Etiqueta: Música

  • Resistencia, agua y luces: un fotorreportaje de Altavoz 2025

     

    Por: Samuel Alejandro Osorio Parra / samuel.parra@upb.edu.co

     

    Bañados por la resistencia que dan las letras en los días pasados por agua y por la estridencia de los acordes, así nos recibió el primer día de Altavoz; lleno de reggae, hip hop y rap.

     

    El Festival se sintió como un bautizo para quienes llegábamos por primera vez. Eran los ojos de quienes habían estado en ediciones anteriores los que estaban preparados para lo que pasara. Mientras tanto, para aquellos que apenas entrábamos en el rito, nadar en la situación se hacía difícil, hacer nuestro trabajo bajo la lluvia se volvió odisea indescifrable, llena de preguntas sobre cómo retratar las bandas sin poner en riesgo el equipo.

     

    Fue entonces cuando las bolsas de basura se volvieron capas contra el agua, dejando una batalla campal: el agua contra la cámara y los altavoces que resistían a las nubes. Al ver que no cesaba la tormenta, los charcos se volvieron parte de la danza.

     

    Las fotos estuvieron llenas de color, contrastaban las ropas negras y los impermeables rojos y azules. La luz del escenario se convirtió en una sinfonía con las gotas. A su vez, estos se volvieron, para el ojo del fotógrafo, herramientas para narrar y compartir una historia.

     

    Fue el segundo día del Festival cuando el Metal llegó con voces guturales, baterías de doble pedal y la distorsión exagerada de las guitarras eléctricas. Aquellos sonidos alejaron las nubes e invadieron el recinto con su fuerza pesada.

     

    Entonces el clima cambió. Bajo el sol abrasador que calentó los ánimos de las primeras bandas —y también los del público—, las agrupaciones salieron con toda la energía y el poder dignos del género, aturdiendo con sus gritos a quienes estábamos en primera fila.

     

    Algunos grupos, con propuestas más tranquilas y melódicas, ofrecieron un respiro antes de seguir disfrutando de las multitudes y los pogos. Las 28 presentaciones dejaron como precedente un ambiente cargado de energía y un listón muy alto para lo que sería el cierre del último día, cuando el punk y la música alternativa se encontrarían.

    Para el tercer y último día, el clima ya no era una preocupación.

     

    La sátira y el llamado a la pausa parecían haber hecho un pacto para sonar de forma melódica y perfecta. Los taches que decoraban las chaquetas de cuero, correas, pantalones y botas se mezclaban con los magentas de las crestas puntiagudas y las platinas metálicas, haciendo de contrapunto a las camisas holgadas, las faldas largas y los tenis deportivos. Esa mezcla insólita fue la cuota colorida del festival, acompañando a propuestas tranquilas e íntimas, llenas de abrazos entre el público y los cantautores.

     

    Algunos dejaron a un lado la distorsión y los sonidos secos, que escoltaban letras políticas o satíricas cargadas de denuncia, para dar paso a un ambiente más cercano y sereno, donde las diferencias se volvían imperceptibles y la comunión cobraba sentido.

     

    Fue entonces, entre fotos, multitudes y música, cuando se capturó un espacio lleno de esencia y emociones a flor de piel. Una postal que refleja un espacio diverso donde el arte y la expresión del ser siguen llenando las arenas, compartiendo la sensibilidad que solo la música puede despertar.

     

     

  • Los surcos que giran en Medellín

    Andrés Camilo Hincapié / andres.hincapiee@upb.edu.co

     

    “Cada persona que conoces, en el momento que compra un disco, que va detrás de un disco, que quiere un disco, siempre va detrás de una historia.” 

    —Jorge Iván de la Hoz, Granada Chapter 

     

     

    Todo vinilo nace de un disco maestro: una pieza grande y delicada que debe tratarse con el cuidado de un vidrio fino, pues de sus líneas en espiral o más precisamente, de sus surcos, dependerán todas las copias. El trabajo para fabricar uno de estos discos pasa por muchas manos; a partir de él se crean moldes metálicos, mediante prensas y calor, se prensan los discos que luego se recortan y revisan. Tras su paso por la fabrica, el viaje continúa hasta las ciudades donde cobran sentido. 

     

    En Medellín el relato del vinilo se escucha gracias a las personas que mantienen vivos sus sonidos: coleccionistas, vendedores, músicos, DJs y amantes de la música. Aunque parece que su moda regresó, la realidad es que nunca se fue. El auge de estos discos viene de una mezcla entre nostalgia, influencias familiares e historias escondidas tras cada tornamesa y cada caratula cuidadosamente preservada. 

     

    Entre esos sonidos se escucha la historia de Jaime Franco, un nombre que resuena para quienes han caminado por las torres de Bomboná, visitado la Corporación Ateneo Porfirio Barba Jacob o han buscado un disco difícil de conseguir en el centro.

     

    De 46 años, Jaime es uno de los dueños de Dyler Music. Es un hombre alto, delgado, de mirada profunda y amable, su trayectoria como DJ, coleccionista de vinilos, casetes y CDs comenzó en la infancia; es una persona curiosa y con un oído afinado para los detalles, pero, sobre todo, es un apasionado por la música. 

     

    Su historia con el vinilo comienza de manera simple, entre los años 1986 y 1987, cuando tenía cerca de ocho años, su casa era un refugio musical, pues no era raro escuchar las voces de Michael Jackson, Camilo Sesto o Lucho Bermúdez resonando entre sus paredes. El origen de estos sonidos viene de su primo, Jaime Ruiz, un melómano empedernido que una vez al mes organizaba lo que el Dyler llama “las fiestas de garaje”: una fiesta con amigos donde se reunían a escuchar vinilos, algunos casetes y bailar toda la noche al ritmo de diferentes bandas de la época, bajo las luces del patio de su casa en el barrio Buenos Aires.  

     

    Sin embargo, la influencia de su familia no terminaba con estas fiestas. Sus padres acostumbraban disfrutar de tiempo juntos alrededor de unos cuantos vinilos y un par de cervezas. Jaime, aun siendo niño, se integraba con naturalidad a esos encuentros: limpiaba los discos y ponía los vinilos en el tornamesa mientras conversaba con ellos sobre la música. Hoy en día, él mismo reconoce ese ritual como su posible inicio como DJ. 

     

    El mundo del vinilo gira a distintas revoluciones por minuto (RPM), velocidades a las que deben girar para sonar correctamente, y por sus manos pasaban discos de todas ellas: los 78, de 40 centímetros, considerados los padres de una era musical y producidos hasta los años 50; los 45, más pequeños, de unos 17 centímetros y pensados para una sola canción por lado, populares para sencillos o EPs (Extended plays), discos que reúnen entre tres y cinco temas; y los 33 o LPs (Long plays), de tamaño similar a los 78 pero capaces de ofrecer un álbum completo.  

     

    Para Jaime Franco, esas revoluciones no solo marcan el ritmo de la música sino también el de su vida. Su amor por ellas se volvió más personal cuando tenía diez años. Fue entonces cuando sus padres le regalaron su primer vinilo: un disco de la banda chilena, Los Prisioneros. En ese momento, solo conocía algunos temas del grupo, pero había conectado con “El Baile De los Que Sobran” una canción que estaba de moda en las emisoras del país. Ese disco se volvió suyo; lo escucho tantas veces que el sonido fue perdiendo nitidez, desgastado por la aguja y la costumbre. A partir de ese momento desarrollo el hábito de dejar que cada canción del disco le hablara una por una hasta que la música se integró a su ADN. 

     

     

    La caza de un tesoro, que hizo de ciudad

    Décadas atrás, conseguir un vinilo como ese en Medellín requería algo de suerte y mucho entusiasmo. Durante los años 70 y 80, la ciudad llegó a tener varias fábricas de discos que producían tanto copias internacionales como grabaciones locales. Sellos como Codiscos, Discos Victoria o Discos Fuentes no solo distribuían grabaciones extranjeras, sino que impulsaban el talento local. 

     

    Tener un vinilo de alguno de estos sellos en la casa era tener un pedazo de la historia sonora colombiana. Pongamos por caso Discos fuentes, considerada pionera en la industria fonográfica y una de las empresas más antiguas de América Latina. Fue fundada por Antonio Fuentes en 1934 en Cartagena y trasladó sus operaciones a Medellín en 1954, entre otras razones, por influencia de su esposa Margarita Estrada.  

    Esta compañía prensaba vinilos y construía memoria. En sus micrófonos se registraron las voces de artistas como el Joe Arroyo y Fruko y sus Tesos. 

     

    Sin embargo, el tiempo no se detuvo para la ciudad, y la tecnología tampoco. Hoy, los sonidos de Discos Fuentes vienen a través de bits. La empresa discográfica se convirtió en Edimúsica, una editora musical que se encarga de promocionar y publicar canciones a través de una plataforma digital.  

     

    De la misma manera, a comienzos de los noventa, con la llegada del walkman y el auge de los casetes, la experiencia musical se volvió portátil: ya no estaba atada a la sala de la casa; ahora cabía en el bolsillo. Para Jaime, ese pequeño reproductor de audífonos naranjados significó un inicio oficial en su camino como coleccionista.  

     

    Así lo recuerda el Dyler Music, esa fue la oportunidad para tener entre sus manos cada vez más música. Pasó de un disco de vinilo a cinco o diez casetes. Empezó a grabar cintas, a intercambiarlas, a armar compilaciones como quien escribe cartas con canciones. Y, sin saberlo, se convirtió en coleccionista.  

     

    Aunque Jaime ya era un enamorado del vinilo, no les temía a los nuevos formatos. En 1993 se compró su primer CD, buscando ampliar su colección con aquello que le permitiera descubrir más música. Su curiosidad lo llevó a recorrer la ciudad en busca de nuevos sonidos, y daba la casualidad de que Medellín vibraba con tiendas que eran templos para melómanos: La Feria del Disco, Discos La Rumbita y Compactos y Videos son solo algunas de las que había en la ciudad. Cuando Jaime visitaba una ellas, salía con un disco bajo el brazo, y muchas veces con un casete en mente. 

     

    Porque, además de comprar, grababa. Hacía compilaciones caseras para sus amigos, les ponía nombre, las decoraba y, poco a poco, empezó a venderlas. Su trabajo como Dyler había comenzado. Para entonces, el vinilo ya no tenía la misma fuerza. El casete y el CD dominaban el mercado: eran más prácticos y baratos; pero los tres formatos seguían conviviendo. Cada uno gozaba de su propia experiencia de escuchar música y Jaime navegaba entre esos mundos. 

     

    Fue así como, el 21 de junio de 1994, encontró un trabajo en La X, una emisora que marcaba tendencia. La radio fue su escuela; allí empezó su camino como Dj, pero de radio, como lo llama él. Aprendió de música, a empatar canciones y a mezclar géneros bajo la tutela de locutores como Julián Bustamante.  

     

    Desde ahí, salto a los bares. Llevaba sus maletas llenas de CDs y casetes. El vinilo, aunque más escaso, nunca desapareció de su maleta, y así continuó trabajando hasta que, en los años 2000, la llegada de internet a Colombia significó un duro golpe para los formatos físicos en la ciudad. Si bien las primeras conexiones a internet en el país se rastrean al año 1994, no fue sino hasta el siglo XXI cuando se empezó a convertir en algo común en los hogares. 

     

    Con el internet, aumentó la piratería y consumir música era más fácil que nunca. Atrás habían quedado los días de pasear por tiendas de la ciudad en busca del vinilo perfecto. Ahora bastaban unos cuantos clics para encontrar todo el mundo musical al alcance de la mano. No era fuera de lo común encontrarse con la venta de “tripletas” en semáforos de la ciudad: CDs que podían contener toda la discografía de diferentes artistas a precios económicos.  

     

    A pesar de esto, Jaime Franco nunca paró de trabajar. Como Dj, puso el vinilo en pausa, los CDs y los casetes, y dio el salto al formato MP3. No obstante, este clásico del audio nunca desapareció. El vinilo permaneció bajo el radar del consumidor promedio y continuó vivo para quienes sabían dónde buscarlo: coleccionistas y melómanos. También, para las manos inquietas de los Crate diggers; personas que buscaban vinilos durante horas o incluso días, hasta encontrar esas joyas perdidas en el tiempo. 

     

    Jaime Franco – el Dyler Music ha sido un apasionado y promotor del disco en Medellín. Comparte incluso con colegas como Jorge Iván de la Hoz – Granada Chapter. Fotos: cortesía y Andrés Camilo Hincapié.

     

    Cambios en el negocio y una pasión intacta

     

    En medio de esta transición se alzó Tower Records, en el Parque Comercial El Tesoro, un refugio temporal para el formato físico. Venía directo de California, Estados Unidos, y era conocida como una tienda de cultura musical. Fue clave para la supervivencia del CD y demás medios físicos en una época en que el mundo comenzaba a digitalizarse. En ese mismo lugar, trabajó Jaime Franco, testigo de una industria que empezaba a olvidarse del sonido de los surcos, pero que se resistía a dejar morir lo material. 

     

    Entonces se escuchó un grito de lo análogo, el 19 de abril del año 2008 se celebró el primer Record Store Day, el Día de las Tiendas de Discos, protagonizado por la Banda Metalica desde Rasputin Music, en California. Fue un gesto de resistencia frente a lo digital, un homenaje a ese ritual de buscar con intención y descubrir nuevos sonidos. 

     

    Aunque nació lejos de Medellín, este gesto encontró eco en Colombia. Desde el año 2023, el país se sumó a la tradición a través de La Roma Records, que asumió el rol de embajadora en Bogotá. Medellín se unió con la participación de Surco Records, en La Pascasia, además, este año 2025, como parte de la última edición, el grupo bogotano Frente Cumbiero lanzó un álbum especial titulado Inconcreto & Asociados, pensado exclusivamente para la ocasión.  

     

    Señas de un regreso

    Pero no nos adelantemos tanto, ¿cómo volvió el vinilo al frente en la ciudad? 

    La respuesta no está solo en la nostalgia ni en las colecciones privadas que sobrevivieron al paso del tiempo, está en la escena cultural que empezó a recuperarlo como símbolo. En febrero de 2016, de la mano del melómano Óscar David Sevenina, nació La vinilada, como primera actividad pública de La Licuadora. Inspirado por sus visitas a ferias de discos en París, Sevenina busco replicar en Medellín esos sonidos culturales.  

     

    Según cuenta la historia, la primera edición de La vinilada fue un espacio único en Medellín para conversar, intercambiar y celebrar la cultura del disco, algo poco común por aquel entonces. 

     

    Con el paso de los Volúmenes, el evento transitó por varios escenarios y se consolidó como un espacio para celebrar la música y el formato físico. Hoy, La vinilada se celebra cada tres meses en el Exploratorio del Parque Explora, habiendo alcanzado su Volumen 31 el sábado 14 de junio de este año. Su impacto ha sido tal que ha inspirado otros encuentros alrededor del vinilo, incluso a eventos que han adoptado su nombre.  

     

    Sin embargo, falta algo más por contar. Volviendo a Jaime Franco, ¿cómo nació Dyler Music?  

    Empezó con sus días en el colegio cuando grababa casetes; empezó cuando Jaime compró su primer lote de CDs y vinilos y vendió a sus amigos aquello que les podía gustar; empezó cuando su pareja, Paola Ramírez, mejor conocida como Wonder Pao, le propuso llevar esa idea a otro nivel y crear una página en redes sociales.   

     

    Dyler Music es una expansión de su colección personal, una que dice más de él que cualquier palabra. Es un retrato íntimo de su propio mapa sonoro que va de los clásicos a rarezas que solo el oído atento sabe captar. Jaime es un guardián de la memoria que encierran esos surcos. Sabe que algún día no estará para girar los discos, y desea que su colección termine en manos que la valoren. En cada vinilo que guarda hay un pedazo de historia, tanto de la música como de la vida que ha vivido. 

     

    Conozca las voces e historias que hacen parte de la vida del vinilo en Medellín haciendo clic en el botón:

     

     

     

     

     

     

  • Lilith: el eco indeleble del poder femenino

    María de los ángeles Bustamante González, Mariana Escobar Quintero / periodico.contexto@upb.edu.co

     

    La agrupación de rock Lilith llega al festival Altavoz 2025 celebrando 25 años de actividad y un rastro imborrable de empoderamiento femenino. Repasamos esta historia con Tatiana González, líder y una de las fundadoras.

     

    “Aquí en Medellín no hay casi bandas de mujeres ¿por qué no creamos una banda de mujeres?”. Así es como Tatiana González recuenta los inicios de Lilith, que desde el 31 de marzo del año 2000 tiene un espacio propio y cada vez más reconocido en una escena históricamente protagonizada por hombres, con letras cargadas de empoderamiento femenino y denuncias sociales.

     

    En la descripción de su Spotify se encuentra consignada la frase que mejor podría definir a la banda: “Lilith es rock. Es convicción. Es poder femenino en escena”.  ¿Por qué estas mujeres eligieron el rock? ¿Convicción de qué? ¿Cómo se hace visible ese poder femenino?

     

     

    “El rock me permite expresar sin fronteras, sin radicalismos, desde lo fuerte, desde lo suave, desde los riffs, desde los beats potentes de batería, desde los teclados suaves y las voces melodiosas. Y hacer catarsis de lo que llevo adentro”, explica la guitarrista Tatiana González.

     

    Tatiana lo expresa con una claridad acorde con una historia de tres álbumes en estudio y múltiples logros y reconocimiento a lo largo de la vida de una agrupación que usa el rock como una herramienta de expresión con los rasgos que convocaron a estas mujeres en un mismo proyecto: “Para nosotras, el rock siempre ha sido de denuncia y de visibilizar, de decir las cosas. A medida que hemos adquirido experiencia (…) sentimos esa responsabilidad social de visibilizar todas esas situaciones que vemos y que queremos expresar como lo son la violencia contra la mujer, el acoso, y la violencia en general, y creemos que el rock es una herramienta muy poderosa para decirlo.”

     

    Según la mitología hebrea, Lilith fue primera esposa de Adán, a quien abandonó por voluntad propia. Acorde con ese deseo de resistirse a cualquier relato hegemónico, desde su fundación, Lilith ha estado cerca de los sonidos fuertes, inspirados en el hard rock y rock alternativo con tintes de metal. Al principio componían en inglés. Tatiana explica que en los inicios estaban convencidas de llegar al mercado anglo. Sin embargo, conforme el tiempo maduró su proyecto, se convencieron de que su espacio estaba primero en la conexión con el público más importante: el local. “Entendimos que nuestro público era Colombia y empezamos a darnos cuenta de que, si componemos en español, conectamos más con la gente y empezamos a ver los resultados”.

     

    Lilith, también es convicción que, según la RAE, es una “idea profundamente arraigada que rige el pensamiento o la conducta”. A juzgar por lo que plantean composiciones como Scream!, Sin Miedo, Palabras o Colombiana: erradicar temores impuestos, cantar sobre emociones, mundos profundamente íntimos con los que muchas personas –no solo mujeres– pueden identificarse. Letras de estas y otras canciones como Stalker, Requiem, Amor/Dolor, demuestran el interés por un profundo mensaje en contra de las violencias contra las mujeres y a favor de la expresión femenina en todos sus espectros.

     

    Lilith: “Más que rock femenino, es rock hecho por mujeres”

     

    Pero su música no es exclusivamente para un público femenino: eso de “rock femenino” a veces se malinterpreta, explica Tatiana. No es rock femenino. Es rock hecho por mujeres, aclara. Aunque sus letras buscan inspirar, hoy su público es mayoritariamente masculino y por esta razón el reto de Lilith es incorporar a ese panorama nuevas voces femeninas para que se atrevan a tomar el escenario. Su estrategia es simple: la voz potente de Laura Azul, los riffs de Tatiana, el bajo de María Clara y el teclado de Marcela alteran la química del cerebro para que despierten las ganas de explorar más sonidos con esa impronta.

     

    La participación del productor y baterista Andrés Giraldo en el grupo es la prueba de los retos de un proyecto de este tipo: los cambios de integrantes. De entrada, los músicos dedicados a este instrumento son escasos y Lilith no ha encontrado la mujer que asuma de forma permanente la percusión. Justamente, en 2020, la vocalista Camila Botero dejó la banda, ad portas de la grabación de Sin Miedo, que se convirtió en el álbum más desafiante y significativo, que terminó con las voces de varias cantantes invitadas para interpretar cada canción. Tatiana lo describió como un proceso “bonito y sororo”, una obra en la que cada voz se adueñó de los temas y disfrutó plenamente del proceso.

     

    Bajo la misma línea de pensamiento que orienta la carrera de Lilith, desde la banda se promovió el MMM Fest  –”Más mujeres músicas fest”–, que impulsa la presencia femenina tanto en el escenario como detrás de él. “No faltan mujeres, faltan escenarios”, afirma Tatiana y detalla: “Nuestra meta es llevarlo por Colombia y Latinoamérica para abrir oportunidades y visibilizar el talento femenino”.

     

     

    Reconocimiento histórico

    Por su aporte a la actividad cultural y social de Medellín, por su postura a favor de los derechos de las mujeres, el pasado 11 de junio del presente año, Lilith recibió la Orden al Mérito Débora Arango en la categoría Justicia, un reconocimiento otorgado por el Concejo Distrital. Fiel a la idea de que han consolidado un camino que une el arte y el activismo, Tatiana considera que: “Fue un honor gigantesco (…) sobre todo con la orden al mérito Débora Arango, porque ella también fue una artista disruptiva (…) es una responsabilidad de continuar con nuestro trabajo, no es solo seguir con nuestra música y con nuestro trabajo artístico, sino seguir luchando por los derechos de las mujeres (…) así como también seguir trabajando por la equidad en este medio”, dijo en conversación con el equipo de Contexto.

     

    El poder femenino de Lilith llega al festival Altavoz 2025, donde con el público celebrarán cada proyecto: desde el primer concierto, hasta sus 25 años de labores, que incluyen giras de promoción y circulación fuera del país, videoclips de alta calidad en producción, discos que muestran los giros de su propuesta musical, entre muchas otras cosas, además de una larga lista de mujeres tocadas por su música, cuya participación ha demostrado la validez del poder femenino en el rock, de una voz que ha logrado romper barreras porque se debe gritar el doble, porque la satisfacción al ser escuchadas es mucho mayor; porque se toca y se canta con fuerza, pero sobre todo con amor, como dice Tatiana: “Lo que uno hace con amor sale bien siempre”.

     

     

  • Hasta aquí nos trajo el río: la tradición cumbiambera de Cereté

    Por: Irina Petro De León / irina.petro@upb.edu.co

    En Cereté, Córdoba, el Festival Nacional de la Cumbiamba ha logrado establecerse como un evento insignia del arte y folclor del municipio. Sin embargo, la comunidad debate si el éxito del evento significa o no una fuerte identidad cumbiambera.

     

     

    Un siseo surge de las corrientes leves del rio, cuando las ondas del agua son apenas perceptibles a la mirada gracias a las bondades de un sol que no descansa y acaricia con destellos los bordes de la superficie. Es un sonido constante, pero no estático. Parece que se renueva, que se reinventa con cada pisada sobre el cemento resquebrajado de las calles de Montería.

    En mi memoria está el mismo siseo, pero a orillas de lo que hace décadas era puerto. Una espesa maleza pro la que en medio pasa un hilo delgado de agua, sin los leves movimientos que le son naturales a los cauces, ocupa hoy el espacio de lo que algún día se llamó Caño Bugre. Aún se ven muchachos lanzándose desde un puente de hierro pintado de amarillo.

     

     

    Cuando tuvieron fuerza, estas aguas llevaron silbidos de gaitas y temblores de tambores para las primeras cumbiambas. Por allí llegaban músicos de otras tierras con afán de hacer real el rumor de que el río le hablaba al que supiera tocarle a las bailarinas una buena secuencia de tambor y que luego, sobre la canoa, el músico elegido podría escuchar también los conjuros de una luna conquistada por la música de gaitas.

    El festival- o “La Cumbiamba”, como le decimos los cereteanos- es el punto culmen de la cultura que se gesta en Cereté, Córdoba. Cada año, en la víspera de Semana Santa, los días pasan lentos y las noches se hacen eternas cuando las brisas se tornan cumbiamberas. Durante 32 años, se ha mantenido y hay quienes dicen que tendría alrededor de 40 versiones, si se tuvieran en cuenta actividades que datan de 1985. 

    El certamen reúne artistas locales y a la comunidad cereteana para preservar la música folclórica regional y promover tradiciones musicales de otras zonas del país. En él, la danza y la canción se vuelven vehículos de historias, valores y tradiciones para conectar generaciones. En los bailes se abrazan secretos, en los movimientos se guardan gesticulaciones de viejos cortejos, en las letras se esconden historias de los pueblos. Cada paso, cada tamboreo, cada guapirreo puede conectar a quien lo vive con su origen, con su camino.

     

    Cuando cae la noche y las calles quedan iluminadas por la luna gaitera de Cereté, el hombre engancha el sombrero vueltia’o mientras se saca el pañuelo y lo entrega a la mujer, quien con la mano derecha lo recibe y sobre él ubica el puñado robusto de velas blancas y largas; y con la izquierda se agacha y agarra la pollera entre las puntas del índice y el corazón. Es el guapirreo, un “jueeeeeeeepaaaaaaaa” de voz rasgada, fuerte y brotada de las entrañas lo que marca el inicio. La vaina ya se formó, la vaina ya se formó. 

     

    Con la falda entre mis dedos, el pelo amarrado y el manojo de velas soportado con fuerza sobre mi palma derecha, me dispuse a entrar a la rueda. Solo hace falta otro guapirreo, porque la rueda se puede bailar con una pareja a quien se le clava la mirada de la invitación, o bien sea, también, en la luz incandescente que provoca una mujer que danza sola.

     

    Cumbiamba es ritmo y manifestación

    La cumbiamba hace parte de un gran conjunto al que se le ha llamado popularmente como “música de gaitas”, que tiene sus orígenes en el siglo XVI, en los primeros encuentros entre negros, indígenas y africanos. La música de gaitas, como la conocemos actualmente, adquiere en el siglo XX algunos de sus elementos distintivos como la inclusión de la tambora, de los textos y la creación de una escena musical alrededor de los festivales[1] para llegar hasta lo que hoy se conoce como Cumbiamba, que en sus inicios fue una fiesta al aire libre de acordeones, tambores y guacharacas. 

     

    Ahora, se comprende únicamente como expresión cultural, sino también como un ritmo que se diversifica en forma y nombre, según la influencia negra e indígena que haya preservado la zona del litoral colombiano en la que se dé. Sin embargo, en el fondo, permanece por su vínculo estrecho a la música de gaitas. A esta idea de un encuentro triétnico de diversidades musicales y dancísticas se adscribe el Festival Nacional de la Cumbiamba.

     

    La Cumbiamba: punto de encuentro

    Esta manifestación del sentir y hacer cumbiambero no sido ajena al reto de mantener a la comunidad vinculada a lo que llaman “identidad cumbiambera”. El Festival de la Cumbiamba, “a la larga es un espacio que hace que uno se encuentre, que uno se identifique con lo que es, con lo que le gusta, con lo que es de acá, de nuestra tierra, de aquí de Cereté”, expresa Álvaro Martínez, músico joven partícipe del evento.

     

     

    El Festival comprende el Desfile Infantil “Semillero cumbiambero de paz y alegría” y el Desfile Cumbiambero de Mayores. Los concursos varían entre parejas de baile infantiles y juveniles, canción inédita de cumbia, mejores intérpretes de tambor alegre y gaita corta y grupos de gaita corta infantiles, juveniles, aficionados y profesionales.

    Además, se hacen tomas culturales bajo figuras como el Día de la Cultura Cumbiambera, que al igual que Cumbiamba a la Escuela, tiene lugar en las instituciones educativas del municipio. Hay también presentaciones especiales con las llamadas “capitanas”, la lectura del bando, la agenda en la tarima artística y el concierto de cierre del festival.

     

    No todos muestran interés por las mismas actividades. Por eso también hay espacios de concurso, espacios de enseñanza y aprendizaje (instituciones educativas y el Centro Cultural Raúl Gómez Jattin) para gestores y líderes socioculturales, profesores, estudiantes, artistas y personas con interés en participar de la divulgación de saberes mediante la puesta en escena y la muestra.

     

    No obstante, el frenesí de cada año con sus respectivas versiones del certamen, divide opiniones sobre qué tan vinculada se siente la comunidad cereteana con la llamada “identidad cumbiambera” que soporta y promueve el festival. Álvaro Martínez lo expresa así:

     

    “El festival está perdiendo credibilidad, está perdiendo como su auge […] Cuando hacen toda la programación, cuando ya llegan como tal los concursos por categorías, ya la plaza está vacía, ya en la plaza solamente quedan unos pocos que les gustan y los que están participando. O sea nos vemos entre nosotros mismos. […] Los escenarios no se llenan, el único día que se llena, y eso lo compruebo todos los años, es el último día. Se llena porque llevan a un artista ajeno al festival entonces apenas se acaba, la gente se va. Una vez hicieron primero los concursos de gaita y después al final dejaron el artista y pues se mantuvo la plaza llena, pero este año primero trajeron al artista, fue Checo Acosta, apenas ese man se bajó de tarima, ahí quedaron los mismos de siempre”.

     

    Tevinson Díaz Carmona- músico, compositor, coreógrafo, docente e investigador alrededor de la Cumbiamba- considera que, además de que los artistas invitados sean un atractivo para las masas, la ausencia de público en las muestras de los artistas locales también tiene que ver con una ruptura entre la comunidad y el hecho cultural cumbiambero. Dice Díaz que la comunidad no ha podido asumirlo como propio por la forma en la que se piensa y planea el evento, que se llena por los invitados, pero no por la música de gaitas. Opina que no se puede pretender mayor asistencia si entre los asistentes falta educación sobre la cumbiamba.

     

    El porqué del sostenimiento del festival en el tiempo se responde bajo distintas percepciones y motivaciones. Una de ellas tiene que ver con los procesos pedagógico-participativos que se dieron de manera previa a la realización de los primeros festivales y que se mantuvo, incluso, cuando este no se pudo realizar por casi una década.

     

    En los 80, Argemiro López Doria, docente y gestor cultural, comenzó a integrar a los jóvenes en los distintos comités del Festival, desde la logística y planeación hasta las decisiones artísticas. Años más tarde, Alberto Saibis Saker, entonces alcalde de Cereté, fomentó las escuelas populares cumbiamberas en cada barrio. Óscar López, escritor, docente y gestor cultural expresa que: “Si la cumbiamba, la música de gaitas y tambores, no tenía pasado registrado, desde ese momento tuvo un futuro asegurado […] Los niños que en esa época asistieron a las escuelas, se convirtieron en instructores y formaron sus escuelas, hoy famosas”.

     

    En efecto, aquellos niños hoy son coreógrafos, músicos-compositores o bailarines del Festival. Con el mismo propósito, el Liceo León de Greiff- conocido como “El León”-, institución educativa de carácter privado, fundó un grupo de pitos y tambores al que nombraron “Los Cumbiamberos”. Álvaro Martínez, hijo de este semillero, cuenta que sus contemporáneos que de alguna forma se vincularon a la tradición cumbiambera, tienen en común el colegio: “Es El León, realmente es eso, ese proceso y esa etapa que todos tuvimos al mismo tiempo”, dice en referencia a figura en la esfera cultural cereteana como Elaine Parra, Tevinson Díaz, Arveys Meléndez y Carlos Negrete, quien afirma: “le debo mucho a el Liceo León de Greiff, por siempre y para siempre, esa parte del colegio que a nivel cultural, a nivel de arte, de cultura y de todo lo que tiene que ver con el mundo de los artistas, ellos siempre los van a inculcar.”

     

     

    Ahora son muchas las instituciones educativas que cuentan con sus propios semilleros. Óscar, actual rector de la Institución Educativa Cañito de los Sábalos, sostiene que desde los colegios se vienen orientando “procesos culturales, no sólo de formación, sino también de una búsqueda de raíces de dónde vienen las expresiones culturales propias del municipio de Cereté”.

     

    El Festival se apoya en el trabajo de la Fundación Sociocultural de la Cumbiamba desde 2011. José Gregorio Gúzman, artista, gestor cultural y miembro dafirma que: “Lo que más lo sostiene es la gente que hace parte de los procesos por medio de fundaciones y organizaciones privadas, el esfuerzo tan bárbaro de gente, que hasta terca a veces, nos ponemos para que esto no decaiga”.

     

    De la Fundación provienen estrategias como Cumbiamba a la Escuela, que entre un mes y dos semanas antes del Festival. Las capitanas elegidas del año recorren todas las instituciones educativas de Cereté con grupos de pitos y tambores para hacer charlas y actividades pedagógicas: la narración oral sobre el origen de la cumbiamba en Cereté; muestra de baile, pitos y tambores; y un espacio para aprender toda la parte instrumental.

     

    José Gregorio sostiene que: “Cumbiamba a la Escuela ha resultado porque las nuevas generaciones de cereteanos, más que las viejas, identifican al festival como propio”. A su turno, María Camila Simpson, bailarina de 22 años y excapitana del festival, considera que la estrategia está bien planteada y cree que sí ha logrado un impacto en las juventudes y su interés por el conocimiento alrededor de la cumbiamba.

     

    Sin embargo, Álvaro Martínez, de 18 años, inscrito en el contexto folclórico desde su primera infancia, no siente que haya una vinculación profunda del festival con la comunidad, y en menor medida con las generaciones recientes: “Acá en Cereté, ya en la juventud pues, es difícil encontrar músicos de este género que tengan un proceso como de muy, muy pequeño y se hayan mantenido. La mayoría, cualquiera, puede decir de una tambora que la toca, toca la base de cumbia machucada, pero porque de pronto una vez en el colegio se lo enseñaron o porque alguna vez lo aprendió y ya, pero no es como que se quede dentro de esto”.

     

    Tevinson Díaz considera que la voluntad de Cumbiamba a la Escuela es buena, pero hay vacíos y la actividad debería profundizar, más allá de la muestra dancística y musical. Por su parte, Carlos Negrete, docente, bailarín y miembro de la Fundación, considera que: “La identidad empieza con la educación. ¿Con qué educación? Con la escuela de formación, con Cumbiamba en la Escuela, con la identidad de tomar a nuestra familia y decirles, mira, es Cumbiamba, estamos en tiempos de Cumbiamba, vamos a que esto siga vigente y vamos a enseñárselo a mi sobrino, a mi hijo, a mi papá, a mi mamá, a mi hermano, y se va expandiendo y el municipio crea una identidad de que si cada año, una semana desde Semana Santa, nuestro municipio de Cereté se cree un ambiente cumbiambero”.

     

    María Raquel Pacheco, gestora cultural y participante del Festival desde sus inicios, afirma que: “No es solamente a las personas mayores que van a disfrutar del festival, (…), sino que estas generaciones que se están formando entiendan que la cultura hace parte de la vida, (…) hay unos saberes, hay unas memorias, hay unos procesos históricos, hay unos procesos de construcción colectiva, que son importantes conocerlos para poder entender en qué contexto estamos”.

     

    A lo largo del año, eventos “satélites” mantienen el calor de la cumbiamba: el Reinado Cultural del Algodón, las Fiestas de la Candelaria, el Día de la Cumbiamba y La Rueda del Cumbión de Cereté. Esta última se celebra cada 8 de diciembre como una rueda de cumbia en la plaza del centro cultural.

     

    Considerando todos los puntos, es posible plantear una mirada que, más allá de pretender responder si los procesos actualmente emprendidos en el municipio tienen o no un impacto profundo, duradero y sostenible culturalmente en los diversos grupos etarios, busque preguntarse por el cómo de estos procesos. El relevo generacional puede ir enfocado más que al hacer coyuntural, a la comprensión de por qué el ritmo de cumbiamba, la manifestación de la misma y la representatividad de ésta en el festival, es relevante para el municipio, para los procesos comunitarios y para la construcción de una memoria colectiva a partir de la elementalidad tradicional de un presente cotidiano. Como también lo plantea María Raquel: “que estos espacios educativos, estos espacios de esa agenda cultural, vaya de la mano con esos procesos que permiten que la gente conozca”.

     

    La identidad cultural de Cereté, como las aguas de lo que un día fue su caudaloso Caño Bugre, está en constante movimiento; y así como solo es posible nadar en calma un río si vas con su corriente, solo es posible cuidar un legado que se comprende y asume desde su esencia. Los cereteanos herederos de esta tradición que ha crecido, se preguntan cómo manejar el legado que reciben para que se saboree con facilidad, pero mantenga su cadencia.

     

    [1] Zamora, 2016, p.30.

  • El arte de ser un bocafloja

     

    Por Isabella González Estrada / isabella.gonzaleze@upb.edu.co*

     

    Aldo Villegas (12 de julio de 1978), conocido artísticamente como bocafloja, es un poeta, artista de la palabra hablada (Spoken Word), Hip Hop y comunicador social mexicano. Es reconocido como el precursor en la utilización de la cultura Hip Hop en Latinoamérica como una herramienta de concientización social y política, especialmente en comunidades marginadas.

     

    Inició su carrera en los años 90 con los grupos Lifestyle y Microphonk, y como solista ha lanzado álbumes como Pienso, luego existo (2003), Jazzyturno (2004) y Existo; dirigió el documental Nana Dijo (2016), un análisis visual sobre la diáspora africana en América Latina y el racismo estructural en la región.

     

    En el Hay Festival 2025 en Jericó, estuvo en conversación con Daniel Rivera Marín, periodista y autor del libro de crónicas “Volver para qué”, sobre su evolución artística y su libro más reciente, Del mondongo al ojalá (2024), en el que reúne microrrelatos, poesía y fotografías. Además, realizó un concierto en el parque principal de Jericó, donde fusionó la palabra hablada (Spoken Word) y el Hip Hop.

     

    En esta entrevista para la audiencia de Contexto tuvimos la oportunidad conversar sobre la importancia del arte urbano en la memoria histórica, los desafíos de ser un artista crítico del sistema y su conexión con América Latina, valorando experiencias descentralizadas como la del Hay Festival Jericó.

     

    ¿Qué es para usted ser un bocafloja?

    Bueno, más que otra cosa es la posibilidad de utilizar el lenguaje y el discurso como una plataforma de comunicación efectiva. Sin restricción o sin límite en el ejercicio expresivo como tal. Bocafloja surgió hace muchos años en una canción cuando, muy al inicio de mi carrera, formaba parte de otros grupos. Después cuando salí como proyecto solista fue que lo utilicé como mi nombre.

    ¿Cómo es ser un bocafloja hoy en día, le ha traído problemas?

    Siempre todo lo que nosotros hablamos tiene un impacto y una implicación. Uno responde, al final del día, a una agenda y uno tiene que asumir ese nivel de responsabilidad y conciencia sobre lo que está diciendo, siempre tiene un peso. Además, que, cuando algo sale de nosotros, una vez que la gente lo escucha, eso que decimos tiene la posibilidad de tener vida propia y ellos pueden hacer una relectura, y no necesariamente corresponde a lo que uno está tratando de comunicar. He tenido experiencias muy positivas, otras no tan positivas, pero ese es el riesgo calculado de hacer el tipo de música que estoy comprometido a hacer.

     

    ¿Cómo llegó a estas otras maneras de expresión artística: la poesía, la literatura y la fotografía?

    Bueno, con la cuestión de la poesía y la literatura creo que hay un vínculo innegable respecto rap, porque como tal tiene en sí mismo una vena literaria y una vena poética. Obviamente, rompe con los estándares clásicos de hacer poesía. Es como un tipo de poesía que está vinculada con otro tipo de experiencias y con otro tipo de ejecución. Rompe un poco con lo, a veces, demasiado soberbio y soso que pudiera ser la poesía clásica.

    Pero el explorar otros formatos como la fotografía, el cine documental o los proyectos literarios tiene que ver con la necesidad de igual comunicar a públicos más amplios y hacer notar que nosotros también podemos producir en ese tipo de espacios. O sea, que la poesía no es una práctica limitada a los grandes eruditos de la poesía clásica y toda esa historia. También hay poesía en todos lados.

    ¿Cuáles han sido como para usted esas influencias o esos exponentes que lo llevaron a converger como tantos formatos en lo que usted expresa?

    Yo leí grandes influencias, que son autores del Caribe, como Frantz Fanon y Walter Rodney enfocados en la producción artística y cultural del sur global como una experiencia epistémica; también James Baldwin de los Estados Unidos. Mucha de la literatura negra del mundo ha sido superimportante en mi formación intelectual y poética, incluso, la misma música, el mismo rap también me introdujo a un montón de experiencias discursivas y literarias que me obligó a investigar este tipo de cosas.

    En Medellín, Colombia, el mural titulado “Las Cuchas Tienen Razón” fue creado por colectivos artísticos para rendir homenaje a las madres buscadoras, mujeres que han dedicado sus vidas a encontrar a sus seres queridos desaparecidos durante el conflicto armado. Este evento reabrió el debate sobre el papel del arte urbano en la construcción de memoria histórica y su capacidad para desafiar las narrativas oficiales. ¿Cómo ve usted el papel del arte urbano, como el grafiti y el muralismo, en el contexto latinoamericano para desafiar narrativas hegemónicas y preservar la memoria histórica?

    Tiene que ver con la necesidad de ocupar el espacio público como un derecho social humano básico. Es la posibilidad de comunicar y utilizar el espacio público para plasmar una idea que impacte de forma colectiva el tejido social. Entonces creo que un muralista requiere de ese tipo de ejercicios que pueden implicar transgresiones a nivel sistémico.

    El hecho de que haya una reacción por parte de la comunidad para volverlo a pintar habla ya de un proceso de organización política. Ahí ya hay un montón de valor, porque políticamente se están organizando para utilizar el arte como un vehículo para llevar un mensaje.

    Y lo más interesante que a mí me parece de todas esas experiencias es no solo los artistas o la comunidad directamente relacionada con los muralistas que vean en esa pieza, sino personas que van caminando que no tienen quizás conocimiento de lo que está sucediendo y que gracias a ese impacto visual empiezan a hacer un ejercicio crítico de cuestionamiento sobre qué es lo que está pasando. Ahí ya hay un proceso de politización, creo que eso a mí es lo que más me gusta y le encuentro el valor.

    ¿Cuáles son los desafíos de ser un artista que incomoda al sistema?

    El desafío es a veces sentirte periferizado: la exclusión, la falta de acceso, la falta de visibilidad, la distribución desigual de poder, de acceso de todo en todos sentidos. No es algo fácil, no es algo sencillo.

    Por eso yo soy un firme creyente que es importante no solamente buscar la ruta de la hegemonía para ocupar ciertos espacios, sino crear nuevos modelos de acceso al poder. Una lógica distinta que busque otras rutas, que no busca ocupar, necesariamente, esos espacios hegemónicos o como se dice popularmente, no obsesionarnos en querernos sentar en la mesa de ellos, sino en crear nuestra propia mesa y dialogar a partir de esos otros espacios.

     

     

    A pesar de que radicas en E.E.U.U, ¿por qué América Latina es tu fuente de inspiración?

    Yo creo que eso es parte de mi identidad, de alguna manera. Creo que América Latina como región está hermanada también con un montón de otras experiencias del sur global. A veces cuando he tenido la oportunidad de estar, por ejemplo, como en el norte de África, Egipto, en Marruecos, veo que al final del día somos como la misma gente. Por ejemplo, cuando viví en Nueva York, mi forma de navegar el espacio era, prácticamente, con todas las comunidades migrantes. Es como una manera de sentirte en casa fuera de casa, creo que es parte del del compromiso histórico que vamos cargando hacia donde nos movamos.

    ¿Qué se lleva de Jericó?

    Me gustaron muchas cosas, sobre todo, me pareció superinteresante el hecho de que las actividades se dieran en el contexto del centro de la ciudad, un espacio público donde las familias están caminando, es como una experiencia intergeneracional, eso es superlindo.

    Es un lugar superbello, la comunidad parece ser muy receptiva, muy abierta. Y sobre todo creo que lo que más me llevo es la posibilidad de haber experimentado este ejercicio de descentralizar el arte y la cultura, el hecho de que solo se quede restringido al a los grandes enclaves citadinos. O sea, como pensar que el arte colombiano es Bogotá, Medellín y Cartagena, sino que hay un montón de otras cosas pasando en otros espacios que traen otras narrativas, otro ímpetu, otra energía y eso para mí es mucho más valioso, mucho más este atractivo y más inspirador.

     

     

     

    *Contexto estuvo en el Hay Festival Jericó 2025 por invitación de Comfama a medios universitarios de Medellín.

     

  • La Pascasia, un sueño colectivo de cuatro pisos

    Ana Sofía Araque Paneso / ana.araque@upb.edu.co

     

    Así como sucede con las personas, los espacios también evolucionan, crecen y se transforman. Se transforman para ser testigos de las ocurrencias humanas y de sus nuevos objetivos. Aunque los cambios traen nostalgia, cuando se observan los resultados de un sueño materializado, el nuevo entorno cobra un sentido de pertenencia y La Pascasia, la casa cultural de la corporación Común y Corriente, es un ejemplo de ello.

     

    La historia de La Pascasia

    Antes de que existiera la casa, primero estaba una empresa sin ánimo de lucro llamada Común y Corriente que fue la que buscó construir un espacio como centro cultural. La idea nació de unos amigos músicos que querían tener un espacio para hacer conciertos y porque en su momento se identificó que sería bueno tener un espacio independiente para ellos y otros artistas. A su vez, se buscaba un espacio que juntara diferentes disciplinas artísticas como la música, la literatura o las artes plásticas; y se generara un diálogo entre ellas. Jaime Suárez, uno de los corporados explicó que “Común y Corriente es una corporación de artistas que desarrolla proyectos artísticos y culturales que intentan derivarse en un beneficio para la sociedad; ya sea que los artistas tengan unas mejores posibilidades de compartir su trabajo de creación o que los proyectos lleguen al público adecuado en el que se dé un espacio de reflexión”.  

     

    Así pues, el nacimiento del centro cultural, en el 2016, tomó fuerza cuando se instalaron en una casa del centro de Medellín. La adecuaron de acuerdo con sus necesidades y el grupo de amigos, que se conocieron estudiando música, se amplía y se convierten en los 10 corporados de Común y Corriente. El lugar, entonces, recibió el nombre de La Pascasia y pasó de ser el hogar tradicional y antioqueño de una familia que vivió durante varias generaciones allí, a convertirse en una casa cultural; pues, además de los conciertos, se incorporó una galería, un teatro, un café y oficinas para sus creadores.

     

    Juan Felipe Restrepo Cano, un estudiante de periodismo que fue testigo de la magia de La Pascasia desde sus inicios, contó que era una casa patrimonial del centro que con el tiempo fue mutando. “Cuando entrabas, lo primero que te encontrabas era un patio central donde transcurría todo. Un patio que tenía un árbol en la mitad donde había unas especies de muros simulando el corredor de una casa campesina… entrar a esa casa era como olvidarse un poco de que estabas en una ciudad”. 

     

    Patio central de la sede antigua de La Pascasia. Foto: Juan Felipe Restrepo.

     

     La Pascasia recibió su nombre debido a que se encontraba ubicada en la carrera Pascasio Uribe en la comuna 10, La Candelaria; y durante siete años los corporados y el público se encontraron allí nutriendo la casa de lecturas, conversaciones, bailes y exposiciones. Jaime Suárez expresó que el tener este proyecto en el centro era muy importante porque permitía tener conexión a todo su ecosistema cultural y aportar más a eso. Incluso Restrepo confirmó lo dicho por el corporado al haber mencionado que: “Cuando eran los días de orquesta, uno llegaba a allá y a veces no se podía entrar; la fila llegaba hasta las torres de Bomboná de gente esperando a que a alguien le diera por salir. Eso hablaba mucho de lo que se convertía La Pascasia en Medellín”. 

     

    Un día de orquesta en la sede antigua. Foto: Juan Felipe Restrepo.

     

    ¡Hora de mudarse!

    Para 2022, la Corporación consideraba pertinente tener un espacio más grande, que les permitiera incorporar más elementos a su centro cultural, así que ese mismo año empieza la compra de un lugar mucho más amplio a solo dos cuadras de la sede original, diagonal al teatro Matacandelas. Se trata de un edificio de cuatro pisos que antes era un club-sauna gay llamado El Club de Tobi y que, por las circunstancias de la pandemia, cerró en el 2020.

     

    El anuncio oficial de su traslado fue el 22 de julio del 2023, que también contenía la noticia sobre la ayuda económica necesaria para iniciar la remodelación del edificio. Para eso, todos los que quisieran ayudar a que La Pascasia cumpliera un sueño más, podían hacerlo con $20.000. En su página web, para explicar su situación al público, mencionaron que “para hacer tantas ociosidades se necesitan muchos holgazanes. Sí, no fue fácil, pero logramos conseguirlos, y ahora somos muchos. Más aún, cuando consideramos que usted también es uno de nosotros”. El pedido fue bien recibido y para el 10 de octubre de 2023, comenzaron la remodelación y anunciaron que el nuevo edificio de La Pascasia, además de contar con galería, restaurante y una nueva librería, da cabida a proyectos de artistas visuales, músicos, colectivos audiovisuales y periodísticos. Con esfuerzo y manos a la obra, el 17 de febrero de 2024 hicieron oficialmente su apertura.

     

    Al respecto del traslado, el corporado Jaime Suárez dijo de manera segura y con orgullo que: “El tránsito hasta acá no fue inmediato, pero ahora lo más importante es que en este nuevo lugar no solamente nos están visitando las personas que están desde la casa anterior, sino que también veo muchas caras nuevas…lo que hace el proyecto es la gente, entonces yo creo que aquí estamos bien”. 

    Adentro de la nueva Pascasia

    Durante el día, cuando se llega a la calle 47, es inevitable observar el edificio, pues logra distinguirse de los demás. Su color verde esmeralda con toques de rosado que bordean sus ventanas hace que quienes pasen por allí, incluso inmersos en sus propios mundos, alcen la cabeza y contemplen la vida del edificio en su calle. 

     

     

    << Edificio La Pascasia. Foto: Ana Sofía Araque Panesso

     

    Al acercarse a la puerta, por sus rejas se deja entrever un pasillo largo. Al principio es oscuro, pero, a la mitad del recorrido la luz del sol lo deja ver con claridad. Al llegar en la mañana, cuando el público no está mirando, cuando el espectáculo aún no empieza, se siente una atmósfera tranquila y agradable. Al avanzar por el pasillo, lo primero que se ve es un jardín y, al mirar al techo, se puede ver todos los pisos junto con unas pinturas que complementan la decoración. El lugar huele a nuevo por todas partes, la pintura fresca, la madera, la luces; todo se observa en perfectas condiciones. Al lado del jardín esta la librería, un espacio silencioso y propicio para la concentración y desconexión con el ruido de la ciudad.

     

     

     

     

     

     

    Librería de La Pascasia. Foto: Ana Sofía Araque Panesso.

     

    Siguiendo el recorrido natural que propone el lugar, la luces se tornan rojas; inmediatamente el ambiente cambia: así sea de día, una energía nocturna empieza a emerger. Se encuentran los comedores estilo vintage con más pinturas que hacen parte no solo de la decoración, sino que son piezas exposición y se ofrecen al mejor postor; al lado hay un bar. Los trabajadores están, cada uno, inmersos en sus deberes; preparando todo para la hora del almuerzo y el evento en la noche.  

     

    El comedor y la barra están concebidos como puntos de encuentro para los visitantes y no solo como dotaciones del lugar.

    Fotos: Ana Sofía Araque.

     

     Una vez terminado el pasillo, la visión panorámica se amplía. Se trata del lugar donde se desarrollan los eventos, así que es un salón que cuenta con un espacio en forma de rectángulo destinado para el público y al fondo una tarima. Una vez ahí, se pueden ver los detalles: el telón, el jardín que hay detrás y los instrumentos puestos en su lugar a la espera de los intérpretes que les saquen las mejores notas. 

     

    El escenario de La Pascasia acoge una amplia gama de géneros musicales. Foto tomada por: Ana Sofía Araque Panesso.

     

    Un espacio para compartir el arte

    En la red de trabajo de La Pascasia está Mateo López, el Community Manager. Él explicó que el tener un edificio permitía que los enfoques de la Corporación se vieran más en cuanto al espacio que tiene cada uno; no solo La Pascasia como centro cultural, sino toda la organización: el sello de Música Corriente, el sello editorial Verso Libre y la galería de arte Un Ojo Común. También, aclaró que el lugar no sólo sirve para los proyectos propios de la corporación, sino que cuenta con espacios para alquilar, ya sea para eventos, actividades académicas o reuniones empresariales. Incluso, existen entidades que se encuentran allí; como la tienda de discos Surco Récords, la oficina del portal El Armadillo, dos productoras audiovisuales llamadas Mamut y Rara, un estudio de música y dos artistas plásticos independientes. Mateo, también aclaró que para conseguir el edificio fue necesario la ayuda del público, pero no fue la única fuente de apoyo. Ayudaron empresas como Confiar, Comfama, SURA, el teatro Matacandelas, entre otras más.

     

    Dentro de los planes a futuro, el corporado Jaime Suárez reconoce que falta mucho, pero tiene claros los objetivos a mediano plazo. “Estamos en el proceso de tener un auditorio multipropósito, es decir que se pueda tener desde conciertos hasta conversaciones o proyecciones de cine; y tener la galería de arte. Ahora hay una muestra pequeña, pero no es la manera en la que nosotros hacemos exposiciones. También se está buscando crear los medios para que todas las personas, incluyendo a las que tienen movilidad reducida, sean bienvenidas a recorrer todo el lugar”. 

     

    El objetivo es que La Pascasia sea considerado un espacio para el arte y que el centro de Medellín cuente con un lugar dispuesto a compartirla. Como lo dice la misma corporación: “Casa que, aunque actúa como sede de los artistas de la corporación Común y Corriente, obra en trance de la generosidad de todo aquel que crea un mundo propio con el deseo de compartirlo”.

     

     

    Así se creció La Pascasia

     

  • Un aniversario al murmullo del río

     

    Por Camilo Pérez Montoya / camilo.perezm@upb.edu.co

     

    En el marco de la celebración de sus 40 años, la Filarmónica de Medellín inició una serie de Serenatas por los lugares más emblemáticos de la ciudad en búsqueda de compartir con la ciudadanía la alegría por su trayectoria. La segunda de sus serenatas fue una carta de amor al río.

     

    El día empezó con los trompetazos de la 20th Century Fox. El quinteto de metales y la batería de la Filarmónica de Medellín anunciaba a la ciudad su cuadragésimo aniversario y se disponía a cantarle a su villa y a la espina dorsal que le dio vida a esta: era una Serenata al Río porque “al río también hay que agradecerle”, diría más tarde Gonzalo Ospina, concertino de la agrupación. Desde el puente peatonal de la estación Ayurá, inició la serie de tres conciertos con las bandas sonoras más reconocidas del cine con las que la Filarmónica quiso celebrar su cumpleaños.

     

    Frente a la planta de tratamiento de aguas de Ayurá, la Filarmónica inició su recorrido por el río. Foto: Camilo Pérez.

     

    Mientras la trompeta de Frank Londoño marcaba las primeras notas del tema de La pantera rosa, la gente se empezaba a reunir curiosa y con sonrisas entre la nostalgia y el asombro alrededor de los seis músicos que tocaban bajo la imagen de La niña María, del artista Humberto Pérez, que se pintó en los años 90 buscando proteger al metro de los atentados con bombas que acechaban la ciudad.

     

    En esa sonata para balas y esquirlas que fue Medellín desde principios de los 80, en un garaje del barrio Belén, nació la Filarmónica con 42 músicos bajo la batuta de Alberto Correa, médico de la Universidad de Antioquia y fundador de la orquesta. Desde entonces, entre Beethoven y Wagner, John Williams y Ennio Morricone; los metales, maderas y cuerdas han resonado entre los recovecos de las montañas de la ciudad. “Es muy importante mantener estas orquestas y estos eventos culturales porque son los que le dan conciencia a la sociedad. Lo vivimos en los confinamientos cuando estuvimos encerrados y la gente se aferró al arte. Son espacios vitales para las sociedades”, diría Londoño luego de que las dos trompetas, el corno, el trombón, la tuba y la batería terminaran el primer concierto con las notas de la Star Wars de George Lucas.

     

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    Serenatas es un espacio que la Filarmónica pensó para celebrar en puntos específicos de la ciudad el acontecer de sus 40 años en los que los ha acompañado la ciudadanía. Sacar los conciertos de los teatros y acercarlos a la gente es uno de los propósitos principales de la orquesta con estos espacios. “Uno de los espacios esenciales para ser transformación en nuestra ciudad, es llegar al Centro, a las iglesias, al Museo de Antioquia, a cada una de las calles que son puntos de partida de Medellín, este año cumplimos 40 años y le llevaremos serenatas a los lugares que nos han abrazado y han sido hogar”, reza su página web.

     

    El puente de Guayaquil fue el segundo en ser construido en la ciudad, fue uno de los espacios de celebración de la Sinfónica. Foto Camilo Pérez.

     

    El puente de Guayaquil fue el segundo en ser construido en la ciudad. Siguiendo la búsqueda del río hacia el Norte, la siguiente parada fue el puente de Guayaquil. En 1876, cuando solo había dos puentes en la ciudad, Guayaquil se erigió símbolo del esfuerzo de la población por llegar al oriente del Valle, la Otrabanda, y hacer prosperar la que sería la capital industrial del país. Sobre esas mismas piedras, el ensamble de cuerdas de la Filarmónica preparaba otras tres piezas para convocar a los deportistas que pasaban por la ciclorruta, fanáticos de la música clásica y curiosos que se acercaban al lugar.

     

    Rodolfo Ríos, guía turístico profesional y miembro de Asoguían, fue el encargado del preámbulo del concierto. En su discurso como en el de Ospina, el concertino que interpretaría el solo de la primera pieza, se denota la nostalgia por lo que fue el río, por la vida que le robaron las dos avenidas que lo flanquean y la contaminación que le imprime el brillo café sobre el que se reflejaba el sol del Valle de Aburrá. La lista de Schindler de Williams, Il Postino de Bacalov y Cinema Paradiso de Morricone fueron las bandas sonoras escogidas que sonaban por encima del suave murmullo del río, la fluidez eléctrica del metro y el estruendo metálico de los carros en la avenida Regional.

     

    “Qué más importante en Medellín que el río. Es la conexión y la desconexión de la ciudad”, decía Vania Abello, subdirectora de Programación de la Filarmónica. Resalta que, en estos 40 años, la Filarmónica le ha dejado a la ciudad “mucha cultura, música y transformación. La orquesta no solo toca música, sino que tiene otros proyectos que le apuntan a lo social y eso ha ayudado a construir una ciudad donde podamos todos ser un poquito mejores desde nuestro compartir en el arte”. Y en sentido contrario, Abello afirma que la Filarmónica le debe todo a la ciudad, y concluye que: “Es increíble que, en una ciudad como Medellín, con las problemáticas que tuvo en el momento en que la orquesta se fundó, haya permitido que esta siga viva y construyendo a través de la cultura”.

     

    Como el pequeño teatro de la película Cinema Paradiso, que sobrevivió a los vaivenes de la Segunda Guerra Mundial en Italia, la orquesta se siente a sí misma como un obelisco vivo a la resistencia de la ciudad y a los procesos artísticos transformadores que hicieron de esta una Medellín más en paz.

     

    Escucha una experiencia inmersiva de la Serenata al Río de la Filarmónica de Medellín

     

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    En Parques del Río se reunió toda la orquesta para el acto final de su conmemoración al río Medellín. Todos los instrumentos afinaron al son de las primeras notas de El preso de Fruko y sus Tesos y Ospina se plantó en el atrio a dirigir. El ensamble, que desde 2022 es dirigido por el israelí David Greilsammer, rápidamente se rodeó de gente de todas las edades. Entre el público, la gente exclamaba la emoción por escuchar la música de las películas de su infancia y el entusiasmo porque la ciudad siguiera proponiendo espacios de ese tipo. “Tenemos la ventaja de la fortuna de ser una orquesta que puede adaptarse a muchos y diferentes tipos de repertorios”, anotaba Ospina mientras preparaba al público para el concierto. La versatilidad de la orquesta, que en su último concierto de temporada interpretó obras de Tchaikovsky y Wagner, quedaría demostrada en la amplitud de las piezas que empezaron con la apertura de 2001: Odisea en el espacio, pasando por los instrumentales de Tom y Jerry, Bugs Bunny, Jurassic Park y King Kong hasta Avengers y James Bond.

     

    Ospina levanta las manos mientras dirige un medley de bandas sonoras de caricaturas. Foto: Camilo Pérez.

     

    Sebastián Gutiérrez, quien seguía los conciertos fielmente desde Ayurá, filmaba con emoción los movimientos finales de la orquesta. “Son espacios para conectarse con lo espiritual, porque la música para mí viene del alma”, dijo al final del concierto cuando entre aplausos ovacionaban a los músicos de la Filarmónica. El 15 de abril, durante su concierto oficial de aniversario, el maestro Alberto Correa dirigió el conjunto como lo hizo por primera vez hace 40 años. La Filarmónica se siente viva y se siente de la gente. Desde los arcos que hacen sonar las cuerdas y los pulmones detrás de los metales le dice a la ciudad que aún quedan nuevas melodías por escuchar.

  • El francés, un idioma que deja huella en Medellín

    El francés es un idioma que ha tocado la vida de muchos colombianos que alguna vez lo estudiaron en el colegio o para viajar al exterior, también de algunos que nacieron con él. En Medellín, sus promotores lo han hecho una herramienta que contribuye a la construcción de ciudadanía a través del arte, el cine y la música en diferentes barrios, pero también con la inclusión de la comunidad francesa. Es la tarea que ha emprendido la Alianza Francesa en la capital de Antioquia.

     

    Thomas Arango López / thomas.arango@upb.edu.co

     

    “Bonjour, comment ça va ?, Qu’est que vous avez faitez le weekend?”, es lo que se oye cuando empieza la clase al entrar a uno de los salones que tienen el mapa de Francia y fotografías de alguna de sus ciudades. Se enciende el monitor que proyecta en la pared el libro de texto con el cual se trabaja y, luego de haber escuchado la canción algún artista francófono, visualizado el tráiler de una película que tuvo eco en el cine francés o leído el fragmento de un texto que puede ser icono en la voz de Víctor Hugo, se empiezan a socializar los ejercicios pendientes y se abre con la nueva temática que bien puede ser una base gramatical o un sujeto que nos puede hablar de la gastronomía en Lyon.

    Fachada exterior de la alianza francesa sede San Antonio. Por: Alianza Francesa

     

    El francés no solo es uno de los idiomas más populares globalmente, de los más hablados, de los oficiales de la ONU o el que necesitas para trabajar, estudiar o vivir en un país francófono. Es también aquel que tiene. un particular un impacto cultural, desde la literatura, la música, la pintura, la gastronomía y más. Bajo estos principios se orienta la Alianza Francesa, un instituto que impulsa la lengua y la cultura de ese país en el extranjero desde su fundación en París en 1883. En la actualidad tiene más de 1072 sedes, en al menos 135 países, las cuales funcionan bajo un enfoque cultural y lingüístico para los interesados en el idioma francés, involucrando un contexto histórico y académico. En Colombia está presente en al menos 13 ciudades diferentes: Armenia, Bogotá, Barranquilla, Bucaramanga, Cali, Cartagena, Cúcuta, Santa Marta, Manizales, Pereira, Popayán y Medellín. En la capital antioqueña hace vínculo con centros culturales y realiza proyectos en conjunto con otras organizaciones e instituciones para llevar dicho idioma a muchos más curiosos.

     

    La Institución propone continuamente múltiples eventos de interés social ligados al ámbito cultural y aunque no son la única red extranjera en la ciudad, su objetivo es el trabajo en equipo con las otras alianzas francesas del país, la Embajada de Francia en Colombia, institutos de lengua francesa, colegios y universidades que ofrecen el francés o empresas de origen francés cuyos empleados requieren conocimiento de este idioma.

     

    El toque francés

    Invitaciones de la programación cultural. Por: Alianza Francesa

     

    La pandemia que llegó a Colombia en 2020 fue un evento que afectó gravemente los planes de trabajo a nivel cultural y educativo de la Alianza, pero desde los últimos meses de 2021 y el inicio de 2022, los eventos y actividades al interior y exterior de la institución han vuelto para abrir el pensamiento a una nueva cultura.

     

    En Medellín han trabajado con la participación de las personas locales desde el arte y sus diferentes expresiones como muestras de danza y teatro, la proyección de películas de cine francés, mercados gastronómicos para experimentar desde el gusto y otras actividades para promover el idioma como conferencias y clubes de conversación. En especial, dos actividades anuales hacen reconocida a la institución, La Fête de la musique, como celebración internacional que la Alianza acoge con enfoque en la lengua francesa y promueve con diferentes concursos y presentaciones. Y el festival de cine francés, como un evento que promueve las producciones que han tenido eco en escenarios como Cannes o expresan la cultura europea o de la ciudad canadiense de Quebec.

     

    La gestión cultural y artística impacta de manera positiva las zonas y barrios donde la Alianza tiene sus sedes. Un caso puntual, es la de San Antonio, al centro de la ciudad, un entorno marcado por la inseguridad, la violencia, la soledad y demás situaciones negativas. Allí han intervenido con la belleza y los colores de murales artísticos. La institución realiza una programación que estimula la sensibilidad al arte y la cultura, con presencia en eventos como la Fiesta del Libro y la Cultura, festivales escolares y universitarios, en colaboración con espacios como la Cámara de Comercio de Medellín, diferentes sedes de Comfama, el Teatro Metropolitano y parque cultural Otraparte,.

     

    Además, la Alianza cuenta con dos galerías, una de ellas es Oliver Debre, dedicada al arte contemporáneo que existe hace más de 20 años; la segunda es La Otra, con exposiciones más alternativas que desde 2022 han estado dirigidas por Diego Cano, pintor colombiano, y Duván Valderrama, encargado de la parte de difusión. Las fachadas externas del edificio sede de la Alianza han sido intervenidas por artistas extranjeros, francófonos y colombianos, como otra manera de permear el espacio con nuevas ideas. En su última propuesta, tres mujeres son las autoras de la obra sobre las fachadas de la sede en San Antonio.

     

    El francés como lengua deja un impacto, pero la cultura de Francia, su historia y hábitos lo hacen de forma más visible. Entre los estudiantes, un interés importante es la emigración a Francia y Canadá con motivos académicos, laborales o de vivienda. Los libros de texto para enseñanza suelen abrir el espectro a la cultura francófona con sus roles en Europa y el mundo, del mismo modo que su participación en el campo de la investigación y la innovación. Pero es la experiencia de los docentes lo que suma al aprendizaje; los testimonios de profesores locales que vivieron, estudiaron o viajaron a Francia, en compañía de la realidad autentica de los franceses nativos y su vida en los países francófonos, son puntos que animan a perseverar en la lengua.

     

    “Je pense que savoir parler français est un atout dans le monde professionnel. Il y a des millions de personnes francophones dans le monde dans des dizaines de pays. Si votre profession vous amène à voyager ou travailler à l’international, vous serez probablement amené à discuter avec des personnes francophones”.

    “Yo creo que saber hablar francés es una ventaja en el mundo profesional. Hay millones de francófonos en el mundo, en decenas de países. Si su profesión lo lleva a viajar o trabajar internacionalmente, probablemente tendrá que hablar con personas de habla francesa”.

     

    Así lo destaca uno de los docentes, nativo de la ciudad de Toulouse. El aprendizaje de una nueva lengua, sea el francés o alguna otra, permite conocer una nueva cultura, una nueva manera de pensar y promover el sentido crítico.

     

    La comunidad francesa

    Para sorpresa de muchos, la francesa es una comunidad que poco a poco ha crecido y aunque no se ubica en un barrio específico, ni se conocen entre todos ellos, tras la salida de muchos por la pandemia del 2020, han vuelto a ser numerosos y su presencia en entornos turísticos, recreativos y culturales es evidente. Muchos de los nativos franceses han creado sus propios emprendimientos, otros se han empleado en empresas locales y los demás hacen parte de industrias internacionales o trabajan de manera remota. Los franceses se consideran a sí mismos fuertes trabajadores y complementan las dinámicas de trabajo en la ciudad y en el país en general. Ellos mismos destacan cómo cuando un extranjero llega a un nuevo territorio, aporta desde su cultura, su lengua, sus costumbres económicas y tradiciones habituales, mejorando el movimiento local; después de todo, como afirma Margaux Cannamela, gestora cultural de la Alianza Francesa y nativa de la ciudad de París, “No debo imponer algo en el país que no es el mío, el objetivo es trabajar juntos y cooperar para aportar a los valores locales”.

     

    El orgullo de la Alianza Francesa

    Sesión de lectura sinfónica. Por: Alianza francesa

     

    A criterio de los docentes, la Alianza Francesa en Medellín es una de las sedes con mejor calidad académica en el país. La motivación de los aspirantes por el aprendizaje de la lengua francesa es un gran apoyo y la relación previa entre el español y francés al ser ambas lenguas romances, da una mayor facilidad que ayuda a que el instituto no deje de crecer.

     

    Estos testimonios muestran cómo el francés sigue en pie, pero evidentemente hay un cuadro comparativo con la lengua inglesa. El inglés tiene un mayor número de hablantes y, desde una mirada pedagógica, presenta más facilidad en el aprendizaje, hablando de sus condiciones sintácticas y gramaticales, los francoparlantes no lo ven como un verdadero reto. Desde que el francés dejó de ser una lengua enseñada en el sistema educativo colombiano de manera obligatoria, bajó su cantidad de hablantes y adicionalmente, en el contexto global, al inglés ser prioridad, el francés se volvió menos útil. En la actualidad, el inglés tiene un público más general y vale como conocimiento necesario a nivel laboral y académico. Pero, para sorpresa de muchos y orgullo de la Alianza Francesa, en Colombia y Medellín ya se ha convertido en una lengua para un público específico, que no la aprende por obligación; se trata de personas con motivaciones de emigrar, trabajar o hacer estudios superiores en el exterior, ser asistentes de lengua o ser del grupo de apasionados por la cultura francesa a quienes esta les parece interesante, cuentan con tiempo libre para divertirse aprendiéndola y son quienes mantienen vivo el idioma.

     

    “Cette anné l’Alliance Française c’est une alliance vivant”. / “Este año la Alianza Francesa es una alianza viva”, así lo define Margaux Cannamela, al decir que la institución trabajará en temas científicos, culturales e históricos, abriendo puertas en el exterior. Adicionalmente, se ha vinculado al distrito San Ignacio, una alianza de espacios culturales en el Centro de la ciudad y desde febrero de 2022 abrió a más personas la mirada intelectual del francés.

    Se cierran los libros de texto, pregunta el profe de nuevo si hay dudas, se dejan los deberes para las siguientes clases y se muestra la programación cultural de la Alianza y otros eventos próximos. Algunos se paran a hablar con el profe, otros toman sus bolsos y se van. El monitor se apaga. Las luces se hacen tenues. Todo lo que se habla dentro de los cuartos es en francés y al salir de los edificios, los estudiantes no saben si seguir aparentando que son francófonos o volver al español. “A demain” o “Bonne soirée”, terminan diciendo al partir.

  • En la Villa, el freestyle proclama su rey cada semana

    Sara Rodríguez Lopera / sara.rodriguezlo@upb.edu.co

     

    Al occidente de Medellín, los raperos se reúnen para probar su habilidad y miden su fuerza verso a verso.

     

    El hip hop nació el 11 de agosto de 1973, durante una fiesta ubicada en el Bronx de Nueva York. Una crónica de Alberto López en el diario El País relata que a partir de la creación del sonido break (romper, en español) iniciado por el DJ jamaiquino Kool Herc y las rimas de su amigo y maestro de ceremonia Coke La Rock, fue que el rap comenzó a nacer. La llegada del freestyle sería tiempo después. El hip hop es una cultura urbana, una parte de la cual es el rap, el arte de rimar mientras se improvisa.

     

    El freestyle es un tipo de rap de modo libre, en el que no hay una composición previa y las letras son improvisadas. Para Elepz, creador del evento El Rey de la Villa, el freestyle “es liberarse, es soltar lo que sientes sin filtros”, es la puerta que le dio vida, su lugar favorito.

     

    Las batallas de freestyle son “un debate de ideas, una guerra de argumentos”, afirma Elepz, en las que dos o más MC´s (maestros de ceremonia) se enfrentan a base de rimas con un tiempo estipulado, atacando a su contrincante hasta que su tiempo termina. Cabe aclarar que los MC´s hacen rap e improvisan, mientras que los freestylers solo improvisan. La Redbull Batalla de los Gallos, fue el primer evento en hacer una batalla con formato profesional y tuvo lugar en el 2005, en Puerto Rico. El año pasado este evento se celebró el 11 de diciembre en Viña del Mar, Chile.

     

    Medellín tiene un encuentro similar, aunque pocos son los freestylers que realmente saben cómo fue que comenzó el evento conocido como El Rey de la Villa. Algunas suposiciones hablan de “una iniciativa de fomentar el freestyle en la comuna 16” o que “Elepz fue alguien que impulsó a que creciera más el parche de rapear hasta que se volviera una plaza”. Sin embargo, y aunque la segunda hipótesis se acerca a la realidad, la verdad es que fue Bryan Alexander Córdoba López, aka (also known as, que en español significa: mejor conocido como) Elepz, quien le dio vida a la mejor liga callejera de

    Medellín.

     

    Elepz, el gestor de este enuentro de hip – hopers. Foto: Sara Rodríguez

     

    Córdoba tiene 25 años y nació en Medellín, en el sector de Alta Vista. Se dedica a ser freestyler, a componer y a organizar eventos. Actualmente quiere hacer profesionales sus trabajos musicales, intentar avanzar el freestyle en el ámbito regional y continuar estudiando actuación y dirección para cine. Su logro más reciente es haber sido el papel protagónico de la película La ciudad de las Fieras; filme dirigido por Henry Rincón, coproducido por RTVC y premiado en el Miami Film Festival, que se dará a conocer en marzo de este año.

    Elepz comenzó a competir en batallas de freestyle en agosto de 2018 y a finales de 2019 dio comienzo a lo que hoy es El Rey de la Villa. Todo comenzó con La Villa freestyler, un pequeño evento donde varios participantes improvisaban y rapeaban, entre ellos, el mismo Elepz. Sin embargo, este evento se terminó porque “dejaron morir todo, pues, se fueron y ya no había nada ahí”, narra Córdoba, quien a partir de entonces comenzó su propia liga.

     

    El grupo de entusiastas hace todo por sus medios y las redes sociales son claves en ello. Foto Sara Rodríguez.

     

    Freestylers como Emmanuel David Doncel Narro, aka Duhbai, y Luis Miguel Osorio, Aka Osorio, llegaron a El Rey de la Villa gracias a Cuatro Barras, la mejor liga de eventos nacionales en Medellín. En su momento, Cuatro Barras quedaba en el Parque del Amor, al lado de la estación Floresta y un día, cuenta Duhbai, “todos empezaron como ‘ve, que el Rey de la Villa, que el Rey de la Villa’ y me dio mucha curiosidad” y al notar que le quedaba a 20 minutos de su casa, no dejó de ir cada viernes. Osorio, por su parte, asistió a Cuatro Barras en el 2019 y “mucha gente se animó a venir y me dieron moral para venir también y vine”, cuenta.

     

    Las batallas

    Cada viernes, antes de ir al Rey de la Villa, los freestylers se reúnen en torno a un bafle a practicar y entrenar para las batallas ya sea en la Nueva Villa de Aburrá, en el caso de Duhbai, o en Barbosa, en el caso de Osorio.

     

    El encuentro comienza entre las 8:00 y 8:30 de la noche en predios de la Nueva Villa de Aburrá, cerca de la escultura “Los Obreros”, en la cima de una colina llena de árboles. Más o menos una hora antes, los participantes se acercan al Fosfa para inscribirse y pagar 5 mil pesos que cuesta la inscripción, salvo cuando se acerca una fecha importante, como una competencia regional, que el derecho cuesta 6 mil pesos o para una batalla en duplas, en la que el valor es de 14 mil. Muchos freestylers van a las batallas con el dinero justo para los pasajes y mientras van llegando más participantes y el público, piden colaboraciones para recolectar el dinero justo de la inscripción.

     

    “El Fosfa” en sus tareas de registro de participantes y documentación de los encuentros, animados por un “host”. Fotos: Sara Rodríguez.

     

    Con el dinero que se recauda se pagan los premios que, generalmente, son de 100 mil pesos al primer lugar y 50 mil pesos al segundo; además, se paga a los jueces, al host o presentador de las batallas, a los de logística y a los de cámaras. La que recoge el dinero o contadora, se llama Daniela; ni ella ni Elepz se quedan con el dinero de la inscripción. Elepz, por su parte, vende “Merch” con el logo del Rey de la Villa: gorras, hoodies, camisetas, stickers.

     

    Los freestylers se inscriben al evento con su aka, no con su nombre real. El significado de este apodo varía mucho. Por ejemplo, en el caso de Córdoba, su akaElepz, lo creó a partir de las letras L, P y Z que viene del apellido de su madre: López y le colocó las dos “e” para que se viera bonito y sonara mejor. Por su parte, Doncel cree en la ley de la atracción y desea irse a vivir a Dubái en la vejez, por eso su aka es Duhbai. Finalmente, Luis Miguel Osorio, decidió que su sobrenombre sería Osorio porque desde pequeño lo conocen así por

    su padre, en Barbosa.

     

    Hay tres jurados que califican a los participantes para luego elegir al ganador, estos se encuentran sentados en la única banca de cemento que hay en el lugar. Mr. Monkey es el único juez fijo, y se encarga de que los otros dos jurados sigan el cronograma y respeten el método en que se califica. Los otros dos jueces los elige Elepz, con el criterio de que tengan antecedentes de buenos resultados y si se desenvuelven en otras ligas.

     

    Para la calificación hay un sistema de puntaje que va del 1 al 4: 1 punto es una rima estándar, 2 puntos es una rima buena, 3 puntos es una rima demasiado buena y 4 puntos es una rima “brutal”, como lo describe Duhbai. Los puntos, además, tienen en cuenta si se habla de la temática, por cómo se ataque y la respuesta que se dé.

     

    Elepz vs Ney en octavos. Batalla 4×4 con cuatro entradas (temática: libre)

    Video

    Las batallas inician mínimo con 8 personas. Algunas veces, en fases de octavos y cuartos de final el tema es libre, mientras que en semifinales y finales puede que pongan alguna temática como personajes contrapuestos, objetos o elementos. Para rapear, generalmente se usa el formato 4×4, es decir, cada freestyler tiene 4 líneas para atacar o defender (10 segundos por las 4 líneas) y, algunas veces, se usa el formato 2×2, que además de que es más rápido, cada freestyler tiene dos líneas para atacar o defender (5 segundos por las 2 líneas). Otros formatos que existen son:

    8X8: cada freestyler tiene 8 líneas para atacar o defender.

    Kick Back: es cuando el oponente tiene una línea para preguntar y el otro tiene tres líneas para responder.

    Boom Bap: configurado a 90 rpm (revoluciones por minuto) en cada uno de los 10 segundos.

    Double Tempo: configurado a 120 rpm (revoluciones por minuto) en cada uno de los 10 segundos, parecido al trap.

    A capela: rapean sin música.

    Duplas: rapean en pareja.

    Easy Mode: rapean sobre una palabra por 10 segundos.

    Hard Mode: rapean sobre una palabra por 5 segundos.

    Los beats, el instrumental o la pista son sinónimos de lo mismo: un ritmo sobre el cual un freestyler se adapta para improvisar. En el freestyle se trabaja la musicalidad, es decir que no solo se trata de atacar y rapear, sino de que auditivamente sea agradable escucharlo.

     

    Batalla 8×8 con tres entradas. Temática: personajes contrapuestos, luz y oscuridad). Chang mc vs Gafas en octavos

    Video

    Las reglas dentro de las batallas de freestyle son rapear en el tiempo estipulado y no tener contacto físico. “Si se tocan o hablan de manera violenta al punto de que se van a pelear, ambos quedan descalificados”, cuenta Duhbai. Una manera de demostrar que las cosas están bien entre ambos competidores después de una batalla es darse la mano o abrazarse. A pesar de que se toquen temas sensibles durante las batallas, el ambiente de estas es respetuoso y acogedor, pues es abierto tanto a los freestylers novatos, como a los que ya tienen un reconocimiento amplio; además, el respeto a la diferencia y admiración por la misma es algo que se evidencia con Aka Urko, un chico reconocido por su silla de ruedas y por su constante participación en El Rey de la Villa.

     

    El año pasado, el evento fue tan masivo que la Policía lo canceló por no tener los debidos permisos, así que Elepz hizo los trámites ante la Alcaldía para evitar que esto volviera a suceder y además pidió permiso para el uso de micrófonos, pues los freestylers debían forzar bastante su voz para que el público de los alrededores lograra escucharlos.

    El consumo de sustancias psicoactivas ha hecho que la Policía cancele el evento, pues el olor de la marihuana se percibe a metros de distancia y es común que tanto el público como los freestylers tengan un bareto en una mano y una lata de cerveza en la otra; y, aunque el bullicio que emana el evento ha generado malestar en los vecinos, esto nunca ha sido un impedimento para que continúen reuniéndose de nuevo cada viernes.

     

    Entre batalla y batalla, el host grita varias veces: “Este es el rey de la…” y el público responde “¡Villa!”. Cada viernes se proclama un nuevo Rey. Para los novatos hay un evento llamado Herederos al Trono y cada quince días, en el mismo lugar, pero más temprano, se proclama un nuevo heredero.

     

    Pocas son las mujeres que participan rapeando, pues por alguna razón prefieren ser espectadoras. Sin embargo, mujeres freestylers como Pandora, Enigma y Melissa mc han llegado a participar en El Rey de la Villa. Cuenta Elepz que cuando esto ocurre se les agradece mucho y es por ello que le gustaría que el “freestyle se haga más masivo, y así, más gente pueda conocer esto, [ya que] esto lo hacemos con mucho amor, y por el amor que le tenemos, esperamos compartirlo”.

    Los detalles de logísticos, la camaradería, el simple hecho de encontrarse en un gusto común hacen que El Rey de la Villa sea, especialmente, una comunidad. Fotos: Sara Rodríguez.

     

    – *** populismo ya deja de gritar

    Que porque grites el voto no va a cambiar igual

    Yo te vengo a enseñar lo que es rap de verdad

    Pa´que la gente así lo pueda escuchar

     

    -Esto se trata de un buen sonido

    Se trata de dar a la gente un buen contenido

    Sacar a los pollos del nido

    Y mostrar que este medicamento hace rato se pasó y está vencido

     

    – ¡Tieeempo!

     

    Batalla 8×8. Temática: dar o recibir. Melissa mc vs Crackize en octavos

    Video

     

     

  • Medellín, la gran fábrica de hits decembrinos

    Simmon David Ayala Mosquera y Valentina Giraldo Restrepo

     

    No es ninguna mentira cuando en Olímpica Stereo dicen que desde septiembre se siente que viene diciembre, pues parece que en los últimos tres meses del año, al menos en esta ciudad, no suena nada diferente a los grandes hits de Discos Fuentes.

     

    Por estos días bailamos Limoncito con ron de Rodolfo y Los Hispanos, mientras sacamos del polvo las lucecitas

    navideñas. Recorremos El Hueco en búsqueda del aguinaldo, mientras en todas las esquinas suena Pastor López y El Ausente. Pedimos el raspao’ de la olla natillera, mientras al fondo el bafle retumba al ritmo de La Yerbita de Los Corraleros.

     

    Y lo que, tal vez, usted y yo no imaginamos es que Medellín fue la responsable de ponernos a bailar en diciembre. Para mediados del siglo pasado, esta ciudad ya estaba montada como el centro industrial de Colombia; las textileras marcaban la parada y, junto con ellas, abrieron su camino las grandes disqueras. De Sonolux a Codiscos, pasando por Discos Victoria, la capital antioqueña y su auge económico empezaron a alojar a la industria musical y sus grandes intérpretes.

     

    Medellín fue un imán de grandes personalidades, pero también recibió década tras década, a la gente del campo que huía de la violencia o que empezaba a buscar una vida más allá de las cosechas. Ese tránsito cultural de la montaña a la ciudad, encontró en la industria fonográfica un espacio para transformar exitosamente la música y la parranda.

     

    Toño y sus Discos Fuentes

    Antonio Fuentes dejó su natal Cartagena para traerse su estudio a Medellín, casi que por amor, pues fue en esta tierra que conoció a Margarita Estrada, la mujer antioqueña con que se casó y que después de 20 años de matrimonio se lo trajo a él y su Discos Fuentes en la maleta, bajo el argumento de que el clima y la electricidad de acá funcionaban mejor.

     

    Dicen que a Toño le gustaba más fumar que comer, que su debilidad eran las mujeres y que podía pasar horas y horas encerrado en una cabina, en la cual podía faltar todo, menos el whisky. El barrio Colón, en el centro de Medellín, fue el destino elegido por Margarita y su esposo para abrir la disquera en 1954. En los sesenta se instalaron en Guayabal y por las puertas de esa gran edificación, vendida a Leonisa hace seis años, desfilaron las grandes estrellas de la música tropical de este país.

     

    Entonces, uno no se esperaría que Los Sabanales, La Burrita o Hace un mes de los Corraleros de Majagual, canciones de un sonido así, tal cual, muy sabanero, fueron grabadas en un valle rodeado de montañas. Y ese solo fue un caso entre decenas, pues desde la Costa Caribe llegaban Álvaro José Arroyo y Anibal Velásquez con su acordeón, de Venezuela aterrizaba Pastor López y de Cali venía a grabar Wilson Saoko con Fruko y sus Tesos.

     

    Artistas y agrupaciones de todos los rincones de Colombia encontraron en Medellín una fábrica de puros éxitos.

    En 1961 Toño y sus hijos sacaron un acetato que revolucionó las navidades para siempre. Los 14 Cañonazos Bailables no fueron más que el fruto del ingenio del cartagenero para acomodar en un elepé 14 canciones: siete por un lado, siete por el otro. Cuando, normalmente, solo cabían seis y seis. Pero la novedad no llegó hasta ahí, ese disco no contenía música de un solo artista o agrupación, sino de varias. Fue a partir de ese momento que la colección de los 14 grandes éxitos tropicales se situó en la lista de los elementos imprescindibles de cada diciembre junto a la natilla, el arbolito, el olor a leña y el traído.

    Video

    Recorrido por la planta de Discos Fuentes en Medellín, 1966. Archivo Señal Memoria – RTVC, sistema de medios públicos.

     

    Los Éxitos de Pedro

    A Pedro Muriel hay que llamarlo después de las diez de la mañana porque no le gusta madrugar. Con las 34 navidades que trasnochó y se levantó con la cobija pegada a la espalda a grabar la nómina de artistas de Discos Fuentes, fue más que suficiente.

     

    Si usted vive en Colombia, es más que seguro que alguna vez ha escuchado ese nombre, que lo recuerde o sepa quién es, ya es otra cosa. El sujeto que Los Chiches Vallenatos tanto mencionaban en sus canciones de la mano de un inconfundible efecto de eco es nada más y nada menos que el hombre que estuvo en una cabina cocinando hits como Rebelión, El santo cachón, Cariñito sin mí y Tabaco y ron, la lista sigue y sigue, al punto de que si usted sintoniza una emisora tropical como Olímpica o Estrella Estéreo, bajita la mano, programan diez temas con el sello del ingeniero de sonido, Pedro Muriel.

     

    La carrera en la música de Pedro empezó con una orquesta llamada Los Éxitos, tal vez, como un augurio de lo que le esperaría años después. Era el percusionista y el tema más recordado de la agrupación es Navidad de los pobres. Mientras frecuentaba los estudios de Fuentes como corista, se hizo amigo de Mario “Pachanga” Rincón el grabador de esa época y, debido a su interés por la ingeniería electrónica, termino reemplazándolo cuando este renunció.

    “En esos años se dormía poquito”, recuerda Pedro entre risas, pues el agite de los diciembres y el anhelo de los artistas por sacar sus producciones en temporada caliente, los obligaba a trasnochar hasta que el sonido fuera perfecto, porque eso sí, Muriel se tomaba su tiempo para cumplir con las exigencias de su prodigioso oído y, no en vano, los músicos lo esperaban hasta que tuviera agenda libre, porque todos querían grabar con él.

    El trabajo siempre era agotador, pero algo tiene la música tropical que, por más cansado que estuviera, uno ahí mismo se levantaba.

    Y si bien un gran porcentaje del reconocimiento es para los cantantes y sus orquestas, nada sería posible sin esos personajes que solo aparecen en los créditos de los álbumes o en uno que otro saludo, pero que siempre están a la sombra de las grandes obras musicales.

     

    Probablemente, ese fue el escenario perfecto para que hace unos años David Cuadros y su acordeonero, dos tipos del norte del país, se aprovecharan de que pocos sabían quién era Pedro Muriel y que bastante sonaba su nombre en las canciones vallenatas y, así pues, se fueron de gira al sur del continente con el cuento de que el vocalista era el mismísimo Pedro Muriel y forjaron una exitosa carrera en Paraguay donde al día de hoy siguen interpretando, exclusivamente, las canciones donde es saludado el ingeniero de sonido: el antioqueño, el que ni por error ha sido cantante, ni ha dado su primer concierto.

     

    Si lo anterior es sorprendente, aun más increíble es que Muriel responda ante la pregunta de cómo tomó la noticia de este par de estafadores que lo suplantan hasta en entrevistas:

    Ah, ellos son muy amigos míos, hasta les he grabado. Yo qué me iba a poner a pelear ahí, al menos hicieron famoso mi nombre en Paraguay.

    El revolucionario Mono Buitrago

     

    Desde allá en Ciénaga, Magdalena, bien lejos del interior del país, Guillermo Buitrago, un tumbalocas rubio, flaco y de ojos azules, que vendía pólvora, tocaba guitarra y vivió unos escasos veintinueve años, sin saberlo, determinó la forma en que paisas y boyacenses comenzarían a hacer, respectivamente, música de parranda y carranga.

     

    Las letras de Escalona, Emilianito Zuleta y otros grandes compositores del Magdalena Grande, fueron sacadas del anonimato gracias a Buitrago. Él y el samario Julio Bovea, fundador de Bovea y sus vallenatos, cambiaron los acordeones por las cuerdas y popularizaron en el resto del país la historia de cuando Lorenzo Morales no quiso parar en Urumita o cuando Rafael Escalona se fue a estudiar al Liceo Celedón.

     

    Guillermo Buitrago. Una colorzación de una imagen original de diebo Montoya. Lic. Creative Commons. >>

     

     

    Jaime Monsalve, jefe musical de la Radio Nacional de Colombia, cuenta que el sonido parrandero paisa existe en gran parte a las aportaciones de Bovea y Buitrago. En el interior adaptamos los sonidos de la guitarra a nuestro estilo, le pusimos un sello picante y así como en el Caribe, también decidimos contar historias, de temáticas bastante diferentes, pero historias al fin y al cabo.

     

    No fue Diomedes Diaz nuestro primer gran rockstar colombiano, fue Guillermo Buitrago. El tipo era en sí un verdadero mito, sus días estuvieron marcados por cuentos fantásticos, tan propios del realismo mágico característico de su tierra. Unos dicen que lo envenenaron, otros que “murió de amor” — producto de una sífilis — y desde tuberculosis hasta cirrosis, le fueron achacadas al joven Buitrago, que así como cinco de sus siete hermanos, murió antes de los treinta años.

     

    Hay quienes aseguran que si el Mono hubiese vivido unos años más, la música vallenata, se llamaría música cienaguera, pues en los cuarenta le dio vida al género, fue su gran difusor y quien la bautizó, ya que para esos días era conocida como música del Magdalena Grande.

     

    Muchas de sus interpretaciones, trascendieron al repertorio parrandero antioqueño de la mano de agrupaciones como Los 50 de Joselito. Guillermo también fue compositor, pero la historia ha sido confusa respecto a qué compuso en realidad. El caso más particular es, tal vez, El Grito vagabundo. Son dos las versiones conocidas del origen de esta canción; la primera y más difundida, es que él mismo la compuso como una expresión de rebeldía y manifestación de su afinidad política hacia el liberalismo. Historiadores y periodistas aseguran que el grito que Buitrago quería pegar era: ¡Qué viva el Partido Liberal!

     

    En contraposición está la versión reconocida por Discos Fuentes que indica que el tema es de autoría de Buenaventura Díaz y es el clamor de una penosa enfermedad que terminó por desfigurar gran parte de su rostro, generando en él una profunda pena por no poder encontrar el amor debido a su terrorífico aspecto. Todo apunta a que ese fue el verdadero grito vagabundo.

     

    No es lo mismo una pelota negra, que una negra empelota

    Gildardo Montoya. Radio Nacional de Colombia. Señal Memoria – RTVC. Sistema de Medios Públicos.

     

    Desde los cafetales de Támesis hasta Medellín llegó Gildardo Montoya, pregonando en la antigua Plaza de Guayaquil y alcanzando el éxito con sus atrevidas letras musicales. Muerto a sus 37 años en un accidente mientras iba en una motocicleta, su corta vida dejó un legado de letras que hasta hoy sonrojan y sacan risas traviesas.

     

    Él, como muchos de los cantantes y compositores parranderos, se dedicó a escribir letras que no dejaban nada a la imaginación o, por el contrario, lo dejaban todo. La parrandera para los años 60 y 70 ya era parte del ambiente cultural de Medellín, se escuchaba en la radio de cada esquina, se bailaba en cada salón de eventos y se exportaba a cada tienda de discos de la región.

     

    No es de extrañarse que, así como se hablaba de amor, desamor, fiesta y tradición, la música de los campesinos que llegaban a la ciudad tuviera la picardía propia de su cultura. El humor, el absurdo y la exageración eran propios del paisa y de sus letras, que buscaban hablar de lo cercano y lo cotidiano, pues los ritmos eran ante todo un punto de encuentro.

     

    El contenido sexual explícito estaba fuera de los límites, no porque no se grabara, sino que se hacía de forma extraoficial: no se escuchaba en la radio y se vendía sin información del sello, pero se vendía. León Felipe Duque, periodista e investigador musical, cuenta que los músicos estaban frente a una sociedad conservadora y altamente religiosa, que prohibía cualquier vicio fuera de los lineamientos de la Iglesia (como el sexo y la promiscuidad). Entonces, ante la hipocresía de quienes querían bailar pegadito los sábados pero rezar ante el sagrario los domingos, los artistas — algo rebeldes — aprovecharon su ingenio para añadirle el picante necesario a sus canciones sin pasar los límites de lo que a la luz del día se consideraba bueno; con frases sin terminar, rimas y chistes, el doble sentido se volvió poco a poco insignia de la música parrandera.

     

    Claro, la persecución no se hizo esperar. La Curia empezó a vetar canciones a diestra y siniestra, con fuerza censuraba a los oídos de todo fiel creyente con valores las letras de Se me paró el Reloj, La Gota o El ratón. Aún así, Duque en su trabajo El mes de la parranda cuenta que artistas como Joaquín Bedoya, hablaban de que ese intento por censurarlos terminaba siendo un beneficio porque “…los discos prohibidos se vendían más”. Entre otras cosas, la defensa de estos artistas contaba con más picardía todavía, pues Agustín o Joaquín Bedoya le hacían frente a los comentarios diciendo con propiedad y malicia paisa que la canción no era lo fuerte, lo que pasa es que los demás somos muy malpensados. Un argumento, entre otras cosas, irrefutable.

     

    Los parranderos olvidados

    Entre tantas curiosidades, queda entonces una pregunta. Si hasta el día de hoy la parranda se arma con los mismos éxitos grabados hace décadas y, todavía mejor, si todos tarareamos cada una de las melodías tropicales como si del himno nacional se trataran, ¿por qué desconocemos a los artistas detrás de ellas? ¿Por qué muchos mueren en el olvido?

     

    Para la muestra, un botón. Canciones como El Jardinero, Maria Teresa o La Negra Josefina, todas reflejo del ingenio y la malicia paisa, tienen como intérprete y compositor a Leonel Ospina, hijo de un matrimonio campesino de Amagá, que sin ningún lazo con la música, decidió irse de su pueblo y buscar suerte en la Medellín de los años 50.

    El golpe de suerte le llegó, como a muchos otros campesinos, cuando se encontró con unas disqueras que, por el éxito del momento, recibían a todos los intérpretes y compositores, listos para ponerlos a sonar en la radio y presentarlos en el salón de bailes del Hotel Nutibara.

     

    En pleno boom de la industria fonográfica, Leonel sonó junto a Guillermo Buitrago en la Costa y conquistó otros países hasta radicarse en México. Entre presentaciones, trago y parranda, alcanzó la cima de su carrera antes de caer en la locura, literalmente, pues un golpe en la cabeza, en medio de una borrachera, le hizo perder la cordura y acabó con su vida musical.

    Hoy algunos pocos lo recuerdan como el gran exponente que fue, otros más lo reconocen andando por el centro de la ciudad — mendigando y sobreviviendo de los escasos 250.000 pesos mensuales que le dan por regalías en Sayco Acinpro — pero la mayoría canta sus canciones sin recordar siquiera su nombre. Cómo él, muchos otros campesinos que alcanzaron el éxito, ahora mueren en el olvido.

     

    Sin querer dejar la duda al aire, hice la pregunta hasta encontrar una respuesta y León Felipe Duque, esbozó lo que sería la razón para el olvido de aquellos compositores de rumba parrandera.

     

    Los campesinos encontraron una ciudad industrial con una economía prometedora, con disqueras de renombre que grababan con artistas de la talla del Joe Arroyo y que les abrían sus puertas; pero, así mismo, se encontraron con una ciudad arribista, de familias elitistas y fiestas que querían bailar al ritmo de sus canciones, pero no querían tener nada que ver con esas “guascas” campesinas.

     

    Duque habla incluso de que las grandes disqueras tenían subsellos para meter ahí esa música, que miraban por encima del hombro pero igual producían porque daba plata. Así, ponían a sonar la apuesta musical de los paisas sin importarles que fueran conocidos o siquiera darles un nombre.

     

    Algo de esto se ve en el libro La música parrandera paisa de Alberto Burgos, que cuenta el desprecio que se le tenía a esta música por ser montañera, pero como bien sabemos hacer en Medellín, aplicamos la doble moral porque se compraba y escuchaba sin parar.

     

    Precisamente ahí, en ese ir y venir, en el provecho que se le sacaba a los artistas campesinos, fue que sonaron las canciones pero no los músicos. Desde los cincuenta hasta ahora, se prende la fiesta con cualquier tema de Luis Carlos Jaramillo o Alejandro Sarrazola, que dieron vida a la parranda y murieron en el anonimato y la necesidad.

     

    Haga clic en la imagen para ver el documental Leonel Ospina, de la fama al olvido.

    De la serie Infrarrojo, de Teleantioquia.

     

    Parranda, siempre

    Aquí en Antioquia es casi que un pecado escuchar a un Pastor López a mitad de año, “Eso es pura música de diciembre”, es lo mínimo que a uno le dirían si tiene el atrevimiento de poner Golpe con Golpe en pleno agosto.

    Pasa que no hay fiesta sin música, ni navidad sin parrandera. “Así como volvemos a la fiesta, volvemos a la música” dice León Duque, hablando de la manera en que la dinámica del género se construyó en un imaginario en el que la fiesta decembrina, tan importante para los colombianos, es inconcebible sin la música de la época.

     

    Todavía más importante, Duque dice que esa música no solo llegó para acompañar la fiesta, sino que tuvo un componente transformador y creador, que esas parrandas tradicionales de buñuelos y guaro hasta al amanecer, se crearon a partir de la llegada de ese auge musical.

     

    Con el olor a chicharrón y la melodía de Los Graduados, naturalmente entran las ganas de bailar, así sea con la tía y el abuelo borrachos. Y es que tan inherente como el Niño Dios al pesebre, es el baile y el ambiente tropical a las celebraciones de fin de año. Juan Sebastián Ochoa, investigador musical, dice que hay una mística en estos géneros, que animan cualquier velorio, pero que a su vez se reservan inmaculadamente para los diciembres.

     

    Por más que Rodolfo Aicardi le haya cantado a una colegiala, al amor de Daniela y al de Mariana; o así Buitrago se quejara de ser un pobre huerfanito, sus letras aun alejadas de las temáticas navideñas, como las de muchos de sus pares, quedaron condenadas a despertar junto con las primeras luces del fin de año.

     

    La tradición, para Duque y Ochoa, es clave para entender esta condena. Las festividades decembrinas se han ligado al género parrandero de tal manera, que parecieran más importantes que la misma novena navideña. La música nos ha marcado tanto, que para Jaime Monsalve se trata de algo más que la fiesta, pues en ella está el encuentro con los nuestros y el recuerdo de otras épocas. En diciembre la nostalgia llega de la mano de Sabor Navideño de Afrosound y nosotros la abrazamos.

     

    Es en esta larga historia y por eso que, indudablemente, en cada radio, el próximo septiembre estaremos sintiendo que viene diciembre. En diez o veinte años, al menos mientras estemos vivos, no habrá navidad sin música decembrina, no habiendo otra forma de llamarla porque diciembre es y será la voz de aquella Medellín del pasado tan prolifera en disqueras, títulos y artistas.