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  • En la Feria también ruedan tradiciones de familia

    Por Valeria Uribe Rengifo / valeria.uriber@upb.edu.co

     

    Medellín, la ciudad de la gente, de sus sonrisas, de su calidez contagiosa. Medellín, la ciudad de colores rebosantes, de saludos entre desconocidos y momentos únicos. Medellín, la Medellín de las ferias y fiestas, la del orgullo paisa. La Medellín de tradiciones, la Medellín montañosa que florece. 

     

    Sábado 10 de agosto, Feria de las Flores, desfile de autos clásicos y antiguos. 7:50 a.m. el evento tiene novedades en su desarrollo, parte de un nuevo recinto, la Universidad Pontificia Bolivariana, existe expectativa, esta es la vigésimo séptima edición del desfile, autos convertibles.  

     

    Mañana fría, silenciosa a la hora, el cielo clarito, poco movimiento, los parqueaderos empedrados entre el bloque 11 y el bloque 9 de la universidad son el lugar en el que aguardo, estoy identificando la dinámica del espacio, observo, y cómo si de un suceso de aquellos inexplicables se tratara, giro la mirada, sin haber aguardado mucho, y veo cómo se aproxima una de esas camionetas que son imposibles de no voltear a ver, de esas que encuentras por ahí muy pocas veces, de aquellas que les revuelven los recuerdos a los padres y abuelos de muchos, una Mercury M-100 modelo 59.  

     

     

     

    Una camioneta quizás azul, quizás verde clarito, depende de a quién le preguntes; pero si le consultas a su dueño, es color verde marfil. La camioneta de don William Pérez, el señor de mirada tranquila, ese que a simple vista se sabe que tiene las más bellas cualidades, que preguntarle algo es fácil por la sonrisa con la que te recibe. 

     

    Parquea el vehículo en el lugar indicado. Me presento. Le pido un ratico de su tiempo, me sonríe, no es bueno para hablarle a una cámara o a una grabadora, pero le encanta el desfile, le encanta la gente, le encanta compartir su pasión; no se niega, pero me invita a hablar con ella

     

    Me dice que ella, su nieta Laura, me responderá todo lo que necesite, que ella sabe todo lo necesario. No mintió, Laura, una joven de 23 años, me saludó, apretó mi mano, y comenzó a contarme como si se tratara de un guion, la historia detrás del vínculo de su familia y el evento y la razón por la cual esa mañana, habían tres personas allí, don William, doña Emperatriz y Laura, la nieta que va a mantener viva esta tradición en la familia Pérez, porque ama los carros tanto como su abuelo lo hace, eso dice doña Emperatriz, quien sonríe mientras la mira y agradece el amor que le tiene a esta tradición que tanto la hace vibrar a ella, a su esposo y claro, a Laura. 

     

     

    Laura puede decir que toda la vida ha hecho parte del desfile porque según su abuelo desde los dos años asiste y según ella es desde los seis. Hay un tema que resolver ahí, pero en medio de las risas a ambos les encanta hacer suyo ese espacio, porque siempre ha sido así. 

     

    Ella, como la determinó don William cuando me estrechó la mano, la contadora, la joven de ojos brillantes, presencia segura, cabello rubio y sonrisa risueña, me explicó que hace 20 años la camioneta participa en el evento y que cada año preparan con meses de antelación la vestimenta y la temática con la que adornarán la camioneta y siempre, asegura, procuran que el nuevo desfile supere al anterior. Este año lo que buscaron fue honrar la cultura cafetera, mandaron a hacer unos chalecos en colores ocre y crema para estar a juego y fueron a Fredonia días antes a fin de comprar unos palitos de café para adornar el volco de la camioneta junto con unas hortensias azules y blancas que combinaban a la perfección con las canastas, el verde de los palos de café y sus trajes. 

     

     

     

    Laura Pérez, la que le dice pa a su abuelo, a la que a leguas se le siente el amor por esto, el amor por el hombre y la mujer que están a su lado, el amor por lo que dice, por lo que cuenta y por la historia de su familia, te conquista inmediatamente y te hace sentir esas chispas en el estómago por la pasión que detalla.  

     

    Cuenta que ha crecido tanto el gusto por estos vehículos, que su carro del diario es un Willys modelo 54 que tiene hace 4 años. Ella siempre recalca que esto es una pasión, un amor pa’ toda la vida, que espera pase de generación en generación y cree que esto sucederá cuidando al carro y amándolo mucho. 

     

    Emperatriz Medina, la mujer de altura media, de esas que frunce el ceño cuando estas lejos y cuando te le acercas tiene una sonrisa dulce, la mujer que lleva veintidós años asistiendo al desfile y compartiendo esta pasión con su esposo. La que se siente exclusiva y muy contenta al asistir cada año a este evento. La que se siente muy orgullosa de que Laura se haya enamorado de este cuento, porque como lo dice su abuelo, ella se pegó sola.  Doña Emperatriz está segura de que si algún día su esposo falta, su nieta continuará con la tradición, porque a pesar de que a su hijo esto no le suena mucho, Laura es una apasionada y eso a ella le encanta. 

     

    William Pérez, el señor de 68 años, un hombre cercano a la vez cauteloso. Servicial como ningún otro, el de gafas cuadradas y sonrisa tímida. Al que desde siempre, desde pelao’, le han gustado los carros viejos, al que no le falta la bendición por la mañana cuando hay desfile, ese, don William, el que antes de la camioneta Mercury M-100 modelo 59 que tiene actualmente, había tenido seis antiguos, como el Simca, Ford 54, Ford 56, Willys, Comando, Renegade 77 y la Wagner.  

     

    Don William, el que dice que vio esta camioneta en el año 2004 y se enamoró, porque era un carro distinto a todos, un carro de lujo en la época, exclusivo; el mismo señor que dice que con los años este gusto no se le acaba, me contó qué el vendedor tardó casi un año en entregársela, pero eso no le impidió visitarla todos los días para sobarla en el parqueadero en el que estaba. Apenas le fue entregada, comenzó el proceso de restauración, quitó cada pieza no original del vehículo y se dedicó a recobrar la esencia de la camioneta, remplazando hasta los frenos de aire por los frenos de fábrica. Actualmente, luego de muchos ires y venires, de muchas horas de don William dedicadas a la Mercury en taller, se encuentra en proceso de búsqueda de las placas de antigüedad, ahora que está jubilado y se dedica a organizar carros y a consentir su camioneta. 

     

    “Todo, todo, todo está como vino el carro: fresnos, dirección mecánica, todo.” William Pérez hablando de la camioneta.

     

    Dentro de los preparativos para el evento, la familia debe enviar fotografías del vehículo, posteriormente se verifica la originalidad y el estado de este, para luego hacer el pago de la inscripción. Días antes del evento don William prepara con gran detalle la camioneta, la mima, la ama, y eso se siente, la adora y la sonrisa en su rostro lo delata.   

     

     

    Inicia el desfile, 10:30 a.m. sonidos por doquier, grandes motores resuenan, bocinas de todo tipo suenan al unísono, el sol llegando a su punto más alto y a pesar de lo que esto podría significar, las personas bordean la vía de salida de los autos, nada les impide presenciar el comienzo del desfile. Vehículo 231, allí van don William, doña Emperatriz y Laura, sonriendo, llenándose de la alegría con la que también se colman los presentes. 

     

    Apenas salieron de la universidad sintieron el cambio en la ruta. Fue toda una nueva experiencia vivirlo desde la UPB. Muchas personas, se sentía lo magno del evento de apertura, Laura compara esta edición con la tradicional en la sede de El Colombiano, en dónde, a pesar de ser abierto al público, el aforo era más reducido, con menos movimiento. Sintieron algunos problemas en la logística, claro, hubo bastantes cambios, pero se lo disfrutaron a cada kilómetro bajo el abrazador calor que cubría a la ciudad en ese momento.  

     

    Laura dice que el valor del desfile reside, en gran medida, en enseñarles a los más pequeños de la historia de la ciudad tras estos vehículos, a la par que se les transmite el amor por esta pasión que tantos corazones moviliza. Y no miente, porque los niños lo adoran, preguntan, se suben, piden fotos, van de aquí para allá, los ojos les brillan cuando ven un carro de estos pasar.   

     

    El desfile partió de la UPB, continuó por Bulerías y la 33, posteriormente tomó la autopista Sur y luego la avenida Regional, pasando después por la avenida Ferrocarril y Las Vegas, hasta llegar a la universidad Eafit, donde culminó en horas de la tarde.  

     

    Viajaron en el tiempo, sentían que el desfile, este año, semejaba a los desfiles de antes que circulaban por las vías que hoy conocemos como secundarias. En algún momento el desfile tuvo mucho protagonismo recorriendo las calles del barrio Laureles y Floresta; esa ruta era más cercana, más con la gente, tal como lo sintieron en esta ocasión.  

     

    Igual que en cada desfile, no hubo novedad alguna con el vehículo, como dice Laura, se portó súper bien, como siempre lo hace. Desafortunadamente, no tuvieron la misma suerte una Ford, similar a la Mercury y un Willys azul clarito, autos que ayudó a desvarar don William, tal como siempre lo hace, eso le gusta, disfruta ayudar, sabe demasiado de carros, y procura que el otro esté bien.  

     

    “De las mayores cosas que yo quiero aprender de mi abuelo es la virtud del servicio; siempre el servicio a los demás, siempre está para los demás. Entonces ese es como un objetivo de vida”. Laura Pérez hablando sobre su abuelo.

     

    Este desfile abrió las puertas para que muchos de los espectadores ingresaran al lugar de apertura y de cierre del evento. Fue bastante diferente, dice Laura, pero le parece bonito que las personas puedan disfrutar como lo hicieron aquel día de los autos.  

     

    Los Pérez no suelen ingresar al lugar en dónde culmina el desfile, pues para la tarde ya se encuentran bastante cansados y lo único que desean es llegar a casa y descansar un poco. Pero este año decidieron entrar, lo hicieron a las 4 p.m. y se lo disfrutaron con el tradicional salpicón, del que cuenta Laura; ese que cada año reparten a los participantes. Este postre también hace parte de la costumbre del evento; todo este suceso es una tradición. 

     

    “Todos los años dan un salpicón, entonces es como ya una tradición”. Laura revela una de las tradiciones del desfile.

     

    A las 5 p.m. salieron, fueron a comer algo para comentar sobre el evento, estar juntos y hablar de cómo les fue. Y así esperar al próximo, para perpetuar en el tiempo esta bonita tradición de la familia Pérez, del amor que se tienen y que le tienen a esta pasión. 

     

    Luego de haber hablado con los tres, a pesar de aquellos imprevistos que pudo tener el evento en la presente entrega, siempre coinciden que este desfile es y será el momento del año más esperado, debido al legado tras esta tradición, al empeño que disponen en el cuidado, decoración y preservación del vehículo. Pues, a pesar de que salen en la camioneta en cada ocasión posible, es innegable que esta siempre se sentirá como la vivida muestra de la unión que han construido entre los tres; este evento es el símbolo cúspide del vínculo que se consolida con cada año que pasa y esperan que eso nunca cambie. 

     

    “Mi abuelo es el amor de mi vida, así sea un viejito cantaletoso” dice Laura entre risas, mientras lo mira de lejos consentir la camioneta.  

  • Así son las normas que preservan la tradición silletera

     

    Por Juliana Buitrago Osorio  / juliana.buitrago@upb.edu.co 

     

    El Decreto 0667 de 2021 regula el Desfile de Silleteros en Medellín, establece normas para proteger, preservar y actualizar la tradición de cada año. 

     

     

    Cada agosto, cuando Medellín vive su tradicional desfile de silleteros, no solo se vive la fiesta más emblemática de la ciudad, sino que se pone a prueba el valor de esta expresión como patrimonio cultural inmaterial, reconocido a nivel internacional por la tradición que tiene como respaldo y de la que el público en general conoce sus aspectos más importantes. Lo que poco se conoce es cómo se preserva esa tradición, cómo se logra mantener inalterados esos detalles que son emblemas de dicha tradición. Con ese propósito se promulgó el Decreto 0667 de 2021, que regula el desfile y el oficio silletero.

     

     

    El Acuerdo Municipal 035 de 2017 establecía parámetros de calificación para los silleteros y sus silletas y definía, por ejemplo, que el vestuario sería considerado como parte de la calificación. El Decreto 0667 de 2021 se encargó de especificar ese marco regulatorio que establece exigencias tanto a los silleteros como a las organizaciones que los representan, junto con las entidades públicas y privadas involucradas en la organización del evento. La Secretaría de Cultura Ciudadana ahora lidera la coordinación del desfile, trabajando en estrecha colaboración con la Cooperativa de Silleteros de Santa Elena (Co S.E.).

     

     El propósito es mantener viva la tradición mientras se adapta a las exigencias de un contexto en el que, por ejemplo, el público del desfile se extiende a un gran número de turistas extranjeros que buscan entender el contexto y la historia del espectáculo que se ve cada año en las calles de Medellín, mientras al tiempo ese interés atrae otros actores que son parte de esa dinámica turística, pero cuyos intereses pueden implicar distorsiones sobre la historia, el sentido, la originalidad y hasta la calidad de la expresión silletera.

     

    ¿Cuáles son las técnicas, las flores tradicionales? ¿Cuáles son las fincas originales, las técnicas de cultivo autóctonas? Para mantenerlos vigentes entre las nuevas generaciones de silleteros se han implementado programas de formación y capacitación, con el objetivo de fortalecer sus habilidades en la preservación de las técnicas tradicionales y asegurar la participación activa de las nuevas generaciones.

     

     

     Luego de la capacitación, la norma mantiene la exigencia de ese conocimiento que se enseña entre los silleteros. El marco regulatorio incluye normas minuciosas que abarcan desde la cantidad y variedad de flores permitidas, el peso y las dimensiones de las silletas, hasta el vestuario de los participantes. Además, se establecen sanciones para quienes no cumplan con estas normas, con la intención de garantizar un desfile organizado y de alta calidad.

     

    Para conocer con más detalle las normativas silleteras se pueden interactuar con la siguiente imagen:

     

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    Voces más allá de las flores y las silletas   

    Don Antonio Grajales, un silletero con una larga trayectoria en el desfile, expresa su opinión sobre estas normas diciendo que: “Estos reglamentos hacen que el desfile se convierta en algo para mostrar y no en un evento del pueblo”. Sin embargo, también reconoce la necesidad de mantener el orden en un evento que ha crecido exponencialmente y atrae la atención internacional.

     

     El público del desfile reconoce cada vez más los detalles de una buena presentación silletera. Foto: Juliana buitrago Osorio.

     

    Por otro lado, voces más jóvenes como la de la silletera Daniela Londoño, que hace parte de el desfile ya que heredó el contrato su padre hace 18 años, expresa que: “En este caso, ese contrato abarca las obligaciones del silletero para conservar la tradición, pero al mismo tiempo exige a la administración actual los deberes para nosotros como silleteros, como es el caso del reconocimiento económico que nos otorgan, transporte, alimentación, etc. Y el incremento anual de ese reconocimiento.” Destaca que estas regulaciones no solo aseguran la continuidad del legado silletero, sino que también establecen derechos y garantías para quienes participan, como el reconocimiento económico y logístico. 

     

    Jonathan Londoño, un silletero de la categoría emblemática, comenta que estas regulaciones no están alejadas de la realidad silletera, pues están creadas por y para los silleteros, en función del mantenimiento de la tradición en el futuro. Pero también expresa su descontento, ya que considera impotente, integrar la innovación en el desfile o en la forma de la elaboración de las silletas, pero estas normas no han permitido la novedad que él espera integrar; como el uso de inteligencia artificial o realidades virtuales a la silleta. Encontrando una tensión entre la preservación de lo tradicional y la adaptación a un mundo en constante evolución.

     

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    Añadiendo una perspectiva histórica de la tradición, Ana Abeiba Londoño, pionera y participante del primer desfile de silleteros, recuerda lo diferente que era el desfile en sus inicios, relata que el desfile era corto, no era bien pagado, se llevaba las silletas que se quería, con la vestimenta que fuera y resalta que ahora “hay que estar bien pegado a las normas porque hay mucha mucha gente lo va a ver a uno”.

     

    Entrevista a Anabeiba Londoño de Rendón, pionera en el desfile de silleteros

     

    La implementación de toda norma siempre se enfrenta a la necesidad de equilibrios. Por ejemplo: que las exigencias no hagan el oficio inviable, pero que sí se garanticen unos mínimos que mantengan la tradición,el valor cultural, el sentido social del desfile y su calidad como espectáculo tradicional. Lo positivo es que lo que se ha logrado es producto del trabajo mancomunado entre los silleteros y la administración. De se modo se entiende que la responsabilidad de los gobiernos es también con las manifestaciones culturales y los factores sociales y hasta económicos que conllevan.

     

  • Kilómetros de historias: vida y negocio en la ciclovía

    Por Ana Sofía Araque Panesso / ana.araque@upb.edu.co

     

    El sol apenas se asomaba entre los edificios de Medellín, pero la ciclovía ya estaba despierta. El olor único de la mezcla de las rocas diminutas del pavimento con la lluvia de la noche anterior creó una atmósfera fría y aparentemente solitaria. La hora en mi celular registraba las 7:30 a. m. cuando un corredor pasó a mi lado, con audífonos puestos, mientras una familia avanzaba a paso lento con dos perros que marcaban el ritmo. Aquí, en este asfalto cerrado a los carros, se teje una ciudad distinta, una que se mueve al ritmo de los pedales y los pasos.  

    ¿Qué hace que cientos de personas salgan cada domingo o los festivos a llenar la ciudad de bicicletas y trotes?, ¿es solo deporte o hay algo más?  

     

    El reconocimiento de un nuevo entorno  

    Mi recorrido comenzó desde el Centro Comercial Premium Plaza. Mientras calentaba y empezaba a dar los primeros pasos recordé la primera vez que vine a la ciclovía de la avenida El Poblado. No había entendido el ritual. Con un llamado de atención comprendí que los caminantes y corredores van al lado derecho y los ciclistas al izquierdo. Después de caminar la primera media hora, el sudor empezaba a hacerse notar, así como el aumento significativo de personas. Solo unos segundos después bastaron para enfocar a lo lejos una cantidad considerable de toldos y puestos de venta que enmarcaban la ruta y que adornaban a los deportistas con algo de comer, beber o, si ellos estaban en su momento de descanso, podían tener el tiempo suficiente para convencerlos de comprar ropa y accesorios. En lo que me detuve para observar, un vendedor levantó una botella de agua en mi dirección. “¡Agüita bien fría, mujer!”, me dijo con una sonrisa. Aquí no solo se corre; también se negocia, se conversa y se vende.   

     

     Un ciclista que pasó velozmente a mi lado y los gritos de una madre a su niño me obligaron a enfocarme de nuevo en el presente. El sol ya no estaba escondido tras los edificios; ahora brillaba con más fuerza, reflejándose en las gafas de algunos corredores. La ciclovía, al igual que pasó con mi primer recorrido, se había transformado en cuestión de minutos: donde antes había espacios vacíos, ahora había familias, grupos de amigos y vendedores que acomodan su mercancía.  

     

    No soy la única que se adapta a este espacio. Según lo asegura INDER Medellín, alrededor de 25.000 mil personas utilizan semanalmente los 46 kilómetros de las ciclovías en la ciudad. Ellos, además, resaltan el impulso que se le da a los emprendimientos locales. Yo misma, mientras seguía avanzando, me convertía en testigo de ello.   

    Un vacío al que hay que prestarle atención  

    Mi primera parada de descanso fue en el Parque del Poblado. Al rededor de las 8:30 de la mañana, busqué la sombra de un árbol y me senté en una de las bancas. Observaba el ir y venir de las personas y esperaba a que el sudor se enfriara con la brisa ligera que corría entre los árboles. Mientras bebía agua, mi atención se desvió hacia un hombre que acomodaba su puesto de frutas. Desde que inicié el recorrido, noté varios vendedores improvisados. Antes de salir de casa, ya tenía una inquietud en mente: ¿cómo funcionaba, realmente, el uso del espacio público para los comerciantes? Sabía que, según el Ministerio de Comercio, Industria y Turismo, vender en estos lugares requiere una autorización de la Aalcaldía, con permisos que pueden durar entre 30 días y un año y que son renovables tras una evaluación. Después de una conversación con el hombre del puesto de frutas, confirmé que, en la práctica, la realidad es otra: no todos cuentan con el permiso porque existe un vacío de información al respecto.  

     

    Aquel encuentro me dejó pensando mientras retomaba el camino, pero no olvidaba el impacto real que generan los emprendimientos y su relación con la cultura deportiva. Por eso, decidí seguir mi camino. El paso cada vez se sentía más pesado, pero la música que había en el ambiente ayudaba a continuar con una actitud que me hacía olvidar del dolor físico bajo mis pies.   

     

    El ecosistema emprendedor  

    Sin parar el paso, me encontraba diagonal al edificio Milla de Oro y una escena llamó mi atención: varios perritos emocionados se reunían en torno a una carpa azul. Sus dueños miraban con curiosidad el espacio y al acercarme descubrí el motivo de su entusiasmo: un emprendimiento dedicado a vender paletas para perros, llamado Can Cream. 

     

    Juliana Jaramillo, la dueña del negocio, con una personalidad tranquila y alegre atendía a todos los perros y al mismo tiempo garantizaba que las personas se sintiesen cómodas con el producto. Ella empezó en el 2022 a vender en la ciclovía. Desde entonces, considera que a través de sus productos, que son saludables y aportan proteína, los perros también pueden ser parte del disfrute que ofrece la cultura deportiva. “La ciclovía ha permitido que se consolide más mi empresa. Ya cuento con una planta de producción…ya tengo una trayectoria”, cuenta Juliana. 

     

     

     

    Acariciaba uno de los perros cuando el aroma a café recién hecho me hizo desviar mi mirada. Se trataba de un puesto al borde del camino: Café Sevilla. Me acerqué con curiosidad. Hasta el momento veía emprendimientos ligados directamente al esfuerzo físico, pero este parecía ofrecer algo más que una simple bebida. A diferencia de los toldos de colores vibrantes y las mesas improvisadas de otros vendedores, este tenía una estructura de madera clara. Parecía un rincón aparte en medio del movimiento: más que un punto de venta apresurado transmitía la sensación de un lugar donde uno podía detenerse sin prisa.  

     

    Juan Guillermo Velázquez, el propietario de la marca, lleva cinco años aproximadamente con ella, pero fue a inicios del 2025 que abrió este puesto de café en la ciclovía de la avenida El Poblado. Con un tono neutro, pero seguro, mencionó que la ciclovía tiene gran impacto en su marca porque le ayuda a impulsar sus ventas, sobre todo los domingos que solía ser un día quieto para ellos. Los ayuda a posicionar marca porque personas que no los conocían, ahora lo están haciendo. Como me dijo Juan Guillermo, la ciclovía ha sido un gran potencializador. Él, mientras su compañera atendía algunos clientes, también aclaró que el espacio en el que están no es un tema de azar. La sombra del lugar da la posibilidad de entregar un producto fresco.   

     

    El puesto de café representa algo distinto: no responde a una necesidad inmediata del deporte, sino que introduce otro tipo de consumo, más asociado con la pausa y la conversación, lo que amplía la manera en que los emprendimientos se insertan en la ciclovía.   

     

    Para este momento, ya son las 11:00 en punto de la mañana. El flujo de personas seguía aumentando y la ciclovía se sentía más viva que nunca. A medida que avanzaba hacia el Centro Comercial Santa Fe, el paisaje comercial también cambiaba: menos improvisación, más estructuras consolidadas y negocios que parecían haber ganado su lugar con el tiempo.  

     

    Un poco más adelante, no tardé en reconocer a uno de estos negocios: Tradiciones Colombianas. Lleva desde el 2021 instalado en el mismo punto, convirtiéndose en parte de la rutina dominical de quienes transitan por allí. Jacob Duque me presentó con orgullo su emprendimiento familiar y me aseguró que el guarapo, la bebida que se ganó el reconocimiento de los caminantes, es el match perfecto porque con el sol y ejercicio que realiza la gente, se necesita de algo para hidratarse. Es una bebida de un fruto natural que es la caña de azúcar y se adiciona el limón, que va con cualquier bebida refrescante.  

     

    La ciclovía le permitió a Tradiciones Colombianas tener un crecimiento constante con el tiempo. Actualmente asisten a entre 20 a 30 eventos de ciudad anuales. Su estadía en la vía significa un balance favorable en cuanto a las finanzas para la familia.   

     

     

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    El final de mi recorrido no solo me dejó el cansancio en las piernas, sino también la certeza de que la ciclovía es mucho más que un espacio para ejercitarse. Es un ecosistema dinámico donde el deporte, el comercio y la apropiación del espacio público se entrelazan en una rutina dominical que ya es parte del tejido social de Medellín. Cada puesto de venta, cada corredor y cada ciclista aportan a una red de interacciones que, sin planearlo, han convertido a esta franja de asfalto en un punto de encuentro. 

     

    El bullicio nunca paró. La ciclovía, lejos de agotarse, seguía transformándose con cada paso, con cada historia que se sumaba al recorrido. En esta ciudad en constante movimiento, el verdadero latido de las calles no lo marcan los autos, sino las personas que las hacen suyas cada domingo. 

     

  • Hasta aquí nos trajo el río: la tradición cumbiambera de Cereté

    Por: Irina Petro De León / irina.petro@upb.edu.co

    En Cereté, Córdoba, el Festival Nacional de la Cumbiamba ha logrado establecerse como un evento insignia del arte y folclor del municipio. Sin embargo, la comunidad debate si el éxito del evento significa o no una fuerte identidad cumbiambera.

     

     

    Un siseo surge de las corrientes leves del rio, cuando las ondas del agua son apenas perceptibles a la mirada gracias a las bondades de un sol que no descansa y acaricia con destellos los bordes de la superficie. Es un sonido constante, pero no estático. Parece que se renueva, que se reinventa con cada pisada sobre el cemento resquebrajado de las calles de Montería.

    En mi memoria está el mismo siseo, pero a orillas de lo que hace décadas era puerto. Una espesa maleza pro la que en medio pasa un hilo delgado de agua, sin los leves movimientos que le son naturales a los cauces, ocupa hoy el espacio de lo que algún día se llamó Caño Bugre. Aún se ven muchachos lanzándose desde un puente de hierro pintado de amarillo.

     

     

    Cuando tuvieron fuerza, estas aguas llevaron silbidos de gaitas y temblores de tambores para las primeras cumbiambas. Por allí llegaban músicos de otras tierras con afán de hacer real el rumor de que el río le hablaba al que supiera tocarle a las bailarinas una buena secuencia de tambor y que luego, sobre la canoa, el músico elegido podría escuchar también los conjuros de una luna conquistada por la música de gaitas.

    El festival- o “La Cumbiamba”, como le decimos los cereteanos- es el punto culmen de la cultura que se gesta en Cereté, Córdoba. Cada año, en la víspera de Semana Santa, los días pasan lentos y las noches se hacen eternas cuando las brisas se tornan cumbiamberas. Durante 32 años, se ha mantenido y hay quienes dicen que tendría alrededor de 40 versiones, si se tuvieran en cuenta actividades que datan de 1985. 

    El certamen reúne artistas locales y a la comunidad cereteana para preservar la música folclórica regional y promover tradiciones musicales de otras zonas del país. En él, la danza y la canción se vuelven vehículos de historias, valores y tradiciones para conectar generaciones. En los bailes se abrazan secretos, en los movimientos se guardan gesticulaciones de viejos cortejos, en las letras se esconden historias de los pueblos. Cada paso, cada tamboreo, cada guapirreo puede conectar a quien lo vive con su origen, con su camino.

     

    Cuando cae la noche y las calles quedan iluminadas por la luna gaitera de Cereté, el hombre engancha el sombrero vueltia’o mientras se saca el pañuelo y lo entrega a la mujer, quien con la mano derecha lo recibe y sobre él ubica el puñado robusto de velas blancas y largas; y con la izquierda se agacha y agarra la pollera entre las puntas del índice y el corazón. Es el guapirreo, un “jueeeeeeeepaaaaaaaa” de voz rasgada, fuerte y brotada de las entrañas lo que marca el inicio. La vaina ya se formó, la vaina ya se formó. 

     

    Con la falda entre mis dedos, el pelo amarrado y el manojo de velas soportado con fuerza sobre mi palma derecha, me dispuse a entrar a la rueda. Solo hace falta otro guapirreo, porque la rueda se puede bailar con una pareja a quien se le clava la mirada de la invitación, o bien sea, también, en la luz incandescente que provoca una mujer que danza sola.

     

    Cumbiamba es ritmo y manifestación

    La cumbiamba hace parte de un gran conjunto al que se le ha llamado popularmente como “música de gaitas”, que tiene sus orígenes en el siglo XVI, en los primeros encuentros entre negros, indígenas y africanos. La música de gaitas, como la conocemos actualmente, adquiere en el siglo XX algunos de sus elementos distintivos como la inclusión de la tambora, de los textos y la creación de una escena musical alrededor de los festivales[1] para llegar hasta lo que hoy se conoce como Cumbiamba, que en sus inicios fue una fiesta al aire libre de acordeones, tambores y guacharacas. 

     

    Ahora, se comprende únicamente como expresión cultural, sino también como un ritmo que se diversifica en forma y nombre, según la influencia negra e indígena que haya preservado la zona del litoral colombiano en la que se dé. Sin embargo, en el fondo, permanece por su vínculo estrecho a la música de gaitas. A esta idea de un encuentro triétnico de diversidades musicales y dancísticas se adscribe el Festival Nacional de la Cumbiamba.

     

    La Cumbiamba: punto de encuentro

    Esta manifestación del sentir y hacer cumbiambero no sido ajena al reto de mantener a la comunidad vinculada a lo que llaman “identidad cumbiambera”. El Festival de la Cumbiamba, “a la larga es un espacio que hace que uno se encuentre, que uno se identifique con lo que es, con lo que le gusta, con lo que es de acá, de nuestra tierra, de aquí de Cereté”, expresa Álvaro Martínez, músico joven partícipe del evento.

     

     

    El Festival comprende el Desfile Infantil “Semillero cumbiambero de paz y alegría” y el Desfile Cumbiambero de Mayores. Los concursos varían entre parejas de baile infantiles y juveniles, canción inédita de cumbia, mejores intérpretes de tambor alegre y gaita corta y grupos de gaita corta infantiles, juveniles, aficionados y profesionales.

    Además, se hacen tomas culturales bajo figuras como el Día de la Cultura Cumbiambera, que al igual que Cumbiamba a la Escuela, tiene lugar en las instituciones educativas del municipio. Hay también presentaciones especiales con las llamadas “capitanas”, la lectura del bando, la agenda en la tarima artística y el concierto de cierre del festival.

     

    No todos muestran interés por las mismas actividades. Por eso también hay espacios de concurso, espacios de enseñanza y aprendizaje (instituciones educativas y el Centro Cultural Raúl Gómez Jattin) para gestores y líderes socioculturales, profesores, estudiantes, artistas y personas con interés en participar de la divulgación de saberes mediante la puesta en escena y la muestra.

     

    No obstante, el frenesí de cada año con sus respectivas versiones del certamen, divide opiniones sobre qué tan vinculada se siente la comunidad cereteana con la llamada “identidad cumbiambera” que soporta y promueve el festival. Álvaro Martínez lo expresa así:

     

    “El festival está perdiendo credibilidad, está perdiendo como su auge […] Cuando hacen toda la programación, cuando ya llegan como tal los concursos por categorías, ya la plaza está vacía, ya en la plaza solamente quedan unos pocos que les gustan y los que están participando. O sea nos vemos entre nosotros mismos. […] Los escenarios no se llenan, el único día que se llena, y eso lo compruebo todos los años, es el último día. Se llena porque llevan a un artista ajeno al festival entonces apenas se acaba, la gente se va. Una vez hicieron primero los concursos de gaita y después al final dejaron el artista y pues se mantuvo la plaza llena, pero este año primero trajeron al artista, fue Checo Acosta, apenas ese man se bajó de tarima, ahí quedaron los mismos de siempre”.

     

    Tevinson Díaz Carmona- músico, compositor, coreógrafo, docente e investigador alrededor de la Cumbiamba- considera que, además de que los artistas invitados sean un atractivo para las masas, la ausencia de público en las muestras de los artistas locales también tiene que ver con una ruptura entre la comunidad y el hecho cultural cumbiambero. Dice Díaz que la comunidad no ha podido asumirlo como propio por la forma en la que se piensa y planea el evento, que se llena por los invitados, pero no por la música de gaitas. Opina que no se puede pretender mayor asistencia si entre los asistentes falta educación sobre la cumbiamba.

     

    El porqué del sostenimiento del festival en el tiempo se responde bajo distintas percepciones y motivaciones. Una de ellas tiene que ver con los procesos pedagógico-participativos que se dieron de manera previa a la realización de los primeros festivales y que se mantuvo, incluso, cuando este no se pudo realizar por casi una década.

     

    En los 80, Argemiro López Doria, docente y gestor cultural, comenzó a integrar a los jóvenes en los distintos comités del Festival, desde la logística y planeación hasta las decisiones artísticas. Años más tarde, Alberto Saibis Saker, entonces alcalde de Cereté, fomentó las escuelas populares cumbiamberas en cada barrio. Óscar López, escritor, docente y gestor cultural expresa que: “Si la cumbiamba, la música de gaitas y tambores, no tenía pasado registrado, desde ese momento tuvo un futuro asegurado […] Los niños que en esa época asistieron a las escuelas, se convirtieron en instructores y formaron sus escuelas, hoy famosas”.

     

    En efecto, aquellos niños hoy son coreógrafos, músicos-compositores o bailarines del Festival. Con el mismo propósito, el Liceo León de Greiff- conocido como “El León”-, institución educativa de carácter privado, fundó un grupo de pitos y tambores al que nombraron “Los Cumbiamberos”. Álvaro Martínez, hijo de este semillero, cuenta que sus contemporáneos que de alguna forma se vincularon a la tradición cumbiambera, tienen en común el colegio: “Es El León, realmente es eso, ese proceso y esa etapa que todos tuvimos al mismo tiempo”, dice en referencia a figura en la esfera cultural cereteana como Elaine Parra, Tevinson Díaz, Arveys Meléndez y Carlos Negrete, quien afirma: “le debo mucho a el Liceo León de Greiff, por siempre y para siempre, esa parte del colegio que a nivel cultural, a nivel de arte, de cultura y de todo lo que tiene que ver con el mundo de los artistas, ellos siempre los van a inculcar.”

     

     

    Ahora son muchas las instituciones educativas que cuentan con sus propios semilleros. Óscar, actual rector de la Institución Educativa Cañito de los Sábalos, sostiene que desde los colegios se vienen orientando “procesos culturales, no sólo de formación, sino también de una búsqueda de raíces de dónde vienen las expresiones culturales propias del municipio de Cereté”.

     

    El Festival se apoya en el trabajo de la Fundación Sociocultural de la Cumbiamba desde 2011. José Gregorio Gúzman, artista, gestor cultural y miembro dafirma que: “Lo que más lo sostiene es la gente que hace parte de los procesos por medio de fundaciones y organizaciones privadas, el esfuerzo tan bárbaro de gente, que hasta terca a veces, nos ponemos para que esto no decaiga”.

     

    De la Fundación provienen estrategias como Cumbiamba a la Escuela, que entre un mes y dos semanas antes del Festival. Las capitanas elegidas del año recorren todas las instituciones educativas de Cereté con grupos de pitos y tambores para hacer charlas y actividades pedagógicas: la narración oral sobre el origen de la cumbiamba en Cereté; muestra de baile, pitos y tambores; y un espacio para aprender toda la parte instrumental.

     

    José Gregorio sostiene que: “Cumbiamba a la Escuela ha resultado porque las nuevas generaciones de cereteanos, más que las viejas, identifican al festival como propio”. A su turno, María Camila Simpson, bailarina de 22 años y excapitana del festival, considera que la estrategia está bien planteada y cree que sí ha logrado un impacto en las juventudes y su interés por el conocimiento alrededor de la cumbiamba.

     

    Sin embargo, Álvaro Martínez, de 18 años, inscrito en el contexto folclórico desde su primera infancia, no siente que haya una vinculación profunda del festival con la comunidad, y en menor medida con las generaciones recientes: “Acá en Cereté, ya en la juventud pues, es difícil encontrar músicos de este género que tengan un proceso como de muy, muy pequeño y se hayan mantenido. La mayoría, cualquiera, puede decir de una tambora que la toca, toca la base de cumbia machucada, pero porque de pronto una vez en el colegio se lo enseñaron o porque alguna vez lo aprendió y ya, pero no es como que se quede dentro de esto”.

     

    Tevinson Díaz considera que la voluntad de Cumbiamba a la Escuela es buena, pero hay vacíos y la actividad debería profundizar, más allá de la muestra dancística y musical. Por su parte, Carlos Negrete, docente, bailarín y miembro de la Fundación, considera que: “La identidad empieza con la educación. ¿Con qué educación? Con la escuela de formación, con Cumbiamba en la Escuela, con la identidad de tomar a nuestra familia y decirles, mira, es Cumbiamba, estamos en tiempos de Cumbiamba, vamos a que esto siga vigente y vamos a enseñárselo a mi sobrino, a mi hijo, a mi papá, a mi mamá, a mi hermano, y se va expandiendo y el municipio crea una identidad de que si cada año, una semana desde Semana Santa, nuestro municipio de Cereté se cree un ambiente cumbiambero”.

     

    María Raquel Pacheco, gestora cultural y participante del Festival desde sus inicios, afirma que: “No es solamente a las personas mayores que van a disfrutar del festival, (…), sino que estas generaciones que se están formando entiendan que la cultura hace parte de la vida, (…) hay unos saberes, hay unas memorias, hay unos procesos históricos, hay unos procesos de construcción colectiva, que son importantes conocerlos para poder entender en qué contexto estamos”.

     

    A lo largo del año, eventos “satélites” mantienen el calor de la cumbiamba: el Reinado Cultural del Algodón, las Fiestas de la Candelaria, el Día de la Cumbiamba y La Rueda del Cumbión de Cereté. Esta última se celebra cada 8 de diciembre como una rueda de cumbia en la plaza del centro cultural.

     

    Considerando todos los puntos, es posible plantear una mirada que, más allá de pretender responder si los procesos actualmente emprendidos en el municipio tienen o no un impacto profundo, duradero y sostenible culturalmente en los diversos grupos etarios, busque preguntarse por el cómo de estos procesos. El relevo generacional puede ir enfocado más que al hacer coyuntural, a la comprensión de por qué el ritmo de cumbiamba, la manifestación de la misma y la representatividad de ésta en el festival, es relevante para el municipio, para los procesos comunitarios y para la construcción de una memoria colectiva a partir de la elementalidad tradicional de un presente cotidiano. Como también lo plantea María Raquel: “que estos espacios educativos, estos espacios de esa agenda cultural, vaya de la mano con esos procesos que permiten que la gente conozca”.

     

    La identidad cultural de Cereté, como las aguas de lo que un día fue su caudaloso Caño Bugre, está en constante movimiento; y así como solo es posible nadar en calma un río si vas con su corriente, solo es posible cuidar un legado que se comprende y asume desde su esencia. Los cereteanos herederos de esta tradición que ha crecido, se preguntan cómo manejar el legado que reciben para que se saboree con facilidad, pero mantenga su cadencia.

     

    [1] Zamora, 2016, p.30.

  • 40 años de la señal que nos cambió la vida

    La televisión colombiana acaba de cumplir 70 años. En 2025 es el momento de celebrar 40 años de televisión regional en el país, con Teleantioquia, más precisamente, señal pionera que hoy busca alternativas de expansión.

     

    Por Mariana Giraldo Correa / mariana.giraldoc@upb.edu.co

     

    La televisión colombiana ha sido un hito en el desarrollo socio-cultural, político, económico y tecnológico del país, marcando un antes y un después en la forma en que se comunican e informan las comunidades. Desde sus inicios, ha reflejado y moldeado la identidad nacional, sirviendo como un espejo de las realidades sociales y como motor de cambio en los procesos educativos, culturales y de participación ciudadana. 

     

    El domingo 13 de junio de 1954 a las 7de la noche, se realiza la primera transmisión televisiva, en la que se usaron equipos de transmisión alemanes y cámaras estadounidenses, en una producción a blanco y negro en la que el teniente general Gustavo Rojas Pinilla se dirigió al pueblo colombiano en honor a uno de los eventos de la “Fiesta Cívica Nacional”, que se preparaba en homenaje a su primer año en el poder. La transmisión no sólo representó un avance técnico, sino que también significó un paso simbólico hacia la modernización del país. Colombia, al unirse al selecto grupo de países latinoamericanos que ya contaban con esta tecnología, empezaría a recorrer un camino que transformaría para siempre la manera en que se informaba, educaba y entretenía a su población. 

     

     

    A medida que la televisión se expandía por el territorio colombiano, su impacto se hizo notar en distintos aspectos de la vida diaria. Luis Fernando Gutiérrez Cano, docente investigador de la Universidad Pontificia Bolivariana, enfatiza en el impacto inicial de la televisión en Colombia desde su llegada en 1954, destacando, desde otra perspectiva, cómo “transformó el consumo de información y entretenimiento al centralizar estos medios en el hogar, además de ofrecer programación educativa y cultural, aunque limitada en su capacidad pedagógica”. En este contexto, se reconoce que la primera transmisión posicionó a Colombia como un pionero precursor en la región de Antioquia, introduciendo una herramienta poderosa para la modernización y el acceso a la información​. 

     

    Esa capacidad de transmitir imágenes en tiempo real, produjo que las noticias llegarán a los hogares a una velocidad sin precedentes, cambiando la forma en que la ciudadanía se relaciona con la actualidad nacional e internacional. Programas de entretenimiento, telenovelas y contenidos educativos se convirtieron en parte integral de la cultura popular, a lo largo y ancho del país. De otra parte las noticias llegaban al público a través de  noticieros cinematográficos, lo que implicaba largos tiempos de espera, dado que las filmaciones debían ser procesadas y distribuidas físicamente. La llegada de la televisión revolucionó este modelo al acortar significativamente los tiempos de difusión.  

     

    Los noticieros televisivos de la época combinaban imágenes pregrabadas con narradores en vivo que relataban los hechos desde los estudios. Este avance técnico no solo aceleró la difusión de noticias, sino que también transformó el formato y la narrativa, adaptándose a la inmediatez y el lenguaje visual de la televisión. En Colombia, la aparición de programas como El Reportero Esso consolidó esta nueva forma de informar, conectando al público con los acontecimientos de una manera más directa y transformando la televisión en una herramienta clave para la comunicación masiva. 

     

    Teleantioquia: ventana regional hacia el mundo 

     

     

     

    La creación de Teleantioquia, el primer canal regional de Colombia, fue el resultado de un esfuerzo conjunto liderado por personalidades influyentes de Antioquia, tanto del ámbito político como cultural. Gobernantes locales, como los integrantes de la Asamblea Departamental de Antioquia, jugaron un papel crucial en gestionar los recursos y las autorizaciones necesarias para este proyecto. La iniciativa también recibió apoyo del Ministerio de Comunicaciones y de figuras clave en el gobierno nacional, quienes vieron en este canal una oportunidad para descentralizar la televisión colombiana, hasta entonces dominada por emisoras de Bogotá, puesto que antes de la creación de este canal regional, compañías como Producciones PUNCH y RTI Colombia operaban en franjas horarias asignadas por el Estado, pero la programación y el control de contenidos seguían siendo dominados por los canales nacionales.

     

    Dicho proceso implicó debates en la Asamblea Departamental, donde se promovió la idea de un canal que reflejara las necesidades y la identidad cultural de Antioquia. Finalmente se formalizó la constitución del canal,  Teleantioquia, como el primer medio regional de televisión en Colombia. Este avance requirió una inversión inicial de 100 millones de pesos y dos pasos fundamentales: la firma de las escrituras y la creación de la sociedad de Televisión de Antioquia. 

     

    El proyecto contó con el respaldo crucial de la ministra de Comunicaciones, Noemí Sanín, y del ex-presidente Belisario Betancur; ambos antioqueños y comprometidos con la descentralización de los medios en el país. Tras meses de preparación y organización, el canal inició transmisiones el 11 de agosto de 1985, una fecha elegida simbólicamente por coincidir con el aniversario de la independencia de Antioquia, consolidando así su identidad regional desde su lanzamiento. 

     

    El Asesor Urquijo Morales afirma que esa primera transmisión por Teleantioquia “fue y es un hito importante en la región, en la cultura, en la identidad, en la representación de los grupos sociales de las regiones; es un impacto muy grande que tenemos que ver no a la luz de ahora sino a la luz de lo que había en ese momento, que eran dos canales centrales, estatales que, aunque Teleantioquia es estatal; eso generó la primera vitrina que tienen las regiones para mostrar sus propias identidades y de aquí en adelante se formaron los otros siete canales regionales”. 

     

     

    Este canal permitió la producción de contenidos locales que abordaban temas específicos de la región, como su historia, costumbres y realidades. Además, su creación inspiró la formación de otros canales regionales en Colombia, lo que trajo una mayor diversidad en la oferta televisiva y reflejó las particularidades de cada zona del país. Las producciones locales , que han contribuido a reflejar la identidad cultural de Antioquia, incluyen dramatizados como Cosiaca, una serie que a la fecha se encuentra en producción y que busca recrear la vida y obra de un personaje emblemático antioqueño de finales del siglo XIX. Este proyecto, respaldado por una inversión significativa del Ministerio TIC, es un ejemplo del compromiso del canal con la calidad narrativa y visual, al tiempo que resalta aspectos históricos de la región. Igualmente, programas como Serenata, Venga a mi pueblo, De fiesta por Antioquia y El Taller han destacado por su enfoque en las tradiciones y eventos locales, fortaleciendo el sentido de pertenencia y el reconocimiento de las raíces culturales entre los antioqueños.  

     

    Este impulso en las comunicaciones también estimuló el desarrollo de la industria audiovisual en Colombia. Los avances tecnológicos se complementaron con la creación de talentos locales, que con el tiempo no solo influirían en el contenido nacional, sino que también tendrían un impacto en las producciones internacionales. El asesor de la comisión de regulación de comunicaciones (CRC) en el área de contenidos audiovisuales, Sergio Andrés Urquijo Morales, menciona que: “Los canales regionales están haciendo un esfuerzo muy grande por proyectarse y Teleantioquia también es un pionero en esto, junto con otros canales como Telepacífico y Canal Capital, por proyectarse a las nuevas plataformas, a los nuevos servicios audiovisuales, a las redes sociales, a las nuevas audiencias y eso es muy difícil, es un gran desafío, porque la televisión abierta y la regional específicamente la tenemos muy identificada con poblaciones mayores o adultas, entonces digamos que el desafío es vencer esa idea que se tiene de lo regional como algo para personas más tradicionales y encontrar un nicho importante en la juventud y en las nuevas generaciones, y eso pasa por las nuevas plataformas y los servicios”. 

     

    Alternativas a futuro 

    Actualmente, Teleantioquia continúa en evolución para convertirse no solo en un referente de la televisión regional, sino en un pionero de la convergencia entre los medios tradicionales y digitales. Hoy en día, el canal ha logrado expandir su alcance más allá de la televisión convencional, gracias a la incorporación de plataformas digitales como Teleantioquia Go, que permite a los antioqueños acceder a contenidos locales desde cualquier lugar, en cualquier momento. Esta evolución también se ve reflejada en el impulso de producciones locales que no solo mantienen la esencia de la región, sino que amplían las posibilidades de consumo de contenido en línea. 

     

    A través de sus redes sociales como Facebook, Instagram, X y YouTube, Teleantioquia facilita la interacción directa con su audiencia, lo que le ha permitido fortalecer su vínculo con el público, atraer nuevas audiencias y diversificar su oferta. 

     

    El docente Luis Fernando Gutiérrez Cano destaca que la televisión en Antioquia “debería enfocarse más en representar a diversos sectores sociales y minorías de la región, incluyendo campesinos, afrodescendientes e indígenas, para ofrecer una imagen más completa de la realidad antioqueña actual”. Aunque reconoce el rol de Teleantioquia en fortalecer la identidad regional, señala la falta de representaciones amplias y contenidos que resuenen con todas las comunidades y generaciones. Para asegurar la sostenibilidad del canal, Gutiérrez propone invertir en contenidos innovadores que capten el interés de las nuevas generaciones y reflejen sus realidades, además de incorporar espacios de co-creación juvenil que revitalicen la programación frente a la competencia global. 

     

    En la misma línea, Sergio Andrés Urquijo Morales resalta la importancia de incluir a las nuevas audiencias en los procesos creativos, afirmando que “no se trata solo de decidir qué hacer para los jóvenes, sino de traerlos al proceso, junto con representantes de redes sociales y plataformas, para entender qué quieren ver y cómo lo quieren consumir”. Además, subraya la necesidad de abarcar a toda la población, involucrando a grupos étnicos, rurales, y especialmente a niños y adolescentes, quienes frecuentemente no encuentran contenido que les interese en televisión. “Esta audiencia, aunque más digital, no rechaza la televisión; simplemente no ve propuestas pensadas para ellos”, afirma. Urquijo también enfatiza el potencial de formatos como concursos, desafíos y retos, así como la integración de contenidos educativos y de interés general adaptados a redes sociales y transmedia. Así mismo, resalta que, la atención a una audiencia adulta no debe descuidarse, pues representa una fortaleza de los canales regionales. “Esa audiencia merece ser entendida y atendida. No es una debilidad, es una gran fortaleza”, afirma. 

     

     

    El periodismo y las noticias son pilares fundamentales para informar a las audiencias, independientemente de su contexto. Noticieros como Teleantioquia Noticias  siguen siendo una fuente confiable de información para los antioqueños, con un enfoque regional que abarca temas locales, nacionales e internacionales. Por su parte, una propuesta local como el programa Nos Cogió la Noche, emitido por el canal privado Coosmovisión,  demuestra la importancia de espacios para el análisis y debate de temas de interés público, política y sociedad, fomentando la diversidad de voces y perspectivas. Además, la programación cultural y deportiva mantiene un fuerte vínculo con la identidad regional, destacándose eventos como la Feria de las Flores, que continúan siendo ampliamente populares. 

     

    Pero la televisión regional enfrenta retos económicos y tecnológicos significativos. Según el docente Luis Fernando Gutiérrez Cano, no es un secreto que Teleantioquia depende, en gran medida, del presupuesto estatal y “necesita innovar para atraer nuevas audiencias en un panorama dominado por la cibercultura y las plataformas de streaming”. Así mismo, el asesor de la CRC Urquijo Morales señala que: “La regulación actual no tiene competencia sobre lo digital” y explica que esto limita el aprovechamiento de servicios como plataformas OTT y medios digitales. Urquijo señala que la ley TIC de 1978 no consideró adecuadamente estas nuevas herramientas, dificultando el desarrollo de estrategias digitales para maximizar el impacto de Teleantioquia. 

     

    A pesar de estas limitaciones, Urquijo también destaca que los avances como la resolución 74-23 de 2024, “buscan reducir la carga regulatoria del canal, permitiendo mayor autonomía en la comercialización de sus contenidos y flexibilizando las repeticiones de programas. Esto no solo genera más ingresos, sino que también brinda a Teleantioquia oportunidades para reestructurar su programación y adaptarse mejor a las demandas de sus audiencias”. 

     

     

     

    El reto de la financiación 

    Gabriel Levy, asesor del Ministerio de Tecnologías de la Información y las Comunicaciones, subraya que en cuanto al financiamiento, Teleantioquia enfrenta desafíos para mantener una sostenibilidad estable. Para 2024, el canal tenía un presupuesto proyectado de 113,560 millones de pesos, con una asignación del Fondo Único de Tecnologías de la Información y las Comunicaciones (FUTIC) que representa un 13.5% de los recursos asignados a los operadores públicos. A pesar de este apoyo, Levy explica que el fondo es “medianamente concursable”, con un mínimo garantizado para cada canal y el resto distribuido según el desempeño. De los 250 mil millones de pesos disponibles anualmente, la mayor parte se destina al Sistema de Medios Públicos Nacional, mientras que los canales regionales reciben entre 9 y 15 millones de pesos para la producción de contenidos. 

     

    Sobre la expansión de contenidos digitales el asesor Levy también destaca que las estrategias deben implementarse de manera adecuada para que los medios, incluido Teleantioquia, funcionen de manera más expansiva y eficaz. No obstante, también asegura que “la esencia de Teleantioquia, su ADN, no debe perderse. Para lograrlo, es necesario innovar en los formatos y narrativas, adaptándolos a cada plataforma”. Según Levy, “la Transmedialidad sería la solución más adecuada, porque permite que las piezas se expandan conforme a la lógica de cada plataforma, sin que la pantalla principal de televisión pierda la esencia de lo que es”. 

     

    Teleantioquia sigue siendo una fuerza vital en la cultura y la información de la región y con su enfoque en la innovación digital, la producción de contenido local y la cobertura de eventos regionales, el canal se adapta continuamente a las demandas del mercado mediático actual. Como lo destaca Gabriel Levy, asesor del MinTic: “Uno observa que Teleantioquia es el canal que más aceptación tiene. Por supuesto, esto varía entre administraciones, pero en general, se ha mantenido como el canal regional que más se ve en su propia región. Y eso responde también a un sentido de regionalismo fuerte que tienen los ciudadanos”. Esa fortaleza a través de los años demuestra que los antioqueños se sienten orgullosos de su canal. 

  • Un viaje al pasado del Perro Negro

    Un nombre célebre hoy, en tiempos de la “capital mundial del reguetón”, lo fue también en los primeros años de la “bella villa”, en tiempos del viajo Perro Negro. Las plazas de mercado, el licor, las balas y los bailes convivían en un mismo sitio al ritmo de Carlos Gardel y Daniel Santos. Un recorrido histórico de la mano del testimonio del periodista y escritor Reinaldo Spitaletta.

     

    Por: Juan Felipe Ruíz Ríos / juanfelipe.ruiz@upb.edu.co

     

    En la primera mitad del siglo XX, Medellín y Colombia vivieron grandes cambios en su infraestructura y en su crecimiento a nivel territorial y económico. El surgimiento de las diferentes comunas en la ciudad de Medellín, la llegada del Ferrocarril y la consolidación de muchas de las grandes empresas del país como Postobón, Fábrica de Licores de Antioquia, Coltabaco, etc. El auge de industrias como la minería influyó en los espacios y en las características de la ciudad, por ejemplo, la Plaza de Cisneros, que recibió a muchas personas que migraban de otros lugares del país. Hubo un lugar que presenció todos estos cambios, desde el abastecimiento de los comerciantes y obreros, hasta la diversión de los ciudadanos; a continuación, su historia.

     

     

    Abierto en 1917, Perro Negro era, en un principio, una tienda de abarrotes donde se vendía dinamita, escopetas, revólveres, y quienes venían de paso, podían tomarse unos aguardientes y seguir su camino; es más, en un inicio el lugar no tenía ese nombre. Surgió en la Plaza de Cisneros, ubicada en la zona de Guayaquil, en donde queda actualmente el Edificio Vázquez. Aquí durante estas épocas, los comerciantes iban y venían, bajaban mercaderes de los pueblos, salían los ciudadanos a abastecerse y, en general, era una zona con una gran afluencia de personas, esto gracias al ferrocarril que contribuía a que se viera este movimiento.

     

    Esto dijo el escritor y periodista Reinaldo Spitaletta: “Arturo Velázquez, el dueño de Perro Negro, antes de crear el bar tenía una tienda donde vendía un montón de mercancías, pero una particularidad es que también vendía municiones. Medellín era una tierra de cazadores y se vendía todo tipo de armamento como escopetas, dinamita y balas.” 

     

    Con la llegada de empresas mineras extranjeras al país, principalmente desde Europa; hizo que varios sitios de la ciudad comenzaran a vender productos con alta demanda como la dinamita, y Perro Negro no fue la excepción. Los mineros y demás personas compraban lo necesario y, como en aquel entonces las distancias se hacían más largas, Medellín y la zona de Guayaquil era un lugar de paso para los forasteros que iban a trabajar a las minas y solamente se abastecían y buscaban divertirse un rato con un par de copas.

     

    La minería en Antioquia fue tomando fuerza desde el siglo XIX, principalmente por la fundación de la Sociedad Minera “El Zancudo”, que permitió la explotación de diversos recursos minerales como lo es el oro, ya que gracias a “El Zancudo” se crearon empresas como la Frontino Gold Mines en el municipio de Segovia, que se financiaba de capital inglés y francés. La magnitud de esta sociedad minera era tanta que, incluso, tuvo su propio banco en el año 1887, en su época de mayor bonanza; según un capítulo del programa Nuestra tierra, memorias pendientes. Del canal Teleantioquia.

     

    Por otro lado, en el siglo XX y de la mano de la construcción del Ferrocarril de Antioquia, la minería en Antioquia se expande a extraer materiales diferentes al oro, como el cemento, con la creación de la Compañía Cementos Argos en el año 1934, que contribuyó a la expansión y explotación económica de este producto. Todos estos cambios y los auges de estas industrias protagonizaron que, no solo los más importantes comerciantes, sino que, de mismo modo, los obreros de las empresas emergentes pasaran por el sector de Guayaquil, siendo así una zona de dominio popular. Todo esto según un artículo de La red cultural del Banco de la República

      

    ¿Por qué se llamó Perro Negro?

    “A mí me contaron la historia que Arturo Velázquez, de cuando en vez se quedaba bebiendo hasta las altas horas de la noche en su local. Un día, mientras iba para su casa, cuentan que se encontró con un perro negro que le mostró los dientes y le gruñó pegándole una asustada muy verraca. Llegó a su casa y le contó a su esposa lo que pasó con el perro a lo que ella le dijo “Es que vos sos muy malo vendiendo esas municiones pa’ que se mate la gente. Eso fue el diablo que se te apareció”. Entonces él se quedó pensando y le puso de nombre al local Perro Negro convirtiéndolo en un bar”, comentó Reinaldo Spitaletta.

     

    Evolución urbana

    La ciudad con el tiempo cambió su infraestructura, se empezaron a construir barrios al oriente y al occidente, en los cuales empezaron a migrar las personas que vivían en el centro. Barrios como Castilla, Manrique, Robledo y San Javier durante los años 40 empezaron a poblarse; así, creció Medellín en todos sus extremos, ubicándose la zona céntrica como un lugar de comercio, turismo y, obviamente, ocio. Perro Negro comenzó a ser reconocido como una cantina, más que como una tienda de abarrotes. Pero no fue hasta el año 1955 que éste se convirtió oficialmente en bar, según una nota que realizó el periodista Mauricio López Rueda.

     

    El lugar continuó vendiendo dinamita y algunas armas bajo cuerda, pero el negocio de cantina funcionaba, mucho más con la construcción de lugares como el Hotel Nutibara y el aeropuerto Olaya Herrera, que aumentaron la llegada de turistas a la zona y atraían a la clientela al sitio.

     

    “El bar fue cogiendo fama por muchas cosas, buenas y malas. Ahí se armaban peleas y el bar era muy peligroso, entonces fue teniendo una imagen medio prohibida y de lugar maldito. Entonces ese era una especie de “prueba de hombría y de valentía” para muchos malevos, porque en el imaginario de la gente se creía que allá solo entraba el que fuera capaz de tener riñas con el que fuera”, declaró Spitaletta.

     

    Periodo de decadencia 

    Perro Negro mantuvo sus puertas abiertas durante un buen tiempo, fue testigo de la llegada del narcotráfico a Medellín, ésta no vino sola, durante la década de los sesenta y setenta, la zona de Guayaquil y Medellín en general se llenaron de inseguridad, espantando a los clientes y a los pocos que aún vivían en el sector. El bar presenció también el ascenso y caída del Cartel de Medellín, incluso se llega a comentar que Pablo Escobar llegó a frecuentar el sitio.

     

    Y así fue como Perro Negro vivió gran parte de las épocas de la ciudad, desde sus inicios, sus momentos más violentos y los más prósperos. El bar cerró en 1997 por situaciones económicas y por el deterioro del propio Edificio Vázquez.

     

    Según Reinaldo Spitaletta: “En esa época el edificio se estaba cayendo. Era una mezcla de muchas cosas, había inquilinatos, prostíbulos de mala muerte y oficinas de sicariato gracias a esos tiempos que vivió Medellín.”

     

     

    Por medio de la ley 397 de 1997 se dio el proceso de declaratoria de bienes de interés cultural de carácter nacional a los edificios Vázquez y Carré, lo cual inició una restauración de los lugares de la mano de Comfama y otras entidades, llevándose así por delante al bar Perro Negro. Comfama manejó el lugar durante un tiempo, realizando varias actividades para los beneficiarios de la caja de compensación. Sin embargo, en el año 2021 el lugar pasó a dominio de la Alcaldía de Medellín, pero se siguen realizando actividades a nivel cultural de mano de la Secretaría de Cultura y otras entidades que tienen actividad en el sitio.

     

     

     

    La importancia de Perro Negro es vigente hasta la actualidad, ya que existe una discoteca en el sector de Provenza, en El Poblado, que tiene el mismo nombre y ha tomado fama últimamente. No obstante, siempre será importante recordar los orígenes de los lugares representativos que ha tenido Medellín a lo largo de la historia, lugares como Perro Negro, que vio crecer a una ciudad en todas sus facetas, desde la prosperidad, la pobreza y la violencia, vio pasar a gente de toda categoría y almacenará historias que quedarán guardadas en la memoria de los ciudadanos.

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  • Las imágenes de María, representaciones que unen devotos en los barrios del Valle de Aburrá

    Por: Juan José Yath Granados / juan.granadosg@upb.edu.co

     

    Al caminar por el área metropolitana del Valle de Aburrá es normal encontrarse una imagen de la Virgen María, así como personas que se paran a rezar o persignarse ante ella. La estima que hay en el Valle de Aburrá por la Virgen alcanzó hasta al metro desde los años 90, cuando se hicieron cuadros de María para que protegieran las estaciones de ataques terroristas. Las representaciones invocaban el amor de la gente por la figura mariana, como una forma de custodiar las instalaciones durante uno de los mayores períodos de violencia en la historia del área metropolitana.

     

    El fervor a la Santísima tiene orígenes que datan desde los siglos III, IV y V DC, en los inicios del cristianismo, cuando se aprobó su veneración. A partir de ahí se expandió su devoción, al punto de que diversos territorios se fueron apropiando de su figura como un símbolo de protección y ayuda. En ese proceso aparecen lo que se conocen como advocaciones, denominaciones especiales de la Virgen que se forman en algunas culturas o territorios.

     

    La veneración hacia María llegó hasta la actual Colombia por la colonización de los españoles, quienes impusieron la religión católica sobre las creencias nativas. La nueva fe se consolidó y en la actualidad es la más predominante en el país y en Antioquia.

     

    Para conocer más sobre los orígenes de la devoción por la figura de la Virgen María en Colombia y Antioquia, has clic en siguiente enlace hacia un video dedicado al tema:

     

    Las Marías del Valle de Aburrá, lazos que unen a la comunidad

     

     

    Sin embargo, las imágenes marianas también esconden historias que reflejan la unión entre las personas devotas a la Virgen.

     

    La Medalla Milagrosa desde un encuentro en la infancia

     

    Santuario de la Medalla Milarosa en Itagüí. Foto: Juan José Yath.

     

    Todos los jueves a las 7:30 de la noche, decenas de personas se juntan en un santuario dedicado a la Virgen de la Medalla Milagrosa frente al Parque del Artista, en Itagüí. Las filas de escalones que dispone la estructura se llenan de fieles, así como el andén. Incluso hay gente al otro lado de la calzada, pendiente del Santo Rosario a punto de empezar. Cristina Guerra dirige el rezo y observa la imagen de María con fijeza y ojos brillantes.

     

    El primer encuentro de Cristina con la Virgen fue en una gruta en el municipio de su natal Ciudad Bolívar a los 7 años y desde los 10 no ha dejado de tener sueños con María. Cristina sostiene que, mediante esas reuniones,La Santísima le mostró el camino que actualmente lleva. Durante 17 años, Cristina se dedicó a hacer disfraces, pero su convicción con Dios la llevó a dejar esa actividad en 2018, época que, según dice, “pertenece a la oscuridad”. Ese mismo año, comenzó “Crispeticas de Amor”, una organización que busca darles voz a los jóvenes para que expresen sus problemas y se sientan acompañados. Esta compañía le ayudaría luego al surgimiento de la Medalla Milagrosa.

     

    A finales de 2019, Cristina comenzó el proceso de formación del santuario, empezando con la aprobación de la Alcaldía, que se logró gracias al trabajo en su organización. Ella cuenta que la ubicación que tiene la representación es la del lugar donde la Virgen le pidió que realizara el rezo del Santo Rosario cada ocho días. Las donaciones llegaron principalmente de una familia de hermanos de Envigado que prefieren mantener su identidad oculta. Cristina también obtuvo la ayuda de una persona en la gestión de esos apoyos financieros para la construcción.

    La inauguración de la imagen chocó con la pandemia de COVID-19, por lo que los rosarios se mantuvieron en pausa hasta que la gente pudiera volver a salir.

     

    Para el primer Santo Rosario, Cristina contrató a un cantante para que ambientara los rezos. Sin embargo, en ese mismo encuentro apareció junto a su perro un señor llamado Luis Alberto, que ofreció acompañar con música las reuniones cada ocho días sin pedir nada a cambio. A Luis se le sumó luego William, ambos prestan su voz y sus talentos en guitarra a los encuentros. Otro de los grandes apoyos de Cristina son sus hijos: Jorge Eduardo, de 32, le colabora en dirigir los acompañamientos a jóvenes que hace la organización. María Isabel, de 25, le brinda ayuda para realizar cada rosario, en los que Cristina tiene que hablar con micrófono para que todos en el santuario escuchen.

     

    Cuando se trata de entender el significado de la representación de la Virgen, Cristina enfatiza lo que simboliza la imagen: “Es presencia viva […] Nosotros vamos y nos paramos en frente de esa imagen para tener más confianza de hablar, clamar y pedirle a Dios. Pero no son ni bultos ni estatuas diferentes, son imágenes que nos representan a Dios”, señala Cristina a Contexto.

     

    Cristina, por deseo propio, se encarga de limpiar y mantener el santuario gracias a su devoción a la Virgen. Su conexión con la Santísima se ha mantenido firme desde que era una niña. Tal convicción todavía la motiva a continuar su proyecto, tanto de la corporación, como de la imagen, a la cual varios le oran al pasar frente al Parque del Artista.

     

    Virgen de Fátima, testigo de historias de un barrio

     

     

     

    Santuario a la Virgen de Fátima en el Poblado. Foto: Juan José Yath.

     

    En El Tesoro, un barrio de El Poblado, Medellín, se encuentra una imagen que existe desde hace más de 70 años, según cuenta Guillermo Ramírez, uno de los que le hacen mantenimiento. Se asienta en medio de una pendiente, al lado de una calzada que la separa del hogar de sus cuidadores.

     

    La Virgen de Fátima fue instalada por primera vez en 1949, a 20 metros de su posición actual. Guillermo cuenta que su surgimiento se debe a que una familia rica donó su imagen, algo común en esa época. Su primer cuidador fue el ya fallecido Gabriel Ossa, un experto bailarín comprometido con velar por la representación.

     

    Ossa fue gran amigo de Guillermo y fue el que le contó los detalles más antiguos de la historia de la imagen que este último no alcanzó a vivir. Están, por ejemplo, las fiestas hechas alrededor de la Virgen luego de finalizar la misa, que el mismo Ossa organizaba. En ellas, la gente de varias lomas se juntaba para comer y beber tragos en medio de la rumba y la pólvora hasta el amanecer. Las personas al juntarse organizaban además bazares, que eran otro motivo de agrupación. Es así como la Virgen de Fátima fue el epicentro de varias de las celebraciones en el barrio. Guillermo, que lleva 55 años viviendo acá, recuerda reuniones como la eucaristía de familiares en donde la imagen aparece en las fotos.

     

    Por otro lado, entre la gente cercana a la representación se formaron rumores como un posible tesoro debajo de la imagen. Sin embargo, la imagen también fue testigo de eventos como la violencia en la zona. Guillermo señala que, durante la época del narcotráfico, en los 80, aparecían sicarios que dejaban cadáveres cerca de la Virgen. Esto se debía, además, por las pocas luces que iluminaban la carretera en ese tiempo.

     

    Cuando Ossa se debilitó a causa de la edad, hace alrededor de 30 años, Guillermo, junto a su hermano Sergio, se encargaron de cuidar a la imagen. Los hermanos fueron quienes la trasladaron a su posición actual en 1999 para dar paso a la construcción de una carretera en la zona. En el proceso se dieron cuenta de que el rumor sobre un tesoro escondido debajo de la virgen era mentira. Guillermo se encargó de sembrar los árboles que forman una entrada a la imagen. Sergio es el que hace los arreglos al jardín, que incluyen las letras que forman el nombre “Fátima” al inicio del camino hacia la representación, como se aprecia en la siguiente fotografía:

     

     

     

    Guillermo y Sergio también cuentan con la ayuda de gente del barrio, como unas señoras que pasan los martes a limpiar la representación y a podar su grama. Ellas también decoran la estructura con flores que traen desde Santa Elena, por lo que poco a poco se relevan los roles de cuidadores para los próximos años.

     

    Cuando le preguntan a Guillermo sobre lo que significa dicha imagen para él como católico, su respuesta es que es una madre, no solo suya, sino del barrio. Es la cuidadora de todos aquellos que viven en la zona.

     

    Cambios y misterios en la Virgen de Lourdes

    Santuario a la Virgen de Lourdes en el municipio de Envigado. Foto: Juan José Yath.

     

    No se tiene una fecha exacta de su origen. La santísima ha acompañado a Piedad Velásquez por varias décadas, cuando el sitio era solo una manga con cuatro viviendas. Carlos Gaviria, historiador que trabaja para la Secretaría de Cultura de Envigado, sostiene que su instalación debió ser entre los años 20 y 30 del siglo XX. Sin embargo, se sabe que su función inicial era el ser la entrada de lo que en esa época era la Finca Alcalá, Envigado, donde actualmente se asienta el barrio con el mismo nombre.

     

    La Virgen eventualmente pasó a estar bajo cuidado de obreros de la empresa de calzado, Grulla, que además instaló unas rejas para proteger a la representación. Sin embargo, la corporación dejó su protección a Amparo, quien hasta el día de hoy sigue viviendo en Alcalá. Amparo tenía la llave para abrir el enrejado y se la daba a todo aquel que quisiera rezarle a la Santísima. En 1975, Piedad se vino a vivir al barrio y por mucho tiempo fue una de las que procuraba colaborar en el mantenimiento de la representación por devoción propia.

     

    Piedad también fue testigo del incendio que sufrió la representación en 1978, uno de los 3 de los que se tiene registro, según Gaviria. Los causantes fueron los vientos que empujaron las llamas de las velas, puestas en un tablón muy cerca de María. La empresa Grulla se encargó de la restauración, y desde ahí se ha mantenido la misma imagen, de acuerdo con Piedad.

     

    En años recientes, un señor apareció para hacerle unos arreglos a la imagen en agradecimiento por curarse de una enfermedad; después de todo, a la advocación de Lourdes se le conoce además como la Virgen de la Salud. El hombre quitó la hierba que la rodeaba e instaló unas bancas de madera cerca de la representación. Esa persona también comenzó a encargarse de limpiarla, aunque en años recientes Piedad nota que ya no lo hace tan seguido.

     

    Por otro lado, la última restauración fue en 2018, cuando el municipio de Envigado hizo los cambios para dejar la estética de gruta que tiene hoy en día. Entre esas transformaciones está un nuevo rejado que ya no necesita abrirse con las llaves que tenía Amparo. Así mismo, estuvo también la instalación de luces dentro de la estructura, para iluminarla más, junto a matas a su alrededor. Durante el proceso en que la Virgen estuvo sin rejas, llegaron a dañar a Santa Bernardita, la figura en hábito rojo, de menor tamaño que María, indispensable en toda representación de la advocación de Lourdes. La falta de vigilancia por parte del Municipio provocó el robo de plantas y velas, es por eso que Piedad prefiere colocar velones a una representación propia dentro de su casa.

     

    Durante la celebración de ese cambio, el Padre Alfredo Bello propuso la realización de un Santo Rosario todos los martes a las 7:30 de la noche. Al principio, las aceras e llenaban de gente. No obstante, por la pandemia, hubo una pausa y no continuaron con los rezos hasta 2023, aunque con una asistencia que apenas sobrepasa el espacio de las bancas.

     

    El lazo que tiene la advocación de Lourdes con la salud y el cuidado de los enfermos le da un poder

    sobre el bienestar de quienes tengan fe en ella. Esos alcances que se le atribuyen son por los que personas como Piedad estiman a la imagen. Además, claro, de ser la intercesora con Jesús y la segunda madre de todos, como ellos explican.

     

    El camino hasta María Auxiliadora

    Espacio dedicado a María Auxiliadora cerca al santuario de la advocación de Lourdes. Foto: Juan José Yath.

     

    Dentro del mismo barrio se encuentra una imagen construida hace poco. La imagen de María Auxiliadora que tanto cuida Margarita Sierra fue inaugurada en 2023. Sin embargo, la idea se inició tiempo atrás: varias personas del área pensaron en que les hacía falta una representación de María. Pasaron unos años de planeación para definir el lugar donde la asentarían, hasta que durante un rosario concluyeron que el mejor sitio era en su actual ubicación, entre una fila de árboles, junto a la avenida Las Vegas. Un grupo de vecinos fue entonces a la Alcaldía de Envigado a solicitar el permiso para su instalación. Luego de su aprobación, se hizo una colaboración entre gente del vecindario para el material con el que la construirían, como parales, tejas, baldosas, etc. Fue un proceso en comunidad, como dice Margarita.

     

    La primera Virgen que se instaló la donó un sacerdote. Era muy pequeña y Margarita, junto a gente del barrio, se preocuparon porque no encajara con el espacio que tenían. En esos momentos, por otro lado, la vecina Ángela terminaba de superar la amenaza de un cáncer y le había pedido a María por su recuperación. En agradecimiento, buscó con regocijo una imagen que coincidió con la que la comunidad buscaba, que es la representación actual que el barrio mantiene.

     

    Durante el viernes de la inauguración, en febrero de 2023, se organizó una eucaristía que llenó a la cuadra de gente con velones para decorar la imagen. También asistió el sacerdote para dar la bendición. La Virgen estaba al descubierto, sin ningún nicho protector, por lo que se exponía al polvo y hollín de la calle. Por si fuera poco, las velas, que estuvieron encendidas hasta los días siguientes, provocaron un incendio el domingo al amanecer.

     

    Cuando las personas del barrio se levantaron, vieron a una Santísima llena de quemaduras, que luego fue retocada por una señora que donó el arreglo. Este evento también permitió que más adelante se organizaran unas rifas entre las vecinas con las que se recaudó para hacer la cabina de vidrio que ahora la resguarda.

     

    Margarita y la comunidad de vecinos del barrio en la actualidad celebran los santos rosarios cada martes, a las 6 de la tarde. Luego del rezo se ponen a conversar mientras toman una aromática. Margarita, al igual que algunos de sus amigos del barrio, considera a María su segunda madre y una intercesora para la comunicación de las personas con Jesús, su hijo. Sin embargo, deja en claro que todo es cuestión de fe, de la devoción que se tenga por ella. Una convicción que Margarita no abandona y que la motiva a mantener la representación limpia de cualquier polvo.

     

    Así es como las imágenes de María se hacen parte de la identidad de muchos barrios, convocan a los vecinos, su fe y sus historias particulares, que terminan integrando una historia colectiva. Hasta las representaciones de menor tamaño pueden guardar experiencias de quienes asistan a sus santos rosarios, pongan placas en agradecimiento o se encarguen de cuidarlas.

     

  • Postales de los tiempos cotidianos

     

    Por: Valeria Bilbao Córdoba y María Clara Ortiz Ossa. Edición Contexto / periodico.contexto@upb.edu.co 

     

    “Los ritos, actos repetidos invariablemente, son una forma de honrar o reconocer la importancia y el significado de un momento en específico (…) Quiero mantener la memoria de estas técnicas y eso es lo que me llena”.  Carlos Felipe Ramírez Mesa. 

     

    El que habla es Carlos F. Ramirez, más conocido como “Cafera “, destacado investigador y creador artístico que ha dedicado su carrera a explorar las profundas intersecciones entre la fotografía, el archivo, la visualidad y diversos campos del pensamiento y el lenguaje. Desde 2014, ha viajado por todo el mundo, reviviendo y perfeccionando procesos fotográficos analógicos, históricos, con un enfoque particular en el colodión húmedo.  

     

    Por años, Cafera ha logrado plasmar en sus obras la belleza que oculta lo cotidiano, lo cual acaba de compartir en la exposición: Todo acto es un ritual, en la Biblioteca Pública Piloto de Medellín. Mediante la fotografía en película y colodión húmedo, una técnica del siglo XIX, da cuenta de los actos que conforman la memoria individual y colectiva, las creencias, experiencias, gustos y oficios que materializan la cotidianidad.  

     

    Carlos Felipe Ramírez combina su trabajo como fotógrafo y realizador audiovisual con la docencia. Foto: Cortesía.

     

    “El día a día se encuentra lleno de pequeños rituales, si se presta atención. La cantidad de procesos involucrados en las acciones diarias como servirse un café, secar el arroz y sentarse a la mesa se convierten en paisaje. Lo cotidiano es merecedor de verdad o asombro”, explicaba el texto introductorio de la exposición. 

     

    ¿Qué lo hizo inclinarse a su carrera como fotógrafo?  

     

     “Desde que tengo memoria, llevo una cámara en la mano. Esa cámara era de mi abuela. Los álbumes que ven en la exposición no son míos, sino que pertenecen a mi abuela, quien me sentaba a ver el álbum familiar con tarjetas de visita y empezaba a mostrarme retratos de todos mis antepasados. La fotografía siempre ha estado en mi”.  

     

    Hablando de su formación artística, ¿por qué decidió enfocarse en técnicas antiguas, sabiendo que hoy en día hay miles de posibilidades para retratar personas y espacios?  

     

    “Como siempre estuvo en mi la fotografía, se volvió un paisaje. Un día, mientras estudiaba guion en Los Ángeles, llevaba mi cámara digital y tomé más de 10.000 fotos; cuando me senté a ver todo lo que había capturado, nada me gustaba. El acto fotográfico me dejó de llenar. Luego me empecé a devolver a cuando mi papá me enseñó a hacer en cuarto oscuro, blanco y negro, cómo revelar una imagen; y empecé a retroceder bastante y ya llevo 10 años trabajando y especializándome en estas técnicas antiguas”. 

     

    ¿Cómo surgió la idea de hacer la exposición con base a lo ritual y a lo cotidiano?  

     

    “Se dio gracias a un momento muy coyuntural de nuestras vidas [refiriéndose a Camila, su compañera] donde nos fuimos a vivir juntos, nos casamos y empezamos a tener unas conversaciones trascendentales sobre nuestros ritos, los espacios que empezamos a habitar y los recuerdos más importantes”. 

     

     

    << Todo acto es un ritual, en la Biblioteca Pública Piloto. Foto: Contexto.

     

    ¿Qué siente al ver plasmados estos rituales que pueden ser tan personales en la exposición?  

     

     “Yo siento que es como un filtro de mis vivencias personales, para lograr que sean lo más genéricas posibles y que el espectador resuene con ellas. Cuando se empieza a mostrar detalles tan íntimos en una exposición, nos hacemos vulnerables a la idea o concepción que los demás pueden tener de cada uno”.  

     

    ¿Por qué los círculos son elemento clave en la exposición? 

     

    “Es una forma primogénita del rito, como se puede ver desde el fuego al ser una manera natural, porque en la naturaleza no hay línea recta, las cosas biológicas son muy circulares. Así por medio de los círculos se da un acto de fe”.  

     

    ¿Por qué ritualizar la rutina? 

     

    “La rutina está compuesta de micro ritos de los cuales no nos damos cuenta o que tal vez ya están demasiado interiorizados. La manera en que desarrollamos nuestro día es un rito, pero lo volvemos paisaje. Por ejemplo, las cosas que son súper bacanas y que tienen magia, comienzan a perderla. Esto es un llamado a que todos esos pequeños lugares, acciones y cosas que cuando se vuelven rutina, pierden también el encanto, pierden lo que les da sentido”.  

     

    ¿De que se trata la técnica fotográfica del colodión húmedo? 

     

    “Es coger nitrocelulosa (explosivo plástico), ponerlo en eter y nitrato de plata en una superficie no porosa (vidrio o aluminio), aplicarla, de nuevo colocarla en nitrato de plata y dispararlo en una cámara de placas para dejarlo 16 minutos como máximo y revelarla para que no se dañe la imagen y así obtenerla”. 

     

    ¿Por qué utilizar técnicas antiguas? 

     

    “Yo podría estar tomando fotos en digital como actualmente se hace, pero el hacer fotografía con técnicas del siglo XIX, es la razón más grande por la cual quiero mantener la memoria y porque es lo que verdaderamente me llena”.  

     

    La experiencia de Todo acto es un ritual incluye propuestas en video y paisaje sonoro. Foto: Contexto.

     

    ¿Tiene otro proyecto en mente o que ya esté realizando?  

     

     “Dos charlas, un taller, la siguiente serie que apenas estoy escribiéndola, estoy haciendo un montón de cosas audiovisuales profesionales y unos tres videojuegos. Uno no deja de vivir la experiencia creativa, siempre es el proceso de uno y a veces también son momentos de silencio. Llevaba 2 años sin exponer”.  

     

    A veces hay muchos prejuicios frente a las personas que se dedican al arte, ¿usted qué les diría a esas personas que desaniman a los futuros artistas con estos comentarios?  

     

     “El artista en los últimos tiempos se poetizó mucho, siempre han sido personas muy tesas en su oficio. Usted tiene que ser juicioso, trabajar el arte como si fuera una oficina y buscar sus maneras de querer hacerlo, esa es la diferencia de quien lo hace por hobbie y quien es artista de verdad. Yo no me considero artista, yo soy fotógrafo. Del arte sí puede vivir la gente, pero no es fácil”.  

     

     

    La propuesta ded Cafera incluyed también objetos que rafirman el sentido de la reflexión sobre lo cotidiano. Foto: Contexto. >>

     

     

     

    La persistencia de Cafera es prueba de su compromiso con un trabajo que no es simplemente una reproducción del pasado, sino una reflexión profunda sobre la visualidad, la memoria y el presente que hay en lo cotidiano. En un tiempo donde lo efímero predomina, especialmente en la imagen, este fotógrafo recuerda que la imagen, al igual que la vida misma, es un acto ritual lleno de significado y propósito.  

     

  • Desde una mirada blanca: crónica sobre una crónica de los saberes ancestrales indígenas

     

    Sara Rodríguez Lopera  / sara.rodriguezlo@upb.edu.co

     

    Estoy segura de que, por lo menos una vez en la vida, has ido a una feria artesanal y pedido rebaja: “Si le compro un bolso y dos manillas, ¿me le encima un llavero?”, diría cualquiera, ¿no? Lo curioso es que la artesana no gana ni la mitad de lo que realmente vale el producto y tú, comprándole sus artesanías, no le estás haciendo ningún un favor: “Que peca’o, ayudémosle, venga comprémosle algo”. Pero no te preocupes, yo hacía y pensaba exactamente lo mismo, de hecho, me adjudicaba la responsabilidad de dizque “continuar con su tradición” de “no dejarla morir” … Luego me daría cuenta de que esto no dependía de mi compra, sino de su cultura. Específicamente, de sus saberes ancestrales.  

     

    “¿Los saberes ancestrales permanecen por su cultura o por la fuente de ingresos que generan?”, me pregunté. Comencé a buscar en artículos científicos, páginas web de turismo, trabajos de grado. Pura información basada en una perspectiva blanca y colonial, como siempre se ha escrito y leído la historia, por eso, encontré términos como “revalorizar” o “sacar de la pobreza”. Sin embargo, me di cuenta de que la respuesta no la encontraría en internet, sino afuera, en la Sierra Nevada de Santa Marta, en La Guajira, en Córdoba y en el Mercado San Alejo. 

     

    Mis términos no encajaban con sus significados. Por eso, dejando atrás días de rastreo documental, comencé por el principio: ¿Qué es un saber ancestral? Un saber ancestral es un conjunto de saberes o prácticas tradicionales que han sido transmitidas de generación en generación dentro de una comunidad indígena. Estos saberes son las costumbres que dejaron sus ancestros y que se ven representadas desde un saludo a un mayor hasta la alimentación, el vestido, la danza, los rituales espirituales, la medicina y las artesanías. Y ojo, esta definición la pude construir gracias al testimonio de tres indígenas que conoceremos más adelante, nada de artículos científicos, investigaciones o algo por el estilo.  

     

    La permanencia de los saberes ancestrales está directamente relacionada con su transmisión. Puede ser a través de la tradición oral o por acto imitativo: “No todos los niños del mundo juegan como los niños occidentales. Si yo le regalo un Hot Wheels a un niño de una comunidad, él no sabe qué hacer con ese carrito, porque el juego para él es acompañar al papá al sembrado, a pescar o a cazar. Es de esa manera que se transmiten los saberes ancestrales”. Gregorio Henríquez, antropólogo e indígena miembro de la comunidad Wayuu, en la Guajira, del clan Epinayú, me hablaba sobre cómo algunos de estos saberes son concebidos o elegidos. Por ejemplo, “Nadie se vuelve chamán porque levantó la mano y dijo ‘yo quiero ser chamán’ ”, el tema de la medicina ancestral tiene que ver con un elemento específico que signa a la persona como chamán, como un sueño o una visión. Por el contrario de otros saberes, como teñir textiles, elaborar máscaras o tejer mochilas, sí puede ser una elección por gusto o talento.  

     

    Los saberes ancestrales están relacionados con la madre tierra, con la ley de origen de los indígenas. Es la base de su cultura, de su existencia. “Los saberes ancestrales son parte del alma de la comunidad, por eso, cuando se pierde un saber es como si arrancáramos hojas de un libro”, afirma Gregorio. Los indígenas preservan sus saberes ancestrales para no desaparecer, para no tener una crisis de identidad en medio de un mundo tan globalizado y moderno. Yo, por lo menos, seguía sin entender: ¿Por qué insistir tanto en preservar eso tan antiguo? “Mantener esos vínculos con el pasado nos dicen de dónde venimos, para entender lo que somos hoy y que nos permita proyectarnos a dónde queremos llegar”, me respondió Gregorio. “Básicamente son las bases”, le dije, y él asintió, satisfecho. Pensar nuestra historia y nuestro patrimonio como un activo es algo que aún no terminamos de concebir los blancos.  

     

    Pero… No creas, esa base indígena se tambalea de vez en cuando. Los saberes ancestrales se han ido transformando por varios factores como la influencia de la modernidad, la globalización, el cambio climático, la violencia, el turismo, las redes sociales y demás. “Los mestizajes se nos cuelan, a nuestro territorio llegan otras costumbres”, me contaba Bellanira por teléfono “Nosotros estamos enfocados en esa juventud, ´que no se nos contaminen´ decimos”. Bellanira Esther Izquierdo, lideresa y representante de las mujeres de la Comunidad de Jewrwa, de la etnia Arahuaca de la Sierra Nevada de Santa Marta, me explicaba que, más que un problema, este tipo de cambios representaban un reto para la comunidad “tenemos que concientizar a nuestros jóvenes que eso no es lo de nosotros”, refiriéndose específicamente a las redes sociales. 

    Clic en la imagen para escuchar el testimonio

     

    Gregorio, quizás un poco más abierto a tomar esos cambios a su favor, proponía que “se puede estar en diálogo sin perder lo que somos”, pues, aunque haya elementos que puedan mejorar sus ritmos de producción y ayuden a optimizar recursos, eso no le quita “artesanalidad” a sus elaboraciones. Sin embargo, no se puede dejar atrás que hay factores que quizás impactan de manera más directa sobre esos saberes. Por un lado, cuando se habla de violencia se refiere al desplazamiento forzado y esto hace que la conexión con el territorio, comunidad y tradiciones se rompa. El turismo, por su parte, llega a invadir y a tomar por la fuerza el espacio privado si no está lo suficientemente informado. El cambio climático desvía los saberes ancestrales relacionados con la agricultura, los fenómenos de el Niño y la Niña no estaban en sus planes. Así mismo, las redes sociales influencian a los jóvenes a tener otro tipo de tradiciones, como decía Bellanira, que no están relacionadas con su comunidad. “Frenar los procesos de aculturación implica apropiarse del conocimiento y saberes de la ciencia y tecnología” afirma Gregorio, por eso no descarta la idea de que el joven indígena pueda ser, en un futuro, generador de contenido valioso en las redes sociales para difundir su conocimiento y costumbres hacia el resto del mundo.  

     

    Bueno y, entonces, ¿por qué venden sus saberes ancestrales si esto no contribuye a preservar su cultura? Simple: es una fuente más de recursos económicos. “Es mi sustento día a día”, dice sin más Liliana, indígena de la Casta Epiayú y perteneciente también a la etnia Wayuu. En algunas ocasiones, incluso, comunidades recogen el dinero obtenido de la venta de artesanías y lo llevan a un fondo común para enviar a los jóvenes a estudiar a otras regiones o para apoyar iniciativas de la misma comunidad como el sostenimiento de las emisoras, entre otras. El problema aquí es que la artesanía continúa viéndose como un arte menor. Pero la artesanía no es sinónimo de pobreza. La artesanía es elaborada por alguien con un pensar y un sentir que le da un valor agregado superior al de un proceso de manufactura. 

     

    Clic en la imagen para escuchar el testimonio

     

    “Hace aproximadamente 40 años mi familia se dedica a la venta de nuestras artesanías al turismo”, me contaba Liliana a través de un audio por WhatsApp. Si es una sola persona la que teje la mochila se puede demorar 1 semana, pero si es un trabajo en equipo, hasta 3. “Por ejemplo, si vamos a tejer una docena de mochilas nos unimos, compramos los materiales y nos repartimos: tú haces las gazas, tú el cuerpo, otra adelanta el forro y así sucesivamente”. Liliana reconoce que los precios han variado con el tiempo, pues anteriormente una “pelotica” de hilo salía en 1.000 pesos, pero ahora valen 3.000. Las mochilas están hechas de 25 peloticas de hilo y son vendidas, aproximadamente, en 70 u 80 mil pesos… Si hacemos cuentas, ¿cuánto ganan?  

     

    Infografía: sara Rodríguez Lopera

     

    Ahora hablemos de su sistema de venta; o, mejor dicho, de su sistema de intercambio con el intermediario. “Nuestro territorio queda a 3 horas pueblo” me contaba Bellanira, “entonces que pasa: que vienen muchos intermediarios a traernos víveres como la sal o el aceite y lo cambian con nuestras artesanías”. Recuerdo que al escuchar esto pensé “¿será esto justo?” y como si Bellanira hubiera leído mis pensamientos a los más de 500km de distancia que nos separan me dijo “yo digo que no es justo. Me las cambian [las artesanías] con víveres y a un precio menor” ¿Quién se está beneficiando ahí? Y bueno, no digo que sea el caso de todos los intermediarios; sin embargo, en la Guajira y en Córdoba, tienen la misma famita: Gregorio, en la Guajira, dice que una mochila en el territorio puede costar 50, 70 o hasta 100 mil pesos, pero si lo compra el intermediario, afuera las puedes ver a 130, 140 y hasta 180 mil pesos. En Tuchin, Córdoba, se maneja el tema del sombrero vueltiao. Una familia (de 6 u 8 personas) en una semana hace un sombrero fino para venderlo en 60 o 70 mil pesos, pero los intermediarios al comprarlos salen y los venden a 300 y 500 mil pesos.  

     

    “Nosotras por eso estamos hablando de una empresa propia a futuro. Para nosotras mismas poder vender nuestro trabajo, nuestras artesanías y ponerle el verdadero valor con que se hace”, me decía Bellanira, “¿y qué hace falta?” le pregunté, “Plata”, me respondió ella. Plata. Todo es plata. Plata que llueve en la ciudad pero que ni gotas quedan para los territorios. Plata para proveer de alimento y suministros a familias indígenas que, cuando escasea el cultivo del guineo o café y baja la venta, el hilo y la aguja se convierten en las únicas herramientas para poder sobrevivir. Aun así, como decía anteriormente, no es el caso de todos los intermediarios: Jorge Carmona, trabajador independiente y vendedor de mochilas arahuacas, es uno de los que por lo menos conoce el valor cultural y, por tanto, económico del producto.  

     

    Caminando por los corredores que forman los toldos en el Parque de Bolívar todos los primeros sábados de cada mes, me encontraba en el Mercado San Alejo buscando algo bonito para colgarme en el cuello. Sin embargo, entre tantas opciones, un toldo que nada tenía que ver con mis intenciones llamó mi atención: repartidas por todo el stand, don Jorge exhibía y ofrecía las mochilas típicas arahuacas. “¿Usted las hace?” le pregunté, “No, las hacen las mujeres artesanas de la Sierra Nevada de Santa Marta”. A partir de entonces se desplegó la otra parte de la historia, continuamos la conversación por WhatsApp: “Mi madre (QEPD) vendió artesanías en general, incluyendo las mochilas arahuacas. Fue una actividad económica para el sostenimiento de nuestro hogar”, Jorge me contó que desde allí nació su interés por su venta, “es un gusto para mí poder ofrecerles a las personas productos hechos a mano, donde se plasma mucha energía y sobre todo la creatividad”, las mochilas arahuacas le atraen, además, por su especial componente cultural y representación de un país. Es así como desde hace 15 años vende exclusivamente este producto.  

     

    Jorge le compra, con dinero, las mochilas a la comunidad donde pertenece Bellanira. Los precios a los que ofrece las mochilas afuera varían de acuerdo con el tamaño y las comercializa en ferias de ámbito local y nacional, principalmente en el Mercado San Alejo, en los parques de Belén y Sabaneta, en el almacén de Jumbo, en la Feria de las flores y en cualquier otra que se le presente.  Jorge me contaba que muchos de sus compradores reconocían ese valor cultural que trae consigo la mochila, pero que otra parte, aunque no la conocía, se mostraba interesado por hacerlo. “Se vuelve un intercambio interesante. Además de que estoy vendiendo estoy transmitiendo cultura”, afirma. Bellanira agradece profundamente el apoyo de Jorge con su compra, sin embargo, le sigue faltando algo: “A mí sí me gustaría tener una persona o alguien que conociera más de nuestro trabajo y se le diera un valor en verdad a nuestras artesanías como artesanos y como artesanías tradicionales”.  

     

    Y tengamos en cuenta que, aun vendiendo la mayor parte de sus artesanías, no conocemos toda su historia completa. Resulta que toda esa cultura, esa artesanía, ese conocimiento ancestral, a penas y es una parte de lo que si quiera los indígenas muestran y/o venden. “El tejido de las mochilas es un saber ancestral que es propio de nosotras las mujeres arahuacas, no solamente los que don Jorge vende”, Bellanira me contaba que son alrededor de 30 tejidos y puntadas propias que tiene la comunidad y que no conocemos los de afuera. Aquellas que salen al mercado están bajo el permiso de los mayores, MAMɄS, sabedores y hombres que portan el poporo.  

     

     

     

     

    El tejido ya estaba antes de que llegáramos. El tejido es, además de mochilas: vestiduras, manillas y chumbes. Nuestra moneda no compra, vale o si quiera cuenta al lado de la tradición. El tejido no muere, pero tampoco se termina de valorar. “Yo diría que un 50% o 60%”, calificaba Bellanira. “Yo creo que un 70% valoran nuestros saberes ancestrales”, afirmaba Liliana, “ya sea por falta de conocimiento o porque no tienen ese amor, esa iniciativa de querer saber cómo la cultura es de suma importancia”. Y aún así, cuán orgullosos nos sentimos cuando Gabo rindió tributo a América Latina y al Caribe al ganar el Premio Nobel de Literatura o cuando el sombrero Vueltiao fue declarado símbolo cultural de la nación en 2004 … Pero ¿comprar a un precio justo? ¿aprender de nuestra cultura? ¿escuchar al artesano? Jamás.  

     

    Y ojo, que no se confunda la mochila de patrones o figuras geométricas con la mochila que tiene en su cuerpo la cara de Frida Kahlo, la lengua de los Rolling Stones o el escudo del Nacional. Aunque el tejido al final se distingue, se ha visto sumamente permeado por la globalización. Terminamos de alguna u otra manera apoyando lo que no es, modificado a nuestro gusto, con colores, formas y tamaños, la mochila occidental, la que nada tiene que ver con la original. “Se van a volver es vallas ambulantes”, dice Gregorio, “la globalización está convirtiendo casi que al producto artesanal en una especie de coleccionismo”. El antropólogo me contaba de marcas que llegaban a comprar mochilas indígenas, les cosían un logo y se las adjudicaban como creaciones propias. Es más, me decía que en algún momento una entidad había llegado a su territorio con el fin de “certificar” a los artesanos, “¿y quienes son ustedes para decirme si mi mochila está o no calificada?”, se preguntaba. Esa necesidad de nosotros de certificarlo todo, de hacerlo más “original”, más mejor. Básicamente, más igual: más nada.  

     

    Se pierden personas, pero no saberes. La transmisión de los saberes ancestrales a la siguiente generación es lo que permite la supervivencia de ellos. Se puede aprender del tejido, crear uno nuevo, incluso imitarlo, pero el sistema de pensamiento que trae consigo la mochila indígena, jamás. En cada mochila está plasmado el estado de ánimo de la persona, su percepción de la naturaleza, “y eso jamás se va a poder imitar”, afirma Gregorio. Pero ¿las próximas generaciones indígenas sí están interesadas en continuar con la tradición?

     

    Conozcamos ahora a Alfonso Manuel Méndez, locutor e investigador de la seguridad y soberanía alimentaria, altamente relacionado con la agricultura y por ende conocedor de primera mano del proceso de construcción del sombrero vueltiao en Tuchín, Córdoba.  “Ese es un tema que nos preocupa mucho a nosotros porque la tendencia del indígena es migrar a la ciudad y convertirse en independientes o en empleados de un almacén”, me contaba Alfonso que el indígena se ve envuelto en un mar de expectativas frente a la gran polis: “los indígenas se van porque no les dan [los compradores] el valor a sus artesanías. Se ilusionan por todas las oportunidades que supuestamente le ofrece la ciudad”.

     

    Así mismo, Bellanira me contaba que entre más crecía la comunidad, más relacionamiento tenían sus jóvenes con los jóvenes blancos y así es más fácil o llevar sus costumbres a su territorio o irse tras ellos a la ciudad. La incidencia de las redes sociales es más grande de lo que se piensa, pero los discursos que se han llevado desde tiempo atrás no mejoran la situación: “uno encuentra que hay comunidades que tienen muchos problemas con los jóvenes para aceptarse como indígena. No quieren manejar su lengua, incluso la niegan”, Gregorio afirma que al indígena se le ha visto como un estorbo, un guerrillero, una persona maliciosa, “de ahí viene el término de malicia indígena”. El joven se ve inmerso una serie de rechazos, estereotipos y miedos culturales que lo hacen negar su indigenismo.  

     

    ¿Entonces no quieren conservar sus saberes ancestrales? Claro que sí, solo que en medio de la discusión hay una serie de desafíos que los mayores, mayoras y autoridades indígenas deben afrontar. “Ese es nuestro reto: que nuestros hijos lleven muy bien desde su pensamiento y sangre el conocimiento” Bellanira me intenta explicar, desde su mejor español y mi peor ignorancia, que eso está en ellos: lo llevan desde el vientre, como madres que dan vida, alimentan y nutren a sus hijos del conocimiento de su territorio. Por eso no es difícil. “En términos generales los jóvenes hoy están más apropiados, más orgulloso y más comprometidos en mantener sus comunidades”, afirma Gregorio. Desde hace más de 500 años los indígenas se están organizando, resisten. Nosotros les hemos cobrado vidas, territorio, participación. No los hemos dejado en paz. Y, aun así, ellos continúan, sus bases crecen y las de nosotros se desmoronan.  

     

    Medellín es una colcha de retazos: apropiamos culturas que no nos pertenecen y pretendemos comprar, a un precio absurdo, la poca que nos queda. Se nos olvida lo que hay aquí. Lo que consideramos “típico”, como la bandeja paisa, surge apenas en los 60. Nuestros héroes representan las élites urbanas capitalistas, la participación del negro y del indígena ha sido negada en la construcción de nación. “También construimos la historia de Colombia y también narramos la historia de Colombia. Pero si a la gente nunca se la enseñaron, hoy la labor de las comunidades es narrarla”, dice el antropólogo. La labor aquí es del sistema, de nosotros como ciudadanos escuchar, aprender y volver a conocer la historia, nuestra historia. ¿Recuerdas por qué los indígenas preservan sus saberes ancestrales? Para saber de donde vienen, entender lo que son hoy y proyectarse hacia donde quieren llegar.  

     

    Sentada desde mi casa, con una taza de café al lado e Internet estable escribo la historia de aquellos que la hacen día a día desde la Sierra Nevada de Santa Marta, Córdoba y la Guajira. Aquellos que la tejen, la viven y la conmemoran. A mí solo me quedan palabras para contarlas, pero sigo siendo solo una espectadora. Esto no termina aquí, hay mucha tela por cortar, o, mejor dicho, mucho hilo por tejer. Cuando decidí investigar sobre este tema, no sabía nada y ahora declaro que sé aún menos. Somos responsables de preservar esto, de cuidarlo como parte de nuestra identidad. Y cuidarlo implica el respeto, la memoria y el valor por la artesanía en términos de precio y propiedad intelectual, una correcta apropiación social del conocimiento.  

     

    “¿Deseas agregar algo más?” es una pregunta que le suelo hacer a las personas que entrevisto cuando termino de hacer mis preguntas. Casi ninguna me suele decir o hacer algo más que un gesto de negación. Sin embargo, Bellanira, entre graznidos de gallinas y una señal intermitente, sí tenía algo más por decir:   

    “Mi recomendación es que ojalá esta conversación usted la conserve y de pronto de allí le saque lo que usted necesita. Yo como mayor, persona mayor lideresa, somos muy celosos con nuestro conocimiento. Gracias porque pude compartir algo, un poquito de nuestros conocimientos, de nuestros saberes. Entonces en usted va a quedar algo muy interesante, muy valioso de nuestro territorio. Consérvelo.” 

     

    Mitos y Realidades sobre los saberes ancestrales  

     

     

     

  • Ebanistería de El Retiro, ¿saber ancestral en alerta roja?

    Por: Laura Gregory Berrio / laura.gregory@upb.edu.co

     

    Un cambio generacional y en la riqueza forestal en la región, están entre los factores que ponen en riesgo la tradición ebanista que ha hecho famosa esta población del Oriente antioqueño cercano.

     

    El municipio de El Retiro, ubicado en el oriente antioqueño a tan solo una hora de la ciudad de Medellín, ha construido a lo largo de los años una reputación única por su tradición artesanal en la elaboración de muebles y objetos de madera. Esta práctica y saber ancestral, transmitida de generación en generación por familias dedicadas a la ebanistería, representa una pieza fundamental en el patrimonio cultural e identidad de la región.

     

    Actualmente existen alrededor de 100 talleres y negocios dedicados a la carpintería y ebanistería en el municipio, que involucran a cerca de 400 familias que dependen directamente de esta actividad.

     

    Esta tradición encuentra sus raíces en la abundancia de bosques y reservas forestales que rodean el municipio como la Reserva Forestal Nare con 4.165 hectáreas (casi el 17% del territorio municipal) y la Reserva Bilógica El Silencio con un área de conservación de 171 hectáreas en las que se pueden encontrar especies de árboles como: el ébano, el roble y el pino.

     

    A pesar de su importancia cultural y económica, la ebanistería en El Retiro atraviesa hoy un momento crítico. El desinterés por aprender y dar continuidad a estos oficios artesanales vinculados a la madera pone en riesgo que esta tradición milenaria se pierda con el tiempo.

     

    << La tecnificación de los talleres es una de las alternativas para fortalecer el oficio de los ebanistas. Foto: Laura Gregory.

     

    Iván Darío Echeverri, líder de la corporación CorreCaminos y también de la región, lamenta este fenómeno y comparte su preocupación por el futuro de este arte tradicional: “Cuando era joven, la ebanistería era una parte fundamental en la vida del pueblo. Todos queríamos aprender a trabajar la madera, pero ahora ellos están más interesados en trabajar en la ciudad o en actividades más modernas y esa falta de interés pone en peligro nuestra tradición”, expresa con nostalgia.

     

    Frente a esta problemática, diversas organizaciones locales han asumido el reto de reposicionar la ebanistería tradicional y motivar a las nuevas generaciones a reapropiarse de sus raíces artesanales. Una de las iniciativas que se están impulsando es permitir que los visitantes y turistas del municipio puedan ir a los talleres de ebanistería para fabricar sus propios implementos y vivir la experiencia artesanal de manera indirecta.

     

    Según Yolanda de Echeverri, ya hay muchas empresas turísticas que los están buscando para llevar a estos grupos de visitantes a los talleres en El Retiro. “Se están pensando planes para que las personas puedan venir y tener un ‘parche’ para el fin de semana fabricando sus propias piezas de madera con la guía de artesanos locales”, señala.

     

    Esta iniciativa busca no solo promover el turismo en la región, sino también generar ingresos adicionales para los ebanistas y difundir el valor cultural de esta tradición artesanal que lleva más de 60 años en la región. Al vivir la experiencia de cerca, se espera que más jóvenes del municipio se sientan atraídos por aprender a dar continuidad a estos oficios.

     

    Sin embargo, en un entorno donde actividades urbanas, la vida fácil y los lujos tecnológicos resultan más atractivos, las nuevas generaciones se alejan de los caminos artesanales que fueron recorridos por sus antepasados. Ese es el verdadero reto que se presenta actualmente y es ¿cómo demostrar que la ebanistería no es solo un arte valioso en términos culturales, sino también una actividad económica viable a largo plazo?

     

    Correcaminos es un proyecto de formación que busca preservar los saberes de la ebanistería tradicional. Foto: Laura Gregory >>

     

     

    La llegada de gigantes empresariales como Ikea o Homecenter a Colombia, planeta una preocupación adicional, ¿cómo pueden los artesanos locales competir en un mercado dominado por la producción en masa y los estándares internacionales? Esta es una pregunta que resuena en las mentes de quienes luchan por preservar la esencia y la autenticidad de la ebanistería en El Retiro.

     

    Además de las iniciativas mencionadas anteriormente, el SENA está desempeñando un papel fundamental en la producción de programas de capacitación y desarrollo dirigidos a jóvenes y adultos interesados en adentrarse en el mundo de la ebanistería.

     

    Estos programas, desarrollados en colaboración con expertos locales y organizaciones del sector, ofrecen oportunidades de aprendizaje práctico y teórico con el objetivo de cultivar nuevas generaciones de artesanos de la madera.

     

    David Castañeda, quien ha liderado diversas iniciativas de fortalecimiento del sector del mueble y la madera, destacó la importancia de los programas de capacitación en colaboración con el SENA y otras entidades. Señaló que estos programas como Pinochitos, en asociación con la corporación CorreCaminos, están dirigidos a niños que comienzan a explorar el mundo de la ebanistería y las herramientas. Estas iniciativas tienen como objetivo preservar la tradición milenaria de este oficio en El Retiro y fomentar el interés de las nuevas generaciones en la artesanía local.

     

    Desarrollar marcas o sellos que posicionen el origen de la artesanía en madera es otra de las estrategias para preservar la ebanistería de El Retiro. Foto: Laura Gregory >>

     

    También, se han establecido alianzas estratégicas con entidades gubernamentales, organizaciones no gubernamentales y empresas del sector privado para brindad apoyo financiero y técnico a algunos talleres y negocios de ebanistería, como lo es la corporación CorreCaminos. Estas colaboraciones incluyen la facilitación de acceso a recursos, mejora de infraestructura, entre otros.

     

    Estas alternativas, combinadas con el esfuerzo y la dedicación de los artesanos locales, están contribuyendo a revitalizar la ebanistería en El Retiro y a asegurar su continuidad con el tiempo. Sin embargo, el camino hacia la preservación de esta valiosa tradición sigue siendo un desafío constante que requiere compromiso y la colaboración de todos los actores involucrados.