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  • Soledad en la fiesta brava

     

    Han pasado 40 años desde aquel domingo 20 de enero de 1980, cuando la historia de “la fiesta brava” de Sincelejo se partió en dos. Las cifras de lo que pasó solo pudieron ser claras días después: 500 muertos y más de 2.000 heridos en una tarde trágica. Queda el recuerdo que, al menos fugazmente, se evoca en cada corraleja. Este es el relato del que era entonces un joven espectador: Ubaldo José Ramos Tuirán.

     

    Principalmente en enero, numerosos pueblos de la Costa y las sabanas del Caribe, incluso en el Bajo Cauca antioqueño, celebran tardes de corralejas. Aquí las de Ciénaga de Oro 2020. Foto: María Alejandra Durango.

     

    Por aquellos días se escuchaba cantar a todo pulmón por las calles sucreñas aquel porro sabanero del compositor Rubén Darío Salcedo que dice: “Ya viene el 20 de enero, la fiesta de Sincelejo”. Lo que nunca esperábamos aquellos que con alegría cantamos ese porro del alma, era que la vida de cientos de personas se apagaría en aquella fecha.

     

    El único muerto de la casa iba a ser yo. De todos los hermanos, fui el único al que llevaron a la tarde de toros más trágica en la historia de las fiestas patronales. Yo era un muchacho de 10 años, corroncho y entusiasmado por ir a las fiestas de Sincelejo. Ya se pondrán imaginar la emoción que me dio cuando Jorge, el hermano de mi padrastro Hugo, me invitó a una tarde de toros.

     

    Cuando llegamos, a eso de las dos y media, ya estaba prendida la fiesta. En la parte baja había un picó y mucha gente esperando para subir a los palcos. Las personas se notaban felices: todos tomando ron o bailando; los niños correteaban de un lado a otro y los más grandes estábamos a la expectativa de que los toros fueran buenos.

     

    Las nubes de ese domingo eran aviso del aguacero que vendría más tarde; sin contar con el que había pegado en la mañana. El frío de una lluvia en verano es un atisbo de lo que será el invierno y, en la sabana, el invierno siempre pega fuerte.

     

    En ese momento, todos intentábamos encontrar un lugar donde refugiarnos. Jorge y yo fuimos a uno de los palcos más cercanos, pero lo que nos dijeron fue: “Váyanse para el otro lado que aquí ya no se va a dejar subir a más nadie”. En medio de la molestia por tenerme que mojar no imaginaba que esa respuesta fue mi oportunidad de salvar la vida unas horas más tarde.

    Las corralejas se realizan en ruedos con palcos de construcción artesanal y suelen ser muy concurridas.

    Foto: María Alejandra Durango.

     

    Ya estando arriba, pudimos ubicarnos en un buen sector: justo al lado del lugar donde nos negaron la entrada. Los palcos eran de tres pisos, quizá los de arriba eran más costosos porque a nosotros solo nos dio para quedarnos en el primero. Como un muchachito de pueblo, yo estaba más asombrado por la multitud de gente que por los mismos toros. Veía cómo las mujeres bailaban al son de la banda y los señores guapirreaban a garganta viva cada que una banderilla traspasaba el cuero áspero y rudo del animal que estaba en ruedo.

     

    Como siempre, la gente va a las corralejas a gozar, a pasarla bueno; nunca nadie pudo haber imaginado que un par de horas después de las risas y el baile, estarían llorando a sus amigos y familiares o estarían ayudando a sacar los muertos de una catástrofe sin precedentes.

     

    A eso de las cuatro de la tarde, las nubes negras que estuvieron todo el día rondando la ciudad descargaron las primeras gotas de lluvia; pero la fiesta no paró por el agua. Fue el sonido sordo de los palcos al venirse abajo lo que enmudeció por un momento todo el lugar.

     

    Aquella imagen de la gente feliz que bailaba, tomaba ron y guapirreaba se congeló en el tiempo; los toros que estaban en la plaza quedaron pasmados; nadie se movió durante un segundo; las trompetas, bombos y platillos dejaron de sonar; la lluvia se hizo más fuerte; todos miramos el espacio vacío entre un palco y otro; ahí lo supe, supe que aquel palco en el que no me dejaron entrar, ya no estaba. Y entonces empezó mi odisea.

     

    La multitud que estaba en los puestos superiores empezó a bajar envuelta en pánico, lágrimas y gritos. Nunca olvidaré lo que sentí cuando miré a mi lado y Jorge ya no estaba. Es como aquel dicho que dice: “Sálvese quien pueda”. La persona que me llevó se perdió, buscando salvarse. Todo el mundo corre es a salvarse la vida y los demás quedan ahí, yo quedé solito.

    Foto: María Alejandra Durango Mercado

     

    En aquellos minutos sentí que moría. La gente grande me estripaba en su lucha por salir y yo ya estaba asfixiado. No sé por qué, sería el mismo Dios, pero se me dio por irme al ladito de las primeras tablas y allí me guindé hasta caer a la plaza de toros. Pasé por debajo de las tablas y no miré nunca atrás. Decidido encontrar a Hugo, mi padrastro, comencé a caminar alrededor de toda la corraleja; yo no estaba pendiente de lo que pasó sino de encontrarlo a él: no tenía más salvación.

     

    Mientras caminaba, vi la gente bajando aturdida y llena de pánico; unos metros más y me encontraría con una de las escenas más duras que un niño puede ver: del montón de escombros vi cómo sacaban a un señor gordo, de pantalones de tirantes. Un hombre sostenía con esfuerzo sus piernas y otro sostenía sus brazos. Su cara se convirtió en la cara de la muerte para mí, los ojos cerrados y las proporciones tan grandes quedaron en mi cabeza, es el único muerto que recuerdo.

     

    Entre escombros, llantos, gritos, personas mutiladas, muertas, heridas, hijos, padres, madres y amigos; me encontraba yo solo, me encontraba perdido. No miré nada de la desgracia, yo tenía una misión: encontrar a Hugo, así que me di media vuelta y seguí mi camino alrededor de la corraleja.

     

    Cuando me alejaba de la escena, recuerdo que entre todos los llantos hubo uno en especial que nunca olvidé; era el de una muchacha que lloraba como si no hubiera mañana porque no encontraba a su papá. Ella gritaba desgarradoramente porque su papá no se podía mojar: “Él tiene una inyección, no se puede serenar. Mi papá no se puede serenar”. Estaba perdida, como yo.

     

    Seguí caminando unos minutos más y en una calle, de esas que te llevan fuera de la plaza, vi a Hugo; pensé estar a salvo y me acerqué. Cuando él me vio creí que iba a estar tan contento como yo, pero no. Hugo me miro y me dijo: “Espérame aquí”, entonces se fue y ahí sentí, por primera vez en toda la tarde, que iba a llorar.

     

    Para mí los 30 minutos en los que Hugo no estuvo fueron segundos de reflexión, aún no creo que fue capaz de dejarme solo. Esperé mientras veía a las personas correr y llorar. Toda esa escena se pintó como un recuerdo lejano y doloroso; pero yo estaba ahí, solito, en la orilla de una calle, viviendo mi tragedia. “Vamos”, fue lo único que dijo cuando volvió.

     

     

    GLOSARIO:

    Corroncho: Palabra propia del argot de la costa caribe colombiana usada para referirse de manera despectiva a todas las personas ordinarias, que no tienen cultura, costumbres, modales, educación o estudios.

     

    Picó: Del inglés pick-up. Se refiere a un equipo de sonido de proporciones descomunales con el cual se amenizan las fiestas en los pueblos de la región caribe.

     

    Guapirreo: Grito de alegría y emoción. Usado en las canciones de porro y para la comunicación entre personas del campo que se hallan a largas distancias.

     

    El paisaje, las costumbres y los oficios del campo Caribe se resumen en las tardes de corralejas. Foto: María Alejandra Durango Mercado.

     

     

     

  • Un monasterio llamado tienda

    No se sabe qué sea primero, si los tenderos que inician reglamentariamente el amanecer con su trabajo o si es el amanecer el que le quita la tranca a las rejas de las tiendas. Parece que fuera el hábito el que hace que el tiempo corra y no al revés, como si la mañana fuera mañana porque se toma tinto y la tarde fuera tarde porque se bebe cerveza y se come mecato. Son como señales para recordar cómo vivir, instrucciones de un quehacer normativo que se pega a los espacios y a sus mandatos.

     

    Fotografías: Daniela Gómez Isaza

    -How are you, mister Jumber? –

    Saluda don César al señor que acaba de llegar a la tienda, un hombre de unos ochenta años, blanco, con esas pieles seductoras para las quemaduras solares siempre a medio camino entre un rojo acentuado y un rosa pálido; tiene gafas oscuras y una gorra negra que le da cierto aire de seriedad acentuado por la ropa impecable, de camisa de cuadros entre el pantalón de tela café, aunque use chanclas de plástico negro que riñen con el aire digno del resto del vestuario.

     

    -How daw your how daw your, ¿a cómo vende el Celebrit?

    – A Five, mister Jumber.

    -Deme cuatro.

     

    Don César busca las papeletas del polvo que ayuda a la memoria, se revuelve en leche o en agua y se toma después del almuerzo, porque a esa hora es mejor, según sus usuarios.

     

    -Two tousand. Tank you very much, mister Jumber-

     

    Con eso despide al señor, que no se ofende que le hablen en ese inglés arrastrado y de que en broma lo tengan por gringo.

     

    Don César Blandón tiene 63 años, lleva año y medio como tendero desde que se vino de Venezuela; es colombiano de nacimiento, pero había llevado su vida y su trabajo en el país que dejó para llegar hasta el barrio Belén-Las Playas, a un cubil de unos seis metros cuadrados donde se acomoda su tienda con dos estanterías, la nevera, una mesa con tres sillas y un televisor de cuarenta pulgadas en la esquina más cercana a la entrada. Aunque el espacio adentro sea poco, afuera los tomadores de tinto se apoltronan en el andén como dueños de una soberanía implícita de su condición de clientes.

     

    El tinto, como el cigarrillo, requiere de un tiempo, prudente para los apurados y largo para los desocupados, hay quienes se sientan con frescura en las sillas, midiendo los sorbos, tanteando las caladas. Hay otros, como algunos taxistas, que se bogan el líquido temerariamente como si tuvieran la boca y la garganta teñida en bronce.

     

    Los más regulares en la tienda son los pacientes, los que parece que la silla se volviera extensión de su cuerpo. Arman conversaciones sobre cualquier tema, anodino o trascendental, sin que sea imposible el cambio entre uno y otro, donde las opiniones no tienen jerarquías claras de quién las profiere o con qué justificaciones las respalda. Es como una democracia amarrada a la opinión en la que basta participar mínimamente para considerarse integrado, ya sea con hijueputazo al político de turno, una risa, una alabanza al partido de ayer o un comentario sobre la raro que está el clima.

     

    Esos que se vuelven regulares, figuras más allá del tránsito constante de la calle, acaban por convertirse en nombres para don César, un perfil, un rostro, una biografía simple para que un comprador pase a ser un camarada, un compañero de silla, de tiempo: “Aquí siempre llegan los problemas”, dice don César, mientras en el televisor se estrena la nueva novela matutina de Caracol, Abismo de pasión, “vienen y comentan que el marido bebe mucho, que se murió tal familiar, que les hace falta plata. Se da uno cuenta de la forma de ser de la persona rápidamente: los que se las dan de bonachones, los que siempre piden fiado, el borracho empedernido al que la gente le tiene espina porque no hace nada. Esto se vuelve una relación familiar, como si todos fueran de la casa de uno”.

     

    Para don César, “La música más bonita que se escucha al oído es el nombre de una persona”, y por eso se los aprende, les da a los asistentes a su tienda un reconocimiento pequeño, de un vínculo en que apropiarse de su nombre o de su apodo, si es el caso, le concede una licencia para una intromisión en sus vidas como algo más que un tendero.

     

    Y es algo claro de este oficio que se cumplen muchas otras labores alternas, ya sea como psicólogo temporal, consejero de finanzas, consejero jurídico, cómplice de pecados pequeños a grandes, como tomarse un aguardiente fuera de la casa para que la mujer no regañe al marido o alguna infidelidad creciente que se guarda en encuentros que se fingen como causales. Esos trabajos subalternos no se cobran, ni el de escuchar a algún despechado solitario que se ahoga entre una cajita de cuarto de aguardiente o el que por problemas en la casa se despliega en quejas y dolores sin que nadie se lo haya pedido.

     

    Maitines

     

    A don Jesús Luis Berto Velásquez lo que más le cuesta explicar es cómo pasó de llamarse Wilberto Cosme, como el jugador del Cali, a tener empacados tres nombres y una foto en la tarjeta de identidad que no es la suya, sino la de su hermano. Fue tendero hasta hace en un año y lo tuvo como oficio intermitente desde los 70 en diferentes sectores de la ciudad. Para él la clave del negocio es una responsabilidad monacal, que afiance unos hábitos rigurosos para tener un capital bien ganado y una estabilidad: “El sacrificio va en tiempo, porque son jornadas de 14, 15, 16 horas; al otro día tiene que surtir en la mayorista, en el hueco y por la noche lidiar borrachos. Pero lo más difícil es ser organizado con la plática porque el tendero tiene un flujo de caja muy extraordinario, un día venden un millón y medio y se endeudan, tienen moza, la botan; ese es su talón de Aquiles y lo que aprovechan los gota gota para endeudarlos, a mí me ha tocado ver mucha gente correr porque estaban ahorcados por préstamos de esa gente”.

     

    Don Luis es pródigo con las palabras, tiene 59 años y una calva impecable, es culto y en su casa guarda pilares de libros bien organizados de lo que ha podido reunir con lecturas ganadas en el tiempo libre de trabajos muy demandantes. Cuando habla puede asociar el trabajo que tuvo en los casinos con lo que narra El jugador, de Fiodor Dostoievski, o citar la vida de grandes escritores para ejemplificar sus argumentos. Él mismo cree que fue especie rara entre los tenderos, porque tener ocio es difícil cuando se abre a las cinco y media de la mañana para llegar a cerrar a las diez de la noche.

     

    Su relato es similar al de don César cuando habla de medir la catadura de los seres que transitan por una tienda. Está el borracho infaltable, el loquito del barrio, la muchacha deseada que se deja gastar y la señora que fía por maña, aunque tenga la plata en la mano. Tiene sus propias cifras para describir lo que es el mercado de las tiendas de barrio y asegura que de diez tenderos debe haber uno responsable, que usualmente lleva más de 20 años en el gremio, y en su opinión las tiendas nunca se van acabar.

     

    Esta visión optimista no es solo de los tenderos, según Tienda Registrada en Colombia se estima que hay 266 mil establecimientos de este tipo y representan el 52% del mercado de consumo masivo, donde el 42% de sus visitas son diarias, aquellos descritos como los habituales en el espacio de una tienda. Esto contradice la idea generalizada de que los almacenes de cadena le restan poder a las tiendas de barrio, aunque en una investigación realizada por la Fenaltiendas, un programa de la Federación Nacional de Consumidores, en 2017, con la incursión de innovaciones en los domicilios, los métodos de pago y la tecnificación de los productos, las ganancias habían bajado un 5% respecto al año anterior; por lo que pedía que los tenderos innovaran en la práctica para competir con los adelantos en el sistema de compra y venta.

     

    Para don Luis y don César, aunque reconozcan que el tendero es tradicionalista y muy poco innovador, siempre va a haber una necesidad básica que está inmersa en la identidad colombiana: el desvare. Esa posibilidad de que una tienda cercana esté abierta cuando no hay leche ni queso para el desayuno a las nueve de la noche o que alguien iba pasando sin plata y se antojó de algo que por ser cliente acostumbrado se lo fiaron hasta mañana.

     

    Está condición de cercanía y familiaridad, que permite la confianza para comprar fiado, es una de las virtudes que un estudio de la Universidad del Norte reconoció en las tiendas. Según lo dicho por el Grupo de Investigación en Marketing: “las tiendas son visualizadas como algo cercano a sus propios mundos, es una suerte de medio-cómplice, un espacio en el que los consumidores se sienten en su propio hogar, inclusive con cierta intimidad. Esto se traduce en cercanía social de un gran significado en lo cotidiano”.

     

    Es eso y que distingue la asociación de proximidad humana y de espacio, del local al lado como sacador de apuros, mitigador de angustias, del mandado del niño y la ñapa; son los elementos que fidelizan una relación que puede crear preferencia sobre los almacenes que tienen otro tipo de acercamiento, mucho más frío, impostado y distante.

     

    Don Luis cree que para ser tendero hay que buscar lo popular, donde la gente no le dé pereza caminar como en los barrios ricos y le toque levantarse a buscar la tienda en que le vendan más barato. Fenaltiendas lo confirma porque el 96% de estos locales se ubica en los estratos 1, 2 y 3, y en pequeñas poblaciones, donde los almacenes de cadena no llegan, puede representar el 62% del comercio existente. Según la consultora Kantor, entre las grandes ciudades Medellín es en la que más se compra en pequeños negocios, con un promedio de 15 mil pesos mensuales, por encima de la media nacional que es de 10 660 pesos.

     

    Vísperas

    Erwin Rueda empezó su vida como tendero a los 23 años, muy por debajo de la medida nacional que dan los analistas, que es de 42. Su paso por el oficio lo hizo desde una tienda de pueblo, por diez años. Tiene una voz mansa y pulcra, como de sacerdote retirado, la misma que usa para leer en la iglesia o dirigirse a la gente en las reuniones comunales de su barrio. Es alto pero un poco encorvado, usa gorra para retener a la vista una calvicie que progresa y no lo enorgullece y tiene una barba perfecta, de galán turco.

     

    Su experiencia y recomendaciones para el tendero pasan desde lo normal de ser amable y constante en el trabajo, hasta saber cuidar a los borrachos y los buenos clientes. Su compromiso y esa empatía paternal por quienes caen rendidos por la borrachera o la tristeza de un despecho, lo han hecho cargarse a un hombre en medio de un aguacero para llevarlo sano y salvo hasta el sofá de su casa, o escuchar lamentaciones interminables de amigos que no saben lidiar con el dolor de una pérdida.

     

    Esa comprensión religiosa quizá sea común a la mayoría de los buenos tenderos, saber escuchar como no la haría un cura viejo en un confesionario, evaluando silencios y gestos, midiendo la calidad de un dolor o de un deseo o de una necesidad, con esa paciencia que a veces está formada del tedio de horas de poco flujo de trabajo y el recuerdo de que se es más persona que tendero, aunque esa labor parece llevarse toda la vida y condiciona el trato entre conocidos, deudores, proveedores, familia; como si fuera de esas profesiones de rigurosidad castrense, cercana a los militares en los duros horarios y a lo religioso por esa vocación de empaparse con lo humano inevitablemente.

     

    Erwin tiene ojeras ocasionales, quizá heredadas de las limitaciones de sueño que todo tendero carga, como decoración de un rostro que parece más desgastado que el del resto, pero con el deber de una amabilidad que a veces se socava por la falta de descanso y una que otra angustia.

     

    El tendero tiene muchas reglas, pero ningún manual: tiene que cuidar a sus borrachos, al menos a los que se emborrachan en su tienda, como aclara don Luis; hay que lidiar con los proveedores, que hacen peregrinaciones incansables por la ciudad y eso a veces resiente su ánimo; mantener a raya a los fiadores, que amañan al tendero primero y después, si no son apretados, caminan como perros por su casa, piden y agarran al gusto; toca tener cuentas claras, para que la plata en los bolsillos no de la apariencia de una riqueza que suele esfumarse en cada paga de mercancía; hay que involucrar a la gente con una costumbre que los lleve allá, llamarlos y distinguirlos, hacerlos ver cómo menos anónimos, para que esa carga del nadie se alivie por preguntas circunstanciales que alegren el ánimo e inciten una conversación y así el cliente se vuelve personaje, se hace al espacio como quién busca en repeticiones una aceptación en el mundo que haga olvidar los atascos en el tráfico, los problemas en la casa, todo lo que recuerda un deber con la vida que es más miserable que ese sosiego de los espacios rituales, como si la tienda fuera una iglesia laica sumergida en los barrios, con devotos voluntarios, reglas consabidas, celebraciones al capricho de su bolsillo y oraciones que se saben pero no se enseñan.