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  • El arte que rodea al Museo de Antioquia

    La actual sede del Museo de Antioquia se encuentra sobre la Plaza Botero, entre las carreras Carabobo y Cundinamarca, un espacio que ha acogido pinturas, esculturas y demás piezas artísticas de distintos creadores locales y extranjeros desde el 15 de octubre del 2000, cuando la edificación patrimonial, antiguo Palacio Municipal, pasó a ser baluarte del arte en Antioquia.

     

    Hoy, 18 años después, el museo está quizá en su mejor momento, no solo goza de afluencia, variación en programación y calidad en las colecciones, sino que se ha integrado al entorno; se olvidó de las cerraduras y es ahora una casa de puertas abierta, tal como reza el eslogan de Museo 360, macroproyecto que desde 2016 busca generar acciones de impacto en el centro de Medellín.

     

    En la página web del museo se puede encontrar el mapa: con viñetas de colores y acotaciones revelan cada una de las salas que hay en los tres pisos de la edificación; baños, escaleras, cafés, tienda, centro de atención de primeros auxilios, rutas de evacuación y patios, están demarcados por íconos y figuras que orientan al visitante.

     

    Lo imprimo y saco de mi maleta un marcador rojo, le quito la tapa y amenazo al Bond aún caliente. Con un pulso casi quirúrgico, delineo la planta baja del museo, lo hago dejando un espacio de aproximadamente cinco milímetros entre la ilustración y la línea roja: parto de la entrada principal hacia la derecha, cruzo la esquina que da sobre la avenida León de Greiff hasta el siguiente giro, en línea recta atravieso la parte trasera del edificio hasta voltear en la calle Calibío, donde delineo hasta la esquina próxima que me lleva al lugar en el que partió el marcador; uno los trazos y obtengo un contorneado del Museo de Antioquia. Lo hago como preparación a la visita que haré, una en la que por primera vez no será en las salas de adentro –como lo suelo conocer– sino afuera, en su fachada: una experiencia de 360 grados.

     

    “Somos un museo que está en pleno corazón del centro de la ciudad de Medellín”, comenta Julián Zapata, curador asistente de Museo 360. Y es a partir de esto que el “Museo de Antioquia se empezó a entender como un espacio que no puede ser ajeno a todos los fenómenos sociales que ocurren al rededor del edificio.”

    Cuando por fin hicieron acto de consciencia, empezaron a abrir las puertas y ventanas del museo, todo aquello que estaba antes cerrado al público y que ni siquiera podía ser usado por las personas que trabajan al interior. Teniendo los espacios disponibles, comenzaron a generar propuestas que conectaran al museo “con la calle, el exterior, la gente de afuera”.

     

    Carolina Chacón, curadora jefe del macroproyecto, cuenta que este contenido se comenzó a pensar con distintos tipos de formatos, “a través de prácticas artísticas contemporáneas que no están basadas en objetos, pinturas, esculturas, sino que su materialidad pasan a ser los cuerpos, las acciones, el tiempo, el espacio específico”. De esta premisa nacieron distintos proyectos que se fueron sumando a la gran propuesta del museo que tiene como finalidad agruparlos.

     

    La consentida, por ejemplo, es la selección de una obra expuesta en el museo que se escoge para ser exhibida en la Sala Cundinamarca, un espacio en el que sus amplios ventanales permiten que sea vista desde afuera, desde la carrera que lleva su mismo nombre. Lo que se busca es crear una conexión entre los distintos públicos del mismo, que tanto el transeúnte afanado o tranquilo, como el visitante local o extranjero, puedan apreciar las obras en una sala que cuenta con todos los parámetros de conservación y seguridad necesarias. Obras como Horizontes de Francisco Antonio Cano, Monalisa niña de Fernando Botero, El pueblo y el guayacán de Ethel Gilmour, entre muchas otras, han pasado por esta sala y han podido ser vistas por personas que tal vez nunca hayan entrado al museo.

     

    Otro proyecto que nace sobre la misma carrera, es decir, sobre la parte trasera de la edificación, es Residencias Cundinamarca. En este espacio, artistas o colectivos podrán realizar una residencia en el Museo de Antioquia y crear así una propuesta de integración y visibilización con alguna de las comunidades o grupos sociales que habitan el entorno. Su esencia es tanto artística como educativa.

     

    La esquina también es otro de los espacios que se creó como un lugar de socialización. A través de performances e intervenciones artísticas, el Museo de Antioquia le da vida a su esquina entre Cundinamarca y Calibío cada quince días. Allí se reta y hace frente a los problemas –que luchan entre ser estigmas o realidades– de seguridad en el sector, lo que dificulta el encuentro nocturno de quienes habitan el centro de la ciudad.

     

    A estos proyectos se le suman Vive la Plaza, en el que colectivos podrán hacer una intervención artística en la Plaza Botero; Diálogos con sentido, un espacio pedagógico en el que niños del centro de la ciudad potenciarán sus habilidades y aprenderán a autorreconocerce como sujetos activos dentro de la sociedad; Vitrinas Cundinamarca, exposiciones inspiradas en la célebre Zona Roja de Ámsterdam; y Biblioteca de Saberes vivos, una gran huerta en la que se establece una relación entre comer, leer y escribir: sembrar se convierte en el mejor pretexto para contar historias.

     

    Recorrer caminando la fachada del edificio, o dar un giro de 360 grados en su eje, demora alrededor de tres minutos con treinta segundos; solo si se hace a un ritmo tranquilo, pero no lento, con pasos firmes y sin detallar. Pero si se quiere apreciar toda la oferta cultural y artística que el Museo de Antioquia tiene para ofrecer con su macroproyecto, el tiempo invertido sería de mañanas, tardes o noches enteras, semanas o meses. La finalidad es que quienes habitan y frecuentan este sector del centro de Medellín puedan tener a su disposición eventos, presentaciones o exhibiciones en cualquier momento de su jornada; que puedan ser integrados y que se sientan parte fundamental de uno de los símbolos más importantes de la cultura antioqueña. Una oferta tan variada que los 4.504 m2 de la edificación no alcanza a abarcar, por lo que se extiende a otros escenarios de la ciudad.

     

    El cabaret de ‘las guerreras’

    Son las 7:50 p.m. y el Teatro Pablo Tobón Uribe se va llenando poco a poco. Las personas ingresan y se acomodan en las sillas dispuestas a apreciar la función que está a punto de comenzar. Caen las luces y una mujer, que se encontraba tendida en una esquina del escenario –inmóvil– desde que abrieron las puertas, comienza a arrastrarse, a moverse al ritmo de los sonidos virtuales que se escuchan de fondo. Inicia la primera escena de Nadie sabe quién soy yo, y de ella le siguen siete escenas más: son en total ocho mujeres, es decir, ocho historias.

     

    Este performance en formato de cabaret es uno de los proyectos que nació en Residencias Cundinamarca. El Museo de Antioquia invitó a la artista bogotana Nadia Granados para que realizara una residencia en el nuevo espacio dispuesto por el museo, por lo que integró a varias prostitutas del sector de la Veracruz, vecinas de la zona, a participar en su proyecto artístico que “busca tumbar todos los estereotipos que existen alrededor de las mujeres que ejercen el trabajo sexual”, esos prejuicios que “todos tenemos por más mente abierta” que presumamos, según Carolina Chacón.

     

    Se pasean en el escenario contando sus historias: cómo vender mechones de cabello puede ser la solución para ganar algo de dinero y así apaciguar el hambre, la manera en la que la sociedad establece estereotipos de cuerpos femeninos y excluye los “desmoldados”, la explotación laboral, el abuso doméstico con sus maridos y el impacto que ha tenido sobre ellas la violencia en el país.

     

    “Es muy fácil llegar a la prostitución, pero es difícil salir de allí”, dice Luz Mery Giraldo, líder de Las guerreras del centro, nombre que adoptaron en su proceso de convertirse en una corporación. “El nombre nace de una compañera que yo tuve. Cuando iba a trabajar de madrugada, ella me decía: ‘hoy toca guerreármela’… y así nos toca a nosotras, es la guerra por el peso”.

     

    Días antes de la presentación, Luz Mery, quien ha dedicado más de 17 años a trabajar por la comunidad de mujeres que ejercen el trabajo sexual, anunciaba enérgicamente la realización del performance: “Mi sueño es conquistar al mundo con mis obras, siendo vocera de muchas mujeres que están en situación de vulnerabilidad, porque… Nadie sabe quién soy yo.” El video, publicado por la cuenta oficial de Instagram de la corporación (lasguerreras.del.centro), suma hoy casi cuatrocientas visualizaciones.

     

    En la misma cuenta de la red social, en la tarde de la presentación en el Pablo Tobón, iniciaron una transmisión en vivo de su llegada al Teatro. Mientras ingresaban, me incorporé a las tres personas que veían a través de la pantalla la entrada de ‘las guerreras’ a su campo de batalla o, sin el innecesario lenguaje bélico, a los camerinos. Aunque ya se habían presentado en otros teatros de la ciudad como La Hora 25, El Trueque y El Matacandelas, la emoción por estar en el Pablo Tobón era notoria. “Qué es esto tan bello”, “mirá, mirá esos espejos”, “yo creo que me voy a quedar a vivir acá…”, son algunos de los comentarios que entre risas, gritos y euforia se escucharon en la transmisión de Instagram cuando Melissa Toro, directora de la corporación, creyó necesario grabar el momento.

     

    Luz Mery se me acerca al finalizar la entrevista y al oído me dice que tiene un poema que quiere compartirme. “Yo también escribo”, comenta orgullosa. Lo tituló Prostitución: esclavitud – explotación, y en él plasma lo que para ella significa el ejercicio del trabajo sexual, del cual también cree que ni siquiera debe recibir ese tecnicismo, pues “ni prestaciones sociales se reciben, no hay un salario fijo.”

     

    Mujer pobre, enmudecida y opacada.

    ¿Dónde está tu juventud?

    Brindando estás en copa rota

    por esa piel que ya no es.

     

    Hoy recuerdas esa noche

    en donde fuiste presa frágil

    de aquel lobo feroz,

    y desde entonces tu sonrisa…

    la tornaste en llanto.

     

    Prisionera sigues,

    del vicio idolatrada.

    Doblemente explotada

    y por la sociedad,

    doblemente olvidada.

     

    Y es en el final del poema en donde es más notorio el impacto que el proyecto ha tenido. Desde que iniciaron su proceso con el Museo de Antioquia, la prostitución en el centro de Medellín –un fenómeno social con el que se convivía a diario pero era ignorado– se ha visibilizado. A través de la intervención se le ha mostrado a gran cantidad de personas en teatros con aforo completo, en prensa y redes sociales, lo que de verdad significa ser prostituta.

     

    El año pasado el performance ganó el premio Obra 2017 del periódico de arte y cultura, Arteria, con el 45, 9% de los votos. Distinción que se suma al éxito que han tenido en todos los teatros en los que se han presentado y la buena acogida por parte del público. Este proyecto fue posible gracias a “un proceso de intercambio entre las ideas escénicas, visuales y la estética de la artista, con las historias de las mujeres. Todo se fue dando a medida que fueron encontrando espacios de conversación muy personales e íntimos”, como lo cuenta Chacón antes de la función.

     

    Estas mujeres le han dado un nuevo significado a su vida, se han demostrado a sí mismas que es posible pasar de trabajar en el catre oxidado, a brillar en el escenario. Que los sueños se pueden cumplir, tal como María Flórez lo hizo: “Yo nunca me imaginé que podía montarme en un teatro a hablar y que a la gente le gustara, ahora soy famosa, una artista.”

     

    En la esquina también se llora

    María Natalia Ávila, artista bogotana, convirtió el espacio del museo entre Cundinamarca y Calibío en una cantina, con su proyecto Las divas también lloramos: amor, humor y desamor, en el que a partir de una “banda sonora interpretada por divas de la música de despecho” establece lazos con las historias de amor de quienes participan, como lo dice el pasacalles que anuncia la intervención.

     

    La propuesta que esta vez reunió al público en La esquina, fue la de un proceso de intercambio. No me concede la entrevista hasta que yo me tome un “aguardientico”, me dice la artista; luego de haberlo hecho, me pide que la espere pues hay una larga fila de personas detrás de la mesa principal deseando hablar con ella. Una señora, de edad avanzada, tiene en su mano un perrito desgastado de peluche, lo mira y zarandea. “Este chandosito me lo dio el primer novio”, dice la señora mientras María la escucha atenta; “tome”, culmina y se lo entrega. La artista lo recibe con una sonrisa, lo deposita en una caja que tiene al lado y le enseña distintas piezas gráficas que hay en la mesa: serigrafías, pegatinas, botones y fanzines.

     

    “La gente puede venir y traer cartas, credenciales, fotos… objetos que tienen que ver con el desamor de los que la gente quiere salir”, comenta la artista. Y como “a veces quemarlos o botarlos es una acción violenta a la que uno no se atreve”, ella los recibe y a cambio, el despechado, podrá quedarse con alguna de las piezas gráficas de su creación; objetos que, en este caso, sí “tienen afecto”.

     

    De fondo suena La cuchilla de Las Hermanas Calle y un grupo de mujeres –de pie– corean juntas la canción. En el lugar hay por lo menos más de veinte personas y son las 9:30 p.m., una hora en la que estar en el centro de Medellín puede significar, para muchas personas, un acto arriesgado. El sitio está decorado con afiches de distintas cantantes latinoamericanas que han dedicado su vida a cantarle al amor y desamor. Al lado de la mesa principal hay una Paquita la del Barrio a escala que parece vigilar la fila hacia María, mientras las personas esperan por el encuentro, van a la figura de cartón y se toman una foto con la cantante mexicana.

     

    Estar en el Museo de Antioquia, para la artista, significa “la posibilidad de acceder a más personas, que el proyecto pueda hacerse efectivo, y eso es increíble”, así como también lo es la convocatoria de público en ese horario.

     

    Museo 360 es también un museo de jornada continua en el que el momento del día no es un impedimento para la formación y encuentro entre públicos; es la prueba fehaciente de que con el arte se puede hacer frente a la inseguridad y violencia.

     

    Aunque el intercambio de objetos solo fue por una noche, su propuesta artística se extiende a Vitrinas Cundinamarca, en donde láminas cubren cinco vidrieras de la parte trasera del museo con imágenes de artistas como Chavela Vargas, Liz Freitez, Lolita Flores, entre otras, acompañadas de frases de sus canciones.

     

    Noventa años de historia

    Desde finales de la década de los años veinte del siglo pasado, se hacía notoria la necesidad de tener una sede de gran albergadura para la administración local, pero solo fue hasta el 7 de diciembre de 1931 cuando el Concejo de Medellín propuso la iniciativa de creación de un edificio que acogiera la Alcaldía y Concejo de la ciudad. Al año siguiente se abrió un concurso en el que arquitectos y empresas constructoras podían enviar sus propuestas. La firma H.M Rodríguez e hijos fue la ganadora.

     

    La construcción de la edificación se terminaría en 1937 y serviría como Palacio Municipal hasta 1988, año en que el edificio pasó a manos de Empresas Públicas de Medellín, compañía que se ubicaría allí solo hasta el año 2000 cuando el inmueble pasó a ser la sede principal del Museo de Antioquia.

     

    El edificio patrimonial, declarado Monumento Nacional por medio del Decreto 1802 de 1995, conserva entre sus paredes noventa años de historia, y su vigencia es evidente. Ha sobrevivido a esa “falsa idea de progreso” como el escritor y periodista Darío Ruiz Gómez le llama al construir y reconstruir permanente en el que vive el centro de la ciudad.

     

    Esa vitalidad tan solo es posible si se ejecuta una renovación, y no necesariamente a partir de una obra de desplome. Museo 360 ha significado para el Museo de Antioquia, y su edificación principal, un nuevo aire. Para Luis Felipe Saldarriaga, arquitecto de Patrimonio Cultural de la Gobernación de Antioquia, la mejor manera de otorgarle a estas edificaciones patrimoniales vigencia es articulándolas “con la cultura y la educación, e incrementando programas de formación y difusión de ese patrimonio cultural en todos los ámbitos.”

     

    Premisa que el Museo de Antioquia ha entendido y que gracias a eso hoy es posible no solo conocer los espacios que tiene a su disposición en el interior, sino también en su fachada: vidrieras, columnas, rejas y cercas que cuentan una parte importante de nuestra historia como sociedad, y que sirven –a través del macroproyecto– como el mejor escenario para que la misma se visibilice y resalte: pasar del contorneado en el papel, a caminar por las calles del centro de Medellín.

     

     

  • El conflicto de una plaza para el arte en El Prado

    La lucha jurídica que reta el desarrollo cultural del barrio El Prado.

     

    La Corporación Centro Plazarte se encuentra ubicado en la Carrera 50 59-32; ante la notificación de aplazamiento, Plazarte ha mantenido en pie sus programaciones culturales. Foto: Manuela Rendón Uribe.

     

    Una noche antes del desalojo, y ansiosos por recibir justicia, los defensores de Plazarte decoraron sus paredes con afiches y carteles; la venta de la casa que ocupan los ha acorralado contra la posibilidad de ser desalojados.

     

    La Corporación Centro Plazarte se defiende con lo mejor que tiene: arte y cultura; ante la noticia de que su desalojo se llevaría a cabo, los colectivos dentro de la casa han afrontado la situación con obras de teatro, conciertos y otras actividades como medio de protesta. Sin embargo, nada detuvo la decisión de la Fundación Obra de Jesús Pobre -los demandantes- de convertir la casa en un albergue para personas en situación de calle. Según Daniel Alejandro Miranda, miembro del Colectivo TallerSitio, “cuando la Corporación se creó legalmente, los socios aportaron a su constitución: TallerSitio aportó la labor hecha durante esos cuatro años y los dueños de la casa, aportaron la casa; lo que pasó después es que uno de los socios vendió la casa sin consentimiento del resto de socios de la Corporación, lo que lo hace una venta ilegal. El que la compró (la casa) demandó a la dueña y nunca tuvo en cuenta a Plazarte como persona jurídica”.

     

    Al considerarse a la Corporación Centro Plazarte como habitantes indeterminados y no como poseedores de buena fe, no solo se están vulnerando sus derechos de la persona jurídica, también se atropellan sus derechos colectivos y a continuar en la casa, ubicada en el barrio patrimonial El Prado. Ante la situación, el grupo de artistas ha emitido varios comunicados, uno de los cuales explica: “Actualmente estamos en espera de la respuesta de la Tutela en la que pedimos, como poseedores de buena fe, el derecho a oponernos, que no se nos violen nuestros derechos fundamentales al debido proceso y a la propiedad, puesto que hasta la fecha se nos ha negado el acceso a la justicia y la igualdad de las partes, al no habernos admitido como litisconsorte o como opositores en procesos donde la entidad no ha estado nunca demandada”.

     

    Y aunque ellos se declaren como poseedores de buena fe, para abogados expertos en el tema como Felipe Vélez, es difícil saber si la Corporación es poseedora de buena fe sin algunos documentos y facturas que lo corroboren, “para esto se sigue un método científico que puede arrojar un resultado según algunos documentos que pide la ley para nombrarlos como poseedores de buena fe”.

     

    La obra de la Fundación Obra de Jesús Pobre

    A solo unas casas de diferencia, se encuentra la sede de la Fundación Obra de Jesús Pobre, según Hugo Sánchez, defensor de Plazarte, “es una entidad que se dedica a la atención de indigentes de una manera, para nosotros, y creo que para el Gobierno Municipal de Medellín, indebida, porque a ellos no los escuchan sino que los mantienen; les dan una comida, creo que también pueden entrar a bañarse, pero no les dan una pauta de vida como la que hoy, la alcaldía de Federico Gutiérrez está ejecutando”.

     

    Miranda asegura que la llegada de los habitantes en situación de calle cada tarde en busca de su alimento no solo no permite que la zona se desarrolle en seguridad y medio ambiente, también incomoda a los vecinos que se ven directamente afectados por su presencia. Es el caso de César Augusto Valderrama Gómez, residente de la cuadra que afirma que: “la Fundación Jesús Pobre tiene una casa justo en la carrera 50 con 70, en la esquina, y cualquier persona puede ver el descuido que tiene esa casa. Sus actividades sociales son para darle alimento a habitantes de la calle, esto genera que todos los días al mediodía esta calle está llena de habitantes de la calle. Especialmente, la casa donde habito, tengo que limpiarla una vez a la semana de heces y vómito de personas que se hacen ahí esperando el alimento. Ellos no se encargan de realizar la limpieza de todo esta gente que se moviliza a esta casa en particular, y quieren volver Plazarte una extensión de este lugar”.

     

    Como compradora del inmueble, la Fundación Obra de Jesús Pobre considera que los múltiples aplazamientos por parte de Plazarte no permiten que la decisión del juez se lleve a cabo, lo que los pone, en su opinión, en desacato de la orden judicial. La abogada de la parte demandante, Mónica López Arango, comenta que “el objeto social de la Fundación se ha visto perjudicado. No hemos querido demandar por el principio de la buena fe y por darles tiempo”, afirma que la institución se ha mostrado abierta a concederle opciones a la Corporación frente a la movilización de los bienes muebles dentro de la casa, pues han propuesto dejar en secuestre las obras de arte y bienes hasta darse a conocer el fallo del Tribunal Superior.

     

    Un posible final

    Son numerosos los episodios de esta historia, en uno de los más recientes, a finales del mes de noviembre de 2017, artistas, amigos y vecinos fueron convocados para que entre las paredes dibujadas, las antiguas puertas y los afiches que decoraban con protesta los muros, expresaran sus inconformidades en la sala donde se planeaba llevar a cabo la diligencia de desalojo. Entonces, la Policía llegó bajo órdenes de la inspectora, mientras un grupo de personas prepara sus instrumentos para un concierto – protesta.

     

    Bernardo Ángel Saldarriaga, actor del grupo de teatro “La barca de los locos” presenta una obra de teatro en medio de la diligencia en Plazarte como medio de protesta. Foto: Manuela Rendón Uribe.

     

    Mientras en una sala se discutía el futuro de la diligencia para Plazarte, Miranda observaba desde lo alto de las escaleras, “lo que nosotros hemos estado alegando todo este tiempo es que nos han vulnerado el derecho al reconocimiento de nuestra persona jurídica, que es un derecho fundamental. En este momento, un juez está diciendo que por una orden tenemos que desalojar la casa porque Obra de Jesús Pobre la compró, pero otro juez dice que nosotros somos poseedores de buena fe. Entre los jueces se están contradiciendo y se tendrá que pasar a una instancia superior”, comenta.

     

    Defensores de la Corporación como Hugo Sánchez afirmaban ante las cámaras de medios presentes que “no pueden vender la casa, una entidad sin ánimo de lucro no puede vender sus bienes y no puede sacar utilidades, no hay accionistas ni dueños, solo se componen por miembros…”, para él, ese hecho demostraría vez más la ilegalidad en la venta del inmueble y la inconformidad del colectivo.

     

    Aquella diligencia se aplazó hasta que se conocieran los resultados del fallo. Según María Clara Fonnegra, Representante Legal de la Corporación, “la diligencia se aplazó gracias a la oposición de la ciudadanía, en defensa del interés colectivo y de los espacios de la ciudad. La Policía se retiró y esto ayudó a que la inspectora se retirara aplazando la diligencia”.

     

    Y aunque existen más entidades culturales en la zona, muchos reconocen la labor que durante nueve años ha hecho Plazarte en pro de Medellín y que miembros de la comunidad como César Valderrama reconocen, para él, “Plazarte es una actividad cultural abierta a todos los ciudadanos, y se va a volver un lugar para un grupo especial de personas, privando a la ciudadanía de estos espacios culturales… si tuviera que poner en balance el aporte social de las dos instituciones, Plazarte está más en armonía con la idea del barrio El Prado como un barrio patrimonial, porque aporta actividades culturales; otro tipo de actividades como las que propone Jesús Pobre, acabarían con el barrio”.

     

    Una nueva diligencia de desalojo programada para el 11 de diciembre también se aplazó. De nuevo, los artistas de Plazarte convocaron colegas y vecinos a oponerse al desalojo con una programación artística que continuará mientras el conflicto judicial se resuelve y se define lo que puede considerarse un precedente para el rumbo del tradicional barrio El Prado.

     

     

  • Un viaje al pasado

     

    Marta García es una archivista que trabaja y a la vez se devuelve en el tiempo. Ella lo cuenta con entusiasmo: “Uno se encuentra unas cartas y unas comunicaciones que uno dice ¡oh por Dios!, ¿cómo pasaba esto?, y uno imaginariamente se devuelve en el tiempo… Trabajar en el Archivo Histórico es poder transportarse en el tiempo, ¡claro! Poder entender cómo era esta ciudad hace mucho tiempo”.

     

    El Archivo Histórico de Medellín (AHM) es un lugar donde se guardan valiosos documentos del Concejo, la Personería y la Alcaldía. Se creó en 1993 y desde el año 2000 está en una hermosa casa del siglo XIX que perteneció a la adinerada familia Villa Gaviria. La casa está construida en tapia y teja, las maderas de sus puertas y la baldosa de su piso son originales, al igual que las ventanas que dan a la calle Colombia entre las carreras Girardot y el Palo. También, tiene cielorrasos en latón reconstruidos de los originales.

     

    Es un lugar solitario, especialmente los viernes, en un día normal pueden ir de 0 a 5 personas y al año el promedio de visitantes está entre 2000 y 3000 personas. La casa tiene 120 años y su entrada es como las de aquellas tradicionales del campo. Los visitantes, por lo general investigadores o estudiantes que hacen tesis, llegan a una cerca de madera donde los recibe Claudia, una vigilante extrañada de que venga alguien. Ella les dice: “Buenas, qué necesitan”, mientras revisa las cámaras de seguridad que se ven en su computador.

     

    Aparte de las formas de la casa, lo único que queda como una posible huella del campo el ambiente de orden y tranquilidad. Lo único que interrumpe la quietud es el sonido constante del aire acondicionado que suena como una nevera en la noche de cualquier casa silenciosa. A la izquierda de la entrada, al ladito de la silla de la vigilante, hay 40 casilleros para guardar los objetos personales.

     

    Lo primero que se ve al entrar es una gran pila que no tiene agua porque está mala, rodeada de macetas con plantas como: Aloe vera, helecho, palmas, corazón de María y miami. Encima de los casilleros hay 40 ejemplares del periódico Universo Centro que nadie todavía se ha llevado. La casa tiene tres patios, todos ellos al aire libre, no tienen techo y conservan sus pisos en piedra original.

     

    Fotografías: Manuel José Sierra Mejía.

     

     

    Casual mente

     

    Al lado izquierdo de la pila de agua sin agua está Marta García en su escritorio. Tiene una sonrisa en su rostro y las mejillas coloradas,tiene el pelo rubio casi tinturado de rojo, usa unas gafas de marco azul cielo y una blusa azul oscura sin mangas con flores rojas y azules, un jean azul oscuro y unos zapatos rojo vivo. Todo muy artesanal.

     

    — Yo siempre he dicho que soy archivista por accidente… por la casualidad de la vida me encontré con esto— afirma Marta.

     

    Detrás de ella hay tres fotos panorámicas de Medellín tomadas desde el Cerro Nutibara en los años 1928,1955 y 1968. El AHM tiene una página web donde se encuentran 380 mil registros de documentos. Mientras Marta mueve con agilidad sus manos robustas y busca en la web un archivo sobre religión, dice que los términos han cambiado con el tiempo y que en 1700 no se buscaría religión, sino fiestas religiosas. Cuando abre el documento, la letra del mismo es enredada y poco entendible, pero Marta estudió Paleografía y eso la hace descifrar los círculos y garabatos con destreza.

     

    Marta conoce este lugar como la palma de su mano, se desliza por sus pasillos y llega hasta una gran puerta de madera, detrás de ella están los documentos. Cuando entra, cierra la puerta, se pone los guantes de nitrilo para poder tocar los documentos, y siente ese olor tan particular de este lugar: una combinación de aserrín y vejez; como ella lo define, “olor a archivo”.

     

    Comienza a moverse entre todos los estantes de papel y toma el libro de actas del Concejo de Medellín 368-1936 y comienza a leer con emoción. Señala algunos empastados elegantes de color verdoso, pero también muestra “lo no tan bonito”, como dice ella. Unos dos metros a la derecha hay documentos con letras un poco borrosas, hojas rotas y pastas vinotinto rasgadas.

     

    “La restauración es una tarea dispendiosa. Por ejemplo, a aquellos documentos restaurados, folio por folio se les hizo una historia clínica, es como cuando uno va al doctor”, cuenta Marta con seguridad en sus palabras.

     

    El poder de las historias

     

    — Huy esto pesa, esto pesa— dice Marta mientras coge un guion del radioperiódico Clarín.

    — ¿Mucho? —

    — Bastante. Es que está muy gordo — replica Marta, mientras forcejea con el libro, va en busca de una escalera para apoyar el guion del noticiero.

     

    Marta ha llegado a una de las partes que más le gusta de ser archivistas, leer historias: “Se avisa en Dabeiba a Enrique Luis que viaje hoy a Turbo…”, lee Marta en voz alta. En ese tiempo no había celulares tocaba así.

     

    Luego, leyó los servicios sociales del Clarín Matinal: “Se avisa en Salgar a Óscar Herrera que se recibió la encomienda. ¿Qué sería la encomienda?, todos nos quedamos con las ganas del chisme, porque no sabemos cuál era”.

     

    Ella vive por las Torres de Bombona 30, su trato con todos es cariñoso, con su voz dulce y amable no dice Jaime, dice Jaimito, y a ella le dicen Martica. Lee a Saramago, en especial el libro Todos los nombres. Trabajar en el AHM la mantiene sensible y consiente del pasado.

     

    “La mayoría de la gente cree que los archivistas somos las personas que estamos como aburridas cuidando estas montañas de papeles. Es el imaginario que tiene la gente, pero a mí me ha resultado muy divertido”, explica Marta.

     

    — ¡Que no me la coja la tarde mi Martica!— expresa cariñosamente Claudia.

    —¡Ah no! Porque salgo volada, ¿cuánto falta? — Pregunta Marta.

    — 15 minutos, pero ya en 10 cierro la puerta— afirma Claudia.

     

    Esto marcaba el fin de un recorrido por el AHM. Cuando se llega al frente de esa casa es como si se detuviera el tiempo, su acera de piedra sigue siendo la misma, pero la soledad la acompaña. Pero Martica lo explica mejor: “lo realmente importante de un sitio como este es que la gente venga y lo use”.

     

     

  • Una parada para la memoria y la nostalgia eterna

    Hace más de un siglo, para ser precisos en 1874, entre las montañas verdes del departamento de Antioquia, se comenzó a construir toda una obra sobre rieles que, a punta de vapor, pretendió conectar un río, el Magdalena, atravesando el oriente, hasta llegar al centro de una tierra soñada, Medellín. Este hecho no solo fue histórico, fue el símbolo que en esa época le dio vía libre al desarrollo de una tierra pujante, a un mercado del campo lleno de olores exquisitos como el café y a un sin número de historias que en cada estación quedaron guardadas en los carrieles, las locomotoras y los pasillos que tuvieron que cruzar más de un viajero para montar con mucho orgullo en el Ferrocarril de Antioquia.

     

    “Medellín en esa época era una aldea con nombre de ciudad que fue puesto por Juan del Corral, por eso la llegada del tren que le trae materias primas como el carbón, algodón, azúcar, entre otros, le va permitir un desarrollo muy grande de industrialización gracias a las locomotoras”, cuenta Memo Ánjel, comunicador social y doctor en filosofía de la UPB, que esa fue la cura contra la geografía que un hombre como Pedro Justo Berrio, político antioqueño, diagnosticó para la enfermedad de aislamiento que tenía el departamento y Francisco Javier Cisneros, ingeniero cubano, desarrolló para ser de este territorio lo que es hoy en día, pura innovación.

     

    La estación Medellín se conserva como patrimonio arquitectónico de la ciudad. Foto: María Alejandra Querubín

    La estación Medellín se conserva como patrimonio arquitectónico de la ciudad. Foto: María Alejandra Querubín

     

    Las historias que encontraron un punto de encuentro

    Ver la Estación Medellín ahora es ver mitad de un pasado, es inevitable pensar que en los locales y restaurantes que hay hoy en día en su interior, antes lo ocupaban miles de personas que ansiosos esperaban el sonido de un tren sobre rieles, anunciando su llegada y su partida. Entrar y verla por dentro es toparse cara a cara con un diseño al estilo de renacimiento francés que fue traído hasta Colombia por Enrique Olarte, un ingeniero y arquitecto colombiano que se especializó en Inglaterra, que le tomó siete años terminar la construcción de esta edificación la cual inició desde 1907; de un punto de encuentro de culturas y de un rumbeadero en los bares y cafés que la rodearon, siendo el rincón perfecto para cerrar muchos negocios a punta de aguardiente.

     

    Con el paso de los años, fueron llegando cada vez más personas y en la década de los 30 ya se necesitaban nuevas salas de tiquetes de segunda y tercera categoría para atender la demanda y ser, en 1937, la estación que se ve hoy si va y se pasea por el sector de la Alpujarra. Por eso, ese conjunto de paredes que resguardaban todas las bodegas y oficinas en aquella época “se constituyó como el conjunto ferroviario más emblemático y significativo de la empresa Ferrocarril de Antioquia, no solo por su envergadura monumental sino por su condición de estación terminal, base de operaciones ferroviarias en el departamento, y su efecto de implantación como nueva centralidad comercial y de negocios en la ciudad de Medellín”, afirma el arquitecto colombiano con Maestría en Restauración Arquitectónica de la Universidad Politécnica de Madrid, Germán Jaramillo Uribe.

     

    En los andenes de la estación restaurada se conserva una locomotora Baldwin, con el número 25. Foto: Kamilokardona Wikimedia Commons.

    En los andenes de la estación restaurada se conserva una locomotora Baldwin, con el número 25.

    Foto: Kamilokardona Wikimedia Commons.

     

    Edilberto Rúa Herrera, pensionado del Ferrocarril de Antioquia, evoca sus días de trabajo con gran honor como coordinador de salidas de los trenes, comparando la estación con un puerto de marineros, “La que tuviera de esposo o novio un trabajador del Ferrocarril estaba montada, o sea que yo en esa época era un buen partido, pero eso sí, ellos tenían un amor en cada pueblo no puerto y la estación Medellín no era la excepción. Era una estación de mucho movimiento, llegaban las mercancías de todo el país y de aquí ya salían convertidas en productos. La gente esperaba paciente para viajar con sus perros, sus gatos y sus bultos de mercados felices. Era un lugar de encuentro para los novios, los abuelos, lo comerciantes y hasta las familias que los domingos se iban de paseo a bañarse a los ríos de los pueblos y todo esto lo hicieron posible los trenes”, recuerda con nostalgia.

     

    El efecto de esta obra en el sector Guayaquil fue tan grande que apareció la Plaza de Cisneros, pequeños negocios que ofrecían todo tipo de mercancías, y su alrededor se adornó de bares, cafés, y burdeles, siendo la estación un testigo silencioso de las protestas estudiantiles; los encuentros de amores fugaces; las reuniones de políticos y personajes públicos, como el ex presidente Carlos Lleras Restrepo que viajó en tren de lujo diseñado para él; y de las despedidas y bienvenidas que vivió una ciudad como Medellín durante más de 40 años.

     

     

     

    La estación nunca descansaba, sus locomotoras operaban 24/7 para hacer varios tipos de viajes. Uno era el tren mixto, que llevaba tanto carga y mercancía como pasajeros, otro era el ferro una máquina férrea costosa y exclusiva que llevaba a 30 pasajeros en las horas de la tarde, también estaban los trenes comerciales que eran para transportar solo carga o los dos de lujo que iban a Santa Marta y Bogotá, el de Cisneros, que los domingos llevaba pasajeros a tirar río y el tren del borracho que, según cuenta Rúa, viajaba de Medellín hasta la estación Botero y entregaba a las cantinas hombres que después de cuatro horas regresaban en el mismo tren con muchos tragos encima.

     

    Luis Eduardo Ortega, un comerciante de 63 años que montó desde muy joven en el ferrocarril, recuerda que “el tren mixto viajaba de Medellín a Barranca y contaba con dos vagones para llevar la carga y equipaje pesado, cuatro para gente de tercera clase, otro vagón que era un restaurante delicioso, vendían de todo, y ya para atrás había tres vagones especiales de lujo que era donde viajaba la gente de plata”. A esta estación iba gente de todos los estratos, de todas partes de Colombia, comerciantes, trabajadores y turistas que ayudaron a construir la cultura paisa trabajadora y negociante como se conoce hoy en día.

     

    Las industrias que dejó el paso del tren por las montañas

    La Estación permitió que a Medellín llegara todo tipo de mercancía e insumos. “Uno se bajaba, salía de la estación y se encontraba buses de todos los barrios a una cuadra y había un parqueadero para cada bus. Yo buscaba eran los negocios pequeños en la plaza para vender y comprar y luego revender en Cisneros mi pueblo”, recuerda Ortega, por esto Memo dice que “se desarrolla la zona comercial más poderosa que tuvo o tiene la ciudad precisamente por el ferrocarril y donde no hubiera llegado este medio de transporte, eso hubiera sido quién sabe qué barrio”.

     

    Estas vías fueron las que abrieron un camino a las industrias como la del café; la del textil con la gran cantidad de algodón y máquinas de tejer que se traían de otras partes, para que entrara materia prima y salieran telas; otra fue la industria de las gaseosas con el azúcar que venía en los vagones y la panela del nordeste del departamento para crear una empresa como Postobón; y también, los trenes que cargaban piedras sílices para la industria que hoy es llamada Peldar.

     

    La secuela que dejó esta máquina férrea, que a su paso llevaba progreso, fue inundar la ciudad de familias en las que hay muchos abuelos o bisabuelos de otros pueblos y que alimentaron la cultura paisa, ya que de esos pequeños pueblos viajaron trabajadores a las grandes fábricas que se empezaban a crear. Y así, lleno de frutos dejó el ferrocarril a su paso al departamento, desde su creación hasta los años 60 se gozó de la fortuna de un tren que deambulaba de día y de noche por estas tierras.

     

    El fin de los años de gloria

    “Hoy por hoy no queda nada de nuestra hermosa empresa, solo recuerdos”, menciona Rúa. Tras un gran problema financiero, el ferrocarril cede su manejo a la nación en 1961, una situación que poco a poco dejó desaparecer las vías férreas entre los paisajes de las montañas. “El ferrocarril se acabó por malas políticas de administración. La politiquería fue la que daño esto, el ferrocarril tuvo mucho enemigo y los mismos gobiernos de turno nunca se preocuparon por recuperar estas vías”, reafirma Rúa, pues la empresa como tal debía pagar la nómina de trabajadores, sostener la infraestructura, la vía férrea y el mantenimiento de los equipos, mientras que a su lado pasaban por la carretera coches y camiones que pagan peajes y estos se invertían en la ruta.

     

    Memo Ánjel cuenta que después de ser vendido el Ferrocarril de Antioquia a la nación, en la década de los 80 se empezó a caer el tren por corrupción, ya que se aprueban unas ordenanzas de ley de caminos que fueron como veneno para las locomotoras que poco a poco se iban agotando. Por eso, al aparecer los caminos a su lado se asoma el camión y este es el que va a consumir la superproducción de caucho que quedó después del fin de la segunda guerra mundial, siendo las llantas la única solución para invertir todo ese material y desestimular el tren dándole todas las garantías a los camiones.

    Las entradas tapiadas son huellas de todas las épocas de las que este edificio ha sido testigo.

    Las entradas tapiadas son huellas de todas las épocas de las que este edificio ha sido testigo.

    Foto: María Alejandra Querubín.

     

    Patrimonio del progreso antioqueño

    Con su venta se crearon dos empresas el 7 de agosto de 1962, el IDEA, Instituto para el Desarrollo de Antioquia, para tener un banco financiero para el desarrollo del departamento; y las EDA, Empresas Departamentales de Antioquia, que se encuentran en la Estación Medellín y trabajan junto a la gobernación de Luis Pérez, la Fundación de Ferrocarril de Antioquia y la Sociedad Antioqueña de Ingenieros y Arquitectos para restaurar el ferrocarril que tantas alegrías le dio al departamento y se vuelva a unir el trayecto que recorrieron miles de paisas.

     

    La Estación Medellín es la terminal que, así pase el tiempo, nunca dejará que el Ferrocarril de Antioquia quede en el olvido. Gracias a que esta continúa de pie en la cotidianidad de la ciudad hace que quien visite sus alrededores y vea a la edificación con escala de grises, dos puntas cuadradas, una arquitectura única y sus letras bordeadas alrededor escribiendo un pasado que la cargan de simbolismo, recuerde una época en la que el departamento brillo más fuerte que nunca y que tuvo la oportunidad de volverlo a hacer desde la restauración que hizo la Fundación Ferrocarril de Antioquia de esta edificación, en el año 1985, como su primer proyecto de recuperación integral y material de este tipo de bienes.

     

    “El ferrocarril fue el 100% de la cultura paisa, todas las industrias tenían que ver con el tren y todo lo que tiene Antioquia se lo debe al ferrocarril por el sentido de pertenencia que les dio a todos los antioqueños”, comenta Rúa. Que se haga otra vez el tren es fundamental porque “un tren de 10 vagones son por vagón 70 toneladas, y esto es un equivalente a 20 tractomulas de una vez, eso saca producción por montones y trae materias primas e insumos. Si se llega a poner en marcha el ferrocarril otra vez si tendríamos futuro porque el proceso de industrialización se llama el barco o el tren y el barco no puede entrar a las ciudades, el tren sí”, expresa Memo Ánjel.

     

    Así que solo es dimensionar la carga de valor patrimonial y cultural que trae una locomotora tan pequeña comparada al pasado tan grande que representa, por eso, mientras haya memoria en quienes pagaron lo tiquetes del ferrocarril y esperaron pacientes en la estación para montarse en sus vagones, la nostalgia será eterna porque vivieron una época de oro que rápidamente dejó de brillar.

     

     

  • LA PASCASIA: UN NUEVO ESPACIO, UN VIEJO AIRE

    Causa nostalgia ver una retroexcavadora sepultando casas antiguas, esas de paredes con bahareque, que dieron calor a numerosas familias antioqueñas, aquellas que hoy son reducidas a edificios con pequeños apartamentos que lucran a pocos y hacen de la memoria de muchos el olvido. Entonces caminas por los barrios más antiguos de Medellín, por las calles tradicionales de los pueblos antioqueños, especialmente los más cercanos a la ciudad, y encuentras, sino es el edificio con letreros “SE VENDE” o “SE ARREINDA”, el olor a tierra que dejan los escombros de la casa ya derruida.

     

    Pero La Pascasia se resiste, sigue en lo que fue el barrio “Guanteros, leyenda de arrabal” –como Alejandra Montes titula la historia de esta zona en la edición número 74 de Universo Centro-, en la carrera 42, también llamada Pascasio Uribe, entre Bomboná y Maturín. Caminando hacia el sur, a mano izquierda encuentras cuatro casas de estilo colonial, la segunda de ellas, la de dos ventanas y una puerta de dos alas color madera, la de zócalo y garaje azul aguamarina, es La Pascasia.

     

    Como en toda casa debes tocar el timbre, luego piensas que no hay nadie casa por sus ventanas abiertas carentes de movimiento y la ausencia de sonidos al interior. En poco tiempo, un par de ojos se asoman por una ventanita de la puerta -te sientes en otra época-, en esta ocasión es David Robledo, quien con sus manos da vida a la percusión de diferentes grupos musicales.

     

    Música Corriente, que al igual que Grupo Hangar y Universo Centro, se unieron a este proyecto. Es por eso que durante el tiempo que permaneces en la casa te encuentras con personajes brillantes, que seguro escogieron una casa de techos altos para que pudiesen caber sus ideas.

     

    Al fondo, la cocina, una cocina más reciente que el resto de la casa. Dice María Cecilia Mantilla, la Mona, productora ejecutiva de Música Corriente, que este espacio les quedó pequeño, pero no deja de ser especial, en Facebook se lee que allí se “podrá ver una cortina de chorizos variados, picantes los unos, curados los otros, recién embutidos los demás”. Es real. Además, por casualidad puedes ser atendido por José Villa, integrante de bandas locales como Parlantes, Gordos Project, Metropolizón y Goli, o por el músico Camilo Orozco, que camina de aquí para allá con hielos, calienta arepitas redondas para los chorizos, destapa cervezas… Bueno, en realidad todos actúan al unísono, como una familia, eso es lo que se siente en La Pascasia, como dice José Villa “es que estamos es en la casa”.

     

    Y aunque abrió sus puertas al público desde el jueves 14 de abril, a la fecha, ha sido visitada por más personas que durante sus 150 años de existencia. ¿Quiénes llegan? Las dos ventanas siempre están abiertas, dejan entrever una parte de la exposición de turno, la primera fue “El Camellón de Guanteros”, una exposición que carga de significado histórico a la casa y al barrio, revindica al artista y rememora personajes importantes de la ciudad que vivieron en los alrededores e hicieron parte del primer barrio popular de Medellín. Curiosos entran y dan una miradita, quedando antojados, horas o días después llegan con el resto de su familia.

     

    Para niños y jóvenes es un espacio agradable; para madres y abuelas es un lugar nostálgico, para amantes de las letras, la música, el teatro y las artes es todo un manjar con un espectro amplio de posibilidades para recordar, estar, dejar de estar, ser con el otro, escuchar, encontrarse con una mirada amiga, crear y habitar.

     

    En La Pascasia has de recorrer la galería como en un museo. Has de comer un choripán o tomar una cerveza como en casa de un amigo. Has de ir a un concierto como en un bar. Has de ir a conversar como en una tertulia en casa de abuela, junto al árbol de totumo que con luces de navidad, brilla en la noche en medio del patio central. Escuchar un tango, un son, un bambuco, un bolero…Al volumen familiar, que anima pero no aturde. Habrás de encontrarte con socios, colegas y amigos si te mueves en el mundo cultural. Te sentirás donde quieres estar. La Pascasia es un suspiro. Es un respiro en la ciudad.