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  • ¿Por qué la música nos hace sentir?

    En épocas de aislamiento, la música cobra un papel fundamental para preservar la salud mental de las personas. No se trata simplemente de una actividad artística y un medio de entretenimiento, sino también de un lenguaje que comunica, evoca y refuerza emociones.

     

    ¿Cómo se produce la música?

     

    En fracciones de segundo, los sistemas de nuestro cuerpo son capaces de recoger las señales acústicas -es decir, de sonido- y enviarlas al cerebro, para que este las decodifique y les dé significado.

     

    Daniel Joseph Levitin, psicólogo cognitivo, neurocientífico y músico estadounidense, afirma que “lo increíble de la música es que no existe fuera del cerebro. Una sola nota empieza cuando las vibraciones viajan por el aire, lo que hace que el tímpano vibre. Dentro del oído, las vibraciones se convierten en impulsos nerviosos que viajan al cerebro donde se perciben como varios elementos de la música, por ejemplo, tono y melodía. Cuando esos elementos se recombinan, forman un patrón que reconocemos como música. En otras palabras, el cerebro procesa los sonidos que creemos percibir en un todo perceptual que llamamos música”.

     

    El poder de esta expresión artística para sensibilizarnos tiene una explicación: la música es capaz de atraer la atención de una manera más potente que otros estímulos sensitivos. Josefa Lacárcel Moreno, investigadora de la Universidad de Murcia, plantea que “el oído es el más cualificado de los estímulos sensoriales cerebrales. De estos: el 20% corresponden a la vista, el 30% corresponden al gusto, olfato y tacto, el 50% corresponden al oído, que despierta e impulsa al cerebro, además de protegerlo contra el deterioro”.

     

    La música en vivo refuerza la experiencia sensorial que beneficia las funciones cerebrales. Foto: UPB Colombia.

     

    La relación entre la música y la salud mental

     

    “Es un colchón de salvación para no darse tan duro contra el mundo”, dice Carlos Andrés Mesa, director musical y especialista en Guitarra Clásica de la Universidad de Antioquia. Para él, el arte de la musa Euterpe es un elemento “vital” para el ser humano que “nos permite hacer la realidad un poco más llevadera y nos saca del confinamiento mental en el que estamos inmersos, que es incluso más peligroso que el físico”.

     

    Durante la cuarentena, existe una mayor propensión a manifestar sentimientos de soledad, ansiedad y depresión. Para Astrid Arrieta Morales, presidenta de la Asociación Colombiana de Psiquiatría, “el 40% de la población tiene mayor probabilidad de padecer algún tipo de problemas relacionados con la salud mental y se van a duplicar las cifras de padecimientos como la depresión”.

     

    Es importante tener presente que “cuando nos acompaña la depresión es porque andamos muy atentos a lo que nos ocurrió en el pasado. Cuando nos acompaña la ansiedad es porque estamos muy atentos a lo que pasará en el futuro. La soledad aparece cuando no sabemos estar con nosotros mismos. El confinamiento genera precisamente esa necesidad de mirar hacia adentro y encontrarnos con las cosas que no son tan fáciles de abordar en nuestro ser interior. Todo esto se puede explicar de esta manera si no existe un trastorno de salud mental de base”, afirma la psicóloga Ana Mercedes Restrepo.

     

    Las patologías mencionadas anteriormente “pueden desencadenar en crisis agudas, afectando la salud mental del individuo y demás personas alrededor de este, alterando la dinámica familiar y de pareja, si se cuenta con ella”, reafirma la psicóloga y especialista en trabajo social familiar, Claudia Elena Arteaga Valderrama.

     

    “Cuando un ser humano tiene la habilidad, está en el aprendizaje y entra en contacto con el instrumento musical, este le permite de alguna manera contactarse consigo mismo para permitirse sentir, canalizar y hacer catarsis con las emociones que lo acompañan”, agrega Restrepo.

     

    Carlos Andrés Mesa cuenta que el entrenamiento musical no solo lo mantiene mentalmente sano a él, sino también a otros miembros de su familia. “Las amigas de mi hija le escriben diciéndole que se están enloqueciendo, que andan muy aburridas en la casa. Le preguntan que si también está aburrida, y ella les dice que no, porque ella está en un ambiente muy diferente en el que todo el tiempo está tocando el violín, escuchando música o bailando ballet… Las amiguitas de ella están que se enloquecen, pero es porque en sus hogares no les ofrecen ese espacio para que estimulen el cerebro desde otro punto de vista, en este caso con la música”.

     

    Un arte mágico

     

    Debido al abrupto cambio de rutinas que implica el confinamiento, Carlos se dedica a estudiar música todo el día, desde las 6 de la mañana hasta las 10 de la noche. Se sumerge en una realidad totalmente diferente, tanto que a veces “ni me acuerdo de qué es lo que está pasando afuera del mundo”.

     

    “No es lo mismo estar sentado viendo televisión y pensando en tantas cosas. Mientras vos estás tocando un instrumento, por tu cabeza solo pasan notas y melodías. Se rompe el mundo exterior y se queda la música. Ella te transporta a otra dimensión y cuando terminas de tocar, vuelves al espacio donde estabas”. Ese, según Mesa, es el efecto más “teso” que tiene este arte.

     

    En 2011, un estudio realizado por la Universidad McGill de Canadá descubrió que escuchar e interpretar música incrementa la producción de dopamina en el cerebro. Este químico contribuye al mejoramiento del estado de ánimo, ofreciendo una sensación de placer.

     

    “Cuando estás haciendo algo divertido, en este caso interpretar un instrumento, de entrada, esa información llega al cerebro y se activa la dopamina, un neurotransmisor que nos permite sentir placer, motivación, seguridad, tranquilidad y bienestar. Incluso está demostrado que ayuda en la toma de decisiones y en la liberación del estrés. La dopamina también potencializa los procesos de aprendizaje”, dice Restrepo.

     

    Según Arteaga, esta sustancia “regula funciones importantes en nuestro cuerpo como la memoria, el sueño, el movimiento, el estado de ánimo, entre otros. El exceso o falta de dopamina puede ocasionar problemas en la salud como Parkinson y/o esquizofrenia”.

     

    “Con la música también hay una muy bonita liberación de serotonina y endorfinas. La serotonina genera cosas muy interesantes. Es conocida como la hormona de la felicidad”, dice Restrepo. “En este caso, la música se va a parecer a otras cosas, como por ejemplo comer chocolate, hacer ejercicio o estar enamorado”, dice Jairo Moreno Ramírez, profesor del colegio San José de Las Vegas.

     

    De acuerdo con Arteaga, además de las anteriores sustancias químicas que se generan en el organismo como efecto de la actividad musical, otra hormona que se libera es la oxitocina, la cual “nos lleva a sentir confianza con nosotros mismos y con los demás”.

     

    “Yo pongo los dedos en el piano y van saliendo noticas, y esas noticas pareciera que son una cosa. Y puede que sean una cosa, pero es el alma la que está sonando… Tuvimos la fortuna de haber sido tocados por el hada de la música”, dice Moreno, quien a pesar de que al momento de compartir su testimonio para este reportaje llevaba 50 días solo en su casa, manifiesta que la música lo llena espiritualmente: “Me nutre, me abraza, me asombra”, dice. La mayor parte del tiempo se le va componiendo canciones y dictando clases virtuales desde su lugar preferido, su estudio de grabación, al cual considera como un “santuario”.

     

    “Cuando escuchamos o hacemos música, hacemos que en nuestro ser y en nuestra alma se evoquen emociones y recuerdos, los cuales se conectan con las emociones y viceversa. Al llegar el mensaje musical, el cerebro lo recibe, lo interpreta y detonará en cada persona cosas distintas. La música comunica, hace recordar y sentir cosas”, concluye Restrepo. “Es algo que no se puede hacer sin el alma, sin el corazón”, enfatiza Moreno.

     

    La relación entre la música y las emociones es evidente, según Arteaga, ya que esta “puede influir de una manera positiva o negativa según el trastorno y el tipo de música que se escuche, es decir que para una persona con ansiedad no es recomendable cierto tipo de música como el rock pesado o el heavy metal, ya que genera mayor ansiedad. Las personas que presentan trastorno de depresión deben escuchar un tipo de música alegre. En estos casos se recomienda música relajante, clásica, ya que pueden relacionar lo que están escuchando con la situación que están viviendo”.

     

    ¿Puede la música hacernos más sociables?

     

    “Cuando se libere esta situación, cuando la gente pueda reunirse, la música va a convertirse en un imán muy teso para reunir a la gente que hoy está con mucho miedo”, dice Carlos Andrés Mesa, guitarrista clásico.

     

    Arteaga agrega que el contacto frecuente con la música “ayuda a tener habilidades sociales, fortalece los vínculos con los demás personas, desarrolla la capacidad de sensibilidad, fomenta la disciplina, reduce los niveles de estrés y fortalece la autonomía”.

     

    Stefan Koelsch, profesor de Psicología de la Música de la Universidad de Berlín, resalta la capacidad de la música para generar sentimientos de imitación y empatía. “Mientras hacemos música, volvemos a vivir todas esas experiencias y ponemos en marcha todas esas funciones sociales, es decir, averiguamos qué quiere el otro o qué intenta o qué desea o qué cree, sin que nos lo diga explícitamente. Hay experiencias emocionales en las que después de hacer música juntos, todos nos sentimos felices mientras antes, en cambio, quizás estábamos enfadados”.

     

    El resultado de todo ello es una especie de cohesión social donde “nos gustamos más que antes, estamos más unidos que antes, confiamos más los unos en los otros, pensamos que el otro nos ayudará cuando nos sintamos solos o tengamos un problema”, enfatiza el investigador alemán.

     

    La unidad social que provoca la música se debe a la universalidad de este arte. “Todos tenemos música, porque todos somos música. La respiración tiene un ritmo, el corazón produce ritmo, la circulación produce ritmo, nuestro acento tiene melodía… Somos músicos de nacimiento, así no lo asumamos”, manifiesta Moreno.

     

    “La música es el arte más global. No la podemos evitar, es inherente al ser humano. Todas las personas que hay en el mundo se conectan con la música de diferentes formas”, dice Mesa Cano. “Si tú estás por ahí en algún lugar, lo primero que el cerebro hace es silbar, cantar una canción, palmotear un ritmo o sonar algo. No tienes que ser músico para eso. Es una de las artes más sublimes; está impresa en nuestra piel y la encuentras en cualquier momento. Antropológicamente hablando, lo primero que surgió fue el sonido”.

     

    La sincronía con un ritmo y una melodía se produce al interpretar y escuchar y es prueba de los efectos sensoriales de la música. Foto: UPB.

     

    ¿Nos hace más inteligentes?

     

    El entrenamiento musical frecuente implica la interacción de diversas estructuras cerebrales que favorecen el desarrollo cognitivo. Es utilizado en bebés y niños para la estimulación del aprendizaje. Según Anita Collins, experta en educación neuromusical, “tocar un instrumento involucra prácticamente todas las áreas del cerebro a la vez, en especial las cortezas visuales, auditivas y motoras”.

     

    Collins también asevera que reproducir música “aumenta el volumen y la actividad del cuerpo calloso, elemento que sirve como puente entre los dos hemisferios (izquierdo y derecho)”. Mientras mayor sea el tamaño de esa estructura, más rápido se produce el intercambio de información interhemisférica. En pocas palabras, la práctica musical desarrolla ambos hemisferios de manera simultánea.

     

    Esto permite entender porqué los que interpretan algún instrumento con frecuencia son capaces de resolver problemas de manera más creativa tanto en entornos académicos como sociales, a la par que crean, recorren y recuperan recuerdos con mayor rapidez y eficacia. “Tocar música es el equivalente cerebral de un entrenamiento de cuerpo completo en el gimnasio”, concluye la investigadora.

     

    “Tienes que estar pendiente de que tu sonido y tus golpes estén en el lugar indicado, que estés tocando la nota que es, los acordes que son, y a la vez leyendo la partitura, mientras escuchas lo que está haciendo el resto. Es un proceso muy grande, como una especie de rompecabezas”, afirma Simón Henao Zuluaga, estudiante de música de Eafit y docente de batería en la academia Musicreando. Para él, la música es como aprender otro idioma puesto que “tienes que aprender a leerlo, escribirlo, hablarlo y convivir con él”.

     

    Por ello, Moreno considera a este arte como “la disciplina más completa de la humanidad”.

     

    La terapia musical

     

    Esta manifestación artística también es utilizada como un valioso recurso para mejorar la calidad de vida de los pacientes a través de la musicoterapia. Según la World Federation of Music Therapy (WFMT), “la musicoterapia consiste en el uso de la música y/o de sus elementos musicales (sonido, ritmo, melodía, armonía) por un musicoterapeuta, con un paciente o grupo, en el proceso diseñado para facilitar y promover la comunicación, el aprendizaje, la movilización, la expresión, la organización u otros objetivos terapéuticos relevantes, con el fin de lograr cambios y satisfacer necesidades físicas, emocionales, mentales, sociales y cognitivas. La musicoterapia busca descubrir potenciales y restituir funciones del individuo para que este alcance una mayor organización intra e interpersonal y, consecuentemente, una mejor calidad de vida a través de la prevención y rehabilitación en un tratamiento”.

     

    La musicoterapia se ha constituido en los últimos años como un método bastante efectivo para el tratamiento de patologías tales como el autismo y la afasia (pérdida o trastorno de la capacidad del habla). De acuerdo con un informe del Centro Alemán de Investigación de la Musicoterapia, “la música implica comunicación y, como tal, se puede emplear para entrenar habilidades de comunicación no verbal, lo que puede ser muy útil en el caso de alteraciones conductuales y autismo”.

     

    Si bien la terapia musical no ha demostrado resultados concluyentes en el tratamiento de pacientes con demencia, los neurólogos españoles Gema Soria Urios, Pablo Duque y José García, afirman que “la práctica de la musicoterapia con las personas con demencia nos ha permitido ver que la música influye en su comportamiento y su humor, ya que puede hacer que estén más tranquilas”.

     

    ¿Nos sonará igual después de la cuarentena?

     

    Carlos Mesa prevé un auge muy grande de la música. “Cuando se libere esta situación, cuando la gente pueda reunirse, la música va a convertirse en un imán muy teso para reunir a la gente que hoy está con mucho miedo. Miedo de acercarse al otro, de saludarlo, de hablarle… En este momento, todo el mundo sospecha dónde estuvo el otro y si esa persona los va a enfermar o no. Para romper esos temores, creo que va a ser infalible la utilización de la música. La música te lleva a bailar con el otro, a cogerlo, a tomarlo de la mano. Seguramente vamos a presenciar el surgimiento de grandes orquestas después de esta coyuntura”.

     

    Como dice la canción de la compositora española Lucía Gil que se ha hecho famosa por estos días, difundida mediante las diferentes redes sociales y plataformas digitales, “volveremos a juntarnos, volveremos a brindar. Un café queda pendiente en nuestro bar.” Llegará ese momento en el que “romperemos ese metro de distancia entre tú y yo, ya no habrá una pantalla entre los dos”.

     

    Jairo Moreno considera que las diferentes manifestaciones de las estéticas musicales se han hecho presentes de una manera vistosa en todo el mundo, desde muchos puntos de vista. Desde los músicos mismos que en España y en Italia han salido a los balcones a tocar su chelo o su guitarra. Sin embargo, para él, este arte “no necesita más relevancia de la que tiene. Seguirá siendo lo que es, una compañía impresionante, parte de la ropa de la humanidad, parte de lo que nos ponemos todos los días. Más bien, yo lo que creo es que la gente después de esto va a aprender a valorar las cosas que se habían vuelto paisaje”.

     

    La figura de los artistas se convierte en una ícono evocador de las emociones suscitadas por sus composiciones. Otro elemento clave de la experiencia en vivo. Foto: UPB.

     

    El concierto de la esperanza

     

    El pasado 1 de mayo, se transmitió por la televisión nacional un concierto llamado “Colombia cuida a Colombia”, con el fin de llevar un momento diferente a cada hogar, además de recaudar donaciones destinadas a las personas más necesitadas. Esta iniciativa ha logrado entregar alrededor de 10 mil toneladas de alimentos, beneficiando cerca de 1.3 millones de personas en condición de vulnerabilidad, en más de 150 municipios del país.

     

    Entre los artistas que participaron en el evento estuvo Fonseca, quien interpretó una de sus más recientes producciones, la canción titulada “Lo que ayer era normal”, en la cual sus versos expresan algunas de las situaciones y emociones que muchos pueden estar sintiendo en esta época de crisis:

     

    “Ahora es que entiendo lo que el tiempo vale,

    Y vale más cuando tú lo compartes,

    ¿Cómo no nos dimos cuenta antes?

     

    Cierra los ojos, para encontrarnos frente a frente,

    Y que este abrazo, dure en el alma para siempre.

    Nunca sentí, esta necesidad urgente

    De que supieras, lo importante que es tenerte.

    Esta lejanía, duele cada día…”

     

    Porque para el artista bogotano, “Lo que ayer era normal, hoy es lo más grande de esta vida”.

     

    “El arte es eso: lo que nos hace llorar, reír, recordar muchas cosas y nos aísla un poco de la realidad que estamos viviendo, que es muy dura, pero es una realidad en la que si nos quedamos de brazos cruzados, nos vamos a enloquecer”, puntualiza Henao.

     

    “Soportaré los golpes y jamás me rendiré… Me volveré de hierro para endurecer la piel, Y, aunque los vientos de la vida soplen fuerte. Soy como el junco que se dobla, pero siempre sigue en pie”. Así versa la icónica canción “Resistiré”, relanzada en el mes de abril e interpretada en esta ocasión por artistas como David Bisbal, Álex Ubago, Rosana, Carlos Baute, Manuel Carrasco, Melendi, entre otros, como mensaje de resiliencia frente a las peripecias que hoy experimenta el mundo.

     

    Además, por estos días, algunos artistas como Residente, sacan canciones que acompañan la coyuntura actual, tratando de acercarse a las personas por medio de la música. ‘Antes que el mundo se acabe’ envía un mensaje de amor y esperanza para hacer más llevadera la situación. “Ni la pandemia más fuerte que anda matando personas me separa de ti, por eso contigo la distancia social no funciona. Y si estás lejos no importa, porque la luz de la tarde nos une”.

     

    Lo que queda claro es que hoy más que nunca, la gente se aferra a la música como herramienta para escapar de la monotonía y el encierro, para hallar en sus melodías sosiego a partir del mero hecho de sentir.

     

     

     

     

     

     

     

  • Desde urabá hasta Aquí y ahora

     

    Paisajes y recuerdos de Urabá hacen parte del camino recorrido por los mellizos Villegas, jóvenes cuyo talento está detrás de Lucas Arnau, figura del pop colombiano.

     

    La música de los mellizos Villegas se nutre de los parajes que han recorrido en el desarrollo de sus talentos. Foto: Cortesía.

     

    La suave brisa, los rayos del sol y los peculiares sonidos del vecindario, atraviesan las ventanas en tiempos de cuarentena. Dos fanáticos, sentados desde la comodidad de su hogar, oprimen el botón de llamada. Ansiosos ante el momento, contesta uno de los mellizos Villegas, Alejandro. La conversación empieza a tomar rumbo mientras los fanáticos y los mellizos se imaginan viajando por la región de Urabá y cantando: “Voy en un viaje cósmico y galáctico, mágico y romántico, sobre el mar azul…”, como se oye en Cósmico y Galáctico.

     

    En la travesía los acompañan montañas verdes, rostros de indígenas Emberá, túneles de naturaleza, ganado y plantaciones bananeras. El viaje soñado empieza por el occidente, pasa por San Jerónimo, Santa Fe de Antioquia y Cañasgordas. Más adelante se encuentran en Dabeiba y llegan a Mutatá, la entrada al Urabá Antioqueño. Luego Chigorodó y por último Apartadó, donde nacieron Alejandro y Fernando Villegas en 1984.

     

    Un 11 de septiembre de 1984 nacen los mellizos Villegas en el municipio líder de Urabá, por su actividad comercial: Apartadó. Sus padres, se habían movido desde Bogotá y Medellín hacia la mágica región, conocida como la mina de oro o la tierra prometida. Una tierra abundante en oro verde (banano) y reservas de petróleo. La mejor esquina de América, “Tierra, tierra, tierra prometida, de América Latina, tierra del sabor Urabá…”, cantaban los Villegas en Tierra Prometida.

     

    Una educación mágica

     

    Una educación única y tradicional llenó de magia los corazones de los mellizos, “yo quiero esa magia, que se encuentra en tu corazón…”, cantaban los Villegas en Magia. Afrodescendientes, costeños e indígenas, el salón de clase en que estos niños crecieron era una mezclas que representaba la multiculturalidad de Urabá. Fer y Alejo, eran los únicos “europeos” (blancos) en el salón de clase.

     

    En las aulas eran ingredientes importantes el arte y la danza, la música en todos sus géneros, los colores y los sabores del Caribe. Una educación que fusionaba las emociones y momentos maravillosos en La Casa de la Cultura local, epicentro del Urabá alegre, bailador y artístico que sobresale en ritmos y vibras que deleitan el alma de los más pequeños. Mentes y corazones abiertos, recorrían cada rincón del lugar, enseñando la esencia de cada instrumento, como los de viento y el baile y la música, como el Mapalé, el Hip hop y el Bullerengue.

     

    “Cree, cree que cuando crees, creas …”, cantaban los Villegas en Cósmico y Galáctico. Tenían catorce años de felicidad y música, olas y amistad… catorce años al empezar un viaje que despertaría sus y empezaría a construir sus sueños; sueños presentados en los actos cívicos desde el alma y habilidad de los chicos: “… Sueños, sueños, tu eres el dueño, de todos tus sueños”, cantaban los Villegas en Tierra prometida. La guitarra y la batería fueron sus primeras amistades en la música; dedicación y tiempo fueron elementos clave para crecer y disfrutar todos los días del parche bonito en La Casa De la Cultura.

     

    Las estrellas de rock de Urabá

     

    Los Villegas han usado además las cuerdas de la guitarra para transmitir la esencia de cada lugar. “…Tus ideas son como gotas de este mar, son tu tiquete para navegar, a un mundo mágico …”, cantaban también en Cósmico y Galáctico, creyéndose el cuento de ser músicos, los que armaron su primera banda de rock y transformaron un espacio en su casa finca en la sala de sus ensayos, un universo mágico. El nivel subió, la dedicación aumentó y los ensayos tomaron gran parte de sus días.

     

    Sobredozis, un nombre peculiar para el momento, pero emocionante para la evolución del new metal que llegaba a Urabá. La emisora del pueblo los contactó para una entrevista. El locutor los trasformó en estrellas de rock y se impresionó con sus canciones, una experiencia para nuevas oportunidades. Los invitaron al festival Urabá vibra en Medellín y al año siguiente se tomaron la tarima de Urabá vibra en Bogotá. La fama aparecía poco a poco, mientras se hacían conocer, pero todos los sueños estaban pesando en el bolsillo.

     

    Un cambio trascendental

     

    ‘Si creyeron que llegaron a la punta de la montaña, no. Hay otra puntica más para seguir’, reza una frase que los Villegas recuerdan de sus inicios. Su vida se trasladó hacia Bogotá, en busca de nuevos proyectos. Grabaron su primer sencillo y participaron en espectáculos extraordinarios. Compraron una casa y la adecuaron en la sala de ensayo para la banda, pero necesitaban “sobrevivir” a la agitada vida de Bogotá. Rentaban el espacio, compartían con diferentes músicos y enseñaban sus conocimientos. Se crearon nuevas experiencias musicales y se convirtieron populares en el negocio. Pero todos sus sueños se fueron derrumbando a cambio de dinero y la banda desapareció.

     

    Fer empezó a trabajar en La Hamburguesería y Alejo era ingeniero de sonido en el mismo restaurante, un trampolín para conocer más gente del gremio. Efectivamente; conocieron muchas bandas, managers, ingenieros y cantantes, pero el dinero y los reconocimientos pasaron a ser su principal felicidad y armonía. “Todo viene y todo se va, todo sube y tiene que bajar, las cosas pasan cuando tienen que pasar, en el momento indicado, ahí va a estar”, cantaban los Villegas en Magia. Un sentimiento revolcó sus corazones y decidieron dedicarse completamente a la música.

     

    Precisamente el cumpleaños de los mellizos, un 11 de septiembre, el productor de Fanny Lu contacta a Fer para participar en un espectáculo junto a ella y otros artistas. Alejandro se involucró en el trabajo como un rayito de luz extra y aquel fue un punto clave en la ruta para que se cumplieran los sueños de los hermanos. “Traje serenata cósmica y galáctica, mágica y romántica, con ukulele y mucho Caribe”, cantaban los Villegas en Cuando te miro a los ojos.

     

    Momentos extraordinarios acompañados de música

     

    Tomaron contacto con Lucas Arnau, cantautor colombiano de pop latino. En 2015 fueron invitados a participar en su álbum Buen camino, compuesto por duetos con Adriana Lucia, Silvestre Dangond, Amaury Gutiérrez, entre otros. La producción fue nominada al Latin Grammy como mejor álbum tropical contemporáneo, acreditando la producción de los mellizos en De la mano. Primera nominación para Lucas y los Villegas.

     

    En su traslado en 2016 a Medellín el viaje continuó con Arnau para un nuevo álbum: Teatro, en 2017. La colaboración de 6 canciones, entre ellas Cósmico y Galáctico y Labios Rojitos, fascinó al público. Una vez más fueron nominados al Latin Grammy, como mejor álbum tropical contemporáneo.

     

    Los mellizos urabaenses, compositores y productores independientes, están a la espera de propuestas concordantes con su pensamiento. Ya están en su primer parto: Aquí y Ahora 11:11, once canciones, con once versiones acústicas, de su primera producción en desarrollo; un álbum recargado de pensamientos positivos y el despertar conciencia, mediante los colores del caribe.

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

  • Sociedad Amigos del Arte: el legado de una ciudad moderna

    Han pasado 84 años desde que se habló por primera vez en el Instituto de Bellas Artes sobre crear una sociedad promotora de conciertos que cambió significativamente la historia de la capital antioqueña, pues fue la puerta de entrada a la modernidad.

     

    El Teatro Junín (en el lugar que hoy ocupa el edificio Coltejer) fue uno de los escenarios principales de la oferta artística y cultural promovida por la Sociedad Amigos del Arte. Foto: Gabriel Carvajal (s.f.). Archivo BPP.

     

    La Sociedad Amigos del Arte de Medellín fue homóloga a la Sociedad Amigos de la Música de Bogotá, la base de un proyecto modernizador de ciudad, en momentos en que la Dirección Nacional de Bellas Artes promovía reformas en la práctica y la educación musical en Colombia. Su titular, Gustavo Santos, propuso al docente Carlos Posada Amador y a Antonio Cano, Director del Instituto de Bellas Artes, una sociedad para apoyar el II Congreso de Música celebrado en Medellín en 1937, idea que impulsó la realización de conciertos mensuales en los teatros de la ciudad.

     

    Tres de los más icónicos fueron el Circo Teatro España, ubicado entre las carreras Girardot y Córdoba y en medio de las calles Perú y Caracas; tenía capacidad para 6.000 espectadores de obras de teatro, circo, ballet, conciertos, cine mudo y carreras; además de corridas de toros para 4.000 personas. El Teatro Bolívar, construido en 1909 en tapias de caña brava, acogió en 1943 al maestro y violinista checoslovaco Joseph Matza, el primer director de la Banda Sinfónica de la Universidad de Antioquia. Asimismo, el Teatro Junín, diseñado por Agustín Goovaerts en 1922 y promovido por Gonzalo Mejía, empresario y productor de la película, “Bajo el cielo antioqueño”, tenía capacidad para 40.000 espectadores y recibió a la cantante Marian Anderson en 1955 y al bailarín Lew Christensen en 1958. Medellín era unos de los corredores de arte más importantes del continente.

     

    A comienzos de la década de los 20, Medellín tenía entre 120.000 y 150.000 habitantes y aunque el aforo de estos recintos era proporcionalmente mayor al que hoy existe, estos se llenaban gracias a la oferta de boletas a precios asequibles para todo público.

     

    Para amantes del cine mexicano, español y argentino, el Teatro Junín y Alameda eran siempre una buen opción; para el Cine continuo estaban los teatros Cinelandia y Aladino. Los amantes del cine erótico tenían al Sinfonía y Guadalupe; para el cine francés y europeo estaba el Teatro Opera, y para las superproducciones, el teatro Metro Avenida era un especialista.

     

    La Sociedad Amigos del Arte también motivó a cantantes, bailarines, músicos y pintores colombianos. Por ejemplo, Débora Arango recibió el primer premio en la Exposición Artistas Profesionales de Medellín, en 1939.

     

    Los artistas más destacados del momento estaban en la nómina de invitados a los espectáculos promovidos por la Sociedad Amigos del Arte. Foto: Colección Patrimonial Universidad EAFIT.

     

    La Sociedad Amigos del Arte difundió la música instrumental centroeuropea de los siglos XVIII y XIX, ayudó a potenciar la enseñanza de la música en los centros educativos del país como el Conservatorio Nacional en Bogotá, dirigido por Guillermo Uribe Holguín. Medellín tuvo nuevos espacios para escuchar música, nuevas orquestas, grupos musicales y congresos de música, docentes extranjeros que transformaron la educación musical, hasta grabaciones de discos extranjeros, con la radiodifusión en pleno auge; todos fueron elementos que cambiaron el modo de vivir en la ciudad.

     

    Toda esta cultura artística nos regaló la mejor idea de ciudad. Aunque la SAA desapareció en 1962 ante la falta de miembros fieles y público para los conciertos, su legado permitió que las clases sociales pasaran a un segundo plano, pues gente acomodada, campesinos y obreros, disfrutaron sin distingo del gusto por el arte. Así lo confirma uno de sus asiduos visitantes, German Jiménez Gil, hoy Jefe Comercial de Cotrafa en la Zona Centro, quien recuerda cómo una tarde de películas con amigos era parte de su vida.

     

    La mayoría de las personas que construyeron este legado no viven hoy en día, pero es nuestra labor como ciudadanos rememorarlo para contarlo.

     

  • El Mono con máscara de escritor. Una conversación con Daniel Tobón Arango

    Una conversación en los intersticios de la rutina laboral de un joven escritor que revela cómo se abre camino una carrera en torno a las letras y en la Medellín de hoy.

     

     

    Daniel Tobón es filólogo. Se estrenó en 2009 con “El Valle Encantado del Aburrá”, ha sido columnista y promotor de lectura. Su cuento “Sueño dorado” fue seleccionado en el concurso ¿Cuál es tu cuento con el fútbol? de la Editorial UPB en 2017. Foto: Archivo de Daniel Tobón Arango.

     

    Me recibió en donde trabaja, la Sala de Literatura de la Biblioteca de San Javier, allí estaba en un ambiente de paz, silencio y tranquilidad, sensaciones muy acordes con lo que transmite cuando habla. Consiguió este trabajo con el fin de sacar un libro adelante y le ha gustado mucho, jocosamente dice – si hubiera sabido que trabajar no era tan maluco, hubiera empezado a trabajar hace mucho-. Allí está en contacto con muchos libros todo el tiempo, lee tranquilo y se oxigena en la escritura.

     

    Estuvo muy inquieto preguntando de qué se trataba la entrevista, sin percatarse de que la entrevista ya había empezado. Al principio asumí que estaba nervioso o que las entrevistas de personalidad le generaban cierta ansiedad.

     

    Desde el principio develó que su sueño es que los escritores no paguen de su bolsillo, sino que publiquen por mérito.

     

    Justo cuando nos estábamos acomodando para la entrevista, llegó su compañera de trabajo, María Paula. Ella tuvo voz en la entrevista, él la involucró en varios momentos, con respeto y cierta complicidad de colega conquistador.

     

    Ahora mencionaste algo sobre las mujeres, ¿cuál es tu percepción al respecto?

    Como diría Paulina Vega, es una pregunta muy difícil.

     

    Tobón tiene un humor fino, natural y fluido, lo particular es que un simple comentario suyo tiene una carga de reflexión, sátira o crítica que genera risa y admiración.

     

    Este siglo y el siglo XX y todo este asunto de la liberación femenina ha hecho que se den cuenta de que tienen gran poder.

     

    Hace 200 o 300 años era muy difícil encontrar mujeres que escribieran, o escribían con seudónimos de hombres. La primera escritora de Antioquia fue Ana María Martínez de Nisser, escribió un diario de una guerra y denuncia asuntos en los que las mujeres de cierta forma no podían participar. Luego en el Siglo. XX, María Cano fue la primera mujer líder social en Antioquia, luchó por los derechos de las mujeres. Y cuando una niña hablaba con rebeldía de política le decían: ‘¡usted es una mariacanito!’, de forma despectiva.

     

    Voy a hacerte un par de preguntas y me contestas lo que se te venga a la mente.

    ¡Qué susto esas cosas así! Esas que son todas psicoanalíticas.

     

    ¿Rasgo más característico tuyo?

    ¡Juepucha! Soy muy descomplicado y relajado con la vida.

     

    ¿Mayor defecto?

    No tener la capacidad para definir mi mayor defecto. No sé definir mis defectos, no me gusta pensar en eso.

     

    ¿Mayor cualidad?

    Hablar mierda. La palabra. Si quieres, pones hablar mierda, no tengo problema jajaja.

     

    ¿Empleo soñado?

    Escribir junto al mar. Viajar y escribir, en el mar o en el campo. Puede mutar el paisaje, pero es escribir.

     

    ¿Dónde quisieras vivir?

    Me gustaría viajar por muchos lugares y escribir en tiempos determinados, conocer Grecia, Florencia, Austria. Pero al final, a mí me gusta Colombia, me gusta Medellín y estar en contacto con mi realidad, siento que no me iría de aquí. Por más caos que vivamos, Medellín me gusta mucho. Es una relación de amores y de odios, odio muchas cosas que pasan, pero al mismo tiempo me desprendo de eso. Aunque de pronto para vivir tranquilo, viviría en San Bernardo del Viento a orillas del mar jajaja.

     

    Pasemos al tema de los libros favoritos.

    Un libro que quiero mucho es La divina comedia, fue el que me empujó a escribir, fue el que me impulsó. Lo leí a los 19, me ayudó a escribir mi primer libro. También El Amor en los Tiempos del Cólera de García Márquez, Cien Años de Soledad, Frankenstein de Mary Shelley, Siddhartha de Hermann Hesse y cualquier libro de Shakespeare.

     

    Como escritor, prefiere la novela, se siente más cómodo con ella, le permite experimentar y escribir sobre muchas cosas.

     

    Intenta no tener muchas cosas favoritas, no casarse o comprometerse con algo a que sea su favorito. La vista es el sentido que más aprovecha, disfruta mirar cada cosa con detalle.

     

    Si pudieras elegir algún súperpoder, ¿cuál sería?

    Sería muy bueno volar. El asunto de volar sería viajar, o sea, mi súperpoder es volar o teletransportarme como Gokú (su caricatura favorita, entre todas las favoritas que tiene).

     

    No tiene seudónimo. Le dicen el Mono en su unidad, pero siempre firma con su nombre completo.

     

    ¿Cómo recuerdas la infancia?

    Tuve una infancia feliz con un amigo de verdad, nunca tuve amigos imaginarios, he sido súper racional, cero fantasía. Tal vez por eso no creo en nada.

     

    Otro compañero entró a la oficina y se quedó mirándonos, a lo que Daniel le dijo: “parce, la fama jajaja”. María Paula concluyó: “uno no sabe con quién trabaja, marica”.

     

    Bromeamos un rato sobre su fama, aunque Daniel siente que es un desconocido y que sólo lo conocen sus amigos. Cuando la gente se le acerca a preguntarle sobre algo que escribió, le da mucha pena. Encuentra mucha tranquilidad en otras cosas, para que no me quedaran dudas de eso, citó a Jorge Enrique Abello: “la fama es la antesala del olvido”.

     

    Definitivamente es un hombre sensible y emotivo, al hablar de sus mascotas, salen a flote sentires profundos e íntimos, sus ojos se aguan cuando habla de su Negrita, una gata muy especial para él; advierto que va a llorar. Desistí del tema.

     

    – Jugaba con las botas puestas y la capa del zorro. Siempre he vivido en la misma Unidad, entre Poblado y Aguacatala, soy de la generación que creció en unidades cerradas y no en barrios. Mi infancia fue muy tranquila y feliz. Me gusta la persona que soy hoy y eso es gracias a las cosas buenas y malas. Aunque uno también se pone muchas máscaras -.

     

    Su mamá le leía cuentos de Rafael Pombo y él se los aprendía de memoria, pero leer no estaba en sus preferencias, era muy dedicado a jugar fútbol. La lectura llegó un poco tarde, terminando el colegio, motivado por su profesora de español que lo acercó a la universalidad de la escritura.

     

    He visto que, aparte de la escritura, incursionas en la caricatura, desde la crítica y la sátira. ¿Te consideras un crítico de la sociedad?

    Esa es mi forma de contribuir, mi forma de hacer política, de cambiar el mundo. Esa es la ilusión de uno desde la escritura y desde los dibujitos. No todos podemos participar en política, cada quien aporta desde su campo y los dibujitos, aunque parezcan muy infantiles, tienen mucho contenido.

     

    En cuanto a las posibilidades para crecer como autor de creaciones literarias, ¿qué ofrece Medellín?

    Nadie va a hacer las cosas por uno, lo más importante es creer en uno mismo. Vivimos en un país donde poca gente lee y el reto está en ser un poquito emprendedor, en mi caso, vender mis propios libros y tratar de posicionarme. Por eso el sueño de la editorial. La gente es muy cerrada y desconfiada de lo local, muchas veces necesita que una multinacional o una gran empresa legitime las cosas. Cuando publiqué mi primer libro, la gente lo primero que miraba el logo de la editorial, yo sabía que eso iba a pasar y por eso me inventé un logo.

     

    El Valle Encantado del Aburrá fue tu primer libro, ¿cómo es tu relación con él?

    Es una relación de amor y vergüenza, fue lo primero que escribí, considero que es muy tierno. Es ver a un Daniel de hace 10 años, ver cómo ha cambiado, apenas estaba aprendiendo a escribir y no había escrito nunca, a uno le da un poquito de pena y de timidez. Cuando uno escribe está expuesto, entrega el alma y muestra cosas muy profundas, me siento un poquito vulnerable y desnudo.

     

    El Valle Encantado del Aburrá tiene 226 páginas y 38 capítulos, está inspirado en la obra maestra de Dante Alighieri y la escribió en 2009, aunque no la publicó hasta 2017.

     

    En 2010, haciendo el pregrado de Filología Hispánica en la Universidad de Antioquia, en uno de los paros que duró 4 meses, escribiste el segundo libro, a su vez primera novela, Un Amor de Mierda.

     

    Quise intentar acercarme a lo que es el amor y el dolor luego de haber perdido al amor. No solamente fue de experiencias personales, sino que hice algunas lecturitas sobre qué es el amor, todo ese tipo de cosas y eso salió. Traté de escribirlo como si fuese una especie de conversación de una forma muy simple y contundente.

     

    El término Mierda tiene muchas connotaciones y en ese libro también, especialmente desde los prejuicios y sus significados.

     

    Para escribir le basta tener consciencia de la realidad, suele partir de lo que siente, lo que le duele y lo que especula. En general cree que puede escribir sobre cualquier cosa.

     

    Le da miedo dejar de ser Daniel y perder la memoria. Justo contándome esto, María Paula intervino y nos contó que el señor que había acabado de salir, tenía Alzheimer y llegó buscando un libro que le recomendaron para evitar perder la memoria ” y se llevó el Otoño del Patriarca, marica”. Ambos quedaron desconcertados, fue un comentario interno de colegas.

     

    Daniel Tobón, el Mono de cabello rizado, rostro pulido y mirada reflexiva, transmite una mezcla de inocencia y sabiduría que le dan un toque de hombre interesante. Cuando transcribí la entrevista, supe que no es tímido, ni las entrevistas de personalidad le causan tantos nervios o ansiedad como lo pensé en un principio, simplemente es reservado.

     

    Considera que la felicidad es una palabra complicada y significa que no te duele nada, que no sufres y a él le duele el mundo, le duele Colombia. Así que no se siente feliz, sino contento.

     

     

     

     

     

  • El porro paisa, presente

     

    Video

    Un ritmo con sus orígenes en la región Caribe adquirió un aire particular en Medellín, sede de las disqueras y emisoras que le dieron impulso, puerto de llegada y plaza de presentación para sus figuras representativas. La capital antioqueña dejó una huella en el porro, placer de la juventud de ayer, que sigue poniendo a bailar a la juventud de hoy. Conozca la historia y las manifestaciones del porro, ritmo muy decembrino, en la ciudad de hoy.

     

    Reportaje de Vanesa De la Cruz.

    Montaje: Yuri Morelos.

  • PATRIMONIOS: DE LO AJENO Y LO PROPIO  #ElCineDesdeJardín (y VII)

    Recuento, reflexión y resumen del Festival de Cine de Jardín (2019) y su tema central.

     

    El patrimonio que acogió las historias y conversaciones sobre el patrimonio. Teatro Municipal Rafael Leonidas Velasquez Rojas. Foto: Simón Moreno, Semillero Óptico Audiovisual.

     

    Jardín es uno de los municipios considerados patrimonio cultural del departamento de Antioquia. Precisamente allí, en medio de monumentos, arquitectura colonial y manifestaciones tradicionales antioqueñas, se desarrolló el Festival de Cine que propuso como tema central el patrimonio desde sus diferentes acepciones: cine y patrimonio maneras de encontrarnos. La muestra central estuvo conformada por doce producciones extranjeras, que llevaron al espectador a revisar otras construcciones culturales, a entenderlas y a conocerlas. De ahí, uno de los aportes más valiosos de la inclusión de largometrajes extranjeros: el encuentro con la identidad y valor cultural de otras latitudes.

     

    La pregunta por el patrimonio es también la reflexión alrededor de la identidad y la memoria. Por esto, acercarse a realizaciones extranjeras, implica un encuentro con la narrativa social, histórica y cultural de otros. Este ejercicio de aproximación permite además, el pensar en lo propio; situarse ante el otro es también mirar hacia adentro. El cine y el patrimonio son, entonces, posibilidades de encuentro.

     

    Sueño en otro idioma (2017), del director Ernesto Contreras, es una ficción mexicana, con un argumento que señala el problema de desaparición de las lenguas nativas indígenas y, aunque el Zikril se haya creado exclusivamente para la película, la preocupación es real. Ahí, se hace evidente la complejidad de conservación del patrimonio inmaterial. Más aún, cuando se trata de las lenguas y conocimientos de los pueblos indígenas, pues ahora hay tendencias de migración urbana que los deja lejos de sus asentamientos al tiempo que se pone en riesgo la conservación de sus tradiciones.

     

    El largometraje muestra el intento de un lingüista por conservar el Zikril, lengua que solo hablan dos hombres, y en esta búsqueda se da cuenta de secretos y odios entre los últimos hablantes. Los planos abiertos y magníficos de la selva virgen de Veracruz llegan al espectador desde el punto de vista del visitante de la comunidad, de modo que hay un mutuo descubrimiento y asombro por el universo de estos aborígenes.

     

    Otros largometrajes que expusieron esta problemática fueron Jinete de ballenas (2002) y Del palenque de San Basilio (2003). El primero, muestra cómo es crecer en la comunidad Maorí, de Nueva Zelanda, y cuestionar sus costumbres. A partir de un relato bajo el género coming of age, se muestra el encuentro entre las generaciones más modernas y antiguas de una comunidad nativa. Del palenque de San Basilio, documental colombiano, revisa el legado cultural de los pueblos africanos en la comunidad palenquera de San Basilio. Estas dos producciones, junto con Sueño en otro idioma, corresponden a la indagación por la desaparición del patrimonio inmaterial.

     

    El museo, como espacio por excelencia de la preservación del patrimonio, también fue tenido en cuenta en la selección con Horas de museo (2012), por ejemplo. Este es un largometraje de ficción que muestra la labor diaria del guardia del Museo de Viena, personaje que comparte con los visitantes sus pensamientos sobre el arte y, sin esperarlo, se encuentra con el amor. En esta película el patrimonio cultural tangible, como lo son la arquitectura de la ciudad y las piezas de arte que se encuentran en el museo, son los ejes de la narrativa. Johann, el guarda, habla en varias ocasiones de su fascinación por la sala que conserva la obra del pintor flamenco Brueguel, al tiempo que observa a los visitantes y se da licencias imaginativas sobre sus vidas. Viena también aparece como el gran escenario contemplativo. Es un museo enorme y habitado.

     

    La película es una pieza sensible y contemplativa, una prolongada reflexión sobre el arte y la humanidad misma ante él. La imagen de los visitantes desnudos al frente de diferentes pinturas, que de modo nada casual también retratan la desnudez, es quizá la elección narrativa con más fuerza estética y simbólica de la realización. Por su parte, Museo (2018), de Alfonso Ruizpalacios, es un largometraje de ficción mexicano que tiene como elemento central la pieza patrimonial expuesta en un museo. El argumento es sobre dos jóvenes ladrones que roban más de cien artefactos mayas y la manera en que deciden el destino de estos. Los hechos se muestran desde un tratamiento audiovisual que mantiene una fotografía bien cuidada y ritmo narrativo sosegado.

     

    En estas dos propuestas, queda adecuadamente esbozado el valor que tienen las piezas materiales de la cultura y su característica principal de patrimonio de la humanidad. Adicionalmente, Las horas de verano (2008) y Las cajas de España (2004), son las películas que complementan la mirada sobre la pieza artística; y cómo ésta contiene la historia y le habla a la humanidad sobre su paso por el mundo.

     

    El cine es, en últimas, la posibilidad de narrar los patrimonios, al tiempo que muchas obras hacen parte del patrimonio de la humanidad. Es una posibilidad de apreciación y encuentro con lo más ajeno y lo más propio. No es exagerado decir que los archivos de Lumière nos pertenecen; esas imágenes son también parte de nuestra memoria personal. A pesar de que algunos largometrajes quedaron por fuera de esta mención, queda retratada la manera en que el criterio de selección del Festival estuvo empeñado en incluir todo tipo de relatos sobre lo patrimonial, que fueron el encuentro con el gran conglomerado de patrimonios de la humanidad misma.

     

     

     

  • Visa USA: Salirse de la realidad para contarla #ElCineDesdeJardín (VII)

     

    Los actores Marcela Agudelo y Diego Álvarez en Visa USA (1986). Cortesía Mubi.

     

    El nuevo Teatro Municipal de Jardín fue el escenario para proyectar uno de los filmes del invitado especial al Festival, Lisandro Duque. Visa Usa (1986) puso la conversación entre el público, por la limpieza de cada toma, por su guion y por el impacto que al público juvenil le producía al contrastarla con la mayoría de las producciones de comedia que se proyectan actualmente en el país. Es una película que, rodada hace más de 20 años, cuenta con una fotografía que retrata la época de los 80, sus calles, su vestuario, su arquitectura; lo que permitió que cada persona en la sala se sumergiera en una historia entretenida que, más allá de contar una historia de amor, hace crítica al anhelado y difícil sueño americano.

     

    Visa Usa cuenta en su reparto con otro personaje invitado al festival: Vicky Hernández, quien actúa como la madre de la protagonista, Patricia, una mujer de élite que se enamora de su profesor de inglés, un joven de origen humilde llamado Adolfo, hijo de un avicultor que lo único que desea es viajar a los Estados Unidos y hacer su vida, mandarle remesas a su familia y cumplir el sueño americano.

     

    Esta historia muestra los contrastes de las clases sociales en Colombia, entre las vidas de Patricia y la cotidianidad de Adolfo. Pero esto no impide que un romance entre ambos sea el hilo conductor, con el rechazo de la familia de Patricia y la tranquilidad de la vida diaria y las costumbres del pueblo vallecaucano donde suceden los hechos.

     

    Dos aspectos se resaltan de la producción: el primero es la limpieza de cada fotograma y la calidez de los planos que produce un aire de familiaridad, pues detrás de cada escena se recorren las calles vallecaucanas y bogotanas, se muestra el contexto de la época a partir de la música, los encuentros sociales, la tecnología y la jerga, lo que hace de esta historia cotidiana una narrativa entretenida, emocionante e inolvidable. En segundo lugar, es un filme que no se aleja de la realidad de muchos jóvenes colombianos que, motivados por la desigualdad, ven como única oportunidad de desarrollo migrar al epicentro del capitalismo. Así, de manera satírica se retrata el deseo de los colombianos de radicarse en otra nación tras los conflictos internos que se viven día a día. Hay que resaltar que esta película fue rodada en una época difícil, con hechos como la toma del Palacio de Justicia, la tragedia de Armero y las incontables formas de violencia por parte de grupos ilegales, de terrorismo y narcotráfico.

     

    Estos dos aspectos se complementan en la cinta de Lisandro Duque que, en el contexto de violencia del país y el afán de sus habitantes por salir de este en búsqueda de nuevas oportunidades, funciona como un respiro al contexto difícil y una burla al sueño americano, para demostrar que, en problemas como estos, una comedia puede ser entretenida y a la vez crítica. El discurso de Visa USA sigue vigente en la sociedad colombiana e invita a repensar qué lo hace válido tras más de tres décadas de presentarse por primera vez.

     

     

  • Producciones El Retorno, narrativas para un campo con memoria.  #ElCineDesdeJardín (VI)

    Si nosotros queremos conocer el territorio, nosotros mismos debemos honrar esa memoria y saber qué hay en nuestra comunidad para poder defenderlo

    Julián David Nava Zuluaga, miembro de Producciones El Retorno.

     

     

    La historia está compuesta en gran parte por discursos hegemónicos contados por citadinos que narran a las víctimas de las problemáticas en sus relatos. Producciones El Retorno es un grupo apoyado por la Asociación Campesina de Antioquia (ACA), quien por medio de su Escuela de Creación Audiovisual ha buscado darle un giro de tuerca a esta dinámica, haciendo que esos “otros” se narren a sí mismos y a su territorio, y con ello desdibujando esa imagen de víctimas que se les ha impuesto, para mostrarlos como los protagonistas y contadores de su propia realidad.

     

    Esta propuesta audiovisual tuvo la oportunidad de mostrar tres relatos de su serie documental Memoria y Territorio (2015) en el 4to Festival de Cine de Jardín, en el que los realizadores César Daza y Julián Nava, realizadores documentales oriundos del municipio de San Francisco, junto con uno de sus guías en este proceso, hablaron sobre su proyecto.

     

    Producciones El Retorno nació en el año 2003 a raíz de la preocupación que existía por el desplazamiento masivo en el campo y por la necesidad de los campesinos de volver a sus tierras. Desde entonces, El Retorno ha trabajado de la mano con estas personas para que se narren a sí mismas audiovisualmente, para recuperar el tejido social del sector rural.

     

    Esta conversación con uno de los jóvenes realizadores del oriente antioqueño, Julián David Nava Zuluaga, ofrece una idea más amplia y cercana de este proyecto y de su significado para él y su municipio.

     

    ¿Cómo inició tu trayecto en este proyecto de Producciones El Retorno?

     

    Me hicieron la invitación desde el área de comunicaciones de la Asociación para formar parte del proceso al ser un joven amante de los aparatos electrónicos. Inmediatamente dije que sí, ¿por qué no? Mis compañeros empezaron el año 2008, yo lo hice en el 2011; ellos duraron dos años sin tocar una cámara, estaban en talleres de formación; yo pude entrar grabando y solo con el conocimiento de saber qué era una cámara y para qué servía.

     

    ¿Qué ha significado para ti poder conocer tu territorio a través de la cámara?, ¿lo has visto diferente a través del lente?

     

    Conocer el territorio a través de las cámaras me ha permitido entender no solo el espacio físico. He caminado las tierras de mis ancestros como en el documental Por las huellas de los abuelos (2013). Los jóvenes que fuimos conocimos los caminos que transitaban nuestros antepasados y nos dimos cuenta del esfuerzo que hacían para construir las comunidades a través de caminos lejanos y en una geografía difícil para caminar, inclusive para respirar.

     

    He podido conocer el territorio a través de sus relatos. Las personas que están a nuestro lado tienen muchas historias por contar que no se conocen si no preguntamos y no investigamos cómo era todo antes y qué podemos aprender del pasado.

     

    ¿Cómo ha impacto este proceso de memoria audiovisual en el municipio?

     

    Desde las comunidades nos hemos ido dando a conocer porque trabajamos con ellas y deben saber lo que hacemos. Vamos donde están, les contamos qué vamos a hacer y les hacemos proyecciones. Al principio las comunidades eran más reacias, nos decían “no me ponga esa cámara ahí”, “no me gustan estas cosas, ¿para qué?”, pero con el tiempo ha ido cambiando su forma de vernos, y ya hasta las mismas comunidades nos llaman, nos invitan a grabar, a proyectar una película, etcétera, y eso nos gusta.

     

    ¿Sientes que la gente del campo quiere contarse y trabajar la memoria?

     

    Mi municipio está trabajando la memoria desde la Sociedad Campesina de Antioquia, específicamente desde el área de comunicaciones. Ha habido muchos procesos llevados a cabo a raíz de la violencia, pero siempre fue eso; se sabe que se ha perdido mucho tejido social y muchas historias por el conflicto armado.

     

    San Francisco tenía una población aproximada de 12.000 habitantes y después del desplazamiento masivo pasó a tener solamente 4.000 habitantes. Muchas personas no lo saben, por eso el ejercicio de crear memoria es importante para las comunidades, porque no solo sirve para aprender, sino para que las nuevas generaciones puedan también conocer lo que pasó.

     

    En el conversatorio mencionaste que no quieren hablar más en estos documentales sobre el conflicto, ¿por qué te parece importe que se hable o no se hable sobre violencia?

     

    En cuanto a la guerra siempre va a ser importante recordar lo que pasó, la frase de “el que no conoce su historia está condenado a repetirla” es cierta, pero pasa que las comunidades muchas veces dicen: “Hey, no queremos ver más violencia, estamos cansados”, y nosotros hemos decidido optar por otros medios de memoria: conocer las historias que esconden las comunidades, los viejos, relatos como el que nos contaba una señora de cómo antes bailaban los hombres con los hombres y entre las mujeres no se veía, y que ahora las mujeres bailan igual. Yo nunca me hubiera imaginado a los hombres bailando entre ellos, yo los creía más conservadores, y si no nos damos a la tarea de contar estas historias, no podremos conocerlas.

     

    Ustedes están haciendo el ejercicio de contarse desde el territorio, no por medio de alguien ajeno, ¿por qué es importante que ustedes mismos se narren y que se descentralice el cine para mostrarlo desde varios sectores?

     

    Eso siempre nos lo hemos preguntado y hemos llegado a la conclusión de que son los de fuera, los de la ciudad, e incluso los extranjeros los que conocen más lo que hay en el territorio que lo que nosotros conocemos en realidad; por ejemplo, específicamente hablando de la biodiversidad, nosotros estamos acostumbrados a ver el mismo pájaro todos los días y se vuelve parte de la rutina, pero llega un extranjero y nos explica qué significa ese pájaro y su importancia, cosa que no sabíamos antes. Por eso, si nosotros queremos conocer el territorio, nosotros mismos debemos honrar esa memoria y saber qué hay en nuestra comunidad para poder defenderlo.

     

    Si viene alguien de afuera, poder decirle que nosotros ya sabemos y entendemos cómo funciona nuestra tierra. No que vengan y nos llenen de talleres y hagan trabajos para alimentar su conocimiento, se vayan y nos dejen. Eso pasa, dejan las comunidades, por eso es importante que desde dentro surjan estos procesos de crear memoria con las comunidades y para ellas.

     

    Finalmente, ¿cuáles son los planes a futuro que tienen y dónde los podemos encontrar para seguir su trabajo?

    En el futuro pensamos seguir con este proceso a través de la Escuela de Creación Documental. Tenemos los semilleros creativos, que son espacios para compartir con jóvenes y niños en que replicamos todo lo que hemos aprendido durante estos años a la gente del campo. Seguiremos con los cineclubes y espacios con las comunidades y la Red de Biodiversidad con que llevamos dos años trabajando. Para los que nos quieran seguir, pueden encontrarnos en todas las plataformas digitales como Producciones El Retorno.

     

     

     

    Foto: María Alejandra Cardona Aizpurúa, miembro del Semillero Óptico. En el extremo derecho se encuentra César Daza, y en el izquierdo, Julián David Nava.

     

     

  • #ElCineDesdeJardín (V) Jinete de ballenas, un conflicto

     

    Jinete de ballenas (2002). Cortesía Mubi.

     

    Jinete de ballenas (2002) hizo parte de una selección de 12 producciones extranjeras que integraron la Muestra Central del 4to Festival de Cine en Jardín: Cine y patrimonio, maneras de encontrarnos. Producciones como Toda la memoria del mundo (1956) y Museo (2018) también hicieron parte de la muestra.

     

    De entrada, con un póster de una infante cuyo rostro es adornado por un símbolo y una banda alrededor de su cabeza, Jinete de ballenas parece una prometedora película sobre una tribu indígena que habita en el corazón de la selva y realiza prácticas primitivas (todo un cliché), pero resulta un poco alejado de lo que realmente es. El escenario central de la película es un pequeño poblado en la costa oriental de Nueva Zelanda, habitado por aborígenes de la tribu Whangara que creen descender de Paikea, un ancestro milenario que escapó de la muerte montando en el lomo de una ballena.

     

    Esta producción fílmica de ‘Niki’ Caro es protagonizada por Keisha Castle-Hughes, quien, encarnando el papel de Paikea (‘Pai’) Apirana -una niña de 11 años- guiará al espectador por esta historia con tintes de drama y comedia que desde el principio nos revela el conflicto interno y familiar de la infante. Al momento de nacer, su madre y hermano gemelo mueren, su padre abandona la villa y ella debe permanecer con sus abuelos. A medida que crece, Pai comprende amargamente que, muy a pesar de la crianza y el cariño que le ha brindado por años, su abuelo le guarda rencor y la culpa por el infortunio de su pueblo al haber interrumpido la línea de hijos primogénitos destinados a gobernar.

     

    Para ganarse el cariño y reconocimiento de su abuelo (‘Koro’), ‘Pai’ tendrá que “romper” cada tradición y descubrir el poder que reside en ella, no solo para ser jinete de ballenas, sino para unir nuevamente a una familia dividida durante 11 años y enseñar a su comunidad que las costumbres no deben ser una fórmula imposible de cuestionar o transformar.

     

    A través de una armónica combinación entre realidad y mística -en ningún momento la imagen parece tan desfasada como para no ser posible, aunque el espectador sabe que no corresponde a la realidad-, el filme revela al espectador una lucha entre valores tradicionales que se establecieron como absolutos y las nuevas generaciones que alzan su voz y piden participación en la sociedad que les tocó vivir o padecer, según como se mire. No muy distinto a lo que ocurre ahora en diferentes países alrededor del mundo en los que las mujeres exigen participación política y la comunidad LGTBI reclama igualdad de derechos.

     

    En el desarrollo de la narración se aprecian tres generaciones que tratan de coexistir, cada una con una manera de ver el mundo: un abuelo que se aferra con religiosidad a las enseñanzas de ancestros míticos que durante años han guiado las costumbres y normas sociales de la comunidad maorí; un hijo que, tras cuestionar dichas tradiciones y buscando huir de su padre, abandona el lugar de origen; y una nieta cuya intención es probar que es digna de tomar el papel de líder para continuar el legado de sus ancestros y, así, demostrar que su nacimiento no fue un simple error. El valor y perseverancia de ‘Pai’ serán sus mayores pilares para confrontar un mundo en el que, si bien las mujeres desempeñan roles importantes (educación), los hombres adquieren mayor protagonismo en sociedad y son quienes toman las decisiones de la comunidad.

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  • #ElCineDesdeJardín (IV) La ciénaga: entre el mar y la tierra. Un drama en

     

    Imagen: MAGO Films

     

    La Ciénaga, entre el mar y la tierra (2016) es una película colombiana que fue proyectada con la presencia de sus protagonistas, Vicky Hernández y Manolo Cruz, en la Sección Especial del 4to Festival de Cine de Jardín. Esta obra es la ópera prima de Manolo, quien codirige el largometraje con Carlos Castillo. A su vez, Manolo escribió la obra y la protagonizó junto con Hernández, quien se había soñado desde el principio para que desempeñara el papel de su madre en la producción. En su estreno oficial, este filme fue abrazado por el público y la academia, recibiendo entre los galardones más importantes el premio al Mejor drama internacional en el Sundance Film Festival.

     

    A pesar del gran recibimiento internacional de la obra, esta película no ha visto la luz en la cartelera de los cines del país debido a un lío de derechos de autor entre los directores. La sentencia sobre la autoría de la producción, en que se reconoce a Cruz y Castillo como coautores de la obra, salió por fin este mes y con ella es probable que se rompa el ciclo de tres años en el que no ha podido estrenarse debidamente la película.

     

    La historia transcurre en las orillas del mar en la ciénaga de Santa Marta y nos regala un drama potente a través de la historia de Alberto, un muchacho que no solo habita en una casa improvisada de madera por encima del agua como el resto de sus vecinos, sino que también es un muchacho huérfano de padre y con movilidad reducida que lo ha confinado a una cama; su única puerta al mundo exterior es un espejo que le permite ver por encima de su ventana, un cuaderno de dibujo y las visitas de su madre Rosa, encarnada por Vicky Hernández y su amiga de la infancia Giselle, interpretada por la joven actriz Viviana Serna.

     

    A pesar de ser una película grabada en la costa colombiana, la obra no ejemplifica a las películas costeñas adornadas con vallenato y risas, por el contrario, es un film rodeado por el sonido de las olas, los silencios y una música orquestal que acompaña a Alberto en sus dificultades físicas y espirituales.

     

    La relación entre el protagonista y su madre Rosa es fundamental en el desarrollo de la historia. Ambos comparten un vínculo emocional y físico que muestra una necesidad mutua de tenerse el uno al otro. Alberto no puede hacer nada sin que su madre le ayude a moverse, pero sin la compañía de Alberto, Rosa probablemente tampoco podría sobrevivir, porque todo lo que hace es para su hijo. Ambos viven por el otro.

     

    La actuación que Manolo y Vicky desempeñan para mostrar esta atadura y sus grandes dificultades es interpretada con agudeza. Manolo consigue exteriorizar toda su agonía a través de sus gestos y movimientos, sin decir una palabra y Vicky muestra una madre entregada a su hijo, quien ha sido golpeada por la vida por medio de una actuación maternal. Estos dos personajes comparten una conexión visible, que los mismos protagonistas afirmaron que se había generado de forma natural entre ellos a nivel actoral.

     

    Por momentos, la historia parecería que muestra un drama extremadamente triste en el que casi todo el relato transcurre en la casa de Alberto, pero los momentos de felicidad le dan dinamismo a la película con situaciones favorables que matizan el drama. Estos momentos son generados principalmente por el personaje de Giselle, quien le da alegría a Alberto y quien le causa sentimientos de amor y lujuria.

     

    Esta última situación refleja un conflicto difícil de tratar a nivel cinematográfico, puesto que se refleja la realidad de una persona encerrada por su cuerpo, pero que siente y piensa al igual que el resto de las personas. Esta atadura es reflejada en Alberto y causa en él un gran desasosiego.

     

    La orilla del mar da comienzo y final a la historia, es la que les da todo a los personajes y la que a su vez les quita lo que aman, con lo que queda en evidencia una relación que se tensiona entre el apego por el otro y el vacío propio, para lo cual la película plantea un final que reta a madre e hijo.