “le da mucho terror el escenario antes de tocar”. Pero cuando está parado en él, echa su alma a volar.

     

    Trabajo realizado en el curso Periodismo III, orientado por l profesora Claudia Patricia Sánchez Aguiar.

     

     

     

     

     

     

     

  • Los ojos que registran el Paro Nacional

    Cristian David Gutiérrez Martínez / cristian.gutierrez@upb.edu.co

     

    Desde el 28 de abril, decenas de fotógrafos han salido a las calles para registrar los hechos que se desarrollan en el marco del Paro Nacional, sus registros fotográficos son elementos fundamentales para entender el ambiente caótico que vivimos. ¿Cuál es el papel del fotoperiodismo en las protestas? ¿Qué anima a los fotógrafos a realizar su labor? ¿Qué problemáticas enfrentan los fotoperiodistas por estos días?

     

    Cuando el ambiente en las calles es tenso y las noticias falsas abundan en las redes, los registros fotográficos se hacen claves para entender lo que ocurre. Desde el 28 de abril, las protestas contra decisiones gubernamentales han generado choques con fuerzas del Estado y otros grupos, que derivaron en caos y desinformación. Con el ánimo de mostrar en detalle lo que ocurre, decenas de personas se vuelcan a las calles con cámaras, la mayoría de las cuales cabe en los bolsillo de quienes asumen el papel de periodistas.

     

    El fotoperiodismo surgió en 1880, cuando el Daily Graphic de Nueva York comenzó a utilizar fotografías en el periódico. Desde entonces, la imagen se ha convertido en un elemento fundamental para entender los hechos que se presentan, al punto que hoy se pueden encontrar reportajes conformados enteramente por imágenes, casi sin necesidad de palabras para ilustrar la realidad.

     

    En la necesidad de relatar los hechos con la contundencia y elocuencia de una imagen, han surgido propuestas como la de la Agencia Colectiva Amalias, un grupo de mujeres de distintas ciudades que a través de la fotografía, pretende reclamar espacios comúnmente masculinos y a su vez contar la realidad social del país a través de sus registros. “Tres Ojos”, como se hace llamar para proteger su identidad, es una de las mujeres pertenecientes a este colectivo. “El tercer ojo es el ojo de la conciencia”, dice ella, “lo cual en mis fotos trato de reflejar”; a través de su labor, esta fotógrafa busca mostrar la realidad de lo que sucede en las noches de Bogotá.

     

    << Manifestantes bogotanos sosteniendo un par de escudos. Foto: @tresojos666

     

     

    Tres Ojos cuenta que fotografiar lo que acontece en las protestas no es una labor fácil. En sus sesiones se ha tenido que enfrentar a imágenes y situaciones difíciles, e incluso ataques directos en contra de la prensa: “Una vez nos cayó un gas a toda la prensa y lo único que hizo el ESMAD fue atravesarse en nuestro camino mientras decían ‘eso ahóguense’”, cuenta la reportera gráfica. A pesar de todo lo anterior, Tres Ojos dice que ver a jóvenes luchando sin importar si pueden salir heridos, le da ánimos para continuar informando desde las calles aquello que sucede en la Capital.

     

    Muchos de estos fotorreporteros deciden hacer una labor independiente de algún medio; este es el caso de Mateo Builes, conocido como Teo Builes Itg, oriundo de la ciudad de Bello, quien ha registrado desde actos culturales, hasta crudos enfrentamientos desarrollados las últimas semanas en el Área Metropolitana del Valle de Aburrá. Aunque en tiempos anteriores Teo no se había dedicado a la fotografía periodística, él se sintió en la responsabilidad de utilizar sus herramientas para concientizar a su entorno más cercano acerca de lo que sucedía en las protestas; así, se vio motivado para salir a las calles y servir como prensa alternativa.

     

    Mateo cuenta que hacer fotografía en el contexto del paro es una tarea difícil: “Son muchas horas caminando, el cansancio, la fatiga, la sed… de hecho he tenido quemaduras en mi piel, no solo por el sol, sino también por los gases”, dice. La labor se hace más difícil cuando no hay el respaldo de algún medio, pero por fortuna entre fotógrafos independientes se crean grupos con el fin de protegerse mutuamente y capturar sin manipulaciones los hechos que se desarrollan.

    Manifestantes reunidos en la estación Estadio del Metro de Medellín. Foto: @teoitg

     

    “Me anima saber que he logrado transmitir emociones, he logrado transmitir sensaciones; he mostrado la furia, la ira, la rabia del momento. He podido llegar a personas a las que jamás creí que iba a llegar”, dice Teo. “Mi trabajo es informar, pero desde el arte”. Así, como el de Mateo, son varios los casos de personas comunes que, impulsadas por su necesidad de informar, deciden salir a la calle y poner sus equipos al servicio de quienes creen que necesitan saber lo que ocurren en las calles.

    Martín Ángel, conocido en redes como Neoyuzek, ha participado también en las manifestaciones, informando a través de fotografías tomadas en Popayán y otros sectores del departamento del Cauca. Aunque Martín trabaja como fotoperiodista, él expresa que salir a las calles es también una muestra de que los fotógrafos no pueden ser indiferentes a la situación del país. “Tenemos esta generación de prensa y periodistas independientes que se viene forjando hace pocos años, personas que salen a hacer trabajo de campo y con su celular registran toda esta situación. Es algo que antes era impensable, ahora tienes horas y horas de registro en vivo que dan otra visión de la situación actual”, expresa Martín Ángel, al describir la ola de fotoperiodismo que el Paro Nacional impulsó.

    Hombre sosteniendo la bandera de Colombia en medio de una protesta en el departamento del Cauca.

    Foto: @neoyuzek

     

    Pese a que Martín pretende capturar escenas que informen a la ciudadanía de forma imparcial, afirma que en muchas oportunidades no hay garantías para desarrollar la labor de prensa: “Me han amenazado, insultado y agredido”, cuenta el fotógrafo. Por lo anterior, Martín dice que en Colombia es necesario concientizar más acerca de la labor de la prensa, pues además de ser infravalorados económicamente, los fotoperiodistas sienten que tener un distintivo de prensa representa muchas veces un riesgo que los hace objeto de agresiones.

     

    Según la Fundación para la Libertad de Prensa (FLIP), para el 25 de mayo eran 165 los casos de agresión en contra de periodistas en el marco del paro nacional, 89 agresiones más que las ocurridas en las protestas del 2019 en sus primeros 40 días. De estas 165 agresiones, 87 fueron cometidas por miembros de la fuerza pública, presentándose incluso 16 casos de disparos directos en contra de la prensa. Esta violencia puede afectar especialmente a los fotoperiodistas, pues su labor exige un gran acercamiento al lugar de la noticia, y es posible que se agudice más cuando quien hay detrás de la cámara es un fotógrafo independiente sin ningún distintivo de un medio reconocido, a pesar de estar amparados por leyes y tratados, algunos de alcance internacional.

     

    Jonathan Bock, director de la FLIP, piensa que la situación en el país para la prensa es preocupante: “Las jornadas de protestas sociales que se han llevado a cabo desde el 28 de abril han expuesto la vulnerabilidad y desprotección de los periodistas en el país. La libertad de expresión y prensa se ha visto gravemente afectadas por el alto nivel de violencia que se ha vivido en Colombia en los últimos días. Es urgente que se implementen acciones diferenciadas para garantizar su seguridad. El trabajo de una prensa libre es un imperativo para salvaguardar el Estado democrático” señaló en un informe de la organización que lidera.

     

    Los repetidos actos de violencia han causado que un grupo de fotoperiodistas y reporteros lanzaran el 1 de junio un comunicado en el cual exigen garantías por parte del Estado y de los grupos en choque durante las protestas para ejercer libremente la labor fotoperiodística, además hicieron un llamado a la Comunidad internacional para que se creen condiciones que permitan el libre ejercicio de la prensa. El comunicado cuenta con 104 firmas, muchas de ellas provenientes de fotógrafos independientes.

    Fotógrafos reunidos en una protesta cerca al Parque de los Deseos. Los registros fotográficos han jugado un papel fundamental en las protestas llevadas a cabo desde el 28 de abril. Foto: @teoitg

     

    El fotoperiodismo siempre ha estado ahí para contar lo que las palabras no alcanzan relatar. Las protestas del último mes dejan un balance que señala además un largo recorrido para reivindicar su labor, liberarla de estigmatizaciones que los han convertido en objetivo agresiones y que el contenido que publican sea valorado de manera acorde a lo que implica buscarlo.