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  • El cantor que echa su alma a volar

    John Jairo Torres de la Pava necesita a su guitarra como el cielo a las estrellas y el invierno al frío.

     

    Federico Hoyos Gutiérrez / federico.hoyos@upb.edu.co

     

    Fueron precisamente los sonidos armónicos de sus cuerdas, combinados con el de su melodiosa voz, los protagonistas de aquella noche del miércoles 15 de julio de 1998, fecha del concierto de lanzamiento de su álbum Lo que amo, en el Teatro Metropolitano José Gutiérrez Gómez, de Medellín.

     

    Entre los espectadores estaba Lina María González, una joven simpática, esbelta y sonriente. Lo que ni ella ni John sabían era que el destino quería unirlos desde esa noche para siempre. “Mi mamá fue literalmente obligada. Una amiga le dijo: ‘Tenés que ir. Si querés, comprá la boleta más barata’”, cuenta Gabriela Torres, hija de John Jairo y Lina. “Eso hizo mi mamá, compró la más barata y se hizo bien atrás, en el ‘gallinero’. Al principio estaba muy aburrida”. Pese a que el recinto estaba a reventar, había algunos puestos libres más adelante y, en el intermedio del concierto, su amiga le dijo: ‘Váyase pa’delante, allá en esos puestos que sobraron’.

     

    << La tradición como elemento de contrastes está en las bases de la obra de John Jairo Torres. Foto: Cortesía.

     

    De repente, el aburrimiento de Lina se transformó en un mar de lágrimas al escuchar Tu llegada, una canción que John Jairo compuso cuando nació Catalina, su primera hija. “Mi mamá se puso a llorar, le llegó muchísimo la música de mi papá. Al final, la amiga de mi mamá le dijo: ‘¿Quieres conocer a John Jairo?’”. Lina accedió y se fue con ella y otra amiga a saludarlo… “La amiga de mi mamá quería presentarle a mi papá la otra amiga, no a mi mamá”. Sin embargo, John se enamoró perdidamente de Lina desde el primer instante que la vio, “tanto así, que ni siquiera se acuerda de la otra amiga.”, dice Gabriela. “Al mes de conocidos, mi papá le hizo la primera canción a mi mamá (Mi alma gemela)”.

     

     

    Para entonces, John Jairo ya se había divorciado de Maria Eugenia Bayona, la fuente de inspiración de obras como No es tan fácil y Fantasmas. “Las canciones tristes de John Jairo vienen de esa época, y las alegres vienen de su segundo matrimonio con Lina”, recuerda Jaime Betancur, amigo de John desde hace más de dos décadas. “Él ha pasado por muchas etapas de la vida, por eso es tan buen compositor. El noventa porciento de lo que produce es muy bueno y, lo demás, muy aproximadamente bueno”, agrega.

     

    De aspecto bonachón, tez blanca, cabello negro entremezclado con canas, nariz gruesa y redondeada. Sus ojos cafés reflejan una mirada sincera y penetrante. Sus 188 centímetros de estatura le permitieron ser un habilidoso basquetbolista en la adolescencia.

     

    Nacido un Día de Brujas de 1958 en el Seguro Social de Itagüí, es tecnólogo en Sistemas de Cedesistemas y gestor cultural de la Universidad EAN. No obstante, “la música es la que ensancha su espíritu y la que purifica las aguas cristalinas de su inspiración”, como escribió alguna vez Rubén Darío Barrientos. Desde la cuna, su corazón palpita al ritmo de bambucos, pasillos, guabinas, danzas y valses.

     

    Es hijo de doña Gabriela de la Pava, mujer sabia y serena; y de don Heroel Torres, hombre de carácter fuerte, con quien mantuvo una relación difícil durante algún tiempo. Paradójicamente era don Heroel quien le regalaba instrumentos, pero no quería que fuese músico. Las diferencias entre ambos se subsanaron con una composición conciliatoria: una danza titulada Para decirte te quiero. Dice Betancur que “llegó el momento de la vida en que él (Heroel) estaba enfermo y John Jairo le quiso escribir una canción diciéndole que no quisiera perderte sin decirte te quiero’.

     

    Su abuelo tiplista, Antonio ‘el Negro’ Torres, fue quien le legó la vena artística. A los ocho años incursionó en la guitarra. En ese entonces le decía a su profe, Rodolfo Marín, que había escuchado por radio los que en verdad eran sus primeros poemas musicalizados.

    Aquí, Joh Jairo Torres celebra su reconocimiento a Canción Inédita. Foto: Cortesía. >>

     

    Prolífico compositor, su repertorio supera las 200 obras escritas, muchas de ellas interpretadas y grabadas por reconocidos artistas. Ha triunfado en diversos eventos tales como el Festival Mono Núñez, el Festival Nacional del Pasillo Colombiano, el Concurso Nacional de Duetos de Ibagué y el Concurso Nacional del Bambuco Luis Carlos González, por tan solo nombrar algunos. “No me quiero perder ningún festival, ni concierto”, afirma John Jairo.

     

    “Es un defensor incansable de nuestra música”, dice Carlos Andrés Mesa, licenciado en Dirección Musical. En marzo de 1998, la Cámara de Representantes le condecoró con la Orden de la Democracia en grado de Caballero “por su labor en la creación y difusión de la música colombiana”. El municipio antioqueño de San Pedro de los Milagros “instituyó el Concurso Nacional del Bambuco John Jairo Torres de la Pava”.

     

    Jairo Moreno, excuñado de John, resalta que él “tuvo muy claro siempre que si queríamos rescatar y manejar una música colombiana folclórica que perdurara, teníamos que hacer que los jóvenes se involucraran con esas músicas”. Una de las condiciones que puso Torres cuando asumió la dirección ejecutiva de Antioquia le Canta a Colombia en 2007, era que los niños también pudieran participar en el festival. Cuando fue director artístico y presentador del programa televisivo Serenata, les exigía a los artistas que la mitad de su repertorio fuera de músicas andinas colombianas.

     

    Pese a que su rostro ya no aparece en las pantallas, todavía hay muchos que le demuestran simpatía en la calle y le piden que les cante un pedacito de alguna de sus canciones. “Mis fans son, en este momento, mayores de setenta”, bromea John Jairo.

     

    Está en contra de los estereotipos, de que haya que ponerse sombrero, salir de ruana, de carriel y alpargatas para pararse a cantar en un escenario. Esa fue la idea que lo sedujo a escribir Quién dijo, el icónico bambuco que despertó amores y odios, pero que, al fin y al cabo, lo catapultó como cantautor. John Jairo es un convencido de lo que hace. En la fiesta de premiación del Mono Núñez de 1987, “aposté 30 mil pesos con el que ganó ese año la obra inédita a que yo ganaba el año siguiente”; y así ocurrió: fue precisamente Quién dijo la canción que le dio el triunfo en ese festival.

    Video

    John Jairo Torres de la Pava interpreta “Quién dijo”. Video: Teatro Metropolitano.

     

    Dice la verdad sin tapujos. Un reconocido artista de antaño le dijo alguna vez: ‘Tus canciones son muy bonitas, pero eso no es comercial. Eso no le gusta al pueblo’. Y John Jairo le contestó: ‘Mis canciones no las van a olvidar los que las han oído. En cambio, de las tuyas, mañana no se va a acordar nadie’.

     

    Torres de la Pava tiene muchos conocidos, pero pocos amigos. Eso sí, los que tiene son entrañables. “A mí me han tocado muchas tertulias que casi siempre son en la casa de Lina y John. Ellos tienen un grupito de amigos que son Jaime Betancur, Gustavo Díez y Alfonso Grosso (acompañados de sus esposas Esperanza, Davinia y María Elena, respectivamente). John es el líder del equipo. Es el que pone el tema de conversación.”, cuenta Pedro Pablo Zuluaga, novio de Gabriela. Se reúnen a reírse y a contar historias, al sabor de unas copas de aguardiente. “En cualquier momento llega alguno y dice: ‘¡Vamos a tocar!’. Y John saca su guitarra”, una Yamaha traída desde Japón. “La cuida como un tesoro… solamente la saca cuando ellos van y, de vez en cuando, me la presta por ahí a mí”, dice Zuluaga. “A él le han ofrecido plata por ella, la que quiera… le han ofrecido cambiarle la guitarra, pero él no la cambia por nada del mundo”, agrega.

     

    Gustavo Díez, hombre carismático y locuaz, es el guitarrista de cabecera de John Jairo. Dice que las anécdotas con él dan para escribir un libro. ‘Tavo’ describe a su amigo como “una teta auténtica”. Mamagallista y dicharachero, “siempre está echándole vainas a todo el mundo… Es insoportable en el estudio de grabación (risas)” y “Termina por imponer su criterio frente a lo que él quiere que se haga”. Díez destaca que las diferencias de pensamiento nunca han sido un obstáculo para ser amigos. “Yo le digo a John: ‘Una de las razones por las que más te quiero a ti es que cuando esté verraco contigo te lo puedo decir en la cara y no me da miedo’. No nos guardamos nada”.

     

    Como auténtico perfeccionista, le sacan de quicio las cosas mal hechas. “No admite el fracaso”, recalca Díez. “Él es muy nerd. No descansa hasta hacer las cosas bien. Me acuerdo muchísimo cuando hizo la segunda carrera (Gestión Cultural), que se despertaba como a las tres de la mañana a estudiar… Se acostaba muy tarde por hacer trabajos”, recuerda Gabriela.

     

    No está satisfecho con lo que ha logrado; aún tiene varios pendientes. “Me falta componer mi mejor canción, me falta escribir mi mejor libro, me falta conocer a mis nietos…” Está finalizando su tercer libro y planea montar un podcast y un canal de YouTube. “Me apasiona mucho la comunicación”, enfatiza John Jairo.

     

    No tiene peros ni reparos a la hora de darle gusto al paladar. “Come mucho, como yo”, dice Gaby, jocosamente. “Le encanta la carne. Intentó ser vegetariano, pero no le dio”. No puede vivir sin Coca-Cola y sin comer leche en polvo.

     

    Dicen que es reticente a dar consejos, pues considera que la vida la vive cada uno. Que lo entristece la injusticia y la indiferencia… y, según Díez, que “le da mucho terror el escenario antes de tocar”. Pero cuando está parado en él, echa su alma a volar.

     

    Trabajo realizado en el curso Periodismo III, orientado por l profesora Claudia Patricia Sánchez Aguiar.

     

     

     

     

     

     

     

  • Querer y poder, el dilema de la música en Medellín

    Sebastián López Ortiz / sebastian.lopezo@upb.edu.co

     

    Medellín, una ciudad con herencias musicales que vienen desde la colonización española, además de los sonidos entrantes por los Andes, huellas de figuras como la de Carlos Gardel, fue incluso núcleo de la industria musical de Colombia, como sede de la mayoría de casas disqueras a mediados del Siglo XX. Tango, ranchera, salsa y el tan popularizado reguetón, entre otros ritmos, son muestras de la diversidad musical de esta urbe.

     

    Medellín es melómana, pero ¿es verdadero refugio para los músicos? ¿Qué pasa con esa persona que invierte años formándose no solo para que su instrumento suene perfecto, sino también para crear su visión de la música, para entender sus posibilidades y sus alcances, ese gran fenómeno que después de largos procesos, finalmente todos podemos escuchar transformada en una canción?

     

    Medellín y la música, una relación de amor y odio

    Es un sábado en la noche, la ciudad suena, la gente canta. En el barrio Manrique se escuchan de fondo algunos de los más famosos tangos gardelianos. En El Poblado, en el renombrado Parque Lleras, las juventudes bailan al ritmo de los bajos de una canción de reguetón. También se escuchan los sonidos provenientes de las improvisaciones de un conjunto de Jazz, mientras que al vaivén de las botellas de cerveza se canta a todo pulmón una canción de protesta al ritmo del punk en bares de las Torres de Bomboná. Entre tanto, la armonía de la Orquesta Filarmónica de Medellín toca sus conciertos de temporada en el Teatro Metropolitano.

     

    A lo largo del año, en la ciudad se celebran muchos festivales musicales como: Medejazz, Festitango, Festival Altavoz, FestiAfro, Festival La Solar, entre otros. También es muy importante mencionar que con recursos públicos se financia la Red de Escuelas de Música de Medellín, en la cual actualmente hay cerca de 5 mil estudiantes y 27 escuelas aliadas, según el sitio web de la organización. A su vez, en Medellín hay siete centros educativos para hacer estudios superiores de música, bajo diferentes nombres y enfoques. Hay también centros privados como Iberacademy, Pianissimo y El Cubo Parque Cultural, que se proponen además como plataforma para hacer visibles a los músicos, junto a los festivales y medios especializados como la Revista Música, que busca darle voz a todos estos músicos y bandas de tendencias no dominantes o fuera de lo que se denomina el Mainstream. La publicación, nacida en 2003, tiene ya 61 ediciones.

    La Revista Música es además animadora de la Unión del Sector de la Música, que tiene fines gremiales. Foto: Cortesía. >>

     

    Entre los espacios más destacados para la actividad musical en la ciudad está el Teatro Metropolitano y el Pablo Tobón Uribe. A ellos se les unen los teatros universitarios y algunos espacios privados, además de un circuito de bares con música en vivo. Pero como cuenta Fernando Gallego, “en Medellín el circuito de música en vivo, la llamada chisga, normalmente funciona en los bares y los bares no tienen infraestructura real para los conciertos en vivo, pero modifican su estructura para poder ofrecerlo. Algunos bares tienen escenarios pequeños y no están acústicamente pensados para eso”.

     

    Por su lado, Sebastian Almánzar también tiene su postura frente a este tema: “hace mucha falta un teatro en Medellín, uno acústicamente construido para eventos musicales. Me parece que el problema en Colombia es que los teatros se hacen pensando en dos cosas, es decir, cumplir dobles tareas: teatros toderos”. Pero el problema no solo está en los teatros que hay, sino en los que ya no hay, el maestro Posada cuenta: “en Medellín cometimos grandes pecados con la idea del modernismo y progreso: y fue tumbar el teatro Junín, ¡era una joya!, fue una tremenda equivocación de la sociedad en su momento y eso dio pie a muchos de los problemas que acoge hoy el centro”.

     

     

    <<Nepentes es una de las bandas con más dinámica en festivales dentro y fuera del país. Foto: Cortesía.

     

     

    ¿Y cuál es el apoyo que la música tiene realmente en la ciudad? “Medellín es una ciudad que ha venido de menos a más. Hace unos 20 años se ha venido fortaleciendo todo ese tejido cultural a través de muchas más oportunidades, equipamientos, procesos, recursos y se ha venido trabajando. Los artistas han sido cogestores, además de la ayuda de empresa privada. También se ha venido generado un portafolio importante de oportunidades para mucha gente en términos de presupuesto participativo, becas de creación, los eventos de ciudad y todos los procesos de desarrollo económico para el fortalecimiento de las industrias creativas. Cuando yo empecé no había nada”, cuenta Juan Carlos Sánchez. El contraste lo explica Fernando Gallego, al referirse a festivales gratuitos que han contribuido a la divulgación, pero han desincentivado entre las audiencias la cultura de pago por ver en vivo los artistas de su preferencia: “Y eso para los músicos es un problema, porque pagar un cover que valga lo que realmente justifica el concierto, les duele pagarlo. [Para] Un concierto bueno, por 30 o 40 mil pesos, la gente se ofende, que es lo más complicado. En la época del streaming, cuando uno está acostumbrado que todo esté en línea y las cosas en línea son gratis ya de entrada hay un problema grande y ¿cómo le haces entender a una persona de 13 años que tiene que pagar por la música?, es un problema de esta generación”.

     

    El análisis de Gallego pone en discusión el papel de la educación para el arte. Andrés Escobar cuenta que “hay una falta de educación. Es una cuestión que va desde más abajo. Si los niños desde los 3 a los 10 años tienen una formación musical que por lo menos les dé una noción, van a lograr cogerle un cariño y un gusto a la música y, aunque no se dediquen a ella, van a aprender y entender de música y eso les va a ayudar en cualquier otro proceso de aprendizaje”. Y Almánzar añade: “Es necesario crear un hábito de querer escuchar música. Que realmente la gente tenga muchas ganas de oír su orquesta tocar y esto es algo que debe impulsarse desde los niños”.

    El director Sebastián Almánzar durante una de sus presentaciones en Europa. Foto: Cortesía.

     

    Son muchos factores entre no querer ir al concierto y no tener con qué ir. Sebastián Almánzar también es consciente de esto: “El salario mínimo está en poco más de un millón de pesos y de ese dinero se te van 800 mil pesos en el día a día, lo que tienes que pagar y sí mucho lo que te queda. Imagínate uno estar pagando 30 o 40 mil pesos en una boleta cada fin de semana; es muy complicado”. Al resultado de ese balance financiero se le denomina capital de consumo. Según el profesor Luis Fernando Aguado, hay tres formas de fortalecer capital de consumo cultural: la crianza en una familia que valore las expresiones como la música, educación artística en nivel de primaria y efecto rebaño; que el voz a voz o el gusto de quienes son cercanos lleve la música a cada persona. Según esto, que la música tenga espacio además de la idiosincrasia, depende de la economía del país.

     

    ¿Vale la pena estudiar?

    Para muchas de las personas que quieren dedicar su vida a la música es difícil la decisión de si hacer estudios profesionales o comenzar una carrera empírica basada en el mejoramiento de la técnica con el instrumento. ¿Qué aporta profesionalizarse en la música? Para Andrés Escobar es importante porque: “De acuerdo con el amor, pasión u obsesión que tenga uno por la música, el estudiar la carrera te permite entender un montón de cosas históricas que han sucedido con la música. Además, te da herramientas útiles. No sólo es perfeccionarse uno con un instrumento, sino un entendimiento de la música desde un punto de vista teórico, histórico y estilístico”.

     

    Para Fernando Gallego, la decisión de hacer la carrera va ligada a la intención que tenga el músico: “Si lo que uno quiere es proyectarse desde el ámbito académico y seguir haciendo carrera académica, hacer su maestría y luego aspirar a otro posgrado, pues tienes que hacer una profesionalización”. Y agrega: “Ahí hay un problema grande porque una persona de 17 años que recién pasa a su pregrado todavía no tiene claro esto, porque luego uno puede cambiar de opinión. Lo que yo le digo a los estudiantes jóvenes que me plantean el asunto de estudiar es: trate de hacer la técnica pensando después en profesionalizarse, porque se puede hacer la técnica y mientras estás trabajando puedes hacer la profesionalización, que es algo completamente normal en una ciudad que tiene una gran población en estratos bajos”.

    Entre el rock y el jazz, el profesor y músico Fernando Gallego recorre los bares de la ciudad con proyectos como Green Monkey y Slow Hands. Foto: Cortesía.

     

    ¿Y si me voy del país?

    Se dice que, si los artistas quieren alcanzar una mejor calidad de vida, obtener mayores logros profesionales y personales, se deben ir del país. Pero León Giraldo no está de acuerdo: “no creo que mi realización esté ligada a una posición geográfica. Se debe más a la labor que se realiza de acuerdo con las necesidades de la sociedad que habitas. Los proyectos de vida se construyen uno a uno. Además, puede que en otros países haya más orquestas filarmónicas, pero también más profesionales, más músicos que ya ocupan esas plazas. Después de vivir tres años en Europa me doy cuenta de que las realidades son muy parecidas, pero en diferente dimensión”.

     

    Todos los entrevistados coinciden en la ganancia que ofrece un acercamiento y una mirada internacional en la música, porque, como lo plantea el maestro Alejandro Posada, “el mundo es la casa de los músicos”. Juan Carlos Sánchez agrega al respecto: “Celebro cuando pueden estudiar afuera y celebro más cuando regresan a compartir sus conocimientos”.

     

    Pero hay también una tercera mirada que ve en el “salir del país” una necesidad. La maestra Ana Orduz dice que: “Lo de irse depende del género que quieras tocar y del perfil profesional y artístico que quieras tener”, opinión que sintoniza con la de Gallego:“Cuando uno va muy en contra de la corriente es muy difícil vivir de la música. Por ejemplo, si tienes una banda de punk en Medellín probablemente no vivas de la banda”.

     

    Soy músico y soy una empresa

    “El artista hoy en día debe buscar su espacio en la sociedad (…). El músico debe saber venderse, crear la necesidad de lo él hace”, comenta Alejandro Posada. Pero esto no es un mero discurso de emprendimiento y de gestión cultural. Sara Melguizo, directora de la Revista Música cuenta que: “Los músicos pertenecemos a un sector en el que no somos asalariados. Somos supuestamente emprendedores, pero a veces no alcanzamos ni siquiera a auto emplearnos de manera digna porque nuestras empresas son estacionales, entonces nos toca ser multi perfil. Es cierto que tenemos una capacidad adaptativa maravillosa, pero ¡eso no es saludable!”. Desde su experiencia, Juan José Trejos añade: “Es un poco peligroso eso de ser toderos porque uno no se ve obligado a no solo desenvolverse profesionalmente en algo y hacerlo muy bien, sino que le toca hacer muchas cosas, entonces pierde calidad el arte y finalmente el producto”.

    Juan José Trejos tiene como instrumento principal el trombón, pero también toca la guitarra. Foto: cortesía.

     

    Talento migrante

    En los últimos años, según cuenta Alejandro Posada, dentro de la Filarmónica de Medellín más del 50% de los integrantes vienen de municipios cercanos a la ciudad. Una tendencia similar a la que se observa entre los aspirantes a programas académicos cono el de la Universidad EAFIT. León Giraldo es oriundo de El Retiro; Fernando Gallego, de La Unión; Juan Carlos Sánchez de Támesis y de Riosucio en Caldas es Juan José Trejos.

     

    En el exterior cada vez es más común escuchar que compatriotas son reconocidos o incluso ganan becas por su labor musical. Un ejemplo es Sebastián Almánzar, quien alcanzó el segundo puesto en la edición 2020 de la Competencia de la Unión Europea para Directores de Orquesta, realizada en Sofía y en Pazardzhik, Bulgaria; esto sin referirnos al reconocimiento de artistas de la música en facetas más comerciales.

     

    Hay otro factor fundamental. Un factor más discreto pero potente: “Algo muy importante es que se tiene la música como la oportunidad salir de situaciones difíciles”, cuenta el maestro Alejandro Posada, para quien esta expresión muestra a los jóvenes otro estilo de vida, otra posibilidad de salir adelante ,sobre la base de valores como la disciplina. “Los músicos en Latinoamérica en general son buenos o podemos llegar a ser buenos primero por la disciplina que uno pueda tener, pero, el más importante aún, me parece que es porque nos toca lucharla tan difícil”, afirma Almánzar, a lo que la maestra Ana Orduz le agrega una gran capacidad para soñar.

    La Fundación Pianíssimo abre espacios para que los estudiantes de este instrumento tengan contacto con el público y perfilen su talento y su vocación. Foto: Cortesía.

     

    ¿Y de dónde saco los pesos?

    El soporte económico es una constante en la preocupación de los músicos para desarrollar sus proyectos. La financiación pública es una carta cada vez más visible y, por ejemplo, la Alcaldía de Medellín cuenta con varios mecanismos como estímulos que vienen desde el programa de Presupuesto Participativo, hasta los conciertos gratuitos como el Festival Altavoz . Pero puede ser complicado acceder a estas ayudas. Andrés Escobar cuenta que: “La Alcaldía da subsidios, pero uno debe hacer un papeleo extenso y ser muy cuidadoso para lograr acceder a ellos, debe presentar una propuesta sólida”. Y ahí está la cuestión, mientras más solida sea la propuesta, más posibilidad hay de contar con esas ayudas.

     

    Organizaciones y centros culturales particulares hacen lo propio. El Teatro Pablo Tobón Uribe tiene varias actividades de apoyo a los músicos y a los artistas en general, de eso habla su Director: “tenemos varios proyectos. El primero, Matraca: donde asisten bandas más consolidadas que venden boletas y son sostenibles. También tenemos un programa alrededor del Café Teatro donde permitimos que bandas emergentes toquen. Les ponemos un sonido, iluminación, backline, tarima y desarrollamos ejercicio de coproducción o de producción”. Se busca que lo que se recoja en boleterías vaya en mayor porcentaje para estas bandas. Y con la reactivación económica el Teatro busca generar más espacios y, con ello, más ganancias para todos estos músicos.

    << El modelo de la escuela Iberacademy se basa en la búsqueda de los mejores profesores alrededor del mundo para sus estudiantes. Foto: Cortesía.

     

     

    Y, ¿cuánto cobro?

    Una queja generalizada en el gremio de la música es que algunos colegas porque “regalan su trabajo”, lo que genera un desbalance en el mercado laboral. Una clase de piano por hora y media a la semana, oscila entre los 40 y los 300 mil pesos.

     

    Sara Melguizo, quien también está a la cabeza de la Corporación Unión del Sector de la Música (USM) ha venido generando proyectos que impulsen a un pago digno por la labor musical e invita a que se respeten ciertas tarifas para que no se presenten esos quiebres entre lo que se paga por la labor artística. Para eso, dentro de la Corporación realizaron una tabla dinámica de tarifas para que un músico pueda tener una idea de lo que debe cobrar por su trabajo. Un estudio de la USM encontró que los ingresos que provenían del ámbito digital sólo correspondían al 8% de los ingresos de los proyectos musicales, lo que desmitifica la idea de que lo digital es la panacea para los músicos.

     

    A lo anterior es importante agregar que los impuestos de importación de los instrumentos son muy altos, Ana Orduz cuenta que traer un piano de cola cuesta desde 35 millones de pesos, en gran medida por los llamados aranceles de importación sobre los instrumentos musicales, que están considerados por las normas aduaneras como artículos de lujo y ocio, no como parte de las herramientas de la llamada industria creativa. “Son unas políticas contradictorias”, afirma Orduz.

     

    La payola

    Pagar para sonar es, más que una queja, otro de los fenómenos que preocupa a los músicos que en ella ven el fin de los méritos. “La payola son las prácticas restrictivas de la competencia. Eso hace que suene siempre la misma música tanto en la radio como en las listas de reproducción. Incluso existe la contra-payola, que es pagar para que los otros no suenen. O la hiper-payola, pagar para ser parte de las listas de las sociedades de gestión colectiva por parte de las emisoras. Es decir que llenan las listas con música que no sonó y las sociedades de gestión colectiva reciben esas listas y les pagan a los asociados. Son situaciones muy complejas que no se cuentan”. Lo que se busca es que haya un impuesto sobre la payola y que se sepa con completa claridad cuándo una reproducción es publicidad musical pagada.

     

    ¿Para qué la música?

    El arte es necesario para el desarrollo de sociedades sanas y maduras, en eso coinciden los músicos entrevistados. Para Ana Orduz, el arte genera bienestar, que finalmente, derivará en paz. Pero el maestro Alejandro Posada lo explica desde las tres dimensiones de lo humano: “La parte de la mente, el cuerpo y el espíritu. El arte nos ayuda a desarrollar esos tres constantemente. Cuando el niño está estudiando música, está desarrollando constantemente cuerpo mente y espíritu y, cuando una sociedad la mayoría de sus habitantes ha podido nivelar esos tres aspectos fundamentales se logra una sociedad más madura, empática, incluyente y comprensiva. Eso hace posible que avancemos como sociedad”.

     

    Por su parte, Juan José Tejos, opina que todo depende del enfoque que se le quiera dar a la expresión artística. “Todo nace de una necesidad de expresar algo. Si estoy enfocado en llevar un mensaje social, un cambio o simplemente un producto”, explica.

    << Juan José Trejos combina su trabajo entre agrupaciones como Jetsemaní, El Tropicombo o presentaciones en El Balcón de los Artistas.

    Foto: Cortesía.

     

     

    Mijo, la bendición y hágale

    Como si de un coro se tratara, ante la pregunta de si se puede vivir de la música en Medellín, todos los entrevistados dijeron que sí. Un sí rotundo. Rotundo como los aplausos del público al terminar la última nota de su canción favorita en una presentación en vivo. Ninguno desconoce los grandes retos que representa escoger la música no solo como profesión sino como estilo de vida.

     

    “Hay algo que se está dando finalmente en Medellín y es entender que la música es una profesión, es un oficio serio en el que se trabaja como cualquier otro y hay muchas oportunidades como en cualquier otro. La cuestión está en si definitivamente quiere ser músico meterse de lleno. Ser muy bueno en su instrumento y, haga lo que haga, perfeccionarlo”, argumenta Fernando Gallego.

     

    Para Andrés Escobar también es fundamental dejar de buscar esa falsa ilusión de que se es músico para ser famoso y que la fama es el éxito. “El éxito, para mí, está en hacer un trabajo reconocido y respetado por mis colegas y también por mis seguidores”.