Categoría: Especiales

  • #ElCineDesdeJardín (V) Jinete de ballenas, un conflicto

     

    Jinete de ballenas (2002). Cortesía Mubi.

     

    Jinete de ballenas (2002) hizo parte de una selección de 12 producciones extranjeras que integraron la Muestra Central del 4to Festival de Cine en Jardín: Cine y patrimonio, maneras de encontrarnos. Producciones como Toda la memoria del mundo (1956) y Museo (2018) también hicieron parte de la muestra.

     

    De entrada, con un póster de una infante cuyo rostro es adornado por un símbolo y una banda alrededor de su cabeza, Jinete de ballenas parece una prometedora película sobre una tribu indígena que habita en el corazón de la selva y realiza prácticas primitivas (todo un cliché), pero resulta un poco alejado de lo que realmente es. El escenario central de la película es un pequeño poblado en la costa oriental de Nueva Zelanda, habitado por aborígenes de la tribu Whangara que creen descender de Paikea, un ancestro milenario que escapó de la muerte montando en el lomo de una ballena.

     

    Esta producción fílmica de ‘Niki’ Caro es protagonizada por Keisha Castle-Hughes, quien, encarnando el papel de Paikea (‘Pai’) Apirana -una niña de 11 años- guiará al espectador por esta historia con tintes de drama y comedia que desde el principio nos revela el conflicto interno y familiar de la infante. Al momento de nacer, su madre y hermano gemelo mueren, su padre abandona la villa y ella debe permanecer con sus abuelos. A medida que crece, Pai comprende amargamente que, muy a pesar de la crianza y el cariño que le ha brindado por años, su abuelo le guarda rencor y la culpa por el infortunio de su pueblo al haber interrumpido la línea de hijos primogénitos destinados a gobernar.

     

    Para ganarse el cariño y reconocimiento de su abuelo (‘Koro’), ‘Pai’ tendrá que “romper” cada tradición y descubrir el poder que reside en ella, no solo para ser jinete de ballenas, sino para unir nuevamente a una familia dividida durante 11 años y enseñar a su comunidad que las costumbres no deben ser una fórmula imposible de cuestionar o transformar.

     

    A través de una armónica combinación entre realidad y mística -en ningún momento la imagen parece tan desfasada como para no ser posible, aunque el espectador sabe que no corresponde a la realidad-, el filme revela al espectador una lucha entre valores tradicionales que se establecieron como absolutos y las nuevas generaciones que alzan su voz y piden participación en la sociedad que les tocó vivir o padecer, según como se mire. No muy distinto a lo que ocurre ahora en diferentes países alrededor del mundo en los que las mujeres exigen participación política y la comunidad LGTBI reclama igualdad de derechos.

     

    En el desarrollo de la narración se aprecian tres generaciones que tratan de coexistir, cada una con una manera de ver el mundo: un abuelo que se aferra con religiosidad a las enseñanzas de ancestros míticos que durante años han guiado las costumbres y normas sociales de la comunidad maorí; un hijo que, tras cuestionar dichas tradiciones y buscando huir de su padre, abandona el lugar de origen; y una nieta cuya intención es probar que es digna de tomar el papel de líder para continuar el legado de sus ancestros y, así, demostrar que su nacimiento no fue un simple error. El valor y perseverancia de ‘Pai’ serán sus mayores pilares para confrontar un mundo en el que, si bien las mujeres desempeñan roles importantes (educación), los hombres adquieren mayor protagonismo en sociedad y son quienes toman las decisiones de la comunidad.

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  • #ElCineDesdeJardín (IV) La ciénaga: entre el mar y la tierra. Un drama en

     

    Imagen: MAGO Films

     

    La Ciénaga, entre el mar y la tierra (2016) es una película colombiana que fue proyectada con la presencia de sus protagonistas, Vicky Hernández y Manolo Cruz, en la Sección Especial del 4to Festival de Cine de Jardín. Esta obra es la ópera prima de Manolo, quien codirige el largometraje con Carlos Castillo. A su vez, Manolo escribió la obra y la protagonizó junto con Hernández, quien se había soñado desde el principio para que desempeñara el papel de su madre en la producción. En su estreno oficial, este filme fue abrazado por el público y la academia, recibiendo entre los galardones más importantes el premio al Mejor drama internacional en el Sundance Film Festival.

     

    A pesar del gran recibimiento internacional de la obra, esta película no ha visto la luz en la cartelera de los cines del país debido a un lío de derechos de autor entre los directores. La sentencia sobre la autoría de la producción, en que se reconoce a Cruz y Castillo como coautores de la obra, salió por fin este mes y con ella es probable que se rompa el ciclo de tres años en el que no ha podido estrenarse debidamente la película.

     

    La historia transcurre en las orillas del mar en la ciénaga de Santa Marta y nos regala un drama potente a través de la historia de Alberto, un muchacho que no solo habita en una casa improvisada de madera por encima del agua como el resto de sus vecinos, sino que también es un muchacho huérfano de padre y con movilidad reducida que lo ha confinado a una cama; su única puerta al mundo exterior es un espejo que le permite ver por encima de su ventana, un cuaderno de dibujo y las visitas de su madre Rosa, encarnada por Vicky Hernández y su amiga de la infancia Giselle, interpretada por la joven actriz Viviana Serna.

     

    A pesar de ser una película grabada en la costa colombiana, la obra no ejemplifica a las películas costeñas adornadas con vallenato y risas, por el contrario, es un film rodeado por el sonido de las olas, los silencios y una música orquestal que acompaña a Alberto en sus dificultades físicas y espirituales.

     

    La relación entre el protagonista y su madre Rosa es fundamental en el desarrollo de la historia. Ambos comparten un vínculo emocional y físico que muestra una necesidad mutua de tenerse el uno al otro. Alberto no puede hacer nada sin que su madre le ayude a moverse, pero sin la compañía de Alberto, Rosa probablemente tampoco podría sobrevivir, porque todo lo que hace es para su hijo. Ambos viven por el otro.

     

    La actuación que Manolo y Vicky desempeñan para mostrar esta atadura y sus grandes dificultades es interpretada con agudeza. Manolo consigue exteriorizar toda su agonía a través de sus gestos y movimientos, sin decir una palabra y Vicky muestra una madre entregada a su hijo, quien ha sido golpeada por la vida por medio de una actuación maternal. Estos dos personajes comparten una conexión visible, que los mismos protagonistas afirmaron que se había generado de forma natural entre ellos a nivel actoral.

     

    Por momentos, la historia parecería que muestra un drama extremadamente triste en el que casi todo el relato transcurre en la casa de Alberto, pero los momentos de felicidad le dan dinamismo a la película con situaciones favorables que matizan el drama. Estos momentos son generados principalmente por el personaje de Giselle, quien le da alegría a Alberto y quien le causa sentimientos de amor y lujuria.

     

    Esta última situación refleja un conflicto difícil de tratar a nivel cinematográfico, puesto que se refleja la realidad de una persona encerrada por su cuerpo, pero que siente y piensa al igual que el resto de las personas. Esta atadura es reflejada en Alberto y causa en él un gran desasosiego.

     

    La orilla del mar da comienzo y final a la historia, es la que les da todo a los personajes y la que a su vez les quita lo que aman, con lo que queda en evidencia una relación que se tensiona entre el apego por el otro y el vacío propio, para lo cual la película plantea un final que reta a madre e hijo.

     

     

     

     

  • #ElCineDesdeJardín (III) La actriz eterna de cine colombiano: entrevista

    “Los festivales promueven y desarrollan sentido de pertenencia en las poblaciones, les genera la necesidad de sentirse vistos, parte del mundo y presentes en la época actual”, sostuvo la actriz Vicky Hernández, durante el 4to. Festival de cine de Jardín.

     

    Esta protagonista de la historia del cine en nuestro país dio testimonio de su entereza y de su notable trayectoria actoral, que incluye casi todas las películas, novelas y series de mayor envergadura que se han realizado en Colombia: desde La Estrategia del Caracol (1993), Confesión a Laura (1991), Azúcar (1989), La casa de las dos palmas (1990) hasta la reciente producción en la que participó, Ciénaga, entre el mar y la tierra (2016).

     

    Vicky Hernández tiene un lugar histórico en el cine y la televisión colombiana no solo por su talento sino por ser una voz con alto sentido crítico sobre los retos y logros de la industria audiovisual colombiana. Foto: Santiago Gallego. Semillero Óptico Audiovisual.

     

    Los 73 años de Vicky Hernández no han pasado en vano, en ellos se encuentran un sinfín de historias, experiencias y relatos de vida. Ha hecho parte de películas que conforman parte del patrimonio fílmico de Colombia, y además ha hecho parte de la búsqueda por conseguir una industria fílmica nacional más justa, asequible y desarrollada.

     

    ¿Qué permanece como una constante en el cine colombiano y que ha cambiado a través de los años?

     

    Algo que permanece como una constante en el cine del país es la intención de encontrar un lenguaje que nos represente y que nos muestre, a pesar de que a veces las temáticas se repitan o intenten imitar a las grandes producciones de otros países de una manera mecánica y automática; creo que sigue existiendo una búsqueda por encontrar nuestras propias historias, nuestra propia voz; relatos que den cuenta de nuestra presencia en el mundo.

     

    Por otro lado, ha habido un gran desarrollo en lo técnico. Ya hay una serie de personas formadas, cualificadas y calificadas en los distintos rubros de la producción cinematográfica: en producción ejecutiva y de campo, en manejo de decoración, escenarios, vestuario etc., pero la falencia más grande sigue estando en los guiones, la puesta en escena y la actuación.

     

    Hablando de industria, ¿le parece qué podríamos decir que en Colombia hay una industria cinematográfica?

     

    No hay una industria cinematográfica desarrollada, apenas es incipiente, está desarrollándose. Para que se pueda llamar industria tiene que haber un desarrollo coherente y consecuente con todos los niveles de trabajo cinematográfico: la construcción de infraestructura, de estudios, el personal capacitado, actores, directores y guionistas; es necesario que haya más dinámica en la resolución, distribución y exhibición.

     

    Debe haber una conexión y una consecuencialidad en el desarrollo y educación del público; se debe facilitar el acceso del público a las películas colombianas, ya sea porque la publicidad, los costos y la difusión ayuden a que ese público acuda a las salas. Tiene que venir casi que desde las escuelas primarias una educación que integre a la gente, que sea vinculante, no excluyente sino incluyente, que presente los fenómenos artísticos como parte del desarrollo de la sociedad, como una necesidad de espiritual, intelectual y material.

     

    Tiene que existir oferta y demanda. La gente está mal educada, acostumbrada solo a ver cine de acción y películas extranjeras y no sabemos lo que es nuestro, apenas ahora estamos empezando a oír el español, los modismos y los giros idiomáticos que existen.

     

    Todo es un proceso, pero ahora no podemos hablar de industria. Se están produciendo actualmente muchas más películas, pero no hay un nivel parejo, no se pueden producir 30 o 40 películas y realmente muy pocas tienen una gran difusión. La mayoría no son consumidas por el público.

     

    Desde hace un tiempo se ha intentado descentralizar los festivales de cine, llevándolos a pueblos, ¿cómo ve usted este intento por llevar el cine a zonas rurales y apartadas?

     

    Es importantísimo, los festivales promueven y desarrollan sentido de pertenencia en las poblaciones, les genera la necesidad de sentirse vistos, parte del mundo y presentes en la época actual.

    Los festivales son buenos porque hay intercambio, conocimiento de distintos sectores y dan a conocer producciones de ahora o del pasado que no han tenido buena difusión; en ellos se tratan temas pedagógicos, académicos, además de distintitas temáticas en charlas y conferencias. Son una maravilla y aunque sean descentralizados y pequeños tienen la participación de los jóvenes, los adultos, los viejos y los niños.

     

    ¿Cuál fue la película del siglo pasado que más la marcó?

     

    Son muchas las películas que me han impactado de diferentes géneros, con el tiempo se vuelven a ver y se encuentran otros aspectos importantes, como en El acorazado (1925), La bella y la bestia (1946), Abbott y Costello, Buster Keaton, material de esa época en que se encuentra gran riqueza, pero van cambiando los puntos de vista con el desarrollo que se tiene como persona y posiblemente como artista.

     

    ¿Cuál ha sido el personaje que ha representado que más la ha marcado?

     

    No podría decir. Cada personaje es un reto, es un mundo y tiene unas necesidades, unas carencias y unas posibilidades distintas. Depende si es cinematográfico, televisivo o teatral, todos esos medios hacen que el contexto sea distinto.

     

    Hay personajes que se hacen de una manera entrañable, uno los quisiera repetir para mejorarlos; hay películas que me encantaría volver a hacer ahora que estoy más vieja y que sé cómo es la vida.

     

    ¿Qué películas, Vicky?

    Confesión a Laura, por ejemplo, quisiera volver a hacerla, o todas yo creo en el fondo, porque ya sé qué sería lo mejor para hacer y lo que no.

     

    ¿En Confesión a Laura que cambio le daría?

    Muchas cosas, en el enfoque y el espíritu; si hiciera el mismo guion, si sucediera, podría establecer parámetros, quizá hacer ese mismo personaje, pero ya viejo, con más años de los que tenía en ese momento. Ese podría ser un juego bonito.

     

    Usted como actriz se ha formado de múltiples formas, pero además de la parte académica y práctica, ¿cómo se nutre para seguir desarrollándose en este mundo de la actuación?

     

    A pesar de que no comprendo muchas cosas por momentos y me desilusiono, lo que me ha mantenido donde estoy es que amo este trabajo, me encanta, no sé hacer otra cosa y nunca he hecho otra cosa; siempre se puede aprender de los personajes, de las historias, de la vida, de los pueblos, siempre es nuevo.

     

    ¿Qué aconsejaría a los jóvenes universitarios que tienen deseo de comunicar de distintas formas?

    Que la vida siempre alcanza para hacer lo que hay que hacer, que no tengan prisa y que dejen el culiprontismo, que trabajen fuerte, que luchen por las cosas, no crean que todo es “mamey” y, sobre todo, que no piensen que saben todo; las personas cuando somos jóvenes creemos que sabemos todo, pero cuando llegamos a ser mayores nos damos cuenta que nunca aprendemos del todo lo que hay que aprender y que en el fondo no sabemos nada. Yo por lo menos sé eso.

     

    Para finalizar, ¿cómo ve el futuro que se viene para el cine en el país?

     

     

    Hay entusiasmo, hay facultades e intercambio intelectual para generar un ambiente propicio para el desarrollo cinematográfico. Lo veo esperanzador. Hay que tener esperanza.

     

     

  • #ElCineDesdeJardín (II) Cocreación fílmica, nuevo significado del pasado

     

     

    La creación audiovisual se encuentra entre los elementos de primer orden de la vida cultural, ya que conforma y aporta, desde distintos formatos, a la memoria e identidad social. El cine y el patrimonio como archivos que moldean la historia, el mito, la tradición y la memoria colectiva, fueron los asuntos de reflexión en el 4to Festival de Cine de Jardín.

     

    Camilo Botero durante su participación en el Festival de Cine de Jardín. Foto: Daniela Duque, Semillero Óptico Audiovisual.

     

     

    Según las voces que se escucharon en el certamen, el término archivo fílmico deja de referirse exclusivamente al pasado y al material en el cual este quedó depositado, y alude principalmente a la memoria audiovisual de una sociedad y sus elementos culturalmente representativos. En palabras de Marc Ferró (1995), la importancia del archivo audiovisual va más allá de lo meramente cinematográfico, e incluso más allá de lo que atestigua; su importancia se da de acuerdo al acercamiento sociohistórico que permite.

     

    Es así como el archivo cumple un papel fundamental como documento social; no solo preserva un momento dentro de la realidad de una época, sino que revela las dinámicas sociales, políticas y culturales de un territorio. Esto permite la transmisión, la conservación y la visibilidad de la historia e identidad cultural nacional.

     

    Camilo Botero Jaramillo, montajista y realizador audiovisual, afirmó en Jardín que incorporar material de archivo en el cine documental, es un proceso de cocreación en el cual el acercamiento al archivo fílmico debe darse principalmente desde el respeto hacia el autor original y, así mismo, procurar una lectura sobre la intención que este tuvo al grabar las imágenes. Según afirmó Botero, “encontrar la voz interna del archivo”.

     

    La restauración de un archivo es darle al material nueva vida; lo que implica la producción de significados inevitablemente distintos al sentido que su autor original había designado. Basado en los planteamientos del experto en historia del cine Antonio Weinrichter, Camilo Botero habló sobre tres momentos fundamentales para la elaboración de un producto cinematográfico utilizando únicamente archivo fílmico: la restauración y apropiación del archivo, el montaje o ensamble y la recontextualización de la película.

     

    De estos momentos da cuenta la experiencia de Botero en la realización del largometraje audiovisual 16 Memorias (2008), cuyo material hace parte del archivo familiar de los Posada Saldarriaga Ochoa, registrado por Mario Posada Ochoa durante 26 años (de 1945 a 1971) y que equivale a 33 horas de grabación en películas de 16mm. Con estos archivos, Camilo Botero Jaramillo llevó a cabo el proceso de cocreación con el que ha participado en 36 festivales nacionales e internacionales y ganado doce premios.

     

    Otro proceso de cocreación fílmica realizado por Botero, que constituye un aporte a la construcción de la memoria colectiva es La gorgona, historias fugadas (2013). También participó en la restauración de los archivos para el documental de la madre Laura, Luz en la selva, y actualmente se encuentra trabajando con el archivo fílmico de la Familia Pedraza, grabado en 16 mm entre 1954 y 1973, que equivale a 12 horas de grabación y del cual pretende un cortometraje que, tras una lectura emocional de archivo, pueda develar la mirada de su autor original.

     

    Los archivos fílmicos están expuesto a la descomposición de su base de nitrato, al síndrome de vinagre, a la degradación del color, al desuso de los equipos antiguos de reproducción de imágenes y sonido, y, principalmente, a la falta de tradición fílmica que padecemos la mayoría de países latinoamericanos. No se debe olvidar que la memoria audiovisual nos ubica en la historia, y que mientras algo perdure en el recuerdo no morirá; así que una parte de nuestro pasado debe seguir siendo recordado a través de las imágenes, como testigos de identidad para nuestro presente y para el futuro.

     

     

  • #ElCineDesdeJardín (I). Mirarnos a los ojos

    Los integrantes del Semillero Óptico Audiovisual, en un ejercicio de formación académica y de contribución al crecimiento de la apreciación cinematográfica, presentan una serie periodística que profundiza en la muestra artística y académica del último Festival de Cine de Jardín. Primera entrega de #ElCineDesdeJardín: un análisis.

     

    Foto: Semillero Óptico Audiovisual

     

    Con muchas horas de viaje a cuestas (seis por trayecto, en los casos más infortunados), una convocatoria importante —pero menor con respecto a la de 2018— un espacio arquitectónico de exhibición reinaugurado, algunos momentos emotivos, estrenos, déjà vus cinematográficos y un balance positivo concluyó el 4to Festival de Cine de Jardín, cuyo tema se rotuló Cine y patrimonios: maneras de encontramos.

     

    Las anteriores ediciones de Jardín, en sintonía con algunas coyunturas sociopolíticas, se ocuparon de asuntos como el posconflicto, la tierra y la democracia. Esta, en el marco de la restauración del Teatro Municipal Rafael Leonidas Velasquez Rojas y la celebración de los 200 años de independencia nacional, se enfocó en el patrimonio y todos sus despliegues temáticos. Estos acontecimientos eran, al tiempo, una oportunidad y el riesgo de que el Festival asumiera una mirada institucional del patrimonio como un inventario de representaciones tangibles que enaltecen la historia monumental y patriótica de una nación. Desde esa perspectiva, es fácil caer en lugares comunes y convertir a la historia en una línea de hechos unidimensionales de la que una serie mitificada de productos son el resultado material.

     

    No fue el caso de este festival en Jardín, en la que se dio lugar a la exhibición de filmes que representan lo patrimonial o que constituyen en sí mismos un patrimonio fílmico, pues también el cine -en particular para nosotros los latinoamericanos- es una lengua prestada y debidamente alterada. La obra inaugural, Simón el mago, de Víctor Gaviria (concebida en 1992 como una miniserie para televisión) indaga en el mito y la imaginería popular sin dejar de radiografiar los problemas de clase o de revisar algunos estandartes de la historia occidental como la familia, tema característico del realismo social autóctono.

     

    De la misma muestra -Patrimonio cinematográfico colombiano- hicieron parte películas como Visa Usa, de Lisandro Duque, que examina las tensiones entre el centro y la periferia desde el argumento del sueño americano; Amores ilícitos, un filme de época que aborda el problema del colonialismo bajo una reivindicación del mestizaje; Gaitas y tambores de San Jacinto y Cerro Nariz, la aldea proscrita, que vuelven sobre lo étnico y sus manifestaciones culturales, trascendiendo la categoría de documento; y una pequeña selección del archivo histórico de la familia Acevedo, que relata algunos episodios de la vida cotidiana en la Medellín de los años 30.

     

    En la Muestra central, por otra parte, el espacio (físico, pero también simbólico) fue uno de los denominadores comunes: con un primer ejemplo en el de la Biblioteca Nacional de Francia que se aprecia en el cortometraje Toda la memoria del mundo de Alan Resnais, como una tecnología de la memoria; como segundo ejemplo, el del Palacio de Invierno de San Petersburgo que se ve en El arca rusa, cuyo narrador (o, si se quiere, cuyo huésped) confronta la identidad de ese país, despidiendo a su paso la gramática clásica del cine; y, como tercer ejemplo, el del territorio agrícola en Camboya, en La imagen perdida, documental Rithy Panh que cuenta y reconstruye el despojo y la migración en el régimen comunista de Pol Pot. En síntesis: prosopopeyas, espacios parlantes, revisitados y fracturados.

     

    Y en la Muestra de Proyecciones especiales, dos clásicos y un estreno nacional: Roma, ciudad abierta, cuya adecuación temática responde, ante todo, a un reconocimiento del neorrealismo italiano como tradición cinematográfica que inspira a nuestro cine (allí se inscribe la noción de patrimonio); Cleo de 5 a 7, que celebra la última edición de la revista Kinetoscopio y conmemora la muerte de Agnès Varda, una verdadera heroína cultural; y La Ciénaga, entre el mar y la tierra, del realizador y actor Manolo Cruz, protagonizada por un ícono del cine y la televisión colombiana como Vicky Hernández, que asistió al Festival y recibió los homenajes que su carrera artística merece.

     

    Aunque calificar la mirada curatorial de un evento como un festival de cine será siempre una tarea arbitraria y restringida (en parte por las apreciaciones subjetivas del crítico y sobre todo por el imposible de abarcar todo el contenido de la programación), la pertinencia de la muestra artística y académica de Jardín podría sustraerse del itinerario que cada uno decidió. También, y es necesario mencionarlo como un asunto más allá de lo anecdótico, por los fallos técnicos y logísticos que se presentaron en la proyección de algunas películas que ni siquiera llegaron a término, o que se presentaron interrumpidamente con deficiencias notables en el sonido o la imagen. Si bien los problemas de infraestructura son entendibles en un festival pequeño y en crecimiento como este, de ninguna manera pueden ser aceptables, considerando el esfuerzo de la cinefilia por desplazarse hasta este municipio y la proyección misma de este evento.

     

    Tales errores, no obstante, no menoscaban el trabajo de la Corporación Antioquia Audiovisual; por el contrario, refuerzan la urgencia de seguirle apostando a la descentralización del cine en el país: mientras los centros urbanos capitalizan los indicadores de exhibición, las regiones se limitan a ser unos escenarios de producción o, a lo sumo, tienen que resignarse a la condescendencia de unas iniciativas privadas intrascendentes y demagógicas. De otro modo, los esfuerzos por la formación de públicos seguirán yendo a saco roto, la apropiación social de estos espacios artísticos por parte de los habitantes de muchos territorios en Colombia seguirá siendo tan cuestionable como lo ha sido hasta ahora (no son pocos los casos en que estos festivales pasan desapercibidos para los mismos lugareños) y la realización de estos eventos tenderá hacia la autocomplacencia.

     

     

    Conozca una nueva entrega de la serie con la etiqueta #ElCineDesdeJardín

     

  • Lecciones del periodismo iberoamericano: “No se puede ser periodista sin ser persona”

    El periodista español Alberto Arce fue finalista en la categoría Texto del Premio Gabriel García Márquez por su trabajo “Los piratas del chavismo: así es la nueva guerra del Caribe” en el cual, junto con el reportero gráfico Rodrigo Abd, recorrieron el estado de Sucre en Venezuela para retratar el estado de una actividad económica como la pesca en un momento de crisis económica y política de dicho país. Aquí el testimonio recogido durante el Festival Gabo 2017.

     

    Foto: Imagen de Los piratas del chavismo.

    ​​”La gente piensa que la escritura es un tipo sentado solo en una habitación frente a una máquina de escribir al que le viene la inspiración y lo suelta porque es un genio. Eso no tiene nada qué ver. En la elaboración de un reportaje, la escritura –en mi caso– 5% es ese paso, el 95% es la reportería en el terreno, y esto es lo que más me gusta y me enseña. Para esto es muy importante el equipo con el fotógrafo, y cada día discutimos sobre lo que hemos visto durante el día. Eso es la escritura, es un proceso vivo que va desde el principio hasta el final. Es la toma de decisiones de cómo me comporto en cada momento”.

     

     

    “Esto no tiene nada qué ver con una gente que se sienta a que los inspiren las musas. Esto tiene que ver con personas que se ensucian, caminando por la calle, hablando y preguntando, sorprendiéndose y contradiciéndose. Y por eso es importante el equipo, hacer todo esto con el equipo; además existe ese mito de que el fotógrafo es una persona que va detrás del reportero y ya. No, ambos son reporteros”.

     

    “También hay que sorprenderse. Si tú ya lo sabes todo, nunca en tu vida vas a aprender nada. Hay que tener curiosidad genuina por la vida. Y como periodista hacer una observación participante. Si ellos comen pescado, tú también comes. O sea, yo no puedo pedirle a alguien que me cuente su historia si me creo mejor que él, porque si me creo así, ¿por qué esa persona confiaría en mí para representar su historia correctamente? Lo que hay que hacer es saber estar en los sitios con respeto. No necesariamente creo que involucrarse. Mi labor es entender, y eso aplica a la vida, a ser persona. Yo creo que puntualmente en el tema de Venezuela por parte del periodismo hace falta dejarse de etiquetas, de solo entender la realidad de esa forma”.

     

    “Convencer a los editores de hacer una historia como esta es prácticamente imposible, lo que tienes que hacer es hacerlo, y cuando ya lo has hecho le dices: ‘mira, tengo esto, ¿me lo quieres publicar?’. Por eso yo creo que hay que tener olfato, por eso ser genuinamente curioso, eso significa detectar qué cosas creo que son interesantes y que podrían coincidir con el criterio de más gente”.

     

    “A las nuevas generaciones de periodistas les haría falta recuperar un poco más de pasión por conocer. Vivimos en una cultura del ruido y la inmediatez, y creo que hay que ser más reflexivo, plantearse más preguntas, no juzgar, no odiar tanto, aprender a hablar con los diferentes. Eso es una actitud vital. Es que persona y periodista es lo mismo, no se puede ser periodista si no se es persona. Nunca dejas de ser persona”.

     

    “Esto no tiene nada qué ver con una gente que se sienta a que los inspiren las musas. Esto tiene que ver con personas que se ensucian, caminando por la calle, hablando y preguntando, sorprendiéndose y contradiciéndose”.

     

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  • Lecciones del periodismo iberoamericano: apuntar al periodismo sin fronteras

     

    Periodismo Sin Fronteras: del lobo estepario al periodismo colaborativo y de impacto global fue uno de los talleres que ofreció la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI) entorno a la cuarta versión del Festival de Periodismo celebrada consecutivamente en Medellín. El lema de este año: “una fiesta de historias para mentes curiosas”, demostró las grandes mentes curiosas de quienes estuvieron detrás de la mayor investigación de periodismo de datos de la historia.

     

    Panama Papers fue el nombre asignado a la filtración más grande hecha a través de una fuente anónima que se autonombró John Doe. Este personaje le compartió a dos periodistas alemanes del medio Süddeutsche Zeitung 11.5 millones de archivos. Esta cantidad de documentos de toda índole (fotos,números bancarios, de pasaporte, entre muchos otros) están condensados en 2.6 TB de información. Para ello se unieron con el Consorcio Internacional de Periodismo de Investigación y con otros 370 periodistas de alrededor de 80 países para poder lidiar con la cantidad de datos que obtuvieron.

     

    La filtración tardó un año y su publicación se hizo efectiva el 3 de abril de este año, en el que compartieron una base de datos que permite buscar el nombre de cualquier persona que posea paraísos fiscales en la compañía panameña Mossack Fonseca.

     

    Marina Walker, subdirectora del Consorcio Internacional de Periodismo de Investigación, junto a Rigoberto Carvajal, el experto en data de la misma organización, fueron quienes dictaron el taller. Durante las 4 horas que duró compartieron la experiencia del trabajo colaborativo como el principal reto para todos los colaboradores del trabajo, además exhortaron la importancia de emprender trabajos en conjunto a través de la data que ofrece Internet.

     

    Las lecciones fueron las siguientes:

    • El paradigma del lobo estepario, reportero tradicional representados por Carl Bernstein y Bob Woodward, debe ser superado para conseguir trabajar por medio de una red en la que el ego de la primicia queda supeditada a la colaboración de todos los implicados.
    • Las gráficas y bases de datos hay que aprender a leerlas. Allí hay muchas historias interesantes por contar. Es importante dejar volar la curiosidad.
    • El trabajo colaborativo no es solo entre periodistas, hay que conjugar la reportería y capacidad de contar historias con la sistematización, organización, sistemas de seguridad y protección de la información y las capacidades técnicas con que cuentan los expertos en data e informática.
    • Es importante, desde ya, comenzar a crear una red de trabajo entre periodistas en que la confianza y el compromiso son los pilares para lograr un excelente trabajo de impacto.

     

    La información está colgada en la red, hay que saber identificarla y filtrar cuál de ellas debe ser de conocimiento público para darla a conocer para una sociedad más informada.

     

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  • Lecciones del periodismo iberoamericano: realidad desde el cómic

     

    Germán Andino es un dibujante mexicano que, a través del cómic, contó la historia de un joven involucrado con las pandillas en Honduras, acudiendo al formato de cómic no ficción. Su trabajo fue el ganador del Premio Gabriel García Márquez en la categoria de Innovación. Durante el Festival Gabo 2017 compartió el testimonio sobre su trabajo.

     

     

     

     

    “El periodismo para mí es solamente una herramienta, yo me considero más un dibujante incluso que un ingeniero de sistemas informático, que fue lo que estudié. Hay todo un trabajo de reporteo detrás de mi trabajo que soporta todo lo que dibujo y escribo, aunque mi enfoque nunca fue el del reportero tradicional; es decir, sí verifico fuentes y todo lo que se hace para no cometer errores, pero no he corrido con las prisas del periodismo. He tenido tiempo para cosas en las que tal vez el periodismo no se detiene”.

     

    “Yo creo que la objetividad como tal no existe. Todo lo que haces pasa por tu filtro mental que le agrega la subjetividad, y empecé a trabajar el tema de pandillas porque estas empezaron a salir en mi barrio, y luego cuando yo me fui me sentí como extraído de lo que pudo haber sido para mí la relidad de pandillero. El intentar mantener la honestidad va también porque conozco la historia. Yo creo que el involucramiento en mi caso me ayudó a contar la historia, y creo que hay que involucrarse con la historia, el periodista no tiene que ser una persona que se mantiene al margen de la historia y que está solo como un visitante externo viendo lo que sucede; hay que involucrarse porque así se conoce lo que se está contando. Aunque sí, hasta cierto punto yo también sentía que tenía que alejarme porque ya estaba afectándome. La cosa está en discernir cuándo se debe tomar distancia y no emitir juicios erróneos”.

     

    “El cómic como formato de no ficción no es tan nuevo, lo que pasa es que se ha mantenido como un objeto de librero. Y ahora irrumpe en las redacciones tradicionales este formato. Pero este aporta que la imagen, en combinación con el texto, genera un lenguaje propio, que no es ni el del texto ni el de la fotografía, y son formas diferentes de contar las mismas cosas. Me parece que el cómic tiene a veces una mayor profundidad y requiere más del lector que cualquier otro medio. Yo creo que el formato sí tiene muchas posibilidades frente a los públicos, porque engancha; yo desde que leí el primero me enganché y no he parado de leer comics. Podría convertirse en una nueva forma tradicional de periodismo. Aunque es difícil al principio que la gente entienda: yo contarle al director del equipo de El País lo que quería hacer era complicado, yo creo que no lo entendimos hasta que no nos sentamos a ver cómo era. Al ser un formato nuevo tiene problemas para ser introducido en las audiencias, pero tiene mucho potencial”.

     

    “… hay que involucrarse porque así se conoce lo que se está contando.”

     

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  • Lecciones del periodismo iberoamericano

     

    ​​En formatos, estructuras, soportes para las nuevas historias y métodos de investigación, el periodismo hoy se transforma. Medellín tiene la fortuna de contar desde hace cinco años con el certamen sobre periodismo más importante en Iberoamérica, que ofrece la posibilidad de escuchar las experiencias de quienes gestan historias que han revelado facetas desconocidas del presente y han influido en el rumbo de los acontecimientos en la actualidad. Aquí compartimos algunas de las lecciones del Festival Gabriel García Márquez de Periodismo en 2017.

     

     

    Apuntar al periodismo sin fronteras

    El lobo estepario al periodismo colaborativo y de impacto global fue uno de los talleres que ofreció la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI) entorno a la cuarta versión del Festival de Periodismo celebrada consecutivamente en Medellín.

     

    Realidad desde el cómic

    Germán Andino es un dibujante mexicano que, a través del cómic, contó la historia de un joven involucrado con las pandillas en Honduras, acudiendo al formato de cómic no ficción. Su trabajo fue el ganador del Premio Gabriel García Márquez en la categoría de Innovación. Durante el Festival Gabo 2017 compartió el testimonio sobre su trabajo.

     

    “No se puede ser periodista sin ser persona”

    El periodista español Alberto Arce fue finalista en la categoría Texto del Premio Gabriel García Márquez por su trabajo “Los piratas del chavismo: así es la nueva guerra del Caribe” en el cual, junto con el reportero gráfico Rodrigo Abd, recorrieron el estado de Sucre en Venezuela para retratar el estado de una actividad económica como la pesca en un momento de crisis económica y política de dicho país. Aquí el testimonio recogido durante el Festival Gabo 2017.

     

     

    Vice, una idea por el romanticismo

    Desde hace cinco años, el Festival Gabo, reúne lo mejor del periodismo iberoamericano en torno a talleres, conversatorios y conferencias que buscan acercar el público a las nuevas tendencias y trabajos innovadores que puedan inspirar a nuevos talentos a guiarse por un mejor camino. En la última versión del certamen, periodistas de medios y proyectos como En Malos Pasos, Efecto Cocuyo, La Pulla y Pacifista contaron cómo es cubrir Latinoamérica, una región violenta, y cómo lograr sortear la censura, conseguir fondos, y otras realidades que enfrentan los periodistas del continente. Camilo Jiménez, director editorial de Vice Colombia y Pacifista, un proyecto propio de la plataforma, contó cómo lograr una propuesta diferente para públicos jóvenes que parecen tan apáticos a temas más profundos.

     

     

  • Lecciones del periodismo iberoamericano: Vice, una idea por el romanticismo

    Desde hace cinco años, el Festival Gabo, reúne lo mejor del periodismo iberoamericano en torno a talleres, conversatorios y conferencias que buscan acercar el público a las nuevas tendencias y trabajos innovadores que puedan inspirar a nuevos talentos a guiarse por un mejor camino. En la última versión del certamen, periodistas de medios y proyectos como En Malos Pasos, Efecto Cocuyo, La Pulla y Pacifista contaron cómo es cubrir Latinoamérica, una región violenta, y cómo lograr sortear la censura, conseguir fondos, y otras realidades que enfrentan los periodistas del continente. Camilo Jiménez, director editorial de Vice Colombia y Pacifista, un proyecto propio de la plataforma, contó cómo lograr una propuesta diferente para públicos jóvenes que parecen tan apáticos a temas más profundos.

     

     

    ¿Cómo nace la iniciativa?

    Nace como un proyecto propio de Vice Colombia, en 2014, cuando estábamos buscando ideas de un proyecto que pudiera ser la oferta de Vice Colombia para la paz. Pacifista nació en la redacción. Lo que ocurrió es que al momento de buscar fondos, los primeros que encontramos fueron unos que estaba ofreciendo de manera abierta la oficina del Alto comisionado para la Paz. De ahí surgió una alianza de financiación que nos permitió trabajar de una manera independiente, autónoma y crítica al proceso. Esa financiación se acabó hace dos años y medio y desde eso Pacifista no recibe dinero del gobierno.

     

    Suena romántico, e inocente, pero, ¿ustedes desde su iniciativa han pensado en querer cambiar el mundo?

    No creo que sea algo inocente o alejado de la realidad. Finalmente, si te fijas, una muy buena parte de la humanidad está intentando hacer eso; el problema es que mucha gente trata de hacerlo para su propio beneficio, o con intenciones no tan benévolas, pero finalmente vemos organizaciones en el mundo entero que están tratando de cambiar la realidad por una buena causa. El periodismo, casi que por definición, en sí mismo es un oficio que busca eso: cambiar las cosas. El problema es que no tiene tanto poder como sí podrían tener otras áreas del conocimiento. Por lo tanto, Pacifista al considerarse un medio periodístico independiente y crítico, sí está intentando cambiar las cosas. ¿Qué puede cambiar el periodismo? Yo creo que siendo muy modestos, nosotros podemos cambiar la forma en como las personas ven el mundo. Con esto no estoy diciendo que nosotros queramos lavar cerebros, sino que queremos formar opinión, es decir, ayudarle a la gente a entender qué sucede en su entorno y qué puede hacer para que las cosas mejoren.

     

    ¿Qué es fundamental para un medio que quiera propiciar una cultura más crítica en las personas?

    Básicamente dos cosas: por un lado, los medios periodísticos deben saber que no pueden perder sus raíces, y eso es algo que se aprende en la universidad o en la práctica. Las raíces del periodismo son cosas muy básicas, el compromiso hacia la ciudadanía, hacia la verdad, o al menos hacia la verificación y un compromiso a la justicia, no en el sentido de querer reemplazar a la justicia, porque no es ni debería ser nuestra tarea, sino en el sentido de darles siempre una oportunidad de hablar a las personas, de contrastar, de escuchar al denunciado, buscar los grises en los asuntos. Debemos ser fieles a la verdad y recordar que nuestro compromiso directo e inicial es con las personas, no con las empresas.

     

    ¿Cómo darle voz a todos en países, como los latinoamericanos, que son tan violentos y en los que suele haber autocensura?

    Uno como periodista necesita hacer tres cosas: ser justo, ser veraz y estar comprometido con el ciudadano. Estas tres cosas empiezan a tambalear cuando uno no puede ejercer su oficio como debería hacerlo.

     

    Yo siento que las circunstancias que están definiendo la realidad de los medios en Colombia están haciendo que seamos menos veraces, menos comprometidos con los ciudadanos, y lamentablemente estamos dejando de ser justos.

     

    En medio de estas circunstancias uno puede seguir siendo un buen periodista si uno, así como los

    católicos no olvidan el padre nuestro, se toma el tiempo de reflexionar todos los días reflexionar sobre sus principios. Si todos hacemos eso, los medios van a mejorar a pesar de las circunstancias. Como dijo Daniel Coronell, el país tiende a tener mejores periodistas que medios, yo creo que eso debería ser una base para seguir fortaleciendo los excelentes profesionales que hay en el país.

     

    ¿Hay espacio para libertad de expresión?

    Es una pregunta cuya respuesta debe ser cuidadosa, porque uno no puede generalizar. Tú comparas la situación nuestra con Alemania, y está difícil, no solo por las presiones de seguridad, sino también las presiones financieras han afectado el nivel de libertad que tenemos para trabajar, pero si tu comparas la situación de Colombia con Venezuela, Cuba o lugares donde casi que ni existe el periodismo, como Corea del Norte, obviamente Colombia no está tan mal.

     

    Depende del punto desde el que uno esté mirando las cosas, y yo creo que eso siempre es saludable para no perder la claridad y la capacidad para ver que las cosas no están tan mal; pero que no estén tan mal, no quiere decir que estén súper bien.

     

    En Colombia tenemos problemas de libertad de expresión y eso no es una opinión, hay investigaciones que lo demuestras, estudios realizados por organizaciones como la FLIP. La libertad de expresión sigue siendo muy afectada en este país, especialmente en poblaciones rurales donde ha habido un abandono por parte del estado y poco interés por parte de los medios grandes por apoyar iniciativas. Tenemos zonas silenciadas, donde no hay medios de comunicación o donde los únicos medios de comunicación del ejército o las fuerzas armadas.

     

    Sin embargo, por un lado tenemos medios que no pueden ejercer la libertad como quisieran, y por el otro tenemos una situación novedosa y es la capacidad de participar de manera más libre plataformas digitales. Todas son cosas que contribuyen a equilibrar la balanza en la libertad de expresión.

     

    Como conclusión todavía hay mucho que hacer, y no es solo responsabilidad del estado sino también de los medios de comunicación.

     

    ¿Cuál es la clave para impactar cuando se quiere ser menos sensacionalista?

    La clave está se encuentra justamente resolviendo el problema que plantea la pregunta. El impulso de impactar muchas veces está afectando la necesidad y el deber de ser serios, ecuánimes y periodísticos, entonces la solución está en buscar una formula que nos permita impactar sin afectar la calidad. Ahí no hay todavía una respuesta a esa pregunta, nadie ha encontrado la fórmula mágica.

     

    Por experiencia, como editor de Vice Colombia y Pacifista, es que parte de la respuesta puede encontrarse en algo muy básico: en el oficio del periodismo, en las premisas fundamentales de la profesión: contar la verdad, ser justos, ser independientes y pensar siempre en los derechos de los ciudadanos. Es algo que no nos va a quitar nadie.

     

    Por otro lado, hay que saber llegar y para eso, uno tiene que tener estrategia y conocimientos. La fórmula trae por un lado, el periodismo, que sean raíces muy fuertes y muy vivas, en las redacciones, pero por otro lado requiere que estemos muy actualizados, preparados por todos los medios que puedan tenerse y sobre todo con los conocimientos más actuales para actuar con estrategia, para saber exactamente como tener una estrategia digital, crear una comunidad.

     

    “El periodismo, casi que por definición, en sí mismo es un oficio que busca eso: cambiar las cosas”.

     

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