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  • Producciones El Retorno, narrativas para un campo con memoria.  #ElCineDesdeJardín (VI)

    Si nosotros queremos conocer el territorio, nosotros mismos debemos honrar esa memoria y saber qué hay en nuestra comunidad para poder defenderlo

    Julián David Nava Zuluaga, miembro de Producciones El Retorno.

     

     

    La historia está compuesta en gran parte por discursos hegemónicos contados por citadinos que narran a las víctimas de las problemáticas en sus relatos. Producciones El Retorno es un grupo apoyado por la Asociación Campesina de Antioquia (ACA), quien por medio de su Escuela de Creación Audiovisual ha buscado darle un giro de tuerca a esta dinámica, haciendo que esos “otros” se narren a sí mismos y a su territorio, y con ello desdibujando esa imagen de víctimas que se les ha impuesto, para mostrarlos como los protagonistas y contadores de su propia realidad.

     

    Esta propuesta audiovisual tuvo la oportunidad de mostrar tres relatos de su serie documental Memoria y Territorio (2015) en el 4to Festival de Cine de Jardín, en el que los realizadores César Daza y Julián Nava, realizadores documentales oriundos del municipio de San Francisco, junto con uno de sus guías en este proceso, hablaron sobre su proyecto.

     

    Producciones El Retorno nació en el año 2003 a raíz de la preocupación que existía por el desplazamiento masivo en el campo y por la necesidad de los campesinos de volver a sus tierras. Desde entonces, El Retorno ha trabajado de la mano con estas personas para que se narren a sí mismas audiovisualmente, para recuperar el tejido social del sector rural.

     

    Esta conversación con uno de los jóvenes realizadores del oriente antioqueño, Julián David Nava Zuluaga, ofrece una idea más amplia y cercana de este proyecto y de su significado para él y su municipio.

     

    ¿Cómo inició tu trayecto en este proyecto de Producciones El Retorno?

     

    Me hicieron la invitación desde el área de comunicaciones de la Asociación para formar parte del proceso al ser un joven amante de los aparatos electrónicos. Inmediatamente dije que sí, ¿por qué no? Mis compañeros empezaron el año 2008, yo lo hice en el 2011; ellos duraron dos años sin tocar una cámara, estaban en talleres de formación; yo pude entrar grabando y solo con el conocimiento de saber qué era una cámara y para qué servía.

     

    ¿Qué ha significado para ti poder conocer tu territorio a través de la cámara?, ¿lo has visto diferente a través del lente?

     

    Conocer el territorio a través de las cámaras me ha permitido entender no solo el espacio físico. He caminado las tierras de mis ancestros como en el documental Por las huellas de los abuelos (2013). Los jóvenes que fuimos conocimos los caminos que transitaban nuestros antepasados y nos dimos cuenta del esfuerzo que hacían para construir las comunidades a través de caminos lejanos y en una geografía difícil para caminar, inclusive para respirar.

     

    He podido conocer el territorio a través de sus relatos. Las personas que están a nuestro lado tienen muchas historias por contar que no se conocen si no preguntamos y no investigamos cómo era todo antes y qué podemos aprender del pasado.

     

    ¿Cómo ha impacto este proceso de memoria audiovisual en el municipio?

     

    Desde las comunidades nos hemos ido dando a conocer porque trabajamos con ellas y deben saber lo que hacemos. Vamos donde están, les contamos qué vamos a hacer y les hacemos proyecciones. Al principio las comunidades eran más reacias, nos decían “no me ponga esa cámara ahí”, “no me gustan estas cosas, ¿para qué?”, pero con el tiempo ha ido cambiando su forma de vernos, y ya hasta las mismas comunidades nos llaman, nos invitan a grabar, a proyectar una película, etcétera, y eso nos gusta.

     

    ¿Sientes que la gente del campo quiere contarse y trabajar la memoria?

     

    Mi municipio está trabajando la memoria desde la Sociedad Campesina de Antioquia, específicamente desde el área de comunicaciones. Ha habido muchos procesos llevados a cabo a raíz de la violencia, pero siempre fue eso; se sabe que se ha perdido mucho tejido social y muchas historias por el conflicto armado.

     

    San Francisco tenía una población aproximada de 12.000 habitantes y después del desplazamiento masivo pasó a tener solamente 4.000 habitantes. Muchas personas no lo saben, por eso el ejercicio de crear memoria es importante para las comunidades, porque no solo sirve para aprender, sino para que las nuevas generaciones puedan también conocer lo que pasó.

     

    En el conversatorio mencionaste que no quieren hablar más en estos documentales sobre el conflicto, ¿por qué te parece importe que se hable o no se hable sobre violencia?

     

    En cuanto a la guerra siempre va a ser importante recordar lo que pasó, la frase de “el que no conoce su historia está condenado a repetirla” es cierta, pero pasa que las comunidades muchas veces dicen: “Hey, no queremos ver más violencia, estamos cansados”, y nosotros hemos decidido optar por otros medios de memoria: conocer las historias que esconden las comunidades, los viejos, relatos como el que nos contaba una señora de cómo antes bailaban los hombres con los hombres y entre las mujeres no se veía, y que ahora las mujeres bailan igual. Yo nunca me hubiera imaginado a los hombres bailando entre ellos, yo los creía más conservadores, y si no nos damos a la tarea de contar estas historias, no podremos conocerlas.

     

    Ustedes están haciendo el ejercicio de contarse desde el territorio, no por medio de alguien ajeno, ¿por qué es importante que ustedes mismos se narren y que se descentralice el cine para mostrarlo desde varios sectores?

     

    Eso siempre nos lo hemos preguntado y hemos llegado a la conclusión de que son los de fuera, los de la ciudad, e incluso los extranjeros los que conocen más lo que hay en el territorio que lo que nosotros conocemos en realidad; por ejemplo, específicamente hablando de la biodiversidad, nosotros estamos acostumbrados a ver el mismo pájaro todos los días y se vuelve parte de la rutina, pero llega un extranjero y nos explica qué significa ese pájaro y su importancia, cosa que no sabíamos antes. Por eso, si nosotros queremos conocer el territorio, nosotros mismos debemos honrar esa memoria y saber qué hay en nuestra comunidad para poder defenderlo.

     

    Si viene alguien de afuera, poder decirle que nosotros ya sabemos y entendemos cómo funciona nuestra tierra. No que vengan y nos llenen de talleres y hagan trabajos para alimentar su conocimiento, se vayan y nos dejen. Eso pasa, dejan las comunidades, por eso es importante que desde dentro surjan estos procesos de crear memoria con las comunidades y para ellas.

     

    Finalmente, ¿cuáles son los planes a futuro que tienen y dónde los podemos encontrar para seguir su trabajo?

    En el futuro pensamos seguir con este proceso a través de la Escuela de Creación Documental. Tenemos los semilleros creativos, que son espacios para compartir con jóvenes y niños en que replicamos todo lo que hemos aprendido durante estos años a la gente del campo. Seguiremos con los cineclubes y espacios con las comunidades y la Red de Biodiversidad con que llevamos dos años trabajando. Para los que nos quieran seguir, pueden encontrarnos en todas las plataformas digitales como Producciones El Retorno.

     

     

     

    Foto: María Alejandra Cardona Aizpurúa, miembro del Semillero Óptico. En el extremo derecho se encuentra César Daza, y en el izquierdo, Julián David Nava.

     

     

  • #ElCineDesdeJardín (V) Jinete de ballenas, un conflicto

     

    Jinete de ballenas (2002). Cortesía Mubi.

     

    Jinete de ballenas (2002) hizo parte de una selección de 12 producciones extranjeras que integraron la Muestra Central del 4to Festival de Cine en Jardín: Cine y patrimonio, maneras de encontrarnos. Producciones como Toda la memoria del mundo (1956) y Museo (2018) también hicieron parte de la muestra.

     

    De entrada, con un póster de una infante cuyo rostro es adornado por un símbolo y una banda alrededor de su cabeza, Jinete de ballenas parece una prometedora película sobre una tribu indígena que habita en el corazón de la selva y realiza prácticas primitivas (todo un cliché), pero resulta un poco alejado de lo que realmente es. El escenario central de la película es un pequeño poblado en la costa oriental de Nueva Zelanda, habitado por aborígenes de la tribu Whangara que creen descender de Paikea, un ancestro milenario que escapó de la muerte montando en el lomo de una ballena.

     

    Esta producción fílmica de ‘Niki’ Caro es protagonizada por Keisha Castle-Hughes, quien, encarnando el papel de Paikea (‘Pai’) Apirana -una niña de 11 años- guiará al espectador por esta historia con tintes de drama y comedia que desde el principio nos revela el conflicto interno y familiar de la infante. Al momento de nacer, su madre y hermano gemelo mueren, su padre abandona la villa y ella debe permanecer con sus abuelos. A medida que crece, Pai comprende amargamente que, muy a pesar de la crianza y el cariño que le ha brindado por años, su abuelo le guarda rencor y la culpa por el infortunio de su pueblo al haber interrumpido la línea de hijos primogénitos destinados a gobernar.

     

    Para ganarse el cariño y reconocimiento de su abuelo (‘Koro’), ‘Pai’ tendrá que “romper” cada tradición y descubrir el poder que reside en ella, no solo para ser jinete de ballenas, sino para unir nuevamente a una familia dividida durante 11 años y enseñar a su comunidad que las costumbres no deben ser una fórmula imposible de cuestionar o transformar.

     

    A través de una armónica combinación entre realidad y mística -en ningún momento la imagen parece tan desfasada como para no ser posible, aunque el espectador sabe que no corresponde a la realidad-, el filme revela al espectador una lucha entre valores tradicionales que se establecieron como absolutos y las nuevas generaciones que alzan su voz y piden participación en la sociedad que les tocó vivir o padecer, según como se mire. No muy distinto a lo que ocurre ahora en diferentes países alrededor del mundo en los que las mujeres exigen participación política y la comunidad LGTBI reclama igualdad de derechos.

     

    En el desarrollo de la narración se aprecian tres generaciones que tratan de coexistir, cada una con una manera de ver el mundo: un abuelo que se aferra con religiosidad a las enseñanzas de ancestros míticos que durante años han guiado las costumbres y normas sociales de la comunidad maorí; un hijo que, tras cuestionar dichas tradiciones y buscando huir de su padre, abandona el lugar de origen; y una nieta cuya intención es probar que es digna de tomar el papel de líder para continuar el legado de sus ancestros y, así, demostrar que su nacimiento no fue un simple error. El valor y perseverancia de ‘Pai’ serán sus mayores pilares para confrontar un mundo en el que, si bien las mujeres desempeñan roles importantes (educación), los hombres adquieren mayor protagonismo en sociedad y son quienes toman las decisiones de la comunidad.

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  • #ElCineDesdeJardín (IV) La ciénaga: entre el mar y la tierra. Un drama en

     

    Imagen: MAGO Films

     

    La Ciénaga, entre el mar y la tierra (2016) es una película colombiana que fue proyectada con la presencia de sus protagonistas, Vicky Hernández y Manolo Cruz, en la Sección Especial del 4to Festival de Cine de Jardín. Esta obra es la ópera prima de Manolo, quien codirige el largometraje con Carlos Castillo. A su vez, Manolo escribió la obra y la protagonizó junto con Hernández, quien se había soñado desde el principio para que desempeñara el papel de su madre en la producción. En su estreno oficial, este filme fue abrazado por el público y la academia, recibiendo entre los galardones más importantes el premio al Mejor drama internacional en el Sundance Film Festival.

     

    A pesar del gran recibimiento internacional de la obra, esta película no ha visto la luz en la cartelera de los cines del país debido a un lío de derechos de autor entre los directores. La sentencia sobre la autoría de la producción, en que se reconoce a Cruz y Castillo como coautores de la obra, salió por fin este mes y con ella es probable que se rompa el ciclo de tres años en el que no ha podido estrenarse debidamente la película.

     

    La historia transcurre en las orillas del mar en la ciénaga de Santa Marta y nos regala un drama potente a través de la historia de Alberto, un muchacho que no solo habita en una casa improvisada de madera por encima del agua como el resto de sus vecinos, sino que también es un muchacho huérfano de padre y con movilidad reducida que lo ha confinado a una cama; su única puerta al mundo exterior es un espejo que le permite ver por encima de su ventana, un cuaderno de dibujo y las visitas de su madre Rosa, encarnada por Vicky Hernández y su amiga de la infancia Giselle, interpretada por la joven actriz Viviana Serna.

     

    A pesar de ser una película grabada en la costa colombiana, la obra no ejemplifica a las películas costeñas adornadas con vallenato y risas, por el contrario, es un film rodeado por el sonido de las olas, los silencios y una música orquestal que acompaña a Alberto en sus dificultades físicas y espirituales.

     

    La relación entre el protagonista y su madre Rosa es fundamental en el desarrollo de la historia. Ambos comparten un vínculo emocional y físico que muestra una necesidad mutua de tenerse el uno al otro. Alberto no puede hacer nada sin que su madre le ayude a moverse, pero sin la compañía de Alberto, Rosa probablemente tampoco podría sobrevivir, porque todo lo que hace es para su hijo. Ambos viven por el otro.

     

    La actuación que Manolo y Vicky desempeñan para mostrar esta atadura y sus grandes dificultades es interpretada con agudeza. Manolo consigue exteriorizar toda su agonía a través de sus gestos y movimientos, sin decir una palabra y Vicky muestra una madre entregada a su hijo, quien ha sido golpeada por la vida por medio de una actuación maternal. Estos dos personajes comparten una conexión visible, que los mismos protagonistas afirmaron que se había generado de forma natural entre ellos a nivel actoral.

     

    Por momentos, la historia parecería que muestra un drama extremadamente triste en el que casi todo el relato transcurre en la casa de Alberto, pero los momentos de felicidad le dan dinamismo a la película con situaciones favorables que matizan el drama. Estos momentos son generados principalmente por el personaje de Giselle, quien le da alegría a Alberto y quien le causa sentimientos de amor y lujuria.

     

    Esta última situación refleja un conflicto difícil de tratar a nivel cinematográfico, puesto que se refleja la realidad de una persona encerrada por su cuerpo, pero que siente y piensa al igual que el resto de las personas. Esta atadura es reflejada en Alberto y causa en él un gran desasosiego.

     

    La orilla del mar da comienzo y final a la historia, es la que les da todo a los personajes y la que a su vez les quita lo que aman, con lo que queda en evidencia una relación que se tensiona entre el apego por el otro y el vacío propio, para lo cual la película plantea un final que reta a madre e hijo.

     

     

     

     

  • Desde las Raíces quiere abrir la Feria de las Flores al público

    Tres jóvenes estudiantes de diferentes universidades de Medellín, incluida la UPB, tomaron la iniciativa con un evento que durante la Feria de las Flores busca dar una imagen fiel de la cultura paisa y fortalecer la participación del público en el certamen ferial de la ciudad.

     

    Las organizadoras, que fundaron también el grupo de voluntariado CCI Colombian Alumni, indican que Desde las Raíces es un evento que busca abrir un espacio de participación durante el festival más importante de Medellín, pues, en su concepto, durante los últimos años la recurrencia de eventos privados se ha convertido en una excusa para vender y promover una imagen equivocada de la cultura paisa.

     

    Amantes de la Feria, pero a disgusto con la situación, las voluntarias proponen dos días de talleres y conferencias gratis en temáticas como emprendimiento, innovación, movilidad sostenible, tradición paisa, danza antioqueña, cuentería y trovas.

     

    Desde las Raíces se llevará a cabo en dos locaciones diferentes el 9 y 10 de agosto y contará con la participación del concejal Daniel Carvalho, el apicultor Fabián Penagos, el grupo de danza tradicional antioqueña Rapsodia Negra, y muchos otros invitados especiales. Además, cuenta con el apoyo de jugos D’cada, el Centro Colombo Americano y el restaurante Qué Dicha.

     

    Para conocer más información sobre el evento los encuentran en Facebook e Instagram como @desdelasraicescci

     

    La entrada a Desde las Raíces requiere inscripción previa AQUÍ.

     

    Integrantes de CCI Colombian Alumni, organizador de Desde las Raíces. Foto: Cortesía.

     

  • #ElCineDesdeJardín (III) La actriz eterna de cine colombiano: entrevista

    “Los festivales promueven y desarrollan sentido de pertenencia en las poblaciones, les genera la necesidad de sentirse vistos, parte del mundo y presentes en la época actual”, sostuvo la actriz Vicky Hernández, durante el 4to. Festival de cine de Jardín.

     

    Esta protagonista de la historia del cine en nuestro país dio testimonio de su entereza y de su notable trayectoria actoral, que incluye casi todas las películas, novelas y series de mayor envergadura que se han realizado en Colombia: desde La Estrategia del Caracol (1993), Confesión a Laura (1991), Azúcar (1989), La casa de las dos palmas (1990) hasta la reciente producción en la que participó, Ciénaga, entre el mar y la tierra (2016).

     

    Vicky Hernández tiene un lugar histórico en el cine y la televisión colombiana no solo por su talento sino por ser una voz con alto sentido crítico sobre los retos y logros de la industria audiovisual colombiana. Foto: Santiago Gallego. Semillero Óptico Audiovisual.

     

    Los 73 años de Vicky Hernández no han pasado en vano, en ellos se encuentran un sinfín de historias, experiencias y relatos de vida. Ha hecho parte de películas que conforman parte del patrimonio fílmico de Colombia, y además ha hecho parte de la búsqueda por conseguir una industria fílmica nacional más justa, asequible y desarrollada.

     

    ¿Qué permanece como una constante en el cine colombiano y que ha cambiado a través de los años?

     

    Algo que permanece como una constante en el cine del país es la intención de encontrar un lenguaje que nos represente y que nos muestre, a pesar de que a veces las temáticas se repitan o intenten imitar a las grandes producciones de otros países de una manera mecánica y automática; creo que sigue existiendo una búsqueda por encontrar nuestras propias historias, nuestra propia voz; relatos que den cuenta de nuestra presencia en el mundo.

     

    Por otro lado, ha habido un gran desarrollo en lo técnico. Ya hay una serie de personas formadas, cualificadas y calificadas en los distintos rubros de la producción cinematográfica: en producción ejecutiva y de campo, en manejo de decoración, escenarios, vestuario etc., pero la falencia más grande sigue estando en los guiones, la puesta en escena y la actuación.

     

    Hablando de industria, ¿le parece qué podríamos decir que en Colombia hay una industria cinematográfica?

     

    No hay una industria cinematográfica desarrollada, apenas es incipiente, está desarrollándose. Para que se pueda llamar industria tiene que haber un desarrollo coherente y consecuente con todos los niveles de trabajo cinematográfico: la construcción de infraestructura, de estudios, el personal capacitado, actores, directores y guionistas; es necesario que haya más dinámica en la resolución, distribución y exhibición.

     

    Debe haber una conexión y una consecuencialidad en el desarrollo y educación del público; se debe facilitar el acceso del público a las películas colombianas, ya sea porque la publicidad, los costos y la difusión ayuden a que ese público acuda a las salas. Tiene que venir casi que desde las escuelas primarias una educación que integre a la gente, que sea vinculante, no excluyente sino incluyente, que presente los fenómenos artísticos como parte del desarrollo de la sociedad, como una necesidad de espiritual, intelectual y material.

     

    Tiene que existir oferta y demanda. La gente está mal educada, acostumbrada solo a ver cine de acción y películas extranjeras y no sabemos lo que es nuestro, apenas ahora estamos empezando a oír el español, los modismos y los giros idiomáticos que existen.

     

    Todo es un proceso, pero ahora no podemos hablar de industria. Se están produciendo actualmente muchas más películas, pero no hay un nivel parejo, no se pueden producir 30 o 40 películas y realmente muy pocas tienen una gran difusión. La mayoría no son consumidas por el público.

     

    Desde hace un tiempo se ha intentado descentralizar los festivales de cine, llevándolos a pueblos, ¿cómo ve usted este intento por llevar el cine a zonas rurales y apartadas?

     

    Es importantísimo, los festivales promueven y desarrollan sentido de pertenencia en las poblaciones, les genera la necesidad de sentirse vistos, parte del mundo y presentes en la época actual.

    Los festivales son buenos porque hay intercambio, conocimiento de distintos sectores y dan a conocer producciones de ahora o del pasado que no han tenido buena difusión; en ellos se tratan temas pedagógicos, académicos, además de distintitas temáticas en charlas y conferencias. Son una maravilla y aunque sean descentralizados y pequeños tienen la participación de los jóvenes, los adultos, los viejos y los niños.

     

    ¿Cuál fue la película del siglo pasado que más la marcó?

     

    Son muchas las películas que me han impactado de diferentes géneros, con el tiempo se vuelven a ver y se encuentran otros aspectos importantes, como en El acorazado (1925), La bella y la bestia (1946), Abbott y Costello, Buster Keaton, material de esa época en que se encuentra gran riqueza, pero van cambiando los puntos de vista con el desarrollo que se tiene como persona y posiblemente como artista.

     

    ¿Cuál ha sido el personaje que ha representado que más la ha marcado?

     

    No podría decir. Cada personaje es un reto, es un mundo y tiene unas necesidades, unas carencias y unas posibilidades distintas. Depende si es cinematográfico, televisivo o teatral, todos esos medios hacen que el contexto sea distinto.

     

    Hay personajes que se hacen de una manera entrañable, uno los quisiera repetir para mejorarlos; hay películas que me encantaría volver a hacer ahora que estoy más vieja y que sé cómo es la vida.

     

    ¿Qué películas, Vicky?

    Confesión a Laura, por ejemplo, quisiera volver a hacerla, o todas yo creo en el fondo, porque ya sé qué sería lo mejor para hacer y lo que no.

     

    ¿En Confesión a Laura que cambio le daría?

    Muchas cosas, en el enfoque y el espíritu; si hiciera el mismo guion, si sucediera, podría establecer parámetros, quizá hacer ese mismo personaje, pero ya viejo, con más años de los que tenía en ese momento. Ese podría ser un juego bonito.

     

    Usted como actriz se ha formado de múltiples formas, pero además de la parte académica y práctica, ¿cómo se nutre para seguir desarrollándose en este mundo de la actuación?

     

    A pesar de que no comprendo muchas cosas por momentos y me desilusiono, lo que me ha mantenido donde estoy es que amo este trabajo, me encanta, no sé hacer otra cosa y nunca he hecho otra cosa; siempre se puede aprender de los personajes, de las historias, de la vida, de los pueblos, siempre es nuevo.

     

    ¿Qué aconsejaría a los jóvenes universitarios que tienen deseo de comunicar de distintas formas?

    Que la vida siempre alcanza para hacer lo que hay que hacer, que no tengan prisa y que dejen el culiprontismo, que trabajen fuerte, que luchen por las cosas, no crean que todo es “mamey” y, sobre todo, que no piensen que saben todo; las personas cuando somos jóvenes creemos que sabemos todo, pero cuando llegamos a ser mayores nos damos cuenta que nunca aprendemos del todo lo que hay que aprender y que en el fondo no sabemos nada. Yo por lo menos sé eso.

     

    Para finalizar, ¿cómo ve el futuro que se viene para el cine en el país?

     

     

    Hay entusiasmo, hay facultades e intercambio intelectual para generar un ambiente propicio para el desarrollo cinematográfico. Lo veo esperanzador. Hay que tener esperanza.

     

     

  • #ElCineDesdeJardín (II) Cocreación fílmica, nuevo significado del pasado

     

     

    La creación audiovisual se encuentra entre los elementos de primer orden de la vida cultural, ya que conforma y aporta, desde distintos formatos, a la memoria e identidad social. El cine y el patrimonio como archivos que moldean la historia, el mito, la tradición y la memoria colectiva, fueron los asuntos de reflexión en el 4to Festival de Cine de Jardín.

     

    Camilo Botero durante su participación en el Festival de Cine de Jardín. Foto: Daniela Duque, Semillero Óptico Audiovisual.

     

     

    Según las voces que se escucharon en el certamen, el término archivo fílmico deja de referirse exclusivamente al pasado y al material en el cual este quedó depositado, y alude principalmente a la memoria audiovisual de una sociedad y sus elementos culturalmente representativos. En palabras de Marc Ferró (1995), la importancia del archivo audiovisual va más allá de lo meramente cinematográfico, e incluso más allá de lo que atestigua; su importancia se da de acuerdo al acercamiento sociohistórico que permite.

     

    Es así como el archivo cumple un papel fundamental como documento social; no solo preserva un momento dentro de la realidad de una época, sino que revela las dinámicas sociales, políticas y culturales de un territorio. Esto permite la transmisión, la conservación y la visibilidad de la historia e identidad cultural nacional.

     

    Camilo Botero Jaramillo, montajista y realizador audiovisual, afirmó en Jardín que incorporar material de archivo en el cine documental, es un proceso de cocreación en el cual el acercamiento al archivo fílmico debe darse principalmente desde el respeto hacia el autor original y, así mismo, procurar una lectura sobre la intención que este tuvo al grabar las imágenes. Según afirmó Botero, “encontrar la voz interna del archivo”.

     

    La restauración de un archivo es darle al material nueva vida; lo que implica la producción de significados inevitablemente distintos al sentido que su autor original había designado. Basado en los planteamientos del experto en historia del cine Antonio Weinrichter, Camilo Botero habló sobre tres momentos fundamentales para la elaboración de un producto cinematográfico utilizando únicamente archivo fílmico: la restauración y apropiación del archivo, el montaje o ensamble y la recontextualización de la película.

     

    De estos momentos da cuenta la experiencia de Botero en la realización del largometraje audiovisual 16 Memorias (2008), cuyo material hace parte del archivo familiar de los Posada Saldarriaga Ochoa, registrado por Mario Posada Ochoa durante 26 años (de 1945 a 1971) y que equivale a 33 horas de grabación en películas de 16mm. Con estos archivos, Camilo Botero Jaramillo llevó a cabo el proceso de cocreación con el que ha participado en 36 festivales nacionales e internacionales y ganado doce premios.

     

    Otro proceso de cocreación fílmica realizado por Botero, que constituye un aporte a la construcción de la memoria colectiva es La gorgona, historias fugadas (2013). También participó en la restauración de los archivos para el documental de la madre Laura, Luz en la selva, y actualmente se encuentra trabajando con el archivo fílmico de la Familia Pedraza, grabado en 16 mm entre 1954 y 1973, que equivale a 12 horas de grabación y del cual pretende un cortometraje que, tras una lectura emocional de archivo, pueda develar la mirada de su autor original.

     

    Los archivos fílmicos están expuesto a la descomposición de su base de nitrato, al síndrome de vinagre, a la degradación del color, al desuso de los equipos antiguos de reproducción de imágenes y sonido, y, principalmente, a la falta de tradición fílmica que padecemos la mayoría de países latinoamericanos. No se debe olvidar que la memoria audiovisual nos ubica en la historia, y que mientras algo perdure en el recuerdo no morirá; así que una parte de nuestro pasado debe seguir siendo recordado a través de las imágenes, como testigos de identidad para nuestro presente y para el futuro.

     

     

  • #ElCineDesdeJardín (I). Mirarnos a los ojos

    Los integrantes del Semillero Óptico Audiovisual, en un ejercicio de formación académica y de contribución al crecimiento de la apreciación cinematográfica, presentan una serie periodística que profundiza en la muestra artística y académica del último Festival de Cine de Jardín. Primera entrega de #ElCineDesdeJardín: un análisis.

     

    Foto: Semillero Óptico Audiovisual

     

    Con muchas horas de viaje a cuestas (seis por trayecto, en los casos más infortunados), una convocatoria importante —pero menor con respecto a la de 2018— un espacio arquitectónico de exhibición reinaugurado, algunos momentos emotivos, estrenos, déjà vus cinematográficos y un balance positivo concluyó el 4to Festival de Cine de Jardín, cuyo tema se rotuló Cine y patrimonios: maneras de encontramos.

     

    Las anteriores ediciones de Jardín, en sintonía con algunas coyunturas sociopolíticas, se ocuparon de asuntos como el posconflicto, la tierra y la democracia. Esta, en el marco de la restauración del Teatro Municipal Rafael Leonidas Velasquez Rojas y la celebración de los 200 años de independencia nacional, se enfocó en el patrimonio y todos sus despliegues temáticos. Estos acontecimientos eran, al tiempo, una oportunidad y el riesgo de que el Festival asumiera una mirada institucional del patrimonio como un inventario de representaciones tangibles que enaltecen la historia monumental y patriótica de una nación. Desde esa perspectiva, es fácil caer en lugares comunes y convertir a la historia en una línea de hechos unidimensionales de la que una serie mitificada de productos son el resultado material.

     

    No fue el caso de este festival en Jardín, en la que se dio lugar a la exhibición de filmes que representan lo patrimonial o que constituyen en sí mismos un patrimonio fílmico, pues también el cine -en particular para nosotros los latinoamericanos- es una lengua prestada y debidamente alterada. La obra inaugural, Simón el mago, de Víctor Gaviria (concebida en 1992 como una miniserie para televisión) indaga en el mito y la imaginería popular sin dejar de radiografiar los problemas de clase o de revisar algunos estandartes de la historia occidental como la familia, tema característico del realismo social autóctono.

     

    De la misma muestra -Patrimonio cinematográfico colombiano- hicieron parte películas como Visa Usa, de Lisandro Duque, que examina las tensiones entre el centro y la periferia desde el argumento del sueño americano; Amores ilícitos, un filme de época que aborda el problema del colonialismo bajo una reivindicación del mestizaje; Gaitas y tambores de San Jacinto y Cerro Nariz, la aldea proscrita, que vuelven sobre lo étnico y sus manifestaciones culturales, trascendiendo la categoría de documento; y una pequeña selección del archivo histórico de la familia Acevedo, que relata algunos episodios de la vida cotidiana en la Medellín de los años 30.

     

    En la Muestra central, por otra parte, el espacio (físico, pero también simbólico) fue uno de los denominadores comunes: con un primer ejemplo en el de la Biblioteca Nacional de Francia que se aprecia en el cortometraje Toda la memoria del mundo de Alan Resnais, como una tecnología de la memoria; como segundo ejemplo, el del Palacio de Invierno de San Petersburgo que se ve en El arca rusa, cuyo narrador (o, si se quiere, cuyo huésped) confronta la identidad de ese país, despidiendo a su paso la gramática clásica del cine; y, como tercer ejemplo, el del territorio agrícola en Camboya, en La imagen perdida, documental Rithy Panh que cuenta y reconstruye el despojo y la migración en el régimen comunista de Pol Pot. En síntesis: prosopopeyas, espacios parlantes, revisitados y fracturados.

     

    Y en la Muestra de Proyecciones especiales, dos clásicos y un estreno nacional: Roma, ciudad abierta, cuya adecuación temática responde, ante todo, a un reconocimiento del neorrealismo italiano como tradición cinematográfica que inspira a nuestro cine (allí se inscribe la noción de patrimonio); Cleo de 5 a 7, que celebra la última edición de la revista Kinetoscopio y conmemora la muerte de Agnès Varda, una verdadera heroína cultural; y La Ciénaga, entre el mar y la tierra, del realizador y actor Manolo Cruz, protagonizada por un ícono del cine y la televisión colombiana como Vicky Hernández, que asistió al Festival y recibió los homenajes que su carrera artística merece.

     

    Aunque calificar la mirada curatorial de un evento como un festival de cine será siempre una tarea arbitraria y restringida (en parte por las apreciaciones subjetivas del crítico y sobre todo por el imposible de abarcar todo el contenido de la programación), la pertinencia de la muestra artística y académica de Jardín podría sustraerse del itinerario que cada uno decidió. También, y es necesario mencionarlo como un asunto más allá de lo anecdótico, por los fallos técnicos y logísticos que se presentaron en la proyección de algunas películas que ni siquiera llegaron a término, o que se presentaron interrumpidamente con deficiencias notables en el sonido o la imagen. Si bien los problemas de infraestructura son entendibles en un festival pequeño y en crecimiento como este, de ninguna manera pueden ser aceptables, considerando el esfuerzo de la cinefilia por desplazarse hasta este municipio y la proyección misma de este evento.

     

    Tales errores, no obstante, no menoscaban el trabajo de la Corporación Antioquia Audiovisual; por el contrario, refuerzan la urgencia de seguirle apostando a la descentralización del cine en el país: mientras los centros urbanos capitalizan los indicadores de exhibición, las regiones se limitan a ser unos escenarios de producción o, a lo sumo, tienen que resignarse a la condescendencia de unas iniciativas privadas intrascendentes y demagógicas. De otro modo, los esfuerzos por la formación de públicos seguirán yendo a saco roto, la apropiación social de estos espacios artísticos por parte de los habitantes de muchos territorios en Colombia seguirá siendo tan cuestionable como lo ha sido hasta ahora (no son pocos los casos en que estos festivales pasan desapercibidos para los mismos lugareños) y la realización de estos eventos tenderá hacia la autocomplacencia.

     

     

    Conozca una nueva entrega de la serie con la etiqueta #ElCineDesdeJardín

     

  • Medellín se manifestó por la vida de los líderes sociales

    A las movilizaciones del 26 de julio en Bogotá, las capitales regionales como Bucaramanga, poblaciones afectadas por la violencia contra los líderes sociales como Tierralta y otras ciudades del mundo como Buenos Aires, París, Berlín y Londres, se sumó Medellín con un desfile multitudinario que recorrió las principales calles del centro de la ciudad hasta el Museo Casa de la Memoria. En las redes sociales de Contexto y en este testimonio gráfico, nuestro equipo periodístico registró la manifestación convocada por las vidas no solo de los de los 462 líderes sociales muertos entre 2016 y lo corrido de 2019, sino por por las de los 983 que a la fecha han sido amenazados, según cifras de la Defensoría del Pueblo.

     

     

     

  • CUANDO EL ACTO MÁS VIOLENTO ES NO DEJAR HUELLA

     

     

    Desde 1938 hasta el 9 de abril del 2019, en Medicina Legal se registraron 144 714 personas desaparecidas en todo el país, de las cuales, 114 811 aún están sin clasificar. No se sabe si fue desaparición forzada, reclutamiento ilícito, secuestro, trata de personas o desaparición por desastre natural. El Estado no reconoce todas las denuncias. Por esto, las cifras no incluyen a todas las víctimas. Encuentre en este reportaje multimedia un detallado recuento sobre magnitudes y detalles de la desaparición forzada.

     

    Lea también un contexto general en la edición 72 del periódico Contexto.

     

     

     

     

  • “Contra viento y marea”: Luz María Múnera Medina

    A las 8 de la mañana empiezan a llegar los concejales: algunos, sonrientes y con palabras de buenos días para todo aquel con el que se atraviesen; otros, silenciosos y ocupados, con la simple intención de escurrirse hasta su oficina. Hoy Luz María Múnera Medina ha sido de los de esa segunda clase; hace menos de 12 horas se encontraba en un vuelo de regreso de Bogotá y ahora, lejos de sentirse aletargada o distraída, ella sacude su cara redonda con energía mientras organiza su agenda del día.

     

    Luz María Múnera hace política desde los 13 años, cuando ingresó al movimiento estudiantil de izquierda.

    Foto: Twitter de Luz María Múnera.

     

    Con casi 40 años haciendo política —a los 14 decidió participar en el movimiento estudiantil de izquierda—, a la concejal le gusta admitir que tiene la maldición del paraíso: ser de izquierda y ser mujer. Después de dos lanzamientos de campaña, que inició con la intención de hacer las cosas mejor y para dejar de ser encasillada como la secretaria del Polo Democrático Alternativo, Luz María se posicionó como una de las pocas mujeres dentro del Concejo de Medellín y una de las voces actuales más críticas de la administración municipal.

     

    —Hacer política no es fácil, yo creo que ni siquiera la izquierda tiene muy claro el tema de la participación de las mujeres en término de que no saben para qué servimos. Entonces nos tocan hacer mayores esfuerzos, siempre me ha tocado; un hombre da un discurso con tres palabras y nadie le dice nada, mientras que a nosotras se nos exige conocimiento, capacidad y formación si queremos tener un lugar decente.

     

    Los primeros cargos que ocupó Luz María Múnera en su partido se limitaron a temas financieros y de papeleo; siendo secretaria administrativa y gerente de campañas, ella direccionó los fondos para las operaciones electorales de distintos candidatos del Polo y, más tarde, planeó las de Rodrigo Saldarriaga para la Cámara de Representantes. Por esta última experiencia, la concejal confiesa que se consolidó su decisión de iniciar su propia campaña política; una en la que solo sacaría 1700 votos y por la que fue agredida.

     

    —Fue algo muy duro, especialmente por el dinero de campaña; recuerdo mucho que un compañero nos dijo a dos mujeres: “Es que a ustedes no se les puede dar plata porque la gastan en arepas”. Después de eso, empecé a buscar mis propias finanzas y a estudiar Administración Pública. Yo dije: “Contra viento y marea de izquierda y derecha, que si esa vieja es loca, esa hijueputa como jode, ella no es capaz… no importa, yo voy a ser concejal”.

     

    La concejal del Polo Democrático abre los ojos y gestualiza mientras habla; a diferencia de lo que sucede en las sesiones plenarias, su fuerte carácter parece amortiguarse con su voz serena y el paisaje celeste que se entrevé en las ventanas de su oficina. De cuando en cuando, David, uno de los jóvenes que integran su equipo de trabajo, la observa y asiente.

     

    —Pero esto no ha sido un trabajo sola; yo logré conformar un equipo académicamente muy bueno y políticamente muy claro, y lo empoderé. Aquí lo primero es prepararse y aprender a tomar decisiones colectivas; si no, te perdés y, como mujer, con mayor razón.

     

    Durante esos primeros meses en el Concejo, Luz María estuvo a punto de abandonar el cargo; por lo que más tarde denominaría una crisis moral, ella confiesa que terminaba el día con lágrimas en los ojos y con vergüenza por esa sensación que tenía de estar participando en algo repulsivo: ¿yo por qué me tengo que sentar con esta manada de ratas?

     

    —Yo me lo imaginaba y pensaba que al interior esto iba a ser malo, pero me equivoqué: era peor. Por eso, debes decidir si te dejás o no te dejás: uno de los machos te pega un grito y te ponés a llorar o te parás firme con toda la propiedad que te da el conocimiento. Eso se ha ido superando no porque ellos aprendieron, sino porque no me dejo -Ella reposa las manos sobre la mesa y su mirada se suaviza—. Hemos tenido momentos muy duros. Yo este año me separé y eso aquí ha armado un revuelo porque soy mujer… que si tengo o no tengo mozo, que si me acosté con David o con tales, que por qué estoy tan flaca y me puse bonita. Esas cosas me afectan, pero ante lo público siempre sigo firme.

     

    Como parte de la oposición a la alcaldía actual y por la misma naturaleza de su carácter, Luz María Múnera ha tenido numerosos enfrentamientos con sus compañeros concejales; desde el desafío a una pelea a puño limpio con Bernardo Guerra Hoyos —el rey de los machos— hasta la lucha contra la disminución de los presupuestos para las mujeres. Aún con un dejo de contrariedad en su voz, la concejal se queja de que, para este cuatrienio, los fondos para la población femenina bajaron más del 70%.

     

    En la actualidad, la Secretaría de la Mujer en Medellín está contando con 40 mil millones de pesos para esta administración, es decir, 20 mil millones de pesos menos que bajo otros mandos. Respecto al área de participación política de la misma entidad, las cifras se reducen: según Luz Constanza Jiménez, profesional universitaria de la misma Secretaría, en este año solo se disponen de 350 millones de pesos para la realización de actividades promotoras del empoderamiento político de mujeres.

     

    —Hay que mirar nada más los programas de la primera dama, son programas para que cumplas tu función histórica como mujer: criar hijos, casarte, ser juiciosa. No hay una concepción de avanzada frente a nosotras, por eso tenemos que seguir trabajando y no dejarnos; no debemos llorar por esas cosas, sino imponernos por nuestras capacidades, tampoco se trata de ser feministas radicales, sino de caminar con los hombres… y, sobre todo, se trata de amarnos a nosotras mismas.

     

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