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  • Suena una alarma desde el confinamiento

    Por: Ana María Gaviria Ramírez/ana.gaviria@upb.edu.co

     

    El aislamiento ha empeorado el estado de la salud mental, especialmente en los jóvenes. Armando es un ejemplo de hasta dónde pueden llegar estos síntomas.

     

    Ese sábado, 3 de septiembre del 2020, a las 10:30 p.m., Armando Díaz se dirigía a guardar el taxi que acompañó sus luchas y desdichas. El pequeño carro amarillo que escuchaba los continuos reproches, pero que ahora atesoraba para sus amigos la personalidad máscara que ocultaba la ansiedad.

     

    Las 10:30 p.m. era la hora de irse a descansar. El trabajo del día, las horas esperando en una calle concurrida del parque de Copacabana alguna carrera habían hecho estragos en su cuerpo y mente. En su casa, en el barrio Fátima del mismo municipio, lo esperaban Daniela, su cuñada; José, su hermano y, Carmen, su mamá; personas que, aunque acostumbradas a su personalidad callada y misteriosa, estaban contentas con su llegada.

     

    << Los problemas de salud mental se viven en silencio, en medio de la rutina.

    Foto: Daniela Gómez Isaza.

     

    La noche de ese sábado, Armandito —como le decía Daniela de cariño— entró a la casa, probó algún bocado de comida y, como era costumbre, decidió quedarse un par de horas jugando en su celular un popular juego llamado Free Fire. Este pasatiempo, tanto para él como para la mayoría de los jóvenes de su edad, 20 años, se había convertido en un espacio de conectividad y dispersión con amigos durante la pandemia causada por el SARS-CoV-2.

     

    El miércoles 25 de marzo de ese mismo año, día en que comenzó la cuarentena obligatoria en Colombia. El encierro, las clases virtuales, la falta de interacción física y emocional dejaron estragos en la población y, tal como lo indica la Personería de Medellín, desde el 14 de mayo aumentaron las llamadas al 123 por temas relacionados con el suicidio. Pasaron de un promedio de 650 mensuales a recibir 5.850, esto corresponde a un aumento del 300%.

     

    Una llamada pudo ser la solución. Armando es un ejemplo de lo difícil que es tener una cifra exacta, pues algunos de los potenciales casos se abstienen de pedir ayuda. Sin embargo, Natalia López Delgado, subsecretaria de Salud Pública de Medellín, advirtió, a través de la oficina de prensa de la Alcaldía, que la Línea Amiga para la salud mental se encontraba disponible las 24 horas, los siete días de la semana.

     

    La noche siguió corriendo para Armando. Luego de terminar lo que él llamaba una “partida” en el tan mencionado juego se acostó a dormir. No sin antes dejar un breve mensaje de buenas noches para su novia Natalia, joven con la que llevaba aproximadamente cuatro años de noviazgo.

     

    Ella estuvo presente durante varios intentos de suicidio que experimentó el joven; uno de ellos en el 2013, cuando él tenía 17 años. Su familia lo encontró convulsionando en la sala de la casa. Inmediatamente fue llevado a la Clínica Bolivariana de Medellín donde estuvo en coma durante cinco días. Al despertar, Natalia decidió terminar la relación, pues se encontraba expuesta a múltiples dudas. La noticia fue abrumadora para Armando y, entendiendo los antecedentes junto con el mal manejo de las emociones, apareció aquel impulso que lo llevó a intentar lanzarse del quinto piso de la clínica. A lo mejor para él era menos doloroso el duro pavimento que amortigua la caída que una ruptura amorosa de quien consideraba la mujer perfecta. La pronta respuesta de las enfermeras que cuidaban de él impidió el acto.

     

    Las decisiones de los jóvenes en momentos de presión son precipitadas. Al final la pareja solucionó las diferencias. Para ese sábado de septiembre la relación seguía, pero ese mensaje de buenas noches contenía las últimas palabras que Natalia leería de quien ella consideraba el amor de su vida.

     

    A la mañana siguiente la normalidad se interrumpió en la casa de los Díaz. Una pequeña frase, de aquellas que muy poco se atienden pero que retumban para siempre en la madre de Armandito.

    —Mamá, estoy aburrido.

     

    Así, la casa se quedó en silencio. Sin embargo, basados en la personalidad de Armando y su continua inconformidad con lo que lo rodeaba, su familia ignoró la queja.

    —Está listo el desayuno, gritó Daniela.

     

    No hubo respuesta. El ambiente era tenso. Esa mañana no hubo huevos calientes sobre el comedor, más bien, por el afán de salir a realizar las comprar rutinarias, Carmenza, José y Daniela se apuraron en comer un pequeño pan con algo de café tibio. Armando no estaba interesado en recibir bocado de comida, ni mucho menos en ser partícipe de las compras.

     

    Sobre las 10:30 a.m. su mamá, hermano y cuñada se aproximaron a la puerta con la intención de salir un par de horas a comprar un tarro de pintura, necesario para poner un poco más bonita la casa.

    —No quiero ir, me quedaré jugando Free Fire, dijo Armando.

     

    Fueron las últimas palabras que oyeron de él. Un par de minutos después se aproximan hacia la salida. Revisaron que nada les faltara: las llaves, el dinero, entre muchas otras cosas.

     

    No pasó más de hora y media. Daniela, Carmenza y José volvieron a la casa. Daniela se dirigió abrir la puerta. La abrió y vio a Armando. Colgado. Él había utilizado una fuerte cuerda que encontró para quitarse la vida en el marco de la puerta de su habitación. Ya no importó la pintura. Ahora, entre gritos, llantos, llamadas y desespero, corrieron a bajar el cuerpo amoratado. Tenían la esperanza de salvarlo.

     

    Se dirigieron inmediatamente al Hospital Santa Margarita del Municipio de Copacabana, en aquel taxi amarillo. Al llegar al hospital la mirada de los médicos decía que la vida de Armando se había ido. Lo reanimaron sin tener resultado. Por razones de bioseguridad, la familia tuvo que esperar afuera. Carmenza, aferrada a la gran reja blanca que enmarcaba la entrada al lugar, se daba golpes continuos repitiendo la dolorosa frase: “Es mi culpa, yo no lo escuché”.

     

    Después de ahí, llegó la parte más difícil: afrontar la perdida. Entre música y pitos de sus colegas taxistas fue despedido a las afueras de su casa. Daniela, su cuñada, no soportó la presión que significaba volver a aquel lugar y recordar una y otra vez la imagen que presenciaron hacía solo un par de horas. Decidió irse a vivir nuevamente con su mamá, aunque aún, entre llantos, recuerda al ausente joven.

     

    Carmenza y José siguen sin asimilar el suceso. Están abrumados por el vacío que ha quedado en sus vidas. Además, cuando las puertas se cierran les recuerda una y otra vez aquel suceso que marcará sus recuerdos para siempre.

     

    La cuarentena ha afectado a los jóvenes. El Ministerio de Salud afirmó que, en la población entre 12 y 23 años, el 52,9 % tiene uno o más síntomas de ansiedad y el 19,7 % manifiesta cuatro o más síntomas de depresión. Manuela Molina, psicóloga de la Universidad de Antioquia, dijo que los intentos de suicidio han aumentado en Colombia, sobre todo en el periodo de cuarentena, por la ruptura de la cotidianidad. Además de haber sido imprevista para todos.

     

    Son pocos los esfuerzos en Colombia para prevenir y tratar los casos de suicidio. La salud mental nunca ha sido prioritaria en los sistemas sociales y educativos. La pandemia ha fomentado los síntomas de dichas enfermedades. Armando es un ejemplo de esta problemática, que viven muchos jóvenes.

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    Trabajo preparado para el curso Periodismo I, orientado por la profesora Diana Milena Ramírez H.

     

  • Una bendita enfermedad que quita mucha tranquilidad

    Por: Laura Restrepo Rodríguez / laura.restreporo@upb.edu.co

     

    Un amor, que nació de un encuentro fortuito ha tenido que superar los retos que impone el olvido. Jairo Muñoz cuenta cómo ha vivido el alzhéimer que padece su esposa Mabel.

     

    Ya van cuatro años, fue un siete de marzo del 2016, día en que la vida de Mabel mi esposa cambió y con ella la mía también. El diagnóstico fue alzhéimer temprano, la forma más común de demencia que deteriora progresivamente la parte funcional del cerebro.

     

    Nos conocimos en un bus del barrio Cristóbal, una mañana de 1975. Vi entrar a la que hoy es mi esposa en la segunda parada del día en el barrio La América. Estaba sentado y ella esperaba ubicar un puesto, sin pensarlo le dije: “Sentate” y guardé silencio, al llegar el bus a su destino me fijé muy bien para esperarla en la misma parada en la que se bajó y efectivamente funcionó. Al final del día decidí comprar el pasaje y hacer la fila hasta verla llegar, cuando vi que se acercaba, la invité a tomar mi lugar, le pregunté si quería ir a cine esa noche conmigo y su respuesta fue un inmediato sí. Desde eso nunca jamás volvimos a separarnos, ya son 39 años de casados.

    Jairo y Mabel, en los inicios de la familia que hoy los sigue amparando. Foto: Marta Cecilia Rodríguez.

     

    Diez años de esas tres largas décadas han traído muchas transformaciones. En febrero de 2010 cuando salimos de la casa de mis suegros, ella siempre era la que manejaba y lo hacía bastante bien. Noté que había tomado otro camino fuera del habitual y le dije — ¿por qué vas por aquí?- a lo que ella me respondió: – no, no, es que por cualquier lado se llega—. Decidí no ponerle mucha atención y pensar que fue un simple olvido. Poco tiempo después íbamos a salir de la casa de sus padres nuevamente, al llegar a nuestro destino, ella notó que dejó su bolso, desde ese momento supe que íbamos a tener problemas con el alzhéimer. Por esos mismos sucesos decidí buscar ayuda profesional para confirmar mis sospechas. Encontré al neurólogo Francisco Lopera, quien diagnosticó de forma inmediata, como si no hubiese tenido que analizar mucho la situación, solo tras hacerle algunas preguntas. Alzhéimer temprano.

     

    Cuando llegamos de esa cita, comprendí que la Mabel que conocía desde hace un tiempo había dejado de ser ella en varios aspectos y eso se reflejaba en que le debía recalcar y repetir varias veces las cosas. Ella respondía siempre un poco molesta, comenzó a negarse a cocinar, ya no le gustaba leer, dejó de hacer las sopas de letras que tanto disfrutaba.

     

    Desde ese entonces no elige su ropa, mis hijas deben hacerlo o incluso yo. A veces también decide irse sin avisar, como una mañana en la que me levanté y no la encontré. Inmediatamente salí del apartamento y bajé las escaleras rápidamente. La alcancé y le dije — ¿pa´ dónde vas y por qué vas de piyama? — y ella, con su actitud gozadora, me respondió — ¿y es que está muy fea la piyama? Y vos como estás ahí de piyama, la mía está más bonita —. Parecía una niña. Tal vez por eso cuando se mira al espejo me dice que hay alguien más, reconoce en su reflejo a otro ser, uno que la imita en todo. Lo describe como alguien pequeño, a veces la mira como si quisiera entablar una conversación. Lo que hago es acercarme a su lado y le digo — ve, somos los mismos, tú eres ella, yo soy él— (todavía me río de eso).

     

    Tal vez su memoria no sea la misma y nunca lo será. A veces lucho, no sé si contra la enfermedad o contra el recuerdo que tengo de mi esposa. Mis días consisten en estar siempre con ella para que no se pierda, ayudarla a coger los cubiertos, hacer ejercicio, reír y conversarle a esa niña que ve en sus reflejos, a la que también le pone un plato en la mesa como si fuese otro integrante de la familia y esperar el día en que deba respaldarla hasta en lo más mínimo como ir al baño e incluso comer.

     

    Para este punto de la vida mi esposa Mabel, a sus 64 años, ya ha perdido el 70 % de la memoria. Lo noto en sus largos silencios y su mirada a veces perdida. Pero con sus risas, recuerdo esa gran mujer que siempre ha estado a mi lado, pendiente de que saliera contento de la casa, esa amante, ese ser humano aferrado a vivir la existencia de la forma más genuina posible.

     

    Lo que siempre estará en mi memoria es que mi esposa me ha dado dos hijas hermosas. Creo que el recuerdo más grande que tendrá ella de mí es que la acompaño. Me lo ha dicho: “Uy, qué bueno que usted me acompaña”. Ahí es cuando comprendo que, aunque el camino sea fácil de olvidar, aunque ella no pueda recorrerlo sola, yo siempre estaré ahí para recordarle cómo regresar a casa, a su hogar.

    Trabajo para el curso Periodismo III, orientado por la profesora Claudia Sánchez Aguiar.

     

     

     

     

  • Morir y volver a nacer

     

    Han pasado casi 12 años desde aquel suceso donde terminé una etapa de mi vida y empecé otra, con dificultades, de hecho, cualquier nacimiento es doloroso. Pero si no me morí había que darle sentido a esta vida. Testimonio de Francisco Bohórquez.

     

    Por: Valeria Ríos Flórez / valeria.rios@upb.edu.co

     

    Trabajé en Colombia para la Fiscalía General de la Nación en el Cuerpo Técnico de Investigaciones. En 1999 mataron a varios compañeros y se recibieron amenazas en la oficina donde trabajábamos, razón por la cual empecé a sentirme en peligro. No quise esperar a que me pasara algo y tomé la decisión de venirme para Estados Unidos. Solicité un permiso no remunerado por tres meses y al llegar, presenté mi renuncia ante el cónsul. En la semana en la que se vencía el tiempo, llegó una carta donde aceptaban mi retiro y, además, me concedían el beneficio de instalarme en este país como asilado político.

     

    Un 18 de noviembre del 2008

    Para ese momento, trabajaba con una compañía de transporte manejando un camión. Hacía un recorrido entre Miami y Orlando.

     

    El 18 de noviembre del 2008 venía de regreso, había terminado mi ruta y estaba a pocos kilómetros de llegar a casa. Viajaba por la Turn Pike, una autopista que tiene rectas larguísimas, tiene muy buena iluminación, pero en ese tramo estaban haciendo unos trabajos. Sin embargo, el problema no era ese, sino que había un camión cargado de asfalto, la brea había chorreado y le tapó las luces. Era como la 1-1:30 a. m., y el señor de este camión que estaba orillado, se metió a la carretera, los trabajadores de la vía hicieron la señal de que podía entrar, pero él lo hizo casi a 0 km porque era una volqueta grande, muy pesada. A esa hora y sin las luces de atrás, no lo vi. Además, había neblina.

     

    Por otro lado, aunque yo no corro, en esas autopistas hay que andar a una velocidad mínima, en este caso, 65 millas por hora, es decir, un poco más de 100 km. De un momento a otro, me encontré con eso al frente, traté de frenar, pero un camión no para tan rápido. Quise esquivarlo y había otro carro pequeño a mi lado que me impidió hacer la maniobra. Golpeé de lado a esa volqueta, mi camión se recogió, se vino hacia adelante y salí expulsado. Aunque tenía puesto el cinturón, este ocasionó la fractura de mi clavícula y 10 costillas. Con mi cabeza rompí el vidrio y caí de cabezas al asfalto ¡BUUM!. Mi camión se volteó y yo quedé por debajo. Fue como enfrentarse a la muerte, verla ahí, cara a cara.

     

    Sentí que dejé de respirar y pasó algo, podría llamarse, sobrenatural. En medio de ese esfuerzo por moverme y liberarme, escuché una cuenta regresiva; alguien comenzó de 5 hacia abajo: 5,4,3… cuando llegó a 1, dije “

    Dios mío, me entrego a ti”, porque pensaba que no viviría más. De repente, me pude parar, miré a mi alrededor y todo estaba oscuro; aunque a lo lejos vi una luz que interpretaba podía ser un carro o un reflector. A medida que me acercaba se hacía más y más grande, pude ver como una figura, una silueta humana con los brazos abiertos, es todo lo que recuerdo. Esa fue la experiencia que tuve cuando aún estaba debajo del carro.

     

    Ilustración: Valeria Rios Flórez >>

     

    No sé cuántas horas habrían pasado y sentí que alguien lloraba, eso me hizo reaccionar; estaba en el hospital The Real Center. Más tarde, sé que llegó un sacerdote. Soy católico y estaba muy vinculado a una iglesia que se llama San Isidro en Pompano Beach. Como no podía ni responder, él me cogió la mano y me dijo que, si lo escuchaba, apretara su mano, apreté lo que pude y me dijo: “La extremaunción es un sacramento de salud física y espiritual, pero sabes lo que te ha pasado para que estés preparado”. Yo sabía que me estaba diciendo que me iba a morir y me dio tranquilidad que hubiera venido a ponerme los santos óleos.

     

    Al irse, recuerdo que empecé a sentir un calor horrible, como si fuera una fiebre interna, sudaba, sentía que las gotas me corrían por toda la piel y era desesperante. Casi no podía respirar porque lo más grave no eran esas heridas en las costillas, sino que al caer aterricé en mi cabeza. Aunque hay gente que no me cree (ni con el sustento médico) yo tenía 14 fracturas en mi cabeza, 2 hematomas y 1 aneurisma. El hecho es que entré en ese calor después de la unción, empecé a convulsionar, me amarraron y era muy difícil esta situación. Sentía que me estaba muriendo y, es más, quería morirme, salir de mi cuerpo y liberarme de eso.

     

    No me voy a morir

    Cuando anocheció, sentí una sensación de frescura, de alivio. Todo cambió para mí y dije “no me voy a morir, no me voy a morir”, fue una certeza que apareció.

     

    Al cabo de seis meses, ya estaba muy recuperado, aunque vino un proceso también difícil, pues me enviaron a evaluación y dijeron que necesitaba varias operaciones. La cirugía de mayor riesgo era la del cráneo. El doctor fue muy explícito, me dijo que debían fracturar de nuevo porque lo huesos ya estaban pegados. El problema es que solo había un 2 % de posibilidad de sobrevivir y si no me operaba, me moría. Entonces le dije, “si tengo un 2 %, opéreme”. Sin embargo, en un examen que me hicieron luego, determinaron que los hematomas estaban desapareciendo, así que no hubo cirugía.

     

    Hoy soy un hombre recuperado completamente, sin secuelas y sin una sola operación. Literalmente fue como morir y volver a nacer. Vienen los problemas y no son problemas, sé que todo tiene solución y si no la tiene, es porque así tenía que ser. Ahora ayudo a mis pacientes, a quienes, sin ser médico les he salvado la vida a través de la hipnosis clínica. Se han curado de depresión, ansiedad, vicios como: el juego, el alcohol y las drogas. He contribuido significativamente a que las personas mejoren y ellos le han dado sentido a lo ocurrido.

     

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    Trabajo para el curso de Periodismo III, orientado por la profesora Claudia Sánchez Aguiar.

     

     

     

  • Daniela la grande

    Por: Daniela González Abad e Isabella Piedrahíta Osorio

     

    Nadie está exento de sufrir una enfermedad huérfana, estas pueden ser genéticas o desarrollarse con el tiempo, este último es el caso de Daniela González Abad. Desde los 14 años, Daniela ha estado atada a una vida de hospitales, medicinas y exámenes, pero esto no la ha detenido en la búsqueda de sus sueños.

     

    Fuerza: esa es la palabra con la que su familia describe a Daniela González Abad. Y es que se necesita mucha fuerza para pasar de 14 años de una vida sin sobresaltos, a una llena de hospitales, exámenes y medicinas.  Mientras el tiempo se detuvo para Daniela y su madre en una habitación fría de paredes blancas, sus familiares y amigos siguieron disfrutando de placeres y de lo que alguna vez fueron sus sueños.

     

    Cada doctor que conocía su caso se rendía y por eso pasaron años antes de que le pusieran nombre a su enfermedad, lo que no fue alentador. “Dados sus antecedentes y los múltiples exámenes realizados, podría considerarse que usted tiene una enfermedad huérfana” – le dijo el doctor Rodrigo Isaza Bermúdez en el 2017. A este tipo de enfermedades se les conocen por afectar a una persona entre cinco mil y porque pueden llegar a ser clínicamente debilitantes y poner en riesgo la vida del paciente. Por eso mismo es que la familia de Daniela vive en constante miedo de perderla, y se lo contagiaban cada día a ella.

     

    Las enfermedades huérfanas suelen tener tratamiento, el problema es cuando se posee una que no está tipificada, como es su caso, pues no hay un diagnóstico que dé un plan a seguir. Al ser tan largo el proceso de diagnóstico, entre 5 y 20 años, a los pacientes se les presenta el peligro de que tratamientos, medicinas o exámenes que buscan ayudarlos, afecten negativamente su salud. 

     

     

    Antes de que la vida le cambiara a Daniela, era una niña muy alegre, le gustaba jugar fútbol, cantar, tocar piano y estudiar. Sin embargo, desde el 15 de julio de 2015 un dolor de cabeza comenzó a atormentarla, era tan fuerte que no podía dormir, como cuenta su madre Mónica. Al principio se pensaba que era un cuadro de sinusitis, pues a los 11 años había tenido una crisis de esto, pero el dolor seguía sin desaparecer y rápidamente fue descartado este diagnóstico. 

     

    << La vida universitaria ha sido una oportunidad para que salgan a flote todas las capacidades cultivadas en familia. Foto: Cortesía.

     

     

    Los otros síntomas más graves vinieron después: perdió el gusto y el apetito, se incrementó su sensibilidad a la luz, los sonidos y los olores. A los doctores también les preocupaba su significativa pérdida de peso, su movilidad reducida y que con los días dejó de sentir sueño. Desde entonces, Mónica pasó de ser su mamá a ser su enfermera, tal y como lo expresa Daniela, ella comenzó a ser una “rata de laboratorio”. 

     

    Desde su primera hospitalización en Armenia, Quindío comenzaron a evaluar todos sus sistemas: inmunológico, nervioso, cardiovascular, entre otros. Sin embargo, esta atención no se dio por los recursos o intenciones de la EPS o los hospitales sino por los contactos de la familia y la tutela puesta en contra de Saludcoop. 

     

    Todos los exámenes que le realizaron salieron buenos, menos uno. Tras haber sufrido una pre parálisis en su brazo derecho, comenzaron a sospechar de un pseudotumor cerebri, consiste en el aumento de la presión dentro del cráneo debido al líquido cefalorraquídeo. Por esto el primero de octubre de 2015 fue internada en el Hospital de la Misericordia de Bogotá.

     

    En el hospital aumentó la desesperación, Daniela recuerda especialmente la punción lumbar que le hicieron para ratificar el diagnóstico del pseudotumor. Durante el procedimiento y seis horas después, ella tenía que mantenerse inmóvil porque existía la posibilidad de quedar inválida, lo que la hacía pensar: “si me muevo, el resto de mi vida no podré hacerlo”.

     

    Este examen en lugar de mejorar su situación, la empeoró, haciendo que tuviera que quedarse internada en La Misericordia un mes más. Durante este tiempo, sus relaciones interpersonales se vieron puestas a prueba, pues la mayoría de sus familiares y amigos dejaron de estar presentes en su vida. Ella cada día se sentía más sola, pero esto la llevó a aprender dos cosas. La primera es que las personas se deben disfrutar cuando están, y cuando no, hay que dejarlas ir; y la segunda es que la persona más importante en la vida es su mamá.

     

    El estado de Daniela mantenía en constante preocupación a su madre y aún más porque no encontraba alivio en las palabras de los doctores. Incluso el doctor Naranjo, un especialista de la Misericordia, le dijo: “Tranquila que si Daniela se le muere, para eso está en un hospital y la podemos revivir”. Con los días el grupo de neurólogos decidió que Daniela debía irse a reposar a su casa ya que allí no había más procedimientos que le pudieran dar algún diagnóstico. 

     

    Desde entonces Daniela regresó a vivir a Medellín con sus abuelos, quienes se encontraban angustiados por ver su estado de salud y no poder hacer nada para ayudarla. Según ellos, cada día que pasaba “parecía como si Daniela muriera lentamente”, la comparaban con una tacita de porcelana porque parecía que cualquier movimiento la fuera a romper.

     

    Al final, las ganas de luchar de Daniela fueron más fuertes que su malestar y poco a poco fue recuperando su salud, lo que para su familia aún es un milagro de Dios. Los dolores de cabeza y las pastillas para dormir siguen estando presentes en su vida, sin embargo, esto no fue un impedimento para que 18 meses después regresara a estudiar.   

     

    Por mucho que haya intentado que su vida sea como la que era antes, en algunos momentos siente que su enfermedad le impide hacerlo y que las personas, en algunas ocasiones, no tienen empatía. Por ejemplo, el colegio en el que estudió primaria, donde se destacó por sus niveles académicos, le cerró las puertas diciendo que “su estado de salud podría retrasar el rendimiento del grupo”. Además, siguen presentándose baches en cuanto a su enfermedad que la hacen cuestionarse el futuro, pues no sabe si tener hijos porque el dolor podría ser hereditario. 

     

    Las personas que han vivido todo este proceso con ella han decidido llamarla “Daniela la grande” por cariño. Una de sus características más destacables es que no se queja de su dolor o de las situaciones que ha afrontado desde pequeña. Por el contrario, aunque no es la misma niña alegre que su familia recuerda, intenta sacarle una sonrisa a los que la rodean y tararea canciones constantemente para ponerle sabor a sus días. 

     

    Cuenta que la enfermedad no solo le ha enseñado sobre el valor de las personas y del tiempo, sino de la importancia de los sueños para anclarse a la realidad y seguir luchando. Actualmente Daniela se encuentra cursando dos carreras en la Universidad Pontificia Bolivariana ya que el estudio es el bote que la acerca cada vez más a sus metas.

     

  • El arte, un barco salvavidas en la pandemia

     

    “El arte es para consolar a aquellos que están rotos por la vida” (Vincent Van Gogh)

     

    Por: Carolina Moncada Conde / carolina.moncada@upb.edu.co

     

    La soledad bañada de tristeza nos ha tocado el alma y la mente a muchos en estos meses de encierro. Las enfermedades mentales no se han hecho esperar, la tristeza ha invadido el corazón de millones de personas, el desasosiego se baña con algunos, la depresión duerme con otros, y el arte empapa a algunos “locos”.

     

    El miedo que genera enfermarse ha estado latente y ha sido casi un compañero en este tiempo, quizás el más constante que hemos conocido muchos: todo el tiempo está para nosotros. Como afirma la Organización Panamericana de la Salud en su informe sobre salud mental y COVID-19, “El miedo, la preocupación y el estrés son respuestas normales en momentos en los que nos enfrentamos a la incertidumbre o a lo desconocido, o a situaciones de cambios y crisis. Así que es normal y comprensible que la gente experimente estos sentimientos en el contexto de la pandemia COVID-19”.

     

    Frase de la psicóloga Nora Patricia Flórez. Collage por Carolina Moncada Conde.

     

    Entonces, el arte ha impedido que la balanza se desborde del lado de la tristeza y ayuda tanto a los artistas como a aquellas personas que han disminuido los miedos, las tristezas y las preocupaciones gracias al baile, al teatro, a la escritura, al cine, y a las otras artes.

     

    Las prácticas artísticas se han acrecentado en estos últimos meses, la psicóloga de la Universidad Católica del Norte Nora Patricia Flórez afirma que “Durante este tiempo, una buena parte de la población ha hecho uso de sus virtudes y gustos artísticos para tratar de mantener su salud mental”.

    Frase de Anselmo Ríos. Collage por Carolina Moncada Conde

     

    Los seres humanos hemos recurrido a muchos elementos en estos meses para evitar tocar fondo, la psicóloga Eloísa Medina menciona que las redes sociales, el deporte, los juegos y el arte son algunos de los mecanismos que hemos tenido de defensa, sin embargo, Nora Patricia Flórez, también psicóloga, plantea un punto importante respecto al arte, y es que no basta sólo con realizar actividades artísticas, es fundamental disfrutarlas y así se puede lograr con el arte lo que ella plantea como “prevención, sanación, transcendencia y evolución social e individual”.

    “Poema escrito en tiempos pandémicos” por Henri Posada. Collage por Carolina Moncada Conde.

     

    El arte es algo que ha ido e irá más allá de toda pandemia. Sin embargo, como plantea Anselmo Ríos, gestor cultural, “el arte y el entretenimiento han acompañado a las personas todo el tiempo, pero en los momentos como el que vivimos de encierro total, esos espacios de distracción han sido mucho más relevantes”.

     

    En los primeros meses de la pandemia por COVI-19, el sector artístico tuvo un golpe duro, debido a que se tuvieron que cerrar las actividades grupales en las distintas artes, y los procesos que se continuaron fueron más que todo individuales, según afirma Anselmo Ríos, gestor cultural y director del teatro Bitácoras, “la gran mayoría de procesos artísticos, de formación, circulación, se frenaron, entonces los festivales tuvieron que cancelarse, las clases de artes en todas las áreas tuvieron que cancelarse, y también los ensayos y los encuentros”.

     

    Entre las experiencias individuales que han hecho más llevaderos el aislamiento y sus efectos, se encuentran las de poetas, escritores, oradores, músicos, entre otros. Henri Posada, poeta cejeño y periodista de la Universidad del Valle, comenta que: “La pandemia ha propiciado la creación, creo que el artista está familiarizado con la soledad, que de alguna manera fue tremenda para mucha gente”, y es a partir de esa soledad y ese encierro, afirma el mismo artista que: “La expresión artística se ha hecho más poderosa, se ha hecho más esencial, porque Dostoyevski lo decía: ‘es el dolor el que nos lleva frecuentemente a reflexionar’, ¿no?”.

     

    Hemos aprendido, de algún modo, a abrazar la soledad y la tristeza que nos acompañan. Hay salvavidas para sobrevivir a los miedos, la ansiedad, el estrés y los otros “compañeros” que se han posado en la mente de muchos estos meses, y para los que lo crean, lo aman y lo disfrutan, el arte es un barco buscando el horizonte.

     

     

  • La pandemia complicó las tareas de la Escuela contra la drogadicción

    “Nosotros estamos en una lucha contra las adicciones, el consumo, los malos hábitos, las malas conductas”: Fabio Villa Rodríguez, director de la Escuela contra la Drogadicción.

     

    Por: Sebastián Carvajal Bolívar / sebastian.carvajalb@upb.edu.co

     

    La Escuela contra la Drogadicción fue uno de los proyectos que dejó iniciado el exgobernador de Antioquia, Luis Pérez Gutiérrez. La Asamblea departamental aprobó su creación mediante la Ordenanza 24 del 14 de noviembre de 2018 y el 26 de diciembre de 2019 fue inaugurada, cinco días antes de terminar el anterior mandato. La sede ocupa un terreno de 25 mil metros cuadrados, donde antes funcionaba la Hostería Llanogrande, en Rionegro, en un predio que el departamento adquirió luego de un proceso de extinción de dominio.

     

    Contexto habló con el actual director de esta escuela, el sociólogo, exconstituyente y exconcejal de Medellín, Fabio Villa Rodríguez, quien fue nombrado por el gobernador de Antioquia Aníbal Gaviria el 1 de junio. Entre sus proyectos está la terminación de las reparaciones locativas, dotar la sede con los implementos necesarios para hacer investigación, buscar más fuentes de financiación y apoyar el trabajo de las entidades públicas y privadas en el manejo de las adicciones. Esto fue lo que dijo sobre el papel que tendrá la Escuela en la actual administración.

     

    La Escuela se inauguró en diciembre de 2019. ¿Qué actividades han desarrollado desde entonces en los últimos seis meses?

     

    La Escuela ha utilizado esta etapa básicamente para, por un lado, organizarse, montarse como institución, nombrar las personas que vamos a estar trabajando y definir su plan de acción, sus tareas y, por otra parte, organizar toda la parte locativa de este espacio. Podría decir que hoy tenemos armado el tinglado tanto teórico, como conceptual, como desde el punto de vista de nuestro plan de trabajo sobre el cuál vamos a empezar a operar.

     

    Las primeras tareas se han enfocado en la habilitación y adecuación del inmueble recibido para su funcionamiento, que era antes la Hostería Llanogrande. Foto: Cortesía.

     

    ¿Cuándo empezarían las investigaciones en campo?

     

    Yo podría decir que ya empezamos porque estamos haciendo la definición teórica de todos los temas, pero en campo con las instituciones, los municipios y demás, yo espero que muy pronto. (…) Insisto en que ya estamos haciendo actividades de campo en las que empezamos a conversar con la Secretaría de Seccional Salud, con las demás secretarías y entidades de la Gobernación, con las IPS, las universidades que tienen facultades y programas en relación con esto, las alcaldías y todas las dependencias que tienen que ver con el ecosistema que atiende el tema de adicciones en los municipios.

     

    ¿Cuáles son los campos de trabajo en los que se enfocará la Escuela?

     

    Nosotros tenemos tres líneas de trabajo: una de investigación y conocimiento, la segunda que es apropiación social del conocimiento y una tercera que es de apoyo técnico, articulación y seguimiento a la institucionalidad que tiene que ver con este asunto. Ya estamos haciendo guías, estamos empezando a mirar protocolos y estamos mirando cómo vamos a hacer ese ejercicio con las instituciones para la elaboración, tanto de políticas públicas, como de guías metodológicas.

     

    Usted mencionaba que estuvieron haciendo algunas reparaciones locativas en lo que otrora era la Hostería Llanogrande. En términos de infraestructura, ¿qué reparaciones se han hecho y con qué cuenta la Escuela en estos momentos?

     

    Hoy tenemos un espacio físico más o menos del 40 por ciento totalmente recuperado, ya lo único que hace falta es dotación y tenemos un espacio físico, yo diría por ahí un 50 por ciento que está entre el 80 y el 90 por ciento de recuperación. Esto incluye los auditorios, las canchas y las cabañas, que en este caso serán salones. Mi propósito al llegar a la Escuela, y después de haber hecho una evaluación realista, es que en dos meses podamos tener el 100 por ciento del espacio físico totalmente recuperado y que en lo que resta del año vamos a tener espacio físico totalmente dotado, con todo lo necesario para poder hacer a plenitud la tarea de investigación. Para esto necesitamos laboratorios, espacios para la acumulación de información, plataformas, un sitio web, etc.

     

    ¿En estos momentos tiene los recursos para terminar esas reparaciones locativas, adaptar toda la infraestructura y hacer la dotación?

     

    Por efectos de la pandemia, se nos llevaron una plata muy importante de la Escuela que nos van a retornar, según el compromiso de la Gobernación, entre este fin de año y el principio del otro. Con esos recursos tendríamos completo, no sólo para hacer la dotación, sino para arrancar todos los proyectos. Pero yo por lo menos sí creo que haciendo un poquito de esfuerzo, de responsabilidad en el gasto, se puede terminar el acondicionamiento físico de la infraestructura. Tenemos un presupuesto aproximado 2.900 millones de pesos, con eso podemos pagar los gastos de funcionamiento y terminar lo que le hace falta en acondicionamiento físico. Ya lo que tiene que ver con la dotación y con proyectos, no tenemos cómo hacerlo con ese recurso.

     

    << Fabio Villa Rodríguez. Director de la Escuela contra la drogadicción. Foto: @fabillaro

     

    La Escuela tiene unos recursos limitados, ¿de qué manera se va a financiar y de dónde van a provenir los recursos para los proyectos e investigaciones?

     

    Habrá tres fuentes de financiación. Una fuente inicial es que la Ordenanza nos prometió 20.000 millones, de los cuales no nos han entregado todavía un peso. De esos 20 mil millones había 10 mil para este año, que se los llevaron para el manejo de la pandemia y que nos los van a retornar en algún momento, y en otro momento nos entregarán otros 10 mil. Eso es un capital de base. De de igual manera, le ordena a la Secretaría Seccional de Salud que nos transfieran anualmente 1.280 salarios mínimos mensuales legales. Eso es exclusivamente para investigación, estudios y publicaciones. Pero con el horizonte que nosotros estamos presentando en el plan de trabajo, vamos a necesitar muchísimo más, entonces ahí viene la segunda parte. La Ordenanza nos permite hacer convenios, acuerdos, con todas las entidades públicas y contratar con entidades privadas, por ejemplo, las EPS y las ARL que tienen responsabilidades con estos temas del consumo y de las adicciones. Y lo tercero es que podemos vender servicios, entonces habrá temas de capacitación, de formación, de ventas de artículos a revistas especializadas, de seminarios y foros de acompañamiento técnico a instituciones, incluso aquí tenemos una función de seguimiento y acompañamiento a IPS que yo creo que en algún momento también vamos a tener que cobrar por hacerlos.

     

    Además de líneas de trabajo, ¿qué otros proyectos tienen la Escuela?

     

    Tenemos la idea de un museo sobre el tema de las drogas, el consumo de estupefacientes y el consumo ilícito y consumo lícito dañino. Un museo que, por ejemplo, en América Latina solo hay en Argentina y en México, prototipos de museos como el que nosotros queremos, y en España y en Italia hay un par de museos parecidos. Hacerlo vale una plata, no lo vamos a hacer con recursos propios, pero algo tenemos que poner para luego presentar eso pues al Fondo Nacional de Estupefacientes, a la Dirección Nacional de Estupefacientes, al Ministerio de Justicia y a la propia Gobernación.

     

    ¿Qué papel tendrá la Escuela en la actual administración?

     

    En el Plan de Desarrollo departamental nos ha puesto varias tareas. Un es participar en el diseño de una política y una metodología para enfrentar el tema del riesgo para la reducción del daño en la población menor de 14 años en adicciones. Otra es aportar en el aumento de la edad de inicio en el consumo de sustancias psicoactivas que está sobre los 13 años para subirla por lo menos a los 14,5. Hay otra línea para organizar una política pública alrededor del tema de cómo enfrentar las adicciones y el consumo de sustancias psicoactivas. Ya hay varias tareas en las cuales la Escuela tiene que empezar a producir resultados y esas son las grandes acciones reales en las cuales nos tenemos que meter.

     

    Mucho se habla en Colombia sobre la lucha contra las drogas, ¿qué papel cumplen ustedes ahí?

     

    Nosotros no estamos en esa guerra, nosotros estamos en una lucha contra las adicciones, el consumo, los malos hábitos, las malas conductas. Obviamente ellos (las entidades de lucha contra los estupefacientes) deben acompañar, es cierto, que no sigan creciendo las bandas, los narcotraficantes, los consumos ilícitos, pero también los consumos lícitos. Es decir, tenemos que ver qué hacemos con el alcohol, que seguimos produciendo masivamente y vendiendo y promocionando para que la gente compre y consuma de manera totalmente desordenada o con el tabaco o con los juegos de azar, que producen ludopatía, o con los consumos incluso audiovisuales, que hoy están generando adicciones gravísimas en los niños y los adultos también, entonces son temas de los cuales vamos a tener que hablar.

     

    Por sus estatutos y según la Ordenanza que la crea, la Escuela no podrá hacer atención de personas con adicciones. ¿Qué papel cumplirá en este proceso?

     

    Como nosotros no hacemos atención, vamos a tener que desplegar una acción de asesoramiento, acompañamiento y apoyo a Carisma, al Hospital Mental, a todos los hospitales públicos y a las entidades privadas que prestan servicios de atención. Asimismo, es importante prestarle apoyo técnico, asesoramiento y capacitación a la Secretaría de Educación departamental y de todas las secretarías de educación municipales. A la Gerencia de Infancia, Adolescencia y Juventud, a la gente que trabaja con el tema de la Gerencia Indígena o a la Secretaría de Mujeres. Es un tema en el que vamos a tener que ser apoyo más allá de las instituciones que atienden a los adictos y a los consumidores. Y es ese apoyo el que vamos a tener que prestarles a todas las entidades para que la gente no entre al consumo.

     

    En su momento, nueve diputados votaron en contra de la creación de la Escuela, ya que consideraban que el departamento tenía instituciones como el Hospital Mental y Carisma que podrían hacerse cargo de estas funciones y que era un gasto innecesario. ¿Cuál es el factor diferenciador de la Escuela con respecto a otras entidades?

     

    Yo creo el factor diferenciador es nuestra misión. No existen ni en Antioquia, ni en Colombia una institución dedicada a la investigación y a la gestión del conocimiento. Investigación se hace en muchos lados, se hace en las universidades y muy buena, se hace en las entidades públicas de manera desordenada y fragmentada, se hace en instituciones privadas y en instituciones públicas del orden nacional e internacional. Pero nosotros no tenemos acceso a esas investigaciones a menos que las ordenemos. Esta Escuela tiene que ordenar todo eso, ponerlo al servicio de la gente. Aquí hay que hacer investigación aplicada, con propósito y no digo que no se esté haciendo; en algunas instituciones se hace, pero fragmentada. Todo eso es parte de que tenemos que empezar a apoyar, pero también a recoger, como parte de un estudio más sistemático. Tener un centro de pensamiento que está sistematizando la información, haciendo investigación, convirtiéndolo en un conocimiento con aplicación útil para la política pública para el departamento y para el país a mí me parece que es absolutamente diferente a todo lo que están haciendo los demás.

     

    ¿Qué papel ha tenido la Escuela en el manejo de la crisis por la pandemia?

     

    Hemos estado apoyando y dando ideas para el manejo del covid-19 en temas de salud mental. También estamos preparando acciones y tareas en relación con la pospandemia, en cuanto al estado de salud mental en el que va a quedar la gente a partir de este proceso el confinamiento y aislamiento. Esto va a generar afectaciones en las cuales la Escuela está también aportando ideas sobre cómo hacer ese manejo a partir de lo que está sucediendo hoy en el mundo.

     

     

     

  • Salud mental: buscar soluciones

    Impresiona cuánto somos capaces de juzgar sin tener en cuenta lo que hay detrás de cada persona. El hecho de no referirnos a temas como la depresión, la ansiedad o el suicidio y todos los trastornos que puede llegar a tener una persona a lo largo de su vida; sabiendo que muchos de ellos los sufrimos a diario, en silencio. Puesto que en esta sociedad nunca estamos solos, siempre estamos conectados, ya sea a través de todas las redes o frecuentados por personas que no nos permiten escucharnos lo suficiente para darnos cuenta de lo que realmente estamos sintiendo, de eso se trata la soledad moderna.

     

    ¿Por qué solo consideramos enfermedades mentales aquellas que inducen al desgaste progresivo?, ejemplo, la epilepsia y el alzhéimer. Vivimos en un mundo donde según las cifras de la Organización Mundial de la Salud, alrededor de 300 millones de personas están deprimidas, sin contar las que no están diagnosticadas. Muchos son los factores que influyen en la salud mental de una persona: como su entorno, educación y estrato socioeconómico.

     

    Hoy en día muchos no estamos tristes, melancólicos o consentidos, ni mucho menos locos. Estamos ansiosos, llenos de inseguridades y de profundas depresiones. Y el porqué no es la pregunta más adecuada. Si observamos cuidadosamente, podemos darnos cuenta que estamos llenos de gratificaciones instantáneas, que actúan como un sedante ante esta angustiosa realidad. La pregunta es ¿cómo vamos a solucionarlo?

     

    ¿Qué futuro estamos construyendo teniendo que suprimir nuestras emociones para ser normales, hasta el punto de no disfrutar o lo que es peor, decidir terminar con nuestras vidas? Queremos que hasta los robots sientan, pero en cambio, nos negamos esa oportunidad que nos hace más humanos. ¿Qué estamos haciendo? Por qué sentimos otras motivaciones exógenas como factores que decimos buscan nuestra destrucción, cuando ya nos estamos destruyendo a nosotros mismos todos los días, suprimiendo aquellas partes que nos hacen vulnerables, que nos hacen ser humanos. Porque la humanidad se trata de eso, ¿no? El ser, la conciencia; el poder sentir que estamos vivos. ¿Qué pasaría si empezáramos a conversar realmente desde las profundidades de nuestra psiquis, sería este finalmente el mundo soñado?.

     

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    Trabajo realizado en el curso Introducción a la Comunicación, orientado por el profesor Luis Fernando Gómez Velásquez. Publicado en el periódico El Colombiano.

     

     

     

     

     

     

  • Aumenta el suicidio de los jóvenes en Medellín

    El suicidio en personas jóvenes es un fenómeno que aumenta significativamente en Medellín desde 2014 y la tendencia se mantiene. Más allá del llamado que hacen las cifras, este trabajo ilustra cómo cada caso no se trata solo de las vicisitudes de alguien en particular. Detrás se encuentran, además, las familias y la sociedad que rodea a cada persona.

     

    Click en la imagen para navegar el especial multimedia:

     

     

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    Trabajo realizado en el curso Periodismo V, bajo la orientación del profesor Gabriel Jaime Lotero.

     

     

     

  • Medellín tóxica, la ciudad de la eterna contaminación

     

     

    ¿Cuál es el papel de los jóvenes en el problema de contaminación ambiental en Medellín? Este especial multimedia presenta datos y antecedentes que presentan este problema desde una perspectiva juvenil, en complemento a un recorrido por acciones desde este grupo de la población ante los problemas medioambientales más notorios de nuestra ciudad.

     

    Click en la imagen para ver el especial:

     

     

     

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    Trabajo realizado en el curso Periodismo V, orientado por el profesor Gabriel Lotero.

     

    Enlace: https://blessedwithyourlov.wixsite.com/medellintoxica

     

    Sección: Este Tiempo.

     

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  • Los límites de la obsesión

    Mediante testimonios que narran experiencias personales, que desde miradas profesionales ilustran las caudas y efectos de los trastornos alimenticios, este trabajo se propone como herramienta para afrontar este fenómeno, que no solo es más cercano de lo que se cree, sino que exige prestar atención al funcionamiento de nuestro cuerpo, nuestra mente y nuestras conductas sociales, como fuentes de solución.

     

    Haga click en la imagen para ver el especial:

     

     

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    Trabajo realizado en el curso Periodismo V, bajo la orientación del profesor Gabriel Jaime Lotero.