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  • “¿Y qué tal si me voy a vivir a la calle?”

    Muchos jóvenes sueñan con ir a otros países, conocer sus culturas, aprender sus idiomas e integrarse a sus ciudades. Entre otras razones, esto ocurre cuando se pasa de una ciudad no tan desarrollada a otra que sí lo está como Nueva York, París, o incluso Berlín. Cuando Carlos Arroyabe, tenía diecisiete años, decidió conocer la capital alemana para practicar el idioma, pero descubrió allí un mundo tan distinto, tan completo e increíble que solo pudo despedirse de sus padres, decirles que no volvería a Medellín e instalarse allí por más de cinco años. Última entrega la serie denominada Rumbos de esta generación, periodismo sobre viajes que habla de los jóvenes de este mundo y esta época.

     

    Darle la espalda a su familia pudo ser una decisión bastante difícil, pero lo fue aún más librarse de todas sus posesiones e irse a vivir a las calles de esa ciudad que amaba.

     

    Hoy, cuatro años después de haber vivido como indigente en el centro de Berlín, Carlos cuenta cómo eran sus días, las diferencias que tienen estas personas en Europa con respecto al caso colombiano y cómo un extranjero en estado de logra salir de las calles para reintegrarse a la sociedad.

     

    ¿De dónde nació el interés de quedarse en Berlín?

    Fue porque me enamoré de la ciudad, Berlín es una ciudad increíble. Hasta ese momento yo solo había vivido en Medellín. Pues yo he visitado muchas otras ciudades, pero solo aquí dentro de América. Entonces cuando llegue a Europa dije “Pucha, qué es todo esto, esto es genial” y me quise quedar. Me he preguntado muchas veces de dónde nace ese deseo pero simplemente fue el momento que uno dice lo voy a hacer y ya uno no se echa para atrás.

     

    Lo que más me impactó fue cuando por primera vez en mi vida conocí a una persona por internet, yo nunca había conocido a nadie por internet, pero como yo allá no tenía amigos…

     

    Conocí a una polaca, Marta con la que recorrí Berlín y nos enamoramos de la ciudad y fue como la experiencia de encontrar por primera vez una compañía que no es la de los papás, porque los papás siempre están ahí, de cierta forma. Eso es lo que más recuerdo.

     

    Berlín es reconocida por sus graffitis y otras expresiones de arte callejero. Foto: Ingeborgkraka (Dominio público).

    Berlín es reconocida por sus graffitis y otras expresiones de arte callejero.

    Foto: Ingeborgkraka (Dominio público). https://pixabay.com/es/berlin-colores-calle-callej%C3%B3n-1123869/

     

     

    ¿Cómo era vivir en una ciudad que es reconocida mundialmente por haber sido dos ciudades diferentes?

    Me tocó celebrar los veinte años de la caída del muro como un alemán corriente. Eso así festejen y celebren las mentalidades siguen siendo muy diferentes. Están absolutamente marcadas. Uno distingue quién es de cuál Berlín así Berlín oriental ya haya dejado de existir. Uno todavía se da cuenta, cómo hablan, cómo se visten.

     

    Berlín tiene dos centros, dos zonas rosas, dos de todo. Usualmente alguien que viva en Berlín oriental no va a atravesar la ciudad hasta el otro extremo para hacer su vida. Aunque hay muchas personas que les gusta cambiar de extremo.

     

    Yo empecé en la parte suroriental, un sector de árabes y turcos, de puros inmigrantes, por decirlo así, estrato 4 de aquí. Es una parte oriental donde lo tumbaron todo y lo volvieron a hacer, no es como el centro oriental con los edificios grises igualitos, tipo rusos, es un sector reestructurado.

     

    ¿Cómo fue esa primera familia que lo recibió?

    La familia con la que yo viví al principio fueron completamente permisivos y alcahuetas conmigo. Ellos me dijeron: ‘una persona de tu edad (17 años) tiene la capacidad por sí misma para decidir lo que quiere hacer con su vida’, y yo me comí ese cuento, no estaba preparado y por eso fue que terminé en la calle.

     

    ¿Cómo fue el proceso para quedarse luego de los seis meses?

    A vos te dan el papel por dos años (la residencia estudiantil). Podés dejar la carrera en dos meses, pero te podes quedar por los dos años. Así de fácil es. Porque si dejás de estudiar nadie se entera. Todos los organismos de control confían mucho en las personas entonces no hay una supervisión ni están mirando nada.

     

    A los seis meses, la familia que me recibió me ayudó a conseguir un apartamento, en un sector aún más maluco porque tenía mucho menos presupuesto. En ese momento trabajaba para una tienda de deportes de balance, surfing y esas carretas; y tenía la posibilidad de hacerme plata y pagarme un lugar donde vivir.

     

    Estando ya establecido, ¿por qué hacerse indigente?

    Muy al comienzo yo conocí la calle y a personas de la calle y ellos me adoptaron. Me relacioné mucho con ellos, me embriagaba con ellos, en los días estaba con ellos. Yo tenía amigos que eran estrato normal, pero no me satisfacían tanto, me gustaba más la gente de la calle. Y en ese punto, un año y medio después, yo dije “¿y qué tal si me voy a vivir a la calle?” No estaba estudiando.

     

    Primero, boté todo. Igual, solo tenía ropa, unos lapiceros y unos muñequitos de lego. Lo boté todo, agarré un morral normal, guardé lo que ahí cupo, cancelé la renta y me fui para donde mis amigos. No fue tan a la deriva. Ya me mantenía con ellos.

     

    ¿Cuál fue su primera mala experiencia viviendo en la calle?

    La primera mala experiencia fue que pasaron 3, 4 días y yo no me había duchado y yo me pregunté ¿qué estoy haciendo?, pero no pasó nada. Pasaron otros dos días sin bañarme hasta que encontré una ducha pública. Berlín tiene muchos baños públicos con ducha a lo largo de la ciudad, das como un euro, se abre una puerta eléctrica y se sella. En algunas estaciones de trenes hay baños gratis.

     

    Lo otro difícil fue dormir en la calle, porque uno está acostumbrado a un colchón y si salís a la calle tenés que establecer dónde acostarte porque no podés hacerte en cualquier parte porque llega la Policía y te corre. Entonces yo fui para la catedral. Ahí, al lado hay un puente, súper disimulado y con tres amigos dormíamos ahí. Nunca fue problema hasta que llegó el otoño, porque hace muchísimo frío. Uno termina vestido como con 3 o 4 prendas al mismo tiempo.

     

    La alimentación era súper sencilla, porque el estado social en Alemania está muy desarrollado, entonces para las personas que viven en la calle tienen un camión de comida que es un carrito que todos los días entre las 7 y las 9 de la mañana se parquea en un punto específico de la ciudad y la gente va a comprar comida y te cobran 50 centavos por un pedazo de pan, un huevo duro y jugo (gas de jugo, pero algo) y con eso te mantenías parado.

     

    Si me iba muy bien comía Mc Donalds. Las hamburguesas chiquitas costaban un euro. Si te hacías más de un euro te daba para comparar tabaco y Mc Donalds. O me iba para una panadería y me compraba unos panes que valen 20 centavos. Básicamente te alimentabas de pan y agua.

     

    ¿Cuánta plata podía conseguirse en un día?

    No era difícil hacer un euro. De cinco hasta diez se podían hacer en un día. Declamas poesía con un trapo en el piso. Está el que te tira un centavo y el que te tira dos euros y es muy relativo, pero uno se hace la plata. Aunque uno sabía que de esa plata uno tenía que sacar para comer, ir al baño, bañarse, fumar, embriagarse y esas cosas.

     

    ¿Cómo eran sus días?

    Me levantaba a las 8 o 9 de la mañana y nos íbamos del puente a caminar a mirar gente, a sonreír, a conversar con cualquier persona que nunca falta: turistas, niñas puppys que te dicen que sonrisa tan linda para ser gamín y cuando empieza a hacer hambre y no tienes nada para comer te vas para una estación del tren a declamar poesía. Son sitios turísticos donde la gente te tira monedas. Había músicos, bandas de bajo presupuesto.

     

    Entonces me buscaba un lugar donde no se me distrajera la gente, cerca de una entrada o de una salida, porque obviamente el que tira una vez moneda es difícil que le tire al segundo o al tercero.

     

    Aquí la indigencia está asociada con la drogadicción, ¿cómo es el consumo entre indigentes en Berlín?

    Allá el consumo de psicoactivos es muy caro. Un gramo de marihuana, que no es nada, vale 15 euros, eso es algo a lo que un gamín no tiene acceso, entonces así que drogas súper artesanales que polvo de ladrillo y esas cosas se ve muy esporádicamente. Allá los que estamos en la calle bebemos cerveza o licor de manzana que es como el maracuyoso de acá. Si no bebes ni fumas, te mata el frío.

     

    ¿Y el amor?

    Durante el tiempo que estuve en la calle, nada de eso, pero uno mantiene sus enreditos. Nosotros nos íbamos para una plaza donde iban las niñas ricas que se creían punkeras, uno les echaba el verbo y ellas te daban trago, plata, y si estabas muy de buenas una de ellas te decía: ‘hey vamos para algún lado’. Lo logré solo una vez, pero con una pelada que estaba completamente loca y desquiciada que vivía por decir algo en El Retiro. El papá era un diplomático, la mamá una diseñadora loca. Tenían varios carros, que eso allá es todo un lujo. Ella incluso llegó a pasar una noche conmigo debajo del puente. Decía que se sentía diferente, que ese era un mundo de magia.

     

    ¿Cómo era la seguridad?, ¿también se considera que el indigente es el malo, el atracador?

    Yo tenía un amigo, Pauel, y él tenía una perrita que se llamaba Nely que era una chanda. Ellos anduvieron un tiempo conmigo y él un día agredió a una persona a puño y lo encarcelaron por 15 días, 15 días que me encarté con esa chanda, porque a mí no me gustan casi los perros. Si un gamín se pasa de la raya lo encierran.

     

    ¿Cuándo y por qué decidiste salir de esa vida?

    Unos siete meses después dije: ‘¿sabe qué? Me debo poner a estudiar’. Fue como un llamado moral. Yo vivía muy feliz, tenía un círculo social, muy bonito y todo eso, pero en un momento fue el llamado moral. Ya iba a cumplir 20 y no había hecho nada con mi vida, yo sentía que yo era un extranjero y no me podía quedar allá todo el tiempo. Me estaba arriesgando a que me sacaran y si me sacaban como un gamín yo volvía a Colombia completamente derrotado, sin nada que contar.

     

    Me puse a estudiar viviendo en la calle. Volví a trabajar, mi antiguo jefe me dijo que pa’ las que sea, me devolvió mi trabajo, entonces yo ya era un gamín con plata. Me recontrató y me volvió a pagar lo mismo de antes. Empecé a ganar plata y a estudiar y en esas conocí a mi novia con la que viví 2 años. Yo salí de la calle para vivir con ella. Ella se enteró mucho tiempo después de mi historia.

     

    Nunca cambió la relación con mis amigos de la calle. Nunca dejaron de ser mis amigos y así consiguiera amigos con plata me seguía relacionando con ellos.

     

     

     

    Lea las otras entregas de la serie Rumbos de esta generación:

     

    “Hacer siempre lo que te hace feliz”

     

    Un retrato en China

    En la edición 54 de contexto, página 7.

     

     

  • El vestir en Medellín

     

    Superficial es aquel que no entiende la importancia de lo superficial

    Oscar Wilde

     

    La moda es un consumo colectivo, quizá el más grande del mundo. Nos vestimos para decir quiénes somos, quiénes queremos ser, cómo nos sentimos. Nos vestimos no solo para estar cómodos, sino para que al mundo le quede claro qué queremos día a día.

     

    Según la diseñadora Juanita Saldarriaga, estamos en una sociedad donde nos visten minutos después de nacer. El hecho de vestirnos es estar listos para enfrentarnos al mundo. Por la ciudad van una cantidad de rostros, desconocidos, itinerantes, personas de quienes no sabemos su historia, lugar de destino, ni intenciones. Pero pueden atraparnos solo con la mirada, o ponernos a mil con los gestos; un extraño nos puede intimidar, encantar, alejar porque sus cuerpos nos cuentan una historia sin haberlos escuchado.

     

    Las identidades surgen de la interacción con el otro, de las experiencias colectivas, del contacto directo con otros cuerpos, también del contexto, los valores de la época y la herencia histórica y cultural.

     

    Los jóvenes colombianos están fuertemente influenciados y sectorizados por géneros musicales u otras actividades con las que tienen afinidad. Como afirma Laura Hernández estudiante de Diseño de Modas, “al estar en un país donde los sonidos tropicales y urbanos se han mezclado, la mayoría de ellos se ven inspirados por exponentes de la música que les gusta”.

     

    Asimismo, están los jóvenes que se desligan de cierta forma de los parámetros que la cultura popular propone. Cada día son más. Pues parece que no se rigen por lo que abunda en el país. Observan a otros personajes, géneros y movimientos internacionales para crear sus códigos. Sin embargo, dice Laura que en los últimos años ha venido una tendencia de “mirar hacia los orígenes”, así que este grupo tiene una especie de división, donde encontramos individuos con un estilo ecléctico: combinan aquello que aceptan de lo internacional con lo folclórico.

     

    Con el narcisismo contemporáneo, por un lado, se busca la aprobación general, e integrarse en un grupo, a la vez que busca diferenciarse de su individuación. La moda guarda dos deseos que se encuentran: las ganas de ser socialmente aceptado y las ganas de diferenciarse los demás.

     

    Nuestra ciudad es muestra de ello. Según el profesor de Diseño de Vestuario Carlos Cano, Medellín es una ciudad seguidora, es decir, que fácilmente sigue las modas, está en constante cambio. También se afirma que se encuentran cuatro expresiones del vestir: primero está el joven que conoce y tiene formación en el mundo de la moda, que no necesariamente tiene que ser diseñador, un joven amante de la moda, que conoce y se actualiza, que a como dé lugar consume diseño de autor, que sabe consumir moda. Un segundo joven que consume fast fashion pero con criterio, es el que recorre tiendas como Bershka, Mango, Forever 21, y no diseño de autor porque no tiene el dinero. Estos dos grupos son influenciados por los blogs, revistas y la televisión, que han homogeneizado los patrones del vestir, un estilo de vida a seguir. El tercero es el que es masivo de marca, que compra en Americanino, Tennis, Chevignon. Y el cuarto, es el masivo que no tiene dinero para comprar ropa de marca.

     

    El Hueco empezó a hacerse el sector comercial más rico de Medellín, no sólo por su multiculturalidad, sino porque es donde más dinero se mueve. Los “Informes de tendencias” muestran unos signos estéticos, Cano cuenta que lo que hace la gente del Hueco es copiar el signo sin entender el concepto de tendencia del que sale. Aunque hay ejemplos que contradicen esto: el descaderado y el levanta colas salieron de allí, es un 90%, copia 10% diseño. Esta estrategia les funciona por dos razones: porque copian el signo y porque éste realmente está de moda. Concluye Cano que la mayoría de la gente no tiene criterio de diseño para consumir moda, lo único que entiende es que es barato y está a la mano y por eso lo consumen.

     

    En Colombia no sabemos consumir diseño, no somos formados en el concepto de la moda. Los referentes de los jóvenes son los de la cultura popular.

     

    En Medellín hay gente que diseña como Mon&Velarde, Taller de vestuario y Animalista, lo que pasa es que a esto lo llamamos diseño de autor, pero la diferencia es que ahí si se diseña y no hay copia.

     

    En conclusión, de cuatro perfiles de jóvenes que tienen relación con la moda, los dos primeros son los que se preocupan por los “Informes de tendencia”, y consumen colombiano y europeo. A los otros dos el criterio se los da la marca o el almacén que estén consumiendo, y quienes compran en el Hueco consumen colombiano y chino.

     

    El diseño de modas no diseña ropa, diseña cuerpos. Maneras en las que el cuerpo se manifiesta. Detrás de la moda hay una pregunta por el cuerpo, expresa Carlos. Los colombianos somos alegres, intensos, coloridos, con curvas, rasgos de negros, indígenas y mestizos. Somos amor y gozadera

     

    Todos estamos llamados a expresar individualidad, aspectos que queremos mostrar al mundo. La moda es un medio de comunicación en el que siempre estamos reflejando gustos, actitudes y humores.

     

    Lo maravilloso del vestuario es que tiene un elemento emancipador, nos recuerda que la identidad es un asunto de ponerse y quitarse. Es superficial. Porque es la licencia que tenemos para no ser trascendentales, para estar ligeros existencialmente.

     

    La moda sí le aporta a la sociedad. No todo en la vida tiene que estar justificado, pensamos que la identidad es un asunto rígido y que se debe moldear, pero hay una gran importancia de la banalidad en la vida, de lo contrario seríamos seres muy densos.

  • Las luces del 7 octubre

    Estampas del recorrido en Medellín, como parte de las manifestaciones que piden a la dirigencia política nacional llegar a acuerdos en favor de la paz en Colombia, luego del triunfo del No en el plebiscito del 2 de octubre.

     

    Así como el resplandor de una vela, que va y viene sin ritmo aparente, pareciendo respirar en un movimiento disperso e irregular, así parece el clamor de Colombia por la paz. El pasado 7 de octubre, en el Parque de las Luces, la esperanza por dejar de ver al país del Sagrado Corazón en guerra, motivó la asistencia masiva al plantón organizado por estudiantes de diferentes universidades, para salir a marchar hacia el Teatro Pablo Tobón Uribe con un mismo anhelo, una misma voz y a la vez un mismo silencio.

     

     

    Sin importar las diferencias de estrato económico, realidad social o posición política, con niños, jóvenes, adultos, ancianos e incluso extranjeros, el blanco y los colores de la bandera se fueron apoderando de las calles del centro de Medellín, comenzando con una gran reunión para colmar de luz la antigua plaza Cisneros como respuesta a los resultados del plebiscito del 2 de octubre y a la polarización tan dolorosa que ha vivido el país.

     

    La cita para ocupar el parque estaba fijada desde las 3 de la tarde. A las 3:30 ya había una gran cantidad de asistentes que creaban entre sus risas y conversaciones amenas un entorno familiar, ambientado por las campanas de carros de helados y los diversos cantos a la paz, con historias diferentes en cada tono, armonía y acorde.

     

    Una carpa se instaló al frente de la biblioteca EPM, cumpliendo el papel de escenario para los cantantes y las voces que invitaban a participar de las actividades. Desde allí se mandaron mensajes de apoyo a todas las víctimas antes de que llegara la hora de salir, haciendo manifiesta la firme intención de ejercer presión para que el cese al fuego perdure y para que haya una solución pronta y dialogada del conflicto.

     

    Como preparación para salir a las calles, se cosieron banderas blancas y sobre ellas se escribieron mensajes de reconciliación, de presión pacífica al Gobierno y a la oposición para concretar un consenso en el Acuerdo. Había también mensajes escritos sobre las banderas de la paz y de Colombia; además, carteles que los asistentes traían listos con pasajes de La Biblia, consignas pidiendo renegociar lo pactado en La Habana, fragmentos de canciones, peticiones en nombre de indígenas, secuestrados, desaparecidos y la memoria de aquellos cuyas vidas y presencias se perdieron en la guerra. Con la actividad de Las Tejedoras que elaboraban pañuelos para las víctimas, el ambiente se decoraba y construía alrededor del recuerdo de quienes fueron arrancados de su tierra desde la raíz, como las flores que adornaron diferentes espacios y que también cargaban los asistentes.

     

    En la medida que avanzaban los minutos, el cielo se iba poniendo sorprendentemente gris. Ya casi era hora de salir; habían llegado las otras marchas que venían de las universidades, aunque en realidad, los nuevos asistentes se camuflaban en la multitud ya concentrada, que entre risas y ritmos, se llenaban de signos compartidos. Una gran cantidad de personas bajo el espíritu de colectividad se pintaron la cara con los colores de la bandera; se repartieron botones pidiendo “más paz y más amor”, calcomanías con la consigna “Acordemos ya”, se recogieron las flores para que no fueran aplastadas por la lluvia que comenzó fuerte y poco a poco se volvió intermitente; así, hombres y mujeres las llevaron en el cabello cuando la gran aglomeración de personas emprendió su camino a las 6 de la tarde hacia el Teatro Pablo Tobón Uribe.

     

    En el centro del Parque, una gigantesca bandera de Colombia, que se posicionó junto al mapa del territorio nacional lleno de mensajes para recibir la paz, presidió el camino que salió por la calle San Juan. Las campanas de los helados cesaron y se comenzaron a promocionar las “carpas y sombrillas de la paz”, pues la lluvia hace rato había cubierto el panorama, dejando su evidente rastro e inconfundible aroma.

     

    En la marcha no reinó completamente el silencio. Entre paso y paso de la gran multitud, entre cada fotografía que intentaba capturar de la mejor manera los momentos de la gran movilización, las voces se elevaban, entonando “ni un hombre, ni una mujer, ni un peso para la guerra”, “el acuerdo permanece porque el pueblo lo merece”; e incluso, mostrando resistencia a la imagen que se ha formado del departamento ligada con un apoyo incondicional a Álvaro Uribe, se gritó en repetidas ocasiones “Antioquia no es Uribe” y “Uribe, en serio, quítate del medio”.

     

    Dejando en el camino los charcos que llenaban huecos en la vía, pétalos de flores en las calles, luces de velas que se encendían y apagaban por la lluvia esporádica, el rebusque de trabajo característico de los colombianos con los gritos que ofrecían carpas y sombrillas de la paz, la movilización llegó al Teatro Pablo Tobón Uribe. Ahí, entre sonrisas y llanto, de ese que es para sanar más que para provocar dolor, Sergio Restrepo, director del Teatro hizo un recibimiento. Esperó con las víctimas la llegada de los colombianos, que a pesar de la lluvia y el largo camino se unieron para demostrarle al país que la paz es de todos, y que en realidad son los ciudadanos los que pueden y deben luchar por ella. Estando todos juntos, se entonó el himno de la República de Colombia, con orgullo y a modo de súplica por la paz estable y duradera que pueden construir todos con pequeños aportes cotidianos.

     

     

  • Más allá del Sí y del No

     

    El del 2 de octubre de 2016 fue el segundo plebiscito en la historia de Colombia. Foto: Registraduría Nacional del Estado Civil.

    El del 2 de octubre de 2016 fue el segundo plebiscito en la historia de Colombia.

    Foto: Registraduría Nacional del Estado Civil.

     

     

    El pasado domingo 2 de octubre se le preguntó a los 34’899.945 colombianos habilitados para votar ¿Apoya usted el acuerdo para la terminación del conflicto y construir una paz estable y duradera? Únicamente el 37,43% respondió a esta pregunta, con un resultado sorpresivo tanto para los promotores del Sí como los del No. El 50, 21% de los votantes apoyaron el No, imponiéndose sobre 49, 78% del Sí.

     

    Como era de esperarse, durante la jornada electoral y cuando se conoció el resultado definitivo, en las redes sociales comenzaron las reacciones por parte de la población ante la insospechada respuesta. Inevitablemente el ambiente se movió entre la abrumadora abstención del 62,7% y una incertidumbre que hasta el día de hoy no se ha despejado. Sentimientos de indignación, tristeza, desconsuelo e incluso ira de quienes optaron por el Sí, se manifestaron a través de diversas publicaciones; de igual manera, los del No alzaron su voz, felices por la posible renegociación de lo pactado en La Habana, alegando que no se había llegado al mejor acuerdo posible.

     

    Tampoco tardaron en pronunciarse entre ese domingo y el lunes las fuerzas políticas, el Gobierno, los promotores del No, los jefes negociadores de las FARC y la comunidad internacional. En la medida que los medios de comunicación, tan cuestionados por su papel durante la pedagogía de los Acuerdos, sacaban nuevas noticias, se hacía evidente el debate social en las redes, apelando al sentimiento y a las afecciones personales por encima del conocimiento de lo pactado y razones relacionadas directamente con la coyuntura tan difusa en el país.

     

    El espacio en Facebook y Twitter que podría ser tan apropiado para construir un diálogo entre todos los miembros de la sociedad, con posturas simpatizantes o contrarias, se pierde por la incapacidad para el diálogo que se hace evidente en la polarización que vive Colombia. Se comenzó un nuevo tipo de guerra en nombre de la paz, dejando sobre la mesa el debate que también circula en redes respecto a la naturalización de la violencia con una imagen diciendo: “El nivel de la discusión de los del Sí y los del No demuestra que el problema de este país no es la guerrilla, es su gente”.

     

    Afortunadamente, las marchas multitudinarias que se vivieron el 5 de octubre en Bogotá, en Medellín el 7 de octubre, y en otras ciudades del país, nos hacen pensar que en Colombia se desea la solución dialogada del conflicto armado con las FARC. La participación de simpatizantes del Sí, del No e incluso de los que se abstuvieron de votar, demuestra que la paz no es un asunto de partidos ni de dirigentes políticos, que durante sus campañas, más que representar los intereses del país, dividieron la opinión con desinformación, discursos demagógicos y populistas de ambas partes.

     

    La paz está en manos de los colombianos, más allá del Sí o el No en el plebiscito, su construcción con acciones cotidianas en el trabajo, la universidad, la vida en el calle e incluso las conversaciones en redes sociales, puede tener la resonancia para generar el verdadero cambio.

     

     

     

  • En Medellín hay espacio para el “corrinche”

    Desde Chocó Chiquito, un barrio en proceso de desaparecer, algunas postales de la vida de los afrodescendientes de Medellín, más del 10% de la población total de la ciudad.

     

    Foto: Manuela Zapata Roldán

     

    Por las calles de Moravia es fácil encontrarse escenas que bien pueden pertenecer a la vida diaria en un rincón de Quibdó o de Tumaco, mujeres que trenzan sus cabellos a la usanza afro, niños que juegan con la lluvia apenas llegan del colegio, música del pacífico que ambienta sin timidez a toda la cuadra desde una sola casa, todos en el barrio se conocen, se saludan, son como una gran familia que se preocupan por lo que le hace falta al otro.

     

    Es Chocó Chiquito y está desapareciendo. No obstante, el punto de encuentro es El Hueco, allí se aprecia mejor el cambio del paisaje un viernes cualquiera, cuando todos se preparan para el fin de semana, tiempo de fiesta y comida, muestra de las enseñanzas de cuna que dictan celebrar, a pesar de las adversidades. El sector fue declarado como zona de alto riesgo de desastre y muchas de las familias que lo habitaban debieron ser trasladas para apartamentos en otros sectores de la ciudad.

     

    Doña Hermencia Ramírez ha vivido por más de 36 años en Chocó Chiquito, un barrio nacido a partir del desalojo del puesto militar que estaba ubicado en lo alto del morro de Moravia. Los chocoanos que llegaban a Medellín sabían que allí podían encontrar dónde hacer su rancho y vivir porque tenían conocidos, gente de su tierra. Doña Hermencia dijo que se trasladó para la ciudad de Medellín “por cambiar de vida. Cuando era niña vivía en Medellín, pero me devolví para Baudó en el Chocó, allá me casé, tuve mis hijos y después me devolví para acá porque hay más oportunidades”.

     

    Pero no solo los recién llegados habitaban a Chocó Chiquito. Cada fin de semana, al barrio no le cabía una persona más. Toda la colonia llegaba a la amplia zona de discotecas y restaurantes que servían de espacio para los usos y costumbres de esta parte de la comunidad afrocolombiana.

     

    Los desalojos a las familias que habitaban Chocó Chiquito comenzaron en 2004 cuando el Ministerio de Medio Ambiente catalogó todo el sector de Moravia como zona de alto riesgo por su pasado como botadero de desechos. A partir de ese hecho, la Alcaldía de Medellín emprendió el proyecto de intervención integral en Moravia y las zonas cercanas, que incluía el reasentamiento de muchos de sus habitantes. A medida que las personas iban abandonando el barrio, con ellos se fue desvaneciendo la cultura. Actualmente solo quedan alrededor de doce familias que se han ido desintegrando y separando, para ellos abandonar su hogar ha afectado su tradición.

     

    Según el informe Afrocolombianos, población con huellas de africanía, del Ministerio de Cultura, el 10,59 % de la población en Antioquia es negra. El mayor motivo del desplazamiento de esta comunidad hacia Medellín es en busca de mejores oportunidades o por problemas de violencia en sus pueblos nativos.

     

    Postales negras

    En la ciudad hay otros puntos de encuentro para los afrodescendientes. El más reconocido, el Parque de San Antonio, lugar de varios eventos como el “San Pachito”. También está la cancha de Enciso, en la que cada ocho días hay chirimías y las mujeres cocinan platos típicos del Pacífico como banano con queso o tortas de arroz.

     

    Para Yulianny Córdoba Castro, cantante de la Chirimía Citará, los afrocolombianos han creado una nueva costumbre en la ciudad para no sentirse tan alejados de sus raíces. Esta consiste en que varias personas se reúnen en una casa cada fin de semana a bailar, cantar y tocar instrumentos pertenecientes a una chirimía, en un espacio en el que se sienten como si estuvieran en su pueblo.

     

    También hay proyección de cine, películas seleccionadas para que los afrodescendientes nacidos en Medellín conozcan su cultura, las costumbres y la gastronomía. En Moravia se han presentado una serie de películas como El vuelco del cangrejo, dirigida por Óscar Ruiz Navia.

     

    Incluso la discusión sobre la diversidad sexual es asumida con un espíritu festivo. Como una forma de promover la tolerancia, cada año se hace también en Moravia el llamado “partido de las locas”, un juego de fútbol protagonizado por hombres vestidos como mujeres, mientras los asistentes disfrutan de grupos musicales y bazares.

     

    Festiafro, Festival Afrourbano y La Noche Afro, hacen parte de la oferta de otros eventos que Medellín organiza para la comunidad negra. El Festival Afrourbano, por ejemplo, se realiza desde el 2009 con el fin de crear un espacio hecho y dirigido solo para la comunidad afro. Allí las personas pueden demostrar los talentos que preservan su cultura.

     

    Marino Rentería, director de la Corporación Malcolm X y organizador del Festival Afrourbano, resaltó la importancia de que se hagan eventos como este en la ciudad: “como la cultura afro está acrecentada en Medellín, a través de todos estos eventos nos encontramos y hacemos esa relación y ese inicio de recordar a nuestros ancestros a través del baile, del canto, entonces esos espacios se dan para eso, para que nos encontremos tradicionalmente”. Este evento se realiza con la ayuda de la comunidad y con el Centro Cultural de Moravia.

     

    Asistentes a la Noche Afro 2016. Foto: Manuela Zapata.

    Asistentes a la Noche Afro 2016. Foto: Manuela Zapata.

     

    El tamaño de la comunidad afro en la ciudad y su dinamismo hacen que siempre resulten pocos los espacios y recursos para la promoción de su cultura. Pero la Feria de las Flores tiene la Noche Afro, un espacio que reconoce los aportes de esta población a las tradiciones de la ciudad. En la versión de 2016, los sonidos del Pacífico y ritmos africanos sedujeron a los extranjeros y a los “paisas”, como todavía son llamados los blancos con quienes los afro de Medellín son coterráneos.

     

    Gabriel Palacios viajó desde el Chocó a Medellín solo para disfrutar aquella noche y sobre él expresó: “creo que es un espacio donde hay precisamente la mixtura, la cultura, hay integración, hay fusión, me parece que espacios y eventos como estos deben de conservarse”.

    Lindy Vera reside en Medellín desde hace ocho años y también asistió a La Noche Afro. “Me siento identificada con este tipo de eventos, me encanta que lo celebren, nos encanta sentirnos parte de Medellín”, afirmó.

     

    Los espacios festivos y para el encuentro de la comunidad Afro, son también una lucha entre ellos mismos, según reconocen algunos líderes. Dos personas que se dicen “nos vemos en San Pachito”, realmente se desafían a pelear. En varias ocasiones, en estas festividades se han presentado percances con personas que llevan machetes para pelear y resolver problemas pendientes, en lo que corresponde al lado menos amable de la tradición.

     

    Feliciano Córdoba Mosquera, vendedor de chuzos y líder comunitario de El Oasis en Moravia, opinó que quienes protagonizan estas peleas no tienen idea del daño que le hacen a sus paisanos. En alguna ocasión estuvieron a punto de cancelarse por problemas de convivencia de este tipo, según contó Yulianny Córdoba Castro, cantante de la chirimía Citará. Afirmó que el reto de los líderes comunitarios está en “buscar los medios efectivos para que los afros nos acojamos y le pongamos sentido de pertenencia a estas actividades”. Puede pensarse que todo hace parte de la adaptación, lo cierto es que ya la huella afro en Medellín es indeleble y tiene historia, a pesar de que Chocó Chiquito se reduzca al punto de desaparecer.

     

    Lindy Vera y sus acompañantes en la Noche Afro 2016. Foto: Manuela Zapata.

    Lindy Vera y sus acompañanates en la Noche Afro 2016. Foto: Manuela Zapata.

     

     

     

  • Leer con todos los sentidos

    El poder de las historias hace que haya muchas formas de leer, incluso para quienes no ven con sus ojos o no escuchan con sus oídos. Relatos que ilustran algunas formas de lo que se conoce como lectura accesible y que tuvieron espacio en la Fiesta del Libro y la Cultura de Medellín.

     

     

    Medellín, 14 de septiembre de 2016. 8:00 de la noche.

    Concierto experimental Paisajes sonoros

     

    Comienza la función: “Advertimos que vamos a estar a oscuras totalmente, por lo tanto, las personas que por limitaciones físicas o psicológicas no puedan permanecer 40 minutos a oscuras, tal vez no podrán estar en la actividad”, dice el maestro de ceremonias antes de apagar las luces.

     

    Se apagan las luces y de pronto la única utilidad de nuestros ojos es percibir un pequeño bombillo rojo, tal vez de una alarma o sensor, y un destello azul, un poco más grande, que permite ver la silueta de los objetos después de unos minutos en la oscuridad.

     

    Alguien nota aquella pequeña luz que nos permite ver y la apaga. Ahora somos presos de nuestro cerebro. No podemos ver, escribir o hablar. Solo estamos ahí, quietos, en medio de las imágenes que nuestra mente va creando con cada uno de los sonidos que se escuchan en la sala.

     

    Imposible no reconocer el metro, los chorros de agua, la gente hablando, la selva tropical, la motosierra o la lluvia. El cerebro viaja por el mundo mientras el cuerpo sigue inmóvil, en la misma silla del auditorio Aurita López.

     

    De pronto, la mente se pierde, empieza a divagar entre pensamientos sueltos. Como cuando pasamos los ojos sobre las palabras sin leer, los oídos percibían los sonidos sin interpretarlos. Luego, un ruido fuerte capta nuestra atención y retornamos al viaje de los audios que nos llevan a nuevos mundos.

     

    Una gotera de agua cae, tal vez en un charco; vuelve a caer, una y otra vez. Ahora hay un gran lodazal, algo se mueve dentro de él. Como una figura mitológica, algo emerge desde el fondo, un extraterrestre, un anfibio, un reptil, no se sabe. Tal vez otros vean algo diferente mientras escuchan.

     

    La luz se enciende, la función ha terminado. El contenido Éter se prepara para la segunda función de la noche y el público sale rápidamente de la sala luego de que los ojos se adaptaran nuevamente a la luz.

     

    Medellín, 14 de septiembre de 2016. 3:00 de la tarde.

    Obras breves para gente brava

     

    Bibliocirco de Comfenalco. Las personas ingresan por el costado izquierdo de la carpa, se acomodan en las graderías de aluminio y se sientan a esperar la siguiente actividad.

    Muchos jóvenes y niños entran ayudados por sus guías o padres, que sirven de ojos para los que no ven.

     

    Kevin se sienta en una esquina derecha de la primera fila y comienza a mover las manos para ubicarse en el espacio. Su madre, Sor, las toma y comienza a comunicarse en lenguaje de señas. Su piel es ahora su único contacto con el mundo exterior. Nació sordo y luego quedó ciego, así que necesita de un intérprete constante que le hable a través de la piel para no perderse en un mundo diseñado para los ojos y los oídos.

     

    Hoy están aquí para hacer parte de la presentación de “Obras breves para gente brava”, una serie de 7 obras de teatro corto traducidas al braille, que serán interpretadas por personas con discapacidad visual mientras el público aparta los ojos de la escena tras un antifaz para dormir.

     

    El espacio se llena con niños, jóvenes y ancianos que vinieron a conocer la literatura de manera divertida. La actividad es para todos. Como parte del día de la lectura accesible, hay intérpretes permanentes para las personas sordas y traducciones en braille para las invidentes.

     

    Ya van 10 años en los que se reúnen niños, adultos y ancianos bajo la carpa roja con amarillo para disfrutar de cuentos, obras de teatro, shows circenses y horas de lectura.

    Y tres años desde que Comfenalco se unió con la Alcaldía para dedicar un día entero a la población con diferentes discapacidades.

     

    La luz se torna rojiza bajo la carpa mientras desde las 12 del día trascurren las actividades del Bibliocirco. Un baile del Comité de Rehabilitación, cuyas canciones son traducidas al lenguaje de señas para quien no las pueda escuchar; una obra del Colectivo Clown, para que los niños aprendan a reciclar; una serie de obras leídas en braille y Alicia buscando a su amigo Conejo, hicieron parte de las actividades del día, de las cuales se beneficiaron más de 500 personas con discapacidades sensoriales.

     

    Al final del día, bajo las nubes de la noche, el proyector lanza un rayo de luz para proyectar Los colores de la montaña en la tarima SURA. Es una película en formato accesible, que no solo cuenta con subtítulos y un intérprete de señas en la pantalla, sino también con una voz que cuenta los hechos que se desarrollan en la pantalla.

     

    Quienes no pueden ver con sus ojos, quienes no pueden escuchar con sus oídos, quienes tienen capacidades diversas, encontraron en la Fiesta del Libro y la Cultura un espacio para sentarse a leer con todos.

     

    Video

     

     

  • Los librepensadores se entierran mirando al cielo

    Este espacio es un retrato de época, aquella en que las luchas intestinas y los radicalismos políticos llevaban las distinciones etiquetas más allá de la vida. Así como los rezagos de exclusión persisten, este cementerio, ubicado en un pequeño y tranquilo municipio del departamento del Quindío, pervive como un monumento a la libre expresión, al respeto por el otro y sus diferencias. Lejos de cualquier rimbombancia que podría pensarse por su distancia con cualquier confesión religiosa, aquí hay algunas facetas del Cementerio Libre de Circasia. Ampliamos aquí el reportaje gráfico publicado en la edición 55 de Contexto.

     

    Según Diego Bernal, , secretario permanente de la Red Iberoamericana de Valoración y Gestión de Cementerios Patrimoniales, “el 22 de agosto de 1932 don Braulio Botero Londoño, fundador del cementerio, tomó la vocería del grupo promotor del Cementerio Libre y le escribió al reconocido abogado e ideólogo liberal Antonio José Restrepo, más conocido como ‘Ñito’Restrepo, solicitándole componer un himno que exaltara la obra recién inaugurada y que tantos sacrificios les había significado” y es así como nace el himno de los muertos, el cual quedó inmortalizado en una placa ubicada en la actualidad en la puerta de acceso principal.

     

    Himno de los muertos

     

    A ti vengo a buscar el reposo

    Que a los libres ¡oh tumba! Les das,

    Cual esposa que abraza al esposo,

    Tú me abrazas por siempre jamás.

     

    Campos verdes, risueño paisaje,

    Blancas piedras, do yazga mi sien;

    Y ¡a dormir¡ al rumor del oleaje

    Que alza el tiempo en su eterno vaivén

     

    No me espantan mentidos terrores;

    Sin doblar la rodilla viví;

    Del hermano calmé los dolores;

    De la patria el honor defendí.

     

    Quedé inerte en el surco el arado,

    Que del agro en la entraña rompió.

    ¡Alto y frente!… este viejo soldado,

    ¡Solo muerto las armas rindió!

     

    ¡Cómo asoma el opuesto horizonte,

    Una tenue, suavísima luz,

    Que colorea la cumbre del monte!

    ¿Será el sol o el nocturno capuz?

     

     

     

     

  • El periodismo universitario, un pasaje a otros mundos

    Durante la 10a. Fiesta del Libro y la Cultura, la Red de Medios Universitarios de Medellín, convocó a jóvenes periodistas que hicieron sus inicios en los medios de sus Facultades para que compartieran reflexiones e historias sobre la importancia que tuvo esta experiencia en el curso de su vida profesional.

     

    El conversatorio se llevó a cabo en el auditorio del Planetario de Medellín. Foto: @alejocalleCS

     

    Juan David Ortiz, periodista del portal ¡Pacifista! de Vice; Juan Fernando Rojas, periodista de El Colombiano; Alejandro Calle, gestor de Ciudad Sur, conversaron con Carlos Mario Correa, periodista y profesor de la Universidad EAFIT, estuvieron en la cita que puso sobre la mesa la historia, los retos y el futuro del periodismo universitario.

     

    Desde la plataforma Twitter, Contexto ofrece el siguiente resumen de la conversación, una memoria útil para los estudiantes, docentes e interesados en la mirada fresca y reflexiva del periodismo universitario.

     

    Si no puede verla, por favor haga click AQUÍ.

     

    Conozca también el cubrimiento hecho por la revista digital Bitácora.

     

     

  • “Yo soy un poeta binacional”: Juan Calzadilla

    El primer homenajeado con el premio León de Greiff al Mérito Literario es el poeta venezolano Juan Calzadilla. El reconocimiento busca darle relieve a la obra poética, a su papel en las sociedades, a su valor como testimonio de su tiempo. Apuntes sobre la obra del poeta desde los jurados, los lectores y desde él mismo. Cubrimiento especial de la Fiesta del Libro en Contexto.

     

    Juan Calzadilla ganador del premio León de Greiff al Mérito Literario. Foto por: Yorley Ruiz

    Juan Calzadilla, ganador del premio León de Greiff al Mérito Literario 2016. Foto: Yorley Ruiz

     

    Por primera vez, en el marco de la Fiesta del Libro y la Cultura en Medellín fue entregado el Premio León de Greiff al Mérito Literario. El poeta venezolano Juan Calzadilla fue merecedor del galardón que busca reconocer la vida y obra de un escritor; en los años pares se premiará a un poeta y en los impares a narradores (cuento o novela).

     

    Durante la ceremonia, Julio Acosta Arango, vicerrector de la Universidad Eafitt, una de las entidades aliadas que hace posible el premio, expresó: “Nuestra intención con este premio es acercar a los lectores a la obra de un poeta y para que a su vez esas mismas letras sirvan de faro”. Acosta destacó la importancia de la poesía y la literatura para la vida de los seres humanos.

     

    Por otro lado, Federico Gutiérrez, alcalde de Medellín, coincidió en el valor de la literatura en las sociedades y reconoció que esta ciudad que es más acción que contemplación guarda un espacio importante para la figura del poeta.

     

    De derecha a izquierda: Julio Acosta Arango, vicerrector de Eafit; Amalia Londoño, secretaria de cultura de Medellín; Federico Gutiérrez, alcalde de Medellín; Juan Calzadilla, ganador del permio. Foto por: Yorley Ruiz.

    De derecha a izquierda: Julio Acosta Arango, vicerrector de Eafit; Amalia Londoño, secretaria de cultura de Medellín; Federico Gutiérrez, alcalde de Medellín; Juan Calzadilla, ganador del premio. Foto: Yorley Ruiz.

     

     

    Con su voz pausada e ideas claras Juan Calzadilla, el galardonado, recordó la poesía de los años 70 donde, según él no había distinción entre países, se entendía más bien como un solo universo, para ilustrarlo habló sobre el Nadaísmo en Colombia y sobre el movimiento vanguardista El Techo de la Ballena en Venezuela, donde los poetas iban de un lado para otro y colaboraban entre sí, por ello recalcó que: “Yo no soy un poeta nacional, tampoco soy un poeta colombiano, por supuesto, soy un poeta binacional, si quieren, mejor bifronterizo”. Calzadilla reconoció más similitudes que diferencias entre la poesía Latinoamérica e incluso propuso que se hiciera del Premio León de Greiff una escuela donde se tratan temas de la poesía a la luz de las letras del poeta antioqueño.

     

    Calzadilla, un hombre que actualmente tiene de 85 años de edad, comenzó su carrera como escritor siendo periodista, más adelante como cofundador de la vanguardia venezolana El Techo de la Ballena mostró sus inclinaciones artísticas y activistas frente a la situación social de su país, además su sátira y verso libre le permitieron definir un estilo propio como se evidencia en su primera publicación en 1954 con un libro llamado Primeros Poemas. Como artista plástico y crítico de arte, en 1997 recibió el Premio Nacional de Arte de Venezuela. A pesar de que Juan Calzadilla no se reconozca así mismo como un poeta profesional ni como un crítico de arte, su trabajo le ha aportado a su país de una manera significativa, tanto así que ahora, rompiendo fronteras, es visible para toda Latinoamérica.

     

    Juan Calzadilla, un artista integral, poeta, ensayista, crítico, entre otros, busca con el premio lograr más lectores para sus textos y reconoce la importancia de la nueva antología de su obra llamada Precipicio sin bordes, con prólogo escrito por Juan Manuel Roca y publicado por el Fondo Editorial Universidad Eafitt, ya que esta permitirá una visibilidad mayor no solo de su poesía sino de otros poetas de su país.

     

    Jurado del premio León de Greiff, de derecha a izquierda: Juan Camilo Suárez Roldán, Juan Calzadilla, Piedad Bonnett, Alberto Barrera Tyszka y Juan Manuel Roca. Foto: Yorley Ruiz.

    Jurado del premio León de Greiff, de derecha a izquierda: Juan Camilo Suárez Roldán, Juan Calzadilla, Piedad Bonnett, Alberto Barrera Tyszka y Juan Manuel Roca. Foto : Yorley Ruiz.

     

    El papel del poeta en el siglo XXI

     

    Como parte de los jurados del premio León de Greiff, Piedad Bonnett y Juan Manuel Roca le contaron a Contexto la importancia del poeta y la poesía para el siglo XXI. Bonnett señaló que pese a que no es tan diferente al poeta del tiempo de los griegos y del Renacimiento, la diferencia está en su época, ya que: “Lleva la lengua a un extremo de ruptura que es capaz de descubrir lo que de alguna manera ahí estaba para siempre”. El poeta, según la mirada de Bonnett es el que permite encontrar sentido donde aparentemente no está, se convierte en un vocero de la belleza e incluso de la fealdad, como el poeta contemporáneo, que expresa lo humano.

     

    Roca por otro lado explicó que las humanidades y las artes son necesarias para una sociedad porque permite el ‘mestizaje’, el cruce de caminos que dan paso a la preocupación por el otro; además expresa que una sociedad que no esté interesada por las humanidades y las artes es “una sociedad hueca, vacía, deshabitada, es una sociedad que sin duda está dirigida a lo peor en el futuro”.

     

    Según ellos, Juan Calzadilla, como ejemplo para Latinoamérica de poeta contemporáneo y de artista integral, muestra con su obra cómo las letras, el arte y las humanidades en general son de gran importancia para las sociedades que, superando sus conflictos y diferencias, se unen para hablar de lo humano, que de muchas formas influye en lo social.

     

     

    Firma del libro Precipicios sin Bordes. Antología Personal de Juan Calzadilla al final de la ceremonia de premiación en medio de un coctel ofrecido por los creadores del premio. Foto: Yorley Ruiz.

     

     

     

     

     

     

  • YA CIRCULA LA EDICIÓN 55 DE CONTEXTO

     

     

    En la conmemoración de los 80 años de la Universidad Pontificia Bolivariana y en la coyuntura del debate nacional en torno al acuerdo de paz con la guerrilla de las FARC, esta edición de Contexto presenta historias y temas que ilustran el modo en que las decisiones individuales proyectan los rumbos que constituyen la realidad común; desde las personas que conviven con una salud frágil, hasta los excombatientes que deciden poner fin a la guerra por su cuenta.

     

    Desda la Escuela de Ciencias sociales, las principales conclusiones del más reciente Simposio de Ciencias Sociales, espacio que proyectó reflexiones sobre el lugar de los individuos en el contexto del debate en torno a la paz, con la universidad como escenario. En el editorial, una reflexión sobre las huellas que ha dejado la guerra y las que ahora deja la búsqueda de la paz.

     

    En esta edición de Contexto, conozca las rutas que hoy recorre el ciclista Marlon Pérez, a propósito de los recientes triunfos deportivos olímpicos, paralímpicos y en la Vuelta a España; recorra la historia del Centro Comercial del Libro en el tradicional sector de La Bastilla, conozca la lógica que guía la labor de los testigos de Jehová y vea algunas de las postales del Cementerio Libre de Circasia.

     

    Encuentre su ejemplar de Contexto en bibliotecas públicas, universitarias y centros culturales de Medellín o léalo ahora mismo haciendo click aquí.