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  • Gente formal que tiene sus esperanzas en una ilusión

    Susana Calle Zapata / susana.callez@upb.edu.co

     

    Viven esperando a que alguien los mire, que alguien encuentre en ellos, en sus productos, algo que los deslumbre, que les provoque, que se les antoje. Viven de los impulsos de un desconocido que decida “darse el gusto” de comer un dulce o fumarse un cigarrillo, viven esperando que el pensamiento que atraviese la mente del otro sea a su favor. Habitan en medio de una incertidumbre, de una esperanza, buscando un “hoy que sea mejor que ayer, para no apretar tanto, para sufrir menos”, como dice Cecilia López, trabajadora informal, vendedora de chicles y mecato en Ciudad del Rio.

     

    Sin publicidad, sin una estrategia de marketing o un estudio sobre su público, van por la vida buscando salir adelante, ayudándose del voz a voz, de sus graciosas anécdotas o de su cortesía. Cada uno tan único y tan distinto a los demás, se termina convirtiendo en parte de nuestra rutina, en una parte fundamental; pues, si por alguna razón algún día no están, lo primero que pasa por nuestra mente es: “¿Qué le habrá pasado?”. Solemos identificarlos, saludarlos por su nombre y terminarnos en un intercambio de sonrisas… terminamos siendo eso que hoy en día ellos extrañan, esa interacción humana que se había convertido en parte de su rutina y ahora se ve interrumpida por un tapabocas y un amargo sentimiento, el miedo.

     

    “Los vendedores han estado en cuarentena en la calle durante mucho tiempo, pero en la calle no hay gente”. Esta frase de Boaventura De Saousa Santos de su libro “La cruel pedagogía del virus” cobra sentido en el instante que la empatía nos lleva a descubrir que para ellos los días terminan siendo eternos, insoportables. “No vale la pena salir, gasto más en el pasaje de lo que gano”, asegura Cecilia López y aquí ni el mejor de los planes los puede salvar, pues no hay que ser un economista experto para saber que si no hay demanda no hay ganancia.

     

    El problema radica en que el destino de el 40.4% de la población de Medellín según el DANE queda en manos de un ser superior y creador o de la suerte. Queda en manos de una incertidumbre agobiante que, si antes de la cuarentena era difícil de controlar, ahora ese sentimiento se multiplica, se intensifica; haciéndolos y haciéndonos pensar ¿Cómo se reinventa una persona como Cecilia que lleva 13 años en un mismo puesto, en una época de crisis en que si antes era difícil conseguir trabajo, ahora lo es el doble? ¿Cómo Cecilia duerme por las noches sabiendo que antes ganaba entre 30.000 y 40.000 pesos diarios y ahora si mucho, gana 10.000? ¿Cómo hace Cecilia para mantener la cordura mientras se siente ahogada en las dudas? Si desea, no la llame Cecilia, póngale el nombre del trabajador informal que quiera, el problema es el mismo o muy similar.

     

    Con ayudas insuficientes, los trabajadores informales, parte importante de la fuerza laboral de Medellín, están paliando los efectos de la pandemia. Foto: Daniela Gómez Isaza

     

    Porque estos seres que se habían convertido en parte de nuestro paisaje, tuvieron por mucho tiempo que cumplir con la cuarentena al igual que nosotros, una cuarentena que, como lo dice Boaventura De Sousa en el libro anteriormente nombrado: “parece haber sido diseñada con una clase media en mente”, una clase en la que estos seres simplemente no encajan y que así luchen por hacerlo, no lo lograrán, una clase que no está atrapada entre morir del virus o de hambre.

     

    “¿Cómo hago para creer, si me han fallado tanto?”, dice Cecilia cuando se le habla del Gobierno: “yo fui desplazada dos veces, de Urabá y de la Costa y señorita, ¿usted piensa que se preocuparon? Siempre que llegaba a alguna oficina, porque decían que nos iban a dar una ayuda, me comentaban que no aparecía en el sistema”, dice con la voz quebrada y desviando la mirada, y cómo juzgarla, querido lector, si tantas veces la han ilusionado con ayudas que nunca han llegado.

     

    Cecilia cuenta que hace poco la llamaron a su casa, una niña que decía trabajar para el Estado, pidiéndole unos datos y que esta trabajadora informal le decía: “Usted me llama a mi casa, ya sabiéndose mi cedula, mi nombre completo y mi dirección y me dice que necesita más datos… ¿Qué más quiere que le de?”.

     

    Cecilia nació en Sucre, pero por razones del corazón terminó en Medellín, a pesar de que ella creía haber encontrado el amor de su vida, terminó criando a sus tres hijos sola y sacándolos adelante. “Los tres son estudiantes y durante la cuarentena yo no podía trabajar, porque me daba miedo salir. Además, no valía la pena… el lugar que pago para que me dejen guardar el carro vale 7.500 diarios, más los pasajes desde Envigado hasta acá y acá no había gente… no valía la pena”.

     

    Cecilia sobrevivió la cuarentena, al igual que muchos otros trabajadores informales, por la solidaridad del desconocido, la empatía de ese comprador que solía saludarla, el apoyo de esa persona que pasaba y aunque, probablemente, no sabia su nombre, sabia que ella existía… Cecilia y su familia sobrevivieron esta crisis, por ese sentimiento que invadió el corazón de muchos, un sentimiento que nos recordó nuestra humanidad, nuestra fragilidad. “las personas que menos yo esperaba fueron las que me terminaron ayudando” dice Cecilia con una sonrisa en el rostro, pues en el interior sabe, que terminó encontrando ese apoyo que tanto buscaba en el gobierno en la gente del común.

     

    Como Cecilia existen muchos otros, como por ejemplo Cisto González, un vendedor de micheladas en Ciudad del Rio: “Yo solo pude dejar de trabajar dos meses y me tocó salir porque ya no tenía con que comer”. Cisto ya no tenía dinero suficiente para pagar el alquiler del lugar donde le guardaban el carrito, entonces le tocó empezar a llevárselo a su casa todas las noches y volverlo a traer todas las mañanas… Le puso una bicicleta y desde el Barrio Niquitao hasta Ciudad del Rio pedalea, para tratar de conseguir el dinero suficiente para poder vivir, sobrevivir.

     

    Como la vieja expresión, “en la lucha” viven los trabajadores informales durante esta crisis. Viven con el miedo, no solo el típico y casi cotidiano para ellos al “incierto mañana”, sino por sus posibilidades de contagiarse y salir victoriosos de esta lucha contra un enemigo invisible. Según un estudio de la Universidad de los Andes del 28 de marzo del 2020, un ciudadano que vive en estrato 1 tiene 10 veces más posibilidades de ser hospitalizado o de fallecer por Covid que una persona que vive en estrato 6 y una persona que vive en estrato 2 tiene el doble de posibilidades de ingresar a una UCI que una persona que vive en estrato 6… ¿Y cómo no estar temblando ante una posición como estas?

     

    Puede que las estadísticas no estén de su lado o se sientan abandonados por el Gobierno, pero con personas como Tatiana Cano, una de las fundadoras de “Putamente Poderosas”, un colectivo que trabaja en pro de las trabajadoras sexuales de la ciudad de Medellín y Antonia Galeano, creadora de “Miradas de sueños”, una iniciativa que se centra en ayudar a los trabajadores informales de la ciudad de Medellín, aún queda esperanza.

     

    Ellas se han esforzado por ayudar, por hacer que las historias de estas personas se conozcan y que dejemos de normalizar “la forma tan tibia en la que ha actuado el Estado”. Como afirma Tatiana Cano, han luchado, día tras día, por un cambio de mirada, porque valoremos a estas personas que hemos “obviado” en nuestra rutina y que ahora más que nunca necesitan de nosotros y nosotros de ellos… Pues al final del día, ¿quién mejor profesor que ellos, cuando se habla de resiliencia, de entusiasmo y berraquera?

     

     

     

  • Tan solo medio día de trabajo

     

    Una inmersión a vivir los esfuerzos del día a día campesino

     

    María Antonia Echeverri Garzón / mariaa.echeverri@upb.edu.co

     

    En las jornadas del campo es usual adelantársele hasta al sol. Foto: María Antonia Echeverry.

     

    La neblina cubría las montañas y el sol aún no salía. Eran las 5:30 a.m. una hora que para mí era extraña, pero para los campesinos de la zona ya era tarde. A lo lejos se escuchaba la maquina de abono de la floristería y abajo, en los nacimientos, don Rafael arriando los terneros. Aquel día me esperaba una muestra de lo que un campesino vive día a día, para poder comer y mantener a su familia.

     

    La noche anterior había acordado con Verónica, una de las campesinas de la vereda, en acompañarla a coger la última cosecha de frijol seco hasta medio día. Las botas pantaneras, la camiseta de manga larga, unos buenos guantes, mi sombrero y los jeans más cómodos y desgastados que tenía habían sido mi elección para trabajar. A los campesinos se les suele apreciar con sus ropas desgastadas, y esto es porque trabajar la tierra implica quizás ensuciar, manchar o, en el peor de los casos, rasgar la ropa. Escuchar decir “Ombe, cómo va a utilizar la ropita buena pa’ eso”, se convierte en el sustento para decidir qué vestir para un día de trabajo.

     

    La llegada

    El cultivo donde íbamos a trabajar quedaba unas fincas más allá de la mía. Eran las 5:40 a.m. íbamos por la carretera destapada, evitando los huecos en la moto y tratando que el viento no nos levantara el sombrero. Desde el portillo, doña Marta, la madre de Verónica, nos vio llegar y, con solo bajarnos de la moto, ya nos estaba entregando dos pocillos a rebosar con milo caliente y unos buñuelos en forma de rosca. Yo ya había desayunado, pero por esa alegría de darnos algo para comenzar un día largo y poder tener alientos, lo recibí. Aún no eran las seis y a la vaquita que tenía montaña abajo, don Guillermo, el papá de Verónica, ya la había ordeñado.

     

    Los pocillos fríos y vacíos nos indicaban que ya era de comenzar. Para llegar al entablado que sostiene las enredaderas donde crece el frijol, había que bajar por un camino en zigzag lleno de barro amarillo que parecía una pista jabonosa ya que había llovido durante toda la media noche. Verónica bajaba como si no existiera posibilidad alguna de resbalar y salir rodando. Las botas le daban agarre y la confianza que me la demostraba con su sonrisa simpática y tranquila. Yo no me podía dar esos lujos, baje con cuidado. “Hay caminos peores”, me decía mientras se reía por mi forma de lograr equilibrio cada que medio pisaba en falso.

     

    El cultivo

    El cultivo pertenecía a su familia y esta era la última cogida, el frijol ya seco. El frijol, la papa y el maíz son los tres productos principales del municipio, San Vicente Ferrer. Esto debido al clima frío dado por su altura. A partir del atardecer, la temperatura de esos días descendía hasta 12°C.

     

    El lote estaba cubierto de muchas hileras, con espacios entre cada una. La tierra tenía surcos y al estar inclinadas, se veía a cada hilera como una escalera. Las enredaderas que un tiempo antes tenían un verde vivo, aquel día el café era protagonista. Al caminar entre ellas se podía escuchar el crujir de las hojas que ya secas y marchitas habían caído.

     

    << Se afina también el ojo para reconocer la calidad del grano incluso sin abrir la vaina. Foto: María Antonia Echeverry.

     

    La cogida

    Era frijol cargamanto rojo, tenía una vaina larga y esta vez la semilla que habían sembrado daba un grano menos redondo; pero tal cual se conoce, color café claro con manchitas rojas.

     

    Para empezar, Verónica me dio mi costal, era azul, con una capacidad de entre 50 y 60 kilos y me indicó la hilera, empezamos de abajo hacia arriba. Ella y su papá me enseñaron que el truco para coger las vainas es tratar de arrancarlas de un halón y recoger la mayor cantidad posible en la mano. Al iniciar, la mañana estaba fresca, con el cielo nublado y eso facilitaba todo. Recuerdo que no alcanzaba las enredaderas más altas y don Guillermo me sonreía y me las bajaba. La concentración era fundamental para observar bien que cada rama había quedado totalmente limpia.

     

    Las conversaciones

    Las primeras hileras eran a buen ritmo, hablamos de amor y de las simplezas de este mientras de fondo se escuchaba rancheras de un radio que surcos más arriba habíamos dejado. Ella me contaba que el amor con su esposo había cambiado: “Creen que porque uno ya está casado no le gustan los detallitos”, me decía con el ceño fruncido. Su esposo, Pachito, cuando eran novios la llenaba de regalos y ahora eso escaseaba, todo se había vuelto más complicado. A pesar de todo, ella no había dejado de ver el amor como algo bonito. Yo hacía mis esfuerzos por llevar el hilo de la conversación, pero debía estar atenta a no dejar caer o no arrancar alguna vaina, si hablaba mucho me perdía de la enredadera en la que iba y ya las piernas me estaban empezado a arder.

     

    Al ser la ultima cogida antes de tumbar el entablado, la cosecha era menos, pero sin importar eso, el costal se llenaba y se sentía en mi hombro cada que necesitaba moverlo. 10 kilos, 20 kilos, 30 kilos… eso era mínimo, la velocidad con la que recogía era despaciosa y mi cansancio de estar todo el tiempo de pie era absurdo a comparación con el trabajo que habían hecho los demás.

     

    El paisaje campesino es como una colcha de retazos tejida a golpes de azadón.

    Foto: María Antonia Echeverry.

     

    Huevitos en mantequilla

    Eran casi las 9:30 a.m. y estábamos rellenando los costales, un trabajo que requiere fuerza para tratar de presionar todos los granos en sus vainas y hacer más espacio. El sol se asomaba y con él, el calor de la mañana nos empezaba a debilitar. Verónica había llevado desayuno en su moral. Recostamos un tronco, y ahí nos sentamos. La primera coca era de las arepas, la segunda de un quesito campesino miniatura, la tercera de la mantequilla. Por último, la de los huevos, que eran especiales. Alguna vez escuchó de mi familia que no me gusta el tomate y al entregármela me dijo: “Yo estaba muy animada haciéndole huevitos con tomate y cebolla cuando me acordé que eso a usted no le gusta. Entonces se los hice en mantequilla”. Un gran detalle, yo iba a trabajar, la comida no estaba en mis planes y sin importar, me complacían. La botella del chocolate se le había quedado así que desayunamos con jugo que ella había preparado para estar tomando mientras trabajábamos.

    Mientras comía veía como sus manos se habían agrandado y cómo, sin usar guantes, no tenia ni una sola herida. La costumbre, pensé.

     

    Los bultos

    Habíamos terminado y apenas era medio día. Entre los tres se había logrado recoger casi 200 kilos, pero el camino del lote a la casa con ese peso en las espaldas era una odisea con muchas pausas. Después de un rato se logró subir todo lo recogido y como ellos decían: “Estuvimos de buenas”, habíamos tenido bueno clima, aunque el sol, después del desayuno nos había golpeado un poco fuerte. Porque, aunque el cultivo estuviera un poco lejos de la casa, hay otros más difíciles de acceder. Porque al final lo habíamos logrado y recogimos la última cosecha del cultivo.

  • Videojuegos: industria clave durante la pandemia

    Por: Daniela Gómez Isaza / daniela.gomezi@upb.edu.co

     

    Los videojuegos en la actualidad cada vez más se llevan el protagonismo dentro de la industria del entretenimiento, pero, debido a la pandemia, se convirtieron en industria clave por su capacidad de expansión en cuanto a plataformas y géneros. En la actualidad, la mayoría de las personas han entrado en contacto con estos productos, ya sea a través del móvil, computador, tableta o las consolas de PlayStation, Xbox, Nintendo, entre otras. Esta infografía interactiva muestra datos claves y explicaciones sobre el despegue de este negocio.

     

     

  • Comercio electrónico y soluciones a la medida, remedios para la pequeña empresa ante la pandemia

    Por: Alejandro Ramírez Londoño / alejandro.ramirezl@upb.edu.co

     

    Con la llegada de la pandemia, el desafío para evitar que desaparezcan las medianas y pequeñas empresas se acrecienta, más si se tienen en cuenta los problemas estructurales de este sector. Datos de la Cámara de Comercio de Medellín para Antioquia indican que una de las principales limitaciones de las microempresas, por ejemplo, es la baja permanencia en el mercado, en el sistema financiero y en la contratación laboral.

     

    Sumado a lo anterior, un reporte entregado por Comfama sobre afiliación de empleados de abril a junio de 2020 en Antioquia, señaló una reducción de 6,4 %, las cifras van de 262.521 empleados afiliados a 246.797, por 12.293 microempresas que disminuyeron sus plantas de personal.

     

    Ante un panorama crítico que afecta directamente a un sector que, según el Registro Público Mercantil CCMA, RUES Confecamaras y el DANE representa 89% del tejido empresarial antioqueño, Olga María Ospina Trejos, Jefe de Investigaciones Económicas en la Cámara de Comercio de Medellín para Antioquia, explicó las estrategias que el gremio promueve para evitar la desaparición de las micro, pequeñas y medianas empresas (mipyme) a causa de la pandemia.

     

    Ustedes como organización le abren un espacio a sus afiliados para que puedan capacitarse. Con la coyuntura sanitaria actual, ¿qué habilidades buscan fortalecer en los empresarios para que puedan seguir a flote?

    Dadas las medidas de confinamiento y de respuesta por la emergencia por COVID-19, una de las cosas más importantes o que tomaron mayor dimensión para las empresas fue todo el tema de comercio virtual, pagos virtuales. Se puso a disposición un conjunto amplio de capacitaciones gratuitas para poder vincular a un mayor número de empresarios a estas dinámicas, porque no todos estaban acostumbrados al tema de comercio virtual.

     

    No tenían capacidades previas, entonces lo que se hizo durante estos meses con los empresarios en general, fue desatrasarlos de esas tareas que teníamos pendientes en el tema virtual y que se postergaban. Esto obligó a muchas empresas a reaccionar y a entender que era lo virtual o era no vender. Las habilidades que buscamos fortalecer en su momento cuando empezó la emergencia, fue básicamente esa: todo el mundo a lo digital, transformación digital básica enfocada en un tema de comercio electrónico.

     

    Pero entonces, si son micro, pequeñas y medianas empresas, ¿qué estrategia virtual resulta más accesible para ellas?

    Nosotros como Cámara tenemos, por ejemplo, una plataforma que ponemos a disposición de los empresarios y se llama Vitrina Empresarial. No todos los empresarios tienen las mismas capacidades, dependiendo si es una micro, pequeña o mediana empresa. A partir de allí se fue desplegando un conjunto de capacitaciones que les permitieran a los empresarios, que estaban en cero en ese mundo digital, empezar a crear esas capacidades. Esa era, básicamente, la mayor urgencia de los empresarios, poder mantenerse conectados con la demanda, por lo menos con esa demanda a distancia, la que antes tenían en la puerta o en local y que ahora está en el mundo digital.

     

    Según el Registro Público Mercantil CCMA, RUES Confecamaras y el DANE, el sector de las mipymes representa 89% del tejido empresarial antioqueño.

     

    ¿Cómo ha sido ese apoyo a distancia y capacitación a los emprendedores de Medellín y el Área Metropolitana?

    Fue poner a disposición muchas de las capacitaciones, que antes teníamos de manera presencial, en nuevos formatos, adaptarlos rápidamente para que también fueran virtuales. La Cámara de Comercio como tal tiene una jurisdicción en 69 municipios del departamento. Estamos específicamente en Medellín y en el Aburrá Norte; el Aburrá Sur es atendido por otra Cámara de Comercio, Cámara de Comercio de Aburrá Sur. Somos Cámaras diferentes con programas independientes, pero que de hecho el enfoque que tienen las instituciones son similares porque las necesidades de los empresarios en ese punto, fue seguir conectados de cierta manera con la demanda a través de los medios virtuales.

     

    Nosotros desde la Cámara de Comercio de Medellín ya teníamos una plataforma desarrollada que se llama Conexión 3E y es cómo acompañamos a los empresarios y a los emprendedores en su proceso de creación de empresa y cómo los conectamos con las instituciones que pueden resolver unas necesidades particulares. Además de Conexión 3E, también pusimos a disposición de los empresarios el tema de Vitrina Empresarial, que es una plataforma para que los empresarios puedan vender sus productos de manera virtual.

     

    Se creó, en el marco de la pandemia, la plataforma de Conexión Financiera, que es una plataforma con la que se acerca a los empresarios y los diferentes recursos: los bancos, las cooperativas. Los pone en un mismo punto para acercarlos. Se desplegó una cantidad de recursos y de capacitaciones gratuitas orientadas muchas de ellas a todo el tema virtual y ya en la medida en que el Gobierno fue dando vía libre a algunos sectores, ya todo el tema de protocolos de bioseguridad. De igual manera para el tema comercial, la Cámara también puso a disposición de los empresarios, la emisora de la Cámara para ofrecer los productos a través de la emisora de manera gratuita.

     

    << No todas las mipymes necesitan las mismas soluciones. Foto: Daniela Gómez Isaza.

     

    Uno de los programas creados por ustedes y la Alcaldía de Medellín consiste en la implementación de 200 tiendas electrónicas que beneficiarán a las mipyme. ¿Cómo era antes esa integración de las micro, pequeñas y medianas empresas dentro de los medios virtuales?

    Nosotros tenemos un proyecto que se llama Mipyme, ese proyecto que con la Alcaldía de Medellín está enfocado, como su nombre lo indica, a las empresas de menor tamaño y a crear capacidades en ellas. Es un acompañamiento desde cero con ellas porque esto se hace gracias a una evaluación diagnóstico porque no todas las empresas están en el mismo nivel de desarrollo, entonces tienen que empezar con ese proceso diagnóstico que les indica en qué punto están y qué tiene que desarrollar para poder llegar a tener toda su oferta montada en una página web.

     

     

     

    ¿Cómo está compuesto ese diagnóstico?

    Hay un área encargada en la Cámara de Comercio que se llama Dirección de Servicios Empresariales y ellos son los encargados de hacer esos tipos de diagnósticos, pero lo que hacen con esos diagnósticos es básicamente medir las capacidades. Evalúan una cantidad de componentes, uno de ellos es la oferta que tienen de empezar. Puede ser que yo le diga a un empresario que me monte sus productos a una página web, pero a la hora de que exista un demandante que le exija a un empresario un volumen ‘x’ de productos por ejemplo, el empresario no estará en la capacidad de suministrarle eso que pide.

     

    Son muchos los lineamientos evaluados y dependiendo de dónde está el empresario, empieza el acompañamiento. Hay unos que están muy avanzados y otros que deben comenzar desde cero. Todo depende de cómo salgan calificados, pero la idea es que todos esos empresarios puedan llegar a tener su oferta en el mundo virtual.

     

    A pesar de las medidas de distanciamiento los emprendedores han visto en las redes sociales y otras soluciones tecnológicas un modo de prevalecer en el mercado pero, ¿qué otra forma podrían hallar con el fin de promocionar sus productos y simultáneamente cumplir con los lineamientos gubernamentales de protección y prevención?

    Aparte del mundo digital, es cómo los empresarios están abordando la nueva realidad. Cómo adaptan su mundo presencial o las ventas físicas a esos requerimientos que les hace el Gobierno para garantizar todos los sistemas de bioseguridad. Para eso específicamente la Cámara de Comercio hizo un trabajo con las ARL para decidir cuáles eran esos protocolos y, de hecho, hicieron capacitaciones sobre protocolos, habilitaron espacios en sus páginas web que pudieran ser consultados por los empresarios para que se adapten a ese nuevo contexto del mundo físico, porque se venía hablando del tema virtual mientras llegaba la apertura y ya que estamos en la apertura ya es cómo adaptan su negocio a esa modalidad para poder operar.

     

    El sector de servicios es la segunda actividad más representativa en Antioquia con 50 empresas en el 2019; registraron unos ingresos operacionales que suman 39,9 billones de pesos. Ante un sector de tal valor, ¿qué se hace desde la Cámara de Comercio para mitigar los perjuicios ocasionados por la pandemia?

    Quiero recordar la composición de la base empresarial del departamento. En Antioquia el 90% de las empresas son microempresas, el 9% son pymes (pequeñas y medianas empresas) y solo el 0.8% son grandes. En ese 0.8% están esas empresas que usted menciona en la pregunta.

     

    Nuestro enfoque de acompañamiento ha sido siempre para las micro, pequeñas y medianas empresas, de hecho las grandes para nosotros son aliadas porque con ellas desarrollamos programas específicos para las empresas de menor tamaño; son socios para nosotros para poder apoyar a las mipyme. El papel de ellos es más representativo en la medida que se convierten en soporte para una institución como la nuestra. Ellas no necesitan del acompañamiento, ese que sí requieren las empresas más pequeñas. Ya para el tema de comercio en general, que representa para la economía más o menos el 15% del valor agregado y más o menos entre el 35 y 40% de la base empresarial, hemos acercado a los empresarios a esos consumidores a través de la virtualidad y los acompañamos en todo el tema de protocolos para la fase de reapertura.

     

    Otro de los retos de las mipymes es la diversificación de su oferta. Foto: Daniela Gómez. >>

     

    Uno de los aspectos de su misión es la de “Impulsar la competitividad en la economía”. ¿Cómo se logra establecer dicha competitividad entre una empresa grande y una empresa emergente?

    Esa es una pregunta compleja porque las realidades de las empresas de menor tamaño, específicamente de las micro y pequeñas empresas, son bastante distintas de una mediana y una grande. Las empresas de mayor tamaño, aquí hablamos de medianas y grandes, tienen acceso a muchas cosas: a mejor recurso humano porque tienen mayor estabilidad; inversión para temas de investigación, innovación; tienen una expectativa de expansión del mercado que no la tiene una empresa micro y pequeña debido a su estructura.

     

    Nosotros nunca trabajamos para que una micro se convierta en una empresa grande. ¿Qué se hace con una microempresa? Revisar cuáles son esas problemáticas que tienen y cómo puedo ir fortaleciéndolas para que puedan acceder a un mayor número de clientes y puedan aumentar sus ventas, cómo pueden tener un producto más atractivo para vender en el mercado, cómo pueden acceder a más recursos para hacer inversiones en sus plantas, comprar nueva maquinaria. Lo que hacemos es que esa microempresa sea mucho mejor, dadas esas estructuras que tiene; nunca se busca la forma en la que se puedan igualar con las grandes, se estaría hablando de muchos millones que se necesitarían para acercar una microempresa a una grande.

     

    De hecho, si se mira el mundo de la microempresa, de un 90%, el 70% registran activos inferiores a 10 millones de pesos. No es lo mismo una microempresa de 10 millones de pesos o de 5 millones, a una microempresa de 478 millones (porque ese es el rango en activos).

     

    Hay una diversidad tan grande, que el reto está en entender qué condiciones tienen, qué es lo que le duele, cuál es su día a día para poder hacerlas mejor desde su condición. No hay una fórmula estandarizada para acompañar a todas las empresas, hay unos proyectos específicos dependiendo de los públicos.

     

  • Buscando el pan debajo del brazo

     

    En el encierro muchas familias han encontrado la oportunidad de retarse a crear. Las impactos extremos de la pandemia han convertido a familias enteras en núcleos de emprendimiento, alimentados por conocimientos tradicionales, talentos y aficiones. Esta es una de esas historias.

     

    Alejandra Quintero Pinto / alejandra.quintero@upb.edu.co

     

    7:30 de la mañana del 16 de marzo del 2020. En la bandeja de entrada del correo institucional hay un mensaje nuevo: “No habrá clases presenciales, unámonos a la virtualidad”, era su asunto. Samuel, en medio de la somnolencia, lee ese mensaje placenteramente. ¿No ir a clases? Una delicia. ¿Por cuánto tiempo? Indefinidamente. Al fin y al cabo, le gustaba estar en casa por un par de días, quizás un par de semanas, ¿qué podría salir mal si en su casa tenía lo estrictamente necesario para estudiar y sobrevivir?

     

    Primera semana, todo muy bien; segunda semana, sin problemas; tercera semana, sin quejas pero bien en general. Un mes después ya todo empezó a tornarse un poquito frustrante, las noticias inundaban la cabeza de Samuel de mucha información abrumadora y la Universidad ya no era divertida virtualmente, quería ver a sus amigos, pasar por el “Venteadero”, que es donde él se reunía con ellos, socializar, tener contacto, todo eso parecía tan extraño ahora… Pero Samuel no era la única persona en su casa que sentía la incertidumbre, su madre Nohelia también pasó por un momento crucial que afectó directamente a toda la familia y fue cerrar el restaurante que durante cuatro años había sido parte de sustento al hogar de los Meza Tabares. El padre, Elkin, tuvo que devolverse a Medellín desde Apartadó, dejando a un lado una obra de la cual él era jefe.

     

    “Un día, Samuel llegaba a su casa y su madre preparó la cena para él y su hermano:

    una hamburguesa casera.”

     

    “¿Ahora qué?”, pensaban Samuel y toda su familia al encontrarse en una situación poco convencional que los llenaba de un sentimiento extraño que nos atemoriza como seres humanos: la incertidumbre. En las noticias, no dejaban de pasar información acerca de los casos de COVID-19 que se presentaban a nivel mundial y el temor por que llegara a Colombia se iba intensificando levemente.

     

    ¿Quedarse de brazos cruzados? ¡Jamás! Samuel no iba a permitir que él y su familia pasaran necesidades así que se le ocurrió la fantástica idea de ser Rappi. Tenía la moto, los papeles al día y qué más que la motivación, así que empezó. Como era de esperarse, daba susto porque era salir a la intemperie corriendo el riesgo de ser contagiado por esa enfermedad que amenazaba a diestra y siniestra, pero Samuel siempre cumplía con las precauciones necesarias. Gracias a este trabajo, Samuel llevaba diariamente a su casa $50.000 y, por otro lado, su madre, Doña Nohelia, vendía almuerzos caseros en la unidad, sin embargo, no era suficiente. Samuel tenía una ambición muy alta.

     

    Un día, Samuel llegaba a su casa y su madre preparó la cena para él y su hermano: una hamburguesa casera. Lo que ellos no sabían es que esa hamburguesa, obra de su madre, iba a ser el primer escalón para una fantástica idea de negocio. “¿Una hamburguesa? Muy normal”, dijeron en el momento, según cuenta Samuel, pero percibió que esa no era cualquier hamburguesa, tenía un sabor sofisticado que, al primer mordisco, se sentía ese cosquilleo en las papilas gustativas, un sabor que nunca Samuel y su hermano habían probado en una hamburguesa. Así reconocieron el talento único de su madre para la idea en mente.

     

    Así fue cómo Samuel y su hermano empezaron con su modelo de negocio a finales de mayo. Estaban en la búsqueda de un producto que no fuera solo bueno, sino que tuviera algo único en el mercado, algo más elaborado, así que Samuel emprendió su búsqueda para encontrar esos elementos atractivos: pan de masa madre, cebollita crispy, queso crema, queso cheddar, vegetales frescos y una salsa de la casa bien elaborada. Unas cuantas mejorías en esa hamburguesa, hasta que llegaron a la prueba final y, como subrayó Samuel: LA hamburguesa.

     

    No solo las recetas estaban entre los talentos ocultos de los Meza Tabares, resultó que también sabían de fotografía y presentación de los productos. Foto: Pan y Pedazo.

     

    Samuel y su hermano Thomas, comenzaron a difundir por redes sociales la nueva creación: “Hamburguesas artesanales por $12.000”, decía el primer aviso publicitario, que rondó por sus estados de WhatsApp y el de sus amigos hasta que llegó su primer comensal: Alejandra, una amiga de Thomas quien les hizo un pedido de ocho hamburguesas, nada mal para empezar. El resultado: ¡Le encantaron! Y así comenzó la película de las hamburguesas. “¿Sí ve, má? Esto va a ser un palo”, le decía Samuel a su madre.

     

    Día tras día, todo iba dando resultado lentamente. “Pongámosle Pan y pedazo”, propuso un día doña Nohelia y ese nuevo chispazo creativo le dio más impulso al proyecto inesperado que, como se dice entre los restauranteros, estaba “salvando las papas” a la familia Meza Tabares. Empezaron con la hamburguesa clásica, después, una double cheese & bacon, otra llamada Philadephia. Así, poco a poco, fueron innovando en sus productos únicos. Todo apuntaba a que iban a ser un éxito, cada miembro de la familia se puso un rol específico: Thomas hace las papas y empaca las órdenes, doña Nohelia en la plancha, Samuel armando hamburguesas y don Elkin con el aseo, armando cajas y comprando provisiones.

     

    Hay ocasiones que la demanda obliga a interrumpir otras tareas para atender Pan y pedazo, las órdenes han superado la imaginación de los dueños de este emprendimiento, que, como en muchos otros casos, no es solo fuente de ingresos, sino de la tranquilidad que produce no quedarse quietos ante la adversidad.

     

  • Así han sobrevivido las agencias de viajes a la pandemia

     

    Como parte del sector turístico, han sido uno de los comercios más afectados en el 2020. Sobrellevar la crisis por el nuevo coronavirus fue un desafío y ahora se plantean estrategias para “seguir a flote”.

     

    Por: Manuela Echeverri Jaramillo / manuela.echeverrij@upb.edu.co

     

    2019 finalizó con una cifra récord para las agencias de viajes colombianas, las cuales, según el Ministro de Comercio, Industria y Turismo, José Manuel Restrepo, contaron con un crecimiento en el cuarto trimestre del 3,3% respecto a lo que fue el resultado en ese mismo período del 2018 y con un crecimiento total del 3,7 % en ingresos nominales. Un progreso que no se registraba desde hacía 4 años.

     

    El mismo informe del Departamento Administrativo Nacional de Estadística (DANE) expondría cifras opuestas en 2020. Para Gloria Cristina Castaño, dueña de la Agencia de viajes y turismo Guadalcanal, se esperaba superar o igualar las cifras anteriores, pero la pandemia le obligó a tomar medidas decisivas para que su empresa continuara en funcionamiento y sus trabajadores con un sueldo constante.

     

    La reinvención

    Ahora bien, ¿cómo lograr conservar un negocio cuyos ingresos provienen de la venta de servicios que se encontraban inhabilitados? Y es que fue debido a la medida del aislamiento preventivo obligatorio, decretada por el presidente de la República Iván Duque y a la clausura de aeropuertos, fronteras, carreteras y demás conexiones turísticas, que se dificultó la venta de tiquetes aéreos, alquiler de hoteles y vehículos, tramitación de visados y paquetes empresariales que ofrece la agencia.

     

    Para salvaguardar su negocio, Gloria Cristina Castaño recurrió en marzo a la creación y venta de una línea de productos de bioseguridad. Sus empleados se encargaron de promocionar los productos por distintas redes sociales para seguir generando flujo de caja: “Yo asumo que fue una respuesta de salvación sacar la línea de bioseguridad. No lo tomo como reinvención, ya que mi pasión y enfoque es el turismo vacacional y ese seguirá siendo nuestro fuerte. Lo asumo más como una respuesta de salvación para poder sacar adelante a todo el equipo y podernos proteger”. Además de cambiar la línea de productos, tuvo que cerrar la sede de su agencia en Sabaneta, para poder conservar la de Envigado.

     

    Viviana Rivera, dueña de la agencia de viajes DeTour, una promotora de servicios turísticos en Guatapé que ofrece planes en familia, pareja o amigos con alojamiento, alimentación, tours y transporte; la crisis sanitaria los “cogió fuera de base” pero no solo a ellos, sino también al municipio donde según su alcalde, Juan Sebastián Pérez, el 92% de sus habitantes vive del turismo.

     

    Al igual que en el caso de Castaño, para Viviana Rivera la reinvención parecía ser la única manera de poder atravesar la crisis económica que solo parecía agravarse más con cada día que pasaba, por lo que surgió la creación de su nueva empresa de marketing y estrategia digital denominada Dmarketing, la cual está enfocada en las plataformas digitales: “Nos ha ayudado a mantener la empresa y a reinventarnos, también nos ayudó el uso de las herramientas tecnológicas que nos permite mejorar muchas plataformas de la operadora y del hotel, la página web de más empresas y conocer a fondo cómo manejar las redes sociales. Una cosa nos llevó a la otra positivamente”.

     

    El desafío económico

     

    << La Agencia de Viajes y Turismo Guadalcanal se vio obligada a adaptarse a las nuevas necesidades que trajo consigo la pandemia.

    Foto: Manuela Echeverri.

     

    Para las dos empresarias, el cese de actividades dejó una gran cantidad de necesidades económicas por suplir y, por tanto, las ayudas para el sector se volvieron de carácter fundamental. Paula Cortés Calle, presidente ejecutiva de la Asociación Nacional de Agencias de Viajes (ANATO) plantea que “el apoyo del Gobierno ha sido importante, pero definitivamente la extensión de la problemática y de la reactivación hizo necesario que el gremio acudiera nuevamente para solicitar un nuevo paquete de alivios, dentro del cual se incluyó un acceso al crédito en condiciones especiales para el sector, pues las medidas que ha tomado el gobierno para apoyar no se han visto reflejadas en la industria a través de la banca”.

     

    Castaño y Rivera agradecen los alivios, tanto como saben que son limitados y que las deudas no desaparecerán pronto. Cristina recibió subsidio de la nómina, de la prima y ayudas de los créditos de Bancóldex con intereses protegidos por el Gobierno; por su parte, Viviana cuenta con compromisos bancarios y créditos que, sin los ingresos de los meses en recesión, todavía no puede saldar.

     

    Un nuevo turismo

    Con el levantamiento de la medida del Aislamiento Preventivo Obligatorio y la reapertura del sector turístico por la nueva medida del Aislamiento Selectivo, las agencias empezaron a retomar funciones lentamente. No ha sido fácil recuperar la confianza en sus clientes para volver a viajar, algo que siempre fue visto como cotidiano y ahora parece ser una experiencia desconocida; por ende, para garantizar seguridad, las agencias cuentan con todos los protocolos de bioseguridad avalados por el gobierno y la ANATO.

     

    Y aunque se ha reducido el número de clientela, Rivera añade que aquello les permitirá mejorar sus servicios puesto que se manejará una nueva propuesta de turismo: “Un turismo más personalizado, va a ser favorable porque ya no va a ser un turismo de masas ni del ‘bulto’. Ya va a haber menos personas y, por tanto, mejor atención”. Esta modalidad es propicia para promover el turismo nacional, el cual es el más recomendado por la ANATO y el Fondo de Promoción turística (FONTUR), según su presidenta, Raquel Garavito Chapaval: “Es el momento para invitar a los colombianos a que planeen su retorno a miles de rincones de Colombia”.

     

    Lo que depara el futuro

    Por el momento, agencias como la de Gloria Castaño están empezando a vender tiquetes aéreos nacionales e internacionales; señales de una nueva actividad que todavía está despegando y que dependerá de cómo se siga desarrollando la pandemia a escala mundial: “Comenzamos a vender vuelos nacionales, solo a las rutas establecidas y hemos vendido tiquetes internacionales; por ejemplo, a Europa y a Estados Unidos. Muchos de nuestros clientes ya están reprogramando todos sus viajes con los cambios y programas que tenían inicialmente; otros ya están programando sus vacaciones”.

     

    Así pues, las agencias de viajes colombianas siguen sobrellevando los inesperados desafíos a raíz de la COVID-19, acomodándose a las circunstancias del momento, porque era más que claro que la pandemia no estaba incluida en ningún paquete de viajes. Empresarias como Gloria Castaño y Viviana Rivera son de las afortunadas de seguir contando con sus agencias ya que, según Paula Cortés se ha registrado una caída del 40% en el número de agencias de viajes que reportan haber renovado su Registro Nacional de Turismo, por lo que, según dice, es de suma importancia “el Proyecto de la Ley de Turismo, la exclusión del IVA en los paquetes turísticos, hecho que permitirá que estas empresas ofrezcan planes a menor costo para beneficiar a los turistas”.

     

  • Mery Yolanda Sánchez: la poetisa que enfrenta el dolor

     

    Si algún día cambiara el sistema político del país y pudiera hablar de una orquídea en su esplendor, lo haría –no podría desconocer su belleza– pero hasta entonces Mery Yolanda Sánchez* seguirá retratando en su poesía las escenas dolorosas que atraviesan la realidad nacional.

     

    Por: Manuela Molina Cerezo

     

    Desde los 17 años, Mery Yolanda Sánchez se fue a emprender un nuevo rumbo a la ciudad de Bogotá, tras haber pasado toda su infancia y adolescencia en su pueblo natal, el Guamo, Tolima. De allí, recuerda los paseos en bicicleta y el olor a tierra mojada que se creaba en la playa del río, cuando este aún la conservaba. Y quisiera, tal vez, no recordar esa violencia con la que creció siendo testigo y de la cual hoy escribe. Su poesía no es una poesía costumbrista, pero sí social. Suele leer a Juan Rulfo, a Thomas Mann, a los poetas malditos y su poeta de cabecera es el alemán Gottfried Benn. Pero sus versos son tan suyos, como lo es la historia que atraviesa a Colombia, país que narra y poetiza, que lleva en su cuerpo como una insignia de dolor.

     

    En 1956, cuando Mery nació, sus padres ya habían tenido 11 hijos, tres de ellos habían muerto y los otros siete ya estaban más grandes. Luego, llegó una niña más. Entonces Mery era la penúltima, quizás la más particular, y en unos años: “la niña problema”, como ella misma lo dice. De niña, sus hermanos tomaban un diccionario, leían una palabra y tenían que decir qué pensaban que era; y, a pesar de que a ella no la invitaban a jugar con ellos, ella se metía y salía ganando, porque siempre acertaba con el significado o decía cosas inesperadas. Por deseo de su padre, todos ellos se dedicaron al magisterio. Ella, en cambio, a la poesía. Desde los seis años se entregó a la literatura, la que llama su proyecto de vida. Aun así, gracias a sus hermanos fue que se encontró con su primera imagen poética: como no tenían radio, ellos pintaron uno en un poste con carbón y por las tardes se ponían a bailar.

     

    Su madre la tuvo cuando tenía ya 40 años y durante un tiempo creyó que su hermana María Nelly era su mamá, pues ella la cuidaba y la introducía por los caminos del arte. Al igual que su hermana, Mery perteneció a un grupo de teatro cuando ese arte no era muy bien visto. Viajaban de un pueblo a otro, a veces el bus los dejaba y debían devolverse a pie. Eso no era que le gustara mucho a su mamá, para ella era sinónimo de vagancia y vicio. Su mayor vicio era tomar Coca Cola con limón, junto a sus amigos, imaginándose que era un trago. Entonces ella se escapaba de la casa, con la ayuda de su papá que le avisaba cuando los llamaban por la emisora para hacer una presentación y desde la cerca de su casa, él le tiraba la ropa.

     

    A diferencia de sus hermanas, esa era su mayor travesura. Aunque en algún momento le dejó de gustar el teatro, entonces en los intermedios, cuando no salía el mago, salía ella a leer poemas que se aprendía de memoria. “Yo era de lo más aburrida”, dice. Solía jugar pasando la tierra en una carreta de un lugar a otro y una vez construyó un carro de juguete que compartía con unas de sus sobrinas, que eran de su edad. Sus hermanas solían salir a bailar y se retrasaban para volver, entonces un día su papá decidió comenzar a hacer las fiestas en la casa, mientras que su mamá apenas llegaban tarde no las regañaba, ni las castigaba, sino que les cantaba tangos: “Eran tangos fuertes, como de barriada, agresivos, pero ellas no decían nada”, cuenta Mery. Desde allí comenzó a entender que ella era diferente, que podía además de dar con el significado de palabras aleatorias en el diccionario, entender una frase o la connotación de algo. Y para ella, claramente, esos tangos representaban un insulto, uno artístico, aunque insulto de todos modos. Su mamá era más callada, más seria y dura en la crianza. Su padre, en cambio, era noble y tenía fuertes convicciones políticas, de allí que ella piense con la vehemencia conque lo hace.

     

    En su pueblo, no había más de tres familias liberales, la suya era una de esas, así que su padre –que era seguidor de Jorge Eliécer Gaitán y recibía telegramas suyos– estuvo varias veces en la mira. Su madre, fue quien lo salvó cada vez que se lo llevaron para aquel río en el que se sabía que los mataban. También su madre vio entre las latas de guadua lo que le hicieron a la vecina: allanaron su casa, la violaron, pero nadie podía decir nada. Con tan solo 4 años, Mery presenció una agresión de unos policías hacia un muchacho que era conocido suyo, a quien subieron a una volqueta y lo pasearon por todo el pueblo, golpéandolo hasta matarlo. Además, al Guamo llegaron apenas tres televisores, cuando ella tenía 9 años. Entonces, su entretención eran las tertulias nocturnas en las que su padre le contaba, además de su propia historia, acontecimientos reales de lo que sucedía en el país.

     

    Canción de cuna

    Papá mezcla la tierra y dice que cubra mi pecho.

    Lunas nuevas diseñarán la medida de la ropa,

    el no me contará historias y tendré llenos mis

    bolsillos de dudas.

    Aprenderé con mis juguetes

    qué tan cerca está la vejez en la luz del espejo.

     

    Mi padre me enseña a cernir la arena,

    a mostrarme el principio de una casa

    y el camino donde los sueños se sientan a beber

    agua.

     

    En la tarde, mi padre abre troncos de madera con

    un hacha

    y recuerda las tantas veces en que

    fue llevado hasta el río,

    –tu madre me salvó– dice, mientras

    su mano fría cae sobre mi cuerpo.

    Ilustración: Manuela Molina Cerezo

     

    En el colegio, Mery le hacía las tareas de escritura a sus compañeros y ellos le pasaban las de dibujo técnico, hasta que a los 12 años decidió ella misma romper por completo con la academia. Ya había empezado cuatro veces segundo de bachillerato. Lo suyo no era estar allí. Sin embargo, los niños le seguían llevando las tareas para que ella se las hiciera y así ella podía seguir leyendo y escribiendo. Entonces, su papá le dijo que si no estudiaba, tendría que trabajar. El sacerdote de la iglesia la vio escribiendo, le gustó su letra y fue allí cuando comenzó a trabajar como escribiente del despacho parroquial. Hacía a mano las partidas de bautizo, de matrimonio, de defunción y luego las pasaba a máquina. Había aprendido el arte de la mecanografía en una pequeña máquina que le hizo una de sus hermanas en una pequeña cajita. También trabajó en la oficina de un abogado y perteneció a movimientos cívicos de juventudes.

     

    Un día pasaron un anuncio por la radio, en una emisora de El Espinal, un pueblo más o menos cercano al Guamo: estaban buscando alguien para trabajar en el master, alguien que fuera la secretaria y alguien que hiciera el aseo. Mery creía que si ganaba el puesto del master, quizás en algún momento podría llegar a ser locutora o periodista, y vio allí un destello de luz para ese sueño que tuvo cuando tenía 9 años y rompió su alcancía con un hacha, para pagar un curso de periodismo por correspondencia. Pero Mery quedó de secretaria y realizaba tan bien sus funciones, que nunca pasó de ese puesto. En momentos fortuitos, el locutor se emborrachaba y la dejaban dar la hora. A veces, hasta se subía encima de un inodoro para recibir una noticia que llamaban a dar a la emisora, justo cuando se dañaba el teléfono, entonces ella la redactaba y se la entregaba al periodista. Y esas eran siempre las mismas noticias: el asesinato de cuatro no sé dónde, el robo de la gallina tal…

     

     

     

     

    La carta

    Puedo darte últimas noticias,

    contarte cuántas curaciones

    en la canción de la guerra.

    Puedo mostrarte una luz fuerte

    que cruza el mediodía de los muertos,

    pero no puedo hablarte del último

    vestido de las mariposas,

    y de esta necesidad de verte.

     

    << Ilustración: Manuela Molina

     

     

     

     

     

     

     

     

    Le habían prometido llevarla a una transmisión que harían desde las fiestas de toros y sin gustarle mucho este asunto, buscó a un torero para entrevistarlo y ni así la llevaron. Es como si el destino no hubiera querido que fuera periodista y agradece no serlo, pues quizás estaría muerta o quién sabe cómo.

     

    Así fue pasando el tiempo, hasta que un día Mery llegó a su casa y encontró todas sus cosas en unas cajas de aguardiente. Sus padres le dijeron: “vino Gloria, su prima, ella le consiguió un trabajo de secretaria allá en Bogotá”. Ella no se fue del Guamo, más bien la hicieron irse y, de pronto, el sueño de ser periodista o de estudiar piano en el conservatorio se había reducido a trabajar en una empresa privada, a los 17 años, estando sola en Bogotá y allí se quedó. No fue sino hasta 2010 que presentó las pruebas del ICFES y se hizo bachiller.

     

    Pasó por muchas empresas y siempre se hizo amiga de los obreros, jugaba tejo con ellos y veía cómo vivían, su cansancio por las largas jornadas de trabajo, sus enfermedades, las injusticias que tenían que soportar. En algún momento, llegó a trabajar en una empresa de transporte en un puerto en Santa Marta, era un trabajo pesado y a los otros les daba rabia de “la cachaca”, como le decían. Llegó a recibir amenazas, presenció escenas fuertes y duras. Todo ello fue ampliando su sensibilidad, su sentido social, su inquietud hacia la humanidad.

     

    Pero en Bogotá ella empezaría a asistir a diferentes talleres de literatura, uno de esos fue en en la Casa de Poesía Silva. De pronto, se podría decir que cambió su suerte, cuando María Mercedes Carranza, la contrató como librera, en ese que sería un espacio que vio nacer especialmente para los libros de poesía que muchas veces no podía comprar y así los leía. También allí conoció a otros de sus amigos en las letras, como Juan Manuel Roca, quien desde un principio reconoció su trabajo poético en el, entonces, Magazín dominical de El Espectador.

     

    Vivir del arte es trabajar de lunes a domingo y ser recursivo para encontrar la manera de sobrevivir. Si bien la literatura era su vida, en gran parte se dedicó a la gestión cultural. Llegó a trabajar en el Instituto Distrital de Cultura y Turismo de la Secretaría de Cultura, ahora Idartes, como asesora de la coordinación de Literatura. En Concultura, hizo parte del área de publicaciones.

     

    Fue merecedora de una mención de honor en el concurso “El cuentista inédito” del Centro de Estudios Alejo Carpentier, en 1987; y en el V Concurso Nacional de Cuento Germán Vargas ganó una mención en 1994. Además, se benefició con una beca del Ministerio de Cultura, en 1998, por su proyecto Poesía en Escena, el cual alcanzó a cumplir 20 años en el 2013. Este nació de la experiencia de ver recitales de poesía en los que los poetas llegaban a leer y se iban, y no había mayor interacción con el público, entonces se ingenió recitales dentro de una atmósfera teatral –con luces y sonido, objetos, puesta en escena, danza– en la que en un trabajo de mesa, exponía junto a un grupo de amigos a 4 poetas por evento y estos eran únicos, no se repetían. Solían hacerlo en salas de teatro de La Candelaria, al principio todos los lunes, luego cada mes y así hasta que el proyecto fue insostenible económicamente.

     

     

     

     

     

     

     

    Miedo

    Sentir por las piernas

    la respiración

    del compañero desaparecido.

     

    << Ilustración:

    Manuela Molina Cerezo

     

     

     

     

     

    “Último llamado” es su única obra dramática, que está así en comillas y sin cursivas, pues nunca llegó a ser un libro ni una obra para las tablas. Mery acabó con los archivos en donde la contenía, pues cree que aquello que no escribe, que no piensa o que no dice es como si no existiera. Entonces, logra huir de ello. Pero uno de sus amigos no podría huir.

     

    En 1999, estaba trabajando con él en Puente Experimento Piloto, otro de sus proyectos, y cuando él fue a salir del teatro donde estaban lo atacaron y lo apuñalaron varias veces en una de las manos hasta que las lesiones provocaron que la perdiera. A los pocos días, el 23 de diciembre de ese mismo año, entraron a atracarla en su apartamento o, al menos, eso parecía. Se robaron una plata que tenía que ir a pagar ese día por la beca que se ganó del Ministerio de Cultura. Llegaron a golpearla con el revólver, los encañonaron a ella y a otro compañero de trabajo con el que estaban preparando todo para salir a hacer los pagos.

     

    Pero su amigo, al que habían atacado a la salida del teatro, estaba convencido de que no era un simple atraco. Por ese entonces, se decía que en Bogotá estaba el Bloque Capital. El nombre de su amigo salió en las listas que circulaban con el registro de quienes eran objetivo militar. El nombre de Mery no estaba allí. Ella puso la denuncia, las huellas se extraviaron, los retratos hablados no coincidían con su descripción. Nunca se supo nada más. Trata de dejar ese, como muchos otros recuerdos, atrás. Lo único que sí recuerda muy bien era el motilado de los hombres que la atracaron, parecía el peinado típico de los militares.

     

    Salmo

    Saco el último vestigio en alas de mariposas.

    Enjabono y tuerzo.

    Al tacto del viento con mis manos

    un olor confuso se aproxima por la acera izquierda.

    Lo guardo,

    trato de meterlo en la taza del baño,

    pero en remolinos es vaciado a mi boca.

    Tiento,

    palpo cada pliegue del pecho.

    Hace falta mucho detergente

    cuando mi país hasta en la ropa duele.

     

    “En Colombia, no hay un solo día en el que no pase algo”, dice Mery. Para ella, la mayoría de la gente está del lado de los malos, ya sea por ignorancia, por costumbre o porque les lavan el cerebro. Por eso está de acuerdo con las protestas, aunque ya su condición de salud no le permita salir a ellas. Además, Mery siente que en especial, en esos asuntos, se está solo: alguien alza la voz, pero ¿quién lo sigue?… ¿quiénes lo apoyan? Quizá por eso, cada vez que sucede una tragedia en el país y habla por teléfono con alguien de su familia, ese día suele perder a esa persona, porque no piensan igual.

     

    En 2004, la escogieron para ser promotora de lectura e ir por 10 municipios de la costa pacífica, del departamento de Nariño. De esa experiencia, decidió escribir al regresar a Bogotá y no sabía lo que era: si un diario, un ensayo o prosa poética… y resultó siendo, ese que ella llama un accidente, su primera novela: El Atajo, con la cual ganó en el 2012 el segundo lugar en el Premio Nacional de Novela Corta de la Pontificia Universidad Javeriana.

     

    En ella narra aquel viaje de 21 días, por una zona de conflicto plagada por el sufrimiento que traen, por igual, la guerra y la pobreza, en donde no fueron muy bien recibidos por la comunidad afrodescendiente por el solo hecho de ser “blancos”. Además, los 21 días que duró el viaje estuvo enferma de otitis. La novela se reimprimió en 2019 por Himpar Editores.

     

     

    Segundo tiempo

    Un día dejarás a un lado tu sur del castigo por el recuerdo de tus hijos en las calles hambrientas. Te prepararás para escapar antes de contar veintiún pasos al patíbulo. Volverás al norte donde agonizaron tus madres. No recordarás el arma que le mandó nueve silencios a tu cuerpo ni el monstruo que oprimió el gatillo. Tampoco recordarás las manos que te obligaron a dejar tu niñez en el frío de tu abuela muerta. Volverás a las apuestas por tus otras vidas y levantarás con más fuerza la botella que te hace olvidar la oscuridad. Tirarás en el centro de la gallera tu última gratitud, la que no estaba escrita, pero que ahora reconoces en la mano que estira para dar de beber a tu victimario. Olvidarás un día, Carlos, que pronto aprendiste a encontrar perdices para la cena de tu amo y a gritar la noticia de puerta en puerta, donde tú eras el próximo de la lista.

     

    Con talleres de literatura, llegó a diferentes cárceles del país, como La Modelo y La Picota. La jefa, exguerrillera que era como la líder del sexto patio en El Buen Pastor, solía cuidar a Mery, incluso una vez le quitó la comida que estaba a punto de llevarse a la boca, porque podría estar envenenada, entonces la invitaba a comer. Mery se abría a lo que ella y los demás presos eran más allá de sus crímenes, pero a su vez se aterraba al escuchar las historias que le contaban de manera escueta y sin ningún reparo de todo lo malo que habían hecho.

     

    También estuvo trabajando en talleres con habitantes de la calle. A uno de ellos, no le gustaban los signos ortográficos ni que pasaran sus poemas a máquina. “Un día me dijo que había comprado máquina de escribir, otra vez me dijo que se había casado, otro día me dijo que tenía una niña y después me dijo que había viajado por Centroamérica haciendo artesanías y siguió escribiendo”, cuenta Mery con alegría. No sabe cómo, pero él llegó a su casa, le dijo que si tenía libros él se los vendía pues sabía que ella no estaba muy bien económicamente. Ella le entregó 30 libros y, a los tres días, apareció Pablo, que se hacía llamar “el amante de la luna”, con la plata completa y no le quiso recibir ni un solo peso por la venta. De pronto, en su relato dice el nombre de aquel joven que como muchos otros pasaron por su vida y dejaron de ser lo que para muchos es puro paisaje en las imágenes cotidianas de la ciudad.

     

    Los otros

    No alcanzaron a sentir miedo. Cuando los cortaron el dolor llegó primero, la boca de la bota en la cara. Pronto el susurro de la sierra fue lejano. Un pajarito almorzó los pecados de las vísceras.

     

    Sus sombras siguen y recogen los sombreros que atajó el viento.

     

    Las mujeres orinan cualquier lugar.

     

    Los niños se volvieron ancianos amarrados a los alambres de púa.

     

    Tres territorios debajo de las carcajadas de los asesinos.

     

    Y sus sombras también son perseguidas, señaladas y marcadas desde los pájaros metálicos, dueños del cielo.

     

    Ilustración: Manuela Molina C.

     

    En su poesía no pretende hacer denuncia, solo contar lo que siente que necesita contar. Le preocupa que el arte sea una mercancía, para ella el arte debería ser algo reparador y que haga visible la realidad que nos circunda, sin llegar a ser algo panfletario. De hecho, no podría hacer panfletos: “Soy muy insegura”, dice una y otra vez con voz baja. Sus palabras le permiten liberarse, sanar las heridas, hablar de lo que le duele: los seres humanos, esos que pueden no ser nada suyo, pero los siente como si lo fueran. Para ella es una lástima que existan cosas como la motosierra: “Yo no la inventé y me toca hablar de ella. Si algún día, el sistema político de este país cambia y puedo hablar de una orquídea en todo su esplendor, pues hablaré, no la puedo desconocer, ni puedo desconocer su belleza, así como no puedo desconocer poemas bellísimos que existen sobre el amor”, agrega.

     

    Ahora, se siente cansada, su cuerpo ya no es el mismo y han aumentado los efectos de la soriasis en su piel. Desde antes de esta cuarentena, solía quedarse en casa en soledad. Le preocupa qué pasará en unos años, no quiere llegar a depender de nadie en su vejez, pues desde muy joven ha sido ella contra el mundo. Para lidiar con la ansiedad de estos días, hace figuras artesanales con papel maché, pues no puede dejar quietas sus manos. En especial, construye barcos. Mery habla de un punto que tiene en el cerebro, que todos tenemos realmente y que tras estos meses de pandemia, está a punto de estallar. No tiene una sola certeza: “no tengo un puerto seguro, por eso construyo embarcaciones”, cuenta con lamento.

     

    *Mery Yolanda Sánchez ha publicado en poesía: La ciudad que me habita (1989), Ritual para las noches (1997), Dios sobra, estorba (2006), Un día maíz (2010), antología preparada por ella misma para la colección Un libro por centavos de la Universidad del Externado (2010), Gradaciones (2011), Rostro de tierra (2011) y El hombre que escupe mariposas. En el 2012, publicó su novela El atajo.

  • Entre el arte o un soplo en el espacio

    Entre la primera y la tercera llamada, una conversación desde el interior de una comunidad que convive junta pero no revuelta, sobre las posibilidades de consolidar un arte o seguir viviendo de instantes.

     

    Cuando entramos al camerino con Stiven, que se preparaba para convertirse en Mía Moon, encontramos a dos chicos preparándose para salir a bailar. Jairo Ríos se acomodaba el short diminuto que iba a usar en su primer acto, para acostumbrarse a él mientras se sentaba en el suelo para hablar con nosotros.

     

    << Cada expresión de las diversas identidades sexuales tiene detrás reflexiones de camerino cono la de Jorge y Jairo. Foto: Julián Sierra.

     

    Jairo tiene 26 años, es bailarín y director creativo del Club Oráculo desde hace dos años. Allí se encarga también del proceso de contrataciones, produce vestuario y crea temáticas, las cuales le dan vida a las noches en el lugar. Él se dedica a encontrar a quien pueda explotar mejor el concepto que se crea para cada show y, algunas veces, artistas los contactan a ellos para buscar qué temática de la agenda puede acomodarse a ellos o si es posible crearles un show para ser fieles a la identidad de cada persona.

     

    El bailarín, abriendo su gran bolso donde tiene maquillaje y ropa, nos dice que allí el eslogan es “para todo tipo de miembro” y que con este se pretende tanto utilizar el doble sentido como mostrar que ese es un espacio que tiene las puertas abiertas para cualquier persona y artista. La existencia de esta clase de espacios, que incluye a todo tipo de público independientemente de cómo lucen o cómo prefieren identificarse, según él, ayudan a que haya un crecimiento del consumo de las drag queens.

     

    Jairo, con sus labios puestos como si hiciera pucheros, nos sigue explicando que la discoteca se basa en la pluralidad. Fenómneno, que según contó, está aumentando en Medellín, pero, ¿qué tan real es esa aceptación? El director creativo del Club Oráculo anota que incluso hay empresas se valen de análisis del entorno, del mapeo de las tendencias, para darse cuenta de que la comunidad drag y sus adyacencias deben tenerse en cuenta. La cuestión es para qué.

     

    En Medellín se encuentran organizaciones de todo tipo con discursos o actitudes empáticas con esta comunidad, unas porque su causa es la inclusión, otras movidas por un potencial económico que se ve en ello. Cuando el na conversación con Jairo surge el asunto, él responde con una mueca y afirma que hay que ser realistas: “Las cosas llamativas e innovadoras son usadas como armas para cumplir objetivos políticos”, señaló además que “el hombre es económico, un ente social y en la sociedad existe ese cambio de bienes e intereses y también pasa en el drag“. Por lo que él, que no hace drag pero sí pertenece a la comunidad LGTBIQ, cree que gracias a esto se pueden hacer proyectos y crecer como colectivos y como personas, en el sentido de que se puede mostrar a otros cómo es el mundo y cómo es el arte según ellos.

     

    En ese momento, en la conversación entró Jorge, el otro muchacho que se preparaba en el camerino; mientras seguía su rutina de preparación, explicó que ahora se está mezclando la parte política con el trabajo que se está haciendo por quitar el imaginario de que las drags solo están para el entretenimiento nocturno y gay, lo que muestra que se están abriendo puertas con las que adquieren visibilidad.

     

    Judith Butler, autora de Gender Trouble. Feminism and the Subversion of Identity, dice en su libro que el género es un sistema de normas y convenciones sociales que asignan ciertos rasgos y actividades a las personas según el sexo con el que nacieron. Así que la práctica drag se manifiesta frente a estas concepciones que tratan de borrar las identidades individuales, para Jorge es casi como una burla a esos convencionalismos. Sin embargo, Martha Nussbaum, reconocida filósofa, asegura que lo que propone Butler sobre asumir la performatividad como un elemento de subversividad es algo insuficiente si se vive en una sociedad que perpetúa los injusticias, así que propone luchar para la construcción de instituciones que garanticen los derechos a todas las personas.

     

    ¿Qué perdura entre un acto y otro? Las preguntas del Jairo que ahora baila >>

     

    Entre la posibilidad de cada drag queen de expresarse y que exista un aparato institucional que lo respalde, hay un trecho largo; en eso coincidieron Jorge y Jairo. Por ahora, la comunidad LGTBIQ y sus diversas expresiones, en especial las drag queens, están aprovechando el crecimiento que está experimentando el entretenimiento y la vida nocturna para mostrar que están ahí y que tienen un llamado a enseñar a la sociedad mediante su llegada a nuevos espacios.

     

    En el momento, el llamado es para Jairo, que debe salir a presentarse. De un salto se levanta y se vuelve para contemplar al dios que todos veneran en ese camerino: el espejo. Sus últimas palabras sonaron a discurso de esperanza sobre el drag como una práctica que puede continuar y seguir evolucionando y sobre la responsabilidad de “ver esto como un arte y un espacio en el que podamos desarrollarnos y crecer como personas o simplemente volverlo a algo netamente comercial, encasillándolo a la moda’’ o, por el contrario, volver a las sombras: “Un soplo en el espacio”, como dijo antes de bañarse en luces de noche.

     

    Postales de la noche en el Club Oráculo

    Fotos de Julián Sierra

     

     

     

     

     

     

     

     

     

  • Mía, la drag que trepa Medellín

    Son las diez y media de la noche y Stiven Ortiz sale por la puerta de Oráculo para que podamos entrar a acompañarlo en su proceso de transformación, de cómo se ve y cómo se siente. Esta noche el chico flaco de veinte años será de nuevo Mía Moon, se vestirá con su mejor ropa, bailará en el escenario en frente de un público que asistirá para verla y hará lipsync (fonomímica) creando un espectáculo en el que incluso tiene bailarines a su disposición para acompañarla.

     

    Entre dos y tres horas toma todo el proceso de transformación para convertirse en Mía. Foto: Julián Sierra.

     

    Cuando se viste con prendas femeninas y se maquilla, algunos podrían creer que es un travesti, es decir, una persona que, no conforme con el sexo con el que nació, tomó la decisión de asumir su vida construyendo una identidad femenina: otros pueden pensar que solo es un transformista que intenta imitar la apariencia femenina, pero no. Stiven se convierte en Mía, una drag queen perteneciente a un grupo que realiza una especie de sátira o parodia de los planteamientos de la sociedad tradicional mediante la exageración de características asignadas al género femenino, según como lo define Collins.

     

    Según Shane Vogel, profesor estadounidense, esta práctica surgió en el siglo XIX en el Reino Unido como una proyección cómica de las nociones sociales sobre los roles de género, el comportamiento social y la organización política. En Colombia, el fenómeno drag queen comenzó en Bogotá alrededor de 1997 y apareció en Medellín en 1998, datos que no son fácilmente contrastados porque no hay una mención específica a esta manifestación sino que hay historias como la que cuenta Fernando Vallejo en El fuego secreto, con cantinas de las afueras de Medellín durante los años sesenta, en las que había hombres que se vestían de mujeres para bailar y cantar.

     

    El camerino, que está ubicado en el segundo piso, y se encuentra cuando se abandonan las luces rosadas que te cobijan en el primer piso, tiene un espejo grandísimo que va de pared a pared y es perfecto para que, cuando hay varias personas arreglándose, todas se puedan ver. Debajo de este hay un tocador lleno de artículos para maquillarse que parecen componer una multitud de brochas, sombras, polvos, iluminadores y delineadores. Stiven se sienta en una de las sillas que está al lado del tocador y comienza a hablar sobre su nacimiento como drag queen mientras su amigo Andrés o Sylvanna le echa una crema hidratante para empezar su transformación..

     

    La primera vez que Stiven vio una drag fue hace aproximadamente ocho años, cuando estaba pasando los canales de la televisión y vio un lipsync de Shangela contra Sahara y quedó ‘’matado’’. Y aunque no siempre fue fanático del célebre programa de televisión RuPaul’s Drag Race, con el tiempo le fue cogiendo cariño a lo que veía, cariño que se consolidó cuando conoció a un amigo que hacía drag y lo que le dio fuerzas para comenzar a hacerlo él. En este grupo, como en cualquier pequeña población, es importante la unión para poder reclamar un lugar en una sociedad que tiende a apartarlos, así mismo, afirma que sin ayuda quizás seguiría ocurriendo lo que le pasó la primera vez que se trepó — como se le llama al acto de ponerse unos tacones, vestirse, maquillarse y actuar como drag— el 4 de agosto de 2018, ocasión en la que quedó ‘’muy fea, muy macabra’’, porque no tenía a nadie que le enseñara a hacerlo.

     

    Esta unión permite que se hagan más que shows y que se trabaje para algo más que los números mostrados, como es el caso del primer colectivo al que perteneció Mía, New Queers on the Block, en el que hizo activismo por un tiempo, hasta que se salió por sentir que ya ese no era su lugar. Pero esto no significa que rechace los grupos, actualmente pertenece a La casa de los cielos, un conjunto de amigos que, en sus palabras: ‘’hacemos drag y nos lo tomamos por diversión, no por trabajo ni nada. Cuando queremos nos montamos y hacemos eventos y entre nosotros nos apoyamos’’.

     

    La cara, después de capas de crema hidratante, base de maquillaje, polvos y sombras que además de hacer resaltar los ojos dibujan unas cejas en la mitad de la frente, empieza a combinar con su voz tímida con la que hace énfasis en sus palabras cuando dice un “pues”, pero que no cambia de tono cuando dice que estudia Licenciatura en Lenguas Extranjeras en la ‘’Amigay’’, refiriéndose al nombre de su universidad, o cuando suelta risas al explicar que siempre quiso llamarse Mía pero que el apellido surgió una vez que estaba con un amigo y este le dijo que su apellido tenía que ser algo con el cielo, así que tomó a la luna de ese día como la manera en la que la identificarían de allí en adelante.

     

    La conversación en el camerino, entre la búsqueda de un labial o peinar la peluca rubia para la función, se va haciendo más y más precisa porque el reloj ya indica que se hace tarde para salir caracterizada como una versión de la cantante Lana del Rey, con un traje verde que tiene una onda de los años sesenta, década que parece complementarse con las canciones, cabello, pestañas y rostro melancólico de la cantante. Al tener la peluca pegada correctamente, el maquillaje impecable, los tacones bien puestos y el vestuario debidamente acomodado, Stiven deja de ser ese chico de labios pronunciados, sonrisa amplia y cejas pobladas para volver a meterse en el cuerpo de Mía, una drag queen que, mientras se mira al espejo para asegurarse de que todo está perfecto, deslumbra en medio de trajes, sombreros, fotos y gafas del camerino.

     

     

    << Stiven Ortiz lleva poco más de un año en el mundo drag y hoy también responde al nombre de Mía. Foto: Julián Sierra

     

    Al bajar nos sentamos en una de las mesas del bar, ubicada en el balcón que brinda una posición estratégica para ver la tarima en la que se realizan los shows. El pop nos comienza a hacer compañía y cada vez entra más gente que se ubica en la pista de baile para estar más a gusto cuando suene Póker Face de Lady Gaga y así poder hacer los movimientos de mano que van con ella. Y cuando ya todos están ansiosos, llega la hora. A la una y media de la madrugada Mía no se hace esperar más.

     

    El ambiente se impregna del sonido de la canción National Anthem con una base de música electrónica, mientras los tacones de punta de ella tocan firmemente el suelo de las escalas que baja, y los gritos de la gente diciendo su nombre se combinan con su expresión corporal que muestra la elegancia que ella dice que siempre desea alcanzar y su cuerpo mismo empieza a ser parte de la alta costura que tanto le gusta.

     

    Mía, tiene referentes claros como Ms. Fame y Aquaria, reconocidas drag queens que participaron en RuPaul’s Drag Race, sin embargo está consciente de que estas son diferentes a Mía, por lo que, más que querer imitar el estilo de otra artista, se inspira a través de las prendas de vestir, el maquillaje o la peluca, elementos que crean el personaje que ella quiere ser dependiendo del concepto que desea mostrar en cada show.

     

    Una semana y media es el tiempo que se toma Mía para ensayar cada uno de sus shows. Foto: Julián Sierra >>

     

     

    Al verla en su hábitat natural y bajo la aceptación de la gente, es más fácil comprender por qué Stiven horas atrás hablaba de un boom del Drag en Medellín, que, según dijo pasará y pondrá a prueba esta práctica cuando “ya no haya muchos lugares donde te contraten”. Al respecto, Mía dice que es muy llevada de su parecer y que si para ella fuera una moda, ya se hubiera retirado. Su respiración agitada, su boca abierta pidiendo oxígeno y sus ojos que brillan al final de la canción confirman que sí, que ella está para quedarse.

     

    Paso a paso, la transformación de Stiven en Mía:

    Fotos de Julián Sierra Gutiérrez

     

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  • De viva voz. Una revista sonora de Medellín

    Sonidos de diferentes historias marcan un recorrido lleno de matices y contrastes. Música, personas y lugares son los protagonistas. Esta revista sonora incluye una historia de El Guanábano, un bar situado en el Parque del Periodista, en el centro de la ciudad. También conocerás a un taxista que debe seguir trabajando pese a su edad y a la pandemia. Además de tres entrevistas, una de ellas con Manuela Estevez, presentadora de Telemedellín, que habla de su recorrido profesional y cómo ha afrontado su enfermedad; la segunda es con Paola Castro, emprendedora, estudiante y modelo. Una tercera entrevista se refiere al género coreano K-pop y sus fans en Medellín. También está la historia del Ritmo Exótico, un ritmo reciente que nació en el pacífico colombiano y una mirada al Twerk y las distintas opiniones que suscita.

     

    Click en la imagen para reproducir la lista:

     

     

    Vidas, lugares, historias De viva voz, un recorrido sonoro por Medellín:

     

    -El Taxista (María Durango y Samara García S.)

    -El Ritmo Exótico (Valentina Giraldo, Susana Vélez, Juliana Ríos, Salomé Habib)

    -Y si hago TWERK, ¿qué? (Camila Rúa, Valentina Yepes, Camila Perez, María Alejandra Espitia)

    -Entrevista a Paola Castro (M Alejandra Espitia, Camila Pérez)

    -Voces del K-pop) (Cristian Lora Y Ana Salgado)

    -Manuela Estévez en sus palabras (Susana Velez, Juliana Ríos).

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    Trabajos realizados en el curso Radio II, bajo la orientación de los profesores Henry Estrada y Diego Escobar.