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  • La fe no se contagió del virus

     

    Relato de rutinas parroquiales y oficios religiosos “a lo que da la conexión”. Así se vivió una Semana Santa inédita al oriente de Medellín.

     

    Soledad y silencio de domingo, vientos fríos provenientes de Santa Elena se perciben en el ambiente y la diversidad sonora de aves deleitando con su singular silbido el oído de todo un barrio. Rayos de luz de un sol dominguero tropiezan con las campanas de una de las parroquias del sector en la iglesia San Joaquín y Santa Ana ubicada, al oriente de Medellín, en el barrio Quinta Linda.

     

    << Con este parlante se hace el rezo del Angelus por el personal de salud en el mundo. Foto: Alejandro Zapata.

     

    Construida en julio del año 2000, nunca antes se vio obligada a cerrar en plena Semana Mayor sus metálicas rejas que hacen de puertas. El innombrable virus no solo ha atacado al sector económico y político sino también la vida cultural y religiosa de la comunidad, obstaculizando, descomponiendo y haciendo imposible cualquier integración eucarística y sacramental en las parroquias. La restricción la ratificó la Arquidiócesis de Medellín, de acuerdo con lineamientos del Gobierno Nacional.

     

    Ornamentos parroquiales en pandemia

     

    Organizando el altar con dos cirios blancos rodeados por varias ramas, adecuando algunos telones de tintes rojos, disponiendo todos los ornamentos en escena, se encuentra el presbítero Silvio Peña, encargado de celebrar la misa. Más atrás lo acompaña un Jesús simpático que cabalga un burro con un rostro extraño y dos tiras amarradas a su hocico, no muy grande, con rasgos poco definidos y piel grisácea. Aquel Jesús —de los tantos que hay—, particularmente sostiene en su brazo izquierdo un ramo, aludiendo al Domingo de Ramos que en épocas de Semana Santa evoca cientos de rostros alrededor del templo, pero esta vez dejó las bancas de la iglesia como un completo desierto.

     

    Simultáneamente, cerca al altar, se sitúan dos objetos para nada acordes con la ornamentación eclesiástica y bastante extraños para el clérigo: un par de teléfonos celulares listos para filmarlo mientras ofrece la palabra a los devotos.

     

    Al cura el virus le ha llegado como un baldado de agua fría. La Semana Santa y el significado de la gente en las bancas es muy valioso para él. Se dispone a iniciar la “Eucaristía virtual” y junto a él, Diego Mejía, sacristán de la parroquia, se encuentra organizando los últimos detalles técnicos para la transmisión vía Facebook Live e Instagram. Una vez adecuado todo para la emisión Diego camina con paso acelerado, falta poco para las 12:00 del día, se dirige hacia la parte trasera del convento donde se encuentran las campanas, con contundencia agita la cuerda que sostiene el badajo de la campana para hacerla sonar, haciéndole saber a los vecinos el comienzo de la misa.

     

    Ese toqueteo de campanas desde el 11 de marzo se viene presentando de acuerdo con las invitaciones desde la Santa Sede en la Ciudad del Vaticano a rezar el Ángelus por los afectados del COVID-19.

     

    Los cristales de las cámaras de los teléfonos parecieran ser un par de ojos que apuntan directamente a la mirada inquieta del presbítero al retumbar en su mente que una Semana Santa totalmente inusual está por comenzar. Para él, un Domingo de Ramos —en sus más de 45 años como padre ordenado— nunca había sido tan extraordinario a tal caso de presentar la misa a través de dispositivos electrónicos.

     

    El reto tecnológico puso a prueba la vocación de los religiosos. Foto: Alejandro Zapata.

     

    La angustia de los párrocos

     

    Al padre Silvio le inquieta no ver a la gente en las bancas:

    “Es difícil, el alma del sacerdote es la gente, yo no soy padre si no tengo gente, ¿a quién le iré a celebrar la misa?, ¿A quién voy a confesar? Es complicado.

     

    “Sabía que hoy mi iglesia no abriría, mi mente y corazón cayeron en una notable percatación (SIC) de que mi parroquia estaría vacía, nadie a quien aconsejar, sin ningún niño para bendecir, ningún penitente para absolver, pocas manos que apretar, ¡nada! Estos días he celebrado la misa solo, sabiendo que hay almas hambrientas de la Eucaristía, entonces me pregunté, ¿cómo es posible ser sacerdote sin pueblo? ¿cómo es posible ser iglesia sin la comunidad alrededor?

     

    “Todo esto es complejo, hace días vengo viendo la televisión y veo muchas noticas de cómo cuidar la salud física, pero… ¿dónde queda la salud espiritual? Veremos qué podemos hacer desde aquí”.

     

    Algunas de las estrategias

    El párroco no se queda lamentándose. En su mirada aún se perciben destellos de fe y esperanza. Está en constante búsqueda de alternativas. Desde hace un par de días junto con la ayuda de Diego sitúan un altavoz, no muy grande, con dos antenas que permiten desde un micrófono transmitir la aguda voz del clérigo a la hora de predicar la palabra.

     

    El parlante está en el atrio del convento, un lugar que después de varias baldosas se avista un terreno colmado de pasto y árboles que armonizan con el sector. El sonido alcanza máximo hasta una cuadra del barrio. Algunos de los transeúntes, todos con tapabocas, poco a poco observan el parlante y se acercan a persignarse, echarse una bendición o simbólicamente hacer un gesto que demuestre su absoluta devoción.

     

    A lo largo de las calles se siente el pálpito de un sector bastante devoto: balcones adornados con figuras de Jesucristo que sujeta ramos trayendo a la memoria junto con algunos telones de color borgoña y rojo el aroma al inicio de Semana Santa. Ese rojo, según los colores litúrgicos, es el del Espíritu Santo que en la mayoría de miradores no falta.

     

    Transcurren los días lunes, martes, miércoles y se repite el toque de campanas, el color morado es omnipresente al interior de la capilla, en estos encuentros no más de cuatro personas completamente distanciadas se disponen con sus respectivos tapabocas a recibir las palabras del evangelio. Diego, después de tocar las campanas, minuciosamente se asegura que los dos móviles que apuntan directamente al sacerdote, el altar y la Biblia, estén transmitiendo en vivo.

     

    Nuevos caminos hacia la fe

    Aquellos días, entre Facebook Live e Instagram, las predicaciones del padre Silvio llegaron a captar la atención de 140 espectadores que, desde ordenadores, teléfonos celulares, tabletas y demás dispositivos se conectaron. Las habitaciones, las salas e incluso las cocinas se convierten en pequeñas parroquias a donde llegaron las ondas de sonido y las transmisiones que propagan las oraciones del párroco. Diego Díaz Uribe, delegado arzobispal para Comunicaciones de la Arquidiócesis de Medellín asegura que en el municipio existieron alrededor de 340 parroquias que celebraron las Eucaristías sin la presencia de los fieles y solo fueron transmitidas por los distintos medios digitales.

     

    Lucía Hincapié es una de las creyentes más fervorosas del barrio, para ella el triduo (Jueves, Viernes y Sábado Santo) es de los momentos más especiales del año y no puede perder las palabras del padre Silvio. Es por eso que su hija Martha no dejó de configurarle el teléfono celular para escuchar la misa como si estuviera junto al padre. Las arrugas de Luci hacen notar sus 91 años, de los cuales en ninguno de estos había vivido un episodio tan trágico para la Iglesia católica, para el mundo, para ella.

     

    El mismo Viernes Santo, la Vigilia Pascual de la noche del sábado y el Domingo de Resurrección, fueron para doña Lucía y millones de feligreses una nueva experiencia de fe, con métodos, medios e ideas inéditos en la historia del clero y en la Semana Mayor, todo para que un virus no arrebatara la fe.

     

     

     

  • Una Semana Santa en el exilio

     

    Un testimonio vía wi-fi de una Semana Santa inédita en la historia de la Iglesia Católica: reflexión y oración a 3,25 mega bytes por segundo, en el término de la distancia impuesta por la pandemia de coronavirus.

     

    El rey David, segundo rey de Israel, recibió directamente de Dios los planos para construir el Templo de Jerusalén. No fue él, sino su hijo Salomón quien en el cuarto año de su reinado llevaría a cabo la construcción de un nuevo Tabernáculo donde la nación hebrea podría confluir a adorar la presencia del Dios de los judíos. Este, imponente, se levantó sobre el Monte Moriá con todo el esplendor que Salomón le agregó: madera de cipreses, cedros y olivos silvestres talladas con decorados y puertas, pisos y paredes cubiertas de oro macizo.

     

    La opulencia del Templo fue siglos después opacada por la invasión babilónica a Israel y, a manos de Nabucodonosor, el Templo con la ciudad fueron destruidos y el pueblo expulsado a una tierra que no correspondía a la que su Dios había prometido. Esa fue una de las tantas veces en que el pueblo judeocristiano no pudo congregarse en el lugar que habían erigido para la invocación de su dios.

     

    La Semana Santa de 2020 se une a los momentos históricos donde la iglesia, considerada como el cuerpo y no el edificio, ha tenido que disgregarse. Esta vez, la primera luna llena de primavera, que tradicionalmente da el inicio a la mayor festividad del cristianismo, marcó el comienzo de una semana que transcurriría entre más pena que gloria y de forma diferente a lo habitual. La Semana Mayor vendría a un mundo convulsionado por una pandemia que obligó a la población mundial a confinarse. Para el día donde los ramos conmemoraban la entrada triunfal del Mesías, ya el mundo sumaba más de un millón cien mil casos confirmados y alrededor de sesenta y dos mil setecientas muertes, según cifras de la Organización Mundial de la Salud.

     

    A puertas cerradas

     

    Al mundo llegaron imágenes de la basílica de San Pedro como nunca antes de había visto en la Semana Mayor para los católicos. Foto: Vatican.va.

     

    Rodeado de una Italia herida y agrietada por un verdugo microscópico que le pasaba un saldo de 15362 fallecidos, el papa Francisco ofició su misa de Domingo de Ramos encerrado en la Basílica de San Pedro. Esto, observando las indicaciones de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos en el decreto En tiempos de Covid-19 que ordenó que los ritos de esta semana fueran oficiados sin el pueblo, “evitando la concelebración y omitiendo el saludo de paz”. Asimismo, el lavatorio de los pies, la misa crismal y las demás procesiones debían ser omitidos y/o pospuestos para fechas más indicadas.

     

    El esplendor y la monumentalidad de la Basílica de San Pedro hacían resaltar la soledad con la que Francisco y un séquito de religiosos desfilaban para iniciar la eucaristía. El octogenario obispo de Roma vestía de rojo, como es lo usual para las celebraciones de Semana Santa y Pentecostés, y lo adornaba el palio arzobispal, distintivo de los obispos y que predica el cuidado de un pastor que carga sus ovejas al hombro. En su mano, un báculo que termina en un crucifijo, que también evoca el cayado del pastor que da aliento al salmista en el bien conocido Salmo 23 y sobre su cabeza, la mitra simple que imita la indumentaria de los primeros sacerdotes hebreos.

     

    El papa bendijo los ramos con el hisopo empapado de agua bendita y balanceó el incensario sobre el altar y la Escritura. El texto que abrió la celebración fue aquel donde el apóstol Mateo narraba la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén sobre un burro y entre una multitud que tendía una alfombra de ramas para él y clamaba a las alturas ¡hosanna!, porque su salvación había llegado de los cielos. A la voz de Mateo, se unieron en la liturgia de la Palabra la del profeta Isaías desde las montañas de Israel, la del salmista y rey David desde su trono en Jerusalén y la del apóstol Pablo desde las celdas de Roma para la tierra de Filipos.

     

    Una voz que clama en el caos

     

    << Presidiarios, capellanes, voluntarios, víctimas de convictos, médicos, guardianes de las cárceles italianas prepararon las reflexiones para el Via Crucis celebrado en una Plaza de San Pedro solitaria. Foto: Vatican.va.

     

     

    El mundo ansiaba un mensaje de esperanza, una palabra de aliento que podía venir de la boca del líder de la religión más confesada en el mundo. Ese día, la lectura del Evangelio según San Mateo retrataba la última cena de Jesús con sus discípulos: un momento de suma tensión donde Jesús lava los pies de sus amigos, comparten el pan y Jesús revela quién lo va a traicionar. Los momentos en el Getsemaní antes de que fuera capturado enseñan a un Jesús humano, más parecido a nosotros: está angustiado por la muerte y clama vehemente a su padre que lo libre si así es su voluntad. Era un Jesús en crisis, como lo estaba el mundo en ese momento. El relato avanzó hasta que Jesús da su último respiro en la cruz y ahí, guardando respeto por el sacrificio expiatorio del Hijo del Hombre, todas las aproximadamente treinta personas en el recinto se arrodillaron y guardaron silencio.

     

    De ese relato, el papa da un parte de esperanza para la familia humana alrededor del mundo: “Hoy, en el drama de la pandemia, ante tantas certezas que se desmoronan, frente a tantas expectativas traicionadas, con el sentimiento de abandono que nos oprime el corazón, Jesús nos dice a cada uno: ¡Ánimo, abre el corazón! ¡Ánimo, sentirás el consuelo de Dios que te sostiene!”. Era un llamado a ver al Jesús que humillado sirvió a la humanidad, uno que sufrió la traición, el abandono y la deslealtad y que entiende el sufrimiento humano.

     

    Inspirados en ese Jesús, Francisco animó a vivir una vida de servicio, asegurando que “la vida no sirve sino se sirve, porque la vida se vive desde el amor”. Un servicio y una conmiseración necesarias en tiempos de pandemia y un servicio que para el papa resalta a los verdaderos héroes, a los que no han temido entregarse por los demás porque son valientes para amar. Ese Domingo de Ramos, Francisco le recordó a un mundo despojado de su cotidianidad, que la alegría más grande radica en el amar.

     

    Una semana para la historia

     

    Para cuando terminó esa Semana Santa, en la que nadie se dio la paz ni recibió la comunión, la cifra de infectados según la OMS estaba por alcanzar el millón setecientos mil. Francisco ofició la misa de Domingo de Resurrección tal como lo hizo el primer día de la semana; en las lecturas se conmemoraba dos sermones del apóstol Pablo avivando a la incipiente iglesia con la esperanza del Cristo resucitado y lo mismo hizo el papa.

     

    La homilía no la compartió durante la misa, sino durante la bendición Urbi et Orbi que generalmente se reserva para Navidad y Domingo de Pascua, pero que ya días antes, por las situaciones excepcionales que pasaba el planeta, la había proferido. La de ese día proclamaba con alegría que Jesús había resucitado: “Esta buena noticia se ha encendido como una llama nueva en la noche, en la noche de un mundo que enfrentaba ya desafíos cruciales y que ahora se encuentra abrumado por la pandemia que somete a nuestra gran familia humana a una dura prueba”.

     

    Invitó al mundo a contagiarse de esa esperanza que el cristianismo proclamaba en su conmemoración más importante, contagiarse de corazón a corazón y dejar que el sufrimiento de Cristo sane las heridas de una humanidad desolada. Además, recordó que no es tiempo para ser indiferentes a la realidad del mundo: hizo llamados al alto al fuego mundial, al fin de la guerra en Siria, Yemen, Irak y el Líbano; a la paz entre Israel y Palestina y al fin del sufrimiento en Venezuela.

     

    En la segunda bendición Urbi et Orbi en menos de un mes, el Sumo Pontífice no solo envió un mensaje para reconfortar los espíritus en medio de la pandemia, sino que volvió a poner en la agenda conflictos y problemas cuya gravedad no se atenúa ante la emergencia sanitaria mundial. Foto: Vatican.va.

     

    Francisco cerró la Semana Santa de 2020 sin multitudes en la Plaza de San Pedro, con un pueblo silente detrás de las cámaras que transmitían para el mundo entero, un pueblo en el exilio como Israel en Babilonia, pero reafirmando el mensaje de Jesús como uno que puede seguir arrojando luz sobre un mundo que constantemente se enfrenta a las tinieblas, y esta vez las de una pandemia que vino a socavar nuestra frágil realidad.

     

     

     

     

  • “INFORMACIÓN INCORRECTA LLEVA A QUE SE TRANSMITA EL CORONAVIRUS: A TENER ‘100’ ASUSTADO

    En medio de una cuarentena y el debate sobre su posible extensión, Colombia dimensiona la magnitud y los impactos de la pandemia por coronavirus. Aunque la vida de todos los colombianos ha tenido impactos en aspectos diversos, todavía falta información para actuar, evitar el pánico y comprender en detalle qué originó la emergencia sanitaria que hoy vivimos.

     

    La pandemia por coronavirus ha puesto a prueba las habilidades y conocimientos del personal médico y científico del país. Foto: Alcaldía de Medellín.

     

    Contexto comparte con sus lectores la entrevista de La Silla Académica con Zulma Rueda, médica, Doctora en Epidemiología y profesora de la Universidad Pontificia Bolivariana. Rueda ha publicado múltiples artículos sobre enfermedades respiratorias y estudios de factores de riesgo, así como, tuberculosis, otra enfermedad infecciosa como lo es el coronavirus.

     

    Uno de ellos “Myths and realities about knowledge, attitudes and practices of household contacts of tuberculosis patients” (que se traduciría como “Mitos y realidades sobre el conocimiento, las actitudes y las prácticas de los contactos domésticos de pacientes con tuberculosis”), justamente pone de presente los estigmas que se dan en estos casos y sus consecuencias.

     

    Rueda, junto con José Luis Albarracín, médico internista que está haciendo su subespecialización en enfermedades infecciosas y aporta la perspectiva clínica, arrojan luces que pueden ayudar a redimensionar la epidemia y prevenir el pánico. Porque no solo las instituciones deben estar preparadas sino la gente.

     

    La Silla Académica: La pregunta fundamental ¿nos vamos a morir todos?

     

    Zulma Rueda: La respuesta es No.

     

    Esto opera para cualquier enfermedad infecciosa: exposición no es igual a infección, infección no es igual a enfermedad y enfermedad no es igual a muerte.

     

    Las enfermedades infecciosas son producidas por microbios: parásitos, bacterias, hongos y virus, principalmente. Hay unos virus muy infecciosos y otros no tanto. Unos con altas tasas de mortalidad y otras con menores.

     

    Un ejemplo de un virus altamente infeccioso es el sarampión: 9 de cada 10 personas que no tienen la infección, pero se exponen -tienen contacto- con alguien que está infectado, se infectan de igual manera.

     

    La rabia, por su parte, es un virus con una alta tasa de enfermedad. Todas las personas que se infectan, se enferman, es decir, presentan síntomas.

     

    Y el mejor ejemplo de un virus muy letal es el ébola. Aunque hay varios tipos, tiene una tasa promedio de muerte del 50 por ciento y en algunos casos ha llegado al 90 por ciento.

     

    Lo que han dicho los números hasta ahora sobre el coronavirus es que no es tan letal. El 3.3 por ciento de los que se han enfermado en China, se han muerto. En otras palabras de 100 personas que se enferman, poco más de tres se pueden morir. Y ese porcentaje se reduce a un 1.5 por ciento por fuera de China.

     

    LSA: Las personas fantasean (y el cine o las series ayudan) con el fin de los tiempos. Usted es especialista en enfermedades infecciosas como la tuberculosis, por ejemplo. ¿Este tipo de virus es cómo otros que ha habido a lo largo de la historia o tiene unas características que podrían dar sustento a esas fantasías?

     

    Z.R.: El coronavirus no es apocalíptico. No es un virus que vaya a acabar con la humanidad. Aunque puede causar muchas muertes si se esparce por todo el mundo, varios estudios señalan que el 81 por ciento de los casos son leves y no llegan a cuidados intensivos: se pueden manejar quedándose en la casa y tomando las precauciones que las personas habitualmente toman cuando tienen una gripa.

     

    LSA: ¿Qué sustenta entonces que estén prendidas todas las alarmas?

     

    Z.R.: No se prenden porque sea letal, sino porque es nuevo, se está transmitiendo activamente de humano a humano, se está esparciendo en el mundo y se están produciendo unas muertes. Las alertas son porque hay que estudiar cuántas personas hay enfermas, de éstas cuántas se mueren, cómo se transmiten, de manera que los Estados puedan estar preparados y prevenirlo.

     

    Hasta el momento lo que hemos aprendido es que quienes se mueren y parecen ser más vulnerables principalmente son adultos mayores de 65 años y personas que tienen otras enfermedades de base como la diabetes, presión alta o problemas cardíacos.

     

    LSA: ¿Por qué el coronavirus ataca más fuerte a adultos mayores que a niños, siendo ambos vulnerables?

     

    José Luis Albarracín –J.A.-: No lo sabemos con certeza. Posiblemente los niños no tienen los receptores que necesita el virus para unirse a las vías respiratorias, o su sistema inmune no está tan desarrollado entonces el virus no actúa tan agresivamente.

     

    LSA: Uno de los vacíos de información que tenemos es cuántas personas que se exponen al virus desarrollan los síntomas ¿cómo se puede saber esto?

     

    Z.R.: No sabemos cuántos expuestos hay y de esos cuántos están infectados porque no a todos los evalúan.

     

    Piense en un estadio de fútbol que tiene un aforo de 40 mil personas. Si una persona asiste al estadio de fútbol y está infectada, no podemos saber quiénes se expusieron porque todos mostraron la boleta pero no su cédula, para entrar.

     

    Aún si supiéramos quiénes se expusieron, habría que hacerles a todos pruebas para saber si están infectados y no hay ningún país en el mundo que tenga los recursos para hacerlo de forma masiva.

     

    Estudios de modelación matemática -que harán mejores predicciones cuando se tenga más información- estiman que una persona enferma por coronavirus puede infectar a 2.6 personas.

     

    En todo caso, tampoco es posible saber cuántos de esos se enferman tras el período de 14 días en que deben aparecer los síntomas (período de incubación).

     

    LSA: ¿Por qué lo dice?

     

    Z.R.: Por lo general solo alguien que tiene síntomas puede transmitirle el virus a otro, pero esto no es siempre así.

     

    Se reportó que una familia de cinco personas se enfermó de una familiar que tenía el virus pero que siempre estuvo sin síntomas. Esta persona viajó de Wuhan para visitarlos a Anyang en China. La segunda razón es que se han conocido tres casos en que el tiempo desde que el virus infectó a estas personas hasta enfermarlas fue de 19 días, 24 días y otro en que fue de 21 días. No es lo común de todas maneras.

     

    LA LUPA AL VIRUS

     

    LSA: En varios medios hacen referencia al coronavirus como “misterioso virus”. ¿Está de acuerdo? ¿No lo son todos en un comienzo…?

     

    J.A.: Lo de misterioso es porque no se sabe de dónde proviene. Inicialmente se dijo que de murciélagos y recientemente que de un pangolín.

     

    Hay más de 100 coronavirus, todos de origen animal, pero de esos, sólo siete pueden afectar al ser humano hasta ahora. Se llaman así porque su envoltura parece una corona.

     

    De los siete, cuatro afectan solo las vías respiratorias superiores: la nariz, la laringe y la tráquea, y son causa común de gripas.

     

    Los tres restantes sí afectan las vías respiratorias inferiores (de la tráquea hacia abajo) y son: el SARS que apareció en 2002 en Asia y se atribuye a los murciélagos, el MERS que apareció en 2012 en Medio Oriente y se atribuye a los camellos, y ahora el coronavirus que aparece en 2019 en Wuhan, China.

     

    LSA: ¿Siempre ha habido virus en animales que después se transmiten entre personas o eso es algo nuevo?

     

    J.A.: Todos los virus tienen esa posibilidad. Los organismos vivos: los hongos, las bacterias, los virus, están reproduciéndose y teniendo mutaciones constantemente. Para reproducirse tienen que hacer copias de su material genético, supongamos que son celdas que se multiplican, pero ocurren errores por azar y una celda queda en otra posición. Puede que no ocurra nada pero puede que ese cambio le dé una ventaja y le permita saltar de un animal a un humano.

     

    Es muy difícil que pase lo contrario, que un humano contagie un animal. Por eso las fotos en China de perros con tapabocas muestran la paranoia.

     

    LSA: Algunos culpan a los chinos porque dadas sus costumbres fue posible la transmisión de este virus ¿Está de acuerdo?

     

    Z.R.: Probablemente hay cuestiones culturales detrás como los hábitos alimenticios. Aunque además de comer ciertos animales que para ellos tienen propiedades ancestrales, la transmisión de microbios depende mucho de la cocción pues varios se mueren en este proceso.

     

    Pero no se puede estigmatizar a los chinos por esto. La Influenza H1N1 que surgió en 2009 apareció en México y se atribuye a unos cerdos. El Ébola apareció en África y se atribuye a micos, gorilas y chimpancés.

    Persisten los debates sobre el uso de tapabocas, mientras se siguen tomando medidas para evitar que los elementos de protección escaseen. Foto: Alcaldía de Medellín.

     

     

    LA MEDICACIÓN TAMBIÉN EXIGE CUIDADO

     

    LSA: En redes han circulado memes en torno a que el único mecanismo de defensa que tenemos los colombianos frente al coronavirus es el acetaminofén, que constantemente lo prescriben los médicos de las EPS…

     

    Z.R.: La mayoría de las gripas son causadas por virus, y la mayoría de los virus no tienen tratamiento para curarlos.

     

    El 99 por ciento de la gente que consulta al médico por una gripa en efecto le prescriben acetaminofén o ibuprofeno. Y la gente se molesta muchísimo, pero ¡eso es lo que deben recetar! porque no se puede hacer mucho más que ayudar a bajar la fiebre y disminuir el dolor en el cuerpo con alguno de esos medicamentos.

     

    Así que varios terminan en la droguería comprando antibióticos como Amoxicilina, Benzetacil, Azitromicina -en Colombia no requieren fórmula médica- y creyendo que fue “bendito” pero generalmente es que coincide con el período en que pasa la gripa. Y además les causa diarrea y les genera un montón de resistencia.

     

    De manera que el 81 por ciento de las personas que lleguen a estar enfermas por coronavirus y a menos que no puedan respirar, deberán quedarse en su casa tomando acetaminofén o ibuprofeno, evitando infectar a otras personas montando en el transporte masivo o yéndose para el trabajo o estudio.

     

    LSA: Usted menciona el problema del abuso de los antibióticos, ¿el surgimiento de enfermedades como el coronavirus tiene algo que ver con eso?

     

    Z.R.: La mayoría de la gente hace un uso irracional de antibióticos y por eso hay una alerta mundial, pues cada vez hay más bacterias resistentes, multirresistentes (a varios antibióticos) e, incluso, panresistentes (a todos).

     

    El uso de los antibióticos en casos de virus respiratorios, además de que no mata el virus, daña la flora buena del intestino.

     

    J.A.: Mata las bacterias buenas, que han estado con nosotros desde el principio, y hace que las bacterias malas desarrollen mecanismos de resistencia, mutan para que ya no las maten.

     

    Z.R.: Así que no es que el coronavirus sea una consecuencia del abuso de los antibióticos, sino que una persona que se enferma por un virus puede sufrir daños en las células de una parte de las vías respiratorias, y eso facilita que algunas bacterias que tiene en su cuerpo lo pueden enfermar a su vez, eso se llama infección sobreagregada. También puede pasar que lleguen más fácil otras bacterias y quizá no hay antibióticos para atacar unas u otras.

     

    J.A.: La penicilina se creó en 1928 y ha salvado muchas vidas. Tras su descubrimiento y durante los 50 años siguientes se descubrieron muchos más antibióticos que se podían usar para bacterias que iban desarrollando resistencia, pero nos estamos quedando sin antibióticos para usar en bacterias que tengan resistencia a muchos o a todos los antibióticos.

     

    Empresas, comercios y establecimientos públicos han tomado medidas desde el cierre hasta la intesificación de procedimientos de de desinfección. Aquí, e la plaza de mercado de La América. Foto: Alcaldía de Medellín.

     

    COLOMBIA SE HA PREPARADO

     

    LSA: El coronavirus se manifiesta en su fase más crítica como una neumonía. En uno de sus artículos dice que la probabilidad de identificar las causas de una neumonía varía entre el 30 y el 70 por ciento… ¿Cómo va a la gente a poder distinguir cuál es la causa de los síntomas que tiene?

     

    J.A.: Los síntomas que las personas experimentan son fiebre, tos y dificultad para respirar. Eso hay que cruzarlo con factores de riesgo como: si la persona ha viajado a China o ha tenido contacto con personas que estuvieron en China. Y ahora a este país se le han sumado otros como Corea del Sur, Malasia, Japón, Singapur, Irán, Emiratos Árabes, Italia y más recientemente Brasil.

     

    El Instituto Nacional de Salud -INS- ya tiene además una prueba molecular que identifica el material genético del virus para hacer el diagnóstico en los casos sospechosos. No tendrá 50 millones de pruebas así que tendrá que seleccionar muy bien.

     

    LSA: A partir de los problemas que tiene nuestro sistema de salud ¿cuáles son los principales problemas que tendremos para afrontar el coronavirus?

     

    J.A.: Tenemos todavía muchas dudas pero el tiempo que se limitó la epidemia a China ha hecho que las entidades de salud se puedan ir preparando.

     

    En todo caso es muy probable que nuestra capacidad hospitalaria (aunque eso también se puede decir de otros países), se vea rebasada, tanto en las unidades de cuidados intensivos como en la hospitalización. Además sería muy grave tener las salas de urgencias llenas de personas con gripa no por coronavirus sino por otras causas.

     

    El desafío está en priorizar la gente a la que uno va a estudiar, que, en el momento actual, deberían ser aquellos que tengan una infección respiratoria grave o que sean sospechosos por las razones que mencionamos antes; y el otro desafío está en detectar muy rápido a los que estén infectados.

     

    Sólo en un escenario caótico de tres mil casos reportados, por poner un ejemplo, la gente ya podría adquirir el virus en el país de una forma más directa y, aun así, la recomendación sería que la mayoría de la gente que no necesita atención hospitalaria, se quede en su casa. Que de ser posible no comparta su habitación, use tapabocas, evite el contacto con otros menor a un metro y se lave frecuentemente las manos.

     

    Pese al impacto que pueda tener en la economía, las empresas deberán, por ejemplo, permitirles a los empleados que tengan síntomas, así sea algo leve, quedarse mínimo 14 días en su casa.

     

    LSA: ¿Está Colombia preparada?

     

    Z.R.: Colombia está preparada. El Ministro de Salud, anunció un presupuesto de 15 mil millones para hacerle frente a la epidemia, por ejemplo. Hay que recordar que en casos anteriores como la influenza porcina o el SARS, y, en general, cuando ha habido diferentes brotes, el país ha respondido bien a través del INS, de la red de laboratorios y de las instituciones de salud.

     

    Ahora bien, no podemos compararnos con EE.UU. que invierte en los Centers for Disease Control and Prevention -CDC- billones de dólares, porque es un país con recursos enormes.

     

    En todo caso, cuando haces un estudio de brote (como lo es el coronavirus) un punto crítico es la comunicación: quién da la información, cómo compartimos información en tiempo real sin generar zozobra, cómo evitamos que haya información errónea sin esconderla.

     

    El virus no es tan letal como el pánico que genera la circulación de información falsa. La información incorrecta lleva a que se transmita la enfermedad, a que se congestionen los servicios de salud innecesariamente: “100” personas asustadas en urgencias. Y en esto, los medios de comunicación son muchas veces responsables.

     

    Todas las personas y no solo el personal de salud, deben saber cómo se evita que el virus se propague.

     

    LSA: ¿Por qué lo dice?

     

    Z.R.: El caso más gracioso y que muchas personas recuerdan es el del transeúnte en Citytv que se puso mal el tapabocas.

     

    No entiendo por qué no buscan expertos que les ayuden a resolver sus dudas. No se me olvida, porque me impresionó, que Daniel Coronell, a quien admiro por sus investigaciones, criticó a Gustavo Petro porque en su alcaldía se habían incrementado supuestamente los casos de VIH, cuando lo más probable que había sucedido era que, producto de proyectos o programas de búsqueda activa, se pudo aumentar el número de personas a las que se les podía hacer la prueba de tamizaje para detectar el virus, y por ende, esto hizo que también aumentara el número de positivos. El que busca encuentra.

     

    EL RETO ES CAMBIAR HÁBITOS Y ELIMINAR PREJUICIOS

     

    LSA: ¿Qué debe hacer la gente para prevenir la transmisión? ¿Hay factores culturales que nos dificultan la prevención?

     

    Z.R.: Con el coronavirus las precauciones no son muy diferentes a las que se deben tener con las infecciones respiratorias, en general, que se disparan además con la oleada de lluvias.

     

    En efecto, los latinos somos dados a tocar mucho. A saludarnos de pico en la mejilla, de abrazo o estrechando las manos. Para llamarte: voy y te pongo la mano en el hombro. Y no sólo eso, los latinos se viven sacando los mocos o llevándose los dedos a la nariz y la boca y cogiendo después el celular, por ejemplo. Esos comportamientos favorecen la transmisión, así que será un reto modificarlos, pero hay que hacerlo.

     

    Las principales medidas de precaución consisten en no llevarse las manos a los ojos, a la nariz o la boca. En lavarse constantemente las manos durante 20 segundos con agua y jabón, o en su defecto con un desinfectante que tenga al menos 60 por ciento de alcohol, y en limpiar las superficies de contacto como llaves, el celular, las chapas de las puertas, con alcohol desinfectante. Esta medida ha demostrado disminuir la transmisión de virus respiratorio en el 50 por ciento de los casos.

     

    Si la persona tiene síntomas de gripa debe sonarse con pañuelos desechables y botarlos a la basura inmediatamente. Estornudar o toser cubriéndose con el ángulo del brazo. No escupir y usar mascarilla normal (que nosotros la llamamos quirúrgica). Es cuestión de pura higiene respiratoria.

     

    Zulma Rueda y Jose Luis Albarracín. Foto: Jauder Cardona. La Silla Académica.

     

    LSA: ¿Todos deberíamos usar tapabocas? hay gente preocupada porque se agoten…

     

    Z.R.: Si vivo en Wuhan y monto en metro o en un medio de transporte masivo, probablemente usaría uno. Pero las imágenes de toda la ciudad usando tapabocas sólo generan una sensación de falsa seguridad, además de que hacen entrar a la gente en pánico. Ni el INS ni ningún país va a recomendar que toda la gente use mascarilla.

     

    LSA: En redes he visto mensajes de personas que por ejemplo “pedían a Dios” que se cayera el avión que traía a los colombianos de Wuhan. Usted ha estudiado la estigmatización que sufren por ejemplo pacientes con tuberculosis de forma innecesaria ¿qué puede enseñar eso en el caso del coronavirus?

     

    Z.R.: El desconocimiento lleva a medidas extremas. Contraproducentes por muchas razones, entre otras, porque las personas enfermas se deprimen lo cual dificulta, por ejemplo, que sigan el tratamiento, e incluso empiezan a tener pensamientos suicidas.

     

    En eso nuestros hallazgos en materia de tuberculosis, otra enfermedad contagiosa, son reveladores. Encuestamos a 878 personas que conviven con enfermos de tuberculosis en Villavicencio, Pereira, Cúcuta, Bucaramanga y Bosa, cinco de los ocho lugares con más casos en el país. Para que la gente se haga a una idea, una de cada cuatro personas en todo el mundo tiene la bacteria que causa la tuberculosis en los pulmones, sólo que entre el 5 y 10 por ciento de estos se enferma y solo quien tiene síntomas la puede transmitir.

     

    90 por ciento sabía que la enfermedad se transmite por vía aérea. Es un porcentaje muy alto, la sorpresa es que de esos 52 por ciento creía que también se transmitía si compartían los platos, los cubiertos, la ropa con el enfermo o si le daban la mano. Conclusión: la gente realmente no sabía. La tuberculosis no se transmite por eso. El que está enfermo tiene que hablar, toser, estornudar, cantar, reírse, en otras palabras, requiere una acción que convierta su saliva en gotas muy pequeñas que puedan viajar más de un metro y llegar a las vías respiratorias inferiores.

     

    Entonces aíslan a los enfermos en sus casas. Les sacan todo a parte, lo cual es ilógico.

     

    Los otros dos hallazgos fueron que el 60 por ciento tiene miedo de que lo diagnostiquen por lo que muchos no buscan atención médica, y el 85 por ciento de convivientes dice que evitaría o rechazaría a una persona con tuberculosis. ¡Estamos hablando de personas que han tenido contacto, y de una enfermedad que tiene cura! Solo que el tratamiento es largo, dura seis meses y requiere reclamar un medicamento diariamente porque los puestos de salud tienen que verificar que la persona se lo tome.

     

    Estas actitudes no sólo son frecuentes en los familiares sino en los estudiantes de medicina, de enfermería y en general, el personal de salud.

     

    LSA: Para no incurrir en este tipo de estigmatizaciones ¿Cómo se transmite exactamente el coronavirus?

     

    J.A.: A partir de la información que hay disponible, lo más probable es que el coronavirus se transmite igual que la influenza, que es uno de los virus respiratorios más comunes.

     

    Y a diferencia de la tuberculosis, la influenza se transmite por gotas de saliva un poco más grandes que no viajan más de un metro (que es como la distancia que se necesita para abrazar a alguien). Por ende, se necesita estar muy cerca de la persona enferma para infectarse o de las secreciones de su boca. Por eso hay que insistir en no saludar de beso, ni abrazo ni apretón de manos, y en lavarse frecuentemente las manos, así como, limpiar las superficies de contacto.

     

    LSA: ¿Qué tan lejos estamos de que desarrollen una vacuna contra el virus?

     

    Z.R.: Ya se anunció que la Universidad de Nebraska en EE.UU. y muchas otras instituciones en el mundo están haciendo ensayos clínicos a diferentes medicamentos para tratar el coronavirus. Incluyendo medicamentos que ya están disponibles en el mercado, y que están evaluando si sirven para el coronavirus.

     

    Pero hay que tener esperanzas moderadas. Para que un compuesto llegue al mercado han ensayado 100.

     

    Desarrollar una vacuna no es como cocinar un arroz: tardaría mínimo 18 meses y eso que es poco probable.

     

    Las vacunas tienen muchas fases de estudio y requiere una gran cantidad de dinero, hablamos de cientos a miles de millones de dólares aproximadamente: primero se tienen que probar en animales para verificar si atacan el virus y para constatar si tienen pocos efectos adversos. Solo si se superan estas etapas, se pasa a humanos y hay que agotar tres fases. Primero se experimenta en personas sanas para evaluar la seguridad, después en sospechosos (personas que hayan tenido contacto con infectados), para ver la eficacia y seguridad, por último, en grandes muestras para comprobar la real eficacia del medicamento o la vacuna.

     

    La complejidad de los microorganismos es además muy alta porque como dijimos mutan, por eso nos tenemos que vacunar cada año contra la influenza. En la vacuna contra el VIH se han invertido miles de millones de dólares por más de 30 años sin suerte. Algo parecido ha pasado con la malaria o la tuberculosis.

     

    “La UPB aportará con un equipo y personal científico capacitado a la Universidad Nacional, sede Medellín, como una estrategia de articulación y cooperación que permitirá iniciar esta semana con el procesamiento de muestras del COVID-19.”

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    LSA: ¿Implica algún desafío el movimiento antivacunas?

     

    Z.R.: Lo que hace una vacuna es activar las defensas para generar “memoria inmunológica”, es decir, que en el evento que me exponga al virus sepan cómo reaccionar. La protección promedio de las vacunas está alrededor del 90 por ciento.

     

    Los posibles efectos adversos que pueden tener son de una probabilidad similar a que a uno le caiga un rayo. Y tienen el efecto progresivo de que ciertas enfermedades desaparezcan en el mundo con el tiempo como pasó con la viruela.

     

    A diferencia de los antibióticos su consumo no genera resistencia. Lo que ha generado el movimiento antivacunas más recientemente es que los CDC de EE.UU. donde, por ejemplo, el sarampión había prácticamente desaparecido, estén reportando más de mil casos al año.

     

    LSA: Una noticia llamaba la atención sobre que el dengue debería ser la principal preocupación de los latinoamericanos y no el coronavirus ¿estamos mirando hacia donde no es?

     

    Z.R.: Como el dengue, hay muchas enfermedades infecciosas que causan millones de enfermos y muertos en el mundo.

     

    En Colombia, puntualmente en Medellín, en los últimos tres años ha habido una reducción ostensible a partir de un programa de investigación que ha venido adelantando la Universidad de Antioquia con apoyo de científicos australianos y que a grandes rasgos consiste en infectar a los mosquitos que transmiten el dengue con una bacteria que evita que les transmitan el virus a los humanos. La solución no puede ser acabar con los mosquitos.

     

    El mensaje es que muchos microbios como el dengue, el VIH, la malaria, la tuberculosis subsisten y siguen causando muchas muertes, pero eso no quiere decir que no se esté haciendo nada.

     

    Volviendo al coronavirus, hay que tener paciencia, esperar que surjan las investigaciones: universidades en el mundo entero están acompañando a la Organización Mundial de la Salud -OMS- y agencias estatales, y muchos científicos están trabajando para tener mejores respuestas.

     

    –*El texto ha sido publicado con autorización escrita de sus autores. Para más cobertura sobre la pandemia por coronavirus con voces desde la academia, visite:

    https://lasillavacia.com/silla-academica