Etiqueta: Arte

  • Carlos Castro Saavedra: el poeta que logró unir al mundo en una “Plegaria desde América”

    Por: Maria Clara Castro / maria.castroo@upb.edu.co

     

    ¿Quién era Carlos Castro Saavedra? Esta producción multimedia explora a este personaje, su obra y relación con el conflicto armado y la violencia en Colombia.

     

    Haga clic en la imagen para navegar la multimedia:

    Fotografía: Archivo Fotográfico Biblioteca Pública Piloto.

    Trabajo para el curso Periodismo Electrónico, orientado por el profesor Gabriel Lotero Echeverri.

     

     

  • Un camuflaje en la historia

    Por: Karen Vanesa Bueno Estrada / karen.bueno@upb.edu.co

     

    Conocemos la historia de los hitos más relevantes, gracias a los relatos e imágenes que han quedado de ellos. Pocas veces se explora la posibilidad de pensar cómo hubiese sido estar en esa época, en ese lugar. Este montaje fotográfico es una aproximación a esa posibilidad, que camufla el presente en el pasado.

     

    “Después de todo esto, te confieso que buena parte de esta carta un poco loca es algo así como un tierno camuflaje para disimular una sola verdad: te extraño”.

    Mario Benedetti.

    La vida de Karen Bueno y los campesinos antes de la masacre de las bananeras en 1928. Fotomontaje.

     

    Escuchando a Jorge Eliécer Gaitán en uno de sus discursos en 1946. Fotomontaje.

     

    En El Bogotazo, 9 de abril de 1948. Fotomontaje.

     

    En uno de los recorridos del dictador Kim Il Sung por Corea del Norte en 1948. Fotomontaje.

     

    Huyendo de la toma del Palacio de justicia en noviembre de 1985. Fotomontaje.

     

    En uno de los actos de campaña de Luis Carlos Galán en 1989. Días antes de su asesinato. Fotomontaje.

     

    En la celebración de la caída del Muro de Berlín. Fotomontaje.

     

    En uno de los actos de campaña política del narcotraficante Pablo Escobar Gaviria. Medellín, 1989. Fotomontaje.

    En el Día del Sol, homenaje al líder Kim Il Sung, el 15 de abril de 2019. Fotomontaje.

    Trabajo del curso Imagen II, orientado por el profesor Hebert Rodríguez.

     

  • Kalashnikov, historias del campo atravesado por el conflicto

    Por: Mateo Alexander Salazar Correa / mateo.salazar@upb.edu.co

     

    Esta videocolumna analiza un cortometraje sobre los avatares del conflicto colombiano. Los personajes, los planos, las escenas, la iluminación y muchos otros aspectos toca este análisis que busca interpretar e ir un poco más allá de lo que se ve a la ligera. ¡Alerta spoiler!

     

     

    Realización para el curso Imagen VI, orientado por el profesor Daniel Cortés.

     

     

  • La casa de las dos palmas, la casa de los abuelos

    Juan Manuel Cano / juan.canol@upb.edu.co

     

    “La casa de la infancia, la casa natal (…) un recuerdo nutrido por la imaginación y los sueños”, dice Gaston Bachelard y bajo esa exploración se encuentra este homenaje a la casa de los abuelos; que recorre y se pregunta por esos días y esos tiempos de migración, de inicios, de levantar una vida y una familia… Tantas historias registradas entre tapias, umbrales y parcelas.

     

     

     

     

    La 44-45 de aquella calle empinada en la montaña nororiental del valle guardó consigo cinco generaciones. Les enseñó a caminar, a mamar, a besar y más luego a engendrar a hijos, hijas, nietos y bisnietos. Aguantó lloriqueos, enfermedades y engaños; soportó los gritos agudos de niños correteando por sus vestíbulos. Abrazó no solo a una familia, sino a toda una estirpe.

     

    << Foto: Juan Manuel Cano L.

     

    Mi bisabuelo, que para entonces no lo era, huyó tras la promesa irrestricta de un hombre que amenazó con matarlo debido a un lío de reses y parcelas. Tras de él, abandonaron el pueblo su esposa, su padre y sus hijos. Llegaron a Medellín cargando en sus hombros las escasas pertenencias portables con las que contaban y la incertidumbre de un futuro no prometido.

     

    Suelo imaginarlo —y personificarlo, pues ni siquiera existe de él registro fotográfico— cruzando por primera vez el umbral alto, marrón y ornamentado con espirales de madera, que tantas veces me recibió con agrado. Sonrío mientras imagino a mi abuela y sus hermanos, pequeños y curiosos, descubriendo la que sería su nueva morada. Imagino a la joven pareja sintiéndose vulnerable en una tierra que no conocen, sin dinero y ante la hostilidad de una urbe industrial abriéndose paso.

     

    Aquellos años, evidentemente, no son los de mis recuerdos. Del tiempo en que tengo noción como visitador recurrente de la casa de mi bisabuela, ya todo había pasado. O bueno, casi todo. Aquellas paredes elevadas habían atestiguado el descorche del frasco con veneno que, un lustro después de haber llegado, mi bisabuelo tomó en el patio mientras su esposa e hijos realizaban las compras del mercado, y que lo dejó tendido en una silla sobre el sol inclemente de la una de la tarde. Además de la muerte por viejo del tatarabuelo, que dejó tras de él la tristeza de su cama vacía. Y el entierro de los huesos de Milor, un pastor alemán querido por todos, junto al palo de mango del solar polvoriento.

     

    Mi parte en la Historia corresponde al último rastro de los Uribe Rodríguez en la 44-45 de aquella calle empinada. Años de mi niñez que tienen como banda sonora los bambucos, pasillos y boleros de El cofrecito de los recuerdos de Radio Reloj y que están ambientados con las historias sobre guacas, brujas y duendes de mis tíos abuelos. Años en los que la rinitis pactó con mi nariz y ojos días cargados de mocos, lágrimas y estornudos, ante la complicidad de un techo húmedo que se derrumbaba a pedazos.

     

    De esa casa me queda el recuerdo punzante de mi bisabuela, nonagenaria y medio ciega, que jugaba cartas con el mismo ímpetu que le permitió por décadas criar, amar y educar a ocho hijos, sin mayor apoyo que el de la soledad de su viudez; el canto alegre y repetitivo de la lora que tenían por mascota; y el calor de esa sala en donde festejábamos cumpleaños y navidades. Me emociona la imagen viva que tengo de las dos palmas en el jardín de la entrada, aquellas con las que mi tía fantaseaba señalándolas como la inspiración de Manuel Mejía Vallejo para la creación de su novela costumbrista.

     

    Fue entonces el mío un paso fugaz por aquella casa que pudo acoger a cinco, pero no a seis o siete u ocho generaciones. Ante la partida de la matrona, a escasos meses de cumplir cien años, sus hijos decidieron recibir en partes iguales el cuantioso pago del primer inversionista que se presentó. Viendo —en donde había memoria— tan solo hierro, adobes y cemento.

     

  • La mutación del periodismo en los límites de las palabras

    Maria Clara Medina / maria.medinac@upb.edu.co

     

    El periodismo performático se presenta como una herramienta, hasta ahora de prueba y error, para atravesar las cuestiones que se derivan de la transformación digital que ha cambiado la manera de contar las historias y consumir las noticias. Este trabajo multimedia explica, con voces de sus protagonistas, esa exploración del periodismo que va más allá de los límites de las palabras.

     

    Clic en la imagen para ir al especial:

    Escena del performance Micropolítica de la supervivencia gorda. Captura de video de Revista Anfibia.

     

    Trabajo realizado en el curso Periodismo electrónico, orientado por el profesor Gabriel Lotero

     

     

     

     

     

     

  • El arte, un barco salvavidas en la pandemia

     

    “El arte es para consolar a aquellos que están rotos por la vida” (Vincent Van Gogh)

     

    Por: Carolina Moncada Conde / carolina.moncada@upb.edu.co

     

    La soledad bañada de tristeza nos ha tocado el alma y la mente a muchos en estos meses de encierro. Las enfermedades mentales no se han hecho esperar, la tristeza ha invadido el corazón de millones de personas, el desasosiego se baña con algunos, la depresión duerme con otros, y el arte empapa a algunos “locos”.

     

    El miedo que genera enfermarse ha estado latente y ha sido casi un compañero en este tiempo, quizás el más constante que hemos conocido muchos: todo el tiempo está para nosotros. Como afirma la Organización Panamericana de la Salud en su informe sobre salud mental y COVID-19, “El miedo, la preocupación y el estrés son respuestas normales en momentos en los que nos enfrentamos a la incertidumbre o a lo desconocido, o a situaciones de cambios y crisis. Así que es normal y comprensible que la gente experimente estos sentimientos en el contexto de la pandemia COVID-19”.

     

    Frase de la psicóloga Nora Patricia Flórez. Collage por Carolina Moncada Conde.

     

    Entonces, el arte ha impedido que la balanza se desborde del lado de la tristeza y ayuda tanto a los artistas como a aquellas personas que han disminuido los miedos, las tristezas y las preocupaciones gracias al baile, al teatro, a la escritura, al cine, y a las otras artes.

     

    Las prácticas artísticas se han acrecentado en estos últimos meses, la psicóloga de la Universidad Católica del Norte Nora Patricia Flórez afirma que “Durante este tiempo, una buena parte de la población ha hecho uso de sus virtudes y gustos artísticos para tratar de mantener su salud mental”.

    Frase de Anselmo Ríos. Collage por Carolina Moncada Conde

     

    Los seres humanos hemos recurrido a muchos elementos en estos meses para evitar tocar fondo, la psicóloga Eloísa Medina menciona que las redes sociales, el deporte, los juegos y el arte son algunos de los mecanismos que hemos tenido de defensa, sin embargo, Nora Patricia Flórez, también psicóloga, plantea un punto importante respecto al arte, y es que no basta sólo con realizar actividades artísticas, es fundamental disfrutarlas y así se puede lograr con el arte lo que ella plantea como “prevención, sanación, transcendencia y evolución social e individual”.

    “Poema escrito en tiempos pandémicos” por Henri Posada. Collage por Carolina Moncada Conde.

     

    El arte es algo que ha ido e irá más allá de toda pandemia. Sin embargo, como plantea Anselmo Ríos, gestor cultural, “el arte y el entretenimiento han acompañado a las personas todo el tiempo, pero en los momentos como el que vivimos de encierro total, esos espacios de distracción han sido mucho más relevantes”.

     

    En los primeros meses de la pandemia por COVI-19, el sector artístico tuvo un golpe duro, debido a que se tuvieron que cerrar las actividades grupales en las distintas artes, y los procesos que se continuaron fueron más que todo individuales, según afirma Anselmo Ríos, gestor cultural y director del teatro Bitácoras, “la gran mayoría de procesos artísticos, de formación, circulación, se frenaron, entonces los festivales tuvieron que cancelarse, las clases de artes en todas las áreas tuvieron que cancelarse, y también los ensayos y los encuentros”.

     

    Entre las experiencias individuales que han hecho más llevaderos el aislamiento y sus efectos, se encuentran las de poetas, escritores, oradores, músicos, entre otros. Henri Posada, poeta cejeño y periodista de la Universidad del Valle, comenta que: “La pandemia ha propiciado la creación, creo que el artista está familiarizado con la soledad, que de alguna manera fue tremenda para mucha gente”, y es a partir de esa soledad y ese encierro, afirma el mismo artista que: “La expresión artística se ha hecho más poderosa, se ha hecho más esencial, porque Dostoyevski lo decía: ‘es el dolor el que nos lleva frecuentemente a reflexionar’, ¿no?”.

     

    Hemos aprendido, de algún modo, a abrazar la soledad y la tristeza que nos acompañan. Hay salvavidas para sobrevivir a los miedos, la ansiedad, el estrés y los otros “compañeros” que se han posado en la mente de muchos estos meses, y para los que lo crean, lo aman y lo disfrutan, el arte es un barco buscando el horizonte.

     

     

  • Mery Yolanda Sánchez: la poetisa que enfrenta el dolor

     

    Si algún día cambiara el sistema político del país y pudiera hablar de una orquídea en su esplendor, lo haría –no podría desconocer su belleza– pero hasta entonces Mery Yolanda Sánchez* seguirá retratando en su poesía las escenas dolorosas que atraviesan la realidad nacional.

     

    Por: Manuela Molina Cerezo

     

    Desde los 17 años, Mery Yolanda Sánchez se fue a emprender un nuevo rumbo a la ciudad de Bogotá, tras haber pasado toda su infancia y adolescencia en su pueblo natal, el Guamo, Tolima. De allí, recuerda los paseos en bicicleta y el olor a tierra mojada que se creaba en la playa del río, cuando este aún la conservaba. Y quisiera, tal vez, no recordar esa violencia con la que creció siendo testigo y de la cual hoy escribe. Su poesía no es una poesía costumbrista, pero sí social. Suele leer a Juan Rulfo, a Thomas Mann, a los poetas malditos y su poeta de cabecera es el alemán Gottfried Benn. Pero sus versos son tan suyos, como lo es la historia que atraviesa a Colombia, país que narra y poetiza, que lleva en su cuerpo como una insignia de dolor.

     

    En 1956, cuando Mery nació, sus padres ya habían tenido 11 hijos, tres de ellos habían muerto y los otros siete ya estaban más grandes. Luego, llegó una niña más. Entonces Mery era la penúltima, quizás la más particular, y en unos años: “la niña problema”, como ella misma lo dice. De niña, sus hermanos tomaban un diccionario, leían una palabra y tenían que decir qué pensaban que era; y, a pesar de que a ella no la invitaban a jugar con ellos, ella se metía y salía ganando, porque siempre acertaba con el significado o decía cosas inesperadas. Por deseo de su padre, todos ellos se dedicaron al magisterio. Ella, en cambio, a la poesía. Desde los seis años se entregó a la literatura, la que llama su proyecto de vida. Aun así, gracias a sus hermanos fue que se encontró con su primera imagen poética: como no tenían radio, ellos pintaron uno en un poste con carbón y por las tardes se ponían a bailar.

     

    Su madre la tuvo cuando tenía ya 40 años y durante un tiempo creyó que su hermana María Nelly era su mamá, pues ella la cuidaba y la introducía por los caminos del arte. Al igual que su hermana, Mery perteneció a un grupo de teatro cuando ese arte no era muy bien visto. Viajaban de un pueblo a otro, a veces el bus los dejaba y debían devolverse a pie. Eso no era que le gustara mucho a su mamá, para ella era sinónimo de vagancia y vicio. Su mayor vicio era tomar Coca Cola con limón, junto a sus amigos, imaginándose que era un trago. Entonces ella se escapaba de la casa, con la ayuda de su papá que le avisaba cuando los llamaban por la emisora para hacer una presentación y desde la cerca de su casa, él le tiraba la ropa.

     

    A diferencia de sus hermanas, esa era su mayor travesura. Aunque en algún momento le dejó de gustar el teatro, entonces en los intermedios, cuando no salía el mago, salía ella a leer poemas que se aprendía de memoria. “Yo era de lo más aburrida”, dice. Solía jugar pasando la tierra en una carreta de un lugar a otro y una vez construyó un carro de juguete que compartía con unas de sus sobrinas, que eran de su edad. Sus hermanas solían salir a bailar y se retrasaban para volver, entonces un día su papá decidió comenzar a hacer las fiestas en la casa, mientras que su mamá apenas llegaban tarde no las regañaba, ni las castigaba, sino que les cantaba tangos: “Eran tangos fuertes, como de barriada, agresivos, pero ellas no decían nada”, cuenta Mery. Desde allí comenzó a entender que ella era diferente, que podía además de dar con el significado de palabras aleatorias en el diccionario, entender una frase o la connotación de algo. Y para ella, claramente, esos tangos representaban un insulto, uno artístico, aunque insulto de todos modos. Su mamá era más callada, más seria y dura en la crianza. Su padre, en cambio, era noble y tenía fuertes convicciones políticas, de allí que ella piense con la vehemencia conque lo hace.

     

    En su pueblo, no había más de tres familias liberales, la suya era una de esas, así que su padre –que era seguidor de Jorge Eliécer Gaitán y recibía telegramas suyos– estuvo varias veces en la mira. Su madre, fue quien lo salvó cada vez que se lo llevaron para aquel río en el que se sabía que los mataban. También su madre vio entre las latas de guadua lo que le hicieron a la vecina: allanaron su casa, la violaron, pero nadie podía decir nada. Con tan solo 4 años, Mery presenció una agresión de unos policías hacia un muchacho que era conocido suyo, a quien subieron a una volqueta y lo pasearon por todo el pueblo, golpéandolo hasta matarlo. Además, al Guamo llegaron apenas tres televisores, cuando ella tenía 9 años. Entonces, su entretención eran las tertulias nocturnas en las que su padre le contaba, además de su propia historia, acontecimientos reales de lo que sucedía en el país.

     

    Canción de cuna

    Papá mezcla la tierra y dice que cubra mi pecho.

    Lunas nuevas diseñarán la medida de la ropa,

    el no me contará historias y tendré llenos mis

    bolsillos de dudas.

    Aprenderé con mis juguetes

    qué tan cerca está la vejez en la luz del espejo.

     

    Mi padre me enseña a cernir la arena,

    a mostrarme el principio de una casa

    y el camino donde los sueños se sientan a beber

    agua.

     

    En la tarde, mi padre abre troncos de madera con

    un hacha

    y recuerda las tantas veces en que

    fue llevado hasta el río,

    –tu madre me salvó– dice, mientras

    su mano fría cae sobre mi cuerpo.

    Ilustración: Manuela Molina Cerezo

     

    En el colegio, Mery le hacía las tareas de escritura a sus compañeros y ellos le pasaban las de dibujo técnico, hasta que a los 12 años decidió ella misma romper por completo con la academia. Ya había empezado cuatro veces segundo de bachillerato. Lo suyo no era estar allí. Sin embargo, los niños le seguían llevando las tareas para que ella se las hiciera y así ella podía seguir leyendo y escribiendo. Entonces, su papá le dijo que si no estudiaba, tendría que trabajar. El sacerdote de la iglesia la vio escribiendo, le gustó su letra y fue allí cuando comenzó a trabajar como escribiente del despacho parroquial. Hacía a mano las partidas de bautizo, de matrimonio, de defunción y luego las pasaba a máquina. Había aprendido el arte de la mecanografía en una pequeña máquina que le hizo una de sus hermanas en una pequeña cajita. También trabajó en la oficina de un abogado y perteneció a movimientos cívicos de juventudes.

     

    Un día pasaron un anuncio por la radio, en una emisora de El Espinal, un pueblo más o menos cercano al Guamo: estaban buscando alguien para trabajar en el master, alguien que fuera la secretaria y alguien que hiciera el aseo. Mery creía que si ganaba el puesto del master, quizás en algún momento podría llegar a ser locutora o periodista, y vio allí un destello de luz para ese sueño que tuvo cuando tenía 9 años y rompió su alcancía con un hacha, para pagar un curso de periodismo por correspondencia. Pero Mery quedó de secretaria y realizaba tan bien sus funciones, que nunca pasó de ese puesto. En momentos fortuitos, el locutor se emborrachaba y la dejaban dar la hora. A veces, hasta se subía encima de un inodoro para recibir una noticia que llamaban a dar a la emisora, justo cuando se dañaba el teléfono, entonces ella la redactaba y se la entregaba al periodista. Y esas eran siempre las mismas noticias: el asesinato de cuatro no sé dónde, el robo de la gallina tal…

     

     

     

     

    La carta

    Puedo darte últimas noticias,

    contarte cuántas curaciones

    en la canción de la guerra.

    Puedo mostrarte una luz fuerte

    que cruza el mediodía de los muertos,

    pero no puedo hablarte del último

    vestido de las mariposas,

    y de esta necesidad de verte.

     

    << Ilustración: Manuela Molina

     

     

     

     

     

     

     

     

    Le habían prometido llevarla a una transmisión que harían desde las fiestas de toros y sin gustarle mucho este asunto, buscó a un torero para entrevistarlo y ni así la llevaron. Es como si el destino no hubiera querido que fuera periodista y agradece no serlo, pues quizás estaría muerta o quién sabe cómo.

     

    Así fue pasando el tiempo, hasta que un día Mery llegó a su casa y encontró todas sus cosas en unas cajas de aguardiente. Sus padres le dijeron: “vino Gloria, su prima, ella le consiguió un trabajo de secretaria allá en Bogotá”. Ella no se fue del Guamo, más bien la hicieron irse y, de pronto, el sueño de ser periodista o de estudiar piano en el conservatorio se había reducido a trabajar en una empresa privada, a los 17 años, estando sola en Bogotá y allí se quedó. No fue sino hasta 2010 que presentó las pruebas del ICFES y se hizo bachiller.

     

    Pasó por muchas empresas y siempre se hizo amiga de los obreros, jugaba tejo con ellos y veía cómo vivían, su cansancio por las largas jornadas de trabajo, sus enfermedades, las injusticias que tenían que soportar. En algún momento, llegó a trabajar en una empresa de transporte en un puerto en Santa Marta, era un trabajo pesado y a los otros les daba rabia de “la cachaca”, como le decían. Llegó a recibir amenazas, presenció escenas fuertes y duras. Todo ello fue ampliando su sensibilidad, su sentido social, su inquietud hacia la humanidad.

     

    Pero en Bogotá ella empezaría a asistir a diferentes talleres de literatura, uno de esos fue en en la Casa de Poesía Silva. De pronto, se podría decir que cambió su suerte, cuando María Mercedes Carranza, la contrató como librera, en ese que sería un espacio que vio nacer especialmente para los libros de poesía que muchas veces no podía comprar y así los leía. También allí conoció a otros de sus amigos en las letras, como Juan Manuel Roca, quien desde un principio reconoció su trabajo poético en el, entonces, Magazín dominical de El Espectador.

     

    Vivir del arte es trabajar de lunes a domingo y ser recursivo para encontrar la manera de sobrevivir. Si bien la literatura era su vida, en gran parte se dedicó a la gestión cultural. Llegó a trabajar en el Instituto Distrital de Cultura y Turismo de la Secretaría de Cultura, ahora Idartes, como asesora de la coordinación de Literatura. En Concultura, hizo parte del área de publicaciones.

     

    Fue merecedora de una mención de honor en el concurso “El cuentista inédito” del Centro de Estudios Alejo Carpentier, en 1987; y en el V Concurso Nacional de Cuento Germán Vargas ganó una mención en 1994. Además, se benefició con una beca del Ministerio de Cultura, en 1998, por su proyecto Poesía en Escena, el cual alcanzó a cumplir 20 años en el 2013. Este nació de la experiencia de ver recitales de poesía en los que los poetas llegaban a leer y se iban, y no había mayor interacción con el público, entonces se ingenió recitales dentro de una atmósfera teatral –con luces y sonido, objetos, puesta en escena, danza– en la que en un trabajo de mesa, exponía junto a un grupo de amigos a 4 poetas por evento y estos eran únicos, no se repetían. Solían hacerlo en salas de teatro de La Candelaria, al principio todos los lunes, luego cada mes y así hasta que el proyecto fue insostenible económicamente.

     

     

     

     

     

     

     

    Miedo

    Sentir por las piernas

    la respiración

    del compañero desaparecido.

     

    << Ilustración:

    Manuela Molina Cerezo

     

     

     

     

     

    “Último llamado” es su única obra dramática, que está así en comillas y sin cursivas, pues nunca llegó a ser un libro ni una obra para las tablas. Mery acabó con los archivos en donde la contenía, pues cree que aquello que no escribe, que no piensa o que no dice es como si no existiera. Entonces, logra huir de ello. Pero uno de sus amigos no podría huir.

     

    En 1999, estaba trabajando con él en Puente Experimento Piloto, otro de sus proyectos, y cuando él fue a salir del teatro donde estaban lo atacaron y lo apuñalaron varias veces en una de las manos hasta que las lesiones provocaron que la perdiera. A los pocos días, el 23 de diciembre de ese mismo año, entraron a atracarla en su apartamento o, al menos, eso parecía. Se robaron una plata que tenía que ir a pagar ese día por la beca que se ganó del Ministerio de Cultura. Llegaron a golpearla con el revólver, los encañonaron a ella y a otro compañero de trabajo con el que estaban preparando todo para salir a hacer los pagos.

     

    Pero su amigo, al que habían atacado a la salida del teatro, estaba convencido de que no era un simple atraco. Por ese entonces, se decía que en Bogotá estaba el Bloque Capital. El nombre de su amigo salió en las listas que circulaban con el registro de quienes eran objetivo militar. El nombre de Mery no estaba allí. Ella puso la denuncia, las huellas se extraviaron, los retratos hablados no coincidían con su descripción. Nunca se supo nada más. Trata de dejar ese, como muchos otros recuerdos, atrás. Lo único que sí recuerda muy bien era el motilado de los hombres que la atracaron, parecía el peinado típico de los militares.

     

    Salmo

    Saco el último vestigio en alas de mariposas.

    Enjabono y tuerzo.

    Al tacto del viento con mis manos

    un olor confuso se aproxima por la acera izquierda.

    Lo guardo,

    trato de meterlo en la taza del baño,

    pero en remolinos es vaciado a mi boca.

    Tiento,

    palpo cada pliegue del pecho.

    Hace falta mucho detergente

    cuando mi país hasta en la ropa duele.

     

    “En Colombia, no hay un solo día en el que no pase algo”, dice Mery. Para ella, la mayoría de la gente está del lado de los malos, ya sea por ignorancia, por costumbre o porque les lavan el cerebro. Por eso está de acuerdo con las protestas, aunque ya su condición de salud no le permita salir a ellas. Además, Mery siente que en especial, en esos asuntos, se está solo: alguien alza la voz, pero ¿quién lo sigue?… ¿quiénes lo apoyan? Quizá por eso, cada vez que sucede una tragedia en el país y habla por teléfono con alguien de su familia, ese día suele perder a esa persona, porque no piensan igual.

     

    En 2004, la escogieron para ser promotora de lectura e ir por 10 municipios de la costa pacífica, del departamento de Nariño. De esa experiencia, decidió escribir al regresar a Bogotá y no sabía lo que era: si un diario, un ensayo o prosa poética… y resultó siendo, ese que ella llama un accidente, su primera novela: El Atajo, con la cual ganó en el 2012 el segundo lugar en el Premio Nacional de Novela Corta de la Pontificia Universidad Javeriana.

     

    En ella narra aquel viaje de 21 días, por una zona de conflicto plagada por el sufrimiento que traen, por igual, la guerra y la pobreza, en donde no fueron muy bien recibidos por la comunidad afrodescendiente por el solo hecho de ser “blancos”. Además, los 21 días que duró el viaje estuvo enferma de otitis. La novela se reimprimió en 2019 por Himpar Editores.

     

     

    Segundo tiempo

    Un día dejarás a un lado tu sur del castigo por el recuerdo de tus hijos en las calles hambrientas. Te prepararás para escapar antes de contar veintiún pasos al patíbulo. Volverás al norte donde agonizaron tus madres. No recordarás el arma que le mandó nueve silencios a tu cuerpo ni el monstruo que oprimió el gatillo. Tampoco recordarás las manos que te obligaron a dejar tu niñez en el frío de tu abuela muerta. Volverás a las apuestas por tus otras vidas y levantarás con más fuerza la botella que te hace olvidar la oscuridad. Tirarás en el centro de la gallera tu última gratitud, la que no estaba escrita, pero que ahora reconoces en la mano que estira para dar de beber a tu victimario. Olvidarás un día, Carlos, que pronto aprendiste a encontrar perdices para la cena de tu amo y a gritar la noticia de puerta en puerta, donde tú eras el próximo de la lista.

     

    Con talleres de literatura, llegó a diferentes cárceles del país, como La Modelo y La Picota. La jefa, exguerrillera que era como la líder del sexto patio en El Buen Pastor, solía cuidar a Mery, incluso una vez le quitó la comida que estaba a punto de llevarse a la boca, porque podría estar envenenada, entonces la invitaba a comer. Mery se abría a lo que ella y los demás presos eran más allá de sus crímenes, pero a su vez se aterraba al escuchar las historias que le contaban de manera escueta y sin ningún reparo de todo lo malo que habían hecho.

     

    También estuvo trabajando en talleres con habitantes de la calle. A uno de ellos, no le gustaban los signos ortográficos ni que pasaran sus poemas a máquina. “Un día me dijo que había comprado máquina de escribir, otra vez me dijo que se había casado, otro día me dijo que tenía una niña y después me dijo que había viajado por Centroamérica haciendo artesanías y siguió escribiendo”, cuenta Mery con alegría. No sabe cómo, pero él llegó a su casa, le dijo que si tenía libros él se los vendía pues sabía que ella no estaba muy bien económicamente. Ella le entregó 30 libros y, a los tres días, apareció Pablo, que se hacía llamar “el amante de la luna”, con la plata completa y no le quiso recibir ni un solo peso por la venta. De pronto, en su relato dice el nombre de aquel joven que como muchos otros pasaron por su vida y dejaron de ser lo que para muchos es puro paisaje en las imágenes cotidianas de la ciudad.

     

    Los otros

    No alcanzaron a sentir miedo. Cuando los cortaron el dolor llegó primero, la boca de la bota en la cara. Pronto el susurro de la sierra fue lejano. Un pajarito almorzó los pecados de las vísceras.

     

    Sus sombras siguen y recogen los sombreros que atajó el viento.

     

    Las mujeres orinan cualquier lugar.

     

    Los niños se volvieron ancianos amarrados a los alambres de púa.

     

    Tres territorios debajo de las carcajadas de los asesinos.

     

    Y sus sombras también son perseguidas, señaladas y marcadas desde los pájaros metálicos, dueños del cielo.

     

    Ilustración: Manuela Molina C.

     

    En su poesía no pretende hacer denuncia, solo contar lo que siente que necesita contar. Le preocupa que el arte sea una mercancía, para ella el arte debería ser algo reparador y que haga visible la realidad que nos circunda, sin llegar a ser algo panfletario. De hecho, no podría hacer panfletos: “Soy muy insegura”, dice una y otra vez con voz baja. Sus palabras le permiten liberarse, sanar las heridas, hablar de lo que le duele: los seres humanos, esos que pueden no ser nada suyo, pero los siente como si lo fueran. Para ella es una lástima que existan cosas como la motosierra: “Yo no la inventé y me toca hablar de ella. Si algún día, el sistema político de este país cambia y puedo hablar de una orquídea en todo su esplendor, pues hablaré, no la puedo desconocer, ni puedo desconocer su belleza, así como no puedo desconocer poemas bellísimos que existen sobre el amor”, agrega.

     

    Ahora, se siente cansada, su cuerpo ya no es el mismo y han aumentado los efectos de la soriasis en su piel. Desde antes de esta cuarentena, solía quedarse en casa en soledad. Le preocupa qué pasará en unos años, no quiere llegar a depender de nadie en su vejez, pues desde muy joven ha sido ella contra el mundo. Para lidiar con la ansiedad de estos días, hace figuras artesanales con papel maché, pues no puede dejar quietas sus manos. En especial, construye barcos. Mery habla de un punto que tiene en el cerebro, que todos tenemos realmente y que tras estos meses de pandemia, está a punto de estallar. No tiene una sola certeza: “no tengo un puerto seguro, por eso construyo embarcaciones”, cuenta con lamento.

     

    *Mery Yolanda Sánchez ha publicado en poesía: La ciudad que me habita (1989), Ritual para las noches (1997), Dios sobra, estorba (2006), Un día maíz (2010), antología preparada por ella misma para la colección Un libro por centavos de la Universidad del Externado (2010), Gradaciones (2011), Rostro de tierra (2011) y El hombre que escupe mariposas. En el 2012, publicó su novela El atajo.

  • Acercamiento al haiku

     

    El siguiente es un ejercicio colectivo de exploración y acercamiento al estilo de escritura del haiku, un género poético japonés en el que se busca con precisión en la captura de una imagen.

     

    —-

     

    Tropieza la pala

    con una lombriz.

    Ahora son dos.

     

     

    Se arrastra un lucero,

    el cucuyo tiene

    un ala rota.

     

    Juan Esteban Gil Castaño

     

     

     

    —–

    Cada día

    el cielo a lo lejos:

    el encierro.

     

    Agua fresca

    por mi rostro:

    caen los pensamientos.

     

    Alejandra Márquez Quintero

     

    Imagen: freepik.es – angelinabambina.

     

    —–

    Luna llena.

    Un perro ladra,

    su dueño también la mira.

     

    Tarde de marzo.

    El mango del patio

    baila con el viento.

     

    Suena un acordeón.

    El ron se acaba;

    es la historia de mi abuelo.

     

    Héctor Andrés Mendoza Lara

     

     

    ——

    Las manos tiemblan,

    el hilo entra

    por el ojal.

     

    Muere la fogata.

    Se eleva el humo

    hasta el cielo.

     

    Natalia González Franco

     

    ——

    La flor cae del guayacán:

    un sol que se apaga

    en una galaxia lejana

     

    Una lágrima se escapa.

    El río de los recuerdos

    es invisible.

     

    Miguel Arango Rúa

    —–

    En el borde de mi ventana

    caen gotas del cielo.

    Son más libres que yo.

     

    Valeria Echeverri Pérez

     

     

    —–

    El sol pega en mi cara,

    ya no me molesta.

    Extraño vivir.

     

    Sebastián López Ortiz

    —–

    El ocaso llegó

    buscando tu compañía.

    No te encontré.

     

    Hundí mi amor

    lo sumergí en odio…

    Echó tinieblas.

     

    Raúl Andrés Sosa Gómez

    ——

    La tarde oscurece.

    Las aves se guardan;

    los grillos cantan.

     

    Los besos no lo entienden,

    los abrazos se entristecen

    El virus espera.

     

    Melisa Gómez Vanegas

     

    ———-

    Ejercicio realizado en el curso Periodismo y Literatura, orientado por la profesora Marcela Gómez Toro.

     

     

  • Hacer cine en Medellín

    Desde los últimos años se ha podido evidenciar cómo desde la academia se ha fortalecido la producción cinematográfica en Colombia con la creación de programas, que antes eran escasos, especializados en esta área. Son más diversas y numerosas las acciones que estimulan a quienes quieren abrirse camino en la producción cinematográfica. A pesar de estos progresos, es otro el panorama cuando se quiere materializar todo el conocimiento y comenzar a crear y/o producir, por lo costoso que resulta y la falta de apoyo a la producción audiovisual.

     

    Click en la imagen para navegar el especial:

     

     

    ——-

    Trabajo realizado en el curso periodismo V, orientado por el profesor Gabriel Jaime Lotero.

     

     

  • Diario de un encierro a prueba de olvidos

    A la mama patria

     

    Te hemos visto gloriosa, manchada y con la guerra besándote las entrañas. Te hemos querido a pesar de tus balas. Perdonamos verte desangrada y violentada. Los perdonaste tú, nos perdonaste tú.

     

    Recuerdo cuando te limpiaste la sangre de los hijos que no diste a luz, cuando con machetazos te partían el alma, cuando los de corbata te robaban en la cara. También te recuerdo hermosa, dibujada en el cielo, en aquellos tiempos cuando te creían santa y tu gente te respetaba.

     

    Tengo miedo de ver por tu ventana y dormir en tu cama porque desde hace años los ladrones te violan en tu propia casa. Todo lo incendian y se lo llevan y tú te quedaste mama-ndo en el país en que nunca pasa nada.

     

    Ilustración de la autora.

     

     

    Banquete

     

    “… Más allá de cualquier zona prohibida

    hay un espejo para nuestra triste transparencia”

    A. Pizarnik

     

     

    La muerte ha entrado en nuestra casa. Llegó despacito, como un viejo amante que ha venido a dejar promesas y regalos. Ha venido con los ojos vendados, porque en esta velada no le ha de importar si eres joven o poeta, prostituta o anciano. Mucho menos se interesa en si vistes fino o llevas los pies descalzos.

     

    La muerte ha entrado en nuestra casa. No le importa si aún hay unos ojos a los que no le hayas dicho te amo. Pasó de largo y se muestra indiferente frente a si la vida no nos ha bastado. Da zancadas cada vez más largas y llega bailando al compás del arrepentimiento de las caricias que nunca jamás quisimos no haber dado.

     

    La muerte ha entrado en nuestra casa. Esta vez ha llegado hasta la sala, y aunque las ropas le importen poco, esta noche ha venido elegante, solo para recordarte que nunca es demasiado tarde cuando es ella quien aplaude.

    Ilustración de la autora.

    ——

    Trabajo realizado en el curso Periodismo y literatura,

    orientado por la profesora Marcela Gómez Toro.