Categoría: Rostros

  • Mery Yolanda Sánchez: la poetisa que enfrenta el dolor

     

    Si algún día cambiara el sistema político del país y pudiera hablar de una orquídea en su esplendor, lo haría –no podría desconocer su belleza– pero hasta entonces Mery Yolanda Sánchez* seguirá retratando en su poesía las escenas dolorosas que atraviesan la realidad nacional.

     

    Por: Manuela Molina Cerezo

     

    Desde los 17 años, Mery Yolanda Sánchez se fue a emprender un nuevo rumbo a la ciudad de Bogotá, tras haber pasado toda su infancia y adolescencia en su pueblo natal, el Guamo, Tolima. De allí, recuerda los paseos en bicicleta y el olor a tierra mojada que se creaba en la playa del río, cuando este aún la conservaba. Y quisiera, tal vez, no recordar esa violencia con la que creció siendo testigo y de la cual hoy escribe. Su poesía no es una poesía costumbrista, pero sí social. Suele leer a Juan Rulfo, a Thomas Mann, a los poetas malditos y su poeta de cabecera es el alemán Gottfried Benn. Pero sus versos son tan suyos, como lo es la historia que atraviesa a Colombia, país que narra y poetiza, que lleva en su cuerpo como una insignia de dolor.

     

    En 1956, cuando Mery nació, sus padres ya habían tenido 11 hijos, tres de ellos habían muerto y los otros siete ya estaban más grandes. Luego, llegó una niña más. Entonces Mery era la penúltima, quizás la más particular, y en unos años: “la niña problema”, como ella misma lo dice. De niña, sus hermanos tomaban un diccionario, leían una palabra y tenían que decir qué pensaban que era; y, a pesar de que a ella no la invitaban a jugar con ellos, ella se metía y salía ganando, porque siempre acertaba con el significado o decía cosas inesperadas. Por deseo de su padre, todos ellos se dedicaron al magisterio. Ella, en cambio, a la poesía. Desde los seis años se entregó a la literatura, la que llama su proyecto de vida. Aun así, gracias a sus hermanos fue que se encontró con su primera imagen poética: como no tenían radio, ellos pintaron uno en un poste con carbón y por las tardes se ponían a bailar.

     

    Su madre la tuvo cuando tenía ya 40 años y durante un tiempo creyó que su hermana María Nelly era su mamá, pues ella la cuidaba y la introducía por los caminos del arte. Al igual que su hermana, Mery perteneció a un grupo de teatro cuando ese arte no era muy bien visto. Viajaban de un pueblo a otro, a veces el bus los dejaba y debían devolverse a pie. Eso no era que le gustara mucho a su mamá, para ella era sinónimo de vagancia y vicio. Su mayor vicio era tomar Coca Cola con limón, junto a sus amigos, imaginándose que era un trago. Entonces ella se escapaba de la casa, con la ayuda de su papá que le avisaba cuando los llamaban por la emisora para hacer una presentación y desde la cerca de su casa, él le tiraba la ropa.

     

    A diferencia de sus hermanas, esa era su mayor travesura. Aunque en algún momento le dejó de gustar el teatro, entonces en los intermedios, cuando no salía el mago, salía ella a leer poemas que se aprendía de memoria. “Yo era de lo más aburrida”, dice. Solía jugar pasando la tierra en una carreta de un lugar a otro y una vez construyó un carro de juguete que compartía con unas de sus sobrinas, que eran de su edad. Sus hermanas solían salir a bailar y se retrasaban para volver, entonces un día su papá decidió comenzar a hacer las fiestas en la casa, mientras que su mamá apenas llegaban tarde no las regañaba, ni las castigaba, sino que les cantaba tangos: “Eran tangos fuertes, como de barriada, agresivos, pero ellas no decían nada”, cuenta Mery. Desde allí comenzó a entender que ella era diferente, que podía además de dar con el significado de palabras aleatorias en el diccionario, entender una frase o la connotación de algo. Y para ella, claramente, esos tangos representaban un insulto, uno artístico, aunque insulto de todos modos. Su mamá era más callada, más seria y dura en la crianza. Su padre, en cambio, era noble y tenía fuertes convicciones políticas, de allí que ella piense con la vehemencia conque lo hace.

     

    En su pueblo, no había más de tres familias liberales, la suya era una de esas, así que su padre –que era seguidor de Jorge Eliécer Gaitán y recibía telegramas suyos– estuvo varias veces en la mira. Su madre, fue quien lo salvó cada vez que se lo llevaron para aquel río en el que se sabía que los mataban. También su madre vio entre las latas de guadua lo que le hicieron a la vecina: allanaron su casa, la violaron, pero nadie podía decir nada. Con tan solo 4 años, Mery presenció una agresión de unos policías hacia un muchacho que era conocido suyo, a quien subieron a una volqueta y lo pasearon por todo el pueblo, golpéandolo hasta matarlo. Además, al Guamo llegaron apenas tres televisores, cuando ella tenía 9 años. Entonces, su entretención eran las tertulias nocturnas en las que su padre le contaba, además de su propia historia, acontecimientos reales de lo que sucedía en el país.

     

    Canción de cuna

    Papá mezcla la tierra y dice que cubra mi pecho.

    Lunas nuevas diseñarán la medida de la ropa,

    el no me contará historias y tendré llenos mis

    bolsillos de dudas.

    Aprenderé con mis juguetes

    qué tan cerca está la vejez en la luz del espejo.

     

    Mi padre me enseña a cernir la arena,

    a mostrarme el principio de una casa

    y el camino donde los sueños se sientan a beber

    agua.

     

    En la tarde, mi padre abre troncos de madera con

    un hacha

    y recuerda las tantas veces en que

    fue llevado hasta el río,

    –tu madre me salvó– dice, mientras

    su mano fría cae sobre mi cuerpo.

    Ilustración: Manuela Molina Cerezo

     

    En el colegio, Mery le hacía las tareas de escritura a sus compañeros y ellos le pasaban las de dibujo técnico, hasta que a los 12 años decidió ella misma romper por completo con la academia. Ya había empezado cuatro veces segundo de bachillerato. Lo suyo no era estar allí. Sin embargo, los niños le seguían llevando las tareas para que ella se las hiciera y así ella podía seguir leyendo y escribiendo. Entonces, su papá le dijo que si no estudiaba, tendría que trabajar. El sacerdote de la iglesia la vio escribiendo, le gustó su letra y fue allí cuando comenzó a trabajar como escribiente del despacho parroquial. Hacía a mano las partidas de bautizo, de matrimonio, de defunción y luego las pasaba a máquina. Había aprendido el arte de la mecanografía en una pequeña máquina que le hizo una de sus hermanas en una pequeña cajita. También trabajó en la oficina de un abogado y perteneció a movimientos cívicos de juventudes.

     

    Un día pasaron un anuncio por la radio, en una emisora de El Espinal, un pueblo más o menos cercano al Guamo: estaban buscando alguien para trabajar en el master, alguien que fuera la secretaria y alguien que hiciera el aseo. Mery creía que si ganaba el puesto del master, quizás en algún momento podría llegar a ser locutora o periodista, y vio allí un destello de luz para ese sueño que tuvo cuando tenía 9 años y rompió su alcancía con un hacha, para pagar un curso de periodismo por correspondencia. Pero Mery quedó de secretaria y realizaba tan bien sus funciones, que nunca pasó de ese puesto. En momentos fortuitos, el locutor se emborrachaba y la dejaban dar la hora. A veces, hasta se subía encima de un inodoro para recibir una noticia que llamaban a dar a la emisora, justo cuando se dañaba el teléfono, entonces ella la redactaba y se la entregaba al periodista. Y esas eran siempre las mismas noticias: el asesinato de cuatro no sé dónde, el robo de la gallina tal…

     

     

     

     

    La carta

    Puedo darte últimas noticias,

    contarte cuántas curaciones

    en la canción de la guerra.

    Puedo mostrarte una luz fuerte

    que cruza el mediodía de los muertos,

    pero no puedo hablarte del último

    vestido de las mariposas,

    y de esta necesidad de verte.

     

    << Ilustración: Manuela Molina

     

     

     

     

     

     

     

     

    Le habían prometido llevarla a una transmisión que harían desde las fiestas de toros y sin gustarle mucho este asunto, buscó a un torero para entrevistarlo y ni así la llevaron. Es como si el destino no hubiera querido que fuera periodista y agradece no serlo, pues quizás estaría muerta o quién sabe cómo.

     

    Así fue pasando el tiempo, hasta que un día Mery llegó a su casa y encontró todas sus cosas en unas cajas de aguardiente. Sus padres le dijeron: “vino Gloria, su prima, ella le consiguió un trabajo de secretaria allá en Bogotá”. Ella no se fue del Guamo, más bien la hicieron irse y, de pronto, el sueño de ser periodista o de estudiar piano en el conservatorio se había reducido a trabajar en una empresa privada, a los 17 años, estando sola en Bogotá y allí se quedó. No fue sino hasta 2010 que presentó las pruebas del ICFES y se hizo bachiller.

     

    Pasó por muchas empresas y siempre se hizo amiga de los obreros, jugaba tejo con ellos y veía cómo vivían, su cansancio por las largas jornadas de trabajo, sus enfermedades, las injusticias que tenían que soportar. En algún momento, llegó a trabajar en una empresa de transporte en un puerto en Santa Marta, era un trabajo pesado y a los otros les daba rabia de “la cachaca”, como le decían. Llegó a recibir amenazas, presenció escenas fuertes y duras. Todo ello fue ampliando su sensibilidad, su sentido social, su inquietud hacia la humanidad.

     

    Pero en Bogotá ella empezaría a asistir a diferentes talleres de literatura, uno de esos fue en en la Casa de Poesía Silva. De pronto, se podría decir que cambió su suerte, cuando María Mercedes Carranza, la contrató como librera, en ese que sería un espacio que vio nacer especialmente para los libros de poesía que muchas veces no podía comprar y así los leía. También allí conoció a otros de sus amigos en las letras, como Juan Manuel Roca, quien desde un principio reconoció su trabajo poético en el, entonces, Magazín dominical de El Espectador.

     

    Vivir del arte es trabajar de lunes a domingo y ser recursivo para encontrar la manera de sobrevivir. Si bien la literatura era su vida, en gran parte se dedicó a la gestión cultural. Llegó a trabajar en el Instituto Distrital de Cultura y Turismo de la Secretaría de Cultura, ahora Idartes, como asesora de la coordinación de Literatura. En Concultura, hizo parte del área de publicaciones.

     

    Fue merecedora de una mención de honor en el concurso “El cuentista inédito” del Centro de Estudios Alejo Carpentier, en 1987; y en el V Concurso Nacional de Cuento Germán Vargas ganó una mención en 1994. Además, se benefició con una beca del Ministerio de Cultura, en 1998, por su proyecto Poesía en Escena, el cual alcanzó a cumplir 20 años en el 2013. Este nació de la experiencia de ver recitales de poesía en los que los poetas llegaban a leer y se iban, y no había mayor interacción con el público, entonces se ingenió recitales dentro de una atmósfera teatral –con luces y sonido, objetos, puesta en escena, danza– en la que en un trabajo de mesa, exponía junto a un grupo de amigos a 4 poetas por evento y estos eran únicos, no se repetían. Solían hacerlo en salas de teatro de La Candelaria, al principio todos los lunes, luego cada mes y así hasta que el proyecto fue insostenible económicamente.

     

     

     

     

     

     

     

    Miedo

    Sentir por las piernas

    la respiración

    del compañero desaparecido.

     

    << Ilustración:

    Manuela Molina Cerezo

     

     

     

     

     

    “Último llamado” es su única obra dramática, que está así en comillas y sin cursivas, pues nunca llegó a ser un libro ni una obra para las tablas. Mery acabó con los archivos en donde la contenía, pues cree que aquello que no escribe, que no piensa o que no dice es como si no existiera. Entonces, logra huir de ello. Pero uno de sus amigos no podría huir.

     

    En 1999, estaba trabajando con él en Puente Experimento Piloto, otro de sus proyectos, y cuando él fue a salir del teatro donde estaban lo atacaron y lo apuñalaron varias veces en una de las manos hasta que las lesiones provocaron que la perdiera. A los pocos días, el 23 de diciembre de ese mismo año, entraron a atracarla en su apartamento o, al menos, eso parecía. Se robaron una plata que tenía que ir a pagar ese día por la beca que se ganó del Ministerio de Cultura. Llegaron a golpearla con el revólver, los encañonaron a ella y a otro compañero de trabajo con el que estaban preparando todo para salir a hacer los pagos.

     

    Pero su amigo, al que habían atacado a la salida del teatro, estaba convencido de que no era un simple atraco. Por ese entonces, se decía que en Bogotá estaba el Bloque Capital. El nombre de su amigo salió en las listas que circulaban con el registro de quienes eran objetivo militar. El nombre de Mery no estaba allí. Ella puso la denuncia, las huellas se extraviaron, los retratos hablados no coincidían con su descripción. Nunca se supo nada más. Trata de dejar ese, como muchos otros recuerdos, atrás. Lo único que sí recuerda muy bien era el motilado de los hombres que la atracaron, parecía el peinado típico de los militares.

     

    Salmo

    Saco el último vestigio en alas de mariposas.

    Enjabono y tuerzo.

    Al tacto del viento con mis manos

    un olor confuso se aproxima por la acera izquierda.

    Lo guardo,

    trato de meterlo en la taza del baño,

    pero en remolinos es vaciado a mi boca.

    Tiento,

    palpo cada pliegue del pecho.

    Hace falta mucho detergente

    cuando mi país hasta en la ropa duele.

     

    “En Colombia, no hay un solo día en el que no pase algo”, dice Mery. Para ella, la mayoría de la gente está del lado de los malos, ya sea por ignorancia, por costumbre o porque les lavan el cerebro. Por eso está de acuerdo con las protestas, aunque ya su condición de salud no le permita salir a ellas. Además, Mery siente que en especial, en esos asuntos, se está solo: alguien alza la voz, pero ¿quién lo sigue?… ¿quiénes lo apoyan? Quizá por eso, cada vez que sucede una tragedia en el país y habla por teléfono con alguien de su familia, ese día suele perder a esa persona, porque no piensan igual.

     

    En 2004, la escogieron para ser promotora de lectura e ir por 10 municipios de la costa pacífica, del departamento de Nariño. De esa experiencia, decidió escribir al regresar a Bogotá y no sabía lo que era: si un diario, un ensayo o prosa poética… y resultó siendo, ese que ella llama un accidente, su primera novela: El Atajo, con la cual ganó en el 2012 el segundo lugar en el Premio Nacional de Novela Corta de la Pontificia Universidad Javeriana.

     

    En ella narra aquel viaje de 21 días, por una zona de conflicto plagada por el sufrimiento que traen, por igual, la guerra y la pobreza, en donde no fueron muy bien recibidos por la comunidad afrodescendiente por el solo hecho de ser “blancos”. Además, los 21 días que duró el viaje estuvo enferma de otitis. La novela se reimprimió en 2019 por Himpar Editores.

     

     

    Segundo tiempo

    Un día dejarás a un lado tu sur del castigo por el recuerdo de tus hijos en las calles hambrientas. Te prepararás para escapar antes de contar veintiún pasos al patíbulo. Volverás al norte donde agonizaron tus madres. No recordarás el arma que le mandó nueve silencios a tu cuerpo ni el monstruo que oprimió el gatillo. Tampoco recordarás las manos que te obligaron a dejar tu niñez en el frío de tu abuela muerta. Volverás a las apuestas por tus otras vidas y levantarás con más fuerza la botella que te hace olvidar la oscuridad. Tirarás en el centro de la gallera tu última gratitud, la que no estaba escrita, pero que ahora reconoces en la mano que estira para dar de beber a tu victimario. Olvidarás un día, Carlos, que pronto aprendiste a encontrar perdices para la cena de tu amo y a gritar la noticia de puerta en puerta, donde tú eras el próximo de la lista.

     

    Con talleres de literatura, llegó a diferentes cárceles del país, como La Modelo y La Picota. La jefa, exguerrillera que era como la líder del sexto patio en El Buen Pastor, solía cuidar a Mery, incluso una vez le quitó la comida que estaba a punto de llevarse a la boca, porque podría estar envenenada, entonces la invitaba a comer. Mery se abría a lo que ella y los demás presos eran más allá de sus crímenes, pero a su vez se aterraba al escuchar las historias que le contaban de manera escueta y sin ningún reparo de todo lo malo que habían hecho.

     

    También estuvo trabajando en talleres con habitantes de la calle. A uno de ellos, no le gustaban los signos ortográficos ni que pasaran sus poemas a máquina. “Un día me dijo que había comprado máquina de escribir, otra vez me dijo que se había casado, otro día me dijo que tenía una niña y después me dijo que había viajado por Centroamérica haciendo artesanías y siguió escribiendo”, cuenta Mery con alegría. No sabe cómo, pero él llegó a su casa, le dijo que si tenía libros él se los vendía pues sabía que ella no estaba muy bien económicamente. Ella le entregó 30 libros y, a los tres días, apareció Pablo, que se hacía llamar “el amante de la luna”, con la plata completa y no le quiso recibir ni un solo peso por la venta. De pronto, en su relato dice el nombre de aquel joven que como muchos otros pasaron por su vida y dejaron de ser lo que para muchos es puro paisaje en las imágenes cotidianas de la ciudad.

     

    Los otros

    No alcanzaron a sentir miedo. Cuando los cortaron el dolor llegó primero, la boca de la bota en la cara. Pronto el susurro de la sierra fue lejano. Un pajarito almorzó los pecados de las vísceras.

     

    Sus sombras siguen y recogen los sombreros que atajó el viento.

     

    Las mujeres orinan cualquier lugar.

     

    Los niños se volvieron ancianos amarrados a los alambres de púa.

     

    Tres territorios debajo de las carcajadas de los asesinos.

     

    Y sus sombras también son perseguidas, señaladas y marcadas desde los pájaros metálicos, dueños del cielo.

     

    Ilustración: Manuela Molina C.

     

    En su poesía no pretende hacer denuncia, solo contar lo que siente que necesita contar. Le preocupa que el arte sea una mercancía, para ella el arte debería ser algo reparador y que haga visible la realidad que nos circunda, sin llegar a ser algo panfletario. De hecho, no podría hacer panfletos: “Soy muy insegura”, dice una y otra vez con voz baja. Sus palabras le permiten liberarse, sanar las heridas, hablar de lo que le duele: los seres humanos, esos que pueden no ser nada suyo, pero los siente como si lo fueran. Para ella es una lástima que existan cosas como la motosierra: “Yo no la inventé y me toca hablar de ella. Si algún día, el sistema político de este país cambia y puedo hablar de una orquídea en todo su esplendor, pues hablaré, no la puedo desconocer, ni puedo desconocer su belleza, así como no puedo desconocer poemas bellísimos que existen sobre el amor”, agrega.

     

    Ahora, se siente cansada, su cuerpo ya no es el mismo y han aumentado los efectos de la soriasis en su piel. Desde antes de esta cuarentena, solía quedarse en casa en soledad. Le preocupa qué pasará en unos años, no quiere llegar a depender de nadie en su vejez, pues desde muy joven ha sido ella contra el mundo. Para lidiar con la ansiedad de estos días, hace figuras artesanales con papel maché, pues no puede dejar quietas sus manos. En especial, construye barcos. Mery habla de un punto que tiene en el cerebro, que todos tenemos realmente y que tras estos meses de pandemia, está a punto de estallar. No tiene una sola certeza: “no tengo un puerto seguro, por eso construyo embarcaciones”, cuenta con lamento.

     

    *Mery Yolanda Sánchez ha publicado en poesía: La ciudad que me habita (1989), Ritual para las noches (1997), Dios sobra, estorba (2006), Un día maíz (2010), antología preparada por ella misma para la colección Un libro por centavos de la Universidad del Externado (2010), Gradaciones (2011), Rostro de tierra (2011) y El hombre que escupe mariposas. En el 2012, publicó su novela El atajo.

  • Entre el arte o un soplo en el espacio

    Entre la primera y la tercera llamada, una conversación desde el interior de una comunidad que convive junta pero no revuelta, sobre las posibilidades de consolidar un arte o seguir viviendo de instantes.

     

    Cuando entramos al camerino con Stiven, que se preparaba para convertirse en Mía Moon, encontramos a dos chicos preparándose para salir a bailar. Jairo Ríos se acomodaba el short diminuto que iba a usar en su primer acto, para acostumbrarse a él mientras se sentaba en el suelo para hablar con nosotros.

     

    << Cada expresión de las diversas identidades sexuales tiene detrás reflexiones de camerino cono la de Jorge y Jairo. Foto: Julián Sierra.

     

    Jairo tiene 26 años, es bailarín y director creativo del Club Oráculo desde hace dos años. Allí se encarga también del proceso de contrataciones, produce vestuario y crea temáticas, las cuales le dan vida a las noches en el lugar. Él se dedica a encontrar a quien pueda explotar mejor el concepto que se crea para cada show y, algunas veces, artistas los contactan a ellos para buscar qué temática de la agenda puede acomodarse a ellos o si es posible crearles un show para ser fieles a la identidad de cada persona.

     

    El bailarín, abriendo su gran bolso donde tiene maquillaje y ropa, nos dice que allí el eslogan es “para todo tipo de miembro” y que con este se pretende tanto utilizar el doble sentido como mostrar que ese es un espacio que tiene las puertas abiertas para cualquier persona y artista. La existencia de esta clase de espacios, que incluye a todo tipo de público independientemente de cómo lucen o cómo prefieren identificarse, según él, ayudan a que haya un crecimiento del consumo de las drag queens.

     

    Jairo, con sus labios puestos como si hiciera pucheros, nos sigue explicando que la discoteca se basa en la pluralidad. Fenómneno, que según contó, está aumentando en Medellín, pero, ¿qué tan real es esa aceptación? El director creativo del Club Oráculo anota que incluso hay empresas se valen de análisis del entorno, del mapeo de las tendencias, para darse cuenta de que la comunidad drag y sus adyacencias deben tenerse en cuenta. La cuestión es para qué.

     

    En Medellín se encuentran organizaciones de todo tipo con discursos o actitudes empáticas con esta comunidad, unas porque su causa es la inclusión, otras movidas por un potencial económico que se ve en ello. Cuando el na conversación con Jairo surge el asunto, él responde con una mueca y afirma que hay que ser realistas: “Las cosas llamativas e innovadoras son usadas como armas para cumplir objetivos políticos”, señaló además que “el hombre es económico, un ente social y en la sociedad existe ese cambio de bienes e intereses y también pasa en el drag“. Por lo que él, que no hace drag pero sí pertenece a la comunidad LGTBIQ, cree que gracias a esto se pueden hacer proyectos y crecer como colectivos y como personas, en el sentido de que se puede mostrar a otros cómo es el mundo y cómo es el arte según ellos.

     

    En ese momento, en la conversación entró Jorge, el otro muchacho que se preparaba en el camerino; mientras seguía su rutina de preparación, explicó que ahora se está mezclando la parte política con el trabajo que se está haciendo por quitar el imaginario de que las drags solo están para el entretenimiento nocturno y gay, lo que muestra que se están abriendo puertas con las que adquieren visibilidad.

     

    Judith Butler, autora de Gender Trouble. Feminism and the Subversion of Identity, dice en su libro que el género es un sistema de normas y convenciones sociales que asignan ciertos rasgos y actividades a las personas según el sexo con el que nacieron. Así que la práctica drag se manifiesta frente a estas concepciones que tratan de borrar las identidades individuales, para Jorge es casi como una burla a esos convencionalismos. Sin embargo, Martha Nussbaum, reconocida filósofa, asegura que lo que propone Butler sobre asumir la performatividad como un elemento de subversividad es algo insuficiente si se vive en una sociedad que perpetúa los injusticias, así que propone luchar para la construcción de instituciones que garanticen los derechos a todas las personas.

     

    ¿Qué perdura entre un acto y otro? Las preguntas del Jairo que ahora baila >>

     

    Entre la posibilidad de cada drag queen de expresarse y que exista un aparato institucional que lo respalde, hay un trecho largo; en eso coincidieron Jorge y Jairo. Por ahora, la comunidad LGTBIQ y sus diversas expresiones, en especial las drag queens, están aprovechando el crecimiento que está experimentando el entretenimiento y la vida nocturna para mostrar que están ahí y que tienen un llamado a enseñar a la sociedad mediante su llegada a nuevos espacios.

     

    En el momento, el llamado es para Jairo, que debe salir a presentarse. De un salto se levanta y se vuelve para contemplar al dios que todos veneran en ese camerino: el espejo. Sus últimas palabras sonaron a discurso de esperanza sobre el drag como una práctica que puede continuar y seguir evolucionando y sobre la responsabilidad de “ver esto como un arte y un espacio en el que podamos desarrollarnos y crecer como personas o simplemente volverlo a algo netamente comercial, encasillándolo a la moda’’ o, por el contrario, volver a las sombras: “Un soplo en el espacio”, como dijo antes de bañarse en luces de noche.

     

    Postales de la noche en el Club Oráculo

    Fotos de Julián Sierra

     

     

     

     

     

     

     

     

     

  • Mía, la drag que trepa Medellín

    Son las diez y media de la noche y Stiven Ortiz sale por la puerta de Oráculo para que podamos entrar a acompañarlo en su proceso de transformación, de cómo se ve y cómo se siente. Esta noche el chico flaco de veinte años será de nuevo Mía Moon, se vestirá con su mejor ropa, bailará en el escenario en frente de un público que asistirá para verla y hará lipsync (fonomímica) creando un espectáculo en el que incluso tiene bailarines a su disposición para acompañarla.

     

    Entre dos y tres horas toma todo el proceso de transformación para convertirse en Mía. Foto: Julián Sierra.

     

    Cuando se viste con prendas femeninas y se maquilla, algunos podrían creer que es un travesti, es decir, una persona que, no conforme con el sexo con el que nació, tomó la decisión de asumir su vida construyendo una identidad femenina: otros pueden pensar que solo es un transformista que intenta imitar la apariencia femenina, pero no. Stiven se convierte en Mía, una drag queen perteneciente a un grupo que realiza una especie de sátira o parodia de los planteamientos de la sociedad tradicional mediante la exageración de características asignadas al género femenino, según como lo define Collins.

     

    Según Shane Vogel, profesor estadounidense, esta práctica surgió en el siglo XIX en el Reino Unido como una proyección cómica de las nociones sociales sobre los roles de género, el comportamiento social y la organización política. En Colombia, el fenómeno drag queen comenzó en Bogotá alrededor de 1997 y apareció en Medellín en 1998, datos que no son fácilmente contrastados porque no hay una mención específica a esta manifestación sino que hay historias como la que cuenta Fernando Vallejo en El fuego secreto, con cantinas de las afueras de Medellín durante los años sesenta, en las que había hombres que se vestían de mujeres para bailar y cantar.

     

    El camerino, que está ubicado en el segundo piso, y se encuentra cuando se abandonan las luces rosadas que te cobijan en el primer piso, tiene un espejo grandísimo que va de pared a pared y es perfecto para que, cuando hay varias personas arreglándose, todas se puedan ver. Debajo de este hay un tocador lleno de artículos para maquillarse que parecen componer una multitud de brochas, sombras, polvos, iluminadores y delineadores. Stiven se sienta en una de las sillas que está al lado del tocador y comienza a hablar sobre su nacimiento como drag queen mientras su amigo Andrés o Sylvanna le echa una crema hidratante para empezar su transformación..

     

    La primera vez que Stiven vio una drag fue hace aproximadamente ocho años, cuando estaba pasando los canales de la televisión y vio un lipsync de Shangela contra Sahara y quedó ‘’matado’’. Y aunque no siempre fue fanático del célebre programa de televisión RuPaul’s Drag Race, con el tiempo le fue cogiendo cariño a lo que veía, cariño que se consolidó cuando conoció a un amigo que hacía drag y lo que le dio fuerzas para comenzar a hacerlo él. En este grupo, como en cualquier pequeña población, es importante la unión para poder reclamar un lugar en una sociedad que tiende a apartarlos, así mismo, afirma que sin ayuda quizás seguiría ocurriendo lo que le pasó la primera vez que se trepó — como se le llama al acto de ponerse unos tacones, vestirse, maquillarse y actuar como drag— el 4 de agosto de 2018, ocasión en la que quedó ‘’muy fea, muy macabra’’, porque no tenía a nadie que le enseñara a hacerlo.

     

    Esta unión permite que se hagan más que shows y que se trabaje para algo más que los números mostrados, como es el caso del primer colectivo al que perteneció Mía, New Queers on the Block, en el que hizo activismo por un tiempo, hasta que se salió por sentir que ya ese no era su lugar. Pero esto no significa que rechace los grupos, actualmente pertenece a La casa de los cielos, un conjunto de amigos que, en sus palabras: ‘’hacemos drag y nos lo tomamos por diversión, no por trabajo ni nada. Cuando queremos nos montamos y hacemos eventos y entre nosotros nos apoyamos’’.

     

    La cara, después de capas de crema hidratante, base de maquillaje, polvos y sombras que además de hacer resaltar los ojos dibujan unas cejas en la mitad de la frente, empieza a combinar con su voz tímida con la que hace énfasis en sus palabras cuando dice un “pues”, pero que no cambia de tono cuando dice que estudia Licenciatura en Lenguas Extranjeras en la ‘’Amigay’’, refiriéndose al nombre de su universidad, o cuando suelta risas al explicar que siempre quiso llamarse Mía pero que el apellido surgió una vez que estaba con un amigo y este le dijo que su apellido tenía que ser algo con el cielo, así que tomó a la luna de ese día como la manera en la que la identificarían de allí en adelante.

     

    La conversación en el camerino, entre la búsqueda de un labial o peinar la peluca rubia para la función, se va haciendo más y más precisa porque el reloj ya indica que se hace tarde para salir caracterizada como una versión de la cantante Lana del Rey, con un traje verde que tiene una onda de los años sesenta, década que parece complementarse con las canciones, cabello, pestañas y rostro melancólico de la cantante. Al tener la peluca pegada correctamente, el maquillaje impecable, los tacones bien puestos y el vestuario debidamente acomodado, Stiven deja de ser ese chico de labios pronunciados, sonrisa amplia y cejas pobladas para volver a meterse en el cuerpo de Mía, una drag queen que, mientras se mira al espejo para asegurarse de que todo está perfecto, deslumbra en medio de trajes, sombreros, fotos y gafas del camerino.

     

     

    << Stiven Ortiz lleva poco más de un año en el mundo drag y hoy también responde al nombre de Mía. Foto: Julián Sierra

     

    Al bajar nos sentamos en una de las mesas del bar, ubicada en el balcón que brinda una posición estratégica para ver la tarima en la que se realizan los shows. El pop nos comienza a hacer compañía y cada vez entra más gente que se ubica en la pista de baile para estar más a gusto cuando suene Póker Face de Lady Gaga y así poder hacer los movimientos de mano que van con ella. Y cuando ya todos están ansiosos, llega la hora. A la una y media de la madrugada Mía no se hace esperar más.

     

    El ambiente se impregna del sonido de la canción National Anthem con una base de música electrónica, mientras los tacones de punta de ella tocan firmemente el suelo de las escalas que baja, y los gritos de la gente diciendo su nombre se combinan con su expresión corporal que muestra la elegancia que ella dice que siempre desea alcanzar y su cuerpo mismo empieza a ser parte de la alta costura que tanto le gusta.

     

    Mía, tiene referentes claros como Ms. Fame y Aquaria, reconocidas drag queens que participaron en RuPaul’s Drag Race, sin embargo está consciente de que estas son diferentes a Mía, por lo que, más que querer imitar el estilo de otra artista, se inspira a través de las prendas de vestir, el maquillaje o la peluca, elementos que crean el personaje que ella quiere ser dependiendo del concepto que desea mostrar en cada show.

     

    Una semana y media es el tiempo que se toma Mía para ensayar cada uno de sus shows. Foto: Julián Sierra >>

     

     

    Al verla en su hábitat natural y bajo la aceptación de la gente, es más fácil comprender por qué Stiven horas atrás hablaba de un boom del Drag en Medellín, que, según dijo pasará y pondrá a prueba esta práctica cuando “ya no haya muchos lugares donde te contraten”. Al respecto, Mía dice que es muy llevada de su parecer y que si para ella fuera una moda, ya se hubiera retirado. Su respiración agitada, su boca abierta pidiendo oxígeno y sus ojos que brillan al final de la canción confirman que sí, que ella está para quedarse.

     

    Paso a paso, la transformación de Stiven en Mía:

    Fotos de Julián Sierra Gutiérrez

     

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  • De viva voz. Una revista sonora de Medellín

    Sonidos de diferentes historias marcan un recorrido lleno de matices y contrastes. Música, personas y lugares son los protagonistas. Esta revista sonora incluye una historia de El Guanábano, un bar situado en el Parque del Periodista, en el centro de la ciudad. También conocerás a un taxista que debe seguir trabajando pese a su edad y a la pandemia. Además de tres entrevistas, una de ellas con Manuela Estevez, presentadora de Telemedellín, que habla de su recorrido profesional y cómo ha afrontado su enfermedad; la segunda es con Paola Castro, emprendedora, estudiante y modelo. Una tercera entrevista se refiere al género coreano K-pop y sus fans en Medellín. También está la historia del Ritmo Exótico, un ritmo reciente que nació en el pacífico colombiano y una mirada al Twerk y las distintas opiniones que suscita.

     

    Click en la imagen para reproducir la lista:

     

     

    Vidas, lugares, historias De viva voz, un recorrido sonoro por Medellín:

     

    -El Taxista (María Durango y Samara García S.)

    -El Ritmo Exótico (Valentina Giraldo, Susana Vélez, Juliana Ríos, Salomé Habib)

    -Y si hago TWERK, ¿qué? (Camila Rúa, Valentina Yepes, Camila Perez, María Alejandra Espitia)

    -Entrevista a Paola Castro (M Alejandra Espitia, Camila Pérez)

    -Voces del K-pop) (Cristian Lora Y Ana Salgado)

    -Manuela Estévez en sus palabras (Susana Velez, Juliana Ríos).

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    Trabajos realizados en el curso Radio II, bajo la orientación de los profesores Henry Estrada y Diego Escobar.

     

     

  • Los caminos de la coca

     

    Cientos de familias en Medellín guardan en silencio las heridas que les dejó el narcotráfico años atrás. Sus vidas cambiaron para siempre por el dinero sucio, la adicción, la cárcel y la muerte. Tiempos y circunstancias vigentes hasta hoy, desde cuando la vida y la familia se canjeaban por un instante de euforia o paz.

     

     

    En el hogar de los doce hermanos Montoya Sánchez, cerca del Parque de Envigado, en el Barrio Obrero, tres de ellos se dedicaron a la cocaína. Guillermo, Óscar y John Jairo tomaron caminos diferentes, pero relacionados con un negocio de riesgo “fríamente calculado” que “no dañaría a nadie”.

     

    Amanda Montoya Sánchez, la onceava hermana y la más pequeña de las mujeres, a sus 68 años guarda un amor profundo hacia cada uno de sus hermanos. Vive en la casa de su difunta madre con su hermano de 83 años, Guillermo, un hombre mayor con algunos problemas de salud y muy solo.

     

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    Con cuatro hijos, un cuñado alcohólico y su esposa, los gastos eran demasiados en su casa en Queens, Nueva York. Lo que Guillermo Montoya ganaba trabajando en fábricas textiles, a finales de los años 80, le permitía vivir relativamente bien. Aun así, estaba agotado al trabajar entre 12 y 16 horas diarias. Pero una llamada le cambiaría la vida.

     

    “Jorge Vargas fue un amigo que hice hace un tiempo, le di posada en el sótano de mi casa por seis meses. Luego regresó a Cali y no supe más de él hasta que lo visité con mi familia en Colombia. A principios de enero de 1991, me llamó”, mencionó con las manos apretadas y el cejo fruncido.

     

    “Me pidió un favor… Él afirmaba no conocer a nadie más en Nueva York, solo a mí. Dijo que sería algo rápido y que me pagaría 5.000 dólares. Debía recibirle 150 kilogramos de cocaína pura en mi casa y llevárselos a un cubano en Manhattan”, añadió. Guillermo aceptó con temor. No lo volvería a hacer. Se arriesgó. El día 8 de enero de 1991, en un restaurante de la Quinta Avenida, él se encontró con dos hombres grandes y bien vestidos, Roberto y Manuel. Ambos eran los transportadores de la mercancía y, posteriormente, quienes lo condenarían.

     

    Unos meses antes, un primo y aliado de los fundadores del Cartel de Cali, Gilberto y Miguel Rodríguez, fue capturado por la DEA en los EE. UU. Para negociar su libertad, aquel primo se comprometió con entregar rutas, personas, cargamentos y propiedades. Para lograrlo y no condenar al Cartel en sí, de la mano de sus primos organizó un plan. Los hermanos Rodríguez les dieron la “oportunidad” a 15 personas de enviar cargamentos de droga a tierras norteamericanas por sus rutas.

     

    Todos, desde Jorge, Guillermo y las demás personas, eran señuelos de un plan, un intercambio por la libertad del condenado.

     

    La DEA estuvo infiltrada, sin saber de los señuelos, en el plan. Ricardo y Manuel, los mensajeros, eran agentes especiales listos para atrapar a quien recibiera el cargamento más grande, que según tenían entendido, era el distribuidor principal de droga en Nueva York. Cuando Guillermo los recibió, fue capturado. Lo condenaron por narcotráfico.

     

    ***

    Guillermo fue deportado de los Estados Unidos en 2006, después de cumplir con una condena de 12 años en una cárcel federal. Regresó a su tierra natal, Medellín, para empezar de nuevo con una hoja de vida manchada por narcotráfico y su soledad. Pocos meses tras su llegada, se separó de su mujer. Sus hijos siguen viviendo en Nueva York, ya tienen sus propias familias, y su padre es un recuerdo que visitan por medio de llamadas semanales o incluso mensuales. Sus hermanos perdonaron su ingenuidad, pero sus hijos no.

     

    Según la DEA, el 92% de la cocaína incautada en los Estados Unidos proviene de Colombia, asimismo, la página de Datos Abiertos de Colombia señala que, para abril de 2020, se encuentran aproximadamente 4087 ciudadanos colombianos que están esperando juicio o ya fueron condenados en los Estados Unidos.

     

    ***

     

    “Esa universidad, como le dice Memito, le ayudó mucho a aprender de la vida, incluso de viejo”, dijo Amanda Montoya Sánchez. “A mi Osquítar también le tocó pasar por mucho. Ese hombre fue como un papá para mi hijo. Le dio muy duro cuando lo metieron preso”, añadió.

     

    Cuando Óscar Montoya finalmente se casó con el amor de su vida, Patricia Muñoz, el futuro era algo que esperaba con ansias. Recién graduado como Licenciado en Ed. Física, y a la espera de su primer hijo, la economía de su hogar no demandaba más de lo necesario. Esto cambió con la llegada de su hija Isabel.

     

    Él y su cuñado, Panelo, compartían la desesperación por una mejor situación financiera, por eso a mediados de los 90 entraron en un mundo riesgoso y prometedor. La Oficina de Envigado les había propuesto transportar cocaína a donde ellos se los ordenaran, a cambio de protección y dinero “fácil”. Estados Unidos era cúspide del mercado de drogas, pero también era donde quería asentarse con su familia y la de su cuñado. Ya vivían allí.

     

    Antes de poder sacar la residencia americana, tras un operativo de la policía local de Miami, Panelo, otros dos compañeros y Óscar fueron capturados bajo los cargos de narcotráfico. A todos los condenaron a casi diez años de prisión en Florida. La condena de todos fue reducida, menos la de Montoya, ya que era quien estaba al mando de las operaciones.

     

    Patricia y los niños regresaron a Medellín buscando ayuda de sus familiares. Amanda, en compañía de su hijo Juan Carlos de 17 años, que vio en su tío Óscar casi un padre, cuidaron de ellos por algunos años. Óscar fue deportado de los Estados Unidos en 2009.

     

    Para reorganizar su vida, junto a su mujer y sus hijos, Óscar abrió un restaurante de comida rápida en el Barrio la Paz, en Envigado. Todo parecía volver a tomar su rumbo y la familia se había unido más que nunca. Pero el dinero volvió a escasear. Óscar se sentía cada vez más impotente por no brindarle a su familia lo que “merecían”. Trató de ser fuerte y seguir trabajando los siguientes dos años.

     

    Con la excusa de que viajaría a España con el fin de buscar un trabajo mejor, Óscar Montoya, volvió al negocio de antes. Fue capturado en el aeropuerto de Madrid con un cargamento de droga. La condena fue de casi cuatro años en una prisión de aquel país.

     

    Decepcionados, su esposa y sus hijos se fueron a los Estados Unidos a empezar de cero. Con el pasar de los años, ellos crecieron y se volvieron independientes. En 2014 Óscar fue deportado de España a su tierra natal, donde solo lo esperaban sus hermanos y una madre que agonizaba. La mujer que había sido el amor de su vida, y lo es hasta el día de hoy, le pidió el divorcio y se casó tiempo después con otro hombre. Ahora Montoya tiene una nieta a la que no ha podido conocer sino en fotos porque no tiene entrada a los Estados Unidos. Trabaja como guardia y vive al lado de sus hermanos Amanda y Guillermo.

     

    ***

    “Yo soy consciente de que ellos se equivocaron, y ellos lo saben muy bien”, aseguró Amanda. Añadió que la vida no ha sido fácil para ninguno y que han pagado por sus errores. Por eso vive con ellos.

     

    “Ellos merecen otra oportunidad de no estar solos, Óscar ya tiene casi 60 años y Guillermo 83. Nadie merece envejecer y morir solo”, reflexionó.

     

    ***

     

    John Jairo Montoya Sánchez tenía un futuro prometedor en las letras y la literatura, según sus familiares. No solo por sus capacidades intelectuales, sino por su corazón noble y sensible. Como estudiante de Filosofía y Letras de la Universidad de Antioquia, en 1985, buscaba relacionarse con la mayor cantidad de intelectuales y aprender de ellos. Su vida giraba en torno a las charlas, la lectura, el cigarrillo y el café.

     

    Con el pasar del tiempo, el contexto social comenzó a volverse violento, pero sobre todo opresor del libre pensamiento y opinión. El miedo y la angustia era mayor cada día y no había café o cigarrillo que ayudara a pasar el mal trago de realidad. Sus amigos intelectuales le brindaron la cura y la inspiración eterna, patrocinados por los grandes de la Oficina de Envigado: marihuana y cocaína. En Colombia hasta el año 2019, aproximadamente el 84% de los habitantes ha probado alguna droga ilícita, mientras que el 69% de quienes han consumido cocaína son adictos a ella.

     

    A partir de aquella invitación, John Jairo se volvió dependiente de la droga, no era persona sin ella. Su familia angustiada, buscó hacerlo entender de la gravedad de la situación, era un adicto. Pero no funcionó. A finales de los años 90, la situación solo empeoraba. Su hermano Luis Carlos Montoya, quien residía en Miami, lo invitó a pasar una temporada con él, para que se alejara de las malas amistades, el ambiente de drogas y poder fortalecer su abstinencia.

     

    Poco tiempo después de haber llegado a los Estados Unidos, John Jairo logró contactarse con los proveedores de la Oficina de Envigado y comenzó a recibir su dosis de marihuana y cocaína en Miami. Para su desgracia, la policía local lo encontró un poco drogado y con más “mercancía” en sus bolsillos. Tras esto, fue privado unos meses de su libertad. Después lo deportaron a Medellín.

     

    “Cuando llegó no tenía cordones en los zapatos, la camiseta blanca estaba sucia, la camisa de encima no tenía botones. Su tez había perdido color, estaba más delgado de lo que se fue. Solo su pasaporte en mano. Así llegó John Jairo”, describió Amanda.

     

    ***

     

    John Jairo regresó a Medellín después de su hermano Guillermo y antes que Óscar. Desesperado por querer salir de la drogadicción y recuperarse, se fue a una casa de reposo, en Guarne. Allí, a sus casi 50 años y aparentando más de 60, empezó a recuperarse lentamente con el pasar de los años. Su proceso iba tan bien, que los directores de la casa querían volverlo un líder y ejemplo para los demás. Pero no alcanzó.

     

    A Jhon Jairo lo mató un aneurisma, en 2013, dos años antes de que su madre falleciera. Murió solo en su alcoba en la casa de reposo. No vieron su cuerpo hasta la mañana siguiente. No tuvo la oportunidad de reivindicarse por completo con su familia. Sin hijos, novias o amores pasados y sin posesiones.

     

    ***

     

    La Organización Mundial de la Salud (OMS) ha implementado programas de apoyo a los países con los índices más altos de drogadicción, esperando que en algún punto estos se reduzcan. Asimismo, el Secretario General de las Naciones Unidas (ONU), el portugués Antonio Gutiérrez, en 2018 afirmó que aproximadamente 450.000 personas en el mundo mueren por sobredosis u otros efectos de la drogadicción.

     

    “La droga no los condenó solo a ellos (refiriéndose a sus hermanos). Nos condenó, de alguna forma, a todos”, concluyó Amanda.

     

     

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    Trabajo realizado en el curso Periodismo IV, orientado por la profesora Adriana López Vela.

     

     

     

     

  • Las tortas que dejó el tren

    El “chachachá” de las locomotoras, las despedidas, las bienvenidas, los venteros ambulantes, el olor a humo, la avena fría de Viviano, las mandarinas de Herminia, los quesitos de María, las hojaldras de Rosa Tirado, los chorizos de Ana Felisa y demás facetas del paso de los trenes del Ferrocarril de Antioquia por Cisneros, se pueden evocar hoy, en pleno siglo XXI, con solo un bocado de una rica y suave torta de pescado, con un toque salado y acompañada por media arepa.

     

    Cisneros está a 83 kilómetros de Medellín, en el Nordeste antioqueño, es un pueblo panelero por tradición, rodeado de ríos y enclavado entre montañas que cultivan caña de azúcar. El río Nus y la quebrada Santa Gertrudis son los principales afluentes que componen el paisaje del lugar y forman charcos que son atractivos para los turistas y en los que viven peces nativos como sabaletas, mulas, barbudos y corronchos.

     

    A 95 kilómetros de Cisneros se encuentra Puerto Berrío, un municipio que tiene como una de sus principales fuentes de ingresos a la pesca. Allí desemboca el río Nus en el caudaloso río Magdalena y hay innumerables restaurantes y ventas de pescados como bagres, bocachicos, blanquillos, cachamas y comelones, unos peces que se dejan secando con capas de sal durante días al sol y al aire. Esta es la base de las mejores tortas de pescado del municipio y de la que vive una familia cisnereña desde hace 90 años.

     

    En la avenida principal de Cisneros ya es habitual ver a una mujer, con vestidos floreados y un delantal tipo mandil sentada, en una silla Rimax azul y desgastada. Ella sostiene una canasta roja en su antebrazo, su piel arrugada permite inferir su edad.

     

    Berta Serna, de 84 años y oriunda de Cisneros, inicia todos sus días a las 5:45 de la mañana. El despertador se encuentra incorporado en su cuerpo. A esa hora se levanta a preparar sus tortas de pescado desde que tenía 20 años y era aprendiz de su madre.

     

    Estas ventas tuvieron su inicio en las estaciones del Ferrocarril de Antioquia, un proyecto que potenció la economía del departamento y el país desde 1929, que fue su inauguración, hasta 1960 que inició su declive debido a que el gobierno se centró en las vías terrestres. Esto dio fin al funcionamiento de este sistema férreo. Para ese entonces, el tren ya había transportado durante 10 años a Berta, su madre y las tortas de pescado desde Cisneros hasta Caracolí. Allí se embarcaban en el tren que subía y finalizaban su trayecto en la estación Barbosa.

     

    Del Ferrocarril en Cisneros solo queda el vagón 39 de la máquina 45, que adorna la avenida principal. La estación actualmente es un museo cultural. También hay tramos de las carrileras, unos ya escondidos entre pasto y cemento y otros aún visibles, pero desgastados.

     

    << Doña Berta y su presencia habitual en las calles de Cisneros. Foto: Sofía Vanegas.

     

     

    La sonrisa de Berta, compuesta por dos dientes con bordes de oro, no se borró ni siquiera cuando el tren se detuvo. Al contrario, esto le dio las fuerzas suficientes para superarse y sacar adelante a los 15 hijos que la vida le dio y que, poco a poco, esta misma le ha ido quitando. Uno se fue para Guatemala y nunca regresó. A Julio lo mataron de una puñalada. A Darío una moto lo atropelló y lo mató. “Rayo”, como le decían a otro, murió de una cirrosis. Y así Berta dejó de ver a muchos de sus hijos. Ahora solo quedan cinco mujeres, tres de ellas tienen su propio negocio de tortas de pescado gracias al aprendizaje heredado de su madre y a la popularidad que su peculiar receta ha construido.

     

    De lunes a sábado Berta hace 20 libras de pescado y el domingo aumenta un poco la cantidad. “Es fácil, prendo seis fogones y pongo seis pailas, luego solo es coger el pescado, harina, aceite y saque”, afirmó mientras agarraba un cigarrillo entre sus dedos, uno de ellos está rodeado por un anillo plateado y el resto tienen las uñas maquilladas con una ligera capa de color negro.

     

    Los años pasan, pero la lucidez de Berta no los siente, con seguridad dice que no se enferma de nada, no toma vitaminas ni pastillas y no recuerda la última vez que fue al hospital. Como los años, también pasan carros particulares, motos, buses y transeúntes buscando, a cualquier hora del día, una rica torta de pescado a 2500. Estos productos se envuelven en un pedazo de papel cuadernillo que compra a 300 pesos. “Las servilletas no me gustan, son muy pequeñas y delgadas”, comentó mientras entregaba tres tortas a un cliente.

     

    La sazón, la suavidad en cada bocado y el buen tamaño por un bajo precio, hicieron que Berta, sin darse cuenta, se volviera referente cultural del pueblo. Ella y sus tortas ya son una tradición allí y en los municipios aledaños, además para los viajeros, turistas, campesinos e incluso desde Medellín le encargan cada tres días 50 unidades que envía en un bus.

     

    Desde que era una jovencita las calles de la avenida principal de Cisneros la acogen. Ahora, su cabello es totalmente blanco y tiene casi tantos años como la máquina 45 del Ferrocarril de Antioquia que se encuentra estacionada allí. Aquella ha sido testigo de la rutina invariable de una mujer que no conoce la palabra descanso y tampoco ve una obligación en su trabajo. Tener satisfecha a la gente es el motor que la mueve día a día: “En la casa me aburro, mi vida es esto y es lo que me gusta hacer”, aseguró con cierto tono nostálgico.

     

    A sus 85 años nunca habla de un hombre. A pesar de tener 15 hijos, no amó al papá de ninguno porque el amor jamás estuvo de su lado. Estas figuras varoniles pasaron por su vida de una manera fugaz y sin dejar huella. El cuerpo bonito y agraciado de una vendedora de tortas de pescado, que recorría las calles del pueblo y los vagones del tren, captaba sus miradas. Por la necesidad de “buscarse la comidita y sacar a los hijos adelante”, Berta les dio el gusto de adueñarse y disfrutar su cuerpo por apenas un par de pesos.

     

    En medio de unos cuantos cigarros, tintos, saludos y ventas transcurren todos los días de Berta. Vende tantas que tiene que ocupar dos canastas y son contadas las veces que le sobran. Su corazón es tan noble que se le acercan personas vulnerables y ella con un gesto de generosidad coge una, la envuelve y la regala. Tampoco le molesta dejarlas más baratas, “deme 2000 mil”, les dice sin preferencias a algunos de sus clientes.

     

    Cuando los buses de las flotas Coonorte y Expreso Cisneros paran a recoger o a dejar a sus pasajeros, Berta toma impulso, coge su canasta y emprende camino hasta allí. Sube reluciente, sin ayuda y con la misma sonrisa que la caracteriza. Camina hasta la última fila de sillas observando de lado a lado. “Tortas, tortas, tortas de pescado”, dice en el tono más alto que sus cuerdas vocales lo permiten. Siempre espera bajarse de allí con unas cuantas porciones menos.

     

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    Trabajo realizado en el curso Periodismo IV, orientado por el profesor Juan Carlos Ceballos Sepúlveda.

     

     

     

  • La vida de las mujeres transexuales en Medellín

    Cada vez son más las mujeres transexuales que cada día luchan por un futuro en el que su voz sea escuchada, sus acciones reconocidas y su valor admirado; y aunque han logrado grandes cosas gracias a su lucha y valentía, todavía falta mucho por conseguir en ámbitos sociales como la educación, el trabajo, la educación y la salud.

    Este especial multimedia permite conocer historias, varias perspectivas e información sobre esta población en Medellín.

    Click en la imagen para navegarlo:

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    Trabajo realizado en el curso Periodismo V, bajo la orientación del profesor Gabriel Jaime Lotero.

  • El mejor salpicón de Medellín

     

    ‘La vida es fácil niña, todas estas señoras que están acá son mi familia. Sin pensarlo, estamos reunidos por desgracias ajenas’’, dijo don Leo mientras recorría con su mirada cada rincón de aquel espacio que, durante más de 15 años, le ha dado techo y comida a su familia para vivir.

     

    Cuando don Leo en el 2010 puso los papeles de renuncia en el escritorio de su jefe, jamás se imaginó que su vida cambiaría tanto. El quepis negro que portaba cada noche se convertiría en una gorra blanca, aquella camisa manga larga, se convertiría en un delantal con un estampado grande que dice ‘‘Frutería Don Leo’’. Y aquella portería similar a una jaula en las noches, se convertiría en un negocio hecho de metal, sudor, lágrimas, noches de tragos y cientos de sueños por querer cumplir.

     

    Luz Oliva decidió apoyar a Leo para dejar atrás aquel trabajo que les robó a los dos horas, minutos y segundos de estar juntos. No pensó que esa decisión sería la más importante de su vida. Desde aquel momento las madrugadas en vela esperando a su marido, después de jornadas de más de 10 horas, se convertirían en una nueva casa, nuevos viajes y muchísimo tiempo libre.

     

    Yuri Patricia tomó a su hijo y, con la poca valentía que le quedaba, se alejó de aquel lugar donde lloró, gritó y pidió ayuda; su alma sintió un descanso. Quedó atrás aquel hombre que durante cinco años fue su esposo y al mismo tiempo su verdugo. Debía comenzar una nueva vida, no pensó que sería junto a sus padres Leo y Luz en el proyecto de venta de frutas.

     

    Mary Luz perdió a su esposo por una supuesta bala perdida y sintió que sus venas se congelaban, al mismo tiempo que su corazón mermaba las pulsaciones. Murió su esposo, el padre de su hijo y el amor de su vida. Tenía que salir adelante y por eso recurrió a su hermana mayor, Luz Oliva, quien iniciaría un nuevo proyecto junto a su esposo, Leo.

     

    Frutos de vida

     

    En medio de la calle 16ª y la carrera 43, en la Avenida El Poblado, se ubica el negocio número 002, marcado así por Espacio Público de Medellín. Desde lejos se observa un letrero grande que dice: ‘‘Dios bendice este negocio’’. Al bajar la mirada, se puede observar, en medio de los racimos de bananos y plátanos, otro letrero, más pequeño y menos llamativo: Frutería Don Leo.

     

    Don Leo, quien es el creador y dueño de la frutería que lleva su nombre, es un hombre oriundo de Urrao, lugar reconocido por el queso dulce y el cultivo de las granadillas. Él comenzó a vender esas frutas que hace 16 años en una de las avenidas más concurridas de Medellín. A esas granadillas se le sumaron bananos, plátanos, peras, manzanas, naranjas, mandarinas, aguacates, uvas, entre una decena más de frutas jugosas y coloridas, adornan uno de los paisajes más grises e industrializados de Medellín.

     

    A las 5 de la mañana, don Leo y Luz Oliva están esperando a Fredy, su conductor de confianza, en la salida de su casa ubicada en Manrique oriental. Se dirigen a la Plaza Mayorista para surtir frutas frescas a su negocio: ‘‘Yo iba antes a la minorista, pero más de una vez me robaron las bolsas llenas de frutas. Entonces hace 13 años, aproximadamente, voy a la mayorista’’, afirma don Leo, delgado, de 64 años, tez oscura y una sonrisa pícara que agudiza el tamaño de sus ojos.

     

    A las 6:15 de la mañana, Yuri Patricia, su hija; y Mary Luz, hermana de Luz Oliva, llegan en un taxi, cada una cargando una bolsa en cada mano. Yuri Patricia es una mujer joven, robusta, que mide cerca de 1.72 m, guarda en su entre ceja una arruga que alude a su temperamento fuerte. En cambio Mary Luz una mujer vieja, delgada, que mide cerca de 1.55 m, saluda a don Leo con dos arrugas a cada lado de su boca que aluden a su peculiar gesto, pues tiene más sonrisa que dientes.

     

    Mientras Luz Oliva empaca 20 vasos de fruta picada en papel transparente. Yuri Patricia sostiene un cuchillo mondador entre sus manos y, al ritmo de las manecillas del reloj, rebana 5 manzanas rojas. Mientras que don Leo junto y Mary Luz resuelven cómo acomodar las sillas para que los próximos comensales disfruten de su estadía. Todos cumplen una función, todos son familia, todos están ahí como un rompecabezas.

     

    Cada día de la semana, cuando se pasa por la frutería, las mujeres que atienden esta caseta tienen uniformes diferentes: el lunes se hace homenaje al color rosado de una buena pitaya, el martes es de mora azul, el miércoles de azul cielo, el jueves del limón y el viernes son de las uvas moradas.

     

    Fruta podrida

    Aunque la variedad de frutas sea abundante, para don Leo ninguna de ellas se vende tan bien como un buen vaso de salpicón. ‘‘La gente que trabaja por acá cerca lo que más compra es salpicón. Una persona puede comprar 6 vasos de salpicón’’ afirma Don Leo mientras, con un trapo blanco con más rotos que tela, espanta a los moscos que se le quieren acercar a su producto estrella.

     

    ‘‘Este negocio mío, yo lo quiero más que a una hija, mejor dicho, es mi tercer hijo’’, afirma don Leo. Para él, llegar a la estabilidad económica y laboral que tiene ahora no ha sido nada fácil. En el 2004, cuando inició con su local, la mujer que comparte caseta con él intentó “salarle” el negocio por medio de la brujería y magia negra.

     

    ‘‘El 31 de diciembre y nos íbamos de vacaciones, los 15 días que siempre saco con mi familia. Empezamos a empacar todo lo de los estantes. Cuando estábamos recogiendo las cosas del último estante mi esposa encontró una medalla grande que tenía dibujado como unas serpientes. Yo llevé eso donde una señora que vive por el barrio, ella sabe de brujería y esas cosas. Me dijo que ese medallón lo habían puesto ahí para salarme el negocio. Con el tiempo me di cuenta de que era esta señora que vende pasteles de pollo aquí al lado’’, expresa don Leo mientras señala el sitio exacto donde encontró la medalla.

     

    ‘‘Es que yo pude irme con mi esposa para un crucero por Aruba gracias a esto. Tuve la oportunidad de comprar mi propia casa. Le debo mucho a las frutas’’, afirma don Leo con una sonrisa entre cruzada con risas.

     

    Y así ese pequeño negocio, con estructura de metal y colores que adornan el día más oscuro de marzo, es un oasis en medio del apresurado caminar de los cientos de ciudadanos transitan. Algunos lo reconocen y otros solo lo miran, pero lo que todos en silencio guardan en su mente es que ‘‘Frutería Don Leo’’ es una parte irremplazable de la Avenida El Poblado.

     

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    Trabajo realizado en el curso Periodismo IV, orientado por el profesor Juan Carlos Ceballos Sepúlveda.

     

     

     

     

     

  • En Medellín, las madres dedicadas al trabajo sexual agotan recursos

    ​En medio de la pandemia por Covid-19, el aislamiento obligatorio ha llevado a las trabajadoras sexuales del centro de Medellín, muchas de las cuales son madres cabeza de familia, a tomar medidas que ponen en riesgo su salud y tranquilidad. ​

     

    << Para las que optan por mantenerse en las calles el reto es doble: subsistir y protegerse.

    Foto: Joaquín Sarmiento.

     

     

    El aislamiento obligatorio que restringe la circulación en las calles ha disminuido casi a cero el número de clientes que buscan servicios sexuales desde el 19 de marzo, cuando se dictaron las primeras medidas de confinamiento. La limitación y las alertas en relación con el contacto físico llenan de incertidumbres las proyecciones de recuperación para las mujeres que ejercen la prostitución.

     

    Falta de registro

     

    Según Mary Luz López, autora del libro Alzo mi voz, a muchas de estas mujeres les ha tocado salir a las calles a exponerse a contagios y multas porque los gastos y las necesidades no dan espera. Otras se encuentran trabajando en negocios abiertos clandestinamente, incluso hay quienes han optado por el microtráfico de estupefacientes. Y es que, aun con las campañas de colectivos como Putamente Poderosas o programas de entidades gubernamentales como la Secretaría de Inclusión Social y Familia, las ayudas humanitarias no han sido suficientes para toda esta comunidad.

     

    “La mayoría de las mujeres están en crisis. Al inicio de la cuarentena se entregaron unos mercados que consistían en una libra de arroz, un kilo de fríjol, azúcar, más o menos con un valor entre $30.000 y $35.000. No es suficiente para calmar el hambre en una familia de dos a tres personas”, indicó Luz Mery Giraldo, representante legal de la corporación Guerreras del Centro. La realidad es que muchas de estas mujeres tienen de tres a cinco hijos y un compañero que también se encuentra sin empleo, pues usualmente son trabajadores con oficios informales igualmente afectado por el encierro. Por tanto, son urgentes para ellas las ayudas que posibiliten el sustento de sus hogares, por lo menos en estos días de inactividad.

     

    El problema no es nuevo

     

    La cotidianidad de estas mujeres siempre se ha visto tocada por la discriminación, las precariedades, los abusos por parte de la fuerza pública, entre otros factores que dificultan la normalización de dicha labor. “Cuando deciden que tienen que salir, porque no hay de otra, como han hecho algunas, lo único que reciben es ser llevadas al CAI, maltrato y abuso por parte de la Policía, comparendos, a lo que ellas responden: ‘que me pongan todos los que quieran, igual no tengo ni para comer’”, indicó Tatiana Cano, integrante del colectivo Putamente Poderosas.

     

    Varias de estas mujeres afirman que lo peor que puede pasar es que se enfermen. Así dijeron entre gritos y algarabía en la segunda entrega de mercados que realizó Putamente Poderosas: “Si no nos mata el COVID, nos mata el hambre”.

     

    Es importante destacar que, para muchas madres trabajadoras sexuales, la angustia por sus hijos, el riesgo de contraer enfermedades, el maltrato por parte de sus familiares y allegados no es algo nuevo. “De uno se aprovecha el de los mandados, el de los tintos, la familia, la iglesia, la sociedad”, contó López. Destacó que, aunque es más difícil conseguir sustento en esta época, las mujeres no cambian el ejercicio de prostitución.

     

    Los matices de un ideal de madre

    Muchas de estas madres se sostienen en el ideal de “sacar adelante a los hijos”, que puedan tener, en pocas palabras, “tener lo que ellas nunca tuvieron”. En efecto, hay quienes tienen hijos profesionales que nunca supieron el oficio de sus madres.

     

    Otras alternativas

     

    Para la mayoría de estas mujeres, la única fuente de ingresos es el trabajo sexual y es por esto que algunas están buscando cambiar de oficio para sostenerse, dado su futuro laboral incierto. Algunas de ellas se están reconectando con actividades como la costura, la venta de productos. Otras están buscando opciones como ser modelos webcam, vender fotos, videos, entre otros productos digitales, pero carecen de recursos tecnológicos o no tienen cuentas bancarias para hacer estos oficios.

     

    Las Guerreras del Centro, por otro lado, están buscando sobrellevar la angustia y la ansiedad de esta situación por medio de trabajos manuales, escritura, poesía, interacción en redes sociales con videos y fotos, entre otras cosas. Buscan donaciones de equipos tecnológicos para su progreso, a la vez que aprenden progresivamente el manejo adecuado de las TIC.

     

    Falta también conciencia. Algunas de estas trabajadoras no están tomando las medidas de prevención necesarias. “De alguna cosa nos tendremos que morir, pero el hambre no nos la aguantamos”, expresaron algunas de ellas. Muchas incluso se incomodan ante la idea de evitar el contacto físico. Están buscando trabajo en otros sitios, huyendo de la Policía, evitando que las aborden, tratando de conseguir clientes.

     

    El trabajo sexual afronta retos derivados de la necesidad de evitar el contacto físico. Probablemente disminuya la oferta, algunas voces hablan de formalización y parte importante de quienes ejercen el oficio están buscando alternativas. Pero, según Acevedo, lo que llaman “la gran oportunidad del coronavirus”, no aplica para esta población, porque sería volver a configurar un sistema de vida que viene de hace muchos años.

     

    ¿Qué sigue ahora?

    “Yo siento que el país está en una situación económica muy complicada, lo cual hace que el panorama sea muy crítico. Sería muy optimista y muy poco realista decir que van a poder vivir de otros oficios en estos momentos”, señaló Cano.

     

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    Informe realizado en el curso Periodismo II, orientado por la profesora Claudia Sánchez Aguiar.

     

     

     

     

  • Trabajo sexual recibe apoyo por aislamiento

    El trabajo sexual es de las actividades que más se han visto afectadas por la pandemia. En Medellín las mujeres cisgénero y transgénero que ejercen este oficio no han tenido la posibilidad de laborar y, en consecuencia, no están teniendo los ingresos necesarios para satisfacer sus necesidades básicas como la alimentación, dormir en un lugar cubierto o acceder a servicios de salud.

     

    Según Isabella Villegas, historiadora en formación y miembro del colectivo Putamente Poderosas, las trabajadoras sexuales en la ciudad son una población ignorada, pero histórica. Se puede rastrear desde finales del siglo XIX cuando Coriolano Amador fundó la plaza de mercado cubierta en Guayaquil. “Cuando Guayaquil cayó en desgracia porque la plaza se quemó, el trabajo sexual se trasladó a Lovaina y allí tuvo su época gloriosa. Eran burdeles donde se tomaban decisiones de índole nacional entre los años 50 y 60”, comentó Villegas.

     

    Hacia los años 70 y 80 Lovaina perdió su acogida entre las élites del país debido a prohibiciones de los gobiernos municipales que llevaron a que la prostitución se tuviera que desempeñar en la clandestinidad. Así las trabajadoras sexuales empezaron a migrar a zonas del centro como La Veracruz, La Candelaria, Calibío y los alrededores del Museo de Antioquia, hasta hoy es una zona que se conserva como “el lugar con más prostitución callejera de Medellín”, explicó Villegas.

     

    Para apoyar a esta población que ejerce en el centro de la ciudad, varios colectivos no gubernamentales y entidades del Estado han generado campañas y programas para recoger fondos y ayudar tanto a las trabajadoras sexuales como a todos los que viven de la informalidad, del diario.

     

    El colectivo Putamente Poderosas vincula mujeres preparadas para diferentes profesiones en favor de trabajadores informales del Centro de Medellín. Foto: @evelinessesvelev

     

    Yo me quedo en casa y Noche a 10 mil: Putamente Poderosas

     

    Uno de los colectivos es Putamente Poderosas, que desde el 17 de marzo adelanta una campaña con la que, para el 8 de junio, lograron recaudar 310 millones de pesos. La iniciativa con el nombre Yo me quedo en casa, comenzó de la mano del director del periódico Universo Centro, Juan Fernando Ospina, y tuvo seis etapas.

     

    En la primera fase se hizo una campaña de concientización, con la participación de voluntarios del colectivo que recorrieron las calles del centro, lugares como el Parque Bolívar, el Parque Berrío y La Veracruz, repartieron geles antibacteriales y volantes a las trabajadoras sexuales y vendedores ambulantes. Los datos que contenía el papel se referían al autocuidado ante la contingencia de salud de la COVID-19 y recomendaciones específicas para ejercer la prostitución.

     

    Además, se elaboró un rastreo de información de las personas que serían beneficiadas con mercados y auxilios de alojamiento. La segunda y tercera etapa consistieron en la repartición de los recursos. Fueron posibles gracias a la ayuda de entidades como la Gerencia del Centro, la Policía Nacional, el Museo de Antioquia y la Subsecretaría de Espacio Público, que citaron a las personas inscritas previamente a un punto de encuentro.

     

    Para los siguientes ciclos de entregas, el colectivo decidió implementar estrategias que les permitieran seguir apoyando a esta población, pero sin generar aglomeraciones que se pudieran convertir en un riesgo de salud pública. Seleccionaron a cinco mujeres del Área Metropolitana que pertenecían al programa de beneficiados y les entregaron 21 mercados para que los repartieran en su comunidad. También establecieron relaciones directas con cinco inquilinatos del centro para enviar directamente las ayudas humanitarias y pagar el valor de alojamiento a los administradores.

     

    El proyecto no finalizó allí, se transformó con el nombre de Noche a 10 mil, que consiste en realizar mínimo una donación de 10 mil pesos (el valor de una noche en un inquilinato), la meta de 25 millones de pesos semanales.

     

    Tatiana Cano, miembro del colectivo, acotó que “las campañas se basan en la empatía de las personas, lanzamos la campaña Noche a 10 mil y ya estamos trabajando en otra. La idea es que mientras el aislamiento inteligente siga, nosotras vamos a seguir en campaña”.

     

    Putamente Poderosas con sus diversas campañas, hasta el 8 de junio, logró impactar a más de mil familias, no solo a trabajadoras sexuales ligadas al colectivo, sino también a algunos miembros de la Red Popular Trans y trabajadores informales.

     

    ¿Qué es Putamente Poderosas?

    Putamente Poderosas es un colectivo joven que se lanzó el 5 de marzo de este año. Este busca resignificar la palabra puta y dar voz a las trabajadoras sexuales de Medellín, para que estas se empoderen de su labor y su dignidad humana. Lo conforman nueve mujeres, la mayoría hacían parte del voluntariado de la corporación Guerreras del Centro.

     

    Apoya a una guerrera

     

    La organización Las Guerreras del Centro, conformada por mujeres que ejercen o ejercieron el trabajo sexual, también se está viendo afectada por la contingencia. Luz Mery Giraldo, representante legal del colectivo, comentó que las guerreras han logrado subsistir gracias a unas ayudas entregadas desde la Secretaría de las Mujeres y a unos auxilios de quienes las sigue y conoce.

     

    En las redes sociales del colectivo hay una convocatoria llamada Apoya a una Guerrera, consiste en una invitación a la comunidad para ayudar a estas mujeres, la mayoría vive del trabajo informal. Solicita apoyo económico o en especie y está siendo recolectado en la Galería Divas en la calle Barbacoas, gracias a que su propietario Miguel Gallardo.

     

    Además, esta comunidad de mujeres se está reinventando, trasladó sus performances de las calles a las redes sociales, comparten videos bailando o cantando, podcast con sus historias y las costuras que han realizado en este tiempo de cuarentena. “No todas tenemos el conocimiento en tecnologías, la virtualidad es lo que se impone entre nosotras y nos estamos capacitando en el manejo de las TIC”, dijo Giraldo.

     

    Para ello, están solicitando a las personas que tengan computadores y teléfonos inteligentes que les donen. También piden voluntarios que las acompañen a adaptarse a las nuevas tecnologías. “Este es nuestro nuevo reto, que todas tengan acceso a esta tecnología. Siempre estamos pensando en diferentes alternativas que nos permitan seguir en contacto y trabajando por dignificar el trabajo sexual”, aseguró Giraldo.

     

    La estrategia es de ayuda e información. Las mismas trabajadoras sexuales son cogestoras del trabajo.

    Foto: Putamente Poderosas.

     

    Acompañamiento por parte del gobierno

     

    Ismaria Zapata, representante en el Concejo de Medellín del movimiento político Estamos Listas, afirmó que desde la Alcaldía sí existe un programa para atender a las personas en situación de calle. “Desde la concejalía revisamos cómo se distribuyeron estos recursos, y en las comunas 10 y 4, que son históricamente en las que se ha concentrado el trabajo sexual, se repartieron más de dos mil y ocho mil ayudas respectivamente. Pero no tenemos conocimiento de cuántas de esas personas ejercen el trabajo sexual”, aclaró Zapata.

     

    Según ella, Estamos Listas realizó unas bases de datos de las mujeres trabajadoras sexuales que viven en los inquilinatos. “La Alcaldía sabe muy bien dónde están las mujeres trabajadoras sexuales de Medellín, pero le hemos preguntado a la Subsecretaría de Seguridad cuáles de esas ayudas han llegado a esta población y no tiene conocimiento de estas cifras”.

     

    Por parte del Estado no existe un programa de ayudas específico a esta población y el acompañamiento que se ha percibido en esta cuarentena se ha enfocado en estratos socioeconómicos, no en poblaciones específicas. Para Villegas, “los colectivos particulares han estado tratando de tapar los huecos que se hacen mientras llega el Estado eficientemente”.

     

    Más sobre las Guerreras del Centro

    Guerreras del Centro es una corporación que busca resignificar a las trabajadoras sexuales de Medellín. Son ocho mujeres adultas que ejercen o ejercieron esta labor. Mediante expresiones artísticas como el baile, la poesía, la actuación, marroquinería y tejeduría, cuentan sus historias de vida para devolver el respeto y la dignidad a las mujeres trabajadoras sexuales.

     

    Estas son las recomendaciones que reciben las trabajadoras sexuales del Centro, por parte de colectivos ciudadanos.

    Foto: cortesía.

     

    Panorama general del trabajo sexual en Colombia

    El último censo de prostitución que se realizó en el país data del año 1963. Por lo tanto, no existen cifras actuales que expongan el panorama del trabajo sexual en Colombia. Esta es una labor permitida y reconocida como un trabajo válido y digno por la Corte Constitucional como se admite en la sentencia T-629 de 2010, sin embargo, no hay un marco jurídico específico que regule el oficio.