Por: María Alejandra sierra Lara / maria.sierral@upb.edu.co
Llegar de repente, quedarse, gustar, ganar, dudar, irse y regresar. Son muchos los vaivenes que puede tener la vida de una joven voleibolista.
Leer la historia de Natalia Turizo es vivir a fondo la emoción de un match point. Su carrera como voleibolista en la posición de central del equipo de la Universidad de Antioquia es un relato sobre los regalos inesperados, los deseos y la dicha de estar donde se quiere estar.
Natalia nos contó su historia y aquí la presentamos para que la disfrute como si la misma Natalia la hubiera escrito para usted.
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La escuela es un espacio en el que se desarrollan los niños y jóvenes, no solo académicamente sino también en lo personal. De allí la importancia de que sean ambientes seguros, libres de violencia, especialmente de violencia sexual. ¿Las instituciones educativas de Medellín cumplen este requisito?
Por:María Paula Mejía y Paola Cañas
El lunes, 15 de mayo de 2017, a las dos de la tarde, un grupo de estudiantes de grado once, pertenecientes a una Institución Educativa pública de la Comuna 8 de Medellín, comienzan su jornada escolar. El profesor de matemáticas acostumbra saludarlas de beso en la mejilla y en algunas ocasiones les acaricia el rostro, mientras que les recuerda lo lindas que han ido hoy al colegio ¿Es esto acoso sexual?
En la hora del descanso presencian cómo otro docente y su novia, que es una estudiante del grado once, se acarician en el patio. Al mismo tiempo, el profesor de matemáticas invita a una de las estudiantes que saludó esta mañana a tomar un café y a tener una conversación en la que la estudiante se siente incómoda, pero que acepta porque cree que eso la ayudará a ganar la materia ¿Es esto acoso sexual?
Pero, ¿qué es el acoso sexual?
Según el Código Penal Colombiano, el acoso sexual está clasificado dentro de las violencias sexuales en el artículo 210 y se define como: “El que en beneficio suyo o un tercero y valiéndose de su superioridad manifiesta –como la relación maestro alumna– acose, persiga, hostigue o asedie física o verbalmente con fines sexuales no consentidos incurrirá a prisión de uno a tres años”.
Según Medicina Legal, en Colombia, en el año 2017, se realizaron 20.072 exámenes medicolegales por presuntos delitos sexuales hacia mujeres. En Medellín se realizaron 1365 exámenes. En 2020 de enero a mayo ya se han realizado 6400 exámenes de este tipo en mujeres a nivel nacional, en Medellín se han realizado 224.
¿Entonces quién protege a las y los menores de edad cuando sufren acoso sexual en sus colegios?
La protección de los menores de edad en las instituciones educativas se regula por medio de la Ley 1620 de 2013, con la cual el Gobierno Nacional “reconoce que uno de los retos que tiene el país, está en la formación para el ejercicio activo de la ciudadanía y de los Derechos Humanos, a través de una política que promueva y fortalezca la convivencia escolar”.
En esta ley se estructura la Ruta de Atención Integral para la Convivencia Escolar, mediante la cual se garantiza la protección integral a los menores de edad por medio del establecimiento de un comité que debe “coordinar la armonización y articulación de políticas e implementación de planes, programas y acciones relacionadas con la promoción, ejercicio y garantía de los derechos sexuales y reproductivos”. Además, en las acciones que establece la Ley, se precisa la importancia de realizar las medidas de prevención para evitar la afectación de los derechos humanos, sexuales y reproductivos en el contexto escolar.
Una de estas acciones dirigidas a la protección de las y los menores es la creación de protocolos para las situaciones en las que se vulneren los derechos mencionados. El diseño de estos, en especial los que van dirigidos a la atención y prevención de las violencias sexuales, se regulan bajo lo establecido en la Ley 1146 de 2007, mediante la cual se expiden normas para la prevención de la violencia sexual y la atención integral de las niñas, niños y adolescentes abusados sexualmente.
Ilustración: María Paula Mejía Vélez.
Ahora bien, ¿cómo funciona esta ley en nuestra ciudad?
En Medellín, se creó el Programa Escuela Entorno Protector (PEEP) en el año 2007. Su objetivo era acompañar a las instituciones de la ciudad mediante un proceso que permita el mejoramiento de las prácticas enfocadas a la convivencia escolar, el ejercicio de derechos humanos, sexuales y reproductivos, la construcción de ciudadanía y la protección integral de niñas, niños y adolescentes.
El Programa instauró tres líneas de acción: en el campo de la convivencia, promoviendo procesos de mediación y liderazgo, prevención de la violencia sexual y la intervención con las familias.
Jorge Iván Ríos, quien fue el subsecretario de Educación de Medellín desde 2016 hasta 2019, afirmó que desde la Ley 1620 se reconoce en la ciudad la necesidad de la creación de un programa porque “es bastante notoria la afectación de la vida en las escuelas como reflejo de la sociedad en la que estamos participando”.
El PEEP, que antes se conocía como Escuelas para la Vida, se replanteó con base en lo establecido en la Ley y se enfocó en educar a las niñas, niños, madres, padres, y a las y los maestros en lo que implica resolver los conflictos y tratar las emociones.
Ríos también expuso que entre los criterios de contratación de los psicólogos que hacen parte del PEEP se exige una sensibilidad hacia el territorio, lo cual se relaciona con el enfoque de género. Además, comentó que el funcionamiento del Programa es designar un psicólogo por institución educativa. Sin embargo, algunas de las instituciones de la ciudad se dividen en sedes, es decir, cuentan con varios establecimientos físicos y un solo psicólogo o psicóloga.
Cuando hablamos de una Institución Educativa con varias sedes, es importante precisar la cantidad de estudiantes que hacen parte de estas. Un ejemplo de esto es que en el barrio Belén San Bernardo de la Comuna 16, hay una I.E. que cuenta con cuatro sedes. Al agrupar los estudiantes de todas estas, resulta un aproximado de 4.000 estudiantes y solo un psicólogo que estaría encargado de acompañar a las y los estudiantes, personal de apoyo, docentes y acudientes o padres de familia.
El Programa buscaba profesionales sensibles a las problemáticas de la humanidad, quienes tuvieran conocimiento sobre la construcción de competencias ciudadanas, “porque el género hace parte de estas competencias y porque la mayor violencia es una violencia de género: una violencia de la cotidianidad y eso había que enseñarlo”, apuntó Ríos.
Por otra parte, precisó también que las comunas 1, 2, 3, 6, 8, 13, presentaron en 2019 las tasas más altas en los indicadores rojos. Uno de ellos es el abuso sexual, por este motivo, desde el Programa, se logró integrar a un psicólogo o psicóloga en cada sede de las instituciones educativas de estas comunas, es decir, ya no sería un profesional por institución, sino uno por cada sede.
Para los casos de violencias sexuales y basadas en género el PEEP permite que cada Institución diseñe protocolos mediante los cuales se intervienen y se activan las rutas necesarias para la atención.
Clara Inés Casas García, quien fue líder territorial del Programa, dijo que la primera ruta de atención es el colegio, pues allí es donde se brinda apoyo psicológico y orientación por parte del profesional de apoyo. Si el caso es de abuso sexual, de inmediato se activa la atención desde el sector salud y judicial, haciendo la conexión con la Policía de Infancia y Adolescencia.
Casas afirma también que en algunas I.E. existen “esquemas muy arcaicos, porque la capacidad de profesionales no es suficiente para la demanda de los estudiantes”.
¿Y qué pasa con la población rural y campesina de Medellín?
Aura Leonor Morales, quien trabaja en el Programa hace siete años como psicóloga asignada al Centro Educativo rural Las Playas y sus sedes ubicadas en el corregimiento de San Cristóbal, aclaró que la violencia más común en los territorios rurales es la intrafamiliar. Esta se caracteriza por ser poco visible, debido a que las denuncias no se realizan a tiempo.
Además, puntualizó que para la atención de estos casos “deberíamos acudir a la Comisaría de Familia, pero lamentablemente, la atención en los corregimientos es bastante mala. Entonces lo hacemos con la línea 123 Mujer”.
También explicó que, cada año, en el Centro Educativo se realiza un diagnóstico de convivencia para determinar las problemáticas que necesitan más atención por parte del PEEP. Asimismo, reconoció que el Programa ha contribuido a la transformación de los manuales de convivencia escolar. Uno de los más grandes aportes de este es “que ahora no se hable de castigo, sino de correctivo; actualmente, es importante tener en cuenta el protocolo que se debe seguir, evaluando las situaciones y por qué el chico actuó de tal manera. Ahora se trata más de ayudar al estudiante”, resaltó Morales.
¿Qué sucede dentro de las Instituciones Educativas?
Nadie mejor que los miembros de la comunidad educativa para responder a esta pregunta.
Las relaciones de poder que se van generando como dinámica propia de los diferentes entornos de aprendizaje, sean escuelas, colegios, universidades u otros espacios, han llevado a miles de estudiantes, mujeres y hombres, a sentir intimidaciones, abusos del poder y sometimientos que se convierten en asuntos normalizados dentro de estos espacios que, generalmente, no han sido oportunamente intervenidos.
Una de las situaciones que se encuentra más normalizada dentro de los ambientes educativos se refleja en las relaciones entre los y las estudiantes con el personal docente. La mayoría de ocasiones las personas adultas se aprovechan de la autoridad que pueden ejercer dentro de las aulas para someter a una o un estudiante bajo sus intereses personales; muchas veces estas situaciones terminan convertidas en casos de acoso o incluso abuso sexual.
La historia de Sofía Aguirre*, una joven que se graduó en 2017 de un colegio público de la Comuna 9 de la ciudad, da cuenta de ello. Durante los últimos tres años de su permanencia en la Institución fue víctima de una relación de poder que ejerció un docente de matemáticas sobre ella y que, según su testimonio, califica como un acto de acoso.
La llegada de Sofía a su nuevo colegio fue muy difícil pues venía de una ciudad pequeña y, por algún motivo ‒dice ella‒ la mentalidad de las niñas de una ciudad grande es muy diferente, son muy abiertas para hablar de ciertas cosas, hasta el punto de utilizar expresiones morbosas para referirse a temas de sexualidad. La adaptación a este nuevo ambiente no le fue fácil, ella contó que considera que para lograrlo terminó volviéndose partícipe de estas dinámicas con sus compañeras.
Por otra parte, Sofía recuerda que la relación de poder de los docentes de la institución era totalmente dominante, según ella, “podían hacer lo que les diera la gana en sus clases”. Además, resulta extraño que nunca alguna estudiante hubiese alzado su voz al sentirse acosada por un profesor, sin embargo, nunca presenció que amonestaran o despidieran a alguno por esta situación.
Desde cualquier perspectiva era fácil percibir cómo los docentes humillaban a las estudiantes por la relación jerárquica o por sus conocimientos, situación que, además de incómoda, era normalizada.
Dentro de las instituciones educativas, además del personal docente, existen otras funciones que deben ser cumplidas por otras personas, como el acompañamiento psicológico a las y los estudiantes, a cargo de un profesional graduado en psicología. El colegio de Sofía no era la excepción, nos cuenta que la psicóloga era “una buena mujer”, amable y querida con sus compañeras, pero casi siempre estaba ausente.
“Existían de a tres a cinco cursos por grado, cada uno con 35 niñas en cada curso, una cantidad impresionante de niñas, que tal vez tenían muchos problemas, pero que no se atendían porque la psicóloga debía estar en otras sedes. Es muy preocupante porque un colegio que tiene tanto personal debería tener a más personas que brinden atención psicológica, más en una época en que las estudiantes pasan por muchos problemas hormonales, de su desarrollo o familiares”, dijo.
Una de las problemáticas más grandes de la institución era las relaciones entre las estudiantes y los docentes, había un exceso de confianza entre ambas partes, era común presenciar prácticas inusuales, tales como abrazos, caricias y tocamientos incómodos. Ahora Sofía las ve desde afuera y las considera extrañas, pero que en su momento las percibió normales.
Ella vivió una situación que no se alejaba mucho de la realidad narrada anteriormente, se vio involucrada en un abuso de poder por parte de su profesor de matemáticas, tal vez esta era la asignatura más compleja para ella, en la que le costaba mucho esfuerzo sacar buenas calificaciones.
En cuanto a la relación que tuvo con el maestro de 47 años, ella, con tan solo 16, recuerda que al principio sentía que era muy romántico y respetuoso. No le parecía que fuera una situación muy grave porque se sentía atraída por él, así que creía que los acercamientos que tenían eran normales. “Él me invitaba a comer, hablábamos muy de cerca, nos abrazábamos. Ahora esas cosas no me parecen bien”.
Sofía confiesa que le parece normal que una estudiante idealice a un docente, porque le parece inteligente o bonito físicamente, pero esto no debería trascender del simple hecho de la idealización de las niñas, ni mucho menos cuando estas acciones las impulsa el docente.
Cuando se graduó del colegio e ingresó a la universidad, Sofía decidió terminar la situación, rompió ese vínculo al darse cuenta que no estaba bien. Cuenta que en algunas ocasiones su profesor intentó contactarla por redes sociales.
Sofía es consciente de que esta situación aún sucede en su colegio y que no solo es el profesor de matemáticas quien acostumbra realizar este tipo de acciones abusivas y de acoso, además de que las y los otros docentes saben qué pasa, se callan, otros intimidan a las estudiantes y perpetúan un comportamiento sistemático y normalizado.
“Mi percepción sobre el acoso se ha transformado ahora que soy una persona adulta porque antes yo no entendía mucho este tema de cómo eran las relaciones de poder y cómo estas pueden afectar de manera inconsciente las percepciones que uno tenga sobre un acercamiento del docente”, explicó Sofía.
Su historia hace parte de los tantos casos de abuso de poder dentro de las I.E. y que no son denunciados, ya sea por desconocimiento, miedo, amenaza o, incluso, por falta de apoyo institucional y de orientación en el tema.
Este tipo de historias suceden a diario en los colegios públicos de la ciudad, solo para hacerse a una idea de lo delicada de la situación, se presentan algunas cifras: en el último año, el Programa Escuela Entorno Protector, de la Alcaldía de Medellín, atendió un total de 405 casos relacionados con presuntas violencias sexuales, solo en los colegios públicos de la ciudad, y el 75.55 % de las personas acompañadas por los profesionales de apoyo institucional (psicólogos y psicólogas) fueron niñas, adolescentes y mujeres jóvenes, población vulnerable sobre la que se ejercen más comportamientos de presuntas violencias sexuales.
Relatos cortos
Antonia Orozco* se graduó de un colegio público de Medellín en el 2017, afirma que nunca conoció el PEEP y tampoco identificó quién era el psicólogo o la psicóloga de su institución. “Supe de un caso de acoso en el que se tomaron acciones correctivas con un docente, pero él alegó que por ser costeño y de piel negra, cualquiera de sus comentarios los tomaba como acoso, cosa que no ocurría cuando sus compañeros docentes hacían comentarios subidos de tono. Las directivas sabían, pero no se iban a poner en el proceso de sacar a los docentes, supuestamente encontrar un reemplazo rápido era imposible, entonces las cosas se quedaban en un regaño verbal. Esto era repetitivo con cada generación, los mismos tres profes y siempre lo hacían con las niñas: las que no eran buenas en esas materias y eran demasiado fácil de persuadir con comentarios y regalos”, contó.
Johanna Osorio, quien fue docente de la Institución Educativa Perpetuo Socorro en la Comuna 13 hasta el 2019, cuenta según su experiencia en el PEEP que la formación a los docentes por parte del Programa era insuficiente, al punto de que estos solicitaban que la formación fuera real para estar preparados y poder acompañar a los estudiantes.
Afirmó que una de las razones por las cuales los procesos en cuanto a educación sexual tenían poca visibilidad era porque las directivas de la institución pertenecían a una comunidad religiosa y argumentaban que hacer énfasis en esta formación solo generaba “que los estudiantes exploraran”. Entonces, dentro del proceso pedagógico de educación sexual, temas como el acoso se abordaban, pero solo de forma muy general.
Otra de las situaciones en las que Osorio hizo un énfasis especial fue sobre las dinámicas socio-culturales del entorno, dentro de las cuales estaban normalizadas acciones de violencia tanto verbal, psicológica y física, tales como piropos, nalgadas… Lo que se convertía en un asunto polémico a la hora de realizar jornadas formativas en cuanto a violencias sexuales y de género.
Finalmente, Johanna aseguró que “el Programa es bueno, pero se debe repensar cómo se implementa y cómo se lleva a las instituciones, sobre todo qué nivel de importancia se le da en la aplicación con los estudiantes”.
Andrea Salazar* fue personera y se graduó de un colegio público femenino de la Comuna 9 de Medellín en el 2017. “En el colegio siempre había un psicólogo o psicóloga de Entorno Protector enviada por la Alcaldía. La verdad, que yo me acuerde, no hacía énfasis en temas de acoso y abuso. Cuando hablaban de educación sexual se referían solo a los embarazos y al uso de los condones. Yo era la personera y sabía que no había afectaciones de tal tipo en la institución. Me dijeron que el portero les decía cosas a las niñas”, contó.
La voz de una experta
¿Cómo se debe atender un caso de acoso o abuso sexual? y ¿qué instituciones del Estado deben acompañar estas situaciones?
Mariana Ochoa Monterrosa, quien ha trabajado como analista de violencia sexual, dijo que cuando se conoce un hecho relacionado con estos delitos se debe activar la ruta, lo primero es recurrir a la pirámide o triada, que se compone de tres sectores articulados: salud, justifica y protección. Por su parte, el sector salud es muy importante, independiente del tiempo que haya sucedido el hecho. Por ejemplo, si una persona fue víctima de violencia sexual y esta ocurrió en menos de 72 horas puede acudir a un servicio de urgencias, un servicio que es gratuito y al que no debe tener una barrera para acceder a él.
Todos los hospitales deben activar el código fucsia, definido como el triage uno que es el que cobija las violencias ocurridas en un periodo inferior a las 72 horas. El triage dos se activa si ha pasado más del tiempo establecido. En cuanto a la parte de justicia, las personas pueden acercarse a los CAIVAS, Centros de Atención Integral a Víctimas de Abuso Sexual y las Unidades de Reacción Inmediata-Uri.
Por último, se activa el sector de Protección, que tiene dos entidades importantes: Comisaría de Familia, en la que se puede denunciar casos de violencia intrafamiliar, y el ICBF, en el que se reportan hechos que ocurren de forma externa.
En cuanto a las activaciones de la ruta, se pretende no revictimizar a la persona, de esta forma, lo ideal es que no tenga que contar lo que pasó en todas las instituciones a las que acuda.
“Es algo real que este proceso se vuelva tedioso por los tiempos de espera, por los trámites, se puede volver pesado. Depende del caso, muchas veces poder finalizar un proceso permite la sanación de una persona que fue víctima de violencia sexual”, precisó Ochoa.
Dentro de las instituciones educativas es el rector el encargado de realizar la activación de ruta y de estar al tanto de todo el proceso, así como de acompañar a la víctima en cada una de las instituciones donde se le atienda.
Además, señaló que muchas veces la violencia sexual se da por medio de la intimidación, de la coacción o de la amenaza, así que puede suceder que el psicólogo o el docente sientan miedo de activar la ruta por posibles retaliaciones de algún grupo armado. Por ende, es importante la forma en la que la institución los acompaña. También hay que tener en cuenta que hay activaciones que se pueden hacer de manera anónima, realizando una lectura del contexto.
¿Cómo se vive la educación sexual en las instituciones educativas?
En Colombia, para los proyectos de educación sexual en los colegios públicos y privados existen unos lineamientos establecidos a nivel nacional, donde se subraya que estos deben ser de cumplimiento obligatorio. Dentro de la normativa que rige estos proyectos, se otorga a los rectores de cada institución la responsabilidad de construir, delegar un maestro encargado y poner en práctica toda acción que vaya enfocada a su adecuado cumplimiento.
El Programa Escuela Entorno Protector cumple la función de fortalecer y acompañar las actividades en el marco del proyecto de educación sexual de cada institución. Sin embargo, debe ser creado desde la junta directiva con el apoyo de algunos docentes, quienes lo direccionan según el contexto sociocultural de la institución.
Alex Jaramillo, profesional de apoyo institucional del PEEP, recalcó que en algunas instituciones el proyecto de educación sexual no recibe el valor y la importancia que tiene, además, a veces se lo entregan como en una rifa al profesor que sobra. Entonces, como es algo que le impusieron, el proyecto no va a tener mucho alcance y lo que se va a encontrar es algo solamente escrito con una o dos acciones en el año en las que se trabaja todo de forma general.
Por otra parte, al mencionar las violencias basadas en género, Jaramillo indicó que se trata de “un proyecto que requiere formación en todo ese tema de género donde en el aula hay vulneraciones y agresiones. Donde a veces el docente las minimiza, incluso algunas de las acciones que hace el docente y que a veces tratan de pasarlo como que es algo normal (SIC)”.
Esta realidad no es la misma en todas las instituciones, también hay algunas donde se generan procesos interesantes a partir de campañas y formaciones a todo el plantel educativo: madres y padres de familia, estudiantes, docentes y personal de apoyo. Con base en estos procesos han podido evidenciar que se tiene un efecto positivo en lo académico.
Las instituciones que han realizado estos proyectos se han dado cuenta de que enfatizar en temas de género, en relación con las violencias y su prevención, ha permitido generar un ambiente de paz y de sana convivencia dentro y fuera del aula.
Delitos sexuales: una realidad que también hace parte de los entornos digitales
Con el surgimiento de las nuevas tecnologías de la información y el uso cotidiano de aplicaciones digitales y de internet podemos encontrar nuevos riesgos relacionados con el ciberacoso, estos afectan la integridad física y/o mental de las personas, algunos de ellos pueden ser incluso delitos que atenten los derechos sexuales de los y las usuarias de internet. Así lo expuso Edwin Alexander Amaya, magíster en comunicación digital, quien resaltó que hay públicos más vulnerables frente a estas situaciones y estos, por lo general, son personas que no tienen una alfabetización digital o no cuentan con información sobre las plataformas virtuales con el fin de prevenir estos eventos.
Si bien hay personas que son más propensas, ninguno está exento del asunto porque todos estamos metidos en el ciberespacio y eso nos denota cierta exposición al tema”, afirmó Amaya. También resaltó que es necesario que se implementen unos protocolos que permitan mejorar la situación lo mejor posible para velar por la integridad de las y los estudiantes.
La Ley 1620 aclara que es importante promover el desarrollo de las competencias ciudadanas, el ejercicio de los derechos humanos, sexuales y reproductivos, el fomento de estilos de vida saludable y la prevención del acoso escolar y el ciberbullying. De esta forma, las instituciones educativas deben atender este tipo de situaciones bajo lo establecido en el manual de convivencia, no solo desde una parte correctiva, sino de una forma integral, involucrando en este proceso a los diferentes actores de la comunidad educativa, es decir, a las y los maestros, padres y madres de familia y los y las estudiantes, incluso a los cuidadores: las trabajadoras domésticas y la familia extendida.
“Se deben involucrar a los papás para que identifiquen estas situaciones y a los docentes porque estos a partir de la observación identifican cambios en los comportamientos de los estudiantes. El simple uso de un computador nos da múltiples ventajas, pero también nos deja expuestos a muchos riesgos”, dijo Amaya.
Según el Ministerio de Tecnologías de la Información y las Comunicaciones de Colombia hay diferentes tipos de delitos en entornos digitales, uno de ellos es el grooming, definido como una nueva forma de acoso y abuso que se ha venido popularizando con el auge de las TIC. Surge desde los chats en redes sociales, sucede cuando una persona adulta se hace pasar por otra, generalmente menores de edad con el objetivo de obtener una satisfacción sexual, mediante imágenes comprometedoras del menor o incluso como preparación para un encuentro sexual.
Por otro lado, está la práctica conocida como el sexting, muy normalizada entre adolescentes, se da cuando alguien toma una foto de sí mismo (sugestiva o sexualmente explícita), y la envía a alguien vía teléfono celular o Internet. El archivo con fotos o videos de corte sexual se conoce como pack y hoy se ha viralizado su intercambio entre los menores de edad.
El Programa Escuela Entorno Protector expone que durante el 2020 se han presentado 42 casos de ciberacoso, de los cuales 15 han requerido activación de protocolo de intervención. Además, informa que 33 de estas denuncias han sido realizadas por mujeres, lo que representaría el 78,5% de los casos.
Amaya asegura que estos temas se merecen incluso políticas públicas por parte del Estado que permitan la formación, porque nada hace un colegio si ni la secretaría de educación ni el Ministerio de educación empiezan a promoverlo.
En consecuencia, es relevante que las instituciones educativas faciliten espacios de encuentro en los que se cuestionen los estereotipos de género, se hagan visibles conceptos relacionados con las violencias sexuales y basadas en género, se divulguen y compartan los diferentes protocolos de atención para los casos de presuntas vulneraciones y crear espacios educativos que complementen el proceso de formación integral de toda la institución. Más allá de pensar en los mecanismos de denuncia o activaciones de ruta, se pueda hacer énfasis en la prevención de estas situaciones o si ya sucedieron en el acompañamiento de las víctimas y sus cercanos, y en la no revictimización.
Es importante incluir dentro de estas estrategias diferentes métodos de comunicación, desde carteleras en los colegios, redes sociales oficiales, conferencias con expertos o expertas, espacios de diálogo con las madres, padres de familia, cuidadores y el resto de personal que haga parte de la comunidad educativa.
*Algunas de nuestras fuentes han pedido que sus nombres no sean mencionados. Todos estos testimonios que hemos recibido bajo esta condición están señalados con un asterisco.
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Trabajo realizado para el curso Periodismo V, orientado por la profesora Jazmín Santa.
Esta videocolumna critica los ataques verbales y justificaciones a los agresores cuando una mujer sufre violencia sexual o feminicidio. Repasa casos, conceptos y razones que demuestran de que existan conciencia y rechazo frente a toda forma de violencia contra las mujeres.
Realización para el curso Periodismo VI, orientado por la profesora Ana Cristina Aristizábal
Alzar la voz se ha convertido en la lucha constante de las mujeres a través de sus redes. En el trabajo colectivo han encontrado la forma de llegar a nuevos espacios para evidenciar lo que pasa, educar y concientizar a una sociedad que normaliza situaciones que, en definitiva, no son normales. El análisis, los testimonios y los casos, encuéntrelos en el siguiente especial multimedia.
Clic en la imagen para ir al especial:
Trabajo realizado en el curso Periodismo V, orientado por el profesor Gabriel Lotero.
Por: Daniela González Abad e Isabella Piedrahíta Osorio
Nadie está exento de sufrir una enfermedad huérfana, estas pueden ser genéticas o desarrollarse con el tiempo, este último es el caso de Daniela González Abad. Desde los 14 años, Daniela ha estado atada a una vida de hospitales, medicinas y exámenes, pero esto no la ha detenido en la búsqueda de sus sueños.
Fuerza: esa es la palabra con la que su familia describe a Daniela González Abad. Y es que se necesita mucha fuerza para pasar de 14 años de una vida sin sobresaltos, a una llena de hospitales, exámenes y medicinas. Mientras el tiempo se detuvo para Daniela y su madre en una habitación fría de paredes blancas, sus familiares y amigos siguieron disfrutando de placeres y de lo que alguna vez fueron sus sueños.
Cada doctor que conocía su caso se rendía y por eso pasaron años antes de que le pusieran nombre a su enfermedad, lo que no fue alentador. “Dados sus antecedentes y los múltiples exámenes realizados, podría considerarse que usted tiene una enfermedad huérfana” – le dijo el doctor Rodrigo Isaza Bermúdez en el 2017. A este tipo de enfermedades se les conocen por afectar a una persona entre cinco mil y porque pueden llegar a ser clínicamente debilitantes y poner en riesgo la vida del paciente. Por eso mismo es que la familia de Daniela vive en constante miedo de perderla, y se lo contagiaban cada día a ella.
Las enfermedades huérfanas suelen tener tratamiento, el problema es cuando se posee una que no está tipificada, como es su caso, pues no hay un diagnóstico que dé un plan a seguir. Al ser tan largo el proceso de diagnóstico, entre 5 y 20 años, a los pacientes se les presenta el peligro de que tratamientos, medicinas o exámenes que buscan ayudarlos, afecten negativamente su salud.
Antes de que la vida le cambiara a Daniela, era una niña muy alegre, le gustaba jugar fútbol, cantar, tocar piano y estudiar. Sin embargo, desde el 15 de julio de 2015 un dolor de cabeza comenzó a atormentarla, era tan fuerte que no podía dormir, como cuenta su madre Mónica. Al principio se pensaba que era un cuadro de sinusitis, pues a los 11 años había tenido una crisis de esto, pero el dolor seguía sin desaparecer y rápidamente fue descartado este diagnóstico.
<< La vida universitaria ha sido una oportunidad para que salgan a flote todas las capacidades cultivadas en familia. Foto: Cortesía.
Los otros síntomas más graves vinieron después: perdió el gusto y el apetito, se incrementó su sensibilidad a la luz, los sonidos y los olores. A los doctores también les preocupaba su significativa pérdida de peso, su movilidad reducida y que con los días dejó de sentir sueño. Desde entonces, Mónica pasó de ser su mamá a ser su enfermera, tal y como lo expresa Daniela, ella comenzó a ser una “rata de laboratorio”.
Desde su primera hospitalización en Armenia, Quindío comenzaron a evaluar todos sus sistemas: inmunológico, nervioso, cardiovascular, entre otros. Sin embargo, esta atención no se dio por los recursos o intenciones de la EPS o los hospitales sino por los contactos de la familia y la tutela puesta en contra de Saludcoop.
Todos los exámenes que le realizaron salieron buenos, menos uno. Tras haber sufrido una pre parálisis en su brazo derecho, comenzaron a sospechar de un pseudotumor cerebri, consiste en el aumento de la presión dentro del cráneo debido al líquido cefalorraquídeo. Por esto el primero de octubre de 2015 fue internada en el Hospital de la Misericordia de Bogotá.
En el hospital aumentó la desesperación, Daniela recuerda especialmente la punción lumbar que le hicieron para ratificar el diagnóstico del pseudotumor. Durante el procedimiento y seis horas después, ella tenía que mantenerse inmóvil porque existía la posibilidad de quedar inválida, lo que la hacía pensar: “si me muevo, el resto de mi vida no podré hacerlo”.
Este examen en lugar de mejorar su situación, la empeoró, haciendo que tuviera que quedarse internada en La Misericordia un mes más. Durante este tiempo, sus relaciones interpersonales se vieron puestas a prueba, pues la mayoría de sus familiares y amigos dejaron de estar presentes en su vida. Ella cada día se sentía más sola, pero esto la llevó a aprender dos cosas. La primera es que las personas se deben disfrutar cuando están, y cuando no, hay que dejarlas ir; y la segunda es que la persona más importante en la vida es su mamá.
El estado de Daniela mantenía en constante preocupación a su madre y aún más porque no encontraba alivio en las palabras de los doctores. Incluso el doctor Naranjo, un especialista de la Misericordia, le dijo: “Tranquila que si Daniela se le muere, para eso está en un hospital y la podemos revivir”. Con los días el grupo de neurólogos decidió que Daniela debía irse a reposar a su casa ya que allí no había más procedimientos que le pudieran dar algún diagnóstico.
Desde entonces Daniela regresó a vivir a Medellín con sus abuelos, quienes se encontraban angustiados por ver su estado de salud y no poder hacer nada para ayudarla. Según ellos, cada día que pasaba “parecía como si Daniela muriera lentamente”, la comparaban con una tacita de porcelana porque parecía que cualquier movimiento la fuera a romper.
Al final, las ganas de luchar de Daniela fueron más fuertes que su malestar y poco a poco fue recuperando su salud, lo que para su familia aún es un milagro de Dios. Los dolores de cabeza y las pastillas para dormir siguen estando presentes en su vida, sin embargo, esto no fue un impedimento para que 18 meses después regresara a estudiar.
Por mucho que haya intentado que su vida sea como la que era antes, en algunos momentos siente que su enfermedad le impide hacerlo y que las personas, en algunas ocasiones, no tienen empatía. Por ejemplo, el colegio en el que estudió primaria, donde se destacó por sus niveles académicos, le cerró las puertas diciendo que “su estado de salud podría retrasar el rendimiento del grupo”. Además, siguen presentándose baches en cuanto a su enfermedad que la hacen cuestionarse el futuro, pues no sabe si tener hijos porque el dolor podría ser hereditario.
Las personas que han vivido todo este proceso con ella han decidido llamarla “Daniela la grande” por cariño. Una de sus características más destacables es que no se queja de su dolor o de las situaciones que ha afrontado desde pequeña. Por el contrario, aunque no es la misma niña alegre que su familia recuerda, intenta sacarle una sonrisa a los que la rodean y tararea canciones constantemente para ponerle sabor a sus días.
Cuenta que la enfermedad no solo le ha enseñado sobre el valor de las personas y del tiempo, sino de la importancia de los sueños para anclarse a la realidad y seguir luchando. Actualmente Daniela se encuentra cursando dos carreras en la Universidad Pontificia Bolivariana ya que el estudio es el bote que la acerca cada vez más a sus metas.
Por: Laura Rendón Zuleta / laura.rendonzu@upb.edu.co
La cuarta edición del campeonato femenino en Colombia iba a comenzar la segunda semana de abril entre 18 equipos participantes, con cuatro fases de juego: la primera, de diez encuentros, con partidos de ida y vuelta, la segunda fase serían los cuartos de final, a donde avanzaban los dos primeros equipos de cada grupo y los dos mejores terceros, con eliminación directa en partidos de ida y vuelta; la semifinal y la final, el día 23 de agosto.
Sin embargo, por la llegada de la COVID-19, la Dimayor (División Mayor del Fútbol Colombiano) tomó la decisión de suspender temporalmente las competencias el 12 de marzo. A pesar de ello, las jugadoras siguieron adelante con su proceso formativo mediante las plataformas virtuales. Todo el fútbol colombiano estuvo afectado no solo por el encierro, sino por las tensiones dirigenciales en torno a la gestión del presidente de la Dimayor Jorge Enrique Vélez, que derivaron en su salida del cargo, tras la cual se despejó el camino para reprogramar todas las competencias.
Desde ese día, los aparatos tecnológicos fueron parte de la rutina diaria de las jugadoras para entrenar de forma virtual, así sucedió en Atlético Nacional, los miembros del equipo técnico comenzaron a ofrecer varias metodologías de entrenamiento en la jornada de la mañana o la tarde, según las actividades que se iban a realizar, ya fuera para estimular capacidades físicas, técnicas o cognitivas que incluían una formación en valores.
Por otro lado, pese a que la planeación de las prácticas por parte de los equipos colombianos fue un proceso complejo cargado de retrasos y aplazamientos, el club Formas Íntimas, entre el 12 de marzo al 4 de septiembre, logró su objetivo de cumplir con más de 150 sesiones virtuales.
La pandemia también incidió para que al apoyo del fútbol femenino llegara financiación de la FIFA. No obstante, siguen pendientes muchos retos para mejorar las condiciones laborales de las jugadoras.
Foto: Deportivo Independiente Medellín.
A medida que transcurrían el tiempo y las prácticas, las jugadoras comenzaron a sentirse inconformes por la falta de definiciones frente al inicio de actividades y la desprotección en que la mayoría de ellas trabajaba, así que a través de un comunicado de Acolfutpro (asociación que reúne a los futbolistas colombianos), expresaron varios requerimientos. La incertidumbre laboral en la que, según plantearon las futbolistas en su comunicado, no tenían los “mínimos vitales asegurados porque en los primeros meses de la pandemia no hubo certezas de la realización de la liga”y la brecha salarial, en la que solamente dos equipos mantenían las condiciones laborales para sus futbolistas, dejaba al 89% de las mujeres expuestas sin cobertura de una EPS. Por todo ello reclaman una duración de contratos laborales y escenarios de negociación justos.
Después de acuerdos y desacuerdos, el día 3 de agosto, se realizó una reunión con la participación de los 24 clubes adscritos a la liga femenina, con la esperanza de reanudar el torneo. Con el paso del tiempo, la conformación de los equipos participantes se fue debilitando por causa de la pandemia que llevó a varios equipos a desistir de dicha participación, como lo afirmó, Orlando Ferreira, presidente de Alianza Petrolera.
“Son 12 los equipos que están listos y se va a organizar, Once Caldas y Tolima no estarán porque el tema presupuestal es muy difícil, y Pasto quedó pendiente porque va a buscar unos recursos”, sin embargo, nunca llegaron a una conclusión.
Los resultados de las rutinas en el encierro se hicieron visibles durante las primeras fechas. Foto: Independiente Medellín.
Las futbolistas colombianas después de expresar y comunicar sus requerimientos nuevamente, comenzaron a ser escuchadas, al punto de que se consideró desde la Dimayor la idea de retomar los entrenamientos de forma presencial y darle un inicio a la cuarta edición del campeonato femenino.
El día 26 de agosto, la Dimayor presentó un comunicado en la cual definieron el sistema de juego en el torneo, con la participación de los 13 clubes confirmados: en el Grupo A, conformado por Fortaleza CEIF, Millonarios FC, La Equidad, Independiente Santa Fe y Llaneros FC; en el Grupo B, Deportivo Cali, Deportivo Pasto, Junior FC y América de Cali; y en el Grupo C estarían Atlético Nacional, Real San Andrés, Independiente Medellín y Atlético Bucaramanga.
En una primera fase hubo partidos de ida y vuelta, tras los que clasifican los dos primeros, los otros dos mejores terceros para 8 partidos en cuartos de final, 2 semifinales y una final.
Esta modalidad implica desafíos, sacrificios y tiene algunas opiniones en contra: Alexandra Restrepo, jugadora de Independiente Medellín señala que: “Con respeto, sigue siendo una modalidad muy mediocre para el nivel del fútbol que mostramos”. Su colega en el DIM, Sara Sofía Martínez, matiza que esta época ha sido compleja: “Siempre vamos a querer que sea más largo, que se nos permita tener una estabilidad algunos meses más; pero bueno, sabemos que ha sido un año muy difícil para todos y que, gracias a Dios, se dio la oportunidad del torneo y a mí la modalidad me gusta, obviamente, esperando que el otro año se pueda ampliar”.
Los entrenamientos de forma presencial se ampararon en la Resolución 1507 de 2020 del Ministerio de Salud y Protección Social sobre las medidas que deben cumplir las jugadoras y entrenadores. Allí se establecen los protocolos de bioseguridad, en materia de salud, limpieza, desinfección, rutina para el entrenamiento y un control para los listados de las jugadoras y el cuerpo técnico. Sara Sofía Martínez, comenta cómo se han vivido los entrenamientos bajo la reglamentación:
“Los protocolos de bioseguridad en las prácticas se han manejado muy bien no es algo fuera de lo normal, cuando entramos nos desinfectamos la ropa, los guayos y las manos, guardamos la distancia y a la hora de empezar los trabajos ya nos podemos quitar los tapabocas y entrenar normalmente”, explicó.
A falta de semanas para darle comienzo al torneo, el 10 de septiembre, la Dimayor compartió un comunicado con los protocolos de operación para los partidos, que contemplaban la limpieza y desinfección de estadios, un puesto de control médico, aspectos arbitrales, la planificación de número y posiciones del personal, publicidad y medios de comunicación y las recomendaciones generales de bioseguridad. El 2 de octubre, la Dimayor divulgó finalmente el calendario de la Liga Femenina de este año.
El 15 de octubre, el presidente de la División Mayor del Fútbol Colombiano, Fernando Jaramillo y el Gerente General de BetPlay, Germán Segura, en una conferencia de prensa, presentaron de manera oficial la Liga Femenina BetPlay Dimayor 2020:
“Hay patrocinador hasta 2023 que será BetPlay, por Win Sports irá solo un partido por fecha, pero Dimayor habilitará un link para ver todos los partidos, los 1.400 millones de pesos que aportó el Gobierno Nacional alcanzan Justo para realizar este campeonato, el dinero proporcionado por la FIFA para todo el fútbol femenino será destinado para la Liga del otro año, todas las jugadoras deben tener un contrato firmado; las menores de edad ,un permiso especial del Ministerio del Trabajo, para los cupos de torneo internacional se les dará a la campeona y subcampeona que participarán en la Copa Libertadores, la Liga no contará con el VAR en esta temporada. Además, la Dimayor trabaja en que los horarios de los juegos sean más asequibles para la audiencia”.
Sara Sofía Martínez, jugadora de Independiente Medellín, de la Selección Colombia y de la Selección de Antioquia, respecto al anuncio comentó: “Sabemos que las cosas han sido un poco difíciles para todas y para todos por la pandemia y bueno que le apostamos al fútbol femenino este año; es algo importante, que permite que obtengamos un crecimiento de pronto, no muy grande, pero que vemos que se está avanzando. En cuanto al dinero que será proporcionado por la FIFA, claramente es una ayuda muy grande al fútbol, aporta mucho a que se nos haga más fácil tener unas comodidades que de pronto en años anteriores no se han tenido, entonces me parece que es una gran ayuda para el fútbol femenino”.
Para Sara Martínez, el contrato a las jugadoras de este año permite que la sociedad lo vea como una pequeña evolución del fútbol femenino y espera que cambie la decisión que ha tomado Win Sports respecto a la transmisión de un partido a medida que el torneo vaya mostrando que el fútbol femenino da gusto verlo.
Las luchas de las jugadores, la entrega de sus cuerpos técnicos, las dudas y tensiones que se vivieron en todo el fútbol profesional colombiano durante más de la mitd de esteaño, durante la cual se debatió la gestión de Jorge Enrique Vélez, anterior presidente de Dimayor, quien no había dado mayores adelantos del o que pasaría, entre otros asuntos, con la Liga femenina, tuvieron un desenlace satisfactorio con la primera fecha de partidos, jugada el 16 de octubre. Liced Serna, jugadora de Independiente Medellín, espera junto con su equipo seguir haciendo un torneo visible para el país en el que aumente el interés de nuevos inversionistas para esta rama del fútbol profesional.
De los tiempos de encierro, Sara Sofía Martínez, jugadora del Independiente Medellín recuerda que: “Yo entrenaba con mi hermana y tuve la posibilidad de ir a una cancha en donde solamente íbamos ella y yo todos los días, como de 6 a 8 de la mañana a entrenar, salíamos a trotar y hacíamos los entrenamientos del Rojo, nunca estuvimos quietas y, bueno, gracias a Dios tuve como ese privilegio y no me dio tan duro el regreso a las canchas”. En efecto, el equipo que representa al Rojo de la Montaña, conformado por el club Formas Íntimas se destacó por su desempeño en la primera fase de un torneo en el que hay mucho en juego.
Si algún día cambiara el sistema político del país y pudiera hablar de una orquídea en su esplendor, lo haría –no podría desconocer su belleza– pero hasta entonces Mery Yolanda Sánchez* seguirá retratando en su poesía las escenas dolorosas que atraviesan la realidad nacional.
Por: Manuela Molina Cerezo
Desde los 17 años, Mery Yolanda Sánchez se fue a emprender un nuevo rumbo a la ciudad de Bogotá, tras haber pasado toda su infancia y adolescencia en su pueblo natal, el Guamo, Tolima. De allí, recuerda los paseos en bicicleta y el olor a tierra mojada que se creaba en la playa del río, cuando este aún la conservaba. Y quisiera, tal vez, no recordar esa violencia con la que creció siendo testigo y de la cual hoy escribe. Su poesía no es una poesía costumbrista, pero sí social. Suele leer a Juan Rulfo, a Thomas Mann, a los poetas malditos y su poeta de cabecera es el alemán Gottfried Benn. Pero sus versos son tan suyos, como lo es la historia que atraviesa a Colombia, país que narra y poetiza, que lleva en su cuerpo como una insignia de dolor.
En 1956, cuando Mery nació, sus padres ya habían tenido 11 hijos, tres de ellos habían muerto y los otros siete ya estaban más grandes. Luego, llegó una niña más. Entonces Mery era la penúltima, quizás la más particular, y en unos años: “la niña problema”, como ella misma lo dice. De niña, sus hermanos tomaban un diccionario, leían una palabra y tenían que decir qué pensaban que era; y, a pesar de que a ella no la invitaban a jugar con ellos, ella se metía y salía ganando, porque siempre acertaba con el significado o decía cosas inesperadas. Por deseo de su padre, todos ellos se dedicaron al magisterio. Ella, en cambio, a la poesía. Desde los seis años se entregó a la literatura, la que llama su proyecto de vida. Aun así, gracias a sus hermanos fue que se encontró con su primera imagen poética: como no tenían radio, ellos pintaron uno en un poste con carbón y por las tardes se ponían a bailar.
Su madre la tuvo cuando tenía ya 40 años y durante un tiempo creyó que su hermana María Nelly era su mamá, pues ella la cuidaba y la introducía por los caminos del arte. Al igual que su hermana, Mery perteneció a un grupo de teatro cuando ese arte no era muy bien visto. Viajaban de un pueblo a otro, a veces el bus los dejaba y debían devolverse a pie. Eso no era que le gustara mucho a su mamá, para ella era sinónimo de vagancia y vicio. Su mayor vicio era tomar Coca Cola con limón, junto a sus amigos, imaginándose que era un trago. Entonces ella se escapaba de la casa, con la ayuda de su papá que le avisaba cuando los llamaban por la emisora para hacer una presentación y desde la cerca de su casa, él le tiraba la ropa.
A diferencia de sus hermanas, esa era su mayor travesura. Aunque en algún momento le dejó de gustar el teatro, entonces en los intermedios, cuando no salía el mago, salía ella a leer poemas que se aprendía de memoria. “Yo era de lo más aburrida”, dice. Solía jugar pasando la tierra en una carreta de un lugar a otro y una vez construyó un carro de juguete que compartía con unas de sus sobrinas, que eran de su edad. Sus hermanas solían salir a bailar y se retrasaban para volver, entonces un día su papá decidió comenzar a hacer las fiestas en la casa, mientras que su mamá apenas llegaban tarde no las regañaba, ni las castigaba, sino que les cantaba tangos: “Eran tangos fuertes, como de barriada, agresivos, pero ellas no decían nada”, cuenta Mery. Desde allí comenzó a entender que ella era diferente, que podía además de dar con el significado de palabras aleatorias en el diccionario, entender una frase o la connotación de algo. Y para ella, claramente, esos tangos representaban un insulto, uno artístico, aunque insulto de todos modos. Su mamá era más callada, más seria y dura en la crianza. Su padre, en cambio, era noble y tenía fuertes convicciones políticas, de allí que ella piense con la vehemencia conque lo hace.
En su pueblo, no había más de tres familias liberales, la suya era una de esas, así que su padre –que era seguidor de Jorge Eliécer Gaitán y recibía telegramas suyos– estuvo varias veces en la mira. Su madre, fue quien lo salvó cada vez que se lo llevaron para aquel río en el que se sabía que los mataban. También su madre vio entre las latas de guadua lo que le hicieron a la vecina: allanaron su casa, la violaron, pero nadie podía decir nada. Con tan solo 4 años, Mery presenció una agresión de unos policías hacia un muchacho que era conocido suyo, a quien subieron a una volqueta y lo pasearon por todo el pueblo, golpéandolo hasta matarlo. Además, al Guamo llegaron apenas tres televisores, cuando ella tenía 9 años. Entonces, su entretención eran las tertulias nocturnas en las que su padre le contaba, además de su propia historia, acontecimientos reales de lo que sucedía en el país.
Canción de cuna
Papá mezcla la tierra y dice que cubra mi pecho.
Lunas nuevas diseñarán la medida de la ropa,
el no me contará historias y tendré llenos mis
bolsillos de dudas.
Aprenderé con mis juguetes
qué tan cerca está la vejez en la luz del espejo.
Mi padre me enseña a cernir la arena,
a mostrarme el principio de una casa
y el camino donde los sueños se sientan a beber
agua.
En la tarde, mi padre abre troncos de madera con
un hacha
y recuerda las tantas veces en que
fue llevado hasta el río,
–tu madre me salvó– dice, mientras
su mano fría cae sobre mi cuerpo.
Ilustración: Manuela Molina Cerezo
En el colegio, Mery le hacía las tareas de escritura a sus compañeros y ellos le pasaban las de dibujo técnico, hasta que a los 12 años decidió ella misma romper por completo con la academia. Ya había empezado cuatro veces segundo de bachillerato. Lo suyo no era estar allí. Sin embargo, los niños le seguían llevando las tareas para que ella se las hiciera y así ella podía seguir leyendo y escribiendo. Entonces, su papá le dijo que si no estudiaba, tendría que trabajar. El sacerdote de la iglesia la vio escribiendo, le gustó su letra y fue allí cuando comenzó a trabajar como escribiente del despacho parroquial. Hacía a mano las partidas de bautizo, de matrimonio, de defunción y luego las pasaba a máquina. Había aprendido el arte de la mecanografía en una pequeña máquina que le hizo una de sus hermanas en una pequeña cajita. También trabajó en la oficina de un abogado y perteneció a movimientos cívicos de juventudes.
Un día pasaron un anuncio por la radio, en una emisora de El Espinal, un pueblo más o menos cercano al Guamo: estaban buscando alguien para trabajar en el master, alguien que fuera la secretaria y alguien que hiciera el aseo. Mery creía que si ganaba el puesto del master, quizás en algún momento podría llegar a ser locutora o periodista, y vio allí un destello de luz para ese sueño que tuvo cuando tenía 9 años y rompió su alcancía con un hacha, para pagar un curso de periodismo por correspondencia. Pero Mery quedó de secretaria y realizaba tan bien sus funciones, que nunca pasó de ese puesto. En momentos fortuitos, el locutor se emborrachaba y la dejaban dar la hora. A veces, hasta se subía encima de un inodoro para recibir una noticia que llamaban a dar a la emisora, justo cuando se dañaba el teléfono, entonces ella la redactaba y se la entregaba al periodista. Y esas eran siempre las mismas noticias: el asesinato de cuatro no sé dónde, el robo de la gallina tal…
La carta
Puedo darte últimas noticias,
contarte cuántas curaciones
en la canción de la guerra.
Puedo mostrarte una luz fuerte
que cruza el mediodía de los muertos,
pero no puedo hablarte del último
vestido de las mariposas,
y de esta necesidad de verte.
<< Ilustración: Manuela Molina
Le habían prometido llevarla a una transmisión que harían desde las fiestas de toros y sin gustarle mucho este asunto, buscó a un torero para entrevistarlo y ni así la llevaron. Es como si el destino no hubiera querido que fuera periodista y agradece no serlo, pues quizás estaría muerta o quién sabe cómo.
Así fue pasando el tiempo, hasta que un día Mery llegó a su casa y encontró todas sus cosas en unas cajas de aguardiente. Sus padres le dijeron: “vino Gloria, su prima, ella le consiguió un trabajo de secretaria allá en Bogotá”. Ella no se fue del Guamo, más bien la hicieron irse y, de pronto, el sueño de ser periodista o de estudiar piano en el conservatorio se había reducido a trabajar en una empresa privada, a los 17 años, estando sola en Bogotá y allí se quedó. No fue sino hasta 2010 que presentó las pruebas del ICFES y se hizo bachiller.
Pasó por muchas empresas y siempre se hizo amiga de los obreros, jugaba tejo con ellos y veía cómo vivían, su cansancio por las largas jornadas de trabajo, sus enfermedades, las injusticias que tenían que soportar. En algún momento, llegó a trabajar en una empresa de transporte en un puerto en Santa Marta, era un trabajo pesado y a los otros les daba rabia de “la cachaca”, como le decían. Llegó a recibir amenazas, presenció escenas fuertes y duras. Todo ello fue ampliando su sensibilidad, su sentido social, su inquietud hacia la humanidad.
Pero en Bogotá ella empezaría a asistir a diferentes talleres de literatura, uno de esos fue en en la Casa de Poesía Silva. De pronto, se podría decir que cambió su suerte, cuando María Mercedes Carranza, la contrató como librera, en ese que sería un espacio que vio nacer especialmente para los libros de poesía que muchas veces no podía comprar y así los leía. También allí conoció a otros de sus amigos en las letras, como Juan Manuel Roca, quien desde un principio reconoció su trabajo poético en el, entonces, Magazín dominical de El Espectador.
Vivir del arte es trabajar de lunes a domingo y ser recursivo para encontrar la manera de sobrevivir. Si bien la literatura era su vida, en gran parte se dedicó a la gestión cultural. Llegó a trabajar en el Instituto Distrital de Cultura y Turismo de la Secretaría de Cultura, ahora Idartes, como asesora de la coordinación de Literatura. En Concultura, hizo parte del área de publicaciones.
Fue merecedora de una mención de honor en el concurso “El cuentista inédito” del Centro de Estudios Alejo Carpentier, en 1987; y en el V Concurso Nacional de Cuento Germán Vargas ganó una mención en 1994. Además, se benefició con una beca del Ministerio de Cultura, en 1998, por su proyecto Poesía en Escena, el cual alcanzó a cumplir 20 años en el 2013. Este nació de la experiencia de ver recitales de poesía en los que los poetas llegaban a leer y se iban, y no había mayor interacción con el público, entonces se ingenió recitales dentro de una atmósfera teatral –con luces y sonido, objetos, puesta en escena, danza– en la que en un trabajo de mesa, exponía junto a un grupo de amigos a 4 poetas por evento y estos eran únicos, no se repetían. Solían hacerlo en salas de teatro de La Candelaria, al principio todos los lunes, luego cada mes y así hasta que el proyecto fue insostenible económicamente.
Miedo
Sentir por las piernas
la respiración
del compañero desaparecido.
<< Ilustración:
Manuela Molina Cerezo
“Último llamado” es su única obra dramática, que está así en comillas y sin cursivas, pues nunca llegó a ser un libro ni una obra para las tablas. Mery acabó con los archivos en donde la contenía, pues cree que aquello que no escribe, que no piensa o que no dice es como si no existiera. Entonces, logra huir de ello. Pero uno de sus amigos no podría huir.
En 1999, estaba trabajando con él en Puente Experimento Piloto, otro de sus proyectos, y cuando él fue a salir del teatro donde estaban lo atacaron y lo apuñalaron varias veces en una de las manos hasta que las lesiones provocaron que la perdiera. A los pocos días, el 23 de diciembre de ese mismo año, entraron a atracarla en su apartamento o, al menos, eso parecía. Se robaron una plata que tenía que ir a pagar ese día por la beca que se ganó del Ministerio de Cultura. Llegaron a golpearla con el revólver, los encañonaron a ella y a otro compañero de trabajo con el que estaban preparando todo para salir a hacer los pagos.
Pero su amigo, al que habían atacado a la salida del teatro, estaba convencido de que no era un simple atraco. Por ese entonces, se decía que en Bogotá estaba el Bloque Capital. El nombre de su amigo salió en las listas que circulaban con el registro de quienes eran objetivo militar. El nombre de Mery no estaba allí. Ella puso la denuncia, las huellas se extraviaron, los retratos hablados no coincidían con su descripción. Nunca se supo nada más. Trata de dejar ese, como muchos otros recuerdos, atrás. Lo único que sí recuerda muy bien era el motilado de los hombres que la atracaron, parecía el peinado típico de los militares.
Salmo
Saco el último vestigio en alas de mariposas.
Enjabono y tuerzo.
Al tacto del viento con mis manos
un olor confuso se aproxima por la acera izquierda.
Lo guardo,
trato de meterlo en la taza del baño,
pero en remolinos es vaciado a mi boca.
Tiento,
palpo cada pliegue del pecho.
Hace falta mucho detergente
cuando mi país hasta en la ropa duele.
“En Colombia, no hay un solo día en el que no pase algo”, dice Mery. Para ella, la mayoría de la gente está del lado de los malos, ya sea por ignorancia, por costumbre o porque les lavan el cerebro. Por eso está de acuerdo con las protestas, aunque ya su condición de salud no le permita salir a ellas. Además, Mery siente que en especial, en esos asuntos, se está solo: alguien alza la voz, pero ¿quién lo sigue?… ¿quiénes lo apoyan? Quizá por eso, cada vez que sucede una tragedia en el país y habla por teléfono con alguien de su familia, ese día suele perder a esa persona, porque no piensan igual.
En 2004, la escogieron para ser promotora de lectura e ir por 10 municipios de la costa pacífica, del departamento de Nariño. De esa experiencia, decidió escribir al regresar a Bogotá y no sabía lo que era: si un diario, un ensayo o prosa poética… y resultó siendo, ese que ella llama un accidente, su primera novela: El Atajo, con la cual ganó en el 2012 el segundo lugar en el Premio Nacional de Novela Corta de la Pontificia Universidad Javeriana.
En ella narra aquel viaje de 21 días, por una zona de conflicto plagada por el sufrimiento que traen, por igual, la guerra y la pobreza, en donde no fueron muy bien recibidos por la comunidad afrodescendiente por el solo hecho de ser “blancos”. Además, los 21 días que duró el viaje estuvo enferma de otitis. La novela se reimprimió en 2019 por Himpar Editores.
Segundo tiempo
Un día dejarás a un lado tu sur del castigo por el recuerdo de tus hijos en las calles hambrientas. Te prepararás para escapar antes de contar veintiún pasos al patíbulo. Volverás al norte donde agonizaron tus madres. No recordarás el arma que le mandó nueve silencios a tu cuerpo ni el monstruo que oprimió el gatillo. Tampoco recordarás las manos que te obligaron a dejar tu niñez en el frío de tu abuela muerta. Volverás a las apuestas por tus otras vidas y levantarás con más fuerza la botella que te hace olvidar la oscuridad. Tirarás en el centro de la gallera tu última gratitud, la que no estaba escrita, pero que ahora reconoces en la mano que estira para dar de beber a tu victimario. Olvidarás un día, Carlos, que pronto aprendiste a encontrar perdices para la cena de tu amo y a gritar la noticia de puerta en puerta, donde tú eras el próximo de la lista.
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Con talleres de literatura, llegó a diferentes cárceles del país, como La Modelo y La Picota. La jefa, exguerrillera que era como la líder del sexto patio en El Buen Pastor, solía cuidar a Mery, incluso una vez le quitó la comida que estaba a punto de llevarse a la boca, porque podría estar envenenada, entonces la invitaba a comer. Mery se abría a lo que ella y los demás presos eran más allá de sus crímenes, pero a su vez se aterraba al escuchar las historias que le contaban de manera escueta y sin ningún reparo de todo lo malo que habían hecho.
También estuvo trabajando en talleres con habitantes de la calle. A uno de ellos, no le gustaban los signos ortográficos ni que pasaran sus poemas a máquina. “Un día me dijo que había comprado máquina de escribir, otra vez me dijo que se había casado, otro día me dijo que tenía una niña y después me dijo que había viajado por Centroamérica haciendo artesanías y siguió escribiendo”, cuenta Mery con alegría. No sabe cómo, pero él llegó a su casa, le dijo que si tenía libros él se los vendía pues sabía que ella no estaba muy bien económicamente. Ella le entregó 30 libros y, a los tres días, apareció Pablo, que se hacía llamar “el amante de la luna”, con la plata completa y no le quiso recibir ni un solo peso por la venta. De pronto, en su relato dice el nombre de aquel joven que como muchos otros pasaron por su vida y dejaron de ser lo que para muchos es puro paisaje en las imágenes cotidianas de la ciudad.
Los otros
No alcanzaron a sentir miedo. Cuando los cortaron el dolor llegó primero, la boca de la bota en la cara. Pronto el susurro de la sierra fue lejano. Un pajarito almorzó los pecados de las vísceras.
Sus sombras siguen y recogen los sombreros que atajó el viento.
Las mujeres orinan cualquier lugar.
Los niños se volvieron ancianos amarrados a los alambres de púa.
Tres territorios debajo de las carcajadas de los asesinos.
Y sus sombras también son perseguidas, señaladas y marcadas desde los pájaros metálicos, dueños del cielo.
Ilustración: Manuela Molina C.
En su poesía no pretende hacer denuncia, solo contar lo que siente que necesita contar. Le preocupa que el arte sea una mercancía, para ella el arte debería ser algo reparador y que haga visible la realidad que nos circunda, sin llegar a ser algo panfletario. De hecho, no podría hacer panfletos: “Soy muy insegura”, dice una y otra vez con voz baja. Sus palabras le permiten liberarse, sanar las heridas, hablar de lo que le duele: los seres humanos, esos que pueden no ser nada suyo, pero los siente como si lo fueran. Para ella es una lástima que existan cosas como la motosierra: “Yo no la inventé y me toca hablar de ella. Si algún día, el sistema político de este país cambia y puedo hablar de una orquídea en todo su esplendor, pues hablaré, no la puedo desconocer, ni puedo desconocer su belleza, así como no puedo desconocer poemas bellísimos que existen sobre el amor”, agrega.
Ahora, se siente cansada, su cuerpo ya no es el mismo y han aumentado los efectos de la soriasis en su piel. Desde antes de esta cuarentena, solía quedarse en casa en soledad. Le preocupa qué pasará en unos años, no quiere llegar a depender de nadie en su vejez, pues desde muy joven ha sido ella contra el mundo. Para lidiar con la ansiedad de estos días, hace figuras artesanales con papel maché, pues no puede dejar quietas sus manos. En especial, construye barcos. Mery habla de un punto que tiene en el cerebro, que todos tenemos realmente y que tras estos meses de pandemia, está a punto de estallar. No tiene una sola certeza: “no tengo un puerto seguro, por eso construyo embarcaciones”, cuenta con lamento.
*Mery Yolanda Sánchez ha publicado en poesía: La ciudad que me habita (1989), Ritual para las noches (1997), Dios sobra, estorba (2006), Un día maíz (2010), antología preparada por ella misma para la colección Un libro por centavos de la Universidad del Externado (2010), Gradaciones (2011), Rostro de tierra (2011) y El hombre que escupe mariposas. En el 2012, publicó su novela El atajo.
El proyecto Hidroituango ha sido foco de numerosos conflictos ambientales y sociales, hace parte de la coyuntura que motiva estas reflexiones. Wikimedia Commons.
La pandemia ha puesto sobre la mesa el dilema entre la preservación de la economía o el bienestar de la gente, con su salud entre ello. El debate no interpela solo a los gobernantes sino a la sociedad en conjunto que se ve convocada a reflexionar en torno a estas cuestiones que no son novedad. En efecto, el modelo de desarrollo vigente en Colombia siempre ha puesto presente este enfrentamiento y en no pocas ocasiones la balanza se inclina hacia lo económico. Así lo anotan varios de los siguiente artículos académicos que, desde diferentes casos relacionados con proyectos energéticos, extractivismo y gestión del territorio, coinciden en que el desarrollo, como lo entendemos, no tiene como finalidad el bienestar integral de las comunidades.
Más allá de las críticas, también esta serie de trabajos incluye dos cartillas que buscan resaltar y entender el papel de dos poblaciones vulnerables en el territorio. Una de ellas desde las mujeres y cómo llevan el feminismo a los espacios de ciudad; la otra es sobre la cuestión Indígena en Colombia.
Una cordial invitación a recorrer estas miradas desde la comunicación a las cuestiones e implicaciones de nuestra idea de desarrollo. Haga click en los enlaces para leer los trabajos:
Trabajo de Susana Patiño Cano, Laura Ramírez Giraldo, Alejandro Restrepo Montoya, Ana María Restrepo Sánchez, Yéssica Tuberquia Agudelo y Juan José Villegas Arias.
Trabajo de Estefanía Espinal Velilla, Diego Ballesteros Jaramillo, Mariana Moreno Reyes y Juan Guillermo Gil.
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Trabajos realizados en los cursos Comunicación para el desarrollo II y Comunicación, ciudadanía y política, ambos bajo la orientación del profesor Daniel Gaviria.
El “chachachá” de las locomotoras, las despedidas, las bienvenidas, los venteros ambulantes, el olor a humo, la avena fría de Viviano, las mandarinas de Herminia, los quesitos de María, las hojaldras de Rosa Tirado, los chorizos de Ana Felisa y demás facetas del paso de los trenes del Ferrocarril de Antioquia por Cisneros, se pueden evocar hoy, en pleno siglo XXI, con solo un bocado de una rica y suave torta de pescado, con un toque salado y acompañada por media arepa.
Cisneros está a 83 kilómetros de Medellín, en el Nordeste antioqueño, es un pueblo panelero por tradición, rodeado de ríos y enclavado entre montañas que cultivan caña de azúcar. El río Nus y la quebrada Santa Gertrudis son los principales afluentes que componen el paisaje del lugar y forman charcos que son atractivos para los turistas y en los que viven peces nativos como sabaletas, mulas, barbudos y corronchos.
A 95 kilómetros de Cisneros se encuentra Puerto Berrío, un municipio que tiene como una de sus principales fuentes de ingresos a la pesca. Allí desemboca el río Nus en el caudaloso río Magdalena y hay innumerables restaurantes y ventas de pescados como bagres, bocachicos, blanquillos, cachamas y comelones, unos peces que se dejan secando con capas de sal durante días al sol y al aire. Esta es la base de las mejores tortas de pescado del municipio y de la que vive una familia cisnereña desde hace 90 años.
En la avenida principal de Cisneros ya es habitual ver a una mujer, con vestidos floreados y un delantal tipo mandil sentada, en una silla Rimax azul y desgastada. Ella sostiene una canasta roja en su antebrazo, su piel arrugada permite inferir su edad.
Berta Serna, de 84 años y oriunda de Cisneros, inicia todos sus días a las 5:45 de la mañana. El despertador se encuentra incorporado en su cuerpo. A esa hora se levanta a preparar sus tortas de pescado desde que tenía 20 años y era aprendiz de su madre.
Estas ventas tuvieron su inicio en las estaciones del Ferrocarril de Antioquia, un proyecto que potenció la economía del departamento y el país desde 1929, que fue su inauguración, hasta 1960 que inició su declive debido a que el gobierno se centró en las vías terrestres. Esto dio fin al funcionamiento de este sistema férreo. Para ese entonces, el tren ya había transportado durante 10 años a Berta, su madre y las tortas de pescado desde Cisneros hasta Caracolí. Allí se embarcaban en el tren que subía y finalizaban su trayecto en la estación Barbosa.
Del Ferrocarril en Cisneros solo queda el vagón 39 de la máquina 45, que adorna la avenida principal. La estación actualmente es un museo cultural. También hay tramos de las carrileras, unos ya escondidos entre pasto y cemento y otros aún visibles, pero desgastados.
<<Doña Berta y su presencia habitual en las calles de Cisneros. Foto: Sofía Vanegas.
La sonrisa de Berta, compuesta por dos dientes con bordes de oro, no se borró ni siquiera cuando el tren se detuvo. Al contrario, esto le dio las fuerzas suficientes para superarse y sacar adelante a los 15 hijos que la vida le dio y que, poco a poco, esta misma le ha ido quitando. Uno se fue para Guatemala y nunca regresó. A Julio lo mataron de una puñalada. A Darío una moto lo atropelló y lo mató. “Rayo”, como le decían a otro, murió de una cirrosis. Y así Berta dejó de ver a muchos de sus hijos. Ahora solo quedan cinco mujeres, tres de ellas tienen su propio negocio de tortas de pescado gracias al aprendizaje heredado de su madre y a la popularidad que su peculiar receta ha construido.
De lunes a sábado Berta hace 20 libras de pescado y el domingo aumenta un poco la cantidad. “Es fácil, prendo seis fogones y pongo seis pailas, luego solo es coger el pescado, harina, aceite y saque”, afirmó mientras agarraba un cigarrillo entre sus dedos, uno de ellos está rodeado por un anillo plateado y el resto tienen las uñas maquilladas con una ligera capa de color negro.
Los años pasan, pero la lucidez de Berta no los siente, con seguridad dice que no se enferma de nada, no toma vitaminas ni pastillas y no recuerda la última vez que fue al hospital. Como los años, también pasan carros particulares, motos, buses y transeúntes buscando, a cualquier hora del día, una rica torta de pescado a 2500. Estos productos se envuelven en un pedazo de papel cuadernillo que compra a 300 pesos. “Las servilletas no me gustan, son muy pequeñas y delgadas”, comentó mientras entregaba tres tortas a un cliente.
La sazón, la suavidad en cada bocado y el buen tamaño por un bajo precio, hicieron que Berta, sin darse cuenta, se volviera referente cultural del pueblo. Ella y sus tortas ya son una tradición allí y en los municipios aledaños, además para los viajeros, turistas, campesinos e incluso desde Medellín le encargan cada tres días 50 unidades que envía en un bus.
Desde que era una jovencita las calles de la avenida principal de Cisneros la acogen. Ahora, su cabello es totalmente blanco y tiene casi tantos años como la máquina 45 del Ferrocarril de Antioquia que se encuentra estacionada allí. Aquella ha sido testigo de la rutina invariable de una mujer que no conoce la palabra descanso y tampoco ve una obligación en su trabajo. Tener satisfecha a la gente es el motor que la mueve día a día: “En la casa me aburro, mi vida es esto y es lo que me gusta hacer”, aseguró con cierto tono nostálgico.
A sus 85 años nunca habla de un hombre. A pesar de tener 15 hijos, no amó al papá de ninguno porque el amor jamás estuvo de su lado. Estas figuras varoniles pasaron por su vida de una manera fugaz y sin dejar huella. El cuerpo bonito y agraciado de una vendedora de tortas de pescado, que recorría las calles del pueblo y los vagones del tren, captaba sus miradas. Por la necesidad de “buscarse la comidita y sacar a los hijos adelante”, Berta les dio el gusto de adueñarse y disfrutar su cuerpo por apenas un par de pesos.
En medio de unos cuantos cigarros, tintos, saludos y ventas transcurren todos los días de Berta. Vende tantas que tiene que ocupar dos canastas y son contadas las veces que le sobran. Su corazón es tan noble que se le acercan personas vulnerables y ella con un gesto de generosidad coge una, la envuelve y la regala. Tampoco le molesta dejarlas más baratas, “deme 2000 mil”, les dice sin preferencias a algunos de sus clientes.
Cuando los buses de las flotas Coonorte y Expreso Cisneros paran a recoger o a dejar a sus pasajeros, Berta toma impulso, coge su canasta y emprende camino hasta allí. Sube reluciente, sin ayuda y con la misma sonrisa que la caracteriza. Camina hasta la última fila de sillas observando de lado a lado. “Tortas, tortas, tortas de pescado”, dice en el tono más alto que sus cuerdas vocales lo permiten. Siempre espera bajarse de allí con unas cuantas porciones menos.
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Trabajo realizado en el curso Periodismo IV, orientado por el profesor Juan Carlos Ceballos Sepúlveda.