Bañados por la resistencia que dan las letras en los días pasados por agua y por la estridencia de los acordes, así nos recibió el primer día de Altavoz; lleno de reggae, hip hop y rap.
El Festival se sintió como un bautizo para quienes llegábamos por primera vez. Eran los ojos de quienes habían estado en ediciones anteriores los que estaban preparados para lo que pasara. Mientras tanto, para aquellos que apenas entrábamos en el rito, nadar en la situación se hacía difícil, hacer nuestro trabajo bajo la lluvia se volvió odisea indescifrable, llena de preguntas sobre cómo retratar las bandas sin poner en riesgo el equipo.
Fue entonces cuando las bolsas de basura se volvieron capas contra el agua, dejando una batalla campal: el agua contra la cámara y los altavoces que resistían a las nubes. Al ver que no cesaba la tormenta, los charcos se volvieron parte de la danza.
Las fotos estuvieron llenas de color, contrastaban las ropas negras y los impermeables rojos y azules. La luz del escenario se convirtió en una sinfonía con las gotas. A su vez, estos se volvieron, para el ojo del fotógrafo, herramientas para narrar y compartir una historia.
Fue el segundo día del Festival cuando el Metal llegó con voces guturales, baterías de doble pedal y la distorsión exagerada de las guitarras eléctricas. Aquellos sonidos alejaron las nubes e invadieron el recinto con su fuerza pesada.
Entonces el clima cambió. Bajo el sol abrasador que calentó los ánimos de las primeras bandas —y también los del público—, las agrupaciones salieron con toda la energía y el poder dignos del género, aturdiendo con sus gritos a quienes estábamos en primera fila.
Algunos grupos, con propuestas más tranquilas y melódicas, ofrecieron un respiro antes de seguir disfrutando de las multitudes y los pogos. Las 28 presentaciones dejaron como precedente un ambiente cargado de energía y un listón muy alto para lo que sería el cierre del último día, cuando el punk y la música alternativa se encontrarían.
Para el tercer y último día, el clima ya no era una preocupación.
La sátira y el llamado a la pausa parecían haber hecho un pacto para sonar de forma melódica y perfecta. Los taches que decoraban las chaquetas de cuero, correas, pantalones y botas se mezclaban con los magentas de las crestas puntiagudas y las platinas metálicas, haciendo de contrapunto a las camisas holgadas, las faldas largas y los tenis deportivos. Esa mezcla insólita fue la cuota colorida del festival, acompañando a propuestas tranquilas e íntimas, llenas de abrazos entre el público y los cantautores.
Algunos dejaron a un lado la distorsión y los sonidos secos, que escoltaban letras políticas o satíricas cargadas de denuncia, para dar paso a un ambiente más cercano y sereno, donde las diferencias se volvían imperceptibles y la comunión cobraba sentido.
Fue entonces, entre fotos, multitudes y música, cuando se capturó un espacio lleno de esencia y emociones a flor de piel. Una postal que refleja un espacio diverso donde el arte y la expresión del ser siguen llenando las arenas, compartiendo la sensibilidad que solo la música puede despertar.
“Cada persona que conoces, en el momento que compra un disco, que va detrás de un disco, que quiere un disco, siempre va detrás de una historia.”
—Jorge Iván de la Hoz, Granada Chapter
Todo vinilo nace de un disco maestro: una pieza grande y delicada que debe tratarse con el cuidado de un vidrio fino, pues de sus líneas en espiral o más precisamente, de sus surcos, dependerán todas las copias. El trabajo para fabricar uno de estos discos pasa por muchas manos; a partir de él se crean moldes metálicos, mediante prensas y calor, se prensan los discos que luego se recortan y revisan. Tras su paso por la fabrica, el viaje continúa hasta las ciudades donde cobran sentido.
En Medellín el relato del vinilo se escucha gracias a las personas que mantienen vivos sus sonidos: coleccionistas, vendedores, músicos, DJs y amantes de la música. Aunque parece que su moda regresó, la realidad es que nunca se fue. El auge de estos discos viene de una mezcla entre nostalgia, influencias familiares e historias escondidas tras cada tornamesa y cada caratula cuidadosamente preservada.
Entre esos sonidos se escucha la historia de Jaime Franco, un nombre que resuena para quienes han caminado por las torres de Bomboná, visitado la Corporación Ateneo Porfirio Barba Jacob o han buscado un disco difícil de conseguir en el centro.
De 46 años, Jaime es uno de los dueños de Dyler Music. Es un hombre alto, delgado, de mirada profunda y amable, su trayectoria como DJ,coleccionista de vinilos, casetes y CDs comenzó en la infancia; es una persona curiosa y con un oído afinado para los detalles, pero, sobre todo, es un apasionado por la música.
Su historia con el vinilo comienza de manera simple, entre los años 1986 y 1987, cuando tenía cerca de ocho años, su casa era un refugio musical, pues no era raro escuchar las voces de Michael Jackson, Camilo Sesto o Lucho Bermúdez resonando entre sus paredes. El origen de estos sonidos viene de su primo, Jaime Ruiz, un melómano empedernido que una vez al mes organizaba lo que el Dyler llama “las fiestas de garaje”: una fiesta con amigos donde se reunían a escuchar vinilos, algunos casetes y bailar toda la noche al ritmo de diferentes bandas de la época, bajo las luces del patio de su casa en el barrio Buenos Aires.
Sin embargo, la influencia de su familia no terminaba con estas fiestas. Sus padres acostumbraban disfrutar de tiempo juntos alrededor de unos cuantos vinilos y un par de cervezas. Jaime, aun siendo niño, se integraba con naturalidad a esos encuentros: limpiaba los discos y ponía los vinilos en el tornamesa mientras conversaba con ellos sobre la música. Hoy en día, él mismo reconoce ese ritual como su posible inicio como DJ.
El mundo del vinilo gira a distintas revoluciones por minuto (RPM), velocidades a las que deben girar para sonar correctamente, y por sus manos pasaban discos de todas ellas: los 78, de 40 centímetros, considerados los padres de una era musical y producidos hasta los años 50; los 45, más pequeños, de unos 17 centímetros y pensados para una sola canción por lado, populares para sencillos o EPs (Extended plays), discos que reúnen entre tres y cinco temas; y los 33 o LPs (Long plays), de tamaño similar a los 78 pero capaces de ofrecer un álbum completo.
Para Jaime Franco, esas revoluciones no solo marcan el ritmo de la música sino también el de su vida. Su amor por ellas se volvió más personal cuando tenía diez años. Fue entonces cuando sus padres le regalaron su primer vinilo: un disco de la banda chilena, Los Prisioneros. En ese momento, solo conocía algunos temas del grupo, pero había conectado con “El Baile De los Que Sobran” una canción que estaba de moda en las emisoras del país. Ese disco se volvió suyo; lo escucho tantas veces que el sonido fue perdiendo nitidez, desgastado por la aguja y la costumbre. A partir de ese momento desarrollo el hábito de dejar que cada canción del disco le hablara una por una hasta que la música se integró a su ADN.
La caza de un tesoro, que hizo de ciudad
Décadas atrás, conseguir un vinilo como ese en Medellín requería algo de suerte y mucho entusiasmo. Durante los años 70 y 80, la ciudad llegó a tener varias fábricas de discos que producían tanto copias internacionales como grabaciones locales. Sellos como Codiscos, Discos Victoria o Discos Fuentes no solo distribuían grabaciones extranjeras, sino que impulsaban el talento local.
Tener un vinilo de alguno de estos sellos en la casa era tener un pedazo de la historia sonora colombiana. Pongamos por caso Discos fuentes, considerada pionera en la industria fonográfica y una de las empresas más antiguas de América Latina. Fue fundada por Antonio Fuentes en 1934 en Cartagena y trasladó sus operaciones a Medellín en 1954, entre otras razones, por influencia de su esposa Margarita Estrada.
Esta compañía prensaba vinilos y construía memoria. En sus micrófonos se registraron las voces de artistas como el Joe Arroyo y Fruko y sus Tesos.
Sin embargo, el tiempo no se detuvo para la ciudad, y la tecnología tampoco. Hoy, los sonidos de Discos Fuentes vienen a través de bits. La empresa discográfica se convirtió en Edimúsica, una editora musical que se encarga de promocionar y publicar canciones a través de una plataforma digital.
De la misma manera, a comienzos de los noventa, con la llegada del walkman y el auge de los casetes, la experiencia musical se volvió portátil: ya no estaba atada a la sala de la casa; ahora cabía en el bolsillo. Para Jaime, ese pequeño reproductor de audífonos naranjados significó un inicio oficial en su camino como coleccionista.
Así lo recuerda el DylerMusic, esa fue la oportunidad para tener entre sus manos cada vez más música. Pasó de un disco de vinilo a cinco o diez casetes. Empezó a grabar cintas, a intercambiarlas, a armar compilaciones como quien escribe cartas con canciones. Y, sin saberlo, se convirtió en coleccionista.
Aunque Jaime ya era un enamorado del vinilo, no les temía a los nuevos formatos. En 1993 se compró su primer CD, buscando ampliar su colección con aquello que le permitiera descubrir más música. Su curiosidad lo llevó a recorrer la ciudad en busca de nuevos sonidos, y daba la casualidad de que Medellín vibraba con tiendas que eran templos para melómanos: La Feria del Disco, Discos La Rumbita y Compactos y Videos son solo algunas de las que había en la ciudad. Cuando Jaime visitaba una ellas, salía con un disco bajo el brazo, y muchas veces con un casete en mente.
Porque, además de comprar, grababa. Hacía compilaciones caseras para sus amigos, les ponía nombre, las decoraba y, poco a poco, empezó a venderlas. Su trabajo como Dyler había comenzado. Para entonces, el vinilo ya no tenía la misma fuerza. El casete y el CD dominaban el mercado: eran más prácticos y baratos; pero los tres formatos seguían conviviendo. Cada uno gozaba de su propia experiencia de escuchar música y Jaime navegaba entre esos mundos.
Fue así como, el 21 de junio de 1994, encontró un trabajo en La X, una emisora que marcaba tendencia. La radio fue su escuela; allí empezó su camino como Dj, pero de radio, como lo llama él. Aprendió de música, a empatar canciones y a mezclar géneros bajo la tutela de locutores como Julián Bustamante.
Desde ahí, salto a los bares. Llevaba sus maletas llenas de CDs y casetes. El vinilo, aunque más escaso, nunca desapareció de su maleta, y así continuó trabajando hasta que, en los años 2000, la llegada de internet a Colombia significó un duro golpe para los formatos físicos en la ciudad. Si bien las primeras conexiones a internet en el país se rastrean al año 1994, no fue sino hasta el siglo XXI cuando se empezó a convertir en algo común en los hogares.
Con el internet, aumentó la piratería y consumir música era más fácil que nunca. Atrás habían quedado los días de pasear por tiendas de la ciudad en busca del vinilo perfecto. Ahora bastaban unos cuantos clics para encontrar todo el mundo musical al alcance de la mano. No era fuera de lo común encontrarse con la venta de “tripletas” en semáforos de la ciudad: CDs que podían contener toda la discografía de diferentes artistas a precios económicos.
A pesar de esto, Jaime Franco nunca paró de trabajar. Como Dj, puso el vinilo en pausa, los CDs y los casetes, y dio el salto al formato MP3. No obstante, este clásico del audio nunca desapareció. El vinilo permaneció bajo el radar del consumidor promedio y continuó vivo para quienes sabían dónde buscarlo: coleccionistas y melómanos. También, para las manos inquietas de los Crate diggers; personas que buscaban vinilos durante horas o incluso días, hasta encontrar esas joyas perdidas en el tiempo.
Jaime Franco – el Dyler Music ha sido un apasionado y promotor del disco en Medellín. Comparte incluso con colegas como Jorge Iván de la Hoz – Granada Chapter. Fotos: cortesía y Andrés Camilo Hincapié.
Cambios en el negocio y una pasión intacta
En medio de esta transición se alzó Tower Records, en el Parque Comercial El Tesoro, un refugio temporal para el formato físico. Venía directo de California, Estados Unidos, y era conocida como una tienda de cultura musical. Fue clave para la supervivencia del CD y demás medios físicos en una época en que el mundo comenzaba a digitalizarse. En ese mismo lugar, trabajó Jaime Franco, testigo de una industria que empezaba a olvidarse del sonido de los surcos, pero que se resistía a dejar morir lo material.
Entonces se escuchó un grito de lo análogo, el 19 de abril del año 2008 se celebró el primer Record Store Day, el Día de las Tiendas de Discos, protagonizado por la Banda Metalica desde Rasputin Music, en California. Fue un gesto de resistencia frente a lo digital, un homenaje a ese ritual de buscar con intención y descubrir nuevos sonidos.
Aunque nació lejos de Medellín, este gesto encontró eco en Colombia. Desde el año 2023, el país se sumó a la tradición a través de La Roma Records, que asumió el rol de embajadora en Bogotá. Medellín se unió con la participación de Surco Records, en La Pascasia, además, este año 2025, como parte de la última edición, el grupo bogotano Frente Cumbiero lanzó un álbum especial titulado Inconcreto & Asociados, pensado exclusivamente para la ocasión.
Señas de un regreso
Pero no nos adelantemos tanto, ¿cómo volvió el vinilo al frente en la ciudad?
La respuesta no está solo en la nostalgia ni en las colecciones privadas que sobrevivieron al paso del tiempo, está en la escena cultural que empezó a recuperarlo como símbolo. En febrero de 2016, de la mano del melómano Óscar David Sevenina, nació La vinilada, como primera actividad pública de La Licuadora. Inspirado por sus visitas a ferias de discos en París, Sevenina busco replicar en Medellín esos sonidos culturales.
Según cuenta la historia, la primera edición de Lavinilada fue un espacio único en Medellín para conversar, intercambiar y celebrar la cultura del disco, algo poco común por aquel entonces.
Con el paso de los Volúmenes, el evento transitó por varios escenarios y se consolidó como un espacio para celebrar la música y el formato físico. Hoy, Lavinilada se celebra cada tres meses en el Exploratorio del Parque Explora, habiendo alcanzado su Volumen 31 el sábado 14 de junio de este año. Su impacto ha sido tal que ha inspirado otros encuentros alrededor del vinilo, incluso a eventos que han adoptado su nombre.
Sin embargo, falta algo más por contar. Volviendo a Jaime Franco, ¿cómo nació Dyler Music?
Empezó con sus días en el colegio cuando grababa casetes; empezó cuando Jaime compró su primer lote de CDs y vinilos y vendió a sus amigos aquello que les podía gustar; empezó cuando su pareja, Paola Ramírez, mejor conocida como Wonder Pao, le propuso llevar esa idea a otro nivel y crear una página en redes sociales.
Dyler Music es una expansión de su colección personal, una que dice más de él que cualquier palabra. Es un retrato íntimo de su propio mapa sonoro que va de los clásicos a rarezas que solo el oído atento sabe captar. Jaime es un guardián de la memoria que encierran esos surcos. Sabe que algún día no estará para girar los discos, y desea que su colección termine en manos que la valoren. En cada vinilo que guarda hay un pedazo de historia, tanto de la música como de la vida que ha vivido.
Conozca las voces e historias que hacen parte de la vida del vinilo en Medellín haciendo clic en el botón:
Son las 6:55 p.m. de un martes fresco pero pesado en La Floresta, Medellín y pienso en lo lejos que estoy generacionalmente de conocer voces como las de Bernardo Romero Lozano, uno de los primeros directores de cine, teatro y televisión colombiano, o Roberto Uguetti, una de las voces protagónicas de Radio Nutibara, en el radioteatro de los años 40, 50 y 60. De repente noté el alumbrado público y los ruidos del estudiantado de la Institución Educativa Concejo de Medellín tras la jornada escolar y me di cuenta del paso del tiempo, de lo mucho que se ha transformado la urbe. ¿Por qué hoy es ajeno hablar de radioteatro en Colombia? De hecho, resulta ajeno hablar de radioteatro en Medellín.
En la época dorada del radioteatro y la radio tradicional, hace más de 50 años, las emisoras armonizaban el oído de la gente que se sentaba a escuchar “La ley contra el Hampa” (años 50–60) o las aventuras de “Kalimán, el hombre increíble” (1963–1995 en radio) para entretenerse e incluso informarse un poco. Cuando la ausencia de la televisión era colectiva y la radio vivía su época dorada, las radionovelas y el radioteatro acompañaban las horas y los días del pueblo colombiano.
La radio, desde su masificación entre finales de los años 20 y las décadas de 1930–50, consolidó el radioteatro como un formato popular y accesible en toda América Latina: dramatizados, radionovelas y series en vivo llenaron las parrillas e incluso funcionaron como dispositivos de alfabetización cultural y entretenimiento masivo.
Hacer radioteatro en esa época se basa en la ambientación y recreación de historias, con una atmósfera capaz de crear imágenes sin necesidad de verlas en público; sin embargo, el radioteatro clásico y tradicional se transmitían en vivo, a modo de cápsulas dentro de las emisoras de las cadenas grandes de comunicación como Caracol o la Radio Nacional de Colombia.
El cubrimiento y deseo de visibilización del arte en la ciudad y los medios, liderados por la radio, abren espacio a quienes cuentan las mejores historias, a quienes tienen nuevas ideas o quienes logran adaptar las narraciones europeas del teatro clásico. Además, el radioteatro articula lecturas de la literatura, adaptaciones dramáticas y ficciones locales que acompañan procesos de modernización cultural en varios países de la región.
En Colombia, para los años 50, la generación de contenido radiofónico era masiva. La cantidad de propaganda y publicidad radial invitó a las voces de la radio tradicional a realizar locuciones comerciales, narraciones promocionales. La industria comercial fue el primer acercamiento de muchas actrices y actores de teatro contemporáneo; la simultaneidad de la generación de este contenido y la creación del entretenimiento radial permitieron el encuentro tras los micrófonos de profesionales procedentes de diversos ámbitos.
A raíz del crecimiento exponencial de las radionovelas y el radioteatro en cápsulas de entretenimiento, comenzaron a darse espacios de profesionalización como el famoso “radioteatro a escala”. Un recuento histórico hecho por Señal Colombia explica que se trataba de la apertura de espacios dominicales para adaptaciones dramáticas infantiles, hechas por guionistas de un modo tal que se elevaba la calidad técnica y dramática del medio. Ya entre las décadas de 1960–70 la televisión y la radio comercial comenzaron a remodelar sus parrillas de programación con formatos musicales y noticiosos, mientras que las producciones dramáticas migraron a la televisión o se transformaron con estructuras más seriales y comerciales. En Medellín, como en otras capitales, parte del radioteatro tradicional se redujo, aunque siguen existiendo dramatizados y programas locales con tradición.
Del esplendor al olvido
En el siglo XXI han surgido proyectos de revitalización, fusión con prácticas sonoras contemporáneas y estrategias digitales. Colectivos y compañías locales reinterpretan el formato: Radio Escénica de Colombia apuesta por conectar el radioteatro con la escena contemporánea y con festivales nacionales. El Teatro Popular de Medellín, por su parte, saca cápsulas de radioteatro infantil en colaboración con programas educativos de lectoescritura.
Sobrevive además Revelaciones del Bajo Mundo, nacido en 2008 bajo la fiebre de los blogs digitales. Este formato escrito fue creado por el periodista y dramaturgo Nelson Matta, en esa época vinculado a El Colombiano. “Era un blog especializado en la cobertura de hechos noticiosos ligados al crimen organizado en el Valle de Aburrá”, recuerda Nelson sobre Revelaciones del Bajo Mundo. Con el crecimiento que tuvo, fue el único que logró sobrevivir en la actualidad y mutó al podcast.
“La transformación del radioteatro en Medellín es absolutamente triste. Porque es lo que le pasa a la vejez, ¿no?”, me dice Felipe Álvarez, director y dramaturgo del colectivo Radio Escénica de Colombia (REC), el único grupo que hoy sigue haciendo radioteatro en vivo. La vez, dice, “es olvidada. Que es muy querida, es añorada, pero es olvidada. Y eso le pasó al radioteatro en esta ciudad. Esta ciudad fue la que con Tolima y Barranquilla pusieron el radioteatro de moda en el país”. Y, mientras lo oigo conversar, pienso que parece que Medellín lo revivió.
Una casa mágica en La Floresta
Ahora se hace más oscuro. El grupo de estudiantes que me acompaña en el antejardín de una tienda vecina se ha ido. Tras leer un mensaje que me permite ubicarme, veo una silueta en un balcón de lo que parece una casa residencial. Supongo que es para mí. Es Julián Ospina, uno de los participantes de REC, a quien Felipe le ha indicado que me espere en el balcón para abrirme la puerta.
Le sonrío cuando logro identificarlo y comienza a bajar las escaleras en caracol hacia la reja. Cuando se ingresa a la Sala REC te recibe un balcón con una pequeña mesa redonda y sillas con el sticker del grupo. No hay puerta en la entrada: solo un marco de acero negro y un pasillo oscuro que da a un patio cerrado; más tarde se convertirá en el segundo escenario, en Ailatan.
A la derecha, unas telas amarillas juegan a las cortinas. Una tarima improvisada con cojines anaranjados sirve de base. Frente al recibidor, escucho una conversación fantástica de una obra ficticia antioqueña. Por primera vez oigo los cánticos de Plumoncha en vivo, una de las criaturas de Ailatan. Aquella voz que se pausa entre chismes fuera de personaje me conecta con los sonidos que llegan desde el pasillo.
La hora pico de las 7:00 comienza a perderse entre las paredes de la casa del radioteatro. Medellín está sorda y ciega frente a lo que esa casa resguarda. Comienzo a detallar algunos elementos: un piano amarilloso junto a cojines coloridos, instrumentos pequeños, un olor a casa vacía, a café y a juventud. Hay un teatro escondido en La Floresta.
El ensayo comienza. La música inicial está acompañada por un tono infantil y femenino que dice: “Y tú, ¿cómo te llamas?” marca el paso de los demás personajes. La Floresta desaparece y ahora estoy en Ailatan. Julián introduce sonidos que entran en discusión: “Esta escena ya no irá”, “cambiamos el sonido”, “esta es otra opción”. Estoy en La Floresta, me acuerdo cuando se dice “Esperen”, pero luego vuelvo a Ailatan y me imagino a todos los personajes.
Mientras me termino la última cucharada de granola, las cortinas amarillas se llenan de chistes y tablazos. El baile y los diálogos se atropellan entre sí. Más allá de las 8:00 aparece la voz del narrador; figura que más adelante, Felipe me dirá que se agrega al teatro europeo cuando se quiere transformar al radioteatro.
Hacer teatro involucra intervenir constantemente el guion y el montaje. “Esta es una obra prioritariamente escénica, a pesar de que tiene pequeños elementos de radioteatro”, comenta Felipe. Los elementos sonoros se hacen presentes: un cimbronazo metálico se busca entre lo que hay en la casa o en un banco de sonidos.
Dentro de la obra convergen elementos de voz en off, donde los personajes pasan a un plano invisible, detrás del telón, para narrar al público. Los reconocidos follies —sonidos creados en escena por las mismas voces— aparecen aquí. En el radioteatro tradicional había una figura encargada de sincronizar efectos con el guion y los tiempos de las voces.
Hablando de sonidos, la música del ensayo acaba. En un abrir y cerrar de ojos a la Sala REC la invaden las onomatopeyas. Se escucha fuerte y claro un: “ayustubilacatafi” proveniente de la mariposa Yuyú. Me impresiona. Tengo miedo de reírme, pues el elenco está en silencio, concentrado. Yo estoy impactada, ¿con que así hablan las onomatopeyas?, pienso. A partir de ese desconcierto, la normalidad se adhiere a mí. Escuchar a Yuyú me lleva otra vez a pensar que estoy en Ailatan.
Lo que sueñan las voces
Cuando visualizo los ensayos de La niña que aprendió a volar en Ailatan, me remonto a la infancia. Me habría encantado ver luces de colores, escuchar pájaros o reírme junto con La Agustina mientras la actriz saca un cartel que invita al público a reír o sentir miedo de la voz vigorosa del Sr. Nacirema. “[…] hicimos esta obra para tocarle el corazón a niños, niñas y personas más de mayor edad”, agrega Felipe.
La pandemia fue un punto de quiebre. “Cuando nos encerraron y no podíamos hacer nada, como teatro nos esforzamos muchísimo en buscar qué podíamos seguir haciendo. Y pensamos: si los niños no podían ir al teatro nosotros íbamos a llevar el teatro a sus casas. Ahí revivimos la idea de radioteatro que algunos ya habían trabajado”, comenta Teresita Estrada, directora del TPM.
“Las obras que hemos llevado al Radioteatro han sido escritas por dramaturgos del Centro de Creación e Investigación Dramatúrgica, textos pensados para ser vistos y escuchados que transformamos en guiones para ser solo escuchados”, complementa Iván Zapata.
El nacimiento de Radio Escénica ocurrió también en la pandemia. “Bueno, tenemos dos opciones, o paramos acá y hacemos un parche lindo de pandemia o seguimos investigando este lenguaje. Entonces seis de ellos me dijeron: ‘No, Pipe, hágale, pero si tú diriges’. Esa fue la condición. De ahí sale Radio Escénica de Colombia. La pandemia fue nuestro inicio”.
En otra visita a Ailatan, el escenario ha cambiado. Es domingo en la mañana, hay más luz. El pasillo se ve más corto y ancho. Las cortinas amarillas hoy están apagadas. Al fondo cuelgan vestuarios y hojas falsas. Los zapatos en el suelo y el gorro de Galathea dibujan una silueta extraña.
“Y tú, ¿cómo te llamas?”. Comienza el ensayo. Ahora veo más elementos. Visitar los ensayos de esta obra es como armar un rompecabezas de un solo color pero que al final tiene forma. Mis ojos presencian el momento en que el Sr. Nacirema le roba el color amarillo al corazón de Plumoncha.
Escucho aves y criaturas, veo cómo hacen los sonidos que acompañan la atmósfera. Los árboles humanoides se desplazan en el espacio. Y como si estuviera escrito, veo la reacción de una niña al escuchar el idioma de las onomatopeyas; sorpresa, confusión y curiosidad. El tiempo se va volando con las alas de Plumoncha, las de Yuyú y todas las criaturas voladoras de este territorio.
¿Qué depara para el futuro del radioteatro en Medellín? “Yo, por ejemplo, podría con un software de inteligencia artificial revivir la voz de algún muerto que quisiera entrevistar, digamos, Luis Carlos Galán o Jorge Eliécer Gaitán”, responde Nelson Matta. “Yo lo imagino llevando el radioteatro a la ruralidad. […] La radio debería volver a la ruralidad. Porque al final, creo que el teatro debe servir para disminuir brechas culturales. […] La poesía no puede ser un asunto del cual solo algunas personas se beneficien”, agrega Felipe Álvarez.
¿El color amarillo en la ruralidad? Por ahora, solo espero que regrese a Ailatan. Son las 3:00 de la tarde. “¿Cómo así que ya son las 3:00?”, escucho. Pienso igual. El radioteatro escénico exige bastante.
“Bueno, ¿cómo se sintieron hoy? Si seguimos así… nos va a ir muy bien”. Comienza Felipe. “¿Dónde?”, dicen. “Así, ensayando”. Agrega irónico. “¡Ah! Yo pensé que en la vida”. Remata alguien.
“Bueno, ¿qué piensa Susana?”. Se dirige a mí. Solo puedo decir: “¡Esto está increíble! Yo quiero venir a ver esto”.
Se ríen y sonríen agradecid@s. Agradezco la oportunidad. Al pasar la reja, estoy de nuevo en La Floresta. Sala REC, en ese momento, no es más que una casa residencial que curiosamente no tiene puerta. Pero lo tiene todo, porque detrás de esa fortaleza de acero negro está desempolvado el cajón del radioteatro en Medellín.
Vea y escuche un recorrido por el radio teatro de hoy
La agrupación de rock Lilith llega al festival Altavoz 2025 celebrando 25 años de actividad y un rastro imborrable de empoderamiento femenino. Repasamos esta historia con Tatiana González, líder y una de las fundadoras.
“Aquí en Medellín no hay casi bandas de mujeres ¿por qué no creamos una banda de mujeres?”. Así es como Tatiana González recuenta los inicios de Lilith, que desde el 31 de marzo del año 2000 tiene un espacio propio y cada vez más reconocido en una escena históricamente protagonizada por hombres, con letras cargadas de empoderamiento femenino y denuncias sociales.
En la descripción de su Spotify se encuentra consignada la frase que mejor podría definir a la banda: “Lilith es rock. Es convicción. Es poder femenino en escena”. ¿Por qué estas mujeres eligieron el rock? ¿Convicción de qué? ¿Cómo se hace visible ese poder femenino?
“El rock me permite expresar sin fronteras, sin radicalismos, desde lo fuerte, desde lo suave, desde los riffs, desde los beats potentes de batería, desde los teclados suaves y las voces melodiosas. Y hacer catarsis de lo que llevo adentro”, explica la guitarrista Tatiana González.
Tatiana lo expresa con una claridad acorde con una historia de tres álbumes en estudio y múltiples logros y reconocimiento a lo largo de la vida de una agrupación que usa el rock como una herramienta de expresión con los rasgos que convocaron a estas mujeres en un mismo proyecto: “Para nosotras, el rock siempre ha sido de denuncia y de visibilizar, de decir las cosas. A medida que hemos adquirido experiencia (…) sentimos esa responsabilidad social de visibilizar todas esas situaciones que vemos y que queremos expresar como lo son la violencia contra la mujer, el acoso, y la violencia en general, y creemos que el rock es una herramienta muy poderosa para decirlo.”
Según la mitología hebrea, Lilith fue primera esposa de Adán, a quien abandonó por voluntad propia. Acorde con ese deseo de resistirse a cualquier relato hegemónico, desde su fundación, Lilith ha estado cerca de los sonidos fuertes, inspirados en el hard rock y rock alternativo con tintes de metal. Al principio componían en inglés. Tatiana explica que en los inicios estaban convencidas de llegar al mercado anglo. Sin embargo, conforme el tiempo maduró su proyecto, se convencieron de que su espacio estaba primero en la conexión con el público más importante: el local. “Entendimos que nuestro público era Colombia y empezamos a darnos cuenta de que, si componemos en español, conectamos más con la gente y empezamos a ver los resultados”.
Lilith, también es convicción que, según la RAE, es una “idea profundamente arraigada que rige el pensamiento o la conducta”. A juzgar por lo que plantean composiciones como Scream!, Sin Miedo, Palabras o Colombiana: erradicar temores impuestos, cantar sobre emociones, mundos profundamente íntimos con los que muchas personas –no solo mujeres– pueden identificarse. Letras de estas y otras canciones como Stalker, Requiem, Amor/Dolor, demuestran el interés por un profundo mensaje en contra de las violencias contra las mujeres y a favor de la expresión femenina en todos sus espectros.
Lilith: “Más que rock femenino, es rock hecho por mujeres”
Pero su música no es exclusivamente para un público femenino: eso de “rock femenino” a veces se malinterpreta, explica Tatiana. No es rock femenino. Es rock hecho por mujeres, aclara. Aunque sus letras buscan inspirar, hoy su público es mayoritariamente masculino y por esta razón el reto de Lilith es incorporar a ese panorama nuevas voces femeninas para que se atrevan a tomar el escenario. Su estrategia es simple: la voz potente de Laura Azul, los riffs de Tatiana, el bajo de María Clara y el teclado de Marcela alteran la química del cerebro para que despierten las ganas de explorar más sonidos con esa impronta.
La participación del productor y baterista Andrés Giraldo en el grupo es la prueba de los retos de un proyecto de este tipo: los cambios de integrantes. De entrada, los músicos dedicados a este instrumento son escasos y Lilith no ha encontrado la mujer que asuma de forma permanente la percusión. Justamente, en 2020, la vocalista Camila Botero dejó la banda, ad portas de la grabación de Sin Miedo, que se convirtió en el álbum más desafiante y significativo, que terminó con las voces de varias cantantes invitadas para interpretar cada canción. Tatiana lo describió como un proceso “bonito y sororo”, una obra en la que cada voz se adueñó de los temas y disfrutó plenamente del proceso.
Bajo la misma línea de pensamiento que orienta la carrera de Lilith, desde la banda se promovió el MMM Fest –”Más mujeres músicas fest”–, que impulsa la presencia femenina tanto en el escenario como detrás de él. “No faltan mujeres, faltan escenarios”, afirma Tatiana y detalla: “Nuestra meta es llevarlo por Colombia y Latinoamérica para abrir oportunidades y visibilizar el talento femenino”.
Reconocimiento histórico
Por su aporte a la actividad cultural y social de Medellín, por su postura a favor de los derechos de las mujeres, el pasado 11 de junio del presente año, Lilith recibió la Orden al Mérito Débora Arango en la categoría Justicia, un reconocimiento otorgado por el Concejo Distrital. Fiel a la idea de que han consolidado un camino que une el arte y el activismo, Tatiana considera que: “Fue un honor gigantesco (…) sobre todo con la orden al mérito Débora Arango, porque ella también fue una artista disruptiva (…) es una responsabilidad de continuar con nuestro trabajo, no es solo seguir con nuestra música y con nuestro trabajo artístico, sino seguir luchando por los derechos de las mujeres (…) así como también seguir trabajando por la equidad en este medio”, dijo en conversación con el equipo de Contexto.
El poder femenino de Lilith llega al festival Altavoz 2025, donde con el público celebrarán cada proyecto: desde el primer concierto, hasta sus 25 años de labores, que incluyen giras de promoción y circulación fuera del país, videoclips de alta calidad en producción, discos que muestran los giros de su propuesta musical, entre muchas otras cosas, además de una larga lista de mujeres tocadas por su música, cuya participación ha demostrado la validez del poder femenino en el rock, de una voz que ha logrado romper barreras porque se debe gritar el doble, porque la satisfacción al ser escuchadas es mucho mayor; porque se toca y se canta con fuerza, pero sobre todo con amor, como dice Tatiana: “Lo que uno hace con amor sale bien siempre”.
Medellín, la ciudad de la gente, de sus sonrisas, de su calidez contagiosa. Medellín, la ciudad de colores rebosantes, de saludos entre desconocidos y momentos únicos. Medellín, la Medellín de las ferias y fiestas, la del orgullo paisa. La Medellín de tradiciones, la Medellín montañosa que florece.
Sábado 10 de agosto, Feria de las Flores, desfile de autos clásicos y antiguos. 7:50 a.m. el evento tiene novedades en su desarrollo, parte de un nuevo recinto, la Universidad Pontificia Bolivariana, existe expectativa, esta es la vigésimo séptima edición del desfile, autos convertibles.
Mañana fría, silenciosa a la hora, el cielo clarito, poco movimiento, los parqueaderos empedrados entre el bloque 11 y el bloque 9 de la universidad son el lugar en el que aguardo, estoy identificando la dinámica del espacio, observo, y cómo si de un suceso de aquellos inexplicables se tratara, giro la mirada, sin haber aguardado mucho, y veo cómo se aproxima una de esas camionetas que son imposibles de no voltear a ver, de esas que encuentras por ahí muy pocas veces, de aquellas que les revuelven los recuerdos a los padres y abuelos de muchos, una Mercury M-100 modelo 59.
Una camioneta quizás azul, quizás verde clarito, depende de a quién le preguntes; pero si le consultas a su dueño, es color verde marfil. La camioneta de don William Pérez, el señor de mirada tranquila, ese que a simple vista se sabe que tiene las más bellas cualidades, que preguntarle algo es fácil por la sonrisa con la que te recibe.
Parquea el vehículo en el lugar indicado. Me presento. Le pido un ratico de su tiempo, me sonríe, no es bueno para hablarle a una cámara o a una grabadora, pero le encanta el desfile, le encanta la gente, le encanta compartir su pasión; no se niega, pero me invita a hablar con ella.
Me dice que ella, su nieta Laura, me responderá todo lo que necesite, que ella sabe todo lo necesario. No mintió, Laura, una joven de 23 años, me saludó, apretó mi mano, y comenzó a contarme como si se tratara de un guion, la historia detrás del vínculo de su familia y el evento y la razón por la cual esa mañana, habían tres personas allí, don William, doña Emperatriz y Laura, la nieta que va a mantener viva esta tradición en la familia Pérez, porque ama los carros tanto como su abuelo lo hace, eso dice doña Emperatriz, quien sonríe mientras la mira y agradece el amor que le tiene a esta tradición que tanto la hace vibrar a ella, a su esposo y claro, a Laura.
Laura puede decir que toda la vida ha hecho parte del desfile porque según su abuelo desde los dos años asiste y según ella es desde los seis. Hay un tema que resolver ahí, pero en medio de las risas a ambos les encanta hacer suyo ese espacio, porque siempre ha sido así.
Ella, como la determinó don William cuando me estrechó la mano, la contadora, la joven de ojos brillantes, presencia segura, cabello rubio y sonrisa risueña, me explicó que hace 20 años la camioneta participa en el evento y que cada año preparan con meses de antelación la vestimenta y la temática con la que adornarán la camioneta y siempre, asegura, procuran que el nuevo desfile supere al anterior. Este año lo que buscaron fue honrar la cultura cafetera, mandaron a hacer unos chalecos en colores ocre y crema para estar a juego y fueron a Fredonia días antes a fin de comprar unos palitos de café para adornar el volco de la camioneta junto con unas hortensias azules y blancas que combinaban a la perfección con las canastas, el verde de los palos de café y sus trajes.
Laura Pérez, la que le dice pa a su abuelo, a la que a leguas se le siente el amor por esto, el amor por el hombre y la mujer que están a su lado, el amor por lo que dice, por lo que cuenta y por la historia de su familia, te conquista inmediatamente y te hace sentir esas chispas en el estómago por la pasión que detalla.
Cuenta que ha crecido tanto el gusto por estos vehículos, que su carro del diario es un Willys modelo 54 que tiene hace 4 años. Ella siempre recalca que esto es una pasión, un amor pa’ toda la vida, que espera pase de generación en generación y cree que esto sucederá cuidando al carro y amándolo mucho.
Emperatriz Medina, la mujer de altura media, de esas que frunce el ceño cuando estas lejos y cuando te le acercas tiene una sonrisa dulce, la mujer que lleva veintidós años asistiendo al desfile y compartiendo esta pasión con su esposo. La que se siente exclusiva y muy contenta al asistir cada año a este evento. La que se siente muy orgullosa de que Laura se haya enamorado de este cuento, porque como lo dice su abuelo, ella se pegó sola. Doña Emperatriz está segura de que si algún día su esposo falta, su nieta continuará con la tradición, porque a pesar de que a su hijo esto no le suena mucho, Laura es una apasionada y eso a ella le encanta.
William Pérez, el señor de 68 años, un hombre cercano a la vez cauteloso. Servicial como ningún otro, el de gafas cuadradas y sonrisa tímida. Al que desde siempre, desde pelao’, le han gustado los carros viejos, al que no le falta la bendición por la mañana cuando hay desfile, ese, don William, el que antes de la camioneta Mercury M-100 modelo 59 que tiene actualmente, había tenido seis antiguos, como el Simca, Ford 54, Ford 56, Willys, Comando, Renegade 77 y la Wagner.
Don William, el que dice que vio esta camioneta en el año 2004 y se enamoró, porque era un carro distinto a todos, un carro de lujo en la época, exclusivo; el mismo señor que dice que con los años este gusto no se le acaba, me contó qué el vendedor tardó casi un año en entregársela, pero eso no le impidió visitarla todos los días para sobarla en el parqueadero en el que estaba. Apenas le fue entregada, comenzó el proceso de restauración, quitó cada pieza no original del vehículo y se dedicó a recobrar la esencia de la camioneta, remplazando hasta los frenos de aire por los frenos de fábrica. Actualmente, luego de muchos ires y venires, de muchas horas de don William dedicadas a la Mercury en taller, se encuentra en proceso de búsqueda de las placas de antigüedad, ahora que está jubilado y se dedica a organizar carros y a consentir su camioneta.
“Todo, todo, todo está como vino el carro: fresnos, dirección mecánica, todo.” William Pérez hablando de la camioneta.
Dentro de los preparativos para el evento, la familia debe enviar fotografías del vehículo, posteriormente se verifica la originalidad y el estado de este, para luego hacer el pago de la inscripción. Días antes del evento don William prepara con gran detalle la camioneta, la mima, la ama, y eso se siente, la adora y la sonrisa en su rostro lo delata.
Inicia el desfile, 10:30 a.m. sonidos por doquier, grandes motores resuenan, bocinas de todo tipo suenan al unísono, el sol llegando a su punto más alto y a pesar de lo que esto podría significar, las personas bordean la vía de salida de los autos, nada les impide presenciar el comienzo del desfile. Vehículo 231, allí van don William, doña Emperatriz y Laura, sonriendo, llenándose de la alegría con la que también se colman los presentes.
Apenas salieron de la universidad sintieron el cambio en la ruta. Fue toda una nueva experiencia vivirlo desde la UPB. Muchas personas, se sentía lo magno del evento de apertura, Laura compara esta edición con la tradicional en la sede de El Colombiano, en dónde, a pesar de ser abierto al público, el aforo era más reducido, con menos movimiento. Sintieron algunos problemas en la logística, claro, hubo bastantes cambios, pero se lo disfrutaron a cada kilómetro bajo el abrazador calor que cubría a la ciudad en ese momento.
Laura dice que el valor del desfile reside, en gran medida, en enseñarles a los más pequeños de la historia de la ciudad tras estos vehículos, a la par que se les transmite el amor por esta pasión que tantos corazones moviliza. Y no miente, porque los niños lo adoran, preguntan, se suben, piden fotos, van de aquí para allá, los ojos les brillan cuando ven un carro de estos pasar.
El desfile partió de la UPB, continuó por Bulerías y la 33, posteriormente tomó la autopista Sur y luego la avenida Regional, pasando después por la avenida Ferrocarril y Las Vegas, hasta llegar a la universidad Eafit, donde culminó en horas de la tarde.
Viajaron en el tiempo, sentían que el desfile, este año, semejaba a los desfiles de antes que circulaban por las vías que hoy conocemos como secundarias. En algún momento el desfile tuvo mucho protagonismo recorriendo las calles del barrio Laureles y Floresta; esa ruta era más cercana, más con la gente, tal como lo sintieron en esta ocasión.
Igual que en cada desfile, no hubo novedad alguna con el vehículo, como dice Laura, se portó súper bien, como siempre lo hace. Desafortunadamente, no tuvieron la misma suerte una Ford, similar a la Mercury y un Willys azul clarito, autos que ayudó a desvarar don William, tal como siempre lo hace, eso le gusta, disfruta ayudar, sabe demasiado de carros, y procura que el otro esté bien.
“De las mayores cosas que yo quiero aprender de mi abuelo es la virtud del servicio; siempre el servicio a los demás, siempre está para los demás. Entonces ese es como un objetivo de vida”. Laura Pérez hablando sobre su abuelo.
Este desfile abrió las puertas para que muchos de los espectadores ingresaran al lugar de apertura y de cierre del evento. Fue bastante diferente, dice Laura, pero le parece bonito que las personas puedan disfrutar como lo hicieron aquel día de los autos.
Los Pérez no suelen ingresar al lugar en dónde culmina el desfile, pues para la tarde ya se encuentran bastante cansados y lo único que desean es llegar a casa y descansar un poco. Pero este año decidieron entrar, lo hicieron a las 4 p.m. y se lo disfrutaron con el tradicional salpicón, del que cuenta Laura; ese que cada año reparten a los participantes. Este postre también hace parte de la costumbre del evento; todo este suceso es una tradición.
“Todos los años dan un salpicón, entonces es como ya una tradición”. Laura revela una de las tradiciones del desfile.
A las 5 p.m. salieron, fueron a comer algo para comentar sobre el evento, estar juntos y hablar de cómo les fue. Y así esperar al próximo, para perpetuar en el tiempo esta bonita tradición de la familia Pérez, del amor que se tienen y que le tienen a esta pasión.
Luego de haber hablado con los tres, a pesar de aquellos imprevistos que pudo tener el evento en la presente entrega, siempre coinciden que este desfile es y será el momento del año más esperado, debido al legado tras esta tradición, al empeño que disponen en el cuidado, decoración y preservación del vehículo. Pues, a pesar de que salen en la camioneta en cada ocasión posible, es innegable que esta siempre se sentirá como la vivida muestra de la unión que han construido entre los tres; este evento es el símbolo cúspide del vínculo que se consolida con cada año que pasa y esperan que eso nunca cambie.
“Mi abuelo es el amor de mi vida, así sea un viejito cantaletoso” dice Laura entre risas, mientras lo mira de lejos consentir la camioneta.
El Decreto 0667 de 2021 regula el Desfile de Silleteros en Medellín, establece normas para proteger, preservar y actualizar la tradición de cada año.
Cada agosto, cuando Medellín vive su tradicional desfile de silleteros, no solo se vive la fiesta más emblemática de la ciudad, sino que se pone a prueba el valor de esta expresión como patrimonio cultural inmaterial, reconocido a nivel internacional por la tradición que tiene como respaldo y de la que el público en general conoce sus aspectos más importantes. Lo que poco se conoce es cómo se preserva esa tradición, cómo se logra mantener inalterados esos detalles que son emblemas de dicha tradición. Con ese propósito se promulgó el Decreto 0667 de 2021, que regula el desfile y el oficio silletero.
El Acuerdo Municipal 035 de 2017 establecía parámetros de calificación para los silleteros y sus silletas y definía, por ejemplo, que el vestuario sería considerado como parte de la calificación. El Decreto 0667 de 2021 se encargó de especificar ese marco regulatorio que establece exigencias tanto a los silleteros como a las organizaciones que los representan, junto con las entidades públicas y privadas involucradas en la organización del evento. La Secretaría de Cultura Ciudadana ahora lidera la coordinación del desfile, trabajando en estrecha colaboración con la Cooperativa de Silleteros de Santa Elena (Co S.E.).
El propósito es mantener viva la tradición mientras se adapta a las exigencias de un contexto en el que, por ejemplo, el público del desfile se extiende a un gran número de turistas extranjeros que buscan entender el contexto y la historia del espectáculo que se ve cada año en las calles de Medellín, mientras al tiempo ese interés atrae otros actores que son parte de esa dinámica turística, pero cuyos intereses pueden implicar distorsiones sobre la historia, el sentido, la originalidad y hasta la calidad de la expresión silletera.
¿Cuáles son las técnicas, las flores tradicionales? ¿Cuáles son las fincas originales, las técnicas de cultivo autóctonas? Para mantenerlos vigentes entre las nuevas generaciones de silleteros se han implementado programas de formación y capacitación, con el objetivo de fortalecer sus habilidades en la preservación de las técnicas tradicionales y asegurar la participación activa de las nuevas generaciones.
Luego de la capacitación, la norma mantiene la exigencia de ese conocimiento que se enseña entre los silleteros. El marco regulatorio incluye normas minuciosas que abarcan desde la cantidad y variedad de flores permitidas, el peso y las dimensiones de las silletas, hasta el vestuario de los participantes. Además, se establecen sanciones para quienes no cumplan con estas normas, con la intención de garantizar un desfile organizado y de alta calidad.
Para conocer con más detalle las normativas silleteras se pueden interactuar con la siguiente imagen:
Don Antonio Grajales, un silletero con una larga trayectoria en el desfile, expresa su opinión sobre estas normas diciendo que: “Estos reglamentos hacen que el desfile se convierta en algo para mostrar y no en un evento del pueblo”. Sin embargo, también reconoce la necesidad de mantener el orden en un evento que ha crecido exponencialmente y atrae la atención internacional.
El público del desfile reconoce cada vez más los detalles de una buena presentación silletera. Foto: Juliana buitrago Osorio.
Por otro lado, voces más jóvenes como la de la silletera Daniela Londoño, que hace parte de el desfile ya que heredó el contrato su padre hace 18 años, expresa que: “En este caso, ese contrato abarca las obligaciones del silletero para conservar la tradición, pero al mismo tiempo exige a la administración actual los deberes para nosotros como silleteros, como es el caso del reconocimiento económico que nos otorgan, transporte, alimentación, etc. Y el incremento anual de ese reconocimiento.” Destaca que estas regulaciones no solo aseguran la continuidad del legado silletero, sino que también establecen derechos y garantías para quienes participan, como el reconocimiento económico y logístico.
Jonathan Londoño, un silletero de la categoría emblemática, comenta que estas regulaciones no están alejadas de la realidad silletera, pues están creadas por y para los silleteros, en función del mantenimiento de la tradición en el futuro. Pero también expresa su descontento, ya que considera impotente, integrar la innovación en el desfile o en la forma de la elaboración de las silletas, pero estas normas no han permitido la novedad que él espera integrar; como el uso de inteligencia artificial o realidades virtuales a la silleta. Encontrando una tensión entre la preservación de lo tradicional y la adaptación a un mundo en constante evolución.
Añadiendo una perspectiva histórica de la tradición, Ana Abeiba Londoño, pionera y participante del primer desfile de silleteros, recuerda lo diferente que era el desfile en sus inicios, relata que el desfile era corto, no era bien pagado, se llevaba las silletas que se quería, con la vestimenta que fuera y resalta que ahora “hay que estar bien pegado a las normas porque hay mucha mucha gente lo va a ver a uno”.
La implementación de toda norma siempre se enfrenta a la necesidad de equilibrios. Por ejemplo: que las exigencias no hagan el oficio inviable, pero que sí se garanticen unos mínimos que mantengan la tradición,el valor cultural, el sentido social del desfile y su calidad como espectáculo tradicional. Lo positivo es que lo que se ha logrado es producto del trabajo mancomunado entre los silleteros y la administración. De se modo se entiende que la responsabilidad de los gobiernos es también con las manifestaciones culturales y los factores sociales y hasta económicos que conllevan.
Nos alejamos de Medellín y el paisaje se tiñe de un naranja rojizo, característico de los ladrillos en las fachadas de las viviendas aledañas a la carretera que conduce al sector de Machado, que deja de ser la carrera 44 y se vuelve la diagonal 45 de la creciente ciudad de Bello, metros después de un frustrado autódromo que lucha contra la maleza. A la orilla contraria, imponente, se levanta una edificación azul y blanca cuya cornisa está repleta de metros y metros de alambre de púas. No puedo evitar tragar un poco de saliva al ver como una inmensa puerta vehicular nos da ingreso al hermético primer filtro de acceso.
El frío gélido de las 7:00 a. m. se infiltra por entre las ventanas a medio abrir. Estamos a la espera del dragoneante Sepúlveda, quien cuenta con nuestras autorizaciones de ingreso. Conforme la espera se intensifica, un bus se estaciona detrás de nosotros, del cual bajan personas en fila y esposadas entre sí. Algunos tiemblan y chasquean sus dientes y es difícil saber si se trata de una reacción al clima o a otro tipo de elementos externos. Reconozco que no es un panorama sencillo, sabiendo bien que nunca me he enfrentado a este tipo de entornos.
El docente de la Universidad Pontificia Bolivariana (UPB) y director de su Centro de Producción Audiovisual, Álvaro Hoyos, estaciona su vehículo para proseguir con el registro necesario para ingresar al Centro Penitenciario Bellavista, el cual, contrario a cualquier prejuicio, recibe a sus visitantes de brazos abiertos —claro está, siguiendo todos los lineamientos necesarios—.
Cuando le comenté a mi familia sobre mi visita a, quizás, uno de los lugares más inusuales a los que me ha llevado mi trayectoria como periodista amateur, me advirtieron de tener cuidado a la hora de ser requisada al ingresar, sin embargo, los rigurosos filtros no se sintieron invasivos más allá de todo lo protocolario. Trato de concentrarme cuanto más puedo y aguzar todos mis sentidos, puesto que a partir de este punto, todas mis pertenencias se quedan atrás.
Guiada por Hoyos, atravesamos un pasillo con decoraciones alusivas al buen comportamiento y a los valores institucionales del recinto. El docente me pregunta cómo me siento y con gran naturalidad, respondo que no tengo tantos nervios como pensaba. Atravesamos un espacio con poca iluminación, donde se realizan las visitas conyugales. El policía de turno en aquel espacio saluda efusivamente y nos permite pasar a un pasillo en las zonas abiertas y verdes del lugar. La mayoría de hombres porta pantalones caqui con naranja, escucha música en radios y se desplaza en grupos por doquier.
Una enorme pared de ladrillos blanca permite ver a través de su cima alambrada las imponentes montañas de la ciudad, los edificios y el verde característico de nuestra “eterna primavera”. Abajo, un mural que lee “los sueños son libres”. Hay figuras religiosas, uno que otro gato que se pavonea entre las personas y para mi gran sorpresa, un estanque de peces. Sin tener mi reloj a la mano, calculo que deben ser un poco más de las 8:00 a. m., aún así, hay un gran movimiento de funcionarios y privados de la libertad que hacían tareas de cuidado de los espacios.
Bajando un par de escaleras, en una esquina en la que jamás me hubiese fijado, un letrero anuncia el ingreso al Centro de Producción Audiovisual de Bellavista, con un estudio televisivo dotado con cámaras y equipos gracias a la UPB. Es posible encontrar la Radio Penitenciaria de Colombia (RPC), la primera del país en emitirse desde una cárcel y ser escuchada por más de 50.000 personas, patios de diversos recintos carcelarios, familiares de reclusos y señales reportadas de oyentes desde el extranjero.
Luces, cámara y antes de la acción
Los orígenes del canal Bellavista Televisión se remontan mucho más atrás de la intervención de la UPB. En 1990 se comenzó a evolucionar gradualmente el sistema penitenciario del país, con el fin de resocializar a los reclusos en pro de generar espacios para la comunicación y la adquisición de conocimientos en habilidades afines a la producción y edición de material audiovisual. Posteriormente, el surgimiento de Bellavista Stereo, la emisora del establecimiento carcelario se incorporó a esta iniciativa que incluye también a personal del Inpec (Instituto Nacional Penitenciario y Carcelario) y ha servido de ejemplo para otros centros penitenciarios nacionales que han desarrollado sus propios proyectos radiales o televisivos que abordan temas de interés general tanto para reclusos como para la sociedad en general.
En 2017, Durán, un dragoneante activo en aquel entonces en Bellavista, se pone en contacto con el docente Hoyos, solicitando ayuda para el Centro de Producción de Audio y Video (Cepav). Despertando el interés del docente, acuerdan verse en el campus universitario, donde Durán comenta que los inicios del Cepav se remontan años atrás, cuando se instalaron más de 200 televisores dentro del centro penitenciario que posteriormente fueron removidos por el director de entonces. Sin embargo, la estructura de los televisores seguía intacta, lo que llevó a un acuerdo con Cable Bello para la realización de productos audiovisuales en una frecuencia del canal que pudiera ser visto en las celdas.
Ese mismo año, la Arquidiócesis de Medellín encargó a la UPB el cubrimiento de la visita del Papa Francisco al Centro de Eventos La Macarena. Para esto, se utilizó una unidad móvil, la cual fue adaptada de lo análogo a lo digital y a bordo de la cual se hizo el cubrimiento del evento por parte de un equipo conjunto de la UPB y el Cepav. Es así como Bellavista recibe su primera gran donación de equipos por parte de la institución educativa.
El proyecto recibió un golpe sorpresivo cuando el Dragoneante Durán falleció. El proyecto quedó pausado indefinidamente. Aquello, hasta que, a inicios de 2025, el nuevo encargado, el dragoneante Sepúlveda, buscó ponerse en contacto con Hoyos para reactivar el Cepav. Previamente, se habían donado micrófonos, consolas, cámaras, trípodes y demás elementos para el desarrollo de actividades en la radio y en el canal televisivo, sin embargo, algunos de estos ya no se encontraban en el mejor estado. De la mano de proveedores aliados a la UPB, se dotaron nuevos equipos para el uso de los reclusos y se comenzaron a impartir clases de lenguaje audiovisual y de imagen, que recopilan una gran variedad de temas de interés para el desarrollo y producción de videos y otros productos.
Hoyos espera escalar este convenio en algo más allá de los cursos y las dotaciones. Espera convertir esto en algo interinstitucional que pueda ligarse al área de formación continua universitaria, debido a las oportunidades que brinda a futuro para el desempeño laboral de los privados de la libertad. De la mano del rector de la UPB y del director de Bellavista, busca generar espacios de intercambio entre ambas instituciones, puesto que tienen infinidad de conocimientos que compartir, construidos por la experiencia profesional y el estudio que estas personas tienen de la materia, incluyendo cátedras universitarias con miembros del programa. Esta formalización ha madurado progresivamente y ahora es cuestión de tiempo que la secretaría general dé su aval para finalizar el vínculo. “Las rejas están en la cárcel. Si ellos (los reclusos) aprenden y trabajan, van a poder generar maneras de sentirse libres en su espíritu”, recalca Hoyos, añadiendo también que “incluso hay gente en la calle que se siente presa por muchos motivos. (…) Está en nuestro ADN como comunidad Pontificia ayudar a los otros”.
Un latido común audible entre micrófonos
Al entrar al Cepav, Hoyos me muestra el lugar donde se desarrollará el curso del día de hoy. No es un espacio particularmente grande, cuenta con un muro lleno de repisas con los implementos donados por la UPB, unos dos o tres computadores en perfectas condiciones, anaqueles que, asumo, serán para mayor almacenamiento y una particular lámpara con forma de luna que se enciende y apaga intermitentemente, dándole una sensación fresca al lugar.
Hoyos saluda jovialmente a quienes ingresan por la puerta, listos para la que sería la segunda clase dictada por el docente en estas instalaciones. Me dispongo a encontrar un buen asiento en la medialuna formada por las sillas para los asistentes y no es hasta luego de haber recibido un vaso de agua que arriban el dragoneante Sepúlveda y otro par de privados de la libertad a la sala, a quienes el docente me introduce: “Es periodista del medio universitario Contexto UPB. Viene a acompañarnos hoy para escribir sobre estas iniciativas audiovisuales dentro de Bellavista”.
Comparto un saludo cordial y breves apretones de manos mientras me indican sus nombres y me explican que trabajan en la cabina de la RPC. Escucho atentamente, hasta que me solicitan una entrevista en vivo desde la cabina radial. “¿Yo? ¿Una entrevista?”, pienso. A pesar de haberlas realizado tantas a otras personas a lo largo de mis estudios, nunca se me ocurrió que alguien podría tener interés de realizarme una a mí. Accedo sin pensarlo mucho.
En la pared al fondo del reducido espacio, las enormes letras RPC anuncian con gran orgullo a que se destina este lugar. Frente a dicho letrero, es posible hallar una consola equipada y un par de monitores de gran tamaño, útiles para la dirección de la radio. El techo se adorna con luces led que cambian de color cada cierto tiempo. Un par de mesas juntas albergan ordenadores, micrófonos Rode, sillas de escritorio y para mi gran sorpresa, fuentes y camas para una gata inmutable de cuya presencia casi no me percato.
En esta radio participan comunicadores sociales y periodistas, tanto de profesión, como empíricos. Es un espacio de constante aprendizaje y crecimiento, donde cada invitado que arriba, pasa a ser parte de la extensa historia, aún en desarrollo de la RPC. La cabina, modernizada y dotada gracias a la iniciativa de los reclusos y de la UPB, me recibe calurosamente con música sonando por lo bajo para poder hacer audibles las voces de quienes me hacen un espacio en la mesa principal.
Los reclusos me explican que estos espacios son comunes para sus oyentes, donde invitados han pasado por la cabina a contar sus historias o su relación con las iniciativas del Cepav. “El docente Hoyos ya ha venido muchas veces. Nos encantaría que nos brindaras un punto de vista diferente”, dicen. Aún con los nervios de saber que mi voz retumbaría en los parlantes de muchos centros penitenciarios del país en pocos minutos, me dispuse a tranquilizarme para responder todas las preguntas que me realizaban, las cuales variaron desde el propósito de mi visita como estudiante, la relación de la UPB con Bellavista, mis motivaciones tras la elección de estudiar mi pregrado y demás temas afines.
En las pantallas de los ordenadores, puedo ver los mensajes en directo que llegan a la radio de seguidores solicitando canciones. “Es mi primera vez en la radio”, digo, una vez me indican que estamos fuera de aire. Los presentes se sorprenden, aludiendo a mi manera de responder. El dragoneante Sepúlveda incluso cuestiona mi acento, preguntándome si vengo de otra región del país por mi vocalización y neutralización. Entre risas, recibo cálidas bienvenidas en caso de un futuro regreso y menciones de que es bueno dar visibilidad a estudiantes universitarios sobre iniciativas y temáticas como lo es el Cepav de Bellavista.
Sesión de capacitación orientada por el director del CPA de la UPB. Foto: Agencia de Noticias UPB.
Dentro del aula de la medialuna
Con manos temblorosas, salgo de la cabina hacia el salón donde Hoyos dicta clase a los privados de la libertad. Es una locura, ¡acabo de salir al aire en la radio! Me hubiese encantado avisar a todos mis familiares y allegados en el momento para que pudieran haberlo oído. Al ingresar al espacio, el docente se encuentra explicando las fases de la producción audiovisual.
Hay más de 10 personas sentadas escuchando activamente. Algunos escriben en libretas, mientras que otros participan con gran entusiasmo: Es inspirador ver cómo cada uno tiene una manera diferente de aprender. Hoyos habla con apropiación y recurre a una gran variedad de términos, ejemplos y recursos audiovisuales que pueden interesar a su público: la importancia del trabajo en equipo en la televisión, géneros y formatos de la grabación de contenidos, uso de planos y ángulos, riesgos en un set, entre otros. Me sorprendo al ver cómo los privados de la libertad hacen alusión a conocimientos previamente adquiridos en el curso, mencionando interfaces de edición con las que ya se encuentran familiarizados, comentando sobre fotogramas y demás temas que a mí misma me costaron semestres enteros en memorizar.
El tiempo destinado para estos cursos va desde las 8:00 a. m. hasta las 12:00 m., aproximadamente, puesto que después de dicha hora es difícil el ingreso y la salida del centro penitenciario. Es por esto que Hoyos busca optimizar el tiempo al máximo, pasando a una especie de segunda clase del día: gramática del lenguaje audiovisual. Al tomar en cuenta lo previamente explicado, procede a enseñar sobre el uso de planos, ángulos e iluminación, a sacar provecho del movimiento en la cámara, a relacionar de forma sensata el sonido y la imagen y a resaltar el sentido de pertenencia de sus aprendices enfatizando en que cada persona tiene un área de interés en la que puede ahondar a la hora de realizar proyectos.
La clase llega a su fin cerca del mediodía. Entre agradecimientos y elogios, los privados de la libertad se despiden de Hoyos, quien pide a todos repasar atentamente sus notas y los conceptos estudiados en las clases realizadas hasta aquel entonces, puesto que realizará un examen evaluativo al finalizar el curso. Me enternece ver cómo le preguntan al docente si es posible que comience a regresar dos veces a la semana, en lugar de una sola, quizás en ansias de exprimir al máximo los aprendizajes y espacios fuera de la rutina que mantienen a todos los reclusos entretenidos y motivados al adquirir nuevas habilidades que podrán poner en práctica en un futuro.
Un mundo de posibilidades, a pesar de los sesgos
Los centros penitenciarios como Bellavista son espacios de cambio, inflexión, reconstrucción y autodescubrimiento. No sólo para sus reclusos, sino también para quienes entramos de manera expectante y con una guardia más alta de lo que se requiere. Esto me lo demuestra la amabilidad con que fui recibida y con la que me despiden mientras hago el mismo recorrido que hice al ingresar para salir junto a Hoyos. Un par de personas lo intercepta en el corto camino, disculpándose por no poder estar en la clase del día y pidiendo que envíen los archivos utilizados por el docente de forma impresa al dragoneante Sepúlveda –encargado de coordinar los ingresos y horarios de los cursos con el docente–, para así poderlos estudiar al no haber estado en la explicación.
No es extraño en este tipo de establecimiento el generar sesgos y cierto temor a ojos de una sociedad discriminatoria, sin embargo, las iniciativas de aquellos quienes están motivados a crecer y salir renovados, demuestra ser más grande que cualquier prejuicio dentro del Cepav. Hoyos me pregunta cómo me sentí. Asiento levemente antes de responder positivamente, “Donde no tengas (contenido suficiente) para sacar un texto… imposible”, me dice, entre risas y evidentemente debo darle la razón.
En fechas más recientes, posteriores a mi visita, Hoyos ha continuado con los cursos afines a producciones audiovisuales en el Cepav, y la RCP ha desarrollado diversos productos, como un podcast en el cual acogieron al jugador de fútbol Juan Guillermo Cuadrado como invitado e incluso una radionovela titulada “Estratos de amor” que busca retratar una perspectiva distinta del romance y los estratos socioeconómicos con relación a los centros penitenciarios.
La mayoría de privados de la libertad con quienes pude interactuar de primera mano mantienen una actitud de optimismo frente a su estatus, recordándose que nada nunca será para siempre y que cada persona es una construcción de fragmentos de instantes y momentos. Suspiro mientras el auto que conduce Hoyos nos vuelve a acercar a esa conocida jungla de concreto en que vivo. Debo contar esta experiencia al mundo, porque a diferencia de los momentos, los recuerdos que me llevo sí serán para siempre.
Por años, Medellín ha cultivado una imagen de ciudad innovadora, resiliente y comprometida con la transformación social. Sin embargo, en los márgenes de esa imagen avanza un fenómeno que incomoda, interpela y evidencia las brechas sociales que persisten: el crecimiento de la población habitante de calle.
Más que una consecuencia visible de la desigualdad, el aumento de personas que viven en las calles se ha convertido en un reto cotidiano para miles de ciudadanos que perciben cambios significativos en la seguridad, el uso del espacio público y la convivencia barrial. Estos impactos son el cabo que se puede seguir para entender esa tensión no resuelta y cómo ese asunto “pendiente” afecta a toda la ciudadanía incluso a la que, a pesar de las estrategias oficiales, sigue habitando en cada vez mayor número las calles de la ciudad.
Según cifras del Departamento Administrativo Nacional de Estadística (DANE), en 2019 se registraron 3.214 personas en situación de calle en la capital de Antioquia. Sin embargo, para 2023, el Concejo de Medellín informó un aumento drástico: cerca de 7.075 personas vivían en condiciones de calle. Esta duplicación en tan solo cuatro años pone en evidencia un fenómeno en expansión, alimentado por factores como el desempleo, la crisis económica, las secuelas de la pandemia y el consumo de sustancias psicoactivas.
Esta cifra puede ser explicada por una situación reportada un año antes por la Personería Distrital de Medellín cuando más de 500 personas de origen indígena ejercían la mendicidad en la ciudad, específicamente en cuatro comunas, entre ellas La Candelaria y Guayabal. De estos, 245 eran niños, niñas y adolescentes. Y es importante subrayar que aquellas cifras eran, puesto que entre omentos “pico” como el de 2022, estas personas van y vienen de sus resguardos y su número en las calles cambia, lo que pone de manifiesto que el rostro del habitante de calle ya no es únicamente el del adulto marginado por la pobreza, sino también el de distintas personas atrapadas en circuitos de exclusión, vulnerabilidad y explotación.
Frente a esta realidad, el gobierno local de Medellín ha implementado estrategias que combinan asistencia básica, procesos de rehabilitación y programas de resocialización. La Política Pública Social para los Habitantes de la Calle del Municipio de Medellín (2017-2025) establece un marco integral de atención. De igual forma, el Plan Integral de Seguridad y Convivencia Ciudadana (PISCC) 2020-2023 contempla intervenciones en puntos críticos del espacio público, reconociendo que las acciones deben ser integrales y sostenibles para evitar que problemáticas como la construcción de “cambuches” o refugios improvisados se trasladen a otros sectores de la ciudad, sin resolver de fondo la situación.
A mediados del 2024, por ejemplo, el Concejo de Medellín reportó la atención de 5.709 personas habitantes de la calle. Sin embargo, los esfuerzos parecen insuficientes frente al crecimiento constante de la población en la calle y su concentración en zonas estratégicas de la ciudad. Datos actualizados de la Alcaldía de Medellín, en marzo de 2025, mencionan que existen al menos 16 puntos críticos en la ciudad, entre ellos sectores de Laureles, Guayabal, La Aguacatala y el Centro. Durante un operativo de 72 horas liderado por el “Sistema Habitante de Calle”, se desmontaron 187 cambuches, se incautaron 28 armas blancas y se compactaron 10 toneladas de residuos. Aunque la intervención permitió la atención básica a unas 500 personas, solo 140 continuaron en proceso de resocialización.
En 2025, 383 personas en situación de calle accedieron a una oferta de 20 cursos del SENA en áreas como panadería, jardinería, confección, pintura e informática. De estos procesos surgieron oportunidades concretas: 34 de los 45 graduados en febrero de 2025 ya contaban con vacantes laborales gracias al apoyo de entidades como el Grupo Éxito, el Jardín Botánico y la Oficina Pública de Empleo del Distrito.
Pese a estos avances, las cifras evidencian que las acciones estatales siguen siendo más reactivas que preventivas. Mientras los operativos de limpieza urbana y los programas de formación representan respuestas importantes, la percepción entre muchos residentes y comerciantes es que las intervenciones carecen de continuidad, profundidad y un enfoque estructural que ataque las causas de raíz.
En medio de esta realidad, el malestar de los vecinos crece. En barrios como El Centro y Guayabal, algunos habitantes señalan el aumento de la inseguridad, el deterioro del espacio público y la falta de acompañamiento estatal como detonantes de una tensión urbana creciente. La presencia de habitantes de la calle no solo plantea desafíos sociales, sino también preguntas incómodas sobre el derecho a la ciudad, la convivencia y el fracaso de los modelos de inclusión.
A través de un recorrido por algunos barrios más afectados y el testimonio tanto de quienes habitan la calle como de quienes la transitan a diario, se intentará comprender cómo se vive y se resiste este fenómeno desde los distintos lados de la ciudad. Porque más allá del número de cambuches desmontados o de personas resocializadas, está la pregunta que Medellín tiene pendiente: ¿qué tan preparada está la ciudad para integrar, y no solo controlar, a su población más excluida?
Voces y rostros del debate sobre la vida en las calles de Medellín
A Colombia, la televisión llegó en 1954, durante el gobierno de Gustavo Rojas Pinilla. La primera transmisión mostró al presidente inaugurando la televisión en Colombia, después de meses de preparación. Las familias más acaudaladas recibieron el acontecimiento desde sus casas, y se instalaron otros televisores en vitrinas de Bogotá y Medellín, permitiendo que más personas presenciaran el bautismo de un nuevo medio de comunicación en el país.
A partir de entonces, la llamada “caja mágica más querida de los colombianos” evolucionó. Con canales públicos y privados, la oferta televisiva se amplió y cada vez más personas hicieron del televisor un electrodoméstico fundamental en su vida cotidiana. Es común escuchar que alrededor de la televisión se encontraban las familias, y que el entretenimiento que ofrecía era tal que, incluso, contribuyó al decrecimiento de la natalidad en la segunda mitad del siglo XX.
Y en este panorama, cada vez más diverso, emergió en las pantallas de los colombianos y medellinenses un actor raro y disruptivo: junto con otras iniciativas de periodismo alternativo y popular, apareció la televisión comunitaria. MinTIC la define como el servicio de televisión sin ánimo de lucro que tiene por finalidad satisfacer necesidades educativas, recreativas y culturales con énfasis social y comunitario. Canales en donde los ciudadanos se veían a sí mismos y a sus vecinos, en algo alejados de las agendas globalizadas de los grandes medios, pero reconectados con sus problemas y deseos locales.
Con la irrupción de las tecnologías digitales y las transformaciones en los medios de comunicación, la mayoría de las iniciativas de televisión comunitaria desaparecieron. En Medellín, unas pocas propuestas en vía de extinción se mantienen, y Canal Zona 6 TV es una de ellas. Asentados en la comuna 15, Guayabal, se enfocan en trabajar con niños que se forman y producen audiovisuales. Actualmente cuentan con 35 presentadores infantiles, 18 voluntarios y una parrilla de contenidos que apuntan a apoyar procesos comunitarios y construir memoria barrial.
Como Canal Zona 6 TV, en Medellín existen decenas de medios comunitarios con enfoques y formatos distintos. Muchos de ellos son medios digitales y multimediales, como Santa Elena Online; algunos aún se difunden impresos, como Universo Centro y El Guayaquil Times; hay incluso propuestas radiales, como La Esquina Radio y La Cuarta Estación. Pero en todos ellos, y a partir de eso comienza mi conversación con Alejandra Osorio, directora de Canal Zona 6 TV, permanece una pregunta fundamental: en un contexto hiperconectado y globalizado como el actual, ¿para qué medios populares y comunitarios en Medellín?
Descentralizar los procesos de comunicación
Para dar respuesta a esta pregunta, es importante regresar sobre los orígenes de los medios populares y comunitarios en Medellín. Mónica Valle es docente del Politécnico Jaime Isaza Cadavid, y una de las investigadoras más destacadas en el ámbito. Mónica explica que el primer medio comunitario que se rastrea en la ciudad fue televisivo: la Corporación Antena Parabólica Barrio El Salvador, en la zona oriental de la ciudad, con el objetivo de “crecer de mano de la comunidad, tratando de llegar con la señal a toda la comuna”.
Aunque en el artículo 20 de la Constitución Política de Colombia ya hay una declaración que ampara por los procesos de comunicación en el país, el apoyo gubernamental en Medellín no se asentó hasta 2013, con el acuerdo municipal 073, que sienta las bases para la creación de una Política Pública de Medios y Procesos de Comunicación Alternativos, Independientes, Comunitarios y Ciudadanos (MAICC). Esta propuesta comenzaría a implementarse con el Decreto 2124 de 2019, convirtiendo a la ciudad en la segunda del país en adelantar una política de este tipo, solo después de Bogotá.
La Política acoge, además, a otro tipo de medios que no encajan en el concepto de lo popular y lo comunitario. Mónica Valle, que hizo parte de la construcción de la Política, explica por ejemplo que las denominaciones de alternativo e independiente permiten la acogida de medios que no tienen vocación comunitaria e, incluso, que son operados por una sola persona. Aram Aharonian, periodista uruguayo, contribuye al esclarecimiento de estos conceptos: lo comunitario es cuando el medio está cerrado a unas fronteras, a una delimitación de territorio; lo popular, en cambio, excede incluso eso, pues tiene vocación de narrar a la población, al mundo.
Así, la comunicación popular y comunitaria, explica Aram, se opone a la comunicación corporativa o corporada, en la que caben los llamados medios masivos: comunicación que no busca informar ni liberar, sino servir a intereses privados. Por tanto, este trabajo se centrará en los primeros, descartando otros medios nombrados como alternativos, independientes, masivos y demás.
A pesar de la Política Pública, en la actualidad los medios populares y comunitarios atraviesan dificultades, principalmente de tipo económico, que ponen en velo su existencia.
Financiación, juntanza y subsistencia: cuestiones de postura
Periferia Prensa es un medio popular impreso. Tienen sede en la Comuna 10 de Medellín, pero sus ediciones tienen cobertura en varias regiones del país. Aunque cuentan con una página web y redes sociales consolidadas, tienen claro que el periódico impreso posee características de lectura que la digitalidad no logra cubrir. Por eso, 20 años después de su fundación, Periferia lleva 179 ediciones imprimiendo un periódico que no es ni corto, ni endeble, y que distribuyen a clientes suscritos al medio y casuales que lo adquieren por 4mil pesos o de forma gratuita.
Llaman la atención por un modelo de gestión que se distancia de la perspectiva que posee gran parte del gremio en la ciudad. Domingo Builes, mejor conocido como El Flako, es su administrador, y explica que ellos no hacen juntanza, ni buscan aliados; sencillamente tienen amigos que les acogen y les permiten existir: habitantes que les ofrecen posada en sus territorios, organizaciones que esperan mensualmente cada edición del periódico y vecinos que les recibieron en sus litografías. “Esto es un equipo, un periódico y una corporación que se hizo con amigos, porque creemos que la amistad es fundamental”, explica El Flako.
Desconfían, además, de las formas de financiación basadas en recursos públicos. Conocen algunos ejemplos de medios que se recostaron en este modelo y eventualmente quebraron. Por eso, miran con escrúpulo a la Política Pública de Medios, y se resisten a habitar de forma directa espacios que intentan cobijarlos desde lo público. Defienden la autogestión a capa y espada, pero sí se presentan a convocatorias de estímulos lanzadas desde la Alcaldía. Así no hay riesgo de censura, ni asistencialismo.
Alejandra Osorio, en cambio, se ubica, por decirlo de alguna manera, en el otro lado del espectro. Además de dirigir Canal Zona 6 TV, está al frente de la Mesa de Medios Comunitarios de Medellín, una juntanza creada con el fin de fortalecer los medios de comunicación y hacer seguimiento a los apoyos gubernamentales, principalmente a la Política Pública de Medios.
En opinión de Osorio, el colegaje o juntanza entre medios es fundamental para asegurar la existencia de estos actores:
Alejandra explica, además, que la Política Pública de Medios y el Presupuesto Público Participativo ha beneficiado a los medios populares y comunitarios, permitiéndoles expandir su acción en los territorios. El camino no ha sido fácil, pues los cambios de administración y la demora en la implementación de la política retrasa algunos procesos; pero la iniciativa y veeduría constante de la Mesa de Medios ha permitido que el apoyo gubernamental se mantenga.
Las voces alternativas, las voces de la periferia
El 12 de septiembre de 2024, en el marco del Encuentro Nacional de medios alternativos, comunitarios y digitales, el presidente Gustavo Petro causó revuelo al hacer una separación tajante entre la función de los medios tradicionales y alternativos. Según el presidente, unos tratan de “manipular la conciencia popular hacia los intereses exclusivos, y egoístas muchas veces, de los propietarios de esos medios”, y los otros, en cambio, buscan “lograr que cada ciudadano tenga una apreciación más subjetiva de diversas fuentes de la realidad”. Seguido de esto, anunció que el 33% de la pauta oficial del Gobierno Nacional se destinaría a estos últimos, lo cual marca un hito en la financiación de este tipo de medios.
Apenas unos días más tarde, El Espectador publicó un editorial problematizando esta visión. En él, explican que el panorama es, seguro, más complejo, y recordaron que a menudo la historia de Colombia ha mostrado lo contrario: medios alternativos asentando el poder y la injusticia, y medios tradicionales cuestionando y acogiendo la diversidad de voces. Esta visión, además, pone de frente una problemática que en Periferia Prensa enuncian: a menudo los apoyos gubernamentales conllevan a la censura y autocensura, y con ello se pierde la vocación independiente y disruptiva de los medios populares y comunitarios.
Al preguntarnos entonces por la función de los medios populares y comunitarios, habría que partir por esa aclaración. Existen medios que, bajo estas y otras denominaciones, continúan reproduciendo lógicas de poder, o como dice El Flako: “hay mucha gente que dice que es popular y alternativa sin el sentir de las comunidades. Y así, terminan destinando dineros públicos en intereses muy privados”. Alejandro Echeverri, editor de Periferia Prensa, piensa algo parecido: “no solo por uno llamarse alternativo, popular o comunitario, ya per se eso lo va a hacer a uno contrahegemónico. Creo que con el enunciado no basta”.
Pero también los hay que, genuinamente, buscan eso de comunicar las historias y necesidades de las comunidades. “El relato fabricado sobre lo que es Medellín, sobre lo que es Antioquia, es un relato con muchas falsedades, muchas hipocresías, muchas inconsistencias, muchas desigualdades, muchas blanquitudes, de negar la diferencia… Y creo que si los medios comunitarios y populares existen es precisamente para disputar ese relato” explica Alejandro. Por eso, dicen, se llaman Periferia; no porque pretendan “dar voz” a alguien (expresión victimizante y discriminatoria, porque supone la carencia de voz de una comunidad), sino porque buscan un periodismo reposado y enfocado en aquellos que históricamente han sido invisibilizados por los medios de comunicación masiva.
Ahí está una clave para la existencia de los medios populares y comunitarios. Mónica Valle coincide en ello: “son útiles porque siguen siendo espacios de expresión y difusión (…). Tener medios comunitarios que nos estén hablando de los intereses de las comunidades, de sus problemas, de sus opiniones respecto al gobierno, lo empresarial, lo cultural, lo ambiental… Eso siempre será bien recibido, porque lo que menos favorece a una democracia es la única voz o el único medio”.
En los medios populares y comunitarios encontramos, por ejemplo, algo parecido a lo que Jesús Martín Barbero describía como mediaciones: los lugares en donde se producen los sentidos que sostienen las culturas. En ellos, las comunidades se reconocen, encuentran oportunidad de leerse y fortalecen su ciudadanía participando de los debates públicos.
Además, alrededor de este tipo de medios se gestan oportunidades de educación y cultura que unen y fortalecen a las comunidades. Ese es el caso de Canal Zona 6 TV, La Esquina Radio y Mi Comuna 2; proyectos que, incluso más que como medios, se perciben como procesos en los que, contando con la comunicación como excusa, agrupan a niños, niñas, adolescentes y adultos interesados en expresarse y construir ciudad a partir de la palabra.
Pero, aunque su valía esté justificada, los medios populares y comunitarios continúan enfrentando un reto esencial: llegar a los públicos e involucrarlos en sus iniciativas. Así lo reconoce Alejandro Echeverri:
Mónica Valle, como docente e investigadora, reconoce también que la difusión es una cuestión transversal y fundamental para estos medios. Explica, por ejemplo, que la relación con las universidades es débil, y que a menudo sus estudiantes no conocen los medios asentados en sus barrios y comunidades. Esta sensación se relaciona con los resultados de la investigación que Mónica adelantó en 2012: en general, un medio es tanto más valorado en cuanto se acerca y relaciona con las comunidades a las que intenta impactar.
Este debate toma especial importancia en el contexto hiperconectado y globalizado en que actualmente vivimos. Los medios comunitarios deberán pensar e implementar estrategias que atiendan esta problemática. En este sentido, iniciativas divergentes como las propuestas que adelantan en la Mesa de Medios Comunitarios, podrían esbozar caminos a imitar.
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Los medios populares y comunitarios son espacios privilegiados para la construcción de ciudad y la apropiación de la palabra. Por ello nacieron, y por ello siguen existiendo.
Como otros tipos de organizaciones sociales, son actores frágiles y cuya existencia parece discurrir en un constante estado de emergencia. Por eso, es tan difícil encontrar medios en la ciudad que cuenten con más de 10 años de trayectoria. Iniciativas como la de la Política Pública de Medios y la Mesa de Medios Comunitarios pretenden robustecerlos y prevenirlos de la desaparición; pero también queda trabajo por hacer, de parte de los ciudadanos y de los responsables de los medios.
Y, sin embargo, como explica Mónica Valle, de alguna forma los medios populares y comunitarios han existido siempre, porque apuntan a la necesidad humana de expresarnos, de comunicar. A través de ellos imaginamos otras formas de vivir, otros modelos de mundo, de ciudad. En ellos, las comunidades, incluso las más periféricas, reconocen que sus voces son valiosas y merecen ser escuchadas. Para eso necesitamos medios populares y comunitarios en Medellín. Por eso hay que defenderlos.
En Cereté, Córdoba, el Festival Nacional de la Cumbiamba ha logrado establecerse como un evento insignia del arte y folclor del municipio. Sin embargo, la comunidad debate si el éxito del evento significa o no una fuerte identidad cumbiambera.
Un siseo surge de las corrientes leves del rio, cuando las ondas del agua son apenas perceptibles a la mirada gracias a las bondades de un sol que no descansa y acaricia con destellos los bordes de la superficie. Es un sonido constante, pero no estático. Parece que se renueva, que se reinventa con cada pisada sobre el cemento resquebrajado de las calles de Montería.
En mi memoria está el mismo siseo, pero a orillas de lo que hace décadas era puerto. Una espesa maleza pro la que en medio pasa un hilo delgado de agua, sin los leves movimientos que le son naturales a los cauces, ocupa hoy el espacio de lo que algún día se llamó Caño Bugre. Aún se ven muchachos lanzándose desde un puente de hierro pintado de amarillo.
Cuando tuvieron fuerza, estas aguas llevaron silbidos de gaitas y temblores de tambores para las primeras cumbiambas. Por allí llegaban músicos de otras tierras con afán de hacer real el rumor de que el río le hablaba al que supiera tocarle a las bailarinas una buena secuencia de tambor y que luego, sobre la canoa, el músico elegido podría escuchar también los conjuros de una luna conquistada por la música de gaitas.
El festival- o “La Cumbiamba”, como le decimos los cereteanos- es el punto culmen de la cultura que se gesta en Cereté, Córdoba. Cada año, en la víspera de Semana Santa, los días pasan lentos y las noches se hacen eternas cuando las brisas se tornan cumbiamberas. Durante 32 años, se ha mantenido y hay quienes dicen que tendría alrededor de 40 versiones, si se tuvieran en cuenta actividades que datan de 1985.
El certamen reúne artistas locales y a la comunidad cereteana para preservar la música folclórica regional y promover tradiciones musicales de otras zonas del país. En él, la danza y la canción se vuelven vehículos de historias, valores y tradiciones para conectar generaciones. En los bailes se abrazan secretos, en los movimientos se guardan gesticulaciones de viejos cortejos, en las letras se esconden historias de los pueblos. Cada paso, cada tamboreo, cada guapirreo puede conectar a quien lo vive con su origen, con su camino.
Cuando cae la noche y las calles quedan iluminadas por la luna gaitera de Cereté, el hombre engancha el sombrero vueltia’o mientras se saca el pañuelo y lo entrega a la mujer, quien con la mano derecha lo recibe y sobre él ubica el puñado robusto de velas blancas y largas; y con la izquierda se agacha y agarra la pollera entre las puntas del índice y el corazón. Es el guapirreo, un “jueeeeeeeepaaaaaaaa” de voz rasgada, fuerte y brotada de las entrañas lo que marca el inicio. La vaina ya se formó, la vaina ya se formó.
Con la falda entre mis dedos, el pelo amarrado y el manojo de velas soportado con fuerza sobre mi palma derecha, me dispuse a entrar a la rueda. Solo hace falta otro guapirreo, porque la rueda se puede bailar con una pareja a quien se le clava la mirada de la invitación, o bien sea, también, en la luz incandescente que provoca una mujer que danza sola.
Cumbiamba es ritmo y manifestación
La cumbiamba hace parte de un gran conjunto al que se le ha llamado popularmente como “música de gaitas”, que tiene sus orígenes en el siglo XVI, en los primeros encuentros entre negros, indígenas y africanos. La música de gaitas, como la conocemos actualmente, adquiere en el siglo XX algunos de sus elementos distintivos como la inclusión de la tambora, de los textos y la creación de una escena musical alrededor de los festivales[1] para llegar hasta lo que hoy se conoce como Cumbiamba, que en sus inicios fue una fiesta al aire libre de acordeones, tambores y guacharacas.
Ahora, se comprende únicamente como expresión cultural, sino también como un ritmo que se diversifica en forma y nombre, según la influencia negra e indígena que haya preservado la zona del litoral colombiano en la que se dé. Sin embargo, en el fondo, permanece por su vínculo estrecho a la música de gaitas. A esta idea de un encuentro triétnico de diversidades musicales y dancísticas se adscribe el Festival Nacional de la Cumbiamba.
La Cumbiamba: punto de encuentro
Esta manifestación del sentir y hacer cumbiambero no sido ajena al reto de mantener a la comunidad vinculada a lo que llaman “identidad cumbiambera”. El Festival de la Cumbiamba, “a la larga es un espacio que hace que uno se encuentre, que uno se identifique con lo que es, con lo que le gusta, con lo que es de acá, de nuestra tierra, de aquí de Cereté”, expresa Álvaro Martínez, músico joven partícipe del evento.
El Festival comprende el Desfile Infantil “Semillero cumbiambero de paz y alegría” y el Desfile Cumbiambero de Mayores. Los concursos varían entre parejas de baile infantiles y juveniles, canción inédita de cumbia, mejores intérpretes de tambor alegre y gaita corta y grupos de gaita corta infantiles, juveniles, aficionados y profesionales.
Además, se hacen tomas culturales bajo figuras como el Día de la Cultura Cumbiambera, que al igual que Cumbiamba a la Escuela, tiene lugar en las instituciones educativas del municipio. Hay también presentaciones especiales con las llamadas “capitanas”, la lectura del bando, la agenda en la tarima artística y el concierto de cierre del festival.
No todos muestran interés por las mismas actividades. Por eso también hay espacios de concurso, espacios de enseñanza y aprendizaje (instituciones educativas y el Centro Cultural Raúl Gómez Jattin) para gestores y líderes socioculturales, profesores, estudiantes, artistas y personas con interés en participar de la divulgación de saberes mediante la puesta en escena y la muestra.
No obstante, el frenesí de cada año con sus respectivas versiones del certamen, divide opiniones sobre qué tan vinculada se siente la comunidad cereteana con la llamada “identidad cumbiambera” que soporta y promueve el festival. Álvaro Martínez lo expresa así:
“El festival está perdiendo credibilidad, está perdiendo como su auge […] Cuando hacen toda la programación, cuando ya llegan como tal los concursos por categorías, ya la plaza está vacía, ya en la plaza solamente quedan unos pocos que les gustan y los que están participando. O sea nos vemos entre nosotros mismos. […] Los escenarios no se llenan, el único día que se llena, y eso lo compruebo todos los años, es el último día. Se llena porque llevan a un artista ajeno al festival entonces apenas se acaba, la gente se va. Una vez hicieron primero los concursos de gaita y después al final dejaron el artista y pues se mantuvo la plaza llena, pero este año primero trajeron al artista, fue Checo Acosta, apenas ese man se bajó de tarima, ahí quedaron los mismos de siempre”.
Tevinson Díaz Carmona- músico, compositor, coreógrafo, docente e investigador alrededor de la Cumbiamba- considera que, además de que los artistas invitados sean un atractivo para las masas, la ausencia de público en las muestras de los artistas locales también tiene que ver con una ruptura entre la comunidad y el hecho cultural cumbiambero. Dice Díaz que la comunidad no ha podido asumirlo como propio por la forma en la que se piensa y planea el evento, que se llena por los invitados, pero no por la música de gaitas. Opina que no se puede pretender mayor asistencia si entre los asistentes falta educación sobre la cumbiamba.
El porqué del sostenimiento del festival en el tiempo se responde bajo distintas percepciones y motivaciones. Una de ellas tiene que ver con los procesos pedagógico-participativos que se dieron de manera previa a la realización de los primeros festivales y que se mantuvo, incluso, cuando este no se pudo realizar por casi una década.
En los 80, Argemiro López Doria, docente y gestor cultural, comenzó a integrar a los jóvenes en los distintos comités del Festival, desde la logística y planeación hasta las decisiones artísticas. Años más tarde, Alberto Saibis Saker, entonces alcalde de Cereté, fomentó las escuelas populares cumbiamberas en cada barrio. Óscar López, escritor, docente y gestor cultural expresa que: “Si la cumbiamba, la música de gaitas y tambores, no tenía pasado registrado, desde ese momento tuvo un futuro asegurado […] Los niños que en esa época asistieron a las escuelas, se convirtieron en instructores y formaron sus escuelas, hoy famosas”.
En efecto, aquellos niños hoy son coreógrafos, músicos-compositores o bailarines del Festival. Con el mismo propósito, el Liceo León de Greiff- conocido como “El León”-, institución educativa de carácter privado, fundó un grupo de pitos y tambores al que nombraron “Los Cumbiamberos”. Álvaro Martínez, hijo de este semillero, cuenta que sus contemporáneos que de alguna forma se vincularon a la tradición cumbiambera, tienen en común el colegio: “Es El León, realmente es eso, ese proceso y esa etapa que todos tuvimos al mismo tiempo”, dice en referencia a figura en la esfera cultural cereteana como Elaine Parra, Tevinson Díaz, Arveys Meléndez y Carlos Negrete, quien afirma: “le debo mucho a el Liceo León de Greiff, por siempre y para siempre, esa parte del colegio que a nivel cultural, a nivel de arte, de cultura y de todo lo que tiene que ver con el mundo de los artistas, ellos siempre los van a inculcar.”
Ahora son muchas las instituciones educativas que cuentan con sus propios semilleros. Óscar, actual rector de la Institución Educativa Cañito de los Sábalos, sostiene que desde los colegios se vienen orientando “procesos culturales, no sólo de formación, sino también de una búsqueda de raíces de dónde vienen las expresiones culturales propias del municipio de Cereté”.
El Festival se apoya en el trabajo de la Fundación Sociocultural de la Cumbiamba desde 2011. José Gregorio Gúzman, artista, gestor cultural y miembro dafirma que: “Lo que más lo sostiene es la gente que hace parte de los procesos por medio de fundaciones y organizaciones privadas, el esfuerzo tan bárbaro de gente, que hasta terca a veces, nos ponemos para que esto no decaiga”.
De la Fundación provienen estrategias como Cumbiamba a la Escuela, que entre un mes y dos semanas antes del Festival. Las capitanas elegidas del año recorren todas las instituciones educativas de Cereté con grupos de pitos y tambores para hacer charlas y actividades pedagógicas: la narración oral sobre el origen de la cumbiamba en Cereté; muestra de baile, pitos y tambores; y un espacio para aprender toda la parte instrumental.
José Gregorio sostiene que: “Cumbiamba a la Escuela ha resultado porque las nuevas generaciones de cereteanos, más que las viejas, identifican al festival como propio”. A su turno, María Camila Simpson, bailarina de 22 años y excapitana del festival, considera que la estrategia está bien planteada y cree que sí ha logrado un impacto en las juventudes y su interés por el conocimiento alrededor de la cumbiamba.
Sin embargo, Álvaro Martínez, de 18 años, inscrito en el contexto folclórico desde su primera infancia, no siente que haya una vinculación profunda del festival con la comunidad, y en menor medida con las generaciones recientes: “Acá en Cereté, ya en la juventud pues, es difícil encontrar músicos de este género que tengan un proceso como de muy, muy pequeño y se hayan mantenido. La mayoría, cualquiera, puede decir de una tambora que la toca, toca la base de cumbia machucada, pero porque de pronto una vez en el colegio se lo enseñaron o porque alguna vez lo aprendió y ya, pero no es como que se quede dentro de esto”.
Tevinson Díaz considera que la voluntad de Cumbiamba a la Escuela es buena, pero hay vacíos y la actividad debería profundizar, más allá de la muestra dancística y musical. Por su parte, Carlos Negrete, docente, bailarín y miembro de la Fundación, considera que: “La identidad empieza con la educación. ¿Con qué educación? Con la escuela de formación, con Cumbiamba en la Escuela, con la identidad de tomar a nuestra familia y decirles, mira, es Cumbiamba, estamos en tiempos de Cumbiamba, vamos a que esto siga vigente y vamos a enseñárselo a mi sobrino, a mi hijo, a mi papá, a mi mamá, a mi hermano, y se va expandiendo y el municipio crea una identidad de que si cada año, una semana desde Semana Santa, nuestro municipio de Cereté se cree un ambiente cumbiambero”.
María Raquel Pacheco, gestora cultural y participante del Festival desde sus inicios, afirma que: “No es solamente a las personas mayores que van a disfrutar del festival, (…), sino que estas generaciones que se están formando entiendan que la cultura hace parte de la vida, (…) hay unos saberes, hay unas memorias, hay unos procesos históricos, hay unos procesos de construcción colectiva, que son importantes conocerlos para poder entender en qué contexto estamos”.
A lo largo del año, eventos “satélites” mantienen el calor de la cumbiamba: el Reinado Cultural del Algodón, las Fiestas de la Candelaria, el Día de la Cumbiamba y La Rueda del Cumbión de Cereté. Esta última se celebra cada 8 de diciembre como una rueda de cumbia en la plaza del centro cultural.
Considerando todos los puntos, es posible plantear una mirada que, más allá de pretender responder si los procesos actualmente emprendidos en el municipio tienen o no un impacto profundo, duradero y sostenible culturalmente en los diversos grupos etarios, busque preguntarse por el cómo de estos procesos. El relevo generacional puede ir enfocado más que al hacer coyuntural, a la comprensión de por qué el ritmo de cumbiamba, la manifestación de la misma y la representatividad de ésta en el festival, es relevante para el municipio, para los procesos comunitarios y para la construcción de una memoria colectiva a partir de la elementalidad tradicional de un presente cotidiano. Como también lo plantea María Raquel: “que estos espacios educativos, estos espacios de esa agenda cultural, vaya de la mano con esos procesos que permiten que la gente conozca”.
La identidad cultural de Cereté, como las aguas de lo que un día fue su caudaloso Caño Bugre, está en constante movimiento; y así como solo es posible nadar en calma un río si vas con su corriente, solo es posible cuidar un legado que se comprende y asume desde su esencia. Los cereteanos herederos de esta tradición que ha crecido, se preguntan cómo manejar el legado que reciben para que se saboree con facilidad, pero mantenga su cadencia.