Categoría: Rostros

  • Carlos Castro Saavedra: el poeta que logró unir al mundo en una “Plegaria desde América”

    Por: Maria Clara Castro / maria.castroo@upb.edu.co

     

    ¿Quién era Carlos Castro Saavedra? Esta producción multimedia explora a este personaje, su obra y relación con el conflicto armado y la violencia en Colombia.

     

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    Fotografía: Archivo Fotográfico Biblioteca Pública Piloto.

    Trabajo para el curso Periodismo Electrónico, orientado por el profesor Gabriel Lotero Echeverri.

     

     

  • Hablemos de racismo estructural

    Por: Angie Acosta y Paola Castro

     

    Esta investigación ofrece un panorama general histórico-cultural del racismo estructural en la población Afro. La mirada se sitúa en Medellín a raíz de la contingencia de salud pública (por la COVID-19) que condiciona de forma diferente a las personas negras.

     

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    Trabajo para el curso Periodismo V, orientado por el profesor Gabriel Lotero.

     

     

  • Suena una alarma desde el confinamiento

    Por: Ana María Gaviria Ramírez/ana.gaviria@upb.edu.co

     

    El aislamiento ha empeorado el estado de la salud mental, especialmente en los jóvenes. Armando es un ejemplo de hasta dónde pueden llegar estos síntomas.

     

    Ese sábado, 3 de septiembre del 2020, a las 10:30 p.m., Armando Díaz se dirigía a guardar el taxi que acompañó sus luchas y desdichas. El pequeño carro amarillo que escuchaba los continuos reproches, pero que ahora atesoraba para sus amigos la personalidad máscara que ocultaba la ansiedad.

     

    Las 10:30 p.m. era la hora de irse a descansar. El trabajo del día, las horas esperando en una calle concurrida del parque de Copacabana alguna carrera habían hecho estragos en su cuerpo y mente. En su casa, en el barrio Fátima del mismo municipio, lo esperaban Daniela, su cuñada; José, su hermano y, Carmen, su mamá; personas que, aunque acostumbradas a su personalidad callada y misteriosa, estaban contentas con su llegada.

     

    << Los problemas de salud mental se viven en silencio, en medio de la rutina.

    Foto: Daniela Gómez Isaza.

     

    La noche de ese sábado, Armandito —como le decía Daniela de cariño— entró a la casa, probó algún bocado de comida y, como era costumbre, decidió quedarse un par de horas jugando en su celular un popular juego llamado Free Fire. Este pasatiempo, tanto para él como para la mayoría de los jóvenes de su edad, 20 años, se había convertido en un espacio de conectividad y dispersión con amigos durante la pandemia causada por el SARS-CoV-2.

     

    El miércoles 25 de marzo de ese mismo año, día en que comenzó la cuarentena obligatoria en Colombia. El encierro, las clases virtuales, la falta de interacción física y emocional dejaron estragos en la población y, tal como lo indica la Personería de Medellín, desde el 14 de mayo aumentaron las llamadas al 123 por temas relacionados con el suicidio. Pasaron de un promedio de 650 mensuales a recibir 5.850, esto corresponde a un aumento del 300%.

     

    Una llamada pudo ser la solución. Armando es un ejemplo de lo difícil que es tener una cifra exacta, pues algunos de los potenciales casos se abstienen de pedir ayuda. Sin embargo, Natalia López Delgado, subsecretaria de Salud Pública de Medellín, advirtió, a través de la oficina de prensa de la Alcaldía, que la Línea Amiga para la salud mental se encontraba disponible las 24 horas, los siete días de la semana.

     

    La noche siguió corriendo para Armando. Luego de terminar lo que él llamaba una “partida” en el tan mencionado juego se acostó a dormir. No sin antes dejar un breve mensaje de buenas noches para su novia Natalia, joven con la que llevaba aproximadamente cuatro años de noviazgo.

     

    Ella estuvo presente durante varios intentos de suicidio que experimentó el joven; uno de ellos en el 2013, cuando él tenía 17 años. Su familia lo encontró convulsionando en la sala de la casa. Inmediatamente fue llevado a la Clínica Bolivariana de Medellín donde estuvo en coma durante cinco días. Al despertar, Natalia decidió terminar la relación, pues se encontraba expuesta a múltiples dudas. La noticia fue abrumadora para Armando y, entendiendo los antecedentes junto con el mal manejo de las emociones, apareció aquel impulso que lo llevó a intentar lanzarse del quinto piso de la clínica. A lo mejor para él era menos doloroso el duro pavimento que amortigua la caída que una ruptura amorosa de quien consideraba la mujer perfecta. La pronta respuesta de las enfermeras que cuidaban de él impidió el acto.

     

    Las decisiones de los jóvenes en momentos de presión son precipitadas. Al final la pareja solucionó las diferencias. Para ese sábado de septiembre la relación seguía, pero ese mensaje de buenas noches contenía las últimas palabras que Natalia leería de quien ella consideraba el amor de su vida.

     

    A la mañana siguiente la normalidad se interrumpió en la casa de los Díaz. Una pequeña frase, de aquellas que muy poco se atienden pero que retumban para siempre en la madre de Armandito.

    —Mamá, estoy aburrido.

     

    Así, la casa se quedó en silencio. Sin embargo, basados en la personalidad de Armando y su continua inconformidad con lo que lo rodeaba, su familia ignoró la queja.

    —Está listo el desayuno, gritó Daniela.

     

    No hubo respuesta. El ambiente era tenso. Esa mañana no hubo huevos calientes sobre el comedor, más bien, por el afán de salir a realizar las comprar rutinarias, Carmenza, José y Daniela se apuraron en comer un pequeño pan con algo de café tibio. Armando no estaba interesado en recibir bocado de comida, ni mucho menos en ser partícipe de las compras.

     

    Sobre las 10:30 a.m. su mamá, hermano y cuñada se aproximaron a la puerta con la intención de salir un par de horas a comprar un tarro de pintura, necesario para poner un poco más bonita la casa.

    —No quiero ir, me quedaré jugando Free Fire, dijo Armando.

     

    Fueron las últimas palabras que oyeron de él. Un par de minutos después se aproximan hacia la salida. Revisaron que nada les faltara: las llaves, el dinero, entre muchas otras cosas.

     

    No pasó más de hora y media. Daniela, Carmenza y José volvieron a la casa. Daniela se dirigió abrir la puerta. La abrió y vio a Armando. Colgado. Él había utilizado una fuerte cuerda que encontró para quitarse la vida en el marco de la puerta de su habitación. Ya no importó la pintura. Ahora, entre gritos, llantos, llamadas y desespero, corrieron a bajar el cuerpo amoratado. Tenían la esperanza de salvarlo.

     

    Se dirigieron inmediatamente al Hospital Santa Margarita del Municipio de Copacabana, en aquel taxi amarillo. Al llegar al hospital la mirada de los médicos decía que la vida de Armando se había ido. Lo reanimaron sin tener resultado. Por razones de bioseguridad, la familia tuvo que esperar afuera. Carmenza, aferrada a la gran reja blanca que enmarcaba la entrada al lugar, se daba golpes continuos repitiendo la dolorosa frase: “Es mi culpa, yo no lo escuché”.

     

    Después de ahí, llegó la parte más difícil: afrontar la perdida. Entre música y pitos de sus colegas taxistas fue despedido a las afueras de su casa. Daniela, su cuñada, no soportó la presión que significaba volver a aquel lugar y recordar una y otra vez la imagen que presenciaron hacía solo un par de horas. Decidió irse a vivir nuevamente con su mamá, aunque aún, entre llantos, recuerda al ausente joven.

     

    Carmenza y José siguen sin asimilar el suceso. Están abrumados por el vacío que ha quedado en sus vidas. Además, cuando las puertas se cierran les recuerda una y otra vez aquel suceso que marcará sus recuerdos para siempre.

     

    La cuarentena ha afectado a los jóvenes. El Ministerio de Salud afirmó que, en la población entre 12 y 23 años, el 52,9 % tiene uno o más síntomas de ansiedad y el 19,7 % manifiesta cuatro o más síntomas de depresión. Manuela Molina, psicóloga de la Universidad de Antioquia, dijo que los intentos de suicidio han aumentado en Colombia, sobre todo en el periodo de cuarentena, por la ruptura de la cotidianidad. Además de haber sido imprevista para todos.

     

    Son pocos los esfuerzos en Colombia para prevenir y tratar los casos de suicidio. La salud mental nunca ha sido prioritaria en los sistemas sociales y educativos. La pandemia ha fomentado los síntomas de dichas enfermedades. Armando es un ejemplo de esta problemática, que viven muchos jóvenes.

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    Trabajo preparado para el curso Periodismo I, orientado por la profesora Diana Milena Ramírez H.

     

  • Una bendita enfermedad que quita mucha tranquilidad

    Por: Laura Restrepo Rodríguez / laura.restreporo@upb.edu.co

     

    Un amor, que nació de un encuentro fortuito ha tenido que superar los retos que impone el olvido. Jairo Muñoz cuenta cómo ha vivido el alzhéimer que padece su esposa Mabel.

     

    Ya van cuatro años, fue un siete de marzo del 2016, día en que la vida de Mabel mi esposa cambió y con ella la mía también. El diagnóstico fue alzhéimer temprano, la forma más común de demencia que deteriora progresivamente la parte funcional del cerebro.

     

    Nos conocimos en un bus del barrio Cristóbal, una mañana de 1975. Vi entrar a la que hoy es mi esposa en la segunda parada del día en el barrio La América. Estaba sentado y ella esperaba ubicar un puesto, sin pensarlo le dije: “Sentate” y guardé silencio, al llegar el bus a su destino me fijé muy bien para esperarla en la misma parada en la que se bajó y efectivamente funcionó. Al final del día decidí comprar el pasaje y hacer la fila hasta verla llegar, cuando vi que se acercaba, la invité a tomar mi lugar, le pregunté si quería ir a cine esa noche conmigo y su respuesta fue un inmediato sí. Desde eso nunca jamás volvimos a separarnos, ya son 39 años de casados.

    Jairo y Mabel, en los inicios de la familia que hoy los sigue amparando. Foto: Marta Cecilia Rodríguez.

     

    Diez años de esas tres largas décadas han traído muchas transformaciones. En febrero de 2010 cuando salimos de la casa de mis suegros, ella siempre era la que manejaba y lo hacía bastante bien. Noté que había tomado otro camino fuera del habitual y le dije — ¿por qué vas por aquí?- a lo que ella me respondió: – no, no, es que por cualquier lado se llega—. Decidí no ponerle mucha atención y pensar que fue un simple olvido. Poco tiempo después íbamos a salir de la casa de sus padres nuevamente, al llegar a nuestro destino, ella notó que dejó su bolso, desde ese momento supe que íbamos a tener problemas con el alzhéimer. Por esos mismos sucesos decidí buscar ayuda profesional para confirmar mis sospechas. Encontré al neurólogo Francisco Lopera, quien diagnosticó de forma inmediata, como si no hubiese tenido que analizar mucho la situación, solo tras hacerle algunas preguntas. Alzhéimer temprano.

     

    Cuando llegamos de esa cita, comprendí que la Mabel que conocía desde hace un tiempo había dejado de ser ella en varios aspectos y eso se reflejaba en que le debía recalcar y repetir varias veces las cosas. Ella respondía siempre un poco molesta, comenzó a negarse a cocinar, ya no le gustaba leer, dejó de hacer las sopas de letras que tanto disfrutaba.

     

    Desde ese entonces no elige su ropa, mis hijas deben hacerlo o incluso yo. A veces también decide irse sin avisar, como una mañana en la que me levanté y no la encontré. Inmediatamente salí del apartamento y bajé las escaleras rápidamente. La alcancé y le dije — ¿pa´ dónde vas y por qué vas de piyama? — y ella, con su actitud gozadora, me respondió — ¿y es que está muy fea la piyama? Y vos como estás ahí de piyama, la mía está más bonita —. Parecía una niña. Tal vez por eso cuando se mira al espejo me dice que hay alguien más, reconoce en su reflejo a otro ser, uno que la imita en todo. Lo describe como alguien pequeño, a veces la mira como si quisiera entablar una conversación. Lo que hago es acercarme a su lado y le digo — ve, somos los mismos, tú eres ella, yo soy él— (todavía me río de eso).

     

    Tal vez su memoria no sea la misma y nunca lo será. A veces lucho, no sé si contra la enfermedad o contra el recuerdo que tengo de mi esposa. Mis días consisten en estar siempre con ella para que no se pierda, ayudarla a coger los cubiertos, hacer ejercicio, reír y conversarle a esa niña que ve en sus reflejos, a la que también le pone un plato en la mesa como si fuese otro integrante de la familia y esperar el día en que deba respaldarla hasta en lo más mínimo como ir al baño e incluso comer.

     

    Para este punto de la vida mi esposa Mabel, a sus 64 años, ya ha perdido el 70 % de la memoria. Lo noto en sus largos silencios y su mirada a veces perdida. Pero con sus risas, recuerdo esa gran mujer que siempre ha estado a mi lado, pendiente de que saliera contento de la casa, esa amante, ese ser humano aferrado a vivir la existencia de la forma más genuina posible.

     

    Lo que siempre estará en mi memoria es que mi esposa me ha dado dos hijas hermosas. Creo que el recuerdo más grande que tendrá ella de mí es que la acompaño. Me lo ha dicho: “Uy, qué bueno que usted me acompaña”. Ahí es cuando comprendo que, aunque el camino sea fácil de olvidar, aunque ella no pueda recorrerlo sola, yo siempre estaré ahí para recordarle cómo regresar a casa, a su hogar.

    Trabajo para el curso Periodismo III, orientado por la profesora Claudia Sánchez Aguiar.

     

     

     

     

  • Inmerso en la pandemia

    Verónica Peñaranda Isaza

     

    Nicolás Jaramillo Gómez, cardiólogo, es uno de tantos médicos que ha se ha expuesto, constantemente, al contagio de Covid-19. En este testimonio cuenta sus razones para hacerlo y reflexiona en torno a lo que ha significado la pandemia para él y cómo ha ido cambiando con el pasar de los meses. “Esto me gusta y sé que lo tengo que hacer. Es cuestión de lo que yo siento, no me cuesta mucho”, dice.

     

    El 6 de marzo de 2020 se registró el primer caso de COVID-19 en la capital de Colombia. A partir de la fecha, el país se encuentra en una incansable batalla por combatir el virus. Somos el personal de salud quienes diariamente arriesgamos nuestra vida por salvar la de los demás, trabajamos horas extra bajo condiciones adversas y exponiéndonos al contagio.

     

    Es una experiencia muy compleja. Comenzamos con un momento crítico en que la gente se llenó de pánico y nosotros también. Yo pensaba: ‘bueno, ¿qué me puede pasar a mí?’ Y no tanto a mí, sino que podría estar contaminando a mi familia. La decisión de trabajar con el virus la fui tomando en el camino y poco a poco me iba adaptando a una rutina diferente.

     

    En el hospital

    Al llegar, hay que hacer un cambio absoluto de ropa, para ponernos unos uniformes con ciertas características y usar permanentemente las mascarillas; en un principio las N95[1], que, por la misma pandemia y el susto, empezaron a escasear y a volverse costosas, por lo que continuamos usando las generales, que dan una protección más o menos del ochenta por ciento, bien usadas. Fuera de eso, se nos proporcionaron los protectores de plástico o acetato que cubren toda la cara.

     

    En la sala de hemodinamia[2] usamos petos de protección porque trabajamos con radiación, por lo que el calor es infernal. También las gafas plomadas y las de protección general, más los lentes recetados que se empañan todo el tiempo, son desesperantes. Nos sentimos asfixiados con los protectores de nariz y de boca, sentimos que no nos llega la respiración y perdemos la capacidad de hablar. Nadie entiende lo que estoy diciendo y tampoco le entiendo al enfermo; me la paso gritando, es horrible. A todo esto, se le suma la tensión que genera el paciente, que es bien complicado.

     

    Poco a poco íbamos perdiendo el miedo y el respeto a ciertas medidas de seguridad que en un comienzo eran demasiado estrictas. Me sangraban las manos de tantas lavadas que me hacía. La cara también se me volvió nada, porque las mascarillas maltratan mucho cuando las estamos usando de doce a veinticuatro horas continuas. Pero al principio nadie se atrevía a quitárselas, es decir, era un acabose. Contaminarse con COVID-19 realmente asustaba.

     

    Cuando tomamos la decisión de atender a un paciente positivo para el virus, se hace una parafernalia impresionante; se bloquean todas las salidas para que nadie se cruce con esa persona, quien viene en una urna de aislamiento. Mientras sucede toda esta procesión, los médicos debemos esperar. Para atender a estas personas, solo se pueden dejar los elementos estrictamente necesarios y sacar el resto. Si hay que intubar al paciente, nos tenemos que salir todos, porque es el momento más crítico para la aspersión del virus; tenemos que esperar quince minutos, como mínimo, a que caiga y se asiente. Todo este proceso demanda tiempo. Sin embargo, nos hemos ido acostumbrando y empezamos a estar más tranquilos, incluso pensamos: “Si me va a dar, pues que me dé”.

     

    Las relaciones humanas

    Mi relación con los pacientes ha cambiado. Por un lado, la siento más estrecha que antes, incluso siempre trato de empezar conversando con ellos, por lo que he extendido los horarios de atención un cuarto de hora más. La gente va mucho en la búsqueda del conversar, del charlar, que se le escuche, que se le tenga en cuenta, que se le oigan las quejas, precisamente por la soledad en la que están. Me he vuelto un compañero fundamental para ellos. Por el otro lado, me da tristeza la lejanía, ahora son codazos los que me doy con los pacientes. Anteriormente era la palma, el cariño, el amor, que se ve que se necesita. Eso golpea.

     

    El vínculo con mis compañeros de trabajo también es muy distinto. Ahora somos cinco los que estamos en la modalidad presencial, frente a dieciocho o veinte que están desde la virtualidad. No es lo mismo la discusión, la cercanía, el compartir. Fuera de eso, el espacio en el que almorzábamos todos juntos, donde hablábamos y jodíamos, se ha reducido a máximo tres personas por comedor. Tristemente todo se vuelve más frío.

     

    El paciente no tiene la culpa de tener coronavirus o estar bien enfermo. Después de todo, estoy inmerso en la pandemia gracias al apoyo de mi familia, en especial el de Gloria, mi esposa. Ella me acompaña en la decisión porque disfruto mucho lo que hago y sé que es lo tengo que hacer. Se trata de lo que yo siento, no me cuesta mucho.

     

    [1] Las mascarillas N95 son nombradas así, debido a que filtran el (95%) de las partículas del ambiente, por lo que son las más adecuadas para el uso del personal de salud cuando hay contacto directo con el COVID-19.
    [2] Subespecialidad de la cardiología que se basa en el tratamiento y diagnóstico de afecciones cardiovasculares, a través de técnicas guiadas por rayos X.

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    Trabajo realizado para el curso Periodismo III, orientado por Claudia Sánchez Aguiar.

     

     

  • Morir y volver a nacer

     

    Han pasado casi 12 años desde aquel suceso donde terminé una etapa de mi vida y empecé otra, con dificultades, de hecho, cualquier nacimiento es doloroso. Pero si no me morí había que darle sentido a esta vida. Testimonio de Francisco Bohórquez.

     

    Por: Valeria Ríos Flórez / valeria.rios@upb.edu.co

     

    Trabajé en Colombia para la Fiscalía General de la Nación en el Cuerpo Técnico de Investigaciones. En 1999 mataron a varios compañeros y se recibieron amenazas en la oficina donde trabajábamos, razón por la cual empecé a sentirme en peligro. No quise esperar a que me pasara algo y tomé la decisión de venirme para Estados Unidos. Solicité un permiso no remunerado por tres meses y al llegar, presenté mi renuncia ante el cónsul. En la semana en la que se vencía el tiempo, llegó una carta donde aceptaban mi retiro y, además, me concedían el beneficio de instalarme en este país como asilado político.

     

    Un 18 de noviembre del 2008

    Para ese momento, trabajaba con una compañía de transporte manejando un camión. Hacía un recorrido entre Miami y Orlando.

     

    El 18 de noviembre del 2008 venía de regreso, había terminado mi ruta y estaba a pocos kilómetros de llegar a casa. Viajaba por la Turn Pike, una autopista que tiene rectas larguísimas, tiene muy buena iluminación, pero en ese tramo estaban haciendo unos trabajos. Sin embargo, el problema no era ese, sino que había un camión cargado de asfalto, la brea había chorreado y le tapó las luces. Era como la 1-1:30 a. m., y el señor de este camión que estaba orillado, se metió a la carretera, los trabajadores de la vía hicieron la señal de que podía entrar, pero él lo hizo casi a 0 km porque era una volqueta grande, muy pesada. A esa hora y sin las luces de atrás, no lo vi. Además, había neblina.

     

    Por otro lado, aunque yo no corro, en esas autopistas hay que andar a una velocidad mínima, en este caso, 65 millas por hora, es decir, un poco más de 100 km. De un momento a otro, me encontré con eso al frente, traté de frenar, pero un camión no para tan rápido. Quise esquivarlo y había otro carro pequeño a mi lado que me impidió hacer la maniobra. Golpeé de lado a esa volqueta, mi camión se recogió, se vino hacia adelante y salí expulsado. Aunque tenía puesto el cinturón, este ocasionó la fractura de mi clavícula y 10 costillas. Con mi cabeza rompí el vidrio y caí de cabezas al asfalto ¡BUUM!. Mi camión se volteó y yo quedé por debajo. Fue como enfrentarse a la muerte, verla ahí, cara a cara.

     

    Sentí que dejé de respirar y pasó algo, podría llamarse, sobrenatural. En medio de ese esfuerzo por moverme y liberarme, escuché una cuenta regresiva; alguien comenzó de 5 hacia abajo: 5,4,3… cuando llegó a 1, dije “

    Dios mío, me entrego a ti”, porque pensaba que no viviría más. De repente, me pude parar, miré a mi alrededor y todo estaba oscuro; aunque a lo lejos vi una luz que interpretaba podía ser un carro o un reflector. A medida que me acercaba se hacía más y más grande, pude ver como una figura, una silueta humana con los brazos abiertos, es todo lo que recuerdo. Esa fue la experiencia que tuve cuando aún estaba debajo del carro.

     

    Ilustración: Valeria Rios Flórez >>

     

    No sé cuántas horas habrían pasado y sentí que alguien lloraba, eso me hizo reaccionar; estaba en el hospital The Real Center. Más tarde, sé que llegó un sacerdote. Soy católico y estaba muy vinculado a una iglesia que se llama San Isidro en Pompano Beach. Como no podía ni responder, él me cogió la mano y me dijo que, si lo escuchaba, apretara su mano, apreté lo que pude y me dijo: “La extremaunción es un sacramento de salud física y espiritual, pero sabes lo que te ha pasado para que estés preparado”. Yo sabía que me estaba diciendo que me iba a morir y me dio tranquilidad que hubiera venido a ponerme los santos óleos.

     

    Al irse, recuerdo que empecé a sentir un calor horrible, como si fuera una fiebre interna, sudaba, sentía que las gotas me corrían por toda la piel y era desesperante. Casi no podía respirar porque lo más grave no eran esas heridas en las costillas, sino que al caer aterricé en mi cabeza. Aunque hay gente que no me cree (ni con el sustento médico) yo tenía 14 fracturas en mi cabeza, 2 hematomas y 1 aneurisma. El hecho es que entré en ese calor después de la unción, empecé a convulsionar, me amarraron y era muy difícil esta situación. Sentía que me estaba muriendo y, es más, quería morirme, salir de mi cuerpo y liberarme de eso.

     

    No me voy a morir

    Cuando anocheció, sentí una sensación de frescura, de alivio. Todo cambió para mí y dije “no me voy a morir, no me voy a morir”, fue una certeza que apareció.

     

    Al cabo de seis meses, ya estaba muy recuperado, aunque vino un proceso también difícil, pues me enviaron a evaluación y dijeron que necesitaba varias operaciones. La cirugía de mayor riesgo era la del cráneo. El doctor fue muy explícito, me dijo que debían fracturar de nuevo porque lo huesos ya estaban pegados. El problema es que solo había un 2 % de posibilidad de sobrevivir y si no me operaba, me moría. Entonces le dije, “si tengo un 2 %, opéreme”. Sin embargo, en un examen que me hicieron luego, determinaron que los hematomas estaban desapareciendo, así que no hubo cirugía.

     

    Hoy soy un hombre recuperado completamente, sin secuelas y sin una sola operación. Literalmente fue como morir y volver a nacer. Vienen los problemas y no son problemas, sé que todo tiene solución y si no la tiene, es porque así tenía que ser. Ahora ayudo a mis pacientes, a quienes, sin ser médico les he salvado la vida a través de la hipnosis clínica. Se han curado de depresión, ansiedad, vicios como: el juego, el alcohol y las drogas. He contribuido significativamente a que las personas mejoren y ellos le han dado sentido a lo ocurrido.

     

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    Trabajo para el curso de Periodismo III, orientado por la profesora Claudia Sánchez Aguiar.

     

     

     

  • “Es lo que normalizamos lo que realmente nos ha hecho violentos”

     

     

    Por: Luis Felipe Montoya / luis.montoyab@upb.edu.co

     

    Paola Vallejo es Socióloga, docente, Magíster en desarrollo, defensora de las ciencias sociales, e investigadora del conflicto armado colombiano.

    Las expresiones que reivindican la memoria buscan también desnaturalizar los hechos de violencia desde sus consecuencias. Imagen de instalación realizada en noviembre de 2019 por estudiantes de la U. de A con cartuchos de proyectiles recogidos tras jornadas de protesta en el sector. Foto: Alianza Diario Del Paro.

     

    La distancia a causa de la virtualidad no es un límite para ella, igual que en sus clases, siempre muy alegre y dispuesta a debatir sobre lo que más le gusta: la investigación. La perspectiva de esta profesional se revela en una conversación que ayuda a comprender el fenómeno de la violencia que se expresa particularmente en estos días que vive el país.

     

    Colombia ha sido un país muy permeado por la violencia a causa del conflicto, ¿Qué trascendencia tiene el conflicto armado en la historia colombiana?

    Toda la historia Colombiana, desde sus inicios, ha estado permeada por un conflicto. Luego de la conquista, aparece otro enfrentamiento: la disputa y liberación de este territorio, tiempo de mucha violencia en el que se justifican acciones por la búsqueda de la libertad en la Nueva Granada.

     

    Esto refleja que desde el siglo XVI, finales de 1500 ya se tenían largas tensiones, guerras civiles, bipartidismo; y posteriormente El Bogotazo. Siempre ha perdurado una violencia que varía entre sus actores y el contexto en el que sucede.

     

    Las guerrillas o grupos al margen de la ley siempre han existido, sin tanta solidez y fortaleza. Cuando estos grupos comienzan a afianzarse más, puede considerarse que existe un conflicto interno, dependiendo del contexto y acontecimientos, es que logran formarse y tomar un nombre.

     

    Basados en esa larga duración del conflicto, sabemos que los gobiernos de turno intentaron remediar la situación, ¿Cómo se ha intervenido desde la política el conflicto? ¿Cree usted que ha sido de la manera correcta?

    Cuando hablamos del manejo que le dio la política, me refiero a la política representativa. Cada mandato intentó mediar en el conflicto de diferentes formas; tenemos quien ha usado la no violencia y la violencia, injusticias y procesos de paz fallidos que caen por intereses económicos. Pienso que hay una dualidad de cosas que se pudieron haber hecho mejor y otras que no; también la posición, opinión o experiencia desde la que se analiza influye en juzgar sobre si algo estuvo bien hecho. Yo creo que este país necesita de las ciencias sociales para recuperarse, para entender sus verdaderos conflictos. Cuando han intentado explicar y solucionar los conflictos, aparecen ingenieros, administradores, economistas, pero la pregunta es, ¿Dónde están los sociólogos?

     

    Esas opiniones y visiones externas a las ciencias sociales son válidas, tratan el conflicto desde su campo, pero no son las más ideales, ¿Es necesario priorizar las ciencias sociales para tratar los conflictos?

    Claro, por ejemplo, necesitamos una reforma agraria pero con esto no me refiero a la repartición de tierras ni mucho menos qué se necesita sembrar, es preguntarse, ¿cuáles son las necesidades básicas del campesino? ¿Qué se necesita para que la ruralidad tenga importancia? Temas muy ligados a las ciencias sociales, es un plus que puede ayudar a la solución, no por complemento, pero son avances que lo permiten. No son conflictos solo económicos, ni políticos, son sociales.

     

    Colombia es un país que no conoce a profundidad la historia, más cuando se habla del conflicto armado y de la memoria, pues se centra una de las versiones sin conocer todo el contexto, ¿Cómo cree que se debería construir la memoria histórica? ¿En víctimas y victimarios para que sea objetiva?

    La memoria no hay que crearla, hay que reconstruirla con todas las personas que están al ligadas al conflicto, sean víctimas o victimarios. En este momento dirijo una tesis de grado que trata de reconocer la memoria como un derecho fundamental, así como la paz, reconstruir esa memoria es un derecho para las víctimas, un proceso en el que primero deben reconocerse la historia de estas personas porque hay quienes lo son y no se reconocen a sí mismas. Hemos escuchado durante un tiempo una parte, también debemos escuchar la otra, porque esa memoria histórica funciona como un agente de cambio.

    La protesta llena de símbolismo se ha tratado de abrir paso como forma de reaccionar ante la violencia. Imagen de las marchas de noviembre de 2019. Foto: alianza Diario del Paro >>

     

    Hablando un poco de la parte cultural y los rasgos de violencia en la sociedad, ¿Hay diferencia entre la cultura colombiana y la cultura de la violencia?

    La violencia tiene varias dimensiones, yo, Paola Vallejo, creo que hemos sido permeados por esa cultura, nuestro lenguaje es violento; permitimos que sucedan cosas que están muy aceptadas y las naturalizamos, como machismo, xenofobia, justicia a mano propia y lenguaje obsceno. Es lo que normalizamos lo que realmente nos ha hecho violentos, yo sí considero que Colombia es un país con una cultura de la violencia desde sus bases y no creo que exista diferencia alguna entre ambas.

     

    Continuando con esto de la violencia simbólica y cultural, ¿Cuáles son esos rasgos de la conflagración que se reflejan en nuestra ciudad y en nuestra cultura?

    Es todo lo violento que lo violento que se naturaliza dentro de una comunidad pero que si lo analizamos desde otro punto de vista, nos percatamos de la realidad que se vive en todos los estratos, pues nadie está exento de vivir estas situaciones por sus condiciones económicas y sociales. Violencia es permitir, por ejemplo “los duros del barrio decidan quién puede movilizarse de un lugar a otro”, todo esto está avalado por la comunidad, y está en constante reproducción esa violencia.

     

    En el documental Rostros de la memoria, producido por el Centro Nacional de Memoria Histórica algunas poblaciones perdonan a los victimarios sin medir la gravedad de sus actos y el sufrimiento que causaron, ¿El odio y el rencor hacia los victimarios hace más complicado el proceso de reinserción?

    La reconstrucción de memoria busca sanar con este nuevo proceso de reconciliación, ya sabemos qué pasó y qué no se puede repetir; con propósito de frenar ese círculo vicioso que se alimenta siempre por medio del mecanismo de venganza. Se busca esa reconstrucción del tejido social, darle un fin a la violencia y perdonar. No olvidar para un comienzo nuevo, con la necesidad de saber la verdad sobre las víctimas, ¿Dónde están? ¿Están Vivos? ¿Por qué lo hicieron? Buscar respuestas de muchas dudas que quedaron en el aire.

     

     

  • Daniela la grande

    Por: Daniela González Abad e Isabella Piedrahíta Osorio

     

    Nadie está exento de sufrir una enfermedad huérfana, estas pueden ser genéticas o desarrollarse con el tiempo, este último es el caso de Daniela González Abad. Desde los 14 años, Daniela ha estado atada a una vida de hospitales, medicinas y exámenes, pero esto no la ha detenido en la búsqueda de sus sueños.

     

    Fuerza: esa es la palabra con la que su familia describe a Daniela González Abad. Y es que se necesita mucha fuerza para pasar de 14 años de una vida sin sobresaltos, a una llena de hospitales, exámenes y medicinas.  Mientras el tiempo se detuvo para Daniela y su madre en una habitación fría de paredes blancas, sus familiares y amigos siguieron disfrutando de placeres y de lo que alguna vez fueron sus sueños.

     

    Cada doctor que conocía su caso se rendía y por eso pasaron años antes de que le pusieran nombre a su enfermedad, lo que no fue alentador. “Dados sus antecedentes y los múltiples exámenes realizados, podría considerarse que usted tiene una enfermedad huérfana” – le dijo el doctor Rodrigo Isaza Bermúdez en el 2017. A este tipo de enfermedades se les conocen por afectar a una persona entre cinco mil y porque pueden llegar a ser clínicamente debilitantes y poner en riesgo la vida del paciente. Por eso mismo es que la familia de Daniela vive en constante miedo de perderla, y se lo contagiaban cada día a ella.

     

    Las enfermedades huérfanas suelen tener tratamiento, el problema es cuando se posee una que no está tipificada, como es su caso, pues no hay un diagnóstico que dé un plan a seguir. Al ser tan largo el proceso de diagnóstico, entre 5 y 20 años, a los pacientes se les presenta el peligro de que tratamientos, medicinas o exámenes que buscan ayudarlos, afecten negativamente su salud. 

     

     

    Antes de que la vida le cambiara a Daniela, era una niña muy alegre, le gustaba jugar fútbol, cantar, tocar piano y estudiar. Sin embargo, desde el 15 de julio de 2015 un dolor de cabeza comenzó a atormentarla, era tan fuerte que no podía dormir, como cuenta su madre Mónica. Al principio se pensaba que era un cuadro de sinusitis, pues a los 11 años había tenido una crisis de esto, pero el dolor seguía sin desaparecer y rápidamente fue descartado este diagnóstico. 

     

    << La vida universitaria ha sido una oportunidad para que salgan a flote todas las capacidades cultivadas en familia. Foto: Cortesía.

     

     

    Los otros síntomas más graves vinieron después: perdió el gusto y el apetito, se incrementó su sensibilidad a la luz, los sonidos y los olores. A los doctores también les preocupaba su significativa pérdida de peso, su movilidad reducida y que con los días dejó de sentir sueño. Desde entonces, Mónica pasó de ser su mamá a ser su enfermera, tal y como lo expresa Daniela, ella comenzó a ser una “rata de laboratorio”. 

     

    Desde su primera hospitalización en Armenia, Quindío comenzaron a evaluar todos sus sistemas: inmunológico, nervioso, cardiovascular, entre otros. Sin embargo, esta atención no se dio por los recursos o intenciones de la EPS o los hospitales sino por los contactos de la familia y la tutela puesta en contra de Saludcoop. 

     

    Todos los exámenes que le realizaron salieron buenos, menos uno. Tras haber sufrido una pre parálisis en su brazo derecho, comenzaron a sospechar de un pseudotumor cerebri, consiste en el aumento de la presión dentro del cráneo debido al líquido cefalorraquídeo. Por esto el primero de octubre de 2015 fue internada en el Hospital de la Misericordia de Bogotá.

     

    En el hospital aumentó la desesperación, Daniela recuerda especialmente la punción lumbar que le hicieron para ratificar el diagnóstico del pseudotumor. Durante el procedimiento y seis horas después, ella tenía que mantenerse inmóvil porque existía la posibilidad de quedar inválida, lo que la hacía pensar: “si me muevo, el resto de mi vida no podré hacerlo”.

     

    Este examen en lugar de mejorar su situación, la empeoró, haciendo que tuviera que quedarse internada en La Misericordia un mes más. Durante este tiempo, sus relaciones interpersonales se vieron puestas a prueba, pues la mayoría de sus familiares y amigos dejaron de estar presentes en su vida. Ella cada día se sentía más sola, pero esto la llevó a aprender dos cosas. La primera es que las personas se deben disfrutar cuando están, y cuando no, hay que dejarlas ir; y la segunda es que la persona más importante en la vida es su mamá.

     

    El estado de Daniela mantenía en constante preocupación a su madre y aún más porque no encontraba alivio en las palabras de los doctores. Incluso el doctor Naranjo, un especialista de la Misericordia, le dijo: “Tranquila que si Daniela se le muere, para eso está en un hospital y la podemos revivir”. Con los días el grupo de neurólogos decidió que Daniela debía irse a reposar a su casa ya que allí no había más procedimientos que le pudieran dar algún diagnóstico. 

     

    Desde entonces Daniela regresó a vivir a Medellín con sus abuelos, quienes se encontraban angustiados por ver su estado de salud y no poder hacer nada para ayudarla. Según ellos, cada día que pasaba “parecía como si Daniela muriera lentamente”, la comparaban con una tacita de porcelana porque parecía que cualquier movimiento la fuera a romper.

     

    Al final, las ganas de luchar de Daniela fueron más fuertes que su malestar y poco a poco fue recuperando su salud, lo que para su familia aún es un milagro de Dios. Los dolores de cabeza y las pastillas para dormir siguen estando presentes en su vida, sin embargo, esto no fue un impedimento para que 18 meses después regresara a estudiar.   

     

    Por mucho que haya intentado que su vida sea como la que era antes, en algunos momentos siente que su enfermedad le impide hacerlo y que las personas, en algunas ocasiones, no tienen empatía. Por ejemplo, el colegio en el que estudió primaria, donde se destacó por sus niveles académicos, le cerró las puertas diciendo que “su estado de salud podría retrasar el rendimiento del grupo”. Además, siguen presentándose baches en cuanto a su enfermedad que la hacen cuestionarse el futuro, pues no sabe si tener hijos porque el dolor podría ser hereditario. 

     

    Las personas que han vivido todo este proceso con ella han decidido llamarla “Daniela la grande” por cariño. Una de sus características más destacables es que no se queja de su dolor o de las situaciones que ha afrontado desde pequeña. Por el contrario, aunque no es la misma niña alegre que su familia recuerda, intenta sacarle una sonrisa a los que la rodean y tararea canciones constantemente para ponerle sabor a sus días. 

     

    Cuenta que la enfermedad no solo le ha enseñado sobre el valor de las personas y del tiempo, sino de la importancia de los sueños para anclarse a la realidad y seguir luchando. Actualmente Daniela se encuentra cursando dos carreras en la Universidad Pontificia Bolivariana ya que el estudio es el bote que la acerca cada vez más a sus metas.

     

  • Gente formal que tiene sus esperanzas en una ilusión

    Susana Calle Zapata / susana.callez@upb.edu.co

     

    Viven esperando a que alguien los mire, que alguien encuentre en ellos, en sus productos, algo que los deslumbre, que les provoque, que se les antoje. Viven de los impulsos de un desconocido que decida “darse el gusto” de comer un dulce o fumarse un cigarrillo, viven esperando que el pensamiento que atraviese la mente del otro sea a su favor. Habitan en medio de una incertidumbre, de una esperanza, buscando un “hoy que sea mejor que ayer, para no apretar tanto, para sufrir menos”, como dice Cecilia López, trabajadora informal, vendedora de chicles y mecato en Ciudad del Rio.

     

    Sin publicidad, sin una estrategia de marketing o un estudio sobre su público, van por la vida buscando salir adelante, ayudándose del voz a voz, de sus graciosas anécdotas o de su cortesía. Cada uno tan único y tan distinto a los demás, se termina convirtiendo en parte de nuestra rutina, en una parte fundamental; pues, si por alguna razón algún día no están, lo primero que pasa por nuestra mente es: “¿Qué le habrá pasado?”. Solemos identificarlos, saludarlos por su nombre y terminarnos en un intercambio de sonrisas… terminamos siendo eso que hoy en día ellos extrañan, esa interacción humana que se había convertido en parte de su rutina y ahora se ve interrumpida por un tapabocas y un amargo sentimiento, el miedo.

     

    “Los vendedores han estado en cuarentena en la calle durante mucho tiempo, pero en la calle no hay gente”. Esta frase de Boaventura De Saousa Santos de su libro “La cruel pedagogía del virus” cobra sentido en el instante que la empatía nos lleva a descubrir que para ellos los días terminan siendo eternos, insoportables. “No vale la pena salir, gasto más en el pasaje de lo que gano”, asegura Cecilia López y aquí ni el mejor de los planes los puede salvar, pues no hay que ser un economista experto para saber que si no hay demanda no hay ganancia.

     

    El problema radica en que el destino de el 40.4% de la población de Medellín según el DANE queda en manos de un ser superior y creador o de la suerte. Queda en manos de una incertidumbre agobiante que, si antes de la cuarentena era difícil de controlar, ahora ese sentimiento se multiplica, se intensifica; haciéndolos y haciéndonos pensar ¿Cómo se reinventa una persona como Cecilia que lleva 13 años en un mismo puesto, en una época de crisis en que si antes era difícil conseguir trabajo, ahora lo es el doble? ¿Cómo Cecilia duerme por las noches sabiendo que antes ganaba entre 30.000 y 40.000 pesos diarios y ahora si mucho, gana 10.000? ¿Cómo hace Cecilia para mantener la cordura mientras se siente ahogada en las dudas? Si desea, no la llame Cecilia, póngale el nombre del trabajador informal que quiera, el problema es el mismo o muy similar.

     

    Con ayudas insuficientes, los trabajadores informales, parte importante de la fuerza laboral de Medellín, están paliando los efectos de la pandemia. Foto: Daniela Gómez Isaza

     

    Porque estos seres que se habían convertido en parte de nuestro paisaje, tuvieron por mucho tiempo que cumplir con la cuarentena al igual que nosotros, una cuarentena que, como lo dice Boaventura De Sousa en el libro anteriormente nombrado: “parece haber sido diseñada con una clase media en mente”, una clase en la que estos seres simplemente no encajan y que así luchen por hacerlo, no lo lograrán, una clase que no está atrapada entre morir del virus o de hambre.

     

    “¿Cómo hago para creer, si me han fallado tanto?”, dice Cecilia cuando se le habla del Gobierno: “yo fui desplazada dos veces, de Urabá y de la Costa y señorita, ¿usted piensa que se preocuparon? Siempre que llegaba a alguna oficina, porque decían que nos iban a dar una ayuda, me comentaban que no aparecía en el sistema”, dice con la voz quebrada y desviando la mirada, y cómo juzgarla, querido lector, si tantas veces la han ilusionado con ayudas que nunca han llegado.

     

    Cecilia cuenta que hace poco la llamaron a su casa, una niña que decía trabajar para el Estado, pidiéndole unos datos y que esta trabajadora informal le decía: “Usted me llama a mi casa, ya sabiéndose mi cedula, mi nombre completo y mi dirección y me dice que necesita más datos… ¿Qué más quiere que le de?”.

     

    Cecilia nació en Sucre, pero por razones del corazón terminó en Medellín, a pesar de que ella creía haber encontrado el amor de su vida, terminó criando a sus tres hijos sola y sacándolos adelante. “Los tres son estudiantes y durante la cuarentena yo no podía trabajar, porque me daba miedo salir. Además, no valía la pena… el lugar que pago para que me dejen guardar el carro vale 7.500 diarios, más los pasajes desde Envigado hasta acá y acá no había gente… no valía la pena”.

     

    Cecilia sobrevivió la cuarentena, al igual que muchos otros trabajadores informales, por la solidaridad del desconocido, la empatía de ese comprador que solía saludarla, el apoyo de esa persona que pasaba y aunque, probablemente, no sabia su nombre, sabia que ella existía… Cecilia y su familia sobrevivieron esta crisis, por ese sentimiento que invadió el corazón de muchos, un sentimiento que nos recordó nuestra humanidad, nuestra fragilidad. “las personas que menos yo esperaba fueron las que me terminaron ayudando” dice Cecilia con una sonrisa en el rostro, pues en el interior sabe, que terminó encontrando ese apoyo que tanto buscaba en el gobierno en la gente del común.

     

    Como Cecilia existen muchos otros, como por ejemplo Cisto González, un vendedor de micheladas en Ciudad del Rio: “Yo solo pude dejar de trabajar dos meses y me tocó salir porque ya no tenía con que comer”. Cisto ya no tenía dinero suficiente para pagar el alquiler del lugar donde le guardaban el carrito, entonces le tocó empezar a llevárselo a su casa todas las noches y volverlo a traer todas las mañanas… Le puso una bicicleta y desde el Barrio Niquitao hasta Ciudad del Rio pedalea, para tratar de conseguir el dinero suficiente para poder vivir, sobrevivir.

     

    Como la vieja expresión, “en la lucha” viven los trabajadores informales durante esta crisis. Viven con el miedo, no solo el típico y casi cotidiano para ellos al “incierto mañana”, sino por sus posibilidades de contagiarse y salir victoriosos de esta lucha contra un enemigo invisible. Según un estudio de la Universidad de los Andes del 28 de marzo del 2020, un ciudadano que vive en estrato 1 tiene 10 veces más posibilidades de ser hospitalizado o de fallecer por Covid que una persona que vive en estrato 6 y una persona que vive en estrato 2 tiene el doble de posibilidades de ingresar a una UCI que una persona que vive en estrato 6… ¿Y cómo no estar temblando ante una posición como estas?

     

    Puede que las estadísticas no estén de su lado o se sientan abandonados por el Gobierno, pero con personas como Tatiana Cano, una de las fundadoras de “Putamente Poderosas”, un colectivo que trabaja en pro de las trabajadoras sexuales de la ciudad de Medellín y Antonia Galeano, creadora de “Miradas de sueños”, una iniciativa que se centra en ayudar a los trabajadores informales de la ciudad de Medellín, aún queda esperanza.

     

    Ellas se han esforzado por ayudar, por hacer que las historias de estas personas se conozcan y que dejemos de normalizar “la forma tan tibia en la que ha actuado el Estado”. Como afirma Tatiana Cano, han luchado, día tras día, por un cambio de mirada, porque valoremos a estas personas que hemos “obviado” en nuestra rutina y que ahora más que nunca necesitan de nosotros y nosotros de ellos… Pues al final del día, ¿quién mejor profesor que ellos, cuando se habla de resiliencia, de entusiasmo y berraquera?

     

     

     

  • Buscando el pan debajo del brazo

     

    En el encierro muchas familias han encontrado la oportunidad de retarse a crear. Las impactos extremos de la pandemia han convertido a familias enteras en núcleos de emprendimiento, alimentados por conocimientos tradicionales, talentos y aficiones. Esta es una de esas historias.

     

    Alejandra Quintero Pinto / alejandra.quintero@upb.edu.co

     

    7:30 de la mañana del 16 de marzo del 2020. En la bandeja de entrada del correo institucional hay un mensaje nuevo: “No habrá clases presenciales, unámonos a la virtualidad”, era su asunto. Samuel, en medio de la somnolencia, lee ese mensaje placenteramente. ¿No ir a clases? Una delicia. ¿Por cuánto tiempo? Indefinidamente. Al fin y al cabo, le gustaba estar en casa por un par de días, quizás un par de semanas, ¿qué podría salir mal si en su casa tenía lo estrictamente necesario para estudiar y sobrevivir?

     

    Primera semana, todo muy bien; segunda semana, sin problemas; tercera semana, sin quejas pero bien en general. Un mes después ya todo empezó a tornarse un poquito frustrante, las noticias inundaban la cabeza de Samuel de mucha información abrumadora y la Universidad ya no era divertida virtualmente, quería ver a sus amigos, pasar por el “Venteadero”, que es donde él se reunía con ellos, socializar, tener contacto, todo eso parecía tan extraño ahora… Pero Samuel no era la única persona en su casa que sentía la incertidumbre, su madre Nohelia también pasó por un momento crucial que afectó directamente a toda la familia y fue cerrar el restaurante que durante cuatro años había sido parte de sustento al hogar de los Meza Tabares. El padre, Elkin, tuvo que devolverse a Medellín desde Apartadó, dejando a un lado una obra de la cual él era jefe.

     

    “Un día, Samuel llegaba a su casa y su madre preparó la cena para él y su hermano:

    una hamburguesa casera.”

     

    “¿Ahora qué?”, pensaban Samuel y toda su familia al encontrarse en una situación poco convencional que los llenaba de un sentimiento extraño que nos atemoriza como seres humanos: la incertidumbre. En las noticias, no dejaban de pasar información acerca de los casos de COVID-19 que se presentaban a nivel mundial y el temor por que llegara a Colombia se iba intensificando levemente.

     

    ¿Quedarse de brazos cruzados? ¡Jamás! Samuel no iba a permitir que él y su familia pasaran necesidades así que se le ocurrió la fantástica idea de ser Rappi. Tenía la moto, los papeles al día y qué más que la motivación, así que empezó. Como era de esperarse, daba susto porque era salir a la intemperie corriendo el riesgo de ser contagiado por esa enfermedad que amenazaba a diestra y siniestra, pero Samuel siempre cumplía con las precauciones necesarias. Gracias a este trabajo, Samuel llevaba diariamente a su casa $50.000 y, por otro lado, su madre, Doña Nohelia, vendía almuerzos caseros en la unidad, sin embargo, no era suficiente. Samuel tenía una ambición muy alta.

     

    Un día, Samuel llegaba a su casa y su madre preparó la cena para él y su hermano: una hamburguesa casera. Lo que ellos no sabían es que esa hamburguesa, obra de su madre, iba a ser el primer escalón para una fantástica idea de negocio. “¿Una hamburguesa? Muy normal”, dijeron en el momento, según cuenta Samuel, pero percibió que esa no era cualquier hamburguesa, tenía un sabor sofisticado que, al primer mordisco, se sentía ese cosquilleo en las papilas gustativas, un sabor que nunca Samuel y su hermano habían probado en una hamburguesa. Así reconocieron el talento único de su madre para la idea en mente.

     

    Así fue cómo Samuel y su hermano empezaron con su modelo de negocio a finales de mayo. Estaban en la búsqueda de un producto que no fuera solo bueno, sino que tuviera algo único en el mercado, algo más elaborado, así que Samuel emprendió su búsqueda para encontrar esos elementos atractivos: pan de masa madre, cebollita crispy, queso crema, queso cheddar, vegetales frescos y una salsa de la casa bien elaborada. Unas cuantas mejorías en esa hamburguesa, hasta que llegaron a la prueba final y, como subrayó Samuel: LA hamburguesa.

     

    No solo las recetas estaban entre los talentos ocultos de los Meza Tabares, resultó que también sabían de fotografía y presentación de los productos. Foto: Pan y Pedazo.

     

    Samuel y su hermano Thomas, comenzaron a difundir por redes sociales la nueva creación: “Hamburguesas artesanales por $12.000”, decía el primer aviso publicitario, que rondó por sus estados de WhatsApp y el de sus amigos hasta que llegó su primer comensal: Alejandra, una amiga de Thomas quien les hizo un pedido de ocho hamburguesas, nada mal para empezar. El resultado: ¡Le encantaron! Y así comenzó la película de las hamburguesas. “¿Sí ve, má? Esto va a ser un palo”, le decía Samuel a su madre.

     

    Día tras día, todo iba dando resultado lentamente. “Pongámosle Pan y pedazo”, propuso un día doña Nohelia y ese nuevo chispazo creativo le dio más impulso al proyecto inesperado que, como se dice entre los restauranteros, estaba “salvando las papas” a la familia Meza Tabares. Empezaron con la hamburguesa clásica, después, una double cheese & bacon, otra llamada Philadephia. Así, poco a poco, fueron innovando en sus productos únicos. Todo apuntaba a que iban a ser un éxito, cada miembro de la familia se puso un rol específico: Thomas hace las papas y empaca las órdenes, doña Nohelia en la plancha, Samuel armando hamburguesas y don Elkin con el aseo, armando cajas y comprando provisiones.

     

    Hay ocasiones que la demanda obliga a interrumpir otras tareas para atender Pan y pedazo, las órdenes han superado la imaginación de los dueños de este emprendimiento, que, como en muchos otros casos, no es solo fuente de ingresos, sino de la tranquilidad que produce no quedarse quietos ante la adversidad.