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  • El primer cuarto de siglo de la plaza que le dio forma a Ciudad Botero

    La Plaza Botero nació como símbolo de una transformación urbana y logró el propósito de atraer visitantes del país y del mundo, pero se convirtió en el espacio que habitan quienes trabajan y viven de ella, lo que la vuelve en una fuente de historias de la ciudad desde hace 25 años.

     

    Juan José Yath / juan.granadosg@upb.edu.co

     

    Entrar a la Plaza Botero desde el viaducto del metro es ser recibido por algunas de las 23 esculturas que hay del artista que da nombre al lugar. Junto a ellas, hay puestos de comerciantes extendidos en diferentes zonas de la plaza. Los productos van desde souvenirs, imágenes de las pinturas de Botero, surtidos de comida, fotografías y hasta personas de restaurantes cercanos para mostrar la carta de los almuerzos.

     

    La explanada quedó donde años atrás había negocios tradicionales del centro, principalmente litografías y algunos billares reconocidos, una manzana completa que desapareció como parte de un proceso de transformación que buscaba una nueva ciudad, una tocada por el arte y específicamente la obra del de uno de los nombres más reconocidos en la materia: Fernando Botero.

     

    Al Museo de Antioquia ya le había hecho varias donaciones, hasta que a finales del siglo XX se decidió a entregar parte importante de su obra para que fuera expuesta en su país. Su propuesto tuvo más eco en Bogotá que en su región natal y fue cuando ya se hablaba de las obras que iban para la capital, cuando gestores culturales y empresarios de la región, liderados por Pilar Velilla, pusieron el entonces llamado Museo de Zea a disposición de la idea del artista pictórico colombiano con más proyección internacional.

     

    Que la obra de Botero tuviera un espacio adecuado, derivó en el cambio de sede y de nombre de la institución, llamada desde entonces Museo de Antioquia. En la antigua sede del gobierno municipal se transformaron oficinas y salas de reuniones en galerías de arte. Los negocios y paseos comerciales de la manzana en frente dieron paso al museo a cielo abierto que es hoy la plaza.

     

    La plaza de la que nació Ciudad Botero hace un cuarto de siglo

     

    Un lugar de trabajo

    Lo que se concibió primero como un atractivo turístico se pensó también como un espacio que daría oportunidades de sostenimiento económico. Ninguna proyección seguramente contemplaría el modo en que hoy decenas de personas trabajan al tiempo que disfrutan en primera fila la forma en que la plaza y sus esculturas cautivan a los visitantes.

     

    Marco Antonio Londoño es Guía turístico de Ciudad Botero, quien en sus descansos se sienta cerca a los comerciantes para hablar, en medio de la costumbre de ver personas de distintos orígenes, no solo fuera de Medellín y Antioquia, sino del país. “Es un museo abierto al mundo”, como la describe.

     

    “Hay personas con las que yo he tenido la oportunidad de compartir, que son personas que vienen desde países que yo nunca he escuchado y vienen solamente con un propósito, interactuar con las esculturas”, resalta Londoño.

     

    Muchos de los trabajadores de la plaza están organizados y amparados por una organización llamada Asobotero. Alberto Ávila es su representante legal, la persona que habla en nombre de sus compañeros con los que a menudo conversa. Enfatiza que uno de los compromisos que tiene el colectivo es mantener la plaza limpia, ya que no solo es un campo de baldosas y esculturas, sino que cuenta con zonas verdes a su alrededor con diferentes tipos de plantas, además de fuentes que le dan variedad al paisaje.

     

    En su posición de representante y también de líder social, Ávila reconoce el impacto económico en sus compañeros agremiados: “La plaza de Botero ha sido una rentabilidad muy, muy buena para nosotros los vendedores e independientes, con la cual nosotros salimos de un día a día a trabajar y la plaza de Botero ha sido una bendición y es un legado muy hermoso que nos dejó el maestro Fernando Botero”.

     

    Su rutina transcurre a veces en uno de los puestos comerciales con bancas del sector. Trata de gestionar las necesidades de sus compañeros con quienes comparte el día a día. Una de ellas es que “en vez de pronto de desestimar al ventero, ubicarlos, organizarlos y ponerles un módulo a los venteros que tienen el manejo dentro de la plazoleta. Darles un trato digno y algo bonito para ellos, como son los módulos que siempre estamos pidiendo”, dice Ávila.

     

    Unos metros más allá, en uno de los bancos públicos junto a un árbol, se sienta con frecuencia Claudia Ocampo, al lado de sus termos con tinto que vende a quienes circulan. Ella antes se dedicaba a vender café y periódicos junto a un semáforo, un trabajo agotador que le obligaba a estar todo el día parada bajo el sol. Es una época que ahora ella cuenta con el árbol dándole sombra.

     

    Además de los tintos, Ocampo ejerce como trabajadora sexual. Los ingresos que ella recibe en total varían con el día. “Pues hay veces bien, otras veces mal. No sé, que a veces viene mucha gente, otra vez no viene casi. El tiempo, a veces la lluvia no deja trabajar”, menciona Ocampo.

     

    Sin embargo, reconoce que gana más que cuando trabajaba al lado del semáforo. Desde el banco donde se sienta se puede ver las esculturas de un hombre y una mujer que se miran de frente, llamadas “Adán y Eva”. Cuando su hijo era pequeño, los dos pasaban a veces por la plaza luego de recogerlo de una guardería cercana y, al pasar por la escultura de la pareja, el niño decía que eran papá y mamá, un recuerdo con su hijo que ella atesora. De eso hace 15 años.

     

    Caminando en dirección a los bordes del Museo se sienta Marisol Rueda junto a otros compañeros con los que pasa el rato. Ella también es trabajadora sexual y desde su ubicación tiene la vista de casi todo el parque, incluyendo una fuente y la ahora peatonal Carrera Carabobo, por la que no dejan de circular en ida y vuelta una mezcla entre turistas, ciclistas y peatones que hacen diligencias o trabajan en los alrededores. A Rueda le gustan las esculturas y cómo los turistas llegan y disfrutan de ellas, junto a lo organizado que es el parque, comparado con otras zonas del Centro.

     

    “Este parque me parece que es como un parque muy organizado, porque, si van al parque de Berrío, eso allá es como si fueran cantinas, ese desorden, eso allá con esas chazas, todo el mundo bebiendo, eso no parece como un parque allá, me parece horrible. Entonces, el parque más organizado es el Botero”, menciona Rueda.

    “Bueno, y no me gusta que estén sacando a las mujeres que están trabajando acá, porque igual no nos están dando nada y esto es un parque normal […] Entonces, si no quieren que uno no esté acá, pues que le den algo a uno”, menciona. Entre las personas que se dedican al trabajo sexual se han producido roces, especialmente entre personas nacionales y migrantes, como uno de los principales problemas de convivencia en el sector.

     

    Escenas y detalles de la vida en Plaza Botero, el eje de Ciudad botero. Fotos: Juan José Yath

     

    Otros trabajadores del sector

    Aun así, trabajar en Ciudad Botero le ha brindado a Rueda y a sus compañeros diferentes beneficios, desde la entrada gratuita al Museo, hasta participar en varios proyectos que maneja esta entidad. Uno de ellos es La Banca Azul, una iniciativa de mediación de lectura, escritura y oralidad, con apoyo de la Fundación para educación y la cultura MUV. Se encuentra al lado de las escaleras hacia el museo. La figura que la simboliza es de una bancacicleta para representar los vehículos de venta ambulante. La persona que lo coordina es Juan David Lopera, quien también es coordinador de gestión del conocimiento del área de educación del museo. Su compromiso por el contacto con las personas de la plaza le ha vuelto muy cercano a varios de quienes trabajan allá, por lo que no se puede pasar por la plaza sin al menos hacer varios saludos cordiales en el proceso: es uno de los puentes entre quienes habitan el espacio y el Museo.

     

    “[En La Banca Azul] se median procesos de lectura, escritura de oralidad en diálogo con las colecciones y obras del museo, tanto las obras de arte de la colección como las obras y materiales que están disponibles en la biblioteca. Entonces por eso me parece importante que vengamos acá, porque acá es donde tú vas a tejer el diálogo con algunas de las personas que constantemente habitan, viven y también sobreviven en la plaza Botero”, explica Lopera.

     

    Rueda es una de las que participan seguido en las actividades, que le da la bienvenida a quienes se mantienen en la plaza, así como a turistas o visitantes que se interesen al ver una carpa con un vehículo parecido a una bicicleta llevando una vitrina de libros. Es un pequeño espacio que integra a las comunidades una o dos veces por semana por medio del arte para leer, conversar e incluso realizar escritos. En una de las jornadas tocaron el tema de la fantasmagoría y colgaron textos e ilustraciones hechas a mano por los participantes.

     

    Erika Petro también es mediadora en el equipo de la Banca. Parte del trabajo es estar en la plaza y recibir a quienes vengan para las actividades, a la vez que observa sus alrededores y ve el flujo de personas de diferentes lugares, clases sociales, profesiones, etc. Es entonces un espacio de convergencia, “para leer lo que sucede con toda la diversidad, porque como confluye tanta gente, confluyen historias de diferentes clases sociales, de diferentes lugares del valle, como que es un lugar de encuentro […] El hecho de que el proyecto se dé en la plaza Botero nos da la perspectiva y la posibilidad de hacer lectura, escritura y oralidad con gente de una diversidad, pues, muy plural.

     

    El Museo de Antioquia también organiza el evento Vive la Plaza, que durante varios días ofrece eventos para integrar a la población alrededor de la plaza, lo cual también genera roces por el uso del espacio que usualmente ocupan los venteros. Desde talleres, música y películas, hasta conversatorios abiertos al público hacen parte de la agenda.

     

    En su labor de coordinador con el equipo de educación, Lopera también frecuenta la Casa del Encuentro, antigua sede del Museo, separada solo por un corredor. Allí se encuentra una biblioteca abierta al público y un centro de documentación sobre diferentes temas. El equipo realiza diferentes talleres en los que también participan quienes habitan de alguna forma la plaza.

     

    Vilma Beatriz Saraque, conocida también como “La Pinky”, es partícipe de los talleres, especialmente el de derechos humanos. Ella es trabajadora sexual y a veces pasa por la plaza, porque frecuenta más la cercana Iglesia de la Veracruz. Considera que estas actividades han sido un espacio de aprendizaje y ayuda para ella, quien ha sido víctima de violencia y discriminación en diferentes momentos. Cuenta que, con la formación que recibe, ella aboga por un mayor respeto entre todos, así como mejor escucha.

     

    Para la Pinky estas habilidades son un reto en su condición. “Porque por la noche no se ve aquí nadie, muy pocos [policías] y siempre lo miran a uno como el ave rapiña”. No obstante, sus gestos dan cuenta de su buen humor, así como el toque de estilo que le dan sus gafas sin lentes.

     

    Dentro del equipo de educación también se encuentra como mediador Juan Carlos Gómez, quien denomina este trabajo como el ser un “puente”. Ese nexo para hacer que personas que transitan de forma permanente o pasajera por la plaza se conecten con las obras del museo. Él también es conocedor de lo que significó la plaza para el sector.

     

    “Cuando llega Ciudad botero, no solamente transforma el espacio público, sino que también transforma las dinámicas de comunicación que tiene el museo con sus alrededores. A partir de ese momento se empieza a ejecutar el programa Museo 360 que se pregunta quiénes son los vecinos, cómo los podemos impactar”.

     

    En sus 3 años trabajando en el museo, Juan Carlos aprendió de los puntos de vista de personas con distintos trasfondos con las que tiene contacto dentro de la plaza. “Habitar y persistir en la plaza con los programas del Museo me ha permitido personalmente ser mucho más empático y tener una dosis de humanidad en estos discursos, los planes académicos que tienen que ver con las artes”, cuenta. Gómez ha sido testigo de los contrastes entre lo que era la plaza ahora de cómo era años atrás. Conserva el recuerdo de pequeño de pasar por la carrera Carabobo en bus cuando todavía circulaban vehículos.

     

    En cuanto al futuro, el Museo tiene pensado expandir Ciudad Botero hasta el espacio del parqueadero de la entidad y con ello tener mayor conexión con otras plazuelas del sector. “Crear entonces un espacio público continuo que trate comunicarse con la plaza Zea [Francisco Antonio Zea] y posteriormente sobre otras plazas que miran hacia la Plaza Minorista […] Es pensar una extensión de la Plaza Botero hacia ese costado occidental”, señala la directora María del Rosario Escobar.

     

    Ciudad Botero es entonces un espacio de convergencia de diferentes orígenes, de diversas polémicas en torno a cuestiones que a todos interesan. Esa notoriedad quedó en evidencia durante el encerramiento de 2023, un mal llamado “abrazo” que rodeó la plaza con vallas para disminuir la inseguridad. Para entrar tocaba pasar por un control de la Policía y el aspecto o las supuestas intenciones podían generar prejuicios y, tal vez, la negación de la entrada.

     

    En su visión de futuro, la directora Escobar ratifica la condición actual de la plaza, de ser “abierta, libre y democrática “. Y aunque reconoce que pueden controlar todas estas situaciones sin el apoyo de los organismos públicos, el Museo actúa para mantener el carácter de referente turístico y cultural, que incluiría proporcionar un espacio cómodo para estar. En ese propósito han logrado sumar a la comunidad alrededor.

     

    Razón le da el hecho de que las tensiones no han frenado a la plaza de ser uno de los puntos de visita más populares en la capital antioqueña. Un lugar que, como dice Érica sirve “para leer a Medellín, al Valle de Aburra”, e incluso, “leer a Colombia”.

     

     

     

     

     

  • Los giros en el debate por las acciones de UNE

     

    Con información de Maria Paula Mejía Vélez / mariap.mejiav@upb.edu.co

     

    Desde agosto de 2021 se han escuchando posiciones a favor y en contra de la venta de las acciones de EPM en UNE – Millicom. Debates en redes sociales, pancartas en la calle que se oponen a la venta y múltiples discusiones en el Concejo de la ciudad han sido algunas de las situaciones que han rodeado la propuesta realizada por la Administración municipal en compañía de EPM.

     

    ¿Es el momento de vender las acciones que EPM tiene sobre UNE?, ¿A dónde va el dinero de la venta?, estas son algunas de las preguntas que han surgido en medio de ese debate sobre una propuesta que durante varios meses trató de pasar desapercibida.

    En las últimas sesiones de debate, suscitó polémica la convocatoria y asistencia de contratistas del Municipio en las barras del recinto del Concejo, interpretada por muchos como una forma indebida de presión. Foto: @concejodemedellin

     

    La historia del negocio

    UNE es una empresa de telecomunicaciones colombiana creada de manera conjunta entre EPM Y ETB en 2006, con el propósito de participar en la industria de las telecomunicaciones a nivel nacional. Esta se mantuvo hasta 2013, cuando a la administración municipal, en cabeza de Aníbal Gaviria, propuso que era necesario vender un porcentaje de UNE a un privado, con el propósito de garantizar la estabilidad de EPM, argumentando que permanecer como empresa pública en la industria de telecomunicaciones en Colombia era un gran riesgo por la presencia dominante de otras empresas competidoras y que posiblemente esta situación llevaría a la quiebra total de UNE.

     

    Luego de un gran periodo de discusiones, el Concejo de Medellín aprobó la venta de 49% de las acciones que EPM tenía sobre UNE, fusionándola con Millicom, una compañía multinacional de telecomunicaciones, dueña de la empresa TIGO; por lo cual, al finalizar la negociación a mediados de 2014 la empresa obtuvo el nombre de TIGO UNE. El precio de esta transacción fue de 1,4 billones de pesos.

     

    Pero la venta no fue solo esa transacción, fue también la firma de algunos acuerdos, como el de la cláusula de salida, la cual dice que hasta enero de 2024 Millicom tendrá una oferta preferencial para comprar el resto de la empresa. El segundo acuerdo que nació con la venta fue la de la prima de control, ¿Qué significa eso?

     

    Sencillo: hasta el momento EPM tiene 50% +1 de las acciones de UNE, Millicom tiene el 49%. Lo usal es que, a partir de esos porcentajes, EPM tenga un mayor poder de decisión sobre lo que pase con la empresa; sin embargo, gracias a la prima de control, 2 de las acciones de EPM son preferentes, es decir, con voz pero sin voto. Es por eso que Millicom tiene el control sobre las decisiones de la empresa, gracias a este acuerdo.

     

    Voces favorables al acuerdo, como la del entonces presidente de UNE March Eichmann han respaldado esa decisión bajo el argumento del conocimiento y las capacidades técnicas de la multinacional Millicom del negocio de las telecomunicaciones en lo trasnacional, eso sí, bajo la auditoría técnica de EPM. Así lo ratificó Eichmann en diálogo con W Radio el 10 de octubre de 2022.

     

    El expresidente de UNE recordó que los recursos de la venta inicial de acciones han permitido financiar proyectos de ciudad. en efecto, según la información de la alcaldía de Medellín, los $1.4 billones que recibió el Municipio en 2014 se creó el Fondo Medellín Ciudad para la Vida, para la financiación de proyectos en educación y cultura; seguridad; inclusión y salud; sostenibilidad y movilidad, y empleo.

     

    En 2016, con Federico Gutiérrez como alcalde, el Concejo municipal aprobó cambios para ese fondo, llamado ya Fondo Medellín, que le dio prioridad a las inversiones que tenían mayor avance, entre ellas Parques del Río, por valor de $702 mil millones, campus universitarios como el de la Ciudadela Universitaria de Occidente, por valor de $280 mil millones, la Intervención Integral del Centro y corredores de transporte limpio, como el cable Picacho. En ese momento, se contabilizaban 77 subproyectos.

     

    Solo en junio de 2018, según lo informó en ese momento el periódico Vivir en El Poblado, a partir de solicitud de información atendida por el gobierno local, la ejecución de los presupuestos de ese fondo había alcanzado el 91.4%, con un 77.3% de avance en la ordenación y 62% de avances físicos.

    Datos clave del negocio de Une con Millicom en 2014. Infografía: María Paula Mejía

     

    ¿Por qué se debate otra vez la venta de las acciones restantes? ¿Es momento de vender?

    El actual gobierno de Daniel Quintero se ha propuesto convertir a Medellín en el Valle del Software, eso significa garantizar la conectividad en toda la ciudad y hacer una inyección importante de capital en asuntos relacionados con modernización y tecnología. En esas circunstancias, se supondría que UNE sería una empresa clave por su capacidad de trabajo en asuntos relacionados con las telecomunicaciones y la conectividad; que aportaría infraestructura y además, los y las empleadas están altamente capacitados en algunos asuntos que pueden ser útiles en la apuesta del Valle del Software.

     

    Antes de un remesón que puso una serie de personas cercanas al alcalde Quintero en la estructura directiva de EPM, ya se escuchaban voces favorables a la enajenación de las acciones, bajo criterios médicos. Una de ellas era la de Alejandro Jaramillo, quien fuera vicepresidente de crecimiento de negocios de EPM, quien expuso varias razones para efectuar ese negocio: “Lo primero es el nivel de riesgo del sector, pues es un sector con unas características diferentes al resto de servicios públicos domiciliarios; no quiere decir que eso sea bueno o malo, sino que requiere unas capacidades distintas a las que hoy tenemos… los recursos estarían mucho mejor ubicados en un sector diferente… nosotros tenemos previsto invertir en generación y modernización de centrales, en Ituango, en servicios de acueducto y alcantarillado, por último este punto tiene que ver con la oportunidad de la cláusula de preferencia”.

     

    El Concejo de Medellín, decidió en 2021 ampliar el tiempo de estudio de la propuesta, pues de manera conjunta se acordó que una decisión de esta magnitud requiere mucho más tiempo de estudio y análisis. En ese momento, el concejal Luis Bernardo Vélez sostuvo que el aplazamiento “es un irrespeto a la ciudadanía”; respecto a la posibilidad de la venta, Vélez apuntó que “a nosotros en el 2013 y digo a nosotros los ciudadanos de Medellín, nos despojaron, Millicom nos despojó de la soberanía en materia de comunicaciones”. Doralba Hernández, vocera de los empleados de UNE, aseguró en 2021 que la consecuencia de todo el proceso que se ha venido haciendo con Millicom y UNE “ha desnaturalizado a los ciudadanos como dueños de lo público”. Los últimos meses han sido un sube y baja en medio de la propuesta de la venta de las acciones de esta empresa.

     

    Giros del debate

    Con el tiempo, vender las acciones ya no era poner en riesgo lo público, sino defenderlo. Los giros en la discusión han sido significativos. Mucha agua ha corrido bajo el puente, especialmente por los cauces políticos. Por ejemplo, el concejal Luis Bernardo Vélez ya no respalda la proposición de venta, luego de renunciar al movimiento Independientes del alcalde Quintero, argumentando diferencias insalvables, que se explican por los debates suscitados por la gestión del gobierno local. Esto en relación con que, durante los debates que tuvo la proposición, la Alcaldía expuso eventuales destinaciones para los ingresos derivados de la venta que dejaron dudas para varios cabildantes, puesto que se trataba de actividades de mantenimiento en elementos como la malla vial y otros rubros para los cuales ya se hicieron adiciones presupuestales y aprobación de vigencias futuras, como para la infraestructura educativa.

     

    El concejal Daniel Duque, del partido Alianza Verde, uno de los más directos durante los cinco debates que tuvo la proposición, enumeró los múltiples escándalos en los que se ha visto envuelta la administración municipal por eventuales hechos de corrupción y problemas asociados a la capacidad técnica del gobierno para ejecutar su plan de gestión y reiteró que no había confianza en la administración distrital.

     

    Tras el quinto fracaso en el Concejo, Quintero y su equipo dieron a entender que no insistirían al afirmar que “el debate está perdido”, pero al poco tiempo, el alcalde planteó que los activos de EPM en UNE – Millicom se nacionalicen. Es importante observar que lo hizo a un gobierno nacional que, mientras esto ocurre aquí, se ocupa de reformas estructurales en temas de impuestos, tierras y procesos de paz con todo tipo de grupos armados ilegales.

     

    Así las cosas, no parecer ser el momento para vender las acciones de UNE, pero las razones tienen poco que ver con lo técnico y mucho con el momento político que atraviesa Medellín.

  • “Ya no cabemos”: el reto de la movilidad en Medellín

    Contingencias con el Metro, los eventos climáticos y otras situaciones ya cotidianas, nos han mostrado la importancia y los problemas del sistema de transporte en la ciudad. La pandemia dejó sus huellas y su utilidad depende de los hábitos de la ciudadanía. ¿Cómo se mueve Medellín?

     

    Juan Manuel Cano Londoño – periodico.contexto@upb.edu.co

     

    La congestión vehicular que vive Medellín en la actualidad no es un tema nuevo. La movilidad es una de las temáticas que más preocupa, desde hace varios años, a quienes habitan y transitan por la ciudad. Pero sí es un escenario extraño, tras varios meses en los que las calles y avenidas de la capital antioqueña disminuyeron considerablemente su flujo debido a la pandemia por COVID-19.

     

    Hernán Arias, que se desplaza diariamente a su lugar de trabajo en automóvil, cree “que la movilidad está pésima, no hay por donde transitar”. Cuenta que últimamente se ha demorado alrededor de cuarenta minutos en un trayecto que, incluso antes de la pandemia, lo hacía en menos de media hora.

     

    “El comercio se reactivó en general, entonces hay más vehículos, motos y personas circulando. Ver las calles de esta manera hace pensar que ya todo está en la ‘normalidad’, como hace dos años”, dice.

     

    Doris Londoño utiliza transporte público colectivo desde el occidente hacia el sur de la ciudad y siente que el tiempo de viaje de su trayecto ha aumentado: “ahora me toca salir más temprano si quiero llegar a tiempo. Muchas veces me ha pasado también que me va mejor bajándome del bus, varias cuadras antes de mi destino, para irme caminando porque el ‘taco’ no se mueve”.

     

    Como ellos, miles de ciudadanos se enfrentan diariamente al caos vehicular de la ciudad, ya sea desde el transporte particular (carros y motos) o desde el transporte público.

     

    La Secretaría de Movilidad de Medellín tiene identificados algunos puntos neurálgicos en la ciudad, en los cuales ha implementado una estrategia de regulación y control con guardas de tránsito. La autopista norte y sur, la avenida 33 y la avenida Oriental son los corredores viales donde se presenta la mayor congestión.

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    Puntos neurálgicos la movilidad en Medellín. Con datos de la Secretaría de Movilidad de Medellín.

     

    La reactivación económica y el consecuente incremento en el número de viajes y de vehículos circulando, además del insistente llamado de la ciudadanía a las autoridades, generaron que el Área Metropolitana del Valle de Aburrá – AMVA anunciara a finales de agosto de 2021 la instauración de un nuevo pico y placa.

     

    La medida empezó a regir el pasado 6 de septiembre con algunas modificaciones, como la prohibición de circulación para vehículos solo dos veces al mes, la inclusión de las motos de cuatro tiempos y el cobro por congestión. Tras casi un mes de haber sido implementada la determinación, solo entre el 5 y el 10% de los vehículos salieron de circulación diariamente y la reducción del tiempo de los viajes no fue significativa (12%).

     

    En medio de varios ajustes y lo que para muchos se interpretó como indecisiones del gobierno local, Carlos Mario Mejía, secretario de Movilidad de Medellín, sostuvo que esta medida “no es la solución, no es la panacea. No va a acabar con los problemas grabes de movilidad que tenemos”. La entidad argumenta que han implementado otras acciones para mitigar el caos, como la sincronización semafórica y la instalación de una mesa de crisis, que permita tomar mejores decisiones.

     

    Han influido también otras situaciones como los problemas de funcionamiento con varios semáforos, algunos, víctimas de vandalismo durante el Paro Nacional y robos continuados, el mal estado de la malla vial en algunos puntos clave y la escasa presencia de agentes de tránsito en los horarios de mayor tráfico.

    La autopista sur es uno de los corredores viales donde se presenta mayor congestión en horas pico. Foto: Juan Manuel Cano.

     

    En un foro realizado por Camacol el secretario Mejía consideró que es necesario crear una “gran mesa de la movilidad”, que reúna a los gremios y sectores sociales para que haya un aporte de cada uno y se busquen soluciones, pues “somos un valle rodeado de montañas: ya no cabemos. Entonces hay que buscar alternativas”.

     

    Y es que el parque automotor ha tenido un incremento exponencial en los últimos 25 años en el Valle de Aburrá, pasando de 201.505 vehículos (entre autos y motos) en 1995 a 1.788.927 vehículos en 2020, lo que significa un aumento de 788%. Una flota numerosa que, aunque solo representa alrededor del 30% de los viajes, genera un atasco cada vez mayor.

     

    Entonces, ¿cuál es la alternativa? La respuesta radica, según el Plan Maestro de Movilidad y los expertos consultados, en el fortalecimiento del Sistema Integrado de Transporte del Valle de Aburrá –el cual agrupa el sistema masivo y el colectivo–para que se convierta en la espina dorsal de la movilidad en la ciudad – región.

    Un objetivo que la contingencia sanitaria impactó directamente. Este sector, a pesar de nunca haber parado por completo, fue uno de los más afectados debido a las restricciones sanitarias impuestas por la pandemia, dejándolo en una crisis que amenaza hoy su operación.

     

    Crisis y transformación

    El 20 de marzo de 2020 inició la “cuarentena por la vida” en Antioquia, una medida que pretendía preparar a la ciudadanía para los posibles futuros confinamientos debido a la llegada de la COVID-19 al país. Las personas se resguardaron en sus casas y la gran metrópoli que encierra el Valle de Aburrá, de cuatro millones de habitantes, pasó a ser un pueblo fantasma.

     

    La medida, que parecía temporal, se fue extendiendo a la par que la enfermedad avanzaba. Las calles se despojaron del peso de los vehículos y, con ellos, la ciudad descansó de su ruido y contaminación por varias semanas.

     

    Para John Jairo Posada Henao –quien es especialista en Vías y Transporte, doctor en Ingeniería y profesor de la Facultad de Minas de la Universidad Nacional– el confinamiento “provocó dos grandes impactos en la movilidad: uno para los usuarios y otro para los prestadores del servicio”.

     

    El experto considera que el aislamiento, en cuanto a los prestadores, “tuvo un efecto económico muy duro, pues bajó el ingreso, pero muchos de los gastos propios de la operación del servicio se mantuvieron”. El AMVA, por su parte, estima que “entre los meses de febrero y abril de 2020 se tuvo una reducción hasta del 85% en la movilización típica de pasajeros”, tanto en el transporte público colectivo como en el masivo.

     

    En junio de ese año se dio una mayor flexibilización del aislamiento de las personas y se comenzó una paulatina apertura de la economía. A pesar de esto, “nuestro sector creció muy lentamente y casi todo ese año fue de incertidumbre”, comenta Jaime Sánchez, presidente de la Corporación de Transportadores Urbanos – CUT, que cuenta con 19 empresas afiliadas.

    El 28% de los ciudadanos se movilizan principalmente a pie, siendo este el modo de viaje con mayor porcentaje en el Valle de Aburrá.

    Foto: Juan Manuel Cano.

     

    Los meses del confinamiento estricto de la población, la tímida apertura económica y los picos de la pandemia, que obligaban a restringir de nuevo la movilidad, durante 2020 generaron que estas empresas públicas y privadas sufrieran una crisis de la que incluso hoy no se han podido recuperar.

     

    El Metro de Medellín, por ejemplo, indicó en un comunicado que actualmente moviliza 760.000 pasajeros, una “afluencia cercana al 63% de los que se movilizaban antes de la pandemia”. Esta disminución de los usuarios ha generado que el sistema presente pérdidas de hasta 500 millones de pesos al día.

     

    El transporte colectivo de buses, por su parte, cuenta con una cifra similar de ocupación del 65%, que Sánchez ve con preocupación pues estima que “para el 2022 haya una recuperación cercana al 80%, pero sabemos que el 100% [en relación a la afluencia de 2019] ya nunca lo vamos a lograr”.

     

    El profesor Posada es más optimista: “En principio, la misma demanda que se tenía en 2019 no se va a volver a tener. Pero digo en principio porque la ciudad sigue creciendo y las personas que llegan son las que van a empezar a suplir los que se están quedando en casa. ¿Cuánto se va a demorar esto? No sé, pero se puede conseguir con la evolución de la ciudad en el tiempo”.

     

    Ambas posturas obedecen a la evidencia de nuevas dinámicas sociales en la ciudad: “Hoy la movilidad está muy compleja, y para mí la explicación inmediata es que hay más vehículos o hay un comportamiento diferente en los ciudadanos”, explica Posada en referencia al impacto en los usuarios.

     

    En su cuenta de Twitter, quien fuera secretario de Movilidad de Medellín en diciembre de 2020, Carlos Cadena Gaitán, estimaba que nuevas dinámicas como el “teletrabajo, el estudio virtual y los cambios en la vida cotidiana (con estrategias como la telemedicina, el comercio electrónico y los eventos en línea)” impactaban directamente en la movilidad.

     

    Aunque podría pensarse que esta transformación generaría una disminución en los viajes, para Posada las nuevas dinámicas –que “no solo se van a mantener, sino que se van a potenciar”– pueden estar causando lo contrario: “La libertad horaria de los ciudadanos ha permitido que las personas salgan por motivos diferentes a los laborales, ya sea por ocio, descanso, suministros o por cumplir sus necesidades. Esto lo hacen a cualquier hora, generando que haya mayor tráfico durante el día”.

     

    El reto que se mantiene

    El periodista, escritor y urbanista antioqueño, Darío Ruiz Gómez, en su libro Mirada de ciudad (2016), comenta que “las vías urbanas se planifican para distribuir el tráfico y para lograr un único objetivo: la rapidez del desplazamiento”. El apartado, titulado El caos vehicular, describe cómo los carros y las motos se han tomado rápidamente las ciudades hasta haber logrado ser ellos los protagonistas, antes que los mismos ciudadanos.

     

    “El desplazamiento no puede ser una tortura desquiciadora del ánimo cívico, sino una positiva experiencia que incorpora aquellos territorios que desconocíamos”, apunta el urbanista. Para que esto no ocurra, el Valle de Aburrá cuenta con El Plan Maestro de Movilidad, el cual se enfoca en una sostenibilidad ambiental y que pretende una conexión estratégica entre los diez municipios del valle.

     

    El documento, además, realiza un diagnóstico de la movilidad y muestra cómo se desplazan los ciudadanos metropolitanos.

     

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    Cifras clave de la movilidad en Medellín.

     

    El objetivo de este instrumento de planeación es establecer directrices y lineamientos a corto, mediano y largo plazo, teniendo como horizonte al año 2030. El Plan, publicado en enero de 2020, plasma la visión de movilidad que se quiere tener en la ciudad – región, la cual pone al servicio de transporte público en el centro de la discusión.

     

    Teniendo en cuenta que no fue diseñado antes de la contingencia sanitaria y, por lo tanto, no se incluyeron en el estudio las nuevas dinámicas sociales, el Área Metropolitana del Valle de Aburrá, entidad encargada de su formulación, está “adelantando el proceso de contratación para realizar encuestas longitudinales, cuyo objetivo principal es evaluar el impacto en los patrones de movilidad”, y a partir de los hallazgos arrojados decidir qué cambio se deben realizar.

     

    Ante la nueva realidad, la entidad cree que la clave es fortalecer “proyectos que busquen la sostenibilidad de nuestro territorio y que vayan de la mano de la reactivación económica y la emergencia sanitaria”, tales como “la construcción del Metro de la 80, la estructuración final del tren multipropósito, la viabilidad técnica del metro subterráneo, el diseño y construcción de cicloinfraestructura con el continuo mejoramiento del sistema EnCicla y la evaluación de las medidas de gestión de la demanda (pico y placa)”.

     

    Aspectos que coinciden con el Objetivo de Desarrollo Sostenible número 11, proyectado por Naciones Unidas, el cual busca “lograr que las ciudades y los asentamientos humanos sean inclusivos, seguros, resilientes y sostenibles”. Una iniciativa que incluye el acceso y la calidad del transporte, “en particular mediante la ampliación del transporte público”, como uno de los caminos para que este objetivo se pueda realizar.

     

    Aunque el profesor Posada considera que “en temas de movilidad y transporte nunca tendremos la solución mágica que arregle todos los problemas”, la apuesta por una ciudad menos motorizada es la correcta, además de que está en sintonía con las nuevas dinámicas: “tenemos que aprender a usar más el transporte público. No se trata de dejar de utilizar el vehículo particular, lo que se pretende es que todos comencemos a disminuir su uso y que seamos unos ciudadanos más conscientes de cómo nos movemos”.

     

    Según el experto, el principal reto radica, entonces, en generar esa consciencia en la ciudadanía: “es fundamental que seamos más educados como sociedad, tanto los transportadores como los usuarios. Ambos tenemos que ‘dar el brazo a torcer’ en algunas cosas para que podamos mejorar”.

     

    Los esfuerzos de las autoridades y los ciudadanos, de igual forma, deben estar dirigidos a fortalecer los modos activos (como caminar o hacer uso de la bicicleta), gestionar la demanda del transporte privado, pensar en la conectividad del territorio y priorizar la visión de cero (la estrategia de reducción de accidentes viales).

     

    De lo contrario, en sintonía con Ruiz Gómez, movilizarse en la ciudad será una “tortura desquiciadora” y el “ánimo cívico” de los medellinenses continuará en decadencia.

    A pesar de no superar el 70% de ocupación, el Metro opera con toda su flota disponible en las horas pico y realiza monitoreo de la afluencia en tiempo real para tomar medidas que optimicen la prestación del servicio. Foto: Juan Manuel Cano

  • Un viaje en silencio, del “chirrinchi” al cajón

     

    Un recorrido que revela el presente de un histórico sector de Medellín, donde se callan dramas rodeados de ánimo de lucro.

     

    Valeria Acosta Velásquez / valeria.acosta@upb.edu.co

    Foto de portada: Esneyder Gutiérrez

     

    El lunes 14 de febrero de 2022 en Tejelo, calle 52ª de Medellín, fue un día de aguacero. Un lapo de agua se asomó a eso de las 3:50 de la tarde. Bajo el preámbulo de lo que sería una tarde gris, se escuchaba a las personas comprar cigarrillos menudeados, frutas, morcilla, limones, plátanos, manzanas, papaya, lulo, mazorca, ají, papas, borojó, aguacates, chocolatinas y una que otra “pola” que manoseaban de un lado al otro lado del mostrador. Allí, en la plazoleta comercial a cielo abierto, vendían de todo en los toldos amarillos y las cantinas con luz roja. Las personas se hacían cortes en la peluquería que estaba tapizada con pelo, mientras divisaban a los viejos mercar en la carnicería del frente.

     

    Pero en Tejelo, esa pequeña calle que tiene más historias que un pueblo, Marcela Morales, una mujer con cabello morado, eufórica, extrovertida y trabajadora, vería en ese sitio, un lugar de su recorrido que le generaría ingresos.

    No había estudiado finanzas, ni emprendimiento, ni una carrera profesional que se le aproximara -como la mayoría de los vendedores de antaño que habitaban el lugar-. A diferencia de los otros negocios que se repetían como muletilla, ella no contaba con un local, pero sí con un puesto rodante que no tenía nada que envidiarle a los estacionarios.

     

    A las 5:30 de la mañana, con ansias de vender, Marcela se levantó a preparar 10 litros de café, lo que equivale a 100 tintos. Arribó la plaza a eso de las 8:00, y media hora después empezó su jornada laboral. Contaba en su menú con café instantáneo o el que trae preparado. Se le escapaba uno que otro bostezo, mientras decía “a la orden el tinto”.

     

    Las ventas son el alma del sector, las personas son el cuerpo, el ambiente está decorado por motos que usan las paredes de parqueadero y platos enteros de arroz añejo que emanaba olor a vinagre, la música de los bares transporta al Caribe, mientras la multitud grita a todo pulmón la canción de Armonia 10, Tu castigo será verme feliz: “Vayas donde vayas, tú nunca serás feliz, tu castigo será verme feliz, muy feliz. Vayas donde vayas, tú nunca serás feliz, tu castigo será verme feliz, muy feliz”.

     

    Cada muro tiene memoria; locales llenos de recuerdos que se volvieron el cimiento de una tradición que hoy perdura.

     

    Así, de a poco, con trabajadores, el campo se volvió muro y edificación, cambió la grama por pavimento y los trueques por tiendas. Tejelo empezó a ser terreno de gente emprendedora que echó raíces y otros que intentaron probar suerte pero no les funcionó. Se multiplicaron los negocios familiares y las inversiones. Las empresas ya no solo tenían que pagar arriendo, sino extras por su seguridad.

     

    Aquí se gestaron diversas tiendas ubicadas al lado izquierdo de la calle: la primera es La Fortunita, con cuatro años, fundada por Ángela María Gallego de 43 años, cabello negro, bajita, con buen humor, y su hija. Su negocio es de confites, cigarrillos y cervezas, pese a que no le gusta vender licor.

     

    —No me gustan los borrachos, solo cerveza para la sed—, dice Ángela mientras entrega un cigarrillo Boston a uno de sus clientes.

     

    Este negocio de charcutería es uno de los más recientes, el resto lleva entre 20 y 25 años. Locales como Celularmix le dieron un toque moderno al sector desde hace un año cuando Jormedy Arias, de 36 años, lo fundó. Este sitio no solo ha vendido celulares, sino que también ha brindado cargadores a toda aquella alma apresurada que pasa por ahí.

     

    —¿Tenés cargador pa´ teléfono? —, dice un habitante de calle bastante agitado.

    —¿Pa´ qué celular mi amigo? —, expresa Jormedy.

    El hombre pasó el celular como quién está estrenando juguete nuevo y sin decir nada esperó el cargador. Al pasar de unos minutos Jormedy prendió el teléfono e identificó que este estaba siendo reseteado, pero sin reclamar nada, entregó el cargador.

     

    Flashback

    Tejelo es una calle que entraña historias repletas de colores negros, blancos y matizados. Se encuentra entre la avenida de Greiff y Juanambú, ha funcionado desde hace más de 35 años como un espacio destinado a la comercialización de frutas y verduras.

     

    El nombre del lugar se debe a Jerónimo Luis Tejelo, quien vino durante una expedición el 24 de agosto de 1541, enviado por Jorge Robledo. Al llegar, bautizó al Valle de Aburrá, como se le conoce hoy. El nombre de esta rúa ha transmutado con el tiempo; se llamó Hueco, Fernando Restrepo, Los Fundidores y Alhambra.

     

    << El comercio de frutas y legumbres es parte de la historia de Tejelo, en el Centro de Medellín. Foto: David Cano.

     

    Se dice que desde el siglo XlX este sector era morada de personas que servían a la clase alta y era el lugar de los desdichados. De ese “pueblito colonial” con un tapete de piedras y casetas de madera, ubicado en una calle de la ciudad, aún se conserva el olor a fruta, pero este se pierde en la basura, el cambio del material de los locales por metal, las vacunas de las Convivir, la contaminación auditiva y la delincuencia propia del sector.

     

    Desde el lente policial

    Llegué a Tejelo a principios de un invierno que se sentía en la atmósfera. Algunas tiendas cerraban temprano por miedo a la avalancha de hurtos, llovían malas noticias y el viento empañaba más de una muerte, mientras yo me dirigía a comprar una “pola” igual de fría.

     

    Era policía, del cuadrante 29; no dio su nombre porque necesitaba la autorización de un superior, un hombre con anillos de oro y traje de oficial, que en este sector gobernaba como autoridad cada que podía dar ronda, se había vuelto el amigo de las mujeres que se denominaban acompañantes y de los emprendedores.

     

    El oficial me pintó el panorama de la zona acusándola de ser yacimiento de “riñas, abuso de sustancias psicoactivas que terminaban en puñaladas y hurtos frecuentes”, que la han hecho ser denominada la más robada del sector. Todo esto pareciese que forma parte de una investigación continua de la Policía la cual no ha salido a la luz, y creería yo que no saldrá.

     

    —Hace un mes hubo un muerto por los lados del Gana—, dijo el policía y contó que, por intolerancia, un sicario le tocó las nalgas a una mujer y asesinó con arma de fuego a quien salió a defenderla.

     

    El levantamiento fue a las 4:00 de la tarde. Aquí se matan los habitantes de calle por cien pesos, han ocurrido enfrentamientos entre plazas y pugnas de borrachos por no pagar la cuenta en los bares. El número de muertos, heridos y violaciones ha sido alto en los últimos años.

     

    —El trabajo sexual es algo empañado, aquí no son prostitutas, sino acompañantes por cerveza—, declara el funcionario.

     

    En Tejelo se rumoreaba mucho que el que entraba no salía, de que solo atracaban a los que no trabajaban ahí, de que si no traías nada y te asaltaban, te apuñalaban por estar “mani vacío”, que no sabían cómo yo me había atrevido a entrar. “Me esperaba un destino idéntico”, pensé.

     

    Pero en ese sinsabor encontré un sentido que iba más allá de lo citado por el patrullero. Yo no estaba allí por los hurtos, ni la prostitución, ni la delincuencia, medité; yo quería ir más allá de lo visible, quería desempolvar algo que el policía me había expresado: “La mayoría de los que se mueren son borrachos”. Ese fue el inicio de lo que sería esta investigación.

     

    Hurtos y riñas son las principales situaciones que ocupan a la policía en Tejelo. Bajo esta dinámica, la relación entre la comunidad puede ser tensa.

    Foto: David Cano >>

     

     

    Una copita y ya

    Amanecen muertos.

    Los habitantes de calle alcoholizados amanecen muertos.

    El chirrinchi provoca pérdida de consciencia, memoria temporal, somnolencia, consecuencias que hacen del más vital un costal que se vuelve uno con el pavimento. Este trago está hecho de panela y siete hierbas: manzanilla, mejorana, cidrón, yerbabuena, hinojo, limonaria y albahaca, a estos componentes naturales los acompaña el alcohol etílico. La mezcla se debe fermentar por 15 días mínimo, luego se lleva a un aparato de destilación mediante un proceso de evaporación por calentamiento. Se destila hasta obtener una bebida fuerte, hasta alcanzar el grado de alcohol necesario. Es una sustancia que nace en La Guajira.

     

    Uno… dos… tres borrachos que se hacían en círculo a contar monedas. Pero ¿Qué estaban mirando? ¿Por qué estaban reunidos? ¿Qué los unía? ¿Por qué uno de ellos tenía un montón de cadenas que parecían de oro y plata? ¿Qué hacían reunidos alrededor de una virgen? ¿Por qué sobresalía del trasero de ese hombre una cuchara de metal?

     

    Pusieron dos alcoholes etílicos sobre el suelo. Uno de los hombres los recogió, mientras otro esperaba a que lo abriera. El sujeto que dejó la sustancia se fue inadvertido, fue en cuestión de segundos y nadie puso un peso. Aquí se envicia sin dar plata, es que cuando se está cerca de una plaza de vicio los excesos son cosa de todos los días.

     

    Hasta que el chirrinchi nos separe

    La muerte del ‘Enfermo’, delgado, bajito, pedía monedas, por las tardes se ponía agresivo cuando tenía varias copas encima. El ‘Enfermo’, así le decían, porque decía: “¿Me regala 500 pesos que estoy muy enfermo?”. Ninguno de los trabajadores se sabía el nombre, pero todos lo humanizaban cada día con un saludo y una moneda. Hacía favores, no le pagaban, pero le daban el desayuno.

     

    —Él venía en grupo a tomar chirrinchi, se mantenía todo raspado, pobrecito, le pegaban mucho—, recuerda Rosa Elvira Marín de 66 años, quien lleva veintiún años vendiendo limones, de ocho a ocho. Solo descansa los Viernes Santos y el veinticinco de diciembre. Es el águila del lugar, la que todos saludan, a la que le llegan las primicias.

     

    Dice Marín que tuvo una esposa. Ella era fanática de las causas perdidas y él era adicto al licor. Las personas de Tejelo cuentan que esa mujer luchó mucho por él, que le surtió una carreta con bananos y aguacates. Al principio parecía que el ‘Enfermo’ se había ajuiciado, vendía desde las 8:00 de la mañana hasta las 2:00 de la tarde, salía temprano, no porque vendiera todo, sino porque se iba a beber la plata que había ganado. Hasta que se quebró.

    Su mujer nunca se rindió. Se le veía entrar a Tejelo con ropa y comida, iba a buscarlo a las esquinas cuando se tornó habitante de calle. Se volvió su sombra, su ángel guardián.

     

    Eran ya las 5:00 de la tarde y yo había perdido la cuenta de las personas a las que les pregunté por el nombre del ‘Enfermo’, pese a que todos lo recordaban como patrimonio de la calle, nadie sabía más allá de un apodo, o dos, porque también le decían ‘Rata mona’. Aquí el tiempo se devora cosas tan simples como un nombre.

     

    —Claro que me acuerdo del ‘Enfermo’, de la vieja guardia de Tejelo, el que vendía bananos en la esquina. A lo último se volvió alcohólico—, dice Jairo Tavera, vendedor de legumbres.

     

    Me topé con un borracho dormido, en un garaje que tenía los números 53-58, al lado de la Plaza de Mercado Tejelo. Tenía las medias afuera del zapato, se le veía el pie, cargaba un bolso, o ¿el bolso lo estaba sosteniendo a él? Era muy temprano, pensé, para estar en ese estado, para no ser consciente de cómo cae el sol, ni del montón de personas que lo observaban al pasar pero ni siquiera se atrevían a tocarlo; para pararlo, o para saber si seguía vivo.

     

    Rememoré lo que me habían contado del ‘Enfermo’. Lo imaginé así, inconsciente, desatendido, solo.

    Un rato después, me encontré a don Carlos Suárez tomando un sancocho. Él fue uno de los que le pedían al ‘Enfermo’ favores a cambio de un desayuno. Carlos lo ponía a pelar cebolla, mientras el ‘Enfermo’ se quedaba dormido con cada cortada.

     

    El 13 de febrero, a las 10:00 de la mañana, Carlos le pidió al ‘Enfermo’ que le pelara unas cebollas. Después de varios desmayos continuos -a los que ya estaban acostumbrados todos- no se volvió a levantar. “Le dio un fulminante”, dijo Carlos. El ‘Enfermo’, de tanto irse y volver, un día se fue y no regresó. Estuvo siete horas tirado en la silla de cemento que estaba al frente de La Sazón del Gordo. A las 5:00 de la tarde le hicieron el levantamiento. Ese día llovió y una grieta se abrió en los ojos de aquellos que lo denominaban hermano.

     

    Edwin Fabián Jaramillo había nacido en Caucasia Antioquia, era uno de los amigos del ‘Enfermo’. Hacía parte del grupo de borrachos que se reunía a contar monedas. Era el más consciente de todos los ebrios que conformaban la virgen María Auxiliadora y era, quizá el único, que se sabía el nombre del ‘Enfermo’, el que nos regaló un poquito de humanidad para Gustavo.

     

    —Gustavo y Carlos Alberto, uno de los del grupo, estaban pelando cebolla ese domingo. Yo lo motilé antes de morir y ese día él me quitó una gorra—, expresa Edwin, intentando pronunciar bien las palabras.

     

    A la hora de hacer el levantamiento, el cuadrante de policía amenazó a Edwin y a sus cercanos, porque querían preservar a Gustavo por más tiempo y no deseaban que se mojara, por lo que le habían puesto unas bolsas de basura que les regaló Carlos García, el dueño del local de enfrente.

     

    Dice Edwin que todavía se le sentía el pulso cuando se lo llevaron, que los jalaron para separarlos de él y lo trasladaron para medicina legal.

     

    —Es que Gustavo no bebía porque fuera alcohólico, él se envició con el chirrinchi porque la mujer lo maltrataba—, plantea Edwin.

     

    Hubo muchas teorías sobre la muerte de Gustavo, unos dicen que se murió porque sufría de convulsiones, otros que le dio un infarto, unos que cayó y no despertó, y algunos que porque estaba muy intoxicado con el alcohol.

     

    Nada se decía entonces en Tejelo de aquellos a los que se les expendía vicio, ni de quiénes lo vendían. Aquí se vive la ley del silencio.

    —Reina, yo no le puedo decir dónde venden chirrinchi, yo le puedo decir cuánto vale, porque los de la plaza nos están mirando y yo no soy ningún sapo—, manifestó Edwin.

    —Una botella de alcohol etílico cuesta tres mil quinientos pesos, una de chirrinchi cinco mil, pero ambos son el mismo “chorro” —, como decía Yeny Patricia Barbosa, habitante de calle del sector.

     

    Unos minutos después varios hombres de la plaza me rodearon, uno de ellos, vestido con una camisa que decía Nike y una gorra azul, me hizo un gesto con la cabeza, como quién dice váyase, mientras llevaba su mano a un arma de fuego que tenía en el pantalón.

     

    En Tejelo seguirán entonces cosiendo bocas, alimentando vicios y lloviendo muertes de eternos NN.

  • Leyendo a La Bastilla

     

    A lo largo de su historia, el Pasaje La Bastilla se ha configurado como un importante espacio dentro de la vida comercial y cultural del Área Metropolitana. Muchas cosas se han leído en La Bastilla, empezando por los libros que allí habitan; sin embargo, como si de un texto se tratase, aún no se ha intentado leer a la misma. A través de un recorrido por alguno de sus personajes y escenarios más icónicos, intentamos encontrar lo que La Bastilla es.

    Cristian David Gutiérrez Martínez e Iván Enrique Vega Díaz / Cristian.gutierrez@upb.edu.co , ivan.vegad@upb.edu.co

     

    El Metro, el tranvía, La Oriental

    Para llegar a La Bastilla, son dos los medios de transporte más convencionales. Por un lado, algún colectivo tomado desde cualquiera de los rincones de la ciudad o del Área Metropolitana; en este caso, los buses suelen detenerse en algún lugar de la larga Avenida Oriental, lugar por excelencia de vendedores ambulantes, habitantes de calle y borrachos. Así, caminar por la Oriental, pedir un buñuelo de quinientos pesos, tomarse un perico o dejarse tentar por los calentados mañaneros que ofrecen las panaderías cercanas, es parte fundamental de la experiencia de La Bastilla.

     

    La otra forma es bajarse en el Metro y caminar hasta la calle en cuestión. El tranvía y el metro son, específicamente, los medios que se pueden utilizar en este caso. La estación San Antonio, lugar donde es necesario bajarse, es la más concurrida de todo el sistema Metro; por ello, bajarse o subirse allí significa dar empujones, codazos y palmadas para lograr escabullirse entre los demás pasajeros aprisionados. Una vez fuera del vehículo, el aire del Centro es totalmente perceptible: señoras con bolsas de confites, carritos de frutas y vendedores de ropa de dudosa calidad dominan el paisaje. La estación San Antonio posee algo de belleza por sí sola; la arquitectura es imponente, las personas filan (a veces) como hormiguitas atemorizadas. Una vez fuera del Metro, La Bastilla está a un par de cuadras. Es solo necesario seguir la línea del tranvía que antes habíamos montado para llegar a ella. En este caso, el trayecto es un poco más de lo mismo; calor, bullicio y el gentío caminando hombro a hombro. En este sentido, vivir La Bastilla es también caminar por el centro, sentir el sofoco del Metro, percibir el aroma de los mangos con sal expuestos al sol. Sí, para leer La Bastilla hay que, primero, leer un poco de la ciudad que esta habita.

     

    Adentrarse

    Al ser una calle sin fin, como los libros que acá albergan, La Bastilla tiene dos entradas: por la calle 50, y la avenida Ayacucho. Por la 50, y así la llamaremos, sólo hay un teléfono público. Por Ayacucho es un pasaje entre dos tiempos: las mencionadas baldosas lisas, y el suelo cementado y rugoso. Una calle y otra; la que ha aceptado nacer, y la que se niega a morir.

     

    Transeúntes

    Por su ubicación y su cercanía con otros importantes lugares de la ciudad, en ella los transeúntes son sobre todo personas de paso; señores del común que se adentran en la calle, reciben un par de invitaciones, echan un vistazo al entorno poblado de libros y terminan saliendo por el otro extremo. En eso se resume la experiencia de La Bastilla para muchos: una calle bonita que, una vez atravesada, te deja frente al tranvía.

     

    También están, claro, los visitantes casuales. Esos que vienen por primera vez, o los que ya se conocen todo el centro y se arriman con una cara disgustada a buscar el librito para sus hijos, el texto que tal profesor exigió o el diccionario que dejaran tirado en un rincón de su cuarto. Porque sí, La Bastilla hace parte del imaginario colectivo del Valle de Aburrá y quizás de todo Antioquia. ¿Busca libritos baratos? Vaya al centro y pregunte por La Bastilla. ¿Tiene que comprar una Constitución? En el Centro Comercial del Libro lo consigue fino. ¿El niño se graduó y dejo algunas guías para vender? Vaya a ese rinconcito, allá le dan un buen botín. Todos han estado en La Bastilla, han oído hablar de ella o lo harán, más pronto que tarde.

     

    Entre cafetines

    El paisaje en La Bastilla es, en su mayoría, de cafeterías y quioscos; algunos hay echados a su suerte, restaurantes como El sazón de la bastilla luchan consigo mismos, pues en La Bastilla poco se llena el estómago. El cerebro, y en algunos su corazón, son frascos que se colman con letras, cafés y cigarrillo.

     

    Primero, el olor a libro

    La Bastilla es un escenario de ensueño para cualquier escritor latinoamericano. El realismo mágico y el aroma a libro brotan en sus paredes. Aquí, el libro no es un objeto sagrado, por mucho que sea protagonista y desde el comienzo se perciba: libros regados por todo el camino dominan el paisaje. Rotos, descosidos, manchados, salpicados de barro. Los vendedores toman los libros sin ninguna delicadeza y los descargan en cualquier lado, generando sonidos fortísimos, conmoviendo a todo aquel que ve en este objeto más que hojas con rayones. Es, en definitiva, como caminar por un mar de letras.

     

    Entre esta marea destacan un grupo de robustos libros apenas contenidos en cajas desfondadas. A simple vista, se observan algunos libros académicos, didácticos, literatura clásica, algo de filosofía; algunos, buenos títulos.

     

    Libros tirados a lo largo de la calle del Pasaje La Bastilla. Foto: Iván Vega.

     

    Por allá llama un joven. Con los brazos cruzados y la mirada relajada, invita a mirar sin compromiso. A este improbable vendedor se le entabla charla fácilmente. Cuenta que todos esos libritos aparentemente abandonados los vende él. No tiene una librería, ni siquiera un espacio en el andén para tirar sus libros sobre una alfombra. Cuando puede, riega su material a lo largo de la calle; cuando no, hace lo mismo, pero en uno de los lugares aledaños. Todos esos títulos los recolecta en los barrios, muchas veces regalados; dice que, a veces, hay libros en muy buen estado y la gente piensa en botarlos, pero él los rescata. Debe haber algo de poético en eso, una calle llena de libros que impiden el paso, libros que pudieron ser basura, pero, ahora, siguen siendo libros a la espera de un próximo dueño. Un libro, más que decoración, debe ser conocimiento vivo y rotativo.

     

    Qué representativa situación. En La Bastilla no se le rinde culto al libro, pero, literalmente, está invadida por la presencia de él. Se respira, se siente, se huele. De esta calle mana olor a libro.

     

    La librería París

    La librería Paris es la principal fuente de publicaciones literarias, económicas, pornográficas y matemáticas. Entrar es dificultoso. Dos mesas repletas; una con ochenta (80) ediciones de Malpensante y cientos de revistas de diversos intereses; otra con libros, en su mayoría de crecimiento personal, ciencias exactas y alguna que otra novela de calidad cuestionable. Al pasar por dichos impedimentos, el espectador se sitúa ante lo que se presenta: cuatro pasillos formados por largos anaqueles, donde se encuentra una sucesión cuasi infinita de libros perdidos de casi todos los autores posibles. Su orden es azaroso. No tiene la minuciosidad de un bibliotecario, pero es cercano, claro, porque tienen algo parecido.

     

    El olvido y la memoria han sido tema de grandes obras literarias. El infortunio del primero, y la grandeza del segundo, se ven reflejados en la librería. La capacidad, acaso un don, de recordar todos los títulos solo la tiene una señora, cuyo nombre prefiere no dar. Dicha mujer se ha acoplado en el espacio con la perfección todas las cosas matemáticas. Conoce los libros, casi como si le pertenecieran, o incluso como si ella fuese uno.

     

    El Centro Comercial del Libro y la Cultura

    Del otro lado de la calle, un cartel de la alcaldía de Medellín anuncia el Centro Comercial del Libro y la Cultura. Las puertas metálicas, verdes y semi recogidas, hacen saber que ese lugar no es para todo el mundo. Los libros son los protagonistas, cuya grandeza puede ser meritoria de una etnografía: la condición humana, su grandeza individual y en sociedad, todo ello se encuentras en ese objeto. Pero ese es tema para otro día. El ambiente dentro del comercio es especial. Las personas allá actúan diferentes, y piensan que quienes entran a La Bastilla son iguales: queremos libros, y ellos los tienen. Dicha razón, fundamentada en una realidad inalterable, es motivo suficiente para preguntar a todo quien entra: “¿qué libro necesita y yo se lo consigo?”.

     

    El tema de los comerciantes ya tendrá su respectivo espacio, por el momento hablemos del espacio en dónde se dan a ser. Y claro, es fundamental. La filosofía, por ejemplo, se dice que empezó en una plaza de mercado. Los comerciantes de todas partes traían sus productos e intercambiaban sus saberes. Esto, en La Bastilla, se nota. Hay libros que no son pensados e impresos en Medellín, y otros que solo pueden ser de acá. La variedad de títulos; a veces en cubículos organizados, o en bodegas desamparadas, nos plantea una infinitud de saberes.

     

    Una serie de pasillos largos y poco anchos nos hacen pensar que el primer piso es un laberinto, donde dejados a nuestra suerte, tendremos que salir de alguna manera. Leopoldo Marechal dijo alguna vez que “De todo laberinto se sale por arriba”, por lo que nos plantea una solución que nos conduce a un segundo piso más vacío, obra de un Dios que olvidó su cielo. Los barandales verdes nos retienen de una posible caída, sin embargo, el verdadero problema es el armazón de madera. Los comejenes, ya cansados de los libros, se devoran, a la vista de todos, la estructura del piso.

     

    Comerciantes de libros y libreros

    Hay una librería en este piso que destaca del resto y es la de Don Dario. Los libros, colgados en la pared cual guirnalda navideña; otros, acomodados dentro de un espacio matemáticamente destinado a contenerlos, pero natural en la estructura del edificio. Don Dario, conversador y siempre escuchando la radio, está siempre dispuesto a atender las necesidades de los esperanzados muchachos que buscan un libro, y también, de los periodistas. Es una costumbre, dice. Por lo general habla de una cultura del mal, donde el vicio se ha apoderado de la gente. Se proyecta en un futuro incierto, donde el único remedio es vivir el diario, pero con la esperanza que cambie. Claro, sin saberlo él ayuda a que sea así.

    Una de las librerías ubicadas en el segundo piso del Centro Comercial del Libro y la Cultura. Foto: Cristian Gutiérrez.

     

    Don Dario es un librero. Dicho grupo reducido se caracteriza por prometer una lectura. Tanto así, que él puede vender el mismo libro cincuenta veces, pero lo vende porque su contenido es el que proyecta a sus lectores. A diferencia del comerciante, el cual se encuentra en todas partes, consciente de la dificultad de un buen libro, el librero acerca al lector a su posibilidad.

     

    A la misma casta pertenece Barbara Lins. En su librería, La Hojarasca, bautizada así porque un libro no es más que eso (un montón de hojas), cada cosita está puesta en su lugar, tanto que no parece dedicada a la venta de libros, sino a la colección de ellos. Para ella, ser librera no es una obligación, pero agradece la presencia de personas que, además de vender libros, puedan recomendar y mantener ávidas charlas acerca de literatura con sus visitantes. La Bastilla es en ella una posibilidad de abrir la imaginación, de soñar con poesía y devolver a los libros la magia que esconden. Una conversación con ella, o con cualquier librero de La Bastilla, es salir con una nutrida colección de títulos cuya existencia antes no alcanzabas a sopesar.

     

    Un poco de historia: bastión de poetas y borrachos

    El encanto de La Bastilla radica en su esencia: la tertulia en torno al libro. Este reconocido lugar es la combinación de los libreros de la plaza Rafael Uribe Uribe y el Café La Bastilla. Don Alberto Aguirre fue el creador de las tertulias. En un pasillo largo del Café, al fondo, una mesa grande con seis sillas era el sitio de culto. María, la del tinto, era la que les recordaba que estaban en un café y les traía dicho combustible. La lista de personalidades es amplia. Don Darío, por ejemplo, nos cuenta que el profesor Memo Ánjel llegaba allá; imita su postura encorvada, paso lento y cara arrugada, decía que salía con dos bolsas llenas de libros y su cigarrillo. Se ríe a carcajadas, casi con la añoranza de esos viejos tiempos.

     

    Y la cultura, ¿dónde queda?

    La Bastilla es un lugar emblemático, de eso no cabe duda, pero es posible que a lo largo de su historia no se le haya dado el carácter que merece; eso es al menos lo que sucede en opinión de Barbara Lins. Es cierto que la cultura no se construye conscientemente, aun así, para que la misma sobreviva, es necesario la creación de espacios que permitan su existencia. El comercio y el encuentro casual, aunque en cierto modo son también creadores de esta, se han tomado esta calle hasta impedir el desarrollo de las actividades culturales que son tan necesarias para la perpetuación de estos lugares.

     

    La remodelación permitió en cierta forma la posibilidad de abrir este tipo de espacios. Que lectores, escritores y artistas puedan caminar con relativa tranquilidad por La Bastilla, es ya una posibilidad de que estos acontecimientos florezcan. Así como los andenes fueron remodelados, qué bueno sería hacer del Centro Comercial del Libro y la Cultura un espacio más abierto, permitir que la literatura se escurra por los pasillos, que la música se escuche fuerte, que los poetas puedan recitar sus poemas y los libreros presten atención. Las lecturas silenciosas, los equipos de sonido despidiendo tímida música clásica y la estrecha anchura de los pasillos son muestras de que la cultura en este lugar está amainada.

     

    Si La Bastilla va año tras año a la Fiesta del Libro, ¿por qué no habría de ir la Fiesta del Libro a La Bastilla? ¿Por qué no permitirse espacios en que escritores y libreros conversen? ¿Por qué no otorgarle algo de majestuosidad al libro? Son algunas de las preguntas que Barbara Lins, de forma elocuente, se hace. Una importante lucha espera a estos libreros de La Bastilla, que esperan hacer de su lugar de trabajo un rincón para el disfrute del arte y la cultura. Así como la calle se ganó su espacio, que se lo gane el primer piso del Centro Comercial, que se lo gane el segundo. Que los libros no se queden escondidos, empolvados, tras los hombros de un viejo librero. “Dime qué lees y te diré quién eres” decía García Lorca. Pues bien, leyendo a La Bastilla, sé que ella es un lugar que guarda esperanza.

     

     

  • Algunos pendientes del cobro por congestión

    Por: Carolina Escobar Orrego / carolina.escobaro@upb.edu.co

     

    Foto: Alcaldía de Medellín.

     

    Durante marzo de 2022, en Medellín se implementó un cobro a los propietarios de los vehículos que necesitaran usarse durante los días de restricción por pico y placa. Poco menos de un mes duró lo que el gobierno local llamó una “prueba piloto”, pero, en opinión de la audio columnista, quedan muchas preguntas para que la ciudad logre establecer la solución más adecuada a los problemas de tráfico urbano.

     

     

     

  • Contar una comuna, narrar una ciudad. Vivir en El Poblado

     

    Si se define en una palabra el primer periódico barrial y gratuito de Colombia, sin duda sería: ‘Comunidad’. En sus 30 años Vivir en El Poblado sigue divulgando cultura, arte y sociedad.

    Su archivo histórico reposa hoy en la biblioteca de la Universidad Pontificia Bolivariana.

     

    Por Alejandro Zapata Peña / alejandro.zapatap@upb.edu.co

     

    Después de dejar listos a los niños para ir al colegio, Verónica Arbeláez levanta junto al borde de su puerta un periódico que en su portada lleva el óleo en marfil de Don Juan del Corral. Por más de 30 años Vivir en El Poblado ha pasado por debajo de las puertas de condominios, unidades residenciales, edificios y casas de la comuna 14 de Medellín.

     

    Verónica es ama de casa, pero antes de hacer los oficios del hogar no puede soltar las páginas de la última edición del periódico. Lo lleva leyendo desde que salió a circular por las calles del barrio. Conocer la vida de otras personas de su comuna, que quizá pueden ser vecinos, es lo que más le place ver de las páginas. Recuerda con una apacible sonrisa el emprendimiento de Matías Londoño, un joven discapacitado que con la invención de un triciclo para personas con movilidad reducida aboga por la calidad de vida de esta población.

     

    Para ella, el hecho de que un medio de comunicación se enfoque en los personajes y actores que no son reconocidos en su barrio pero que impactan considerablemente con su emprendimiento, arte y vocación, es darse un respiro frente al sinfín de contenidos noticiosos del día a día.

    Vivir en El Poblado: el relato de un barrio que se proyecta sobre la ciudad. Foto: Alejandro Zapata.

     

    Siempre hay un principio

    Vivir en El Poblado, desde su surgimiento en noviembre 8 de 1990, ahonda en el sentido barrial y los compromisos que circundan sobre la idea de apropiarse del territorio. Secciones como protagonistas del barrio, nuevas obras públicas, recetarios, perfiles, opinión, eventos culturales que abarcan desde bazares en un parque hasta eventos de piano y rock son las piezas que unen el sentido de comunidad y comunicación en una de las 16 comunas de la ciudad.

     

    Nace como el revés de la moneda, como el articulador de contenidos que no tiene enfoque regional o nacional pero que muestran las dinámicas de un sector como lo es El Poblado. Surgió como el primer periódico barrial que se edita en Colombia y desde sus inicios procura y sigue consolidando su principal objetivo: el enriquecimiento cultural de la comunidad.

     

    Todos estos pensamientos empezaron a florecer en la familia Posada Aristizábal, en especial con Julio César (Fundador del periódico), el quinto hermano entre cuatro hombres y dos mujeres de los cuales muchos fueron ingenieros menos él. Julio empezó a preguntarse por sus cercanías y el lugar donde habitaba, incógnitas como: ¿por qué estamos más enterados de lo que pasa en otros países y no de lo que ocurre afuera de mi casa o de mi edificio?, ¿qué pasa en la cuadra del lado? Empezaron a meterse en la cabeza de Julio César. Culminó su carrera de Comunicación Social-Periodismo en la Universidad Pontificia Bolivariana y junto a su hermano Manuel José que terminaba Administración emprendieron un camino que hasta el momento ha demarcado la agenda informativa de toda una comuna.

     

    Entre sacrificios y carcajadas, su hermana, María Eugenia Posada, lo recuerda: “Julio al principio hacía de todo en la primera sede, en una casa de un amigo. Hacía los papeles, ilustraba, hacía pautas, redactaba, diagramaba. Junto con mi hermano menor (Manuel José) se decía ‘Soyla’… soy la que barre, soy la que trapea… que quién trabaja allá: pues ‘Soyla’”.

     

    Frente al miedo, reposemos con poesía

    Entre los años 80 y 90 El Poblado inicia su etapa de expansión urbanística. Edificios, conjuntos residenciales, carreteras y transversales se empiezan a apropiar de las mil cuatrocientas hectáreas equivalentes al 38 % de la ciudad. “De golpe esto se empezó a poblar y no había elementos de comunidad de fondo. No había la posibilidad de conversar y dialogar lo que se percibía dentro del barrio”, recalca María Eugenia.

     

    Para Julio César esos interrogantes se volvieron señales que atisbaban el principio de un nuevo medio de comunicación. Claro está, sin esquivar las inclemencias que respiraba Medellín por aquellos tiempos: violencia en su estado más auténtico.

     

    Mientas que en el aroma de la ciudad y del barrio se respiraba miedo y se preguntaba por quién es el otro y que no me haga daño, Julio pensaba en traer las ideas norteamericanas de periódicos sectoriales que desviaran, aunque fuera por un momento del día la concepción del narcotráfico y sicariato en la ciudad.

     

    ¿Cómo? A través de la cultura, como lo ha defendido María Eugenia, que estuvo de la mano con Julio. “¿Con qué elemento ser aglutinantes para una comunidad? El arte se convirtió en esa pieza clave. El acceso a la cultura no como un lujo sino como una representación clara de lo que vemos. No era simplemente un periódico cultural; era una construcción, buscar puntos de unión, de encuentro”.

     

    Julio César después del almuerzo reposaba con poesía. Junto a su mamá y su hermano proclamaban versos de autores colombianos de finales del siglo XIX y principios del siglo XX. Entre literatura, poesía y comics Julio aprendió a verle el costado amable a una ciudad que lo necesitaba.

     

    Empezó el auge de Vivir en El Poblado, con gran a cogida y momentos en los que más de 43.000 ejemplares circulaban por las calles de la comuna 14. Sus grandes aliados como el Museo de Arte Moderno de Medellín, Museo de Antioquia distribuían el periódico con una amplia variedad de temáticas: Cultura, gastronomía, tráfico, opinión, personajes del barrio, obras de arte y un poquito más…

     

    El periódico ha rotado sus periodistas y maquinaria por más de 4 sedes dentro de El Poblado: entre Vizcaya, la 37, el antiguo edificio Niágara (por el parque Lleras) y actualmente al costado de Ciudad del Río. Merecedor de múltiples premios, el periódico fue tomando renombre no solo en la comuna sino en la ciudad y el país.

     

    Hablemos de otras cosas, volteemos la moneda

     

    << Las primeras portadas de Vivir en El Poblado, con rasgos gráficos de la tradición de publicaciones periódicas que tiene Medellín. Foto: Alejandro Zapata

     

    Seleccionando algunas ediciones históricas del periódico estaba Berta Lucía Gutiérrez, directora de Vivir en El Poblado, junto a ella, periodistas, diseñadores y fotógrafos compartían la mesa en la que preparan la edición 818 y el especial Portadas 30 años de Vivir en El Poblado. No perdía tiempo. Las miradas se quedaban en los computadores; unos buscando información sobre los principales artistas antioqueños y otros, las fotografías de las portadas. Desde hace 15 años los museos, obras y exposiciones aparecen como el moño de regalo de las portadas del periódico. Artistas como Débora Arango, Fernando Botero y Pedro Nel Gómez abrazan el estilo artístico y cultural del medio.

     

    Hoy la sede del periódico se encuentra a unos pasos de Ciudad del Río. No trabajan más de 10 personas, tienen que manejar la diagramación, las notas periodísticas, redes sociales y página web, aunque pareciera que detrás de Vivir en El Poblado hubiera un centenar de personas. El espacio es corto, pero para captar la atención de una comuna a veces solo se necesita una mesa redonda, varios computadores y el empeño de escribir sobre la cultura, las necesidades y las soluciones de un territorio.

     

    “Estar con la gente. Eso es lo que más he explorado de mi carrera, es el origen del periodismo”. Con una voz exaltada y sus ojos abiertos de punta en punta, Tatiana Rojas, periodista de Vivir en El Poblado desde hace un año cree en los contenidos que rescatan y revitalizan el día a día de un barrio.

     

    Rojas apuesta por el otro lado de la moneda, cree que los temas de un país o de un departamento deben nutrirse de la colectividad. “Empezar a identificar otras necesidades que tienen las personas y que uno las va olvidando del radar. No solo se trata de informar de economía, salud sino de cómo vive la salud un territorio en específico. Las necesidades que viven en Ciudad del Río no son las mismas de las que viven en la Loma del Tesoro”.

     

    La misma comunidad le suscitó a Tatiana interesarse por una de las ramas más distintivas del medio: lo ambiental. Se encuentra estudiando un diplomado en Periodismo Ambiental y recuerda con una sonrisa lo controversial que le parece haberse interesado por narrativas medioambientales. A Tatiana le llegó una fotografía de un avistamiento de una guagua cerca de la Universidad Eafit, quedó atónita a pesar de que sabía que el roedor había sido previamente registrado por el Área Metropolitana (Entidad reguladora ambiental), pero la imagen le despertó dudas y después de hablar con expertos de fauna constató que era falsa. “Con la comunidad uno también aprende a forjar su carácter para enfrentarse a las noticias del día a día”, cuenta.

     

    A lo ambiental se le suma la multiplicidad de contenido gastronómico que nació como una idea de motivar el encuentro. “En los 90, en medio de una ciudad que estaba encerrada, la gente no salía de las casas. El objetivo con el periódico fue y siempre ha sido decirle a la gente que en El Poblado hay restaurantes, obras de teatro, galerías a las cuales hay que volver y motivar el diálogo”, anota Berta Gutiérrez, quien resalta la creación de la revista Vivir con sazón que empezó a principios de 2021 de la mano con la reactivación económica. Lleva tres ediciones en las que abordan tópicos como los restaurantes con huerta, carne sostenible y cocina de campo.

     

    ¿Mejor, por qué no solucionamos?

    Lo que no mata engorda y la pandemia sirvió para que la página web de Vivir en El Poblado recibiera más de 4 millones de visitas. El encierro por la Covid-19 se asemeja a los toques de queda de finales del siglo pasado, pero la pandemia y los toques de queda no comparan con un bajón del periódico en 2017.

     

    Después de luchar por varios años contra el cáncer, Julio César Posada muere en marzo de 2010. Sus hermanos quedaron a cargo, sin embargo, para el 2016 Manuel y Marta desisten del proyecto y María Eugenia tomó las riendas del periódico. Sin embargo, el trabajo se hace difícil y en 2017 María Eugenia piensa cerrar el periódico, pero Fernando Ojalvo, exdirectivo de Sura, propone nuevos miembros y el medio vuelve a alzar sus ideas.

     

    Entre dificultades y el periodismo de soluciones han estado bandeándose las opciones de Vivir en El Poblado. “También hacemos un periodismo que no solo se queda en la denuncia, sino que es un periodismo que, cuando hay que hacer las denuncias las hace, pero no se queda solamente ahí, sino que investiga todo el contexto y además propone soluciones”, recalca Berta Gutiérrez que profundiza en la igualdad de importancia de contenidos.

     

    Como si fuera la capitana de un velero que navega por mareas difusas, Berta destaca la diversidad de temas como pilar del medio: “Todos los temas son válidos y hay que saberlos abordar. Algunos periodistas piensan que hay temas duros y temas blandos… para nosotros ni la cultura, ni la gastronomía, ni las comunidades, ni las fundaciones, que hacen su trabajo calladito, son temas blandos o menos importantes. Eso enmarca a Vivir en El Poblado”.

     

    Y esa misma filosofía ha llevado a que el periódico mantenga su gratuidad por más de 30 años. En la actualidad Nicolás Muñoz, gerente general del periódico, puntualiza en que el medio impacta alrededor de 180 000 personas en la comuna y siete es la cantidad de lectores que alcanza a tener un ejemplar del medio impreso.

     

    El fondo documental de Vivir en El Poblado fue donado para custodia a la biblioteca central de la UPB en Medellín. Foto: Alejandro Zapata.

     

    Cultivo y recuerdos en la biblioteca

    Desde la idea de Alberto Posada (padre de Julio César) de conservar cada edición del periódico se pensó en guardar la memoria del primer periódico barrial en un lugar significativo para la familia. Por eso la Universidad Pontificia Bolivariana, que es el alma máter de la familia Posada Aristizábal, fue la institución a la que María Eugenia donó el 22 de septiembre el archivo que contiene las primeras ediciones y varias de los tomos más recientes del medio de comunicación.

     

    Nueve cajas con las primeras ediciones del periódico, que circularon a partir de noviembre de 1990 con 11 000 ejemplares, y otros 38 tomos componen el archivo histórico que donó la familia entre las que se hallan varios ‘hijitos’ del medio como Vivir en Medellín, Vivir en Envigado y Centrópolis.

     

    Este material estará dispuesto para toda la comunidad educativa y también para consultas externas ya sea de manera física o presencial. A Cristina Ocampo, mediadora social de la comuna le han sido vitales varias de estas ediciones del periódico porque “la mejor forma de ejercer mi rol es comenzando por el reconocimiento del territorio y encontrar un periódico en el que puedo conocer los barrios de la comuna, sus historias y un poco más, me permite aterrizar, empaparme y poder hacer un mejor relacionamiento con la memoria”.

     

    “Desde la Universidad es muy importante y estamos muy contentos de hacer parte de la conservación de Vivir en El Poblado, un periódico que sabemos que le va a servir, va a ser útil y necesario a alguien dentro del campus, sobre todo porque viene de la familia”, resaltó Paola Vélez, Coordinadora de Colecciones Patrimoniales de la Biblioteca Central de la UPB.

     

    Así es como Vivir en El Poblado contagia su público; a partir de recetas, de aceras, de vías e infraestructura, de las historias y aromas de sus personajes, esas que los medios tradicionales olvidan. El valor de apropiarse de la palabra y levantar aquellas voces borradas por la cotidianidad son el reto y el día a día de un periódico que no solo habita y respira la ciudad, sino que nació para quedarse y Vivir en El Poblado.

     

     

     

     

     

  • La Fundación Óyeme cumple 55 años de ser un eco de esperanza

     

    · 2.700 niños con hipoacusia han sido acompañados a lo largo de su historia.

    · La institución ofrece apoyo integral, con atención médica y psicosocial.

     

    Por Miguel Arango Rúa / miguel.arangor@upb.edu.co

     

    En las clases, los niños adquieren habilidades para la inclusión. Foto: cortesía Fundación Óyeme.

     

    Según el Ministerio de Salud, a nivel global cinco de cada 1000 niños nacen con discapacidad auditiva. En 2014, Colombia contaba con 455.718 personas con pérdida de la audición, según el Instituto Nacional para Sordos (INSOR), lo que equivalía al 1.1% de la población total del país.

     

    Lamentablemente, en Colombia las estadísticas en torno a este tema son escasas, puesto que, de acuerdo con el Ministerio de Salud, los registros se enfocan en enfermedades no transmisibles; un vacío de información clave ante la necesidad de políticas gubernamentales eficaces, como sostiene el académico Carlos Ruiz Sánchez en su texto Manual para la elaboración de políticas públicas, en el que afirma que la deuda histórica del Estado con la población en condición de discapacidad se hace más patente que nunca.

     

    Por otro lado, la detección temprana de las afecciones auditivas es vital para la calidad de vida de las personas, lo que demanda un sistema de salud bien preparado. En consideración a este reto y a los que enfrentan las personas con hipoacusia o pérdida de la audición, hace 55 años nació en Medellín la Fundación Óyeme, que trabaja cada día para guiar y ofrecer tratamientos médicos a las personas con problemas auditivos, con lo cual se favorece su empoderamiento.

     

    Un recorrido por su historia

    El 16 de julio de 1966 abría sus puertas la Fundación Pro-Débiles Auditivos, el nombre inicial de una institución que hizo historia en Antioquia por ser la primera escuela oralista de la región. Aquí, las personas en condición de discapacidad auditiva aprenderían a comunicarse verbalmente, a leer y a escribir, para sumar posibilidades de inclusión en las comunidades oyentes sin necesidad de recurrir a la lengua de señas.

     

    Beatriz Londoño, directora de la Fundación, narró los diversos momentos que ha atravesado la institución y que la han llevado a fortalecer su labor. En 1994, con la entrada en vigor de la Ley General de Educación, que propendía por la inclusión de las personas no necesidades auditivas especiales en los colegios para oyentes, la Fundación comenzó a trabajar para adaptarse a esta nueva situación. Es así como, en 2003, la organización abrió un centro educativo donde alumnos, en su mayoría con hipoacusia, pudieran compartir con estudiantes con audición normal.

    Esta “escuela a la inversa”, como fue presentada entonces, continuó hasta el 2012, momento en el que tuvo que cerrarse debido a la deserción relacionada con el desplazamiento de los estudiantes a sus clases. Dos años más tarde, en 2014, la institución cambiaría su nombre a Fundación Óyeme.

     

    Los números también cuentan una historia de inclusión. Según cifras reveladas por la directora Londoño, durante los últimos seis años, 125 personas han recibido orientación laboral por parte de la Fundación, 120 han sido acompañadas en su proceso de educación superior y 8 000 usuarios han sido atendidos por la IPS de la institución.

     

    Una niña durante un examen de Potenciales Evocados Auditivos (BERA, por sus siglas en inglés), usado para medir la función auditiva. Foto: cortesía Fundación Óyeme.

     

    Un centro que transforma vidas

     

    De acuerdo con la directora Beatriz Londoño, a lo largo de estos 55 años la Fundación Óyeme ha ayudado a 2 700 niños con hipoacusia, cientos de testimonios cuyo eco suma a un concierto de humanidad: triunfos, obstáculos y esperanza en el futuro como pieza principal.

     

    Santiago Durango, estudiante de Medicina de la Escuela de Ingeniería de Antioquia, llegó a la Fundación a los seis años, luego de que se le diagnosticara pérdida auditiva. A lo largo de su vida, Durango mencionó que ha tenido que “aprender a pronunciar correctamente ciertas palabras, el análisis de textos, las normas ortográficas, y, en la parte social, encontrar la manera de comunicarme en espacios íntimos”.

     

    Pero nada de lo anterior le ha impedido a Santiago sacar adelante su proyecto vital. Detrás de él, dándole el empujón necesario para avanzar, siempre ha estado la Fundación, ya sea con orientación psicológica o en contacto con la universidad para facilitar su proceso de aprendizaje.

     

    Los programas de inclusión escolar y laboral, la enseñanza de la lectura y escritura, y el perfilamiento al momento de pasar a la educación superior, son las apuestas de la institución para mejorar la calidad de vida de los individuos con deficiencia auditiva, según la directora Londoño. Sin embargo, el trabajo que la Fundación hace con sus miembros no serviría de nada sin un pilar fundamental: la familia. El apoyo de los padres es el motor que hace posible el proceso de sus hijos.

     

    Otra historia que también fue posible gracias a la Fundación Óyeme fue la de Jhonatan Durango, hermano de Santiago y estudiante de Contaduría Pública de la Universidad EAFIT. Al igual que Santiago, Jhonatan entró a temprana edad a la institución. Allí, se convirtió en un referente para las demás personas con limitaciones auditivas por su gran manejo del lenguaje oral, de acuerdo con la docente Piedad Cano.

     

    Gracias al apoyo de la Fundación, suma metas superadas en el mundo académico, fue el mejor bachiller de su municipio y obtuvo una beca; ya en la universidad logró convertirse en un mentor para varios de sus compañeros debido a su talento para las matemáticas, según relata el propio Durango.

     

    Y la Fundación siempre ha estado para brindar una mano. Jhonatan relató que, al entrar a la universidad, la institución hizo un proceso pedagógico con los profesores de la carrera para ayudarlos a adaptarse a su circunstancia de limitación auditiva.

     

    Tampoco se puede olvidar el papel de los padres en el proceso de los niños. Miguel Sanguino, cuyo hijo Daniel se encuentra en la institución, enfatizó lo importante que ha sido “asistir a las clases en la Fundación para estar pendiente del desarrollo de mi hijo”. Asimismo, Sanguino aseguró que ha sido gratificante “ver los avances del niño en su tiempo con la institución, y el apoyo que esta le ha dado para conseguir aparatos auditivos”.

     

    Otra pieza esencial de la Fundación son los profesionales de apoyo, cuyo trabajo posibilita la transformación de vidas, las de los usuarios y las del equipo de la Fundación. Haciendo clic en el siguiente botón puede escuchar sus testimonios:

    Una mirada hacia el futuro

     

    A pesar de los logros alcanzados y de las vidas transformadas, la Fundación todavía tiene varios retos por responder. La directora Beatriz Londoño apuntó que desde Óyeme seguirán aumentando la cobertura de la institución y la permanencia de los usuarios en ella, lo cual, según explica, es parte de un propósito mayor: demostrarles a los empresarios de la región que la inclusión laboral de las personas con hipoacusia es posible. Londoño explicó que la idea es que la inserción en los espacios de trabajo se dé por convicción y no por cumplir una ley.

     

    La directora especificó que la Fundación está buscando la sostenibilidad financiera por medio de proyectos de cooperación y prestación de servicios. En este sentido, las alianzas con la Alcaldía de Medellín y las cajas de compensación familiar han ayudado al propósito de que la situación económica no interfiera con la labor social.

    Además, la pandemia puso la tarea de acelerar transformación digital de la Fundación, que actualmente trabaja en la modernización de sus contenidos digitales, la conectividad, equipos y plataformas virtuales. La directora se refirió además a los planes para crear una línea de gestión del conocimiento para organizar el saber acumulado a lo largo de los años y poder compartirlo.

     

    La Fundación Óyeme les ha permitido escuchar el mundo a miles de personas con hipoacusia, llevar vidas independientes y ser parte de la vida en comunidad. Para algunas de ellas, lo más importante es que la institución les ayudada a oírse a sí mismos. El universitario Santiago Durango señaló que, sin la ayuda recibida de Óyeme, “no habría desarrollado el lenguaje oral que hoy tengo, y tal vez me sentiría inferior con respecto a otros”.

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

  • SANTA FE: DE ZOOLÓGICO A PARQUE DE LA CONSERVACIÓN

     

    Valeria Trujillo Arenas / valeria.trujillo@upb.edu.co

     

    “Siempre me pregunto qué pasa, por qué este animal está acá y es importante que todo el mundo lo entienda… a ninguno de nosotros nos gustaba ver la fauna cautiva. Ahora, eso no significa que esta no cumpla una función”. Hace poco más de un año Jorge Aubad Echeverri se reunió con la Sociedad de Mejoras Públicas de Medellín para discutir el rumbo que le darían al antiguo Zoológico de Santa Fe; el resultado fue un cambio profundo y estructural que involucraría más que el nombre del lugar y era una necesidad para la ciudad, los animales y el equipo del establecimiento.

     

    Darwin Ruiz Murcia lleva 9 años trabajando en el antiguo zoológico. Es zootecnista y se desempeña en el área nutricional del Parque: sabe qué deben comer los animales, cómo y cuándo; además, lidera el área de Investigación y Proyectos, nueva unidad encaminada con la reciente filosofía del lugar.

     

    Hace 2 años había decidido irse del Zoológico Santa Fe; no veía venir el cambio que él creía necesario, pero antes de tomar una decisión definitiva, se reunió con el nuevo director. “Yo había optado por dar un paso al costado, después conocí el proyecto y me motivó mucho…yo dije: ‘sí, quiero ser parte de eso’, tomé la decisión de volver y estoy feliz porque va con la necesidad que yo tengo para mi vida”, recuerda Darwin.

     

    “Somos muy ambiciosos, tenemos muchos sueños, estamos convencidos de que llegaremos a ello. El parque sabe para dónde va”. Jorge Aubad Echeverri.

     

    Una parte fundamental del cambio en el Parque de la Conservación, se relaciona con la modificación de los hábitats de los animales en cautiverio; no solo se busca ampliarlos, sino que los recintos estén hechos bajo estándares clave de bienestar animal.

     

    Las decisiones se toman teniendo en cuenta la voz y voto de todos los miembros. Darwin Ruiz ve un cambio de una estructura piramidal a una circular, donde se decide conjuntamente en los comités en los que participan representantes de las diferentes áreas.

    Hábitat del oso de anteojos. Se encuentra en proceso de ampliación. Según el Parque, se han logrado 6 nacimientos de esta especie en el recinto. Foto por Valeria Trujillo Arenas.

     

    El nacimiento de un zoológico

    El Concejo de Medellín guarda la historia del Zoológico de Santa Fe, fundado el 11 de marzo de 1960, después de que Mercedes Sierra de Pérez donara en 1951 su hacienda a la Sociedad de Mejoras Públicas, si esta se comprometía a conservar la casa principal como un museo y a que el resto del terreno fuera un parque recreativo.

     

    Darwin Ruiz recuerda que, en el antiguo zoológico, se hacía un trabajo de conservación, pero no en la magnitud actual, que involucra directamente a los ciudadanos en las dinámicas de la naturaleza y lleva a la gente a comprender que sus acciones afectan directamente la fauna y flora.

     

    En vallas por todo el parque los visitantes encuentran información valiosa para comprender la función del espacio, el animal que están contemplando, la biohistoria (por qué el animal está allí), la problemática que amenaza la especie, su distribución y lo más importante: qué podemos hacer para conservarla.

     

    Conservar las especies depende de todos

     

    Jorge Aubad hace un énfasis en lo riesgoso que es traer especies invasoras que desequilibran todo un ecosistema, como actualmente se vive en el Magdalena con los hipopótamos. Una situación como esta puede traer consecuencias fatales para el ser humano u otras especies, pues cada una tiene sus propias enfermedades y el contacto indiscriminado puede conducir a situaciones como la transmisión del SARS-CoV-2 u otras enfermedades zoonóticas.

     

    << Gracias a la información de las vallas del Parque, sabemos que estas guacamayas fueron remitidas por la autoridad ambiental, víctimas del tráfico de fauna. También conocemos el nombre de las 5 variaciones de la especie. Foto por Valeria Trujillo Arenas.

     

     

    Otra situación es el tráfico de fauna. La mayoría de los animales que se encuentran en el Parque de la Conservación han sido víctimas de este delito.

     

    Silvia Pezzetta, del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas, escribe en su artículo, La disputa sobre los derechos de los demás animales: El caso del zoológico de la ciudad de Buenos Aires (Argentina) que: “Para los animales salvajes, la vida en un zoológico nunca podrá satisfacer sus necesidades porque su característica fundamental es que viven sus vidas sin necesidad de la asistencia humana”.

     

    Por ello, el Parque de la Conservación proyecta un trabajo también fuera de sus muros: “Nuestra filosofía es hacer investigación para poder salvar animales que están en peligro de extinción, hacer conservación y no solamente a nivel de fauna sino también ecosistémico y, por encima de eso, tener un muy buen bienestar animal de los individuos que están aquí y que seguramente van a continuar con nuestro programa de conservación”, explica Darwin Ruiz.

     

    El zootecnista Darwin Ruiz resalta que en el país se han hecho varios proyectos de conservación ex situ como el Plan Nacional para la Conservación del Cóndor Andino. Al respecto, Ruiz aclara: “No vale de nada que yo esté reproduciendo cóndores si finalmente los voy a liberar y no sé si van a sobrevivir, de qué se van a alimentar… es súper importante desarrollar estrategias in situ, allá donde el animal pertenece para saber cómo es la ecología, las dinámicas poblacionales, las amenazas que tienen, si tienen espacio para vivir, animales para reproducirse”, afirma el zootecnista del Parque.

     

    El director Jorge Aubad también señala su compromiso con esta propuesta de trabajar por fuera del Parque; decidió que todo el conocimiento que se ha generado puertas adentro gracias a muchos años de manejo de fauna silvestre se debía poner al servicio de la conservación más allá de las hectáreas que pertenecen al Parque.

     

    A mediano plazo, otra de las metas es la creación de otras sedes que fortalezcan los programas de conservación, como cuando se presenta la necesidad de llevar a ciertos individuos a un lugar más tranquilo, fuera de la vista del público para su monitoreo.

    La biohistoria que permite ver la valla en el recinto del león y la leona, deja saber que este ejemplar fue incautado en 2010 por las autoridades en el Bajo Cauca antioqueño. Foto por Valeria Trujillo Arenas.

     

    ¿Y la liberación de los animales en cautiverio?

    “Las normas no deben decir qué tanto dolor podemos administrar a un animal, ni las dimensiones del lugar de encierro, el material del que estará hecho su infierno o cuán largas habrán de ser las cadenas. Por el contrario, el derecho debe ser la herramienta concreta que finalice esa situación de subyugación, pues el reconocimiento de una dignidad que está presente también en los animales debería llevarnos a una autolimitación de la libertad en favor de su integridad y de su vida”, afirma Juan Camilo Rúa Serna, abogado de la Universidad de Antioquia en su artículo Liberar un ruiseñor: una teoría de los derechos para los animales desde el enfoque abolicionista.

    Frente a lo anterior y los demás interrogantes sobre la liberación de los animales que están en cautiverio, el zootecnista del Parque de la Conservación considera que esto tiene muchísimos limitantes por el mismo estado de los animales.

     

    El dragón barbudo se comercia como animal de compañía. El problema tiende a aumentar, estimulado por el cine, la televisión y las redes sociales. Foto por Valeria Trujillo Arenas. >>

     

     

    Darwin Ruiz explica que todos los animales que han estado en zoológicos o bioparques han generado una impronta, es decir, se han acostumbrado a sus cuidadores, a las personas, al público.

     

    “Es crear como un vínculo donde el animal ya no ve al humano como una amenaza y va a huir, sino que lo buscará porque es quien lo alimenta y lo cuida, es difícil liberar un animal en estas condiciones porque pueden ocurrir accidentes”, indica el zootecnista.

     

    Según Ruiz, el acondicionamiento que se hace con los animales busca su bienestar; en los procedimientos médicos, anteriormente se tenía que capturar al animal a la fuerza, anestesiarlo. Hoy, el acondicionamiento en que se premia al animal, se pueden tomar muestras o hacer una curación o revisión en algunos casos

     

    En su artículo El futuro de los zoológicos del siglo XXI. Una propuesta para tiempos de extinción, José Miguel Esteban y Armando Martell, citan el plantemiento del filósofo ambiental a Jozef Keulartz, según la cual el fin de toda cautividad animal “equivale a resignarse a la extinción antropogénica de especies”.

     

    “Seguramente ningún animal del Parque se va a poder liberar porque es muy complicado por la serie de comportamientos que ya han adquirido, hay animales que llevan 30 40 años acá. No sería responsable por parte de nosotros ni de la autoridad ambiental hacer ese tipo de liberaciones”, Darwin Ruiz.

     

    La autoridad ambiental es quien gestiona las liberaciones de los animales en cautiverio, no el Parque pues los animales están encargados de su tenencia y cuidado; no son propiedad y, en algunos casos, sirven como reproductores para que sus hijos puedan ser posteriormente liberados y ayuden a aumentar la población de sus especies.

     

    “Nosotros nos encargamos del bienestar, le decimos a la comunidad por qué ese animal está ahí, cómo llegó y eso es lo importante, porque hay animales que no pueden ser devueltos a su medio natural y no es culpa nuestra ni de las autoridades sino de una cultura que no ha sabido convivir con su entorno natural y ha retenido estos animales y después estos tienen una serie de traumas y enfermedades que no les permite ser liberados, no podrían sobrevivir, no saben convivir con miembros de la propia especie”, afirma Jorge Aubad Echeverri.

     

    La tarea de educar

     

    La sensación de que el zoológico necesitaba una transformación drástica la sentían los miembros del Parque. Estos cambios implicaban un público con la misma disposición. Aunque el director del Parque de la Conservación esperaba un poco más de resistencia, considera que la acogida de las novedades ha sido buena entre los visitantes e incluso algunas organizaciones animalistas.

     

    << Ejemplar de iguanidae o iguana, se encuentra en casi todo el Parque deambulando. Foto por Valeria Trujillo Arenas.

     

     

    Darwin Ruiz apunta que todavía hay personas que intentan tocar a los animales; hablan de un zoológico, no de un Parque, creen que los animales deben hacer un show, les tiran comida, golpean los vidrios, a pesar de lo letreros que prohíben hacerlo; hay quienes pasan de largo y solo se deslumbran con la presencia del animal. Según Ruiz, son cada vez más las personas que leen con detenimiento e incluso preguntan por detalles.

     

    “El Parque no es para todo el mundo sino para aquellos que quieran disfrutar realmente de la naturaleza, la biodiversidad y entiendan que hay una problemática en la que estamos todos trabajando. No es un circo y es importante definir ese público el cual queremos que sea cada vez más amplio”, considera Jorge Aubad.

     

    El Parque tiene convenios con universidades para las pasantías en diferentes áreas como veterinaria, biología, nutrición e incluso comunicación; sin embargo, espacios como los voluntariados aún no serán posibles ya que hay muchas restricciones a nivel legal por la existencia de riesgos, las condiciones y conocimientos del voluntario para el manejo de fauna, entre otras circunstancias.

     

    No obstante, la gran meta es consolidar este espacio como símbolo del compromiso que debe tener la comunidad en contra de la comercialización de la fauna silvestre. Por ello, la prioridad es la mejora de las instalaciones, para lo cual la Sociedad de Mejoras Públicas de Medellín y el Área Metropolitana del Valle de Aburrá, como autoridad ambiental en la ciudad, han hecho aportes significativos.

     

     

  • Está verde la implementación del nuevo código de colores para separar residuos en Medellín

     

    Juan Pablo Mejía Dussán / juan.mejiad@upb.edu.co

     

    Desde el primero de enero de este año está en vigencia la Resolución 2184 de 2019, la cual establece que en todos los municipios del país que cuenten con un plan activo de aprovechamiento de residuos sólidos, los usuarios del servicio público de aseo deberán realizar la separación de estos de acuerdo con el código de colores implementado en dicha resolución.

     

    Empresas Varias de Medellín (Emvarias, perteneciente al Grupo EPM), la organización prestadora del servicio público de aseo en la ciudad, tiene como deber acogerse a los lineamientos de esta resolución, además de lo establecido en el Decreto 2981 del 2013. Este último dicta que uno de los principios básicos para la prestación del servicio de aseo es que este se desarrolle de acuerdo con lo definido en el Plan de Gestión Integral de Residuos Sólidos (PGIRS) vigente en cada municipio.

     

    El PGIRS vigente en Medellín es el actualizado en 2016, por lo que no está articulado aún con el nuevo código de colores. Por ello, “seguimos dando continuidad a la prestación del servicio tal y como lo veníamos haciendo desde antes de que saliera esta resolución (la 2184 de 2019)”, explica el ingeniero ambiental Jhony Serna, profesional de aprovechamiento de Emvarias.

     

    La normativa está y debe ser cumplida

     

    ¿Significa entonces que el código de colores no se implementará en Medellín hasta que no se actualice el PGIRS con todos los lineamientos y normativas? No estrictamente. Aunque no se haya tramitado la actualización del PGIRS, la Resolución 2184 debe ser acatada por los usuarios de este servicio público.

     

    Según el ingeniero Serna, “el hecho de que no se haya actualizado el PGIRS no exime al usuario de cumplir la implementación de la norma”. Además, advierte que, si en el tiempo que ha transcurrido desde que entró en vigencia la resolución no se ha dado la implementación del código de colores, deberían verse esos meses reflejados en la preparación, pedagogía, planeación y elaboración de planes internos por parte de cada uno de los usuarios, de modo que, una vez actualizado el PGIRS, la adaptación a este sea más rápida.

     

    Se espera que para finales de mayo del presente año se presente la actualización del nuevo Plan de Gestión Integral de Residuos Sólidos, de tal modo que para esa fecha avancen de manera progresiva los programas y jornadas de pedagogía por parte de las autoridades ambientales y de las entidades correspondientes.

     

    A principios de marzo de 2021 la secretaria de Medio Ambiente, Diana Montoya, informó sobre la sensibilización en cuatro comunas y dos corregimientos de la ciudad sobre la adecuada separación de los residuos sólidos en la fuente. Según Montoya, esta campaña de pedagogía identificó los sectores a intervenir y se realizó mediante alianzas con organizaciones de recicladores.

     

    Estos últimos dos elementos se cohesionan en el plan de aprovechamiento de residuos sólidos articulado por Emvarias y las autoridades y entidades ambientales, pues implica que la correcta separación de los residuos sólidos agilice dos procedimientos que se desarrollarían según el nuevo código de colores: por un lado, está el de la labor de los recicladores de oficio que recolectan puerta a puerta el material aprovechable. Para Serna, “ese es el momento de entregar el reciclaje, y no entregarlo junto con los demás residuos ordinarios porque lo que va a pasar es que irá a parar al relleno sanitario y no podrá ser aprovechado”.

     

    El segundo procedimiento depende de la adecuada separación. Corresponde a la implementación de rutas selectivas de recolección de residuos sólidos, lo cual está contemplado en el ya mencionado Decreto 2981 y en lo que Emvarias ya está trabajando, que cuenta desde 2017 con una ruta selectiva para materiales aprovechables y, según el ingeniero Serna se estudia otra para residuos orgánicos: “Estamos en pruebas piloto para poder tener a mediano plazo una ruta que recoja solamente este tipo de residuos”.

     

    Las jornadas de sensibilización y la pedagogía desde diferentes sectores han sido los focos de trabajo desde la actual administración para la transición hacia el nuevo código. A pesar de ello, la implementación plena del mismo en la ciudad es incierta, por lo menos, para 2021.

     

    Además, la aplicación del código de basuras se cruza con uno de los proyectos planteados en el PGIRS para este año: el control de puntos críticos en cuanto a la recolección y la generación de residuos sólidos en la ciudad. Por ello, no habría capacidad operativa para poner en marcha las rutas selectivas.

     

    Este es el esquema de colores para la separación de residuos sólidos que está vigente desde enero de 2021. Ilustración: Ministerio de Medio Ambiente.

     

     

    Implementación en organizaciones: dos casos

     

    Sin embargo, los generadores de residuos son quienes adquieren la parte activa en la aplicación de la nueva norma mediante una correcta separación de residuos sólidos en la fuente, que ya está reglamentada por una normativa anterior. La nueva dictamina los colores que identifican los diferentes residuos sólidos generados.

     

    En las organizaciones generadoras de residuos, asumir el nuevo código de colores no depende solo de ajustar su Plan de Manejo Integral de Residuos Sólidos (PMIRS). “La gestión es todo lo que tiene que ver con la separación, el transporte y la disposición adecuada con los gestores”, como indica Jhon Alexander Chalarca, profesional de Sostenibilidad de la Universidad Pontificia Bolivariana (UPB), quien además señala la importancia de un acompañamiento en comunicación y capacitaciones.

     

    La UPB recibió en febrero de este año la certificación plata en el Sistema de Gestión Basura Cero del ICONTEC, por sus acciones de aprovechamiento y disminución en la generación de residuos sólidos. La Alcaldía de Medellín, por su parte, logró la certificación oro en este mismo sistema de gestión y “bajo ese proceso logramos aumentar los porcentajes de aprovechamiento de los residuos sólidos reciclables generados dentro del Centro Administrativo Municipal (CAM). Cuando empezamos con la implementación del PMIRS en 2020, la taza de aprovechamiento de residuos sólidos era del 23% y ahora es del 43%”, comentó Róbinson Mesa, contratista de la Unidad Ambiental de la Secretaría de Suministros y Servicios.

     

    Ambas instituciones integraron este sistema de certificación mediante sus PMIRS para dar vía al nuevo código para la gestión de residuos. Sin embargo, ambas certificaciones y procesos se lograron a lo largo del año pasado, es decir, durante el comienzo de la pandemia por Covid-19, caracterizada por el teletrabajo y la consecuente baja en la generación de residuos.

     

    ¿Se puede mantener los estándares que exige la nueva norma con los espacios de trabajo nuevamente ocupados? Gabriel Jaime Foronda, tecnólogo ambiental de la jefatura de Servicios Generales de la UPB considera que “con el tema de la alternancia se ha ido implementando poco a poco el código de colores, es algo que se tiene que hacer paulatinamente”.

     

    En la UPB las estrategias de aprovechamiento continúan bajo los nuevos lineamientos. En las medidas adoptadas por la Secretaría de Suministros y Servicios para el CAM, el primer paso para ajustarse a las nuevas regulaciones fue la dotación de implementos como contenedores y recipientes. Según Mesa, “se hizo un análisis que dio como resultado la identificación de aquellos espacios que mejor aportarían en el CAM al proceso de separación en la fuente”.

     

    Pero lo pedagógico es una cuenta pendiente. Robinson Mesa explica que la nueva forma de separación requiere preparar al personal de aseo y funcionarios. Con estos últimos están los mayores retos, para la separación en la fuente, según el servidor.

     

    Ambas instituciones han complementado sus PMIRS con estrategias para la disposición final de los residuos, una vez separados en el centro de acopio, con planes de identificación de gestores de recolección. La Alcaldía estableció un “proceso de aprovechamiento de residuos orgánicos a través de compostaje en el vivero municipal y también tenemos un proceso de reciclaje de todos los residuos reciclables que genera el CAM”, expresa Mesa.

     

    Chalarca aclara también que la UPB ha hecho “un contacto más formal con los gestores y proveedores de este tipo de residuos y lo que hacemos es identificarlos, hacerles un sondeo según las propuestas que ellos tienen, hacemos las visitas a sus instalaciones para el reconocimiento del manejo de residuos y toda la gestión ambiental y social que tengan. Así los identificamos y seleccionamos”.

     

    ¿Qué pasa con los usuarios que no cumplen y cuál es el vacío en la norma?

     

    Aunque ambas instituciones no han logrado implementar al 100% el nuevo código de colores, sus planes internos ya concuerdan con la nueva normativa. Pero para aquellos usuarios generadores de servicios que no desarrollen o implementen debidamente dicha resolución, ¿qué hay que tener en cuenta?

     

    Lo primero es que el Decreto 2981 de 2013 dicta dentro de las obligaciones de los usuarios el cumplimiento de la separación de los residuos en la fuente tal y como lo ordene el PGIRS vigente en el municipio. Actualmente, el código de colores vigente en este plan establece que los residuos deben ser depositados en recipientes o bolsas de color azul, gris, negro y verde.

     

    Aunque la resolución ya entró en vigencia, no obliga al usuario a que deba separar los residuos en los colores que establece: blanco, negro y verde; sino que determina que se debe implementar el código según lo que plantee el PGIRS. Por este motivo, el código de colores no es de obligatorio cumplimiento para las diferentes actividades económicas, hasta que no se presente la actualización del PGIRS.

     

    Hasta aquí, lo viable es que la ciudad la separación tal y como se viene haciendo, mientras se crean y organizan las capacidades operativas que la nueva norma requiere.

     

    En la Alcaldía de Medellín se implementaron puntos intermedios como estos, ubicados en cada piso y en el centro de acopio, con recipientes blanco y negro para separar los residuos orgánicos de los que no lo son. Los primeros resultados no fueron satisfactorios revelaron voceros institucionales.

    Foto. cortesía. >>

     

     

     

    Otro punto es el que tiene que ver con el incumplimiento de la norma. Según un Abecé del código de colores lanzado por el Gobierno Nacional, las entidades municipales son las encargadas de establecer las sanciones para aquellos usuarios que no cumplan con el código de colores. A marzo de 2021 no se ha actualizado el PGIRS municipal que estipula las medidas de control y sanción, por lo que estas aún se desconocen. Sin embargo, hay sanciones económicas establecidas en el Código Nacional de Policía y Convivencia para aquellos usuarios que no separen en la fuente los residuos sólidos ni los depositen selectivamente en el lugar destinado para su recolección.

     

    La implementación del código de colores en la ciudad está en desarrollo. Depende de la actualización del Plan de Gestión Integral de Residuos Sólidos -PGIRS -, mientras los usuarios se adaptan a la nueva separación en la fuente y la pedagogía continúe de forma correcta y constante.

     

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    DE LA NUEVA NORMATIVA PARA SEPARACIÓN DE RESIDUOS