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  • Negocio a negocio, los impactos de la cuarentena

     

    La cuarentena obligatoria decretada por el Gobierno Nacional, el pasado 24 de marzo, frenó todas las actividades que se realizaban en la cotidianidad. El caso de un pequeño municipio como el Carmen de Viboral, permite distinguir que el encierro no tuvo los mismos efectos en todas las actividades económicas, lo que también marca diferencias en el camino de la recuperación.

     

    El éxito de la estrategia de aislamiento obligatorio impuesta por el Gobierno para disminuir el contagio del COVID-19 es, en algunas interpretaciones, inversamente proporcional al bienestar económico y a las condiciones de empleo en el país. Para el mes de marzo de 2020 el DANE publicó que la tasa de desempleo se ubicó en 12,6 %, lo que representa un incremento de 1,8% en comparación con el mismo periodo del año pasado.

     

    Además, algunos expertos no son optimistas con el panorama económico que puede presentarse en los próximos meses del 2020, tampoco frente a las soluciones que pueda plantear el gobierno colombiano para independientes, pequeños y medianos empresarios del sector comercial. El Carmen de Viboral, famoso por su actividad artesanal con la loza, es un ejemplo claro de los matices de la recuperación económica tras la llegada del virus.

     

    Los establecimientos comerciales le toman el pulso a las nuevas dinámicas para encontrar la ruta de su recuperación económica. Foto: Mariana Hoyos.

     

    ¿Hasta cuándo?

     

    Juan Guillermo Cardona, economista y docente de la UPB, coincide en que las medidas tomadas por el Gobierno Nacional respecto a la salud pública son acertadas. Respecto a lo económico dijo que “han sido, en teoría, las que se pueden tomar de acuerdo con las condiciones fiscales del país. No es lo mismo cuando los países tienen muchos recursos para ayudar sectores vulnerables, que cuando en países como los nuestros no hay los suficientes para garantizar esto”.

     

    Para él, un punto positivo es que se han visibilizado alrededor de 300 mil familias que no aparecían en los registros de ninguna entidad pública y que se encuentran por debajo de la línea de pobreza. Cardona añadió que “en una situación como esta siempre van a quedar faltando medidas y no se puede garantizar que el 100 % de las necesidades sean cubiertas”.

     

    Con respecto a la duración que debe tener la cuarentena sin sacrificar del todo la economía, Cardona expresó que nadie sabe con exactitud hasta cuándo se podría extender. En lo que sí coinciden los expertos, es que hay que buscar la posibilidad de que se vayan dando ciertas flexibilidades y que las personas vayan saliendo, “porque estar en cuarentena no es una vacuna y no garantiza nada”.

     

    Por su parte, Sebastián Restrepo, estudiante de Economía de la UPB, opinó que un tiempo prudente para comenzar a reactivar la economía son 6 meses a partir del inicio de la cuarentena. Sin embargo, precisó que “no se puede olvidar que se entró a una recesión económica, por lo que los daños económicos, las afectaciones a las pequeñas empresas, personas independientes, incluso las personas que tienen un trabajo formal, también se verán. Por lo que es muy difícil decidir qué tiempo sería prudente, ya que al fin y al cabo la economía se verá afectada”.

     

    Otro punto de vista es el de Christian Montoya, estudiante de Ciencias Políticas en EAFIT, quien planteó que la forma tan restrictiva como se está teniendo la cuarentena debe parar pronto. Aclaró que se debe continuar con un “aislamiento inteligente”, que consiste en segmentar mejor las personas teniendo una mayor capacidad de diagnóstico. “Con el aislamiento inteligente la idea es que se reactive la economía, pero sin poner en riesgo a las personas. Los controles no van a parar y las industrias para poder trabajar, van a tener que operar cumpliendo con todas las medidas de bioseguridad”, explicó Montoya.

     

    Hoy se presentan dos caras de la moneda para las personas que tienen negocios. Las actividades comerciales como los almacenes, bares y restaurantes han sido los más perjudicados por las medidas de aislamiento. Sus ingresos venían de la circulación de personas. Por otro lado, comercios como los supermercados, distribuidoras de víveres, farmacias y tiendas de barrio han presentado un incremento en sus ventas durante la época de la cuarentena.

     

    Tiendas, supermercados y farmacias

     

    Durante esta época, los productos de primera necesidad son los más requeridos por todos. Las personas desean estar abastecidos y prepararse para los días en que no pueden salir. Los supermercados, tiendas de barrio y farmacias juegan un importante papel en estos momentos. Algunos tuvieron un incremento de ventas solo al inicio de la cuarentena, otros todavía continúan con incrementos en ventas.

     

    Betty Idárraga trabaja en un supermercado y distribuidora de productos. Con respecto al comportamiento de las ventas en esta cuarentena ha podido apreciar que se han incrementado muchísimo en relación con la época en la que todavía no estaba la medida y el ritmo de vida continuaba con normalidad.

     

    Además, comentó que atiende un promedio de 50 personas al día y que en el negocio están cumpliendo con las medidas de bioseguridad planteadas. “Nosotros estamos limpiando el mostrador y trapeando constantemente con hipoclorito. Cuando llega algún cliente, le pedimos que por favor use el antibacterial que tenemos a la entrada”, contó Idárraga. Añadió que le da miedo contagiarse del coronavirus, pero le da tranquilidad cumplir las recomendaciones y poder seguir trabajando en esta situación.

     

    Las tiendas de barrio también se encargan de parte importante de la provisión de alimentos. Dora María Ramírez es propietaria de uno de ellos. “La gente no sigue comprando en las mismas cantidades que al inicio de la cuarentena porque ya hay mucho desempleo y hay mucha gente a la que han sacado de las empresas. También hay otros que les han rebajado el sueldo”, afirmó Ramírez. Ella atiende un promedio de 25 a 30 personas por día y considera que, pese a los problemas económicos de algunos, casi no le han pedido fiado. Sus ventas se han mantenido estables en lo que va del confinamiento.

     

    Desde las droguerías o farmacias se ha visto de otra forma la curva de la pandemia. “Al principio de la cuarentena se incrementaron las ventas de medicamentos, alcohol y desinfectantes, ya que mucha gente pensó que con la contingencia iban a cerrar absolutamente todo, incluyendo farmacias y supermercados”, relató Mauren Orozco, propietaria de una farmacia. Con respecto a la falta de alcohol y desinfectante, explicó que en un principio escasearon y los precios aumentaron mucho, pero en este momento se estabilizaron los inventarios, los precios se normalizaron y ya no hay escasez de estos productos. “En lo que va de la cuarentena, las ventas se han normalizado e incluso disminuido, porque las personas tienen un abasto de medicamentos para no tener que salir de sus casas y priorizan gastar el dinero en comida”, explicó Orozco.

     

    Almacenes y centros comerciales

     

    Uno de los lineamientos iniciales de la cuarentena fue mantener cerrados aquellos negocios que no venden artículos de primera necesidad. Los comercios de ropa, variedades, decoración y los centros comerciales hacen la prueba de regresar bajo unan nueva rutina.

     

    Es la única manera de sobreponerse, por ahora. Hernán Hoyos es propietario de un almacén de decoración y variedades, y son claros los efectos que ha tenido la cuarentena sobre su negocio. “Inicialmente las ventas se fueron a pique. Con los cierres los ingresos han sido mínimos; al ser un negocio con características comerciales tradicionales, no se ha podido vender; esta situación, en el peor de los casos, nos podría llevar a un cierre total del negocio”, dijo el comerciante.

     

    “Los gastos fijos del negocio se están asumiendo con reservas que se tenían, hay otros gastos que de momento no se han podido pagar”, relató Hoyos. En relación con los gastos personales y familiares, aseguró que ha recibido ayuda de su familia más cercana y también ha hecho uso de los ahorros que tenía. Tiene claro que, a pesar de que levanten la cuarentena obligatoria y pueda volver a abrir, la reactivación económica de su comercio no será rápida. “No vendemos productos de primera necesidad, sino artículos de decoración que la gente no se va a poner a comprar en las condiciones actuales y venideras”, explicó el comerciante. Sin embargo, también ve la situación como una oportunidad para reinventar su negocio, buscar nuevas alternativas de mercadeo y así implementar la virtualidad con las ventas en línea de su mercancía.

     

    Finalmente, habló de su incertidumbre acerca del tiempo de duración de la cuarentena. Reconoció que en Colombia no se ha llegado todavía al pico más alto de contagio, por lo que levantar la cuarentena sería apresurado en este momento.

     

    Según el registro de la Asociación de Centros Comerciales de Colombia (Acecolombia), en total hay 30 centros comerciales de más de 5.000 metros cuadrados en Antioquia. Ellos han tenido que ver cómo se cierran las puertas de la mayoría de los negocios debido a la contingencia actual del año en curso.

     

    Restaurantes, bares y discotecas

     

    Cierres de establecimientos célebres y tradicionales en Medellín ya han sido noticia de los impactos en el sector de discotecas y bares. Los restaurantes han capoteado con domicilios las restricciones por las aglomeraciones que suponen estas actividades.

     

    Juan Miguel Ramírez es propietario de un restaurante de comida mexicana y comentó que “las ventas se han visto muy afectadas porque cerramos nuestras instalaciones. Al ver que esto iba para largo, tuvimos que reactivar nuestras actividades, pero solo con domicilios. Entonces las ventas se han visto disminuidas más o menos en un 80 %”. Su nómina pasó de tener 10 trabajadores, a únicamente dos operando.

     

    Trabajar solo con domicilios trae cierta tranquilidad para pagar tanto los gastos fijos de sus negocios como gastos personales. Pero también los limita el horario permitido para los domicilios, que es de 12 a 7 p. m. “Los horarios, la verdad no dan la posibilidad de abarcar un buen mercado, ya que las familias del Carmen están acostumbradas a almorzar en las casas y salir a comer en las noches”, explicó Miguel Ramírez.

     

    Javier Martínez es propietario de un bar ubicado en el parque principal del Carmen de Viboral y la afectación a su negocio con la medida de confinamiento ha sido total. Tiene los mismos gastos, como el pago de servicios públicos y el 50 % del arriendo del local. Estos pagos los está realizando con el dinero de una pensión. Sin embargo, siente incertidumbre, pues tiene claro que el tipo de negocio que tiene se encuentra de último en la lista de lo que volvería a operar normalmente. “El perjuicio es incalculable, uno ni siquiera sabe qué hacer, la verdad”, expresó.

     

    A finales de mayo, el presidente Iván Duque anunció la extensión de la Cuarentena Nacional hasta el primero de julio de 2020, pero aumentaron a 43 las excepciones como los servicios hospitalarios, lo relacionado con la cadena de producción y comercialización de alimentos, manufactura, industria, parqueaderos públicos, peluquerías, laboratorios, bibliotecas, museos, entre otras. Estos sectores deben cumplir los protocolos de bioseguridad que expidió el Ministerio de Salud y Protección Social, según las condiciones particulares a nivel territorial. La sensación general es que corre el tiempo para que las previsiones y estimaciones se hagan realidad, con las puertas abiertas y el reto de recuperarse en frente.

     

     

    Informalidad

    46.7 % de la población colombiana trabaja bajo la informalidad, sin acceso al pago de seguridad social, pensiones, ARL y otros parafiscales como y servicios como los de las cajas de compensación familiar. A este grupo poblacional se sumarían muchos trabajadores formales si la economía continúa paralizada, explicó Juan Guillermo Cardona, economista.

     

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    Este informe fue realizado en el curso Periodismo II, bajo la orientación de la profesora Claudia Sánchez Aguiar.

     

     

     

     

  • Hipocresías en tiempos de COVID-19

    Este grupo de videocolumnistas plantea sus puntos de vista sobre las incongruencias que se hacen visibles ante la emergencia sanitaria: entre la caridad, las agresiones al personal médico, los problemas estructurales como el desempleo y el abandono de ciertos territorios, la depredación del medioambiente. ¿Volveremos a lo mismo después del confinamiento? ¿Qué es lo que realmente debemos corregir?

     

    Video

     

     

    Esta videocolumna fue realizada en el curso Periodismo VI, orientado por la profesora Anacristina Aristizábal Uribe.

     

  • ¿Por qué el coronavirus amenaza más a los mayores?

     

    Su vulnerabilidad frente al virus no es el único riesgo que corren. La depresión, el desempleo, la pobreza y la falta de protección son otros problemas que aquejan a los ancianos y se han agudizado durante la contingencia sanitaria.

     

    Un estudio publicado el 3 de abril por científicos chinos, analizó los casos de muertes por coronavirus en la ciudad de Wuhan. Al finalizar expresa: “En resumen, la mayoría de los casos de muerte por COVID-19 fueron hombres mayores de 50 años, con enfermedades crónicas no transmisibles como hipertensión, diabetes y enfermedades coronarias. Los pacientes murieron principalmente por insuficiencia orgánica múltiple”.

     

    Un poco de su origen

    El COVID-19, al igual que el SRAS (Síndrome respiratorio agudo grave), pertenece al grupo de los denominados coronavirus descubiertos en la década de los 60. Se presenta con la misma sintomatología que una gripe severa y resulta ser más peligroso en ancianos con otras complicaciones de salud y pacientes con enfermedades crónicas.

     

    ¿A qué se debe?

     

    Este virus tiene más riesgo en las personas de la tercera edad por los cambios del sistema inmunológico que, a medida que las personas envejecen, se debilita. Esto reduce la capacidad de atención para dar respuesta a la infección, dándole ventaja a cualquier enfermedad viral o bacteriana.

     

    La razón de este deterioro se debe a que “nosotros como seres humanos llegamos a una etapa donde nuestro cuerpo ya no sigue renovando las células. En su lugar las células van envejeciendo, esto es lo que pasa con los adultos mayores”, explicó Julieth Fernanda López, enfermera jefe de la Clínica Somer de Rionegro.

     

    Además de tener el sistema inmune humano más inconsistente, en este grupo poblacional son frecuentes las enfermedades crónicas y la inmunodepresión. Cuando un anciano tiene problemas de salud latentes, estos le impiden al organismo combatir y recuperarse de las enfermedades que contrae.

     

    Las afecciones médicas preexistentes de la persona definirán el alcance del virus. Según un análisis de la Organización Mundial de la Salud, OMS, las personas con enfermedades como el asma, la diabetes o las cardiopatías tienen más probabilidades de enfermarse gravemente cuando adquieren la infección.

     

    Con estos antecedentes, las personas de la tercera edad también tienen una menor reserva fisiológica, pulmonar, cardiaca, nutricional. Lo que afecta directamente el tratamiento de ellos durante el contagio.

     

    Por ende, la edad y la condición de vida impulsarán la susceptibilidad ante el COVID-19. Maria Alejandra Henao, estudiante de último año de Medicina de la Universidad CES dijo que, como muchos adultos mayores pueden tener enfermedades de base, poseer un buen soporte social, correcta administración de los medicamentos, una buena clase funcional, hábitos de vida saludable y actividad física, pueden influir en hacerlos pacientes menos frágiles frente al coronavirus.

     

    La salud mental de los adultos mayores, un factor principal. Foto: Juliana Orozco Alzate.

     

    ¿Cómo evitar el contagio y qué se ha hecho para ayudarlos?

     

    A pesar de todos los riesgos que corren estas personas, es posible impedir que contraigan el virus si se mantienen las medidas de protección y se obedece a la cuarentena obligatoria que el Gobierno ha establecido, especialmente para los mayores de 70 años. El cuidado parte del hogar y “se les debe proteger generando condiciones favorables para la satisfacción de las necesidades básicas”, aseguró Resfa María Sierra, gerontóloga del municipio de Marinilla.

     

    Esta situación entra en conflicto con el hecho de que en Colombia no todos los adultos mayores son pensionados ni poseen subsidios o ingresos económicos. Muchos se ven en una situación precaria para acceder al sistema de salud o en condiciones de pobreza. Por esto, durante la contingencia se observan personas de la tercera edad en las plazas de mercado, en las tiendas, en la calle, que deben de salir a trabajar para poder alimentarse, pagar arriendo y tener un sustento diario.

     

    Otro elemento agravante es el hacinamiento en el que algunos viven, que propicia condiciones que aumentan el riesgo de contagio. “Estos factores marcan la diferencia en cuanto si se contagia una persona adulta que no tenga buenas condiciones de vida, que tenga que salir a trabajar, a una persona adulta que se pueda quedar en su casa porque tiene una pensión u otras condiciones económicas que le permiten guardarse. Además de tener un mejor acceso a los servicios de salud y así, control de sus enfermedades”, expresó López.

     

    Aun así, el Gobierno, los municipios, entidades y algunas EPS, han dirigido ayudas e implementado estrategias que contribuyen a la protección contra el COVID-19 y otras que subsanan las condiciones que se han generado a raíz de este, dándoles garantías a los ancianos para asegurar su vida:

    • El Programa Social al Adulto Mayor “Colombia Mayor” tiene como fin aumentar la protección de los adultos mayores desamparados, sin pensión, que viven en la indigencia o la extrema pobreza, por medio de un subsidio económico. Este programa implementó una estrategia con el apoyo asignado para los meses de abril y mayo de 2020 por un valor de 160 mil pesos. Consistió en un pago excepcional de una sola diligencia que se hizo desde el 6 de abril hasta el 30 de mayo, del cual se ordenó un pago adicional tras la extensión del aislamiento decretada por el Gobierno hasta el 1 de junio.
    • El municipio de Marinilla contrató a una empresa llamada Mensajería Exprés para que estas personas reciban los medicamentos en sus casas y se les realice el pago de sus servicios públicos, tanto en el área rural como urbana.

    De igual manera, algunas personas de la tercera edad están siendo priorizadas por su condición económica y están recibiendo alimentos en sus viviendas. También hay estrategias a través de medios como el Canal Comunitario, donde se desarrollan actividades para que ellos puedan ejercitarse en sus hogares. Así mismo, se hacen charlas por parte de psicólogos, contó Sierra.

    • Desde el área de la salud se están brindando asesorías telefónicas, consultas virtuales, controles a través de la telemedicina, con el fin de que estas personas no asistan a los centros hospitalarios, donde corren más riesgo de contagiarse por las aglomeraciones.
    • Con los adultos más vulnerables del municipio de Rionegro se están realizando llamadas periódicamente con el fin de interactuar, conocer sus condiciones y dar soluciones, desde la salud y el bienestar a las problemáticas que se les puedan presentar; además, se les entregan paquetes nutricionales acompañados de cartillas y colores para que estos se entretengan. También, con apoyo del IMER (Instituto Municipal de Educación Física) se han establecido estrategias en temas de hábitos saludables y rutinas de ejercicios.

     

    ¿Y los muertos en Colombia?

    De acuerdo con el Reporte del COVID-19 del Instituto Nacional de Salud, hasta el 3 de junio de 2020 se reportaron mil 45 fallecidos, donde 761 están en el rango de edad de los 60 a los 99 años.

     

    Cambios en la cotidianidad, ¿cómo manejar la situación en los hogares?

     

    La salud mental de los adultos mayores es otro factor que entra en juego, puesto que también son más frágiles en este sentido. El cambio de vida genera estrés, incertidumbre, miedo y angustia por el futuro, preocupación, cuadros depresivos y sobre todo ansiedad, debido a que toca adaptarse a una situación para la que no había alguna preparación, según Soraida Gómez, psicóloga de la Universidad Católica de Oriente.

     

    Algunos ancianos son activos, se relacionan constantemente y a diario realizan actividades en el exterior como salir al parque, hacer gimnasia o juegos de mesa. Al no poder hacerlas, esto les genera diversas afectaciones mentales, así como dificultad para adaptarse en sus hogares a las nuevas condiciones de encierro, lo cual provoca que intenten salirse de esta zona de contención.

     

    Por esto, es importante hacer uso de las estrategias que se han creado para que ellos realicen actividades desde sus hogares. Así mismo, quienes viven en compañía de otras personas, estas deben propiciar espacios para jugar, compartir, intercambiar, esto hace que el confinamiento sea más llevadero.

     

    Infografía: Juliana Orozco Alzate.

     

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    Informe especial elaborado en el curso Periodismo II,

    orientado por la profesora Claudia Sánchez Aguiar.

     

     

     

  • Yo, en cuarentena

    Añorar la espera en el paradero, la caminata hasta la tienda, la presión por llegar puntual a clase. En este relato personal en tono de cuenta regresiva. Historia y modos de vida durante el encierro.

     

    Video

    Este documental fue presentado en el curso Realización documental, orientado por la profesora Ana María López.

     

     

     

  • Postales desde el recogimiento

    Hechos cotidianos y pensamientos que se cruzan en la rutina del encierro de una joven periodista. Huellas de la pandemia en la vida de las personas a su alrededor.

    En una tarde veraniega como esta se conoció en Medellín la noticia del primer caso de Covid-19 en Colombia.

    Foto: Melissa Gómez.

     

    El comienzo del fin

    Ya estábamos informados y advertidos sobre su existencia, pero como todo en nuestro país, fue tomado como una broma. Risas iban y venían, memes, charlas constantes e incredulidad sobre el verdadero impacto que podría generar este minúsculo pero poderoso virus en los colombianos. Solo íbamos a entenderlo cuando tuviéramos que lidiar con él frente a frente.

    El 7 de marzo de 2020 todo transcurría común y corriente: las personas corrían a sus trabajos, no dormían lo suficiente, trabajaban de más, no quedaba tiempo para mirar el paisaje, ni hablar con el vecino; mirarse a los ojos había pasado de moda, también disfrutar de un atardecer, el tiempo no era suficiente; hasta que algo detuvo el reloj: todos los afanes y ocupaciones tomaron un segundo lugar. Las redes sociales, televisores, periódicos y radios anunciaban la tan esperada, pero aterradora noticia: “Se reportó el primer caso de COVID-19 en Colombia”. Desde ese día, todo empezó a ser diferente, las risas y burlas frente al virus comenzaron a convertirse en caras de preocupación a medida que pasaban los días, aquel pequeñín se apoderaba poco a poco de todos los rincones de Colombia y el mundo.

    Según la página web oficial de la Organización Mundial de la Salud (OMS) esta infección suele venir acompañada con fiebre y síntomas respiratorios (tos y disnea o dificultad para respirar). En los casos más graves, pueden causar neumonía, síndrome respiratorio agudo severo, insuficiencia renal, e incluso, la muerte. El virus resultó ser mucho más fuerte de lo que estaban esperando, la impaciencia y el miedo se apoderaron de las personas.

    Algunas de las recomendaciones comenzaron a circular desde la OMS y otras entidades como el Ministerio de Salud y Protección Social para no propagar la infección: la buena higiene de manos y respiratoria (cubrirse la boca y la nariz al toser y estornudar). Asimismo, evitar el contacto estrecho con cualquier persona que presente signos de afección respiratoria, como tos o estornudos. Admito que pensé más de una vez que estaba contagiada, pues no sabía si los estornudos se debían a mis constantes alergias por el polvo y las lanas o si el COVID-19 estaba haciendo estragos en mi sistema inmunológico. Mi familia comenzaba a mirarme como un bicho raro.

    Pasaban las horas y fueron aumentando rápidamente los contagiados y muertos a causa del COVID-19 y con esto las restricciones del Gobierno Colombiano frente a su población: cierre de fronteras marítimas, fluviales, áreas, terrestres y cualquier tipo de conexión física con el exterior, aislamiento obligatorio, cierre de universidades, colegios y entidades importantes, pico y cédula para evitar aglomeración de personas y aún más contagios. Todo tipo de medidas fueron tomadas por parte de las figuras de poder del país y comenzó a reinar el caos en las cabezas, los miedos a los que muchos temían enfrentarse un día tomaron forma y salieron de sus escondites, soledad, incertidumbre, ansiedad, depresión, quietud, hambre, desigualdad y la madre de todos los miedos, la muerte.

    Las calles comenzaron a verse más solas al pasar de los días, el silencio que siempre había anhelado escuchar al fin ocurrió, pero en unas circunstancias que jamás hubiera deseado. No había carros, ni motos, no había gritos en las calles, solo el sonido del balanceo de los árboles con el viento y los pájaros revoloteando por todos lados, demostrándonos que son ellos los verdaderos dueños de este espacio. La naturaleza por fin fue liberada de nosotros y nuestro bullicio constante. La vida, el destino, el karma o tal vez Dios nos pusieron un pare a todos los seres humanos, un pare para enseñarnos que no somos tan poderosos e invencibles como creemos.

     

    Día número “no sé qué” de cuarentena

     

    ​“¿Ya se lavó las manos?”, esos fueron los buenos días, buenas tardes y buenas noches de mi madre durante todos los días de cuarentena que llevábamos. Graciosamente fueron más duros los primeros días en cuanto a la relación con mi familia y el encierro. Con el pasar de los días ya no había peleas ni gritos, mi mamá seguía regañando, pero en una intensidad mucho menor; y mi hermano, de tan solo 15 años, con los andrógenos en pleno despertar y pasando por la etapa de la “aborrescencia”, empezaba a adaptarse a esta nueva realidad. Todos estábamos más tranquilos, en calma, respetuosos, aprendiendo a conocernos y a convivir, un privilegio que no muchas familias tienen.

     

    << La ventana y el balcón han sido el único espacio de contacto con la realidad. Foto: Melissa Gómez Vanegas.

     

    Daniela, una de mis mejores amigas, vive sola aquí en Medellín con su hermana mayor, hace más de 2 años. Su madre, Adriana Zapata, se fue en busca de mejores oportunidades a Estados Unidos. Adriana reside en la ciudad de Orlando, en el estado de Florida, no es indocumentada, entró al país con una visa adjudicada por la embajada de Estados Unidos solicitada en Bogotá. Esto le permite identificarse cuando le piden algún documento y tener muchos más beneficios que aquellos que no tienen pasaporte, como por ejemplo acceder a salud, abrir cuentas en bancos o rentar cuartos. Eso sí: no puede recibir ningún servicio del país, pues su único pecado es que entró al mismo con la excusa de ser turista, pero se quedó a cumplir el sueño americano.

     

    Me tomé el atrevimiento de preguntarle cómo estaba, que tal la estaba pasando con esta situación catastrófica que pintaban los medios de comunicación con el coronavirus. Me respondió con toda la tranquilidad del caso a través de una nota de voz por WhatsApp: “Mija, no es cierto todo lo que andan diciendo los medios de comunicación y algunas personas por ahí, aquí no dejan morir a nadie. De hecho, hay servicios de hospitales que atienden a personas indocumentadas y en mi condición y no tienen que pagar de inmediato, después de ser atendido, medicado y enviado a su casa la cuenta llega a su dirección con facilidades de pago. Acá no dejan morir a nadie, independiente de que no tenga seguro o dinero”. Me dio muchísimo alivio escuchar eso, pero me llené de muchas más dudas.

     

    Ella, como si me leyera la mente comenzó a responder una por una mis inquietudes, me comentó que seguía trabajando común y corriente, pero teniendo los cuidados necesarios, cubriéndose con tapabocas y guantes a donde saliera. Y como no tiene carro propio, tiene que tomar el transporte público, pero todo allí es muy organizado: un asiento ocupado y el siguiente no, uno ocupado y el otro no, al igual que la cabina del conductor, que está completamente aislada y sellada para evitar contagios. Además de todo esto, el gobierno decretó transporte público gratuito hasta el mes de junio. Este testimonio me abrió un panorama completamente diferente al que me habían creado.

     

    Al parecer, la vida de Adriana no marcha tan mal hasta el momento, pues en reiteradas ocasiones me aclaró: “No le tengo miedo al coronavirus, pero lo respeto. Solo espero poder seguir con salud para aportarles a mis hijas económicamente y volver a verlas en un futuro no muy lejano”.

     

    La vida y la muerte en una misma realidad

    Hace poco, el compartir con nuestros seres queridos era algo usual o por lo menos lo era para mí. En mi familia somos muy unidos y vivimos todos en el mismo conjunto residencial, lo que hace usual compartir un algo, una visita o reunirnos para cantar los cumpleaños. Hace poco cumplió años la esposa de uno de mis tíos, todos nos conectamos por videollamada a la hora usual en la que solíamos cantar todos los cumpleaños, siete de la noche. Cantamos con la misma alegría de siempre el “cumpleaños feliz”, pero esta vez sin torta y sin abrazos; fue nostálgico ver cómo simulaban abrazos a través de la pantalla y saber que estábamos tan cerca pero tan lejos, separados por apenas algunos muros y pisos de distancia. Por fortuna, nosotros estábamos celebrando la vida, así fuera de esa manera tan distante, a diferencia de otros a quienes les ha tocado enfrentar la muerte de un ser querido en este aislamiento obligatorio.

     

    Este, por desgracia, fue el caso de una de mis compañeras de grupo de la Universidad. María Alejandra Espitia, quien en una de las clases virtuales expresó lo triste que se estaba sintiendo por la pérdida de su tío abuelo, el que más quería. Después de clase, sentí la necesidad de preguntarle qué había pasado y si estaba bien, pues hablar con alguien en un momento de tristeza puede ser útil. Me comentó que le decía por amor Juancho y sus amigos más cercanos lo llamaban El mago Fedor, pero su nombre real era Federico Martínez. Tenía aproximadamente 70 años y, por desgracia, había comenzado a sufrir de alzhéimer, pero fue mucho más astuto que la enfermedad, pues cargaba siempre con él una libreta donde tenía anotadas todas y cada una de las cosas verdaderamente importantes para él, entre ellas los nombres de sus familiares y sus características físicas.

     

    Don Federico se encontraba viviendo con una de sus hijas en Bogotá cuando el confinamiento comenzó, de un momento a otro empezó a bajarle la presión, por lo que tuvieron que llevarlo al hospital y allí de inmediato lo dejaron en la Unidad de Cuidados Intensivos. Estuvo dos días con la presión muy baja, “parecía como si una vela se estuviera apagando de a pocos. Al final, murió tranquililito”, me contó María Alejandra.

     

    Para su desgracia, todos sus familiares viven en diferentes lugares del país y debido a las circunstancias, ninguno pudo tomar un avión y dirigirse a despedirse como lo deseaban. “Una de las cosas que más me rompió el corazón, fue que su hija logró grabar un video de su ataúd solito. La iglesia estaba completamente sola, solo estaba ella, fueron imágenes muy fuertes para toda la familia”, esas palabras me hicieron sentir temor.

     

    Al parecer, el calvario no acababa allí puesto que además no había cupos en los cementerios hasta junio o julio, lo que los obligó a cremar el cuerpo de Juancho. Él nunca quiso ser cremado y lo expresó reiteradamente a su familia, pero las circunstancias no le permitieron cumplir su último deseo.

     

    Los rituales fúnebres han cambiado drásticamente. Nada de salas de velación, nada del último adiós, nada de despedir al ser querido. Afrontar una pérdida en tiempos de aislamiento debe ser algo completamente diferente y aún más doloroso, porque lo primordial en el momento es prevalecer la salud de los que están vivos y evitar contagiar a más personas. María mencionó por último: “como familia no hemos podido tener ese espacio para llorar, reír y hacer memoria de él, todavía es difícil entender que murió”.

     

    Aislamiento = Recogimiento

    ​Todos estos cambios en nuestros hábitos, rutinas y costumbres han causado cuestionamientos y reflexión sobre lo que hemos estado haciendo bien y mal al pasar de los años, sobre lo poco que hemos valorado a quienes nos rodean y lo que nos rodea. Lo mucho que hemos dejado de lado el sorprendernos con la sencillez y lo que todos los días nos brinda la vida: una flor, un atardecer, la sonrisa de un niño, el canto de los pájaros, las caricias del viento, un instante con nuestras familias. Intercambiamos lo que nos hacía sentir vivos por una esclavitud constante con el consumismo y materialismo, una competencia infinita con el otro por el que más tiene o pretende vivir mejor.

     

    “ (…) No las cosas excepcionales, sino lo infinitamente pequeño y sutil: no el movimiento, sino el descanso que hay en el movimiento, porque cuando las observamos calmadamente, todas las cosas obtienen plenitud (…) ” , Luis Racionero.

    Opté por llamar este encierro recogimiento. La perspectiva del mundo cambia al poder tener acceso a lo que realmente necesitamos, nos encontramos con nosotros mismos, muchas cosas vanas dejan de importar y al tener tanto tiempo de sobra ,comenzamos a disfrutar de las pequeñas cosas de la vida. Aquella ropa cara, carros lujosos, cadenas, lociones, zapatos y demás objetos, dejaron de ser una catapulta imaginaria para todos aquellos que se creían mejores que los demás solo por poseerlos, porque encerrados en casa no tienen a quien presumírselos. Es allí cuando la pregunta ganadora invade las mentes: “¿Qué más tengo para aportar que mis bienes materiales?”. Ahí también empiezan a cobrar valor las verdaderas amistades, la familia, la solidaridad, el buen trato y sobre todo, la labor de todas aquellas personas que fueron mucho tiempo insignificantes para la sociedad y ahora son los héroes del país por arriesgar sus vidas ejecutado su oficio: personal de limpieza, domiciliarios, campesinos, vigilantes, conductores de transporte público, policías, militares, medios de comunicación y muchos más.

    Lastimosamente no todo es reflexión y aprendizaje para las personas de nuestro país, pues en realidad no todos tienen la misma rentabilidad económica para subsistir en cuarentena. De hecho más del 46% de la población colombiana vive del empleo informal, según el Dane. Es decir, aproximadamente 23 millones 632 mil personas no tienen certeza sobre cómo subsistir durante esta cuarentena, algo realmente preocupante. Durante una entrevista realizada vía Instagram el 4 de abril, Angélica Lozano, Senadora del partido Alianza Verde, dijo: “esta cuarentena nos muestra la desigualdad absoluta en nuestro país y la importancia de reinventar nuestras formas desde lo social, lo económico, lo ambiental y lo humano”.

    Se siente alivio pero al tiempo impotencia saber que nuestras familias son privilegiadas al continuar trabajando en casa, virtualmente, pero puede haber vecinos que tal vez estén pasando una mala situación ya que no contaron con la misma suerte y que existen millones de personas en Colombia que están aguantando hambre en este momento. Nos encontramos en una encrucijada.

     

    Imagino que la pregunta común es: ¿Salgo a trabajar para comer y corro el riesgo de infectarme o me quedo en casa sin ingresos y muero de hambre? Con dolor en el alma, la verdad es que, al fin y al cabo, cualquiera de las dos opciones llevarían al mismo fin.

     

    “El mundo como lo conocemos después de esta tragedia no será igual”, repite constantemente mi madre en tono de aviso. “Hay que comenzar a adaptarse a lo que viene”, reitera. Solo espero que así sea, que todo haya que volver a reinventarlo y por fin hacer las cosas correctamente. Con humildad, amor, solidaridad, perdón y sobre todo respeto por la madre naturaleza.

     

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    Trabajo realizado en el curso Periodismo IV, orientado por la profesora Adriana López. Este y otros textos se encuentran en el blog de la autora.

     

     

     

     

     

  • La casa común

     

    Es cierto que cada uno de nosotros, o la mayoría, está confinado en su casa, y todo esto es una oportunidad magnífica para conocer el hogar, para valorar el techo que nos cubre, las paredes que nos dan intimidad. Para valorar el suelo que nos da soporte y la ventana o el balcón que nos permiten saber que existe un otro. Estamos descubriendo rincones de la casa que no conocíamos, sintiendo las baldosas frías bajo los pies descalzos y permitiéndonos pactar todos los días una cita con nosotros mismos (unos días mejores que otros). Estamos cuidando y valorando la casa, quizás, más que nunca, ¿y por qué? Porque ahora, en medio de una situación preocupante y amenazante, nuestro hogar es nuestro refugio, el lugar seguro, la posible salvación, lo que nos guarda. ¡Está perfecto!

     

    Esta pareja de los que se conocen como zorros-perro llegó al jardín de una vivienda en El Poblado en los primeros días de mayo. Un usuario envió el reporte electrónico al Área Metropolitana del Valle de Aburrá. Foto: César Echeverri.

     

    Ahora bien, ¿qué es lo que está pasando en este momento con la casa común? La casa común es el mundo, la Tierra, la que siempre nos ha salvado, guardado y cuidado. ¿Cómo ha sido y cómo es nuestra relación con ella?, ¿la estamos escuchando ahora así tal como nos ha estado murmurando nuestra casa en estos días?

     

    En plena pandemia conmemoramos el Día de la Tierra, como ella se lo merece: en paz. De hecho, en ciertos lugares del mundo se puede notar la diferencia: ríos limpios, los canales de Venecia descontaminados, la aparición de distintos animales en calles de ciudades como ciervos en Nara, Japón; pavos reales en Madrid, España; zarigüeyas en Neiva; delfines en la bahía de Cartagena; y hasta un zorro en Bogotá… Las nubes de esmog se disolvieron en varias ciudades capitales del mundo y, si salimos a mirar el cielo, cada vez más podemos vislumbrar las estrellas. Tampoco es tiempo de decir que nosotros somos el verdadero virus, porque de alguna manera hacemos parte de la naturaleza y somos animales que la habitamos, pero ¿qué viene después de la pandemia? ¿Volveremos a invadir sus territorios como si nada hubiera pasado? Es tiempo de configurar ese tipo de reflexiones.

     

    Ya que estamos aprendiendo tanto de cómo valorar y convivir con nuestro propio hogar, ¿seremos capaces de volver a vivir en la Tierra de una manera distinta, menos acaparadora, más responsable y equitativa? ¿Seremos capaces de cuidarla como se cuida un hogar?

     

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    Columna elaborada en el curso Periodismo VI, orientado por el profesor Darío Echeverri.

     

     

     

     

     

     

     

     

  • Diario de una cuarentena

    Una serie de relatos cortos sobre preguntas, dilemas y sensaciones de juventud. Transformaciones y reflexiones que suscita el encierro.

     

     

     

    «Escribir es defender la soledad en que se está; es una acción que sólo brota desde un aislamiento efectivo, pero desde un aislamiento comunicable, en que, precisamente, por la lejanía de toda cosa concreta se hace posible un descubrimiento de relaciones entre ellas ». MARÍA ZAMBRANO.


     

     

    Me preocupa no poder caminar en la calle mientras escucho música. Me preocupa perderme los estrenos cinematográficos. Me preocupa no estar en mi clase favorita. Me preocupan los niños que no pueden salir a jugar. Me preocupa no poder con la universidad virtual. Me preocupa que la ansiedad se apodere de mí nuevamente. Me preocupa la pesadez de los días en casa. Me preocupa tener que hablar todos los días con mis padres. Me preocupa estar sola con mis pensamientos. Me preocupa la incapacidad de escribir. Me preocupan las mujeres encerradas con sus agresores. Me preocupa el color rojo en las fachadas de las casas de mi barrio y de mi país. Me preocupan los políticos que no se preocupan por su gente. Me preocupa que los besos y abrazos sean peligrosos. Me preocupa olvidarme de la forma de sus labios. Me preocupa que ya no te preocupes por mí. Me preocupa la posibilidad de morir, pero me preocupa más vivir. Me preocupa que todo me deje de preocupar.


     

    Me da miedo despertar y tener que adivinar cuál será el ánimo que gobernará mis labios, mi ropa, mis respuestas, mi apetito. Por más optimista que soy, nunca acierto, el azar se mofa de mí con cada desdicha del desatino que es este mal vivir.

     

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    Amanece y no quiero convivir conmigo en las mañanas agónicas de otro día más y obligarme a dejar la cama para enfrentarme a la virtualidad que impuso en mi vida una rutina que me sumergió en un bucle de agotamiento y desesperanza. Atardece y tampoco quiero soportar las tardes de perpetua nostalgia en las que recuerdo cuando vos y yo escuchábamos la música que tanto te gustaba y ahora la escucho en las noches hasta quedarme dormida, en la amargura de mi habitación, porque solo así te siento más cerca.

     

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    Te dediqué ese hermoso fragmento del cuento de Elena Poniatowska que leí como una tiranía de la academia, pero que releí con ahínco porque contenía todo lo que quise decirte, sin saberlo, la primera vez que te vi: Quisiera tener la certeza de que te voy a ver mañana y pasado mañana, y que siempre, en una cadena ininterrumpida de días, podré mirarte, lentamente, aunque ya me sé cada rinconcito de tu rostro; que nada entre nosotros ha sido provisional o un accidente. No dijiste más que lo suficiente. Tampoco esperaba una respuesta. La respuesta la obtuve en el mismo cuento: “A veces quisiera ser más vieja porque la juventud lleva en sí, la imperiosa, la implacable necesidad de relacionarlo todo con el amor”.

     

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    Vivo en las carcajadas de mis amigas cuando no podíamos parar de reír. Vivo en los nervios que me crispaban los manos cuando tocaba a tu puerta. Vivo en la desesperación que me causaba el embotellamiento de la ciudad y los semáforos inacabables. Vivo en la mirada acusadora de mi madre cuando llegaba a casa dando tumbos por el alcohol. Vivo en la reportería que me hacía sentir que tenía una doble vida. Vivo en el sexo de media noche y los abrazos de buenos días. Vivo en las lágrimas consoladas por mi mejor amiga y las tardes de caminatas. En fin, vivo en pasado.

     

     

    Sublimación

     

    La primera calada es, a mi modo de ver, un indulto para el cuerpo; por eso es la que más me gusta. No sé exactamente cuánto tiempo pasó desde el último cigarrillo hasta hoy, que obtuve la calada, pero no el indulto que suele liberarme del estrés.

     

    No recuerdo bien la hora, pero recuerdo la lluvia que se esforzaba por apagar el cigarrillo y el frío lo combatía con una calada tras otra. Mientras el fuego consumía el tabaco, pensé que son esos pequeños placeres no permitidos por los que el encierro se hace más estridente. También pensé que, ese en específico, debo hacerlo cobijada por la penumbra de la madrugada; porque lo que para mí es un placer, para mi madre es un vicio que esclaviza.

     

     

    Alambique

     

    Hoy me siento llena de recuerdos, son tantos, tontos y tan vastos que no me caben y me duelen en el cuerpo. Hallaron la manera de brotar en sal marina y escaparon de mi garganta en quejidos lastimeros que despertaron compasión en las miradas furtivas de mi madre. No los odio, por el contrario, me aferro a ellos porque son lo único que me queda de vos y es allí donde quiero hallarte: en las memorias de los días felices de la absurda tranquilidad que me ofreció tu muda voz y la bondad de tu sencillez. Pero son tantos, tontos y tan vastos los recuerdos que no sé dónde ponerlos para que no duelan más.

     

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    “No estoy para esto”, me dijiste… Yo ya no puedo seguir escribiendo.

     

    Diario de una cuarentena, es una creación elaborada en el curso Periodismo y literatura, orientado por la profesora Marcela Gómez.

     

     

     

     

  • Emergencia sanitaria: Navidad de los corruptos

    Con un repaso de datos y antecedentes, este grupo de videocolumnistas repasa una de las facetas más lamentables de la emergencia sanitaria en Colombia: las irregularidades en compras y contratación públicas para atender la propagación del virus. Los números y los hechos generan tanto temor como el virus.

     

    Video

    Videocolumna realizada en el curso Periodismo VI, orientado por la profesora Anacristina Aristizábal

    Uribe.

     

     

     

     

     

     

  • Años en cuarentena

    Lloré, me reí, volví y lloré y me volví a reír. Regué con agua casi todas las plantas de mi casa, conté ocho suculentas, pero repetí la cuenta y me faltaron dos, porque eran diez las materas que había en mi patio. Lavé casi todas las cucharas con las que comí durante años y nunca me percaté de que unas estaban más torcidas que las otras. En las noches, me desvelé. Durante las mañanas y las tardes, dormí como nunca lo había hecho, así fueron tan solo los primeros días del encierro.

     

     

     

    << La soledad de la cuarentena en El Retiro.

    Foto: Mateo Flórez Bedoya.

     

    [endif]–Cada persona vivía una vida de manera diferente, no dependíamos de la pandemia para hacer las cosas del día a día, para poder ver a las personas, a los seres queridos y a los que no eran tan queridos, porque como dicen: “Pueblo pequeño, infierno grande.” Antes caminaba a la iglesia, al banco, al parque o a cualquier lugar con toda la libertad, sin restricciones gubernamentales ni de salubridad, hasta que fue imposible. El Retiro no presentaba ningún caso de COVID-19 el siete de marzo, pero las tiendas de ropa, las papelerías, los gimnasios y la mayoría de los locales ya estaban cerrados sin haberse decretado la cuarentena obligatoria. Los únicos establecimientos que estaban abiertos eran los supermercados: D1, Caribe, el Éxito Express y algunas tiendas de barrio… Los comerciantes del parque principal, aquellos que vendían comida rápida y el resto de los negocios del pueblo tuvieron que cerrar, por seguridad y por obligación.

     

    ***

    Camila Camargo cumplió 21 años el 17 de marzo. Días antes, Federico, su novio, ya le había planeado una fiesta sorpresa y, aunque la relación no era muy buena con los amigos de la novia, él tomó la iniciativa de escribirles por WhatsApp, la mayoría de ellos le quedaron de confirmar. La cuota era de 70 mil pesos, cubría los gastos de la finca en Fizebad, el alcohol de la fiesta y la comida durante los dos días de estadía, pues estaba planeada del viernes 20 de marzo al sábado 21. El cumpleaños nunca se dio y no precisamente por la falta de presupuesto, ni por la ausencia de invitados, ni mucho menos por falta de ánimos; la razón, fue la contingencia. La Alcaldía del pueblo cerró las vías terrestres ese fin de semana; lo que afectó la celebración de Camila, el festín se redujo a una copa de vino en su casa mientras entonó la típica canción de happy birthday, recibió varios mensajes de felicitaciones por sus redes sociales y junto a su mamá y a sus dos hermanos mellizos, celebró ser legalmente mayor en todo el mundo.

     

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    “El domingo 29 de marzo teníamos un año más de vida, mientras que diez personas en Colombia habían muerto por coronavirus.”

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    Al domingo 22 de marzo, 235 casos fueron confirmados en el país. A través de Facebook, la Alcaldía de El Retiro publicó un informe en el que la Dirección de Salud comunicó que había 37 casos sospechosos de coronavirus, 3 casos probables, un caso descartado y cero casos confirmados; lo que alertó a las personas al ser un pueblo tan pequeño. En ese momento, la ansiedad y el desespero se apoderaron de mí. Hacía tiempo me había dejado de comer las uñas, pero ese día me las devoré todas, no dejé ni sobras; incluso del dedo anular de la mano derecha, me salió un poco de sangre de lo cortica que dejé la uña o bueno, lo que quedó de ella.

     

    Yo sabía lo que podía causar una gripe, pues fui testigo de cómo el H1N1 le quitó la vida a mi papá hace cinco años y cómo más de 17.000 personas en Colombia fallecieron cotagiadas. La angustia volvió a apoderase de la vida de mis seres queridos y de la mía. Yo supe que ambas enfermedades tenían algo en común y eran los animales, aunque sonaba raro, el H1N1 se dio como una gripe porcina (cerdos) y en un comienzo se dijo que la COVID-19 surgió supuestamente a causa del murciélago, pero en ese momento no me cuestionaba por su origen sino más bien por el impacto y lo que estaba ocasionando en las personas.

     

    En esos días me encontraba un poco indispuesto, tenía carraspera, algunas veces me daba dolor de cabeza y malestar general, obviamente temía tener la enfermedad. Sin embargo, sabía que no había tenido contacto con algún extranjero en las últimas semanas, ni había salido del país, pero mi inconsciente me traicionó. Había momentos de mucha duda por las noticias que mostraban los medios, por lo que leía en Instagram y eso jugó en mi contra. Fue tanto el miedo que el 20 de marzo llamé a el hospital San Juan de Dios para saber si me podían a hacer la prueba, me contestó una chica muy formal y me preguntó por los síntomas que presentaba, yo de inmediato le dije lo que sentía, pero ella me respondió: “Los síntomas que presentas es de una gripe normal, no te preocupes y recuerda quedarte en casa”, esas palabras me tranquilizaron y al pasar los días no presentaba ningún malestar.

     

    ***

     

    No tardó en llegar el coronavirus al pueblo. El 23 de marzo, una persona ya estaba contagiada, todos los guarceños especularon, se preocuparon. Empezaron a buscar al enfermo y en menos de lo que canta un gallo, ya había posibles candidatos, personas que llegaron de Europa en los últimos meses o que hubiesen tenido algún contacto con un extranjero, ese era el perfil de un supuesto portador de COVID-19. Dentro del listado estaba Valeria Villegas, una joven de unos 25 años, quien visitó España los dos primeros meses del año y regresó al pueblo a principios de marzo. Por ese motivo, las personas la postularon como la principal sospechosa y puede que sí haya sido cierto, pero nunca hubo nadie que saliera a confirmar el nombre de la persona contagiada, ni el alcalde, ni el encargado de la Dirección de Salud, absolutamente nadie. Siempre fue una incógnita y, aunque algunas personas se lo preguntaron a aquella chica, ella lo negó, nunca supe si fue por temor a ser juzgada o porque en realidad no estaba enferma.

     

    Con el pasar los días, se acercó la fecha de mi cumpleaños. La verdad no estuve tan ansioso como lo estaba en 2019, cuando cumplí 18, no sé si fue el hecho de convertirme en mayor de edad lo que me animó a salir a comer con mis amigos el año pasado o haber salido a la calle. Pero mis 19 no fueron así, sabía por lo que estaba pasando y entendía que no solo era yo, sino literalmente el resto del mundo. Tenía claro lo que estaba ocurriendo con la epidemia y en realidad, fue un cumpleaños muy diferente no solo para mí sino también para Olimpa Gómez, la mamá de una amiga del colegio y para Manuela Bedoya, la novia de una amiga de la universidad porque los tres cumplimos diferentes edades pero el mismo día. El domingo 29 de marzo teníamos un año más de vida, mientras que diez personas en Colombia habían muerto por coronavirus.

     

    Mientras ese día la cifra de contagiados aumentó a más de 700 personas, yo me desperté a las doce del mediodía, pues trasnoché hasta la madrugada. Mientras miles de personas recibían las condolencias, yo recibí mensajes de felicitaciones por mi cumpleaños, quizás ese día no me partieron la torta como en los años anteriores, ni mis amigos me cantaron el cumpleaños, ni salí de fiesta a una discoteca, pero al menos tenía salud y estaba en casa con Olivia, mi mamá, eso fue lo único que deseé en ese momento. En el transcurso del día no hice mucho, estuve acostado con Olivia, vimos películas y leímos los mensajes que recibí. Dentro de todos había uno que no esperaba, fue el primero que me llegó, nunca pensé que esa persona me fuera a escribir, pero con eso tuve para estar feliz hasta la noche.

     

    A las 10 de la noche, una de mis mejores amigas me llamó desde Nueva York para felicitarme por el cumpleaños, después de hablar y de reírnos, le pregunté a Valentina cómo estaban las cosas por allá. Ella me comentó que un amigo de su prima, que tenía 24 años, había muerto por COVID-19, me dijo: “Él empezó con una gripe muy leve, cuando fue al hospital lo mandaron para la casa porque supuestamente no era nada. A los días no era capaz de respirar, así que llamó de nuevo a urgencias, al rato una ambulancia fue por él y al llegar a la clínica fue empeorando. Lo conectaron a una máquina que le proporcionaba oxígeno y a los dos días murió, las cosas por acá están muy graves, a las personas las dejan morir como si nada”. En ese momento me preocupé, pues ella seguía trabajando en el supermercado y sus necesidades la obligaron a continuar, así fuera una migrante documentada.

     

    Después de despedirnos y de pedirle que se cuidara, la angustia y la impotencia volvieron, porque lo único que podía y debía hacer era quedarme en casa. Antes de que llegara esta situación, en algunos momentos de mi vida sentí que tuve limitaciones, me sentí incapaz de hacer cosas, pero fue algo momentáneo, con el tiempo se me pasaba. Sin embargo, en ese instante la incertidumbre continuó, no dejé de pensar en si se podrían complicar más las cosas, si mi familia y mi futuro se verían afectados, en ese momento se me había olvidado vivir el ahora y, por ende, de mi cumpleaños.

     

    ***

     

    Los días fueron pasando y yo fui asimilando todo, estar en la casa se convirtió en un hábito, llevaba tres semanas sin salir a la calle, lo más cercano que tenía era el balcón. La mayoría del tiempo, las puertas de las casas de los vecinos del barrio ─El Plan─ se encontraban cerradas, una que otra ventana la abrían y ni un solo niño jugó en el parque infantil. Solo se escuchaban las sirenas del carro de la policía cada cuatro horas cuando hacían la ronda de vigilancia, se veían más los perros sin dueño en la calle buscando comida, que las personas fuera de sus hogares. El Retiro normalmente era un pueblo frío, pero en esos días lo sentí más que nunca. En mi casa me tenía que poner un buzo y a la hora de dormir me abrigaba con seis o siete cobijas. Aunque era prohibido salir y más de noche, algunas veces Rubén Giraldo, panadero del pueblo, pasaba por mi casa a las seis de la tarde, ofreciendo, de puerta en puerta, churros con arequipe a 2.300 pesos, para poder sobrevivir.

     

    ***

     

    El primero de abril, el Ministerio de Salud dio la cifra de muertes por coronavirus, que había ascendido a 17 personas. Ese mismo día, hace 27 años, nació Sarai Salazar en el hospital de El Retiro. Durante sus años de vida nunca le ocurrió una situación parecida o similar a la que tuvo que enfrentar esos últimos meses, su situación económica en ese momento era pésima, la nueva década no le había traído casi nada positivo, quedó desempleada y sin opciones de trabajo, su cumpleaños le tocó pasarlo sin varias cosas: sin la compañía de su esposo, porque se encontraba cuidando de sus suegros en Medellín; sin la compañía del resto de su familia, sus padres y su hermano, ya que estaban lejos de ella.

     

    Aunque estudió Psicología, la cuarentena también influyó en sus emociones, en la manera en la que veía el mundo y en su vida en general. Antes lo tenía todo y contaba con todos, en ese instante no tenía nada, pasó de celebrar su cumpleaños en grande a no tener dinero para comprar una torta o un buen mercado. Años atrás, cantaba su cumpleaños con sus amigos y sus seres queridos, pero esas 27 vueltas al sol las cantó sola en su casa. El COVID-19 influyó en la vida de todas las personas, pero lo que menos pensó es que haber dicho: “Año nuevo, vida nueva”, se había convertido en una pesadilla.

     

    Retreta en El Retiro, cuanto el ritmo de los años era otro. Foto: Mateo Flórez Bedoya.

     

    Crónica realizada por Mateo Flórez Bedoya en el curso Periodismo IV, orientado por la profesora Adriana López.

     

     

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  • Nuestra ignorancia en tiempos de COVID

    Se le llama Zoonosis a aquellas enfermedades que provienen de los animales, estas pueden ser víricas (las conocemos como zoovirus), bacterianas, fúngicas y parasitarias. La humanidad solo conoce entre 10 y 20 enfermedades víricas provenientes de estos seres. Sin embargo, según Peter Daszak, existen alrededor de 1,7 millones de virus a nivel mundial que pueden ser mucho más letales y el hombre aún no los conoce.

     

    A nivel global se conocen el COVID-19, la Encefalitis japonesa, la Fiebre Amarilla, la Fiebre del Nilo, la Fiebre de Lassa, la Gripa Aviar o SARS, el Hantavirus, Mal de los Rastrojos, la Rabia, Ébola, Zika y el Monkeypox virus. A pesar de que el mundo ha podido combatir estos virus, la ignorancia de los países recae en los comportamientos de sus habitantes y de sus líderes. Y para ser honestos, Colombia no se queda atrás respecto a esta afirmación.

     

     

    << La Alcaldía de Medellín interviene en la Comuna 2, Santa Cruz, luego de presentarse un foco de infección por Covid-19, asociado a casos que habrían resultado de no respetar restricciones durante el Día de la Madre.

    Foto: Alcaldía de Medellín -junio 6.

     

     

    Mientras el presidente Iván Duque hace un gran esfuerzo para que se tomen las medidas preventivas y poder salvar a los habitantes, ellos no obedecen. Salen a la calle, se quejan de su mandatario y fomentan el temor colectivo. Hay que anotar que las medidas del primer mandatario surgieron después de ayudar a entrar el COVID-19 a Colombia, porque según algunos, Duque estaba esperando con la alfombra roja a que el virus llegara en un vuelo chárter de una conocida aerolínea comercial. Pero bueno, en este país no se llora sobre la leche derramada, en cuestión de días todo se olvida.

     

    En este momento, los habitantes solo demostramos un reflejo de la triste historia de la nación. Cuando tenemos que ser colaborativos, cuidadosos e inteligentes, lo único que hacemos es dispararles críticas fuertes a los dirigentes, que se lo merecen. Pero tenemos que pensar en esta crisis. Por cuenta de ella, miles de familias con empleos y buenos sustentos tendrán que dejar de comer. El colombiano debe hacer solo lo que los dirigentes digan, pues se está buscando realmente el bien común. Como decía Kant, la ilustración individual se consigue cuando la persona piensa por sí misma y obedecía a sus autoridades para buscar el bienestar general.

     

    Quizá nuestras autoridades o líderes no hayan sido buenos ejemplos a seguir, pero es el momento de obedecerles, de aguantar y de ayudar a quienes lo necesitan, pues la tasa de mortalidad del COVID-19 es el resultado de cómo se haya manejado. Por parte de nosotros esta dura crisis no solo juega con la economía, sino con la salud mental física y de cada uno. En este momento enfrentamos a uno de los virus menos letales y nos mostramos como un adversario fácil, puesto que la ignorancia ahora no recae en los conceptos, sino en los comportamientos y si seguimos actuando de manera negligente, contaremos esta historia en el otro mundo.

     

    Columna elaborada por Sergio Alejandro Gualdrón Toscano en el curso Periodismo VI, orientado por el profesor Darío Echeverri.