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  • En Medellín, la cultura no se deja marchitar por la pandemia

     

    · Las actividades culturales diseñadas en formatos cortos atrajeron al público a la virtualidad.

    · Para los centros culturales, formar alianzas fue fundamental para seguir a flote.

     

    Por: Miguel Arango Rúa / miguel.arangor@upb.edu.co

     

    De entre todos los sectores económicos que se vieron paralizados debido a la pandemia, el cultural fue uno de los más afectados. En 2020, la Industria de producción de eventos y espectáculos, calculó que en Colombia la coyuntura sanitaria le provocaría pérdidas al sector de la llamada economía naranja por más de 253 billones de pesos (haga clic aquí para ver más cifras). Actores, productores, gestores culturales, cantantes y productores de eventos, entre otros, se vieron muy afectados a pesar de que la cuarentena elevó la demanda por los servicios de entretenimiento en casa.

     

    El gremio le ha solicitado ayudas al gobierno y se ha visto obligado a trasladar sus propuestas artísticas a la virtualidad. A pesar de que este panorama pudiera parecer desolador, el sector cultural en Medellín ha hecho gala de su creatividad, explorando propuestas exitosas para introducirse en las casas y corazones de la capital antioqueña. Aquí le explicamos algunos de los proyectos que más frutos han cosechado.

     

    Almas al desnudo es una creación artística hechas durante el confinamiento de 2020. Fue ganadora de los estímulos a la creación del Centro de Desarrollo Cultural de Moravia. Puede verse AQUÍ. Foto: captura de pantalla Youtube Centro de Desarrollo Cultural de Moravia.

     

    Iniciativas públicas siguieron floreciendo en la pantalla

     

    El Centro Cultural de Moravia, corazón artístico de la Comuna 4, se repensó en la virtualidad como un canal de televisión, transmitiendo sus contenidos en franjas a través de Instagram y Facebook, como lo explicó María Juliana Yepes, una de las gestoras del lugar. Programas como Palo de lluvia, Palabras interesantes, además de obras teatrales y conversatorios sobre diversos temas, se pudieron vivir desde la comodidad del hogar. También, las alianzas con otras instituciones y los grupos de WhatsApp formaron parte de la estrategia para la generación y difusión del contenido.

     

    En total, unas 500 actividades fueron realizadas en 2020 por el Centro Cultural de Moravia, de acuerdo con Yepes. Entre estas, se destaca la colaboración con institución con el University College of London, con el que se realizó un encuentro virtual sobre transformación urbana, donde participaron expertos de 13 países y cuyo resultado fue el Atlas de Patrimonio Vivo, un catálogo de estrategias para apoyar el cambio cultural. Adicionalmente, se realizó una alianza con la Cinemateca Municipal de Medellín para la transmisión de películas.

     

    Ayudar a cerrar la brecha digital también fue uno de los retos que asumió el Centro Cultural durante la pandemia. Viendo que varias personas de la Comuna 4 tenían dificultades en el acceso a internet, se creó un grupo en WhatsApp, aprovechando que esta es uno de las plataformas más utilizadas por el público. Sin embargo, la gestora María Juliana Yepes destacó que no sirvió solo para la difusión, pues también hubo espacios de interacción en el chat, donde los participantes podían, por ejemplo, enviar fotografías de sus proyectos. En ese propósito de aumentar la cobertura también fueron esenciales los enlaces comunitarios, personas líderes en la población que se encargaban de replicar la información por todo el territorio. El equipo promotor de la estrategia recalcó el reto de no saturar al público y diseñar los contenidos de acuerdo con las necesidades específicas de cada lugar.

     

    Otra parte importante del traslado de la agenda cultural de Medellín a la virtualidad fue incentivar a la gente a crear, cosa que se hizo mediante el programa de Estímulos al Arte y la Cultura. Aquí, la institución invitó a pensar la pandemia con proyectos musicales, de danza, literarios, audiovisuales y teatrales que contaran cómo se vivió el distanciamiento social.

     

    Las estrategias de la Secretaría de Cultura de Medellín también estuvieron muy alineadas con las convocatorias para otorgar estímulos, para los que se destinaron cerca de 13.343 millones de pesos en 2020, según cifras oficiales. Gracias a esa inversión, se pusieron en marcha 891 proyectos creativos en toda la ciudad. Pese a que estos concursos ya se venían haciendo desde años anteriores, durante el aislamiento tomaron más relevancia por el incentivo monetario que ofrecen.

     

    A pesar de las inversiones desde el sector oficial, el secretario de cultura, Álvaro Narváez, destacó que “no es solamente responsabilidad del Estado sacar adelante la cultura, sino también de la ciudadanía. Una ciudad sensible es una ciudad más culta”. Y es que para reactivar la industria creativa, la Alcaldía decidió apostarle a una nueva carta: el presupuesto participativo, donde los medellinenses deciden en conjunto con las autoridades cómo asignar parte de los recursos públicos destinados a sus comunas. Históricamente, la capital antioqueña le ha dado más peso a los rubros de educación y deportes, pero en este 2021 la ciudadanía votó para otorgarle 16.000 millones de pesos a proyectos creativos, todo un récord, según el propio Narváez.

     

    Adicionalmente, la Secretaría de Cultura actualmente busca fomentar la formación artística por medio de procesos para acompañar el aprendizaje de músicos. También la Alcaldía busca apoyar la conectividad, abriendo centros especiales donde artistas que no tengan un computador o dispositivo para grabar, puedan acercarse para realizar sus contenidos audiovisuales y en línea.

     

    Vea aquí: reflexiones desde el teatro

    Video

    Entrevista de Valentina Muñoz a Alberto Sierra, director del grupo de Teatro Azul Crisálida.

     

    Organizaciones privadas hacen todo y más

    Sin importar si un centro cultural fuese público o privado, todos tuvieron que encontrar una forma de adaptarse a la virtualidad, algunos con mayor facilidad que otros. El Café Rojo, espacio cultural del centro de Medellín, demostró que es posible encontrar nuevas maneras de llegarle a los espectadores a pesar de las dificultades.

    Adriana Hernández, su directora, puso sobre la mesa una apuesta interesante: las píldoras culturales. A través de Instagram, el centro transmite Íntimamente, un programa de tres minutos y medio donde se canta, se declama un poema o se lee un fragmento literario. Aquí se aplica el dicho, “lo breve, si bueno, dos veces bueno”, pues la idea detrás de esta estrategia, al igual que un buen amante, es dejar al espectador con ganas de más.

     

    La financiación, sin embargo, sigue siendo un tema preocupante para los privados. A diferencia de las entidades públicas, que se sostienen gracias a la inversión estatal, centros como el Café Rojo tienen que valerse por sus propios medios. La directora Hernández contó que, a comienzos del aislamiento, la Alcaldía llamó a su fundación para hacer una encuesta y ofrecer apoyo, pero este último no se materializó.

     

    Para solventar el problema económico, Hernández resaltó lo importante que es formar alianzas y buscar patrocinios. Las convocatorias de la Secretaría de Cultura son una buena alternativa, pero desde el Café Rojo se está ideando un proyecto de poetizas y declamadoras colombianas que espera obtener el padrinazgo de la Secretaría de la Mujer de Medellín.

     

    Estos convenios con la administración municipal también le han sido de gran ayuda al Teatro La Hora 25, quienes durante el aislamiento aplicaron a las convocatorias de la Alcaldía. Para continuar llevando la cultura a las Comunas 12 y 13, esta institución se unió a la Red de Creación Escénica. Gustavo Estrada, miembro del equipo directivo, contó que implementaron una metodología basada en laboratorios de creación en casa. Con ella, animaron a los estudiantes a que exploraran su hogar como nueva forma de hacer teatro.

     

    La cuarentena brindó la oportunidad perfecta para repensar lo cotidiano. Además, la participación en eventos de ciudad como el FestivalHito virtual de 2020 le permitió al Teatro La Hora 25 tener una puesta en común con otros centros culturales de la ciudad. La circulación de experiencias fue fundamental para la dinamización del arte en pandemia.

     

    El grupo de teatro Azul Crisálida retomando ensayos en la Universidad Pontificia Bolivariana con todas las medidas de bioseguridad. Foto: cortesía de Azul Crisálida.

     

    Los aprendizajes comunes

    Escuche aquí las experiencias de Música Corriente, La Pascasia

    y el centro cultural del Banco de la República en Medellín:

     

    En definitiva, la cuarentena en Medellín, más que una crisis, fue un periodo de enseñanza para los centros culturales de la capital antioqueña. Sin importar si son públicas o privadas, las entidades aprendieron que los contenidos virtuales, la nuevas formas de narrar en diversas plataformas, entre otras posibilidades para explorar, son importantes para captar la atención de los espectadores, además de una buena producción que ayude a garantizar la calidad.

     

    En una exploración no hay un solo camino al éxito. En el corazón de las iniciativas aquí reseñadas y cientos más que hacen parte de esa búsqueda, están el amor por el arte y deseo de transformar la vida de las personas. Esa búsqueda sin tregua será objeto de discusión pública en el concejo de la ciudad en los próximos días, mientras gestores culturales, artistas y el públicos desde sus casas, esperan que se respalde con más decisión la tarea del artes de transformar vidas, más allá de la llegada del ya no tan nuevo coronavirus.

     

     

     

  • Cuarentena criminal

    Por: Valentina Aramburo y Juan Manuel Cano

     

    El aislamiento social a causa de la COVID-19, durante los primeros meses del año, hizo que los gobiernos decretaran cuarentenas para sus habitantes. Mientras tanto, las bandas criminales que delinquen en las comunas de Medellín continuaron activas.

     

    Clic en la imagen para navegar el especial multimedia que relata en detalle algunos de los fenómenos protagonizados por la delincuencia en Medellín durante la cuarentena.

    Trabajo para el curso Periodismo V, orientado por la profesora Jazmin Santa.

     

     

  • EPM, ¿una secretaría de despacho más?

    ¿Qué está pasando con esta empresa pública? Esta videocolumna expresa puntos de vista para le análisis sobre la situación de EPM, las decisiones de la junta directiva, el alcalde y los exalcaldes, especialmente en lo relacionado con Hidroituango.

     

    Por: Isabel Uribe, Valentina Blandón y Sebastián Carvajal

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    Trabajo para el curso Periodismo VI, orientado por la profesora Ana Cristina Aristizábal Uribe.

     

  • Comer, asolearse, dormir, repetir

    La infancia. Los días que se cuentan desde la memoria con los matices, los olores y la música de esos años. Una casa con patio, con macetas. Tomar el sol desde ese patio… “Y después de una larga sesión de bronceo, un jugo de guayaba dulce, muy dulce”.

     

    Por: Laura Giraldo Peláez / laura.giraldop@upb.edu.co

     

    Diecisiete escalones para llegar a la puerta de madera pintada de verde. Mi abuela siempre en la cocina. Es lo primero que se ve al entrar. ¿El menú? Carne con arroz, huevo frito y papas, por favor. Todos los días.

     

    Siempre al segundo escalón para disfrutar del manjar junto a mis primos. Todo en su respectivo orden: primero el arroz con el huevo, luego las papas y por último la carne. Así me enseñó Juan Antonio: lo mejor para el final.

    Cuando subíamos, cada uno lavaba su plato con la esponja gastada.

     

    Al lado de la cocina, la sala. Dos ventanales grandes por los que entraba mucha luz. Un televisor que normalmente estaba en el canal 9, sin importar qué estuvieran dando. Yo llegaba a la hora de “Muy buenos días”, y me lo veía todo mientras comía galletas Ducales repletas de mantequilla La fina, que era la más suave.

     

    Un computador de mesa frente a la sala: “abuela, media hora por favor, solo media”. Así nos pasábamos 2 o 3 horas pegados de juegos Friv. ¿Dolor de cabeza? Claro. Al rato entonces nos íbamos para el patio que quedaba en la parte de atrás a tomar el sol.

     

    Tres largas horas echados en el patio de baldosas rojas con piedritas pequeñas. Nos quedábamos dormidos y despertábamos con la camiseta emparamada de sudor y con las marcas de las piedras en los brazos y las piernas.

     

    Matas, muchas matas en ese patio: rosas, margaritas, orquídeas… Macetas por aquí, macetas por allá. ¿Jugar con un balón? Ni riesgos. Si dañábamos una matera no volveríamos a ver la luz del sol. Después de una larga sesión de bronceo, un jugo de guayaba dulce, muy dulce. Quedábamos tan deshidratados que no nos quedaba otra que acostarnos de nuevo.

     

    En la habitación de la abuela estaba el baño. El sanitario verde oscuro al que siempre caía porque me quedaba grande, un lavamanos altísimo. Me empinaba para prender la pila y coger el jabón que estaba dentro de una cajita plástica que era de lo menos higiénico, pues se inundaba de agua y todo se convertía en una juagadura de burbujas con mugre.

     

    Había una puerta plástica, pero de las corrugadas; imposible abrirla sin hacer un gran bullicio.

    Al salir del baño, la cama, arriba dos cuadros: el sagrado corazón y la cara de mi tío Camilo; de los pocos recuerdos que nos quedan de él.

     

    Otro televisor, también en el 9. Nos dedicábamos a ver la película que estuvieran pasando hasta que llegara la abuela a regañarnos por subir los pies con zapatos a la cama.

     

    La vida en la casa de la abuela era simple: comer, asolearse, dormir, repetir.

     

    Juan Antonio y Laura en 2011. En los días de sol e infancia. Foto: Cortesía.

     

    Trabajo para el curso Periodismo y Literatura, orientado por la profesora Marcela Gómez Toro.

     

     

  • Discos de vinilo resurgen de las cenizas

    Thalía Amaya Carreño / thalia.amaya.2016@upb.edu.co

     

    Sublime, fino, de pureza impecable, pasional y envolvente es el sonido que reproducen los discos de vinilo o también conocidos como LP. Aquel que tenga un oído para reconocerlo, sabe que no hay dispositivo electrónico que lo pueda reemplazar e igualar. El audio es mágico, cálido e íntimo que, quien lo escuche, no se puede despegar de la melancolía al poner un vinilo a sonar.

     

    Rojos, azules, blancos y negros, sobre todo negros, son los discos de vinilo que tiene Alvaro Amaya. Este hombre es un coleccionista apasionado de los discos. “Tengo discos de salsa, románticos, de vallenato, de los que más tengo es de vallenato. A mí siempre me ha gustado el vallenato, recuerdo que los discos que más compré eran de Diomedes Díaz, Pastor López, Joe Arroyo y Fruco y sus Tesos”, contó Alvaro Amaya, mientras miraba su colección de discos de vinilo de color negro.

     

    Se pueden hacer discos de cualquier color, pero la razón por la cual la mayoría de discos de vinilo son negros es porque están hechos de partículas de carbono que se añaden a la mezcla para reforzar el vinilo. Estas partículas son de color negro, por ello, la gran cantidad de LP que son comercializados en todo el mundo son de esa tonalidad, según explica la Comunicadora Científica americana, Eleanor Spicer en un documental de tv producido por DMAX.

     

    Entre el polvo y humedad están guardados la mayoría de discos de colección de Alvaro. Después de pasar décadas sin poder escuchar sus discos por la llegada del internet y los CDs, el armario marrón derecho de su habitación es el lugar donde los discos permanecen día y noche. Cubiertos por carátulas arrugadas de cartón, por dentro el disco envuelto con plástico para que no le entre polvo, sino podrían dañarse.

     

    “Yo ya casi no escucho los discos de vinilo porque tengo el tocadiscos dañado, sino los escucharía, es una bacaneria como suena, es muy fino y delgado el sonido. Es bonito volver a escuchar esas canciones porque me hace recordar los viejos tiempos”, expresa Alvaro viendo la carátula de un disco de Rocío Durcal, álbum lanzado en 1984 y producido por la casa disquera Sonolux, que hace más de 50 años producen música en Colombia.

    La tienda de vinilos donde Álvaro compró los discos que tiene coleccionados son de Disco de Oro, una tienda que en el 2020 sigue vigente. En los años 70 las casas disqueras vendían los LP de los nuevos éxitos de cada agrupación. Su precio oscilaba entre los mil quinientos pesos a 20 mil pesos por unidad. En pleno siglo XXI todavía existen productoras como Discos Fuentes, Sonolux, Codiscos y demás disqueras que venden LP después de parar la producción por la crisis de los vinilos a finales de los ochenta.

     

    Surco Records es una de las tiendas en que se vive el nuevo furor por los discos de vinilo en Medellín.

    Foto: Radiónica

     

    Los tocadiscos se silencian

    Por décadas los discos de vinilo estuvieron en el olvido. Los avances tecnológicos que aparecen año tras año son causa para que la pasión analógica se silenciara un tiempo. Ya no se podía escuchar el chasquido de la aguja rozando con el vinilo, la magia y experiencia de escuchar un LP desvaneció con los años. Los tocadiscos no daban vuelta tras vuelta propiciando la melancolía que enamoró a muchos.

     

    Alrededor de 1999 cuando se creía que era el fin de los vinilos, los CDs y el DVD los reemplazaron. “En los años 90 el CD desbancó al LP y su uso se amplió a nuevas aplicaciones como el CD Rom y el DVD, luego salió el video disco y este fracasó por grande y costoso, también salió el MP3 su música era muy comprimida y no suena igual”, explicó Mariana Lara, una mujer que expresa felicidad cuando habla de los vinilos, de rasgos asiáticos, propietaria de Vinilos y Café, lugar donde se reúnen fanáticos y coleccionistas de discos en Medellín.

    El vinilo llegó para quedarse

    El amor por los discos negros y analógicos, los hizo resurgir de las cenizas hace unos años. Es tanto el gusto por ellos que existen lugares como Vinilos y Café, un espacio ubicado en la ciudad de Medellín, donde se reunían diariamente jóvenes y adultos de la tercera edad apasionados por coleccionar y escuchar los discos de vinilo. Es un lugar que nace hace más de 20 años para dar solución a la necesidad que tiene la comunidad de la música, en donde pueden compartir historias y experiencias musicales.

     

    Un olor particular a café, paredes decoradas con discos de vinilo en los que predomina salsa y rock, van desde artistas como John Coltrane hasta las de Queen, también Celia Cruz o Nina Simone, de Frank Sinatra o Beny Moré y un sin fin de grupos musicales. Un sitio acogedor para todos sus visitantes, el sonido que reproducen los tocadiscos es elegante gracias a la pequeña aguja brillante que se choca con los surcos que tienen los discos y que permiten la reproducción de la música.

     

    El panorama de Vinilos y café cambió desde que cerraron todos los establecimientos en la ciudad de Medellín debido al coronavirus el 15 de marzo del 2020. Un lugar lleno de vida, música, olor a café colombiano, amantes a los discos entrando y saliendo con un LP en la mano, risas y cantos suaves de los fanáticos se fueron silenciando con los días. Sin embargo, Mariana Lara, propietaria del lugar, una mujer que desde su juventud es enamorada de los vinilos, de 40 años de edad, estatura promedia y ojos de color café oscuro vende discos de vinilo por internet desde su casa.

    En pleno 2020 los discos de vinilo crecen a un nivel superior que los CD, tanto que se puede decir que igualan las ventas como en los años 80 en su apogeo, según lo establece la auditora Deloitte en 2017. Cada vez son más las personas que se interesan por volver a escuchar música en los tocadiscos. Incluso algunos músicos y orquestas prefieren grabar un LP y no un CD, primero porque se vende más fácil y segundo, porque su sonido es mejor y los instrumentos musicales no se pierden.

    Los LP aumentan ventas sin parar

    Sony Music, una de las compañías que se encarga de producir CD y anteriormente discos de vinilo, vuelve a retomar la fabricación de los LP. Esta disquera maneja el 70% del mercado musical en el país e implementa de nuevo en su mercado los discos de acetato o de vinilo, debido al auge que tuvo en los últimos 13 años. La venta de los vinilos aumentó la tasa entre el 5 y 7% anual, en el 2016 vendió casi 200.000 unidades en este formato, según los datos de la página de la productora Sony Music.

     

    Las fábricas de vinilos vuelven a resurgir del olvido. La venta de discos aumentó un 70% en la ciudad de Medellín, todo gracias a que volvieron a batir récord por el sonido particular del scratch, que siguen siendo las motivaciones para los fanáticos y coleccionistas que todavía escuchan música en los tocadiscos. El vinilo se niega a morir y cada vez resurgirá con más fuerza.

     

    Trabajo realizado para el curso Periodismo IV, orientado por el profesor Juan Carlos Ceballos Sepúlveda.

     

  • Librero, librero

    Dos testimonios sobre el oficio de habitar la palabra, pasando páginas, revisando historias, recomendando autores…

     

    Por: Paola Cañas

     

    “…Había contraído contigo compromisos imprudentes y la vida se encargó de protestar: te pido perdón, lo más humildemente posible, no por dejarte, sino por haberme quedado tanto tiempo”.

     

    Con aquellas últimas líneas del libro Alexis o el tratado del inútil combate, el librero Wilson Mendoza descubrió que para leer una historia debe dirigirse al punto final y retroceder, solo un poco, hasta los penúltimos renglones porque allí encuentra confesiones que lo impulsan a querer apreciar completamente el relato.

     

    “Me gustan los finales”, nos dijo, mientras con sorpresa abríamos nuestros ojos que querían indagar como detectives por los detalles de la “fracción del paraíso”. Como lo definió el librero Luis Alberto Arango, quien entre risas quiso conversar por un momento con Borges.

     

    “Acuérdate que él se imaginaba el paraíso bajo la forma de una biblioteca”, señaló. Entonces respondí: “¡Borges, estamos de acuerdo!”

     

    Aquella mañana soleada, aún sin esos diálogos en mi memoria, me dirigí cerca de la estación Estadio del metro, específicamente a una entrada delimitada por un rectángulo grande de color rojo oscuro, en el que leí “Librería Grámmata” con letras delgadas como si estuvieran escritas por un lápiz, también gigante, que decidió unir las dos M para que se sostuvieran.

     

    Al lado, casi tocando el balcón del segundo y último piso de la casa que admiraba en silencio, noté la existencia de un barco dibujado, tal vez con el mismo lápiz, contenido en un cuadrado de color madera claro, que acompañaba a las letras: Palinuro, Libros leídos.

     

    No pude detenerme en los detalles, pues fui interrumpida por alguien que corría hacia mí intentando acortar una distancia nombrada hacía seis meses en los noticieros. Karol, una amiga cuyo nombre sonoro me hace recordar el mar, me abrazó con fuerza olvidando miedos y recomendaciones, emocionada por aquella invitación que le había hecho para que descubriera un lugar ubicado tan solo a dos cuadras de su casa.

     

    Asombro, asombro, sentimos al entrar juntas a un espacio rodeado por más de 75 mil libros. Protocolos, protocolos, eso experimentamos cuando la primera persona que vimos nos pidió levantar los pies para que cada zapato fuera rociado por un líquido transparente.

     

    El paisaje que asombró a las cronistas.

    Foto: Paola Cañas. >>

     

    Luego de los torpes movimientos que conlleva aquel procedimiento caminamos con una curiosidad que al instante determinó los libros que exploramos por unos segundos, retirándolos suavemente de los estantes de madera, también de tono claro, cuya única diferencia a simple vista se encontraba en los letreros encima de ellos que actuaban como direcciones.

     

    Entre la calle del Ensayo y teoría literaria, cerca de la cuadra de Comunicación y Periodismo y al lado de la carrera Latinoamericana, encontramos un libro sobre el horóscopo chino, cuya pasta azul clara y su dibujo de un pequeño cerdo que parecía feliz me hizo abrirlo. Karol se acercó con dudas y al no encontrar interés en este decidió mirar otro libro grande de color naranja. “Nunca he sabido de dónde son esas rocas”, me dijo mientras lo miraba.

     

    Nos sentamos en un mueble oscuro en el centro de muchos colores rodeadas por el intento de empezar a conversar, acabó pronto por la llegada de Wilson Mendoza, el librero, que, al notar cómo nuestra mirada lo perseguía, recordó su cita y tomó una silla de madera oscura.

     

    Con tono firme me pidió que le explicara mejor sobre lo que indagaría. El librero, interesado por el desarrollo de la entrevista, no le realiza tantas preguntas a las personas que acuden a él de forma cotidiana porque sabe que su oficio se sustenta en el diálogo fluido.

     

    “En las librerías de los centros comerciales no hay tiempo para conversar. En aquellos lugares contratan a vendedores que no evalúan el contenido”,dijo.

     

    Wilson nos contó que en su oficio a veces solo tiene la función de escuchar y haciéndolo se ha dado cuenta de que a las personas les gusta que los libros acompañen sus emociones. “Es que son muy buenos acompañantes”, nos confesó.

     

    A él, por ejemplo, lo han guiado desde hace 28 años, en los que gran parte de estos trabajó en varias bibliotecas hasta que hace poco realizó lo que él define como su proyecto de vida: su propia librería; su propio espacio para conversar.

     

    Ante mi pregunta por la relación que tiene con las personas, me dijo que la función principal de un librero no es ayudarlas, pues aquello se hace de forma inesperada, porque realmente lo que más le gusta es estar entre libros, entre historias. “Un librero es quien recomienda los libros porque ya los conoce, entonces quiere que otros también pasen por ellos”, definió.

     

    Algo confundidas, le preguntamos entonces si había leído todos los libros que nos rodeaban. De forma amable, con un poco de gracia, nos dijo que eso es casi imposible, casi, casi, porque el librero que hace su trabajo con pasión sí debe leer una parte del contenido de todos los textos, como una sinopsis y una breve biografía de cada autor o autora.

     

    Me conmovió comprender que cada día conoce el mundo por medio de un escritor nuevo porque constantemente nacen editoriales, algo que él relaciona como un auge de las librerías independientes en Colombia que surgen por gusto, no solo enfocadas en vender. “La lectura te da un espacio en dónde habitar y es un espacio muy amable”, nos explicó.

     

    En cuanto al lugar físico, al que todos los días acude, este se compone de recuerdos que se conectan con la biblioteca del bloque 22 de la Universidad de Antioquia, el primer sitio donde trabajó. “Yo intenté buscar algo más pequeño para hablar con la gente, pero internamente siempre quise buscar algo que fuera similar a donde inicié a leer”, contó.

     

    Otro aspecto que lo convenció de alquilar aquella casa fue el árbol grande que con hojas brillantes se ubica al frente y parece cuidar lo que él define como su “librería de barrio”.

     

    Considerando esto, se inspiró para crear una cafetería que resguarda a los lectores, incluso a los que no compran nada y le hacen sacar hasta 20 libros de los estantes. Aquello no le hace juzgarlos. Incluso afirma que cosas como esta le han permitido fijarse en los detalles.

     

    “La mejor forma de desarmar a alguien enojado es atenderlo bien. A veces cuando los clientes vienen tristes me doy cuenta de que no buscan un libro, buscan una conversación”. Entonces, hacer un perfil del lector para saber qué libros recomendar es difícil, porque las personas nos componemos de características inusuales, a veces contradictorias. Como las que sustenta Wilson cuando nos contó que a un médico que conoce no le gusta leer sobre medicina y que a un economista le fascina el psicoanálisis.

     

    Entre aquellas elecciones reconoce que su observación le ha permitido saber que existen reglas específicas para comprar un libro, por eso le parece importante entregarlos abiertos. Hay quienes se fijan en el tamaño de las letras, si la edición es especial o si la pasta es dura.

     

    “A veces el último paso para que alguien se lleve un libro es acercar su cara y olerlo. Si no les huele bien, no se lo llevan”, cuenta Wilson. Otras personas se basan en el contenido y leen la primera página. Las más atrevidas, como las interpreté, de forma aleatoria leen una frase y así toman la decisión.

     

    Concentradas en el diálogo le preguntamos qué es lo que tiene en cuenta para comprar un libro y así fue como nos contó que leyendo los finales decide si quiere conocer el porqué de toda la historia. Con este método, descubrió que aquel hombre que pide perdón por haberse quedado tanto tiempo, durante las 69 páginas del relato, se da cuenta de que le atraen los hombres hasta que, finalmente, se lo confiesa a su esposa.

     

    Por estas características tan diversas le parece justo que las personas se trasladen de acuerdo con sus intereses y así ha descubierto la importancia de Palinuro, su vecino.

     

    Así llegamos donde Luis Alberto Arango, quién se encontraba en su oficina en el segundo piso y aceptó hablar con nosotras en su propio mundo de libros leídos imaginado por el artista Elkin Obregón, al que graciosamente y con admiración define como un mago, quien en tono de juego comentaba que quería tener su propia librería de libros viejos, como también se les conocen. “En Europa y Estados Unidos le dicen librerías de viejo. Son anticuarias de libros”. Nos confesó que con ayuda de Sergio Valencia y Héctor Abad Faciolince empezaron este proyecto en el que le tocó aprender mucho.

     

    “Si los libros son una mercancía para ti esto no sirve. Porque no hay un pregrado de librero, no existe ni podrá existir, ¿a quién le enseñan a ser librero?”, pregunta. Entre las historias de aquel inicio recordó que en los estantes se encuentra una fotografía de la revista Cromos publicada en 2005, dos años después de la fundación de la librería.

     

    “Karol, mirá esta foto”. Asombrada, Karol la miró con detenimiento y se rió ante el comentario inusual de Luis Alberto: “Elkin aquí parece Gandalf, el de El señor de los anillos”.

    Foto: Paola Cañas.

     

    Mirando los estantes, nos comentó que la librería cuenta con literatura universal de la A a la Z, haciendo un garabato con su mano que no comprendí muy bien, pero que intentaba mostrar el orden en el que se ubican los libros. “Literatura de Colombia, de la A a la Z, ta, ta, ta…”, dijo haciendo el gesto.

     

    Mientras nos explicaba esto yo le apuntaba con mi celular grabando cada frase. Pero hubo algo que no pude captar: el asombro que percibí en sus ojos cuando admiraba los detalles del sitio que todos los días recorre y que le ha dado, según él, los 17 años más gratificantes de su vida.

     

    “Hay una querencia por los libros, por quién llega, por los autores. En nuestro caso particular es amor, porque esto no genera plata”, dijo. Incluso nos confesó que en dos ocasiones estuvieron a punto de quebrar. En la primera, unos amigos cercanos los ayudaron y en la segunda, en 2015, tuvieron que dejar su lugar en el centro, cerca de Bellas Artes y alquilar con Wilson la casa donde se encuentran ahora.

     

    A pesar de esto, nos afirmó que la librería tiene más de 500 amigos, incluso nos dijo que, si nos fijamos en la página de Facebook o Instagram, podemos encontrar que tienen 3.500 seguidores. Con su celular nos mostraba aquel número con emoción mientras Karol tomaba de una mesita cinco portavasos que le llamaron la atención. “Son muchas las cervezas que han puesto encima, ¿oíste?”, le dice.

     

    Entre sonrisas que se nos desprendían por su personalidad cálida le preguntamos el origen del nombre de la librería. Palinuro nos sonaba un poco raro, en cambio para él es un término cercano. Al parecer, tanto Virgilio como Cervantes mencionaron la palabra en sus obras, pero fue el escritor Fernando del Paso quien lo terminó de convencer de proponer el nombre por su libro Palinuro de México, uno de sus favoritos, el cual se encuentra en una de sus repisas firmado por el autor el mismo año que fundaron la librería. “Toda una hazaña”, pensé.

     

    En comparación con el trabajo de Wilson, ante Luis Alberto acuden personas con ideas más claras sobre lo que quieren, pero en ocasiones simplemente le recomiendan autores. Es un acto recíproco, así lo define, porque ambos aprenden.

     

    “Uno ama esto porque estamos contenidos en esos amigos que son las palabras. Hay un texto de Neruda muy bello, que se llama…ese lo deberían conocer ustedes…Que se llama… Juliana, ¿recuerdas el texto de Neruda que trata sobre las palabras?”, le preguntó a su hija que de forma rápida encuentra un video en Youtube.

     

    Al ver aún mi celular apuntándole decide acercarse para que las ideas del escritor queden también grabadas. “Oigan esto, este es Pablo Neruda, el poeta chileno”, dijo.

     

    Mirando a un punto fijo sonreía por las frases que escuchaba. Nosotras, concentradas ,nos miramos con complicidad ante ideas que nunca habíamos considerado.

     

    “¿Y usted ha escrito?2, le pregunté con un poco de confianza luego de escuchar aquel texto.

     

    “Tengo tres libritos publicados. Velos, aquí están”, dijo mientras los sacaba de una estantería.

     

    Realmente sí son libritos, porque tienen un tamaño pequeño. Uno de ellos nos llamó la atención porque tenía un dibujo que su hijo menor hizo cuando tenía cuatro años. “Me pintó”, nos dijo.

    “Desorden alfabético”, uno de los “libritos” de Luis Alberto. Foto: Paola Cañas. >>

     

    Aquel libro contiene reflexiones sobre las definiciones de palabras arbitrarias. Una de ellas era librero, cuyo texto es de los más largos. Con libertad me dejó tomarle una fotografía así que luego de leerlo con más calma, encontré en este fragmento una esencia:

     

    “Un librero puede salvar vidas. Un buen libro, recomendado a tiempo, puede ser la tabla del náufrago y la isla del edén de un desesperado”.

     

    La idea de publicar este A-Z, como se les conoce, fue de su hija Juliana, quien en Navidad imprimió algunos textos, los unió en forma de libro y se los dio como regalo. Nos cuenta que lloró al verlo y se animó a sacar más copias.

     

    Tal vez Karol y yo experimentamos la sensación de que pronto terminaría la conversación, incluso estábamos caminando hacia la salida, pero una foto de Leila Guerriero nos detuvo de pronto.

     

    “Es que su escritura me compró”, admitió cuando le indagamos por qué entre libros leídos y fotografías de escritores un poco viejos ella se encontraba allí en su foto a color.

     

    “En 2007 leí un texto sobre ella y me gustó tanto que le escribí a la revista El Malpensante, donde publicaba. No pensé que me contestaría y como al mes recibí un correo: “Querido Luis Alberto, perdón por la demora, pero estaba viajando…” ¡Dizque perdona la demora!”, exclamó emocionado.

     

    Cuando se conocieron en persona, el librero le regaló sus tres libritos. Él también tiene sus textos, todos firmados por la periodista argentina. “Ella goza mucho porque yo le digo: ‘Leila, aquí está tu club de Leilófilos’”.

     

    Dicho club, ante nuestra sorpresa, realmente existe, pues cada 15 días Luis Alberto, sin falta, le comparte a sus amigos las columnas de opinión que ella escribe para El País de España. “Vea, ellas conocen a Leila, ¡eso me alegra más! “, le dice a su hija emocionado.

    Creo que los tres nos sorprendimos ante la idea de conocer a la misma Leila. Tal vez nos veíamos distantes a Luis Alberto y sus libros leídos. Pero entre tantos relatos, al verla, nos reconocimos ante una escritura que nos unía sin saberlo y que nos permitió habitar aquella “fracción del paraíso”.

     

    Antes de irnos, el librero nos recomendó varias de las obras que no conocíamos de ella. Finalmente nos preguntó de nuevo nuestros nombres asegurando que podíamos volver cuando quisiéramos.

     

    << El rincón para Leila Guerriero. Foto: Paola Cañas.

     

    “Ya saben que por aquí estamos los Leilófilos”, dijo levantando la voz para las que íbamos de salida.

     

  • ¿Quién podrá defender a EPM?

     

    Por: Sebastián Carvajal Bolívar / sebastian.carvajalb@upb.edu.co

     

     

    Empresas Públicas de Medellín es la “joya de la corona” de los Antioqueños. Con 65 años de historia, es la empresa más importante de la ciudad y la tercera más grande del país por ingresos operacionales durante 2019, según el ranquin de la revista Semana.

     

    Todo el conglomerado distribuye el 35% de la energía de Colombia, cifra que se alcanzó con la reciente entrada en operación de Afinia, filial que atenderá cuatro departamentos de la Costa Atlántica, tras la salida de Electricaribe.

     

    Lo más importante es que EPM es una empresa pública y sus dueños son todos los ciudadanos de Medellín. Esto supone importantes ingresos económicos para la administración municipal, que solo para este año recibió en trasferencias 1.3 billones de pesos, el 23 % del presupuesto.

     

    Por esa misma razón está en la agenda de los políticos medellinenses. Gamonales, tradicionales, independientes y alternativos hacen campaña con la empresa y luego, durante su administración, esta cumple un papel importante en la ejecución de propuestas y proyectos claves para la ciudad y la región.

    El conflicto en torno a Hidroituango se mueve entre las figuras que lo protagonizan y las consecuencias de sus decisiones. Ilustración: Jacobo Vélez Ramón.

     

    En los últimos años, la compañía ha estado en el ojo del huracán, no solo en Antioquia sino en todo el país, por cuenta de los inconvenientes en la construcción del proyecto hidroeléctrico de Ituango.

     

    En 2018, un derrumbe en unos de los túneles de desviación de agua generó una crisis que no solo puso en riesgo la estabilidad de las obras y la sostenibilidad de la empresa, sino que alertó a las comunidades aguas abajo ante un eventual derrumbe.

     

    Aunque finalmente no hubo tragedia y las decisiones tomadas por la empresa evitaron una catástrofe aún mayor, la obra sufrió importantes retrasos y un sobrecosto que hoy no se termina de cuantificar. Ahora el debate es por quién va a responder por los daños.

     

    En la ciudad, al igual que en muchos otros lugares del mundo, parece que solo hay dos caminos posibles y antagónicos para solucionar los problemas derivados de la crisis que ya ajusta dos años y medio: quienes defienden los intereses de EPM y quienes no.

     

    Toda una narrativa política que se capitalizó durante las elecciones regionales de 2019 y se consolidó en los últimos meses cuando el alcalde de Medellín, Daniel Quintero, y el gerente general de EPM, Álvaro Guillermo Rendón, anunciaron un proceso de conciliación contra los contratistas de Hidroituango por 9.9 billones de pesos, acción que no fue aprobada por la junta directiva y que ocasionó su renuncia.

     

    En los días posteriores, personas cercanas al alcalde sugirieron que la junta estaba coaptada por el GEA y su accionar respondía a los intereses de sus empresas y los contratistas de la hidroeléctrica.

    Declaraciones que han sido desmentidas por los mismos miembros de esa junta directiva. Solo uno de los integrantes, Luis Fernando Álvarez, tendría un conflicto de intereses por su asesoramiento jurídico a integral, tal como lo ha indicado una investigación de Contexto y De la Urbe.

     

    Seguramente hay argumentos destacables de parte y parte que pudieran dialogar entre sí para buscar una solución integral a la crisis. En últimas, el objetivo es salvaguardar el patrimonio público de los medellinenses, pero el debate se ha reducido a la simplicidad de quienes están a favor y en contra.

     

    Hasta este punto pareciera que el deseo de tener la razón primara sobre el interés de proteger los intereses de EPM por parte de Quintero y de otros actores políticos como el propio exalcalde Federico Gutiérrez, quien también tiene que responder por las decisiones que se tomaron durante su administración.

     

    Una cosa es que lo que se manifiesta en los medios de comunicación y en las esferas políticas de la ciudad, y otra muy distinta es la realidad al interior de la compañía, que por lo general se ha caracterizado por un buen manejo administrativo, técnico y legal.

     

    En ese sentido, el horizonte empresarial de EPM debería estar trazado por decisiones tecnocráticas y no políticas que le garanticen la sostenibilidad en el tiempo y salvaguarden sus intereses económicos, jurídicos y reputacionales.

     

    Las discusiones sobre EPM no se pueden ceñir exclusivamente a los requerimientos del alcalde de turno. Sus determinaciones deben emerger de una correcta administración empresarial que sea respaldada por la ciudad a través de veedurías, organismos de control y el propio Concejo Municipal. Ante ese panorama de incertidumbre… ¿Quiénes podrán defender a EPM de los intereses políticos y económicos?

  • La casa de las dos palmas, la casa de los abuelos

    Juan Manuel Cano / juan.canol@upb.edu.co

     

    “La casa de la infancia, la casa natal (…) un recuerdo nutrido por la imaginación y los sueños”, dice Gaston Bachelard y bajo esa exploración se encuentra este homenaje a la casa de los abuelos; que recorre y se pregunta por esos días y esos tiempos de migración, de inicios, de levantar una vida y una familia… Tantas historias registradas entre tapias, umbrales y parcelas.

     

     

     

     

    La 44-45 de aquella calle empinada en la montaña nororiental del valle guardó consigo cinco generaciones. Les enseñó a caminar, a mamar, a besar y más luego a engendrar a hijos, hijas, nietos y bisnietos. Aguantó lloriqueos, enfermedades y engaños; soportó los gritos agudos de niños correteando por sus vestíbulos. Abrazó no solo a una familia, sino a toda una estirpe.

     

    << Foto: Juan Manuel Cano L.

     

    Mi bisabuelo, que para entonces no lo era, huyó tras la promesa irrestricta de un hombre que amenazó con matarlo debido a un lío de reses y parcelas. Tras de él, abandonaron el pueblo su esposa, su padre y sus hijos. Llegaron a Medellín cargando en sus hombros las escasas pertenencias portables con las que contaban y la incertidumbre de un futuro no prometido.

     

    Suelo imaginarlo —y personificarlo, pues ni siquiera existe de él registro fotográfico— cruzando por primera vez el umbral alto, marrón y ornamentado con espirales de madera, que tantas veces me recibió con agrado. Sonrío mientras imagino a mi abuela y sus hermanos, pequeños y curiosos, descubriendo la que sería su nueva morada. Imagino a la joven pareja sintiéndose vulnerable en una tierra que no conocen, sin dinero y ante la hostilidad de una urbe industrial abriéndose paso.

     

    Aquellos años, evidentemente, no son los de mis recuerdos. Del tiempo en que tengo noción como visitador recurrente de la casa de mi bisabuela, ya todo había pasado. O bueno, casi todo. Aquellas paredes elevadas habían atestiguado el descorche del frasco con veneno que, un lustro después de haber llegado, mi bisabuelo tomó en el patio mientras su esposa e hijos realizaban las compras del mercado, y que lo dejó tendido en una silla sobre el sol inclemente de la una de la tarde. Además de la muerte por viejo del tatarabuelo, que dejó tras de él la tristeza de su cama vacía. Y el entierro de los huesos de Milor, un pastor alemán querido por todos, junto al palo de mango del solar polvoriento.

     

    Mi parte en la Historia corresponde al último rastro de los Uribe Rodríguez en la 44-45 de aquella calle empinada. Años de mi niñez que tienen como banda sonora los bambucos, pasillos y boleros de El cofrecito de los recuerdos de Radio Reloj y que están ambientados con las historias sobre guacas, brujas y duendes de mis tíos abuelos. Años en los que la rinitis pactó con mi nariz y ojos días cargados de mocos, lágrimas y estornudos, ante la complicidad de un techo húmedo que se derrumbaba a pedazos.

     

    De esa casa me queda el recuerdo punzante de mi bisabuela, nonagenaria y medio ciega, que jugaba cartas con el mismo ímpetu que le permitió por décadas criar, amar y educar a ocho hijos, sin mayor apoyo que el de la soledad de su viudez; el canto alegre y repetitivo de la lora que tenían por mascota; y el calor de esa sala en donde festejábamos cumpleaños y navidades. Me emociona la imagen viva que tengo de las dos palmas en el jardín de la entrada, aquellas con las que mi tía fantaseaba señalándolas como la inspiración de Manuel Mejía Vallejo para la creación de su novela costumbrista.

     

    Fue entonces el mío un paso fugaz por aquella casa que pudo acoger a cinco, pero no a seis o siete u ocho generaciones. Ante la partida de la matrona, a escasos meses de cumplir cien años, sus hijos decidieron recibir en partes iguales el cuantioso pago del primer inversionista que se presentó. Viendo —en donde había memoria— tan solo hierro, adobes y cemento.

     

  • Gente formal que tiene sus esperanzas en una ilusión

    Susana Calle Zapata / susana.callez@upb.edu.co

     

    Viven esperando a que alguien los mire, que alguien encuentre en ellos, en sus productos, algo que los deslumbre, que les provoque, que se les antoje. Viven de los impulsos de un desconocido que decida “darse el gusto” de comer un dulce o fumarse un cigarrillo, viven esperando que el pensamiento que atraviese la mente del otro sea a su favor. Habitan en medio de una incertidumbre, de una esperanza, buscando un “hoy que sea mejor que ayer, para no apretar tanto, para sufrir menos”, como dice Cecilia López, trabajadora informal, vendedora de chicles y mecato en Ciudad del Rio.

     

    Sin publicidad, sin una estrategia de marketing o un estudio sobre su público, van por la vida buscando salir adelante, ayudándose del voz a voz, de sus graciosas anécdotas o de su cortesía. Cada uno tan único y tan distinto a los demás, se termina convirtiendo en parte de nuestra rutina, en una parte fundamental; pues, si por alguna razón algún día no están, lo primero que pasa por nuestra mente es: “¿Qué le habrá pasado?”. Solemos identificarlos, saludarlos por su nombre y terminarnos en un intercambio de sonrisas… terminamos siendo eso que hoy en día ellos extrañan, esa interacción humana que se había convertido en parte de su rutina y ahora se ve interrumpida por un tapabocas y un amargo sentimiento, el miedo.

     

    “Los vendedores han estado en cuarentena en la calle durante mucho tiempo, pero en la calle no hay gente”. Esta frase de Boaventura De Saousa Santos de su libro “La cruel pedagogía del virus” cobra sentido en el instante que la empatía nos lleva a descubrir que para ellos los días terminan siendo eternos, insoportables. “No vale la pena salir, gasto más en el pasaje de lo que gano”, asegura Cecilia López y aquí ni el mejor de los planes los puede salvar, pues no hay que ser un economista experto para saber que si no hay demanda no hay ganancia.

     

    El problema radica en que el destino de el 40.4% de la población de Medellín según el DANE queda en manos de un ser superior y creador o de la suerte. Queda en manos de una incertidumbre agobiante que, si antes de la cuarentena era difícil de controlar, ahora ese sentimiento se multiplica, se intensifica; haciéndolos y haciéndonos pensar ¿Cómo se reinventa una persona como Cecilia que lleva 13 años en un mismo puesto, en una época de crisis en que si antes era difícil conseguir trabajo, ahora lo es el doble? ¿Cómo Cecilia duerme por las noches sabiendo que antes ganaba entre 30.000 y 40.000 pesos diarios y ahora si mucho, gana 10.000? ¿Cómo hace Cecilia para mantener la cordura mientras se siente ahogada en las dudas? Si desea, no la llame Cecilia, póngale el nombre del trabajador informal que quiera, el problema es el mismo o muy similar.

     

    Con ayudas insuficientes, los trabajadores informales, parte importante de la fuerza laboral de Medellín, están paliando los efectos de la pandemia. Foto: Daniela Gómez Isaza

     

    Porque estos seres que se habían convertido en parte de nuestro paisaje, tuvieron por mucho tiempo que cumplir con la cuarentena al igual que nosotros, una cuarentena que, como lo dice Boaventura De Sousa en el libro anteriormente nombrado: “parece haber sido diseñada con una clase media en mente”, una clase en la que estos seres simplemente no encajan y que así luchen por hacerlo, no lo lograrán, una clase que no está atrapada entre morir del virus o de hambre.

     

    “¿Cómo hago para creer, si me han fallado tanto?”, dice Cecilia cuando se le habla del Gobierno: “yo fui desplazada dos veces, de Urabá y de la Costa y señorita, ¿usted piensa que se preocuparon? Siempre que llegaba a alguna oficina, porque decían que nos iban a dar una ayuda, me comentaban que no aparecía en el sistema”, dice con la voz quebrada y desviando la mirada, y cómo juzgarla, querido lector, si tantas veces la han ilusionado con ayudas que nunca han llegado.

     

    Cecilia cuenta que hace poco la llamaron a su casa, una niña que decía trabajar para el Estado, pidiéndole unos datos y que esta trabajadora informal le decía: “Usted me llama a mi casa, ya sabiéndose mi cedula, mi nombre completo y mi dirección y me dice que necesita más datos… ¿Qué más quiere que le de?”.

     

    Cecilia nació en Sucre, pero por razones del corazón terminó en Medellín, a pesar de que ella creía haber encontrado el amor de su vida, terminó criando a sus tres hijos sola y sacándolos adelante. “Los tres son estudiantes y durante la cuarentena yo no podía trabajar, porque me daba miedo salir. Además, no valía la pena… el lugar que pago para que me dejen guardar el carro vale 7.500 diarios, más los pasajes desde Envigado hasta acá y acá no había gente… no valía la pena”.

     

    Cecilia sobrevivió la cuarentena, al igual que muchos otros trabajadores informales, por la solidaridad del desconocido, la empatía de ese comprador que solía saludarla, el apoyo de esa persona que pasaba y aunque, probablemente, no sabia su nombre, sabia que ella existía… Cecilia y su familia sobrevivieron esta crisis, por ese sentimiento que invadió el corazón de muchos, un sentimiento que nos recordó nuestra humanidad, nuestra fragilidad. “las personas que menos yo esperaba fueron las que me terminaron ayudando” dice Cecilia con una sonrisa en el rostro, pues en el interior sabe, que terminó encontrando ese apoyo que tanto buscaba en el gobierno en la gente del común.

     

    Como Cecilia existen muchos otros, como por ejemplo Cisto González, un vendedor de micheladas en Ciudad del Rio: “Yo solo pude dejar de trabajar dos meses y me tocó salir porque ya no tenía con que comer”. Cisto ya no tenía dinero suficiente para pagar el alquiler del lugar donde le guardaban el carrito, entonces le tocó empezar a llevárselo a su casa todas las noches y volverlo a traer todas las mañanas… Le puso una bicicleta y desde el Barrio Niquitao hasta Ciudad del Rio pedalea, para tratar de conseguir el dinero suficiente para poder vivir, sobrevivir.

     

    Como la vieja expresión, “en la lucha” viven los trabajadores informales durante esta crisis. Viven con el miedo, no solo el típico y casi cotidiano para ellos al “incierto mañana”, sino por sus posibilidades de contagiarse y salir victoriosos de esta lucha contra un enemigo invisible. Según un estudio de la Universidad de los Andes del 28 de marzo del 2020, un ciudadano que vive en estrato 1 tiene 10 veces más posibilidades de ser hospitalizado o de fallecer por Covid que una persona que vive en estrato 6 y una persona que vive en estrato 2 tiene el doble de posibilidades de ingresar a una UCI que una persona que vive en estrato 6… ¿Y cómo no estar temblando ante una posición como estas?

     

    Puede que las estadísticas no estén de su lado o se sientan abandonados por el Gobierno, pero con personas como Tatiana Cano, una de las fundadoras de “Putamente Poderosas”, un colectivo que trabaja en pro de las trabajadoras sexuales de la ciudad de Medellín y Antonia Galeano, creadora de “Miradas de sueños”, una iniciativa que se centra en ayudar a los trabajadores informales de la ciudad de Medellín, aún queda esperanza.

     

    Ellas se han esforzado por ayudar, por hacer que las historias de estas personas se conozcan y que dejemos de normalizar “la forma tan tibia en la que ha actuado el Estado”. Como afirma Tatiana Cano, han luchado, día tras día, por un cambio de mirada, porque valoremos a estas personas que hemos “obviado” en nuestra rutina y que ahora más que nunca necesitan de nosotros y nosotros de ellos… Pues al final del día, ¿quién mejor profesor que ellos, cuando se habla de resiliencia, de entusiasmo y berraquera?

     

     

     

  • Cierra un año escolar con las aulas en recreo

    La virtualidad en los programas educativos está afectando a los estudiantes que tienen menor oportunidad para acceder a los recursos tecnológicos.

    Por: Juliana Duque Cardona / juliana.duquec@upb.edu.co

     

    Las aulas vacías son la primera descripción de los cambios en la educación durante 2020. Foto: Juliana Duque

     

    La suspensión de clases en todo el mundo, tanto en colegios como en universidades, fue una de las primeras medidas implementadas por los países con la llegada de la COVID-19, y Colombia no fue la excepción. Desde el 16 de marzo, la mayoría de los estudiantes de instituciones oficiales y privadas no tienen clases presenciales, permanecen en sus hogares cumpliendo con la normativa de aislamiento social preventivo.

     

    Según datos de la UNESCO, 185 países han tenido que cerrar sus centros educativos para evitar la propagación de este virus, aunque el problema principal no radica en el cierre de las aulas, sino en el acceso a la educación y a las actividades académicas en estos tiempos. Dicha medida, ha dejado en evidencia las brechas de desigualdad en todo el mundo, pues, si bien estamos en una época en la que abundan los recursos tecnológicos, no todas las personas tienen la posibilidad de adquirir o hacer uso de estos.

     

    De acuerdo con el Sistema de Matrícula, SIMAT, del Ministerio de Educación, aproximadamente, al mes de agosto de 2020, se encontraban 9.395.018 menores registrados en el sistema educativo, no obstante, 102.880 de ellos se han retirado de sus labores académicas, es decir, la deserción escolar a causa de la pandemia por COVID-19 es del 1.1%.

     

    Por su parte, la Encuesta de Pulso Social realizada por el Departamento Administrativo Nacional de Estadística, DANE, permitió identificar que en el 87,4% de los hogares colombianos se pudieron continuar las actividades académicas desde que se cerraron las instituciones educativas y se pasó a modalidad virtual. En el 4,5% no tuvieron la oportunidad de continuar dichas actividades. El 8,1% restante, hace refencia a los hogares que no participaban en actividades académicas antes de la pandemia.

     

    Asimismo, un informe publicado por el Laboratorio de Economía de la Educación de la Pontificia Universidad Javeriana, basado con la Gran Encuesta Integrada de Hogares, GEIH, encontró que 77% de las personas con bajos ingresos del país tuvo que dejar sus estudios por la COVID-19, en contraste con el 11% de las personas de nivel socioeconómico alto.

     

     

    Una cosa es el “aterrizaje” a la virtualidad, otro reto es la implementación de protocolos de bioseguridad en los recintos. Foto: Juliana Duque.

     

    “Hemos tomado decisiones con responsabilidad y oportunidad, trabajando con entidades territoriales, pensando en el cuidado y la salud de los niños, jóvenes y maestros e igualmente, dando al sector los lineamientos, recursos y apoyos para responder con metodologías flexibles al proceso de aprendizaje mientras los estudiantes estén en casa” indicó María Victoria Angulo, Ministra de Educación.

     

    El paso de un espacio físico a uno digital puso a prueba la innovación educativa y tecnológica de los docentes, quienes en muchos casos no tenían una formación ni conocimientos en el uso de las TIC, Tecnologías de la Información y de la Comunicación, por lo cual, han debido de recurrir a la implementación de nuevas actividades académicas que sean accesibles para todos sus estudiantes.

     

    La falta de habilidades digitales no sólo es por parte de los docentes. Un estudio realizado por el Laboratorio de Economía de la Educación de la Pontificia Universidad Javeriana, arrojó que el 96% de los municipios del país no tienen la posibilidad de desarrollar cursos virtuales por falta de disponibilidad de recursos tecnológicos, puesto que en muchos hogares los dispositivos son compartidos entre los integrantes de la familia o no hay cobertura de red Wi-Fi.

     

    Yaneth Herrera, psicóloga de primaria de una institución privada, afirma que, frente al sector público de la educación, el Gobierno se ha olvidado de la necesidad que tienen los estudiantes en el ámbito tecnológico. Según ella, en las instituciones privadas se ha llevado un buen manejo, puesto que se han implementado herramientas tecnológicas que han permitido una comunicación constante entre familia, estudiante y colegio, debido a que el papel de los padres y la familia en el proceso educativo siempre ha sido fundamental pero en estos tiempos su labor obtiene mayor importancia.

    Ante la forma en que han debido funcionar dotaciones como las bibliotecas, ¿en qué priorizar los recursos y esfuerzos para mejorar las condiciones de calidad de la educación? Foto: Juliana Duque.

     

    Por su parte, Alejandro Castaño, docente de una institución oficial de Medellín, indicó que las instituciones educativas están efectuando sus deberes de manera conveniente y oportuna dependiendo del grupo poblacional, y en ese sentido, opinó que “se ha afrontado de una forma adecuada la situación en los colegios oficiales”.

     

    En el mejor de los casos, los padres se involucran en el proceso de aprendizaje de sus hijos, sin embargo, en otros, están ausentes por diversas razones. Castaño, infiere que el poco acompañamiento que reciben los estudiantes de instituciones oficiales se debe a que provienen de “familias que deben continuar buscando su sustento económico”, más cuando tienen el apoyo familiar, en algunos casos, es deficiente, debido a problemas sociales o de familias disfuncionales.

     

    La familia se ha convertido en una extensión de las instituciones; los padres o acudientes se volvieron el complemento de los docentes, debido a que son ellos, los que en múltiples ocasiones, son los receptores directos de las explicaciones de actividades académicas, además, se encargan también de transmitir la información y las instrucciones a los estudiantes.

     

    La educación no sólo se basa en aprender ciencias y matemáticas, sino también en interactuar pero, desde casa, ese es un inconveniente; en el espacio escolar los estudiantes tenían la oportunidad de estar con sus pares y descargar parte de sus emociones en un ambiente diferente al familiar, así lo expresa Dibymar Botero, psicóloga y magister en Salud Pública.

     

    La manera como se han desarrollado los oficios académicos en las instituciones educativas ha llegado, incluso, a limitar los trabajos grupales; para Castaño, la interacción entre pares se ha visto afectada, sin embargo, él menciona que “los estudiantes han manifestado compartir más con sus familias”, por eso, el colegio en el que labora ha tratado de proponer e implementar actividades que generen un mejor ambiente en los hogares por medio de una formación ética y en valores.

     

     

    ¿Qué pasa entonces con las inversiones en infraestructura? ¿Seguirán siendo prioridad en los colegios y universidades? Foto: Juliana Duque.

     

    Según un comunicado del Ministerio de Educación, “se están implementando todas las estrategias de mediación pedagógica disponibles que permitan el desarrollo de los compromisos académicos con la menor alteración posible, garantizando los criterios de calidad y rigor exigidos en el proceso formativo”.

     

    Sin embargo, Cristina Obando, madre de dos hijos que están cursando octavo y cuarto, dice que esta situación está colmada por la improvisación y si bien le ha tocado adaptarse, a sus hijos les hace falta la interacción, la cual, va construyendo la personalidad. Asimismo, enfatiza que las bases sobre las cuales se van a fundamentar todos los conocimientos de sus hijos a futuro se están perdiendo.

     

    El ámbito académico, en materia de lo virtual, necesita trasformaciones urgentes. Si bien en algunas instituciones superiores o en cursos extracurriculares ya se venían implementando los métodos virtuales, los colegios, tanto privados como oficiales, no estaban preparados para esta metodología. Sin embargo, y a pesar de este panorama, la mayoría de las instituciones no tienen la dotación de bioseguridad necesaria para el regreso a clas. No obstante, paso a paso tendremos que ir recuperando la presencialidad pero con responsabilidad.

     

    Nos estamos enfrentando a un nuevo desafío: aminorar los efectos negativos de la pandemia en el ámbito académico. Pero más allá de reducir el impacto, se debe de buscar una ruta para progresar hacia lo digital, mejorar los programas educativos a distancia y brindar las mismas oportunidades para recibir una educación de calidad, tanto fuera como dentro de las aulas de clase.