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  • La Naviera: un navío que surca un mar de cemento

     

    Por Alejandro Zapata Peña / alejandro.zapatap@upb.edu.co

    Con la colaboración de Estefanía Hernández *

     

    En el centro hay un edificio en forma de barco por el que muchos pasan de largo, este navío esconde secretos que ha ido pescando desde sus inicios a mediados del siglo pasado.

     

     

    Las ciudades, como los sueños, están construidas de deseos y de miedos,

    aunque el hilo de su discurso sea secreto,

    sus reglas absurdas, sus perspectivas engañosas,

    y toda cosa esconda otra.

     

    Italo Calvino

     

    De pequeño siempre solía hacer fila con mi mamá para coger el bus de Campo Valdés en la calle Palacé. Algunas veces agarrado de la mano de ella y otras, un poco distraído, con ganas de perderme en la multitud errante del centro. Varias veces me quería escapar por ese cruce entre Palacé y la avenida La Playa —que continúa al occidente como la avenida Primero de Mayo—, siempre me ha generado curiosidad. Es una artería del centro de la ciudad, su sangre la componen los carros, buses y peatones agrestes que buscan una amalgama de direcciones. Grupos de turistas bajan hacia la plazuela Nutibara, para desembocar en la Plaza Botero, otros suben para juniniar, mientras que varios vociferan y ofrecen lo mejor en frutas, verduras, buñuelos, chontaduro y hasta lo último en bluyines de bodega.

     

    Después de recordar los primeros años de infancia y de cómo el centro me tragaba por completo con su hollín de bus, el vocifero de las 10 mandarinas por dos mil y la música decembrina del Loco Quintero o Aicardi, me di cuenta que, en medio del movimiento que genera día a día esta ciudad, hay un edificio.

     

    Es un barco que navega en medio del cemento de la ciudad. Un buque que ha surcado el olvido de una ciudad afanada por el comercio; que va de aquí para allá sin que sepa que hay una nave estacionada en el tiempo y que guarda los secretos de la altamar antioqueña que nunca existió. Se trata del edificio La Naviera, o Edificio Antioquia. Ubicado entre la avenida Palacé y la calle Primero de Mayo hoy renace como un buque al que muchos quieren estar a bordo.

     

    Palacé sigue siendo la misma calle en la que de pequeño cogía el bus de mi barrio. El hollín y el barullo de la calle armonizan una de las entradas del edificio, se trata de una puerta de unos 2 a 3 metros bañada en aluminio, robusta y gorda como pocas en la ciudad. Intento tocar con el puño, pero se hace inútil, pues es tan grueso el portón que hace daño a los nudillos.

     

    Hay seis imágenes que llaman la atención antes de tocarla: la primera muestra un hombre con una maleta que se aleja de un barco; la segunda muestra el vapor, el cielo y un barco en un puerto; las dos del medio dibujan un escudo con una cruz y un ancla; mientras que las dos últimas señalan a tripulantes y barcos conviviendo en lo que alguna vez fue la más próspera empresa de navegación marítima antioqueña.

     

    Este par de puertas que están del lado de la carrera Palacé y otro par al costado de la avenida Primero de Mayo le dan antesala a uno de los edificios más emblemáticos de la historia moderna de esa Medellín con delirios de industrialización y megalomanía del comercio. Al anunciarme con el guardia y al permitirme ingresar al edificio me doy cuenta de que hay grandes joyas que pasan desapercibidas por la bulla del centro.

     

    Esta mole de 8 pisos tiene la forma de la proa de un barco que echó ancla en 1949 con su fundación por parte de la Compañía Naviera Colombiana, una entidad antioqueña que agrupó varias empresas de navegación marítima a principios del siglo XX para impulsar el comercio, el turismo y la competitividad de la industria antioqueña.

     

    En Champanes, vapores y remolcadores Historia de la navegación y la ingeniería fluvial colombiana, de Germán Silva, se cuenta que se trataba de una empresa que con 35 buques a vapor ofrecía viajes de Medellín en tren hasta Puerto Berrío y por el río Magdalena hasta Barranquilla y la costa atlántica del país. Además de ofrecer transporte de mercancías y todo tipo de insumos para la industrialización de principios del siglo pasado.

     

    Para Manuela Bonilla, arquitecta de la Universidad Pontificia Bolivariana. “Esta edificación no se puede entender como una obra arquitectónica aislada, sino como parte de un proyecto urbano alrededor de la plazuela Nutibara. Fue un proyecto impulsado por la Sociedad de Mejoras Públicas que contemplaba el cubrimiento total de la quebrada Santa Elena y la construcción de varias obras arquitectónicas importantes alrededor, como el Hotel Nutibara, para consolidar un nuevo centro urbano que aportara la construcción de una ‘moderna Medellín’”.

     

    Edificios como La Naviera, La Bastilla y Fabricato lideraron esa idea de dejar atrás la arquitectura antigua y republicana que representaba muchos de las edificaciones de esa época, ese afán de destruir y construir lo ‘moderno’ fue la razón por la que muchos edificios en el centro tienen formas parecidas.

     

    Pero al poco tiempo, la tan exitosa empresa de navegación quebró por la desaceleración de la industria marítima en el país y el eventual progreso a mediados del siglo XX con la aviación y nuevas formas de transporte. Por lo que La Naviera pasó a llamarse Edificio Antioquia, administrado por la Gobernación desde 1954. Por sus pasillos se instauraron desde oficinas de las Rentas Departamentales, fiscalía, loterías y en la dictadura de Rojas Pinilla fue residencia del gobernador, brigadier General Pioquinto Rengifo.

     

    Hoy doy los primeros pasos en este buque de historia, todo es ovalado aquí, desde las ventanas en forma de claraboyas hasta las habitaciones que generan una atmósfera de estar a bordo de un barco en medio del cemento citadino.

     

    En 2006 el edificio fue declarado bien de interés cultural de Medellín y pasó a las manos en comodato de la Universidad de Antioquia. Es un edificio que a pesar de su abandono está empezando a recobrar vida. Cuatro facultades reciben clases o hacen presencia en el edificio. En 2021 empezó su renovación a cargo de la Agencia para la Gestión del Paisaje el Patrimonio y las Alianzas Público Privadas, esta le lavó la fachada al ‘buque’, limpió y restauró su interior.

     

     

    Un recorrido por La Naviera y su Museo de la vida. Fotos: Alejandro Zapata Peña – Estefanía Hernández.

     

    Un Museo de la Vida

     

    Estoy adentro del ‘barco’, la puerta estaba en mantenimiento por lo que los martillos y la reparación se escuchaba en todo la primera planta, el piso rojizo de granito pulido parece un tesoro dentro del propio barco pues, como lo dijo Reinaldo Spitaletta, escritor y periodista —quien me acompañó a desentrañar las verdades de este bote— “este tipo de granito ya es escaso verlo”. Las claraboyas y las lámparas conservan figuras ovaladas y redondas que confabulan con el ambiente marinero que alberga el edificio.

     

    Me encuentro con Yésika López, gestora cultural de la Facultad de Medicina de la Universidad de Antioquia, es la encargada de mostrarnos el interior del edificio y la perla que guarda por dentro: un Museo de la Vida, un espacio que acoge los albores y desarrollos de la medicina en el departamento y el país. Al principio de la exposición se encuentran imágenes del edificio y su historia, mientras que en el costado derecho hay un espacio en el que un portillo, que asemeja la ventana de un barco, tiene en su interior el buque a vapor Medellín, uno de los navíos que alcanzó a tener la Naviera Colombiana, junto a la ventana hay una veintena de barquitos de papel.

     

    Después de una bienvenida entre fechas y acontecimientos importantes del edificio y la academia, subimos a un mezanine, ascendemos por unas escalas prolongadas que nos dan pie a la cara de Héctor Abad Gómez, aquel doctor y especialista en Salud Pública que por la defensa de los derechos humanos fue asesinado en Medellín.

     

    Su rostro se proyecta en uno de los cuadros que hay en la sala de la Academia de Medicina de Medellín, fundada el 7 de julio de 1887 por un grupo de médicos en la ciudad, presidido por el doctor Manuel Uribe Ángel y quienes en sus consignas velaban por “(…) El fin de formar una sociedad que, a la vez que se ocupara en el adelanto de la ciencia, especialmente en sus aplicaciones al país, sirviera al Gobierno de cuerpo consultivo para las numerosas cuestiones de higiene pública y de salubridad general, que con no poca frecuencia se le ofrecen”.

     

    Subimos al nivel 2 en un ascensor al que se le notan los años, huele a 1949 y al dejarlo sus puertas casi se tragan a Spitaletta, quien disimula con suspicacia a pesar del estruendo que varios escuchamos. Sin embargo, esto no es impedimento para conocer de las otras 4 salas que hay en el museo, una de ellas dedicada a la anatomía del cuerpo humano, con el nombre de El cuerpo en escena, se pueden ver facsímiles que retratan en dibujo las arterias, venas, músculos y esqueleto humano. Su autor fue Paolo Mascagnni, quien, durante 30 años dibujó un cadáver de 1,70 metros.

     

    Durante el recorrido también se pueden ver partes de cuerpos humanos conservados con la técnica de la plastinación; los hace ver parecidos a momias, pero con rasgos aún conservados como venas, labios y una piel lánguida entre blanca y amarillezca. Además, narices, cerebros, pies, uñas y demás rasgos son el llamativo de esta sala.

     

    Sin embargo, en otras habitaciones las sorpresas aparecen en forma de videos y testimonios de médicos que ha tenido la facultad de la Universidad de Antioquia. Además, se puede ver instrumentación quirúrgica —que parece elementos para deshuesar a un robusto animal que piezas de medicina—.

     

    Finalmente, una de las salas argumenta que el VIH pudo haber pasado de un chimpancé africano a un ser humano a finales del siglo XIX, se trata de la Sala VidaGrandes epidemias de la humanidad, dedicada al virus; sus características, datos y cuidados frente a él.

     

    Los pasillos del navío de vez en cuando dejan ver la rosa de los vientos, grabada en algunos puntos, sus ventanas del occidente dejan ver una plaza en movimiento que armoniza con los rayos mañaneros que pegan contra la plazuela Nutibara, los hermanos del ‘buque’, el Palacio de la Cultura Rafael Uribe Uribe y el Hotel Nutibara, lo acompañan desde que surcó los primeros años en este mar de cemento.

     

    Entre algunos de quienes han nacido en este siglo y los pequeños que alguna vez caminamos de la mano de nuestras mamás, hay una percepción dañada del Centro, a los que algunos llaman “Peligroso” o “El sopladero de Medellín”… No saben que en varios edificios hay espacios como este museo que acogen y le dan significado a la ciudad. En medio de tanto narcotour bien valen propuestas para darse un “vueltón” por un Museo de la Vida.

     

     

    Video

    Video: Alejandro Zapata – Estefanía Hernández

     

    *Trabajo desarrollado en Semillero de Periodismo Urbano, bajo la orientación del profesor Juan Esteban Mejía Upegui.

  • PERÍMETRO

    Miradas cercanas a las voces y las perspectivas que tiene el cierre de la llamada Plaza Botero, célebre espacio del Centro de Medellín que es objeto de una intervención gubernamental basada en un vallado perimetral, ante las quejas por problemas de seguridad, aseo y convivencia, entre otros.

     

    Por Juan Manuel Cano Londoño / juan.canol@upb.edu.co

     

    Mientras transcurrían los primeros años de este siglo, tres edificios de oficinas y unas cuantas construcciones pequeñas, fueron demolidos en el centro de Medellín para dar paso a lo que sería uno de los proyectos más ambiciosos que ha tenido la ciudad. La idea de crear un nuevo museo departamental y la cuantiosa donación del artista colombiano vivo más importante de todos los tiempos, derivaron en el que es, quizás, el lugar más icónico de la capital antioqueña.

     

    20 años después, iniciando febrero de 2023, la Alcaldía de Medellín –erigiendo de nuevo los muros destruidos– cercó la icónica Plaza Botero y enmarcó, con el metal de vallas policiales, las veintitrés esculturas donadas por el artista. Para Mariana Oliver, escritora mexicana, “un muro es una venda colectiva que nos protege de la vergüenza, la confección de una fantasía humana recurrente: existir donde nadie pueda vernos”. En su libro Aves migratorias (2016) escribe sobre las barreras, que son los muros, cuya única función es “crear una frontera visual, coartar la mirada”. El verde oliva de la Policía sirve entonces para demarcar el horizonte y vislumbrar aquellos espacios que, con el permiso de la autoridad, pueden ser habitados y aquellos cuyo acceso no es permitido.

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    Los criterios según los cuales la Policía determina quién ingresa a la plaza no son muy claros y el tránsito de peatones locales se ha disminuido en las últimas semanas. Las vallas, que actúan como la venda colectiva de la que habla Oliver, intenta contener las realidades sociales que circundan el espacio y han permitido que miles de turistas nacionales y extranjeros se fotografíen con uno de los cuerpos voluminosos del maestro Botero. Trabajadoras sexuales, comerciantes, venteros, habitantes de calle, líderes religiosos, transeúntes del centro: la comunidad que interactúa en el territorio hoy se debate entre la percepción de seguridad o el encuentro de la diversidad. Una encrucijada que pone en peligro la posibilidad de que la ciudadanía continúe reunida (y no cohibida) en el espacio público.

    *Pareja de turistas admira el Palacio de la Cultura. *Vendedores informales exponen sus productos.

    El perímetro marca una clara línea divisora que reconfigura el uso de la plaza. Por un lado se encuentra el turismo apacible, por el otro, el rebusque y la aglomeración de transeúntes.

    *Horizonte
    El sector del centro en el cual se realizó el cierre reúne varios fenómenos sociales como delincuencia común, riñas, tráfico de drogas, prostitución, migración e informalidad laboral.

     

    * Mujer transita por la plaza (2018). *Turistas extranjeros transitan por la plaza (2023).
    A pesar de que se desconocen los criterios que tiene la Policía para permitir el ingreso a la plaza, las personas consultadas coinciden en que el aspecto físico y el tiempo de permanencia en la misma son los principales factores que tienen en cuenta para negar el acceso.

     

    *Hombre mira a través de las vallas
    “Quiero expresar que desde siempre mi voluntad fue que este espacio fuera para toda la ciudadanía”, escribió Fernando Botero en una carta que rechazaba la medida. “Que la ciudad transite libremente, así debe estar”, culmina la misiva.

     

    * Trabajadoras sexuales esperan. *Mujer de pie, escultura de Fernando Botero.
    “El trabajo se ha mermado, no nos dejan cruzan por cómo nos vemos. Además, nada ha cambiado en cuanto a la seguridad para nosotras. Ayer nos robaron y a la Policía no le importó”, dice Alejandra, trabajadora sexual del sector.

     

    *Ocasionales
    En el cruce de la calle Boyacá y la carrera Carabobo se aprecia la vocación del sector. Un templo católico y otro hinduista, moteles, tiendas y farmacias, lugares que colindan y comparten fachadas.

     

    *La mano, escultura de Fernando Botero. *Las manos de ellas.

    Prisionera sigues, del vicio idolatrada.
    Doblemente explotada y por la sociedad,
    doblemente olvidada.

    Fragmento del poema Prostitución: esclavitud – explotación de Luz Mery Giraldo, líder de Las Guerreras del Centro, colectivo de trabajadoras sexuales.

     

    *ACAB.
    La movilización del 8M dejó varios grafitis en la plaza. La sigla ACAB –que significa “All Cops Are Bastards” o, en español, “todos los policías son bastardos”– puede leerse mientras se realiza el patrullaje.

     

     

    *Cundinamarca y Calibío separadas. *Carpa de ingreso.
    En total son tres los puntos de ingreso: por la carrera Carabobo con Boyacá, por Bolívar debajo del soterrado del metro y por Carabobo con la avenida León de Greiff. Los transeúntes deben pasar por un espacio menor a dos metros dispuesto por los agentes y las vallas metálicas.

     

    *Big Brother.
    La estrategia de seguridad, además del perímetro y la presencia policial, incluye un sistema con 57 cámaras de vigilancia que fueron instaladas días antes del cierre de la plaza.

     

    *Alberto Ávila, fotógrafo y líder de la “zona segura”. * Venteros carnetizados.
    “Fue lo mejor que nos pasó, por fin se acordaron de nosotros”, dicen Hector Moreno y Reinaldo Zambrano, venteros que cuentan con permiso. “El cierre en sí le da mucha más seguridad a la comunidad y a los turistas”. Ávila, por su parte, afirma que “la plaza no está cerrada, todos pueden pasar, solo se revisa la presentación de algunos que no permitían la convivencia”.

     

    *En liquidación.
    “Pasamos de vender tres millones de pesos diarios a vender solo trescientos mil. De veinte empleados que teníamos, ahora solo hay siete. El cierre nos ha impactado”, afirma Jaime Alberto Taborda, administrador de un negocio en el sector.

     

    *Se arrienda. *Nos quebramos.
    Aunque las dificultades de los comerciantes habían surgido desde hace varios meses, el cierre se convirtió en el detonante para que muchos de ellos tuvieran que liquidar sus negocios. “Al parecer eran las putas y los ladrones los que nos compraban, pues a los turistas no les interesan nuestros productos”, apuntó uno de los vendedores.

     

    *Esos son pañitos de agua tibia.
    “¿A la Alcaldía de Medellín qué le importa la opinión de los líderes del sector?”, se pregunta el párroco de la iglesia La Veracruz, Rafael Gómez. “Lo digo porque el cierre lo hicieron sin avisarle a nadie. Ahora, los problemas no se los llevaron, los problemas siguen después de la valla”.

     

    *Olla comunitaria (2018). *Bus policial (2023).
    “La ciudad supone la construcción del ágora, para que todos los ciudadanos tengan derecho a la palabra. El ágora es la legitimación implícita de la diversidad y por eso es sinónimo de tolerancia. Ser ciudadano es contar con el derecho de la palabra y en caso de no contar con este derecho ni hay ciudadanos ni puede hablarse de espacio público”, escribe Darío Ruiz Gómez, uno de los artífices de la Plaza Botero.

     

    *Testigos del ostracismo.
    Para Juli Zapata, a cargo de la curaduría del Museo de Antioquia, el lugar “debe ser un espacio abierto. Hoy no podemos hablar de una plaza pública”. Considera que “ese tipo de valla y ese tipo de cierre es muy paternalista y funciona desde la exclusión, el racismo, la segregación y el clasismo. Solo después un proceso de concertación, han flexibilizado el ingreso”.

     

    *Vista desde el interior del perímetro (2018). *Vista desde el exterior del perímetro (2023).
    “A Botero lo maravilló el edificio y la intención de resignificar el Centro con una serie de obras complementarias. Pero todos los involucrados en el proyecto se hacían las mismas preguntas y encontraban diferentes respuestas: cómo llevar la gente hasta el nuevo museo y cómo hacerlo visible”, recuerda Álvaro Morales sobre la planificación de la plaza.

     

    *El muro.
    “Como el miedo, el tamaño del muro es cuestión de distancia”. -Mariana Oliver.

     

     

     

     

     

     

     

  • Un viaje en silencio, del “chirrinchi” al cajón

     

    Un recorrido que revela el presente de un histórico sector de Medellín, donde se callan dramas rodeados de ánimo de lucro.

     

    Valeria Acosta Velásquez / valeria.acosta@upb.edu.co

    Foto de portada: Esneyder Gutiérrez

     

    El lunes 14 de febrero de 2022 en Tejelo, calle 52ª de Medellín, fue un día de aguacero. Un lapo de agua se asomó a eso de las 3:50 de la tarde. Bajo el preámbulo de lo que sería una tarde gris, se escuchaba a las personas comprar cigarrillos menudeados, frutas, morcilla, limones, plátanos, manzanas, papaya, lulo, mazorca, ají, papas, borojó, aguacates, chocolatinas y una que otra “pola” que manoseaban de un lado al otro lado del mostrador. Allí, en la plazoleta comercial a cielo abierto, vendían de todo en los toldos amarillos y las cantinas con luz roja. Las personas se hacían cortes en la peluquería que estaba tapizada con pelo, mientras divisaban a los viejos mercar en la carnicería del frente.

     

    Pero en Tejelo, esa pequeña calle que tiene más historias que un pueblo, Marcela Morales, una mujer con cabello morado, eufórica, extrovertida y trabajadora, vería en ese sitio, un lugar de su recorrido que le generaría ingresos.

    No había estudiado finanzas, ni emprendimiento, ni una carrera profesional que se le aproximara -como la mayoría de los vendedores de antaño que habitaban el lugar-. A diferencia de los otros negocios que se repetían como muletilla, ella no contaba con un local, pero sí con un puesto rodante que no tenía nada que envidiarle a los estacionarios.

     

    A las 5:30 de la mañana, con ansias de vender, Marcela se levantó a preparar 10 litros de café, lo que equivale a 100 tintos. Arribó la plaza a eso de las 8:00, y media hora después empezó su jornada laboral. Contaba en su menú con café instantáneo o el que trae preparado. Se le escapaba uno que otro bostezo, mientras decía “a la orden el tinto”.

     

    Las ventas son el alma del sector, las personas son el cuerpo, el ambiente está decorado por motos que usan las paredes de parqueadero y platos enteros de arroz añejo que emanaba olor a vinagre, la música de los bares transporta al Caribe, mientras la multitud grita a todo pulmón la canción de Armonia 10, Tu castigo será verme feliz: “Vayas donde vayas, tú nunca serás feliz, tu castigo será verme feliz, muy feliz. Vayas donde vayas, tú nunca serás feliz, tu castigo será verme feliz, muy feliz”.

     

    Cada muro tiene memoria; locales llenos de recuerdos que se volvieron el cimiento de una tradición que hoy perdura.

     

    Así, de a poco, con trabajadores, el campo se volvió muro y edificación, cambió la grama por pavimento y los trueques por tiendas. Tejelo empezó a ser terreno de gente emprendedora que echó raíces y otros que intentaron probar suerte pero no les funcionó. Se multiplicaron los negocios familiares y las inversiones. Las empresas ya no solo tenían que pagar arriendo, sino extras por su seguridad.

     

    Aquí se gestaron diversas tiendas ubicadas al lado izquierdo de la calle: la primera es La Fortunita, con cuatro años, fundada por Ángela María Gallego de 43 años, cabello negro, bajita, con buen humor, y su hija. Su negocio es de confites, cigarrillos y cervezas, pese a que no le gusta vender licor.

     

    —No me gustan los borrachos, solo cerveza para la sed—, dice Ángela mientras entrega un cigarrillo Boston a uno de sus clientes.

     

    Este negocio de charcutería es uno de los más recientes, el resto lleva entre 20 y 25 años. Locales como Celularmix le dieron un toque moderno al sector desde hace un año cuando Jormedy Arias, de 36 años, lo fundó. Este sitio no solo ha vendido celulares, sino que también ha brindado cargadores a toda aquella alma apresurada que pasa por ahí.

     

    —¿Tenés cargador pa´ teléfono? —, dice un habitante de calle bastante agitado.

    —¿Pa´ qué celular mi amigo? —, expresa Jormedy.

    El hombre pasó el celular como quién está estrenando juguete nuevo y sin decir nada esperó el cargador. Al pasar de unos minutos Jormedy prendió el teléfono e identificó que este estaba siendo reseteado, pero sin reclamar nada, entregó el cargador.

     

    Flashback

    Tejelo es una calle que entraña historias repletas de colores negros, blancos y matizados. Se encuentra entre la avenida de Greiff y Juanambú, ha funcionado desde hace más de 35 años como un espacio destinado a la comercialización de frutas y verduras.

     

    El nombre del lugar se debe a Jerónimo Luis Tejelo, quien vino durante una expedición el 24 de agosto de 1541, enviado por Jorge Robledo. Al llegar, bautizó al Valle de Aburrá, como se le conoce hoy. El nombre de esta rúa ha transmutado con el tiempo; se llamó Hueco, Fernando Restrepo, Los Fundidores y Alhambra.

     

    << El comercio de frutas y legumbres es parte de la historia de Tejelo, en el Centro de Medellín. Foto: David Cano.

     

    Se dice que desde el siglo XlX este sector era morada de personas que servían a la clase alta y era el lugar de los desdichados. De ese “pueblito colonial” con un tapete de piedras y casetas de madera, ubicado en una calle de la ciudad, aún se conserva el olor a fruta, pero este se pierde en la basura, el cambio del material de los locales por metal, las vacunas de las Convivir, la contaminación auditiva y la delincuencia propia del sector.

     

    Desde el lente policial

    Llegué a Tejelo a principios de un invierno que se sentía en la atmósfera. Algunas tiendas cerraban temprano por miedo a la avalancha de hurtos, llovían malas noticias y el viento empañaba más de una muerte, mientras yo me dirigía a comprar una “pola” igual de fría.

     

    Era policía, del cuadrante 29; no dio su nombre porque necesitaba la autorización de un superior, un hombre con anillos de oro y traje de oficial, que en este sector gobernaba como autoridad cada que podía dar ronda, se había vuelto el amigo de las mujeres que se denominaban acompañantes y de los emprendedores.

     

    El oficial me pintó el panorama de la zona acusándola de ser yacimiento de “riñas, abuso de sustancias psicoactivas que terminaban en puñaladas y hurtos frecuentes”, que la han hecho ser denominada la más robada del sector. Todo esto pareciese que forma parte de una investigación continua de la Policía la cual no ha salido a la luz, y creería yo que no saldrá.

     

    —Hace un mes hubo un muerto por los lados del Gana—, dijo el policía y contó que, por intolerancia, un sicario le tocó las nalgas a una mujer y asesinó con arma de fuego a quien salió a defenderla.

     

    El levantamiento fue a las 4:00 de la tarde. Aquí se matan los habitantes de calle por cien pesos, han ocurrido enfrentamientos entre plazas y pugnas de borrachos por no pagar la cuenta en los bares. El número de muertos, heridos y violaciones ha sido alto en los últimos años.

     

    —El trabajo sexual es algo empañado, aquí no son prostitutas, sino acompañantes por cerveza—, declara el funcionario.

     

    En Tejelo se rumoreaba mucho que el que entraba no salía, de que solo atracaban a los que no trabajaban ahí, de que si no traías nada y te asaltaban, te apuñalaban por estar “mani vacío”, que no sabían cómo yo me había atrevido a entrar. “Me esperaba un destino idéntico”, pensé.

     

    Pero en ese sinsabor encontré un sentido que iba más allá de lo citado por el patrullero. Yo no estaba allí por los hurtos, ni la prostitución, ni la delincuencia, medité; yo quería ir más allá de lo visible, quería desempolvar algo que el policía me había expresado: “La mayoría de los que se mueren son borrachos”. Ese fue el inicio de lo que sería esta investigación.

     

    Hurtos y riñas son las principales situaciones que ocupan a la policía en Tejelo. Bajo esta dinámica, la relación entre la comunidad puede ser tensa.

    Foto: David Cano >>

     

     

    Una copita y ya

    Amanecen muertos.

    Los habitantes de calle alcoholizados amanecen muertos.

    El chirrinchi provoca pérdida de consciencia, memoria temporal, somnolencia, consecuencias que hacen del más vital un costal que se vuelve uno con el pavimento. Este trago está hecho de panela y siete hierbas: manzanilla, mejorana, cidrón, yerbabuena, hinojo, limonaria y albahaca, a estos componentes naturales los acompaña el alcohol etílico. La mezcla se debe fermentar por 15 días mínimo, luego se lleva a un aparato de destilación mediante un proceso de evaporación por calentamiento. Se destila hasta obtener una bebida fuerte, hasta alcanzar el grado de alcohol necesario. Es una sustancia que nace en La Guajira.

     

    Uno… dos… tres borrachos que se hacían en círculo a contar monedas. Pero ¿Qué estaban mirando? ¿Por qué estaban reunidos? ¿Qué los unía? ¿Por qué uno de ellos tenía un montón de cadenas que parecían de oro y plata? ¿Qué hacían reunidos alrededor de una virgen? ¿Por qué sobresalía del trasero de ese hombre una cuchara de metal?

     

    Pusieron dos alcoholes etílicos sobre el suelo. Uno de los hombres los recogió, mientras otro esperaba a que lo abriera. El sujeto que dejó la sustancia se fue inadvertido, fue en cuestión de segundos y nadie puso un peso. Aquí se envicia sin dar plata, es que cuando se está cerca de una plaza de vicio los excesos son cosa de todos los días.

     

    Hasta que el chirrinchi nos separe

    La muerte del ‘Enfermo’, delgado, bajito, pedía monedas, por las tardes se ponía agresivo cuando tenía varias copas encima. El ‘Enfermo’, así le decían, porque decía: “¿Me regala 500 pesos que estoy muy enfermo?”. Ninguno de los trabajadores se sabía el nombre, pero todos lo humanizaban cada día con un saludo y una moneda. Hacía favores, no le pagaban, pero le daban el desayuno.

     

    —Él venía en grupo a tomar chirrinchi, se mantenía todo raspado, pobrecito, le pegaban mucho—, recuerda Rosa Elvira Marín de 66 años, quien lleva veintiún años vendiendo limones, de ocho a ocho. Solo descansa los Viernes Santos y el veinticinco de diciembre. Es el águila del lugar, la que todos saludan, a la que le llegan las primicias.

     

    Dice Marín que tuvo una esposa. Ella era fanática de las causas perdidas y él era adicto al licor. Las personas de Tejelo cuentan que esa mujer luchó mucho por él, que le surtió una carreta con bananos y aguacates. Al principio parecía que el ‘Enfermo’ se había ajuiciado, vendía desde las 8:00 de la mañana hasta las 2:00 de la tarde, salía temprano, no porque vendiera todo, sino porque se iba a beber la plata que había ganado. Hasta que se quebró.

    Su mujer nunca se rindió. Se le veía entrar a Tejelo con ropa y comida, iba a buscarlo a las esquinas cuando se tornó habitante de calle. Se volvió su sombra, su ángel guardián.

     

    Eran ya las 5:00 de la tarde y yo había perdido la cuenta de las personas a las que les pregunté por el nombre del ‘Enfermo’, pese a que todos lo recordaban como patrimonio de la calle, nadie sabía más allá de un apodo, o dos, porque también le decían ‘Rata mona’. Aquí el tiempo se devora cosas tan simples como un nombre.

     

    —Claro que me acuerdo del ‘Enfermo’, de la vieja guardia de Tejelo, el que vendía bananos en la esquina. A lo último se volvió alcohólico—, dice Jairo Tavera, vendedor de legumbres.

     

    Me topé con un borracho dormido, en un garaje que tenía los números 53-58, al lado de la Plaza de Mercado Tejelo. Tenía las medias afuera del zapato, se le veía el pie, cargaba un bolso, o ¿el bolso lo estaba sosteniendo a él? Era muy temprano, pensé, para estar en ese estado, para no ser consciente de cómo cae el sol, ni del montón de personas que lo observaban al pasar pero ni siquiera se atrevían a tocarlo; para pararlo, o para saber si seguía vivo.

     

    Rememoré lo que me habían contado del ‘Enfermo’. Lo imaginé así, inconsciente, desatendido, solo.

    Un rato después, me encontré a don Carlos Suárez tomando un sancocho. Él fue uno de los que le pedían al ‘Enfermo’ favores a cambio de un desayuno. Carlos lo ponía a pelar cebolla, mientras el ‘Enfermo’ se quedaba dormido con cada cortada.

     

    El 13 de febrero, a las 10:00 de la mañana, Carlos le pidió al ‘Enfermo’ que le pelara unas cebollas. Después de varios desmayos continuos -a los que ya estaban acostumbrados todos- no se volvió a levantar. “Le dio un fulminante”, dijo Carlos. El ‘Enfermo’, de tanto irse y volver, un día se fue y no regresó. Estuvo siete horas tirado en la silla de cemento que estaba al frente de La Sazón del Gordo. A las 5:00 de la tarde le hicieron el levantamiento. Ese día llovió y una grieta se abrió en los ojos de aquellos que lo denominaban hermano.

     

    Edwin Fabián Jaramillo había nacido en Caucasia Antioquia, era uno de los amigos del ‘Enfermo’. Hacía parte del grupo de borrachos que se reunía a contar monedas. Era el más consciente de todos los ebrios que conformaban la virgen María Auxiliadora y era, quizá el único, que se sabía el nombre del ‘Enfermo’, el que nos regaló un poquito de humanidad para Gustavo.

     

    —Gustavo y Carlos Alberto, uno de los del grupo, estaban pelando cebolla ese domingo. Yo lo motilé antes de morir y ese día él me quitó una gorra—, expresa Edwin, intentando pronunciar bien las palabras.

     

    A la hora de hacer el levantamiento, el cuadrante de policía amenazó a Edwin y a sus cercanos, porque querían preservar a Gustavo por más tiempo y no deseaban que se mojara, por lo que le habían puesto unas bolsas de basura que les regaló Carlos García, el dueño del local de enfrente.

     

    Dice Edwin que todavía se le sentía el pulso cuando se lo llevaron, que los jalaron para separarlos de él y lo trasladaron para medicina legal.

     

    —Es que Gustavo no bebía porque fuera alcohólico, él se envició con el chirrinchi porque la mujer lo maltrataba—, plantea Edwin.

     

    Hubo muchas teorías sobre la muerte de Gustavo, unos dicen que se murió porque sufría de convulsiones, otros que le dio un infarto, unos que cayó y no despertó, y algunos que porque estaba muy intoxicado con el alcohol.

     

    Nada se decía entonces en Tejelo de aquellos a los que se les expendía vicio, ni de quiénes lo vendían. Aquí se vive la ley del silencio.

    —Reina, yo no le puedo decir dónde venden chirrinchi, yo le puedo decir cuánto vale, porque los de la plaza nos están mirando y yo no soy ningún sapo—, manifestó Edwin.

    —Una botella de alcohol etílico cuesta tres mil quinientos pesos, una de chirrinchi cinco mil, pero ambos son el mismo “chorro” —, como decía Yeny Patricia Barbosa, habitante de calle del sector.

     

    Unos minutos después varios hombres de la plaza me rodearon, uno de ellos, vestido con una camisa que decía Nike y una gorra azul, me hizo un gesto con la cabeza, como quién dice váyase, mientras llevaba su mano a un arma de fuego que tenía en el pantalón.

     

    En Tejelo seguirán entonces cosiendo bocas, alimentando vicios y lloviendo muertes de eternos NN.

  • De viva voz. Una revista sonora de Medellín

    Sonidos de diferentes historias marcan un recorrido lleno de matices y contrastes. Música, personas y lugares son los protagonistas. Esta revista sonora incluye una historia de El Guanábano, un bar situado en el Parque del Periodista, en el centro de la ciudad. También conocerás a un taxista que debe seguir trabajando pese a su edad y a la pandemia. Además de tres entrevistas, una de ellas con Manuela Estevez, presentadora de Telemedellín, que habla de su recorrido profesional y cómo ha afrontado su enfermedad; la segunda es con Paola Castro, emprendedora, estudiante y modelo. Una tercera entrevista se refiere al género coreano K-pop y sus fans en Medellín. También está la historia del Ritmo Exótico, un ritmo reciente que nació en el pacífico colombiano y una mirada al Twerk y las distintas opiniones que suscita.

     

    Click en la imagen para reproducir la lista:

     

     

    Vidas, lugares, historias De viva voz, un recorrido sonoro por Medellín:

     

    -El Taxista (María Durango y Samara García S.)

    -El Ritmo Exótico (Valentina Giraldo, Susana Vélez, Juliana Ríos, Salomé Habib)

    -Y si hago TWERK, ¿qué? (Camila Rúa, Valentina Yepes, Camila Perez, María Alejandra Espitia)

    -Entrevista a Paola Castro (M Alejandra Espitia, Camila Pérez)

    -Voces del K-pop) (Cristian Lora Y Ana Salgado)

    -Manuela Estévez en sus palabras (Susana Velez, Juliana Ríos).

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    Trabajos realizados en el curso Radio II, bajo la orientación de los profesores Henry Estrada y Diego Escobar.

     

     

  • En Medellín, las madres dedicadas al trabajo sexual agotan recursos

    ​En medio de la pandemia por Covid-19, el aislamiento obligatorio ha llevado a las trabajadoras sexuales del centro de Medellín, muchas de las cuales son madres cabeza de familia, a tomar medidas que ponen en riesgo su salud y tranquilidad. ​

     

    << Para las que optan por mantenerse en las calles el reto es doble: subsistir y protegerse.

    Foto: Joaquín Sarmiento.

     

     

    El aislamiento obligatorio que restringe la circulación en las calles ha disminuido casi a cero el número de clientes que buscan servicios sexuales desde el 19 de marzo, cuando se dictaron las primeras medidas de confinamiento. La limitación y las alertas en relación con el contacto físico llenan de incertidumbres las proyecciones de recuperación para las mujeres que ejercen la prostitución.

     

    Falta de registro

     

    Según Mary Luz López, autora del libro Alzo mi voz, a muchas de estas mujeres les ha tocado salir a las calles a exponerse a contagios y multas porque los gastos y las necesidades no dan espera. Otras se encuentran trabajando en negocios abiertos clandestinamente, incluso hay quienes han optado por el microtráfico de estupefacientes. Y es que, aun con las campañas de colectivos como Putamente Poderosas o programas de entidades gubernamentales como la Secretaría de Inclusión Social y Familia, las ayudas humanitarias no han sido suficientes para toda esta comunidad.

     

    “La mayoría de las mujeres están en crisis. Al inicio de la cuarentena se entregaron unos mercados que consistían en una libra de arroz, un kilo de fríjol, azúcar, más o menos con un valor entre $30.000 y $35.000. No es suficiente para calmar el hambre en una familia de dos a tres personas”, indicó Luz Mery Giraldo, representante legal de la corporación Guerreras del Centro. La realidad es que muchas de estas mujeres tienen de tres a cinco hijos y un compañero que también se encuentra sin empleo, pues usualmente son trabajadores con oficios informales igualmente afectado por el encierro. Por tanto, son urgentes para ellas las ayudas que posibiliten el sustento de sus hogares, por lo menos en estos días de inactividad.

     

    El problema no es nuevo

     

    La cotidianidad de estas mujeres siempre se ha visto tocada por la discriminación, las precariedades, los abusos por parte de la fuerza pública, entre otros factores que dificultan la normalización de dicha labor. “Cuando deciden que tienen que salir, porque no hay de otra, como han hecho algunas, lo único que reciben es ser llevadas al CAI, maltrato y abuso por parte de la Policía, comparendos, a lo que ellas responden: ‘que me pongan todos los que quieran, igual no tengo ni para comer’”, indicó Tatiana Cano, integrante del colectivo Putamente Poderosas.

     

    Varias de estas mujeres afirman que lo peor que puede pasar es que se enfermen. Así dijeron entre gritos y algarabía en la segunda entrega de mercados que realizó Putamente Poderosas: “Si no nos mata el COVID, nos mata el hambre”.

     

    Es importante destacar que, para muchas madres trabajadoras sexuales, la angustia por sus hijos, el riesgo de contraer enfermedades, el maltrato por parte de sus familiares y allegados no es algo nuevo. “De uno se aprovecha el de los mandados, el de los tintos, la familia, la iglesia, la sociedad”, contó López. Destacó que, aunque es más difícil conseguir sustento en esta época, las mujeres no cambian el ejercicio de prostitución.

     

    Los matices de un ideal de madre

    Muchas de estas madres se sostienen en el ideal de “sacar adelante a los hijos”, que puedan tener, en pocas palabras, “tener lo que ellas nunca tuvieron”. En efecto, hay quienes tienen hijos profesionales que nunca supieron el oficio de sus madres.

     

    Otras alternativas

     

    Para la mayoría de estas mujeres, la única fuente de ingresos es el trabajo sexual y es por esto que algunas están buscando cambiar de oficio para sostenerse, dado su futuro laboral incierto. Algunas de ellas se están reconectando con actividades como la costura, la venta de productos. Otras están buscando opciones como ser modelos webcam, vender fotos, videos, entre otros productos digitales, pero carecen de recursos tecnológicos o no tienen cuentas bancarias para hacer estos oficios.

     

    Las Guerreras del Centro, por otro lado, están buscando sobrellevar la angustia y la ansiedad de esta situación por medio de trabajos manuales, escritura, poesía, interacción en redes sociales con videos y fotos, entre otras cosas. Buscan donaciones de equipos tecnológicos para su progreso, a la vez que aprenden progresivamente el manejo adecuado de las TIC.

     

    Falta también conciencia. Algunas de estas trabajadoras no están tomando las medidas de prevención necesarias. “De alguna cosa nos tendremos que morir, pero el hambre no nos la aguantamos”, expresaron algunas de ellas. Muchas incluso se incomodan ante la idea de evitar el contacto físico. Están buscando trabajo en otros sitios, huyendo de la Policía, evitando que las aborden, tratando de conseguir clientes.

     

    El trabajo sexual afronta retos derivados de la necesidad de evitar el contacto físico. Probablemente disminuya la oferta, algunas voces hablan de formalización y parte importante de quienes ejercen el oficio están buscando alternativas. Pero, según Acevedo, lo que llaman “la gran oportunidad del coronavirus”, no aplica para esta población, porque sería volver a configurar un sistema de vida que viene de hace muchos años.

     

    ¿Qué sigue ahora?

    “Yo siento que el país está en una situación económica muy complicada, lo cual hace que el panorama sea muy crítico. Sería muy optimista y muy poco realista decir que van a poder vivir de otros oficios en estos momentos”, señaló Cano.

     

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    Informe realizado en el curso Periodismo II, orientado por la profesora Claudia Sánchez Aguiar.

     

     

     

     

  • Mujeres trans, trabajadoras sexuales en condiciones precarias

     

    Antioquia Trans, uno de los colectivos que defienden los derechos de las personas LGBTI+ en el departamento, las ha acompañado durante el confinamiento.

     

     

    Históricamente, la población trans ha sido víctima de discriminación y exclusión dentro de la sociedad, pues las personas que hacen parte de ella han cambiado el orden del paradigma planteado respecto al género y la sexualidad. Ante esto ha habido respuestas agresivas desde el orden social establecido. Según la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), en América hay cuatro países con las cifras más altas de homicidios de personas transgénero y transexuales. Colombia hace parte de la lista.

     

    << La obra de Jorge Zlonso Zapata, dedicada a retratar la cotidianidad del Centro, ha sido expuesta en Divas Art Gallery.

     

     

    A pesar de la visibilidad que ha adquirido esta población en el país, el Gobierno Nacional aún no cuenta con las garantías necesarias para atender los casos especiales de estas personas. Cosa que ha quedado en evidencia gracias a las medidas de aislamiento social que se decretaron por la propagación del COVID-19, porque la ha incrementado vulnerabilidad de muchas personas LGBTI+, en especial de las mujeres trans. La gran mayoría de ellas trabaja en el sector de belleza y cosméticos, o se dedican al trabajo sexual para obtener el sustento económico del diario vivir.

     

    Ahora bien, en Medellín hay un lugar en la comuna 10, La Candelaria, llamado Barbacoas. Esta es una calle antigua del centro de la ciudad y es conocida por ser un punto focal del trabajo sexual de mujeres trans, pues la mayor parte de ellas habita y trabaja en el sector. “Muchas de ellas están acostumbradas a estar en la calle, son nómadas: si no están en el centro de la ciudad, están en San Diego; si no, están en la autopista; si no, están en otro municipio u otra ciudad. Siempre están en movimiento”, afirmó Miguel Gallardo, fundador del Bar/Galería Divas que está ubicado en la zona.

     

    Ellas están todo el tiempo en la intemperie, uno de los factores de riesgo que las hace más vulnerables. Además viven del día a día. Muy pocas cuentan con una casa propia, viven en habitaciones de inquilinatos o de hoteles que a la vez cumplen con el papel de lugares de trabajo. Desde que comenzó el confinamiento se han visto obligadas a no salir a las calles para no exponerse al virus o a una sanción. Muchas que no cuentan con otra fuente de ingresos distinta a la prostitución, siguen saliendo para atender a los pocos clientes que llegan a la zona. Los más fieles a ellas son los taxistas, pero ahora atienden a vecinos y trabajadores del mismo sector.

     

    La Ley Rosa Elvira Cely

    El 6 de julio del 2015, el expresidente Juan Manuel Santos expidió esta la ley con la cual se reconoció el feminicidio como un delito autónomo. Solo hasta diciembre del 2018, el juzgado Segundo Penal del Circuito de Garzón (Huila) condenó a Davinson Stiven Erazo Sánchez como responsable del feminicidio de Anyela Ramos Claros, una mujer transgénero. Fue la primera vez en la que el cuerpo judicial del país reconoció el homicidio de una mujer trans como un feminicidio.

     

    El abuso policial

     

    El contexto sociocultural de la capital antioqueña es conservador, pero la explicación de este va más allá de las distribuciones geográficas que posee el Valle de Aburrá. Ismaria Zapata, integrante del movimiento político Estamos Listas aseguró que “el abuso policial hacia las mujeres trans es un hecho casi histórico. Incluso hay casos en los que han sido víctimas de violación en los CAI”. El abuso de la autoridad contra ellas ha surgido como un rechazo porque “desde la perspectiva de una ‘sociedad organizada’, para ellos, estas mujeres ‘traicionaron’ la idea paradigmática de la imagen de los hombres, el lugar de la virilidad”, puntualizó Zapata.

     

    Según el Acuerdo 08 del 2011 del Concejo de Medellín, “se adopta la política pública para el reconocimiento de la diversidad sexual e identidades de género y para la protección, restablecimiento, atención y la garantía de derechos de las personas lesbianas, gays, bisexuales, transgeneristas e intersexuales (LGBTI) del Municipio de Medellín”. Desde lo que contempla el documento, las mujeres trans que se han visto inmersas en casos de discriminación por parte del cuerpo policial se han aferrado a todo el cubrimiento legal que puedan lograr para darle una solución a esta problemática. Asimismo, la Defensoría del Pueblo elaboró un informe llamado Cuando autoridad es discriminación, donde las personas de la población LGBTI+ pueden guiarse al momento de denunciar situaciones de abuso de poder de la autoridad.

     

    En gobiernos anteriores estas poblaciones no eran validadas y a las mujeres trans no las identificaban como mujeres. Ahora cuentan con más auxilios por parte de las autoridades, pero no son eficientes. Al tabú que ya tenían por ser LGBTI+ se les suma el que hay alrededor de las dinámicas del trabajo sexual, ese es otro de los factores que causa un atropello de la fuerza pública hacia ellas.

     

    “Las relaciones con la institucionalidad son muy complicadas, muchos de los policías se niegan a proteger a las mujeres trans que trabajan en la prostitución y siempre hay una tensión entre ambos”, expresó Danys Acevedo, integrante del colectivo Antioquia Trans. Durante la pandemia, como muchas han violado las medidas de aislamiento público para salir a trabajar y obtener ingresos, han tenido conflictos con la policía porque el reglamento implementado no les permiten trabajar, las obligan a quedarse encerradas en los hoteles donde viven.

     

    Acceso a los servicios de salud pública y ayudas del Estado

     

    La cartilla Trans-formando derechos, distribuida por la Defensoría del Pueblo desde el año 2019, se encarga de divulgar y proteger los derechos de las personas transgénero que son víctimas de violencia y discriminación. Dentro de la sección de Salud, basada en el artículo N°49 de la Constitución Política, se afirma que el Gobierno debe garantizar las intervenciones quirúrgicas, los exámenes para el diagnóstico, el seguimiento, los medicamentos, entre otros componentes que se necesiten para la salud de la persona. Aquí surgen los problemas al momento del diligenciamiento de todo el papeleo para acceder a estos derechos, pues muchas de las trabajadoras sexuales trans que han comenzado el proceso se les dificulta seguir con el mismo.

     

    Dentro del sistema de salud también se ve la discriminación transfóbica, pues en repetidas ocasiones se presentan casos desde el personal médico hacia estas mujeres. Les alargan los tiempos de entrega de los medicamentos, se niegan a darles la prescripción de las hormonas, no las remiten a los endocrinos e incluso se niegan a hacerles los procedimientos quirúrgicos que les piden. “Muchas de las mujeres deciden no entrar a los procesos de reemplazo hormonal por la cantidad de trabas que les ponen para lograrlo, la arbitrariedad del sector de la salud hacia ellas es innegable dentro de estas dinámicas”, afirmó Acevedo.

     

    La ausencia de reconocimiento que hay de las mujeres trans trabajadoras sexuales desde la ciudadanía implica una insuficiencia gubernamental, es decir, que las ayudas que obtienen son precarias. En este momento, las que ya habían empezado un tratamiento hormonal, no tienen cómo acceder a los medicamentos de control y el Estado no cuenta con programas especiales para hacer que ese tipo de ayudas lleguen a ellas.

     

    La mayoría de las personas que han sido beneficiadas con mercados y ayudas monetarias del sector de La Candelaria las han recibido por parte de los colectivos y movimientos que están comprometidos con la causa, como Putamente Poderosas y las Guerreras del Centro. La brecha en la trazabilidad de la información para la entrega de las ayudas es amplia, pues hay muchas personas en situación de necesidad en medio de la pandemia y el manejo de los datos se complica. “A las mujeres trans, puntualmente, no les ha llegado ninguna ayuda”, concluyó Acevedo.

     

    Divas, The Gallery

    Comenzó con la idea de ser un club privado con servicio de habitaciones al que solo podrían acceder los clientes con membresía, pero hubo muchos conflictos entre las mujeres trans de la zona y Miguel, el dueño del bar. Así que decidió convertirlo en una galería de arte, donde se hacen exposiciones de fotografías, pinturas y shows de Drag Queens. El negocio lleva 3 años funcionando.

     

     

     

     

  • Trabajo sexual recibe apoyo por aislamiento

    El trabajo sexual es de las actividades que más se han visto afectadas por la pandemia. En Medellín las mujeres cisgénero y transgénero que ejercen este oficio no han tenido la posibilidad de laborar y, en consecuencia, no están teniendo los ingresos necesarios para satisfacer sus necesidades básicas como la alimentación, dormir en un lugar cubierto o acceder a servicios de salud.

     

    Según Isabella Villegas, historiadora en formación y miembro del colectivo Putamente Poderosas, las trabajadoras sexuales en la ciudad son una población ignorada, pero histórica. Se puede rastrear desde finales del siglo XIX cuando Coriolano Amador fundó la plaza de mercado cubierta en Guayaquil. “Cuando Guayaquil cayó en desgracia porque la plaza se quemó, el trabajo sexual se trasladó a Lovaina y allí tuvo su época gloriosa. Eran burdeles donde se tomaban decisiones de índole nacional entre los años 50 y 60”, comentó Villegas.

     

    Hacia los años 70 y 80 Lovaina perdió su acogida entre las élites del país debido a prohibiciones de los gobiernos municipales que llevaron a que la prostitución se tuviera que desempeñar en la clandestinidad. Así las trabajadoras sexuales empezaron a migrar a zonas del centro como La Veracruz, La Candelaria, Calibío y los alrededores del Museo de Antioquia, hasta hoy es una zona que se conserva como “el lugar con más prostitución callejera de Medellín”, explicó Villegas.

     

    Para apoyar a esta población que ejerce en el centro de la ciudad, varios colectivos no gubernamentales y entidades del Estado han generado campañas y programas para recoger fondos y ayudar tanto a las trabajadoras sexuales como a todos los que viven de la informalidad, del diario.

     

    El colectivo Putamente Poderosas vincula mujeres preparadas para diferentes profesiones en favor de trabajadores informales del Centro de Medellín. Foto: @evelinessesvelev

     

    Yo me quedo en casa y Noche a 10 mil: Putamente Poderosas

     

    Uno de los colectivos es Putamente Poderosas, que desde el 17 de marzo adelanta una campaña con la que, para el 8 de junio, lograron recaudar 310 millones de pesos. La iniciativa con el nombre Yo me quedo en casa, comenzó de la mano del director del periódico Universo Centro, Juan Fernando Ospina, y tuvo seis etapas.

     

    En la primera fase se hizo una campaña de concientización, con la participación de voluntarios del colectivo que recorrieron las calles del centro, lugares como el Parque Bolívar, el Parque Berrío y La Veracruz, repartieron geles antibacteriales y volantes a las trabajadoras sexuales y vendedores ambulantes. Los datos que contenía el papel se referían al autocuidado ante la contingencia de salud de la COVID-19 y recomendaciones específicas para ejercer la prostitución.

     

    Además, se elaboró un rastreo de información de las personas que serían beneficiadas con mercados y auxilios de alojamiento. La segunda y tercera etapa consistieron en la repartición de los recursos. Fueron posibles gracias a la ayuda de entidades como la Gerencia del Centro, la Policía Nacional, el Museo de Antioquia y la Subsecretaría de Espacio Público, que citaron a las personas inscritas previamente a un punto de encuentro.

     

    Para los siguientes ciclos de entregas, el colectivo decidió implementar estrategias que les permitieran seguir apoyando a esta población, pero sin generar aglomeraciones que se pudieran convertir en un riesgo de salud pública. Seleccionaron a cinco mujeres del Área Metropolitana que pertenecían al programa de beneficiados y les entregaron 21 mercados para que los repartieran en su comunidad. También establecieron relaciones directas con cinco inquilinatos del centro para enviar directamente las ayudas humanitarias y pagar el valor de alojamiento a los administradores.

     

    El proyecto no finalizó allí, se transformó con el nombre de Noche a 10 mil, que consiste en realizar mínimo una donación de 10 mil pesos (el valor de una noche en un inquilinato), la meta de 25 millones de pesos semanales.

     

    Tatiana Cano, miembro del colectivo, acotó que “las campañas se basan en la empatía de las personas, lanzamos la campaña Noche a 10 mil y ya estamos trabajando en otra. La idea es que mientras el aislamiento inteligente siga, nosotras vamos a seguir en campaña”.

     

    Putamente Poderosas con sus diversas campañas, hasta el 8 de junio, logró impactar a más de mil familias, no solo a trabajadoras sexuales ligadas al colectivo, sino también a algunos miembros de la Red Popular Trans y trabajadores informales.

     

    ¿Qué es Putamente Poderosas?

    Putamente Poderosas es un colectivo joven que se lanzó el 5 de marzo de este año. Este busca resignificar la palabra puta y dar voz a las trabajadoras sexuales de Medellín, para que estas se empoderen de su labor y su dignidad humana. Lo conforman nueve mujeres, la mayoría hacían parte del voluntariado de la corporación Guerreras del Centro.

     

    Apoya a una guerrera

     

    La organización Las Guerreras del Centro, conformada por mujeres que ejercen o ejercieron el trabajo sexual, también se está viendo afectada por la contingencia. Luz Mery Giraldo, representante legal del colectivo, comentó que las guerreras han logrado subsistir gracias a unas ayudas entregadas desde la Secretaría de las Mujeres y a unos auxilios de quienes las sigue y conoce.

     

    En las redes sociales del colectivo hay una convocatoria llamada Apoya a una Guerrera, consiste en una invitación a la comunidad para ayudar a estas mujeres, la mayoría vive del trabajo informal. Solicita apoyo económico o en especie y está siendo recolectado en la Galería Divas en la calle Barbacoas, gracias a que su propietario Miguel Gallardo.

     

    Además, esta comunidad de mujeres se está reinventando, trasladó sus performances de las calles a las redes sociales, comparten videos bailando o cantando, podcast con sus historias y las costuras que han realizado en este tiempo de cuarentena. “No todas tenemos el conocimiento en tecnologías, la virtualidad es lo que se impone entre nosotras y nos estamos capacitando en el manejo de las TIC”, dijo Giraldo.

     

    Para ello, están solicitando a las personas que tengan computadores y teléfonos inteligentes que les donen. También piden voluntarios que las acompañen a adaptarse a las nuevas tecnologías. “Este es nuestro nuevo reto, que todas tengan acceso a esta tecnología. Siempre estamos pensando en diferentes alternativas que nos permitan seguir en contacto y trabajando por dignificar el trabajo sexual”, aseguró Giraldo.

     

    La estrategia es de ayuda e información. Las mismas trabajadoras sexuales son cogestoras del trabajo.

    Foto: Putamente Poderosas.

     

    Acompañamiento por parte del gobierno

     

    Ismaria Zapata, representante en el Concejo de Medellín del movimiento político Estamos Listas, afirmó que desde la Alcaldía sí existe un programa para atender a las personas en situación de calle. “Desde la concejalía revisamos cómo se distribuyeron estos recursos, y en las comunas 10 y 4, que son históricamente en las que se ha concentrado el trabajo sexual, se repartieron más de dos mil y ocho mil ayudas respectivamente. Pero no tenemos conocimiento de cuántas de esas personas ejercen el trabajo sexual”, aclaró Zapata.

     

    Según ella, Estamos Listas realizó unas bases de datos de las mujeres trabajadoras sexuales que viven en los inquilinatos. “La Alcaldía sabe muy bien dónde están las mujeres trabajadoras sexuales de Medellín, pero le hemos preguntado a la Subsecretaría de Seguridad cuáles de esas ayudas han llegado a esta población y no tiene conocimiento de estas cifras”.

     

    Por parte del Estado no existe un programa de ayudas específico a esta población y el acompañamiento que se ha percibido en esta cuarentena se ha enfocado en estratos socioeconómicos, no en poblaciones específicas. Para Villegas, “los colectivos particulares han estado tratando de tapar los huecos que se hacen mientras llega el Estado eficientemente”.

     

    Más sobre las Guerreras del Centro

    Guerreras del Centro es una corporación que busca resignificar a las trabajadoras sexuales de Medellín. Son ocho mujeres adultas que ejercen o ejercieron esta labor. Mediante expresiones artísticas como el baile, la poesía, la actuación, marroquinería y tejeduría, cuentan sus historias de vida para devolver el respeto y la dignidad a las mujeres trabajadoras sexuales.

     

    Estas son las recomendaciones que reciben las trabajadoras sexuales del Centro, por parte de colectivos ciudadanos.

    Foto: cortesía.

     

    Panorama general del trabajo sexual en Colombia

    El último censo de prostitución que se realizó en el país data del año 1963. Por lo tanto, no existen cifras actuales que expongan el panorama del trabajo sexual en Colombia. Esta es una labor permitida y reconocida como un trabajo válido y digno por la Corte Constitucional como se admite en la sentencia T-629 de 2010, sin embargo, no hay un marco jurídico específico que regule el oficio.

     

     

     

     

     

     

  • Las poderosas que socorren a los trabajadores informales por la pandemia

    En el marco de la emergencia del COVID-19, el colectivo Putamente Poderosas adelantaron una colecta para que las trabajadoras sexuales y trabajadores informales del Centro de Medellín puedan confinarse en casa. ¿Qué es lo que busca esta agrupación de mujeres?

     

    El trabajo sexual en Colombia está amparado por la Sentencia T-736/15. Sin embargo, no existe ninguna ley o decreto que regule la actividad de las trabajadoras sexuales, lo que les impide acceder a beneficios como seguridad social, salud o subsidios. En este limbo jurídico, Putamente Poderosas se levanta como un colectivo que está dedicado al trabajo social y acompañamiento a trabajadoras sexuales, que busca la dignificación de la vida de estas mujeres y del término “puta” que tradicionalmente se les ha atribuido. Melissa Toro es una de sus líderes y fundadoras que desde su gestión busca engrandecer la vida de estas mujeres dedicadas al llamado oficio más viejo del mundo y que por ello han sufrido discriminación.

     

    ¿Cómo se formó el colectivo?

     

    Somos cinco fundadoras de Putamente Poderosas. Adquirimos experiencia en dos años y medio con las Guerreras del Centro y nosotras éramos el equipo detrás. El año pasado, a finales de noviembre, decidimos que las Guerreras podían caminar solas, hacer sus trabajos solas. Nuestros intereses eran muy diferentes y no queríamos quedarnos solo en ocho u once mujeres, sino poder impactar a un público más allá de ellas.

     

    Putamente Poderosas surge a partir del proceso de apoyo a otro colectivo conocido como Las Guerreras del Centro.

    Foto: Cristhian Agudelo.

     

    En sus redes sociales, dicen que buscan resignificar la palabra puta y la vida de las trabajadoras sexuales en Medellín. ¿Qué resignificación desean darle a esa palabra?

     

    La palabra puta siempre ha estado alineada a un tabú muy grande y a barreras superfuertes socialmente hablando. Nosotros lo que queremos es mostrar la otra cara y entender que las putas son seres comunes y silvestres como nosotras; son mujeres creadoras, mujeres con ideas maravillosas, son mujeres que sus contextos y sus realidades las han puestos en donde están, porque la mayoría de trabajadoras sexuales están en contexto de prostitución porque la vida que les ha tocado las ha llevado ahí: por falta de educación, de oportunidades o porque han sido violentadas, violadas o desplazadas. Nos quisimos llamar Putamente Poderosas porque “putamente” significa “muy, mucho, bastante. Algo expansivo” y es lo que nosotros queremos mostrar con esa palabra y desde lo que nosotras como gestoras podemos ser.

     

    ¿Qué estrategias o actividades implementan para lograr esa resignificación?

     

    Tenemos talleres como una actividad muy linda que tenemos en Comfama todos los miércoles a las 5:30 de la tarde que se llama Puta, cadeneta y chisme, donde enseñamos diferentes dinámicas manuales. En el primer bimestre, vamos a hacer la técnica del collage, ya que por medio de él estamos resignificando la palabra puta, donde hablamos de putas, hablamos con putas y hablamos para mostrarle a la sociedad lo que no se ha permitido. Lo que nosotros intentamos ser esa plataforma y ese enlace entre las prostitutas, el Estado y la misma ciudadanía.

     

    También estamos planeando un espacio literario donde vamos a trabajar la escritura y la literatura. Estamos también diseñando una marca de joyería donde tres de las diseñadoras son prostitutas.

     

    ¿Cómo se pueden medir los resultados de esas estrategias?

     

    Más que medir resultados, es ver las transformaciones de vida que están sucediendo en ellas y ver también la respuesta de la gente, la ciudadanía, el público que nos ve, la respuesta a las redes sociales. Esos pueden ser los medidores de las estrategias.

     

    ¿Con cuántas mujeres trabajan?

     

    En este momento, estamos trabajando con ocho mujeres fijas con las que estamos teniendo estos procesos y acompañamientos. Pero por la campaña que lanzamos por el COVID-19 hemos impactado a demasiadas mujeres que están en contexto de prostitución.

     

    ¿Qué tipo de mujeres son, en qué condiciones sociales viven?

     

    Son mujeres que no han tenido acceso a educación, que viven en inquilinatos o algunas viven en casas arrendadas, viven en barrios lejos del sector del centro; son mujeres cabezas de familia: la que menos hijos tiene, tiene tres hijos. Toda su vida la han destinado a estar paradas en una esquina a que las compren, para ellas no ha existido una realidad más allá que vender su cuerpo.

     

    ¿Cuáles son los mayores retos o complicaciones que implica ser trabajadora sexual en Medellín?

     

    El mayor reto es que no hay leyes que cobijen a las trabajadoras sexuales, ellas no tienen ninguna garantía para ejercer este oficio aquí, es algo que es legal pero no está regularizado. Ellas no tienen subsidios ni ayudas ni tarjetas alimenticias ni subsidios de vivienda, no tienen acceso a una salud o a una pensión. Más que todo es esa seguridad de hacer lo que ellas hacen. Los feminicidios que más suceden en Medellín pasan en el centro, porque es eso: la mataron por puta y no pasa nada. Por eso creo que lo más complejo es la seguridad de ejercer ese oficio.

     

    En el Código de Policía hay artículos que exigen que las trabajadoras sexuales tengan un carné de sanidad expedido por una autoridad de salud y que solo pueden operar en ciertas zonas señaladas en el Plan de Ordenamiento Territorial. Según la Red de Trabajadoras Sexuales de Latinoamérica y el Caribe, estos dos artículos son un impedimento para el ejercicio libre de las trabajadoras sexuales y contribuyen a la violencia institucional hacia las trabajadoras sexuales, ¿es así?

     

    Muchas veces ya no tienen ese carné. La carnetización sucedía años atrás e inclusive les tocaba hacer filas gigantes, hacerse las pruebas de que estuvieran sanas y les regalaban las pruebas de VIH. Y sí, yo pienso que una de las cosas que se deben hacer principalmente es educar a estas personas —Espacio Público, Policía Nacional— sobre el trato de ellas, no solo de las trabajadoras sexuales sino de los trabajadores informales, y que no es un trato cualquiera sino que debería ser un trato especial.

     

    Las integrantes de Putamente Poderosas lideraron una campaña de recolección de ayudas para trabajadoras sexuales y trabajadores informales del Centro con ocasión de las medidas adoptadas ante la pandemia por Coronavirus.

    Foto: Sergio González.

     

    La campaña que adelantan en este momento es un ejemplo de las actividades que ustedes emprenden para lograr su propósito. ¿Cómo ha avanzado la campaña, qué resultados han tenido, cómo ha respondido la gente?

     

    La campaña ha sido magnífica y se ha visto reflejada la solidaridad de las personas, y siento que hemos tenido una operación muy efectiva y que la gente está muy contenta con los resultados que estamos teniendo. Hasta el momento hemos recaudado más de 30 millones, se han hecho dos entregas oficiales, todos los dineros y mercados han sido destinado, hemos entregado sobres con 100 mil pesos a más de 100 personas, otros de 60 mil pesos a más de 140 personas y hemos entregado en total 300 mercados (lea AQUÍ el informe publicado por el colectivo al 8 de abril de 2020). La capacidad de impacto ha sido muchísima y hemos estado sorprendidas por todo esto, ha sido muy bonito porque hemos tenido un acompañamiento muy fuerte de la Secretaría de Inclusión, la Secretaría de Espacio Público, de la Policía Nacional que nos han apoyado en esta idea de poder llegar, sensibilizar y entregar un subsidio — porque no basta con solo el mercado, debe ser un complemento entre subsidio y alimento—. Estamos en la tercera etapa y vamos a continuar, porque esto apenas acaba de empezar.

     

    ¿Cómo se ve Putamente Poderosas de aquí a tres, cinco años; cuál es esa visión?

     

    La visión es que tenemos que ser políticamente poderosas, creo que es una parte a donde tenemos que apuntar juntamente. Yo cierro los ojos y sueño que de este colectivo tiene que salir la secretaria de las Prostitutas, un sindicato donde cada año haya una marcha por los derechos de estas mujeres; que empecemos a tener una sensibilización y concientización tan fuertes que ellas entiendan que están en sus derechos de reclamar lo que les corresponde y de hacerle un llamado, un grito al Estado de que por fin las escuche y las haga parte de la sociedad.

     

    Para la entrega de ayudas durante la pandemia Putamente Poderosas recibió apoyo de dependencias municipales y la ciudadanía. Foto: Sergio González.

     

     

  • Medellín: “UNA OBSESIÓN GENERALIZADA POR ESTAR SIEMPRE EN OBRA”, GREGORIO HENRÍQUEZ

    Medellín es una ciudad sin centro histórico, que se ha encargado de sistemáticamente erradicar los espacios patrimoniales para continuar con una expansión urbana enfocada hacia la modernidad y la innovación. Se ha transformado a costo de la eliminación de la historia arquitectónica. El antropólogo, escritor y asesor cultural Gregorio Henríquez ha dedicado sus investigaciones a la reconstrucción histórica y a incentivar la conservación patrimonial de eso que nos dejaron.

     

    Numerosos espacios del Centro de Medellín han desaparecido sin que se conozca su verdadero valor histórico.

    Foto: Matín Villaneda

     

    ¿Qué se entiende por centro de Medellín?, ¿cómo han influido las élites de la ciudad en esa conformación de centro?

     

    Va desde la Avenida de Greiff hasta el Centro Administrativo La Alpujarra. Y del Río, detrás del SENA, hasta el Museo Casa de la Memoria. Es la comuna 10, La Candelaria. En las élites estaba ese centro. Lo que es hoy Parque Berrio, era su plaza principal. También eran importantes la Calle Real (actual Boyacá) y el antiguo barrio San Benito, actual La Candelaria, también arrasado.

     

    Existía una triada de iglesias que marcaba la pertenencia a una élite establecida. La Veracruz, La Candelaria (antigua catedral) y la del barrio San Benito. Después se van moviendo a la Villa Nueva, que es la Catedral Metropolitana, Parque de Bolívar. Y hacia la época de 1920, con don Ricardo Olano, se establecen en el barrio Prado. Cerca, pero no metidos en el centro. Fueron de Prado a Laureles y de ahí a El Poblado. Hoy se siguen alejando.

     

    ¿Ese alejamiento de las élites corresponde a los movimientos migratorios que llegaron a ocupar también el centro de la ciudad?

     

    Claro, porque una de las características de la élite es no revolverse. Antes se relacionaban, pero empezaron a tomar distancia en la primera parte del siglo XX.

     

    Es claro que el centro se ha transformado de manera constante. ¿Cómo es esa transformación y con qué frecuencia se realiza? Partiendo de la premisa de que -a excepción de la última- con cada administración se hace una intervención.

     

    Los periodos de transformación son cada vez más cortos. Antes pasaban varias administraciones sin que se hiciera una gran intervención. En la década de los 70’ se construye la Avenida Oriental, que modifica el patrimonio. Es a partir de los 90’ que se interviene periódicamente. El Metro es un referente para ello, porque el trayecto centro implicó tumbar gran parte de la ciudad. Desde ahí, cada administración tiene una idea de qué debe ser la ciudad para ser moderna y cosmopolita. Existe una arquitectura del descreste o monumental. Se crea un mercadeo de ciudad: entre más condecoraciones tenga, es mejor y más exitosa.

     

    También influye que el alcalde ya no gobierna para la ciudad, sino para su propia carrera política en camino hacia la presidencia. Están en campaña todo el tiempo, y para estar en campaña hay que mostrar obras. La última administración fue un punto culminante. Siempre es el nuevo alcalde el que tumba lo que hizo el anterior. Él tumbó lo que había hecho. Sobre las pirámides hizo las jardineras, y sobre las jardineras, las estaciones de Metroplús. Es la primera vez que un alcalde se hace eso a sí mismo.

     

    La Alcaldía de Luis Pérez es un punto de inicio de ese modelo. Es la responsable del Parque de Las Luces, para construirlo se demolió el Pasaje Sucre, que estaba en el inventario de patrimonio y era lo que quedaba del antiguo mercado de Guayaquil. Fue derribado irregularmente un puente festivo, a espaldas de la ciudad. A partir de ahí empieza una especie de piñata con las licencias. Caen casas de bahareque y edificios antiguos. Medellín dice haber sido fundada en 1616, ¿dónde está la ciudad de 400 años?

     

    ¿Cómo convergen esos métodos para destruir la ciudad con la ley de patrimonio actual?

     

    En Medellín, epicentro de la industria constructora, ese tema es muy flexible y laxo. Las licencias se otorgan, los permisos se dan abiertamente. También se enferman edificios, se cierran casas y se dejan caer. Aquí no hay sanción ni accionar de las curadurías, no se está legislando para defender el patrimonio.

     

    Medellín es una ciudad sin referentes más allá de la moda de la época. ¿A qué se le puede atribuir esa mentalidad constantemente modernista?

     

    Es siempre estar en el panorama, llevando la delantera. Lo que representa esa mentalidad modernista es el Edificio Coltejer. Tumbar el teatro Junín para construirlo justo ahí y no en cualquier otro punto, es un símbolo de ciudad. Medellín no tiene una identidad.

     

    Todo inicia con la visita de Mon y Velarde. Él llega a estas tierras, enviado por la corona, para ver qué estaba pasando. Encuentra que en Medellín las únicas construcciones dignas de relevancia son la Veracruz y la Candelaria. Por ello, prohíbe que se construyan casas con techos pajizos. Por decreto, las casas debían construirse con materiales y tener una determinada configuración. A partir de ahí se perpetúa esa percepción de estar siempre en desarrollo. ¿Cómo quedará de bonita Medellín cuando la terminen? porque no hemos podido. Es como una obsesión generalizada de estar siempre en obra, siempre en una serie de proyectos.

     

    ¿Cuáles son los factores específicos que hacen que Medellín no tenga centro histórico?

     

    Nuestra falta de sentido de pertenencia hacia lo patrimonial. Nosotros en lo histórico, sino en lo viejo, y lo viejo hay que tumbarlo: “aquí se hace un edificio, esto es un lote”. Pesa más ese rédito del lote, que lo colonial de la casa. No sabemos lo trascendental que puede ser conservar un casco histórico. No tenemos esa idea de preservar para las generaciones futuras. Uno de nuestros líderes dio la visión que tenemos todos nosotros cuando le preguntaron por las pirámides de la avenida Oriental y su opinión porque las iban a tumbar. Él dijo: “ah, es que ya cumplieron su ciclo”. Si todas las sociedades tuvieran esa visión, hoy muchos monumentos no existirían porque cumplieron su ciclo. Tenemos un problema para construir identidades, no lo hemos logrado hacer como sociedad.

     

    ¿Cómo logra Medellín aún contar una historia?, ¿Cómo se logra escudriñarla a partir de lo que queda?

    Son retazos, somos un relato fragmentado. Estamos apenas descubriendo qué nos dejaron. Podemos narrar el subsuelo, porque alguien se preocupó por restaurar el acueducto y el alcantarillado. Hoy aprovechamos para contarnos a partir de lo que nos queda.

     

    ¿Cómo puede haber equilibrio entre desarrollo y conservación de la memoria histórica?

     

    Es un diálogo, un equilibrio a la hora de decir: esta es una ciudad y esta es su historia. Ese es el gran reto para las administraciones futuras, continuar con ese avance que se necesita, pero no con la demolición. En Ayacucho volvieron a abrir la casa del maestro Efe. Gómez. La convirtieron en una pizzería, pero está conservada. Converge la preservación con los nuevos usos y almas de los espacios.

     

    Por último, ¿cuál sería la ruta para combatir la indolencia de los ciudadanos respecto a su patrimonio, y que se cree un sentido de pertenencia hacia la historia?

     

    Cátedras ciudadanas. Hay que apropiarse del espacio y el entorno. Recorrer la ciudad y descubrir lo maravilloso que hay en ella. Volver a contar su historia. Por los vacíos históricos ha pesado más la cultura Narco que la historia antigua de la ciudad, porque es lo que se tiene más a la mano. Hay que promover la ciudad y su patrimonio. Se debe empezar con los propios habitantes. Muchos medellinenses no conocen Medellín, y yo no defiendo lo que no conozco, porque no lo he apropiado. Por eso es un trabajo ciudadano.

     

     

     

  • El transeúnte que será olvidado

    Es lunes. 9:26 de la mañana en una de las estaciones del metro de Medellín. Para la hora, hay demasiada gente y los pasajeros logran salir de los vagones con mucho esfuerzo. El barrendero de la estación Universidad levanta el polvo sin descuidar su plática e intercambio de risas con el vigilante.

     

    El ruido del fondo te informa que están cortando el césped y una mujer de unos 23 años con acento rolo habla por celular acerca una fiesta a la que asistirá. Sales del lugar y entras a la comuna 4 de Medellín. Aranjuez. En la calle Gutiérrez Lara con 71 te recibe el Parque de los Deseos. Es amarillo mostaza y su baldosa es tan dura como seca.

     

    Alrededor se logra divisar dos edificios que están en busca del desarrollo científico y tecnológico de la ciudad: Parque Explora y el Planetario. En la parte derecha se puede observar el centro comercial Aventura y oficinas gubernamentales.

     

    Al caminar por el lugar puedes percibir los olores que abren el apetito de los visitantes. Desde el fondo sale un aroma a empanadas de carne, morcilla recién hecha, huevos revueltos, café y tortas de chocolate; todos al mismo tiempo, pero el olfato logra distinguirlos.

     

    En el centro del espacio cultural están cortando el césped. De nuevo ese olor a campo, pero ahora desaparece rápidamente por el humo de los buses de Aranjuez.

     

    Los árboles están como si el verano estuviese en pleno apogeo. Con flores de colores vivos, uno de ellos captó la atención de una niña de 3 años que miraba asombrada cómo los pétalos caían sobre sus cabellos. Los tomaba en sus manos y los observaba como si nunca hubiese visto algo similar. Tocó con suavidad uno de ellos y sonriendo le entregó uno a su hermana mayor. Ella la tomó en sus brazos y caminaba dándole besos en las mejillas.

     

     

     

    Pero este parque realmente no evoca al campo. Tiene una baldosa tan seca que cuando te sientas puedes sentir la arena en las manos. Todo parece un desierto hasta que te topas con las dos fuentes que fueron puestas justo en el centro. Están allí para el entretenimiento de cientos de familias que acuden los fines de semana para divertirse con los más pequeños.

     

    ¿Qué pasa allí un lunes a las 9:40 de la mañana?

     

    Son la ducha perfecta para un transeúnte del lugar.

     

    Es un joven trigueño de unos 24 años. Su cara tiene una barba café, al igual que su cabello y ambos son abundantes. Tiene unos pantalones que le llegan hasta la rodilla, unos tenis marca Nike de color gris, del mismo color de su camisa.

     

    Camina por el sendero que da justo al frente del Planetario. Se pone de rodillas a la fuente y saca de su bolso un recipiente de detergente vacío para extraer agua. Toma el agua en sus manos. Comienza a echársela en todo el cuerpo, aún con la ropa puesta.

     

    Inicia con los brazos, las piernas, su cara y presta total atención a su cabello y a sus partes íntimas. Se detiene un instante, voltea y comienza a hacerle una oración al cielo. Vuelve al recipiente para beber un poco. Su bolso se queda en el lugar y él comienza a caminar hasta la acera que da a la calle que divide el parque del centro comercial Aventura.

     

    Mira su reflejo delante del paradero. Todo a su alrededor está tranquilo y pocas personas se percatan de su presencia.

     

    Analiza que cada parte de su vestuario esté bien acomodada. Coge una camisa blanca y se la pone como turbante. Sonríe como si aquella tela le hubiese cambiado la vida.

     

    Camina hacia el lugar donde había estado por primera vez. Se echa el último poco de agua que queda, reza, coge su maleta y se va caminando hasta el lugar donde paran los buses de color verde aguacate. Justo debajo de la estación del metro.

     

    Se dirige hacia el primer bus de la fila y comienza una conversación con una mujer que esta al lado de la ventanilla. Todo parece ir muy bien porque no dejan de salir risas por parte de ambos. Llega un momento en el que ella le estira su mano. Las monedas comienzan a caer al piso, pero no todas son visibles, lo que hace complejo recogerlas a cada una. Pero esto no es impedimento para él, que deja su maleta en el suelo, se quita la camisa blanca que cubre su cabeza y se mete debajo del bus para lograr encontrar cada centavo que pudo haber ido a parar allí. Sale, recoge su maleta y la mira de nuevo a ella.

     

    -Muchas gracias.

     

    Ella solo alza el brazo y hace un movimiento para despedirse de él.

     

    Cuando el bus se pone en movimiento, él se sienta justo al lado de la fuente donde había tomado su “baño “unos minutos antes. Comienza a contar cada moneda. De su maleta saca una bolsa negra donde vierte cada peso que tenía en las manos. Comienza a caminar por el lugar para seguir pidiendo algunas monedas. Solo dos personas le dan.

     

    Hace un gesto al cielo y se sube a un bus color verde aguacate y se pierde en medio del tráfico de la ciudad.

     

    Él se fue a seguir buscando el sustento, pero la vida en el parque continúa como si aquel hombre nunca hubiese pasado por las fuentes. Los operarios que construyen una tarima para un evento masivo siguen en su tarea y el barrendero ha abandonado su plática con el celador para sacar la basura de la estación, depositarla en las canecas que están al lado del que corta el césped y seguir en lo suyo. Solo quien escribe se pregunta qué será del individuo que se acaba de subir al bus.

     

    La niña que se impresionó por la flor ni si quiera notó al hombre que se bañó en el parque. Hay paz en el parque de los Deseos un lunes en la mañana. Cada uno esta en su vida, cada quien se preocupa por lograr el sustento para el diario vivir. En cada local hay una persona trabajando para poder llevar el dinero a su hogar.

     

    El parque de los Deseos nació como un espacio cultural y de encuentro sin distingos con los progresos de la ciudad representados en las formas del lugar como una de las excusas. En la Medellín se parques nuevos y remodelados hay más de un lugar así. ¿Qué significa realmente un espacio para el encuentro en que la gente misma pasa desapercibida?

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

    Referencias: