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  • Lenta libertad

    Esta es la historia de un viaje a la cuna de la especie de tortuga ribereña única en Colombia y cómo es el camino hacia su hábitat natural.

     

    Valentina Marín / periodico.contexto@upb.edu.co

     

    En ese “rinconcito de Colombia”, golpeado años atrás por el narcotráfico y el paramilitarismo, el plan que nos esperaba no se trataba del turismo morboso en una hacienda o en una cárcel secreta. Esta vez, seríamos testigos de cómo quince tortugas recién nacidas, de manchas amarillas diminutas en su nariz y patas del tamaño del dedo más pequeño del pie emprendieron su recorrido hacia el encuentro con su nuevo hogar entre el río y la selva.

     

    La sensación térmica de 40° centígrados, la ropa pegada por el sudor y la piel grasosa por el bloqueador no fueron impedimento para ver el resurgimiento de una comunidad a través del turismo sostenible, conocer a la guardiana de estas especies salvadas de ser mascotas o una cena familiar y vivir de cerca las lecciones de la naturaleza.

     

    ***

    La cita era muy temprano en la mañana, pero la lluvia, que no había mostrado rastro los días anteriores, decidió estar en todo su esplendor. La reunión de zancudos en nuestra piel como banquete había cesado, pero un árbol caído estaba bloqueando la única vía por la que se llega a la “Estación de la Alegría” o Estación Cocorná, nuestro destino.

     

    —¡Chicos, ya! ¡Nos vamos! —dijo Nicolás, el guía del grupo, haciéndole honor a la emoción que teníamos guardada desde Medellín y que se notó cuando en menos de un minuto yo ya estaba montada en el bus, aunque los viajes en carretera ya no sean mi plan favorito.

     

    Muchos árboles de poca altura y raíces grandes en medio de la sabana, ganado alrededor y campesinos a caballo intentando controlarlo, restaurantes y paraderos para los camioneros, plantas de fábricas gigantes, casitas de una sola pieza, el Hotel Dubái, el Santorini colombiano y hasta la posibilidad de estar en un Safari fueron el as bajo la manga del camino antes de llegar a Santiago Berrio.

     

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    Santiago Berrio es un corregimiento del municipio de Puerto Triunfo. Allí en 1935 encontraron petróleo, instalaron una máquina de extracción y ni una gota le tocó al pueblo. Pero como la naturaleza es generosa, sí les dio el Río Claro Cocorná Sur, fuente de ingresos y principal sustento.

     

    El parque principal no era muy grande. El negocio donde antes se jugaba billar estaba abandonado, casi con el techo destruido, con olor a madera húmeda, rejas oxidadas y las paredes agrietadas. Había pocas casas alrededor, casi todas de madera, con las sábanas extendidas en el balcón y con algunos palos gruesos haciendo las veces de columna; niños de bermuda y sin camisa jugando en el campo de arena que servía de cancha y la única tienda ya tenía tres clientes tomando cerveza.

     

    Leonardo y Darío, dos habitantes de la vereda; vestidos de jean oscuro y camiseta de cuello; uno con sombrero y el otro pelinegro; pero ambos cincuentones y con los cachetes colorados por el sol, eran los conductores. Nos estaban esperando en dos motos Suzuki en los rieles de la estación del ferrocarril y ruta del único y más ágil vehículo en el corregimiento, el cual no tiene forma de tren, pero anda mejor que uno: el motorriel.

     

    Nicolás ya nos había mencionado cómo sería la llegada al tortugario. Sin embargo, ni las fotos ni las palabras lograron pintar en lo que consistía. Si en Cartagena hay carrozas y en Santa Fe de Antioquia mototaxis, en este lugar había dos tablones unidos por una soga desgastada, dos llantas de riel a lado y lado, sillas plásticas para los pasajeros y una soga más para unir la moto y llanta delantera a todo el montaje.

     

    No había de dónde sostenerse, tampoco había techo para protegerse, pero sí una vista panorámica de gallinas descuidadas atravesando la vía, perros con la cola metida entre las patas asustados por el ruido y gatos sentados en las ventanas. Casas de madera sin divisiones ni cortinas, techos de latas, solares enormes y fogones de leña. Niños jugando, madres amamantando a sus hijos y abuelos trabajando la tierra. Carteles con fotografías de políticos cubriendo las tejas y unas cuantas propagandas prometiendo el cuento de “pagar menos impuestos” en los postes de luz. Fueron casi 20 minutos a 40 kilómetros por hora aproximadamente, con el sol penetrando la piel y el viento enredando el cabello.

    La protección de especies de fauna local está vinculada a la oferta turística de Puerto Berrío.

    Cortesía: Santiago Upegui.

     

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    —Ey, Chavita —saludaron enérgicamente desde la esquina a una señora de poca estatura, camisa manga larga gris, leggins cafés y aretas plateadas en forma de tortuga. Tez morena, cabello negro mezclado con algunas canas y uñas cortas decoradas con el “francés”.

    —¡Qué hubo, mi muchachito! —respondió con una sonrisa literalmente de oreja a oreja.

     

    Todos volteamos a verla y cuando con los brazos abiertos nos dijo “mi corazón salta de alegría de tenerlos aquí”, supimos que era la famosa Isabel, a quien solo había que escucharla o mirarla a los ojos para saber que alma, vida y corazón le pertenecen a sus “niñas”, como llama a los huéspedes del tortugario rescatados de ollas calientes, apartamentos, niños antojados y carreteras del país.

     

    Isabel Romero, guardiana de los recursos naturales, es casi el ángel de las tortugas. Creció sin mamá y toda la vida fue criada por su papá, un hombre dedicado a sus hijos y a las tantas mujeres que tuvo. Su última madrastra, como en un cuento infantil, no la quería y la educaron creyendo que su única labor era tener hijos y decirle al esposo cuando llegara de trabajar “venga mijo le limpio los zapatos y le llevo limonada”.

     

    Parte de eso lo cumplió. Tuvo cuatro hijos y hasta en los trabajos de parto le tuvo que pedir permiso a su esposo para ir al hospital porque él creía que lo que ella quería era “mostrar la cola por allá”. Aun así, siempre supo que su destino era diferente, que no pasaría toda la vida detrás de un hombre y se lanzó a crear lo que siempre quiso.

     

    Tiempo después empezó a estudiar, luego de hacerse una promesa y como condición para ser parte de la junta en el Comité de Conservación. El obstáculo ya no era el cuidado de sus hijos y mucho menos las esposas del papá, sino otra vez su esposo que no le daba permiso de ir porque, según él, “ella se iba a conseguir otro macho”. En contra de eso, se matriculó a una técnica en el SENA, presentó su proyecto de grado y consiguió su título. El Centro de Conservación de Tortugas de Río era la materialización de su sueño, lucha incansable, amor a sus “chiquitas” y un toque de desobediencia.

     

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    El Tortugario estaba a unos pasos después del “Túnel del Amor”, un sendero romántico y refrescante en medio del calor. Una tortuga grande hecha en concreto, que cumplía la función de espantar a cualquier tipo de depredador, era la bienvenida a la casa de las “niñas”. Un sendero en piedra, muchos mosquitos y tortugas de diferentes especies caminando a paso lento o nadando eran los anfitriones del Centro. Estábamos junto a una especie que no se encontraba de forma natural en ninguna otra parte del mundo: la Ponodecmis Lewyana.

     

    —Les cuento que esta es la historia de un papá alcahueta, un niño antojado y una mordedura —nos dijo Chava mientras con dificultad se agachaba a buscar dentro del agua una tortuga asustada.

    —¡Ay mírela, ahí va! —le avisábamos emocionados cada vez que la veíamos pasar por sus pies.

    —¿Será que se fue a callejear? Es que no la he podido encontrar y está cieguita ¡Qué tal que viera! —respondió entre risas tocando el agua hasta que la pudo agarrar.

     

    Ziggy era el nombre de esa pequeñita con machas amarillas y verdes en su cabeza. Las patas traseras estaban tiesas, síntoma de que estaba enferma. Sus ojitos estaban cerrados, o más bien pegados, y cada vez que alguien le pasaba el dedo cerca de su boca intentaba agarrarlo, pero no le atinaba.

     

    Ella era “mordelona” y esa fue la razón por la que ese niño le cogió tanto miedo a su “mascota”. Cualquier día, el papá decidió encerrarla en un cuarto sin saber que al menos tres horas del día debía estar sumergida en agua. Le causó una conjuntivitis incurable y, por su condición, estaba obligada a morir en el tortugario o quedaría indefensa en el medio natural.

    Machi y Pancha también tenían su pasado. Ambas eran discapacitadas: Machi por un machetazo que le quitó parte de sus dedos y Pancha porque sus dueños pensaron que era muy divertido ponerla a nadar en una piscina, a pesar de que estaba hecha para todo menos para eso.

     

    Sin embargo, la consentida de la casa era Lupita, la más bebé. Los rostros de ternura y una que otra mano intentando tocarla no se hicieron esperar ante ese caparazón en miniatura. A su corta edad tampoco había corrido con la mejor de la suerte, pero tuvo un final feliz cuando fue rescatada.

    Una de las “egresadas” de La Estación de la Alegría. Foto: Santiago Upegui.

     

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    Al compás de “síganme los buenos” y en fila india detrás de Isabel llegamos al auditorio. Un salón grande, casi al aire libre, con las paredes llenas de fotografías de distintas tortugas en diferentes poses y paisajes, una vitrina llena de porcelanas, artesanías y alcancías en todos los tamaños, motivos y colores, y algunos recortes de periódico enmarcados. Ahí me di cuenta de que este lugar tenía su historia por contar y que merecía tener más de esas cinco palabras frías como titular

     

    Entre su “saludo tortugólogo” y algunos secretos, nos contó que la temperatura define el sexo de las tortugas, que el plastrón de los machos es cóncavo y el de las hembras plano, que les encantan las proteínas y los vegetales, que vive enamorada de las más chiquitas y que cuando alguna de ellas la muerde, la perdona. Aunque lo que más llamó mi atención fueron esas dos ventanas, una con cortina rosado bebé y la otra azul oscuro, diferenciadas por dos pedazos de papel impresos en letra Arial mayúscula que decían “machos” y “hembras”.

     

    —Les vamos a mostrar lo más lindo que tenemos aquí —nos invitó emocionada a la ventana de cortina azul cuando su esposo le dio la señal.

     

    La sorpresa era un señor moreno, de manos grandes, bigote abundante y gorra del Junior de Barranquilla destapando con cuidado dos cubetas cuadradas y transparentes, llenas de arena y con seis huevos blancos separados entre sí.

     

    —Cada uno de ellos tiene su partida de nacimiento y fueron salvados de ser pisados por una vaca buscando comida o de la agresiva corriente del río —nos explicó.

     

    La premisa del Centro es no tener fauna en cautiverio, por eso el futuro de esos “niños” y “niñas” sería nacer, coger defensas debajo de la arena, pasar a la piscina de bebés, sanar su ombliguito y esperar a que alguien como nosotros la acompañe hasta el lugar donde debe estar.

     

    ***

    Ese territorio llamado Magdalena Medio ha ocupado los titulares más sangrientos de la prensa. Puerto Triunfo fue casa de uno de los narcotraficantes más peligrosos del mundo, autor de atentados y años violentos en el país, y en una de las orillas del Río Magdalena existió un sitio conocido como “Saca Mujeres” en donde “a los muertos los sacaban amontonados”.

     

    Según el Centro Nacional de Memoria Histórica, hay un registro de más de 320 cadáveres encontrados en el afluente desde 1982. Sin embargo, las cifras son inciertas porque es difícil encontrar a los muertos en el río y por esa razón “han sido el lugar preferido por los grupos armados”. Incluso, se ha dicho que si esas aguas hablaran, dirían los nombres de todas las víctimas que flotaron, a veces enteras y otras veces no, por sus aguas. El Río Claro Cocorná Sur terminaba su recorrido en el Río Magdalena y ese día sería testigo de la libertad. Era como si la naturaleza tuviera un mensaje.

     

    —Hoy cada uno de ustedes va a ser padrino y madrina de una tortuga que se encuentra a un paso de estar extinta del planeta —nos dijo Yamith, el hijo de Isabel, marcando el inicio de un momento muy importante para todos.

     

    Estábamos bajo un cielo azul clarito y despejado, y al frente del río que en un día sin lluvia es verde azul cristalino. Nos dieron la orden de organizarnos detrás de una línea marcada en la arena a unos cuantos pasos de la orilla. Ese era el punto de inicio de la carrera que estaba a punto de empezar y cada paso que ellas se quedaría guardado en su memoria con el propósito de poder regresar a ese mismo lugar a dejar los huevos de futuras nuevas especies.

     

    En mi cabeza estaban sonando los versos de la canción La Naturaleza, de Los Cafres que dice “la naturaleza te habla y enseña. Su mensaje es claro. No hay por qué entender implícitamente todo…” y estaba segura de que la naturaleza nos estaba hablando cuando ellas, a pesar de tener miedo, confiaron en nosotros sacando su cabeza del caparazón.

     

    Al fin ya la tenía en mis manos, empujando con sus patas traseras y viendo frente a sus ojos la inmensidad que se merecía. Me agaché para que no corriera peligro de caerse mientras Yamith nos decía “repitan después de mí: yo adopto esta tortuga y me comprometo a su cuidado y conservación”. Todos lo hicimos al unísono y luego pasamos al momento más esperado: “pueden soltarla cuando quieran”.

     

    La mayoría se fueron rápido, sin pensarlo y dispuestas a ser las ganadoras. Otras dieron pasos cortos, lentos y devolvieron al sentir que el agua las tocó. Sin embargo, algunas se despidieron. Se quedaron cerca de la orilla, nos hicieron creer que se iban, pero de la nada sacaron su nariz del agua y después se dejaron llevar por la corriente. Ahí fue cuando ocurrió la magia.

     

    A la que me eligió le deseé larga existencia, no caer en el pico de una garza o en las manos de otro papá alcahueta y bajo el atardecer dorado navegando el Río Magdalena me la imaginé nadando libre en ese río sin fin que estaba dejando atrás su historia del pasado para ser ese día un gran anfitrión de la vida.

     

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    Trabajo realizado en el curso Periodismo IV, orientado por la profesora Carolina Calle.

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

  • A través de los ojos del abuelo

    Es posible describir a la literatura como un medio de comunicación que permite vincular las expresiones personales con el medio y la sociedad. Hablando particularmente de la migración, proponemos el tópico referido a los movimientos forzosos como consecuencia del conflicto interno armado en Colombia.

     

    María Isabel Villegas y Laura Rendón Aguirre / periodico.contexto@upb.edu.co

     

    Un abuelo y su nieto trazan el escenario para intercambiar historias que hablan de la historia de violencia den nuestro país y de los caminos y distancias que ha trazado entre el campo y la ciudad. Este proyecto narrativo propone cuentos, podcast, crónicas, documentales cortos.

     

    Clic en la imagen para recorrer la multimedia:

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    Trabajo realizado en el curso Núcleo II (Narrativas) y sus laboratorios. Orientado por los profesores Ana María López, Daniel Santiago Cortés y Joaquín Gómez Meneses.

     

  • Detrás de una lágrima

    Llorar tiene su ciencia y ese no sé qué, que salva en momentos cuando, por ejemplo, descubres que el amor de tu vida te engañó.

     

    Valentina Marín / periodico.contexto@upb.edu.co

     

    Sobre una mesa pequeña en la sala, Lucía tenía una Virgen, la Biblia y el teléfono. Cada vez que esta persona llamaba a intimidarla, ella leía el primer salmo que sus ojos vidriosos lograban encontrar. Un día, luego de escuchar ese choque cuando del otro lado cuelgan y sintiendo ese vacío desgarrador que ya reconocía, su hija mayor llegó a sentarse en sus piernas y le dijo:

     

    —¿Por qué estás llorando, mami?

    Lucía la miró y no le respondió.

    —No llores, no llores ¿Acaso no crees que la Virgen nos está acompañando? —continuó mientras Lucía rompía en llanto y la abrazaba.

     

    Nadie podría explicar con facilidad qué es llorar. Más bien darían instrucciones de cómo hacerlo, como Cortázar, o seguramente les sería más fácil decir la razón. As Vingerhoets, uno de los principales expertos en llanto, estableció que el sentimiento de pérdida o ruptura es el principal motivo. Pero, uno de los diccionarios más completos de la lengua española lo define como sentir vivamente algo, derramar lágrimas por los ojos o, de manera más fría, “manar de los ojos un líquido”.

     

    Llorar es algo que los seres humanos han aprendido a lo largo de los siglos para comunicar con más fuerza los sentimientos y Elena Jarrín, oftalmóloga española, dice que “se trata de una manifestación de lo bien hecho que está el ser humano y lo evolucionado que es”. Sin embargo, Charles Darwin, mayor exponente de las teorías evolutivas, sostuvo que las lágrimas emocionales no tenían ningún propósito, solo servían para proteger el ojo.

    Lucía nunca notó que al llorar su cuerpo estaba haciendo una de las actividades motoras más complejas y cotidianas, porque lo complejo era la situación que ella estaba viviendo.

     

    ***

    Lucía y Luis Fernando se enamoraron en la universidad. Sostuvieron un noviazgo de cinco años y un 9 de julio de 1994 juraron ante el altar amarse y respetarse hasta que la muerte los separara. Al año llegó el embarazo de su primera hija, Laura, y para darle la noticia, como en típica escena de película romántica, le dejó en el espejo donde él se afeitaba unos escarpines junto a una nota que decía “vamos a tener un bebé”. Después de abrir su espuma afeitadora y antes de terminar de leer la frase ya tenía lágrimas en los ojos que resumían la inmensa felicidad que ambos estaban viviendo.

     

    Era contradictorio que en un momento de alegría el llanto apareciera. Es por esa razón que se considera uno de los más grandes misterios, porque con solo pensar que cuando gana el equipo de fútbol favorito, en una pedida de matrimonio, en el abrazo eterno de una pareja en un aeropuerto, en un orgasmo o, como en este caso, enterándose de la noticia de un embarazo la gente también llora, definitivamente no se trata de una simple actividad.

     

    Los psicólogos afirman que llorar de alegría es una forma de equilibrarse o liberarse en medio de emociones que no se pueden controlar. Incluso, la Universidad de Yale definió en una investigación que esta actividad paradójica tiene una función vital. Entonces, el cerebro de Luis Fernando se encontraba en un momento tan complejo e incontrolable que buscó la mejor manera de regularse: llorar.

     

    Fueron momentos especiales, pero tal “cuento de hadas”, como lo describe Lucía, empezó a tener altibajos. Cada que salía hacia su trabajo, comenzaba a sentir una opresión en el pecho. Era como una voz que le hablaba y que no lograba escuchar. Era algo que le decía que se devolviera, como si se le hubiera olvidado apagar un fogón o echarle una llave más a la puerta. Cuando lo hacía, encontraba a Luis conversando por teléfono. Ese mismo de la mesita de la sala, con la Virgen y la Biblia al lado. Inmediatamente colgaba asustado y sorprendido, así que las sospechas comenzaron a aflorar en la cabeza de Lucía.

     

    Transcurrió un mes, un tiempo en el que pueden suceder muchas cosas para unos y pocas para otros. Por ejemplo, con los 10 ml de producción lagrimal diarios, una persona adulta podría llenar un poco más de la mitad de un vaso. Un bebé humano normal lloraría 60 horas en total, según los psicólogos, y cualquier persona podría escuchar una canción diaria de la “Lista definitiva de las 40 canciones tristes que no deberías escuchar si estás deprimido” que escribió La Vanguardia y le sobrarían para el siguiente mes. Ese fue el tiempo que ella esperó para reunir las pruebas y confrontarlo.

     

    Dicen que llorar trae beneficios. Stephen Sideroff, autor de The Path: mastering the nine pillars of resilience and success, dijo que los sentimientos guardados contienen mucha energía y retenerlos podría interferir en procesos naturales e instintivos. Tanto así, que lo compara con la necesidad de tener hambre: “si alguien busca comida para calmarla, alguien que esté triste debe encontrar algo para equilibrarse y resolverlo”.

     

    El bioquímico William H. Frey propuso que la gente se siente mejor después de llorar y, aunque poco lo tengamos en cuenta, la liberación de mocos que también resulta, en conjunto con el llanto, es un mecanismo para deshacerse de las hormonas que producen estrés, pero Lucía venía guardando esas emociones día tras día.

     

    Ella grabó las conversaciones, notó los comportamientos extraños de su esposo, lo esperó despierta una noche que tuvo que salir de “urgencia” y comenzó a preguntarle qué le pasaba. Se inventaba canciones, escritos, versos y cartas para comunicarse con él que resultaban siendo intentos fallidos. Buscó psicólogos, asesores de familia y hasta sacerdotes. No estaba dispuesta a rendirse. Pero un encuentro y un café la hicieron cambiar de decisión.

     

    —Lucía, yo tengo que contarte algo que está pasando y me está haciendo sentir muy mal —le advirtió Carlos, un amigo cercano de la pareja, en esa cafetería a dos cuadras de la oficina de Luis.

    —Decime, Carlos ¿qué es lo que pasa? —le respondió exaltada soltando de inmediato el café que estaba a punto de tomar.

    —Luis está teniendo últimamente comportamientos muy extraños, se ha alejado de los amigos y tiene una relación más que cercana con la auxiliar de arquitectura, Claudia.

    —Carlos, confírmame si esta es la voz de ella —le dijo mientras buscaba con rapidez la grabadora de periodista en su bolso.

    —Sí, es ella.

     

    Esta era la prueba final. La que cerraba el caso, la cereza del pastel y la que desataba el caos. Luis se había enamorado de una compañera de su trabajo y a Lucía se le había atravesado un nudo en su garganta y en su camino. Ella no sabía qué sentir, pero era el momento perfecto para enfrentarlos.

     

    Las emociones estaban a flor de piel. Ese lugar del cerebro llamado sistema límbico estaba llegando al máximo de su función y en conexión con el sistema nervioso vegetativo estaban provocando reacciones que luego activarían la producción del llanto. Sin embargo, ese todavía no era el caso de Lucía. No había soltado ni una lágrima, más bien su cabeza estaba llena de rabia, confusión y necesidad de una respuesta.

     

    Los expertos dicen que cada persona tiene su forma de llorar. Unos pueden sollozar, tener espasmos cortos y otros lo pueden hacer de forma silenciosa y tranquila. Cada uno con expresiones y motivos diferentes. Charles Darwin descubrió y clasificó más de cien gestos característicos, y afirma que es una de las “expresiones específicas del hombre”, porque ninguna otra especie ha dado pruebas de poseer este mecanismo. Entonces, quizá Lucía sí lo estaba haciendo, pero a su manera.

    Ilustración: Valentina Marín.

     

    ***

    Tomó un taxi y se demoró más en montarse al carro que en llegar. Preguntó dónde estaba la oficina de Claudia. La auxiliar de arquitectura. La de las llamadas. Se dirigió por el pasillo cruzando los demás cubículos en medio de miradas aterradas y expectantes.

     

    —¿Claudia Helena? —preguntó para confirmar que fuera la oficina correcta.

    Ella estaba de espaldas, sacando unas copias y cuando volteó Lucía confirmó que era ella.

    —Vengo para que conversemos —le dijo mirándola a los ojos.

    —No, hablemos afuera, aquí adentro no —le suplicó temblando y con un papel en sus manos.

    —Adentro sí — interrumpió Lucía corriendo una silla Rimax y ubicándola en la entrada—. Yo no tengo nada que esconder. Te pido que sigas con tu camino y no te cruces en el mío.

    —Nosotros ya llevamos un año de relación. Vamos a formar una familia porque él es mío.

     

    Lucía no estaba dispuesta a pelear por sentimientos y mucho menos por un hombre. Su papá siempre le había dicho que su dignidad era lo más importante y ese era el momento de poner en práctica el consejo. Por eso, se retiró y se dirigió a la oficina de él a quien sin pensarlo dos veces le dijo mirándolo fijamente: “los cimientos que alguna vez construí con usted desde que me casé acaban de ser demolidos porque hasta aquí llegamos”. Guardó en su bolso la grabadora y antes de irse él le respondió: “yo necesito organizar mi vida, dame un tiempo para irme de la casa”.

     

    Lucía aceptó la decisión y en el momento preciso que salió de esa oficina sintió que, literalmente, su corazón se había partido en mil pedazos. Según ella, es verdad cuando en las poesías afirman que el alma duele porque recuerda, con la voz entrecortada, que eso fue lo que sintió al ver que el amor de su vida y los sueños juntos se habían desvanecido. Esta vez, las lágrimas de Lucía sí empezaron a correr por sus mejillas sin contenerse.

     

    En su trabajo Topography of tears, Rose Lynn Fisherhat tomó fotos de lágrimas bajo un microscopio de luz y pudo comprobar que todas son diferentes. Si lloramos de risa, de angustia, de dolor, de tristeza o por amor, absolutamente ninguna es igual. Entonces, ¿cómo serían las lágrimas de Lucía bajo el lente de Rose?

     

    Su composición parece simple: 9% sal, proteínas, enzimas y sustancias que contienen nitrógeno. Pero el neurólogo Michael Trimble explica que las lágrimas emocionales tienen mayor contenido proteínico y también detectó que poseen sustancias que ayudan a regular el ánimo y el estrés, como la prolactina, serotonina y adrenalina.

     

    Además, los investigadores definen que existen tres tipos de lágrimas: las basales, que mantienen nuestros ojos limpios; las reflejas, que surgen como reacción a algún componente externo; y las emocionales, que son aquellas vinculadas a los sentimientos, como lo que produce darse cuenta de un engaño.

     

    Las lágrimas son como una película que se extiende sobre el ojo. Si contiene demasiado líquido, se desborda y puede llegar hasta la barbilla. Pero, a veces la vida es tan extraña que existen personas que no pueden hacerlo por más que se rebosen de emoción.

     

    Normalmente, dependiendo del ambiente, se puede evaporar más de un 25% de la lágrima, pero todo vuelve a la normalidad cuando se parpadea de forma continua y completa. En cambio, alguien con síndrome de Sjögren le costaría mucho más producir lágrimas, incluso saliva, y su principal solución es usar lágrimas artificiales de por vida. Ni siquiera con las playlist de Spotify “Rolitas para llorar a las 3 a. m.” o “Música para llorar porque Henry Cavil tiene novia” alguien con esta enfermedad autoinmune podría lograrlo.

     

    Llorar es un acto de bienestar. Diomedes Díaz dijo en una de sus canciones “a mí el llanto no me hace daño”, la diferencia con Lucía es que él sí le rogó a una mujer. Aunque también está Fanny Lu quien dice que “llorar es una locura”, a pesar de que un verso de su canción confiese que se levanta a las seis de la mañana, que un largo día de trabajo la espera y que no tiene ni cinco en la cartera.

     

    ***

    Casi una semana después, Luis llegó de su trabajo. Laura estaba tomando una siesta y Lucía estaba en la habitación. Entró, saludó, descargó sus papeles encima de la mesa y empezó a buscar en el closet una maleta de viaje. No, esto no era el inicio de unas vacaciones familiares. Lucía comenzó a pasarle camisetas, pantalones, corbatas, medias, sueños y decepciones. Él, mientras tanto, organizaba de forma minuciosa el equipaje de un nuevo camino que ya habían decidido.

     

    —¿Qué pasó? —preguntó Laura entredormida, con una muñeca en sus brazos y viendo todo lo que estaba pasando.

    Ambos se miraron y Lucía estaba esperando que él le diera una explicación.

    —Mami, es que yo me voy porque yo no sirvo para estar casado. Yo aquí vivo aburrido.

     

    No necesitó decir ni una palabra más para que Lucía sintiera que le habían dado una punzada en el corazón a su hija de cinco años y también a ella. Ese momento lo describe como el segundo dolor más grande que ella pudo sentir en medio de todo. Lo que aún no sabía es que dentro de ella estaba dándole vida a su segunda hija.

     

    La niña se hizo a un lado de la puerta para evitar detenerlo. Él la abrió, cogió su maleta y le susurró algo al oído. Lucía tragaba en seco para que su hija no la viera llorar. Laura se dejó caer en la puerta luego de que él cerró y sus ojos estaban más brillantes de lo que eran. Su mamá la cogió cargada y ninguna de las dos pudo contenerse.

    Algunas personas lloran “abriendo un paquete de papitas”, como dice Lucía, mientras que a otros les cuesta tanto que deben recurrir a manuales de instrucciones, como el de Julio Cortázar quien deja de lado los motivos, pero recomienda no ingresar en escándalo y hacerlo en tres minutos.

     

    Quizás Julio era uno de esos y tuvo que escribir su propia checklist que incluye pensar en un pato cubierto de hormigas, tener contracciones del rostro y emitir un sonido enérgico para cuando fuera necesario estar en modo llanto. La psicología y él coinciden en que se debe dirigir la imaginación hacia uno mismo, dejar sentir esa opresión en el pecho y fluir. También, S Moda de El País dice que ayuda “ver una película que sabemos nos va a llevar al llanto o escribir sobre nuestras emociones”, aunque Lucía podía sentarse con palomitas a ver su propia historia.

     

    Si existiera un kit del llanto, incluiría lágrimas, mocos y muchos pañuelos de diferentes texturas y patrones. Por ejemplo, uno de ellos tendría grabado el dibujo que hizo Leonardo da Vinci mostrando cómo los ojos se conectaban supuestamente con el cerebro, cuando se creía en la época de los hipocráticos que las lágrimas eran segregadas allí cuando esta parte del cuerpo de entristecía. Otros podrían tener lágrimas negras, que para los presidiarios simbolizan cada uno de los asesinatos cometidos y algunos cuantos un gato de colores en honor a los niños que producen al llorar un sonido parecido al animal solo por la falta de una parte del cromosoma cinco.

     

    Incluso, cualquier emprendedor podría convertir el llanto en una idea más de negocio vendiendo párpados para peces, quienes no hicieron parte del grupo de animales convocado hace 360 millones de años para migrar, convertirse en anfibios y desarrollar un aparato productor de lágrimas basales que les permitiera humedecer sus ojos; o construir un imperio de venta de lágrimas para crear humanos, como creían en el antiguo Egipto y Grecia quienes asociaban el líquido con vida, fertilidad y sinceridad.

     

    Cortázar dijo que un rincón era un buen lugar para llorar. La Basílica de Guadalupe y las escaleras del Metro Auditorio también son unos de los mejores lugares para llorar en México, según sus habitantes. Así como también lo es el Parque de El Retiro y el Huerto de las Monjas en Madrid. Entonces, Waze podría aprovechar e incluir en sus mapas los mejores lugares para llorar en todos los países y facilitarles un poco la vida a las personas, porque llorar no es tarea fácil. Ni siquiera escuchando en la madrugada la música de Sin Bandera.

     

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    Lucía confiesa que nunca ha sido de llorar, prefiere hacerse la fuerte. Ella se crío con una mamá que decía que “los hombres no lloran”, un papá que la consideró la luz de sus ojos por ser la única mujer en la familia y en medio de seis hermanos hombres, que nunca le preguntaron qué le pasaba cuando ella “se quebraba” en esa mesa de la cocina.

     

    Luis también era reservado con sus sentimientos. Él se crío junto a su hermano menor, una mamá muy sensible y un papá amoroso, pero serio. Alguna vez, en esos días cuando apenas se estaban conquistando, le contó a Lucía que muchas veces prefería quedarse en su casa escuchando con audífonos los partidos, en vez de salir a hacer vueltas con sus papás, lo cual lo llevó a ser introvertido y poco comunicativo. Sin embargo, cuando don Enrique, el papá de Lucía, lo aconsejaba sí dejaba caer con facilidad alguna que otra lágrima.

     

    La madre de Boabdil, un sultán de Granada, le dijo “llora como mujer lo que no supiste defender como hombre” porque, según los historiadores, el llanto de los niños varones ha sido más castigado que el de las niñas. Los hombres se han criado para aceptar un rol de cazadores y defensores de la tribu, y los que lloran son estigmatizados y muchas veces se vuelven objeto de burlas y regaños. Tanto así que, un proverbio indio dice “no se debe confiar ni en una mujer que ríe, ni en un hombre que llora”.

     

    Las investigaciones de diferentes oftalmólogos coinciden en que las mujeres lloran 5,3 veces en promedio por mes y los hombres 1,3 veces. De igual manera, Elena Jarrín afirma que la duración del llanto es cuatro veces más corta en los hombres. Lo curioso es que la sociedad y su idea de que llorar es sinónimo de “debilidad” se está negando posibilidades inimaginables, como perder un par de calorías. Así lo confirmó un estudio del St. Paul Ramsey Medical Center que dice que “las hormonas que liberan las lágrimas al llorar por una emoción intensa, como es la ruptura amorosa, reducen los niveles de cortisol, sustancia que favorece la retención de grasa en el cuerpo”.

     

    ***

    El mismo Jesús dijo alguna vez “bendito tú que lloras, porque reirás” y casi como una promesa, así se le cumplió a Lucía. En su cita con el ginecólogo se dio cuenta de que iba a tener otra niña. “Vas a tener que guardar los chulitos de tu otra hija para que se los des a la que viene”, le dijo el doctor para confirmarle la noticia.

     

    Dicen que el llanto de los bebés es crucial para su supervivencia. En un artículo de La Vanguardia dicen que es casi como un “cordón umbilical acústico” y lo que en ese momento se creía en la familia de Lucía era que Valentina sería muy “llorona” por todo lo que tuvo que pasar estando en la barriga de su mamá, pero sucedió todo lo contrario.

     

    Hidemi Yoshida, el hombre que “le enseña a llorar a Japón”, dice que las lágrimas tienen un “increíble poder curativo porque reducen el estrés y hasta alivian el dolor”. Sin embargo, las personas todavía no se creen dueños del as bajo la manga que tienen. De hecho, hasta ahora la ciencia no ha confirmado que un animal pueda hacerlo de la forma en que las personas pueden lograrlo, aunque a veces se hable de las “lágrimas de cocodrilo”.

     

    Por eso, llorar es un arte, tanto así que las verduras, como la cebolla, quieren provocarlo con su mecanismo de defensa llamado factor lacrimógeno. Llorar es resistir, tanto que los gobiernos despliegan armas químicas, como los gases lacrimógenos, y los pueblos siguen al pie de la lucha a pesar del dolor.

     

    Llorar también es celebrar, tanto que en Japón se inventaron el “Ruikatsu”, una “fiesta de sollozos catárticos” que les ayuda a liberarse de estigmas culturales y emociones. Llorar es poder, tanto que las lágrimas de las mujeres que eran contratadas para derramarlas en los velorios de desconocidos, llamadas plañideras, preparaban el paso del difunto al otro mundo, según las creencias romanas y egipcias. Llorar es un don que, aunque la religión cristiana diga que se les concede a unos pocos, todos tenemos la capacidad de “renovar el corazón sin cesar”.

     

    Llorar fue lo que poco a poco le unió de nuevo el corazón a Lucía. Fueron meses de hacerlo en silencio yendo en bus hacia su trabajo, tomando jugo de guayaba del que le hacia su mamá en la comida y antes de dormirse en la noche. Dice que para ella todo lo que pasó no fue nada fácil y con esa idea de que “tenía que ser fuerte” o que “ella era una berraca” mucho menos, porque sentía que no podía dejarse caer. Pero recuerda entre risas cómo hoy es la que hace reír a sus amigas y reconoce que en nuestros ojos se alberga una gran medicina.

     

    Trabajo realizado para el curso Periodismo VI, orientado por la profesora Carolina Calle.

     

     

  • Instinto de supervivencia

    “Yo pensé que no iba a volver a ver a mis hijos, pero uno quiere salir para que lo ayuden o algo, uno no se quiere tampoco dejar morir”. Del fraude en el servicoo de energía se hablan con cifras generalmente, este relato muestra la faceta humana del problema, que incluye notas muy negativas. Testimonio de Juan Daniel Germán Hernández, exinspector de fraudes en Electricaribe.

     

    María Andrea Gil Serna / periodico.contexto@upb.edu.co

     

    ¿Le soy sincero? Cuando me dijeron para hacer esto… A mí alguien me pregunta ¿cómo te pasó eso? Y yo evado, ¿sí me entiende? No me gusta recordar porque fue algo muy traumático.

     

    Eso fue en junio del 2015, yo era inspector de Electricaribe y me movía en todo lo que era Córdoba Sur. A eso de la una de la tarde llegué yo a una finca como a dos o tres kilómetros antes de Buena Vista, entré y encontré una irregularidad, le tomé foto porque el procedimiento mío era tomarle evidencia fotográfica y pasarla a la empresa.

     

    Actualmente son pocos los rastros que se ven del episodio que a Juan Daniel casi le cuesta la vida. Foto: Cortesía. >>

     

    Al momento de salir, yo prendí mi moto y vi que el señor de la casa, un señor alto y moreno de 65 años aproximadamente, salió y se fue adelante, como era puro potrero yo tenía que pasar por una puerta y cuando lo vi ahí parado en esa puerta, yo le dije: “Que calor, ¿cierto jefe?” y él me respondió: “Mjm”, pero nunca pensé que fuera a hacerme cualquier cosa, entonces me dijo: “bueno, entrégueme el celular” con un machete en la mano y yo le contesté: “no te lo puedo entregar porque este es el trabajo mío”. Sin decir más palabras me tiró un machetazo a la cabeza y yo levanté las manos, con las manos me protegí y me cortó en el antebrazo, de ahí yo me tiré de la moto y me fui por la orilla a agarrar un palo para defenderme y ¡qué va! Ya la mano no me funcionaba, ya la tenía echada para atrás.

     

    Yo salí corriendo para la casa de él, comencé a pedir auxilio y el señor detrás de mí. Yo le decía: “yo tengo hijos pequeños, yo no hago este trabajo porque quiera, sino porque es el trabajo que tengo, ¿qué culpa tengo yo de que este sea el trabajo mío? Vea, si quiere le entrego el celular, déjeme ir” y él: “¡Te voy a matar malparido, te voy a matar!”

     

    Cuando llegué a la casa de él, que era cercada con una malla, me la cerraron. Después salió el hijo, un hombre alto y grueso que dijo: “no le dé porque ya hizo bulla, vamos a sacarlo de aquí de la finca que él se va a morir de todas maneras”. Me comenzaron a empujar y me llevaron hasta la moto, el hijo me dijo: “vea que le estoy ayudando”, en el trayecto el señor decía: “¡No! Vamos a picarlo, vamos a desaparecerlo aquí en la finca”, pero el hijo insistía que no porque ya los vecinos sabían que yo estaba ahí.

     

    Pensé que iba a morir ese día, en lo único que pensaba era en mis hijos porque estaban muy pequeñitos y no los quería dejar así, me acordé de mi mamá que está muerta, comencé a pedirle a Dios que me diera otra oportunidad, que me permitiera ver criar a mis hijos.

     

    Así me monté en la moto, el hijo me la prendió y me fui. A 500 metros de llegar a la carretera se me puso la vista oscura y me desplomé, cuando ya reaccioné, yo dije: “si me quedo aquí, me desangro, me muero, como sea tengo que salir hasta la carretera” y salí gateando, me atravesé en la carretera nacional y venía un carro, pero cuando me vio me sacó el zigzag y siguió derecho, después venía una moto, ese fue el que paró como con miedo, me montaron en un taxi y me llevaron al Hospital San Nicolás. Cuando llegué a Planeta Rica, llegué sin conocimiento, yo oía por allá lejos cuando la enfermera gritaba: “se nos fue, se nos fue” y el médico decía: “líquido, líquido”.

     

    De ahí me mandaron a Montería, la primera noticia que me dieron cuando llegué a la Clínica Central fue que me iban a amputar la mano, pero la Salud Ocupacional de la empresa y otros amigos dijeron: “no, no, no, vamos a hacer las vueltas para mandarlo a Medellín”.

     

    Esa noche me operaron la vena arteria porque el señor me la cortó, me cortó los tendones y también los nervios. Cuando desperté de la cirugía, mi esposa estaba al lado mío y me sentía tranquilo, ese día nos dimos cuenta de que ella estaba en embarazo, yo pensaba: “casi me muero sin saber que iba a tener otro hijo”.

     

    Al día siguiente me mandaron para Medellín, mi esposa iba en la ambulancia conmigo, ella estuvo ahí todo el tiempo. En el trayecto de Montería a Medellín tenía la hemoglobina en 6 y los médicos de Montería cometieron el error de mandarme así, cuando llegué a la Clínica Medellín de Occidente, llegué sin conocimiento y me entraron a reanimación, me cambiaron las vendas de las heridas, me pusieron tres litros de sangre y al día siguiente estaba mucho mejor.

     

    Estuve 18 días internado en la clínica, me hicieron como cinco o seis cirugías de reconstrucción de tendones, de nervios y en los dedos de la mano derecha, hoy en día tengo unos dedos como torcidos y no tengo sensibilidad en la mano, pero por lo menos la muevo. Cuando recuerdo todo esto me da ira con ese señor. Yo le pido a Dios todos los días que me ayude a perdonarlo para no tener ningún rencor con él, que lo perdone a él y que me ayude a borrar esas secuelas. Yo trato más bien de olvidar eso.

     

    Trabajo realizado para el curso Periodismo III, orientado por la profesora Claudia Sánchez Aguiar.

     

     

  • Batalla rosa

    Ahí estaba ella. Impaciente y nerviosa. A punto de romper en llanto. Incapaz de atravesar la puerta del consultorio. Veía a las mujeres de su alrededor desfilar por los pasillos, sin un solo pelo en sus cuerpos, con caras largas y cabizbajas. Todas ellas, seguidas por una enfermera que caminaba con afán, quien indicaba la sala asignada donde pasarían cuatro horas de su día, tumbadas en una silla, mientras un líquido espeso de color naranja neón pasaba por sus venas, arrasando con todo. No quería ser una de ellas. Creía que después de su cirugía todo estaría resuelto.

     

    Verónica Peñaranda Isaza / periodico.contexto@upb.edu.co

     

    Lucía*, de 51 años, es esposa de Francisco* y madre de Natalia*. Se dedica a la arquitectura, más específicamente a las reformas. Es de corta estatura y tez clara. Lleva su cabello liso y negro en un estilo corto y a capas. Sus labios siempre están pintados con colores vibrantes, en su mayoría, los rojos y magentas. Es muy conversadora y extrovertida.

     

    Fue diagnosticada con senos fibroquísticos en su juventud y su madre es sobreviviente del cáncer mamario, por lo que, de manera periódica, se realizaba chequeos.

     

    Comenzó con un dolor en el seno derecho durante dos meses, por lo que decidió ir a realizarse una ecografía para descartar alguna anomalía. Fue sola, pues no esperaba nada nuevo en su diagnóstico. El especialista no tuvo que tardar mucho en decirle que había encontrado un carcinoma mamario ductal infiltrante en su seno izquierdo, irónicamente, el seno contrario al de su dolor.

     

    Según la American Cancer Society, este tipo de cáncer es diagnosticado al 80% de las mujeres que padecen esta patología. “Comienza en las células que revisten un conducto de leche en el seno. A partir de ahí, el cáncer invade la pared del conducto, y crece en los tejidos mamarios cercanos. En este punto puede tener la capacidad de propagarse (hacer metástasis) hacia otras partes del cuerpo a través del sistema linfático y el torrente sanguíneo”.

     

    “Al escuchar esas palabras, a mí se me derrumbó el mundo. En ese momento yo estaba en la etapa más importante de mi profesión. Tenía muchos proyectos, entre ellos, montar una oficina gigante de publicidad. El doctor me dijo que llamara a mi esposo, y habló con él. Salí de la cita y no entendía nada. Francisco me decía que hablara con mi jefe, porque tendría que parar mi trabajo para hacerme todos esos exámenes. Eso fue horrible”.

    Cayó en una grave depresión, hasta llegar al punto de recibir medicación. Su hija, Natalia, tenía 13 años, y lo que más la atormentaba era el pensamiento de no verla crecer.

     

    La psicóloga Estefanía Arango, resalta que, al diagnosticar un cáncer, de cualquier tipo, se disminuye la esperanza de vida, debido que se genera un componente derrotista, lo que acarrea una decadencia física y emocional. “A través de la historia hemos sabido que esta patología disminuye mucho la expectativa de vida y no en vano conocemos la rigurosidad del tratamiento y las consecuencias que pueden traer estos procedimientos, los cuales asustan mucho. Sin duda alguna siempre van a presentarse altibajos emocionales, y tanto la ansiedad como la depresión estarán ahí presentes constantemente”.

     

    ***

    Mientras Lucía vio su mundo caer al ser diagnosticada con un cáncer mamario, Cristina*, lo tomó como un reto más en su vida.

     

    Cristina, de 61 años, es soltera. De mediana estatura y contextura delgada. Su pelo es teñido de un color rojizo con iluminaciones, que contrastan con su piel blanca. Le apasiona la cocina, por lo que, después de ser despedida de su trabajo anterior, decidió empezar su propio negocio de comida internacional desde su casa. Vive sola y entrega toda su fe a la religión católica.

     

    A sus 59 años, se realizó una mamografía de control, donde se halló una calcificación extraña, que posteriormente sería un cáncer. “Cuando me entregaron los exámenes y leí que tenía un cáncer mamario, pensé ¿quién soy yo para que no me dé cáncer? Además, yo miraba a las personas de alrededor que iban recibiendo sus resultados y me cuestionaba, ¿qué tendrán los otros? Pues si tengo cáncer lo tendré muy incipiente, así que no me preocupé mucho”.

    Había sido diagnosticada con un carcinoma mamario ductal infiltrante en el seno izquierdo. “Yo en ningún momento tuve miedo. Siempre estuve tranquila. Yo pensaba que si esa era la manera en la que me iba a morir, pues me iba a morir, y si no era mi momento, pues iba a salir de esa. A mí el cáncer no me generó nada. Lo que sí me tumbó fue cuando me dijeron que debía ser tratada con quimioterapia”.

     

    El tamaño del carcinoma había comenzado en pocos milímetros, pero al cabo de un mes ya había incrementado a 2.5 cm. Era imprescindible que le practicaran una cirugía. La mastectomía radical. “El doctor me dijo que me iba a quitar todo el seno izquierdo, pero yo le dije que me quitara los dos de una vez. No quería volver a entrar a un quirófano en quince días o un mes para que me dijeran que ya se había esparcido a la otra mama, entonces me hice quitar las dos”.

     

    ***

    El artículo escrito por Ruiz de Aguirre y Villanueva Edo, titulado Evolución del Cáncer de Mama a Través de la Historia, expone que la mención de esta patología se remonta a los años 1600, citada por primera vez en el papiro de Edwin Smith, quien describe el tratamiento de los primeros tumores mamarios mediante cauterización (quemaduras) o exéresis (extirpación).

     

    En cuanto a las primeras cirugías de mama, se menciona a Heródoto, historiador griego y escritor, quién relata el mito de las amazonas, mujeres guerreras que se hacían amputar el seno derecho para agudizar su puntería en el manejo de las flechas y el arco. Además, se describe el martirio de la siciliana Santa Agueda, la cual recibió la orden del gobernador romano de Siracusa, de amputar sus senos salvajemente.

     

    Este documento también describe a la medicina grecolatina en relación a la cirugía de mama, desde los Tratados Hipocráticos (escritos médicos atribuidos al padre la medicina contemporánea, Hipócrates, en los siglos V y IV a.c), hasta el siglo I d.c., cuando el filósofo Celso lo menciona en su obra y Leónidas explica la mastectomía relacionada con la cauterización. Posteriormente, surgieron diferentes opiniones acerca del tratamiento para el carcinoma mamario ya que, en primera instancia, Galeano, aseguraba que la amputación del seno era inútil, debido a que el rápido incremento del tumor hacía de la intervención operatoria un método poco efectivo.

     

    La medicina medieval mejora después de los estudios de disección anatómica, plasmados en las pinturas de Leonardo Da Vinci y Jon Stephan de Calcar. Los cirujanos de los siglos XVI y XVII, tales como Vesalio, Ambrose Paré, Cabral, y Miguel de Servet, amplían los conocimientos sobre los tumores en los senos femeninos e identifican que esta enfermedad conlleva una mayor dificultad quirúrgica.

     

    Se conciben nuevos instrumentos como los descritos por Van Hilden y Gerard Taber, a modo de guillotinas que seccionan las mamas tumorales, con el objetivo de reducir el dolor y el tiempo de la operación. Más adelante se identifica que la extirpación del tumor debe ser total, además de la extracción del pectoral o tejidos de alrededor. Petit, es el primer cirujano en plantear la mastectomía radical y la conservación del pezón.

     

    En el último tercio del siglo VXIII se descubre el microscopio por Anton Leeuwenhoek, el cual despliega un mayor conocimiento sobre los tumores cancerígenos en los senos femeninos reconociendo que el diagnóstico temprano garantiza un mejor progreso.

     

    Charles Moore, fue uno de los cirujanos más destacados en tumores mamarios, quien concluyó que el cáncer de seno requería una extirpación completa del órgano, además de la limpieza de los bordes y los tejidos cercanos afectados.

     

    Además, Ruiz de Aguirre y Villanueva Edo, explican que, Joseph Lister, apoyado en los descubrimientos de Pasteur, sobre las infecciones quirúrgicas, ayudarán a nuevas prácticas antisépticas y asépticas, lo que dará como resultado una disminución de las muertes postoperatorias inmediatas y la implementación de nuevas maneras de exéresis.

    Los nuevos cirujanos comienzan a experimentan nuevas técnicas y variaciones relacionados con sus experiencias personales, técnicas que se resumen en: “Mastectomía radical de Halsted, Mastectomía modificada de Patey, Mastectomía suprarradical de Dahl-Ivern, Mastectomía simple y Mastectomía subcutánea”.

     

    A finales del siglo XIX, con el hallazgo de las hormonas, se pensó que el cáncer de mama podría ser causado por un desequilibrio hormonal, por lo cual, se podría evitar con una adecuada terapia. Algunos de los tratamientos que se implementaron fueron la testosterona, la ooforectomía (remoción de los ovarios) o la cortisona, los cuales dieron resultados poco alentadores.

     

    En 1895 con el descubrimiento de los rayos X realizado por Wihelm Röntgen, Marie y Pierre Curie, se inicia la terapia radioactiva contra los tumores mamarios cancerosos. “Así se usaron la introducción de agujas radioactivas en el tejido canceroso, la irradiación intersticial, las técnicas de alto voltaje y otras, que han llegado hasta nuestros días”.

     

    Por último, se menciona a los compuestos de arsénico que se usaron como quimioterapia a finales del siglo XIX, y en la actualidad, tratamientos con mostazas nitrogenadas.

     

    Los autores finalizan exponiendo que “en el inicio del siglo XXI el tratamiento del cáncer del seno femenino, conocido mediante un diagnóstico precoz y fruto de un estudio preventivo, se basa en un trípode equilibrado: Cirugía, radioterapia y quimioterapia, que un equipo de cirujanos, radioterapeutas y oncólogos deberá determinar, según el estudio protocolizado de cada paciente”.

    Cortesía: Mariarosa Velásquez.

     

    ***

    Quince días después del diagnóstico de Lucía, le practicarían una cirugía para la extirpación del cáncer. Su médico le sugirió realizarse una cuadrantectomía, es decir, únicamente someterse a la extracción del tumor mamario, pero Lucía insistía en que quería una mastectomía radical, lo que significa, la extracción completa de sus senos.

     

    “El especialista me decía que no me quitara todo el seno, que perdería toda la sensibilidad y que podría ver afectada mi relación de pareja. Sin embargo, yo estaba muy convencida de que me quitaran los senos completamente. Él insistía. Finalmente, Francisco me dijo que él prefería una mamá para Natalia que un seno en la cama. Esta enfermedad o une a las parejas o las separa definitivamente, pero en mi caso, mejoró mi matrimonio. Es que este cáncer no solo me dio a mí, sino que nos dio a los tres. Francisco sacrificó una parte muy importante de mí, y a mi hija la molestaban en el colegio porque le decían que la enfermedad de su mamá era contagiosa”.

     

    ***

    El Dr. Jaime Alberto Restrepo Pérez, egresado de la Universidad Nacional de Colombia, es un reconocido especialista en cirugía plástica, estética y reconstructiva en la ciudad de Medellín, que labora en la Clínica Medellín de El Poblado. Así como lo expone, es fundamental el acompañamiento a las pacientes por parte de sus parejas.

    “La mayoría de las veces, las parejas acompañan en este proceso a las pacientes lo cual es muy importante, ya que los procedimientos reconstructivos son grandes y algunas veces dolorosos. Por eso es importante la participación de ellos. Y aunque no son en últimas los que definen el tipo de cirugía o el tamaño del implante, cuando la paciente intervenida sabe que cuenta con ellos, es un paso significativo que ayuda en su proceso de recuperación”.

     

    Además, el Dr. Jaime Alberto Restrepo opina que las perspectivas de las pacientes que van a ser intervenidas con una mastectomía, en su mayoría, son positivas. Sin embargo, puede generar ansiedad por el resultado final.

     

    ***

    A diferencia de Lucía, el testimonio de Georgina Argüelles, presentado por la W Radio en el 2020, titulado El testimonio de Georgina: ella superó el cáncer de mama y un divorcio, demuestra lo que viven muchas mujeres al ser diagnosticadas con un cáncer de seno y someterse a una mastectomía radical.

     

    “Joven, alta, delgada, ojos color miel. Su paso por los pasillos del hospital no es indiferente. Georgina Argüelles es sin duda, una mujer atractiva. Pero le falta un seno”.

     

    La primera reacción que tuvo al saber que tenía cáncer de seno fue pensar en la muerte, puesto que había tenido dos familiares que habían fallecido por la misma causa. Ella decía “yo no me quiero morir, no me quiero morir”.

    Llevaba casada con su pareja sentimental 18 años. “Cuando él supo, me decía, ´yo voy a estar contigo, no te preocupes´… pero se fueron dando situaciones y sentí que más que apoyo de él, era un estorbo, porque me decía: ‘así como estás nadie te va a querer’”.

     

    Los primeros tres meses continuó a su lado, pero Georgina notaba fastidio por parte de él. Para su tercera quimioterapia, le pidió que no la acompañara más, porque en lugar de subirle sus ánimos, la hacía sentir mal.

    Georgina explica que su esposo pensaba que ella se iba a morir, pues no pudo superar la impresión del diagnóstico.

     

    Ella misma decidió separar los caminos, pues sentía que, si se quedaba con ese hombre, ella moriría. Además, puntualiza que se sentía herida, abandonada y lastimada. “Cómo es posible que cualquier pretexto fue fácil para decir ahí nos vemos, en lugar de que luchara conmigo”.

     

    Las cosas que él le dijo en esos momentos la afectaron mucho, “aunque él me diga que no lo decía con esa intención, para mí, en el momento en que yo estaba más vulnerable en mi vida, hasta el día de hoy, las sigue trayendo en mi cabeza”. Finalmente concluye diciendo que su separación ha sido complicada, pero no ha dejado que esta situación la domine.

     

    ***

    Si bien Lucía no vio sacrificado su matrimonio, ella describe que sus amistades han tenido un cambio radical después de su cáncer en cuanto a la ausencia y el poco apoyo. “Las relaciones amistosas se afectaron totalmente. Los amigos se cuentan dos veces: en las buenas se saben cuántos son, y en las malas se saben cuántos quedan. Yo era la más amiguera, y después de todo esto, mis amigos se cuentan con los dedos de una sola mano”.

     

    Bibiana Vergara, asistente administrativa de la fundación Fundayama, ubicada en Medellín, puntualiza que la ayuda psicológica relacionada en temas de familia, relaciones sociales y de pareja son indispensables, por lo cual, son programas importantes en la fundación. “Uno de los factores más relevantes de la baja autoestima en las mujeres, y por la que buscan ayuda, es la caída del cabello y la mastectomía radical. Los esposos las rechazan porque se ven calvas, además de que la mama, después de la reconstrucción, no queda estética, pues queda con una apariencia diferente, por lo que afecta las relaciones de pareja”.

     

    Para la psicóloga Estefanía Arango, el acompañamiento psicológico asertivo es indispensable para las parejas, pues es el cáncer un gran detonante para la separación de compañeros sentimentales. “Si no se contribuye a generar esas buenas expectativas con su pareja, puede acarrear esa inconsistencia, pues la mujer que padece el cáncer se sentirá insegura, vacía y ausente, y creerá que no le podrá suplir al otro con lo que a ella le falta”.

     

    ***

    La cirugía de Lucía fue exitosa. Estaba totalmente convencida de que su intervención quirúrgica sería suficiente para extirpar el cáncer, pues ya le habían quitado su seno completo.

     

    “Después de recuperarme de la operación, me dijeron que fuera donde el oncólogo. Uy no, ese día sí tuve un choque. A mí me dio una cosa, lo más horrible. Yo no era capaz de pasar esa puerta del consultorio. No era capaz de entrar. Yo lloraba y empecé a ver toda la gente sin pelo, y yo decía, ¡pero yo qué estoy haciendo acá dónde un oncólogo que me va a hacer una quimioterapia! Me dio un ataque de pánico tenaz. Y uno siempre conserva la esperanza de que no se le va a caer el pelo”.

     

    Le formularon la quimioterapia adyuvante, -más conocida como la quimioterapia roja, que se destaca por su agresividad en el cuerpo-, durante 6 meses, con dosis cada 28 días.

     

    “¿Lo más duro de la quimioterapia? Uy no, lo síntomas. Fueron mortales. Me derrumbaban. La pastilla que me daban me mataba. Yo prácticamente duraba 21 días muerta, tirada en un sofá. El día 21 me aliviaba, esos siete días comía bien, hasta el día 28, y volvía y me moría. Yo me perdí a Natalia seis meses. Enflaquecí mucho, porque solo me tomaba tres cucharadas de sopa en todo el día. Siempre tenía náuseas y esa sensación era muy maluca”.

     

    Para Lucía, lo más difícil de tener cáncer de seno es el miedo a morir. “Yo le decía a mi mamá que no quería otra quimio más. Que no iba a aguantar. Ella me decía, Lucía, piense en algo, para que puedas resistir”. Ella solo quería ver a su hija cumplir 15 años y lo describe como su mayor motivación, que la ayudó a sobrellevar el tratamiento.

     

    ***

    La Organización Panamericana de la Salud (OPS) expone que el descubrimiento de la quimioterapia fue una casualidad, puesto que fue un hallazgo del gas mostaza utilizado durante la primera guerra mundial. Antes de este descubrimiento los tratamientos para el cáncer de mama no habían tenido buenos resultados.

     

    “El gas mostaza, también conocido como mostaza azufrada, es un agente de guerra química con efecto vesicante, sintetizado por Frederick Guthrie en 1860”. Fue muy usada durante la época, teniendo efectos mortales. “Fue responsable de 1.205.655 víctimas no fatales y 91.198 muertes. La toxicidad de este agente varía en función de la dosis”.

     

    Los efectos pueden variar, desde irritación en la piel y conjuntivitis, hasta síntomas graves pulmonares. Las secuelas que puede generar este gas pueden ser alopecia, vómitos y vulnerabilidad a infecciones.

     

    “Estas manifestaciones resultan del efecto alquilante del veneno que daña el ADN (un componente vital de las células en el cuerpo), se reduce la formación de los glóbulos sanguíneos (aplasia medular) y se presenta disminución anormal de los eritrocitos, leucocitos y trombocitos (pancitopenia). La médula ósea y el tubo digestivo eran las partes más afectadas por la exposición crónica a este gas. No obstante, el aterrador uso del gas mostaza durante la Primera Guerra Mundial tuvo un aspecto positivo: el descubrimiento del primer agente quimioterapéutico moderno que se fundamentó en el seguimiento de los sobrevivientes expuestos al gas mostaza”.

     

    En 1919, el doctor Edward Krumbhaar, describió los efectos del gas mostaza en la médula ósea y los glóbulos sanguíneos, posterior a haber tratado pacientes expuestos a este químico en Francia. “Se dio cuenta de que incluso si el curso clínico inicial de estos pacientes estaba acompañado por un aumento en el número total de leucocitos, aquellos individuos que sobrevivían durante varios días desarrollaban una disminución profunda de los glóbulos sanguíneos”.

     

    La oficina de investigación científica y desarrollo en los Estados Unidos (OSRD) pagó una investigación secreta acerca de los químicos utilizados durante la Segunda Guerra mundial que se realizó en la Universidad de Yale.

    Lo que realmente inició la era de la quimioterapia anticancerígena fue un accidente que sucedió en la Segunda Guerra mundial debido a que “cientos de habitantes fueron expuestos accidentalmente al gas mostaza durante el bombardeo de la ciudad italiana de Bari el 2 de diciembre de 1943. El primer estudio clínico con uso de gas mostaza fue llevado a cabo por Louis Goodman y Alfred Gilman en 1942”.

     

    Los resultados se publicaron en 1946 y se comenzaron nuevos estudios sobre las mostazas nitrogenadas, que dieron paso a los primeros agentes alquilantes como la mecloretamina.

     

    “Esto motivó otras investigaciones relativas al cáncer, como el estudio sobre el ácido fólico que dio origen al metotrexato. Estos acontecimientos cambiaron la percepción del tratamiento contra el cáncer. A finales de la década de 1960, con la introducción de la quimioterapia combinada como el protocolo MOMP (mecloretamina, vincristina, metotrexato y prednisona) más y más pacientes con cáncer lograron la remisión, lo que permitió concebir esta enfermedad como una enfermedad curable, en particular para los linfomas y las leucemias”.

     

    ***

    La autoestima y la feminidad se ven afectadas con el tratamiento del cáncer de mama. En el caso de Lucía, con la quimioterapia se le cayeron las cejas, las pestañas y todo el pelo. “A mí lo que más me dolió no fue la caída del cabello sino perder las cejas, porque yo tenía una peluca hermosa que me regalaron mi esposo y mi mamá. Cuando uno se ve sin cejas no se reconoce porque pierde toda la fisionomía. Al no tener cejas, ni pestañas, ni pelo, me daba mucho trabajo mirarme al espejo”.

     

    Cuenta que cuando ella era joven lo que más le gustaba era su escote “porque yo era pecosita y mis senos eran hermosos, me fascinaban. Ya con el cáncer quedé sin escote”. Dice que se hizo la reconstrucción de sus senos asegurando de que es una parte fundamental de ser mujer. “Las prótesis lo hacen olvidar a uno de que está mutilado”.

     

    El Dr. Jaime Alberto Restrepo describe que la primera impresión de una mujer cuando se le diagnostica que tiene cáncer de mama, además de su condición de salud, es que va a quedar mutilada. “Por eso, en cuanto se entera de que existen posibilidades de reconstrucción, se logra amortiguar el impacto, además de que la ayuda en su proceso de recuperación, pues facilita a recobrar su feminidad y su autoconfianza. Es por eso que los procedimientos reconstructivos se hacen en el momento de la mastectomía: para que la sensación de pérdida anatómica no sea tan impactante”.

     

    Además, la psicóloga Estefanía Restrepo recalca que la relación de las mujeres con su feminidad es bastante importante “porque cuando hablamos de mutilación, estamos hablando de una ausencia de algo, de lo que los senos representan para una mujer”. Expone que las mujeres relacionan sus mamas con la seguridad en sí mismas, las relaciones con su pareja y la maternidad, y al sentir esa ausencia, se sienten incompletas, que no sirven para concebir y no son lo suficientemente buenas para una relación de pareja, lo cual causa disminuciones en la autoestima y la concepción de feminidad propia.

     

    ***

    Si bien la quimioterapia disminuye la autoestima en gran medida por la pérdida del cabello y demás efectos secundarios, está claro que el simple hecho de ser diagnosticada con cáncer de seno y ser intervenida quirúrgicamente también puede afectar, como es el caso de Patricia, quien no fue tratada con quimioterapia, pero que también sufrió con su amor propio.

     

    Patricia*, de 57 años, es bacterióloga y docente de la Universidad de Antioquia. Está casada con Rodrigo*, salubrista y también docente de la misma universidad y es madre de Tomás* y Sara*. Es de contextura delgada y mediana estatura. Su pelo liso llega hasta sus hombros, de un color café oscuro. Es una mujer bastante natural, por lo que utiliza muy poco maquillaje. Es bastante conversadora y amigable.

     

    En el 2014 optó por cambiar de ginecóloga, quien decidió hacerle un chequeo general, entre ellos una mamografía. Ante la sospecha de una lesión maligna, le prescribió una biopsia que reportó un carcinoma intraductal in situ retroareolar en el seno derecho.

     

    “Al enterarme quedé en shock, no sabía qué me podía pasar. La doctora fue muy dura conmigo al contarme que tenía cáncer, entonces lloré todo el camino del consultorio a la casa”. Debían practicarle una mastectomía radical para la extirpación total del su seno. “Estaba muy preocupada porque como mi cáncer era en la areola, era demasiado probable que quedara sin pezón”.

     

    Después de su cirugía, comenzó a experimentar inseguridades debido a que se sentía asimétrica, pues un seno era un implante y el otro era natural. Además, sufrió una desviación del mismo, por lo que tuvieron que practicarle una segunda operación para su reacomodación. “En ese momento que tenía el implante desviado, yo solo me ponía camisas anchas y nunca me ponía un escote porque eso se veía muy raro”.

     

    Después de su segunda operación, y con el miedo de un segundo desviamiento, decidió dejar de mover su brazo derecho durante su recuperación, lo que causó una adhesión del manguito rotador.

     

    Esto también le preocupaba, pues le era imposible alzar su brazo derecho, lo cual le imposibilitaba la realización de múltiples acciones, incluso ponerse un brasier. Con la ayuda de fisioterapia tres veces al día logró ir recuperando su brazo derecho. “Cuando me recuperé, tardé mucho en comenzar a utilizar escotes otra vez, porque sí sentía que era bastante notorio la diferencia de las mamas”.

     

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    Así como lo expresa Bibiana Vergara, la fundación Fundayama tiene un enfoque en problemas de autoestima, para lo cual se realizan tanto talleres como consultas personalizadas con profesionales. Además, hacen diversas campañas para la donación del cabello, con el fin de confeccionar pelucas que puedan brindarles a las mujeres de la fundación con dificultades económicas para comprarlas.

     

    “La pérdida del cabello es un tema demasiado complejo para las pacientes, pues al perderlo de un momento a otro, mediante un proceso que ellas no eligieron, sino que les toca aceptar, es bastante complejo. Estas mujeres tienen que afrontar su vida en su círculo social, familiar y laboral, y su autoestima se baja demasiado, por lo que buscamos que recuperen la confianza y cambien el chip que tienen sobre el cáncer”.

     

    Bibiana expresa que cuando las mujeres recién llegan a la fundación, tienen en la cabeza que se van a morir. Es por esto que realizan terapias ocupacionales con las pacientes de cáncer de mama, para que entre ellas se ayuden a recuperar su esperanza de vida y su amor propio. Además, se hacen diversos tipos de talleres como cursos de automaquillaje, arteterapia, yoga, costura, entre otros, con el fin de distraer a las mujeres de su enfermedad y que poco a poco recuperen su autoestima.

     

    Estefanía Arango puntualiza que las consecuencias psicológicas del cáncer de seno comienzan desde la afectación de lo físico y lo social. Todo lo que concierne a impedir mostrarse y sentir que le falta feminidad, acarrea problemas de autoestima, lo cual puede causar problemas psicológicos como depresión severa, ansiedad generalizada, incertidumbre y trastornos de pánico. Todo esto, debido a que se desdibuja esa percepción de la feminidad socialmente aceptada.

     

    Además, explica que es muy importante la apariencia externa porque “nos hemos criado en un contexto muy patriarcal y ese ideal de la mujer femenina debe tener ciertas características físicas para que sea totalmente aceptada”.

     

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    La medicación después del cáncer de seno con inhibidores hormonales como el Tamoxifeno, es un procedimiento bastante fuerte para las mujeres debido a que tiene diversos efectos secundarios como la menopausia temprana, fatigas, entre otros.

     

    “Me dan unas cosas tan horribles. Calambres, mialgias y perdí mucho la visión. Además, me da mucha resequedad, no lubrico bien y perdí toda la sensibilidad en los senos”, expone Lucía.

     

    Asimismo, los hábitos posteriores al tratamiento del cáncer de seno también cambian, pues como explica Lucía, su alimentación es totalmente diferente, enfocándose en alimentos limpios y naturales. También, dice que el aspecto mental es fundamental, por lo que empezó a meditar, “y también hablo con mi cuerpo y mis células para no atraer la enfermedad”.

     

    En la actualidad describe su cuerpo como “después de la guerra”. Dice que tiene cicatrices que le recuerdan todos los días lo que vivió, por ejemplo, su cicatriz al lado de la clavícula del catéter de la quimioterapia y sus cicatrices en los senos.

     

    Del mismo modo, recalca que después de superar el cáncer su autoestima mejoró. “Uno ya se valora más, y trato de enseñarle eso a las personas de mi alrededor. Les enseño a que se cuiden y se hagan el autoexamen y la mamografía.

     

    “En definitiva, esta enfermedad o te vuelve una familia unida, o te la acaba por completo”, concluye Lucía.

     

    *Los nombres de las personas participantes en este reportaje fueron cambiados para proteger su privacidad.

     

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    Trabajo realizado para el curso Periodismo IV, orientado por el profesor Ramón Pineda.

     

     

  • El calvario del nuevo comienzo

    “Me vine porque, aunque en mi casa trabajábamos cuatro, el dinero alcanzaba cada vez menos para suplir las necesidades mínimas, de los doce que éramos”, relata Dayana Valera de 37 años, quien junto a su hermana migró de Venezuela a Colombia el 19 de noviembre del 2019. Esta es la realidad de miles de venezolanos que han llegado a Colombia en los últimos años, arrastrados por la penuria que vive el vecino país. Pero no siempre fue así, Colombia ha sido más un país de partida que de destino, y ahora afronta el hecho de verse convertido en un gran foco de recepción de migrantes.

     

    Samuel Portela Rocha, Juan Camilo Maya Londoño / periódico.contexto@upb.edu.co

     

    A lo largo de su historia, Colombia ha vivido múltiples épocas de inmigración, como se relata en el podcast de Crónicas Interplanetarias, en su episodio ¿Por qué Colombia es un país racista?, en el que dan cuenta de cómo, durante la colonización que se llevó a cabo el primer gran movimiento migratorio, en el que, durante dos siglos, trajeron a América alrededor de once millones de esclavos provenientes de África.

     

    La investigación desarrollada por Maguema Wabgoul, Daniel Vargas y Juan Alberto Carabalí explica otras migraciones dadas en el territorio colombiano. La segunda gran ola de inmigración ocurrió a finales del siglo XIX y provino de países como Líbano, Siria, Palestina y Jordania, siendo la represión política y social ejercida por el imperio turco-otomano la principal causa; esta inmigración “turca” trajo consigo un gran impacto en la economía, política y cultura de Colombia. El tercer gran flujo de inmigrantes sucedió en el mismo periodo de tiempo que el anterior, pero fue protagonizada por judíos que huían de la Inquisición. La cuarta oleada de inmigrantes fue protagonizada por gitanos durante el siglo XX, siendo los principales detonantes de estos movimientos la Primera y Segunda Guerra Mundial y el huir de la esclavitud.

     

    Por su parte, los movimientos migratorios de alemanes, franceses e italianos se dieron entre el siglo XVI y el XIX motivados por la exploración, el comercio y la botánica. Los alemanes, impulsados por el comercio de quina (Cinchona officinalis) que tenía el pionero Geo von Lengerke; los franceses vinieron para explorar las costas de Urabá y terminaron cultivando cacao; mientras que los italianos se instalaron en lo que hoy se conoce como el territorio de Colombia para implantar, entre otras cosas, industrias productoras de zapatos, bebidas y joyas.

     

    Sin embargo, como expone el estudio ¿Qué sabemos?, coordinado por Migraciones internacionales en Colombia y realizado por Mauricio Cárdenas y Carolina Mejía, Colombia no ha sido gran receptor de migrantes como sí lo fue Argentina durante la Primera y Segunda Guerra Mundial. La investigación de Tovar Pinzón, Emigración y éxodo en la historia de Colombia, dice también que los flujos de migración que llegaron al país entre finales del siglo XIX y el siglo XX fueron en pequeña proporción, creando colonias en localidades, pero sin un mayor impacto en la sociedad general.

     

    Cárdenas y Mejía mencionan que entre las colonias más destacadas se encuentra la de los sirio-libaneses, que desde 1880 habían llegado al territorio nacional, especialmente a Barranquilla, para dedicarse al intercambio mercantil y comercial a lo largo de la Costa Caribe. Para la década de los veinte llegaron judíos al país, en su mayoría provenientes de Polonia, y crearon colonias en Cali, Bogotá, Medellín y Barranquilla, especialmente para dedicarse a la artesanía y el comercio.

     

    Aunque los más de 60 años de violencia que ha vivido Colombia han hecho que la situación se invierta, convirtiéndose en una nación expulsora de migrantes. La precaria situación social, económica y política que vive Venezuela ha causado que un gran número de personas migren a territorio colombiano en búsqueda de una mejor calidad de vida para sus familias. Personas como Dayana Valera, Vanessa Núñez, José Sarria, Yexica Mercano o Mildret han salido de su país arrastrados por la necesidad.

     

    Para el 29 de enero de 2021, Migración Colombia reportó que, a fecha del 31 de diciembre de 2020, había en Colombia 1.721.530 ciudadanos venezolanos en el país. Por otro lado, la Plataforma De Coordinación Para Refugiados Inmigrantes De Venezuela (R4V) reportó una cifra de 1.742.927.

    Debido a la alta tasa de irregularidad de venezolanos en Colombia y las dificultades para la legalización de su estadía, muchas de estas personas se encuentran indocumentadas en el territorio nacional. Como es el caso de Dayana Valera y su hermana, quienes al llegar a Colombia no pudieron sacar un permiso de regularización porque la convocatoria no estaba abierta y ahora no cuentan con acceso a internet ni conocimiento sobre cómo acceder a estos, ni tienen algún tipo de documentación válida.

     

    Con respecto a esto, el gobierno nacional ha dispuesto de mecanismos de regulación para los migrantes venezolanos en el territorio colombiano, dando cumplimiento al artículo 2.2.1.11.2. del Decreto 1067 de 2015 que establece que “es competencia discrecional del gobierno nacional, fundado en el principio de soberanía del Estado, autorizar el ingreso, permanencia y salida de extranjeros del territorio nacional”. Como el Permiso Especial de Permanencia (PEP), creado por el Ministerio de Relaciones Exteriores a través de la Resolución 5797 del 25 de julio de 2017, en el que se entiende este documento como “un mecanismo de facilitación migratoria para los nacionales venezolanos, que permitiera preservar el orden interno y social, evitara la explotación laboral de estos ciudadanos y velara por su permanencia en condiciones dignas en el país”.

     

    << FUENTE: Elaboración propia, con información de Migración Colombia.

     

     

    Para que un venezolano pueda obtener este permiso debe cumplir con las siguientes condiciones: estar en Colombia para el momento de publicación de la resolución, haber pasado por un Puesto de Control Migratorio con pasaporte, no tener una medida de deportación o expulsión vigente ni antecedentes judiciales, ni ámbito nacional ni internacional. El PEP permite a la población venezolana acceder a la oferta institucional en materia de salud, educación y trabajo, así como a otro tipo de servicios como la apertura de cuentas bancarias.

     

    Tal es el caso de personas como Vanessa, Mildret y Yexica, a quienes les ha servido para permanecer en el país temporalmente en condiciones de regularización migratoria. Historias como las de ellas dan cuenta no sólo de la aguda crisis que vive Venezuela actualmente, sino también de cómo estos acontecimientos los fuerzan a abandonar su país para empezar de cero en un lugar totalmente nuevo.

     

    Por ejemplo, Yexica Mercano llegó a Medellín con dos de sus hermanas, trayendo lo mínimo para subsistir, sin trabajo y sin conocer a nadie, en septiembre de 2017. Ella es periodista, en su país trabajaba para el canal Venevisión, pero no ha podido homologar su título pues no cuenta con el dinero necesario para hacerlo —cuesta dos millones de pesos aproximadamente—. Por esto no ha podido ejercer su profesión en Colombia a pesar de contar con el PEP y el derecho al trabajo formal que este le ofrece. Debido a la situación empezó a vender productos de repostería como cupcakes en las calles y trabaja en restaurantes atendiendo las mesas, en un horario nocturno y recibiendo un sueldo diario de tan solo 30 mil pesos.

     

    También está Mildret, una mujer de 56 años, quien, por presiones de la Dirección General de Contrainteligencia Militar (DGCIM) tuvo que abandonar Venezuela luego de que el gobierno tomara la empresa alemana en la que trabajaba. Esto hizo que, el 27 de diciembre de 2019, viniera a Colombia porque su nuera se encontraba en Medellín.

     

    Estuvo dos años sin trabajar, subsistiendo con el dinero que había ahorrado mientras trabajaba en su país de origen. Actualmente, trabaja como niñera y ha dado clases de inglés e italiano, porque tampoco ha podido validar sus estudios pues dejó los documentos en Venezuela.

     

    El gobierno nacional, en el intento por regular el trabajo de los migrantes venezolanos, fue expidiendo y haciendo modificaciones leves al PEP en los siguientes años, hasta la creación del Permiso Especial de Permanencia para el Fomento de la Formalización – PEPFF con el Decreto 117 del 28 de enero del 2020, en el cual se entendía a este nuevo permiso: “como un mecanismo excepcional y transitorio dirigido a facilitar la regularidad migratoria de los nacionales venezolanos en territorio colombiano, mediante el acceso, de manera alternativa según corresponda en cada caso, a contratos laborales o a contratos de prestación de servicios”.

     

    Este mecanismo, debido a lo enredado de su trámite y al esfuerzo que les representaba a los empleadores para la contratación de un solo trabajador, no tuvo en la práctica la eficacia que se esperaba. Para la adquisición de este nuevo permiso, los interesados debían cumplir casi las mismas condiciones necesarias para conseguir el PEP, adicionándole para este caso “contar con una oferta de contratación laboral en el territorio nacional, por parte de un empleador, o una oferta de contratación de prestación de servicios en el territorio nacional, por parte de un contratante”. Pero el meollo no estaba ahí, el problema radicaba en que era el empleador o contratante quien debía presentar la solicitud ante el aplicativo dispuesto por tal fin por el Ministerio de Trabajo, lo que frenaba cualquier posibilidad de formalización laboral para los venezolanos. Y en la que además tenía que incluir copia del Registro Único Tributario vigente, en caso de ser persona natural y de ser persona jurídica “el Ministerio de Trabajo debía verificar la existencia o representación legal por medio de una consulta al Registro Único Empresarial y Social (RUES)”. Y de no estar obligado a estar inscrito en ese sistema, el empleador o contratante debía aportar el documento respectivo que diera cuenta de su existencia y representación.

     

    Estas condiciones representan para los empleadores una dificultad al momento de querer contratar a algún migrante venezolano que estuviera en condición de irregularidad, pues obligaba a invertir a las empresas recursos en la búsqueda y envío de estos documentos, al igual que el tiempo que tomaría este proceso y su consiguiente verificación y notificación por parte del Ministerio que, en todo caso, podía tener respuesta negativa debido a algún error en la documentación. Como si fuera poco, de haber alguna modificación en el contrato se tendría que presentar un nuevo formulario para el cambio de los términos en el PEPFF.

     

    Con este panorama de irregularidad y complicaciones en los recursos existentes para una regularización temporal que permita el cumplimiento de los derechos de los migrantes venezolanos, esta población debe afrontar y enfrentar además el fenómeno de la xenofobia, las implicaciones de no encontrarse en una cultura y un país propio, y afectaciones en la calidad de vida, como el deterioro de la salud mental.

     

    Mujeres como Mildret han sido víctimas de comentarios despectivos por provenir de un lugar distinto. Otro caso es el de Vanessa Núñez y su esposo José Sarria a quienes, por ser venezolanos, la casera del cuarto donde se alojaban les subió el precio de la estadía el mismo día que se mudaban, a lo que Vanessa agrega que: “nos ponía mucha presión para que saliéramos del lugar, porque al ser venezolanos decía que no teníamos los papeles aquí. Eso fue un rollo”. Ellos se quedaron varados en Medellín con el poco dinero que tenían y sus dos niños, ya que José se enfermó.

     

    Y aunque en Colombia no se han presentado casos muy graves y validados por la autoridad de xenofobia como en otros países que han vivido un fenómeno migratorio similar, el discurso político que estigmatiza a esta población incrementa la percepción negativa de los colombianos hacia a los ciudadanos venezolanos, quienes a causa de estos discursos deben cargar con una imagen negativa, en la que se les responsabiliza por los casos de delincuencia.

     

    Alejandro Daly, codirector de la plataforma Barómetro de Xenofobia, en asocio con Interpreta, una ONG que vigila el avance de la inmigración haitiana en Chile, le explicó en entrevista a DW que han identificado cuatro momentos claves de uso de la xenofobia en el discurso político. Claudia López fue quien, primero, tras el asesinato de dos trabajadores en Bogotá, declaró el 29 de octubre del 2020 en referencia a las cifras de seguridad de la capital que “no quiero estigmatizar a los venezolanos, pero algunos nos están haciendo la vida a cuadritos”.

     

    El segundo momento vino por parte del expresidente Álvaro Uribe quien, en el marco de las protestas desarrolladas en septiembre de 2020, le pidió en un trino al Gobierno, el 10 de ese mes, “deportar a extranjeros vándalos” por una supuesta infiltración de venezolanos en las manifestaciones. Un tercer momento se dio con las declaraciones del presidente Iván Duque al decir que los migrantes ilegales no serían vacunados contra la Covid-19. Y el cuarto, nuevamente por la alcaldesa de Bogotá Claudia López, quien tras la muerte del patrullero de la policía Edwin Caro volvió a mencionar a los migrantes venezolanos declarando que “no es la primera vez, desafortunadamente (…) que tenemos actos muy violentos de migrantes venezolanos. Primero asesinan y luego roban. Necesitamos garantías para los colombianos. Respeto profundamente las políticas del gobierno nacional, pero los colombianos también necesitan garantías”, según registró El País.

     

    Esto se contradice con las declaraciones del director de Migración Colombia, Juan Francisco Espinosa, quien en noviembre del 2020 explicó que, “según datos de la Policía Nacional y el INPEC, hay 100.000 personas privadas de la libertad en Colombia. Siendo de estos 2.700 extranjeros, existiendo unos 1.500 venezolanos y que representa únicamente un 1.5 por ciento de esta población”. Solo el cuatro por ciento de los delitos cometidos en el país son perpetuados por venezolanos, explicó Migración Colombia. Por otro lado, según las cifras de la Secretaría Distrital de Seguridad, los migrantes venezolanos cometen apenas el dos por ciento de los hurtos en Bogotá.

     

    Este discurso xenófobo además desconoce y desvirtúa el trabajo que deben afrontar los migrantes venezolanos, que en muchas ocasiones sucede en condiciones difíciles. Asimismo, evita la discusión acerca de la explotación laboral a la que se ve sometida esta población por su condición de pobreza e irregularidad.

     

    Tal es el caso de Dayana y su hermana, quienes llegaron primero a Cali impulsadas por unos puestos de trabajo en un almacén de ropa que les ofrecía el dueño del lugar. Sin embargo, cuando bajaron de la terminal de transporte sintieron desolación. El dueño del almacén nunca llegó a reunirse con ellas, y no les respondía los mensajes ni las llamadas. Estuvieron esperándolo cuatro días, pero no apareció. En esa situación logró conseguir otro trabajo en Medellín “en esos camiones que pasan acá de Parmalat y de Pollos mi Finca, a vender en ellos”, cuenta Dayana. El 18 de mayo cumplió un año de haber renunciado ahí, estuvo trabajando desde el 17 enero de 2020 hasta el 18 de mayo de ese año. Los patrones trataban “fuerte” a los empleados, eran déspotas con ellos y solo contrataban venezolanos. Los juzgaban por todo y les decía que nada de lo que hacían servía. “Tú te sentías poquito”, dice Dayana, que entraba a trabajar en ocasiones desde las cinco de la mañana y salía a las nueve de la noche, en jornada continua. Además de las ventas con los camiones por la calle, limpiaba la bodega, los enfriadores y más de 300 sextas.

     

    Todo esto para llegar al final del día a dormir en un cuartico en el que se hacían cinco personas, que vivían separadas por cortinas. De lo más doloroso, cuenta Dayana, fue pedirle un adelanto de dos días a su jefe para mandarle dinero a su madre y que le comprara una torta a su hija que cumplía años, ganaba 300 mil pesos mensuales y mandaba la mitad a Venezuela. La niña cumple el 18 de mayo, mismo día que cobraba, y pidió que le adelantaran el pago para el 16 y así poder enviar el dinero el 17. Pero su jefe dio un no rotundo. Sus compañeros fueron quienes reunieron dinero entre ellos y le ayudaron a que pudiera mandarle a su hija para celebrar su cumpleaños. Ese 18 renunció. Ahora vende café y aromática en el Parque de Belén junto a su hermana, a quien habían despedido desde el inicio de la cuarentena.

     

    Pero también se deben reconocer los aciertos, un avance en materia de inclusión de los migrantes venezolanos lo ha dado el gobierno nacional con la implementación del Estatuto Temporal de Protección Para Migrantes Venezolanos Bajo Régimen de Protección Temporal, el cual la presidencia de la república define como un mecanismo jurídico de protección cuyo objetivo es registrar la información de los más de 1.729.000 migrantes venezolanos que se encuentran actualmente en Colombia para, posteriormente, permitir su regularización en el país por un periodo de diez años.

     

    Para acceder a este documento se requiere que las personas se encuentren “en territorio colombiano de manera regular como titulares de un Permiso de Ingreso y Permanencia (PIP), de un Permiso Temporal de Permanencia (PTP) o de un Permiso Especial de Permanencia (PEP) vigente, cualquiera sea su fase de expedición”, incluido el Permiso Especial de Permanencia para el Fomento a la Formalización (PEPFF); también pueden hacerlo figurando “como titulares de un Salvoconducto SC-2 en el marco del trámite de una solicitud de reconocimiento de la condición de refugiado”; habiendo ingresado a territorio nacional “de manera regular a través del respectivo Puesto de Control Migratorio legalmente habilitado, cumpliendo con los requisitos establecidos en las normas migratorias, durante los primeros dos (2) años de vigencia del presente Estatuto”. Por el contrario, también pueden acceder a este permiso si se encuentran “en territorio colombiano de manera irregular a 31 de enero de 2021”.

     

    De este mecanismo esperan ser beneficiarios la mayoría de los migrantes venezolanos contactados en este reportaje, entre muchos otros ciudadanos venezolanos ubicados en territorio colombiano.

     

    FUENTE: Elaboración propia, con información de Presidencia de Colombia. >>

     

    Para optar a este nuevo permiso, la persona también debe estar incluida en el Registro Único de Migrantes Venezolanos, para lo cual se necesita, según la Defensoría del Pueblo, encontrarse en territorio colombiano; presentar, independiente de si se es mayor o menor de edad, documento de identidad vigente o vencido, que pueden ser “Pasaporte, cédula de identidad venezolana, acta de nacimiento, permiso especial de permanencia”. También debe presentar una “declaración expresa que contenga la intención de permanecer temporalmente en Colombia” y la persona debe “autorizar la recolección de sus datos biográficos, demográficos y biométricos”.

     

    Otro mecanismo implementado para la permanencia regular de los migrantes venezolanos en territorio colombiano es el Permiso por Protección Temporal (PPT) que, como lo publicó la Defensoría del Pueblo, autoriza a los migrantes venezolanos a permanecer en el territorio nacional en condiciones de regularidad migratoria especiales, y a ejercer durante su vigencia, “cualquier actividad u ocupación legal en el país, incluidas aquellas que se desarrollen en virtud de una vinculación o de contrato laboral”. Además, le permite al migrante venezolano “acreditar su permanencia en Colombia para los efectos de la acumulación del tiempo requerido para aplicar a una Visa Tipo R” (para quienes aspiren establecerse o fijar su domicilio permanente en Colombia). Se puede optar por este permiso si la persona cuenta con requisitos tales como estar incluido en el Registro Único de Migrantes Venezolanos; no se deben tener antecedentes penales, anotaciones o procesos administrativos sancionatorios o judiciales en curso en Colombia o en el exterior; ni tener en curso investigaciones administrativas migratorias; tampoco puede tener en su contra una medida de expulsión, deportación o sanción económica vigente; no se deben tener condenas por delitos dolosos; no debe haber sido reconocido como refugiado o haber obtenido asilo en otro país; y tampoco tener una solicitud vigente de protección internacional en otro país, salvo si le hubiese sido denegada.

     

     

    << FUENTE: Elaboración propia, con información de Defensoría del Pueblo de Colombia.

     

     

     

    Este Estatuto Temporal de Protección le ha hecho ganar buenos reconocimientos internacionales al Gobierno, como el del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados en Colombia (ACNUR), Filippo Grandi, quien aseguró que era “un gesto emblemático para la región”. También la representante en Colombia del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), Jessica Faieta, y el secretario general de Naciones Unidas, Antonio Guterres, el secretario de Estado de Estados Unidos y la secretaria general de la OCDE celebraron el nuevo mecanismo, así lo recogió Le Monde, en su edición de marzo de 2021.

     

    Estas mismas organizaciones internacionales como la ACNUR y la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) también le ayudaron a Yexica Mercano con su emprendimiento de cupcakes pues ambas organizaciones no gubernamentales le facilitaron la adquisición del material para hacer sus productos de repostería. De igual forma, con la ayuda del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados, luego de una charla que dieron en la Universidad de Antioquia, Yexica fundó, junto con otros migrantes, una corporación llamada Voluntariado venezolano.

     

    Sin embargo, aún quedan retos a los que el estatuto tendrá que hacerles frente, especialmente en su implementación. La profesora de derecho y ciencias políticas de la Universidad de La Sabana, Beatríz Eugenia Luna recalca que, para el éxito de una buena comprensión por parte de los migrantes venezolanos, se deberán reforzar los canales de divulgación de la información e incluso la creación de nuevas herramientas que ayuden a una verdadera atención al migrante. La Redsomos también enumera algunas consideraciones, en el punto tres de estas señalan que el estatuto requiere de un mecanismo que recoja la experiencia educativa y laboral de las personas, pues este no vincula de manera inmediata a las personas registradas, para así agilizar el proceso de convalidación de títulos e integración en el campo laboral. Adicional a esto, Razón Pública enfatiza que, para un verdadero éxito de este nuevo mecanismo en materia de migración, se deberá crear una “verdadera política de migración”, que considere mejorar el sistema de asilo, que, por su baja tasa de reconocimiento, solo ha permitido que el 0,8 haya sido reconocido como refugiado en Colombia, lo que desincentiva a los migrantes venezolanos a ampararse en esta medida.

     

    Por otro lado, el Estatuto Especial de Permanencia ayudará a combatir los estragos de la pandemia en la economía nacional. La tasa de desempleo se ubicó en 15,9 por ciento para febrero de este año y una leve mejora se reportó para marzo con 14,2 por ciento, dejando una cifra de 3.437.000 personas desempleadas, según informó el DANE. Además, para el último trimestre de 2020, el PIB del país tuvo un resultado negativo de –3,5 y decayó 6,8 por ciento en el 2020 respecto al año 2019. Y la informalidad laboral en el trimestre móvil diciembre 2020 – febrero 2021, en las 13 ciudades y áreas metropolitanas, fue de 47,4 por ciento para hombres, con un aumento de 2,2 por ciento frente al mismo periodo del año pasado, y para las mujeres de 49,1 por ciento frente al 48,6 por ciento del año pasado. Esto lleva a tener en cuenta lo dicho por la firma Raddar y que recoge El Espectador: “El gasto de los hogares, sin contar los migrantes venezolanos, ascendió a $414,2 billones, mientras que, si se le suma lo que han gastado estos extranjeros en ese periodo, esta cifra llega a los $430,8 billones”. Agregando a esto que la mayoría de la población migrante que hay en el departamento de Antioquia se encuentra entre los 18 y 39 años, 88.909 venezolanos, lo que equivale a un alto número de personas en edad de trabajar.

     

    FUENTE: Elaboración propia, con información de Defensoría del Pueblo de Colombia.

     

    Sin duda alguna lo más importante recae en que todos los esfuerzos del gobierno nacional y de las organizaciones internacionales se centren en impedir que sigan sucediendo realidades como las de Dayana y su hermana, que se han visto obligadas a ahorrar, más aún de lo que ya hacían, para tener algo que comer el viernes y un poco para rematar el sábado. Pero el domingo no perdona y han tenido que pasarlo sin probar un bocado en todo el día. Por este motivo, debe velarse por la buena implementación de este nuevo Estatuto.

     

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    Trabajo realizado para el curso Periodismo IV, orientado por la profesora Jazmín Santa.

     

  • Medellín con sazón extranjera

    Cinco personas, cinco restaurantes, cinco historias de migración diferentes reunidas en Medellín para narrar a través de sus platos y pasión por la cocina el testimonio de una experiencia de tradición de un país.

     

    Medellín es una ciudad de migraciones y, cada vez más, de migrantes. Este especial multimedia recoge historias, lugares y sabores que hablan de esos viajes, del intercambio de culturas que se puede saborear en muchos lugares Del Valle de Aburrá.

     

    Manuela Echeverri Jaramillo, Catalina Tello Guarín y Juanita Zapata Zuluaga / periodico.contexto@upb.edu.co

     

    Clic en la imagen para navegar el especial multimedia:

    Trabajo realizado en el curso Núcleo II (Narrativas) y sus laboratorios, orientados por los profesores Ana María López, Daniel Santiago Cortés y Joaquín Gómez Meneses.

     

     

  • Corriente de segundas oportunidades

    Esta es la historia de un viaje que comenzó bien y casi termina mal.

     

    Carolina Meneses Botero / periodico.contexto@gmail.com

     

    Cuando llegaron al nevado, Yorlady se quedó esperando en la casita que había abajo de la montaña mientras el resto escalaba. Luis la acompañó, él no había dicho palabra alguna desde el día anterior. Se sentaron uno al frente del otro, él solo la miraba y movía su cabeza de lado a lado mientras silenciosas lágrimas rodaban por su rostro. Entre suspiros soltó “Yolita, ¿usted también vio la muerte?”. Pensando en todo lo que iba a ser de ellos después de eso, dijo “sí”.

     

    Desde hacía tiempo, Yorlady había querido ir a mochilear con su esposo Felipe y hacer la Ruta del Sol en Ecuador. A finales de enero de 2017 subieron a un avión que los llevó hasta Pasto, Nariño, donde harían la primera parada. De ahí bajaron a Ipiales, el lado colombiano de la frontera con Ecuador.

     

    En Ipiales notaron que en todas las esquinas había asaderos con animales cocinados como pollos, pero no eran pollos. Eran cortos, bajitos y con cabeza redonda; parecían ratas gordas, pero tampoco eran ratas. Ninguno quiso probar, pero Yaneth dijo que “al lugar donde fueres haz lo que vieres” y algunos mordiscos le pegó a un cuy asado. Le pareció espantoso, pero no se arrepintió de la experiencia, porque todo era parte del paseo.

     

    Yaneth, la hermana de Yorlady, se unió al plan con su esposo Luis y su hijo Julián. También se unieron Valentina la hija de Yorlady, una amiga y la hija de Felipe. Las maletas, que eran casi más grandes que sus cuerpos, estaban totalmente llenas; en el plan solo faltaba Sofía, la bebé de dos años que Yorlady dejó en Medellín por los días que duraría el paseo. Después de Ipiales siguieron hacia Quito y poco a poco se fueron adentrando en los paisajes del territorio ecuatoriano.

    Un viaje en balsa estaba en el inicio del itinerario de los viajeros. La experiencia dejó huellas de por vida.

    Foto: Cortesía.

     

    Llegada al “paraíso”

    Lo soñado era llegar a Baños, un pueblo en el amazonas, rodeado de montañas, cascadas y ríos; en donde el calor y la humedad se sienten día y noche, y donde reinan los juegos extremos. Llegaron en la noche, se registraron en el hotel, se ubicaron en sus habitaciones e inmediatamente salieron a caminar. Fueron hasta un mirador arriba en la montaña, donde había payasos y vendedores de comida. Se divisaba todo el pueblo y las luces de las lámparas que desde lejos parecían linternas parpadeando.

     

    Pronto llegó el día de los deportes extremos. Aunque estaba lluvioso encontraron diferentes personas ofreciendo rafting, que usa una balsa para descender por los rápidos de los ríos, así que pagaron el tour y se montaron a una van que los llevó hasta el río. La corriente era de tercer grado, fuerte, y estaba aún más fuerte porque el día había estado lluvioso, pero los guías les aseguraron que no había motivos para preocuparse y les ofrecieron una capacitación y les explicaron que el remo podía salvarles la vida, este tenía un gancho en la punta con el que se podrían agarrar de otros para arrastrar a alguien si se caía.

     

    Les presentaron a un chico, quien iba a ir en un kayak delante de todos para asegurarse de que fueran por buen camino y ayudar en caso de emergencia. Cada uno se puso un casco, un chaleco inflable y agarró un remo.

     

    Dividieron el grupo en dos balsas: la hija de Yorlady, la hija de Felipe y la amiga en una; y los demás en otra junto a una pareja de chilenos que conocieron en Quito. Luego las balsas comenzaron a descender una tras otra. Sintieron la mejor sensación, la balsa iba rápido y se alzaba de vez en cuando hasta que remaban en el aire para luego volver a caer y recibir el golpe estruendoso de agua.

     

    Así se la pasaron, riendo, jugando y remando; pero en un momento las balsas de adelante advirtieron que había un remolino fuerte cerca. Todas entraban y tiraban los remos hacia la derecha para pasar, pero el guía les dijo a ellos que remaran los del lado izquierdo.

     

    Remaron fuertemente y cuando entraron en el hueco hicieron lo que el guía dijo, pero la balsa se levantó, todos gritaron y volaron fuera. En segundos Yaneth logró salir a flote, vio que la balsa estaba volteada y recordó que en la capacitación les dijeron que, si se caían, cuando salieran tenían que buscar la balsa. Nadó y se pegó de uno de los lados cuando salió la chilena y se pegó del otro. Luego salió el guía, en ese momento ninguno pensó en nadie, solo pensaban en que tenían que salir de ahí y salvarse como fuera.

     

    Entre los tres giraron la balsa y se montaron. Tenían que remar suave mientras encontraban al resto, pero la espuma blanca producida por la velocidad del agua y las corrientes dificultaban que vieran algo. Yaneth fijó su vista en lo que parecía ser una persona en el agua. Luis parecía muerto: verde, con los ojos cerrados y la boca fruncida. Tenía el remo agarrado contra su pecho.

     

    “¡Luis! ¡Abra los ojos! ¡Tíreme el remo yo lo arrastro!” gritaba Yaneth, pero él no movía ni un dedo. Yaneth pensó que estaba asustado y desmayado, salvándose a su manera. Le pedía al guía que lo salvara, pero el señor no hacía nada. Como Luis no sabía nadar, había cerrado la boca para dejarse llevar. Yaneth solo pensaba en que, si se tiraba, ni siquiera sabía si sería capaz de volver.

     

    En un instante vieron al chileno saliendo del agua cerca de Luis, entonces le gritaron que lo salvara. Él entendió el mensaje y nadó, con todos sus esfuerzos, hasta donde estaba él, lo agarró y luego nadó hasta llegar a la balsa. Luis cayó desmayado y el chileno comenzó a vomitar agua, no podía parar, había tragado demasiada cargando todo ese peso; estaba agotado, ahogado.

     

    Todos los remos se habían caído, tan solo quedaba el que Luis tenía. Como el guía se cayó de nuevo, luego de subirse quedó desmayado; Yaneth dudó que el señor tuviera experiencia y hasta pensó que al pobre le había tocado lo peor en su primer viaje. Todo era un caos y la chilena perdió el control. Comenzó a gritar como una mujer condenada.

     

    —¡Diosito! ¿Por qué nos dejaste en esto? ¡Nos vamos a morir! Me quiero ir para mi casa.

     

    Intentaron calmarla, pero no funcionó. Llegó un momento en que el chileno, en medio de la maluquera, se enderezó con las últimas fuerzas que le quedaban, se giró y ¡pum!, le pegó una cachetada a su esposa y le gritó que se callara. Yaneth casi se va de para atrás de la impresión, pero la chilena lo miró, se calló y se sentó.

     

    Yaneth solo esperaba que su hijo se hubiera encontrado con las otras balsas y sin pensarlo agarró el remo de Luis, le pidió fuerzas a Dios y remó, despacio, rezando mientras sentía que se le reventaban los brazos hasta que vio a Julián a lo lejos en una de las otras balsas.

     

    —¡Ma! ¿Estás bien? —todos se sintieron aliviados de verlos.

    —¡Sí! ¿Y Yorlady? —preguntó al ser la única que faltaba.

    Yorlady no había aparecido, no se veía por ningún lado, pero ya Felipe se encontraba en una balsa. Se veía desesperado, estaba pidiendo ayuda.

     

    El ahogo

    Cuando dijeron que remaran a la izquierda y la balsa se volteó en medio del remolino, como Yorlady y Felipe iban al frente volaron más lejos. La corriente los volteó, los tragó, los revolcó por debajo del agua. El impacto, sin aire, sin fuerzas contra el peso del agua, casi no los deja salir.

     

    Llegó un punto donde ambos lograron asomarse a la superficie. Tomaron una bocanada de aire y vieron que Julián se soltó del bote para dejarse llevar por la corriente hasta las otras balsas que estaban más adelante al lado derecho del río. “¡A la derecha!” gritaban todos, más cerca de Felipe, a Yorlady la había cogido la corriente que iba más rápido.

     

    Cuando Felipe cayó en la cuenta, intentó estirar su brazo para alcanzarla con el remo, ninguno de los dos lo había soltado, pero los cuatro metros que los separaban hacían imposible que lograran tan siquiera tocar las puntas de los remos. Jamás se iban a alcanzar. Ella trató de nadar, pero a pesar de todos sus esfuerzos no lograba avanzar ni un centímetro, solo perdía energía.

     

    Felipe gritaba con ira “¡que a la derecha!”, pero no era que Yorlady no lo intentara, era que no podía. Felipe terminó nadando cerca de las otras balsas, que lograron subirlo, y Yorlady comenzó a tragar más y más agua, entonces, se estiró hacia atrás siguiendo los consejos de la capacitación para flotar, pero la posición solo hizo que el agua entrara directamente a su boca. El peso de la corriente la halaba hacia abajo con fuerza, con agresividad.

     

    Se alejó cada vez más y la angustia la invadió, perdía de vista a la gente. “¡Mami!”, la voz de su hija Valentina fue lo último que escuchó antes de que el agua se la tragara de nuevo. La revolcó y la tiró más hondo. Daba vueltas y la corriente atraía su cuerpo entero como si fuera de goma. Revolcada sentía el golpe de las olas y como no soltaba el remo se pegaba con él en la cabeza.

     

    Tragó agua y por más que intentó no logró salir. Se perdió la luz del sol, era tan hondo y ella estaba tan abajo que no veía nada; la profundidad era tanta, que a pesar de ser empujada cada vez más, no sentía piedra alguna debajo. Oscuridad, nada más, y un sonido de cascabel a lo lejos producido por el choque de la espuma blanca.

     

    Sin darse cuenta, la corriente la empujó de nuevo hacia arriba y logró inspirar por tres segundos antes de ser devorada de nuevo. Todo estaba en su contra, ya se sentía más muerta que viva, sin aire y adolorida. Llevaba un rato en lo profundo del río, pegándose contra el remo y arrastrada sin ningún tipo de voluntad propia. Comenzó a tragar más agua de a poco y llegó un momento en el que en medio de la penumbra ya ni el cascabel escuchaba, solo sentía el inicio de la asfixia, que casi siempre termina llevándose a la gente entre uno y dos minutos.

     

    Su cuerpo ya estaba casi sin oxígeno. Comenzó a convulsionar y pensó: “Vale ya está bien, pero ¿quién va a aguantar a mi niña?”. Buscó en su mente cuánto tiempo tardaba alguien en morir ahogado, pero no encontró nada, entonces solo le pidió a Dios que fuera rápido. La asfixia y la agonía llegaron a tal punto que ya solo quería morirse para no sufrir más. Su pecho se contraía y el resto de su cuerpo dolía, pensaba en la niña de dos años que había dejado y que ella creyó que iba a ver crecer. No solo ella estaba muriendo, su esperanza también. Sintió que eso era todo, cerró los ojos y se apagó.

     

    La incertidumbre

     

    Todos vieron a Yorlady desaparecer en el rápido más furioso. Yaneth tuvo que remar sola y cuando llegaron a la orilla del final del recorrido, todos notaron un ambiente muy movido y tenso.

     

    —¿Qué pasa? —preguntaron los viajeros desesperados frente a semejante alboroto.

    —Tranquilos, es gente de la región. No pasa nada.

     

    << Canopy también estuvo entre las actividades del viaje. Foto: Cortesía.

     

    Recordaron que en la inducción dijeron que en la zona había una red de trabajo que ayudaba cuando había un episodio de peligro. Por el lado del río aparecían y aparecían más botes y gente, estaban buscando a Yorlady. Los guías no les decían nada a los viajeros, pero ellos no eran ingenuos, sabían que estaban buscando algo, o más bien, a alguien. Solo les quedó esperar.

     

    Mientras tanto, a kilómetros de allí, Yorlady sintió algo compacto que lastimaba su pie. Poco a poco su mente se fue encendiendo, la corriente la había dejado en esa zona plana, podía sentir arena y rocas bajo su cuerpo. Después de unos cuantos intentos logró girarse lentamente. Un hilo de aire entró por su nariz e intentó mover sus manos, la derecha sintió una piedra a su lado, pero no logró agarrarla porque se le resbalaba de los dedos; estaba frágil, como una pluma.

     

    Trató de moverse otra vez, pero su cuerpo estaba paralizado. Su mano izquierda aún tenía el remo, había sido tanto el esfuerzo por no soltarlo que la mano se le quedó entumida. Pensó “Dios mío, gracias, me salvé” y sintió el alivio de sentirse con vida. Sus ojos recorrieron el panorama, no reconocía nada, solo veía montañas que encerraban el río.

     

    En las rocas el caudal era sigiloso, tranquilo, pero cuando su vista encontró la corriente bruta al otro lado de las rocas, los latidos de su corazón la invadieron y comenzó a temblar. Empezaba a morir de nuevo con la agonía de pensar en volver a estar en el agua, no lo soportaría una segunda vez. La ansiedad hizo que su cuerpo contestara un poco más y pudo mover un pie.

     

    Pensó en arrastrarse hasta la orilla, pero estaba a metros de distancia. Optó por empujar su pie hasta una gran roca que vio y así poder frenar en caso de que la corriente creciera. Empujón por empujón se movió y quedó detrás de la piedra. Ahí su cuerpo se destensó más y logró relajar las manos, cambió el remo a su mano derecha y estiró el brazo para recostar el remo sobre la piedra, luego recostó su cabeza en el brazo. Pensó “Yaneth y Luis no se salvaron” y se durmió.

     

    Pasaron casi 30 minutos, Yorlady escuchó gritos y pitos. Trató de abrir los ojos, pero no pudo. Cuando los de la red de ayuda pasaron por la zona, uno de ellos vio el remo detrás de la roca y bajó la montaña para revisar. Yorlady no veía nada, pero sintió que alguien la agarró de los brazos y le preguntó si estaba bien mientras le desabrochaba el chaleco y le quitaba el casco. Ella abría la boca para hablar, y aunque su respiración era más profunda sin el chaleco, no era suficiente para que salieran palabras. Otra persona bajó para ayudarla, tuvieron que agarrarla de los brazos para subir hasta la van que estaba esperando en la selva.

     

    Cuando llegaron, Yorlady se separó bruscamente de sus ayudantes, agachó su torso y comenzó a vomitar; sentía como si todo el cuerpo se fuera a salir por su boca, su cabeza se iba a explotar de dolor. Cuando logró incorporarse la montaron a la van y la recostaron en el suelo, ella no era capaz de sostenerse, pero ya no sabía si era por el ahogo o la vomitada.

     

    El resto se montó al carro y comenzaron el recorrido entre los árboles y el barranco que llevaba al río que ella nunca iba a querer volver a ver en su vida. La gente del camino preguntaba si ya la habían encontrado.

     

    —¿La recuperaron?

    —Sí, acá la llevamos.

    —Pero que sea verdad —dijo una señora que se asomó por la ventana de la van y no la vio.

     

    Uno de los hombres abrió la puerta para mostrar ese cuerpo vivo pero inmóvil. Al final siguieron su camino y los pitos cesaron. Los viajeros estaban esperando en donde los dejaron las balsas y cuando escucharon que la habían encontrado, corrieron a ver si era verdad. La vieron sentada en el piso de la van en un mar de llanto. “Me quiero ir para mi casa”, decía Yorlady con una voz delgada y silenciosa entre sollozos. Todos lloraron de felicidad, pero ella no pudo calmarse ni un poco sino hasta que vio a su hija Valentina.

     

    La hora de la verdad

    Después de descansar en el hotel, todos escucharon la historia de Yorlady. Cada palabra era un tiro al corazón, las lágrimas caían por sus mejillas, sus cejas se elevaban, arrugaba la frente y sus ojos reflejaban la angustia de su memoria. Todos lloraban, a ninguno le había hecho gracia la celebración que hicieron los guías en el almuerzo diciéndole a ella que “no, si usted no se murió hoy entonces no se muere nunca”.

     

    Ella quería irse para su casa y estar con su niña. Intentaron animarla y al otro día salieron para un nevado llevándosela casi obligada, pero ella se quedó sentada a esperar con Luis mientras los otros subían. El resto del viaje siguió en playas, lo cual no disfrutó.

     

    Pasó mucho tiempo en el que las burbujas le aceleraban el corazón, y aunque hoy en día puede meterse al mar, el miedo a que el agua la trague y a los botes sigue latente. Del viaje solo quedaron las fotos y un video del rafting que vieron dos meses después del hecho. No fue sino hasta ese momento que supieron que el río se llamaba Río Pastaza, y los datos que encontraron en internet los llenaron tanto de miedo como de gratitud: Gente desaparecida o encontrada días después muerta. Yorlady decidió darle gracias a Dios, porque, en el agua se le generó un trauma, pero en la vida, una oportunidad.

     

    Trabajo realizado para el curso Periodismo IV, orientado por la profesora Carolina Calle.

     

     

  • El deporte, una herramienta de transformación social en los jóvenes de Medellín

    Juan Carlos Betancur, Paula Tilano, Andrea Cano / periodico.contexto@upb.edu.co

     

    El deporte se vive en la ciudad de Medellín, este transforma la vida de sus habitantes y se desarrolla como puente que ayuda a hacer efectivos los procesos de integración y socialización entre los jóvenes de la ciudad, inspirados con valores olímpicos como amistad, excelencia, respeto, colaboración, equidad y juego limpio. Durante los últimos nueve años, en los mandatos de Aníbal Gaviria Correa, Federico Gutiérrez Zuluaga y el actual alcalde Daniel Quintero Calle, el deporte y la recreación se han enmarcado como componentes fundamentales en sus Planes de Desarrollo para el progreso de Medellín. En este reportaje, varios testimonios de jóvenes dan cuenta de las posibles transformaciones que el deporte ha logrado en sus vidas.

     

    Clic en la imagen para navegar el reportaje multimedia:

    Trabajo realizado para el curso Periodismo IV, orientado por la profesora Jazmín Santa.

     

     

  • Mi otro yo: la cultura Drag en Medellín

    “Somos seres humanos y hacemos arte para sobrevivir en una ciudad como Medellín y en un país como Colombia”.

    Juan Camilo Hoyos, activista de los derechos LGTBIQ+

     

    Sara López (sara.lopezs@upb.edu.co), Isabella García (isabella.garciap@upb.edu.co) y Estefanía Restrepo (estefania.restrepoa@upb.edu.co)

     

    Rojo, naranja, amarillo, verde, azul, rosado, son las luces que se alzan sobre la Vía Primavera cerca al Parque Lleras de Medellín, iluminando la entrada a un lugar que promete fantasía y en donde las personas pueden expresarse libremente sin sentirse juzgadas.

     

    Tras subir las coloridas escaleras, da la bienvenida una pintura en la que, sobre un fondo de animal print rosado con morado, se dibuja un arcoíris saliendo de unas piernas con tacones rojos y medias de malla, sobre estas el nombre “Chiquita” un café bar inigualable, icono de la cultura Drag en Medellín.

    Terraza Bar Chiquita, 27 de enero de 2021, foto tomada de: https://www.instagram.com/p/CKkS3ycDmWN/

     

    Llama la atención desde la entrada, el techo en mirella dorada, las paredes cubiertas en estampados de leopardo y decoradas con estatuas poco convencionales de perras, cebras, zorras y cisnes en ropa interior dentro de corazones gigantes y brillantes. Peluche, más brillo y animal print recubriendo cada centímetro del bar. Al fondo, la tarima dispuesta para las mágicas drag queens, encargadas de hacer realidad la fantasía con sus shows, talentos, vestuarios y maquillajes.

     

    Siendo las seis de la tarde de un jueves se comienzan a preparar para darle inicio al show en Bar Chiquita; empezando por cubrirse las cejas para dibujar unas nuevas, seguir con el maquillaje del rostro y luego volver a los ojos para agregarles color y drama. Escoger el vestuario, que muchas veces es diseñado y confeccionado por ellas mismas, añadir accesorios y ponerse los tacones, unos stilettos de entre unos 10 y 12 centímetros, es parte de su proceso en el que todo cambia: el rostro, la voz y la expresión corporal. El resultado: más poder y confianza en sí mismas.

     

    El presentador de la noche sube al escenario y comienza el show.

     

    —Buenas noches para todos, todas y todes, bienvenidos a una noche más de fantasía en Bar Chiquita, el día de hoy contaremos con la presencia de tres maravillosas Drag Queens. Para empezar, con ustedes Gretha White interpretando “Welcome to Burlesque”, de Cher.

     

    Baja Gretha por la escalera en espiral, los reflectores la siguen, comienza a dramatizar la canción. Sus movimientos reflejan poder, drama, seguridad. Sus labios, al son perfecto de la letra, crean la ilusión de que Gretha es ahora Cher.

     

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    Add a little smoke

    Welcome to Burlesque…

     

    Para Walter, comenzar a ser Gretha surgió como un accidente hace tres años y cuatro meses atrás, pues iba a una fiesta de Halloween en Chiquita, para la que se quería hacer drag, pero la forma en que la gente la recibió fue tan exitosa que no pudo dejar de hacerlo y así este pequeño accidente le permitió descubrir su esencia, se convirtió en el marica que siempre quiso ser, rompió esos estereotipos que tenía en la cabeza y logró ver el mundo mucho más grande de lo que es.

     

    En este punto de su carrera, ver a Gretha es una gran inversión, su tarifa está entre 350 mil a un millón de pesos. Ser drag se ha convertido en su principal fuente de ingreso, pero no todo es fantasía de colores y diversión. Para ser reconocida como lo es hoy ha tenido que destinar esfuerzo, tiempo y dinero. Sobre todo, este último. Ser drag es algo costoso: una peluca vale cerca de cien mil pesos o unos zapatos valen como mínimo cincuenta mil. En la vestimenta se puede gastar más de ciento cincuenta mil pesos en los materiales, aunque como es diseñador de modas, él mismo los crea por completo, y en maquillaje ha gastado cerca de seiscientos mil pesos. Además, estar trepada no solo cuesta en plata, sino también esfuerzo físico.

     

    ***

     

    La palabra DRAG viene del acrónimo Dressed  As  Girl y  Queen  viene de reina, en inglés. Es un acto artístico performático, donde los personajes son creados y  representados de manera exagerada.

     

    Históricamente, ha existido  el drag queen, el origen de este arte está vinculado con espectáculos satíricos de la época victoriana,  burlesque, en la que drag  (arrastrar en inglés) hacía referencia a las faldas y vestidos largos que usaban los actores masculinos, en épocas en que las mujeres no podían desarrollar diversos roles en la sociedad debido a la cultura patriarcal, por lo que hombres hacían los papeles masculinos y femeninos en las obras de teatro.

     

    Juan Camilo Hoyos Muñoz ha sido activista de los derechos LGTBIQ+ por más de nueve años, es artista drag queen, locutor, estudiante de comunicación social y periodismo en la Universidad Uniminuto y trabajador del proyecto de salud en atención para pacientes con VIH, tuberculosis y COVID para la ciudad de Medellín y el Área Metropolitana. Él cuenta y aclara no solo términos, sino también la transición histórica de la cultura drag.

     

    “Los drag queen son una movilización social y política en una expresión un poco más extravagantes, existe desde 1850, cuando los hombres personificaban a las mujeres, ya que las mujeres no podían entrar al teatro, ni pisar las tablas del teatro, por ello entre los hombres las personificaban. El drag permite no hacer una burla por la mujer, si no permite que se llegue al lado social de cualquier comunidad, a cualquier territorio y sobre todo, siempre que se respete esa lucha por toda nuestra sigla poblacional (sic)”.

    Juan Camilo Hoyos en el paro contra la reforma tributaria de Colombia 2021, foto tomada de https://www.instagram.com/p/CO4TLwOF8ND/

     

    Poco o nada tiene que ver con la identidad de género o sexualidad  de una persona, puede ser un hombre heterosexual, homosexual, bisexual. Su objetivo va más allá, busca generar un impacto social, cultural, educativo y enviar un mensaje de diversidad.

     

    En la personificación femenina, el maquillaje no lo es todo, la actitud y los gestos faciales y corporales no se logran de la noche a la mañana, nadie más que ellos saben lo que significa subirse a un escenario, dar un espectáculo transformados completamente y la gloria momentánea de ser visto o admirado. Pero al final de estas transformaciones ¿un drag se siente hombre o mujer? La psicóloga Diana María Osorio, experta en psicología de género asegura: “La sexualidad de un drag queen sobre el escenario es icónica, casi igual que un travesti puede presentarse una expresión de transexualidad que se manifiesta a través del disfraz. Un drag queen puede ser un hombre homosexual, bisexual o heterosexual, que simplemente crea y se expresa a través de un personaje que presenta ante la sociedad.”

     

    Además, Hoyos Muñoz hace un preciso énfasis en que “Un drag se trasviste, sí, porque se transforma para llegar a ese personaje, más no quiere decir que soy gay, lesbiana o travesti…Desde el lado propositivo, es superimportante porque los niños, las niñas, se sorprenden; los jóvenes, los adolescentes, los papás, las mamás, el adulto mayor, gente y personas que reconocen que realmente nosotros estamos haciendo un sinfín de cambios sociales a la transformación desde la educación, esa misma pedagogía del amor y esa misma pedagogía con la empatía social (sic)”.

    La respuesta comunitaria lo positivo del VIH, Juan Camilo Hoyos, foto tomada de https://www.instagram.com/p/CIRoF2dlNRg/

     

    La preparación para  treparse a  su personaje es todo un ritual basado en un proceso creativo  que implica inspiración.  Myth  la encuentra en la comida, en un buen tinto, en un espacio agradable rodeado por sus brochas, música y buena iluminación. Una vez consagra su tiempo a sentirse cómodo,  descarga su imaginación en un papel y crea su próximo  look de drag.  Myth  empezó siendo un personaj e que exageraba sus facetas y sus atributos corporales, pero con el tiempo y la experiencia ha empezado a pulirse. Sus trajes son mandados a hacer para cada ocasión, comprados o intervenidos por él mismo; e  indica que todo su mundo drag  queen  está basado en la recursividad y creatividad.

     

    El 5 de abril del 2018, Mitchael Steven Velásquez despertó en la madrugada  queriendo convertirse en una persona diferente   y transformar su aspecto en alguien totalmente nuevo. Sacó sus brochas de maquillaje y algunos productos para empezar a hacer de su piel un lienzo que lo llevarían a dejar huella en muchos escenarios; y guardó la fecha en lo más profundo de su corazón. Noches después de treparse  por primera vez, decidió crear su personaje  Myth, que es  la simplificación de su nombre, y que en inglés significa mito; encantado con esa definición entendió que estaba en este mundo para impactar vidas. 

     

    —Empecé a hacer parte de la cultura Drag una noche del 2018, le tengo mucho aprecio porque fue una fecha en la que decidí personificar a Myth en mi habitación y poco a poco me fui adentrando en eventualidades de ciudad de las mesas diversas. La primera que me abrió las puertas fue la mesa diversa de la Comuna 4 que me invitó a hacer parte de un show/certamen; lo que me dio ánimo para participar de proyectos hasta ahorita que me he estado manteniendo vigente.

     

    Como él existen muchos otros que transformaron sus vidas al empezar a hacer parte de este mundo. Agattha, burda, exagerada y extravagante, como ella se describe, se caracteriza por desorbitar con su belleza, sus uñas largas, sus voluptuosas partes que sobre salen, enmarcadas por los brillantes y largos trajes que usa al momento de treparse.   Desde muy pequeña vio la luz de la felicidad, gracias al programa RuPaul’s Drag Race, un programa con un formato dinámico en el que sus participantes Drags se enfrentan una serie de desafíos, guiados y aconsejados por RuPaul. Agattha  encontró en este programa un escape para sus momentos de ansiedad y depresión, y cuenta que cambió los antidepresivos por pelucas, tacones y maquillaje. Valora mucho su proceso que  inició  hace más de dos años y que cade vez a nivel estético y artístico perfecciona su personaje.

     

    “Pelucas, tacones, maquillaje, escarcha, colores, es un mundo fantástico, pero también es un mundo en el que se necesita el apoyo de los y las mamás y papás, hermanos, hermanas, familias, colegios, el mundo, para que realmente reconozca el arte en el que existen. Que seamos valorados y valoradas, es importante que se reconozca el arte y aquellos artistas que están detrás de todo este sin fin de cosas importantes porque tenemos una vida, somos seres humanos y hacemos arte para sobrevivir en una ciudad como Medellín y en un país como Colombia”, añadió Juan Camilo.

     

    Cada uno de estos personajes creados ha tenido que pasar por un proceso de aceptación familiar, social e incluso personal. Como lo describe  Myth, nacer como drag en la habitación es fácil, lo difícil es salir y crecer en el mundo real. Para él fue un proceso lleno de amor y aceptación por parte de su familia, porque sus padres ya conocían su orientación sexual y su trabajo artístico en el mundo del teatro.

     

    Sin embargo, no todos cuentan con la fortuna de surgir de manera tan sencilla . Daniel Múnera, quien encarna a  Kholette Sky drag, tuvo que manejar el  shock de su  familia,  e l de su círculo social y el propio,  al verse tan maquillado  frente a l espejo . Daniel hizo un trabajo cauteloso que constó de explicarles a sus papás que no iba a empezar a hacer una transición para convertirse en una chica trans, sino que iba a incursionar en grupos de performances  creadores de  personajes, y afortunadamente, los padres de Daniel adoptaron a  Kholette como otro miembro de su familia, y según explica, se llena de alegría al saber que se puede trepar y destrepar  cómodamente en su casa. 

     

    Ahora, Myth no solo se ha tomado escenarios y ha destacado con sus espectáculos, sino que gracias a la transformación a sus personajes drag que les permite la liberación y el empoderamiento de sus capacidades, lograron que varios performances drags se tomaran las protestas en apoyo al paro nacional.

     

    —En esta fotografía, quise representar una pureza… la marcha pacífica por medio del trepe. Mi performance este día fue caminar y hacer parte de la marcha con todo el respeto del caso, y ver lo bonito del acompañamiento de los demás… Ni siquiera tuvimos que gritar porque para todas las personas que estaban marchando como nosotras, nuestra presencia decía más que mil palabras.

    Myth Drag y sus hermanas drags en el paro contra la reforma tirbutaria de Colombia 2021, foto tomada de https://www.facebook.com/photo?fbid=287437936222151&set=a.127362552229691

     

    ***

     

    La necesidad de crear un espacio para Drag Queens hizo que, en 2016, Juan Jiménez y su grupo de fundadores crearan Oh My drag, un lugar para que la gente pueda ir a expresarse libremente, disfrutar de este entretenimiento y romper los paradigmas que se tienen de los drags. Estos eventos han tenido una gran acogida por parte del público local, estos buscan reunir a los amantes del Drag y mostrar un espectáculo con artistas locales e internacionales. Sus inicios se remontan al año 2016 en pequeños eventos realizados en Bogotá, que permitieron ganar terreno a nivel local y trasladar el espectáculo a diferentes partes del país. Sus promotores preparan con anticipación los eventos mediante un proceso organizado y priorizan la difusión del evento por medio de las redes sociales.

     

    Antes era extraño ver a un Drag queen de fiesta, las calles de Medellín estaban llenas de susurros sobre los transformistas, quienes individualmente eran más vulnerables a las miradas reprobatorias, de asco, homofobia y confusión.

     

    El 18 de febrero del 2017, la discoteca Alta Gama, ubicada junto al Parque Lleras, estuvo con su aforo al máximo, unas 400 personas permanecieron en la fiesta hasta las cuatro de la mañana. Esa noche hubo una docena de performances que buscaban una cultura drag en la ciudad, fue allí cuando afloró el primer colectivo de cultura drag queen en la capital antioqueña. Una imagen positiva para la ciudad, en donde se vivificaba el ambiente drag.

    Dalphi D’Bones, Bárbara Queen, Jano Von Skorpio, Juli Santa Putricia, Megan Way, Dalila Velvet, Ciara Queen, foto tomada de https://www.instagram.com/culturadragmed/?hl=es-la

     

    “Somos doce discípulos, pero maricas y trepados, brincando de pronombre y género”, así lo define Jano Von Skorpio o Juan Esteban Velásquez, el líder de este colectivo.

     

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    Cada drag tiene un discurso diferente y lo expresa a través de su personaje con un toque de humor y sarcasmo, pero ante la sociedad todos los discursos son los mismos: la libre expresión y ser fuente de inspiración.

     

    Este  movimiento  tiene muchos aspectos desde los cuales se promueven  unos  valores  en específico, en el caso de Juan Camilo  por una situación en particular:

     

    —Yo promuevo la cultura drag desde el respeto, desde la pedagogía del amor, desde el impacto de la resiliencia, y hago esto es porque cuando tenía catorce años me dieron un disparo por ser homosexual y por hoy llevar el color o los colores de mi bandera. El orgullo del arte por mi población permite que se genere un movimiento de conciencia social y política en revolución, pero una revolución pacífica.

     

    Y a lo anterior se suma que palabra empoderamiento es el lazo que une esta cultura diversa  y llena de  conocimiento, incluso se asocia la palabra puta como una de las más significativas valiosas e importantes,  tanto como para saber que para ser drag  queen no se necesita más que un por qué y un para qué que te catapulte a la cima. 

     

    —La palabra empoderamiento es tener la valentía, como digo yo en muchas de mis presentaciones, que vivo en las putas porque es que puta no es una palabra que tendría que ser peyorativa, la palabra puta es valiente que se enfrenta, que se empodera a ese mismo rechazo. Nadie tiene que tener unas características como tal para ser drag, todos y todas pueden ser drag queen desde el arte de la expresión social, sólo que para llegar a ser un drag queen tenemos que tener ese por qué y el para qué de estar en el mundo desde esa misma extravagancia, de esa misma personificación para poder impactar al mundo y dar sí o sí una lucha de más de cincuenta años por el movimiento histórico mundial de lo que somos como lesbianas, gays, bisexuales, trans, inter y queen.

     

    Las personas pertenecientes al arte drag queen han roto estereotipos impuestos por las sociedades alrededor del mundo. Este nuevo lenguaje empleado por ellos busca lograr el reconocimiento artístico de las personas que los observan e impulsar a todas, incluso las que no pertenecen a su comunidad, a no temer del qué dirán y tener libertad de pensamiento.

     

    Diana María Osorio ha trabajado con hombres que practican el arte drag queen desde hace cinco años y asegura que no solo ella los ha ayudado a sanar, mejorar su autoestima y personalidad, sino que ellos también se han convertido para ella en un apoyo, han llenado su vida de aprendizajes y de nuevas maneras de ver el mundo.

     

    “Estos personajes no solo luchan en contra de su vida cotidiana, los pensamientos conservadores de las personas, la falta de libertad de expresión, etc., sino que luchan también por los de las demás personas, inspiran y ayudan a amarse y amar los pensamientos propios. El drag te da resistencia y empoderamiento para afrontar las situaciones, son un apoyo, hasta para mí. He aprendido mucho de mis pacientes y es triste saber que este movimiento surge por situaciones de marginalidad social, discriminación.”, añadió la psicóloga Diana María Osorio.

     

    En pleno siglo XXI, con evoluciones tecnológicas, sociales y humanas es óptimo generar mayor inclusión a aquellos géneros que han sido rechazados y poco escuchados, humanos talentosos y temerarios a perseguir su esencia, por ello se debe visibilizar un mundo que todos deberíamos conocer antes que negar.

     

    Y así, siendo las dos de la mañana, el bar Chiquita comienza a bajar su intensidad, el arcoíris disminuye y la gente comienza a salir de la fantasía que les atrapó la noche, se apaga la música y el hogar de muchos drags cierra sus puertas, para volver con más al día siguiente. Estos drags forman parte de una familia que tiene su hogar en Bar Chiquita, en cada rincón mágico de Medellín y como ellos, muchos drags que quieren luchar por un mundo más colorido y con menos barreras, así, sin dejar de soñar y sin tener que aparentar para encajar.

     

    Trabajo realizado para el curso Periodismo IV, orientado por la profesora Jazmin Santa Álvarez.