Autor: c0ms0ci@l_UPB

  • A la sombra del cuidador

    Desde la perspectiva de quienes más apoyan y suelen recibir menos respaldo, este es un relato enmarcado en cifras y los análisis de una realidad creciente, que pasa de soslayo en pleno debate por las reformas del sistema sanitario: la salud mental.

     

    Salomé Conde, Samuel Portela / periodico.contexto@upb.edu.co *

     

    Antonia giró la llave del agua caliente y entró a la ducha. Mientras su piel se ponía rojiza por el agua hirviendo, lanzó el primer llanto. El cansancio, que en un inicio era mental, ahora también lo sentía físico, le dolía el cuerpo y estaba fatigada casi todo el tiempo. Los momentos del baño, que hacía un tiempo habían dejado de ser diarios, eran los únicos en los que podía expresar lo agotada que estaba, el único momento en el que se permitía llorar solo si ponía música alta.  

     

    Mientras se bañaba tocaron a la puerta, era Federico, su hermano mayor.  

    — Antonia, no te enojes —dijo en voz baja.  

    Cerró la llave, salió de la ducha y pausó la música en su celular para escucharlo mejor.  

    —¿Qué hiciste? —dijo irritada.  

    —Me tomé muchas pastillas del tarro que tengo de Valcote. Llévame a urgencias.  

     

    Antonia inmediatamente se dirigió al cuarto para ponerse algo de ropa y le avisó por mensaje de texto a su hermana Lucía lo que había ocurrido. Fue a la cocina donde se encontraba su madre haciendo el almuerzo para informarle que se iría con Federico porque había intentado suicidarse y debía ser atendido lo más rápido posible, así que pidió un carro y se dirigió a la urgencia de su EPS.

     

    Durante el camino, Federico empezó a sentirse mareado, por lo que cuando llegaron al centro de salud ya se le hacía difícil estar de pie. Al acercarse a la puerta fueron atendidos por un vigilante que pedía explicar el motivo de la consulta.  

     

    —Se tomó muchas pastillas psiquiátricas como intento de suicidio —expresó Antonia entre lágrimas y ansiosa.  

    —Número de documento —dijo secamente.  

    Ingresó los datos en una pantalla que tenía a su lado y le entregó el ficho del turno.  

    —Cuando sea su turno, lo revisa un médico general para que le indique que tipo de urgencia es y sea atendido. Como él es mayor de edad, debes esperar afuera.  

    —Es paciente psiquiátrico, no puede estar solo —explicó Antonia para que el vigilante le pusiera la manilla que lo identificaba como tal y así le permitieran estar junto a él en la sala de espera.  

     

    Pasaba el tiempo y Federico cada vez estaba más mareado. Cinco…diez…quince minutos… y no era atendido.  

    —Toni, yo solo quiero sentirme bien. Lo siento por hacerles esto. ¿Ya me van a atender?, me siento muy mal —decía llorando.  

     

    Ella se acercó nuevamente al vigilante y le dijo desesperada que por favor lo atendieran rápido porque debían limpiarle el estómago lo más pronto posible.  

     

    —Tienes que esperar como todos —respondió.   

    Al poco tiempo sonó su nombre por un parlante e ingresaron a uno de los consultorios. Había dos enfermeras, una de ellas, se notaba, era nueva en el puesto.   

    —Paciente de 22 años diagnosticado con trastorno obsesivo compulsivo, trastorno afectivo bipolar, trastorno límite de la personalidad y tabaquismo —comenzó diciendo la enfermera jefa después de ingresar su número de identificación al sistema.  

     

    Durante la consulta, ella formuló preguntas concretas de lo que había sucedido, qué medicamento ingirió, a qué horas lo hizo y por qué. Cada respuesta de Federico la utilizaba para indicarle a su compañera cómo era el funcionamiento del sistema en el computador, qué debía poner en cada casilla y cuál era el procedimiento a seguir en esos casos. Pocas veces lo miró a los ojos.  

     

    —Debes esperar a que te llamen nuevamente y te asignen una camilla —mencionó finalmente la enfermera y les indicó que ya podían retirarse.  

    Nuevamente tomaron asiento. Mientras tanto, Lucía iba en camino para acompañarlos en la espera.  

    —Me sentía muy triste Toni, sin saber qué hacer. Me siento inservible, no aporto en nada, ya no soportaba más sentirme así — dijo Federico mientras movía sus piernas ansiosas de lado a lado.  

    —Estamos contigo, pero debes tomarte la medicina, no vas a mejorar nunca si no llevas de forma responsable tu tratamiento. Debes poner de tu parte también —le expresó Antonia mientras le rodeaba la espalda con su brazo y le daba pequeñas caricias.  

     

    Lucía llamó a Antonia que ya estaba en la puerta para que saliera y ella pudiera entrar a la sala de espera. Cuando salió se abrazaron y decidieron que Lucía se quedaría esa noche con él. A los dos días Federico fue internado durante dos semanas en un centro psiquiátrico.  

     

    “Antonia llevaba semanas sin descansar bien, normalmente en las noches Federico no dormía, solía escuchar música y caminar por toda la casa. En algunas ocasiones conversaba solo y gritaba enojado, como si aquellas voces que decía oír lo molestaran todo el tiempo”. Foto: Salomé Conde. 

     

    El diagnóstico de los números   

     

    Durante el Foro Salud Mental en Colombia: retos y desafíos del 2021, la procuraduría entregó el balance del país en el tema, para 2020 hubo 26.132 intentos de suicidios, informó el Instituto Nacional de Salud. Y solo en el primer trimestre de 2021 se reportaron 1482 suicidios, un incremento del 24% en comparación con el mismo periodo del año 2020. Además, para 2017 una de cada diez personas padeció un trastorno mental en el país, esboza el documento Conpes 3992 del Departamento Nacional de Planeación.   

     

    En 1998 se formula la primera política de salud mental en el país. Luego, en 2005, se reformula y es en 2013 cuando se expide la ley 1616 de Salud Mental. Finalmente, el 7 de noviembre del 2018 el Ministerio de Salud y Protección adopta la política de Salud Mental por medio de la Resolución 4886, efectuando así la primera meta del Plan de Acción sobre Salud Mental 2013-2020 radicado por la OMS, “quien recomienda la orientación de los programas de promoción y prevención, el fortalecimiento de los servicios de salud, la optimización de los sistemas de información y promover la rehabilitación, con el objetivo de disminuir la estigmatización, la exclusión social y la discriminación”, según recoge un artículo de la Universidad CES del 2021.  

     

    El teléfono sonó, por el número que aparecía en pantalla, Antonia intuyó que era Federico el que llamaba desde el centro psiquiátrico.  

     

    —Hola, ¿cómo va todo?  

    —Hola, ya pueden recogerme, me van a dar de alta —dijo Federico.  

    —¿Cómo así? Solo ha pasado como una semana, debes quedarte un tiempo más para que te niveles con la medicación —expresó Antonia exaltada.  

    —Me dijeron que podía solicitar el egreso voluntario, entonces debes venir por mí para que firmes, pero no le digas a Lucía, necesito que me ayudes con esto o me mato acá —dijo con un tono amenazante.  

    —No te puedo ayudar con eso, no está bien, y por favor no digas que te vas a matar —mencionaba Lucía apunto de tener una crisis de ansiedad.  

    —Si no vienes por mí, soy capaz de matarme. Ya no quiero estar acá, me estoy volviendo loco. Tú ni te imaginas que es estar en este lugar —continuaba Federico con un tono agresivo.  

    —Entiende que es por tu bien, voy a ver qué puedo hacer, después te llamo —dijo atemorizada y con el dolor que solía sentir en el pecho cada vez que su hermano la confrontaba y amenazaba cuando requería algo de ella. Colgó inmediatamente y llamó a Lucía para contarle lo que había sucedido.  

     

    Al día siguiente llegaron al centro a llevarle ropa limpia a Federico. Mientras esperaban en la recepción, uno de los doctores se acercó con el papel del consentimiento informado para el egreso voluntario y les dijo que debían firmarlo para que le pudieran dar de alta. Antonia y Lucía se negaron a hacerlo porque solo llevaba una semana hospitalizado y por situaciones vividas antes, consideraban que era una persona peligrosa que ponía en riesgo su propia vida y la de ellas.  Estuvieron discutiendo alrededor de vente minutos hasta que finalmente el doctor aceptó su decisión y se retiró con el papel.  

     

    Alrededor de media hora después, Antonia recibió una llamada de la psiquiatra del centro en la que le manifestó que estaba contemplando la idea de pronto darle de alta a Federico.  

     

    —Doctora, hace poco expresó ideas suicidas, solo ha pasado una semana de hospitalización, es imposible que ya esté estable. Estos meses ha tenido comportamientos muy violentos hacia nosotras y mi mamá, es peligroso para nosotras, necesitamos que se estabilice bien con la medicación.   

    —Háblame un poco de esos comportamientos —dijo tranquilamente la psiquiatra.  

    —Lleva varios meses sin querer tomarse la medicación, hemos intentado hablar con el haciéndole entender que es por su bien, pero no le importa, suele enojarse cuando le hablamos de ese tema. Con el tiempo empezó a tratarnos mal, invalida nuestros sentimientos, nos grita y tiene comportamientos que ponen en peligro su vida y la de nosotras. Hace unas semanas, mientras preparaba el almuerzo, él me estaba acompañando en la cocina, en un momento corrió hacia mí para quitarme el cuchillo con el que estaba cortando unas verduras y mientras me miraba fijamente empezó a cortarse el costado de las costillas, a lo que yo grité, entonces lo soltó inmediatamente y lanzó una carcajada. Sabemos que requiere atención urgente en donde lo obliguen a medicarse, nosotras no podemos hacerlo, no nos escucha y finalmente no estamos capacitadas para eso —expresó Antonia desesperada.  

     

    —Me parece curioso que te escucho hablar a ti y no encuentro relación entre lo que dices y su comportamiento, él ha estado tranquilo y muy juicioso, entonces encuentro una inconsistencia entre los testimonios de tu hermana y tú y su comportamiento —respondió la doctora.   

    —¿Qué me está insinuando? —dijo Antonia indignada. 

    —No estoy insinuando nada, pero me parece curioso que no coincide lo que me estás contando con lo que yo veo. Él está tranquilo así que voy a darle de alta. 

    —No me parece correcto, usted me pidió que le contara acerca de sus comportamientos, le cuento y me está dando a entender que no es cierto lo que digo, ¿Usted cree que a nosotras no nos duele que él esté así? Por eso estamos buscando ayuda —reclamó Lucía enojada. 

    —Le voy a dar de alta —dijo secamente la doctora. 

    —¿Es en serio? ¿Para qué me hizo sentir que podía contarle esto si no me iba a creer? ¿Le va a dar de alta, en serio? expresó Antonia casi llorando. 

    —Sí, le voy a dar de alta, Antonia —dijo la psiquiatra con tono retador. 

    —Ok, entonces procederé de forma legal- le respondió y colgó inmediatamente. 

    A los minutos ella la llamó nuevamente, pero en medio de la crisis de ansiedad que estaba atravesando, le pidió a Lucía que contestara. 

     

    Después de varios minutos al teléfono, llegaron al acuerdo de que lo dejarían más tiempo mientras las hermanas acomodaban a su madre en otro lugar ya que la convivencia entre Federico y ella se había vuelto muy conflictiva y eso les hacía daño a ambos.  

     

    A la semana el centro psiquiátrico les avisó que ya podían pasar por Federico. 

     

    El frente legal de la lucha

     

    Gladys Ariza Sosa, doctora en salud pública y profesora de la Facultad de Medicina de la Universidad de Antioquia (U de A), explica que existe varios mecanismos para exigir la debida atención en salud cuando se está vulnerando el derecho a esta, y que aplica tanto en casos de salud física como mental. En primera instancia, se puede presentar una PQRS en la IPS o EPS. De no ser suficiente, radicar una queja ante la Superintendencia Nacional de Salud, o en caso de que se requiera mayor prontitud, poner una acción de tutela. Si existió negligencia en la atención del servicio de salud y esto dejó secuelas en el paciente, se puede instaurar una demanda por responsabilidad civil, concluye Ariza Sosa.

     

    Ariza expone además que hay bastantes tutelas por el hecho de que no se brindan los tratamientos adecuados y apropiados a las personas que lo requieren. Esto indica que “las normas existentes no se cumplen a cabalidad” y es que “cuando se hizo un análisis del cumplimiento de las metas de resultados de la dimensión de convivencia y salud mental del Plan Nacional de Salud Pública que recién terminó, se encontró que solo se ha cumplido el 27% en metas de resultados”, enfatiza Gladys.   

     

    Respecto a esta problemática, un estudio realizado por Dora Hernández y Cristian Sanmartín-Rueda de la Universidad de Antioquia en 2018, analiza, por medio de entrevistas a expertos en el tema, la paradoja que suscita la atención pública en salud mental, debido a que se fundamenta en el cumplimiento de los derechos humanos, pero en la práctica se encontró una primacía de lo administrativo, otorgando mayor relevancia a la rentabilidad financiera del sistema, que al cumplimiento efectivo de la atención a la salud mental de los pacientes.

     

    “El mayor desarrollo se ha orientado hacia la calidad de los procesos administrativos y financieros, cuya implementación en muchas ocasiones no tiene en cuenta a la persona que solicita el servicio”, sentencia el estudio. Además, los 23 profesionales entrevistados por los autores del artículo concluyeron “los derechos humanos, enunciados en la Constitución Política y en la normatividad en general, en la práctica quedan supeditados al cumplimiento de requisitos administrativos que en su intención defienden intereses económicos particulares”.

     

    Esto explicaría cifras como las presentadas por la Procuraduría en el Foro de Salud Mental en Colombia, en las que manifiesta que más del 50 por ciento de las EPS no atienden de forma integral a los usuarios como lo estipula la ley 1616 de 2013, representando los tratamientos integrales solo el 5 por ciento de la atención en salud mental. Asimismo, “la modalidad de contratación de manera integral en salud mental es una de las menos utilizadas, correspondiendo solo al 4 %, siendo otras las más utilizadas, por ejemplo, por evento, lo cual encarece los servicios y no garantiza la atención integral de los usuarios”, afirmó Diana Margarita Ojeda, procuradora delegada para la salud, la protección social y el trabajo decente.   

     

    De acuerdo con la doctora Ariza, en lo concerniente a las personas que conviven con un paciente psiquiátrico “tanto en la ley de Salud Mental como la Política de Salud Mental de nuestra red de salud pública se tiene en cuenta la dimensión colectiva de la salud mental, y se menciona por lo menos a los familiares y cuidadores. En el hecho de que tienen que garantizárseles el derecho a la participación social”, sin embargo, “esto no se ve reflejado en la práctica”, termina por sentenciar Ariza.   

     

    Antonia llevaba semanas sin descansar bien, normalmente en las noches Federico no dormía, solía escuchar música y caminar por toda la casa. En algunas ocasiones conversaba solo y gritaba enojado, como si aquellas voces que decía oír lo molestaran todo el tiempo. 

     

    Una vez Antonia escuchó a Federico maldecir e insultar a alguien mientras se desplazaba por toda la casa pisando fuerte. Antonia asustada cerró la puerta de su habitación y se quedó sentada en la cama en compañía de sus perros. 

     

    Federico continuaba maldiciendo mientras tiraba al piso lo que estaba a su alcance. En un momento, Antonia temerosa se asomó al pasillo sin salir completamente de su habitación y le preguntó qué le sucedía. 

     

    —Nada, no te importa —respondió mientras miraba qué podía golpear. 

    Antonia se encerró nuevamente y llamó a Lucía para que la acompañara porque se sentía desprotegida estando sola con él. 

     

    A medida que pasaba el tiempo a Antonia le pesaba más la situación con su hermano, había desarrollado un miedo a estar en su casa sola con él, así que cuando volvía de la universidad se encerraba en su habitación y no salía hasta el día siguiente cuando nuevamente debía ir a clases, dejó de alimentarse bien y con el tiempo empezó a enfermar y desarrollar ideas suicidas. 

     

    Las personas que padecen una enfermedad mental son muy variadas, existen muchas patologías y síntomas en el espectro de la salud mental.  

     

    La cocina, un lugar importante en la rutina de cuidados de Federico, se había convertido en un lugar de riesgo para Antonia. Foto: Salomé Conde.

     

    Historias particulares

     

    Según apunta Juan Londoño, psiquiatra y docente de la Facultad de Medicina de la U de A, existen múltiples trastornos mentales y eso hace que cada condición tenga un patrón distinto. Hablando de los trastornos más graves y comunes, está la depresión, que se presenta como una dificultad para hacer las cosas, una frecuente baja motivación para realizar actividades, lo que genera dificultad para responder adecuadamente a las actividades laborales, familiares y sociales. Esta problemática se ahínca por el hecho que desde afuera puede percibirse como si la persona tuviera una actitud perezosa.   

     

    Están también los trastornos psicóticos, explica Londoño, que son aquellos en los que se afecta la relación con la realidad, como por ejemplo la esquizofrenia. Los síntomas principales de este trastorno son tener percepciones sobre estímulos que no están, sentir que le hablan cuando no hay ninguna voz o ver cosas cuando no hay ningún estímulo visual que las genere. También se presentan los delirios, ideas delirantes, que no son ciertas, pero que por alguna razón el cerebro las da por sentadas. Esto afecta al familiar, porque el paciente psiquiátrico puede creer que el familiar quiere hacerle daño, y es muy difícil, afirma el psiquiatra Londoño, porque, aunque el familiar o cuidador ve que no hay ninguna voz o nada, la persona tiene una incapacidad para reconocer que estos síntomas son simplemente productos de procesos mentales propios.

     

    Se encuentra además el trastorno bipolar que se caracteriza por episodios depresivos, que son semanas enteras de estar triste, aburrido y con ganas de hacer nada, entre otros síntomas. O episodios de manía, que es cuando una persona tiene en vez de estar a bajo, es un aumento muy marcado del estado de ánimo.  

     

    Según Valentina Cardona, psicóloga con maestría clínica, las características principales en casi todas las condiciones mentales es la ausencia de sueño, sobrepasar las normas que le pone la familia, el componente delirante, la agresividad, que es lo que hace que las familias tomen una decisión diferente en el manejo del paciente y también el exceso de sueño en el caso de los trastornos del estado de ánimo. Menciona a su vez que en algunos casos no quieren salir de la casa ni de la habitación, se quedan encerrados y el autocuidado es deficiente. 

     

    Las familias no están preparadas para ver sufrir a un familiar, asevera Cardona, “es muy triste porque esta enfermedad no mata como un cáncer, sino que va consumiendo las relaciones familiares, se va convirtiendo en esa dinámica que pierde los lazos, porque el paciente usualmente se desconecta de la realidad familiar para vivir su propia realidad”.   

     

    En consecuencia, la convivencia con un paciente psiquiátrico puede ser causar el síndrome del cuidador cansado, afirma Valentina Cardona, el cuidador empieza a reflejar un agotamiento supremamente fuerte, la persona se enferma orgánicamente, no únicamente en el aspecto mental. “La familia con esa carga emocional al ver el cambio en la conducta del paciente, necesita indiscutiblemente una terapia individual o familiar, para identificar qué herramientas tienen que adquirir para el manejo de la mejor manera del paciente”, enfatiza.   

     

    Lamentablemente las EPS no brindan la orientación necesaria a los cuidadores permanentes, que requieren para comprender el diagnóstico del paciente psiquiátrico. “Desde las EPS se hace muy poco, si pides una cita con psicología te la dan a los tres meses y la otra tres meses después con otro terapeuta diferente, entonces no va a haber una continuad en ese proceso que es fundamental”, concluye la psicóloga.   

     

    Por esto mismo es importante que el familiar que está a cargo del paciente pueda contar con espacios a solas, que realice ejercicios y busque relaciones diferentes. Si se queda todo el tiempo con el paciente es dañino y perjudicial.   

     

    El psiquiatra Londoño, señala además que el cuidador puede tener afectaciones a su propia salud mental, dependiendo el caso, puede desarrollar trastornos depresivos, de ansiedad y empezar consumir sustancias como forma de escapar de la realidad que implica cuidar a este tipo de pacientes.

     

    También sufren afectaciones desde el estigma que hay hacia las personas con trastornos mentales. Son prejuicios creados por los medios de comunicación o la forma en cómo fuimos criados, lo que crea una carga psicológica por el hecho de cuidar a alguien con estas circunstancias. Adicionalmente, el hecho de tener familiares con estas condiciones abre la posibilidad de una susceptibilidad heredada a los trastornos mentales. Que también pueden surgir si, además de lo anterior, hay un aumento de estrés físico o emocional, según afirma Londoño. 

     

    Hacía más de un año Antonia y sus hermanos habían perdido a su padre. Después de su muerte, Federico cayó en una depresión silenciosa que con los meses fue más evidente, dejó su tratamiento psiquiátrico y al tiempo presentó un brote psicótico que lo dejó con secuelas, desde ese momento nunca volvió a ser Fede, el que tanto Antonia amaba. 

     

    Desde pequeños lograron una conexión que, aunque no lo exteriorizaban en palabras, ambos sabían que no la tenían ni la iban a tener con alguien más. Fede la hacía sentir protegida y ella lo apoyaba en cada decisión que tomaba. 

     

    Durante la cuarentena obligatoria por la pandemia del COVID 19, Fede pasó por un episodio depresivo fuerte. En el lugar donde estaban pasando con su familia el aislamiento, él encontró una gatica huérfana, pero no tenía cómo costear los gastos que requería para que sobreviviera y su papá no estaba de acuerdo en se la quedara.

     

    —Anto, tengo que contarte algo. La noche que encontré a Olivia había decidido suicidarme, pensaba hacerlo con una sobredosis de mi medicina psiquiátrica, pero luego escuché unos maullidos y la encontré sola y desprotegida y sentí que debía cuidarla, ella me devolvió las ganas de vivir —expresó Federico conmovido. 

     

    Antonia experimentó por primera vez uno de sus mayores miedos, sentir que podía perder a la persona que más amaba, porque, aunque llevaba tiempo diagnosticado psiquiátricamente, nunca había manifestado ideas suicidas. 

    —Tengo un dinero ahorrado, así que no importa si mi papá no quiere que la tengas, yo te daré todo el dinero que necesites para que la salves, ambos necesitan cuidarse —le manifestó Antonia mientras intentaba no quebrarse en llanto. 

     

    Fueron semanas en las que Fede se esforzó mucho para atender a Olivia, finalmente después de pasar los momentos más cruciales, la gata sobrevivió y se convirtió en uno de sus mayores apoyos emocionales, lo mismo él para ella. 

     

    Durante los primeros meses del duelo por la muerte de su padre, a Antonia principalmente la cuidó Fede, para ese momento no vivían con Lucía ni su madre. Él se encargaba de pagar las deudas, preguntarle cómo le había ido en la universidad todas las noches y acompañarla cuando debía trasnochar haciendo una entrega. También la acompañó en sus episodios depresivos mientras se acostumbraba a la ausencia del papá y veía, aunque no le gustaba mucho, una novela argentina junto a ella solo por compartir a su lado. 

     

    Un día sentado en un andén en el parque de El Poblado y con trago encima, Fede lloró a su padre, algo que no hacía en meses porque no sabía cómo afrontar el duelo. 

     

    —Tú para mí eres un diamante que debo cuidar —le dijo a Antonia. 

    Ella solo sonrió un poco sonrojada. 

    —Me conmovió algo que me dijiste hace días, dijiste que yo era como tu papá y mamá ahora que ellos ya no están —lo dijo con la voz quebrada a punto de llorar. 

    —Lo eres, Fede. Eres quien me protege —expresó Antonia tímidamente.  Lo abrazó para sostener su llanto y Fede le dijo cuánto la amaba y que por ella hacía lo que fuera con tal de que estuviera bien.  Esa noche fue la última vez que Antonia logró tener una conversación de ese tipo con su hermano estando completamente consciente. 

     

    Meses después de que Federico fue dado de alta del centro psiquiátrico, la relación con Antonia se había convertido en algo imposible y muy peligroso para ambos. No podían contar con la ayuda del servicio público y la opción privada era demasiado costosa. Luego de revisar varias alternativas con la ayuda de su tía, Antonia y Lucía encontraron la Fundación Hogar la Villa, un lugar de reposo para pacientes psiquiátricos, que ofrecía un tratamiento más humano y a menor costo. Decidieron organizar una rifa de beneficencia para recaudar fondos y poder internarlo el tiempo que se requiriera.

     

    Llevaban dos semanas sin verlo, Lucía y Antonia fueron a visitarlo en compañía de su tía paterna. Cuando entraron a la fundación, Federico las alcanzó a ver desde una mesa en la que se encontraba sentado, así que bajó una pequeña loma y se dirigió a abrazarlas. 

     

    La tía sacó del carro un pequeño guacal donde estaba Olivia. 

    —Mira hijo, te trajimos a tu gatita para que te acompañe el tiempo que estés acá —dijo sonriendo. 

    —¡Olivia! Gracias, en serio —expresaba mientras abrazaba el guacal. 

     

    Se dirigieron a su habitación y le ayudaron a ubicar a la gata y a guardar una ropa que les había faltado empacar cuando lo internaron en el lugar de reposo. Estuvieron compartiendo junto a él alrededor de una hora y media hasta que la enfermera les avisó que ya era la hora del almuerzo, por lo que el tiempo de la visita había terminado. 

     

    Cuando ya estaban en el portón de la finca, Federico se despidió con un abrazo. 

     

    —¿Cuánto tiempo estaré acá? —mencionó mirando a la tía.  

    —No sé hijo, eso depende de lo que digan las doctoras y cómo evoluciones, te quiero ver sano y fuerte —le dijo de forma animada mientras le daba un abrazo. 

    —Fede, el próximo sábado que volvamos te voy a traer un lienzo y tus óleos para que pintes estos paisajes tan lindos que hay acá —dijo Antonia mientras le daba el abrazo de despedida. 

     

    Mientras el carro avanzaba, desde la ventana Antonia podía ver a Federico subiendo la loma para volver a aquella mesa donde lo vio al llegar. Volteó la mirada y lanzó una pequeña sonrisa dentro de sí, porque después de tantos meses de angustia, la vida le había devuelto algo que creía haber perdido, esperanza. 

     

    El Hogar La Villa alberga no solo a Federico, sino las esperanzas de sus cuidadoras en torno a una mejor calidad de vida. Foto: Salomé Conde.

     

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    ¿Cómo se manifiestan los problemas de salud mental? ¿Qué es el síndrome del cuidador cansado? Escuche respuestas en detalle en el siguiente podcast:

     

     

     

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    *Reportaje ganador en la muestra Visión 2023.

  • Un aniversario al murmullo del río

     

    Por Camilo Pérez Montoya / camilo.perezm@upb.edu.co

     

    En el marco de la celebración de sus 40 años, la Filarmónica de Medellín inició una serie de Serenatas por los lugares más emblemáticos de la ciudad en búsqueda de compartir con la ciudadanía la alegría por su trayectoria. La segunda de sus serenatas fue una carta de amor al río.

     

    El día empezó con los trompetazos de la 20th Century Fox. El quinteto de metales y la batería de la Filarmónica de Medellín anunciaba a la ciudad su cuadragésimo aniversario y se disponía a cantarle a su villa y a la espina dorsal que le dio vida a esta: era una Serenata al Río porque “al río también hay que agradecerle”, diría más tarde Gonzalo Ospina, concertino de la agrupación. Desde el puente peatonal de la estación Ayurá, inició la serie de tres conciertos con las bandas sonoras más reconocidas del cine con las que la Filarmónica quiso celebrar su cumpleaños.

     

    Frente a la planta de tratamiento de aguas de Ayurá, la Filarmónica inició su recorrido por el río. Foto: Camilo Pérez.

     

    Mientras la trompeta de Frank Londoño marcaba las primeras notas del tema de La pantera rosa, la gente se empezaba a reunir curiosa y con sonrisas entre la nostalgia y el asombro alrededor de los seis músicos que tocaban bajo la imagen de La niña María, del artista Humberto Pérez, que se pintó en los años 90 buscando proteger al metro de los atentados con bombas que acechaban la ciudad.

     

    En esa sonata para balas y esquirlas que fue Medellín desde principios de los 80, en un garaje del barrio Belén, nació la Filarmónica con 42 músicos bajo la batuta de Alberto Correa, médico de la Universidad de Antioquia y fundador de la orquesta. Desde entonces, entre Beethoven y Wagner, John Williams y Ennio Morricone; los metales, maderas y cuerdas han resonado entre los recovecos de las montañas de la ciudad. “Es muy importante mantener estas orquestas y estos eventos culturales porque son los que le dan conciencia a la sociedad. Lo vivimos en los confinamientos cuando estuvimos encerrados y la gente se aferró al arte. Son espacios vitales para las sociedades”, diría Londoño luego de que las dos trompetas, el corno, el trombón, la tuba y la batería terminaran el primer concierto con las notas de la Star Wars de George Lucas.

     

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    Serenatas es un espacio que la Filarmónica pensó para celebrar en puntos específicos de la ciudad el acontecer de sus 40 años en los que los ha acompañado la ciudadanía. Sacar los conciertos de los teatros y acercarlos a la gente es uno de los propósitos principales de la orquesta con estos espacios. “Uno de los espacios esenciales para ser transformación en nuestra ciudad, es llegar al Centro, a las iglesias, al Museo de Antioquia, a cada una de las calles que son puntos de partida de Medellín, este año cumplimos 40 años y le llevaremos serenatas a los lugares que nos han abrazado y han sido hogar”, reza su página web.

     

    El puente de Guayaquil fue el segundo en ser construido en la ciudad, fue uno de los espacios de celebración de la Sinfónica. Foto Camilo Pérez.

     

    El puente de Guayaquil fue el segundo en ser construido en la ciudad. Siguiendo la búsqueda del río hacia el Norte, la siguiente parada fue el puente de Guayaquil. En 1876, cuando solo había dos puentes en la ciudad, Guayaquil se erigió símbolo del esfuerzo de la población por llegar al oriente del Valle, la Otrabanda, y hacer prosperar la que sería la capital industrial del país. Sobre esas mismas piedras, el ensamble de cuerdas de la Filarmónica preparaba otras tres piezas para convocar a los deportistas que pasaban por la ciclorruta, fanáticos de la música clásica y curiosos que se acercaban al lugar.

     

    Rodolfo Ríos, guía turístico profesional y miembro de Asoguían, fue el encargado del preámbulo del concierto. En su discurso como en el de Ospina, el concertino que interpretaría el solo de la primera pieza, se denota la nostalgia por lo que fue el río, por la vida que le robaron las dos avenidas que lo flanquean y la contaminación que le imprime el brillo café sobre el que se reflejaba el sol del Valle de Aburrá. La lista de Schindler de Williams, Il Postino de Bacalov y Cinema Paradiso de Morricone fueron las bandas sonoras escogidas que sonaban por encima del suave murmullo del río, la fluidez eléctrica del metro y el estruendo metálico de los carros en la avenida Regional.

     

    “Qué más importante en Medellín que el río. Es la conexión y la desconexión de la ciudad”, decía Vania Abello, subdirectora de Programación de la Filarmónica. Resalta que, en estos 40 años, la Filarmónica le ha dejado a la ciudad “mucha cultura, música y transformación. La orquesta no solo toca música, sino que tiene otros proyectos que le apuntan a lo social y eso ha ayudado a construir una ciudad donde podamos todos ser un poquito mejores desde nuestro compartir en el arte”. Y en sentido contrario, Abello afirma que la Filarmónica le debe todo a la ciudad, y concluye que: “Es increíble que, en una ciudad como Medellín, con las problemáticas que tuvo en el momento en que la orquesta se fundó, haya permitido que esta siga viva y construyendo a través de la cultura”.

     

    Como el pequeño teatro de la película Cinema Paradiso, que sobrevivió a los vaivenes de la Segunda Guerra Mundial en Italia, la orquesta se siente a sí misma como un obelisco vivo a la resistencia de la ciudad y a los procesos artísticos transformadores que hicieron de esta una Medellín más en paz.

     

    Escucha una experiencia inmersiva de la Serenata al Río de la Filarmónica de Medellín

     

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    En Parques del Río se reunió toda la orquesta para el acto final de su conmemoración al río Medellín. Todos los instrumentos afinaron al son de las primeras notas de El preso de Fruko y sus Tesos y Ospina se plantó en el atrio a dirigir. El ensamble, que desde 2022 es dirigido por el israelí David Greilsammer, rápidamente se rodeó de gente de todas las edades. Entre el público, la gente exclamaba la emoción por escuchar la música de las películas de su infancia y el entusiasmo porque la ciudad siguiera proponiendo espacios de ese tipo. “Tenemos la ventaja de la fortuna de ser una orquesta que puede adaptarse a muchos y diferentes tipos de repertorios”, anotaba Ospina mientras preparaba al público para el concierto. La versatilidad de la orquesta, que en su último concierto de temporada interpretó obras de Tchaikovsky y Wagner, quedaría demostrada en la amplitud de las piezas que empezaron con la apertura de 2001: Odisea en el espacio, pasando por los instrumentales de Tom y Jerry, Bugs Bunny, Jurassic Park y King Kong hasta Avengers y James Bond.

     

    Ospina levanta las manos mientras dirige un medley de bandas sonoras de caricaturas. Foto: Camilo Pérez.

     

    Sebastián Gutiérrez, quien seguía los conciertos fielmente desde Ayurá, filmaba con emoción los movimientos finales de la orquesta. “Son espacios para conectarse con lo espiritual, porque la música para mí viene del alma”, dijo al final del concierto cuando entre aplausos ovacionaban a los músicos de la Filarmónica. El 15 de abril, durante su concierto oficial de aniversario, el maestro Alberto Correa dirigió el conjunto como lo hizo por primera vez hace 40 años. La Filarmónica se siente viva y se siente de la gente. Desde los arcos que hacen sonar las cuerdas y los pulmones detrás de los metales le dice a la ciudad que aún quedan nuevas melodías por escuchar.

  • PERÍMETRO

    Miradas cercanas a las voces y las perspectivas que tiene el cierre de la llamada Plaza Botero, célebre espacio del Centro de Medellín que es objeto de una intervención gubernamental basada en un vallado perimetral, ante las quejas por problemas de seguridad, aseo y convivencia, entre otros.

     

    Por Juan Manuel Cano Londoño / juan.canol@upb.edu.co

     

    Mientras transcurrían los primeros años de este siglo, tres edificios de oficinas y unas cuantas construcciones pequeñas, fueron demolidos en el centro de Medellín para dar paso a lo que sería uno de los proyectos más ambiciosos que ha tenido la ciudad. La idea de crear un nuevo museo departamental y la cuantiosa donación del artista colombiano vivo más importante de todos los tiempos, derivaron en el que es, quizás, el lugar más icónico de la capital antioqueña.

     

    20 años después, iniciando febrero de 2023, la Alcaldía de Medellín –erigiendo de nuevo los muros destruidos– cercó la icónica Plaza Botero y enmarcó, con el metal de vallas policiales, las veintitrés esculturas donadas por el artista. Para Mariana Oliver, escritora mexicana, “un muro es una venda colectiva que nos protege de la vergüenza, la confección de una fantasía humana recurrente: existir donde nadie pueda vernos”. En su libro Aves migratorias (2016) escribe sobre las barreras, que son los muros, cuya única función es “crear una frontera visual, coartar la mirada”. El verde oliva de la Policía sirve entonces para demarcar el horizonte y vislumbrar aquellos espacios que, con el permiso de la autoridad, pueden ser habitados y aquellos cuyo acceso no es permitido.

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    Los criterios según los cuales la Policía determina quién ingresa a la plaza no son muy claros y el tránsito de peatones locales se ha disminuido en las últimas semanas. Las vallas, que actúan como la venda colectiva de la que habla Oliver, intenta contener las realidades sociales que circundan el espacio y han permitido que miles de turistas nacionales y extranjeros se fotografíen con uno de los cuerpos voluminosos del maestro Botero. Trabajadoras sexuales, comerciantes, venteros, habitantes de calle, líderes religiosos, transeúntes del centro: la comunidad que interactúa en el territorio hoy se debate entre la percepción de seguridad o el encuentro de la diversidad. Una encrucijada que pone en peligro la posibilidad de que la ciudadanía continúe reunida (y no cohibida) en el espacio público.

    *Pareja de turistas admira el Palacio de la Cultura. *Vendedores informales exponen sus productos.

    El perímetro marca una clara línea divisora que reconfigura el uso de la plaza. Por un lado se encuentra el turismo apacible, por el otro, el rebusque y la aglomeración de transeúntes.

    *Horizonte
    El sector del centro en el cual se realizó el cierre reúne varios fenómenos sociales como delincuencia común, riñas, tráfico de drogas, prostitución, migración e informalidad laboral.

     

    * Mujer transita por la plaza (2018). *Turistas extranjeros transitan por la plaza (2023).
    A pesar de que se desconocen los criterios que tiene la Policía para permitir el ingreso a la plaza, las personas consultadas coinciden en que el aspecto físico y el tiempo de permanencia en la misma son los principales factores que tienen en cuenta para negar el acceso.

     

    *Hombre mira a través de las vallas
    “Quiero expresar que desde siempre mi voluntad fue que este espacio fuera para toda la ciudadanía”, escribió Fernando Botero en una carta que rechazaba la medida. “Que la ciudad transite libremente, así debe estar”, culmina la misiva.

     

    * Trabajadoras sexuales esperan. *Mujer de pie, escultura de Fernando Botero.
    “El trabajo se ha mermado, no nos dejan cruzan por cómo nos vemos. Además, nada ha cambiado en cuanto a la seguridad para nosotras. Ayer nos robaron y a la Policía no le importó”, dice Alejandra, trabajadora sexual del sector.

     

    *Ocasionales
    En el cruce de la calle Boyacá y la carrera Carabobo se aprecia la vocación del sector. Un templo católico y otro hinduista, moteles, tiendas y farmacias, lugares que colindan y comparten fachadas.

     

    *La mano, escultura de Fernando Botero. *Las manos de ellas.

    Prisionera sigues, del vicio idolatrada.
    Doblemente explotada y por la sociedad,
    doblemente olvidada.

    Fragmento del poema Prostitución: esclavitud – explotación de Luz Mery Giraldo, líder de Las Guerreras del Centro, colectivo de trabajadoras sexuales.

     

    *ACAB.
    La movilización del 8M dejó varios grafitis en la plaza. La sigla ACAB –que significa “All Cops Are Bastards” o, en español, “todos los policías son bastardos”– puede leerse mientras se realiza el patrullaje.

     

     

    *Cundinamarca y Calibío separadas. *Carpa de ingreso.
    En total son tres los puntos de ingreso: por la carrera Carabobo con Boyacá, por Bolívar debajo del soterrado del metro y por Carabobo con la avenida León de Greiff. Los transeúntes deben pasar por un espacio menor a dos metros dispuesto por los agentes y las vallas metálicas.

     

    *Big Brother.
    La estrategia de seguridad, además del perímetro y la presencia policial, incluye un sistema con 57 cámaras de vigilancia que fueron instaladas días antes del cierre de la plaza.

     

    *Alberto Ávila, fotógrafo y líder de la “zona segura”. * Venteros carnetizados.
    “Fue lo mejor que nos pasó, por fin se acordaron de nosotros”, dicen Hector Moreno y Reinaldo Zambrano, venteros que cuentan con permiso. “El cierre en sí le da mucha más seguridad a la comunidad y a los turistas”. Ávila, por su parte, afirma que “la plaza no está cerrada, todos pueden pasar, solo se revisa la presentación de algunos que no permitían la convivencia”.

     

    *En liquidación.
    “Pasamos de vender tres millones de pesos diarios a vender solo trescientos mil. De veinte empleados que teníamos, ahora solo hay siete. El cierre nos ha impactado”, afirma Jaime Alberto Taborda, administrador de un negocio en el sector.

     

    *Se arrienda. *Nos quebramos.
    Aunque las dificultades de los comerciantes habían surgido desde hace varios meses, el cierre se convirtió en el detonante para que muchos de ellos tuvieran que liquidar sus negocios. “Al parecer eran las putas y los ladrones los que nos compraban, pues a los turistas no les interesan nuestros productos”, apuntó uno de los vendedores.

     

    *Esos son pañitos de agua tibia.
    “¿A la Alcaldía de Medellín qué le importa la opinión de los líderes del sector?”, se pregunta el párroco de la iglesia La Veracruz, Rafael Gómez. “Lo digo porque el cierre lo hicieron sin avisarle a nadie. Ahora, los problemas no se los llevaron, los problemas siguen después de la valla”.

     

    *Olla comunitaria (2018). *Bus policial (2023).
    “La ciudad supone la construcción del ágora, para que todos los ciudadanos tengan derecho a la palabra. El ágora es la legitimación implícita de la diversidad y por eso es sinónimo de tolerancia. Ser ciudadano es contar con el derecho de la palabra y en caso de no contar con este derecho ni hay ciudadanos ni puede hablarse de espacio público”, escribe Darío Ruiz Gómez, uno de los artífices de la Plaza Botero.

     

    *Testigos del ostracismo.
    Para Juli Zapata, a cargo de la curaduría del Museo de Antioquia, el lugar “debe ser un espacio abierto. Hoy no podemos hablar de una plaza pública”. Considera que “ese tipo de valla y ese tipo de cierre es muy paternalista y funciona desde la exclusión, el racismo, la segregación y el clasismo. Solo después un proceso de concertación, han flexibilizado el ingreso”.

     

    *Vista desde el interior del perímetro (2018). *Vista desde el exterior del perímetro (2023).
    “A Botero lo maravilló el edificio y la intención de resignificar el Centro con una serie de obras complementarias. Pero todos los involucrados en el proyecto se hacían las mismas preguntas y encontraban diferentes respuestas: cómo llevar la gente hasta el nuevo museo y cómo hacerlo visible”, recuerda Álvaro Morales sobre la planificación de la plaza.

     

    *El muro.
    “Como el miedo, el tamaño del muro es cuestión de distancia”. -Mariana Oliver.

     

     

     

     

     

     

     

  • Las inversiones en los colegios públicos de Medellín: una tarea que se cae a pedazos

    Por Alejandro Zapata Peña* / periodico.contexto@upb.edu.co

     

    Contexto le puso la lupa a la problemática con los colegios cuyas sedes hoy presentan daños y deterioro, cuáles son los colegios más antiguos, la deuda histórica con las instituciones educativas y las dificultades de la administración pública por medio de la figura de alianzas público privadas .

     

    La caída de un techo de un aula de la Institución Educativa Doce de Octubre, al noroccidente de la ciudad, dejó el pasado 8 de marzo a 15 estudiantes heridos de los cuales 6 fueron remitidos a un centro asistencial. Este episodio hace parte de un problema de varios años en Medellín: el estado de la infraestructura educativa de los colegios públicos de la ciudad. En los últimos meses, las redes sociales, algunas marchas por parte de las comunidades educativas y sesiones plenarias del Concejo han sido los espacios en que estudiantes, profesores, directivos y asociaciones sindicales han alzado su voz para exigir mejores condiciones en los espacios educativos de la capital antioqueña.

     

    ¿Por qué tarda tanto la inversión en los colegios públicos? ¿Cuáles son las principales falencias en la administración pública que tienen hoy a muchos colegios de la ciudad en estado crítico de su infraestructura? ¿Por qué a penas estas semanas se están destinando los recursos para un problema de varios años? ¿Cuál es la situación que han vivido los colegios más afectados?

     

    En este especial de Contexto, en 2 entregas presentamos una radiografía para que entienda el por qué hoy cientos de estudiantes de la ciudad no gozan de condiciones dignas y temen que en cualquier momento una pared, un techo o quizá vidrios, se les caigan encima.

     

    ¿Por qué tan dañados los colegios?

     

    Para poder entender el vericueto por el que pasan las instituciones educativas de la ciudad, hay que considerar tres aspectos que han resaltado tanto los sindicatos y las comunidades académicas.

     

    El primero se refiere a la antigüedad de las instalaciones. Algunos colegios de la ciudad alcanzan los 50 años de funcionamiento, e incluso algunos rebasan los 100 años, como lo indica Fabio Humberto Rivera, concejal de la ciudad y presidente del Concejo de Medellín, que ha estado al frente de los debates sobre el tema y explica: “El Municipio de Medellín tiene 410 plantas físicas de escuelas y colegios, no sé si esa herencia tiene 70, 80, 90, 100 años. Aquí hay escuelas como la de Parque de Belén que tiene más de 100 años”.

     

    A muchas de estas plantas físicas hoy el tiempo les pesa. La no intervención por años les ha generado problemas de distinta índole que hacen parte del paisaje para cientos de estudiantes de instituciones como la Institución Educativa Normal Superior de Medellín (Comuna 8), I.E. Gilberto Alzate Avendaño (Comuna 4), I.E. Marco Fidel Suárez (Comuna 11), entre muchas otras.

     

    El segundo aspecto se enfoca en varias de las instituciones construidas por la Empresa de Desarrollo Urbano (EDU), encargada de ejecutar proyectos de infraestructura en el ámbito educativo y municipal. Muchos de estos colegios presentan graves fallas y problemas de diseño en la infraestructura: “Son, entre comillas, ‘nuevas’ y todas son construidas por la EDU y tuvieron problemas, porque después de la entrega faltó más cuidado en diseño y otras cosas, en el caso de la Normal que es patrimonio arquitectónico, ¿cómo se puede tratar?”, cuestionó Jesús Alejandro Villa, vicepresidente de la Asociación de Institutores de Antioquia (ADIDA).

     

    Asimismo, la Institución Educativa Doce de Octubre, en donde ocurrió el episodio que puso en discusión el problema de la infraestructura educativa de Medellín, fue uno de los 182 colegios “relativamente nuevos”, es decir ejecutados desde el 2005 por la Empresa de Desarrollo Urbano en la alcaldía de Sergio Fajardo.

     

    Y el tercer punto hace alusión a la no ejecución y retraso de recursos en el tiempo de pandemia, cuando no había presencia de la comunidad educativa en las escuelas. A todos estos factores se le suma la fuerte temporada de lluvias que en los últimos años ha atravesado la ciudad y que, evidentemente, contribuyeron al mal estado de la infraestructura.

     

    Infografía: Alejandro Zapata Peña.

    El meollo con las Alianzas Público Privas (APP)

     

    Para poder entender el porqué varios colegios emblemáticos y de recorrido en la ciudad están cayéndose, hay que remitirse al 2017, año en el que el Concejo de Medellín, mediante el Acuerdo Municipal 053 de 2017 aprobó vigencias futuras con una viabilidad presupuestal desde 2019 al 2037. Dichas vigencias futuras pretendían aunar esfuerzos entre la Secretaría de Educación de Medellín y el Ministerio de Educación Nacional por medio del convenio interadministrativo 1366 de 2017, que se contemplaba ejecutar por medio de alianzas público privadas (APP).

     

    Infografía: Alejandro Zapata Peña.

     

    Para esos años el expresidente, Juan Manuel Santos, y la exministra, Yaneth Giha Tovar, junto con el exalcalde de Medellín, Federico Gutiérrez, y el exsecretario de Educación, Luis Guillermo Patiño, implementaron la jornada única, un proyecto que busca que muchos de los centros educativos del país tengan jornadas más extensas para que los estudiantes puedan fortalecer, por medio de actividades extracurriculares, habilidades sociales y educativas como clases de música, danza, idiomas, robótica y otras múltiples disciplinas para que no tuvieran que pasar demasiado tiempo por fuera de las aulas. Pero todo esto implicaba un despliegue y una inversión considerable para la infraestructura de distintos colegios para poder presentar el proyecto a nivel nacional.

    Ese fue el principal motivo para que 385 mil millones —en pesos equivalentes corrientes— fueran comprometidos dentro de un periodo de 18 años, es decir desde 2019 al 2037. Estas vigencias futuras proyectas dentro de la figura de alianzas público privadas tenían como objetivo la ejecución del proyecto: “Habilitación de sedes educativas para la implementación de la jornada única en Medellín” con el código 170045, a cargo de la Secretaría de Educación, por el cual intervendrían, inicialmente, en diferentes modalidades a 8 colegios públicos de la ciudad por medio de “el diseño, financiación, construcción (parcial o total), mejoramiento, ampliación, financiación, operación y mantenimiento de infraestructura educativa y la prestación de los servicios no pedagógicos”.

     

    Los colegios públicos proyectados fueron:

     

    Nuevo Equipamiento Finca El Tirol, Nuevo Equipamiento La Aurora, I.E. Alfonso López, I.E. Luis Carlos Galán – Sede Educativa Niño Jesús de Praga, I.E. Maestro Arenas B. – Sede Educativa Imperio de Japón y Municipio de Castilla, I.E. Rodrigo Correa Palacio, I.E. El Diamante y la I.E. Rodrigo Lara Bonilla los cuales sumaban, aproximadamente 152 aulas con una capacidad de alumnos de casi 6 mil.

     

    Sin embargo, los procesos y adiciones al proyecto surgieron por lo que se tuvieron que agregar otras instituciones educativas, de las cuales varias venían presentando serias complicaciones a nivel de sus plantas físicas como la I.E. Gilberto Álzate Avendaño, I.E. Marco Fidel Suárez, I.E. Presbítero Juan J. Escobar, I.E. López de Mesa y la I.E. Jose Horacio Betancur.

     

    El 70 % de las 13 instituciones incluidas en la alianza público privada pertenecían a las dos categorías de instituciones antiguas o construidas por la EDU. En el caso de la I.E. Gilberto Alzate Avendaño y la I.E. Marco Fidel Suárez cada una acumula más de 50 o 70 años. Mientras que centros educativos como la I.E. Alfonso López, I.E. Luis Carlos Galán - Sede Educativa Niño Jesús de Praga, I.E. Maestro Arenas B., I.E. El Diamante, I.E. Rodrigo Lara Bonilla, I.E. Presbítero Juan J. Escobar y la I.E. López de Mesa entran en el paquete de las ejecutadas por la Empresa de Desarrollo Urbano (EDU).

     

    Primeras tensiones con las alianzas público privadas

     

    Después de los debates en el Concejo por medio de los que se autorizaron las vigencias futuras de los 18 años de dineros comprometidos, la Secretaría de Educación, junto con el equipo del Ministerio de Educación Nacional, empezaron a diagnosticar y evaluar qué tipo de reconstrucciones, mejoras o adecuaciones se iban a implementar en las diferentes instituciones.

     

    Contexto conoció la historia de la Institución Educativa Marco Fidel Suárez, ubicada a un costado del Estadio de Atletismo Alfonso Galvis, entre la calle 49b con la carrera 70. Allí, las diferentes visitas por parte de los técnicos y planeadores de la Secretaría de Educación, junto con algunos privados compartieron ideas acerca de los arreglos en la institución, pero no se llevaron de la mejor manera.

     

    Así lo recordó Álvaro Lopera, docente de ciencias sociales de la institución y delegado sindical de la Asociación de Institutores de Antioquia (ADIDA): “En el año 2018 vino una representación de la Secretaría de Educación junto con los privados que iban a participar en la APP y nos presentaron un plan de trabajo. Estaba el rector, el coordinador, profesores abogados e ingenieros, representantes de los estudiantes, pero fue una experiencia bastante negativa porque a nosotros nos pareció que estos señores de las APP se iban a beneficiar de unos recursos públicos, realmente lo que querían era tumbar el colegio, demolerlo y de lo que había o lo que tenemos ellos iban a hacer lo mínimo”.

     

    Hizo referencia a que ciertos espacios como los deportivos y el auditorio iban a ser reducidos: “Nosotros tenemos dos canchas múltiples, una con cubierta, estos señores en sus planos solo presentaron una cancha. Nosotros tenemos un auditorio para 600 o 700 personas y ellos nos propusieron un aula múltiple para 200 personas”.

     

    En términos generales, después de discusiones técnicas y legales entre las partes, a muchas personas de la comunidad académica les pareció que “nos iban a desmejorar la institución en la planta física”.

     

    Los llamados de atención desde el Concejo

     

    Y es que incluso antes de las aprobaciones en el mismo Concejo de la ciudad hubo advertencias por las alianzas público privadas, en ese entonces el mismo concejal Fabio Humberto Rivera, alertó en el recinto de la corporación administrativa, en la sesión plenaria del 15 de octubre de 2016, “Me preocupa, porque quedó en el plan de desarrollo, que vamos a hacer colegios por APP. Sigo pensando que una tienda escolar, con dos vigilantes que tiene un colegio, con un operador de la sala de sistemas, no se estructura financieramente la posibilidad de que se construya un colegio por APP. Es mi percepción, por lo tanto, vamos a tener que buscar una fuente de financiación diferente y estoy alertando desde hoy, para que en cuatro años no estemos diciendo que no fuimos capaces de hacer un colegio nuevo”.

     

    Asimismo, el entonces concejal, Carlos Alberto Zuluaga Díaz, anotó: “Quiero decirle al doctor Luis Guillermo que ese tema de colegios con APP a mí particularmente tampoco me gusta. APP podrá funcionar para muchos temas, pero para colegios no”. Es decir, ya se las “olían” en el Concejo, porque, al ser una alianza que se proyecta con el Ministerio y distintos privados tiende a ser “incierta”, como lo afirmó el mismo exsecretario de educación: “Los proyectos de APP (...) todavía hoy precisamente por Hacienda Nacional y el MEN no se han estructurado porque no nos han presentado el modelo financiero y técnico de lo que se va a realizar, entonces con eso nosotros no contamos y no los quisimos presentar hoy porque son totalmente inciertos”.

     

    Sin embargo, los dineros se aprobaron y la alianza se consolidó, pero los años pasaron y no se vio ninguna de las intervenciones proyectadas en las 13 instituciones, el proceso de licitación no surtió efecto, por lo que nada de los millones proyectados se pudieron ejecutar.

     

    En respuesta a un derecho de petición enviado a la Contraloría de Medellín se tiene constancia de que dicho proyecto cumplió con el 0 % de efectividad. Asimismo, la entidad agregó que fueron, inclusive, más sedes educativas proyectadas:

     

    La figura del detrimento patrimonial

     

    Pasaron los años y estas trece instituciones quedaron prácticamente ‘amarradas’ para no poder ejecutar ningún recurso en sus instalaciones, ya fuera directamente con la Alcaldía o con los mismos rectores y los recursos de su institución, ¿Por qué?

     

    En ese momento en que estaban vigentes las APP, no era posible, desde el punto de vista legal, que los rectores invirtieran en el mantenimiento de las plantas física de sus instituciones educativas: “En el momento en el que algún rector destinara un galón de pintura para cualquier tipo de estas infraestructuras se podría venir una investigación por estar invirtiendo en una planta física que se iba a demoler. En todo el tiempo que estuvieron vigentes las APP, los colegios que supuestamente se iban a beneficiar de ello no se les hicieron ningún trabajo”, afirmó el docente del Marco Fidel, Álvaro Lopera.

     

    Pasó la pandemia y el deterioro de la I.E. Marco Fidel Suárez fue inminente, al iniciar las alianzas publico privadas a la institución le dieron una llave conmemorativa de inicio de obras, pero con esa misma llave, la Secretaría de Salud cerró la institución el 10 de septiembre de 2021, en el regreso paulatino de los estudiantes a las aulas de clase, lo que no duró diez o quince días, ya que las exigencias de la comunidad educativa hicieron volver a abrir algunos espacios del establecimiento educativo y en algunos casos se dieron clases en la zona de la cafetería.

     

     

    Los padres de familia de la I.E. Marco Fidel Suárez, en el céntrico sector del Estadio han llegado a intervenir los espacios, preocupados por las condiciones en que sus hijos deben estudiar. Estos son aspectos de los mismos en marzo de 2023. Fotos: Alejandro Zapata Peña - Cortesía.

     

    Un giro de 360 grados para las APP

     

    En debates de 2021 ya se dimensionaban las consecuencias de la APP, muchos concejales y la exsecretaria de Educación, Alexandra Agudelo, pensaban en bajarse del paseo de la APP: “La deuda histórica, por las promesas con respecto a los colegios con las Alianzas Público Privadas (APP), que desafortunadamente no se han visto y la comunidad académica quedó engañada con esas promesas en años y periodos anteriores; así mismo, lo que tiene que ver con restaurantes escolares, con dotación, mobiliario e infraestructura”, comentó Nataly Vélez Lopera en la sesión plenaria del 22 de octubre de 2021.

     

    “Estábamos en una situación en los que todos estábamos amarrados, entonces la Alcaldía de Medellín decía'esa plata no servía para ninguna intervención completa', el colegio decía, 'yo necesito esa plata porque esto cada día se cae más y el gobierno, según la Alcaldía nunca quiso desembolsar los recursos'. Todo estaba mal, teníamos una plata quieta, un colegio cayéndose y un gobierno nacional que no respondía”, sentenció Daniel Duque, concejal de Medellín.

     

    Finalmente, la Alianza Público Privada se disolvió el 9 de junio de 2022, por lo que la Secretaría de Educación solicitó la terminación anticipada del convenio interadministrativo y el acta de terminación anticipada en la que se indica en el sexto punto que las vigencias futuras de la nación no fueron aprobadas para suplir el 70 % de la financiación del proyecto, mientras que a la Alcaldía le correspondía el 30 % restante.

     

    En el acta de terminación del convenio, solicitado por Contexto en un derecho de petición a la Alcaldía de Medellín, se argumentó en el numeral 6 que: “No se logró la aprobación de las vigencias futuras de la nación al requerir una nueva estructuración con el cambio de modelo, además del escenario financiero territorial y nacional planteado en la presente justificación, además de no haber logrado la adjudicación del CONTRATO DE CONCESIÓN, que era el insumo primario para la ejecución y cumplimiento de obligaciones del convenio 1366 de 2017 y sin los cuales no es posible su ejecución”.

     

    Contexto habló con el exsecretario de Educación, Luis Guillermo Patiño, quien expuso que el asunto de las asociaciones público privadas llegó más allá: “Al final los contratistas, que iban a desarrollar las obras y que habían hecho los contratos con el Gobierno, entre ellos algunos portugueses, no cumplieron, entonces muchas de esas obras en Colombia están en problemas y en veremos porque los contratistas no las desarrollaron, entonces el Ministerio aplicó sanciones y están en un proceso legal”.

     

    Un horizonte que puede ser alentador

     

    Es claro que el periodo de las alianzas público privadas lo único que hizo fue retrasar la inversión pública en los colegios de la ciudad por más de 5 años y dilatar aún más la deuda histórica en Medellín con los establecimientos educativos. Sin embargo, el 18 de agosto de 2022 el Concejo Municipal aprobó otro monto de vigencias futuras, esta vez para desembolsar un total de 319 mil millones de pesos para invertir entre 2023 y 2024, las trece instituciones de APP fueron priorizadas y a inicios del mes de marzo de 2023 iniciaron algunas obras en varios establecimientos educativos.

     

    Con dichas vigencias futuras se espera aminorar la brecha histórica que ha tenido la administración con varios colegios de la ciudad. ¿Será suficiente? ¿Volverán a pasar las promesas de inversión para los colegios? ¿Se solucionarán las grandes e innumerables falencias a nivel de infraestructura en la ciudad?

     

    En la próxima entrega conozca el plan de inversión de la actual administración y qué pasó con los recursos.

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    *Investigación realizada desde el Semillero de Periodismo Urbano de la Facultad de Comunicación Social - Periodismo de la UPB. Asesoría editorial: Juan Esteban Mejía Upegui.

  • Abandono infantil: ¿un juego sucio en aumento?

    Por: Natalia Higuita y Valeria Ríos / periodico.contexto@upb.edu.co

     

    “Nosotros somos culpables de muchos errores y muchas faltas, pero nuestro peor crimen es el abandono de los niños negándoles la fuente de la vida”(Gabriela Mistral, 1948).

     

    El abandono de niños, niñas y adolescentes no dio tregua en pandemia. La protección integral de sus derechos también fue atacada por el Covid-19 y las crecientes desigualdades sociales que generó. Hoy el amparo de la niñez y la juventud sigue siendo un reto para el país, pues en 2021 se afirmó que Colombia era el quinto país con mayor número de huérfanos a causa del fallecimiento de padres, cuidadores y adultos significativos a raíz del coronavirus, según un estudio publicado por la revista médica británica, The Lancet, que comparó más de 20 países entre inicios de marzo de 2020 y finales de abril del 2021, temporada en la que se registraron los picos más altos de contagios y muertes por el virus.

     

    El abandono deja huellas que suponen retos mayores para el cuidado de la salud mental de los niños, niñas y adolescentes. Foto: Natalia Higuita.

     

    Se estima que fueron 33.293 menores los que perdieron durante este tiempo a su tutor legal, ya fuese madre, padre, abuela y/o abuelo, de acuerdo a cifras de The Lancet. Estos se vieron entonces obligados a cargar con el título de “huérfano” y, por ende, a correr el riesgo de estar bajo un cuidado alternativo inadecuado (sin entrar todavía en las repercusiones físicas, psicológicas, emocionales y sociales) o, en el mejor de los casos, llevados por el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar –ICBF–.

     

    Así ocurrió entre marzo y noviembre de 2020 con los 372 niños, niñas y adolescentes acogidos por dicha institución, según informó el diario El Espectador. Antioquia fue el departamento que más abandonos infantiles presentó, seguido de Bogotá, Valle del Cauca, Cundinamarca y Caldas. Algunos menores fueron dejados en estas circunstancias por los motivos ya mencionados; la mayoría, por el contrario, hacen parte del incremento del maltrato infantil que contempla actos como el abuso sexual, daño físico, verbal o psicológico, realizados, con alta frecuencia, dentro de los propios hogares, de acuerdo a informes de Medicina Legal.

     

    Sin embargo, no hay que encapsularlo a la sola situación de orfandad. Existen otras opciones: no se sabe cómo mantenerlos, no hay recursos para hacerlo o simplemente, no se quieren sostener. En palabras de Adrián Echeverry, miembro de la Corporación PAN, el abandono “es una conducta que históricamente está bastante registrada, ya que permanece, de alguna forma, en los imaginarios y representaciones socialesque los adultos hoy guardan en su quehacercotidiano de crianza”.No hay que ir muy lejos, simplemente recordar comentarios o chistes como el del padre o madre que fueron a la tienda por cigarrillos o leche y nunca volvieron.

     

    Bajo estas historias populares están las situaciones que conducen al desamparo de un menor de edad y son diversas, más aún con la pandemia: escasez de recursos económicos, incapacidad o falta de apoyo para la crianza del niño, niña o adolescente –NNA– y la pérdida por muerte de sus cuidadores primarios son solo algunos ejemplos.

     

    ¿El Estado como madre? El cambio y continuación de la desventura

    *(Todos los nombres que serán mencionados en este capítulo fueron modificados para proteger la identidad de las fuentes y, en el caso de los menores de edad, no perjudicar su sano desarrollo).

     

    Hijos del Estado: así son llamados los niños, niñas y adolescentes que se encuentran en manos de Bienestar Familiar. Podría afirmarse que incluso contratan niñeras: para estancias cortas, las madres de paso, encargadas de ser el primer contacto con los menores, mientras se resuelve un hogar sustituto que les reciba; después, como ya se infiere, están las madres sustitutas, encargadas de cuidarles durante meses o años, según sea el caso: hasta que se dé su adopción, se cambie a otro hogar sustituto por nula adaptabilidad o supremo apego –lo cual afecta las adopciones– o, en su defecto, se resuelva su situación legal por cumplimiento de la mayoría de edad. Y, por último, como afirma Gloria Botero, madre sustituta desde hace 20 años, están los internados: “Ahí es donde caigan, donde haya cupo. O sea, si hubo en Hogares Claret, allá lo metieron; si hubo en esos de Niquitao, allá lo metieron; si hay por Puentes, allá fue”.

     

    Así sucedió con Daniel Bedoya, de 8 años. Ya iba para uno de esos internados porque era un “inadaptado”, ya había pasado por varios hogares sin éxito y ninguna madre sustituta lo quería recibir.“Desde que tenía 5 años era uno de los carritos de San Javier, el que llevaba la marihuana, el que cargaba armas… En una de esas lo cogió la Policía y lo tramitaron al ICBF. Cuando yo lo recibí me tocaba esconder todos los cuchillos de la casa. A veces hasta me daba cuenta de que me robaba”, cuentaGloria recordando aquellos días. Inclusive, en una ocasión casi la echan del barrio porque en el colegio Daniel le quitaba la lonchera todos los días a la hija de uno de los duros de Manrique. Por esa razón la amenazaron.

     

     

    De ahí vino la habladera constante con él y los consejos hasta los 16 años, porque ni lo adoptaron ni salió por mayoría de edad. Odiaba ser hijo del Estado. Le aburría la sobreprotección y, como buen adolescente, anhelaba la libertad: salir a fiestas de 15 u otras rumbas sin la compañía de Gloria; acostarse, si se le antojaba, a medianoche, y no a las 10, como ordena Bienestar; amanecer donde un amigo o en la casa de la hija de Gloria, a quien tomaba como otra hermana y vivía, además, justo al frente; salir de paseo cuando la idea surgiera, pero tampoco se podía –como mínimo se debe redactar el permiso con ocho días de antelación–; tener celular, redes sociales, publicar lo que vio o dejó de ver en el día; empezar a trabajar como mesero a una cuadra de la casa, en el negocio familiar de comidas rápidas, pero como ya se intuye, tampoco era debido, porque en menores de edad no es querer emprender sino “mendigar”, como asegura Gloria que le respondieron. Por algo le pasaban la manutención mensual, pero ese era otro complique.

     

    $250 000 recibe un niño recién ingresado al programa de hogares sustitutos –lo cual resulta complejo porque hay algunos que llegan con casi nada: unos calzoncillos rotos y una chaqueta, como fue el caso de Emiliano, quien llegó hace un mes al hogar de Gloria por Código Fucsia–; al cumplir el mes le empiezan a girar los $500 000, que es la cuota mensual normal para cada menor. Por semestre llegan los bonos para comprarles ropa. “Eso es muy poquito. Por A o por B me toca sacar muchas veces de mi bolsillo o del millón mensual que me consignan por el cuidado de los niños”, dice Gloria para señala que ahí también hay fallas.

     

    Se refiere a la manera en que les pagan a las madres sustitutas. El salario mínimo mensual legal vigente que se paga por tener la cantidad normal de niños en sus casas, es decir, tres. Sin embargo, si solo se está a cargo de dos, el monto empieza a bajar y se ubica en un aproximado de $600 000, pero si por algún motivo llega a tener cinco, como ya le ha ocurrido antes –muy común durante pandemia y cuando se trata de hermanos y hermanas–, la cifra no sube, permanece intacta en el mismo millón.

     

    Desde la institución siempre se dice que los niños son hijos del Estado. En palabras de Gloria, tienen la etiqueta de “mírame y no me toqués”. La directriz es que nunca les puede faltar nada. “Pero uno se pregunta, ¿no es lógico que, si los prefieren, mandaran al menos un mercado cuando estuvimos todos en cuarentena?”. Gloria alega que de parte del GobiernoNacional el costal cargado de alimentos nunca llegó y que ni a los niños ni a las madres sustitutas se les incrementó el ingreso: “Yo creo que ni sabían qué era una madre sustituta”. Lo cierto es que desde Buen Comienzo sí le llegaron pequeños mercados, pero se debió a que los niños que tenía en el momento estaban aún en la guardería. Y si bien, estos mercados fueron distribuidos desde el Gobierno para menores inscritos en varias instituciones públicas de educación primaria, no se trataba de ofrendas especiales para los hijos del Estado: “Pero vea el atrevimiento, sí hacían las videollamadas de las visitas mensuales y me decían: ‘¿Me abres la nevera, por favor?’ y me tocaba mostrar toda la comida que tenía”. Debía haber carne, legumbres, frutas y lácteos.

     

    Pero como toda madre, el Estado también tiene sus matices. Si desde el colegio son buenos estudiantes, se les paga la carrera y universidad que prefieran. Ha habido casos de estudios en aviación –la excepción– y, se pueden encontrar en el ICBF fisioterapeutas, abogados y médicos que crecieron bajo sus lineamientos. Cuando son muy pocas las posibilidades de adopción, porque ya están muy grandes, entran a un programa que se llama Sueños de Vida, donde les dan la oportunidad de salir del país y residir en vacaciones con alguna familia interesada en adoptar. Si hay conexión, se quedan; si no, la rutina en Colombia les espera.

     

    —¿Y Daniel porque no quiso?

     

    —Cualquier adolescente puede entrar en ese programa, ¿pero uno qué tanto le puede pedir a un niño que ya viene aporreado por la vida? Eso tampoco es tan fácil.

     

    Dos décadas lleva cuidando Gloria a los hijos del Estado; unos más rebeldes, ensimismados, dolidos o furiosos que otros, pero todos con algún problema, como lo confiesa ella misma, añadiendo que ha visto y escuchado de todo. Hoy vive con su esposo y cuida a Emiliano, de seis años y a un par de hermanos que llegaron a inicios de año: Alejandro, de 10 y Martín, de ocho.

     

    Sea que los adopten o cambien de hogar, Gloria, como cualquier otra madre sustituta o de paso, nunca ni jamás puede volver a preguntar o saber de ellos.

    Infografía: Natalia Higuita, Valeria Rios.

    Entornos inseguros: el pan de cada día

     

    Si bien es cierto que los hogares comúnmente representan un lugar “seguro”, también se han convertido en el escenario donde los NNA son más vulnerados y esto aumentó en pandemia debido al confinamiento. Por supuesto, el acceso restringido a lugares de recreación, la omisión de visitas a familiares, el cierre de colegios, la imposibilidad de ir a las clases de baile los sábados o de natación los domingos, y la prohibición general para salir a lugares públicos fueron algunas de las principales causales para que no pudiesen buscar ayuda.

     

    De hecho, es de conocimiento que, durante esa época, la convivencia fue un factor decisivo y complejo, no solo por el desconocimiento que quizá se tenía de quién era realmente el otro, qué le gustaba o qué lo enojaba, sino por el estrés, mal humor y frustración que pudieron experimentar algunos padres y madres al no tener las herramientas suficientes para guiar, enseñar y ayudarles a sus hijos e hijas con las labores escolares; pues, en definitiva, descubrieron que nunca se habían dado a la tarea, ya que todo estaba delegado a los maestros y cuidadores. Esto fue, como lo menciona Adrián, “un terreno perfecto y fértil para que apareciera el maltrato, el golpe, el grito, la indiferencia, el abuso sexual y la negligencia”.

     

    Como consecuencia, según el Centro Nacional de Consultoría, en 2020, fueron39 982 niñas, niños y adolescentes los que ingresaron a un Proceso Administrativo de Restablecimiento de Derechos en el ICBF –0,5 % más que durante el año 2019–. Dicho trámite parte de la verificación por parte de una autoridad competente que analiza si los derechos de los NNA están siendo respetados o si, por el contrario, se están viendo amenazados. Posterior a esto, es el ICBF quien determina la modalidad a la que ingresa, según las circunstancias que se hayan encontrado.

     

    Así pues, por fortuna o infortunio, los menores saben cuándo entran, pero no cuándo ni bajo qué circunstancias salen. Mientras los asuntos legales avanzan, es el Instituto quien debe brindar acompañamiento psicosocial para guiarles en la construcción de sus proyectos de vida, así como verificar que constantemente reciban alimentación, salud y educación. Por ello, las visitas mensuales que reciben, sin previo aviso, las madres sustitutas, para ver cómo marchan todos y todo en casa.

     

    Infografía: Natalia Higuita, Valeria Rios.

    Las secuelas imborrables del abandono

     

    Ahora bien, si a las secuelas del abandono se refiere, debe advertirse que gran parte de los niños que son abandonados a temprana edad “indudablemente pueden sufrir problemas de adaptación, porque cuando alguien es abandonado o abandonada siente que no hace parte de algo y le cuesta a veces admitir que está acompañado. Tienen problemas de tipo emocional-afectivo, porque, en ocasiones, al recibir amor y tener compañía permanente, los invade el sentimiento de que no son merecedores de esto; incluso, son personas más propensas y vulnerables a todo tipo de adicciones. Les cuesta terminarlas cosas, dejan procesos, trabajos y relaciones iniciadas, porque no son capaces de realizar cierres adecuados en sus ciclos de vida”, comenta AndrésRamírez.

     

    Asimismo, esta situación incide en otros ámbitos como el incremento de la desnutrición en aquellos que vagan en las calles o sin paradero fijo, pues son niños, niñas y adolescentes que pasan de comer dos o tres veces al día, a la incertidumbre de si habrá un plato de comida después del desayuno, bien sea porque quienes se hacen cargo de manera improvisada no tienen posibilidades económicas de sostenimiento o porque cada día y noche aparece la necesidad de pedir para poder sobrevivir.

     

    Además de la deserción a partir de la contingencia, después de ser abandonados no hay quién garantice que los NNA continúen sus estudios. Aún más, si a ello se suman las posturas individualizadas de los mayores que terminan por afectarlos, tal y como lo comentaAdrián en posición de los padres: “Desde mi perspectiva adultocéntrica no es importante que mi niño esté estudiando, sea atendido en salud, que coma o se quede solo todo el día porque yo tengo que trabajar, entonces estos elementos, que también hacen parte de la historia personal de cada adulto, tienen que ver con las decisiones que se toman”.

     

    Así pues, toda decisión trasciende y en estos casos, ya sea que los menores queden en las callosas manos de las calles o en las del Estado, repercuten en su desarrollo físico, emocional y psicológico, no solo a temprana edad, sino también y muy especialmente a futuro. Todos, aunque con pasados distintos, comparten la misma realidad y se enfrentan cada mañana con sus demonios internos, insertados por otros.

     

    “Es muy duro. Hace poquito estaban los niños jugando aquí enseguida donde mi vecino que es un exmilitar que tiene una voz y un mando fuerte. Otro amiguito chiquitito le estaba pegando a la niña de él y me imagino que le dijo: ‘A las mujeres se les respeta y no se les pega’. Ese niño, Alejo, se quedó como pensando y al rato respondió: ‘Es verdad, porque así fue como mi papá mató a mi mamá’”,narró Gloria, con algo de dolor, pues no es la única historia que ha oído así.

     

    Hoy Alejandro se mantiene de pelea en pelea con Martín, porque es el hermano grande y, al fin y cabo, son los mayores quien en su mente detentan el poder.

     

    Hace una semana el antiguo carrito de San Javier, Daniel, que va todos los sábados a “darle vuelta” a Gloria, le aseguró: “Cucha, no se quede con ese niño usted que se descuida y él que le pega.”

  • La medicina del espíritu

    Una ronda con dosis de esperanza para pacientes que aprenden a ser su propia medicina gracias a una experiencia curativa con la música.

     

    Federico Hoyos Gutiérrez / federico.hoyos@upb.edu.co

     

    Dentro de la Unidad de Cuidados Intensivos pediátrica –UCI–, el aire acondicionado era gélido en comparación con el calor tropical de afuera. En la cama de la habitación yacía recostado un niño de dos años. Sus ojos negros miraban con toda curiosidad el mar de aparatos a su alrededor. Electrodos, cánulas y catéteres estaban conectados a su cuerpo. Su única ropa era un pañal. Su piel era tan blanca como las bolas de naftalina. A simple vista, sus músculos se veían flácidos. Al frente de la cama un televisor proyectaba imágenes de caricaturas.

     

    El pequeño no podía moverse. Su cuerpo estaba totalmente paralizado. Ni siquiera podía respirar por sí mismo. Una máquina lo hacía por él. El monitor marcaba un pulso cardíaco de 100 y una saturación de oxígeno del 95%. Padecía de una rara enfermedad llamada distrofia muscular. Lo único que movía eran sus ojos y sus labios, que descubrían su sonrisa. Una sonrisa que le producían las melodías cantadas por Elkin Franco, musicoterapeuta del Hospital Infantil Concejo de Medellín.

     

    A Elkin lo acompañaba Ivonne Mayorga, musicoterapeuta bumanguesa que estaba de visita por esos días en el hospital. Ella tocaba un xilófono de madera mientras Elkin entonaba unos versos improvisados:

     

    Suena muy bonita en el hospital,

    suena, suena, suena muy genial.

    Y una melodía hecha para ti.

    Yo vengo a cantarte aquí en Medellín.

    Suena, suena, suena muy genial.

    Y una melodía desde el corazón.

    Suena que suena con mucha emoción.

     

    Suena que suena, te quiero contar.

    Aquí estamos todos para saludar.

     

    Suena que suena en esta canción,

    con una sonrisa desde el corazón.

     

    De repente, Ivonne dejó de tocar el xilófono y sacó a relucir su delicada voz lírica, que burlaba el tapabocas, para susurrar melodías al oído del pequeño. En otras ocasiones, Elkin le daba golpecitos en la mano al niño y le levantaba levemente el brazo siguiendo el ritmo de la melodía. El pequeño no decía nada, pero su sonrisa mueca lo decía todo. Su cuerpo no emitía sonido alguno, pero adentro, su cerebro estaba de fiesta. El monitor ahora marcaba un pulso cardíaco de 85 y una saturación de oxígeno del 99%.

     

    Finalizando la terapia, el niño, solito, comenzó a mover su mano izquierda al compás de la canción. A Ivonne y a Elkin se les iluminaron sus ojos como bombillas y, pese al tapabocas N-95 que llevaban puesto, fue evidente que se sonrojaron. Ellos apenas conocían al niño, pero en escasos quince minutos el hada de la música los había unido en cuerpo y alma.

     

    —Muy bien. ¡Un aplauso, campeón! Chao, mi amor. Ángel de luz, cachetón — despidió Elkin al chico.

    —Te vamos a venir a cantar todos los días — dijo Ivonne.

     

     

    El primero con la música

     

    En diciembre de 2020, la Alcaldía de Medellín inauguró el Programa Integral de Musicoterapia –PIM– en el Hospital Infantil Concejo de Medellín. Se trata del primer centro de salud pediátrico de la ciudad en implementar un programa de esta índole. La iniciativa está dirigida a niños y adolescentes entre un mes y quince años de vida. Según cifras oficiales, se estima que el PIM beneficia a cerca de 7 900 niños.

     

    Más de 70 instrumentos fueron donados por una empresa, Felipe & Chagai Stern. Además, Elkin cuenta que posteriormente recibieron la donación de diez ukeleles por parte de la fundación estadounidense Ukelele Kids Club.

     

    El equipo de musicoterapia está conformado por dos personas. Elkin Franco: antioqueño, carismático y locuaz. Tiene el cabello cogido en cola y su aspecto físico se asemeja al del escritor tolimense William Ospina. Y Elizabeth, una nariñense de tez mulata con timbre de voz dulce y musical como su apellido: Coral. Ambos se desempeñan como docentes de música y tienen título de maestría en Musicoterapia.

     

    Elizabeth y Elkin relatan que el contexto social de muchos de los niños que visitan el hospital es complejo. A este centro de salud llegan niños abandonados, maltratados, desnutridos y abusados sexualmente. “Es posible que (los niños) estén mejor aquí que en la casa”, afirma Elkin. Tanto en los pasillos como en las habitaciones del hospital, es frecuente escuchar el acento caribe de los migrantes venezolanos que llegan a la ciudad buscando un mejor porvenir. “Cada habitación es un mundo”, dice Elkin.

     

    Inicialmente, muchos veían con reticencia la llegada de los musicoterapeutas al hospital. “Antes ni siquiera nos saludaban”, confiesa Elizabeth. Sin embargo, ahora las cosas han cambiado. Cuando los ven pasar por los pasillos son objeto de simpatía, no solo por parte del personal médico y administrativo, sino también de los trabajadores de servicios generales.

     

    Elkin y Elizabeth visten pijama quirúrgica azul oscura. Algunos niños pequeños los confunden con los médicos y sienten temor al verlos porque piensan que les van a aplicar una inyección.

     

    —¿Usted es el doctor? — le pregunta un niño a Elkin.

    —Yo soy el doctor de la música — bromea el musicoterapeuta.

     

     

    Cuando no hay mucho “boleo”, Elkin y Elizabeth les hacen terapia a los médicos, enfermeras y otros empleados del hospital. Eso les permite a estos desahogarse, reducir la carga de estrés y amenizar el ambiente laboral.

     

    Pie de foto: Elizabeth Coral Salas, musicoterapeuta del Hospital Infantil Concejo de Medellín.

     

    Una disciplina humanista

     

    Según la World Federation of Music Therapy, la musicoterapia se define como “el uso profesional de la música y sus elementos como una intervención en entornos médicos, educacionales y cotidianos con individuos, grupos, familias o comunidades que buscan optimizar su calidad de vida y mejorar su salud y bienestar físico, social, comunicativo, emocional, intelectual y espiritual”.

     

    Sin embargo, Elkin explica que la musicoterapia trasciende el ámbito musical hacia el sonoro: “El término música se queda cortico. A veces (en las terapias) no se utiliza ni una estructura o una canción, sino un elemento sonoro. Hay procesos terapéuticos que se generan solo desde el ritmo, y no existe el texto, no existen las alturas, ni las melodías…”.

     

    Las sesiones de musicoterapia se realizan de dos maneras: de forma activa, cuando los pacientes crean música (ya sea mediante la voz o algún instrumento). También existe la musicoterapia pasiva, que se utiliza cuando el paciente no tiene la posibilidad de tocar el instrumento y se dedica solamente a escuchar la pieza musical interpretada por el terapeuta (como es el caso de los neonatos y los pacientes en estado crítico).

     

    Las piezas musicales, por lo general, se interpretan en vivo y de manera improvisada. Esto le permite al terapeuta modificar los parámetros musicales (ritmo, tono, armonía y melodía) de acuerdo con la reacción y observación del paciente. “El musicoterapeuta tiene que ser creativo por excelencia, porque estás trabajando con el paciente en el aquí y en el ahora”, expresa la doctora Clara María Solórzano, especialista en Medicina Psicosomática y musicoterapeuta de la Guildhall School of Music and Drama, de Londres.

     

    Solórzano plantea que entre las cualidades necesarias para un musicoterapeuta también se encuentran la empatía, la recursividad, la paciencia, la tolerancia a la frustración y la sensibilidad. “El músicoterapeuta tiene que poner el corazón”, dice la médica.

     

    Por su parte, Elizabeth explica que al comienzo, por lo general, hay una entrevista con el paciente y sus familiares para definir los objetivos terapéuticos y el formato a utilizar, que puede ser individual o grupal. “Los dos son importantes y los dos son valiosos, dependiendo de lo que el paciente necesite”. Es por eso que debe existir una relación de confianza lo suficientemente fuerte entre el músicoterapeuta y el enfermo, con el fin de establecer una adecuada comunicación, en este caso, a través de la música.

     

    Asimismo, Elkin manifiesta que la efectividad de la musicoterapia radica en la utilización de los componentes de la música y del sonido, que generan el proceso terapéutico, independientemente de las cuestiones estilísticas e incluso culturales. “No es el instrumento, sino la manera en que se utilice ese instrumento. No es el tipo de música, sino la manera como se utiliza esa música”, explica.

     

    Solórzano plantea que si la pieza musical elegida tiene una velocidad inferior o igual a la frecuencia cardíaca basal, además de una armonía simple y repetitiva, genera un efecto relajante en el cuerpo. En cambio, aquellas piezas musicales rápidas y con estructuras complejas (como el jazz) producen un efecto estimulante. El criterio de selección de los sonidos a utilizar depende de los propósitos terapéuticos y del diagnóstico individualizado para cada paciente.

     

    A su vez, Elizabeth hace una precisión importante: la musicoterapia es apta para todo público y no se requiere de saberes previos. “Si tú quieres participar, no necesitas tener conocimientos musicales. Se trabaja con tu música y tu sonido interno”.

     

    Sin embargo, como toda disciplina, la musicoterapia tiene límites. “Nosotros no generamos diagnósticos. Un musicoterapeuta no te va a decir: ‘Este niño es autista, este niño tiene síndrome de Rett… no te va a dar un diagnóstico psiquiátrico, ni emocional, ni psicológico. Si un musicoterapeuta te dice eso, te está mintiendo. Está ejerciendo la profesión de una manera inadecuada”, comenta Elkin Franco.

     

    El musicoterapeuta hace parte de un engranaje que trabaja de manera articulada con el personal médico del hospital. “A partir de un diagnóstico que ha realizado otro profesional de la salud (médicos, psiquiatras, etc.) yo entro a apoyar, a complementar, a sumarme a algunos objetivos para la recuperación o rehabilitación de esa persona desde la musicoterapia”, puntualiza Elkin.

     

    —¿Qué le dirías tú a las personas que miran con desconfianza a la musicoterapia? — le pregunto a Ivonne Mayorga.

     

     

    —Persona a la que tú le preguntes tiene inmerso el sonido y la música, desde que nacemos. Si hay algo que tiene un impacto, un poder inmenso en el bienestar colectivo y además es no farmacológico, ¿por qué no? Nosotros no sanamos pero, en materia de investigación, la música llega a las células y hay una modificación considerable. La música abraza a todos sin distinción. Es inherente a cualquier situación y estado del ser.

     

    “La música es el alma que vibra en todos los seres”. Esta es la frase que se lee en una de las puertas de la ludoteca del hospital, lugar donde se guardan los instrumentos musicales utilizados en las terapias.

     

    Suena el antídoto

     

    En el quinto piso del hospital, Elizabeth caminaba por el pasillo con un ukelele colgado al hombro. Elkin hacía lo propio con una guitarra acústica. También llevaban un carrito de madera cargado de tambores, ukeleles, xilófonos de madera, maracas, huevos sonajeros, panderetas y un tambor oceánico (llamado así porque produce un sonido parecido al de las olas de mar).

     

    Ingresaron con el carrito a una habitación amplia, fresca e iluminada. En el recinto había seis camas y cuatro pacientes. Entre ellos se destacaba un niño moreno, flaco y simpático que, a juzgar por su rostro, no sobrepasaba los diez años. Tenía una fractura en el brazo izquierdo. Sus dientes brillantes contrastaban con su tez café y cabello crespo color azabache. Su sonrisa quedó al descubierto cuando llegaron los musicoterapeutas. Elkin y Elizabeth lo reconocieron de inmediato. El paciente llevaba varios días hospitalizado.

     

    Este chico fracturado fue el primero en acercarse al carrito para tomar un instrumento. Cogió un tamborcito que llevaba pintados los colores de la bandera colombiana. Elkin se le acercó y le acarició la cabeza, a modo de saludo.

     

    —De uno a diez, ¿cuánto te duele? — le preguntó Elkin al muchacho.

    —Cinco — dijo el niño

     

    Uno de los métodos que utilizan los profesionales en musicoterapia en el momento de medir la efectividad del tratamiento, es una escala de dolor de diez puntos (siendo uno, la ausencia de dolor, y diez, un grado de dolor insoportable). Durante cada uno de los cinco minutos que duró la terapia, el chico tocó el tambor con su brazo derecho, demostrando una alegría irrefrenable en cada golpe.

     

    —Queda contratado pa’ la orquesta de Navidad. — charló Elkin con el chico al terminar la terapia. Acto seguido, le volvió a preguntar:

    —De uno a diez, ¿cuánto te duele?

    —Dos

     

    Al salir de la habitación, Elkin comentó que cuando había visitado al niño a primera hora, este había reportado una escala de dolor de 8 puntos.

     

     

    La música en nuestro cerebro

     

    En fracciones de segundo, nuestros oídos perciben las señales acústicas (es decir, el sonido) que inmediatamente son transportadas hacia el cerebro, encargado de decodificarlas y darles un significado.

     

    El psicólogo cognitivo y músico estadounidense, Daniel Levitin, afirma que “lo increíble de la música es que no existe fuera del cerebro. Una nota empieza cuando las vibraciones viajan por el aire, lo que hace que el tímpano vibre. Dentro del oído, las vibraciones se convierten en impulsos nerviosos que viajan al cerebro donde se perciben como varios elementos de la música, por ejemplo, tono y melodía. Cuando esos elementos se recombinan, forman un patrón que reconocemos como música”.

     

    “La música afecta al cerebro a tal punto que puede afectar su funcionamiento emocional y cognitivo”, sostiene el neurocientífico argentino, Facundo Manes, en su podcast Pensar de Nuevo. El investigador hace esa afirmación a partir del resultado de un estudio publicado en la revista Nature Neuroscience, el cual plantea que “escuchar música libera la misma sustancia química en el cerebro que cuando comemos una comida rica, que el sexo, y que incluso las drogas: la dopamina”.

     

    Investigadores del Instituto Neurológico de Montreal y la Universidad McGill hicieron uso de neuroimágenes funcionales y registraron los cambios en la temperatura corporal, en la conductividad de la piel, la frecuencia cardíaca y la respiración de los participantes mientras escuchaban sus canciones favoritas. El hallazgo es concluyente: la dopamina se libera en dos áreas cerebrales. “En primer lugar, en anticipación a un pico musical, en el núcleo caudado (sitio clave para el aprendizaje y la memoria). A continuación, durante la experiencia máxima, en el núcleo accumbens (sitio clave de las vías de recompensa y el placer)”.

     

    En un estudio realizado entre el Hospital Mutua de Terrassa y la Universidad Autónoma de Barcelona, se descubrió que “la música es tan efectiva como los sedantes para reducir la ansiedad prequirúrgica”. La investigación se hizo entre junio de 1998 y noviembre de 2001 y contó con la participación de 207 pacientes que fueron sometidos a diferentes tipos de cirugías.

     

    Con este estudio, que tuvo el objetivo de comparar la efectividad de la música frente al uso de un ansiolítico llamado Diazepam en la reducción de la ansiedad prequirúrgica, se llegó a la conclusión de que “no se encontraron diferencias significativas entre ambos grupos (música y sedantes) en cuanto a las variables estudiadas (ansiedad, cortisol, frecuencia cardíaca y presión sanguínea)”.

     

    El entrenamiento musical frecuente implica la interacción de diversas estructuras cerebrales que favorecen el desarrollo cognitivo. Anita Collins, experta en educación neuromusical y profesora de la Universidad de Canberra, asegura que “tocar un instrumento involucra prácticamente todas las áreas del cerebro a la vez, en especial las cortezas visuales, auditivas y motoras”.

     

    Collins también asevera que interpretar y crear música incrementa el volumen y la actividad del cuerpo calloso, elemento situado entre el hemisferio izquierdo y derecho del cerebro. Mientras mayor sea el tamaño de esa estructura, mayor será el intercambio de información interhemisférica y, en efecto, existirán más posibilidades de desarrollar un pensamiento creativo.

     

    Un puente de comunicación

     

    “En mi experiencia, en una de las situaciones que veo que la musicoterapia es muy efectiva, es donde hay un trastorno de la comunicación: donde hay afasia, autismo… donde hay dificultades del lenguaje (que pueden ser adquiridas o congénitas)”, dice Solórzano. Según ella, el arte de la musa Euterpe “es una herramienta muy útil para acelerar el proceso del lenguaje. La música permite expresar las emociones, porque la melodía toca directamente el corazón, el ritmo toca el cuerpo, la melodía va directamente a la emoción y la armonía va directamente a la parte intelectual”.

     

    Carlos Andrés Mesa, licenciado en Dirección Musical de la Universidad de Antioquia, concuerda con Solórzano. “El instrumento musical, además de que estás desarrollando unas habilidades auditivas, motoras, visuales y cognitivas, te está dando la oportunidad de expresar muchas situaciones emocionales en las cuales el ser humano siempre las va a necesitar para desahogar sus inquietudes”.

     

    Cuando la curiosidad despierta

     

    Elizabeth Coral comenzó a interesarse por la musicoterapia cuando se dio cuenta de que había aliviado el corazón de una niña mediante la música. A la academia donde trabajaba, llegó una chica con síndrome de Down. “Nadie la quería recibir. A los otros profesores les daba miedo trabajar con esos niños. Yo le dije (a la niña): ‘Venga, que yo la recibo’”, rememora Elizabeth.

     

    Ella fue franca con los padres de la menor y les advirtió que en ese momento no contaba con las suficientes herramientas profesionales para trabajar con personas que tenían esa discapacidad, pero que estaba dispuesta a transmitirle a la niña la pasión por el arte. “Pasó una cosa muy curiosa que yo no sabía: la mamá, como a los seis meses de estar (la niña) conmigo, estaba súper agradecida. Un día llegó y me dijo: ‘Eli, es que nos quieren hacer una entrevista”.

     

    Antes de que la niña empezara las clases de música con Elizabeth, sus padres debían llevarla mensualmente al hospital a causa de sus complicaciones cardíacas. Pero desde que la menor inició las clases, las dolencias desaparecieron. “No sé qué pasó, no sé tú qué haces en las clases”, le decía la mamá de la niña a Elizabeth. Ahí fue cuando ella descubrió el potencial que tiene la música de modificar comportamientos y encontró en la musicoterapia su camino de vida. Es máster en Musicoterapia de la Universidad Central de Cataluña.

     

     

     

    << Pie de foto: Elizabeth Coral Salas utiliza el ukelele al momento de realizar terapias con los niños enfermos del hospital.

     

    Por su parte, Elkin, trabajaba con comunidades vulnerables y en ese proceso descubrió que el sonido es una herramienta útil para cohesionar grupos. Primero realizó cursos formativos y luego decidió cursar la maestría de Musicoterapia en la Universidad Internacional de la Rioja, España. Sueña con doctorarse en la materia.

     

    A Ivonne Mayorga le sucedió lo más paradójico que le puede pasar a un músico: durante la universidad empezó a presentar amusia, un aborrecimiento total a la música. Comenzó a presentar alteraciones nerviosas fluctuantes, ansiedad y, en ocasiones, perdía la noción espacio-temporal.

     

    Entonces Ivonne tomó la decisión de ingresar a un laboratorio de Musicoterapia en Bucaramanga que recién había fundado la esposa de uno de sus maestros de la universidad. Empezó a meterse en el cuento de la musicoterapia y poco a poco recuperó el ritmo, la afinación y la tranquilidad que hacía rato no encontraba.

     

    Posterior a eso estudió Musicoterapia en la Universidad Internacional de la Rioja y se especializó en Musicoterapia para cuidados intensivos. “Fui paciente inconsciente… Cuando empiezo la formación en musicoterapia me doy cuenta de una serie de cosas en materia celular, en materia nerviosa, en materia psiquiátrica, en la modificación del PH sanguíneo…”. Ivonne se autodefine como una divulgadora de la musicoterapia, desde que se levanta hasta que se acuesta.

     

    Música, ropaje de la humanidad

     

    Los humanos somos seres musicales por naturaleza. Según Memo Ánjel, filósofo y docente de la Universidad Pontificia Bolivariana, el hombre es el más curioso de los animales. Desde el surgimiento de nuestra especie, el hombre ha utilizado las manos para elaborar e interpretar instrumentos, el oído para descifrar los sonidos de la naturaleza y la voz para emularlos.

     

    “Los hombres trataban, de una u otra manera, de imitar los cantos de los pájaros, el ruido de ciertos insectos, el movimiento de las pezuñas de algunos animales sobre las praderas”, cuenta la historiadora Claudia Avendaño en el programa radial Relatos frente al espejo.

     

    En la Biblia se encuentran los primeros vestigios del uso de la música con fines terapéuticos. Las Sagradas Escrituras relatan que David interpretaba el arpa para tranquilizar al iracundo rey Saúl, quien estaba completamente obnubilado por el poder. Saúl era “prepotente y peligroso, y David trataba de calmarlo a punta de música”, cuenta Ánjel en el programa radial de La otra historia.

     

    Por su parte, los griegos “descubrieron que la música podía por un lado reducir la ansiedad y disminuir los pesares del espíritu, pero, por otro lado, podía normalizar el sueño de las personas con insomnio y mejorar la digestión” dice Guadalupe Bence, psicóloga de la Pontificia Universidad Católica, de Buenos Aires. De ahí surge la célebre frase de Platón: “La música es para el alma lo que la gimnasia es para el cuerpo”.

     

    Según la mitología helénica, Zeus y Mnemósine se unieron para dar luz a las nueve musas: las patrocinadoras del arte. Ellas nacieron en noches consecutivas y vivían en el Monte Parnaso, lugar consagrado al dios Apolo. Entre las musas se destaca Euterpe, “señora de la canción, protectora de los intérpretes y musa de la música”, como la describe el periodista Reinaldo Spitaletta.

     

    En América, las culturas aborígenes precolombinas utilizaban la música como herramienta para expulsar enfermedades. Estas eran concebidas como la ausencia de salud a causa de fuerzas mágico-religiosas que se apoderaban de la persona. La música para ellos era una forma de sanación, una especie de conjuro contra los demonios.

     

    En la India, la medicina tradicional ayurveda plantea que el sonido tiene una resonancia en el cuerpo humano y es capaz de producir la curación de diferentes dolencias. Mediante diversos ejercicios en los que predominaba la voz humana, se entonaban consonantes y vocales para estimular el cerebro.

     

    Hace poco más de quinientos años, el sultán Bayecid II (líder del Imperio Otomano entre 1481 y 1512) tuvo un sueño en el que le encargaron construir un hospital en la ciudad de Edirne (actual Turquía). El sultán, habiendo cumplido el sueño, estableció en ese hospital el primer centro de musicoterapia en el Medio Oriente. El lugar contaba con un recinto exclusivo para los músicos y estaba diseñado con una acústica especial que permitía que los sonidos llegaran a todas las habitaciones de los pacientes y, de esa manera, se cumpliera el efecto terapéutico. En el centro del hospital había una fuente de agua, cuyo sonido también servía como elemento relajante y tranquilizador para la buena salud de los enfermos.

     

    Siglos más tarde, durante el esplendor del barroquismo europeo, se comenzó a tejer la leyenda de que un tal Johann Sebastian Bach (1685-1750) le componía canciones al conde von Keyserlingk para arrullarlo en sus noches de insomnio. A esa serie de canciones se le conoce como Variaciones Goldberg.

     

    La musicoterapia se profesionalizó en Estados Unidos durante los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial. En aquella época se abrió un espacio para que los músicos entraran a los hospitales con el fin de mejorar el estado anímico de los veteranos soldados que habían llegado con traumas físicos y emocionales a causa de la guerra. A partir de la visita de los músicos, el tiempo de permanencia de los pacientes se redujo sustancialmente. En 1950 se fundó la American Music Therapy Association y tres décadas más tarde, en 1985, se creó la World Federation of Music Therapy.

     

    En Latinoamérica, Argentina y Brasil son líderes en investigación musicoterapéutica. En ambos países hay pregrados y postgrados en la materia. En Colombia, por el momento, solo existe una Maestría en Musicoterapia en la Universidad Nacional (sede Bogotá). El programa tiene una duración de dos años y pueden acceder a él personas con diferentes profesiones, con la salvedad de que posean amplios conocimientos musicales. En Medellín existen diplomados en la Universidad EAFIT, en la San Buenaventura y en la Universidad de Antioquia.

     

    Intubación con serenata

     

    En la UCI pediátrica del Hospital se escuchaba el llanto desconsolado de una pequeña de nueve años. Elkin e Ivonne se asomaron a la puerta de la habitación. Las lágrimas rodaban abundantes por las mejillas de la niña. Era incapaz de comprender por qué tenía dos cables conectados al pecho. Estaba a punto de ser intubada y su nerviosismo ante lo desconocido la invadía. Y no es para menos. En una UCI el temor de los niños es dormir sin la certeza de volver a despertar.

    —¿Qué me van a hacer? — preguntaba constantemente la niña.

    —Te vamos a poner anestesia — le decía la enfermera en tono apacible a la niña.

     

    Al lado de la camilla donde reposaba la pequeña había una mesa con instrumentos quirúrgicos (pinzas, agujas, porta agujas, jeringas, etc.) La madre de la niña estaba muda. Sus ojos, achocolatados. Se aferraba a una cobija.

     

    Elkin se acercó a la niña sigilosamente e hizo sonar su guitarra acústica de madera maciza y cuerdas de nailon. Interpretaba un círculo armónico de tres acordes e inventaba melodías que salían de su boca, en un intento por sosegar a la chiquilla. Como por arte de magia, el llanto cesó. El intensivista, que estaba encantado con la guitarreada inesperada, le pidió el favor a Elkin de que continuara con la serenata desde afuera, mientras intubaba a la niña.

     

    Finalizado el procedimiento, el galeno se acercó a la madre de la menor y le dijo, con sus ojos puestos en la niña:

     

    —¿Sí ves como relaja la música? Y a ti también.

     

    Pie de foto: Ivonne Mayorga y Elkin Franco, en la entrada de la UCI del Hospital Infantil Concejo de Medellín.

     

    Nota: el texto se publicó originalmente en el blog del autor: https://fedehoyosg.wixsite.com/website/post/la-medicina-del-esp%C3%ADritu

     

     

  • Lo que no se nombra, no existe

    Un recuento que supera el silencio y el tiempo, por recuerdos que revelan con qué trata una familia cuando una persona se debate en medio de las adicciones.

     

    Laura Restrepo Rodríguez / laura.restreporo@upb.edu.co

     

     

    Oriente

    Oriente

    Oriente

    Oriente

    Oriente

    Yo me voy a morir (Oriente)

    Caramba

    Me voy a matar (Oriente).

     

    En los pocos momentos en que Jorge se encontraba en su casa, escuchaba salsa, en especial Oriente, de Henry Fiol. No perdía oportunidad de poner a sonar la canción en su grabadora.

     

    Fruco, así lo llamaban sus amigos, no por el grupo de salsa sino por su gran parecido al mono de las salsas Fruco que salía en los comerciales de televisión de la época. Era 1980 cuando Jorge comenzó su adicción, tenía 16 años y estudiaba en el colegio Salazar y Herrera. “Era muy extrovertido, muy ágil e inteligente para que va a hablar uno. Era muy hábil para decir mentiras, para coger las cositas ajenas”, cuenta Mauricio, uno de los 13 hermanos Rodríguez Agudelo, quienes llegaron a Medellín en 1964 desde el Nordeste antioqueño, en busca de mejores oportunidades.

     

    Luz María Agudelo y Dagoberto Rodríguez se casaron el 12 de abril de 1953 en el municipio de Segovia. Ese mismo año nació la primera de los 14 hijos que tuvieron. De los ocho mujeres y seis hombres, diez nacieron en el municipio minero de Antioquia y los cuatro restantes en Medellín. Jorge fue el último en nacer en aquel contexto rural, quien luego tendría que adaptarse a la transición de una vida en la urbe y a ello agregarle una madre que tuvo que encargarse de las actividades de crianza y cuidado sin ningún apoyo.

     

    Llegaron a la calle 82, luego a la calle El Palo y finalmente se instalaron en el barrio Cristóbal, ubicado en la zona centro occidente de la ciudad. Los hijos mayores se encontraban trabajando para ese momento, era 1980 y Jorge comenzó a relacionarse con gente vinculada al expendido y consumo de drogas. “Empezó con los amigos allá en La América, una galladita de amigos muy viciosos y él se empezó a amañar ahí y en el colegio”, cuenta su hermano, con quien por edad compartía amigos, en especial los Córdoba, a quienes muchos conocían como los jíbaros del lugar y con quienes Fruco comenzó a estrechar sus vínculos.

     

    A sus 16 años comenzó a consumir marihuana, sus hermanos comenzaron a notarlo porque llegaba con los ojos rojos. Se dejó crecer el pelo por un tiempo y empezó a usar camisas leñadoras, “ya uno sabia cuando estaba trabado”, dice Mauricio. Luego vino el vicio del bazuco que combinaba con marihuana y, a partir de ahí, Jorge empezó a amanecer en la calle y su familia el sufrimiento de convivir con un adicto. Su hermano cuenta que “después le empezó a gustar la cocaína y en las facciones de la cara se notaba, la bazuca adelgaza, empezó a coger físico de drogadicto”. Ya no era uno sino tres tipos de sustancias las que consumía.

     

    Transformaciones profundas

    Según el psiquiatra Álvaro Cárdenas, “los pacientes que utilizan estimulantes como la cocaína tienen mucho riesgo compulsivo, de arritmias cardiacas, hay un empobrecimiento tisular generalizado, se enflaquecen, la piel pierde brillo, lozanía. El aspecto del cocainómano con el tiempo se va notando, una persona deteriorada físicamente”, lo anterior habla de los daños aparentes, en la parte mental hay un deterioro más profundo. Al consumir este tipo de sustancias el área tegmental ventral del hipocampo se ve alterada, esta zona es donde el cerebro regula la recompensa y el placer. “Cuando un muchacho empieza a usar sustancias que generan placer, se corre el riesgo de que en la estimulación de ese placer se genere aprendizaje, eso es un complique, esos muchachos cuando quieren dejar de consumir les resulta muy difícil porque hay un área muy primitiva que está sobre estimulada, que está pidiendo el estímulo y donde la voluntad está muy nueva”, explica Cárdenas.

     

    La capacidad de decisión para esas personas se queda corta, el cerebro relaciona el consumo con mayor producción de dopamina, lo que genera un efecto placentero y, al no recibir esas dosis, la ansiedad con la que responde el cuerpo es muy fuerte. Así lo menciona el doctor Cárdenas “Estos muchachos se vuelven muy ansiosos entonces acuden a benzodiacepinas, alcohol. Ellos descubren que la ansiedad se baja con depresores, entonces acaban con poli adicciones”.

     

    Cuando el consumo de sustancias como el bazuco se hizo más habitual, Jorge ya no era tan bienvenido en su casa, las normas cambiaron y los horarios para ingresar se volvieron más restrictivos. Debian ir a buscarlo a un sitio llamado El Avión, una tienda en la calle 40 del barrio Cristóbal. “Ahí empezó a relacionarse con todos los amigos que en esa época eran de marihuana y de bazuca, esa era la droga de moda en ese tiempo”, dice Mauricio sobre lo que pasaba entre los años 80 y 90.

     

    Según el proyecto sobre sustancias psicoactivas Échele cabeza, el bazuco está compuesto de alcaloides de la hoja de coca, procesados en la pasta base de la cocaína y es adulterado con sustancias como la cafeína, anfetaminas, la acetona, la gasolina roja, insecticidas o el Levamisol, que es usado en el mercado como desparasitante de animales. Julián Quintero, codirector de la Corporación Acción Técnica Social, dedicada a la investigación y regulación de mercados de sustancias ilegales habla en el podcast Dosis de los tipos de consumo que pueden clasificarse en problemático, recreativo o adictivo y hace énfasis en el tipo de cocaína que se consume en Colombia, la cual en un 90% es pura y en un 10% es contaminada. Esto, aparte de ser una problemática social que parece lejana, se convirtió en la realidad cercana de los Rodríguez Agudelo.

     

    Fruco para los amigos y Jorge para la familia, nunca pudo tener una larga temporada sin consumo, pero cuando llegaban esos momentos de lucidez era trabajador y de muy buen gusto, disfrutaba de la buena comida y siempre quería verse bien. Su hermana Marina lo recuerda en los pocos momentos que interactuaban: “Hay veces que hacía de comer, hacía lo que le provocaba, el a mí me pedía mucho que le hiciera la torta casera y yo le decía: ‘Jorge ya venden la torta casera’ y él me decía: ‘No, no, no eso no es lo mismo, yo le traigo los ingredientes’. Llegaba a veces y me decía: ‘Mona, aquí le traje o hice esto y le traje’. Él era de muy buen comer y le gustaban las comidas buenas, de muy buen paladar.”

     

    A veces Jorge también llegaba apurado. Cuenta Marina que decía: “ ‘Bueno mamá, despáchame rápido que me están esperando’, pero era pura manipulación, era para que le sirvieran de primero y apenas veía uno, estaba haciendo la siesta para después irse a trabajar.” Dice la hermana que siempre había sido hábil y evasivo, en las ocasiones que se le preguntaba por qué consumía la respuesta era un “porque se me da la gana” cada vez más violento.

     

    Los cambios en el semblante de Jorge ya se aprecian en esta imagen de una celebración con la familia que persistía en su intento de mantenerlo cerca y sobrio. Foto: Cortesía.

     

    Complicaciones

    Los primeros cinco años de los veinte que duró la adicción de Jorge no habían sido muy problemáticos, cuando cumplió los 21 ya había una poli adicción, el bazuco y la cocaína se agregaron a las sustancias que consumía diariamente, sin dejar de lado la marihuana que funcionaba como un depresor. Los 15 años restantes se vieron rodeados de violencia, no se podían dejar cosas en la casa porque su destino final sería una prendería.

     

    “El sufrimiento de mi mamá de estar pendiente de él, de que llegaba tarde o no llegaba o se subía por los techos, eso es lo que dañó el ambiente familiar”, Marina lo cuenta mientras le cuesta recordar. Como una de las mayores, cuidaba de los más pequeños y debía trabajar para sustentar sus propias necesidades. “Él se perdía hasta sus ocho días, no ha llegado, era esa zozobra en la casa. Cuando aparecía, tocaba el timbre y uno se asomaba al balcón, yo le decía: ‘Ay, Jorge no te puedo dejar entrar’ y él me decía: ‘Ay, déjeme que yo me manejo bien’ y uno se entraba destrozado sabiendo que no lo podía recibir, porque ya había orden, mi mamá decía no hay que abrirle la puerta a ver si de pronto cambia o alguna cosa”.

     

    Muchas de las otras medidas que la madre tuvo que tomar consistieron en sacarle la comida a la puerta, lo que también representó muchas discusiones. Algunos en la familia apoyaban que entrara para que no pasara la noche en la calle o siguiera consumiendo, otros decían que había que ponerle mano dura y no era justo que entrara en esas condiciones; la comida no rendía con el apetito que a Jorge le abrían las drogas y había que esconderla para hacerla rendir. Las discusiones llegaron hasta las agresiones físicas entre los hermanos.

     

    Según la psicóloga de familia Gloria Pérez, “tener un miembro adicto generalmente genera resquebrajamiento de las familias, decisiones, inculpaciones y evasión de esa problemática por la frustración que genera, aunque en muchos casos es una realidad dura que une a los miembros”. En este caso fue todo lo contrario, se empezaron a hacer más evidentes las divisiones, no había respeto por la autoridad y Jorge había desarrollado una adicción severa. La doctora Pérez añade que incluso las familias pueden convertirse en codependientes, pues los adictos muchas veces son chivos expiatorios de patologías relacionales del grupo.

     

    Marta, otra de las hermanas, coincide: “Yo creo que es más que todo la intolerancia familiar, lo más enfermo son las mismas familias. Él a veces quería quedarse aquí. Yo una vez le regalé un televisor para que se quedara más en la casa y la mamá decía que no, que él no se iba a quedar todo el día ahí, que se fuera y se lo quitaron” y explica: “Creo que como fuimos una familia numerosa, era más difícil que todos estuvieran de acuerdo. Incluso muchos le atribuyen su mayor recaída a una ruptura amorosa con una novia, que al ver que estaba metido en ese mundo decidió alejarlo de su vida y el final de esa relación representó posiblemente una necesidad de huir por parte de él.

    Para Margarita Moreno, trabajadora social y docente del grupo investigativo de Familia en la Universidad Pontificia Bolivariana, ese tipo de dinámicas familiares representan el modelo tradicional de crianza donde hay una desvinculación del hombre en las tareas de cuidado: “Uno encuentra distintos tipos de crianza que varían de acuerdo con esa participación del hombre. En las familias tradicionales sí hay un ejercicio del poder del hombre hacia la mujer. Muchas veces ella es ama de casa, ejerce ese trabajo de cuidado, pero no lo nombran cuidado. Eso es un trabajo y económicamente aporta mucho.”

     

    Los Rodríguez Agudelo, hacen parte las familias numerosas de las décadas del 60 o 70, época en la que la transición demográfica estaba en un 5.6%, es decir que en promedio se tenían cinco hijos por familia, a pesar de que para su caso hubo un excedente de nueve personas. Los 14 hijos estaban a cargo de una sola persona, su madre, lo que implicaba una sobrecarga en las tareas domésticas y del cuidado. Luz María asumía esto además del rol de autoridad mientras su esposo trabajaba distribuyendo refrescos por las carreteras del nordeste de Antioquia.

     

    Según la profesora Margarita Moreno, también está la sacralización de la maternidad, que tiene que ver con el mito mariano o el de la Sagrada Familia, en el que se entroniza el papel de la madre, pero en la práctica hay subordinación. En este contexto, sumar la variable demográfica de una familia extensa genera más condicionamientos, por las circunstancias económicas, la accesibilidad a la educación, la necesidad de conseguir un trabajo para mejorar las oportunidades y los factores que establecieron la decisión de migrar de un pueblo a una ciudad, con las complicaciones del contexto urbano que fue el que tocó a Jorge.

     

    Margarita Moreno menciona que “la adicción lleva a un punto límite donde detrás va la persona y detrás va la familia, entonces se deteriora la salud mental, con la paz, con el ambiente”. El éxito en las dinámicas de una familia depende más de la manera en que se afrontan retos como las ausencias.

     

    Tocar fondo y luego…

    Hubo varias ocasiones en las que Jorge tocó fondo, aunque para él realmente nunca hubo un límite, pues parecía llegar más lejos. Marta cuenta que: “Una vez robó un arma y lo metieron a la cárcel. Llegó todo juicioso pero ya había un prejuicio, él llegó con ganas de mejorar, pero no encontró ese apoyo”. Durante la adicción hubo muchos periodos donde permaneció internado, estuvo en tres centros de rehabilitación y más veces de las que pueden contarse con los dedos de una mano, estuvo recluido.

     

    Lina, otra de las hermanas, trata de recordar la ocasión en que tuvo que ayudarlo a salir de la cárcel Bellavista por el robo del arma. Para la época se encontraba cursando el cuarto año de derecho: “Era la primera vez que iba a una cárcel de esa magnitud, ya después llegar al patio de él y verlo tras las rejas con todas esas personas para mí no fue fácil, darle la mano, saludarlo. Sin embargo, yo a él lo vi relativamente tranquilo. Él me dijo que quería salir ligero, entonces hablamos de la audiencia que íbamos a tener en la Fiscalía”.

     

    El prontuario criminal no reuslta la huella más difícil de borrar, según cuenta Lina: “Yo hice parte y me siento víctima de esa adicción, en el sentido de la violencia que se vivió, de esos miedos que se despertaron en mi tan tenaces y con los cuales todavía batallo”. Para Lina, su hermano marcó un antes y un después en la historia de su familia, algunas medidas que se implementaron hace 35 años siguen vigentes: las puertas de la casa se mantienen cerradas porque la familia no olvida la angustia que les producía la llegada de Jorge a tocar la puerta y el timbre en la madrugada, luego de sus noches de excesos. Se cansaron y la confianza se acabó.

     

    “Mi mamá le sacaba la comida tipo seis de la tarde porque no se dejaba entrar por días”, recuerda Lina y explica: “Para una mujer que viene de un pueblo, adaptarse a la ciudad le quedó muy difícil con todas esas necesidades que teníamos los hijos a nivel afectivo y emocional, porque era una carga demasiado alta para ella”. En 2001 murió Dagoberto Rodríguez, el padre. Le dijo a Jorge en su última conversación que, si no cambiaba y se comportaba bien con la mamá, él se lo llevaba. 18 meses después esa última palabra tuvo efectos.

     

    El último contacto con Jorge solo lo tuvieron algunos de sus hermanos, cerca a un almacén de cadena en la plaza de La América. Envió un angelito de regalo para una de sus sobrinas y por eso para sus hermanos Jorge fue un ser noble que no encontró un mejor reemplazo para la ausencia que las drogas.

     

    Ese dos de agosto Jorge estuvo en un concierto de salsa en Envigado y luego se encontró en La América con Mauricio: “Yo hasta estuve con él por ahí hasta las cuatro o tres de la mañana, ya en un tiro yo le dije: ‘Vámonos’ y él me dijo: ‘No, yo quiero ver amanecer’”.

     

    Al levantarse al mediodía siguiente, Mauricio supo por su mamá que Jorge no había ido a la casa. “Cuando me dio por subir a La América y me dicen: ‘¿Cómo siguió Fruco?’ Y yo: ‘¿De qué?’ Y me dijeron: ‘A Fruco lo apuñalaron anoche’ ”. La búsqueda llegó hasta la Unidad Intermedia de San Javier donde le dijeron que ese muchacho ya había fallecido y de ahí fue remitido al anfiteatro. “Cuando llegué me mostraron la foto y lo reconocí, también me mostraron el cuerpo”, cuenta Mauricio que tuvo que acompañar la reacción de dolor de su madre.

     

    Paradójicamente, fue con la madre de unos jóvenes del mundo de las drogas que Fruco había tenido un altercado durante su última mañana. El asesinato con el que se quiso ajustar cuentas fue el inicio de una nueva etapa para que la familia procesara todo lo vivido al hacer un voto que bien retrata Rubén Blades en Amor y control: “y por más drogas que uses, y por más que nos abuses, la familia y yo tenemos que atenderte”.

     

    Que por error fuera otro el cuerpo que llegó a la sala de velación cuando toda la familia esperaba los restos de Jorge, fue para algunos de sus hermanos el retrato póstumo de un ser que nunca se sintió identificado. Dicen que por eso amaba escuchar Oriente, porque se sentía como un pájaro perdido en el mundo.

     

    Yo me voy a morir (Oriente)

    Caramba

    Me voy a matar (Oriente)

    Mira baby

    Me voy a morir (Oriente).

    Un pajarito herido

    Abandonado en el mundo

    Con desespero profundo

    Vuela buscando su nido.

    Totalmente perdido

    Como un ciego sin bastón

    Se le tiembla el corazón

    Y adivina hacia el monte

    Y busca el horizonte

    Con esperanza y resignación.

     

  • Una tarde con la muerte

    Federico Hoyos Gutiérrez / federico.hoyos@upb.edu.co

     

     

    En el laboratorio de Mateo están estrictamente prohibidas las fotografías, uno de los detalles con los que se expresa respeto a la memoria del difunto. Esta es una imagen de referencia del tipo de procedimientos que se hacen. Fuente aquí.

     

    Mateo Posada lleva hora y media preparando con esmero el cadáver en la mesa de disección del laboratorio. Ya es la una de la tarde. Una vez más, la muerte retrasa su almuerzo. Diógenes Cano, compañero de turno, se asoma por la puerta de vidrio opalizada.

     

    –¡Este hijueputa es muy lento!

     

    –Mijo, las cosas bien hechecitas, responde Mateo.

     

    El segundo cadáver de la jornada pertenece a un hombre de unos 45 años, piel mestiza, nariz aguileña y cabello castaño. Encontró la muerte en un accidente de tránsito. Su rostro es sereno. Tiene los ojos y la boca cerrados, como si durmiera plácidamente. Su alma reposa en el más allá, mientras que en el más acá su cuerpo desnudo yace abierto, con las vísceras a la vista. Está tendido en una mesa hidráulica de acero inoxidable.

     

    El olor no es tan penetrante gracias a que el líquido preservante empieza a cobrar efecto y los cuatro infatigables extractores cumplen su tarea. No hace calor pese a que los tres ventiladores del laboratorio están apagados.

     

    Por tratarse de una muerte violenta, el cadáver fue sometido a una necropsia en Medicina Legal. Los médicos forenses destrozaron el sistema circulatorio, lo que hace más dispendiosa la preparación del cuerpo sin vida.

     

    Después de bañar el cadáver con una manguera, Posada extrae las vísceras. Lo que antes era un hígado, un intestino, unos riñones, un corazón y unos pulmones, ahora es un conjunto de masas amorfas y flácidas que se lava en otra mesa de disección, aparte del cuerpo. Las vísceras (o, más bien, lo que queda de ellas) son introducidas en una bolsa roja con químicos preservantes que Mateo deposita en una caneca para que la sustancia actúe.

     

    Mientras las vísceras se desinfectan, el muchacho introduce en las arterias del cadáver una cánula unida a una manguera conectada con una bomba electro inyectora. Aquel aparato introduce a presión un líquido rojizo, que se llama Tanatil. Sirve para retrasar la descomposición del cuerpo. Es un compuesto de alcohol, glicerina, ácido fénico y colorantes. El formol ya es cuento del pasado. Muchas funerarias desistieron de su uso debido a su potencial carcinogénico para los seres humanos.

     

    Para que el Tanatil fluya con normalidad, debe inyectarse a una presión de cinco libras por pulgada cuadrada, dice Mateo. Si se aumenta la presión, el cuerpo se hincha y se corre el riesgo de romper las pocas arterias que quedan.

     

    Como el sistema circulatorio del fallecido está dañado, Mateo debe hacer una inyección sectorizada, es decir, introducir el líquido preservante en cada una de las extremidades y reparar las arterias averiadas. Comienza desde arriba en las axilares, después en la carótida (en la parte lateral del cuello), y finaliza en las femorales. La idea de este proceso es intercambiar la sangre por el químico conservante.

     

    Después de inyectar el Tanatil, Mateo introduce las vísceras en el cuerpo. Están envueltas en la bolsa roja. Es el momento del “apanado”. Así se le llama en el argot funerario al procedimiento que consiste en esparcir aserrín por la cavidad torácica para secar del cuerpo y evitar el derrame de fluidos durante la velación y el entierro. El olor que emana el aserrín penetra el tapabocas.

     

    El cadáver, “apanado”, ya está listo para la sutura. Mateo, armado con nailon y una aguja en forma de S, cose lentamente la cavidad torácica. Desde el ombligo hasta el esternón. Su concentración se asemeja a la de una abuelita que borda manteles.

     

    El procedimiento es amenizado con rock ochentero. Desde el celular de Mateo suenan las canciones que tiene guardadas en una lista de reproducción: Hotel California, Hold the Line, Sweet Home Alabama, Beds are Burning… “Escucho musiquita pa’ no aburrirme”, dice.

     

    Mateo tiene el cabello engominado al estilo de Elvis Presley. Es flaco, alto, de tez blanca y raudo caminar. Viste una pijama quirúrgica azul oscuro, botas pantaneras, tapabocas y guantes de látex. De sus 22 años ha dedicado cinco y medio a ganarse la vida con la muerte.

     

    Recuerda el 24 de diciembre de 2016 como si fuera ayer. Ese día acompañó a un amigo a recoger un cuerpo. Era una señora de mediana edad. “Me dio mucha impresión”, rememora. Durante aquella Nochebuena también ingresó por vez primera al tanatorio de la Funeraria San Juan Bautista, de Medellín. “Solo he trabajado acá. Esta, literalmente, se vuelve la segunda casa de uno”, cuenta.

     

    Ha preparado unos mil cuerpos. Pese a su corta edad, le ha tocado de todo: niños, personas de talla baja, quemados, decapitados, ahogados y hasta una familia entera asesinada a machetazos. Ya se enfrenta a la muerte sin temor. “Todos nos vamos a ir”, afirma con serenidad de estoico. Eso sí, reconoce con franqueza que prefiere ser cremado. Por su trabajo recibe un millón doscientos mil pesos al mes, más veinte mil adicionales por cada cadáver que prepara. En promedio arregla entre dos y tres al día.

     

    Comenzó empíricamente y después se certificó en el SENA como técnico en Tanatopraxia, nombre que tiene la disciplina de conservar y embellecer los cadáveres con el objetivo de presentar a los parientes y amigos del difunto una imagen lo más natural posible de este. Los tanatólogos, como Mateo, preparan al cadáver tal cual como la familia quiere recordarlo para que los seres queridos puedan afrontar el duelo de una forma más llevadera. “Todos estos cuerpos tienen una biografía”, afirma el joven con aire meditabundo.

     

    Un poco de historia

     

    La tanatopraxia se realiza desde épocas ancestrales, cuando los sacerdotes de Anubis en el antiguo Egipto embalsamaban a los fallecidos y celebraban ceremonias fúnebres en su honor. Siglos más tarde (de acuerdo con el libro Manual de tanatopraxia) Jean-Nicolas Gannal (1791-1852), un oficial del ejército francés que participó en la invasión napoleónica de Rusia en 1812 empezó a experimentar métodos para preservar los cadáveres de soldados galos caídos en el campo de batalla, con el fin de facilitar su repatriación. Gannal se convirtió en el padre de la tanatopraxia moderna.

     

    “El proceso inventado por Gannal consistía en hacer una pequeña incisión en el lado del cuello donde se encuentra la arteria carótida en la que, con la ayuda de una bomba, se inyectaba el líquido conservador (una solución de acetato y de sulfato de aluminio); en dos horas, la operación había terminado y el cuerpo yacía encerrado en un ataúd de plomo. Una operación rápida, limpia y segura”, dice el libro.

     

    La Tanatopraxia en Colombia apenas comenzó a profesionalizarse en los albores del siglo XXI. Anteriormente se realizaba de manera empírica y muchos tanatólogos hacían los procedimientos en los hogares de los difuntos. En 2001 el Tecnológico de Antioquia se convirtió en la primera institución del país en crear el programa de técnico profesional en Tanatopraxia y Disección.

     

    Seis años más tarde (en 2007) el SENA instituyó el programa de técnico en Tanatopraxia, el cual tiene una duración de cuatro semestres. Los aspirantes a este programa deben tener título de bachiller académico, 16 años cumplidos (como mínimo) y pasar un examen “de aptitud y conocimiento”. No se necesita experiencia laboral previa.

     

     

    Jean-Nicolas Gannal, padre de la tanatopraxia moderna. Fuente de la imagen aquí.

     

    Ana María Chavarría Álvarez, en su texto titulado Términos básicos de tanatología, expone algunos elementos que caracterizan el perfil de los profesionales de la muerte: “El Tanatólogo debe tener, entre otras cualidades, sensibilidad, competencia profesional, paciencia, honestidad, flexibilidad y madurez, pero sobre todo el Tanatólogo tiene que haber explorado su propia espiritualidad”.

     

    Carlos Arturo Murillo, jefe de servicios de la Funeraria San Juan Bautista, dice que en Medellín puede haber entre 80 y 100 tanatólogos en ejercicio, aproximadamente. Según Fenalco, el sector funerario emplea cerca de 13 000 personas en 2 260 establecimientos dedicados a esa actividad en el país. La Cámara de Comercio de Medellín para Antioquia estima que en la ciudad existen 49 establecimientos que se dedican a los servicios funerarios. “Sin embargo, teniendo en cuenta las subregiones antioqueñas, son 177 empresas en total, la mayoría de ellas microempresas”, dice la entidad.

     

    De vuelta en el laboratorio

     

    Mateo termina de coser el tórax del difunto. Ahora se dispone a suturar el cuero cabelludo. Pero antes hay que botar el cerebro. El chico advierte que, si se deja la masa encefálica en el cráneo, el cuerpo se descompone más rápido y se echaría a perder todo el procedimiento. Entonces utiliza su creatividad para construir una figura similar al cerebro, mezclando algodón con el aserrín sobrante.

     

    El embellecedor de muertos debe bañar nuevamente el cadáver para quitar los restos de aserrín que quedan en la piel. Después de la segunda ducha, procede a limpiar el cuerpo con jabón de cocina. Pues dice que se les acabó el shampoo especial para desinfectar el cadáver. Luego, se dedica a taponar las fosas nasales y la boca del fallecido con algodón. Acto seguido, lo afeita y lo viste. La familia eligió ver al difunto por última vez con bluyín y una camiseta playera con estampado de palmeras y flores. “Está bonita la camiseta”, dice el tanatólogo.

     

    El hombre se dirige hacia uno de los gabinetes del laboratorio y saca una cajita de plástico que contiene labiales, delineadores de ojos, brochas para el rubor, pinceles, cremas hidratantes y paletas de colores. “Aquí llega la vanidad de las personas”, dice. Hora del maquillaje: hora de disimular los vestigios de la muerte. Poco a poco, Mateo hace desaparecer los moretones del rostro. “Esto es de mucha creatividad. Todo va en los detalles”, reflexiona mientras une los labios del difunto con pegamento.

     

     

    La tanatoestética es uno de los procedimientos que hacen parte de la tanatopraxia. Imagen de referencia. Fuente aquí.

     

    Son las 2:23 de la tarde. Mateo se retira del laboratorio para traer el cofre. El cadáver y la música acompañan al cronista. Los dos minutos que tarda en volver parecen dos horas. Regresa acompañado por cuatro colegas de la funeraria, quienes lo ayudan a introducir el rígido cuerpo en un ataúd marrón. A las 2:30 se llevan el cadáver en la pijama de madera, listo para el sueño eterno.

     

    Sin embargo, al escuchar el motor del carro fúnebre al encenderse, Mateo sale corriendo desesperado y grita:

     

    – ¡Ey, no lo monten todavía!

     

    Se acordó a tiempo de que no le había colocado el escapulario al difunto. En aquel momento se me viene a la mente la frase que me había dicho minutos antes: “Todo va en los detalles”. Ahora sí, el fallecido puede partir tranquilo.

     

    Son las 2:45. La muerte, por fin, le permite almorzar a Mateo. Los tanatólogos de la funeraria San Juan Bautista suelen matar el tiempo en Delicias El Corral, una panadería donde este chico se devora en cinco minutos un pastel ranchero de queso y salchicha. “Yo como mucho, güevón”. Habla con la satisfacción de un niño con juguetes nuevos. En cambio, a mí, el recuerdo del difunto a duras penas me permite tomar una Coca-Cola.

     

    “Todos saben lo que van a hacer el día de su cumpleaños, pero nadie sabe lo que va a hacer el último día de su vida”, reflexiona Guillermo Jaramillo, un hombre calvo y bonachón que lleva más de 15 años en el oficio de la tanatopraxia. Mateo y sus colegas quizá ya no se acuerden del difunto. Yo, por más que intente, jamás lo podré olvidar.

     

    Nota: una primera versión de este texto se publicó en el weblog del autor.

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    Reseña

    Esta crónica es el relato vivo y espontáneo de una inmersión en un laboratorio de tanatopraxia en una reconocida funeraria del barrio Prado, de Medellín. Es el enfrentamiento directo y sin escrúpulos del cronista con la muerte: el acto de poner en palabras el proceso al que es sometido un cuerpo sin vida antes de ser sepultado.  La Tanatopraxia es mucho más que preparar cadáveres: es el oficio encargado de embellecer y dignificar la muerte humana.  

     

  • Una decisión llamada Arte 13

     

    Sara Rodríguez Lopera / sara.rodriguezlo@upb.edu.co

    En algún tiempo se pensó que los grupos al margen de la ley eran la única figura de poder y admiración para los jóvenes de la comuna 13. Ahora, son numerosas las iniciativas comunitarias que surgen como oportunidades para romper con este estereotipo. Una de ellas es el circo Arte 13, un espacio donde se despliegan, para la juventud, experiencias físicas, cognitivas y laborales que antes no existían, mediante la tarea de despertar la pasión por el arte circense.

     

    Estos artistas han logrado expresarse y despertar el interés de los más pequeños en un nuevo proyecto de vida.

    Foto: María Camila Acevedo Tangarife.

     

    La comuna San Javier, mejor conocida como la comuna 13, está ubicada en el occidente de la ciudad de Medellín; limita con las comunas Robledo y La América, y con los corregimientos de Alta Vista y San Cristóbal. Además, cuenta con 19 barrios, entre ellos, El Salado. Este limita con algunos otros barrios como 20 de Julio, Las Independencias y Nuevo Conquistadores.

     

    Esta zona del occidente de Medellín se hizo tristemente reconocida por su pasado violento tras la las operaciones militares del año 2002, pero hoy se le conoce más como un territorio que ha tomado el arte como herramienta de memoria y resiliencia, que convirtió el lugar en uno de los sitios turísticos más reconocidos en la ciudad, gracias a ofertas culturales como sus recorridos temáticos por la zona, entre los que se destaca el llamado Graffitour.

    La vida en El Salado, uno de estos barrios se hace en la calle, la casa solo es para dormir: los vendedores de “raspao” y platanitos fritos esperan a que los niños terminen su jornada escolar, en las panaderías se cierran negocios y las escaleras de la cancha de fútbol se vuelven el lugar donde los enamorados se encuentran para conversar. Mientras más se sube por las calles de este barrio, se ven más casitas que, por sus materiales, parecen recién llegadas, más mototaxis pitan y más estrecha se vuelve la acera, que llega incluso a desaparecer.

     

    A unas tres cuadras de El Salado comienza el Graffitour, un paseo entre lo turístico y la vida que llevan los habitantes de la comuna 13, pues se podría decir que algunas de sus paradas como la que se hace en la Unidad de Vida Articulada (UVA) Huellas de Vida de San Javier, la Casa de la Justicia 20 de Julio, la cancha San Javier Salado Arenilla, la Biblioteca Pública Comfenalco Centro Occidental y la Institución Educativa La Independencia – Sede amor al niño, no son especialmente atractivos para los turistas con ánimos de tomar fotos, beber cerveza y gastar en artesanías locales.

     

    Aun así, esto no significa que El Salado sea ajeno a la vida que cuenta el Graffitour, pues allí, de hecho, habitan personas que trabajan en el turismo y dependen de la sed, hambre y necesidad de distraerse de los visitantes. Una de las maneras más recurrentes que usan los habitantes de la comuna 13 para entretener y dar a conocer su historia es mediante el baile, junto al canto, el muralismo y, más recientemente, el circo. Ahí es donde Arte 13 ocupa un importante lugar.

    Vendedores de “raspao”, “mecato” y BonIce ubicados a la salida de la I. E. Educativa – Sede amor al niño, esperando a que los niños terminen su jornada escolar. Foto: Sara Rodríguez Lopera

     

    La UVA Huellas de Vida de San Javier y la Casa de la Justicia 20 de Julio son de los lugares más significativos e importantes dentro de la comuna de San Javier. Foto: Sara Rodríguez Lopera.

     

    Arte 13

    Autodefinida como “una organización artística dedicada a la formación de niños, niñas y juventudes en situación de vulnerabilidad”, Arte 13 es una organización juvenil que “se enfoca en las artes circenses como estrategia pedagógica para la transformación social (…) en donde se sostienen semilleros de circo social, que reflexionan en torno a diferentes problemáticas sociales”, según uno de sus líderes, Julián Salazar.

     

    Todo comenzó en lo que ahora es la UVA Huellas de Vida de San Javier, cuando la corporación Combos se encontraba realizando talleres para un proyecto de pedagogía vivencial. Entre estos talleres había uno para aprender a montar zancos. Para ese entonces, Julián Salazar, Sebastián Salazar y Alexis Cano cursaban noveno grado en la Institución Educativa La Independencia sede bachillerato y cuando vieron los zancos, se interesaron por cursar el taller.

     

    Una vez dominados los zancos y terminado el curso, un profesor les regaló seis pares de estos artefactos para que continuaran practicando y de esta manera se convirtieron en los fundadores de lo que después sería toda una organización promotora del arte. A ellos se sumó su amigo Harold Arbeláez, quien recuerda que: “Cuando apenas estaba empezando Arte 13, bajábamos a practicar zancos en la sede de una corporación llamada ACJ (Asociación Cristiana de Jóvenes)”. Fue allí donde se regó la voz de que se estaba iniciando un circo. Poco a poco las personas se motivaron y el grupo comenzó a crecer, la comuna los reconocía como artistas y de allí salió su nombre. Más tarde, se gestionó con la I.E. La Independencia el préstamo de sus instalaciones para la práctica, pues además de que su ubicación era cerca y central, ya había colaborado para guardar materiales en iniciativas anteriores de sus egresados que participaban en el nuevo circo, por lo que mantenían intacto su vínculo con la institución.

    Chicos y chicas desde los 14 hasta 28 años llegaron a Arte 13 por dos razones: gracias a su descubrimiento en las múltiples presentaciones en el Graffitour y por medio de la invitación de un amigo o integrante del grupo. Hoy en día el grupo cuenta con alrededor de 33 integrantes; sin embargo, a los entrenamientos asisten unas 15 personas. Según los artistas, esta asistencia está alimentada por tres intereses: porque quieren aprender circo, porque el entrenamiento les permite entretenerse y divertirse, y porque los chicos pueden despejar su mente. Dicen que cuando se entrena no importa nada más que lo que se está haciendo; cada uno es libre de elegir qué quiere aprender, practicar o mejorar. A veces entrenan individualmente, otras veces se unen en pareja y cuando se van a hacer trucos en el aire, casi todo el grupo está presente para atajar a quien esté en la cima.

     

    De izquierda a derecha:

    Institución Educativa La Independencia – Sede amor al niño; donde se realizan los entrenamientos de Arte 13. Foto: Sara Rodríguez Lopera

    Harold Arbeláez en el papel de Clown y Sebastián Salazar como zanquista en la celebración del día del niño en la I. E. La Independencia – Sede amor al niño, primaria. Foto: Maria Camila Acevedo Tangarife.

    Julián Salazar durante una actividad en el Parque de El Poblado. Foto: Cortesía.

     

    Su hogar

    Antes de la pandemia, Arte 13 tenía una pequeña casa al lado de una de las famosas escaleras eléctricas; allí los turistas e interesados iban a aprender y apoyar el arte circense. De ese modo había una forma de sustento económico y de entretención para los chicos, esa era además la sede para planear los futuros proyectos. Sin embargo, durante el confinamiento no había quién riera con los clowns, se asombrara con los zanqueros, ni se entretuviera con los malabares; no había manera de pagar el arriendo y tuvieron que abandonar aquella casa que se había convertido en su segundo hogar. El lugar, que era el segundo piso de una construcción de tres, ahora pertenece al Museo de Café, que ocupa los tres niveles de la construcción.

     

    La I. E. La Independencia – Sede amor al niño, nunca dejó de ser el lugar de entrenamiento, pero ahora, los zancos, los disfraces y los monociclos debían guardarse en una pequeña bodega al lado del salón de música. La bodega, divida en tres secciones (una donde alojan los zancos, otra el vestuario y la última para las clavas, diábolos, cintas y demás), se convirtió entonces el reemplazo de la anterior casa.

     

    Antes de comenzar el entrenamiento, todo el grupo se reúne en un círculo para calentar y activar el cuerpo mediante juegos. Luego, cada quién decide qué hacer y con quién hacerlo. Foto: Sara Rodríguez Lopera.
    El Museo de café, antigua sede de Arte 13, es un espacio en el que los turistas conocen el proceso de esta bebida. Foto: Sara Rodríguez Lopera

    Aunque aparente ser pequeña, la bodega que sirve como nueva sede posee el suficiente espacio para alojar zancos de hasta tres metros de altura, más de 25 vestuarios y alrededor de 40 clavas. Foto: Sara Rodríguez Lopera.

     

    El día a día

    Cada miércoles y viernes a las seis y diez de la tarde, los chicos suben las escaleras que finalizan en la entrada del colegio. Dentro de él, un portero sentado en el lado derecho los espera y les da un apretón de manos después de abrir una corroída y ruidosa puerta metálica que deja ver el interior de la institución. Lo primero que se ve adelante es la cancha donde generalmente entrenan (cuando llueve lo hacen en el auditorio), a la derecha continúa un corredor que da a unas escaleras las cuales llevan, después de otro corredor, a la bodega donde almacenan sus pertenencias. A medida que van llegando los integrantes, se bajan los elementos con los que se desea practicar ese día y cuando el reloj comienza a pasar de las 6:15 de la tarde, el calentamiento inicia. Poco a poco van llegando los demás practicantes, provenientes del trabajo, estudio o de algún compromiso. Se quitan los jeans, se ponen pantaloneta o leggins, algunos se recogen el cabello y se unen al calentamiento. A las 7:40, 8:00 u 8:10 de la noche se termina el entrenamiento, a veces con más, otras veces con menos personas de las que llegaron al inicio.

     

    No es una fortaleza la puntualidad en Arte 13, ni a la llegada ni a la salida, pues la gran mayoría de los artistas trabaja, estudia o ayuda en la casa. Harold cuenta que cuando terminó bachillerato tuvo que retirarse por unos seis meses porque comenzó a trabajar para poder suplir sus necesidades. Hay integrantes del grupo que se van por días, meses, e incluso años y luego regresan. Harold cuenta que, al unirse de nuevo a Arte 13, reconoció sus habilidades y entendió que se le puede ayudar a las personas sin tener un título: “Comencé a desarrollarme como persona y a buscar mejores empleos”, asegura. “Hable con Tumix que él es un teso en el diábolo”, “Dígale a Ema que le explique cómo hacer una vuelta estrella”, “Juli te enseña malabares, aprendés de una con él”, mejor dicho, pregunte por lo que no vea, que en Arte 13 sobra talento y ganas de enseñar.

     

     

     

    << A “Tumix” el apodo le viene del colegio; sabe hacer malabares, trucos con el diábolo, maquillar y hacer equilibrio en la rola bola. ¿No sabe hacer ninguno de ellos? No se preocupe porque entre sus actividades favoritas está enseñar.

    Foto: María Camila Acevedo Tangarife

     

    Más allá del arte

    Además del talento y las ganas de enseñar, la salud mental en Arte 13 se trabaja a la par de lo físico. De hecho, durante el calentamiento se hacen ejercicios de respiración, control de las emociones y concientización de la práctica. En ellos se cierran los ojos, se grita y llora; también, al final, se discute sobre cómo se sintieron los artistas durante el entrenamiento. Emanuel, líder y Clown encargado de abrir los espectáculos, afirma que Arte 13 “también enseña a convivir en comunidad con valores como la confianza y la solidaridad. Se les enseña disciplina, que todo es trabajo y constancia”. En la misma línea, Julián, complementa que: “Los malabares, los zancos, las acrobacias y la práctica circense en general permite no solo tolerar la diferencia, sino ponerse en el lugar de los otros”. Incluso la mayoría de chicos del grupo están de acuerdo en que con el circo se han convertido en personas más empáticas, comprensivas y serviciales.

     

    De la misma manera, la salud mental en Arte 13 ha tenido repercusiones por fuera del grupo. Los chicos afirman que han experimentado un cambio y una transformación no solo en sí mismos, sino también en la relación con sus familiares y amigos, en la percepción de su realidad y en su manera de hablar. Desde que se pasa por la puerta de la institución, todos los problemas quedan afuera y las palabras de aliento inundan el lugar: “Téngase confianza”, es la más recurrente. Se saludan como si no se hubiesen visto en mucho tiempo y se abrazan como si no se fueran a volver a ver. Los líderes se encargan de recordarles a los chicos que lo más importante es el corazón y las ganas que se le pongan a este arte, que a pesar de que no tengan clavas para hacer malabares, las bombas llenas de arroz o arena sirven para comenzar, como les tocó hacer al principio.

     

    Harold cuenta que alguna vez trabajó en un laboratorio con jornadas de hasta 12 horas para poder suplir sus necesidades, pero ahora porta con orgullo una camisa con el logo del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (ICBF), trabajo en el que ya lleva seis meses y que consiguió gracias a la experiencia que le aportó Arte 13. Porque sí, el arte circense surge como una alternativa, pues gracias a los compromisos que adquieren en el entrenamiento y los talleres, diplomados y cursos que propicia Arte 13, es que los chicos tienen la oportunidad de obtener y aplicar a trabajos con ingresos económicos estables. Los integrantes del grupo están de acuerdo en que, con lo que han aprendido en Arte 13, podrían trabajar y generar ingresos económicos.

     

    El show

    Los espectáculos del grupo se cobran de acuerdo con el tipo de cliente que requiera de sus servicios. Por ejemplo, en el caso de una entidad constituida, se le cobra el transporte, maquillaje y vestuario; mientras que a la I. E. La Independencia – Sede amor al niño, no se les cobra, pues además de que la institución les brinda el lugar para entrenar, lo que les interesa es contribuir al cambio y trasformación de los chicos, no solo no solo en lo personal sino también social, pues los espectadores, en su gran mayoría niños de primaria, ven en ellos una figura de poder y admiración que pueden alcanzar; los respetan por lo que hacen y no por lo que tienen.

     

    Llegado el día de alguna demostración, los jóvenes artistas se visten con sus coloridos y brillantes trajes, luego Harold saca una cosmetiquera negra a la que ya no le funciona el cierre y se enfoca en ponerles la cara blanca y los ojos coloridos a sus compañeros; otros pocos, como Emanuel, se maquillan por su cuenta. Este último es Clown y encargado de abrir los espectáculos; antes de salir, mientras suena la canción Alegría del Circo del Sol, realiza un pequeño ritual para conectar con su personaje. El Clown sale y anima al público, hace trucos con el diábolo y algo de mímica; luego, salen los zanquistas, altos e imponentes, la chica de gimnasia rítmica también entra en escena con sus cintas, aparece además un segundo Clown, y así cada integrante interviene en el espectáculo haciendo lo que mejor sabe hacer. Al final de la presentación se toman de la mano y hacen la venia; los espectadores se emocionan y rompen las filas para ir a saludarlos, abrazarlos y tomarse fotos con ellos. Sus ojos brillan, desean tocarlos, que los vean: quieren ser ellos. Después de cinco minutos las profesoras intervienen para volver a las filas y al orden.

     

    En celebraciones como el día del niño, aquí con los estudiantes de la I. E. La Independencia – Sede amor al niño, los artistas proyectan todo su talento y reciben la admiración de los espectadores. Foto: María Camila Acevedo Tangarife.

     

     

     

    << Harold suele maquillar a todos los artistas en tiempo récord. Solo necesita un par de sombras de colores, un pincel y un pinta caritas blanco. Emanuel, en cambio, se aparta del grupo y pronuncia sus cejas con un lápiz negro. Foto: Sara Rodríguez Lopera

     

    Una elección

    Arte 13, más allá de los espectáculos y los entrenamientos, ha generado un espacio en el cual se ha posibilitado el surgimiento de oportunidades a nivel físico (manejo de zancos, habilidad en los malabares), cognitivo (nuevos lenguajes y percepción de la realidad) y laboral (talleres, cursos y diplomados). Líderes como Julián Salazar, Sebastián Salazar, Harold Arbeláez, Deisy Flórez y Emanuel Rivera se han convertido en nuevas figuras de admiración que incentivan, además de la autosuperación y sentido de pertenencia hacia el grupo, la reflexión en torno a su contexto y la posibilidad de un cambio, de una elección, tal y como dice Harold: “Arte 13 me dio la autonomía de decidir lo que quiero hacer”, pues ahora sus alternativas no se limitan a ser parte de lo que dejó el conflicto armado sino que converge en un mundo de posibilidades que tienen como alternativa la transformación tanto de sí mismos como de la comunidad. Gregorio Enríquez, antropólogo y profesor de la Universidad Pontificia Bolivariana, asegura que: “Cada joven que decida irse por el arte deja a un lado la violencia”, y los chicos de Arte 13 ya tomaron su decisión.

     

  • Jamás, un comedor como el de una plaza

    Simmon David Ayala Mosquera y Valentina Giraldo Restrepo*.

     

    No era yo el único sorprendido cuando, a clase de seis de la mañana, Valentina llegaba contando que había desayunado caldo de pescado, patacones y tilapia frita en la madrugada. Ahora, después de recorrer junto a ella los comedores donde se sirve lengua, oreja, sancocho y sudado de careta antes de que amanezca, me doy cuenta que las particularidades son propias de las plazas de mercado.

     

     

    Plaza Minorista José María Villa. Foto: Simmon David Ayala Mosquera.

     

    Una mujer tomando Pilsen en una cantina de La Minorista, riendo junto a un cura de sotana negra y tinto en mano, bajo el calor infernal del mediodía. Una vitrina de seis niveles repleta de Cristos Caídos y Guadalupanas entre pandequesos, plátanos y lociones amarra hombres en la Plaza de La América. Un Frisby en medio de gallinas despecuesadas en plena Mayorista.

     

    Y es que la creación de las plazas, al menos en Medellín, tampoco está exenta de particularidades. Tuvo que ocurrir un incendio en el mercado de Cisneros en Guayaquil — una zona que llevaba tiempo buscando ser modernizada — para dar paso a la creación de La Minorista y las plazas satélites, una inversión de 25 millones de pesos en 1969 que intentó solucionar el problema del abastecimiento y los vendedores ambulantes.

     

    Los comerciantes, según un estudio de la firma Ingenieros Arquitectos Consultores (AEI), pasaban turnos de 12 a 15 horas los siete días de la semana en Guayaquil y dejaron su cotidianidad para moverse en su mayoría a la ya conocida Plaza de Flórez y a esos cinco puntos satélite: Castilla, Belén, Guayabal, Campo Valdés y La América.

     

    Los problemas no se solucionaron, pues las ventas callejeras solo se movieron del centro a las periferias. Las inconformidades no se hicieron esperar y los vendedores formaron grupos sociales reaccionando a la falta de atención a sus necesidades. El proyecto liderado por Empresas Varias no dio los resultados esperados y en un informe de 1983 ya se empezaba a hablar de negociar la salida de las plazas, que costaban más de lo que producían. Hoy sobreviven la plaza de La América y Campo Valdés.

     

    Resulta difícil hablar de las plazas en general, cada una es un mundo en sí misma con unas dinámicas muy propias y, a pesar de ser tan diferentes, tienen un elemento común: son un gran centro de encuentros e intercambios. Ramiro Delgado Salazar, profesor del Departamento de Antropología de la Universidad de Antioquia, cuenta que las plazas de mercado son un espacio más que necesario para las ciudades, existe una relación obligatoria con ellas pues allí se intercambian insumos, se crean vínculos con el otro y, al final, todos de alguna forma u otra tenemos que algo que ver con ellas.

     

    En 1993 Benjamín Quiñonez, ex-gerente de Carulla, afirmó con plena seguridad que las plazas de mercado se iban a acabar. El tipo decía que los autoservicios y supermercados estaban desplazando, gracias a su funcionalidad, la cantidad de problemas sin solución que según él había en los mercados populares.

     

    Ya han pasado casi treinta años y como dicen en la calle, ahí siguen dando guerra. Las amenazas a su existencia podrían parecer cada vez mayores: las tiendas tipo hard discount como D1, los supermercados de toda la vida y sus formatos vecinos y las plataformas digitales que le llevan a uno a la casa todo lo que necesite. Sin embargo, guiados por un pensamiento similar al del señor Quiñonez, le preguntamos a Álvaro Molina cómo veía el futuro de la plaza y él respondió que mientras las ciudades existan, las plazas de mercado también.

     

    Decidimos creer en esa premisa, por un asunto que más allá de la lógica parte del deseo. Cómo imaginar una Medellín en el centro sin carretilleros descolgando por las rampas de la Minorista y dejando en el camino uno que otro limón, o sin el calor de los fogones del sector Quincalla y sus pregoneros indicando que se ha llegado al lugar perfecto para almorzar. Seguramente la ruta de bus de San Antonio de Prado no sería la misma sin pasar por la Mayorista. Dónde encontrar muestras de lo que es el regateo puro y duro, la negociación en su máxima expresión y la labia casi hipnotizante de quienes se dedican a vender desde cacharros hasta gallinas vivas. Jamás, un comedor como el de una plaza.

     

    La muerte del mercado popular sería en sí la muerte de la parte más abrasadora de la ciudad y, a su vez, el olvido de una lucha ciudadana: la de los comerciantes y rebuscadores que vivieron las duras y las maduras en la antigua plaza El Pedrero en Guayaquil, entre incendios y abusos de la fuerza pública y que hoy, después de años de requerimientos, amenazas y trabajo incansable se hicieron con un lugar en una de las plazas que existen en Medellín. Las plazas de la tradición, el recuerdo, la esencia y el encuentro.

     

    Este comedor interactivo contiene las historias, platos y personajes encontrados en un recorrido por seis plazas de Medellín y sus alrededores. Toca cada plato para conocer una plaza diferente:

     

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    *Este trabajo se publicó originalmente en el blog de los autores, en desarrollo del curso Laboratorio de producción periodística.