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  • Grafiti: un “tour” antes del Siglo XXI

     

    Por: Simón Suárez Gómez / simon.suarez@upb.edu.co

     

    Grafiti, una palabra que en la actualidad suele ser relacionada con el arte, la cultura y nuestra ciudad, Medellín. Esta expresión tiene su historia, con antecedentes remotos y tiene incluso una jerga que le pertenece. Empecemos un breve glosario que ayudará a entender no solo esta historia, sino cuál es el sentido que tiene:

     

    • Crew: grupo de grafiteros que se identifican bajo una misma “chapa”, que suelen salir en conjunto alrededor de la ciudad para “marcar” distintos spots.
    • Chapa: firma que permite identificarse cómo grafitero que suele ser usada cuando se sale a bombardear la ciudad.
    • Bombardear: salir a hacer muchos diseños rápidos y con baja producción que retratan la chapa del grafitero o su crew.
    • Spot: lugares por la ciudad que permiten realizar producciones mucho más complejas, suelen ser lugares muy transitados o de alto valor por su riesgo. Dependiendo de donde se ubique, si es un camión, un bien público cómo el metro o edificios muy protegidos, suele darse mayor respeto a la crew o grafitero que lo rayó.
    • Spot taquilla: se denomina de esta forma a los distintos spots que hay repartidos por la ciudad que tiene una gran cantidad de afluencia de público, suelen ser lugares complicados para rayar y de alto valor, pues muchas personas los verían al transitar por estos lugares.

     

    Tan antiguo como nuestra idea de ciudad

    Desde la Era Antigua, específicamente, en las grandes ciudades del Imperio Romano, se empezaron a formar expresiones artísticas de protesta, garabatos, mensajes de oposición fueron poco a poco llenando distintas paredes de los edificios públicos (de manera ilegal). Por ello, es posible considerar a los autores de estas marcas como los pioneros del grafiti.

     

    Pese a que esta actividad era realizada con finalidades humorísticas y de protesta, estos precursores del grafiti, crearon bases para un estilo de mensaje político que, más de un milenio después, se ha reproducido en cientos de países, incluido Colombia.

     

    Podría pensarse que estos tipos de grafiti eran casos aislados que pasaban desapercibidos, pero no es así. Según el historiador Jerry Torner, en conversación con ABC España, tan solo en la ciudad de Pompeya se han podido rescatar 12.000 ejemplares y aunque en estos tiempos no existían lo que hoy llamamos “chapas” (véase glosario inicial), una gran cantidad de estos estaban firmados.

     

    Estos grafitis solían contener frases de burla como: “Aufidus estuvo aquí, adiós”, dándonos un acercamiento a lo que era la vida del ciudadano romano promedio. También se destacan mensajes referentes al sexo, que era una normalidad en la época: “Teófilo, no les hagas sexo oral a las chicas apoyadas en la muralla como si fueras un perro”.

     

    Pero, ¿Qué es lo que diferencia un muralismo de un grafiti? Hoes GMR, grafitero de Medellín, explica esta distinción:

    Luego de diferenciar los dos conceptos, continuemos con la historia.

     

    Grafiti medieval

    Acercándonos más a la era actual (aunque tampoco tanto), una investigación realizada por la Dra. Laura Hernández Alcaraz, para la Universidad de Alicante, encontró un patrón peculiar en distintas edificaciones religiosas y castillos de la España medieval. Durante las obras de construcción, las personas a cargo solían rayar las paredes e incluso pintarlas dejando mensajes plasmados, algunos en términos de burla con respecto a su señor o simplemente un garabato buscando representar algo de lo que hoy en día desconocemos el contexto. He aquí algunos ejemplos:

     

    Nueva York y el auge del grafiti

    El grafiti moderno, tal cual se ve en las calles de la ciudad en el presente, nació en dos ciudades estadounidenses: Filadelfia y Nueva York. A mediados de los años 60, estudiantes de secundaria de ambas ciudades, empezaron a realizar firmas en sus colegios, siguiendo en sus barrios y expandiéndose, finalmente, por toda la ciudad.

     

    Lo que comenzó como un juego entre amigos, repercutió de una manera muy fuerte, pues cada vez se veían más personas queriendo repartir sus chapas y ser reconocidos alrededor de los principales lugares de la ciudad. A diferencia de cómo los conocimos en la antigua Roma, los grafitis realizados con resaltadores o aerosoles, ahora eran anónimos y no se identificaba fácilmente a los autores.

     

    Algunos nombres que se destacan de esta época son:

     

    • Darryl McCray, un joven afroamericano, que bombardeó la ciudad de Filadelfia con su chapa CornBread. Lo qué el inició como un juego de colegas marcando su escuela con su apodo fue construyendo poco a poco una tendencia replicada por toda la ciudad, siendo el que más chapas tenía, el grafitero más popular de la zona.La chapa de Darryl McCray grafitada sobre un edificio abandonado en Filadelfia.
    • Dimitraki, joven mensajero griego que bombardeo la ciudad y el metro de Nueva York con su chapa Taki 183

    En los inicios del grafiti moderno, se logra observar que las chapas y los garabatos realizados eran realmente sencillos, sin una elaboración muy estructurada y como aún no se había creado una cultura del grafiti, las pinturas apenas generaban alguna conmoción.

     

    No fue hasta 1971 cuando un periódico de Nueva York entrevistó a Dimitraki, pues sus firmas ya eran parte del paisaje urbano de la ciudad, especialmente de los lugares más concurridos cómo el metro, que no solo hacia parte de los lugares donde se encontraba la gente vulnerable, sino que también era frecuentado por la élite privilegiada.

    Durante la década siguiente fueron apareciendo más grafiteros a lo largo de Estados Unidos. Hasta que el movimiento grafitero, en la década de los 80, se incorpora dentro de la cultura Hip-hop como uno de sus tres pilares: baile, pintura y música.

     

    Al adentrarse en la cultura Hip-hop, el grafiti empieza a tomar un rumbo artístico: ya no solo bastaba poner tu chapa. Con diseños más complejos, el uso de distintos colores y formas para sus letras, los grafiteros fueron otorgando una identidad única a sus firmas, generando que los simples garabatos que muchas veces se hacían antes, pasaran a ser diseños más complejos que abarcaban más espacios.

     

    Bogotá, capital del grafiti

    Con la globalización del Hip-hop en los 80 y 90, a Colombia llega todo lo referente a esta cultura y se da un particular encaje, pues de la misma forma que se desarrolló en Nueva York, esa necesidad de hacer ver a las personas de bajo nivel socioeconómico. En Bogotá comenzaron a bombardear la ciudad para dar cuenta de que no solo está habitada por gente adinerada, sino que además de ellos, también existen quienes viven del día a día.

     

    Uno de los mensajes más característicos que se logra identificar cómo el boom del grafiti ochentero, fue cuando estudiantes de la Universidad Nacional atendieron el llamado del presidente Belisario Betancur de empezar a pintar palomas por la paz. Pero, justamente, con ese llamado también salió a destacar Luis Keshava Liévano, un grafitero que bombardeó la ciudad con el mensaje: No más paloMAS” refiriéndose al grupo paramilitar Muerte a Secuestradores. De este modo marcó una tendencia en el grafiti colombiano con la inclusión del mensaje político en este estilo artístico, renovando un rasgo que nació en la antigua Roma.

     

    Fotografía y grafiti por Keshava. Tomado de: cartelurbano.com

     

    Durante la época que llega el grafiti a nuestro país, se estaba viviendo una fuerte oleada de violencia. Lops grupos que la protagonizaban también adoptaron el grafiti. El M-19 y otros grupos guerrilleros marcaban su territorio con escrituras en aerosol en las paredes y otras eestructuras.

     

    Para los años 90, en la ciudad de Bogotá, el grafiti empieza a tomar un rumbo diferente, volviendo a su origen neoyorquino. El Hip-hop destaca como una cultura que se populariza en los lugares más vulnerables de la ciudad, siendo las agrupaciones raperas las que empezarían a poblar las paredes de ladrillo con sus chapas.

     

    Este movimiento de las distintas agrupaciones de rap, se distancia del trabajo realizado anteriormente por grafiteros como Keshava, pues, más que dar un mensaje político con sus chapas (aunque aun continuaban contando las realidades de la calle y la falta de apoyo del Estado en sus canciones), marcaban sus barrios de origen, para dar cuenta a las personas de que ellos hacían parte de su comunidad.

     

    Medellín y el grafiti de resiliencia

    En nuestra ciudad, para los años 90, se introdujo poco a poco lo que se había aprendido de la cultura Hip-hop en Bogotá; cultura que fue apropiada , de igual forma, por muchos jóvenes en situación vulnerable en las zonas periféricas, especialmente, la comuna 13. Todo este movimiento del Hip-hop. acompañado por su escena grafitera fue para muchos una forma de escape de la violencia. Un caso conocido de esto es la historia de fundación de la Casa Kolacho en la Comuna 13, el cual sirvió como proyecto social, brindándole a los jóvenes oportunidades diferentes a través del arte; a las ya conocidas, como la violencia.

     

    Entrando en el nuevo milenio, la ciudad vivió una serie de conflictos armados tras los cuales surgieron proyectos sociales en los que el grafiti legal (que a partir de ahora llamaremos muralismo) cobra un protagonismo como atractivo turístico e identitario de zonas como: La Comuna 13, Provenza y Manrique.

     

    Este muralismo que es percibido por las crew  grafiteras como algo que se distancia cada vez más del grafiti. Pero es innegable que ha permitido que esta subcultura del Hip-hop cambie la connotación negativa que muchos tenían de él, para que ahora se le asocie con iniciativas de resiliencia y memoria colectiva. Universidades, barrios, locales comerciales acogen esta forma de arte como parte de su rasgo distintivo.

     

    Este fenómeno urbano ha evolucionado desde sus orígenes ilegales hasta convertirse en una forma de expresión artística ampliamente aceptada y valorada. Hoy en día, el grafiti en Medellín no solo decora las paredes, sino que también cuenta historias, transmite mensajes sociales y refleja la identidad cultural de la ciudad. Su presencia en el paisaje urbano es un testimonio vivo de la transformación y resiliencia de una comunidad que ha encontrado en el arte una poderosa herramienta de cambio social.

  • Del estoicismo y sus daemons: Pablo Montoya habla sobre “Marco Aurelio y los límites del imperio”

    Por: Valeria Hernández Martínez / valeria.hernandezm@upb.edu.co*

     

    El museo MAJA se ha convertido en un espacio lleno de periodistas, quienes esperan a alguna  de las personalidades del arte y la literatura que constituyen el atractivo del Hay Festival en Jericó. Aunque la agenda comenzaba  a las 10:00 a. m., a las 9:55 entró un hombre con pasos lentos pero seguros, haciendo que todas las miradas se posaran sobre él. 

     

    Se sirve un café. Si bien apenas empieza el día, se le nota  cansado. Gesticula usando sus manos con amplitud, bebe sorbos muy despacio y habla con un tono de voz firme que invita a seguir el hilo de su conversación. Se trata de Pablo Montoya, escritor que no está por primera vez en el Festival e incluso menciona que él “debió haber nacido allí”, por el gran aprecio que le tiene al pueblo y a sus personajes históricos. 

     

    Nacido en Barrancabermeja, Santander en 1963, Montoya ha logrado consolidarse como un autor y docente de literatura reconocido en el país. A lo largo de su trayectoria literaria, ha trabajado bajo géneros como la novela, la crónica cultural, el ensayo, el cuento, los poemas e incluso la crítica literaria. Gran parte de su vida y obra se han visto marcadas por los entornos socioculturales que lo rodeaban en Colombia y Francia —lugares donde ha habitado por prolongados periodos de tiempo—, que lo han llevado a ser un gran amante de la historia y del arte en Europa y Latinoamérica. 

     

    Su más reciente novela es Marco Aurelio y los Límites del Imperio, publicada en mayo de 2024. En esta obra, la convergencia entre lo novelesco y los datos del pasado permiten que el lector conozca más a profundidad al emperador Marco Aurelio, quien como gobernante afrontó gran cantidad de vicisitudes, entre ellas, una de las primeras pandemias jamás registradas de la humanidad.  

     

    En vísperas de su participación como panelista en el Festival, Montoya conversó con Contexto sobre los contenidos, aprendizajes y reflexiones de su último lanzamiento, al tiempo que brindó sus puntos de vista sobre asuntos de interés de la sociedad colombiana actual.  

     

     

     

    Usted viene también a hablar de su libro de Marco Aurelio y los Límites del Imperio. ¿Cómo definiría los imperios en la sociedad moderna? 

    En el mundo actual hay formas imperiales, digámoslo así, que persisten.  Por ejemplo, la norteamericana. Aunque no es un imperio —es una república democrática—, su presencia en diferentes partes del mundo actual nos podría hacer pensar que se trata de uno, como bases militares más allá de sus fronteras, o el control social y militar en ciertas geografías. Esos son típicos comportamientos de los imperios de la antigüedad. 

     

    Otro ejemplo: China, que tampoco como tal es un imperio, es una república comunista. Es extraña la definición, pero así es. Y lo que hacen China y Estados Unidos en este momento, es que promueven sus formas de comprender el mundo, sus sistemas de vida y su relación entre las personas a lo largo de la geografía del planeta. 

     

    E inclusive, son dos imperios, entre comillas, “que se enfrentan cotidianamente”. Entonces creo que sí hay una continuidad imperial en la actualidad. Yo creo que la permanencia del Imperio Romano en nuestros días, es el poderío militar que sostienen las naciones, pues es una herencia de Roma. 

     

    En el libro usted cita: “Incluso jóvenes soldados asesinan defendiendo ideas que no entienden”. ¿Usted cómo interpreta esta cita en un contexto más actual, y considera que se aplica a otros conceptos diferentes a la guerra? 

    Esa frase se la atribuyo a un amigo de Marco Aurelio, quien está criticando un poco la forma en que el Imperio Romano se comporta a partir de la guerra. Evidentemente, cuando se ve el nivel intelectual de los soldados que participan en las guerras, es bastante, bastante bajo, puesto que su comprensión de lo que están defendiendo a través de las armas es limitada. 

     

    Yo creo que sí sigue existiendo ese comportamiento de jóvenes soldados que van a la guerra un poco estimulados por dos cosas: uno, por las hormonas. Los jóvenes sienten que hay que gastarlas de cualquier manera. Y dos, la intoxicación por los discursos guerreros pertenecientes a las naciones actuales. Considero que lo ideal sería tener un ejército de soldados cultos, pero si los soldados fueran letrados, yo creo que no serían soldados y no harían la guerra. 

     

    Es una discusión muy grande, porque también hay soldados o militares cultos, leídos y que creen firmemente en la guerra como una manera de defender un patrimonio determinado. Yo, que soy un pacifista convencido, radical y por momentos, vehemente, pienso que hay que desmontar la guerra como sea posible. Debemos inventarnos otra alternativa para resolver los problemas que tenemos, sean políticos, económicos, o hasta religiosos, pero siempre hemos apoyado nuestra defensa de dichas cosas en la guerra. Esto es lo que hay en la novela, esa conversación que hay entre Marco Aurelio y su amigo es justamente eso.  

     

    ¿Qué espera que los lectores reflexionen al leer esta obra? 

    Escribí este libro preguntándome lo qué puede hacer un hombre de buenas intenciones: ¿Cómo puede gobernar en medio de la debacle general? Ahora, eso es lo que hace Marco Aurelio en un momento muy difícil en que había muchos conflictos en el imperio, como cuando tuvo que enfrentar la primera pandemia de la historia de la humanidad, lo que llevó al imperio a comenzar a desestabilizarse completamente.  

     

    Marco Aurelio intentó gobernar en crisis climáticas, trató de frenar la guerra y no pudo frenar ninguna de las dos cosas. Y trató de hacerlo, pero él no resolvió sus problemas, porque no tenía los medios indispensables. Yo creo que nosotros, ahora, sí tenemos medios para al menos enfrentar una gran cantidad de cosas.  

     

    Tenemos la posibilidad de construir sociedades democráticas que puedan convivir en paz y que no utilicen tanto dinero en armas o que patrocinen continuamente la guerra. Hoy en día, existen pequeños países que han logrado construir sociedades más o menos perfectas. El nuestro no ha sido capaz, y lo ideal sería cambiar eso. 

     

    ¿Cómo considera usted que en un país con una historia violenta, como Colombia, se pueda de alguna manera ir educando a los jóvenes para que no piensen en la guerra como una solución? 

    La educación es una ventaja, lo digo como profesor que soy. Si a un niño se le enseña desde la infancia el valor de la paz, lo peligroso de la guerra y se le ayuda a construir espacios sociales de no agresión, de no brutalidad, sería diferente. Ahora, el problema de Colombia, es que es un país donde hay una gran injusticia y desigualdad social. Si se resuelve ese problema, los jóvenes van a tener trabajo, educación, recreación, y no van a tener que buscar el dinero en acciones delictivas. 

     

    Sí, hay que defender la paz, pero hay que defenderla de una manera cívica. Hay que entender que se puede defender de muchas maneras, no con un cañón en la mano. Yo creo que todos tenemos que colaborar para construir ese país “soñado” que aún no tenemos, porque aún estamos divididos por ideas políticas, religiosas, intereses familiares y económicos, pero no pensamos en la colectividad, algo que Marco Aurelio sí hizo, porque para él, un gobernante debe trabajar por el bien común. 

     

    Pasando al contexto de Colombia, ¿a usted le gustaría escribir más sobre el país, o piensa que sus horizontes están más por fuera, en el extranjero?  

    Aunque puede que ya no tenga muchos libros por escribir, yo creo que yo me muevo en los dos ámbitos: local e internacional. He escrito sobre Colombia, la violencia, la Operación Orión, la escombrera… en muchas ocasiones metí la cabeza en la violencia de Medellín y en la desaparición forzada. Son temas muy interesantes para la literatura y creo que los escritores debemos asumir dichos temas, pero es cierto que también me interesan mucho los temas que tienen que ver con el arte, con Europa. 

     

    Acabo de terminar una novela sobre el Bosco, que es un pintor europeo del siglo XV. La novela es sobre él, y pretende ser un libro dedicado al arte. Incluso, considero que él, un escritor como yo, se mueve en los dos terrenos (pintura y escritura). Quizás después vaya a escribir otro libro sobre Medellín, sobre Colombia, vamos a ver qué pasa. 

     

    ¿Cuáles son los aspectos más destacables de la filosofía y las enseñanzas de Marco Aurelio que le fueron útiles a usted en la escritura del libro para su persona? 

    El estoicismo está de moda hoy en día. Toda la gente está leyendo a Marco Aurelio con su libro Meditaciones y buscando qué tomar de ahí. Yo creo que es un libro que enseña y me atrevo a decir que se escribió para no publicarse, sino, que Marco Aurelio lo escribió para sí mismo. 

     

    Por azares de la historia, Meditaciones terminó convirtiéndose en uno de los libros más exitosos de la filosofía. Tiene grandes enseñanzas, y a mí me parece que una de ellas es la fortaleza interior, porque en medio de las dificultades, la enfermedad y los conflictos que hay en la cotidianidad, todo radica en el trato que se tiene con los demás. Siempre hay que mantener, según Marco Aurelio, una actitud de resistencia, serenidad y tranquilidad.  

     

    Los estoicos creían que el ser humano tiene una especie de partícula divina, a la que ellos llamaban daemon, como si se tratase de un espíritu que te fortalece contra cualquier dificultad que se atraviesa, y yo creo que eso es una buena enseñanza para cualquiera.  

     

    Los estoicos también hablaron mucho sobre lo breve que es la vida y de lo necesario que es vivirla con la mayor intensidad posible para aprovechar el tiempo que tenemos, que es muy breve. Es un suspiro, pues uno nace, crece y muere. Y él (Marco Aurelio) dice que lo importante no es vivir 100 años, o 10 o 20… Los que sean, lo importante es vivir con intensidad, con dignidad y siempre buscando el bien. Un bien que no es el bien tuyo, porque el bien tuyo recae fuertemente en los demás 

     

    Estas enseñanzas ayudan mucho a los hombres de hoy en día. ¿Por qué fascina tanto Meditaciones?, me pregunto yo, y eso es porque meditaciones es un libro escrito por un hombre que no te impone una religión ni un dios. Este texto es de un hombre que dice: “Mira en ti mismo como hombre, como mujer, como ser humano. Mira la fuerza que tú tienes en tu interior y que ella te impulse a vivir el día a día de la mejor manera.”  

     

    *Contexto asistió al Hay Festival en Jericó por invitación de Comfama.

  • El arte de ser un bocafloja

     

    Por Isabella González Estrada / isabella.gonzaleze@upb.edu.co*

     

    Aldo Villegas (12 de julio de 1978), conocido artísticamente como bocafloja, es un poeta, artista de la palabra hablada (Spoken Word), Hip Hop y comunicador social mexicano. Es reconocido como el precursor en la utilización de la cultura Hip Hop en Latinoamérica como una herramienta de concientización social y política, especialmente en comunidades marginadas.

     

    Inició su carrera en los años 90 con los grupos Lifestyle y Microphonk, y como solista ha lanzado álbumes como Pienso, luego existo (2003), Jazzyturno (2004) y Existo; dirigió el documental Nana Dijo (2016), un análisis visual sobre la diáspora africana en América Latina y el racismo estructural en la región.

     

    En el Hay Festival 2025 en Jericó, estuvo en conversación con Daniel Rivera Marín, periodista y autor del libro de crónicas “Volver para qué”, sobre su evolución artística y su libro más reciente, Del mondongo al ojalá (2024), en el que reúne microrrelatos, poesía y fotografías. Además, realizó un concierto en el parque principal de Jericó, donde fusionó la palabra hablada (Spoken Word) y el Hip Hop.

     

    En esta entrevista para la audiencia de Contexto tuvimos la oportunidad conversar sobre la importancia del arte urbano en la memoria histórica, los desafíos de ser un artista crítico del sistema y su conexión con América Latina, valorando experiencias descentralizadas como la del Hay Festival Jericó.

     

    ¿Qué es para usted ser un bocafloja?

    Bueno, más que otra cosa es la posibilidad de utilizar el lenguaje y el discurso como una plataforma de comunicación efectiva. Sin restricción o sin límite en el ejercicio expresivo como tal. Bocafloja surgió hace muchos años en una canción cuando, muy al inicio de mi carrera, formaba parte de otros grupos. Después cuando salí como proyecto solista fue que lo utilicé como mi nombre.

    ¿Cómo es ser un bocafloja hoy en día, le ha traído problemas?

    Siempre todo lo que nosotros hablamos tiene un impacto y una implicación. Uno responde, al final del día, a una agenda y uno tiene que asumir ese nivel de responsabilidad y conciencia sobre lo que está diciendo, siempre tiene un peso. Además, que, cuando algo sale de nosotros, una vez que la gente lo escucha, eso que decimos tiene la posibilidad de tener vida propia y ellos pueden hacer una relectura, y no necesariamente corresponde a lo que uno está tratando de comunicar. He tenido experiencias muy positivas, otras no tan positivas, pero ese es el riesgo calculado de hacer el tipo de música que estoy comprometido a hacer.

     

    ¿Cómo llegó a estas otras maneras de expresión artística: la poesía, la literatura y la fotografía?

    Bueno, con la cuestión de la poesía y la literatura creo que hay un vínculo innegable respecto rap, porque como tal tiene en sí mismo una vena literaria y una vena poética. Obviamente, rompe con los estándares clásicos de hacer poesía. Es como un tipo de poesía que está vinculada con otro tipo de experiencias y con otro tipo de ejecución. Rompe un poco con lo, a veces, demasiado soberbio y soso que pudiera ser la poesía clásica.

    Pero el explorar otros formatos como la fotografía, el cine documental o los proyectos literarios tiene que ver con la necesidad de igual comunicar a públicos más amplios y hacer notar que nosotros también podemos producir en ese tipo de espacios. O sea, que la poesía no es una práctica limitada a los grandes eruditos de la poesía clásica y toda esa historia. También hay poesía en todos lados.

    ¿Cuáles han sido como para usted esas influencias o esos exponentes que lo llevaron a converger como tantos formatos en lo que usted expresa?

    Yo leí grandes influencias, que son autores del Caribe, como Frantz Fanon y Walter Rodney enfocados en la producción artística y cultural del sur global como una experiencia epistémica; también James Baldwin de los Estados Unidos. Mucha de la literatura negra del mundo ha sido superimportante en mi formación intelectual y poética, incluso, la misma música, el mismo rap también me introdujo a un montón de experiencias discursivas y literarias que me obligó a investigar este tipo de cosas.

    En Medellín, Colombia, el mural titulado “Las Cuchas Tienen Razón” fue creado por colectivos artísticos para rendir homenaje a las madres buscadoras, mujeres que han dedicado sus vidas a encontrar a sus seres queridos desaparecidos durante el conflicto armado. Este evento reabrió el debate sobre el papel del arte urbano en la construcción de memoria histórica y su capacidad para desafiar las narrativas oficiales. ¿Cómo ve usted el papel del arte urbano, como el grafiti y el muralismo, en el contexto latinoamericano para desafiar narrativas hegemónicas y preservar la memoria histórica?

    Tiene que ver con la necesidad de ocupar el espacio público como un derecho social humano básico. Es la posibilidad de comunicar y utilizar el espacio público para plasmar una idea que impacte de forma colectiva el tejido social. Entonces creo que un muralista requiere de ese tipo de ejercicios que pueden implicar transgresiones a nivel sistémico.

    El hecho de que haya una reacción por parte de la comunidad para volverlo a pintar habla ya de un proceso de organización política. Ahí ya hay un montón de valor, porque políticamente se están organizando para utilizar el arte como un vehículo para llevar un mensaje.

    Y lo más interesante que a mí me parece de todas esas experiencias es no solo los artistas o la comunidad directamente relacionada con los muralistas que vean en esa pieza, sino personas que van caminando que no tienen quizás conocimiento de lo que está sucediendo y que gracias a ese impacto visual empiezan a hacer un ejercicio crítico de cuestionamiento sobre qué es lo que está pasando. Ahí ya hay un proceso de politización, creo que eso a mí es lo que más me gusta y le encuentro el valor.

    ¿Cuáles son los desafíos de ser un artista que incomoda al sistema?

    El desafío es a veces sentirte periferizado: la exclusión, la falta de acceso, la falta de visibilidad, la distribución desigual de poder, de acceso de todo en todos sentidos. No es algo fácil, no es algo sencillo.

    Por eso yo soy un firme creyente que es importante no solamente buscar la ruta de la hegemonía para ocupar ciertos espacios, sino crear nuevos modelos de acceso al poder. Una lógica distinta que busque otras rutas, que no busca ocupar, necesariamente, esos espacios hegemónicos o como se dice popularmente, no obsesionarnos en querernos sentar en la mesa de ellos, sino en crear nuestra propia mesa y dialogar a partir de esos otros espacios.

     

     

    A pesar de que radicas en E.E.U.U, ¿por qué América Latina es tu fuente de inspiración?

    Yo creo que eso es parte de mi identidad, de alguna manera. Creo que América Latina como región está hermanada también con un montón de otras experiencias del sur global. A veces cuando he tenido la oportunidad de estar, por ejemplo, como en el norte de África, Egipto, en Marruecos, veo que al final del día somos como la misma gente. Por ejemplo, cuando viví en Nueva York, mi forma de navegar el espacio era, prácticamente, con todas las comunidades migrantes. Es como una manera de sentirte en casa fuera de casa, creo que es parte del del compromiso histórico que vamos cargando hacia donde nos movamos.

    ¿Qué se lleva de Jericó?

    Me gustaron muchas cosas, sobre todo, me pareció superinteresante el hecho de que las actividades se dieran en el contexto del centro de la ciudad, un espacio público donde las familias están caminando, es como una experiencia intergeneracional, eso es superlindo.

    Es un lugar superbello, la comunidad parece ser muy receptiva, muy abierta. Y sobre todo creo que lo que más me llevo es la posibilidad de haber experimentado este ejercicio de descentralizar el arte y la cultura, el hecho de que solo se quede restringido al a los grandes enclaves citadinos. O sea, como pensar que el arte colombiano es Bogotá, Medellín y Cartagena, sino que hay un montón de otras cosas pasando en otros espacios que traen otras narrativas, otro ímpetu, otra energía y eso para mí es mucho más valioso, mucho más este atractivo y más inspirador.

     

     

     

    *Contexto estuvo en el Hay Festival Jericó 2025 por invitación de Comfama a medios universitarios de Medellín.

     

  • Trabajar por los sueños, así no se cumplan en vida: el activismo y las letras de Gioconda Belli

    En el Hay Festival Jericó, conversamos con Gioconda Belli sobre el contexto actual de la región y las resistencias latinoamericanas, su obra, y cómo esta va de la mano con su labor activista en Centroamérica.

     

    Esta entrevista es un trabajo en conjunto entre Contexto (UPB), Bitácora (EAFIT) y De la Urbe (UdeA) como parte del cubrimiento de medios universitarios al Hay Festival Jericó 2025, con el apoyo de Comfama.

     

    Valeria Hernández Martínez (Contexto), Natalia Penagos Mesa (Bitácora) y Santiago Bernal Largo (De la Urbe).

     

    El calor en Jericó golpea con fuerza a los más de 13.000 asistentes del Hay Festival 2025, el cual se realiza hace siete años en este municipio del Suroeste antioqueño. El sol se filtra por el pozo de luz del museo MAJA, donde se reúnen periodistas de un sinnúmero de medios de comunicación que esperan su turno para entrevistar a los invitados de la jornada: escritores, artistas y periodistas que se sientan a conversar y cuestionar.

     

    Es inevitable notar la presencia de una imponente mujer en el recinto. Su larga y frondosa cabellera clara resalta en su vestimenta oscura, y un par de lentes de sol adornan su rostro mientras cruza las piernas y bebe un poco de café. Habla en un tono bajo, casi como si sus respuestas fueran un secreto entre ella y el entrevistador. Hace señas para invitarnos a pasar junto a ella en una pequeña mesa y agradece nuestra presencia conjunta. Así empezó nuestra conversación con Gioconda Belli.

     

    Poeta y novelista nicaragüense que, durante la dictadura de Anastasio Somoza, en los años setenta, hizo parte de las filas del Frente Sandinista de Liberación Nacional, lo que la llevó a ser perseguida. Tras el triunfo de la revolución Sandinista hizo parte del Frente de Liberación Nacional de Nicaragua, pero se separó de este en 1993 y tomó una postura crítica frente a las políticas del gobierno. En 2021 se exilió en España y en 2023 la dictadura de Daniel Ortega y Rosario Murillo le quitó su nacionalidad, por lo que adoptó la chilena en ese momento, y posteriormente, en 2024 la española.

     

     

    Su obra, influenciada por sus experiencias como activista y marcada por el ambiente político tan complejo de Centroamérica, abarca el feminismo y las luchas por la justicia social. Estas son algunas de las reflexiones que deja Gioconda frente al panorama actual de América Latina al que se enfrentan jóvenes escritores.

     

    Partiendo de la realidad latinoamericana y más específicamente de lo que pasa en Centroamérica, ¿cómo ha influido eso en su obra como escritora?

     

    Yo siempre les recomiendo a los que quieren escribir que lo primero que tienen que hacer es vivir. Entonces, mi trabajo está inspirado en lo que yo he vivido. ¿Y qué es lo que yo he vivido como latinoamericana? Viví una época muy tormentosa, una época de muchos cambios que fueron los 70, los 80, los 90… y entonces esa vivencia me ha dado la clara idea de que en América Latina todavía estamos en cambios geológicos, que todavía estamos en erupción, hay magma.

     

    Todavía estamos en desarrollo y tenemos procesos bien complicados, pero también tenemos pueblos que son maravillosamente ingeniosos, inteligentes y que saben lo que quieren. Entonces pienso que es un reto para la estructura que hay en la mentalidad política de América Latina y que todavía le falta evolucionar mucho.

     

    De la mano de toda esa influencia, ¿qué implican para usted, como mujer, todas esas realidades y todas esas vivencias al momento de escribir?

    Bueno, es que me inspiran. Porque la poesía para mí es mágica, es como un algo que se va alimentando de mi propia experiencia y de repente quiere salir en forma de palabras. Entonces, en ese momento lo escribo. Pero, claro, ¿qué implica para mí? Implica tener un corazón, tener la capacidad de sentir y de tener empatía de lo que está pasando. Y eso es una cosa que no se las puedo explicar. La razón que es el detonante para mi literatura creo que ha sido la lectura en gran parte. Todo lo he tenido que experimentar, y creo mucho en la capacidad de la palabra para cambiar el mundo.

     

    Precisamente, ya que hablamos un poco de ese papel, del contexto social y político de Latinoamérica, desde su perspectiva como mujer y como activista, ¿qué papel juega la literatura en la construcción de identidades femeninas y en la lucha contra los estereotipos de género?

    Juega un papel sumamente importante, porque, además, las mujeres jóvenes la tienen que seguir haciendo. Y para que persista, también tienen que seguir esa revolución personal, porque ahorita la mujer está sujeta a un montón de demandas consumistas de la sociedad que no nos quiere dejar avanzar, nos tiene miedo.

     

    Entonces, las mujeres tienen la responsabilidad, para mí fundamental, de lo que va a pasar en el futuro en América Latina. Porque si cambia la relación hombre-mujer, va a cambiar la cultura. Y eso es lo que tenemos que hacer que cambie, porque todavía existe esa dominación, esa subordinación de la gente tiene que ver con esa primera subordinación y explotación que es la de la mujer.

     

    ¿Cómo cree que su obra ha contribuido a visibilizar esas experiencias de mujeres tanto de Nicaragua como de toda América Latina?

    Yo no soy quién para decir cómo ha contribuido, pero sí siento que mis lectoras y mis lectores me han apreciado. Me lo dicen con mucha frecuencia, que lo que yo he hecho les ha hecho sentirse de otra manera, que les ha hecho percibirse a sí mismos de otras maneras. Por ejemplo, los hombres ven a las mujeres de otra manera porque mi posición feminista no es contra los hombres, sino es más bien invitarlos a cambiar el mundo con la mujer. Porque parte de todo lo que nos pasa tiene que ver con esa lucha.

     

    ¿Cómo ha sido para usted esa combinación que tiene el activismo feminista y político junto con sus creaciones literarias y de qué manera usted piensa que eso puede impactar a sus lectores?

    A mí me parece que el activismo y mi actividad política tiene que ver con quién soy. Yo soy un animal político. Todos somos y todos estamos vinculados a la política, porque es lo que pasa alrededor nuestro y no podemos vivir ignorantes a lo que nos pasa y de la responsabilidad que tenemos de lo que pasa en cercanía nuestra.

    Yo creo que muchos nos refugiamos en la indiferencia, en la apatía, en pensar que no podemos cambiar el mundo… y les voy a decir un dicho que es fantástico: “si crees que sos muy pequeño para cambiar el mundo, nunca has estado en la cama con un mosquito.” Y es verdad, si uno pica, pica y pica… Lo que pasa es que queremos resultados demasiado rápido.

     

    Hay que tener la paciencia para darse cuenta de que la historia es muy larga, que los procesos históricos son muy largos y que nuestros sueños a lo mejor no se van a cumplir en nuestra vida, pero que, si se van a cumplir, tiene que ser porque nosotros vamos a trabajar por ellos desde ahora.

     

  • 40 años de la señal que nos cambió la vida

    La televisión colombiana acaba de cumplir 70 años. En 2025 es el momento de celebrar 40 años de televisión regional en el país, con Teleantioquia, más precisamente, señal pionera que hoy busca alternativas de expansión.

     

    Por Mariana Giraldo Correa / mariana.giraldoc@upb.edu.co

     

    La televisión colombiana ha sido un hito en el desarrollo socio-cultural, político, económico y tecnológico del país, marcando un antes y un después en la forma en que se comunican e informan las comunidades. Desde sus inicios, ha reflejado y moldeado la identidad nacional, sirviendo como un espejo de las realidades sociales y como motor de cambio en los procesos educativos, culturales y de participación ciudadana. 

     

    El domingo 13 de junio de 1954 a las 7de la noche, se realiza la primera transmisión televisiva, en la que se usaron equipos de transmisión alemanes y cámaras estadounidenses, en una producción a blanco y negro en la que el teniente general Gustavo Rojas Pinilla se dirigió al pueblo colombiano en honor a uno de los eventos de la “Fiesta Cívica Nacional”, que se preparaba en homenaje a su primer año en el poder. La transmisión no sólo representó un avance técnico, sino que también significó un paso simbólico hacia la modernización del país. Colombia, al unirse al selecto grupo de países latinoamericanos que ya contaban con esta tecnología, empezaría a recorrer un camino que transformaría para siempre la manera en que se informaba, educaba y entretenía a su población. 

     

     

    A medida que la televisión se expandía por el territorio colombiano, su impacto se hizo notar en distintos aspectos de la vida diaria. Luis Fernando Gutiérrez Cano, docente investigador de la Universidad Pontificia Bolivariana, enfatiza en el impacto inicial de la televisión en Colombia desde su llegada en 1954, destacando, desde otra perspectiva, cómo “transformó el consumo de información y entretenimiento al centralizar estos medios en el hogar, además de ofrecer programación educativa y cultural, aunque limitada en su capacidad pedagógica”. En este contexto, se reconoce que la primera transmisión posicionó a Colombia como un pionero precursor en la región de Antioquia, introduciendo una herramienta poderosa para la modernización y el acceso a la información​. 

     

    Esa capacidad de transmitir imágenes en tiempo real, produjo que las noticias llegarán a los hogares a una velocidad sin precedentes, cambiando la forma en que la ciudadanía se relaciona con la actualidad nacional e internacional. Programas de entretenimiento, telenovelas y contenidos educativos se convirtieron en parte integral de la cultura popular, a lo largo y ancho del país. De otra parte las noticias llegaban al público a través de  noticieros cinematográficos, lo que implicaba largos tiempos de espera, dado que las filmaciones debían ser procesadas y distribuidas físicamente. La llegada de la televisión revolucionó este modelo al acortar significativamente los tiempos de difusión.  

     

    Los noticieros televisivos de la época combinaban imágenes pregrabadas con narradores en vivo que relataban los hechos desde los estudios. Este avance técnico no solo aceleró la difusión de noticias, sino que también transformó el formato y la narrativa, adaptándose a la inmediatez y el lenguaje visual de la televisión. En Colombia, la aparición de programas como El Reportero Esso consolidó esta nueva forma de informar, conectando al público con los acontecimientos de una manera más directa y transformando la televisión en una herramienta clave para la comunicación masiva. 

     

    Teleantioquia: ventana regional hacia el mundo 

     

     

     

    La creación de Teleantioquia, el primer canal regional de Colombia, fue el resultado de un esfuerzo conjunto liderado por personalidades influyentes de Antioquia, tanto del ámbito político como cultural. Gobernantes locales, como los integrantes de la Asamblea Departamental de Antioquia, jugaron un papel crucial en gestionar los recursos y las autorizaciones necesarias para este proyecto. La iniciativa también recibió apoyo del Ministerio de Comunicaciones y de figuras clave en el gobierno nacional, quienes vieron en este canal una oportunidad para descentralizar la televisión colombiana, hasta entonces dominada por emisoras de Bogotá, puesto que antes de la creación de este canal regional, compañías como Producciones PUNCH y RTI Colombia operaban en franjas horarias asignadas por el Estado, pero la programación y el control de contenidos seguían siendo dominados por los canales nacionales.

     

    Dicho proceso implicó debates en la Asamblea Departamental, donde se promovió la idea de un canal que reflejara las necesidades y la identidad cultural de Antioquia. Finalmente se formalizó la constitución del canal,  Teleantioquia, como el primer medio regional de televisión en Colombia. Este avance requirió una inversión inicial de 100 millones de pesos y dos pasos fundamentales: la firma de las escrituras y la creación de la sociedad de Televisión de Antioquia. 

     

    El proyecto contó con el respaldo crucial de la ministra de Comunicaciones, Noemí Sanín, y del ex-presidente Belisario Betancur; ambos antioqueños y comprometidos con la descentralización de los medios en el país. Tras meses de preparación y organización, el canal inició transmisiones el 11 de agosto de 1985, una fecha elegida simbólicamente por coincidir con el aniversario de la independencia de Antioquia, consolidando así su identidad regional desde su lanzamiento. 

     

    El Asesor Urquijo Morales afirma que esa primera transmisión por Teleantioquia “fue y es un hito importante en la región, en la cultura, en la identidad, en la representación de los grupos sociales de las regiones; es un impacto muy grande que tenemos que ver no a la luz de ahora sino a la luz de lo que había en ese momento, que eran dos canales centrales, estatales que, aunque Teleantioquia es estatal; eso generó la primera vitrina que tienen las regiones para mostrar sus propias identidades y de aquí en adelante se formaron los otros siete canales regionales”. 

     

     

    Este canal permitió la producción de contenidos locales que abordaban temas específicos de la región, como su historia, costumbres y realidades. Además, su creación inspiró la formación de otros canales regionales en Colombia, lo que trajo una mayor diversidad en la oferta televisiva y reflejó las particularidades de cada zona del país. Las producciones locales , que han contribuido a reflejar la identidad cultural de Antioquia, incluyen dramatizados como Cosiaca, una serie que a la fecha se encuentra en producción y que busca recrear la vida y obra de un personaje emblemático antioqueño de finales del siglo XIX. Este proyecto, respaldado por una inversión significativa del Ministerio TIC, es un ejemplo del compromiso del canal con la calidad narrativa y visual, al tiempo que resalta aspectos históricos de la región. Igualmente, programas como Serenata, Venga a mi pueblo, De fiesta por Antioquia y El Taller han destacado por su enfoque en las tradiciones y eventos locales, fortaleciendo el sentido de pertenencia y el reconocimiento de las raíces culturales entre los antioqueños.  

     

    Este impulso en las comunicaciones también estimuló el desarrollo de la industria audiovisual en Colombia. Los avances tecnológicos se complementaron con la creación de talentos locales, que con el tiempo no solo influirían en el contenido nacional, sino que también tendrían un impacto en las producciones internacionales. El asesor de la comisión de regulación de comunicaciones (CRC) en el área de contenidos audiovisuales, Sergio Andrés Urquijo Morales, menciona que: “Los canales regionales están haciendo un esfuerzo muy grande por proyectarse y Teleantioquia también es un pionero en esto, junto con otros canales como Telepacífico y Canal Capital, por proyectarse a las nuevas plataformas, a los nuevos servicios audiovisuales, a las redes sociales, a las nuevas audiencias y eso es muy difícil, es un gran desafío, porque la televisión abierta y la regional específicamente la tenemos muy identificada con poblaciones mayores o adultas, entonces digamos que el desafío es vencer esa idea que se tiene de lo regional como algo para personas más tradicionales y encontrar un nicho importante en la juventud y en las nuevas generaciones, y eso pasa por las nuevas plataformas y los servicios”. 

     

    Alternativas a futuro 

    Actualmente, Teleantioquia continúa en evolución para convertirse no solo en un referente de la televisión regional, sino en un pionero de la convergencia entre los medios tradicionales y digitales. Hoy en día, el canal ha logrado expandir su alcance más allá de la televisión convencional, gracias a la incorporación de plataformas digitales como Teleantioquia Go, que permite a los antioqueños acceder a contenidos locales desde cualquier lugar, en cualquier momento. Esta evolución también se ve reflejada en el impulso de producciones locales que no solo mantienen la esencia de la región, sino que amplían las posibilidades de consumo de contenido en línea. 

     

    A través de sus redes sociales como Facebook, Instagram, X y YouTube, Teleantioquia facilita la interacción directa con su audiencia, lo que le ha permitido fortalecer su vínculo con el público, atraer nuevas audiencias y diversificar su oferta. 

     

    El docente Luis Fernando Gutiérrez Cano destaca que la televisión en Antioquia “debería enfocarse más en representar a diversos sectores sociales y minorías de la región, incluyendo campesinos, afrodescendientes e indígenas, para ofrecer una imagen más completa de la realidad antioqueña actual”. Aunque reconoce el rol de Teleantioquia en fortalecer la identidad regional, señala la falta de representaciones amplias y contenidos que resuenen con todas las comunidades y generaciones. Para asegurar la sostenibilidad del canal, Gutiérrez propone invertir en contenidos innovadores que capten el interés de las nuevas generaciones y reflejen sus realidades, además de incorporar espacios de co-creación juvenil que revitalicen la programación frente a la competencia global. 

     

    En la misma línea, Sergio Andrés Urquijo Morales resalta la importancia de incluir a las nuevas audiencias en los procesos creativos, afirmando que “no se trata solo de decidir qué hacer para los jóvenes, sino de traerlos al proceso, junto con representantes de redes sociales y plataformas, para entender qué quieren ver y cómo lo quieren consumir”. Además, subraya la necesidad de abarcar a toda la población, involucrando a grupos étnicos, rurales, y especialmente a niños y adolescentes, quienes frecuentemente no encuentran contenido que les interese en televisión. “Esta audiencia, aunque más digital, no rechaza la televisión; simplemente no ve propuestas pensadas para ellos”, afirma. Urquijo también enfatiza el potencial de formatos como concursos, desafíos y retos, así como la integración de contenidos educativos y de interés general adaptados a redes sociales y transmedia. Así mismo, resalta que, la atención a una audiencia adulta no debe descuidarse, pues representa una fortaleza de los canales regionales. “Esa audiencia merece ser entendida y atendida. No es una debilidad, es una gran fortaleza”, afirma. 

     

     

    El periodismo y las noticias son pilares fundamentales para informar a las audiencias, independientemente de su contexto. Noticieros como Teleantioquia Noticias  siguen siendo una fuente confiable de información para los antioqueños, con un enfoque regional que abarca temas locales, nacionales e internacionales. Por su parte, una propuesta local como el programa Nos Cogió la Noche, emitido por el canal privado Coosmovisión,  demuestra la importancia de espacios para el análisis y debate de temas de interés público, política y sociedad, fomentando la diversidad de voces y perspectivas. Además, la programación cultural y deportiva mantiene un fuerte vínculo con la identidad regional, destacándose eventos como la Feria de las Flores, que continúan siendo ampliamente populares. 

     

    Pero la televisión regional enfrenta retos económicos y tecnológicos significativos. Según el docente Luis Fernando Gutiérrez Cano, no es un secreto que Teleantioquia depende, en gran medida, del presupuesto estatal y “necesita innovar para atraer nuevas audiencias en un panorama dominado por la cibercultura y las plataformas de streaming”. Así mismo, el asesor de la CRC Urquijo Morales señala que: “La regulación actual no tiene competencia sobre lo digital” y explica que esto limita el aprovechamiento de servicios como plataformas OTT y medios digitales. Urquijo señala que la ley TIC de 1978 no consideró adecuadamente estas nuevas herramientas, dificultando el desarrollo de estrategias digitales para maximizar el impacto de Teleantioquia. 

     

    A pesar de estas limitaciones, Urquijo también destaca que los avances como la resolución 74-23 de 2024, “buscan reducir la carga regulatoria del canal, permitiendo mayor autonomía en la comercialización de sus contenidos y flexibilizando las repeticiones de programas. Esto no solo genera más ingresos, sino que también brinda a Teleantioquia oportunidades para reestructurar su programación y adaptarse mejor a las demandas de sus audiencias”. 

     

     

     

    El reto de la financiación 

    Gabriel Levy, asesor del Ministerio de Tecnologías de la Información y las Comunicaciones, subraya que en cuanto al financiamiento, Teleantioquia enfrenta desafíos para mantener una sostenibilidad estable. Para 2024, el canal tenía un presupuesto proyectado de 113,560 millones de pesos, con una asignación del Fondo Único de Tecnologías de la Información y las Comunicaciones (FUTIC) que representa un 13.5% de los recursos asignados a los operadores públicos. A pesar de este apoyo, Levy explica que el fondo es “medianamente concursable”, con un mínimo garantizado para cada canal y el resto distribuido según el desempeño. De los 250 mil millones de pesos disponibles anualmente, la mayor parte se destina al Sistema de Medios Públicos Nacional, mientras que los canales regionales reciben entre 9 y 15 millones de pesos para la producción de contenidos. 

     

    Sobre la expansión de contenidos digitales el asesor Levy también destaca que las estrategias deben implementarse de manera adecuada para que los medios, incluido Teleantioquia, funcionen de manera más expansiva y eficaz. No obstante, también asegura que “la esencia de Teleantioquia, su ADN, no debe perderse. Para lograrlo, es necesario innovar en los formatos y narrativas, adaptándolos a cada plataforma”. Según Levy, “la Transmedialidad sería la solución más adecuada, porque permite que las piezas se expandan conforme a la lógica de cada plataforma, sin que la pantalla principal de televisión pierda la esencia de lo que es”. 

     

    Teleantioquia sigue siendo una fuerza vital en la cultura y la información de la región y con su enfoque en la innovación digital, la producción de contenido local y la cobertura de eventos regionales, el canal se adapta continuamente a las demandas del mercado mediático actual. Como lo destaca Gabriel Levy, asesor del MinTic: “Uno observa que Teleantioquia es el canal que más aceptación tiene. Por supuesto, esto varía entre administraciones, pero en general, se ha mantenido como el canal regional que más se ve en su propia región. Y eso responde también a un sentido de regionalismo fuerte que tienen los ciudadanos”. Esa fortaleza a través de los años demuestra que los antioqueños se sienten orgullosos de su canal. 

  • Un viaje al pasado del Perro Negro

    Un nombre célebre hoy, en tiempos de la “capital mundial del reguetón”, lo fue también en los primeros años de la “bella villa”, en tiempos del viajo Perro Negro. Las plazas de mercado, el licor, las balas y los bailes convivían en un mismo sitio al ritmo de Carlos Gardel y Daniel Santos. Un recorrido histórico de la mano del testimonio del periodista y escritor Reinaldo Spitaletta.

     

    Por: Juan Felipe Ruíz Ríos / juanfelipe.ruiz@upb.edu.co

     

    En la primera mitad del siglo XX, Medellín y Colombia vivieron grandes cambios en su infraestructura y en su crecimiento a nivel territorial y económico. El surgimiento de las diferentes comunas en la ciudad de Medellín, la llegada del Ferrocarril y la consolidación de muchas de las grandes empresas del país como Postobón, Fábrica de Licores de Antioquia, Coltabaco, etc. El auge de industrias como la minería influyó en los espacios y en las características de la ciudad, por ejemplo, la Plaza de Cisneros, que recibió a muchas personas que migraban de otros lugares del país. Hubo un lugar que presenció todos estos cambios, desde el abastecimiento de los comerciantes y obreros, hasta la diversión de los ciudadanos; a continuación, su historia.

     

     

    Abierto en 1917, Perro Negro era, en un principio, una tienda de abarrotes donde se vendía dinamita, escopetas, revólveres, y quienes venían de paso, podían tomarse unos aguardientes y seguir su camino; es más, en un inicio el lugar no tenía ese nombre. Surgió en la Plaza de Cisneros, ubicada en la zona de Guayaquil, en donde queda actualmente el Edificio Vázquez. Aquí durante estas épocas, los comerciantes iban y venían, bajaban mercaderes de los pueblos, salían los ciudadanos a abastecerse y, en general, era una zona con una gran afluencia de personas, esto gracias al ferrocarril que contribuía a que se viera este movimiento.

     

    Esto dijo el escritor y periodista Reinaldo Spitaletta: “Arturo Velázquez, el dueño de Perro Negro, antes de crear el bar tenía una tienda donde vendía un montón de mercancías, pero una particularidad es que también vendía municiones. Medellín era una tierra de cazadores y se vendía todo tipo de armamento como escopetas, dinamita y balas.” 

     

    Con la llegada de empresas mineras extranjeras al país, principalmente desde Europa; hizo que varios sitios de la ciudad comenzaran a vender productos con alta demanda como la dinamita, y Perro Negro no fue la excepción. Los mineros y demás personas compraban lo necesario y, como en aquel entonces las distancias se hacían más largas, Medellín y la zona de Guayaquil era un lugar de paso para los forasteros que iban a trabajar a las minas y solamente se abastecían y buscaban divertirse un rato con un par de copas.

     

    La minería en Antioquia fue tomando fuerza desde el siglo XIX, principalmente por la fundación de la Sociedad Minera “El Zancudo”, que permitió la explotación de diversos recursos minerales como lo es el oro, ya que gracias a “El Zancudo” se crearon empresas como la Frontino Gold Mines en el municipio de Segovia, que se financiaba de capital inglés y francés. La magnitud de esta sociedad minera era tanta que, incluso, tuvo su propio banco en el año 1887, en su época de mayor bonanza; según un capítulo del programa Nuestra tierra, memorias pendientes. Del canal Teleantioquia.

     

    Por otro lado, en el siglo XX y de la mano de la construcción del Ferrocarril de Antioquia, la minería en Antioquia se expande a extraer materiales diferentes al oro, como el cemento, con la creación de la Compañía Cementos Argos en el año 1934, que contribuyó a la expansión y explotación económica de este producto. Todos estos cambios y los auges de estas industrias protagonizaron que, no solo los más importantes comerciantes, sino que, de mismo modo, los obreros de las empresas emergentes pasaran por el sector de Guayaquil, siendo así una zona de dominio popular. Todo esto según un artículo de La red cultural del Banco de la República

      

    ¿Por qué se llamó Perro Negro?

    “A mí me contaron la historia que Arturo Velázquez, de cuando en vez se quedaba bebiendo hasta las altas horas de la noche en su local. Un día, mientras iba para su casa, cuentan que se encontró con un perro negro que le mostró los dientes y le gruñó pegándole una asustada muy verraca. Llegó a su casa y le contó a su esposa lo que pasó con el perro a lo que ella le dijo “Es que vos sos muy malo vendiendo esas municiones pa’ que se mate la gente. Eso fue el diablo que se te apareció”. Entonces él se quedó pensando y le puso de nombre al local Perro Negro convirtiéndolo en un bar”, comentó Reinaldo Spitaletta.

     

    Evolución urbana

    La ciudad con el tiempo cambió su infraestructura, se empezaron a construir barrios al oriente y al occidente, en los cuales empezaron a migrar las personas que vivían en el centro. Barrios como Castilla, Manrique, Robledo y San Javier durante los años 40 empezaron a poblarse; así, creció Medellín en todos sus extremos, ubicándose la zona céntrica como un lugar de comercio, turismo y, obviamente, ocio. Perro Negro comenzó a ser reconocido como una cantina, más que como una tienda de abarrotes. Pero no fue hasta el año 1955 que éste se convirtió oficialmente en bar, según una nota que realizó el periodista Mauricio López Rueda.

     

    El lugar continuó vendiendo dinamita y algunas armas bajo cuerda, pero el negocio de cantina funcionaba, mucho más con la construcción de lugares como el Hotel Nutibara y el aeropuerto Olaya Herrera, que aumentaron la llegada de turistas a la zona y atraían a la clientela al sitio.

     

    “El bar fue cogiendo fama por muchas cosas, buenas y malas. Ahí se armaban peleas y el bar era muy peligroso, entonces fue teniendo una imagen medio prohibida y de lugar maldito. Entonces ese era una especie de “prueba de hombría y de valentía” para muchos malevos, porque en el imaginario de la gente se creía que allá solo entraba el que fuera capaz de tener riñas con el que fuera”, declaró Spitaletta.

     

    Periodo de decadencia 

    Perro Negro mantuvo sus puertas abiertas durante un buen tiempo, fue testigo de la llegada del narcotráfico a Medellín, ésta no vino sola, durante la década de los sesenta y setenta, la zona de Guayaquil y Medellín en general se llenaron de inseguridad, espantando a los clientes y a los pocos que aún vivían en el sector. El bar presenció también el ascenso y caída del Cartel de Medellín, incluso se llega a comentar que Pablo Escobar llegó a frecuentar el sitio.

     

    Y así fue como Perro Negro vivió gran parte de las épocas de la ciudad, desde sus inicios, sus momentos más violentos y los más prósperos. El bar cerró en 1997 por situaciones económicas y por el deterioro del propio Edificio Vázquez.

     

    Según Reinaldo Spitaletta: “En esa época el edificio se estaba cayendo. Era una mezcla de muchas cosas, había inquilinatos, prostíbulos de mala muerte y oficinas de sicariato gracias a esos tiempos que vivió Medellín.”

     

     

    Por medio de la ley 397 de 1997 se dio el proceso de declaratoria de bienes de interés cultural de carácter nacional a los edificios Vázquez y Carré, lo cual inició una restauración de los lugares de la mano de Comfama y otras entidades, llevándose así por delante al bar Perro Negro. Comfama manejó el lugar durante un tiempo, realizando varias actividades para los beneficiarios de la caja de compensación. Sin embargo, en el año 2021 el lugar pasó a dominio de la Alcaldía de Medellín, pero se siguen realizando actividades a nivel cultural de mano de la Secretaría de Cultura y otras entidades que tienen actividad en el sitio.

     

     

     

    La importancia de Perro Negro es vigente hasta la actualidad, ya que existe una discoteca en el sector de Provenza, en El Poblado, que tiene el mismo nombre y ha tomado fama últimamente. No obstante, siempre será importante recordar los orígenes de los lugares representativos que ha tenido Medellín a lo largo de la historia, lugares como Perro Negro, que vio crecer a una ciudad en todas sus facetas, desde la prosperidad, la pobreza y la violencia, vio pasar a gente de toda categoría y almacenará historias que quedarán guardadas en la memoria de los ciudadanos.

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  • Con retoques con sal de mar: postales de Santa Cruz de Islote

    Por Valeria Hernández Martínez / valeria.hernandezm@upb.edu.co

     

    Las lanchas llenas de turistas desembarcan en un pequeño muelle de tablas de madera levemente separadas que permiten ver hacia abajo un mar cristalino y lleno de diminutos peces. Los clavos carcomidos por la humedad y el salitre adornan y mantienen en pie los pocos metros de la plataforma, en cuyo final hay una persona entregando recortes de fomi rosado que cumplen el rol de boleta de entrada a Santa Cruz del Islote, la isla artificial más densamente poblada del mundo. 

     

     

    Se trata de una isla perteneciente al departamento de Bolívar –a pesar de situarse más cerca de Sucre–, cuyo nombre real es Isla de San Bernardo. Mide 10.000 metros cuadrados y, a junio de 2024, cuenta con 816 habitantes: 99 familias, 146 viviendas, una institución educativa, un puesto de salud, cuatro tiendas, diez calles y una iglesia conforman la pequeña, pero unida comunidad del islote.  

     

    Cindy Morelos es una de las 28 guías turísticas de la isla y es quien acompañará el recorrido de mi grupo el día de hoy. Nos saluda jovialmente, mientras dejamos atrás en el muelle a aquellos turistas quienes no tuvieron interés en descender de sus lanchas. Cindy comienza el recorrido hablando sobre la información básica del islote, añadiendo que es importante consultar con las personas y niños antes de tomar fotografías con sus rostros.  

     

    Dirige al grupo a una pequeña plaza, de, aproximadamente, no más de dos metros cuadrados, situada en frente del Centro Educativo Santa Cruz del Islote, en el cual cursan 225 estudiantes. Un par de niños corretean, cuchichean y ríen por lo bajo entre sí al acercarse juguetonamente al que seguramente era uno de los muchos grupos de turistas que ven a diario usando sombreros ostentosos, gafas oscuras y trajes de baño. El chancleteo proveniente de su juego de fútbol se hace cada vez menos audible mientras se quedan quietos para escuchar a Cindy contar aquella historia que ya saben de memoria. 

     

    “Contábamos con un conjunto de paneles solares, pero en estos momentos se encuentran dañados, así que en horas de la tarde, usamos motores. Se prenden desde las 6 de la tarde hasta las 6 de la mañana al día siguiente”, comenta Cindy. No puedo evitar notar que de su cuello cuelga un delicado collar dorado con su inicial. Se acomoda un poco el cabello antes de proseguir: “En el tema del agua, cuando estamos en escasez, nosotros mismos nos encargamos de recoger el agua directamente desde Cartagena. Una empresa (Veolia) tiene unos chicos trabajando acá. Se encargan de recoger toda la basura tres veces a la semana, luego, ellos mandan una embarcación más grande cada 15 o 20 días”. 

     

    Algunas fachadas son una declaración de principios de los isleños. Fotos: Valeria Hernández Martínez 

     

     El cariño por su comunidad es notorio en la voz de Cindy al explicar que no es necesaria la presencia de agentes de policía ni de inspectores, puesto que para ello siempre han tenido en mente la sabiduría y opinión de los adultos mayores, quienes obran como mediadores de conflictos en la mayoría de problemas presentados en el islote. “Acá todo el mundo se conoce y todos nos consideramos familia”, añade, para reafirmar su idea de la buena convivencia de la comunidad. 

     

    Levanto la vista para ver un par de niños sacar sus cabezas curiosas por las rendijas y ventanas de los pisos superiores de la escuela del islote. Su fachada se tiñe de colores vívidos y murales con mensajes que no logro descifrar si se dirigen a la comunidad isleña o a aquellos turistas que arribamos a diario: “La basura no vuelve sola. Es parte de tu equipaje, ¡llévatela!”, y un pequeño mapa pintado a mano del archipiélago de San Bernardo ilustra las 10 islas que pertenecen al mismo. Se trata de Múcura, Maravilla, Tintipán, Mangles, Panda, Ceycen, Palma, Cabruna, Boquerón, y por supuesto, el Islote. Debajo del improvisado mapa, cuyo alrededor lo adornan ilustraciones de fauna marina, se lee el mensaje “Sin manglar no hay ecosistema, sin ecosistema no hay vida”.  

     

    Toda la isla es el laboratorio en el que aprenden los niños de la institución educativa local. Fotos: Valeria Hernández Martínez 

     

    “Esta callecita por la que acaban de ingresar tiene por nombre ‘la calle del adiós’. Lleva ese nombre porque cuando se nos muere algún ser querido, le damos el recorrido a la isla, le rezamos en la Santísima Cruz que tenemos de aquel lado”, prosigue Cindy, provocando que giremos en todas direcciones en busca de dicha cruz. No hace falta examinarla por un prolongado periodo de tiempo. “Luego, por aquí lo sacamos, por el muelle. Se lleva hacia la isla de Tintipán donde está el cementerio”. 

     

    Los lugares en el islote son reducidos, pero eso no impide que encuentren alternativas para compartir en comunidad. La religión es un pilar importante, por ende, las plazas más grandes, como aquel espacio frente a la institución educativa, son el epicentro de festividades como el 3 de mayo, día de la Santísima Cruz, el 16 de julio, día de la Vírgen del Carmen, el 11 de noviembre, donde comienzan las celebraciones de los carnavales de Cartagena, y por supuesto, las festividades más grande: las decembrinas, como el día de las velitas, las novenas y navidad. 

     

    Los callejones son angostos y las casas de adobe se adornan por letreros que anuncian ventas de comida, jaulas con loros y pájaros inquietos cuyas plumas están constantemente erizadas, y murales elaborados con gran nivel de detalle por artistas locales en pro de avivar los espacios, tanto para los locales como los más de 500 turistas que visitan el islote a diario. 

     

     

    Un santuario en el escaso espacio público y un grupo de pericos que vive en la misma estrechez de sus tenedores. Fotos: Valeria Hernández Martínez 

     

    No puedo evitar detallar un mural en particular mientras nos desplazamos. Se trata de una pared cuya pintura se cae a cascarones en la parte inferior. Aparenta ser una ventana modificada para ser sellada con ladrillos pintados de tonalidades coloridas. A su alrededor, la pared blanca se adorna con los nombres de las islas pertenecientes al archipiélago y las huellas de las manos, de acuerdo a Cindy, de los estudiantes de la institución educativa del islote. Lo más destacable son las frases pintadas sobre los ladrillos de la ventana: “yerda”, “espeluque”, “ve a ver esa vaina”, “ajá” y demás llaman mi atención. 

     

    Cindy nota mi interés y pide al grupo detenerse frente al mural. Explica que se trata de frases típicas pertenecientes a la jerga del islote. Asumo el significado de algunas, sin embargo, desconozco la mayoría. Cindy explica que alguien “hueso” es aquel que es aburrido o que trae mala suerte, “vololó” se usa para denominar a un problema difícil y “¿estás socroso?” cuestiona la pulcritud o la higiene de una persona. Las contagiosas carcajadas no tardan en surgir progresivamente en el grupo y un par de personas se acercan a tomarse fotos señalando la frase que hallaron más graciosa o aquella con la que se sienten más identificados. 

     

    Hace más de 200 años, los primeros habitantes llegaron a poblar el islote. De acuerdo con Cindy, eran comunidades de pescadores afrodescendientes de langostas y cangrejos —bastante abundantes en la zona—, apellidados “los Julios y los César”. Estos pescadores llegaron en primera instancia a habitar la isla de Tintipán, pero descansaban en la formación rocosa de a ratos durante el día. Con el tiempo, comenzaron a percatarse de la ausencia de mosquitos en la formación rocosa lo que los llevó a construir poco a poco pequeñas estructuras rellenas con piedras, caracoles y escombros para reubicar a sus familias. Actualmente, la comunidad se sustenta a base del turismo, la pesca, sus comercios y su atracción principal: un acuario improvisado que permite a sus visitantes nadar con tiburones gato. 

     

    Extrañamente, Cindy nos dirige al último punto del recorrido, donde tendremos unos minutos libres antes de volver a abordar las embarcaciones para el regreso. Atónita, miré mi reloj: ¡sólo habían pasado 15 minutos desde nuestro desembarque!, en realidad sí que era rápido recorrer el diminuto islote.  

     

    El grupo se escabulle entre angostos callejones, donde los locales nos miran pasar desde las ventanas de sus aposentos, y esquivamos uno que otro perro cuyo sueño parece no ser perturbado por el bullicio. El marco de una puerta, bastante recóndita, anuncia la entrada al acuario del islote. Se trata de una especie de sótano adaptado para ser un espacio amplio, manteniendo su esencia rústica. Un par de hamacas cuelgan del techo, y la entrada a lo que parece ser una vivienda en los pisos superiores es visible. Un muro se tiñe de azul por completo, mostrando el mensaje “I love Santa Cruz del Islote” pintado junto a un par de elementos alusivos a la vida marina, y un par de turistas me piden tomarles una fotografía frente a este al notarme detallándolo con la mirada. 

     

    El acuario de Santa Cruze Islote. Fotos: Valeria Hernández Martínez 

     

    Me acerco a la pequeña —y única— mesa de souvenirs del acuario, y probablemente, de las únicas en el islote. Conchas de caracoles, imanes con los nombres de las islas del archipiélago, bisutería y algunas otras manualidades elaboradas por los locales son expuestas en un pequeño par de mesas. En un inicio, no hay nadie a la vista atendiendo, o al menos hasta que tomo un imán en mis manos. Un hombre se acerca a recitarme los precios de cada cosa como si de un poema se tratara y veo que trae la ropa algo húmeda: huele a sal de mar. Termino por comprar un imán que sé lucirá muy bien en la nevera de mi hogar de regreso en Medellín.  

     

    Cindy nos indica que el acuario es un espacio colmado de tortugas marinas, tiburones, peces de distintas especies y rayas. Son unos pequeños espacios cercados por tablas de madera en el agua de mar que bordea la isla. Unas escaleras improvisadas dan ingreso a los turistas intrigados quienes se animan a nadar con los animales, quienes son resguardados por varios trabajadores de turno. Hoy, el encargado es García: un hombre de tez morena y un poco alto, cubre su cuerpo con una licra negra que lo protege del sol y usa gafas para poder ver el entorno submarino a su alrededor. 

     

    Tiburón gato y peces de varias especies en el acuario del islote. Foto: Valeria Hernández Martínez 

     

    Hay una barca sobre la orilla, estacionada junto a la entrada de una casa, como si de un garaje se tratara. En ella, unos pares de zapatos puestos, probablemente para secarse al sol. Otras barcas se apilan sobre ellas alrededor, y me produce curiosidad ver una cubeta con vísceras de pescado fresco depositada tan despreocupadamente cerca del borde del agua.  

     

    Entro en el agua y García se hunde para levantar uno de los tiburones que nadan arrastrándose sobre la arena del fondo para que quede casi hasta el nivel de la superficie del agua, siendo visible para que los turistas lo vean y lo acaricien. García se hunde de a ratos debajo del tiburón, para no interferir en las fotografías. Me comenta que los tres tiburones llevan un par de años viviendo en el acuario y que no representan una amenaza para los turistas debido al “adiestramiento” que les brindan para no tener un comportamiento hostil. Responde un poco distante y evade tener mayor conversación conmigo: lo comprendo, puesto que puede tratarse de un tema un poco controversial. 

     

    Facetas de tierra de pescadores. Fotos: Valeria Hernández Martínez 

     

    La lancha en la que arribamos hace menos de una hora se asoma para detenerse en un pequeño muelle improvisado junto al acuario, y los guías turísticos nos llaman pidiéndonos embarcar de nuevo. Adentro, un par de compañeros del grupo que no se animaron a bajarse se asoman para buscar caras conocidas y pedirles que se sienten junto a ellos. Doy un último vistazo antes de abordar: Cindy charla y se ríe junto a quienes parecen ser la familia que vive en los pisos superiores al acuario, un pescador se sienta junto a la cubeta con pescado para seguir escarbando la carne tierna con ayuda de un cuchillo (y a veces, sus propias manos) y García sale del agua con lentitud. 

     

    Quiero tener la imagen más vívida posible del panorama tan único y con una esencia magnífica del islote mientras la lancha enciende sus motores. Veo más barcos acercándose al muelle por donde ingresamos y personas adentrándose a conocer una de las antípodas más mágicas que esconde el país, sintiéndome satisfecha. Cierro los ojos, y me digo a mí misma que me quedaré con lo último que vea del islote una vez los abra: un marco de puerta sale directo al mar —sin tierra, sin arena, nada. Sólo agua un par de metros más abajo—. Tiene una tabla de madera en la parte baja, que impide salir a un perro erguido en dos patas que ladra a las lanchas que pasan. Me río para mis adentros, y pienso “ojalá los ojos tomaran fotos”. 

     

  • El dilema de comprar un libro en Colombia

    Cristian David Gutiérrez Martínez / Cristian.gutierrez@upb.edu.co  

     

    Este es el dilema de comprar un libro hoy

    Así comienza el dilema de comprar un libro hoy en Colombia. Video: Cristian Gutiérrrez.

     

    Casa Tomada es una librería bogotana que abrió en el 2008. Se definen a sí mismos como un espacio para el encuentro y la conversación en torno a la cultura del libro, y con razón: sus pasillos han sido recorridos por los más reconocidos escritores del país. Mi conversación con Ana María Aragón, directora de la librería, es interrumpida cada tantos minutos por la llegada de un lector/consumidor; aunque apenas son las diez de la mañana, y hay un librero para apoyar a Ana María mientras se desarrolla la entrevista, el flujo de compradores empieza a activarse y ella se mantiene atenta para asesorar a los visitantes en su experiencia de compra.  

     

    El escenario que observo respalda las cifras de la Cámara Colombiana del Libro que, en su último informe de 2023, reporta que las librerías físicas son, aún, con buena diferencia, los lugares predilectos a los que ingresan los libros producidos por las editoriales. No obstante, y a pesar de las buenas ventas, Ana María Aragón, que además es presidente de la Asociación Colombiana de Libreros Independientes (ACLI), percibe como una amenaza para las librerías físicas, y especialmente independientes, la irrupción en el mercado del libro colombiano de plataformas de venta en línea

     

    Estas plataformas ofrecen precios considerablemente más bajos, un catálogo más amplio de libros incluyendo títulos importados que no se consiguen en librerías colombianas, y envíos rápidos y baratos con cobertura en zonas apartadas del país. En resumen: una accesibilidad y facilidad que las librerías locales, por sus condiciones y naturaleza, difícilmente pueden ofrecer.  

     

    Varios de sus colegas en el gremio librero comparten la misma sensación, y se ancla en un debate que lleva varios años en remojo: la supuesta competencia desleal con que se posicionan estas plataformas de comercio electrónico de libros, y el paulatino hundimiento que estarían provocando a las librerías físicas e independientes.  

     

    Aunque la discusión es compleja, mientras escucho a Ana María no puedo olvidar mi posición como lector/consumidor de libros; como un joven universitario de clase media baja que acaba un libro por semana, que mensualmente separa una parte sus ingresos para abastecerse con nuevas lecturas y, aun así, a menudo pasa semanas releyendo títulos empolvados de la biblioteca, o prestando libros con amigos porque el presupuesto mensual se fue todo en una sola edición de Nadar de noche, de Juan Forn. Varias veces me he sumido en un dilema de ese orden: apoyar la librería local, aunque me quede sin plata para el tinto, o comprar más barato en internet, aún con los dilemas éticos que ello representa para mí.  

     

    Al parecer, en este panorama, los lectores/consumidores se sumen en una encrucijada. ¿En qué posición quedan los lectores en el contexto actual del mercado del libro en Colombia?  

     

    Lo bueno y lo feo de las plataformas digitales 

    Luis Miguel Mesa, conocido en redes como @ElEstanteLiterario, es booktuber, promotor de lectura y consumidor de libros. Es cliente ocasional de plataformas de comercio electrónico de libros y, por invitación de uno de sus empleados, conoce la bodega en Bogotá desde la cual Buscalibre.com despacha libros a todo el país. Aunque reconoce a las librerías como espacios únicos, se posiciona en el debate partiendo de una premisa: las librerías son un negocio y, como tales, deben promover espacios que inviten a los clientes a quedarse: “Si tú tuvieras solo libros sería muy complicado, por ejemplo nadie se sienta en la Librería Nacional, aunque sirve, para otras cosas. Son diferentes modelos, y creo que todos pueden convivir desde que sepan comunicarle al cliente qué son”.  

    En este sentido, piensa que plataformas de comercio electrónico son una opción aceptable para un sector de los consumidores:  

     

    Lo bueno y lo feo de las plataformas digitales

     

    Además, Luis Miguel explica que las plataformas digitales no solo ofrecen ventajas para los compradores, sino también para los promotores de lectura y creadores de contenido, lo cual los posiciona también como opciones favorables para recomendar a sus públicos: “Tú creas una cuenta en su programa de afiliados y a través de unos enlaces que compartes, ganas un porcentaje de las ventas que se hagan a través de ese enlace (…) si la Librería Nacional o Ex Libris hicieran algo así, yo las promovería, pero no lo tienen”.  

     

    Este fenómeno lo describe Sandra Cara, directora de Corda Ediciones, ex directora de la Universidad de las Ciencias y las Artes del Libro y profesional con más de treinta años en la industria del libro mexicana. Como parte de su profesión ha estudiado las plataformas de comercio electrónico de libros: “Surgen como una evolución natural de los hábitos de consumo (…) un cambio en la forma de ofertar por un lado, las posibilidades de acceder a los mercados o a estos puntos de distribución, pero también en los hábitos de consumo”.  

     

    Así, nuevos factores empiezan a entrar en juego al decidir una compra: “No solamente era la venta de ir habitualmente en esta zona de confort en la que cayeron las librerías, que ibas, comprabas y te salías con tu libro. Entonces surge esta opción en línea virtual en donde va acompañada de muchas cosas: va acompañada de la comodidad, va acompañada de los tiempos, la oportunidad de no tenerte que desplazar, que te lleguen en un tiempo récord, que puedas acceder a libros que están en distintos rincones del mundo y te llegan al día siguiente a tu puerta”.  

     

    Sin embargo, ventajas de las plataformas de comercio electrónico son, para algunos, competencia desleal que afecta a las librerías locales. Paula Andrea Marín es docente de la Universidad de Antioquia, ex investigadora del Instituto Caro y Cuervo y una de las mayores conocedoras de la historia e industria del libro en Colombia. Paula Andrea explica que el problema de estas plataformas en el contexto colombiano se resume, sobre todo, en un asunto de precios: “Si Buscalibre vende sus libros con un cierto porcentaje de descuento y, además, si yo supero cierto monto, ya me mandan el libro gratis a la casa. Eso deja en desventaja a las librerías independientes y a las editoriales independientes”.  

     

    Como explica Sandra Cara, es un círculo vicioso que excluye una y otra vez a los actores más pequeños de la cadena del libro, incluyendo también a las editoriales:  

     

    Los que quedan por fuera de la cadena del libro

     

    A menudo los lectores escogerán la opción que mejor se ajuste a su bolsillo, aun siendo conscientes de las implicaciones detrás, como explica Luis Miguel Mesa: “Al final, al consumidor siempre le interesa la conveniencia, sobre todo en situaciones donde el libro no es un objeto de primera necesidad”.  

     

    En este contexto, ¿cómo asegurar una competencia justa y equitativa entre todos los actores de la cadena del libro? Ana María Aragón y Paula Andrea Marín coinciden: una Ley de Precio Único del libro. Paula Andrea, que como investigadora del Instituto Caro y Cuervo trató el tema, explica de qué se trata:  

     

    ¿Cómo asegurar una competencia justa y equitativa entre todos los actores de la cadena del libro?

     

    En su opinión, la Ley de Precio Único, que se ha propuesto fallidamente en Colombia y ya existe en países como España, Argentina y México, favorecería a todos los actores porque implica que las editoriales deben fijar un solo precio para todos sus clientes, de modo que la librería pequeña que compra 10 ejemplares pueda ser igualmente competente que la plataforma grande que adquiere un lote de 1.000. A partir de ese escenario, cada librería o plataforma decidiría cuál es su agregado para ser competente: cómo promocionar el libro, cuál es el margen de ganancia o cómo gestionar sus envíos.  

     

    De esta manera, la discusión sobre las librerías físicas y las plataformas de comercio electrónico ya no estaría alrededor de la supuesta competencia desleal sobre los precios, sino que cada actor elegiría dónde y cómo comprar de acuerdo con sus gustos y necesidades particulares. Pero, entonces, en un contexto hiperconectado, y en el que la pandemia aceleró la digitalización de los comercios de todo tipo, ¿qué función cumplen las librerías físicas? 

    Librerías, animales raros, mutables, valiosos 

    Sobre su novela, El último Día de Terranova, que cubre la historia de una librería con más de sesenta años que está a punto de cerrar, decía el escritor Manuel Rivas que “Hay mucha gente que vive sin libros y no les pasa nada, pero la ciudad no existiría sin librerías. Las librerías son una metáfora del lugar humano, en el que se da la relación presencial”.  

     

    Al enunciarlo, Rivas pone sobre la mesa la naturaleza histórica de las librerías, que producen y guardan, en sus libros y conversaciones, buena parte de la cultura literaria que se desarrolla en una ciudad. Estas palabras decoran a Ítaca Librería, un espacio que es y a la vez no, que se sale de la convencionalidad de la industria librera en Colombia y del que Rodnei Casares, su creador, hizo un espacio que conserva la razón primigenia de las librerías, sin hacer oídos sordos a las tendencias del mercado y deseos del consumidor actual.  

     

    Con Rodnei converso en Laureles, en una de las salas de la Casa Cultural Tinto de Verano, en la que coexisten varias iniciativas culturales, incluyendo la sede física de Ítaca. Por lo demás, el encuentro podría darse en el Centro, en el Pasaje La Bastilla; o en San Ignacio, en la Librería de la UdeA; incluso vía Internet, donde nació su librería. Su lema es “Somos la nueva forma de recorrer una librería”, y la razón está en que Ítaca no existe en un solo lugar, sino allí donde estén los lectores: por eso, en su nacimiento, era una librería exclusivamente virtual; por eso su servicio insignia no es la venta de libros, sino tours por librerías del Centro de Medellín y el Oriente Antioqueño.

     

    Detrás de esa idea, a la que periódicamente asisten decenas de curiosos, está la innovadora convicción de que actualmente, para una librería física, el libro no se comercializa solo por ser libro, sino por la magia que los espacios pueden impregnar en ellos.  

     

    “No sé, han sido más de treinta, ya no sé cuántos he hecho, lo que sí sé es cuántas personas han venido, y hasta el día de hoy se han sumado más de mil personas a esos tours (…). Eso habla de una comunidad a la que le interesa ir a librerías, no solamente les interesa ir a mirar, a conocerlas, sino a comprar, porque la mayoría de esa gente consume no en una sino en varias de las librerías que visitamos”, comenta Rodnei. Ello, dice, comprueba que no todos los lectores/consumidores actuales están interesados en comprar a través de plataformas digitales, sino que hay un sector del mercado que aún se interesa en vivir la experiencia de la librería física.  

     

    Es en este sentido que aparece aquello que podría nombrarse como “valor agregado” y que propicia que las librerías físicas, especialmente las independientes, ya no sean solo puntos de venta, sino, en palabras de Sandra Cora, “centros culturales”, en los que se presenta programación de todo tipo, manteniéndose competentes y atrayendo a nuevos públicos. Rodnei Casares lo explica:  

     

    Otras formas de atraer público a las librerías

     

    Además de la oferta cultural, la adecuación de los espacios y la ampliación de los productos que ofrecen, uno de los grandes retos que enfrentan las librerías físicas es promocionar y expandir su oferta a través de canales digitales. Rodnei Casares cita a Buzk.co como el mejor ejemplo de una librería colombiana que logró expandirse a través del marketing digital y el posicionamiento de marca. Las librerías, como cualquier otro negocio, dice Rodnei, deben conectar con el lector/consumidor desde sus elementos identitarios.  

     

    Además, el diseño de plataformas para comercializar libros online y enviarlos a distintas zonas del país es primordial. Aunque la mayoría de las librerías implementaron canales digitales a partir de la pandemia, muchas aún poseen catálogos deficientes, desactualizados y con poca usabilidad. Un sistema unificado de información sobre librerías, titulado “Colombia Lee”, pretende contribuir a la solución de este problema, pero aún está en desarrollo.  

     

    Una buena parte del gremio librero está dispuesto a hacer las actualizaciones necesarias para que las librerías físicas continúen siendo competentes, aunque aún existen resistencias por parte de algunos actores. Por ejemplo, una investigación publicada por Paula Andrea Marín y Ana María Agudelo en 2022, arrojó que aún algunas librerías no programan eventos culturales, ni ofrecen talleres o clubes de lectura, ni poseen un café que invite al cliente a permanecer en el espacio.  

     

    Reflexiones como estas son especialmente relevantes en un contexto como el colombiano, en que hay apenas una librería por cada 78.910 habitantes, estando la mayoría concentradas en corredores comerciales-educativos-culturales que a veces no son accesibles para algunos sectores de la población. Esta realidad contrasta con ciudades libreras como Madrid, en donde, según investigaciones realizadas por Paula Marín, hay una librería en cada barrio. Paula, Rodnei y Sandra coinciden en que esfuerzos comunes entre colegas serían fundamentales para promocionar e incentivar las librerías físicas. Espacios como el Encuentro Nacional de Librerías, en el marco de la 18.ª Fiesta del Libro y la Cultura de Medellín, pueden contribuir en este objetivo. 

     

    Las librerías, como lo propuso Manuel Rivas, son y seguirán siendo lugares importantes y concurridos, en donde discurre buena parte de la vida cultural de la ciudad. Pero las dinámicas que proponen las tecnologías digitales, y que se impulsaron con la pandemia, exigen transformaciones para las librerías tradicionales. Casos como el de Ítaca Librería son ejemplos de una innovación en la oferta que se traduce en mayor competitividad. Ahí hay una clave para los lectores/consumidores: escoger la librería/marca que mejor se ajuste a los deseos y necesidades propios. Sin embargo, quedan aún preguntas en remojo, ¿qué posición tomar frente a la competencia desleal? ¿Cómo conjugar todos estos factores para tomar una única decisión de compra? 

    Comprar un libro: un dilema personal y subjetivo, siempre 

    Hace un par de años encontré, en el catálogo virtual de una librería local, un libro ilustrado que me interesaba. La edición original del libro es japonesa, y fue traducido al español por una editorial mexicana sin filiales en Colombia. Pensé: aquel libro recorrió miles de kilómetros para llegar a esa librería en particular y, así, posiblemente terminar en mis manos.  

     

    Cuando me contacté con la librería, supe que los títulos que incluían en su catálogo digital no necesariamente estaban en stock, sino disponibles bajo pedido. La librera me explicó que habían encargado un lote de libros importados que incluían aquel que yo buscaba, y prometieron avisarme cuando llegara. Los libros ilustrados, aunque pequeños, suelen ser más caros que los demás; además, por ser una librería independiente, suelen hacen pedidos pequeños que les impiden ofrecer descuentos. Ambos factores provocaban que el libro se encareciera, pero permanecí a la espera, con la intención de comprarlo particularmente en ese lugar.  

     

    Las semanas pasaron y el mensaje no llegó. Por pura curiosidad busqué el nombre del libro en Internet: El-gato-que-buscaba-un-nombre. Encontré un par de librerías bogotanas que también vendían el libro: entre el precio base, los costos de importación y el envío a Medellín, el precio se elevaba a un punto que yo no podía costear. Entonces, encontré un sitio que, en todo, simulaba la estética de plataformas como Amazon y Mercado Libre, pero exclusivamente dedicado a libros. El precio era el mismo que en la librería independiente que consulté al comienzo, pero el libro estaba en stock y llegaría a mi casa en menos de veinte días. Antes de eso, me había encontrado un par de veces con publicidades de Buscalibre, pero nunca les presté suficiente atención. Únicamente cuando mis necesidades de compra lo requirieron, me dirigí hacia ese servicio hasta entonces desconocido.  

     

    Esta historia resume la posición con que, como lectores/consumidores, asumimos la variedad de ofertas que existen en la industria del libro colombiana: elegimos la opción que mejor se ajuste a nuestros deseos e ideales, pero también aquella que resuelva nuestra necesidad puntual. Paula Andrea Marín que, además de investigadora, es lectora/consumidora, lo explica así: “A veces tenemos mucho miedo de Buscalibre o de Amazon, pero nos olvidamos de que tanto las plataformas como los lugares físicos cumplen con funciones diferentes, y cada persona, me incluyo, tiene libros que puede comprar por Buscalibre y libros que puede encontrar en la librería física (…). Diversificamos nuestro consumo de libros dependiendo de nuestra economía, de nuestra facilidad, de en qué momento de la vida estamos…”. 

     

    En el fondo, un problema que continúa latente es el de la competencia desleal. Si un factor tan importante como el precio está en permanente desigualdad, aunque las demás librerías implementen estrategias de otro tipo, difícilmente habrá competencia justa. En Colombia se ha intentado impulsar una Ley de Precio Único en varios momentos, pero nunca ha llegado a buen puerto, en parte por la oposición de algunos actores en la cadena del libro. Paula Andrea Marín piensa que esa resistencia tiene que ver, en parte, con una confusión por parte de algunos agentes de la red editorial, que malinterpretan esta ley como una imposición en que las editoriales no podrían cambiar el precio de un libro en ningún momento.  

     

    Aunque esa puede ser una de las razones, lo cierto es que un taller de discusión adelantado por el Instituto Caro y Cuervo muestra que existen también argumentos de otro tipo: algunos encuentran imprecisiones y fallos en la formulación de las leyes y, sobre todo, piensan que una Ley de Precio Único no solucionaría ninguno de los problemas de promoción de lectura que sufre el país. No apunta a un problema cultural ni educativo, sino exclusivamente comercial.  

     

    Sandra Cara, que es editora y académica en México, donde ya se implementa una Ley de Precio Único del libro, ofrece una perspectiva interesante: no basta con una ley, debe haber también veeduría gubernamental, ciudadana y gremial: “El precio único es algo que existe, que se da, pero que coexiste con las prácticas desleales.

     

    Desgraciadamente existen, aunque son vistas, aunque son visibilizadas, no son reguladas de la forma en que se tendrían que regular”. Así, Sandra concluye con que no solo debe haber leyes, sino iniciativas políticas de varios tipos que permitan subsistir a los actores más pequeños de la cadena.  

     

    Si el problema, como lo testimonia Sandra Cara, no se soluciona únicamente legislando, sino también asumiendo una postura desde la praxis, entonces nos adentramos de lleno a un último factor que como lectores/consumidores deberíamos tener en cuenta: asumir una posición ética al comprar libros. Ana María Aragón, como librera, sentencia con sobriedad que el lector/consumidor debe elegir siempre la opción que favorezca la la diversidad y la competencia leal. Luis Miguel Mesa en cambio, como booktuber, asume una posición distinta: cada uno elige sus propias luchas, y como lectores/consumidores no estamos en la obligación de asumir la lucha de la competencia justa, especialmente en un contexto en el que el libro es un producto poco asequible.  

     

    Lo cierto (y en eso, en general, coinciden casi todos los entrevistados) es que cada lector/consumidor es libre de elegir de acuerdo con su propio razonamiento. El reto para las librerías de cualquier tipo es implementar estrategias para atraer públicos teniendo en cuenta los criterios mencionados. ¿Y los lectores? Es sencillo: al final, cada uno decide dónde y de qué forma comprar.  

     

  • La Pascasia, un sueño colectivo de cuatro pisos

    Ana Sofía Araque Paneso / ana.araque@upb.edu.co

     

    Así como sucede con las personas, los espacios también evolucionan, crecen y se transforman. Se transforman para ser testigos de las ocurrencias humanas y de sus nuevos objetivos. Aunque los cambios traen nostalgia, cuando se observan los resultados de un sueño materializado, el nuevo entorno cobra un sentido de pertenencia y La Pascasia, la casa cultural de la corporación Común y Corriente, es un ejemplo de ello.

     

    La historia de La Pascasia

    Antes de que existiera la casa, primero estaba una empresa sin ánimo de lucro llamada Común y Corriente que fue la que buscó construir un espacio como centro cultural. La idea nació de unos amigos músicos que querían tener un espacio para hacer conciertos y porque en su momento se identificó que sería bueno tener un espacio independiente para ellos y otros artistas. A su vez, se buscaba un espacio que juntara diferentes disciplinas artísticas como la música, la literatura o las artes plásticas; y se generara un diálogo entre ellas. Jaime Suárez, uno de los corporados explicó que “Común y Corriente es una corporación de artistas que desarrolla proyectos artísticos y culturales que intentan derivarse en un beneficio para la sociedad; ya sea que los artistas tengan unas mejores posibilidades de compartir su trabajo de creación o que los proyectos lleguen al público adecuado en el que se dé un espacio de reflexión”.  

     

    Así pues, el nacimiento del centro cultural, en el 2016, tomó fuerza cuando se instalaron en una casa del centro de Medellín. La adecuaron de acuerdo con sus necesidades y el grupo de amigos, que se conocieron estudiando música, se amplía y se convierten en los 10 corporados de Común y Corriente. El lugar, entonces, recibió el nombre de La Pascasia y pasó de ser el hogar tradicional y antioqueño de una familia que vivió durante varias generaciones allí, a convertirse en una casa cultural; pues, además de los conciertos, se incorporó una galería, un teatro, un café y oficinas para sus creadores.

     

    Juan Felipe Restrepo Cano, un estudiante de periodismo que fue testigo de la magia de La Pascasia desde sus inicios, contó que era una casa patrimonial del centro que con el tiempo fue mutando. “Cuando entrabas, lo primero que te encontrabas era un patio central donde transcurría todo. Un patio que tenía un árbol en la mitad donde había unas especies de muros simulando el corredor de una casa campesina… entrar a esa casa era como olvidarse un poco de que estabas en una ciudad”. 

     

    Patio central de la sede antigua de La Pascasia. Foto: Juan Felipe Restrepo.

     

     La Pascasia recibió su nombre debido a que se encontraba ubicada en la carrera Pascasio Uribe en la comuna 10, La Candelaria; y durante siete años los corporados y el público se encontraron allí nutriendo la casa de lecturas, conversaciones, bailes y exposiciones. Jaime Suárez expresó que el tener este proyecto en el centro era muy importante porque permitía tener conexión a todo su ecosistema cultural y aportar más a eso. Incluso Restrepo confirmó lo dicho por el corporado al haber mencionado que: “Cuando eran los días de orquesta, uno llegaba a allá y a veces no se podía entrar; la fila llegaba hasta las torres de Bomboná de gente esperando a que a alguien le diera por salir. Eso hablaba mucho de lo que se convertía La Pascasia en Medellín”. 

     

    Un día de orquesta en la sede antigua. Foto: Juan Felipe Restrepo.

     

    ¡Hora de mudarse!

    Para 2022, la Corporación consideraba pertinente tener un espacio más grande, que les permitiera incorporar más elementos a su centro cultural, así que ese mismo año empieza la compra de un lugar mucho más amplio a solo dos cuadras de la sede original, diagonal al teatro Matacandelas. Se trata de un edificio de cuatro pisos que antes era un club-sauna gay llamado El Club de Tobi y que, por las circunstancias de la pandemia, cerró en el 2020.

     

    El anuncio oficial de su traslado fue el 22 de julio del 2023, que también contenía la noticia sobre la ayuda económica necesaria para iniciar la remodelación del edificio. Para eso, todos los que quisieran ayudar a que La Pascasia cumpliera un sueño más, podían hacerlo con $20.000. En su página web, para explicar su situación al público, mencionaron que “para hacer tantas ociosidades se necesitan muchos holgazanes. Sí, no fue fácil, pero logramos conseguirlos, y ahora somos muchos. Más aún, cuando consideramos que usted también es uno de nosotros”. El pedido fue bien recibido y para el 10 de octubre de 2023, comenzaron la remodelación y anunciaron que el nuevo edificio de La Pascasia, además de contar con galería, restaurante y una nueva librería, da cabida a proyectos de artistas visuales, músicos, colectivos audiovisuales y periodísticos. Con esfuerzo y manos a la obra, el 17 de febrero de 2024 hicieron oficialmente su apertura.

     

    Al respecto del traslado, el corporado Jaime Suárez dijo de manera segura y con orgullo que: “El tránsito hasta acá no fue inmediato, pero ahora lo más importante es que en este nuevo lugar no solamente nos están visitando las personas que están desde la casa anterior, sino que también veo muchas caras nuevas…lo que hace el proyecto es la gente, entonces yo creo que aquí estamos bien”. 

    Adentro de la nueva Pascasia

    Durante el día, cuando se llega a la calle 47, es inevitable observar el edificio, pues logra distinguirse de los demás. Su color verde esmeralda con toques de rosado que bordean sus ventanas hace que quienes pasen por allí, incluso inmersos en sus propios mundos, alcen la cabeza y contemplen la vida del edificio en su calle. 

     

     

    << Edificio La Pascasia. Foto: Ana Sofía Araque Panesso

     

    Al acercarse a la puerta, por sus rejas se deja entrever un pasillo largo. Al principio es oscuro, pero, a la mitad del recorrido la luz del sol lo deja ver con claridad. Al llegar en la mañana, cuando el público no está mirando, cuando el espectáculo aún no empieza, se siente una atmósfera tranquila y agradable. Al avanzar por el pasillo, lo primero que se ve es un jardín y, al mirar al techo, se puede ver todos los pisos junto con unas pinturas que complementan la decoración. El lugar huele a nuevo por todas partes, la pintura fresca, la madera, la luces; todo se observa en perfectas condiciones. Al lado del jardín esta la librería, un espacio silencioso y propicio para la concentración y desconexión con el ruido de la ciudad.

     

     

     

     

     

     

    Librería de La Pascasia. Foto: Ana Sofía Araque Panesso.

     

    Siguiendo el recorrido natural que propone el lugar, la luces se tornan rojas; inmediatamente el ambiente cambia: así sea de día, una energía nocturna empieza a emerger. Se encuentran los comedores estilo vintage con más pinturas que hacen parte no solo de la decoración, sino que son piezas exposición y se ofrecen al mejor postor; al lado hay un bar. Los trabajadores están, cada uno, inmersos en sus deberes; preparando todo para la hora del almuerzo y el evento en la noche.  

     

    El comedor y la barra están concebidos como puntos de encuentro para los visitantes y no solo como dotaciones del lugar.

    Fotos: Ana Sofía Araque.

     

     Una vez terminado el pasillo, la visión panorámica se amplía. Se trata del lugar donde se desarrollan los eventos, así que es un salón que cuenta con un espacio en forma de rectángulo destinado para el público y al fondo una tarima. Una vez ahí, se pueden ver los detalles: el telón, el jardín que hay detrás y los instrumentos puestos en su lugar a la espera de los intérpretes que les saquen las mejores notas. 

     

    El escenario de La Pascasia acoge una amplia gama de géneros musicales. Foto tomada por: Ana Sofía Araque Panesso.

     

    Un espacio para compartir el arte

    En la red de trabajo de La Pascasia está Mateo López, el Community Manager. Él explicó que el tener un edificio permitía que los enfoques de la Corporación se vieran más en cuanto al espacio que tiene cada uno; no solo La Pascasia como centro cultural, sino toda la organización: el sello de Música Corriente, el sello editorial Verso Libre y la galería de arte Un Ojo Común. También, aclaró que el lugar no sólo sirve para los proyectos propios de la corporación, sino que cuenta con espacios para alquilar, ya sea para eventos, actividades académicas o reuniones empresariales. Incluso, existen entidades que se encuentran allí; como la tienda de discos Surco Récords, la oficina del portal El Armadillo, dos productoras audiovisuales llamadas Mamut y Rara, un estudio de música y dos artistas plásticos independientes. Mateo, también aclaró que para conseguir el edificio fue necesario la ayuda del público, pero no fue la única fuente de apoyo. Ayudaron empresas como Confiar, Comfama, SURA, el teatro Matacandelas, entre otras más.

     

    Dentro de los planes a futuro, el corporado Jaime Suárez reconoce que falta mucho, pero tiene claros los objetivos a mediano plazo. “Estamos en el proceso de tener un auditorio multipropósito, es decir que se pueda tener desde conciertos hasta conversaciones o proyecciones de cine; y tener la galería de arte. Ahora hay una muestra pequeña, pero no es la manera en la que nosotros hacemos exposiciones. También se está buscando crear los medios para que todas las personas, incluyendo a las que tienen movilidad reducida, sean bienvenidas a recorrer todo el lugar”. 

     

    El objetivo es que La Pascasia sea considerado un espacio para el arte y que el centro de Medellín cuente con un lugar dispuesto a compartirla. Como lo dice la misma corporación: “Casa que, aunque actúa como sede de los artistas de la corporación Común y Corriente, obra en trance de la generosidad de todo aquel que crea un mundo propio con el deseo de compartirlo”.

     

     

    Así se creció La Pascasia

     

  • Las imágenes de María, representaciones que unen devotos en los barrios del Valle de Aburrá

    Por: Juan José Yath Granados / juan.granadosg@upb.edu.co

     

    Al caminar por el área metropolitana del Valle de Aburrá es normal encontrarse una imagen de la Virgen María, así como personas que se paran a rezar o persignarse ante ella. La estima que hay en el Valle de Aburrá por la Virgen alcanzó hasta al metro desde los años 90, cuando se hicieron cuadros de María para que protegieran las estaciones de ataques terroristas. Las representaciones invocaban el amor de la gente por la figura mariana, como una forma de custodiar las instalaciones durante uno de los mayores períodos de violencia en la historia del área metropolitana.

     

    El fervor a la Santísima tiene orígenes que datan desde los siglos III, IV y V DC, en los inicios del cristianismo, cuando se aprobó su veneración. A partir de ahí se expandió su devoción, al punto de que diversos territorios se fueron apropiando de su figura como un símbolo de protección y ayuda. En ese proceso aparecen lo que se conocen como advocaciones, denominaciones especiales de la Virgen que se forman en algunas culturas o territorios.

     

    La veneración hacia María llegó hasta la actual Colombia por la colonización de los españoles, quienes impusieron la religión católica sobre las creencias nativas. La nueva fe se consolidó y en la actualidad es la más predominante en el país y en Antioquia.

     

    Para conocer más sobre los orígenes de la devoción por la figura de la Virgen María en Colombia y Antioquia, has clic en siguiente enlace hacia un video dedicado al tema:

     

    Las Marías del Valle de Aburrá, lazos que unen a la comunidad

     

     

    Sin embargo, las imágenes marianas también esconden historias que reflejan la unión entre las personas devotas a la Virgen.

     

    La Medalla Milagrosa desde un encuentro en la infancia

     

    Santuario de la Medalla Milarosa en Itagüí. Foto: Juan José Yath.

     

    Todos los jueves a las 7:30 de la noche, decenas de personas se juntan en un santuario dedicado a la Virgen de la Medalla Milagrosa frente al Parque del Artista, en Itagüí. Las filas de escalones que dispone la estructura se llenan de fieles, así como el andén. Incluso hay gente al otro lado de la calzada, pendiente del Santo Rosario a punto de empezar. Cristina Guerra dirige el rezo y observa la imagen de María con fijeza y ojos brillantes.

     

    El primer encuentro de Cristina con la Virgen fue en una gruta en el municipio de su natal Ciudad Bolívar a los 7 años y desde los 10 no ha dejado de tener sueños con María. Cristina sostiene que, mediante esas reuniones,La Santísima le mostró el camino que actualmente lleva. Durante 17 años, Cristina se dedicó a hacer disfraces, pero su convicción con Dios la llevó a dejar esa actividad en 2018, época que, según dice, “pertenece a la oscuridad”. Ese mismo año, comenzó “Crispeticas de Amor”, una organización que busca darles voz a los jóvenes para que expresen sus problemas y se sientan acompañados. Esta compañía le ayudaría luego al surgimiento de la Medalla Milagrosa.

     

    A finales de 2019, Cristina comenzó el proceso de formación del santuario, empezando con la aprobación de la Alcaldía, que se logró gracias al trabajo en su organización. Ella cuenta que la ubicación que tiene la representación es la del lugar donde la Virgen le pidió que realizara el rezo del Santo Rosario cada ocho días. Las donaciones llegaron principalmente de una familia de hermanos de Envigado que prefieren mantener su identidad oculta. Cristina también obtuvo la ayuda de una persona en la gestión de esos apoyos financieros para la construcción.

    La inauguración de la imagen chocó con la pandemia de COVID-19, por lo que los rosarios se mantuvieron en pausa hasta que la gente pudiera volver a salir.

     

    Para el primer Santo Rosario, Cristina contrató a un cantante para que ambientara los rezos. Sin embargo, en ese mismo encuentro apareció junto a su perro un señor llamado Luis Alberto, que ofreció acompañar con música las reuniones cada ocho días sin pedir nada a cambio. A Luis se le sumó luego William, ambos prestan su voz y sus talentos en guitarra a los encuentros. Otro de los grandes apoyos de Cristina son sus hijos: Jorge Eduardo, de 32, le colabora en dirigir los acompañamientos a jóvenes que hace la organización. María Isabel, de 25, le brinda ayuda para realizar cada rosario, en los que Cristina tiene que hablar con micrófono para que todos en el santuario escuchen.

     

    Cuando se trata de entender el significado de la representación de la Virgen, Cristina enfatiza lo que simboliza la imagen: “Es presencia viva […] Nosotros vamos y nos paramos en frente de esa imagen para tener más confianza de hablar, clamar y pedirle a Dios. Pero no son ni bultos ni estatuas diferentes, son imágenes que nos representan a Dios”, señala Cristina a Contexto.

     

    Cristina, por deseo propio, se encarga de limpiar y mantener el santuario gracias a su devoción a la Virgen. Su conexión con la Santísima se ha mantenido firme desde que era una niña. Tal convicción todavía la motiva a continuar su proyecto, tanto de la corporación, como de la imagen, a la cual varios le oran al pasar frente al Parque del Artista.

     

    Virgen de Fátima, testigo de historias de un barrio

     

     

     

    Santuario a la Virgen de Fátima en el Poblado. Foto: Juan José Yath.

     

    En El Tesoro, un barrio de El Poblado, Medellín, se encuentra una imagen que existe desde hace más de 70 años, según cuenta Guillermo Ramírez, uno de los que le hacen mantenimiento. Se asienta en medio de una pendiente, al lado de una calzada que la separa del hogar de sus cuidadores.

     

    La Virgen de Fátima fue instalada por primera vez en 1949, a 20 metros de su posición actual. Guillermo cuenta que su surgimiento se debe a que una familia rica donó su imagen, algo común en esa época. Su primer cuidador fue el ya fallecido Gabriel Ossa, un experto bailarín comprometido con velar por la representación.

     

    Ossa fue gran amigo de Guillermo y fue el que le contó los detalles más antiguos de la historia de la imagen que este último no alcanzó a vivir. Están, por ejemplo, las fiestas hechas alrededor de la Virgen luego de finalizar la misa, que el mismo Ossa organizaba. En ellas, la gente de varias lomas se juntaba para comer y beber tragos en medio de la rumba y la pólvora hasta el amanecer. Las personas al juntarse organizaban además bazares, que eran otro motivo de agrupación. Es así como la Virgen de Fátima fue el epicentro de varias de las celebraciones en el barrio. Guillermo, que lleva 55 años viviendo acá, recuerda reuniones como la eucaristía de familiares en donde la imagen aparece en las fotos.

     

    Por otro lado, entre la gente cercana a la representación se formaron rumores como un posible tesoro debajo de la imagen. Sin embargo, la imagen también fue testigo de eventos como la violencia en la zona. Guillermo señala que, durante la época del narcotráfico, en los 80, aparecían sicarios que dejaban cadáveres cerca de la Virgen. Esto se debía, además, por las pocas luces que iluminaban la carretera en ese tiempo.

     

    Cuando Ossa se debilitó a causa de la edad, hace alrededor de 30 años, Guillermo, junto a su hermano Sergio, se encargaron de cuidar a la imagen. Los hermanos fueron quienes la trasladaron a su posición actual en 1999 para dar paso a la construcción de una carretera en la zona. En el proceso se dieron cuenta de que el rumor sobre un tesoro escondido debajo de la virgen era mentira. Guillermo se encargó de sembrar los árboles que forman una entrada a la imagen. Sergio es el que hace los arreglos al jardín, que incluyen las letras que forman el nombre “Fátima” al inicio del camino hacia la representación, como se aprecia en la siguiente fotografía:

     

     

     

    Guillermo y Sergio también cuentan con la ayuda de gente del barrio, como unas señoras que pasan los martes a limpiar la representación y a podar su grama. Ellas también decoran la estructura con flores que traen desde Santa Elena, por lo que poco a poco se relevan los roles de cuidadores para los próximos años.

     

    Cuando le preguntan a Guillermo sobre lo que significa dicha imagen para él como católico, su respuesta es que es una madre, no solo suya, sino del barrio. Es la cuidadora de todos aquellos que viven en la zona.

     

    Cambios y misterios en la Virgen de Lourdes

    Santuario a la Virgen de Lourdes en el municipio de Envigado. Foto: Juan José Yath.

     

    No se tiene una fecha exacta de su origen. La santísima ha acompañado a Piedad Velásquez por varias décadas, cuando el sitio era solo una manga con cuatro viviendas. Carlos Gaviria, historiador que trabaja para la Secretaría de Cultura de Envigado, sostiene que su instalación debió ser entre los años 20 y 30 del siglo XX. Sin embargo, se sabe que su función inicial era el ser la entrada de lo que en esa época era la Finca Alcalá, Envigado, donde actualmente se asienta el barrio con el mismo nombre.

     

    La Virgen eventualmente pasó a estar bajo cuidado de obreros de la empresa de calzado, Grulla, que además instaló unas rejas para proteger a la representación. Sin embargo, la corporación dejó su protección a Amparo, quien hasta el día de hoy sigue viviendo en Alcalá. Amparo tenía la llave para abrir el enrejado y se la daba a todo aquel que quisiera rezarle a la Santísima. En 1975, Piedad se vino a vivir al barrio y por mucho tiempo fue una de las que procuraba colaborar en el mantenimiento de la representación por devoción propia.

     

    Piedad también fue testigo del incendio que sufrió la representación en 1978, uno de los 3 de los que se tiene registro, según Gaviria. Los causantes fueron los vientos que empujaron las llamas de las velas, puestas en un tablón muy cerca de María. La empresa Grulla se encargó de la restauración, y desde ahí se ha mantenido la misma imagen, de acuerdo con Piedad.

     

    En años recientes, un señor apareció para hacerle unos arreglos a la imagen en agradecimiento por curarse de una enfermedad; después de todo, a la advocación de Lourdes se le conoce además como la Virgen de la Salud. El hombre quitó la hierba que la rodeaba e instaló unas bancas de madera cerca de la representación. Esa persona también comenzó a encargarse de limpiarla, aunque en años recientes Piedad nota que ya no lo hace tan seguido.

     

    Por otro lado, la última restauración fue en 2018, cuando el municipio de Envigado hizo los cambios para dejar la estética de gruta que tiene hoy en día. Entre esas transformaciones está un nuevo rejado que ya no necesita abrirse con las llaves que tenía Amparo. Así mismo, estuvo también la instalación de luces dentro de la estructura, para iluminarla más, junto a matas a su alrededor. Durante el proceso en que la Virgen estuvo sin rejas, llegaron a dañar a Santa Bernardita, la figura en hábito rojo, de menor tamaño que María, indispensable en toda representación de la advocación de Lourdes. La falta de vigilancia por parte del Municipio provocó el robo de plantas y velas, es por eso que Piedad prefiere colocar velones a una representación propia dentro de su casa.

     

    Durante la celebración de ese cambio, el Padre Alfredo Bello propuso la realización de un Santo Rosario todos los martes a las 7:30 de la noche. Al principio, las aceras e llenaban de gente. No obstante, por la pandemia, hubo una pausa y no continuaron con los rezos hasta 2023, aunque con una asistencia que apenas sobrepasa el espacio de las bancas.

     

    El lazo que tiene la advocación de Lourdes con la salud y el cuidado de los enfermos le da un poder

    sobre el bienestar de quienes tengan fe en ella. Esos alcances que se le atribuyen son por los que personas como Piedad estiman a la imagen. Además, claro, de ser la intercesora con Jesús y la segunda madre de todos, como ellos explican.

     

    El camino hasta María Auxiliadora

    Espacio dedicado a María Auxiliadora cerca al santuario de la advocación de Lourdes. Foto: Juan José Yath.

     

    Dentro del mismo barrio se encuentra una imagen construida hace poco. La imagen de María Auxiliadora que tanto cuida Margarita Sierra fue inaugurada en 2023. Sin embargo, la idea se inició tiempo atrás: varias personas del área pensaron en que les hacía falta una representación de María. Pasaron unos años de planeación para definir el lugar donde la asentarían, hasta que durante un rosario concluyeron que el mejor sitio era en su actual ubicación, entre una fila de árboles, junto a la avenida Las Vegas. Un grupo de vecinos fue entonces a la Alcaldía de Envigado a solicitar el permiso para su instalación. Luego de su aprobación, se hizo una colaboración entre gente del vecindario para el material con el que la construirían, como parales, tejas, baldosas, etc. Fue un proceso en comunidad, como dice Margarita.

     

    La primera Virgen que se instaló la donó un sacerdote. Era muy pequeña y Margarita, junto a gente del barrio, se preocuparon porque no encajara con el espacio que tenían. En esos momentos, por otro lado, la vecina Ángela terminaba de superar la amenaza de un cáncer y le había pedido a María por su recuperación. En agradecimiento, buscó con regocijo una imagen que coincidió con la que la comunidad buscaba, que es la representación actual que el barrio mantiene.

     

    Durante el viernes de la inauguración, en febrero de 2023, se organizó una eucaristía que llenó a la cuadra de gente con velones para decorar la imagen. También asistió el sacerdote para dar la bendición. La Virgen estaba al descubierto, sin ningún nicho protector, por lo que se exponía al polvo y hollín de la calle. Por si fuera poco, las velas, que estuvieron encendidas hasta los días siguientes, provocaron un incendio el domingo al amanecer.

     

    Cuando las personas del barrio se levantaron, vieron a una Santísima llena de quemaduras, que luego fue retocada por una señora que donó el arreglo. Este evento también permitió que más adelante se organizaran unas rifas entre las vecinas con las que se recaudó para hacer la cabina de vidrio que ahora la resguarda.

     

    Margarita y la comunidad de vecinos del barrio en la actualidad celebran los santos rosarios cada martes, a las 6 de la tarde. Luego del rezo se ponen a conversar mientras toman una aromática. Margarita, al igual que algunos de sus amigos del barrio, considera a María su segunda madre y una intercesora para la comunicación de las personas con Jesús, su hijo. Sin embargo, deja en claro que todo es cuestión de fe, de la devoción que se tenga por ella. Una convicción que Margarita no abandona y que la motiva a mantener la representación limpia de cualquier polvo.

     

    Así es como las imágenes de María se hacen parte de la identidad de muchos barrios, convocan a los vecinos, su fe y sus historias particulares, que terminan integrando una historia colectiva. Hasta las representaciones de menor tamaño pueden guardar experiencias de quienes asistan a sus santos rosarios, pongan placas en agradecimiento o se encarguen de cuidarlas.