Esta videocolumna critica los ataques verbales y justificaciones a los agresores cuando una mujer sufre violencia sexual o feminicidio. Repasa casos, conceptos y razones que demuestran de que existan conciencia y rechazo frente a toda forma de violencia contra las mujeres.
Realización para el curso Periodismo VI, orientado por la profesora Ana Cristina Aristizábal
Dos testimonios sobre el oficio de habitar la palabra, pasando páginas, revisando historias, recomendando autores…
Por: Paola Cañas
“…Había contraído contigo compromisos imprudentes y la vida se encargó de protestar: te pido perdón, lo más humildemente posible, no por dejarte, sino por haberme quedado tanto tiempo”.
Con aquellas últimas líneas del libro Alexis o el tratado del inútil combate, el librero Wilson Mendoza descubrió que para leer una historia debe dirigirse al punto final y retroceder, solo un poco, hasta los penúltimos renglones porque allí encuentra confesiones que lo impulsan a querer apreciar completamente el relato.
“Me gustan los finales”, nos dijo, mientras con sorpresa abríamos nuestros ojos que querían indagar como detectives por los detalles de la “fracción del paraíso”. Como lo definió el librero Luis Alberto Arango, quien entre risas quiso conversar por un momento con Borges.
“Acuérdate que él se imaginaba el paraíso bajo la forma de una biblioteca”, señaló. Entonces respondí: “¡Borges, estamos de acuerdo!”
Aquella mañana soleada, aún sin esos diálogos en mi memoria, me dirigí cerca de la estación Estadio del metro, específicamente a una entrada delimitada por un rectángulo grande de color rojo oscuro, en el que leí “Librería Grámmata” con letras delgadas como si estuvieran escritas por un lápiz, también gigante, que decidió unir las dos M para que se sostuvieran.
Al lado, casi tocando el balcón del segundo y último piso de la casa que admiraba en silencio, noté la existencia de un barco dibujado, tal vez con el mismo lápiz, contenido en un cuadrado de color madera claro, que acompañaba a las letras: Palinuro, Libros leídos.
No pude detenerme en los detalles, pues fui interrumpida por alguien que corría hacia mí intentando acortar una distancia nombrada hacía seis meses en los noticieros. Karol, una amiga cuyo nombre sonoro me hace recordar el mar, me abrazó con fuerza olvidando miedos y recomendaciones, emocionada por aquella invitación que le había hecho para que descubriera un lugar ubicado tan solo a dos cuadras de su casa.
Asombro, asombro, sentimos al entrar juntas a un espacio rodeado por más de 75 mil libros. Protocolos, protocolos, eso experimentamos cuando la primera persona que vimos nos pidió levantar los pies para que cada zapato fuera rociado por un líquido transparente.
El paisaje que asombró a las cronistas.
Foto: Paola Cañas. >>
Luego de los torpes movimientos que conlleva aquel procedimiento caminamos con una curiosidad que al instante determinó los libros que exploramos por unos segundos, retirándolos suavemente de los estantes de madera, también de tono claro, cuya única diferencia a simple vista se encontraba en los letreros encima de ellos que actuaban como direcciones.
Entre la calle del Ensayo y teoría literaria, cerca de la cuadra de Comunicación y Periodismo y al lado de la carrera Latinoamericana, encontramos un libro sobre el horóscopo chino, cuya pasta azul clara y su dibujo de un pequeño cerdo que parecía feliz me hizo abrirlo. Karol se acercó con dudas y al no encontrar interés en este decidió mirar otro libro grande de color naranja. “Nunca he sabido de dónde son esas rocas”, me dijo mientras lo miraba.
Nos sentamos en un mueble oscuro en el centro de muchos colores rodeadas por el intento de empezar a conversar, acabó pronto por la llegada de Wilson Mendoza, el librero, que, al notar cómo nuestra mirada lo perseguía, recordó su cita y tomó una silla de madera oscura.
Con tono firme me pidió que le explicara mejor sobre lo que indagaría. El librero, interesado por el desarrollo de la entrevista, no le realiza tantas preguntas a las personas que acuden a él de forma cotidiana porque sabe que su oficio se sustenta en el diálogo fluido.
“En las librerías de los centros comerciales no hay tiempo para conversar. En aquellos lugares contratan a vendedores que no evalúan el contenido”,dijo.
Wilson nos contó que en su oficio a veces solo tiene la función de escuchar y haciéndolo se ha dado cuenta de que a las personas les gusta que los libros acompañen sus emociones. “Es que son muy buenos acompañantes”, nos confesó.
A él, por ejemplo, lo han guiado desde hace 28 años, en los que gran parte de estos trabajó en varias bibliotecas hasta que hace poco realizó lo que él define como su proyecto de vida: su propia librería; su propio espacio para conversar.
Ante mi pregunta por la relación que tiene con las personas, me dijo que la función principal de un librero no es ayudarlas, pues aquello se hace de forma inesperada, porque realmente lo que más le gusta es estar entre libros, entre historias. “Un librero es quien recomienda los libros porque ya los conoce, entonces quiere que otros también pasen por ellos”, definió.
Algo confundidas, le preguntamos entonces si había leído todos los libros que nos rodeaban. De forma amable, con un poco de gracia, nos dijo que eso es casi imposible, casi, casi, porque el librero que hace su trabajo con pasión sí debe leer una parte del contenido de todos los textos, como una sinopsis y una breve biografía de cada autor o autora.
Me conmovió comprender que cada día conoce el mundo por medio de un escritor nuevo porque constantemente nacen editoriales, algo que él relaciona como un auge de las librerías independientes en Colombia que surgen por gusto, no solo enfocadas en vender. “La lectura te da un espacio en dónde habitar y es un espacio muy amable”, nos explicó.
En cuanto al lugar físico, al que todos los días acude, este se compone de recuerdos que se conectan con la biblioteca del bloque 22 de la Universidad de Antioquia, el primer sitio donde trabajó. “Yo intenté buscar algo más pequeño para hablar con la gente, pero internamente siempre quise buscar algo que fuera similar a donde inicié a leer”, contó.
Otro aspecto que lo convenció de alquilar aquella casa fue el árbol grande que con hojas brillantes se ubica al frente y parece cuidar lo que él define como su “librería de barrio”.
Considerando esto, se inspiró para crear una cafetería que resguarda a los lectores, incluso a los que no compran nada y le hacen sacar hasta 20 libros de los estantes. Aquello no le hace juzgarlos. Incluso afirma que cosas como esta le han permitido fijarse en los detalles.
“La mejor forma de desarmar a alguien enojado es atenderlo bien. A veces cuando los clientes vienen tristes me doy cuenta de que no buscan un libro, buscan una conversación”. Entonces, hacer un perfil del lector para saber qué libros recomendar es difícil, porque las personas nos componemos de características inusuales, a veces contradictorias. Como las que sustenta Wilson cuando nos contó que a un médico que conoce no le gusta leer sobre medicina y que a un economista le fascina el psicoanálisis.
Entre aquellas elecciones reconoce que su observación le ha permitido saber que existen reglas específicas para comprar un libro, por eso le parece importante entregarlos abiertos. Hay quienes se fijan en el tamaño de las letras, si la edición es especial o si la pasta es dura.
“A veces el último paso para que alguien se lleve un libro es acercar su cara y olerlo. Si no les huele bien, no se lo llevan”, cuenta Wilson. Otras personas se basan en el contenido y leen la primera página. Las más atrevidas, como las interpreté, de forma aleatoria leen una frase y así toman la decisión.
Concentradas en el diálogo le preguntamos qué es lo que tiene en cuenta para comprar un libro y así fue como nos contó que leyendo los finales decide si quiere conocer el porqué de toda la historia. Con este método, descubrió que aquel hombre que pide perdón por haberse quedado tanto tiempo, durante las 69 páginas del relato, se da cuenta de que le atraen los hombres hasta que, finalmente, se lo confiesa a su esposa.
Por estas características tan diversas le parece justo que las personas se trasladen de acuerdo con sus intereses y así ha descubierto la importancia de Palinuro, su vecino.
Así llegamos donde Luis Alberto Arango, quién se encontraba en su oficina en el segundo piso y aceptó hablar con nosotras en su propio mundo de libros leídos imaginado por el artista Elkin Obregón, al que graciosamente y con admiración define como un mago, quien en tono de juego comentaba que quería tener su propia librería de libros viejos, como también se les conocen. “En Europa y Estados Unidos le dicen librerías de viejo. Son anticuarias de libros”. Nos confesó que con ayuda de Sergio Valencia y Héctor Abad Faciolince empezaron este proyecto en el que le tocó aprender mucho.
“Si los libros son una mercancía para ti esto no sirve. Porque no hay un pregrado de librero, no existe ni podrá existir, ¿a quién le enseñan a ser librero?”, pregunta. Entre las historias de aquel inicio recordó que en los estantes se encuentra una fotografía de la revista Cromos publicada en 2005, dos años después de la fundación de la librería.
“Karol, mirá esta foto”. Asombrada, Karol la miró con detenimiento y se rió ante el comentario inusual de Luis Alberto: “Elkin aquí parece Gandalf, el de El señor de los anillos”.
Foto: Paola Cañas.
Mirando los estantes, nos comentó que la librería cuenta con literatura universal de la A a la Z, haciendo un garabato con su mano que no comprendí muy bien, pero que intentaba mostrar el orden en el que se ubican los libros. “Literatura de Colombia, de la A a la Z, ta, ta, ta…”, dijo haciendo el gesto.
Mientras nos explicaba esto yo le apuntaba con mi celular grabando cada frase. Pero hubo algo que no pude captar: el asombro que percibí en sus ojos cuando admiraba los detalles del sitio que todos los días recorre y que le ha dado, según él, los 17 años más gratificantes de su vida.
“Hay una querencia por los libros, por quién llega, por los autores. En nuestro caso particular es amor, porque esto no genera plata”, dijo. Incluso nos confesó que en dos ocasiones estuvieron a punto de quebrar. En la primera, unos amigos cercanos los ayudaron y en la segunda, en 2015, tuvieron que dejar su lugar en el centro, cerca de Bellas Artes y alquilar con Wilson la casa donde se encuentran ahora.
A pesar de esto, nos afirmó que la librería tiene más de 500 amigos, incluso nos dijo que, si nos fijamos en la página de Facebook o Instagram, podemos encontrar que tienen 3.500 seguidores. Con su celular nos mostraba aquel número con emoción mientras Karol tomaba de una mesita cinco portavasos que le llamaron la atención. “Son muchas las cervezas que han puesto encima, ¿oíste?”, le dice.
Entre sonrisas que se nos desprendían por su personalidad cálida le preguntamos el origen del nombre de la librería. Palinuro nos sonaba un poco raro, en cambio para él es un término cercano. Al parecer, tanto Virgilio como Cervantes mencionaron la palabra en sus obras, pero fue el escritor Fernando del Paso quien lo terminó de convencer de proponer el nombre por su libro Palinuro de México, uno de sus favoritos, el cual se encuentra en una de sus repisas firmado por el autor el mismo año que fundaron la librería. “Toda una hazaña”, pensé.
En comparación con el trabajo de Wilson, ante Luis Alberto acuden personas con ideas más claras sobre lo que quieren, pero en ocasiones simplemente le recomiendan autores. Es un acto recíproco, así lo define, porque ambos aprenden.
“Uno ama esto porque estamos contenidos en esos amigos que son las palabras. Hay un texto de Neruda muy bello, que se llama…ese lo deberían conocer ustedes…Que se llama… Juliana, ¿recuerdas el texto de Neruda que trata sobre las palabras?”, le preguntó a su hija que de forma rápida encuentra un video en Youtube.
Al ver aún mi celular apuntándole decide acercarse para que las ideas del escritor queden también grabadas. “Oigan esto, este es Pablo Neruda, el poeta chileno”, dijo.
Mirando a un punto fijo sonreía por las frases que escuchaba. Nosotras, concentradas ,nos miramos con complicidad ante ideas que nunca habíamos considerado.
“¿Y usted ha escrito?2, le pregunté con un poco de confianza luego de escuchar aquel texto.
“Tengo tres libritos publicados. Velos, aquí están”, dijo mientras los sacaba de una estantería.
Realmente sí son libritos, porque tienen un tamaño pequeño. Uno de ellos nos llamó la atención porque tenía un dibujo que su hijo menor hizo cuando tenía cuatro años. “Me pintó”, nos dijo.
“Desorden alfabético”, uno de los “libritos” de Luis Alberto. Foto: Paola Cañas. >>
Aquel libro contiene reflexiones sobre las definiciones de palabras arbitrarias. Una de ellas era librero, cuyo texto es de los más largos. Con libertad me dejó tomarle una fotografía así que luego de leerlo con más calma, encontré en este fragmento una esencia:
“Un librero puede salvar vidas. Un buen libro, recomendado a tiempo, puede ser la tabla del náufrago y la isla del edén de un desesperado”.
La idea de publicar este A-Z, como se les conoce, fue de su hija Juliana, quien en Navidad imprimió algunos textos, los unió en forma de libro y se los dio como regalo. Nos cuenta que lloró al verlo y se animó a sacar más copias.
Tal vez Karol y yo experimentamos la sensación de que pronto terminaría la conversación, incluso estábamos caminando hacia la salida, pero una foto de Leila Guerriero nos detuvo de pronto.
“Es que su escritura me compró”, admitió cuando le indagamos por qué entre libros leídos y fotografías de escritores un poco viejos ella se encontraba allí en su foto a color.
“En 2007 leí un texto sobre ella y me gustó tanto que le escribí a la revista El Malpensante, donde publicaba. No pensé que me contestaría y como al mes recibí un correo: “Querido Luis Alberto, perdón por la demora, pero estaba viajando…” ¡Dizque perdona la demora!”, exclamó emocionado.
Cuando se conocieron en persona, el librero le regaló sus tres libritos. Él también tiene sus textos, todos firmados por la periodista argentina. “Ella goza mucho porque yo le digo: ‘Leila, aquí está tu club de Leilófilos’”.
Dicho club, ante nuestra sorpresa, realmente existe, pues cada 15 días Luis Alberto, sin falta, le comparte a sus amigos las columnas de opinión que ella escribe para El País de España. “Vea, ellas conocen a Leila, ¡eso me alegra más! “, le dice a su hija emocionado.
Creo que los tres nos sorprendimos ante la idea de conocer a la misma Leila. Tal vez nos veíamos distantes a Luis Alberto y sus libros leídos. Pero entre tantos relatos, al verla, nos reconocimos ante una escritura que nos unía sin saberlo y que nos permitió habitar aquella “fracción del paraíso”.
Antes de irnos, el librero nos recomendó varias de las obras que no conocíamos de ella. Finalmente nos preguntó de nuevo nuestros nombres asegurando que podíamos volver cuando quisiéramos.
<< El rincón para Leila Guerriero. Foto: Paola Cañas.
“Ya saben que por aquí estamos los Leilófilos”, dijo levantando la voz para las que íbamos de salida.
Han pasado casi 12 años desde aquel suceso donde terminé una etapa de mi vida y empecé otra, con dificultades, de hecho, cualquier nacimiento es doloroso. Pero si no me morí había que darle sentido a esta vida. Testimonio de Francisco Bohórquez.
Trabajé en Colombia para la Fiscalía General de la Nación en el Cuerpo Técnico de Investigaciones. En 1999 mataron a varios compañeros y se recibieron amenazas en la oficina donde trabajábamos, razón por la cual empecé a sentirme en peligro. No quise esperar a que me pasara algo y tomé la decisión de venirme para Estados Unidos. Solicité un permiso no remunerado por tres meses y al llegar, presenté mi renuncia ante el cónsul. En la semana en la que se vencía el tiempo, llegó una carta donde aceptaban mi retiro y, además, me concedían el beneficio de instalarme en este país como asilado político.
Un 18 de noviembre del 2008
Para ese momento, trabajaba con una compañía de transporte manejando un camión. Hacía un recorrido entre Miami y Orlando.
El 18 de noviembre del 2008 venía de regreso, había terminado mi ruta y estaba a pocos kilómetros de llegar a casa. Viajaba por la Turn Pike, una autopista que tiene rectas larguísimas, tiene muy buena iluminación, pero en ese tramo estaban haciendo unos trabajos. Sin embargo, el problema no era ese, sino que había un camión cargado de asfalto, la brea había chorreado y le tapó las luces. Era como la 1-1:30 a. m., y el señor de este camión que estaba orillado, se metió a la carretera, los trabajadores de la vía hicieron la señal de que podía entrar, pero él lo hizo casi a 0 km porque era una volqueta grande, muy pesada. A esa hora y sin las luces de atrás, no lo vi. Además, había neblina.
Por otro lado, aunque yo no corro, en esas autopistas hay que andar a una velocidad mínima, en este caso, 65 millas por hora, es decir, un poco más de 100 km. De un momento a otro, me encontré con eso al frente, traté de frenar, pero un camión no para tan rápido. Quise esquivarlo y había otro carro pequeño a mi lado que me impidió hacer la maniobra. Golpeé de lado a esa volqueta, mi camión se recogió, se vino hacia adelante y salí expulsado. Aunque tenía puesto el cinturón, este ocasionó la fractura de mi clavícula y 10 costillas. Con mi cabeza rompí el vidrio y caí de cabezas al asfalto ¡BUUM!. Mi camión se volteó y yo quedé por debajo. Fue como enfrentarse a la muerte, verla ahí, cara a cara.
Sentí que dejé de respirar y pasó algo, podría llamarse, sobrenatural. En medio de ese esfuerzo por moverme y liberarme, escuché una cuenta regresiva; alguien comenzó de 5 hacia abajo: 5,4,3… cuando llegó a 1, dije “
Dios mío, me entrego a ti”, porque pensaba que no viviría más. De repente, me pude parar, miré a mi alrededor y todo estaba oscuro; aunque a lo lejos vi una luz que interpretaba podía ser un carro o un reflector. A medida que me acercaba se hacía más y más grande, pude ver como una figura, una silueta humana con los brazos abiertos, es todo lo que recuerdo. Esa fue la experiencia que tuve cuando aún estaba debajo del carro.
Ilustración: Valeria Rios Flórez >>
No sé cuántas horas habrían pasado y sentí que alguien lloraba, eso me hizo reaccionar; estaba en el hospital The Real Center. Más tarde, sé que llegó un sacerdote. Soy católico y estaba muy vinculado a una iglesia que se llama San Isidro en Pompano Beach. Como no podía ni responder, él me cogió la mano y me dijo que, si lo escuchaba, apretara su mano, apreté lo que pude y me dijo: “La extremaunción es un sacramento de salud física y espiritual, pero sabes lo que te ha pasado para que estés preparado”. Yo sabía que me estaba diciendo que me iba a morir y me dio tranquilidad que hubiera venido a ponerme los santos óleos.
Al irse, recuerdo que empecé a sentir un calor horrible, como si fuera una fiebre interna, sudaba, sentía que las gotas me corrían por toda la piel y era desesperante. Casi no podía respirar porque lo más grave no eran esas heridas en las costillas, sino que al caer aterricé en mi cabeza. Aunque hay gente que no me cree (ni con el sustento médico) yo tenía 14 fracturas en mi cabeza, 2 hematomas y 1 aneurisma. El hecho es que entré en ese calor después de la unción, empecé a convulsionar, me amarraron y era muy difícil esta situación. Sentía que me estaba muriendo y, es más, quería morirme, salir de mi cuerpo y liberarme de eso.
No me voy a morir
Cuando anocheció, sentí una sensación de frescura, de alivio. Todo cambió para mí y dije “no me voy a morir, no me voy a morir”, fue una certeza que apareció.
Al cabo de seis meses, ya estaba muy recuperado, aunque vino un proceso también difícil, pues me enviaron a evaluación y dijeron que necesitaba varias operaciones. La cirugía de mayor riesgo era la del cráneo. El doctor fue muy explícito, me dijo que debían fracturar de nuevo porque lo huesos ya estaban pegados. El problema es que solo había un 2 % de posibilidad de sobrevivir y si no me operaba, me moría. Entonces le dije, “si tengo un 2 %, opéreme”. Sin embargo, en un examen que me hicieron luego, determinaron que los hematomas estaban desapareciendo, así que no hubo cirugía.
Hoy soy un hombre recuperado completamente, sin secuelas y sin una sola operación. Literalmente fue como morir y volver a nacer. Vienen los problemas y no son problemas, sé que todo tiene solución y si no la tiene, es porque así tenía que ser. Ahora ayudo a mis pacientes, a quienes, sin ser médico les he salvado la vida a través de la hipnosis clínica. Se han curado de depresión, ansiedad, vicios como: el juego, el alcohol y las drogas. He contribuido significativamente a que las personas mejoren y ellos le han dado sentido a lo ocurrido.
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Trabajo para el curso de Periodismo III, orientado por la profesora Claudia Sánchez Aguiar.
Empresas Públicas de Medellín es la “joya de la corona” de los Antioqueños. Con 65 años de historia, es la empresa más importante de la ciudad y la tercera más grande del país por ingresos operacionales durante 2019, según el ranquin de la revista Semana.
Todo el conglomerado distribuye el 35% de la energía de Colombia, cifra que se alcanzó con la reciente entrada en operación de Afinia, filial que atenderá cuatro departamentos de la Costa Atlántica, tras la salida de Electricaribe.
Lo más importante es que EPM es una empresa pública y sus dueños son todos los ciudadanos de Medellín. Esto supone importantes ingresos económicos para la administración municipal, que solo para este año recibió en trasferencias 1.3 billones de pesos, el 23 % del presupuesto.
Por esa misma razón está en la agenda de los políticos medellinenses. Gamonales, tradicionales, independientes y alternativos hacen campaña con la empresa y luego, durante su administración, esta cumple un papel importante en la ejecución de propuestas y proyectos claves para la ciudad y la región.
El conflicto en torno a Hidroituango se mueve entre las figuras que lo protagonizan y las consecuencias de sus decisiones. Ilustración: Jacobo Vélez Ramón.
En los últimos años, la compañía ha estado en el ojo del huracán, no solo en Antioquia sino en todo el país, por cuenta de los inconvenientes en la construcción del proyecto hidroeléctrico de Ituango.
En 2018, un derrumbe en unos de los túneles de desviación de agua generó una crisis que no solo puso en riesgo la estabilidad de las obras y la sostenibilidad de la empresa, sino que alertó a las comunidades aguas abajo ante un eventual derrumbe.
Aunque finalmente no hubo tragedia y las decisiones tomadas por la empresa evitaron una catástrofe aún mayor, la obra sufrió importantes retrasos y un sobrecosto que hoy no se termina de cuantificar. Ahora el debate es por quién va a responder por los daños.
En la ciudad, al igual que en muchos otros lugares del mundo, parece que solo hay dos caminos posibles y antagónicos para solucionar los problemas derivados de la crisis que ya ajusta dos años y medio: quienes defienden los intereses de EPM y quienes no.
Toda una narrativa política que se capitalizó durante las elecciones regionales de 2019 y se consolidó en los últimos meses cuando el alcalde de Medellín, Daniel Quintero, y el gerente general de EPM, Álvaro Guillermo Rendón, anunciaron un proceso de conciliación contra los contratistas de Hidroituango por 9.9 billones de pesos, acción que no fue aprobada por la junta directiva y que ocasionó su renuncia.
En los días posteriores, personas cercanas al alcalde sugirieron que la junta estaba coaptada por el GEA y su accionar respondía a los intereses de sus empresas y los contratistas de la hidroeléctrica.
Declaraciones que han sido desmentidas por los mismos miembros de esa junta directiva. Solo uno de los integrantes, Luis Fernando Álvarez, tendría un conflicto de intereses por su asesoramiento jurídico a integral, tal como lo ha indicado una investigación de Contexto y De la Urbe.
Seguramente hay argumentos destacables de parte y parte que pudieran dialogar entre sí para buscar una solución integral a la crisis. En últimas, el objetivo es salvaguardar el patrimonio público de los medellinenses, pero el debate se ha reducido a la simplicidad de quienes están a favor y en contra.
Hasta este punto pareciera que el deseo de tener la razón primara sobre el interés de proteger los intereses de EPM por parte de Quintero y de otros actores políticos como el propio exalcalde Federico Gutiérrez, quien también tiene que responder por las decisiones que se tomaron durante su administración.
Una cosa es que lo que se manifiesta en los medios de comunicación y en las esferas políticas de la ciudad, y otra muy distinta es la realidad al interior de la compañía, que por lo general se ha caracterizado por un buen manejo administrativo, técnico y legal.
En ese sentido, el horizonte empresarial de EPM debería estar trazado por decisiones tecnocráticas y no políticas que le garanticen la sostenibilidad en el tiempo y salvaguarden sus intereses económicos, jurídicos y reputacionales.
Las discusiones sobre EPM no se pueden ceñir exclusivamente a los requerimientos del alcalde de turno. Sus determinaciones deben emerger de una correcta administración empresarial que sea respaldada por la ciudad a través de veedurías, organismos de control y el propio Concejo Municipal. Ante ese panorama de incertidumbre… ¿Quiénes podrán defender a EPM de los intereses políticos y económicos?
Alzar la voz se ha convertido en la lucha constante de las mujeres a través de sus redes. En el trabajo colectivo han encontrado la forma de llegar a nuevos espacios para evidenciar lo que pasa, educar y concientizar a una sociedad que normaliza situaciones que, en definitiva, no son normales. El análisis, los testimonios y los casos, encuéntrelos en el siguiente especial multimedia.
Clic en la imagen para ir al especial:
Trabajo realizado en el curso Periodismo V, orientado por el profesor Gabriel Lotero.
Las clases mediadas por la tecnología se convirtieron en una forma de contener y prevenir el contagio a causa del nuevo coronavirus. No obstante, la educación a distancia es una metodología empleada en Colombia desde 1947 y comenzó para la alfabetización integral de los campesinos colombianos, como señala la Universidad Católica del Norte en su artículo “Evolución de la educación superior a distancia: desafíos y oportunidades para su gestión”. En el momento actual es importante revisar algunos aspectos que permiten visualizar dificultades en la implementación de un modelo educativo virtual de calidad en nuestro país.
Las cifras del Sistema Nacional de Información de Educación Superior (SNIES) indican que la educación virtual pasó de 16.042 alumnos en el año 2012 a 200.742 en el año 2018, cifra que permite pensar que la decisión del Ministerio de Educación Nacional frente al sector educativo fue pertinente. Sin embargo, al revisar la conectividad existente encontramos que en el país una de cada dos personas no tiene acceso a internet, según un informe del Ministerio de Tecnologías de la Información y las Comunicaciones (MinTIC).
El cambio en la modalidad educativa resalta la importancia de la colaboración entre los padres y el colegio para el proceso de los estudiantes. Foto: Isabela Henao.
En las zonas rurales de Colombia, las cifras de la conectividad se vuelven mucho más alarmantes. El Departamento Administrativo Nacional de Estadística (DANE) indica que aproximadamente solo un 26% de los estudiantes en zonas rurales tiene conectividad. Wilfer Ruiz, profesor de la Institución Educativa Belisario Betancur sede El Cedro, en el municipio de Amagá, manifestó no poder tener encuentros sincrónicos con sus estudiantes por la falta de este recurso, siendo WhatsApp el único medio de comunicación que tiene con sus alumnos.
Por su parte, el analfabetismo digital es un fenómeno latente, que puede darse por la falta de acceso a los recursos, pero también por la dificultad de aprender el manejo de las nuevas herramientas. Un análisis del Laboratorio de Economía de la Educación de la Universidad Javeriana evidenció que en Colombia el 76% de los directivos informaron que el número de dispositivos digitales para la enseñanza existentes es insuficiente. Adicionalmente, que el 23% de los docentes en colegios públicos son mayores de 60 años. Una encuesta realizada por el MinTIC en el 2017 arrojó que el “46% de la población mayor a 55 años manifiesta no usar internet porque no saben cómo usarlo”.
La inequidad entre la población estudiantil es otra falencia de la educación colombiana que se ha hecho notar con mayor fuerza a raíz de la pandemia. “En sectores como El Poblado (zona de estrato económico alto), los estudiantes ya tienen conectividad casi del 100 por ciento, pero en barrios populares la conectividad es muy reducida, en un 60 por ciento”, explicó Albeiro Victoria, presidente de la Asociación de Institutores de Antioquia (ADIDA).
Juan Carlos Ceballos, docente de la facultad de Comunicación Social y Periodismo en la Universidad Pontificia Bolivariana, señaló que “el término equidad en todos los sentidos es clave, tanto para la educación en general como en el acceso a las tecnologías y manejo de la información. Esta debe establecerse con políticas públicas muy claras que la garanticen”. Adicionalmente, resaltó que en Colombia falta el fortalecimiento de la equidad en todos los aspectos: en la formación de los profesores, en el acceso por parte de los estudiantes a bibliotecas muy bien dotada y a equipos de cómputo.
Son innegables las diversas realidades que han afrontado los estudiantes de nuestro país. Vanesa Úsuga, estudiante de décimo grado de la Institución Educativa Rosario (colegio público del país), mencionó que ha tenido grandes problemas de conexión, además siente que no ha aprendido durante este tiempo, pues fuera de sus limitaciones al acceso de internet, también sus maestros han presentado inconvenientes durante los encuentros sincrónicos y muchos se han limitado a solo enviarles trabajos sin ningún tipo de retroalimentación.
Por otro lado, Carolina Londoño, estudiante de décimo del Colegio María Auxiliadora Norte (Institución Educativa de carácter privado), manifestó que, aunque al principio fue un poco tedioso el proceso de cambio de la presencialidad a la virtualidad, el Colegio supo actuar para optar por metodologías más adecuadas y su rendimiento académico no se ha visto afectado.
Esta inequidad permanente en el País es uno de los factores causantes de la deserción de aproximadamente 8.241 estudiantes durante la pandemia, según estimaciones de la Secretaría de Educación de Medellín. Para afrontar esta situación, tanto la Secretaría como los colegios han tenido que implementar diversas estrategias.
El paisaje de las aulas durante 2020, un signo de las transformaciones de la educación bajo la pandemia. Foto: Isabela Henao >>
Carlos Adiel Henao, rector de la Institución Educativa Escuela Normal Superior de Medellín, indicó que ha sido todo un reto acompañar la deserción que se ha presentado en el primer semestre de Formación Complementaria, pues en este aproximadamente un 35% de los estudiantes ha tomado la decisión de suspender su proceso formativo. Ante esta situación “se ha tenido que pensar en acompañamiento tanto grupal como individualizado, casi que una consejería o un padrinazgo directo con cada uno de los maestros en formación para mostrarles por qué es importante mantenerse en el proceso”.
Sin embargo, la educación virtual no solo ha implicado un gran compromiso de los profesores, directivos y estudiantes, sino que los padres de familia han entrado a jugar un papel fundamental. Saray Acosta, profesora del Colegio Chicos Ingeniosos, -el cual adopta un modelo constructivista, método que permite que los estudiantes construyan su propio saber, hacer y ser- señaló que el rol de los padres es sumamente importante para un correcto desarrollo de las clases virtuales, pues es notorio cuando sus alumnos están en un ambiente acogedor y con acompañamiento constante, debido a que se evidencia en diversas situaciones como lo son el entrar a clases sincrónicas y el cumplimiento con la entrega de trabajos.
Este nuevo reto para las familias a implicado un proceso de adaptación en diversos aspectos. Mónica Gutiérrez, madre de familia de Sarah Sierra, estudiante de quinto de primaria del Colegio Carpinelo, mencionó que “al principio tuvimos que prepararnos buscando ayuda en videos, para poder saber cómo eran los pasos para que Sarah tuviera todas sus clases virtuales. También nos tuvimos que adaptar, desocupando una habitación para tener un estudio donde todos estuviéramos cómodos y en un ambiente tranquilo. Además, nos vimos en la necesidad de comprar un nuevo computador”.
Sin embargo, aunque el padre de familia es esencial para el éxito en la educación virtual, entran a jugar sus propios valores como la honestidad. “El hecho de que el papá sea honesto y no le haga la tarea al hijo también influye. Deben permitir que este piense de manera crítica, pues ello se nota en los resultados”, señala la docente Saray Acosta.
La COVID-19 puso en evidencia la importancia del buen funcionamiento de la triada de la educación (conformada por maestro, alumno y padre de familia), pues esta permite un correcto desarrollo del proceso de enseñanza – aprendizaje. Adicionalmente, se encargó de mostrarnos las enormes brechas existentes en la educación virtual en Colombia, las cuales hay que solucionar con urgencia para poder que esta se le garantice de calidad a toda la población.
Por: María Alejandra Blanco, Valentina Maldonado, Laura Mejía
Las redes sociales son positivas. Sin embargo, el reto es enseñarles a los niños a usarlas bien para que los adultos estén enterados de cualquier irregularidad. Una video columna para analizar y que propone actuar.
Por: Luis Felipe Montoya / luis.montoyab@upb.edu.co
Paola Vallejo es Socióloga, docente, Magíster en desarrollo, defensora de las ciencias sociales, e investigadora del conflicto armado colombiano.
Las expresiones que reivindican la memoria buscan también desnaturalizar los hechos de violencia desde sus consecuencias. Imagen de instalación realizada en noviembre de 2019 por estudiantes de la U. de A con cartuchos de proyectiles recogidos tras jornadas de protesta en el sector. Foto: Alianza Diario Del Paro.
La distancia a causa de la virtualidad no es un límite para ella, igual que en sus clases, siempre muy alegre y dispuesta a debatir sobre lo que más le gusta: la investigación. La perspectiva de esta profesional se revela en una conversación que ayuda a comprender el fenómeno de la violencia que se expresa particularmente en estos días que vive el país.
Colombia ha sido un país muy permeado por la violencia a causa del conflicto, ¿Qué trascendencia tiene el conflicto armado en la historia colombiana?
Toda la historia Colombiana, desde sus inicios, ha estado permeada por un conflicto. Luego de la conquista, aparece otro enfrentamiento: la disputa y liberación de este territorio, tiempo de mucha violencia en el que se justifican acciones por la búsqueda de la libertad en la Nueva Granada.
Esto refleja que desde el siglo XVI, finales de 1500 ya se tenían largas tensiones, guerras civiles, bipartidismo; y posteriormente El Bogotazo. Siempre ha perdurado una violencia que varía entre sus actores y el contexto en el que sucede.
Las guerrillas o grupos al margen de la ley siempre han existido, sin tanta solidez y fortaleza. Cuando estos grupos comienzan a afianzarse más, puede considerarse que existe un conflicto interno, dependiendo del contexto y acontecimientos, es que logran formarse y tomar un nombre.
Basados en esa larga duración del conflicto, sabemos que los gobiernos de turno intentaron remediar la situación, ¿Cómo se ha intervenido desde la política el conflicto? ¿Cree usted que ha sido de la manera correcta?
Cuando hablamos del manejo que le dio la política, me refiero a la política representativa. Cada mandato intentó mediar en el conflicto de diferentes formas; tenemos quien ha usado la no violencia y la violencia, injusticias y procesos de paz fallidos que caen por intereses económicos. Pienso que hay una dualidad de cosas que se pudieron haber hecho mejor y otras que no; también la posición, opinión o experiencia desde la que se analiza influye en juzgar sobre si algo estuvo bien hecho. Yo creo que este país necesita de las ciencias sociales para recuperarse, para entender sus verdaderos conflictos. Cuando han intentado explicar y solucionar los conflictos, aparecen ingenieros, administradores, economistas, pero la pregunta es, ¿Dónde están los sociólogos?
Esas opiniones y visiones externas a las ciencias sociales son válidas, tratan el conflicto desde su campo, pero no son las más ideales, ¿Es necesario priorizar las ciencias sociales para tratar los conflictos?
Claro, por ejemplo, necesitamos una reforma agraria pero con esto no me refiero a la repartición de tierras ni mucho menos qué se necesita sembrar, es preguntarse, ¿cuáles son las necesidades básicas del campesino? ¿Qué se necesita para que la ruralidad tenga importancia? Temas muy ligados a las ciencias sociales, es un plus que puede ayudar a la solución, no por complemento, pero son avances que lo permiten. No son conflictos solo económicos, ni políticos, son sociales.
Colombia es un país que no conoce a profundidad la historia, más cuando se habla del conflicto armado y de la memoria, pues se centra una de las versiones sin conocer todo el contexto, ¿Cómo cree que se debería construir la memoria histórica? ¿En víctimas y victimarios para que sea objetiva?
La memoria no hay que crearla, hay que reconstruirla con todas las personas que están al ligadas al conflicto, sean víctimas o victimarios. En este momento dirijo una tesis de grado que trata de reconocer la memoria como un derecho fundamental, así como la paz, reconstruir esa memoria es un derecho para las víctimas, un proceso en el que primero deben reconocerse la historia de estas personas porque hay quienes lo son y no se reconocen a sí mismas. Hemos escuchado durante un tiempo una parte, también debemos escuchar la otra, porque esa memoria histórica funciona como un agente de cambio.
La protesta llena de símbolismo se ha tratado de abrir paso como forma de reaccionar ante la violencia. Imagen de las marchas de noviembre de 2019. Foto: alianza Diario del Paro >>
Hablando un poco de la parte cultural y los rasgos de violencia en la sociedad, ¿Hay diferencia entre la cultura colombiana y la cultura de la violencia?
La violencia tiene varias dimensiones, yo, Paola Vallejo, creo que hemos sido permeados por esa cultura, nuestro lenguaje es violento; permitimos que sucedan cosas que están muy aceptadas y las naturalizamos, como machismo, xenofobia, justicia a mano propia y lenguaje obsceno. Es lo que normalizamos lo que realmente nos ha hecho violentos, yo sí considero que Colombia es un país con una cultura de la violencia desde sus bases y no creo que exista diferencia alguna entre ambas.
Continuando con esto de la violencia simbólica y cultural, ¿Cuáles son esos rasgos de la conflagración que se reflejan en nuestra ciudad y en nuestra cultura?
Es todo lo violento que lo violento que se naturaliza dentro de una comunidad pero que si lo analizamos desde otro punto de vista, nos percatamos de la realidad que se vive en todos los estratos, pues nadie está exento de vivir estas situaciones por sus condiciones económicas y sociales. Violencia es permitir, por ejemplo “los duros del barrio decidan quién puede movilizarse de un lugar a otro”, todo esto está avalado por la comunidad, y está en constante reproducción esa violencia.
En el documental Rostros de la memoria, producido por el Centro Nacional de Memoria Histórica algunas poblaciones perdonan a los victimarios sin medir la gravedad de sus actos y el sufrimiento que causaron, ¿El odio y el rencor hacia los victimarios hace más complicado el proceso de reinserción?
La reconstrucción de memoria busca sanar con este nuevo proceso de reconciliación, ya sabemos qué pasó y qué no se puede repetir; con propósito de frenar ese círculo vicioso que se alimenta siempre por medio del mecanismo de venganza. Se busca esa reconstrucción del tejido social, darle un fin a la violencia y perdonar. No olvidar para un comienzo nuevo, con la necesidad de saber la verdad sobre las víctimas, ¿Dónde están? ¿Están Vivos? ¿Por qué lo hicieron? Buscar respuestas de muchas dudas que quedaron en el aire.
Tras 30 años de democracia con una carta política de la dictadura, el país austral eligió la opción del cambio al convocar a una convención constitucional. Al camino, que ya ha sido largo, aún le falta mucho por recorrer. Un análisis de Contexto sobre lo que pasó y lo que vendrá.
Por: Sebastián Carvajal y Juan Manuel Cano
La pandemia por la COVID-19 y seis meses de retraso no fueron impedimento para que casi seis millones de chilenos salieran a las calles a aprobar la redacción de una nueva carta constitucional. El 25 de octubre de este año atípico quedará inscrito en la historia de Chile como el día en que se decidió dejar atrás uno de los últimos vestigios de la dictadura de Augusto Pinochet: la Constitución de 1980.
En total, fueron 7 562 173 personas que con tapabocas y distanciamiento social ejercieron su derecho democrático, de los cuales el 78,2% aprobó el llamado a una convención constitucional. Asimismo, optaron por que sus 155 miembros sean elegidos mediante voto popular, el próximo 11 de abril.
No era la primera vez que Chile enfrentaba un plebiscito histórico. En 1988, en medio del temor que reproducía la dictadura, pero con un incipiente espíritu democrático, la ciudadanía le dijo “No” a un nuevo mandato de Pinochet.
Así se iniciaría un proceso de transición para dar fin a la dictadura militar que gobernó Chile desde 1973 tras el golpe de Estado al entonces presidente Salvador Allende. Un periodo antidemocrático marcado por las sistemáticas violaciones de los derechos humanos y la persecución a quienes se oponían el régimen.
Lo relata Ricardo Lagos, presidente chileno entre 2000 y 2006, en su libro Así lo vivimos: “Vivir en Chile en esa época era vivir en el miedo; no en el terror abyecto, sino en el estrés constante ante el peligro que nos mantiene con los nervios de punta siempre”.
En el centro de Santiago las paredes recogen frases y consignas anti policiales, antigubernamentales.
Foto: Juan Manuel Cano y Juan Pablo Estrada.
El modelo de Pinochet
Salvador Allende fue el primer mandatario socialista elegido democráticamente en América Latina. Llegó al Palacio de La Moneda en 1970 en medio de vientos revolucionarios —y preocupaciones por parte de los estadounidenses— y desde entonces inició una serie de reformas económicas que buscaban cambios estructurales: nacionalizó empresas, aprobó incrementos salariales, impuso el control de precios, entre otras medidas.
Al comienzo, la economía creció rápidamente e incluso pudo satisfacer las demandas sociales del país. Pero para 1973 Chile “afrontaba situaciones de escasez, racionamiento y mercado negro, el crecimiento dio lugar a la recesión y las reservas internacionales apenas alcanzaban para cubrir tres semanas de importaciones”, señala Michael Reid en su libro El continente olvidado.
El país entró en una profunda división social debido al caos económico. El 11 de septiembre de 1973, aviones de la Fuerza Aérea bombardearon el palacio presidencial y la junta militar encabezada por Pinochet tomó el mando, tras el suicidio de Allende en medio de la confrontación. Desde entonces se instauró un gobierno de extrema derecha, autoritario, en un país con una reconocida trayectoria democrática.
Años más tarde, en 1980, se promulgó una nueva Constitución que no fue concertada con la oposición ni mucho menos con el pueblo chileno. Por el contrario, fue redactada por el mismo gobierno y validada por un plebiscito que ni siquiera contó con registro electoral ni campaña por el “No”. Lagos la describió como “una apuesta para solidificar el autoritarismo de la dictadura”.
En efecto, el proceso constituyente se caracterizó por la prohibición de partidos de izquierda, consagró la inamovilidad del comandante en jefe; es decir, que el presidente no lo puede destituir y se instauró el Consejo de Seguridad del Estado.
Tomás Hirsch, actual diputado chileno por el movimiento Acción Humanista describe que esa constitución “Fue hecha a la medida” y señala que en ella se “instauró un modelo económico, político y social que se viene arrastrando hasta el día del hoy y que ha generado un país con una inequidad social brutal”.
Precisamente ese modelo económico fue el que Pinochet implementó a partir de 1975 con los “Chicago Boys”, un grupo de élite que había estudiado los postulados del economista Milton Friedman en Estados Unidos, el primer experimento de libre mercado en el hemisferio.
En los años posteriores se bajaron los impuestos, disminuyeron los aranceles, se recortó el gasto público y se redujeron los puestos de funcionarios del Estado.
Pero el modelo entró en crisis en 1982 cuando el sistema bancario colapsó debido a la desregularización. Entonces el PIB disminuyó un 14,3% y el desempleó alcanzó el 23,7% de la población. Sin embargo, no fue su fin.
Dos años más tarde, Pinochet emprendió con un nuevo equipo de economistas un conjunto de reformas más graduales que le permitieron establecer su programa de libre mercado que perduraría hasta la actualidad.
El “cordón umbilical” a la dictadura
Aunque Pinochet perdió el plebiscito del 88 —una herramienta que ofrecía su Constitución para el cambio democrático—, continuó en el poder hasta marzo de 1990, cuando el nuevo presidente Patricio Aylwin tomó posesión.
Durante ese periodo, la Concertación de Partidos por la Democracia, una coalición de centroizquierda; los partidos de derecha y la Junta Militar pactaron un acuerdo para reformar la Constitución y garantizar la transición democrática.
A pesar de esta reforma y de las elecciones presidenciales de 1989, tanto la Constitución del 80 como el modelo neoliberal no tuvieron grandes transformaciones.
Francisco Estévez, director del Museo de la Memoria y los Derechos Humanos de Chile afirma que la reforma corresponde a un periodo de democracia política, pero “con una economía que sigue siendo neoliberal y, por lo tanto, es una Constitución que generó un tipo de democracia elitista, la cual ocasionó muchas exclusiones”.
Para Estévez, “no hubo fuerzas políticas para que se estableciera una nueva Constitución. Se pensó que al ser reformada era una Constitución que ya no era de la dictadura, lo que es cierto y a la vez seguía siendo una Constitución funcional”.
Con el paso de los años se le añadieron más reformas. Una de las más significativas fue en 2005 durante la administración de Ricardo Lagos, cuando se le hicieron 58 modificaciones y el mandatario reemplazó la firma de Pinochet con la suya.
En términos económicos, Chile continuó destacándose a nivel internacional por su modelo neoliberal que le permitió un crecimiento sostenido durante muchos años. Eso se ha traducido en la reducción de la pobreza que pasó del 29,1% de la población en 2006 al 8,6% en 2017 y en un PIB per cápita muy superior al de la región.
No obstante, la desigualdad social también aumentó. Por ejemplo, según explica un estudio de movilidad social de la OCDE de 2018, se necesitan seis generaciones para que un descendiente de una familia de bajos recursos alcance el ingreso promedio en Chile.
Hirsch describe un conjunto de condiciones que han acrecentado este fenómeno: “La educación pasó a ser un bien de consumo; para acceder a salud había que endeudarse por años; a los pueblos originarios (indígenas) se les siguió arrebatando su territorio, su dignidad y su cultura; las mujeres siguen siendo discriminadas; la diversidad sexual ha tenido luchas enormes para poder avanzar en sus derechos y el agua y otros recursos se privatizaron”.
Para el diputado lo que pasó fue que se acumuló la ilusión del “ya me va a tocar” y así emergió una clase media aspiracional, con altas deudas, alcanzada para llegar a fin de mes, pero con un alto nivel de consumo.
La Constitución de 1980 es uno de los últimos vestigios que queda de la dictadura de Augusto Pinochet.
Foto: Juan Manuel Cano y Juan Pablo Estrada.
Pero más allá de las difíciles condiciones socioeconómicas que enfrentan miles de chilenos, asevera que: “La Constitución actual es el cordón umbilical que nos ata, nos mantiene unidos a la dictadura” y eso, en parte, explica lo que ha ocurrido en el último año.
El estallido social
A principios de octubre de 2019, cientos de jóvenes evadieron masivamente, a modo de protesta por el incremento de 30 pesos en la tarifa del metro de Santiago, el sistema de transporte más importante del país.
De las 136 estaciones que tiene la red ferroviaria, alrededor de 80 presentaron afectaciones producto de las protestas, según informaron medios internacionales. El descontento social fue creciendo a medida que pasaban los días. Para noviembre de ese año, los trabajadores, obreros, maestros, jubilados y demás sectores civiles se sumaron a los requerimientos de los más jóvenes: millones de chilenos salieron a las calles.
El diputado Hirsch considera que “el hecho en sí es puntual y bastante menor, el metro subía de precio todos los años 30 o más pesos y sin embargo no se generaba una respuesta social frente a eso”. Lo que ocurrió en 2019, según él, fue una acumulación de “hastío, enojo, una sensación de abuso” que tenía el pueblo por las condiciones sociales de las últimas décadas.
La consigna de las protestas, para entonces, era: “No se trata de los 30 pesos del metro, sino de los 30 años en democracia con una Constitución de la dictadura”, como se leía en banderines y pasacalles de los manifestantes.
Treinta años, además, de gobiernos, políticas públicas y un modelo económico con el cual la mayoría de las personas no se sentían representadas. “El descontento en Chile no viene del año pasado, ni mucho menos, es algo que venía acumulándose desde hace varios años, incluso décadas”, dice Sebastián Hurtado, abogado y politólogo colombiano, que ha estudiado el caso del país austral. “El pueblo chileno, aunque tuvo un proceso de transición de la dictadura de Pinochet a la democracia, todavía no ha sanado muchas de las cosas que sucedieron durante este periodo”, comentó.
La Plaza Italia, ubicada en el corazón del centro de Santiago y que cuenta con una escultura del General Baquedano, líder de la victoria chilena en la Guerra del Pacífico, se convirtió en el punto de encuentro de los manifestantes.
Las multitudes que allí se congregaron durante semanas —pidiéndole al gobierno un cambio sustancial, a la vez que entonaban al unísono el clásico del rock latino El baile de los que sobran— hizo que el mundo virara sus ojos a lo que ocurría en Chile. Su simbolismo es tal que los manifestantes la renombraron y hoy es conocida como la Plaza Dignidad.
Aunque Santiago fue el epicentro de las protestas, el “despertar” —como muchos llaman a lo ocurrido entre octubre y noviembre de 2019— se expandió rápidamente en todo el territorio nacional. Tanto en Antofagasta, sobre el desierto de Atacama, como en Valdivia, en la Patagonia, era evidente la tensión social.
En las principales ciudades del país, los locales de comercio y las grandes cadenas se atrincheraron con láminas de madera que cubrían sus vitrinas. Sin embargo, sostenían carteles en la fachada del establecimiento aclarando que apoyaban los reclamos sociales. Los muros recogían frases y consignas antipoliciales, antigubernamentales. Las esculturas, como la de Baquedano, se convirtieron en estandartes de banderas erguidas, como la mapuche o la nacional de la estrella solitaria.
Los enfrentamientos entre los manifestantes y los carabineros se hicieron cada vez más cruentos. La Oficina de Naciones Unidas para los Derechos Humanos, liderada por la ex presidenta de Chile, Michelle Bachelet, documentó, durante el 18 de octubre y el 6 de diciembre de 2019, 28.000 personas detenidas temporalmente, 113 casos específicos de tortura, 24 casos de violencia sexual y 26 víctimas mortales durante las manifestaciones.
“Hace un año habría dicho que [en comparación con la dictadura, en Chile] cambió la situación de derechos humanos, pero ya no puedo decir eso, porque en este último año hemos tenido violaciones sistemáticas”, apunta Hirsch.
<< Alrededor de 200 personas fueron heridas en sus ojos durante las protestas de 2019, según el Instituto Nacional de Derechos Humanos de Chile. Una frase que denota no solo el costoso nivel de vida del país, sino también la fuerza desmedida de los carabineros. Foto: Juan Manuel Cano y Juan Pablo Estrada.
Las protestas, que acumulaban más de cinco meses, se encontraron en marzo de 2020 con un obstáculo: el covid-19. La pandemia obligó al mundo entero a confinarse, y Chile no fue la excepción.
“La tensión social de las manifestaciones en la plaza se ha visto muy reducida este año por el tema del virus”, comenta Sebastián Hurtado. A pesar de que las movilizaciones se detuvieron, para el diputado Tomás Hirsch la pandemia puso en manifiesto la precariedad del modelo: “Evidenció que lo que se estaba planteando era así, era correcto. Es decir, que se vive la pandemia de la salud, pero se experimenta con mucha más fuerza la pandemia social.”
Las protestas de 2019, sumadas a la presión por redes sociales en 2020 y la situación de vulnerabilidad de gran parte de la población, que salió a flote gracia a la pandemia, generaron que las demandas y peticiones encontraran una salida política.
“No necesariamente todos los que participaron en las movilizaciones tenían como idea principal en sus requerimientos tener una nueva Constitución, más bien era una movilización en contra de lo que se consideraban injusticias”, dice Francisco Estévez. “La idea de que eso se asociara a una nueva Constitución fue una idea que se fue imponiendo políticamente. Y al final fue la idea que primó. El estallido social pudo ser canalizado a través de la demanda de una nueva Constitución”, agregó.
Una nueva carta magna que, el 25 de octubre de este año, el pueblo chileno decidió que se debía redactar. Aquella noche el clásico de Los Prisioneros volvió a corearse en la Plaza Dignidad y Chile celebró el comienzo de lo que muchos denominan “el cambio social”.
Lo que viene para Chile
Luego del contundente triunfo del “Apruebo” en el plebiscito, el país austral inició lo que, según Hirsch, será “un proceso largo y complejo”. Para el diputado, existe un problema entre expectativa y realidad: “Hasta que se efective un cambio real en la vida de la gente va a pasar mucho tiempo”.
Tras haber votado por una convención constitucional como la encargada de redactar el texto, el siguiente paso es la elección de los representantes. Para Hurtado, las elecciones “van a significar políticamente un juego de poder”, una disputa por las temáticas y la manera en la que serán abordadas en el nuevo ordenamiento. Estévez, por su parte, también cree que “lo que viene es muy complicado porque hay que ver si la política es capaz de dar cuenta de esta gran demanda”, debido a que, según él, “hay un grave cuestionamiento de los partidos políticos”.
La elección de los integrantes de la convención se convertirá en un hito para Chile y el mundo. Será la primera vez que una Constitución sea redactada por la misma cantidad de hombres y mujeres, además de tener una amplia participación de las comunidades originarias. Hurtado considera que el hecho de que la convención sea paritaria da mayor garantía: “Se podrá asegurar mayor representatividad y un debate más nutrido”.
Una vez esté conformado el órgano constituyente, este tendrá un periodo de nueve meses —prorrogable a tres más— para redactar la nueva carta magna, lo que significa que la pugna será, en esa fase del proceso, por el contenido del texto.
“La nueva Constitución debe formarse en derechos fundamentales, pero, más complejo aún, la nueva Constitución tiene que hacerse cargo de realidades emergentes, socioculturales, que antes no eran tan urgentes, tan evidentes. Por ejemplo, la autonomía de las regiones, los pueblos indígenas, los temas de género, las demandas feministas… hay grandes temas que son inéditos constitucionalmente y que hay que ser abordados en este proceso”, como lo cree Estévez.
En el Campamento por un Chile Digno decenas de personas se congregaron para pedirle al gobierno de Sebastián Piñera el llamado a una convención constitucional. Foto: Juan Manuel Cano y Juan Pablo Estrada.
El Museo de la Memoria y los Derechos Humanos de Chile propone que sean reconocidos dos aspectos como derechos constitucionales: “Primero, la memoria como un derecho humano, en el cual nos reconocemos como ciudadanos y ciudadanas. Segundo, el deber a recordar. Este obliga al Estado y eso implica la atención social: qué es la verdad, qué es la justicia…”, comenta su director.
Tomás Hirsch considera que los principales debates que se deben dar durante la redacción de la Constitución se pueden agrupar en tres grandes temas: la organización del Estado, los derechos garantizados y el modelo económico. Temáticas que ayudarían a solventar los “desequilibrios” que, según él, existen en la Carta Fundamental de 1980.
Finalmente, para que cada una de las leyes y normas sean aprobadas en la nueva Constitución, estas deben de contar con un quorum de dos tercios de la plenaria. Una vez el texto definitivo haya sido redactado, será el pueblo chileno quien lo apruebe o no en un referendo.
Durante los próximos meses América Latina y el mundo tendrán los ojos puestos en el proceso constitucional que inició Chile. El punto de partida de lo que podría convertirse en el capítulo final de los años oscuros de una dictadura que aún tiene heridas abiertas en gran parte de la población, a través de una Constitución que les permitirá a los chilenos estar a la altura de los desafíos del siglo XXI.
“La casa de la infancia, la casa natal (…) un recuerdo nutrido por la imaginación y los sueños”, dice Gaston Bachelard y bajo esa exploración se encuentra este homenaje a la casa de los abuelos; que recorre y se pregunta por esos días y esos tiempos de migración, de inicios, de levantar una vida y una familia… Tantas historias registradas entre tapias, umbrales y parcelas.
La 44-45 de aquella calle empinada en la montaña nororiental del valle guardó consigo cinco generaciones. Les enseñó a caminar, a mamar, a besar y más luego a engendrar a hijos, hijas, nietos y bisnietos. Aguantó lloriqueos, enfermedades y engaños; soportó los gritos agudos de niños correteando por sus vestíbulos. Abrazó no solo a una familia, sino a toda una estirpe.
<< Foto: Juan Manuel Cano L.
Mi bisabuelo, que para entonces no lo era, huyó tras la promesa irrestricta de un hombre que amenazó con matarlo debido a un lío de reses y parcelas. Tras de él, abandonaron el pueblo su esposa, su padre y sus hijos. Llegaron a Medellín cargando en sus hombros las escasas pertenencias portables con las que contaban y la incertidumbre de un futuro no prometido.
Suelo imaginarlo —y personificarlo, pues ni siquiera existe de él registro fotográfico— cruzando por primera vez el umbral alto, marrón y ornamentado con espirales de madera, que tantas veces me recibió con agrado. Sonrío mientras imagino a mi abuela y sus hermanos, pequeños y curiosos, descubriendo la que sería su nueva morada. Imagino a la joven pareja sintiéndose vulnerable en una tierra que no conocen, sin dinero y ante la hostilidad de una urbe industrial abriéndose paso.
Aquellos años, evidentemente, no son los de mis recuerdos. Del tiempo en que tengo noción como visitador recurrente de la casa de mi bisabuela, ya todo había pasado. O bueno, casi todo. Aquellas paredes elevadas habían atestiguado el descorche del frasco con veneno que, un lustro después de haber llegado, mi bisabuelo tomó en el patio mientras su esposa e hijos realizaban las compras del mercado, y que lo dejó tendido en una silla sobre el sol inclemente de la una de la tarde. Además de la muerte por viejo del tatarabuelo, que dejó tras de él la tristeza de su cama vacía. Y el entierro de los huesos de Milor, un pastor alemán querido por todos, junto al palo de mango del solar polvoriento.
Mi parte en la Historia corresponde al último rastro de los Uribe Rodríguez en la 44-45 de aquella calle empinada. Años de mi niñez que tienen como banda sonora los bambucos, pasillos y boleros de El cofrecito de los recuerdos de Radio Reloj y que están ambientados con las historias sobre guacas, brujas y duendes de mis tíos abuelos. Años en los que la rinitis pactó con mi nariz y ojos días cargados de mocos, lágrimas y estornudos, ante la complicidad de un techo húmedo que se derrumbaba a pedazos.
De esa casa me queda el recuerdo punzante de mi bisabuela, nonagenaria y medio ciega, que jugaba cartas con el mismo ímpetu que le permitió por décadas criar, amar y educar a ocho hijos, sin mayor apoyo que el de la soledad de su viudez; el canto alegre y repetitivo de la lora que tenían por mascota; y el calor de esa sala en donde festejábamos cumpleaños y navidades. Me emociona la imagen viva que tengo de las dos palmas en el jardín de la entrada, aquellas con las que mi tía fantaseaba señalándolas como la inspiración de Manuel Mejía Vallejo para la creación de su novela costumbrista.
Fue entonces el mío un paso fugaz por aquella casa que pudo acoger a cinco, pero no a seis o siete u ocho generaciones. Ante la partida de la matrona, a escasos meses de cumplir cien años, sus hijos decidieron recibir en partes iguales el cuantioso pago del primer inversionista que se presentó. Viendo —en donde había memoria— tan solo hierro, adobes y cemento.