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  • El mercado gris: la cara oculta del negocio con los diplomas

    Escándalos recientes y visibles en el sector público han puesto en evidencia una práctica que se origina en esguinces a la norma y cuyos efectos no se dimensiones por completo. Los atajos para cumplir los requisitos de titulación abren la puerta a casos de mala práctica profesional, corrupción en lo público y lo privado y, según se ya se conoce, reservas o dificultades para la convalidación o reconocimiento de los títulos que sí se obtienen debidamente.

     

    Por: Susana Arcila Jiménez y Camila Rojas Hernández / periodico.contexto@upb.edu.co

     

     

    Del fraude académico al problema nacional 

    En Colombia, las primeras alertas sobre la falsificación de diplomas surgieron mucho antes de convertirse en noticia recurrente. Desde los años noventa, las autoridades educativas comenzaron a notar un patrón inquietante: títulos de bachillerato y certificados universitarios presentados por aspirantes a cargos públicos que no coincidían con los registros oficiales. Según publicaciones de prensa y reportes institucionales de la época, el ICFES y el Ministerio de Educación empezaron a detectar irregularidades en documentos académicos utilizados en concursos de mérito y procesos de ascenso en la función pública. 

     

    Aquellas alertas iniciales marcaron el comienzo de un problema que, con el paso del tiempo, se transformó en un fenómeno estructural. Lo que en principio parecía un caso aislado de falsificación terminó revelando una práctica extendida que combina corrupción, negligencia institucional y vacíos legales. Las universidades y entidades estatales, apoyadas en el principio de buena fe sobre los documentos que recibían, dejaron pasar irregularidades que hoy ponen en entredicho la legitimidad del sistema educativo y la transparencia del Estado. 

     

    Panorama a nivel nacional 

    Se habla de un mercado negro de documentos fraudulentos que se compran y venden como cualquier mercancía. Pero existe otro fenómeno que se basa en la corrupción de los sistemas administrativos o la vulneración de los protocolos de titulación: esguinces a la norma para hacer una carrera con atajos. De eso se trata el denominado mercado gris, detrás del cual se afecta la transparencia del Estado y su solidez. Esta situación ha facilitado, por ejemplo, que individuos sin la formación requerida accedan a cargos que implican la gestión de recursos públicos bajo engaños. 

     

    De acuerdo con un informe publicado en 2022 por la Fiscalía General de la Nación, la entidad logró la judicialización de cuatro presuntos integrantes de una red señalada de obtener ilegalmente diplomas entre otros documentos. El material de prueba, reveló que, al parecer, cobraban entre 8 y 26 millones de pesos por un “paquete” que incluía diploma de bachiller o títulos universitarias y técnicos, con las respectivas actas de grado, certificaciones e incluso informes de calificaciones con promedios entre 3.5 y 4.0. 

     

    El reporte también señaló que en algunos casos los investigados habrían intervenido dentro de entidades públicas para que ciertos proyectos y contratos se asignaran a personas específicas. Por esta actividad presuntamente exigían recibir el 10% del contrato asignado. 

     

    Asimismo, se han reportado múltiples denuncias contra funcionarios públicos en diferentes entidades públicas y gubernamentales. En 2023, la Procuraduría General de la Nación destituyó e inhabilitó por seis años a Daniela Jaramillo Arbeláez, funcionaria de Migración Colombia por posesionarse con un título falso. La ex-funcionaria aseguraba haber obtenido su título como profesional en Derecho de la Pontificia Universidad Javeriana; sin embargo, la institución confirmó que no habría culminado sus estudios.  

     

    Caso similar ocurrió a mediados del 2024, la Procuraduría destituyó e inhabilitó por 12 años a María Constanza Zuleta Obando, presuntamente profesional especializada de la oficina de asesora jurídica del Ministerio de Justicia y del Derecho, por posesionarse y permanecer en el cargo con documentación falsa.  

     

    En lo que va corrido del año se han sumado nuevos casos que evidencian las fallas en los mecanismos de verificación académica. El más reciente fue la denuncia pública realizada por la representante a la Cámara Jennifer Pedraza, quien señaló presuntas irregularidades en el proceso de nombramiento de Juliana Guerrero como viceministra de la Juventud. Durante su intervención en la plenaria, Pedraza enfatizó que al realizar la búsqueda del certificado del Saber Pro de Guerrero en la página oficial del ICFES, no aparecen resultados. Ante las declaraciones, Guerrero argumentó que: “la Universidad me dio la posibilidad de graduarme”. 

     

    Posteriormente, el abogado de la Fundación Universitaria San José, Juan David Bazzani, corroboró a Noticias Caracol que no pudo comprobar si la implicada presentó el examen ICFES Saber Pro, requisito clave para la obtención del título universitario. Además, la institución educativa decidió destituir al secretario general, Luis Carlos Gutiérrez junto a su equipo de trabajo y abrió una investigación interna tras el debate público generado por la denuncia de Pedraza.  

     

    Debido a las acusaciones, el 8 de octubre el Instituto Colombiano para la Evaluación de la Educación (ICFES), emitió un certificado confirmando que Juliana Guerrero no presentó las pruebas Saber Pro, ni Saber TyT, lo que pone en evidencia las fallas de verificación que aún persisten en el sistema educativo colombiano e inconsistencias y rupturas en los procesos de selección del sector público. 

     

    ¿Por qué se le conoce como mercado gris y no mercado negro? 

    Posiblemente has escuchado acerca del mercado negro, pero muy pocas veces sobre el mercado gris. No son los mismo, pero ambos conceptos hacen referencia a fenómenos vinculados con la ilegalidad. 

     

     

    En cuanto al mercado gris en Antioquia, dos historias han marcado el debate público sobre la validez de los títulos académicos y la confianza institucional: el caso de César Suárez Mira y el de Julián Bedoya. Ambos procesos judiciales mostraron cómo la falsificación o la manipulación de documentos puede escalar desde un trámite aparentemente menor hasta un escándalo de legitimidad política y académica. 

     

    El caso Suárez Mira: un diploma de bachiller en entredicho 

    En diciembre de 2016, el exalcalde de Bello César Suárez Mir, fue capturado por el CTI de la Fiscalía, acusado de presentar un diploma de bachiller falsificado para aspirar a cargos públicos. La investigación determinó que el documento carecía de registro en el ICFES, lo que alimentó las sospechas sobre su autenticidad. 

     

    En 2019, el Juzgado 20 Penal del Circuito de Medellín lo condenó a seis años y diez meses de prisión domiciliaria por falsedad en documento público. Sin embargo, el Tribunal Superior de Medellín revocó el fallo en 2020 y lo absolvió, al considerar que no había evidencia concluyente sobre su participación directa en la falsificación. 

     

    La sentencia dejó al descubierto una falla estructural: el sistema judicial colombiano no siempre dispone de mecanismos técnicos suficientes para probar la falsedad documental. En este punto, el abogado y docente penalista Nicolás Ortega Tamayo explica la raíz jurídica del problema: “El diploma se expide en virtud de una función pública; por tanto, habrá falsedad en documento público cuando se altere su contenido o su origen”. 

     

    En el caso Suárez Mira, la dificultad no radica solo en demostrar que el diploma era falso, sino en establecer la intencionalidad penal. Como señala Ortega, anteriormente esa confianza institucional, sumada a la escasa verificación técnica, terminó favoreciendo la absolución. 

     

    El episodio marcó un antes y un después en el Valle de Aburrá. En Bello, la población interpretó la decisión judicial como una muestra de la distancia entre la justicia formal y la percepción ciudadana de corrupción. Aún con el caso cerrado, la duda sobre la legitimidad de los títulos en la política local persistió. El estado procesal actual es: cerrado; absuelto en 2020 por el Tribunal Superior de Medellín.  

     

    El caso Bedoya: la tormenta en la Universidad de Medellín 

    Ahora bien, para el caso del entonces senador Julián Bedoya Pulgarín, hay que remontarse al 2019, cuando obtuvo su título de abogado en una de las universidades más reconocidas de la ciudad. Poco después, comenzaron a conocerse denuncias de docentes y administrativos que alertaban sobre irregularidades en el proceso académico: exámenes de suficiencia aprobados en periodos atípicamente cortos, reingresos acelerados al programa y requisitos omitidos. 

     

    En 2022, la propia Universidad —ya bajo una nueva rectoría— presentó una demanda de nulidad del título ante el Consejo de Estado, reconociendo la existencia de anomalías. En 2024, el exrector Néstor Hincapié Vargas fue condenado por falsedad ideológica en documento público, al comprobarse su aval sobre procedimientos irregulares. Finalmente, en 2025, el Consejo de Estado suspendió provisionalmente los efectos del diploma de Bedoya, decisión que sigue vigente mientras avanza el proceso judicial. 

     

    La controversia convirtió a la Universidad de Medellín en el epicentro de una crisis reputacional sin precedentes, y a Bedoya en caso emblemático del mercado gris académico: un espacio en el que las instituciones legítimas terminan siendo instrumentalizadas por intereses políticos. Sobre este caso, el periodista judicial Nelson Matta, quien cubrió parte de la investigación, afirmó: “Lo que vemos es que hay un entramado grande entre partidos políticos e instituciones educativas para lograr gestionar de manera expresa unos títulos y de forma fraudulenta para poder posesionarse en distintos cargos del servicio público”. 

     

    La frase resume una de las dimensiones más sensibles del fenómeno: la falsificación como herramienta de poder. Matta agrega que, detrás de estos procesos, “el caso Bedoya muestra que mientras haya utilidad política, habrá protección y silencio”, una advertencia que conecta la esfera académica con la lógica clientelista. El caso Bedoya se evidenció, además de fallas de control académico, una ausencia de protocolos nacionales de verificación para las universidades privadas.  

     

    Desde la perspectiva jurídica, Ortega plantea que las instituciones deben responder con mayor firmeza: 

    “Las universidades deben reportar a la Fiscalía y crear mecanismos de detección, prevención y control de irregularidades.” Ese deber de denuncia, aunque obligatorio, rara vez se ejerce de manera preventiva, lo que explica el porqué casos como este se descubren cuando ya han estallado públicamente. El estado procesal del caso Bedoya es: en curso; título suspendido provisionalmente desde 2025 por el Consejo de Estado. 

     

    Vacíos legales y contradicciones normativas  

    A pesar de que la falsificación de documentos es un delito tipificado en el código penal colombiano, aún existen vacíos legales y contradicciones normativas que dificultan la prevención, el control y la sanción de estas prácticas. 

     

    Nicolás Ortega Tamayo, desde su experiencia como penalista, explica que en lo judicial, lo primero que debe establecerse es la naturaleza del documento.  Si el caso está relacionado con diplomas universitarios, los cuales son emitidos en virtud de una función pública como lo es la educación, y el documento fue suplantado o carece de causa legítima de existir, se denomina falsedad material de documento público.  Por otro lado, si el documento no fue expedido, pero se utiliza a sabiendas de falsedad, se incurre en el delito de uso de documento público falso

     

    Pero ¿cómo logran escalar estos casos sin ser previamente revisados y/o verificados? Ortega señala que las instituciones públicas y privadas actúan bajo el principio de buena fe, confiando en que la información suministrada por el aspirante al cargo es veraz. Añade que, aunque deberían existir controles más rigurosos, en muchos casos resulta difícil para las entidades prever este tipo de irregularidades, lo que posibilita el fraude. 

     

    Asimismo, los mecanismos actuales que posee el Sistema Nacional de Información para la Educación Superior en Colombia (SNIES) y el Ministerio de Educación, también se quedan cortos. Ortega menciona que el aparato estatal y gubernamental no es suficiente, “cada empresa debería iniciar mecanismos robustos de detección de estas posibles irregularidades”.  Esto evidencia la necesidad de fortalecer los procesos de verificación para garantizar la transparencia en el acceso a cargos públicos y privados. 

     

    Los hechos demuestran que aún existen ambigüedades en las normativas y en los procesos de convalidación de títulos, así como la falta de  implementación de mecanismos estructurales que permitan prevenir este tipo de irregularidades.  

     

    Ciudadanía en riesgo: efectos de los títulos falsos 

    La ciudadanía es la principal afectada. Cada diploma falso o irregular no solo abre la puerta a que una persona ocupe un cargo sin preparación, sino que debilita la credibilidad del sistema educativo entero. Para la gente común, la consecuencia es clara: funcionarios públicos sin formación real pueden tomar decisiones o ejercer prácticas que afectan la dignidad y el bienestar de los ciudadanos. El ejemplo más recurrente gira en torno a las responsabilidades de profeisonales del sector salud, pero un administrador mal preparado puede llevar una empresa a la quiebra o dar mal uso a recursos públicos, un comunicador mal preparado ahonda fenomenos de desinformación, ni qué decir de los efectos en ámbitos como el de la Ingeniería, la Química, el desarrollo de software o el diseño .

     

    “Por ejemplo, si hay una persona que llega por rosca a un hospital, no es idóneo y le acomodaron los títulos educativos para que pueda estar ahí, esta persona puede tomar decisiones que podrían afectar las vidas de los pacientes de ese hospital”, agrega Nelson Matta. 

     

     El escándalo también genera desconfianza hacia quienes sí cumplieron con todos los requisitos, pues la sospecha se generaliza. O octubre de 2025, el Ministerio de Educación reportó 500 casos de fraude en procesos de convalidación de títulos, estadística que levanta sospechas en organismos homólogos en el exterior que lo pensarán dos veces antes de reconocer un título expedido en Colombia, lo cual afecta a las instituciones de educación, especialmente en sus planes de programas a distancia o abiertos a intercambios.

     

    Esto no solo afecta la legitimidad de las instituciones educativas, sino también de los entes gubernamentales encargados de monitorear y verificar dicha información. A largo plazo, esta pérdida de confianza provoca que la ciudadanía deje de creer en la transparencia y veracidad de quienes lideran las instituciones públicas: “Hay personas que están ocupando unos cargos demasiado importantes a nivel municipal, regional o nacional. Y es importante que estemos todo el tiempo auscultando la idoneidad de esos funcionarios porque sus malas decisiones pueden terminar afectando la economía, el empleo y la salud”, concluye el periodista. 

     

    De otra parte, analistas jurídicos consulados por Contexto coincidieron en señalar que la situación puede abrir una línea de jurisprudencia en que no solo se sancione a quienes tramitan fraudulentamente un diploma, sino que convierte a las instituciones en víctimas que buscarán trasladar los perjuicios a las personas implicadas. Es decir, se multiplican las causas penales.

     

    En Colombia, el acceso a la información sobre la validez de los títulos aún es limitado y poco difundido. Muchos ciudadanos desconocen que existen entidades que se encargan de registrar y monitorear estos documentos. El Ministerio de Educación Nacional cuenta con el Sistema Nacional de Información de la Educación Superior (SNIES), una base pública donde se pueden consultar las instituciones y programas acreditados. Sin embargo, este sistema no siempre refleja los casos de falsificación o irregularidades internas, pues su función principal es registrar información académica, no sancionatoria. 

     

    Un fenómeno opaco, pero visible

    El seguimiento periodístico ha sido decisivo para visibilizar lo que muchos denominaron un “mercado gris” del conocimiento. El periodista judicial Nelson Matta, explicó que el problema no se limita a falsificaciones burdas, hechas en impresoras de barrio. Hay una zona gris o como él lo llama, más bien un agujero profundo y oscuro en la que intervienen universidades, funcionarios y abogados que legitiman títulos con procesos irregulares. Esa es la parte más peligrosa, porque opera dentro de la legalidad aparente. 

     

    Matta también señaló que los periodistas enfrentan dificultades para acceder a documentos oficiales que confirmen o desmientan irregularidades: “Las universidades tienden a blindarse bajo el argumento de la confidencialidad académica, lo que termina protegiendo a los responsables. En muchos casos, solo tras una orden judicial se puede acceder a actas de grado o expedientes”. 

     

    A partir de testimonios como estos, se hace evidente que la prensa ha funcionado como mediadora entre la justicia y la ciudadanía, convirtiendo los archivos y sentencias en relatos comprensibles. Mientras la burocracia se demora en actuar, los medios abren espacio a la discusión pública. Más allá del escándalo, el cubrimiento periodístico permite revelar patrones comunes: redes de intermediarios, negligencia institucional y ausencia de control sobre títulos con valor oficial. En ese sentido, la investigación periodística no solo denuncia y advierte a las instituciones que el silencio no exime de responsabilidad. 

     

    La Fiscalía General de la Nación y la Procuraduría General son las entidades competentes para recibir denuncias sobre falsedad documental o ejercicio fraudulento de una profesión. En el ámbito universitario, las propias instituciones tienen la obligación legal de certificar la autenticidad de sus títulos y de remitir a las autoridades competentes cualquier hallazgo de falsificación o irregularidad. Sin embargo, en muchos casos el temor a los efectos reputacionales ralentiza los procesos.

     

     

  • La seguridad social de los jóvenes freelance

    Por Marcela Urdaneta Henao / marcela.urdaneta@upb.edu.co

     

    Freelance es el nombre que hoy tienen los trabajadores por encargo, personas que ofrecen servicios basadas en habilidades y conocimientos específicos. Las cifras demuestran que son parte importante del panorama laboral en Colombia y los efectos del mismo en la economía del país.

     

    La mayoría de estos trabajadores son personas jóvenes. ¿Cómo se garantiza su seguridad social? El siguiente es un reportaje interactivo que recoge cifras, testimonios y datos que detallan los contrastes de esta situación.

     

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  • Grafiti: un “tour” antes del Siglo XXI

     

    Por: Simón Suárez Gómez / simon.suarez@upb.edu.co

     

    Grafiti, una palabra que en la actualidad suele ser relacionada con el arte, la cultura y nuestra ciudad, Medellín. Esta expresión tiene su historia, con antecedentes remotos y tiene incluso una jerga que le pertenece. Empecemos un breve glosario que ayudará a entender no solo esta historia, sino cuál es el sentido que tiene:

     

    • Crew: grupo de grafiteros que se identifican bajo una misma “chapa”, que suelen salir en conjunto alrededor de la ciudad para “marcar” distintos spots.
    • Chapa: firma que permite identificarse cómo grafitero que suele ser usada cuando se sale a bombardear la ciudad.
    • Bombardear: salir a hacer muchos diseños rápidos y con baja producción que retratan la chapa del grafitero o su crew.
    • Spot: lugares por la ciudad que permiten realizar producciones mucho más complejas, suelen ser lugares muy transitados o de alto valor por su riesgo. Dependiendo de donde se ubique, si es un camión, un bien público cómo el metro o edificios muy protegidos, suele darse mayor respeto a la crew o grafitero que lo rayó.
    • Spot taquilla: se denomina de esta forma a los distintos spots que hay repartidos por la ciudad que tiene una gran cantidad de afluencia de público, suelen ser lugares complicados para rayar y de alto valor, pues muchas personas los verían al transitar por estos lugares.

     

    Tan antiguo como nuestra idea de ciudad

    Desde la Era Antigua, específicamente, en las grandes ciudades del Imperio Romano, se empezaron a formar expresiones artísticas de protesta, garabatos, mensajes de oposición fueron poco a poco llenando distintas paredes de los edificios públicos (de manera ilegal). Por ello, es posible considerar a los autores de estas marcas como los pioneros del grafiti.

     

    Pese a que esta actividad era realizada con finalidades humorísticas y de protesta, estos precursores del grafiti, crearon bases para un estilo de mensaje político que, más de un milenio después, se ha reproducido en cientos de países, incluido Colombia.

     

    Podría pensarse que estos tipos de grafiti eran casos aislados que pasaban desapercibidos, pero no es así. Según el historiador Jerry Torner, en conversación con ABC España, tan solo en la ciudad de Pompeya se han podido rescatar 12.000 ejemplares y aunque en estos tiempos no existían lo que hoy llamamos “chapas” (véase glosario inicial), una gran cantidad de estos estaban firmados.

     

    Estos grafitis solían contener frases de burla como: “Aufidus estuvo aquí, adiós”, dándonos un acercamiento a lo que era la vida del ciudadano romano promedio. También se destacan mensajes referentes al sexo, que era una normalidad en la época: “Teófilo, no les hagas sexo oral a las chicas apoyadas en la muralla como si fueras un perro”.

     

    Pero, ¿Qué es lo que diferencia un muralismo de un grafiti? Hoes GMR, grafitero de Medellín, explica esta distinción:

    Luego de diferenciar los dos conceptos, continuemos con la historia.

     

    Grafiti medieval

    Acercándonos más a la era actual (aunque tampoco tanto), una investigación realizada por la Dra. Laura Hernández Alcaraz, para la Universidad de Alicante, encontró un patrón peculiar en distintas edificaciones religiosas y castillos de la España medieval. Durante las obras de construcción, las personas a cargo solían rayar las paredes e incluso pintarlas dejando mensajes plasmados, algunos en términos de burla con respecto a su señor o simplemente un garabato buscando representar algo de lo que hoy en día desconocemos el contexto. He aquí algunos ejemplos:

     

    Nueva York y el auge del grafiti

    El grafiti moderno, tal cual se ve en las calles de la ciudad en el presente, nació en dos ciudades estadounidenses: Filadelfia y Nueva York. A mediados de los años 60, estudiantes de secundaria de ambas ciudades, empezaron a realizar firmas en sus colegios, siguiendo en sus barrios y expandiéndose, finalmente, por toda la ciudad.

     

    Lo que comenzó como un juego entre amigos, repercutió de una manera muy fuerte, pues cada vez se veían más personas queriendo repartir sus chapas y ser reconocidos alrededor de los principales lugares de la ciudad. A diferencia de cómo los conocimos en la antigua Roma, los grafitis realizados con resaltadores o aerosoles, ahora eran anónimos y no se identificaba fácilmente a los autores.

     

    Algunos nombres que se destacan de esta época son:

     

    • Darryl McCray, un joven afroamericano, que bombardeó la ciudad de Filadelfia con su chapa CornBread. Lo qué el inició como un juego de colegas marcando su escuela con su apodo fue construyendo poco a poco una tendencia replicada por toda la ciudad, siendo el que más chapas tenía, el grafitero más popular de la zona.La chapa de Darryl McCray grafitada sobre un edificio abandonado en Filadelfia.
    • Dimitraki, joven mensajero griego que bombardeo la ciudad y el metro de Nueva York con su chapa Taki 183

    En los inicios del grafiti moderno, se logra observar que las chapas y los garabatos realizados eran realmente sencillos, sin una elaboración muy estructurada y como aún no se había creado una cultura del grafiti, las pinturas apenas generaban alguna conmoción.

     

    No fue hasta 1971 cuando un periódico de Nueva York entrevistó a Dimitraki, pues sus firmas ya eran parte del paisaje urbano de la ciudad, especialmente de los lugares más concurridos cómo el metro, que no solo hacia parte de los lugares donde se encontraba la gente vulnerable, sino que también era frecuentado por la élite privilegiada.

    Durante la década siguiente fueron apareciendo más grafiteros a lo largo de Estados Unidos. Hasta que el movimiento grafitero, en la década de los 80, se incorpora dentro de la cultura Hip-hop como uno de sus tres pilares: baile, pintura y música.

     

    Al adentrarse en la cultura Hip-hop, el grafiti empieza a tomar un rumbo artístico: ya no solo bastaba poner tu chapa. Con diseños más complejos, el uso de distintos colores y formas para sus letras, los grafiteros fueron otorgando una identidad única a sus firmas, generando que los simples garabatos que muchas veces se hacían antes, pasaran a ser diseños más complejos que abarcaban más espacios.

     

    Bogotá, capital del grafiti

    Con la globalización del Hip-hop en los 80 y 90, a Colombia llega todo lo referente a esta cultura y se da un particular encaje, pues de la misma forma que se desarrolló en Nueva York, esa necesidad de hacer ver a las personas de bajo nivel socioeconómico. En Bogotá comenzaron a bombardear la ciudad para dar cuenta de que no solo está habitada por gente adinerada, sino que además de ellos, también existen quienes viven del día a día.

     

    Uno de los mensajes más característicos que se logra identificar cómo el boom del grafiti ochentero, fue cuando estudiantes de la Universidad Nacional atendieron el llamado del presidente Belisario Betancur de empezar a pintar palomas por la paz. Pero, justamente, con ese llamado también salió a destacar Luis Keshava Liévano, un grafitero que bombardeó la ciudad con el mensaje: No más paloMAS” refiriéndose al grupo paramilitar Muerte a Secuestradores. De este modo marcó una tendencia en el grafiti colombiano con la inclusión del mensaje político en este estilo artístico, renovando un rasgo que nació en la antigua Roma.

     

    Fotografía y grafiti por Keshava. Tomado de: cartelurbano.com

     

    Durante la época que llega el grafiti a nuestro país, se estaba viviendo una fuerte oleada de violencia. Lops grupos que la protagonizaban también adoptaron el grafiti. El M-19 y otros grupos guerrilleros marcaban su territorio con escrituras en aerosol en las paredes y otras eestructuras.

     

    Para los años 90, en la ciudad de Bogotá, el grafiti empieza a tomar un rumbo diferente, volviendo a su origen neoyorquino. El Hip-hop destaca como una cultura que se populariza en los lugares más vulnerables de la ciudad, siendo las agrupaciones raperas las que empezarían a poblar las paredes de ladrillo con sus chapas.

     

    Este movimiento de las distintas agrupaciones de rap, se distancia del trabajo realizado anteriormente por grafiteros como Keshava, pues, más que dar un mensaje político con sus chapas (aunque aun continuaban contando las realidades de la calle y la falta de apoyo del Estado en sus canciones), marcaban sus barrios de origen, para dar cuenta a las personas de que ellos hacían parte de su comunidad.

     

    Medellín y el grafiti de resiliencia

    En nuestra ciudad, para los años 90, se introdujo poco a poco lo que se había aprendido de la cultura Hip-hop en Bogotá; cultura que fue apropiada , de igual forma, por muchos jóvenes en situación vulnerable en las zonas periféricas, especialmente, la comuna 13. Todo este movimiento del Hip-hop. acompañado por su escena grafitera fue para muchos una forma de escape de la violencia. Un caso conocido de esto es la historia de fundación de la Casa Kolacho en la Comuna 13, el cual sirvió como proyecto social, brindándole a los jóvenes oportunidades diferentes a través del arte; a las ya conocidas, como la violencia.

     

    Entrando en el nuevo milenio, la ciudad vivió una serie de conflictos armados tras los cuales surgieron proyectos sociales en los que el grafiti legal (que a partir de ahora llamaremos muralismo) cobra un protagonismo como atractivo turístico e identitario de zonas como: La Comuna 13, Provenza y Manrique.

     

    Este muralismo que es percibido por las crew  grafiteras como algo que se distancia cada vez más del grafiti. Pero es innegable que ha permitido que esta subcultura del Hip-hop cambie la connotación negativa que muchos tenían de él, para que ahora se le asocie con iniciativas de resiliencia y memoria colectiva. Universidades, barrios, locales comerciales acogen esta forma de arte como parte de su rasgo distintivo.

     

    Este fenómeno urbano ha evolucionado desde sus orígenes ilegales hasta convertirse en una forma de expresión artística ampliamente aceptada y valorada. Hoy en día, el grafiti en Medellín no solo decora las paredes, sino que también cuenta historias, transmite mensajes sociales y refleja la identidad cultural de la ciudad. Su presencia en el paisaje urbano es un testimonio vivo de la transformación y resiliencia de una comunidad que ha encontrado en el arte una poderosa herramienta de cambio social.

  • El hombre que escuchó a los niños

    Cristian David Gutiérrez Martínez / cristian.gutierrez@upb.edu.co 

    A Javier Naranjo le pidieron ser profesor estando en su taberna, mientras atendía a uno de los papás del Colegio El Triángulo, en el barrio Gualanday de Rionegro. Los papás solían frecuentar ese lugar: se tomaban sus tragos y conversaban con Javier. Fue así como supieron que al tabernero le gustaba leer y escribir y entonces uno de sus clientes, que pertenecía a la junta directiva del colegio, le propuso dictar unas clases: “como te gusta la agropecuaria, vení organizá una huerta órganica”, dijo el papá; “como te gusta la fotografía, vení montamos un cuarto oscuro”; “y como leés y te encanta la lectura, mirá a ver cómo podés desarrollar algo que se llama creación literaria”.

     

    Javier había estudiado dos años de antropología en la Universidad de Antioquia, pero en ese momento había muchos paros y dejó la carrera a medias. Desde pequeño le interesaban las plantas, así que terminó estudiando una tecnología en agropecuaria. Se fue a trabajar al Vaupés, en los límites entre Brasil y Colombia; allá, al amparo de los árboles, escribió sus primeros poemas. El oficio de la fotografía, dice él, era algo como la magia: entrar al cuarto oscuro y revelar las fotografías lo convertía en una suerte de alquimista. Pero la creación literaria… no sabía qué era eso.

     

    Así que decidió inventar. Creó un taller libre, en que los estudiantes se sentaban en la manga y conversaban, leían y, lentamente, introdujo el ejercicio de la escritura. Aunque trabajaba con estudiantes de todos los grados, notó que había algo especial en las narraciones de los más pequeños. Cuando llegó el Día del Niño, Javier le propuso a sus estudiantes que definieran la palabra “niño”. “Un niño es un amigo, tiene el pelo cortico, juega bolas. Puede jugar y puede ir al circo”, respondió uno. “Tiene huesos, tiene ojos, tiene nariz, tiene boca, camina y come y no toma ron y se acuesta más temprano”, propuso otra. Con respuestas como estas, Javier comenzó a construir Casa de las Estrellas: el universo contado por los niños, un libro en que infantes antioqueños definían, en sus palabras y al estilo de un diccionario, las palabras que él les proponía.

     

    Taller de creación literaria dirigido por Javier Naranjo en Caracolicito, departamento del Cesar. Para presentar su labor, Javier prefiere talleres antes que charlas y exhibiciones de libros. Foto: Archivo Javier Naranjo.

     

    Taller de creación literaria dirigido en la vereda Nazareth, de El Retiro, Antioquia. Foto: Archivo Javier Naranjo.

     

    “Más o menos a los doce años alguna cosa se pierde”, explica, “no sé si se pierde el asombro, no sé si se si ya hemos incorporado a esa edad lo que nos dicen que debe ser el mundo… Algo se pierde, de ese desenfadado, de esa tranquilidad, de ese asombro y sobre todo de ese nombrar por primera vez”. Las palabras de Javier dan cuenta de un hombre que cree y, de cierta manera, envidia la particular voz poética de la infancia.

    ***

    Javier vive en una vereda de El Carmen del Viboral, el mismo pueblo de José Manuel Arango, quien en tres versos condensó como ningún otro la añoranza de la infancia (Infancia / vuelta a encontrar, al morder una fruta / en su sabor olvidado). Los días los dedica a cuidar de su jardín. Entre tanto, junto a su esposa Orlanda, continúan impartiendo talleres de creación literaria en diversos lugares de Antioquia. Aunque el trabajo con los niños es, quizás, su irremediable sello, ahora enfatizan también en adultos y adolescentes que, desde sus cuerpos en apariencia maduros, narran y rememoran lo lúcido de la niñez.

     

    Al inicio, Javier no pretendía hacer un libro, aunque sí tuvo la sensibilidad para notar que en las definiciones de sus estudiantes había algo que merecía ser recogido. La idea de compilarlas en un libro apareció después de que El Espectador y una revista de Argentina publicaran algunas de las definiciones. “Me voy maravillando cada vez más, por ejemplo, cuando un niño dice que adulto es ‘alguien que en toda cosa que hable primero ella’ (…) o que una niña diga que sombra ‘son los movimientos de cada persona en la oscuridad’. ¡Eso es poesía pura!”. Finalmente, en 1999, la Universidad de Antioquia publicó la compilación. El resultado es un libro que respira infancia incluso en el título: Casa de las estrellas, fue la definición que uno de los niños entregó a la palabra “universo”.

     

    Presentación del libro Casa das Estrelas en favela da Maré, Río de Janeiro. Foto: Archivo Javier Naranjo.

     

    Desde entonces, Javier ha adelantado varios proyectos que, a través de la creación literaria, extienden el modelo propuesto en Casa de las estrellas. Los niños piensan la paz, por ejemplo, es un proyecto promovido por el Banco de la República en el que Javier Naranjo recorrió 22 municipios del país a lo largo de dos años, recogiendo historias de vida de más de 800 niños alrededor de la violencia, la guerra y la paz. “Sacaban cinco palabras de una bolsa y escogían una para contar su historia de vida, o de la familia, o del barrio, pero una historia verdadera”, explica.

    Los niños piensan la paz, publicado en 2015, es un trabajo que, de alguna forma, narra nuestra historia desde un lugar distinto al habitual: no desde el estado ni la academia, sino desde la niñez. “Ahí está la historia del país, en estos niños que cuentan que la violencia empieza en casa, que la guerra empieza en casa, que es en la familia donde se instala una guerra inicial y llenos de dolor, de odio, de imposibilidades de hablar, salimos a expandir la guerra afuera”, señala Javier.

     

    Los niños piensan la paz, editado en 2015 por el banco de la república. Foto: Cristian Gutiérrez.

    ***

    “Así estemos hablando con adolescentes y con adultos, nunca hemos dejado de hablar con niños”, expresa. Entonces, demostrando que su biblioteca no es decorativa, comienza a citar poetas que reproducen esa lógica: Manoel de Barros, Mário Quintana… “Fernando Pessoa, por ejemplo con un heterónimo como Alberto Caeiro, que era pastor y es una belleza…”.

     

    En su opinión, es indiferente si lo que los niños hacen en sus talleres es literatura o no: “No importa si le otorgamos ese calificativo (…), llámese como se llame, son capaces de expresiones de profunda revelación de la condición humana, de la condición del ser”.

     

    “Como los niños apenas vienen al mundo y se están incorporando a la realidad, es como si ellos estuvieran conectados a una especie de cordón umbilical al alma del mundo, al anima mundi”, reflexiona Javier, haciendo honor a su profesión, “y el alma del mundo es lo que ellos nos anuncian cuando en sus palabras precarias, porque no dominan el lenguaje, son capaces de asociaciones maravillosas”.

     

    Lo anterior, dice, parece sugerir que los niños nacen aparejados con la poesía, lo cual lo hace pensar a uno que la poesía está en lo esencial, al estilo de Pessoa o Whitman. “Eso me ha llevado a conclusiones en el sentido de que, aquellos que se creen dueños de lo poético, o que se creen poetas muy grandotes y muy sabios están equivocados, siento que la poesía está en el mundo y que los niños son capaces de traernos noticias de ella”. Y no escatima palabras para elogiar a sus infantes poetas: “gracias a sus palabras, donde se mezclan oralidad y escritura, traen unas cosas increíbles. Entonces yo me deslumbré con eso”.

     

    La obra de Javier Naranjo da cuenta de la filosofía de un hombre que cree en el poder transformador de la palabra, y en la oportunidad de que los niños se apropien de ella para conmovernos con sus frescas, sabias y despreocupadas visiones del mundo. Actualmente, junto a su esposa, Javier está desarrollando un libro de dos tomos en el que, de nuevo, recogerá las narraciones de niños, niñas, adolescentes y adultos, esta vez alrededor de preguntas más amplias sobre el cuerpo, la tristeza, la alegría y otros tantos temas. La premisa del libro es la misma de todos sus talleres: “no somos psicólogos, pero hemos encontrado en el lenguaje, en la palabra, una herramienta poderosísima para expresarse y que sea una suerte de bálsamo que ayuda a cicatrizar algunas heridas”.

     

    Infancia viene del vocablo latín infans, que significa “incapaz de hablar”. En una sociedad en la que incluso los diccionarios parecen negar y relegar la relevancia social de la niñez, Javier intenta demostrar, día tras día, que el sentido también se construye con los niños. “Si el lenguaje es la casa del ser, como dice Heidegger, pues ellos vienen a mostrarnos algunas de esas habitaciones cuando por primera vez son habitadas”.

     

    “Yo nunca he tenido afán, y no porque me crea inmortal, sino porque creo que las cosas tienen que crecer de una manera como orgánica, no forzada (…). Mejor dicho, yo no estoy haciendo una carrera literaria. Me enorgullece y me da muchísima más alegría lo que he recogido con comunidades que lo que yo mismo escribo. Eso se va haciendo paralelo a lo otro, pero me da mucha más alegría esto que he ido recogiendo”, concluye Javier, con la mesura de un hombre que se sabe satisfecho.

  • Historia de otro entusiasmo: Biblioteca Popular Betsabé Espinal

    La mediación es un problema de comunicación, por lo tanto de poder”.

    J.M. Barbero

     

    El conflicto en torno a la estación el Bosque o la Biblioteca popular Betsabé Espinal, ilustra que la movilización social de 2021 estuvo motivada, entre otras razones, por un reclamo sobre las formas de habitar las ciudades y un debate sobre cuáles de ellas pueden existir. En este espacio de Carabobo Norte, por ejemplo, se confrontan la que reivindica un sector de la juventud que demanda espacios y la de una oficialidad que termina oponiéndosele. Este es un repaso de la situación.

     

    Juan José Rios Arbeláez / juan.riosa@upb.edu.co

     

    “190 eventos, poco más de un año de apropiación, cinco reuniones con el Parque Explora y la Alcaldía de Medellín, contactos con el IPC, universidades, Comfama y esto hemos conseguido: una extensión”, dicen los jóvenes de la Biblioteca Popular Betsabé Espinal, mientras señalan el cable que cuelga de la rendija del muro posterior del Parque Explora, que da con la antigua estación de ferrocarril El Bosque. De esa extensión toman la luz cuando el cielo oscurece, cargan los celulares o el bafle que acompaña la clase de yoga, el taller de grafiti y los días de rap.

     

    Es junio de 2023 y en la biblioteca Betsabé Espinal están dictando un taller de dibujo. “Gangsta” es quien tiene más experiencia en el campo y da instrucciones desde el muro norte del Parque Explora. Lo acompañan cinco o seis integrantes más de la biblioteca, junto con un grupo de jóvenes de Moravia que se han acercado a aprender de perspectiva. El paisaje lo completan los donantes: miembros del Parque Explora, Comfama y docentes universitarios que han traído cuadernos y lápices para la comunidad de Moravia. Están mediando un proceso que inició en 2021 y que se dilatará hasta una nueva alcaldía y tres secretarías de cultura más.  

     

    El paro nacional de 2021 fue una movilización que se extendió por el país como respuesta a reclamos sociales, económicos y políticos que se dieron en el contexto de la pandemia del Covid-19, pero que traían a cuestas un descontento social que se había manifestado a menor escala en noviembre de 2019. Si bien las acciones en cada territorio estaban motivadas por un descontento ante la actuación estatal, no existía una dirección que encabezara el movimiento y en cada ciudad se vivieron diferentes manifestaciones. Desde niveles simbólicos y pacíficos hasta los enfrentamientos más violentos y represivos por parte de la fuerza pública y la población civil.

     

    Poco después del estallido social del 28 de abril se constituyó el campamento del renombrado “Parque de la resistencia”, oficialmente Parque de los Deseos. “Medellín fue la lucha más larga en la calle. La menos violenta, la más performática”, asegura Yisus, miembro de la biblioteca, reconocido por ir a las protestas con un cartón, una bata verde y una cruz. “Yo me cansé del accionar policial y el accionar de la gente en esa obra de sangre. De ese chiste en el que no se lleva a nada, de violencia por violencia”, reflexiona sobre la creación de su performance pacifista en medio de las movilizaciones.

     

    Esa necesidad de actuar más allá de los reclamos y tensiones llevó a Tatiana López a promover la creación de una biblioteca popular como forma participativa dentro del campamento que habitaba el Parque de la Resistencia. Insistió tanto hasta que una parte definitiva del grupo le hizo caso.

     

    Tomaron una caja del programa Palabras Rodantes que estaba en el parque y comenzaron a recibir donaciones, rotar libros y a impartir talleres de lectura, escritura y derechos para todas las personas que se acercaban al campamento.

     

    En el lugar habitaban los hijos de los vendedores ambulantes, niños de las calles que solían tener que arreglárselas con la imaginación y ante la menor oportunidad se devoraban libros. “Uno en particular terminaba libro cada día o dos. Me decía que le diera otro y que otro. A veces yo ni le creía, pero él se llevaba feliz esas sagas de libros gordos entre las manos y volvía por más”, recuerda López, vocera de la Biblioteca. 

     

    Para Didier Álvarez, bibliotecólogo y docente de la Universidad de Antioquia, no es fortuita la iniciativa juvenil con respecto a las bibliotecas. Afirma que “se presenta la biblioteca como una alternativa, como un incentivo a la participación y eso es lo que hace de este proyecto algo popular”.

     

     

     

     

    En esta galería:

    Vista a la antigua estación de ferrocarril El Bosque desde el Parque Norte, con la intervención sobre el drywall separador. 11 de abril de 2024.

    Las laminas de drywall que cierrar la estación de ferrocarril El Bosque son el lienzo de la expresión de los colectivos que proponen una nueva apropiación del espacio. 24 de marzo de 2024.

     

    La ocupación

    Como parte del sistema de ferrocarriles de Antioquia, la estación El Bosque hace parte del patrimonio nacional protegido desde 1996. Su predio pertenece al municipio, sin embargo, el Parque Explora ejerce sobre el mismo un comodato desde 2006.

     

    El 28 de junio de ese año las protestas terminaron en un enfrentamiento con el Esmad en el norte de la ciudad. Según integrantes del grupo que disputaba la zona, la estación del ferrocarril fungía como sitio estratégico entre los avances y repliegues que cada bando ejercía, suponiendo un resguardo para quién tomara el lugar. Esa tarde una menor de edad fue violada en la estación de El Bosque, presuntamente por un agente del Esmad, según denuncias de grupos de manifestantes y socorristas, recogidas por la entonces concejala Dora Saldarriaga y replicadas en las versiones de varios medios de comunicación sobre los hechos.

     

    La concejala Saldarriaga hizo un seguimiento del caso y confirmó la ineficiencia del Código Fucsia, tras asegurar haber “sido testigo de procesos reiterados de revictimización hasta confirmar el caso de abuso sexual”. Saldarriaga se puso en contacto con la empresa que opera las cámaras de seguridad del Parque Norte que alegaron que no había acceso al material debido a que las cámaras habían sido robadas y dañadas en su totalidad.

     

    Ese día no había jóvenes de la biblioteca en el enfrentamiento de la estación. Todos se encontraban en el campamento de la resistencia, pero el rumor se expandió en poco tiempo. Un grupo de manifestantes vandalizó y quemó el lugar en señal de repudio a los hechos denunciados y el espacio mantuvo en pie a pesar de los daños.

     

    A pesar de los enfrentamientos y disturbios que ocurrían tras cada protesta, la biblioteca seguía en pie. No tenía nombre y estaba golpeada por los intentos de desalojo hacia los campamentos. Las donaciones de libros superaban la capacidad de quienes ya apostaban por una biblioteca popular en el sitio y se hacía cada vez más difícil sostener la idea de este proyecto. “Había visto algo en internet sobre las ocupaciones anarquistas en Francia. Una forma de resignificar los espacios. Ellos ponían afuera unas banderas que decían: ocupa y resiste”, recuerda López, sobre las primeras ideas de ocupación que tuvieron.

     

    “Hay una resignificación del espacio que de alguna forma agredió a la sociedad, pero también una resignificación a la biblioteca. Una lucha por la mirada de lo que ha sido la educación”, expresa Didier Álvarez con respecto a las luchas simbólicas que subyacen en el proceso y crean tensión por el ejercicio político.

     

    Paralelamente, la movilización ocupaba un CAI en Cali para convertirlo en biblioteca, al igual que otros más en Bogotá. Viendo que no tenían espacio para meter los materiales y eran desalojados de los campamentos, Tatiana López le pidió a su grupo un mes de respaldo para ocupar la estación y tomarla como sede desde el 6 de octubre de 2021.

     

    La olla comunitaria se consolidó como emblema en el antiguo edificio ferroviario. Continuaron los espacios de lectura, hicieron velatones por cada víctima de la violencia estatal, clases de yoga, grafiti, fotografía, rap, cursos pre universitarios con los que accedieron 17 personas a la Universidad de Antioquia en dos ocasiones y nombraron el proyecto bajo un libro que habían encontrado en el edificio: Betsabé Espinal. A quien definen como la niña descalza que puso en apuros a la oligarquía antioqueña en los años 20.

     

    La ocupación se prolongó durante un año y estuvo plagada de dificultades e intermitencias. El hecho de que cada esfuerzo naciera desde el altruismo contrastaba con el desempleo en el grupo, que resentía el estigma de la primera línea. La cúpula del Parque Explora terminó resintiendo la toma del espacio, las noches prolongadas, los muros pintados y removieron al vigilante que custodiaba la estación. Los libros fueron robados y la ocupación nocturna de los habitantes de calle dificultaba el hábitat del espacio. A finales de 2022 el grupo llegó a un acuerdo con la Alcaldía para activar la póliza de restauración del patrimonio y posteriormente retomar el lugar para las actividades. Todo quedó en palabras.

     

     

     

    En esta galería:

    Una bandera de Colombia con el mensaje: “Solo el pueblo salva al pueblo”, sobre la valla que anuncia la instalación de la sede de lectura infantil de Buen Comienzo en la antigua estación de ferrocarril. Festival “Al calor de la olla”, 27 de abril.

     

    Performance: Traficante de cocos, durante el festival “Al calor de la olla” que conmemora el estallido de 2021. Tomado: 27 de abril de 2024.

     

    Huerta de la Biblioteca Popular Betsabé Espinal. 27 de abril de 2024.

     

    Montaje del festival “Al calor de la olla”, conmemorativo al tercer aniversario del 28A. Tomado el 27 de abril de 2024.

    Los jóvenes de la biblioteca Betsabé Espinal antes de una actividad, con el mural que pintaron a sus espaldas. 5 de julio de 2023.

     

    Intervención sobre las láminas de drywall que contienen la estación de ferrocarril El Bosque. 24 de marzo de 2024

     

    Con una valla respondió la administración de Federico Gutiérrez a la petición pública que hizo el ministro de cultura, Juan David Correa, para sostener el proyecto de la biblioteca Betsabé Espinal. Tomado el 26 de abril de 2024.

     

     

    Mediaciones

    Al final de abril de 2023 el edificio seguía cerrado. Se había estipulado que la entrega sería en marzo pero todavía faltaban adecuaciones en los baños. Durante todo este tiempo la biblioteca continuó su ejercicio en la manga contigua a la estación, fiel a su promesa de los miércoles, sábados y domingos. No hubo mayores afanes hasta una publicación del periódico Q´hubo el 17 de abril, donde informaban la próxima apertura del inmueble patrimonial. El entonces secretario de cultura, Álvaro Narváez, manifestó su apoyo para que “la comunidad se apropie del lugar y se convierta en un sitio cultural activo”.

     

    La noticia despertó la presión de grupos y colectivos que habían acompañado el proceso y se instauró una mesa de diálogo entre la Alcaldía de Medellín, Parque Explora y la biblioteca. “Aquí se han acercado entidades diciendo que nos pueden ayudar. Está bien, pero aquí lo que queremos es autogestión”, señala Yisus, sobre uno de los puntos clave en la negociación.

     

    Pacho y Jaime están prendiendo a leña la lentejada, mientras miran a los donantes que han venido con ropa de turistas. Se ríen un rato. “Esos de la alcaldía no vienen sino a ofrecer boletas”, aseguran. Son dos jóvenes de Moravia. Ninguno tiene más de veinte años. Ninguno es de la primera línea, “ni Petro nos dio ningunos 50 mil por protestar hace dos años”, dicen.

     

    Al principio dicen con seguridad que todas las actividades que hacen son importantes y dejan huella, que están allí porque “esto también es otro frente de la lucha de la revolución”, pero después, con más confianza, Pacho confiesa que, de no ir a la biblioteca, no tendría nada más que hacer.

     

    Los representantes del Parque Explora y otras entidades, así como los académicos se marchan antes de que caiga el sol. No alcanzan a probar las lentejas que alimentarán al transeúnte hambriento que encuentre alivio en la biblioteca. A pesar de la tarde, la clase y los lápices; la mesa de diálogos está tensa: “Creen que somos niños, que no sabemos lo que hacemos o queremos y no saben que muchos no se van a dejar sacar tan fácil”, dijo Jaime recogiendo sus cosas.

     

    Cambio de administración

    Finalmente, las mesas de dialogo fueron infructuosas. El Parque Explora alegaba que no tenía la potestad de ceder a las exigencias de la biblioteca, mientras que los jóvenes acusaban la dilación del procedimiento y la falta de reconocimiento por parte de la institución privada. “Nosotros sabemos que el edificio es patrimonio y no se trata de ocupar y decir que es nuestro y que no jodan. Lo que queremos es que sea educación popular por el pueblo y para el pueblo”, señala Yisus.

     

    Lo que siguió fue el contacto con el ministro de cultura Juan David Correa, que intermedió verbalmente con la alcaldía saliente de Daniel Quintero para asumir el comodato. Ambas partes estuvieron interesadas y realizaron minutas del contrato, según Correa, pero no llegaron a concretar nada finalmente.

     

    El nuevo periodo de alcaldía de Federico Gutiérrez, bajo el lema de recuperar Medellín, supuso un nuevo comienzo en las negociaciones que envuelven al predio. El interlocutor delegado por Gutiérrez fue el secretario de cultura, Manuel Córdoba, quien se mostró dispuesto a la conformación de juntas y el trabajo de la mano del Ministerio. Sin embargo, fue relevado de su cargo poco tiempo después, el 14 de febrero de 2024, tras admitir en un evento que no “sabía muy bien qué era una biblioteca”. En marzo de 2024, Gutiérrez y Correa tuvieron un espacio de diálogo sobre el asunto. En una carta al alcalde de Medellín remitida el 20 de marzo, el Ministro señaló que: “Me gustaría proponerle un diálogo público sobre la entrega de responsabilidad a los ciudadanos”. A esta comunicación no hubo respuesta.

     

    Un mes después llegó la que fue interpretada como una respuesta del alcalde de Medellín, en forma de una valla que anunciaba una sede de lectura de Buen Comienzo en la antigua estación del ferrocarril.

     

    Al momento Santiago Silva ya había asumido la Secretaría de Cultura y fue requerido sobre el asunto a instancias de la alianza Sumando Voces, que aglutina a decenas de organizaciones de la sociedad civil en la formulación de propuestas y la interlocución para la construcción del Plan de Desarrollo. En respuesta, el secretario fijó para el 8 de mayo una reunión en la que el tema de la biblioteca popular estaría en la agenda.

     

    Según el portal El Armadillo, otro despacho involucrado en el proceso es el de Ricardo Jaramillo, secretario de juventud, cuya postura estuvo marcada por el señalamiento al grupo juvenil como parte de la “primera línea” y como “politizados” en su ejercicio.

     

    Qué dice la biblioteca

    Un año atrás, la historiadora y maestra en geografía humana, Ana María Restrepo, encontraba en estos procesos algo “muy diciente de cómo se constituyen las ciudadanías. Del autoritarismo de no dar lugar a estos jóvenes que no se están apropiando del espacio para algo privado, sino para algo de la ciudad”.

     

    Gutiérrez reconoció que fue respetuoso el diálogo con el Ministerio de Cultura, pero, consecuente con el discurso que expresó en 2021 sobre el paro y en una rueda de prensa el pasado lunes 29 de abril, expresó su desacuerdo con la iniciativa y quienes la promueven: “Van y queman cualquier casa en Medellín y después dicen que la quieren para ellos”. Indicó que el espacio se destinaría a un jardín de lectura infantil del programa Buen Comienzo, por considerar que la población del sector lo necesita: “Este es un sitio público y lo que hace la administración es recuperarlo”. En la misma declaración reconoció el clima de respeto en el diálogo con el Ministerio y detalló: “Yo con lo que no he estado de acuerdo es con que me hicieran la solicitud de que lo tuviéramos que entregar como un símbolo a los de la Primera línea que lo habían quemado”. Tatiana López, vocera de la biblioteca, asegura que “el ataque (a la estación) no lo hizo un grupo específico como dice el alcalde. Incluso, las que lo vandalizaron fueron mujeres que se indignaron por la violación”, explicó.

     

    “No sé si lo que molesta es que la biblioteca recuerda un momento de oposición importante”, había dicho la historiadora Restrepo meses antes de que Federico Gutiérrez asumiera la alcaldía y cuando se debatía en torno a la quema de un bien patrimonial como expresión de rechazo a los hechos de violencia sexual que se denunciaron.

     

    Lo cierto es que Moravia requiere un espacio de atención para los jóvenes y es una realidad que admiten todas las partes. “A mí me dicen que Moravia tiene muchos sitios públicos por el Jardín Botánico, el Planetario y el Parque Explora. Pero lo público no es para todos, no es popular”, decía Tatiana López, durante el festival que celebraba el tercer aniversario del estallido de 2021.

     

    De cualquier manera, el anuncio del espacio de lectura infantil de Buen Comienzo deja a un lado cualquier acción que emprenda la biblioteca. “Así, si nosotros luchamos por el lugar somos los malos que no permiten espacio para los niños”, dice Yisus, quien continua: “Eso es como lo que hicieron en Parque de la Resistencia, a unos metros de acá, donde también pusieron un Buen Comienzo. Y después vienen y dicen que nosotros instrumentalizamos niños, cuando en Moravia hay tantos espacios donde pueden ejercer acción”.

     

    Hace más de un año que la estación ha sido restaurada y sigue encerrada en el drywall que narra con pintura morada la historia de una violación de la que aún no se conocen responsables. Los jóvenes de la biblioteca han habitado el prado aledaño como su sede. Sembraron plátano y banano, tienen dos huertas y han terminado de pintar el mural posterior del Parque Explora, “los espacios están siendo habitados y construidos todo el tiempo. Así me he pensado este mural, como algo en construcción, como arte abierto para el público”, dice Gangsta cuando mira la historia que pintaron a brocha, cuyo centro es la olla comunitaria.

     

    El 27 de abril el colectivo promotor de la Biblioteca Popular Betsabé Espinal organizó el festival “Al calor de la olla” como conmemoración al estallido social de 2021. Grupos culturales de Moravia y voluntarios subieron al escenario entre bailes, cantos y poesía. Reprodujeron un cortometraje sobre el estallido, se encomendaron a la olla comunitaria, al performance pacifista de Yisus y reflexionaban: “No va a ser necesario que venga ningún Buen Comienzo. Aquí Buen Comienzo hay desde hace más de tres años. Hay mucho espacio en Moravia de acá para arriba”.

     

  • En Jardín, un festival ¿de cine?

     Andrea Montoya Posada – Juan José Ríos Arbeláez / periódico.contexto@upb.edu.co

     

    Hace ocho años que la Corporación Antioquia Audiovisual celebra el Festival de Cine en Jardín, al suroeste del departamento. El evento se ha posicionado como  una ventana para reflexionar sobre los temas más coyunturales del país y ha desarrollado programas curatoriales y seminarios académicos acerca del posconflicto, el patrimonio, el campesinado. Este 2023, en su octava versión, el certamen abordó como tema el narcotráfico.

     

    Víctor Gaviria, director del evento, argumentó que la idea con esta temática era centrarse en una reflexión que vinculara la visión de la comunidad en las conferencias, talleres y proyecciones que se hicieron del 18 de septiembre al 1 de octubre. 

     

    Para Gaviria, la selección del tema está profundamente asociada al reconocimiento en el fracaso de la guerra contra las drogas: “Vamos a construir entre todos un nuevo paradigma para ver este problema, escapando a cualquier actitud moralizante que nos lleva al camino sin salida del prohibicionismo”, señaló el cineasta antioqueño en el anuncio del evento.

     

    El actor Andrés Parra conversa con Luis Alirio Calle en el parque principal de Jardín. Foto: Festicine Jardín.

     

    Sábado, un poco de cine

    Según caía el sol de la tarde del sábado, Andrés Parra, famoso por encarnar a Pablo Escobar en televisión, estaba en una banca del parque principal ante la mirada de unos cientos que lo escuchaban hablar sobre la salud mental. Decía que: “Es un asunto muy serio, weon”, con su específica capacidad para entonar cada palabra de diferentes maneras. “La gente cree o estima que solo hay problemas grandes y que, si a uno le va bien en la vida y todo funciona, pues que no tiene derecho a sentirse mal, pero eso no es así”, terminó diciendo cuando ya era de noche y el tumulto lo aplaudía.

     

    En 2012 Caracol TV estrenó Escobar: el patrón del mal, la serie se grabó en ocho meses, costó cerca de 6 millones de dólares y llegó a tener un índice de audiencia de 16.0 en Colombia, como una de las más vistas en la historia. La serie se mantiene con vigencia en las listas mundiales de la plataforma Netflix.

     

    Hace tiempo que Parra abandonó el papel de Escobar para no encasillarse en la piel del capo colombiano. Por los años en los que era furor el dramatizado, ahora retransmitido por Caracol, el debate social se dividía entre la necesidad de rescatar la memoria histórica del país y  la amenaza de vender morbo con narrativas de miseria que terminaran por debilitar la imagen del país y de Medellín.

     

    Parra aseguró que había personas que, cuando se lo encontraban en la calle, le agradecían los favores de Escobar, por anchetas, por una casa, por hacer un barrio. “El malo hace todo lo que el sistema no lo deja, lo que todos queremos hacer. Entonces yo creo que por eso esa fascinación que tenemos con el malo”, dice el actor sobre los antagonistas amados por el público.

     

    A eso de las siete empezó El rey (2004), de Antonio Dorado, quien fue discípulo de Carlos Mayolo, en el Coliseo Municipal. Ninguno de los estudiantes de cine que merodeaba el parque parecía tener idea de dónde quedaba la instalación; comentaban que tal vez verían las películas el domingo; a la noche del sábado, el  aire de fiesta ya se había colado por todo el pueblo.

     

    Seis cuadras más arriba del parque, subiendo la falda que compone el pueblo, queda la placa deportiva que corresponde al nombre de Coliseo Municipal. Algunos jóvenes estaban sentados alrededor de las rejas, pero no porque la cancha estuviera repleta, sino porque adentro no se podía fumar. 

     

    Ya en la charla, Dorado contó cuánto se había embargado para producir la historia de uno de los primeros capos caleños de la mafia, Pedro Rey. Apuntó que de cine en Colombia no se vivía, que era una pasión: “Yo vivo es de las clases, porque soy docente desde el noventa”, aseguró el director de otros tres largometrajes a una audiencia que no alcanzaba a llenar las sillas Rimax de la cancha y que en su mayoría se componía por adultos de Jardín.

     

    Cuando le preguntaron por los referentes y la cuestión del género en el cine Colombiano, Dorado se remitió a Jesús Martin Barbero y la necesidad de respetar la cultura popular y no pensar en la “cultura culta”.

    -La alta cultura que llaman, lo ayudó el presentador.

     

    Sobre ese reflejo del narcotráfico se tomó la palabra un hombre del público, enfocándose en la necesidad de no repetir un fenómeno que, según él, se sabía que no ha cesado por completo. La intervención fue más una declaración que una pregunta para el director, que en algún momento había dicho que: “A Al Capone lo mataron saliendo de una sala de teatro”, dando razón al vínculo entre la mafia y las viejas costumbres dramáticas.

     

    “Así como la función de los artistas es dar cuenta de lo que hemos vivido, si queremos acabar con el cine de narcotráfico, tenemos que acabar es el narcotráfico. Siempre que este tipo de historias sigan impactando nuestra memoria, estaremos obligados a decirlo”, reflexionó después el director caleño.

     

    Mientras corrían El rey, pasaba el conversatorio y la cena de La coca: de la sombra al plato, para el que había que hacer reserva. En la Placa Deportiva Simón Bolívar proyectaban la película del chileno  Dunav Kuzmanic, Ajuste de cuentas, de 1984, que tampoco tuvo mucha audiencia porque a las siete y media empezó Caleidoscopio, la competencia nacional de cortometrajes que llenó por completo la placa deportiva del Colegio Moisés Rojas Peláez.

    En la cancha no quedaban sillas y la gente se acumulaba en el piso o se montaba entre los muros de atrás, mientras que otros entraban y salían de la proyección. Dieciocho cortos de entre cuatro y veintitrés minutos fueron presentados durante tres horas y media.

     

    En la categoría de ficción ganó Sara Jurado con Sempiterno. Tiene que llover, de Diego Pérez, fue reconocido con el segundo lugar. Montaña azul, de Sofía Salinas y Juan Bohórquez, se hizo con el primer lugar de documental, al que acompañó Acuatenientes de Andrés Gil. En la categoría experimental, los ganadores fueron Juan Pablo Adames con En laberinto y Las máquinas tristes de Paola Michaels.

     

    Mientras tanto, las películas colombianas, Anhell69 y La bonga, eran vistas por una baja audiencia, compuesta por adultos de Jardín que aprovechaban el evento para ver lo que estaba en las salas de cine de las ciudades. Anhell69 estuvo durante septiembre en las salas de Medellín. La bonga, estaba en un pre-estreno y esta era la segunda vez que la mostraban en el Festival.

     

    A la misma hora pasaron en el Teatro Municipal de Jardín, The Thing, un drama gringo de ciencia ficción de 1982 que, de alguna forma, la organización puso en la programación, que hasta entonces se había concentrado en la visualización de un cine social.

     

    La sala que administra Comfenalco se llenó con los jóvenes y estudiantes de cine que habían abandonado el Caleidoscopio tras ver dos horas de cortos y no se habían ido todavía a rumbear.

     

    Hernán Arango, concursó en Caleidoscopio con Esto era/es Colombia. Hace diecisiete años es realizador audiovisual y además es docente.

    -¿Cuáles cree que son las líneas bajo las que se plantea el cine colombiano en la actualidad?

    -El cine colombiano atraviesa un momento muy sano. Muy heterogéneo. Esta desde la comedia guarra, que hereda cierto porcentaje de su humor de la televisión, están las películas profundas, películas de referentes… entonces creo que hay mucha heterogeneidad en la actualidad.

     

    Arango es consciente de que, en materia de producción, cada vez se hacen más películas en el país. La posibilidad de becas o el acceso a las convocatorias es cada vez mayor tras la entrada en vigor de la ley de cine (Ley 814 de 2003), que tiene como propósito hacer del cine una industria sostenible.

     

    En 2022 se estrenaron 57 largometrajes colombianos a lo largo de todo el año, pero apenas un 3,4 % del público fue nacional. El año con mayor número de producciones locales fue 2019, con 62 largometrajes estrenados, de los que el público nacional representó un 3,4%.

    -¿Qué tan accesible es ese cine heterogéneo para el público general del país y no el especializado?

    -Hay cine para todo el mundo. Está Dago García, que ha hecho desde cine de autor hasta lo más comercial. Aquí no hay industria como sí en otros países, entonces la mayoría de proyectos se realizan con becas que suelen ser del Ministerio de Cultura. Y la cultura aspira a una mirada reflexiva y esa mirada no busca un eco comercial ni masivo.

     

    Sin embargo, el cine que algunos llaman “de comedia guarra” suele componer la tradición por excelencia del cine colombiano, en vísperas de Navidad. El paseo 4 es la película colombiana más taquillera de la historia y tuvo 1’693.873  espectadores, según cifras de Proimagenes. Otras nueve películas de comedia acompañan la lista. Esos estrenos decembrinos componen la mayor apuesta de las grandes salas del país como Cine Colombia, Procinal, CineMark o Royal Films, que a la larga reciben la mayor cantidad de público por su enfoque comercial.

     

    A propósito de la distribución en las salas, el problema no es que los cines no quieran proyectar las películas, sino la respuesta del mercado a la oferta de Hollywood. “Muchos directores colombianos no van a querer estrenar en Cine Colombia. Porque vos estás con tu película hecha con las uñas, ellos estrenan La Monja 4 y te tiran a la última función de la noche”, señala Adriana Mora, integrante del comité de Caleidoscopio desde la primera edición en 2016 y docente universitaria.

     

    Existen plataformas gratuitas como Retina Latina y RTVC play, que cuentan con catálogos de cine latinoamericano y local. Sin embargo, Netflix y las otras plataformas de streaming, que acaparan la mayoría de usuarios, mantienen catálogos con dos líneas temáticas demarcadas en el cine local: humor “guarro” y cine social.

     

    El de Valentina Colorado esun caso que lo ilustra. Esta residente de Jardín todas las noches ve películas y las que le gustan son las de narcos. “Las mexicanas y las colombianas. Las veo en Netflix. Si hubiera sabido que esas películas eran de eso, hubiera sacado el rato para ir a ver”, asegura.

     

    Haz clic en la imagen para conocer algunas voces de los espectadores y talleristas del Festival de cine de Jardín sobre el cine colombiano.

    Día 2, un poco menos de cine y talleres

    El domingo, que era el día de cierre, comenzó a las diez de la mañana con dos conversatorios: La planta sagrada que el narcotráfico degrada y Conversación sobre lo narco. La mañana fue cálida y el parque estaba poblado de visitantes, aunque para Colorado, comerciante del parque, durante el Festival había menos gente en el parque que la que habitualmente ocupa el espacio en los fines de semana.

     

    No había mucho agite ni afán por las proyecciones pendientes. A las once y media pasaron La tía rica (2017) de German Ramírez, en un pequeño salón de Centro Vida, que no se llenó. Víctor Gaviria se movía fluyendo entre las calles, desapercibido unas veces y otras no. Iba afable, incluso cuando llegó tarde a Narco cultura (2013), de Shaul Shwarz y no le dejaron entrar al teatro .  

     

    En simultáneo, se proyectaba Manto de Gemas (2022), de la cineasta mexicana Natalia López. Su largometraje explora el secuestro asociado al narcotráfico en las zonas rurales de México. López rompe con esquemas de continuidad y de planos, acercándose al sentido emocional de la historia. La sala se fue vaciando lentamente mientras transcurrió su proyección. 

     

    Mora, directora del corto Soneto de las 7 noches (2020), se disculpa por el fatalismo al sentenciar que “la gente en Colombia no va al cine. Ellos no van. Aquí pega es el tanque, las películas infantiles y las películas de superhéroes”.

    A las cuatro de la tarde se proyectó la última película del festival, Gomorra (2008). Un desesperanzador filme narco del italiano Matteo Garrone. Apareció bajo unos lentes oscuros el mismo presentador que había estado en la proyección de El rey y repitió la sentencia que había hecho Dorado: “A Al Capone lo mataron saliendo de una sala de teatro. ¿A cuál Al Capone se referirán?, ¿al que murió por un infarto tras un derrame cerebral?”. El Teatro Municipal de Jardín, que al principio parecía lleno, quedó casi vacío mientras transcurría la película.   

     

    Para Mora, el problema de la audiencia en el cine colombiano no viene desde las temáticas, porque encuentra diversidad en la oferta; tampoco viene de las producciones, porque cada vez son más. Entre 2003 y el 2020 se hicieron 485 largometrajes y 977 cortometrajes, muchos más que en toda la historia de Colombia, desde  la primera película hecha en el país María (1922).

     

    El informe de Proimágenes también revela que, de los 57 largometrajes estrenados el año pasado,  “25 son documentales (46% del total), 20 son dramas (37% del total), seis son de comedia (11% del total), dos de misterio (4% del total) y uno de terror (2% del total)”.

     

    Video

     

     

    “En Colombia se ha hecho todo menos apuntar al público. No hemos educado al público. Tendríamos que dar a conocer el cine desde la primaria. Aquí solo un puñado van a ver cine a los festivales, ese puñado específico que ve las películas nacionales”, sostiene Mora, la directora y docente. Pero el grupo específico de estudiantes y entusiastas del séptimo arte ya ha abandonado la sala, mientras que en la pantalla se repite la crudeza de Gomorra

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    A la misma hora, en Centro Vida, se hicieron la entrega de resultados del taller de escritura creativa y el taller audiovisual que se realizaron de jueves a domingo. La mayoría de participantes eran estudiantes de Jardín o de las veredas cercanas, que habían sido motivados por sus maestros a hacer parte del Festival.

     

    Alexandra Franco es de la comunidad indígena de Karmatama Rúa, en Jardín. De cine ha visto poco porque no prende mucho el televisor y hace muy poco instalaron el internet en su zona, en el Festival solo vio un cortometraje, pero le gustó porque en el taller audiovisual aprendió a tomar fotos y videos. “Las películas, normales, pero volvería porque quisiera aprender más cosas”, responde sobre la posibilidad de participar en el Festival el próximo año. 

     

    Katherine Marulanda y Ana María Guerrero tienen menos de trece años y ya habían participado en un corto que hicieron en la vereda Morro amarillo, en la edición anterior del Festival. Sin embargo, esta era la primera vez que hacían parte de los talleres.

     

    “Aprendimos que un cuento no siempre tiene que ser feliz, que puede ser duro o abierto. También nos enseñaron a entrevistar, a responder y cómo editar”, enumeraban juntas al responder. Ninguna de las dos ha podido ver mucho cine colombiano. Todas las películas que han visto son las que pasan por televisión, pero han quedado curiosas y anotaron el nombre de un par de plataformas gratuitas para ver películas nacionales. Eso mientras pasa el año y el Festival de entusiastas vuelve a llenar las calles de Jardín.

     

  • Muerte en un tiroteo de rutina

    Hace nueve años mataron al soldado Vallejo y todavía no se sabe por qué. Las circunstancias del combate fueron inusuales, así lo cuenta el testimonio de Johan Van Den Enden, su “compañero rana”. Aún así, el caso se archivó sin dar respuesta a los implicados.

     

    Juan José Rios Arbeláez / juan.riosa@upb.edu.co

     

    A mediados de marzo de 2013, el Batallón de Infantería #2 de Cartagena nos envió en un patrullaje de rutina a los Montes de María, en Sucre. Yo hice parte del grupo de 22 soldados que realizaban expedición como práctica de salida.

     

    Habían pasado cinco meses desde que me había presentado a la Base Naval #3 de Barranquilla y había pasado por tres meses de entrenamiento en la Base de Infantería de Sucre; luego tuve un traslado al Batallón #2 de Cartagena, y de un momento a otro, de nuevo aquí, a Sucre, en los Montes de María.

     

    “Nuestra zona” estaba compuesta por numerosas montañas verdes y áreas extensas a menos de mil metros de altura sobre el nivel del mar, montecitos redondos y alargados que parecen formar raíces inmensas, donde hace un calor que se siente el el aire cada vez que se respira.

     

    El paisaje de los Montes de María, la zona de patrullaje de Van den Enden y Vallejo. Foto: Sociedad Concesionaria Vial Montes de María.

     

    Caminábamos y el cielo era gris, pero no era frío. Parecía advertir que, cuando las nubes se abrieran, un sol rabioso nos iba a chamuscar. Hicimos dos paradas administrativas durante el patrullaje: una a las seis de la mañana; otra a las nueve y media de la mañana; y ahora habíamos encontrado un río en medio de una zona plana, ideal para la tercera parada, a las doce del día, para descansar y comer.

     

    A mi lado se encontraba Diego Leonardo Vallejo Morales, un soldado que había entrenado conmigo en la Base de Infantería desde el ingreso. Vallejo no le hablaba a nadie; era un tipo problemático, serio, fuerte. Se había peleado con su “compañero rana” a los puños y yo fui el sustituto. Desde ese momento todo lo hicimos siempre juntos: dormir, entrenar, mear y ‘darnos en la jeta’. Lo que fuese lo hacíamos juntos porque éramos dos tipos muy parecidos.

     

    En el argot militar, el “compañero” rana es una pareja inseparable que se asigna a efectos de la seguridad durante las operaciones. La táctica se inspira en la reproducción de las ranas Arlequín, en la cual el macho pasa hasta 5 días pegado al lomo de la hembra fecundando los huevos. Imagen de referencia: patrullaje de comandos Jungla. Ejército de Colombia.

     

    Apenas se hizo un perímetro de seguridad de 400 metros, nos relajamos sobre la manga, bajo la sombra. Estábamos en una gran superficie plana, alrededor de las montañas pero lejos de ellas. El cielo se había abierto hacía unas horas y nos quemaba con una luz que obligaba a mirarse los pies. Unos se quitaron todo y se metieron al río, otros se acostaron bajo los árboles a dormir. Yo me quité la guerrera y comencé a desarmar mi arma para realizarle mantenimiento. Vallejo me vio y me preguntó por lo que hacía, me dijo que era apenas para que nos prendieran a plomo, se rio y se fue a recostar sobre un tronco.

     

    Pasados diez minutos, mientras terminaba de limpiar el fusil, escuché un disparo de una AK-47. Pasaron varios segundos, mientras me preguntaba quién podría haber disparado esa arma, hasta que se escucharon otros dos disparos seguidos y de golpe entendí que era imposible que alguno del batallón hubiese podido disparar ese fuego, [el fusil AK-47] es un arma soviética y el Ejército colombiano compra armas americanas o israelíes.

     

    Los disparos se intensificaron mientras todos los soldados nos cubríamos en el suelo. Me escondí tras un tronco mientras intentaba armar el fusil y engrasar nuevamente las partes que había limpiado hacía unos minutos. Pasó minuto y medio mientras terminaba de armarlas y me di cuenta que Vallejo estaba al lado mío.

     

    El combate continuó, los insurgentes disparaban desde una zona al mismo nivel de altura, lejana, ideal para la ventaja que tenían sus armas contra las nuestras.

     

    Durante el tiroteo, Vallejo y yo nos conversamos. Cada tanto echaba la mano hacia atrás para tocarlo y preguntarle cómo se encuentra; “manazos” duros, para sentirlo porque no lo podía ver. En una de esas mando la mano y no lo siento. Miro al suelo, a mi derecha y estaba ahí, tirado en el piso con el arma en la tierra. El combate terminó después de otro eterno minuto. Ellos eran menos, nos habían hostigado pero dejaron de disparar por que se vieron en inferioridad.

     

    Todavía aturdido por el ruido, me volteé a ver a Vallejo y sabía que estaba muerto. Fui al suelo y lloré, lloré de verdad. Vallejo se había convertido en mi amigo, en mi “compañero rana”; todo lo hacía con él y lo confiaba a él. Diego entró a la institución temiendo por su vida, había estado en el mundo del narcotráfico de Cartago, lo habían amenazado de muerte y entró a la institución para salvarse. Murió a los cinco meses, en una operación de rutina, apenas rozado por una bala que parece que la hubieran bañado en cianuro, porque cuando lo encontramos, apenas tenía un rasguño al costado del cuello, como si la muerte lo hubiera besado.

     

  • Ser médico rural en Colombia: ¿la mejor de las experiencias o el peor de los castigos?

    Paulina Serna Lopera / paulina.serna@upb.edu.co

     

    Hacer el rural o no es un discusión abierta en los profesionales de la salud. Un sorteo es clave en la decisión. Con él se define la posibilidad de un sueldo decente, la explotación laboral, vivir en condiciones precarias y, en ocasiones, francamente peligrosas. ¿Cómo son las condiciones del servicio social obligatorio de medicina en Colombia? ¿Qué se puede hacer para mejorarlas?

     

    Numerosos profesionales también hacen trbajo voluntario en zonas apartadas. Un ejemplo es el Grupo Piraguas, conformado por estudiantes y profesores de Medicina de la UPB. Foto: Cortesía.

     

    En Colombia, el servicio social (SSO) obligatorio deben prestarlo todos los estudiantes del área de la salud al finalizar su carrera. Según el Ministerio de Salud, bacteriólogos, médicos, enfermeros y odontólogos, tienen el también llamado rural, como requisito para obtener la autorización del ejercicio profesional.

    Sin embargo, la discusión reciente son los cuestionamientos a las condiciones en las que cumple ese servicio. Mientras para algunos es una oportunidad de obtener experiencia y brindar servicio a la comunidad, para otros es considerado un castigo que deja en evidencia las facetas más precarias del sistema de salud colombiano.

    El primer sorteo del 2023 fue, según la Directora de Desarrollo de Talento Humano en Salud, Edilma Marlen Suárez, probablemente el último con personas eximidas. Aunque resulte complejo entender cómo funciona, la dinámica de los últimos 74 años ha sido dejar al azar, con unas cuantas variables, la posibilidad ser eximido o no.

    Los decretos y las leyes han cambiado con el pasar de los años. Para entenderlo mejor, una línea del tiempo:

    Infografía: Paulina Serna.

    Suerte con la salud

     

    El sorteo funciona así: se asignan las plazas, que siempre son menores a los estudiantes inscritos y, a partir de esto, se hace el sorteo. Las probabilidades de ser eximido son mayores si el profesional es víctima de violencia, cabeza de familia o discapacitado, por ejemplo. El dilema es que no es una opción, de no cumplir existe una sanción de 9 meses; tiempo en el que el profesional no puede ejercer su labor.

    De los 5 779 estudiantes registrados en el primer sorteo de 2023, 3 147 eran eran de Medicina. Por su parte, de las 1 313 plazas disponibles, 1 027 fueron para los doctores. La cifra es clara: Medicina tiene la mayor demanda. Desde 2013, Alejandro Gaviria, ministro de Salud entonces, expresó la necesidad de garantizar la disponibilidad de médicos en zonas de difícil acceso, también llamadas zonas rojas.

    El rural, según Minsalud, brinda a los profesionales de la salud la oportunidad de ejercer su profesión de manera digna y remunerada, para garantizar el derecho fundamental a la salud de todas y todos los colombianos. Para asegurar que se amparen los derechos de parte y parte, existe una serie de decretos que prometen asegurar la protección del médico:

     

    Infografía: Saulina Serna.

    Los estudiantes de los primeros semestres parecen comprender el porqué del rural. Vanesa Matute y Laura Mariana Pérez, estudiantes de Medicina de la UPB, contaron que desde la universidad les recalcan que la mejor forma de aprender como médico es, muchas veces, desde la necesidad: “Lo que pasa es que nos enseñan a ser médicos del Pablo Tobón, como si tuviéramos todos los recursos, y no es así… Por eso es necesario el rural”.

    Como ellas, muchos podrían decir lo mismo. Elizabeth Montes, que presta su servicio rural en Concordia – Antioquia, expresó que ha sido una de las mejores experiencias de su vida, que los pagos son justos y el ambiente laboral sano. La frase “todos los médicos deben hacer el rural porque es una experiencia preciosa de aprendizaje”, que se difundió a principio de año en Twitter, solo parece aplicar para quienes los entes territoriales tienen control y supervisión de los recursos y condiciones en las que se labora.

    Contrario a lo que Minsalud plantea, para los estudiantes que ya conocen de antemano las experiencias en el SSO, las razones de emplear rurales parecen ser otras: “ellos dicen: pagamos menos y trabajan más”, “nos explotan, somos los que hacemos las autopsias, los traslados primarios… las jornadas laborales más largas”.

    En Twitter, a raíz del último sorteo, comenzó una oleada de testimonios que iban desde quejas por el pago retrasado y el no estar cubiertos por una ARL, hasta amenazas por parte de grupos armados. Ornella Pimienta, médico general que ejerció el rural en Sucre, dijo: “Casi me muero, casi me matan, me pusieron a hacer necropsias a la fuerza con una hojilla de bisturí como única herramienta en un cuarto sucio, sin ventilación, sin refrigeración al mediodía a 37 grados de temperatura…”

    Esto llevó, entre las respuestas del hilo, a recordar el caso de Edgar Torres Prestan, quien en 2013 decidió realizar su año rural en una población del Chocó, donde fue secuestrado a los pocos días de haber llegado. Ante esto, Edwin Agudelo, médico rural en el municipio de Nariño – Antioquia, dijo que cuando llegó estaban en paro armado: “Me tocaba del trabajo a la casa y de la casa al trabajo… pero me tocaba. Es más una cuestión de ética el poner la vida del otro sobre la mía”.

    Si bien es cierto que todo lo que se hace desde la Medicina es en pro de mejorar la salud del paciente, dice Rubén Darío Restrepo, médico general, que les limitan al querer trabajar con medicamentos y exámenes que son necesarios: “a veces ni algodones ni jeringas tenemos. El sistema de salud está colapsado y el problema viene desde arriba”, dijo refiriéndose al Estado.

    En el mejor de los casos hay sistema. María del Mar Quintero, quien prestó su servicio en Tamalameque – Cesar, contó que para el 2023 sigue siendo por escrito y que la historia clínica toda se hace a mano. Lo más preocupante, dice ella, es que un centro solo tenga médicos rurales debido al pago inoportuno. “A los días de hacer la entrevista nos enteramos que el hospital cerró al entrar en revisión fiscal”, contó.

    Lo otro es que no hay respuesta. Ante las quejas de los rurales, “oídos sordos”. Los hospitales responden que es lo que hay. Sin embargo, un grupo de médicos, que tienen como vocera a Manuela Serna, expresaron que el Ministerio de Salud y todos los entes relacionados deberían, obligatoriamente, visitar las plazas: “solo de esta forma entenderán que es imposible asegurar una buena atención porque no se cuentan con los recursos necesarios”.

     

    Un sistema que enferma

    El impacto emocional que generan estas situaciones repercuten en el bienestar del profesional. En la búsqueda de historias encontramos la frustración y la ansiedad como factor común en los profesionales de la salud. La falta de empatía por parte de los mismos colegas también agrava el problema; que existan opiniones buenas no invalida la indignación de quienes no las hayan tenido.

    El portal Protección Médico integral recalca que ante las irregularidades observadas en contra de los profesionales de la salud, es necesario proteger los derechos fundamentales a la vida, a la salud, al mínimo vital, al trabajo y a una vida digna. Todo esto apunta a que deben cumplirse las normas de contratación laboral, con salarios justos para la actividad especial que desarrollan. Sin embargo, esto no sería posible si no se mejora la gestión de los recursos y el acompañamiento que desde la misma universidad deberían tener.

    El servicio social obligatorio de Medicina en Colombia es una actividad importante no solo para las comunidades, es determinante para la formación de los estudiantes de Medicina, pero las condiciones en las que se realiza pueden ser mejoradas para garantizar la seguridad y el bienestar emocional de todos los actores del sistema, así como su formación como médicos competentes y comprometidos con la sociedad; condiciones de saludable equilibrio.

     

  • De la carta al emoji: ¿La era digital degrada o complementa el lenguaje?

    Estamos en un episodio de la humanidad en donde la digitalización del mundo gana cada vez más fuerza y la percepción de la realidad que tenemos se modifica a la par. Es natural que la forma en la que nos comunicamos también se transforme, respondiendo a una suma de cambios en el entorno social y los avances tecnológicos.

     

    Por: Helena Botero Mejía / helena.botero@upb.edu.co

     

    El lenguaje, entendido como el conjunto de recursos que tiene el ser humano para comunicarse con otros, es un organismo vivo: está en constante transformación, adaptándose siempre a la sociedad que hace uso de él. Los recursos a los que acude, comprendidos como signos, tienen la función de lograr un entendimiento común, pues dentro de un contexto determinado, el mensaje busca ser lo más claro posible y convertir un pensamiento o sentimiento en una expresión que pueda transmitírsele a otro.

     

    Hace unos años, el concepto de esfera digital era mucho más preciso, todavía podríamos marcar las barreras entre esta y otras que define, por ejemplo, el debate voz a voz sobre temas públicos o la que definen nuestros asuntos íntimos como la sexualidad o los hábitos alimenticios. Sin embargo, hoy esas líneas divisorias se hacen difusas y las plataformas digitales se hacen escenario de confluencia de todas estas esferas, para construir una idea diferente de lo que es la realidad y desdibujar los límites sobre los aspectos de la vida que son íntimos, privados y quizá los que deben (o no) ser públicos.

     

    Por otro lado, cada vez más personas utilizan aplicaciones móviles y pasan un mayor tiempo en ellas. Según estadísticas de Hootsuite y We Are Social, para enero de 2022 se estimaba que las redes sociales tenían un total de 4,62 mil millones de usuarios, equivalente al 58,4% de la población mundial, quienes invertirían, además, un aproximado de 2 horas y 27 minutos al día en estas plataformas.

     

    Estos canales de información y de comunicación tienen una serie de nuevos códigos, formatos, elementos y estructuras que responden a unas nuevas necesidades y contextos, pues permiten que confluyan elementos visuales, auditivos y textuales, construyendo una percepción mucho más inmersiva en la información que se difunde y que nutre la conversación. Mediante emojis, stickers, gifs, notas de voz, imágenes y videos complementamos nuestro discurso y decidimos cómo expresarnos.

     

    En la digitalidad, es posible “hablar” más allá de la palabra. Foto: Comunicaciones UPB.

     

    En red, ¿enredados?

    “Hay toda una conjunción entre lo oral, lo escrito, lo textual y lo icónico en una misma plataforma, en un mismo medio de comunicación, los cuales anteriormente estaban más divididos: aquí la palabra, allí la imagen, aquí lo textual, allá lo visual. Ahora existe esa convergencia”, apunta Jorge Iván Bonilla, Comunicador Social – Periodista de la Universidad Pontificia Bolivariana, Doctor en Ciencias Humanas y Sociales de la Universidad Nacional de Colombia, Magister en Comunicación de la UPB y jefe del Departamento de Comunicación Social de la Universidad EAFIT.

     

    De la misma manera, Paola Hincapié, Comunicadora Social – Periodista de la UPB, docente de la institución y directora de estrategias de comunicación y social media en Agencia El Grifo, señala la importancia que toma la imagen en estas nuevas formas de interacción y comunicación: “Hoy somos supremamente visuales, y es algo coherente porque nos estamos comunicando a partir de pantallas, la imagen se convierte en esa parte lógica, o más cómoda, para trasmitir algo. Cuando uno hace referencia a un meme, o a un sticker, varios en la sala pueden saber a qué se refiere, sin verlo. Entonces eso a lo que está llevando es a que obviamente empezamos a tener una rutina frente a la apatía al texto. No es que sea algo ‘apocalíptico’, no creo que muera el texto, pero sí que empiece a reducirse masivamente el gusto por el texto extenso”.

     

    El “meme”, que Richard Dawkins denominó “el gen egoísta”, haciendo alusión a comportamientos humanos que se propagan a pesar de no tener sentido en una perspectiva evolutiva (puesto que son aquellos que no le apuntan a la propagación de los genes), es un término que se popularizó mucho más al referirse a una imagen graciosa y viral, la cual hoy hace parte también de los códigos utilizados para comunicarnos entre nosotros. Sobre esta forma comunicativa, Juan Esteban Villegas Restrepo, Doctor en literatura de la Universidad de Antioquia, Magíster en literatura latinoamericana y española de Rutgers University y Profesional en literatura e idiomas de Montclair State University, opina que: “Si bien puede ser muy gracioso, lo que hace es reducir la capacidad de pensar las cosas. Te da una cosa y no te da la posibilidad de problematizar o de ver más allá de lo que dice. Ha empobrecido la capacidad argumentativa de nosotros como hablantes”.

     

    El problema podría ser que, en muchos casos, debido a que los formatos de estas plataformas promueven contenidos más cortos, hay una reacción inmediata solo la superficie de un tema. Sucede, por ejemplo, en Twitter, que es una red social muy reactiva y emocional, como la describe Paola Hincapié y, así como la mayoría de las veces no hay un trabajo reflexivo extenso y previo antes de compartir una opinión o información (la mayoría de las veces), tampoco lo hay al momento de reaccionar a algo que vemos. No hay misma dinámica en todas las plataformas, pero leer para responder y reaccionar se presta para muchos malentendidos y discusiones aque se salen fácilmente de cauce.

     

    “Like”

    Silvana Serra, Doctora en fonoaudiología, profesora e investigadora de la Universidad Nacional de Córdoba, en su TED Talk: ¿La comunicación en riesgo por el uso de las tecnologías? refiriéndose a la variedad de códigos y formatos con los que contamos hoy, afirma que: “Estamos en una zona y tiempo de oportunidades. Y, claramente, nos define como ciudadanos de una época en la que no es una era de ausentes – presentes, sino que tienen la clara convicción de qué herramientas quieren usar para resolver las dificultades. Que también involucra a la idea de que comunicándome me identifico y pertenezco a un colectivo determinado”.

     

    Otro de los temas tratados en la charla de Silvana Serra es el del uso de emojis, mensajes de voz, imágenes y demás códigos que incluimos o utilizamos para dar un mensaje, pues hay una decisión consciente, intencional y estratégica en el momento en el que decidimos enviar un mensaje de voz en lugar de un mensaje de texto, en si incluir o no íconos, dependiendo de la seriedad de la conversación y todas esas son alternativas y herramientas con las que contamos para liberar la “tensión” que representa la necesidad de comunicación de los seres humanos. Esto hace de la palabra solo un recurso más, entre tantos, para expresar un suceso, un pensamiento, una emoción.

     

    Asimismo, es importante tener presente que la posibilidad de contar con un dispositivo móvil todo el tiempo, conectado a internet, acumulando información y con varias conversaciones al tiempo, es una muestra de la celeridad con la que se vive en la era digital. Sucede entonces que las formas de comunicación también le apuntan a lograr un mayor impacto en menos tiempo, los textos deben ser claros, breves y lo suficientemente persuasivos o impactantes, porque además compiten con el resto de información que pueda aparecer en la pantalla del receptor, quien bien sabemos que puede estar haciendo otras tantas cosas en el momento de recibir un mensaje.

     

    Ahora bien, cuando la inmediatez prima sobre la reflexión previa en la elaboración de un contenido o en la redacción de un mensaje, es entonces natural que se pasen por alto algunas normas de escritura, ya sea confiándose en el corrector automático, acudiendo a formas de acortar las palabras o simplemente no dándoles tanta importancia, pues no siempre se cuenta con el tiempo necesario para elaborar lo que se comparte. Frente a eso se ha expresado un poco de preocupación, pues algunos piensan que esto puede contribuir a la degradación del lenguaje o a perpetuar su “mal uso”.

     

    Explicamos emociones haciendo alusión a memes, a chistes en Internet, a referencias de TikTok, a una imagen viral, nos desahogamos en historias en Instagram, contamos nuestras intimidades en audios de WhatsApp, ponemos fotos de nuestros logros en estados… Cada vez nos valemos de nuevos métodos, pues tenemos una variedad amplia de medios cuando de llegar a los otros se trata, porque contamos con una tecnología llena de posibilidades. La experiencia de comunicación es cada vez más inmersiva, personalizada y mediada por una tecnología que también nos lee a nosotros, luego cambia y también nos cambia.

     

    “Ola ke ase”

    En el curso de verano en la Universidad Complutense de Madrid, en el 2017, Darío Villanueva, director de la RAE en ese entonces, habló de las abreviaciones, y de que no son un recurso reciente y no tendrían que ser un motivo para temer el deterioro del lenguaje, pues los manuscritos medievales las llevaron y, si venimos a una época más cercana, los telegramas también, ambas por cuestiones de tiempo y dinero. Sin embargo, apuntó que no le preocupaba una posible degradación de la lengua por el uso de estos usos nuevos de la comunicación “si, por supuesto, el sistema educativo explica, justifica y ejercita en los ciudadanos el uso de la lengua estándar a un nivel culto que es el que corresponde a las personas educadas”.

     

    Además de eso, habría que preguntarse si el uso de nuevos códigos que buscan reemplazar los gestos y elementos de la comunicación presencial podría “degradar” el lenguaje, o si la rapidez con la que se responde afectaría la calidad del mensaje, pues es claro que cada vez se utiliza menos la palabra escrita. A veces la mirada es un tanto apocalíptica, pero es importante evaluar que la transformación del lenguaje y su estudio no son asuntos nuevos, la historia nos ha demostrado que la palabra siempre estará supeditada al uso que se le da, y muchísimas de las que utilizamos hoy provienen de vocablos fruto de migraciones, y en algún momento fueron consideradas incorrectas.

     

    Frente a lo que pudiera pasar en el futuro, Jorge Iván Bonilla describe un posible “efecto Babel” en el que conviven múltiples lenguajes y formatos, en el que este se contamina de una manera positiva, dejando de ser tan “sacralizado y puro” y dándole paso a que cada vez más personas hagan parte de la conversación: “Es una babel en la que conviven y compiten una serie de sujetos que anteriormente no eran tenidos en cuenta y que eran excluidos del diálogo, de la palabra, del debate público”. Igualmente, advierte sobre el riesgo de que esta variedad de formatos complique o entorpezca el ecosistema del lenguaje, llevando a las confusiones del dictamen bíblico.

     

    Paola Hincapié, desde su mirada al usuario que hoy hace parte de la esfera digital, piensa que tendrán más fuerza la imagen y el sonido que el texto, en una relación en que el individuo está más metido en sí mismo: “Todo lleva a lo inmersivo, cada vez exigiremos más sentir el contenido”. Sin embargo, no cree que el libro muera, sino que, por el contrario, será un recurso de desconexión frente a todas estas nuevas formas y que, además, por temas ambientales, también acabará siendo un lujo.

     

    Como en una plana

    Con una mirada un poco más histórica, encontrando transformaciones del lenguaje en hitos como la Gramática de la lengua española de Nebrija en 1492 y más tarde los vocablos utilizados por Cervantes en el Quijote, en 1605 y después el manual de Andrés Bello, publicado en 1843, Juan Esteban Villegas cree que los tiempos son cíclicos, que en algún momento agotaremos una forma para volver a otra anterior, pero incluye: “Ahora bien, no sé si otros desde otra perspectiva lo verán y dirán que ya estamos condenados única y exclusivamente al terreno de lo visual y ahí se quedará. (…) Volveremos a lo que era antes y eso va a cambiar y nos seguiremos moviendo así”. Finalmente enfatiza en que se habla de un fenómeno mutable, y que es difícil afirmar una predicción de una manera estricta.

     

    Si algo queda claro es que estamos viviendo una serie de cambios en la manera de interactuar entre nosotros, que estas herramientas vienen con la posibilidad de expresarnos de nuevas formas y que todo esto se adhiere a nuestra comunicación. Y la forma de hablar estará siempre conectada a la forma que pensar; un mundo y una realidad que son pensados distinto, serán expresados distinto. El lenguaje es solo una muestra de que lo que está cambiando es mucho mayor, y que, aunque podamos valernos de la historia para analizar algunos aspectos, también es necesario entender que eso tiene un límite y que la tecnología y los avances vienen con muchos elementos que no tienen precedentes.

     

    La mutabilidad del lenguaje nos enseña que es herramienta, pero es también reflejo del funcionamiento de la sociedad y, sobre todo, del pensamiento. A lo mejor sí usemos cada vez menos palabras para comunicarnos, y que con pocas logremos hacernos entender por otros; sin embargo, a esas palabras debemos sumarle las demás posibilidades a las que recurrimos, pues hacen parte también del lenguaje, y sin saberlo estamos aprendiendo signos que nos permiten entender y hacernos entender.

     

    Decir que el lenguaje se degrada es una visión que deja por fuera muchos detalles de lo que está pasando y decir que se transforma es hacer alusión a la característica más elemental de este; lo que está sucediendo va mucho más allá y muestra que medir esta transformación es tomar solo un fragmento de algo más grande, pues tanto las maneras en que nos acercamos a los otros, como nuestra comprensión del mundo y el cómo enfrentamos la realidad, están cambiando. Estamos inmersos en un modo de habitar la realidad que no tiene precedentes, tenemos además un mundo que se adapta a nosotros porque nos lee y tiene los instrumentos para hacerlo.

     

     

     

  • Tono ocupado. Salud mental en los call centers

     

    Desde el año 2020 y a raíz de la llegada de la Pandemia por el Covid-19, el sector de los call centers encontró una oportunidad para crecer en el confinamiento y las necesidades de muchas personas en medio de una ola de despidos o reducción de ingresos. Pero poco se habla del desgaste al que se exponen quienes atienden las dudas y especialmente los reclamos de los clientes. ¿Qué pasa con la salud mental de estas personas?

     

    Mariana Montaño Acevedo / mariana.montano@upb.edu.co

     

    Según el DANE, para septiembre de 2020 las actividades de centros de llamadas presentaron un aumento del 31,4% en sus ingresos totales, del 22,3% en el personal ocupado, y del 5,5% en los salarios. Además, se encuentra que el sector BPO (Business Process Outsourcing) creó durante la pandemia alrededor de 20 000 nuevos empleos, 45% correspondientes a la industria de Contact Centers.

     

    El negocio es la tercerización de procesos como la contratación de actividades y funciones comerciales a un proveedor externo, generalmente a menores costos para las compañías, producto de la ubicación de estas operaciones en lugares donde los costos de las mismas son menores: salarios, alquiler de planta y equipos, por ejemplo. Hoy en día, este negocio representa el 2,8% de participación dentro del PIB nacional y emplea al 1,16% de la población colombiana, según datos de la Asociación Colombiana de BPO-BPrO.

     

    Una de las funciones que la mayoría de empresas ponen en manos de terceros es el servicio al cliente y cada vez son más las que buscan implementar este modelo de negocio. En Colombia existen actualmente más de 600 empresas dedicadas a prestar servicios de BPO, y en ellas bachilleres, estudiantes universitarios y egresados recientes de pregrado encontraron una alternativa de ingreso que se acomoda a la falta de oportunidades laborales a las que se está enfrentando este segmento de la población. En consecuencia, el 80% de las actividades de servicio al cliente, ventas, soporte técnico, entre otras labores que se pueden desempeñar en un call center, son realizadas por jóvenes menores de 30 años y 35% por bachilleres.

     

    El trabajo remoto masificado durante la pandemia también estimuló el auge de los call centers. Imagen de referencia: Mariana Montaño.

     

    Del atractivo dicho al agobiante hecho

     

    Como un caso particular dentro de este grupo poblacional está Antonia Achury Calderón, una estudiante universitaria de sexto semestre de Administración de Empresas al momento de ser entrevistada y que durante seis meses experimentó lo que es trabajar en el área de servicio al cliente de una central de llamadas. “Yo terminé en un call center por culpa de las pocas oportunidades de empleo que hay para los estudiantes en este momento; y si a eso se le suma que mi fuente de ingresos era mi papá, quien muere de Coronavirus, allí encontré una de las pocas ofertas con un buen salario que me permitían sobrevivir en una ciudad nueva”.

     

    De otro lado, este tipo de empleo suele ser atractivo para jóvenes que buscan una oportunidad de trabajar y estudiar simultáneamente, teniendo en cuenta que las ofertas incluyen descripciones como “flexibilidad horaria para estudio” y “horarios laborales de 8 horas, 6 horas y 4 horas diarios”.

     

    “Desde el momento en el que me contrataron dejaron en claro que me iban a respetar los horarios de la universidad; pero cuando comencé fue muy traumático porque me dijeron que para poder coordinar el trabajo y el estudio no iba a tener ningún día libre, cuando en la oferta inicial que me hizo la empresa me ofrecían dos días de descanso”, declara Antonia.

     

    Es entonces como, luego de definir un horario que le permitiera cumplir con sus labores y además asegurar espacios de descanso, Antonia advirtió que, teniendo en cuenta su estilo de vida colmado de responsabilidades, cumpliendo con horarios de hasta 12 horas diarias, aunados a la alta carga académica a la que debía responder; su situación no sería sostenible por mucho tiempo.

     

    “Yo tengo ansiedad y depresión diagnosticadas, y el cansancio que se me estaba acumulando, sumado al estrés que me representaba cumplir con tantas labores en la semana, me comenzaron a desencadenar síntomas como ataques de pánico. En ese momento tomé la decisión de renunciar”, relata Antonia.

     

    Un estudio realizado por la Fundación Universitaria Los Libertadores sobre riesgos psicosociales y estrés en los trabajadores de Call Center, encontró que en Bogotá el 37 % de los trabajadores presentan muy alto nivel de estrés y en Medellín, la cifra es del 24%.

     

    Un régimen laboral exigente

     

    Por otro lado, la Organización Mundial de la Salud (OMS) define el estrés como “el conjunto de reacciones fisiológicas que prepara el organismo para la acción”. En términos globales, se trata de un sistema de alerta biológico necesario para la supervivencia. Esto, en un nivel bajo, impulsa a la persona a realizar sus actividades cotidianas, pero luego de someter al organismo a altos y constantes niveles de estrés, el cuerpo entra en un estado de alerta constante que lo lleva a niveles de agotamiento en los que se puede llegar a desarrollar alteraciones emocionales como depresión y ansiedad, o incluso, enfermedades psicosomáticas.

     

    Para la psicóloga María Camila Ríos, el trabajo en call center tiene unas implicaciones psicológicas evidentes y es necesario que las empresas tengan en cuenta los factores de riesgo a los que se puede enfrentar un empleado de estos lugares. “Hay una alta posibilidad de que los trabajadores de un Call Center se expongan a condiciones tales de estrés que los lleven a un estado de burnout”, asegura la profesional.

     

    El burnout fue definido por las doctoras Cristina Maslach y Susan Jackson en su estudio Maslach Burnout Inventory Manual, como “un síndrome de estrés crónico que se manifiesta en las profesiones de servicios caracterizadas por una atención intensa y prolongada a personas que están en una situación de necesidad o de dependencia”, es decir, las labores que implican que el empleado esté sometido durante horas a la atención de personas generalmente problemáticas o que buscan satisfacer alguna necesidad, suelen llevarlo a estados de frustración y desmotivación que lo “queman”.

     

    El trabajo de servicio al cliente, específicamente en call centers, encaja a la perfección con la descripción: extensos horarios de trabajo en los que el operario está sometido a horas de recibir generalmente quejas, insultos, reclamos y problemas que realmente no tienen una resolución que esté en sus manos.

     

    “Los empleados están escuchando críticas y clientes enojados repetitivamente, lo que los puede llevar a generar pensamientos de menosprecio hacia sus propias capacidades. Además se enfrentan a la presión de cumplir con las métricas de cumplimiento establecidas y eso puede estar sumado a un ambiente de trabajo hostil… Son bastantes los factores estresantes que están influyendo constantemente en el estado de ánimo del operario”, afirma Ríos.

     

    El ambiente evidentemente propicia un estado de bruma constante en el que, según la psicóloga Ríos, es indispensable el papel del empleador a la hora de implementar medidas que ayuden a contrarrestar todos aquellos factores de riesgo que son inevitables a la hora de trabajar en un centro de llamadas.

     

    El artículo 56 tipificado en el Código Sustantivo del Trabajo, expresa que el empleador tiene la obligación de hacer todo lo posible para garantizarle espacios de trabajo al empleado, que además de ser físicamente seguros, lo aíslen de riesgos psicosociales o factores de estrés laboral. De acuerdo con esto, desde Seguridad y Salud en el trabajo se debe asegurar la implementación de mecanismos encaminados a la prevención de enfermedades de salud mental.

     

    Herramientas para afrontar el reto

     

     

    << Modelos de trabajo remoto plantean numerosos debates sobre las responsabilidades de los empleadores. Imagen de referencia: Mariana Montaño.

     

     

    Daniela Fernanda Jauregui, profesional en Salud Ocupacional, enumera algunas de las posibles herramientas a implementar y que de hecho, actualmente se están ejecutando en ciertas compañías de servicio al cliente: “es necesario un plan de capacitación anual en el que se vean reflejadas actividades direccionadas a la prevención del riesgo psicosocial, de la mano de profesionales en psicología clínica que brinden la asesoría adecuada. Un ejemplo de ello es la creación de programas de vigilancia epidemiológica de riesgo psicosocial, para que el personal haga una autovaloración de su condición mental”.

     

    Además, Daniela sugiere que crear campañas en colaboración con empresas prestadoras de servicios de salud que promuevan un estilo de vida saludable y brinden también acompañamiento psicológico, son una nueva y posible manera de trabajar en estos factores de riesgo desde la prevención. “Las pausas activas, las reuniones en las que se pregunta a los agentes sobre el ambiente laboral, las celebraciones, las bonificaciones, los convenios con gimnasios, entre otras estrategias, van encaminada a la motivación y cuidado del personal”.

     

    En el sector de servicios BPO del país aún queda mucho camino por recorrer en cuanto a hallar el equilibrio entre cumplir con las metas establecidas y contrarrestar el estrés que esto puede conllevar para sus empleados; pero teniendo en cuenta que actualmente las enfermedades de salud mental se han convertido en un problema de salud pública y que la tasa de deserción en los Contact Center solo va en aumento, las empresas se han visto obligadas a darse a la tarea de comenzar a preocuparse por las condiciones en las que se encuentra su talento humano.