La violencia contra la Rama Judicial deja huellas que ya llevan décadas en la memoria de sus trabajadores y familiares. Por eso hay quienes buscan proteger sus derechos y ayudar a mantener la memoria de las victimas y de la violencia que sufre este sector de la población en Antioquia. Parte de esa labor ha sido documentar y exponer las agresiones sufridas.
“Agradecimiento por la motivación, unión y orientación que nos brindaron para plasmar este sueño. su apoyo y confianza fueron claves para concretar y desarrollar este proyecto, dice el mensaje de gratitud escrito en dichos reconocimientos”. Eso dicen las placas entregadas durante el acto “Antioquia: lugar de memoria y resistencia. En busca de la verdad para transformar el dolor en amor”, organizado por el Fondo de Solidaridad con los Jueces Colombianos – Fasol para presentar un reporte que compila las historias de 210 víctimas de violencia contra la Rama Judicial, registradas en un periodo de cuarenta años.
El informe presentado por la corporación FASOL regional Antioquia, busca hacer memoria en torno a los servidores de la Rama Judicial y la Fiscalía General de la Nación que fueron víctimas del conflicto armado, situación que también afecta a sus familias, de un modo irreversible en muchos casos. Bajo esas circunstancias, afrontan los retos de mantener la memoria de su ser querido, a la vez que tratan de seguir con sus vidas.
La violencia en el país a causa de un conflicto que lleva décadas vivo, ataca a distintos sectores de la sociedad. Esta situación no ha excluido a servidores públicos en temas judiciales como jueces y, desde la actual Constitución de 1991, fiscales y miembros del Cuerpo Técnico de Investigación.
En el caso de Antioquia, varios miembros de FASOL se dieron a la tarea de consultar en bases de datos las denuncias sobre daños contra servidores judiciales. El estudio se centró en buscar los casos ocurridos entre 1979 y 2019, año en que empezó la investigación. Es así como se encontró que en el departamento se registraron 210 personas como víctimas del conflicto armado. En términos de subregiones, 173 fueron del Valle de Aburrá, 8 del Oriente, 6 del Nordeste y Urabá, 4 de Occidente, y 3 del Bajo Cauca, Norte y Suroeste.
Hay 4 casos en los que se desconoce la locación. Los métodos de violencia varían desde el asesinato, el atentado, la amenaza o el secuestro. De igual manera, fueron amplios los victimarios que incluyen al paramilitarismo, la guerrilla, la delincuencia común, el narcotráfico y los agentes estatales. Temas como el balance de casos, así como el cargo que ocupaban los afectados, cambia de acuerdo al período (1979-1991, 1992-2005, 2006-2019).
El nombre completo del informe es también una declaración de su sentido: Antioquia lugar de memoria y resistencia: En busca de la verdad para transformar el dolor en amor. En el documento no solo se halla el esfuerzo que hicieron aquellos que forman parte de FASOL, también se destaca el papel de los familiares de las víctimas, quienes no solo aportaron sus testimonios, sino que se encargaron de la búsqueda por las bases de datos. el documento tiene además un apartado dedicado a narrar las experiencias que sufrieron algunas de las familias que perdieron a un ser querido de la Rama Judicial por el conflicto armado.
La mayoría de los que testificaron fueron madres, esposas o hijas por el arrebato de su esposo, padre o hermano. Varias de las personas participantes no solo son parte de la columna de los proyectos que organiza Fasol, también ayudaron a organizar el encuentro de presentación del informe que fue una intervención pública para contar lo ocurrido, originada en un ejercicio de diálogos en los que se compartieron las diferentes historias.
Comunicar las vivencias busca mostrar cómo esos actos de violencia tuvieron un fin por parte de los responsables. De ese modo se abre un duro camino para elaborar el duelo y hacer justicia: “Cuando lesionan la justicia están violentando la sociedad [….] si [le ocurre] a una institución, que se supone que es fuerte y garante de derechos, ¿la gente que va a pensar [si se lesiona]: “Si a ellos lo lesiona imagínese a uno”, como me decía mi esposo”. Explica Fabiola Álvarez Meza, cuyo esposo también fue victima de la violencia contra la Rama Judicial.
En un sitio web se compilaron y publicaron entrevistas a los funcionarios y víctimas sobre casos referidos en el texto. En el evento también hubo la lectura de poemas, una presentación musical de violín y la de una escultura hecha por Mauricio Cortés. Estas formas de expresión tenían como eje común el tema de la memoria, la preservación de esta como una forma de resiliencia ante dificultades como las que vivieron las victimas que hicieron este proyecto posible.
Con una escultura hecha por Mauricio Cortés, las víctimas organizadas en Fasol han querido reivindicar, por medio del arte, a quienes perdieron la vida por hacer su trabajo. Foto: Juan José Yath.
El encuentro fue el 20 de noviembre de 2023, en el Palacio de Justicia, pero también en el Museo Casa de la Memoria, que colaboró en la construcción del informe y el sitio web, se organizó un recorrido de la exposición “Medellín memorias de violencia y resistencia”, que da cuenta de las agresiones contra los servidores del poder judicial, entre ellas las víctimas nombradas en el informe de Fasol.
Recorrido por la exposición “Medellín, memorias de violencia y resistencia”. Foto: Fasol.
El Fondo de Solidaridad con los Jueces Colombianos es una organización sin ánimo de lucro que nació por el ambiente de inseguridad y peligro que vivían los trabadores del poder judicial en Colombia. En un principio, la idea era enviar ayudas económicas a las víctimas y sus familias, pero luego extendió sus alcances con el acompañamiento social, psicológico y jurídico. Ocurrió con Luz Aleida Patiño y su hija Ana María, quienes recibieron apoyos para seguir adelante luego de la pérdida del esposo de la primera, un auxilio que nunca recibieron del Gobierno. Patiño en la actualidad coordina la regional en Antioquia de Fasol.
Nelly del Pilar Jaramillo dice que es gracias a Dios que pudo salir ilesa de la amenaza de los carros bomba y otros explosivos durante los años 80 y principios de los 90, cuando era trabajadora de la Fiscalía. Más recientemente, en 2021, una de sus sobrinas sufrió de amenazas y extorsiones por tener relación con Jaramillo, a pesar de que su familiar no era ya servidora de la Fiscalía. Jaramillo contactó de inmediato a Fasol y recibió asistencia y protección para la afectada. Añade Jaramillo que el trabajo del Fondo es soportado por ASONAL judicial (Asociación Nacional de funcionarios y Empleados de la Rama Judicial).
“El apoyo de Fasol es incondicional. Si usted es empleado de Rama, de Fiscalía, de Medicina Legal y tiene una situación en este momento que requiera denuncia porque lo están amenazando, por su trabajo, por lo que sea, se comunica con Fasol, sea aportante o no sea aportante, e inmediatamente lo atienden. Y el aporte a Fasol son cinco mil pesos mensuales, si usted quiere dar más, de más”, explica Jaramillo.
Carlos Andrés Ojeda, director ejecutivo de la Corporación, dijo a Contexto que espera que la entidad gane mayor influencia en otros departamentos del país como Cauca y Norte de Santander, especialmente en la zona del Catatumbo, donde persiste un gran peligro sobre los trabajadores judiciales. El Chocó es otro territorio clave, por el subregistro de casos de violencia. Sin embargo, Ojeda cree que se trata de un reto que no solo debe incluir a Fasol.
“La misma rama Judicial, Fasol, los sindicatos y las entidades encargadas del Estado deben ponerles un ojo muy particular a estos departamentos sumado, por supuesto, a la situación del Chocó y de Antioquia”, señaló Ojeda.
Antioquia tiene también camino por avanzar. Patiño comentó que en la región siguen desafíos como “seguir retroalimentando esa memoria, seguir visibilizando, acompañando a las personas que no están en la historia y ayudarles”. Es por eso que Fasol continúa en la tarea de promover seguridad entre quienes ejercen sus labores en la Rama Judicial y ayudar a quienes sufrieron por hacer su trabajo; caminos para mantener una memoria que ningún conflicto haga olvidar.
La memoria como punto de partida para reflexionar sobre el esclarecimiento de la verdad en Colombia, es el eje del encuentro artístico que proponen los estudiantes de Comunicación Social – Periodismo de la UPB en Medellín, con el teatro como escenario narrativo para el diálogo y la transformación.
En desarrollo del Núcleo II de Narrativas, los estudiantes de segundo semestre de Comunicación Social – Periodismo presentarán el Festival de Teatro Narrativas de la Memoria, evento que tendrá lugar en noviembre próximo y que integra tres obras inspiradas en igual número de libros de la colección Futuro en tránsito, editada por la Comisión de la Verdad.
Los títulos elegidos fueron Perdón, Incertidumbre y Resiliencia. Ejes temáticos de cada montaje, realizado por tres grupos de estudiantes, quienes adelantaron todo el proceso creativo: desde la escritura del guion de cada obra hasta su montaje, actuación y divulgación, bajo la orientación del equipo docente de los cursos del Núcleo II y los laboratorios de Texto largo y Creación audiovisual.
Ya se adelantan los ensayos, con mira a los estrenos, previstos para la semana del 8 al 11 de noviembre, en funciones con entradas que ya están disponibles. Todos los detalles de las obras y la programación del festival pueden conocerse mediante la plataforma Instagranm, en el perfil @festivaldeteatro_upb
Los ensayos comenzaron desde septiembre, como una aplicación de lo aprendido durante el semestre sobre narrativas. Fotos: cortesía.
Segundo encuentro en torno al teatro
Las obras en curso corresponden a proyectos académicos que se adelantan durante todo el semestre y en torno a las cuales se articula el trabajo de varios cursos. Esta iniciativa considera el potencial del teatro como experiencia de unión, arte y crecimiento humano. Los temas puestos en escena responden a la propuesta metodológica del nuevo plan curricular de la carrera de Comunicación Social – Periodismo, que cada semestre invita a la articulación del trabajo académico bajo un tema de interés público y actual, que en este caso surgió en el contexto de la publicación del Informe Final de la Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad en Colombia.
Cautivada por las posibilidades de este género como laboratorio creativo, la comunidad de estudiantes presentó en 2021 la obra Día Cero: voces de la zona prohibida, inspirada en el libro Voces de Chernóbil de Svetlana Aléxievich, con una acogida favorable por parte de la comunidad académica. Por eso, según el equipo promotor del encuentro, este año se repite y multiplica la experiencia.
El ser humano se construye a sí mismo a partir de los otros, sus enseñanzas y ejemplos. Este fotomontaje explora la premisa: “Sin el otro yo no sería yo y tú no serías tú”.
El ser humano necesita del otro. Es una verdad ineludible. Sin embargo, a muchos les cuesta asumirla, puesto que están sumergidos en una realidad protagonizada por la masificación de las pantallas, el narcisismo y el egocentrismo.
La humanidad es sociable por naturaleza y es precisamente en la sociabilidad donde se produce la comunicación, que no es más que el bello arte de poner cosas en común para nutrirse de los demás. En otras palabras: todo proceso comunicativo implica reconocer y dignificar la alteridad.
Todas las personas con las que nos topamos durante nuestro trasegar por la vida influyen de alguna manera en nosotros. El homo sapiens es un proceso de construcción colectiva. Somos el reflejo de los demás.
Toda acción y creación humana requieren de un referente. Como muestra de un botón, hubiera sido imposible realizar la imagen post-fotográfica que les presento a continuación sin conocer el legado de los googlegramas del catalán, Joan Fontcuberta.
Sin el otro yo no sería yo y tú no serías tú.
—
Trabajo para el curso Imagen II, orientado por el profesor Hebert Rodríguez .
La infancia. Los días que se cuentan desde la memoria con los matices, los olores y la música de esos años. Una casa con patio, con macetas. Tomar el sol desde ese patio… “Y después de una larga sesión de bronceo, un jugo de guayaba dulce, muy dulce”.
Por: Laura Giraldo Peláez / laura.giraldop@upb.edu.co
Diecisiete escalones para llegar a la puerta de madera pintada de verde. Mi abuela siempre en la cocina. Es lo primero que se ve al entrar. ¿El menú? Carne con arroz, huevo frito y papas, por favor. Todos los días.
Siempre al segundo escalón para disfrutar del manjar junto a mis primos. Todo en su respectivo orden: primero el arroz con el huevo, luego las papas y por último la carne. Así me enseñó Juan Antonio: lo mejor para el final.
Cuando subíamos, cada uno lavaba su plato con la esponja gastada.
Al lado de la cocina, la sala. Dos ventanales grandes por los que entraba mucha luz. Un televisor que normalmente estaba en el canal 9, sin importar qué estuvieran dando. Yo llegaba a la hora de “Muy buenos días”, y me lo veía todo mientras comía galletas Ducales repletas de mantequilla La fina, que era la más suave.
Un computador de mesa frente a la sala: “abuela, media hora por favor, solo media”. Así nos pasábamos 2 o 3 horas pegados de juegos Friv. ¿Dolor de cabeza? Claro. Al rato entonces nos íbamos para el patio que quedaba en la parte de atrás a tomar el sol.
Tres largas horas echados en el patio de baldosas rojas con piedritas pequeñas. Nos quedábamos dormidos y despertábamos con la camiseta emparamada de sudor y con las marcas de las piedras en los brazos y las piernas.
Matas, muchas matas en ese patio: rosas, margaritas, orquídeas… Macetas por aquí, macetas por allá. ¿Jugar con un balón? Ni riesgos. Si dañábamos una matera no volveríamos a ver la luz del sol. Después de una larga sesión de bronceo, un jugo de guayaba dulce, muy dulce. Quedábamos tan deshidratados que no nos quedaba otra que acostarnos de nuevo.
En la habitación de la abuela estaba el baño. El sanitario verde oscuro al que siempre caía porque me quedaba grande, un lavamanos altísimo. Me empinaba para prender la pila y coger el jabón que estaba dentro de una cajita plástica que era de lo menos higiénico, pues se inundaba de agua y todo se convertía en una juagadura de burbujas con mugre.
Había una puerta plástica, pero de las corrugadas; imposible abrirla sin hacer un gran bullicio.
Al salir del baño, la cama, arriba dos cuadros: el sagrado corazón y la cara de mi tío Camilo; de los pocos recuerdos que nos quedan de él.
Otro televisor, también en el 9. Nos dedicábamos a ver la película que estuvieran pasando hasta que llegara la abuela a regañarnos por subir los pies con zapatos a la cama.
La vida en la casa de la abuela era simple: comer, asolearse, dormir, repetir.
Juan Antonio y Laura en 2011. En los días de sol e infancia. Foto: Cortesía.
—
Trabajo para el curso Periodismo y Literatura, orientado por la profesora Marcela Gómez Toro.
Han pasado casi 12 años desde aquel suceso donde terminé una etapa de mi vida y empecé otra, con dificultades, de hecho, cualquier nacimiento es doloroso. Pero si no me morí había que darle sentido a esta vida. Testimonio de Francisco Bohórquez.
Trabajé en Colombia para la Fiscalía General de la Nación en el Cuerpo Técnico de Investigaciones. En 1999 mataron a varios compañeros y se recibieron amenazas en la oficina donde trabajábamos, razón por la cual empecé a sentirme en peligro. No quise esperar a que me pasara algo y tomé la decisión de venirme para Estados Unidos. Solicité un permiso no remunerado por tres meses y al llegar, presenté mi renuncia ante el cónsul. En la semana en la que se vencía el tiempo, llegó una carta donde aceptaban mi retiro y, además, me concedían el beneficio de instalarme en este país como asilado político.
Un 18 de noviembre del 2008
Para ese momento, trabajaba con una compañía de transporte manejando un camión. Hacía un recorrido entre Miami y Orlando.
El 18 de noviembre del 2008 venía de regreso, había terminado mi ruta y estaba a pocos kilómetros de llegar a casa. Viajaba por la Turn Pike, una autopista que tiene rectas larguísimas, tiene muy buena iluminación, pero en ese tramo estaban haciendo unos trabajos. Sin embargo, el problema no era ese, sino que había un camión cargado de asfalto, la brea había chorreado y le tapó las luces. Era como la 1-1:30 a. m., y el señor de este camión que estaba orillado, se metió a la carretera, los trabajadores de la vía hicieron la señal de que podía entrar, pero él lo hizo casi a 0 km porque era una volqueta grande, muy pesada. A esa hora y sin las luces de atrás, no lo vi. Además, había neblina.
Por otro lado, aunque yo no corro, en esas autopistas hay que andar a una velocidad mínima, en este caso, 65 millas por hora, es decir, un poco más de 100 km. De un momento a otro, me encontré con eso al frente, traté de frenar, pero un camión no para tan rápido. Quise esquivarlo y había otro carro pequeño a mi lado que me impidió hacer la maniobra. Golpeé de lado a esa volqueta, mi camión se recogió, se vino hacia adelante y salí expulsado. Aunque tenía puesto el cinturón, este ocasionó la fractura de mi clavícula y 10 costillas. Con mi cabeza rompí el vidrio y caí de cabezas al asfalto ¡BUUM!. Mi camión se volteó y yo quedé por debajo. Fue como enfrentarse a la muerte, verla ahí, cara a cara.
Sentí que dejé de respirar y pasó algo, podría llamarse, sobrenatural. En medio de ese esfuerzo por moverme y liberarme, escuché una cuenta regresiva; alguien comenzó de 5 hacia abajo: 5,4,3… cuando llegó a 1, dije “
Dios mío, me entrego a ti”, porque pensaba que no viviría más. De repente, me pude parar, miré a mi alrededor y todo estaba oscuro; aunque a lo lejos vi una luz que interpretaba podía ser un carro o un reflector. A medida que me acercaba se hacía más y más grande, pude ver como una figura, una silueta humana con los brazos abiertos, es todo lo que recuerdo. Esa fue la experiencia que tuve cuando aún estaba debajo del carro.
Ilustración: Valeria Rios Flórez >>
No sé cuántas horas habrían pasado y sentí que alguien lloraba, eso me hizo reaccionar; estaba en el hospital The Real Center. Más tarde, sé que llegó un sacerdote. Soy católico y estaba muy vinculado a una iglesia que se llama San Isidro en Pompano Beach. Como no podía ni responder, él me cogió la mano y me dijo que, si lo escuchaba, apretara su mano, apreté lo que pude y me dijo: “La extremaunción es un sacramento de salud física y espiritual, pero sabes lo que te ha pasado para que estés preparado”. Yo sabía que me estaba diciendo que me iba a morir y me dio tranquilidad que hubiera venido a ponerme los santos óleos.
Al irse, recuerdo que empecé a sentir un calor horrible, como si fuera una fiebre interna, sudaba, sentía que las gotas me corrían por toda la piel y era desesperante. Casi no podía respirar porque lo más grave no eran esas heridas en las costillas, sino que al caer aterricé en mi cabeza. Aunque hay gente que no me cree (ni con el sustento médico) yo tenía 14 fracturas en mi cabeza, 2 hematomas y 1 aneurisma. El hecho es que entré en ese calor después de la unción, empecé a convulsionar, me amarraron y era muy difícil esta situación. Sentía que me estaba muriendo y, es más, quería morirme, salir de mi cuerpo y liberarme de eso.
No me voy a morir
Cuando anocheció, sentí una sensación de frescura, de alivio. Todo cambió para mí y dije “no me voy a morir, no me voy a morir”, fue una certeza que apareció.
Al cabo de seis meses, ya estaba muy recuperado, aunque vino un proceso también difícil, pues me enviaron a evaluación y dijeron que necesitaba varias operaciones. La cirugía de mayor riesgo era la del cráneo. El doctor fue muy explícito, me dijo que debían fracturar de nuevo porque lo huesos ya estaban pegados. El problema es que solo había un 2 % de posibilidad de sobrevivir y si no me operaba, me moría. Entonces le dije, “si tengo un 2 %, opéreme”. Sin embargo, en un examen que me hicieron luego, determinaron que los hematomas estaban desapareciendo, así que no hubo cirugía.
Hoy soy un hombre recuperado completamente, sin secuelas y sin una sola operación. Literalmente fue como morir y volver a nacer. Vienen los problemas y no son problemas, sé que todo tiene solución y si no la tiene, es porque así tenía que ser. Ahora ayudo a mis pacientes, a quienes, sin ser médico les he salvado la vida a través de la hipnosis clínica. Se han curado de depresión, ansiedad, vicios como: el juego, el alcohol y las drogas. He contribuido significativamente a que las personas mejoren y ellos le han dado sentido a lo ocurrido.
—-
Trabajo para el curso de Periodismo III, orientado por la profesora Claudia Sánchez Aguiar.
Tras 30 años de democracia con una carta política de la dictadura, el país austral eligió la opción del cambio al convocar a una convención constitucional. Al camino, que ya ha sido largo, aún le falta mucho por recorrer. Un análisis de Contexto sobre lo que pasó y lo que vendrá.
Por: Sebastián Carvajal y Juan Manuel Cano
La pandemia por la COVID-19 y seis meses de retraso no fueron impedimento para que casi seis millones de chilenos salieran a las calles a aprobar la redacción de una nueva carta constitucional. El 25 de octubre de este año atípico quedará inscrito en la historia de Chile como el día en que se decidió dejar atrás uno de los últimos vestigios de la dictadura de Augusto Pinochet: la Constitución de 1980.
En total, fueron 7 562 173 personas que con tapabocas y distanciamiento social ejercieron su derecho democrático, de los cuales el 78,2% aprobó el llamado a una convención constitucional. Asimismo, optaron por que sus 155 miembros sean elegidos mediante voto popular, el próximo 11 de abril.
No era la primera vez que Chile enfrentaba un plebiscito histórico. En 1988, en medio del temor que reproducía la dictadura, pero con un incipiente espíritu democrático, la ciudadanía le dijo “No” a un nuevo mandato de Pinochet.
Así se iniciaría un proceso de transición para dar fin a la dictadura militar que gobernó Chile desde 1973 tras el golpe de Estado al entonces presidente Salvador Allende. Un periodo antidemocrático marcado por las sistemáticas violaciones de los derechos humanos y la persecución a quienes se oponían el régimen.
Lo relata Ricardo Lagos, presidente chileno entre 2000 y 2006, en su libro Así lo vivimos: “Vivir en Chile en esa época era vivir en el miedo; no en el terror abyecto, sino en el estrés constante ante el peligro que nos mantiene con los nervios de punta siempre”.
En el centro de Santiago las paredes recogen frases y consignas anti policiales, antigubernamentales.
Foto: Juan Manuel Cano y Juan Pablo Estrada.
El modelo de Pinochet
Salvador Allende fue el primer mandatario socialista elegido democráticamente en América Latina. Llegó al Palacio de La Moneda en 1970 en medio de vientos revolucionarios —y preocupaciones por parte de los estadounidenses— y desde entonces inició una serie de reformas económicas que buscaban cambios estructurales: nacionalizó empresas, aprobó incrementos salariales, impuso el control de precios, entre otras medidas.
Al comienzo, la economía creció rápidamente e incluso pudo satisfacer las demandas sociales del país. Pero para 1973 Chile “afrontaba situaciones de escasez, racionamiento y mercado negro, el crecimiento dio lugar a la recesión y las reservas internacionales apenas alcanzaban para cubrir tres semanas de importaciones”, señala Michael Reid en su libro El continente olvidado.
El país entró en una profunda división social debido al caos económico. El 11 de septiembre de 1973, aviones de la Fuerza Aérea bombardearon el palacio presidencial y la junta militar encabezada por Pinochet tomó el mando, tras el suicidio de Allende en medio de la confrontación. Desde entonces se instauró un gobierno de extrema derecha, autoritario, en un país con una reconocida trayectoria democrática.
Años más tarde, en 1980, se promulgó una nueva Constitución que no fue concertada con la oposición ni mucho menos con el pueblo chileno. Por el contrario, fue redactada por el mismo gobierno y validada por un plebiscito que ni siquiera contó con registro electoral ni campaña por el “No”. Lagos la describió como “una apuesta para solidificar el autoritarismo de la dictadura”.
En efecto, el proceso constituyente se caracterizó por la prohibición de partidos de izquierda, consagró la inamovilidad del comandante en jefe; es decir, que el presidente no lo puede destituir y se instauró el Consejo de Seguridad del Estado.
Tomás Hirsch, actual diputado chileno por el movimiento Acción Humanista describe que esa constitución “Fue hecha a la medida” y señala que en ella se “instauró un modelo económico, político y social que se viene arrastrando hasta el día del hoy y que ha generado un país con una inequidad social brutal”.
Precisamente ese modelo económico fue el que Pinochet implementó a partir de 1975 con los “Chicago Boys”, un grupo de élite que había estudiado los postulados del economista Milton Friedman en Estados Unidos, el primer experimento de libre mercado en el hemisferio.
En los años posteriores se bajaron los impuestos, disminuyeron los aranceles, se recortó el gasto público y se redujeron los puestos de funcionarios del Estado.
Pero el modelo entró en crisis en 1982 cuando el sistema bancario colapsó debido a la desregularización. Entonces el PIB disminuyó un 14,3% y el desempleó alcanzó el 23,7% de la población. Sin embargo, no fue su fin.
Dos años más tarde, Pinochet emprendió con un nuevo equipo de economistas un conjunto de reformas más graduales que le permitieron establecer su programa de libre mercado que perduraría hasta la actualidad.
El “cordón umbilical” a la dictadura
Aunque Pinochet perdió el plebiscito del 88 —una herramienta que ofrecía su Constitución para el cambio democrático—, continuó en el poder hasta marzo de 1990, cuando el nuevo presidente Patricio Aylwin tomó posesión.
Durante ese periodo, la Concertación de Partidos por la Democracia, una coalición de centroizquierda; los partidos de derecha y la Junta Militar pactaron un acuerdo para reformar la Constitución y garantizar la transición democrática.
A pesar de esta reforma y de las elecciones presidenciales de 1989, tanto la Constitución del 80 como el modelo neoliberal no tuvieron grandes transformaciones.
Francisco Estévez, director del Museo de la Memoria y los Derechos Humanos de Chile afirma que la reforma corresponde a un periodo de democracia política, pero “con una economía que sigue siendo neoliberal y, por lo tanto, es una Constitución que generó un tipo de democracia elitista, la cual ocasionó muchas exclusiones”.
Para Estévez, “no hubo fuerzas políticas para que se estableciera una nueva Constitución. Se pensó que al ser reformada era una Constitución que ya no era de la dictadura, lo que es cierto y a la vez seguía siendo una Constitución funcional”.
Con el paso de los años se le añadieron más reformas. Una de las más significativas fue en 2005 durante la administración de Ricardo Lagos, cuando se le hicieron 58 modificaciones y el mandatario reemplazó la firma de Pinochet con la suya.
En términos económicos, Chile continuó destacándose a nivel internacional por su modelo neoliberal que le permitió un crecimiento sostenido durante muchos años. Eso se ha traducido en la reducción de la pobreza que pasó del 29,1% de la población en 2006 al 8,6% en 2017 y en un PIB per cápita muy superior al de la región.
No obstante, la desigualdad social también aumentó. Por ejemplo, según explica un estudio de movilidad social de la OCDE de 2018, se necesitan seis generaciones para que un descendiente de una familia de bajos recursos alcance el ingreso promedio en Chile.
Hirsch describe un conjunto de condiciones que han acrecentado este fenómeno: “La educación pasó a ser un bien de consumo; para acceder a salud había que endeudarse por años; a los pueblos originarios (indígenas) se les siguió arrebatando su territorio, su dignidad y su cultura; las mujeres siguen siendo discriminadas; la diversidad sexual ha tenido luchas enormes para poder avanzar en sus derechos y el agua y otros recursos se privatizaron”.
Para el diputado lo que pasó fue que se acumuló la ilusión del “ya me va a tocar” y así emergió una clase media aspiracional, con altas deudas, alcanzada para llegar a fin de mes, pero con un alto nivel de consumo.
La Constitución de 1980 es uno de los últimos vestigios que queda de la dictadura de Augusto Pinochet.
Foto: Juan Manuel Cano y Juan Pablo Estrada.
Pero más allá de las difíciles condiciones socioeconómicas que enfrentan miles de chilenos, asevera que: “La Constitución actual es el cordón umbilical que nos ata, nos mantiene unidos a la dictadura” y eso, en parte, explica lo que ha ocurrido en el último año.
El estallido social
A principios de octubre de 2019, cientos de jóvenes evadieron masivamente, a modo de protesta por el incremento de 30 pesos en la tarifa del metro de Santiago, el sistema de transporte más importante del país.
De las 136 estaciones que tiene la red ferroviaria, alrededor de 80 presentaron afectaciones producto de las protestas, según informaron medios internacionales. El descontento social fue creciendo a medida que pasaban los días. Para noviembre de ese año, los trabajadores, obreros, maestros, jubilados y demás sectores civiles se sumaron a los requerimientos de los más jóvenes: millones de chilenos salieron a las calles.
El diputado Hirsch considera que “el hecho en sí es puntual y bastante menor, el metro subía de precio todos los años 30 o más pesos y sin embargo no se generaba una respuesta social frente a eso”. Lo que ocurrió en 2019, según él, fue una acumulación de “hastío, enojo, una sensación de abuso” que tenía el pueblo por las condiciones sociales de las últimas décadas.
La consigna de las protestas, para entonces, era: “No se trata de los 30 pesos del metro, sino de los 30 años en democracia con una Constitución de la dictadura”, como se leía en banderines y pasacalles de los manifestantes.
Treinta años, además, de gobiernos, políticas públicas y un modelo económico con el cual la mayoría de las personas no se sentían representadas. “El descontento en Chile no viene del año pasado, ni mucho menos, es algo que venía acumulándose desde hace varios años, incluso décadas”, dice Sebastián Hurtado, abogado y politólogo colombiano, que ha estudiado el caso del país austral. “El pueblo chileno, aunque tuvo un proceso de transición de la dictadura de Pinochet a la democracia, todavía no ha sanado muchas de las cosas que sucedieron durante este periodo”, comentó.
La Plaza Italia, ubicada en el corazón del centro de Santiago y que cuenta con una escultura del General Baquedano, líder de la victoria chilena en la Guerra del Pacífico, se convirtió en el punto de encuentro de los manifestantes.
Las multitudes que allí se congregaron durante semanas —pidiéndole al gobierno un cambio sustancial, a la vez que entonaban al unísono el clásico del rock latino El baile de los que sobran— hizo que el mundo virara sus ojos a lo que ocurría en Chile. Su simbolismo es tal que los manifestantes la renombraron y hoy es conocida como la Plaza Dignidad.
Aunque Santiago fue el epicentro de las protestas, el “despertar” —como muchos llaman a lo ocurrido entre octubre y noviembre de 2019— se expandió rápidamente en todo el territorio nacional. Tanto en Antofagasta, sobre el desierto de Atacama, como en Valdivia, en la Patagonia, era evidente la tensión social.
En las principales ciudades del país, los locales de comercio y las grandes cadenas se atrincheraron con láminas de madera que cubrían sus vitrinas. Sin embargo, sostenían carteles en la fachada del establecimiento aclarando que apoyaban los reclamos sociales. Los muros recogían frases y consignas antipoliciales, antigubernamentales. Las esculturas, como la de Baquedano, se convirtieron en estandartes de banderas erguidas, como la mapuche o la nacional de la estrella solitaria.
Los enfrentamientos entre los manifestantes y los carabineros se hicieron cada vez más cruentos. La Oficina de Naciones Unidas para los Derechos Humanos, liderada por la ex presidenta de Chile, Michelle Bachelet, documentó, durante el 18 de octubre y el 6 de diciembre de 2019, 28.000 personas detenidas temporalmente, 113 casos específicos de tortura, 24 casos de violencia sexual y 26 víctimas mortales durante las manifestaciones.
“Hace un año habría dicho que [en comparación con la dictadura, en Chile] cambió la situación de derechos humanos, pero ya no puedo decir eso, porque en este último año hemos tenido violaciones sistemáticas”, apunta Hirsch.
<< Alrededor de 200 personas fueron heridas en sus ojos durante las protestas de 2019, según el Instituto Nacional de Derechos Humanos de Chile. Una frase que denota no solo el costoso nivel de vida del país, sino también la fuerza desmedida de los carabineros. Foto: Juan Manuel Cano y Juan Pablo Estrada.
Las protestas, que acumulaban más de cinco meses, se encontraron en marzo de 2020 con un obstáculo: el covid-19. La pandemia obligó al mundo entero a confinarse, y Chile no fue la excepción.
“La tensión social de las manifestaciones en la plaza se ha visto muy reducida este año por el tema del virus”, comenta Sebastián Hurtado. A pesar de que las movilizaciones se detuvieron, para el diputado Tomás Hirsch la pandemia puso en manifiesto la precariedad del modelo: “Evidenció que lo que se estaba planteando era así, era correcto. Es decir, que se vive la pandemia de la salud, pero se experimenta con mucha más fuerza la pandemia social.”
Las protestas de 2019, sumadas a la presión por redes sociales en 2020 y la situación de vulnerabilidad de gran parte de la población, que salió a flote gracia a la pandemia, generaron que las demandas y peticiones encontraran una salida política.
“No necesariamente todos los que participaron en las movilizaciones tenían como idea principal en sus requerimientos tener una nueva Constitución, más bien era una movilización en contra de lo que se consideraban injusticias”, dice Francisco Estévez. “La idea de que eso se asociara a una nueva Constitución fue una idea que se fue imponiendo políticamente. Y al final fue la idea que primó. El estallido social pudo ser canalizado a través de la demanda de una nueva Constitución”, agregó.
Una nueva carta magna que, el 25 de octubre de este año, el pueblo chileno decidió que se debía redactar. Aquella noche el clásico de Los Prisioneros volvió a corearse en la Plaza Dignidad y Chile celebró el comienzo de lo que muchos denominan “el cambio social”.
Lo que viene para Chile
Luego del contundente triunfo del “Apruebo” en el plebiscito, el país austral inició lo que, según Hirsch, será “un proceso largo y complejo”. Para el diputado, existe un problema entre expectativa y realidad: “Hasta que se efective un cambio real en la vida de la gente va a pasar mucho tiempo”.
Tras haber votado por una convención constitucional como la encargada de redactar el texto, el siguiente paso es la elección de los representantes. Para Hurtado, las elecciones “van a significar políticamente un juego de poder”, una disputa por las temáticas y la manera en la que serán abordadas en el nuevo ordenamiento. Estévez, por su parte, también cree que “lo que viene es muy complicado porque hay que ver si la política es capaz de dar cuenta de esta gran demanda”, debido a que, según él, “hay un grave cuestionamiento de los partidos políticos”.
La elección de los integrantes de la convención se convertirá en un hito para Chile y el mundo. Será la primera vez que una Constitución sea redactada por la misma cantidad de hombres y mujeres, además de tener una amplia participación de las comunidades originarias. Hurtado considera que el hecho de que la convención sea paritaria da mayor garantía: “Se podrá asegurar mayor representatividad y un debate más nutrido”.
Una vez esté conformado el órgano constituyente, este tendrá un periodo de nueve meses —prorrogable a tres más— para redactar la nueva carta magna, lo que significa que la pugna será, en esa fase del proceso, por el contenido del texto.
“La nueva Constitución debe formarse en derechos fundamentales, pero, más complejo aún, la nueva Constitución tiene que hacerse cargo de realidades emergentes, socioculturales, que antes no eran tan urgentes, tan evidentes. Por ejemplo, la autonomía de las regiones, los pueblos indígenas, los temas de género, las demandas feministas… hay grandes temas que son inéditos constitucionalmente y que hay que ser abordados en este proceso”, como lo cree Estévez.
En el Campamento por un Chile Digno decenas de personas se congregaron para pedirle al gobierno de Sebastián Piñera el llamado a una convención constitucional. Foto: Juan Manuel Cano y Juan Pablo Estrada.
El Museo de la Memoria y los Derechos Humanos de Chile propone que sean reconocidos dos aspectos como derechos constitucionales: “Primero, la memoria como un derecho humano, en el cual nos reconocemos como ciudadanos y ciudadanas. Segundo, el deber a recordar. Este obliga al Estado y eso implica la atención social: qué es la verdad, qué es la justicia…”, comenta su director.
Tomás Hirsch considera que los principales debates que se deben dar durante la redacción de la Constitución se pueden agrupar en tres grandes temas: la organización del Estado, los derechos garantizados y el modelo económico. Temáticas que ayudarían a solventar los “desequilibrios” que, según él, existen en la Carta Fundamental de 1980.
Finalmente, para que cada una de las leyes y normas sean aprobadas en la nueva Constitución, estas deben de contar con un quorum de dos tercios de la plenaria. Una vez el texto definitivo haya sido redactado, será el pueblo chileno quien lo apruebe o no en un referendo.
Durante los próximos meses América Latina y el mundo tendrán los ojos puestos en el proceso constitucional que inició Chile. El punto de partida de lo que podría convertirse en el capítulo final de los años oscuros de una dictadura que aún tiene heridas abiertas en gran parte de la población, a través de una Constitución que les permitirá a los chilenos estar a la altura de los desafíos del siglo XXI.
“La casa de la infancia, la casa natal (…) un recuerdo nutrido por la imaginación y los sueños”, dice Gaston Bachelard y bajo esa exploración se encuentra este homenaje a la casa de los abuelos; que recorre y se pregunta por esos días y esos tiempos de migración, de inicios, de levantar una vida y una familia… Tantas historias registradas entre tapias, umbrales y parcelas.
La 44-45 de aquella calle empinada en la montaña nororiental del valle guardó consigo cinco generaciones. Les enseñó a caminar, a mamar, a besar y más luego a engendrar a hijos, hijas, nietos y bisnietos. Aguantó lloriqueos, enfermedades y engaños; soportó los gritos agudos de niños correteando por sus vestíbulos. Abrazó no solo a una familia, sino a toda una estirpe.
<< Foto: Juan Manuel Cano L.
Mi bisabuelo, que para entonces no lo era, huyó tras la promesa irrestricta de un hombre que amenazó con matarlo debido a un lío de reses y parcelas. Tras de él, abandonaron el pueblo su esposa, su padre y sus hijos. Llegaron a Medellín cargando en sus hombros las escasas pertenencias portables con las que contaban y la incertidumbre de un futuro no prometido.
Suelo imaginarlo —y personificarlo, pues ni siquiera existe de él registro fotográfico— cruzando por primera vez el umbral alto, marrón y ornamentado con espirales de madera, que tantas veces me recibió con agrado. Sonrío mientras imagino a mi abuela y sus hermanos, pequeños y curiosos, descubriendo la que sería su nueva morada. Imagino a la joven pareja sintiéndose vulnerable en una tierra que no conocen, sin dinero y ante la hostilidad de una urbe industrial abriéndose paso.
Aquellos años, evidentemente, no son los de mis recuerdos. Del tiempo en que tengo noción como visitador recurrente de la casa de mi bisabuela, ya todo había pasado. O bueno, casi todo. Aquellas paredes elevadas habían atestiguado el descorche del frasco con veneno que, un lustro después de haber llegado, mi bisabuelo tomó en el patio mientras su esposa e hijos realizaban las compras del mercado, y que lo dejó tendido en una silla sobre el sol inclemente de la una de la tarde. Además de la muerte por viejo del tatarabuelo, que dejó tras de él la tristeza de su cama vacía. Y el entierro de los huesos de Milor, un pastor alemán querido por todos, junto al palo de mango del solar polvoriento.
Mi parte en la Historia corresponde al último rastro de los Uribe Rodríguez en la 44-45 de aquella calle empinada. Años de mi niñez que tienen como banda sonora los bambucos, pasillos y boleros de El cofrecito de los recuerdos de Radio Reloj y que están ambientados con las historias sobre guacas, brujas y duendes de mis tíos abuelos. Años en los que la rinitis pactó con mi nariz y ojos días cargados de mocos, lágrimas y estornudos, ante la complicidad de un techo húmedo que se derrumbaba a pedazos.
De esa casa me queda el recuerdo punzante de mi bisabuela, nonagenaria y medio ciega, que jugaba cartas con el mismo ímpetu que le permitió por décadas criar, amar y educar a ocho hijos, sin mayor apoyo que el de la soledad de su viudez; el canto alegre y repetitivo de la lora que tenían por mascota; y el calor de esa sala en donde festejábamos cumpleaños y navidades. Me emociona la imagen viva que tengo de las dos palmas en el jardín de la entrada, aquellas con las que mi tía fantaseaba señalándolas como la inspiración de Manuel Mejía Vallejo para la creación de su novela costumbrista.
Fue entonces el mío un paso fugaz por aquella casa que pudo acoger a cinco, pero no a seis o siete u ocho generaciones. Ante la partida de la matrona, a escasos meses de cumplir cien años, sus hijos decidieron recibir en partes iguales el cuantioso pago del primer inversionista que se presentó. Viendo —en donde había memoria— tan solo hierro, adobes y cemento.
Si algún día cambiara el sistema político del país y pudiera hablar de una orquídea en su esplendor, lo haría –no podría desconocer su belleza– pero hasta entonces Mery Yolanda Sánchez* seguirá retratando en su poesía las escenas dolorosas que atraviesan la realidad nacional.
Por: Manuela Molina Cerezo
Desde los 17 años, Mery Yolanda Sánchez se fue a emprender un nuevo rumbo a la ciudad de Bogotá, tras haber pasado toda su infancia y adolescencia en su pueblo natal, el Guamo, Tolima. De allí, recuerda los paseos en bicicleta y el olor a tierra mojada que se creaba en la playa del río, cuando este aún la conservaba. Y quisiera, tal vez, no recordar esa violencia con la que creció siendo testigo y de la cual hoy escribe. Su poesía no es una poesía costumbrista, pero sí social. Suele leer a Juan Rulfo, a Thomas Mann, a los poetas malditos y su poeta de cabecera es el alemán Gottfried Benn. Pero sus versos son tan suyos, como lo es la historia que atraviesa a Colombia, país que narra y poetiza, que lleva en su cuerpo como una insignia de dolor.
En 1956, cuando Mery nació, sus padres ya habían tenido 11 hijos, tres de ellos habían muerto y los otros siete ya estaban más grandes. Luego, llegó una niña más. Entonces Mery era la penúltima, quizás la más particular, y en unos años: “la niña problema”, como ella misma lo dice. De niña, sus hermanos tomaban un diccionario, leían una palabra y tenían que decir qué pensaban que era; y, a pesar de que a ella no la invitaban a jugar con ellos, ella se metía y salía ganando, porque siempre acertaba con el significado o decía cosas inesperadas. Por deseo de su padre, todos ellos se dedicaron al magisterio. Ella, en cambio, a la poesía. Desde los seis años se entregó a la literatura, la que llama su proyecto de vida. Aun así, gracias a sus hermanos fue que se encontró con su primera imagen poética: como no tenían radio, ellos pintaron uno en un poste con carbón y por las tardes se ponían a bailar.
Su madre la tuvo cuando tenía ya 40 años y durante un tiempo creyó que su hermana María Nelly era su mamá, pues ella la cuidaba y la introducía por los caminos del arte. Al igual que su hermana, Mery perteneció a un grupo de teatro cuando ese arte no era muy bien visto. Viajaban de un pueblo a otro, a veces el bus los dejaba y debían devolverse a pie. Eso no era que le gustara mucho a su mamá, para ella era sinónimo de vagancia y vicio. Su mayor vicio era tomar Coca Cola con limón, junto a sus amigos, imaginándose que era un trago. Entonces ella se escapaba de la casa, con la ayuda de su papá que le avisaba cuando los llamaban por la emisora para hacer una presentación y desde la cerca de su casa, él le tiraba la ropa.
A diferencia de sus hermanas, esa era su mayor travesura. Aunque en algún momento le dejó de gustar el teatro, entonces en los intermedios, cuando no salía el mago, salía ella a leer poemas que se aprendía de memoria. “Yo era de lo más aburrida”, dice. Solía jugar pasando la tierra en una carreta de un lugar a otro y una vez construyó un carro de juguete que compartía con unas de sus sobrinas, que eran de su edad. Sus hermanas solían salir a bailar y se retrasaban para volver, entonces un día su papá decidió comenzar a hacer las fiestas en la casa, mientras que su mamá apenas llegaban tarde no las regañaba, ni las castigaba, sino que les cantaba tangos: “Eran tangos fuertes, como de barriada, agresivos, pero ellas no decían nada”, cuenta Mery. Desde allí comenzó a entender que ella era diferente, que podía además de dar con el significado de palabras aleatorias en el diccionario, entender una frase o la connotación de algo. Y para ella, claramente, esos tangos representaban un insulto, uno artístico, aunque insulto de todos modos. Su mamá era más callada, más seria y dura en la crianza. Su padre, en cambio, era noble y tenía fuertes convicciones políticas, de allí que ella piense con la vehemencia conque lo hace.
En su pueblo, no había más de tres familias liberales, la suya era una de esas, así que su padre –que era seguidor de Jorge Eliécer Gaitán y recibía telegramas suyos– estuvo varias veces en la mira. Su madre, fue quien lo salvó cada vez que se lo llevaron para aquel río en el que se sabía que los mataban. También su madre vio entre las latas de guadua lo que le hicieron a la vecina: allanaron su casa, la violaron, pero nadie podía decir nada. Con tan solo 4 años, Mery presenció una agresión de unos policías hacia un muchacho que era conocido suyo, a quien subieron a una volqueta y lo pasearon por todo el pueblo, golpéandolo hasta matarlo. Además, al Guamo llegaron apenas tres televisores, cuando ella tenía 9 años. Entonces, su entretención eran las tertulias nocturnas en las que su padre le contaba, además de su propia historia, acontecimientos reales de lo que sucedía en el país.
Canción de cuna
Papá mezcla la tierra y dice que cubra mi pecho.
Lunas nuevas diseñarán la medida de la ropa,
el no me contará historias y tendré llenos mis
bolsillos de dudas.
Aprenderé con mis juguetes
qué tan cerca está la vejez en la luz del espejo.
Mi padre me enseña a cernir la arena,
a mostrarme el principio de una casa
y el camino donde los sueños se sientan a beber
agua.
En la tarde, mi padre abre troncos de madera con
un hacha
y recuerda las tantas veces en que
fue llevado hasta el río,
–tu madre me salvó– dice, mientras
su mano fría cae sobre mi cuerpo.
Ilustración: Manuela Molina Cerezo
En el colegio, Mery le hacía las tareas de escritura a sus compañeros y ellos le pasaban las de dibujo técnico, hasta que a los 12 años decidió ella misma romper por completo con la academia. Ya había empezado cuatro veces segundo de bachillerato. Lo suyo no era estar allí. Sin embargo, los niños le seguían llevando las tareas para que ella se las hiciera y así ella podía seguir leyendo y escribiendo. Entonces, su papá le dijo que si no estudiaba, tendría que trabajar. El sacerdote de la iglesia la vio escribiendo, le gustó su letra y fue allí cuando comenzó a trabajar como escribiente del despacho parroquial. Hacía a mano las partidas de bautizo, de matrimonio, de defunción y luego las pasaba a máquina. Había aprendido el arte de la mecanografía en una pequeña máquina que le hizo una de sus hermanas en una pequeña cajita. También trabajó en la oficina de un abogado y perteneció a movimientos cívicos de juventudes.
Un día pasaron un anuncio por la radio, en una emisora de El Espinal, un pueblo más o menos cercano al Guamo: estaban buscando alguien para trabajar en el master, alguien que fuera la secretaria y alguien que hiciera el aseo. Mery creía que si ganaba el puesto del master, quizás en algún momento podría llegar a ser locutora o periodista, y vio allí un destello de luz para ese sueño que tuvo cuando tenía 9 años y rompió su alcancía con un hacha, para pagar un curso de periodismo por correspondencia. Pero Mery quedó de secretaria y realizaba tan bien sus funciones, que nunca pasó de ese puesto. En momentos fortuitos, el locutor se emborrachaba y la dejaban dar la hora. A veces, hasta se subía encima de un inodoro para recibir una noticia que llamaban a dar a la emisora, justo cuando se dañaba el teléfono, entonces ella la redactaba y se la entregaba al periodista. Y esas eran siempre las mismas noticias: el asesinato de cuatro no sé dónde, el robo de la gallina tal…
La carta
Puedo darte últimas noticias,
contarte cuántas curaciones
en la canción de la guerra.
Puedo mostrarte una luz fuerte
que cruza el mediodía de los muertos,
pero no puedo hablarte del último
vestido de las mariposas,
y de esta necesidad de verte.
<< Ilustración: Manuela Molina
Le habían prometido llevarla a una transmisión que harían desde las fiestas de toros y sin gustarle mucho este asunto, buscó a un torero para entrevistarlo y ni así la llevaron. Es como si el destino no hubiera querido que fuera periodista y agradece no serlo, pues quizás estaría muerta o quién sabe cómo.
Así fue pasando el tiempo, hasta que un día Mery llegó a su casa y encontró todas sus cosas en unas cajas de aguardiente. Sus padres le dijeron: “vino Gloria, su prima, ella le consiguió un trabajo de secretaria allá en Bogotá”. Ella no se fue del Guamo, más bien la hicieron irse y, de pronto, el sueño de ser periodista o de estudiar piano en el conservatorio se había reducido a trabajar en una empresa privada, a los 17 años, estando sola en Bogotá y allí se quedó. No fue sino hasta 2010 que presentó las pruebas del ICFES y se hizo bachiller.
Pasó por muchas empresas y siempre se hizo amiga de los obreros, jugaba tejo con ellos y veía cómo vivían, su cansancio por las largas jornadas de trabajo, sus enfermedades, las injusticias que tenían que soportar. En algún momento, llegó a trabajar en una empresa de transporte en un puerto en Santa Marta, era un trabajo pesado y a los otros les daba rabia de “la cachaca”, como le decían. Llegó a recibir amenazas, presenció escenas fuertes y duras. Todo ello fue ampliando su sensibilidad, su sentido social, su inquietud hacia la humanidad.
Pero en Bogotá ella empezaría a asistir a diferentes talleres de literatura, uno de esos fue en en la Casa de Poesía Silva. De pronto, se podría decir que cambió su suerte, cuando María Mercedes Carranza, la contrató como librera, en ese que sería un espacio que vio nacer especialmente para los libros de poesía que muchas veces no podía comprar y así los leía. También allí conoció a otros de sus amigos en las letras, como Juan Manuel Roca, quien desde un principio reconoció su trabajo poético en el, entonces, Magazín dominical de El Espectador.
Vivir del arte es trabajar de lunes a domingo y ser recursivo para encontrar la manera de sobrevivir. Si bien la literatura era su vida, en gran parte se dedicó a la gestión cultural. Llegó a trabajar en el Instituto Distrital de Cultura y Turismo de la Secretaría de Cultura, ahora Idartes, como asesora de la coordinación de Literatura. En Concultura, hizo parte del área de publicaciones.
Fue merecedora de una mención de honor en el concurso “El cuentista inédito” del Centro de Estudios Alejo Carpentier, en 1987; y en el V Concurso Nacional de Cuento Germán Vargas ganó una mención en 1994. Además, se benefició con una beca del Ministerio de Cultura, en 1998, por su proyecto Poesía en Escena, el cual alcanzó a cumplir 20 años en el 2013. Este nació de la experiencia de ver recitales de poesía en los que los poetas llegaban a leer y se iban, y no había mayor interacción con el público, entonces se ingenió recitales dentro de una atmósfera teatral –con luces y sonido, objetos, puesta en escena, danza– en la que en un trabajo de mesa, exponía junto a un grupo de amigos a 4 poetas por evento y estos eran únicos, no se repetían. Solían hacerlo en salas de teatro de La Candelaria, al principio todos los lunes, luego cada mes y así hasta que el proyecto fue insostenible económicamente.
Miedo
Sentir por las piernas
la respiración
del compañero desaparecido.
<< Ilustración:
Manuela Molina Cerezo
“Último llamado” es su única obra dramática, que está así en comillas y sin cursivas, pues nunca llegó a ser un libro ni una obra para las tablas. Mery acabó con los archivos en donde la contenía, pues cree que aquello que no escribe, que no piensa o que no dice es como si no existiera. Entonces, logra huir de ello. Pero uno de sus amigos no podría huir.
En 1999, estaba trabajando con él en Puente Experimento Piloto, otro de sus proyectos, y cuando él fue a salir del teatro donde estaban lo atacaron y lo apuñalaron varias veces en una de las manos hasta que las lesiones provocaron que la perdiera. A los pocos días, el 23 de diciembre de ese mismo año, entraron a atracarla en su apartamento o, al menos, eso parecía. Se robaron una plata que tenía que ir a pagar ese día por la beca que se ganó del Ministerio de Cultura. Llegaron a golpearla con el revólver, los encañonaron a ella y a otro compañero de trabajo con el que estaban preparando todo para salir a hacer los pagos.
Pero su amigo, al que habían atacado a la salida del teatro, estaba convencido de que no era un simple atraco. Por ese entonces, se decía que en Bogotá estaba el Bloque Capital. El nombre de su amigo salió en las listas que circulaban con el registro de quienes eran objetivo militar. El nombre de Mery no estaba allí. Ella puso la denuncia, las huellas se extraviaron, los retratos hablados no coincidían con su descripción. Nunca se supo nada más. Trata de dejar ese, como muchos otros recuerdos, atrás. Lo único que sí recuerda muy bien era el motilado de los hombres que la atracaron, parecía el peinado típico de los militares.
Salmo
Saco el último vestigio en alas de mariposas.
Enjabono y tuerzo.
Al tacto del viento con mis manos
un olor confuso se aproxima por la acera izquierda.
Lo guardo,
trato de meterlo en la taza del baño,
pero en remolinos es vaciado a mi boca.
Tiento,
palpo cada pliegue del pecho.
Hace falta mucho detergente
cuando mi país hasta en la ropa duele.
“En Colombia, no hay un solo día en el que no pase algo”, dice Mery. Para ella, la mayoría de la gente está del lado de los malos, ya sea por ignorancia, por costumbre o porque les lavan el cerebro. Por eso está de acuerdo con las protestas, aunque ya su condición de salud no le permita salir a ellas. Además, Mery siente que en especial, en esos asuntos, se está solo: alguien alza la voz, pero ¿quién lo sigue?… ¿quiénes lo apoyan? Quizá por eso, cada vez que sucede una tragedia en el país y habla por teléfono con alguien de su familia, ese día suele perder a esa persona, porque no piensan igual.
En 2004, la escogieron para ser promotora de lectura e ir por 10 municipios de la costa pacífica, del departamento de Nariño. De esa experiencia, decidió escribir al regresar a Bogotá y no sabía lo que era: si un diario, un ensayo o prosa poética… y resultó siendo, ese que ella llama un accidente, su primera novela: El Atajo, con la cual ganó en el 2012 el segundo lugar en el Premio Nacional de Novela Corta de la Pontificia Universidad Javeriana.
En ella narra aquel viaje de 21 días, por una zona de conflicto plagada por el sufrimiento que traen, por igual, la guerra y la pobreza, en donde no fueron muy bien recibidos por la comunidad afrodescendiente por el solo hecho de ser “blancos”. Además, los 21 días que duró el viaje estuvo enferma de otitis. La novela se reimprimió en 2019 por Himpar Editores.
Segundo tiempo
Un día dejarás a un lado tu sur del castigo por el recuerdo de tus hijos en las calles hambrientas. Te prepararás para escapar antes de contar veintiún pasos al patíbulo. Volverás al norte donde agonizaron tus madres. No recordarás el arma que le mandó nueve silencios a tu cuerpo ni el monstruo que oprimió el gatillo. Tampoco recordarás las manos que te obligaron a dejar tu niñez en el frío de tu abuela muerta. Volverás a las apuestas por tus otras vidas y levantarás con más fuerza la botella que te hace olvidar la oscuridad. Tirarás en el centro de la gallera tu última gratitud, la que no estaba escrita, pero que ahora reconoces en la mano que estira para dar de beber a tu victimario. Olvidarás un día, Carlos, que pronto aprendiste a encontrar perdices para la cena de tu amo y a gritar la noticia de puerta en puerta, donde tú eras el próximo de la lista.
—
Con talleres de literatura, llegó a diferentes cárceles del país, como La Modelo y La Picota. La jefa, exguerrillera que era como la líder del sexto patio en El Buen Pastor, solía cuidar a Mery, incluso una vez le quitó la comida que estaba a punto de llevarse a la boca, porque podría estar envenenada, entonces la invitaba a comer. Mery se abría a lo que ella y los demás presos eran más allá de sus crímenes, pero a su vez se aterraba al escuchar las historias que le contaban de manera escueta y sin ningún reparo de todo lo malo que habían hecho.
También estuvo trabajando en talleres con habitantes de la calle. A uno de ellos, no le gustaban los signos ortográficos ni que pasaran sus poemas a máquina. “Un día me dijo que había comprado máquina de escribir, otra vez me dijo que se había casado, otro día me dijo que tenía una niña y después me dijo que había viajado por Centroamérica haciendo artesanías y siguió escribiendo”, cuenta Mery con alegría. No sabe cómo, pero él llegó a su casa, le dijo que si tenía libros él se los vendía pues sabía que ella no estaba muy bien económicamente. Ella le entregó 30 libros y, a los tres días, apareció Pablo, que se hacía llamar “el amante de la luna”, con la plata completa y no le quiso recibir ni un solo peso por la venta. De pronto, en su relato dice el nombre de aquel joven que como muchos otros pasaron por su vida y dejaron de ser lo que para muchos es puro paisaje en las imágenes cotidianas de la ciudad.
Los otros
No alcanzaron a sentir miedo. Cuando los cortaron el dolor llegó primero, la boca de la bota en la cara. Pronto el susurro de la sierra fue lejano. Un pajarito almorzó los pecados de las vísceras.
Sus sombras siguen y recogen los sombreros que atajó el viento.
Las mujeres orinan cualquier lugar.
Los niños se volvieron ancianos amarrados a los alambres de púa.
Tres territorios debajo de las carcajadas de los asesinos.
Y sus sombras también son perseguidas, señaladas y marcadas desde los pájaros metálicos, dueños del cielo.
Ilustración: Manuela Molina C.
En su poesía no pretende hacer denuncia, solo contar lo que siente que necesita contar. Le preocupa que el arte sea una mercancía, para ella el arte debería ser algo reparador y que haga visible la realidad que nos circunda, sin llegar a ser algo panfletario. De hecho, no podría hacer panfletos: “Soy muy insegura”, dice una y otra vez con voz baja. Sus palabras le permiten liberarse, sanar las heridas, hablar de lo que le duele: los seres humanos, esos que pueden no ser nada suyo, pero los siente como si lo fueran. Para ella es una lástima que existan cosas como la motosierra: “Yo no la inventé y me toca hablar de ella. Si algún día, el sistema político de este país cambia y puedo hablar de una orquídea en todo su esplendor, pues hablaré, no la puedo desconocer, ni puedo desconocer su belleza, así como no puedo desconocer poemas bellísimos que existen sobre el amor”, agrega.
Ahora, se siente cansada, su cuerpo ya no es el mismo y han aumentado los efectos de la soriasis en su piel. Desde antes de esta cuarentena, solía quedarse en casa en soledad. Le preocupa qué pasará en unos años, no quiere llegar a depender de nadie en su vejez, pues desde muy joven ha sido ella contra el mundo. Para lidiar con la ansiedad de estos días, hace figuras artesanales con papel maché, pues no puede dejar quietas sus manos. En especial, construye barcos. Mery habla de un punto que tiene en el cerebro, que todos tenemos realmente y que tras estos meses de pandemia, está a punto de estallar. No tiene una sola certeza: “no tengo un puerto seguro, por eso construyo embarcaciones”, cuenta con lamento.
*Mery Yolanda Sánchez ha publicado en poesía: La ciudad que me habita (1989), Ritual para las noches (1997), Dios sobra, estorba (2006), Un día maíz (2010), antología preparada por ella misma para la colección Un libro por centavos de la Universidad del Externado (2010), Gradaciones (2011), Rostro de tierra (2011) y El hombre que escupe mariposas. En el 2012, publicó su novela El atajo.
Cientos de familias en Medellín guardan en silencio las heridas que les dejó el narcotráfico años atrás. Sus vidas cambiaron para siempre por el dinero sucio, la adicción, la cárcel y la muerte. Tiempos y circunstancias vigentes hasta hoy, desde cuando la vida y la familia se canjeaban por un instante de euforia o paz.
En el hogar de los doce hermanos Montoya Sánchez, cerca del Parque de Envigado, en el Barrio Obrero, tres de ellos se dedicaron a la cocaína. Guillermo, Óscar y John Jairo tomaron caminos diferentes, pero relacionados con un negocio de riesgo “fríamente calculado” que “no dañaría a nadie”.
Amanda Montoya Sánchez, la onceava hermana y la más pequeña de las mujeres, a sus 68 años guarda un amor profundo hacia cada uno de sus hermanos. Vive en la casa de su difunta madre con su hermano de 83 años, Guillermo, un hombre mayor con algunos problemas de salud y muy solo.
*******
Con cuatro hijos, un cuñado alcohólico y su esposa, los gastos eran demasiados en su casa en Queens, Nueva York. Lo que Guillermo Montoya ganaba trabajando en fábricas textiles, a finales de los años 80, le permitía vivir relativamente bien. Aun así, estaba agotado al trabajar entre 12 y 16 horas diarias. Pero una llamada le cambiaría la vida.
“Jorge Vargas fue un amigo que hice hace un tiempo, le di posada en el sótano de mi casa por seis meses. Luego regresó a Cali y no supe más de él hasta que lo visité con mi familia en Colombia. A principios de enero de 1991, me llamó”, mencionó con las manos apretadas y el cejo fruncido.
“Me pidió un favor… Él afirmaba no conocer a nadie más en Nueva York, solo a mí. Dijo que sería algo rápido y que me pagaría 5.000 dólares. Debía recibirle 150 kilogramos de cocaína pura en mi casa y llevárselos a un cubano en Manhattan”, añadió. Guillermo aceptó con temor. No lo volvería a hacer. Se arriesgó. El día 8 de enero de 1991, en un restaurante de la Quinta Avenida, él se encontró con dos hombres grandes y bien vestidos, Roberto y Manuel. Ambos eran los transportadores de la mercancía y, posteriormente, quienes lo condenarían.
Unos meses antes, un primo y aliado de los fundadores del Cartel de Cali, Gilberto y Miguel Rodríguez, fue capturado por la DEA en los EE. UU. Para negociar su libertad, aquel primo se comprometió con entregar rutas, personas, cargamentos y propiedades. Para lograrlo y no condenar al Cartel en sí, de la mano de sus primos organizó un plan. Los hermanos Rodríguez les dieron la “oportunidad” a 15 personas de enviar cargamentos de droga a tierras norteamericanas por sus rutas.
Todos, desde Jorge, Guillermo y las demás personas, eran señuelos de un plan, un intercambio por la libertad del condenado.
La DEA estuvo infiltrada, sin saber de los señuelos, en el plan. Ricardo y Manuel, los mensajeros, eran agentes especiales listos para atrapar a quien recibiera el cargamento más grande, que según tenían entendido, era el distribuidor principal de droga en Nueva York. Cuando Guillermo los recibió, fue capturado. Lo condenaron por narcotráfico.
***
Guillermo fue deportado de los Estados Unidos en 2006, después de cumplir con una condena de 12 años en una cárcel federal. Regresó a su tierra natal, Medellín, para empezar de nuevo con una hoja de vida manchada por narcotráfico y su soledad. Pocos meses tras su llegada, se separó de su mujer. Sus hijos siguen viviendo en Nueva York, ya tienen sus propias familias, y su padre es un recuerdo que visitan por medio de llamadas semanales o incluso mensuales. Sus hermanos perdonaron su ingenuidad, pero sus hijos no.
Según la DEA, el 92% de la cocaína incautada en los Estados Unidos proviene de Colombia, asimismo, la página de Datos Abiertos de Colombia señala que, para abril de 2020, se encuentran aproximadamente 4087 ciudadanos colombianos que están esperando juicio o ya fueron condenados en los Estados Unidos.
***
“Esa universidad, como le dice Memito, le ayudó mucho a aprender de la vida, incluso de viejo”, dijo Amanda Montoya Sánchez. “A mi Osquítar también le tocó pasar por mucho. Ese hombre fue como un papá para mi hijo. Le dio muy duro cuando lo metieron preso”, añadió.
Cuando Óscar Montoya finalmente se casó con el amor de su vida, Patricia Muñoz, el futuro era algo que esperaba con ansias. Recién graduado como Licenciado en Ed. Física, y a la espera de su primer hijo, la economía de su hogar no demandaba más de lo necesario. Esto cambió con la llegada de su hija Isabel.
Él y su cuñado, Panelo, compartían la desesperación por una mejor situación financiera, por eso a mediados de los 90 entraron en un mundo riesgoso y prometedor. La Oficina de Envigado les había propuesto transportar cocaína a donde ellos se los ordenaran, a cambio de protección y dinero “fácil”. Estados Unidos era cúspide del mercado de drogas, pero también era donde quería asentarse con su familia y la de su cuñado. Ya vivían allí.
Antes de poder sacar la residencia americana, tras un operativo de la policía local de Miami, Panelo, otros dos compañeros y Óscar fueron capturados bajo los cargos de narcotráfico. A todos los condenaron a casi diez años de prisión en Florida. La condena de todos fue reducida, menos la de Montoya, ya que era quien estaba al mando de las operaciones.
Patricia y los niños regresaron a Medellín buscando ayuda de sus familiares. Amanda, en compañía de su hijo Juan Carlos de 17 años, que vio en su tío Óscar casi un padre, cuidaron de ellos por algunos años. Óscar fue deportado de los Estados Unidos en 2009.
Para reorganizar su vida, junto a su mujer y sus hijos, Óscar abrió un restaurante de comida rápida en el Barrio la Paz, en Envigado. Todo parecía volver a tomar su rumbo y la familia se había unido más que nunca. Pero el dinero volvió a escasear. Óscar se sentía cada vez más impotente por no brindarle a su familia lo que “merecían”. Trató de ser fuerte y seguir trabajando los siguientes dos años.
Con la excusa de que viajaría a España con el fin de buscar un trabajo mejor, Óscar Montoya, volvió al negocio de antes. Fue capturado en el aeropuerto de Madrid con un cargamento de droga. La condena fue de casi cuatro años en una prisión de aquel país.
Decepcionados, su esposa y sus hijos se fueron a los Estados Unidos a empezar de cero. Con el pasar de los años, ellos crecieron y se volvieron independientes. En 2014 Óscar fue deportado de España a su tierra natal, donde solo lo esperaban sus hermanos y una madre que agonizaba. La mujer que había sido el amor de su vida, y lo es hasta el día de hoy, le pidió el divorcio y se casó tiempo después con otro hombre. Ahora Montoya tiene una nieta a la que no ha podido conocer sino en fotos porque no tiene entrada a los Estados Unidos. Trabaja como guardia y vive al lado de sus hermanos Amanda y Guillermo.
***
“Yo soy consciente de que ellos se equivocaron, y ellos lo saben muy bien”, aseguró Amanda. Añadió que la vida no ha sido fácil para ninguno y que han pagado por sus errores. Por eso vive con ellos.
“Ellos merecen otra oportunidad de no estar solos, Óscar ya tiene casi 60 años y Guillermo 83. Nadie merece envejecer y morir solo”, reflexionó.
***
John Jairo Montoya Sánchez tenía un futuro prometedor en las letras y la literatura, según sus familiares. No solo por sus capacidades intelectuales, sino por su corazón noble y sensible. Como estudiante de Filosofía y Letras de la Universidad de Antioquia, en 1985, buscaba relacionarse con la mayor cantidad de intelectuales y aprender de ellos. Su vida giraba en torno a las charlas, la lectura, el cigarrillo y el café.
Con el pasar del tiempo, el contexto social comenzó a volverse violento, pero sobre todo opresor del libre pensamiento y opinión. El miedo y la angustia era mayor cada día y no había café o cigarrillo que ayudara a pasar el mal trago de realidad. Sus amigos intelectuales le brindaron la cura y la inspiración eterna, patrocinados por los grandes de la Oficina de Envigado: marihuana y cocaína. En Colombia hasta el año 2019, aproximadamente el 84% de los habitantes ha probado alguna droga ilícita, mientras que el 69% de quienes han consumido cocaína son adictos a ella.
A partir de aquella invitación, John Jairo se volvió dependiente de la droga, no era persona sin ella. Su familia angustiada, buscó hacerlo entender de la gravedad de la situación, era un adicto. Pero no funcionó. A finales de los años 90, la situación solo empeoraba. Su hermano Luis Carlos Montoya, quien residía en Miami, lo invitó a pasar una temporada con él, para que se alejara de las malas amistades, el ambiente de drogas y poder fortalecer su abstinencia.
Poco tiempo después de haber llegado a los Estados Unidos, John Jairo logró contactarse con los proveedores de la Oficina de Envigado y comenzó a recibir su dosis de marihuana y cocaína en Miami. Para su desgracia, la policía local lo encontró un poco drogado y con más “mercancía” en sus bolsillos. Tras esto, fue privado unos meses de su libertad. Después lo deportaron a Medellín.
“Cuando llegó no tenía cordones en los zapatos, la camiseta blanca estaba sucia, la camisa de encima no tenía botones. Su tez había perdido color, estaba más delgado de lo que se fue. Solo su pasaporte en mano. Así llegó John Jairo”, describió Amanda.
***
John Jairo regresó a Medellín después de su hermano Guillermo y antes que Óscar. Desesperado por querer salir de la drogadicción y recuperarse, se fue a una casa de reposo, en Guarne. Allí, a sus casi 50 años y aparentando más de 60, empezó a recuperarse lentamente con el pasar de los años. Su proceso iba tan bien, que los directores de la casa querían volverlo un líder y ejemplo para los demás. Pero no alcanzó.
A Jhon Jairo lo mató un aneurisma, en 2013, dos años antes de que su madre falleciera. Murió solo en su alcoba en la casa de reposo. No vieron su cuerpo hasta la mañana siguiente. No tuvo la oportunidad de reivindicarse por completo con su familia. Sin hijos, novias o amores pasados y sin posesiones.
***
La Organización Mundial de la Salud (OMS) ha implementado programas de apoyo a los países con los índices más altos de drogadicción, esperando que en algún punto estos se reduzcan. Asimismo, el Secretario General de las Naciones Unidas (ONU), el portugués Antonio Gutiérrez, en 2018 afirmó que aproximadamente 450.000 personas en el mundo mueren por sobredosis u otros efectos de la drogadicción.
“La droga no los condenó solo a ellos (refiriéndose a sus hermanos). Nos condenó, de alguna forma, a todos”, concluyó Amanda.
——
Trabajo realizado en el curso Periodismo IV, orientado por la profesora Adriana López Vela.
Un contexto común, la vida en medio de la cuarentena, marca el desarrollo de tres historias. Cada una tiene una mirada particular, la primera es un monólogo sobre el encierro, la soledad y los libros. Otra es reflexiva respecto al significado de la habitación y el estar adentro. Y la última narra la historia de madre e hijo, separados por un intercambio y por la pandemia. Aunque la realidad adversa limite las posibilidades técnicas de los realizadores, ellos supieron convertirlo en una oportunidad y contaron sus historias desde casa.
Click en la imagen para ver la lista de videos:
El extraño: María Fernanda Saldarriaga, Maria José Saavedra, Carolina Posada y Manuela Gómez.
Adentro: José Daniel Palacios, Verónica Duque, Juan Manuel Cano, Angie Acosta.
Pérdidas del encierro: Andrés Felipe Cuervo, David Ospina, Lucas Quintero y Emmanuel Acevedo.