Medellín, la ciudad de la gente, de sus sonrisas, de su calidez contagiosa. Medellín, la ciudad de colores rebosantes, de saludos entre desconocidos y momentos únicos. Medellín, la Medellín de las ferias y fiestas, la del orgullo paisa. La Medellín de tradiciones, la Medellín montañosa que florece.
Sábado 10 de agosto, Feria de las Flores, desfile de autos clásicos y antiguos. 7:50 a.m. el evento tiene novedades en su desarrollo, parte de un nuevo recinto, la Universidad Pontificia Bolivariana, existe expectativa, esta es la vigésimo séptima edición del desfile, autos convertibles.
Mañana fría, silenciosa a la hora, el cielo clarito, poco movimiento, los parqueaderos empedrados entre el bloque 11 y el bloque 9 de la universidad son el lugar en el que aguardo, estoy identificando la dinámica del espacio, observo, y cómo si de un suceso de aquellos inexplicables se tratara, giro la mirada, sin haber aguardado mucho, y veo cómo se aproxima una de esas camionetas que son imposibles de no voltear a ver, de esas que encuentras por ahí muy pocas veces, de aquellas que les revuelven los recuerdos a los padres y abuelos de muchos, una Mercury M-100 modelo 59.
Una camioneta quizás azul, quizás verde clarito, depende de a quién le preguntes; pero si le consultas a su dueño, es color verde marfil. La camioneta de don William Pérez, el señor de mirada tranquila, ese que a simple vista se sabe que tiene las más bellas cualidades, que preguntarle algo es fácil por la sonrisa con la que te recibe.
Parquea el vehículo en el lugar indicado. Me presento. Le pido un ratico de su tiempo, me sonríe, no es bueno para hablarle a una cámara o a una grabadora, pero le encanta el desfile, le encanta la gente, le encanta compartir su pasión; no se niega, pero me invita a hablar con ella.
Me dice que ella, su nieta Laura, me responderá todo lo que necesite, que ella sabe todo lo necesario. No mintió, Laura, una joven de 23 años, me saludó, apretó mi mano, y comenzó a contarme como si se tratara de un guion, la historia detrás del vínculo de su familia y el evento y la razón por la cual esa mañana, habían tres personas allí, don William, doña Emperatriz y Laura, la nieta que va a mantener viva esta tradición en la familia Pérez, porque ama los carros tanto como su abuelo lo hace, eso dice doña Emperatriz, quien sonríe mientras la mira y agradece el amor que le tiene a esta tradición que tanto la hace vibrar a ella, a su esposo y claro, a Laura.
Laura puede decir que toda la vida ha hecho parte del desfile porque según su abuelo desde los dos años asiste y según ella es desde los seis. Hay un tema que resolver ahí, pero en medio de las risas a ambos les encanta hacer suyo ese espacio, porque siempre ha sido así.
Ella, como la determinó don William cuando me estrechó la mano, la contadora, la joven de ojos brillantes, presencia segura, cabello rubio y sonrisa risueña, me explicó que hace 20 años la camioneta participa en el evento y que cada año preparan con meses de antelación la vestimenta y la temática con la que adornarán la camioneta y siempre, asegura, procuran que el nuevo desfile supere al anterior. Este año lo que buscaron fue honrar la cultura cafetera, mandaron a hacer unos chalecos en colores ocre y crema para estar a juego y fueron a Fredonia días antes a fin de comprar unos palitos de café para adornar el volco de la camioneta junto con unas hortensias azules y blancas que combinaban a la perfección con las canastas, el verde de los palos de café y sus trajes.
Laura Pérez, la que le dice pa a su abuelo, a la que a leguas se le siente el amor por esto, el amor por el hombre y la mujer que están a su lado, el amor por lo que dice, por lo que cuenta y por la historia de su familia, te conquista inmediatamente y te hace sentir esas chispas en el estómago por la pasión que detalla.
Cuenta que ha crecido tanto el gusto por estos vehículos, que su carro del diario es un Willys modelo 54 que tiene hace 4 años. Ella siempre recalca que esto es una pasión, un amor pa’ toda la vida, que espera pase de generación en generación y cree que esto sucederá cuidando al carro y amándolo mucho.
Emperatriz Medina, la mujer de altura media, de esas que frunce el ceño cuando estas lejos y cuando te le acercas tiene una sonrisa dulce, la mujer que lleva veintidós años asistiendo al desfile y compartiendo esta pasión con su esposo. La que se siente exclusiva y muy contenta al asistir cada año a este evento. La que se siente muy orgullosa de que Laura se haya enamorado de este cuento, porque como lo dice su abuelo, ella se pegó sola. Doña Emperatriz está segura de que si algún día su esposo falta, su nieta continuará con la tradición, porque a pesar de que a su hijo esto no le suena mucho, Laura es una apasionada y eso a ella le encanta.
William Pérez, el señor de 68 años, un hombre cercano a la vez cauteloso. Servicial como ningún otro, el de gafas cuadradas y sonrisa tímida. Al que desde siempre, desde pelao’, le han gustado los carros viejos, al que no le falta la bendición por la mañana cuando hay desfile, ese, don William, el que antes de la camioneta Mercury M-100 modelo 59 que tiene actualmente, había tenido seis antiguos, como el Simca, Ford 54, Ford 56, Willys, Comando, Renegade 77 y la Wagner.
Don William, el que dice que vio esta camioneta en el año 2004 y se enamoró, porque era un carro distinto a todos, un carro de lujo en la época, exclusivo; el mismo señor que dice que con los años este gusto no se le acaba, me contó qué el vendedor tardó casi un año en entregársela, pero eso no le impidió visitarla todos los días para sobarla en el parqueadero en el que estaba. Apenas le fue entregada, comenzó el proceso de restauración, quitó cada pieza no original del vehículo y se dedicó a recobrar la esencia de la camioneta, remplazando hasta los frenos de aire por los frenos de fábrica. Actualmente, luego de muchos ires y venires, de muchas horas de don William dedicadas a la Mercury en taller, se encuentra en proceso de búsqueda de las placas de antigüedad, ahora que está jubilado y se dedica a organizar carros y a consentir su camioneta.
“Todo, todo, todo está como vino el carro: fresnos, dirección mecánica, todo.” William Pérez hablando de la camioneta.
Dentro de los preparativos para el evento, la familia debe enviar fotografías del vehículo, posteriormente se verifica la originalidad y el estado de este, para luego hacer el pago de la inscripción. Días antes del evento don William prepara con gran detalle la camioneta, la mima, la ama, y eso se siente, la adora y la sonrisa en su rostro lo delata.
Inicia el desfile, 10:30 a.m. sonidos por doquier, grandes motores resuenan, bocinas de todo tipo suenan al unísono, el sol llegando a su punto más alto y a pesar de lo que esto podría significar, las personas bordean la vía de salida de los autos, nada les impide presenciar el comienzo del desfile. Vehículo 231, allí van don William, doña Emperatriz y Laura, sonriendo, llenándose de la alegría con la que también se colman los presentes.
Apenas salieron de la universidad sintieron el cambio en la ruta. Fue toda una nueva experiencia vivirlo desde la UPB. Muchas personas, se sentía lo magno del evento de apertura, Laura compara esta edición con la tradicional en la sede de El Colombiano, en dónde, a pesar de ser abierto al público, el aforo era más reducido, con menos movimiento. Sintieron algunos problemas en la logística, claro, hubo bastantes cambios, pero se lo disfrutaron a cada kilómetro bajo el abrazador calor que cubría a la ciudad en ese momento.
Laura dice que el valor del desfile reside, en gran medida, en enseñarles a los más pequeños de la historia de la ciudad tras estos vehículos, a la par que se les transmite el amor por esta pasión que tantos corazones moviliza. Y no miente, porque los niños lo adoran, preguntan, se suben, piden fotos, van de aquí para allá, los ojos les brillan cuando ven un carro de estos pasar.
El desfile partió de la UPB, continuó por Bulerías y la 33, posteriormente tomó la autopista Sur y luego la avenida Regional, pasando después por la avenida Ferrocarril y Las Vegas, hasta llegar a la universidad Eafit, donde culminó en horas de la tarde.
Viajaron en el tiempo, sentían que el desfile, este año, semejaba a los desfiles de antes que circulaban por las vías que hoy conocemos como secundarias. En algún momento el desfile tuvo mucho protagonismo recorriendo las calles del barrio Laureles y Floresta; esa ruta era más cercana, más con la gente, tal como lo sintieron en esta ocasión.
Igual que en cada desfile, no hubo novedad alguna con el vehículo, como dice Laura, se portó súper bien, como siempre lo hace. Desafortunadamente, no tuvieron la misma suerte una Ford, similar a la Mercury y un Willys azul clarito, autos que ayudó a desvarar don William, tal como siempre lo hace, eso le gusta, disfruta ayudar, sabe demasiado de carros, y procura que el otro esté bien.
“De las mayores cosas que yo quiero aprender de mi abuelo es la virtud del servicio; siempre el servicio a los demás, siempre está para los demás. Entonces ese es como un objetivo de vida”. Laura Pérez hablando sobre su abuelo.
Este desfile abrió las puertas para que muchos de los espectadores ingresaran al lugar de apertura y de cierre del evento. Fue bastante diferente, dice Laura, pero le parece bonito que las personas puedan disfrutar como lo hicieron aquel día de los autos.
Los Pérez no suelen ingresar al lugar en dónde culmina el desfile, pues para la tarde ya se encuentran bastante cansados y lo único que desean es llegar a casa y descansar un poco. Pero este año decidieron entrar, lo hicieron a las 4 p.m. y se lo disfrutaron con el tradicional salpicón, del que cuenta Laura; ese que cada año reparten a los participantes. Este postre también hace parte de la costumbre del evento; todo este suceso es una tradición.
“Todos los años dan un salpicón, entonces es como ya una tradición”. Laura revela una de las tradiciones del desfile.
A las 5 p.m. salieron, fueron a comer algo para comentar sobre el evento, estar juntos y hablar de cómo les fue. Y así esperar al próximo, para perpetuar en el tiempo esta bonita tradición de la familia Pérez, del amor que se tienen y que le tienen a esta pasión.
Luego de haber hablado con los tres, a pesar de aquellos imprevistos que pudo tener el evento en la presente entrega, siempre coinciden que este desfile es y será el momento del año más esperado, debido al legado tras esta tradición, al empeño que disponen en el cuidado, decoración y preservación del vehículo. Pues, a pesar de que salen en la camioneta en cada ocasión posible, es innegable que esta siempre se sentirá como la vivida muestra de la unión que han construido entre los tres; este evento es el símbolo cúspide del vínculo que se consolida con cada año que pasa y esperan que eso nunca cambie.
“Mi abuelo es el amor de mi vida, así sea un viejito cantaletoso” dice Laura entre risas, mientras lo mira de lejos consentir la camioneta.
En Medellín, la salud mental se ha convertido en un tema de interés general y natural con el paso del tiempo. Después de la pandemia aumentaron los niveles de ansiedad, depresión y consumo de sustancias psicoactivas, especialmente entre los jóvenes. La crisis económica y los conflictos familiares han sido factores determinantes en esta problemática.
Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), la salud mental es un estado de bienestar en el que las personas pueden afrontar el estrés cotidiano, trabajar de manera productiva y contribuir positivamente a la comunidad. No se trata solo de la ausencia de trastornos, sino de un equilibrio emocional que influye en la calidad de vida y las relaciones interpersonales.
Diagnóstico Medellín
Para hacer frente a esta situación, la Secretaría de Salud de Medellín ha implementado programas como “Medellín te quiere saludable”, que integra diferentes acciones de acompañamiento psicológico. Esta estrategia incluye la presencia de psicólogos en colegios, escuchaderos en puntos estratégicos de la ciudad y la Línea Amiga Saludable, disponible las 24 horas para quienes necesiten ayuda u orientación.
Además, existe el Código Dorado, que permite una respuesta inmediata en casos de crisis en salud mental, y los centros de escucha comunitarios (diferentes a los escuchaderos), enfocados en la atención de personas que consumen sustancias psicoactivas. Anteriormente, existía el programa “Dame Razones”, enfocado en la prevención del suicidio, pero actualmente sus acciones han sido incorporadas dentro de “Medellín te quiere saludable”, según explica Ibón Hernández, Líder de Proyecto de la Secretaría de Salud de Medellín.
Escucha más sobre estas estrategias en el siguiente audio:
El docente investigador de la Universidad Católica Luis Amigó Marcos Fidel Vega Seña, señala que la pandemia trajo consigo desafíos que antes no se comprendían del todo. Asegura que el encierro prolongado generó cambios significativos en el bienestar emocional de las personas, dando lugar a la aparición de diversas patologías. La convivencia forzada en los hogares sacó a la luz conflictos latentes, lo que aumentó los niveles de estrés, violencia intrafamiliar y, en algunos casos, pensamientos de desesperanza e intentos de suicidio. Para Seña entre los síntomas más frecuentes tras la pandemia se encuentran la ansiedad, la angustia, la incertidumbre y, en casos más graves, la esquizofrenia, lo cual refleja el impacto que tuvo esta crisis en la salud mental de la población.
Ivania Gómez, psicóloga especialista en adicciones aborda el tema del consumo de sustancias psicoactivas postpandemia y su impacto en la salud mental:
¿Cómo ayudar a una persona con problemas de salud mental y cuál es el impacto del suicidio en la comunidad?
Cada vez más personas se ven llamadas a intervenir en situaciones de este tipo. Algunos estudiantes de la Universidad Pontificia Bolivariana le ayudarían a las personas con problemas de salud mental, a través de la escucha activa, la búsqueda de información sobre el tema y la recomendación de acudir a un profesional en psicología. Además, motivan a las personas a realizar actividades que disfruten y en las que se destaquen, como una estrategia para reducir el estrés. Así mismo Danna Rosero nos cuenta sobre el impacto que generan los problemas de salud mental o suicidio en la comunidad.
Según Marcos Fidel Vega Seña y Eliza Kratc Gil, autores de “Cómo se informa suicidio. Una guía para periodistas y comunicadores”, la comunicación responsable es fundamental en la construcción de una sociedad informada y consciente. En temas sensibles como la salud mental, el suicidio y el consumo de sustancias psicoactivas, la manera en que se transmiten los mensajes puede tener un impacto significativo en la percepción y el comportamiento de las personas. Seña asegura que ello ocurre aún más cuando la comunidad se siente identificada con algún aspecto de la información y por ello recomienda tener uso adecuado del lenguaje, ya que evita la estigmatización y promueve la búsqueda de ayuda profesional.
Además, Marcos Seña, indica que la comunicación responsable fomenta la prevención y sensibilización, proporcionando información veraz, empática y basada en evidencia y que, en el ámbito periodístico, es clave evitar el sensacionalismo y priorizar enfoques educativos, como el efecto Papageno, que resalta historias de superación y apoyo en lugar de dramatizar casos de crisis. Este contribuye a la reducción del miedo, la discriminación y el aislamiento de quienes enfrentan problemas de salud mental.
Conozca la guía sobre información en medios en torno a la salud mental y el suicidio AQUÍ.
En las siguientes imágenes se encuentran recomendaciones para informar sobre el tema de la salud mental y el suicidio. También la diferencia entre el efecto Werther (evitarlo) y el efecto Papageno (promoverlo).
Fuente: Marcos Vega Seña
En la siguiente entrevista conozca en voz del investigador Marcos Vega Seña sobre el efecto Papageno y Wherter.
El contexto de los últimos años se caracteriza por los impactos de la dinámica económica y la vida familiar y social de las personas han agravado la situación, junto a problemas vinculados como el consumo abusivo de sicoactivos y alcohol. La Alcaldía de Medellín implementa estrategias para hacer frente a la situación. El hecho de que estas acciones lleguen a los espacios cotidianos es la prueba de que todos podemos ser parte de soluciones.
Como “sharenting” se conoce el fenómeno ocasionado por el ejercicio de los padres que comparten aspectos o procesos completos de la vida y crianza de sus hijos: fotos, videos e información que llegan a las redes sociales y cuyos efectos despiertan preocupaciones desde la psicología y el ámbito legal, según explica la investigadora en Derecho Selena Cebrián Beltrán en un artículo académico que resume los retos de esta situación para el derecho a la imagen y a la protección de datos de la infancia y la adolescencia.
El nombre es una combinación de dos términos del Inglés: share (compartir) y parenting (paternidad), a partir de lo cual se reconoce cuál es la dinámica de esta práctica que, según Cebrián y otros expertos en diferentes áreas, puede tener efectos a largo plazo en los niños y niñas, particularmente en su bienestar emocional y el ejercicio de sus derechos.
Mentes vulnerables
Según la psicóloga Camila Patiño Arango, los efectos emocionales del sharenting pueden ser profundos y duraderos. Afirma que uno de los principales riesgos es la pérdida de privacidad desde una edad temprana: “Las fotos y videos que los padres publican en Internet permanecen en línea durante años, lo que deja una huella digital difícil de controlar”, comenta Patiño. Esta constante exposición puede hacer que los niños se sientan vulnerables y ansiosos, afectando su autoestima al sentirse presionados por las expectativas de sus padres y de quienes los siguen en redes sociales.
La exposición constante también impacta las habilidades sociales de los pequeños, explica Patiño. Añade que se vuelven personas que pueden ser definidas más por la imagen pública que proyectan sus padres que por sus propias experiencias. “Los niños pueden desarrollar un sentido de identidad distorsionado y sentirse menos autónomos, lo que afecta su capacidad para establecer relaciones sociales sanas y genuinas”, señala la psicóloga. Refiere además, la posibilidad de volverse blanco de ciberacoso, lo que agrava sus inseguridades personales.
Camila Patiño Arango subraya que, a medida que los niños crecen, el consentimiento sobre lo que se comparte en redes debe volverse más explícito. “Es fundamental que los padres pidan permiso a sus hijos antes de publicar contenido sobre ellos, para que se sientan respetados y valorados en su privacidad”, sugiere la psicóloga. Esta comunicación abierta también puede prevenir resentimientos y conflictos en la relación entre padres e hijos, especialmente si los menores sienten que su privacidad ha sido vulnerada. La falta de respeto hacia su intimidad puede deteriorar la confianza y llevar a que los hijos eviten compartir información personal con sus padres.
Un problema al Derecho
Por su parte, el abogado José Miguel Rodríguez destaca que los menores en Colombia tienen derechos fundamentales, incluidos el derecho a la privacidad y la protección de sus datos personales, según la Constitución en su artículo 15. “Es responsabilidad de los padres velar por la protección de la imagen y datos de sus hijos, pero cuando esta protección no es suficiente, el Estado tiene el deber de intervenir”, señala Rodríguez.
El abogado advierte que, en casos donde un niño sufra acoso o daños por la exposición en línea, los padres podrían enfrentar graves responsabilidades legales. “La ley colombiana prevé sanciones tanto penales como civiles, que incluyen la pérdida de la custodia y posibles indemnizaciones si se comprueba que la publicación de información ha causado perjuicios al menor”, menciona. Además, la Ley 1581 de 2012 sobre protección de datos personales exige que los padres otorguen un consentimiento informado antes de compartir cualquier dato de sus hijos. “Los padres deben ser conscientes de las implicaciones de las plataformas sociales que usan y asegurarse de que la información que publican no ponga en riesgo la seguridad de sus hijos”, añade.
Rodríguez destaca que, si un menor llega a ser víctima de un delito como el grooming (acoso o abuso sexual en línea) debido a la información compartida en redes, los padres pueden iniciar acciones legales, incluso contra el otro progenitor si este ha sido negligente. La Ley 1581 permite a la Superintendencia de Industria y Comercio imponer sanciones si se detectan irregularidades en el manejo de los datos de menores de edad.
En un contexto en el que los padres suelen ser personas jóvenes y en el que las redes sociales adquieren una importancia tal que son la base de actividades que generan el sustento de cada vez más personas a partir de la generación de contenido, surgen situaciones que constituyen nuevos retos. En 2022, un fallo de la Corte Constitucional puso freno a una pareja de creadores de contenido digital que habrían incurrido en conductas abusivas exponiendo a sus hijos en sus publicaciones.
Estas situaciones ponen las mirada no solo sobre el papel de los padres, sino sobre las herramientas con las que cuentan la mayoría de personas que ejercen este rol en la actualidad, motivo por el cual adquieren especial importancia espacios como las escuelas de padres, espacios de formación abiertos por loscolegios para el correcto acompañamiento al prfoceso formativo desde las familias y que fueron instituidas como obligatorias por la Ley 2025 de 2020.
Reconozco que el miedo de ser asesinada por mi misma condición de mujer era de los últimos temores que se me pasaban por la mente; sin embargo, cuando comencé a leer noticias sobre cómo cuerpos de mujeres eran hallados en maletas y el concepto “feminicidio” se hacía cada vez más paisaje, hizo que investigar sobre este tema se convirtiera en una necesidad para mí.
Según el Observatorio Colombiano de Feminicidios entre el 2018 y el 2023 se registraron 3.628 feminicidios en Colombia; en enero de este año, por su parte, ya van registrados 64 feminicidios de los cuales 4 han ocurrido en Medellín. ¿Cuáles son las causas por las cuales el feminicidio continúa perpetuándose?
Comencemos por el principio: ¿Qué es un feminicidio?
El Congreso colombiano decretó en el artículo 104A. Feminicidio, que: Quien causare la muerte a una mujer, por su condición de ser mujer o por motivos de su identidad de género o en donde haya concurrido o antecedido cualquiera de las siguientes circunstancias, incurrirá en prisión de doscientos cincuenta (250) meses a quinientos (500) meses. Algunas de las circunstancias que menciona el artículo tienen que ver con perpetrar un ciclo de violencia física, sexual, psicológica o patrimonial, aprovecharse de las relaciones de poder ejercidas sobre la mujer, haber cometido el delito para generar terror o humillación a un enemigo y que la víctima haya sido privada de comunicación y libertad de locomoción.
Estas cifras demuestran que estructuralmente hay muchas cosas que necesitamos cambiar y dejar de perpetuar. Luis Benítez, licenciado en Ciencias Sociales y Magíster en Problemas económicos, afirma que “a pesar de que supuestamente la sociedad avanza en temas de género, políticas públicas y acciones judiciales, los hechos, las cifras dicen todo lo contrario”. En pocas palabras, el tema nada que retrocede. Pero lo que sí es claro, es que a partir de estos datos se arrojan una serie de avistamientos que podrían responder a las causas por las cuales se dan estos crímenes. Y digo “podrían”, claro, porque este fenómeno va más allá de las cifras.
Sí, hay patrones
Los motivos por los cuales ocurren los feminicidios abarcan desde los discursos que permean el comportamiento de los hombres y las mujeres, hasta las respuestas institucionales que no solo resultan siendo ineficientes, sino que se encuentran cargadas de estereotipos que entorpecen los procesos. Laura Peláez, psicóloga y magíster en derechos humanos y en psicopedagogía, afirma que “hay una raíz patriarcal que todavía impera en nuestras relaciones y que se asume que lo masculino tiene mayor poder sobre lo femenino”, esta sería entonces la base en donde no solo nace la respuesta a las causas del feminicidio, sino que también responde el hecho de que las cifras no hayan disminuido con respecto a años anteriores.
“Nosotros no nacemos hombres, nosotros nos hacemos hombres. ¿Y quién hace los hombres? La cultura. ¿Y qué es la cultura? Todo lo que vivo”. Benítez afirma que es a través de los vínculos, las relaciones, los contextos sociales, el lugar donde se vive, la televisión, la familia, la escuela e incluso la iglesia, en donde el concepto de “hombre” se crea. En nuestra cultura, por ejemplo, existe la idea de que el hombre debe ser inteligente, libre, fuerte, viril, heterosexual y exitoso económica, política y socialmente. De hecho, en otros contextos, el hombre, además, debe estar armado, poseer alto capital económico y cuenta con el derecho de disponer de cualquier mujer.
Entonces, si una y otra vez se refuerza este deber ser, ¿qué pasa? Te lo crees. Y resulta que es en esa construcción sociocultural del concepto “hombre” donde aparece un notable desprecio por lo femenino. La mujer no es inteligente, ni fuerte, ni exitosa, es emocionalmente débil, debe estar a disposición del hombre y permanecer en la casa cuidando y criando a los hijos. Todo esto nos lleva a la actual cultura machista y patriarcal que permea muchas dinámicas sociales, familiares y de pareja, afianzado el rol del hombre como un sujeto hegemónico que asume su masculinidad no solo con la fuerza, sino con la violencia.
Colombia, especialmente Medellín, tienen una cultura permeada por el legado del narcotráfico que promociona estereotipos ligados al género, donde el hombre es fuerte, proveedor y violento, y la mujer es sumisa, llamativa y cosificada. Esta cultura promueve valores machistas que son perpetuados tanto por los hombres como por las mujeres: “ser la mujer del duro implica asumir una posición de dependencia, de riesgo. Pero esa es una aspiración cultivada socialmente, donde, de hecho, las amigas, las familias y las madres lo perpetúan”, explica Peláez que es por eso que allí la violencia es legítima, porque es una manera de ejercer poderío sobre el cuerpo de la mujer. Se normaliza, entonces, que el duro tenga varias mujeres, que agreda sexualmente a menores y que la primera madre que se oponga a sus deseos con sus hijas, se va del barrio.
Empecemos por el hecho de que las violencias de género son independientes de los niveles sociales que puedan tener las personas; sin embargo, Luis Benítez cuenta que cuando se tienen condiciones socioeconómicas de pobreza, también se tienen condiciones socioculturales de pobreza, es decir: “cuando tienes menos recursos, menos acceso a los sistemas de salud, a los sistemas educativos, a los planes de acciones integrales de bienestar, cuando vives en barrios deteriorados donde la delincuencia permea, hay mayores condiciones para que se dé un feminicidio.” Esto no quiere decir que en las condiciones socioeconómicas más altas no ocurran este tipo de cosas, sino que allí, “además de la física pena y vergüenza que representa la denuncia, los hombres tienen el poder de hacer que las acciones judiciales o psicosociales se desestimulen”, afirma Benítez.
Cuando las mujeres carecen de oportunidades a nivel educativo y laboral, se incrementa el factor de riesgo para sufrir violencias basadas en género. Laura Peláez explica que “no es lo mismo cuando hablamos de una mujer que tiene una experiencia formativa que le ha permitido hacer una reflexión y una deconstrucción sobre su vida, sobre su feminidad y sobre sus proyectos, a una mujer que no ha tenido esas oportunidades”. La educación permite en la mujer no solo conocimiento en habilidades blandas y duras, sino el reconocimiento de prácticas violentas que son muchas veces naturalizadas.
Por el ámbito laboral, Benítez afirma que “muchos de los feminicidios están vinculados con el hecho de que la mujer no logra salirse de un entorno tóxico” pues la condición de dependencia generada por la falta de acceso al empleo, la obliga a quedarse allí y a asumir esta serie de prácticas que, a la larga, tiende a desensibilizar.
“Desde que se está midiendo el feminicidio, el patrón es que la pareja sentimental sea la causante del delito”, afirma el licenciado, y es que resulta que dentro del feminismo hay una categoría que se ha estudiado y es la del amor romántico, una de las que más le interesan a Benítez. Esta categoría y forma de amar propia del machismo y patriarcado plantea la siguiente idea: “Estás conmigo, eres mi propiedad y no puedes estar con nadie más”. Las mujeres están subordinadas al hombre o al hogar, no cuentan con voz, poder o reconocimiento; por eso, aquellas que deciden salir de allí, por un lado, vulneran la dignidad del hombre y este entra a vengarse, y por el otro, si deciden separarse no solo rompe el vínculo de amor, sino que fracasa en la construcción de una familia: fracasa como mujer.
Entonces, ¿por qué hacerlo? ¿por qué separarse? “No se vaya a poner en ese peligro que le va a ir peor, además, ¿qué va a pasar con sus hijos? Si usted lo denuncia la va a sacar de la casa”, Benítez afirma que son las madres quienes muchas veces les hablan así a sus hijas. Hay un montón de circunstancias que impiden a la mujer denunciar y salir de ese entorno, desde lo jurídico y socioeconómico hasta lo familiar y la vecindad.
Y las instituciones, ¿pa´ cuando?
Las líneas de atención ayudan a la mujer no solo en aspectos de gestión emocional sino en la asesoría de acciones legales que puedan tomar contra su agresor. Aunque estas líneas hayan podido llegar a prevenir algunos feminicidios, continúan siendo deficientes e insuficientes los departamentos que hacen justicia.
La respuesta institucional es tardía por temas relacionados con la corrupción y poca agilidad en los procesos; pero hay un problema aún mayor, afirma Benítez: “No hay instituciones que tengan una noción clara de lo que es una violencia basada en género” lo que hace que no solo se desconozca esta violencia, sino que no se entienda, por lo que se termina revictimizando a la mujer, justificando la violencia e incluso desconfiando de su testimonio.
Las organizaciones feministas, por su parte, han tenido un importantísimo papel en el tratamiento, gestión, prevención, educación y asesoramiento de las mujeres víctimas de violencia de género. Luz Mery Arias Muñoz, una de las fundadoras de la corporación feminista Vamos Mujer, explica más a fondo sobre el papel de este tipo de organizaciones, su diferencia con respecto a las demás instituciones, las estrategias que utilizan y su impacto en las mujeres:
La dualidad de la denuncia: un asunto entre el reconocimiento y la traición
“Laura, ¿qué significa denunciar?”, le pregunté. Ella se incorporó, tomó el micrófono de mi mano y me respondió: “La denuncia tiene un efecto simbólico. No solamente un efecto legal. Entonces, cuando una mujer decide denunciar, decide hacerse cargo de eso que le está haciendo la pareja o expareja. Ella se reivindica, independiente de que el sistema luego le imponga una pena al agresor, la posibilidad de alzar la voz y de ser capaz de decir ´esto no está bien´, permite sentar un precedente, implica un empoderamiento femenino a nivel simbólico.”
Sin embargo, en la denuncia también ocurre una ruptura, una traición. Cuando la mujer denuncia, culturalmente se piensa que está rompiendo un vínculo amoroso y esto implica renunciar a una tradición marital, familiar y filial, “no es gratuito que la iglesia te diga ‘hasta que la muerte los separe’ ”, afirma Benítez.
Y ahora, ¿qué hacemos?
La psicóloga Laura Peláez afirma que para neutralizar el fenómeno tiene que haber diferentes niveles de cambio: el primero deben ser las respuestas legales; lo segundo, la respuesta institucional y, finalmente, el más difícil, el cambio cultural. Estos niveles de cambio no excluyen la responsabilidad de otras entidades o acciones que se pueden realizar. Por ejemplo, en la educación formal, las universidades deben “formar sujetos sensibles y éticos que puedan responder a estas problemáticas desde un lugar más empático”, dice Laura, o desde la educación informal donde se abran espacios entre amigos y familiares para señalar conductas que no están bien. El papel de los medios de comunicación no se queda atrás, no solo porque visibilizan la noticia de lo que ocurre, sino que también, en términos preventivos, de empoderamiento y reconocimiento pueden hacer algo más. Luis, por su parte, propone un trabajo más intensivo con los hombres: “si nosotros logramos hacer un trabajo psicopedagógico con los hombres, creo que lograríamos disminuir el feminicidio y las tasas de violencia contra las mujeres”. Sin embargo, no hay apoyo, ni económico ni institucional, “el trabajo con hombres en masculinidades en Colombia es muy reciente y escaso, por eso no hay una acción estatal en ese sentido”, cuenta Luis.
“Ser mujer ahora es distinto a ser mujer hace 20 años”, afirma Laura. Hoy en día tenemos una sociedad un poco más sensible, hombres más feministas, investigaciones que hablan al respecto; sin embargo, no sigue siendo un asunto sencillo de abordar. “¿Cuáles son las causas por las cuales el feminicidio continúa perpetuándose?”, me preguntaba en un principio, y después de esta investigación concluí que las razones por las cuales impera el delito del feminicidio varían entre: por un lado, la falta de oportunidades a nivel educativo y laboral de las mujeres. Pues esto no solo les impide reconocerse como víctimas en entornos violentos y denunciar, sino que también llegan a normalizar, justificar y aceptar violencias que tienden a escalar a este delito. Por otro lado, la cultura machista, misógina y patriarcal que se ha construido en la sociedad y que ha permeado la cultura colombiana durante años, primero, no es culpa de los hombres, sino de un sistema que domina y promueve discursos de género en contra de la mujer; esto incluye el legado del narcotráfico, la respuesta generalmente prejuiciosa de las instituciones, el insensible tratamiento de las noticias sobre violencias de género por parte de los medios, el consumo de publicidades tóxicas y el estereotipo que se tiene sobre el rol que debe cumplir cada género.
Afortunadamente, los discursos se crean, se destruyen y se transforman. Los hombres lloran, las mujeres son fuertes, ¿Cuál será ahora el discurso más conveniente para comenzar a tratar este tema de raíz? El miedo no está en la calle, el miedo está en el sistema.
Desde la perspectiva de quienes más apoyan y suelen recibir menos respaldo, este es un relato enmarcado en cifras y los análisis de una realidad creciente, que pasa de soslayo en pleno debate por las reformas del sistema sanitario: la salud mental.
Antonia giró la llave del agua caliente y entró a la ducha. Mientras su piel se ponía rojiza por el agua hirviendo, lanzó el primer llanto. El cansancio, que en un inicio era mental, ahora también lo sentía físico, le dolía el cuerpo y estaba fatigada casi todo el tiempo. Los momentos del baño, que hacía un tiempo habían dejado de ser diarios, eran los únicos en los que podía expresar lo agotada que estaba, el único momento en el que se permitía llorar solo si ponía música alta.
Mientras se bañaba tocaron a la puerta, era Federico, su hermano mayor.
— Antonia, no te enojes —dijo en voz baja.
Cerró la llave, salió de la ducha y pausó la música en su celular para escucharlo mejor.
—¿Qué hiciste? —dijo irritada.
—Me tomé muchas pastillas del tarro que tengo de Valcote. Llévame a urgencias.
Antonia inmediatamente se dirigió al cuarto para ponerse algo de ropa y le avisó por mensaje de texto a su hermana Lucía lo que había ocurrido. Fue a la cocina donde se encontraba su madre haciendo el almuerzo para informarle que se iría con Federico porque había intentado suicidarse y debía ser atendido lo más rápido posible, así que pidió un carro y se dirigió a la urgencia de su EPS.
Durante el camino, Federico empezó a sentirse mareado, por lo que cuando llegaron al centro de salud ya se le hacía difícil estar de pie. Al acercarse a la puerta fueron atendidos por un vigilante que pedía explicar el motivo de la consulta.
—Se tomó muchas pastillas psiquiátricas como intento de suicidio —expresó Antonia entre lágrimas y ansiosa.
—Número de documento —dijo secamente.
Ingresó los datos en una pantalla que tenía a su lado y le entregó el ficho del turno.
—Cuando sea su turno, lo revisa un médico general para que le indique que tipo de urgencia es y sea atendido. Como él es mayor de edad, debes esperar afuera.
—Es paciente psiquiátrico, no puede estar solo —explicó Antonia para que el vigilante le pusiera la manilla que lo identificaba como tal y así le permitieran estar junto a él en la sala de espera.
Pasaba el tiempo y Federico cada vez estaba más mareado. Cinco…diez…quince minutos… y no era atendido.
—Toni, yo solo quiero sentirme bien. Lo siento por hacerles esto. ¿Ya me van a atender?, me siento muy mal —decía llorando.
Ella se acercó nuevamente al vigilante y le dijo desesperada que por favor lo atendieran rápido porque debían limpiarle el estómago lo más pronto posible.
—Tienes que esperar como todos —respondió.
Al poco tiempo sonó su nombre por un parlante e ingresaron a uno de los consultorios. Había dos enfermeras, una de ellas, se notaba, era nueva en el puesto.
—Paciente de 22 años diagnosticado con trastorno obsesivo compulsivo, trastorno afectivo bipolar, trastorno límite de la personalidad y tabaquismo —comenzó diciendo la enfermera jefa después de ingresar su número de identificación al sistema.
Durante la consulta, ella formuló preguntas concretas de lo que había sucedido, qué medicamento ingirió, a qué horas lo hizo y por qué. Cada respuesta de Federico la utilizaba para indicarle a su compañera cómo era el funcionamiento del sistema en el computador, qué debía poner en cada casilla y cuál era el procedimiento a seguir en esos casos. Pocas veces lo miró a los ojos.
—Debes esperar a que te llamen nuevamente y te asignen una camilla —mencionó finalmente la enfermera y les indicó que ya podían retirarse.
Nuevamente tomaron asiento. Mientras tanto, Lucía iba en camino para acompañarlos en la espera.
—Me sentía muy triste Toni, sin saber qué hacer. Me siento inservible, no aporto en nada, ya no soportaba más sentirme así — dijo Federico mientras movía sus piernas ansiosas de lado a lado.
—Estamos contigo, pero debes tomarte la medicina, no vas a mejorar nunca si no llevas de forma responsable tu tratamiento. Debes poner de tu parte también —le expresó Antonia mientras le rodeaba la espalda con su brazo y le daba pequeñas caricias.
Lucía llamó a Antonia que ya estaba en la puerta para que saliera y ella pudiera entrar a la sala de espera. Cuando salió se abrazaron y decidieron que Lucía se quedaría esa noche con él. A los dos días Federico fue internado durante dos semanas en un centro psiquiátrico.
“Antonia llevaba semanas sin descansar bien, normalmente en las noches Federico no dormía, solía escuchar música y caminar por toda la casa. En algunas ocasiones conversaba solo y gritaba enojado, como si aquellas voces que decía oír lo molestaran todo el tiempo”. Foto: Salomé Conde.
El diagnóstico de los números
Durante el Foro Salud Mental en Colombia: retos y desafíos del 2021, la procuraduría entregó el balance del país en el tema, para 2020 hubo 26.132 intentos de suicidios, informó el Instituto Nacional de Salud. Y solo en el primer trimestre de 2021 se reportaron 1482 suicidios, un incremento del 24% en comparación con el mismo periodo del año 2020. Además, para 2017 una de cada diez personas padeció un trastorno mental en el país, esboza el documento Conpes 3992 del Departamento Nacional de Planeación.
En 1998 se formula la primera política de salud mental en el país. Luego, en 2005, se reformula y es en 2013 cuando se expide la ley 1616 de Salud Mental. Finalmente, el 7 de noviembre del 2018 el Ministerio de Salud y Protección adopta la política de Salud Mental por medio de la Resolución 4886, efectuando así la primera meta del Plan de Acción sobre Salud Mental 2013-2020 radicado por la OMS, “quien recomienda la orientación de los programas de promoción y prevención, el fortalecimiento de los servicios de salud, la optimización de los sistemas de información y promover la rehabilitación, con el objetivo de disminuir la estigmatización, la exclusión social y la discriminación”, según recoge un artículo de la Universidad CES del 2021.
El teléfono sonó, por el número que aparecía en pantalla, Antonia intuyó que era Federico el que llamaba desde el centro psiquiátrico.
—Hola, ¿cómo va todo?
—Hola, ya pueden recogerme, me van a dar de alta —dijo Federico.
—¿Cómo así? Solo ha pasado como una semana, debes quedarte un tiempo más para que te niveles con la medicación —expresó Antonia exaltada.
—Me dijeron que podía solicitar el egreso voluntario, entonces debes venir por mí para que firmes, pero no le digas a Lucía, necesito que me ayudes con esto o me mato acá —dijo con un tono amenazante.
—No te puedo ayudar con eso, no está bien, y por favor no digas que te vas a matar —mencionaba Lucía apunto de tener una crisis de ansiedad.
—Si no vienes por mí, soy capaz de matarme. Ya no quiero estar acá, me estoy volviendo loco. Tú ni te imaginas que es estar en este lugar —continuaba Federico con un tono agresivo.
—Entiende que es por tu bien, voy a ver qué puedo hacer, después te llamo —dijo atemorizada y con el dolor que solía sentir en el pecho cada vez que su hermano la confrontaba y amenazaba cuando requería algo de ella. Colgó inmediatamente y llamó a Lucía para contarle lo que había sucedido.
Al día siguiente llegaron al centro a llevarle ropa limpia a Federico. Mientras esperaban en la recepción, uno de los doctores se acercó con el papel del consentimiento informado para el egreso voluntario y les dijo que debían firmarlo para que le pudieran dar de alta. Antonia y Lucía se negaron a hacerlo porque solo llevaba una semana hospitalizado y por situaciones vividas antes, consideraban que era una persona peligrosa que ponía en riesgo su propia vida y la de ellas. Estuvieron discutiendo alrededor de vente minutos hasta que finalmente el doctor aceptó su decisión y se retiró con el papel.
Alrededor de media hora después, Antonia recibió una llamada de la psiquiatra del centro en la que le manifestó que estaba contemplando la idea de pronto darle de alta a Federico.
—Doctora, hace poco expresó ideas suicidas, solo ha pasado una semana de hospitalización, es imposible que ya esté estable. Estos meses ha tenido comportamientos muy violentos hacia nosotras y mi mamá, es peligroso para nosotras, necesitamos que se estabilice bien con la medicación.
—Háblame un poco de esos comportamientos —dijo tranquilamente la psiquiatra.
—Lleva varios meses sin querer tomarse la medicación, hemos intentado hablar con el haciéndole entender que es por su bien, pero no le importa, suele enojarse cuando le hablamos de ese tema. Con el tiempo empezó a tratarnos mal, invalida nuestros sentimientos, nos grita y tiene comportamientos que ponen en peligro su vida y la de nosotras. Hace unas semanas, mientras preparaba el almuerzo, él me estaba acompañando en la cocina, en un momento corrió hacia mí para quitarme el cuchillo con el que estaba cortando unas verduras y mientras me miraba fijamente empezó a cortarse el costado de las costillas, a lo que yo grité, entonces lo soltó inmediatamente y lanzó una carcajada. Sabemos que requiere atención urgente en donde lo obliguen a medicarse, nosotras no podemos hacerlo, no nos escucha y finalmente no estamos capacitadas para eso —expresó Antonia desesperada.
—Me parece curioso que te escucho hablar a ti y no encuentro relación entre lo que dices y su comportamiento, él ha estado tranquilo y muy juicioso, entonces encuentro una inconsistencia entre los testimonios de tu hermana y tú y su comportamiento —respondió la doctora.
—¿Qué me está insinuando? —dijo Antonia indignada.
—No estoy insinuando nada, pero me parece curioso que no coincide lo que me estás contando con lo que yo veo. Él está tranquilo así que voy a darle de alta.
—No me parece correcto, usted me pidió que le contara acerca de sus comportamientos, le cuento y me está dando a entender que no es cierto lo que digo, ¿Usted cree que a nosotras no nos duele que él esté así? Por eso estamos buscando ayuda —reclamó Lucía enojada.
—Le voy a dar de alta —dijo secamente la doctora.
—¿Es en serio? ¿Para qué me hizo sentir que podía contarle esto si no me iba a creer? ¿Le va a dar de alta, en serio? expresó Antonia casi llorando.
—Sí, le voy a dar de alta, Antonia —dijo la psiquiatra con tono retador.
—Ok, entonces procederé de forma legal- le respondió y colgó inmediatamente.
A los minutos ella la llamó nuevamente, pero en medio de la crisis de ansiedad que estaba atravesando, le pidió a Lucía que contestara.
Después de varios minutos al teléfono, llegaron al acuerdo de que lo dejarían más tiempo mientras las hermanas acomodaban a su madre en otro lugar ya que la convivencia entre Federico y ella se había vuelto muy conflictiva y eso les hacía daño a ambos.
A la semana el centro psiquiátrico les avisó que ya podían pasar por Federico.
El frente legal de la lucha
Gladys Ariza Sosa, doctora en salud pública y profesora de la Facultad de Medicina de la Universidad de Antioquia (U de A), explica que existe varios mecanismos para exigir la debida atención en salud cuando se está vulnerando el derecho a esta, y que aplica tanto en casos de salud física como mental. En primera instancia, se puede presentar una PQRS en la IPS o EPS. De no ser suficiente, radicar una queja ante la Superintendencia Nacional de Salud, o en caso de que se requiera mayor prontitud, poner una acción de tutela. Si existió negligencia en la atención del servicio de salud y esto dejó secuelas en el paciente, se puede instaurar una demanda por responsabilidad civil, concluye Ariza Sosa.
Ariza expone además que hay bastantes tutelas por el hecho de que no se brindan los tratamientos adecuados y apropiados a las personas que lo requieren. Esto indica que “las normas existentes no se cumplen a cabalidad” y es que “cuando se hizo un análisis del cumplimiento de las metas de resultados de la dimensión de convivencia y salud mental del Plan Nacional de Salud Pública que recién terminó, se encontró que solo se ha cumplido el 27% en metas de resultados”, enfatiza Gladys.
Respecto a esta problemática, un estudio realizado por Dora Hernández y Cristian Sanmartín-Rueda de la Universidad de Antioquia en 2018, analiza, por medio de entrevistas a expertos en el tema, la paradoja que suscita la atención pública en salud mental, debido a que se fundamenta en el cumplimiento de los derechos humanos, pero en la práctica se encontró una primacía de lo administrativo, otorgando mayor relevancia a la rentabilidad financiera del sistema, que al cumplimiento efectivo de la atención a la salud mental de los pacientes.
“El mayor desarrollo se ha orientado hacia la calidad de los procesos administrativos y financieros, cuya implementación en muchas ocasiones no tiene en cuenta a la persona que solicita el servicio”, sentencia el estudio. Además, los 23 profesionales entrevistados por los autores del artículo concluyeron “los derechos humanos, enunciados en la Constitución Política y en la normatividad en general, en la práctica quedan supeditados al cumplimiento de requisitos administrativos que en su intención defienden intereses económicos particulares”.
Esto explicaría cifras como las presentadas por la Procuraduría en el Foro de Salud Mental en Colombia, en las que manifiesta que más del 50 por ciento de las EPS no atienden de forma integral a los usuarios como lo estipula la ley 1616 de 2013, representando los tratamientos integrales solo el 5 por ciento de la atención en salud mental. Asimismo, “la modalidad de contratación de manera integral en salud mental es una de las menos utilizadas, correspondiendo solo al 4 %, siendo otras las más utilizadas, por ejemplo, por evento, lo cual encarece los servicios y no garantiza la atención integral de los usuarios”, afirmó Diana Margarita Ojeda, procuradora delegada para la salud, la protección social y el trabajo decente.
De acuerdo con la doctora Ariza, en lo concerniente a las personas que conviven con un paciente psiquiátrico “tanto en la ley de Salud Mental como la Política de Salud Mental de nuestra red de salud pública se tiene en cuenta la dimensión colectiva de la salud mental, y se menciona por lo menos a los familiares y cuidadores. En el hecho de que tienen que garantizárseles el derecho a la participación social”, sin embargo, “esto no se ve reflejado en la práctica”, termina por sentenciar Ariza.
Antonia llevaba semanas sin descansar bien, normalmente en las noches Federico no dormía, solía escuchar música y caminar por toda la casa. En algunas ocasiones conversaba solo y gritaba enojado, como si aquellas voces que decía oír lo molestaran todo el tiempo.
Una vez Antonia escuchó a Federico maldecir e insultar a alguien mientras se desplazaba por toda la casa pisando fuerte. Antonia asustada cerró la puerta de su habitación y se quedó sentada en la cama en compañía de sus perros.
Federico continuaba maldiciendo mientras tiraba al piso lo que estaba a su alcance. En un momento, Antonia temerosa se asomó al pasillo sin salir completamente de su habitación y le preguntó qué le sucedía.
—Nada, no te importa —respondió mientras miraba qué podía golpear.
Antonia se encerró nuevamente y llamó a Lucía para que la acompañara porque se sentía desprotegida estando sola con él.
A medida que pasaba el tiempo a Antonia le pesaba más la situación con su hermano, había desarrollado un miedo a estar en su casa sola con él, así que cuando volvía de la universidad se encerraba en su habitación y no salía hasta el día siguiente cuando nuevamente debía ir a clases, dejó de alimentarse bien y con el tiempo empezó a enfermar y desarrollar ideas suicidas.
Las personas que padecen una enfermedad mental son muy variadas, existen muchas patologías y síntomas en el espectro de la salud mental.
La cocina, un lugar importante en la rutina de cuidados de Federico, se había convertido en un lugar de riesgo para Antonia. Foto: Salomé Conde.
Historias particulares
Según apunta Juan Londoño, psiquiatra y docente de la Facultad de Medicina de la U de A, existen múltiples trastornos mentales y eso hace que cada condición tenga un patrón distinto. Hablando de los trastornos más graves y comunes, está la depresión, que se presenta como una dificultad para hacer las cosas, una frecuente baja motivación para realizar actividades, lo que genera dificultad para responder adecuadamente a las actividades laborales, familiares y sociales. Esta problemática se ahínca por el hecho que desde afuera puede percibirse como si la persona tuviera una actitud perezosa.
Están también los trastornos psicóticos, explica Londoño, que son aquellos en los que se afecta la relación con la realidad, como por ejemplo la esquizofrenia. Los síntomas principales de este trastorno son tener percepciones sobre estímulos que no están, sentir que le hablan cuando no hay ninguna voz o ver cosas cuando no hay ningún estímulo visual que las genere. También se presentan los delirios, ideas delirantes, que no son ciertas, pero que por alguna razón el cerebro las da por sentadas. Esto afecta al familiar, porque el paciente psiquiátrico puede creer que el familiar quiere hacerle daño, y es muy difícil, afirma el psiquiatra Londoño, porque, aunque el familiar o cuidador ve que no hay ninguna voz o nada, la persona tiene una incapacidad para reconocer que estos síntomas son simplemente productos de procesos mentales propios.
Se encuentra además el trastorno bipolar que se caracteriza por episodios depresivos, que son semanas enteras de estar triste, aburrido y con ganas de hacer nada, entre otros síntomas. O episodios de manía, que es cuando una persona tiene en vez de estar a bajo, es un aumento muy marcado del estado de ánimo.
Según Valentina Cardona, psicóloga con maestría clínica, las características principales en casi todas las condiciones mentales es la ausencia de sueño, sobrepasar las normas que le pone la familia, el componente delirante, la agresividad, que es lo que hace que las familias tomen una decisión diferente en el manejo del paciente y también el exceso de sueño en el caso de los trastornos del estado de ánimo. Menciona a su vez que en algunos casos no quieren salir de la casa ni de la habitación, se quedan encerrados y el autocuidado es deficiente.
Las familias no están preparadas para ver sufrir a un familiar, asevera Cardona, “es muy triste porque esta enfermedad no mata como un cáncer, sino que va consumiendo las relaciones familiares, se va convirtiendo en esa dinámica que pierde los lazos, porque el paciente usualmente se desconecta de la realidad familiar para vivir su propia realidad”.
En consecuencia, la convivencia con un paciente psiquiátrico puede ser causar el síndrome del cuidador cansado, afirma Valentina Cardona, el cuidador empieza a reflejar un agotamiento supremamente fuerte, la persona se enferma orgánicamente, no únicamente en el aspecto mental. “La familia con esa carga emocional al ver el cambio en la conducta del paciente, necesita indiscutiblemente una terapia individual o familiar, para identificar qué herramientas tienen que adquirir para el manejo de la mejor manera del paciente”, enfatiza.
Lamentablemente las EPS no brindan la orientación necesaria a los cuidadores permanentes, que requieren para comprender el diagnóstico del paciente psiquiátrico. “Desde las EPS se hace muy poco, si pides una cita con psicología te la dan a los tres meses y la otra tres meses después con otro terapeuta diferente, entonces no va a haber una continuad en ese proceso que es fundamental”, concluye la psicóloga.
Por esto mismo es importante que el familiar que está a cargo del paciente pueda contar con espacios a solas, que realice ejercicios y busque relaciones diferentes. Si se queda todo el tiempo con el paciente es dañino y perjudicial.
El psiquiatra Londoño, señala además que el cuidador puede tener afectaciones a su propia salud mental, dependiendo el caso, puede desarrollar trastornos depresivos, de ansiedad y empezar consumir sustancias como forma de escapar de la realidad que implica cuidar a este tipo de pacientes.
También sufren afectaciones desde el estigma que hay hacia las personas con trastornos mentales. Son prejuicios creados por los medios de comunicación o la forma en cómo fuimos criados, lo que crea una carga psicológica por el hecho de cuidar a alguien con estas circunstancias. Adicionalmente, el hecho de tener familiares con estas condiciones abre la posibilidad de una susceptibilidad heredada a los trastornos mentales. Que también pueden surgir si, además de lo anterior, hay un aumento de estrés físico o emocional, según afirma Londoño.
Hacía más de un año Antonia y sus hermanos habían perdido a su padre. Después de su muerte, Federico cayó en una depresión silenciosa que con los meses fue más evidente, dejó su tratamiento psiquiátrico y al tiempo presentó un brote psicótico que lo dejó con secuelas, desde ese momento nunca volvió a ser Fede, el que tanto Antonia amaba.
Desde pequeños lograron una conexión que, aunque no lo exteriorizaban en palabras, ambos sabían que no la tenían ni la iban a tener con alguien más. Fede la hacía sentir protegida y ella lo apoyaba en cada decisión que tomaba.
Durante la cuarentena obligatoria por la pandemia del COVID 19, Fede pasó por un episodio depresivo fuerte. En el lugar donde estaban pasando con su familia el aislamiento, él encontró una gatica huérfana, pero no tenía cómo costear los gastos que requería para que sobreviviera y su papá no estaba de acuerdo en se la quedara.
—Anto, tengo que contarte algo. La noche que encontré a Olivia había decidido suicidarme, pensaba hacerlo con una sobredosis de mi medicina psiquiátrica, pero luego escuché unos maullidos y la encontré sola y desprotegida y sentí que debía cuidarla, ella me devolvió las ganas de vivir —expresó Federico conmovido.
Antonia experimentó por primera vez uno de sus mayores miedos, sentir que podía perder a la persona que más amaba, porque, aunque llevaba tiempo diagnosticado psiquiátricamente, nunca había manifestado ideas suicidas.
—Tengo un dinero ahorrado, así que no importa si mi papá no quiere que la tengas, yo te daré todo el dinero que necesites para que la salves, ambos necesitan cuidarse —le manifestó Antonia mientras intentaba no quebrarse en llanto.
Fueron semanas en las que Fede se esforzó mucho para atender a Olivia, finalmente después de pasar los momentos más cruciales, la gata sobrevivió y se convirtió en uno de sus mayores apoyos emocionales, lo mismo él para ella.
Durante los primeros meses del duelo por la muerte de su padre, a Antonia principalmente la cuidó Fede, para ese momento no vivían con Lucía ni su madre. Él se encargaba de pagar las deudas, preguntarle cómo le había ido en la universidad todas las noches y acompañarla cuando debía trasnochar haciendo una entrega. También la acompañó en sus episodios depresivos mientras se acostumbraba a la ausencia del papá y veía, aunque no le gustaba mucho, una novela argentina junto a ella solo por compartir a su lado.
Un día sentado en un andén en el parque de El Poblado y con trago encima, Fede lloró a su padre, algo que no hacía en meses porque no sabía cómo afrontar el duelo.
—Tú para mí eres un diamante que debo cuidar —le dijo a Antonia.
Ella solo sonrió un poco sonrojada.
—Me conmovió algo que me dijiste hace días, dijiste que yo era como tu papá y mamá ahora que ellos ya no están —lo dijo con la voz quebrada a punto de llorar.
—Lo eres, Fede. Eres quien me protege —expresó Antonia tímidamente. Lo abrazó para sostener su llanto y Fede le dijo cuánto la amaba y que por ella hacía lo que fuera con tal de que estuviera bien. Esa noche fue la última vez que Antonia logró tener una conversación de ese tipo con su hermano estando completamente consciente.
Meses después de que Federico fue dado de alta del centro psiquiátrico, la relación con Antonia se había convertido en algo imposible y muy peligroso para ambos. No podían contar con la ayuda del servicio público y la opción privada era demasiado costosa. Luego de revisar varias alternativas con la ayuda de su tía, Antonia y Lucía encontraron la Fundación Hogar la Villa, un lugar de reposo para pacientes psiquiátricos, que ofrecía un tratamiento más humano y a menor costo. Decidieron organizar una rifa de beneficencia para recaudar fondos y poder internarlo el tiempo que se requiriera.
Llevaban dos semanas sin verlo, Lucía y Antonia fueron a visitarlo en compañía de su tía paterna. Cuando entraron a la fundación, Federico las alcanzó a ver desde una mesa en la que se encontraba sentado, así que bajó una pequeña loma y se dirigió a abrazarlas.
La tía sacó del carro un pequeño guacal donde estaba Olivia.
—Mira hijo, te trajimos a tu gatita para que te acompañe el tiempo que estés acá —dijo sonriendo.
—¡Olivia! Gracias, en serio —expresaba mientras abrazaba el guacal.
Se dirigieron a su habitación y le ayudaron a ubicar a la gata y a guardar una ropa que les había faltado empacar cuando lo internaron en el lugar de reposo. Estuvieron compartiendo junto a él alrededor de una hora y media hasta que la enfermera les avisó que ya era la hora del almuerzo, por lo que el tiempo de la visita había terminado.
Cuando ya estaban en el portón de la finca, Federico se despidió con un abrazo.
—¿Cuánto tiempo estaré acá? —mencionó mirando a la tía.
—No sé hijo, eso depende de lo que digan las doctoras y cómo evoluciones, te quiero ver sano y fuerte —le dijo de forma animada mientras le daba un abrazo.
—Fede, el próximo sábado que volvamos te voy a traer un lienzo y tus óleos para que pintes estos paisajes tan lindos que hay acá —dijo Antonia mientras le daba el abrazo de despedida.
Mientras el carro avanzaba, desde la ventana Antonia podía ver a Federico subiendo la loma para volver a aquella mesa donde lo vio al llegar. Volteó la mirada y lanzó una pequeña sonrisa dentro de sí, porque después de tantos meses de angustia, la vida le había devuelto algo que creía haber perdido, esperanza.
El Hogar La Villa alberga no solo a Federico, sino las esperanzas de sus cuidadoras en torno a una mejor calidad de vida. Foto: Salomé Conde.
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¿Cómo se manifiestan los problemas de salud mental? ¿Qué es el síndrome del cuidador cansado? Escuche respuestas en detalle en el siguiente podcast:
Por: Natalia Higuita y Valeria Ríos / periodico.contexto@upb.edu.co
“Nosotros somos culpables de muchos errores y muchas faltas, pero nuestro peor crimen es el abandono de los niños negándoles la fuente de la vida”(Gabriela Mistral, 1948).
El abandono de niños, niñas y adolescentes no dio tregua en pandemia. La protección integral de sus derechos también fue atacada por el Covid-19 y las crecientes desigualdades sociales que generó. Hoy el amparo de la niñez y la juventud sigue siendo un reto para el país, pues en 2021 se afirmó que Colombia era el quinto país con mayor número de huérfanos a causa del fallecimiento de padres, cuidadores y adultos significativos a raíz del coronavirus, según un estudio publicado por la revista médica británica, The Lancet, que comparó más de 20 países entre inicios de marzo de 2020 y finales de abril del 2021, temporada en la que se registraron los picos más altos de contagios y muertes por el virus.
El abandono deja huellas que suponen retos mayores para el cuidado de la salud mental de los niños, niñas y adolescentes. Foto: Natalia Higuita.
Se estima que fueron 33.293 menores los que perdieron durante este tiempo a su tutor legal, ya fuese madre, padre, abuela y/o abuelo, de acuerdo a cifras de The Lancet. Estos se vieron entonces obligados a cargar con el título de “huérfano” y, por ende, a correr el riesgo de estar bajo un cuidado alternativo inadecuado (sin entrar todavía en las repercusiones físicas, psicológicas, emocionales y sociales) o, en el mejor de los casos, llevados por el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar –ICBF–.
Así ocurrió entre marzo y noviembre de 2020 con los 372 niños, niñas y adolescentes acogidos por dicha institución, según informó el diario El Espectador. Antioquia fue el departamento que más abandonos infantiles presentó, seguido de Bogotá, Valle del Cauca, Cundinamarca y Caldas. Algunos menores fueron dejados en estas circunstancias por los motivos ya mencionados; la mayoría, por el contrario, hacen parte del incremento del maltrato infantil que contempla actos como el abuso sexual, daño físico, verbal o psicológico, realizados, con alta frecuencia, dentro de los propios hogares, de acuerdo a informes de Medicina Legal.
Sin embargo, no hay que encapsularlo a la sola situación de orfandad. Existen otras opciones: no se sabe cómo mantenerlos, no hay recursos para hacerlo o simplemente, no se quieren sostener. En palabras de Adrián Echeverry, miembro de la Corporación PAN, el abandono “es una conducta que históricamente está bastante registrada, ya que permanece, de alguna forma, en los imaginarios y representaciones socialesque los adultos hoy guardan en su quehacercotidiano de crianza”.No hay que ir muy lejos, simplemente recordar comentarios o chistes como el del padre o madre que fueron a la tienda por cigarrillos o leche y nunca volvieron.
Bajo estas historias populares están las situaciones que conducen al desamparo de un menor de edad y son diversas, más aún con la pandemia: escasez de recursos económicos, incapacidad o falta de apoyo para la crianza del niño, niña o adolescente –NNA– y la pérdida por muerte de sus cuidadores primarios son solo algunos ejemplos.
¿El Estado como madre? El cambio y continuación de la desventura
*(Todos los nombres que serán mencionados en este capítulo fueron modificados para proteger la identidad de las fuentes y, en el caso de los menores de edad, no perjudicar su sano desarrollo).
Hijos del Estado: así son llamados los niños, niñas y adolescentes que se encuentran en manos de Bienestar Familiar. Podría afirmarse que incluso contratan niñeras: para estancias cortas, las madres de paso, encargadas de ser el primer contacto con los menores, mientras se resuelve un hogar sustituto que les reciba; después, como ya se infiere, están las madres sustitutas, encargadas de cuidarles durante meses o años, según sea el caso: hasta que se dé su adopción, se cambie a otro hogar sustituto por nula adaptabilidad o supremo apego –lo cual afecta las adopciones– o, en su defecto, se resuelva su situación legal por cumplimiento de la mayoría de edad. Y, por último, como afirma Gloria Botero, madre sustituta desde hace 20 años, están los internados: “Ahí es donde caigan, donde haya cupo. O sea, si hubo en Hogares Claret, allá lo metieron; si hubo en esos de Niquitao, allá lo metieron; si hay por Puentes, allá fue”.
Así sucedió con Daniel Bedoya, de 8 años. Ya iba para uno de esos internados porque era un “inadaptado”, ya había pasado por varios hogares sin éxito y ninguna madre sustituta lo quería recibir.“Desde que tenía 5 años era uno de los carritos de San Javier, el que llevaba la marihuana, el que cargaba armas… En una de esas lo cogió la Policía y lo tramitaron al ICBF. Cuando yo lo recibí me tocaba esconder todos los cuchillos de la casa. A veces hasta me daba cuenta de que me robaba”, cuentaGloria recordando aquellos días. Inclusive, en una ocasión casi la echan del barrio porque en el colegio Daniel le quitaba la lonchera todos los días a la hija de uno de los duros de Manrique. Por esa razón la amenazaron.
De ahí vino la habladera constante con él y los consejos hasta los 16 años, porque ni lo adoptaron ni salió por mayoría de edad. Odiaba ser hijo del Estado. Le aburría la sobreprotección y, como buen adolescente, anhelaba la libertad: salir a fiestas de 15 u otras rumbas sin la compañía de Gloria; acostarse, si se le antojaba, a medianoche, y no a las 10, como ordena Bienestar; amanecer donde un amigo o en la casa de la hija de Gloria, a quien tomaba como otra hermana y vivía, además, justo al frente; salir de paseo cuando la idea surgiera, pero tampoco se podía –como mínimo se debe redactar el permiso con ocho días de antelación–; tener celular, redes sociales, publicar lo que vio o dejó de ver en el día; empezar a trabajar como mesero a una cuadra de la casa, en el negocio familiar de comidas rápidas, pero como ya se intuye, tampoco era debido, porque en menores de edad no es querer emprender sino “mendigar”, como asegura Gloria que le respondieron. Por algo le pasaban la manutención mensual, pero ese era otro complique.
$250 000 recibe un niño recién ingresado al programa de hogares sustitutos –lo cual resulta complejo porque hay algunos que llegan con casi nada: unos calzoncillos rotos y una chaqueta, como fue el caso de Emiliano, quien llegó hace un mes al hogar de Gloria por Código Fucsia–; al cumplir el mes le empiezan a girar los $500 000, que es la cuota mensual normal para cada menor. Por semestre llegan los bonos para comprarles ropa. “Eso es muy poquito. Por A o por B me toca sacar muchas veces de mi bolsillo o del millón mensual que me consignan por el cuidado de los niños”, dice Gloria para señala que ahí también hay fallas.
Se refiere a la manera en que les pagan a las madres sustitutas. El salario mínimo mensual legal vigente que se paga por tener la cantidad normal de niños en sus casas, es decir, tres. Sin embargo, si solo se está a cargo de dos, el monto empieza a bajar y se ubica en un aproximado de $600 000, pero si por algún motivo llega a tener cinco, como ya le ha ocurrido antes –muy común durante pandemia y cuando se trata de hermanos y hermanas–, la cifra no sube, permanece intacta en el mismo millón.
Desde la institución siempre se dice que los niños son hijos del Estado. En palabras de Gloria, tienen la etiqueta de “mírame y no me toqués”. La directriz es que nunca les puede faltar nada. “Pero uno se pregunta, ¿no es lógico que, si los prefieren, mandaran al menos un mercado cuando estuvimos todos en cuarentena?”. Gloria alega que de parte del GobiernoNacional el costal cargado de alimentos nunca llegó y que ni a los niños ni a las madres sustitutas se les incrementó el ingreso: “Yo creo que ni sabían qué era una madre sustituta”. Lo cierto es que desde Buen Comienzo sí le llegaron pequeños mercados, pero se debió a que los niños que tenía en el momento estaban aún en la guardería. Y si bien, estos mercados fueron distribuidos desde el Gobierno para menores inscritos en varias instituciones públicas de educación primaria, no se trataba de ofrendas especiales para los hijos del Estado: “Pero vea el atrevimiento, sí hacían las videollamadas de las visitas mensuales y me decían: ‘¿Me abres la nevera, por favor?’ y me tocaba mostrar toda la comida que tenía”. Debía haber carne, legumbres, frutas y lácteos.
Pero como toda madre, el Estado también tiene sus matices. Si desde el colegio son buenos estudiantes, se les paga la carrera y universidad que prefieran. Ha habido casos de estudios en aviación –la excepción– y, se pueden encontrar en el ICBF fisioterapeutas, abogados y médicos que crecieron bajo sus lineamientos. Cuando son muy pocas las posibilidades de adopción, porque ya están muy grandes, entran a un programa que se llama Sueños de Vida, donde les dan la oportunidad de salir del país y residir en vacaciones con alguna familia interesada en adoptar. Si hay conexión, se quedan; si no, la rutina en Colombia les espera.
—¿Y Daniel porque no quiso?
—Cualquier adolescente puede entrar en ese programa, ¿pero uno qué tanto le puede pedir a un niño que ya viene aporreado por la vida? Eso tampoco es tan fácil.
Dos décadas lleva cuidando Gloria a los hijos del Estado; unos más rebeldes, ensimismados, dolidos o furiosos que otros, pero todos con algún problema, como lo confiesa ella misma, añadiendo que ha visto y escuchado de todo. Hoy vive con su esposo y cuida a Emiliano, de seis años y a un par de hermanos que llegaron a inicios de año: Alejandro, de 10 y Martín, de ocho.
Sea que los adopten o cambien de hogar, Gloria, como cualquier otra madre sustituta o de paso, nunca ni jamás puede volver a preguntar o saber de ellos.
Infografía: Natalia Higuita, Valeria Rios.
Entornos inseguros: el pan de cada día
Si bien es cierto que los hogares comúnmente representan un lugar “seguro”, también se han convertido en el escenario donde los NNA son más vulnerados y esto aumentó en pandemia debido al confinamiento. Por supuesto, el acceso restringido a lugares de recreación, la omisión de visitas a familiares, el cierre de colegios, la imposibilidad de ir a las clases de baile los sábados o de natación los domingos, y la prohibición general para salir a lugares públicos fueron algunas de las principales causales para que no pudiesen buscar ayuda.
De hecho, es de conocimiento que, durante esa época, la convivencia fue un factor decisivo y complejo, no solo por el desconocimiento que quizá se tenía de quién era realmente el otro, qué le gustaba o qué lo enojaba, sino por el estrés, mal humor y frustración que pudieron experimentar algunos padres y madres al no tener las herramientas suficientes para guiar, enseñar y ayudarles a sus hijos e hijas con las labores escolares; pues, en definitiva, descubrieron que nunca se habían dado a la tarea, ya que todo estaba delegado a los maestros y cuidadores. Esto fue, como lo menciona Adrián, “un terreno perfecto y fértil para que apareciera el maltrato, el golpe, el grito, la indiferencia, el abuso sexual y la negligencia”.
Como consecuencia, según el Centro Nacional de Consultoría, en 2020, fueron39 982 niñas, niños y adolescentes los que ingresaron a un Proceso Administrativo de Restablecimiento de Derechos en el ICBF –0,5 % más que durante el año 2019–. Dicho trámite parte de la verificación por parte de una autoridad competente que analiza si los derechos de los NNA están siendo respetados o si, por el contrario, se están viendo amenazados. Posterior a esto, es el ICBF quien determina la modalidad a la que ingresa, según las circunstancias que se hayan encontrado.
Así pues, por fortuna o infortunio, los menores saben cuándo entran, pero no cuándo ni bajo qué circunstancias salen. Mientras los asuntos legales avanzan, es el Instituto quien debe brindar acompañamiento psicosocial para guiarles en la construcción de sus proyectos de vida, así como verificar que constantemente reciban alimentación, salud y educación. Por ello, las visitas mensuales que reciben, sin previo aviso, las madres sustitutas, para ver cómo marchan todos y todo en casa.
Infografía: Natalia Higuita, Valeria Rios.
Las secuelas imborrables del abandono
Ahora bien, si a las secuelas del abandono se refiere, debe advertirse que gran parte de los niños que son abandonados a temprana edad “indudablemente pueden sufrir problemas de adaptación, porque cuando alguien es abandonado o abandonada siente que no hace parte de algo y le cuesta a veces admitir que está acompañado. Tienen problemas de tipo emocional-afectivo, porque, en ocasiones, al recibir amor y tener compañía permanente, los invade el sentimiento de que no son merecedores de esto; incluso, son personas más propensas y vulnerables a todo tipo de adicciones. Les cuesta terminarlas cosas, dejan procesos, trabajos y relaciones iniciadas, porque no son capaces de realizar cierres adecuados en sus ciclos de vida”, comenta AndrésRamírez.
Asimismo, esta situación incide en otros ámbitos como el incremento de la desnutrición en aquellos que vagan en las calles o sin paradero fijo, pues son niños, niñas y adolescentes que pasan de comer dos o tres veces al día, a la incertidumbre de si habrá un plato de comida después del desayuno, bien sea porque quienes se hacen cargo de manera improvisada no tienen posibilidades económicas de sostenimiento o porque cada día y noche aparece la necesidad de pedir para poder sobrevivir.
Además de la deserción a partir de la contingencia, después de ser abandonados no hay quién garantice que los NNA continúen sus estudios. Aún más, si a ello se suman las posturas individualizadas de los mayores que terminan por afectarlos, tal y como lo comentaAdrián en posición de los padres: “Desde mi perspectiva adultocéntrica no es importante que mi niño esté estudiando, sea atendido en salud, que coma o se quede solo todo el día porque yo tengo que trabajar, entonces estos elementos, que también hacen parte de la historia personal de cada adulto, tienen que ver con las decisiones que se toman”.
Así pues, toda decisión trasciende y en estos casos, ya sea que los menores queden en las callosas manos de las calles o en las del Estado, repercuten en su desarrollo físico, emocional y psicológico, no solo a temprana edad, sino también y muy especialmente a futuro. Todos, aunque con pasados distintos, comparten la misma realidad y se enfrentan cada mañana con sus demonios internos, insertados por otros.
“Es muy duro. Hace poquito estaban los niños jugando aquí enseguida donde mi vecino que es un exmilitar que tiene una voz y un mando fuerte. Otro amiguito chiquitito le estaba pegando a la niña de él y me imagino que le dijo: ‘A las mujeres se les respeta y no se les pega’. Ese niño, Alejo, se quedó como pensando y al rato respondió: ‘Es verdad, porque así fue como mi papá mató a mi mamá’”,narró Gloria, con algo de dolor, pues no es la única historia que ha oído así.
Hoy Alejandro se mantiene de pelea en pelea con Martín, porque es el hermano grande y, al fin y cabo, son los mayores quien en su mente detentan el poder.
Hace una semana el antiguo carrito de San Javier, Daniel, que va todos los sábados a “darle vuelta” a Gloria, le aseguró: “Cucha, no se quede con ese niño usted que se descuida y él que le pega.”
Un recuento que supera el silencio y el tiempo, por recuerdos que revelan con qué trata una familia cuando una persona se debate en medio de las adicciones.
Laura Restrepo Rodríguez / laura.restreporo@upb.edu.co
Oriente
Oriente
Oriente
Oriente
Oriente
Yo me voy a morir (Oriente)
Caramba
Me voy a matar (Oriente).
En los pocos momentos en que Jorge se encontraba en su casa, escuchaba salsa, en especial Oriente, de Henry Fiol. No perdía oportunidad de poner a sonar la canción en su grabadora.
Fruco, así lo llamaban sus amigos, no por el grupo de salsa sino por su gran parecido al mono de las salsas Fruco que salía en los comerciales de televisión de la época. Era 1980 cuando Jorge comenzó su adicción, tenía 16 años y estudiaba en el colegio Salazar y Herrera. “Era muy extrovertido, muy ágil e inteligente para que va a hablar uno. Era muy hábil para decir mentiras, para coger las cositas ajenas”, cuenta Mauricio, uno de los 13 hermanos Rodríguez Agudelo, quienes llegaron a Medellín en 1964 desde el Nordeste antioqueño, en busca de mejores oportunidades.
Luz María Agudelo y Dagoberto Rodríguez se casaron el 12 de abril de 1953 en el municipio de Segovia. Ese mismo año nació la primera de los 14 hijos que tuvieron. De los ocho mujeres y seis hombres, diez nacieron en el municipio minero de Antioquia y los cuatro restantes en Medellín. Jorge fue el último en nacer en aquel contexto rural, quien luego tendría que adaptarse a la transición de una vida en la urbe y a ello agregarle una madre que tuvo que encargarse de las actividades de crianza y cuidado sin ningún apoyo.
Llegaron a la calle 82, luego a la calle El Palo y finalmente se instalaron en el barrio Cristóbal, ubicado en la zona centro occidente de la ciudad. Los hijos mayores se encontraban trabajando para ese momento, era 1980 y Jorge comenzó a relacionarse con gente vinculada al expendido y consumo de drogas. “Empezó con los amigos allá en La América, una galladita de amigos muy viciosos y él se empezó a amañar ahí y en el colegio”, cuenta su hermano, con quien por edad compartía amigos, en especial los Córdoba, a quienes muchos conocían como los jíbaros del lugar y con quienes Fruco comenzó a estrechar sus vínculos.
A sus 16 años comenzó a consumir marihuana, sus hermanos comenzaron a notarlo porque llegaba con los ojos rojos. Se dejó crecer el pelo por un tiempo y empezó a usar camisas leñadoras, “ya uno sabia cuando estaba trabado”, dice Mauricio. Luego vino el vicio del bazuco que combinaba con marihuana y, a partir de ahí, Jorge empezó a amanecer en la calle y su familia el sufrimiento de convivir con un adicto. Su hermano cuenta que “después le empezó a gustar la cocaína y en las facciones de la cara se notaba, la bazuca adelgaza, empezó a coger físico de drogadicto”. Ya no era uno sino tres tipos de sustancias las que consumía.
Transformaciones profundas
Según el psiquiatra Álvaro Cárdenas, “los pacientes que utilizan estimulantes como la cocaína tienen mucho riesgo compulsivo, de arritmias cardiacas, hay un empobrecimiento tisular generalizado, se enflaquecen, la piel pierde brillo, lozanía. El aspecto del cocainómano con el tiempo se va notando, una persona deteriorada físicamente”, lo anterior habla de los daños aparentes, en la parte mental hay un deterioro más profundo. Al consumir este tipo de sustancias el área tegmental ventral del hipocampo se ve alterada, esta zona es donde el cerebro regula la recompensa y el placer. “Cuando un muchacho empieza a usar sustancias que generan placer, se corre el riesgo de que en la estimulación de ese placer se genere aprendizaje, eso es un complique, esos muchachos cuando quieren dejar de consumir les resulta muy difícil porque hay un área muy primitiva que está sobre estimulada, que está pidiendo el estímulo y donde la voluntad está muy nueva”, explica Cárdenas.
La capacidad de decisión para esas personas se queda corta, el cerebro relaciona el consumo con mayor producción de dopamina, lo que genera un efecto placentero y, al no recibir esas dosis, la ansiedad con la que responde el cuerpo es muy fuerte. Así lo menciona el doctor Cárdenas “Estos muchachos se vuelven muy ansiosos entonces acuden a benzodiacepinas, alcohol. Ellos descubren que la ansiedad se baja con depresores, entonces acaban con poli adicciones”.
Cuando el consumo de sustancias como el bazuco se hizo más habitual, Jorge ya no era tan bienvenido en su casa, las normas cambiaron y los horarios para ingresar se volvieron más restrictivos. Debian ir a buscarlo a un sitio llamado El Avión, una tienda en la calle 40 del barrio Cristóbal. “Ahí empezó a relacionarse con todos los amigos que en esa época eran de marihuana y de bazuca, esa era la droga de moda en ese tiempo”, dice Mauricio sobre lo que pasaba entre los años 80 y 90.
Según el proyecto sobre sustancias psicoactivas Échele cabeza, el bazuco está compuesto de alcaloides de la hoja de coca, procesados en la pasta base de la cocaína y es adulterado con sustancias como la cafeína, anfetaminas, la acetona, la gasolina roja, insecticidas o el Levamisol, que es usado en el mercado como desparasitante de animales. Julián Quintero, codirector de la Corporación Acción Técnica Social, dedicada a la investigación y regulación de mercados de sustancias ilegales habla en el podcast Dosis de los tipos de consumo que pueden clasificarse en problemático, recreativo o adictivo y hace énfasis en el tipo de cocaína que se consume en Colombia, la cual en un 90% es pura y en un 10% es contaminada. Esto, aparte de ser una problemática social que parece lejana, se convirtió en la realidad cercana de los Rodríguez Agudelo.
Fruco para los amigos y Jorge para la familia, nunca pudo tener una larga temporada sin consumo, pero cuando llegaban esos momentos de lucidez era trabajador y de muy buen gusto, disfrutaba de la buena comida y siempre quería verse bien. Su hermana Marina lo recuerda en los pocos momentos que interactuaban: “Hay veces que hacía de comer, hacía lo que le provocaba, el a mí me pedía mucho que le hiciera la torta casera y yo le decía: ‘Jorge ya venden la torta casera’ y él me decía: ‘No, no, no eso no es lo mismo, yo le traigo los ingredientes’. Llegaba a veces y me decía: ‘Mona, aquí le traje o hice esto y le traje’. Él era de muy buen comer y le gustaban las comidas buenas, de muy buen paladar.”
A veces Jorge también llegaba apurado. Cuenta Marina que decía: “ ‘Bueno mamá, despáchame rápido que me están esperando’, pero era pura manipulación, era para que le sirvieran de primero y apenas veía uno, estaba haciendo la siesta para después irse a trabajar.” Dice la hermana que siempre había sido hábil y evasivo, en las ocasiones que se le preguntaba por qué consumía la respuesta era un “porque se me da la gana” cada vez más violento.
Los cambios en el semblante de Jorge ya se aprecian en esta imagen de una celebración con la familia que persistía en su intento de mantenerlo cerca y sobrio. Foto: Cortesía.
Complicaciones
Los primeros cinco años de los veinte que duró la adicción de Jorge no habían sido muy problemáticos, cuando cumplió los 21 ya había una poli adicción, el bazuco y la cocaína se agregaron a las sustancias que consumía diariamente, sin dejar de lado la marihuana que funcionaba como un depresor. Los 15 años restantes se vieron rodeados de violencia, no se podían dejar cosas en la casa porque su destino final sería una prendería.
“El sufrimiento de mi mamá de estar pendiente de él, de que llegaba tarde o no llegaba o se subía por los techos, eso es lo que dañó el ambiente familiar”, Marina lo cuenta mientras le cuesta recordar. Como una de las mayores, cuidaba de los más pequeños y debía trabajar para sustentar sus propias necesidades. “Él se perdía hasta sus ocho días, no ha llegado, era esa zozobra en la casa. Cuando aparecía, tocaba el timbre y uno se asomaba al balcón, yo le decía: ‘Ay, Jorge no te puedo dejar entrar’ y él me decía: ‘Ay, déjeme que yo me manejo bien’y uno se entraba destrozado sabiendo que no lo podía recibir, porque ya había orden, mi mamá decía no hay que abrirle la puerta a ver si de pronto cambia o alguna cosa”.
Muchas de las otras medidas que la madre tuvo que tomar consistieron en sacarle la comida a la puerta, lo que también representó muchas discusiones. Algunos en la familia apoyaban que entrara para que no pasara la noche en la calle o siguiera consumiendo, otros decían que había que ponerle mano dura y no era justo que entrara en esas condiciones; la comida no rendía con el apetito que a Jorge le abrían las drogas y había que esconderla para hacerla rendir. Las discusiones llegaron hasta las agresiones físicas entre los hermanos.
Según la psicóloga de familia Gloria Pérez, “tener un miembro adicto generalmente genera resquebrajamiento de las familias, decisiones, inculpaciones y evasión de esa problemática por la frustración que genera, aunque en muchos casos es una realidad dura que une a los miembros”. En este caso fue todo lo contrario, se empezaron a hacer más evidentes las divisiones, no había respeto por la autoridad y Jorge había desarrollado una adicción severa. La doctora Pérez añade que incluso las familias pueden convertirse en codependientes, pues los adictos muchas veces son chivos expiatorios de patologías relacionales del grupo.
Marta, otra de las hermanas, coincide: “Yo creo que es más que todo la intolerancia familiar, lo más enfermo son las mismas familias. Él a veces quería quedarse aquí. Yo una vez le regalé un televisor para que se quedara más en la casa y la mamá decía que no, que él no se iba a quedar todo el día ahí, que se fuera y se lo quitaron” y explica: “Creo que como fuimos una familia numerosa, era más difícil que todos estuvieran de acuerdo. Incluso muchos le atribuyen su mayor recaída a una ruptura amorosa con una novia, que al ver que estaba metido en ese mundo decidió alejarlo de su vida y el final de esa relación representó posiblemente una necesidad de huir por parte de él.
Para Margarita Moreno, trabajadora social y docente del grupo investigativo de Familia en la Universidad Pontificia Bolivariana, ese tipo de dinámicas familiares representan el modelo tradicional de crianza donde hay una desvinculación del hombre en las tareas de cuidado: “Uno encuentra distintos tipos de crianza que varían de acuerdo con esa participación del hombre. En las familias tradicionales sí hay un ejercicio del poder del hombre hacia la mujer. Muchas veces ella es ama de casa, ejerce ese trabajo de cuidado, pero no lo nombran cuidado. Eso es un trabajo y económicamente aporta mucho.”
Los Rodríguez Agudelo, hacen parte las familias numerosas de las décadas del 60 o 70, época en la que la transición demográfica estaba en un 5.6%, es decir que en promedio se tenían cinco hijos por familia, a pesar de que para su caso hubo un excedente de nueve personas. Los 14 hijos estaban a cargo de una sola persona, su madre, lo que implicaba una sobrecarga en las tareas domésticas y del cuidado. Luz María asumía esto además del rol de autoridad mientras su esposo trabajaba distribuyendo refrescos por las carreteras del nordeste de Antioquia.
Según la profesora Margarita Moreno, también está la sacralización de la maternidad, que tiene que ver con el mito mariano o el de la Sagrada Familia, en el que se entroniza el papel de la madre, pero en la práctica hay subordinación. En este contexto, sumar la variable demográfica de una familia extensa genera más condicionamientos, por las circunstancias económicas, la accesibilidad a la educación, la necesidad de conseguir un trabajo para mejorar las oportunidades y los factores que establecieron la decisión de migrar de un pueblo a una ciudad, con las complicaciones del contexto urbano que fue el que tocó a Jorge.
Margarita Moreno menciona que “la adicción lleva a un punto límite donde detrás va la persona y detrás va la familia, entonces se deteriora la salud mental, con la paz, con el ambiente”. El éxito en las dinámicas de una familia depende más de la manera en que se afrontan retos como las ausencias.
Tocar fondo y luego…
Hubo varias ocasiones en las que Jorge tocó fondo, aunque para él realmente nunca hubo un límite, pues parecía llegar más lejos. Marta cuenta que: “Una vez robó un arma y lo metieron a la cárcel. Llegó todo juicioso pero ya había un prejuicio, él llegó con ganas de mejorar, pero no encontró ese apoyo”. Durante la adicción hubo muchos periodos donde permaneció internado, estuvo en tres centros de rehabilitación y más veces de las que pueden contarse con los dedos de una mano, estuvo recluido.
Lina, otra de las hermanas, trata de recordar la ocasión en que tuvo que ayudarlo a salir de la cárcel Bellavista por el robo del arma. Para la época se encontraba cursando el cuarto año de derecho: “Era la primera vez que iba a una cárcel de esa magnitud, ya después llegar al patio de él y verlo tras las rejas con todas esas personas para mí no fue fácil, darle la mano, saludarlo. Sin embargo, yo a él lo vi relativamente tranquilo. Él me dijo que quería salir ligero, entonces hablamos de la audiencia que íbamos a tener en la Fiscalía”.
El prontuario criminal no reuslta la huella más difícil de borrar, según cuenta Lina: “Yo hice parte y me siento víctima de esa adicción, en el sentido de la violencia que se vivió, de esos miedos que se despertaron en mi tan tenaces y con los cuales todavía batallo”. Para Lina, su hermano marcó un antes y un después en la historia de su familia, algunas medidas que se implementaron hace 35 años siguen vigentes: las puertas de la casa se mantienen cerradas porque la familia no olvida la angustia que les producía la llegada de Jorge a tocar la puerta y el timbre en la madrugada, luego de sus noches de excesos. Se cansaron y la confianza se acabó.
“Mi mamá le sacaba la comida tipo seis de la tarde porque no se dejaba entrar por días”, recuerda Lina y explica: “Para una mujer que viene de un pueblo, adaptarse a la ciudad le quedó muy difícil con todas esas necesidades que teníamos los hijos a nivel afectivo y emocional, porque era una carga demasiado alta para ella”. En 2001 murió Dagoberto Rodríguez, el padre. Le dijo a Jorge en su última conversación que, si no cambiaba y se comportaba bien con la mamá, él se lo llevaba. 18 meses después esa última palabra tuvo efectos.
El último contacto con Jorge solo lo tuvieron algunos de sus hermanos, cerca a un almacén de cadena en la plaza de La América. Envió un angelito de regalo para una de sus sobrinas y por eso para sus hermanos Jorge fue un ser noble que no encontró un mejor reemplazo para la ausencia que las drogas.
Ese dos de agosto Jorge estuvo en un concierto de salsa en Envigado y luego se encontró en La América con Mauricio: “Yo hasta estuve con él por ahí hasta las cuatro o tres de la mañana, ya en un tiro yo le dije: ‘Vámonos’ y él me dijo: ‘No, yo quiero ver amanecer’”.
Al levantarse al mediodía siguiente, Mauricio supo por su mamá que Jorge no había ido a la casa. “Cuando me dio por subir a La América y me dicen: ‘¿Cómo siguió Fruco?’ Y yo: ‘¿De qué?’ Y me dijeron: ‘A Fruco lo apuñalaron anoche’ ”. La búsqueda llegó hasta la Unidad Intermedia de San Javier donde le dijeron que ese muchacho ya había fallecido y de ahí fue remitido al anfiteatro. “Cuando llegué me mostraron la foto y lo reconocí, también me mostraron el cuerpo”, cuenta Mauricio que tuvo que acompañar la reacción de dolor de su madre.
Paradójicamente, fue con la madre de unos jóvenes del mundo de las drogas que Fruco había tenido un altercado durante su última mañana. El asesinato con el que se quiso ajustar cuentas fue el inicio de una nueva etapa para que la familia procesara todo lo vivido al hacer un voto que bien retrata Rubén Blades en Amor y control: “y por más drogas que uses, y por más que nos abuses, la familia y yo tenemos que atenderte”.
Que por error fuera otro el cuerpo que llegó a la sala de velación cuando toda la familia esperaba los restos de Jorge, fue para algunos de sus hermanos el retrato póstumo de un ser que nunca se sintió identificado. Dicen que por eso amaba escuchar Oriente, porque se sentía como un pájaro perdido en el mundo.
“Empezaron a arrancarme los niños a las malas y yo decía ‘pero, ¿qué estoy haciendo?’ Y ellos respondían ‘la vamos a deportar, mandar para Venezuela y le vamos a quitar los niños’. Yo me puse desesperada a gritar, llorar y preguntar por qué”. En el episodio que relata Edgary Sorely están las causas y conflictos de la presencia de niños migrantes en la calle. Para los padres y madres, es la mejor alternativa ante la necesidad cuidarlos mientras se busca lo necesario para sobrevivir; para las autoridades, se configura una situación de explotación. Estas son las voces que se cruzan en una situación de pobreza y desempleo, agravados por la confusión.
Según la Ley 1098 de 2006, todos los niños, niñas y adolescentes que se encuentren en el territorio colombiano, son sujetos con derechos y deben ser protegidos por las autoridades sin importar su nacionalidad.
Así, los niños que viven el éxodo venezolano deben tener acceso en Colombia a salud, educación y todas las necesidad básicas para su desarrollo. Pero muchas de las circunstancias que llegan al país escapan al control de las autoridades: muchos pasan la frontera solos y en ese tránsito se exponen a ser explotados de muchas formas, a vivir en situaciones de riesgo, en las que, por ejemplo, es difícil distinguir cuándo los niños se encuentran en las calles mendigando o acompañando a sus padres a trabajar.
De un lado a otro
Colombia es uno de los países que más ha sentido las consecuencias de la crisis venezolana al ser, a la fecha, el mayor receptor de personas de ese país en el mundo. Según el informe de Distribución de Venezolanos en Colombia 2020, realizado por Migración Colombia, a diciembre 31 había en el país un total de 1 729 537 de ciudadanos de ese país, 762 823 con su estado migratorio en regla y 966 714 en la irregularidad. De ese total, se estimó que alrededor de 404 598 son niños, niñas y adolescentes.
Mucho se ha hablado de las diferentes alternativas y programas que se pueden ejecutar y que de los que avanzan actualmente, para mitigar los impactos adversos asociados a la migración forzada por los problemas económicos, sociales y políticos en Venezuela, en beneficio tanto de la población local como migrante y mediante principios de solidaridad.
En los últimos años aumentaron las cifras de niños, niñas y adolescentes migrantes que fueron atendidos por los programas institucionales de Migración Colombia y el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (ICBF). Cifras de este último revelan que en 2017 fueron atendidos 22 113 casos, en 2018 la cifra llegó a 62 247 menores y en 2019 la cifra aumentó hasta 66 231. Según Migración Colombia, el 99 % de los menores venezolanos atendidos en 2019 fueron asistidos por los servicios de Primera Infancia y el restante en programas de prevención y protección.
El momento en que la Policía traslada a los niños de Edgary Sorely. La desinformación agrava situaciones como las que ella vivió.
Imagen: captura de Youtube. >>
Entre las cifras, la ley y “lo del día”
En Medellín se conocen casos de diferentes padres y madres migrantes que aseguran haber sido separados injustamente de sus hijos por la supuesta condición de mendicidad en que los encontraron las autoridades en la calle. Muchos niegan haber practicado la mendicidad y denuncian un patrón en la manera cómo las autoridades están manejando sus casos tan solo por ser venezolanos.
CONTEXTO conoció el caso de Yelimar Gallardo, madre migrante de dos niños de uno y tres años de edad, a los que tuvo que llevar a su jornada para vender dulces porque su cuñada no pudo ayudarle a cuidarlos como siempre lo hacía. “Estaba por Buenos Aires vendiendo caramelos y café, y llegó Infancia y Adolescencia y me dijo que no podía estar trabajando con los niños. Llegaron los policías y me montaron en el carro”, contó Gallardo.
La mayoría de los casos en los que interviene la Policía se presentan con padres que salen a trabajar informalmente con sus hijos porque afirman que no tienen dónde dejarlos y no pueden quedarse en casa con ellos.
La Ley 1098 de 2006 establece que los niños y niñas no pueden trabajar o practicar la mendicidad, sino que deben estar centrados en realizar actividades académicas, deportivas, artísticas y culturales, que deben estar supervisadas por los padres y las autoridades locales. El intendente Jaime Vélez, de la Policía de Infancia y Adolescencia, explica que el ejercicio de la mendicidad aparece a partir del momento en que el padre sale con el niño a trabajar; dice que, incluso en los casos en que los padres aseguran que no tienen con quién dejarlos en casa, “la vulneración existe y se debe hacer el proceso de restablecimiento de derechos”, señala que es por eso que la Policía entra en acción verificando la identidad del niño para realizar el traslado hasta una sede del ICBF e iniciar el proceso administrativo.
Sobre la falta de alternativas de los padres que salen a trabajar con sus hijos, el intendente Vélez explica: “No es lo mismo vender solos que con los niños, porque cuando están con los niños, venden más (…) los seres humanos tenemos compasión y esa es la que hace que nosotros saquemos del bolsillo para que se ayude de alguna manera a ese niño. Pero entonces eso lo han usado como un mercado comercial que realmente lo que hace es poner en riesgo la integridad de los menores y que sean usados con tales fines”.
Al momento de detectar los casos directamente en la calle o por llamadas de ciudadanos, la Policía de Infancia y Adolescencia se acerca a los adultos para explicarles el proceso y por qué se va a hacer el traslado de los niños. El intendente Vélez dice que los niños y niñas no deben estar expuestos y asegura que: “Si uno ve un padre por ahí con sus hijos comiéndose un helado o caminando, en ningún momento va a haber un procedimiento”, señala que es diferente cuando un policía ve a un niño con una bolsa de dulces o recibiendo monedas.
CONTEXTO conoció de primera mano la experiencia de Edgary Sorely, migrante y madre de dos niños, de dos y seis años, que vive en Colombia con su familia hace tres, después de haber pasado la frontera terrestre. Edgary cuenta que estaba esperando que los carros pararan en una glorieta para pasar la calle con sus hijos cuando llegó la Policía de Infancia y Adolescencia diciendo que tenían que llevarse los niños por ejercer la mendicidad.
De la escena existe un video en Youtube donde se puede observar a los niños gritando, mientras uno de los policías jala de los brazos a Edgary para que suelte al niño mientras la niña ya está en manos del otro agente. La madre afirma que no estaba mendigando. Un conocido suyo, que la ha ayudado con mercado y cosas para los niños, confirmó la versión de ella y pidió la reserva de su identidad.
Preguntado por el caso de Edagry Sorely, el intendente Vélez explicó: “Ese cuadro del traslado siempre va a ser de impacto porque, aunque el niño esté vulnerado, él jamás va a querer separarse de la madre, y la madre no va a querer tampoco entregar a sus hijos (…). Nosotros como policías recibimos la preparación para evitar al máximo en esa situación que los niños tengan que sufrir esos escenarios haciendo uso proporcional de la fuerza”.
Vélez cuenta que al momento de hacer el traslado es muy probable que los padres o quienes están alrededor traten de evitar el procedimiento, “entonces ahí somos muy claros en decirle a las personas que prima el interés superior del niño. Es que los niños requieren esa protección, si los padres no están garantizando esos derechos, el Estado no puede hacer caso omiso”. Añade que el Estado, la familia y la sociedad son corresponsables de los derechos de los niños.
Edgary tomó la opción que le dieron los agentes de subir a la patrulla para acompañar a sus hijos, con el objetivo de aclarar la situación. “En ese momento estaba trabajando a tres cuadras de ahí, y yo les dije, pero ellos insistían en que yo estaba mendigando con mis hijos. Yo les decía que miraran cómo estaban vestidos y todo”, explica. Y recuerda que cuando llegó al ICBF, los funcionarios le dijeron que “si le quitaron los niños fue por algo” e inmediatamente se inició un proceso de restitución de derechos.
Los derechos de los niños
Según el artículo 44 de la Constitución Política de Colombia, son “derechos fundamentales de los niños: la vida, la integridad física, la salud y la seguridad social, la alimentación equilibrada, su nombre y nacionalidad, tener una familia y no ser separados de ella, el cuidado y amor, la educación y la cultura, la recreación y la libre expresión de su opinión”.
La verificación de identidad que se hace al iniciar el proceso busca, en primera instancia, garantizar uno de los derechos fundamentales: derecho al nombre. Las autoridades cuentan que en las verificaciones se han encontrado varios casos en los que los menores ni siquiera han sido registrados, lo cual es una violación de un derecho fundamental que avala el procedimiento oficial. En otros casos la Policía se percata de que los adultos que están con los menores no son sus padres. El intendente Vélez manifiesta que es importante reconocer que la migración venezolana ha aumentado la mendicidad y la explotación de los infantes, que “hasta se alquilan en ocasiones para esas actividades. Son instrumentalizados”.
Según cifras de la Policía de Infancia y Adolescencia, en lo que va del año 2021, en Medellín se trasladaron para su proteción 66 menores venezolanos. Una vez los menores se encuentran bajo la protección del ICBF, la entidad comienza una investigación para hacer la verificación y el restablecimiento de derechos en los casos que lo requieran, proceso que puede durar varios meses puesto que se hace una ratificación de los derechos vulnerados y un proceso con los padres antes de devolver los niños a sus hogares, si la opción aplica.
Por su lado, el ICBF cuenta con un reporte con corte a junio 30 de 2021 según el cual a esa fecha se atendió la restitución de derechos de 308 niños venezolanos, aunque los datos no especifican el motivo de atención.
Edgary Sorely sostiene que hubo errores en su caso. El intendente Vélez aclara que: “Hay muchas excusas por parte de los ciudadanos, incluso hay demandas de que los procedimientos han sido arbitrarios, pero cuando se entra a hacer la verificación, se constata que ha existido la vulnerabilidad”.
Edgary cuenta que, luego de tener varias sesiones, entregar sus pruebas de sus actividades laborales y los certificados educativos de los menores para mostrar que los niños no eran víctimas de ninguna vulneración, el ICBF igualmente consideró que los niños habían practicado mendicidad y devolvió los niños solo tras la firma de un documento donde hacía constar la situación y responsabilizaba a los padres de que el hecho no se repitiera y se brindara a los niños “condiciones mínimas de protección y salubridad”.
El ICBF confirmó que, según la Ley 1878 de 2018, la autoridad administrativa realiza la verificación de cumplimiento de las acciones interpuestas a la familia del menor. Sin embargo, Edgary dice que en su caso “es como si nada pasó”, pues desde el día en que los niños volvieron a su casa no recibieron más llamados o comunicados de la entidad.
La divulgación de la oferta institucional parece incompatible con la realidad de familias que siguen sin encontrar respuestas para el apoyo que requieren ante su situación de informalidad o desempleo y el cuidado de niños y niñas. Foto: ICBF.
La desinformación, otro estigma
Yelimar y Edgary manifestaron no haber recibido beneficios o apoyos por parte de Gobierno, cuentan que les han proporcionado varios números telefónicos para obtener servicios de salud para los niños, los cuales ambas consideran como principal prioridad. Pero en las líneas telefónicas nunca econtraron comunicación y todas las ayudas que reciben son de organizaciones o personas particulares.
Cupos dedicados en programas como Buen Comienzo, en convenio entre la Alcaldía de Medellín y el ICBF, e inscripciones especiales en el Sisbén están entre la oferta dedicada a la niñez migrante y que buscan facilitar que los padres puedan ir a trabajar y los niños y niñas eviten la mendicidad. Según el intendente Vélez, en sectores críticos como La Alpujarra se hacen jornadas de información con volantes y otros medios constantemente, explica que los adultos pueden asesorarse con el 123 Social e informarse sobre el acceso a todos los programas.
Un informe del ICBF revela que alrededor del 98.02 % del total de la población migrante atendida en Primera Infancia corresponde a beneficiarios provenientes de Venezuela, el documento aclara que los menores pueden obtener permisos de permanencia y vincularse a los programas de salud, educación y recreación yendo a la Alcaldía de Medellín para ser guiados. La entrada en vigencia del Estatuto Temporal de Protección para Migrantes Venezolanos, que llega ya a su segunda fase, facilita el acceso a estos servicios. Según el ICBF, avanza la etapa de registro y caracterización para determinar el número de beneficiarios y cuántas de esas personas están en mayor grado de vulnerabilidad.
Pero el teléfono sigue roto para padres y madres como Edgary y Yelimar, que no conocen y no acceden a estos beneficios, lo que en últimas reduce las opciones para los niños, que terminan en las calles.
El martes en la tarde era la reunión con Brayan Urrego en la casa de Andrés, la persona que nos presentó y que, además, lo apadrinó por varios años. Yo ya sabía de su existencia mucho antes de ese encuentro y debo advertir que desde el primer momento quise conocer detalles de su historia.
Cuando llegué me estaba esperando sentado en una silla del balcón. Al verlo, lo primero que pensé fue que me había equivocado en todas las imágenes que días atrás había construido en mi cabeza sobre él: que era un muchacho que conocía de cerca los quehaceres de la calle, se acostaba una o varias noches con el estómago vacío y no tenía muy buena relación con su mamá, aunque ella misma haya sido quien lo llevó a que se resocializara en una fundación. Lo imaginaba como la típica nea de barrio, pero en muchas ocasiones la portada del libro poco o nada tiene que ver con su contenido.
Tiene tez blanca, es alto, bastante flaco, de ojos claros, lleva un jean ajustado, una camiseta que le sobrepasa la cintura y tenis que podrían ser talla 40. Portaba un reloj muy llamativo en su mano derecha y lleva las uñas limpias y organizadas, una cuestión poco común en un alguien que tiene 20 años. El cabello perfectamente peinado y asentado con gomina o con alguno de los tantos geles que usan los hombres para arreglarse. Su mirada denotaba una combinación entre nobleza, fuerza y fragilidad.
No podía ocultar que estaba nervioso, el movimiento constante de sus manos lo delataban. Sin embargo, no nos costó romper el hielo. Empezó por decirme que desde pequeño ha sido receptivo, le gusta escuchar a los demás y aunque puede ser tímido al inicio después de un rato logra ser tan abierto como si de un amigo se tratara.
Aunque con el tiempo ha aprendido a ser selectivo con sus amistades, mientras cursaba la básica primaria en la Institución Educativa Fe y Alegría de Manrique, fue una ardua tarea aprender a negarse a hacer lo que él era consciente de que estaba mal hecho. Nunca fue el primero del grupo porque entre muchas cosas, como bien me dijo: “salía y hacía lo que yo quería, muchas veces ni hacía tareas; me iba a hacer cosas con amigos, a jugar en la calle, a gaminear, por así decirlo.”
Los juegos de Brayan no eran precisamente jugar con carros, asistir a un partido de futbol o ir a un parque de diversiones, sino subirse a los buses por la parte de atrás e irse pegado de la puerta con sus amigos hasta pasar cerca de su casa, o, en ocasiones, cuando corrían con suerte, entraban y jugaban en el corredor del bus. “A esa edad uno solo piensa en divertirse y no en que, si uno se cae de ahí, se va a aporrear”, dice entre risas.
En la zona nororiental de Medellín, en la Comuna 3, barrio donde creció, era normal ver cómo robaban, saber dónde y quién distribuía la droga y tener conocimiento de que el vecino podía ser un asesino, el campanero de la zona o una víctima más de las llamadas vacunas. Las bandas criminales no perdían oportunidad para reclutar niños y entrarlos al negocio. Brayan no fue la excepción. Por permanecer tanto tiempo en la calle, en repetidas ocasiones recibió diferentes propuestas para hacer dinero fácil y rápido. Así como también besos, abrazos y sexo a cambio de probar la droga.
De acuerdo con lo dicho por diferentes organismos de la Alcaldía en el Plan Docenal: Medellín, ciudad y ruralidad de niños, niñas y adolescentes: “El reclutamiento forzado de niños, niñas y adolescentes en la ciudad de Medellín se sigue presentando a partir de la presión que ejercen los grupos armados para inducirles a pertenecer a sus organizaciones, mediante la tenencia de armas de fuego, conducción de carros y motos y entrega de dinero. Aún en contra de su voluntad son forzados a ingresar a estas estructuras criminales a través de amenazas a ellos/as y sus familias, despojo de propiedades, hechos de violencia física y sexual, entre otros.”
A pesar de que él asegura nunca haber accedido, sí reconoce que las necesidades económicas y el constante “no” de su mamá cada vez que le pedía algo de plata, lo llevaron a robarle en dos ocasiones. “Uno en ese momento siente mucha adrenalina de que lo vayan a pillar, a castigar, a pegar. Y claro, mi mamá se daba cuenta de que le faltaba plata. La primera normal, pero a la segunda no me salvé. Fue a buscar debajo de mi colchón y ahí estaba la plata porque yo la guardaba para gastármela en el colegio. Ese día me pegó tan duro que me sacó sangre en las piernas.” me dijo.
Hay diversas opiniones y explicaciones para remitirse a la idea de “delincuencia”. Desde la mirada de Émile Durkheim, el sociólogo francés que junto a Karl Marx y Max Weber estableció formalmente la sociología como una disciplina académica, propone: “aunque la delincuencia parece ser un fenómeno inherente a cualquier sociedad humana, el valor que se le atribuye depende de la naturaleza y de la forma de organización de la sociedad en cuestión.”
A su vez, afirma Michel Focault: “El hombre al delinquir, no se encontraría fuera de la ley, sino “fuera de la naturaleza” ya que ha roto el pacto social, volviendo a un estado de barbarie. Debido a ello, es considerado un enemigo dentro de la sociedad: “el infractor se convierte en el enemigo común. Peor que un enemigo, incluso, puesto que sus golpes los asesta desde el interior de la sociedad y contra esta misma: un traidor. Un “monstruo”.
En el contexto colombiano, específicamente la “delincuencia infantil”, según la Defensoría del Pueblo, se entiende como aquellos delitos, contravenciones o comportamientos que socialmente son juzgados y que cometen las personas que son consideradas como jóvenes por la ley, en este caso, quienes tienen entre 12 y 18 años, como está expresado en el artículo 34 del código civil colombiano.
Los procesos de resocialización se fundamentan en afianzar las capacidades de los niños en su autonomía, responsabilidad y sentido crítico. Foto: Cortesía.
En la búsqueda de los motivos por los cuales estos jóvenes deciden cometer actos ilícitos y para entender su reincidencia, la Procuraduría General de la Nación y la Fundación Antonio Restrepo Barco realizaron un estudio en el 2007 que arrojó un alto porcentaje de adolescentes que consumen sustancias psicoactivas y delinquen para poder conseguirlas. Sin embargo, otra parte de la población lo hace por necesidades económicas y, por lo tanto, entre los delitos más frecuentes se encuentran: el hurto, venta de estupefacientes y prostitución.
Andrea Tillares Cifuentes en su tesis de grado El arte como herramienta de mediación. Experiencia artística para la resocialización de menores infractores de la ley en Colombia, explica que esto se debe a la falta de oportunidades educativas, el difícil acceso a ellas y el fracaso escolar. También, se tienen en cuenta factores en términos sociales como el trabajo infantil, “ya que existen registros de niños entre los 6 y 14 años que se encuentran vinculados a trabajos informales y otros casos de niños y jóvenes que han optado por la prostitución y el tráfico de drogas”, asegura.
En respuesta a la escasez y las necesidades económicas, sociales y afectivas, Patrizia Benvenuti, en su texto Violencia juvenil y Delincuencia en la región de Latinoamérica, afirma que: “la asociación de bandas y pandillas, como arma de rebelión contra la falta de oportunidades y como alternativa de ingresos, es otro detonante de este fenómeno, claro ejemplo de ello está en la ciudad de Medellín, en donde hay pandillas juveniles con afiliados de tan sólo 8 o 10 años de edad.”
Asimismo, en el Plan Docenal se menciona que el ICBF, uno de los mayores entes reguladores del bienestar y el cumplimiento de derechos de niños y jóvenes: “ha informado que en los últimos años se registra un aumento de adolescentes infractores —según lo define la Ley 1098— asociados a casos de homicidios, hurtos y expendio de estupefacientes. Es conocido que inician como informantes y con actividades de menor impacto, pero van ascendiendo hasta convertirse en perpetradores de asesinatos, secuestros y violaciones sexuales”.
Un día cualquiera después de muchas discusiones y problemas con su familia, Kelly, la mamá de Brayan, llegó llorando a su trabajo, una casa donde se encarga de hacer el aseo. Sus patrones, que tienen como profesión la docencia, le preguntaron qué le pasaba, que por qué estaba tan preocupada. Ella les contó que tenía muchos problemas en su casa y que su hijo mayor, Brayan, era indisciplinado, mentiroso, irrespetuoso, que siempre que llegaba de trabajar lo encontraba en la calle y que además estaba empezando a robar. Siguieron haciéndole preguntas sobre el trato que le daba a sus hijos, a lo que ella admitió que les pegaba, les gritaba y no les daba confianza; pero que no sabía cómo podía mejorar esta situación si no tenía plata para pagarle a alguien o la colaboración de su mamá para que estuviera al pendiente de ellos.
Ante este panorama, le sugirieron buscar una fundación que no solo ayudara sus hijos sino también a ella, porque no estaba siendo realmente una buena mamá, según ellos “por falta de sabiduría y el desconocimiento sobre cómo afrontar las dificultades.”
Decidió pensarlo esa noche. Entre lágrimas me confesó que se sintió como una basura y que creyó que iba a cometer el peor error de su vida. “Llegué a la casa llorando, no sabía qué hacer”, dice Kelly. Le comentó a quien en ese momento era su pareja y estuvo de acuerdo en que ingresaran a Brayan a la fundación. “Eso es preferible a que se nos pierda y el día de mañana encontrarlo por ahí, muerto” le dijo él. Sin embargo, cuando se lo comentó a su mamá, no estuvo de acuerdo. Su única respuesta fue: “Eso no lo hace uno, eso es una mala madre”. Aun así, se hizo consciente de que no podía ser egoísta y de que iba a ser lo mejor para su hijo.
Los dueños de la casa de familia la ayudaron a buscar la fundación y entre varias opciones, decidieron hacer el proceso con la Fundación niños, niñas y adolescentes de la Divina Misericordia de Envigado. Entidad que se fundó en 1996 por Liliana Suárez, su actual directora, y un joven que se encontró alguna vez en una iglesia. Ella estaba ayudando a un niño, habitante de calle, y él, al ver este gesto, le propuso que formaran una sociedad.
Iniciaron unas salidas los sábados donde hacían recorridos para acudir esta problemática. Empezaron la labor con 3 niños y con ellos trabajaron unos meses. Luego, vieron la necesidad de brindarles un hogar, por lo que alquilaron una casa en La Estrella y la adecuaron con cosas de cada uno: colchones, ollas, platos, cobijas, almohadas, cortinas y productos de segunda necesidad que les sobraban y eran necesarios para brindar el servicio, comentó ella.
Según el Plan Docenal el Censo de habitantes de calle realizado en 2009 en Medellín se identificaron 3.381 habitantes de calle, definidos como las personas de cualquier edad que generalmente han roto sus vínculos familiares y hacen de la calle el lugar único para su supervivencia. Y 20.971 habitantes en calle, es decir, personas de cualquier edad que realizan en calle actividades que le permiten un sustento económico y se alterna con la casa y la escuela y del total de censados, fueron identificados 1.080 niños, niñas y adolescentes, 153 de calle y 927 en calle. Lo que fue aún más alarmante en esa época es que “solo 55 niños, niñas y adolescentes que se encuentran en situación de calle, tienen garantizado la apertura de proceso administrativo de restablecimiento de derechos y, por lo tanto, 16 niños, niñas y adolescentes continúan con sus derechos vulnerados.”
Tiempo después ambos se dieron cuenta que esta era una población que necesitaba una atención especializada por ser niños habitantes de calle. “Ellos respondían con mucha agresividad, violencia y en los colegios no los aceptaban. Nosotros no teníamos capacidad para profesionales entonces fuimos estudiando la idea de mejor prevenir el niño en situación de calle, y esa es la población que atendemos ahora: niños de escasos recursos, que tienen a sus padres en la cárcel, viven con los abuelos, ellos ya son mayores y no pueden hacerse cargo, madres que son internas y manejan horarios muy extensos, por violencia intrafamiliar y desplazamiento forzoso” expresa Liliana.
Según lo dicho por la Personería de Medellín en el Plan Docenal, entre el 1 de enero y el 30 de diciembre de 2014 recibieron “1.774 declaraciones en el Formato Único de Declaración –FUD– por desplazamiento forzado intraurbano; así mismo reporta para el año 2013 las comunas 13 (San Javier), 8 (Villa Hermosa), 1 (Popular), 3 (Manrique) y 7 (Robledo) como las que marcaron la pauta negativa como principales comunas expulsoras, grandes generadoras de desplazamiento forzado intraurbano.”
El proceso para el ingreso tuvo varias condiciones. En primera instancia hicieron una entrevista con los padres, en este caso Kelly y su pareja con el psicólogo, el pedagogo y otros profesionales de la fundación y después, la tuvo Brayan con estas mismas personas. Llenaron un formulario y tras varios papeles, fue aceptado. “Desde ese momento empezaría un reconocimiento del espacio por parte del niño, en el que se identificaría su adaptación y se determinaría bajo qué condiciones se iba a quedar”, dijo la directora. Ya todo estaba listo para empezar este proceso donde él podría formarse y, en especial, resocializarse como persona. “Yo creo que es el paso más duro que he tomado”, comenta la mamá.
El término “resocialización” ha sido definido y estudiado desde la criminología, el derecho penal y la sociología por diferentes autores. En el caso de Focault, en el texto Pensamiento Penal de Michel Foucault, escrito por Edison Carrasco Jiménez, se menciona que el filósofo considera que “la pena resocializadora nace con la prisión moderna, a fines del siglo XVIII. No obstante, sólo alcanzará un desarrollo y dimensión especial en la última parte del siglo XIX, cuando el proyecto de transformación de los individuos se promueva plenamente por las disciplinas vinculadas a la cuestión criminal y se acompañe por creaciones institucionales y reformas legislativas del sistema penal.”
En el mismo texto y similar a las consideraciones anteriores, es citado Rousseau, quien aporta su significado: “Cualquier malhechor, atacando el derecho social, se hace por sus maldades rebelde y traidor a la patria; violando sus leyes deja de ser uno de sus miembros; y aun se puede decir que le hace la guerra. El proceso y la sentencia son las pruebas y la declaración de que ha roto el pacto social y de que por consiguiente ya no es un miembro del estado.”
En sus orígenes, también se tiene en cuenta que Rotman reconoce que la resocialización puede tener cuatro modelos respectivamente: “el modelo penitenciario (que tendría por elementos básicos el trabajo, la disciplina y la educación moral), el terapéutico o médico (sobre el que gira la mayor parte del debate actual sobre la resocialización), el modelo de aprendizaje social, y una concepción de la resocialización orientado por los derechos de los presos.”
Para llegar a la fundación, surgieron varios impases, porque, aunque estaban en la misma ciudad, las calles de Manrique no son iguales a las de Envigado, un lugar que ellos reconocían como el sector donde vive “la gente de plata”, dice Brayan. Se perdieron, no conocían direcciones, pero preguntaron en una tienda cerca a la cancha La Paloma y así fue como pudieron llegar.
Le pregunté a Brayan cómo se había sentido cuando su mamá lo dejó allá. Particularmente reconoció este como uno de los momentos más difíciles desde que inició el proceso. “En el momento fui muy fuerte, no solté ni una sola lagrima, le dije: ‘Hágale ma, te amo, chao’, pero después de que ella pasó esa puerta yo me eche a llorar y pensaba ‘Dios mío, ¿yo qué hago acá?’ Ella siempre me habló de lo bonito, pero nunca de lo malo, de la cantidad de personas que había que tolerar ahí, de los esfuerzos que había que hacer y el montón de pensamientos diferentes que había a los tuyos”, respondió.
A pesar de que él siempre había sido independiente y teniendo tan solo 10 años intentaba salir adelante, estar ahí le produjo una sensación de abandono. Aunque no estaba todo el tiempo con su mamá, pasar de verla en las noches a poder hacerlo sólo cada ocho días, fue un cambio radical.
Ese primer día en la fundación fue determinante. Al entrar, todos los niños lo miraban extrañados y curiosos, pero el primero en acercársele fue Adrián, el que se convirtió en uno de sus mejores amigos. Cuenta que muchas veces trasnocharon y Adrián le contaba sobre su vida, “era de esos niños que tenían a la mamá en la cárcel y había vendido dulces los fines de semana antes de llegar allá” me dijo.
Ese día se la pasó conversando y conociendo, pero cuando llegó la noche admitió que se sintió solo y vacío. “No dormí. Me sentía diferente en la cama y ajeno a todo lo que estaba sucediendo, pero sentí que en parte eso me iba a ayudar” aclara Brayan.
Me inquietó conocer cuáles son las dinámicas que se llevan a cabo en este tipo de lugares porque, como en cualquier institución, deben ser bastante rigurosos, y, en efecto, después de escucharlo, confirmé que así son: “Levantarse a las 5:30 a.m. Tender la cama, lavar la ropa interior. Luego entrabamos al comedor a desayunar y ahí no se hablaba. Yo siempre he sido de hablar mucho y esa era mi mayor debilidad, entonces los llamados de atención eran para mí. Después de terminar de comer, nos cepillábamos los dientes, íbamos a estudiar y luego volvía a la fundación, ya me estaba acostumbrando mentalmente a estar ahí”.
Para él no es complejo adaptarse a nuevos espacios y saber que ya tenía algunos conocidos hizo la situación más llevadera. Además, agrega: “Llegábamos, almorzábamos, nos cambiábamos al uniforme de la fundación, hacíamos las tareas, llegaban las alfabetizadoras, pero como cosa rara, nunca había una para mí. Desde que recuerdo yo era el niño que le tocaba quedarse con la cuidadora; nuevo y encima eso. A las 4:30 p.m. tomábamos el algo y después nos íbamos a hacer cualquier actividad, jugar futbol, por ejemplo. Si estábamos haciendo algo por fuera, llegábamos tipo 6:00 p.m., comíamos, nos cepillábamos y a las 8:30 o 9:00 p.m. nos acostábamos a dormir”, narra con entusiasmo Brayan, como si me estuviera contando un cuento donde él es el protagonista.
El primer viernes que Kelly podía pasar a recogerlo, lo vio e imaginó que su hijo estaba bien, pero la realidad era otra, confesó él. Sin embargo, como era el primer fin de semana y la estaba esperando con tantas ansías, quiso hacerle creer a su mamá que estaba muy feliz, que era un lugar maravilloso. Lo que nunca le contó fue que lo regañaban constantemente, que era el último en dormirse y como sería normal, los castigos no se hicieron esperar: barrer, trapear toda la casa, lavar la ropa de los demás o lavar los platos. Brayan poco a poco pasó por todos, pero asegura que prefería asumirlos que dejarse consumir por la monotonía. “Hubo un momento donde me di cuenta que la rutina no era lo mío. Me agobia, no la soporto”, dice.
El domingo en la tarde cuando volvió de su casa ya sentía más propio el lugar. Se estaba acostumbrando a que ahora ese era su nuevo hogar. “Aprendí a verle cosas diferentes al día a día. Es chévere porque eso te enseña a llevar la vida viviendo el día, lo cotidiano. No ver los días como uno más sino como una oportunidad de que cosas nuevas pueden suceder. Ahí fue donde aprendí a estar conmigo mismo, a construirme y me di cuenta que el mejor proyecto soy yo mismo”, agrega.
Para hablar del término resocialización en Colombia hay que remitirse al Código Penal de 1980, donde se incorporó legalmente este vocablo. Fue de conocimiento público gracias a varios tratados internacionales aprobados por Colombia que se convertirían posteriormente en leyes, como lo son la Ley 74 de 1968 y la Ley 16 de 1972. Antes de este concepto, se usaban las palabras “reforma” y “readaptación social” según Kenny Dave en su texto Resocialización del individuo como función de la pena.
Posteriormente, en 1993, el Código Penitenciario y Carcelario encontraría definida la resocialización como “función, finalidad y tratamiento de la pena, dándole un desarrollo más amplio que el del código penal de 1980” en los artículos 9 y 10 que establecen la finalidad de la pena y el tratamiento penitenciario, respectivamente. En conjunto, de acuerdo con la Corte Suprema de Justicia, “Por resocialización se entiende la acomodación y adaptación de una personalidad al medio del cual se desprendió en razón de la conducta y del delito cometido. Buscase con ella que el hombre vuelva al seno social desprovisto de aquellos motivos, factores, estímulos, condiciones o circunstancias que, contextualmente, lo han podido llevar a la criminalidad, con el propósito de evitar que reincida, es decir, que caiga de nuevo en el comportamiento delictivo”, afirma Dave.
Susana Pineda, trabajadora social de la Universidad Pontificia Bolivariana, señala que el proceso de resocialización tiene varias fases. En la primera de ellas, cuando se trata de un menor de edad, es necesario hacer un diagnóstico donde se determina cuáles son los factores de vulnerabilidad y generatividad y se hace un enlace con el ICBF. Después, se inicia el proceso de intervenciones o ayudas con alta seguridad, paulatinamente, según su progreso, se pasa a media seguridad y finalmente, se determina cuándo puede salir el menor y reintegrarse nuevamente a la vida en sociedad. Además, afirma que “debe hacerse un plan trimestral de acompañamiento psicosocial donde se plantean unos objetivos de trabajo para que el menor pueda cumplir con su resocialización.”
Conforme fue transcurriendo el tiempo, psicólogos, cuidadores y voluntarios conocieron el caso de Brayan y en la escuela de padres, a su mamá, quien, además, me contó que este tipo de espacios le ayudaron para entender que es importante el diálogo, la confianza y el ejemplo que se da en casa para el crecimiento y la buena educación de los niños. “Fue mucho el apoyo en la fundación. Fue una situación muy dura para él y para mí, pero nos educaron como familia”, dice Kelly.
No puede desconocerse que fueron años difíciles y que tanto Brayan como su núcleo más cercano experimentaron cambios como consecuencia de esta nueva vida que empezaba a construir. Para su mamá, recogerlo cada ocho días, pero tenerlo que volver a dejar allá, significaba “un enorme vacío llegar a la casa y saber que no lo iba a encontrar”, dice ella al mismo tiempo que reconoce que es una cuestión que hoy todavía le duele. Y para él era un mundo inexplorado que, aunque quería creer que era una buena oportunidad, le tomó tiempo, esfuerzos y sacrificios recoger los frutos.
Mientras conversábamos, Brayan recordó que justo cuando estaba atravesando esos momentos difíciles, un día se le acercó Jorge Iván Salazar, benefactor de la fundación, y le dijo: “todo lo que usted quiera lograr, está en y depende de usted”. No está seguro si aún vive o si ya habrá muerto, pero de lo que sí tiene certeza es que esas palabras marcaron su vida en ese momento y se convirtieron en aliento para esos días en lo que solo veía el lado negativo de las cosas. “Eso me hizo entender que uno como persona, aunque puede ayudar a los demás, nunca debe olvidarse de sí mismo ni ponerse en segundo plano porque nadie va a ser eso. Las personas vienen y van como la vida misma”, me dijo.
Después de todo, empezó a ser un joven reconocido por ayudar a los demás. Se convirtió en un líder dentro de la fundación y un referente de caballerosidad, respeto, compromiso, solidaridad, compañerismo y, en especial, de superación personal. No solo su mamá dice que es un hombre muy diferente al que entró; sincero, atento, humilde, comprensivo sino también sus amigos, los profesionales que acompañaron su proceso y quienes conocen de cerca su historia de vida.
Desde antes de ingresar a la fundación “soñaba con ser cantante, estudiar Administración de Empresas o Negocios Internacionales”, dice. Pero sus aspiraciones y su forma de ver la vida no son las mismas después de salir de ese proceso. Durante los 6 años que permaneció en la fundación, se reeduco, cambió su forma de actuar, pensar y aprendió a controlar sus emociones. Allí pudo confirmar que hay una gran diferencia entre oír y escuchar, y él ha podido desarrollar las habilidades suficientes para saber muy bien cómo hacer la segunda, así que después de terminar el colegio, se propuso estudiar piscología en la Universidad de Envigado y dice: “no solo lo hago por ayudar a la gente sino por conocerme y ayudarme a mí mismo”, y así lo está haciendo, lo está logrando. Hoy tiene la oportunidad de trabajar, estudiar el pregrado que quería y ser un hombre independiente como siempre lo ha sido.
No omitió añadir que su motivación para elegir esta carrera fue su propio proceso y el conocer personas en la fundación con las cuales logró identificarse. Una de ellas fue Andrés, quien trabajaba allí, conoció de cerca su caso y decidió ayudarlo económicamente. Pero lo que fue aún más valioso es que le permitió conocer detalles importantes de su vida, e incluso, lo llevo a su casa y le presentó a su familia. Dejó de ser un miembro más de este lugar y pasó a ser, con los años, un amigo, confidente y, ahora, es como un hermano mayor.
Al igual que el caso de Brayan, continúan llegando cientos iguales o similares a la fundación. Liliana asegura que atienden actualmente a 1.300 niños y que hay temporadas en que los ingresos aumentan como resultado de las dificultades económicas, cuando los padres se quedan sin trabajo o porque la violencia intrafamiliar crece considerablemente.
A propósito de esta última causa, de acuerdo con lo dicho por el Consejo de niños, niñas y adolescentes del corregimiento de Altavista en el Plan Doctrinal “Hay violencia porque falta dinero, porque la gente no tiene empleo, por el vicio y las mentiras, porque la gente no sabe resolver los problemas”. Conjunto a esto, se analizan otros factores como el alza en los productos de la canasta familiar, la calidad de los empleos y el pago por ellos, pues este es el sustento de muchas familias y, por ende, de niños que terminan en instituciones como el ICBF o fundaciones sin ánimo de lucro.
“La Fundación World Vision reporta en el informe de diagnóstico de la Comuna 1-Popular en 2013, que los niveles de desempleo, especialmente con el grupo poblacional de jóvenes, continúan siendo muy altos en la ciudad, lo que genera decisiones de vida en esta población que condicionan la misma de acuerdo al flujo económico existente, como lo es la vinculación al conflicto, las adicciones, el tráfico y la delincuencia, los embarazos en adolescentes, interrupciones de embarazos y problemas de salud mental”, se informó en el documento realizado por la Alcaldía de Medellín.
Entre estos casos, se encuentra el de Miguel Ángel, un niño que tiene 10 años y ahora, permanece en la fundación de lunes a viernes. Algunos fines de semana va a su casa donde está su mamá, su tío y su hermano.
Aunque por la situación de salubridad que vive la ciudad no fue posible ingresar, conocerlo y tener una charla de forma presencial, con los audios que me hicieron llegar de él por medio de Susana, una de las cuidadoras de la fundación, pude hacerme una imagen de su rostro. Su voz tranquila, segura, inocente y fuerte me hacen pensar que es hábil, despierto y que a pesar de que su mamá no tiene tiempo para cuidarlo, se siente cómodo donde está.
Al fondo de su voz se escucha el bullicio de niños que hablan, corren, juegan y gritan. Tal vez para ellos es un mundo y una realidad más colorida que la que viven afuera. De hecho, de forma implícita él lo reconoció, dice que lo han llevado a varios paseos y que antes casi no salía. También me manifestó que puede conectarse perfectamente a sus clases virtuales, hacer sus tareas, gracias a la ayuda de sus profesoras en la fundación, y genuinamente, al final del audio y casi entre risas, agregó “y aquí hay mucha comida”.
El acompañamiento en la fundación no solo está a cargo de personas que reciben un salario mensual sino también por profesionales que ofrecen su conocimiento de manera voluntaria. Entre abogados, psicólogos, sociólogos, antropólogos y cuidadores velan por el avance de los distintos casos. Estefanía Arango, psicóloga que ha hecho parte de este grupo de voluntarios, resalta: “las principales actividades que se desarrollan radican básicamente desde un acompañamiento psicosocial, desde lo pedagógico o desde lo psicológico. Allí estarían todas esas impresiones diagnosticas, remisiones, ICBF, comisaria de familia y demás. Talleres, habilidades para la vida, conciencia emocional y exploración” A su vez, dice que uno de los puntos más importantes es que a través de todas estas actividades se busca garantizar los derechos de los niños, niñas y adolescentes, bien sea desde el ámbito académico, médico o nutricional.
Parece que la rutina no es muy diferente a la que momentos atrás me narró Brayan. Este pequeño se levanta, tiende la cama, se baña, se viste y espera a que el resto de sus compañeros estén listos para bajar a desayunar. Luego se conectan todos a sus clases. En el primer descanso deben hacer las tareas que les hayan asignado en ese momento y luego volver nuevamente a conectarse. Después almuerzan, tienen diferentes actividades, comen algo en la tarde, continúan en juegos o dinámicas y, finalmente, en la noche comen algo y se van a la cama. El único distintivo es que Miguel lo ha dicho más lento y con unos cuantos “Aaahh sí, y entonces luego…”, como expresiones propias de su edad.
Más adelante, empezamos a hablar de qué era lo más difícil de estar en la fundación y con un tono más bajito, me dice: “separarme de mi papá porque después de que dejé de vivir con él yo me puse muy triste” pero seguidamente lo escucho decir algo que confirma que los niños bajo ninguna situación dejan de ser eso, niños. Y es que dice que su momento más feliz fue cuando llegó a la fundación. Sintió que además de que lo recibieron muy bien, la compañía de su hermano y algunos amigos que hizo después, le hicieron todo más sencillo.
“Extraño a mi papá, a mi abuela, a mi tía, a mi mamá y a mi familia de Gómez Plata”, expresó. Y es que, en definitiva, son personas que no se reemplazan ni con toda la atención, la educación, los juguetes y la comida del mundo.
De hecho, el psicólogo de la Universidad de Envigado Andrés Felipe Ramírez, afirma que ingresar a este tipo de espacios genera que la vida del menor cambie radicalmente. “El mayor pilar emocional que tiene un ser humano a lo largo de su vida, especialmente en la niñez, es la familia. Al alejarse de ellos debe asumir otros retos, exige que el niño empiece a ser resiliente en su cotidianidad, exige que el niño comprenda su realidad de forma diferente, exige que él dialogue con su entorno de forma diferente y exige, además, que el niño desde temprana edad aprenda el significado de la palabra ‘desapego’. Esto sin mencionar que puede no comprender lo que está pasando y puede detonar en él comportamientos desadaptativos, lo que sería muy comprensible; comportamientos que son generados por la impotencia, el sentirse abandonado y por la frustración”.
Así lo reconoce también la Alcaldía de Medellín en el Plan Docenal cuando explica que es importante tener en cuenta que las necesidades de los menores no solo son económicas sino también afectivas. Es imprescindible elaborar un duelo, reconstruir los proyectos de vida, comprender el desarraigo y esa separación inevitable que se produce con la familia; esto con el fin de cuidar su salud mental y brindar garantías después de la etapa de violencia, maltrato o postconflicto que haya vivido el menor.
Miguel Ángel desea continuar en la fundación porque en su casa no tiene internet para hacer las tareas y, además, así evita pasar tanto tiempo solo. Ahora puede compartir con muchos amigos y personas que lo quieren, según me contó en nuestra conversación virtual pero inolvidable.
Para despedirse de mí, aunque no sepa quién soy yo, quiso dejarle un mensaje a todos los niños que están pasando por una situación igual o similar a la suya: “No se angustien cuando lleguen acá, no tengan miedo porque acá de todas maneras siempre lo van a querer a uno y estén felices por la vida que tienen”.
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Reportaje realizado para el curso Periodismo IV, orientado por el profesor Ramón Pineda.
Un amor, que nació de un encuentro fortuito ha tenido que superar los retos que impone el olvido. Jairo Muñoz cuenta cómo ha vivido el alzhéimer que padece su esposa Mabel.
Ya van cuatro años, fue un siete de marzo del 2016, día en que la vida de Mabel mi esposa cambió y con ella la mía también. El diagnóstico fue alzhéimer temprano, la forma más común de demencia que deteriora progresivamente la parte funcional del cerebro.
Nos conocimos en un bus del barrio Cristóbal, una mañana de 1975. Vi entrar a la que hoy es mi esposa en la segunda parada del día en el barrio La América. Estaba sentado y ella esperaba ubicar un puesto, sin pensarlo le dije: “Sentate” y guardé silencio, al llegar el bus a su destino me fijé muy bien para esperarla en la misma parada en la que se bajó y efectivamente funcionó. Al final del día decidí comprar el pasaje y hacer la fila hasta verla llegar, cuando vi que se acercaba, la invité a tomar mi lugar, le pregunté si quería ir a cine esa noche conmigo y su respuesta fue un inmediato sí. Desde eso nunca jamás volvimos a separarnos, ya son 39 años de casados.
Jairo y Mabel, en los inicios de la familia que hoy los sigue amparando. Foto: Marta Cecilia Rodríguez.
Diez años de esas tres largas décadas han traído muchas transformaciones. En febrero de 2010 cuando salimos de la casa de mis suegros, ella siempre era la que manejaba y lo hacía bastante bien. Noté que había tomado otro camino fuera del habitual y le dije — ¿por qué vas por aquí?- a lo que ella me respondió: – no, no, es que por cualquier lado se llega—. Decidí no ponerle mucha atención y pensar que fue un simple olvido. Poco tiempo después íbamos a salir de la casa de sus padres nuevamente, al llegar a nuestro destino, ella notó que dejó su bolso, desde ese momento supe que íbamos a tener problemas con el alzhéimer. Por esos mismos sucesos decidí buscar ayuda profesional para confirmar mis sospechas. Encontré al neurólogo Francisco Lopera, quien diagnosticó de forma inmediata, como si no hubiese tenido que analizar mucho la situación, solo tras hacerle algunas preguntas. Alzhéimer temprano.
Cuando llegamos de esa cita, comprendí que la Mabel que conocía desde hace un tiempo había dejado de ser ella en varios aspectos y eso se reflejaba en que le debía recalcar y repetir varias veces las cosas. Ella respondía siempre un poco molesta, comenzó a negarse a cocinar, ya no le gustaba leer, dejó de hacer las sopas de letras que tanto disfrutaba.
Desde ese entonces no elige su ropa, mis hijas deben hacerlo o incluso yo. A veces también decide irse sin avisar, como una mañana en la que me levanté y no la encontré. Inmediatamente salí del apartamento y bajé las escaleras rápidamente. La alcancé y le dije — ¿pa´ dónde vas y por qué vas de piyama? — y ella, con su actitud gozadora, me respondió — ¿y es que está muy fea la piyama? Y vos como estás ahí de piyama, la mía está más bonita —. Parecía una niña. Tal vez por eso cuando se mira al espejo me dice que hay alguien más, reconoce en su reflejo a otro ser, uno que la imita en todo. Lo describe como alguien pequeño, a veces la mira como si quisiera entablar una conversación. Lo que hago es acercarme a su lado y le digo — ve, somos los mismos, tú eres ella, yo soy él— (todavía me río de eso).
Tal vez su memoria no sea la misma y nunca lo será. A veces lucho, no sé si contra la enfermedad o contra el recuerdo que tengo de mi esposa. Mis días consisten en estar siempre con ella para que no se pierda, ayudarla a coger los cubiertos, hacer ejercicio, reír y conversarle a esa niña que ve en sus reflejos, a la que también le pone un plato en la mesa como si fuese otro integrante de la familia y esperar el día en que deba respaldarla hasta en lo más mínimo como ir al baño e incluso comer.
Para este punto de la vida mi esposa Mabel, a sus 64 años, ya ha perdido el 70 % de la memoria. Lo noto en sus largos silencios y su mirada a veces perdida. Pero con sus risas, recuerdo esa gran mujer que siempre ha estado a mi lado, pendiente de que saliera contento de la casa, esa amante, ese ser humano aferrado a vivir la existencia de la forma más genuina posible.
Lo que siempre estará en mi memoria es que mi esposa me ha dado dos hijas hermosas. Creo que el recuerdo más grande que tendrá ella de mí es que la acompaño. Me lo ha dicho: “Uy, qué bueno que usted me acompaña”. Ahí es cuando comprendo que, aunque el camino sea fácil de olvidar, aunque ella no pueda recorrerlo sola, yo siempre estaré ahí para recordarle cómo regresar a casa, a su hogar.
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Trabajo para el curso Periodismo III, orientado por la profesora Claudia Sánchez Aguiar.