Categoría: Rumbos de esta generación

  • “¿Y qué tal si me voy a vivir a la calle?”

    Muchos jóvenes sueñan con ir a otros países, conocer sus culturas, aprender sus idiomas e integrarse a sus ciudades. Entre otras razones, esto ocurre cuando se pasa de una ciudad no tan desarrollada a otra que sí lo está como Nueva York, París, o incluso Berlín. Cuando Carlos Arroyabe, tenía diecisiete años, decidió conocer la capital alemana para practicar el idioma, pero descubrió allí un mundo tan distinto, tan completo e increíble que solo pudo despedirse de sus padres, decirles que no volvería a Medellín e instalarse allí por más de cinco años. Última entrega la serie denominada Rumbos de esta generación, periodismo sobre viajes que habla de los jóvenes de este mundo y esta época.

     

    Darle la espalda a su familia pudo ser una decisión bastante difícil, pero lo fue aún más librarse de todas sus posesiones e irse a vivir a las calles de esa ciudad que amaba.

     

    Hoy, cuatro años después de haber vivido como indigente en el centro de Berlín, Carlos cuenta cómo eran sus días, las diferencias que tienen estas personas en Europa con respecto al caso colombiano y cómo un extranjero en estado de logra salir de las calles para reintegrarse a la sociedad.

     

    ¿De dónde nació el interés de quedarse en Berlín?

    Fue porque me enamoré de la ciudad, Berlín es una ciudad increíble. Hasta ese momento yo solo había vivido en Medellín. Pues yo he visitado muchas otras ciudades, pero solo aquí dentro de América. Entonces cuando llegue a Europa dije “Pucha, qué es todo esto, esto es genial” y me quise quedar. Me he preguntado muchas veces de dónde nace ese deseo pero simplemente fue el momento que uno dice lo voy a hacer y ya uno no se echa para atrás.

     

    Lo que más me impactó fue cuando por primera vez en mi vida conocí a una persona por internet, yo nunca había conocido a nadie por internet, pero como yo allá no tenía amigos…

     

    Conocí a una polaca, Marta con la que recorrí Berlín y nos enamoramos de la ciudad y fue como la experiencia de encontrar por primera vez una compañía que no es la de los papás, porque los papás siempre están ahí, de cierta forma. Eso es lo que más recuerdo.

     

    Berlín es reconocida por sus graffitis y otras expresiones de arte callejero. Foto: Ingeborgkraka (Dominio público).

    Berlín es reconocida por sus graffitis y otras expresiones de arte callejero.

    Foto: Ingeborgkraka (Dominio público). https://pixabay.com/es/berlin-colores-calle-callej%C3%B3n-1123869/

     

     

    ¿Cómo era vivir en una ciudad que es reconocida mundialmente por haber sido dos ciudades diferentes?

    Me tocó celebrar los veinte años de la caída del muro como un alemán corriente. Eso así festejen y celebren las mentalidades siguen siendo muy diferentes. Están absolutamente marcadas. Uno distingue quién es de cuál Berlín así Berlín oriental ya haya dejado de existir. Uno todavía se da cuenta, cómo hablan, cómo se visten.

     

    Berlín tiene dos centros, dos zonas rosas, dos de todo. Usualmente alguien que viva en Berlín oriental no va a atravesar la ciudad hasta el otro extremo para hacer su vida. Aunque hay muchas personas que les gusta cambiar de extremo.

     

    Yo empecé en la parte suroriental, un sector de árabes y turcos, de puros inmigrantes, por decirlo así, estrato 4 de aquí. Es una parte oriental donde lo tumbaron todo y lo volvieron a hacer, no es como el centro oriental con los edificios grises igualitos, tipo rusos, es un sector reestructurado.

     

    ¿Cómo fue esa primera familia que lo recibió?

    La familia con la que yo viví al principio fueron completamente permisivos y alcahuetas conmigo. Ellos me dijeron: ‘una persona de tu edad (17 años) tiene la capacidad por sí misma para decidir lo que quiere hacer con su vida’, y yo me comí ese cuento, no estaba preparado y por eso fue que terminé en la calle.

     

    ¿Cómo fue el proceso para quedarse luego de los seis meses?

    A vos te dan el papel por dos años (la residencia estudiantil). Podés dejar la carrera en dos meses, pero te podes quedar por los dos años. Así de fácil es. Porque si dejás de estudiar nadie se entera. Todos los organismos de control confían mucho en las personas entonces no hay una supervisión ni están mirando nada.

     

    A los seis meses, la familia que me recibió me ayudó a conseguir un apartamento, en un sector aún más maluco porque tenía mucho menos presupuesto. En ese momento trabajaba para una tienda de deportes de balance, surfing y esas carretas; y tenía la posibilidad de hacerme plata y pagarme un lugar donde vivir.

     

    Estando ya establecido, ¿por qué hacerse indigente?

    Muy al comienzo yo conocí la calle y a personas de la calle y ellos me adoptaron. Me relacioné mucho con ellos, me embriagaba con ellos, en los días estaba con ellos. Yo tenía amigos que eran estrato normal, pero no me satisfacían tanto, me gustaba más la gente de la calle. Y en ese punto, un año y medio después, yo dije “¿y qué tal si me voy a vivir a la calle?” No estaba estudiando.

     

    Primero, boté todo. Igual, solo tenía ropa, unos lapiceros y unos muñequitos de lego. Lo boté todo, agarré un morral normal, guardé lo que ahí cupo, cancelé la renta y me fui para donde mis amigos. No fue tan a la deriva. Ya me mantenía con ellos.

     

    ¿Cuál fue su primera mala experiencia viviendo en la calle?

    La primera mala experiencia fue que pasaron 3, 4 días y yo no me había duchado y yo me pregunté ¿qué estoy haciendo?, pero no pasó nada. Pasaron otros dos días sin bañarme hasta que encontré una ducha pública. Berlín tiene muchos baños públicos con ducha a lo largo de la ciudad, das como un euro, se abre una puerta eléctrica y se sella. En algunas estaciones de trenes hay baños gratis.

     

    Lo otro difícil fue dormir en la calle, porque uno está acostumbrado a un colchón y si salís a la calle tenés que establecer dónde acostarte porque no podés hacerte en cualquier parte porque llega la Policía y te corre. Entonces yo fui para la catedral. Ahí, al lado hay un puente, súper disimulado y con tres amigos dormíamos ahí. Nunca fue problema hasta que llegó el otoño, porque hace muchísimo frío. Uno termina vestido como con 3 o 4 prendas al mismo tiempo.

     

    La alimentación era súper sencilla, porque el estado social en Alemania está muy desarrollado, entonces para las personas que viven en la calle tienen un camión de comida que es un carrito que todos los días entre las 7 y las 9 de la mañana se parquea en un punto específico de la ciudad y la gente va a comprar comida y te cobran 50 centavos por un pedazo de pan, un huevo duro y jugo (gas de jugo, pero algo) y con eso te mantenías parado.

     

    Si me iba muy bien comía Mc Donalds. Las hamburguesas chiquitas costaban un euro. Si te hacías más de un euro te daba para comparar tabaco y Mc Donalds. O me iba para una panadería y me compraba unos panes que valen 20 centavos. Básicamente te alimentabas de pan y agua.

     

    ¿Cuánta plata podía conseguirse en un día?

    No era difícil hacer un euro. De cinco hasta diez se podían hacer en un día. Declamas poesía con un trapo en el piso. Está el que te tira un centavo y el que te tira dos euros y es muy relativo, pero uno se hace la plata. Aunque uno sabía que de esa plata uno tenía que sacar para comer, ir al baño, bañarse, fumar, embriagarse y esas cosas.

     

    ¿Cómo eran sus días?

    Me levantaba a las 8 o 9 de la mañana y nos íbamos del puente a caminar a mirar gente, a sonreír, a conversar con cualquier persona que nunca falta: turistas, niñas puppys que te dicen que sonrisa tan linda para ser gamín y cuando empieza a hacer hambre y no tienes nada para comer te vas para una estación del tren a declamar poesía. Son sitios turísticos donde la gente te tira monedas. Había músicos, bandas de bajo presupuesto.

     

    Entonces me buscaba un lugar donde no se me distrajera la gente, cerca de una entrada o de una salida, porque obviamente el que tira una vez moneda es difícil que le tire al segundo o al tercero.

     

    Aquí la indigencia está asociada con la drogadicción, ¿cómo es el consumo entre indigentes en Berlín?

    Allá el consumo de psicoactivos es muy caro. Un gramo de marihuana, que no es nada, vale 15 euros, eso es algo a lo que un gamín no tiene acceso, entonces así que drogas súper artesanales que polvo de ladrillo y esas cosas se ve muy esporádicamente. Allá los que estamos en la calle bebemos cerveza o licor de manzana que es como el maracuyoso de acá. Si no bebes ni fumas, te mata el frío.

     

    ¿Y el amor?

    Durante el tiempo que estuve en la calle, nada de eso, pero uno mantiene sus enreditos. Nosotros nos íbamos para una plaza donde iban las niñas ricas que se creían punkeras, uno les echaba el verbo y ellas te daban trago, plata, y si estabas muy de buenas una de ellas te decía: ‘hey vamos para algún lado’. Lo logré solo una vez, pero con una pelada que estaba completamente loca y desquiciada que vivía por decir algo en El Retiro. El papá era un diplomático, la mamá una diseñadora loca. Tenían varios carros, que eso allá es todo un lujo. Ella incluso llegó a pasar una noche conmigo debajo del puente. Decía que se sentía diferente, que ese era un mundo de magia.

     

    ¿Cómo era la seguridad?, ¿también se considera que el indigente es el malo, el atracador?

    Yo tenía un amigo, Pauel, y él tenía una perrita que se llamaba Nely que era una chanda. Ellos anduvieron un tiempo conmigo y él un día agredió a una persona a puño y lo encarcelaron por 15 días, 15 días que me encarté con esa chanda, porque a mí no me gustan casi los perros. Si un gamín se pasa de la raya lo encierran.

     

    ¿Cuándo y por qué decidiste salir de esa vida?

    Unos siete meses después dije: ‘¿sabe qué? Me debo poner a estudiar’. Fue como un llamado moral. Yo vivía muy feliz, tenía un círculo social, muy bonito y todo eso, pero en un momento fue el llamado moral. Ya iba a cumplir 20 y no había hecho nada con mi vida, yo sentía que yo era un extranjero y no me podía quedar allá todo el tiempo. Me estaba arriesgando a que me sacaran y si me sacaban como un gamín yo volvía a Colombia completamente derrotado, sin nada que contar.

     

    Me puse a estudiar viviendo en la calle. Volví a trabajar, mi antiguo jefe me dijo que pa’ las que sea, me devolvió mi trabajo, entonces yo ya era un gamín con plata. Me recontrató y me volvió a pagar lo mismo de antes. Empecé a ganar plata y a estudiar y en esas conocí a mi novia con la que viví 2 años. Yo salí de la calle para vivir con ella. Ella se enteró mucho tiempo después de mi historia.

     

    Nunca cambió la relación con mis amigos de la calle. Nunca dejaron de ser mis amigos y así consiguiera amigos con plata me seguía relacionando con ellos.

     

     

     

    Lea las otras entregas de la serie Rumbos de esta generación:

     

    “Hacer siempre lo que te hace feliz”

     

    Un retrato en China

    En la edición 54 de contexto, página 7.

     

     

  • “Hacer siempre lo que te hace feliz”

    Santiago Cardona es un joven músico y estudiante de Mercadeo que cumplió el sueño de muchos jóvenes: parar sus estudios y viajar por toda Europa, parte de América, Asia y Medio oriente. Esta entrevista recoge algunas experiencias y las lecciones que se derivan de ellas. Esta es la primera entrega de una serie que hemos denominado Rumbos de esta generación, periodismo sobre viajes que habla de los jóvenes de este mundo y esta época.

     

    A pesar del cielo nuboso y grisáceo, me encontré un sábado en la mañana montando en bicicleta con Santiago Cardona en la Universidad Eafit, donde él cursa su sexto semestre de mercadeo. Lo primero que me sugiere entre risas: “monte tranquilo que aquí es como en Dinamarca, no dicen nada”. La seguridad de su comentario nace de su confianza natural, su extraordinaria habilidad empática y el año que pasó viajando.

     

    Su historia fue famosa entre sus amigos y conocidos que se fascinaban y envidiaban con las fotografías que subía a sus redes sociales y los relatos que llegó contando. Además, el resto de la ciudad también conoció su historia, pero por otro motivo.

     

    El viaje lo habían iniciado juntos tres amigos, teniendo en cuenta que estando en Europa cada uno tomaría su propio rumbo. Uno de estos, Daniel Uribe, se extravió mientras pasaba por Israel. La noticia transitó tanto por los medios de comunicación locales y nacionales que no hubo joven en Medellín que no se enterara de la noticia. Las teorías conspirativas, los chismes y las suposiciones erróneas no se hicieron esperar y finalmente todo logró resolverse.

     

    Sin embargo, nada de eso hace parte de la conversación que tuve con Santiago durante las dos horas que me resumió entre sonrisas sus anécdotas, las herramientas que usó, los desafíos y los aprendizajes que él mismo tuvo en su envidiable experiencia personal.

     

    Antes del viaje

    La idea de irse por Europa empezó seis meses antes, cuando Santiago representó a su universidad en un congreso internacional efectuado en Argentina. El desafío de superar las cuatro etapas, conseguir el apoyo e imponerse a contrincantes de todo el mundo le dio una satisfacción que hasta el momento no había encontrado en Medellín. Desde allí viajó a Uruguay y durante toda esa experiencia se dio cuenta que la juventud conllevaba una energía, unas ganas de conocer y una capacidad de asombro que nunca se repetirían. Se dio cuenta que debía viajar y debía hacerlo en el menor tiempo posible.

     

    Su primera idea fue viajar a México, luego pensó en conseguir un intercambio pasajero en Egipto. Finalmente, por facilidad y economía se decidió por Europa con todo lo que implicaba.

    Junto con sus amigos María del Mar y Daniel Uribe se dio a la tarea de planear un viaje de mochileros por toda Europa con la intención final de que cada uno fuera por su propia cuenta. Era más fácil que cada quien utilizara sus habilidades para su beneficio además, las dormidas, los empleos, así como los intereses podían crear discusiones y discordias que prefirieron ahorrarse.

    Algunas de las páginas que utilizaron para planear su viaje y que Santiago recomienda para cualquier viajero novato son las que ofrecen voluntariados Workaway, o la propia plataforma de AIESEC que es conocida por ser una de las organizaciones juveniles internacionales más grandes del mundo. También recomienda plaftaformas como las de couchsurfing, pero advierte que la fama de esta página a veces es un poco exagerada y que se debe tener en cuenta más en las ciudades pequeñas, o en los pueblos, pues en ciudades como París o Roma es casi imposible encontrar quien te reciba.

     

    Mientras Santiago y sus amigos estaban planeando, cada uno hizo tuvo la conversación con los padres para informarles del viaje y pedir recursos. En el caso de Santiago fue muy fácil pues sus padres siempre le han dicho que haga lo que le haga feliz, aunque no le dieron el dinero del semestre para su viaje y él tuvo que “partirse el lomo trabajando” para ahorrar en seis meses los quince millones que necesitaba. Dobló voces, hizo locución, consultoría en mercadeo, vendió dulces, su propia moto y el pedal de su guitarra; dio clases de lo que fuera, trabajó en logística y naturalmente evitó salir los fines de semana. Según Santiago, esto último fue lo que más lo ayudó.

    Su primera inversión, además de los pasajes, fueron un Macbook, un celular y una cámara Nikon, ropa especial, un buen morral que lo dejaron con once millones. Sin embargo, Santiago se puso como meta con volver con dos millones de pesos como mínimo para poder recuperar la moto que necesitaría para moverse por la ciudad a su regreso.

     

    Primera parada España

    — En los primeros quince días se me fueron millón y medio y empezó el juego—dice Santiago riendo. —Llegamos a Madrid y me gustó muchísimo. Fuimos a Toledo, Barcelona…

    Lo interrumpo para hacerle una pregunta crucial que ha causado tantos debates como el fútbol, la religión, o los diálogos de paz en la Habana:

    — ¿Madrid o Barcelona?

    — Madrid, Madrid, Madrid siempre.

    — Yo también prefiero Madrid —le digo entre risas de victoria— pero la gente siempre dice Barcelona.

    — No, ¿qué es eso?, nada que ver. Es como en Rusia. A mí Moscú me pareció la tapa y todo el mundo dice San Petersburgo. No sé, usted sabe que a todo el mundo le gusta mucho el relajo o el turismo de lujo y a mí me interesa más una ciudad con más contenido. Eso es algo que aprendí en el viaje, las ciudades tienen mucho más que el disfrute.

     

    Durante la estancia en España Santiago, María del Mar y Daniel seguían juntos, no trabajaban y eran muy desorganizados, “muy primíparos”: pasaban días enteros durmiendo, o días sin dormir, gastaban mucho. Pero también fueron dos semanas que aprovecharon para visitar amigos de Medellín que estaban estudiando allá.

     

    Hungría

    Después de España, cada uno tomó su propio rumbo y Santiago se fue en avión hasta Budapest, donde permaneció nueve semanas. Allí empezó a trabajar dando clases de inglés en el colegio Szént István Gimnazium mientras recibía aprendía húngaro. En este punto empieza a explicar que el húngaro es una lengua muy difícil, “las letras de pronto las aprende, pero la fonética es muy difícil. Llevo estudiando música toda mi vida y me demoré quince días en coger el alfabeto, o sea quince días cogiendo un sonido. Eso es muy difícil”.

     

     

     

    El contacto con el colegio lo hizo por medio de AIESEC y ya ellos le consiguieron la estadía. Se quedaba con alumnos y pudo recorrer la ciudad con ellos usando el que para él es el mejor sistema de transportes del mundo: bus, metro, tranvía, funicular, bote, trolebús, todo, todo.

     

    Aunque Santiago quedó completamente enamorado de Budapest y viviría allí sin pensarlo, hay varias cosas que no le gustaron como la esperanza de vida que es muy bajita: setenta y cinco años, o la alimentación que es muy mala: a base de agua, pan y grasas exageradas en carnes y quesos. Pero también me aclara que esa dieta la conoció por la familia que lo adoptó al principio; porque después en el colegio conoció una novia, hija de alguien al quien Santiago describió como el “Rafael Novoa húngaro”, y se dio cuenta que no todas las dietas eran tan precarias.

     

    En Hungría, Santiago hizo lo que en su opinión es el mejor método para viajar: establecerse en un lugar, trabajar y de ahí ir saliendo cada fin de semana a conocer, teniendo siempre un sitio a dónde volver y pudiendo planear bien las cosas y evitarse así el encarte de las maletas, solo llevar lo indispensable.

     

    De esa forma conoció Republica Checa, Alemania, Eslovaquia, Eslovenia, Austria y todos los países que quedaban por ese sector. De esos, solo en Polonia se sintió inseguro: “mucho turismo sexual, drogas, plazas de vicio y peligro. No es tanto como Medellín, pero igual me dio miedo”.

     

    Se iba en bus, en avión o utilizando páginas donde los usuarios utilizan sus vehículos como colectivos para viajar de un sitio a otro tipo: “voy para tal ciudad, tengo tanto espacio en mi coche y cobro tanto”. Así pudo practicar muchos idiomas hablando con la gente del carro por largas jornadas, esta forma de viajar sobretodo le sirvió para entender el italiano.

     

     

    Las relaciones

    — ¿Por qué no te fuiste para Suiza?

    — Ya lo tenía todo, tenía quién me recibiera: una caleña hermosa que estaba de embajadora de la ONU allá con 23 años y que me daba todas las garantías, pero cuando ella me dijo yo iba para Florencia y después para Roma, Venecia y entonces no hubo forma. Después ella me dijo que la recibiera en Budapest, pero yo allá estaba con Fruzsi Scherer (nombre inentendible con acento húngaro). No la podía recibir.

    — ¿Cómo era la relación con las europeas?, ¿es verdad el mito de que son más relajadas?

    — Uf, qué diferencia: cada quien paga lo suyo, no hay que llevarla, a mí me encantó eso.

    — ¿Y para estar con ellas?

    — Más difíciles.

    — ¿Sí?

    — Más difíciles y más fáciles. Ser novios es muy difícil. O sea, si te presentan a los papás, estás hecho. A ellas les impresiona mucho la inteligencia; en cambio la plata no hace la diferencia.

     

    San Petersburgo, “ la ventana de Rusia hacia el mundo occidental”

    De Hungría, Santiago voló a San Petersburgo donde se estableció casi doce semanas. Dice que ama la ciudad, aunque prefiere a Moscú. Para él, la capital rusa es la meca económica, el colmo de la excentricidad, según dice haciendo la salvedad de que no conoce a Nueva York. Dice que los rusos petroleros son el colmo: “todos los carros del mundo, todas las tiendas, el lujo, el billete, en Moscú hay mucho billete”. Santiago no logró conocer tanto en Rusia, se concentró más que nada en las dos ciudades principales porque es un país y las distancias son enormes.

    La fotografía fue uno de los principales pasatiempos de Santiago Cardona durante sus correrías.

     

    El ruso es el idioma que más le gustó. Mientras lo aprendía, daba clases de inglés e introducción al mercadeo. Logró machacar el idioma, pues no hablaba tanto en inglés como uno pudiera pensar. Según Santiago, la clave para aprender una lengua es desarrollar el oído y la gramática, lo otro se puede conocer por Internet.

     

    Después de Rusia se dedicó a viajar por el norte de Europa: Finlandia, Lituania, Estonia y los exsoviéticos. No visitó Ucrania, aunque tenía dónde llegar y es un país barato, porque estaba en furor la guerra. A respecto de eso le pregunté sobre la imagen de Putin y me dijo que se parecía a la de Uribe, había quienes lo querían y quienes lo odiaban, pero que se diferenciaban en que todos sin excepción admitían que el tipo es un teso.

     

    Israel y los judíos

    — Fui a Israel y me quedé en un hotel cocinando. Llegué en avión desde Polonia y me quedé veintitrés días.

    — ¿No fuiste a un kibutz?

    — No, no, Israel no me gustó.

    — ¿No?, ¿por qué?

    — No me la llevé con los judíos. No sé si sea por la religión, pero ellos son muy avaros y yo no me la llevo con la gente que se va a pelear por un peso. Eso ya es peye. Ni los rusos que son los más fríos del mundo.

     

    Para Santiago Israel es muy caro. No visitó los países fronterizos por las situaciones de conflicto en que estaban, o porque eran muy costosos. E incluso así, Jerusalén le pareció igual de caro que París.

     

    Sin embargo, reconoce que los judíos no ortodoxos, que eran minoría, le cayeron muy bien y que esos eran los que mejor acogían a los extranjeros. Había mucho latino en Israel, dice. Ese fue el punto del viaje donde vio más colombianos. Su teoría es que se parecía más a Colombia: basuras en las calles, ruido, codicia con el dinero…, explicó.

     

    Abandonó Israel para hacer un eurotrip por la parte central del continente: Francia, Bélgica, Holanda, entre otros. Se lo pudo costear con unos ahorros que le quedaron de Rusia y Hungría, porque en los dos países no gastó casi nada. Su peor experiencia en Europa occidental fue en Ámsterdam, donde le robaron la maleta con la cámara, le quedaron mal con el hotel y por ello estuvo tres días sin poder dormir. Pero con ayuda de Maria del Mar y Daniel pudo organizarse y seguir con su viaje, aun sin su maleta.

     

    Turquía

    Finalmente se despidió de Europa y llegó a Turquía, se quedó tres meses: un mes en Estambul y otros dos en una granja en Hendek, cuidando a unos niños y enseñándoles inglés por seiscientos dólares al mes. Encontró el trabajo por Internet, fue y aplicó. No tuvo que hablar casi inglés y aprendió a defenderse en turco y conoció de primera mano a los musulmanes.

     

    “Turquía es la tapa del frasco. Espectacular, la estructura, la gente, las mezquitas, la comida, los bazares, todo tan único… Estambul es la única ciudad, en turismo, que yo repetiría toda la vida”. Las mezquitas fue lo que más le impresionó, sintió que era una religión más personal con Dios. Le gustó mucho y al momento de la entrevista llevaba el rosario musulmán, se sintió muy identificado y de momento se considera más inmerso en esa religión que en la cristiana.Durante los dos meses en la granja pudo pasar una experiencia muy familiar, de mucha tranquilidad y reflexión espiritual. Hacía trabajos en el campo lo que le ayudó a tonificar su cuerpo. Pero, a pesar de sentir eso, para ese momento Santiago ya estaba extenuado física y mentalmente. La capacidad de asombro se estaba perdiendo igual que la energía y el gusto a lo que estaba haciendo.

     

    Suramérica

    En un vuelo de veinte horas llegó a Brasil. No le gustó mucho por la comida. Trabajó dos meses en un asilo y terminó de perfeccionar su portugués, al que ya considera su tercer idioma. Le pareció que era un país con muchas culturas, muy fuertes todas “es un continente allí dentro”.

     

    Después voló a Bolivia donde estuvo cuatro días y quedó fascinado por la belleza, por la gente, por lo económico y por la buena logística turística. Lo mismo Perú, que fue su siguiente destino. Allí conoció Arequipa e hizo algunos tures, pero no conoció Machupichu. Llegó hasta Lima y de ahí tomó un vuelo a Colombia.

     

    — ¿Y al llegar cómo lo sentiste todo?

    — Una mierda. Todo lo de la familia, la comida y eso me gustaba mucho. Pero con la gente fue muy duro. Los paisas tienen una mentalidad muy ventajosa y la gente dice cosas como “qué miedo los musulmanes con las bombas” y yo a ellos los defiendo ante el que sea, porque viví con ellos y sé cómo son y me parece que son mejores que todas las culturas. El corazón más limpio es el de ellos. Además, muchos de los que me preguntaban por el viaje solo piensan en rumba y en viejas y eso me la volaba. Conocí 10 000 culturas y religiones y lo único que me preguntaban era por las mujeres.

     

    ¿Qué se aprendió?

    De todo su viaje, Santiago dice que sacó tres grandes enseñanzas:

    1. “Hacer siempre lo que te hace feliz. Si uno hace lo que lo hace feliz lo va a hacer mucho y de hacerlo tanto se va a volver indispensable. Por perseguir tus sueños no vas a ser pobre, esa es una percepción colombiana”.
    2. “Dios existe. Definitivamente, y te lo dice la persona que era más atea del mundo. Es que me tocaron unas coincidencias o unas cosas que de lo raras o imposibles no podían pasar. Con todo me pasaba así y lo espiritual me fue saliendo solito. No soy de ninguna religión, pero estoy más seguro que nunca, más seguro que mi mamá, que Dios existe”.
    3. “Querer es poder. La plata está hecha y cuando uno quiere con todas sus fuerzas el universo conspira a tu favor”.

    Santiago concluye que imposible escoger un país como favorito pero que, siguiendo las etapas de la vida como turista, estudiante y residente, diría que en el primer tipo están Turquía y Rusia, en el segundo Francia, Italia y Holanda y en el tercero Dinamarca y Hungría.

     

    Después de esto, me confesó que tenía pensado volver a Hungría este año, conocer los países balcánicos. También más adelante regresar a Rusia y también conocer China. De repente, se despidió apurado y salió a toda velocidad en su bicicleta porque corría el riesgo de llegar tarde a una reunión.