Blog

  • Subiendas que angustian a Bolombolo

    Desde 2010, los habitantes de Bolombolo, corregimiento de Venecia en el Suoreste de Antioquia, han visto cómo las crecientes de su vecino, el río Cauca, se han hecho más frecuentes. El “reloj biológico” se ha descompuesto y las personas que viven en las riberas de una de las corrientes de agua más importantes de Colombia ya no saben a qué atenerse.

     

    Las lluvias de las primera semana de abril en zonas aguas arriba, ocasionaron inundaciones que obligaron a 12 familias a buscar refugio donde amigos y parientes, en este corregimiento de clima cálido; mientras muchas otras personas de se han acostumbrado a vivir con sus enseres al hombro.

     

    La suerte de los habitantes de Bolombolo es también la de otras poblaciones por donde pasa el Cauca hacia el gran Magdalena: Caucasia, una de las ciudades más importantes de Antioquia o algunas zonas rurales de Fredonia, por ejemplo.

     

    Bolombolo – cuando el cambio climático de obliga a emigrar, es un documental que relata en la voz de los habitantes del corregimiento, cómo ha cambiado la vida con los comportamientos inesperados del río Cauca; historias que parecen hacerse cada vez más recurrentes. Una realización de Marlon Gutiérrez Arévalo, Ana Daniela Villalba Acosta y Miguel Chavarriaga Vanegas.

     

     

    Video

     

  • En la Villa, el freestyle proclama su rey cada semana

    Sara Rodríguez Lopera / sara.rodriguezlo@upb.edu.co

     

    Al occidente de Medellín, los raperos se reúnen para probar su habilidad y miden su fuerza verso a verso.

     

    El hip hop nació el 11 de agosto de 1973, durante una fiesta ubicada en el Bronx de Nueva York. Una crónica de Alberto López en el diario El País relata que a partir de la creación del sonido break (romper, en español) iniciado por el DJ jamaiquino Kool Herc y las rimas de su amigo y maestro de ceremonia Coke La Rock, fue que el rap comenzó a nacer. La llegada del freestyle sería tiempo después. El hip hop es una cultura urbana, una parte de la cual es el rap, el arte de rimar mientras se improvisa.

     

    El freestyle es un tipo de rap de modo libre, en el que no hay una composición previa y las letras son improvisadas. Para Elepz, creador del evento El Rey de la Villa, el freestyle “es liberarse, es soltar lo que sientes sin filtros”, es la puerta que le dio vida, su lugar favorito.

     

    Las batallas de freestyle son “un debate de ideas, una guerra de argumentos”, afirma Elepz, en las que dos o más MC´s (maestros de ceremonia) se enfrentan a base de rimas con un tiempo estipulado, atacando a su contrincante hasta que su tiempo termina. Cabe aclarar que los MC´s hacen rap e improvisan, mientras que los freestylers solo improvisan. La Redbull Batalla de los Gallos, fue el primer evento en hacer una batalla con formato profesional y tuvo lugar en el 2005, en Puerto Rico. El año pasado este evento se celebró el 11 de diciembre en Viña del Mar, Chile.

     

    Medellín tiene un encuentro similar, aunque pocos son los freestylers que realmente saben cómo fue que comenzó el evento conocido como El Rey de la Villa. Algunas suposiciones hablan de “una iniciativa de fomentar el freestyle en la comuna 16” o que “Elepz fue alguien que impulsó a que creciera más el parche de rapear hasta que se volviera una plaza”. Sin embargo, y aunque la segunda hipótesis se acerca a la realidad, la verdad es que fue Bryan Alexander Córdoba López, aka (also known as, que en español significa: mejor conocido como) Elepz, quien le dio vida a la mejor liga callejera de

    Medellín.

     

    Elepz, el gestor de este enuentro de hip – hopers. Foto: Sara Rodríguez

     

    Córdoba tiene 25 años y nació en Medellín, en el sector de Alta Vista. Se dedica a ser freestyler, a componer y a organizar eventos. Actualmente quiere hacer profesionales sus trabajos musicales, intentar avanzar el freestyle en el ámbito regional y continuar estudiando actuación y dirección para cine. Su logro más reciente es haber sido el papel protagónico de la película La ciudad de las Fieras; filme dirigido por Henry Rincón, coproducido por RTVC y premiado en el Miami Film Festival, que se dará a conocer en marzo de este año.

    Elepz comenzó a competir en batallas de freestyle en agosto de 2018 y a finales de 2019 dio comienzo a lo que hoy es El Rey de la Villa. Todo comenzó con La Villa freestyler, un pequeño evento donde varios participantes improvisaban y rapeaban, entre ellos, el mismo Elepz. Sin embargo, este evento se terminó porque “dejaron morir todo, pues, se fueron y ya no había nada ahí”, narra Córdoba, quien a partir de entonces comenzó su propia liga.

     

    El grupo de entusiastas hace todo por sus medios y las redes sociales son claves en ello. Foto Sara Rodríguez.

     

    Freestylers como Emmanuel David Doncel Narro, aka Duhbai, y Luis Miguel Osorio, Aka Osorio, llegaron a El Rey de la Villa gracias a Cuatro Barras, la mejor liga de eventos nacionales en Medellín. En su momento, Cuatro Barras quedaba en el Parque del Amor, al lado de la estación Floresta y un día, cuenta Duhbai, “todos empezaron como ‘ve, que el Rey de la Villa, que el Rey de la Villa’ y me dio mucha curiosidad” y al notar que le quedaba a 20 minutos de su casa, no dejó de ir cada viernes. Osorio, por su parte, asistió a Cuatro Barras en el 2019 y “mucha gente se animó a venir y me dieron moral para venir también y vine”, cuenta.

     

    Las batallas

    Cada viernes, antes de ir al Rey de la Villa, los freestylers se reúnen en torno a un bafle a practicar y entrenar para las batallas ya sea en la Nueva Villa de Aburrá, en el caso de Duhbai, o en Barbosa, en el caso de Osorio.

     

    El encuentro comienza entre las 8:00 y 8:30 de la noche en predios de la Nueva Villa de Aburrá, cerca de la escultura “Los Obreros”, en la cima de una colina llena de árboles. Más o menos una hora antes, los participantes se acercan al Fosfa para inscribirse y pagar 5 mil pesos que cuesta la inscripción, salvo cuando se acerca una fecha importante, como una competencia regional, que el derecho cuesta 6 mil pesos o para una batalla en duplas, en la que el valor es de 14 mil. Muchos freestylers van a las batallas con el dinero justo para los pasajes y mientras van llegando más participantes y el público, piden colaboraciones para recolectar el dinero justo de la inscripción.

     

    “El Fosfa” en sus tareas de registro de participantes y documentación de los encuentros, animados por un “host”. Fotos: Sara Rodríguez.

     

    Con el dinero que se recauda se pagan los premios que, generalmente, son de 100 mil pesos al primer lugar y 50 mil pesos al segundo; además, se paga a los jueces, al host o presentador de las batallas, a los de logística y a los de cámaras. La que recoge el dinero o contadora, se llama Daniela; ni ella ni Elepz se quedan con el dinero de la inscripción. Elepz, por su parte, vende “Merch” con el logo del Rey de la Villa: gorras, hoodies, camisetas, stickers.

     

    Los freestylers se inscriben al evento con su aka, no con su nombre real. El significado de este apodo varía mucho. Por ejemplo, en el caso de Córdoba, su akaElepz, lo creó a partir de las letras L, P y Z que viene del apellido de su madre: López y le colocó las dos “e” para que se viera bonito y sonara mejor. Por su parte, Doncel cree en la ley de la atracción y desea irse a vivir a Dubái en la vejez, por eso su aka es Duhbai. Finalmente, Luis Miguel Osorio, decidió que su sobrenombre sería Osorio porque desde pequeño lo conocen así por

    su padre, en Barbosa.

     

    Hay tres jurados que califican a los participantes para luego elegir al ganador, estos se encuentran sentados en la única banca de cemento que hay en el lugar. Mr. Monkey es el único juez fijo, y se encarga de que los otros dos jurados sigan el cronograma y respeten el método en que se califica. Los otros dos jueces los elige Elepz, con el criterio de que tengan antecedentes de buenos resultados y si se desenvuelven en otras ligas.

     

    Para la calificación hay un sistema de puntaje que va del 1 al 4: 1 punto es una rima estándar, 2 puntos es una rima buena, 3 puntos es una rima demasiado buena y 4 puntos es una rima “brutal”, como lo describe Duhbai. Los puntos, además, tienen en cuenta si se habla de la temática, por cómo se ataque y la respuesta que se dé.

     

    Elepz vs Ney en octavos. Batalla 4×4 con cuatro entradas (temática: libre)

    Video

    Las batallas inician mínimo con 8 personas. Algunas veces, en fases de octavos y cuartos de final el tema es libre, mientras que en semifinales y finales puede que pongan alguna temática como personajes contrapuestos, objetos o elementos. Para rapear, generalmente se usa el formato 4×4, es decir, cada freestyler tiene 4 líneas para atacar o defender (10 segundos por las 4 líneas) y, algunas veces, se usa el formato 2×2, que además de que es más rápido, cada freestyler tiene dos líneas para atacar o defender (5 segundos por las 2 líneas). Otros formatos que existen son:

    8X8: cada freestyler tiene 8 líneas para atacar o defender.

    Kick Back: es cuando el oponente tiene una línea para preguntar y el otro tiene tres líneas para responder.

    Boom Bap: configurado a 90 rpm (revoluciones por minuto) en cada uno de los 10 segundos.

    Double Tempo: configurado a 120 rpm (revoluciones por minuto) en cada uno de los 10 segundos, parecido al trap.

    A capela: rapean sin música.

    Duplas: rapean en pareja.

    Easy Mode: rapean sobre una palabra por 10 segundos.

    Hard Mode: rapean sobre una palabra por 5 segundos.

    Los beats, el instrumental o la pista son sinónimos de lo mismo: un ritmo sobre el cual un freestyler se adapta para improvisar. En el freestyle se trabaja la musicalidad, es decir que no solo se trata de atacar y rapear, sino de que auditivamente sea agradable escucharlo.

     

    Batalla 8×8 con tres entradas. Temática: personajes contrapuestos, luz y oscuridad). Chang mc vs Gafas en octavos

    Video

    Las reglas dentro de las batallas de freestyle son rapear en el tiempo estipulado y no tener contacto físico. “Si se tocan o hablan de manera violenta al punto de que se van a pelear, ambos quedan descalificados”, cuenta Duhbai. Una manera de demostrar que las cosas están bien entre ambos competidores después de una batalla es darse la mano o abrazarse. A pesar de que se toquen temas sensibles durante las batallas, el ambiente de estas es respetuoso y acogedor, pues es abierto tanto a los freestylers novatos, como a los que ya tienen un reconocimiento amplio; además, el respeto a la diferencia y admiración por la misma es algo que se evidencia con Aka Urko, un chico reconocido por su silla de ruedas y por su constante participación en El Rey de la Villa.

     

    El año pasado, el evento fue tan masivo que la Policía lo canceló por no tener los debidos permisos, así que Elepz hizo los trámites ante la Alcaldía para evitar que esto volviera a suceder y además pidió permiso para el uso de micrófonos, pues los freestylers debían forzar bastante su voz para que el público de los alrededores lograra escucharlos.

    El consumo de sustancias psicoactivas ha hecho que la Policía cancele el evento, pues el olor de la marihuana se percibe a metros de distancia y es común que tanto el público como los freestylers tengan un bareto en una mano y una lata de cerveza en la otra; y, aunque el bullicio que emana el evento ha generado malestar en los vecinos, esto nunca ha sido un impedimento para que continúen reuniéndose de nuevo cada viernes.

     

    Entre batalla y batalla, el host grita varias veces: “Este es el rey de la…” y el público responde “¡Villa!”. Cada viernes se proclama un nuevo Rey. Para los novatos hay un evento llamado Herederos al Trono y cada quince días, en el mismo lugar, pero más temprano, se proclama un nuevo heredero.

     

    Pocas son las mujeres que participan rapeando, pues por alguna razón prefieren ser espectadoras. Sin embargo, mujeres freestylers como Pandora, Enigma y Melissa mc han llegado a participar en El Rey de la Villa. Cuenta Elepz que cuando esto ocurre se les agradece mucho y es por ello que le gustaría que el “freestyle se haga más masivo, y así, más gente pueda conocer esto, [ya que] esto lo hacemos con mucho amor, y por el amor que le tenemos, esperamos compartirlo”.

    Los detalles de logísticos, la camaradería, el simple hecho de encontrarse en un gusto común hacen que El Rey de la Villa sea, especialmente, una comunidad. Fotos: Sara Rodríguez.

     

    – *** populismo ya deja de gritar

    Que porque grites el voto no va a cambiar igual

    Yo te vengo a enseñar lo que es rap de verdad

    Pa´que la gente así lo pueda escuchar

     

    -Esto se trata de un buen sonido

    Se trata de dar a la gente un buen contenido

    Sacar a los pollos del nido

    Y mostrar que este medicamento hace rato se pasó y está vencido

     

    – ¡Tieeempo!

     

    Batalla 8×8. Temática: dar o recibir. Melissa mc vs Crackize en octavos

    Video

     

     

  • Bocados de Corea en Medellín

    El viajero y chef Brandon Lee es un joven coreano que sueña con expandir la comida coreana en Colombia gracias a su restaurante Oppa Asado Coreano.

    Miguel Arango Rúa / miguelarangor@upb.edu.co

     

    Corea del Sur y Colombia son dos países separados por 15 mil kilómetros de distancia, pero unidos por la historia. En 1951, en el conflicto que derivó en los dos coreas que hoy existen, el Batallón Colombia hizo presencia para contener el avance de las tropas del norte.

     

    Hoy, más de 50 años después de este acontecimiento, Colombia y Corea del Sur se vuelven a unir, pero esta vez bajo las banderas de la gastronomía y la cultura que lleva consigo Sangmin Lee, más conocido en Medellín como Brandon, un viajero que encontró en la capital antioqueña un lugar para echar raíces y fundar su restaurante coreano: Oppa Asado.

     

    Foto: Miguel Arango Rúa. Brandon Lee decidió fundar su restaurante luego de recorrer más de 60 países.

     

    De mochilero a cocinero

    Brandon Lee nació y creció en la ciudad surcoreana de Chuncheon, en una familia con una difícil situación económica, que llevó a sus miembros a separarse. Por eso, Lee describe su infancia como un periodo de independencia, de explorar y pasar tiempo fuera de casa.

     

    Sin embargo, su adolescencia fue muy diferente. “La mayoría fue estudio. Mi último año de colegio iba a clase casi 360 días. Había ‘vacaciones’, pero también clases opcionales que se volvían obligatorias”, comentó Lee, en referencia a la alta exigencia del sistema escolar de Corea del Sur.

     

    El profesor Hyunsu Hwang, comenta en un artículo sus 20 años de experiencia docente y afirma que los estudiantes del país asiático pueden pasar entre 13 y 15 horas diarias en el colegio y llegan a sus hogares pasadas las 10 de la noche. Los índices de suicidio también reflejan esta situación: en 2019 el índice fue de 28,6 por cada 100.000 habitantes, según informes de la OCDE, una de las tasas más altas del mundo.

     

    Una vez graduado de secundaria, Brandon viajó a Seúl para estudiar Negocios Internacionales en la Universidad Kyung Hee. La decisión de inscribirse en esa carrera estuvo influenciada por su deseo de tener estabilidad financiera, además de la posibilidad de intercambio con otras culturas, a la medida de la afinidad de Lee con la cultura de Estados Unidos y la música, su otra gran pasión, aparte de la gastronomía.

     

    Luego de terminar la universidad y trabajar por un tiempo, Brandon Lee decidió salir a explorar el mundo. En casi dos años de mochilero recorrió Europa, Asia, Estados Unidos y Sudamérica. Conoció a Colombia y, al llegar a Medellín, sintió la mordedura del agotamiento: “Todo llegó al mismo tiempo. Estaba cansado, pero no quería regresar a mi país. En ese momento estaba en Colombia. Me gusta el país y la ciudad, me llamó la atención el ambiente y la gente, sobre todo comparado con la cultura de Corea”, relató.

     

    Durante su estancia en Medellín, el surcoreano fue acogido por una pareja de abogados para los cuales cocinaba y que le dieron la idea de abrir un restaurante. Interesado en comenzar una vida en la capital antioqueña y en expandir la cultura coreana en Colombia, Brandon reunió sus ahorros y comenzó las gestiones para abrir su negocio. Además, consciente de que su nombre de Sangmin era difícil de pronunciar para los paisas, Lee adoptó el apodo de Brandon a manera de broma, para que hiciera juego con su apellido al recordar al famoso actor, hijo de la leyenda de las artes marciales y el cine, Bruce Lee.

     

    Una embajada gastronómica en Medellín

    El primer paso para fundar Oppa fue entrenar durante más de un año y perfeccionar la preparación de los platillos coreanos tradicionales que había heredado de su madre, una chef profesional. Luego vinieron los trámites legales. Al ser extranjero, Lee se chocó en varias oportunidades con las barreras de la burocracia colombiana. Le tomó trabajo encontrar un local, no tenía fiador que lo respaldara y el contratista con el que había pactado adecuar el local lo estafó.

     

    Y es que montar un negocio en Colombia no es fácil. De acuerdo con el reporte de 2019 del Global Entrepeneurship Monitor (GEM), el país cuenta con bajos índices en infraestructura legal y comercial (4,3 puntos de un promedio global de 4,9), dinámica del mercado interno (4,2 de un promedio mundial de 5,2) y transferencia de investigación y desarrollo (3,3 puntos, comparado con un promedio global de 4).

     

    Los obstáculos, sin embargo, no desanimaron a Lee. Por el contrario, lo motivaron. Fue así como el 23 de octubre de 2017, Oppa Asado Coreano, ubicado cerca al Primer Parque de Laureles, le abrió sus puertas al público. “Estaba muy nervioso porque nunca había cocinado para intercambiar dinero. Debía cocinar con la misma calidad y velocidad. Si lo pienso, fue exitosa la inauguración. Cuando abrimos a las siete de la noche ya había fila para entrar”, recordó Lee.

    Foto: cortesía de Brandon Lee. El restaurante tomó el nombre de la palabra coreana Oppa, que se utiliza en aquel país para referirse a un hombre mayor.

     

    Inicialmente, el menú del restaurante solo contaba con un plato: el bulgogi, hecho con ternera y salsa de soya, y que guarda una relación especial con Brandon, pues este es el platillo usado en Corea para festejar algún acontecimiento. Con el tiempo, y a medida que los clientes pedían más variedad, Lee añadió opciones como rollos coreanos, ramen y costillas.

     

    Pero todo cambió con la llegada de la pandemia. La cuarentena hizo que Oppa Rollo Coreano, una extensión del restaurante que Brandon había fundado en el barrio Provenza, se fuera a la quiebra. Además, en marzo de 2020, Oppa Asado fue víctima de un atraco. En aquel momento, Brandon pensó en decirle adiós a su sueño de traer la gastronomía coreana a Medellín. “Ahí me rendí. La razón por la que seguí fue por mis trabajadores, ellos me motivaron a continuar”, comentó el coreano, quien decidió seguir adelante a pesar del robo y de una larga cuarentena, a la cual logró sobrevivir gracias a los domicilios y al apoyo de los fieles clientes de Oppa, quienes llegaron a crear una página en Facebook para recaudar fondos.

     

    Además, durante los momentos más agudos de la pandemia, Oppa repartió almuerzos en hospitales. Después, con el final de las cuarentenas, llegó un nuevo periodo de crecimiento para el joven asiático, quien, en agosto de 2021, fundó Oppa Helado Coreano, un nuevo local donde se prepara el bingsu, el helado tradicional coreano de textura fina como la nieve.

     

    Un futuro lleno de comida y música

    En los cinco años que lleva en Medellín, Brandon no ha parado de soñar. “Quiero ser la primera franquicia de comida coreana en Colombia. Quiero que la gente, cuando vea Oppa, lo reconozca inmediatamente y que cada sede tenga su especialidad. Mi sueño es que la gente confíe en la marca, que piensen en comida coreana y piensen en Oppa”, declaró.

     

    Foto: cortesía de Brandon Lee. “La gente usa marcas coreanas, pero no lo saben. Me incentiva que más gente conozca más de mi país”, declaró Brandon.

     

    Aunque no hay muchas cifras al respecto, La Barra, revista colombiana de cocina, estimó hace más de diez años que el segmento de comida asiática contaba con uno de los porcentajes de consumidores más altos del mercado, con 64 %. En 2018, la publicación confirmaría esta tendencia de crecimiento, gracias a más de 100 locales orientales en Colombia, nacionales y extranjeros. Y el número crece constantemente, por lo que puede verse al recorrer focos de la gastronomía en Medellín como Provenza o Laureles.

     

    Los planes del joven emprendedor, sin embargo, no solo están reducidos a la gastronomía. En su futuro, la música también es un ingrediente principal. A finales de 2021 Brandon lanzó su proyecto musical, donde canta al son de ritmos colombianos.

     

    A pesar de todas las barreras que tuvo que superar, Lee persiste en ser el puente entre dos culturas, mediante lazos forjados a través de la comida. “Generé amistad con los clientes, a los cuales llamo amigos de Oppa. Son muy buena gente, apoyan mucho el local. Si pienso desde el primer día, el restaurante ha mejorado en cantidad y calidad de platos. Cada año lo que quiero es avanzar”, resumió Lee, cuyo emprendimiento le dejó a Medellín un pedacito de Corea.

     

    ¿Qué fue precisamente lo que a Lee le gustó de Colombia? ¿Qué opina de la gastronomía colombiana? Escúchelo en sus palabras en el siguiente podcast:

     

  • ¡Punto!

    Por: María Alejandra sierra Lara / maria.sierral@upb.edu.co

     

    Llegar de repente, quedarse, gustar, ganar, dudar, irse y regresar. Son muchos los vaivenes que puede tener la vida de una joven voleibolista.

     

    Leer la historia de Natalia Turizo es vivir a fondo la emoción de un match point. Su carrera como voleibolista en la posición de central del equipo de la Universidad de Antioquia es un relato sobre los regalos inesperados, los deseos y la dicha de estar donde se quiere estar.

     

    Natalia nos contó su historia y aquí la presentamos para que la disfrute como si la misma Natalia la hubiera escrito para usted.

     

    Haga clic en la imagen y lea el e-book en la plataforma ISSUU:

     

     

  • Cada diciembre la pólvora se vuelve más fuerte

     

    Mariana Zapata García- Karol Dayanna Pastrana Collazos / Contexto, Universidad Pontificia Bolivariana – Medellín. Con la colaboración de Silvia Natalia Rojas, Mariana Arango y Juliana Heredia / Nexos, Universidad Eafit.

     

    Desde antes del 30 de noviembre Medellín vive una “tradición” que, sin importar las campañas de concientización, ilumina el cielo nocturno con millones de luces artificiales. Mientras los ecos de la pólvora recorren el Valle de Aburrá, se debate el origen de la costumbre de festejar con ella, sus efectos negativos aumentan y quienes tienen a cargo la atención de las emergencias que ocasiona, dan cuenta de que realmente el estruendo y el riesgo son cada vez mayores.

     

    El cielo se alumbraba ya desde tiempos atrás. Ramón Maya, historiador y docente de la Universidad Pontificia Bolivariana, cuenta que “… por allá en el siglo XVII cuando la ciudad era una Villa, la Villa de Nuestra Señora de la Candelaria, el cabildo siempre señalaba a una familia muy rica de la Villa para que se encargara de invertir mucho dinero en la pólvora, y la fiesta de La Candelaria era para quemar muchísima pólvora… En épocas de crisis económicas ellos se quejaban que era muy costoso, pero nunca dejó de hacerse esa fiesta”.

     

    En relación a ello, Claudia Avendaño, historiadora y docente de la Universidad Pontificia Bolivariana, comenta que: “La idea es invertir en pólvora que haga ruido, que se extienda, que rebote como eco entre las montañas de la ciudad”, en una idea de notoriedad que antes arropaba a los potentados y a la que rápidamente quisieron llegar personas de extracción más humilde, en medio de muchos esfuerzos y, consecuentemente, los potentados en ascenso durante el auge del narcotráfico, quienes, especialmente en los años 90, con pirotecnia festejaban el haber “coronado” con un cargamento de droga.

     

    En relación con ello, desde 2003 la llamada alborada (el nombre realmente corresponde al momento de las primeras luces del día) tomó fuerza cuando el Bloque Cacique Nutibara se comenzó a desmovilizar para hacer entrega de sus armas. Por tal motivo, Diego Murillo Bejarano alias “Don Berna”, quien encabezaba este grupo en cuyas filas había muchas personas con esa herencia no solo cultural sino delictiva de los años 80 y 90, quiso celebrarlo con cantidades ingentes de pólvora para que, en la noche del 30 de noviembre, la Ciudad de la Eterna Primavera se alumbrara con fuegos artificiales. En aquellos años también eran reconocidos los espectáculos con estos dispositivos que eran financiados por la Alcaldía de Medellín en fechas como el 7 de diciembre. El uso de recursos oficiales para la financiación de espectáculos de pirotecnia fue prohibido por los concejos de Medellín y otros municipios del Valle de Aburrá en 2015 y luego fue reglamentado por el Código Nacional de Policía y el Decreto Departamental 6216 del 5 de diciembre de 2016.

     

    Andrés Manrique, conocedor en temas de gestión del riesgo, que estuvo al frente de las comunicaciones del Departamento de Gestión de Riesgos de Desastres (Dagrd), considera que hay mucha gente que sigue tirando pólvora, pero no con ese mismo motivo. Ahora la razón es solo tirar pólvora: “Hay un solo mensaje con la pólvora y los globos: donde usted lo tira, de donde se lanza hay alegría y euforia… pero donde cae, puede que haya caos, que haya desastre, que haya tragedia, que no haya vida… Tiras un volador y no sabes dónde va a caer”.

     

    No obstante, las prohibiciones y los debates, para muchos la alborada sigue siendo sinónimo de celebración de que llegó diciembre con toda su “alegría”. Aun así, todo deja de ser bueno cuando se mira la otra cara de la moneda.

    Las autoridades han encontrado cada vez más artefactos importados dentro de la pólvora incautada. Foto: Alcaldía de Medellín.

     

    La ley se incumple y las consecuencias aumentan

     

    El uso inapropiado de pólvora está prohibido por el Decreto 0902 de noviembre 3 de 2021, y la restricción total en la ciudad va hasta el 31 de enero de 2022. Aun así, los casos de quemados con pólvora siguen: en el año 2021 se acumularon 21 casos de personas quemadas en Colombia, entre el 1 y 3 de diciembre. También se tiene el registro de 9 quemados con pólvora, solamente en Antioquia, después del Día de las Velitas. Asimismo, de acuerdo con información de la Policía Metropolitana del Valle de Aburrá, la noche víspera del 1 de diciembre de este año, se decomisaron alrededor de 130 kilos de pólvora.

     

    Pero en cuanto a las presentaciones y otras características de la pólvora, parece haber una peligrosa inventiva. Luis Bernardo Morales, comandante de Bomberos Voluntarios de Envigado, cuenta que: “el pueblo y la tradición paisa se limitó (sic) durante muchos años a unos elementos que eran muy básicos, eran los tradicionales voladores de luces y los tradicionales voladores de tacos que hacían detonación”. Detalla Morales que, con la apertura de la economía, al país llega una gran variedad de referencias distintas de fuegos artificiales como los crisantemos y las tortas que, aunque sean lindas a los ojos de las personas, no dejan de ser peligrosas.

     

    Las fechas en que hay mayores casos de quemados siguen siendo el 30 de noviembre, 7, 24 y 31 de diciembre, además del 6 de enero. Pero las personas no son las únicas afectadas, pues los animales también sufren las consecuencias. Por ejemplo, el Parque Explora compartió una imagen en la que comunicaba lo que les sucede a las aves cuando escuchan los estruendos de la pólvora: abandonos de sus crías, desorientación, largos vuelos y muertes. En las redes sociales es frecuente ver publicaciones sobre pájaros y otros animales muertos en zonas verdes de la ciudad y la periferia, supuestamente por efectos de la pólvora.

     

    Los animales domésticos, como perros y gatos, sufren cuadros de estrés, ansiedad y conductas nerviosas. Por ello, desde el Departamento de Gestión de Riesgos de Desastres y la Secretaría de Salud se recomienda aumentar la actividad física para que se casen y en la noche puedan dormir, o distraerlos con juegos mientras los estallidos decoran el cielo.

     

    Un informe de Caracol Noticias recogió reportes de funerarias de animales que registraron un aumento de hasta 300 % en decesos de perros, aves, conejos y gatos, por causas asociadas a la pólvora. Según los encargados, en el año se recibían entre 5 y 6 casos al día, pero desde diciembre incrementaron a 18 y 20 los casos atendidos.

     

    Restos del globo cargado con pólvora que cayó sobre un hogar geriátrico en San Cristóbal el1 de diciembre de 2021. Los riesgos de estos artefactos aumentan con el tiempo seco. Foto: DAGRD.

     

    Los riesgos y dificultades de quienes prestan socorro

     

    En las noticias vemos diferentes casos que se presentan por el uso de pólvora, pero quizás nunca nos hemos preguntado por quienes los atienden, los riesgos que corren y las situaciones a las que se enfrentan.

     

    El Cuerpo de Bomberos de Medellín es una organización que hace parte de la Alcaldía de la ciudad, mediante el Departamento Administrativo de Gestión de Riesgos de Desastres, a cargo de su administración. Es el único cuerpo bomberil profesional, pues en el resto del departamento, los cuerpos de bomberos son voluntarios.

     

    Toda persona que atiende las emergencias por pólvora, de alguna u otra forma, arriesga su vida en esta época que es cuando más se duplican los esfuerzos. Pero, para el comandante Morales hay nuevos factores de riesgo: “Llegan artículos con mayor poder… el volador tradicional, si le explotaba a alguien que lo estuviera lanzando, pues de pronto le amputaba una parte del dedo… pero ahora hemos encontrado que con ciertos artefactos, si le explotan en la mano del usuario, le amputa cuatro dedos, la mitad de la mano. Entonces la atención de las emergencias también cambia y también nos obliga a incluir en nuestros botiquines cada vez más elementos para hacer frente a esta situación”.

     

    Aun así, los bomberos se encuentran sin recursos para poder cumplir con su labor, y lo más alarmante de todo es que sólo cuentan con “212 bomberos para todo el Valle de Aburrá, aproximadamente 70 bomberos por turno y esto dificulta la atención ante un llamado”, cuenta el bombero Jorge Saldarriaga, presidente de la Asociación Sindical Unibom.

     

    La clave está en que hay más pólvora negra, la cual hace que los fuegos pirotécnicos se eleven y exploten en el cielo. Está hecha de una mezcla de azufre, carbón y nitrato de potasio; mientras que la pólvora blanca tiene componentes gaseosos para los efectos de iluminación, junto a los colorantes químicos. Según información oficial de IQAir, organización mundial que monitorea la calidad del aire, los fuegos artificiales liberan partículas de combustión y gases, debido a todos sus componentes, que afectan el aire.

     

    El Área Metropolitana del Valle de Aburrá aseguró que en el año 2020 hubo menos contaminación en el aire, ya que por las condiciones húmedas durante la alborada decembrina fue posible mitigar el impacto de la pólvora. Aun así, las mayores concentraciones de partículas PM2.5 “… se presentaron en el corregimiento de Altavista, en las comunas de Villa Hermosa, Santa Cruz y La Candelaria, en Medellín”, afirmó la entidad.

     

    Tripulación y miembros de la Policía que atendieron el primer incidente con globo de diciembre de 2021 en San Cristóbal. Los bomberos deben lidiar con los gases producto de la combustión de los químicos de la pólvora y, ahora, con el mayor poder explosivo de los artefactos que se usan actualmente. Foto: DAGRD.

     

    De igual forma, otros de los aspectos que afectan la calidad del aire son los incendios. Hemos visto casos de globos con pólvora que han causado este tipo de incidentes, el más reciente fue en San Cristóbal, cuando uno de estos cayó sobre un hogar geriátrico y originó un fuego que se logró controlar gracias a la rápida acción del cuerpo de Bomberos de Medellín, indicó el Dagrd. Sobre este tema, Andrés Manrique añade que: “De cuenta de los globos se han quemado industrias enteras, hemos tenido históricamente incendios… El año pasado, en la pista del Olaya Herrera, un globo cayó en el ala de un avioneta, se estaba incendiando”.

     

    Cabe mencionar que los bomberos no solo están expuestos al humo tóxico de los incendios, sino que se exponen a otros riesgos que trae consigo la alborada. Morales contó que las personas cierran las calles y esto impide el desplazamiento de los vehículos de emergencia, poniendo en riesgo la atención de los casos. Además, “con el uso desmedido y exagerado de elementos de pirotecnia… hemos tenido casos, incluso, de compañeros que han estado atendiendo emergencias y son víctimas de la caída de voladores y de algunos objetos detonantes. Entonces, indiscutiblemente, para los bomberos de cualquier parte, la época de diciembre incrementa el riesgo para su seguridad”.

     

    Finalmente, Morales considera que las campañas de concientización “deberían mostrar la realidad de lo que pasa con el uso de los elementos pirotécnicos detonantes; las amputaciones de los dedos de las manos, la muerte y la pérdida de mascotas, la afectación a la fauna… creo que deberían ser más crudas para que generen mayor impacto”. Esta podría ser la “carta final” para que cada diciembre, la pólvora no se vuelva más fuerte.

     

    Este informe es parte del especial #LasHuellasDeLaPolvora , una colaboración de la Red Colombiana de Periodismo Universitario en Antioquia: Contexto, Universidad Pontificia Bolivariana – Medellín; Nexos, Universidad EAFIT; Norte Urbano, Uniminuto – Bello; Conexión Lasallista, Corporación Universitaria Lasallista; Sextante, Universidad Católica Luis Amigó.

     

     

     

     

     

  • Contar una comuna, narrar una ciudad. Vivir en El Poblado

     

    Si se define en una palabra el primer periódico barrial y gratuito de Colombia, sin duda sería: ‘Comunidad’. En sus 30 años Vivir en El Poblado sigue divulgando cultura, arte y sociedad.

    Su archivo histórico reposa hoy en la biblioteca de la Universidad Pontificia Bolivariana.

     

    Por Alejandro Zapata Peña / alejandro.zapatap@upb.edu.co

     

    Después de dejar listos a los niños para ir al colegio, Verónica Arbeláez levanta junto al borde de su puerta un periódico que en su portada lleva el óleo en marfil de Don Juan del Corral. Por más de 30 años Vivir en El Poblado ha pasado por debajo de las puertas de condominios, unidades residenciales, edificios y casas de la comuna 14 de Medellín.

     

    Verónica es ama de casa, pero antes de hacer los oficios del hogar no puede soltar las páginas de la última edición del periódico. Lo lleva leyendo desde que salió a circular por las calles del barrio. Conocer la vida de otras personas de su comuna, que quizá pueden ser vecinos, es lo que más le place ver de las páginas. Recuerda con una apacible sonrisa el emprendimiento de Matías Londoño, un joven discapacitado que con la invención de un triciclo para personas con movilidad reducida aboga por la calidad de vida de esta población.

     

    Para ella, el hecho de que un medio de comunicación se enfoque en los personajes y actores que no son reconocidos en su barrio pero que impactan considerablemente con su emprendimiento, arte y vocación, es darse un respiro frente al sinfín de contenidos noticiosos del día a día.

    Vivir en El Poblado: el relato de un barrio que se proyecta sobre la ciudad. Foto: Alejandro Zapata.

     

    Siempre hay un principio

    Vivir en El Poblado, desde su surgimiento en noviembre 8 de 1990, ahonda en el sentido barrial y los compromisos que circundan sobre la idea de apropiarse del territorio. Secciones como protagonistas del barrio, nuevas obras públicas, recetarios, perfiles, opinión, eventos culturales que abarcan desde bazares en un parque hasta eventos de piano y rock son las piezas que unen el sentido de comunidad y comunicación en una de las 16 comunas de la ciudad.

     

    Nace como el revés de la moneda, como el articulador de contenidos que no tiene enfoque regional o nacional pero que muestran las dinámicas de un sector como lo es El Poblado. Surgió como el primer periódico barrial que se edita en Colombia y desde sus inicios procura y sigue consolidando su principal objetivo: el enriquecimiento cultural de la comunidad.

     

    Todos estos pensamientos empezaron a florecer en la familia Posada Aristizábal, en especial con Julio César (Fundador del periódico), el quinto hermano entre cuatro hombres y dos mujeres de los cuales muchos fueron ingenieros menos él. Julio empezó a preguntarse por sus cercanías y el lugar donde habitaba, incógnitas como: ¿por qué estamos más enterados de lo que pasa en otros países y no de lo que ocurre afuera de mi casa o de mi edificio?, ¿qué pasa en la cuadra del lado? Empezaron a meterse en la cabeza de Julio César. Culminó su carrera de Comunicación Social-Periodismo en la Universidad Pontificia Bolivariana y junto a su hermano Manuel José que terminaba Administración emprendieron un camino que hasta el momento ha demarcado la agenda informativa de toda una comuna.

     

    Entre sacrificios y carcajadas, su hermana, María Eugenia Posada, lo recuerda: “Julio al principio hacía de todo en la primera sede, en una casa de un amigo. Hacía los papeles, ilustraba, hacía pautas, redactaba, diagramaba. Junto con mi hermano menor (Manuel José) se decía ‘Soyla’… soy la que barre, soy la que trapea… que quién trabaja allá: pues ‘Soyla’”.

     

    Frente al miedo, reposemos con poesía

    Entre los años 80 y 90 El Poblado inicia su etapa de expansión urbanística. Edificios, conjuntos residenciales, carreteras y transversales se empiezan a apropiar de las mil cuatrocientas hectáreas equivalentes al 38 % de la ciudad. “De golpe esto se empezó a poblar y no había elementos de comunidad de fondo. No había la posibilidad de conversar y dialogar lo que se percibía dentro del barrio”, recalca María Eugenia.

     

    Para Julio César esos interrogantes se volvieron señales que atisbaban el principio de un nuevo medio de comunicación. Claro está, sin esquivar las inclemencias que respiraba Medellín por aquellos tiempos: violencia en su estado más auténtico.

     

    Mientas que en el aroma de la ciudad y del barrio se respiraba miedo y se preguntaba por quién es el otro y que no me haga daño, Julio pensaba en traer las ideas norteamericanas de periódicos sectoriales que desviaran, aunque fuera por un momento del día la concepción del narcotráfico y sicariato en la ciudad.

     

    ¿Cómo? A través de la cultura, como lo ha defendido María Eugenia, que estuvo de la mano con Julio. “¿Con qué elemento ser aglutinantes para una comunidad? El arte se convirtió en esa pieza clave. El acceso a la cultura no como un lujo sino como una representación clara de lo que vemos. No era simplemente un periódico cultural; era una construcción, buscar puntos de unión, de encuentro”.

     

    Julio César después del almuerzo reposaba con poesía. Junto a su mamá y su hermano proclamaban versos de autores colombianos de finales del siglo XIX y principios del siglo XX. Entre literatura, poesía y comics Julio aprendió a verle el costado amable a una ciudad que lo necesitaba.

     

    Empezó el auge de Vivir en El Poblado, con gran a cogida y momentos en los que más de 43.000 ejemplares circulaban por las calles de la comuna 14. Sus grandes aliados como el Museo de Arte Moderno de Medellín, Museo de Antioquia distribuían el periódico con una amplia variedad de temáticas: Cultura, gastronomía, tráfico, opinión, personajes del barrio, obras de arte y un poquito más…

     

    El periódico ha rotado sus periodistas y maquinaria por más de 4 sedes dentro de El Poblado: entre Vizcaya, la 37, el antiguo edificio Niágara (por el parque Lleras) y actualmente al costado de Ciudad del Río. Merecedor de múltiples premios, el periódico fue tomando renombre no solo en la comuna sino en la ciudad y el país.

     

    Hablemos de otras cosas, volteemos la moneda

     

    << Las primeras portadas de Vivir en El Poblado, con rasgos gráficos de la tradición de publicaciones periódicas que tiene Medellín. Foto: Alejandro Zapata

     

    Seleccionando algunas ediciones históricas del periódico estaba Berta Lucía Gutiérrez, directora de Vivir en El Poblado, junto a ella, periodistas, diseñadores y fotógrafos compartían la mesa en la que preparan la edición 818 y el especial Portadas 30 años de Vivir en El Poblado. No perdía tiempo. Las miradas se quedaban en los computadores; unos buscando información sobre los principales artistas antioqueños y otros, las fotografías de las portadas. Desde hace 15 años los museos, obras y exposiciones aparecen como el moño de regalo de las portadas del periódico. Artistas como Débora Arango, Fernando Botero y Pedro Nel Gómez abrazan el estilo artístico y cultural del medio.

     

    Hoy la sede del periódico se encuentra a unos pasos de Ciudad del Río. No trabajan más de 10 personas, tienen que manejar la diagramación, las notas periodísticas, redes sociales y página web, aunque pareciera que detrás de Vivir en El Poblado hubiera un centenar de personas. El espacio es corto, pero para captar la atención de una comuna a veces solo se necesita una mesa redonda, varios computadores y el empeño de escribir sobre la cultura, las necesidades y las soluciones de un territorio.

     

    “Estar con la gente. Eso es lo que más he explorado de mi carrera, es el origen del periodismo”. Con una voz exaltada y sus ojos abiertos de punta en punta, Tatiana Rojas, periodista de Vivir en El Poblado desde hace un año cree en los contenidos que rescatan y revitalizan el día a día de un barrio.

     

    Rojas apuesta por el otro lado de la moneda, cree que los temas de un país o de un departamento deben nutrirse de la colectividad. “Empezar a identificar otras necesidades que tienen las personas y que uno las va olvidando del radar. No solo se trata de informar de economía, salud sino de cómo vive la salud un territorio en específico. Las necesidades que viven en Ciudad del Río no son las mismas de las que viven en la Loma del Tesoro”.

     

    La misma comunidad le suscitó a Tatiana interesarse por una de las ramas más distintivas del medio: lo ambiental. Se encuentra estudiando un diplomado en Periodismo Ambiental y recuerda con una sonrisa lo controversial que le parece haberse interesado por narrativas medioambientales. A Tatiana le llegó una fotografía de un avistamiento de una guagua cerca de la Universidad Eafit, quedó atónita a pesar de que sabía que el roedor había sido previamente registrado por el Área Metropolitana (Entidad reguladora ambiental), pero la imagen le despertó dudas y después de hablar con expertos de fauna constató que era falsa. “Con la comunidad uno también aprende a forjar su carácter para enfrentarse a las noticias del día a día”, cuenta.

     

    A lo ambiental se le suma la multiplicidad de contenido gastronómico que nació como una idea de motivar el encuentro. “En los 90, en medio de una ciudad que estaba encerrada, la gente no salía de las casas. El objetivo con el periódico fue y siempre ha sido decirle a la gente que en El Poblado hay restaurantes, obras de teatro, galerías a las cuales hay que volver y motivar el diálogo”, anota Berta Gutiérrez, quien resalta la creación de la revista Vivir con sazón que empezó a principios de 2021 de la mano con la reactivación económica. Lleva tres ediciones en las que abordan tópicos como los restaurantes con huerta, carne sostenible y cocina de campo.

     

    ¿Mejor, por qué no solucionamos?

    Lo que no mata engorda y la pandemia sirvió para que la página web de Vivir en El Poblado recibiera más de 4 millones de visitas. El encierro por la Covid-19 se asemeja a los toques de queda de finales del siglo pasado, pero la pandemia y los toques de queda no comparan con un bajón del periódico en 2017.

     

    Después de luchar por varios años contra el cáncer, Julio César Posada muere en marzo de 2010. Sus hermanos quedaron a cargo, sin embargo, para el 2016 Manuel y Marta desisten del proyecto y María Eugenia tomó las riendas del periódico. Sin embargo, el trabajo se hace difícil y en 2017 María Eugenia piensa cerrar el periódico, pero Fernando Ojalvo, exdirectivo de Sura, propone nuevos miembros y el medio vuelve a alzar sus ideas.

     

    Entre dificultades y el periodismo de soluciones han estado bandeándose las opciones de Vivir en El Poblado. “También hacemos un periodismo que no solo se queda en la denuncia, sino que es un periodismo que, cuando hay que hacer las denuncias las hace, pero no se queda solamente ahí, sino que investiga todo el contexto y además propone soluciones”, recalca Berta Gutiérrez que profundiza en la igualdad de importancia de contenidos.

     

    Como si fuera la capitana de un velero que navega por mareas difusas, Berta destaca la diversidad de temas como pilar del medio: “Todos los temas son válidos y hay que saberlos abordar. Algunos periodistas piensan que hay temas duros y temas blandos… para nosotros ni la cultura, ni la gastronomía, ni las comunidades, ni las fundaciones, que hacen su trabajo calladito, son temas blandos o menos importantes. Eso enmarca a Vivir en El Poblado”.

     

    Y esa misma filosofía ha llevado a que el periódico mantenga su gratuidad por más de 30 años. En la actualidad Nicolás Muñoz, gerente general del periódico, puntualiza en que el medio impacta alrededor de 180 000 personas en la comuna y siete es la cantidad de lectores que alcanza a tener un ejemplar del medio impreso.

     

    El fondo documental de Vivir en El Poblado fue donado para custodia a la biblioteca central de la UPB en Medellín. Foto: Alejandro Zapata.

     

    Cultivo y recuerdos en la biblioteca

    Desde la idea de Alberto Posada (padre de Julio César) de conservar cada edición del periódico se pensó en guardar la memoria del primer periódico barrial en un lugar significativo para la familia. Por eso la Universidad Pontificia Bolivariana, que es el alma máter de la familia Posada Aristizábal, fue la institución a la que María Eugenia donó el 22 de septiembre el archivo que contiene las primeras ediciones y varias de los tomos más recientes del medio de comunicación.

     

    Nueve cajas con las primeras ediciones del periódico, que circularon a partir de noviembre de 1990 con 11 000 ejemplares, y otros 38 tomos componen el archivo histórico que donó la familia entre las que se hallan varios ‘hijitos’ del medio como Vivir en Medellín, Vivir en Envigado y Centrópolis.

     

    Este material estará dispuesto para toda la comunidad educativa y también para consultas externas ya sea de manera física o presencial. A Cristina Ocampo, mediadora social de la comuna le han sido vitales varias de estas ediciones del periódico porque “la mejor forma de ejercer mi rol es comenzando por el reconocimiento del territorio y encontrar un periódico en el que puedo conocer los barrios de la comuna, sus historias y un poco más, me permite aterrizar, empaparme y poder hacer un mejor relacionamiento con la memoria”.

     

    “Desde la Universidad es muy importante y estamos muy contentos de hacer parte de la conservación de Vivir en El Poblado, un periódico que sabemos que le va a servir, va a ser útil y necesario a alguien dentro del campus, sobre todo porque viene de la familia”, resaltó Paola Vélez, Coordinadora de Colecciones Patrimoniales de la Biblioteca Central de la UPB.

     

    Así es como Vivir en El Poblado contagia su público; a partir de recetas, de aceras, de vías e infraestructura, de las historias y aromas de sus personajes, esas que los medios tradicionales olvidan. El valor de apropiarse de la palabra y levantar aquellas voces borradas por la cotidianidad son el reto y el día a día de un periódico que no solo habita y respira la ciudad, sino que nació para quedarse y Vivir en El Poblado.

     

     

     

     

     

  • Medellín, la gran fábrica de hits decembrinos

    Simmon David Ayala Mosquera y Valentina Giraldo Restrepo

     

    No es ninguna mentira cuando en Olímpica Stereo dicen que desde septiembre se siente que viene diciembre, pues parece que en los últimos tres meses del año, al menos en esta ciudad, no suena nada diferente a los grandes hits de Discos Fuentes.

     

    Por estos días bailamos Limoncito con ron de Rodolfo y Los Hispanos, mientras sacamos del polvo las lucecitas

    navideñas. Recorremos El Hueco en búsqueda del aguinaldo, mientras en todas las esquinas suena Pastor López y El Ausente. Pedimos el raspao’ de la olla natillera, mientras al fondo el bafle retumba al ritmo de La Yerbita de Los Corraleros.

     

    Y lo que, tal vez, usted y yo no imaginamos es que Medellín fue la responsable de ponernos a bailar en diciembre. Para mediados del siglo pasado, esta ciudad ya estaba montada como el centro industrial de Colombia; las textileras marcaban la parada y, junto con ellas, abrieron su camino las grandes disqueras. De Sonolux a Codiscos, pasando por Discos Victoria, la capital antioqueña y su auge económico empezaron a alojar a la industria musical y sus grandes intérpretes.

     

    Medellín fue un imán de grandes personalidades, pero también recibió década tras década, a la gente del campo que huía de la violencia o que empezaba a buscar una vida más allá de las cosechas. Ese tránsito cultural de la montaña a la ciudad, encontró en la industria fonográfica un espacio para transformar exitosamente la música y la parranda.

     

    Toño y sus Discos Fuentes

    Antonio Fuentes dejó su natal Cartagena para traerse su estudio a Medellín, casi que por amor, pues fue en esta tierra que conoció a Margarita Estrada, la mujer antioqueña con que se casó y que después de 20 años de matrimonio se lo trajo a él y su Discos Fuentes en la maleta, bajo el argumento de que el clima y la electricidad de acá funcionaban mejor.

     

    Dicen que a Toño le gustaba más fumar que comer, que su debilidad eran las mujeres y que podía pasar horas y horas encerrado en una cabina, en la cual podía faltar todo, menos el whisky. El barrio Colón, en el centro de Medellín, fue el destino elegido por Margarita y su esposo para abrir la disquera en 1954. En los sesenta se instalaron en Guayabal y por las puertas de esa gran edificación, vendida a Leonisa hace seis años, desfilaron las grandes estrellas de la música tropical de este país.

     

    Entonces, uno no se esperaría que Los Sabanales, La Burrita o Hace un mes de los Corraleros de Majagual, canciones de un sonido así, tal cual, muy sabanero, fueron grabadas en un valle rodeado de montañas. Y ese solo fue un caso entre decenas, pues desde la Costa Caribe llegaban Álvaro José Arroyo y Anibal Velásquez con su acordeón, de Venezuela aterrizaba Pastor López y de Cali venía a grabar Wilson Saoko con Fruko y sus Tesos.

     

    Artistas y agrupaciones de todos los rincones de Colombia encontraron en Medellín una fábrica de puros éxitos.

    En 1961 Toño y sus hijos sacaron un acetato que revolucionó las navidades para siempre. Los 14 Cañonazos Bailables no fueron más que el fruto del ingenio del cartagenero para acomodar en un elepé 14 canciones: siete por un lado, siete por el otro. Cuando, normalmente, solo cabían seis y seis. Pero la novedad no llegó hasta ahí, ese disco no contenía música de un solo artista o agrupación, sino de varias. Fue a partir de ese momento que la colección de los 14 grandes éxitos tropicales se situó en la lista de los elementos imprescindibles de cada diciembre junto a la natilla, el arbolito, el olor a leña y el traído.

    Video

    Recorrido por la planta de Discos Fuentes en Medellín, 1966. Archivo Señal Memoria – RTVC, sistema de medios públicos.

     

    Los Éxitos de Pedro

    A Pedro Muriel hay que llamarlo después de las diez de la mañana porque no le gusta madrugar. Con las 34 navidades que trasnochó y se levantó con la cobija pegada a la espalda a grabar la nómina de artistas de Discos Fuentes, fue más que suficiente.

     

    Si usted vive en Colombia, es más que seguro que alguna vez ha escuchado ese nombre, que lo recuerde o sepa quién es, ya es otra cosa. El sujeto que Los Chiches Vallenatos tanto mencionaban en sus canciones de la mano de un inconfundible efecto de eco es nada más y nada menos que el hombre que estuvo en una cabina cocinando hits como Rebelión, El santo cachón, Cariñito sin mí y Tabaco y ron, la lista sigue y sigue, al punto de que si usted sintoniza una emisora tropical como Olímpica o Estrella Estéreo, bajita la mano, programan diez temas con el sello del ingeniero de sonido, Pedro Muriel.

     

    La carrera en la música de Pedro empezó con una orquesta llamada Los Éxitos, tal vez, como un augurio de lo que le esperaría años después. Era el percusionista y el tema más recordado de la agrupación es Navidad de los pobres. Mientras frecuentaba los estudios de Fuentes como corista, se hizo amigo de Mario “Pachanga” Rincón el grabador de esa época y, debido a su interés por la ingeniería electrónica, termino reemplazándolo cuando este renunció.

    “En esos años se dormía poquito”, recuerda Pedro entre risas, pues el agite de los diciembres y el anhelo de los artistas por sacar sus producciones en temporada caliente, los obligaba a trasnochar hasta que el sonido fuera perfecto, porque eso sí, Muriel se tomaba su tiempo para cumplir con las exigencias de su prodigioso oído y, no en vano, los músicos lo esperaban hasta que tuviera agenda libre, porque todos querían grabar con él.

    El trabajo siempre era agotador, pero algo tiene la música tropical que, por más cansado que estuviera, uno ahí mismo se levantaba.

    Y si bien un gran porcentaje del reconocimiento es para los cantantes y sus orquestas, nada sería posible sin esos personajes que solo aparecen en los créditos de los álbumes o en uno que otro saludo, pero que siempre están a la sombra de las grandes obras musicales.

     

    Probablemente, ese fue el escenario perfecto para que hace unos años David Cuadros y su acordeonero, dos tipos del norte del país, se aprovecharan de que pocos sabían quién era Pedro Muriel y que bastante sonaba su nombre en las canciones vallenatas y, así pues, se fueron de gira al sur del continente con el cuento de que el vocalista era el mismísimo Pedro Muriel y forjaron una exitosa carrera en Paraguay donde al día de hoy siguen interpretando, exclusivamente, las canciones donde es saludado el ingeniero de sonido: el antioqueño, el que ni por error ha sido cantante, ni ha dado su primer concierto.

     

    Si lo anterior es sorprendente, aun más increíble es que Muriel responda ante la pregunta de cómo tomó la noticia de este par de estafadores que lo suplantan hasta en entrevistas:

    Ah, ellos son muy amigos míos, hasta les he grabado. Yo qué me iba a poner a pelear ahí, al menos hicieron famoso mi nombre en Paraguay.

    El revolucionario Mono Buitrago

     

    Desde allá en Ciénaga, Magdalena, bien lejos del interior del país, Guillermo Buitrago, un tumbalocas rubio, flaco y de ojos azules, que vendía pólvora, tocaba guitarra y vivió unos escasos veintinueve años, sin saberlo, determinó la forma en que paisas y boyacenses comenzarían a hacer, respectivamente, música de parranda y carranga.

     

    Las letras de Escalona, Emilianito Zuleta y otros grandes compositores del Magdalena Grande, fueron sacadas del anonimato gracias a Buitrago. Él y el samario Julio Bovea, fundador de Bovea y sus vallenatos, cambiaron los acordeones por las cuerdas y popularizaron en el resto del país la historia de cuando Lorenzo Morales no quiso parar en Urumita o cuando Rafael Escalona se fue a estudiar al Liceo Celedón.

     

    Guillermo Buitrago. Una colorzación de una imagen original de diebo Montoya. Lic. Creative Commons. >>

     

     

    Jaime Monsalve, jefe musical de la Radio Nacional de Colombia, cuenta que el sonido parrandero paisa existe en gran parte a las aportaciones de Bovea y Buitrago. En el interior adaptamos los sonidos de la guitarra a nuestro estilo, le pusimos un sello picante y así como en el Caribe, también decidimos contar historias, de temáticas bastante diferentes, pero historias al fin y al cabo.

     

    No fue Diomedes Diaz nuestro primer gran rockstar colombiano, fue Guillermo Buitrago. El tipo era en sí un verdadero mito, sus días estuvieron marcados por cuentos fantásticos, tan propios del realismo mágico característico de su tierra. Unos dicen que lo envenenaron, otros que “murió de amor” — producto de una sífilis — y desde tuberculosis hasta cirrosis, le fueron achacadas al joven Buitrago, que así como cinco de sus siete hermanos, murió antes de los treinta años.

     

    Hay quienes aseguran que si el Mono hubiese vivido unos años más, la música vallenata, se llamaría música cienaguera, pues en los cuarenta le dio vida al género, fue su gran difusor y quien la bautizó, ya que para esos días era conocida como música del Magdalena Grande.

     

    Muchas de sus interpretaciones, trascendieron al repertorio parrandero antioqueño de la mano de agrupaciones como Los 50 de Joselito. Guillermo también fue compositor, pero la historia ha sido confusa respecto a qué compuso en realidad. El caso más particular es, tal vez, El Grito vagabundo. Son dos las versiones conocidas del origen de esta canción; la primera y más difundida, es que él mismo la compuso como una expresión de rebeldía y manifestación de su afinidad política hacia el liberalismo. Historiadores y periodistas aseguran que el grito que Buitrago quería pegar era: ¡Qué viva el Partido Liberal!

     

    En contraposición está la versión reconocida por Discos Fuentes que indica que el tema es de autoría de Buenaventura Díaz y es el clamor de una penosa enfermedad que terminó por desfigurar gran parte de su rostro, generando en él una profunda pena por no poder encontrar el amor debido a su terrorífico aspecto. Todo apunta a que ese fue el verdadero grito vagabundo.

     

    No es lo mismo una pelota negra, que una negra empelota

    Gildardo Montoya. Radio Nacional de Colombia. Señal Memoria – RTVC. Sistema de Medios Públicos.

     

    Desde los cafetales de Támesis hasta Medellín llegó Gildardo Montoya, pregonando en la antigua Plaza de Guayaquil y alcanzando el éxito con sus atrevidas letras musicales. Muerto a sus 37 años en un accidente mientras iba en una motocicleta, su corta vida dejó un legado de letras que hasta hoy sonrojan y sacan risas traviesas.

     

    Él, como muchos de los cantantes y compositores parranderos, se dedicó a escribir letras que no dejaban nada a la imaginación o, por el contrario, lo dejaban todo. La parrandera para los años 60 y 70 ya era parte del ambiente cultural de Medellín, se escuchaba en la radio de cada esquina, se bailaba en cada salón de eventos y se exportaba a cada tienda de discos de la región.

     

    No es de extrañarse que, así como se hablaba de amor, desamor, fiesta y tradición, la música de los campesinos que llegaban a la ciudad tuviera la picardía propia de su cultura. El humor, el absurdo y la exageración eran propios del paisa y de sus letras, que buscaban hablar de lo cercano y lo cotidiano, pues los ritmos eran ante todo un punto de encuentro.

     

    El contenido sexual explícito estaba fuera de los límites, no porque no se grabara, sino que se hacía de forma extraoficial: no se escuchaba en la radio y se vendía sin información del sello, pero se vendía. León Felipe Duque, periodista e investigador musical, cuenta que los músicos estaban frente a una sociedad conservadora y altamente religiosa, que prohibía cualquier vicio fuera de los lineamientos de la Iglesia (como el sexo y la promiscuidad). Entonces, ante la hipocresía de quienes querían bailar pegadito los sábados pero rezar ante el sagrario los domingos, los artistas — algo rebeldes — aprovecharon su ingenio para añadirle el picante necesario a sus canciones sin pasar los límites de lo que a la luz del día se consideraba bueno; con frases sin terminar, rimas y chistes, el doble sentido se volvió poco a poco insignia de la música parrandera.

     

    Claro, la persecución no se hizo esperar. La Curia empezó a vetar canciones a diestra y siniestra, con fuerza censuraba a los oídos de todo fiel creyente con valores las letras de Se me paró el Reloj, La Gota o El ratón. Aún así, Duque en su trabajo El mes de la parranda cuenta que artistas como Joaquín Bedoya, hablaban de que ese intento por censurarlos terminaba siendo un beneficio porque “…los discos prohibidos se vendían más”. Entre otras cosas, la defensa de estos artistas contaba con más picardía todavía, pues Agustín o Joaquín Bedoya le hacían frente a los comentarios diciendo con propiedad y malicia paisa que la canción no era lo fuerte, lo que pasa es que los demás somos muy malpensados. Un argumento, entre otras cosas, irrefutable.

     

    Los parranderos olvidados

    Entre tantas curiosidades, queda entonces una pregunta. Si hasta el día de hoy la parranda se arma con los mismos éxitos grabados hace décadas y, todavía mejor, si todos tarareamos cada una de las melodías tropicales como si del himno nacional se trataran, ¿por qué desconocemos a los artistas detrás de ellas? ¿Por qué muchos mueren en el olvido?

     

    Para la muestra, un botón. Canciones como El Jardinero, Maria Teresa o La Negra Josefina, todas reflejo del ingenio y la malicia paisa, tienen como intérprete y compositor a Leonel Ospina, hijo de un matrimonio campesino de Amagá, que sin ningún lazo con la música, decidió irse de su pueblo y buscar suerte en la Medellín de los años 50.

    El golpe de suerte le llegó, como a muchos otros campesinos, cuando se encontró con unas disqueras que, por el éxito del momento, recibían a todos los intérpretes y compositores, listos para ponerlos a sonar en la radio y presentarlos en el salón de bailes del Hotel Nutibara.

     

    En pleno boom de la industria fonográfica, Leonel sonó junto a Guillermo Buitrago en la Costa y conquistó otros países hasta radicarse en México. Entre presentaciones, trago y parranda, alcanzó la cima de su carrera antes de caer en la locura, literalmente, pues un golpe en la cabeza, en medio de una borrachera, le hizo perder la cordura y acabó con su vida musical.

    Hoy algunos pocos lo recuerdan como el gran exponente que fue, otros más lo reconocen andando por el centro de la ciudad — mendigando y sobreviviendo de los escasos 250.000 pesos mensuales que le dan por regalías en Sayco Acinpro — pero la mayoría canta sus canciones sin recordar siquiera su nombre. Cómo él, muchos otros campesinos que alcanzaron el éxito, ahora mueren en el olvido.

     

    Sin querer dejar la duda al aire, hice la pregunta hasta encontrar una respuesta y León Felipe Duque, esbozó lo que sería la razón para el olvido de aquellos compositores de rumba parrandera.

     

    Los campesinos encontraron una ciudad industrial con una economía prometedora, con disqueras de renombre que grababan con artistas de la talla del Joe Arroyo y que les abrían sus puertas; pero, así mismo, se encontraron con una ciudad arribista, de familias elitistas y fiestas que querían bailar al ritmo de sus canciones, pero no querían tener nada que ver con esas “guascas” campesinas.

     

    Duque habla incluso de que las grandes disqueras tenían subsellos para meter ahí esa música, que miraban por encima del hombro pero igual producían porque daba plata. Así, ponían a sonar la apuesta musical de los paisas sin importarles que fueran conocidos o siquiera darles un nombre.

     

    Algo de esto se ve en el libro La música parrandera paisa de Alberto Burgos, que cuenta el desprecio que se le tenía a esta música por ser montañera, pero como bien sabemos hacer en Medellín, aplicamos la doble moral porque se compraba y escuchaba sin parar.

     

    Precisamente ahí, en ese ir y venir, en el provecho que se le sacaba a los artistas campesinos, fue que sonaron las canciones pero no los músicos. Desde los cincuenta hasta ahora, se prende la fiesta con cualquier tema de Luis Carlos Jaramillo o Alejandro Sarrazola, que dieron vida a la parranda y murieron en el anonimato y la necesidad.

     

    Haga clic en la imagen para ver el documental Leonel Ospina, de la fama al olvido.

    De la serie Infrarrojo, de Teleantioquia.

     

    Parranda, siempre

    Aquí en Antioquia es casi que un pecado escuchar a un Pastor López a mitad de año, “Eso es pura música de diciembre”, es lo mínimo que a uno le dirían si tiene el atrevimiento de poner Golpe con Golpe en pleno agosto.

    Pasa que no hay fiesta sin música, ni navidad sin parrandera. “Así como volvemos a la fiesta, volvemos a la música” dice León Duque, hablando de la manera en que la dinámica del género se construyó en un imaginario en el que la fiesta decembrina, tan importante para los colombianos, es inconcebible sin la música de la época.

     

    Todavía más importante, Duque dice que esa música no solo llegó para acompañar la fiesta, sino que tuvo un componente transformador y creador, que esas parrandas tradicionales de buñuelos y guaro hasta al amanecer, se crearon a partir de la llegada de ese auge musical.

     

    Con el olor a chicharrón y la melodía de Los Graduados, naturalmente entran las ganas de bailar, así sea con la tía y el abuelo borrachos. Y es que tan inherente como el Niño Dios al pesebre, es el baile y el ambiente tropical a las celebraciones de fin de año. Juan Sebastián Ochoa, investigador musical, dice que hay una mística en estos géneros, que animan cualquier velorio, pero que a su vez se reservan inmaculadamente para los diciembres.

     

    Por más que Rodolfo Aicardi le haya cantado a una colegiala, al amor de Daniela y al de Mariana; o así Buitrago se quejara de ser un pobre huerfanito, sus letras aun alejadas de las temáticas navideñas, como las de muchos de sus pares, quedaron condenadas a despertar junto con las primeras luces del fin de año.

     

    La tradición, para Duque y Ochoa, es clave para entender esta condena. Las festividades decembrinas se han ligado al género parrandero de tal manera, que parecieran más importantes que la misma novena navideña. La música nos ha marcado tanto, que para Jaime Monsalve se trata de algo más que la fiesta, pues en ella está el encuentro con los nuestros y el recuerdo de otras épocas. En diciembre la nostalgia llega de la mano de Sabor Navideño de Afrosound y nosotros la abrazamos.

     

    Es en esta larga historia y por eso que, indudablemente, en cada radio, el próximo septiembre estaremos sintiendo que viene diciembre. En diez o veinte años, al menos mientras estemos vivos, no habrá navidad sin música decembrina, no habiendo otra forma de llamarla porque diciembre es y será la voz de aquella Medellín del pasado tan prolifera en disqueras, títulos y artistas.

  • Las transformaciones de la Medellín rural: URBANIZACIÓN SIN CIUDAD

    Todos alguna vez hemos visto un mapa de Medellín, ese croquis que parece sin forma, pero que en las dinámicas cotidianas cobra sentido. La cabecera urbana de la ciudad se encuentra entre cinco corregimientos: Santa Elena al oriente y San Cristóbal, Altavista, San Sebastián de Palmitas y San Antonio de Prado al occidente, como una protección verde —del doble de su tamaño— a sus costados, mientras lo urbano continúa en Bello, Itagüí y Envigado. Sin embargo, la urbanización de Medellín no solo se ha limitado a la centralidad o a sus fronteras con otros municipios.

     

    Daniela Morales Medina, egresada de la Facultad de Comunicación Social – Periodismo; Estefanía Cardona Espejo, Juliana Duque Cardona, Liceth Torres y Daniela Uribe Naranjo, estudiantes de la Facultad de Comunicación Social – Periodismo.

     

    Desde hace más de 50 años la forma de habitar el campo ha cambiado y, sobre todo, en Medellín. La idiosincrasia de la ruralidad en los centros poblados corregimentales y sus veredas se ha transformado en función de las nuevas posibilidades económicas que ofrece el desarrollo urbanístico. Para la coordinadora de la maestría en Urbanismo de la Facultad de Arquitectura de la Universidad Pontificia Bolivariana, Diana Álvarez, “quizá el cambio más estructural en estos territorios sea la interpretación del suelo con valor de uso, propio de las economías agrícolas/solidarias, a un suelo con valor de cambio, propio de las economías de la sociedad industrial/capitalista”.

     

    La canalización de la quebrada de Santa Elena, la construcción del Metro de Medellín con sus intervenciones en el Tranvía de Ayacucho, el Túnel de Occidente y los metrocables de Santo Domingo, además del proyecto de Parques Bibliotecas en los corregimientos, han sido solo algunos de los tantos hitos en los que la ciudad ha conversado con la ruralidad de sus periferias, convirtiéndolas en receptoras de grandes poblaciones. Sin embargo, según Nelson Agudelo, magíster en Urbanismo, el actual Plan de Ordenamiento Territorial (POT) de la ciudad no tuvo previsto este fenómeno.

     

    Por el contrario, el modelo de ciudad propuesto en el POT del 2014 de Medellín se basó en la premisa de “crecer hacia adentro”, planteamiento que consiste en renovar todas las zonas y suelos subdesarrollados que no están generando grandes garantías para la ciudad, buscando convertirlos en espacios de vivienda. Incluso, de acuerdo con el arquitecto, la Administración municipal escasamente ha cumplido con el 30 % o 40 % del POT del 2014.

     

    Para Gloria Patricia Zuluaga, docente de Desarrollo Rural de la Universidad Nacional, una de las principales causas de esta problemática es la especulación urbana que genera el aumento acelerado de la población. Explica que, en parte, sí existe un fenómeno natural de migración de ciudadanos de diferentes partes de Antioquia, Colombia y otros países a Medellín, pero según la magíster, las parcelaciones y venta de lotes en los corregimientos han comenzado un incremento en el costo de vida y el comercio de los lugares. Lo anterior, no solo ha cambiado radicalmente las condiciones de vida de los habitantes rurales, sino también de los citadinos. Por ejemplo, históricamente, todos los corregimientos de Medellín han sido despensas agrícolas, cárnicas y lácteas del Valle de Aburrá, pero esta actividad se ha reducido y reemplazado por priorizar el aumento de los comercios, zonas de descanso y entretenimiento, lo que implica un riesgo en la seguridad alimentaria de toda la ciudad.

     

    No obstante, el ciclo no finaliza ahí. Según la docente, cuando los residentes urbanos de Medellín, “saturados y cansados de las denominadas disfunciones urbanas como el tráfico, la contaminación y la inseguridad”, deciden irse a vivir al campo, se mudan de residencia, pero no de actividad económica. No hacen el cambio porque quieran ejercer la agricultura, sino porque quieren ambientes de naturaleza para descansar. Aquí es cuando comienza, en palabras de Zuluaga, una “urbanización sin ciudad”.

     

    Nuevas obras de infraestructura, valorización de predios, tributos más costosos y servicios públicos más altos son algunos de los cambios que ha generado la subdivisión predial. Es decir, una autorización previa para dividir materialmente uno o varios predios ubicados en suelo rural, en los territorios, y que se ha manifestado en el desplazamiento de familias campesinas, disfunciones en la seguridad alimentaria y aumento en la huella ambiental de la ciudad. Sin embargo, es importante conocer cómo han vivido estas transformaciones los habitantes de cada zona.

     

    En la siguiente infografía, haga un recorrido por el panorama de las transformaciones en cada uno de los corregimientos de Medellín:

     

    Retratos de una ciudad viva… y que hay que cuidar

     

    Desde Santa Elena (foto: Manuel Theo Dover Polanía) se ve la ciudad creciendo por las laderas del Oriente y Occidente. En Altavista, las huertas escolares son una apuesta por la preservación de las tradiciones y la seguridad alimentaria (foto: Marisol Garcés). En San Antonio de Prado (foto: Álex Betancur), las viejas edificaciones contrastan con las construcciones para más personas en el mismo espacio. En San Cristóbal (foto: Daniela Uribe), desde hace años el tráfico vehicular es parte de la vida cotidiana, llena de contrastes con la historia campesina.

     

     

    Las ciudades son territorios vivos. Para la muestra, vemos a una Medellín que sigue creciendo y cambiando. El proceso de transformación urbanística que atraviesa la capital antioqueña nos impacta a todos los que la habitamos, incluidos aquellos que por décadas han ocupado las tierras que cultivaron y cuidaron, como nuestros antepasados. Las raíces campesinas y arrieras de los habitantes de los corregimientos de Medellín peligran ante el acelerado crecimiento de las construcciones.

     

    Como explica Nelson Agudelo, Medellín tiene el espacio, un Plan de Ordenamiento Territorial (POT) y estudios de capacidad de soporte poblacional, pero no hay regulación por parte de la administración municipal. Según el experto, la ciudad tiene la capacidad de abrir espacios adecuados en el interior del valle para recibir a las personas, pero no está pasando.

     

    La situación actual de la población de los corregimientos es un reto, una invitación para que Medellín, como manifestó Gloria Patricia Zuluaga, se vea y se proyecte en toda su municipalidad. Además, que piense más allá de su núcleo urbano, articulando cada uno de los corregimientos como parte fundamental de un desarrollo sostenible Una ciudad que pueda seguir creciendo, pero cuidando su ruralidad y a sus campesinos.

  • Consejos Municipales de Juventud: el juego democrático que no sabemos jugar

    La incidencia política de la juventud en Colombia ha estado estigmatizada desde siempre por imaginarios que dejan a esta población en una posición mediocre y perezosa frente a las posibilidades de participación que ofrece un sistema democrático electoral como el que tenemos en el país. Se acercan elecciones de los CMJ y la pregunta clave es si la juventud tiene la preparación adecuada para aprovechar este espacio democrático.

     

    Maria Paula Mejía y Susana Arias / mariap.mejiav@upb.edu.co , susana.ariasm@upb.edu.co

     

    Es frecuente escuchar comentarios que señalan que las personas jóvenes tienden a omitir temas de conversación que giren en torno a la política y la democracia. Aunque el Estado ha creado algunos espacios de participación, como los Consejos Municipales de Juventud, es claro que las apuestas político-electorales de la población joven en Colombia son muy reducidas. La razón es una sola: hay un desencanto generalizado de la política.

    Sin embargo, vale la pena preguntarse mejor por la formación política y ciudadana que tenemos, por las herramientas que conocemos y por la información que recibimos para acercamos a participar de manera activa en la democracia colombiana.

    Luego de una década, este año tendremos de nuevo elecciones de Consejos Municipales de la Juventud y no hay mejor escenario para responder esas preguntas. Además esta jornada electoral será histórica, porque por primera vez se garantizará la elección en todos los municipios y ciudades del país, cosa que no pasaba antes de que este proceso se articulara como parte de la Ley 1622 de 2013, por medio de la cual se expidió el Estatuto de Ciudadanía Juvenil.

     

    Mirada histórica

    Es importante entonces acercarnos a la historia de CMJ y comprender lo valioso que fue este proceso, específicamente para Medellín. En 1995 la ciudad realizó la primera elección de este órgano, en el que venía trabajando en él desde 1991; era un piloto que serviría para evaluar si funcionaría impulsar la participación juvenil desde una apuesta político — electoral. Según Fulvia Márquez, cofundadora de la Corporación Región y experta en temas de juventud, “El CMJ en Medellín fue un proceso muy desde los propios jóvenes, no fue direccionado desde arriba, lo fueron construyendo expresiones juveniles diversas”.

    En esa primera versión, la participación fue masiva y el proceso funcionó, por lo cual, luego de este primer ejercicio, se siguió promoviendo este espacio y la ciudad tuvo CMJ desde 1995 hasta 2011; parte del éxito de este en Medellín ha sido que muchos de quienes han participado, han continuado sus carreras en el servicio público. Un caso notorio y reciente es el de Federico Gutiérrez, ahora precandidato presidencial, quien fue miembro del CMJ en Medellín en 1999.

    Infografía: María Paula Mejía Vélez, Susana Arias Mejía

     

    La pregunta clave: la formación política de la juventud

     

    En ese panorama de consejos, elecciones y participación juvenil, por un lado están quienes quieren ser candidatos, para lo cual reciben acompañamiento por parte de la Registraduría Nacional y el respaldo o de un partido político, una lista independiente o un grupo ciudadano organizado. Pero, por otra parte, tenemos a quienes votan: en Medellín, para 2021 son aproximadamente 534 000 las personas entre los 14 a 28 años, habilitadas para ejercer su derecho al voto en estas elecciones, muchas de ellas por primera vez. Pero, ¿saben cómo hacerlo? ¿Qué se está haciendo para promover y garantizar su derecho al voto?

    Preguntamos a personas jóvenes de la ciudad si sabían por quién votar al CMJ, cuándo, dónde y cómo se puede participar.

    El experimento que nos permitió llegar a una conclusión: no se conoce el proceso. Sin embargo, se identifican algunos nichos en los que hay interés en la dinámica, aunque son muy pocos. Alejandro Ortega, líder social de nororiente de Medellín y activista joven, advierte que frente a la pedagogía de la votación del CMJ hay varias fallas: la primera de ellas es que ni la Registraduría ni la Alcaldía, en cabeza de la Secretaría de Juventud, se han hecho cargo de buscar los espacios para entregar información importante y de valor en los lugares que pueden ser sitios de encuentro de los y las votantes: colegios, universidades, parques, UVAS (Unidades de Vida Articulada) o bibliotecas de la ciudad; esto ha llevado a que sean los y las aspirantes al Consejo quienes busquen la manera de llegar a la población joven y por ende, la información que reciben, quiénes alcanzan a recibirla, llega totalmente parcializada, situación que agrieta más el ejercicio democrático.

    La segunda falla que mencionó Ortega es el rango de edad tan amplio (14 a 28 años), pues esto dificulta la difusión de la información y además el líder manifestó su preocupación por la “Conciencia política de los y las más pequeñas”, pues dada su experiencia en trabajo comunitario con menores de edad, ha podido identificar que la educación que se recibe en términos democráticos y electorales en los colegios es mínima, en algunos casos incluso es inexistente.

    Por otra parte, Carolina Arboleda, ex candidata al CMJ, por el Movimiento Político de Mujeres Estamos Listas, manifiesta que el proceso de votación puede ser fallido porque finalmente no a todas las personas jóvenes les importan este tipo de espacios, no se apropian de ellos y mucho menos tienen acceso a información al respecto; de ahí que sea este un escenario de disputas políticas entre partidos tradicionales. Vale la pena aclarar que nunca en una elección de CMJ se ha superado el 60% de votos posibles, lo que indica que muchas de las personas habilitadas para votar desconocen el proceso o no les interesa participar de este.

    Fulvia Márquez asegura que los diferentes problemas existentes en los porcentajes de votación responden a que hay una gran parte de la población joven de la ciudad que no le cree a estos espacios formales institucionalizados, sino que más bien enfoca la mirada a otro tipo de grupos o colectivos que se encuentren alejados de la institucionalidad.

    Las opiniones coinciden en que, a pesar de que gran parte de la población votante se encuentra en edad escolar, también hay una parte muy significativa de ella en edad universitaria, por lo cual deberían ser quienes están en estos espacios quienes lideren las listas al Consejo y además quienes más voten. Pero el desconocimiento sobre el proceso es generalizado y aunque los jóvenes mayores de edad deberían tener más información al respecto, pareciera que estas elecciones pasan desapercibidas especialmente para estas personas.

    El desconocimiento generalizado frente al Consejo Municipal de Juventud, sus funciones, sus candidatos y candidatas y su calendario, dejan al descubierto una situación grave de desinformación que va en contravía de principios democráticos de nuestro país: tenemos derecho a elegir y que se nos elija.

    El Estado, como garante de ese derecho constitucional, tiene la primera responsabilidad de garantizar que la información difundida llegue a la juventud, incluyendo a la población rural, por lo cual es necesario pensar en una idea amplia de esta población, que incluso está por fuera de las redes sociales porque la conectividad todavía tiene vacíos, entre otras razones.

    Para las personas participantes en este reportaje, la campaña de divulgación sobre las elecciones de los CMJ parece enfocarse únicamente en hablarle a los y las candidatas, una nube de desinformación frente al calendario electoral, la falta de promoción del voto por parte del Estado ha hecho que sean estas personas quienes se encarguen de la información, lo cual no tiene sentido y no es lo ideal en una votación de elección popular, pues impide la igualdad de condiciones en la participación y además parcializa el proceso. En medio de limitaciones de información y pedagogía sobre el voto frente para el CMJ, las expectativas sobre el próximo proceso electoral no son las mayores. El factor sorpresa tendría que ser muy significativo para un cambio de rumbo.

  • Los circos se resisten a ser fantasmas

    Dicen los artistas que en Antioquia hay por lo menos 30 circos tradicionales que no están en el radar del Instituto de Patrimonio y Cultura. La pandemia aceleró su desaparición. Además, entre artistas y Estado parece haber teléfono roto.

     

    Manuela Suárez Giraldo / manuela.suarezg@upb.edu.co

     

    Colombia es un país que ha visto crecer dentro de muchas carpas a generaciones de artistas que, desde que nacen, tienen el oficio circense tatuado en el corazón. Ahora, ese mismo país es testigo silencioso de cómo dejan apagar una de las tradiciones artísticas más entrañables.

     

    Antioquia, a su turno, es uno de los departamentos donde más se han fundado circos tradicionales y donde se ha peleado contra viento y marea para mantener este legado. Sin embargo, desde que llegó la inesperada pandemia, el panorama se fue haciendo cada vez más desalentador, pues, aunque nadie pudo librarse de la crisis, este sector artístico en Antioquia sigue a la espera de recibir a su audiencia a plena capacidad.

     

    En los periódicos, las noticias cada vez son más esperanzadoras, hay respuestas del Gobierno, reuniones para apaciguar la crisis económica, decisiones sobre teatros, conciertos, estadios; pero sobre los circos no se dice nada.

     

    En Marinilla, Antioquia, el circo de los hermanos Daza se aferra con pasión e ilusión a su legado familiar que lleva tres generaciones y al mismo tiempo -gracias a su mediana carpa ubicada en una de las principales entradas al Municipio- llena de color y de alegría a muchas personas que encuentran dentro un lugar seguro para escapar de la rutina. Además, es hasta ahora el primer circo tradicional del departamento que ha podido volver a escena, aunque la historia ya no es la misma.

     

    Las exigencias para el artista de circo no cambiaron en el marco de la pandemia, por el contrario, incrementaron significativamente, lo que implica que, además de la inversión mínima que debe haber dentro de las carpas, que oscila entre 70 y 80 millones de pesos, Ricardo y Daniel Daza, tuvieron que cubrir otros gastos, como, por ejemplo, una póliza que cuesta alrededor de un millón de pesos, un lavamanos que costó 700 mil, comprar una bomba desinfectante, antibacteriales, mascarillas y otras cosas que sumaban más de 3 millones de pesos. Todo esto a cambio de un aporte voluntario para quienes anhelen entrar a ver el espectáculo.

     

    “Cuando dimos este paso no lo hicimos por nosotros, sabemos que las personas apenas se están levantando de la crisis, y que fijar una boleta era exigir demasiado. Pero también sabíamos que la salud mental de muchos podía estar peor que la parte financiera, y eso nos motivó a invertir los ahorros que teníamos con el fin de reabrir la carpa y traer un poquito de paz dentro del caos”, señaló Ricardo Daza.

     

    Carpa actual del Circo de los hermanos Daza a la entrada del municipio de Marinilla. Foto: Manuela Suárez.

     

    El espectáculo trata de continuar

    Las funciones se hacen los sábados y domingos a las 7:30 de la noche y, sin importar cuánto se recoge a la entrada, los espectáculos duran una hora y diez minutos, se hacen con el mismo amor y profesionalismo de siempre.

    Aunque esto “trabajar con las uñas” por el amor al arte y a la cultura, no basta el corazón cuando no hay un apoyo desde las entidades encargadas, pues los hermanos Daza aseguran que, después de ocho meses de apertura, no han tenido ninguna visita por parte de la Secretaría de Cultura, ni mucho menos por el Instituto de Cultura y Patrimonio de Antioquia, que ni siquiera estaban al tanto de que ya un circo estaba abierto al público.

     

    “No, no sabemos cuantos se han podido reactivar, eso es una cosa supremamente difícil”, explicó Hugo Valencia, profesional especializado para el sector del teatro, del Instituto de Cultura y Patrimonio de Antioquia en diálogo con Contexto y aclaró: “Nosotros no sabemos cuántos circos tradicionales hay en Antioquia porque como ellos no se comunican con nosotros, la base de datos que tenemos es limitada”.

     

    La carencia de un registro representa la imposibilidad de tener una base sólida sobre la cual construir una solución. Los hermanos Daza sostienen que en Antioquia hay por lo menos 30 circos tradicionales que no están en el radar de la institucionalidad, por lo que, consecuentemente, no han recibido ningún tipo de ayuda en medio de la contingencia.

     

    Según Valencia, los fondos derivados del impuesto de IVA, destinados para el mantenimiento de inmuebles patrimoniales fueron redireccionados por el Ministerio de Cultura para auxiliar a los artistas en medio de la pandemia. El listado lo integraban danzantes, músicos, teatreros, cirqueros, escritores, artistas plásticos visuales y de otras áreas, reportados por los municipios. El monto que inicialmente ascendía a 3 910 millones de pesos para Antioquia tuvo recortes, luego de que se cruzaran cuentas para establecer quiénes temrinarían recibiendo más de un subsidio. “Eran casi 7.000 personas las que cumplían con los requisitos para darles plata, la cual sí se invirtió. Ahora, qué tan bien haya sido invertido ese dinero por las personas, no lo sabemos”, explicó Valencia.

     

    Los hermanos Daza aseguran que a los circos tradicionales no les tocó nada de ese dinero, lo cual concuerda con el ya mencionado problema de identificación de los artistas.

     

    Las sucesivas prórrogas de las medidas de emergencia por la Covid-19 obligaron a recoger las carpas de muchos circos, algunas de las cuales fueron incluso vendidas porque sus dueños no tenían como pagar un alquiler. Otras familias se vieron obligadas a recibir cualquier peso por todos sus materiales de trabajo, con tal de conseguir algo para poder comer.

    Tercera generación: los hermanos Daza siguiendo la tradición en una función empresarial. Foto: Instagram de Ricardo Daza

     

    ¿Qué dicen?

    “Aquí nunca ha venido un líder de circo tradicional a querer dialogar o proponer cosas, la percepción que ellos tienen de las instituciones es que las reuniones son para cobrarles impuestos, u obligarlos a pagar cosas que normalmente evaden, por eso es difícil identificarlos. La última vez sacamos nueve vacantes para la convocatoria (del Portafolio Departamental de Estímulos a la Cultura), cuatro quedaron vacías y ningún circo se postuló, y son estímulos de casi 18 millones. No hay comunicación”, expresó Hugo Valencia.

     

    Sobre el portafolio de estímulos referido, Ricardo Daza afirma que: “Sacan tres o cuatro convocatorias para más de cuarenta circos, pero en realidad los requisitos que uno debe cumplir para participar son ilógicos, sin contar que por ley les toca sí o sí abrir esos proyectos. Además, no se interesan por nosotros, ni siquiera acá en Marinilla han venido de la misma alcaldía a apoyarnos en algo. No les importa hablar”. Los problemas de comunicación entre los artistas y la institucionalidad son evidentes.

     

    Hasta las carpas están en riesgo, pues el crecimiento urbano deja sin espacio este ícono del circo y la magia un espectáculo que funciona perfectamente bajo estas estructuras. Cuenta Daniel Daza que: “A veces nos toca acomodarnos en lugares indignos con tal de que nos dejen presentar en esos Municipios, sabiendo que uno ve predios grandes y en buen estado desocupados. Creen que la profesión del circo es algo lamentable, cuando es pura magia”. Hugo Valencia reconoce esa problemática de espacio y asegura que el crecimiento de las ciudades y la expansión del territorio urbano ha desplazado más las oportunidades de establecer circos en algunas partes.

     

     

    La de los Daza es una de muchas tradiciones familiares que sostienen el arte circense. Fotos: Cortesía.

     

    Los hermanos Daza no conciben la idea de bajar el telón de una tradición familiar que les ha regalado la verdadera felicidad. Y así como ellos, hay muchos circos tradicionales en Antioquia esperando ser reconocidos y asistidos por el Estado. Según el vocero del Instituto de Cultura y Patrimonio de Antioquia, las puertas están abiertas para los líderes de cada circo. El problema es que esa ruptura de comunicación, esa falta de acercamiento, tiene en riesgo una parte de la historia artística del departamento que ha tocado las infancias de millones.