Sobre la mesa de bitácoras de viaje hay un café que ya está frío. Es el de Carlos Mario Palacio. Ingeniero mecánico, empresario, sobreviviente de cáncer oral recurrente, senderista, practicante de rafting y flautista los lunes y viernes.
Por Juan José Ríos Arbeláez / juan.riosa@upb.edu.co
Foto: Cortesía
“Si me lo bogo como ustedes, me ahogo”, explica mientras señala la tacita blanca con bordes azules. Pero igual se goza el tinto, frío y oscuro, con paciencia, sin sorber, ayudándose de la gravedad.
Hoy llegó temprano, cargando una pila de libros documentales tan pesados que hasta la flauta dulce se le cayó por el pasillo. Se adivina una sonrisa detrás del tapabocas, que cubre casi todo, pero a la luz están los ojos invictos.
Saludó de puño al músico y maestro Carlos Andrés Mira, se susurraron unas risas al oído unos segundos y después se fue a depositar los libros de sus viajes sobre una mesa en el patio de la casa cultural.
Una mañana de 1985, mientras se cepillaba los dientes se raspó un “chichón” debajo de la lengua. Fue al dentista, que le dijo que no tenía ningún chichón y lo remitió a la estomatóloga para realizar estudios. Dice que una semana después le extrajeron una masa del tamaño de una pelota de ping-pong. Y dimensiona la medida con los dedos de la mano derecha. Ya sin tapabocas, sentado en la mesa, todavía sorprendido por el tamaño del tumor. Cuando le diagnosticaron por primera vez el cilindroma de piso de boca (un cáncer de boca inusual, diferente al circoma, que causa más del 90% de diagnósticos del cáncer oral en el mundo) tenía treinta años.
Al año siguiente le reincidió el tumor en la glándula sublingual izquierda. Se sometió a una nueva extracción, a un estudio de piso bucal, a un estudio en la lengua; que lo dejó con parálisis parcial en la misma. Y comenzó el proceso de radioterapia. “Me quemaron vivo”, dice. “Me quemaron todito en 16 sesiones de radioterapia”, que como consecuencia le dilataron en un 40% las cuerdas vocales y lo dejaron sin volumen de voz.
La tasa de supervivencia general a 5 años para las personas con cáncer oral es del 66%. Un estudio de la Revista Colombiana de Cancerología proyectó que entre 2015 y 2050, de mantenerse la tendencia actual de exposición al alcohol, tabaco e infección del Virus de Papiloma Humano, se presentarán 107 882 casos nuevos de cáncer oral en Colombia. Las cifras contrastan con el hecho de que apenas el 29% de casos son diagnosticados en etapas tempranas.
Con la lengua parcialmente paralizada, las cuerdas vocales dilatadas y el esófago rígido como un tubo, Carlos Mario dejó de hablar. Acudió a muchos especialistas, se sometió a diferentes procesos, pero sin importar si se trataba de audiólogos, fonólogos u otorrinolaringólogos; el veredicto solía ser el mismo: que ya no iba a poder hablar. Que no podía soltar la lengua, que no iba a salir del engarrotamiento, que el daño en las cuerdas era irreparable. Que no había nada por hacer. “Logré susurrar un poco, con el tiempo. No se me entendía nada. Aun así, seguí con la vida, diseñando metales, haciendo deporte, trabajando…”, concluye tranquilamente Palacio.
Después de los dos cánceres, la amenaza de enfermedad no menguó y desde 2010 tuvo problemas en la próstata. No era cáncer, pero el sometimiento prolongado a los antibióticos le quitó la capacidad auditiva. En 2014 le realizaron un implante coclear para escuchar y en medio del procedimiento dañaron uno de los 25 nervios involucrados con la deglución (tragar alimentos), lo que le causó repetidas neumonías en los años que siguieron, hasta que en 2017 suspendió totalmente la alimentación oral y la remplazó con ENSURE a través de una sonda PEG.
Ahora la está usando. Es el almuerzo, son las dos de la tarde. El patio de la escuela está fresco a la sombra. “Véalo, egoísta. Come solo, al lado de uno”, dice jocosamente el maestro Mira. Carlos lo ve y se ríe. Enseña la dentadura perfecta. Tiene la camisa levantada, abre la válvula y pasa la sonda, le pone un poco de agua y vierte el ENSURE, naranja y viscoso. Dos tarros por cada comida, cinco comidas diarias. Así desde hace cinco años.
Flauta dulce
Hace veinte minutos debió haber empezado la lección. “La conversada también es parte de la clase”, dice el Maestro Mira. “Tal vez la más importante”, remata Carlos Palacio, desde la mesa de libros. Hay una camaradería latente en el ambiente, inherente a Texturas y Armonías, la casa creativa y escuela musical donde se enfría el café del flautista.
Durante 34 años fue mudo, sujeto al lenguaje de señas. Estuvo más cerca de dejar de escuchar que de volver a hablar y lo que escuchaba una y otra vez eran pronósticos pesimistas, de rigor fatalista, mientras seguía con su vida, con un chirrido fatigante que le asfixiaba a cada intento de hablar. En 2019 conoció a Alejandra Buriticá, una directora de orquesta que le propuso trabajar con técnica vocal. Lo hicieron hasta el inicio de la pandemia, sin presentar evolución, hasta que Carlos Mario se mudó a La Ceja y le recomendaron al musico y director de orquesta Carlos Andrés Mira, que ya había tenido procesos con alumnos con alguna discapacidad.
Dice el maestro Mira que tuvo que salirse de la escuela para escucharlo la primera vez que hablaron. “Es una escuela de música, al fin y al cabo, y el hombre se esforzaba por hablar y yo no le escuchaba nada”.
Empezaron el proceso de técnica vocal a finales de 2020, con un aliciente: la flauta dulce. “Solo por hacerlo más didáctico. No por nada más, porque se trabaja más allá de cualquier proceso musical”, afirma enfáticamente Mira. “No es que haya vuelto a hablar por la flauta; esa es una excusa para los trabajos de respiración, de abdomen al diafragma, de hacer sonidos que permitan ejercicios técnicos, para la repetición y que se haga todo de una forma más lúdica que en la Técnica Vocal tradicional”.
Ya decía antes Palacio que no estaba allí para dominar el círculo de quintas o comprender los préstamos modales. Poco le importa si las notas sostenidas no se mezclan con las bemoles, cuando es su calidad de vida la que se nutre del sonido.
¿Cuáles son las técnicas milagrosas que ningún especialista atinaba a pensar?, ¿Cómo hizo para poder hablar con alguien a una distancia de 10 metros, cuando hace dos años la distancia mínima era de 30 centímetros? Unos minutos después, en el aula de pianos junto a Mira, se le escuchaba maullando repetidamente como un gato: “Miau, miau, miau…”, al ritmo de los bajos tonos del piano. Y después soplaba la flauta. Emitiendo notas flojas, largas, estallidos de viento desmesurados y luego débiles. Se exigía. Entonaba el canto de la alegría. Volvía a soltar la flauta y hacía ejercicios de pronunciación para la R.
Termina la clase. Le rindió poco porque la ocupó toda en chachara y una entrevista. Ya volverá el viernes. Estaba feliz mostrando los libros de sus viajes, las fotos en Guaviare, cruzando el río Guayabero, en las cascadas de La Macarena; contando que su otorrino no daba crédito a sus oídos en la última visita, que había pasado de entender un 40% hasta un 80% en el año y medio que llevaba de proceso. Fue mudo y volvió a hablar. Está más vivo que todos. El rojo pasión de la camisa le hace justicia. Se fue de afán, tenía una cita. Dicen que la semana pasada, con 69 años, encontró de nuevo al amor.
Cabe mucha imaginación en lo que puede hacer y decir un modelo webcam para conectar con el usuario al otro lado de la pantalla, más que ofrecer un acto sexual y lograr la excitación, la clave está en entregar algo distinto, en generar conexiones que trasciendan el entretenimiento y la excitación, en conseguir ser recordado y fidelizar a una audiencia impredecible, con necesidades que van más mucho más allá del placer físico. Es por esto que es un trabajo en el que no solo se trabaja con el cuerpo, es determinante lo que se logre desde la mente.
Helena Botero Mejía / helena.botero@upb.edu.co
“Son usuarios que en su mayoría buscan distraerse, tienen todo el dinero del mundo, pero no son felices”, explica Jack Taylor, como lo conocen los tippers y quien prefiere no compartir su nombre real. Tippers es el nombre que tienen los usuarios fidelizados, la palabra viene del extranjerismo proveniente de la palabra “tip” (propina) y se refiere a aquellos cuyos niveles de consumo representan un ingreso notorio. Taylor cuenta que uno de sus tippers es un abogado exitoso, viaja recurrentemente y aunque “lo tiene todo, no es feliz” y encuentra en Jack un oyente, una persona dispuesta a escucharlo en días difíciles.
Colombia es el segundo país con más modelos webcam en el mundo, la industria representa alrededor de 150 mil empleos entre modelos, monitores, personal de aseo, administrativos, propietarios y otros, según informó Juan Carlos Rivera, director general de Lalexpo (Latin America Adult Business Exposition) a Forbes Colombia. Es importante agregar que ya existe una estructura tributaria definida, y que el oficio tiene una participación en impuestos importante para el país.
Collage: Elena Botero Mejía.
Alto contraste
Aunque el objetivo principal sea ofrecer un contenido para adultos y cumplir fantasías provenientes de parafilias (los mal llamados “fetiches”), las relaciones que se construyen entre modelos y usuarios en muchas ocasiones van más allá de eso. Es común encontrar que shows privados se conviertan en largas sesiones de conversación en donde los modelos juegan un papel de oyentes y se entregan como humanos; también hay casos en los que a modelos les pagan por pasar largos ratos solo sonriendo, parpadeando, entre otras cosas.
Este relacionamiento entre quien ofrece el show y los usuarios, sumándole la incertidumbre de un trabajo que en una hora puede librar un mes y en un día entero no producir un solo dólar, son solo dos de los factores que pueden afectar la salud mental de quien está entregando un show. Ofrecer un servicio que implica la mercantilización del cuerpo puede despertar una serie de pensamientos nocivos, eso sin contar que en algunos casos pueda ser sometido al juicio y al rechazo. Si bien es una labor en la que se involucra principalmente el cuerpo, también está directamente relacionado con muchas cosas que pueden pasarle a la mente.
Esteban Klavier es psicólogo y gerente de la academia Estrellas Webcam, una organización dedicada a preparar a los estudios en temas que van desde lo administrativo, el desempeño y actuación de los modelos, mejorar el inglés dentro de las plataformas, hasta en temas de maquillaje y uso de los juguetes sexuales. Esteban resalta la importancia de contar con un psicólogo en los estudios, pues es vital a la hora de cuidar de la salud mental de quienes hacen parte de este servicio.
Hablando específicamente de los modelos, en algunos casos puede ser muy difícil enfrentar el desnudo y la corporalidad, pues debido a la cultura y a cómo esta nos formaliza, no se ve el desnudo como algo normal, explica Esteban Klavier y agrega la importancia de la relación con el cuerpo y la sexualidad. Si una persona ha vivido, por ejemplo, situaciones de abuso o abandono previamente, esto podría despertarse en las transmisiones.
Dentro de las problemáticas más comunes que encuentra Klavier, manifiesta: “Puede ser la generación de estrés, la depresión, la tristeza completa y todo el tiempo. Se pueden generar siempre y cuando las personas no puedan entender lo que está sucediendo frente a la cámara y ya el desarrollo de diferentes traumas si no se sabe que está sucediendo con los clientes”. Por lo que es muy importante tener desde el principio un acompañamiento y conversación para que el modelo se eduque más en el tema y cuente con las herramientas necesarias para afrontar los momentos difíciles.
Otro aspecto que menciona es el de tramitar las emociones que quedan después de un momento complicado en la trasmisión “Se generan unas cuestiones (frente a lo desconocido, poco normalizado) que, si no se llevan a través de la palabra a otro lugar, eso a través del cuerpo se refleja. Desde el psicoanálisis lo que no se tramita a través de la palabra se vuelve enfermedad”. Nunca se sabe con qué se pueda encontrar el modelo al otro lado de la pantalla, y así como existirán usuarios que logren subirle la autoestima y entiendan que están frente a un ser humano; también existen personas malintencionadas que con sus comentarios y peticiones podrían afectar notoriamente a la persona que ofrece el show.
Mecanismos de control
La relación con quien cumpla la función de monitor en el estudio es fundamental, pues en los casos en los que no se cuente con el apoyo de un psicólogo, son estas personas quienes deberán cumplir la función de escuchar y apoyar a los modelos. Un monitor está encargado de supervisar las transmisiones, revisar que los recursos técnicos funcionen correctamente, estar pendiente de las conversaciones entre modelos y usuarios para manejar cualquier complicación, ofrecer un acompañamiento;,entre otras cosas.
Lisette Noreña es monitora de un estudio webcamen Medellín y simultáneamente está realizando sus prácticas como comunicadora social en el sector público, asegura que, para cumplir con su trabajo, una persona debe tener “una mente demasiado abierta, con la disposición de ver el mundo y la realidad de otra manera”, y agrega que “deben ser personas que generen confianza y comodidad (…) y lo más importante, ser muy empáticos con las modelos y usuarios”. Lo demás son aspectos un poco más técnicos como dominar el inglés y saber manejar varias funciones en un computador al mismo tiempo.
Lisette explica que, aunque suele tener una relación cercana y de confianza con la mayoría de las modelos (en el estudio que trabaja únicamente hay mujeres), con algunas de ellas la relación se reduce a temas laborales, por lo que el acompañamiento se ciñe estrictamente a asuntos de la transmisión. “Hay niñas muy influenciables que siempre buscan la aprobación y aceptación de su circulo familiar y social y, cuando no la reciben, se sienten mal y decepcionadas. De la misma forma, hay niñas que son empoderadas y decididas, que por más comentarios negativos o cosas que reciban no les importa, tienen sus metas claras y saben lo que quieren”.
Diferentes registros
Si bien el modelaje webcamhoy no despierta el tabú de hace algunos años, todavía hay personas que no se sienten cómodas expresando que se dedican a ello, o que siguen recibiendo comentarios negativos de parte de su circulo social más cercano. Daniel Betancourt es modelo hace dos años y aunque no suele ocultarlo, sí ha notado que dentro de su círculo cercano “muchos son muy doble cara con ese tema”, pues en sus gestos y comentarios sugiriéndole que busque otras oportunidades, nota la inconformidad y un falso apoyo.
Daniel, como muchas personas, llegó a la profesión después de probar varios trabajos en los que el pago no correspondía al esfuerzo y tiempo que les dedicaba, varios amigos le sugirieron en tono de burla que probara el modelaje hasta que al fin “le fue sonando la idea cada vez más”, buscó estudios cercanos a su casa y “lo demás es historia”. Admite que le gustaría estudiar una carrera, que ahora no lo hace porque no tiene los recursos, pero que de todos modos no planea dedicarse a esto para siempre.
Aunque él esté seguro de que recibiría apoyo del estudio en temas personales si así lo pidiera, afirma que siempre ha sido una persona que prefiere guardarse sus problemas y manejarlos por su cuenta. “Al principio fue muy difícil porque yo siempre he tenido problemas de autoestima y ansiedad, y ese trabajo los aumentó aún más porque te hace dudar de ti mismo. Cosas como preguntarte si sí eres suficiente o así. La ansiedad me comía y de verdad me sentía muy nervioso y presionado. Con el tiempo como que aprendí a manejar ese tipo de pensamientos y ya trato de evitarlos, me acostumbré a la presión de trabajar haciendo eso”, cuenta Daniel.
Ponerse frente a la cámara de una forma tan íntima y sin saber quién ve al otro lado, puede despertar conflictos. Sin embargo, es una oportunidad para que las personas exploren su sexualidad, según el sicólogo Esteban Klavier, quien se refiere especialmente a las mujeres, que en algunos casos se empoderan y se responsabilizan de su sexualidad. El modelaje webcam tiene espacio para todos, no hay que tener un físico específico, una belleza establecida ni una edad determinada; para cada persona hay un usuario y cuando se conecta con el correcto, se ven casos en los que los elogios y el buen trato consiguen elevar la autoestima de la persona frente a la cámara.
El peso de la billetera
El tema del dinero es otro asunto notable en el que los modelos necesitan cierto acompañamiento, Lisette cuenta que en el estudio suelen pedirle ayuda a la hora de tomar alguna decisión, “Más cuando son niñas que no han tenido nada y pasar a tenerlo todo”. Esteban Klavier dice que al principio el derroche es un asunto muy común, pues por lo general no tienen con educación financiera, entonces: “…Van y se lo gastan en fiesta. Y la drogadicción puede empeorar lo que pueda pasar mentalmente”, por lo que es necesario evaluar las decisiones y hábitos que toma un modelo por fuera de su trabajo, pues estarán conectados con su bienestar mental.
Aun cuando es difícil establecer lo que podría ganarse un webcammer, pues el éxito que tengade penderá de las horas trabajadas, si cuenta con usuarios fijos, la porción que tomará el estudio, entre muchas otras cosas. Es un hecho que esta es una profesión en la que puede hacerse mucho más dinero que en otras, y que, en países de pocas oportunidades y altas tasas de desempleo como Colombia, se acude a ella por cuestión de necesidad más que otra cosa. Frente a ello, Esteban Klavier piensa que es necesario tener un plan a futuro, buscar formas de invertir el dinero y pensar en estudiar.
En abril de 2021 se reconocieron los derechos laborales de modelos webcam en Colombia a raíz de un caso de una mujer que fue desvinculada en estado de embarazo y quien presentó una tutela. El 26 de julio de 2022 se propuso un proyecto de ley con la intención de regular los contratos de los modelos, precisamente buscando que estas personas que llegan al oficio en un estado de vulnerabilidad y desconocimiento no acepten acuerdos que violen sus derechos.
Según el sicólogo Esteban Klavier, es imprescindible que las personas entiendan que desempeñan una labor profesional, que deben adoptar un papel que no es el suyo para evitar el sentimiento de que son cosas y para que el desgaste del relacionamiento con el usuario sea el mínimo. Esto lo sostiene Jack, quien asegura que: “Hay que meterse en el papel. Por fuera, mi nombre real es X, pero dentro del estudio soy Jack. A él le gustan los hombres y las mujeres, él coquetea con hombres”.
Sin embargo, Jack agrega que hay una presión que recae sobre los hombres al no poder fingir como podría hacerlo una mujer: “Yo he tenido esa presión de que en ese momento tengo que ponerme erecto y no puedo. Y el usuario está ahí esperando, o ha pagado porque eso suceda, pero no sucede entonces el usuario se va, se pone de mal genio. Hay unos que son muy lindos, muy buenas personas, le ayudan a uno, pero hay unos que no, que paila”, admite que le preocupa bastante el tema de las calificaciones, por lo que se esfuerza al máximo para que el cliente se vaya contento, prometiéndole mejorar.
Salud ocupacional
El acompañamiento del estudio se vuelve clave a la hora de manejar las emociones, Jack trabajó unos meses en Bogotá antes de llegar a establecerse en Medellín, y es ahora que nota la diferencia entre un estudio que se preocupa por las personas y otro al que solo le importaban los ingresos. Además, en el momento se encuentra viviendo con la administradora del estudio y otros encargados, lo que le ha permitido construir una buena relación y estar rodeado de otros modelos con quienes comparte su tiempo.
Desde que llegó, en el estudio le sugirieron que hiciera público que se dedicaba al modelaje, tomó la decisión de ser honesto con su familia y amigos y se sintió aliviado: “Al no saber ellos en lo que yo trabajaba realmente como que me hacía sentir que tenía dos vidas; la que ellos creían que era y la verdadera. Cuando yo me solté y dije la verdad, sentí que solté una carga pesada”. Esteban Klavier confirma que lo mejor es que los estudios se encarguen de educar a los familiares, de permitirles incluso visitarlos en lugar de esconderles la realidad. Esto con el fin de que los webcammers tengan una mejor relación con su trabajo y encuentren ese apoyo necesario de sus seres queridos.
Igualmente, los espacios que promuevan el relacionamiento entre modelos resultan beneficiosos, y estos van desde un sitio donde puedan tomar el descanso juntos hasta salidas y reuniones en las que puedan crear vínculos y fortalecer sus relaciones. En algunos casos, los modelos pueden ser personas muy solas, y crear ese círculo cercano puede ser un apoyo muy positivo; sin embargo, habrá quienes no se sientan del todo cómodos en esta clase de espacios, como es el caso de Daniel, quien prefiere asistir únicamente a lo laboral: “La verdad no me gusta relacionarme con ellos. Yo solo voy a lo mío y pues con los jefes y dueños de la casa me llevo bien, porque con ellos sí he interactuado mucho más”.
Lisette piensa que la salud mental es un trabajo “50/50”, el estudio debe buscar siempre la tranquilidad del modelo y estar ahí para ayudar en caso de problemas, a pesar de ello, no todos se sentirán igual de cómodos compartiendo situaciones personales y en muchos casos, no estará al alcance del estudio ayudarles. En donde ella labora cuentan con una psicóloga que asiste a hacer conversatorios con las modelos y a quien se le pide una cita que va por cuenta del estudio en el momento en el que alguna lo requiera, todo esto con el fin de que ellas vean un lugar seguro en el cual sentirse escuchadas.
Por lo general, los estudios cuentan con una serie de filtros a la hora de reclutar nuevas personas, Esteban Klavier, quien además tiene su propio estudio, asegura que es necesario incluir en estos, pruebas psicotécnicas que determinen si un futuro modelo podría manejar correctamente diversas situaciones y si no carga con asuntos pasados que corran el riesgo de empeorar a través de la profesión. Todas las empresas, sin importar a qué se dediquen, deberían buscar el bienestar laboral.
Entre los riesgos para la salud mental en el trabajo que la Organización Mundial de la Salud enuncia, se encuentran: cargas o ritmo de trabajo excesivos; horarios excesivamente prolongados, antisociales o inflexibles; apoyo limitado por parte de colegas o supervisión autoritaria; violencia, acoso u hostigamiento y demandas conflictivas para la conciliación de la vida familiar y laboral. Estas son situaciones comunes que se pueden encontrar al dedicarse a esto, sin embargo, varían entre estudios y que en un sitio donde se le dé un manejo serio y profesional al tema, no tendrían por qué suceder.
Daniel y Jack se enfrentaron a diferentes dificultades en el momento que decidieron ser modelos, y confirman que no es un oficio que le recomendarían a todo el mundo. Para Jack, debe ser “una persona de mente abierta y muy segura de sí misma”, para él no fue difícil enseñar su cuerpo y conectar con su desnudez, “No se lo recomendaría a una persona que tuviera baja autoestima, que no se quiera lo suficiente. De pronto le dé muy duro, como puede que suceda lo contrario…”. Daniel, por su lado, ratifica que debe ser una persona segura de sí misma, que no se ofenda con facilidad puesto que puede recibir todo tipo de comentarios, además de ser alguien paciente, persistente y valiente. No se lo recomendaría a alguien que sufriera de problemas mentales severos, porque siente que el trabajo podría empeorarlos.
De igual forma, hábitos como hacer ejercicio, alimentarse sanamente, dormir bien y contar con un círculo de apoyo, tener un plan a futuro, alejarse de las drogas, ir a terapia y fomentar la conciencia sobre uno mismo pueden ayudar internamente a cualquier persona, no solo a los modelos, para tener salud mental. Así lo sugiere Esteban Klavier, que con años de experiencia y su inclinación por el psicoanálisis, tiene experiencia en la industria, sobre todo cuando del manejo de las emociones se trata.
Es necesario ampliar la conversación, acabar con mitos que se han construido en torno a la industria y seguir promoviendo su regulación y profesionalización. Todo esto con el fin de que los modelos habiten entornos seguros y de apoyo, donde se les acompañe en la toma de diferentes decisiones y puedan tramitar las emociones que despierte una profesión que un día puede subir el ánimo y la autoestima, y al otro despertar un trauma difícil de combatir.
Contrario a lo que muchos puedan pensar, un modelo webcam no trabaja solo con el cuerpo, también debe usar su mente para enganchar a un usuario con altas expectativas. Es una labor en la que existe una competencia altísima, a nivel internacional, y que, así como puede cambiarle el estilo de vida a una persona en un día, asimismo puede tenerla trabajando 8 horas sin que reciba ninguna remuneración. Toda esa presión, a la que en algunos casos se le suma la desesperación de la necesidad y la soledad, tiene efectos muy profundos en las personas y será una responsabilidad de los estudios entregar los espacios y herramientas para acompañar esos momentos. Además, una mala actitud en muchos casos puede llevar al fracaso del show y, nuevamente, a la frustración económica.
Abrir la mente y entender que este oficio es cada vez más común, para desprenderse de estigmas, es ayudar a que quienes deciden trabajar en él no se sientan solos, no encuentren la necesidad de aislarse y enfrenten sus retos laborales de la mano de personas que ofrezcan un acompañamiento sincero y humano para todo lo que se puedan encontrar al otro lado de la pantalla y en las luchas internas que la cámara no puede captar.
Desde el año 2020 y a raíz de la llegada de la Pandemia por el Covid-19, el sector de los call centers encontró una oportunidad para crecer en el confinamiento y las necesidades de muchas personas en medio de una ola de despidos o reducción de ingresos. Pero poco se habla del desgaste al que se exponen quienes atienden las dudas y especialmente los reclamos de los clientes. ¿Qué pasa con la salud mental de estas personas?
Según el DANE, para septiembre de 2020 las actividades de centros de llamadas presentaron un aumento del 31,4% en sus ingresos totales, del 22,3% en el personal ocupado, y del 5,5% en los salarios. Además, se encuentra que el sector BPO (Business Process Outsourcing) creó durante la pandemia alrededor de 20 000 nuevos empleos, 45% correspondientes a la industria de Contact Centers.
El negocio es la tercerización de procesos como la contratación de actividades y funciones comerciales a un proveedor externo, generalmente a menores costos para las compañías, producto de la ubicación de estas operaciones en lugares donde los costos de las mismas son menores: salarios, alquiler de planta y equipos, por ejemplo. Hoy en día, este negocio representa el 2,8% de participación dentro del PIB nacional y emplea al 1,16% de la población colombiana, según datos de la Asociación Colombiana de BPO-BPrO.
Una de las funciones que la mayoría de empresas ponen en manos de terceros es el servicio al cliente y cada vez son más las que buscan implementar este modelo de negocio. En Colombia existen actualmente más de 600 empresas dedicadas a prestar servicios de BPO, y en ellas bachilleres, estudiantes universitarios y egresados recientes de pregrado encontraron una alternativa de ingreso que se acomoda a la falta de oportunidades laborales a las que se está enfrentando este segmento de la población. En consecuencia, el 80% de las actividades de servicio al cliente, ventas, soporte técnico, entre otras labores que se pueden desempeñar en un call center, son realizadas por jóvenes menores de 30 años y 35% por bachilleres.
El trabajo remoto masificado durante la pandemia también estimuló el auge de los call centers. Imagen de referencia: Mariana Montaño.
Del atractivo dicho al agobiante hecho
Como un caso particular dentro de este grupo poblacional está Antonia Achury Calderón, una estudiante universitaria de sexto semestre de Administración de Empresas al momento de ser entrevistada y que durante seis meses experimentó lo que es trabajar en el área de servicio al cliente de una central de llamadas. “Yo terminé en un call center por culpa de las pocas oportunidades de empleo que hay para los estudiantes en este momento; y si a eso se le suma que mi fuente de ingresos era mi papá, quien muere de Coronavirus, allí encontré una de las pocas ofertas con un buen salario que me permitían sobrevivir en una ciudad nueva”.
De otro lado, este tipo de empleo suele ser atractivo para jóvenes que buscan una oportunidad de trabajar y estudiar simultáneamente, teniendo en cuenta que las ofertas incluyen descripciones como “flexibilidad horaria para estudio” y “horarios laborales de 8 horas, 6 horas y 4 horas diarios”.
“Desde el momento en el que me contrataron dejaron en claro que me iban a respetar los horarios de la universidad; pero cuando comencé fue muy traumático porque me dijeron que para poder coordinar el trabajo y el estudio no iba a tener ningún día libre, cuando en la oferta inicial que me hizo la empresa me ofrecían dos días de descanso”, declara Antonia.
Es entonces como, luego de definir un horario que le permitiera cumplir con sus labores y además asegurar espacios de descanso, Antonia advirtió que, teniendo en cuenta su estilo de vida colmado de responsabilidades, cumpliendo con horarios de hasta 12 horas diarias, aunados a la alta carga académica a la que debía responder; su situación no sería sostenible por mucho tiempo.
“Yo tengo ansiedad y depresión diagnosticadas, y el cansancio que se me estaba acumulando, sumado al estrés que me representaba cumplir con tantas labores en la semana, me comenzaron a desencadenar síntomas como ataques de pánico. En ese momento tomé la decisión de renunciar”, relata Antonia.
Un estudio realizado por la Fundación Universitaria Los Libertadores sobre riesgos psicosociales y estrés en los trabajadores de Call Center, encontró que en Bogotá el 37 % de los trabajadores presentan muy alto nivel de estrés y en Medellín, la cifra es del 24%.
Un régimen laboral exigente
Por otro lado, la Organización Mundial de la Salud (OMS) define el estrés como “el conjunto de reacciones fisiológicas que prepara el organismo para la acción”. En términos globales, se trata de un sistema de alerta biológico necesario para la supervivencia. Esto, en un nivel bajo, impulsa a la persona a realizar sus actividades cotidianas, pero luego de someter al organismo a altos y constantes niveles de estrés, el cuerpo entra en un estado de alerta constante que lo lleva a niveles de agotamiento en los que se puede llegar a desarrollar alteraciones emocionales como depresión y ansiedad, o incluso, enfermedades psicosomáticas.
Para la psicóloga María Camila Ríos, el trabajo en call center tiene unas implicaciones psicológicas evidentes y es necesario que las empresas tengan en cuenta los factores de riesgo a los que se puede enfrentar un empleado de estos lugares. “Hay una alta posibilidad de que los trabajadores de un Call Center se expongan a condiciones tales de estrés que los lleven a un estado de burnout”, asegura la profesional.
El burnout fue definido por las doctoras Cristina Maslach y Susan Jackson en su estudio Maslach Burnout Inventory Manual, como “un síndrome de estrés crónico que se manifiesta en las profesiones de servicios caracterizadas por una atención intensa y prolongada a personas que están en una situación de necesidad o de dependencia”, es decir, las labores que implican que el empleado esté sometido durante horas a la atención de personas generalmente problemáticas o que buscan satisfacer alguna necesidad, suelen llevarlo a estados de frustración y desmotivación que lo “queman”.
El trabajo de servicio al cliente, específicamente en call centers, encaja a la perfección con la descripción: extensos horarios de trabajo en los que el operario está sometido a horas de recibir generalmente quejas, insultos, reclamos y problemas que realmente no tienen una resolución que esté en sus manos.
“Los empleados están escuchando críticas y clientes enojados repetitivamente, lo que los puede llevar a generar pensamientos de menosprecio hacia sus propias capacidades. Además se enfrentan a la presión de cumplir con las métricas de cumplimiento establecidas y eso puede estar sumado a un ambiente de trabajo hostil… Son bastantes los factores estresantes que están influyendo constantemente en el estado de ánimo del operario”, afirma Ríos.
El ambiente evidentemente propicia un estado de bruma constante en el que, según la psicóloga Ríos, es indispensable el papel del empleador a la hora de implementar medidas que ayuden a contrarrestar todos aquellos factores de riesgo que son inevitables a la hora de trabajar en un centro de llamadas.
El artículo 56 tipificado en el Código Sustantivo del Trabajo, expresa que el empleador tiene la obligación de hacer todo lo posible para garantizarle espacios de trabajo al empleado, que además de ser físicamente seguros, lo aíslen de riesgos psicosociales o factores de estrés laboral. De acuerdo con esto, desde Seguridad y Salud en el trabajo se debe asegurar la implementación de mecanismos encaminados a la prevención de enfermedades de salud mental.
Herramientas para afrontar el reto
<<Modelos de trabajo remoto plantean numerosos debates sobre las responsabilidades de los empleadores. Imagen de referencia: Mariana Montaño.
Daniela Fernanda Jauregui, profesional en Salud Ocupacional, enumera algunas de las posibles herramientas a implementar y que de hecho, actualmente se están ejecutando en ciertas compañías de servicio al cliente: “es necesario un plan de capacitación anual en el que se vean reflejadas actividades direccionadas a la prevención del riesgo psicosocial, de la mano de profesionales en psicología clínica que brinden la asesoría adecuada. Un ejemplo de ello es la creación de programas de vigilancia epidemiológica de riesgo psicosocial, para que el personal haga una autovaloración de su condición mental”.
Además, Daniela sugiere que crear campañas en colaboración con empresas prestadoras de servicios de salud que promuevan un estilo de vida saludable y brinden también acompañamiento psicológico, son una nueva y posible manera de trabajar en estos factores de riesgo desde la prevención. “Las pausas activas, las reuniones en las que se pregunta a los agentes sobre el ambiente laboral, las celebraciones, las bonificaciones, los convenios con gimnasios, entre otras estrategias, van encaminada a la motivación y cuidado del personal”.
En el sector de servicios BPO del país aún queda mucho camino por recorrer en cuanto a hallar el equilibrio entre cumplir con las metas establecidas y contrarrestar el estrés que esto puede conllevar para sus empleados; pero teniendo en cuenta que actualmente las enfermedades de salud mental se han convertido en un problema de salud pública y que la tasa de deserción en los Contact Center solo va en aumento, las empresas se han visto obligadas a darse a la tarea de comenzar a preocuparse por las condiciones en las que se encuentra su talento humano.
En el marco de la celebración de sus 40 años, la Filarmónica de Medellín inició una serie de Serenatas por los lugares más emblemáticos de la ciudad en búsqueda de compartir con la ciudadanía la alegría por su trayectoria. La segunda de sus serenatas fue una carta de amor al río.
El día empezó con los trompetazos de la 20th Century Fox. El quinteto de metales y la batería de la Filarmónica de Medellín anunciaba a la ciudad su cuadragésimo aniversario y se disponía a cantarle a su villa y a la espina dorsal que le dio vida a esta: era una Serenata al Río porque “al río también hay que agradecerle”, diría más tarde Gonzalo Ospina, concertino de la agrupación. Desde el puente peatonal de la estación Ayurá, inició la serie de tres conciertos con las bandas sonoras más reconocidas del cine con las que la Filarmónica quiso celebrar su cumpleaños.
Frente a la planta de tratamiento de aguas de Ayurá, la Filarmónica inició su recorrido por el río. Foto: Camilo Pérez.
Mientras la trompeta de Frank Londoño marcaba las primeras notas del tema de La pantera rosa, la gente se empezaba a reunir curiosa y con sonrisas entre la nostalgia y el asombro alrededor de los seis músicos que tocaban bajo la imagen de La niña María, del artista Humberto Pérez, que se pintó en los años 90 buscando proteger al metro de los atentados con bombas que acechaban la ciudad.
En esa sonata para balas y esquirlas que fue Medellín desde principios de los 80, en un garaje del barrio Belén, nació la Filarmónica con 42 músicos bajo la batuta de Alberto Correa, médico de la Universidad de Antioquia y fundador de la orquesta. Desde entonces, entre Beethoven y Wagner, John Williams y Ennio Morricone; los metales, maderas y cuerdas han resonado entre los recovecos de las montañas de la ciudad. “Es muy importante mantener estas orquestas y estos eventos culturales porque son los que le dan conciencia a la sociedad. Lo vivimos en los confinamientos cuando estuvimos encerrados y la gente se aferró al arte. Son espacios vitales para las sociedades”, diría Londoño luego de que las dos trompetas, el corno, el trombón, la tuba y la batería terminaran el primer concierto con las notas de la Star Wars de George Lucas.
*
Serenatas es un espacio que la Filarmónica pensó para celebrar en puntos específicos de la ciudad el acontecer de sus 40 años en los que los ha acompañado la ciudadanía. Sacar los conciertos de los teatros y acercarlos a la gente es uno de los propósitos principales de la orquesta con estos espacios. “Uno de los espacios esenciales para ser transformación en nuestra ciudad, es llegar al Centro, a las iglesias, al Museo de Antioquia, a cada una de las calles que son puntos de partida de Medellín, este año cumplimos 40 años y le llevaremos serenatas a los lugares que nos han abrazado y han sido hogar”, reza su página web.
El puente de Guayaquil fue el segundo en ser construido en la ciudad, fue uno de los espacios de celebración de la Sinfónica. Foto Camilo Pérez.
El puente de Guayaquil fue el segundo en ser construido en la ciudad. Siguiendo la búsqueda del río hacia el Norte, la siguiente parada fue el puente de Guayaquil. En 1876, cuando solo había dos puentes en la ciudad, Guayaquil se erigió símbolo del esfuerzo de la población por llegar al oriente del Valle, la Otrabanda, y hacer prosperar la que sería la capital industrial del país. Sobre esas mismas piedras, el ensamble de cuerdas de la Filarmónica preparaba otras tres piezas para convocar a los deportistas que pasaban por la ciclorruta, fanáticos de la música clásica y curiosos que se acercaban al lugar.
Rodolfo Ríos, guía turístico profesional y miembro de Asoguían, fue el encargado del preámbulo del concierto. En su discurso como en el de Ospina, el concertino que interpretaría el solo de la primera pieza, se denota la nostalgia por lo que fue el río, por la vida que le robaron las dos avenidas que lo flanquean y la contaminación que le imprime el brillo café sobre el que se reflejaba el sol del Valle de Aburrá. La lista de Schindler de Williams, Il Postino de Bacalov y Cinema Paradiso de Morricone fueron las bandas sonoras escogidas que sonaban por encima del suave murmullo del río, la fluidez eléctrica del metro y el estruendo metálico de los carros en la avenida Regional.
“Qué más importante en Medellín que el río. Es la conexión y la desconexión de la ciudad”, decía Vania Abello, subdirectora de Programación de la Filarmónica. Resalta que, en estos 40 años, la Filarmónica le ha dejado a la ciudad “mucha cultura, música y transformación. La orquesta no solo toca música, sino que tiene otros proyectos que le apuntan a lo social y eso ha ayudado a construir una ciudad donde podamos todos ser un poquito mejores desde nuestro compartir en el arte”. Y en sentido contrario, Abello afirma que la Filarmónica le debe todo a la ciudad, y concluye que: “Es increíble que, en una ciudad como Medellín, con las problemáticas que tuvo en el momento en que la orquesta se fundó, haya permitido que esta siga viva y construyendo a través de la cultura”.
Como el pequeño teatro de la película Cinema Paradiso, que sobrevivió a los vaivenes de la Segunda Guerra Mundial en Italia, la orquesta se siente a sí misma como un obelisco vivo a la resistencia de la ciudad y a los procesos artísticos transformadores que hicieron de esta una Medellín más en paz.
Escucha una experiencia inmersiva de la Serenata al Río de la Filarmónica de Medellín
*
En Parques del Río se reunió toda la orquesta para el acto final de su conmemoración al río Medellín. Todos los instrumentos afinaron al son de las primeras notas de El preso de Fruko y sus Tesos y Ospina se plantó en el atrio a dirigir. El ensamble, que desde 2022 es dirigido por el israelí David Greilsammer, rápidamente se rodeó de gente de todas las edades. Entre el público, la gente exclamaba la emoción por escuchar la música de las películas de su infancia y el entusiasmo porque la ciudad siguiera proponiendo espacios de ese tipo. “Tenemos la ventaja de la fortuna de ser una orquesta que puede adaptarse a muchos y diferentes tipos de repertorios”, anotaba Ospina mientras preparaba al público para el concierto. La versatilidad de la orquesta, que en su último concierto de temporada interpretó obras de Tchaikovsky y Wagner, quedaría demostrada en la amplitud de las piezas que empezaron con la apertura de 2001: Odisea en el espacio, pasando por los instrumentales de Tom y Jerry, Bugs Bunny, Jurassic Park y King Kong hasta Avengers y James Bond.
Ospina levanta las manos mientras dirige un medley de bandas sonoras de caricaturas. Foto: Camilo Pérez.
Sebastián Gutiérrez, quien seguía los conciertos fielmente desde Ayurá, filmaba con emoción los movimientos finales de la orquesta. “Son espacios para conectarse con lo espiritual, porque la música para mí viene del alma”, dijo al final del concierto cuando entre aplausos ovacionaban a los músicos de la Filarmónica. El 15 de abril, durante su concierto oficial de aniversario, el maestro Alberto Correa dirigió el conjunto como lo hizo por primera vez hace 40 años. La Filarmónica se siente viva y se siente de la gente. Desde los arcos que hacen sonar las cuerdas y los pulmones detrás de los metales le dice a la ciudad que aún quedan nuevas melodías por escuchar.
Miradas cercanas a las voces y las perspectivas que tiene el cierre de la llamada Plaza Botero, célebre espacio del Centro de Medellín que es objeto de una intervención gubernamental basada en un vallado perimetral, ante las quejas por problemas de seguridad, aseo y convivencia, entre otros.
Mientras transcurrían los primeros años de este siglo, tres edificios de oficinas y unas cuantas construcciones pequeñas, fueron demolidos en el centro de Medellín para dar paso a lo que sería uno de los proyectos más ambiciosos que ha tenido la ciudad. La idea de crear un nuevo museo departamental y la cuantiosa donación del artista colombiano vivo más importante de todos los tiempos, derivaron en el que es, quizás, el lugar más icónico de la capital antioqueña.
20 años después, iniciando febrero de 2023, la Alcaldía de Medellín –erigiendo de nuevo los muros destruidos– cercó la icónica Plaza Botero y enmarcó, con el metal de vallas policiales, las veintitrés esculturas donadas por el artista. Para Mariana Oliver, escritora mexicana, “un muro es una venda colectiva que nos protege de la vergüenza, la confección de una fantasía humana recurrente: existir donde nadie pueda vernos”. En su libro Aves migratorias (2016) escribe sobre las barreras, que son los muros, cuya única función es “crear una frontera visual, coartar la mirada”. El verde oliva de la Policía sirve entonces para demarcar el horizonte y vislumbrar aquellos espacios que, con el permiso de la autoridad, pueden ser habitados y aquellos cuyo acceso no es permitido.
.
Los criterios según los cuales la Policía determina quién ingresa a la plaza no son muy claros y el tránsito de peatones locales se ha disminuido en las últimas semanas. Las vallas, que actúan como la venda colectiva de la que habla Oliver, intenta contener las realidades sociales que circundan el espacio y han permitido que miles de turistas nacionales y extranjeros se fotografíen con uno de los cuerpos voluminosos del maestro Botero. Trabajadoras sexuales, comerciantes, venteros, habitantes de calle, líderes religiosos, transeúntes del centro: la comunidad que interactúa en el territorio hoy se debate entre la percepción de seguridad o el encuentro de la diversidad. Una encrucijada que pone en peligro la posibilidad de que la ciudadanía continúe reunida (y no cohibida) en el espacio público.
*Pareja de turistas admira el Palacio de la Cultura. *Vendedores informales exponen sus productos.
El perímetro marca una clara línea divisora que reconfigura el uso de la plaza. Por un lado se encuentra el turismo apacible, por el otro, el rebusque y la aglomeración de transeúntes.
*Horizonte
El sector del centro en el cual se realizó el cierre reúne varios fenómenos sociales como delincuencia común, riñas, tráfico de drogas, prostitución, migración e informalidad laboral.
* Mujer transita por la plaza (2018). *Turistas extranjeros transitan por la plaza (2023).
A pesar de que se desconocen los criterios que tiene la Policía para permitir el ingreso a la plaza, las personas consultadas coinciden en que el aspecto físico y el tiempo de permanencia en la misma son los principales factores que tienen en cuenta para negar el acceso.
*Hombre mira a través de las vallas
“Quiero expresar que desde siempre mi voluntad fue que este espacio fuera para toda la ciudadanía”, escribió Fernando Botero en una carta que rechazaba la medida. “Que la ciudad transite libremente, así debe estar”, culmina la misiva.
* Trabajadoras sexuales esperan. *Mujer de pie, escultura de Fernando Botero.
“El trabajo se ha mermado, no nos dejan cruzan por cómo nos vemos. Además, nada ha cambiado en cuanto a la seguridad para nosotras. Ayer nos robaron y a la Policía no le importó”, dice Alejandra, trabajadora sexual del sector.
*Ocasionales
En el cruce de la calle Boyacá y la carrera Carabobo se aprecia la vocación del sector. Un templo católico y otro hinduista, moteles, tiendas y farmacias, lugares que colindan y comparten fachadas.
*La mano, escultura de Fernando Botero. *Las manos de ellas.
Prisionera sigues, del vicio idolatrada. Doblemente explotada y por la sociedad, doblemente olvidada.
Fragmento del poema Prostitución: esclavitud – explotación de Luz Mery Giraldo, líder de Las Guerreras del Centro, colectivo de trabajadoras sexuales.
*ACAB.
La movilización del 8M dejó varios grafitis en la plaza. La sigla ACAB –que significa “All Cops Are Bastards” o, en español, “todos los policías son bastardos”– puede leerse mientras se realiza el patrullaje.
*Cundinamarca y Calibío separadas. *Carpa de ingreso.
En total son tres los puntos de ingreso: por la carrera Carabobo con Boyacá, por Bolívar debajo del soterrado del metro y por Carabobo con la avenida León de Greiff. Los transeúntes deben pasar por un espacio menor a dos metros dispuesto por los agentes y las vallas metálicas.
*Big Brother.
La estrategia de seguridad, además del perímetro y la presencia policial, incluye un sistema con 57 cámaras de vigilancia que fueron instaladas días antes del cierre de la plaza.
*Alberto Ávila, fotógrafo y líder de la “zona segura”. * Venteros carnetizados.
“Fue lo mejor que nos pasó, por fin se acordaron de nosotros”, dicen Hector Moreno y Reinaldo Zambrano, venteros que cuentan con permiso. “El cierre en sí le da mucha más seguridad a la comunidad y a los turistas”. Ávila, por su parte, afirma que “la plaza no está cerrada, todos pueden pasar, solo se revisa la presentación de algunos que no permitían la convivencia”.
*En liquidación.
“Pasamos de vender tres millones de pesos diarios a vender solo trescientos mil. De veinte empleados que teníamos, ahora solo hay siete. El cierre nos ha impactado”, afirma Jaime Alberto Taborda, administrador de un negocio en el sector.
*Se arrienda. *Nos quebramos.
Aunque las dificultades de los comerciantes habían surgido desde hace varios meses, el cierre se convirtió en el detonante para que muchos de ellos tuvieran que liquidar sus negocios. “Al parecer eran las putas y los ladrones los que nos compraban, pues a los turistas no les interesan nuestros productos”, apuntó uno de los vendedores.
*Esos son pañitos de agua tibia.
“¿A la Alcaldía de Medellín qué le importa la opinión de los líderes del sector?”, se pregunta el párroco de la iglesia La Veracruz, Rafael Gómez. “Lo digo porque el cierre lo hicieron sin avisarle a nadie. Ahora, los problemas no se los llevaron, los problemas siguen después de la valla”.
*Olla comunitaria (2018). *Bus policial (2023).
“La ciudad supone la construcción del ágora, para que todos los ciudadanos tengan derecho a la palabra. El ágora es la legitimación implícita de la diversidad y por eso es sinónimo de tolerancia. Ser ciudadano es contar con el derecho de la palabra y en caso de no contar con este derecho ni hay ciudadanos ni puede hablarse de espacio público”, escribe Darío Ruiz Gómez, uno de los artífices de la Plaza Botero.
*Testigos del ostracismo.
Para Juli Zapata, a cargo de la curaduría del Museo de Antioquia, el lugar “debe ser un espacio abierto. Hoy no podemos hablar de una plaza pública”. Considera que “ese tipo de valla y ese tipo de cierre es muy paternalista y funciona desde la exclusión, el racismo, la segregación y el clasismo. Solo después un proceso de concertación, han flexibilizado el ingreso”.
*Vista desde el interior del perímetro (2018). *Vista desde el exterior del perímetro (2023).
“A Botero lo maravilló el edificio y la intención de resignificar el Centro con una serie de obras complementarias. Pero todos los involucrados en el proyecto se hacían las mismas preguntas y encontraban diferentes respuestas: cómo llevar la gente hasta el nuevo museo y cómo hacerlo visible”, recuerda Álvaro Morales sobre la planificación de la plaza.
*El muro.
“Como el miedo, el tamaño del muro es cuestión de distancia”. -Mariana Oliver.
Dentro de la Unidad de Cuidados Intensivos pediátrica –UCI–, el aire acondicionado era gélido en comparación con el calor tropical de afuera. En la cama de la habitación yacía recostado un niño de dos años. Sus ojos negros miraban con toda curiosidad el mar de aparatos a su alrededor. Electrodos, cánulas y catéteres estaban conectados a su cuerpo. Su única ropa era un pañal. Su piel era tan blanca como las bolas de naftalina. A simple vista, sus músculos se veían flácidos. Al frente de la cama un televisor proyectaba imágenes de caricaturas.
El pequeño no podía moverse. Su cuerpo estaba totalmente paralizado. Ni siquiera podía respirar por sí mismo. Una máquina lo hacía por él. El monitor marcaba un pulso cardíaco de 100 y una saturación de oxígeno del 95%. Padecía de una rara enfermedad llamada distrofia muscular. Lo único que movía eran sus ojos y sus labios, que descubrían su sonrisa. Una sonrisa que le producían las melodías cantadas por Elkin Franco, musicoterapeuta del Hospital Infantil Concejo de Medellín.
A Elkin lo acompañaba Ivonne Mayorga, musicoterapeuta bumanguesa que estaba de visita por esos días en el hospital. Ella tocaba un xilófono de madera mientras Elkin entonaba unos versos improvisados:
Suena muy bonita en el hospital,
suena, suena, suena muy genial.
Y una melodía hecha para ti.
Yo vengo a cantarte aquí en Medellín.
Suena, suena, suena muy genial.
Y una melodía desde el corazón.
Suena que suena con mucha emoción.
Suena que suena, te quiero contar.
Aquí estamos todos para saludar.
Suena que suena en esta canción,
con una sonrisa desde el corazón.
De repente, Ivonne dejó de tocar el xilófono y sacó a relucir su delicada voz lírica, que burlaba el tapabocas, para susurrar melodías al oído del pequeño. En otras ocasiones, Elkin le daba golpecitos en la mano al niño y le levantaba levemente el brazo siguiendo el ritmo de la melodía. El pequeño no decía nada, pero su sonrisa mueca lo decía todo. Su cuerpo no emitía sonido alguno, pero adentro, su cerebro estaba de fiesta. El monitor ahora marcaba un pulso cardíaco de 85 y una saturación de oxígeno del 99%.
Finalizando la terapia, el niño, solito, comenzó a mover su mano izquierda al compás de la canción. A Ivonne y a Elkin se les iluminaron sus ojos como bombillas y, pese al tapabocas N-95 que llevaban puesto, fue evidente que se sonrojaron. Ellos apenas conocían al niño, pero en escasos quince minutos el hada de la música los había unido en cuerpo y alma.
—Muy bien. ¡Un aplauso, campeón! Chao, mi amor. Ángel de luz, cachetón — despidió Elkin al chico.
—Te vamos a venir a cantar todos los días — dijo Ivonne.
El primero con la música
En diciembre de 2020, la Alcaldía de Medellín inauguró el Programa Integral de Musicoterapia –PIM– en el Hospital Infantil Concejo de Medellín. Se trata del primer centro de salud pediátrico de la ciudad en implementar un programa de esta índole. La iniciativa está dirigida a niños y adolescentes entre un mes y quince años de vida. Según cifras oficiales, se estima que el PIM beneficia a cerca de 7 900 niños.
Más de 70 instrumentos fueron donados por una empresa, Felipe & Chagai Stern. Además, Elkin cuenta que posteriormente recibieron la donación de diez ukeleles por parte de la fundación estadounidense Ukelele Kids Club.
El equipo de musicoterapia está conformado por dos personas. Elkin Franco: antioqueño, carismático y locuaz. Tiene el cabello cogido en cola y su aspecto físico se asemeja al del escritor tolimense William Ospina. Y Elizabeth, una nariñense de tez mulata con timbre de voz dulce y musical como su apellido: Coral. Ambos se desempeñan como docentes de música y tienen título de maestría en Musicoterapia.
Elizabeth y Elkin relatan que el contexto social de muchos de los niños que visitan el hospital es complejo. A este centro de salud llegan niños abandonados, maltratados, desnutridos y abusados sexualmente. “Es posible que (los niños) estén mejor aquí que en la casa”, afirma Elkin. Tanto en los pasillos como en las habitaciones del hospital, es frecuente escuchar el acento caribe de los migrantes venezolanos que llegan a la ciudad buscando un mejor porvenir. “Cada habitación es un mundo”, dice Elkin.
Inicialmente, muchos veían con reticencia la llegada de los musicoterapeutas al hospital. “Antes ni siquiera nos saludaban”, confiesa Elizabeth. Sin embargo, ahora las cosas han cambiado. Cuando los ven pasar por los pasillos son objeto de simpatía, no solo por parte del personal médico y administrativo, sino también de los trabajadores de servicios generales.
Elkin y Elizabeth visten pijama quirúrgica azul oscura. Algunos niños pequeños los confunden con los médicos y sienten temor al verlos porque piensan que les van a aplicar una inyección.
—¿Usted es el doctor? — le pregunta un niño a Elkin.
—Yo soy el doctor de la música — bromea el musicoterapeuta.
Cuando no hay mucho “boleo”, Elkin y Elizabeth les hacen terapia a los médicos, enfermeras y otros empleados del hospital. Eso les permite a estos desahogarse, reducir la carga de estrés y amenizar el ambiente laboral.
Pie de foto: Elizabeth Coral Salas, musicoterapeuta del Hospital Infantil Concejo de Medellín.
Una disciplina humanista
Según la World Federation of Music Therapy, la musicoterapia se define como “el uso profesional de la música y sus elementos como una intervención en entornos médicos, educacionales y cotidianos con individuos, grupos, familias o comunidades que buscan optimizar su calidad de vida y mejorar su salud y bienestar físico, social, comunicativo, emocional, intelectual y espiritual”.
Sin embargo, Elkin explica que la musicoterapia trasciende el ámbito musical hacia el sonoro: “El término música se queda cortico. A veces (en las terapias) no se utiliza ni una estructura o una canción, sino un elemento sonoro. Hay procesos terapéuticos que se generan solo desde el ritmo, y no existe el texto, no existen las alturas, ni las melodías…”.
Las sesiones de musicoterapia se realizan de dos maneras: de forma activa, cuando los pacientes crean música (ya sea mediante la voz o algún instrumento). También existe la musicoterapia pasiva, que se utiliza cuando el paciente no tiene la posibilidad de tocar el instrumento y se dedica solamente a escuchar la pieza musical interpretada por el terapeuta (como es el caso de los neonatos y los pacientes en estado crítico).
Las piezas musicales, por lo general, se interpretan en vivo y de manera improvisada. Esto le permite al terapeuta modificar los parámetros musicales (ritmo, tono, armonía y melodía) de acuerdo con la reacción y observación del paciente. “El musicoterapeuta tiene que ser creativo por excelencia, porque estás trabajando con el paciente en el aquí y en el ahora”, expresa la doctora Clara María Solórzano, especialista en Medicina Psicosomática y musicoterapeuta de la Guildhall School of Music and Drama, de Londres.
Solórzano plantea que entre las cualidades necesarias para un musicoterapeuta también se encuentran la empatía, la recursividad, la paciencia, la tolerancia a la frustración y la sensibilidad. “El músicoterapeuta tiene que poner el corazón”, dice la médica.
Por su parte, Elizabeth explica que al comienzo, por lo general, hay una entrevista con el paciente y sus familiares para definir los objetivos terapéuticos y el formato a utilizar, que puede ser individual o grupal. “Los dos son importantes y los dos son valiosos, dependiendo de lo que el paciente necesite”. Es por eso que debe existir una relación de confianza lo suficientemente fuerte entre el músicoterapeuta y el enfermo, con el fin de establecer una adecuada comunicación, en este caso, a través de la música.
Asimismo, Elkin manifiesta que la efectividad de la musicoterapia radica en la utilización de los componentes de la música y del sonido, que generan el proceso terapéutico, independientemente de las cuestiones estilísticas e incluso culturales. “No es el instrumento, sino la manera en que se utilice ese instrumento. No es el tipo de música, sino la manera como se utiliza esa música”, explica.
Solórzano plantea que si la pieza musical elegida tiene una velocidad inferior o igual a la frecuencia cardíaca basal, además de una armonía simple y repetitiva, genera un efecto relajante en el cuerpo. En cambio, aquellas piezas musicales rápidas y con estructuras complejas (como el jazz) producen un efecto estimulante. El criterio de selección de los sonidos a utilizar depende de los propósitos terapéuticos y del diagnóstico individualizado para cada paciente.
A su vez, Elizabeth hace una precisión importante: la musicoterapia es apta para todo público y no se requiere de saberes previos. “Si tú quieres participar, no necesitas tener conocimientos musicales. Se trabaja con tu música y tu sonido interno”.
Sin embargo, como toda disciplina, la musicoterapia tiene límites. “Nosotros no generamos diagnósticos. Un musicoterapeuta no te va a decir: ‘Este niño es autista, este niño tiene síndrome de Rett… no te va a dar un diagnóstico psiquiátrico, ni emocional, ni psicológico. Si un musicoterapeuta te dice eso, te está mintiendo. Está ejerciendo la profesión de una manera inadecuada”, comenta Elkin Franco.
El musicoterapeuta hace parte de un engranaje que trabaja de manera articulada con el personal médico del hospital. “A partir de un diagnóstico que ha realizado otro profesional de la salud (médicos, psiquiatras, etc.) yo entro a apoyar, a complementar, a sumarme a algunos objetivos para la recuperación o rehabilitación de esa persona desde la musicoterapia”, puntualiza Elkin.
—¿Qué le dirías tú a las personas que miran con desconfianza a la musicoterapia? — le pregunto a Ivonne Mayorga.
—Persona a la que tú le preguntes tiene inmerso el sonido y la música, desde que nacemos. Si hay algo que tiene un impacto, un poder inmenso en el bienestar colectivo y además es no farmacológico, ¿por qué no? Nosotros no sanamos pero, en materia de investigación, la música llega a las células y hay una modificación considerable. La música abraza a todos sin distinción. Es inherente a cualquier situación y estado del ser.
“La música es el alma que vibra en todos los seres”. Esta es la frase que se lee en una de las puertas de la ludoteca del hospital, lugar donde se guardan los instrumentos musicales utilizados en las terapias.
Suena el antídoto
En el quinto piso del hospital, Elizabeth caminaba por el pasillo con un ukelele colgado al hombro. Elkin hacía lo propio con una guitarra acústica. También llevaban un carrito de madera cargado de tambores, ukeleles, xilófonos de madera, maracas, huevos sonajeros, panderetas y un tambor oceánico (llamado así porque produce un sonido parecido al de las olas de mar).
Ingresaron con el carrito a una habitación amplia, fresca e iluminada. En el recinto había seis camas y cuatro pacientes. Entre ellos se destacaba un niño moreno, flaco y simpático que, a juzgar por su rostro, no sobrepasaba los diez años. Tenía una fractura en el brazo izquierdo. Sus dientes brillantes contrastaban con su tez café y cabello crespo color azabache. Su sonrisa quedó al descubierto cuando llegaron los musicoterapeutas. Elkin y Elizabeth lo reconocieron de inmediato. El paciente llevaba varios días hospitalizado.
Este chico fracturado fue el primero en acercarse al carrito para tomar un instrumento. Cogió un tamborcito que llevaba pintados los colores de la bandera colombiana. Elkin se le acercó y le acarició la cabeza, a modo de saludo.
—De uno a diez, ¿cuánto te duele? — le preguntó Elkin al muchacho.
—Cinco — dijo el niño
Uno de los métodos que utilizan los profesionales en musicoterapia en el momento de medir la efectividad del tratamiento, es una escala de dolor de diez puntos (siendo uno, la ausencia de dolor, y diez, un grado de dolor insoportable). Durante cada uno de los cinco minutos que duró la terapia, el chico tocó el tambor con su brazo derecho, demostrando una alegría irrefrenable en cada golpe.
—Queda contratado pa’ la orquesta de Navidad. — charló Elkin con el chico al terminar la terapia. Acto seguido, le volvió a preguntar:
—De uno a diez, ¿cuánto te duele?
—Dos
Al salir de la habitación, Elkin comentó que cuando había visitado al niño a primera hora, este había reportado una escala de dolor de 8 puntos.
La música en nuestro cerebro
En fracciones de segundo, nuestros oídos perciben las señales acústicas (es decir, el sonido) que inmediatamente son transportadas hacia el cerebro, encargado de decodificarlas y darles un significado.
El psicólogo cognitivo y músico estadounidense, Daniel Levitin, afirma que “lo increíble de la música es que no existe fuera del cerebro. Una nota empieza cuando las vibraciones viajan por el aire, lo que hace que el tímpano vibre. Dentro del oído, las vibraciones se convierten en impulsos nerviosos que viajan al cerebro donde se perciben como varios elementos de la música, por ejemplo, tono y melodía. Cuando esos elementos se recombinan, forman un patrón que reconocemos como música”.
“La música afecta al cerebro a tal punto que puede afectar su funcionamiento emocional y cognitivo”, sostiene el neurocientífico argentino, Facundo Manes, en su podcast Pensar de Nuevo. El investigador hace esa afirmación a partir del resultado de un estudio publicado en la revista Nature Neuroscience, el cual plantea que “escuchar música libera la misma sustancia química en el cerebro que cuando comemos una comida rica, que el sexo, y que incluso las drogas: la dopamina”.
Investigadores del Instituto Neurológico de Montreal y la Universidad McGill hicieron uso de neuroimágenes funcionales y registraron los cambios en la temperatura corporal, en la conductividad de la piel, la frecuencia cardíaca y la respiración de los participantes mientras escuchaban sus canciones favoritas. El hallazgo es concluyente: la dopamina se libera en dos áreas cerebrales. “En primer lugar, en anticipación a un pico musical, en el núcleo caudado (sitio clave para el aprendizaje y la memoria). A continuación, durante la experiencia máxima, en el núcleo accumbens (sitio clave de las vías de recompensa y el placer)”.
En un estudio realizado entre el Hospital Mutua de Terrassa y la Universidad Autónoma de Barcelona, se descubrió que “la música es tan efectiva como los sedantes para reducir la ansiedad prequirúrgica”. La investigación se hizo entre junio de 1998 y noviembre de 2001 y contó con la participación de 207 pacientes que fueron sometidos a diferentes tipos de cirugías.
Con este estudio, que tuvo el objetivo de comparar la efectividad de la música frente al uso de un ansiolítico llamado Diazepam en la reducción de la ansiedad prequirúrgica, se llegó a la conclusión de que “no se encontraron diferencias significativas entre ambos grupos (música y sedantes) en cuanto a las variables estudiadas (ansiedad, cortisol, frecuencia cardíaca y presión sanguínea)”.
El entrenamiento musical frecuente implica la interacción de diversas estructuras cerebrales que favorecen el desarrollo cognitivo. Anita Collins, experta en educación neuromusical y profesora de la Universidad de Canberra, asegura que “tocar un instrumento involucra prácticamente todas las áreas del cerebro a la vez, en especial las cortezas visuales, auditivas y motoras”.
Collins también asevera que interpretar y crear música incrementa el volumen y la actividad del cuerpo calloso, elemento situado entre el hemisferio izquierdo y derecho del cerebro. Mientras mayor sea el tamaño de esa estructura, mayor será el intercambio de información interhemisférica y, en efecto, existirán más posibilidades de desarrollar un pensamiento creativo.
Un puente de comunicación
“En mi experiencia, en una de las situaciones que veo que la musicoterapia es muy efectiva, es donde hay un trastorno de la comunicación: donde hay afasia, autismo… donde hay dificultades del lenguaje (que pueden ser adquiridas o congénitas)”, dice Solórzano. Según ella, el arte de la musa Euterpe “es una herramienta muy útil para acelerar el proceso del lenguaje. La música permite expresar las emociones, porque la melodía toca directamente el corazón, el ritmo toca el cuerpo, la melodía va directamente a la emoción y la armonía va directamente a la parte intelectual”.
Carlos Andrés Mesa, licenciado en Dirección Musical de la Universidad de Antioquia, concuerda con Solórzano. “El instrumento musical, además de que estás desarrollando unas habilidades auditivas, motoras, visuales y cognitivas, te está dando la oportunidad de expresar muchas situaciones emocionales en las cuales el ser humano siempre las va a necesitar para desahogar sus inquietudes”.
Cuando la curiosidad despierta
Elizabeth Coral comenzó a interesarse por la musicoterapia cuando se dio cuenta de que había aliviado el corazón de una niña mediante la música. A la academia donde trabajaba, llegó una chica con síndrome de Down. “Nadie la quería recibir. A los otros profesores les daba miedo trabajar con esos niños. Yo le dije (a la niña): ‘Venga, que yo la recibo’”, rememora Elizabeth.
Ella fue franca con los padres de la menor y les advirtió que en ese momento no contaba con las suficientes herramientas profesionales para trabajar con personas que tenían esa discapacidad, pero que estaba dispuesta a transmitirle a la niña la pasión por el arte. “Pasó una cosa muy curiosa que yo no sabía: la mamá, como a los seis meses de estar (la niña) conmigo, estaba súper agradecida. Un día llegó y me dijo: ‘Eli, es que nos quieren hacer una entrevista”.
Antes de que la niña empezara las clases de música con Elizabeth, sus padres debían llevarla mensualmente al hospital a causa de sus complicaciones cardíacas. Pero desde que la menor inició las clases, las dolencias desaparecieron. “No sé qué pasó, no sé tú qué haces en las clases”, le decía la mamá de la niña a Elizabeth. Ahí fue cuando ella descubrió el potencial que tiene la música de modificar comportamientos y encontró en la musicoterapia su camino de vida. Es máster en Musicoterapia de la Universidad Central de Cataluña.
<< Pie de foto: Elizabeth Coral Salas utiliza el ukelele al momento de realizar terapias con los niños enfermos del hospital.
Por su parte, Elkin, trabajaba con comunidades vulnerables y en ese proceso descubrió que el sonido es una herramienta útil para cohesionar grupos. Primero realizó cursos formativos y luego decidió cursar la maestría de Musicoterapia en la Universidad Internacional de la Rioja, España. Sueña con doctorarse en la materia.
A Ivonne Mayorga le sucedió lo más paradójico que le puede pasar a un músico: durante la universidad empezó a presentar amusia, un aborrecimiento total a la música. Comenzó a presentar alteraciones nerviosas fluctuantes, ansiedad y, en ocasiones, perdía la noción espacio-temporal.
Entonces Ivonne tomó la decisión de ingresar a un laboratorio de Musicoterapia en Bucaramanga que recién había fundado la esposa de uno de sus maestros de la universidad. Empezó a meterse en el cuento de la musicoterapia y poco a poco recuperó el ritmo, la afinación y la tranquilidad que hacía rato no encontraba.
Posterior a eso estudió Musicoterapia en la Universidad Internacional de la Rioja y se especializó en Musicoterapia para cuidados intensivos. “Fui paciente inconsciente… Cuando empiezo la formación en musicoterapia me doy cuenta de una serie de cosas en materia celular, en materia nerviosa, en materia psiquiátrica, en la modificación del PH sanguíneo…”. Ivonne se autodefine como una divulgadora de la musicoterapia, desde que se levanta hasta que se acuesta.
Música, ropaje de la humanidad
Los humanos somos seres musicales por naturaleza. Según Memo Ánjel, filósofo y docente de la Universidad Pontificia Bolivariana, el hombre es el más curioso de los animales. Desde el surgimiento de nuestra especie, el hombre ha utilizado las manos para elaborar e interpretar instrumentos, el oído para descifrar los sonidos de la naturaleza y la voz para emularlos.
“Los hombres trataban, de una u otra manera, de imitar los cantos de los pájaros, el ruido de ciertos insectos, el movimiento de las pezuñas de algunos animales sobre las praderas”, cuenta la historiadora Claudia Avendaño en el programa radial Relatos frente al espejo.
En la Biblia se encuentran los primeros vestigios del uso de la música con fines terapéuticos. Las Sagradas Escrituras relatan que David interpretaba el arpa para tranquilizar al iracundo rey Saúl, quien estaba completamente obnubilado por el poder. Saúl era “prepotente y peligroso, y David trataba de calmarlo a punta de música”, cuenta Ánjel en el programa radial de La otra historia.
Por su parte, los griegos “descubrieron que la música podía por un lado reducir la ansiedad y disminuir los pesares del espíritu, pero, por otro lado, podía normalizar el sueño de las personas con insomnio y mejorar la digestión” dice Guadalupe Bence, psicóloga de la Pontificia Universidad Católica, de Buenos Aires. De ahí surge la célebre frase de Platón: “La música es para el alma lo que la gimnasia es para el cuerpo”.
Según la mitología helénica, Zeus y Mnemósine se unieron para dar luz a las nueve musas: las patrocinadoras del arte. Ellas nacieron en noches consecutivas y vivían en el Monte Parnaso, lugar consagrado al dios Apolo. Entre las musas se destaca Euterpe, “señora de la canción, protectora de los intérpretes y musa de la música”, como la describe el periodista Reinaldo Spitaletta.
En América, las culturas aborígenes precolombinas utilizaban la música como herramienta para expulsar enfermedades. Estas eran concebidas como la ausencia de salud a causa de fuerzas mágico-religiosas que se apoderaban de la persona. La música para ellos era una forma de sanación, una especie de conjuro contra los demonios.
En la India, la medicina tradicional ayurveda plantea que el sonido tiene una resonancia en el cuerpo humano y es capaz de producir la curación de diferentes dolencias. Mediante diversos ejercicios en los que predominaba la voz humana, se entonaban consonantes y vocales para estimular el cerebro.
Hace poco más de quinientos años, el sultán Bayecid II (líder del Imperio Otomano entre 1481 y 1512) tuvo un sueño en el que le encargaron construir un hospital en la ciudad de Edirne (actual Turquía). El sultán, habiendo cumplido el sueño, estableció en ese hospital el primer centro de musicoterapia en el Medio Oriente. El lugar contaba con un recinto exclusivo para los músicos y estaba diseñado con una acústica especial que permitía que los sonidos llegaran a todas las habitaciones de los pacientes y, de esa manera, se cumpliera el efecto terapéutico. En el centro del hospital había una fuente de agua, cuyo sonido también servía como elemento relajante y tranquilizador para la buena salud de los enfermos.
Siglos más tarde, durante el esplendor del barroquismo europeo, se comenzó a tejer la leyenda de que un tal Johann Sebastian Bach (1685-1750) le componía canciones al conde von Keyserlingk para arrullarlo en sus noches de insomnio. A esa serie de canciones se le conoce como Variaciones Goldberg.
La musicoterapia se profesionalizó en Estados Unidos durante los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial. En aquella época se abrió un espacio para que los músicos entraran a los hospitales con el fin de mejorar el estado anímico de los veteranos soldados que habían llegado con traumas físicos y emocionales a causa de la guerra. A partir de la visita de los músicos, el tiempo de permanencia de los pacientes se redujo sustancialmente. En 1950 se fundó la American Music Therapy Association y tres décadas más tarde, en 1985, se creó la World Federation of Music Therapy.
En Latinoamérica, Argentina y Brasil son líderes en investigación musicoterapéutica. En ambos países hay pregrados y postgrados en la materia. En Colombia, por el momento, solo existe una Maestría en Musicoterapia en la Universidad Nacional (sede Bogotá). El programa tiene una duración de dos años y pueden acceder a él personas con diferentes profesiones, con la salvedad de que posean amplios conocimientos musicales. En Medellín existen diplomados en la Universidad EAFIT, en la San Buenaventura y en la Universidad de Antioquia.
Intubación con serenata
En la UCI pediátrica del Hospital se escuchaba el llanto desconsolado de una pequeña de nueve años. Elkin e Ivonne se asomaron a la puerta de la habitación. Las lágrimas rodaban abundantes por las mejillas de la niña. Era incapaz de comprender por qué tenía dos cables conectados al pecho. Estaba a punto de ser intubada y su nerviosismo ante lo desconocido la invadía. Y no es para menos. En una UCI el temor de los niños es dormir sin la certeza de volver a despertar.
—¿Qué me van a hacer? — preguntaba constantemente la niña.
—Te vamos a poner anestesia — le decía la enfermera en tono apacible a la niña.
Al lado de la camilla donde reposaba la pequeña había una mesa con instrumentos quirúrgicos (pinzas, agujas, porta agujas, jeringas, etc.) La madre de la niña estaba muda. Sus ojos, achocolatados. Se aferraba a una cobija.
Elkin se acercó a la niña sigilosamente e hizo sonar su guitarra acústica de madera maciza y cuerdas de nailon. Interpretaba un círculo armónico de tres acordes e inventaba melodías que salían de su boca, en un intento por sosegar a la chiquilla. Como por arte de magia, el llanto cesó. El intensivista, que estaba encantado con la guitarreada inesperada, le pidió el favor a Elkin de que continuara con la serenata desde afuera, mientras intubaba a la niña.
Finalizado el procedimiento, el galeno se acercó a la madre de la menor y le dijo, con sus ojos puestos en la niña:
—¿Sí ves como relaja la música? Y a ti también.
Pie de foto: Ivonne Mayorga y Elkin Franco, en la entrada de la UCI del Hospital Infantil Concejo de Medellín.
En el laboratorio de Mateo están estrictamente prohibidas las fotografías, uno de los detalles con los que se expresa respeto a la memoria del difunto. Esta es una imagen de referencia del tipo de procedimientos que se hacen. Fuente aquí.
Mateo Posada lleva hora y media preparando con esmero el cadáver en la mesa de disección del laboratorio. Ya es la una de la tarde. Una vez más, la muerte retrasa su almuerzo. Diógenes Cano, compañero de turno, se asoma por la puerta de vidrio opalizada.
–¡Este hijueputa es muy lento!
–Mijo, las cosas bien hechecitas, responde Mateo.
El segundo cadáver de la jornada pertenece a un hombre de unos 45 años, piel mestiza, nariz aguileña y cabello castaño. Encontró la muerte en un accidente de tránsito. Su rostro es sereno. Tiene los ojos y la boca cerrados, como si durmiera plácidamente. Su alma reposa en el más allá, mientras que en el más acá su cuerpo desnudo yace abierto, con las vísceras a la vista. Está tendido en una mesa hidráulica de acero inoxidable.
El olor no es tan penetrante gracias a que el líquido preservante empieza a cobrar efecto y los cuatro infatigables extractores cumplen su tarea. No hace calor pese a que los tres ventiladores del laboratorio están apagados.
Por tratarse de una muerte violenta, el cadáver fue sometido a una necropsia en Medicina Legal. Los médicos forenses destrozaron el sistema circulatorio, lo que hace más dispendiosa la preparación del cuerpo sin vida.
Después de bañar el cadáver con una manguera, Posada extrae las vísceras. Lo que antes era un hígado, un intestino, unos riñones, un corazón y unos pulmones, ahora es un conjunto de masas amorfas y flácidas que se lava en otra mesa de disección, aparte del cuerpo. Las vísceras (o, más bien, lo que queda de ellas) son introducidas en una bolsa roja con químicos preservantes que Mateo deposita en una caneca para que la sustancia actúe.
Mientras las vísceras se desinfectan, el muchacho introduce en las arterias del cadáver una cánula unida a una manguera conectada con una bomba electro inyectora. Aquel aparato introduce a presión un líquido rojizo, que se llama Tanatil. Sirve para retrasar la descomposición del cuerpo. Es un compuesto de alcohol, glicerina, ácido fénico y colorantes. El formol ya es cuento del pasado. Muchas funerarias desistieron de su uso debido a su potencial carcinogénico para los seres humanos.
Para que el Tanatil fluya con normalidad, debe inyectarse a una presión de cinco libras por pulgada cuadrada, dice Mateo. Si se aumenta la presión, el cuerpo se hincha y se corre el riesgo de romper las pocas arterias que quedan.
Como el sistema circulatorio del fallecido está dañado, Mateo debe hacer una inyección sectorizada, es decir, introducir el líquido preservante en cada una de las extremidades y reparar las arterias averiadas. Comienza desde arriba en las axilares, después en la carótida (en la parte lateral del cuello), y finaliza en las femorales. La idea de este proceso es intercambiar la sangre por el químico conservante.
Después de inyectar el Tanatil, Mateo introduce las vísceras en el cuerpo. Están envueltas en la bolsa roja. Es el momento del “apanado”. Así se le llama en el argot funerario al procedimiento que consiste en esparcir aserrín por la cavidad torácica para secar del cuerpo y evitar el derrame de fluidos durante la velación y el entierro. El olor que emana el aserrín penetra el tapabocas.
El cadáver, “apanado”, ya está listo para la sutura. Mateo, armado con nailon y una aguja en forma de S, cose lentamente la cavidad torácica. Desde el ombligo hasta el esternón. Su concentración se asemeja a la de una abuelita que borda manteles.
El procedimiento es amenizado con rock ochentero. Desde el celular de Mateo suenan las canciones que tiene guardadas en una lista de reproducción: Hotel California, Hold the Line, Sweet Home Alabama, Beds are Burning… “Escucho musiquita pa’ no aburrirme”, dice.
Mateo tiene el cabello engominado al estilo de Elvis Presley. Es flaco, alto, de tez blanca y raudo caminar. Viste una pijama quirúrgica azul oscuro, botas pantaneras, tapabocas y guantes de látex. De sus 22 años ha dedicado cinco y medio a ganarse la vida con la muerte.
Recuerda el 24 de diciembre de 2016 como si fuera ayer. Ese día acompañó a un amigo a recoger un cuerpo. Era una señora de mediana edad. “Me dio mucha impresión”, rememora. Durante aquella Nochebuena también ingresó por vez primera al tanatorio de la Funeraria San Juan Bautista, de Medellín. “Solo he trabajado acá. Esta, literalmente, se vuelve la segunda casa de uno”, cuenta.
Ha preparado unos mil cuerpos. Pese a su corta edad, le ha tocado de todo: niños, personas de talla baja, quemados, decapitados, ahogados y hasta una familia entera asesinada a machetazos. Ya se enfrenta a la muerte sin temor. “Todos nos vamos a ir”, afirma con serenidad de estoico. Eso sí, reconoce con franqueza que prefiere ser cremado. Por su trabajo recibe un millón doscientos mil pesos al mes, más veinte mil adicionales por cada cadáver que prepara. En promedio arregla entre dos y tres al día.
Comenzó empíricamente y después se certificó en el SENA como técnico en Tanatopraxia, nombre que tiene la disciplina de conservar y embellecer los cadáveres con el objetivo de presentar a los parientes y amigos del difunto una imagen lo más natural posible de este. Los tanatólogos, como Mateo, preparan al cadáver tal cual como la familia quiere recordarlo para que los seres queridos puedan afrontar el duelo de una forma más llevadera. “Todos estos cuerpos tienen una biografía”, afirma el joven con aire meditabundo.
Un poco de historia
La tanatopraxia se realiza desde épocas ancestrales, cuando los sacerdotes de Anubis en el antiguo Egipto embalsamaban a los fallecidos y celebraban ceremonias fúnebres en su honor. Siglos más tarde (de acuerdo con el libro Manual de tanatopraxia) Jean-Nicolas Gannal (1791-1852), un oficial del ejército francés que participó en la invasión napoleónica de Rusia en 1812 empezó a experimentar métodos para preservar los cadáveres de soldados galos caídos en el campo de batalla, con el fin de facilitar su repatriación. Gannal se convirtió en el padre de la tanatopraxia moderna.
“El proceso inventado por Gannal consistía en hacer una pequeña incisión en el lado del cuello donde se encuentra la arteria carótida en la que, con la ayuda de una bomba, se inyectaba el líquido conservador (una solución de acetato y de sulfato de aluminio); en dos horas, la operación había terminado y el cuerpo yacía encerrado en un ataúd de plomo. Una operación rápida, limpia y segura”, dice el libro.
La Tanatopraxia en Colombia apenas comenzó a profesionalizarse en los albores del siglo XXI. Anteriormente se realizaba de manera empírica y muchos tanatólogos hacían los procedimientos en los hogares de los difuntos. En 2001 el Tecnológico de Antioquia se convirtió en la primera institución del país en crear el programa de técnico profesional en Tanatopraxia y Disección.
Seis años más tarde (en 2007) el SENA instituyó el programa de técnico en Tanatopraxia, el cual tiene una duración de cuatro semestres. Los aspirantes a este programa deben tener título de bachiller académico, 16 años cumplidos (como mínimo) y pasar un examen “de aptitud y conocimiento”. No se necesita experiencia laboral previa.
Jean-Nicolas Gannal, padre de la tanatopraxia moderna. Fuente de la imagen aquí.
Ana María Chavarría Álvarez, en su texto titulado Términos básicos de tanatología, expone algunos elementos que caracterizan el perfil de los profesionales de la muerte: “El Tanatólogo debe tener, entre otras cualidades, sensibilidad, competencia profesional, paciencia, honestidad, flexibilidad y madurez, pero sobre todo el Tanatólogo tiene que haber explorado su propia espiritualidad”.
Carlos Arturo Murillo, jefe de servicios de la Funeraria San Juan Bautista, dice que en Medellín puede haber entre 80 y 100 tanatólogos en ejercicio, aproximadamente. Según Fenalco, el sector funerario emplea cerca de 13 000 personas en 2 260 establecimientos dedicados a esa actividad en el país. La Cámara de Comercio de Medellín para Antioquia estima que en la ciudad existen 49 establecimientos que se dedican a los servicios funerarios. “Sin embargo, teniendo en cuenta las subregiones antioqueñas, son 177 empresas en total, la mayoría de ellas microempresas”, dice la entidad.
De vuelta en el laboratorio
Mateo termina de coser el tórax del difunto. Ahora se dispone a suturar el cuero cabelludo. Pero antes hay que botar el cerebro. El chico advierte que, si se deja la masa encefálica en el cráneo, el cuerpo se descompone más rápido y se echaría a perder todo el procedimiento. Entonces utiliza su creatividad para construir una figura similar al cerebro, mezclando algodón con el aserrín sobrante.
El embellecedor de muertos debe bañar nuevamente el cadáver para quitar los restos de aserrín que quedan en la piel. Después de la segunda ducha, procede a limpiar el cuerpo con jabón de cocina. Pues dice que se les acabó el shampoo especial para desinfectar el cadáver. Luego, se dedica a taponar las fosas nasales y la boca del fallecido con algodón. Acto seguido, lo afeita y lo viste. La familia eligió ver al difunto por última vez con bluyín y una camiseta playera con estampado de palmeras y flores. “Está bonita la camiseta”, dice el tanatólogo.
El hombre se dirige hacia uno de los gabinetes del laboratorio y saca una cajita de plástico que contiene labiales, delineadores de ojos, brochas para el rubor, pinceles, cremas hidratantes y paletas de colores. “Aquí llega la vanidad de las personas”, dice. Hora del maquillaje: hora de disimular los vestigios de la muerte. Poco a poco, Mateo hace desaparecer los moretones del rostro. “Esto es de mucha creatividad. Todo va en los detalles”, reflexiona mientras une los labios del difunto con pegamento.
La tanatoestética es uno de los procedimientos que hacen parte de la tanatopraxia. Imagen de referencia. Fuente aquí.
Son las 2:23 de la tarde. Mateo se retira del laboratorio para traer el cofre. El cadáver y la música acompañan al cronista. Los dos minutos que tarda en volver parecen dos horas. Regresa acompañado por cuatro colegas de la funeraria, quienes lo ayudan a introducir el rígido cuerpo en un ataúd marrón. A las 2:30 se llevan el cadáver en la pijama de madera, listo para el sueño eterno.
Sin embargo, al escuchar el motor del carro fúnebre al encenderse, Mateo sale corriendo desesperado y grita:
– ¡Ey, no lo monten todavía!
Se acordó a tiempo de que no le había colocado el escapulario al difunto. En aquel momento se me viene a la mente la frase que me había dicho minutos antes: “Todo va en los detalles”. Ahora sí, el fallecido puede partir tranquilo.
Son las 2:45. La muerte, por fin, le permite almorzar a Mateo. Los tanatólogos de la funeraria San Juan Bautista suelen matar el tiempo en Delicias El Corral, una panadería donde este chico se devora en cinco minutos un pastel ranchero de queso y salchicha. “Yo como mucho, güevón”. Habla con la satisfacción de un niño con juguetes nuevos. En cambio, a mí, el recuerdo del difunto a duras penas me permite tomar una Coca-Cola.
“Todos saben lo que van a hacer el día de su cumpleaños, pero nadie sabe lo que va a hacer el último día de su vida”, reflexiona Guillermo Jaramillo, un hombre calvo y bonachón que lleva más de 15 años en el oficio de la tanatopraxia. Mateo y sus colegas quizá ya no se acuerden del difunto. Yo, por más que intente, jamás lo podré olvidar.
Nota: una primera versión de este texto se publicó en el weblog del autor.
—-
Reseña
Esta crónica es el relato vivo y espontáneo de una inmersión en un laboratorio de tanatopraxia en una reconocida funeraria del barrio Prado, de Medellín. Es el enfrentamiento directo y sin escrúpulos del cronista con la muerte: el acto de poner en palabras el proceso al que es sometido un cuerpo sin vida antes de ser sepultado. La Tanatopraxia es mucho más que preparar cadáveres: es el oficio encargado de embellecer y dignificar la muerte humana.
Sara Rodríguez Lopera / sara.rodriguezlo@upb.edu.co
En algún tiempo se pensó que los grupos al margen de la ley eran la única figura de poder y admiración para los jóvenes de la comuna 13. Ahora, son numerosas las iniciativas comunitarias que surgen como oportunidades para romper con este estereotipo. Una de ellas es el circo Arte 13, un espacio donde se despliegan, para la juventud, experiencias físicas, cognitivas y laborales que antes no existían, mediante la tarea de despertar la pasión por el arte circense.
Estos artistas han logrado expresarse y despertar el interés de los más pequeños en un nuevo proyecto de vida.
Foto: María Camila Acevedo Tangarife.
La comuna San Javier, mejor conocida como la comuna 13, está ubicada en el occidente de la ciudad de Medellín; limita con las comunas Robledo y La América, y con los corregimientos de Alta Vista y San Cristóbal. Además, cuenta con 19 barrios, entre ellos, El Salado. Este limita con algunos otros barrios como 20 de Julio, Las Independencias y Nuevo Conquistadores.
Esta zona del occidente de Medellín se hizo tristemente reconocida por su pasado violento tras la las operaciones militares del año 2002, pero hoy se le conoce más como un territorio que ha tomado el arte como herramienta de memoria y resiliencia, que convirtió el lugar en uno de los sitios turísticos más reconocidos en la ciudad, gracias a ofertas culturales como sus recorridos temáticos por la zona, entre los que se destaca el llamado Graffitour.
La vida en El Salado, uno de estos barrios se hace en la calle, la casa solo es para dormir: los vendedores de “raspao” y platanitos fritos esperan a que los niños terminen su jornada escolar, en las panaderías se cierran negocios y las escaleras de la cancha de fútbol se vuelven el lugar donde los enamorados se encuentran para conversar. Mientras más se sube por las calles de este barrio, se ven más casitas que, por sus materiales, parecen recién llegadas, más mototaxis pitan y más estrecha se vuelve la acera, que llega incluso a desaparecer.
A unas tres cuadras de El Salado comienza el Graffitour, un paseo entre lo turístico y la vida que llevan los habitantes de la comuna 13, pues se podría decir que algunas de sus paradas como la que se hace en la Unidad de Vida Articulada (UVA) Huellas de Vida de San Javier, la Casa de la Justicia 20 de Julio, la cancha San Javier Salado Arenilla, la Biblioteca Pública Comfenalco Centro Occidental y la Institución Educativa La Independencia – Sede amor al niño, no son especialmente atractivos para los turistas con ánimos de tomar fotos, beber cerveza y gastar en artesanías locales.
Aun así, esto no significa que El Salado sea ajeno a la vida que cuenta el Graffitour, pues allí, de hecho, habitan personas que trabajan en el turismo y dependen de la sed, hambre y necesidad de distraerse de los visitantes. Una de las maneras más recurrentes que usan los habitantes de la comuna 13 para entretener y dar a conocer su historia es mediante el baile, junto al canto, el muralismo y, más recientemente, el circo. Ahí es donde Arte 13 ocupa un importante lugar.
Vendedores de “raspao”, “mecato” y BonIce ubicados a la salida de la I. E. Educativa – Sede amor al niño, esperando a que los niños terminen su jornada escolar. Foto: Sara Rodríguez Lopera
La UVA Huellas de Vida de San Javier y la Casa de la Justicia 20 de Julio son de los lugares más significativos e importantes dentro de la comuna de San Javier. Foto: Sara Rodríguez Lopera.
Arte 13
Autodefinida como “una organización artística dedicada a la formación de niños, niñas y juventudes en situación de vulnerabilidad”, Arte 13 es una organización juvenil que “se enfoca en las artes circenses como estrategia pedagógica para la transformación social (…) en donde se sostienen semilleros de circo social, que reflexionan en torno a diferentes problemáticas sociales”, según uno de sus líderes, Julián Salazar.
Todo comenzó en lo que ahora es la UVA Huellas de Vida de San Javier, cuando la corporación Combos se encontraba realizando talleres para un proyecto de pedagogía vivencial. Entre estos talleres había uno para aprender a montar zancos. Para ese entonces, Julián Salazar, Sebastián Salazar y Alexis Cano cursaban noveno grado en la Institución Educativa La Independencia sede bachillerato y cuando vieron los zancos, se interesaron por cursar el taller.
Una vez dominados los zancos y terminado el curso, un profesor les regaló seis pares de estos artefactos para que continuaran practicando y de esta manera se convirtieron en los fundadores de lo que después sería toda una organización promotora del arte. A ellos se sumó su amigo Harold Arbeláez, quien recuerda que: “Cuando apenas estaba empezando Arte 13, bajábamos a practicar zancos en la sede de una corporación llamada ACJ (Asociación Cristiana de Jóvenes)”. Fue allí donde se regó la voz de que se estaba iniciando un circo. Poco a poco las personas se motivaron y el grupo comenzó a crecer, la comuna los reconocía como artistas y de allí salió su nombre. Más tarde, se gestionó con la I.E. La Independencia el préstamo de sus instalaciones para la práctica, pues además de que su ubicación era cerca y central, ya había colaborado para guardar materiales en iniciativas anteriores de sus egresados que participaban en el nuevo circo, por lo que mantenían intacto su vínculo con la institución.
Chicos y chicas desde los 14 hasta 28 años llegaron a Arte 13 por dos razones: gracias a su descubrimiento en las múltiples presentaciones en el Graffitour y por medio de la invitación de un amigo o integrante del grupo. Hoy en día el grupo cuenta con alrededor de 33 integrantes; sin embargo, a los entrenamientos asisten unas 15 personas. Según los artistas, esta asistencia está alimentada por tres intereses: porque quieren aprender circo, porque el entrenamiento les permite entretenerse y divertirse, y porque los chicos pueden despejar su mente. Dicen que cuando se entrena no importa nada más que lo que se está haciendo; cada uno es libre de elegir qué quiere aprender, practicar o mejorar. A veces entrenan individualmente, otras veces se unen en pareja y cuando se van a hacer trucos en el aire, casi todo el grupo está presente para atajar a quien esté en la cima.
De izquierda a derecha:
Institución Educativa La Independencia – Sede amor al niño; donde se realizan los entrenamientos de Arte 13. Foto: Sara Rodríguez Lopera
Harold Arbeláez en el papel de Clown y Sebastián Salazar como zanquista en la celebración del día del niño en la I. E. La Independencia – Sede amor al niño, primaria. Foto: Maria Camila Acevedo Tangarife.
Julián Salazar durante una actividad en el Parque de El Poblado. Foto: Cortesía.
Su hogar
Antes de la pandemia, Arte 13 tenía una pequeña casa al lado de una de las famosas escaleras eléctricas; allí los turistas e interesados iban a aprender y apoyar el arte circense. De ese modo había una forma de sustento económico y de entretención para los chicos, esa era además la sede para planear los futuros proyectos. Sin embargo, durante el confinamiento no había quién riera con los clowns, se asombrara con los zanqueros, ni se entretuviera con los malabares; no había manera de pagar el arriendo y tuvieron que abandonar aquella casa que se había convertido en su segundo hogar. El lugar, que era el segundo piso de una construcción de tres, ahora pertenece al Museo de Café, que ocupa los tres niveles de la construcción.
La I. E. La Independencia – Sede amor al niño, nunca dejó de ser el lugar de entrenamiento, pero ahora, los zancos, los disfraces y los monociclos debían guardarse en una pequeña bodega al lado del salón de música. La bodega, divida en tres secciones (una donde alojan los zancos, otra el vestuario y la última para las clavas, diábolos, cintas y demás), se convirtió entonces el reemplazo de la anterior casa.
Antes de comenzar el entrenamiento, todo el grupo se reúne en un círculo para calentar y activar el cuerpo mediante juegos. Luego, cada quién decide qué hacer y con quién hacerlo. Foto: Sara Rodríguez Lopera. El Museo de café, antigua sede de Arte 13, es un espacio en el que los turistas conocen el proceso de esta bebida. Foto: Sara Rodríguez Lopera
Aunque aparente ser pequeña, la bodega que sirve como nueva sede posee el suficiente espacio para alojar zancos de hasta tres metros de altura, más de 25 vestuarios y alrededor de 40 clavas. Foto: Sara Rodríguez Lopera.
El día a día
Cada miércoles y viernes a las seis y diez de la tarde, los chicos suben las escaleras que finalizan en la entrada del colegio. Dentro de él, un portero sentado en el lado derecho los espera y les da un apretón de manos después de abrir una corroída y ruidosa puerta metálica que deja ver el interior de la institución. Lo primero que se ve adelante es la cancha donde generalmente entrenan (cuando llueve lo hacen en el auditorio), a la derecha continúa un corredor que da a unas escaleras las cuales llevan, después de otro corredor, a la bodega donde almacenan sus pertenencias. A medida que van llegando los integrantes, se bajan los elementos con los que se desea practicar ese día y cuando el reloj comienza a pasar de las 6:15 de la tarde, el calentamiento inicia. Poco a poco van llegando los demás practicantes, provenientes del trabajo, estudio o de algún compromiso. Se quitan los jeans, se ponen pantaloneta o leggins, algunos se recogen el cabello y se unen al calentamiento. A las 7:40, 8:00 u 8:10 de la noche se termina el entrenamiento, a veces con más, otras veces con menos personas de las que llegaron al inicio.
No es una fortaleza la puntualidad en Arte 13, ni a la llegada ni a la salida, pues la gran mayoría de los artistas trabaja, estudia o ayuda en la casa. Harold cuenta que cuando terminó bachillerato tuvo que retirarse por unos seis meses porque comenzó a trabajar para poder suplir sus necesidades. Hay integrantes del grupo que se van por días, meses, e incluso años y luego regresan. Harold cuenta que, al unirse de nuevo a Arte 13, reconoció sus habilidades y entendió que se le puede ayudar a las personas sin tener un título: “Comencé a desarrollarme como persona y a buscar mejores empleos”, asegura. “Hable con Tumix que él es un teso en el diábolo”, “Dígale a Ema que le explique cómo hacer una vuelta estrella”, “Juli te enseña malabares, aprendés de una con él”, mejor dicho, pregunte por lo que no vea, que en Arte 13 sobra talento y ganas de enseñar.
<<A “Tumix” el apodo le viene del colegio; sabe hacer malabares, trucos con el diábolo, maquillar y hacer equilibrio en la rola bola. ¿No sabe hacer ninguno de ellos? No se preocupe porque entre sus actividades favoritas está enseñar.
Foto: María Camila Acevedo Tangarife
Más allá del arte
Además del talento y las ganas de enseñar, la salud mental en Arte 13 se trabaja a la par de lo físico. De hecho, durante el calentamiento se hacen ejercicios de respiración, control de las emociones y concientización de la práctica. En ellos se cierran los ojos, se grita y llora; también, al final, se discute sobre cómo se sintieron los artistas durante el entrenamiento. Emanuel, líder y Clown encargado de abrir los espectáculos, afirma que Arte 13 “también enseña a convivir en comunidad con valores como la confianza y la solidaridad. Se les enseña disciplina, que todo es trabajo y constancia”. En la misma línea, Julián, complementa que: “Los malabares, los zancos, las acrobacias y la práctica circense en general permite no solo tolerar la diferencia, sino ponerse en el lugar de los otros”. Incluso la mayoría de chicos del grupo están de acuerdo en que con el circo se han convertido en personas más empáticas, comprensivas y serviciales.
De la misma manera, la salud mental en Arte 13 ha tenido repercusiones por fuera del grupo. Los chicos afirman que han experimentado un cambio y una transformación no solo en sí mismos, sino también en la relación con sus familiares y amigos, en la percepción de su realidad y en su manera de hablar. Desde que se pasa por la puerta de la institución, todos los problemas quedan afuera y las palabras de aliento inundan el lugar: “Téngase confianza”, es la más recurrente. Se saludan como si no se hubiesen visto en mucho tiempo y se abrazan como si no se fueran a volver a ver. Los líderes se encargan de recordarles a los chicos que lo más importante es el corazón y las ganas que se le pongan a este arte, que a pesar de que no tengan clavas para hacer malabares, las bombas llenas de arroz o arena sirven para comenzar, como les tocó hacer al principio.
Harold cuenta que alguna vez trabajó en un laboratorio con jornadas de hasta 12 horas para poder suplir sus necesidades, pero ahora porta con orgullo una camisa con el logo del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (ICBF), trabajo en el que ya lleva seis meses y que consiguió gracias a la experiencia que le aportó Arte 13. Porque sí, el arte circense surge como una alternativa, pues gracias a los compromisos que adquieren en el entrenamiento y los talleres, diplomados y cursos que propicia Arte 13, es que los chicos tienen la oportunidad de obtener y aplicar a trabajos con ingresos económicos estables. Los integrantes del grupo están de acuerdo en que, con lo que han aprendido en Arte 13, podrían trabajar y generar ingresos económicos.
El show
Los espectáculos del grupo se cobran de acuerdo con el tipo de cliente que requiera de sus servicios. Por ejemplo, en el caso de una entidad constituida, se le cobra el transporte, maquillaje y vestuario; mientras que a la I. E. La Independencia – Sede amor al niño, no se les cobra, pues además de que la institución les brinda el lugar para entrenar, lo que les interesa es contribuir al cambio y trasformación de los chicos, no solo no solo en lo personal sino también social, pues los espectadores, en su gran mayoría niños de primaria, ven en ellos una figura de poder y admiración que pueden alcanzar; los respetan por lo que hacen y no por lo que tienen.
Llegado el día de alguna demostración, los jóvenes artistas se visten con sus coloridos y brillantes trajes, luego Harold saca una cosmetiquera negra a la que ya no le funciona el cierre y se enfoca en ponerles la cara blanca y los ojos coloridos a sus compañeros; otros pocos, como Emanuel, se maquillan por su cuenta. Este último es Clown y encargado de abrir los espectáculos; antes de salir, mientras suena la canción Alegría del Circo del Sol, realiza un pequeño ritual para conectar con su personaje. El Clown sale y anima al público, hace trucos con el diábolo y algo de mímica; luego, salen los zanquistas, altos e imponentes, la chica de gimnasia rítmica también entra en escena con sus cintas, aparece además un segundo Clown, y así cada integrante interviene en el espectáculo haciendo lo que mejor sabe hacer. Al final de la presentación se toman de la mano y hacen la venia; los espectadores se emocionan y rompen las filas para ir a saludarlos, abrazarlos y tomarse fotos con ellos. Sus ojos brillan, desean tocarlos, que los vean: quieren ser ellos. Después de cinco minutos las profesoras intervienen para volver a las filas y al orden.
En celebraciones como el día del niño, aquí con los estudiantes de la I. E. La Independencia – Sede amor al niño, los artistas proyectan todo su talento y reciben la admiración de los espectadores. Foto: María Camila Acevedo Tangarife.
<< Harold suele maquillar a todos los artistas en tiempo récord. Solo necesita un par de sombras de colores, un pincel y un pinta caritas blanco. Emanuel, en cambio, se aparta del grupo y pronuncia sus cejas con un lápiz negro. Foto: Sara Rodríguez Lopera
Una elección
Arte 13, más allá de los espectáculos y los entrenamientos, ha generado un espacio en el cual se ha posibilitado el surgimiento de oportunidades a nivel físico (manejo de zancos, habilidad en los malabares), cognitivo (nuevos lenguajes y percepción de la realidad) y laboral (talleres, cursos y diplomados). Líderes como Julián Salazar, Sebastián Salazar, Harold Arbeláez, Deisy Flórez y Emanuel Rivera se han convertido en nuevas figuras de admiración que incentivan, además de la autosuperación y sentido de pertenencia hacia el grupo, la reflexión en torno a su contexto y la posibilidad de un cambio, de una elección, tal y como dice Harold: “Arte 13 me dio la autonomía de decidir lo que quiero hacer”, pues ahora sus alternativas no se limitan a ser parte de lo que dejó el conflicto armado sino que converge en un mundo de posibilidades que tienen como alternativa la transformación tanto de sí mismos como de la comunidad. Gregorio Enríquez, antropólogo y profesor de la Universidad Pontificia Bolivariana, asegura que: “Cada joven que decida irse por el arte deja a un lado la violencia”, y los chicos de Arte 13 ya tomaron su decisión.
Simmon David Ayala Mosquera y Valentina Giraldo Restrepo*.
No era yo el único sorprendido cuando, a clase de seis de la mañana, Valentina llegaba contando que había desayunado caldo de pescado, patacones y tilapia frita en la madrugada. Ahora, después de recorrer junto a ella los comedores donde se sirve lengua, oreja, sancocho y sudado de careta antes de que amanezca, me doy cuenta que las particularidades son propias de las plazas de mercado.
Plaza Minorista José María Villa. Foto: Simmon David Ayala Mosquera.
Una mujer tomando Pilsen en una cantina de La Minorista, riendo junto a un cura de sotana negra y tinto en mano, bajo el calor infernal del mediodía. Una vitrina de seis niveles repleta de Cristos Caídos y Guadalupanas entre pandequesos, plátanos y lociones amarra hombres en la Plaza de La América. Un Frisby en medio de gallinas despecuesadas en plena Mayorista.
Y es que la creación de las plazas, al menos en Medellín, tampoco está exenta de particularidades. Tuvo que ocurrir un incendio en el mercado de Cisneros en Guayaquil — una zona que llevaba tiempo buscando ser modernizada — para dar paso a la creación de La Minorista y las plazas satélites, una inversión de 25 millones de pesos en 1969 que intentó solucionar el problema del abastecimiento y los vendedores ambulantes.
Los comerciantes, según un estudio de la firma Ingenieros Arquitectos Consultores (AEI), pasaban turnos de 12 a 15 horas los siete días de la semana en Guayaquil y dejaron su cotidianidad para moverse en su mayoría a la ya conocida Plaza de Flórez y a esos cinco puntos satélite: Castilla, Belén, Guayabal, Campo Valdés y La América.
Los problemas no se solucionaron, pues las ventas callejeras solo se movieron del centro a las periferias. Las inconformidades no se hicieron esperar y los vendedores formaron grupos sociales reaccionando a la falta de atención a sus necesidades. El proyecto liderado por Empresas Varias no dio los resultados esperados y en un informe de 1983 ya se empezaba a hablar de negociar la salida de las plazas, que costaban más de lo que producían. Hoy sobreviven la plaza de La América y Campo Valdés.
Resulta difícil hablar de las plazas en general, cada una es un mundo en sí misma con unas dinámicas muy propias y, a pesar de ser tan diferentes, tienen un elemento común: son un gran centro de encuentros e intercambios. Ramiro Delgado Salazar, profesor del Departamento de Antropología de la Universidad de Antioquia, cuenta que las plazas de mercado son un espacio más que necesario para las ciudades, existe una relación obligatoria con ellas pues allí se intercambian insumos, se crean vínculos con el otro y, al final, todos de alguna forma u otra tenemos que algo que ver con ellas.
En 1993 Benjamín Quiñonez, ex-gerente de Carulla, afirmó con plena seguridad que las plazas de mercado se iban a acabar. El tipo decía que los autoservicios y supermercados estaban desplazando, gracias a su funcionalidad, la cantidad de problemas sin solución que según él había en los mercados populares.
Ya han pasado casi treinta años y como dicen en la calle, ahí siguen dando guerra. Las amenazas a su existencia podrían parecer cada vez mayores: las tiendas tipo hard discount como D1, los supermercados de toda la vida y sus formatos vecinos y las plataformas digitales que le llevan a uno a la casa todo lo que necesite. Sin embargo, guiados por un pensamiento similar al del señor Quiñonez, le preguntamos a Álvaro Molina cómo veía el futuro de la plaza y él respondió que mientras las ciudades existan, las plazas de mercado también.
Decidimos creer en esa premisa, por un asunto que más allá de la lógica parte del deseo. Cómo imaginar una Medellín en el centro sin carretilleros descolgando por las rampas de la Minorista y dejando en el camino uno que otro limón, o sin el calor de los fogones del sector Quincalla y sus pregoneros indicando que se ha llegado al lugar perfecto para almorzar. Seguramente la ruta de bus de San Antonio de Prado no sería la misma sin pasar por la Mayorista. Dónde encontrar muestras de lo que es el regateo puro y duro, la negociación en su máxima expresión y la labia casi hipnotizante de quienes se dedican a vender desde cacharros hasta gallinas vivas. Jamás, un comedor como el de una plaza.
La muerte del mercado popular sería en sí la muerte de la parte más abrasadora de la ciudad y, a su vez, el olvido de una lucha ciudadana: la de los comerciantes y rebuscadores que vivieron las duras y las maduras en la antigua plaza El Pedrero en Guayaquil, entre incendios y abusos de la fuerza pública y que hoy, después de años de requerimientos, amenazas y trabajo incansable se hicieron con un lugar en una de las plazas que existen en Medellín. Las plazas de la tradición, el recuerdo, la esencia y el encuentro.
Este comedor interactivo contiene las historias, platos y personajes encontrados en un recorrido por seis plazas de Medellín y sus alrededores. Toca cada plato para conocer una plaza diferente:
—-
*Este trabajo se publicó originalmente en el blog de los autores, en desarrollo del curso Laboratorio de producción periodística.
El municipio de Carmen de Viboral es reconocido por su cerámica, las vajillas y la pintas a mano en esmalte; creaciones reconocidas como un patrimonio cultural inmaterial, pero ¿Qué es lo que lo hace tan especial? Y ¿por qué es un patrimonio cultural?
No se trata solo de una artesanía, la cerámica de el Carmen de Viboral es motor del crecimiento local.
Foto: alcaldía de El Carmen de Viboral.
Hay mucha cerámica en el Carmen de Viboral. Las variedades son muchas: está la cerámica roja y sobre esmalte; sin embargo, la cerámica decorada a mano bajo esmalte es la más representativa. Es una tradición que lleva más de 123 años, ha pasado por altos y bajos, momentos de transformación y puntos de inflexión. No obstante, más allá de lo económico, esta ha transformado al Carmen en temas de educación, urbanismo, servicios públicos, tecnologías, conformación o composición familiar. Es gran parte de la identidad local y tiene un lugar dentro del imaginario social carmelitano, para que se le dé el valor que se merece.
En su procedimiento reluce lo valioso y llamativo de este patrimonio cuyo esplendor no es repentino. Desde un principio y más o menos hasta la mitad del siglo XX, la cerámica era vista como algo industrial, más que artesanal. Las personas encargadas de hacerlo no eran artistas, sino obreros que tenían unos conceptos como moldear y el barro líquido. Es ahí donde en 1987 llega un personaje muy importante para la sociedad carmelitana: José Ignacio Vélez, un diseñador de la Universidad Pontificia Bolivariana, que siempre tuvo una inclinación por lo rural, el campo, las artes y la alfarería.
En este año lo llamaron a trabajar en las artesanías de Carmen de Viboral, pero cuando llega se encuentra con la realidad, como lo menciona él: “Cuando llegué, me di cuenta de que los artesanos no eran muy artesanos, sino que eran más obreros, no sabían el torno alfarero, no dibujaban bien, no eran ni artistas ni artesanos, pero habían aprendido unos procesos industriales”.
Es ahí donde empieza a trabajar en educar a los obreros en temas artísticos y nuevas técnicas. En 1994, lo llaman de Continental, la empresa de cerámica más reconocida y grande del momento, con 350 trabajadores y más de 2000 personas involucradas en el proceso de la empresa. Tres años después, la empresa cerró y se desencadenó una crisis social y cultural.
Según Yeison Castro, director del Instituto de Cultura de Carmen de Viboral, hay muchas causas por las que se dio la crisis, algunas son hipótesis y otras son realidades conocidas. Entre las principales está, la inconformidad con los ejercicios industriales que eran rudimentarios y la necesidad de condiciones laborales más dignas para un grupo de obreros, lo cual género protestas por injusticias como que los niños trabajaran y que las mujeres, que eran las encargadas de decorar, fueran vistas como unos recursos y ganaran menos que los hombres.
Además, hubo muchas empresas que no fueron capaces de adecuarse a las demandas del mercado y el territorio, como el cambio de hornos de leña a carbón, la consecución de los materiales, puesto que con la tecnología se transformó todo el ejercicio, entre otras. También está la hipótesis de que la cerámica del Carmen no era homogénea, ya que las personas que salían de los grandes talleres montaban sus propios espacios, cada uno con sus métodos, que muchas veces no eran los mejores, puesto que algunos eran craquelados, otros amarillos y tenían unas inconsistencias que cuestionaban la procedencia del Carmen de Viboral.
Así mismo, se empezó a hablar de que sus piezas tenían residuos de mercurio en su creación, lo cual era nocivo para el consumidor. Finalmente, la llegada del plástico y la porcelana china transformaron el tema del consumo alrededor de quién compra la loza carmelitana.
Algunos exempleados de la empresa Continental como José Ignacio Vélez y Olga Ligia Betancur, se pusieron en la función de reinventar y replantear no solo la cerámica en cuanto a las vajillas y la producción, sino también la estética urbana del municipio. Querían que este elemento tan emblemático resurgiera desde todos los aspectos posibles y se cambiara la visión con la que se venía.
Empezaron una búsqueda de soluciones para sacar adelante al Carmen de Viboral y lo encontraron en la estética urbana, con proyectos como la Calle de la Cerámica en el 2006, 2007 y 2008, la Calle de las Arcillas en 2013-2014 y el Parque Principal Simón Bolívar, con la Torre Bicentenaria en el 2015-2016, que hace alusión a las chimeneas y los 200 años del municipio.
En cuanto a los talleres de cerámica, se empezaron a replantear nuevos diseños a partir de unos códigos establecidos, siempre respetando la tradición y así como en 1999 llega el taller Cerámicas Renacer, gracias a José Ignacio y Nelson, un compañero que había trabajado con él en Continental. En un principio, arrancan con un equipo de siete personas a hacer un taller de decoración, en el que se desarrollaron todos los diseños tradicionales y otros que expandieron la manera de generar la pincelada en lo visual.
En la actualidad, Renacer tiene más de 100 personas trabajando y su nombre le recuerda a los carmelitanos la posibilidad de volver a empezar y cambiar. Este taller y Viboral Cerámicas son los talleres más grandes del momento, este último con estilos más innovadores y modernos, pero ambos trabajan de la mano.
El cierre de una gran fábrica de cerámica condujo a los carmelitanos a a abrir camino con su propio talento, que superó la calidad de la vieja factoría. foto: Alcaldía de El Carmen de Viboral.
Lo valioso del proceso
Actualmente, hay entre 30 y 35 talleres, en su mayoría artesanales, laborales y domésticos. La empresa Corona provee la pasta cerámica y las materias primas, ya no se hace como antes que la materia prima se sacaba en el lugar como parte del proceso productivo, ahora lo que se hace es el proceso artesanal para decorar, esmaltar y vender.
Una vez se tienen los materiales, se hace lo que los carmelitanos llaman como “colado”, el cual tiene dos técnicas, una para pasta sólida y otra para pasta liquida con las que se hacen piezas diferentes y se utilizan herramientas distintas.
En cuanto a la pasta sólida, esta se utiliza para formas más regulares y su proceso comienza con un molde de yeso para darle forma a las piezas. Este proceso puede durar minutos y ya después se dejan secando una hora y media, aunque muchas veces puede variar la duración según el clima.
Una vez las piezas se secan, pasan a ser pulidas y lavadas. Para este procedimiento, según la pasta, se varían las herramientas con las que se hace. Las orejitas que acompañan las tazas son hechas y moldeadas aparte, pero cuando una pieza termina de ser pulida y secada, se le añaden las orejas.
Cuando hablamos de pasta líquida, esta se utiliza para piezas y formas más irregulares, sus moldes son diferentes, tienen dos lados y varían según lo que se vaya a hacer, pero primero se rellena con la pasta líquida, una vez esté más firme y seca, se hace la profundidad o el hueco que tenga la parte de la vajilla por uno de los lados del molde y después se saca de este una vez esté seco. Luego se pulen y se limpian para darles un acabado diferente. Una vez las piezas estén pulidas, pasan a su primera parada dentro del horno. Este se pone a 1200 grados por 10 horas, una vez salen listos para pintar se les llama bizcochos.
Por solo una pieza pueden pasar entre seis a ocho manos y es que tanto el detalle, como el acabado son muy importantes y emblemáticos para los carmelitanos. Finalmente, se llega a la etapa donde sucede la magia y es cuando se hace la decoración a mano bajo esmalte. Todas las decoraciones del Carmen de Viboral están inspiradas en flores, sin embargo, cada taller utiliza estilos diferentes para representarlas, no solo con figuras, sino también con colores; algunos son más tradicionales como las que se encuentran en Renacer que utilizan el color azul y el blanco y otros talleres más diversos con colores pasteles y diferentes tipos de flora.
Las pinturas que utilizan son pigmentos minerales en polvo que resisten al calor y sus colores varían según la colección. Dependiendo de las figuras que toque hacer y la pieza de la vajilla, varia el tiempo. En un solo piso, sobre 14 mesas largas, hombres y mujeres se dedican a darle vida a la cerámica y formar lo que hoy en día es reconocido como patrimonio cultural inmaterial.
Después de ser pintadas, las piezas pasan a ser esmaltadas y la pinta queda completamente blanca, lista para volver al horno otras 10 a 15 horas y salir con los pigmentos de color mucho más potentes, listos para ser empacados y expuestos al público.
Entonces, vuelve la pregunta de por qué es valioso este proceso y es que la cerámica y su pinta han hecho que la sociedad carmelitana se identifique y crezca alrededor de estas. Es una tradición que ha pasado por generaciones, cambió las dinámicas de las familias, puesto que permitió que las mujeres fueran incluidas en los trabajos, muchos caminos, edificios públicos, escuelas, la llegada de la energía y temas de acueducto se dieron gracias a la cerámica que terminó siendo un motor de desarrollo, un actor principal de la transformación.
El ejercicio de habilitar un patrimonio cultural abrió paso para generar espacios alrededor de la cerámica como procesos de investigación, creación, formación, promoción, circulación y apropiación no solo con los artesanos, sino también con la ciudadanía para que se entienda el proceso y su valor.
Así mismo, como lo dijo Yeison Castro: “Carmen de Viboral siempre ha sido un lugar de llegada, no de paso. Abrió la posibilidad de que muchos pobladores no tuvieran que migrar hacia otros territorios para encontrar condiciones laborales”.
La pinta como patrimonio cultural inmaterial
La técnica y el uso de pigmentos minerales hacen único el color de la cerámica carmelitana. Foto: Alcaldía de el Carmen de Viboral.
Para llegar a ser un patrimonio cultural hay que hacer un proceso para sustentarle a la nación la razón de serlo. Primero, hay que hacer una solicitud con el Consejo Nacional de la Cultura y Patrimonio, estos autorizan, sobre una argumentación valida, la posibilidad de formular un plan especial de salvaguarda. Cuando ese plan esté aprobado y tenga todas las condiciones para ser reconocida a nivel nacional, ya puede estar en el Ministerio de Cultura de Colombia.
Sin embargo, los carmelitanos ya reconocen que la cerámica hace parte de su identidad dentro del territorio y más allá de una declaratoria, en términos sociales ya lo reconocen, son capaces y están de acuerdo que es una herencia en común que todos comparten.
En el 2019, se logró el reconocimiento como patrimonio cultural inmaterial por iniciativa de Aproloza, investigadores independientes y el apoyo de la Universidad Católica de Oriente. Sin embargo, se está buscando con el Plan Especial de Salvaguardia (PES) para que quede en la Lista Representativa de la Nación para ser reconocido tanto nacional como internacionalmente y ser llevado finalmente a la UNESCO.
Según Olimpia Pabón Cardona, representante legal de Aproloza, la asociación se fundó en el 2013, en un principio eran un grupo de artesanos que no tenían un enfoque como tal, sino que estaban mezclados ente diferentes artesanías de madera, loza, bisutería, yeso, dulces y tejidos en donde cada uno buscaba su objetivo y no lograban algo en concreto. Por lo que en el 2013 se separan y se funda Aproloza, enfocada, como lo dice su nombre, en la loza.
Con el mismo detalle de sus creaciones, los ceramistas carmelitanos se empeñan en planes de salvaguardia para este patrimonio.
Foto: Alcaldía de El Carmen de Viboral.
Dentro de las actividades que se tiene en la asociación está impulsar la producción de loza, participar en la integración de comunidades en el respeto y cuidado del patrimonio cultural, desarrollar actividades culturales y de promoción social que permitan elevar el nivel cultural de los asociados.
La cerámica carmelitana no solo demuestra, sino que cuenta la historia del municipio, sus tradiciones, la familia, la gente y su cultura. Gracias a ella, el Carmen de Viboral ha podido progresar, aprender, caer y volver a empezar para posicionar con fuerza el valor de de la pinta a mano bajo esmalte. Como menciona Olimpia Pabón, esta ha llegado a exposiciones mundiales como la de Dubái y es una inspiración en la película Encanto de Disney. Representa nuestra cultura, es única en el país y es un referente mundial, en unas piezas se pueden encontrar la historia del municipio y sus carmelitanos.