Es cierto que cada uno de nosotros, o la mayoría, está confinado en su casa, y todo esto es una oportunidad magnífica para conocer el hogar, para valorar el techo que nos cubre, las paredes que nos dan intimidad. Para valorar el suelo que nos da soporte y la ventana o el balcón que nos permiten saber que existe un otro. Estamos descubriendo rincones de la casa que no conocíamos, sintiendo las baldosas frías bajo los pies descalzos y permitiéndonos pactar todos los días una cita con nosotros mismos (unos días mejores que otros). Estamos cuidando y valorando la casa, quizás, más que nunca, ¿y por qué? Porque ahora, en medio de una situación preocupante y amenazante, nuestro hogar es nuestro refugio, el lugar seguro, la posible salvación, lo que nos guarda. ¡Está perfecto!
Esta pareja de los que se conocen como zorros-perro llegó al jardín de una vivienda en El Poblado en los primeros días de mayo. Un usuario envió el reporte electrónico al Área Metropolitana del Valle de Aburrá. Foto: César Echeverri.
Ahora bien, ¿qué es lo que está pasando en este momento con la casa común? La casa común es el mundo, la Tierra, la que siempre nos ha salvado, guardado y cuidado. ¿Cómo ha sido y cómo es nuestra relación con ella?, ¿la estamos escuchando ahora así tal como nos ha estado murmurando nuestra casa en estos días?
En plena pandemia conmemoramos el Día de la Tierra, como ella se lo merece: en paz. De hecho, en ciertos lugares del mundo se puede notar la diferencia: ríos limpios, los canales de Venecia descontaminados, la aparición de distintos animales en calles de ciudades como ciervos en Nara, Japón; pavos reales en Madrid, España; zarigüeyas en Neiva; delfines en la bahía de Cartagena; y hasta un zorro en Bogotá… Las nubes de esmog se disolvieron en varias ciudades capitales del mundo y, si salimos a mirar el cielo, cada vez más podemos vislumbrar las estrellas. Tampoco es tiempo de decir que nosotros somos el verdadero virus, porque de alguna manera hacemos parte de la naturaleza y somos animales que la habitamos, pero ¿qué viene después de la pandemia? ¿Volveremos a invadir sus territorios como si nada hubiera pasado? Es tiempo de configurar ese tipo de reflexiones.
Ya que estamos aprendiendo tanto de cómo valorar y convivir con nuestro propio hogar, ¿seremos capaces de volver a vivir en la Tierra de una manera distinta, menos acaparadora, más responsable y equitativa? ¿Seremos capaces de cuidarla como se cuida un hogar?
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Columna elaborada en el curso Periodismo VI, orientado por el profesor Darío Echeverri.
Antecedentes y cifras que no solo ponen en evidencia los efectos del encierro sobre el medioambiente en la ciudad, sino que plantean preguntas muy serias sobre nuestra relación con él a futuro. Son datos y hay que darlos.
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Videocolumna elaborada por Ana María Restrepo, Juan Ricardo Duque, Yuri Morelos y Alejandro Rodríguez, para el curso Periodismo VI, orientado por la profesora Ana Cristina Aristizábal Uribe.
“Tenemos miedo de que se nos acabe la comida”. En medio de la incertidumbre de hoy, cuando la mayoría de los colombianos no saben qué qué depara el futuro, este clamor no es exclusivo de personas que se han quedado sin cómo obtener su sustento. Es también la preocupación de personas dedicadas a la protección de animales. Una de ellas es Andrea Ordoñez, parte del equipo de Organización Salvar, que tiene a su cargo 32 animales (entre perros y gatos), afectados colaterales del encierro y las consecuencias económicas de la cuarentena, luego de sufrir abandono y otros maltratos.
<< Algunas organizaciones desarrollaron y sostienen comederos para los animales callejeros, afectados por las calles vacías. Foto: cortesía.
Suben los números del miedo y abandono
El aislamiento preventivo obligatorio ha suscitado un nuevo miedo irracional hacia las mascotas. Si bien la OMS y la OIE (Organización Mundial de Bienestar Animal) han reiterado insistentemente en que “la propagación actual del COVID-19 es el resultado de una transmisión de humano a humano (…), no existe evidencia de que los animales de compañía tengan un rol significativo en la propagación de la enfermedad. Por consiguiente, no existe justificación alguna para tomar medidas relacionadas con los animales de compañía que puedan afectar a su bienestar”, la desinformación ha generado una ola de pánico que deja como consecuencia un notorio aumento en el maltrato y abandono de estos seres de compañía.
El crecimiento fue confirmado por voceros de la Fundación Hablemos por Ellos, al afirmar que “debido a la situación y el límite en los recursos no hemos realizado más rescates, pero los reportes de abandono han aumentado, al menos, un 40%”. También representantes de la Fundación ORCA revelaron que: “Crecieron gradualmente los abandonos de animales, muchas personas, a pesar de que ya tenían sus animales de compañía en casa, disfrazan las excusas y, posiblemente, son abandonos porque les da miedo que los animales les transmitan el COVID-19”.
¿Cómo nace el miedo?
El temor a que los animales sean transmisores del COVID-19 nace a raíz de casos aislados en Hong Kong y Bélgica, donde un pastor alemán y un gato (respectivamente) dieron positivo a la prueba del virus. Sin embargo, según la OIE, estos resultados fueron a causa de “una estrecha exposición a sus dueños que estaban enfermos por la COVID-19” y que “los perros no mostraron ningún signo clínico de la enfermedad. De hecho, el pastor alemán vivía con un perro de raza mixta que nunca se enfermó y tampoco presentó virus en el examen”. En cuanto a los gatos, no hay pruebas suficientes para decir que son transmisores, según las mismas organizaciones.
Incluso la Organización Panamericana de la Salud, dijo que: “Nuestra recomendación es que los dueños de mascotas las sigan cuidando y mantengan la calma. El abandono de perros y gatos es inadmisible, y no es, bajo ningún concepto, la solución a la pandemia del COVID-19. Tampoco lo es el sacrificio de animales. Esta pandemia no es, ni puede llegar a usarse, bajo ningún concepto, como una justificación para practicar la matanza despiadada”.
Las organizaciones sin ánimo de lucro dedicadas al cuidad de animales maltratados y abandonados están sin los ingresos de las actividades de promoción y prevención que hacen y que permiten su sostenimiento. Foto: Can can callejero.
Números rojos
Lo albergues, fundaciones y santuarios de animales se han tenido que enfrentar a diversos problemas durante la pandemia que acosa al mundo en estos momentos. Entre ellos se encuentran el detrimento de la situación financiera que tanto preocupa al mundo y el miedo que desencadena en casos de abandono, aumentando la necesidad de rescates.
“Hemos tenido que cambiar y racionar los alimentos para poder alcanzar el día a día: las donaciones son mucho menores al igual que las ventas”, expresó la representación de Fundación Hablemos por Ellos, mientras que Lizzeth Sánchez y Johanna Gutiérrez, del Albergue Huellitas Felices, afirmaron que: “Son muchos gastos. No es solamente la comida, tenemos que pagarle a la persona que está en la finca cuidándolos, el arriendo, los servicios, emergencias veterinarias…”, sumado a lo que dijo Andrea Ordóñez, de Organización Salvar: “No tenemos actividades para hacer, por lo que la dificultad más grande de este momento son las donaciones, tanto como el alimento pues, realmente, es en lo que tenemos más gastos”, hace evidente que, como a muchos colombianos actualmente, la incertidumbre y la falta de recursos acosan a estas organizaciones, problemática que se agrava de la mano de un creciente nivel en las tazas de abandono.
Adaptarse para sobrevivir
Para solventar esta crisis, las organizaciones animalistas, se han sumado a la virtualidad para hacer frente la situación, se han valido de ventas, bazares virtuales y todo tipo de ideas que permitan recoger donaciones para sostener sus operaciones sin arriesgar la vida de sus donantes, colaboradores y la propia. Tal es el caso de la Fundación Kronos que ha vendido tapabocas, empanadas y guantes, todo de forma virtual en sus redes sociales.
“Como en todo, hay que adaptarse a la situación: comenzamos a vender artículos como guantes, gel antibacterial, alcohol…”, afirmó Andrea Acosta, de Fundación Kronos, al responder sobre sus estrategias para recoger fondos de cara a la cuarentena y es que, así como lo ha hecho esta fundación, lo han hecho muchas otras como ORCA o Hablemos por Ellos, que han llevado de lo presencial a lo virtual algunos de sus eventos con los que se recaudan fondos.
Antioquia sí es solidaria
Iniciativas gubernamentales han recibido y entregado donaciones en alimentos para animales. Foto: cortesía. >>
A pesar de lo complicado del panorama, iniciativas gubernamentales han salido a flote para ayudar a estos “angelitos con patas”, como los llama el equipo de Kronos. Antioquia Solidaria, la iniciativa del gobierno departamental para ofrecer ayudas de todo tipo durante la emergencia sanitaria, también ha repartido alimento tanto a animales en situación de calle como a las orgaizaciones dedicadas a su cuidado.
Así lo confirmaron Andrea Ordoñez y Salvar. A algunos de sus hogares de paso “les ha llegado comida” por parte de la iniciativa. También desde el Centro de Bienestar Animal La Perla, que ha donado alimento a Kronos.
Otros retos
Además de la alimentación de los animales, otro reto de las organizaciones dedicadas a su cuidado es mantener la credibilidad: “Yo no puedo ir recogiendo fondos para un evento que no sé si se va a realizar”, explica Carolina Múnera, de Can Can Callejero. Este santuario de animales tenía planeado realizar una jornada de esterilización en La Guajira en el mes junio, por lo que deberían estar recogiendo fondos, pro han tenido que suspender la jornada y todos los eventos relacionados con ello para proteger su salud y la de todos.
“Lo que vaya a pasar con el país tiene que ver con la razón social de nosotros”, dijo Carolina Múnera, puesto a que una parte de su accionar, como el de muchas organizaciones, depende de los eventos y la presencia de las personas: “no se puede hacer una jornada de esterilización sin gente”.
Víctimas del miedo ajeno
“El hombre piensa primero en sí mismo y luego piensa en las demás especies”, critica Carolina Múnera, de Can Can Callejero, ante una realidad donde innumerables iniciativas han surgido para ayudar al hombre. Sin embargo, el medio ambiente y los animales se han dejado de lado, pensando en que nuestra ausencia en los ecosistemas han enmendado los daños ya ocasionados, critica la animalista.
“La dificultad más grande es el ser humano”, decía Andrea Ordoñez, de la Fundación Kronos al indicar en su concepto qué es lo más difícil de la situación que afrontan los animales de compañía con el abandono fundamentado en miedos falsos sobre la transmisión del coronavirus,. Definitivamente “nos matan el miedo y la falta de corazón”, señaló.
Para la fauna silvestre en Antioquia, el tráfico ilegal es una amenaza constante; las medidas de protección, limitadas en el territorio; el destino de los animales recuperados, incierto, y los recursos invertidos, insuficientes frente a un enemigo que avanza sin retroceder.
Admirada, observada, deseada, protegida, traficada y vulnerada: la fauna silvestre en Antioquia pasa de mano en mano, de casa en casa, de un encierro a otro en turbios procesos de captura, comercio y tenencia ilegal. Aunque hoy, a su espalda, interceden un manojo de leyes y una multitud de corporaciones, su amenaza luce invariable y se traduce en nuevos retos. Lo cierto es que el cautiverio no termina en el rescate o entrega a las autoridades ambientales, pues, como un fantasma, deja marcas y limitaciones para el ejemplar.
Animales silvestres que son tomados como objetos, humanos o mascotas; que son transportados y comercializados con indiferencia; que son alimentados con chocolate, pan y arepa; que son vestidos, nombrados y domesticados. Para muchos, la fauna silvestre en Antioquia no es ni fauna ni silvestre, es lo que la ambición, el capricho y la cultura inconsciente quieren hacer de ella. Sin embargo, una vez en cautiverio, la reincorporación de fauna no es tan sencilla como abrir la jaula y liberar al ejemplar, pues sus condiciones físicas y comportamentales difícilmente serán las más saludables a la hora de regresar al hábitat.
Contrario a lo que algunos puedan creer, el tráfico ilegal de fauna silvestre, el tercero más rentable después del de drogas y armas, no se limita a zonas rurales lejanas, pues incluso a la urbe nos llegan los ecos de ronroneos, graznidos y otros sonidos de animales en su momento comercializados y, a veces, maltratados. Ellos, algunos liberados y otros cuidados en colecciones vivas, son el motivo de esta historia.
Un animal cautivo no puede simplemente “soltarse”. Infografía: Laura Wagner.
Calles limpias
Entre locales de cacharrería de la Plaza Minorista José María Villa, se abre un pasaje iluminado con filas de jaulas amontonadas de lado a lado, habitadas por marañas de pelos negros, blancos y café, e inquietas y ruidosas bolas de plumas. En medio del movimiento de hombres y mujeres apresurados por el inicio de la jornada, se elevan coros de cacareos, graznidos, maullidos y ladridos; familiares expresiones sonoras de animales domésticos y ornamentales. Aquí, la ausencia de fauna silvestre, antes tan comercializada, no representa más que la imposición enfática de la ley 1333 de 2009, la cual indica las sanciones en materia ambiental.
“Hace tres años más o menos, vendíamos de todo, pero ya no dejan: cerraron un montón de lugares y pusieron multas”, explica una mujer de corta estatura antes de blanquear sus ojos, regresar a su local, el primero a mano izquierda, y comentar: “Yo no sé para qué se pusieron a prohibir eso si son solo animales, ni que vendiéramos marihuana”.
Entre las sanciones establecidas por la ley, se contemplan multas de hasta 5.000 salarios mínimos, cierres de establecimientos y trabajo comunitario. No obstante, estas pueden ser eximidas con la entrega voluntaria de ejemplares en buen estado de salud, condición que no se cumple en todos los casos porque, en medio del transporte y cuidado doméstico, los animales son víctimas de desnutrición, lesiones y maltratos.
Patas torcidas, alas cortadas, dientes extraídos y colas mochas; aún cuando el animal es recuperado por alguna autoridad ambiental, sus nuevas limitaciones le impiden regresar a su hábitat y lo fijan a la estancia en colecciones de zoológicos y parques. Por ello, leyes como la 1774 del 2016 establecen penas de prisión de 12 a 36 meses por maltrato.
Un comercio subterráneo
Aunque en la actualidad el comercio y tenencia ilegales parecen haber perdido terreno, lo cierto es que solo cambiaron de escenarios y modos de acceso. Hoy, entidades ambientales corroboran que el número de animales que recuperan no varía con los años: anualmente llegan alrededor de 700 individuos a Cornare, cerca de 1200 a Corantioquia y 5 o 6 mil al AMVA.
“De la misma forma que tenemos más conciencia ambiental, se han abierto otros canales de comercio de fauna silvestre; por ejemplo, hay grupos de Instagram y Facebook para hacerlo. Es muy difícil combatirlo, ni siquiera sé si hay suficientes recursos, pero sin duda hay que seguir”, concluye Darwin Ruiz, zootecnista del Parque Zoológico de Santa Fe.
Una marca perenne
Amontonadas en una esquina, seis tortugas morrocoy se confunden con el color grisáceo de los muros de cemento del Parque Zoológico de Santa Fe. Su sutil camuflaje y quietud espectral les permite pasar inadvertidas para un gran número de turistas, abuelos y padres con niños al hombro que buscan llevarse grandes impresiones y buenas fotografías a casa. Incluso los pocos que observan la mencionada esquina corren el riesgo de pasar por alto la dimensión real de estas colecciones vivas, de no ser conscientes de ese fantasma del tráfico ilegal del que tantos animales, en total 942 en el zoológico, no pudieron desprenderse.
En el caso de las tortugas, la marca está en sus caparazones: más o menos protuberantes en cada escudo, a causa de las malas dietas durante su cautividad. Piramidismo. Así es llamada la enfermedad que, además de la deformación, conlleva afectaciones pulmonares, artritis e incluso parálisis; todas ellas, condiciones que imposibilitan su reincorporación y, por ende, según la ley 2064 del 2010, las confinan a colecciones vivas de tenedores legales de fauna.
Del hábitat a la jaula del traficante, del transporte clandestino a los sitios de comercio, del patio trasero de una casa a los hogares de paso de las autoridades, de los Centros de Atención y Valoración de Fauna Silvestre (CAV)… ¿a dónde? En el mejor de los casos, de vuelta al ecosistema; si el individuo está limitado fisiológica o conductualmente, a un parque, zoológico o zoocriadero; de lo contrario, si el estado de salud es grave, se practica la eutanasia. Según Andrés Gómez, zootecnista del grupo de fauna del AMVA, de un 3 a 7% de animales recuperados llegan a esto. No hay razón para polemizar, es el fantasma del tráfico ilegal; a fin de cuentas, es sabido que, por cada individuo extraído del hábitat, diez mueren en el camino.
¿Capacidad de carga?
Quelonios o tortugas, psitácidas o loras y una gran variedad de mamíferos son las familias de fauna silvestre que más se recuperan en el AMVA (Área Metropolitana del Valle de Aburrá) del tráfico ilegal. Sin embargo, el 80% de ejemplares no pueden ser liberados en la zona porque no pertenecen al Área Metropolitana, por lo que las autoridades antioqueñas tienen dos opciones: articular procesos de reincorporación con las otras 32 entidades ambientales del país o, en el caso de los individuos exóticos, no procedentes de Colombia, integrarlos a colecciones. En Antioquia, además del Parque Zoológico de Santa Fe, el Parque Temático Hacienda Nápoles y el Parque Explora son los destinos de miles de animales rescatados.
<< Mafias internacionales están detrás del tráfico de animales silvestres. Foto: Área Metropolitana.
No obstante, el problema está en la relación entre el número de ejemplares recuperados y la capacidad de dichos parques y CAVs para recibirlos. Desde tortugas, primates, felinos y otros, el Parque Zoológico tiene un plan de colección de máximo 1100 individuos, cantidad exactamente igual a la capacidad del CAV del AMVA. Hoy, esta entidad junto a Corantioquia y Cornare, esperan no tener que ampliar sus capacidades, mas afirman que es un tema preocupante.
“Hay loras que han pasado 15 o 20 años en un centro de valoración y nunca serán liberadas ni entregadas a zoológicos”, ejemplifica y finaliza Darwin Ruiz.
Procesos de readaptación, procesos inciertos
Los CAV son el destino primario de los ejemplares recuperados del tráfico ilegal: sean manejados en Antioquia por Corantioquia, Cornare, Corpourabá o Área Metropolitana, tienen una misma regulación, la ley 2064 del 2010, y, por ende, fines similares. Primero, revisar y atender médicamente a cada individuo; luego, estabilizar sus niveles de estrés con dietas y acomodamiento adecuados, y, por último, incentivar comportamientos naturales necesarios para su supervivencia en el hábitat.
No toda la fauna recuperada es apta para su liberación tras dichas etapas, incluso, según Ana María Castaño, subdirectora de Ecosistemas de Corantioquia, hay individuos reincorporados que son reintroducidos a procesos de readaptación más largos, pues reinciden en sus conductas domésticas. En el CAV del AMVA, por ejemplo, un 25% de animales no cumplen las condiciones físicas y comportamentales para ser reubicados. Mientras que, en el único programa de rehabilitación del Parque Zoológico de Santa Fe, hay una mortandad anual del 50% de monos aulladores rojos por las deficiencias físicas con las que llegan.
Lo cierto es que, una vez extraído el individuo, hay diversas afectaciones: en el ecosistema, que requiere de su función biológica, como la dispersión de semillas con sus excrementos; la especie, pues algunas se reproducen en condiciones muy específicas, y el individuo, porque su readaptación es muy demandante e incierta. En esta, durante semanas o años, los animales son enseñados a retomar o aprender por primera vez su conducta natural, ya que la mayoría genera improntas en el hombre ante la carencia materna.
El caso Júpiter
“Es haberme quitado un hijo de 19 años, verlo crecer, ser un hijo, un joven y un adulto, y después separarnos”, lamenta Ana Julia Torres, anterior cuidadora del famoso león Júpiter, un mes antes de la muerte de este. El rostro de la mujer, semioculto por la gorra roja que lleva puesta, aparece en un video del 27 de febrero de 2020 mientras que, intercalados, suceden los planos de un felino agonizante antes de ser trasladado del zoocriadero Los Caimanes, en Córdoba, al refugio de animales del Departamento de Gestión del Medio Ambiente en Cali.
Neumonía, tumores en hígado y pulmones y afectaciones hepáticas: sin la atención médica veterinaria necesaria y confinado a una jaula mucho más pequeña que la de Villa Lorena, su anterior hogar, Júpiter había entrado en estado crítico y perdido más de 200 kilos en un año. No obstante, a pesar de las conocidas objeciones de Ana Julia Torres por su separación de Júpiter, en realidad el cierre de su refugio, de casi 30 años de historia, respondió al incumplimiento de las normas de tenencia de fauna silvestre: 200 ejemplares no estaban registrados, algunos eran tratados como mascotas o bebés e incluso el león Júpiter presentaba una inexplicable diarrea crónica.
De esta forma, sin excusar la deficiente atención y cuidados en los que incurren los tenedores de fauna legales mal regulados, Iván Darío Soto, coordinador del Laboratorio de Genética Animal de la Universidad de Antioquia, recuerda a modo de conclusión:
“La gente se pregunta por qué los rescatamos si ellos se veían muy felices en sus casas, pero es que esos animales nunca debieron estar allí en primer lugar; desde la biología, su comportamiento y forma física no están en función de estar fuera del hábitat”.
Breves contraindicaciones de la tenencia ilegal
Además de las implicaciones en fauna, la tenencia ilegal de ejemplares silvestres involucra importantes riesgos en salud para quienes conviven con estos cual mascotas o seres humanos. No es en vano que los estudios de biovigilancia centrados en la búsqueda del origen del coronavirus SARS relacionaran estrechamente el virus con los murciélagos de herradura e, incluso, según el medio The Conversation, que el propio covid-19 o SARS CoV-2 tuviera un 96% de similitud con la muestra de un virus en estos ejemplares. Ello, a pesar de que la procedencia del último no haya sido confirmada.
“Muchas veces, las personas ignoran el riesgo de la zoonosis, que son las enfermedades que pueden transmitir los seres humanos a los animales, y viceversa”, explica Andrés Gómez, zootecnista del AMVA, y ejemplifica: “Las loras pueden transmitir clamidia; los murciélagos, rabia; las tortugas, salmonela; el burro, lepra”.
Conservación urbana
Ojillos negros muy juntos, melenas cafés detrás de las orejas y graciosas colas largas de extremos peludos, los monos titís gris de la Universidad de Antioquia dan brinquitos desde el ramaje alto, imperturbables al ruido a sus pies. En medio de la urbe, la tropa representa una nueva apuesta a la conservación de fauna en la ciudad, tras haber sido rescatada y sujeto de procesos de readaptación por el AMVA.
De acuerdo con las estimaciones de David Echeverry, coordinador de Bosques y Biodiversidad de Cornare, no es de sorprender que, a pesar de los años, primates como los monos de la ciudadela universitaria reincidan en comportamientos aberrantes, como bajar a tierra y recibir alimentos, debido a que su proceso de deshumanización es uno de los más difíciles. Contrario al de las tortugas, serpientes y anfibios, que se supera en el 100% de los casos, y al de las psitácidas, que tiene una tasa de éxito del 70 al 80%.
Además de los retos de supervivencia, la tropa de monos titís en la Universidad de Antioquia supone también una solución de reincorporación a la progresiva disminución de hábitats naturales por la sobrepoblación humana. El profesor Iván Darío Soto concluye:
“Antes, la conservación urbana de fauna estaba prohibida, pero ahora, con el AMVA, hemos convenido en que es una necesidad”.
“Nadie puede asegurar que, una vez liberado, el individuo no va a ser traficado de nuevo. Lo que sí podemos es educar y sensibilizar a las comunidades en el entorno”.
– Ana María Castaño, subdirectora de Ecosistemas de Corantioquia.
Otras alternativas
“Bienvenidos al mundo natural”, anuncia una mujer en un vídeo al abrir la rejilla y dar paso a unos dubitativos monos aulladores rojos que, tras kilómetros de viaje en carretera, a canoa y mula, se enfrentan a un hábitat desconocido, la Hacienda Miraderos en Venecia, Antioquia. Múltiples ojos y cámaras apuntan a ellos con atención hasta que se pierden de vista. Las imágenes corresponden al 2013; las autoridades, el Parque Zoológico de Santa Fe con apoyo de Corantioquia y el AMVA.
Como el único proyecto de este tipo en el Zoológico de Santa Fe, desde el 2006 el Programa de Conservación, Recuperación y Rehabilitación del Mono Aullador Rojo ha recibido hasta 294 individuos y liberado 162. De acuerdo con el zootecnista Darwin Ruiz, las reincorporaciones se realizan en la actualidad de forma blanda, con procesos paulatinos de adaptación al entorno, y tras haber terminado procesos de rehabilitación de dos a cuatro años. Ello, sin mencionar las investigaciones y análisis de impacto ambiental en el territorio.
Las liberaciones son el último paso de un proceso largo y difícil. Foto: Área Metropolitana del Valle de Aburrá.
Muchos esfuerzos para pocas garantías
Mas, según Brian Bock, profesor de Biología de la conducta de la Universidad de Antioquia, hay dos graves inconvenientes frente a la liberación de fauna rescatada: primero, la poca seriedad de algunas corporaciones al ejecutar reincorporaciones en reservas naturales a pesar del riesgo de contaminar o infectar a las poblaciones nativas. Y, segundo, la precariedad del seguimiento y monitoreo efectuados una vez reintroducido el ejemplar.
“No contamos con muchas herramientas relacionadas con el manejo de información que nos permita ejercer una vigilancia mayor o mejorar el tráfico ilegal”, reconoce David Echeverry, vocero de Cornare. Él aclara que, a falta de recursos para hacer marcaje y seguimiento satelital, se consulta a la comunidad cercana sobre sus observaciones de los individuos.
Así, debido al costo de los equipos tecnológicos, el seguimiento a ejemplares termina siendo el último gran obstáculo que sortear. El caso del AMVA, se reduce a tres cifras: 20 millones de pesos, 4500 animales y 5 mil millones de pesos. La primera es el valor de un collar de telemetría, de medición de datos; la segunda, los individuos reintroducidos por año, y la tercera, el presupuesto anual. Por lo tanto, de ejecutarse un seguimiento por individuo, se requerirían alrededor de 9 mil millones de pesos. Pero incluso de tenerlos, Ana María Castaño, subdirectora de Ecosistemas de Corantioquia, enfatiza a modo de conclusión:
“Nadie puede asegurar que, una vez liberado, el individuo no va a ser traficado de nuevo. Lo que sí podemos es educar y sensibilizar a las comunidades en el entorno”.
El corregimiento silletero se está transformando. El atractivo que constituyen el clima y el paisaje supone riesgos para la conservación de sus recursos naturales, sus tradiciones culturales y la vida en comunidad.
En el altiplano oriental de Antioquia, superando la ladera oriental de Medellín, existe un corregimiento que es parte esencial de la historia de Medellín y el Valle de Aburrá. Santa Elena. Hoy, cuenta con aproximadamente 21 081 habitantes, cifra que se fue incrementando desde el año 2005, cuando la cifra de pobladores era la mitad. Desde 2016, en promedio, cada año han llegado mil nuevos habitantes. ¿Por qué ocurrió este aumento en los últimos cuatro años?
Las familias tradicionales lotearon sus tierras para sus descendientes, que hoy prefieren arrendar o vender como una mejor fuente de ingresos que la floricultura y otras labores del campo. Casas cada vez más próximas en el sector El Rosario de la vereda Barro Blanco. Foto: Contexto.
Por muchos años, la principal actividad en el sector giraba en torno al agro, específicamente con cultivos de papa, fresas, moras y flores; estas últimas son el eje de otra dinámica importante en la zona: el turismo ligado a la tradición silletera, aquella que ha sido protagonista de la fiesta más importante de la ciudad: la Feria de las Flores, que justamente exalta la labor y la tradición de los campesinos.
“Aun así, es importante resaltar que la gran mayoría de la población habita viviendas ubicadas en estratos bajos, mostrando la situación de precariedad en que se encuentran los habitantes de esta zona rural del municipio”, señala el Plan de Desarrollo Local vigente en 2019. Según el documento, el 72% de los habitantes de Santa Elena pertenecen a los estratos 1, 2 y 3.
Eso incide en el precio de la tierra, que poco a poco ha cambiado su destinación hacia usos residenciales. Adriana Díaz vive hace más de cinco años de la vereda El Placer, cansada del estrés que le producía su rutina en la ciudad, decidió invertir sus ahorros para construir en una parcela: “Si tú alquilas una casa en la ciudad y pagas millón cien, aquí con eso alquilas una finca con zona verde y chimenea. Es vivir en estrato 2 y 3, pero con la calidad de un estrato 4 o hasta más por la tranquilidad y el silencio”, explica.
La de Díaz es una historia similar a la de miles de personas que en los últimos años han decidido alejarse del Valle de Aburrá: “si te acostumbras y sabes organizar tus compras y tu tiempo, no es tan traumático”, dice.
Esta es una de las principales razones por las cuales la dinámica poblacional de Santa Elena ha cambiado. Del agro como rutina, se ha pasado a una vida rural atravesada por la idea de lo que pasa en la ciudad, ya sea porque se esperan comodidades similares o porque el modo de vida urbano representa lo que justamente se pretende evitar para que la vida sea sostenible: por ejemplo, el bullicio y la contaminación de la urbe.
La paradoja es que este auge ha elevado el costo de vida en la zona. Wbeimar Cano Urrego, quien fue corregidor de Santa Elena explica que “el valor de la tierra está en alza e incluso el costo de vida es más caro, porque la mayoría de personas que están llegando son jubilados, y hay que sumarle que muchos de los productos vienen desde el Centro”. Cano Urrego afirmó que el corregimiento no es ajeno a la ola de migración venezolana presente en el país, y que cada vez aumenta más el número de ellos en las veredas, lo que en efecto se confirma con los vendedores de frutas y verduras puerta a puerta o las personas dedicadas a la albañilería, que encuentran trabajo gracias al auge constructor, que en algunos sectores de veredas famosas como Barro Blanco, no tiene formalidad y planeación.
La encuesta de Calidad de Vida estableció en 2013 que un 12,64% de la población de Santa Elena procede de otros, pero resalta la notoria tendencia migratoria, en busca de una segunda residencia o residencia campestre. Otra expresión de desplazamiento intraurbano, según el documento.
Los campesinos, acostumbrados a obtener sus ganancias a partir de las actividades agrícolas, están atraídos por las rentas del arriendo o la venta de predios que generalmente se fragmentan en varias partes que por un lado les aseguran un capital, pero por otro densifican la población de la zona y sobrecargan la demanda de servicios públicos y vías, por ejemplo. “Yo siento que se está afectando realmente porque se va a volver igual que una ciudad, cada vez hay casas más cercanas. La gente que está más protegida es la que tiene lotes grandes, parcelaciones grandes, que no tienen para venderlas, sino para su disfrute”, contrasta la señora Adriana Díaz.
Precisamente, Santa Elena ocupa el segundo lugar de los corregimientos con mayor número de predios sin registro de propiedad 2.60% (2 211 predios), superado solo por San Cristóbal con 5.04% (4.283). Las cifras pueden ser mayores, considerando lo que se aprecia en veredas como Barro Blanco, en donde se observan numerosas construcciones nuevas y explanaciones donde antes había potreros y cultivos de flores, que también han dejado de ser rentables porque el clima en Santa elena está cambiando. Gustavo Londoño, miembro de una de las familias distinguidas en la zona por su tradición silletera, explica que dejar el cultivo y arrendar los predios se va volviendo una opción pues se han vuelto más frecuentes las granizadas que dos o tres veces al año afectan con gravedad las cosechas y dejan al labrador sin cuota para sus ingresos.
Londoño cita cifras del DAGRD, dependencia a cargo de la gestión del riesgo en Medellín, que hace parte del despliegue administrativo que también se ha visto retao ante el crecimiento anual del corregimiento, hecho que demanda mayores inversiones en seguridad, salud, transporte, vivienda y otros temas de gobierno:
“Tenemos campañas que ayudan al campesino con programas de presupuesto participativo; ubicados en casi todas las líneas; educación, transporte, vías, deporte, personas en situación de discapacidad, salud y vivienda. Hay un presupuesto que se invierte de acuerdo con estas líneas de trabajo, pero pienso que hay cosas en seguridad por mejorar”, cuenta Londoño.
La Secretaría de Gestión y Control Territorial de la Alcaldía de Medellín implementó durante la pasada administración el programa Construye Bien, desde el cual se ejerce una supervisión a nuevas construcciones: “Sí se necesita un permiso para poder construir, este permiso lo emite la curaduría, cualquiera de las cuatro que hay en Medellín, previo el lleno de algunos requisitos exigidos por el POT (Plan de Ordenamiento Territorial)”, concluyó el excorregidor Cano.
Adriana Díaz y Gustavo Londoño advierten que hay veredas en las que ya no se puede construir. En efecto, Contexto pudo constatar que en el sector El Rosario de la vereda Barro Blanco hay nuevas construcciones a las que no se les ha concedido autorización para nuevas conexiones al acueducto veredal.
Díaz sugiere que “más que frenar el crecimiento es saber organizarlo haciendo cumplir las normas de construcción. Por ejemplo, que (una edificación) tiene que estar a diez metros de las cercas y que no puede haber una casa en menos de dos mil o tres mil metros; y repito están vendiendo pedacitos aquí, pedacitos allá”. Las grandes tierras que antes de repartían entre los descendientes de familias tradicionales hoy se están repartiendo además entre arrendatarios y compradores.
Las nuevas construcciones aumentan la demanda de recursos naturales y ejercen presión sobre el ecosistema circundante: bosques y corrientes que, además de un bello paisaje, son despensa de agua y aire para Medellín, donde ya son habituales las alertas por la calidad del aire. Foto: Contexto.
Una nueva oportunidad
El Plan, Mazo, Piedra Gorda y Barro Blanco, son las veredas con un mayor número de habitantes. Pero el crecimiento también representa oportunidades.
Con los nuevos pobladores, también han llegado a Santa Elena nuevas costumbres y nuevas formas de vivir. Nuevos restaurantes, ferreterías, peluquerías, minimercados, fincas turísticas, entre otros emprendimientos están fortaleciendo la economía local, que incluye nuevas actividades como el eco turismo que aprovecha el paisaje de la zona en que se asientan no solo las fincas silleteras que reciben visitas todo el año, sino reservas naturales, espacios para deportes extremos y spas.
Existen entonces transformaciones que son compatibles con la protección del medio ambiente, pero se necesita atención constante para que no se salgan de control. A propósito, el concejal Jaime Cuartas Ochoa hizo un llamado de alerta ante la desfinanciación actual del Jardín Circunvalar, proyecto municipal concebido para fomentar actividades de aprovechamiento y conservación de los recursos naturales que ayuden a conservar la zona verde al oriente de la ciudad y contener la urbanización. Una prueba concreta de lo sensibles que son los recursos naturales en la zona, es la escasez de agua en sectores de las comunas 8 y 9 de Medellín, atribuida por EPM a la baja del caudal de la quebrada Santa Elena, que ahora también surte a los nuevos pobladores aguas arriba, donde aumentan los vecinos puerta con puerta.
Los recicladores de oficio en Medellín, buscan un reconocimiento que estabilice y le de formalidad a su trabajo, en medio de la preocupación por el aumento de las basuras en todo el mundo y el agotamiento de los sitios de disposición en la ciudad. Una mirada al reto de reciclar, a propósito de la cumbre del clima COP25.
Cartón, plástico, vidrio, vidrio cortante, papel sucio, papel limpio, hierro, hierro viejo y peligroso, basura de cocina, alimentos a medio comer, en putrefacción o recientes, bolsas y bolsas envolviéndose una tras otra por tamaño y resistencia; manos que tocan esas bolsas; palpan como un médico la barriga de una materna, en un tacto revelador, de formas posibles, materiales con ciertas asperezas, siluetas de botellas, la raspadura del cartón, la dureza del plástico. El reciclador tiene ciertas dotes de adivino, mañas que le dan ojos a las palmas de las manos y una intuición para sacarle provecho al nudo desordenado de bolsas que guardan dentro lo que se rechazó como basura.
El trabajo no es fácil y eso es un sobreentendido. Basta sopesar con los ojos el peso de una carreta, el olor conservado que puede tumbar a un hombre en ayunas o los materiales peligrosos que son como trampas en la búsqueda de un tesoro escondido. A Nelsy Polo Montero quizá todo eso se le vino a la cabeza cuando tomó la decisión de ponerse a reciclar, eso y pensar que la gente veía a todos los recicladores como marihuaneros y gamines.
Nelsy tiene 36 años, es bajita, morena, tiene el pelo negro crespo y porta con pulcritud el uniforme azul oscuro y el carné colgado de la camisa que la identifica como miembro de la Cooperativa Multiactiva de Recicladores de Medellín, Recimed, donde ha trabajado los últimos 10 años. Su vida hasta este punto ha sido de estaciones: desde los dos desplazamientos por grupos armados que ha padecido, hasta los siete trabajos diferentes que tuvo antes de llegar a la cooperativa.
Su familia es de Necoclí. De allá se vinieron, primero atravesando ríos furiosos, amarrados ella y sus siete hermanos en una fila que evitara que se perdieran en la corriente y la noche espesa. De allá los sacaron las guerrillas que mataban los animales de las fincas y los paramilitares que quemaban casas y cortaban cabezas a diestra y siniestra, en la búsqueda de supuestos colaboradores de sus enemigos.
Por eso Nelsy y su familia llegaron a Cereté, Córdoba y arrastraban con ellos un estigma que los señaló para que la gente no les diera trabajo. Lo mejor que ella pudo conseguir fue encargarse de vigilar bicicletas, vestida como hombre porque ese era oficio vedado para mujeres. No estudiaba y lo que conseguía no alcanzaba para pagar la escuela, que entonces cobraba matrícula. Tenía ocho años cuando una maestra bondadosa la vio y la matriculó en la escuela con cuatro de sus hermanos.
Desde ahí su camino ha sido de golpes de suerte; episodios brillantes y grises en los que se ganó la rifa de una beca que le permitió terminar de estudiar, fue empleada doméstica por 15 mil pesos mensuales y después pudo trabajar como mercaderista en Colanta, donde conoció a su primer esposo, que no veía con buenos ojos el trabajo de la mujer y al que dejó al cabo de un año. Se vino de Cereté hasta Medellín donde vendió minutos de teléfono celular y confites, y fue empleada doméstica por un tiempo. La primera vez que le pagaron su sueldo, creyó que le adelantaban el dinero de varios meses y eran 480 mil pesos.
Nelsy llegó a Recimed hace 10 años por referencia de una amiga; tenía ya su primer hijo y el trabajo que hacía no le daba para sostenerlo. Aceptó con algo de pena, le dieron un costal con la instrucción de que fuera buscar tarros entre las bolsas. Hoy su trabajo está limitado a una unidad residencial, donde tiene dos cuartos asignados, una para guardar lo reciclado y otro para separarlo: “Después de un tiempo en el trabajo le digo a mi mamá: ‘al fin encontré el trabajo que yo quería’, he trabajado en otras empresas y en ninguna encontraba como eso que lo llena a uno plenamente. Aquí he podido tener un ingreso, pero yo digo que el trabajo del reciclador es más de corazón, con el medio ambiente ‘’.
El reciclaje es un reto que tiene también connotaciones sociales para una ciudad. Foto: Martín Villaneda.
Ciudades de basura
Medellín genera 1 800 toneladas de residuos diariamente, que van a parar al relleno de La Pradera, en el territorio del municipio de Donmatias. Allí se reciben 56 000 toneladas mensuales, puestas en porciones de terreno llamadas vasos, ninguno reutilizable. El vaso que actualmente usa Medellín es de 22 hectáreas y tiene capacidad hasta 2023 y es por eso que, así como sucedió en los primeros años del siglo XXI con el cierre del relleno Curva de Rodas, en unos años habrá que buscar un nuevo sitio de disposición.
Todo este panorama, en un contexto de aumento poblacional constante de Medellín, lo que se traduce en más basura generada por una ciudad conformada por hogares que generan 3 kilos diarios cada uno, una media libra por cada ser humano. De eso, el 60% es material biodegradable, que no se aprovecha en su mayoría por los problemas para clasificarlo en el hogar y darle un segundo uso como abono; al otro 40% pertenecen los materiales reciclables y los que son peligrosos.
Según datos de Emvarias, en 2018 solo el 23% de los residuos sólidos que potencialmente se pueden reciclar en Medellín, fueron aprovechados; en 2019 se recuperaron 5 197 toneladas, muy por debajo de lo que el índice de calidad de vida Medellín como vamos plantea como ideal para 2030, que sería de 70 mil toneladas anuales recuperadas.
Entre los que trabajan por mejorar los números del reciclaje está Recimed, la cooperativa de Nelsy, con trece años de trayectoria y cerca de 500 recicladores de Medellín y Barbosa vinculados. Según explica Leonardo Gómez Marín, su director, el propósito esencial es buscar la dignificación y la formalización del oficio para que se saque mejor provecho de los residuos y facilitarles el trabajo a sus miembros.
Un reciclador con mucho trabajo y rutas claras puede alcanzar a ganarse un salario mínimo, pero son casos excepcionales. El promedio de ganancia de un reciclador es de 400 mil pesos mensuales. Lo que ha buscado la cooperativa es establecer alianzas con la oficialidad y los locales comerciales para aligerar el trabajo y entregar incentivos que pueden redondear un sueldo estable que se acerque al mínimo; más aún si se tiene en cuenta el contexto y la asociación que perdura de ese trabajo en el imaginario y contextos conflictivos como el de la mendicidad o las drogas.
Para Milena Jaramillo, coordinadora de uno de los programas de resocialización para habitantes de calle en la Secretaria de Inclusión Social, la relación de la mendicidad y el reciclaje no es tan problemática como se piensa: “No es ni bueno ni malo, depende de que estén en procesos muy precarios en los que no haya precauciones ni capacitación para que no peligre su vida en el trabajo, cosa que es menos probable que pase si (los recicladores) están bien organizados y formalizados. (…) Contrario a lo que se piensa, (esta relación) tiene un impacto muy positivo para la comunidad y para ellos, porque es un oficio que adoran, que les da libertad en sus horarios e ingresos constantes. El asunto es crear estrategias para formalizarlo”.
Leonardo Gómez reconoce que en esos procesos de formalización sí ha habido una participación de la Alcaldía para promover y hacer seguimiento a los programas, pero cree que se pueden mejorar aspectos que integren mejor al reciclador al sistema de aseo de la ciudad y se pongan en marcha proyectos postergados que, según Gómez, son promesas de campaña y acciones del Plan de Desarrollo, que se quedaron a medias o sin implementar.
Contexto quiso precisar con la Secretaría de Medio Ambiente qué se ha hecho y qué falta por hacer en materia de reciclaje en la ciudad. Las respuestas oficiales siguen pendientes y, a medida que se agota la vida útil de La Pradera, son más importantes.
Uno de los más recientes desastres naturales en Colombia es el de Mocoa-Putumayo, ocurrido el 31 de marzo de 2017, que dejó 332 muertos y centenares de damnificados. Entre las versiones e historias que hacen memoria de los acontecimientos, está el testimonio de Carlos Alfonso Jácome, un hombre de 38 años que sobrevivió con su familia y que relató así los acontecimientos:
Yo llegué a Mocoa hace 15 años, salí de Buenaventura sin nada, solo con mi esposa y mi hijo mayor, que en ese entonces tenía pocos meses de nacido. Me puse a trabajar en construcción, pero pagaban muy poquito, entonces me conseguí una carreta y me puse a vender verduras ahí en el barrio. Yo siempre viví en San Miguel, eso al principio era una invasión, poco a poco fue mejorando, aunque seguíamos con las calles destapadas, las casas de madera y zinc, matorrales entre una y otra, lámparas que no servían y ríos por todos lados. Pero al menos teníamos eso y estábamos contentos, dígame ahora…
Con el tiempo, comencé a vender en otros barrios, hasta que me recorrí casi todo el pueblo con mi mercancía, así fue como levanté a mis hijos. La gente me distinguía, ya sabían que, Mi So, era el negro de la carreta que vendía las verduras frescas y baratas. Quién sabe dónde habrá quedado mi carretica.
Vea le cuento: yo ese día estaba jugando fútbol con mis so (amigos) en la cancha del barrio y se largó un lapo de agua durísimo, entonces dejamos el partido así y nos fuimos para la tienda. Eran como las 10:30 de la noche y yo pegué (se fue) pa’ mi casa, cuando iba llegando vi el río muy crecido y sucio, eso lo sabe uno que ha vivido siempre al lado de él, si está sucio y baja ramas, es porque arriba se desbordó. Entonces entré a la casa y le dije a mi mujer que nos fuéramos porque ese río se iba a salir y nos inundaba la casita, ella levantó a los niños, yo empaqué lo importante y salimos. Cuando abrimos la puerta, ya el agua estaba en la calle, el puente ya no se veía, entonces pegamos pa’l puente de Villa Rosa, pero tampoco había paso, La Taruca también estaba crecida y no dejaba cruzar.
En ese momento me empezó a entrar miedo, más porque la gente era llorando y gritando que venía una avalancha. Lo primero que hice fue subirme con mi familia a una casa de 3 pisos. De un momento a otro, se fue la luz, eso indicaba que alguna cosa le había pasado a la subestación, que quedaba mucho más arriba del barrio. En esa casa había muchas personas, todas desesperadas porque afuera nos esperaba lo peor. Yo entré al cuarto donde estaban mis hijos y mi esposa, los abracé fuerte y les dije que los amaba mucho, porque sentía que iba a perder a alguno. Mis hijos se aferraban a mi persona, como si yo fuera su salvación, y me gritaban que no los dejara morir, entonces le dije a mi esposa que si ella quedaba viva enterrara a mis hijos, y le prometí que, si el vivo era yo, los enterraría a ellos. La besé y salí al corredor.
“Así quedó parte del vecindario de Mi So después de la avalancha”, Carlos Alfonso Jácome. Foto: Maria Camila Tamayo
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Vi cómo bajaban árboles enteros, piedras gigantes, carros con ocupantes, motos, bebés, niños y adultos. También vi cómo las casas de enfrente se derrumbaron con todas las personas adentro, ellos gritaban y pedían auxilio. Por un momento pensé en tirarme a rescatar a esos vecinos de toda la vida, a los bebés que apenas llegaban al mundo, a los niños que jugaban con mis hijos, a los que me compraban mis verduras a diario. Pero no podía, tenía que cuidar a mis 3 pelaos y a mi esposa. Vi las estructuras derrumbándose como si fueran fichas de dominó. Aunque a pedazos, solo quedaron dos viviendas en pie; la de la tienda del barrio y en la que estábamos nosotros.
La avalancha fue disminuyendo y pudimos rescatar a 5 personas que quedaron atrapadas contra la casa; 2 niñas, un niño, un hombre y una mujer. A la señora la conocía, me compraba verduras en el barrio Los Pinos. Los 5 estaban demasiado aporreados, llenos de lodo y de sangre.
Cuando creíamos estar a salvo, ¡taque!, llegó otra avalancha que, aunque menos fuerte, arrasó con lo poquito que quedaba, ustedes no se alcanzan a imaginar el tamaño de las piedras que bajaban, yo no sé de dónde salió tanta piedra, mis so. Cuando yo llegue al cielo, porque allá quiero llegar, lo primero que voy a hacer es agradecerle a mi Dios y a María Santísima por habernos salvado ese día. Lo segundo, va a ser preguntarle de dónde salió tanta piedra, porque se los juro que no me explico eso. Tuvimos pánico toda la noche, llorábamos como unos niños, mucho más, al ver el terror en los ojos de nuestros hijos.
A eso de las 4:00 de la mañana, que estaba medio aclarando, empezó a llegar la Cruz Roja, el Ejército, los Bomberos y la Policía. Ahí fue que pudimos sacar a los heridos y a nuestras familias. Con la luz del día llegó el dolor; yo vi todo mi barrio arrasado, vi muertos por donde caminaba y gente que salía milagrosamente del lodo. Esas imágenes se quedarán el resto de vida conmigo, lo grabé todo en mi memoria, aunque también grabé que Dios me dio otra oportunidad y la tengo que aprovechar.
Después de unos días llegamos a un albergue del gobierno y permanecimos allá un tiempo, me tuve que ir porque por esos días llovía mucho y mis hijos pensaban que se iba a venir otra avalancha. Un amigo nos prestó una pieza para los 5 y allá sobrevivimos hasta que decidí regresar a Buenaventura. Llevaba 13 años sin ver a mi mamá y sentía la necesidad de abrazarla, porque estuve a punto de no poderlo hacer más nunca. Mi So no es el mismo de antes, ahora entiendo que como tengo a mi familia, así mismo los puedo perder en un abrir y cerrar de ojos, en una ida a jugar fútbol.
Esa avalancha se nos vino con fuerza, con rabia, no hizo caso a ninguna condición; allí murieron niños y grandes, negros y blancos, pobres y ricos, buenos y malos. A Mocoa llegué por un sueño –tener casa propia–, yo me vine de allá sin él, porque un año después de cumplirlo, la naturaleza me lo arrebató. Perdí amigos, conocidos y clientes, perdí mi casa, ahora no sé ni siquiera dónde está mi carreta… Y como llegué hace 15 años, así me devuelvo, sin nada, solo con mi familia.
Uno de los recursos naturales –sino el más- importante para el ser humano es el agua. Este líquido se involucra en muchas de nuestras actividades diarias y no podemos vivir más de una semana sin consumirlo. Nuestro cuerpo está compuesto mayormente por agua y el planeta también.
Aunque Medellín tiene cifras bajas en pérdida de agua, persisten factores que demandan atención al problema.
Foto: Juan Pablo Sepúlveda P.
Lamentablemente, el agua se está acabando. Del total de agua en la tierra solo el 3% es apta para el consumo humano. De esa cantidad solo el 1% es de libre acceso, ya que el 2% restante está en forma de glaciares. Las reservas de ese 1% se están agotando, y es posible que en menos de 50 años tengamos muchos problemas para tener acceso a ella.
Wikileaks reveló un informe en el que científicos de Nestlé –la compañía de alimentos más grande del mundo- aseguran que en 2025 un tercio de la población mundial va a tener dificultades para obtener agua potable, y para 2050 la disponibilidad del líquido será de menos del 40% en todo el mundo. Además, según un documento de la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico), se estima que para 2050 la demanda mundial de agua va a aumentar en un 55%. Revelaciones hechas en el Foro Económico Mundial más reciente, en 2030 esta demanda habrá aumentado en el 40% en relación a la de la actualidad. Va a haber más necesidad de agua, pero mucha menos cantidad de ella.
El porqué de la falta de agua
El informe de los científicos de Nestlé advierte que la escasez de agua en el planeta se deberá a factores climáticos, el aumento de su demanda, el crecimiento de la población y las actividades económicas como la minería (que usa el agua para la extracción de metales y la contamina) y la agricultura. El 70% del consumo total de agua de los seres humanos se emplea en los usos agrícolas, y alrededor del 43% de esta agua se pierde por técnicas de riego ineficientes.
Parte de la falta de agua también se da por la dieta a base de carne, que se presenta mayormente en el hemisferio occidental del planeta, y que requiere una alta concentración de agua en cultivos de maíz y soja para alimentar a los bovinos. Una razón más de la próxima escasez de agua es que los contenedores subterráneos del líquido se están agotando, pues los ciclos climáticos afectados por la contaminación no producen recargas para los acuíferos del planeta.
Otro aspecto que hace que el agua se esté perdiendo es el gasto irracional por parte de las personas. En un baño se pueden gastar de 100 a 200 litros, y alrededor del 75% de esta agua se desperdicia. Se usan 7 litros de agua para lavarse los dientes y 6,5 de estos se desperdician. Cada vez que vaciamos el inodoro se gastan hasta 20 litros, y estos son solo algunos ejemplos, dejando afuera otras actividades como el lavado de carros y el riego a jardines.
La falta de agua potable ya es un problema de salud pública, pues causa la muerte de 2 millones de niños al año y un aproximado de 3 millones 500.000 personas debido a enfermedades relacionadas con la calidad del agua. Y con más falta de este líquido, estas cifras solo pueden aumentar.
¿Colombia y Medellín?
En Colombia, según cifras de Planeación Nacional y el Ministerio de Desarrollo Económico, se desperdicia del 43 al 50% del agua potable, y aunque cada colombiano cuenta en la actualidad con 43.000 metros cúbicos de agua para su consumo por año, de continuar el despilfarro esta cifra podría caer a 2.000 metros cúbicos por año a partir de 2020.
El Estudio Nacional de agua 2014 expresó que las pérdidas de agua en el país se dan principalmente por la contaminación de esta a partir de cargas de materiales biodegradables y no biodegradables, nutrientes y metales pesados. 205 toneladas de mercurio y 918 toneladas de otras sustancias son vertidas a los ríos colombianos cada año, producto de actividades económicas como la minería, que en muchos casos es ilegal.
Medellín, por su parte, tiene cifras bajas en relación a pérdida de agua en comparación al resto de Colombia. A través de un comunicado, Planeación Nacional expresó que en la ciudad se registran pérdidas de solo el 18%. En Medellín el Índice de Pérdidas por Usuario Facturado (IPUF) fue de 7,3 metros cúbicos por mes en 2015, según otro informe presentado por Medellín Cómo Vamos, al mes, en el Valle de Aburrá se consumen 26 millones de metros cúbicos de agua
Sin embargo, cosas como los lavaderos de carros (sobre todo los informales, que no tienen regulación en cuanto al gasto de agua) siguen aportando a la pérdida del líquido. Empresas Públicas de Medellín detectó que existen al menos 187 lugares de este tipo que despilfarran al mes más de 37 000 litros de agua potable, pues usan mangueras que dejan abiertas y no tienen los filtros necesarios para el ahorro de agua.
El ser humano debe tomar conciencia acerca del agua que necesita y el agua que gasta, para que el despilfarro no conlleve a que las próximas generaciones se queden sin este preciado líquido, o para que no suceda lo que expresó Ismail Serageldin, ex vicepresidente del Banco Mundial, quien dijo en 1995 que “las guerras del próximo siglo se librarán por agua”.