Categoría: Opinión

  • #Óptico Monos: nuevos tropos sobre nosotros

     

     

    Hace mucho tiempo que el concepto de lo verosímil, entendido como una forma de decir que se impone sobre lo dicho y no como una correspondencia con lo real, dejó de orientar las discusiones críticas sobre las artes. Sin embargo, y tal y como lo esgrimían Metz y otros semiólogos de su generación, subsiste un verosímil cinematográfico que restringe las expresiones estéticas: unas reglas generacionales a las que el autor, inconscientemente o no, se atiene; una reducción de los posibles. A esa autoridad invisible y sistemática es que pareciera escapar Monos, el tercer filme de Alejandro Landes, una bocanada para el cine sobre la guerra en Colombia.

     

    Es necesario matizar esta afirmación: aunque Monos, per se, no funda una narrativa (de hecho son notables sus reminiscencias a algunos clásicos del cine bélico y del cine de explotación, y sus guiños a obras nacionales como Violencia (2015), de Jorge Forero) sí inscribe la historia de la representaciones sobre el conflicto en Colombia en un nuevo lugar. Su propuesta fílmica cataliza todas unas búsquedas estéticas que hasta ahora habían titilado majestuosamente en un cine periférico, configurando un retrato onírico y distópico de la guerra que atraviesa a un espectador con pocas pistas acerca de la ubicación espaciotemporal de la trama o del origen de sus personajes, pero con el referente latente de La Violencia creado a partir de la codificación y las imágenes más significativas de este periodo, imágenes instaladas en la memoria colectiva que aquí se reinterpretan y se resignifican.

     

    El argumento sigue a los Monos, un grupo de ocho jóvenes con una rigurosa y espartana formación militar, que constituyen una célula de cierta organización armada y son responsables de la custodia de una mujer extranjera secuestrada. Un día su líder, un delegado de la organización, les asigna la misión de cuidar una vaca lechera. Una situación accidental, sumada a un intento de fuga, derivará en una confrontación interna entre los miembros de la manada, la disputa por una autonomía y por el poder de la disidencia, cuya ideología política es tan difusa como la de los grupos armados de los años 90 hacia acá.

     

    Lo contrario, cabe anotar, ocurre con la identidad de los Monos: entre más nítida es la obsesión con el poder de uno de sus miembros y más se impone el espíritu tanático del grupo, más se afianzan sus símbolos identitarios y su antropología, estableciendo así, a partir de ese registro mitológico dado por la animalidad de estos jóvenes, una alegoría del contexto sociopolítico del momento en el que se produce la obra, donde el poder siempre encontrará en la cultura la herramienta de cohesión más efectiva. De ahí, en parte, el carácter distópico de Monos: en esa pequeña comunidad se proyectan fabulosamente las infamias de un país.

     

    Ese registro mitológico del argumento se refuerza mediante una potente ambientación sonora cuya intención no es otra que sobrecoger, y una sólida propuesta fotográfica cuyas imágenes plasman toda una diversidad geográfica. Los escenarios por los que transitan los personajes son un reflejo de la complicación de la trama y de la psiquis de sus personajes: de los holgados paisajes del páramo a la densidad nebulosa de la selva, en donde la trama se intensifica, desaparecen casi todas las manifestaciones eróticas u afectivas que corresponden a ese descubrimiento corporal, y los Monos se vuelcan sobre su propia vorágine de autodestrucción.

     

    En esa audacia en el decir, que conlleva implícitamente una posición política, es que residen los atributos de Monos, una coproducción que renueva las anquilosadas representaciones fílmicas del conflicto armado y evidencia, a través de artificios prestados y transmutados, sus zonas grises y sus complejidades.

     

     

  • Cambalache // Una suegra en la vice

    Es un gran avance tener algunas mujeres candidatas a la vicepresidencia de Colombia, no obstante, para futuras elecciones propongo que cada candidato postule en ese cargo a su suegra, sería un hecho histórico para ellas y un hecho histérico para nosotros.

     

    Si bien los hombres tenemos ciertos inconvenientes con las mamás de nuestras novias ­—sobre todo si tenemos varias suegras y por ende varias novias­—, casi siempre uno termina queriéndolas más a ellas que a las mismas hijas. En casos extremos, algunos hombres pasan de novios a padrastros sin mayor explicación. Al final de cuentas, toda suegra es inocente ­—de chisme, magia negra, vudú, brujería, volar en escobas…— hasta que se demuestre lo contrario.

     

    Tener a la suegra en el segundo cargo más importante del país no es una prueba de afectos sino de resistencia, y más cuando ella podría remplazar al presidente en caso de incapacidad del mismo, aunque… bueno, en algunos casos esa ley no aplica: Pastrana fue incapaz de gobernarnos en cuatro años y nadie le dijo nada.

     

    La suegra, además, sería una muy buena compañía para la primera dama, siempre y cuando no sepa que existe una segunda, una tercera, una cuarta… No alcanzaría la burocracia participativa ni la paciencia para tal problemón. Y si hay hijos de por medio, no existe mejor combinación que suegra-abuela, entre otras muchas cosas, porque siempre van a decir que el niño o la niña se parece bastante a uno, aunque el papá sea el vecino.

     

    Las funciones de un vicepresidente son tan limitadas como las capacidades del presidente. La ley estipula algunas tareas que, en manos de una mujer que a la vez sea la suegra del primer mandatario, serían todo un éxito. Habría que agregarle a eso que las suegras son como los venezolanos en Colombia: aparecen por toda parte. Entonces, ante cualquier dificultad, sin importar su índole, aparecerían a ayudar y, mientras el jefe mayor preside a los ministros, ella prescinde de ellos.

     

    Estoy seguro que si Samper hubiese tenido a su suegra en la vicepresidencia durante el proceso 8.000, el que hubiera renunciado sería él. O si Juan Manuel Santos, en vez de Germán Vargas Lleras hubiese tenido a la mamá de Tutina en ese puesto, las viviendas de interés social serían entregadas barridas, trapeadas y con cortinas para estrenar. En ese caso, ella no saldría a buscar votos, como sí lo hace Vargas Lleras, con un programa del gobierno que tanto critica y del cual fue parte. Del vicepresidente de Uribe ni hablar. Yo no sé por qué nadie le ha cuestionado el poner a un menor de edad en semejante cargo, la ley de infancia y adolescencia debería proteger más a Pachito Santos.

     

    Considero que mi propuesta es muy buena. A pesar de ello, lamentaría profundamente si el novio de las hijas de Paloma Valencia y María Fernanda Cabal quiere ser presidente de la república, una de estas dos en la vicepresidencia monta sindicato, hace motines y le cambia la cerradura a la Casa de Nariño para que la máxima autoridad no entre a dirigir.

     

    *Los contenidos publicados son responsabilidad del autor y corresponden a sus opiniones.

     

     

     

     

  • Opinión // Deseos en faldas

     

    Ojalá me hubiese puesto la falda al entrar a la universidad; poner el carné, cruzar el torniquete y subir la falda entre las piernas, luego caminar tranquila y segura, porque hay otras cuantas chicas que visten igual que yo.

     

    De pequeña me enseñaron a colocarme un short bajo el “yomber” del colegio por miedo a que algún –o alguna –bromista decidiera subirlo, tanto así que para el día de mi graduación aún los utilizaba. Nunca fue una elección, fue una costumbre que en algún momento consideré decisión propia con el fin de combatir mi inseguridad.

     

    Soy una mujer caderona, insegura y caderona, ponerme pantalones cortos o minifaldas son batallas contra mi autoestima y el qué dirán. Jamás valorarán mis intentos frente al espejo de sentirme segura antes de salir de casa, o el miedo que me produce andar sola frente a un bar, tal vez por eso convertí mi guardarropa en pantalones y camisas, porque de nada me serviría salir confiada a la calle si mientras espero el bus un hombre me chifla desde la otra acera.

     

    El día que decidí apoyar #UPBenfalda no lo pensé demasiado, tenía una motivación y, por extrañas razones, me sentía bonita con aquella falda frente al espejo. Pero no me sentí tranquila hasta pasar la portería de la universidad: en el camino dos hombres me lanzaron miradas mientras esperaba el bus; en la estación de Metro otro hombre se hizo exactamente detrás de mí al abrirse las puertas; ya sentada, un joven levantó su celular cada vez que ligeramente movía las piernas y lo dejó estático al bajarme en mi estación.

     

    Me aterró el hecho de sentirme culpable de sus miradas, estúpidamente agradecí que no hubiera pasado a mayores, pero estar en el campus rodeada de mujeres vestidas similar a mí me hizo comprender que no es nuestra culpa distraer, y que sentirnos victimarias cuando somos las víctimas no es normal.

     

    Si en la calle no puedo sentirme bien, el campus –por lo menos –debería ser mi lugar seguro, donde sintiera tanta tranquilidad, que mi falda o mi short fueran algo secundario. Ojalá, en vez de recomendarme evitar, les recomendaran respetar, para vestirme pensando en cómo me siento y no en cómo me tratarán. No es mucho lo que exijo ahora, quiero sentirme segura, ponerme una falda y que alguien me diga que luzco bonita, no que tres hombres en la calle me digan que quieren hacerme en la noche; pero qué puedo hacer si mi universidad me sugiere una vestimenta en vez de trabajar por nosotras.

     


    LA FALDA FUE EL MOTIVO

    Un comunicado con el que se pretendía ofrecer recomendaciones sobre la forma de vestir, durante las jornadas de clases, y que fue publicado en uno de los boletines electrónicos para los estudiantes de la Universidad Pontificia Bolivariana, suscitó una controversia, que desde el seno de la comunidad universitaria, alcanzó a la opinión pública de la ciudad y del país, especialmente, por vía de las plataformas digitales.

    Como respuesta a esta situación, a modo de protesta, en el campus se observaron a algunos hombres y a mujeres vestidos con falda; además, los estudiantes se manifestaron con varios letreros y con diferentes publicaciones digitales.

    Las expresiones motivadas por aquel contenido, que después las directivas de la Universidad reconocerían que fue erróneo, eran un nuevo episodio de una discusión de interés público sobre los derechos y la libertad, relacionados con la identidad de las personas, particularmente, con la de las mujeres.

    Desde Contexto abrimos varios espacios para la expresión de la comunidad universitaria sobre el debate en torno al vestuario, y sobre las cuestiones que aquel episodio debía convocarnos. Entre el 12 y el 20 de febrero, se hizo la convocatoria por medios electrónicos, y directamente se invitó a varios estudiantes, cercanos al debate, para que enviaran sus columnas.

    Compartimos con ustedes las opiniones recibidas en nuestra Edición 64. Lea las columnas recibidas aquí:

     

     

    Todo basado en prejuicios / Lady Johana Orozco Ortiz

     

     

     

     

  • Opinión // TODO BASADO EN PREJUICIOS

    Todos somos conscientes del escándalo que se generó en la Universidad Pontificia Bolivariana a raiz de una comunicación electrónica sobre el vestuario adecuado para asistir a clases, pero realmente, ¿qué nos queda de esto? Más allá de criticar, señalar y juzgar el comunicado del cual ya todos tenemos conocimiento debemos preguntarnos ¿qué viene ahora para la imagen de la Universidad?

     

    Pudimos observar que el boom de todo este problema se dio mediante las diferentes redes sociales, pero también logramos ver que desde la prensa hubo fuertes declaraciones señalando el comunicado como retrógrado y machista, y dando a entender que la Universidad le está suministrado a sus estudiantes parámetros sobre cómo se debe asistir a la institución. El mensaje ocasionó que se despertara una protesta al interior del plantel educativo: asistir de falda a las clases, lo cual tuvo una mayor acogida por parte del género femenino, ya que las chicas se sintieron cohibidas para ejercer un derecho que la misma Constitución les otorga y es el del libre desarrollo de la personalidad (Atículo 16), pero también pudimos observar que algunos chicos se unieron a esta campaña para defender a sus compañeras de un machismo que esta inpregnado en la circular dada a conocer el 7 de febrero.

    Así que está en nosotros como comunidad educativa preguntarnos, ¿en qué fallamos?, creo que la falla radica en recurrir a los prejuicios estéticos que se tienen del vestuario sin buscar soportes teóricos que nos argumenten las concepciones establecidas sobre un “buen” manejo de las prendas de vestir.

     

    Debemos conocer cuál es el límite de nuestros saberes previos antes de dar una opinión y más si ésta involucra a la cantidad de personas que alberga una universidad como es la Pontifica Bolivariana, porque esto no solo crea una dispersión al interior, sino que la imagen ante un mundo en pleno Siglo XXI, con un pensamiento tan liberado, nos hace quedar como una institución arcaica que sostiene un pensamiento que se dejó atrás hace más de un siglo. Así que, en vez de avanzar en la imagen que se tiene de nosotros, estamos retrocediendo.

    La invitación es para que revisemos qué comunicados sacamos, qué impresiones estamos dejando, y en qué tipo de saberes estamos formando, si en el de los prejuicios o en el de los argumentos claros y contundentes.

     


    LA FALDA FUE EL MOTIVO

    Un comunicado con el que se pretendía ofrecer recomendaciones sobre la forma de vestir, durante las jornadas de clases, y que fue publicado en uno de los boletines electrónicos para los estudiantes de la Universidad Pontificia Bolivariana, suscitó una controversia, que desde el seno de la comunidad universitaria, alcanzó a la opinión pública de la ciudad y del país, especialmente, por vía de las plataformas digitales.

    Como respuesta a esta situación, a modo de protesta, en el campus se observaron a algunos hombres y a mujeres vestidos con falda; además, los estudiantes se manifestaron con varios letreros y con diferentes publicaciones digitales.

    Las expresiones motivadas por aquel contenido, que después las directivas de la Universidad reconocerían que fue erróneo, eran un nuevo episodio de una discusión de interés público sobre los derechos y la libertad, relacionados con la identidad de las personas, particularmente, con la de las mujeres.

    Desde Contexto abrimos varios espacios para la expresión de la comunidad universitaria sobre el debate en torno al vestuario, y sobre las cuestiones que aquel episodio debía convocarnos. Entre el 12 y el 20 de febrero, se hizo la convocatoria por medios electrónicos, y directamente se invitó a varios estudiantes, cercanos al debate, para que enviaran sus columnas.

    Compartimos con ustedes las opiniones recibidas en nuestra Edición 64. Lea las columnas recibidas aquí:

     

     

    ¿Por qué callar? / Valentina Cardona Ortiz.

     

     

  • Opinión // ¿POR QUÉ CALLAR?

     

    “No deseo que las mujeres tengan más poder sobre los hombres, sino que tengan más poder sobre sí mismas”

    -Mary Shelley

     

    No es para nadie un secreto que en un mundo patriarcal, dominado por hombres, las mujeres no tenemos una fácil labor a la hora de defender nuestras igualdades y reclamar lo que por derecho nos pertenece. Para muchos (y muchas), la estigmatización contra el genero femenino no es vista como una problemática social pues, desafortunadamente, el machismo es un fenómeno arraigado y persistente al cual nos hemos acostumbrado. No obstante, también somos muchas, incluso me atrevería a decir que la mayoría, las que no estamos de acuerdo con el trato de inferioridad y de degradación que constantemente recibimos.

     

    Es de esta forma, que las movilizaciones en contra de los comportamientos que someten a las mujeres han empezado a tener eco en todos los rincones del mundo. Muchas de las mujeres que por muchos años han hecho parte de un mundo de y para los hombres, han decidido romper el silencio, pronunciarse, denunciar, decir “me too”, yo también. Lamentablemente, aún quedan muchas que por miedo permanecen en la penumbra y en la tortura del silencio, que prefieren someterse antes que asumir el riesgo de salir a un mundo desconocido en donde exponerse puede matarlas. Literalmente.

     

    En Colombia, entre 2010 y 2015, 875.437 mujeres fueron víctimas de acceso carnal violento, no obstante, el 24% de ellas se abstuvieron de denunciar por miedo a las represalias. Lo más lamentable es que las estadísticas aumentan paulatinamente y, aunque el código penal colombiano asegura el castigo penal a aquellos que incurran en violencia sexual, los casos de impunidad son más que los penalizados.

     

    La normalización del machismo genera repercusiones en todos los ámbitos de la vida de las mujeres, desde el desarrollo de su personalidad hasta el desempeño de su profesión. Según el último reporte del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, “por cada ocho mujeres con estudios superiores en Colombia, hay siete hombres que han alcanzado el mismo nivel educativo”. No obstante la tasa de desempleo en las mujeres es de 11,6%, casi el doble que la de los hombres que es del 6,6%, lo que significa que, aunque son más las mujeres que llegan a una educación superior, son los hombres los que de quedan con la mayoría de los empleos y en muchos casos los que reciben hasta un 20% más de salario en cargos en los que ambos desempeñan las mismas funciones. Estas estadísticas ponen a Colombia en el puesto 92 en el ranking de los 155 países que mayor desigualdad de género presentan.

     

    Es verdad que hay quienes dicen que el movimiento feminista no es más que una exageración o una estupidez pero, ¿no es una estupidez tener que anotar las placas del taxi al que nos montamos para mandárselas a algún amigo o pariente por si algo nos sucede, o tener que avisarle a los demás cuando llegamos a nuestra casa después de una salida con amigos? Si es que llegamos. Eso sí que es una estupidez. Me perdonarán ustedes si mis palabras carecen de sutileza pero es que la realidad en la que vivimos no es para nada sutil.

     

    Y para hacer más énfasis en caso de que no esté claro el hecho de que el machismo es una realidad, los invito a que busquen en el Diccionario de la Real Academia Española el significado de la palabra FÁCIL. Una de las definiciones es: “Dicho especialmente de una mujer: Que se presta sin problemas a mantener relaciones sexuales”. ¿No es indignante? ¿Una mujer es fácil por la forma en que decide o no manejar su sexualidad? ¿No debería ser eso una decisión personal que no tiene por qué ser juzgada por nadie y menos por la institución oficial que regula nuestra forma de expresarnos?

     

    Es por esto que no debemos guardar más silencio, quedarnos calladas ya no es una alternativa, somos nosotras mismas las que debemos luchar por nuestros derechos, por ser escuchadas, por exigir la libertad sobre nuestros ideales y sobre nuestros cuerpos. Los paradigmas sociales arraigados pueden ser extremadamente difíciles de cambiar, pero para dar el primer paso somos nosotras las que debemos cambiar la forma en que nos vemos y nos hacemos ver. En nuestras manos está el demostrar que ser mujer no es una debilidad, que ser mujer es un gran privilegio que no debe ser menospreciado de ninguna forma. Si la única forma de conseguir el cambio es expresar abiertamente lo que pensamos, sentimos y merecemos, entonces, ¿por qué callar?


    LA FALDA FUE EL MOTIVO

    Un comunicado con el que se pretendía ofrecer recomendaciones sobre la forma de vestir, durante las jornadas de clases, y que fue publicado en uno de los boletines electrónicos para los estudiantes de la Universidad Pontificia Bolivariana, suscitó una controversia, que desde el seno de la comunidad universitaria, alcanzó a la opinión pública de la ciudad y del país, especialmente, por vía de las plataformas digitales.

    Como respuesta a esta situación, a modo de protesta, en el campus se observaron a algunos hombres y a mujeres vestidos con falda; además, los estudiantes se manifestaron con varios letreros y con diferentes publicaciones digitales.

    Las expresiones motivadas por aquel contenido, que después las directivas de la Universidad reconocerían que fue erróneo, eran un nuevo episodio de una discusión de interés público sobre los derechos y la libertad, relacionados con la identidad de las personas, particularmente, con la de las mujeres.

    Desde Contexto abrimos varios espacios para la expresión de la comunidad universitaria sobre el debate en torno al vestuario, y sobre las cuestiones que aquel episodio debía convocarnos. Entre el 12 y el 20 de febrero, se hizo la convocatoria por medios electrónicos, y directamente se invitó a varios estudiantes, cercanos al debate, para que enviaran sus columnas.

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    Deseos en faldas / Manuela Rendón Uribe

     

     

     

     

  • El valor del oficio

     

    ¿Cuántos colombianos sacarían dinero de sus bolsillos para acceder a noticias ilimitadas en las plataformas virtuales? Hace algunos unos días, el diario El Espectador anunció su apuesta a la suscripción digital, lo que quiere decir que, debemos costear nuestro acceso a la información periodística de calidad. De esta forma El Espectador será el primer medio de comunicación del país en implementar esta modalidad, y solo es cuestión de tiempo para que otros más se sumen.

     

    Es común que se comente sobre la suscripción a plataformas como Netflix o Spotify, incluyendo los servicios de televisión digital. Sin embargo es extraño para algunas personas, pensar en pagar por leer noticias en internet.

     

    Hacer buen periodismo cuesta, así lo dijo Fidel Cano el director de El Espectador, como una especie de llamado a darle valor a lo que hacemos como periodistas, y a lo que consumimos como lectores. Es tener en cuenta el análisis, la investigación, el contraste y la profundidad que se le aplica a los hechos noticiosos, para darles un valor y un reconocimiento, pues el modelo de financiación basado en la publicidad no está funcionando. Plataformas como Facebook e Instagram ofrecen costos más bajos para la promoción de las empresas. Sin embargo, es válido preguntarse por cuáles contenidos se deben cobrar y cuáles no, y qué criterio los clasifica como gratuitos o no.

     

    La prensa se encuentra en una transición que puede resultar dolorosa para aquellos que guardan aquel gusto por los medios tradicionales. Sin embargo, no considero que se le reste valor al ejercicio periodístico, al igual que David Levy, considero que el producto de calidad es el periodismo, y no solo la información o la plataforma en que se presenta, además se debe rescatar la gran oportunidad que presenta Internet , pues esta es infinita y, en cambio, el papel tiene límites.

     

    Nunca tantas personas habían tenido acceso a la información como ahora, pues después de Gutenberg, la Internet ha sido el invento más revolucionario en los tiempos modernos. En todo caso, de la imprenta nace la prensa, y el papel que los periódicos han jugado en la historia es innegable.

    El Espectador lleva varios años implementando cambios producto de su llegada a las plataformas digitales.

    Foto: Felipe Altamar (@felipealtamar)

     

     

  • Cambalache // Sin anticonceptivos mi voto es por Ordoñez

     

     

    Y dice el Génesis: “En el primer día Dios encendió la luz y Ordoñez ya estaba ahí. Y Alejandro lo puso a trabajar seis días seguidos por prestación de servicios, bajo sus órdenes y con la amenaza de destituirlo.” Así empezó todo.

     

    La historia sigue: “Al sexto día Ordoñez ordenó: ‘Dios, haga al hombre’, y apareció Iván Duque de sombrero aguadeño y poncho terciado, haga de cuenta el mayordomo del Paraíso; y tras él, Álvaro Uribe dándole cuerda. Dios, al ver que Alejandro puso cara de enfado y estaba a disgusto, creó a Martha Lucía Ramírez —aún no se sabe si salió de la costilla de Iván o fue producto de un huevito de Uribe—; y tras ella, Andrés Pastrana estorbando. Martha Lucía, sin desempacar, ya estaba echando cantaleta.”

     

    “Y vio Dios que las cinco creaturas ni se querían ni se entendían y sentenció: ‘Defiéndanse como puedan, me voy a descansar ¡Renuncio!’ Y al séptimo día Dios descansó.” Desde ese entonces los cinco prometen que el Paraíso no se convertirá en una Venezuela.

     

    Algunos historiadores ubican a nuestro hoy precandidato presidencial, Alejandro Ordoñez, en otros pasajes bíblicos. Dice la escuela de pensamiento burocrático que él fue la undécima plaga de Egipto, dicen los activistas que fue el autor intelectual de lo sucedido en Sodoma y Gomorra, y dice Ordoñez que todo es un montaje del santomadurocastrochavismojar que quiere impedir su llegada a la Casa de Nariño.

     

    Yo le creo al doctor Alejandro, un hombre que además de pantalones, tiene cargaderas para manejar el país… y para sostener sus pantalones ­­—¡ya me abroché las mías! ­—. En la consulta de derecha, aunque escriba con la izquierda, votaré por él. Aquí algunas razones para elegirlo como candidato, pues si él llega a ser presidente, seguro esto sucederá:

    • El kamasutra pasará a ser un instructivo de yoga, contorsionismo, acrobacia o cualquier otro ejercicio de flexibilidad corporal.
    • Los vibradores serán utilizados como batidoras y solo servirán para hacer jugos, tortas, tortillas… y todo aquello que tenga que ver con cocina, pero no con comida.
    • No va a aumentar la edad de jubilación, porque si la aumenta, tendría que trabajar otros cuatro años para pensionarse.
    • Repartirá cavernas y cuevas de interés social.
    • Los que sufren de eyaculación precoz, en las ideas retardatarias de Ordoñez encontrarán la solución a su problema.
    • El Minuto de Dios pasará a llamarse el Minuto de Ordoñez y dará salmos y frases bíblicas a las bendecidas y afortunadas para sus selfis.
    • En el fútbol prohibirá la marcación hombre a hombre.

    Y, por último:

    • El núcleo de su Plan de Gobierno es la familia, por ello, pondrá a toda la suya a trabajar en su mandato. ¡Ah!, y a la mía también.

    Por ello y mucho más, mi voto en la Gran consulta por Colombia es por Ordoñez; de los tres, es el único que no tiene titiritero ni ventrílocuo. Ya conocemos sus intereses oscuros, ya sabemos de su vocecita cansona y de su risita maquiavélica.

     

    Que él sea el candidato oficial de la derecha: en el nombre de Ordoñez, del padre, del hijo y del espíritu santo ¡Amén!

     

     

    *Los contenidos publicados son responsabilidad del autor y corresponden a sus opiniones.

     

     

  • Cambalache // ¡Aprenda a vender su voto!

     

     

    La política es el único matrimonio en el cual, sin usted divorciarse, tiene que hacer repartición de bienes… y de males.

     

    Cada vez somos más los interesados en lo que nos pueda brindar la política; algunos se preocupan por el cambio y la transformación social; a otros, como yo, nos preocupa que el sándwich traiga “mermelada” de piña o que las tejas vengan con goteras incluidas. Si al leer esta última afirmación se ha escandalizado, por favor abandone de inmediato esta columna y por ahí derecho, abandone el país; si por el contrario le ha generado gracia, siga leyendo para que cuando venda su voto no se deje tumbar por quien luego lo va a tumbar a usted, y al que luego vamos a querer tumbar (como Peñalosa).

     

    La generación de mis padres se conformaba con muy poco, tal vez por eso eligieron a Andrés Pastrana de presidente. Nosotros somos más cansones a la hora de pedir e igual de pendejos a la hora de votar, es un problema de generación en degeneración, y por eso, como país hemos avanzado poco pero como pedigüeños mucho.

     

    Estudios del Instituto Chan-Chú-Yo en Shangai, muestran que, de cada cuatro colombianos, seis son candidatos a la Cámara o al Senado (¿Esos dos restantes serán venezolanos? ¿Mienten las estadísticas al igual que los políticos? No lo sé, ¡confiemos en los estudios!). Entonces, como la lista de postulados es larga, la lista de pedidos tiene que ser igual.

     

    Dejemos de conformarnos con un pastel de arequipe y un juguito de cajita, por eso es que seguimos siendo tercermundistas. No toleremos el sancocho con jugo de guayaba, pidamos almuerzo tipo buffet y que todo nos lo sirvan en bandejita de plata. Que en los cocteles y fiestas, los licores sean importados. Tampoco aceptemos la camisa con el estampado del logo del partido y las cara de los candidatos, eso solo queda sirviendo de pijama o trapo de cocina. Exijámosles que utilicen anti-bacterial cada que vayan a dar la mano; es la única manera de asegurarnos que las tienen limpias. Apenas los políticos cumplan con nuestras peticiones, muy atentamente escucharemos sus postulados; si los mandan por una cadena de Whatsapp, mucho mejor.

     

    “Estudios del Instituto Chan-Chú-Yo en Shangai, muestran que, de cada cuatro colombianos, seis son candidatos a la Cámara o al Senado…”

     

    Unámonos como sociedad para exigir lo que por tanto tiempo se nos ha negado, tenemos derecho a buenas prebendas. Ellos, cuando llegan al poder, se olvidan de nosotros. Mientras, es mejor consolarse sacando pedazos de punta de anca de una muela coca, que padecer gastritis producto de una lechona. Pensemos como sociedad y a conciencia en cómo vender bien nuestro voto.

     

    La idea es simple: pedir cosas muy buenas y muy costosas para vencer y quebrar a los políticos mucho antes de que lleguen a las urnas, así nos aseguraremos de que al día de las elecciones solo van a llegar dos tipos de candidatos: o los muy platudos, o los que realmente trabajan comprometidos por sus comunidades y por el país.

     

     

  • El vestir en Medellín

     

    Superficial es aquel que no entiende la importancia de lo superficial

    Oscar Wilde

     

    La moda es un consumo colectivo, quizá el más grande del mundo. Nos vestimos para decir quiénes somos, quiénes queremos ser, cómo nos sentimos. Nos vestimos no solo para estar cómodos, sino para que al mundo le quede claro qué queremos día a día.

     

    Según la diseñadora Juanita Saldarriaga, estamos en una sociedad donde nos visten minutos después de nacer. El hecho de vestirnos es estar listos para enfrentarnos al mundo. Por la ciudad van una cantidad de rostros, desconocidos, itinerantes, personas de quienes no sabemos su historia, lugar de destino, ni intenciones. Pero pueden atraparnos solo con la mirada, o ponernos a mil con los gestos; un extraño nos puede intimidar, encantar, alejar porque sus cuerpos nos cuentan una historia sin haberlos escuchado.

     

    Las identidades surgen de la interacción con el otro, de las experiencias colectivas, del contacto directo con otros cuerpos, también del contexto, los valores de la época y la herencia histórica y cultural.

     

    Los jóvenes colombianos están fuertemente influenciados y sectorizados por géneros musicales u otras actividades con las que tienen afinidad. Como afirma Laura Hernández estudiante de Diseño de Modas, “al estar en un país donde los sonidos tropicales y urbanos se han mezclado, la mayoría de ellos se ven inspirados por exponentes de la música que les gusta”.

     

    Asimismo, están los jóvenes que se desligan de cierta forma de los parámetros que la cultura popular propone. Cada día son más. Pues parece que no se rigen por lo que abunda en el país. Observan a otros personajes, géneros y movimientos internacionales para crear sus códigos. Sin embargo, dice Laura que en los últimos años ha venido una tendencia de “mirar hacia los orígenes”, así que este grupo tiene una especie de división, donde encontramos individuos con un estilo ecléctico: combinan aquello que aceptan de lo internacional con lo folclórico.

     

    Con el narcisismo contemporáneo, por un lado, se busca la aprobación general, e integrarse en un grupo, a la vez que busca diferenciarse de su individuación. La moda guarda dos deseos que se encuentran: las ganas de ser socialmente aceptado y las ganas de diferenciarse los demás.

     

    Nuestra ciudad es muestra de ello. Según el profesor de Diseño de Vestuario Carlos Cano, Medellín es una ciudad seguidora, es decir, que fácilmente sigue las modas, está en constante cambio. También se afirma que se encuentran cuatro expresiones del vestir: primero está el joven que conoce y tiene formación en el mundo de la moda, que no necesariamente tiene que ser diseñador, un joven amante de la moda, que conoce y se actualiza, que a como dé lugar consume diseño de autor, que sabe consumir moda. Un segundo joven que consume fast fashion pero con criterio, es el que recorre tiendas como Bershka, Mango, Forever 21, y no diseño de autor porque no tiene el dinero. Estos dos grupos son influenciados por los blogs, revistas y la televisión, que han homogeneizado los patrones del vestir, un estilo de vida a seguir. El tercero es el que es masivo de marca, que compra en Americanino, Tennis, Chevignon. Y el cuarto, es el masivo que no tiene dinero para comprar ropa de marca.

     

    El Hueco empezó a hacerse el sector comercial más rico de Medellín, no sólo por su multiculturalidad, sino porque es donde más dinero se mueve. Los “Informes de tendencias” muestran unos signos estéticos, Cano cuenta que lo que hace la gente del Hueco es copiar el signo sin entender el concepto de tendencia del que sale. Aunque hay ejemplos que contradicen esto: el descaderado y el levanta colas salieron de allí, es un 90%, copia 10% diseño. Esta estrategia les funciona por dos razones: porque copian el signo y porque éste realmente está de moda. Concluye Cano que la mayoría de la gente no tiene criterio de diseño para consumir moda, lo único que entiende es que es barato y está a la mano y por eso lo consumen.

     

    En Colombia no sabemos consumir diseño, no somos formados en el concepto de la moda. Los referentes de los jóvenes son los de la cultura popular.

     

    En Medellín hay gente que diseña como Mon&Velarde, Taller de vestuario y Animalista, lo que pasa es que a esto lo llamamos diseño de autor, pero la diferencia es que ahí si se diseña y no hay copia.

     

    En conclusión, de cuatro perfiles de jóvenes que tienen relación con la moda, los dos primeros son los que se preocupan por los “Informes de tendencia”, y consumen colombiano y europeo. A los otros dos el criterio se los da la marca o el almacén que estén consumiendo, y quienes compran en el Hueco consumen colombiano y chino.

     

    El diseño de modas no diseña ropa, diseña cuerpos. Maneras en las que el cuerpo se manifiesta. Detrás de la moda hay una pregunta por el cuerpo, expresa Carlos. Los colombianos somos alegres, intensos, coloridos, con curvas, rasgos de negros, indígenas y mestizos. Somos amor y gozadera

     

    Todos estamos llamados a expresar individualidad, aspectos que queremos mostrar al mundo. La moda es un medio de comunicación en el que siempre estamos reflejando gustos, actitudes y humores.

     

    Lo maravilloso del vestuario es que tiene un elemento emancipador, nos recuerda que la identidad es un asunto de ponerse y quitarse. Es superficial. Porque es la licencia que tenemos para no ser trascendentales, para estar ligeros existencialmente.

     

    La moda sí le aporta a la sociedad. No todo en la vida tiene que estar justificado, pensamos que la identidad es un asunto rígido y que se debe moldear, pero hay una gran importancia de la banalidad en la vida, de lo contrario seríamos seres muy densos.

  • Más allá del Sí y del No

     

    El del 2 de octubre de 2016 fue el segundo plebiscito en la historia de Colombia. Foto: Registraduría Nacional del Estado Civil.

    El del 2 de octubre de 2016 fue el segundo plebiscito en la historia de Colombia.

    Foto: Registraduría Nacional del Estado Civil.

     

     

    El pasado domingo 2 de octubre se le preguntó a los 34’899.945 colombianos habilitados para votar ¿Apoya usted el acuerdo para la terminación del conflicto y construir una paz estable y duradera? Únicamente el 37,43% respondió a esta pregunta, con un resultado sorpresivo tanto para los promotores del Sí como los del No. El 50, 21% de los votantes apoyaron el No, imponiéndose sobre 49, 78% del Sí.

     

    Como era de esperarse, durante la jornada electoral y cuando se conoció el resultado definitivo, en las redes sociales comenzaron las reacciones por parte de la población ante la insospechada respuesta. Inevitablemente el ambiente se movió entre la abrumadora abstención del 62,7% y una incertidumbre que hasta el día de hoy no se ha despejado. Sentimientos de indignación, tristeza, desconsuelo e incluso ira de quienes optaron por el Sí, se manifestaron a través de diversas publicaciones; de igual manera, los del No alzaron su voz, felices por la posible renegociación de lo pactado en La Habana, alegando que no se había llegado al mejor acuerdo posible.

     

    Tampoco tardaron en pronunciarse entre ese domingo y el lunes las fuerzas políticas, el Gobierno, los promotores del No, los jefes negociadores de las FARC y la comunidad internacional. En la medida que los medios de comunicación, tan cuestionados por su papel durante la pedagogía de los Acuerdos, sacaban nuevas noticias, se hacía evidente el debate social en las redes, apelando al sentimiento y a las afecciones personales por encima del conocimiento de lo pactado y razones relacionadas directamente con la coyuntura tan difusa en el país.

     

    El espacio en Facebook y Twitter que podría ser tan apropiado para construir un diálogo entre todos los miembros de la sociedad, con posturas simpatizantes o contrarias, se pierde por la incapacidad para el diálogo que se hace evidente en la polarización que vive Colombia. Se comenzó un nuevo tipo de guerra en nombre de la paz, dejando sobre la mesa el debate que también circula en redes respecto a la naturalización de la violencia con una imagen diciendo: “El nivel de la discusión de los del Sí y los del No demuestra que el problema de este país no es la guerrilla, es su gente”.

     

    Afortunadamente, las marchas multitudinarias que se vivieron el 5 de octubre en Bogotá, en Medellín el 7 de octubre, y en otras ciudades del país, nos hacen pensar que en Colombia se desea la solución dialogada del conflicto armado con las FARC. La participación de simpatizantes del Sí, del No e incluso de los que se abstuvieron de votar, demuestra que la paz no es un asunto de partidos ni de dirigentes políticos, que durante sus campañas, más que representar los intereses del país, dividieron la opinión con desinformación, discursos demagógicos y populistas de ambas partes.

     

    La paz está en manos de los colombianos, más allá del Sí o el No en el plebiscito, su construcción con acciones cotidianas en el trabajo, la universidad, la vida en el calle e incluso las conversaciones en redes sociales, puede tener la resonancia para generar el verdadero cambio.