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  • LA TRANSFIGURACIÓN DE SANTA ELENA

    El corregimiento silletero se está transformando. El atractivo que constituyen el clima y el paisaje supone riesgos para la conservación de sus recursos naturales, sus tradiciones culturales y la vida en comunidad.

     

    En el altiplano oriental de Antioquia, superando la ladera oriental de Medellín, existe un corregimiento que es parte esencial de la historia de Medellín y el Valle de Aburrá. Santa Elena. Hoy, cuenta con aproximadamente 21 081 habitantes, cifra que se fue incrementando desde el año 2005, cuando la cifra de pobladores era la mitad. Desde 2016, en promedio, cada año han llegado mil nuevos habitantes. ¿Por qué ocurrió este aumento en los últimos cuatro años?

    Las familias tradicionales lotearon sus tierras para sus descendientes, que hoy prefieren arrendar o vender como una mejor fuente de ingresos que la floricultura y otras labores del campo. Casas cada vez más próximas en el sector El Rosario de la vereda Barro Blanco. Foto: Contexto.

     

    Por muchos años, la principal actividad en el sector giraba en torno al agro, específicamente con cultivos de papa, fresas, moras y flores; estas últimas son el eje de otra dinámica importante en la zona: el turismo ligado a la tradición silletera, aquella que ha sido protagonista de la fiesta más importante de la ciudad: la Feria de las Flores, que justamente exalta la labor y la tradición de los campesinos.

     

    “Aun así, es importante resaltar que la gran mayoría de la población habita viviendas ubicadas en estratos bajos, mostrando la situación de precariedad en que se encuentran los habitantes de esta zona rural del municipio”, señala el Plan de Desarrollo Local vigente en 2019. Según el documento, el 72% de los habitantes de Santa Elena pertenecen a los estratos 1, 2 y 3.

     

    Eso incide en el precio de la tierra, que poco a poco ha cambiado su destinación hacia usos residenciales. Adriana Díaz vive hace más de cinco años de la vereda El Placer, cansada del estrés que le producía su rutina en la ciudad, decidió invertir sus ahorros para construir en una parcela: “Si tú alquilas una casa en la ciudad y pagas millón cien, aquí con eso alquilas una finca con zona verde y chimenea. Es vivir en estrato 2 y 3, pero con la calidad de un estrato 4 o hasta más por la tranquilidad y el silencio”, explica.

     

    La de Díaz es una historia similar a la de miles de personas que en los últimos años han decidido alejarse del Valle de Aburrá: “si te acostumbras y sabes organizar tus compras y tu tiempo, no es tan traumático”, dice.

     

    Esta es una de las principales razones por las cuales la dinámica poblacional de Santa Elena ha cambiado. Del agro como rutina, se ha pasado a una vida rural atravesada por la idea de lo que pasa en la ciudad, ya sea porque se esperan comodidades similares o porque el modo de vida urbano representa lo que justamente se pretende evitar para que la vida sea sostenible: por ejemplo, el bullicio y la contaminación de la urbe.

     

    La paradoja es que este auge ha elevado el costo de vida en la zona. Wbeimar Cano Urrego, quien fue corregidor de Santa Elena explica que “el valor de la tierra está en alza e incluso el costo de vida es más caro, porque la mayoría de personas que están llegando son jubilados, y hay que sumarle que muchos de los productos vienen desde el Centro”. Cano Urrego afirmó que el corregimiento no es ajeno a la ola de migración venezolana presente en el país, y que cada vez aumenta más el número de ellos en las veredas, lo que en efecto se confirma con los vendedores de frutas y verduras puerta a puerta o las personas dedicadas a la albañilería, que encuentran trabajo gracias al auge constructor, que en algunos sectores de veredas famosas como Barro Blanco, no tiene formalidad y planeación.

     

    La encuesta de Calidad de Vida estableció en 2013 que un 12,64% de la población de Santa Elena procede de otros, pero resalta la notoria tendencia migratoria, en busca de una segunda residencia o residencia campestre. Otra expresión de desplazamiento intraurbano, según el documento.

     

    Los campesinos, acostumbrados a obtener sus ganancias a partir de las actividades agrícolas, están atraídos por las rentas del arriendo o la venta de predios que generalmente se fragmentan en varias partes que por un lado les aseguran un capital, pero por otro densifican la población de la zona y sobrecargan la demanda de servicios públicos y vías, por ejemplo. “Yo siento que se está afectando realmente porque se va a volver igual que una ciudad, cada vez hay casas más cercanas. La gente que está más protegida es la que tiene lotes grandes, parcelaciones grandes, que no tienen para venderlas, sino para su disfrute”, contrasta la señora Adriana Díaz.

     

    Precisamente, Santa Elena ocupa el segundo lugar de los corregimientos con mayor número de predios sin registro de propiedad 2.60% (2 211 predios), superado solo por San Cristóbal con 5.04% (4.283). Las cifras pueden ser mayores, considerando lo que se aprecia en veredas como Barro Blanco, en donde se observan numerosas construcciones nuevas y explanaciones donde antes había potreros y cultivos de flores, que también han dejado de ser rentables porque el clima en Santa elena está cambiando. Gustavo Londoño, miembro de una de las familias distinguidas en la zona por su tradición silletera, explica que dejar el cultivo y arrendar los predios se va volviendo una opción pues se han vuelto más frecuentes las granizadas que dos o tres veces al año afectan con gravedad las cosechas y dejan al labrador sin cuota para sus ingresos.

     

    Londoño cita cifras del DAGRD, dependencia a cargo de la gestión del riesgo en Medellín, que hace parte del despliegue administrativo que también se ha visto retao ante el crecimiento anual del corregimiento, hecho que demanda mayores inversiones en seguridad, salud, transporte, vivienda y otros temas de gobierno:

     

    “Tenemos campañas que ayudan al campesino con programas de presupuesto participativo; ubicados en casi todas las líneas; educación, transporte, vías, deporte, personas en situación de discapacidad, salud y vivienda. Hay un presupuesto que se invierte de acuerdo con estas líneas de trabajo, pero pienso que hay cosas en seguridad por mejorar”, cuenta Londoño.

     

    La Secretaría de Gestión y Control Territorial de la Alcaldía de Medellín implementó durante la pasada administración el programa Construye Bien, desde el cual se ejerce una supervisión a nuevas construcciones: “Sí se necesita un permiso para poder construir, este permiso lo emite la curaduría, cualquiera de las cuatro que hay en Medellín, previo el lleno de algunos requisitos exigidos por el POT (Plan de Ordenamiento Territorial)”, concluyó el excorregidor Cano.

     

    Adriana Díaz y Gustavo Londoño advierten que hay veredas en las que ya no se puede construir. En efecto, Contexto pudo constatar que en el sector El Rosario de la vereda Barro Blanco hay nuevas construcciones a las que no se les ha concedido autorización para nuevas conexiones al acueducto veredal.

     

    Díaz sugiere que “más que frenar el crecimiento es saber organizarlo haciendo cumplir las normas de construcción. Por ejemplo, que (una edificación) tiene que estar a diez metros de las cercas y que no puede haber una casa en menos de dos mil o tres mil metros; y repito están vendiendo pedacitos aquí, pedacitos allá”. Las grandes tierras que antes de repartían entre los descendientes de familias tradicionales hoy se están repartiendo además entre arrendatarios y compradores.

    Las nuevas construcciones aumentan la demanda de recursos naturales y ejercen presión sobre el ecosistema circundante: bosques y corrientes que, además de un bello paisaje, son despensa de agua y aire para Medellín, donde ya son habituales las alertas por la calidad del aire. Foto: Contexto.

     

    Una nueva oportunidad

     

    El Plan, Mazo, Piedra Gorda y Barro Blanco, son las veredas con un mayor número de habitantes. Pero el crecimiento también representa oportunidades.

     

    Con los nuevos pobladores, también han llegado a Santa Elena nuevas costumbres y nuevas formas de vivir. Nuevos restaurantes, ferreterías, peluquerías, minimercados, fincas turísticas, entre otros emprendimientos están fortaleciendo la economía local, que incluye nuevas actividades como el eco turismo que aprovecha el paisaje de la zona en que se asientan no solo las fincas silleteras que reciben visitas todo el año, sino reservas naturales, espacios para deportes extremos y spas.

     

    Existen entonces transformaciones que son compatibles con la protección del medio ambiente, pero se necesita atención constante para que no se salgan de control. A propósito, el concejal Jaime Cuartas Ochoa hizo un llamado de alerta ante la desfinanciación actual del Jardín Circunvalar, proyecto municipal concebido para fomentar actividades de aprovechamiento y conservación de los recursos naturales que ayuden a conservar la zona verde al oriente de la ciudad y contener la urbanización. Una prueba concreta de lo sensibles que son los recursos naturales en la zona, es la escasez de agua en sectores de las comunas 8 y 9 de Medellín, atribuida por EPM a la baja del caudal de la quebrada Santa Elena, que ahora también surte a los nuevos pobladores aguas arriba, donde aumentan los vecinos puerta con puerta.

     

     

  • Tres postales de Jericó

    Una notable actividad cafetera, las vidas y obras de sus hijos ilustres, tan diversos como la Madre Laura Montoya o el escritor Manuel Mejía Vallejo, han hecho célebre a Jericó, la llamada Atenas del Suroeste, Reino del Carriel, Mesa de Dios, Tierra Prometida y Ciudad Culta de Antioquia.

     

    Un recorrido por sus calles nos muestra facetas de sus tradiciones, su actividad cultural y su riqueza ambiental, vea los testimonios y las postales recogidas durante el más reciente Hay Festival, que por segunda vez se realizó en esa localidad encumbrada en los Andes antioqueños.

    Se llama guarniel y se hace en Jericó

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    De la piedra, un arte. La historia de Jota Peláez

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    El mercado jericoano

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  • El Mono con máscara de escritor. Una conversación con Daniel Tobón Arango

    Una conversación en los intersticios de la rutina laboral de un joven escritor que revela cómo se abre camino una carrera en torno a las letras y en la Medellín de hoy.

     

     

    Daniel Tobón es filólogo. Se estrenó en 2009 con “El Valle Encantado del Aburrá”, ha sido columnista y promotor de lectura. Su cuento “Sueño dorado” fue seleccionado en el concurso ¿Cuál es tu cuento con el fútbol? de la Editorial UPB en 2017. Foto: Archivo de Daniel Tobón Arango.

     

    Me recibió en donde trabaja, la Sala de Literatura de la Biblioteca de San Javier, allí estaba en un ambiente de paz, silencio y tranquilidad, sensaciones muy acordes con lo que transmite cuando habla. Consiguió este trabajo con el fin de sacar un libro adelante y le ha gustado mucho, jocosamente dice – si hubiera sabido que trabajar no era tan maluco, hubiera empezado a trabajar hace mucho-. Allí está en contacto con muchos libros todo el tiempo, lee tranquilo y se oxigena en la escritura.

     

    Estuvo muy inquieto preguntando de qué se trataba la entrevista, sin percatarse de que la entrevista ya había empezado. Al principio asumí que estaba nervioso o que las entrevistas de personalidad le generaban cierta ansiedad.

     

    Desde el principio develó que su sueño es que los escritores no paguen de su bolsillo, sino que publiquen por mérito.

     

    Justo cuando nos estábamos acomodando para la entrevista, llegó su compañera de trabajo, María Paula. Ella tuvo voz en la entrevista, él la involucró en varios momentos, con respeto y cierta complicidad de colega conquistador.

     

    Ahora mencionaste algo sobre las mujeres, ¿cuál es tu percepción al respecto?

    Como diría Paulina Vega, es una pregunta muy difícil.

     

    Tobón tiene un humor fino, natural y fluido, lo particular es que un simple comentario suyo tiene una carga de reflexión, sátira o crítica que genera risa y admiración.

     

    Este siglo y el siglo XX y todo este asunto de la liberación femenina ha hecho que se den cuenta de que tienen gran poder.

     

    Hace 200 o 300 años era muy difícil encontrar mujeres que escribieran, o escribían con seudónimos de hombres. La primera escritora de Antioquia fue Ana María Martínez de Nisser, escribió un diario de una guerra y denuncia asuntos en los que las mujeres de cierta forma no podían participar. Luego en el Siglo. XX, María Cano fue la primera mujer líder social en Antioquia, luchó por los derechos de las mujeres. Y cuando una niña hablaba con rebeldía de política le decían: ‘¡usted es una mariacanito!’, de forma despectiva.

     

    Voy a hacerte un par de preguntas y me contestas lo que se te venga a la mente.

    ¡Qué susto esas cosas así! Esas que son todas psicoanalíticas.

     

    ¿Rasgo más característico tuyo?

    ¡Juepucha! Soy muy descomplicado y relajado con la vida.

     

    ¿Mayor defecto?

    No tener la capacidad para definir mi mayor defecto. No sé definir mis defectos, no me gusta pensar en eso.

     

    ¿Mayor cualidad?

    Hablar mierda. La palabra. Si quieres, pones hablar mierda, no tengo problema jajaja.

     

    ¿Empleo soñado?

    Escribir junto al mar. Viajar y escribir, en el mar o en el campo. Puede mutar el paisaje, pero es escribir.

     

    ¿Dónde quisieras vivir?

    Me gustaría viajar por muchos lugares y escribir en tiempos determinados, conocer Grecia, Florencia, Austria. Pero al final, a mí me gusta Colombia, me gusta Medellín y estar en contacto con mi realidad, siento que no me iría de aquí. Por más caos que vivamos, Medellín me gusta mucho. Es una relación de amores y de odios, odio muchas cosas que pasan, pero al mismo tiempo me desprendo de eso. Aunque de pronto para vivir tranquilo, viviría en San Bernardo del Viento a orillas del mar jajaja.

     

    Pasemos al tema de los libros favoritos.

    Un libro que quiero mucho es La divina comedia, fue el que me empujó a escribir, fue el que me impulsó. Lo leí a los 19, me ayudó a escribir mi primer libro. También El Amor en los Tiempos del Cólera de García Márquez, Cien Años de Soledad, Frankenstein de Mary Shelley, Siddhartha de Hermann Hesse y cualquier libro de Shakespeare.

     

    Como escritor, prefiere la novela, se siente más cómodo con ella, le permite experimentar y escribir sobre muchas cosas.

     

    Intenta no tener muchas cosas favoritas, no casarse o comprometerse con algo a que sea su favorito. La vista es el sentido que más aprovecha, disfruta mirar cada cosa con detalle.

     

    Si pudieras elegir algún súperpoder, ¿cuál sería?

    Sería muy bueno volar. El asunto de volar sería viajar, o sea, mi súperpoder es volar o teletransportarme como Gokú (su caricatura favorita, entre todas las favoritas que tiene).

     

    No tiene seudónimo. Le dicen el Mono en su unidad, pero siempre firma con su nombre completo.

     

    ¿Cómo recuerdas la infancia?

    Tuve una infancia feliz con un amigo de verdad, nunca tuve amigos imaginarios, he sido súper racional, cero fantasía. Tal vez por eso no creo en nada.

     

    Otro compañero entró a la oficina y se quedó mirándonos, a lo que Daniel le dijo: “parce, la fama jajaja”. María Paula concluyó: “uno no sabe con quién trabaja, marica”.

     

    Bromeamos un rato sobre su fama, aunque Daniel siente que es un desconocido y que sólo lo conocen sus amigos. Cuando la gente se le acerca a preguntarle sobre algo que escribió, le da mucha pena. Encuentra mucha tranquilidad en otras cosas, para que no me quedaran dudas de eso, citó a Jorge Enrique Abello: “la fama es la antesala del olvido”.

     

    Definitivamente es un hombre sensible y emotivo, al hablar de sus mascotas, salen a flote sentires profundos e íntimos, sus ojos se aguan cuando habla de su Negrita, una gata muy especial para él; advierto que va a llorar. Desistí del tema.

     

    – Jugaba con las botas puestas y la capa del zorro. Siempre he vivido en la misma Unidad, entre Poblado y Aguacatala, soy de la generación que creció en unidades cerradas y no en barrios. Mi infancia fue muy tranquila y feliz. Me gusta la persona que soy hoy y eso es gracias a las cosas buenas y malas. Aunque uno también se pone muchas máscaras -.

     

    Su mamá le leía cuentos de Rafael Pombo y él se los aprendía de memoria, pero leer no estaba en sus preferencias, era muy dedicado a jugar fútbol. La lectura llegó un poco tarde, terminando el colegio, motivado por su profesora de español que lo acercó a la universalidad de la escritura.

     

    He visto que, aparte de la escritura, incursionas en la caricatura, desde la crítica y la sátira. ¿Te consideras un crítico de la sociedad?

    Esa es mi forma de contribuir, mi forma de hacer política, de cambiar el mundo. Esa es la ilusión de uno desde la escritura y desde los dibujitos. No todos podemos participar en política, cada quien aporta desde su campo y los dibujitos, aunque parezcan muy infantiles, tienen mucho contenido.

     

    En cuanto a las posibilidades para crecer como autor de creaciones literarias, ¿qué ofrece Medellín?

    Nadie va a hacer las cosas por uno, lo más importante es creer en uno mismo. Vivimos en un país donde poca gente lee y el reto está en ser un poquito emprendedor, en mi caso, vender mis propios libros y tratar de posicionarme. Por eso el sueño de la editorial. La gente es muy cerrada y desconfiada de lo local, muchas veces necesita que una multinacional o una gran empresa legitime las cosas. Cuando publiqué mi primer libro, la gente lo primero que miraba el logo de la editorial, yo sabía que eso iba a pasar y por eso me inventé un logo.

     

    El Valle Encantado del Aburrá fue tu primer libro, ¿cómo es tu relación con él?

    Es una relación de amor y vergüenza, fue lo primero que escribí, considero que es muy tierno. Es ver a un Daniel de hace 10 años, ver cómo ha cambiado, apenas estaba aprendiendo a escribir y no había escrito nunca, a uno le da un poquito de pena y de timidez. Cuando uno escribe está expuesto, entrega el alma y muestra cosas muy profundas, me siento un poquito vulnerable y desnudo.

     

    El Valle Encantado del Aburrá tiene 226 páginas y 38 capítulos, está inspirado en la obra maestra de Dante Alighieri y la escribió en 2009, aunque no la publicó hasta 2017.

     

    En 2010, haciendo el pregrado de Filología Hispánica en la Universidad de Antioquia, en uno de los paros que duró 4 meses, escribiste el segundo libro, a su vez primera novela, Un Amor de Mierda.

     

    Quise intentar acercarme a lo que es el amor y el dolor luego de haber perdido al amor. No solamente fue de experiencias personales, sino que hice algunas lecturitas sobre qué es el amor, todo ese tipo de cosas y eso salió. Traté de escribirlo como si fuese una especie de conversación de una forma muy simple y contundente.

     

    El término Mierda tiene muchas connotaciones y en ese libro también, especialmente desde los prejuicios y sus significados.

     

    Para escribir le basta tener consciencia de la realidad, suele partir de lo que siente, lo que le duele y lo que especula. En general cree que puede escribir sobre cualquier cosa.

     

    Le da miedo dejar de ser Daniel y perder la memoria. Justo contándome esto, María Paula intervino y nos contó que el señor que había acabado de salir, tenía Alzheimer y llegó buscando un libro que le recomendaron para evitar perder la memoria ” y se llevó el Otoño del Patriarca, marica”. Ambos quedaron desconcertados, fue un comentario interno de colegas.

     

    Daniel Tobón, el Mono de cabello rizado, rostro pulido y mirada reflexiva, transmite una mezcla de inocencia y sabiduría que le dan un toque de hombre interesante. Cuando transcribí la entrevista, supe que no es tímido, ni las entrevistas de personalidad le causan tantos nervios o ansiedad como lo pensé en un principio, simplemente es reservado.

     

    Considera que la felicidad es una palabra complicada y significa que no te duele nada, que no sufres y a él le duele el mundo, le duele Colombia. Así que no se siente feliz, sino contento.

     

     

     

     

     

  • Soledad en la fiesta brava

     

    Han pasado 40 años desde aquel domingo 20 de enero de 1980, cuando la historia de “la fiesta brava” de Sincelejo se partió en dos. Las cifras de lo que pasó solo pudieron ser claras días después: 500 muertos y más de 2.000 heridos en una tarde trágica. Queda el recuerdo que, al menos fugazmente, se evoca en cada corraleja. Este es el relato del que era entonces un joven espectador: Ubaldo José Ramos Tuirán.

     

    Principalmente en enero, numerosos pueblos de la Costa y las sabanas del Caribe, incluso en el Bajo Cauca antioqueño, celebran tardes de corralejas. Aquí las de Ciénaga de Oro 2020. Foto: María Alejandra Durango.

     

    Por aquellos días se escuchaba cantar a todo pulmón por las calles sucreñas aquel porro sabanero del compositor Rubén Darío Salcedo que dice: “Ya viene el 20 de enero, la fiesta de Sincelejo”. Lo que nunca esperábamos aquellos que con alegría cantamos ese porro del alma, era que la vida de cientos de personas se apagaría en aquella fecha.

     

    El único muerto de la casa iba a ser yo. De todos los hermanos, fui el único al que llevaron a la tarde de toros más trágica en la historia de las fiestas patronales. Yo era un muchacho de 10 años, corroncho y entusiasmado por ir a las fiestas de Sincelejo. Ya se pondrán imaginar la emoción que me dio cuando Jorge, el hermano de mi padrastro Hugo, me invitó a una tarde de toros.

     

    Cuando llegamos, a eso de las dos y media, ya estaba prendida la fiesta. En la parte baja había un picó y mucha gente esperando para subir a los palcos. Las personas se notaban felices: todos tomando ron o bailando; los niños correteaban de un lado a otro y los más grandes estábamos a la expectativa de que los toros fueran buenos.

     

    Las nubes de ese domingo eran aviso del aguacero que vendría más tarde; sin contar con el que había pegado en la mañana. El frío de una lluvia en verano es un atisbo de lo que será el invierno y, en la sabana, el invierno siempre pega fuerte.

     

    En ese momento, todos intentábamos encontrar un lugar donde refugiarnos. Jorge y yo fuimos a uno de los palcos más cercanos, pero lo que nos dijeron fue: “Váyanse para el otro lado que aquí ya no se va a dejar subir a más nadie”. En medio de la molestia por tenerme que mojar no imaginaba que esa respuesta fue mi oportunidad de salvar la vida unas horas más tarde.

    Las corralejas se realizan en ruedos con palcos de construcción artesanal y suelen ser muy concurridas.

    Foto: María Alejandra Durango.

     

    Ya estando arriba, pudimos ubicarnos en un buen sector: justo al lado del lugar donde nos negaron la entrada. Los palcos eran de tres pisos, quizá los de arriba eran más costosos porque a nosotros solo nos dio para quedarnos en el primero. Como un muchachito de pueblo, yo estaba más asombrado por la multitud de gente que por los mismos toros. Veía cómo las mujeres bailaban al son de la banda y los señores guapirreaban a garganta viva cada que una banderilla traspasaba el cuero áspero y rudo del animal que estaba en ruedo.

     

    Como siempre, la gente va a las corralejas a gozar, a pasarla bueno; nunca nadie pudo haber imaginado que un par de horas después de las risas y el baile, estarían llorando a sus amigos y familiares o estarían ayudando a sacar los muertos de una catástrofe sin precedentes.

     

    A eso de las cuatro de la tarde, las nubes negras que estuvieron todo el día rondando la ciudad descargaron las primeras gotas de lluvia; pero la fiesta no paró por el agua. Fue el sonido sordo de los palcos al venirse abajo lo que enmudeció por un momento todo el lugar.

     

    Aquella imagen de la gente feliz que bailaba, tomaba ron y guapirreaba se congeló en el tiempo; los toros que estaban en la plaza quedaron pasmados; nadie se movió durante un segundo; las trompetas, bombos y platillos dejaron de sonar; la lluvia se hizo más fuerte; todos miramos el espacio vacío entre un palco y otro; ahí lo supe, supe que aquel palco en el que no me dejaron entrar, ya no estaba. Y entonces empezó mi odisea.

     

    La multitud que estaba en los puestos superiores empezó a bajar envuelta en pánico, lágrimas y gritos. Nunca olvidaré lo que sentí cuando miré a mi lado y Jorge ya no estaba. Es como aquel dicho que dice: “Sálvese quien pueda”. La persona que me llevó se perdió, buscando salvarse. Todo el mundo corre es a salvarse la vida y los demás quedan ahí, yo quedé solito.

    Foto: María Alejandra Durango Mercado

     

    En aquellos minutos sentí que moría. La gente grande me estripaba en su lucha por salir y yo ya estaba asfixiado. No sé por qué, sería el mismo Dios, pero se me dio por irme al ladito de las primeras tablas y allí me guindé hasta caer a la plaza de toros. Pasé por debajo de las tablas y no miré nunca atrás. Decidido encontrar a Hugo, mi padrastro, comencé a caminar alrededor de toda la corraleja; yo no estaba pendiente de lo que pasó sino de encontrarlo a él: no tenía más salvación.

     

    Mientras caminaba, vi la gente bajando aturdida y llena de pánico; unos metros más y me encontraría con una de las escenas más duras que un niño puede ver: del montón de escombros vi cómo sacaban a un señor gordo, de pantalones de tirantes. Un hombre sostenía con esfuerzo sus piernas y otro sostenía sus brazos. Su cara se convirtió en la cara de la muerte para mí, los ojos cerrados y las proporciones tan grandes quedaron en mi cabeza, es el único muerto que recuerdo.

     

    Entre escombros, llantos, gritos, personas mutiladas, muertas, heridas, hijos, padres, madres y amigos; me encontraba yo solo, me encontraba perdido. No miré nada de la desgracia, yo tenía una misión: encontrar a Hugo, así que me di media vuelta y seguí mi camino alrededor de la corraleja.

     

    Cuando me alejaba de la escena, recuerdo que entre todos los llantos hubo uno en especial que nunca olvidé; era el de una muchacha que lloraba como si no hubiera mañana porque no encontraba a su papá. Ella gritaba desgarradoramente porque su papá no se podía mojar: “Él tiene una inyección, no se puede serenar. Mi papá no se puede serenar”. Estaba perdida, como yo.

     

    Seguí caminando unos minutos más y en una calle, de esas que te llevan fuera de la plaza, vi a Hugo; pensé estar a salvo y me acerqué. Cuando él me vio creí que iba a estar tan contento como yo, pero no. Hugo me miro y me dijo: “Espérame aquí”, entonces se fue y ahí sentí, por primera vez en toda la tarde, que iba a llorar.

     

    Para mí los 30 minutos en los que Hugo no estuvo fueron segundos de reflexión, aún no creo que fue capaz de dejarme solo. Esperé mientras veía a las personas correr y llorar. Toda esa escena se pintó como un recuerdo lejano y doloroso; pero yo estaba ahí, solito, en la orilla de una calle, viviendo mi tragedia. “Vamos”, fue lo único que dijo cuando volvió.

     

     

    GLOSARIO:

    Corroncho: Palabra propia del argot de la costa caribe colombiana usada para referirse de manera despectiva a todas las personas ordinarias, que no tienen cultura, costumbres, modales, educación o estudios.

     

    Picó: Del inglés pick-up. Se refiere a un equipo de sonido de proporciones descomunales con el cual se amenizan las fiestas en los pueblos de la región caribe.

     

    Guapirreo: Grito de alegría y emoción. Usado en las canciones de porro y para la comunicación entre personas del campo que se hallan a largas distancias.

     

    El paisaje, las costumbres y los oficios del campo Caribe se resumen en las tardes de corralejas. Foto: María Alejandra Durango Mercado.

     

     

     

  • El transeúnte que será olvidado

    Es lunes. 9:26 de la mañana en una de las estaciones del metro de Medellín. Para la hora, hay demasiada gente y los pasajeros logran salir de los vagones con mucho esfuerzo. El barrendero de la estación Universidad levanta el polvo sin descuidar su plática e intercambio de risas con el vigilante.

     

    El ruido del fondo te informa que están cortando el césped y una mujer de unos 23 años con acento rolo habla por celular acerca una fiesta a la que asistirá. Sales del lugar y entras a la comuna 4 de Medellín. Aranjuez. En la calle Gutiérrez Lara con 71 te recibe el Parque de los Deseos. Es amarillo mostaza y su baldosa es tan dura como seca.

     

    Alrededor se logra divisar dos edificios que están en busca del desarrollo científico y tecnológico de la ciudad: Parque Explora y el Planetario. En la parte derecha se puede observar el centro comercial Aventura y oficinas gubernamentales.

     

    Al caminar por el lugar puedes percibir los olores que abren el apetito de los visitantes. Desde el fondo sale un aroma a empanadas de carne, morcilla recién hecha, huevos revueltos, café y tortas de chocolate; todos al mismo tiempo, pero el olfato logra distinguirlos.

     

    En el centro del espacio cultural están cortando el césped. De nuevo ese olor a campo, pero ahora desaparece rápidamente por el humo de los buses de Aranjuez.

     

    Los árboles están como si el verano estuviese en pleno apogeo. Con flores de colores vivos, uno de ellos captó la atención de una niña de 3 años que miraba asombrada cómo los pétalos caían sobre sus cabellos. Los tomaba en sus manos y los observaba como si nunca hubiese visto algo similar. Tocó con suavidad uno de ellos y sonriendo le entregó uno a su hermana mayor. Ella la tomó en sus brazos y caminaba dándole besos en las mejillas.

     

     

     

    Pero este parque realmente no evoca al campo. Tiene una baldosa tan seca que cuando te sientas puedes sentir la arena en las manos. Todo parece un desierto hasta que te topas con las dos fuentes que fueron puestas justo en el centro. Están allí para el entretenimiento de cientos de familias que acuden los fines de semana para divertirse con los más pequeños.

     

    ¿Qué pasa allí un lunes a las 9:40 de la mañana?

     

    Son la ducha perfecta para un transeúnte del lugar.

     

    Es un joven trigueño de unos 24 años. Su cara tiene una barba café, al igual que su cabello y ambos son abundantes. Tiene unos pantalones que le llegan hasta la rodilla, unos tenis marca Nike de color gris, del mismo color de su camisa.

     

    Camina por el sendero que da justo al frente del Planetario. Se pone de rodillas a la fuente y saca de su bolso un recipiente de detergente vacío para extraer agua. Toma el agua en sus manos. Comienza a echársela en todo el cuerpo, aún con la ropa puesta.

     

    Inicia con los brazos, las piernas, su cara y presta total atención a su cabello y a sus partes íntimas. Se detiene un instante, voltea y comienza a hacerle una oración al cielo. Vuelve al recipiente para beber un poco. Su bolso se queda en el lugar y él comienza a caminar hasta la acera que da a la calle que divide el parque del centro comercial Aventura.

     

    Mira su reflejo delante del paradero. Todo a su alrededor está tranquilo y pocas personas se percatan de su presencia.

     

    Analiza que cada parte de su vestuario esté bien acomodada. Coge una camisa blanca y se la pone como turbante. Sonríe como si aquella tela le hubiese cambiado la vida.

     

    Camina hacia el lugar donde había estado por primera vez. Se echa el último poco de agua que queda, reza, coge su maleta y se va caminando hasta el lugar donde paran los buses de color verde aguacate. Justo debajo de la estación del metro.

     

    Se dirige hacia el primer bus de la fila y comienza una conversación con una mujer que esta al lado de la ventanilla. Todo parece ir muy bien porque no dejan de salir risas por parte de ambos. Llega un momento en el que ella le estira su mano. Las monedas comienzan a caer al piso, pero no todas son visibles, lo que hace complejo recogerlas a cada una. Pero esto no es impedimento para él, que deja su maleta en el suelo, se quita la camisa blanca que cubre su cabeza y se mete debajo del bus para lograr encontrar cada centavo que pudo haber ido a parar allí. Sale, recoge su maleta y la mira de nuevo a ella.

     

    -Muchas gracias.

     

    Ella solo alza el brazo y hace un movimiento para despedirse de él.

     

    Cuando el bus se pone en movimiento, él se sienta justo al lado de la fuente donde había tomado su “baño “unos minutos antes. Comienza a contar cada moneda. De su maleta saca una bolsa negra donde vierte cada peso que tenía en las manos. Comienza a caminar por el lugar para seguir pidiendo algunas monedas. Solo dos personas le dan.

     

    Hace un gesto al cielo y se sube a un bus color verde aguacate y se pierde en medio del tráfico de la ciudad.

     

    Él se fue a seguir buscando el sustento, pero la vida en el parque continúa como si aquel hombre nunca hubiese pasado por las fuentes. Los operarios que construyen una tarima para un evento masivo siguen en su tarea y el barrendero ha abandonado su plática con el celador para sacar la basura de la estación, depositarla en las canecas que están al lado del que corta el césped y seguir en lo suyo. Solo quien escribe se pregunta qué será del individuo que se acaba de subir al bus.

     

    La niña que se impresionó por la flor ni si quiera notó al hombre que se bañó en el parque. Hay paz en el parque de los Deseos un lunes en la mañana. Cada uno esta en su vida, cada quien se preocupa por lograr el sustento para el diario vivir. En cada local hay una persona trabajando para poder llevar el dinero a su hogar.

     

    El parque de los Deseos nació como un espacio cultural y de encuentro sin distingos con los progresos de la ciudad representados en las formas del lugar como una de las excusas. En la Medellín se parques nuevos y remodelados hay más de un lugar así. ¿Qué significa realmente un espacio para el encuentro en que la gente misma pasa desapercibida?

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

    Referencias:

  • Un monasterio llamado tienda

    No se sabe qué sea primero, si los tenderos que inician reglamentariamente el amanecer con su trabajo o si es el amanecer el que le quita la tranca a las rejas de las tiendas. Parece que fuera el hábito el que hace que el tiempo corra y no al revés, como si la mañana fuera mañana porque se toma tinto y la tarde fuera tarde porque se bebe cerveza y se come mecato. Son como señales para recordar cómo vivir, instrucciones de un quehacer normativo que se pega a los espacios y a sus mandatos.

     

    Fotografías: Daniela Gómez Isaza

    -How are you, mister Jumber? –

    Saluda don César al señor que acaba de llegar a la tienda, un hombre de unos ochenta años, blanco, con esas pieles seductoras para las quemaduras solares siempre a medio camino entre un rojo acentuado y un rosa pálido; tiene gafas oscuras y una gorra negra que le da cierto aire de seriedad acentuado por la ropa impecable, de camisa de cuadros entre el pantalón de tela café, aunque use chanclas de plástico negro que riñen con el aire digno del resto del vestuario.

     

    -How daw your how daw your, ¿a cómo vende el Celebrit?

    – A Five, mister Jumber.

    -Deme cuatro.

     

    Don César busca las papeletas del polvo que ayuda a la memoria, se revuelve en leche o en agua y se toma después del almuerzo, porque a esa hora es mejor, según sus usuarios.

     

    -Two tousand. Tank you very much, mister Jumber-

     

    Con eso despide al señor, que no se ofende que le hablen en ese inglés arrastrado y de que en broma lo tengan por gringo.

     

    Don César Blandón tiene 63 años, lleva año y medio como tendero desde que se vino de Venezuela; es colombiano de nacimiento, pero había llevado su vida y su trabajo en el país que dejó para llegar hasta el barrio Belén-Las Playas, a un cubil de unos seis metros cuadrados donde se acomoda su tienda con dos estanterías, la nevera, una mesa con tres sillas y un televisor de cuarenta pulgadas en la esquina más cercana a la entrada. Aunque el espacio adentro sea poco, afuera los tomadores de tinto se apoltronan en el andén como dueños de una soberanía implícita de su condición de clientes.

     

    El tinto, como el cigarrillo, requiere de un tiempo, prudente para los apurados y largo para los desocupados, hay quienes se sientan con frescura en las sillas, midiendo los sorbos, tanteando las caladas. Hay otros, como algunos taxistas, que se bogan el líquido temerariamente como si tuvieran la boca y la garganta teñida en bronce.

     

    Los más regulares en la tienda son los pacientes, los que parece que la silla se volviera extensión de su cuerpo. Arman conversaciones sobre cualquier tema, anodino o trascendental, sin que sea imposible el cambio entre uno y otro, donde las opiniones no tienen jerarquías claras de quién las profiere o con qué justificaciones las respalda. Es como una democracia amarrada a la opinión en la que basta participar mínimamente para considerarse integrado, ya sea con hijueputazo al político de turno, una risa, una alabanza al partido de ayer o un comentario sobre la raro que está el clima.

     

    Esos que se vuelven regulares, figuras más allá del tránsito constante de la calle, acaban por convertirse en nombres para don César, un perfil, un rostro, una biografía simple para que un comprador pase a ser un camarada, un compañero de silla, de tiempo: “Aquí siempre llegan los problemas”, dice don César, mientras en el televisor se estrena la nueva novela matutina de Caracol, Abismo de pasión, “vienen y comentan que el marido bebe mucho, que se murió tal familiar, que les hace falta plata. Se da uno cuenta de la forma de ser de la persona rápidamente: los que se las dan de bonachones, los que siempre piden fiado, el borracho empedernido al que la gente le tiene espina porque no hace nada. Esto se vuelve una relación familiar, como si todos fueran de la casa de uno”.

     

    Para don César, “La música más bonita que se escucha al oído es el nombre de una persona”, y por eso se los aprende, les da a los asistentes a su tienda un reconocimiento pequeño, de un vínculo en que apropiarse de su nombre o de su apodo, si es el caso, le concede una licencia para una intromisión en sus vidas como algo más que un tendero.

     

    Y es algo claro de este oficio que se cumplen muchas otras labores alternas, ya sea como psicólogo temporal, consejero de finanzas, consejero jurídico, cómplice de pecados pequeños a grandes, como tomarse un aguardiente fuera de la casa para que la mujer no regañe al marido o alguna infidelidad creciente que se guarda en encuentros que se fingen como causales. Esos trabajos subalternos no se cobran, ni el de escuchar a algún despechado solitario que se ahoga entre una cajita de cuarto de aguardiente o el que por problemas en la casa se despliega en quejas y dolores sin que nadie se lo haya pedido.

     

    Maitines

     

    A don Jesús Luis Berto Velásquez lo que más le cuesta explicar es cómo pasó de llamarse Wilberto Cosme, como el jugador del Cali, a tener empacados tres nombres y una foto en la tarjeta de identidad que no es la suya, sino la de su hermano. Fue tendero hasta hace en un año y lo tuvo como oficio intermitente desde los 70 en diferentes sectores de la ciudad. Para él la clave del negocio es una responsabilidad monacal, que afiance unos hábitos rigurosos para tener un capital bien ganado y una estabilidad: “El sacrificio va en tiempo, porque son jornadas de 14, 15, 16 horas; al otro día tiene que surtir en la mayorista, en el hueco y por la noche lidiar borrachos. Pero lo más difícil es ser organizado con la plática porque el tendero tiene un flujo de caja muy extraordinario, un día venden un millón y medio y se endeudan, tienen moza, la botan; ese es su talón de Aquiles y lo que aprovechan los gota gota para endeudarlos, a mí me ha tocado ver mucha gente correr porque estaban ahorcados por préstamos de esa gente”.

     

    Don Luis es pródigo con las palabras, tiene 59 años y una calva impecable, es culto y en su casa guarda pilares de libros bien organizados de lo que ha podido reunir con lecturas ganadas en el tiempo libre de trabajos muy demandantes. Cuando habla puede asociar el trabajo que tuvo en los casinos con lo que narra El jugador, de Fiodor Dostoievski, o citar la vida de grandes escritores para ejemplificar sus argumentos. Él mismo cree que fue especie rara entre los tenderos, porque tener ocio es difícil cuando se abre a las cinco y media de la mañana para llegar a cerrar a las diez de la noche.

     

    Su relato es similar al de don César cuando habla de medir la catadura de los seres que transitan por una tienda. Está el borracho infaltable, el loquito del barrio, la muchacha deseada que se deja gastar y la señora que fía por maña, aunque tenga la plata en la mano. Tiene sus propias cifras para describir lo que es el mercado de las tiendas de barrio y asegura que de diez tenderos debe haber uno responsable, que usualmente lleva más de 20 años en el gremio, y en su opinión las tiendas nunca se van acabar.

     

    Esta visión optimista no es solo de los tenderos, según Tienda Registrada en Colombia se estima que hay 266 mil establecimientos de este tipo y representan el 52% del mercado de consumo masivo, donde el 42% de sus visitas son diarias, aquellos descritos como los habituales en el espacio de una tienda. Esto contradice la idea generalizada de que los almacenes de cadena le restan poder a las tiendas de barrio, aunque en una investigación realizada por la Fenaltiendas, un programa de la Federación Nacional de Consumidores, en 2017, con la incursión de innovaciones en los domicilios, los métodos de pago y la tecnificación de los productos, las ganancias habían bajado un 5% respecto al año anterior; por lo que pedía que los tenderos innovaran en la práctica para competir con los adelantos en el sistema de compra y venta.

     

    Para don Luis y don César, aunque reconozcan que el tendero es tradicionalista y muy poco innovador, siempre va a haber una necesidad básica que está inmersa en la identidad colombiana: el desvare. Esa posibilidad de que una tienda cercana esté abierta cuando no hay leche ni queso para el desayuno a las nueve de la noche o que alguien iba pasando sin plata y se antojó de algo que por ser cliente acostumbrado se lo fiaron hasta mañana.

     

    Está condición de cercanía y familiaridad, que permite la confianza para comprar fiado, es una de las virtudes que un estudio de la Universidad del Norte reconoció en las tiendas. Según lo dicho por el Grupo de Investigación en Marketing: “las tiendas son visualizadas como algo cercano a sus propios mundos, es una suerte de medio-cómplice, un espacio en el que los consumidores se sienten en su propio hogar, inclusive con cierta intimidad. Esto se traduce en cercanía social de un gran significado en lo cotidiano”.

     

    Es eso y que distingue la asociación de proximidad humana y de espacio, del local al lado como sacador de apuros, mitigador de angustias, del mandado del niño y la ñapa; son los elementos que fidelizan una relación que puede crear preferencia sobre los almacenes que tienen otro tipo de acercamiento, mucho más frío, impostado y distante.

     

    Don Luis cree que para ser tendero hay que buscar lo popular, donde la gente no le dé pereza caminar como en los barrios ricos y le toque levantarse a buscar la tienda en que le vendan más barato. Fenaltiendas lo confirma porque el 96% de estos locales se ubica en los estratos 1, 2 y 3, y en pequeñas poblaciones, donde los almacenes de cadena no llegan, puede representar el 62% del comercio existente. Según la consultora Kantor, entre las grandes ciudades Medellín es en la que más se compra en pequeños negocios, con un promedio de 15 mil pesos mensuales, por encima de la media nacional que es de 10 660 pesos.

     

    Vísperas

    Erwin Rueda empezó su vida como tendero a los 23 años, muy por debajo de la medida nacional que dan los analistas, que es de 42. Su paso por el oficio lo hizo desde una tienda de pueblo, por diez años. Tiene una voz mansa y pulcra, como de sacerdote retirado, la misma que usa para leer en la iglesia o dirigirse a la gente en las reuniones comunales de su barrio. Es alto pero un poco encorvado, usa gorra para retener a la vista una calvicie que progresa y no lo enorgullece y tiene una barba perfecta, de galán turco.

     

    Su experiencia y recomendaciones para el tendero pasan desde lo normal de ser amable y constante en el trabajo, hasta saber cuidar a los borrachos y los buenos clientes. Su compromiso y esa empatía paternal por quienes caen rendidos por la borrachera o la tristeza de un despecho, lo han hecho cargarse a un hombre en medio de un aguacero para llevarlo sano y salvo hasta el sofá de su casa, o escuchar lamentaciones interminables de amigos que no saben lidiar con el dolor de una pérdida.

     

    Esa comprensión religiosa quizá sea común a la mayoría de los buenos tenderos, saber escuchar como no la haría un cura viejo en un confesionario, evaluando silencios y gestos, midiendo la calidad de un dolor o de un deseo o de una necesidad, con esa paciencia que a veces está formada del tedio de horas de poco flujo de trabajo y el recuerdo de que se es más persona que tendero, aunque esa labor parece llevarse toda la vida y condiciona el trato entre conocidos, deudores, proveedores, familia; como si fuera de esas profesiones de rigurosidad castrense, cercana a los militares en los duros horarios y a lo religioso por esa vocación de empaparse con lo humano inevitablemente.

     

    Erwin tiene ojeras ocasionales, quizá heredadas de las limitaciones de sueño que todo tendero carga, como decoración de un rostro que parece más desgastado que el del resto, pero con el deber de una amabilidad que a veces se socava por la falta de descanso y una que otra angustia.

     

    El tendero tiene muchas reglas, pero ningún manual: tiene que cuidar a sus borrachos, al menos a los que se emborrachan en su tienda, como aclara don Luis; hay que lidiar con los proveedores, que hacen peregrinaciones incansables por la ciudad y eso a veces resiente su ánimo; mantener a raya a los fiadores, que amañan al tendero primero y después, si no son apretados, caminan como perros por su casa, piden y agarran al gusto; toca tener cuentas claras, para que la plata en los bolsillos no de la apariencia de una riqueza que suele esfumarse en cada paga de mercancía; hay que involucrar a la gente con una costumbre que los lleve allá, llamarlos y distinguirlos, hacerlos ver cómo menos anónimos, para que esa carga del nadie se alivie por preguntas circunstanciales que alegren el ánimo e inciten una conversación y así el cliente se vuelve personaje, se hace al espacio como quién busca en repeticiones una aceptación en el mundo que haga olvidar los atascos en el tráfico, los problemas en la casa, todo lo que recuerda un deber con la vida que es más miserable que ese sosiego de los espacios rituales, como si la tienda fuera una iglesia laica sumergida en los barrios, con devotos voluntarios, reglas consabidas, celebraciones al capricho de su bolsillo y oraciones que se saben pero no se enseñan.

     

     

     

     

  • Resumen de la semana #DiarioDelParo

    Entre el 2 y el 8 de diciembre numerosos acontecimientos pusieron el tono a las movilizaciones de la ciudadanía como expresión de sus descontentos frente a la gestión del Gobierno. Aquí, un recuento de los hechos más destacados y los que marcarán la pauta durante la semana que viene, con la perspectiva puesta en Medellín.

     

    #DiarioDelParo es una alianza por el derecho a la información de la ciudadanía junto a De la Urbe, Revista Generación Paz, Le Cuento la U, Lluvia de Orión, Hacemos Memoria y La Oreja Roja.

     

    CLICK AQUÍ PARA ABRIR PARA LA VISTA COMPLETA DEL RESUMEN

     

     

     

     

  • La desaparición desde el lugar de las víctimas

    La desaparición forzada es un crimen que multiplica sus efectos sobre todo el entorno social de las víctimas, en ello radica su gravedad.

     

    • Tratar de no dejar huella es justamente la premisa que termina lesionando más la dignidad de las personas afectadas. La explicación, en la edición 73 de Contexto:​​

     

     

     

    • En Contexto Radio, conozca una dimensión de este fenómeno más allá de las cifras, gracias a los testimonios de las víctimas.

     

    Escuche Contexto Radio - Episodio 7

     

     

  • En Mutatá está la paz del viejo frente 58

    En Antioquia existen oficialmente cuatro Espacios Territoriales de Capacitación y Reincorporación (ETCR), ubicados en los municipios de Dabeiba, Remedios, Ituango y Anorí. Allí, miles de exguerrilleros de las Farc, igual millones de compatriotas, conservan la esperanza de vivir en paz. Al tiempo, muchos antioqueños ignoramos que algunos excombatientes no están en esos espacios, no porque se hayan integrado a las llamadas disidencias o sean desertores del proceso, sino porque el posconflicto los ha puesto en otros rumbos.

     

    Este es el caserío que se ha construido en Mutatá con los aportes y el trabajo de los antiguos miembros e las Farc que se sobrepusieron a los incumplimientos del Gobierno para hacer la paz. Foto Bladimir Gutiérrez.

     

    Arranca el viaje, se quedan los rencores, una y otra vez

    Urrao y Mutatá son dos de los municipios que informalmente albergan a quienes decidieron dejar las armas tras los acuerdos en La Habana y buscan alguna seguridad en estas áreas, porque no han sentido que se hagan efectivas las garantías acordadas con el Gobierno.

     

    En la Vereda San José de León de Mutatá, hay un caserío que alberga a más de treinta familias conformadas por antiguos integrantes del frente 58 de las Farc. Antes, estas personas se encontraban en el ETCR del sector de Gallo, en Tierralta, Córdoba. Allí se mantuvieron con la promesa de que les adjudicarían terrenos para la producción agrícola. Luego, recibieron la noticia de que esa entrega no sería posible por problemas legales de los predios pretendidos en la zona. Como respuesta, propusieron comenzar un proyecto de producción piscícola, lo que tampoco se concretó.

     

    Ante esta serie de incumplimientos, Rubén Cano o “Manteco”, como era conocido quien hasta el proceso de paz era el comandante del frente 58, le propuso a su grupo desplazarse hasta el municipio de Mutatá y buscar allí un nuevo proyecto de vida. “Me quedó fácil decirle a la gente, aquí no hay nada qué hacer, el Gobierno no nos va a dar ni nos va a dejar trabajar. Si queremos seguir con el proceso de paz y queremos sacar algunos proyectos, vámonos de acá”, recuerda Cano que con esas palabras se dirigió al grupo de exguerrilleros que lo habían acompañado durante muchos años.

     

    Así lo hicieron. Desde Córdoba llegaron al Urabá antioqueño con las pocas cosas y animales que tenían. La llegada no fue fácil. Se tuvieron que instalar en los potreros de una finca, en la que el dueño del lugar les permitió quedarse mientras se solucionaba su situación y la estadía se prolongó por tres meses.

     

    Antes llegar a la zona, el comandante Cano había conversado el alquiler de una tierra para producir y el Gobierno, al ver que este gran número de guerrilleros se había desplazado hasta esa zona, les ofreció una compra de tierras, lo que de nuevo se quedó en procesos y palabras. Ante la situación, un campesino de la zona ofreció venderles una tierra, negocio que pudo cerrarse gracias a un dinero que aportó cada combatiente de la mesada que recibía del Gobierno.

     

    Según los mismos exguerrilleros, era un terreno que no estaba en las mejores condiciones de habitabilidad, pero se hizo un loteo equitativo y cada familia se apropió del lugar que desde ese momento sería su casa. Con el tiempo, han construido sus viviendas, emprendido diferentes procesos productivos y formado una comunidad que quiere vivir en paz, como explican algunos de los nuevos habitantes.

     

    Hogar es…

     

    El nuevo caserío es un espacio tranquilo, rodeado de bosques verdes que aromatizan el aire y cruzado por una carretera construida por la comunidad que se percibe contenta de ejercer la hospitalidad con sus visitantes a quienes muestran cómo se han organizado para criar peces y gallinas ponedoras, para obtener recursos en colectivo.

     

    Siembran, construyen, como el grupo que no han dejado de ser, pero que se adapta a nuevas formas de vida: juega fútbol en una cancha adecuada para ello, tiene un parque infantil donde los niños juegan y se ve gente conversando, compartiendo, jugando billar y trabajando hasta bien entrada la noche. Van de compras hasta la zona urbana a buscar lo necesario, acuden al hospital y, en cosas como la salud, por ejemplo, les ha tocado adaptarse a la forma en que se hacen las cosas en la vida civil.

     

     

    La carretera principal del caserío es producto de un convite y la financiación comunitaria.

    Foto:Bladimir Gutiérrez.

     

    Adriana, una mujer que fue guerrillera por más de 25 años, comenta cómo le sorprendió el sistema de salud en Colombia, pues ella pensaba que al ir a un centro asistencial recibiría atención inmediata, pero se dio cuenta que esto no era así, que es largo el proceso, que hay que hacer fila y sacar copias. Que casi siempre es con cita previa y mucho tiempo después de lo que un paciente necesita.

     

    En el caserío del antiguo frente 58 hay un pequeño espacio en el que concurren adultos a estudiar Matemáticas, Español, Inglés y Ciencias Naturales, en clases para las que tienen el apoyo de una universidad. Los cerca de veinte niños reciben sus clases en una carpa acondicionada como salón, con una profesora provista por la Diócesis de Apartadó.

     

    Perros, gatos, gallinas y guaguas hacen parte de la vida doméstica. Casi todas las viviendas tienen pequeños estanques en su patio trasero y de allí se saca pescado para la venta.

     

    De comandante a líder comunitario

    El liderazgo permanece. Es fácil ver a Rubén Cano involucrado en sus tareas agrícolas y, al tiempo, en cada tarea comunitaria que surge, con las botas puestas, arreglando aquí y solucionando allá. Todos cuentan con él y lo buscan cuando hay un problema, un enfermo, un herido en un accidente o algo parecido. Cano afirma que su tarea es tener unido a su grupo y no dejarlos desertar o tomar otros caminos. Reconoce que la vía de las armas no fue tan efectiva ni para ellos ni para el Estado y afirma que en esta guerra los que murieron, de ambos lados, fueron los hijos de los más pobres de este país.

     

    Las diligencias asociadas a los procesos judiciales por los que deben responder, hacne parte de la rutina. Una mañana, siete personas, incluido el excomandante, se dirigían a una audiencia ante la Jurisdicción Especial de Paz. Según Cano, no desconocen sus responsabilidades en el conflicto y afirman estar dispuestos a responder y a seguir apostándole a la paz. El excomandante afirma que haber entregado las armas fue el paso más significativo para que Colombia creyera en su voluntad, esa misma que los hizo trasladarse, permanecer en el proceso y empezar de cero sin muchas garantías.

     

    Al que todavía algunos llaman Manteco, le llega el recuerdo del momento en que con su grupo quiso llegar al Urabá: se dijo que no sabían de su paradero y hasta que se habían incorporado a las disidencias. Mientras tanto ellos llegaban a Mutatá incluso en compañía de agentes del Estado. Cano explica: “Si yo hubiera sido más irresponsable con el proceso de paz, no le hubiera dicho nada a la gente. Yo me abro, no le digo nada a la gente, ‘sálvese quien pueda’, pero una forma de mantener a la gente unida, es esta, con el líder diciéndole ‘hay que hacer’, por el bien de nosotros, del país”.

     

     

     

     

  • El porro paisa, presente

     

    Video

    Un ritmo con sus orígenes en la región Caribe adquirió un aire particular en Medellín, sede de las disqueras y emisoras que le dieron impulso, puerto de llegada y plaza de presentación para sus figuras representativas. La capital antioqueña dejó una huella en el porro, placer de la juventud de ayer, que sigue poniendo a bailar a la juventud de hoy. Conozca la historia y las manifestaciones del porro, ritmo muy decembrino, en la ciudad de hoy.

     

    Reportaje de Vanesa De la Cruz.

    Montaje: Yuri Morelos.