Categoría: Opinión

  • Violencia intrafamiliar, virus silencioso

     

     

    Colombia lleva más de 30 días de confinamiento. Un mes que para algunas familias colombianas ha sido de unión familiar, de descanso, de pasar momentos divertidos compartiendo juntos. Pero desafortunadamente no todos tenemos la misma suerte de vivir en armonía con nuestros seres queridos. La violencia intrafamiliar, ese virus silencioso que ataca a las familias de puertas para adentro.

     

    Un informe del observatorio colombiano de las mujeres señala que se han presentado 1.011 denuncias en 10 días; es decir, 101 llamadas diarias a la línea 155, creada para orientar a mujeres víctimas de violencia. Bogotá registra el mayor número de llamadas (42 %), Antioquia (11 %), Valle del Cauca (9 %), Cundinamarca (6 %) y Santander (4 %). Las mujeres somos las más perjudicadas en este aislamiento preventivo, pero ser las más vulnerables a estos hechos no nos convierte en las únicas afectadas de las familias. Los niños, tema de gran preocupación por los entes de control, son la otra parte vulnerable en la violencia intrafamiliar, ellos son, de acuerdo con el informe del observatorio, agredidos física y psicológicamente por otros miembros de su familia.

     

    Es el aislamiento una medida para evitar que el virus se propague, pero ¿cómo evitamos que millones de familias se agredan entre ellas durante estos días de estrés y encierro? Debemos actuar en consecuencia para evitar que mujeres sean asesinadas y maltratadas, que los niños dejen de ser violentados y haya paz en las familias; suficiente tenemos con vivir preocupados y con miedo a que la covid-19 toque a nuestros hogares y acabe con nuestras vidas. Según la Academia Nacional de Medicina, Colombia debe lograr un cambio cultural profundo, iniciado desde las etapas primeras de la vida, para que la violencia deje de ser culturalmente aceptada para solucionar los conflictos. Solo así se podrá desarrollar una cohorte de colombianos solidarios, no violentos, que puedan vivir en paz.

     

    Vivir en aislamiento es todo un reto para las familias afectadas por la violencia intrafamiliar; las mujeres no saben qué puede acabar con sus vidas primero, si quedarse en casa esperando a ser asesinadas por sus parejas o salir a la calle y exponerse a que el coronavirus las contagie. Hay que actuar. Es el momento de acabar con la violencia en nuestro país, de cuidarnos y estar juntos para ganarle la batalla al verdadero virus.

     

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    Columna realizada en el curso Introducción a la Comunicación, orientado por el profesor Luis Fernando Gómez. Publicada en la sección Taller de Opinión del diario El Colombiano.

     

     

     

     

     

     

    Sección: Opinión

  • Un recogimiento diario

     

     

    La tarde oscurece.

    Las aves se guardan,

    los grillos cantan.

     

    Por estos días en los que el tiempo se ha estirado y la sensibilidad ha llenado de colores mis ojos e intensificado mis sentidos, veo la vida pasar un poco más lento y todo comienza a tener sentido. Aquella ceiba pentandra, que tiene cuatro veces mi edad y adorna mi vista cada que miro por la ventana, es la majestuosa culpable de que cada año por esta época de abril sufra de severas crisis de alergias y estornudos constantes. Por las lluvias del mes, este inmenso árbol suelta unas lanitas a través de sus frutos llamadas capok. Según me contó un tío, eran utilizadas hace muchos años como rellenos de almohadas. Seguramente si hubiese nacido en aquella época habría muerto ahogada mientras dormía.

     

    Capok de la ceiba pentandra.

    Foto: Melisa Gómez Vanegas >>

     

     

     

     

     

    Los días pasan,

    la cuarentena aumenta.

    La mente no descansa.

     

    El miércoles 08 de abril fue reportado el primer caso de COVID-19 en el municipio de Copacabana, donde vivo. Las calles comenzaron a verse más solas al pasar de los días, el silencio que siempre había anhelado escuchar al fin ocurrió, pero en unas circunstancias que jamás hubiera deseado.

     

    El corazón se rompe

    Su fachada muere

    Vuelve a sentir

     

    Las bases de la cultura oriental nos enseñan una vez más que es tiempo de sentir, de fluir, de excavar en los adentros de nuestra mente y ser, conocernos a nosotros mismos y dejar de mecanizar de una vez por todas nuestra vida, a nosotros mismos, lo que sentimos y nos rodea. No estamos acostumbrados a sentir, queremos controlarlo todo y tal vez esta es la oportunidad que necesitábamos para volver a nacer, para vivir de verdad. No para sobrevivir como estábamos acostumbrados.

     

     

    Los besos no lo entienden,

    los abrazos se entristecen.

    El virus espera.

     

    Este período enclaustrada en casa me ha invitado de una manera sutil a conocer más a fondo a mi familia. Por ejemplo, descubrí que mi madre tiene una paciencia infinita y súper poderes, pues además de ser profesora universitaria de economía internacional, es madre cabeza de familia: se acuesta a la 1 de la mañana y se levanta cinco horas después, de lunes a viernes. A las 7, ya tiene listo el desayuno, el almuerzo y media casa organizada.

     

     

    Además de todo esto, se baña con agua fría, por no decir helada, sin hacer ruidos de congelamiento ni quejarse, esto sí que es un súper poder. Corrige torres y torres de exámenes repletos de gráficas y números que se ven terriblemente tediosos de hacer -imagino que es peor revisarlos- mientras lo hace prepara sus siguientes clases y las próximas actividades evaluativas. Atiende las inquietudes de sus alumnos por correo y grupos de WhatsApp mientras recibe llamadas de sus hermanas por el teléfono fijo de la casa, lava los trastes en cuestión de segundos y por donde quiera que pasa todo reluce. Le queda tiempo para regañarnos a mi hermano y a mí por no hacer determinada labor a la velocidad de la luz como lo hace ella. También se maquilla y organiza para entrar en la virtualidad a dictar sus clases. Lo sé, es increíble que se bañe con agua fría a esas horas de la mañana y lo disfrute.

     

    << Una oportunidad para reconocernos. Foto: Melisa Gómez Vanegas.

     

     

    Descubrí también que mi hermano no es un robot (sus extraordinarias habilidades matemáticas, agilidad en video juegos, responder solo lo preciso, moverse mecánicamente y ejercitarse como si fuera una máquina) sino que tiene sentido del humor, una novia y de vez en cuando me abraza. La verdad me alegró saber que tenía sentimientos y que, por lo menos, uno de los dos puede triunfar en el amor.

     

    Este aislamiento ha sido un recogimiento para mí, además de observar mi alrededor con detenimiento, he tenido la posibilidad de adentrarme en lo más profundo de mi ser y descubrir quién soy en realidad. Hay que tener tiempo y agallas para querer escuchar lo que tiene por decir el crítico más despiadado de todos: la conciencia, pero también mucho amor para abrazar esa oscuridad y recordarle que no es tan mala como uno cree. Solo espero que, cuando esto pase, nada vuelva a ser igual y que todo lo que está ocurriendo valga la pena para replantear nuestro estilo de vida y empezar de nuevo, con más humildad, con más respeto, con solidaridad, amor y sobre todo, conciencia.

     

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    Trabajo realizado en el curso Periodismo y literatura, orientado por la profesora Marcela Gómez Toro.

     

     

     

     

     

     

     

  • ¿Y en tiempos de pandemia, dónde queda la salud mental?

     

     

     

     

    Ya casi son tres meses desde que nuestra realidad cambió. Dejamos de salir y tuvimos que encerrarnos en nuestras casas, los abrazos quedaron prohibidos y las video llamadas se convirtieron en nuestra mejor compañía. Mucho se ha hablado de todos los riesgos y obstáculos que ha traído esta pandemia para todos, pero lo que aún no entendemos es que estamos en el momento preciso en que nuestra salud mental se puede deteriorar. El “Estudio de Solidaridad” de Profamilia, que contó con la ayuda del Imperial College of London, encontró que el 75 % de los 3.549 encuestados habían sufrido afectaciones a su salud mental. De ellos el 54 % sintió nervios, el 53 % cansancio, el 46 % impaciencia y el 34 % rabia o ira.

     

     

    ^^ La salud mental necesita también cuidado preventivo. Ilustración: Freepik.es.

     

    Pero ¿qué es lo que hace que esta cuarentena nos afecte? En un primer lugar, debemos tener en cuenta que vivimos en una sociedad donde la salud mental ha estado en un segundo plano, no se le da importancia y se ignoran muchas señales de alerta. Es por esto que Liliana María Vásquez Peláez, directora del programa de televisión Salud para el Alma de Teleantioquia, dijo que “como es un tema al que no se le pone atención, estar encerrados, estar en aislamiento puede poner en evidencia alteraciones emocionales que no hemos considerado, asuntos trascendentales que no los hemos evaluado y que los habíamos confundido con el trabajo, con la familia o con el transporte”.

     

    Además, afirmó que este es un momento que nos puede servir para conocernos mejor al evidenciar los asuntos de la salud mental que pasaban desapercibidos. Y que pueden desembocar en un problema si no son tratados de la manera correcta.

     

    En segundo lugar, estamos en un momento en que somos bombardeados por información las 24 horas del día, los 7 días de la semana. Abundan las noticias falsas buscan generar pánico y desesperación entre sus lectores. No fue hace mucho que por las redes sociales circuló la supuesta noticia de un niño que se había suicidado en Cauca a causa de la cuarentena, fue compartida por la cuenta de twitter @TodosporCali_ y mostraba la supuesta carta de suicidio del menor. Pero no tardó en ser desmentida por las autoridades de la zona y la Revista Semana.

     

    “La sobreinformación y sobre todo la sobreinformación de mentiras y de un montón de cosas que no comprendemos lo que puede generar es ansiedad, miedo, conductas obsesivo-compulsivas, pánico y miedo social”, explicó Vásquez. Una de las principales recomendaciones presentadas por diferentes organizaciones como el Colegio Oficial de Psicólogos de Madrid, el Colegio Colombiano de Psicólogos e incluso la misma Organización Mundial de la Salud, es a que las personas limiten el acceso a la información para no saturarse. Además de recurrir siempre a fuentes confiables para informarse y evitar compartir información no verificada.

     

    Otra de las recomendaciones en las que coinciden es en que no debemos perder la conexión con nuestros seres queridos. Aunque para muchos esta cuarentena ha sido un periodo difícil respecto a la convivencia con quienes viven ha sido un reto. Para Vásquez “jamás la convivencia hará daño, siempre y cuando sea una convivencia conversada, atendida y con acuerdos. Que la convivencia sea favorecedora es un factor de protección porque tengo con quien conversar, relacionarme, hablar y sentir”.

     

    Es por esto que en estos momentos debemos apoyarnos en los otros, permitirnos sentir porque este es un momento en que todos somos vulnerables emocionalmente “y esta situación de aislamiento, de tensión, de incertidumbre, de miedo puede hacer mella o puede afectar a cualquiera de nosotros”, aseguró Vásquez.

     

    La salud mental de la que tanto hablamos, pero que poco atendemos, es uno de los factores que también está en la cuerda floja en estos momentos, incluso cuando esto pase. Según el artículo de la revista Semana, Ansiedad y miedo en tiempos de cuarentena: cómo controlarlos¸ cuando se supere la contingencia lo más probable es que nos enfrentemos al estrés postraumático, trastorno de ansiedad y depresión. Pueden durar hasta tres años después de terminar la cuarentena.

     

    Hay que tener en cuenta lo anterior, además de las diferentes publicaciones que vemos a diario sobre cuidar nuestra mente, todas las líneas de ayuda que abrieron al público e incluso el programa de Teleantioquia Salud para el Alma (que fue creado para hablar de salud mental durante la cuarentena). Porque estamos en el momento preciso para que nuestra salud mental se deteriore y es tiempo de prestarle atención.

     

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    Columna realizada en el curso Periodismo VI, orientado por el profesor Javier Restrepo.

     

     

     

     

     

     

     

     

     

  • La novela de la ventana

    Un relato corto a partir del ejercicio de observar y entender.

     

    Hago lo que hago porque me gusta. Hago lo que hago para saciar una curiosidad monstruosa. Y hago lo que hago para tratar de entender”. Leila Guerriero.

     

     

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    La vida se mira por la ventana de una finca. Los perezosos pastos solo se mueven cuando los golpea el viento. Las palomas son las cantantes que despiertan al sol. Las gallinas actúan de comadres que solo hablan cuando ponen un huevo y están a punto de tirarse del nido. El gato es el vigilante, aunque durante el día se duerme. La quebrada es la mejor atleta, nunca se detiene y siempre llega a la meta. Los orgullosos patos estiran el pescuezo y miran con cierto asco. A las antisociales vacas solo les interesa comer y luego se encierran. Los cerdos son los que amenizan las parrandas, sin importar que a veces desafinen. El perro es el periodista que tiene información del patrón, pero cuando muerde la mano se queda sin comer. El que vive en la casa tiene un tapabocas, tose sin fuerza y se toca la garganta. Abre la ventana y se queda entretenido en la novela mientras muere lentamente.

     

     

    ^^ En el campo la vida está rodeada de metáforas. Foto: Contexto.

     

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    Relato elaborado en el curso Periodismo y Literatura, orientado por la profesora Marcela Gómez Toro.

     

     

     

     

  • La otra cara de la moneda

     

     

    Sobran adjetivos para referirnos a lo que está sucediendo en el mundo, pero si digo miedo y caos, bastan para enmarcarlo. Con la aparición del covid-19 la vida se ha vuelto de color gris para la raza humana. Sin embargo, no todo ha sido malo. Llevamos años hablando de contaminación ambiental, años realizando campañas, foros, actividades para concientizar a las personas que debemos cuidar el planeta, pero nada ha sido suficiente para crear conciencia; hoy pareciera que la naturaleza nos estuviera cobrando el daño que le hemos hecho. La tierra está desintoxicándose. Mientras estamos encerrados en cuarentena protegiéndonos de un virus, la polución ha disminuido en muchos países, los animales disfrutan tranquilamente de su espacio, no hay residuos en las calles, millones de kilómetros de selva empiezan a recuperarse. El mundo ha vuelto a respirar. Esto nos debe llevar a pensar ¿quién es el verdadero virus? ¿somos los seres humanos una plaga? La pandemia acabará, y entonces volveremos a salir de casa, y si aprendimos la lección esta situación deberá marcar un cambio en nuestras vidas, nuestro país y los gobiernos. Que no sea temporal este respiro que le hemos dado a la naturaleza.

     

    De otro lado, pero en el mismo cuadro, mientras el mundo se toma un descanso, aparecen los aprovechados: un tapabocas que costaba $600 ahora tiene un valor de $3.000 -si lo consigue-. Me lleva a pensar que no servimos como sociedad. Nos quejamos de la corrupción, pero cuando nos dan tiro, empezamos a aprovecharnos de cualquier situación.

     

    Es la otra cara de la moneda, esa que muchos se esfuerzan en no mirar, pero que ahí está. Mientras unos gozan de un encierro privilegiado, otros no tienen dónde dormir; mientras algunos suben un tutorial gourmet a sus redes sociales, otros desearían tener algo para comer; mientras unos gozan de servicios de salud prepagados, a otros solo les queda rezar para que el virus no les llegue. Es momento de empezar a mejorar como humanidad, reconocer que lo material no es lo importante, que el dinero es papel, que el planeta, la salud y nuestras familias, es lo que realmente vale la pena cuidar. Si la pandemia no nos cambia como personas habrá sido un tiempo dolorosamente perdido.

     

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    Esta columna fue realizada en el curso Introducción a la Comunicación, orientado por el profesor Luis Fernando Gómez Velásquez. Publicada en la sección Taller de Opinión de El Colombiano.

     

     

     

     

     

     

     

     

     

  • Relatos de la perplejidad

    Una descripción emotiva de los días: sentimientos, recuerdos y pensamientos para afrontar el encierro.

     

    Foto: Freepik. Lic. Creative Commons.

     

     

    “Escribo por perplejidad. Tengo serias limitaciones para entender al ser humano y mediante la escritura las intento mitigar”, FERNANDO ROYUELA.

     

    25/03/2020

    A veces no me lo creo. Recuerdo la vez en la que nos robaron el carro justo frente a la puerta de mi casa. Yo estaba dormido y para cuando me desperté ya se habían ido. Entramos a la casa y me senté en la sala, ahí comencé a entender lo que había sucedido.

    Siento que, en este momento, apenas estoy abriendo la puerta.

     

    29/03/2020

    ¿Qué sentirá la gente que está sola? Quisiera poder estar con tantas personas cuya única compañía residía en las calles con sus vecinos, tenderos, conocidos. Llegar a sus casas significaba poderse preparar para el siguiente día de vida en sociedad, en la calle, donde todo pasa y todo se aprende. Ahora es la preparación más larga que hayan conocido.

     

    2/04/2020

    Esto es real. Está sucediendo. El mundo entero se detuvo y parece que los segundos durarán más de ahora en adelante. Hablo con mis conocidos, los que están en la ciudad me cuentan que es desesperante y puedo imaginarlo. Cuatro paredes con forma de apartamento deben haber comenzado a tomar forma de cárcel.

     

    Ahora resta un extraño sentimiento de culpa. Yo estoy en el campo, acá puedo ir a bañarme en el río, caminar por la carretera, plantar y muchas otras cosas. Ahora me siento sucio. No es agradable poder hacer, cuando sé que hay tantas familias en la ciudad que están pasando hambre porque viven de lo que logran producir diariamente, en la calle. Ahora no hay ni calle ni diario.

     

    Es la culpa del privilegio y sé que las donaciones, aunque ayuden, no son la solución, sólo luchan contra los síntomas, pero no acaban con la enfermedad. Desigualdad. Desigualdad que grita. Le grita en la cara a todos, mientras el hambre se frota las manos.

     

    10/04/2020

    Esta Semana Santa he sentido una mezcla entre impotencia y desánimo. Es el tiempo de descanso, pero la virtualidad ha vuelto todo muchísimo más lento, en especial para las personas que no tienen mucha voluntad, como yo.

     

    Ahora los deberes se vuelven una capa permanente que se pega a cada actividad del día. Siempre hay algo por hacer. Tareas, tareas, tareas. La sensación de impotencia llega cuando veo el atardecer, el río a 10 metros. Está ahí, el mundo está ahí y yo no puedo ir a recorrerlo por tener que obtener un desgraciado cartón. No nací para la academia, pero no estudiar era impensable para los que quieren lo mejor para mí. Lo entiendo, sin un título es casi imposible que me contraten. Pero ¿qué más puedo pensar cuando he tenido que evitar a toda costa las expediciones monte adentro por tener que terminar una investigación que también sé que hago sólo para graduarme?

     

    A veces quisiera dejarlo todo, en especial en momentos como este en los que el disfrute y la vida están tan cerca, pero tan lejos. El conocimiento no debe entrar así. Lo peor de todo es que me enseñaron a que sentirme así era ser perezoso o un bueno para nada. Un juego perfectamente elaborado, en el que te castigan también por no querer jugar.

     

    14/04/2020

     

    Los días empiezan a cualquier hora

    Las noches ya no tienen ritual para irse a dormir

    No se ponen la pijama

    No se cepillan los dientes

    Sólo hay que hacer tareas

    Y desayunar, para hacer más tareas

    No es calma

    Es letargo.

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    Trabajo realizado en el curso Periodismo y Literatura, orientado por la profesora Marcela Gómez.

     

     

     

     

  • Hipocresías en tiempos de COVID-19

    Este grupo de videocolumnistas plantea sus puntos de vista sobre las incongruencias que se hacen visibles ante la emergencia sanitaria: entre la caridad, las agresiones al personal médico, los problemas estructurales como el desempleo y el abandono de ciertos territorios, la depredación del medioambiente. ¿Volveremos a lo mismo después del confinamiento? ¿Qué es lo que realmente debemos corregir?

     

    Video

     

     

    Esta videocolumna fue realizada en el curso Periodismo VI, orientado por la profesora Anacristina Aristizábal Uribe.

     

  • La casa común

     

    Es cierto que cada uno de nosotros, o la mayoría, está confinado en su casa, y todo esto es una oportunidad magnífica para conocer el hogar, para valorar el techo que nos cubre, las paredes que nos dan intimidad. Para valorar el suelo que nos da soporte y la ventana o el balcón que nos permiten saber que existe un otro. Estamos descubriendo rincones de la casa que no conocíamos, sintiendo las baldosas frías bajo los pies descalzos y permitiéndonos pactar todos los días una cita con nosotros mismos (unos días mejores que otros). Estamos cuidando y valorando la casa, quizás, más que nunca, ¿y por qué? Porque ahora, en medio de una situación preocupante y amenazante, nuestro hogar es nuestro refugio, el lugar seguro, la posible salvación, lo que nos guarda. ¡Está perfecto!

     

    Esta pareja de los que se conocen como zorros-perro llegó al jardín de una vivienda en El Poblado en los primeros días de mayo. Un usuario envió el reporte electrónico al Área Metropolitana del Valle de Aburrá. Foto: César Echeverri.

     

    Ahora bien, ¿qué es lo que está pasando en este momento con la casa común? La casa común es el mundo, la Tierra, la que siempre nos ha salvado, guardado y cuidado. ¿Cómo ha sido y cómo es nuestra relación con ella?, ¿la estamos escuchando ahora así tal como nos ha estado murmurando nuestra casa en estos días?

     

    En plena pandemia conmemoramos el Día de la Tierra, como ella se lo merece: en paz. De hecho, en ciertos lugares del mundo se puede notar la diferencia: ríos limpios, los canales de Venecia descontaminados, la aparición de distintos animales en calles de ciudades como ciervos en Nara, Japón; pavos reales en Madrid, España; zarigüeyas en Neiva; delfines en la bahía de Cartagena; y hasta un zorro en Bogotá… Las nubes de esmog se disolvieron en varias ciudades capitales del mundo y, si salimos a mirar el cielo, cada vez más podemos vislumbrar las estrellas. Tampoco es tiempo de decir que nosotros somos el verdadero virus, porque de alguna manera hacemos parte de la naturaleza y somos animales que la habitamos, pero ¿qué viene después de la pandemia? ¿Volveremos a invadir sus territorios como si nada hubiera pasado? Es tiempo de configurar ese tipo de reflexiones.

     

    Ya que estamos aprendiendo tanto de cómo valorar y convivir con nuestro propio hogar, ¿seremos capaces de volver a vivir en la Tierra de una manera distinta, menos acaparadora, más responsable y equitativa? ¿Seremos capaces de cuidarla como se cuida un hogar?

     

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    Columna elaborada en el curso Periodismo VI, orientado por el profesor Darío Echeverri.

     

     

     

     

     

     

     

     

  • Diario de una cuarentena

    Una serie de relatos cortos sobre preguntas, dilemas y sensaciones de juventud. Transformaciones y reflexiones que suscita el encierro.

     

     

     

    «Escribir es defender la soledad en que se está; es una acción que sólo brota desde un aislamiento efectivo, pero desde un aislamiento comunicable, en que, precisamente, por la lejanía de toda cosa concreta se hace posible un descubrimiento de relaciones entre ellas ». MARÍA ZAMBRANO.


     

     

    Me preocupa no poder caminar en la calle mientras escucho música. Me preocupa perderme los estrenos cinematográficos. Me preocupa no estar en mi clase favorita. Me preocupan los niños que no pueden salir a jugar. Me preocupa no poder con la universidad virtual. Me preocupa que la ansiedad se apodere de mí nuevamente. Me preocupa la pesadez de los días en casa. Me preocupa tener que hablar todos los días con mis padres. Me preocupa estar sola con mis pensamientos. Me preocupa la incapacidad de escribir. Me preocupan las mujeres encerradas con sus agresores. Me preocupa el color rojo en las fachadas de las casas de mi barrio y de mi país. Me preocupan los políticos que no se preocupan por su gente. Me preocupa que los besos y abrazos sean peligrosos. Me preocupa olvidarme de la forma de sus labios. Me preocupa que ya no te preocupes por mí. Me preocupa la posibilidad de morir, pero me preocupa más vivir. Me preocupa que todo me deje de preocupar.


     

    Me da miedo despertar y tener que adivinar cuál será el ánimo que gobernará mis labios, mi ropa, mis respuestas, mi apetito. Por más optimista que soy, nunca acierto, el azar se mofa de mí con cada desdicha del desatino que es este mal vivir.

     

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    Amanece y no quiero convivir conmigo en las mañanas agónicas de otro día más y obligarme a dejar la cama para enfrentarme a la virtualidad que impuso en mi vida una rutina que me sumergió en un bucle de agotamiento y desesperanza. Atardece y tampoco quiero soportar las tardes de perpetua nostalgia en las que recuerdo cuando vos y yo escuchábamos la música que tanto te gustaba y ahora la escucho en las noches hasta quedarme dormida, en la amargura de mi habitación, porque solo así te siento más cerca.

     

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    Te dediqué ese hermoso fragmento del cuento de Elena Poniatowska que leí como una tiranía de la academia, pero que releí con ahínco porque contenía todo lo que quise decirte, sin saberlo, la primera vez que te vi: Quisiera tener la certeza de que te voy a ver mañana y pasado mañana, y que siempre, en una cadena ininterrumpida de días, podré mirarte, lentamente, aunque ya me sé cada rinconcito de tu rostro; que nada entre nosotros ha sido provisional o un accidente. No dijiste más que lo suficiente. Tampoco esperaba una respuesta. La respuesta la obtuve en el mismo cuento: “A veces quisiera ser más vieja porque la juventud lleva en sí, la imperiosa, la implacable necesidad de relacionarlo todo con el amor”.

     

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    Vivo en las carcajadas de mis amigas cuando no podíamos parar de reír. Vivo en los nervios que me crispaban los manos cuando tocaba a tu puerta. Vivo en la desesperación que me causaba el embotellamiento de la ciudad y los semáforos inacabables. Vivo en la mirada acusadora de mi madre cuando llegaba a casa dando tumbos por el alcohol. Vivo en la reportería que me hacía sentir que tenía una doble vida. Vivo en el sexo de media noche y los abrazos de buenos días. Vivo en las lágrimas consoladas por mi mejor amiga y las tardes de caminatas. En fin, vivo en pasado.

     

     

    Sublimación

     

    La primera calada es, a mi modo de ver, un indulto para el cuerpo; por eso es la que más me gusta. No sé exactamente cuánto tiempo pasó desde el último cigarrillo hasta hoy, que obtuve la calada, pero no el indulto que suele liberarme del estrés.

     

    No recuerdo bien la hora, pero recuerdo la lluvia que se esforzaba por apagar el cigarrillo y el frío lo combatía con una calada tras otra. Mientras el fuego consumía el tabaco, pensé que son esos pequeños placeres no permitidos por los que el encierro se hace más estridente. También pensé que, ese en específico, debo hacerlo cobijada por la penumbra de la madrugada; porque lo que para mí es un placer, para mi madre es un vicio que esclaviza.

     

     

    Alambique

     

    Hoy me siento llena de recuerdos, son tantos, tontos y tan vastos que no me caben y me duelen en el cuerpo. Hallaron la manera de brotar en sal marina y escaparon de mi garganta en quejidos lastimeros que despertaron compasión en las miradas furtivas de mi madre. No los odio, por el contrario, me aferro a ellos porque son lo único que me queda de vos y es allí donde quiero hallarte: en las memorias de los días felices de la absurda tranquilidad que me ofreció tu muda voz y la bondad de tu sencillez. Pero son tantos, tontos y tan vastos los recuerdos que no sé dónde ponerlos para que no duelan más.

     

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    “No estoy para esto”, me dijiste… Yo ya no puedo seguir escribiendo.

     

    Diario de una cuarentena, es una creación elaborada en el curso Periodismo y literatura, orientado por la profesora Marcela Gómez.

     

     

     

     

  • Emergencia sanitaria: Navidad de los corruptos

    Con un repaso de datos y antecedentes, este grupo de videocolumnistas repasa una de las facetas más lamentables de la emergencia sanitaria en Colombia: las irregularidades en compras y contratación públicas para atender la propagación del virus. Los números y los hechos generan tanto temor como el virus.

     

    Video

    Videocolumna realizada en el curso Periodismo VI, orientado por la profesora Anacristina Aristizábal

    Uribe.