“A veces me gustaría no estar tan sola en esta casa, estar con alguien que pueda poner las ollas para las goteras del techo cuando el cielo se rompe, alguien más que cocine, que limpie el cenicero, que haga café…”. Una mirada íntima a eso que es habitarse y sentirse deshabitado; mirarse en el espejo, mirarse por dentro, mirarse estos días. Tres monólogos inspirados en la lectura del libro Voces de Chernóbil de Svetlana Alexiévich.
I
MONÓLOGO ACERCA DE CÓMO LA SOLEDAD SABE DOLERME
A veces me gustaría no estar tan sola en esta casa, estar con alguien que pueda poner las ollas para las goteras del techo cuando el cielo se rompe, alguien más que cocine, que limpie el cenicero, que haga café… Y pienso en esto no porque no me guste hacer estas cosas, solo no entiendo, ¿por qué tanta soledad, tanta ausencia? ¿Por qué esto suele dolerme?
Otras veces suelo ausentarme de mí, despierto, 7:00 a.m., me miro al espejo, no estoy, pregunto, ¿Alma, Alma, Alma…? Me busco, no respondo, solo está ante mi esta figura, pesada, piel morena, cabello crespo, ojos grandes y marrones, pero dónde estoy realmente, a dónde he ido. Llaman a lista en clase, ¿Alma? y yo debo responder, “presente”, porque aparentemente soy yo, soy esa a quien llaman, sin poder decirle al maestro que ella no está, que hoy no quiso despertar, que se quedó en el sueño.
Que no está, no está… -No estoy-
Hasta yo misma me ausento.
Me ausento de la idea de la soledad abrumadora, esa que espanta, que te hace doler los huesos; la piel arde, yo me dopo para no llorar por compañía, me paro de la cama sin despertar, porque a veces en medio de doler, de dolerme, eso que llaman vida, eso que te padezco, vida, debo continuar.
II
MONÓLOGO ACERCA DE USTED, QUE ME DUELE
Quiero expresar aquello que me duele con respecto a usted, a usted que me dejó, a usted que está lejos, a usted que no me lee. Me digo que yo no soy escritora, que no sé expresar aquello que quiero, que solo sé dolerme, sé tumbarme en el suelo de esta casa que le espera, donde las paredes le reclaman, aquí hasta las cucharas le echan de menos y me ponen quejas.
Expresaría si pudiera hacerlo que le odio, que odio sobretodo sus brazos, los odio en las noches que hace tanto frío que quema, odio además sus labios que ahora en medio de la distancia dejan que mi boca se reseque, se agriete.
Expresar que detesto el día que salió a trabajar y yo pensé que volvería a la hora de la cena, como de costumbre, pero no pasó… No sé dónde dormiste aquella vez, dónde estuviste, me lo pregunté una semana, luego de esa semana supe que era un fin, que esa despedida cuando partías hacia el trabajo no era más que una despedida para siempre, que debía aceptarlo.
¡Me confunde esto del amor hacia el otro! Eso de acostumbrarse al tacto, de entenderse con gestos, nunca he comprendido los tipos de apegos.
¿Dónde estarás?, ¿con quién?
Sobretodo con quién…
Me perjudica, me quejo, me duele, me dueles, le reclamo a usted, a su ausencia. A usted, que me duele.
III
MONÓLOGO ACERCA DE CÓMO LA DISTANCIA ES PERJUDICIAL PARA EL ALMA
La distancia es dolorosa sobretodo, cuando en medio de esa distancia está aquello que se extraña. No podemos salir porque estamos en cuarentena, estoy a 304km de distancia en ruta del lugar que suele ser mi hogar.
Todo se ha transformado, se ha vuelto virtual, mi padre me manda fotos pixeladas de la casa, hacemos videollamadas y todo se ve en mala calidad por la pésima señal de internet, porque el mundo entero está conectado y todo esto por un virus que nos encerró, no encerró de manera virtual.
-Hay virus afuera y virus informático adentro-
Siento mucho más la distancia cuando los buenos días están en el chat y en la cocina hay ausencia, nunca había pensado en la distancia como algo malo, siempre fue y estuvo como algo natural, la distancia del cuarto a la sala, la distancia de la casa al trabajo, era normal, natural. Ahora, me pregunto más acerca de la distancia porque está impuesta, porque nos la exigen, no podemos estar a menos de 2 metros de distancia de alguien en el supermercado, en las filas de los cajeros, en todas las filas.
Entonces el alma siente dolor, siente la ausencia, es algo perjudicial, porque no tiene compañía, ni tacto, todo se ha vuelto impersonal, individual, en solitario, solos, solos… nos dicen que es por nuestra salud y entonces uno se aleja, toma distancia, hace la fila donde debe, saluda con el codo y no con un abrazo o un beso, no sale de la casa, no viaja a su pueblo, olvida a su hogar, permanece en aquella distancia obligatoria, la asume y procura cumplir las normas para no pagar multas, procura no llorar, no volverse loco, no dolerse tanto, además de mantener la distancia.
—
Trabajo realizado para el curso Periodismo y literatura, orientado por la profesora Marcela Gómez Toro.
El testimonio de Marta Cecilia Morales invita a pensar que el parto es apenas una parte de la maternidad.
“¿No ve que es un bebé? Y está vivo, está vivo”, me repetía el doctor. Entonces yo me acerqué, lo miré, era chiquitico y muy feíto; nació de apenas 28 semanas, y aunque yo no sabía que había estado embarazada, era mío.
Todo comenzó con el burro. Cada vez que necesitaba colgar la ropa, me subía en él para montarme en el lavadero y poner los ganchos, pero ese 10 de agosto de 2001, cuando hube terminado y puse un pie sobre él para bajarme, cedió y caí de nalgas. Pasaron una, dos, tres… muchas horas, anocheció, se hicieron las cuatro de la mañana y yo sentía un dolor insistente, no dormía. “Eso es que se le va a venir esa pelota de sangre que tiene en la barriga”, me dijo entonces el costeño y, antes de regresar al trabajo, me pidió que fuera al hospital con alguien porque él no podía.
En ese momento, yo estaba esperando dos llamadas: la de la cita para operarme y no tener más hijos (¿pa’ qué más con Juan Esteban, de 17 años, y Luisa, de 18 meses?) y la de una ecografía, porque no enfermaba y, aunque planificaba y no tenía los síntomas, me habían diagnosticado un posible embarazo ectópico. Así que cogí los papeles de todos los exámenes que me habían hecho, tomé un taxi con mi vecina, llegamos a las 8:30 a.m., me ingresaron en maternidad, me dolía atrás y adelante, me evaluaron, me prepararon para un parto, yo no entendía nada, no estaba embarazada, pero en menos de una hora, a las 9:25 a. m., nació Juan Carlos.
“¿Usted es la acompañante de Marta Morales? Haga el favor de traer la ropita para el bebé”, llamaban a mi amiga en la sala de espera, pero ella pensó que era un error hasta que llegó a mi lado, en la camilla, me vio llorando y preguntó qué estaba pasando: “Vieja, es que tuve un niño, está con los médicos”. “¿Dónde? ¿Usted qué va a hacer?”, como todos los que harían a partir de ahora, no me creía… ¿Yo qué iba a hacer? Pues tenerlo. Me limpié las lágrimas y le di una sola instrucción: que no le dijera a nadie, excepto a aquel, el costeño, para que se viniera de una vez.
Por ser prematuro, mi niño vivió dos meses en una incubadora, con una cámara de oxígeno en su cabeza para que se le maduraran los pulmoncitos, y se alimentó por sonda de leche donada porque a mí no me bajaba nada. Lo visitábamos cada día, pero no lo podíamos tocar, mientras, yo escuchaba al costeño rezarle a mi diosito para que no se llevara al niño y que, si lo hacía, fuera rápido para no apegarse a él. Aun así, a los 15 días, se agravó, le hicieron una herida (que yo creo que le dejaron abierta y le jalaron un tendón porque Juan es fruncido en la nalga, tiene un hueco) y le sacaron unas muestras de la cadera y la mano, entonces me dijeron que tenía artritis séptica.
“Ese niño está muy delicado, no le va a vivir y si lo hace, no caminará”, me decían los doctores. Por eso no le quise contar a nadie sobre Juan, yo lo visitaba en secreto de mi familia y esperaba, esperaba… Pero pasaron las semanas, Juan creció, subió de peso y me lo entregaron. Esa primera noche en la casa fue muy difícil, el niño me dio mucha brega porque le hacía falta la incubadora, pero eso sí, yo no quise dormir con él, nunca me ha gustado dormir con niños; así que lo acomodé sobre una almohada, dentro de la bañera de Luisa, porque él era chiquitico (tanto, que no sé por qué me dolió así) y esa la puse al lado de la niña, en la cuna de ella.
Yo no sé cómo hacen las mujeres que tienen gemelos, trillizos… ¡Virgen Bendita!… cuatrillizos, quintillizos… ¡Virgen Bendita! Cuidar a dos bebés fue difícil, pero me colaboraron mucho (“¿Qué más se le va a hacer?”, me decían): el costeño me traía arrumes de pañales (él siempre quiso que Luisa fuera hombre, tener un hijo), mis hermanas me traían lechita e incluso una de ellas, la madrina de Juan, le compró su ropita y se ofreció a adoptarlo porque, al principio, yo no quería al niño. Los primeros días yo estuve muy aburrida, no estaba preparada para tener otro hijo, estuve con una psicóloga tres veces, pero dejé de ir porque era bobada; yo había sido una entre cien mujeres a las que no le sirven las pastillas de planificación, pero no podía hacer nada, excepto cuidar del niño que Dios me dio.
Entonces cuidaba a los bebés, hacía oficio en la casa, despachaba al costeño antes de trabajar, me hice operar, me la pasaba explicándole a los demás, incluida mi mamá, que el niño era mío y, en esas, mantenía en el hospital cuando se me ponía malo: a los 15 días de traérmelo, volvió a la incubadora porque le dio neumonía. Pero, con el tiempo, todo se hizo más fácil: la niña entró ligerito al jardín, a los dos años, Juan dormía mucho por la droga, no daba lidia, y mi hijo mayor empezó a ayudarme con sus hermanos.
Fue por Juan Esteban que supimos que Juan tenía los piececitos garetos; él jugaba con el bebé y le estiraba las piernitas, pero entonces paró, se puso serio y dijo: “Ma, este negrito le salió con un pie más corto que el otro”. “Juan Esteban, deje de burlárseme del niño”, le reproché aunque me quedó la duda; así que esa misma semana, que tenía control, fui y el doctor lo confirmó: hasta ese momento, tenía una diferencia de dos centímetros en cada pie y podía empeorar. Por ser tan pequeño, al principio solo usó una coca entre las piernas para separárselas y un tacón en el zapato izquierdo para nivelarlo, pero cuando cumplió los 4 años, hubo que operarlo.
Esa primera cirugía fue muy brava: lo enyesaron del abdomen hasta abajo y solo le dejaron el hueco para orinar, también tenía una varilla entre los pies. Parecía una momia y pesaba como una roca, apenas se le podía bañar la cabecita. Y aunque le enderezaron los pies, que tiraban de pa’ un lado, le hicieron otra operación seis años después; esa fue distinta, lo dejó un tiempo en silla de ruedas y con una platina a la que se le zafa un tornillo y le molesta. Por eso, me puse a pelear para que haya una tercera, puse una tutela, y aunque muchos médicos dicen que no se le miden a otra cirugía, que es delicado tratar el fémur, Juan la necesita y yo voy a luchar con esos hijuepuercas.
Desde eso, han sido siete años que luchamos y esperamos por la cita de la cirugía, Juan ya tiene 17, es muy encerrado (tal vez porque nunca lo acostumbré a salir para no enfermarlo), saca siempre las mejores notas (y cuando no, se enoja con todos), no le gusta el fútbol (a pesar de que antes le tenía la silla, la toalla y las fiestas de cumpleaños adornadas con el rojo) y casi no come carne (aun cuando de pequeño le gustaba la sangre de la morcilla). Y, aunque haya crecido y cambiado, todo es como en el inicio, Juan y yo estamos esperando una llamada, pero ahora es diferente: lo hacemos juntos.
Ana Alicia Arias Tequia vende las manillas, collares y aretes que junto a su esposo Libardo Rivera Murillo, tejen durante la semana. Ana es una indígena emberá katío del resguardo Alto Andágueda del municipio Bagadó, Chocó, que llega a Medellín en el año 2011 buscando mejores condiciones de vida, tras ser desplazada de su resguardo por el conflicto armado interno en Colombia y vivir aproximadamente 3 años en Pereira. Esta multimedia ilustra la historia de vida de esta heredera de artes ancestrales en una ciudad tan indomable como la selva más exuberante que para ella es el hogar.
Para ella, el agua es existencia, es pasión, es lo “más profundo de su alma”; gracias a los recuerdos de su infancia y trayectoria, el agua pasó a ser su piel, su complemento, ese que ha marcado notablemente su vida y que a diario le evoca sonrisas y triunfos.
Sale de su vivienda, ubicada en el barrio La Floresta, en la carrera 85 # 46 con 35. ¡Sí! Un apartamento, un segundo piso. Ese que está al lado del “Parque La Floresta”, que para ella, “es de los más bonitos que hay en Medellín”.
Los árboles recrean un buen ambiente y paisaje, en compañía de los niños y demás familias que usan dicho espacio, para “mecatear, caminar o pasar la tarde”. Todo es para ella “un paraíso” que puede deleitar por ese ventanal grande, que permite además dejar entrar los rayos de luz a su hogar.
Pero su vista se torna pesada, al recordar dos personajes que le irrumpen su paz: “una señora que tiene alzhéimer, y grita todo el día; y, un niño malcriado que solo vive peleando con su mamá”.
El reloj marca las 7:20 cuando abandona aquel cuadrado verde, de un tono pastel que contrasta con el verde pasto de los árboles. Cruza las calles rápidamente y camina hasta llegar a su segunda casa, esa que alberga un sinfín de historias, aventuras, risas, llantos, exigencias y unas que otras rabietas.
15 minutos dura su recorrido. Ese que mientras lo realiza, lleva bajo su mano derecha dos aletas azules, que ella llama “sus nuevos pies”, y dentro de su mochila negra de ‘Adidas’, reposa toda su “vestimenta o traje” para dar inicio a su fiesta.
Como de costumbre, se sienta con sus compañeros en el suelo de una cafetería, ya en proceso de terminar sus servicios y cerrar; allí en un ‘círculo’, antes de iniciar sus rutinas, comparten sus historias del día. Cotilleos, risas, chismes o “les tengo la primicia” se oyen cruzar constantemente entre ellos. Pero su algarabía termina, cuando ven pasar a su entrenador en pantaloneta de baño, que es ya para ellos, la señal de que ha terminado el “recreo” y es hora de comenzar la función, de recrear su otra vida, y sumergirse en su pasión: el agua.
El rugby subacuático femenino de Colombia ha tenido recientes figuraciones notables en lo internacional. Aquí, la selección sub-21, triunfadora en el Campeonato Nórdico Abierto de Rugby Subacuático de 2015.
Foto: Facebook sub21uwrcolombia.
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En compañía de las caricias del viento, una gran luna, y el cantar de uno que otro pájaro, que entre la oscuridad no alcanzaba a identificar, me encontraba allí, justo en frente de la ventana. Aún estaba sola; el agua guardaba la calma, y corría por sí sola. Profunda, azul, profunda. Así era, así la observaba, así me sentía. Ansiosa, por ver tal ‘espectáculo’, con la cámara sobre mis manos, esperaba el momento en que comenzaran a aparecer, como ‘pecezuelos’, todos los jugadores.
¡Y vaya! Primera cosa sorprendente: la cancha. 5 de ellos, descendían a la par con una lámina dividida en dos; a ambos lados, una cesta rígida. La acomodaron y esta quedó completamente sumergida.
Inmediatamente, solo veía por la ventana, aletas y más aletas. Estaban posicionándose para comenzar el calentamiento. Aquella agua que en un principio solo era calma, se turbó y ahora se movía al compás de las aletas, y pequeñas burbujas salían del snórkel de cada participante. Duró 20 minutos, y como lo explicaba Jorge Franco, entrenador de la Categoría Sub 21, “se habían trabajado apneas, velocidad y resistencia, con diferentes series de ejercicios que nosotros vamos coordinando, dándoles las respectivas salidas, y, finalmente realizar los juegos-partidos”.
Dos equipos. Dos colores. Azul oscuro o negro y blanco. Así estaban divididos aquella noche cálida de jueves.
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¿Y quién era ella? ¿Quién era ese número 28?
Una joven. María Camila Henao Marín. Estudiante de segundo semestre de odontología, amante de la música, soñadora, entusiasta y entregada con su familia.
Su historia comenzó aquel 21 de septiembre de 2006, a los 10 años. Pequeña e ingenua, esta chica había iniciado uno de sus grandes anhelos: pertenecer a un grupo de Nado Sincronizado, aquel que ya no era un simple deporte, sino que se había convertido en su más grande pasión.
Día a día, esta joven con su fuerte entrenamiento y dedicación incrementaba su nivel, a tal punto de ser partícipe en grandes competencias, dentro y fuera del país (Bogotá, Cali, Pereira, Perú…), realizando “Solos”, “Equipos” y “Dúos”, de los cuales siempre resultaba triunfante.
Cada oportunidad de crecer la llenaba de gozo y plenitud, pues el esfuerzo que este requería era desmedido; sus entrenamientos diarios sobrepasaban las 6 horas y las rutinas eran complejas. Pese a esto, aquel 20 de marzo de 2012, se vio en la ardua situación de abandonar su sueño, pues las múltiples responsabilidades y cargas estudiantiles, impedían su entrenamiento.
Una en frente de la otra. Ella, siempre con su perspicaz sonrisa, y su mirada profunda. Yo, observando cada detalle y peculiaridad de esta ‘jovencita de 19 años’, que una vida particular tenía. Mientras disfrutábamos de un helado, comenzamos a interactuar y platicar sobre su historia. ¡Sí! sobre su vida, aquella que nunca había planteado mirar, desde afuera. Esa que ahora yo, estaba retratando.
-¿Cuál es el papel qué desempeñas dentro del equipo?- pregunto, observando la pulsera de plata que lleva puesta, y que tiene como dije un delfín.
-Yo soy portera. Desde que entré mi entrenador me perfiló a eso. No creía que fuera capaz, por mi tamaño y mi peso, pero hasta hora me he desempeñado muy bien.
-¿Y por tu experiencia, cuál consideras es la principal fortaleza, o cuál debe ser el perfil de una portera?
-¡Eh…! Bueno… La portera tiene que ser un poco agresiva- deja soltar una pequeña sonrisa, y continúa- la verdad eso a mí, me ha costado bastante, y me ha costado varios regaños, porque eso no hace parte de mi personalidad en la vida cotidiana. Como el deporte es de contacto, tú literalmente le tienes que dar ‘pata’, a todo el que veas que se acerca. Es una actitud más brusca, determinante, fuerte, y de mucha agilidad para girar en el arco.
-¿Y por qué Rugby Subacuático, y no otro deporte?
Mira sus manos, mira a su alrededor, y por variar, deja escapar una sonrisa. Piensa durante un par de segundos, y una vez aclaradas sus ideas, dice
-Cuando estaba en Nado sincronizado, y decidí salirme, me quedé medio año sin hacer nada, intentando buscando otro deporte, porque eso lo tenía muy claro, yo quería seguir con mi disciplina deportiva, pero nada me llamaba la atención. Y decía ‘yo no me puedo quedar sin agua’, pero pensaba: ¿Clavados? No, ya estoy muy grande para eso; Polo, no me llamaba la atención, y rugby al verlo tan diferente, me llamó demasiado la atención. Era algo que yo ni siquiera conocía, y tenía dos conocidos en el deporte que me ayudaron a comenzar, por medio de unos semilleros. Vi que me estaba gustando mucho…
La interrumpo, y lanzo una pregunta de inmediato
-¿Pero… no es un cambio bastante fuerte? ¿De nado a rugby?
-Totalmente. A medida que estaba más inmersa en el deporte, comenzaron a salirme morados en todo el cuerpo, ya la delicadeza del nado sincronizado y toda la parte artística se iba perdiendo. Pero ahí me quedé, seguí intentándolo, hasta llegar al grupo élite, y se ha convertido en una adicción, porque todos los días uno quiere aprender algo nuevo, quiere que lo corrijan, que el entrenador diga ‘muy bien’ o ‘muy mal’, pero que a fin de cuentas, lo importante es seguir intentándolo.
-¿Y cómo fue ese medio año sin estar en tu pasión, en tu medio, tu columna vertebral si así le podemos llamar? ¿Sentías que te faltaba algo?
-Era muy duro, porque como te digo, desde pequeña siempre he tenido esa disciplina. Ese medio año sin hacer nada, yo iba a estudiar, llegaba a casa y ya el tiempo no me rendía en absoluto. Las tareas que hacía en dos horas, ya me demoraba todo el día…Cambia mucho la vida.
***
Este deporte, como lo confirmaba el entrenador, Jorge Franco, “es el único que se juega en las tres dimensiones: largo, ancho y alto”. Estando allí de nuevo, comprendía mejor la dinámica y los rolesde todos estos jóvenes; ya reconocía quién era quién, porteros, guardas, delanteros… Yo podía sentir e imaginar, los roces de las aletas y el agarre con las manos, esa opción que se tenía de quitar el balón, lo hacía un poco brusco. Tanto mujeres como hombres, se encontraban en el terreno de juego. Iban y venían como tiburones en busca de su presa, que era entonces esa pelota color marrón, rellena de solución salina.
Un juego que no solo requiere de entrenamiento bajo el agua, sino también físico. Un entrenamiento de pesas, en el que se trabaja la potencia, la fuerza de los hombros, brazos, piernas y espalda.
“Acá te dicen que no te van a poner bonito, que te van a poner mejor- dice esta joven, mientras juega con sus dedos, y un anillo de gema negra, que desliza suavemente, y vuelve a ubicar en su sitio. Lo ideal sería las 5 veces a la semana, durante una hora. Yo lo he estado haciendo 3 y 4 veces a la semana, pero tengo días en que por el estudio, no puedo hacerlo, entonces vengo un sábado y trato de compensarlo”.
Para el número 28 del equipo, el agua ha sido su vida, su medio de escape, de descanso. Para ella, su deporte, y más que eso, su pasión, es una forma de salir de todo lo cotidiano, de lo que le rodea, de tal vez, alguna preocupación o problema que tenga. Cuando desciende al agua, siente que está en otro mundo, su mundo, en el que se siente en paz, y guarda todo, en lo profundo de su alma.
En Colombia, a noviembre del año 2015, había un millón doscientos veintitrés mil trecientos setenta y ocho personas en el Registro de Localización y Caracterización de Personas con Discapacidad del entonces llamado Ministerio de Salud y Protección Social; una cifra significativa para un país con 48 millones de habitantes, pero más significativa cuando en tema de deportes hay un grupo que se extiende cada vez más.
El crecimiento de esta tendencia se manifiesta también en Colombia, demostrado en la participación de 39 deportistas que viajaron a Río de Janeiro para los Paralímpicos 2016 y que demostraron que la discapacidad solo está en la mente, que querer es poder y que el deporte es para todos, obteniendo 17 medallas, logro nunca visto en estas modalidades. La delegación de nuestro país logró ser la segunda mejor en toda América del Sur, solo superada por Brasil, país anfitrión, y por encima de países más competitivos como Argentina y Chile.
Yesenia Restrepo junto a su esposo Joe y su hija. Una familia rebosante de capacidades. Foto: María Camila Pizano
La participación de estos deportistas en Río le abrió la puerta a Colombia en el mundo de los deportes bajo condiciones de discapacidad, al ponerloen la mira de estas competencias al pasar de dos medallas en los juegos Paralímpicos Londres 2012 a las 17 medallas en los Paralímpicos Río 2016.
Esta historia sin precedentes tiene 39 episodios, uno en cada deportista; uno de ellos es la vida de Yesenia Restrepo, quien trajo en sus manos una medalla de bronce de los Juegos Paralímpicos Río 2016.
Apenas comenzaba el año 2005, cuando unos fuertes dolores de cabeza confundieron a Yesenia, acudió al médico, pero ellos diagnosticaron estrés. Restrepo sabía que no se trataba de eso, pero quiso no pensar mucho, sin imaginar que la historia se tornaría más difícil, cuando diez días después regresó el dolor, esta vez más intenso. Ya en urgencias se dio cuenta que era tarde, la piel había comenzado a estirarse e hincharse, igual que sus ojos, quedó hospitalizada pero ya no había nada por hacer, sus nervios ópticos estaban muertos. La vida se oscurecía, la luz se iba apagando y solo estarían los recuerdos de las imágenes que vio hasta sus 23 años.
Yesenia tenía a su hija muy pequeña en ese momento, la preocupación era su pan de cada día y veía una salida muy difícil. Gracias al apoyo de algunos compañeros de la empresa donde laboraba, comenzó la rehabilitación y el estudio del braile. Y la vida no se queda con nada, y grandes sorpresas comenzaban a llegar. Fue en el año 2007 que el deporte comenzó a ser luz y un nuevo camino por andar para Yesenia, cuando conoció a Joe González, un deportista en silla de ruedas. Lograron hacer amistad y él la inició en el deporte al reconocer las cualidades y capacidades que tenía para explotar.
Pronto el amor unió estas dos historias de vida. En julio del mismo año se hicieron novios, y la exigencia por parte de Joe para que Yesenia entrenara era más fuerte y finalmente en noviembre del mismo año, tejieron sus vidas para siempre. Hoy llevan 10 años de casados, de complicidad y de complementarse, pues los pies de Joe están en Yesenia y el él, ella tiene sus ojos.
Comenzó para Yesenia un nuevo proyecto de vida, un camino que nunca se imaginó recorrer y triunfos que hoy agradece, pues es el deporte el que la tiene donde está, aprendió a valorar su discapacidad y comprobó que no es ningún obstáculo. Desde ese momento ha sido varias veces medalla de oro en los Juegos Nacionales, medalla de plata en los Juegos Parapanamericanos en Toronto-Canadá en el 2015 y ganadora del oro en el Open Caixa de Atletismo.
Llegan los Juegos Paralímpicos Río 2016 y Yesenia sabía que este era el momento de hacer una historia diferente a la de Londres 2012, donde fue víctima de un fuerte virus que afectó totalmente su rendimiento, pero aprendió de los Juegos Paralímpicos pasados que lo primordial es la seguridad y estar tranquila de lo que sabe y tiene. Quería la medalla en lanzamiento, no la logró, pero tampoco estuvo lejos, obtuvo el quinto puesto y con orgullo el diploma Paralímpico en lanzamiento de disco.
Y luego la medalla de bronce en relevos femenino 4×100 clase T 11-13. Obtener esta medalla para Yesenia fue muy meritorio, porque se preparó al lado de su guía, Juan David Cortés, este fue el premio mayor a la constancia y la dedicación.
Yesenia agradece su discapacidad y lo que ella trajo en sus manos, un matrimonio, conocer tantos lugares del mundo, no tener miedo a nada, convertirse en una gran deportista profesional y ser una mujer plenamente feliz.
El síndrome de Diógenes encierra el contraste entre rodearse de cosas y, al mismo tiempo, vivir aislado de los demás. Ahora que la televisión internacional nos acerca historias como estas, las voces y el testimonio gráfico de un caso al sur del Valle de Aburrá, permite asomarse al drama detrás de este trastorno del comportamiento.
La fachada color crema y verde claro se ve desdibujada con las pilas de basura que logran cubrir hasta una parte de la puerta. Cartón, madera, botellas, traperas viejas, comida en mal estado y bolsas son la decoración del pasillo. El olor a pestilencia incrementa al acercarse. Adentro no se ve el piso ni se puede identificar en qué se camina. La basura logra ir hasta el techo en algunas partes. No hay servicio de agua ni de luz, pero igualmente los moscos, zancudos, cucarachas, ratas, dos gatos y dos gallos viven en esa casa donde apenas queda espacio para dos ancianos, de 80 y 98 años.
En medio de toda la basura sale una de las mascotas y también se le dificulta moverse por el lugar. Foto: Laura Restrepo P.
El dueño de la casa, Luciano Gutiérrez, es un quijote al que le hace falta la armadura. Los personajes comparten el bigote y un pensamiento diferente; el uno veía gigantes y el otro recolecta basura de manera compulsiva. El Sancho Panza de Luciano, es su tía, Ana de Jesús Gutiérrez, quien a pesar de no estar de acuerdo con la situación nunca sería capaz de dejar a su sobrino.
Desde hace 12 años empezó a acumular todo tipo de objetos en su casa y el barrio Restrepo Naranjo de Sabaneta, se vio afectado por plagas y malos olores. La situación ocasionó las quejas de sus vecinos. “No nos podemos descuidar con las bolsas de basura porque se las lleva y las entra a la casa”, expresa su vecina de al lado, Cristina Vélez.
En la mayoría de la casa la basura llega hasta el techo obstruyendo el paso. Foto: Laura Restrepo Posada.
En 2008 se iniciaron las intervenciones en la vivienda de Luciano y Ana de Jesús por parte de la Secretaría de Familia, Medio Ambiente y Salud, por medio de las cuales le ofrecieron un acompañamiento psicológico, apoyo económico con el subsidio Colombia Mayor, control de plagas, revisiones médicas, inscripción en el almuerzo comunitario y limpiezas al hogar de donde se han logrado sacar hasta tres volquetadas de basura.
A pesar de los beneficios que se ofrecen la situación no ha mejorado, para algunos antes empeora pues varios señalan que los esfuerzos han sido intermitentes. “Es un círculo vicioso, cada secretaría le pasa el problema a la otra y no salen haciendo nada”, declara Luz Estela Álvarez, otra habitante del barrio Restrepo Naranjo.
Al respecto, el técnico Marlon Pareja, de la Secretaría de Medio Ambiente, explica que son muchos los trámites que se deben hacer para preparar una limpieza, ya que solo hay una volqueta en el municipio y una limitación en las toneladas que pueden sacarse.
En la Secretaría de Familia aclararon que no se ha iniciado de nuevo el proceso de acompañamiento porque esperan respuesta de las directivas de esa dependencia.
La cama de Ana también está llena de ropa, cajas y sobras de comida. Foto: Laura Restrepo Posada.
Entre tanto, algunos vecinos intentan ayudar con las limpiezas. Por ejemplo, en la casa de Luciano Gutiérrez intervino la Asociación de Recicladores de Sabaneta.“El problema se volvió de salud pública, ya que una rata mordió a una niña del frente”, indica la representante de la Asociación, Ana Cecilia Hernández, para quien el trabajo tiene que ser con todas las secretarías.
El psicólogo Juan David Restrepo, al enterarse del caso y analizar las características de Luciano opina que: “está en una neurosis, con un carácter obsesivo compulsivo, que obedece a sus ideas e imaginarios mediante sus acciones, por esto debe tratarse de una manera muy comprensiva, sin obligarlo para que no recaiga”.
Ana de Jesús, la tía de Luciano, por su edad, solo sale de casa los domingos para ir a misa. Foto: Laura Restrepo Posada.
A pesar de las quejas, recomendaciones y labores realizadas por parte del Municipio y los vecinos Luciano continúa su actividad de acumulador. Alega que todo es reciclaje, que es una propiedad privada y que no tiene dónde más almacenarlo que su casa ya desdibujada por las pilas de cartón que cubren hasta la puerta.
Hace más de quince años que Carlos Ossa abrió una oficina en el edificio Coltejer. El poeta llega hasta allí todos los días para pensar y escribir.
Entonces, se armó de valor y le preguntó, dejando todo prejuicio a un lado, lo que se había cuestionado desde que se sentó a su lado. No entendía cómo alguien podía vivir de la literatura sin ser un escritor famoso.
—¿Y vos de qué es lo que vivís? —Preguntó el joven periodista sin pudor alguno.
El poeta lo miró y calló por unos segundos, el ruido de los carros que pasaban por la avenida La Playa desapareció. Todo fue silencio, silencio que fue interrumpido por la risa del poeta, que se echó a reír y miró al periodista, que tenía cara de ingenuo, y sostenía firmemente una pequeña libreta azul, que perfectamente podía cargar en su bolsillo, y un lapicero Bic, a la espera de la respuesta para escribir rápidamente, con una letra que solo él entendería.
—¿Que de qué vivo?, pues de milagro —respondió, y los dos comenzaron a reír sin importar nada
de lo que pasaba a su alrededor.
Primera escena
Al periodista le contaron sobre un hombre que era poeta, que tenía una oficina en el edificio Coltejer y abría todos los días de diez de la mañana a cinco de la tarde. Llegó a él, luego de que le mostraran una carta que había escrito sobre el cierre de la librería Nueva, en julio de 2015, que titulaba: “Cerrar librerías, ¡qué vergüenza social!” y estaba firmada por un tal Carlos Ossa. Se la había dado un viejo librero de La Bastilla, don Augusto, quien le dijo que ese hombre se la pasaba
todos los días ahí, pensando, escribiendo, conversando, viendo pasar la ciudad, que esa era su oficina y ahí lo podía encontrar. “El hombre tiene una prosa muy interesante, vale la pena conocerlo y, por supuesto, vale la pena leerlo”, aseguró don Augusto.
Le pareció una historia llamativa, un poco loca, pero que valía la pena conocer al poeta. Además, ¿cómo dudar de la palabra de don Augusto?, si este se la pasaba leyendo todos los días y había recorrido las líneas de las obras más importantes de la literatura universal.
Segunda escena
Pasaron los días y fue a conocer a Carlos Ossa. Era casi mediodía y hacía calor, las calles estaban llenas de transeúntes, que no tenían tiempo de mirar lo que pasaba a su alrededor, todos tenían afán.
Llegó al edificio y comenzó a mirar las caras, pero ninguno tenía cara de poeta. “¿Cómo es una cara de poeta? ¿Acaso todos eran como Gonzalo Arango o León de Greiff?”, se preguntó, pero no tenía ni idea, siguió mirando las escalas del Coltejer, las que dan con Junín, al frente de la difunta Nueva, pero no había ningún hombre con cara de poeta.
Decidió ir a las que dan con la avenida La Playa y tampoco vio alguna cara de poeta. En ese momento dijo, que si Carlos Ossa existía, seguramente debería de estar escribiendo o leyendo, eso quería decir que no estaba.
Caminó hasta La Bastilla, pasando por la calle del Tuvo (le dicen así, porque todo el que está ahí alguna vez tuvo mujer, tuvo casa y tuvo plata), para ir a hablar con don Augusto, solo él le podía dar razón del poeta. Nada pasó, el librero no estaba, quedó en las mismas.
Dio una vuelta por Junín, para matar el tiempo, pero no encontró nada para hacer. Volvió a las escalas, las que dan con La Playa y vio a un hombre que no estaba la primera vez. Estaba sentado de carrizo y miraba atentamente todo lo que pasaba a su alrededor, se notaba que no se le escapaba ningún detalle. “Ese debe ser”, exclamó.
Tenía que estar seguro, no quería hablar con la persona equivocada. Se acercó a un vendedor de lotería y habló con él.
—Buenas señor, le pregunto, estoy buscando a un tal Carlos Ossa, él es poeta y me dicen que se hace aquí todo el día.
—Ese es que está allá sentado —dijo el lotero, mientras señalaba al mismo hombre que el periodista había observado.
Se dirigió lentamente hacia el poeta y mientras subía las escalas, preparó la presentación.
—Buenos días, ¿Carlos?
—Mucho gusto, Carlos Ossa.
—Mucho gusto, soy periodista y don Augusto, de La Bastilla, me habló de usted, me dijo que usted
era poeta.
—Eso dice la gente, dicen que yo soy el poeta de las escalinatas —respondió el poeta mientras se reía.
—Es para ver si me da una entrevista, me contaron sobre usted y quiero escribir su historia.
El poeta volvió a reírse, miró a su alrededor, miró los carros que pasaban, los vendedores ambulantes y exclamó: “Pues bienvenido, sentate”. De inmediato el periodista tomó asiento, se puso cómodo en la oficina y sacó de su bolsillo una libreta y un lapicero.
Una postal que para muchos desaparece en la rutina del Centro: Carlos Ossa en su escenario de trabajo.
Foto: Mateo García Agudelo.
Tercera escena
Era 1960 y seguramente, en Puerto Berrío hacía calor. Carlos Ossa, que nació en Remedios hace 73 años, llevaba algunos años viviendo en este lugar y la relación con la literatura se hacía cada vez más estrecha. Carlos vio la necesidad de escribir inspirado por las lecturas que venía haciendo. El reposo del guerrero, de Christiane Rochefort, fue una de estas. “Cuando uno se integra con la lectura, aparece el deseo de escribir lo propio”, comentó Ossa.
Y así fue, el deseo se convirtió en realidad y comenzó a escribir, sin dejar a un lado la lectura. Por
esa época fue que se conformó el Grupo Puerto, unos amigos medio bohemios y medio intelectuales, que deseaban ser escritores.
Cuarta escena
Puerto Berrío, Antioquia, enero de 1964. Al caluroso Puerto llegó el fundador del Nadaísmo, Gonzalo Arango. Estaba de paso, pero se quedó cuando le contaron que existía un grupo de muchachos afiebrados por la literatura.
Para entonces, el Grupo Puerto, lo único que había hecho era un manifiesto en rechazo a los que comentaban que eran los loquitos del Puerto. Eso llamó la atención de Gonzalo.
Carlos recuerda que era un hombre muy generoso en todo sentido, además, “no hacía alarde
de nada, parecía como uno más de nosotros, nos hacía sentir bien”. Hablaron de poesía y literatura, ellos estuvieron muy emocionados, pues, “nosotros los leíamos mucho a ellos —a los nadaístas—, comprábamos todos los suplementos, para saber qué estaban haciendo”. Gonzalo Arango los leyó y les dijo que iban por buen camino, los animó a escribir.
El poeta nadaísta “fue un azar maravilloso, de esos regalos que da la vida, porque con eso no contaba nadie, ni él ni nosotros. Nos estimuló mucho, que siguiéramos escribiendo, que veía talento en todo el grupo”.
Finalizaba la década del 70 y Carlos Ossa, a sus 35 años, llegó a Medellín. Las posibilidades económicas en el Puerto estaban ahogadas y en la capital paisa podía encontrar algo mejor, además de mejores posibilidades en cuanto sus aspiraciones literarias. Si había vivido por
la literatura, ahora quería vivir de la literatura.
Quinta escena
Encontró trabajo como revistero, pero no aguantó tanta presión. Para lo único que ha servido toda
la vida es para escribir, por eso declamó alguna vez: “Soy un fracaso en los aspectos prácticos de la vida”. Fue heladero, revistero, bibliotecario y otros oficios relacionados con el arte de escribir. Él es un trashumante de los oficios.
Ha publicado más de 23 títulos, siete de poesía, siete de narrativa y otros que no tienen un género definido. Su primera publicación fue Poemas del Grupo Puerto, en 1980, desde ahí no dejó de hacerlo, todos los hace por su cuenta, los vende él mismo y unos amigos libreros le ayudan.
Sexta escena
La llegada a la ciudad le permitió hacerse un espacio como escritor. Comenzó a colaborar con algunos medios, como el suplemento de El Colombiano y la Revista Universidad de Antioquia, pero la cosa no terminó muy bien.
Séptima escena
Conoció una Medellín bohemia, la ciudad de la noche que lo fue arrastrando lentamente, trago tras trago. Tal vez ahí terminaron todas sus posibilidades, porque desapareció del mapa literario de la ciudad. Llegó a raspar hielo, para pagar un cuarto en el que vivía.
Octava escena
Dejó la bohemia, esa vida quedó atrás y volvió al arte de escribir. Tal vez era demasiado tarde. Casualmente por esos mismos años, terminando el siglo, llegó por azar al edificio Coltejer. Y ahí estaba él, más de 15 años después, hablando con un periodista sobre literatura y poesía.
—Entonces, ¿vos cómo definís la poesía? —Preguntó el periodista.
— Siempre he dicho que definir ha sido de dioses y si hay algo difícil de definir es la magia.
Cualquier atrevimiento que uno intente con la definición se quedará corto, y no solamente corto, sino que no da la idea exacta de lo que es esa realidad poética —dijo el poeta de una manera muy romántica.
Novena escena
Una mañana cualquiera, el periodista lo fue a buscar. El poeta no estaba, pero sabía exactamente en qué lugar se encontraba. Fue al viejo Club Unión y lo encontró en la cafetería escribiendo. No lo quiso saludar, no podía interrumpir su trabajo, mejor se fue a andar por ahí, para luego ir a visitarlo a la oficina.
Y es que Carlos escribe en el Centro Comercial Unión, aproximadamente dos horas diarias. A las ocho en punto está ahí, es un lugar tranquilo, silencioso. “Porque todo sueño, el más desatinado, el más fantasioso, el más inverosímil, es siempre una realidad que espera su turno”, escribió alguna vez.
Décima escena
Más de un año había pasado desde su primer encuentro; los dos, por azar de la vida, se siguieron viendo cada vez que el periodista iba al centro, las escalas del Coltejer se volvieron una parada obligada para él.
Era una tarde de noviembre de 2016 y hacía calor. El periodista llegó a buscar al poeta, pero no lo
encontró. No sabía qué hacer, se sentó a esperarlo, la oficina todavía no cerraba sus puertas y había posibilidades de tener un encuentro con el poeta. Al frente de esta se gritaba a todo pulmón: “Siete maduros por dos mil, traídos desde Armenia”. Esos gritos se combinaban con la voz de Rodolfo Aicardi, que sonaba a lo lejos, anunciando que diciembre estaba a punto de llegar.
Pasó media hora, el sol se vio amenazado por una leve llovizna, que obligó a los transeúntes a sacar sus paraguas y justo cuando se iba a marchar, apareció el poeta.
—Mi querido periodista —exclamó alegremente.
—Carlos, ¿cómo va todo?
Hablaron unos momentos de la vida, de la ciudad, del periodismo, de literatura, de Roberto Bolaño.
El periodista debía romper el hielo, para poderle decir cuál era el verdadero motivo de su visita.
—¿Cómo te parece que voy a volver a escribir sobre vos?
—No jodás hombre, ¿otra vez?, ¿qué más vas a decir? —dijo el poeta con una voz burlesca.
—Algo me inventaré.
Epílogo (o continuación de la introducción)
Las risas terminaron, los dos se pusieron serios. Otra vez imperó el silencio, los carros dejaron de pasar. El poeta miró al periodista y exclamó, o declamó: “aunque parezca irreal, vivo de la literatura, gracias a algunas colaboraciones que me generan un salario… pero, un salario de poeta”.
Las risas volvieron y ahí comenzó la historia. El periodista se marchó y el poeta se quedó, porque
apenas era mediodía y la oficina no se cierra hasta las cinco de la tarde.
El 28 de febrero del año 2017 se cumplieron 75 años sin ese hombre que entregó su vida a la tarea de capturar la historia, ese de ascendencia liberal y de descendencia artística; ese de mirada acuciosa y aguda: Melitón Rodríguez. Fotografías que complementan el reportaje publicado en la edición 58 de Contexto que puede leerse AQUÍ.
“No me alcanzará la vida para agradecerle a ‘Terciopelo’ el favor que me hizo”, piensa Álvaro Múnera Builes, ex torero, concejal de Medellín y ahora símbolo de la defensa de los animales, al referirse al toro que le dio un rumbo diferente a su vida, cuando el 19 de noviembre en 1985 le propició una cornada y lo dejó parapléjico. Hoy Múnera, conocido como ‘El Pilarico’ desde su vida taurina defiende con fuertes argumentos la importancia de proteger a los animales.
Lunes, 10 de la mañana. Me dirijo al Concejo de Medellín, con expectativa e intriga, con la curiosidad que se necesita para conocer a alguien como Álvaro Múnera Builes, una persona con alta convicción dentro de su lucha animalista.
El ingreso es sencillo, me abren la puerta de la oficina e inmediatamente se presentan ante mis ojos muchas imágenes de animales, hay gatos, tigres, delfines, perros, elefantes, micos, caballos; también grandes carteles que rechazan la tauromaquia.
Me perdí en ese ambiente, en lo cálida que resultaba ser esa oficina del concejo. Tomé asiento por unos minutos y llegó Álvaro Múnera, en su silla de ruedas y con una gentileza que se percibe fácilmente. Comenzamos la entrevista y parecía que no estábamos solos, nos acompañaban los animales plasmados en las paredes.
A usted lo reconocen como “El Pilarico”, ¿cómo surge este apodo?
“Desde que yo tenía más o menos 9 años, me mudé con mi familia al barrio La Pilarica, empecé a torear a esa edad y todos mis amigos del barrio iban a verme, para que a ellos los identificaran como mis amigos, empezaron a gritar ‘Pilarico, Pilarico’, y así me quedé”.
¿Cómo nació su afición por las corridas de toros?
“Yo heredé la afición taurina de mi padre, para él los toros eran su vida y nos llevaba a mis hermanos y a mí desde los 4 años a todas las corridas, yo crecí con eso, era pan de cada día en mi casa”.
La historia de vida de Álvaro Múnera es un símbolo de la
Cuénteme de las sensaciones que tuvo al recibir la cornada por parte del toro que lo dejó parapléjico y lo alejó de su vida como torero a los 18 años.
“Cuando el toro me cogió, me partí la quinta vértebra cervical, tuve trauma craneoencefálico y lesión medular completa. Yo sentí un corrientazo frío y el cuerpo se me perdió, no podía ni ver, ni hablar, solo escuchar; incluso pensé que estaba muerto”.
¿Cuándo y dónde comenzó a cambiar su percepción sobre las corridas de toros?
“Yo estuve primero en recuperación en España, allí el proceso no avanzaba, a los 4 meses me trasladaron a Miami, mi transformación se da en ese lugar, cuando llego a un país que no concibe que todavía exista un pueblo que se divierta torturando y matando animales. Yo enfrento esos pensamientos cuando, al contarle a las personas lo que me pasó, me miran como si fuera un psicópata, un asesino, un violador…todo influyó para darme cuenta de que el equivocado era yo”.
¿Tiene algún momento o alguna frase que considere que lo ha marcado para siempre durante su estadía en Miami?
“Sí. Una vez una compañera del hospital me invitó a comer a su casa con toda su familia; cuando llegamos donde una tía de ella, mi compañera le dijo: ‘Tía, él es Álvaro Múnera, un torero que vino de España y se accidentó, quedó en silla de ruedas por una cornada’. De manera inmediata esa señora se quedó mirándome con unos ojos brillantes e intimidantes y, sin pensarlo dos veces, me dijo: ‘¿Sabe qué? Me alegra mucho que esté en esa silla de ruedas, ojalá nunca se levante de ahí, usted es un bárbaro, cruel, asesino’. Yo no le respondí, pero sí interioricé eso y le di toda a razón, porque así es, hay crímenes que no tienen forma de ser reparados y esos son los que yo he cometido”.
Con la mirada siempre esquiva, tal vez reflejando timidez a pesar de su condición de político, iba respondiendo mis preguntas y dándole un tono muy conversacional al asunto, me hablaba como si me conociera desde hace un buen tiempo.
Entrando en otros aspectos, ¿qué es para usted la política, cómo la concibe?
“Para mí la política es una fábrica para materializar sueños. Hay gente que trabaja mucho para llegar acá, nosotros llegamos acá para trabajar mucho, a pesar de las críticas”.
Hablando de críticas, a usted los taurinos lo catalogan de “traidor” por unirse a la causa animalista y defenderla en su carrera política, ¿ha tenido que enfrentarse directamente con ellos? ¿Cuál es su pensamiento al respecto?
“Todo el tiempo. Incluso me han amenazado de muerte, no me han matado porque no le quieren poner un mártir a esta causa. Cuando tomé la decisión de hacer pública mi conversión y mi ‘salida del clóset antitaurino’ (sonríe), los amantes de las corridas me empezaron a ver como su enemigo y como un traidor, pero les doy la razón porque eso fue lo que hice, traicionar la crueldad”.
¿Cuáles han sido los momentos más difíciles en esta lucha por el bienestar animal?
“Los debates con los caballistas por la eliminación de las cabalgatas en la Feria de Flores y el proceso de erradicación de los cocheros. Recibimos muchas críticas e insultos”.
Era momento de darle un giro diferente a la conversación, quería conocer otros aspectos de Álvaro Múnera, quería entrar a conocer su carácter, su personalidad y sus gustos.
Cuénteme, ¿cuál es su recuerdo más emocionante?
“Yo tengo una hija llamada Isabel. La adopté con mi esposa y ahora tiene 12 años, el día en que me la entregaron fue el día más feliz, no tengo cómo describirlo”.
¿A Isabel, le ha inculcado ese amor por los animales?
“Sí, ella inclusive se hizo vegetariana desde los 6 años gracias a mi ejemplo”.
¿Alguna frase que lo identifique?
“Una de Gandhi: ‘La cultura de un pueblo y su progreso moral deben medirse según el trato que le dan a sus animales’”.
¿Qué lo hace feliz, aparte de luchar por el bienestar de los animales?
“Espiritualmente es eso y nada más, para mí lo más grande es la causa animalista; materialmente me gusta y disfruto mucho del fútbol americano, en Estados Unidos me hice fanático enfermo de los Delfines de Miami, gozo bastante con sus partidos, eso es casi que una religión”.
Para finalizar ¿qué significa para Álvaro Múnera esa silla de ruedas?
“Significa un maestro impresionante porque tú ves el mundo muy distinto, aprendes a valorar, esta silla de ruedas me enseñó a asumir como propio el dolor ajeno y también me bajó del pedestal de orgullo en el que estaba”.
El Concejal Defensor de los Animales, con un poco de angustia, asegura que ni viviendo dos veces puede devolverles a ellos todo el bienestar que les quitó en su época de equivocadas decisiones, continúa con la firme creencia de que es posible un gobierno que los incluya y promueva su protección, continua siendo un animalista que con acciones intenta aminorar su “deuda de vida”.
La siguiente serie fotográfica busca hacer visibles los modos en los que los habitantes de calle amoldan los espacios de la ciudad a la medida de sus necesidades de refugio. Los hogares que existen en rincones impensados de la ciudad tienen historias de seres sin nombre que aún así logran cambiar el imaginario sobre la vida en la calle, donde también existen bienvenidas a casa, invitaciones a pasar a las casas a las vidas. Imágenes de este reportaje gráfico se incluyen en la edición 56 del periódico Contexto, junto a la crónica La rutina de un hombre que dejó las calles, escrita por María Camila Tamayo Tamayo.