Categoría: Rostros

  • Sentimientos en cuarentena

    Recordar, ver fotografías, jugar dominó y hacer una torta son formas de mostrar los sentimientos y lo humano en medio de la cuarentena. Los intentos de darle toques distintos a la rutina, abren camino a las reflexiones. Un padre de espíritu silente es el eje de esta ruta.

     

    Click en la imagen para ver el documental en Youtube.

     

     

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    Trabajo realizado en el curso Realización documental, orientado por la profesora Ana María López.

     

     

     

  • AISLAMIENTO PENSANTE

    Once y dos minutos de la mañana. Hace una hora que me desperté y durante ese tiempo solo he estado en mi cama pensando qué libro leer mientras miro hacia el techo blanco que tengo sobre mí. Dejo que la imaginación me lleve a cualquier rincón de mis pensamientos. Una gran casa en medio de un terreno verde y lleno de flores de tantos colores, una alberca de unos diez metros cuadrados con el agua tan cristalina que puedo ver sus azulejos e identificar su patrón. Dos esculturas algo abstractas en toda la entrada de la lujosa construcción y unos ventanales que hacen de muros a su alrededor. Eso es lo que veo mientras observo la plana pared.

     

    El encierro necesita también sus refugios. Foto: Alcaldía de Medellín

     

    Luego…

     

    “Procure quedarse en casa, solo salga de ser completamente necesario, no exponga su salud y cuide a sus familiares. Recuerde que hay unos días estipulados para poder salir y siempre lleve su documento de identidad. Recuerde también que tiene veinte minutos al día para sacar a pasear su mascota”, y bla, bla, bla…

     

    La imagen de mi mente es reemplazada por palabras y más palabras. Las mismas que mi mente conoce bien. Y cómo no saberlo si son dichas todos los días a las mismas tres horas: once de la mañana, cuatro de la tarde y ocho de la noche. La verdad es que estoy considerando que son lo más cercano a una conferencia que tendré por un tiempo. Una conferencia muy aburrida. Y es que el recordatorio tan constante hace que se graben hasta los pequeños detalles. Qué débil es mi mente, pienso, o qué tan normal era y no me había percatado.

     

    De cualquier forma, no lo puedo evitar. Cada persona de Medellín estamos atrapadas en nuestro propio encierro, amarrados a nuestras casas y condenados “temporalmente” a nuestra propia compañía. Pienso en mi abuelita, que vive a siete cuadras, y estaba acostumbrada a mantenerse en la calle con sus amigas vecinas. Los adolescentes con sus insaciables ganas de salir de rumba o a cine, o a comer. Las personas que todos los días se levantan temprano de su cama para dedicarle como mínimo una hora para caminar, trotar o hacer ejercicio al aire libre. Todos estamos encerrados.

     

    Desde pequeño, a mi mente siempre han llegado ideas de cómo puede ser el final de la vida humana. Ideas se sumaban a las de otros, a los finales de las películas y de los libros. ¿Por qué pensaba ese tipo de cosas? ¿Qué tanta importancia le daba a lo que conocía como para centrarme en pensamientos así? Ese es uno de los muchos dilemas de la vida de Alejandro Múnera Gallego, de mi vida, aburrida, normal y mundana.

     

    El final siempre encuentra la manera de presentarse en nuestra mente. Cada situación por la que pasamos es una nueva oportunidad para crear un posible fin.

     

    El final está presente desde que nacemos hasta que morimos, esto en sí mismo es un ejemplo. Me doy cuenta de ello mientras organizo la ropa de mi armario de tonos claros a oscuros. Supongo que es una posible explicación de por qué pensamos en ello cotidianamente. Todo tiene inicio y un final: cada hora, minuto, palabra, actividad realizada, película vista, libro leído, el simple abrir y cerrar de ojos, cada acción que ejercemos por más demorada que sea.

     

    Este confinamiento me hace pensar que la muerte por aburrimiento puede ser posible. Es una enfermedad que nunca habría pasado por mi mente y a la que el encierro le da origen por ser mi realidad y la del mundo.

     

    Esto se lo debemos a la muy mencionada enfermedad Covid-19, de la que hubo noticias primero a finales de 2019 en Wuhan (China), como lo informó la Organización Mundial de la Salud con sus reportes de cuadros graves que iniciaban con fiebre, cansancio, tos seca y, en algunos pacientes, congestión nasal, dolor de garganta o diarrea.

     

    Después se supo que la enfermedad se contrae por simple contacto físico con una persona infectada, luego que tiene un índice de mortalidad muy bajo, comparado con enfermedades como la tuberculosis, el VIH/SIDA, el cáncer, entre otras. Mas su fácil propagación y la ausencia de una vacuna contra ella, han desestabilizado el orden económico, político, religioso y sociocultural. Algo así no se veía desde 1919 con la gripe española, enfermedad que fue causada por una bacteria y que forzó situaciones similares a la de hoy.

     

    Inusual para muchos, terrorífica para otros, un caos total para el modo de vida de la mayoría. El mundo se detuvo de repente: no más conciertos, conferencias, juegos olímpicos (que justo se celebraban este año en Tokio, Japón), no más desfiles de moda, estrenos de películas, viajes o excursiones a otros países. Unas cuantas actividades entre muchísimas más que no se darán en mucho tiempo. “Es más fácil hacer la lista de lo que se puede hacer en este momento”, me dijo una tía ayer mientras me enseñaba a hacer un postre por videollamada.

     

    Voy al estudio de mi padre e intento elegir uno de los muchos libros. Me concentro en la sección de historia donde hay unos que me recomendó, pero que no había visto personalmente. Paso mis dedos por encima de varios de ellos sin ninguna razón y sin leer sus títulos elijo dos: Una breve historia de casi todo, escrita por Bill Bryson y Momentos estelares de la humanidad, por Stefan Zweig. Ambos nombres son llamativos para mí, me siento en el sillón del escritorio y leo la sinopsis de uno de ellos… Antes de seguir con la segunda, me distraigo.

     

    Noto cómo al otro lado de la puerta veo a mi gato sigiloso dirigirse a la sala. Posiblemente motivado por el hambre, guiado por su olfato o simplemente porque sí. Me percato del silencio que me acompaña en este momento. Solo escucho el silbido del viento que recorre la habitación y choca con las paredes. Cierro los ojos y me concentro en su olor. Intento identificar algún aroma, lo que sea que rompa con la soledad que estoy comenzando a sentir. Deja a un lado lo que quiero pensar por lo que imagino, me da la sensación de estar soñando y me hace cuestionar algunos aspectos de mi vida que no estoy de humor para analizar.

     

    Concentrado en la idea de encontrar un olor me doy cuenta de que el aire se siente ligero y eso me hace pensar en la contaminación. Miro por la ventana, la vista de la ciudad desde un piso dieciocho no está nada mal. Puedo ver Itagüí, algunos sectores de Envigado y El Poblado.

     

    Veo todo nítidamente los tonos de la montaña, los edificios que están a una distancia considerable se logran captar con cierto grado de detalle y el cielo está de un color azul claro sin ninguna nube a su alrededor. Me encanta ver días así porque es alentador y tranquilizante. Algo muy positivo que ha traído esta crisis es la recuperación medioambiental.

     

    Nuevamente vuelvo a estar consciente de mi alrededor, estoy sentado en el sillón del estudio de mi padre con el libro “Momentos estelares de la humanidad” en la mano, abierto en la página donde inicia la sinopsis. Aquí mismo donde me centré en mi gato, el silencio, los olores y todo esto de la contaminación; es como si hubiera abandonado mi cuerpo y entrara a un mundo donde las ideas están ahí y solo llegan al azar. Me quedo unos minutos así, inmóvil, pensante, vacío.

     

    Ahora que lo medito, este constante proceso podría ser la descripción más cercana de lo que vivo un día tras otro durante este encierro. En el pasar de los días están presentes estos lapsos en los que mi subconsciente es el único lugar diferente a mi casa a donde puedo viajar.

     

    Crónica realizada en el curso Periodismo IV, orientado por la profesora Adriana López.

     

     

     

     

  • Yo, en cuarentena

    Añorar la espera en el paradero, la caminata hasta la tienda, la presión por llegar puntual a clase. En este relato personal en tono de cuenta regresiva. Historia y modos de vida durante el encierro.

     

    Video

    Este documental fue presentado en el curso Realización documental, orientado por la profesora Ana María López.

     

     

     

  • Años en cuarentena

    Lloré, me reí, volví y lloré y me volví a reír. Regué con agua casi todas las plantas de mi casa, conté ocho suculentas, pero repetí la cuenta y me faltaron dos, porque eran diez las materas que había en mi patio. Lavé casi todas las cucharas con las que comí durante años y nunca me percaté de que unas estaban más torcidas que las otras. En las noches, me desvelé. Durante las mañanas y las tardes, dormí como nunca lo había hecho, así fueron tan solo los primeros días del encierro.

     

     

     

    << La soledad de la cuarentena en El Retiro.

    Foto: Mateo Flórez Bedoya.

     

    [endif]–Cada persona vivía una vida de manera diferente, no dependíamos de la pandemia para hacer las cosas del día a día, para poder ver a las personas, a los seres queridos y a los que no eran tan queridos, porque como dicen: “Pueblo pequeño, infierno grande.” Antes caminaba a la iglesia, al banco, al parque o a cualquier lugar con toda la libertad, sin restricciones gubernamentales ni de salubridad, hasta que fue imposible. El Retiro no presentaba ningún caso de COVID-19 el siete de marzo, pero las tiendas de ropa, las papelerías, los gimnasios y la mayoría de los locales ya estaban cerrados sin haberse decretado la cuarentena obligatoria. Los únicos establecimientos que estaban abiertos eran los supermercados: D1, Caribe, el Éxito Express y algunas tiendas de barrio… Los comerciantes del parque principal, aquellos que vendían comida rápida y el resto de los negocios del pueblo tuvieron que cerrar, por seguridad y por obligación.

     

    ***

    Camila Camargo cumplió 21 años el 17 de marzo. Días antes, Federico, su novio, ya le había planeado una fiesta sorpresa y, aunque la relación no era muy buena con los amigos de la novia, él tomó la iniciativa de escribirles por WhatsApp, la mayoría de ellos le quedaron de confirmar. La cuota era de 70 mil pesos, cubría los gastos de la finca en Fizebad, el alcohol de la fiesta y la comida durante los dos días de estadía, pues estaba planeada del viernes 20 de marzo al sábado 21. El cumpleaños nunca se dio y no precisamente por la falta de presupuesto, ni por la ausencia de invitados, ni mucho menos por falta de ánimos; la razón, fue la contingencia. La Alcaldía del pueblo cerró las vías terrestres ese fin de semana; lo que afectó la celebración de Camila, el festín se redujo a una copa de vino en su casa mientras entonó la típica canción de happy birthday, recibió varios mensajes de felicitaciones por sus redes sociales y junto a su mamá y a sus dos hermanos mellizos, celebró ser legalmente mayor en todo el mundo.

     

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    “El domingo 29 de marzo teníamos un año más de vida, mientras que diez personas en Colombia habían muerto por coronavirus.”

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    Al domingo 22 de marzo, 235 casos fueron confirmados en el país. A través de Facebook, la Alcaldía de El Retiro publicó un informe en el que la Dirección de Salud comunicó que había 37 casos sospechosos de coronavirus, 3 casos probables, un caso descartado y cero casos confirmados; lo que alertó a las personas al ser un pueblo tan pequeño. En ese momento, la ansiedad y el desespero se apoderaron de mí. Hacía tiempo me había dejado de comer las uñas, pero ese día me las devoré todas, no dejé ni sobras; incluso del dedo anular de la mano derecha, me salió un poco de sangre de lo cortica que dejé la uña o bueno, lo que quedó de ella.

     

    Yo sabía lo que podía causar una gripe, pues fui testigo de cómo el H1N1 le quitó la vida a mi papá hace cinco años y cómo más de 17.000 personas en Colombia fallecieron cotagiadas. La angustia volvió a apoderase de la vida de mis seres queridos y de la mía. Yo supe que ambas enfermedades tenían algo en común y eran los animales, aunque sonaba raro, el H1N1 se dio como una gripe porcina (cerdos) y en un comienzo se dijo que la COVID-19 surgió supuestamente a causa del murciélago, pero en ese momento no me cuestionaba por su origen sino más bien por el impacto y lo que estaba ocasionando en las personas.

     

    En esos días me encontraba un poco indispuesto, tenía carraspera, algunas veces me daba dolor de cabeza y malestar general, obviamente temía tener la enfermedad. Sin embargo, sabía que no había tenido contacto con algún extranjero en las últimas semanas, ni había salido del país, pero mi inconsciente me traicionó. Había momentos de mucha duda por las noticias que mostraban los medios, por lo que leía en Instagram y eso jugó en mi contra. Fue tanto el miedo que el 20 de marzo llamé a el hospital San Juan de Dios para saber si me podían a hacer la prueba, me contestó una chica muy formal y me preguntó por los síntomas que presentaba, yo de inmediato le dije lo que sentía, pero ella me respondió: “Los síntomas que presentas es de una gripe normal, no te preocupes y recuerda quedarte en casa”, esas palabras me tranquilizaron y al pasar los días no presentaba ningún malestar.

     

    ***

     

    No tardó en llegar el coronavirus al pueblo. El 23 de marzo, una persona ya estaba contagiada, todos los guarceños especularon, se preocuparon. Empezaron a buscar al enfermo y en menos de lo que canta un gallo, ya había posibles candidatos, personas que llegaron de Europa en los últimos meses o que hubiesen tenido algún contacto con un extranjero, ese era el perfil de un supuesto portador de COVID-19. Dentro del listado estaba Valeria Villegas, una joven de unos 25 años, quien visitó España los dos primeros meses del año y regresó al pueblo a principios de marzo. Por ese motivo, las personas la postularon como la principal sospechosa y puede que sí haya sido cierto, pero nunca hubo nadie que saliera a confirmar el nombre de la persona contagiada, ni el alcalde, ni el encargado de la Dirección de Salud, absolutamente nadie. Siempre fue una incógnita y, aunque algunas personas se lo preguntaron a aquella chica, ella lo negó, nunca supe si fue por temor a ser juzgada o porque en realidad no estaba enferma.

     

    Con el pasar los días, se acercó la fecha de mi cumpleaños. La verdad no estuve tan ansioso como lo estaba en 2019, cuando cumplí 18, no sé si fue el hecho de convertirme en mayor de edad lo que me animó a salir a comer con mis amigos el año pasado o haber salido a la calle. Pero mis 19 no fueron así, sabía por lo que estaba pasando y entendía que no solo era yo, sino literalmente el resto del mundo. Tenía claro lo que estaba ocurriendo con la epidemia y en realidad, fue un cumpleaños muy diferente no solo para mí sino también para Olimpa Gómez, la mamá de una amiga del colegio y para Manuela Bedoya, la novia de una amiga de la universidad porque los tres cumplimos diferentes edades pero el mismo día. El domingo 29 de marzo teníamos un año más de vida, mientras que diez personas en Colombia habían muerto por coronavirus.

     

    Mientras ese día la cifra de contagiados aumentó a más de 700 personas, yo me desperté a las doce del mediodía, pues trasnoché hasta la madrugada. Mientras miles de personas recibían las condolencias, yo recibí mensajes de felicitaciones por mi cumpleaños, quizás ese día no me partieron la torta como en los años anteriores, ni mis amigos me cantaron el cumpleaños, ni salí de fiesta a una discoteca, pero al menos tenía salud y estaba en casa con Olivia, mi mamá, eso fue lo único que deseé en ese momento. En el transcurso del día no hice mucho, estuve acostado con Olivia, vimos películas y leímos los mensajes que recibí. Dentro de todos había uno que no esperaba, fue el primero que me llegó, nunca pensé que esa persona me fuera a escribir, pero con eso tuve para estar feliz hasta la noche.

     

    A las 10 de la noche, una de mis mejores amigas me llamó desde Nueva York para felicitarme por el cumpleaños, después de hablar y de reírnos, le pregunté a Valentina cómo estaban las cosas por allá. Ella me comentó que un amigo de su prima, que tenía 24 años, había muerto por COVID-19, me dijo: “Él empezó con una gripe muy leve, cuando fue al hospital lo mandaron para la casa porque supuestamente no era nada. A los días no era capaz de respirar, así que llamó de nuevo a urgencias, al rato una ambulancia fue por él y al llegar a la clínica fue empeorando. Lo conectaron a una máquina que le proporcionaba oxígeno y a los dos días murió, las cosas por acá están muy graves, a las personas las dejan morir como si nada”. En ese momento me preocupé, pues ella seguía trabajando en el supermercado y sus necesidades la obligaron a continuar, así fuera una migrante documentada.

     

    Después de despedirnos y de pedirle que se cuidara, la angustia y la impotencia volvieron, porque lo único que podía y debía hacer era quedarme en casa. Antes de que llegara esta situación, en algunos momentos de mi vida sentí que tuve limitaciones, me sentí incapaz de hacer cosas, pero fue algo momentáneo, con el tiempo se me pasaba. Sin embargo, en ese instante la incertidumbre continuó, no dejé de pensar en si se podrían complicar más las cosas, si mi familia y mi futuro se verían afectados, en ese momento se me había olvidado vivir el ahora y, por ende, de mi cumpleaños.

     

    ***

     

    Los días fueron pasando y yo fui asimilando todo, estar en la casa se convirtió en un hábito, llevaba tres semanas sin salir a la calle, lo más cercano que tenía era el balcón. La mayoría del tiempo, las puertas de las casas de los vecinos del barrio ─El Plan─ se encontraban cerradas, una que otra ventana la abrían y ni un solo niño jugó en el parque infantil. Solo se escuchaban las sirenas del carro de la policía cada cuatro horas cuando hacían la ronda de vigilancia, se veían más los perros sin dueño en la calle buscando comida, que las personas fuera de sus hogares. El Retiro normalmente era un pueblo frío, pero en esos días lo sentí más que nunca. En mi casa me tenía que poner un buzo y a la hora de dormir me abrigaba con seis o siete cobijas. Aunque era prohibido salir y más de noche, algunas veces Rubén Giraldo, panadero del pueblo, pasaba por mi casa a las seis de la tarde, ofreciendo, de puerta en puerta, churros con arequipe a 2.300 pesos, para poder sobrevivir.

     

    ***

     

    El primero de abril, el Ministerio de Salud dio la cifra de muertes por coronavirus, que había ascendido a 17 personas. Ese mismo día, hace 27 años, nació Sarai Salazar en el hospital de El Retiro. Durante sus años de vida nunca le ocurrió una situación parecida o similar a la que tuvo que enfrentar esos últimos meses, su situación económica en ese momento era pésima, la nueva década no le había traído casi nada positivo, quedó desempleada y sin opciones de trabajo, su cumpleaños le tocó pasarlo sin varias cosas: sin la compañía de su esposo, porque se encontraba cuidando de sus suegros en Medellín; sin la compañía del resto de su familia, sus padres y su hermano, ya que estaban lejos de ella.

     

    Aunque estudió Psicología, la cuarentena también influyó en sus emociones, en la manera en la que veía el mundo y en su vida en general. Antes lo tenía todo y contaba con todos, en ese instante no tenía nada, pasó de celebrar su cumpleaños en grande a no tener dinero para comprar una torta o un buen mercado. Años atrás, cantaba su cumpleaños con sus amigos y sus seres queridos, pero esas 27 vueltas al sol las cantó sola en su casa. El COVID-19 influyó en la vida de todas las personas, pero lo que menos pensó es que haber dicho: “Año nuevo, vida nueva”, se había convertido en una pesadilla.

     

    Retreta en El Retiro, cuanto el ritmo de los años era otro. Foto: Mateo Flórez Bedoya.

     

    Crónica realizada por Mateo Flórez Bedoya en el curso Periodismo IV, orientado por la profesora Adriana López.

     

     

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  • Profes de frente. Al tablero y en el escenario

    ¿Alguna vez ha pensado qué hace su profesor cuando no está en el salón de clases, cuando no está preparando la cátedra o cuando no está revisando exámenes? Conozca 10 perfiles de profesores, exprofesores o aspirantes a docentes que también han decidido seguir sus pasiones y sueños representados en bandas de todos estilos del rock de Medellín.

     

    Economista a contracorriente

     

    Desde uno de los balcones de la Universidad Autónoma Latinoamericana me llama por mi nombre y pregunta dónde deberíamos sentarnos para hablar más tranquilos. Realmente no importa, cualquier lugar de su espacio de trabajo podría ser apto para hablar sobre la vida de una persona que, teniendo más de 12 años de experiencia como docente en el área de Economía, tiene una banda de punk en sus tiempos no tan libres.

     

    Efraín Arango tiene 40 años y en el momento dicta la clase de Microeconomía. Es catedrático de la Universidad de Medellín, Especialista en Ingeniería Financiera de la Universidad Nacional, Magíster en Matemáticas Aplicadas de la Universidad Eafit y estudiante de doctorado de Modelación y Computación Científica en la Universidad de Medellín. Estudios acumulados que de alguna forma le han servido para ser aceptado como docente blanco y bajo de gafas, con rastros de una cresta que tuvo hace años y tatuajes en los brazos que harían que otros piensen que, si da clases, es sobre temas relacionados con el arte o el diseño.

     

    Él, economista de tiempo completo, se mete de lleno en todo lo que hace, comiéndose las cosas como los gorgojos, en el salón de clases o en una tarima pisando fuerte y cogiendo el micrófono con tanta firmeza que pareciera que es parte de él.

     

    La banda es Los Gorgojos, que toca géneros como el punk, punk rock y algo de hardcore. Surgió por casualidad hace 3 años cuando un alumno, que es baterista, y un amigo suyo que también fue su estudiante, lo invitaron a una sala de ensayo y le dijeron que fuera a gritar, es decir, cantar algo. Desde ello la ha utilizado como una válvula de escape a sus otras responsabilidades, tratando de hacer letras con sentido hablando de temas sociales como la política y la violencia.

     

    La juventud que desembocó en el deseo de tener una banda transitó también por caminos de influencia radical como los del movimiento skinhead, en un peregrinaje por extremos buscando lo que realmente debía hacer.

     

    A la docencia llegó por casualidad cuando trabajaba en San Fernando Plaza, en el sector financiero. Desde que comenzó con la banda, su vida ha tenido diferentes cambios; trata de mantener su vida como profesor y como músico, y ha tenido que lidiar con algunos que no están muy de acuerdo con lo que hace aparte de su profesión.

     

    Por ahora, no ha sido difícil que sus estudiantes respalden el hábito de vida que lleva aparte de lo académico, incluso algunos de estos han pasado de ser alumnos a relacionarse con su música.

     

    Los Gorgojos desean grabar un disco y, personalmente, Efraín desea seguir en la escena del punk de Medellín que describe como una fraternidad en la, desde los más viejos hasta los más jóvenes se apoyan y dan todo porque nunca han tenido, ni van a tener, no tienen nada que perder.

     

     

    Trabajar con Control por más de medio tiempo

     

     

    A casi tres pasos de distancia se lo ve sonriendo. Saluda y se disculpa por haber llegado unos minutos tarde. Al trabajar en su casa el tiempo se le va volando y hasta lo hace distraer, dice él. Al caminar mira de lado a lado y no mantiene la vista en un punto fijo. Posteriormente advirtió que era una persona muy inquieta, su forma de moverse y empezar a hablar aceleradamente para luego disminuir el ritmo de sus frases y aumentar la velocidad en las últimas, lo confirma.

     

    Al encontrar un lugar ideal, se sienta y se acomoda para mirar a los ojos y decir que está listo. Lo primero: se llama Andrés Mauricio Montoya tiene 35 años, algunos lo conocen por ser psicólogo de profesión gracias a la Universidad Católica Luis Amigó y magíster en Psicología Clínica de la Universidad del Norte, otros pueden reconocerlo porque fue docente de 3 cursos de la carrera de Psicología en el Tecnológico de Antioquia y algunos podrán identificarlo como el vocalista de Control, una banda de Hardcore que fue creada hace casi dos décadas.

     

    Lo demás y el resumen: Aunque Andrés tenga diferentes características y actúe de maneras específicas en cada ámbito de su vida, todos esos elementos se ven unificados en una persona que en semana puede estar capacitando a tus empleados, que puede brindarte ayuda psicológica, que quizás le dio clase a uno de tus hijos y que, al mismo tiempo, es el que se para en una tarima gritando tan fuerte como para que sobresalga la vena de su cuello, para que los ojos se achinen y que al combinarse con el sonido del rasgueo de una guitarra la voz se levante para decir que esos que están en el pogo están presentes, son fuertes, libres, y luchan por no morir silenciados y por defender sus convicciones.

     

    Al hardcore llegó en 1999 cuando, teniendo afinidad por el rock, fue a un concierto de New York Hardcore, que era el segundo de este estilo que se daba en Medellín, y ese día cambió todo. Poco tiempo después, gracias a esto, surgió el deseo de formar una banda, que se creó junto con otras 4 personas, de las que aún permanecen 3. Esta se unió en el 2000 y trabajó hasta el 2008 para suspenderse hasta el 2015 y regresar para hacer todas las tareas que quedaron pendientes.

     

    La banda, adquirió el nombre de Control no solo fundamentándose en un género musical sino en toda una filosofía, incluyendo el Straight Edge, un estilo de vida derivado del hardcore en el que los individuos se abstienen de beber alcohol, fumar tabaco y consumir drogas.

     

    Tras estar más de 6 años separados, los miembros de la agrupación regresaron por la nostalgia, por el extrañar, por no estar preparados para dejar lo que realmente nunca se dejó.

     

    En ambos periodos consiguieron diferentes cosas que, de acuerdo con sus palabras, han sido autogestionadas, y se han logrado cuando todos ‘’se ponen la 10’’. Proyectos a los que han accedido aunque individuos de la escena rechacen estos estímulos.

     

    Al contrario de como fueron las cosas con la banda, su profesión y la docencia llegaron casi por azar, como respuesta a la inconformidad de estudiar algo que no le apetecía y como relación a lo que siempre había querido y le había gustado.

     

    A la docencia la dejó porque las condiciones laborales no estaban al mismo nivel de su gusto por enseñar, pero teniendo título de psicólogo, un trabajo y aspiraciones con la banda, no tiene realmente tiempos libres y su vida se ha vuelto un 50/50 ahora con capacitaciones empresariales y lo que para él es todo.

     

    Para algunas personas ajenas a la escena del hardcore, este género está relacionado con la fuerza, los movimientos violentos y el consumo de drogas. Sin embargo, para él, estas conductas no están directamente relacionadas con la música que se escucha. Y ellos no son un producto que puedan desechar ni aplastar.

     

     

    Su proyecto principal ahora es que Control no se quede solo en Medellín y que ellos no sean los únicos que puedan expandirse al estilo del hardcore, adelante con las uñas y los puños.

     

     

    El punk en manos de un administrador de negocios

     

    Al estar esperando afuera de Hard Rock Taller se me aproxima un hombre que se baja despacio de una bicicleta y me mira sin decirme nada mientras se acerca a la puerta y toca el timbre. Luego, me pregunta mi nombre y al saber que efectivamente soy yo, dice el suyo y estira la mano para apretar la mía. Se llama Andrés Urrego, tiene 52 años y es conocido, tanto por sus estudiantes como por personas que conocen su banda de punk, como El Profe.

     

    Su ropa y gorra negra quedan alineadas con sus manillas y el piercing de su ceja —de la misma forma de la que se presenta en su trabajo— poco habitual para un administrador de negocios, especialista en Finanzas y Mercadeo y magíster en Gerencia de Proyectos, mucho menos para un profesor que está desde el 2000 trabajando en Eafit dando clases de Pensamiento Administrativo, Finanzas, Mercadeo y Teoría Administrativa, tampoco para alguien que asesora a emprendedores y creó un modelo de negocio para industrias culturales y sociales.

     

    Él, que acomoda su bicicleta atrás del local a donde llegamos, está en el lugar para hablar sobre cómo mutar el concepto de su banda, Estridentes, y consolidarla como un modelo de negocio aplicando sus conocimientos sobre mercadeo y emprendimiento en un género que muchos describen como anárquico.

     

    Que lo identifiquen como El Profe podría ser irónico si se considera que esta profesión no entraba en sus sueños cuando era joven, pero el apodo se valida cuando habla y cuenta que a esta llegó por casualidad , lo sacó de apuros y lo enredó con su consentimiento.

     

    Quebrarse, para él, más que representar un fracaso, constituyó varias oportunidades para darse cuenta de qué es lo que sabía y qué podía hacer con eso. Aunque aún no supiera que eso no era lo que más quería.

     

    Cuando empezó a ejecutar su deseo de ser escritor otras cosas se alinearon y contribuyeron a que otros gustos que tenía desde adolescente se fueran fortaleciendo. Como el punk, que llegó a él cuando se vio envuelto en un ambiente en el que sus compañeros adoptaban este estilo de vida al mezclarse con otras culturas en sus viajes.

     

    La fantasía de ser vocalista de una banda de punk, aunque esto significara también ser estigmatizado, fue haciéndose realidad y con ella volvió de algún modo el adolescente que se encerraba en su habitación para escuchar punk y sentirse en un concierto. Adicionándose esto a ser escritor de novelas de negocios en las que, además de haber historias de amor se desarrollan modelos empresariales.

     

     

    Pero dedicarse enteramente a una banda no era una opción viable. Lo que lo obligó a repensar la idea desde su propio formato – modelo de negocio, enfocado a las industrias culturales y sociales, el Star Model; aunque hubiera la posibilidad de que algunos individuos de la escena rechazaran que este modificara el punk para convertirlo en algo diferente.

     

    Sin importar las críticas El Profe ve la música no solo como un proceso de creación sino también como una fuente de supervivencia en el que el creador debe saber qué es lo que la gente quiere para dárselo. Por lo que, según él, el punk de Medellín se está quedando en el pasado.

     

     

    Para Andrés, ser profesor no es solo una ocupación alejada del punk, sino una forma nueva de ‘’socavar el sistema’’ sembrando semillas de cambio desde adentro, sin necesidad de gritarle al mundo que está en contra de este porque, de acuerdo con sus palabras, el sistema es más poderoso que él.

     

     

    Si es punkero, es parrandero

    La bicicleta la estaciona cerca a la mesa donde se sentará y muestra todo el conjunto de dientes mientras pronuncia cada palabra, o mientras se prepara para soltarla. Se llama Daniel Felipe Gómez y dice tener 26 años, pero su cara infantil podría hacer pensar que no tiene más de 20, incluso alumnos suyos, de Escolaria, donde da clases de Español, Sociales y Formación ciudadana, pueden lucir mayores que él, un licenciado en Ciencias Sociales de la Universidad de Antioquia que próximamente empezaría a estudiar Antropología.

     

    Él, que siendo profesor pertenece a 3 bandas —2 de punk y una de música parrandera— ha sabido aprovechar su tiempo para ejercer su profesión, para seguir sus aspiraciones musicales y para hacer parte del proyecto Querajú de la Corporación Colombia Noviolenta en el que, toca el bajo como en sus demás bandas, en espacios de formación e interacción con niños, jóvenes y adultos para desarrollar la filosofía de no violencia.

     

    Él, que aprendió a tocar guitarra porque lo invitaron a una clase y luego se puso a tocar el bajo, —de acuerdo con sus palabras, como todo bajista—, te habla bien de Antioquia en una banda de punk y luego te toca el grillo de Darío Gómez con La berrionda haciendo que se te caiga la postura de punkero radical para brindar con hermanos y la tapetusa que siempre estará.

     

    Al punk llegó por el barrio donde ha vivido toda la vida, Aranjuez. Esta comuna, con tantas caras y personalidades, tenía al género tan naturalizado que hacía parte de su propia identidad. Uno de los motivos por los que decidió formar una banda.

     

    1910, la banda de punk, tiene como precedente otra que hizo que este se planteara mejor cómo hacer las cosas en una agrupación que llevaría el nombre para honorar a Cosiaca, personaje del folclor paisa.

     

    La relación con el campo y las experiencias vividas en Antioquia, los impulsaron a él y sus amigos en la idea de formar una agrupación de música parrandera: La berrionda, proyecto que, según dice, surgió muy natural y llegó a revolucionar el género tocando letras más punkeras y haciendo que, incluso skinheads dejen su posición y canten y bailen como si fueran niños y estuvieran en una fiesta familiar.

     

    Al igual que la música, el ser profesor estuvo en los deseos de Daniel desde que era pequeño y solo en una tarima o en un salón de clases se siente pleno, por lo que mezclar las responsabilidades de ambas dimensiones no ha sido realmente un sacrificio aunque sea difícil.

     

    Sin embargo, para este profesor joven el futuro de la música es oscuro, como todo en el país. Cuando se escoge la docencia y la música parece que se está entre la espada y la pared, pero para él, sin importar las dificultades, todo se hace por amor.

     

    El profe de la guitarra

     

    Está sentado en una droguería de Aranjuez, no está atendiendo porque está frente al computador escribiendo un ensayo acerca del papel de un profesor, es para la universidad, para su carrera como licenciado en Inglés de la Universidad Católica Luis Amigó. Con sus 23 años y apariencia juvenil, cuenta con el poco tiempo de adulto con más de 30 años. Está allí porque está encargado de la farmacia mientras su mamá no está, así que aprovecha para escribir ya que ese día, jueves, tampoco está trabajando en el colegio donde da clases de inglés desde que comenzó el año.

     

    Juan Pablo Rodríguez, de ojos verdes, cabello un poco largo y negro, brazo tatuado y expresiones suaves toca la guitarra y utiliza sus espacios libres, que no son tantos, para coordinar con sus amigos y ensayar para perfeccionar el acto de Inmemorial, su banda de hardcore. Las habilidades que tiene con su instrumento no solo han sido utilizadas para tocar en una tarima sino también para enseñar inglés a varios niños, incluyendo a unos que lo identifican como ‘’el profe tatuado’’.

     

    Aún no se ha graduado, está en séptimo semestre —de nueve por los que se pasan en la carrera— y, aunque pasó antes por Ingeniería de Sistemas, empezó a estudiar una Licenciatura por su gusto por los idiomas, sin pensar inicialmente que se tendría que enfrentar a un salón de clases.

     

    Actualmente trabaja con niños, los cuales para él han sido un elemento importante para crecer tanto profesional como personalmente, y para tenerle más amor a la profesión que hasta ahora empieza, por lo que quiere tener más experiencia antes de enseñar a otros grupos, porque para él el inglés es otra forma de aprender y enseñar culturas.

     

    A Inmemorial Juan Pablo la que describe como un matrimonio y señala que sus conicimientos de músico empírico de más de una década los ha utilizado para mantenerla y fortalecer la metodología para enseñar y llegar a otros.

     

    Juan Pablo, que desde ya está enfrentando cómo sería la vida si se dedica a ser profesor y músico a la vez, no piensa en si será difícil o no, solo se plantea que si se mantienen, permanecen.

     

     

    Luizz Gui y Luis López, como dos personajes opuestos

     

     

    Con su cabello largo, un poco más abajo de los hombros, unas gafas oscuras y una camiseta de Kiss, saluda hablamente y afirma que tiene un poco de prisa por cuestiones laborales. Con su apariencia física se podría pensar que es profesor de música o se dedica a algo relacionado con el arte, pero no, Luis López Evans, dicta clases de Inglés en la Universidad Católica Luis Amigó.

     

    Él, afirma que su profesión no fue algo que escogió, fue algo más que llegó a su vida de forma espontánea, al igual que ser integrante de una banda. Luis estudió Traducción Inglés –Español en la Universidad de Antioquia, por cuestiones de oportunidades laborales y consejos familiares, decidió dedicarse a la educación y realizó una especialización en Enseñanza de Inglés en la Universidad Pontificia Bolivariana.

     

    Con 15 años de experiencia en lo educativo y con sus estudios, ha logrado abrirse camino en un campo que para él está lleno de incertidumbres y del que cada día aprende algo diferente.

     

    Paralelamente hace parte de una banda de punk llamada Alkoholemia, creada en 2005 y de la que hace parte desde 2012, cuando su mejor amigo lo invitó a participar. Es cuando nace el personaje de Luizz Gui, que se encarga de tocar la guitarra electrica y realizar las voces junto a los otros tres integrantes, ya que no hay una voz principal.

     

    Para Luis López ha sido un gran reto creativo hacer parte de Alkoholemia, ya que el punk nunca fue un estilo de música que le gustara o escuchara. Ahora dice sin dudar que, en los últimos años, desde lo conceptual y lírico, la banda ha intentado tener variedad y evitar la repetición, para darle un toque diferenciador a las canciones.

     

    Luis siente que dentro de él hay dos personajes: el músico punkero y el profesor profesional y que estos no son compatibles, ya que afirma que sus intereses musicales y laborales son completamente distintos y que nunca buscaría unirlos porque es consciente de que en muchas ocasiones sus mensajes resultan no educativos.

     

    Ha tenido la oportunidad de abrirse un camino importante en lo laboral y por eso no se ha sentido discriminado por su faceta complementaria. Sin embargo, sabe que, de alguna forma, su actitud distinta llega a incomodar a una sociedad “goda, ultraderechista, católicamente dogmática y cerrada con tranca y doble llave”, como lo afirma.

     

     

    Todo en su vida es un rol a asumir: por un lado, su vida profesional y luego el hecho de subirse a un escenario. Para él, el plan educativo es un rol, ya que se debe ajustar a una agenda y unos parametros, para “no morirse de hambre”, y por otro, está el hacer parte de una banda de la cual se siente muy orgulloso.

     

    Desde sus dos personajes opuestos, Luis acogida y respeto, que le aportan a su vida de forma positiva y que lo llenan de ánimos para seguir dos caminos que, aunque se separen, terminan uniéndose en esa misma persona que sigue su pasión, sin dejar de lago el hecho de realizarse como profesional.

     

     

    Emo con un profesional

     

    Con una sonrisa tímida y una baja se dirige a mí, tiene aspecto de una persona muy joven, no se pensaría que Juan Felipe Velásquez tiene 24 años y actualmente es docente de psicología en las sedes regionales de la Universidad de Antioquia. Por eso el encuentro debe ser rápido, el profesor está constantemente viajando.

     

    Además, tiene una banda de Screamo, Emo y Post – Rock, llamada La Falsa Sensación de Avanzar. Aparte de ser el fundador, el guitarrista, compositor y vocalista, se encarga de los asuntos de arte como la fotografía, las ilustraciones y la estética en redes sociales.

     

    Juan Felipe afirma que la banda es relativamente nueva, pero que la idea le rondó desde su adolescencia. La Falsa Sensación de Avanzar nació en 2017, cuando decidió mostrarle a sus mejores amigos las estructuras de las canciones y estos apoyaron el proyecto que ya tiene el sello de cada integrante.

     

    Al igual que la gran mayoría, Juan Felipe afirma que nunca se imaginó como profesor, ya que solo entró a estudiar Psicología por curiosidad y por preguntas que tenía sobre la vida. Mientras se ríe con una voz apenada, confiesa que no le gustan las personas. Sin embargo, aspectos como la educación y el trabajo social que realiza con pacientes psiquiátricos, le ha ayudado en gran medida a cambiar esa perspectiva.

     

    Cuando hablamos de su banda, se le puede notar la pasión que siente. Afirma que las letras cantan a muchas cosas y nada al mismo tiempo, porque reflejan las preguntas existenciales del ser humano y las líricas despiertan la parte individual de cada persona, lo que hace que cada uno vea las letras y las tome de forma diferente.

     

    Cuando se le hace la pregunta de si su trabajo y banda se complementan, suelta una pequeña sonrisa y resalta que eso mismo se lo ha cuestionado muchas veces y que no ha encontrado respuesta, pero que sin duda, se acerca más al no, porque él es una persona llena de contradicciones e incoherencias, pero es algo que le gusta.

     

    Desde su experiencia, Juan Felipe ha podido notar que ambos mundos en los que vive le han aportado de forma positiva a su vida. La banda le ha permitido sanar heridas y expresar cosas que no ha podido en palabras, la docencia le abrió un camino social, para entender al otro, madurar y reflexionar sus pensamientos.

     

     

    El Hardcore y las ciencias sociales, se pueden complementar

     

    La profe al frente de Mil Maquinas Jamás Harán una Flor. Foto: cortesía.

     

    El color rojo de su cabello y los tatuajes en su brazo la hacen resaltar. De inmediato, sin haberla visto antes, uno sabe que es ella, “La Keka”, como la conocen en la escena musical. Sin embargo, en su otra vida no tan artística y divertida es conocida como Erika Rengifo, licenciada en Ciencias Sociales de la Universidad de Antioquia que con sus 28 años ha trabajado en varias Instituciones Educativas como Javiera Londoño, Concejo de Medellín y Presbitero Carlos Alberto Calderón. Incluso empezó a ejercer la docencia mucho antes de graduarse.

     

    “La Keka” es parte fundamental de su banda de Hardcore llamada Mil Maquinas Jamás Harán una Flor, nombre que de entrada muestra una protesta y que, según ella, marca la temática de un proyecto que, con solo 6 meses ya cuenta con algunas grabaciones y una inmensidad de proyectos por realizar.

     

    Con una voz entrecortada y ansiosa, Erika afirma que no solo es pieza importante en la escena musical por ser una excelente vocalista, como se lo han recalcado, si no también por la anterior experiencia con su antigua banda Causa y Efecto que se separó en 2014.

     

    A pesar de su poco tiempo en escena, Mil Maquinas Jamás Harán una Flor ya tiene un nexo a lo social. A Erika le hace mucha ilusión el hecho de hacer ser integrante principal, hacer lo que le gusta y admirar la música y el arte que están logrando.

     

    Nunca se imaginó haciendo otra cosa que no fuera educar, esto desde muy joven para ella significó una pasión que ha podido explotar de forma satisfactoria, al igual que la música.

     

    Erika ve un complemento en todo lo que hace y piensa incluso que que no podría ser Licenciada en Ciencias Sociales si no tuviera a Mil Maquinas Jamás Harán una Flor, y no podría tener la banda si no se dedicara a la educación.

     

    Aunque ha vivido ciertos estigmas por sus tatuajes, ello le da a su banda y sus protestas sociales, un mayor sentido, incluso con esa doble vida que ella goza y recibe con la misma alegría.

     

    La docencia, la trompeta y el punk

     

     

    << Jonathan Durango cantando con La Sinfoniska en El Festival Eje de Rock de Pereira. Foto: cortesía.

     

     

    En un taller de música semi-cerrado cerca del Parque de Belén, me encuentro con Jonathan Durango o “Paya”, como algunos de cariño le dicen, al igual que “gordito”. Con su cabello oscuro y con reflejos de que lo tuvo pintando de color rosado, me saluda con euforia y me presenta a los demás integrandes de la banda La Sinfoniska que se encuentra ensayando en aquel lugar.

     

    Deiby Arboleda en el trombón, People Ortiz en el saxo, Samey Berlades en el bajo, Jonathan Carmona en la guitarra y Mateo Franco en la bateria. Todos con aspectos un poco parecidos y con la misma sonrisa y vibra que transmite Paya, quien se encarga de la voz y la trompeta, además de ser el fundador, compositor, gestor y pilar fundamental en esta.

     

    Me aparta de aquel lugar un poco caótico y afirma que aunque se siente cansado estará en aquel lugar unas dos horas más y luego se irá a casa con la satisfacción de hacer lo que le gusta.

     

    Jonathan Durango, con 35 años, además de tener una banda, es docente de inglés en la Universidad Salazar y Herrera y en el colegio Sagrada Familia Aldea Pablo VI. Estudió Licenciatura en Lenguas Extranjeras en la Universidad de Antioquia, lo que le permitió ser auxiliar administrativo en la escuela de idiomas de esta misma. También, estudió Musica en Bellas Artes.

     

    Me empieza a contar la historia de La Sinfoniska, lo que afirma que le trae recuerdos nostálgicos porque esta nace en el 2012 luego de que su antigua banda Ron Daymon se separara. Esta se origina como una banda de Ska-Punk, con influencias norteamericanas de la tercera ola del Ska. Uno de sus logros importantes ha sido ganar el segundo puesto en la batalla de bandas Yamaha.

     

    Como se nota en el aspecto de los integrantes de la banda, lo que principalmente quieren transmitir es alegría y ganas de salir adelante, lo dicen sus letras, sus líricas y su puesta en escena.

     

    Jonathan afirma que la educación ha estado desde hace mucho tiempo en su vida, pero la enfocaba más a la música porque daba clases de trompeta. Sin embargo, a medida de que pasó el tiempo, se dedicó a ser docente de Inglés y así encontró un contraste a su pasión musical.

     

    Tener una banda y ser docente le ha dado numerosas muestras de apoyo. En ambas áreas tiene personas que lo admiran y en el campo de la docencia le reiteran el gusto por La Sinfoniska y por su trabajo en esta.

     

    La alegría une las dos facetas de la vida de Jonathan. Tiene la sensación de que ambos proyectos de vida le aportan esa felicidad que necesita para demostrar el mensaje que predica en sus canciones y en el aula de clase.

     

     

    Metal no tan vil

     

     

    Elkin Quirós, con sus 45 años, formación académica en contaduría pública y experiencia como músico, actualmente hace parte de tres bandas de Heavy Metal, dos de las cuales es el fundador y co creador, por un lado Mácrata y por el otro, Night Raven.

     

    En ambas es compositor, se encarga de la guitarra y es vocalista. En Mácrata es la voz lider y en Night Raven canta con otro integrante. Lo que hace que él sea uno de los pilares fundamentales en ambos proyectos.

     

    A Mácrata la fundó en 2003 con Carlos Andrés Restrepo y Night Raven la creó hace 5 años en compañía de su amigo Andrés Felipe Vélez. El proceso de creación surgió como un deseo por expresar y cantar esas ideas que tiene todo ser humano, junto con un gusto “inmenso”, como él lo afirma, por este género que desde hace mucho tiempo escucha.

     

    Ambas bandas tienen temáticas parecidas. Por un lado Mácrata trata problemas sociales, políticos, ambientales que afectan el mundo. En esta se comparte una visión reflexiva y de formación ciudadana, al igual que en Night Raven. Sin embargo, en esta última se trata de llevar esa reflexión a un ámbito más personal. Mientras Mácrata se basa en generalidades, Night Raven se enfoca en las particularidades, en la introspección.

     

    Posterior a su estudio en contaduría pública, tuvo la oportunidad de acercarse a actividades de tipo gremial, lo que lo llevo a reflexionar acerca de que las profesiones como la suya también pueden tener un sentido social y, después de un proceso que el describe como “consciente”, decidió quedarse en el campo de la docencia, en el que afirma que ha aprendido mucho más de lo que ha enseñado.

     

    En un principio no vio la articulación de su vida profesional y artística. Sin embargo, con el tiempo entendió que ambas están en el campo del desarrollo del humano, en la construcción de humanidad y finalmente logró complementarlas de esa manera.

     

    Es consciente de los estigmas que pesan sobre el metal, pero señala que a él le ha tocado la época en que “ya las personas han reconocido ese tipo de expresiones artísticas”, según dice.

     

    Sin embargo, nota la sorpresa que muchos todavía expresan con aquel profesor que se ve tan serio y “normal”, metido en una banda de “música diabólica”, como muchos la han llamado por desconocimiento, entre otras cosas, de lo que Elkin considera que el metal ha hecho con su carrera y su vida.

     

     

     

     

  • Cosas de viejos

     

    Una anécdota familiar se transformó en un viaje por los años que llega hasta las sensaciones de una abuela en tiempos de cuarentena.

     

    Rubia como la cerveza

     

    ​​Son las 6:30 de la mañana y desde el tercer piso en una casa cerca de La Mota, se alcanza a oler el aroma de unos buñuelos recién hechos. Casi como si fuera la mejor panadera de la ciudad, doña ​​Pola Betancur (No paula, ni Paola) se sirve su delicioso menú. Antes de sentarse en el comedor, se ​​asegura de tantear su hombro izquierdo para poder llevar el platillo a la mesa. No toma café, dice que le hace mal para el sueño, pero esta mañana rompió la rutina porque se siente algo ansiosa. Ve su comedor desolado y piensa que le vendría bien invitar a su hijo y a su nieto a almorzar. ¿Qué les haría? ¿Los frijoles que a su nieto tanto le gustan? ¿O quizás una de las sopas que ama su hijo?

     

    <<Se dirigió hacia su teléfono, se sentía un poco más tranquila, llamó a su hijo. Foto: PxFuel.

     

    Sintió un breve calambre en el hombro. Era normal. Hacía ya dos días que la habían operado y recordó la medicación, pues le habían advertido que eso podía pasar. Tenía los remedios en un cajón alto; no sabía por qué no los había movido antes si siempre se quejaba por lo mismo. Se esforzó para poder llegar y, mientras lo hacía, sintió que el hombro se le entumecía: aquello era como mil agujas yendo y viniendo por todo su brazo. Rápidamente sacó la pastilla y con un amargo trago de café, la pasó. Se dirigió hacia su teléfono, se sentía un poco más tranquila, llamó a su hijo y volvió a recordar la emoción que le causaba poderlos tener un rato. Sergio, su hijo, contestó. Su madre le comentó la maravillosa idea de preparar unos de sus maravillosos frijoles; en tono un poco entristecido, Sergio le recordó que no era seguro salir, pues llevaban dos semanas de cuarentena y era peligroso para todos.

     

    Pola sintió un bajón, su pastilla estaba haciendo efecto. Soltó el teléfono, triste y muy desalentada fue a tomar asiento en su sofá, olvidando todo, apoyó el brazo para sentarse, haciendo fuerza en su hombro. Un dolor agudo y punzante le invadió todo su brazo derecho, recordó que no tenía más medicina, pero que al menos esta que había tomado le haría efecto.

     

    Necesitaba pensar. Se acostó en el sofá, cerró los ojos y se remitió a su pasado. Hacía ya 18 años que su esposo murió por un desastroso cáncer estomacal. Recordó el momento en que se conocieron, fue un amor como de novela de Shakespeare. Ella, rubia como la cerveza, ha tenido una sonrisa que de cuando en cuando sacaba a pasear para cautivar al barrio. Su familia era multitud; su padre, un hombre sobreprotector y desconfiado; y el amor de su vida, un hombre que la cautivaba entre poemas y flores.

     

    Odisea por la tranquilidad

     

    Nadie sabe cómo reaccionaría si un ser querido llama y de súbito se va, dejando a la persona al otro lado de la línea con dudas y preocupada. Ese fue el caso de Sergio. Su madre había dejado la línea, en ese momento se preguntaba acerca del estado de ella. ¿Estaba bien? En la mente de Sergio, nadie podía salir, el barrio que estaba repleto de policías y el WhatsApp con mensajes de sus amigos que solo le infundían más terror.

     

    Al cabo de una hora, decidió hacer algo. La seguridad de su madre era la mejor excusa ante cualquier retén policial. Iba a salir. Luego de que su esposa le diera la bendición y su hijo casi lo rebautizara con alcohol, alistó un morral y se aventuró. Su madre vivía cerca, pero esta vez el camino se le hacía eterno. Faltando dos cuadras para llegar, un agente lo paró, preguntándole por su estado ansioso y su rostro de preocupación, Sergio le dijo lo angustiado que estaba por su madre y que debía seguir, a lo que el policía le deseó suerte y lo dejó ir.

     

    Llevaba una hora tocando la puerta, tenía el timbre desgastado y hasta gritando. La desesperación llegó al tope y en el momento en que se disponía a pedir ayuda, su madre abrió la puerta. Tenía la cara roja y con facciones de dolor, su brazo izquierdo agarraba al brazo derecho, no se veía muy bien.

     

    Un día agobiante

     

    Pola, abrió los ojos y se escuchaba el noticiero del medio día. Había dormido toda la mañana. De fondo, unos golpes y unos chirridos le perturbaban. Su visión se nublaba, sus oídos se saturaban y su cabeza estaba a punto de explotar. Se puso de pie, no sentía su hombro, estaba casi dormido. Los golpes y los chirridos seguían, hasta que en un momento de lucidez logró escuchar la voz de su hijo y se dirigió a la puerta. Alegre pero confundida por verlo, Pola le preguntó qué hacía allí.

     

    La respuesta fue una cantaleta que la hizo sentirse culpable de sus propios sermones de madre. Ya al tanto de las preocupaciones que su silencio había causado, Pola le comentó a Sergio que el hombro le estaba molestando mucho, que sentía un dolor intenso y agudo y que estaba preocupada.

     

    Quería salir e ir al médico de nuevo, pero la idea la aterraba porque le habían repetido muchas veces que “el virus solo afecta a los viejos”. Tenía miedo de ir al hospital, temía contagiarse allí, su hombro podía dolerle un poco más y ella iba a aguantar.

     

    Sergio la ayudó a tomar una ducha, pero ella entre su dolor solo quería dormir. En el momento en que sus ojos se estaban cerrando, su hijo le dijo saliendo por la puerta, “la ayuda viene en camino. Ya regreso”.

     

    Hogar no tan dulce hogar

     

    Una vez hubo abierto los ojos, sintió punzadas de nuevo. Su hombro le avisaba que el efecto de la medicina estaba caducando. Pola decidió ponerse de pie y tratar de hacer la menor fuerza posible a su brazo derecho. Su hijo no estaba, de hecho nadie había estado (salvo ella) en casi un mes. Desde hace mucho tiempo que estaba acostumbrada a vivir sola; su rutina empezaba cuando salía a caminar o iba a la iglesia, sus caminatas eran tan esporádicas que podía terminar recorriendo parte de Laureles en una mañana. No amaba el sol de la mañana, pero detestaba el de medio día, así que siempre llevaba una sombrilla por si el sol de la una la cogía en la calle.

     

    Desde que su esposo murió, su vida dio un giro drástico, pasó de vivir con el amor de su vida a vivir sola y a ser visitada cada fin de semana. Se consolaba saliendo, tenía una vida social más abierta que las personas de su edad, participaba en grupos de croché, hacía gimnasia con sus amigas y, de cuando en cuando, salía a nadar.

     

    A sus 74 años entiende que el hecho de salir la hace sentir mejor. De vez en cuando su hogar se torna agobiante, el ambiente en es como el de un domingo a las 4 de la tarde, sus luces se vuelven tenues y la música de “La Voz de Colombia” que tanto ama, termina por ser una canción de cuna.

    Para hacerle trampa a la cuarentena, Pola solía madrugar más, salía a trotar o a sentarse en una banquita. Luego fue advertida de que el virus podía permanecer en objetos por días y en el aire hasta por tres horas. Prefirió volver a su claustro y no salir más hasta que fuese completamente necesario. La soledad después de algunos años pasa a ser abrumadora para personas que son tan sociables. Pola se sentía sola, la melancolía invadía su cuerpo, inexplicablemente su tristeza le hacía parecer que el dolor en su hombro era insignificante.

     

    Una historia de los tiempos en que los recuerdos y las sensaciones se mezclan y confunden. Foto: Martín Villaneda.

     

     

     

     

     

  • La moda, reflejos de la mujer

    La moda no es tan arbitraria y caprichosa como se la juzgan con frecuencia y, paradójicamente, con frivolidad. La idea es de Tomás Carrasquilla, un hombre de letras de la antigua Medellín, que comprendía el papel de un concepto, muchas veces menospreciado entonces e incluso ahora, que se habla de una industria local en torno a él.

     

    Doña Graciela Giraldo nunca fue escritora como el gran Carrasquilla, pero de letras sí sabe al menos un poco. Nació en Anserma, Caldas; lugar que la vio crecer por la década de 1940 y donde años más tarde conocería la modistería que la sedujo y que pasaría a ser parte de su esencia como mujer.

     

    Cuando llegué a su casa, ubicada en el tradicional barrio de San Marcos en Envigado, esta modista de 80 años me recibió con cuatro volúmenes que describían grandes páginas diferentes aspectos de la moda; un par de ellos eran resúmenes anuales, otros revisaban el tema en el último siglo y uno, más grande, proponía una historia de la moda en los últimos dos milenios.

     

    En uno de estos libros se mencionaba la legendaria diseñadora, Coco Chanel. Ella, que a principios de los noventa afirmó en una conversación con Paul Morand que la moda no se encuentra solo en los vestidos, sino en las ideas, costumbres y acontecimientos de un momento en especial.

     

    Ana María Restrepo no estuvo presente en medio de la conversación anterior. Pero sus palabras resonaron en un café de moda del barrio El Poblado, repasando las mismas ideas que Chanel dijo décadas atrás. Nació en Medellín, en la última década del siglo pasado, aunque vivió parte de su infancia en el exterior y recuerda cómo la cercanía con su abuela la llevo a apasionarse por el mundo del arte. Para ella, diseñadora de vestuario de 23 años, la moda no se basa solo en el vestir, “es más bien – se explica- como una bola de nieve que en su camino va incorporando diferentes situaciones o estilos de vida”.

     

    Hace ya varios días me surgió la curiosidad acerca de qué pensaría una feminista de la moda y me encontré con Virginia Woolf, ella se refirió a la moda como algo capaz de cambiar nuestra visión del mundo y con esto, cambiar la visión que tiene el mundo de nosotros mismos. Y con esta afirmación me surgió una duda ¿Cómo estas dos mujeres se ven reflejadas desde su propia idea de la moda?

     

    Medellín, entre tules, plumas y brillantes. Collage: María Antonia González Vallejo.

     

    Luego de hablar con ambas, mujeres que han dedicado su vida por completo a la moda, pero que al mismo tiempo tienen historias tan diferentes y distantes, me di cuenta que, así como une generaciones, épocas y espacios, la moda también puede ser objeto de estudio en los paralelismos en la vida de mujer.

     

    En el pueblo donde vivía doña Graciela había tres o cuatro modistas para ese tiempo. Una de ellas era su prima mayor, quien después de verla creando los vestidos de sus muñecas le propuso enseñarle a usar una máquina de coser y allí comenzó a comprender la importancia de saber vestir y tendría sus primeras ideas para afirmar años más tarde: “la ropa es la segunda piel de la persona”.

     

    Por su parte, Ana María, al interesarse en un inicio por el arte, creó dentro de sí un sentido amplio de la estética que, con el paso del tiempo, la llevaría a su vocación por el diseño de vestuario, para lo cual finalmente usaría el cuerpo de la mujer como inspiración: “la mujer en la moda ha sido mi musa, alrededor de ella suceden acontecimientos, polémicas e historias”.

     

    Ambas mujeres, separadas por la abismal diferencia de sus estilos de vida, tienen claro que la mujer y la moda se envuelven entre sí de tal manera que dan un soporte no solo a la sociedad en la que vivió doña Graciela, sino también en la que hoy Ana María sigue creando. La moda como la segunda piel de la mujer o la mujer como la infinita musa de la moda. Ambas respuestas nos llevan a reflexionar sobre la relación íntima de los dos conceptos.

     

    El siglo XX jugó un papel fundamental en la importación y creación de la moda en Medellín. No solo por el hecho de que existía más facilidad para importar telas y moldes, sino porque, como lo afirma doña Graciela, en “toda casa donde hubiera mujer tenía que haber una máquina de coser”.

     

    Esta situación claramente ha cambiado, las mujeres ya no van a la universidad a estudiar como ella lo hizo “Economía del Hogar”, una carrera traída por los norteamericanos que pretendía enseñar a las mujeres a cocinar, coser y atender los niños de la manera más eficaz. Por el contrario, las mujeres ahora buscan sus horizontes mucho más lejos de ese lugar clásico y es desde aquí que se aprecia más el contraste en cómo las dos mujeres en cuestión hacen de la moda un arte.

     

    Algodón, lana y nylon eran las telas más pedidas en el almacén donde doña Graciela era vendedora cuando tenía quince años, en su natal Anserma. Las personas iban a comprar los “cortes” para luego ir donde la matrona de la casa a que ella, con algunos moldes que se prestaban entre las mujeres del pueblo, hiciera la ropa que la familia debía usar diariamente. El vestuario prêt-à-porter o listo para usar, se quedaba en algunas pocas tiendas de mucho renombre en aquella época y solo podían ser comprado (o en su mayoría alquilado) para situaciones de suma importancia.

     

    De lana y algodón se ve muy poco en el vestuario que Ana María hace para sus clientas; en su gran mayoría, prendas totalmente personalizadas. Para ella, antes de empezar a crear, es importante recorrer toda la variedad de telas que se puedan encontrar en la ciudad. Ahora aquella que se vea diferente es la que más resalta durante la fiesta. Entre tules, transparencias y brillos, la joven diseñadora crea un estilo, como ella lo define, “para una mujer femenina y libre”.

     

    Es así como las últimas dos décadas comenzaron de la mano del vestuario prêt-à-porter, la gran producción en masa de la moda se ha tomado el mercado del vestir diario. Pero las horas de trabajo en una máquina de coser, los detalles realizados a mano y la compra de telas específicas, se han guardado especialmente para las ocasiones importantes.

     

    En medio de nuestra conversación, doña Graciela recordó que, a pesar de que para ella la máquina de coser había brindado “autonomía y poder de decisión”. A la mujer de su tiempo muchas veces no se le permitía elegir la tela o los diseños que iba a usar. Al almacén de telas de Anserma entraban ensombrerados los hombres dispuestos a elegir cómo debían vestir sus familias, lo que incluía claramente a su esposa e hijas. El ejercicio de la creación del vestir propio de la mujer quedaba relegado al hombre, ellas solo se disponían para hacer la producción.

     

    En la actualidad ello resulta impensable, como lo constata la reacción de Ana María a esta referencia durante una conversación en la que ella resaltó la gran diferencia con el estilo de vida que llevan las mujeres que viste. En un mercado donde la gran mayoría de personas se ven igual, estas mujeres se apropian de su irreverencia para resaltar por medio de su vestuario, siendo el mismo un retrato de las dinámicas feministas que se dan en la actualidad: buscan los detalles, buscan aquello que represente una conexión con sus creencias más arriesgadas. La opinión del hombre queda, en la mayoría de los casos, olvidada en este ámbito de sus vidas.

     

    Pero no todo entre ambas mujeres es tan diferente, tal vez porque simplemente su género y su pasión las unió. Ana María procura en cada creación resaltar el cuerpo de la mujer, la sensualidad y la feminidad son parte de su sello. Aunque doña Graciela no tuvo estos aspectos como eje en sus creaciones, sí tenía claro que a la mujer siempre le ha gustado vestirse bien y, como ella lo dijo, “verse limpia y ponerse al menos algún detallito”.

     

    Doña Graciela recordó que, a pesar de que para ella la máquina de coser había brindado “autonomía y poder de decisión”. A la mujer de su tiempo muchas veces no se le permitía elegir la tela o los diseños que iba a usar.

     

    Es entre estos paralelismos, coincidencias y curiosidades, que recuerdo y encuentro particularmente fascinante la afirmación de Lipovetsky al comentar que, aunque las ideas de belleza cambien y las mujeres hoy tengan grandes cargos en sus manos, mantienen con gran prioridad la dimensión estética. Tal vez porque, sin importar qué tan diferentes seamos unas de otras, en la moda hay algo que nos atrae, el arte que nos une en nuestras fibras más sensibles y femeninas, que nos permite con sutilidad crear la imagen que deseamos con todas nuestras pasiones que vean de nosotras.

     

     

     

  • Desde urabá hasta Aquí y ahora

     

    Paisajes y recuerdos de Urabá hacen parte del camino recorrido por los mellizos Villegas, jóvenes cuyo talento está detrás de Lucas Arnau, figura del pop colombiano.

     

    La música de los mellizos Villegas se nutre de los parajes que han recorrido en el desarrollo de sus talentos. Foto: Cortesía.

     

    La suave brisa, los rayos del sol y los peculiares sonidos del vecindario, atraviesan las ventanas en tiempos de cuarentena. Dos fanáticos, sentados desde la comodidad de su hogar, oprimen el botón de llamada. Ansiosos ante el momento, contesta uno de los mellizos Villegas, Alejandro. La conversación empieza a tomar rumbo mientras los fanáticos y los mellizos se imaginan viajando por la región de Urabá y cantando: “Voy en un viaje cósmico y galáctico, mágico y romántico, sobre el mar azul…”, como se oye en Cósmico y Galáctico.

     

    En la travesía los acompañan montañas verdes, rostros de indígenas Emberá, túneles de naturaleza, ganado y plantaciones bananeras. El viaje soñado empieza por el occidente, pasa por San Jerónimo, Santa Fe de Antioquia y Cañasgordas. Más adelante se encuentran en Dabeiba y llegan a Mutatá, la entrada al Urabá Antioqueño. Luego Chigorodó y por último Apartadó, donde nacieron Alejandro y Fernando Villegas en 1984.

     

    Un 11 de septiembre de 1984 nacen los mellizos Villegas en el municipio líder de Urabá, por su actividad comercial: Apartadó. Sus padres, se habían movido desde Bogotá y Medellín hacia la mágica región, conocida como la mina de oro o la tierra prometida. Una tierra abundante en oro verde (banano) y reservas de petróleo. La mejor esquina de América, “Tierra, tierra, tierra prometida, de América Latina, tierra del sabor Urabá…”, cantaban los Villegas en Tierra Prometida.

     

    Una educación mágica

     

    Una educación única y tradicional llenó de magia los corazones de los mellizos, “yo quiero esa magia, que se encuentra en tu corazón…”, cantaban los Villegas en Magia. Afrodescendientes, costeños e indígenas, el salón de clase en que estos niños crecieron era una mezclas que representaba la multiculturalidad de Urabá. Fer y Alejo, eran los únicos “europeos” (blancos) en el salón de clase.

     

    En las aulas eran ingredientes importantes el arte y la danza, la música en todos sus géneros, los colores y los sabores del Caribe. Una educación que fusionaba las emociones y momentos maravillosos en La Casa de la Cultura local, epicentro del Urabá alegre, bailador y artístico que sobresale en ritmos y vibras que deleitan el alma de los más pequeños. Mentes y corazones abiertos, recorrían cada rincón del lugar, enseñando la esencia de cada instrumento, como los de viento y el baile y la música, como el Mapalé, el Hip hop y el Bullerengue.

     

    “Cree, cree que cuando crees, creas …”, cantaban los Villegas en Cósmico y Galáctico. Tenían catorce años de felicidad y música, olas y amistad… catorce años al empezar un viaje que despertaría sus y empezaría a construir sus sueños; sueños presentados en los actos cívicos desde el alma y habilidad de los chicos: “… Sueños, sueños, tu eres el dueño, de todos tus sueños”, cantaban los Villegas en Tierra prometida. La guitarra y la batería fueron sus primeras amistades en la música; dedicación y tiempo fueron elementos clave para crecer y disfrutar todos los días del parche bonito en La Casa De la Cultura.

     

    Las estrellas de rock de Urabá

     

    Los Villegas han usado además las cuerdas de la guitarra para transmitir la esencia de cada lugar. “…Tus ideas son como gotas de este mar, son tu tiquete para navegar, a un mundo mágico …”, cantaban también en Cósmico y Galáctico, creyéndose el cuento de ser músicos, los que armaron su primera banda de rock y transformaron un espacio en su casa finca en la sala de sus ensayos, un universo mágico. El nivel subió, la dedicación aumentó y los ensayos tomaron gran parte de sus días.

     

    Sobredozis, un nombre peculiar para el momento, pero emocionante para la evolución del new metal que llegaba a Urabá. La emisora del pueblo los contactó para una entrevista. El locutor los trasformó en estrellas de rock y se impresionó con sus canciones, una experiencia para nuevas oportunidades. Los invitaron al festival Urabá vibra en Medellín y al año siguiente se tomaron la tarima de Urabá vibra en Bogotá. La fama aparecía poco a poco, mientras se hacían conocer, pero todos los sueños estaban pesando en el bolsillo.

     

    Un cambio trascendental

     

    ‘Si creyeron que llegaron a la punta de la montaña, no. Hay otra puntica más para seguir’, reza una frase que los Villegas recuerdan de sus inicios. Su vida se trasladó hacia Bogotá, en busca de nuevos proyectos. Grabaron su primer sencillo y participaron en espectáculos extraordinarios. Compraron una casa y la adecuaron en la sala de ensayo para la banda, pero necesitaban “sobrevivir” a la agitada vida de Bogotá. Rentaban el espacio, compartían con diferentes músicos y enseñaban sus conocimientos. Se crearon nuevas experiencias musicales y se convirtieron populares en el negocio. Pero todos sus sueños se fueron derrumbando a cambio de dinero y la banda desapareció.

     

    Fer empezó a trabajar en La Hamburguesería y Alejo era ingeniero de sonido en el mismo restaurante, un trampolín para conocer más gente del gremio. Efectivamente; conocieron muchas bandas, managers, ingenieros y cantantes, pero el dinero y los reconocimientos pasaron a ser su principal felicidad y armonía. “Todo viene y todo se va, todo sube y tiene que bajar, las cosas pasan cuando tienen que pasar, en el momento indicado, ahí va a estar”, cantaban los Villegas en Magia. Un sentimiento revolcó sus corazones y decidieron dedicarse completamente a la música.

     

    Precisamente el cumpleaños de los mellizos, un 11 de septiembre, el productor de Fanny Lu contacta a Fer para participar en un espectáculo junto a ella y otros artistas. Alejandro se involucró en el trabajo como un rayito de luz extra y aquel fue un punto clave en la ruta para que se cumplieran los sueños de los hermanos. “Traje serenata cósmica y galáctica, mágica y romántica, con ukulele y mucho Caribe”, cantaban los Villegas en Cuando te miro a los ojos.

     

    Momentos extraordinarios acompañados de música

     

    Tomaron contacto con Lucas Arnau, cantautor colombiano de pop latino. En 2015 fueron invitados a participar en su álbum Buen camino, compuesto por duetos con Adriana Lucia, Silvestre Dangond, Amaury Gutiérrez, entre otros. La producción fue nominada al Latin Grammy como mejor álbum tropical contemporáneo, acreditando la producción de los mellizos en De la mano. Primera nominación para Lucas y los Villegas.

     

    En su traslado en 2016 a Medellín el viaje continuó con Arnau para un nuevo álbum: Teatro, en 2017. La colaboración de 6 canciones, entre ellas Cósmico y Galáctico y Labios Rojitos, fascinó al público. Una vez más fueron nominados al Latin Grammy, como mejor álbum tropical contemporáneo.

     

    Los mellizos urabaenses, compositores y productores independientes, están a la espera de propuestas concordantes con su pensamiento. Ya están en su primer parto: Aquí y Ahora 11:11, once canciones, con once versiones acústicas, de su primera producción en desarrollo; un álbum recargado de pensamientos positivos y el despertar conciencia, mediante los colores del caribe.

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

  • La incertidumbre de un médico en tiempos de coronavirus

    Hace pocas semanas, parecía inimaginable pensar que un virus originado en un país aparentemente lejano como China, nos cambiaría la vida de una manera tan abrupta. Una enfermedad inicialmente considerada por muchos como una “gripita”, ha puesto a nuestra salud en jaque.

     

    Escribo desde Medellín, a unos 15.776 kilómetros de Wuhan, una ciudad desconocida para nosotros hasta hace tres meses, cuando empezó a nombrarse en los noticieros de todo el planeta. Pues fue allí, y se dice con más certeza que en un mercado de animales silvestres, donde surgió el Covid-19, la enfermedad que se convirtió en pandemia y hoy nos tiene a casi todos confinados en nuestras casas durante 24 días al momento de escribir. Digo casi todos, porque los trabajadores de la salud, por ejemplo, continúan laborando incansablemente para protegernos, arriesgando su vida y la salud de sus familias.

     

    Video

    No es la institución en que trabaja el protagonista de esta historia, pero también la Clínica Universitaria Bolivariana experimenta los retos que impone la pandemia y su equipo humano ha reaccionado con la solidaridad gremial que expresa en este mensaje. Video: Youtube UPB.

     

    Los temores

     

    “Yo creo que es distinto lo que se siente, cuando la gente que uno ama tiene que salir a exponerse a este virus. Cuando alguien se dedica a la profesión que ama, en una situación como estas, es imposible que el miedo no lo tome por sorpresa”, dice mi madre con los ojos encharcados al referirse a mi papá, médico de 57 años del que se enamoró hace 25. Desde entonces, nunca se han separado.

     

    “Le echo la bendición siempre que sale para el trabajo, le digo que se encomiende a Dios, pero siento que así él no lo demuestre, se va temeroso”, dice mamá.

     

    No es nada fácil atender pacientes en medio de una crisis sanitaria sin precedentes, en la cual el nefasto coronavirus ha infectado a más de 2,2 millones de personas en el mundo y le ha quitado la vida a unas 150 mil. Leyendo la prensa, me doy cuenta de que en nuestro país, al momento en que esto escribo, ya son 3.233 los casos, 308 de ellos en Antioquia y 179 de esos aquí en Medellín. Mi padre es consciente de la situación de vulnerabilidad en la que se encuentra y ha sido franco en reconocer la posibilidad de morir, la cual, aunque no es muy alta (pues sólo el 3,5% de casos de Covid-19 son fatales), no por ello deja de asustarme.

     

    “Todos los días me voy a enfrentar contra la muerte. ¿Será que por la alta carga de exposición al virus me voy a infectar, me va a dar de una forma grave y me voy a morir? Todas esas inquietudes están en los médicos”, reflexiona mi papá.

     

    A pesar del clima de incertidumbre en el que vivimos, mi padre no ha perdido su exquisito sentido del humor. “Vámonos a vivir al Chocó”, decía jocosamente cuando aún no se habían reportado casos de coronavirus en ese departamento.

     

    Mi progenitor es un apasionado por su profesión. Las pocas canas que resaltan en su castaña cabellera son reflejo de los 33 años de experiencia como galeno, 27 de esos como anestesiólogo. “Si volviera a nacer, volvería a ser médico”, me dice sin titubear. Estudió Medicina con mucho esfuerzo, a punta de préstamos y cuando le preguntan por su alma máter, manifiesta con orgullo: “soy bolivariano”.

     

    De lunes a viernes, a las 6 de la mañana, mi padre parte desde nuestro apartamento hacia su lugar de trabajo, una prestigiosa institución prestadora de salud, donde labora desde hace unos 25 años. Se trata de una entidad de cuarto nivel de atención, que asiste pacientes con cuadros de muy alta complejidad.

     

    “Aunque tenga la fortuna de trabajar en una institución con procedimientos tan seguros, enmarcados dentro de las normas de higiene y seguridad, eso no te libera del miedo que como ser humano puedas sentir”, dice mamá.

     

    “Pa, ¿cómo está el ambiente en el hospital?”.

     

    “Pesado. Todo el mundo a la expectativa; cursos por todas partes de cómo cuidarse, de cómo ponerse los elementos de bioseguridad,.. Video va, video viene… Como quien dice: ‘no se vaya a infectar, güevón, cuidado’. Eso estresa, y se espera que en las próximas semanas se llene el hospital con pacientes de Covid-19.”

     

    “Seguro que ya debe haber pacientes contagiados allá, ¿te han dicho cuántos?”, le pregunto con curiosidad a mi padre.

     

    “Esa información es reservada, Fede. Las historias clínicas son confidenciales y sólo puede acceder a ellas el médico tratante. Pero amigos intensivistas me han dicho que hay 5 pacientes en la nueva UCI que abrieron exclusivamente para los pacientes de coronavirus. Sé que hay varios en urgencias esperando resultados…”

     

    Por estos días el hospital está en un 50 por ciento de ocupación, sólo se están atendiendo procedimientos urgentes y las cirugías electivas están canceladas. “Por precaución, el hospital no permite el ingreso de visitantes ni de acompañantes en áreas con pacientes portadores de Covid-19. Ya nos dijeron a los anestesiólogos que, si el hospital se llena con pacientes de coronavirus, los tenemos que asistir.”

     

    “¿Tenés miedo?”

     

    “Claro… Miedo a contraer una forma grave de la enfermedad, es decir, aquella que necesita soporte ventilatorio. Aproximadamente el 5% de pacientes de Covid-19 son conectados a ventilador, y el 90% de ese 5% fallecen, porque tienen los pulmones vueltos mierda. Afortunadamente al 80% de los infectados por coronavirus les da de una forma leve y al 15% restante, de una forma moderada. También tememos que se acaben los equipos de bioseguridad, de ver reducidos nuestros ingresos y algunos, de quedar sin trabajo, como por ejemplo aquellos que laboran en centros estéticos y su contrato es por prestación de servicios”.

     

    Los pacientes que requieren soporte ventilatorio son quienes requieren de cuidados intensivos. El problema es que en Antioquia actualmente hay apenas 510 camas de UCI, las cuales en su mayoría están ocupadas por pacientes que padecen otras patologías como infartos, politraumatismos o aneurismas, por ejemplo. El riesgo es que, si se llega a desbordar la crisis, no habría espacios suficientes para atenderlos, y el número de fallecidos sería inmenso. Según cifras del Ministerio de Salud, de las 5.300 camas de UCI que hay en nuestro país, apenas 2.650 están disponibles para asistir a pacientes con Covid-19.

     

    La realidad

     

    Al comienzo de la crisis, el hospital donde labora mi padre contaba con 40 camas de Unidades de Cuidado Intensivo, pero gracias a donaciones del empresariado antioqueño, se lograron incorporar desde el primero de abril 30 nuevas camas nuevas de UCI para tratar a los infectados con Covid-19.

     

    Sin embargo, hay una cosa clara: la tecnología es una extensión de la inteligencia humana. “Un error que he visto en los medios, Fede, es que piensan que un ventilador es igual a una UCI. Ojalá fuera así. Una UCI es una infraestructura de médicos, de equipos interdisciplinarios que soportan un paciente críticamente enfermo. No es únicamente un ventilador. Si eso fuera así, cualquiera alquilaba dos casas allí en la esquina y montaba una UCI. Cuando dicen que van a poner una UCI gigante en Plaza Mayor, me río, eso no es posible. ¿Dónde están los resonadores, los tomógrafos, los endoscopios, el laboratorio, el banco de sangre? Esos equipos sólo están en los hospitales. El ventilador es un elemento fundamental, pero no lo es todo”.

     

    “¿Pa, y qué es lo que hace un anestesiólogo?”, pregunto desde mi ignorancia.

     

    “Dormir a los pacientes y conectarlos a un ventilador. Somos la segunda línea después de los intensivistas para el manejo de los ventiladores. El anestesiólogo es como decir el intensivista del quirófano. Es el que le suministra la anestesia al paciente, es el responsable de monitorear los signos vitales durante la cirugía y además es el que maneja la vía aérea del paciente, el que lo intuba y lo extuba”.

     

    Al notar mi interés, mi padre continúa la explicación, haciendo el máximo esfuerzo por utilizar términos sencillos: “Para colocar el paciente en un ventilador, primero tienes que sedarlo, relajarlo… Luego tienes que colocarle un tubo, que va de la boca a la tráquea, con un aparatico que se llama laringoscopio. Y ese tubo es la interfaz que hay entre el ser humano y el ventilador. Colocar ese tubo no es tan fácil. Más de la mitad de los médicos en todo el mundo no saben intubar. Y esa es la diferencia entre la vida y la muerte. Para nosotros es fácil porque lo hacemos día a día, pero para un médico que no esté muy familiarizado, es un gallo”, agrega. “En ese lapso entre dormir al paciente e intubarlo, se puede vomitar. Porque como está relajado, no traga ni toce, entonces hay que hacer una serie de maniobras y tener ciertos equipos; aspiradores, por ejemplo. El manejo de la vía aérea es un capítulo inmenso de la medicina”.

     

    Intubar pacientes infectados con el Sars-CoV-2, es un procedimiento supremamente riesgoso para los anestesiólogos, pues cuando el paciente está en ventilación mecánica, bota ciertos aerosoles, es decir, micropartículas que viajan en el aire, las cuales tienen una alta carga viral y pueden ingresar fácilmente a la vía aérea del médico que está asistiendo al enfermo. “Una cosa es verlo en televisión, y otra muy distinta es cuando uno se pone el traje de bioseguridad y le dicen: ‘aquí está el paciente, intúbelo’, sabiendo que ese bicho puede entrar a su vía respiratoria. Hay médicos y enfermeras que lloran del susto”.

     

    “Cada vez que tenemos contacto con un paciente infectado, nos tenemos que poner una bata anti-fluidos y anti-aerosoles por encima de la pijama quirúrgica, tapabocas N-95, gafas, gorro y visera, que es una especie de acetato para cubrir la cara. Y aún así, no estamos cien por ciento protegidos contra el virus”.

     

    Cuando se utilizan los quirófanos del hospital para intervenir a pacientes contaminados con el virus, hay que esperar una hora para limpiar el recinto y luego otra hora más para volver a utilizarlo. “En ambientes cerrados y saturados como el hospital, el virus puede permanecer hasta dos horas”.

     

    Mi padre termina su jornada a las siete de la noche. Anteriormente se demoraba hora y media en llegar a casa, debido a los interminables tacos de nuestra ciudad. En tiempos de cuarentena, el trayecto que emprende desde el hospital hasta nuestro apartamento, le toma poco más de quince minutos. Mi reloj marca las siete y veinte cuando escucho el timbre. Abro la puerta y me invade una sensación de alivio al ver la silueta de mi papá.

     

    “¡Qué hubo mi Fede!”, me saluda efusivamente, mientras se quita los zapatos, se los entrega a mi madre junto con su mochila, para que ella proceda a atomizarlos con hipoclorito de sodio. Luego, entra directo al baño a ducharse, y aunque la ropa que trae puesta no es la que usa al interior del quirófano, de igual forma, se procede a lavarla de inmediato. Después de ese protocolo que realizamos a diario con el fin de protegernos, ahora sí nos podemos saludar y compartir las anécdotas del día.

     

    “… Es triste ver como discriminan al personal médico y paramédico por temor a contagiarse, sin tener en cuenta que ellos son los que están salvando la vida de tantas personas y que tienen que tener un protocolo de protección individual para no ser portadores del virus y por ende, no transmitírselo a nadie”, manifiesta mi madre con indignación.

     

    Dualidad

     

    Los aplausos, silbidos, el sonido de las vuvuzelas, pitos y los versos de canciones icónicas como Color Esperanza y Esta vida, indican que ya son las ocho de la noche. Inmediatamente, mis padres, mi hermano y yo, nos sumamos a la ovación. Desde el sábado 21 de marzo, diariamente se rinde un corto pero sentido homenaje a los trabajadores de la salud, nuestros héroes.

     

    Lastimosamente, todo esto contrasta con las actitudes discriminatorias de algunas personas hacia el personal de la salud en el transporte público y en los supermercados. “En un pueblo donde hay tanta gente ignorante, es triste ver como discriminan al personal médico y paramédico por temor a contagiarse, sin tener en cuenta que ellos son los que están salvando la vida de tantas personas y que tienen que tener un protocolo de protección individual para no ser portadores del virus y por ende, no transmitírselo a nadie”, manifiesta mi madre con indignación.

     

    Pasadas las diez de la noche, antes de dormir, me acercó a la habitación de mis papás y les doy un beso en la mejilla, deseando poder hacer lo mismo el día siguiente.

     

     

     

     

     

     

     

     

  • Recuperar el foco en los deportistas, la nueva premisa de Indeportes

    Durante el pasado periodo de gobierno, el Instituto Departamental de Deportes de Antioquia (Indeportes) atravesó una de las más graves crisis de su historia. Un escándalo por una presunta red de corrupción que habría desfalcado a la entidad en al menos de 5.124 millones de pesos, según la Fiscalía, y una cadena de errores administrativos que culminó con la pérdida del título en los pasados Juegos Nacionales, después de 12 años de supremacía, fueron el cierre de un ciclo que dejó sinsabores en cientos de entrenadores y deportistas de alto rendimiento.

     

    Bajo ese contexto, el pasado 1 de enero, el gobernador Aníbal Gaviria posesionó a Sergio Roldán Gutiérrez como gerente de Indeportes Antioquia. El nuevo funcionario, abogado especialista en planeación urbana y quien por primera vez asume un cargo relacionado con el sector deportivo, conversó con CONTEXTO sobre los retos de la entidad de cara a los próximos cuatro años.

     

    Con base en la información que ustedes recabaron durante el proceso de empalme ¿cómo califica la gestión de la pasada administración?

     

    A nosotros no nos toca calificar la gestión. Dirigir algo en lo público es muy difícil, implica un montón de trámites. Yo creo que todo se resume en que hay que poner mayor supervisión en los procesos. Esa es la enseñanza que nos deja de tema. Uno cree que las instituciones están como por inercia moviéndose y no, hay que tener una persona que tenga la capacidad de direccionar lo que pasa.

    Las ligas e Indeportes Antioquia suscribieron en enero pasado un pacto de buena voluntad para fortalecer el trabajo coordinado en pro del deporte regional. Foto: Indeportes Antioquia.

     

    Bajo su mirada ¿a qué se debió la pérdida del liderato de Antioquia en los Juegos Nacionales?

     

    Son muchos factores. Por un lado creo que Indeportes perdió el foco, se concentró en infraestructura cuando el foco es el deportista y su proceso. También se descuidó la redacción de la carta fundamental de los juegos. Colombia dejó politizar el deporte y entonces entre dos actores políticos definieron eso como quisieron. Los Juegos Nacionales, como se han venido dejando manipular por un montón de situaciones políticas y técnicas ya no son un fogueo. Nosotros tenemos deportistas que ganan seis o siete medallas de oro, es decir, que no hay fogueo. Su fogueo es en los juegos panamericanos, suramericanos, iberoamericanos y en los olímpicos.

     

    ¿Qué otros errores influyeron?

     

    También hubo un proceso administrativo muy débil con respecto a uno de los elementos en los altos logros que es el hospedaje, eso implica el tiempo de descanso y la nutrición completa. Ahí hubo muchos errores. Entonces, como el tema se empezó a desarrollar mal desde el principio y acabó mal.

     

    Durante el pasado gobierno una decisión muy criticada por los entrenadores fue la suspensión del servicio de alimentación en la villa olímpica Antonio Roldán ¿que pasará con eso?

     

    Hemos estado trabajando a todo precio para reactivar eso, incluso haciendo un montón de movimientos presupuestales para poder lograrlo. El objetivo es que el atleta que esté en la villa esté tranquilo y con todo resuelto. Con la rutina de entrenamiento, con el entrenador y la comida y que cada mes se le desembolse el incentivo para que pueda mandar a la casa algo. Ese es el compromiso de nosotros y estamos trabajando en eso.

     

    ¿Y que pasará con los entrenadores?

     

    Yo tomé la decisión de contratar directamente con los entrenadores del departamento. Hasta este momento son casi 200 entrenadores contratados directamente por Indeportes que empezaron en este mes de marzo. Indeportes no fue capaz de resarcir el daño causado a ellos pagando las mesadas que ellos dejaron de percibir el año pasado, porque jurídicamente no hubo una salida. Pero en este momento tenemos muchas cosas resueltas, volvimos a abrir la villa con todo adentro y le desembolsamos los incentivos a los deportistas. De afuera es muy fácil juzgar y preguntar, pero todo eso nunca se había hecho tan rápido y tan eficiente.

     

    ¿Cuál es la estrategia para revertir la fuga de talentos que tanto afectó a la delegación de Antioquia durante los pasados Juegos Nacionales?

     

    Desde afuera todo el mundo juzga, mira y hace sus comentarios un poquito irresponsables. Tener una medalla de oro en los Juegos Nacionales implica más o menos siete años de formación en los clubes, ligas y equipos de alto rendimiento que están vinculados a Indeportes. Entonces cuando alguien gana oro y viene un departamento que no tiene capacidad de formarlos y los compra ¿qué hace uno ahí? Yo creo que esa pelea no se tiene ni que dar.

     

    ¿Por qué no se tiene que dar esa pelea?

     

    Primero porque el gobierno nacional permite eso y segundo porque hay deportistas de alto nivel que, pese a las dificultades, siguen aquí. La estrategia será darle la oportunidad a los que tienen plata para que saquen oro, porque están en el proceso de formación. Yo esa puja no la voy a dar.

     

    ¿Eso quiere decir que se van a fortalecer los incentivos a los deportistas?

     

    Es que los tienen. Lo que pasa es que hubo un periodo de dirección de Indeportes donde hubo muchos atrasos e irregularidades con ese tema. Hay gente que se pregunta cómo es que no se apoya un deportista si ganó una medalla de oro. Eso ni siquiera es responsabilidad mía, eso lo tendrían que hacer las ligas. Pero como ellas no hacen su trabajo, en vez de ir a buscar plata a donde deben ir a buscarla, vienen y me buscan a mí, a Indeportes, para que yo les patrocine lo que les toca hacer a ellos. El incentivo funciona cuando cada quien hace su trabajo. Si la liga hace su trabajo, funciona. Si el club hace su trabajo, funciona. El trabajo será la articulación de todo ese el subsistema de deporte del departamento, que todos aporten en igualdad de condiciones.

     

    ¿Usted cree que las ligas deben organizarse más?

     

    Yo creo que sí. La liga no puede venir a decirme a mí “págueme dos entrenadores y apóyeme en este evento”, cuando su trabajo es ir a gestionar eso. No lo hacen y su recurso es remitirse a Indeportes, diciéndole: “Si usted no me dá entoces me voy para Valle, si usted no me ayuda esto lo hago en tal parte”, como si esto fuera una actividad comercial. Esto es una actividad social y el trabajo de nosotros es fomentar el deporte. Hay muchas ligas haciendo un trabajo muy bien hecho, pero hay otras que no están haciendo absolutamente nada.

     

    Hace un momento usted planteaba que uno de los errores de Indeportes fue haberse concentrado en la infraestructura ¿por qué?

     

    Yo creo que sí. Se forzó a dos empresas muy importantes de Antioquia a meterse en unos proyectos que no teníamos, desde la sensatez, ni siquiera porqué pensar en hacerlos. Había que resolver otras cosas primero. A mi no me corresponde decir si me gusta o no el Central Park, si estoy de acuerdo o no, ahí está y hay que seguir. Pero yo me pregunto: si Indeportes no tiene un solo escenario deportivo, ni uno, ¿por qué se concentra en eso? ¿En un escenario de 150 mil millones de pesos? ¿Por qué? Ese no es el foco. Indeportes tiene una unidad de infraestructura, que ha diseñado y supervisado gran parte de los escenarios deportivos de Antioquia, pero Indeportes no construye.

     

    La prioridad será el apoyo y promoción al trabajo de los deportistas. Las contingencias por la pandemia de coronavirus hace todavía más urgente esta tarea. Aquí, integrantes de la selección de tiro con arco durante la más reciente parada nacional. Foto: Indeportes Antioquia.

     

    En resumen, ¿cuáles son los proyectos principales que van a impulsar durante estos cuatro años?

     

    Tenemos como línea principal la potenciación del rigor en la formación de alto nivel. La multiplicación de la atención y la cobertura en fomento. Y la generación de unidades de negocio que sean capaces de sostener parte del valor que implica el mantenimiento de los escenarios deportivos.