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  • “Yo soy un poeta binacional”: Juan Calzadilla

    El primer homenajeado con el premio León de Greiff al Mérito Literario es el poeta venezolano Juan Calzadilla. El reconocimiento busca darle relieve a la obra poética, a su papel en las sociedades, a su valor como testimonio de su tiempo. Apuntes sobre la obra del poeta desde los jurados, los lectores y desde él mismo. Cubrimiento especial de la Fiesta del Libro en Contexto.

     

    Juan Calzadilla ganador del premio León de Greiff al Mérito Literario. Foto por: Yorley Ruiz

    Juan Calzadilla, ganador del premio León de Greiff al Mérito Literario 2016. Foto: Yorley Ruiz

     

    Por primera vez, en el marco de la Fiesta del Libro y la Cultura en Medellín fue entregado el Premio León de Greiff al Mérito Literario. El poeta venezolano Juan Calzadilla fue merecedor del galardón que busca reconocer la vida y obra de un escritor; en los años pares se premiará a un poeta y en los impares a narradores (cuento o novela).

     

    Durante la ceremonia, Julio Acosta Arango, vicerrector de la Universidad Eafitt, una de las entidades aliadas que hace posible el premio, expresó: “Nuestra intención con este premio es acercar a los lectores a la obra de un poeta y para que a su vez esas mismas letras sirvan de faro”. Acosta destacó la importancia de la poesía y la literatura para la vida de los seres humanos.

     

    Por otro lado, Federico Gutiérrez, alcalde de Medellín, coincidió en el valor de la literatura en las sociedades y reconoció que esta ciudad que es más acción que contemplación guarda un espacio importante para la figura del poeta.

     

    De derecha a izquierda: Julio Acosta Arango, vicerrector de Eafit; Amalia Londoño, secretaria de cultura de Medellín; Federico Gutiérrez, alcalde de Medellín; Juan Calzadilla, ganador del permio. Foto por: Yorley Ruiz.

    De derecha a izquierda: Julio Acosta Arango, vicerrector de Eafit; Amalia Londoño, secretaria de cultura de Medellín; Federico Gutiérrez, alcalde de Medellín; Juan Calzadilla, ganador del premio. Foto: Yorley Ruiz.

     

     

    Con su voz pausada e ideas claras Juan Calzadilla, el galardonado, recordó la poesía de los años 70 donde, según él no había distinción entre países, se entendía más bien como un solo universo, para ilustrarlo habló sobre el Nadaísmo en Colombia y sobre el movimiento vanguardista El Techo de la Ballena en Venezuela, donde los poetas iban de un lado para otro y colaboraban entre sí, por ello recalcó que: “Yo no soy un poeta nacional, tampoco soy un poeta colombiano, por supuesto, soy un poeta binacional, si quieren, mejor bifronterizo”. Calzadilla reconoció más similitudes que diferencias entre la poesía Latinoamérica e incluso propuso que se hiciera del Premio León de Greiff una escuela donde se tratan temas de la poesía a la luz de las letras del poeta antioqueño.

     

    Calzadilla, un hombre que actualmente tiene de 85 años de edad, comenzó su carrera como escritor siendo periodista, más adelante como cofundador de la vanguardia venezolana El Techo de la Ballena mostró sus inclinaciones artísticas y activistas frente a la situación social de su país, además su sátira y verso libre le permitieron definir un estilo propio como se evidencia en su primera publicación en 1954 con un libro llamado Primeros Poemas. Como artista plástico y crítico de arte, en 1997 recibió el Premio Nacional de Arte de Venezuela. A pesar de que Juan Calzadilla no se reconozca así mismo como un poeta profesional ni como un crítico de arte, su trabajo le ha aportado a su país de una manera significativa, tanto así que ahora, rompiendo fronteras, es visible para toda Latinoamérica.

     

    Juan Calzadilla, un artista integral, poeta, ensayista, crítico, entre otros, busca con el premio lograr más lectores para sus textos y reconoce la importancia de la nueva antología de su obra llamada Precipicio sin bordes, con prólogo escrito por Juan Manuel Roca y publicado por el Fondo Editorial Universidad Eafitt, ya que esta permitirá una visibilidad mayor no solo de su poesía sino de otros poetas de su país.

     

    Jurado del premio León de Greiff, de derecha a izquierda: Juan Camilo Suárez Roldán, Juan Calzadilla, Piedad Bonnett, Alberto Barrera Tyszka y Juan Manuel Roca. Foto: Yorley Ruiz.

    Jurado del premio León de Greiff, de derecha a izquierda: Juan Camilo Suárez Roldán, Juan Calzadilla, Piedad Bonnett, Alberto Barrera Tyszka y Juan Manuel Roca. Foto : Yorley Ruiz.

     

    El papel del poeta en el siglo XXI

     

    Como parte de los jurados del premio León de Greiff, Piedad Bonnett y Juan Manuel Roca le contaron a Contexto la importancia del poeta y la poesía para el siglo XXI. Bonnett señaló que pese a que no es tan diferente al poeta del tiempo de los griegos y del Renacimiento, la diferencia está en su época, ya que: “Lleva la lengua a un extremo de ruptura que es capaz de descubrir lo que de alguna manera ahí estaba para siempre”. El poeta, según la mirada de Bonnett es el que permite encontrar sentido donde aparentemente no está, se convierte en un vocero de la belleza e incluso de la fealdad, como el poeta contemporáneo, que expresa lo humano.

     

    Roca por otro lado explicó que las humanidades y las artes son necesarias para una sociedad porque permite el ‘mestizaje’, el cruce de caminos que dan paso a la preocupación por el otro; además expresa que una sociedad que no esté interesada por las humanidades y las artes es “una sociedad hueca, vacía, deshabitada, es una sociedad que sin duda está dirigida a lo peor en el futuro”.

     

    Según ellos, Juan Calzadilla, como ejemplo para Latinoamérica de poeta contemporáneo y de artista integral, muestra con su obra cómo las letras, el arte y las humanidades en general son de gran importancia para las sociedades que, superando sus conflictos y diferencias, se unen para hablar de lo humano, que de muchas formas influye en lo social.

     

     

    Firma del libro Precipicios sin Bordes. Antología Personal de Juan Calzadilla al final de la ceremonia de premiación en medio de un coctel ofrecido por los creadores del premio. Foto: Yorley Ruiz.

     

     

     

     

     

     

  • “YO SOY PORQUE NOSOTROS SOMOS”

     

    Foto: Cortesía.

     

    Daniela Maturana llegó al Concejo de Medellín como parte del hito que significó el triunfo del movimiento Creemos en las elecciones locales de 2015. Ser hija del reconocido técnico de fútbol es la faceta más desconocida de esta mujer que debutó como concejal siendo elegida presidenta de esa corporación. Rasgos de este rostro de la nueva política de Medellín.

     

    Una tarea escolar pedía mostrar mediante la práctica lo aprendido. Cuando la profesora Vicky Jaramillo propuso una actividad que permitiera conocer los mecanismos de participación y la Constitución colombiana mediante el desarrollo de una campaña política, la estudiante Daniela Maturana asumió a fondo el ejercicio político cuando representó al candidato a la Alcaldía de Medellín que le tocó en suerte: Sergio Naranjo. En la clase Daniela triunfó, pero en las urnas el postulante no ganó.

     

    Esta no sería la primera vez que la estudiante participara en su colegio de demostraciones democráticas. Ya había sido representante de los estudiantes en octavo grado y en su último año desarrolló Independent Project, una iniciativa que consistía en practicar lo que se quería estudiar. Daniela, amante de la moda, creía que su camino era una escuela de diseño en Italia o París, pero un libro, Los niños de la guerra, recomendado por la profesora Jaramillo, giró su proyecto hacia el área del Derecho y las Ciencias Políticas. Fue así como desarrolló una propuesta que consistía en crear ciclos de capacitaciones para que la empresa privada fuera un actor principal en la reintegración de los desmovilizados para convertirlos en agentes de cambio.

     

    De este modo, Daniela consolidó su gusto por la política, a la que define como el arte de servir, el estudio de toma de decisiones, el estudio del poder y la capacidad de analizar las decisiones que toman los ciudadanos para proponer acciones que ayuden a desarrollarlas.

     

    Daniela, se describe como una mujer apasionada, sociable, conversadora, familiar, amiguera, para la que el ser humano y las personas son todo. Amante de la moda, le gusta viajar, leer, estudiar y siempre se muestra sonriente. Para sus amigos, ella es una persona pausada, tranquila, paciente, que siempre tiene la mejor cara para las personas, participativa, que entiende el valor de lo público y el valor del politólogo en la sociedad.

     

    De la gran admiración y respeto que siente por su padre, heredó el gusto por el fútbol y siempre muestra su decidida afición por el Atlético Nacional. Los consejos de Francisco Maturana son algo que ella llama “sabiduría pura”. Siempre ha estado orgullosa de él, aunque tengan personalidades diferentes: el silencio característico del técnico contrasta con la espontaneidad de su hija. Ella le agradece que la hubiera orientado hasta entender que la educación y el balón son elementos que ayudan al cambio social, y que el reconocimiento que él se ganó por dirigir equipos de futbol nacionales e internacionales no podría ser usado en su beneficio: le enseñó a emprender su camino por sus propios medios.

     

    Francisco recuerda el momento en que Daniela le expresó sus ganas de estudiar Ciencias Políticas. Él, intrigado, indagó sobre su gusto, y de ella obtuvo la respuesta que le afirmó que estaba bien encaminada: “papá, política es todo”. Sin pensarlo dos veces, se convenció de que ella nació para eso y que con cada experiencia y práctica se fue encaminado para llegar hasta donde está hoy.

     

    Foto: Cortesía.

     

    Durante la campaña política para el Concejo de Medellín, el profesor Francisco Maturana se mantuvo alejado porque no quería quitarle protagonismo a Daniela. Ella estaba en su momento y si el intervenía podía desviar los intereses del público, así que opto por estar al margen y solo acompañarla cuando fuera necesario. Para él, su hija es una persona que va construyendo su camino en coherencia con su sensibilidad, y que fortalece a todos a su alrededor.

     

    El trabajo de grado que Daniela hizo como estudiante de EAFIT se enfocó en cómo comunicar lo político rescatando el contacto con la gente cara a cara y cómo las redes sociales estaban sirviendo de plataforma para ello. De ese modo echaba las bases de su carrera. Posteriormente, en la misma universidad se especializó en Comunicación Política, enfocada en su gusto por el mercadeo político.

     

    Después de graduarse, intentó crear una empresa de asesoría en marketing político, promocionó a Medellín durante tres años en diferentes eventos internacionales y en 2014, faltando un año para las elecciones, decidió presentarse como candidata para el Concejo de Medellín, respaldada por su padre y Federico Gutiérrez, a quien había conocido hace algunos años y apoyado en su trayectoria política.

     

    Daniela se unió al movimiento Creemos, caminó y conoció la ciudad, sus problemáticas, sus potencialidades y sus adversidades; necesitaba entenderlas para poder proponer un plan de desarrollo acorde. Disfrutó cada contacto con la gente, cada experiencia, y adsorbió las enseñanzas que le dejaba cada camino. Después de la muerte de su madre, su preocupación no era ganar o perder sino aprender, porque lo que más añoraba era entrar al ejercicio de lo público para mostrar que juventud no es sinónimo de inexperiencia, que las personas deben darse permiso a cometer errores y rodearse incluso de personas “mejores que uno” para formar un equipo de trabajo.

     

    La candidata obtuvo su curul en el Concejo y debutó como la presidenta: toda una experiencia para alguien menor de 30 años que nunca había tenido un cargo público. Cuando habla de ello, Daniela afirma que defiende y cuida los recursos públicos porque son sagrados, cree ciegamente en el proceso de paz y tiene cuatro pilares que le ayudan a llevar su paso por el Concejo: primero el ser humano, no tomarse nada personal, darse el permiso a equivocarse y Medellín por encima de todo.

     

    Esa inspiración en lo que hace es el legado que Daniela espera dejar para la ciudad. “Ubunto. Yo soy porque nosotros somos”. Es la explicación que Daniela tiene para un tatuaje hecho en tinta negra y puesto en uno de sus brazos. Inicialmente era por su familia, pero ahora ella suma a Medellín. Según ella, allí solo están representados sus votantes sino cada persona de la ciudad a la que ella propone el deporte y la educación como plataforma para crear y desarrollar su proyecto de vida.