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  • La medicina del espíritu

    Una ronda con dosis de esperanza para pacientes que aprenden a ser su propia medicina gracias a una experiencia curativa con la música.

     

    Federico Hoyos Gutiérrez / federico.hoyos@upb.edu.co

     

    Dentro de la Unidad de Cuidados Intensivos pediátrica –UCI–, el aire acondicionado era gélido en comparación con el calor tropical de afuera. En la cama de la habitación yacía recostado un niño de dos años. Sus ojos negros miraban con toda curiosidad el mar de aparatos a su alrededor. Electrodos, cánulas y catéteres estaban conectados a su cuerpo. Su única ropa era un pañal. Su piel era tan blanca como las bolas de naftalina. A simple vista, sus músculos se veían flácidos. Al frente de la cama un televisor proyectaba imágenes de caricaturas.

     

    El pequeño no podía moverse. Su cuerpo estaba totalmente paralizado. Ni siquiera podía respirar por sí mismo. Una máquina lo hacía por él. El monitor marcaba un pulso cardíaco de 100 y una saturación de oxígeno del 95%. Padecía de una rara enfermedad llamada distrofia muscular. Lo único que movía eran sus ojos y sus labios, que descubrían su sonrisa. Una sonrisa que le producían las melodías cantadas por Elkin Franco, musicoterapeuta del Hospital Infantil Concejo de Medellín.

     

    A Elkin lo acompañaba Ivonne Mayorga, musicoterapeuta bumanguesa que estaba de visita por esos días en el hospital. Ella tocaba un xilófono de madera mientras Elkin entonaba unos versos improvisados:

     

    Suena muy bonita en el hospital,

    suena, suena, suena muy genial.

    Y una melodía hecha para ti.

    Yo vengo a cantarte aquí en Medellín.

    Suena, suena, suena muy genial.

    Y una melodía desde el corazón.

    Suena que suena con mucha emoción.

     

    Suena que suena, te quiero contar.

    Aquí estamos todos para saludar.

     

    Suena que suena en esta canción,

    con una sonrisa desde el corazón.

     

    De repente, Ivonne dejó de tocar el xilófono y sacó a relucir su delicada voz lírica, que burlaba el tapabocas, para susurrar melodías al oído del pequeño. En otras ocasiones, Elkin le daba golpecitos en la mano al niño y le levantaba levemente el brazo siguiendo el ritmo de la melodía. El pequeño no decía nada, pero su sonrisa mueca lo decía todo. Su cuerpo no emitía sonido alguno, pero adentro, su cerebro estaba de fiesta. El monitor ahora marcaba un pulso cardíaco de 85 y una saturación de oxígeno del 99%.

     

    Finalizando la terapia, el niño, solito, comenzó a mover su mano izquierda al compás de la canción. A Ivonne y a Elkin se les iluminaron sus ojos como bombillas y, pese al tapabocas N-95 que llevaban puesto, fue evidente que se sonrojaron. Ellos apenas conocían al niño, pero en escasos quince minutos el hada de la música los había unido en cuerpo y alma.

     

    —Muy bien. ¡Un aplauso, campeón! Chao, mi amor. Ángel de luz, cachetón — despidió Elkin al chico.

    —Te vamos a venir a cantar todos los días — dijo Ivonne.

     

     

    El primero con la música

     

    En diciembre de 2020, la Alcaldía de Medellín inauguró el Programa Integral de Musicoterapia –PIM– en el Hospital Infantil Concejo de Medellín. Se trata del primer centro de salud pediátrico de la ciudad en implementar un programa de esta índole. La iniciativa está dirigida a niños y adolescentes entre un mes y quince años de vida. Según cifras oficiales, se estima que el PIM beneficia a cerca de 7 900 niños.

     

    Más de 70 instrumentos fueron donados por una empresa, Felipe & Chagai Stern. Además, Elkin cuenta que posteriormente recibieron la donación de diez ukeleles por parte de la fundación estadounidense Ukelele Kids Club.

     

    El equipo de musicoterapia está conformado por dos personas. Elkin Franco: antioqueño, carismático y locuaz. Tiene el cabello cogido en cola y su aspecto físico se asemeja al del escritor tolimense William Ospina. Y Elizabeth, una nariñense de tez mulata con timbre de voz dulce y musical como su apellido: Coral. Ambos se desempeñan como docentes de música y tienen título de maestría en Musicoterapia.

     

    Elizabeth y Elkin relatan que el contexto social de muchos de los niños que visitan el hospital es complejo. A este centro de salud llegan niños abandonados, maltratados, desnutridos y abusados sexualmente. “Es posible que (los niños) estén mejor aquí que en la casa”, afirma Elkin. Tanto en los pasillos como en las habitaciones del hospital, es frecuente escuchar el acento caribe de los migrantes venezolanos que llegan a la ciudad buscando un mejor porvenir. “Cada habitación es un mundo”, dice Elkin.

     

    Inicialmente, muchos veían con reticencia la llegada de los musicoterapeutas al hospital. “Antes ni siquiera nos saludaban”, confiesa Elizabeth. Sin embargo, ahora las cosas han cambiado. Cuando los ven pasar por los pasillos son objeto de simpatía, no solo por parte del personal médico y administrativo, sino también de los trabajadores de servicios generales.

     

    Elkin y Elizabeth visten pijama quirúrgica azul oscura. Algunos niños pequeños los confunden con los médicos y sienten temor al verlos porque piensan que les van a aplicar una inyección.

     

    —¿Usted es el doctor? — le pregunta un niño a Elkin.

    —Yo soy el doctor de la música — bromea el musicoterapeuta.

     

     

    Cuando no hay mucho “boleo”, Elkin y Elizabeth les hacen terapia a los médicos, enfermeras y otros empleados del hospital. Eso les permite a estos desahogarse, reducir la carga de estrés y amenizar el ambiente laboral.

     

    Pie de foto: Elizabeth Coral Salas, musicoterapeuta del Hospital Infantil Concejo de Medellín.

     

    Una disciplina humanista

     

    Según la World Federation of Music Therapy, la musicoterapia se define como “el uso profesional de la música y sus elementos como una intervención en entornos médicos, educacionales y cotidianos con individuos, grupos, familias o comunidades que buscan optimizar su calidad de vida y mejorar su salud y bienestar físico, social, comunicativo, emocional, intelectual y espiritual”.

     

    Sin embargo, Elkin explica que la musicoterapia trasciende el ámbito musical hacia el sonoro: “El término música se queda cortico. A veces (en las terapias) no se utiliza ni una estructura o una canción, sino un elemento sonoro. Hay procesos terapéuticos que se generan solo desde el ritmo, y no existe el texto, no existen las alturas, ni las melodías…”.

     

    Las sesiones de musicoterapia se realizan de dos maneras: de forma activa, cuando los pacientes crean música (ya sea mediante la voz o algún instrumento). También existe la musicoterapia pasiva, que se utiliza cuando el paciente no tiene la posibilidad de tocar el instrumento y se dedica solamente a escuchar la pieza musical interpretada por el terapeuta (como es el caso de los neonatos y los pacientes en estado crítico).

     

    Las piezas musicales, por lo general, se interpretan en vivo y de manera improvisada. Esto le permite al terapeuta modificar los parámetros musicales (ritmo, tono, armonía y melodía) de acuerdo con la reacción y observación del paciente. “El musicoterapeuta tiene que ser creativo por excelencia, porque estás trabajando con el paciente en el aquí y en el ahora”, expresa la doctora Clara María Solórzano, especialista en Medicina Psicosomática y musicoterapeuta de la Guildhall School of Music and Drama, de Londres.

     

    Solórzano plantea que entre las cualidades necesarias para un musicoterapeuta también se encuentran la empatía, la recursividad, la paciencia, la tolerancia a la frustración y la sensibilidad. “El músicoterapeuta tiene que poner el corazón”, dice la médica.

     

    Por su parte, Elizabeth explica que al comienzo, por lo general, hay una entrevista con el paciente y sus familiares para definir los objetivos terapéuticos y el formato a utilizar, que puede ser individual o grupal. “Los dos son importantes y los dos son valiosos, dependiendo de lo que el paciente necesite”. Es por eso que debe existir una relación de confianza lo suficientemente fuerte entre el músicoterapeuta y el enfermo, con el fin de establecer una adecuada comunicación, en este caso, a través de la música.

     

    Asimismo, Elkin manifiesta que la efectividad de la musicoterapia radica en la utilización de los componentes de la música y del sonido, que generan el proceso terapéutico, independientemente de las cuestiones estilísticas e incluso culturales. “No es el instrumento, sino la manera en que se utilice ese instrumento. No es el tipo de música, sino la manera como se utiliza esa música”, explica.

     

    Solórzano plantea que si la pieza musical elegida tiene una velocidad inferior o igual a la frecuencia cardíaca basal, además de una armonía simple y repetitiva, genera un efecto relajante en el cuerpo. En cambio, aquellas piezas musicales rápidas y con estructuras complejas (como el jazz) producen un efecto estimulante. El criterio de selección de los sonidos a utilizar depende de los propósitos terapéuticos y del diagnóstico individualizado para cada paciente.

     

    A su vez, Elizabeth hace una precisión importante: la musicoterapia es apta para todo público y no se requiere de saberes previos. “Si tú quieres participar, no necesitas tener conocimientos musicales. Se trabaja con tu música y tu sonido interno”.

     

    Sin embargo, como toda disciplina, la musicoterapia tiene límites. “Nosotros no generamos diagnósticos. Un musicoterapeuta no te va a decir: ‘Este niño es autista, este niño tiene síndrome de Rett… no te va a dar un diagnóstico psiquiátrico, ni emocional, ni psicológico. Si un musicoterapeuta te dice eso, te está mintiendo. Está ejerciendo la profesión de una manera inadecuada”, comenta Elkin Franco.

     

    El musicoterapeuta hace parte de un engranaje que trabaja de manera articulada con el personal médico del hospital. “A partir de un diagnóstico que ha realizado otro profesional de la salud (médicos, psiquiatras, etc.) yo entro a apoyar, a complementar, a sumarme a algunos objetivos para la recuperación o rehabilitación de esa persona desde la musicoterapia”, puntualiza Elkin.

     

    —¿Qué le dirías tú a las personas que miran con desconfianza a la musicoterapia? — le pregunto a Ivonne Mayorga.

     

     

    —Persona a la que tú le preguntes tiene inmerso el sonido y la música, desde que nacemos. Si hay algo que tiene un impacto, un poder inmenso en el bienestar colectivo y además es no farmacológico, ¿por qué no? Nosotros no sanamos pero, en materia de investigación, la música llega a las células y hay una modificación considerable. La música abraza a todos sin distinción. Es inherente a cualquier situación y estado del ser.

     

    “La música es el alma que vibra en todos los seres”. Esta es la frase que se lee en una de las puertas de la ludoteca del hospital, lugar donde se guardan los instrumentos musicales utilizados en las terapias.

     

    Suena el antídoto

     

    En el quinto piso del hospital, Elizabeth caminaba por el pasillo con un ukelele colgado al hombro. Elkin hacía lo propio con una guitarra acústica. También llevaban un carrito de madera cargado de tambores, ukeleles, xilófonos de madera, maracas, huevos sonajeros, panderetas y un tambor oceánico (llamado así porque produce un sonido parecido al de las olas de mar).

     

    Ingresaron con el carrito a una habitación amplia, fresca e iluminada. En el recinto había seis camas y cuatro pacientes. Entre ellos se destacaba un niño moreno, flaco y simpático que, a juzgar por su rostro, no sobrepasaba los diez años. Tenía una fractura en el brazo izquierdo. Sus dientes brillantes contrastaban con su tez café y cabello crespo color azabache. Su sonrisa quedó al descubierto cuando llegaron los musicoterapeutas. Elkin y Elizabeth lo reconocieron de inmediato. El paciente llevaba varios días hospitalizado.

     

    Este chico fracturado fue el primero en acercarse al carrito para tomar un instrumento. Cogió un tamborcito que llevaba pintados los colores de la bandera colombiana. Elkin se le acercó y le acarició la cabeza, a modo de saludo.

     

    —De uno a diez, ¿cuánto te duele? — le preguntó Elkin al muchacho.

    —Cinco — dijo el niño

     

    Uno de los métodos que utilizan los profesionales en musicoterapia en el momento de medir la efectividad del tratamiento, es una escala de dolor de diez puntos (siendo uno, la ausencia de dolor, y diez, un grado de dolor insoportable). Durante cada uno de los cinco minutos que duró la terapia, el chico tocó el tambor con su brazo derecho, demostrando una alegría irrefrenable en cada golpe.

     

    —Queda contratado pa’ la orquesta de Navidad. — charló Elkin con el chico al terminar la terapia. Acto seguido, le volvió a preguntar:

    —De uno a diez, ¿cuánto te duele?

    —Dos

     

    Al salir de la habitación, Elkin comentó que cuando había visitado al niño a primera hora, este había reportado una escala de dolor de 8 puntos.

     

     

    La música en nuestro cerebro

     

    En fracciones de segundo, nuestros oídos perciben las señales acústicas (es decir, el sonido) que inmediatamente son transportadas hacia el cerebro, encargado de decodificarlas y darles un significado.

     

    El psicólogo cognitivo y músico estadounidense, Daniel Levitin, afirma que “lo increíble de la música es que no existe fuera del cerebro. Una nota empieza cuando las vibraciones viajan por el aire, lo que hace que el tímpano vibre. Dentro del oído, las vibraciones se convierten en impulsos nerviosos que viajan al cerebro donde se perciben como varios elementos de la música, por ejemplo, tono y melodía. Cuando esos elementos se recombinan, forman un patrón que reconocemos como música”.

     

    “La música afecta al cerebro a tal punto que puede afectar su funcionamiento emocional y cognitivo”, sostiene el neurocientífico argentino, Facundo Manes, en su podcast Pensar de Nuevo. El investigador hace esa afirmación a partir del resultado de un estudio publicado en la revista Nature Neuroscience, el cual plantea que “escuchar música libera la misma sustancia química en el cerebro que cuando comemos una comida rica, que el sexo, y que incluso las drogas: la dopamina”.

     

    Investigadores del Instituto Neurológico de Montreal y la Universidad McGill hicieron uso de neuroimágenes funcionales y registraron los cambios en la temperatura corporal, en la conductividad de la piel, la frecuencia cardíaca y la respiración de los participantes mientras escuchaban sus canciones favoritas. El hallazgo es concluyente: la dopamina se libera en dos áreas cerebrales. “En primer lugar, en anticipación a un pico musical, en el núcleo caudado (sitio clave para el aprendizaje y la memoria). A continuación, durante la experiencia máxima, en el núcleo accumbens (sitio clave de las vías de recompensa y el placer)”.

     

    En un estudio realizado entre el Hospital Mutua de Terrassa y la Universidad Autónoma de Barcelona, se descubrió que “la música es tan efectiva como los sedantes para reducir la ansiedad prequirúrgica”. La investigación se hizo entre junio de 1998 y noviembre de 2001 y contó con la participación de 207 pacientes que fueron sometidos a diferentes tipos de cirugías.

     

    Con este estudio, que tuvo el objetivo de comparar la efectividad de la música frente al uso de un ansiolítico llamado Diazepam en la reducción de la ansiedad prequirúrgica, se llegó a la conclusión de que “no se encontraron diferencias significativas entre ambos grupos (música y sedantes) en cuanto a las variables estudiadas (ansiedad, cortisol, frecuencia cardíaca y presión sanguínea)”.

     

    El entrenamiento musical frecuente implica la interacción de diversas estructuras cerebrales que favorecen el desarrollo cognitivo. Anita Collins, experta en educación neuromusical y profesora de la Universidad de Canberra, asegura que “tocar un instrumento involucra prácticamente todas las áreas del cerebro a la vez, en especial las cortezas visuales, auditivas y motoras”.

     

    Collins también asevera que interpretar y crear música incrementa el volumen y la actividad del cuerpo calloso, elemento situado entre el hemisferio izquierdo y derecho del cerebro. Mientras mayor sea el tamaño de esa estructura, mayor será el intercambio de información interhemisférica y, en efecto, existirán más posibilidades de desarrollar un pensamiento creativo.

     

    Un puente de comunicación

     

    “En mi experiencia, en una de las situaciones que veo que la musicoterapia es muy efectiva, es donde hay un trastorno de la comunicación: donde hay afasia, autismo… donde hay dificultades del lenguaje (que pueden ser adquiridas o congénitas)”, dice Solórzano. Según ella, el arte de la musa Euterpe “es una herramienta muy útil para acelerar el proceso del lenguaje. La música permite expresar las emociones, porque la melodía toca directamente el corazón, el ritmo toca el cuerpo, la melodía va directamente a la emoción y la armonía va directamente a la parte intelectual”.

     

    Carlos Andrés Mesa, licenciado en Dirección Musical de la Universidad de Antioquia, concuerda con Solórzano. “El instrumento musical, además de que estás desarrollando unas habilidades auditivas, motoras, visuales y cognitivas, te está dando la oportunidad de expresar muchas situaciones emocionales en las cuales el ser humano siempre las va a necesitar para desahogar sus inquietudes”.

     

    Cuando la curiosidad despierta

     

    Elizabeth Coral comenzó a interesarse por la musicoterapia cuando se dio cuenta de que había aliviado el corazón de una niña mediante la música. A la academia donde trabajaba, llegó una chica con síndrome de Down. “Nadie la quería recibir. A los otros profesores les daba miedo trabajar con esos niños. Yo le dije (a la niña): ‘Venga, que yo la recibo’”, rememora Elizabeth.

     

    Ella fue franca con los padres de la menor y les advirtió que en ese momento no contaba con las suficientes herramientas profesionales para trabajar con personas que tenían esa discapacidad, pero que estaba dispuesta a transmitirle a la niña la pasión por el arte. “Pasó una cosa muy curiosa que yo no sabía: la mamá, como a los seis meses de estar (la niña) conmigo, estaba súper agradecida. Un día llegó y me dijo: ‘Eli, es que nos quieren hacer una entrevista”.

     

    Antes de que la niña empezara las clases de música con Elizabeth, sus padres debían llevarla mensualmente al hospital a causa de sus complicaciones cardíacas. Pero desde que la menor inició las clases, las dolencias desaparecieron. “No sé qué pasó, no sé tú qué haces en las clases”, le decía la mamá de la niña a Elizabeth. Ahí fue cuando ella descubrió el potencial que tiene la música de modificar comportamientos y encontró en la musicoterapia su camino de vida. Es máster en Musicoterapia de la Universidad Central de Cataluña.

     

     

     

    << Pie de foto: Elizabeth Coral Salas utiliza el ukelele al momento de realizar terapias con los niños enfermos del hospital.

     

    Por su parte, Elkin, trabajaba con comunidades vulnerables y en ese proceso descubrió que el sonido es una herramienta útil para cohesionar grupos. Primero realizó cursos formativos y luego decidió cursar la maestría de Musicoterapia en la Universidad Internacional de la Rioja, España. Sueña con doctorarse en la materia.

     

    A Ivonne Mayorga le sucedió lo más paradójico que le puede pasar a un músico: durante la universidad empezó a presentar amusia, un aborrecimiento total a la música. Comenzó a presentar alteraciones nerviosas fluctuantes, ansiedad y, en ocasiones, perdía la noción espacio-temporal.

     

    Entonces Ivonne tomó la decisión de ingresar a un laboratorio de Musicoterapia en Bucaramanga que recién había fundado la esposa de uno de sus maestros de la universidad. Empezó a meterse en el cuento de la musicoterapia y poco a poco recuperó el ritmo, la afinación y la tranquilidad que hacía rato no encontraba.

     

    Posterior a eso estudió Musicoterapia en la Universidad Internacional de la Rioja y se especializó en Musicoterapia para cuidados intensivos. “Fui paciente inconsciente… Cuando empiezo la formación en musicoterapia me doy cuenta de una serie de cosas en materia celular, en materia nerviosa, en materia psiquiátrica, en la modificación del PH sanguíneo…”. Ivonne se autodefine como una divulgadora de la musicoterapia, desde que se levanta hasta que se acuesta.

     

    Música, ropaje de la humanidad

     

    Los humanos somos seres musicales por naturaleza. Según Memo Ánjel, filósofo y docente de la Universidad Pontificia Bolivariana, el hombre es el más curioso de los animales. Desde el surgimiento de nuestra especie, el hombre ha utilizado las manos para elaborar e interpretar instrumentos, el oído para descifrar los sonidos de la naturaleza y la voz para emularlos.

     

    “Los hombres trataban, de una u otra manera, de imitar los cantos de los pájaros, el ruido de ciertos insectos, el movimiento de las pezuñas de algunos animales sobre las praderas”, cuenta la historiadora Claudia Avendaño en el programa radial Relatos frente al espejo.

     

    En la Biblia se encuentran los primeros vestigios del uso de la música con fines terapéuticos. Las Sagradas Escrituras relatan que David interpretaba el arpa para tranquilizar al iracundo rey Saúl, quien estaba completamente obnubilado por el poder. Saúl era “prepotente y peligroso, y David trataba de calmarlo a punta de música”, cuenta Ánjel en el programa radial de La otra historia.

     

    Por su parte, los griegos “descubrieron que la música podía por un lado reducir la ansiedad y disminuir los pesares del espíritu, pero, por otro lado, podía normalizar el sueño de las personas con insomnio y mejorar la digestión” dice Guadalupe Bence, psicóloga de la Pontificia Universidad Católica, de Buenos Aires. De ahí surge la célebre frase de Platón: “La música es para el alma lo que la gimnasia es para el cuerpo”.

     

    Según la mitología helénica, Zeus y Mnemósine se unieron para dar luz a las nueve musas: las patrocinadoras del arte. Ellas nacieron en noches consecutivas y vivían en el Monte Parnaso, lugar consagrado al dios Apolo. Entre las musas se destaca Euterpe, “señora de la canción, protectora de los intérpretes y musa de la música”, como la describe el periodista Reinaldo Spitaletta.

     

    En América, las culturas aborígenes precolombinas utilizaban la música como herramienta para expulsar enfermedades. Estas eran concebidas como la ausencia de salud a causa de fuerzas mágico-religiosas que se apoderaban de la persona. La música para ellos era una forma de sanación, una especie de conjuro contra los demonios.

     

    En la India, la medicina tradicional ayurveda plantea que el sonido tiene una resonancia en el cuerpo humano y es capaz de producir la curación de diferentes dolencias. Mediante diversos ejercicios en los que predominaba la voz humana, se entonaban consonantes y vocales para estimular el cerebro.

     

    Hace poco más de quinientos años, el sultán Bayecid II (líder del Imperio Otomano entre 1481 y 1512) tuvo un sueño en el que le encargaron construir un hospital en la ciudad de Edirne (actual Turquía). El sultán, habiendo cumplido el sueño, estableció en ese hospital el primer centro de musicoterapia en el Medio Oriente. El lugar contaba con un recinto exclusivo para los músicos y estaba diseñado con una acústica especial que permitía que los sonidos llegaran a todas las habitaciones de los pacientes y, de esa manera, se cumpliera el efecto terapéutico. En el centro del hospital había una fuente de agua, cuyo sonido también servía como elemento relajante y tranquilizador para la buena salud de los enfermos.

     

    Siglos más tarde, durante el esplendor del barroquismo europeo, se comenzó a tejer la leyenda de que un tal Johann Sebastian Bach (1685-1750) le componía canciones al conde von Keyserlingk para arrullarlo en sus noches de insomnio. A esa serie de canciones se le conoce como Variaciones Goldberg.

     

    La musicoterapia se profesionalizó en Estados Unidos durante los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial. En aquella época se abrió un espacio para que los músicos entraran a los hospitales con el fin de mejorar el estado anímico de los veteranos soldados que habían llegado con traumas físicos y emocionales a causa de la guerra. A partir de la visita de los músicos, el tiempo de permanencia de los pacientes se redujo sustancialmente. En 1950 se fundó la American Music Therapy Association y tres décadas más tarde, en 1985, se creó la World Federation of Music Therapy.

     

    En Latinoamérica, Argentina y Brasil son líderes en investigación musicoterapéutica. En ambos países hay pregrados y postgrados en la materia. En Colombia, por el momento, solo existe una Maestría en Musicoterapia en la Universidad Nacional (sede Bogotá). El programa tiene una duración de dos años y pueden acceder a él personas con diferentes profesiones, con la salvedad de que posean amplios conocimientos musicales. En Medellín existen diplomados en la Universidad EAFIT, en la San Buenaventura y en la Universidad de Antioquia.

     

    Intubación con serenata

     

    En la UCI pediátrica del Hospital se escuchaba el llanto desconsolado de una pequeña de nueve años. Elkin e Ivonne se asomaron a la puerta de la habitación. Las lágrimas rodaban abundantes por las mejillas de la niña. Era incapaz de comprender por qué tenía dos cables conectados al pecho. Estaba a punto de ser intubada y su nerviosismo ante lo desconocido la invadía. Y no es para menos. En una UCI el temor de los niños es dormir sin la certeza de volver a despertar.

    —¿Qué me van a hacer? — preguntaba constantemente la niña.

    —Te vamos a poner anestesia — le decía la enfermera en tono apacible a la niña.

     

    Al lado de la camilla donde reposaba la pequeña había una mesa con instrumentos quirúrgicos (pinzas, agujas, porta agujas, jeringas, etc.) La madre de la niña estaba muda. Sus ojos, achocolatados. Se aferraba a una cobija.

     

    Elkin se acercó a la niña sigilosamente e hizo sonar su guitarra acústica de madera maciza y cuerdas de nailon. Interpretaba un círculo armónico de tres acordes e inventaba melodías que salían de su boca, en un intento por sosegar a la chiquilla. Como por arte de magia, el llanto cesó. El intensivista, que estaba encantado con la guitarreada inesperada, le pidió el favor a Elkin de que continuara con la serenata desde afuera, mientras intubaba a la niña.

     

    Finalizado el procedimiento, el galeno se acercó a la madre de la menor y le dijo, con sus ojos puestos en la niña:

     

    —¿Sí ves como relaja la música? Y a ti también.

     

    Pie de foto: Ivonne Mayorga y Elkin Franco, en la entrada de la UCI del Hospital Infantil Concejo de Medellín.

     

    Nota: el texto se publicó originalmente en el blog del autor: https://fedehoyosg.wixsite.com/website/post/la-medicina-del-esp%C3%ADritu

     

     

  • Lo que no se nombra, no existe

    Un recuento que supera el silencio y el tiempo, por recuerdos que revelan con qué trata una familia cuando una persona se debate en medio de las adicciones.

     

    Laura Restrepo Rodríguez / laura.restreporo@upb.edu.co

     

     

    Oriente

    Oriente

    Oriente

    Oriente

    Oriente

    Yo me voy a morir (Oriente)

    Caramba

    Me voy a matar (Oriente).

     

    En los pocos momentos en que Jorge se encontraba en su casa, escuchaba salsa, en especial Oriente, de Henry Fiol. No perdía oportunidad de poner a sonar la canción en su grabadora.

     

    Fruco, así lo llamaban sus amigos, no por el grupo de salsa sino por su gran parecido al mono de las salsas Fruco que salía en los comerciales de televisión de la época. Era 1980 cuando Jorge comenzó su adicción, tenía 16 años y estudiaba en el colegio Salazar y Herrera. “Era muy extrovertido, muy ágil e inteligente para que va a hablar uno. Era muy hábil para decir mentiras, para coger las cositas ajenas”, cuenta Mauricio, uno de los 13 hermanos Rodríguez Agudelo, quienes llegaron a Medellín en 1964 desde el Nordeste antioqueño, en busca de mejores oportunidades.

     

    Luz María Agudelo y Dagoberto Rodríguez se casaron el 12 de abril de 1953 en el municipio de Segovia. Ese mismo año nació la primera de los 14 hijos que tuvieron. De los ocho mujeres y seis hombres, diez nacieron en el municipio minero de Antioquia y los cuatro restantes en Medellín. Jorge fue el último en nacer en aquel contexto rural, quien luego tendría que adaptarse a la transición de una vida en la urbe y a ello agregarle una madre que tuvo que encargarse de las actividades de crianza y cuidado sin ningún apoyo.

     

    Llegaron a la calle 82, luego a la calle El Palo y finalmente se instalaron en el barrio Cristóbal, ubicado en la zona centro occidente de la ciudad. Los hijos mayores se encontraban trabajando para ese momento, era 1980 y Jorge comenzó a relacionarse con gente vinculada al expendido y consumo de drogas. “Empezó con los amigos allá en La América, una galladita de amigos muy viciosos y él se empezó a amañar ahí y en el colegio”, cuenta su hermano, con quien por edad compartía amigos, en especial los Córdoba, a quienes muchos conocían como los jíbaros del lugar y con quienes Fruco comenzó a estrechar sus vínculos.

     

    A sus 16 años comenzó a consumir marihuana, sus hermanos comenzaron a notarlo porque llegaba con los ojos rojos. Se dejó crecer el pelo por un tiempo y empezó a usar camisas leñadoras, “ya uno sabia cuando estaba trabado”, dice Mauricio. Luego vino el vicio del bazuco que combinaba con marihuana y, a partir de ahí, Jorge empezó a amanecer en la calle y su familia el sufrimiento de convivir con un adicto. Su hermano cuenta que “después le empezó a gustar la cocaína y en las facciones de la cara se notaba, la bazuca adelgaza, empezó a coger físico de drogadicto”. Ya no era uno sino tres tipos de sustancias las que consumía.

     

    Transformaciones profundas

    Según el psiquiatra Álvaro Cárdenas, “los pacientes que utilizan estimulantes como la cocaína tienen mucho riesgo compulsivo, de arritmias cardiacas, hay un empobrecimiento tisular generalizado, se enflaquecen, la piel pierde brillo, lozanía. El aspecto del cocainómano con el tiempo se va notando, una persona deteriorada físicamente”, lo anterior habla de los daños aparentes, en la parte mental hay un deterioro más profundo. Al consumir este tipo de sustancias el área tegmental ventral del hipocampo se ve alterada, esta zona es donde el cerebro regula la recompensa y el placer. “Cuando un muchacho empieza a usar sustancias que generan placer, se corre el riesgo de que en la estimulación de ese placer se genere aprendizaje, eso es un complique, esos muchachos cuando quieren dejar de consumir les resulta muy difícil porque hay un área muy primitiva que está sobre estimulada, que está pidiendo el estímulo y donde la voluntad está muy nueva”, explica Cárdenas.

     

    La capacidad de decisión para esas personas se queda corta, el cerebro relaciona el consumo con mayor producción de dopamina, lo que genera un efecto placentero y, al no recibir esas dosis, la ansiedad con la que responde el cuerpo es muy fuerte. Así lo menciona el doctor Cárdenas “Estos muchachos se vuelven muy ansiosos entonces acuden a benzodiacepinas, alcohol. Ellos descubren que la ansiedad se baja con depresores, entonces acaban con poli adicciones”.

     

    Cuando el consumo de sustancias como el bazuco se hizo más habitual, Jorge ya no era tan bienvenido en su casa, las normas cambiaron y los horarios para ingresar se volvieron más restrictivos. Debian ir a buscarlo a un sitio llamado El Avión, una tienda en la calle 40 del barrio Cristóbal. “Ahí empezó a relacionarse con todos los amigos que en esa época eran de marihuana y de bazuca, esa era la droga de moda en ese tiempo”, dice Mauricio sobre lo que pasaba entre los años 80 y 90.

     

    Según el proyecto sobre sustancias psicoactivas Échele cabeza, el bazuco está compuesto de alcaloides de la hoja de coca, procesados en la pasta base de la cocaína y es adulterado con sustancias como la cafeína, anfetaminas, la acetona, la gasolina roja, insecticidas o el Levamisol, que es usado en el mercado como desparasitante de animales. Julián Quintero, codirector de la Corporación Acción Técnica Social, dedicada a la investigación y regulación de mercados de sustancias ilegales habla en el podcast Dosis de los tipos de consumo que pueden clasificarse en problemático, recreativo o adictivo y hace énfasis en el tipo de cocaína que se consume en Colombia, la cual en un 90% es pura y en un 10% es contaminada. Esto, aparte de ser una problemática social que parece lejana, se convirtió en la realidad cercana de los Rodríguez Agudelo.

     

    Fruco para los amigos y Jorge para la familia, nunca pudo tener una larga temporada sin consumo, pero cuando llegaban esos momentos de lucidez era trabajador y de muy buen gusto, disfrutaba de la buena comida y siempre quería verse bien. Su hermana Marina lo recuerda en los pocos momentos que interactuaban: “Hay veces que hacía de comer, hacía lo que le provocaba, el a mí me pedía mucho que le hiciera la torta casera y yo le decía: ‘Jorge ya venden la torta casera’ y él me decía: ‘No, no, no eso no es lo mismo, yo le traigo los ingredientes’. Llegaba a veces y me decía: ‘Mona, aquí le traje o hice esto y le traje’. Él era de muy buen comer y le gustaban las comidas buenas, de muy buen paladar.”

     

    A veces Jorge también llegaba apurado. Cuenta Marina que decía: “ ‘Bueno mamá, despáchame rápido que me están esperando’, pero era pura manipulación, era para que le sirvieran de primero y apenas veía uno, estaba haciendo la siesta para después irse a trabajar.” Dice la hermana que siempre había sido hábil y evasivo, en las ocasiones que se le preguntaba por qué consumía la respuesta era un “porque se me da la gana” cada vez más violento.

     

    Los cambios en el semblante de Jorge ya se aprecian en esta imagen de una celebración con la familia que persistía en su intento de mantenerlo cerca y sobrio. Foto: Cortesía.

     

    Complicaciones

    Los primeros cinco años de los veinte que duró la adicción de Jorge no habían sido muy problemáticos, cuando cumplió los 21 ya había una poli adicción, el bazuco y la cocaína se agregaron a las sustancias que consumía diariamente, sin dejar de lado la marihuana que funcionaba como un depresor. Los 15 años restantes se vieron rodeados de violencia, no se podían dejar cosas en la casa porque su destino final sería una prendería.

     

    “El sufrimiento de mi mamá de estar pendiente de él, de que llegaba tarde o no llegaba o se subía por los techos, eso es lo que dañó el ambiente familiar”, Marina lo cuenta mientras le cuesta recordar. Como una de las mayores, cuidaba de los más pequeños y debía trabajar para sustentar sus propias necesidades. “Él se perdía hasta sus ocho días, no ha llegado, era esa zozobra en la casa. Cuando aparecía, tocaba el timbre y uno se asomaba al balcón, yo le decía: ‘Ay, Jorge no te puedo dejar entrar’ y él me decía: ‘Ay, déjeme que yo me manejo bien’ y uno se entraba destrozado sabiendo que no lo podía recibir, porque ya había orden, mi mamá decía no hay que abrirle la puerta a ver si de pronto cambia o alguna cosa”.

     

    Muchas de las otras medidas que la madre tuvo que tomar consistieron en sacarle la comida a la puerta, lo que también representó muchas discusiones. Algunos en la familia apoyaban que entrara para que no pasara la noche en la calle o siguiera consumiendo, otros decían que había que ponerle mano dura y no era justo que entrara en esas condiciones; la comida no rendía con el apetito que a Jorge le abrían las drogas y había que esconderla para hacerla rendir. Las discusiones llegaron hasta las agresiones físicas entre los hermanos.

     

    Según la psicóloga de familia Gloria Pérez, “tener un miembro adicto generalmente genera resquebrajamiento de las familias, decisiones, inculpaciones y evasión de esa problemática por la frustración que genera, aunque en muchos casos es una realidad dura que une a los miembros”. En este caso fue todo lo contrario, se empezaron a hacer más evidentes las divisiones, no había respeto por la autoridad y Jorge había desarrollado una adicción severa. La doctora Pérez añade que incluso las familias pueden convertirse en codependientes, pues los adictos muchas veces son chivos expiatorios de patologías relacionales del grupo.

     

    Marta, otra de las hermanas, coincide: “Yo creo que es más que todo la intolerancia familiar, lo más enfermo son las mismas familias. Él a veces quería quedarse aquí. Yo una vez le regalé un televisor para que se quedara más en la casa y la mamá decía que no, que él no se iba a quedar todo el día ahí, que se fuera y se lo quitaron” y explica: “Creo que como fuimos una familia numerosa, era más difícil que todos estuvieran de acuerdo. Incluso muchos le atribuyen su mayor recaída a una ruptura amorosa con una novia, que al ver que estaba metido en ese mundo decidió alejarlo de su vida y el final de esa relación representó posiblemente una necesidad de huir por parte de él.

    Para Margarita Moreno, trabajadora social y docente del grupo investigativo de Familia en la Universidad Pontificia Bolivariana, ese tipo de dinámicas familiares representan el modelo tradicional de crianza donde hay una desvinculación del hombre en las tareas de cuidado: “Uno encuentra distintos tipos de crianza que varían de acuerdo con esa participación del hombre. En las familias tradicionales sí hay un ejercicio del poder del hombre hacia la mujer. Muchas veces ella es ama de casa, ejerce ese trabajo de cuidado, pero no lo nombran cuidado. Eso es un trabajo y económicamente aporta mucho.”

     

    Los Rodríguez Agudelo, hacen parte las familias numerosas de las décadas del 60 o 70, época en la que la transición demográfica estaba en un 5.6%, es decir que en promedio se tenían cinco hijos por familia, a pesar de que para su caso hubo un excedente de nueve personas. Los 14 hijos estaban a cargo de una sola persona, su madre, lo que implicaba una sobrecarga en las tareas domésticas y del cuidado. Luz María asumía esto además del rol de autoridad mientras su esposo trabajaba distribuyendo refrescos por las carreteras del nordeste de Antioquia.

     

    Según la profesora Margarita Moreno, también está la sacralización de la maternidad, que tiene que ver con el mito mariano o el de la Sagrada Familia, en el que se entroniza el papel de la madre, pero en la práctica hay subordinación. En este contexto, sumar la variable demográfica de una familia extensa genera más condicionamientos, por las circunstancias económicas, la accesibilidad a la educación, la necesidad de conseguir un trabajo para mejorar las oportunidades y los factores que establecieron la decisión de migrar de un pueblo a una ciudad, con las complicaciones del contexto urbano que fue el que tocó a Jorge.

     

    Margarita Moreno menciona que “la adicción lleva a un punto límite donde detrás va la persona y detrás va la familia, entonces se deteriora la salud mental, con la paz, con el ambiente”. El éxito en las dinámicas de una familia depende más de la manera en que se afrontan retos como las ausencias.

     

    Tocar fondo y luego…

    Hubo varias ocasiones en las que Jorge tocó fondo, aunque para él realmente nunca hubo un límite, pues parecía llegar más lejos. Marta cuenta que: “Una vez robó un arma y lo metieron a la cárcel. Llegó todo juicioso pero ya había un prejuicio, él llegó con ganas de mejorar, pero no encontró ese apoyo”. Durante la adicción hubo muchos periodos donde permaneció internado, estuvo en tres centros de rehabilitación y más veces de las que pueden contarse con los dedos de una mano, estuvo recluido.

     

    Lina, otra de las hermanas, trata de recordar la ocasión en que tuvo que ayudarlo a salir de la cárcel Bellavista por el robo del arma. Para la época se encontraba cursando el cuarto año de derecho: “Era la primera vez que iba a una cárcel de esa magnitud, ya después llegar al patio de él y verlo tras las rejas con todas esas personas para mí no fue fácil, darle la mano, saludarlo. Sin embargo, yo a él lo vi relativamente tranquilo. Él me dijo que quería salir ligero, entonces hablamos de la audiencia que íbamos a tener en la Fiscalía”.

     

    El prontuario criminal no reuslta la huella más difícil de borrar, según cuenta Lina: “Yo hice parte y me siento víctima de esa adicción, en el sentido de la violencia que se vivió, de esos miedos que se despertaron en mi tan tenaces y con los cuales todavía batallo”. Para Lina, su hermano marcó un antes y un después en la historia de su familia, algunas medidas que se implementaron hace 35 años siguen vigentes: las puertas de la casa se mantienen cerradas porque la familia no olvida la angustia que les producía la llegada de Jorge a tocar la puerta y el timbre en la madrugada, luego de sus noches de excesos. Se cansaron y la confianza se acabó.

     

    “Mi mamá le sacaba la comida tipo seis de la tarde porque no se dejaba entrar por días”, recuerda Lina y explica: “Para una mujer que viene de un pueblo, adaptarse a la ciudad le quedó muy difícil con todas esas necesidades que teníamos los hijos a nivel afectivo y emocional, porque era una carga demasiado alta para ella”. En 2001 murió Dagoberto Rodríguez, el padre. Le dijo a Jorge en su última conversación que, si no cambiaba y se comportaba bien con la mamá, él se lo llevaba. 18 meses después esa última palabra tuvo efectos.

     

    El último contacto con Jorge solo lo tuvieron algunos de sus hermanos, cerca a un almacén de cadena en la plaza de La América. Envió un angelito de regalo para una de sus sobrinas y por eso para sus hermanos Jorge fue un ser noble que no encontró un mejor reemplazo para la ausencia que las drogas.

     

    Ese dos de agosto Jorge estuvo en un concierto de salsa en Envigado y luego se encontró en La América con Mauricio: “Yo hasta estuve con él por ahí hasta las cuatro o tres de la mañana, ya en un tiro yo le dije: ‘Vámonos’ y él me dijo: ‘No, yo quiero ver amanecer’”.

     

    Al levantarse al mediodía siguiente, Mauricio supo por su mamá que Jorge no había ido a la casa. “Cuando me dio por subir a La América y me dicen: ‘¿Cómo siguió Fruco?’ Y yo: ‘¿De qué?’ Y me dijeron: ‘A Fruco lo apuñalaron anoche’ ”. La búsqueda llegó hasta la Unidad Intermedia de San Javier donde le dijeron que ese muchacho ya había fallecido y de ahí fue remitido al anfiteatro. “Cuando llegué me mostraron la foto y lo reconocí, también me mostraron el cuerpo”, cuenta Mauricio que tuvo que acompañar la reacción de dolor de su madre.

     

    Paradójicamente, fue con la madre de unos jóvenes del mundo de las drogas que Fruco había tenido un altercado durante su última mañana. El asesinato con el que se quiso ajustar cuentas fue el inicio de una nueva etapa para que la familia procesara todo lo vivido al hacer un voto que bien retrata Rubén Blades en Amor y control: “y por más drogas que uses, y por más que nos abuses, la familia y yo tenemos que atenderte”.

     

    Que por error fuera otro el cuerpo que llegó a la sala de velación cuando toda la familia esperaba los restos de Jorge, fue para algunos de sus hermanos el retrato póstumo de un ser que nunca se sintió identificado. Dicen que por eso amaba escuchar Oriente, porque se sentía como un pájaro perdido en el mundo.

     

    Yo me voy a morir (Oriente)

    Caramba

    Me voy a matar (Oriente)

    Mira baby

    Me voy a morir (Oriente).

    Un pajarito herido

    Abandonado en el mundo

    Con desespero profundo

    Vuela buscando su nido.

    Totalmente perdido

    Como un ciego sin bastón

    Se le tiembla el corazón

    Y adivina hacia el monte

    Y busca el horizonte

    Con esperanza y resignación.

     

  • En Medellín la comida no basta. Y sobra

     

    Por: Samuel Muñoz González / samuel.munoz@upb.edu.co

     

    El hombre de vestimenta rasgada y cuyo aspecto revela las huellas de la calle, hacía ansioso el recorrido de unos pasos hasta el lugar en donde sacia el hambre todos los días. Terrícola, como le dicen en la Central Mayorista, es un hombre de unos 50 años, con una barba amarillenta que le enmarca un rostro lleno de las huellas de andar por la ciudad sin un lugar ideal para dormir. Persiguiendo la única comida que tiene “segura” en el día, se aproxima al galpón 15, de donde extrae una zanahoria, unas tres papas con varias manchas negras y una mezcla de vegetales entre los que se distingue un cilantro, lechuga y repollo.

     

    Cerca de las 4:30 de la mañana de un martes, La Mayorista se encuentra atiborrada por compradores que se dirigen hacia donde están los grandes distribuidores para surtir sus propios negocios. Estas personas compran en cantidad, pero hay muchas otras que buscan al menos un bocado.

     

    Muchas familias buscan una oportunidad entre los excedentes del comercio de frutas y verduras, ya sea en la Central Mayorista o aquí, en la Plaza Minorista de Medellín. Foto: Esneyder Gutiérrez – Sextante.

     

    El galpón 15, un gran bloque de ladrillos y altos techos de color amarillo, es como una gran despensa de frutas y verduras. En sus corredores externos, siempre ocupados la carga y descarga de productos, se ven en lo alto letreros con los números de cada uno de los locales y el nombre de cada negocio. Dentro de cada local, miles de víveres esperan diariamente para ser comercializados a los grandes almacenes de cadena y a todas las tiendas de barrio de la ciudad.

     

    Humberto, ubicado en el muelle de embarque, apresuraba su paso para lograr descargar el camión antes de que el flujo incesante de clientes terminara por desabastecer su negocio a las seis de la mañana. La Distribuidora de Legumbres Humberto Osorio, ubicada en el local 15 del décimo quinto galpón de La Mayorista recibe diariamente alrededor de 7 toneladas de alimentos, los cuales son rápidamente adquiridos por personas que buscan abastecer sus propios negocios todos los días.

     

    “¡Muévale hombre!”, grita Humberto a sus cuatro trabajadores mientras el camión se aproxima a la zona de descarga. Arracacha, yuca, papa, zanahorias y de todo tipo de verduras provenientes de distintos lugares del departamento son descargadas alrededor de las 2 de la mañana de todos los días para suplir la demanda de alimentos de una gran parte de la ciudad.

     

    Oscar, un hombre robusto y bajito, sorprende con la habilidad que va y viene por ese galpón 15 al que llega al menos una vez por semana para surtir su tienda a dos cuadras del parque de Cristo Rey. Llena su Citroën verde del año 94 con las compras, con la adrenalina de comprar barato par vender barato en algunos minutos cuando lleguen sus compradores. Es entonces alrededor de las 7 de la mañana cuando aparecen los primeros signos de que muchos de los alimentos del local quedarán sin ser comprados y probablemente desechados, mostrando uno de los escenarios más cuestionados del modelo económico capitalista: el desperdicio y el hambre en un mismo lugar. ¿Qué pasará entonces con las toneladas de alimentos que no se venden en este y los demás galpones de la central de abastos?

     

    Una pila de restos de restos que ya empiezan a descomponerse, dan una idea de lo que pasa, pero otra respuesta la dan muchas personas que usualmente desapercibidas entre los cientos compradores y que van por una oportunidad, una que está en otro punto de la central, pintada del color de una pila de alimentos que aún se pueden consumir, pero que no entraron en las compras de los grandes y medianos compradores.

     

    Pero esos víveres sí están en los planes de la Fundación Central Mayorista, una entidad que lleva 29 años en funcionamiento y busca hacer que personas cómo Terrícola no tengan que buscar alimentos sobrantes de una manera ilegal o deshonrosa. Esta organización recupera cada año aproximadamente 6.500 toneladas de alimentos desechados por los grandes distribuidores.

     

    Los “saldos” de frutas y verduras solucionan los problemas de alimentación en una ciudad en la que crece el número de hogares en los que n puede haber tres comidas diarias. Foto: Esneyder Gutiérrez- Sextante-

     

    El desperdicio de alimentos en las grandes centrales de abasto no es algo nuevo. El Departamento de Gestión Ambiental de la central mayorista estima que, solo en este centro de acopio, se desperdician alrededor de 75 toneladas de alimentos diariamente, una cifra que alcanzaría para alimentar una comunidad entera de personas. Según la FAO, a nivel global, ha alcanzado casi el 22% de todos los alimentos producidos.

     

    La Encuesta de Calidad de Vida, adelantada por Medellín Cómo Vamos en 2021, reveló que el 22% de las familias consultadas en ese sondeo señaló que no puede comer tres veces al día. Las cifras del DANE estiman que en Colombia hay casi 6 millones de personas que viven en la indigencia y que, como Terrícola, carecen de condiciones mínimas para gozar de seguridad alimentaria y alejar los problemas de salud pública como la desnutrición.

     

    Así como la Fundación Mayorista, existen otras entidades públicas y privadas que hacen frente a este problema. A nivel nacional, ABACO (Asociación de Bancos de Alimentos de Colombia) se encarga de reunir a 24 bancos de alimentos en todo el país y “trabaja conjuntamente en pro de la seguridad alimentaria y nutricional de la población en situación de vulnerabilidad, a través de alianzas con entidades públicas, empresas privadas y organizaciones civiles”.

     

    Según datos de ABACO, esta asociación entregó unos 63.590.000 kilos de alimentos en el país, durante 2020, mientras que en el país se desecharon aproximadamente 10 millones de toneladas de alimentos. Así mismo, según la estadística nacional, el 16% de esos alimentos son desechados en los hogares.

     

    Igualmente, en Medellín existen más entidades como la fundación SACIAR, o la Fundación Banco Arquidiocesano de Alimentos de Medellín, ambos con una cobertura “en más de 30 barrios de la ciudad, en más de 10 comunas y en los corregimientos”, además, atienden instituciones ubicadas en un promedio de 20 municipios de Antioquia.

     

    Pero si existen tantas organizaciones que recuperan los alimentos en buen estado, ¿por qué Medellín sigue teniendo cifras tan altas de indefensión alimentaria? Las Hermanitas de los Pobres son una comunidad cuyo hogar ubicado en el centro de Medellín cuida y protege unos 67 ancianos en estado de vulnerabilidad y abandono. Este hogar ha sido beneficiado por años de las donaciones generosas de los grandes distribuidores de las centrales de abastos y de las fundaciones como SACIAR y el Banco de Alimentos.

     

    “De todas las comidas que regalan en ese sitio, muy poquitas salen buenas. La mayoría de las frutas salen podridas y casi todo lo otro siempre está vinagre”, dice Terrícola refiriéndose a los alimentos entregados a personas vulnerables en el Banco de Alimentos.

     

    De todas las opciones que hay para alimentar a los 67 ancianos que tienen a su cargo, las Hermanitas de los Pobres también prefieren la de las donaciones que puedan surgir en las dos grandes centrales de abasto de Medellín (La Mayorista y La Minorista):

     

    Una integrante de la comunidad religiosa, que pidió o ser identificada, señaló que el convento estaba afiliado al banco de alimentos. “Antes era gratis y los alimentos los regalaban a distintas organizaciones y a los particulares que lo solicitaran. Ahora se necesita afiliarse con 100.000 pesos mensuales para que le den a uno alimentos de cualquier tipo, pero últimamente la comida que repartían estaba saliendo muy mala entonces las Hermanitas de los Pobres nos retiramos del convenio”, señaló.

     

    ¿Qué pasa con quienes no están al amparo de organizaciones como estas? Javier Humberto Ramírez, director de la Fundación Arquidiocesana Banco de Alimentos de Medellín, confirmó que las instituciones beneficiarias de dicha fundación pagan un aporte mensual llamado aporte solidario, que equivale aproximadamente al 10% del valor de los alimentos entregados. Así mismo, el Banco de Alimentos confirmó que la calidad de los productos está supeditada a las donaciones que reciben por parte de distribuidores donantes.

     

    “Hay productos, como los frutos y hortalizas, que se hacen recoger, y se les hace una selección, con el criterio de que sólo se les entrega a las instituciones, lo que una persona que seleccionó se comería. Por eso habilitamos un comedor dentro del banco, el cual utiliza productos de donación para determinar si tenían consumo o no. En el banco se han podido obtener excelentes comentarios del tema, las instituciones que han tenido problemas, pueden manifestar su inconformidad por medio de nuestro correo electrónico. Si la inconformidad de la institución es el aporte solidario, es complejo; sin embargo, si se refiere a la calidad de los productos, se entra a revisar cada caso de manera particular”, dice el director de la fundación Banco de Alimentos.

     

    El desaprovechamiento de los recursos alimenticios es entonces una problemática recurrente, y que va en aumento. Según el Banco de Alimentos, durante la pandemia generada por la Covid-19, la cantidad de personas consideradas en estado de indefensión alimentaria en la ciudad creció casi en un 50%, una cifra alarmante que habla de un problema que no es nuevo, pero que no ha hecho más que empeorar, así como las paradojas de ver personas pidiendo para un pan, en una ciudad en la que otros se quejan del aumento de basuras que, a primera vista, son en su mayoría envolturas y empaques de alimentos.

  • Lazo rosa

     

    Valeria Villamil Cock / valeria.villamil@upb.edu.co

     

    El cabello café ondulado que llegaba hasta los hombros se fue desvaneciendo. Corrían los mechones por el suelo de la habitación. La máquina de afeitar sonaba incesantemente retumbando entre las paredes. Mechones en el suelo, cabeza rapada y una peluca color café eran la nueva realidad. “Crecerá”, repetía Gladys frente al espejo, un tanto viejo y desgastado, que estaba colgado justo al lado de la ventana.

     

    Como un visitante foráneo y sin previo aviso, el cáncer de mama llegó a su vida como una masa irregular en el seno derecho. Segunda semana de enero del 2020, la máquina de rayos X exploraba su cuerpo. 15 de enero, la biopsia. 7:00 am marcaba el reloj, las manecillas se movían coordinadas causando un ligero ruido en el hospital. Sentadas en la sala de espera, 12 mujeres se encontraban en la misma situación, la angustia se reflejaba en su mirada. Llegaron las 11:30 am, 10 nombres fueron llamados a lista, Gladys, fue el sexto. La oncóloga entró y anunció, aquellas mujeres nombradas tenían cáncer.

     

    —¿Cuánto me queda de vida? — preguntó Gladys.

    —El cáncer no es la muerte — respondió la oncóloga.

     

    Entre abrazos y miradas de empatía, la médica explicó con lujo de detalle el camino al cual se iba a embarcar Gladys. Su primera parada, la quimioterapia. Un olor a manzanilla recorrió el lugar, la psicóloga llegó con una aromática. Desconsoladas y con lágrimas recorriendo sus rostros, fueron llamadas de una en una. Con una cálida y compasiva sonrisa, la psicóloga le ofreció un espacio seguro para desahogar lo que sentía.

     

    “No he llorado con la noticia, no pienso hacerlo. Lo afrontaré con calma”, dijo Gladys y siguió: “¿Qué debo hacer primero?”.

     

     

    << El autoexamen de seno es una herramienta preventiva que es necesario conocer y promover.

    Foto: Valeria Villamil Cock.

     

     

    13 de marzo, primera quimioterapia. La sala de espera del Bloque 5 de la Clínica Las Américas no estaba vacía. Los rostros no eran familiares, pero el apoyo se sentía cercano. Tatiana, una enfermera oncóloga, reconoció su rostro en la habitación. La esposa de uno de los cinco hermanos de Gladys, era su prima. Se conocían por relaciones entre familiares, pero no en persona. Al cabo de una corta conversación, con un apretón de manos, Tatiana ofreció su completo apoyo hacia ella.

     

    Sola y sin acompañante, se sentó en una de las sillas vacías que se encontraban en el gran salón frío y silencioso, lleno de máquinas, cables con líquido, enfermeras con su equipo médico, una almohada y cobija en cada sillón, un televisor de unas 24 pulgadas y un baño cerca, por los mareos.

     

    — ¿No tienes acompañante? — preguntó una de las enfermeras presentes en la habitación.

    — Todavía no le he dicho a nadie — respondió Gladys.

    — ¿Entonces vas a estar sola en la sesión? — insistía la enfermera.

    — Tatiana estará conmigo — concluyó Gladys.

     

    A medida que le suministraban la medicación, Gladys, tranquila y optimista le realizaba preguntas a Tatiana sobre el procedimiento, buscaba en qué entretenerse y observaba a su alrededor mujeres y niñas de diversas edades siendo parte de la misma batalla. Por su parte, para Tatiana era complicado realizar dichos procesos y dejar de lado el sentimiento familiar. Anécdotas personales invadían su mente, el hecho de tratar a alguien allegado era un tanto más difícil.

     

    La enfermedad se había manifestado en su familia cercana tiempo atrás. Seis años tenía el primo de Tatiana, diagnosticado con Leucemia. Dulce e inocente, debía combatir una batalla contra la enfermedad, la quimioterapia fue su arma de guerra, luchó con cada una de sus fuerzas y al cabo de un tiempo, venció a la temida enfermedad. Seis meses transcurrieron, las bajas defensas apoderaron su cuerpo. Esa vez sus fuerzas no fueron suficientes para vencerla y en cuestión de un mes se apagó su vida.

     

    “Dios les prestó seis años a sus padres, un anhelado y esperado hijo”, dijo Tatiana. “Fue un proceso muy duro, siempre hubo acompañamiento, pero trabajar con la familia es mucho más complejo”, concluyó.

     

    Desde entonces, aquella vivencia impactó su labor. Día tras día, entre 80 a 120 historias son compartidas con ella. Sueños, planes y “lo que quiero ser cuando grande” son las conversaciones que sostiene con sus “mini pacientes”, como los llama Tatiana. Niños y jóvenes, a los que la enfermedad les ha quitado una pierna o un brazo, una parte que, cuando ganen la batalla, deberán encontrar la forma de vivir como antes y aceptar la pérdida que dejó una marca en sus vidas. Cada que Tatiana finaliza el proceso con un mini paciente, su corazón se arruga un poco más.

     

    Para Tatiana, cada paciente es un mundo. Hay quienes encuentran en la familia su fuerza, quienes necesitan del apoyo de sobrevivientes de la misma batalla. Y hay quienes recurren a Dios. Ver todos los días a pacientes con cáncer es un reto para ella. Pero ser parte de la mejora de sus vidas, es la recompensa para su corazón.

     

    Viernes. Llega a las 7:00 de la mañana y se pone el uniforme de trabajo y camina entre los pasillos del primer y segundo piso, Radio y quimioterapia.

     

    — Buenos días — dice Tatiana.

     

    Organiza las carpetas de los pacientes, comprueba cada uno de los procesos que requieren y comienza su recorrido. Primera estación, pacientes con quimioterapia. Segunda, radio. Aunque solo puede ver los ojos tras las máscaras, Tatiana percibe el ánimo de los pacientes: agotados, pálidos, con calambres y un tanto mareados. Transcurre el tiempo en las sesiones; tres horas y media después, el acompañante, quien estuvo casi todo el tiempo, se acerca a su persona y con palabras de aliento, da por terminada la sesión, algunos aplauden :“lo hiciste muy bien” repiten unos otros.

    Tatiana, antes de marcharse, les brinda toda la libertad para hacer preguntas y les responde cada una, con la misma confianza y seguridad como si fuera la primera. Se despide de cada paciente con el mismo carisma, les hace cumplidos, los aconseja, los escucha y se los encomienda a Dios.

     

    — Nos vemos en 8 días, si Dios quiere — dice Tatiana.

     

    6:00 pm marca el reloj, su turno se acaba. Realiza una ronda por última vez en el primer y segundo piso. Escribe notas de enfermería, completa los registros en la historia clínica, agrega la evolución del paciente, su aplicación de medicamentos y estado y programa su próxima cita. Cuando el día es muy agotador, asiste a uno de los servicios que ofrece la clínica, el psicólogo. Se tocan todos los puntos tratados en el día, la sensibilidad con los pacientes y el sentimiento de fatiga o sinsabor que dejan las historias de sus pacientes. Su día en la clínica termina.

     

    Después de un día de quimioterapia, Tatiana, va a descansar, prepararse para el día siguiente y recobrar la energía que dejó en el lugar. Gladys llega a su casa con múltiples calambres en los dedos de las manos y los pies; las uñas las siente débiles y quebradizas, el dolor en las articulaciones no desaparece, y el sueño y desaliento se apoderan de ella. 8 días después, la sensación y la rutina son las mismas.

     

    Segunda quimio, 20 de marzo. El peso era todavía mayor. Algo solitaria se encontraba batallando Gladys. Nadie era conocedor de su nueva realidad, salvo ella. La enfermedad la estaba desgastando poco a poco, no podía superarlo sola, como pensaba. Después de unos días, el 27 de marzo, mientras toda su familia se encontraba reunida en la casa de su madre, a lo lejos de la habitación se escuchó decir, de boca de Gladys: tengo cáncer de mama.

     

    Por un instante, el tiempo se detuvo, las conversaciones quedaron entrecortadas, las miradas hacia ella fueron sincronizadas. El silencio se apoderó de la habitación y con cara de desconcierto, como una polifonía de voces, los presentes dijeron:

     

    — ¿Cáncer? —

     

    Cada familiar dispuso de un momento a solas, de uno en uno se fueron acercando a ella. A algunos, les resaltaba en sus ojos compasión. Otros, con pálpitos acelerados, hablaban entre ellos. La mayoría, con brazos de acogida rodearon su cuerpo. Las lágrimas brotaron de los ojos, las miradas de tristeza se hicieron notar.

     

    Entre palabras de aliento y compañía, un suspiro le permitió a Gladys tomar un nuevo aire. La carga que llevaba sobre sus hombros se hizo más ligera. Con una esperanza puesta en su rostro en forma sonrisa, Gladys batalló cada día contra el cáncer. En cuestión de nueve meses, su cabello café ondulado brilló nuevamente.

     

  • Los esfuerzos para menstruar con dignidad en Colombia

     

    Paola Cañas / Manuela Suarez

    La copa menstrual está diseñada para usarse por un máximo de 12 horas, de acuerdo con Lina Paola Arias creadora de Isha.

    Imagen realizada por: Paola Cañas.

     

     

    En el país actualmente se desarrollan diversos proyectos enfocados en los derechos menstruales, los cuales proponen una visión completa que abarca el tema de la salud, en cuanto a la higiene y la calidad de vida, el componente pedagógico y las garantías legales que debe tener una persona para menstruar con dignidad.

     

    La licencia menstrual

     

    El 17 de agosto de 2021 la senadora Victoria Sandino del partido político Comunes, radicó la propuesta de licencia menstrual ante el Congreso de la República, un proyecto de ley que propone que las niñas, adolescentes y personas menstruantes que se encuentren en el sistema educativo, desde primaria hasta la educación superior, tengan el derecho a elegir libremente en su ciclo menstrual, un día de licencia para faltar a su institución de acuerdo con el impacto que le esté generando el periodo menstrual en su cuerpo.

     

    Tal y como lo afirmó Marcela Vega, asesora de la senadora en temas de salud pública, Los primeros días suelen ser donde hay mayores problemas de concentración, donde hay dolores por dismenorrea -la cual produce el cólico- donde la persona presenta mayor fatiga y hay una serie de circunstancias que causan estrés en la persona por el temor al manchado e incluso a la estigmatización”.

    Por ello, más allá de la carga paradigmática que puede tener esta propuesta, hay una intención pedagógica que hace un llamado a uno de los tabúes más frecuentes en Colombia sobre el tema: pensar que la sangre menstrual es sinónimo de enfermedad. “Queremos verlo desde el enfoque de la salud, porque esta es la que produce bienestar, calidad de vida y el buen vivir en las personas”, aseguró Vega.

     

    El 31 de marzo de 2022 el proyecto se aprobó por unanimidad en la Cámara de representantes y pasó a debate en la Comisión Séptima del Senado de a República y se espera que no quede entre las tareas aplazadas del saliente Congreso.

     

    En Colombia, según lo establece la Ley 5 de 1992 en sus artículos 140 y 141, pueden presentar proyectos de ley: Senadores y Representantes a la Cámara, Gobierno a través de sus ministros, altas cortes, Organismos de control, un número de ciudadanos igual o superior al 5% del censo electoral, un 30% de los concejales del país y un 30% de los diputados del país.

     

    Menstruación Consciente

     

    Hablar de bienestar es también identificar los lugares seguros, esos espacios donde las mujeres y personas menstruantes puedan compartir en comunidad lo que experimentan sus cuerpos. Por esta razón, el programa de Menstruación Consciente propuesto por la caja de compensación Comfama, se define como una alternativa saludable para hacer las paces con el ciclo menstrual y así poder educar correctamente sobre el tema.

     

    Este programa tiene tres enfoques principales; el primero consiste en el trabajo progresivo de visibilizar la menstruación como un acto natural para aprender a nombrarla sin prejuicios. El segundo, con una función más pedagógica, se basa en un estudio sobre la relación que poseen las niñas y adolescentes con su menstruación, con el propósito de entender cómo viven dicho proceso y así identificar las herramientas de higiene con las que cuentan.

     

    María Isabel Sanín, profesional de convenios complementadores de Comfama e integrante del programa, asegura que este enfoque ha sido indispensable para confirmar que la labor educativa va más allá de solo entregar toallas, copas o pantys, pues argumenta que es necesario enseñarle a las mujeres y personas menstruantes sobre su propio cuerpo, para comprender aspectos a nivel físico y emocional.

    El último enfoque y el que más atención ha tenido a nivel mediático, es el que respecta a los subsidios menstruales, iniciativa que busca que las niñas, jóvenes y personas menstruantes entre los 12 y 18 años puedan acceder dignamente a los productos de salud menstrual sostenibles pagando solo el 10% del valor total. “Definimos que los productos que queríamos entregar también serán de apoyo a una idea más sostenible para el planeta, por eso incluimos copas menstruales, toallas de tela y calzones absorbentes”. informó Sanín.

     

    Los derechos menstruales, un panorama para analizar

    El proyecto de ley de la licencia menstrual se une a la conversación sobre los derechos menstruales en Colombia, por ende, es necesario mencionar otros asuntos relevantes que se enmarcan en este mismo panorama, como la identificación de todas las opciones de higiene que existen e incluso el estar al tanto de las enfermedades que pueden desarrollarse en algunas mujeres y personas menstruantes.

     

    Para poder vincular correctamente este entramado de cosas, Helena Gómez, abogada de la Red Jurídica Feminista y docente de la Pontificia Universidad Javeriana, profundiza en el significado de los derechos menstruales y lo que estos conllevan.

     

    “Hay dos sentencias que ordenan a las entidades a tomar medidas, una de ellas es la sentencia C 177 de 2018, que declaró la exoneración del IVA de los tampones y toallas. Este fue un logro muy grande por parte de la Corte Constitucional. Por otro lado, la sentencia T 398 de 2019 reconoce el derecho a la salud menstrual, por ende, responsabiliza a las administraciones de tener que proveer los elementos necesarios a las personas que no están en condición de adquirirlos”, explicó la abogada.

     

    Lo más interesante en todo esto, es que existe algo llamado condición natural, la cual es inherente a todos los seres humanos. Dicha condición plantea que, si las personas poseen un derecho, pero no pueden hacerlo tangible, el Estado está en la obligación de proveer los elementos necesarios, sin embargo, según la encuesta Pulso Social realizada por el Dane el 18.9% de las mujeres que se encuentran en condición de pobreza, no pueden acceder a los productos básicos de higiene menstrual ni a espacios limpios en los días en los que se encuentran menstruando.

     

    Por otro lado, es relevante mencionar la importancia del término persona menstruante que tanto el proyecto de ley como el programa de Menstruación Consciente emplean, pues este, según la abogada Gómez, permite reconocer que no todas las personas que tienen útero y menstrúan son mujeres. Aquello demanda entonces un reconocimiento a las diferentes identidades de género. “Cuando hablamos de mujeres menstruantes estamos invisibilizando y dejando de lado un montón de identidades que también menstrúan y necesitan la protección del derecho”, afirmó.

     

    Maya, por ejemplo, es una estudiante universitaria que prefiere utilizar el término de persona menstruante para definirse. Ella afirma que, aunque se siente cómoda con los pronombres femeninos, siente que su género fluye. “Hay días en los que me levanto súper marimacha y otros en los que me levanto súper princesa. A veces durante el día eso se revuelve, pero para mí es muy importante la distinción”. Por ende, afirma que un cuerpo no debe definirse como femenino porque menstrúe.

     

    La salud menstrual

    Si bien el proyecto de ley y el programa de Menstruación Consciente no pretenden abordar este tema desde el enfoque de enfermedad, es relevante reconocer que las mujeres y personas menstruantes pueden padecer diferentes dolores y complicaciones en sus ciclos que generan un impacto negativo en su salud.

     

    En cuanto a la parte emocional, la psicóloga Nataly Lopera Ruiz, resalta la existencia del síndrome premenstrual en el que la persona puede experimentar angustia, vulnerabilidad y sensibilidad, emociones que primero debe comprender para poder gestionarlas de la mejor manera.

     

    También comenta que los cambios del estado de ánimo se miden desde la frecuencia y la intensidad, por ende, es importante realizar un seguimiento a dichas emociones utilizando herramientas desde la psicología, como identificar las situaciones que más afectan. Lopera afirma que una buena salud mental durante el ciclo menstrual parte del aprendizaje sobre los procesos del cuerpo.

     

    Libertad Méndez, médica ginecóloga y magíster en salud pública, explica en términos generales que el ciclo menstrual es el periodo en el que el organismo se prepara para un eventual embarazo, el cual comienza el primer día de la menstruación y termina el día anterior del siguiente sangrado menstrual. En la mayoría de los casos ocurre entre 28 y 30 días, pero se considera normal si esto sucede entre 21 y 35 días.

     

    Durante cada ciclo se desarrolla en el ovario un ovocito que secreta hormonas, primero de estrógeno y luego de progesterona. Estas son las que realizan los cambios en el endometrio, la capa interna del útero, que se engrosa para recibir al eventual embrión.

     

    La menstruación se produce cuando el ovocito no es fecundado y se empieza a desintegrar, así que disminuyen los niveles de estrógeno y progesterona. Este panorama hormonal es la señal para que el útero empiece el desprendimiento del endometrio, produciendo el sangrado menstrual que dura entre tres a siete días.

     

    La sangre sale del interior del útero y se expulsa a través de la vagina. A veces esta sangre se acumula al interior del saco vaginal, lo que puede producir coágulos que no necesariamente indican una enfermedad.

     

    Durante los días de sangrado menstrual se pueden experimentar diversos cambios, como dolor de cabeza, sensibilidad mamaria, sensación de hinchazón, aparición de acné y cansancio. Algunas personas también pueden experimentar dificultad para dormir, dolores musculares o articulares, diarrea y cólicos.

     

    Estos síntomas se presentan con mayor intensidad en los primeros días de sangrado, algo que argumenta el proyecto de ley. Aun así, Méndez también comenta que algunas mujeres o personas menstruantes no presentan ninguna molestia en estos días.

     

    En general los dolores asociados a la menstruación se presentan en un gran porcentaje al inicio del ciclo, en los primeros tres años, pero hay personas que experimentan durante toda su vida molestias bastante intentas, por lo que Méndez recomienda no normalizar los síntomas que afectan las actividades diarias, con el fin de acudir a un profesional e identificar si existe una patología.

     

    Algo similar recomienda Luz Marina Araque, terapeuta menstrual, fundadora y directora de la Asociación Colombiana de Endometriosis e Infertilidad, una entidad sin ánimo de lucro que trabaja en educar, sensibilizar y generar conciencia sobre la endometriosis y otras patologías que afectan exclusivamente a la mujer y personas menstruantes.

    Araque expone que en sus 10 años de trabajo y asesoría a más de 14 mil mujeres ha identificado que existe una normalización del dolor durante la menstruación, lo cual ha generado que muchas personas sean diagnosticadas de manera tardía en enfermedades como el síndrome de ovario poliquístico y la endometriosis, esta última es definida como una afección dolorosa y crónica en la que el tejido del útero crece fuera de él.

     

    “El 80% de nuestras afiliadas nos ha contado que empezaron con los síntomas a muy temprana edad y solo 8 o 10 años después acudieron al especialista debido a la normalización que hay sobre el dolor menstrual, pues su mamá y su abuela les decían que ser mujer duele, por ende, tener una menstruación dolorosa era parte natural del proceso”.

     

    Sin embargo, desde la Asociación se define a la salud menstrual, no solo como la ausencia de enfermedades relacionadas con el ciclo menstrual, sino como el estado de la completa salud física, mental y emocional. Por este motivo impulsan diferentes acciones de acompañamiento y orientación por medio de grupos de apoyo, talleres y charlas para las afiliadas, una apuesta similar que pretende desarrollar Menstruación Consciente.

     

    También abordan el tema de los dispositivos de gestión menstrual, los cuales recomiendan que sean sostenibles, amigables con el medio ambiente y sobre todo saludables, pues argumentan que algunas toallas y tampones de algodón poseen químicos, llamados disruptores endocrinos, que alteran el equilibrio hormonal.

     

    Pero reconoce que “todavía muchas mujeres, niñas y jóvenes en Colombia no pueden acceder a dispositivos para su menstruación, ni tampoco a lugares donde haya saneamiento y puedan manejarla adecuadamente”. Araque sustenta que esto genera inequidad de género, porque las niñas y jóvenes no asisten las mismas veces que los niños al colegio, por ende, esta situación limita su derecho a la educación, a la salud y a una vida digna.

     

    La acción más reciente de la Asociación es el proyecto de ley de la endometriosis radicado el 21 de septiembre del 2021 ante el Congreso de la República, el cual pretende que se reconozca a la endometriosis como una enfermedad crónica incapacitante, al tiempo que se propone la creación protocolos de diagnóstico temprano y de atención integral.

     

    La pedagogía sobre la menstruación

    La ginecóloga Libertad Méndez, argumenta que existe un desconocimiento generalizado debido a la ausencia de educación sexual integral, lo que ha generado que la mayoría de las mujeres y personas menstruantes no sepan cómo funciona su ciclo.

     

    El proyecto de ley, por su parte, pretende impulsar una pedagogía menstrual en las instituciones públicas y privadas del país, para que los niños, niñas y jóvenes se formen en una educación que les permita comprender asuntos relacionados con la menstruación.

     

    Esta apuesta por educar actualmente es desarrollada por organizaciones privadas, como Isha, una marca de productos de higiene menstrual que se enfoca, según Lina Paola Arias, una de sus creadoras, en brindar opciones amigables con el medio ambiente y en romper tabúes sobre el tema.

     

    Esta última acción la desarrollan por medio de la difusión de contenidos en redes sociales y la unión con fundaciones de diferentes partes del país con las que han dado charlas al tiempo que realizan donaciones a mujeres de bajos recursos. “Les hablamos sobre su anatomía. ‘Mírate en un espejo, tienes tantos orificios, de esto se tratan tus ciclos menstruales’ y luego les contamos cuales son todos los productos que existen para la menstruación”.

     

    Otra empresa interesada en los procesos pedagógicos es Bloom, uno de los aliados del programa de Menstruación Consciente, que actúa por medio de la academia menstrual Bloom, la cual surge después de entender la problemática sobre el desconocimiento de los derechos menstruales, buscando hacer eco del tema con las clases sobre educación sexual, para entender la menstruación como sinónimo de vida.

     

    “La realidad es que este vacío de educación sobre el cuerpo femenino está en todos los estratos socioeconómicos y en todas las comunidades. Es sorprendente verlo. No importa si tienes un PHD, hay mujeres que, teniendo altos niveles de educación académica, todavía desconocen su cuerpo” dijo Laura Restrepo, fundadora de Bloom.

     

    Laura Restrepo afirma que existe una problemática de salud pública en torno a la regulación de las copas menstruales en Colombia, debido a que no existe ningún organismo estatal que revise la calidad de los materiales de las copas, lo que permite que se utilicen productos no aptos para el cuerpo.

     

    Algunas actividades pedagógicas realizadas con comunidades de mujeres en diferentes lugares del país. Recopiladas de las redes sociales de Isha y Bloom por Paola Cañas.

     

    El impacto de la licencia menstrual

    Las personas pasan muchos años de su vida dentro instituciones que tienen como principal deber infundir algunas bases de conocimiento indispensables para el desarrollo de todo ser humano, por ello, la educación menstrual debería ser inherente a las obligaciones académicas.

     

    La senadora Sandino es completamente consciente de esto, por lo que es crucial en su proyecto de ley la alianza con las instituciones educativas. “Sin duda tenemos que hacer una articulación con la comisión sexta y las instituciones educativas porque dar un día no soluciona el problema, es solo una medida de mitigación, de aportar al bienestar, pero este se tendría que construir con medidas educativas”, afirmó Marcela Vega, integrante de su Unidad de Trabajo Legislativo.

    Es evidente que se reconoce el nivel de dificultad que acarrea este proyecto en cuanto a su incursión en los colegios del país -si es aprobada la ley- que incluso según lo explica María Luisa Aguirre, Sustanciadora en la Procuraduría General de la Nación: “El proceso es paulatino y su demora es relativa; pues normalmente para materializar el contenido de una nueva ley se requiere el uso de recursos públicos para la creación de comités, comisiones y demás cosas que la ejecución de la ley implique”.

     

    Pero ¿de qué modo puede hacerse más llevadero el proceso? teniendo la certeza que en las instituciones educativas hay una aprobación de lo que propone el proyecto de ley, en cuanto a que las mujeres y personas menstruantes se puedan ausentar sin previo aviso, asumiendo la responsabilidad de luego ponerse al día, pero sin ninguna implicación de falta que le pueda perjudicar su proceso académico.

    Julieta Tamayo, docente del Colegio Santo Ángel, afirma que el panorama es preocupante, pues la falta de las niñas implicaría también una responsabilidad extra por parte de los docentes de volver a explicarles algunas temáticas y ponerlas al día. “Para mí la licencia podría ser exitosa siempre y cuando las niñas estuvieran 100% comprometidas a ponerse al día de manera autónoma para que no se convierta en una obligación solo del docente”, expresó.

     

    Por otro lado, la hermana Magnolia López, rectora del colegio La Presentación del municipio de La Estrella, comenta que frente al proyecto de ley, es relevante que las niñas puedan informar de forma previa a una coordinadora o persona de confianza de la institución la causa de su falta, con el objetivo de emplear de forma correcta dicha licencia, permitiéndole a los directivos brindarle los cinco días de plazo en los que se pueden poner al día de sus clases, según sustenta el manual de convivencia de este colegio.

     

    De hecho, resalta que es indispensable abordar estos temas desde la naturalidad, sin distinciones, pues en las charlas que han realizado sobre el tema, reúnen a los niños y a las niñas para que aprendan sobre el ciclo menstrual. Tanto Tamayo como López coinciden en las que las niñas y jóvenes actualmente están más dispuestas a hablar del tema de su menstruación.

     

    La relación de las mujeres y personas menstruantes con su periodo

    A pesar de las nuevas miradas que posee este tema, existen tabúes que parten del desconocimiento y el estigma frente al periodo menstrual. A la lista se suman un sin fin de situaciones que pueden sonar absurdas, pero que culturalmente se han difundido y aceptado, por ejemplo, en zonas rurales y lugares alejados de las ciudades principales.

     

    “En las comunidades de Isla Fuerte, en el departamento de Bolívar, nos encontramos con mujeres que piensan que no pueden cargar bebés cuando están menstruando porque se ponen pujones, empiezan a llorar. Que no se pueden cortar el cabello, que no pueden sembrar ciertos cultivos o que ni siquiera se pueden acercar a las plantas porque las matan. Hay diferentes tipos de mitos que surgen por el desconocimiento y el estigma”, aseguró Laura Restrepo creadora de Bloom.

     

    Pero existen otros proyectos que le apuestan a una relación sana con el periodo menstrual, como Maitené, que se enfoca en acompañar procesos de transformación, definido de esta forma por su directora Naira Alejandra Villota, terapeuta y acompañante de procesos de salud femenina. En este se analiza el ciclo menstrual desde su conexión con los otros ciclos del cuerpo y los elementos exteriores encontrados en la naturaleza. “Estamos conectadas con el agua, con las montañas y el sol, con todo lo que tiene vida en la tierra”.

     

    También explica que la sangre es sagrada porque posee cierta información de las personas sobre su ciclo menstrual, por ende, recomienda emplearla para abonar la tierra. “Algunas mujeres prefieren revolver la sangre con agua y ponerla en las plantas. Hay otras que les gusta ir a las montañas. Las abuelas indígenas, por ejemplo, nos han enseñado que las piedras son un lugar especial para hacer esto”.

     

    Una discusión pendiente

    Si bien el proyecto de ley despierta diferentes opiniones y genera un debate necesario, será estudiado durante dos años en los que se espera que los derechos menstruales se ubiquen en la agenda política del país, con el propósito de que se aborden desde instituciones tanto públicas como privadas. Aquella atención al tema se relaciona con los objetivos de Menstruación Consciente, que al parecer pretende reunir diversas posturas y acciones que le han apostado a que las mujeres y personas menstruantes puedan vivir su ciclo menstrual con dignidad.

     

     

  • Un viaje en silencio, del “chirrinchi” al cajón

     

    Un recorrido que revela el presente de un histórico sector de Medellín, donde se callan dramas rodeados de ánimo de lucro.

     

    Valeria Acosta Velásquez / valeria.acosta@upb.edu.co

    Foto de portada: Esneyder Gutiérrez

     

    El lunes 14 de febrero de 2022 en Tejelo, calle 52ª de Medellín, fue un día de aguacero. Un lapo de agua se asomó a eso de las 3:50 de la tarde. Bajo el preámbulo de lo que sería una tarde gris, se escuchaba a las personas comprar cigarrillos menudeados, frutas, morcilla, limones, plátanos, manzanas, papaya, lulo, mazorca, ají, papas, borojó, aguacates, chocolatinas y una que otra “pola” que manoseaban de un lado al otro lado del mostrador. Allí, en la plazoleta comercial a cielo abierto, vendían de todo en los toldos amarillos y las cantinas con luz roja. Las personas se hacían cortes en la peluquería que estaba tapizada con pelo, mientras divisaban a los viejos mercar en la carnicería del frente.

     

    Pero en Tejelo, esa pequeña calle que tiene más historias que un pueblo, Marcela Morales, una mujer con cabello morado, eufórica, extrovertida y trabajadora, vería en ese sitio, un lugar de su recorrido que le generaría ingresos.

    No había estudiado finanzas, ni emprendimiento, ni una carrera profesional que se le aproximara -como la mayoría de los vendedores de antaño que habitaban el lugar-. A diferencia de los otros negocios que se repetían como muletilla, ella no contaba con un local, pero sí con un puesto rodante que no tenía nada que envidiarle a los estacionarios.

     

    A las 5:30 de la mañana, con ansias de vender, Marcela se levantó a preparar 10 litros de café, lo que equivale a 100 tintos. Arribó la plaza a eso de las 8:00, y media hora después empezó su jornada laboral. Contaba en su menú con café instantáneo o el que trae preparado. Se le escapaba uno que otro bostezo, mientras decía “a la orden el tinto”.

     

    Las ventas son el alma del sector, las personas son el cuerpo, el ambiente está decorado por motos que usan las paredes de parqueadero y platos enteros de arroz añejo que emanaba olor a vinagre, la música de los bares transporta al Caribe, mientras la multitud grita a todo pulmón la canción de Armonia 10, Tu castigo será verme feliz: “Vayas donde vayas, tú nunca serás feliz, tu castigo será verme feliz, muy feliz. Vayas donde vayas, tú nunca serás feliz, tu castigo será verme feliz, muy feliz”.

     

    Cada muro tiene memoria; locales llenos de recuerdos que se volvieron el cimiento de una tradición que hoy perdura.

     

    Así, de a poco, con trabajadores, el campo se volvió muro y edificación, cambió la grama por pavimento y los trueques por tiendas. Tejelo empezó a ser terreno de gente emprendedora que echó raíces y otros que intentaron probar suerte pero no les funcionó. Se multiplicaron los negocios familiares y las inversiones. Las empresas ya no solo tenían que pagar arriendo, sino extras por su seguridad.

     

    Aquí se gestaron diversas tiendas ubicadas al lado izquierdo de la calle: la primera es La Fortunita, con cuatro años, fundada por Ángela María Gallego de 43 años, cabello negro, bajita, con buen humor, y su hija. Su negocio es de confites, cigarrillos y cervezas, pese a que no le gusta vender licor.

     

    —No me gustan los borrachos, solo cerveza para la sed—, dice Ángela mientras entrega un cigarrillo Boston a uno de sus clientes.

     

    Este negocio de charcutería es uno de los más recientes, el resto lleva entre 20 y 25 años. Locales como Celularmix le dieron un toque moderno al sector desde hace un año cuando Jormedy Arias, de 36 años, lo fundó. Este sitio no solo ha vendido celulares, sino que también ha brindado cargadores a toda aquella alma apresurada que pasa por ahí.

     

    —¿Tenés cargador pa´ teléfono? —, dice un habitante de calle bastante agitado.

    —¿Pa´ qué celular mi amigo? —, expresa Jormedy.

    El hombre pasó el celular como quién está estrenando juguete nuevo y sin decir nada esperó el cargador. Al pasar de unos minutos Jormedy prendió el teléfono e identificó que este estaba siendo reseteado, pero sin reclamar nada, entregó el cargador.

     

    Flashback

    Tejelo es una calle que entraña historias repletas de colores negros, blancos y matizados. Se encuentra entre la avenida de Greiff y Juanambú, ha funcionado desde hace más de 35 años como un espacio destinado a la comercialización de frutas y verduras.

     

    El nombre del lugar se debe a Jerónimo Luis Tejelo, quien vino durante una expedición el 24 de agosto de 1541, enviado por Jorge Robledo. Al llegar, bautizó al Valle de Aburrá, como se le conoce hoy. El nombre de esta rúa ha transmutado con el tiempo; se llamó Hueco, Fernando Restrepo, Los Fundidores y Alhambra.

     

    << El comercio de frutas y legumbres es parte de la historia de Tejelo, en el Centro de Medellín. Foto: David Cano.

     

    Se dice que desde el siglo XlX este sector era morada de personas que servían a la clase alta y era el lugar de los desdichados. De ese “pueblito colonial” con un tapete de piedras y casetas de madera, ubicado en una calle de la ciudad, aún se conserva el olor a fruta, pero este se pierde en la basura, el cambio del material de los locales por metal, las vacunas de las Convivir, la contaminación auditiva y la delincuencia propia del sector.

     

    Desde el lente policial

    Llegué a Tejelo a principios de un invierno que se sentía en la atmósfera. Algunas tiendas cerraban temprano por miedo a la avalancha de hurtos, llovían malas noticias y el viento empañaba más de una muerte, mientras yo me dirigía a comprar una “pola” igual de fría.

     

    Era policía, del cuadrante 29; no dio su nombre porque necesitaba la autorización de un superior, un hombre con anillos de oro y traje de oficial, que en este sector gobernaba como autoridad cada que podía dar ronda, se había vuelto el amigo de las mujeres que se denominaban acompañantes y de los emprendedores.

     

    El oficial me pintó el panorama de la zona acusándola de ser yacimiento de “riñas, abuso de sustancias psicoactivas que terminaban en puñaladas y hurtos frecuentes”, que la han hecho ser denominada la más robada del sector. Todo esto pareciese que forma parte de una investigación continua de la Policía la cual no ha salido a la luz, y creería yo que no saldrá.

     

    —Hace un mes hubo un muerto por los lados del Gana—, dijo el policía y contó que, por intolerancia, un sicario le tocó las nalgas a una mujer y asesinó con arma de fuego a quien salió a defenderla.

     

    El levantamiento fue a las 4:00 de la tarde. Aquí se matan los habitantes de calle por cien pesos, han ocurrido enfrentamientos entre plazas y pugnas de borrachos por no pagar la cuenta en los bares. El número de muertos, heridos y violaciones ha sido alto en los últimos años.

     

    —El trabajo sexual es algo empañado, aquí no son prostitutas, sino acompañantes por cerveza—, declara el funcionario.

     

    En Tejelo se rumoreaba mucho que el que entraba no salía, de que solo atracaban a los que no trabajaban ahí, de que si no traías nada y te asaltaban, te apuñalaban por estar “mani vacío”, que no sabían cómo yo me había atrevido a entrar. “Me esperaba un destino idéntico”, pensé.

     

    Pero en ese sinsabor encontré un sentido que iba más allá de lo citado por el patrullero. Yo no estaba allí por los hurtos, ni la prostitución, ni la delincuencia, medité; yo quería ir más allá de lo visible, quería desempolvar algo que el policía me había expresado: “La mayoría de los que se mueren son borrachos”. Ese fue el inicio de lo que sería esta investigación.

     

    Hurtos y riñas son las principales situaciones que ocupan a la policía en Tejelo. Bajo esta dinámica, la relación entre la comunidad puede ser tensa.

    Foto: David Cano >>

     

     

    Una copita y ya

    Amanecen muertos.

    Los habitantes de calle alcoholizados amanecen muertos.

    El chirrinchi provoca pérdida de consciencia, memoria temporal, somnolencia, consecuencias que hacen del más vital un costal que se vuelve uno con el pavimento. Este trago está hecho de panela y siete hierbas: manzanilla, mejorana, cidrón, yerbabuena, hinojo, limonaria y albahaca, a estos componentes naturales los acompaña el alcohol etílico. La mezcla se debe fermentar por 15 días mínimo, luego se lleva a un aparato de destilación mediante un proceso de evaporación por calentamiento. Se destila hasta obtener una bebida fuerte, hasta alcanzar el grado de alcohol necesario. Es una sustancia que nace en La Guajira.

     

    Uno… dos… tres borrachos que se hacían en círculo a contar monedas. Pero ¿Qué estaban mirando? ¿Por qué estaban reunidos? ¿Qué los unía? ¿Por qué uno de ellos tenía un montón de cadenas que parecían de oro y plata? ¿Qué hacían reunidos alrededor de una virgen? ¿Por qué sobresalía del trasero de ese hombre una cuchara de metal?

     

    Pusieron dos alcoholes etílicos sobre el suelo. Uno de los hombres los recogió, mientras otro esperaba a que lo abriera. El sujeto que dejó la sustancia se fue inadvertido, fue en cuestión de segundos y nadie puso un peso. Aquí se envicia sin dar plata, es que cuando se está cerca de una plaza de vicio los excesos son cosa de todos los días.

     

    Hasta que el chirrinchi nos separe

    La muerte del ‘Enfermo’, delgado, bajito, pedía monedas, por las tardes se ponía agresivo cuando tenía varias copas encima. El ‘Enfermo’, así le decían, porque decía: “¿Me regala 500 pesos que estoy muy enfermo?”. Ninguno de los trabajadores se sabía el nombre, pero todos lo humanizaban cada día con un saludo y una moneda. Hacía favores, no le pagaban, pero le daban el desayuno.

     

    —Él venía en grupo a tomar chirrinchi, se mantenía todo raspado, pobrecito, le pegaban mucho—, recuerda Rosa Elvira Marín de 66 años, quien lleva veintiún años vendiendo limones, de ocho a ocho. Solo descansa los Viernes Santos y el veinticinco de diciembre. Es el águila del lugar, la que todos saludan, a la que le llegan las primicias.

     

    Dice Marín que tuvo una esposa. Ella era fanática de las causas perdidas y él era adicto al licor. Las personas de Tejelo cuentan que esa mujer luchó mucho por él, que le surtió una carreta con bananos y aguacates. Al principio parecía que el ‘Enfermo’ se había ajuiciado, vendía desde las 8:00 de la mañana hasta las 2:00 de la tarde, salía temprano, no porque vendiera todo, sino porque se iba a beber la plata que había ganado. Hasta que se quebró.

    Su mujer nunca se rindió. Se le veía entrar a Tejelo con ropa y comida, iba a buscarlo a las esquinas cuando se tornó habitante de calle. Se volvió su sombra, su ángel guardián.

     

    Eran ya las 5:00 de la tarde y yo había perdido la cuenta de las personas a las que les pregunté por el nombre del ‘Enfermo’, pese a que todos lo recordaban como patrimonio de la calle, nadie sabía más allá de un apodo, o dos, porque también le decían ‘Rata mona’. Aquí el tiempo se devora cosas tan simples como un nombre.

     

    —Claro que me acuerdo del ‘Enfermo’, de la vieja guardia de Tejelo, el que vendía bananos en la esquina. A lo último se volvió alcohólico—, dice Jairo Tavera, vendedor de legumbres.

     

    Me topé con un borracho dormido, en un garaje que tenía los números 53-58, al lado de la Plaza de Mercado Tejelo. Tenía las medias afuera del zapato, se le veía el pie, cargaba un bolso, o ¿el bolso lo estaba sosteniendo a él? Era muy temprano, pensé, para estar en ese estado, para no ser consciente de cómo cae el sol, ni del montón de personas que lo observaban al pasar pero ni siquiera se atrevían a tocarlo; para pararlo, o para saber si seguía vivo.

     

    Rememoré lo que me habían contado del ‘Enfermo’. Lo imaginé así, inconsciente, desatendido, solo.

    Un rato después, me encontré a don Carlos Suárez tomando un sancocho. Él fue uno de los que le pedían al ‘Enfermo’ favores a cambio de un desayuno. Carlos lo ponía a pelar cebolla, mientras el ‘Enfermo’ se quedaba dormido con cada cortada.

     

    El 13 de febrero, a las 10:00 de la mañana, Carlos le pidió al ‘Enfermo’ que le pelara unas cebollas. Después de varios desmayos continuos -a los que ya estaban acostumbrados todos- no se volvió a levantar. “Le dio un fulminante”, dijo Carlos. El ‘Enfermo’, de tanto irse y volver, un día se fue y no regresó. Estuvo siete horas tirado en la silla de cemento que estaba al frente de La Sazón del Gordo. A las 5:00 de la tarde le hicieron el levantamiento. Ese día llovió y una grieta se abrió en los ojos de aquellos que lo denominaban hermano.

     

    Edwin Fabián Jaramillo había nacido en Caucasia Antioquia, era uno de los amigos del ‘Enfermo’. Hacía parte del grupo de borrachos que se reunía a contar monedas. Era el más consciente de todos los ebrios que conformaban la virgen María Auxiliadora y era, quizá el único, que se sabía el nombre del ‘Enfermo’, el que nos regaló un poquito de humanidad para Gustavo.

     

    —Gustavo y Carlos Alberto, uno de los del grupo, estaban pelando cebolla ese domingo. Yo lo motilé antes de morir y ese día él me quitó una gorra—, expresa Edwin, intentando pronunciar bien las palabras.

     

    A la hora de hacer el levantamiento, el cuadrante de policía amenazó a Edwin y a sus cercanos, porque querían preservar a Gustavo por más tiempo y no deseaban que se mojara, por lo que le habían puesto unas bolsas de basura que les regaló Carlos García, el dueño del local de enfrente.

     

    Dice Edwin que todavía se le sentía el pulso cuando se lo llevaron, que los jalaron para separarlos de él y lo trasladaron para medicina legal.

     

    —Es que Gustavo no bebía porque fuera alcohólico, él se envició con el chirrinchi porque la mujer lo maltrataba—, plantea Edwin.

     

    Hubo muchas teorías sobre la muerte de Gustavo, unos dicen que se murió porque sufría de convulsiones, otros que le dio un infarto, unos que cayó y no despertó, y algunos que porque estaba muy intoxicado con el alcohol.

     

    Nada se decía entonces en Tejelo de aquellos a los que se les expendía vicio, ni de quiénes lo vendían. Aquí se vive la ley del silencio.

    —Reina, yo no le puedo decir dónde venden chirrinchi, yo le puedo decir cuánto vale, porque los de la plaza nos están mirando y yo no soy ningún sapo—, manifestó Edwin.

    —Una botella de alcohol etílico cuesta tres mil quinientos pesos, una de chirrinchi cinco mil, pero ambos son el mismo “chorro” —, como decía Yeny Patricia Barbosa, habitante de calle del sector.

     

    Unos minutos después varios hombres de la plaza me rodearon, uno de ellos, vestido con una camisa que decía Nike y una gorra azul, me hizo un gesto con la cabeza, como quién dice váyase, mientras llevaba su mano a un arma de fuego que tenía en el pantalón.

     

    En Tejelo seguirán entonces cosiendo bocas, alimentando vicios y lloviendo muertes de eternos NN.

  • La Fundación Óyeme cumple 55 años de ser un eco de esperanza

     

    · 2.700 niños con hipoacusia han sido acompañados a lo largo de su historia.

    · La institución ofrece apoyo integral, con atención médica y psicosocial.

     

    Por Miguel Arango Rúa / miguel.arangor@upb.edu.co

     

    En las clases, los niños adquieren habilidades para la inclusión. Foto: cortesía Fundación Óyeme.

     

    Según el Ministerio de Salud, a nivel global cinco de cada 1000 niños nacen con discapacidad auditiva. En 2014, Colombia contaba con 455.718 personas con pérdida de la audición, según el Instituto Nacional para Sordos (INSOR), lo que equivalía al 1.1% de la población total del país.

     

    Lamentablemente, en Colombia las estadísticas en torno a este tema son escasas, puesto que, de acuerdo con el Ministerio de Salud, los registros se enfocan en enfermedades no transmisibles; un vacío de información clave ante la necesidad de políticas gubernamentales eficaces, como sostiene el académico Carlos Ruiz Sánchez en su texto Manual para la elaboración de políticas públicas, en el que afirma que la deuda histórica del Estado con la población en condición de discapacidad se hace más patente que nunca.

     

    Por otro lado, la detección temprana de las afecciones auditivas es vital para la calidad de vida de las personas, lo que demanda un sistema de salud bien preparado. En consideración a este reto y a los que enfrentan las personas con hipoacusia o pérdida de la audición, hace 55 años nació en Medellín la Fundación Óyeme, que trabaja cada día para guiar y ofrecer tratamientos médicos a las personas con problemas auditivos, con lo cual se favorece su empoderamiento.

     

    Un recorrido por su historia

    El 16 de julio de 1966 abría sus puertas la Fundación Pro-Débiles Auditivos, el nombre inicial de una institución que hizo historia en Antioquia por ser la primera escuela oralista de la región. Aquí, las personas en condición de discapacidad auditiva aprenderían a comunicarse verbalmente, a leer y a escribir, para sumar posibilidades de inclusión en las comunidades oyentes sin necesidad de recurrir a la lengua de señas.

     

    Beatriz Londoño, directora de la Fundación, narró los diversos momentos que ha atravesado la institución y que la han llevado a fortalecer su labor. En 1994, con la entrada en vigor de la Ley General de Educación, que propendía por la inclusión de las personas no necesidades auditivas especiales en los colegios para oyentes, la Fundación comenzó a trabajar para adaptarse a esta nueva situación. Es así como, en 2003, la organización abrió un centro educativo donde alumnos, en su mayoría con hipoacusia, pudieran compartir con estudiantes con audición normal.

    Esta “escuela a la inversa”, como fue presentada entonces, continuó hasta el 2012, momento en el que tuvo que cerrarse debido a la deserción relacionada con el desplazamiento de los estudiantes a sus clases. Dos años más tarde, en 2014, la institución cambiaría su nombre a Fundación Óyeme.

     

    Los números también cuentan una historia de inclusión. Según cifras reveladas por la directora Londoño, durante los últimos seis años, 125 personas han recibido orientación laboral por parte de la Fundación, 120 han sido acompañadas en su proceso de educación superior y 8 000 usuarios han sido atendidos por la IPS de la institución.

     

    Una niña durante un examen de Potenciales Evocados Auditivos (BERA, por sus siglas en inglés), usado para medir la función auditiva. Foto: cortesía Fundación Óyeme.

     

    Un centro que transforma vidas

     

    De acuerdo con la directora Beatriz Londoño, a lo largo de estos 55 años la Fundación Óyeme ha ayudado a 2 700 niños con hipoacusia, cientos de testimonios cuyo eco suma a un concierto de humanidad: triunfos, obstáculos y esperanza en el futuro como pieza principal.

     

    Santiago Durango, estudiante de Medicina de la Escuela de Ingeniería de Antioquia, llegó a la Fundación a los seis años, luego de que se le diagnosticara pérdida auditiva. A lo largo de su vida, Durango mencionó que ha tenido que “aprender a pronunciar correctamente ciertas palabras, el análisis de textos, las normas ortográficas, y, en la parte social, encontrar la manera de comunicarme en espacios íntimos”.

     

    Pero nada de lo anterior le ha impedido a Santiago sacar adelante su proyecto vital. Detrás de él, dándole el empujón necesario para avanzar, siempre ha estado la Fundación, ya sea con orientación psicológica o en contacto con la universidad para facilitar su proceso de aprendizaje.

     

    Los programas de inclusión escolar y laboral, la enseñanza de la lectura y escritura, y el perfilamiento al momento de pasar a la educación superior, son las apuestas de la institución para mejorar la calidad de vida de los individuos con deficiencia auditiva, según la directora Londoño. Sin embargo, el trabajo que la Fundación hace con sus miembros no serviría de nada sin un pilar fundamental: la familia. El apoyo de los padres es el motor que hace posible el proceso de sus hijos.

     

    Otra historia que también fue posible gracias a la Fundación Óyeme fue la de Jhonatan Durango, hermano de Santiago y estudiante de Contaduría Pública de la Universidad EAFIT. Al igual que Santiago, Jhonatan entró a temprana edad a la institución. Allí, se convirtió en un referente para las demás personas con limitaciones auditivas por su gran manejo del lenguaje oral, de acuerdo con la docente Piedad Cano.

     

    Gracias al apoyo de la Fundación, suma metas superadas en el mundo académico, fue el mejor bachiller de su municipio y obtuvo una beca; ya en la universidad logró convertirse en un mentor para varios de sus compañeros debido a su talento para las matemáticas, según relata el propio Durango.

     

    Y la Fundación siempre ha estado para brindar una mano. Jhonatan relató que, al entrar a la universidad, la institución hizo un proceso pedagógico con los profesores de la carrera para ayudarlos a adaptarse a su circunstancia de limitación auditiva.

     

    Tampoco se puede olvidar el papel de los padres en el proceso de los niños. Miguel Sanguino, cuyo hijo Daniel se encuentra en la institución, enfatizó lo importante que ha sido “asistir a las clases en la Fundación para estar pendiente del desarrollo de mi hijo”. Asimismo, Sanguino aseguró que ha sido gratificante “ver los avances del niño en su tiempo con la institución, y el apoyo que esta le ha dado para conseguir aparatos auditivos”.

     

    Otra pieza esencial de la Fundación son los profesionales de apoyo, cuyo trabajo posibilita la transformación de vidas, las de los usuarios y las del equipo de la Fundación. Haciendo clic en el siguiente botón puede escuchar sus testimonios:

    Una mirada hacia el futuro

     

    A pesar de los logros alcanzados y de las vidas transformadas, la Fundación todavía tiene varios retos por responder. La directora Beatriz Londoño apuntó que desde Óyeme seguirán aumentando la cobertura de la institución y la permanencia de los usuarios en ella, lo cual, según explica, es parte de un propósito mayor: demostrarles a los empresarios de la región que la inclusión laboral de las personas con hipoacusia es posible. Londoño explicó que la idea es que la inserción en los espacios de trabajo se dé por convicción y no por cumplir una ley.

     

    La directora especificó que la Fundación está buscando la sostenibilidad financiera por medio de proyectos de cooperación y prestación de servicios. En este sentido, las alianzas con la Alcaldía de Medellín y las cajas de compensación familiar han ayudado al propósito de que la situación económica no interfiera con la labor social.

    Además, la pandemia puso la tarea de acelerar transformación digital de la Fundación, que actualmente trabaja en la modernización de sus contenidos digitales, la conectividad, equipos y plataformas virtuales. La directora se refirió además a los planes para crear una línea de gestión del conocimiento para organizar el saber acumulado a lo largo de los años y poder compartirlo.

     

    La Fundación Óyeme les ha permitido escuchar el mundo a miles de personas con hipoacusia, llevar vidas independientes y ser parte de la vida en comunidad. Para algunas de ellas, lo más importante es que la institución les ayudada a oírse a sí mismos. El universitario Santiago Durango señaló que, sin la ayuda recibida de Óyeme, “no habría desarrollado el lenguaje oral que hoy tengo, y tal vez me sentiría inferior con respecto a otros”.

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

  • Detrás de una lágrima

    Llorar tiene su ciencia y ese no sé qué, que salva en momentos cuando, por ejemplo, descubres que el amor de tu vida te engañó.

     

    Valentina Marín / periodico.contexto@upb.edu.co

     

    Sobre una mesa pequeña en la sala, Lucía tenía una Virgen, la Biblia y el teléfono. Cada vez que esta persona llamaba a intimidarla, ella leía el primer salmo que sus ojos vidriosos lograban encontrar. Un día, luego de escuchar ese choque cuando del otro lado cuelgan y sintiendo ese vacío desgarrador que ya reconocía, su hija mayor llegó a sentarse en sus piernas y le dijo:

     

    —¿Por qué estás llorando, mami?

    Lucía la miró y no le respondió.

    —No llores, no llores ¿Acaso no crees que la Virgen nos está acompañando? —continuó mientras Lucía rompía en llanto y la abrazaba.

     

    Nadie podría explicar con facilidad qué es llorar. Más bien darían instrucciones de cómo hacerlo, como Cortázar, o seguramente les sería más fácil decir la razón. As Vingerhoets, uno de los principales expertos en llanto, estableció que el sentimiento de pérdida o ruptura es el principal motivo. Pero, uno de los diccionarios más completos de la lengua española lo define como sentir vivamente algo, derramar lágrimas por los ojos o, de manera más fría, “manar de los ojos un líquido”.

     

    Llorar es algo que los seres humanos han aprendido a lo largo de los siglos para comunicar con más fuerza los sentimientos y Elena Jarrín, oftalmóloga española, dice que “se trata de una manifestación de lo bien hecho que está el ser humano y lo evolucionado que es”. Sin embargo, Charles Darwin, mayor exponente de las teorías evolutivas, sostuvo que las lágrimas emocionales no tenían ningún propósito, solo servían para proteger el ojo.

    Lucía nunca notó que al llorar su cuerpo estaba haciendo una de las actividades motoras más complejas y cotidianas, porque lo complejo era la situación que ella estaba viviendo.

     

    ***

    Lucía y Luis Fernando se enamoraron en la universidad. Sostuvieron un noviazgo de cinco años y un 9 de julio de 1994 juraron ante el altar amarse y respetarse hasta que la muerte los separara. Al año llegó el embarazo de su primera hija, Laura, y para darle la noticia, como en típica escena de película romántica, le dejó en el espejo donde él se afeitaba unos escarpines junto a una nota que decía “vamos a tener un bebé”. Después de abrir su espuma afeitadora y antes de terminar de leer la frase ya tenía lágrimas en los ojos que resumían la inmensa felicidad que ambos estaban viviendo.

     

    Era contradictorio que en un momento de alegría el llanto apareciera. Es por esa razón que se considera uno de los más grandes misterios, porque con solo pensar que cuando gana el equipo de fútbol favorito, en una pedida de matrimonio, en el abrazo eterno de una pareja en un aeropuerto, en un orgasmo o, como en este caso, enterándose de la noticia de un embarazo la gente también llora, definitivamente no se trata de una simple actividad.

     

    Los psicólogos afirman que llorar de alegría es una forma de equilibrarse o liberarse en medio de emociones que no se pueden controlar. Incluso, la Universidad de Yale definió en una investigación que esta actividad paradójica tiene una función vital. Entonces, el cerebro de Luis Fernando se encontraba en un momento tan complejo e incontrolable que buscó la mejor manera de regularse: llorar.

     

    Fueron momentos especiales, pero tal “cuento de hadas”, como lo describe Lucía, empezó a tener altibajos. Cada que salía hacia su trabajo, comenzaba a sentir una opresión en el pecho. Era como una voz que le hablaba y que no lograba escuchar. Era algo que le decía que se devolviera, como si se le hubiera olvidado apagar un fogón o echarle una llave más a la puerta. Cuando lo hacía, encontraba a Luis conversando por teléfono. Ese mismo de la mesita de la sala, con la Virgen y la Biblia al lado. Inmediatamente colgaba asustado y sorprendido, así que las sospechas comenzaron a aflorar en la cabeza de Lucía.

     

    Transcurrió un mes, un tiempo en el que pueden suceder muchas cosas para unos y pocas para otros. Por ejemplo, con los 10 ml de producción lagrimal diarios, una persona adulta podría llenar un poco más de la mitad de un vaso. Un bebé humano normal lloraría 60 horas en total, según los psicólogos, y cualquier persona podría escuchar una canción diaria de la “Lista definitiva de las 40 canciones tristes que no deberías escuchar si estás deprimido” que escribió La Vanguardia y le sobrarían para el siguiente mes. Ese fue el tiempo que ella esperó para reunir las pruebas y confrontarlo.

     

    Dicen que llorar trae beneficios. Stephen Sideroff, autor de The Path: mastering the nine pillars of resilience and success, dijo que los sentimientos guardados contienen mucha energía y retenerlos podría interferir en procesos naturales e instintivos. Tanto así, que lo compara con la necesidad de tener hambre: “si alguien busca comida para calmarla, alguien que esté triste debe encontrar algo para equilibrarse y resolverlo”.

     

    El bioquímico William H. Frey propuso que la gente se siente mejor después de llorar y, aunque poco lo tengamos en cuenta, la liberación de mocos que también resulta, en conjunto con el llanto, es un mecanismo para deshacerse de las hormonas que producen estrés, pero Lucía venía guardando esas emociones día tras día.

     

    Ella grabó las conversaciones, notó los comportamientos extraños de su esposo, lo esperó despierta una noche que tuvo que salir de “urgencia” y comenzó a preguntarle qué le pasaba. Se inventaba canciones, escritos, versos y cartas para comunicarse con él que resultaban siendo intentos fallidos. Buscó psicólogos, asesores de familia y hasta sacerdotes. No estaba dispuesta a rendirse. Pero un encuentro y un café la hicieron cambiar de decisión.

     

    —Lucía, yo tengo que contarte algo que está pasando y me está haciendo sentir muy mal —le advirtió Carlos, un amigo cercano de la pareja, en esa cafetería a dos cuadras de la oficina de Luis.

    —Decime, Carlos ¿qué es lo que pasa? —le respondió exaltada soltando de inmediato el café que estaba a punto de tomar.

    —Luis está teniendo últimamente comportamientos muy extraños, se ha alejado de los amigos y tiene una relación más que cercana con la auxiliar de arquitectura, Claudia.

    —Carlos, confírmame si esta es la voz de ella —le dijo mientras buscaba con rapidez la grabadora de periodista en su bolso.

    —Sí, es ella.

     

    Esta era la prueba final. La que cerraba el caso, la cereza del pastel y la que desataba el caos. Luis se había enamorado de una compañera de su trabajo y a Lucía se le había atravesado un nudo en su garganta y en su camino. Ella no sabía qué sentir, pero era el momento perfecto para enfrentarlos.

     

    Las emociones estaban a flor de piel. Ese lugar del cerebro llamado sistema límbico estaba llegando al máximo de su función y en conexión con el sistema nervioso vegetativo estaban provocando reacciones que luego activarían la producción del llanto. Sin embargo, ese todavía no era el caso de Lucía. No había soltado ni una lágrima, más bien su cabeza estaba llena de rabia, confusión y necesidad de una respuesta.

     

    Los expertos dicen que cada persona tiene su forma de llorar. Unos pueden sollozar, tener espasmos cortos y otros lo pueden hacer de forma silenciosa y tranquila. Cada uno con expresiones y motivos diferentes. Charles Darwin descubrió y clasificó más de cien gestos característicos, y afirma que es una de las “expresiones específicas del hombre”, porque ninguna otra especie ha dado pruebas de poseer este mecanismo. Entonces, quizá Lucía sí lo estaba haciendo, pero a su manera.

    Ilustración: Valentina Marín.

     

    ***

    Tomó un taxi y se demoró más en montarse al carro que en llegar. Preguntó dónde estaba la oficina de Claudia. La auxiliar de arquitectura. La de las llamadas. Se dirigió por el pasillo cruzando los demás cubículos en medio de miradas aterradas y expectantes.

     

    —¿Claudia Helena? —preguntó para confirmar que fuera la oficina correcta.

    Ella estaba de espaldas, sacando unas copias y cuando volteó Lucía confirmó que era ella.

    —Vengo para que conversemos —le dijo mirándola a los ojos.

    —No, hablemos afuera, aquí adentro no —le suplicó temblando y con un papel en sus manos.

    —Adentro sí — interrumpió Lucía corriendo una silla Rimax y ubicándola en la entrada—. Yo no tengo nada que esconder. Te pido que sigas con tu camino y no te cruces en el mío.

    —Nosotros ya llevamos un año de relación. Vamos a formar una familia porque él es mío.

     

    Lucía no estaba dispuesta a pelear por sentimientos y mucho menos por un hombre. Su papá siempre le había dicho que su dignidad era lo más importante y ese era el momento de poner en práctica el consejo. Por eso, se retiró y se dirigió a la oficina de él a quien sin pensarlo dos veces le dijo mirándolo fijamente: “los cimientos que alguna vez construí con usted desde que me casé acaban de ser demolidos porque hasta aquí llegamos”. Guardó en su bolso la grabadora y antes de irse él le respondió: “yo necesito organizar mi vida, dame un tiempo para irme de la casa”.

     

    Lucía aceptó la decisión y en el momento preciso que salió de esa oficina sintió que, literalmente, su corazón se había partido en mil pedazos. Según ella, es verdad cuando en las poesías afirman que el alma duele porque recuerda, con la voz entrecortada, que eso fue lo que sintió al ver que el amor de su vida y los sueños juntos se habían desvanecido. Esta vez, las lágrimas de Lucía sí empezaron a correr por sus mejillas sin contenerse.

     

    En su trabajo Topography of tears, Rose Lynn Fisherhat tomó fotos de lágrimas bajo un microscopio de luz y pudo comprobar que todas son diferentes. Si lloramos de risa, de angustia, de dolor, de tristeza o por amor, absolutamente ninguna es igual. Entonces, ¿cómo serían las lágrimas de Lucía bajo el lente de Rose?

     

    Su composición parece simple: 9% sal, proteínas, enzimas y sustancias que contienen nitrógeno. Pero el neurólogo Michael Trimble explica que las lágrimas emocionales tienen mayor contenido proteínico y también detectó que poseen sustancias que ayudan a regular el ánimo y el estrés, como la prolactina, serotonina y adrenalina.

     

    Además, los investigadores definen que existen tres tipos de lágrimas: las basales, que mantienen nuestros ojos limpios; las reflejas, que surgen como reacción a algún componente externo; y las emocionales, que son aquellas vinculadas a los sentimientos, como lo que produce darse cuenta de un engaño.

     

    Las lágrimas son como una película que se extiende sobre el ojo. Si contiene demasiado líquido, se desborda y puede llegar hasta la barbilla. Pero, a veces la vida es tan extraña que existen personas que no pueden hacerlo por más que se rebosen de emoción.

     

    Normalmente, dependiendo del ambiente, se puede evaporar más de un 25% de la lágrima, pero todo vuelve a la normalidad cuando se parpadea de forma continua y completa. En cambio, alguien con síndrome de Sjögren le costaría mucho más producir lágrimas, incluso saliva, y su principal solución es usar lágrimas artificiales de por vida. Ni siquiera con las playlist de Spotify “Rolitas para llorar a las 3 a. m.” o “Música para llorar porque Henry Cavil tiene novia” alguien con esta enfermedad autoinmune podría lograrlo.

     

    Llorar es un acto de bienestar. Diomedes Díaz dijo en una de sus canciones “a mí el llanto no me hace daño”, la diferencia con Lucía es que él sí le rogó a una mujer. Aunque también está Fanny Lu quien dice que “llorar es una locura”, a pesar de que un verso de su canción confiese que se levanta a las seis de la mañana, que un largo día de trabajo la espera y que no tiene ni cinco en la cartera.

     

    ***

    Casi una semana después, Luis llegó de su trabajo. Laura estaba tomando una siesta y Lucía estaba en la habitación. Entró, saludó, descargó sus papeles encima de la mesa y empezó a buscar en el closet una maleta de viaje. No, esto no era el inicio de unas vacaciones familiares. Lucía comenzó a pasarle camisetas, pantalones, corbatas, medias, sueños y decepciones. Él, mientras tanto, organizaba de forma minuciosa el equipaje de un nuevo camino que ya habían decidido.

     

    —¿Qué pasó? —preguntó Laura entredormida, con una muñeca en sus brazos y viendo todo lo que estaba pasando.

    Ambos se miraron y Lucía estaba esperando que él le diera una explicación.

    —Mami, es que yo me voy porque yo no sirvo para estar casado. Yo aquí vivo aburrido.

     

    No necesitó decir ni una palabra más para que Lucía sintiera que le habían dado una punzada en el corazón a su hija de cinco años y también a ella. Ese momento lo describe como el segundo dolor más grande que ella pudo sentir en medio de todo. Lo que aún no sabía es que dentro de ella estaba dándole vida a su segunda hija.

     

    La niña se hizo a un lado de la puerta para evitar detenerlo. Él la abrió, cogió su maleta y le susurró algo al oído. Lucía tragaba en seco para que su hija no la viera llorar. Laura se dejó caer en la puerta luego de que él cerró y sus ojos estaban más brillantes de lo que eran. Su mamá la cogió cargada y ninguna de las dos pudo contenerse.

    Algunas personas lloran “abriendo un paquete de papitas”, como dice Lucía, mientras que a otros les cuesta tanto que deben recurrir a manuales de instrucciones, como el de Julio Cortázar quien deja de lado los motivos, pero recomienda no ingresar en escándalo y hacerlo en tres minutos.

     

    Quizás Julio era uno de esos y tuvo que escribir su propia checklist que incluye pensar en un pato cubierto de hormigas, tener contracciones del rostro y emitir un sonido enérgico para cuando fuera necesario estar en modo llanto. La psicología y él coinciden en que se debe dirigir la imaginación hacia uno mismo, dejar sentir esa opresión en el pecho y fluir. También, S Moda de El País dice que ayuda “ver una película que sabemos nos va a llevar al llanto o escribir sobre nuestras emociones”, aunque Lucía podía sentarse con palomitas a ver su propia historia.

     

    Si existiera un kit del llanto, incluiría lágrimas, mocos y muchos pañuelos de diferentes texturas y patrones. Por ejemplo, uno de ellos tendría grabado el dibujo que hizo Leonardo da Vinci mostrando cómo los ojos se conectaban supuestamente con el cerebro, cuando se creía en la época de los hipocráticos que las lágrimas eran segregadas allí cuando esta parte del cuerpo de entristecía. Otros podrían tener lágrimas negras, que para los presidiarios simbolizan cada uno de los asesinatos cometidos y algunos cuantos un gato de colores en honor a los niños que producen al llorar un sonido parecido al animal solo por la falta de una parte del cromosoma cinco.

     

    Incluso, cualquier emprendedor podría convertir el llanto en una idea más de negocio vendiendo párpados para peces, quienes no hicieron parte del grupo de animales convocado hace 360 millones de años para migrar, convertirse en anfibios y desarrollar un aparato productor de lágrimas basales que les permitiera humedecer sus ojos; o construir un imperio de venta de lágrimas para crear humanos, como creían en el antiguo Egipto y Grecia quienes asociaban el líquido con vida, fertilidad y sinceridad.

     

    Cortázar dijo que un rincón era un buen lugar para llorar. La Basílica de Guadalupe y las escaleras del Metro Auditorio también son unos de los mejores lugares para llorar en México, según sus habitantes. Así como también lo es el Parque de El Retiro y el Huerto de las Monjas en Madrid. Entonces, Waze podría aprovechar e incluir en sus mapas los mejores lugares para llorar en todos los países y facilitarles un poco la vida a las personas, porque llorar no es tarea fácil. Ni siquiera escuchando en la madrugada la música de Sin Bandera.

     

    ***

    Lucía confiesa que nunca ha sido de llorar, prefiere hacerse la fuerte. Ella se crío con una mamá que decía que “los hombres no lloran”, un papá que la consideró la luz de sus ojos por ser la única mujer en la familia y en medio de seis hermanos hombres, que nunca le preguntaron qué le pasaba cuando ella “se quebraba” en esa mesa de la cocina.

     

    Luis también era reservado con sus sentimientos. Él se crío junto a su hermano menor, una mamá muy sensible y un papá amoroso, pero serio. Alguna vez, en esos días cuando apenas se estaban conquistando, le contó a Lucía que muchas veces prefería quedarse en su casa escuchando con audífonos los partidos, en vez de salir a hacer vueltas con sus papás, lo cual lo llevó a ser introvertido y poco comunicativo. Sin embargo, cuando don Enrique, el papá de Lucía, lo aconsejaba sí dejaba caer con facilidad alguna que otra lágrima.

     

    La madre de Boabdil, un sultán de Granada, le dijo “llora como mujer lo que no supiste defender como hombre” porque, según los historiadores, el llanto de los niños varones ha sido más castigado que el de las niñas. Los hombres se han criado para aceptar un rol de cazadores y defensores de la tribu, y los que lloran son estigmatizados y muchas veces se vuelven objeto de burlas y regaños. Tanto así que, un proverbio indio dice “no se debe confiar ni en una mujer que ríe, ni en un hombre que llora”.

     

    Las investigaciones de diferentes oftalmólogos coinciden en que las mujeres lloran 5,3 veces en promedio por mes y los hombres 1,3 veces. De igual manera, Elena Jarrín afirma que la duración del llanto es cuatro veces más corta en los hombres. Lo curioso es que la sociedad y su idea de que llorar es sinónimo de “debilidad” se está negando posibilidades inimaginables, como perder un par de calorías. Así lo confirmó un estudio del St. Paul Ramsey Medical Center que dice que “las hormonas que liberan las lágrimas al llorar por una emoción intensa, como es la ruptura amorosa, reducen los niveles de cortisol, sustancia que favorece la retención de grasa en el cuerpo”.

     

    ***

    El mismo Jesús dijo alguna vez “bendito tú que lloras, porque reirás” y casi como una promesa, así se le cumplió a Lucía. En su cita con el ginecólogo se dio cuenta de que iba a tener otra niña. “Vas a tener que guardar los chulitos de tu otra hija para que se los des a la que viene”, le dijo el doctor para confirmarle la noticia.

     

    Dicen que el llanto de los bebés es crucial para su supervivencia. En un artículo de La Vanguardia dicen que es casi como un “cordón umbilical acústico” y lo que en ese momento se creía en la familia de Lucía era que Valentina sería muy “llorona” por todo lo que tuvo que pasar estando en la barriga de su mamá, pero sucedió todo lo contrario.

     

    Hidemi Yoshida, el hombre que “le enseña a llorar a Japón”, dice que las lágrimas tienen un “increíble poder curativo porque reducen el estrés y hasta alivian el dolor”. Sin embargo, las personas todavía no se creen dueños del as bajo la manga que tienen. De hecho, hasta ahora la ciencia no ha confirmado que un animal pueda hacerlo de la forma en que las personas pueden lograrlo, aunque a veces se hable de las “lágrimas de cocodrilo”.

     

    Por eso, llorar es un arte, tanto así que las verduras, como la cebolla, quieren provocarlo con su mecanismo de defensa llamado factor lacrimógeno. Llorar es resistir, tanto que los gobiernos despliegan armas químicas, como los gases lacrimógenos, y los pueblos siguen al pie de la lucha a pesar del dolor.

     

    Llorar también es celebrar, tanto que en Japón se inventaron el “Ruikatsu”, una “fiesta de sollozos catárticos” que les ayuda a liberarse de estigmas culturales y emociones. Llorar es poder, tanto que las lágrimas de las mujeres que eran contratadas para derramarlas en los velorios de desconocidos, llamadas plañideras, preparaban el paso del difunto al otro mundo, según las creencias romanas y egipcias. Llorar es un don que, aunque la religión cristiana diga que se les concede a unos pocos, todos tenemos la capacidad de “renovar el corazón sin cesar”.

     

    Llorar fue lo que poco a poco le unió de nuevo el corazón a Lucía. Fueron meses de hacerlo en silencio yendo en bus hacia su trabajo, tomando jugo de guayaba del que le hacia su mamá en la comida y antes de dormirse en la noche. Dice que para ella todo lo que pasó no fue nada fácil y con esa idea de que “tenía que ser fuerte” o que “ella era una berraca” mucho menos, porque sentía que no podía dejarse caer. Pero recuerda entre risas cómo hoy es la que hace reír a sus amigas y reconoce que en nuestros ojos se alberga una gran medicina.

     

    Trabajo realizado para el curso Periodismo VI, orientado por la profesora Carolina Calle.

     

     

  • Batalla rosa

    Ahí estaba ella. Impaciente y nerviosa. A punto de romper en llanto. Incapaz de atravesar la puerta del consultorio. Veía a las mujeres de su alrededor desfilar por los pasillos, sin un solo pelo en sus cuerpos, con caras largas y cabizbajas. Todas ellas, seguidas por una enfermera que caminaba con afán, quien indicaba la sala asignada donde pasarían cuatro horas de su día, tumbadas en una silla, mientras un líquido espeso de color naranja neón pasaba por sus venas, arrasando con todo. No quería ser una de ellas. Creía que después de su cirugía todo estaría resuelto.

     

    Verónica Peñaranda Isaza / periodico.contexto@upb.edu.co

     

    Lucía*, de 51 años, es esposa de Francisco* y madre de Natalia*. Se dedica a la arquitectura, más específicamente a las reformas. Es de corta estatura y tez clara. Lleva su cabello liso y negro en un estilo corto y a capas. Sus labios siempre están pintados con colores vibrantes, en su mayoría, los rojos y magentas. Es muy conversadora y extrovertida.

     

    Fue diagnosticada con senos fibroquísticos en su juventud y su madre es sobreviviente del cáncer mamario, por lo que, de manera periódica, se realizaba chequeos.

     

    Comenzó con un dolor en el seno derecho durante dos meses, por lo que decidió ir a realizarse una ecografía para descartar alguna anomalía. Fue sola, pues no esperaba nada nuevo en su diagnóstico. El especialista no tuvo que tardar mucho en decirle que había encontrado un carcinoma mamario ductal infiltrante en su seno izquierdo, irónicamente, el seno contrario al de su dolor.

     

    Según la American Cancer Society, este tipo de cáncer es diagnosticado al 80% de las mujeres que padecen esta patología. “Comienza en las células que revisten un conducto de leche en el seno. A partir de ahí, el cáncer invade la pared del conducto, y crece en los tejidos mamarios cercanos. En este punto puede tener la capacidad de propagarse (hacer metástasis) hacia otras partes del cuerpo a través del sistema linfático y el torrente sanguíneo”.

     

    “Al escuchar esas palabras, a mí se me derrumbó el mundo. En ese momento yo estaba en la etapa más importante de mi profesión. Tenía muchos proyectos, entre ellos, montar una oficina gigante de publicidad. El doctor me dijo que llamara a mi esposo, y habló con él. Salí de la cita y no entendía nada. Francisco me decía que hablara con mi jefe, porque tendría que parar mi trabajo para hacerme todos esos exámenes. Eso fue horrible”.

    Cayó en una grave depresión, hasta llegar al punto de recibir medicación. Su hija, Natalia, tenía 13 años, y lo que más la atormentaba era el pensamiento de no verla crecer.

     

    La psicóloga Estefanía Arango, resalta que, al diagnosticar un cáncer, de cualquier tipo, se disminuye la esperanza de vida, debido que se genera un componente derrotista, lo que acarrea una decadencia física y emocional. “A través de la historia hemos sabido que esta patología disminuye mucho la expectativa de vida y no en vano conocemos la rigurosidad del tratamiento y las consecuencias que pueden traer estos procedimientos, los cuales asustan mucho. Sin duda alguna siempre van a presentarse altibajos emocionales, y tanto la ansiedad como la depresión estarán ahí presentes constantemente”.

     

    ***

    Mientras Lucía vio su mundo caer al ser diagnosticada con un cáncer mamario, Cristina*, lo tomó como un reto más en su vida.

     

    Cristina, de 61 años, es soltera. De mediana estatura y contextura delgada. Su pelo es teñido de un color rojizo con iluminaciones, que contrastan con su piel blanca. Le apasiona la cocina, por lo que, después de ser despedida de su trabajo anterior, decidió empezar su propio negocio de comida internacional desde su casa. Vive sola y entrega toda su fe a la religión católica.

     

    A sus 59 años, se realizó una mamografía de control, donde se halló una calcificación extraña, que posteriormente sería un cáncer. “Cuando me entregaron los exámenes y leí que tenía un cáncer mamario, pensé ¿quién soy yo para que no me dé cáncer? Además, yo miraba a las personas de alrededor que iban recibiendo sus resultados y me cuestionaba, ¿qué tendrán los otros? Pues si tengo cáncer lo tendré muy incipiente, así que no me preocupé mucho”.

    Había sido diagnosticada con un carcinoma mamario ductal infiltrante en el seno izquierdo. “Yo en ningún momento tuve miedo. Siempre estuve tranquila. Yo pensaba que si esa era la manera en la que me iba a morir, pues me iba a morir, y si no era mi momento, pues iba a salir de esa. A mí el cáncer no me generó nada. Lo que sí me tumbó fue cuando me dijeron que debía ser tratada con quimioterapia”.

     

    El tamaño del carcinoma había comenzado en pocos milímetros, pero al cabo de un mes ya había incrementado a 2.5 cm. Era imprescindible que le practicaran una cirugía. La mastectomía radical. “El doctor me dijo que me iba a quitar todo el seno izquierdo, pero yo le dije que me quitara los dos de una vez. No quería volver a entrar a un quirófano en quince días o un mes para que me dijeran que ya se había esparcido a la otra mama, entonces me hice quitar las dos”.

     

    ***

    El artículo escrito por Ruiz de Aguirre y Villanueva Edo, titulado Evolución del Cáncer de Mama a Través de la Historia, expone que la mención de esta patología se remonta a los años 1600, citada por primera vez en el papiro de Edwin Smith, quien describe el tratamiento de los primeros tumores mamarios mediante cauterización (quemaduras) o exéresis (extirpación).

     

    En cuanto a las primeras cirugías de mama, se menciona a Heródoto, historiador griego y escritor, quién relata el mito de las amazonas, mujeres guerreras que se hacían amputar el seno derecho para agudizar su puntería en el manejo de las flechas y el arco. Además, se describe el martirio de la siciliana Santa Agueda, la cual recibió la orden del gobernador romano de Siracusa, de amputar sus senos salvajemente.

     

    Este documento también describe a la medicina grecolatina en relación a la cirugía de mama, desde los Tratados Hipocráticos (escritos médicos atribuidos al padre la medicina contemporánea, Hipócrates, en los siglos V y IV a.c), hasta el siglo I d.c., cuando el filósofo Celso lo menciona en su obra y Leónidas explica la mastectomía relacionada con la cauterización. Posteriormente, surgieron diferentes opiniones acerca del tratamiento para el carcinoma mamario ya que, en primera instancia, Galeano, aseguraba que la amputación del seno era inútil, debido a que el rápido incremento del tumor hacía de la intervención operatoria un método poco efectivo.

     

    La medicina medieval mejora después de los estudios de disección anatómica, plasmados en las pinturas de Leonardo Da Vinci y Jon Stephan de Calcar. Los cirujanos de los siglos XVI y XVII, tales como Vesalio, Ambrose Paré, Cabral, y Miguel de Servet, amplían los conocimientos sobre los tumores en los senos femeninos e identifican que esta enfermedad conlleva una mayor dificultad quirúrgica.

     

    Se conciben nuevos instrumentos como los descritos por Van Hilden y Gerard Taber, a modo de guillotinas que seccionan las mamas tumorales, con el objetivo de reducir el dolor y el tiempo de la operación. Más adelante se identifica que la extirpación del tumor debe ser total, además de la extracción del pectoral o tejidos de alrededor. Petit, es el primer cirujano en plantear la mastectomía radical y la conservación del pezón.

     

    En el último tercio del siglo VXIII se descubre el microscopio por Anton Leeuwenhoek, el cual despliega un mayor conocimiento sobre los tumores cancerígenos en los senos femeninos reconociendo que el diagnóstico temprano garantiza un mejor progreso.

     

    Charles Moore, fue uno de los cirujanos más destacados en tumores mamarios, quien concluyó que el cáncer de seno requería una extirpación completa del órgano, además de la limpieza de los bordes y los tejidos cercanos afectados.

     

    Además, Ruiz de Aguirre y Villanueva Edo, explican que, Joseph Lister, apoyado en los descubrimientos de Pasteur, sobre las infecciones quirúrgicas, ayudarán a nuevas prácticas antisépticas y asépticas, lo que dará como resultado una disminución de las muertes postoperatorias inmediatas y la implementación de nuevas maneras de exéresis.

    Los nuevos cirujanos comienzan a experimentan nuevas técnicas y variaciones relacionados con sus experiencias personales, técnicas que se resumen en: “Mastectomía radical de Halsted, Mastectomía modificada de Patey, Mastectomía suprarradical de Dahl-Ivern, Mastectomía simple y Mastectomía subcutánea”.

     

    A finales del siglo XIX, con el hallazgo de las hormonas, se pensó que el cáncer de mama podría ser causado por un desequilibrio hormonal, por lo cual, se podría evitar con una adecuada terapia. Algunos de los tratamientos que se implementaron fueron la testosterona, la ooforectomía (remoción de los ovarios) o la cortisona, los cuales dieron resultados poco alentadores.

     

    En 1895 con el descubrimiento de los rayos X realizado por Wihelm Röntgen, Marie y Pierre Curie, se inicia la terapia radioactiva contra los tumores mamarios cancerosos. “Así se usaron la introducción de agujas radioactivas en el tejido canceroso, la irradiación intersticial, las técnicas de alto voltaje y otras, que han llegado hasta nuestros días”.

     

    Por último, se menciona a los compuestos de arsénico que se usaron como quimioterapia a finales del siglo XIX, y en la actualidad, tratamientos con mostazas nitrogenadas.

     

    Los autores finalizan exponiendo que “en el inicio del siglo XXI el tratamiento del cáncer del seno femenino, conocido mediante un diagnóstico precoz y fruto de un estudio preventivo, se basa en un trípode equilibrado: Cirugía, radioterapia y quimioterapia, que un equipo de cirujanos, radioterapeutas y oncólogos deberá determinar, según el estudio protocolizado de cada paciente”.

    Cortesía: Mariarosa Velásquez.

     

    ***

    Quince días después del diagnóstico de Lucía, le practicarían una cirugía para la extirpación del cáncer. Su médico le sugirió realizarse una cuadrantectomía, es decir, únicamente someterse a la extracción del tumor mamario, pero Lucía insistía en que quería una mastectomía radical, lo que significa, la extracción completa de sus senos.

     

    “El especialista me decía que no me quitara todo el seno, que perdería toda la sensibilidad y que podría ver afectada mi relación de pareja. Sin embargo, yo estaba muy convencida de que me quitaran los senos completamente. Él insistía. Finalmente, Francisco me dijo que él prefería una mamá para Natalia que un seno en la cama. Esta enfermedad o une a las parejas o las separa definitivamente, pero en mi caso, mejoró mi matrimonio. Es que este cáncer no solo me dio a mí, sino que nos dio a los tres. Francisco sacrificó una parte muy importante de mí, y a mi hija la molestaban en el colegio porque le decían que la enfermedad de su mamá era contagiosa”.

     

    ***

    El Dr. Jaime Alberto Restrepo Pérez, egresado de la Universidad Nacional de Colombia, es un reconocido especialista en cirugía plástica, estética y reconstructiva en la ciudad de Medellín, que labora en la Clínica Medellín de El Poblado. Así como lo expone, es fundamental el acompañamiento a las pacientes por parte de sus parejas.

    “La mayoría de las veces, las parejas acompañan en este proceso a las pacientes lo cual es muy importante, ya que los procedimientos reconstructivos son grandes y algunas veces dolorosos. Por eso es importante la participación de ellos. Y aunque no son en últimas los que definen el tipo de cirugía o el tamaño del implante, cuando la paciente intervenida sabe que cuenta con ellos, es un paso significativo que ayuda en su proceso de recuperación”.

     

    Además, el Dr. Jaime Alberto Restrepo opina que las perspectivas de las pacientes que van a ser intervenidas con una mastectomía, en su mayoría, son positivas. Sin embargo, puede generar ansiedad por el resultado final.

     

    ***

    A diferencia de Lucía, el testimonio de Georgina Argüelles, presentado por la W Radio en el 2020, titulado El testimonio de Georgina: ella superó el cáncer de mama y un divorcio, demuestra lo que viven muchas mujeres al ser diagnosticadas con un cáncer de seno y someterse a una mastectomía radical.

     

    “Joven, alta, delgada, ojos color miel. Su paso por los pasillos del hospital no es indiferente. Georgina Argüelles es sin duda, una mujer atractiva. Pero le falta un seno”.

     

    La primera reacción que tuvo al saber que tenía cáncer de seno fue pensar en la muerte, puesto que había tenido dos familiares que habían fallecido por la misma causa. Ella decía “yo no me quiero morir, no me quiero morir”.

    Llevaba casada con su pareja sentimental 18 años. “Cuando él supo, me decía, ´yo voy a estar contigo, no te preocupes´… pero se fueron dando situaciones y sentí que más que apoyo de él, era un estorbo, porque me decía: ‘así como estás nadie te va a querer’”.

     

    Los primeros tres meses continuó a su lado, pero Georgina notaba fastidio por parte de él. Para su tercera quimioterapia, le pidió que no la acompañara más, porque en lugar de subirle sus ánimos, la hacía sentir mal.

    Georgina explica que su esposo pensaba que ella se iba a morir, pues no pudo superar la impresión del diagnóstico.

     

    Ella misma decidió separar los caminos, pues sentía que, si se quedaba con ese hombre, ella moriría. Además, puntualiza que se sentía herida, abandonada y lastimada. “Cómo es posible que cualquier pretexto fue fácil para decir ahí nos vemos, en lugar de que luchara conmigo”.

     

    Las cosas que él le dijo en esos momentos la afectaron mucho, “aunque él me diga que no lo decía con esa intención, para mí, en el momento en que yo estaba más vulnerable en mi vida, hasta el día de hoy, las sigue trayendo en mi cabeza”. Finalmente concluye diciendo que su separación ha sido complicada, pero no ha dejado que esta situación la domine.

     

    ***

    Si bien Lucía no vio sacrificado su matrimonio, ella describe que sus amistades han tenido un cambio radical después de su cáncer en cuanto a la ausencia y el poco apoyo. “Las relaciones amistosas se afectaron totalmente. Los amigos se cuentan dos veces: en las buenas se saben cuántos son, y en las malas se saben cuántos quedan. Yo era la más amiguera, y después de todo esto, mis amigos se cuentan con los dedos de una sola mano”.

     

    Bibiana Vergara, asistente administrativa de la fundación Fundayama, ubicada en Medellín, puntualiza que la ayuda psicológica relacionada en temas de familia, relaciones sociales y de pareja son indispensables, por lo cual, son programas importantes en la fundación. “Uno de los factores más relevantes de la baja autoestima en las mujeres, y por la que buscan ayuda, es la caída del cabello y la mastectomía radical. Los esposos las rechazan porque se ven calvas, además de que la mama, después de la reconstrucción, no queda estética, pues queda con una apariencia diferente, por lo que afecta las relaciones de pareja”.

     

    Para la psicóloga Estefanía Arango, el acompañamiento psicológico asertivo es indispensable para las parejas, pues es el cáncer un gran detonante para la separación de compañeros sentimentales. “Si no se contribuye a generar esas buenas expectativas con su pareja, puede acarrear esa inconsistencia, pues la mujer que padece el cáncer se sentirá insegura, vacía y ausente, y creerá que no le podrá suplir al otro con lo que a ella le falta”.

     

    ***

    La cirugía de Lucía fue exitosa. Estaba totalmente convencida de que su intervención quirúrgica sería suficiente para extirpar el cáncer, pues ya le habían quitado su seno completo.

     

    “Después de recuperarme de la operación, me dijeron que fuera donde el oncólogo. Uy no, ese día sí tuve un choque. A mí me dio una cosa, lo más horrible. Yo no era capaz de pasar esa puerta del consultorio. No era capaz de entrar. Yo lloraba y empecé a ver toda la gente sin pelo, y yo decía, ¡pero yo qué estoy haciendo acá dónde un oncólogo que me va a hacer una quimioterapia! Me dio un ataque de pánico tenaz. Y uno siempre conserva la esperanza de que no se le va a caer el pelo”.

     

    Le formularon la quimioterapia adyuvante, -más conocida como la quimioterapia roja, que se destaca por su agresividad en el cuerpo-, durante 6 meses, con dosis cada 28 días.

     

    “¿Lo más duro de la quimioterapia? Uy no, lo síntomas. Fueron mortales. Me derrumbaban. La pastilla que me daban me mataba. Yo prácticamente duraba 21 días muerta, tirada en un sofá. El día 21 me aliviaba, esos siete días comía bien, hasta el día 28, y volvía y me moría. Yo me perdí a Natalia seis meses. Enflaquecí mucho, porque solo me tomaba tres cucharadas de sopa en todo el día. Siempre tenía náuseas y esa sensación era muy maluca”.

     

    Para Lucía, lo más difícil de tener cáncer de seno es el miedo a morir. “Yo le decía a mi mamá que no quería otra quimio más. Que no iba a aguantar. Ella me decía, Lucía, piense en algo, para que puedas resistir”. Ella solo quería ver a su hija cumplir 15 años y lo describe como su mayor motivación, que la ayudó a sobrellevar el tratamiento.

     

    ***

    La Organización Panamericana de la Salud (OPS) expone que el descubrimiento de la quimioterapia fue una casualidad, puesto que fue un hallazgo del gas mostaza utilizado durante la primera guerra mundial. Antes de este descubrimiento los tratamientos para el cáncer de mama no habían tenido buenos resultados.

     

    “El gas mostaza, también conocido como mostaza azufrada, es un agente de guerra química con efecto vesicante, sintetizado por Frederick Guthrie en 1860”. Fue muy usada durante la época, teniendo efectos mortales. “Fue responsable de 1.205.655 víctimas no fatales y 91.198 muertes. La toxicidad de este agente varía en función de la dosis”.

     

    Los efectos pueden variar, desde irritación en la piel y conjuntivitis, hasta síntomas graves pulmonares. Las secuelas que puede generar este gas pueden ser alopecia, vómitos y vulnerabilidad a infecciones.

     

    “Estas manifestaciones resultan del efecto alquilante del veneno que daña el ADN (un componente vital de las células en el cuerpo), se reduce la formación de los glóbulos sanguíneos (aplasia medular) y se presenta disminución anormal de los eritrocitos, leucocitos y trombocitos (pancitopenia). La médula ósea y el tubo digestivo eran las partes más afectadas por la exposición crónica a este gas. No obstante, el aterrador uso del gas mostaza durante la Primera Guerra Mundial tuvo un aspecto positivo: el descubrimiento del primer agente quimioterapéutico moderno que se fundamentó en el seguimiento de los sobrevivientes expuestos al gas mostaza”.

     

    En 1919, el doctor Edward Krumbhaar, describió los efectos del gas mostaza en la médula ósea y los glóbulos sanguíneos, posterior a haber tratado pacientes expuestos a este químico en Francia. “Se dio cuenta de que incluso si el curso clínico inicial de estos pacientes estaba acompañado por un aumento en el número total de leucocitos, aquellos individuos que sobrevivían durante varios días desarrollaban una disminución profunda de los glóbulos sanguíneos”.

     

    La oficina de investigación científica y desarrollo en los Estados Unidos (OSRD) pagó una investigación secreta acerca de los químicos utilizados durante la Segunda Guerra mundial que se realizó en la Universidad de Yale.

    Lo que realmente inició la era de la quimioterapia anticancerígena fue un accidente que sucedió en la Segunda Guerra mundial debido a que “cientos de habitantes fueron expuestos accidentalmente al gas mostaza durante el bombardeo de la ciudad italiana de Bari el 2 de diciembre de 1943. El primer estudio clínico con uso de gas mostaza fue llevado a cabo por Louis Goodman y Alfred Gilman en 1942”.

     

    Los resultados se publicaron en 1946 y se comenzaron nuevos estudios sobre las mostazas nitrogenadas, que dieron paso a los primeros agentes alquilantes como la mecloretamina.

     

    “Esto motivó otras investigaciones relativas al cáncer, como el estudio sobre el ácido fólico que dio origen al metotrexato. Estos acontecimientos cambiaron la percepción del tratamiento contra el cáncer. A finales de la década de 1960, con la introducción de la quimioterapia combinada como el protocolo MOMP (mecloretamina, vincristina, metotrexato y prednisona) más y más pacientes con cáncer lograron la remisión, lo que permitió concebir esta enfermedad como una enfermedad curable, en particular para los linfomas y las leucemias”.

     

    ***

    La autoestima y la feminidad se ven afectadas con el tratamiento del cáncer de mama. En el caso de Lucía, con la quimioterapia se le cayeron las cejas, las pestañas y todo el pelo. “A mí lo que más me dolió no fue la caída del cabello sino perder las cejas, porque yo tenía una peluca hermosa que me regalaron mi esposo y mi mamá. Cuando uno se ve sin cejas no se reconoce porque pierde toda la fisionomía. Al no tener cejas, ni pestañas, ni pelo, me daba mucho trabajo mirarme al espejo”.

     

    Cuenta que cuando ella era joven lo que más le gustaba era su escote “porque yo era pecosita y mis senos eran hermosos, me fascinaban. Ya con el cáncer quedé sin escote”. Dice que se hizo la reconstrucción de sus senos asegurando de que es una parte fundamental de ser mujer. “Las prótesis lo hacen olvidar a uno de que está mutilado”.

     

    El Dr. Jaime Alberto Restrepo describe que la primera impresión de una mujer cuando se le diagnostica que tiene cáncer de mama, además de su condición de salud, es que va a quedar mutilada. “Por eso, en cuanto se entera de que existen posibilidades de reconstrucción, se logra amortiguar el impacto, además de que la ayuda en su proceso de recuperación, pues facilita a recobrar su feminidad y su autoconfianza. Es por eso que los procedimientos reconstructivos se hacen en el momento de la mastectomía: para que la sensación de pérdida anatómica no sea tan impactante”.

     

    Además, la psicóloga Estefanía Restrepo recalca que la relación de las mujeres con su feminidad es bastante importante “porque cuando hablamos de mutilación, estamos hablando de una ausencia de algo, de lo que los senos representan para una mujer”. Expone que las mujeres relacionan sus mamas con la seguridad en sí mismas, las relaciones con su pareja y la maternidad, y al sentir esa ausencia, se sienten incompletas, que no sirven para concebir y no son lo suficientemente buenas para una relación de pareja, lo cual causa disminuciones en la autoestima y la concepción de feminidad propia.

     

    ***

    Si bien la quimioterapia disminuye la autoestima en gran medida por la pérdida del cabello y demás efectos secundarios, está claro que el simple hecho de ser diagnosticada con cáncer de seno y ser intervenida quirúrgicamente también puede afectar, como es el caso de Patricia, quien no fue tratada con quimioterapia, pero que también sufrió con su amor propio.

     

    Patricia*, de 57 años, es bacterióloga y docente de la Universidad de Antioquia. Está casada con Rodrigo*, salubrista y también docente de la misma universidad y es madre de Tomás* y Sara*. Es de contextura delgada y mediana estatura. Su pelo liso llega hasta sus hombros, de un color café oscuro. Es una mujer bastante natural, por lo que utiliza muy poco maquillaje. Es bastante conversadora y amigable.

     

    En el 2014 optó por cambiar de ginecóloga, quien decidió hacerle un chequeo general, entre ellos una mamografía. Ante la sospecha de una lesión maligna, le prescribió una biopsia que reportó un carcinoma intraductal in situ retroareolar en el seno derecho.

     

    “Al enterarme quedé en shock, no sabía qué me podía pasar. La doctora fue muy dura conmigo al contarme que tenía cáncer, entonces lloré todo el camino del consultorio a la casa”. Debían practicarle una mastectomía radical para la extirpación total del su seno. “Estaba muy preocupada porque como mi cáncer era en la areola, era demasiado probable que quedara sin pezón”.

     

    Después de su cirugía, comenzó a experimentar inseguridades debido a que se sentía asimétrica, pues un seno era un implante y el otro era natural. Además, sufrió una desviación del mismo, por lo que tuvieron que practicarle una segunda operación para su reacomodación. “En ese momento que tenía el implante desviado, yo solo me ponía camisas anchas y nunca me ponía un escote porque eso se veía muy raro”.

     

    Después de su segunda operación, y con el miedo de un segundo desviamiento, decidió dejar de mover su brazo derecho durante su recuperación, lo que causó una adhesión del manguito rotador.

     

    Esto también le preocupaba, pues le era imposible alzar su brazo derecho, lo cual le imposibilitaba la realización de múltiples acciones, incluso ponerse un brasier. Con la ayuda de fisioterapia tres veces al día logró ir recuperando su brazo derecho. “Cuando me recuperé, tardé mucho en comenzar a utilizar escotes otra vez, porque sí sentía que era bastante notorio la diferencia de las mamas”.

     

    ***

    Así como lo expresa Bibiana Vergara, la fundación Fundayama tiene un enfoque en problemas de autoestima, para lo cual se realizan tanto talleres como consultas personalizadas con profesionales. Además, hacen diversas campañas para la donación del cabello, con el fin de confeccionar pelucas que puedan brindarles a las mujeres de la fundación con dificultades económicas para comprarlas.

     

    “La pérdida del cabello es un tema demasiado complejo para las pacientes, pues al perderlo de un momento a otro, mediante un proceso que ellas no eligieron, sino que les toca aceptar, es bastante complejo. Estas mujeres tienen que afrontar su vida en su círculo social, familiar y laboral, y su autoestima se baja demasiado, por lo que buscamos que recuperen la confianza y cambien el chip que tienen sobre el cáncer”.

     

    Bibiana expresa que cuando las mujeres recién llegan a la fundación, tienen en la cabeza que se van a morir. Es por esto que realizan terapias ocupacionales con las pacientes de cáncer de mama, para que entre ellas se ayuden a recuperar su esperanza de vida y su amor propio. Además, se hacen diversos tipos de talleres como cursos de automaquillaje, arteterapia, yoga, costura, entre otros, con el fin de distraer a las mujeres de su enfermedad y que poco a poco recuperen su autoestima.

     

    Estefanía Arango puntualiza que las consecuencias psicológicas del cáncer de seno comienzan desde la afectación de lo físico y lo social. Todo lo que concierne a impedir mostrarse y sentir que le falta feminidad, acarrea problemas de autoestima, lo cual puede causar problemas psicológicos como depresión severa, ansiedad generalizada, incertidumbre y trastornos de pánico. Todo esto, debido a que se desdibuja esa percepción de la feminidad socialmente aceptada.

     

    Además, explica que es muy importante la apariencia externa porque “nos hemos criado en un contexto muy patriarcal y ese ideal de la mujer femenina debe tener ciertas características físicas para que sea totalmente aceptada”.

     

    ***

    La medicación después del cáncer de seno con inhibidores hormonales como el Tamoxifeno, es un procedimiento bastante fuerte para las mujeres debido a que tiene diversos efectos secundarios como la menopausia temprana, fatigas, entre otros.

     

    “Me dan unas cosas tan horribles. Calambres, mialgias y perdí mucho la visión. Además, me da mucha resequedad, no lubrico bien y perdí toda la sensibilidad en los senos”, expone Lucía.

     

    Asimismo, los hábitos posteriores al tratamiento del cáncer de seno también cambian, pues como explica Lucía, su alimentación es totalmente diferente, enfocándose en alimentos limpios y naturales. También, dice que el aspecto mental es fundamental, por lo que empezó a meditar, “y también hablo con mi cuerpo y mis células para no atraer la enfermedad”.

     

    En la actualidad describe su cuerpo como “después de la guerra”. Dice que tiene cicatrices que le recuerdan todos los días lo que vivió, por ejemplo, su cicatriz al lado de la clavícula del catéter de la quimioterapia y sus cicatrices en los senos.

     

    Del mismo modo, recalca que después de superar el cáncer su autoestima mejoró. “Uno ya se valora más, y trato de enseñarle eso a las personas de mi alrededor. Les enseño a que se cuiden y se hagan el autoexamen y la mamografía.

     

    “En definitiva, esta enfermedad o te vuelve una familia unida, o te la acaba por completo”, concluye Lucía.

     

    *Los nombres de las personas participantes en este reportaje fueron cambiados para proteger su privacidad.

     

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    Trabajo realizado para el curso Periodismo IV, orientado por el profesor Ramón Pineda.

     

     

  • LOS GRITOS DEL SILENCIO

    Hay luchas que no se ven mediante ojos ajenos, que son silenciosas y hasta quitan el aliento. Caminos que terminan abruptamente cuando el cuerpo es joven pero el motor se apaga, por una historia rota, un sueño lejano o una guerra sin fin. Hay pesadillas de las que aún es posible despertar si el guía del camino es el adecuado, pero sobre todo si en una pequeña parte de la noche, aún se anhela un rayo de sol.

    Por: Sara Escudero y Tatiana González

    Siempre se ha dicho que las personas vienen y van, que el ciclo de la vida consiste en nacer, desarrollarse y fallecer, pero ¿qué sucede con aquellas personas que lo alteran y, simplemente, un día deciden desaparecer? ¿Aquellos que les falta el sueño, aquellos que albergan miedo en su mente y corazón, aquellos que disimulan la ansiedad y la depresión, aquellos que, abrumados por las dificultades, deciden quitarse la vida?

    El suicidio es un fenómeno global que afecta cerca de 800.000 personas en todas las regiones del mundo según la Organización Mundial de la Salud – OMS. En Colombia, es la cuarta causa de muerte más frecuente según la Alcaldía de Medellín. Sin embargo, con el 2020 llegó un enemigo más para aquellas personas, un organismo microscópico que resultó ser más fuerte que nadie, pues cuenta con el superpoder de ser invisible al ojo humano y con la capacidad de acabar con la única vida que cuentan en el juego al que llaman “pandemia”. Este enemigo, conocido como Coronavirus, llegó a complicar la situación con pánico, estrés, depresión y ansiedad en medio de un encierro que parece no tener fin y una enfermedad que cambió nuestro estilo de vivir.

    Así fue como Carlos perdió a su hijo de tan solo 16 años, quien con una sonrisa y una carta de despedida decidió saltar a un vacío de silencio y oscuridad en medio de una crisis mundial.

    UN POEMA QUE ABRIÓ UN CANDADO Y CERRÓ UNA VIDA
    Era la tercera vez que el señor Carlos entraba a la reunión virtual de La Cajita de Colores, un espacio liderado por el doctor Jorge Gómez Calle tras la iniciativa de la Gobernación de Antioquia, para a personas de Colombia y el mundo a afrontar y a entender el proceso de duelo tras la pérdida de un ser querido en medio de la pandemia por el coronavirus.

    La esposa de Carlos había participado desde el primer día que iniciaron las charlas, pero fue en esta ocasión cuando él tomó la palabra y contó su historia.

    Aquella noche del 24 de julio del 2020 se encontraba al lado de su mujer y su hija, terminando el rosario por el alma de su hijo de 16 años, quien se había quitado la vida hacía 24 días. Cuando comenzó a recordar la última vez que vio a su hijo, su rostro expresaba dolor. Según él, era un niño ansioso que se vio mucho más afectado por cuestiones de la pandemia y el encierro.

    Al ver que su hijo se comportaba un poco extraño, por prevención, Carlos tomó la decisión de cerrar con candado en el lugar donde vivían todas las terrazas, pero el día que esto ocurrió la actitud del joven se mostraba normal. Fueron a hacerle unos exámenes de sangre por la mañana y el resto de la tarde transcurrió como si nada.

    —Papi déjame cerrar la terraza —le dijo su hijo—. Confía en mí.

    Carlos le dijo que no confiaba y que, por favor, le diera la tranquilidad de hacerlo él mismo para poder leer el poema que su hijo les había hecho sin preocuparse. Al cerrar la terraza se fue a su habitación donde se encontraba ya su esposa y leyeron la primera línea del poema. “Esta es mi carta de suicidio”. Inmediatamente, ambos padres salieron corriendo y se encontraron con su hijo mirándolos desde el vacío de su balcón en la urbanización donde residían en Bogotá. Era una altura de once pisos. Él les sonrió y se lanzó.

    La expresión de Carlos manifestaba el dolor y las dudas que sentía, pero, más que todo, una necesidad de ser fuerte por su familia, a pesar de culparse de lo que pasó. Recibieron el apoyo de muchos amigos y conocidos, pero lejos de su familia que vive Venezuela.

    Heridas difíciles de sanar
    El señor Carlos aún no ha podido asimilar todo lo que esta situación entraña. Por esto es necesario entender más a fondo esta situación. El Ministerio de Salud y Protección Social de Colombia, en el Boletín de salud mental, afirma que el suicidio se define como la “muerte derivada de la utilización de cualquier método […] con evidencia, explícita o implícita, de que fue auto-inflingida y con la intención de provocar el propio fallecimiento”; fue entonces cuando Carlos se quebrantó porque su hijo simplemente no aguantó más.

     

    Sin embargo, hay que tener en cuenta que muchas familias en el mundo estuvieron al borde de esta situación, con la diferencia de que aún no han perdido a sus seres queridos. De esta manera, el intento suicida es incluso mayor. Según el Ministerio de Salud, se estima que el “4.9 % de la población en Colombia ha intentado suicidarse en algún momento de su vida y esto consiste en una “conducta potencialmente lesiva autoinflingida y sin resultado fatal”.

    Ni los primeros ni los últimos
    Desde el momento en que nacemos, conocemos la felicidad, el amor, la tristeza, la ira y las situaciones buenas y malas que rodean la vida. Sin embargo, el poder sobrellevar estas situaciones lo aprendemos con el paso de los años, pero llega un punto de debilidad, un punto donde creemos que nada tendrá solución y pensamos en una vida triste y sin razón. Es en este momento cuando una pequeña idea para acabar con el sufrimiento puede ser fatal para los seres que dejamos atrás. Este proceso de aprendizaje existe desde hace muchos años y, por lo tanto, esta problemática no es nueva.

    Desde el año 1999, el Instituto de Medicina Legal y Ciencias Forenses comenzó a revelar cifras de los fallecimientos autoinfligidos en Colombia. Hasta ese momento esta problemática no era una prioridad, pero el aumento constante de aquellas personas que un día decidieron desaparecer, con el paso de los años permitió exteriorizar la situación y darle relevancia. La Alcaldía de Medellín afirma que desde el año 2000 hasta el 2006 la tendencia de mortalidad en Colombia por suicidio era descendente, pero en este punto y hasta la actualidad los números muestran un incremento constante de familias que lloran y se preguntan a diario qué hicieron mal.

    El Sistema de Vigilancia Epidemiológica de Lesiones de Causa Externa del Instituto de Medicina Legal y Ciencias Forenses de Colombia reportó 18.618 suicidios ocurridos desde el 2006 hasta el 2015, en promedio se presentaron 1.862 casos por año.

    Los problemas que las personas enfrentan son muchos, todo depende de la calidad de vida, de las oportunidades que recibe, de la felicidad que lo rige y de la fortaleza para enfrentar los malos momentos. Sin embargo, nadie dijo que esto fuera tarea fácil y, al parecer, a los paisas se les complicó más las cosas. En Medellín, el panorama no era nada bueno, desde el año 2000 hasta el 2010 esta ciudad “ha presentado tasas de mortalidad por suicidio superiores que la tasa promedio del país y similares a las de Antioquia, encontrando que el 38 % de los casos de Antioquia los aporta las personas de Medellín”.

    Para el 2017, la cifra de suicidios tuvo una reducción de 100 casos, mientras que el intento de suicidio aumentó llegando a 25.835, según datos del Departamento Administrativo Nacional de Estadística (DANE); al parecer, el destino tiene un papel importante en estos casos, a veces ofrece una segunda oportunidad y deja ver la precaria situación que viven muchas personas para tomar una decisión como esta. Según la Alcaldía de Medellín, en esta ciudad “en promedio se presentan 1.100 intentos de suicidio y 120 muertes por esta causa anualmente”.

    Para el año 2019, el Instituto Nacional de Salud reportó 30.539 casos de intento de suicidio, lo que demuestra un aumento constante de lo que podríamos llamar un intento de desaparición auto-infligida, es claro que la situación sigue siendo problemática.

    Una enfermedad silenciosa, sin preferencias
    De todos los problemas que en la vida debemos afrontar, hay unos que representan un dolor más fuerte para el corazón, un dolor que parece no tener un fin, un dolor que lleva a tomar una decisión como el suicidio. El Ministerio de Salud y Protección Social asegura que los intentos de suicidio presentados en el año 2017 fueron resultados de situaciones como conflictos amorosos, problemas económicos, problemas escolares y maltrato físico, psicológico o sexual respectivamente. Enfrentar estas situaciones no solo altera los sentimientos sino también la salud, aquella que no se trata con inyecciones u hospitalizaciones, aquella que se deteriora y genera trastornos psiquiátricos como el depresivo y el abuso del consumo de sustancias psicoactivas que aceleran el pensar en la opción del suicidio.

    Ante la pregunta: ¿quiénes sufren más de este mal silencioso? Se debe decir que el suicidio afecta a toda la población, sin embargo, la población más vulnerable, según un informe de la Alcaldía de Medellín, es la de los hombres, pues tienen el número más alto de suicidios en el país e incluso en Antioquia y Medellín. Pese a esto, las mujeres también se ven afectadas con esta situación siendo las que más intentos de suicidio han cometido, abarcando más del 50 % de las cifras anuales. La OMS afirma que “la frecuencia del intento de suicidio es 20 veces mayor que la del suicidio consumado” y el grupo de edad más afectado va desde los 15 hasta los 34 años.

    Se sabe que en Colombia “las personas que padecen trastornos mentales y del comportamiento y aquellas que tienen trastornos por consumo de alcohol u otras sustancias psicoactivas, tienen mayor probabilidad de presentar conducta suicida, al igual que quienes han tenido eventos críticos en su vida, como pérdidas de un ser querido, del empleo, han tenido experiencias relacionadas con conflictos, “peleas con los padres, separación, rompimiento con la pareja, cambio de vivienda”, madre con trastornos mentales, historia familiar de suicidios, maltrato, desastres, violencia y abuso sexual; personas con factores genéticos o biológicos que se asocian con mayor frecuencia del evento; entre otros”.

    Una batalla invisible
    En diciembre de 2019 llegó un enemigo más a esta situación. Para el 11 de marzo de 2020, el brote pandémico ya había llegado a 100 países en todo el mundo. Fue así como se comenzó a vivir una situación que muchas generaciones jamás se hubieran imaginado, desde entonces se declaró como pandemia. En Colombia, el mayor miedo llegó el 6 de marzo de 2020 con el primer caso confirmado con la enfermedad y para el 25 de este mismo mes el Gobierno Nacional decretó cuarentena obligatoria para evitar que la propagación aumentara. Los riesgos para la salud mental que ya venían haciendo mella aumentaron con el encierro.

    Jeff Huarcaya-Victoria, en su texto Consideraciones sobre la salud mental en la pandemia de Covid-19, asegura que las emociones negativas, como la ansiedad y la depresión, se incrementaron con la situación. La desinformación, los mitos, el distanciamiento entre las personas por la cuarentena, entre otras cosas, incrementaron el deterioro en la salud mental de las personas, generando problemas psicológicos y mentales.

     

    Como con todas las situaciones difíciles de la vida, hay una que predomina más que otras y Huarcaya define cuáles son las principales afecciones mentales que presentan los individuos en medio de la pandemia.
    En primera instancia, asegura este experto, la ansiedad no se hace esperar, esta “ocurre cuando algunos cambios o sensaciones corporales son interpretados como síntomas de alguna enfermedad”. El enemigo de esta historia, más conocido como la Covid-19, generó miedo en las personas pues todos los días aumentaban los números de fallecidos por la enfermedad, lo que dio paso a esta condición. Esta sensación que daña los sentimientos positivos, que los satura y que llena de tristeza el corazón influye negativamente en la capacidad para tomar decisiones y en el comportamiento de las personas.

    Por otro lado, está la depresión que se relaciona con situaciones como la pérdida de algún ser querido por la Covid-19, con problemas de salud, con el diagnóstico de personas cercanas y con el impedimento de relacionarse socialmente por la cuarentena.

     

    Las reacciones de estrés son otro factor que influye en el deterioro de la salud mental en medio de la pandemia. Un estudio realizado en China en 52.730 personas reveló que esta condición se presentaba más entre los rangos de edad de 18 a 30 años, por el acceso a la información suministrada por las redes sociales, y las personas mayores de 60 años al ser los más afectados con la Covid-19.

    Así mismo, hay que resaltar también que ciertas felicidades de la vida contribuyen a disminuir el riesgo de padecer aquellas enfermedades silenciosas que pueden terminar en un suicidio. Para Huarcaya, “el vivir en un área urbana, tener estabilidad económica familiar y vivir con los padres fueron factores protectores frente a la ansiedad. No obstante, el tener un conocido diagnosticado con la Covid-19 empeora los niveles de ansiedad”.

    Los héroes también lloran mientras salvan vidas
    ¿Quién ayuda a quienes nos ayudan? ¿Quién ayuda al personal de salud que se encuentra expuesto al virus y son quienes mejor conocen la delicadeza del contagio? Teniendo en cuenta el aumento del estrés laboral, el miedo a las circunstancias, el poco sueño, entre otros factores, la salud mental de tantos médicos, auxiliares y enfermeras se ha venido deteriorado.

    Lina María Álvarez, psicóloga especialista en seguridad laboral de SURA, comenzó, desde el mes de abril, un acompañamiento a nivel nacional de teleconsultas para las personas que se han visto afectadas por la Covid-19; esto con el fin de ayudarlos a manejar la angustia, el temor, la ansiedad e incluso la depresión. Con un promedio entre ocho a once consultas diarias, como balance: la mayoría de los pacientes dieron positivo a la prueba y tuvieron que aislarse indefinidamente.

    Tras el inicio del confinamiento obligatorio en el mes de marzo, los casos positivos de Covid-19 fueron aumentando en varias regiones del país, obligando al gobierno nacional y local a tomar medidas y precauciones para evitar que la población se contagiará y se generará una cadena de pacientes esperando una cama en las UCI, las cuales son limitadas, y, así mismo, a crear conciencia sobre la responsabilidad social que se tiene como individuo en la comunidad ya que el enemigo es invisible y se mueve además de rápido con facilidad.

     

    Más de 18 horas extras de trabajo, la angustia de saber que están constantemente expuestos al virus, conocer la complejidad de este, saber las dificultades por las que pasan muchos de los pacientes, más la angustia de estos y sus familiares, conforman un escenario que ha superado la ficción.

    Para salvaguardar la salud mental del personal de salud, entidades como SURA han tomado la iniciativa de crear una red de apoyo telefónica con especialista en psicología y psiquiatría para apoyar, escuchar y fortalecer, desde el distanciamiento social, las necesidades emocionales que presentan los médicos, enfermeras y auxiliares del sistema de salud a nivel nacional.

    Fue desde el 26 de marzo del año 2020 que la psicóloga Lina María Álvarez inició el acompañamiento en salud mental por teleconsulta a las personas que se habían visto afectadas por el encierro en la cuarenta, también quienes dieron positivo para coronavirus y al personal de salud.

    —Este proceso ha sido de muchos retos y desafíos, porque es entrar en realidades muy complejas. Finalmente, uno ve una parte de su vida reflejada en el otro, al compartir experiencias que de alguna forma tocan las emociones de uno y lo impactan —explica Álvarez.

    Así mismo, para ella fue un proceso de aprendizaje y para sus colegas debido a las circunstancias dadas por la cuarentena y las medidas de distanciamiento ya que debían prepararse para los casos más crudos, difíciles o extremos. La contención de comportamientos depresivos, ansiosos, maníacos, ataques de ira y desesperación o posibles intentos de suicidio o violencia fueron los más comunes. Aunque estos dos últimos se han presentado con poca frecuencia, cuando aparecen, se ha involucrado a las autoridades pertinentes y se ha intervenido bajo los protocolos del Ministerio de Salud y Protección Social y los lineamientos de la administración local.

    En las consultas diarias la mayoría de estas llamadas pertenecen al personal de salud de cualquier ciudad del país que, por motivos de contagio o estrés, necesitan acompañamiento en salud mental. Para esta psicóloga, atender a esta población ha sido todo un reto debido a que son personas con mucha carga emocional y laboral, y que se sabe de antemano lo expuestos y vulnerables que están ante circunstancias difíciles, como la de la pandemia.

     

    Por otra parte, muchos centros no cuentan con el equipo de atención necesario para recibir a los pacientes y ayudarlos debidamente, lo que genera una sensación de impotencia y estrés sobre los médicos.

    Otra situación que genera miedo en el personal médico es que no todos han recibido los elementos de protección para evitar contagiarse. Se sabe que están en riesgo debido a que tienen contacto directo y constante con personas que poseen el virus, pero, aun así, se espera que por parte del centro de salud y las ARL se les brinde el equipo idóneo para la realización de su labor sin ningún riesgo. La psicóloga Álvarez cuenta que cuando ha atendido a médicos que han sido contagiados por el coronavirus, “ellos mismo me han manifestado el miedo que sienten por la enfermedad, porque de alguna forma son muy conscientes del riesgo de los síntomas. Ellos necesitan ser escuchados, porque cargan y guardan muchas cosas que poco a poco se les van sumando hasta que colapsan. Como todos, ellos lloran y sienten que a veces no pueden más”.

    Entre cardiólogos, anestesiólogos, internistas, enfermeras, personal administrativo, auxiliares, entre otros, se han enfrentado directamente contra un enemigo invisible. El salvar vidas y cuidar de los enfermos dentro de esta pandemia los ha llevado al rechazo y a la discriminación por parte de muchas personas que, por miedo, ignorancia, desespero o desconocimiento, reaccionan de forma impulsiva y hasta violenta. Incluso en el lugar en donde viven, muchos de ellos han sido vulnerados por sus propios vecinos.

    —Cuando el médico cucuteño Roberto Claro falleció por Covid-19, al día siguiente atendí a una pareja de médicos, ambos contagiados, que fueron cercanos a él. La esposa me dijo que lloró bastante y que aún no podía creerlo. Era uno de los mejores médicos del país. Es duro para ellos, porque saben que están en riesgo constante y que, fácilmente, al siguiente puede ser uno de ellos” —agregó Lina María Álvarez.

    El objetivo de la línea en salud mental de SURA es brindar equilibrio, ser compañía y apoyo para quienes más lo necesitan en medio de la pandemia, sea por cuestiones de contagio, personales, soledad, entre otras circunstancias que pueden afectar o alterar las emociones de las personas.

    Cabe resaltar que, según los boletines brindados por el Ministerio de Salud y Protección Social, a los profesionales de la línea de SURA, el cuidado de las emociones y sus manifestaciones han pasado a ser un tema de atención prioritaria en medio de la pandemia, debido a todas las medidas que se han tomado que han

    transformado las dinámicas personales y sociales. Por esto, las campañas a nivel nacional y local sobre el cuidado de la salud mental han aumentado.

    La inteligencia emocional y el control de los impulsos en tiempos de crisis son clave para la supervivencia y la plenitud del ser humano en medio de las dificultades ya que las repercusiones no son netamente mentales, sino que también se pueden dar manifestaciones físicas o somatizaciones que limiten la realización de la persona en sus ambientes y espacios.

    Para algunos, el golpe es más fuerte
    Cuando el ser humano enfrenta circunstancias o eventos amenazantes que ponen a prueba la forma en la que afronta o ve la realidad, desde lo emocional se puede experimentar una sensación de crisis y alteración, debido a que es algo que se sale del control propio e incluso es difícil de comprender porque le da un giro de 180 grados a la vida y las dinámicas de las personas.

    Según una comunicación del Ministerio de Salud y Protección Social, con la llegada de la Covid-19 en el 2020, un mar de emociones sacudió a la población, retándola a enfrentarse a una realidad difícil y casi ficticia para la que nadie estaba preparado. Estos cambios, que de alguna forma han sido inmediatos y radicales, han generado múltiples reacciones en las personas, llevándolas a estados de alteración emocional, perturbación, sensaciones de cansancio, agotamiento, desamparo, confusión, ansiedad, afección del funcionamiento de sus relaciones laborales, familiares y sociales, y síntomas físicos asociados al síndrome ansioso y depresivo generado.

    La intensidad varía dependiendo del individuo, desde el impacto hasta los trastornos mentales previos que potencializan o no la emoción. Puede llegar a ser crítico cuando la persona pone en riesgo su vida acudiendo al suicidio y al amenazar la integridad de los demás. Según los datos brindados por el Sistema Nacional de Vigilancia en Salud Pública – SIVIGILA (Vigilancia rutinaria histórica 2007-2019 y Boletines Epidemiológicos Semanales de 2020), en la semana epidemiológica 8 a la 16, se presentaron un total de 8.431 casos los casos de intento de suicidio en el 2020; una disminución en comparación con el 2019, año en el que durante las mismas semanas se presentaron un total de 9.013 casos en el país.

    No todos los casos quedan en la intención o el intento fallido de hacerse daño. Las muertes por suicidio registradas en el Sistema Integrado de Información de la Protección Social-SISPRO indican que para el 2019, entre enero y abril, fueron 909 personas las que perdieron la vida bajo esta condición, cifra mayor en comparación con el 2020, en los mismos meses, con 798 fallecidos. No obstante, la llegada y la influencia del coronavirus al país ha encendido las alarmas para el desarrollo de acciones que ayuden a la prevención de la conducta suicida en medio de la cuarentena, generando estrategias que fortalezcan la salud mental de las personas frente a los cambios en las dinámicas sociales e individuales.

     

    Importancia a lo importante
    Los trastornos mentales han sido catalogados con el pasar de los años de diferentes maneras, han sido llamados posesión, brujería, actuación, locura, entre otros calificativos. La invisibilidad de los síntomas los ha llevado al olvido en muchas sociedades y épocas, debido a que como no hay una manifestación física directa es poca la credibilidad que ha recibido, y mucho menos la atención y la importancia.

    Lenta y progresivamente, los estudios sobre estas temáticas han aumentado, otorgándoles una posición en las ciencias de la salud y en la conciencia de la población. Pero, a pesar de que se ha avanzado bastante en comparación con la antigüedad, según la Organización Mundial de la Salud (OMS) se ha presentado un problema crónico, incluso desde antes de la llegada de la Covid-19, en la financiación que los países han realizado a las entidades y programas de salud mental. Menos del 2 % del presupuesto nacional de 130 naciones se ha destinado a esta causa tras el estudio que realizaron.

    Debido al contagio por coronavirus se pueden presentar también complicaciones neurológicas y mentales que pueden ser delicadas para el paciente, entre estas está el delirio, accidentes cerebrovasculares y agitación, según la Organización Mundial de la Salud.

    “Una buena salud mental es absolutamente fundamental para la salud y el bienestar en general”, así lo manifestó el Dr. Tedros Adhanom Ghebreyesus, director general de la OMS. Y es que, la sintomatología de los trastornos mentales no es invisible, ya que las repercusiones de un desorden mental, sin la atención y los cuidados adecuados, puede manifestarse a partir de somatizaciones físicas que pueden causar dolor y malestar constante en el cuerpo.

    Los centros y los servicios de atención a la salud mental se vieron fuertemente afectados por la crisis actual, ya que, si antes de todo esto no tenían los medios o los recursos financieros y estructurales suficientes para atender debidamente a la población, tras la llegada de la Covid-19, el colapso de atención fue mayor. Según el estudio de la OMS en los 130 países se pudo evidenciar que más del 60 % de los países señaló perturbaciones de los servicios de salud mental destinados a las personas vulnerables. Además, más de un tercio señaló perturbaciones en las intervenciones de emergencia, incluidas las destinadas a personas afectadas por convulsiones prolongadas y síndromes de abstinencia severos relacionados con el consumo de drogas y estados delirantes, “que con frecuencia son la señal de graves trastornos médicos subyacentes” dice el estudio.

    Se han tomado diversas alternativas para sobrellevar las problemáticas en la atención en tiempos de pandemia, las teleconsultas han sido una opción determinante para varios países, de tal forma que no se arriesgue la salud física tanto del paciente como la del profesional. Además, teniendo en cuenta las medidas de bioseguridad establecidas en cada territorio y el distanciamiento social, muchas instituciones han considerado la atención por llamada, la solución más sensata.

     

    Por otra parte, Colombia es uno de los países que ha implementado la teleconsulta, un servicio de telemedicina como medida de intervención. En el caso de la ciudad de Medellín, hace poco se presentó una estrategia por parte del Metro en alianza con Alcaldía de Medellín y el Área Metropolitana del Valle de Aburrá debido a que el bienestar emocional de las personas se vio directamente afectado tras la llegada del coronavirus. Bajo estas circunstancias y en conmemoración del mes del cuidado y la prevención de la salud mental, crearon un espacio en la estación San Antonio llamado El Escuchadero, cuya finalidad es que las personas que hacen uso de este medio de transporte, se acerquen voluntariamente si desean ser escuchados.

    Una luz al final del túnel
    Hay un inicio y un final en la historia de cada persona, uno que para aquellos que creen en el destino está predeterminado. Pero hay quienes retan esta ley y buscan adelantar, bajo sus propios medios, procesos como el de la muerte para acabar con dolores que no les permite, según ellos, vivir con plenitud. Según el psicólogo antioqueño Jaime Carmona Parra, en uno de sus trabajos para la Universidad Luis Amigó, afirma que “concebir la subjetividad humana como una estructura de auto-interacciones permite entender que en su interior puedan presentarse conflictos, incluso auténticas batallas interiores, que pueden implicar gastos enormes de energía y derivar en patologías graves y, por supuesto, en suicidios. La capacidad de conciliar y facilitar la coexistencia más o menos armónica y pacífica entre las diferentes personalidades es un indicador de salud mental”.

    Entender el comportamiento humano es todo un reto, pero lentamente se han logrado avances que le permiten a los especialistas, acercarse a la realidad de muchos individuos que pasan por situaciones conflictivas, pero sobre todo cómo y mediante cuáles estrategias mitigar el riesgo del suicidio y mucho más ahora en tiempos de pandemia.

     

    Tras la llegada de la Covid-19, el Ministerio de Salud y Protección Social estableció una serie de lineamientos para salvaguardar la salud mental de la población en medio de la crisis. Teniendo en cuenta que, las realidades son diferentes en cada departamento, ciudad, sector y comunidad, el Gobierno Nacional, permitió que cada administración local, siguiendo los protocolos generales, adoptará las medidas de prevención de acuerdo a las necesidades de las personas. Con respecto a las medidas para la prevención del suicidio, se realizó de la misma manera.

    Según la Resolución 518 de 2015, del Ministerio de Salud y Protección Social, de la mano de las autoridades y las instituciones gubernamentales, por medio de procesos de vigilancia en la salud pública, coordinación intersectorial, desarrollo de capacidades y participación social se busca la identificación temprana y el cómo abordar a las personas que están en riesgo de cometer suicidio. Así mismo, cómo será el proceso de ayuda y rehabilitación para la persona, y el de educación, comunicación e información de la comunidad frente a esta situación.

    Teniendo en cuenta los protocolos de bioseguridad, se espera que de la mano de el Plan de Beneficios en Salud (PBS) de las Entidades Promotoras de Salud (EPS) y de las Instituciones Prestadoras de Servicios de Salud (IPS), se fortalezca el acompañamiento en las comunidades y que estas mismas estén preparadas dentro de sus servicios para valorar las conductas riesgosas, incluyendo el suicidio. La idea con esto es que por medio de educación constante y los programas de prevención, mejore la calidad de vida de las personas.

    Pero aún…
    Tristemente, aunque se han presentado estrategias para mitigar el impacto de pandemia en la salud mental de las personas y de alguna forma evitar el suicidio, la situación actual también es desalentadora, incluso desde el mismo distanciamiento, por la soledad que se puede sentir. Así mismo, las garantías económicas, laborales, en salud, seguridad, entre otras, para sobrellevar la crisis por parte de algunas instituciones y el Gobierno Nacional no son suficientes, y la calidad de vida de las personas se ha visto afectada. Por otra parte, las camas de las unidades hospitalarias fueron adoptadas solo para pacientes Covid, muchas personas que buscaban ayuda inmediata por alteraciones emocionales severas en urgencias, tuvieron que recurrir a la teleconsulta y con un apoyo familiar, mas no profesional, para manejar la crisis directamente.

    También la red de apoyo con la que cuente una persona puede ser un factor de riesgo o un factor protector.Llo cierto es que no contar con el apoyo de alguien puede ser fatal. Si ese círculo cercano es uno de los generadores de crisis, la persona, abrumada, en medio de la desesperación y la emoción, puede entrar en un estado de riesgo. Si la red de apoyo es una compañía constante, de ánimo y de escucha, el impacto en la persona es positivo.

    La salud mental es clave para que el ser humano se desarrolle plenamente en la sociedad y como persona. Permite la sostenibilidad y el equilibro en todos los ámbitos que se le presenten, incluso, como ya se mencionó, es crucial para el bienestar de la salud física. Lo que pasó de ser un tabú años atrás, se ha convertido en un arma clave para el funcionamiento del mundo. Por ello, es necesario cuidar de esta bajo la supervisión adecuada, ya que, de no ser así, las repercusiones y consecuencias son varias, algunas permanentes e incluso fatales.

     

    Es posible prevenir el suicidio si se dejan de lado los mitos, si se educa a la sociedad desde la empatía, el respeto y la responsabilidad social. El suicida pide ayuda en silencio, es responsabilidad de todos detectar tempranamente esos gritos y, ahora, en pandemia, mucho más.

    Trabajo realizado para el curso Periodismo V, orientado por la profesora Jazmín Santa Álvarez.