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  • Querer y poder, el dilema de la música en Medellín

    Sebastián López Ortiz / sebastian.lopezo@upb.edu.co

     

    Medellín, una ciudad con herencias musicales que vienen desde la colonización española, además de los sonidos entrantes por los Andes, huellas de figuras como la de Carlos Gardel, fue incluso núcleo de la industria musical de Colombia, como sede de la mayoría de casas disqueras a mediados del Siglo XX. Tango, ranchera, salsa y el tan popularizado reguetón, entre otros ritmos, son muestras de la diversidad musical de esta urbe.

     

    Medellín es melómana, pero ¿es verdadero refugio para los músicos? ¿Qué pasa con esa persona que invierte años formándose no solo para que su instrumento suene perfecto, sino también para crear su visión de la música, para entender sus posibilidades y sus alcances, ese gran fenómeno que después de largos procesos, finalmente todos podemos escuchar transformada en una canción?

     

    Medellín y la música, una relación de amor y odio

    Es un sábado en la noche, la ciudad suena, la gente canta. En el barrio Manrique se escuchan de fondo algunos de los más famosos tangos gardelianos. En El Poblado, en el renombrado Parque Lleras, las juventudes bailan al ritmo de los bajos de una canción de reguetón. También se escuchan los sonidos provenientes de las improvisaciones de un conjunto de Jazz, mientras que al vaivén de las botellas de cerveza se canta a todo pulmón una canción de protesta al ritmo del punk en bares de las Torres de Bomboná. Entre tanto, la armonía de la Orquesta Filarmónica de Medellín toca sus conciertos de temporada en el Teatro Metropolitano.

     

    A lo largo del año, en la ciudad se celebran muchos festivales musicales como: Medejazz, Festitango, Festival Altavoz, FestiAfro, Festival La Solar, entre otros. También es muy importante mencionar que con recursos públicos se financia la Red de Escuelas de Música de Medellín, en la cual actualmente hay cerca de 5 mil estudiantes y 27 escuelas aliadas, según el sitio web de la organización. A su vez, en Medellín hay siete centros educativos para hacer estudios superiores de música, bajo diferentes nombres y enfoques. Hay también centros privados como Iberacademy, Pianissimo y El Cubo Parque Cultural, que se proponen además como plataforma para hacer visibles a los músicos, junto a los festivales y medios especializados como la Revista Música, que busca darle voz a todos estos músicos y bandas de tendencias no dominantes o fuera de lo que se denomina el Mainstream. La publicación, nacida en 2003, tiene ya 61 ediciones.

    La Revista Música es además animadora de la Unión del Sector de la Música, que tiene fines gremiales. Foto: Cortesía. >>

     

    Entre los espacios más destacados para la actividad musical en la ciudad está el Teatro Metropolitano y el Pablo Tobón Uribe. A ellos se les unen los teatros universitarios y algunos espacios privados, además de un circuito de bares con música en vivo. Pero como cuenta Fernando Gallego, “en Medellín el circuito de música en vivo, la llamada chisga, normalmente funciona en los bares y los bares no tienen infraestructura real para los conciertos en vivo, pero modifican su estructura para poder ofrecerlo. Algunos bares tienen escenarios pequeños y no están acústicamente pensados para eso”.

     

    Por su lado, Sebastian Almánzar también tiene su postura frente a este tema: “hace mucha falta un teatro en Medellín, uno acústicamente construido para eventos musicales. Me parece que el problema en Colombia es que los teatros se hacen pensando en dos cosas, es decir, cumplir dobles tareas: teatros toderos”. Pero el problema no solo está en los teatros que hay, sino en los que ya no hay, el maestro Posada cuenta: “en Medellín cometimos grandes pecados con la idea del modernismo y progreso: y fue tumbar el teatro Junín, ¡era una joya!, fue una tremenda equivocación de la sociedad en su momento y eso dio pie a muchos de los problemas que acoge hoy el centro”.

     

     

    <<Nepentes es una de las bandas con más dinámica en festivales dentro y fuera del país. Foto: Cortesía.

     

     

    ¿Y cuál es el apoyo que la música tiene realmente en la ciudad? “Medellín es una ciudad que ha venido de menos a más. Hace unos 20 años se ha venido fortaleciendo todo ese tejido cultural a través de muchas más oportunidades, equipamientos, procesos, recursos y se ha venido trabajando. Los artistas han sido cogestores, además de la ayuda de empresa privada. También se ha venido generado un portafolio importante de oportunidades para mucha gente en términos de presupuesto participativo, becas de creación, los eventos de ciudad y todos los procesos de desarrollo económico para el fortalecimiento de las industrias creativas. Cuando yo empecé no había nada”, cuenta Juan Carlos Sánchez. El contraste lo explica Fernando Gallego, al referirse a festivales gratuitos que han contribuido a la divulgación, pero han desincentivado entre las audiencias la cultura de pago por ver en vivo los artistas de su preferencia: “Y eso para los músicos es un problema, porque pagar un cover que valga lo que realmente justifica el concierto, les duele pagarlo. [Para] Un concierto bueno, por 30 o 40 mil pesos, la gente se ofende, que es lo más complicado. En la época del streaming, cuando uno está acostumbrado que todo esté en línea y las cosas en línea son gratis ya de entrada hay un problema grande y ¿cómo le haces entender a una persona de 13 años que tiene que pagar por la música?, es un problema de esta generación”.

     

    El análisis de Gallego pone en discusión el papel de la educación para el arte. Andrés Escobar cuenta que “hay una falta de educación. Es una cuestión que va desde más abajo. Si los niños desde los 3 a los 10 años tienen una formación musical que por lo menos les dé una noción, van a lograr cogerle un cariño y un gusto a la música y, aunque no se dediquen a ella, van a aprender y entender de música y eso les va a ayudar en cualquier otro proceso de aprendizaje”. Y Almánzar añade: “Es necesario crear un hábito de querer escuchar música. Que realmente la gente tenga muchas ganas de oír su orquesta tocar y esto es algo que debe impulsarse desde los niños”.

    El director Sebastián Almánzar durante una de sus presentaciones en Europa. Foto: Cortesía.

     

    Son muchos factores entre no querer ir al concierto y no tener con qué ir. Sebastián Almánzar también es consciente de esto: “El salario mínimo está en poco más de un millón de pesos y de ese dinero se te van 800 mil pesos en el día a día, lo que tienes que pagar y sí mucho lo que te queda. Imagínate uno estar pagando 30 o 40 mil pesos en una boleta cada fin de semana; es muy complicado”. Al resultado de ese balance financiero se le denomina capital de consumo. Según el profesor Luis Fernando Aguado, hay tres formas de fortalecer capital de consumo cultural: la crianza en una familia que valore las expresiones como la música, educación artística en nivel de primaria y efecto rebaño; que el voz a voz o el gusto de quienes son cercanos lleve la música a cada persona. Según esto, que la música tenga espacio además de la idiosincrasia, depende de la economía del país.

     

    ¿Vale la pena estudiar?

    Para muchas de las personas que quieren dedicar su vida a la música es difícil la decisión de si hacer estudios profesionales o comenzar una carrera empírica basada en el mejoramiento de la técnica con el instrumento. ¿Qué aporta profesionalizarse en la música? Para Andrés Escobar es importante porque: “De acuerdo con el amor, pasión u obsesión que tenga uno por la música, el estudiar la carrera te permite entender un montón de cosas históricas que han sucedido con la música. Además, te da herramientas útiles. No sólo es perfeccionarse uno con un instrumento, sino un entendimiento de la música desde un punto de vista teórico, histórico y estilístico”.

     

    Para Fernando Gallego, la decisión de hacer la carrera va ligada a la intención que tenga el músico: “Si lo que uno quiere es proyectarse desde el ámbito académico y seguir haciendo carrera académica, hacer su maestría y luego aspirar a otro posgrado, pues tienes que hacer una profesionalización”. Y agrega: “Ahí hay un problema grande porque una persona de 17 años que recién pasa a su pregrado todavía no tiene claro esto, porque luego uno puede cambiar de opinión. Lo que yo le digo a los estudiantes jóvenes que me plantean el asunto de estudiar es: trate de hacer la técnica pensando después en profesionalizarse, porque se puede hacer la técnica y mientras estás trabajando puedes hacer la profesionalización, que es algo completamente normal en una ciudad que tiene una gran población en estratos bajos”.

    Entre el rock y el jazz, el profesor y músico Fernando Gallego recorre los bares de la ciudad con proyectos como Green Monkey y Slow Hands. Foto: Cortesía.

     

    ¿Y si me voy del país?

    Se dice que, si los artistas quieren alcanzar una mejor calidad de vida, obtener mayores logros profesionales y personales, se deben ir del país. Pero León Giraldo no está de acuerdo: “no creo que mi realización esté ligada a una posición geográfica. Se debe más a la labor que se realiza de acuerdo con las necesidades de la sociedad que habitas. Los proyectos de vida se construyen uno a uno. Además, puede que en otros países haya más orquestas filarmónicas, pero también más profesionales, más músicos que ya ocupan esas plazas. Después de vivir tres años en Europa me doy cuenta de que las realidades son muy parecidas, pero en diferente dimensión”.

     

    Todos los entrevistados coinciden en la ganancia que ofrece un acercamiento y una mirada internacional en la música, porque, como lo plantea el maestro Alejandro Posada, “el mundo es la casa de los músicos”. Juan Carlos Sánchez agrega al respecto: “Celebro cuando pueden estudiar afuera y celebro más cuando regresan a compartir sus conocimientos”.

     

    Pero hay también una tercera mirada que ve en el “salir del país” una necesidad. La maestra Ana Orduz dice que: “Lo de irse depende del género que quieras tocar y del perfil profesional y artístico que quieras tener”, opinión que sintoniza con la de Gallego:“Cuando uno va muy en contra de la corriente es muy difícil vivir de la música. Por ejemplo, si tienes una banda de punk en Medellín probablemente no vivas de la banda”.

     

    Soy músico y soy una empresa

    “El artista hoy en día debe buscar su espacio en la sociedad (…). El músico debe saber venderse, crear la necesidad de lo él hace”, comenta Alejandro Posada. Pero esto no es un mero discurso de emprendimiento y de gestión cultural. Sara Melguizo, directora de la Revista Música cuenta que: “Los músicos pertenecemos a un sector en el que no somos asalariados. Somos supuestamente emprendedores, pero a veces no alcanzamos ni siquiera a auto emplearnos de manera digna porque nuestras empresas son estacionales, entonces nos toca ser multi perfil. Es cierto que tenemos una capacidad adaptativa maravillosa, pero ¡eso no es saludable!”. Desde su experiencia, Juan José Trejos añade: “Es un poco peligroso eso de ser toderos porque uno no se ve obligado a no solo desenvolverse profesionalmente en algo y hacerlo muy bien, sino que le toca hacer muchas cosas, entonces pierde calidad el arte y finalmente el producto”.

    Juan José Trejos tiene como instrumento principal el trombón, pero también toca la guitarra. Foto: cortesía.

     

    Talento migrante

    En los últimos años, según cuenta Alejandro Posada, dentro de la Filarmónica de Medellín más del 50% de los integrantes vienen de municipios cercanos a la ciudad. Una tendencia similar a la que se observa entre los aspirantes a programas académicos cono el de la Universidad EAFIT. León Giraldo es oriundo de El Retiro; Fernando Gallego, de La Unión; Juan Carlos Sánchez de Támesis y de Riosucio en Caldas es Juan José Trejos.

     

    En el exterior cada vez es más común escuchar que compatriotas son reconocidos o incluso ganan becas por su labor musical. Un ejemplo es Sebastián Almánzar, quien alcanzó el segundo puesto en la edición 2020 de la Competencia de la Unión Europea para Directores de Orquesta, realizada en Sofía y en Pazardzhik, Bulgaria; esto sin referirnos al reconocimiento de artistas de la música en facetas más comerciales.

     

    Hay otro factor fundamental. Un factor más discreto pero potente: “Algo muy importante es que se tiene la música como la oportunidad salir de situaciones difíciles”, cuenta el maestro Alejandro Posada, para quien esta expresión muestra a los jóvenes otro estilo de vida, otra posibilidad de salir adelante ,sobre la base de valores como la disciplina. “Los músicos en Latinoamérica en general son buenos o podemos llegar a ser buenos primero por la disciplina que uno pueda tener, pero, el más importante aún, me parece que es porque nos toca lucharla tan difícil”, afirma Almánzar, a lo que la maestra Ana Orduz le agrega una gran capacidad para soñar.

    La Fundación Pianíssimo abre espacios para que los estudiantes de este instrumento tengan contacto con el público y perfilen su talento y su vocación. Foto: Cortesía.

     

    ¿Y de dónde saco los pesos?

    El soporte económico es una constante en la preocupación de los músicos para desarrollar sus proyectos. La financiación pública es una carta cada vez más visible y, por ejemplo, la Alcaldía de Medellín cuenta con varios mecanismos como estímulos que vienen desde el programa de Presupuesto Participativo, hasta los conciertos gratuitos como el Festival Altavoz . Pero puede ser complicado acceder a estas ayudas. Andrés Escobar cuenta que: “La Alcaldía da subsidios, pero uno debe hacer un papeleo extenso y ser muy cuidadoso para lograr acceder a ellos, debe presentar una propuesta sólida”. Y ahí está la cuestión, mientras más solida sea la propuesta, más posibilidad hay de contar con esas ayudas.

     

    Organizaciones y centros culturales particulares hacen lo propio. El Teatro Pablo Tobón Uribe tiene varias actividades de apoyo a los músicos y a los artistas en general, de eso habla su Director: “tenemos varios proyectos. El primero, Matraca: donde asisten bandas más consolidadas que venden boletas y son sostenibles. También tenemos un programa alrededor del Café Teatro donde permitimos que bandas emergentes toquen. Les ponemos un sonido, iluminación, backline, tarima y desarrollamos ejercicio de coproducción o de producción”. Se busca que lo que se recoja en boleterías vaya en mayor porcentaje para estas bandas. Y con la reactivación económica el Teatro busca generar más espacios y, con ello, más ganancias para todos estos músicos.

    << El modelo de la escuela Iberacademy se basa en la búsqueda de los mejores profesores alrededor del mundo para sus estudiantes. Foto: Cortesía.

     

     

    Y, ¿cuánto cobro?

    Una queja generalizada en el gremio de la música es que algunos colegas porque “regalan su trabajo”, lo que genera un desbalance en el mercado laboral. Una clase de piano por hora y media a la semana, oscila entre los 40 y los 300 mil pesos.

     

    Sara Melguizo, quien también está a la cabeza de la Corporación Unión del Sector de la Música (USM) ha venido generando proyectos que impulsen a un pago digno por la labor musical e invita a que se respeten ciertas tarifas para que no se presenten esos quiebres entre lo que se paga por la labor artística. Para eso, dentro de la Corporación realizaron una tabla dinámica de tarifas para que un músico pueda tener una idea de lo que debe cobrar por su trabajo. Un estudio de la USM encontró que los ingresos que provenían del ámbito digital sólo correspondían al 8% de los ingresos de los proyectos musicales, lo que desmitifica la idea de que lo digital es la panacea para los músicos.

     

    A lo anterior es importante agregar que los impuestos de importación de los instrumentos son muy altos, Ana Orduz cuenta que traer un piano de cola cuesta desde 35 millones de pesos, en gran medida por los llamados aranceles de importación sobre los instrumentos musicales, que están considerados por las normas aduaneras como artículos de lujo y ocio, no como parte de las herramientas de la llamada industria creativa. “Son unas políticas contradictorias”, afirma Orduz.

     

    La payola

    Pagar para sonar es, más que una queja, otro de los fenómenos que preocupa a los músicos que en ella ven el fin de los méritos. “La payola son las prácticas restrictivas de la competencia. Eso hace que suene siempre la misma música tanto en la radio como en las listas de reproducción. Incluso existe la contra-payola, que es pagar para que los otros no suenen. O la hiper-payola, pagar para ser parte de las listas de las sociedades de gestión colectiva por parte de las emisoras. Es decir que llenan las listas con música que no sonó y las sociedades de gestión colectiva reciben esas listas y les pagan a los asociados. Son situaciones muy complejas que no se cuentan”. Lo que se busca es que haya un impuesto sobre la payola y que se sepa con completa claridad cuándo una reproducción es publicidad musical pagada.

     

    ¿Para qué la música?

    El arte es necesario para el desarrollo de sociedades sanas y maduras, en eso coinciden los músicos entrevistados. Para Ana Orduz, el arte genera bienestar, que finalmente, derivará en paz. Pero el maestro Alejandro Posada lo explica desde las tres dimensiones de lo humano: “La parte de la mente, el cuerpo y el espíritu. El arte nos ayuda a desarrollar esos tres constantemente. Cuando el niño está estudiando música, está desarrollando constantemente cuerpo mente y espíritu y, cuando una sociedad la mayoría de sus habitantes ha podido nivelar esos tres aspectos fundamentales se logra una sociedad más madura, empática, incluyente y comprensiva. Eso hace posible que avancemos como sociedad”.

     

    Por su parte, Juan José Tejos, opina que todo depende del enfoque que se le quiera dar a la expresión artística. “Todo nace de una necesidad de expresar algo. Si estoy enfocado en llevar un mensaje social, un cambio o simplemente un producto”, explica.

    << Juan José Trejos combina su trabajo entre agrupaciones como Jetsemaní, El Tropicombo o presentaciones en El Balcón de los Artistas.

    Foto: Cortesía.

     

     

    Mijo, la bendición y hágale

    Como si de un coro se tratara, ante la pregunta de si se puede vivir de la música en Medellín, todos los entrevistados dijeron que sí. Un sí rotundo. Rotundo como los aplausos del público al terminar la última nota de su canción favorita en una presentación en vivo. Ninguno desconoce los grandes retos que representa escoger la música no solo como profesión sino como estilo de vida.

     

    “Hay algo que se está dando finalmente en Medellín y es entender que la música es una profesión, es un oficio serio en el que se trabaja como cualquier otro y hay muchas oportunidades como en cualquier otro. La cuestión está en si definitivamente quiere ser músico meterse de lleno. Ser muy bueno en su instrumento y, haga lo que haga, perfeccionarlo”, argumenta Fernando Gallego.

     

    Para Andrés Escobar también es fundamental dejar de buscar esa falsa ilusión de que se es músico para ser famoso y que la fama es el éxito. “El éxito, para mí, está en hacer un trabajo reconocido y respetado por mis colegas y también por mis seguidores”.

     

     

  • Un adversario de la informalidad

    Por: Alejandro Zapata Peña y Camilo Pérez Montoya

     

    El mundo despertó este 2020 junto con un nuevo enemigo que iguala a la familia humana en una misma lucha: prevenir el contagio por el SARS-CoV-2 al costo de evitar la vida social y el ritmo frenético al que la sociedad estaba acostumbrada. El reto desde entonces ha sido salvaguardar la vida no solo de las personas, sino también de los estados. Esto ha llevado a que en los últimos meses los gobiernos hayan centrado su atención y esfuerzos en el sector económico puesto que, según el Fondo Monetario Internacional, el crecimiento económico a escala global para este año se estima en un – 4,9 %.

     

    Dentro de este panorama, el sector informal de la economía se constituye como uno de los más afectados. Para la Organización Internacional del Trabajo se estima que de los 2000 millones de trabajadores informales que hay en el mundo, cerca de 1600 millones están siendo afectados por las medidas de aseguramiento implementadas por varios de los estados. «“Morir de hambre o por el virus” es el dilema que enfrentan muchos trabajadores de la economía informal», asevera la OIT en su informe sobre la crisis por la COVID-19 y la economía informal.

     

    De acuerdo a cifras del DANE de la Gran Encuesta Integrada de Hogares GEIH (febrero 2020), en Medellín la tasa de desempleo es de 40.8 %. Dentro de aquel porcentaje se encuentran Egidio Peña y Luz Mila Ossa que con su emprendimiento han construido 42 años de tradición zapatera y seguidamente Clara Montoya, que junto a su familia ha levantado un negocio de comidas rápidas en el barrio Manrique, el cual ha perdurado como uno de los más exitosos del sector. Sus historias le ponen rostro al reto que ha representado la coyuntura para los trabajadores informales, el vaivén y los esfuerzos por sobrevivir a la pandemia.

     

    Máquinas bajo sábanas

    Un buen tiempo se silenciaron estas máquinas en el taller de Creaciones Elizabeth. Foto: Camilo Pérez.

     

    “El arte más olvidado y despreciado”, así denomina Peña a la actividad que por más de 40 años le ha dado de comer a su esposa y a sus hijos. En tiempos de confinamiento: suelas, plantillas, empeines y demás fragmentos del zapato parecen estar desapercibidos en el corto pero fructuoso taller situado en la comuna 9 (Buenos Aires), al oriente de la ciudad. Los dos se encuentran lijando en el taller una silla de madera destinada para su hija Elizeth, no es la primera vez en los últimos meses que se ven obligados a ocuparse de otro tipo de oficios diferentes al de estar pegando, cosiendo y ensamblando calzado.

     

    Ellos hacen parte de los 1600 millones de trabajadores que hoy en el mundo están obligados a producir o vender menos a lo que estaban habituados. Corría el año de 1985 y Creaciones Elizeth, —como llamaron su microempresa— producía la suma de 500 pares de zapatos elaborados a su totalidad y paso a paso cada semana, en ese entonces la microempresa fue altamente reconocida por la gran calidad de zapatos que fabricaba la pareja junto a sus 25 trabajadores, llegando así a ganarse Ossa el reconocimiento a la mejor microempresaria de Antioquia.

     

    La suerte que hoy corre Peña y Ossa en cuanto a la manufactura del calzado no es la mejor, las cerca de seis máquinas con las cuales fabricaban el zapato completo, hoy permanecen bajo sábanas, “Aquí no apoyan al pequeño, nunca lo apoyan, lo tratan de asfixiar y ahogar”, son algunas de las frases en las que enfatiza Peña al estar lijando la silla de su hija con mirada concentrada y cavilando qué le deparará el futuro de su negocio en plena coyuntura pandémica.

     

    A lo largo de la pandemia de 20 a 50 pares semanales de tan solo la parte superior del calzado es lo que logran producir, de este rendimiento gran cantidad va a parar a vendedores de locales comerciales del centro de la ciudad, —uno de los sectores últimamente más afectados por cierres y contagios—. Tanto para Peña como Ossa las esperanzas de una reapertura fija del comercio están intactas para poder así tratar de alcanzar aquellos números de zapatos que producían antes de todo el desbarajuste.

     

    Con el miedo en un lado y la necesidad en el otro

     

     

    “Como si estuviera por allá encerrado”, así describió Clara Montoya la calidad de la llamada telefónica cuando se disponía a contar la historia de su negocio, casi haciendo una metáfora de la situación actual. Desde hace 15 años, doña Clara junto con otros socios, entre ellos su hija, trabaja en su negocio de comidas rápidas ubicado en el barrio Manrique Oriental. Con sus empanadas, papas y pasteles se han hecho reconocidos entre la comunidad que, asegura Montoya, gusta mucho de su producto.

     

    << Con menores volúmenes de ventas, este nogocio en Manrique se ha mantenido en pie.

    Foto: Alejandro Zapata.

     

    “Hay que volear mucho, pero da para que le quede a uno algo… Eso antes de la pandemia”, expresa Clara refiriéndose a un tiempo de abundancia del que ya se dista mucho, puesto que durante el confinamiento muchas han sido las consecuencias. Los clientes tradicionales del negocio tienen miedo de salir a comprar y no cuentan con los mismos recursos de antes para hacerlo, puesto que el desempleo ha aumentado y “la gente va a preferir comprar un paquete de arepas que un pastel”, dice Juan Pablo, el hijo de Clara.

     

    El negocio ha podido seguir funcionando gracias a un permiso expedido en la acción comunal del barrio. Montoya y su familia intentan mantener las medidas de seguridad como el lavado de manos; el uso del antibacterial, guantes, tapabocas y distanciamiento social, asimismo usan cintas señalizadoras para separar a la gente. Sin embargo, el trato con las personas se ha vuelto más complicado, puesto que en el intento de cumplir con las medidas de seguridad y a la vez brindar un buen servicio, las personas se molestan por lo que ven como trabas para comprar el producto.

     

    A las dificultades se le suman las constantes intervenciones de la policía para establecer controles en las actividades del negocio a pesar del permiso con el que cuentan. Son frecuentes los llamados de atención por el funcionamiento durante el confinamiento y la aglomeración, y constante la amenaza de un comparendo. Continuar trabajando representa un riesgo y un miedo constante que esta madre de dos hijos describe como una confusión horrible, pero que aún así está dispuesta a tomar porque “usted sabe que uno tiene que reinventarse”, dice ella.

     

    Para Clara Montoya las medidas que ha tomado el Gobierno no responden a las necesidades de negocios como el suyo. Ella y su hijo concuerdan en que la apertura parcial de la economía emprendida desde la Administración Nacional han estado encaminadas a otro tipo de comercio, pero no a ayudar a las personas que no tienen un trabajo estable, quienes como ellos deben continuar laborando atenidos a las diferentes consecuencias de desacatar la ley.

     

    El negocio conocido como Empanadas de Trasmayo ha tenido que despedir a los tres trabajadores con los que contaba antes de la coyuntura por la COVID-19. “Ahora solo trabajamos nosotros (ella y sus hijos) para lo poquito que se hace, a veces no se vende todo”, asegura Montoya. A pesar de todo, Clara es consciente del enemigo al que se está enfrentando: sabe que el riesgo de contagio es real y que la clausuración de la economía responde a un intento por salvaguardar el bienestar general.

     

    Clara Montoya reconoce que recuperarse de los efectos de la pandemia será un proceso difícil, sin embargo, invocando la gloria de su Dios, expresa la vibrante esperanza de que una vez se reabra la economía puedan empezar a reconstruir lo que perdieron. Ella y su hijo saben que “eso no va a ser para mañana ni para pasado mañana”, pero está expectante de que para el bien de todo el mundo la situación empiece a ofrecer un mejor semblante.

     

    Los Peña y los Montoya reflejan el drama de un sector económico golpeado por una situación que socava las bases del trabajo informal. El sentimiento es compartido: la añoranza de épocas no muy lejanas donde sus negocios daban los frutos del trabajo de muchos años, la sensación del abandono estatal en medio de la zozobra y la expectativa de un mejor porvenir. Son estos los pensamientos que abundan en el quehacer de muchos de los trabajadores informales que en medio de la pandemia articulan diferentes estrategias para sobrevivir a una lucha entre el temor y la carencia.

     

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  • Nuevos emprendimientos en cuarentena

    Por: Mariana Arcila y Andrea Patiño

     

    Los emprendimientos durante la pandemia aumentaron significativamente gracias al auge de las redes sociales y a la necesidad de migrar hacia la virtualidad. Especialmente en lo laboral, el teletrabajo se convirtió en una obligación para muchas empresas. Este trabajo multimedia ahonda en las motivaciones de estos emprendedores digitales y en el porqué de hacerlo durante el confinamiento.

     

    Clic en la imagen para navegar el especial.

     

    Trabajo realizado para el curso Periodismo V, orientado por el profesor Gabriel Lotero Echeverri.

     

     

     

     

  • Carlos Castro Saavedra: el poeta que logró unir al mundo en una “Plegaria desde América”

    Por: Maria Clara Castro / maria.castroo@upb.edu.co

     

    ¿Quién era Carlos Castro Saavedra? Esta producción multimedia explora a este personaje, su obra y relación con el conflicto armado y la violencia en Colombia.

     

    Haga clic en la imagen para navegar la multimedia:

    Fotografía: Archivo Fotográfico Biblioteca Pública Piloto.

    Trabajo para el curso Periodismo Electrónico, orientado por el profesor Gabriel Lotero Echeverri.

     

     

  • Inmerso en la pandemia

    Verónica Peñaranda Isaza

     

    Nicolás Jaramillo Gómez, cardiólogo, es uno de tantos médicos que ha se ha expuesto, constantemente, al contagio de Covid-19. En este testimonio cuenta sus razones para hacerlo y reflexiona en torno a lo que ha significado la pandemia para él y cómo ha ido cambiando con el pasar de los meses. “Esto me gusta y sé que lo tengo que hacer. Es cuestión de lo que yo siento, no me cuesta mucho”, dice.

     

    El 6 de marzo de 2020 se registró el primer caso de COVID-19 en la capital de Colombia. A partir de la fecha, el país se encuentra en una incansable batalla por combatir el virus. Somos el personal de salud quienes diariamente arriesgamos nuestra vida por salvar la de los demás, trabajamos horas extra bajo condiciones adversas y exponiéndonos al contagio.

     

    Es una experiencia muy compleja. Comenzamos con un momento crítico en que la gente se llenó de pánico y nosotros también. Yo pensaba: ‘bueno, ¿qué me puede pasar a mí?’ Y no tanto a mí, sino que podría estar contaminando a mi familia. La decisión de trabajar con el virus la fui tomando en el camino y poco a poco me iba adaptando a una rutina diferente.

     

    En el hospital

    Al llegar, hay que hacer un cambio absoluto de ropa, para ponernos unos uniformes con ciertas características y usar permanentemente las mascarillas; en un principio las N95[1], que, por la misma pandemia y el susto, empezaron a escasear y a volverse costosas, por lo que continuamos usando las generales, que dan una protección más o menos del ochenta por ciento, bien usadas. Fuera de eso, se nos proporcionaron los protectores de plástico o acetato que cubren toda la cara.

     

    En la sala de hemodinamia[2] usamos petos de protección porque trabajamos con radiación, por lo que el calor es infernal. También las gafas plomadas y las de protección general, más los lentes recetados que se empañan todo el tiempo, son desesperantes. Nos sentimos asfixiados con los protectores de nariz y de boca, sentimos que no nos llega la respiración y perdemos la capacidad de hablar. Nadie entiende lo que estoy diciendo y tampoco le entiendo al enfermo; me la paso gritando, es horrible. A todo esto, se le suma la tensión que genera el paciente, que es bien complicado.

     

    Poco a poco íbamos perdiendo el miedo y el respeto a ciertas medidas de seguridad que en un comienzo eran demasiado estrictas. Me sangraban las manos de tantas lavadas que me hacía. La cara también se me volvió nada, porque las mascarillas maltratan mucho cuando las estamos usando de doce a veinticuatro horas continuas. Pero al principio nadie se atrevía a quitárselas, es decir, era un acabose. Contaminarse con COVID-19 realmente asustaba.

     

    Cuando tomamos la decisión de atender a un paciente positivo para el virus, se hace una parafernalia impresionante; se bloquean todas las salidas para que nadie se cruce con esa persona, quien viene en una urna de aislamiento. Mientras sucede toda esta procesión, los médicos debemos esperar. Para atender a estas personas, solo se pueden dejar los elementos estrictamente necesarios y sacar el resto. Si hay que intubar al paciente, nos tenemos que salir todos, porque es el momento más crítico para la aspersión del virus; tenemos que esperar quince minutos, como mínimo, a que caiga y se asiente. Todo este proceso demanda tiempo. Sin embargo, nos hemos ido acostumbrando y empezamos a estar más tranquilos, incluso pensamos: “Si me va a dar, pues que me dé”.

     

    Las relaciones humanas

    Mi relación con los pacientes ha cambiado. Por un lado, la siento más estrecha que antes, incluso siempre trato de empezar conversando con ellos, por lo que he extendido los horarios de atención un cuarto de hora más. La gente va mucho en la búsqueda del conversar, del charlar, que se le escuche, que se le tenga en cuenta, que se le oigan las quejas, precisamente por la soledad en la que están. Me he vuelto un compañero fundamental para ellos. Por el otro lado, me da tristeza la lejanía, ahora son codazos los que me doy con los pacientes. Anteriormente era la palma, el cariño, el amor, que se ve que se necesita. Eso golpea.

     

    El vínculo con mis compañeros de trabajo también es muy distinto. Ahora somos cinco los que estamos en la modalidad presencial, frente a dieciocho o veinte que están desde la virtualidad. No es lo mismo la discusión, la cercanía, el compartir. Fuera de eso, el espacio en el que almorzábamos todos juntos, donde hablábamos y jodíamos, se ha reducido a máximo tres personas por comedor. Tristemente todo se vuelve más frío.

     

    El paciente no tiene la culpa de tener coronavirus o estar bien enfermo. Después de todo, estoy inmerso en la pandemia gracias al apoyo de mi familia, en especial el de Gloria, mi esposa. Ella me acompaña en la decisión porque disfruto mucho lo que hago y sé que es lo tengo que hacer. Se trata de lo que yo siento, no me cuesta mucho.

     

    [1] Las mascarillas N95 son nombradas así, debido a que filtran el (95%) de las partículas del ambiente, por lo que son las más adecuadas para el uso del personal de salud cuando hay contacto directo con el COVID-19.
    [2] Subespecialidad de la cardiología que se basa en el tratamiento y diagnóstico de afecciones cardiovasculares, a través de técnicas guiadas por rayos X.

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    Trabajo realizado para el curso Periodismo III, orientado por Claudia Sánchez Aguiar.

     

     

  • Librero, librero

    Dos testimonios sobre el oficio de habitar la palabra, pasando páginas, revisando historias, recomendando autores…

     

    Por: Paola Cañas

     

    “…Había contraído contigo compromisos imprudentes y la vida se encargó de protestar: te pido perdón, lo más humildemente posible, no por dejarte, sino por haberme quedado tanto tiempo”.

     

    Con aquellas últimas líneas del libro Alexis o el tratado del inútil combate, el librero Wilson Mendoza descubrió que para leer una historia debe dirigirse al punto final y retroceder, solo un poco, hasta los penúltimos renglones porque allí encuentra confesiones que lo impulsan a querer apreciar completamente el relato.

     

    “Me gustan los finales”, nos dijo, mientras con sorpresa abríamos nuestros ojos que querían indagar como detectives por los detalles de la “fracción del paraíso”. Como lo definió el librero Luis Alberto Arango, quien entre risas quiso conversar por un momento con Borges.

     

    “Acuérdate que él se imaginaba el paraíso bajo la forma de una biblioteca”, señaló. Entonces respondí: “¡Borges, estamos de acuerdo!”

     

    Aquella mañana soleada, aún sin esos diálogos en mi memoria, me dirigí cerca de la estación Estadio del metro, específicamente a una entrada delimitada por un rectángulo grande de color rojo oscuro, en el que leí “Librería Grámmata” con letras delgadas como si estuvieran escritas por un lápiz, también gigante, que decidió unir las dos M para que se sostuvieran.

     

    Al lado, casi tocando el balcón del segundo y último piso de la casa que admiraba en silencio, noté la existencia de un barco dibujado, tal vez con el mismo lápiz, contenido en un cuadrado de color madera claro, que acompañaba a las letras: Palinuro, Libros leídos.

     

    No pude detenerme en los detalles, pues fui interrumpida por alguien que corría hacia mí intentando acortar una distancia nombrada hacía seis meses en los noticieros. Karol, una amiga cuyo nombre sonoro me hace recordar el mar, me abrazó con fuerza olvidando miedos y recomendaciones, emocionada por aquella invitación que le había hecho para que descubriera un lugar ubicado tan solo a dos cuadras de su casa.

     

    Asombro, asombro, sentimos al entrar juntas a un espacio rodeado por más de 75 mil libros. Protocolos, protocolos, eso experimentamos cuando la primera persona que vimos nos pidió levantar los pies para que cada zapato fuera rociado por un líquido transparente.

     

    El paisaje que asombró a las cronistas.

    Foto: Paola Cañas. >>

     

    Luego de los torpes movimientos que conlleva aquel procedimiento caminamos con una curiosidad que al instante determinó los libros que exploramos por unos segundos, retirándolos suavemente de los estantes de madera, también de tono claro, cuya única diferencia a simple vista se encontraba en los letreros encima de ellos que actuaban como direcciones.

     

    Entre la calle del Ensayo y teoría literaria, cerca de la cuadra de Comunicación y Periodismo y al lado de la carrera Latinoamericana, encontramos un libro sobre el horóscopo chino, cuya pasta azul clara y su dibujo de un pequeño cerdo que parecía feliz me hizo abrirlo. Karol se acercó con dudas y al no encontrar interés en este decidió mirar otro libro grande de color naranja. “Nunca he sabido de dónde son esas rocas”, me dijo mientras lo miraba.

     

    Nos sentamos en un mueble oscuro en el centro de muchos colores rodeadas por el intento de empezar a conversar, acabó pronto por la llegada de Wilson Mendoza, el librero, que, al notar cómo nuestra mirada lo perseguía, recordó su cita y tomó una silla de madera oscura.

     

    Con tono firme me pidió que le explicara mejor sobre lo que indagaría. El librero, interesado por el desarrollo de la entrevista, no le realiza tantas preguntas a las personas que acuden a él de forma cotidiana porque sabe que su oficio se sustenta en el diálogo fluido.

     

    “En las librerías de los centros comerciales no hay tiempo para conversar. En aquellos lugares contratan a vendedores que no evalúan el contenido”,dijo.

     

    Wilson nos contó que en su oficio a veces solo tiene la función de escuchar y haciéndolo se ha dado cuenta de que a las personas les gusta que los libros acompañen sus emociones. “Es que son muy buenos acompañantes”, nos confesó.

     

    A él, por ejemplo, lo han guiado desde hace 28 años, en los que gran parte de estos trabajó en varias bibliotecas hasta que hace poco realizó lo que él define como su proyecto de vida: su propia librería; su propio espacio para conversar.

     

    Ante mi pregunta por la relación que tiene con las personas, me dijo que la función principal de un librero no es ayudarlas, pues aquello se hace de forma inesperada, porque realmente lo que más le gusta es estar entre libros, entre historias. “Un librero es quien recomienda los libros porque ya los conoce, entonces quiere que otros también pasen por ellos”, definió.

     

    Algo confundidas, le preguntamos entonces si había leído todos los libros que nos rodeaban. De forma amable, con un poco de gracia, nos dijo que eso es casi imposible, casi, casi, porque el librero que hace su trabajo con pasión sí debe leer una parte del contenido de todos los textos, como una sinopsis y una breve biografía de cada autor o autora.

     

    Me conmovió comprender que cada día conoce el mundo por medio de un escritor nuevo porque constantemente nacen editoriales, algo que él relaciona como un auge de las librerías independientes en Colombia que surgen por gusto, no solo enfocadas en vender. “La lectura te da un espacio en dónde habitar y es un espacio muy amable”, nos explicó.

     

    En cuanto al lugar físico, al que todos los días acude, este se compone de recuerdos que se conectan con la biblioteca del bloque 22 de la Universidad de Antioquia, el primer sitio donde trabajó. “Yo intenté buscar algo más pequeño para hablar con la gente, pero internamente siempre quise buscar algo que fuera similar a donde inicié a leer”, contó.

     

    Otro aspecto que lo convenció de alquilar aquella casa fue el árbol grande que con hojas brillantes se ubica al frente y parece cuidar lo que él define como su “librería de barrio”.

     

    Considerando esto, se inspiró para crear una cafetería que resguarda a los lectores, incluso a los que no compran nada y le hacen sacar hasta 20 libros de los estantes. Aquello no le hace juzgarlos. Incluso afirma que cosas como esta le han permitido fijarse en los detalles.

     

    “La mejor forma de desarmar a alguien enojado es atenderlo bien. A veces cuando los clientes vienen tristes me doy cuenta de que no buscan un libro, buscan una conversación”. Entonces, hacer un perfil del lector para saber qué libros recomendar es difícil, porque las personas nos componemos de características inusuales, a veces contradictorias. Como las que sustenta Wilson cuando nos contó que a un médico que conoce no le gusta leer sobre medicina y que a un economista le fascina el psicoanálisis.

     

    Entre aquellas elecciones reconoce que su observación le ha permitido saber que existen reglas específicas para comprar un libro, por eso le parece importante entregarlos abiertos. Hay quienes se fijan en el tamaño de las letras, si la edición es especial o si la pasta es dura.

     

    “A veces el último paso para que alguien se lleve un libro es acercar su cara y olerlo. Si no les huele bien, no se lo llevan”, cuenta Wilson. Otras personas se basan en el contenido y leen la primera página. Las más atrevidas, como las interpreté, de forma aleatoria leen una frase y así toman la decisión.

     

    Concentradas en el diálogo le preguntamos qué es lo que tiene en cuenta para comprar un libro y así fue como nos contó que leyendo los finales decide si quiere conocer el porqué de toda la historia. Con este método, descubrió que aquel hombre que pide perdón por haberse quedado tanto tiempo, durante las 69 páginas del relato, se da cuenta de que le atraen los hombres hasta que, finalmente, se lo confiesa a su esposa.

     

    Por estas características tan diversas le parece justo que las personas se trasladen de acuerdo con sus intereses y así ha descubierto la importancia de Palinuro, su vecino.

     

    Así llegamos donde Luis Alberto Arango, quién se encontraba en su oficina en el segundo piso y aceptó hablar con nosotras en su propio mundo de libros leídos imaginado por el artista Elkin Obregón, al que graciosamente y con admiración define como un mago, quien en tono de juego comentaba que quería tener su propia librería de libros viejos, como también se les conocen. “En Europa y Estados Unidos le dicen librerías de viejo. Son anticuarias de libros”. Nos confesó que con ayuda de Sergio Valencia y Héctor Abad Faciolince empezaron este proyecto en el que le tocó aprender mucho.

     

    “Si los libros son una mercancía para ti esto no sirve. Porque no hay un pregrado de librero, no existe ni podrá existir, ¿a quién le enseñan a ser librero?”, pregunta. Entre las historias de aquel inicio recordó que en los estantes se encuentra una fotografía de la revista Cromos publicada en 2005, dos años después de la fundación de la librería.

     

    “Karol, mirá esta foto”. Asombrada, Karol la miró con detenimiento y se rió ante el comentario inusual de Luis Alberto: “Elkin aquí parece Gandalf, el de El señor de los anillos”.

    Foto: Paola Cañas.

     

    Mirando los estantes, nos comentó que la librería cuenta con literatura universal de la A a la Z, haciendo un garabato con su mano que no comprendí muy bien, pero que intentaba mostrar el orden en el que se ubican los libros. “Literatura de Colombia, de la A a la Z, ta, ta, ta…”, dijo haciendo el gesto.

     

    Mientras nos explicaba esto yo le apuntaba con mi celular grabando cada frase. Pero hubo algo que no pude captar: el asombro que percibí en sus ojos cuando admiraba los detalles del sitio que todos los días recorre y que le ha dado, según él, los 17 años más gratificantes de su vida.

     

    “Hay una querencia por los libros, por quién llega, por los autores. En nuestro caso particular es amor, porque esto no genera plata”, dijo. Incluso nos confesó que en dos ocasiones estuvieron a punto de quebrar. En la primera, unos amigos cercanos los ayudaron y en la segunda, en 2015, tuvieron que dejar su lugar en el centro, cerca de Bellas Artes y alquilar con Wilson la casa donde se encuentran ahora.

     

    A pesar de esto, nos afirmó que la librería tiene más de 500 amigos, incluso nos dijo que, si nos fijamos en la página de Facebook o Instagram, podemos encontrar que tienen 3.500 seguidores. Con su celular nos mostraba aquel número con emoción mientras Karol tomaba de una mesita cinco portavasos que le llamaron la atención. “Son muchas las cervezas que han puesto encima, ¿oíste?”, le dice.

     

    Entre sonrisas que se nos desprendían por su personalidad cálida le preguntamos el origen del nombre de la librería. Palinuro nos sonaba un poco raro, en cambio para él es un término cercano. Al parecer, tanto Virgilio como Cervantes mencionaron la palabra en sus obras, pero fue el escritor Fernando del Paso quien lo terminó de convencer de proponer el nombre por su libro Palinuro de México, uno de sus favoritos, el cual se encuentra en una de sus repisas firmado por el autor el mismo año que fundaron la librería. “Toda una hazaña”, pensé.

     

    En comparación con el trabajo de Wilson, ante Luis Alberto acuden personas con ideas más claras sobre lo que quieren, pero en ocasiones simplemente le recomiendan autores. Es un acto recíproco, así lo define, porque ambos aprenden.

     

    “Uno ama esto porque estamos contenidos en esos amigos que son las palabras. Hay un texto de Neruda muy bello, que se llama…ese lo deberían conocer ustedes…Que se llama… Juliana, ¿recuerdas el texto de Neruda que trata sobre las palabras?”, le preguntó a su hija que de forma rápida encuentra un video en Youtube.

     

    Al ver aún mi celular apuntándole decide acercarse para que las ideas del escritor queden también grabadas. “Oigan esto, este es Pablo Neruda, el poeta chileno”, dijo.

     

    Mirando a un punto fijo sonreía por las frases que escuchaba. Nosotras, concentradas ,nos miramos con complicidad ante ideas que nunca habíamos considerado.

     

    “¿Y usted ha escrito?2, le pregunté con un poco de confianza luego de escuchar aquel texto.

     

    “Tengo tres libritos publicados. Velos, aquí están”, dijo mientras los sacaba de una estantería.

     

    Realmente sí son libritos, porque tienen un tamaño pequeño. Uno de ellos nos llamó la atención porque tenía un dibujo que su hijo menor hizo cuando tenía cuatro años. “Me pintó”, nos dijo.

    “Desorden alfabético”, uno de los “libritos” de Luis Alberto. Foto: Paola Cañas. >>

     

    Aquel libro contiene reflexiones sobre las definiciones de palabras arbitrarias. Una de ellas era librero, cuyo texto es de los más largos. Con libertad me dejó tomarle una fotografía así que luego de leerlo con más calma, encontré en este fragmento una esencia:

     

    “Un librero puede salvar vidas. Un buen libro, recomendado a tiempo, puede ser la tabla del náufrago y la isla del edén de un desesperado”.

     

    La idea de publicar este A-Z, como se les conoce, fue de su hija Juliana, quien en Navidad imprimió algunos textos, los unió en forma de libro y se los dio como regalo. Nos cuenta que lloró al verlo y se animó a sacar más copias.

     

    Tal vez Karol y yo experimentamos la sensación de que pronto terminaría la conversación, incluso estábamos caminando hacia la salida, pero una foto de Leila Guerriero nos detuvo de pronto.

     

    “Es que su escritura me compró”, admitió cuando le indagamos por qué entre libros leídos y fotografías de escritores un poco viejos ella se encontraba allí en su foto a color.

     

    “En 2007 leí un texto sobre ella y me gustó tanto que le escribí a la revista El Malpensante, donde publicaba. No pensé que me contestaría y como al mes recibí un correo: “Querido Luis Alberto, perdón por la demora, pero estaba viajando…” ¡Dizque perdona la demora!”, exclamó emocionado.

     

    Cuando se conocieron en persona, el librero le regaló sus tres libritos. Él también tiene sus textos, todos firmados por la periodista argentina. “Ella goza mucho porque yo le digo: ‘Leila, aquí está tu club de Leilófilos’”.

     

    Dicho club, ante nuestra sorpresa, realmente existe, pues cada 15 días Luis Alberto, sin falta, le comparte a sus amigos las columnas de opinión que ella escribe para El País de España. “Vea, ellas conocen a Leila, ¡eso me alegra más! “, le dice a su hija emocionado.

    Creo que los tres nos sorprendimos ante la idea de conocer a la misma Leila. Tal vez nos veíamos distantes a Luis Alberto y sus libros leídos. Pero entre tantos relatos, al verla, nos reconocimos ante una escritura que nos unía sin saberlo y que nos permitió habitar aquella “fracción del paraíso”.

     

    Antes de irnos, el librero nos recomendó varias de las obras que no conocíamos de ella. Finalmente nos preguntó de nuevo nuestros nombres asegurando que podíamos volver cuando quisiéramos.

     

    << El rincón para Leila Guerriero. Foto: Paola Cañas.

     

    “Ya saben que por aquí estamos los Leilófilos”, dijo levantando la voz para las que íbamos de salida.

     

  • Morir y volver a nacer

     

    Han pasado casi 12 años desde aquel suceso donde terminé una etapa de mi vida y empecé otra, con dificultades, de hecho, cualquier nacimiento es doloroso. Pero si no me morí había que darle sentido a esta vida. Testimonio de Francisco Bohórquez.

     

    Por: Valeria Ríos Flórez / valeria.rios@upb.edu.co

     

    Trabajé en Colombia para la Fiscalía General de la Nación en el Cuerpo Técnico de Investigaciones. En 1999 mataron a varios compañeros y se recibieron amenazas en la oficina donde trabajábamos, razón por la cual empecé a sentirme en peligro. No quise esperar a que me pasara algo y tomé la decisión de venirme para Estados Unidos. Solicité un permiso no remunerado por tres meses y al llegar, presenté mi renuncia ante el cónsul. En la semana en la que se vencía el tiempo, llegó una carta donde aceptaban mi retiro y, además, me concedían el beneficio de instalarme en este país como asilado político.

     

    Un 18 de noviembre del 2008

    Para ese momento, trabajaba con una compañía de transporte manejando un camión. Hacía un recorrido entre Miami y Orlando.

     

    El 18 de noviembre del 2008 venía de regreso, había terminado mi ruta y estaba a pocos kilómetros de llegar a casa. Viajaba por la Turn Pike, una autopista que tiene rectas larguísimas, tiene muy buena iluminación, pero en ese tramo estaban haciendo unos trabajos. Sin embargo, el problema no era ese, sino que había un camión cargado de asfalto, la brea había chorreado y le tapó las luces. Era como la 1-1:30 a. m., y el señor de este camión que estaba orillado, se metió a la carretera, los trabajadores de la vía hicieron la señal de que podía entrar, pero él lo hizo casi a 0 km porque era una volqueta grande, muy pesada. A esa hora y sin las luces de atrás, no lo vi. Además, había neblina.

     

    Por otro lado, aunque yo no corro, en esas autopistas hay que andar a una velocidad mínima, en este caso, 65 millas por hora, es decir, un poco más de 100 km. De un momento a otro, me encontré con eso al frente, traté de frenar, pero un camión no para tan rápido. Quise esquivarlo y había otro carro pequeño a mi lado que me impidió hacer la maniobra. Golpeé de lado a esa volqueta, mi camión se recogió, se vino hacia adelante y salí expulsado. Aunque tenía puesto el cinturón, este ocasionó la fractura de mi clavícula y 10 costillas. Con mi cabeza rompí el vidrio y caí de cabezas al asfalto ¡BUUM!. Mi camión se volteó y yo quedé por debajo. Fue como enfrentarse a la muerte, verla ahí, cara a cara.

     

    Sentí que dejé de respirar y pasó algo, podría llamarse, sobrenatural. En medio de ese esfuerzo por moverme y liberarme, escuché una cuenta regresiva; alguien comenzó de 5 hacia abajo: 5,4,3… cuando llegó a 1, dije “

    Dios mío, me entrego a ti”, porque pensaba que no viviría más. De repente, me pude parar, miré a mi alrededor y todo estaba oscuro; aunque a lo lejos vi una luz que interpretaba podía ser un carro o un reflector. A medida que me acercaba se hacía más y más grande, pude ver como una figura, una silueta humana con los brazos abiertos, es todo lo que recuerdo. Esa fue la experiencia que tuve cuando aún estaba debajo del carro.

     

    Ilustración: Valeria Rios Flórez >>

     

    No sé cuántas horas habrían pasado y sentí que alguien lloraba, eso me hizo reaccionar; estaba en el hospital The Real Center. Más tarde, sé que llegó un sacerdote. Soy católico y estaba muy vinculado a una iglesia que se llama San Isidro en Pompano Beach. Como no podía ni responder, él me cogió la mano y me dijo que, si lo escuchaba, apretara su mano, apreté lo que pude y me dijo: “La extremaunción es un sacramento de salud física y espiritual, pero sabes lo que te ha pasado para que estés preparado”. Yo sabía que me estaba diciendo que me iba a morir y me dio tranquilidad que hubiera venido a ponerme los santos óleos.

     

    Al irse, recuerdo que empecé a sentir un calor horrible, como si fuera una fiebre interna, sudaba, sentía que las gotas me corrían por toda la piel y era desesperante. Casi no podía respirar porque lo más grave no eran esas heridas en las costillas, sino que al caer aterricé en mi cabeza. Aunque hay gente que no me cree (ni con el sustento médico) yo tenía 14 fracturas en mi cabeza, 2 hematomas y 1 aneurisma. El hecho es que entré en ese calor después de la unción, empecé a convulsionar, me amarraron y era muy difícil esta situación. Sentía que me estaba muriendo y, es más, quería morirme, salir de mi cuerpo y liberarme de eso.

     

    No me voy a morir

    Cuando anocheció, sentí una sensación de frescura, de alivio. Todo cambió para mí y dije “no me voy a morir, no me voy a morir”, fue una certeza que apareció.

     

    Al cabo de seis meses, ya estaba muy recuperado, aunque vino un proceso también difícil, pues me enviaron a evaluación y dijeron que necesitaba varias operaciones. La cirugía de mayor riesgo era la del cráneo. El doctor fue muy explícito, me dijo que debían fracturar de nuevo porque lo huesos ya estaban pegados. El problema es que solo había un 2 % de posibilidad de sobrevivir y si no me operaba, me moría. Entonces le dije, “si tengo un 2 %, opéreme”. Sin embargo, en un examen que me hicieron luego, determinaron que los hematomas estaban desapareciendo, así que no hubo cirugía.

     

    Hoy soy un hombre recuperado completamente, sin secuelas y sin una sola operación. Literalmente fue como morir y volver a nacer. Vienen los problemas y no son problemas, sé que todo tiene solución y si no la tiene, es porque así tenía que ser. Ahora ayudo a mis pacientes, a quienes, sin ser médico les he salvado la vida a través de la hipnosis clínica. Se han curado de depresión, ansiedad, vicios como: el juego, el alcohol y las drogas. He contribuido significativamente a que las personas mejoren y ellos le han dado sentido a lo ocurrido.

     

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    Trabajo para el curso de Periodismo III, orientado por la profesora Claudia Sánchez Aguiar.

     

     

     

  • “Es lo que normalizamos lo que realmente nos ha hecho violentos”

     

     

    Por: Luis Felipe Montoya / luis.montoyab@upb.edu.co

     

    Paola Vallejo es Socióloga, docente, Magíster en desarrollo, defensora de las ciencias sociales, e investigadora del conflicto armado colombiano.

    Las expresiones que reivindican la memoria buscan también desnaturalizar los hechos de violencia desde sus consecuencias. Imagen de instalación realizada en noviembre de 2019 por estudiantes de la U. de A con cartuchos de proyectiles recogidos tras jornadas de protesta en el sector. Foto: Alianza Diario Del Paro.

     

    La distancia a causa de la virtualidad no es un límite para ella, igual que en sus clases, siempre muy alegre y dispuesta a debatir sobre lo que más le gusta: la investigación. La perspectiva de esta profesional se revela en una conversación que ayuda a comprender el fenómeno de la violencia que se expresa particularmente en estos días que vive el país.

     

    Colombia ha sido un país muy permeado por la violencia a causa del conflicto, ¿Qué trascendencia tiene el conflicto armado en la historia colombiana?

    Toda la historia Colombiana, desde sus inicios, ha estado permeada por un conflicto. Luego de la conquista, aparece otro enfrentamiento: la disputa y liberación de este territorio, tiempo de mucha violencia en el que se justifican acciones por la búsqueda de la libertad en la Nueva Granada.

     

    Esto refleja que desde el siglo XVI, finales de 1500 ya se tenían largas tensiones, guerras civiles, bipartidismo; y posteriormente El Bogotazo. Siempre ha perdurado una violencia que varía entre sus actores y el contexto en el que sucede.

     

    Las guerrillas o grupos al margen de la ley siempre han existido, sin tanta solidez y fortaleza. Cuando estos grupos comienzan a afianzarse más, puede considerarse que existe un conflicto interno, dependiendo del contexto y acontecimientos, es que logran formarse y tomar un nombre.

     

    Basados en esa larga duración del conflicto, sabemos que los gobiernos de turno intentaron remediar la situación, ¿Cómo se ha intervenido desde la política el conflicto? ¿Cree usted que ha sido de la manera correcta?

    Cuando hablamos del manejo que le dio la política, me refiero a la política representativa. Cada mandato intentó mediar en el conflicto de diferentes formas; tenemos quien ha usado la no violencia y la violencia, injusticias y procesos de paz fallidos que caen por intereses económicos. Pienso que hay una dualidad de cosas que se pudieron haber hecho mejor y otras que no; también la posición, opinión o experiencia desde la que se analiza influye en juzgar sobre si algo estuvo bien hecho. Yo creo que este país necesita de las ciencias sociales para recuperarse, para entender sus verdaderos conflictos. Cuando han intentado explicar y solucionar los conflictos, aparecen ingenieros, administradores, economistas, pero la pregunta es, ¿Dónde están los sociólogos?

     

    Esas opiniones y visiones externas a las ciencias sociales son válidas, tratan el conflicto desde su campo, pero no son las más ideales, ¿Es necesario priorizar las ciencias sociales para tratar los conflictos?

    Claro, por ejemplo, necesitamos una reforma agraria pero con esto no me refiero a la repartición de tierras ni mucho menos qué se necesita sembrar, es preguntarse, ¿cuáles son las necesidades básicas del campesino? ¿Qué se necesita para que la ruralidad tenga importancia? Temas muy ligados a las ciencias sociales, es un plus que puede ayudar a la solución, no por complemento, pero son avances que lo permiten. No son conflictos solo económicos, ni políticos, son sociales.

     

    Colombia es un país que no conoce a profundidad la historia, más cuando se habla del conflicto armado y de la memoria, pues se centra una de las versiones sin conocer todo el contexto, ¿Cómo cree que se debería construir la memoria histórica? ¿En víctimas y victimarios para que sea objetiva?

    La memoria no hay que crearla, hay que reconstruirla con todas las personas que están al ligadas al conflicto, sean víctimas o victimarios. En este momento dirijo una tesis de grado que trata de reconocer la memoria como un derecho fundamental, así como la paz, reconstruir esa memoria es un derecho para las víctimas, un proceso en el que primero deben reconocerse la historia de estas personas porque hay quienes lo son y no se reconocen a sí mismas. Hemos escuchado durante un tiempo una parte, también debemos escuchar la otra, porque esa memoria histórica funciona como un agente de cambio.

    La protesta llena de símbolismo se ha tratado de abrir paso como forma de reaccionar ante la violencia. Imagen de las marchas de noviembre de 2019. Foto: alianza Diario del Paro >>

     

    Hablando un poco de la parte cultural y los rasgos de violencia en la sociedad, ¿Hay diferencia entre la cultura colombiana y la cultura de la violencia?

    La violencia tiene varias dimensiones, yo, Paola Vallejo, creo que hemos sido permeados por esa cultura, nuestro lenguaje es violento; permitimos que sucedan cosas que están muy aceptadas y las naturalizamos, como machismo, xenofobia, justicia a mano propia y lenguaje obsceno. Es lo que normalizamos lo que realmente nos ha hecho violentos, yo sí considero que Colombia es un país con una cultura de la violencia desde sus bases y no creo que exista diferencia alguna entre ambas.

     

    Continuando con esto de la violencia simbólica y cultural, ¿Cuáles son esos rasgos de la conflagración que se reflejan en nuestra ciudad y en nuestra cultura?

    Es todo lo violento que lo violento que se naturaliza dentro de una comunidad pero que si lo analizamos desde otro punto de vista, nos percatamos de la realidad que se vive en todos los estratos, pues nadie está exento de vivir estas situaciones por sus condiciones económicas y sociales. Violencia es permitir, por ejemplo “los duros del barrio decidan quién puede movilizarse de un lugar a otro”, todo esto está avalado por la comunidad, y está en constante reproducción esa violencia.

     

    En el documental Rostros de la memoria, producido por el Centro Nacional de Memoria Histórica algunas poblaciones perdonan a los victimarios sin medir la gravedad de sus actos y el sufrimiento que causaron, ¿El odio y el rencor hacia los victimarios hace más complicado el proceso de reinserción?

    La reconstrucción de memoria busca sanar con este nuevo proceso de reconciliación, ya sabemos qué pasó y qué no se puede repetir; con propósito de frenar ese círculo vicioso que se alimenta siempre por medio del mecanismo de venganza. Se busca esa reconstrucción del tejido social, darle un fin a la violencia y perdonar. No olvidar para un comienzo nuevo, con la necesidad de saber la verdad sobre las víctimas, ¿Dónde están? ¿Están Vivos? ¿Por qué lo hicieron? Buscar respuestas de muchas dudas que quedaron en el aire.

     

     

  • La mutación del periodismo en los límites de las palabras

    Maria Clara Medina / maria.medinac@upb.edu.co

     

    El periodismo performático se presenta como una herramienta, hasta ahora de prueba y error, para atravesar las cuestiones que se derivan de la transformación digital que ha cambiado la manera de contar las historias y consumir las noticias. Este trabajo multimedia explica, con voces de sus protagonistas, esa exploración del periodismo que va más allá de los límites de las palabras.

     

    Clic en la imagen para ir al especial:

    Escena del performance Micropolítica de la supervivencia gorda. Captura de video de Revista Anfibia.

     

    Trabajo realizado en el curso Periodismo electrónico, orientado por el profesor Gabriel Lotero

     

     

     

     

     

     

  • Trabajadoras sexuales: sin censo, sin respeto, sin ayudas

    El desamparo del Estado a las trabajadoras sexuales se dio antes y también ahora, en medio de la pandemia por COVID-19.

     

    Videocolumna de Natalia Tapias, Almacamila Flórez y Juan Sebastián Martínez

     

    Trabajadoras sexuales: sin censo. sin respeto, sin ayudas.

    Trabajo realizado para el curso Periodismo VI, orientado por la profesora Ana Cristina Aristizábal Uribe.